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	<title>El Rincón de los Libros</title>
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	<description>Por Liccy Fuentes</description>
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		<title>David Copperfield</title>
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		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 06:20:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

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		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p>Charles Dickens</p> <p>--------------------</p> <p>DAVID COPPERFIELD</p> <p>PREFACIO</p> <p>Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones</p> <p>de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere.</p> <p>Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos</p> <p>entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de</p> <p>tantos compañeros), que corro el</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><b>Charles Dickens</b></p>
<p><b>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</b></p>
<p><b>DAVID COPPERFIELD</b></p>
<p><b>PREFACIO</b></p>
<p>Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones</p>
<p>de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere.</p>
<p>Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos</p>
<p>entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de</p>
<p>tantos compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector, a quien ya quiero, con</p>
<p>confidencias personales y emociones íntimas.</p>
<p>Además, todo lo que pudiera decir sobre esta historia, con cualquier propósito, ya he</p>
<p>tratado de decirlo en ella.</p>
<p> <span id="more-20179"></span>
<p>Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza con que se abandona la pluma al</p>
<p>terminar una labor creadora de dos años, ni la emoción que siente el autor al enviar a ese</p>
<p>mundo sombrío parte de sí mismo, cuando algunas de las criaturas de su imaginación se</p>
<p>separan de él para siempre.</p>
<p>A pesar de todo, no tengo nada más que decir aquí, a menos de confesar (lo que sería</p>
<p>todavía menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie, al leer esta historia, podrá</p>
<p>parecerle más real de lo que a mí me ha parecido al escribirla.</p>
<p>Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al porvenir. No puedo cerrar estos</p>
<p>volúmenes de un modo más agradable para mí que lanzando una mirada llena de</p>
<p>esperanza hacia los tiempos en que vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensuales,</p>
<p>y dedicando un pensamiento agradecido al sol y a la lluvia que hayan caído sobre estas</p>
<p>páginas de DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.</p>
<p>Londres, octubre de 1850.</p>
<p><b>HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS</b></p>
<p><b>DE DAVID COPPERFIELD</b></p>
<p><b>PRIMERA PARTE</b></p>
<p><b>CAPÍTULO PRIMERO</b></p>
<p><b>NAZCO</b></p>
<p>Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas</p>
<p>páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y</p>
<p>yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a</p>
<p>sonar y yo a gritar simultáneamente.</p>
<p>Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas</p>
<p>del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéramos</p>
<p>conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser</p>
<p>desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus.</p>
<p>Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de</p>
<p>otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.</p>
<p>No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es</p>
<p>cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don</p>
<p>en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido</p>
<p>defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo</p>
<p>conserve a su lado.</p>
<p>Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos,</p>
<p>al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían</p>
<p>poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es</p>
<p>que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y</p>
<p>el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir</p>
<p>ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa</p>
<p>de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que</p>
<p>pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio</p>
<p>de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría</p>
<p>además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía</p>
<p>humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una</p>
<p>señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados</p>
<p>cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no</p>
<p>sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas,</p>
<p>pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como</p>
<p>sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los</p>
<p>noventa y dos años de edad.</p>
<p>Tengo entendido que dicha señora, mientras tomaba el té, que era su ocupación</p>
<p>favorita, solía vanagloriarse de no haber estado encima del agua mas que una vez en su</p>
<p>vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás</p>
<p>personas que tienen el atrevimiento de vagabundear por esos mundos. En vano se le</p>
<p>demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gracias a aquellas</p>
<p>aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza</p>
<p>de su razonamiento:</p>
<p>-No, no; nada de vagabundear.</p>
<p>Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.</p>
<p>Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño</p>
<p>póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que</p>
<p>se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me</p>
<p>llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer</p>
<p>encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la</p>
<p>indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura,</p>
<p>mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas</p>
<p>de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas.</p>
<p>Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de quien hablaré más adelante,</p>
<p>era el magnate de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey, como mi pobre madre</p>
<p>la llamaba siempre cuando se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo que</p>
<p>ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella y muy</p>
<p>elegante, aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo que el elegante hace», pues se</p>
<p>sospechaba que pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una vez, discutiendo a</p>
<p>propósito de cuestiones económicas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un</p>
<p>segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompatibilidad de caracteres indujeron a miss</p>
<p>Betsey a darle dinero para que se marchara y consintiera en una separación amistosa. Él</p>
<p>se marchó a la India con su capital, y allí, según una leyenda de familia, se le vio</p>
<p>montado en un elefante y acompañado de un Baboon, aunque yo creo que más bien sería</p>
<p>de un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez años después, desde la India llegó a su</p>
<p>casa la noticia de su muerte. El efecto que esta noticia causó en mi tía nadie lo supo. A</p>
<p>raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera y, comprando una casita</p>
<p>muy alejada en la costa, se había establecido allí con su criada, como una solterona,</p>
<p>viviendo siempre recluida en un aislamiento inflexible.</p>
<p>Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de miss Betsey; pero mi tía se</p>
<p>ofendió mortalmente con su boda, bajo el pretexto de que mi madre era «una muñeca»,</p>
<p>pues, aunque no la había visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte años. Miss Betsey</p>
<p>no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre tenía el doble de edad que mi madre cuando</p>
<p>se casaron, y era de constitución delicada. Un año después de su boda, y, como ya he</p>
<p>dicho, seis meses antes de mi nacimiento, murió.</p>
<p>Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable (puede excusárseme el</p>
<p>llamarlo así) a importante viernes. No puedo vanagloriarme de haber sabido en aquella</p>
<p>época lo que estoy contando, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la evidencia</p>
<p>de mis propios sentidos) de lo que sigue.</p>
<p>Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal de salud y muy abatida, y miraba el</p>
<p>fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito</p>
<p>a quien sólo esperaba un mundo no muy contento de su llegada y algunos proféticos</p>
<p>paquetes de alfileres preparados de antemano en el cajón de una cómoda del primer piso.</p>
<p>Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego, en una tarde clara y fría de marzo,</p>
<p>muy triste y deprimida, y temerosa de no salir con vida de la prueba que le esperaba,</p>
<p>cuando, levantando sus ojos para enjugarlos, vio por la ventana a una señora desconocida</p>
<p>que entraba en el jardín.</p>
<p>La segunda vez que la miró mi madre tuvo la certeza de que aquella señora era miss</p>
<p>Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida junto a la verja, y esta</p>
<p>tenía un paso tan firme, un aire tan decidido, que no podía ser otra.</p>
<p>Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba mayor de su identidad. Mi padre había</p>
<p>contado a menudo que la conducta de mi tía nunca era semejante a la del resto de los</p>
<p>mortales; y, en efecto, aquella señora, en lugar de dirigirse a la puerta y llamar a la</p>
<p>campanilla, se detuvo delante de la ventana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la</p>
<p>nariz contra el cristal que mi madre solía decirme que se le había puesto en un momento</p>
<p>completamente blanca y aplastada.</p>
<p>Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que yo siempre he estado</p>
<p>convencido de que es a miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber nacido en</p>
<p>viernes.</p>
<p>Mi madre se levantó precipitadamente y fue a esconderse en un rincón detrás de una</p>
<p>silla. Miss Betsey recorrió lentamente la habitación con su mirada, de un modo</p>
<p>inquisitivo y moviendo los ojos como los de las cabezas de sarracenos que hay en los</p>
<p>relojes de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como</p>
<p>quien está acostumbrada a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a abrir la puerta.</p>
<p>Mi madre obedeció.</p>
<p>-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose</p>
<p>en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi madre de</p>
<p>luto riguroso y en aquel estado.</p>
<p>-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.</p>
<p>-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que habrá oído usted hablar de ella?</p>
<p>Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar</p>
<p>suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.</p>
<p>-Pues aquí la tiene usted &#8212;dijo miss Betsey.</p>
<p>Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pasara, y se dirigieron a la</p>
<p>habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a</p>
<p>encender fuego en la sala.</p>
<p>Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos</p>
<p>para contenerse, prorrumpió en llanto.</p>
<p>-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!</p>
<p>Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.</p>
<p>-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss Betsey-, que quiero verla bien.</p>
<p>Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no</p>
<p>tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal</p>
<p>modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y magníficos), esparciéndose</p>
<p>alrededor de su rostro.</p>
<p>-Pero ¡Dios mío! &#8211;exclamó miss Betsey-. ¡Si es usted una niña!</p>
<p>Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la</p>
<p>cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad</p>
<p>temía era ser demasiado niña para verse ya viuda y madre, si es que vivía.</p>
<p>Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre le pareció sentir que miss Betsey</p>
<p>acariciaba sus cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y mirarla con aquella</p>
<p>tímida esperanza, vio que continuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda un poco</p>
<p>remangada, los pies en el guardafuegos y las manos cruzadas sobre las rodillas.</p>
<p>-En nombre de Dios &#8211;dijo de pronto mi tía-, ¿por qué llamarla Rookery?</p>
<p>-¿Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.</p>
<p>-¿Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si cualquiera de los dos hubierais tenido un</p>
<p>poco de sentido práctico la habríais llamado Cookery.</p>
<p>-Es el nombre que eligió míster Copperfield -respondió mi madre-. Cuando compró la</p>
<p>casa le gustaba pensar que habría cuervos en sus alrededores.</p>
<p>En ese momento, el viento del atardecer empezó a silbar entre los olmos viejos y altos</p>
<p>del jardín con tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no pudieron por menos que</p>
<p>mirar con inquietud hacia la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros corno</p>
<p>gigantes que quisieran confiarse algún terrible secreto, y después de permanecer</p>
<p>inclinados unos segundos se erguían violentamente, sacudiendo sus enormes brazos,</p>
<p>como si aquellas confidencias, intranquilizando a su conciencia, les hubieran arrebatado</p>
<p>para siempre el reposo.</p>
<p>Algunos nidos bastante viejos de cuervos se bamboleaban destrozados por la intemperie</p>
<p>en sus ramas más altas, como náufragos en un mar tormentoso.</p>
<p>-¿Y dónde están los pájaros? -preguntó miss Betsey.</p>
<p>-¿Los que &#8230;?</p>
<p>Mi madre estaba pensando en otra cosa.</p>
<p>-Los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos? -preguntó mi tía.</p>
<p>-Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno -dijo mi madre-. Pensábamos&#8230;</p>
<p>Míster Copperfield creía&#8230; que esto era una gran rookery; pero los nidos son ya muy antiguos</p>
<p>y deben de estar abandonados hace mucho tiempo.</p>
<p>-¡Las cosas de David Copperfield! -exclamó miss Betsey-. ¡David Copperfield de la</p>
<p>cabeza a los pies! Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuervo en los alrededores,</p>
<p>y cree que ha de haber forzosamente pájaros porque ve nidos.</p>
<p>-Míster Copperfield ha muerto -contestó mi madre-, y si se atreve usted a hablarme mal</p>
<p>de él&#8230;</p>
<p>Sospecho que mi pobre madre tuvo por un momento la intención de arrojarse sobre mi</p>
<p>tía; pero ni aun estando en mejor estado de salud y con suficiente entrenamiento hubiera</p>
<p>podido hacer frente a semejante adversario; así es que después de levantarse se volvió a</p>
<p>sentar humildemente y cayó desvanecida.</p>
<p>Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey la hizo volver en sí, encontró a mi tía</p>
<p>de pie ante la ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a no ser por el resplandor</p>
<p>del fuego no hubieran podido distinguirse una a otra.</p>
<p>-¡Bueno! -dijo miss Betsey volviéndose a sentar, como si sólo hubiera estado mirando</p>
<p>por casualidad el paisaje-. ¿Y cuándo espera usted&#8230;?</p>
<p>-Estoy temblando -balbució mi madre-. No se que me pasa; pero estoy segura de que</p>
<p>me muero.</p>
<p>-No, no, no -dijo miss Betsey-. Tome usted un poco de té.</p>
<p>-¡Oh Dios mío, Dios mío! ¿Pero cree usted que eso me aliviará algo? -exclamó mi</p>
<p>madre desesperadamente.</p>
<p>-Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervioso&#8230; Pero ¿cómo llama usted a la chica?</p>
<p>-Todavía no sé si será niña -dijo mi madre con inocencia.</p>
<p>-¡Dios bendiga a esta criatura! -exclamó mi tía, ignorando que repetía la segunda frase</p>
<p>inscrita con alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándosela a mi madre en lugar</p>
<p>de a mí-. No se trataba de eso. Me refería a su criada.</p>
<p>-Peggotty -dijo mi madre.</p>
<p>-¡Peggotty! -repitió miss Betsey, casi indignada-. ¿Querrá usted hacerme creer que un</p>
<p>ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?</p>
<p>-Es su apellido -dijo mi madre con timidez-. Míster Copperfield la llamaba así porque</p>
<p>como tiene el mismo nombre de pila que yo&#8230;</p>
<p>-¡Aquí, Peggotty! -gritó miss Betsey abriendo la puerta- Traiga usted té; su señora no se</p>
<p>encuentra bien; conque ¡a no perder tiempo!</p>
<p>Habiendo dado esta orden con tanta energía como si su autoridad estuviese reconocida</p>
<p>en la casa desde toda la eternidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse, no sin antes haberse</p>
<p>cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al sonido de</p>
<p>aquella voz extraña.</p>
<p>-¿Decía usted que quizá será niña? -dijo cuando estuvo de nuevo con los pies sobre el</p>
<p>guardafuego, la falda un poco remangada y las manos cruzadas encima de las rodillas-.</p>
<p>No hay duda, será una niña; tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora bien, hija</p>
<p>mía: desde el momento en que nazca esa niña&#8230;</p>
<p>-Quizá sea un niño -se tomó la libertad de interrumpir mi madre.</p>
<p>-¡Cuando le digo que tengo el presentimiento de que será niña! -insistió miss Betsey-.</p>
<p>No me contradiga. Desde el momento en que nazca esa niña quiero ser su amiga. Cuento</p>
<p>con ser su madrina y le ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood Copperfield. Y</p>
<p>en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Pondremos todos los medios</p>
<p>para que nadie se burle de los afectos de la pobre niña. La educaremos muy bien,</p>
<p>evitando cuidadosamente que deposite su ingenua confianza en quien no lo merezca. Yo</p>
<p>cuidaré de ello.</p>
<p>A1 final de cada frase mi tía bajaba la cabeza, como si los recuerdos la persiguieran y el</p>
<p>no explayarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al menos así le pareció a mi</p>
<p>madre, que la observaba al débil resplandor del fuego, aunque en realidad estaba</p>
<p>demasiado asustada, demasiado intimidada y confusa para poder observar nada con</p>
<p>claridad ni saber qué decir.</p>
<p>-Y David, ¿era bueno con usted, hija mía? -preguntó miss Betsey después de un rato de</p>
<p>silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron gradualmente-. ¿Erais felices?</p>
<p>-Éramos muy dichosos -dijo mi madre, Era tan bueno conmigo míster Copperfield.</p>
<p>-Supongo que la habrá destrozado -insistió miss Betsey.</p>
<p>-Considerando que ahora tengo que verme sola y abandonada en este mundo, me temo</p>
<p>que sí -sollozó mi madre.</p>
<p>-¡Bien! Pero no llore más &#8211;dijo mi tía-. No estabais compensados, hija mía. ¿Habrá</p>
<p>alguna pareja que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era huérfana, ¿no es así?</p>
<p>-Sí.</p>
<p>-¿Y era institutriz?</p>
<p>-Estaba al cuidado de los niños en una familia que míster Copperfield visitaba. Y era</p>
<p>muy bueno conmigo míster Copperfield: se preocupaba mucho de mí y me demostraba</p>
<p>un gran interés. Por último, me pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos &#8211;dijo mi</p>
<p>madre con sencillez.</p>
<p>-¡Pobre niña! -murmuró miss Betsey, que continuaba mirando fijamente el fuego-. ¿Y</p>
<p>sabe usted hacer algo?</p>
<p>-No sé &#8230;. señora -balbució mi madre.</p>
<p>-¿Gobernar una casa, por ejemplo? -dijo miss Betsey.</p>
<p>-No mucho, me temo -respondió mi madre-. Mucho menos de lo que desearía. Pero</p>
<p>míster Copperfield me estaba enseñando&#8230;</p>
<p>-¡Para lo que él sabía! -dijo mi tía en un paréntesis.</p>
<p>-Y estoy segura de que hubiera adelantado mucho, pues estaba ansiosa de aprender, y él</p>
<p>era un maestro tan paciente&#8230; Sin la gran desgracia de su muerte&#8230;</p>
<p>Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no pudo seguir.</p>
<p>-Bien, bien &#8211;dijo miss Betsey.</p>
<p>-Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las noches hacíamos el balance juntos&#8230;</p>
<p>&#8211;continuó mi madre, sollozando desesperadamente.</p>
<p>-Bien, bien -exclamó mi tía&#8212;. No llore usted más.</p>
<p>-Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto cuando le parecía que mis treses y mis</p>
<p>cincos se confundían o que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves -terminó</p>
<p>mi madre en una nueva explosión de llanto.</p>
<p>-Se pondrá usted enferma -dijo miss Betsey-, lo que no será muy beneficioso para usted</p>
<p>ni para mi ahijada. ¡Vamos, no vuelva a empezar!</p>
<p>Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar era</p>
<p>creciente. Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas exclamaciones sordas de mi</p>
<p>tía, que continuaba calentándose los pies en el guardafuegos.</p>
<p>-David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé &#8211;dijo</p>
<p>poco a poco, A1 morir ¿ha hecho algo por usted?</p>
<p>-Míster Copperfield -constestó mi madre titubeandofue tan cariñoso y tan bueno</p>
<p>conmigo que aseguró parte de esa renta a mi nombre.</p>
<p>-¿Cuánto? -preguntó miss Betsey.</p>
<p>&#8212;Ciento cincuenta libras al año &#8211;dijo mi madre.</p>
<p>-¡Podía haberlo hecho peor! -dijo mi tía.</p>
<p>La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba</p>
<p>cada vez peor, tanto que Peggotty, que entraba con el té y las velas, se dio cuenta de ello</p>
<p>al instante (como se hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y la condujo</p>
<p>apresuradamente a su habitación del piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham</p>
<p>Peggotty -un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días para</p>
<p>utilizarle como mensajero especial en caso de urgencia- a buscar al médico y a la</p>
<p>comadrona.</p>
<p>Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron sobremanera cuando a su llegada</p>
<p>(pocos minutos después uno de otro) se encontraron con una señora desconocida y de aspecto</p>
<p>imponente, sentada ante el fuego, con la toca colgando del brazo izquierdo y</p>
<p>taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre tampoco</p>
<p>decía nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y, cosa curiosa, el hecho de estar</p>
<p>sacando aquella cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en los oídos no hacía</p>
<p>disminuir en nada lo imponente de su aspecto.</p>
<p>El doctor, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda</p>
<p>que había grandes probabilidades de que aquella señora y él tuvieran que permanecer</p>
<p>sentados frente a frente durante varias horas, se propuso estar amable y cariñoso con ella.</p>
<p>Este hombre era el ser más afable de su sexo, el más pequeño y dulce. Se deslizaba de</p>
<p>medio lado por las habitaciones para ocupar el menor sitio posible, y andaba con tanta</p>
<p>suavidad como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio. Llevaba siempre la cabeza</p>
<p>inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de su humildad y en parte</p>
<p>por el deseo de agradar a todos. No necesito decir que era incapaz de dirigir un palabra</p>
<p>dura a nadie, ni a un perro, ni aun a un perro rabioso. Todo lo más le murmuraría</p>
<p>dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la misma suavidad que</p>
<p>andaba y no sabía ser rígido ni impaciente.</p>
<p>Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente a mi tía, con la cabeza siempre</p>
<p>inclinada y haciéndole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y tocándose la oreja</p>
<p>izquierda:</p>
<p>-¿Alguna molestia, señora?</p>
<p>-¿Qué? -replicó mi tía, sacándose el algodón del oído como si fuera un corcho.</p>
<p>A míster Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad (según contó después a mi</p>
<p>madre), tanto que fue milagroso que conservara su presencia de ánimo. Insistió</p>
<p>dulcemente.</p>
<p>-¿Alguna molestia, señora?</p>
<p>-¡Qué necedad! -replicó mi tía, volviéndose a taponar el oído.</p>
<p>Después de esto, míster Chillip nada podía hacer y se sentó, y estuvo contemplando</p>
<p>tímidamente a mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarle al</p>
<p>dormitorio de mi madre. Después de un cuarto de hora de ausencia volvió.</p>
<p>-¿Y bien? &#8211;dijo mi tía, sacándose el algodón del lado más cercano a míster Chillip.</p>
<p>-Muy bien, señora -respondió el doctor-. Vamos&#8230;. vamos&#8230; avanzando&#8230; despacito,</p>
<p>señora.</p>
<p>-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! &#8211;dijo mi tía, interrumpiéndole con desprecio.</p>
<p>Y volvió a taponarse el oído.</p>
<p>Verdaderamente (según contaba después míster Chillip) era para indignarse, y él estaba</p>
<p>casi indignado; claro que sólo hablando desde un punto de vista profesional, pero estaba</p>
<p>casi indignado. Sin embargo, volvió a sentarse y la estuvo mirando cerca de dos horas,</p>
<p>mientras ella continuaba contemplando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo. Cuando</p>
<p>después de esta ausencia apareció:</p>
<p>-¿Y bien? -dijo mi tía, quitándose el algodón del mismo lado.</p>
<p>-Muy bien, señora -respondió míster Chillip-. Vamos&#8230;, vamos avanzando despacito,</p>
<p>señora.</p>
<p>-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! -interrumpió mi tía con tal desprecio hacia el pobre míster Chillip,</p>
<p>que este ya no pudo soportarlo.</p>
<p>Aquello era para hacerle perder la cabeza, según dijo después, y prefirió ir a sentarse</p>
<p>solo en la oscuridad de la escalera y en una fuerte corriente de aire hasta que le llamasen</p>
<p>de nuevo.</p>
<p>Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues iba a la</p>
<p>escuela nacional y era una verdadera fiera para el catecismo, contó al día siguiente que,</p>
<p>habiendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabinete una hora después de</p>
<p>aquello, miss Betsey, que recorría la habitación agitadísima, le descubrió al momento y se</p>
<p>lanzó sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo el algodón que había metido en</p>
<p>sus oídos no debía de estar aislada por completo de los ruidos, pues cuando los pasos y</p>
<p>las voces aumentaban en el piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el exceso de su</p>
<p>intranquilidad. Le tenía agarrado por el cuello y le obligaba a andar constantemente de</p>
<p>arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera tomado algún narcótico),</p>
<p>enmarañándole los cabellos, arrugándole el cuello de la camisa y taponándole con</p>
<p>algodón los oídos, confundiéndolos, sin duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda</p>
<p>clase de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte confirmado por su tía, que lo</p>
<p>vio a las doce y media, cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan rojo como yo</p>
<p>en aquel mismo momento.</p>
<p>El apacible míster Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en</p>
<p>aquellas circunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un momento libre se deslizó al gabinete</p>
<p>y le dijo a mi tía con su amable sonrisa:</p>
<p>-Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la enhorabuena.</p>
<p>-¿Por qué? &#8211;dijo secamente mi tía.</p>
<p>Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella extremada severidad, pero le hizo un</p>
<p>ligero saludo y trató de sonreírle para apaciguarla.</p>
<p>-¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre? -gritó mi tía con impaciencia-. ¿Es que</p>
<p>no puede hablar?</p>
<p>-Tranquilícese usted, mí querida señora &#8211;dijo el doctor con su voz melosa, No hay ya el</p>
<p>menor motivo de inquietud, tranquilícese usted.</p>
<p>Siempre he considerado como un milagro el que mi tía no le sacudiera hasta hacerlo</p>
<p>soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero moviendo la cabeza de una</p>
<p>manera que le estremeció.</p>
<p>-Pues bien, señora -resumió míster Chillip tan pronto como pudo recobrar el valor-.</p>
<p>Estoy contento de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, señora, todo ha terminado.</p>
<p>Durante los cinco minutos, poco más o menos, que míster Chillip empleó en pronunciar</p>
<p>esta frase, mi tía lo contemplaba con curiosidad.</p>
<p>-Y ella ¿cómo está? &#8211;dijo cruzándose de brazos, con el sombrero siempre colgando de</p>
<p>uno de ellos.</p>
<p>-Bien, señora, y espero que pronto estará completamente restablecida -respondió míster</p>
<p>Chillip-. Está todo lo bien que puede esperarse de una madre tan joven y que se encuentra</p>
<p>en unas circunstancias tan tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la vea,</p>
<p>señora; puede que le haga bien.</p>
<p>-Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? -dijo bruscamente mi tía.</p>
<p>Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un lado y miró a mi tía como un pajarillo</p>
<p>asustado.</p>
<p>-¿La niña, que cómo está? -insistió miss Betsey.</p>
<p>&#8212;Señora -respondió míster Chillip-, creía que lo sabía usted: es un niño.</p>
<p>Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las cintas la lanzó a la cabeza de míster</p>
<p>Chillip; después se la encasquetó en la suya descuidadamente y se marchó para siempre.</p>
<p>Se desvaneció como un hada descontenta, o como uno de esos seres sobrenaturales que la</p>
<p>superstición popular aseguraba que tendrían que aparecérseme. Y nunca más volvió.</p>
<p>No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su lecho, y Betsey Trotwood Copperfield</p>
<p>había vuelto para siempre a la región de sueños y sombras, a la terrible región de donde</p>
<p>yo acababa de llegar. Y la luna que entraba por la ventana de nuestra habitación se</p>
<p>reflejaba también sobre la morada terrestre de todos los que nacían y sobre la sepultura en</p>
<p>que reposaban los restos mortales del que fue mi padre y sin el cual yo nunca hubiera</p>
<p>existido.</p>
<p><b>CAPÍTULO II</b></p>
<p><b>OBSERVO</b></p>
<p>Lo primero que veo de forma clara cuando quiero recordar la lejanía de mi primera</p>
<p>infancia es a mi madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil, y a Peggotty, sin</p>
<p>edad definida, con unos ojos tan negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con unas</p>
<p>mejillas y unos brazos tan duros y rojos que me sorprende que los pájaros no los</p>
<p>prefirieran a las manzanas.</p>
<p>Y siempre me parece recordarlas arrodilladas ante mí, frente a frente en el suelo,</p>
<p>mientras yo voy con paso inseguro de una a otra. Tengo un recuerdo en mi mente, que se</p>
<p>mezcla con los recuerdos actuales, del contacto del dedo que Peggotty me tendía para</p>
<p>ayudarme a andar: un dedo acribillado por la aguja y áspero como un rallador.</p>
<p>Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo que la memoria de la mayor parte de los</p>
<p>hombres puede conservar una impresión de la infancia más amplia de lo que</p>
<p>generalmente se supone; también creo que la capacidad de observación está</p>
<p>exageradamente desarrollada en muchos niños y además es muy exacta. Esto me hace</p>
<p>pensar que los hombres que destacan por dicha facultad es, con toda seguridad, porque no</p>
<p>la han perdido más que porque la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por lo</p>
<p>general, esos hombres conservan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de</p>
<p>agradar, que también es herencia procedente de la infancia.</p>
<p>Podrá tachárseme de divagador por detenerme a decir estas cosas, pero ello me obliga a</p>
<p>hacer constar que todas estas conclusiones las saco en parte de mi propia experiencia.</p>
<p>Así, si alguien piensa que en esta narración me presento como un niño de observación</p>
<p>aguda, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, puede estar</p>
<p>seguro de que tengo derecho a ambas características.</p>
<p>Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de mis años infantiles, lo primero que</p>
<p>recuerdo, emergiendo por sí mismo de la confusión de las cosas, es a mi madre y a Peggotty.</p>
<p>¿,Qué más recuerdo? Veamos.</p>
<p>También sale de la bruma nuestra casa, tan unida a mis primeros recuerdos. En el piso</p>
<p>bajo, la cocina de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay un palomar vacío y en</p>
<p>un rincón una gran caseta de perro sin perro, y donde pululan una gran cantidad de pollos,</p>
<p>que a mí me parecen gigantescos y que corretean por allí de una manera feroz y</p>
<p>amenazadora. Hay un gallo que se sube a un palo y que cuando yo le observo desde la</p>
<p>ventana de la cocina parece mirarme con tanta atención que me hace estremecer: ¡es tan</p>
<p>arrogante! Hay también unas ocas que se dirigen a mí asomando sus largos cuellos por la</p>
<p>reja cuando me acerco. Por la noche sueño con ellas, como podría soñar un hombre que,</p>
<p>rodeado de fieras, se duerme pensando en los leones.</p>
<p>Un largo pasillo (¡qué enorme perspectiva conservo de él!) conduce desde la cocina de</p>
<p>Peggotty hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa abre su puerta al pasillo, y ese</p>
<p>es un sitio por el que de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién sabe lo que puede</p>
<p>suceder entre todas aquellas ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y sólo un</p>
<p>quinqué lo alumbra débilmente, dejando salir por la puerta entrabierta olor a jabón, a</p>
<p>velas y a café, todo mezclado? Después hay otras dos habitaciones: el gabinete, donde</p>
<p>pasamos todas las tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está siempre con</p>
<p>nosotros cuando no hay visita y ha terminado sus quehaceres), y la sala, donde</p>
<p>únicamente estamos los domingos. La sala es mucho mejor que el gabinete, pero no se</p>
<p>está en ella tan a gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza, pues Peggotty me</p>
<p>contó (no sé cuándo, pero me parece que hace siglos) que allí habían sido los funerales de</p>
<p>mi padre, rodeado de los parientes y amigos, cubiertos todos con mantos negros. Además,</p>
<p>un domingo por la noche mi madre nos leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrección</p>
<p>de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobrecogió de tal modo que después,</p>
<p>cuando ya estaba acostado, tuvieron que sacarme de la cama y enseñarme desde la</p>
<p>ventana de mi alcoba el cementerio, completamente tranquilo, con sus muertos</p>
<p>durmiendo en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la luna.</p>
<p>No hay nada tan verde en ninguna parte como el musgo de aquel cementerio, nada tan</p>
<p>frondoso como sus árboles, nada tan tranquilo como sus tumbas. Cuando por la mañana</p>
<p>temprano me arrodillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habitación de mi madre, y</p>
<p>miro por la ventana y veo a los corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja</p>
<p>reflejándose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre es el reloj de sol!», y me maravilla</p>
<p>que también hoy siga marcando el tiempo.</p>
<p>Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su alto respaldo al lado de una ventana, por</p>
<p>la que podemos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mirarla ni un momento: se conoce</p>
<p>que le gusta cerciorarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en ella. Pero aunque</p>
<p>los ojos de Peggotty vagabundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo hago lo</p>
<p>mismo, y me hace señas de que me esté quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo</p>
<p>no puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene puesta esa cosa blanca sí es muy</p>
<p>amigo mío, pero allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso que a lo mejor</p>
<p>interrumpirá el oficio para preguntarme la causa de ello ¿Qué haré, Dios mío?</p>
<p>Bostezar es muy feo, pero ¿qué voy a hacer? Miro a mi madre y noto que hace como</p>
<p>que no me ve. Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a hacerme muecas. Miro un</p>
<p>rayo de sol que entra por la puerta entreabierta del pórtico, pero allí también veo una</p>
<p>oveja extraviada (y no quiero decir un pecador, sino un cordero) que está a punto de</p>
<p>colarse en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola terminaré por gritarle que se</p>
<p>marche, y ¿qué sería de mí entonces? Miro las monumentales inscripciones de las tumbas</p>
<p>y trato de pensar en el difunto míster Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la pena</p>
<p>que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte de su marido, después de una larga</p>
<p>enfermedad, para la cual la ciencia de los médicos ha sido ineficaz, y me pregunto si</p>
<p>habrán consultado también a míster Chillip en vano; y en ese caso, ¿cómo podrá venir y</p>
<p>estarlo recordando una vez por semana? Miro a míster Chillip, que está con su corbata de</p>
<p>domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien que se podría jugar allí. El púlpito</p>
<p>sería la fortaleza; otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le arrojaríamos el</p>
<p>almohadón de terciopelo, con sus borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cierran</p>
<p>los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el</p>
<p>momento en que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me saca de la iglesia más</p>
<p>muerto que vivo.</p>
<p>Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las ventanas de los dormitorios abiertas,</p>
<p>por las que penetra un aire embalsamado, y los viejos nidos de cuervos que se balancean</p>
<p>todavía en lo alto de las ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de atrás, delante</p>
<p>del patio donde está el palomar y la caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo</p>
<p>recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra con una cadena: allí los frutos</p>
<p>maduran en los árboles más ricos y abundantes que en ninguna otra parte; y mientras mi</p>
<p>madre los recoge en su cesta, yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grosellas,</p>
<p>haciendo como que no me muevo. Se levanta un gran viento y el verano huye de</p>
<p>nosotros. En las tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando mi madre está</p>
<p>cansada se sienta en su butaca, se enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla su</p>
<p>talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le gusta mirarse y lo contenta que está de ser</p>
<p>tan bella.</p>
<p>Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa y la sensación de que los dos (mi</p>
<p>madre y yo) teníamos un poco de miedo de Peggotty, y nos sometíamos en casi todo a sus</p>
<p>órdenes; de aquí dimanaban siempre las primeras opiniones (si se pueden llamar así), a lo</p>
<p>que yo veía.</p>
<p>Una noche estábamos Peggotty y yo solos sentados junto al fuego. Yo había estado</p>
<p>leyéndole a Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí de leer muy mal o a la</p>
<p>pobre mujer le interesaba muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga impresión que le</p>
<p>quedó de mi lectura fue que se trataba de una especie de legumbres. Me había cansado de</p>
<p>leer y me caía de sueño; pero como tenía permiso (como una gran cosa) para permanecer</p>
<p>levantado hasta que volviera mi madre (que pasaba la velada en casa de unos vecinos)</p>
<p>como es natural, hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme a la cama.</p>
<p>Había llegado a ese estado de sueño en que me parecía que Peggotty se inflaba y crecía</p>
<p>de un modo gigantesco. Me sostenía con los dedos los párpados para que no se me cerrasen</p>
<p>y la miraba con insistencia, mientras ella seguía trabajando; también miraba el</p>
<p>pedacito de cera que tenía para el hilo (¡qué viejo estaba y qué arrugado por todos lados!</p>
<p>y la casita donde vivía el metro, y la caja de labor, con su tapa de corredera que tenía</p>
<p>pintada una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula color de rosa, y el dedal de</p>
<p>cobre puesto en su dedo, y a ella misma, que realmente me parecía encantadora.</p>
<p>Tenía tanto sueño que estaba convencido de que en el momento en que perdiera de vista</p>
<p>cualquiera de aquellas cosas ya no tendría remedio.</p>
<p>-Peggotty -dije de repente- ¿Has estado casada alguna vez?</p>
<p>-¡Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ¿,Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?</p>
<p>Me contestó tan sorprendida que casi me despabiló, y dejando de coser me miró con la</p>
<p>aguja todo lo estirada que le permitía el hilo.</p>
<p>-Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty? -le dije- Tú eres una mujer muy guapa,</p>
<p>¿no?</p>
<p>La encontraba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de</p>
<p>belleza, me parecía un ejemplar perfecto.</p>
<p>Había en el gabinete un taburete de terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado</p>
<p>un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma</p>
<p>cosa. El terciopelo del taburete era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de</p>
<p>menos.</p>
<p>-¿Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por Dios, querido. Pero ¿quién te ha</p>
<p>metido en la cabeza esas cosas?</p>
<p>-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de una persona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?</p>
<p>-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.</p>
<p>-Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ¿entonces sí puede uno</p>
<p>casarse con otra? Di, Peggotty.</p>
<p>-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cuestión de gustos &#8211;dijo Peggotty.</p>
<p>-Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?</p>
<p>Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque me daba cuenta de que ella me</p>
<p>observaba con una curiosidad enorme.</p>
<p>-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un</p>
<p>momento de vacilación que yo nunca he estado casada, ni pienso estarlo, Davy. Eso es</p>
<p>todo lo que sé sobre el asunto.</p>
<p>-Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad, Peggotty? &#8211;dije después de un minuto</p>
<p>de silencio.</p>
<p>De verdad creía que se había enfadado, me había contestado tan lacónicamente; pero</p>
<p>me equivocaba por completo, pues dejando a un lado su labor (que era una media suya) y</p>
<p>abriendo mucho los brazos cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza. Estoy</p>
<p>seguro de que fue con fuerza, porque, como estaba tan gordita, en cuanto hacía un</p>
<p>movimiento algo brusco los botones de su traje saltaban arrancados. Y recuerdo que en</p>
<p>aquella ocasión salieron dos disparados hasta el otro extremo de la habitación.</p>
<p>-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodilos» -me dijo Peggotty, que todavía no</p>
<p>había conseguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he enterado ni de la mitad.</p>
<p>Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni por qué tenía aquel afán en volver a</p>
<p>ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los monstruos, con un nuevo interés</p>
<p>por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol como</p>
<p>corríamos hacia ellos hostigándolos con insistentes vueltas a su alrededor, tan rápidas,</p>
<p>que ellos, a causa de su extraña forma, no podían seguir. Después los perseguíamos en el</p>
<p>agua como los indígenas, y les introducíamos largos pinchos por las fauces. En resumen,</p>
<p>que llegamos a sabernos de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo menos yo. De</p>
<p>Peggotty no respondo, pues estaba tan distraída, que no hacía más que pincharse con la</p>
<p>aguja en la cara y en los brazos.</p>
<p>Habiendo agotado todo lo referente a los cocodrilos, íbamos a empezar con sus</p>
<p>semejantes, cuando sonó la campanilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi madre. Me</p>
<p>pareció que estaba más bonita que nunca, y con ella llegaba un caballero de hermosas</p>
<p>patillas y cabello negros, a quien ya conocía por habernos acompañado a casa desde la</p>
<p>iglesia el domingo anterior.</p>
<p>Cuando mi madre se detuvo en la puerta para cogerme en sus brazos y besarme, el</p>
<p>caballero dijo que yo tenía más suerte que un rey (o algo parecido) pues me temo que mis</p>
<p>reflexiones ulteriores me ayuden en esto.</p>
<p>-¿Qué quiere decir? -pregunté por encima del hombro de mi madre.</p>
<p>El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por qué no me gustaban ni él ni su voz</p>
<p>profunda, y tenía como celos de que su mano tocara la de mi madre mientras me</p>
<p>acariciaba. Le rechacé lo más fuerte que pude.</p>
<p>-¡Oh Davy! -me reprochó mi madre.</p>
<p>-¡Querido niño! -dijo el caballero, ¡No me sorprende su adoración!</p>
<p>Nunca había visto un color tan hermoso en el rostro de mi madre.</p>
<p>Me regañó dulcemente por mi brusquedad, y estrechándome entre sus brazos, daba las</p>
<p>gracias al caballero por haberse molestado en acompañarla. Mientras hablaba le tendió la</p>
<p>mano, y mientras se la estrechaba me miraba.</p>
<p>-Dame las buenas noches, hermoso -dijo el caballero, después de inclinarse (¡yo lo vi!)</p>
<p>a besar la mano de mi madre.</p>
<p>-¡Buenas noches! &#8211;dije.</p>
<p>-Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos del mundo -insistió riendo-; dame la</p>
<p>mano.</p>
<p>Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha y yo le tendí la otra.</p>
<p>-¡Cómo! Esta es la mano izquierda, Davy -dijo él riendo.</p>
<p>Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo había resuelto no dársela, y no se la di.</p>
<p>Le alargué la otra, que él estrechó cordialmente, y diciendo que era un buen chico, se</p>
<p>marchó.</p>
<p>Un momento después le vi volverse en la puerta del jardín y lanzarnos una última</p>
<p>mirada (antes de que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de mal agüero.</p>
<p>Peggotty, que no había dicho una palabra ni movido un dedo, cerró instantáneamente</p>
<p>los cerrojos, y entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su costumbre, en lugar de</p>
<p>sentarse en la butaca junto al fuego, permaneció en el otro extremo de la habitación</p>
<p>canturreando para sí.</p>
<p>-Espero que haya pasado usted una velada agradable -dijo Peggotty, tiesa como un palo</p>
<p>en el centro de la habitación y con un palmatoria en la mano.</p>
<p>-Sí, Peggotty, muchas gracias -respondió mi madre con voz alegre-. He pasado una</p>
<p>velada muy agradable.</p>
<p>-Una persona nueva es siempre un cambio muy agradable -insistió Peggotty.</p>
<p>-Naturalmente, es un cambio muy agradable -contestó mi madre.</p>
<p>Peggotty continuó inmóvil en medio de la habitación, y mi madre reanudó su canto. Yo</p>
<p>me dormí, aunque no con un sueño profundo, pues me parcería oír sus voces, pero sin entender</p>
<p>lo que decían. Cuando me desperté de aquella desagradable modorra, me encontré</p>
<p>a Peggotty y a mamá hablando y llorando.</p>
<p>-No es una persona así la que le hubiera gustado a mister Copperfield -decía Peggotty-;</p>
<p>se lo repito y se lo juro.</p>
<p>-¡Dios mío! -exclamó mi madre-. ¿Quieres volverme loca? En mi vida he visto a nadie</p>
<p>ser tratado con tanta crueldad por sus criados. Además, hago una injusticia si me considero</p>
<p>una niña. ¿No he estado casada, Peggotty?</p>
<p>-Dios sabe que sí, señora -respondió Peggotty.</p>
<p>-¿Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-, cómo tienes corazón para hacerme tan</p>
<p>desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie</p>
<p>que me consuele?</p>
<p>-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle que eso no le conviene. No, no puede ser.</p>
<p>De ninguna manera debe usted hacerlo. ¡No!</p>
<p>Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al aire del énfasis con que la movía.</p>
<p>-¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una manera tan injusta? -gritó mi madre</p>
<p>llorando más que antes-. ¿Por qué te empeñas en considerarlo como cosa decidida,</p>
<p>Peggotty, cuando te repito una vez y otra que no ha pasado nada de la más corriente</p>
<p>cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la</p>
<p>siente, ¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pregunto? Tú querrías que me</p>
<p>afeitase la cabeza y me ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con una quemadura,</p>
<p>un cuchillo o algo parecido. Estoy segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura de</p>
<p>que te daría una gran alegría.</p>
<p>Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la reprimenda.</p>
<p>-Y mi niño, mi hijito querido -continuó mi madre, acercándose a la butaca en que yo</p>
<p>estaba tendido y acariciándome-, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que no quiero a mi</p>
<p>mayor tesoro! El mejor compañero que haya existido jamás.</p>
<p>-Nadie ha insinuado semejante cosa &#8212;dijo Peggotty.</p>
<p>-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy bien. Es lo que has querido decirme con</p>
<p>tus malas palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien como yo que únicamente</p>
<p>por él no me he comprado el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que la verde</p>
<p>está completamente destrozada y se va por momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes</p>
<p>negarlo!</p>
<p>Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando su mejilla contra la mía:</p>
<p>-¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una madre mala, egoísta y cruel? Di que lo</p>
<p>soy, hijo mío; di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peggotty vale mucho más que</p>
<p>el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ¿verdad?</p>
<p>Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que yo era el que lloraba más fuerte; pero</p>
<p>estoy seguro de que todos lo hacíamos con sinceridad. Yo estaba verdaderamente destrozado,</p>
<p>y temo que en los primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a Peggotty</p>
<p>bestia. Aquella excelente criatura estaba en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y</p>
<p>estoy casi seguro de que en aquella ocasión su vestido debió de quedarse sin un solo</p>
<p>botón, pues saltaron por los aires cuando después de reconciliarse con mi madre se</p>
<p>arrodilló al lado del sillón para reconciliarse conmigo.</p>
<p>Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollozos me desvelaron durante mucho</p>
<p>tiempo; y cuando un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la cama, me encontré a</p>
<p>mi madre sentada a los pies a inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me dormí</p>
<p>profundamente.</p>
<p>No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a ver al caballero aquel, o si pasó más</p>
<p>tiempo antes de que reapareciese; no puedo recordarlo, y no pretendo determinar fechas;</p>
<p>pero sé que volví a verlo en la iglesia y que después nos acompañó a casa. Además, entró</p>
<p>para ver un hermoso geranio que teníamos en la ventana del gabinete. No me pareció que</p>
<p>se fijaba mucho en el geranio; pero antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi</p>
<p>madre le dijo que cortara él mismo la que más le gustase; pero él se negó, no comprendí</p>
<p>por qué, y entonces mi madre, arrancando una florecita, se la dio. Él dijo que nunca,</p>
<p>nunca, se separaría de ella; y yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que no sabía</p>
<p>que al día siguiente estaría marchita.</p>
<p>Por aquella época, Peggotty empezó a estar menos con nosotros por las noches. Mi</p>
<p>madre la trataba con mucha deferencia (más que de costumbre me parecía a mí), y los</p>
<p>tres estábamos muy amigos, pero había algo distinto que nos hacía sentir violentos</p>
<p>cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pensaba que a Peggotty no le gustaba que mi</p>
<p>madre luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía guardados, ni que fuera tan a</p>
<p>menudo a casa de la misma vecina; pero no lograba comprender por qué.</p>
<p>Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al caballero de las patillas negras. Seguía sin</p>
<p>gustarme más que al principio y continuaba sintiendo los mismos celos, aunque sin más</p>
<p>razón para ello que una instintiva antipatía de niño y un vago sentimiento de que</p>
<p>Peggotty y yo debíamos bastar a mi madre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de</p>
<p>haber sido mayor, no hubiera encontrado estas razones, ni siquiera nada semejante. Podía</p>
<p>observar pequeñas cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo que estaba por</p>
<p>encima de mis fuerzas.</p>
<p>Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en el jardín, cuando míster Murdstone</p>
<p>(entonces ya sabía su nombre) pasó por allí a caballo. Se detuvo un momento a saludar a</p>
<p>mi madre, y dijo que iba a Lowestolf, donde tenía unos amigos, dueños de un yate, y me</p>
<p>propuso muy alegremente llevarme con él montado en la silla si me gustaba el paseo.</p>
<p>Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mientras piafaba y relinchaba a la puerta del</p>
<p>jardín, parecía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí grandes deseos de acompañarlos.</p>
<p>Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre tanto, míster Murdstone desmontó, y</p>
<p>con las bridas del caballo debajo del brazo se puso a pasear lentamente por el otro lado</p>
<p>del seto, mientras mi madre le acompañaba, paseando también lentamente, por dentro del</p>
<p>jardín. Me reuní con Peggotty y los dos nos pusimos a mirar desde la ventana de mi</p>
<p>cuarto. Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar el seto que había entre ellos</p>
<p>mientras andaban; y también que Peggotty, que estaba de muy buen humor, pasó en un</p>
<p>momento a todo lo contrario, y comenzó a peinarme de un modo violento.</p>
<p>Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando a lo largo del verde seto por el lado</p>
<p>del camino. Me sostenía cómodamente con un brazo; pero yo no podía estarme tan quieto</p>
<p>como de costumbre, y no dejaba de pensar a cada momento en volver la cabeza para</p>
<p>mirarle. Míster Murdstone tenía una clase de ojos negros «vacíos». No encuentro otra</p>
<p>palabra para definir esos ojos que no son profundos, en los que no se puede sumergir la</p>
<p>mirada y que cuando se abstraen parece, por una peculiaridad de luz, que se desfiguran</p>
<p>por un momento como una máscara. Varias de las veces que le miré le encontré con</p>
<p>aquella expresión, y me preguntaba a mí mismo, con una especie de terror, en qué estaría</p>
<p>pensando tan abstraído.</p>
<p>Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me parecieron más negros y más</p>
<p>abundantes;.nunca hubiera creído que fueran así. La parte inferior de su rostro era</p>
<p>cuadrada; esto y la sombra de su barba, muy negra, que se afeitaba cuidadosamente todos</p>
<p>los días, me recordaba una figura de cera que habían recibido haría unos seis meses en</p>
<p>nuestra vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el brillante colorido de su cutis (al</p>
<p>diablo su cutis y al diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de mis sentimientos,</p>
<p>que era un hombre muy guapo. No me extraña que mi pobre y querida madre pensara lo</p>
<p>mismo.</p>
<p>Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde encontramos a dos caballeros fumando en</p>
<p>una habitación. Cada uno estaba tumbado lo menos en cuatro sillas, y tenían puestas unas</p>
<p>chaquetas muy amplias. En un rincón había un montón de abrigos, capas para embarcarse</p>
<p>y una bandera, todo empaquetado junto.</p>
<p>Cuando entramos, los dos se levantaron perezosamente y dijeron:</p>
<p>-¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías muerto!</p>
<p>-Todavía no &#8211;dijo Murdstone.</p>
<p>-¿Y quién es este chico? -dijo, cogiéndome, uno de los caballeros.</p>
<p>-Es Davy &#8212;contestó Murdstone.</p>
<p>-Davy, ¿qué? &#8211;dijo el caballero-. ¿Jones?</p>
<p>-Copperfield -dijo Murdstone.</p>
<p>-¡Ah, vamos! ¡El estorbo de la seductora mistress Copperfield, la viudita bonita!</p>
<p>-exclamó el caballero.</p>
<p>-Quinion -dijo Murdstone-, tenga usted cuidado. Hay gente muy avispada.</p>
<p>-¿Quién? -preguntó el otro, riéndose.</p>
<p>Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha curiosidad por saber de quién hablaban.</p>
<p>-Hablo de Brooks de Shefield -dijo míster Murdstone.</p>
<p>Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de Brooks de Shefield, porque en el primer</p>
<p>momento había creído que hablaban de mí.</p>
<p>Debía de haber algo muy cómico en la fama de míster Brooks de Shefield, pues los</p>
<p>otros dos caballeros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster Murdstone también</p>
<p>pareció divertirle mucho. Después que hubieron reído un rato, el caballero a quien habían</p>
<p>llamado Quinion dijo:</p>
<p>-¿Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo que se refiere al asunto?</p>
<p>-No creo que Brooks entienda todavía mucho de ello -replicó míster Murdstone-; pero</p>
<p>en general no me parece favorable.</p>
<p>De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo que iba a mandar traer una botella de</p>
<p>sherry para brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio también a mí un poco con</p>
<p>un bizcocho, y antes de que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:</p>
<p>-¡A la confusión de Brooks de Shefield!</p>
<p>El brindis fue recibido con aplausos y grandes risas, lo que me hizo reír a mí también.</p>
<p>Entonces ellos rieron todavía más. En resumen, nos divertimos mucho.</p>
<p>Luego estuvimos paseando; después nos fuimos a sentar en la hierba, y más tarde lo</p>
<p>estuvimos mirando todo a través de un telescopio. Yo no podía ver nada cuando lo ponían</p>
<p>ante mis ojos, pero decía que veía muy bien. Después volvimos al hotel para almorzar.</p>
<p>Todo el tiempo que estuvimos en la calle los amigos de míster Murdstone fumaron sin</p>
<p>cesar, lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de estar haciendo desde que habían</p>
<p>salido los trajes de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a visitar el yate. Allí ellos</p>
<p>tres bajaron a una cabina donde estuvieron mirando unos papeles. Yo los veía</p>
<p>completamente entregados a su trabajo cuando se me ocurría mirar por la claraboya</p>
<p>entreabierta. Durante aquel tiempo me dejaron con un hombre encantador, con</p>
<p>abundantes cabellos rojos y un sombrero pequeño y barnizado encima. También llevaba</p>
<p>una camisa o un jersey rayado, sobre la que se veía escrito en letras mayúsculas Alondra.</p>
<p>Yo pensé que sería su nombre, y que, como vivía en un barco y no tenía puerta donde</p>
<p>ponerlo, se lo ponía encima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo que aquel no</p>
<p>era su nombre, sino el del barco.</p>
<p>Durante todo el día pude observar que míster Murdstone estaba más serio y silencioso</p>
<p>que los otros dos caballeros, los cuales parecían muy alegres y despreocupados, bromeando</p>
<p>de continuo entre ellos, pero muy rara vez con él. También me pareció que era más</p>
<p>inteligente y más frío y que lo miraban con algo del mismo sentimiento que yo</p>
<p>experimentaba. Pude observar que una o dos veces, cuando míster Quinion hablaba,</p>
<p>miraba de reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de que no le estaba</p>
<p>desagradando; y en otra ocasión, cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba más</p>
<p>entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le hizo señas con los ojos para que mirase a</p>
<p>míster Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso. No recuerdo que míster Murdstone</p>
<p>se riera en todo el día, excepto en el momento del brindis por Shefeld, y eso porque</p>
<p>había sido cosa suya.</p>
<p>Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy hermosa, y mi madre y él se pasearon</p>
<p>de nuevo a lo largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando míster Murdstone se</p>
<p>marchó, mi madre me estuvo preguntando qué había hecho durante el día y lo que habían</p>
<p>dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo</p>
<p>que eran unos impertinentes y que decían tonterías; pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía</p>
<p>con la misma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía a</p>
<p>míster Brooks de Shefield; pero me contestó que no, y que suponía que se trataría de</p>
<p>algún fabricante de cuchillos.</p>
<p>¿Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha cambiado y que no existe) ha</p>
<p>desaparecido para siempre, cuando todavía en este momento le estoy viendo ante mí tan</p>
<p>claro como el de una persona a quien se reconocería en medio de la multitud? ¿Cómo</p>
<p>decir que su inocencia y de su belleza infantil, han desaparecido, cuando todavía siento su</p>
<p>aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche? ¿Es posible que haya cambiado,</p>
<p>cuando mi imaginación me la trae todavía viva, y aquel verdadero cariño que sentía y que</p>
<p>sigo sintiendo, recuerda aún lo que más quería entonces?</p>
<p>Al referirme a ella la describo como era: cuando me fui aquella noche a la cama</p>
<p>después de charlar y cuando después vino ella a mi lecho a besarme, se arrodilló</p>
<p>alegremente al lado de mi camita y con la barbilla apoyada en sus manos y riendo me</p>
<p>dijo:</p>
<p>-¿Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo; ¡no lo puedo creer!</p>
<p>-La seductora&#8230; -empecé.</p>
<p>Mi madre puso sus manos sobre mis labios para interrumpirme.</p>
<p>-No sería seductora -dijo riendo-. No puede haber sido seductora, Davy. ¡Estoy segura</p>
<p>de que no era eso!</p>
<p>-Sí era: «la seductora mistress Copperfield» -repetí con fuerza-. Y «la bonita» .</p>
<p>-No, no; tampoco era bonita; no era bonita -interrumpió mi madre, volviendo a poner</p>
<p>sus dedos sobre mis labios.</p>
<p>-Sí era, sí: « la bonita viudita».</p>
<p>-¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! -exclamó mi madre riendo y cubriéndose el rostro con</p>
<p>las manos. ¡Qué hombres tan ridículos! Davy querido&#8230;</p>
<p>-¿Qué, mamá?</p>
<p>-No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos. Yo también estoy muy enfadada;</p>
<p>pero prefiero que Peggotty no lo sepa.</p>
<p>Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos todavía muchas veces, y pronto caí en un</p>
<p>profundo sueño.</p>
<p>Ahora, desde la distancia, me parece como si hubiera sido al día siguiente cuando</p>
<p>Peggotty me hizo la extravagante y aventurada proposición que voy a relatar, aunque es</p>
<p>muy probable que fuese dos meses después.</p>
<p>Una noche estábamos (como siempre cuando mi madre había salido) sentados, en</p>
<p>compañía del metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la catedral de Saint Paul en</p>
<p>la tapa y del libro del cocodrilo, cuando Peggotty, después de mirarme varias veces y</p>
<p>abrir la boca como si fuera a hablar, sin hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba;</p>
<p>de no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo cariñosamente:</p>
<p>-Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince días en casa de mi hermano, en</p>
<p>Yarmouth? ¿Te divertiría?</p>
<p>-¿Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty? -pregunté con precaución.</p>
<p>-¡Oh! ¡Ya lo creo que es un hombre simpático! -exclamó Peggotty levantando las</p>
<p>manos-. Y además allí tendrás el mar, y los barcos, y los buques grandes, y los pescadores,</p>
<p>y la playa, y a Ham para jugar.</p>
<p>Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencionado en el primer capítulo; pero</p>
<p>hablaba de él como de una parte de la gramática inglesa.</p>
<p>Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté que ya lo creo que me divertiría;</p>
<p>pero ¿qué diría mi madre?</p>
<p>-Apuesto una guinea -dijo Peggotty mirándome intensamente- a que nos deja. Si</p>
<p>quieres, se lo pregunto en cuanto vuelva. ¡Ahí mismo!</p>
<p>-Pero, ¿qué hará ella mientras no estemos? -dije, apoyando mis codos pequeños en la</p>
<p>mesa como para dar más fuerza a mi pregunta-. ¡No va a quedarse sola!</p>
<p>Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media era el roto que cosía, verdaderamente</p>
<p>debía de ser tan pequeño que no merecía la pena de repasarlo.</p>
<p>-Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podría vivir sola.</p>
<p>-¡Dios te bendiga! -exclamó al fin Peggotty, mirándome de nuevo-. ¿No lo sabes? Tu</p>
<p>madre va a pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress Grayper va a tener en su</p>
<p>casa mucha gente.</p>
<p>¡Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto a ir. Esperé con la más viva</p>
<p>impaciencia a que mi madre volviera de casa de mistress Grayper (pues estaba en casa de</p>
<p>aquella misma vecina) para estar seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea. Sin</p>
<p>ni mucho menos sorprenderse, como yo esperaba, mi madre consintió enseguida en ello;</p>
<p>y todo quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que pagarían por mi alojamiento y</p>
<p>manutención durante la visita.</p>
<p>El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían fijado tan cercano, que llegó pronto</p>
<p>hasta para mí, que lo esperaba con febril impaciencia y que temía que un temblor de</p>
<p>tierra, una erupción volcánica o cualquier otra gran convulsión de la naturaleza viniera a</p>
<p>interponerse interrumpiendo la expedición. Debíamos ir en el coche de un carretero que</p>
<p>partía por la mañana después del desayuno. Hubiera dado dinero por haber podido</p>
<p>vestirme la noche anterior y dormir ya con sombrero y botas.</p>
<p>¡Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parezca que lo digo como algo sin</p>
<p>importancia, la alegría con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar siquiera lo que</p>
<p>dejaba para siempre!</p>
<p>Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a la puerta y mi madre me besaba, una</p>
<p>gran ternura por ella y por el viejo lugar que nunca había abandonado me hizo llorar. Y</p>
<p>me gusta saber que mi madre también lloraba y que yo sentía latir su corazón contra el</p>
<p>mío.</p>
<p>Me gusta recordar que cuando el carro empezó a alejarse, mi madre corrió tras él por el</p>
<p>camino, mandándole parar, para darme más besos, y me gusta saber la gravedad y el cariño</p>
<p>con que apretaba su cara contra la mía, y yo también.</p>
<p>Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya partimos, míster Murdstone apareció a</p>
<p>su lado. Me pareció que le reprochaba el estar tan conmovida. Yo los miraba a través de</p>
<p>los barrotes del carro, preocupado con la idea de por qué ese señor se metería en aquello.</p>
<p>Peggotty, que también estaba mirando, no parecía nada satisfecha; se lo noté en cuanto</p>
<p>le miré a la cara.</p>
<p>Durante algún tiempo permanecí mirando a Peggotty y pensando que si ella quisiera</p>
<p>abandonarme, como a los niños en los cuentos de hadas, yo sería capaz de volver a encontrar</p>
<p>el camino de casa guiándome sólo por los botones que, seguramente, se le irían</p>
<p>cayendo.</p>
<p><b>CAPÍTULO III</b></p>
<p><b>UN CAMBIO</b></p>
<p>Quiero suponer que el caballo del carretero era el más perezoso del mundo, pues</p>
<p>caminaba muy despacio y con la cabeza baja, como si le gustase hacer esperar a la gente</p>
<p>a quien llevaba los encargos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se reía para sí al</p>
<p>pensar en ello. Sin embargo, el carretero me dijo que era tos porque había cogido un</p>
<p>constipado.</p>
<p>También él tenía la costumbre de llevar la cabeza baja, como su caballo, y mientras</p>
<p>conducía iba medio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y digo «conducía»</p>
<p>aunque a mí me pareció que el carro hubiera podido ir a Yarmouth exactamente igual sin</p>
<p>él; era evidente que el caballo no lo necesitaba; y en cuanto a dar conversación, no tenía</p>
<p>ni idea; sólo silbaba.</p>
<p>Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa cesta de provisiones, que hubiera</p>
<p>podido durarnos hasta Londres aunque hubiéramos continuado el viaje con el mismo</p>
<p>medio de transporte. Comíamos y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la barbilla</p>
<p>apoyada en el asa de la cesta, postura de la que ni por un momento se cansaba; y yo</p>
<p>nunca hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis propios oídos, que una mujer tan</p>
<p>débil roncase de aquel modo.</p>
<p>Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estuvimos tanto tiempo descargando la</p>
<p>armadura de una cama en una posada y llamando en otros muchos sitios, que estaba ya</p>
<p>cansadísimo, y me puse muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.</p>
<p>Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo largo del río me pareció que estaba</p>
<p>todo muy esponjoso y empapado, y no acertaba a comprender cómo si el mundo es realmente</p>
<p>redondo (según mi libro de geografía) una parte de él puede ser tan sumamente</p>
<p>plana. Imaginando que Yarmouth podía estar situada en uno de los polos, ya era más</p>
<p>explicable. Conforme nos acercábamos veíamos extenderse cada vez más el horizonte</p>
<p>como una línea recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna colina, o cosa</p>
<p>semejante, de vez en cuando, mejoraría mucho el paisaje, y que si la tierra estuviera un</p>
<p>poco más separada del mar y la ciudad menos sumergida en él, como un trozo de pan en</p>
<p>el caldo, sería mucho más bonito. Pero Peggotty me contestó, con más énfasis que de</p>
<p>costumbre, que había que tomar las cosas como eran, y que, por su parte, estaba orgullosa</p>
<p>de poder decir que era un «arenque» de Yarmouth.</p>
<p>Cuando salimos a la calle (que era completamente extraña y nueva para mí); cuando</p>
<p>sentí el olor del pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a los pescadores</p>
<p>paseando y las carretas de un lado para otro, comprendí que había sido injusto con un</p>
<p>pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peggotty, que escuchó mis expresiones de</p>
<p>entusiasmo con gran complacencia y me contestó que era cosa reconocida (supongo que</p>
<p>por todos aquellos que habían tenido la suerte de nacer « arenques») que Yarmouth era,</p>
<p>por encima de todo, el sitio más hermoso del universo.</p>
<p>-Allí veo a mi Ham. ¡Pero si está desconocido de lo que ha crecido -gritó Peggotty.</p>
<p>En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta de la posada, y me preguntó por mi</p>
<p>salud como a un antiguo conocido. Al principio me daba cuenta de que no le conocía</p>
<p>tanto como él a mí, pues el haber estado en casa la noche de mi nacimiento le daba, como</p>
<p>es natural, gran ventaja. Sin embargo, empezamos a intimar desde el momento en que me</p>
<p>cogió a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa. Ham era entonces un muchacho</p>
<p>grandón y fuerte, de seis pies de alto y bien proporcionado, con enormes espaldas redondas;</p>
<p>pero con una cara de expresión infantil y unos cabellos rubios y rizados que le</p>
<p>daban todo el aspecto de un cordero. Iba vestido con una chaqueta de lona y unos</p>
<p>pantalones tan tiesos, que se hubieran sostenido solos incluso sin piernas dentro.</p>
<p>Sombrero, en realidad, no se podía decir que llevaba, pues iba cubierto con una especie</p>
<p>de tejadillo algo embreado como un barco viejo.</p>
<p>Ham me llevaba a caballo encima de sus hombros, y con una de nuestras maletas</p>
<p>debajo del brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por senderos cubiertos con</p>
<p>montones de viruta y de montañitas de arena; después cerca de una fábrica de gas, por</p>
<p>delante de cordelerías, arsenales de construcción y de demolición, arsenales de calafateo,</p>
<p>de herrerías en movimiento y de muchos sitios análogos. Y por fin llegamos ante la vaga</p>
<p>extensión que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:</p>
<p>-Esta es nuestra casa, señorito Davy.</p>
<p>Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar en aquel desierto, por encima del mar y</p>
<p>por la orilla; pero no conseguí descubrir ninguna casa; allí había una barcaza negra o algo</p>
<p>parecido a una barca viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de hierro asomando</p>
<p>como una chimenea, del que salía un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pudiera</p>
<p>parecer una casa.</p>
<p>-¿No será eso? -dije- ¿Eso que parece una barca?</p>
<p>-Precisamente eso, señorito Davy -replicó Ham.</p>
<p>Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas sus maravillas, creo que no me hubiera</p>
<p>seducido más la romántica idea de vivir en él. Tenía una puerta bellísima, abierta en un</p>
<p>lado, y tenía techo y ventanas pequeñas; pero su mayor encanto consistía en que era un</p>
<p>barco de verdad, que no cabía duda que había estado sobre las olas cientos de veces y que</p>
<p>no había sido hecho para servir de morada en tierra firme. Eso era lo que más me</p>
<p>cautivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera parecido pequeña o incómoda o</p>
<p>demasiado aislada; pero no habiendo sido destinada a ese uso, resultaba una morada</p>
<p>perfecta.</p>
<p>Por dentro estaba limpia como los chorros del oro y lo más ordenada posible. Había una</p>
<p>mesa y un reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda una bandeja de té, en la que</p>
<p>había pintada una señora con una sombrilla paseándose con un niño de aspecto marcial</p>
<p>que jugaba al aro. La bandeja estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se hubiese</p>
<p>escurrido habría arrastrado en su caída gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que</p>
<p>estaban agrupados su alrededor. En las paredes había algunas láminas con marcos y</p>
<p>cristal: eran imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he podido verlas en manos de</p>
<p>los vendedores ambulantes sin contemplar al mismo tiempo el interior completo de la</p>
<p><i>casa </i>del hermano de Peggotty. Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, de</p>
<p>azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de leones, verdes, eran los más notables.</p>
<p>Sobre la repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgubre <i>Shara Jane</i>, comprado en</p>
<p>Sunderland, que tenía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de composición y de</p>
<p>carpintería que yo consideraba como una de las cosas más deseables que podía ofrecer el</p>
<p>mundo. En las vigas del techo había varios ganchos, cuyo uso no adiviné entonces;</p>
<p>algunos baúles y cajones servían de asiento, aumentando así el número de sillas.</p>
<p>Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de un primer vistazo, de acuerdo con mi</p>
<p>teoría de observación infantil. Después, Peggotty, abriendo una puertecita, me enseñó mi</p>
<p>habitación. Era la habitación más completa y deseable que he visto en mi vida. Estaba en</p>
<p>la popa del barco y tenía una ventanita, que era el sitio por donde antes pasaban el timón;</p>
<p>un espejito estaba colgado en la pared, precisamente a mi altura, con su marco de</p>
<p>conchas; también había un ramo de plantas marinas en un cacharro azul, encima de la</p>
<p>mesilla, y una cainita con el sitio suficiente para meterse en ella. Las paredes eran blancas</p>
<p>como la leche, y la colcha, hecha de retales, me cegaba con la brillantez de sus colores.</p>
<p>Una cosa que observé con interés en aquella deliciosa casita fue el olor a pescado; tan</p>
<p>penetrante, que cuando sacaba el pañuelo para sonarme olía como si hubiera servido para</p>
<p>envolver una langosta. Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, me dijo que su</p>
<p>hermano se dedicaba a la venta de cangrejos y langostas, y, en efecto, después encontré</p>
<p>gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No sabían estar un momento sin pinchar</p>
<p>todo lo que encontraban en un pequeño pilón de madera que había fuera de la casa, y en</p>
<p>el que también se metían los pucheros y cacerolas.</p>
<p>Fuimos recibidos por una mujer muy bien educada, que tenía un delantal blanco y a</p>
<p>quien yo había visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo reverencias en la</p>
<p>puerta cuando llegaba montado en Ham. A su lado estaba la niña más encantadora del</p>
<p>mundo (así me lo pareció), con un collar de perlas azules alrededor del cuello, pero que</p>
<p>no me dejó besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo. Después que hubimos</p>
<p>comido de una manera opípara pescado cocido, mantequilla y patatas, con una chuleta</p>
<p>para mí, un hombre de largos cabellos y cara de buena persona entró en la casa. Como</p>
<p>llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en la mejilla, no tuve la menor duda de</p>
<p>que era su hermano. En efecto, así me le presentaron: míster Peggotty, señor de la casa.</p>
<p>-Muy contento de verte -dijo míster Peggotty-; nos encontrará usted muy rudos,</p>
<p>señorito, pero siempre dispuestos a servirle.</p>
<p>Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de que sería feliz en un sitio tan</p>
<p>delicioso.</p>
<p>-¿Y cómo está su mamá? &#8211;dijo míster Peggotty-. ¿La ha dejado usted en buena salud?</p>
<p>Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien que podía desearse, y añadí que me había</p>
<p>dado muchos recuerdos para él, lo que era una mentira amable por mi parte.</p>
<p>-Le aseguro que se lo agradezco mucho -dijo míster Peggotty-. Muy bien, señorito; si</p>
<p>puede usted estarse quince días contento entre nosotros &#8211;dijo mirando a su hermana, a</p>
<p>Ham y a la pequeña Emily-, nosotros, muy orgullosos de su compañía.</p>
<p>Después de hacerme los honores de su casa de la manera más hospitalaria, míster</p>
<p>Peggotty fue a lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el agua fría no era</p>
<p>suficiente para limpiarle». Pronto volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado que</p>
<p>no pude por menos que pensar que su rostro era semejante a las langostas y cangrejos que</p>
<p>vendía, que entraban en el agua caliente muy negros y salían rojos.</p>
<p>Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerrada y la habitación confortable (las</p>
<p>noches eran frías y brumosas entonces), me pareció que aquel era el retiro más delicioso</p>
<p>que la imaginación del hombre podía concebir. Oír el viento sobre el mar, saber que la</p>
<p>niebla invadía poco a poco aquella desolada planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y</p>
<p>pensar que en los alrededores no había más casa que aquella y que, además, era un barco,</p>
<p>me parecía cosa de encantamiento.</p>
<p>La pequeña Emily ya había vencido su timidez y estaba sentada a mi lado en el más</p>
<p>bajo de los cajones, que era precisamente del ancho suficiente para nosotros dos y parecía</p>
<p>estar a propósito esperándonos en un rincón al lado del fuego.</p>
<p>Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía media al otro lado del hogar. Peggotty</p>
<p>y su labor, con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encontraban tan completamente a sus</p>
<p>anchas como si nunca hubieran conocido otra casa. Ham había estado dándome una</p>
<p>primera lección a cuatro patas con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de recordar</p>
<p>cómo se decía la buenaventura, a iba dejando impresa la marca de su pulgar en cada una</p>
<p>de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí que era un momento propicio para la</p>
<p>conversación y las confidencias:</p>
<p>-Mister Peggotty -dije.</p>
<p>-Señorito &#8211;dijo él.</p>
<p>-¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive usted en una especie de</p>
<p>arca?</p>
<p>Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta como una idea profunda; pero me</p>
<p>contestó:</p>
<p>-Yo nunca le he puesto ningún nombre.</p>
<p>-¿Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo a míster Peggotty la pregunta número</p>
<p>dos del catecismo.</p>
<p>-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.</p>
<p>-¡Yo creía que era usted su padre!</p>
<p>-Mi hermano Joe era su padre &#8211;dijo.</p>
<p>-¿Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, después de una pausa respetuosa.</p>
<p>-Ahogado -dijo míster Peggotty.</p>
<p>Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggotty no fuese el padre de Ham, y empecé</p>
<p>a temer si no estaría también equivocado sobre el parentesco de todos los demás. Tenía</p>
<p>tanta curiosidad por saberlo, que me decidí a seguir preguntando:</p>
<p>-Pero la pequeña Emily -dije mirándola-, ¿esa sí es su hija? ¿No es así, míster</p>
<p>Peggotty?</p>
<p>-No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.</p>
<p>No pude resistirlo a insinué, después de otro silencio respetuoso:</p>
<p>-¿Ha muerto, míster Peggotty?</p>
<p>-Ahogado &#8211;dijo mister Peggotty.</p>
<p>Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo asunto; pero me interesaba llegar al</p>
<p>fondo del asunto y dije:</p>
<p>-Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster Peggotty?</p>
<p>-No, señorito -me contestó con una risa corta&#8212;, soy soltero.</p>
<p>-¡Soltero! -exclamé atónito- Entonces ¿quién es esa, míster Peggotty? -dije apuntando a</p>
<p>la mujer del delantal blanco, que estaba haciendo media.</p>
<p>-Esa es mistress Gudmige &#8211;dijo míster Peggotty.</p>
<p>-¿Gudmige, míster Peggotty?</p>
<p>Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi Peggotty particular) empezó a</p>
<p>hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera preguntando, que no tuve más</p>
<p>remedio que sentarme y mirar a toda la silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de</p>
<p>acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y</p>
<p>Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en</p>
<p>diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de</p>
<p>un socio suyo que había muerto muy pobre.</p>
<p>-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo Peggotty-, pero tan bueno como el oro y</p>
<p>fuerte como el acero.</p>
<p>Estos eran sus símiles.</p>
<p>Y el único asunto, según me dijo, que le encolerizaba y sacaba de sus casillas era que se</p>
<p>hablase de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la conversación daba con su</p>
<p>mano derecha un violento puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la rompió) y</p>
<p>juraba con una horrible blasfemia que tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si</p>
<p>volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que hice nadie pudo darme la menor</p>
<p>explicación gramatical sobre aquella terrible frase «tomar el portante», que todos ellos</p>
<p>consideraban como si constituyese la más solemne imprecación.</p>
<p>Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped mientras oía a las mujeres, que se</p>
<p>acostaban en otra cama como la mía en el extremo opuesto del barco, y a él y a Ham colgando</p>
<p>dos hamacas, donde dormían, en los ganchos que había visto en el techo; y en el</p>
<p>más eufórico estado de ánimo me iba quedando dormido. Conforme el sueño se</p>
<p>apoderaba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y por la llanura con tal fiereza,</p>
<p>que sentí un cobarde temor de la gran oscuridad creciente de la noche. Pero me convencí</p>
<p>a mí mismo de que después de todo estábamos en un barco, y que un hombre como</p>
<p>míster Peggotty no era grano de anís a bordo, en caso de que ocurriera algo.</p>
<p>Sin embargo, nada sucedió hasta que me desperté por la mañana. En cuanto el sol se</p>
<p>reflejó en el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y corrí con la pequeña</p>
<p>Emily a coger caracoles en la playa.</p>
<p>-¿Tú serás ya casi un marinero, supongo? -dije a Emily.</p>
<p>No es que supusiera nada; pero sentía que era un deber de galantería decirle algo; y</p>
<p>viendo en aquel momento reflejarse la blancura deslumbrante de una vela en sus ojos claros,</p>
<p>se me ocurrió aquello.</p>
<p>-No &#8211;dijo Emily, sacudiendo su cabecita&#8212;, me da mucho miedo el mar.</p>
<p>-¡Miedo! -dije con aire suficiente y mirando muy fijo al océano inmenso- A mí no me</p>
<p>da miedo.</p>
<p>-¡Ah!, pero es tan malo a veces -dijo Emily-. Yo le he visto ser muy cruel con algunos</p>
<p>de nuestros hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco tan grande como nuestra</p>
<p>casa.</p>
<p>-Espero que no fuera el barco en que&#8230;</p>
<p>-¿En el que mi padre murió ahogado? &#8211;dijo Emily. No, no era aquel. Yo no he visto</p>
<p>nunca aquel barco.</p>
<p>-¿Ni tampoco a él? -le pregunté.</p>
<p>Emily sacudió la cabecita.</p>
<p>-Que yo recuerde, no.</p>
<p>¡Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a explicar cómo yo tampoco había visto</p>
<p>nunca a mi padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre solos en el estado de</p>
<p>mayor felicidad imaginable, y así vivíamos todavía, y así viviríamos siempre. También le</p>
<p>conté que la tumba de mi padre estaba en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la</p>
<p>sombra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme muchas mañanas para oír cantar a los</p>
<p>pájaros. Sin embargo, parece ser que había algunas diferencias entre la orfandad de Emily</p>
<p>y la mía. Ella había perdido a su madre antes que a su padre, y nadie sabía dónde estaba</p>
<p>la tumba de este último, aunque era de suponer que estaba en cualquier sitio de las</p>
<p>profundidades del mar.</p>
<p>-Y además &#8211;dijo Emily mientras buscaba conchas y piedras- tu padre era un caballero y</p>
<p>tu madre una señora; y mi padre era pescador y mi madre hija de un pescador, y mi tío</p>
<p>Dan también es pescador.</p>
<p>-¿Dan es míster Peggotty? &#8211;dije yo.</p>
<p>-El tío Dan -contestó Emily, señalando el barco-casa.</p>
<p>-Sí, a él me refiero. ¿,Debe de ser muy bueno, verdad?</p>
<p>-¿Bueno? -dijo Emily-. Si yo fuera señora, le daría una chaqueta azul cielo con botones</p>
<p>de diamantes, un pantalón con su espada, un chaleco de terciopelo rojo, un sombrero de</p>
<p>tres picos, un gran reloj de oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.</p>
<p>Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno de todos aquellos tesoros; pero debo</p>
<p>confesar que me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la indumentaria propuesta por</p>
<p>su agradecida sobrina y, principalmente, de lo que más dudaba era de la utilidad del</p>
<p>sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé aquellos pensamientos para mí.</p>
<p>La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas maravillas, se había parado y miraba</p>
<p>al cielo como si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos pusimos a buscar guijarros</p>
<p>y conchas.</p>
<p>-¿Te gustaría ser una dama? -le dije.</p>
<p>Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que sí.</p>
<p>-Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos damas y caballeros: yo, mi tío,</p>
<p>Ham y mistress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta.</p>
<p>Quiero decir por nosotros mismos, pues estoy segura de que nos preocuparíamos mucho</p>
<p>por los pobres pescadores y los ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún percance.</p>
<p>Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo encontré bastante probable, y expresé la</p>
<p>alegría que me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo entonces el valor de</p>
<p>decirme, tímidamente:</p>
<p>-Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?</p>
<p>En aquel momento el mar estaba lo bastante en calma como para no asustarme; pero no</p>
<p>dudo de que si hubiera visto una ola moderadamente grande avanzar hacia mí hubiese</p>
<p>huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin embargo, le</p>
<p>contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco me parece que le temas como dices», pues en</p>
<p>aquel momento andaba por el borde de una especie de antiguo rompeolas de madera, por</p>
<p>el que nos habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera a caer.</p>
<p>-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo cuando ruge, y tiemblo pensando en</p>
<p>el tío Dan y en Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso es por lo que me</p>
<p>gustaría ser una dama. Pero de esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!</p>
<p>Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr por un madero que, saliendo del sitio</p>
<p>en que estábamos, dominaba el agua profunda desde bastante altura y sin la menor</p>
<p>protección.</p>
<p>El incidente está tan grabado en mi memoria, que si fuera pintor podría dibujarlo ahora</p>
<p>tan claramente como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo hacia su muerte</p>
<p>(como entonces me pareció), con una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo lejos,</p>
<p>hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil, volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo</p>
<p>me reí de mis temores y del grito inútil que había dado, pues además no había nadie</p>
<p>cerca. Pero ha habido veces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que he pensado</p>
<p>que era posible (entre las posibilidades de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita</p>
<p>temeridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejanía cierto instintivo placer por el</p>
<p>peligro, como una atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de que su vida podía</p>
<p>terminar ese mismo día. Hubo un tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pensaba</p>
<p>que si la vida que esperaba a la niña me hubiera sido revelada en un momento, y de tal</p>
<p>modo que mi inteligencia infantil hubiera podido comprendería por completo, y si su</p>
<p>conservación hubiese dependido de un movimiento de mi mano, ¿debería haberío hecho?</p>
<p>Y durante cierto tiempo (no digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurrido) he</p>
<p>llegado a preguntarme si no habría sido mejor para ella que las aguas se hubiesen cerrado</p>
<p>sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he contestado: «Sí; más habría valido». Pero</p>
<p>esto es quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin embargo, no importa: dicho</p>
<p>está.</p>
<p>Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas que nos parecían muy curiosas, y</p>
<p>volvimos a poner cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar (yo en aquel tiempo</p>
<p>no conocía lo bastante la especie para saber si nos lo agradeeerían o no), y por fin</p>
<p>emprendimos el camino a la morada de míster Peggotty. Nos detuvimos un momento</p>
<p>debajo del pilón de las langostas para cambiar un inocente beso y entramos a desayunar</p>
<p>resplandecientes de salud y de alegría.</p>
<p>-Como dos tortolitos -dijo míster Peggotty.</p>
<p>No hay que decir que estaba enamorado de la pequeña Emily. Estoy seguro de que la</p>
<p>amaba con mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor pureza y desinterés del</p>
<p>que pueda haber en el mejor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantasía creaba</p>
<p>alrededor de aquella niña de ojos azules algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero</p>
<p>ángel; tanto es así, que si en una mañana radiante la hubiera visto desplegar sus alas y</p>
<p>desaparecer volando ante mis ojos, no me habría parecido extraño ni imposible.</p>
<p>Acostumbrábamos a pasear cariñosamente horas y horas por la monótona llanura de</p>
<p>Yarmouth. Y los días discurrían por nosotros como si el tiempo tampoco pasara y,</p>
<p>convertido en niño, estuviera siempre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a Emily</p>
<p>que la adoraba, y que si ella no confesaba adorarme también me vería obligado a</p>
<p>atravesarme con una espada. Y ella me respondía que sí con cariño, y estoy seguro de que</p>
<p>era así.</p>
<p>En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condiciones, o en nuestra juventud, o</p>
<p>en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no</p>
<p>se nos ocurría pensar en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más</p>
<p>adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.</p>
<p>Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de admirarnos, y cuchicheaban por la noche,</p>
<p>cuando estábamos tiernamente sentados uno al lado del otro en nuestro cajoncito: «Dios</p>
<p>mío, ¿pero no es un encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su pipa, y Ham se</p>
<p>pasaba la noche haciendo gestos de satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que</p>
<p>encontraban en nosotros la misma satisfacción que encontrarían en un juguete bonito o en</p>
<p>un modelo de bolsillo del Coliseo.</p>
<p>Pronto me pareció que mistress Gudmige no era siempre todo lo agradable que podía</p>
<p>esperarse, dadas las circunstancias de su residencia en aquella casa. Mistress Gudmige estaba</p>
<p>casi siempre de mal humor y se quejaba más de lo debido, para no incomodar a los</p>
<p>demás en un sitio tan chico. Lo sentí mucho por ella; pero había momentos en que habría</p>
<p>sido más agradable (yo creo) si mistress Gudmige hubiera tenido una habitación para ella</p>
<p>sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su buen humor.</p>
<p>Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una taberna llamada «La Afición». Lo</p>
<p>descubrí porque la segunda o tercera noche después de nuestra llegada, antes de que él</p>
<p>volviera, mistress Gudmige miraba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo que</p>
<p>míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que es más, que desde por la mañana sabía que</p>
<p>iría.</p>
<p>Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde se había deshecho en llanto porque</p>
<p>salía humo de la lumbre.</p>
<p>-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las palabras de mistress Gudmige cuando</p>
<p>ocurrió aquella desgracia-, todo va contra mí.</p>
<p>-Eso pasa pronto &#8211;dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)-, y además,</p>
<p>como usted puede comprender, no es menos desagradable para nosotros que para usted.</p>
<p>-¡Yo lo siento más! &#8211;exclamó mistress Gudmige.</p>
<p>Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío. Mistress Gudmige estaba en su rincón</p>
<p>de costumbre al lado del fuego, que a mí me parecía el más calentito y confortable, y su</p>
<p>silla era sin duda la más cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba</p>
<p>constantemente del frío, diciendo que le producía un dolor en la espalda, que llamaba «</p>
<p>hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llorar, repitiendo que « era una criatura sola</p>
<p>y sin recursos, y que todo iba contra ella».</p>
<p>-Es verdad que hace mucho frío &#8211;dijo Peggotty-; pero todos lo sentimos igual.</p>
<p>-¡Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gudmige.</p>
<p>Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la servía inmediatamente después</p>
<p>que a mí, que se me daba preferencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado</p>
<p>le pareció pequeño y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que</p>
<p>aquello nos decepcionaba; pero ella dijo que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de</p>
<p>nuevo, haciendo aquella formal declaración con gran amargura.</p>
<p>Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso de las nueve, la desgraciada mistress</p>
<p>Gudmige hacía media en su rincón con el aspecto más miserable del mundo. Peggotty</p>
<p>trabajaba alegremente; Ham estaba arreglando un gran par de botas de agua, y yo y</p>
<p>Emily, sentados uno al lado del otro, leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que</p>
<p>tomamos el té, no había hecho más observación que lanzar un suspiro desolado, y</p>
<p>después no volvió a levantar los ojos.</p>
<p>-Bien, compañeros -dijo míster Peggotty sentándose-: ¿cómo vamos?</p>
<p>Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la bienvenida, excepto mistress Gudmige,</p>
<p>que únicamente inclinó más su cabeza sobre la labor.</p>
<p>-¿Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una palmada-. ¡Vamos, valor, vieja</p>
<p>comadre!</p>
<p>Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a tener valor. Sacó un viejo pañuelo negro</p>
<p>de seda para enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárselos y de nuevo volvió a</p>
<p>dejarlo fuera preparado para otra ocasión.</p>
<p>-¿Qué pasa, mujer? -repitió míster Peggotty.</p>
<p>-Nada -respondió mistress Gudmige-. ¿Viene usted de «La Afición», Dan?</p>
<p>-Sí; esta noche le he hecho una visita &#8211;dijo míster Peggotty.</p>
<p>-Me apena mucho el obligarle a ir allí -dijo mistress Gudmige.</p>
<p>-¡Obligarme! Si no necesito que me obliguen -respondió míster Peggotty con una risa</p>
<p>franca-. Estoy siempre dispuesto a ir.</p>
<p>-Muy dispuesto &#8211;dijo mistress Gudmige, sacudiendo la cabeza y enjugándose los ojos</p>
<p>de nuevo, Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me entristece, que sea por mi</p>
<p>culpa por lo que está usted tan dispuesto.</p>
<p>-¡Por su culpa! No es por su culpa -dijo míster Peggotty-, no lo crea.</p>
<p>-Sí, sí lo es &#8211;exclamó ella-. Yo sé lo que me digo. Yo sé que soy una criatura sola y sin</p>
<p>recursos, y que no solamente todo va contra mí, sino que yo contrarío a todo el mundo.</p>
<p>Sí, sí, yo siento más que los demás y lo demuestro más, ¡esa es mi desgracia!</p>
<p>Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía todo aquello, que la desgracia se</p>
<p>extendía a algunos otros miembros de la familia además de a ella. Pero a míster Peggotty</p>
<p>no se le ocurrió hacer semejante observación, limitándose a contestarla con otro ruego</p>
<p>para que tuviera valor.</p>
<p>-Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo que soy. Mis desgracias me han</p>
<p>agriado. Las siento, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir, pero siento. Quisiera</p>
<p>poder ser dura de corazón; pero no puedo. Hago la casa insoportable, y no me sorprende.</p>
<p>Hoy mismo he estado todo el día molestando a su hermana y al señorito Davy.</p>
<p>Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran turbación:</p>
<p>-¡No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gudmige!</p>
<p>-Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría ir al asilo y morir allí. Soy una</p>
<p>criatura sola y sin recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fastidiando. Sí, las cosas</p>
<p>van contra mí, y yo también voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la contraria en el</p>
<p>asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y le libre de esta pejiguera.</p>
<p>Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y se metió en la cama. Cuando se hubo</p>
<p>marchado, míster Peggotty, que sólo había demostrado un sentimiento de profunda</p>
<p>simpatía, nos miró a todos, y moviendo la cabeza todavía con una marcada expresión del</p>
<p>mismo sentimiento, dijo en un murmullo:</p>
<p>-Es que ha estado pensando en el «viejo» .</p>
<p>Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien suponían que tenía puesto el</p>
<p>pensamiento mistress Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me explicó que se</p>
<p>trataba del difunto míster Gudmige, y que su hermano siempre la compadecía muy</p>
<p>sinceramente en aquellas ocasiones y hasta se conmovía. Un rato después, cuando ya se</p>
<p>había acostado en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha estado pensando en el</p>
<p>viejo». Y siempre que mistress Gudmige estuvo de aquel humor, durante nuestra estancia</p>
<p>allí (lo que sucedía muy a menudo), él repetía la misma disculpa, siempre con igual</p>
<p>conmiseración.</p>
<p>Así pasaron los quince días, sin más variación que las de las mareas, que alteraban las</p>
<p>horas de ir y venir de míster Peggotty, y también las ocupaciones de Ham. Este último,</p>
<p>cuando no tenía trabajo, se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los barcos y los</p>
<p>buques, y una o dos veces nos embarcó con él. No sé por qué a veces una ligera</p>
<p>impresión se asocia más particularmente con un sitio que otras, aunque creo que esto le</p>
<p>sucede a la mayoría de la gente; sobre todo me refiero a las asociaciones de la infancia.</p>
<p>Nunca he oído o leído el nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto domingo</p>
<p>por la mañana en la playa: las campanas sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se</p>
<p>apoyaba en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras al agua; y el sol, a lo lejos,</p>
<p>en el mar, salía de la niebla como su propio espectro.</p>
<p>Por último llegó el día de volver a casa. Tenía valor para separarme de míster Peggotty</p>
<p>y de mistress Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a la pequeña Emily era</p>
<p>agudísima. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en el camino,</p>
<p>le prometí escribirle (más adelante cumplí mi promesa con letras más grandes que las de</p>
<p>los anuncios que se ponen en los pisos para alquilar). A1 partir, nuestra emoción fue</p>
<p>enorme, y si alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío en mi corazón, fue aquel</p>
<p>día.</p>
<p>Durante el tiempo de mi visita me había despreocupado de mi casa, y había pensado</p>
<p>poco o nada en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi infantil conciencia</p>
<p>parecía reprochármelo, señalándome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido estaba mi</p>
<p>espíritu, más sentía que aquél era mi refugio y mi madre la amiga que mas me consolaba.</p>
<p>Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez con mayor fuerza a medida que</p>
<p>avanzábamos y que las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y me sentía cada vez</p>
<p>más excitado por el deseo de encontrarme en sus brazos.</p>
<p>Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba de calmarla (aunque muy tiernamente)</p>
<p>y parecía confusa y descontenta.</p>
<p>A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a nuestro encuentro en cuanto quisiera el</p>
<p>caballo del carretero. Y ¡qué bien recuerdo cómo lo vi en aquella tarde fría y gris, con el</p>
<p>cielo nublado amenazando lluvia!</p>
<p>La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad llorando, con la agitación de mi</p>
<p>alegría. Pero ¡no era mamá!; era una criada extraña.</p>
<p>-¡Cómo, Peggotty! -dije tristemente-. ¿Será que mamá no ha vuelto todavía a casa?</p>
<p>-Sí, sí, Davy -dijo Peggotty-; ha vuelto. Espera un momento y te&#8230; diré una cosa.</p>
<p>Entre su nerviosismo y su natural torpeza al bajarse del carro, Peggotty estaba haciendo</p>
<p>las contorsiones más extravagantes; pero yo estaba demasiado desconcertado para decirle</p>
<p>nada. Cuando bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para mí, me metió en la</p>
<p>cocina y cerró la puerta.</p>
<p>-¡Peggotty! -dije completamente asustado&#8212;. ¿Qué sucede?</p>
<p>-No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Davy! -contestó fingiendo alegría.</p>
<p>-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está mamá?</p>
<p>-¿Dónde está mamá, señorito Davy? -me imitó Peggotty.</p>
<p>-Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!</p>
<p>Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como si fuera a caerme.</p>
<p>-¡Dios te bendiga, niño querido! &#8211;exclamó Peggotty sosteniéndome-. Pero ¿qué te</p>
<p>pasa? ¡Habla, pequeño!</p>
<p>-¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto, Peggotty?</p>
<p>-No -gritó Peggotty con una energía de voz atronadora.</p>
<p>Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aquello había sido un golpe tremendo.</p>
<p>Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para darle otro más directo, y después</p>
<p>permanecí en pie ante ella, mirándola ansiosamente.</p>
<p>-¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes -dijo Peggotty-; pero no he encontrado</p>
<p>oportunidad. Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.</p>
<p>Estas fueron, exactamente, las palabras de Peggotty.</p>
<p>-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que antes.</p>
<p>-Señorito Davy -dijo Peggotty desanudando su cofia de un manotazo y hablando de una</p>
<p>manera entrecortada-. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente que tienes de nuevo un papá.</p>
<p>Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) unido con la tumba del cementerio</p>
<p>y la resurrección de los muertos pareció rozarme como un viento mortal.</p>
<p>-Otro nuevo -añadió Peggotty.</p>
<p>-¿Otro nuevo? -repetí yo.</p>
<p>Peggotty tosió un poco, como si se hubiera tragado algo demasiado duro, y</p>
<p>agarrándome de la manga dijo:</p>
<p>-Ven a verle.</p>
<p>-No lo quiero ver.</p>
<p>-Y a tu mamá -dijo Peggotty.</p>
<p>Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón, donde ella me dejó.</p>
<p>A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre; al otro, míster Murdstone. Mi</p>
<p>madre dejó caer su labor y se levantó precipitadamente; pero me pareció que con timidez.</p>
<p>-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-, ¡acuérdate! ¡Hay que dominarse</p>
<p>siempre! ¡Dominarse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?</p>
<p>Le di la mano. Después de un momento de duda fui y besé a mi madre; ella me besó y</p>
<p>me acarició dulcemente en el hombro. Después se volvió a sentar con su labor. Yo no</p>
<p>podía mirarla; tampoco podía mirarle a él. Estaba convencido de que nos observaba, y me</p>
<p>volví hacia la ventana y miré los arbustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude</p>
<p>escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y querida alcoba no existía; tenía que</p>
<p>habitar mucho más lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza de encontrar algo</p>
<p>que no hubiera cambiado. Todo estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento tuve</p>
<p>que salir huyendo, pues de la caseta de perro, antes abandonada, salió un perrazo (de</p>
<p>profundas fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia hacia mí, como para</p>
<p>morderme.</p>
<p><b>CAPÍTULO IV</b></p>
<p><b>CAIGO EN DESGRACIA</b></p>
<p>Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la habitación donde me habían trasladado</p>
<p>(¿quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría decir con qué tristeza en el</p>
<p>corazón entré en ella. Subí la escalera oyendo al perro, que seguía ladrándome desde el</p>
<p>patio. La habitación me pareció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo. Sentado con</p>
<p>las manos cruzadas pensaba&#8230;, pensaba en las cosas más raras: en la forma de la</p>
<p>habitación, en las grietas del techo, en el papel de las paredes, en los defectos de los</p>
<p>cristales de la ventana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en el lavabo con sus</p>
<p>tres patas, que debía de tener aspecto de descontento o algo así, porque no sé por qué me</p>
<p>recordaba a mistress Gudmige los días en que estaba bajo la influencia del recuerdo del</p>
<p>«viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque me sentía muy desgraciado y muerto</p>
<p>de frío, no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, empecé a darme cuenta de</p>
<p>que estaba apasionadamente enamorado de la pequeña Emily y de que me habían</p>
<p>separado de ella para traerme aquí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más</p>
<p>me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por hacerme un ovillo debajo de las mantas y</p>
<p>dormirme llorando.</p>
<p>Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al mismo tiempo destapaban mi cabeza</p>
<p>ardiente. Mi madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas la que había hablado.</p>
<p>-Davy &#8211;dijo mi madre-, ¿qué te pasa?</p>
<p>Pensé que era muy extraño que me preguntara aquello, y contesté:</p>
<p>-Nada.</p>
<p>Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor de mis labios le hubiera contestado con</p>
<p>mayor claridad.</p>
<p>-¡Davy -repitió mi madre-, Davy! ¡Hijo mío!</p>
<p>No hubiera podido pronunciar otras palabras que me emocionaran más en aquel</p>
<p>momento que decirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almohada, y la rechacé con</p>
<p>la mano cuando quiso atraerme a ella.</p>
<p>-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi madre-. Estoy segura de que tienes la</p>
<p>culpa, y me sorprende que tengas conciencia para poner a mi hijo contra mí o contra</p>
<p>cualquiera de los que yo quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?</p>
<p>La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos al cielo, contestó con una especie de</p>
<p>oración de gracias que yo solía repetir después de comer:</p>
<p>-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo que ha dicho, y que nunca tenga que</p>
<p>arrepentirse de ello.</p>
<p>-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. ¡Y en mi luna de miel, cuando mi más</p>
<p>cruel enemigo no sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y de felicidad! Davy,</p>
<p>eres un niño muy malo. Peggotty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! -gritaba mi</p>
<p>madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en su irritación caprichosa&#8212;. ¡Qué triste es</p>
<p>la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho para esperar que sea lo más</p>
<p>agradable posible!</p>
<p>Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no era la suya ni la de Peggotty, y me</p>
<p>deslicé al suelo, al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me cogía de un brazo, diciendo:</p>
<p>-¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvidado? Firmeza, querida.</p>
<p>-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me proponía ser buena; pero ¡estoy tan</p>
<p>desesperada &#8230;!</p>
<p>-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte decir eso tan pronto, Clara.</p>
<p>-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora -insistió mi madre a punto de llorar-.</p>
<p>¿No te parece que es cruel?</p>
<p>Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la besó. Y yo supe para siempre, cuando</p>
<p>vi la cabeza de mi madre apoyada en su hombro y su brazo rodeándole el cuello, supe</p>
<p>perfectamente que la naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como él quisiera. Lo</p>
<p>supe desde entonces, y así fue.</p>
<p>-Vete, amor mío &#8211;dijo míster Murdstone-. David y yo bajaremos juntos. Amiga mía</p>
<p>&#8211;dijo, volviéndose hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió mi madre, despidiéndose</p>
<p>de ella con una sonrisa-. ¿Sabe usted el nombre de su señora?</p>
<p>-Hace mucho tiempo que la sirvo, señor -contestó Peggotty-; debo saberlo.</p>
<p>-Es verdad -contestó él-; pero me parece que cuando subía las escaleras le oí a usted</p>
<p>dirigirse a ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe usted que ha tomado el mío.</p>
<p>¡Acuérdese!</p>
<p>Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una reverencia y salió sin replicar,</p>
<p>dándose cuenta de que era lo que él esperaba y de que no tenía excusa para continuar allí.</p>
<p>Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone cerró la puerta y se sentó en una silla</p>
<p>ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos clavados no menos intensamente</p>
<p>en los suyos. ¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo estábamos así, cara a</p>
<p>cara, me parece oír de nuevo latir mi corazón.</p>
<p>-David -me dijo con sus labios (delgados de apretarse tanto uno con otro)-: si tengo que</p>
<p>domar a un caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que hago?</p>
<p>-No lo sé.</p>
<p>-Lo azoto.</p>
<p>Le había contestado débilmente, casi en un susurro; pero ahora en mi silencio sentía</p>
<p>que la respiración me faltaba por completo.</p>
<p>-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de dominarlo, y aunque le haga derramar</p>
<p>toda la sangre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que tienes en la cara?</p>
<p>-Barro -dije.</p>
<p>Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis lágrimas; pero aunque me hubiera</p>
<p>hecho la pregunta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo que mi corazón de niño</p>
<p>se hubiese roto antes que confesárselo.</p>
<p>-Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia -me dijo con su grave sonrisa habitual-,</p>
<p>y veo que me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.</p>
<p>Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a mistress Gudmige, y me hacía gestos de</p>
<p>que le obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un poco; ahora no tengo la menor</p>
<p>duda de que me habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no le hubiera obedecido.</p>
<p>-Clara, querida mía -dijo cuando, después de haber hecho lo que me ordenaba, me</p>
<p>condujo al gabinete sin soltarme del brazo-; espero que no vuelvan a atormentarte. Pronto</p>
<p>corregiremos este joven carácter.</p>
<p>Dios es testigo de que podían haberme corregido para toda la vida, y hasta quizá habría</p>
<p>sido otra persona distinta si en aquella ocasión me hubieran dicho una palabra de cariño:</p>
<p>una palabra de ánimo, de explicación, de piedad, para mi infantil ignorancia, de</p>
<p>bienvenida a la casa; tranquilizándome, convenciéndome de que aquella sería siempre mi</p>
<p>casa; así podían haberme hecho obedecer de corazón en lugar de asegurarse una</p>
<p>obediencia hipócrita; podían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio. Creo que a</p>
<p>mi madre la entristeció verme de pie en medio de la habitación, tan tímido y extraño, y</p>
<p>que cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más tristes todavía, prefiriendo quizá el</p>
<p>antiguo atrevimiento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no fue dicha, y el tiempo</p>
<p>oportuno para ello pasó.</p>
<p>Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamorado de mi madre; pero no por eso le</p>
<p>juzgué mejor, y ella estaba enamoradísima de él. Comprendí, por lo que decían, que una</p>
<p>hermana mayor de míster Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría aquella misma</p>
<p>noche. No estoy seguro de si fue entonces o después cuando supe que, sin estar activamente</p>
<p>en ningún negocio, tenía parte, o cobraba una renta anual, en el beneficio de una</p>
<p>casa comercial de vinos de Londres, con la que su familia contaba siempre desde los</p>
<p>tiempos de su abuelo y en la que su hermana tenía un interés igual al suyo; pero lo</p>
<p>mencionó por casualidad.</p>
<p>Después de comer, cuando estábamos sentados ante la chimenea y yo meditaba el modo</p>
<p>de escaparme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo por temor a ofender al dueño</p>
<p>de la casa, se oyó el ruido de un coche que se paraba delante de la verja, y míster</p>
<p>Murdstone salió a recibir al visitante. Mi madre le siguió. Yo también fui detrás, tímidamente.</p>
<p>Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras, mamá se volvió, y</p>
<p>cogiéndome en sus brazos, como acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que amara a</p>
<p>mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto apresurada y furtivamente, como si fuera un</p>
<p>pecado, pero con mucha ternura, y después, dejando colgar un brazo, conservó en su</p>
<p>mano la mía hasta que llegamos cerca de donde él estaba esperando. Allí mamá soltó mi</p>
<p>mano y se agarró a su brazo.</p>
<p>Miss Murdstone había llegado. Era una señora de aspecto sombrío, morena como su</p>
<p>hermano, a quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy</p>
<p>espesas y casi juntas sobre una gran nariz, como si, al serle imposible a su sexo el llevar</p>
<p>patillas a los lados, se las hubiera cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y</p>
<p>duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la tapa por medio de clavos de cobre.</p>
<p>Cuando pagó al cochero sacó el dinero de un portamonedas de acero, que luego metió en</p>
<p>un saco que era una verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una cadena, y</p>
<p>chasqueaba al cerrarse. En mi vida he visto una persona tan metálica como miss</p>
<p>Murdstone.</p>
<p>La llevaron al salón con muchos aspavientos de bienvenida, y ella, solemnemente,</p>
<p>saludó a mi madre como a una nueva y cercana parienta. Después, mirándome, dijo:</p>
<p>-¿Es este su hijo, cuñada mía?</p>
<p>Mi madre me presentó.</p>
<p>-Por lo general, no me gustan los niños -dijo miss Murdstone-. ¿Cómo estás,</p>
<p>muchacho?</p>
<p>Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté que estaba muy bien, y que esperaba que</p>
<p>a ella le sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca gracia, que miss Murdstone me</p>
<p>juzgó en tres palabras:</p>
<p>-¡Qué mal educado!</p>
<p>Después de decir esto con mucha claridad, pidió que hicieran el favor de enseñarle su</p>
<p>cuarto, que se convirtió desde entonces para mí en lugar de temor y de odio, donde nunca</p>
<p>se veían abiertos los dos baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la cabeza una o dos</p>
<p>veces cuando ella no estaba) y donde una serie de cadenas con cuentas de acero, con las</p>
<p>que miss Murdstone se embellecía, estaban por lo general colgadas alrededor del espejo</p>
<p>con mucho esmero.</p>
<p>Según pude observar, había venido para siempre y no tenía la menor intención de</p>
<p>marcharse.</p>
<p>A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi madre y se pasó todo el día poniendo</p>
<p>las cosas en «orden» y cambiando todas las antiguas costumbres. La primera cosa rara</p>
<p>que observé en ella fue que estaba constantemente preocupada con la sospecha de que las</p>
<p>criadas tenían escondido un hombre en la casa. Bajo la influencia de aquella convicción</p>
<p>inspeccionaba la carbonera a las horas más intempestivas, y casi nunca abría la puerta de</p>
<p>un ropero o de una alacena oscura sin volverla a cerrar precipitadamente, en la creencia</p>
<p>de que le había encontrado.</p>
<p>Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo, era una verdadera alondra tratándose</p>
<p>de madrugar. Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya buscaba al hombre) antes que</p>
<p>nadie hubiese dado señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que debía de dormir con</p>
<p>un ojo abierto; pero yo no lo creía, pues había intentado hacerlo y me convencí de que era</p>
<p>imposible.</p>
<p>La primera mañana después de su llegada llamó antes de que cantara el gallo, y cuando</p>
<p>mi madre bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss Murdstone, dándole un</p>
<p>cariñoso picotazo en la mejilla (era su manera de besar), le dijo:</p>
<p>-Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí, como sabes, para evitarte todas las</p>
<p>preocupaciones que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado niña (mi madre</p>
<p>enrojeció, sonriendo, y no parecieron disgustarle aquellos adjetivos) para tener sobre ti</p>
<p>tantos deberes penosos que puedo resolver yo. Por lo tanto, si te parece bien, dame las</p>
<p>llaves, querida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas esas cosas.</p>
<p>Desde aquel momento miss Murdstone no se separó de las llaves; durante el día las</p>
<p>llevaba en su saquito de acero, y por la noche las metía debajo de la almohada, y mi</p>
<p>madre no tuvo que volver a ocuparse de ellas más que yo lo hacia.</p>
<p>Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una sombra de protesta. Una noche en que</p>
<p>miss Murdstone había estado explicando ciertos proyectos domésticos a su hermano, que</p>
<p>los aprobaba, mi madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo menos podían</p>
<p>haberle consultado.</p>
<p>-¡Clara! -dijo míster Murdstone severamente- ¡Clara! ¡Me sorprendes!</p>
<p>-¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende, Edward &#8211;exclamó mi madre-, y está muy</p>
<p>bien hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gustado.</p>
<p>«Firmeza», según pude observar, era la gran cualidad de que los hermanos Murdstone</p>
<p>presumían. No sé si en aquella época habría sabido expresar qué entendía yo si me hubieran</p>
<p>obligado a hacerlo; pero desde luego comprendía claramente que aquella palabra</p>
<p>quería decir tiranía, y expresaba el terco, arrogante y diabólico carácter de los dos. Su</p>
<p>credo, como puedo establecerlo ahora, era este: míster Murdstone tenía gran firmeza;</p>
<p>nadie a su alrededor era tan fume como míster Murdstone; nadie de los que le rodeaban</p>
<p>debía ser firme en absoluto, pues todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss</p>
<p>Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero sólo relativamente y en un grado</p>
<p>inferior y tributario. Mi madre era otra excepción; podía ser firme y debía serlo, pero</p>
<p>solamente sometiéndose a su firmeza y creyendo firmemente que no había otra firmeza</p>
<p>sobre la tierra.</p>
<p>-Es muy duro -decía mi madre- que en mi propia casa&#8230;</p>
<p>-<i>¿Mi propia casa? </i>-repitió míster Murdstone-. ¡Clara!</p>
<p>-Nuestra propia casa quiero decir -balbució mi madre con miedo evidente-. Espero que</p>
<p>sepas lo que quiero decir, Edward. Es muy duro que en tu propia casa yo no pueda decir</p>
<p>una palabra sobre los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo hacía bien, estoy segura.</p>
<p>Hay quien puede atestiguarlo -dijo mi madre sollozando-. Pregúntale a Peggotty si no lo</p>
<p>hacía bien cuando nadie se metía en ello.</p>
<p>-Edward -dijo miss Murdstone-, déjame poner fin a esto. Me marcho mañana.</p>
<p>-Jane &#8211;dijo su hermano-, cállate. ¿Es que no conoces mi carácter mejor de lo que tus</p>
<p>palabras indican?</p>
<p>-Puedes estar segura -dijo mi madre, que perdía terreno, deshecha en lágrimas- que no</p>
<p>quiero que se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fueses. No pido mucho. Soy</p>
<p>bastante razonable. Sólo quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy muy</p>
<p>agradecida a todos los que me ayudan, y sólo deseo que se me consulte, aunque no sea</p>
<p>más que por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que me querías precisamente por</p>
<p>ser una chiquilla sin experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora parece que me</p>
<p>odias por ello. ¡Eres tan severo!</p>
<p>-Edward -dijo miss Murdstone de nuevo-, te pido que me dejes poner fin a todo esto.</p>
<p>Me voy mañana.</p>
<p>-Jane -tronó su hermano&#8212;, ¿te quieres callar? ¿Cómo te atreves?</p>
<p>Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el pañuelo y lo puso delante de sus ojos.</p>
<p>-¡Clara! -continuo él mirando a mamá-. Me sorprendes, me dejas atónito. En efecto;</p>
<p>para mí era una satisfacción el pensar que me casaba con una persona sencilla y sin</p>
<p>experiencia, y que yo formaría su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y decisión</p>
<p>de la cual estaba tan necesitada. Pero cuando a Jane, que ha sido tan buena que por cariño</p>
<p>a mí quiere ayudarme en esta empresa y para ello está casi haciendo el oficio de un ama</p>
<p>de llaves; cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le correspondes de una manera tan</p>
<p>baja&#8230;</p>
<p>-Edward, te lo ruego, te lo suplico -exclamó mi madre-; no me acuses de ingrata. Estoy</p>
<p>segura de que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Tengo muchos defectos, pero</p>
<p>ese no. ¡Oh, no! Te lo aseguro, querido.</p>
<p>-Cuando Jane encuentra, como digo -prosiguió cuando mi madre dejó de hablar-, una</p>
<p>recompensa tan baja, aquellos sentimientos míos se entibian y alteran.</p>
<p>-¡No digas eso, amor mío! -imploró mi madre-. ¡Oh, no, Edward! No puedo soportar el</p>
<p>oírtelo. A pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si no estuviera segura de que</p>
<p>lo soy, no lo diría. Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que soy muy cariñosa.</p>
<p>-No hay ninguna debilidad, Clara &#8211;dijo míster Murdstone a modo de réplica&#8212;, por</p>
<p>grande que sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.</p>
<p>-Te lo ruego, seamos amigos -dijo mi madre- Yo no podría vivir entre la frialdad o la</p>
<p>dureza. ¡Estoy tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mucha tu bondad, Edward,</p>
<p>que con tu entereza trates de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones a nada, me</p>
<p>desesperaría que quisieras dejarnos&#8230;</p>
<p>Aquello era ya demasiado.</p>
<p>-Jane &#8211;dijo míster Murdstone a su hermana-, es muy raro que entre nosotros se crucen</p>
<p>palabras duras como estas, y espero que así siga siendo; y no ha sido culpa mía si por rara</p>
<p>casualidad ha sucedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los demás. Tampoco ha</p>
<p>sido tu culpa, pues también has sido arrastrada por los demás. Tratemos los dos de olvidarlo.</p>
<p>Y como esto -añadió después de aquellas magnánimas palabras- no es una escena</p>
<p>edificante para un niño, David, vete a la cama.</p>
<p>Difícilmente pude encontrar la puerta a través de las lágrimas que me cegaban. ¡Estaba</p>
<p>tan triste por la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y subí a mi habitación a</p>
<p>oscuras, pues no tuve valor ni para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle una vela.</p>
<p>Cuando ella subió, buscándome, una hora después, me despertó y me dijo que mi madre</p>
<p>se había acostado bastante indispuesta y que míster Murdstone y su hermana seguían</p>
<p>sentados en el gabinete.</p>
<p>A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más temprano que de costumbre, la voz de</p>
<p>mi madre me detuvo en la puerta del comedor. Grave y humildemente pedía perdón a</p>
<p>miss Murdstone, que se lo concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde aquel día no</p>
<p>he visto a mi madre dar ninguna opinion sobre nada sin consultar primero con miss</p>
<p>Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios seguros cuál era su opinion. Y nunca</p>
<p>he visto a miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa debilidad), hacer ademán de</p>
<p>sacar las llaves para devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo, a mamá</p>
<p>atemorizada. El matiz sombrío que había en la sangre de los Murdstone ennegrecía</p>
<p>también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que aquello resumía</p>
<p>su carácter y era una consecuencia necesaria de la firmeza de míster Murdstone, que no</p>
<p>podía consentir que nadie se librase de los más severos castigos imaginables. Sea como</p>
<p>sea, recuerdo muy bien los tremendos rostros con que solían it a la iglesia y cómo había</p>
<p>cambiado también aquello. De nuevo llega a mi memoria el terrible domingo. Yo entro el</p>
<p>primero en nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien condujesen al oficio de</p>
<p>condenados. Miss Murdstone me sigue con su traje de terciopelo negro, que parece hecho</p>
<p>de un paño mortuorio; después entra mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no</p>
<p>está con nosotros, como en los buenos tiempos. Miss Murdstone murmura las respuestas</p>
<p>y acentúa todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y cuando dice «miserables</p>
<p>pecadores» sus ojos oscuros recorren la iglesia como si se refiriera a todos los presentes.</p>
<p>Mi madre mueve tímidamente los labios entre los dos hermanos, cuyas oraciones suenan</p>
<p>en sus oídos como un trueno lejano. Yo me pregunto con temor si no será posible que</p>
<p>nuestro anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán razón míster Murdstone y su</p>
<p>hermana, y todos los ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si muevo un dedo o el</p>
<p>menor músculo de la cara, miss Murdstone me da tal golpe con su libro de oraciones, que</p>
<p>me hace daño en el costado.</p>
<p>Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso a casa, en que observo que algunos</p>
<p>vecinos nos miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras ellos tres van delante,</p>
<p>sigo aquellas miradas y pienso si será realmente verdad que el paso de mi madre es</p>
<p>menos ligero y que la alegría de su belleza ha desaparecido. También me pregunto si los</p>
<p>vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que veníamos los dos juntos de la iglesia &#8230;.</p>
<p>y pensando estúpidamente en estas cosas me paso triste todo el día.</p>
<p>En varias ocasiones se había hablado de enviarme a un colegio. Míster Murdstone y su</p>
<p>hermana lo habían propuesto y, como es natural, mi madre había estado de acuerdo. Sin</p>
<p>embargo, no habían decidido nada todavía, y entre tanto me hacían estudiar en casa.</p>
<p>¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones? Nominalmente era mi madre quien las</p>
<p>presidía, pero en realidad eran míster Murdstone y su hermana, quienes estaban siempre</p>
<p>presentes y encontraban en ello ocasión favorable para dar a mi madre lecciones de</p>
<p>aquella mal llamada firmeza, que era el tormento de nuestras existencias. Yo creo que me</p>
<p>retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que vinieran ellos yo tenía bastante</p>
<p>facilidad para aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer</p>
<p>sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la</p>
<p>cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S,</p>
<p>parece presentarse ante mí como entonces, y ese recuerdo no suscita en mí ningún</p>
<p>sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo</p>
<p>largo de un sendero de flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido ayudado</p>
<p>todo el camino por el cariño y la dulce voz de mi madre. Pero aquellas solemnes</p>
<p>lecciones que siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a in¡ tranquilidad, como</p>
<p>una tarea diaria, penosa y miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy</p>
<p>numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente ininteligibles para mí), y además me</p>
<p>tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.</p>
<p>Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las mañanas. Después del desayuno me</p>
<p>dirijo al gabinete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperándome</p>
<p>sentada en su escritorio; sin embargo, no está tan preparada a oírme como su marido,</p>
<p>sentado en la butaca al lado de la ventana y fingiendo que lee un libro, o como miss</p>
<p>Murdstone, sentada a su lado engarzando sus eternas cuentas de acero. La vista de estos</p>
<p>dos personajes ejerce tal influencia sobre mí, que empiezo a sentir que se me escapan las</p>
<p>palabras, después de que me había costado tanto trabajo metérmelas en la cabeza; se</p>
<p>escapan todas para it no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a una.</p>
<p>Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una gramática, quizá una historia o una</p>
<p>geografía. A1 ponerlo en sus manos lanzo una última y desesperada mirada a la página, y</p>
<p>me lanzo como un alud para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todavía lo recuerdo</p>
<p>fresco. A1 poco rato me salto una palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su libro.</p>
<p>Me salto otra palabra. Miss Murdstone la levanta también. Enrojezco y me salto lo menos</p>
<p>doce palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría enseñarme</p>
<p>el libro si se atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dulzura:</p>
<p>-¡Oh Davy, Davy!</p>
<p>-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico -dice míster Murdstone-. No digas</p>
<p>«Davy, Davy&gt; ; es una niñería. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?</p>
<p>-¡No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con voz terrible.</p>
<p>-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi madre.</p>
<p>-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo mejor que puedes hacer es obligarle a que</p>
<p>vuelva a estudiarla.</p>
<p>-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi madre-. Vamos, Davy; empiézala otra</p>
<p>vez y no seas torpe.</p>
<p>Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo</p>
<p>obedecer la segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me detengo mucho antes de llegar</p>
<p>donde la vez anterior, en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me paro a pensar.</p>
<p>Pero no puedo pensar en la lección. Pienso en el número de metros de tul que habrá</p>
<p>empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que habrá costado el batín de su hermano,</p>
<p>o en algún otro problema igual de ridículo, que no me importa nada y del que nada puedo</p>
<p>sacar. Míster Murdstone hace un movimiento de impaciencia, que yo esperaba desde</p>
<p>hacía bastante rato. Miss Murdstone lo repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el</p>
<p>libro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya</p>
<p>terminado las demás.</p>
<p>Los libros que hay que repetir van aumentando como una bola de nieve, y cuanto más</p>
<p>aumentan más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y me parece que quieren llenarme</p>
<p>la cabeza de tantas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien de ello y me</p>
<p>dejo llevar por la suerte.</p>
<p>La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es</p>
<p>profundamente melancólica. Pero lo más horrible de esas desgraciadas lecciones es</p>
<p>cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus</p>
<p>labios. Al momento miss Murdstone, que está espiando para no dejar pasar nada, dice con</p>
<p>voz de profunda agresividad:</p>
<p>-¡Clara!</p>
<p>Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. Míster Murdstone se levanta de</p>
<p>su silla, coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con él en las orejas; después me</p>
<p>saca de la habitación agarrándome por los hombros.</p>
<p>Si, por casualidad, las lecciones no han estado tan mal todavía me falta lo peor, bajo la</p>
<p>forma de un problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha inventado para mí y lo expone</p>
<p>oralmente. Empieza: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de</p>
<p>Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno &#8230;». Entre tanto yo veo la secreta alegría</p>
<p>de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el menor resultado, sin el menor rayo de</p>
<p>luz hasta la hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato a fuerza de restregar en la</p>
<p>pizarra. Entonces miss Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver</p>
<p>el problema, y se me considera castigado para toda la tarde.</p>
<p>Desde la distancia que da el tiempo, me parece que mis lecciones terminaban por lo</p>
<p>general de esta manera&#8230; Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante;</p>
<p>pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes sobre un pajarillo.</p>
<p>Y aun cuando pasara la mañana con un crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida;</p>
<p>pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin tarea y, en cuanto se percataba de</p>
<p>que no hacía nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí diciendo: «Clara, querida</p>
<p>mía, no hay nada como el trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me proporcionaba</p>
<p>nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás niños, no me lo consentían;</p>
<p>su sombrío carácter les hacía ver a todos los chiquillos como una raza de pequeñas</p>
<p>víboras (a pesar de que había habido un niño entre los discípulos) y decían que se</p>
<p>corrompían unos a otros.</p>
<p>El resultado natural de un tratamiento semejante y continuado durante unos seis meses</p>
<p>o más fue el de hacerme gruñón, sombrío y taciturno. Mucho influía en ello el que cada</p>
<p>vez trataban de separanne más y más de mi madre. Estoy seguro de que me hubiera</p>
<p>embrutecido por completo de no ser por una circunstancia.</p>
<p>Voy a contarla. En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por</p>
<p>estar justo al lado de la mía, había dejado mi padre una pequeña colección de libros de los</p>
<p>que nadie se había preocupado. De aquella bendita habitación salieron, como gloriosa</p>
<p>hueste, a hacerme compañía, Roderich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker,</p>
<p>Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a</p>
<p>ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza en algo mejor que aquella vida</p>
<p>mía. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme daño,</p>
<p>pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me</p>
<p>sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de mis sombrías preocupaciones, para leer</p>
<p>aquello. Y es curioso cómo me consolaban siempre en mis pequeñas pruebas (que a mí</p>
<p>me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de ellas y al poner a</p>
<p>míster Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos.</p>
<p>Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un infantil Tom Jones inocente o</p>
<p>ingenuo. Durante un mes y pico estuve convencido de que era Roderich Ramdom; lo</p>
<p>creía, por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no</p>
<p>recuerdo ahora cuáles) que había en aquella biblioteca, y durante días y días recuerdo</p>
<p>haber recorrido mis regiones armado con un trozo de horma de zapatos y creyéndome la</p>
<p>más perfecta encarnación del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en peligro de ser</p>
<p>atacado por los salvajes y resuelto a vender cara su vida. El capitán nunca perdía su</p>
<p>dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía;</p>
<p>pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas y de todas las</p>
<p>lenguas, fueran muertas o vivas.</p>
<p>Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello veo siempre ante mi</p>
<p>espíritu una tarde de verano: los chicos jugaban en el cementerio, y yo, sentado en mi</p>
<p>cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las</p>
<p>piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio, en mi espíritu se asociaban con</p>
<p>aquellos libros y representaban alguno de los sitios hechos célebres en ellos. Yo he visto</p>
<p>a Tom Pipes escalar al campanario de la iglesia, y he visto a Strap con su mochila al</p>
<p>hombro descansando sentado encima de la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion</p>
<p>presidía un club con míster Pickle en la salita de la taberna de nuestra aldea.</p>
<p>El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que era al llegar a este punto de mi</p>
<p>infantil historia. Voy a reanudarla.</p>
<p>Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con mis libros, encontré a mi madre con</p>
<p>rostro preocupado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano trenzando</p>
<p>algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco, que cuando yo</p>
<p>entré empezó a cimbrear en el aire.</p>
<p>-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado muchas veces.</p>
<p>-Es la pura verdad &#8212;dijo miss Murdstone.</p>
<p>-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timidez mi madre-; pero ¿crees que eso le</p>
<p>ha hecho a Edward mucho bien?</p>
<p>-¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho mal, Clara? -preguntó míster Murdstone</p>
<p>gravemente.</p>
<p>-Esa es la cuestión &#8211;dijo su hermana.</p>
<p>A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi querida Jane», y no dijo más.</p>
<p>Sentí que estaba interesado personalmente en aquel diálogo, y traté de indagar en los</p>
<p>ojos de míster Murdstone, en el momento en que se fijaban en los míos.</p>
<p>-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada hipócrita-, tienes que prestar más</p>
<p>atención que nunca.</p>
<p>Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habiendo terminado sus preparativos, lo</p>
<p>colocó a su lado con una expresiva mirada y cogió un libro.</p>
<p>Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las</p>
<p>palabras de mi lección huían, no una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino</p>
<p>por páginas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así, que se</p>
<p>habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.</p>
<p>Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había llegado casi con la seguridad de que</p>
<p>iba a destacar convencido de que estaba muy bien preparado; pero resultó que era una</p>
<p>equivocación mía. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el contingente de los que</p>
<p>había que volver a estudiar. Miss Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llegamos</p>
<p>a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hicieron contar a golpes), mi</p>
<p>madre se echó a llorar.</p>
<p>-¡Clara! &#8212;dijo miss Murdstone con su voz de reproche.</p>
<p>-Creo que no me encuentro bien, querida Jane -dijo mi madre.</p>
<p>Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras se levantaba y decía cogiendo su</p>
<p>bastón:</p>
<p>-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con perfecta firmeza la pena y el</p>
<p>tormento que Davy le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Clara va siendo cada</p>
<p>vez más fuerte; pero eso sería pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.</p>
<p>Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi madre corrió tras de nosotros. Miss</p>
<p>Murdstone, dijo: «¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi detenerse</p>
<p>tapándose los oídos y escuché sus sollozos.</p>
<p>Murdstone me acompañó a mi habitación despacio y gravemente (estoy seguro de que</p>
<p>le deleitaba toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y cuando llegamos cogió de</p>
<p>pronto mi cabeza debajo de su brazo.</p>
<p>-¡Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo suplico, ¡no me pegue! Le aseguro que</p>
<p>hago lo posible por aprender; pero con usted y su hermana delante no puedo recitar.</p>
<p>¡Verdaderamente es que no puedo!</p>
<p>-¿Verdaderamente no puedes, David? Bien, ¡lo veremos!</p>
<p>Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo me retorcía a su alrededor rogándole</p>
<p>que no me pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un momento, pues un instante después</p>
<p>me pegaba del modo más odioso. En el momento en que empezó a azotarme yo</p>
<p>acerqué la boca a la mano que me sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento rechinar</p>
<p>mis dientes al pensarlo.</p>
<p>Entonces él me pegó como si hubiera querido matarme a golpes. A pesar del ruido que</p>
<p>hacíamos, oí correr en las escaleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá y a Peggotty. Después se</p>
<p>marchó, cerrándome la puerta por fuera y dejándome tirado en el suelo, ardiendo de</p>
<p>fiebre, desgarrado y furioso.</p>
<p>¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquilizarme, la extraña quietud que parecía</p>
<p>reinar en la casa! ¡Qué bien recuerdo lo malo que empezaba a sentirme cuando la cólera y</p>
<p>el dolor fueron pasando!</p>
<p>Estuve escuchando largo rato; pero no se oía nada. Me levanté con trabajo del suelo y</p>
<p>me miré al espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que casi me asusté. Me dolían los</p>
<p>huesos, y cada movimiento me hacía llorar; pero aquello no era nada al lado de mi</p>
<p>sentimiento de culpa. Estoy seguro de que me sentía más culpable que el más temible criminal.</p>
<p>Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la</p>
<p>cabeza apoyada en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera.</p>
<p>De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y</p>
<p>una taza de leche. Lo puso todo encima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con</p>
<p>ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.</p>
<p>Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo sitio, con la esperanza de que</p>
<p>viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería</p>
<p>nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo</p>
<p>sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen? ¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría</p>
<p>peligro de que me ahorcasen?</p>
<p>No olvidaré nunca mi despertar a la mañana siguiente: el sentimiento de alegría y</p>
<p>descanso en el primer momento, y después la opresión de los recuerdos. Miss Murdstone</p>
<p>reapareció antes de que me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras que si quería</p>
<p>podía pasearme por el jardín durante media hora, pero nada más. Después se retiró, dejando</p>
<p>la puerta abierta para que disfrutara, si quería, del permiso.</p>
<p>Así continuaron las cosas durante los cinco días que duró mi cautiverio. Si hubiera</p>
<p>podido ver a mi madre sola, me habría arrojado de rodillas ante ella pidiéndole perdón;</p>
<p>pero sólo veía a miss Murdstone, pues, aunque para las oraciones de la tarde me sacaban</p>
<p>del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba cuando ya todos estaban colocados. Después</p>
<p>me dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un criminal; y en cuanto terminaban,</p>
<p>mi carcelera me devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera levantado. Pude</p>
<p>observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que además volvía la cabeza</p>
<p>hacia otro lado. Así es que nunca pude verla. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta</p>
<p>en un pañuelo de hilo.</p>
<p>De lo largos que se me hicieron aquellos cinco días no sé ni dar idea. En mis recuerdos</p>
<p>los cuento como años. Los ratos que pasaba escuchando todos los incidentes de la casa</p>
<p>que podían llegar a mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de las</p>
<p>puertas, el murmullo de voces, los pasos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente</p>
<p>cantando fuera, y todo me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi</p>
<p>desgracia. El incierto paso de las horas, principalmente por la noche, cuando me</p>
<p>despertaba creyendo que ya era la mañana y me percataba de que todavía no se habían</p>
<p>acostado en casa. Los sueños y pesadillas deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en</p>
<p>la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, los miraba desde muy</p>
<p>dentro de la habitación, avergonzado de que pudieran verme en la ventana y supieran que</p>
<p>estaba prisionero. La extraña sensación de no oírme nunca hablar. Los ligeros intervalos</p>
<p>de algo corno alegría que llegaba con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una</p>
<p>tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a tierra fresca; caía entre la iglesia y yo,</p>
<p>cada vez más deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que me envolvía en sus</p>
<p>sombras con mis remordimientos. Todo esto se conserva tan grabado en mis recuerdos,</p>
<p>que juraría que habría durado años.</p>
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		<title>La Dama de las Camelias</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Aug 2010 05:45:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

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		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/la-dama-de-las-camelias/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p>Alejandro Dumas</p> <p>---------------------</p> <p>La Dama de las Camelias</p> <p>I</p> <p>A mi juicio, no se pueden crear personajes sino después de haber estudiado mucho a los hombres, como</p> <p>no se puede hablar una lengua sino a condición de haberla aprendido seriamente.</p> <p>Como no he llegado aún a la edad de inventar, me limito a relatar.</p> <p>Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/la-dama-de-las-camelias/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><b>Alejandro Dumas</b></p>
<p><b>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</b></p>
<p><b>La Dama de las Camelias</b></p>
<p>I</p>
<p>A mi juicio, no se pueden crear personajes sino después de haber estudiado mucho a los hombres, como</p>
<p>no se puede hablar una lengua sino a condición de haberla aprendido seriamente.</p>
<p>Como no he llegado aún a la edad de inventar, me limito a relatar.</p>
<p>Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes, a excepción</p>
<p>de la heroína, viven todos aún.</p>
<p>Por otra parte, hay en París .testigos de la mayor parte de los hechos que aquí recojo, y que podrían</p>
<p>confirmarlos, si mi testimonio no bastara. Por una circunstancia particular sólo yo podía escribirlos, porque</p>
<p>sólo yo fui el confidente de los últimos detalles, sin los cuales hubiera sido imposible hacer un relato</p>
<p>interesante y completo.</p>
<p> <span id="more-20178"></span>
</p>
<p>Pues bien, veamos cómo llegaron a mi conocimiento esos detalles.</p>
<p>El 12 de marzo de 1847 leí la calle Lafitte un gran cartel amarillo en que se anunciaba la subas de unos</p>
<p>muebles y otros curiosos obletos de valor. Dicha subas tenía lugar tras una defunción. El cartel no ponía el</p>
<p>nombré de la persona muerta, pero la subasta iba a llevarse a cabo en la calle de Antin, número 9, el día 16,</p>
<p>de doce a cinco de la tarde.</p>
<p>El cartel indicaba además que el 13 y el 14 se podía ir a ver el piso y los muebles.</p>
<p>Siempre he sido aficionado a las curiosidades. Me prometí no perderme aquella ocasión, si no de</p>
<p>comprar, por lo menos de ver.</p>
<p>Al día siguiente me dirigí a la calle de Antin, número 9. Era temprano y, sin embargo, ya había gente en</p>
<p>el piso: hombres e incluso mujeres, que, aunque vestidas de terciopelo, envueltas en cachemiras y con</p>
<p>elegantes cupés esperándolas a la puerta, miraban con asombro y hasta con admiración el lujo que se</p>
<p>ostentaba ante sus ojos.</p>
<p>Más tarde comprendí aquella admiración y aquel asombro, pues, al ponerme a observar yo también,</p>
<p>advertí sin dificultad que estaba en la casa de una entretenida. Y si hay algo que las mujeres de mundo</p>
<p>desean ver ––y allí había mujeres de mundoes el interior de las casas de esas mujeres, cuyos carruajes</p>
<p>salpican . los suyos a diario; que tienen, como ellas y a su lado, un palco en la Opera y en los Italianos, y</p>
<p>que ostentan en París la insolente opulencia de su belleza, de sus loyas y de sus escándalos.</p>
<p>Aquella en cuya casa me encontraba había muerto: las mujeres más virtuosas podían, pues, penetrar hasta</p>
<p>en su dormitorio. La muerte había purificado el aire de aquella espléndida cloaca, y además siempre tenían</p>
<p>la excusa, si la hubieran necesitado, de que iban a una subasta sin saber a casa de quién iban. Habían leído</p>
<p>los carteles, querían ver lo que los carteles prometían y elegir por anticipado: nada más sencillo. Lo que no</p>
<p>les impedía buscar, en medio de todas aquellas maravillas, las huellas de su vida de cortesana, de la que sin</p>
<p>duda les habían referido tan extraños relatos.</p>
<p>Por desgracia los misterios habían muerto con la diosa y, pese a toda su buena voluntad, aquellas damas</p>
<p>no lograron sorprender más que lo que estaba en venta después del fallecimiento, y nada de lo que se</p>
<p>vendía en vida de la lnquilina.</p>
<p>Por lo demás, no faltaban cosas que comprar. El mobiliario era soberbio. Muebles de palo de rosa y de</p>
<p>Boule, jarrones de Sèvres y de China, estatuillas de Sajonia, raso, terciopelo y encaje, nada faltaba alli.</p>
<p>Me paseé por la casa y seguí a las nobles curiósas que me habían precedido. Entraron en una habitación</p>
<p>tapizada de tela persa, a iba a entrar yo también, cuando salieron casi al instante, sonriendo y como si les</p>
<p>diera vergüenza de aquella nueva curiosidad. Por ello deseaba yo más vivamente penetrar en aquella</p>
<p>habitación. Era el cuarto de aseo, revestido de los más minuciosos detalles, en los que parecía haberse</p>
<p>desarrollado al máximo la prodigalidad de la muerte.</p>
<p>Encima de una mesa grande adosada a la pared, una mesa de seis pies de largo por tres de ancho,</p>
<p>brillaban todos los tesoros de Aucoc y de Odiot. Era aquella una magnífica colección, y ni uno solo de esos</p>
<p>mil objetos tan necesarios para el cuidado de una mujer como aquella en cuya casa nos hallábamos estaba</p>
<p>hecho de otro metal que no fuera oro o plata. Sin embargo una colección como aquélla sólo podía haberse</p>
<p>hecho poco a poco, y no era el mismo amor el que la había completado.</p>
<p>Como a mí no me asustaba el ver el cuarto de aseo de una entretenida, me distraía examinando los</p>
<p>detalles, cualesquiera que fuesen, y me di cuenta de que todos aquellos utensilios, magníficamente</p>
<p>cincelados, llevaban iniciales distintas y orlas diferentes.</p>
<p>Iba mirando todas aquellas cosas, cada una de las cuales se me representaba como una prostitución de la</p>
<p>pobre chica, y me decía que Dios había sido clemente con ella, puesto que no había permitido que llegara a</p>
<p>sufrir el castigo ordinario, y .la había dejado morir en medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, esa</p>
<p>primera muerte de las cortesanas.</p>
<p>En efecto, ¿hay espectáculo más triste que la vejez del vicio, sobre todo en la mujer? No encierra</p>
<p>dignidad alguna ni inspira ningún interés. Ese eterno arrepentimiento, no ya del mal camino seguido, sino</p>
<p>de los cálculos mal hechos y del dinero mal empleado, es una de ––las cosas más tristes que se pueden oír.</p>
<p>Conocí una antigua mujer galante, a quien ya no le quedaba de su pasado más que una hija casi tan</p>
<p>hermosa, al decir de sus contemporáneos, como había sido su madre. Aquella pobre niña, a quien su madre</p>
<p>nunca le había dicho «eres mi hija» más que para ordenarle que sustentara su vejez como ella había</p>
<p>sustentado su infancia, aquella pobre criatura se llamaba Louise y, obedeciendo a su madre, se entregaba</p>
<p>sin voluntad, sin pasión, sin placer, como hubierà trabajado en un oficio, si hubiesen pensado en</p>
<p>enseñárselo.</p>
<p>El espectáculo continuo del desenfreno, un desenfreno precoz, alimentado por el estado continuamente</p>
<p>enfermizo de la muchacha, apagó en ella el discernimiento del bien y del mal, que tal vez Dios le había</p>
<p>còncedido, pero que a nadie se le ocurrió desarrollar.</p>
<p>Nunca olvidaré a aquella muchachita, que pasaba por los bulevares casi todos los días a la misma hora.</p>
<p>Su madre la acompañaba sin cesar, tan asiduamente como una verdadera madre hubiera acompañado a su</p>
<p>verdadera hija.Yo era muy joven entonces, y dispuesto a aceptar para mí la fácil moral de mi siglo.</p>
<p>Recuerdo, sin embargo, que el espectáculo de aquella vigilancia escandalosa me inspiraba desprecio y asco.</p>
<p>Añádase a ello que nunca un rostro de virgen dio tal sensación de inocencia, tal expresión de sufrimiento</p>
<p>melancólico.</p>
<p>Parecía una imagen de la Resignación.</p>
<p>Un día el rostro de la muchacha se iluminó. En medio del desenfreno programado por su madre, le</p>
<p>pareció a la pecadora que Dios le ótorgaba una satisfacción. Y, al fin y al cabo, ¿por qué Dios, que la había</p>
<p>creado sin fortaleza, iba a dejarla sin consuelo bajo el peso doloroso de su vida? Un día, pues, se dio cuenta</p>
<p>de que estaba encinta, y lo que de casto había aún en ella se estremeció de gozo. El alma tiene extraños</p>
<p>refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que tan feliz la hacía. Da vergüenza decirlo, aunque</p>
<p>no estamos hablando aquí de la inmoralidad por gusto: estamos contando un hecho real, que tal vez</p>
<p>haríamos mejor callando, si no creyéramos que de cuando en cuando es preciso revelar los martirios de</p>
<p>esos seres a quienes se condena sin oír y se desprecia sin juzgar; da vergüenza, decimos, pero la madre</p>
<p>respondió a la hija que ya no les ssóbraba nada para dos y que no tendrían bastante para tres; que tales hijos</p>
<p>son inútiles y que un embarazo es una pérdida de tiempo.</p>
<p>Al día siguiente una comadrona, a quien designaremos sólo como la amiga de la madre, fue a ver a</p>
<p>Louise, que se quedó unos días en la cama, y volvió a levantarse más débil y más pálida que antes.</p>
<p>Tres meses después un hombre se compadeció de ella y emprendió su curación moral y hsica; pero la</p>
<p>última sacudida había sido excesivamente violenta, y Louise murió a consecuencia del aborto.</p>
<p>La madre vive todavía: ¿cómo? ¡Sabe Dios!</p>
<p>Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los estuches de plata, y en estas reflexiones</p>
<p>debió de pasar al parecer cierto tiempo, pues ya no quedábamos en la casa más que yo y un vigilante, que</p>
<p>desde la puerta observaba con atención si no me llevaba nada.</p>
<p>Me acerqué a aquel hombre, a quien tan graves recelos inspiraba.</p>
<p>––¿Podría decirme ––le dije–– el nombre de la persona que vivía aquí?</p>
<p>––La señorita Marguerite Gautier.</p>
<p>Conocía a esa joven de nombre y de vista.</p>
<p>––¡Cómo! ––––dije al vigilante––. ¿Ha muerto Marguerite Gautier?</p>
<p>––Sí, señor.</p>
<p>––¿Y cuándo ha sido?</p>
<p>––Creo que hace tres semanas..</p>
<p>––¿Y por qué dejan visitar el piso?</p>
<p>––Los acreedores han pensado que así subiría la subasta. La gente puede ver de antemano el efecto que</p>
<p>hacen los tejidos y los muebles. Eso anima a comprar, ¿comprende?</p>
<p>––¿Ah, tenía deudas?</p>
<p>––¡Oh, sí, señor! Y no pocas.</p>
<p>Pero seguramente la subasta las cubrirá, ¿no?</p>
<p>––Y sobrará.</p>
<p>––¿Entonces quién se llevará el resto?,</p>
<p>––Su familia.</p>
<p>––¿Ah, tiene familia?</p>
<p>––Eso parece.</p>
<p>Muchas gracias.</p>
<p>El vigilante, tranquilo ya respecto a mis intenciones, me saludó y salí.</p>
<p>«¡Pobre chica! iba diciéndome mientras volvía a mi casa––. No ha debido de morir muy alegremente,</p>
<p>pues en su mundo no hay amigos más que cuando uno está bien.»</p>
<p>Y, sin querer, no podía menos de compadecerme de la suerte de Marguerite Gautier.</p>
<p>Quizá le parezca ridículo a mucha gente, pero siento una indulgencia inagotable por las cortesanas, y no</p>
<p>pienso tomarme la molestia de andar dando explicaciones sobre tal iridulgencia.</p>
<p>Un día, cuando iba a recoger un pasaporte a la comisaría, vi cómo en una de las calles adyacentes dos</p>
<p>gendarmes se llevaban a una chica. Ignoro lo que había hecho: lo único que puedo decir es que lloraba a</p>
<p>lágrima viva abrazando a un niño de pocos meses, de quien su detención la separaba. Desde aquel día ya no</p>
<p>he podido despreciar a una mujer a simple vista.</p>
<p>II</p>
<p>La subasta estaba fijada para el día 16.</p>
<p>Habían dejado un día de intervalo entre las visitas y la subasta, para que los tapiceros tuvieran tiempo de</p>
<p>retirar cortinajes, visillos, etc. .</p>
<p>Por aquella época yo regresaba de viaje. Era bastante normal que no me hubieran anunciado la muerte de</p>
<p>Marguerite como una de esas grandes noticias que los amigos anuncian siempre al que vuelve a la capital</p>
<p>de las noticias. Marguerite era bonita, pero, así como la tan solicitada vida de esas mujeres hace ruido, su</p>
<p>muerte no hace tanto. Son de esos soles que se ponen como salen, sin brillo. Su muerte, cuando mueren</p>
<p>jóvenes, llega a conocimiento de todos sus amantes al mismo tiempo, pues en París casi todos los amantes</p>
<p>de una chica de éstas se lo cuentan todo. Intercambian algunos recuerdos respecto a ella, y la vida de los</p>
<p>unos y de los otros sigue sin que tal incidente la empañe ni siquiera con una lágrima.</p>
<p>Hoy, cuando uno tiene veinticinco años, las lágrimas se han convertido en una cosa tan rara, que no se</p>
<p>pueden regalar a la primera advenediza. No es poco ya que los padres que pagan por ser llorados lo sean en</p>
<p>proporción al precio que se han puesto.</p>
<p>Por lo que a mí respecta, aunque mis iniciales no se hallaran en ninguno de los objetos de tocador de</p>
<p>Marguerite, esa indulgencia instintiva, esa piedad natural que acabo de confesar hace un momento me</p>
<p>hacían pensar en su muerte más tiempo de lo que tal vez se merecía.</p>
<p>Recordaba haber visto a Marguerite con mucha frecuencia en los Campos Eliseos, donde ella iba con</p>
<p>asiduidad, a diario, en un pequeño cupé azul tirado por dos magníficos caballos bayos, y haber notado en</p>
<p>ella una distinción poco común en sus semejantes, distinción que realzaba aún más una belleza realmente</p>
<p>excepcional.</p>
<p>Cuando salen, estas desgraciadas criaturas siempre van acompañadas, a saber de quién.</p>
<p>Como ningún hombre consiente que se publique el amor nocturno que siente por ellas, como ellas tienen</p>
<p>horror a la soledad, llevan consigo o bien a aquellas que, menos afortunadas, no tienen coche, o bien a</p>
<p>alguna de esas viejas elegantes cuya elegancia carece de motivos, y a quienes puede uno dirigirse sin temor,</p>
<p>cuando quiere saber cualquier tipo de detalles acerca de la mujer que acompañan.</p>
<p>No ocurría así con Marguerite. Llegaba a los Campos Elíseos siempre sola en su coche, donde intentaba</p>
<p>pasar lo más desapercibida posible, cubierta con un gran chal de cachemira en invierno, y con vestidos muy</p>
<p>sencillos en verano; y, aunque en su paseo favorito se encontrara con mucha gente conocida, cuando por</p>
<p>casualidad les sonreía, su sonrisa sólo era visible para ellos, y una duquesa hubiera podido sonreír así.</p>
<p>No se paseaba desde la glorieta a los Campos Elíseos, como lo hacen y lo hacían todas sus compañeras.</p>
<p>Sus dos caballos la llevaban rápidamente al Bosque. Allí bajaba del coche, andaba durante una hora, volvía</p>
<p>a subir a su cupé, y regresaba a su casa al trote de sus caballerías.</p>
<p>Todas aquellas circunstancias, dé las que yo había sido testigo algunas veces, desfilaban ante mí, y me</p>
<p>dolía la muerte de aquella chica, como duele la destrucción total de una hermosa obra.</p>
<p>Y es que era imposible ver una belleza más encantadora que la de Marguerite.</p>
<p>Alta y delgada hasta la exageración, poseía en sumo grado el arte de hacer desaparecer aquel olvido de la</p>
<p>naturaleza con el simple arreglo de lo que se ponía. Su chal de cachemira, que le llegaba hasta el suelo,</p>
<p>dejaba escapar por ambos lados los anchos volantes de un vestido de sedá, y el grueso manguito que</p>
<p>ocultaba sus manos y que ella apoyaba contra su pecho estaba rodeado de pliegues tan hábilmente</p>
<p>dispuestos, que ni el. ojo más exigente tenía nada que objetar al contorno de las líneas.</p>
<p>La cabeza, una maravilla, era objeto de una particular coquetería. Era muy pequeña, y su madre, como</p>
<p>diría Musset, parecía haberla hecho así para hacerla con esmero.</p>
<p>En un óvalo de una gracia indescriptible, colocad dos ojos negros coronados por cejas de un arco tan</p>
<p>puro, que parecía pintado; velad. esos ––ojos con largas pestañas que, al bajar, proyecten sombra sobre la</p>
<p>tez rosa de las mejillas; trazad una nariz fina, recta, graciosa, con ventanillas un poco abiertas por una</p>
<p>ardiente aspiración hacia la vida sensual; dibujad una boca regular, cuyos labios se abran con gracia sobre</p>
<p>unos dientes blancos como la leche; coloread la piel con ese suave terciopelo que cubre los melocotones no</p>
<p>tocados aún por mano alguna, y tendréis el conjunto de aquella cabeza encantadora.</p>
<p>Los cabellos, negros como el azabache, natural o artificialmente ondulados, se abrían sobre la frente en</p>
<p>dos anchos bandós y se perdían detrás de la cabeza, dejando ver una parte––de las orejas, en las que</p>
<p>brillaban dos diamantes de un valor de cuatro a cinco mil francos cada uno.</p>
<p>Cómo la ardiente vida de Marguerite permitía que su conservase la expresión virginal, incluso infantil,</p>
<p>que lo caracterizaba, es algo que nos vemos obligados a constatar sin comprenderlo.</p>
<p>Marguerite tenía un maravilloso retrato suyo hecho por Vidal, el único hombre cuyo lápiz era capaz de</p>
<p>reproducirla. Después de su muerte tuve unos días a mi disposición aquel retrato, y era de un parecido tan</p>
<p>asombroso, que me ha servido para ofrecer las indicaciones a las que quizá no hubiera alcanzado mi</p>
<p>memoria.</p>
<p>Algunos detalles de este capítulo no llegaron a mi conocimiento hasta más tarde, pero los escribo ahora</p>
<p>mismo, para no tener que volver sobre ellos cuando comience la historia anecdótica de esta mujer.</p>
<p>Marguerite asistía a todos los estrenos y pasaba todas las noches en algún espectáculo o en el bade.</p>
<p>Siempre que se representaba una obra nueva era seguro verla allí, con tres cosás que no la abandonaban</p>
<p>jamás y que ocupaban siempre el antepecho de su palco de platea: sus gemelos, una bolsa de bombones y</p>
<p>un ramo de camelias.</p>
<p>Durante veinticinco días del mes las camelias eran blancas, y durante cinco, rojas; nunca ha logrado</p>
<p>saberse la razón de aquella variedad de colores, que indico sin poder explicar y que los habituales de los</p>
<p>teatros adonde ella iba con más frecuencia, lo mismo que sus amigos, habían notado como yo.</p>
<p>Nunca habíamos visto a Marguerite con otras flores que no fueran camelias. Tanto es así, que en casa de</p>
<p>la señora Barjon, su florista, acabaron por llamarla la Dama de las Camelias, y con tal sobrenombre se</p>
<p>quedó.</p>
<p>Yo sabía además, como todos los que en París se mueven en ciertos ambientes, que Marguerite había</p>
<p>sido la querida de los jóvenes más elegantes, que lo decía abiertamente, y que ellos mismos se</p>
<p>vanagloriaban de ello, lo que demostraba que amantes y querida estaban contentos unos de otros.</p>
<p>Sin embargo, desde hacía unos tres años, y a raíz de un viaje a Bagnères, se decía que no vivía más que</p>
<p>con un viejo duque extranjero, enormemente rico, y que había intentado apartarla lo más posible de su vida</p>
<p>pasada, a lo que por lo demás ella parecía haber accedido de buen grado.</p>
<p>A este respecto me contaron lo siguiente:</p>
<p>En la primavera de 1842 Marguerite estaba tan débil, tan cambiada, que los médicos le mandaron que</p>
<p>fuera a un balneario, y salió hacia Bagnéres.</p>
<p>Allí, entre los enfermos, se encontraba la hija del duque, la cual tenía no sólo la misma enfermedad, sino</p>
<p>hasta el mismo rostro de Marguerite, hasta tal punto que se las hubiera podido tomar por dos hermanas.</p>
<p>Sólo que la joven duquesa estaba en el tercer grado de la tisis y, pocos días después de la llegada de</p>
<p>Marguerite, sucumbía.</p>
<p>Una mañana el duque, que seguía en Bagnéres como sigue uno en el suelo que ha sepultado una parte de</p>
<p>su corazón, divisó a Marguerite al dar la vuelta a una alameda.</p>
<p>Le pareció ver pasar la sombra de su hija y, dirigiéndose hacia ella, le cogió las manos, la besó llorando</p>
<p>y, sin preguntarle quién era, le imploró permiso para verla y amar en ella la imagen viva de su hija muerta.</p>
<p>Marguerite, sola en Bagnéres con su doncella, y por otra parte sin temor alguno de comprometerse,</p>
<p>concedió al duque lo que le pedía.</p>
<p>Había en Bagnéres gentes que la conocían, y fueron oficialmente a advertir al duque de la verdadera</p>
<p>condición de la señorita Gautier. Fue un golpe para el viejo, pues ahí acababa el parecido con su hija, pero</p>
<p>era ya un poco tarde. La joven se había convertido en una necesidad de su corazón y en el único pretexto, la</p>
<p>única excusa para seguir viviendo.</p>
<p>No le hizo ningún reproche ––tampoco tenía derecho a hacérselo––, pero le preguntó si se sentía capaz</p>
<p>de cambiar de vida, ofreciéndole a cambio de ese sacrificio todas las compensaciones que pudiera desear.</p>
<p>Ella se lo prometió.</p>
<p>Hay que decir que por aquella época Marguerite, aunque entusiasta por naturaleza, estaba enferma. El</p>
<p>pasado se le aparecía como una de las causas principales de su enfermedad, y una especie de superstición le</p>
<p>hizo esperar que Dios le dejaría la belleza y la salud a cambio de su arrepentimiento y conversión.</p>
<p>Y en efecto, cuando llegó el final del verano, las aguas, los paseos, el cansancio natural y el sueño casi</p>
<p>casi la habían restablecido.</p>
<p>El duque acompañó a Marguerite a París, donde siguió viéndola como en Bagnéres.</p>
<p>Aquella relación, cuyo auténtico origen y motivo se desconocía, causó aquí gran sensación, pues el</p>
<p>duque, conocido ya por su gran fortuna, se daba a conocer ahora por su prodigalidad.</p>
<p>Se atribuyó al libertinaje, frecuente entre los viejos ricos, aquel acercamiento del viejo duque a la joven.</p>
<p>Hubo toda clase de suposiciones, excepto la verdadera.</p>
<p>Sin embargo los sentimientos que aquel padre experimentaba por Marguerite tenían una causa tan casta,</p>
<p>que cualquier otra relación que no fuera de corazón le hubiera parecido un incesto, y jamás le había dicho</p>
<p>una palabra que su hija no hubiera podidó oír.</p>
<p>Lejos de nosotros el pensamiento de hacer de nuestra heroína otra cosa dístinta de lo que era. Así pues,</p>
<p>diremos que, mientras estuvo en Bagnéres, la promesa que había hecho al duque no era dificil de cumplir y</p>
<p>la cumplió; pero, una vez en París, a aquella joven acostumbrada a la vida disipada, a los bailes, incluso a</p>
<p>las orgías, le pareció que su soledad, turbada únicamente por las periódicas visitas del duque, la haría morir</p>
<p>de aburrimiento, y el soplo ardiente de su vida anterior pasaba a la vez por su cabeza y por su corazón.</p>
<p>Añádase a ello que Marguerite había vuelto de aquel viaje más hermosa que nunca, que tenía veinte años</p>
<p>y que la enfermedad, adormecida, pero no vencida, seguía despertando en ella esos deseos febriles que casi</p>
<p>siempre suelen ser resultado de las afecciones de pecho.</p>
<p>Así pues, el duque sintió un gran dolor el día en que sus amigos due estaban al acecho sin cesar con</p>
<p>ánimo de sorprender un escándalo por parte de la joven, con la que, decían, estaba comprometiéndose––</p>
<p>vinieron a decirle y demostrarle que, en cuanto estaba segura de que él no iría a verla, ella recibía visitas, y</p>
<p>que tales visitas se prolongaban con frecuencia hasta la mañana siguiente.</p>
<p>Interrogada al respecto, Marguerite le confesó todo al duque, aconsejándole, sin segundas intenciones,</p>
<p>que dejara de ocuparse de ella, porque no se sentía con fuerzas para mantener los compromisos adquiridos</p>
<p>y no quería seguir recibiendo más tiempo los beneficios de un hombre a quien estaba engañando.</p>
<p>El duque estuvo ocho días sin aparecer ––eso fue todo lo que pudo hacer–– y al octavo día vino a</p>
<p>suplicar a Marguerite que volviera a admitirlo, prometiéndole aceptarla como era, con tal de poder verla, y</p>
<p>jurándole que moriría antes que hacerle un solo reproche.</p>
<p>Así estaban las cows tres meses después del regreso de Marguerite, es decir, en noviembre o diciembre</p>
<p>de 1842.</p>
<p>III</p>
<p>El 16, a la una, me dirigí hacia la calle de Antin.</p>
<p>Desde la puerta de la cochera se oía gritar a los subastadores.</p>
<p>El piso estaba lleno de curiosos.</p>
<p>Se hallaban allí todas las celebridades del vicio elegante, examinadas con disimulo por algunas damas de</p>
<p>la alta sociedad, que habían tomado una vez más la subasta como pretexto para poder ver de cerca a esas</p>
<p>mujeres con las que nunca hubieran tenido ocasión de encontrarse y cuyos fáciles placeres tal vez</p>
<p>envidiaban en secreto.</p>
<p>La duquesa de F&#8230; se codeaba con la señorita A&#8230;, una de las más tristes muestras de nuestras cortesanas</p>
<p>modernas; la marquesa de T&#8230; vacilaba en comprar un mueble por el que pujaba la señora D&#8230;, la adúltera</p>
<p>más elegante y conocida de nuestra época; el duque de Y&#8230;, que en Madrid pasa por arruinarse en París, en</p>
<p>París por arruinarse en Madrid, y que en resumidas cuentas no gasta ni su renta, mientras charlaba con la</p>
<p>señora M&#8230;, una de nuestras cuentistas más ocurrentes, que de cuando en cuando se digna escribir lo que</p>
<p>dice y firmar lo que escribe, intercambiaba miradas confidenciales con la señora N&#8230;, esa bella paseante de</p>
<p>los Campos Elíseos, casi siempre vestida de rosa o de azul, y que va en un coche tirado por dos grandes</p>
<p>caballos negros que Tony le vendió por diez mil francos y&#8230; que ella pagó; en fin, la señorita R&#8230;, que sólo</p>
<p>con su talento saca el doble de lo que las mujeres de mundo sacan con su dote y el triple de lo que las otras</p>
<p>sacan con sus amores, había ido a pesar del frío a hacer algunas compras, y no era ella ciertamente a la que</p>
<p>menos miraban.</p>
<p>Podríamos seguir citando las iniciales de un buen número de personas reunidas en aquel salón, y no poco</p>
<p>sorprendidas de encontrarse juntas; pero tememos cansar al lector.</p>
<p>Digamos solamente que todo el mundo estaba de una alegría loca, y que muchas de las que se</p>
<p>encontraban alli habían conocido a la muerta, pero no parecían acordarse de ello.</p>
<p>Reían a carcajadas; los tasadores gritaban hasta desgañitarse; los comerciantes, que habían invadido los</p>
<p>bancos colocados ante las mesas de subastar, en vano intentaban imponer silencio para hacer sus negocios</p>
<p>con tranquilidad. Nunca bubo reunión tan variada y ruidosa como aquélla.</p>
<p>Me deslicé humildemente en medio de aquel tumulto, que me resultaba entristecedor al pensar que tenía</p>
<p>lugar al lado de la habitación donde había expirado la pobre criatura cuyos muebles se subastaban para</p>
<p>pagar las deudas. Yo, que había ido para observar más que para comprar, miraba la cara de los proveedores</p>
<p>que organizaban la subasta, y veía cómo sus facciones se ponían radiantes cada vez que un objeto</p>
<p>alcanzaba un precio que no habían esperado.</p>
<p>Gente honrada, que había especulado con la prostitución de aquella mujer, que había ganado un cien por</p>
<p>cien con ella, que había perseguido con papeles timbrados los últimos momentos de su vidá, y que tras su</p>
<p>muerte venía a recoger los frutos de sus honorables cálculos a la vez que los intereses de su vergonzoso</p>
<p>crédito.</p>
<p>¡Cuánta razón llevaban los antiguos, que tenían un solo y mismo Dios para los mercaderes y para los</p>
<p>ladrones!</p>
<p>Vestidos, cachemiras, joyas se vendían con una rapidez increíble. Nada de todo aquello me convenía, y</p>
<p>seguí esperando.</p>
<p>De pronto oí gritar:</p>
<p>Un volumen, perfectamente encuadernado, con cantos dorados, titulado <i>Manors Leccaut. </i>Hay algo</p>
<p>escrito en la primera página. Diez francos.</p>
<p>Doce ––dijo una voz tras un silencio bastante largo.</p>
<p>Quince ––,dije yo.</p>
<p>¿Por qué? No ––podría decirlo. Sin duda por aquel <i>algo escrito.</i></p>
<p>––Quince–– repitió el tasador.</p>
<p>––Treinta ––dijo el primer postor en un torso que parecía desafiar a que se siguiera pujando.</p>
<p>Aquello se estaba convirtiendo en una lucha.</p>
<p>––¡Treinta y cinco! ––grité entonces en el mismo tono.</p>
<p>––Cuarenta.</p>
<p>––Cincuenta. .</p>
<p>––Sesenta.</p>
<p>––Cien.</p>
<p>Confieso que, si hubiera querido causar sensación, lo había conseguido plenamente, pues tras aquella</p>
<p>puja se hizo un gran silencio, y me miraron para saber quién era el hombre que parecía tan resuelto a poseer</p>
<p>aquel volumen. .</p>
<p>Parece que el acento con que pronuncié mi última palabra convenció a mi antagonista: así que prefirió</p>
<p>abandonar una lucha que no hubiera servido más que para hacerme pagar diez veces el precio del volumen</p>
<p>e, inclinándose, me dijo con mucha amabilidad, aunque un poco tarde:</p>
<p>Me rindo, caballero.</p>
<p>Como nadie dijo nada, el libro me fue adjudicado.</p>
<p>Temiendo una nueva cabezonería, que mi amor propio tal vez habría apoyado, pero que mi bolsillo</p>
<p>habría llevado ciertamente muy a mal, di mi nombre, mandé apartar el volumen y bajé. Debí de dar mucho</p>
<p>que pensar a aquella gente, que, testigo de la escena, sin duda se preguntaría con qué objeto había ido a</p>
<p>pagar cien francos por un libro que podía conseguir en cualquier sitio por diez o quince francos como</p>
<p>mucho.</p>
<p>Una hora después ya había mandado a buscar mi compra.</p>
<p>En la primera página, a pluma y con una letra elegante, estaba escrita la dedicatoria del donante del libro.</p>
<p>Dicha dedicatoria ponía sólo estas palabras:</p>
<p><i>Manon a Marguerite;</i></p>
<p><i>Humildad.</i></p>
<p>Estaba firmada: Armand Duval.</p>
<p>¿Qué quería decir la palabra Humildad?</p>
<p>Según la opinión del tal Armand Duval, ¿qué superioridad reconocía Manon en Marguerite: la del</p>
<p>desenfreno o la del corazón?</p>
<p>La segunda interpretación era la más verosímil, pues la primera no hubiera sido más que una franqueza</p>
<p>impertinente, que no habría aceptado Marguerite, pese a la opinión que tuviera de sí misma.</p>
<p>Salí otra vez y no volví a ocuparme del libro hasta por la noche, a la hora de acostarme.</p>
<p><i>Manon Lescaut </i>es realmente una historia conmovëdora que me conozco al detalle, y sin embargo, cuando</p>
<p>cae en mis manos ese volumen, mi simpatía por él me sigue atrayendo, lo abro y por centésima vez revivo</p>
<p>con la heroína del abate Prévost. Y es que es una heroína tan real, que me parece haberla conocido. En</p>
<p>aquellas nuevas circuñstancias la especie de comparación que se daba entre ella y Marguerite hacía que la</p>
<p>lectura tuviera para mí un aliciente inesperado, y a mi indulgencia se añadía lá piedad, casi el amor por la</p>
<p>pobre chica a cuya herencia debía yo el volumen. Manon había muerto en un desierto, es verdad, pero</p>
<p>también en los brazos del hombre que la amaba con todas las energías de su alma y que, una vez muerta, le</p>
<p>cavó una fosa, la regó con sus lágrimas y en ella sepultó su corazón; mientras que Marguerite, pecadora</p>
<p>como Manon y quizá convertida como ella, había muerto en el seno de un lujo suntuoso, a juzgar por lo que</p>
<p>yo había visto, en el lecho de su pasado, pero también en medio de ese desierto del corazón, mucho más</p>
<p>árido, mucho más vasto, mucho más despiadado que aquel en el que había sido enterrada Manon.</p>
<p>Marguerite, en efecto, según supe por ciertos amigos que conocían las últimas circunstancias de su vida,</p>
<p>no llegó a ver un auténtico consuelo sentado a su cabecera durante los dos meses que duró su lenta y</p>
<p>dolorosa agonía.</p>
<p>De Manon y Marguerite mi pensamiento se dirigió luego hacia las que yo conocía y que veía</p>
<p>encaminarse cantando hacia una muerte casi siempre invariable.</p>
<p>¡Pobres criaturas! Si amarlas es un error, lo menos que podemos hacer es compadecerlas.</p>
<p>Compadecemos al ciego que nunca ha visto la luz del día, al sordo que nunca ha oído los acordes de la</p>
<p>naturaleza, al mudo que nunca ha podido expresar la voz de su alma, y, so pretexto de un falso pudor, no</p>
<p>queremos compadecer esa ceguera del corazón, esa sordera del alma, esa mudez de la conciencia, que</p>
<p>enloquecen a la desgraciada afligida y sin querer la hacen incapaz de ver el bien, de oír al Señor y de hablar</p>
<p>la lengua pura del amor y de la fe.</p>
<p>Hugo ha escrito <i>Marion de Lorme, </i>Musset ha escrito <i>Bernerette, </i>Alexandre Dumas ha escrito <i>Fernande,</i></p>
<p><i>los </i>pensadores y poetas de todos los tiempos han presentado a la cortesana la ofrenda de su misericordia, y</p>
<p>alguna vez un gran hombre las ha rehabilitado con su amor a incluso con su nombre. Si insisto tanto en este</p>
<p>punto, es porque quizá muchos de los que van a leerme ya están dispuestos a rechazar este libro, por temor</p>
<p>a no ver en él más que una apología del vicio y de la prostitución, y sin duda la edad del autor no</p>
<p>contribuye mucho a disipar ese temor. Que los que piensen así se desengañen, y sigan leyendo, si ningún</p>
<p>otro temor los detenía.</p>
<p>Estoy sencillamente convencido de un principio, y es éste: para la mujer que por su educación no ha</p>
<p>aprendido el bien, Dios abre casi siempre dos senderos que la hacen volver a él; esos senderos son el dolor</p>
<p>y el amor. Son diflciles; las que se deciden acaban con los pies ensangrentados y las manos desgarradas,</p>
<p>pero al mismo tiempo dejan en las zarzas del camino los aderezos del vicio, y llegan a término con esa</p>
<p>desnudez que no causa vergüenza ante el Señor.</p>
<p>Los que se encuentran con estas intrépidas viajeras deben apoyarlas, y decirles a todos que se han</p>
<p>encontrado con ellas, pues al publicarlo indican el camino.</p>
<p>No se trata de colocar ingenuamente a la entrada de la vida dos postes, uno con esta inscripción: <i>Ruta del</i></p>
<p><i>bier, </i>otro con esta advertencia: <i>Ruta del mal, </i>y decir a los que se presentan: «Escoged». Hay que enseñar,</p>
<p>como Cristo, a los. que se han dejado tentar por los alrededores, los caminos que conducen de la segunda</p>
<p>ruta a la primera; y sobre todo hay que evitar que el comienzo de estos caminos sea demasiado doloroso, ni</p>
<p>parezca demasiado impenetrable.</p>
<p>Ahí está el cristianismo con su maravillosa parábola del hijo pródigo para aconsejarnos la indulgencia y</p>
<p>el perdón. Jesús rebosaba de amor hacia esas almas heridas por las pasiones de los hombres, y le gustaba</p>
<p>curar sus llagas sacando de esas mismas llagas el bálsamo que las sanaría. Así decía a Magdalena: «Mucho</p>
<p>te será perdonado, porque has amado mucho», sublime perdón, que despertaría una fe sublime.</p>
<p>¿Por qué vamos a ser nosotros más rígidos que Cristo? ¿Por qué, ateniéndonos obstinadamente a las</p>
<p>opiniones de este mundo, que se hace el duro para que lo creamos fuerte, vamos a rechazar con él a esas</p>
<p>almas sangrantes muchas veces de heridas por las que, como la sangre mala de un enfermo, se derrama el</p>
<p>mal de su pasado, en espera únicamente de una mano amiga que las cure y les devuelva la convalecencia</p>
<p>del corazón?</p>
<p>Ahora me dirijo a mi generación, a aquellos para quienes las teorías de Voltaire han dejado por suerte de</p>
<p>existir, a aquellos que, como yo, comprenden que la humanidad se encuentra desde hace quince años en</p>
<p>uno de sus impulsos más audaces. La ciencia del bien y del mal ha sido adquirida de una vez para siempre;</p>
<p>la fe se reconstruye, el respeto por las cosas santas nos ha sido devuelto y, si el mundo no es bueno del</p>
<p>todo, al menos es mejor. Los esfuerzos de todos los hombres inteligentes tienden hacia el mismo fin, y</p>
<p>todas las grandes voluntades van enganchadas al mismo principio: ¡seamos buenos, searnos jóvenes,</p>
<p>seamos auténticos! El mal no es más que vanidad, tengamos el orgullo del bien, y sobre todo no</p>
<p>desesperemos. No despreciemos a la mujer que no es madre, ni hermana, ni hija, ni esposa. No reduzcamos</p>
<p>la estima a la familia, la indulgencia al egoísmo. Puesto que en el cielo hay más alegría por un pecador</p>
<p>arrepentido que por cien justos que no han pecado nunca, intentemos alegrar al cielo. El puede</p>
<p>devolvérnoslo con creces. Vayamos dejando por el camino la limosna de nuestro perdón a áquellos a</p>
<p>quienes los deseos terrenales han perdido y que una esperanza divina puede salvar; y, como dicen las viejas</p>
<p>cuando aconsejan un remedio casero, si no hace bien, daño tampoco va a hacer.</p>
<p>Ciertamente ha de parecer harto presuntuoso por mi parte querer sacar tan grandes resultados de un tema</p>
<p>tan insignificante como el que trato; pero soy de los que creen que en las cosas pequeñas está todo. El niño</p>
<p>es pequeño, y contiene al hombre; el cerebro es estrecho, y alberga al pensamiento; el ojo es sólo un punto,</p>
<p>y abarca leguas.</p>
<p>IV</p>
<p>Dos días después la subasta estaba completamente terminada. Produjo ciento cincuenta mil francos.</p>
<p>Los acreedores se repartieron las dos terceras partes, y la familia, compuesta por una hermana y un</p>
<p>sobrino, heredó el resto.</p>
<p>La hermana abrió unos ojos como platos cuando el agente de negocios le escribió diciéndole que</p>
<p>heredaba cincuenta mil francos.</p>
<p>Aquella joven llevaba seis o siete años sin ver a su hermana, que había desaparecido un día sin que</p>
<p>llegara a saberse, ni por ella ni por otros, el menor detalle sobre su vida desde el momento de su</p>
<p>desaparición.</p>
<p>Así que llegó a toda prisa a París, y no fue pequeño el asombro de los que conocían a Marguerite cuando</p>
<p>vieron que su única heredera era una gorda y hermosa campesina que hasta entonces no había salido de su</p>
<p>pueblo.</p>
<p>De pronto se encontró con una fortuna hecha, sin saber siquiera de qué fuente le venía aquella fortuna</p>
<p>inesperada.</p>
<p>Volvió, según me dijeron después, a sus campos, llevándose una gran tristeza por la muerte de su</p>
<p>hermana, compensada no obstante por la inversión al cuatro y medio por ciento que acababa de hacer.</p>
<p>Empezaban ya a olvidarse todas aquellas circunstancias, que corrieron de boca en boca por París, la</p>
<p>ciudad madre del escándalo, y hasta yo mismo estaba olvidando la parte que había tomado en los</p>
<p>acontecimientos, cuando un nuevo incidente me dio a conocer toda la vida de Marguerite, y me enteré de</p>
<p>detalles tan conmovedores, que me entraron ganas de escribir aquella historia, como ahora hago.</p>
<p>Hacía tres o cuatro días que el piso, vacío ya de todos sus muebles vendidos, estaba en alquiler, cuando</p>
<p>una mañana llamaron a mi puerta.</p>
<p>Mi criado, o por mejor decir mi portero, que me servía de criado, fue a abrir y me trajo una tarjeta,</p>
<p>diciéndome que la persona que se la había entregado deseaba hablar conmigo. Eché un vistazo a la tarjeta y</p>
<p>leí estas dos palabras:</p>
<p><i>Armand Duval</i></p>
<p>Me puse a pensar dónde había visto antes ese nombre, y me acordé de la primera hoja del volumen de</p>
<p><i>Manon Lescaut.</i></p>
<p>¿Qué podía querer de mí la persona que había dado aquel libro a Marguerite? Mandé que pasara en</p>
<p>seguida el hombre que estaba esperando.</p>
<p>Vi entonces a un joven rubio, alto, pálido, vestido con un traje de viaje que parecía no haberse quitado en</p>
<p>varios días ni tomado siquiera la molestia de cepillarlo al llegar a París, pues estaba cubierto de polvo.</p>
<p>El señor Duval, profundamente emocionado, no hizo ningún</p>
<p>esfuerzo por ocultar su emoción, y con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa me dijo:</p>
<p>Le ruego me disculpe por esta visita y esta ropa; pero, aparte de que entre jóvenes no nos preocupamos</p>
<p>tanto de estas cosas, tenía tantos deseos de verlo a usted hoy mismo, que ni siquiera he perdido el tiempo</p>
<p>bajándome en el hotel, donde he enviado mi equipaje, y he venido corriendo a su casa, por miedo de no</p>
<p>encontrarlo a pesar de lo pronto que es.</p>
<p>Rogué al señor Duval que se sentara junto al fuego, como así hizo, a la vez que sacaba del bolsillo un</p>
<p>pañuelo en el que ocultó un momento su rostro.</p>
<p>Debe de estar usted preguntándose ––prosiguió suspirando. tristemente–– qué quiere este visitante</p>
<p>desconocido, a estas horas, con esta pinta, y llorando de tal modo. Sencillamente, vengo a pedirle un gran</p>
<p>favor.</p>
<p>––Usted dirá. Estoy a su entera disposición.</p>
<p>¿Asistió usted a la subasta de Marguerite Gautier?</p>
<p>Ante aquella palabra, la emoción que había conseguido dominar un instante fue más fuerte que él, y se</p>
<p>vio obligado a llevarse las manos a los ojos.</p>
<p>Debo de parecerle muy ridículo ––––añadió. Discúlpeme una vez más y créame que no olvidaré nunca la</p>
<p>paciencia con que se digna escucharme.</p>
<p>––Caballero ––repliqué––, si el favor que, según parece, está en mi mano hacerle ha de calmar la pena</p>
<p>que usted experimenta, dígame en seguida en qué puedo servirle, y encontrará usted en mí un hombre</p>
<p>dichoso de poder complacerlo.</p>
<p>El dolor del señor Duval inspiraba simpatía, y sin querer estaba deseand© serle grato.</p>
<p>Entonces me dijo:</p>
<p>––¿Ha comprado usted algo _en la subasta de Marguerite?</p>
<p>––Sí, señor, un libro.</p>
<p><i>––¿Manon Lescaut?</i></p>
<p>Exactamente.</p>
<p>––tTiene usted aún ese libro? Está en mi dormitorio.</p>
<p>Ante esta noticia, Armand Duval pareció quitarse un gran peso de encima y me dio las gracias como si,</p>
<p>guardando aquel volumen, hubiera empezado ya a hacerle un favor.</p>
<p>Me levanté, fui a mi habitación a coger el libro y se lo entregué.</p>
<p>––Sí, es éste ––dijo, mirando la dedicatoria de la primera página y hojeándolo––. Sí, es éste.</p>
<p>Y dos gruesas lágrimàs cayeron sobre sus páginas.</p>
<p>Bueno ––dijo, levantando la cabeza hacia mí, sin intentar siquiera ocultarme que había llorado y que</p>
<p>estaba a punto de llorar otra vez––, ¿tiene usted mucho interés en este libro?</p>
<p>––¿Por qué?</p>
<p>Porque he venido a pedirle que me lo ceda.</p>
<p>Perdone mi curiosidad ––dije––, pero ¿entonces fue usted quien se lo dio a Marguerite Gautier?</p>
<p>Yo mismo.</p>
<p>El libro es suyo, tómelo; me siento feliz de poder devolvérselo.</p>
<p>––Pero repuso el señor Duval un poco desconcertado–– lo menos que puedo hacer es darle lo que le</p>
<p>costó.</p>
<p>––Permítame que se lo regale. El precio de un solo volumen en una subasta semejante es una bagatela, y</p>
<p>ni siquiera me acuerdo de lo que me costó.</p>
<p>Le costó cien francos.</p>
<p>Es cierto ––dije, desconcertado a mi vez––. ¿Cómo lo sabe usted?</p>
<p>––Es muy sencillo: esperaba llegar a París a tiempo para la subasta de Marguerite, y no he llegado hasta</p>
<p>esta mañana. Quería a toda costa tener un objeto que hubiera sido suyo y fui corriendo a casa del</p>
<p>subastador a pedirle permiso para ver la lista de los objetos vendidos y los nombres de los compradores. Vi</p>
<p>que usted había comprado este libro, y decidí rogarle que me lo cediera, aunque el precio que pagó por él</p>
<p>me hizo temer si no estaría usted también ligado por algún recuerdo a la posesión de este volumen.</p>
<p>Y al decir esto, Armand parecía evidentemente temer que yo hubiera conocido a Marguerite como la</p>
<p>había conocido él.</p>
<p>Me ápresuré a tranquilizarlo.</p>
<p>––Sólo conocía de vista a la señorita Gautier ––le dije––. Su muerte me causó la impresión que causa</p>
<p>siempre en un joven la muerte de una mujer bonita con quien tuvo el placer––&#8217;de encontrarse. Quise</p>
<p>comprar algo en su subasta y me empeñé en pujar por este volumen, no sé por qué, por el placer de hacer</p>
<p>rabiar a un señor que se había encarnizado en él y parecía desafiarme a ver quién se lo llevaba. Así que, se</p>
<p>lo repito, el libro está a su disposición y le ruego otra vez que lo acepte, para que no lo obtenga de mí como</p>
<p>yo lo obtuve de un subastador y para que sea entre nosotros el compromiso de un conocimiento más amplio</p>
<p>y de unas relaciones más íntimas. .</p>
<p>––Está bien ––me dijo Armand, tendiéndome la mano y estrechando la mía––. Lo acepto y le estaré</p>
<p>eternamente agradecido.</p>
<p>Yo tenía buenas ganas de interrogar a Armand acerca de Marguerite, pues la dedicatoria del libro, el viaje</p>
<p>del joven y su deseo de poseer aquel volumen me picaban la curiosidad; pero temía que, al interrogar a mi</p>
<p>visitante, pareciera que no había rehusado su dinero sino para tener derecho a meterme en sus asuntos.</p>
<p>Diríase que adivinó mi deseo, pues me dijo:</p>
<p>––¿Ha leído usted este volumen?</p>
<p>De arriba abajo.</p>
<p>––¿Qué ha pensado usted de las dos líneas que escribí?</p>
<p>He comprendido en seguida que a sus ojos la pobre chica a quien usted dio este volumen era alguien</p>
<p>fuera de lo común, pues me resistía a ver en esas líneas sólo un cumplido banal.</p>
<p>Y tenía usted razón. Aquella chica era un ángel. Tenga ––me dijo––, lea esta carta.</p>
<p>Y me tendió un papel que parecía haber sido leído y releído muchas veces.</p>
<p>Lo abrí. Decía lo siguiente:</p>
<p>«Querido Armand: He recibido su carta, y doy gracias a Dios porque está usted bien.</p>
<p>Sí, amigo mío, yo estoy enferma, y de una de esas enfermedades que no perdonan; pero</p>
<p>el interés que aún se toma usted por mí disminuye mucho mis sufrimientos. Sin duda ya</p>
<p>no viviré el tiempo suficiente para tener la suerte de estrechar la mano que ha escrito la</p>
<p>bondadosa carta que acabo de recibir, y teas palabras me curarían, si algo pudiera</p>
<p>curarme. Ya no lo veré más, pues estoy a un paso de la muerte y a usted lo separan de mí</p>
<p>centenares de leguas. ¡Pobre amigo mío! Su Marguerite de antaño está muy cambiada, y</p>
<p>quizá es preferible que no vuelva a verla antes que verla como está. Me pregunta usted si</p>
<p>lo perdono. ¡Oh, de todo corazón, amigo mío, pues el daño que usted quiso hacerme no</p>
<p>era más que una prueba del amor que me tenía! Llevo un mes en la cama, y tengo en tanta</p>
<p>estima su aprecio, que todos los días escribo el diario de mi villa desde el momento de</p>
<p>nuestra separación hasta el momento en que ya no tenga fuerzas para escribir.</p>
<p>Si su interés por mí es verdadero, Armand, a su regreso vaya a casa de Julie Duprat.</p>
<p>Ella le entregará este diario. En él encontrará la razón y la disculpa de lo que ha pasado</p>
<p>entre nosotros. Julie es muy buena conmigo; a menudo las dos juntas charlamos de usted.</p>
<p>Estaba aquí cuando llegó su carta, y lloramos al leerla.</p>
<p>En caso de que no me dé usted noticias suyas, ella queda encargada de enviarle estos</p>
<p>papeles a su llegada a Francia. No me lo agradezca. Este volver todos los días sobre los</p>
<p>únicos momentos felices de mi villa me hace un bien enorme, y, si usted va a encontrar</p>
<p>en su lectura la disculpa del pasado, yo encuentro en ella un continuo alivio.</p>
<p>Quisiera dejarle algo para que me tuviera usted siempre en su recuerdo, pero todo lo</p>
<p>que hay en la casa está embargado y nada me pertenece.</p>
<p>¿Comprende usted, amigo mío? Voy a morir, y desde mi dormitorio oigo andar por el</p>
<p>salón al vigilante que mis acreedores han puesto allí para que nadie se lleve nada ni me</p>
<p>quede nada en caso de que no muriera. Espero que aguarden hasta el final para</p>
<p>subastarlo.</p>
<p>¡Oh, qué despiadados son los hombres! No, me equivoco, es mejor decir que Dios es</p>
<p>justo a inflexible.</p>
<p>Pues bien, querido mío, venga usted a la . subasta y compre cualquier cosa, pues, si</p>
<p>apartara yo el menor objeto para usted y se enterasen, serían capaces de denunciarlo por</p>
<p>ocultación de objetos embargados.</p>
<p>¡Qué villa tan triste la que dejo!</p>
<p>¡Si Dios permitiera que volviera a verlo antes de morir! Según todas las probabilidades,</p>
<p>adiós, amigo mío; perdóneme que no le escriba una carta más larga, pero los que dicen</p>
<p>que van a curarme me agotan con sangrías, y mi mano se niega a escribir más.</p>
<p>Marguerite GAUTIER.»</p>
<p>En efecto, las últimas palabras apenas eran legibles.</p>
<p>Devolví la carta a Armand, que sin duda acababa de releerla en su pensamiento como yo la había leído en</p>
<p>el papel, pues, al recogerla, me dijo:</p>
<p>––¡Quién podría pensar jamás que era una entretenida la que escribió esto!</p>
<p>Y, muy emocionado por sus recuerdos, contempló un rato la escritura de aquella carta, que acabó por</p>
<p>llevarse a los labios.</p>
<p>––Cuando pienso ––prosiguió–– que ha muerto sin que haya podido verla, y que ya no volveré a verla</p>
<p>nunca; cuando pienso que ha hecho por mí lo que no hubiera hecho una hermana, no me perdono haberla</p>
<p>dejado morir así. ¡Muerta! ¡Muerta! ¡Pensando en mí, escribiendo y pronunciando mi nombre! ¡Pobre</p>
<p>Marguerite querida!</p>
<p>Y Armand, dando rienda suelta a sus pensamientos y a sus lágrimas, me tendía la mano y continuaba:</p>
<p>––Quien me viera lamentarme así por una muerta semejante me tomaría por un niño, pero es que nadie</p>
<p>sabe cuánto he hecho sufrir a esa mujer, lo cruel que he sido, lo buena y resignada que ha sido ella. Creía</p>
<p>que era yo quien tenía que perdonarla, y hoy me veo indigno del perdón que ella me otorga. ¡Oh, daría diez</p>
<p>años de mi vida por poder llorar una hora a sus pies!</p>
<p>Siempre es difícil consolar un dolor que no se conoce, y sin embargo sentía tan viva simpatía por aquel</p>
<p>joven, me confiaba con tal franqueza su pena, que creí que mis palabras no le resultarían indiferentes y le</p>
<p>dije:</p>
<p>¿No tiene usted parientes o amigos? Tenga confianza, vaya a verlos, y ellos lo consolarán, pues yo no</p>
<p>puedo hacer más que compadecerlo.</p>
<p>Es natural ––dijo, levantándose y paseándose a grandes pasos por mi habitación––, estoy aburriéndolo.</p>
<p>Perdóneme, no me daba cuenta de que mi dolor le importa poco y de que estoy importunándolo con una</p>
<p>cosa que ni puede ni debe interesarle nada.</p>
<p>No ha interpretado usted bien mis palabras. Estoy totalmente a su disposición; sólo que siento mi</p>
<p>incapacidad para calmar su pena. Si mi compañía y la de mis amigos pueden distraerlo; en fin, si me</p>
<p>necesita usted para lo que sea, quiero que sepa que tendré un gran placer en poder serle grato.</p>
<p>Perdón, perdón me dijo––, el dolor exacerba las emociones. Deje que me quede unos minutos más, el</p>
<p>tiempo justo de secarme los ojos, para que los mirones de la calle no se queden mirando como una</p>
<p>curiosidad a este mocetón que llora. Acaba usted de hacerme muy feliz dándome este libro; nunca sabré</p>
<p>cómo agradecerle lo que le debo.</p>
<p>––Concediéndome un poco de su amistad ––dije a Armand–– y diciéndome la causa de su pena.</p>
<p>Contando los sufrimientos, se consuela uno.</p>
<p>––Tiene usted razón; pero hoy siento tal necesidad de llorar, que no le diría más que palabras sin sentido.</p>
<p>Otro día le haré partícipe de esta historia y ya verá usted si tengo razón para echar de menos a la pobre</p>
<p>chica. Y ahora ––––añadió, frotándose los ojos por última vez y mirándose en el espejo––, dígame que no</p>
<p>le parezco excesivamente necio y pemiítame que vuelva a verlo otra vez.</p>
<p>La mirada del joven era bondadosa y dulce; estuve a punto de abrazarlo.</p>
<p>En cuanto a él, sus ojos comenzaban de nuevo a velarse de lágrimas; vio que yo me daba cuenta y desvió</p>
<p>la mirada.</p>
<p>Vamos ––le dije––. ¡Animo!</p>
<p>––Adiós me dijo entonces.</p>
<p>Haciendo un esfuerzo inaudito por no llorar, más que salir, huyó de mi casa.</p>
<p>Levanté el visillo de mi ventana y lo vi subir.al cabriolé que lo esperaba a la puerta; pero, en cuanto</p>
<p>estuvo dentro, se deshizo en lágrimas y ocultó su rostro en el pañuelo.</p>
<p>V</p>
<p>Pasó bastante tiempo sin que oyera hablar de Armand, pero en cambio hubo muchas ocasiones de tratar</p>
<p>de Marguerite.</p>
<p>No sé si lo han notado ustedes, pero basta que el nombre de una persona, que parecía que iba a seguir</p>
<p>siéndonos desconocida o por lo menos indiferente, se pronuncie una vez ante nosotros, para que alrededor</p>
<p>de ese nombre vayan agrupándose poco a poco una serie de detalles y oigamos a todos nuestros amigos</p>
<p>hablar con nosotros de algo de lo que antes nunca habíamos conversado. Entonces descubrimos que esa</p>
<p>persona casi estaba tocándonos, y nos damos cuenta de que pasó muchas veces por nuestra vida sin ser</p>
<p>notada; encontramos en los acontecimientos que nos cuentan una coincidencia y una afinidad reales con</p>
<p>ciertos acontecimientos de nuestra propia existencia. No era ése exactamente mi caso respecto a</p>
<p>Marguerite, puesto que yo la había visto, me había encontrado con ella y la conocía de vista y por sus</p>
<p>costumbres; sin embargo, desde la subasta su nombre llegó tan frecuentemente a mis oídos y, en la</p>
<p>circunstancia que he dicho en el capítulo anterior, su nombre se halló mezclado con una tristeza tan</p>
<p>profunda, que creció mi asombro, aumentando mi curiosidad.</p>
<p>De ello resultó que ya no abordaba a mis amigos, a los que nunca antes había hablado de Marguerite,</p>
<p>sino diciéndoles:</p>
<p>––¿Conoció usted a una tat Marguerite Gautier?</p>
<p>––¿La Dama de las Camelias?</p>
<p>––Exactamente. ¡Mucho!</p>
<p>Aquellos «¡Mucho!» a veces iban acompañados de sonrisas incapaces de dejar lugar a dudas acerca de su</p>
<p>significado.</p>
<p>––Y bien, ¿cómo era aquella chica? ––continuaba yo.</p>
<p>––Pues una buena chica.</p>
<p>––¿Eso es todo?</p>
<p>––¡Santo Dios! ¿Pues qué quirere que sea? Con más inteligencia y quizá con un poco más de corazón que</p>
<p>las otras.</p>
<p>––¿Y no sabe usted nadá de particular sobre ella?</p>
<p>––Arruinó al barón de G&#8230;</p>
<p>––¿Sólo?</p>
<p>––Fue la amante del viejo duque de&#8230;</p>
<p>––¿Era de verdad su amante?</p>
<p>––Eso dicen: en todo caso, él le daba mucho dinero.</p>
<p>Siempre los mismos detalles generates.</p>
<p>Sin embargo sentía curiosidad por conocer algo acerca de la relación de Marguerite con Armand.</p>
<p>Un día me encontré con uno de esos tipos que viven continuamente en la intimidad de las mujeres</p>
<p>conocidas. Le pregunté:</p>
<p>––¿Conoció usted a Marguerite Gautier?</p>
<p>Me respondió con el mismo <i>mucho </i>de siempre.</p>
<p>––¿Qué clase de chica era?</p>
<p>––Una buena chica. Y guapa. Su muerte me ha causado una gran pena.</p>
<p>––¿No tuvo un amante llamado Armand Duval?</p>
<p>––¿Uno rubio alto?</p>
<p>––Sí.</p>
<p>––Es cierto.</p>
<p>––¿Cómo era ese Armand?</p>
<p>––Creo que era un chaval que se comió con ella lo poco que tenía y que se vio obligado a dejarla. Dicen</p>
<p>que estaba loco por ella.</p>
<p>––¿Y ella?</p>
<p>––Según dicen, también ella lo quería mucho, pero como suelen amar esas chicas. No hay que pedirles</p>
<p>más de lo que pueden dar.</p>
<p>––¿Qué ha sido de Armand?</p>
<p>––Lo ignoro. Nosotros lo conocíamos poco. Estuvo cinco o seis meses con Marguerite, pero en el campo.</p>
<p>Cuando ella regresó, él se fue.</p>
<p>––¿Y no ha vuelto usted a verlo desde entonces?</p>
<p>––Nunca.</p>
<p>Tampoco yo había vuelto a ver a Armand. Llegué a preguntarme si, cuando se presentó en mi casa, la</p>
<p>noticia reciente de la muerte de Marguerite no había exagerado su amor de antaño y en consecuencia su</p>
<p>dolor, y me decía que posiblemente con la muerta había olvidado también la promesa que me hizo de venir</p>
<p>a verme.</p>
<p>Tal suposición hubiera sido bastante verosímil tratándose de otro, pero en la desesperación de Armand</p>
<p>hubo acentos sinceros, y, pasando de un extremo a otro, me imaginaba que su pena se había convertido en</p>
<p>enfermedad y que, si no tenía noticias suyas, era porque estaba enfermo o quién sabe si muerto.</p>
<p>No podía dejar de interesarme por aquel hombre. Quizá en mi interés había algo de egoísmo; quizá bajo</p>
<p>aquel dolor había vislumbrado una conmovedora historia de amor, o quizá mi deseo de conocerla se debía</p>
<p>en buena parte a lo preocupado que me tenía el silencio de Armand.</p>
<p>Puesto que el señor Duval no volvía a mi casa, decidí ir yo a la suya. No era diñcil encontrar un pretexto.</p>
<p>Por desgracia no sabía su dirección, y de todos los que pregunté nadie supo decírmela.</p>
<p>Me dirigí a la calle de Antin. Tal vez el portero de Marguerite supiera dónde vivía Armand. Era un</p>
<p>portero nuevo. Lo ignoraba como yo. Pregunté entonces por el cementerio donde había sido enterrada la</p>
<p>señorita Gautier. Era el cementerio de Montmartre.</p>
<p>Había llegado abril, hacía buen tiempo, las tumbas ya no tendrían ese aspecto doloroso y desolado que</p>
<p>les da el invierno; en fin, hacía ya bastante calor para que los vivos se acordasen de los muertos y los</p>
<p>visitaran. Me dirigí al cementerio, diciéndome: «Con sólo ver la tumba de Marguerite, sabré si el dolor de</p>
<p>Armand subsiste aún, y quizá me entere de lo que ha sido de él.»</p>
<p>Entre en la casilla del guarda, y le pregunté si el 22 de febrero no había sido enterrada en el cementerio</p>
<p>de Montmartre una mujer llamada Marguerite Gautier.</p>
<p>El hombre hojeó un grueso libro, donde están inscritos y numerados todos los que entran en aquel último</p>
<p>asilo, y me respondió que, en efecto, el 22 de febrero a mediodía había sido inhumada una mujer de ese</p>
<p>nombre.</p>
<p>Le rogué que me condujera a su tumba, pues sin cicerone no hay forma de orientarse en esa ciudad de los</p>
<p>muertos, que tiene sus canes como la ciudad de los vivos. El guarda llamó a un jardinero y le dio las</p>
<p>indicaciones necesarias, pero él lo interrumpió diciendo:</p>
<p>––Ya sé, ya sé&#8230; jOh, es una tumba bien fácil de encontrar! ––continuó, volviéndose hacia mí.</p>
<p>––¿Por qué? le dije yo.</p>
<p>––Porque tiene flores muy diferentes a las otras.</p>
<p>––¿Es usted quien cuida de ella?</p>
<p>––Sí, señor, y ya me gustaría a mí que todos los familiares se preocuparan por sus difuntos lo mismo que</p>
<p>el joven que me ha encargado de ella.</p>
<p>Después de dar algunas vueltas, el jardinero se detuvo y me dijo:</p>
<p>––Ya hemos llegado.</p>
<p>En efecto, ante mis ojos tenía un cuadrado de flores que nadie hubiera tomado por una tumba, si un</p>
<p>mármol blanco con un nombre encima no lo testificara.</p>
<p>El mármol estaba colocado verticalmente, un enrejado de hierro limitaba el terreno comprado, y el</p>
<p>terreno estaba cubierto de camelias blancas.</p>
<p>––¿Qué le parece? ––me dijo el jaydinero.</p>
<p>––Muy hermoso.</p>
<p>––Y cada vez que una camelia se marchita, tengo orden de renovarla.</p>
<p>––¿Y quién se lo ha mandado?</p>
<p>––Un joven que lloró mucho la primera vez qúe vino; un ex de la muerta sin duda, pues parece que era</p>
<p>un poco ligera de cascos. Dicen que era muy guapa. ¿La conoció el señor?</p>
<p>––Sí.</p>
<p>––Como el otro me dijo el jardinero con una maliciosa sonrisa.</p>
<p>––No, yo nunca hablé con ella.</p>
<p>––Y viene usted a verla aquí; es muy amable por su parte, pues los que vienen a ver a la pobre chica no</p>
<p>arman atascos en el cementerio.</p>
<p>––¿Entonces no viene nadie?</p>
<p>––Nadie, excepto ese joven, que ha venido una vez.</p>
<p>––¿Sólo una vez?</p>
<p>––Sí, señor.</p>
<p>––¿Y no ha vuelto desde entonces?</p>
<p>––No, pero volverá cuando regrese.</p>
<p>––¿Entonces está de viaje?</p>
<p>––Sí.</p>
<p>––¿Y sabe usted dónde está?</p>
<p>––Creo que ha ido a ver a la hermana de la señorita Gautier. ––¿Y qué hace allí?</p>
<p>––Va a pedirle autorización para exhumar a la muerta y llevarla a otro lugar.</p>
<p>––¿Por qué no la deja aquí?</p>
<p>––Ya sabe usted las ocurrencias que se tienen con los muertos. Nosotros vemos estas cosas a diario. Este</p>
<p>terreno lo han comprado sólo por cinco años, y ese joven quiere una concesión a perpetuidad y un terreno</p>
<p>más grande; será mejor en la parte nueva.</p>
<p>––¿A qué llama usted la parte nueva?</p>
<p>––A esos terrenos nuevos que están ahora en venta a la izquierda. Si hubieran cuidado siempre el</p>
<p>cementerio como ahora, no habría otro igual en el mundo; pero todavía hay muchas cosas que hacer para</p>
<p>que quede como &#8216;ès debido. Y además la gente es tan rara&#8230;</p>
<p>––¿Qué quiere usted decir?</p>
<p>––Quiero decir que hay gente que es orgullosa incluso aquí. Fíjese, esta señorita Gautier parece que ha</p>
<p>sido una mujer de vida alegre, y perdone la expresión. Ahora la pobre está muerta, y de ella queda lo</p>
<p>mismo que de las otras de las que nadie tiene nada que decir y que regamos todos los días; bueno, pues,</p>
<p>cuando los familiares de las personas que están enterradas a su lado se enteraron de quién era, ¿quiere usted</p>
<p>creer que todo lo que se les ocurrió decir fue que se opondrían a que la enterraran aquí, y que tendría que</p>
<p>haber sitios aparte para esta clase de mujeres lo mismo que para los pobres? ¿Cuándo se ha visto esto? Me</p>
<p>los tengo yo bien vistos a ésos: ricos rentistas que no vienen más que cuatro veces al año a visitar a sus</p>
<p>difuntos, que les traen flores ellos mismos, ¡y mire qué flores!, que andan mirando lo que supone la</p>
<p>conservación de quienes dicen llorar, que escriben en sus tumbas lágrimas que nunca han derramado, y que</p>
<p>vienen a poner peros por el vecindario. Mire, yo no conocía a esta señorita ni sé lo que ha hecho; bueno,</p>
<p>pues, no sé si me creerá usted, pero la quiero a esta pobrecilla, y tengo cuidado de ella y le pongo las</p>
<p>camelias al precio justo. Es mi muerta preferida. Mire usted, nosotros nos vemos obligados a amar a los</p>
<p>muertos, pues tenemos tanto trabajo, que casi no tenemos tiempo de amar otra cosa.</p>
<p>Yo miraba a aquel hombre, y algunos de mis lectores comprenderán, sin necesidad de explicárselo, la</p>
<p>emoción que experimentaba al oírlo.</p>
<p>Se dio cuenta sin duda, pues continuó:</p>
<p>––Dicen que ha habido gente que se ha arruinado por esta chica, y que tenía amantes que la adoraban;</p>
<p>bueno, pues, cuando pienso que ni uno viene a compFarle siquiera una flor, eso sí que es curioso y triste. Y</p>
<p>aún ésta no, puede quejarse, pues tiene su tumba, y, si no hay más que uno que se acuerde de ella, él</p>
<p>cumple por los demás. Pero tenemos aquí otras pobres chicas de la misma clase y de la misma edad, que</p>
<p>han ido a parar a la fosa común, y se me parte el corazón cuando oigo caer sus pobres cuerpos en la tierra.</p>
<p>¡Y una vez muertas, ni un alma se ocupa de ellas! No siempre es alegre el oficio que hacemos, sobre todo</p>
<p>mientras nos queda un poco de corazón. ¿Qué quiere usted? Es más fuerte que yo. Tengo una hermosa hija</p>
<p>de veinte años y, cuando traen aquí .una muerta de su edad, pienso en ella y, ya sea una gran dama o una</p>
<p>vagabunda, no puedo menos de emocionarme. Pero sin duda lo estoy aburriendo con estas historias y usted</p>
<p>no ha venido aquí para escucharlas. Me han dicho que lo lleve a la tumba de la señorita Gautier, y aquí está.</p>
<p>¿Puedo servirle en alguna otra cosa?</p>
<p>––¿Sabe usted la dirección del señor Armand Duval? ––pregunté a aquel hombre.</p>
<p>––Sí, vive en la calle&#8230; O por lo menos allí es doncle he ido a cobrar el precio de las flores que ve usted.</p>
<p>––Gracias, amigo.</p>
<p>Eché una última mirada a aquella tumba florida, cuyas profundidades deseaba sondear sin querer, para</p>
<p>ver lo que había hecho la tierra con aquèlla hermosa criatura que le habían arrojado, y me alejé sumamente</p>
<p>triste.</p>
<p>––¿Quiere usted ver al señor Duval? ––prosiguió el jardinero, que iba a mi lado.</p>
<p>––Sí.</p>
<p>––Es que estoy completamente seguro de que todavía no ha vueltó; si no, ya lo habría visto por aquí.</p>
<p>––¿Entonces está usted convencido de que no ha olvidado a Marguerite?</p>
<p>––No sólo estoy convencido, sino que apostaría que su deseo de cambiarla de tumba no es más que el</p>
<p>deseo de volver a verla.</p>
<p>––¿Cómo así?</p>
<p>––Las primeras palabras que me dijo al venir al cementerio fueron: «¿Qué podría hacer para volver a</p>
<p>verla?» Eso no puede hacerse más que cambiándola de tumba, y ya le informé de todos los requisitos que</p>
<p>cumplir para obtener el cambio, pues ya sabe usted que para trasladar un muerto de una tumba a otra es</p>
<p>preciso identificarlo, y sólo la familia puede autorizar esa operación, que debe realizarse en presencia de un</p>
<p>comisario de policía. Precisamente para conseguir esa autorización ha ido el señor Duval a ver a la hermana</p>
<p>de la señorita Gautier, y su primera visita será evidentemente para nosotros.</p>
<p>Habíamos llegado a la puerta del cementerio; di las gracias una vez más al jardinero poniéndole unas</p>
<p>monedas en la mano, y me dirigí a la dirección que me había dado.</p>
<p>Armand no había vuelto.</p>
<p>Dejé una nota en su casa, rogándole que viniera a verme en cuanto llegara, o que me dijera dónde podría</p>
<p>encontrarlo.</p>
<p>Al día siguiente por la mañana recibí una carta de Duval, en la que me comunicaba su regreso y me</p>
<p>rogaba que pasara por su casa, añadiendo que estaba agotado de cansancio y le era imposible salir.</p>
<p>VI</p>
<p>Encontré a Armand en la cama.</p>
<p>Al verme me tendió su mano ardiente.</p>
<p>––Tiene usted fiebre ––le dije.</p>
<p>––No será nada; el cansancio de un yiaje rápido, eso es todo. ––tHa ido usted a ver a la hermana de</p>
<p>Marguerite?</p>
<p>––Sí, ¿quién se lo ha dicho?</p>
<p>––Me he enterado. ¿Y ha conseguido usted lo que querja?</p>
<p>––También, pero ¿quién le ha infórmado de mi viaje y del objetivo que perseguía al hacerlo?</p>
<p>––El jardinero del cementerio.</p>
<p>––¿Ha visto usted la tumba?</p>
<p>Apenas si me atrevía a responder, pues el tono de aquella frase me demostraba que quien la había</p>
<p>pronunciado seguía presa de la emoción de que yo había sido testigo, y que, cada vez que su pensamiento o</p>
<p>la palabra de otro le recordara aquel doloroso tema, tal emoción traicionaría durante mucho tiempo su</p>
<p>voluntad.</p>
<p>Me limité, pues, a responder con un movimiento de cabeza.</p>
<p>––¿La ha cuidado bien? ––continuó Armand.</p>
<p>Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del enfermo, que volvió la cabeza para ocultármelas. Hice</p>
<p>como que no las veía a intenté cambiar de conversación.</p>
<p>––Hace ya tres semanas que se marchó usted le dije.</p>
<p>Armand se pasó la mano por los ojos y me respondió:</p>
<p>––Tres semanas justas.</p>
<p>––Ha sido un viaje largo.</p>
<p>––¡Oh, no crea que he estado viajando todo el tiempo! Estuve quince días enfermo, si no, hace tiempo</p>
<p>que hubiera regresado; pero en cuanto llegué allí la fiebre se apoderó de mí, y me he visto obligado a</p>
<p>guardar cama.</p>
<p>––Y ha vuelto usted sin estar bien curado.</p>
<p>––Si me hubiera quedado ocho días más en aquel pueblo, me habría muerto.</p>
<p>––Pero, ahora que ya está usted de vuelta, tiene que cuidarse; sus amigos vendrán a verlo. Y yo el</p>
<p>primero, si usted me lo permite.</p>
<p>––Voy a levantarme dentro de dos horas.</p>
<p>––¡Qué imprudencia!</p>
<p>––Es preciso.</p>
<p>––fQué tiene usted que hacer que corra tanta prisa?</p>
<p>––Tengo que ir a ver al comisario de policía.</p>
<p>––¿Por qué no encarga a alguien que haga esa gestión que puede ponerlo a usted peor?</p>
<p>––Es lo único que puede curarme. Tengo que verla. Llevo sin dormir desde que me enteré de su muerte,</p>
<p>y sobre todó desde que vi su tumba. No puedo hacerme a la idea de que esa mujer, a quien abandoné tan</p>
<p>joven y tan bella, esté muerta. Tengo que cerciorarme por mí mismo. Tengo que ver lo que ha hecho Dios</p>
<p>con aquel ser que tanto amé, y quizá el asco del espectáculo reemplace la desesperación del recuerdo. Me</p>
<p>acompañará usted, ¿verdad? Si es que no te molesta demasiado&#8230;</p>
<p>––¿Qué le ha dicho su hermana?</p>
<p>––Nada. Pareció muy sorprendida de que un extraño quisiera comprar un terreno y mandar hacer una</p>
<p>tumba para Marguerite, y en seguida me firmó la autorización que le pedía.</p>
<p>––Hágame caso, espere a estar bien curado para hacer ese traslado.</p>
<p>––¡Oh!, seré fuerte, no se preocupe. Además, voy a volverme loco si no acabo lo antes posible con esta</p>
<p>resolución, cuyo cumplimiento se ha convertido en una necesidad para mi dolor. Le juro que no podré estar</p>
<p>tranquilo hasta que haya visto a Marguerite. Tal vez sea una sed de a fiebre que me abrasa, un sueño de</p>
<p>mis insomnios, un resultado de mi delirio; pero, aunque después de verla tenga que hacerme trapense como</p>
<p>el señor Rancé, la veré.</p>
<p>––Lo comprendo ––dije a Armand––, y estoy a su disposi ción. ¿Ha visto a Julie Duprat?</p>
<p>––Sí, oh, la vi ya el mismo día de mi primer regreso.</p>
<p>––¿Le ha entregado los papeles que Marguerite le dejó para usted?</p>
<p>––Aquí están.</p>
<p>Armand sacó un rollo de papel de debajo de su almohadón y volvió a colocarlo inmediatamente.</p>
<p>––Me sé de memoria lo que contienen estos papeles ––me dijo––. Llevo tres semanas leyéndolos. diez</p>
<p>veces al día. También usted los leerá, pero más tarde, cuando yo esté más tranquilo y pueda hacerle</p>
<p>comprender todo el corazón y el amor que revela esta confesión. De momento tengo que pedirle un favor.</p>
<p>––¿Cuál?</p>
<p>––¿Tiene un coche abajo?</p>
<p>––Sí.</p>
<p>Bueno, ¿quiere usted coger mi pasaporte a ir a lista de correos a ver si hay alguna carta para mí? Mi</p>
<p>padre y mi hermana me habrán escrito a París, y yo me marché con tal precipitación, que no tuve tiempo de</p>
<p>ir a preguntar antes de mi marcha. Cuando vuelva, iremos juntos a avisar al comisario de policía para la</p>
<p>ceremonia de mañana.</p>
<p>Armand me entregó su pasaporte, y me dirigí a la calle JeanJacques Rousseau.</p>
<p>Había dos cartas a nombre de Duval, las cogí y volví.</p>
<p>Cuando llegué, Armand ya estaba vestido y preparado para salir.</p>
<p>––Gracias ––me dijo, cogiendo las cartas. Sí ––––añadió después de haber mirado los remites––, sí, son</p>
<p>de mi padre y de mi hermana. No deben de entender el porqué de este silencio.</p>
<p>Abrió las cartas, y más que leerlas las adivinó, pues tenía cuatro páginas cada una y al cabo de un</p>
<p>instante ya las había doblado.</p>
<p>––Vámonos ––me dijo––, ya contestaré mañana.</p>
<p>Fuimos a ver al comisario de policía, a quien Armand entregó el poder de la hermana de Marguerite.</p>
<p>El comisario le dio a cambio una orden de aviso para el guarda del cementerio; convinimos en que el</p>
<p>traslado tendría lugar al día siguiente a las diez de la mañana, que yo iría a recogerlo una hora antes y que</p>
<p>iríamos al cementerio los dos juntos.</p>
<p>También yo sentía curiosidad por asistir a aquel espectáculo, y confieso que no dormí en toda la noche.</p>
<p>A juzgar por los pensamientos que me asaltaron a mí, debió de ser una larga noche para Armand.</p>
<p>Cuando al día siguiente a las nueve de la mañana entré en su casa, estaba horriblemente pálido, pero</p>
<p>parecía tranquilo.</p>
<p>Me sonrió y me tendió la mano.</p>
<p>Las velas estaban totalmente consumidas, y, antes de salir, Armand cogió una carta muy gruesa, dirigida</p>
<p>a su padre, y confidente sin duda de sus impresiones de aquella noche.</p>
<p>Media hora después llegábamos a Montmartre. El comisario estaba ya esperándonos.</p>
<p>Nos encaminamos lentamente en dirección a la tumba de Marguerite. El comisario iba delante, y Armand</p>
<p>y yo lo seguíamos a unos pasos.</p>
<p>De cuando en cuando sentía estremecerse convulsivamente el brazo de mi compañero, como si un</p>
<p>escalofrío le corriera de pronto por el cuerpo. Entonces yo lo miraba; él comprendía mi mirada y me</p>
<p>sonreía, pero desde que salimos de su casa no habíamos cruzado una palabra.</p>
<p>Un poco antes de llegar a la tumba Armand se detuvo para enjugarse el rostro, inundado de gruesas gotas</p>
<p>de sudor.</p>
<p>Aproveché aquel alto para respirar, pues también yo tenía el corazón oprimido como en un torno.</p>
<p>¿De dónde procede ese doloroso placer que experimentamos ante esta clase de espectáculos? Cuando</p>
<p>llegamos a la tumba, el jardinero había retirado todos los tiestos, habían quitado el enrejado de hierro, y dos</p>
<p>hombres cavaban la tierra.</p>
<p>Armand se apoyó contra un árbol y miró.</p>
<p>Toda su vida parecía estar concentrada en sus ojos.</p>
<p>De pronto, uno de los picos rechinó contra una piedra.</p>
<p>Al oír aquel ruido, Armand retrocedió como ante una conmoción eléctrica, y me apretó la mano con tal</p>
<p>fuerza, que me hizo daño.</p>
<p>Un sepulturero cogió una ancha pala y vació poco a poco la fosa; luego, cuando no quedaron más que las</p>
<p>piedras que cubrían el ataúd, las arrojó fuera una por una.</p>
<p>Yo observaba a Armand, pues temía que en cualquier instante sus emociones, visiblemente contenidas,</p>
<p>acabaran por destrozarlo; pero él seguía mirando; tenía los ojos fijos y abiertos como en un acceso de</p>
<p>locura, y sólo un ligero temblor de las mejillas y los labios demostraba que era presa de una violenta crisis</p>
<p>nerviosa.</p>
<p>De mí sólo puedo decir que lamentaba haber venido.</p>
<p>Cuando el ataúd quedó descubierto del todo, el comisario dijo a los sepultureros:</p>
<p>––Abran.</p>
<p>Los hombres obedecieron como si fuera la cosa más natural del mundo.</p>
<p>El ataúd era de roble, y se pusieron a desatornillar la pared superior, que hacía de tapa. La humedad de la</p>
<p>tierra había oxidado los tornillos y no sin esfuerzos abrieron el ataúd. Un olor infecto salió de él, a pesar de</p>
<p>las plantas aromáticas de que estaba sembrado.</p>
<p>––¡Oh, Dios mío, Dios mío! murmuró Armand y palideció aún más.</p>
<p>Hasta los sepultureros retrocedieron.</p>
<p>Un gran sudario blanco cubría el cadáver, dibujando algunas de sus sinuosidades. El sudario estaba casi</p>
<p>completamente comido por un extremo, y dejaba pasar un pie de la muerta.</p>
<p>Yo estaba a punto de sentirme mal, y aun en el momento en que escribo estas líneas el recuerdo de</p>
<p>aquella escena se me aparece en toda su imponente realidad.</p>
<p>––Démonos prisa ––dijo el comisario.</p>
<p>Entonces uno de los dos hombres extendió la mano, se puso a descoser el sudario y, agarrándolo por un</p>
<p>extremo, descubrió bruscamente el rostro de Marguerite.</p>
<p>Era terrible de ver, es horrible de contar.</p>
<p>Los ojos eran sólo dos agujeros, los labios habían desaparecido y los blancos dientes estaban apretados</p>
<p>unos contra otros. Los largos cabellos, negros y secos, estaban pegados a las sienes y velaban un poco las</p>
<p>cavidades verdes de las mejillas, ––y sin embargo en aquel rostro reconocí el rostro blanco, rosa y alegre</p>
<p>que con tanta frecuencia había visto.</p>
<p>Armand, sin poder apartar su mirada de aquella cara, se había llevado el pañuelo a la boca y lo mordía.</p>
<p>Yo sentí como si un cerco de hierro me oprimiera la cabeza, un velo cubrió mis ojos, los oídos me</p>
<p>zumbaron, y lo único que pude hacer fue abrir un frasco que había llevado por si acaso y aspirar</p>
<p>fuertemente las sales que contenía.</p>
<p>En medio de aquel deslumbramiento oí al comisario decir al señor Duval:</p>
<p>––¿La reconoce usted?</p>
<p>––Sí ––respondió sordamente el joven.</p>
<p>––Pues cierren y llévenselo ––dijo el comisario.</p>
<p>Los sepultureros volvieron a extender el sudario sobre el rostro de la muerta, cerraron el ataúd, lo</p>
<p>cogieron cada uno de un lado y se dirigieron hacia el lugar que les habían designado. Armand no se movía.</p>
<p>Sus ojos estaban clavados en aquella fosa vacía; estaba pálido como ël cadáver que acabábamos de ver&#8230;</p>
<p>Parecía petrificado.</p>
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		<title>La mujer del collar de terciopelo</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Aug 2010 05:21:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

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		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/la-mujer-del-collar-de-terciopelo/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p>Alejandro Dumas</p> <p>---------------------</p> <p>La mujer del collar de terciopelo</p> <p>(Mil y un fantasmas)</p> <p>I. EL ARSENAL</p> <p>El 4 de diciembre de 1846, mi navío se hallaba anclado en la bahía de Túnez desde la víspera; me desperté hacia</p> <p>las cinco de la mañana con una de esas impresiones de profunda melancolía que ponen los ojos húmedos y el pecho</p> <p>hinchado para todo un día. Esa impresión procedía de un sueño.</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/la-mujer-del-collar-de-terciopelo/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><b>Alejandro Dumas</b></p>
<p><b>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</b></p>
<p><b>La mujer del collar de terciopelo</b></p>
<p><b>(Mil y un fantasmas)</b></p>
<p><b>I. EL ARSENAL</b></p>
<p>El 4 de diciembre de 1846, mi navío se hallaba anclado en la bahía de Túnez desde la víspera; me desperté hacia</p>
<p>las cinco de la mañana con una de esas impresiones de profunda melancolía que ponen los ojos húmedos y el pecho</p>
<p>hinchado para todo un día. Esa impresión procedía de un sueño.</p>
<p>Salté al pie de mi catre, me puse un pantalón, subí al puente y miré al frente y a mi alrededor. Esperaba que el</p>
<p>maravilloso paisaje que se desarrollaba ante mi vista apartase mi espíritu de esa preocupación, más obstinada</p>
<p>precisamente porque tenía una causa menos real.</p>
<p> <span id="more-20177"></span>
</p>
<p>Delante de mí tenía, a tiro de fusil, la escollera que se extendía desde el fuerte de la Goulette al fuerte del Arsenal,</p>
<p>dejando un estrecho paso a los navíos que quieren penetrar desde el golfo al lago. Este lago, de aguas azules como el</p>
<p>azul del cielo que reflejan, era agitado en ciertos lugares por el batir de alas de una bandada de cisnes, mientras</p>
<p>sobre las estacas plantadas de trecho en trecho para indicar bajos fondos, se mantenía inmóvil, semejante a uno de</p>
<p>esos pájaros que se esculpen sobre las sepulturas, un cormorán que de pronto se dejaba caer en la superficie del agua</p>
<p>con un pez atravesado en el pico, tragaba ese pez, volvía a subirse a su estaca, y recuperaba su taciturna inmovilidad</p>
<p>hasta que un nuevo pez que pase a su alcance solicite su apetito y, dominando su pereza, le haga desaparecer de</p>
<p>nuevo para volver a aparecer a poco.</p>
<p>Y mientras tanto, cada cinco minutos el aire era cruzado por una hilera de flamencos cuyas alas de púrpura</p>
<p>destacaban sobre el blanco mate de su plumaje y, formando un cuadrado, parecían un juego de cartas compuesto por</p>
<p>el as de diamante únicamente, y volando en una sola línea.</p>
<p>En el horizonte estaba Túnez, es decir, un montón de casas cuadradas, sin ventanas, sin aberturas, subiendo en</p>
<p>forma de anfiteatro, blancas como la tiza y destacándose sobre el cielo con una nitidez singular. A izquierda, como</p>
<p>una inmensa muralla almenada, se elevaban las montañas de Plomo, cuyo nombre indica ya su tinte sombrío; a su</p>
<p>pie se arrastraban el morabito y la población de Sidi-Fathallah; a la derecha se distinguía la tumba de San Luis y el</p>
<p>lugar en que estuvo Cartago, dos de los mayores recuerdos que existen en la historia del mundo. Detrás de nosotros</p>
<p>se balanceaba, anclado, el <i>Montezuma, </i>magnífica fragata a vapor con una fuerza de cuatrocientos cincuenta caballos.</p>
<p>Desde luego, había en todo aquello motivos para distraer la imaginación más preocupada. A la vista de todas</p>
<p>aquellas riquezas, se hubiera olvidado la víspera, el día presente y el día siguiente. Pero mi espíritu, a diez años de</p>
<p>allí, estaba fijo de forma obstinada sobre un solo pensamiento que un sueño había clavado en mi cerebro.</p>
<p>Mi mirada se quedó clavada. Todo aquel espléndido panorama se fue borrando poco a poco en la vaguedad de mis</p>
<p>ojos. Pronto no vi ya nada de lo que existía. La realidad desapareció; luego, en medio de aquel vacío nubloso, como</p>
<p>bajo la varita de un hada, se dibujó un salón de artesonados blancos, en cuyo fondo, sentada ante un piano por cuyas</p>
<p>teclas erraban negligentemente sus dedos, estaba una mujer inspirada y pensativa a la vez, una musa y una santa.</p>
<p>Reconocí a la mujer y murmuré como si pudiera oírme:-Yo os saludo, María, llena de Gracia, mi espíritu está con</p>
<p>vos.</p>
<p>Luego, sin intentar resistir a aquel ángel de alas blancas que, devolviéndome a los días de mi juventud, y como</p>
<p>una visión encantadora, me mostraba aquella casta figura de joven, de mujer joven y de madre, me dejé llevar por la</p>
<p>corriente de ese río que se llama la memoria y que remonta al pasado en lugar de descender hacia el futuro.</p>
<p>Entonces me sentí dominado por ese sentimiento tan egoísta y, por consiguiente, tan natural al hombre, que le</p>
<p>impulsa a no guardar su pensamiento para él solo, a duplicar la extensión de sus sensaciones comunicándolas, y a</p>
<p>derramar, finalmente, en otra alma el licor dulce o amargo que llena su ánimo.</p>
<p>Cogí una pluma y escribí:</p>
<p><i>A bordo del </i>Véloce, <i>a la vista de Cartago y de Túnez. 4 de diciembre de 1846 Señora:</i></p>
<p><i>Al abrir una carta datada en Cartago y en Túnez, se preguntará quién puede escribirle desde semejante lugar, y</i></p>
<p><i>espera recibir un autógrafo de Régulo o de Luis IX. ¡Ay, señora&#8217;, el que escribe desde tan lejos, su humilde servidor</i></p>
<p><i>a sus pies, no es ni un héroe ni un</i></p>
<p><i>santo, y si alguna vez se ha parecido algo al obispo de Hipona, cuya tumba visité hace tres días, sólo a la primera</i></p>
<p><i>parte de la vida de ese gran hombre pueda aplicarse el parecido. Cierto que, como él puede redimir esa primera</i></p>
<p><i>parte de la vida con la segunda. Pero ya es demasiado tarde para hacer penitencia, y, según todas las posibilidades,</i></p>
<p><i>morirá como ha vivido, sin atreverse siquiera a dejar tras él sus confesiones que, en rigor, pueden dejarse contar,</i></p>
<p><i>pero que apenas se pueden leer.</i></p>
<p><i>Ha corrido usted ya a la firma, ¿no es cierto, señora? y ya sabe quién le escribe; de suerte que ahora se pregunta</i></p>
<p><i>cómo, entre este magnífico lago que es la tumba de una ciudad, y el pobre monumento que es el sepulcro de un rey,</i></p>
<p><i>el autor de los </i>Mosqueteros y <i>del </i>MonteCristo <i>ha pensado en escribirle, precisamente a usted, cuando en París, a</i></p>
<p><i>su alcance, se queda a veces un año entero sin ir a verla.</i></p>
<p><i>Ante todo, señora, París es París; es decir, una especie de torbellino donde se pierde la memoria de todas las</i></p>
<p><i>cosas, en medio del ruido que provoca el mundo corriendo y la tierra girando. En París, yo ando como el mundo y</i></p>
<p><i>como la tierra; corro y giro, sin contar que, cuando no giro ni corro, escribo. Pero entonces, señora, ocurre otra</i></p>
<p><i>cosa: cuando escribo ya no estoy separado de usted más de lo que usted piensa, porque usted es una de esas raras</i></p>
<p><i>personas para las que escribo, y es muy extraordinario que no me diga cuando acabo un capítulo del que estoy</i></p>
<p><i>contento, o un libro que es bienvenido: Marie Nodier, ese espíritu raro y encantador, leerá esto; y me siento</i></p>
<p><i>orgulloso, señora, porque espero que después de haber leído lo que acabo de escribir, tal vez yo crezca algunos</i></p>
<p><i>centímetros en su pensamiento.</i></p>
<p><i>Volviendo a mi pensamiento, señora, esta noche he soñado, no me atrevo a decir que en usted, sino de usted,</i></p>
<p><i>olvidando el oleaje que balanceaba un gigantesco navío que balanceaba un gigantesco navío a vapor que el</i></p>
<p><i>gobierno me presta, y en el que doy hospitalidad a uno de sus amigos y a uno de sus admiradores, a Boulanger y a</i></p>
<p><i>mi hijo, además de Giraud, Maquet, Chancel y Desbarolles, que figuran en el número de sus conocidos; me dormí,</i></p>
<p><i>decía, sin pensar en nada, y como casi estoy en el país de </i>Las mil y una noches, <i>un genio me ha visitado y me ha</i></p>
<p><i>hecho entrar en un sueño cuya reina era usted. El lugar a que me condujo, o más bien me llevó, señora, era mucho</i></p>
<p><i>más que un palacio, era mucho más que un reino; era esa hermosa y excelente casa del Arsenal, en la época de su</i></p>
<p><i>alegría y de su felicidad, cuando nuestro bienamado Charles hacía en ella los honores con toda la franqueza de la</i></p>
<p><i>hospitalidad antigua, y nuestra muy respetada Marie con toda la gracia de la hospitalidad moderna.</i></p>
<p><i>Ah, créame, señora, que al escribir estas líneas acabo de dejar escapar un gran suspiro. Esa época fue para mí</i></p>
<p><i>una época feliz. Su espíritu encantador se daba a todo el mundo, y a veces, me atrevo a decirlo, a mí más que a</i></p>
<p><i>cualquier otro. Ya ve que es un sentimiento egoísta lo que me acerca a usted. Yo me llevaba algo de su adorable</i></p>
<p><i>alegría, como el guijarro del poeta Saadi se llevaba una parte del perfume de la rosa.</i></p>
<p><i>¿Se acuerda del traje de arquero de Paul?¿Se acuerda de </i>las <i>zapatillas amarillas de Francisque Michel? ¿Se</i></p>
<p><i>acuerda de mi hijo vestido de descargador? ¿Se acuerda del rincón donde estaba el piano y donde usted cantaba</i></p>
<p>Lazzara, <i>esa maravillosa melodía que usted me prometió y que, dicho sea sin reproches, nunca me ha dado?</i></p>
<p><i>Ya que apelo a sus recuerdos, vayamos más lejos todavía: ¿Se acuerda de Fontaney y Abed Johannot, esas dos</i></p>
<p><i>figuras veladas que siempre permanecían tristes en medio de nuestras risas, porque hay en los hombres que deben</i></p>
<p><i>morir jóvenes un vago presentimiento de la tumba? ¿Se acuerda de Taylor, sentado en un rincón, inmóvil, mudo y</i></p>
<p><i>pensando en un nuevo viaje, durante el que poder enriquecer Francia con un cuadro español, un bajorrelieve</i></p>
<p><i>griego o un obelisco egipcio? ¿Se acuerda de Vigny, que en esa época tal vez dudaba de su transfiguración </i>y</p>
<p><i>todavía se dignaba mezclarse en la multitud de los humanos? ¿Se acuerda de Lamartine, de pie delante de la</i></p>
<p><i>chimenea, y dejando rodar hasta los pies de usted la armonía de sus hermosos versos? ¿Se acuerda de Hugo</i></p>
<p><i>mirándole y escuchando como Eteocles debía mirar y escuchar a Polinices, el único entre nosotros con la sonrisa</i></p>
<p><i>de la igualdad en los labios, mientras la señora Hugo, jugando con sus hermosos cabellos, estaba a medias</i></p>
<p><i>recostada sobre el canapé, como fatigada por la parte de gloria que le tocaba?</i></p>
<p><i>Luego, en medio de todo esto, su madre, tan sencilla, tan buena, tan dulce; su tía, la señora de Tercy, tan</i></p>
<p><i>ingeniosa y tan acogedora; Dauzats, tan fantástico, tan hablador, tan dicharachero; Barye, tan aislado en medio</i></p>
<p><i>del ruido que su pensamiento siempre parece enviado por su cuerpo a la búsqueda de una de las siete maravillas</i></p>
<p><i>del mundo; Boulanger, hoy tan melancólico, mañana tan jovial, siempre tan gran pintor, siempre tan gran poeta,</i></p>
<p><i>siempre tan buen amigo en su alegría como en su tristeza; luego, por último, esa niñita que yo recogía en el hueco</i></p>
<p><i>de mis brazos y que ofrecía como una estatuilla de Barre o de Pradier, ¡Oh </i>, <i>Dios mío, ¿qué ha sido de todo esto,</i></p>
<p><i>señora?</i></p>
<p><i>El señor ha soplado sobre la clave de bóveda, y el edificio mágico se ha desmoronado, y los que lo poblaban han</i></p>
<p><i>huido, </i>y <i>todo está desierto en ese mismo lugar donde antes todo estaba vivo, abierto, floreciente.</i></p>
<p><i>Fontaney y A~ed Johannot están muertos, Taylor ha renunciado a los viajes, De Vigny se ha vuelto invisible,</i></p>
<p><i>Lamartine es diputado, Hugo par de Francia, y Boulanger, mi hijo y yo estamos en Cartago, donde la veo a usted,</i></p>
<p><i>señora, al soltar ese gran suspiro de que le hablaba hace un momento, y que a pesar del viento que arrastra como</i></p>
<p><i>una nube la humareda moviente de nuestro navío, no volverá a atrapar nunca esos queridos recuerdos que el</i></p>
<p><i>tiempo de alas sombrías arrastra silenciosamente en la bruma grisácea del pasado.</i></p>
<p><i>¡Oh, primavera, juventud del año! ¡Oh, juventud, primavera de la vida!</i></p>
<p><i>Pues bien, ése es el mundo desvanecido que un sueño me ha devuelto, esta noche, tan brillante, tan visible, pero</i></p>
<p><i>al mismo tiempo, ¡ay </i>f, <i>tan impalpable como esos átomos que bailan en medio del rayo de sol infiltrado en una</i></p>
<p><i>cámara sombría por la abertura de una contraventana entreabierta.</i></p>
<p><i>Y ahora, señora, ¿verdad que ya no se asombra usted de esta carta? El presente zozobraría sin cesar si no fuera</i></p>
<p><i>mantenido en equilibrio por el peso de la esperanza y el contrapeso de los recuerdos, y por suerte o por desgracia</i></p>
<p><i>tal vez, yo soy de aquellos en quienes los recuerdos prevalecen sobre </i>las <i>esperanzas.</i></p>
<p><i>Ahora hablemos de otra cosa; porque está permitido ser triste, pero a condición de no entristecer a los demás.</i></p>
<p><i>¿Qué hace mi amigo Boniface?¡Ay , hace ocho o diez días visité una ciudad que le valdrá muchos castigos cuando</i></p>
<p><i>encuentre su nombre en el libro de ese</i></p>
<p><i>maldito usurero que se llama Salustio. Esa ciudad es Constantina, la antigua Cirta, maravilla construida en lo</i></p>
<p><i>alto de una roca, sin duda por una raza de animales fantásticos con alas de águila y manos de hombre, como</i></p>
<p><i>Herodoto y Levaillent, esos dos grandes viajeros, la vieron.</i></p>
<p><i>Luego, pasamos un poco a Utica, y mucho a Bicerta. En esta última ciudad, Giraud ha hecho el retrato de un</i></p>
<p><i>notario turco, y Boulanger de su pasante. Se los envío, señora, a fin de que pueda compararlos con los notarios y</i></p>
<p><i>los pasantes de París. Dudo mucho que sea ventajosa para estos últimos.</i></p>
<p><i>En cuanto a mí, me caí al agua cazando flamencos y cisnes, accidente que, en el Sena, probablemente helado en</i></p>
<p><i>este momento, habría podido tener molestas consecuencias, pero que, en el lago de Catón, no ha tenido más</i></p>
<p><i>inconveniente que hacerme tomar un baño completamente vestido, y esto para gran asombro de Alexandre, de</i></p>
<p><i>Giraud y del gobernador de la ciudad, que desde lo alto de una terraza seguían nuestra barca con la mirada, y que</i></p>
<p><i>no podían comprender un suceso que atribuían a un acto de mi fantasía y que no era otra cosa que la pérdida de mi</i></p>
<p><i>centro de gravedad.</i></p>
<p><i>Me tiré como los cormoranes de que hace poco le hablaba, señora; como ellos desaparecí, como ellos volví a la</i></p>
<p><i>superficie; aunque, a diferencia de ello, no traje un pez en el pico.</i></p>
<p><i>A los cinco minutos ya no pensaba en el lance, y estaba seco como el señor Valéry: fíjese cuál habrá sido la</i></p>
<p><i>complacencia del sol al acariciarme.</i></p>
<p><i>Querría, señora, doquiera esté usted, llevar un rayo de este hermoso sol, aunque no fuera más que para hacer</i></p>
<p><i>brotar en su ventana una planta de myosotis. Adiós, señora, perdóneme esta larga carta; no estoy acostumbrado a</i></p>
<p><i>hacerlas, y como el niño que se defendía de haber hecho el mundo, le prometo que no volveré a hacerlo; pero,</i></p>
<p><i>también, ¿por qué el conserje del cielo se ha dejado abierta esa puerta de marfil por la que salen los sueños</i></p>
<p><i>dorados?</i></p>
<p><i>Reciba, señora, el homenaje de mis sentimientos más respetuosos.</i></p>
<p>ALEXANDRE DUMAS. <i>Un cordial apretón de manos para Jules.</i></p>
<p>Y ahora, a qué viene esta carta completamente íntima? Para contar a mis lectores la historia de la mujer del collar</p>
<p>de terciopelo, tenía que abrir las puertas del Arsenal, es decir, de la morada de Charles Nodier.</p>
<p>Y ahora que esa puerta me ha sido abierta por la mano de su hija, y que, por consiguiente, estamos seguros de ser</p>
<p>bien recibidos, «quien me ame que me siga».</p>
<p>En uno de los extremos de París que continúa al muelle Célestins, adosado a la calle Morland, y dominando el río,</p>
<p>se alza un gran edificio sombrío y triste de aspecto llamado el Arsenal.</p>
<p>Una parte del terreno sobre el que se extiende esa pesada construcción se llamaba, antes de la excavación de las</p>
<p>fosas de la ciudad, el Champ-au-Platre. Cierto día, cuando se preparaba para la guerra, París compró el campo e hizo</p>
<p>construir graneros para colocar en ellos su artillería. Hacia 1533, Francisco I se dio cuenta de que no tenía cañones y</p>
<p>se le ocurrió la idea de hacerlos fundir. Cogió, pues, uno de esos graneros a su buena ciudad, con la promesa, por</p>
<p>supuesto, de devolvérselo en cuanto hubiera acabado la fundición; luego, so pretexto de acelerar el trabajo, se quedó</p>
<p>con otro más, luego con un tercero, siempre con la misma promesa; luego, en virtud del proverbio que dice que lo</p>
<p>que es bueno para tomar es bueno para guardar, se quedó sin más miramientos con los tres graneros tomados en</p>
<p>préstamo. Veinte años después, el fuego prendió en una veintena de barriles de pólvora que se guardaban en ellos.</p>
<p>La explosión fue terrible; París tembló como tiembla Catania los días en que Encelade se agita. Hubo piedras que</p>
<p>llegaron hasta el barrio Saint-Marceau; los fragores de aquel terrible trueno llegaron a estremecer Melun. Las casas</p>
<p>de la vecindad oscilaron un instante, como si estuvieran borrachas, luego se derrumbaron sobre sí mismas. Los peces</p>
<p>murieron en el río, muertos por aquella conmoción inesperada; finalmente, treinta personas, levantadas por el huracán</p>
<p>de llamas, volvieron a caer en pedazos; ciento cincuenta quedaron heridas. ¿De dónde procedía el siniestro?</p>
<p>¿Cuál era la causa de esta desgracia? Nunca se supo: y debido a esa ignorancia se atribuyó a los protestantes.</p>
<p>Carlos IX hizo reconstruir, con un plano mayor, los edificios destruidos. Carlos IX era un constructor; hacía</p>
<p>esculpir el Louvre, tallar la fuente de los Inocentes por Jean Goujon, que fue muerto, como todo el mundo sabe, por</p>
<p>una bala perdida. El gran artista y el gran poeta hubiera acabado todo ciertamente si Dios, que tenía que exigirle</p>
<p>ciertas cuentas a propósito del <i>24 </i>de agosto de <i>1572 </i>no le hubiera llamado.</p>
<p>Sus sucesores continuaron las construcciones donde las había dejado. Enrique III hizo esculpir en <i>1584 </i>la puerta</p>
<p>que da al muelle Célestins: iba acompañada de columnas en forma de cañones y sobre la tabla de mármol de Nicolás</p>
<p>Bourgon, que Santeuil exigía comprar al precio de la horca:</p>
<p><i>Ztna hic Henrico vulcania tela minestrat. Tela giganteos debellatura furores. </i>Lo cual quiere decir:</p>
<p>«El Etna prepara aquí los dardos con los que Enrique debe fulminar el furor de los gigantes.»</p>
<p>Y en efecto, después de haber fulminado los gigantes de la Liga, Enrique plantó ese hermoso jardín que se ve en</p>
<p>los mapas de la época de Luis XIII, mientras Sully establecía su ministerio allí y hacía pintar y dorar los hermosos</p>
<p>salones que constituyen, todavía hoy, la biblioteca del Arsenal.</p>
<p>En <i>1823, </i>Charles Nodier fue nombrado director de esta biblioteca, y dejó la calle de Choiseul, donde vivía, para</p>
<p>instalarse en su nuevo alojamiento.</p>
<p>No había hombre más adorable que Nodier; sin un solo vicio, pero lleno de defectos, de esos defectos</p>
<p>encantadores que constituyen la originalidad del hombre de genio, pródigo, despreocupado, azotacalles, azotacalles</p>
<p>como Fígaro era perezoso, con delicia.</p>
<p>Nodier sabía poco más o menos todo lo que el hombre puede saber; además, Nodier tenía el privilegio del hombre</p>
<p>de genio; cuando no sabía inventaba, y lo que inventaba era tan ingenioso, tan coloreado, tan probable, aunque todo</p>
<p>ello de forma distinta, como la realidad.</p>
<p>Además, lleno de sistemas, paradójico, con entusiasmo, pero por nada del mundo propagandista, era para sí</p>
<p>mismo paradójico, sólo para sí hacía sistemas; una vez adoptados sus sistemas, reconocidas sus paradojas, hubiera</p>
<p>cambiado e inmediatamente habría creado otros.</p>
<p>Nodier era el hombre de Terencio, a quien nada humano le es ajeno. Amaba por la felicidad de amar; amaba como</p>
<p>brilla el sol, como el agua murmura, como la flor perfuma. Todo lo que era bueno, todo lo que era hermoso, todo lo</p>
<p>que era grande le resultaba simpático; en la desgracia incluso, buscaba lo que había de bueno, como en la planta</p>
<p>venenosa el químico saca, del seno del veneno mismo, un remedio saludable.</p>
<p>¿Cuántas veces amó Nodier? A él mismo le hubiera sido imposible decirlo; además, el gran poeta que era</p>
<p>confundía siempre el sueño con la realidad. Nodier había acariciado con tanto amor las fantasías de su imaginación</p>
<p>que había terminado por creer en su existencia. Para él, <i>Thérèse Aubert, </i>el <i>Hada de las Migajas, Inés de la Sierra,</i></p>
<p>habían existido. Eran hijas suyas, como Marie; eran las hermanas de Marie; sólo que la señora Nodier no había</p>
<p>influido para nada en su creación; como Júpiter, Nodier había sacado todas esas Minervas de su cerebro.</p>
<p>Pero no eran sólo criaturas humanas, no eran sólo hijas de Eva e hijos de Adán lo que Nodier animaba con su</p>
<p>soplo creador. Nodier había inventado un animal, lo había bautizado. Luego, por su propia autoridad, sin</p>
<p>preocuparse de lo que Dios podría decir, lo había dotado de la vida eterna.</p>
<p>Este animal era el taratantaleo.</p>
<p>No conocen ustedes el taratantaleo, ¿verdad? Tampoco yo. Pero Nodier sí lo conocía; Nodier lo conocía de</p>
<p>memoria. Contaba sus costumbres, los hábitos, los caprichos del taratantaleo. Les habría contado sus amores si,</p>
<p>desde el momento en que se había dado cuenta de que el taratantaleo llevaba en sí el principio de la vida eterna, no</p>
<p>lo hubiera condenado al celibato, dado que la reproducción es inútil allí donde existe la resurrección.</p>
<p>¿Cómo había descubierto Nodier el taratantaleo? Voy a decírselo.</p>
<p>A los dieciocho años, Nodier se interesaba por la entomología. La vida de Nodier está dividida en seis fases</p>
<p>diferentes:</p>
<p>Primero hizo historia natural: la <i>Bibliothèque entomologique.</i></p>
<p>Luego se dedicó a la lingüística: el <i>Dictionnaire des Onomatopées.</i></p>
<p>Luego a la política: <i>Napoleone.</i></p>
<p>Luego a la filosofía religiosa: las <i>Méditations du Cloître.</i></p>
<p>Luego a la poesía: los <i>Essais dune jeune barde. </i>Luego a la novela: <i>Jean Sbogar, Smarra, Trilby, Le Peintre de</i></p>
<p><i>Salzbourg, Mademoiselle de Marsan, Adèle, Le Vampire, Le Songe d&#8217;or, los Souvenirs de jeunesse, Le Rois de</i></p>
<p><i>Bohême et ses sept châteaux, </i>las <i>Fantaisies du docteur Néophobus, y </i>mil cosas encantadoras que ya conocen</p>
<p>ustedes, que yo conozco, y cuyo título no se encuentra bajo mi pluma.</p>
<p>Nodier estaba, pues, en la primera fase de sus trabajos; Nodier se dedicaba a la entomología, Nodier vivía en el</p>
<p>sexto piso -un piso más alto de aquel en que Béranger aloja al poeta-. Hacía experiencias al microscopio sobre los</p>
<p>infinitamente pequeños, y mucho antes que <i>Raspail </i>había descubierto todo un mundo de animálculos invisibles. Un</p>
<p>día, después de haber sometido a examen el agua, el vino, el vinagre, el queso, el pan, en fin, todos los objetos sobre</p>
<p>los que habitualmente se hacen experiencias, cogió un poco de arena mojada en el canalón y la depositó en la</p>
<p>bandeja de su microscopio, luego aplicó su ojo sobre la lentilla.</p>
<p>Entonces vio moverse un animal extraño que tenía la forma de un velocípedo, armado de dos ruedas que agitaba</p>
<p>con rapidez. ¿Tenía que cruzar un río? Sus ruedas le servían como las de un barco a vapor; ¿tenía que franquear un</p>
<p>terreno seco? Sus ruedas le servían como las de un cabriolé. Nodier lo miró, lo detalló, lo dibujó, lo analizó tanto</p>
<p>tiempo que, de pronto, se acordó que se olvidaba de una cita, y echó a correr dejando su microscopio, su pizca de</p>
<p>arena y el taratantaleo, del que la arena era el mundo.</p>
<p>Cuando Nodier regresó era tarde; estaba cansado, se acostó y se durmió como se duerme a los dieciocho años. Fue</p>
<p>sólo al día siguiente, al abrir los ojos, cuando pensó en la pizca de arena.</p>
<p>¡Ay!, durante la noche la arena se había secado, y el pobre taratantaleo, que sin duda necesitaba humedad para</p>
<p>vivir, estaba muerto. Su pequeño cadáver estaba tendido a un lado, sus ruedas estaban inmóviles. El barco de vapor</p>
<p>no iba, el velocípedo se había parado.</p>
<p>Pero muerto como estaba, el animal seguía siendo una curiosa variedad de efímero, y su cadáver merecía ser</p>
<p>conservado lo mismo que el de un mamut o de un mastodonte; lógicamente había que adoptar, como fácilmente</p>
<p>puede comprenderse, precauciones mayores para manejar un animal cien veces más pequeño que un limón, que las</p>
<p>que hay que tomar para cambiar de sitio un animal diez veces mayor que un elefante.</p>
<p>Fue, pues, con la barba de una pluma como Nodier transportó su pizca de arena de la bandeja de su microscopio a</p>
<p>una pequeña caja de cartón, destinada a ser el sepulcro del taratantaleo.</p>
<p>Pensaba mostrar aquel cadáver al primer sabio que se aventurase a subir sus seis pisos.</p>
<p>Hay tantas cosas en las que se piensa a los dieciocho años que podemos olvidar el cadáver de un ser efímero.</p>
<p>Nodier olvidó durante tres meses, diez meses, tal vez un año, el cadáver del taratantaleo.</p>
<p>Luego, un día, cayó bajo su mano la caja. Quiso ver el cambio que un año había producido en su animal. El</p>
<p>tiempo estaba cubierto, caía una gruesa lluvia de tormenta. Para ver mejor, acercó el microscopio a la ventana, y</p>
<p>vació en la bandeja el contenido de la cajita.</p>
<p>El cadáver seguía inmóvil y tumbado en la arena; sólo el tiempo, que tanto poder tiene sobre los colosos, parecía</p>
<p>haber olvidado lo infinitamente pequeño.</p>
<p>Nodier miraba, pues, a su efímero, cuando, de pronto, una gota de lluvia impulsada por el viento cae en la bandeja</p>
<p>del microscopio y moja la pizca de arena.</p>
<p>Entonces, al contacto de aquel fresco vivificante, a Nodier le parece que su taratantaleo se reanima, que mueve</p>
<p>una antena, luego otra; que hace girar una de sus ruedas, que hace girar sus dos ruedas, que recobra su centro de</p>
<p>gravedad, que sus movimientos se regularizan, que vive.</p>
<p>El milagro de la resurrección acaba de cumplirse, no al cabo de tres días, sino al cabo de un año. Diez veces</p>
<p>repitió Nodier la misma prueba, y diez veces la arena se secó y murió el taratantaleo, diez veces mojó la arena y diez</p>
<p>veces resucitó el taratantaleo.</p>
<p>No era un efímero lo que Nodier había descubierto, era un inmortal. Según todas las probabilidades, su</p>
<p>taratantaleo había visto el diluvio y debía asistir al juicio final.</p>
<p>Por desgracia, cierto día en que Nodier se disponía, quizá por vigésima vez, a renovar su experiencia, una ráfaga</p>
<p>de viento se llevó la arena seca, y con la arena, el cadáver del fenomenal taratantaleo.</p>
<p>Nodier cogió muchas pizcas de arena mojada en su canalón y en otras partes, pero fue inútil, nunca volvió a</p>
<p>encontrar el equivalente de lo que había perdido: el taratantaleo era el único de su especie, y, perdido para todos los</p>
<p>hombres, sólo vivía en los recuerdos de Nodier.</p>
<p>Pero también ahí vivía de una forma que no se borraría nunca.</p>
<p>Hemos hablado de los defectos de Nodier; su defecto dominante, a ojos al menos de la señora Nodier, era su</p>
<p>bibliomanía; ese defecto, que hacía la felicidad de Nodier, causaba la desesperación de su mujer.</p>
<p>Y es que todo el dinero que Nodier ganaba se convertía en libros. ¡Cuántas veces Nodier, que había salido para ir</p>
<p>en busca de doscientos o trescientos francos absolutamente necesarios para la casa, regresó con un volumen raro,</p>
<p>con un ejemplar único!</p>
<p>El dinero se había quedado en la librería de Techener o de Guillemot.</p>
<p>La señora Nodier quería reñirle; pero Nodier sacaba el volumen de su bolsillo, lo abría, lo cerraba, lo acariciaba,</p>
<p>mostraba a su mujer una falta de impresión que constituía la autenticidad del libro, y todo esto diciendo:</p>
<p>-Piensa, querida, que encontraré trescientos francos, mientras que un libro como éste, ¡hum!, un libro como éste&#8230;</p>
<p>un libro como éste es inencontrable; pregúntale a Pixérécourt.</p>
<p>Pixérécourt era la gran admiración de Nodier, que siempre adoró el melodrama. Nodier llamaba a Pixérécourt el</p>
<p>Corneille de los bulevares.</p>
<p>Casi todas las mañanas, Pixérécourt visitaba a Nodier.</p>
<p>En casa de Nodier, la mañana se consagraba a las visitas de los bibliófilos. Allí era donde se reunían el marqués</p>
<p>de Ganay, el marqués de Château-Giron, el marqués de Chalabre, el conde de Labédoy; Bérard, el hombre de los</p>
<p>Elzévires, que, en sus ratos perdidos, rehizo la <i>Charte </i>de 1830; el bibliófilo Jacob, el sabio Weiss de <i>Besançon</i>, el</p>
<p>universal <i>Peignot de Dijon</i>; finalmente los sabios extranjeros que nada más llegar a París se hacían presentar o se</p>
<p>presentaban solos en aquel cenáculo de reputación europea.</p>
<p>Allí se consultaba a Nodier, el oráculo de la reunión; allí se le mostraban los libros; allí se le pedían notas; era su</p>
<p>distracción favorita. En cuanto a los sabios del Instituto, apenas acudían a estas reuniones; veían a Nodier con</p>
<p>envidia. Nodier asociaba el espíritu y la poesía a la erudición, y era una pena que la Academia de Ciencias no</p>
<p>perdonase, como tampoco la Academia Francesa.</p>
<p>Además, Nodier se burlaba con frecuencia, a veces mordía. Cierto día había escrito El <i>Rey de Bohemia y sus siete</i></p>
<p><i>castillos; </i>en esta ocasión se había llevado la pieza. Se creyó a Nodier peleado para siempre con el Instituto. Nada de</p>
<p>eso; la Academia de Tombuctú hizo ingresar a Nodier en la Academia Francesa.</p>
<p>Entre hermanas siempre hay algunas deudas. Después de dos o tres horas de un trabajo siempre fácil, después de</p>
<p>haber cubierto diez o doce páginas de papel de seis pulgadas de alto por cuatro de ancho de una escritura casi</p>
<p>legible, regular, sin tachadura alguna, Nodier salía.</p>
<p>Una vez que salía, Nodier vagaba a la aventura, siguiendo casi siempre, no obstante, la línea de los muelles, pero</p>
<p>pasando y volviendo a pasar el río, según la situación topográfica de los escaparatistas; después de los escaparatistas,</p>
<p>entraba en las tiendas de los libreros, y de las tiendas de los libreros pasaba a los talleres de los encuadernadores.</p>
<p>Y es que Nodier entendía no sólo de libros sino de tapas. Las obras maestras de <i>Gaseon </i>durante el reinado de Luis</p>
<p>XIII, de <i>Desseuil </i>durante Luis XIV, de <i>Pasdeloup </i>bajo Luis XIV y de <i>Derome </i>bajo Luis XV y Luis XVI, le eran tan</p>
<p>familiares que los reconocía con los ojos cerrados, al tacto. Era Nodier quien había hecho revivir la encuadernación,</p>
<p>que bajo la Revolución y el Imperio cesó de ser un arte; fue él quien alentó, quien dirigió a los restauradores de ese</p>
<p>arte, los <i>Thouvenin</i>, los <i>Brade</i>l, los Niedrée, los Bozonnet y los Legrand. Cuando Thouvenin estaba muriendo del</p>
<p>pecho, se levantaba de su lecho de muerte para echar una última mirada a las encuadernaciones que hacía para</p>
<p>Nodier.</p>
<p>La excursión de Nodier casi siempre terminaba en Crozet o en Techener, esos dos cuñados unidos por la rivalidad,</p>
<p>y entre quienes acababa de interponerse su plácido genio. Allí había reunión de bibliófilos; allí se hacían los</p>
<p>intercambios; luego, cuando Nodier aparecía, se producía un grito; pero en el momento en que abría la boca, silencio</p>
<p>absoluto. Entonces Nodier narraba, Nodier soltaba paradojas de <i>omni re scibili et quibusdam alüs.</i></p>
<p>Por la noche, después de la cena familiar, Nodier trabajaba de ordinario en el comedor, entre tres bujías puestas en</p>
<p>triángulo, nunca más, nunca menos; hemos dicho en qué clase de papel y con qué escritura, siempre con plumas de</p>
<p>oca. Nodier sentía horror por las plumas de hierro, como, en general, por todas las invenciones nuevas; el gas le</p>
<p>sacaba de quicio, el vapor le exasperaba; veía el fin del mundo infalible y próximo en la destrucción de los bosques</p>
<p>y en el agotamiento de las minas de hulla. En esos furores contra el progreso de la civilización Nodier se mostraba</p>
<p>espléndido de verba y fulminante por su arrebato.</p>
<p>Hacia las nueve y media de la noche Nodier salía; en esta ocasión no era la línea de los muelles lo que seguía, sino</p>
<p>la de los bulevares; entraba en la PorteSaint-Martin, en el Ambigú o en los Funámbulos, preferentemente en los</p>
<p>Funámbulos. Fue Nodier quien divinizó a Debureau; para Nodier no había más que tres actores en el mundo:</p>
<p>Debureau, Potier y Talma; Potier y Talma habían muerto, pero Debureau estaba vivo y consolaba a Nodier de la</p>
<p>pérdida de los otros dos.</p>
<p>Todos los domingos, Nodier almorzaba en casa de Pixérécourt. Allí volvía a encontrarse con sus visitantes; el</p>
<p>bibliófilo Jacob, rey mientras Nodier no estuviera allí, virrey cuando Nodier aparecía; el marqués de Ganay, el</p>
<p>marqués de Chalabre.</p>
<p>El marqués de Ganay, espíritu tornadizo, aficionado caprichoso, enamorado de un libro como un elegante de la</p>
<p>época de la Regencia se enamoraba de una mujer, para tenerlo; luego, cuando lo tenía, fiel un mes, no fiel,</p>
<p>entusiasta, llevándolo encima, y parando a sus amigos para mostrárselo, poniéndolo bajo su almohada por la noche,</p>
<p>y despertándose, encendiendo su bujía para mirarlo, pero no leyéndolo nunca, celoso siempre de los libros de</p>
<p>Pixérécourt, que Pixérécourt se negaba a venderle al precio que fuese, vengándose de esa negativa comprando, en la</p>
<p>venta de la señora de Castellane, un autógrafo que Pixérécourt ambicionaba hacía diez años.</p>
<p>-¡No importa! -decía Pixérécourt furioso-, lo tendré.</p>
<p>-¿Qué? -preguntaba el marqués de Ganay. -Su autógrafo.</p>
<p>-¿Y cuándo será eso? -Cuando usted muera.</p>
<p>Y Pixérécourt habría cumplido su palabra si el marqués de Ganay no hubiera considerado más idóneo sobrevivir a</p>
<p>Pixérécourt.</p>
<p>En cuanto al marqués de Chalabre, sólo ambicionaba una cosa: era una Biblia que nadie tenía, pero por eso la</p>
<p>ambicionaba con más ardor. Atormentó tanto a Nodier para que le indicase un ejemplar único, que Nodier terminó</p>
<p>por hacer algo mejor todavía de lo que deseaba el marqués de Chalabre: le indicó un ejemplar que no existía.</p>
<p>Inmediatamente el marqués de Chalabre se puso a buscar ese ejemplar.</p>
<p>Cristóbal Colón nunca puso más encarnizamiento en descubrir América. Vasco de Gama nunca puso más</p>
<p>persistencia en encontrar la India que el marqués de Chalabre en perseguir su Biblia. Pero América existía entre el</p>
<p>700 de latitud norte y los 53° y 54° de latitud sur. Y la India estaba realmente a uno y otro lado del Ganges, mientras</p>
<p>que la Biblia del marqués de Chalabre no estaba situada en ninguna latitud, ni tampoco estaba a uno u otro lado del</p>
<p>Sena. Así pues, resultó que Vasco de Gama encontró la India, y Cristóbal Colón descubrió América, pero, por más</p>
<p>que buscó el marqués, de norte a sur, de oriente a occidente, no encontró su Biblia.</p>
<p>Cuando más inencontrable era la Biblia, más ardor ponía por encontrarla el marqués de Chalabre. Había ofrecido</p>
<p>quinientos francos por ella; había ofrecido mil francos; había ofrecido dos mil, cuatro mil, diez mil francos. Todos</p>
<p>los bibliógrafos estaban revueltos buscando el sitio donde podía encontrarse aquella desventurada Biblia.</p>
<p>Escribieron a Alemania y a Inglaterra. Nada. Por una nota del marqués de Chalabre no se habría tomado tanto</p>
<p>trabajo, y se hubiera respondido simplemente: No existe. Pero con una nota de Nodier, era otra cosa. Si Nodier había</p>
<p>dicho: «La Biblia existe», la Biblia tenía que existir. El Papa podía engañarse; pero Nodier era infalible.</p>
<p>Las búsquedas duraron tres años. Todos los domingos, el marqués de Chalabre cuando desayunaba con Nodier en</p>
<p>casa de Pixérécourt, le decía.</p>
<p>-¿Y esa Biblia, querido Charles? -¿Qué ocurre?</p>
<p>-¡Inencontrable!</p>
<p><i>-Quore et invenies </i>-respondía Nodier.</p>
<p>Y lleno de un ardor nuevo, el bibliómano se ponía de nuevo a la busca, pero no encontraba.</p>
<p>Por último le llevaron al marqués de Chalabre una Biblia.</p>
<p>No era la Biblia indicada por Nodier, pero sólo tenía la diferencia de un año en la fecha; no estaba impresa en</p>
<p>Kehl, sino en Estrasburgo, y entre ambas ciudades no había más distancia que una legua; cierto que no era única,</p>
<p>pero el segundo ejemplar, el único que existía, se hallaba en el Líbano, en el fondo de un monasterio druso. El</p>
<p>marqués de Chalabre llevó su Biblia a Nodier y le preguntó su opinión.</p>
<p>-¡Vaya! -respondió Nodier, que veía al marqués a punto de enloquecer si no tenía una Biblia -, quédese con ésa,</p>
<p>querido amigo, ya que es imposible encontrar la otra.</p>
<p>El marqués de Chalabre compró la Biblia mediante la suma de dos mil francos, la hizo encuadernar de forma</p>
<p>espléndida y la metió en una cajita especial.</p>
<p>Cuando murió, el marqués de Chalabre dejó su biblioteca a la señorita Mars. La señorita Mars, que era todo</p>
<p>menos bibliómana, rogó a Merlin clasificar los libros del difunto y venderlos. Merlín, el hombre más honesto de la</p>
<p>tierra, entró un día en casa de la señorita Mars con treinta o cuarenta mil francos de billetes de banco en la mano.</p>
<p>Los había encontrado en una especie de cartera practicada en la magnífica encuadernación de aquella Biblia casi</p>
<p>única.</p>
<p>-¿Por qué le gastó esa broma al pobre marqués de Chalabre, usted que es tan poco dado a ellas? -le pregunté a</p>
<p>Nodier.</p>
<p>Amigo mío, porque se arruinaba, y porque durante los tres años que estuvo buscando su Biblia no pensó en otra</p>
<p>cosa; al cabo de esos tres años gastó dos mil francos, durante esos tres años habría gastado cinco mil.</p>
<p>Ahora que hemos mostrado a nuestro querido Charles durante la semana y el domingo por la mañana, digamos lo</p>
<p>que hacía el domingo desde las seis de la tarde hasta medianoche.</p>
<p>-¿Cómo conocí a Nodier?</p>
<p>Cómo se conocía a Nodier. Me había prestado un favor. Era en 1827, yo acababa de terminar <i>Christine, </i>no</p>
<p>conocía a nadie en los ministerios, a nadie en el teatro; mi administración, en lugar de servirme de ayuda para llegar</p>
<p>a la Comédie-Française, me era un estorbo. Desde hacía dos o tres días había escrito ese último verso que fue tan</p>
<p>silbado y tan aplaudido:</p>
<p><i>«¡Y bien&#8230; siento, padre mío, que se acabe!»</i></p>
<p>Y debajo de este verso, escribí la palabra FIN: no me quedaba otra cosa por hacer que leer mi pieza a los señores</p>
<p>cómicos del rey y a ser aceptado o rechazado por ellos.</p>
<p>Por desgracia, en esa época, el gobierno de la Comédie-Française era, como el gobierno de Venecia, republicano,</p>
<p>pero aristocrático, y no todo el que quería llegaba a las serenísimas señorías del Comité.</p>
<p>Había un lector encargado de leer las obras de los jóvenes que no habían hecho nada todavía, y que, por</p>
<p>consiguiente, no tenían derecho a una lectura, sino después de examen; pero en las tradiciones dramáticas existían</p>
<p>historias tan lúgubres de manuscritos esperando turno de lectura durante uno o dos años, e incluso tres años, que yo,</p>
<p>familiar del Dante y de Milton, no osaba a enfrentarme a esos limbos, temblando de que mi pobre <i>Christine </i>fuera a</p>
<p>aumentar simplemente el número de <i>Questi sciaurati che mai non fur vivi.</i></p>
<p>Había oído hablar de Nodier como protector nato de todo poeta por nacer. Le pedí una carta de presentación para</p>
<p>el barón Taylor. Me la envió. Ocho días después yo tenía lectura en el Théâtre-Français, y casi era recibido. Digo</p>
<p>casi porque había en <i>Christine, </i>relativamente a la época en que vivimos, es decir, al año de gracia de 1827, tales</p>
<p>enormidades literarias que los señores cómicos ordinarios del rey no se atrevieron a recibirme de entrada, y</p>
<p>subordinaron su opinión a la del señor Picard, autor de <i>La Petite Ville.</i></p>
<p>El señor Picard era uno de los oráculos de la época. Firmin me llevó a casa del señor Picard. El señor Picard me</p>
<p>recibió en una biblioteca provista de todas las ediciones de sus obras y adornada con su busto. Cogió mi manuscrito,</p>
<p>me citó para dentro de ocho días, y nos despidió.</p>
<p>Al cabo de ocho días contados hora a hora, me presenté ante la puerta del señor Picard. Evidentemente, el señor</p>
<p>Picard me esperaba; me recibió con la sonrisa de Rigobert en <i>Maison </i>ìd <i>vendre.</i></p>
<p>-Señor -me dijo tendiéndome el manuscrito bien enrollado-, ¿tiene usted algún medio de existencia? El inicio no</p>
<p>era alentador.</p>
<p>-Sí, señor -respondí-; tengo un pequeño trabajo en casa del señor duque de Orléans.</p>
<p>-Bueno, muchacho -dijo poniendo afectuosamente mi rollo entre las dos manos y cogiéndomelas a la vez-, vaya a</p>
<p>su oficina.</p>
<p>Y encantado de haber hecho una frase, se frotó las manos indicándome con un gesto que la audiencia había</p>
<p>terminado.</p>
<p>No por ello debía menos las gracias a Nodier. Me presenté en el Arsenal. Nodier me recibió como recibía, con una</p>
<p>sonrisa también&#8230; Pero hay sonrisas y sonrisas, como dice Molière.</p>
<p>Tal vez olvidé un día la sonrisa de Picard, pero no olvidaré nunca la de Nodier.</p>
<p>Quise probarle a Nodier que yo no era tan indigno de su protección como habría podido creer por la respuesta que</p>
<p>Picard me había dado. Le dejé mi manuscrito. Al día siguiente recibí una carta encantadora, que me devolvía todo</p>
<p>mi ánimo, y que me invitaba a las veladas del Arsenal.</p>
<p>Aquellas veladas del Arsenal eran algo encantadoras, algo que ninguna pluma podrá describir jamás. Tenían lugar</p>
<p>el domingo, y comenzaban en realidad a las seis.</p>
<p>A las seis, la mesa estaba puesta. Había comensales de la fundación: Cailleux, Taylor, Francis Wey, al que Nodier</p>
<p>amaba como a un hijo; luego, por azar, uno o dos invitados; luego, todo el que quería.</p>
<p>Una vez admitido en esa encantadora intimidad de la casa, se iba a cenar a casa de Nodier a capricho. Siempre</p>
<p>había dos o tres cubiertos esperando a los comensales de azar. Si esos tres cubiertos eran insuficientes, se añadía un</p>
<p>cuarto, un quinto, un sexto. Si había que alargar la mesa, se la alargaba. Pero, ¡pobre de aquel que llegase el</p>
<p>decimotercero! Ese cenaba, despiadadamente, en una pequeña mesa, a menos que un decimocuarto llegara para</p>
<p>relevarle de su penitencia.</p>
<p>Nodier tenía sus manías: prefería el pan moreno al pan blanco, el estaño a la plata, la candela a la bujía.</p>
<p>Nadie prestaba atención a ellas más que la señora Nodier, que le servía como a él le gustaba.</p>
<p>Al cabo de uno o dos años, yo era uno de esos íntimos de que hablaba hace un momento. Podía llegar sin avisar a</p>
<p>la hora de la cena; se me recibía con expresiones que no me dejaban duda sobre mi bienvenida, y se me sentaba a la</p>
<p>mesa, o más bien yo me sentaba en la mesa entre la señora Nodier y Marie.</p>
<p>Al cabo de cierto tiempo, lo que no era más que un punto de hecho se volvió un punto de derecho.</p>
<p>Que llegaba demasiado tarde y ya estaban sentados a la mesa y mi sitio estaba ocupado, se hacía un gesto de</p>
<p>excusa al invitado usurpador, se me devolvía mi plaza, y aquel al que yo había desplazado se colocaba donde podía.</p>
<p>Nodier pretendía entonces que yo le traía buena suerte, porque le dispensaba de hablar. Pero si yo le daba buena</p>
<p>suerte a él, a otros se la daba mala. Nodier era el conversador más encantador del mundo. Aunque se hiciera a mi</p>
<p>conversación todo lo que se hace a un fuego para que tenga llama, reanimarlo, atizarlo, lanzarle esas virutas que</p>
<p>hacen brotar las chispas del espíritu como las de la forja, era la verba, era el entusiasmo, era la juventud; pero no era</p>
<p>aquella bonhomía, aquel encanto inexpresable, aquella gracia infinita en la que, como en una red tendida, el pajarero</p>
<p>coge todo, los pájaros pequeños y los grandes. No era Nodier.</p>
<p>Era un mal menor con el que se contentaban, eso era todo.</p>
<p>Pero a veces yo gruñía, a veces no quería hablar, y ante mi negativa a hablar era preciso que Nodier hablara, dado</p>
<p>que estábamos en su casa; entonces todo el mundo escuchaba, niños y adultos. Era a la vez Walter Scott y Perrault,</p>
<p>era el sabio luchando con el poeta, era la memoria luchando con la imaginación. Entonces Nodier no era sólo</p>
<p>divertido de oír, sino que también era encantador de ver. Su largo cuerpo desgarbado, sus largos brazos enjutos, sus</p>
<p>largas manos pálidas, su larga cara llena de una melancólica bondad, todo aquello armonizaba con su palabra algo</p>
<p>monótona, que modulaba en ciertos tonos que periódicamente volvían a un acento del franco condado que Nodier</p>
<p>nunca había perdido del todo. Entonces el relato era algo inagotable, siempre nuevo, nunca repetido. El tiempo, el</p>
<p>espacio, la historia, la naturaleza eran para Nodier esa bolsa de Fortunatus donde Pierre Schlemill sacaba sus manos</p>
<p>siempre llenas. Había conocido a todo el mundo, a Danton, a Charlotte Corday, a Gustavo III, a Cagliostro, a Pío VI,</p>
<p>a Catalina II, al gran Federico, ¡qué sé yo! Como el conde de Saint-Germain y el taratantaleo, había asistido a la</p>
<p>creación del mundo y atravesado los siglos transformándose. En esta transformación había incluido una teoría de las</p>
<p>más ingeniosas. Según Nodier los sueños no eran más que un recuerdo de los días pasados en otro planeta, una</p>
<p>reminiscencia de lo que había sido antaño. Según Nodier, los sueños más fantásticos correspondían a hechos</p>
<p>realizados en otra época en Saturno, en Venus o en Mercurio: las imágenes más extrañas no eran más que la sombra</p>
<p>de formas que habían impreso sus recuerdos en nuestra alma inmortal. Al visitar por primera vez el Museo fósil del</p>
<p>Jardín de Plantas, se sorprendió por encontrar unos animales que había visto en el diluvio de Deucalión y de Pyrrha,</p>
<p>y a veces se le escapaba la confesión de que, viendo la tendencia de los Templarios a los posesión universal, había</p>
<p>aconsejado a Jacques de Molay dominar su ambición. No era culpa suya si Jesucristo había sido crucificado; era el</p>
<p>único de sus oyentes que había avisado de las malas intenciones de Pilatos hacia él. Era, sobre todo, al Judío errante</p>
<p>a quien Nodier había tenido la oportunidad de conocer; la primera vez en la Roma de los tiempos de Gregorio VII; la</p>
<p>segunda, en París, la víspera de la noche de San Bartolomé, y la última vez en Viena, en el Delfinado; tenía sobre él</p>
<p>los documentos más preciosos. A este propósito ponía de manifiesto un error en el que habían caído los sabios y</p>
<p>poetas, y particularmente Edgar Quinet; no era Ahasvero, que es un nombre a medias griego y a medias latino, como</p>
<p>se llamaba el hombre de los cinco sueldos, era Isaac Laquedem: de esto podía responder él, porque había recibido la</p>
<p>información de su propia boca. Luego de la política, de la filosofía, de la tradición pasaba a la historia natural. ¡Oh,</p>
<p>cómo dejaba atrás Nodier en escenario a Herodoto, Plinio, Marco Polo, Buffon y Lacépède! Había conocido arañas</p>
<p>junto a las cuales la araña de Pélisson no era más que una extravagancia; había frecuentado sapos junto a los cuales</p>
<p>Matusalén no era más que un niño; en fin, había estado en relación con caimanes junto a los cuales la tarasca no era</p>
<p>más que un lagarto.</p>
<p>Por eso a Nodier le ocurrían azares de ésos que sólo les ocurren a los hombres de genio. Cierto día que buscaba</p>
<p>lepidópteros durante su estancia en Styria, región de rocas graníticas y de árboles seculares, se subió a un árbol a fin</p>
<p>de alcanzar una cavidad que percibía, metió la mano en aquella cavidad, como solía hacerlo, y bastante</p>
<p>imprudentemente, porque un día retiró de una cavidad semejante su brazo enriquecido con una serpiente que se</p>
<p>había enrollado alrededor; cierto día, pues, en que habiendo encontrado una cavidad metía su mano en ella, sintió</p>
<p>algo fofo y viscoso que cedía a la presión de sus dedos. Retiró rápidamente su mano y miró: dos ojos brillaban con</p>
<p>un fuego apagado en el fondo de aquella cavidad. Nodier creía en el diablo; por eso, al ver aquellos dos ojos que no</p>
<p>se parecían a los ojos de brasa de Caronte, como dice Dante, Nodier comenzó a huir, luego reflexionó, mudó de</p>
<p>parecer, cogió un hacha pequeña y midiendo la profundidad del agujero, comenzó a hacer una abertura en el lugar en</p>
<p>que presumía que debía encontrarse aquel objeto desconocido. Al quinto o sexto hachazo, del árbol brotó sangre, ni</p>
<p>más ni menos como la sangre corrió bajo la espada de Tancredo del bosque encantado del Tasso. Pero no fue una</p>
<p>hermosa guerrera lo que apareció, fue un enorme sapo encastrado en el árbol, donde sin duda había sido llevado por</p>
<p>el viento cuando era del tamaño de una abeja. ¿Desde cuánto tiempo estaba allí? Desde hacía doscientos, trescientos</p>
<p>o quinientos años tal vez. Tenía seis pulgadas de largo por tres de ancho. Otra vez, estando en Normandía, en la</p>
<p>época en que hacía con Taylor el viaje pintoresco por Francia, entró en una iglesia; en la bóveda de aquella iglesia</p>
<p>había, suspendidos, una gigantesca araña y un enorme sapo. Se dirigió a un campesino para pedirle información</p>
<p>sobre aquella singular pareja.</p>
<p>Y he aquí lo que el viejo campesino le contó, después de haberle llevado junto a una de las losas de la iglesia</p>
<p>sobre la que había esculpido un caballero recostado en su armadura.</p>
<p>Aquel caballero era un antiguo barón, que había dejado en la región recuerdos tan malos que los más audaces se</p>
<p>apartaban a fin de no poner el pie sobre su tumba, y esto no por respeto sino por terror. Encima de aquella tumba,</p>
<p>como consecuencia de un voto hecho por aquel caballero en su lecho de muerte, debía arder noche y día una</p>
<p>lámpara, por lo que se hizo una fundación por el muerto que subvenía a ese gasto y mucho más.</p>
<p>Un buen día o, mejor, una buena noche, durante la que el cura por casualidad no dormía, vio desde la ventana de</p>
<p>su cuarto, que daba a la ventana de la iglesia, que la lámpara palidecía y se apagaba. Atribuyó el caso a un accidente</p>
<p>y aquella noche no le prestó mayor atención.</p>
<p>Pero la noche siguiente, habiéndose despertado hacia las dos de la mañana, se le ocurrió mirar si la lámpara ardía.</p>
<p>Se bajó de la cama, se acercó a la ventana y comprobó de visu que la iglesia estaba sumida en la más profunda</p>
<p>oscuridad.</p>
<p>Este acontecimiento, reproducido dos veces en cuarenta y ocho horas, adquiría cierta gravedad. Al día siguiente,</p>
<p>al alba, el cura hizo venir al sacristán y le acusó, simplemente, de haber puesto el aceite en su ensalada en lugar de</p>
<p>haberlo puesto en la lámpara. El sacristán juró por todos los dioses que no era así; que todas las noches desde hacía</p>
<p>quince años que tenía el honor de ser sacristán llenaba a conciencia la lámpara, y que debía ser alguna jugarreta de</p>
<p>aquel maldito caballero que, después de haber atormentado a los vivos durante su vida, empezaba a atormentarlos</p>
<p>trescientos años después de muerto.</p>
<p>El cura declaró que confiaba plenamente en la palabra del sacristán, pero que no por ello dejaba de querer asistir</p>
<p>por la noche al llenado de la lámpara; en consecuencia, al caer la noche, en presencia del cura, se echó aceite en el</p>
<p>recipiente y la lámpara fue encendida; una vez encendida la lámpara, el cura cerró por sí mismo la puerta de la</p>
<p>iglesia, se guardó la llave en el bolsillo y se retiró a su casa.</p>
<p>Luego cogió un breviario, se acomodó en un gran sillón junto a la ventana y, con los ojos clavados</p>
<p>alternativamente en el libro y en la iglesia, esperó.</p>
<p>Hacia medianoche vio la luz que iluminaba las vidrieras disminuir, palidecer y apagarse.</p>
<p>En esta ocasión había una causa extraña, misteriosa, inexplicable, en la que no podía tener parte alguna el pobre</p>
<p>sacristán.</p>
<p>Por un instante, el cura pensó que en la iglesia se introducían ladrones y robaban el aceite. Pero suponiendo que</p>
<p>fueran ladrones los que cometiesen las fechorías, eran gentes muy honradas limitándose a robar el aceite y a respetar</p>
<p>los vasos sagrados.</p>
<p>No se trataba, pues, de ladrones; había otra causa distinta a las que podían imaginarse, tal vez una causa</p>
<p>sobrenatural. El cura decidió reconocer esa causa, cualquiera que fuese.</p>
<p>A la noche siguiente, puso el aceite por sí mismo para convencerse de que no era víctima de un pase de</p>
<p>prestidigitador; luego, en lugar de salir como había hecho la víspera, se ocultó en un confesionario.</p>
<p>Pasaron las horas, la lámpara iluminaba con una luz calma igual: sonaron las doce de la noche&#8230;</p>
<p>El cura creyó oír un ligero ruido, semejante al de una piedra que se desplaza, luego vio la sombra de un animal</p>
<p>con unas patas gigantescas, sombra que se subió a un pilar, corrió a lo largo de la cornisa, apareció un instante en la</p>
<p>bóveda, descendió a lo largo de la cuerda, e hizo un alto sobre la lámpara, que comenzó a palidecer, vaciló y se</p>
<p>apagó.</p>
<p>El cura se encontró en la oscuridad más completa. Comprendió que aquella era una experiencia a renovar,</p>
<p>acercándose al lugar en que ocurría la escena.</p>
<p>Nada más fácil: en lugar de meterse en el confesionario que estaba en el lado de la iglesia opuesto a la lámpara, le</p>
<p>bastaba con ocultarse en el confesionario que estaba colocado a sólo unos pasos de ella.</p>
<p>Al día siguiente hizo todo como la víspera: sólo que el cura cambió de confesionario y se proveyó de una linterna</p>
<p>sorda.</p>
<p>Hasta la medianoche, la misma calma, el mismo silencio, la misma honestidad de la lámpara cumpliendo sus</p>
<p>funciones. Pero también al último tañido de las doce, el mismo crujido que la víspera. Sólo que, como el crujido se</p>
<p>producía a cuatro pasos del confesionario, los ojos del cura pudieron fijarse inmediatamente sobre el lugar de donde</p>
<p>procedía el ruido. Era la tumba del caballero lo que crujía.</p>
<p>Luego, la losa esculpida que recubría el sepulcro se alzó lentamente, y por la abertura de la tumba el cura vio salir</p>
<p>una araña del tamaño de un perro de aguas, con un pelo de seis pulgadas de largo, unas patas de una vara de largo,</p>
<p>que inmediatamente, sin vacilar, sin buscar un camino que parecía serle familiar, se puso a trepar por el pilar, a</p>
<p>correr sobre la cornisa y a descender a lo largo de la cuerda y, una vez llegada allí, a beber el aceite de la lámpara</p>
<p>que se apagó.</p>
<p>Pero entonces el cura recurrió a su linterna sorda, cuyos rayos dirigió hacia la tumba del caballero. Entonces se dio</p>
<p>cuenta de que el objeto que la mantenía entreabierta era un sapo tan grueso como una tortuga de mar, el cual,</p>
<p>inflándose, levantaba la piedra y daba paso a la araña, que iba inmediatamente a sorber el aceite, que luego</p>
<p>compartía con su compañero.</p>
<p>Los dos vivían así hacía siglos en aquella tumba, donde probablemente vivirían todavía si un accidente no hubiera</p>
<p>revelado al cura la presencia de un ladrón cualquiera en su iglesia.</p>
<p>Al día siguiente el cura había buscado ayuda, habían levantado la piedra de la tumba, y habían matado al insecto y</p>
<p>al reptil, cuyos cadáveres estaban colgados del techo y daban fe de aquel extraño suceso.</p>
<p>Además, el campesino que contaba el caso a Nodier era uno de los que habían sido llamados por el cura para</p>
<p>combatir a los dos comensales de la tumba del caballero, y, como se había encarnizado especialmente en el sapo,</p>
<p>una gota de sangre del inmundo animal, que había brotado de su párpado, había estado a punto de cegarlo como a</p>
<p>Tobías.</p>
<p>Se había librado con ser tuerto.</p>
<p>Para Nodier las historias de sapos no se limitan a eso; había en la longevidad de ese animal algo misterioso que</p>
<p>agradaba a la imaginación de Nodier. Por eso conocía todas las historias de sapos centenarios o milenarios; todos los</p>
<p>sapos descubiertos en piedras, o en troncos de árboles, desde el sapo encontrado en 1756 por el escultor Leprince, en</p>
<p>Eretteville, en medio de una piedra dura donde estaba encastrado, hasta el sapo encerrado por Hérifsant, en 1771, en</p>
<p>una caja de yeso, y que volvió a encontrar perfectamente vivo en 1774, eran de su competencia. Cuando se le preguntaba</p>
<p>de qué vivían los desventurados prisioneros, respondía: Tenían su piel. Había estudiado un sapo petimetre</p>
<p>que había cambiado seis veces la piel en un invierno, y que seis veces se había tragado la vieja. En cuanto a los que</p>
<p>estaban en unas piedras de formación primitiva, desde la creación del mundo, como el sapo que se encontró en la</p>
<p>cantera de Bourswick, en Gocia, la inacción total en la que se habían visto obligados a vivir, la suspensión de la vida</p>
<p>en una temperatura que no permitía ninguna disolución y que no hacía necesaria la reparación de ninguna pérdida, la</p>
<p>humedad del lugar, que entrañaba la del animal y que impedía su destrucción por desecación, todo eso le parecía a</p>
<p>Nodier razón suficiente para una convicción en la que había tanta fe como ciencia.</p>
<p>Por otra parte, como ya hemos dicho, Nodier tenía cierta humildad natural, cierta inclinación a empequeñecerse</p>
<p>que le impulsaba hacia los pequeños y los humildes. Nodier bibliófilo encontraba entre los libros obras maestras</p>
<p>ignoradas, que sacaba de la tumba de las bibliotecas; Nodier filántropo encontraba entre los vivos poetas</p>
<p>desconocidos, que sacaba a la luz y que guiaba a la celebridad; toda injusticia, toda opresión le sublevaba, y, según</p>
<p>él, se oprimía al sapo, se era injusto con él, se ignoraba o no se quería conocer las virtudes del sapo. El sapo era un</p>
<p>buen amigo; Nodier ya lo había probado por la asociación del sapo y de la araña, y en rigor lo probaba dos veces</p>
<p>contando otra historia de sapo y de lagarto no menos fantástica que la primera; el sapo era, por tanto, no sólo buen</p>
<p>amigo, sino también buen padre y buen esposo. Al dar a luz él mismo a su mujer, el sapo había dado a los maridos</p>
<p>las primeras lecciones de amor conyugal; al envolver los huevos de su familia alrededor de sus patas traseras o al</p>
<p>llevarlos a la espalda, el sapo había dado a los jefes de familia la primera lección de paternidad; en cuanto a esa baba</p>
<p>que el sapo expande o lanza incluso cuando se le atormenta, Nodier aseguraba que era la sustancia más inocente que</p>
<p>existe en el mundo, y la prefería a la saliva de muchos críticos por él conocidos.</p>
<p>Y no es que esos críticos no fueran recibidos en su casa como los otros, y no fueran bien recibidos, pero poco a</p>
<p>poco se retiraban por sí mismos, no se sentían a gusto en medio de aquella benevolencia que era la atmósfera natural</p>
<p>del Arsenal, a través de la cual no pasaba la burla más que como pasa la luciérnaga en medio de esas hermosas</p>
<p>noches de Niza y de Florencia, es decir, para arrojar una claridad y apagarse al punto.</p>
<p>De este modo se llegaba al final de una cena encantadora, en la que todos los accidentes, salvo la caída de la sal,</p>
<p>salvo un pan puesto al revés, eran tomados por el lado filosófico; luego se servía el café en la mesa. Nodier era, en el</p>
<p>fondo, sibarita, apreciaba muy bien ese sentimiento de sensualidad perfecta que no pone ningún movimiento, ningún</p>
<p>desplazamiento, ninguna molestia entre el postre y la coronación del postre. Durante ese momento de delicias</p>
<p>asiáticas, la señora Nodier se levantaba e iba a ordenar encender el salón. A menudo, yo, que no tomaba café, la</p>
<p>acompañaba. Mi alta estatura le era de gran utilidad para encender el lustro sin subirse a las sillas.</p>
<p>Entonces el salón se iluminaba, porque antes de la cena, y los días ordinarios, nunca se recibía más que en el</p>
<p>dormitorio de la señora Nodier; entonces el salón se iluminaba y alumbraba los artesonados pintados de blanco con</p>
<p>molduras Luis XV, un moblaje de los más sencillos, componiéndose de doce sillones y de un canapé en cachemir</p>
<p>rojo, unas cortinas asargadas del mismo color, un busto de Hugo, una estatua de Enrique VI, un retrato de Nodier y</p>
<p>un paisaje montañoso de Régnier.</p>
<p>En este salón, cinco minutos después de su iluminación entraban los invitados, con Nodier al final, apoyado bien</p>
<p>en el brazo de Dauzats, bien en el brazo de Bixio, bien en el brazo de Francis Wey, bien en el mío, Nodier siempre</p>
<p>suspirando y quejándose como si no tuviera más que el aliento; entonces iba a tumbarse en un gran sillón a la</p>
<p>derecha de la chimenea, con las piernas estiradas, los brazos colgantes, o a ponerse delante de la chimenea, con las</p>
<p>pantorrillas hacia el fuego, la espalda contra el espejo. Si se tumbaba en el sillón, todo estaba dicho: Nodier, sumido</p>
<p>en ese instante de beatitud que da el café, quería gozar, como egoísta, de sí mismo y seguir silenciosamente el sueño</p>
<p>de su espíritu; si se adosaba a la chimenea era otra cosa; es que iba a contar; entonces todo el mundo se callaba, y</p>
<p>desarrollaba una de esas encantadoras historias de su juventud que parecen una novela de Longo, un idilio de</p>
<p>Teócrito; o algún sombrío drama de la Revolución, cuyo teatro siempre era un campo de batalla de la Vendée o la</p>
<p>plaza de la Revolución; o, por último, alguna misteriosa conspiración de Cadoudal o de Oudet, de Staps o de</p>
<p>Lahorie; entonces, los que entraban lo hacían en silencio, saludaban con la mano, e iban a sentarse en un sillón o a</p>
<p>ponerse de espaldas contra los artesonados; luego la historia acababa como acaba todo. No se aplaudía; tampoco se</p>
<p>aplaude el murmullo de un río, el canto de un pájaro; pero apagado el murmullo, y desvanecido el canto, se seguía</p>
<p>escuchando. Entonces, sin decir nada, Marie iba a sentarse al piano y de pronto un brillante cohete de notas se</p>
<p>lanzaba al aire como el preludio de un fuego de artificio; entonces los jugadores, relegados a esos rincones, se</p>
<p>ponían a las mesas y jugaban.</p>
<p>Nodier no había jugado desde hacía mucho tiempo más que a la guerrilla, era su juego predilecto, y se pretendía</p>
<p>de una fuerza superior a él; por último, había hecho una concesión al siglo y jugaba al écarté.</p>
<p>Entonces Marie cantaba letras de Hugo, de Lamartine o mías, musicadas por ella; luego, en medio de aquellas</p>
<p>encantadoras melodías, siempre demasiado cortas, se oía de pronto brotar el ritomelo de una contradanza, cada</p>
<p>caballero se dirigía a su pareja y empezaba un baile.</p>
<p>Baile encantador que se debía por entero a Marie, que arrojaba, en medio de rápidos trinos bordados por sus dedos</p>
<p>sobre las teclas del piano, una palabra a los que se acercaban a ella en cada travesía, en cada cadena de damas, en</p>
<p>cada cruzado. A partir de ese momento, Nodier desaparecía, completamente olvidado, porque él no era uno de esos</p>
<p>dueños absolutos y gruñones cuya presencia se siente y cuya cercanía se adivina: era el huésped de la Antigüedad,</p>
<p>que se borra para dejar sitio a aquel que recibe, y que se contentaba con ser gracioso, débil y casi femenino.</p>
<p>Además, Nodier, después de haber desaparecido un poco, desaparecía pronto por completo. Nodier se acostaba</p>
<p>temprano, o más bien acostaban a Nodier temprano. Era la señora Nodier la que se encargaba de ese cuidado.</p>
<p>Durante el invierno era la primera en salir del salón; luego, a veces, cuando ya no quedaban brasas en la cocina, se</p>
<p>veía pasar un calentador, llenarse y entrar en el dormitorio. Nodier seguía al calentador, y todo estaba dicho.</p>
<p>Diez minutos después, la señora Nodier volvía. Nodier estaba acostado y se adormecía con las melodías de su</p>
<p>hija, al rumor de los pasos y con las risas de los danzantes.</p>
<p>Cierto día encontramos a Nodier mucho más humilde que de costumbre. En esa ocasión se le veía apurado,</p>
<p>avergonzado. Le preguntamos con inquietud qué le pasaba.</p>
<p>Nodier acababa de ser nombrado académico. Nos presentó sus más humildes excusas, a Hugo y a mí.</p>
<p>Pero no era culpa suya, la Academia le había nombrado en el momento en que menos lo esperaba. Es que Nodier,</p>
<p>tan sabio por sí solo como todos los académicos juntos, demolía piedra a piedra el diccionario de la Academia.</p>
<p>Contaba que el Inmortal encargado de hacer el artículo <i>écrevisse </i>[cangrejo de río], le había mostrado un día ese</p>
<p>artículo, pidiéndole su opinión.</p>
<p>El artículo estaba concebido en los siguientes términos:</p>
<p><i>«Écrevisse, </i>pequeño pez rojo que camina a reculones».</p>
<p>-Sólo hay un error en su definición -respondió Nodier-, que el <i>écrevisse </i>no es un pez, que el <i>écrevisse </i>no es rojo,</p>
<p>que el <i>écrevisse </i>no camina a reculones&#8230; lo demás es perfecto.</p>
<p>Se me olvida decir que en medio de todo esto, Marie Nodier se había casado, se había convertido en la señora</p>
<p>Ménessier; pero aquel matrimonio no había cambiado nada en absoluto la vida del Arsenal: Jules era amigo de</p>
<p>todos: le veíamos acudir a la casa hacía tiempo; se quedó allí en vez de venir, eso fue todo.</p>
<p>Me equivoco, hubo un gran sacrificio: Nodier vendió su biblioteca; Nodier amaba sus libros, pero adoraba a</p>
<p>Marie.</p>
<p>Hay que decir una cosa también: es que nadie sabía dar fama a un libro como Nodier. ¿Quería vender o hacer que</p>
<p>un libro se vendiera? Lo glorificaba con un artículo; con lo que descubría dentro, hacía un ejemplar único. Recuerdo</p>
<p>la historia de un volumen titulado <i>Le Zombi du grand Pérou, </i>que Nodier pretendió que había sido impreso en las</p>
<p>colonias, y cuya edición destruyó con su autoridad privada; el libro valía cinco francos, subió a cien escudos.</p>
<p>Nodier vendió sus libros en cuatro ocasiones, pero siempre conservaba cierto fondo, un núcleo precioso con cuya</p>
<p>ayuda, al cabo de dos tres años, había reconstruido su biblioteca.</p>
<p>Un día cesaron todas estas fiestas encantadoras. Desde hacía un mes o dos Nodier estaba más sufriente, más</p>
<p>quejumbroso. Por lo demás, el hábito que había de oír quejarse a Nodier hacía que no se prestara mucha atención a</p>
<p>sus quejas. Es que, con el carácter de Nodier, era bastante difícil separar el mal real de los sufrimientos quiméricos.</p>
<p>Ya no hubo callejeos por los muelles ni paseos por los bulevares, sólo un lento caminar cuando un cielo gris filtraba</p>
<p>un último rayo del sol de otoño, un lento caminar hacia SaintMandé.</p>
<p>La meta del paseo era un tabernucho donde, en los hermosos días de salud, Nodier se regalaba con pan moreno.</p>
<p>Por regla general en sus paseos le acompañaba toda la familia, excepto Jules, retenido en su despacho. Era la señora</p>
<p>Nodier, era Marie, eran los dos niños, Charles y Georgette; todo este conjunto no quería abandonar al marido, al</p>
<p>padre y al abuelo. Se sentía que quedaba poco tiempo para estar con él, y lo aprovechaban.</p>
<p>Nodier insistió hasta el último momento para mantener las reuniones del domingo; luego se dieron cuenta de que</p>
<p>su cuarto de enfermo no podía soportar el ruido y el movimiento que se hacía en el salón. Un día, Marie nos anunció</p>
<p>tristemente que el siguiente domingo el Arsenal estaría cerrado; luego, en voz baja, dijo a los íntimos:</p>
<p>-Vengan, hablaremos.</p>
<p>Nodier se metió en cama para no levantarse ya. Fui a verle.</p>
<p>-Oh, mi querido Dumas -me dijo tendiéndome los brazos en cuanto me vio-, en la época en que yo me encontraba</p>
<p>bien, no tenía usted en mí más que un amigo; desde que estoy enfermo tiene en mí un hombre agradecido. Ya no</p>
<p>puedo trabajar, pero, todavía puedo leer, y como usted ve, le leo, y cuando estoy cansado, llamo a mi hija, y mi hija</p>
<p>le lee.</p>
<p>Y Nodier me mostró, en efecto, mis libros esparcidos sobre la cama y la mesa.</p>
<p>Ése fue uno de mis momentos de orgullo real. Nodier aislado del mundo, Nodier que ya no podía trabajar, Nodier,</p>
<p>ese espíritu inmenso que sabía todo, Nodier me leía y se entretenía leyéndome.</p>
<p>Le cogí las manos, hubiera querido besárselas de agradecido que estaba con él.</p>
<p>A mi vez, yo había leído la víspera una cosa suya, un pequeño volumen que acababa de aparecer en dos entregas</p>
<p>de la <i>Revue des Deux Mondes.</i></p>
<p>Era <i>Inés de las Sierras.</i></p>
<p>Yo estaba maravillado. Esa novela, una de las últimas publicaciones de Charles, era tan fresca, tan coloreada, que</p>
<p>se hubiera dicho una obra de su juventud que Nodier había encontrado y sacado a la luz en el otro horizonte de su</p>
<p>vida.</p>
<p>Esa historia de Inés era una historia de aparición de espectros, de fantasmas; pero por más fantástica que fuera en</p>
<p>la primera parte, dejaba de serlo en la segunda; el fin explicaba el comienzo. Y por esa explicación me quejé</p>
<p>amargamente a Nodier.</p>
<p>-Es verdad -me dijo-, he hecho mal; pero tengo otra, y ésta no la estropearé, no se preocupe.</p>
<p>-En buena hora, y ¿cuándo se pondrá a trabajar en esa obra?</p>
<p>Nodier me cogió la mano.</p>
<p>-Esta no la echaré a perder, porque no soy yo quien ha de escribirla.</p>
<p>-¿Y quién la escribirá? -Usted.</p>
<p>-¡Cómo! Yo, mi buen Charles. Pero si yo no sé su historia.</p>
<p>-Yo se la contaré. Ésta la guardaba para mí, o mejor dicho, para usted.</p>
<p>-Mi buen Charles, usted me la contará, la escribirá y la imprimirá.</p>
<p>Nodier movió la cabeza.</p>
<p>-Voy a contársela -dijo-; y usted me la devuelve si me recupero.</p>
<p>-Espere a mi próxima visita, tenemos tiempo. Amigo mío, le diré lo que le decía a un acreedor cuando yo le</p>
<p>saldaba una deuda: Coja siempre.</p>
<p>Y comenzó.</p>
<p>Nunca había contado Nodier de una forma tan encantadora.</p>
<p>¡Oh, si yo hubiera podido escribir tan deprisa como él hablaba!</p>
<p>La historia era larga, me quedé a cenar.</p>
<p>Después de la cena, Nodier se había adormecido. Salí del Arsenal sin volver a verle.</p>
<p>No volví a verle más.</p>
<p>Aunque se le creía fácil para quejarse, Nodier, por el contrario, había ocultado hasta el último momento sus</p>
<p>sufrimientos a su familia. Cuando descubrió la herida, se vio que la herida era mortal.</p>
<p>Nodier no era sólo cristiano, sino buen y verdadero católico. Había hecho prometer a Marie que enviaría en busca</p>
<p>de un sacerdote cuando hubiera llegado su hora. La hora había llegado y Marie envió en busca del cura de Saint-</p>
<p>Paul.</p>
<p>Nodier se confesó. Pobre Nodier. Debía haber muchos pecados en su vida, pero desde luego en ella no había</p>
<p>ninguna falta.</p>
<p>Acabada la confesión, entró toda la familia. Nodier estaba en una alcoba sombría, desde donde tendía los brazos a</p>
<p>su mujer, a su hija y a sus nietos. Detrás de la familia estaban los criados.</p>
<p>Detrás de los criados, la biblioteca, es decir, esos amigos que no cambian jamás, los libros.</p>
<p>El cura dijo en voz alta las oraciones, a las que Nodier respondió también en voz alta, como hombre familiarizado</p>
<p>con la liturgia cristiana. Luego, acabadas las preces, abrazó a todo el mundo, tranquilizó a todos sobre su estado,</p>
<p>afirmó que sentía todavía vida en él para un día o dos, sobre todo si le dejaban dormir durante algunas horas.</p>
<p>Dejaron a Nodier solo, y durmió cinco horas.</p>
<p>El día 26 de enero por la noche, es decir, la víspera de su muerte, la fiebre aumentó y produjo un poco de delirio;</p>
<p>hacia medianoche, no reconocía a nadie, su boca pronunció palabras sin ilación, en las que se distinguieron los</p>
<p>nombres de Tácito y de Fenelon.</p>
<p>Hacia las dos, la muerte comenzaba a llamar a la puerta: Nodier fue sacudido por una crisis violenta, su hija estaba</p>
<p>inclinada sobre su cabecera y le tendía una taza llena de una poción calmante; abrió los ojos, miró a Marie y la</p>
<p>reconoció por sus lágrimas; entonces cogió la taza entre sus manos y bebió con avidez el brebaje que contenía.</p>
<p>-¿Estaba bueno? -preguntó Marie.</p>
<p>-Sí, hija, como todo lo que viene de ti.</p>
<p>Y la pobre Marie dejó caer su cabeza sobre la almohada, cubriendo con sus cabellos la frente húmeda del</p>
<p>moribundo.</p>
<p>-Oh, si te quedases así, no me moriría nunca* -murmuró Nodier.</p>
<p>La muerte golpea siempre.</p>
<p>Las extremidades comenzaban a enfriarse; pero a medida que la vida subía, se concentraba en el cerebro y hacía a</p>
<p>Nodier un espíritu más lúcido de lo que nunca lo había sido.</p>
<p>Entonces bendijo a su mujer y a sus hijos, luego quiso saber el día del mes.</p>
<p>-El veintisiete de enero -dijo la señora Nodier. -No olvidaréis esta fecha, ¿verdad, amigos míos? -dijo Nodier.</p>
<p>Luego, volviéndose hacia la ventana.</p>
<p>-Quería ver una vez más el día -dijo con un suspiro.</p>
<p>Luego se adormeció.</p>
<p>Luego su aliento se volvió intermitente.</p>
<p>Luego, por fin, en el momento en que el primer rayo del día hirió los cristales, volvió a abrir los ojos, hizo con la</p>
<p>mirada una señal de adiós y expiró.</p>
<p>Con Nodier todo murió en el Arsenal, alegría, vida y luz; fue un duelo que se apoderó de todos nosotros; todos</p>
<p>perdíamos una porción de nosotros mismos al perder a Nodier.</p>
<p>Por lo que a mí se refiere, no sé cómo decirlo, pero desde que Nodier está muerto hay algo muerto en mí. Ese algo</p>
<p>sólo vive cuando hablo de Nodiér.</p>
<p>Por eso hablo de él tan a menudo.</p>
<p>Ahora, la historia que se va a leer a continuación es la que Nodier me contó.</p>
<p>(*) Francis Wey publicó sobre los últimos momentos de Nodier una noticia llena de interés, pero escrita para los</p>
<p>amigos, de la que sólo se tiraron veinticinco ejemplares.</p>
<p><b>II. FAMILIA DE HOFFMANN</b></p>
<p>Entre esas encantadoras ciudades desparramadas a orillas del Rhin como los granos de un rosario del que el río</p>
<p>sería el hilo, hay que contar a Mannheim, la segunda capital del gran ducado de Bade, Mannheim, la segunda</p>
<p>residencia del gran duque.</p>
<p>Hoy que los barcos de vapor que suben y bajan el Rhin pasan por Mannheim, hoy que un ferrocarril lleva a</p>
<p>Mannheim, hoy que Mannheim, en medio del chisporroteo de la descarga de fusilería, ha sacudido, con los cabellos</p>
<p>sueltos y la ropa teñida de sangre, el estandarte de la rebelión contra su gran duque, ya no sé lo que es Mannheim;</p>
<p>pero en la época en que comienza esta historia, es decir, pronto hará cincuenta y seis años, voy a decirles lo que era.</p>
<p>Era la ciudad alemana por excelencia, tranquila y política a la vez, un poco triste, o más bien un poco soñadora:</p>
<p>era la ciudad de las novelas de Auguste Lafontaine y de los poemas de Goethe, de <i>Henriett Belmann </i>y de <i>Werther.</i></p>
<p>En efecto, basta lanzar una ojeada sobre Mannheim para juzgar al instante, viendo sus casas honestamente</p>
<p>alineadas, su división en cuatro barrios, sus calles anchas y bellas donde puntea la hierba, su fuente mitológica, su</p>
<p>paseo sombreado por una doble hilera de acacias que la atraviesa de un extremo al otro; para juzgar, digo, lo dulce y</p>
<p>fácil que sería la vida en semejante paraíso si a veces las pasiones amorosas o políticas no pusieran una pistola en la</p>
<p>mano de Werther o un puñal en la mano de Sand.</p>
<p>Hay, sobre todo, una plaza que tiene un carácter muy particular, aquella en que se elevan la iglesia y el teatro.</p>
<p>Iglesia y teatro debieron ser construidos al mismo tiempo, probablemente también hacia mediados del pasado</p>
<p>siglo, cuando los caprichos de una favorita influían sobre el arte hasta el punto de que toda una zona del arte tomaba</p>
<p>su nombre, desde la iglesia hasta la pequeña casa, desde la estatua de bronce de diez codos hasta la figurita en</p>
<p>porcelana de Sajonia.</p>
<p>La iglesia y el teatro de Mannheim pertenecen, pues, al estilo pompadour.</p>
<p>La iglesia tiene dos nichos exteriores; en uno de esos nichos hay una Minerva, y en el otro una Hebe. La puerta</p>
<p>del teatro está rematada por dos esfinges. Esas dos esfinges representan una a la Comedia, otra a la Tragedia.</p>
<p>La primera de esas dos esfinges mantiene bajo su pata una máscara, la segunda un puñal. Las dos están tocadas</p>
<p>con un moño empolvado que se añade maravillosamente a su carácter egipcio.</p>
<p>Por lo demás, toda la plaza, casas contorneadas, árboles rizados, murallas almenadas, tienen el mismo carácter y</p>
<p>forman un conjunto de los más atractivos.</p>
<p>Pues bien, a un cuarto situado en el primer piso de una casa cuyas ventanas dan de través sobre el pórtico de la</p>
<p>iglesia de los jesuitas, es a donde vamos a guiar a nuestros lectores, haciéndoles observar solamente que los</p>
<p>rejuvenecemos en más de medio siglo, y que estamos en el año de gracia o de desgracia de 1793, y en el domingo</p>
<p>diez del mes de mayo. Todo está floreciendo: las algas a orillas del río, las margaritas en la pradera, el espino blanco</p>
<p>en los setos, la rosa en los jardines, el amor en los corazones. Ahora añadamos esto: que uno de los corazones que</p>
<p>latían con mayor violencia en la ciudad de Mannheim y en los alrededores era el del joven que vivía en ese pequeño</p>
<p>cuarto del que acabamos de hablar, y cuyas ventanas daban de través sobre el pórtico de la iglesia de los jesuitas.</p>
<p>Habitación y joven merecen por separado una descripción particular.</p>
<p>La habitación, a buen seguro, era la de un espíritu caprichoso y pintoresco a la vez, porque tenía al mismo tiempo</p>
<p>el aspecto de un taller, de un almacén de música y de un gabinete de trabajo.</p>
<p>Había una paleta, pinceles y un caballete, y sobre ese caballete un esbozo comenzado.</p>
<p>Había una guitarra, una viola de amor y un piano, y sobre ese piano una sonata abierta.</p>
<p>Había una pluma, tinta y papel, y sobre ese papel un comienzo de balada garrapateada.</p>
<p>Luego, a lo largo de las paredes, arcos, flechas, ballestas del siglo XV, grabados del XVI, arcones dé todas las</p>
<p>épocas, vasos de beber de todas las formas, aguamaniles de todas las especies, y, por último, collares de cristal,</p>
<p>abanicos de plumas, lagartos empajados, flores secas, todo un mundo; pero todo un mundo que no valía veinticinco</p>
<p>táleros en dinero contante.</p>
<p>El que habitaba aquel cuarto ¿era un pintor, un músico o un poeta? Lo ignoramos.</p>
<p>Pero a buen seguro era un fumador; porque en medio de todas sus colecciones, la colección más completa, la que</p>
<p>estaba más a la vista, la colección que ocupaba el puesto de honor y se abría al sol encima de un viejo canapé, al</p>
<p>alcance de la mano, era una colección de pipas.</p>
<p>Pero fuera poeta, músico, pintor o fumador, por el momento no fumaba, no pintaba, no escribía ni componía.</p>
<p>No, miraba.</p>
<p>Miraba inmóvil, de pie, apoyado contra la pared, conteniendo el aliento; miraba por su ventana abierta, después de</p>
<p>haberse hecho una muralla con la cortina para ver sin ser visto; miraba como se mira cuando los ojos no son más que</p>
<p>el anteojo del corazón.</p>
<p>¿Qué miraba?</p>
<p>Un lugar perfectamente solitario por ahora, el pórtico de la iglesia de los jesuitas.</p>
<p>Es cierto que ese pórtico estaba vacío porque la iglesia estaba llena.</p>
<p>Ahora, ¿qué aspecto tenía el que habitaba ese cuarto, el que miraba detrás de esa cortina, aquel cuyo corazón latía</p>
<p>de aquella forma al mirar?</p>
<p>Era un joven de dieciocho años todo lo más, de pequeña estatura, enjuto de cuerpo, salvaje de aspecto. Sus largos</p>
<p>cabellos negros caían de su frente hasta debajo de sus ojos, que velaban cuando no los apartaba con la mano y, a</p>
<p>través del velo de sus cabellos, su mirada brillaba fija y feroz, como la mirada de un hombre cuyas facultades</p>
<p>mentales no conservan siempre un equilibrio perfecto.</p>
<p>Aquel joven no era ni un poeta, ni un pintor ni un músico: era un conjunto de todo aquello; era la pintura, la</p>
<p>música y la poesía juntas; era un conjunto extravagante, fantástico, bueno y malo, valiente y tímido, activo y</p>
<p>perezoso; en fin, este joven era Ernesto Teodoro Guillermo Hoffmann.</p>
<p>Había nacido en una rigurosa noche de invierno, en 1776, mientras soplaba el viento, mientras caía la nieve,</p>
<p>mientras todo lo que no es rico sufría; había nacido en Koenigsberg, en el fondo de la vieja Prusia; había nacido tan</p>
<p>débil y tan helado, tan pobremente formado que la exigüidad de su persona hizo creer a todo el mundo que era más</p>
<p>urgente encargar una tumba que comprarle una cuna; había nacido en el mismo año que Schiller, al escribir su</p>
<p>drama de Los <i>Bandidos, </i>firmaba Schiller, <i>esclavo de Klopstock, </i>había nacido en medio de una de esas viejas</p>
<p>familias burguesas como las teníamos en Francia en la época de la Fronda, como todavía las hay en Alemania, pero</p>
<p>como pronto no las habrá en ninguna parte; nacido de una madre de temperamento enfermizo, pero de una</p>
<p>resignación profunda, lo que daba a toda su persona sufriente el aspecto de una melancolía adorable; había nacido de</p>
<p>un padre de gesto y espíritu severo, porque ese padre era consejero de lo criminal y comisario de justicia del tribunal</p>
<p>superior provincial. Alrededor de esa madre y de ese padre había tíos jueces, tíos bailíos, tíos burgomaestres, tías</p>
<p>jóvenes todavía, bellas todavía, coquetas todavía; tíos y tías, todos músicos, todos artistas, todos llenos de vigor,</p>
<p>todos alegres. Hoffmann decía haberlos visto; los recordaba ejecutando a su alrededor, niño de seis, de ocho, de diez</p>
<p>años, conciertos extraños en que cada uno tocaba uno de aquellos viejos instrumentos cuyos nombres hoy ni siquiera</p>
<p>se saben: tímpanos, rabeles, cítaras, cistres, violas de amor, violas de gamba. Cierto que nadie más que Hoffmann</p>
<p>había visto nunca a estos tíos músicos, a esas tías músicas, y que tíos y tías se habían retirado, uno tras otro, como</p>
<p>espectros, después de haber apagado, al retirarse, la luz que ardía en sus pupitres. Sin embargo, de todos aquellos</p>
<p>tíos quedaba uno. Sin embargo, de todas aquellas tías quedaba una. Esta tía era uno de los recuerdos encantadores de</p>
<p>Hoffmann.</p>
<p>En la casa en que Hoffmann había pasado su juventud, vivía una hermana de su madre, una joven de miradas</p>
<p>suaves y penetrantes hasta lo más profundo del alma; una joven dulce, espiritual, llena de finura, que, en el niño que</p>
<p>todos tenían por loco, por maníaco, por violento, veía un espíritu eminente; que era la única que lo defendía, junto</p>
<p>con su madre, por supuesto; que le predecía el genio, la gloria; predicción que más de una vez hizo acudir las</p>
<p>lágrimas a los ojos de la madre de Hoffmann; porque ella sabía que el compañero inseparable del genio y de la</p>
<p>gloria es la desgracia.</p>
<p>Esa tía era la tía Sofía.</p>
<p>Esa tía era música, como toda la familia; tocaba el laúd. Cuando Hoffmann se despertaba en su cuna, se</p>
<p>despertaba inundado por una vibrante armonía; cuando abría los ojos, veía la forma graciosa de la joven casada con</p>
<p>su instrumento. Por regla general iba vestida con un vestido verde agua con nudos rosas, y estaba acompañada de</p>
<p>ordinario por un viejo músico de piernas torcidas y peluca blanca que tocaba un bajo más grande que él, al que se</p>
<p>aferraba, subiendo y bajando como hace un lagarto con una calabaza. En ese torrente de armonía que caía como una</p>
<p>cascada de perlas de los dedos de la bella Euterpe, Hoffmann había bebido el filtro encantado que le había hecho</p>
<p>músico.</p>
<p>Por eso la tía Sofía era, como hemos dicho, uno de los recuerdos encantadores de Hoffmann.</p>
<p>No ocurría lo mismo con su tío.</p>
<p>La muerte del padre de Hoffmann, la enfermedad de su madre, le habían dejado en manos de ese tío. Era un</p>
<p>hombre tan exacto como el pobre Hoffmann era falto de ilación, tan ordenado como el pobre Hoffmann</p>
<p>extrañamente fantástico, y cuyo espíritu de orden y de exactitud se había ejercido eternamente sobre su sobrino, pero</p>
<p>siempre tan inútilmente como se había ejercido sobre sus péndulos el espíritu del emperador Carlos Quinto: por más</p>
<p>que hiciera el tío, la hora sonaba a capricho del sobrino, nunca a capricho suyo.</p>
<p>En el fondo, y sin embargo, no era, a pesar de su exactitud y su regularidad, demasiado enemigo de las artes y de</p>
<p>la imaginación el tío de Hoffmann; toleraba incluso la música, la poesía y la pintura; pero pretendía que un hombre</p>
<p>sensato no debía recurrir a tales solaces, sino después de cenar, para facilitar la digestión. Sobre este tema se había</p>
<p>regulado la vida de Hoffmann: tantas horas para el sueño, tantas horas para el estudio de derecho, tantas horas para</p>
<p>la comida, tantos minutos para la música, tantos minutos para la pintura, tantos minutos para la poesía.</p>
<p>Hoffmann habría querido invertir todo esto y decir: tantos minutos para el derecho, tantas horas para la poesía y la</p>
<p>pintura y la música; pero Hoffmann no era el amo; de ello resultó que Hoffmann había tomado horror por el derecho</p>
<p>y por su tío, y que un buen día se había escapado de Koenigsberg, con algunos táleros en el bolsillo, había llegado a</p>
<p>Heidelberg, donde había hecho un alto de unos instantes, pero donde no se había podido quedar, dada la mala</p>
<p>música que se hacía en el teatro.</p>
<p>En consecuencia, de Heidelberg se había dirigido a Mannheim, cuyo teatro, junto al cual, como hemos visto, se</p>
<p>había alojado, pasaba por rivalizar con las escenas líricas de Francia y de Italia; decimos de Francia y de Italia</p>
<p>porque no debe olvidarse que sólo cinco o seis años antes de la época a que hemos llegado había tenido lugar, en la</p>
<p>Academia real de música, la gran batalla entre Gluck y Puccini.</p>
<p>Hoffmann estaba, pues, en Mannheim, donde se alojaba junto al teatro, y donde vivía del producto de su pintura,</p>
<p>de su música y de su poesía, unido a algunos federicos de oro que su buena madre le enviaba de vez en cuando, en el</p>
<p>momento en que, arrogándonos el privilegio del Diablo cojuelo, acabamos de levantar el techo de su cuarto y de</p>
<p>mostrarlo a nuestros lectores, de pie, apoyado en la pared, inmóvil detrás de la cortina, jadeando, con los ojos</p>
<p>clavados en el pórtico de la iglesia de los jesuitas.</p>
<p><b>III. UN ENAMORADO Y UN LOCO</b></p>
<p>En el instante en que varias personas, saliendo de la iglesia de los jesuitas, aunque la misa estuviera sólo a la</p>
<p>mitad de su celebración, avivaban la atención de Hoffmann más que nunca, llamaron a su puerta. El joven sacudió la</p>
<p>cabeza y golpeó el suelo con el pie en un movimiento de impaciencia, pero no respondió.</p>
<p>Llamaron por segunda vez.</p>
<p>Una mirada torva fue a fulminar al indiscreto a través de la puerta.</p>
<p>Llamaron por tercera vez.</p>
<p>En esta ocasión el joven se quedó completamente inmóvil; era evidente que estaba decidido a no abrir. Pero en</p>
<p>lugar de obstinarse en llamar, el visitante se contentó con pronunciar uno de los nombres de Hoffmann.</p>
<p>-Teodoro -dijo.</p>
<p>-¡Ah, eres tú, Zacharías Werner! -murmuró Hoffmann.</p>
<p>-Sí, soy yo; ¿quieres estar solo? -No, espera.</p>
<p>Y Hoffmann fue a abrir.</p>
<p>Un joven alto, pálido, delgado y rubio, algo asustado, entró.</p>
<p>Podía tener tres o cuatro años más que Hoffmann. En el momento en que se abría la puerta, le puso la mano sobre</p>
<p>el hombro y los labios sobre la frente, como hubiera podido hacer un hermano mayor.</p>
<p>Era, en efecto, un verdadero hermano para Hoffmann. Nacido en la misma casa que él, Zacharías Werner, el</p>
<p>futuro autor de <i>Martín Lutero, </i>de <i>Atila, </i>de El 24 <i>de febrero, </i>de <i>La Cruz del Báltico, </i>había crecido bajo la doble</p>
<p>protección de su madre y de la madre de Hoffmann.</p>
<p>Las dos mujeres, alcanzadas por una afección nerviosa que acabó en locura, habían transmitido a sus hijos esta</p>
<p>enfermedad que, atenuada por la transmisión, se tradujo en imaginación fantástica en Hoffmann y en disposición</p>
<p>melancólica para Zacharías. La madre de este último se creía encargada, por instigación de la Virgen, de una misión</p>
<p>divina. Su hijo, su Zacharías debía ser el nuevo Cristo, el futuro Siloé prometido por las Escrituras. Mientras dormía,</p>
<p>ella le tejía coronas de acianos, con las que ceñía su frente; se arrodillaba ante él, cantando, con su voz dulce y</p>
<p>armoniosa, los cánticos más hermosos de Lutero, esperando en cada versículo ver la corona de acianos trocarse en</p>
<p>aureola.</p>
<p>Los dos niños fueron educados juntos; precisamente porque Zacharías vivía en Heidelberg, donde estudiaba,</p>
<p>Hoffmann había huido de casa de su tío, y, a su vez, Zacharías, devolviendo a Hoffmann amistad por amistad, había</p>
<p>dejado Heidelberg y se había reunido con Hoffmann en Mannheim, cuando Hoffmann había ido a buscar en</p>
<p>Mannheim una música mejor que la que encontrara en Heidelberg.</p>
<p>Pero una vez reunidos, una vez en Mannheim, lejos de la autoridad de esa madre tan dulce, los dos jóvenes habían</p>
<p>tomado afición a los viajes, ese complemento indispensable de la educación del estudiante alemán, y habían</p>
<p>decidido visitar París.</p>
<p>Werner, a causa del extraño espectáculo que debía presentar la capital de Francia en medio del terror a que había</p>
<p>llegado.</p>
<p>Hoffmann, para comparar la música francesa con la música italiana, y, sobre todo, para estudiar los recursos de la</p>
<p>ópera francesa como puesta en escena y decorados; Hoffmann tenía ya desde esa época la idea que acarició toda su</p>
<p>vida de convertirse en director de teatro.</p>
<p>Werner, libertino por temperamento, aunque religioso por educación, esperaba al mismo tiempo aprovechar para</p>
<p>su placer esa extraña libertad de costumbres a la que se había llegado en 1793, y de la que uno de sus amigos, vuelto</p>
<p>hacía poco de un viaje a París, le había hecho una descripción tan seductora que esa descripción había enloquecido</p>
<p>la cabeza del voluptuoso estudiante.</p>
<p>Hoffmann esperaba ver los museos de los que le habían hablado maravillas, y, fluctuante todavía en su carácter,</p>
<p>comparar la pintura italiana con la pintura alemana.</p>
<p>Cualesquiera que fuesen, además, los motivos secretos que impulsaban a los dos amigos, el deseo de visitar</p>
<p>Francia era igual en los dos.</p>
<p>Para cumplir ese deseo, sólo les faltaba una cosa, dinero. Pero por una extraña coincidencia, el azar había querido</p>
<p>que Zacharías y Hoffmann recibieran el mismo día, cada uno de ellos, de su madre cinco federicos de oro.</p>
<p>Diez federicos de oro eran en total, poco más o menos, doscientas libras, bonita suma para dos estudiantes que</p>
<p>vivían alojados, calentados y alimentados por cinco táleros al mes. Pero esa suma era muy insuficiente para realizar</p>
<p>el famoso viaje proyectado.</p>
<p>A los dos jóvenes se les había ocurrido una idea, y como esa idea se les había ocurrido a los dos a la vez, la habían</p>
<p>tomado por inspiración del cielo.</p>
<p>Era ir al juego y arriesgar los dos los cinco federicos de oro.</p>
<p>Con aquellos diez federicos no había viaje posible. Arriesgando los diez federicos se podía ganar una suma para</p>
<p>dar la vuelta al mundo.</p>
<p>Dicho y hecho: se acercaba la temporada de las aguas, y desde el primero de mayo estaban abiertas las casas de</p>
<p>juego: Werner y Hoffmann entraron en una casa de juego.</p>
<p>Werner fue el primero en intentar fortuna, y perdió en cinco jugadas sus cinco federicos de oro.</p>
<p>Le tocaba a Hoffmann.</p>
<p>Hoffmann aventuró temblando su primer federico de oro y ganó.</p>
<p>Alentado por este comienzo, duplicó la apuesta. Hoffmann estaba en un buen día: ganaba cuatro jugadas de cada</p>
<p>cinco, y el joven era de esos que confían en la fortuna. En lugar de vacilar, marchó decididamente de parolis <i>en</i></p>
<p>parolis, se hubiera dicho que tenía un poder sobrenatural que lo secundaba; decidida su combinación, sin cálculo</p>
<p>alguno, lanzaba su oro sobre una carta y su oro se duplicaba, se triplicaba, se quintuplicaba. Zacharías, temblando</p>
<p>más que un calenturiento, más pálido que un espectro, murmuraba: «Basta, Teodoro, basta»; pero el jugador se</p>
<p>burlaba de esa timidez pueril. El oro seguía al oro, y el oro engendraba oro. Finalmente, sonaron las dos de la</p>
<p>mañana, era la hora de cierre del establecimiento y cesó el juego; los dos jóvenes, sin contarlo, cogieron cada uno su</p>
<p>carga de oro. Zacharías, que no podía creer que toda aquella fortuna fuera de él, fue el primero en salir; Hoffmann</p>
<p>iba a seguirle cuando un viejo oficial, que no le había perdido de vista durante todo el tiempo que había jugado, le</p>
<p>detuvo cuando iba a franquear el umbral.</p>
<p>Joven -le dijo poniéndole la mano en el hombro y mirándole fijamente-, si usted sigue así hará saltar la banca;</p>
<p>pero cuando haya saltado la banca, usted no será sino una presa más segura para el diablo.</p>
<p>Y sin esperar la respuesta de Hoffmann, desapareció. Hoffmann salió a su vez, pero ya no era el mismo. La</p>
<p>predicción del viejo soldado le había enfriado como un baño de agua helada, y aquel oro que llenaba sus bolsillos le</p>
<p>pesaba. Parecía llevar su carga de iniquidades.</p>
<p>Werner le esperaba gozoso. Los dos volvieron juntos al cuarto de Hoffmann, el uno riendo, bailando, cantando; el</p>
<p>otro pensativo, casi sombrío.</p>
<p>El que reía, bailaba y cantaba era Werner; el que estaba pensativo y casi sombrío era Hoffmann.</p>
<p>Los dos, por lo demás, decidieron salir al día siguiente por la noche para Francia.</p>
<p>Se separaron abrazándose.</p>
<p>Hoffmann, una vez solo, contó su oro.</p>
<p>Tenía cinco mil táleros, veintitrés o veinticuatro mil francos.</p>
<p>Reflexionó largo tiempo y pareció adoptar una resolución difícil.</p>
<p>Mientras reflexionaba a la luz de una lámpara de cobre que iluminaba el cuarto, su rostro estaba pálido y por su</p>
<p>frente corría a chorros el sudor.</p>
<p>A cada ruido que se hacía a su alrededor, por imperceptible que fuera el ruido como el estremecimiento del ala de</p>
<p>un moscón, Hoffmann se estremecía, se volvía y miraba a su alrededor con espanto.</p>
<p>La predicción del oficial volvía a su mente, murmuraba en voz baja versos del Fausto y le parecía ver, en el</p>
<p>umbral, el ratón roedor; en el ángulo de su cuarto, el perro de aguas negro.</p>
<p>Por fin tomó una decisión.</p>
<p>Puso a un lado mil táleros, que consideraba la suma completamente necesaria para su viaje, hizo un paquete con</p>
<p>los otros cuatro mil; luego, en el paquete pegó una tarjeta con cera, y escribió sobre la tarjeta:</p>
<p>Al señor burgomaestre de Koenigsberg, para ser repartido entre las familias más pobres de la ciudad. Luego,</p>
<p>contento con la victoria que acababa de conseguir sobre sí mismo, reanimado por lo que acababa de hacer, se</p>
<p>desnudó, se acostó y durmió de un tirón hasta el día siguiente a las siete de la mañana. A las siete se despertó, y su</p>
<p>primera mirada fue para sus mil táleros visibles y sus cuatro mil táleros ocultos. Creía haber tenido un sueño.</p>
<p>La vista de los objetos le aseguró de la realidad de lo que le había ocurrido la víspera.</p>
<p>Pero lo que para Hoffmann era sobre todo una realidad, aunque no hubiera allí ningún objeto material para</p>
<p>recordárselo, era la predicción del viejo oficial.</p>
<p>Por eso, sin pesar alguno, se vistió como de costumbre y, cogiendo sus cuatro mil táleros, iba a llevarlos él mismo</p>
<p>hasta la diligencia de Koenigsberg, después de haber tenido la precaución de guardar los mil táleros restantes en un</p>
<p>cajón.</p>
<p>Luego, como estaba acordado, como se recordará, que los dos amigos partirían aquella misma noche para Francia,</p>
<p>Hoffmann se puso a hacer sus preparativos de viaje.</p>
<p>Yendo y viniendo, limpiando el polvo de un traje, plegando una camisa, metiendo dos pañuelos, Hoffmann lanzó</p>
<p>una mirada a la calle y se quedó en la postura en que estaba.</p>
<p>Una joven de dieciséis a diecisiete años, encantadora, extraña ciertamente a la ciudad de Mannheim, dado que</p>
<p>Hoffmann no la conocía, venía del extremo opuesto de la calle y se dirigía hacia la iglesia.</p>
<p>En sus sueños de poeta, de pintor y de músico, Hoffmann no había visto nunca nada semejante. Era algo que</p>
<p>superaba no sólo todo lo que había visto, sino incluso todo lo que esperaba ver.</p>
<p>Y, sin embargo, a la distancia a que se encontraba, no veía más que un conjunto encantador: los detalles se le</p>
<p>escapaban.</p>
<p>La joven iba acompañada de una vieja sirviente. Las dos subieron despacio los peldaños de la escalera de los</p>
<p>jesuitas y desaparecieron bajo el pórtico. Hoffmann dejó su maleta medio hecha, un traje medio sacudido, su levita</p>
<p>de alamares medio plegada, y se quedó inmóvil detrás de su cortina.</p>
<p>Así es como lo hemos encontrado, esperando a la salida de aquella a la que había visto entrar.</p>
<p>Sólo temía una cosa: que fuera un ángel, y que, en lugar de salir por la puerta, volara por la ventana para remontar</p>
<p>a los cielos.</p>
<p>Es en esa situación en la que lo hemos encontrado y en la que su amigo Zacharías Werner lo ha encontrado</p>
<p>después de nosotros.</p>
<p>El recién llegado apoyó al mismo tiempo, como hemos dicho, su mano sobre el hombro y sus labios sobre la</p>
<p>frente de su amigo.</p>
<p>Luego lanzó un enorme suspiro.</p>
<p>Aunque Zacharías Werner estuviera siempre muy pálido, estaba todavía más pálido que de costumbre. -¿Qué te</p>
<p>pasa? -le preguntó Hoffmann con una inquietud real.</p>
<p>-Amigo mío -exclamó Werner-. Soy un sinvergüenza&#8230; soy un miserable; merezco la muerte&#8230; párteme la cabeza</p>
<p>con un hacha, atraviésame el corazón con una flecha. Ya no soy digno de ver la luz del cielo.</p>
<p>-Bah -preguntó Hoffmann con la plácida distracción del hombre feliz-, ¿qué ha pasado, querido amigo?</p>
<p>-Ha pasado&#8230; ¿Qué ha pasado, verdad? ¿Y tú me preguntas qué ha pasado?&#8230; Pues bien, amigo, el diablo me ha</p>
<p>tentado.</p>
<p>-¿Qué quieres decir?</p>
<p>-Que cuando he visto esta mañana todo ese oro, había tanto que me pareció que era un sueño. -¡Cómo! ¿Un</p>
<p>sueño?</p>
<p>-Había toda una pequeña mesa cubierta de oro -continuó Werner-. Cuando lo vi, cuando vi aquella auténtica</p>
<p>fortuna, mil federicos de oro, pues cuando lo vi, cuando de cada moneda vi saltar un rayo, me dejé dominar por la</p>
<p>rabia, no pude resistirlo, cogí la tercera parte de mi oro y fui a jugarlo.</p>
<p>-¿Y has perdido?</p>
<p>-¡Hasta mi último kreutzer!</p>
<p>-¿Qué más da? Es una pequeña desgracia, puesto que te quedan los otros dos tercios.</p>
<p>-¡Ah, sí, los otros dos tercios! Volví a casa a buscar el segundo tercio y&#8230;</p>
<p>-¿Y lo has perdido como el primero? -Más rápido, amigo, más rápido.</p>
<p>-Y luego has vuelto a buscar tu tercer tercio. -No he vuelto, he volado; he cogido los cien táleros restantes y los he</p>
<p>puesto sobre el tapete.</p>
<p>-Entonces ha salido la bola negra, ¿no es eso? Ay, amigo, la negra, la horrible negra, sin vacilar, sin</p>
<p>remordimiento, como si al salir no se llevase mi última esperanza. Salió, amigo mío, salió.</p>
<p>-Y sólo te lamentas por los mil federicos a causa de tu viaje&#8230;</p>
<p>-Sólo por eso. Oh, si hubiera apartado al menos la cantidad para ir a París, quinientos táleros.</p>
<p>-¿Te consolarías de haber perdido el resto? -Ahora mismo.</p>
<p>-Pues no te preocupes, querido Zacharías -dijo Hoffmann llevándole hacia su cajón-; toma, ahí tienes los</p>
<p>quinientos táleros, vete.</p>
<p>-¿Cómo, que me vaya? -exclamó Werner-. ¿Y tú? -Bueno, no, no parto.</p>
<p>-¿Cómo que no partes?</p>
<p>-No, por lo menos en este momento.</p>
<p>-Pero, ¿por qué? ¿Por qué razón? ¿Qué te impide partir? ¿Qué te retiene en Mannheim?</p>
<p>Hoffmann arrastró vivamente a su amigo hacia la ventana. Empezaban a salir de la iglesia, la misa había</p>
<p>terminado.</p>
<p>-Mira, mira -dijo señalando con el dedo a alguien para que Werner mirara.</p>
<p>Y, en efecto, la joven desconocida aparecía en lo alto del pórtico, descendiendo despacio los escalones de la</p>
<p>iglesia, con su misal contra el pecho, la cabeza baja, modesta y pensativa como la Margarita de Goethe. -¿Ves? -</p>
<p>murmuraba Hoffmann-. ¿Ves?</p>
<p>-Claro que veo. -Y, ¿qué dices?</p>
<p>-Digo que no hay mujer en el mundo que valga sacrificar un viaje a París, aunque sea la hermosa Antonia, aunque</p>
<p>sea la hija del viejo Gottlieb Murr, el nuevo director de orquesta del teatro de Mannheim. -¿La conoces entonces?</p>
<p>-Claro.</p>
<p>-¿Conoces entonces a su padre?</p>
<p>-Era el director de orquesta en el teatro de Francfort. -¿Y puedes darme una carta de presentación para él? -Desde</p>
<p>luego.</p>
<p>-Ponte ahí, Zacharías, y escribe. Zacharías se sentó ante la mesa y escribió.</p>
<p>En el momento en que partía para Francia, recomendaba a su joven amigo Teodoro Hoffmann a su viejo amigo</p>
<p>Gottlieb Murr.</p>
<p>Hoffmann apenas si dio tiempo a Zacharías de acabar la carta; una vez puesta la firma, la cogió y, abrazando a su</p>
<p>amigo, se lanzó fuera del cuarto.</p>
<p>-Es lo mismo -le gritó por última vez Zacharías Werner-, verás que no hay mujer, por hermosa que sea, que pueda</p>
<p>hacerte olvidar París.</p>
<p>Hofmann oyó las palabras de su amigo, pero no se dignó volverse para responderle, ni siquiera mediante una señal</p>
<p>de aprobación o de desaprobación.</p>
<p>En cuanto a Zacharías Werner, se metió los quinientos táleros en el bolsillo, y, para no verse tentado por el</p>
<p>demonio del juego, corrió tan deprisa hacia la posada de las Mensajerías como Hofmann corría hacia la casa del</p>
<p>viejo director de orquesta.</p>
<p>Hofmann llamaba a la puerta de maese Gottlieb Murr en el mismo momento en que Zacharías Werner montaba en</p>
<p>la diligencia de Estrasburgo.</p>
<p><b>IV. MAESE GOTTLIEB MURR</b></p>
<p>Fue el director de orquesta quien abrió en persona a Hoffmann.</p>
<p>Hoffmann no había visto nunca a maese Gotdieb, y sin embargo le reconoció.</p>
<p>Aquel hombre, aunque grotesco, no podía ser más que un artista, un gran artista incluso.</p>
<p>Era un viejecito de cincuenta y cinco a sesenta años, con una pierna torcida, y sin embargo no cojeaba demasiado</p>
<p>de aquella pierna, que se parecía a un sacacorchos. Al caminar -o más bien al brincar, y su brinco se parecía mucho</p>
<p>al de un aguzanieves-, al brincar y al ir delante de las personas que introducía en su casa, se detenía, haciendo una</p>
<p>pirueta sobre su pierna torcida, lo que le daba aire de estar hundiendo una barrena en tierra, y proseguía su camino.</p>
<p>Mientras le seguía, Hoffmann lo examinaba y grababa en su mente uno de esos fantásticos y maravillosos retratos</p>
<p>de los que nos ha dado en sus obras una galería tan completa.</p>
<p>El rostro del viejo era entusiasta, fino y espiritual a un tiempo, recubierto por una piel apergaminada, moteada de</p>
<p>rojo y negro como una página de canto llano. En medio de aquella extraña cara brillaban dos ojos vivos de los que</p>
<p>podía apreciarse mejor la mirada aguda, precisamente porque las gafas que llevaba, y que no se quitaba nunca, ni</p>
<p>siquiera en su sueño, estaban constantemente alzadas sobre su frente o bajadas sobre la punta de su nariz. Sólo</p>
<p>cuando tocaba el violín, al levantar la cabeza y al mirar a distancia, terminaba por utilizar aquel pequeño mueble que</p>
<p>parecía ser en él un objeto de lujo que de necesidad.Su cabeza era calva y estaba constantemente abrigada por una</p>
<p>gorra negra, que se había convertido en parte inherente de su persona. Día y noche, maese Gottlieb se presentaba</p>
<p>ante sus visitantes con su gorra. Cuando salía de casa se contentaba con poner encima una pequeña peluca a lo Jean-</p>
<p>Jacques. De suerte que la gorra se encontraba cogida entre el cráneo y la peluca. También hay que decir que maese</p>
<p>Gottlieb no se inquietaba para nada de la porción de terciopelo que aparecía bajo sus falsos cabellos, que tenían más</p>
<p>afinidad con el gorro que con la cabeza y acompañaban al sombrero en su excursión aérea siempre que maese</p>
<p>Gottlieb saludaba.</p>
<p>Hoffmann miró a su alrededor pero no vio a nadie. Siguió, pues, a maese Gottlieb donde maese Gottlieb, que</p>
<p>como hemos dicho iba delante, quiso llevarle.</p>
<p>Maese Gottlieb se detuvo en un gran gabinete lleno de partituras amontonadas y de hojas de música volanderas;</p>
<p>encima de una mesa había diez o doce cajas más o menos ordenadas, todas las cuales tenían esa forma con la que un</p>
<p>músico no se equivoca, es decir, la forma de un estuche de violín.</p>
<p>Por el momento, maese Gotdieb estaba disponiendo para el teatro de Mannheim, en el que quería hacer un ensayo</p>
<p>de música italiana, el <i>Matrimonio segreto </i>de Cimarosa.</p>
<p>Por su cintura había pasado, o mejor estaba mantenido por el bolsillo abotonado de sus pantalones, un arco, como</p>
<p>el sable de Arlequín; detrás de su oreja se erguía orgullosamente una pluma, y sus dedos estaban manchados de tinta.</p>
<p>Con esos dedos manchados de tinta cogió la carta que le presentaba Hoffmann; luego, lanzando una ojeada sobre</p>
<p>las señas y reconociendo la escritura, dijo:</p>
<p>-¡Ah, Zacharías Werner, poeta, poeta, pero jugador! -luego, como si la cualidad corrigiese algo el defecto, añadió-</p>
<p>: ¡Jugador, jugador, pero poeta! Luego abrió la carta.</p>
<p>-Se ha ido, ¿verdad? ¡Se ha ido!</p>
<p>-Se va, señor, en este mismo momento.</p>
<p>-Dios le guíe -añadió Gottlieb alzando los ojos al cielo como para recomendar su amigo a Dios-. Pero ha hecho</p>
<p>bien en partir. Los viajes forjan la juventud, y si yo no hubiera viajado no conocería al inmortal Pasiello ni al divino</p>
<p>Cimarosa.</p>
<p>-Pero no por esto conocerá usted peor sus obras, maese Gottlieb -dijo Hoffmann.</p>
<p>-Oh, sus obras, desde luego; pero, ¿qué supone conocer la obra sin el artista? Es lo mismo que conocer el alma sin</p>
<p>el cuerpo; la obra es el espectro, es la aparición; la obra es lo que queda de nosotros después de nuestra muerte. Pero</p>
<p>el cuerpo es lo que ha vivido: nunca podrá comprender por entero la obra de un hombre si no ha conocido al hombre</p>
<p>mismo. Hoffmann hizo una señal con la cabeza.</p>
<p>-Es cierto -dijo-, y nunca he apreciado completamente a Mozart sino después de haber visto a Mozart.</p>
<p>-Sí, sí -dijo Gottlieb-, Mozart tiene cosas buenas; pero, ¿por qué tiene cosas buenas? Porque viajó a Italia. La</p>
<p>música alemana, joven, es la música de los hombres; pero recuerde bien esto, la música italiana es la música de los</p>
<p>dioses.</p>
<p>-Sin embargo -contestó Hoffmann sonriendo-, no es en Italia donde Mozart escribió <i>Las bodas de Fígaro y Don</i></p>
<p><i>Juan, </i>puesto que lo uno lo escribió en Viena para el emperador, y lo otro en Praga para el teatro italiano.</p>
<p>-Es cierto, joven, es cierto, y me gusta ver en usted ese espíritu nacional que le hace defender a Mozart. Sí, desde</p>
<p>luego, si el pobre diablo hubiera vivido y hubiera hecho uno o dos viajes a Italia, habría sido un maestro, un</p>
<p>grandísimo maestro. Pero ese <i>Don Juan </i>del que usted habla, ese <i>Matrimonio de Fígaro </i>de que usted habla, ¿sobre</p>
<p>qué los hizo? Sobre los <i>libretti </i>italianos, sobre letras italianas, bajo un reflejo de sol de Bolonia, de Roma o de</p>
<p>Nápoles. Créame, joven, ese sol hay que haberlo visto, hay que haberlo sentido para apreciar su valor. Mire, yo dejé</p>
<p>Italia hace cuatro años; desde hace cuatro años estoy helado, excepto cuando pienso en Italia; el pensamiento sólo</p>
<p>me reanima; no necesito capa cuando pienso en Italia; no necesito traje, no necesito siquiera gorra. El recuerdo me</p>
<p>reaviva: ¡Oh, música de Bolonia! ¡Oh, sol de Nápoles! ¡Oh&#8230;!</p>
<p>Y el rostro del viejo expresó por un momento una beatitud suprema y todo su cuerpo pareció estremecerse por un</p>
<p>goce infinito, como si los torrentes del sol meridional, inundando aún su cabeza, corriesen desde su frente calva</p>
<p>hasta sus hombros, y de sus hombros a toda su persona.</p>
<p>Hoffmann se guardó mucho de sacarle de su éxtasis, porque lo aprovechó para mirar a su alrededor, esperando ver</p>
<p>a Antonia. Pero las puertas estaban cerradas, y no se oía ningún ruido detrás de ninguna de aquellas puertas que</p>
<p>denunciase la presencia de un ser vivo.</p>
<p>Tuvo, pues, que volver a maese Gottlieb, cuyo éxtasis iba calmándose poco a poco, y que terminó por salir de él</p>
<p>con una especie de temblor.</p>
<p>-¡Brrrrr!, joven, ¿qué decía usted? Hoffmann vibró.</p>
<p>-Digo, maese Gottlieb, que vengo de parte de m¡ amigo Zacharías Werner, que me ha hablado de su bondad con</p>
<p>los jóvenes, y como soy músico&#8230; -¡Ah, es usted músico!</p>
<p>Y Gottlieb se enderezó, levantó la cabeza, la echó hacia atrás, y a través de sus gafas, puestas momentáneamente</p>
<p>en los últimos confines de su nariz, miró a Hoffmann.</p>
<p>-Sí, sí -añadió-, cabeza de músico, frente de músico, ojo de músico. ¿Qué es usted? ¿Compositor o instrumentista?</p>
<p>-Lo uno y lo otro, maese Gottlieb.</p>
<p>-¡Lo uno y lo otro! -dijo maese Gottlieb. Lo uno y lo otro. Estos jóvenes no tienen miedo a nada. Se necesitaría</p>
<p>toda la vida de un hombre, de dos hombres, de tres hombres sólo para ser lo uno o lo otro, y ellos son lo uno y lo</p>
<p>otro.</p>
<p>Y giró sobre sí mismo, levantando los brazos al cielo, con aire de hundir en el piso el sacacorchos de su pierna</p>
<p>derecha.</p>
<p>Luego, terminó la pirueta deteniéndose ante Hoffmann:</p>
<p>-Veamos, joven presuntuoso, ¿qué has hecho en composición?</p>
<p>-Pues sonatas, cantos sagrados, quintetos. -¡Sonatas después de Juan Sebastián Bach! ¡Cantos sagrados después de</p>
<p>Pergolese! <i>¡Quintetti </i>después de Francisco José Haydn! ¡Ah, juventud, juventud! Luego, con un sentimiento de</p>
<p>profunda piedad, continuó:</p>
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		<title>Cumbres Borrascosas</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Aug 2010 05:09:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

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		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/cumbres-borrascosas/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p>Emily Brontë</p> <p>-----------------</p> <p>Cumbres Borrascosas</p> <p>CAPÍTULO PRIMERO</p> <p>He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a</p> <p>inquietarme por más de una causa. En este bello país, que ningún misántropo hubiese podido encontrar más</p> <p>agradable en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo habríamos hecho una pareja ideal de compañeros.</p> <p>Porque ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/cumbres-borrascosas/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><b>Emily Brontë</b></p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p>Cumbres Borrascosas</p>
<p><b>CAPÍTULO PRIMERO</b></p>
<p><b>He </b>vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a</p>
<p>inquietarme por más de una causa. En este bello país, que ningún misántropo hubiese podido encontrar más</p>
<p>agradable en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo habríamos hecho una pareja ideal de compañeros.</p>
<p>Porque ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso que no mostró reparar en la espontánea simpatía</p>
<p>que me inspiró. Por el contrario, metió los dedos más profundamente en los bolsillos de su chaleco y sus</p>
<p>ojos desaparecieron entre sus párpados cuando me oyó pronunciar mi nombre y preguntarle:</p>
<p>-¿El señor Heathcliff?</p>
<p>Él asintió con la cabeza.</p>
<p> <span id="more-20176"></span>
</p>
<p>-Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que supongo que mi insistencia en alquilar la</p>
<p>«Granja de los Tordos» no le habrá causado molestia.</p>
<p>-Puesto que la casa es mía -respondió apartándose de mí- no hubiese consentido que nadie me molestase</p>
<p>sobre ella, si así se me antojaba. Pase.</p>
<p>Rezongó aquel «pase» entre dientes, con aire tal como si quisiera mandarme al diablo. Ni tocó siquiera la</p>
<p>puerta en confirmación de lo que decía. Esto bastó para que yo resolviese entrar, interesado por aquel</p>
<p>sujeto, al parecer más reservado que yo mismo. Y como mi caballo empujase la barrera, él soltó la cadena</p>
<p>de la puerta y me precedió, con torvo aspecto, hacia el patio, donde dijo a gritos:</p>
<p>-¡José! ¡Llévate el caballo de este señor y danos vino!</p>
<p>Puesto que ambas órdenes se dirigían a un solo criado, juzgué que toda la servidumbre se reducía a él.</p>
<p>Por eso entre las baldosas del patio medraban hierbajos y los setos estaban sin recortar, sólo mordisqueadas</p>
<p>sus hojas por el ganado.</p>
<p>José era hombre entrado en años, aunque sano y fuerte. Lanzó un contrariado «¡Dios nos valga!» y,</p>
<p>mientras se llevaba el caballo, me miró con tanta malignidad que preferí suponer que impetraba el socorro</p>
<p>divino para digerir bien la comida y no con motivo de mi presencia.</p>
<p>A la casa donde vivía el señor Heathcliff se la llamaba «Cumbres Borrascosas» en el dialecto local. El</p>
<p>nombre traducía bien los rigores que allí desencadenaba el viento cuando había tempestad. Ventilación no</p>
<p>faltaba sin duda. Se advertía lo mucho que azotaba el aire en la inclinación de unos pinos cercanos y en el</p>
<p>hecho de que los matorrales se doblegaban en un solo sentido, como si se prosternasen ante el sol. El</p>
<p>edificio era sólido, de espesos muros a juzgar por lo hondo de las ventanas, y protegidos por grandes</p>
<p>guardacantones.</p>
<p>Parándome, miré los ornamentos de la fachada. Sobre la puerta, una inscripción decía «Hareton</p>
<p>Earnshaw, 15OO». Aves carniceras de formas extrañas y niños en posturas lascivas enmarcaban la</p>
<p>inscripción. Aunque me hubiese gustado comentar todo aquello con el rudo dueño de la casa, no quise</p>
<p>aumentar con esto la impaciencia que parecía evidenciar mientras me miraba desde la puerta como</p>
<p>instándome a que entrase de una vez o me marchara.</p>
<p>Por un pasillo llegamos al salón que en la comarca llaman siempre «la casa», y al que no preceden otras</p>
<p>piezas. Esa sala suele abarcar comedor y cocina, pero yo no vi cocina, o mejor dicho no vi signos de que en</p>
<p>el enorme larse guisase nada. Pero en un ángulo oscuro se percibía rumor de cacharros. De las paredes no</p>
<p>pendían cazuelas ni utensilios de cocina. En un rincón se levantaba un aparador de roble con grandes pilas</p>
<p>de platos, sin que faltasen jarras y tazas de plata. Encima del aparador había tortas de avena y perniles</p>
<p>curados de vaca, cerdo y carnero. Colgaban sobre la chimenea escopetas viejas, de cañones herrumbrosos y</p>
<p>unas pistolas de arzón. Se veían encima del mármol tres tarros de vivo colorido. El suelo era de piedra lisa</p>
<p>y blanca. Había sillas de forma antigua, pintadas de verde, con altos respaldos.</p>
<p>En los rincones se acurrucaban perros. Una hembra con sus cachorros se escondía bajo el aparador.</p>
<p>Todo era muy propio de la morada de uno de los campesinos de la región, gente recia, tosca, con calzón</p>
<p>corto y polainas. Esas salas y esos hombres sentados en ellas ante un jarro de cerveza espumeante abundan</p>
<p>en el país, mas Heathcliff contrastaba mucho con el ambiente. Por lo moreno, parecía un gitano, pero tenía</p>
<p>las maneras y la ropa de un hombre distinguido y, aunque algo descuidado en su indumentaria, su tipo era</p>
<p>erguido y gallardo.</p>
<p>Dijeme que muchos le tendrían por soberbio y grosero y que, sin embargo, no debía ser ninguna de</p>
<p>ambas cosas. Por instinto imagine su reserva, hija del deseo de ocultar sus sentimientos. Debía saber</p>
<p>disimular sus odios y simpatías y juzgar impertinente a quien se permitiera manifestarle los suyos.</p>
<p>Es probable que yo me aventurase mucho al atribuir a mi casero mi propio carácter. Quizá él regateara su</p>
<p>mano al amigo ocasional, por motivos muy diversos. Tal vez mi carácter sea único.</p>
<p>Mi madre solía decirme que yo nunca tendría un hogar feliz y lo que me ocurrió el verano último parece</p>
<p>dar la razón a mi progenitora, porque, hallándome en una playa donde pasaba un mes, conocí a una mujer</p>
<p>bellísima, realmente hechicera. Aunque nada le dije, si es cierto que los ojos hablan, los míos debían delatar</p>
<p>mi locura por ella. La joven lo notó y me correspondió con una mirada dulcísima. ¿Y qué hice? Declaro</p>
<p>avergonzado que rectifiqué, que me hundí en mí mismo como un caracol en su concha y que cada mirada</p>
<p>de la joven me hacía alejarme más, hasta que ella, probablemente desconcertada por mi actitud y</p>
<p>suponiendo haber sufrido un error, persuadió a su madre de que se fuesen.</p>
<p>Esas brusquedades y cambios me han valido fama de cruel, sin que nadie, no siendo yo mismo, sepa</p>
<p>cuánto error hay en ello.</p>
<p>Heathcliff y yo nos sentamos silenciosos ante la chimenea. La perra, separándose de sus cachorros, se</p>
<p>acercó a mí, fruncido el hocico y enseñando sus blancos dientes. Cuando quise acariciarla emitió un</p>
<p>gruñido gutural.</p>
<p>-Déjela -dijo Heathcliff haciendo coro a la perra con otro gruñido y asestándole un puntapié-. No está</p>
<p>hecha a caricias ni se la tiene para eso.</p>
<p>Incorporóse, fue hacia una puerta lateral y gritó:</p>
<p>-¡José!</p>
<p>José masculló algo en el fondo de la bodega, mas no apareció. Entonces su amo acudió en su busca.</p>
<p>Quedé solo con la perra y con otros dos mastines que me miraban atentamente. No me moví, temeroso de</p>
<p>sus colmillos, pero pensé que la mímica no les molestaría y les hice unas cuantas muecas. Fue una</p>
<p>ocurrencia muy desgraciada, porque la señora perra, ofendida sin duda por alguno de mis gestos, se</p>
<p>precipitó sobre mis pantalones. La repelí y me di prisa a refugiarme tras de la mesa, acto que puso en</p>
<p>acción a todo el ejérito caniño. Hasta seis demonios en cuatro patas confluyeron desde todos los rincones</p>
<p>en el centro de la sala. Mis talones y los faldones de mi levita fueron los más atacados. Quise defenderme</p>
<p>con el hurgón de la lurnbre, pero no bastó y tuve que pedir auxilio a voz en cuello.</p>
<p>Heathcliff y José subían con desesperada calma. La sala era un infierno de ladridos y gritos, pero ellos no</p>
<p>se apresuraban nada en absoluto. Por suerte, una rolliza criada acudió más deprisa, arremangadas las faldas,</p>
<p>rojas las mejillas por la cercanía del fogón, desnudos los brazos y en la mano una sartén, merced a cuyos</p>
<p>golpes, acompañados por varios denuestos, se calmó en el acto la tempestad. Al entrar Heathcliff, ella,</p>
<p>agitada como el océano tras un huracán, campeaba en medio de la habitación.</p>
<p>-¿Qué diablos ocurre? -preguntó mi casero con tono que juzgué intolerable tras tan inhospitalario</p>
<p>acontecimiento.</p>
<p>-De diablos es la culpa -respondí-. Los cerdos endemoniados de los Evangelios no debían encerrar más</p>
<p>espíritus malos que sus perros, señor Heathcliff. Dejar a un forastero entre ellos es igual que dejarle entre</p>
<p>un rebaño de tigres.</p>
<p>-Nunca se meten con quien no les incomoda -dijo él-. La misión de los perros es vigilar. ¿Un vaso de</p>
<p>vino?</p>
<p>-No, gracias.</p>
<p>-¿Le han mordido?</p>
<p>-En ese caso lo habría conocido usted por lo que yo habría hecho al que me mordiera.</p>
<p>-Vaya, vaya -repuso Heathcliff, con una mueca-. No se excite, señor Lockwood, y beba un poco de vino.</p>
<p>En esta casa suele haber tan pocos visitantes que ni mis perros ni yo acertamos a recibirles como merecen.</p>
<p>¡Ea, a su salud!</p>
<p>Comprendiendo que sería absurdo formalizarme por la agresión de unos perros feroces, me calmé y</p>
<p>correspondí al brindis. Además se me figuró que mi casero se mofaba de mí y no quise darle más razones</p>
<p>de irrisión. En cuanto a él, debió juzgar necio el tratar tan mal a un buen inquilino, y, mostrándose algo</p>
<p>menos conciso, empezó a charlar de las ventajas e inconvenientes de la casa que me había arrendado, lo</p>
<p>que sin duda le parecía interesante para mí. Opiné que hablaba con buen criterio y resolví decirle que</p>
<p>repetiría mi visita al día siguiente. Y, aun cuando él no mostrara ningún entusiasmo al oírlo, he decidido</p>
<p>volver. Me parece mentira comprobar lo amigo del trato social que soy, por comparación al dueño de mi</p>
<p>casa.</p>
<p><b>CAPÍTULO II</b></p>
<p>Ayer por la tarde hizo frío y niebla. Primero dudé entre quedarme en casa, junto al fuego, o dirigirme, a</p>
<p>través de cenagales y yermos, a «Cumbres Borrascosas».</p>
<p>Pero después de comer (advirtiendo que como de una a dos, ya que el ama de llaves, a la que acepté al</p>
<p>alquilar la casa como si fuese una de sus dependencias, no comprende, o no quiere comprender, que ¿eseo</p>
<p>comer a las cinco), al subir a mi cuarto, hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea y esforzándose</p>
<p>en extinguir las llamas mediante masas de ceniza con las que levantaba una polvareda infernal. Semejante</p>
<p>espectáculo me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata de cuatro millas llegué a casa de Heathcliff</p>
<p>en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos de una nevada semilíquida.</p>
<p>El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa de escarcha ennegrecida, y el viento</p>
<p>estremecía de frío todos mis miembros.</p>
<p>Al ver que mis esfuerzos para levantar la cadena que cerraba la puerta de la verja eran vanos, saltó la</p>
<p>valla, avancé por el camino bordeado de groselleros, y golpeé con los nudillos la puerta de la casa, hasta</p>
<p>que me dolieron los dedos. Se oía ladrar a los canes.</p>
<p>«Vuestra imbécil inhospitalidad merecía ser castigada con el aislamiento perpetuo de vuestros</p>
<p>semejantes, ¡bellacos! -murmuré mentalmente-. Lo menos que se puede hacer es tener abiertas las puertas</p>
<p>durante el día. Pero no me importa. He de entrar.»</p>
<p>Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba. La cara de vinagre de José apareció en una ventana</p>
<p>del granero.</p>
<p>-¿Qué quiere usted? -preguntó-. El amo está en el corral. Dé la vuelta por el ángulo del establo.</p>
<p>-¿No hay quien abra la puerta?</p>
<p>-Nadie más que la señorita, y ella no le abriría aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería</p>
<p>inútil.</p>
<p>-¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy yo?</p>
<p>-¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con eso? -replicó, mientras se retiraba.</p>
<p>Espesábase la nieve. Yo empuñaba ya el aldabón para volver a llamar, cuando un joven sin chaqueta y</p>
<p>llevando al hombro una horca de labranza apareció y me dijo que le siguiera. Atravesamos un lavadero y un</p>
<p>patio embaldosado en el que había un pozo con bomba y un palomar, y llegamos a la habitación donde el</p>
<p>día anterior fui introducido. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa, en la que</p>
<p>estaba servida una abundante merienda, tuve la satisfacción de ver a «la señorita», persona de cuya</p>
<p>existencia no había tenido antes noticia alguna. La saludé y permanecí en pie, esperando que me invitara a</p>
<p>sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla ni pronunció una sola palabra.</p>
<p>-¡Qué tiempo tan malo! -comenté-. Lamento, señora Heathcliff, que la puerta haya sufrido las</p>
<p>consecuencias de la negligencia de sus criados. Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír.</p>
<p>Ella no movió los labios. La miré atentamente, y ella me correspondió con otra mirada tan fría, que</p>
<p>resultaba molesta y desagradable.</p>
<p>-Siéntese -gruñó el joven-. Heathcliff vendrá enseguida.</p>
<p>Obedecí, carraspeé y llamé a <i>Juno, </i>la malvada perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal de que</p>
<p>me reconocía.</p>
<p>-¡Hermoso animal! -empecé-. ¿Piensa usted desprenderse de los cachorrillos, señora?</p>
<p>-No son míos -dijo la amable joven con un tono aún más antipático que el que hubiera empleado el</p>
<p>propio Heathcliff.</p>
<p>-Entonces, ¿sus favoritos serán aquéllos? -continué, volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín</p>
<p>con gatitos.</p>
<p>-Serían unos favoritos bastante extravagantes -contestó la joven desdeñosamente.</p>
<p>Desgraciadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón de conejos muertos. Volví a</p>
<p>carraspear, me aproxime al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde.</p>
<p>-No debía usted haber salido -dijo ella, mientras se incorporaba y trataba de alcanzar dos de los tarros</p>
<p>pintados que había en la chimenea.</p>
<p>A la claridad de las llamas, pude distinguir por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer apenas</p>
<p>había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente formada y poseía la más linda carita que yo hubiese</p>
<p>contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su</p>
<p>delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable.</p>
<p>Por fortuna para mi sensible corazon, aquella mirada no manifestaba en aquel momento más que desdén y</p>
<p>una especie de desesperación, que resultaba increíble en unos ojos tan hermosos.</p>
<p>Como los tarros estaban fuera de su alcance, fui a ayudarla, pero se volvió hacia mí con la airada</p>
<p>expresion de un avaro a quien alguien pretendiera ayudarle a contar su oro.</p>
<p>-No necesito su ayuda -dijo-. Puedo cogerlos yo sola.</p>
<p>-Dispense -me apresuré a contestar.</p>
<p>-¿Está usted invitado a tomar el té? -me preguntó. Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó.</p>
<p>Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había sacado del tarro.</p>
<p>-Tomaré una taza con mucho gusto -repuse.</p>
<p>-¿Está usted invitado? -repitió.</p>
<p>-No -dije, sonriendo-; pero nadie más indicado que usted para invitarme.</p>
<p>Echó el té, con cuchara y todo, en el bote, volvió a sentarse, frunció el entrecejo, e hizo un pucherito con</p>
<p>los labios como un niño a punto de llorar.</p>
<p>El joven, durante esta charla, se había puesto un andrajoso gabán, y en aquel momento me miró como si</p>
<p>hubiese entre nosotros un resentimiento mortal. Yo dudaba de si aquel personaje era un criado o no.</p>
<p>Hablaba y vestía toscamente, sin ninguno de los detalles que Heathcliff presentaba de pertenecer a una</p>
<p>clase superior. Su cabellera castaña estaba desgreñadísima, su bigote crecía descuidadamente y sus manos</p>
<p>eran tan toscas como las de un labrador. Pero, con todo, ni sus ademanes ni el modo que tenía de tratar a la</p>
<p>señora eran los de un criado. En la duda, preferí no conjeturar nada sobre él.</p>
<p>Cinco minutos después, la llegada de Heathcliff alivió un tanto la molesta situación en que me veía</p>
<p>situado.</p>
<p>-Como ve, he cumplido mi promesa -dije con acento fingidamente jovial- y temo que el mal tiempo me</p>
<p>haga permanecer aquí media hora, si quiere usted albergarme durante ese rato&#8230;</p>
<p>-¿Media hora? -repuso, mientras se sacudía los blancos copos que le cubrían la ropa-. ¡Me asombra que</p>
<p>haya elegido usted el momento de una nevada para pasear! ¿No sabe que corre el peligro de perderse en los</p>
<p>pantanos? Hasta quienes están familiarizados con ellos se extravían a veces. Y le aseguro que no es</p>
<p>probable que el tiempo mejore.</p>
<p>-Acaso uno de sus criados pudiera servirme de guía. Se quedaría en la «Grania» hasta mañana. ¿Puede</p>
<p>proporcionarme uno?</p>
<p>-No, no me es posible.</p>
<p>-Pues entonces habré de confiar en mis propios medios&#8230;</p>
<p>-¡Hum!</p>
<p>-¿Qué? ¿Haces el té o no? -preguntó el joven del abrigo haraposo, separando su mirada de mí, para</p>
<p>dirigirla a la mujer.</p>
<p>-¿Le damos a ese señor? -preguntó ella a Heathcliff.</p>
<p>-Vamos, termina, ¿no?</p>
<p>Había hablado de una forma que delataba una naturaleza auténticamente perversa. No sentí desde aquel</p>
<p>momento inclinación alguna a considerar a aquel hombre como un individuo extraordinario.</p>
<p>Cuando el té estuvo preparado, Heathcliff dijo:</p>
<p>-Acerque su silla, señor Lockwood.</p>
<p>Todos nos sentamos a la mesa, incluso el burdo joven. Un silencio absoluto reinó mientras comíamos.</p>
<p>Me pareció que, puesto que yo era el responsable de aquel nublado, debía ser también quien lo disipase.</p>
<p>Aquella taciturnidad que mostraban no debía ser su modo habitual de comportarse. Por lo tanto, comenté:</p>
<p>-Es curioso el considerar qué ideas tan equivocadas solemos formar a veces sobre el prójimo. Mucha</p>
<p>gente no podría imaginar que fuese feliz una persona que llevara una vida tan apartada del mundo como la</p>
<p>suya, señor Heathcliff. Y, sin embargo, usted es dichoso, rodeado de su familia, con su amable esposa, que,</p>
<p>como un ángel tutelar, reina en su casa y en su corazón&#8230;</p>
<p>-¿Mi amable esposa? -interrumpió con diabólica sonrisa-. ¿Y dónde está mi amable esposa, señor?</p>
<p>-Hablo de la señora de Heathcliff &#8211;contesté, molesto.</p>
<p>-¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después de desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi</p>
<p>ángel de la guarda, y custodia «Cumbres Borrascosas». ¿No es eso?</p>
<p>Me di cuenta de la necedad que había dicho y quise rectificarla. Debía haberme dado cuenta de la mucha</p>
<p>edad que llevaba a la mujer, antes de suponer como cosa segura que fuera su esposa. Él contaba alrededor</p>
<p>de cuarenta años, y en esa edad en que el vigor mental se mantiene incólume, no se supone nunca que las</p>
<p>muchachas se casen con nosotros por amor. Semejante ilusión está reservada a la ancianidad. En cuanto a la</p>
<p>joven, no representaba arriba de diecisiete años.</p>
<p>De pronto, como un relámpago, surgió en mí esta idea: «El grosero personaje que se sienta a mi lado,</p>
<p>bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es tal vez su marido. Éstas son las</p>
<p>consecuencias de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán creyendo que no hay otros</p>
<p>que valgan más que él. Es lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya a arrepentirse de su</p>
<p>elección.»</p>
<p>Una ocurrencia tal podrá parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa presentaba un aspecto</p>
<p>casi repulsivo, mientras que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable.</p>
<p>-Esta joven es mi nuera -dijo Heathcliff, en confirmación de mis suposiciones. Y, al decirlo, la miro con</p>
<p>expresión de odio.</p>
<p>-Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada, es usted -comenté, volviéndome hacia mi vecino.</p>
<p>Con esto mis palabras acabaron de poner las cosas mal. El joven apretó los puños, con evidente intención</p>
<p>de atacarme. Pero se contuvo, y desahogó su ira en una brutal maldición que me concernía, pero de la que</p>
<p>tuve a bien no darme por aludido.</p>
<p>-Anda usted muy desacertado -dijo Heathcliff-. Ninguno de los dos tenemos la suerte de ser dueños de la</p>
<p>buena hada a quien usted se refiere. Su esposo ha muerto. Y, puesto que he dicho que era mi nuera, debe</p>
<p>ser que estaba casada con mi hijo.</p>
<p>-De modo que este joven, es&#8230;</p>
<p>-Mi hijo, desde luego, no.</p>
<p>Y Heathcliff sonrió, como si fuera un disparate atribuirle la paternidad de aquel oso.</p>
<p>-Mi nombre es Hareton Earnshaw -gruñó el otro y le aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto.</p>
<p>-Creo haberlo respetado -respondí, mientras me reía íntimamente de la dignidad con que había hecho su</p>
<p>presentación aquel extraño sujeto.</p>
<p>Él me miró durante tanto tiempo y con tal fijeza, que me hizo experimentar deseos de abofetearle o de</p>
<p>echarme a reir en sus propias narices. Comenzaba a sentirme a disgusto en aquel agradable círculo familiar.</p>
<p>Tan ingrato ambiente neutralizaba el confortable calor que físicamente me rodeaba, y resolví no volver en</p>
<p>mi vida.</p>
<p>Concluida la colación, y en vista de que nadie pronunciaba una palabra, me acerqué a la ventana para ver</p>
<p>el tiempo que hacía. El espectáculo era muy desagradable: la noche caía prematuramente y torbellinos de</p>
<p>viento y nieve barrían el paisaje.</p>
<p>-Creo que sin alguien que me guíe, no voy a poder volver a casa -exclamé, incapaz de contenerme-. Los</p>
<p>caminos deben estar borrados por la nieve, y aunque no lo estuvieran, es imposible ver a un pie de</p>
<p>distancia.</p>
<p>-Hareton -dijo Heathcliff-, lleva las ovejas a la entrada del granero, y pon un madero delante. Si pasan la</p>
<p>noche en el corral, amanecerán cubiertas de nieve.</p>
<p>-¿Cómo me arreglaré? continué, sintiendo que mi irritación aumentaba.</p>
<p>Pero nadie contestó a esta pregunta. Paseé la mirada a mi alrededor y no vi más que a José, que traía</p>
<p>comida para los perros, y a la señora Heathcliff que, inclinada sobre el fuego, se entretenía en quemar un</p>
<p>paquete de fósforos que habían caído de la repisa de la chimenea al volver a poner el bote de té en su sitio.</p>
<p>José, después de vaciar el recipiente en que traía la comida de los animales, gruñó:</p>
<p>-Me maravilla que se quede usted ahí como un pasmarote cuando los demás se han ido&#8230; Pero con usted</p>
<p>no valen palabras. Nunca se corregirá de sus malas costumbres, y acabará yéndose al infierno de cabeza,</p>
<p>como su madre.</p>
<p>Creí que aquel comentario iba dirigido a mí, y me adelanté hacia el viejo bribón con el firme propósito de</p>
<p>darle de puntapiés y obligarle a que se callara. Pero la señora Heathcliff se me adelantó</p>
<p>-¡Viejo hipócnta! ¿No temes que el diablo te lleve cuando pronuncias su nombre? Te advierto que se lo</p>
<p>pediré al demonio como especial favor si no dejas de provocarme. ¡Y basta! Mira -agregó, sacando un libro</p>
<p>de un estante-: Cada vez progreso más en la magia negra. Muy pronto seré maestra en la ciencia oculta. Y,</p>
<p>para que te enteres, la vaca roja no murió por casualidad, y tu reumatismo no es una prueba de la bondad de</p>
<p>la Providencia&#8230;</p>
<p>-¡Cállese, perversa! -clamó el viejo-. ¡Dios nos libre de todo mal!</p>
<p>-¡Estás condenado, réprobo! Sal de aquí si no quieres que te haga un mal de veras. Voy a modelar</p>
<p>muñecos de barro o de cera que os reproduzcan a todos, y al primero que se extralimite &#8230;. ya verás lo que</p>
<p>le haré&#8230; Se acordará de mí&#8230; Vete&#8230; ¡Que te estoy mirando!</p>
<p>Y la linda bruja puso tal expresión de malignidad en sus ojos, que José salió precipitadamente, rezando y</p>
<p>temblando, mientras murmuraba:</p>
<p>-¡Malvada, malvada!</p>
<p>Presumí que la joven había querido gastar al viejo una broma lúgubre y, en cuanto nos quedamos solos,</p>
<p>quise interesarla en mi cuita.</p>
<p>-Señora Heathcliff -dije con seriedad-: perdone que la moleste. Una mujer con una cara como la de usted</p>
<p>tiene necesariamente que ser buena. Indíqueme alguna señal, algún jalón de límite de propiedades que me</p>
<p>sirvan para conocer el camino de mi casa. Tengo tanta idea de por donde se va a ella como la que usted</p>
<p>pueda tener de por donde se va a Londres.</p>
<p>-Vuélvase por el mismo camino que vino -me contestó, sentándose en una silla, y poniendo ante sí el</p>
<p>libro y una bujía-. El consejo es muy simple, pero no puedo darle otro mejor.</p>
<p>-En ese caso, si mañana le dicen que me han hallado muerto en una ciénaga o en un hoyo lleno de nieve,</p>
<p>¿no le remorderá la conciencia?</p>
<p>-¿Por qué había de remorderme? No puedo acompañarle. Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la</p>
<p>verja.</p>
<p>-¡Oh! Yo no le pediría por nada del mundo que saliese, para conveniencia mía, en una noche como ésta.</p>
<p>No le pido que me enseñe el camino, sino que me lo indique de palabra o que convenza al señor Heathcliff</p>
<p>de que me proporcione un guía.</p>
<p>-¿Un guía? En la casa no hay nadie más que él mismo, Hareton, Zillah, José y yo. ¿A quién elige usted?</p>
<p>-¿No hay mozos en la granja?</p>
<p>-No hay más gente que la que le digo.</p>
<p>-Entonces me veré obligado a quedarme hasta mañana.</p>
<p>-Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver con eso.</p>
<p>-Confío en que esto le sirva de lección para hacerle desistir de dar paseos -gritó la voz de Heathcliff</p>
<p>desde la cocina-. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda, tendrá que dormir con Hareton o con</p>
<p>José en la misma cama.</p>
<p>-Puedo dormir en este cuarto en una silla -repuse.</p>
<p>-¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un forastero. No permitiré que nadie haga guardia en la</p>
<p>plaza cuando yo no estoy de servicio -dijo el miserable.</p>
<p>Mi paciencia llegó a su límite. Me precipité hacia el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé con</p>
<p>Earnshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba con la salida, y mientras la buscaba, presencié</p>
<p>una muestra del modo que tenían de tratarse entre sí los miembros de la familia. Parecía que el joven al</p>
<p>principio se sentia inclinado a ayudarme, porque les dijo:</p>
<p>-Le acompañaré hasta el parque.</p>
<p>-Le acompañarás al diablo -exclamó su pariente, señor o lo que fuera-. ¿Quién va a cuidar entonces de</p>
<p>los caballos?</p>
<p>-La vida de un hombre vale más que el cuidado de los caballos&#8230; -dijo la señora Heathcliff con más</p>
<p>amabilidad de la que yo esperaba-. Es necesariamente preciso que vaya alguien&#8230;</p>
<p>-Pero no lo haré por orden tuya -se apresuró a responder Hareton-. Más valdrá que te calles.</p>
<p>-Bueno, pues entonces, ¡así el espíritu de ese hombre te persiga hasta tu muerte, y así el señor Heathcliff</p>
<p>no encuentre otro inquilino para su «Granja» hasta que ésta se caiga a pedazos! -dijo ella con malignidad.</p>
<p>-¡Está echando maldiciones! -murmuró José, hacia quien yo me dirigía en aquel momento.</p>
<p>El viejo estaba sentado y ordeñaba las vacas a la luz de una linterna. Se la quité y diciéndole que se la</p>
<p>devolvería al día siguiente, me precipité hacia una de las puertas.</p>
<p>-¡Señor, señor, me ha robado la linterna! -gritó el viejo corriendo detrás de mí-. <i>¡Gruñón, Lobo! </i>¡Duro</p>
<p>con él!</p>
<p>Cuando yo abría la puertecilla a la que me había dirigido, dos peludos monstruos se arrojaron a mi</p>
<p>garganta, haciéndome caer. La luz se apagó. Mi humillación y mi ira llegaron al paroxismo.</p>
<p>Afortunadamente, los animales se contentaban con arañar el suelo, abrir las fauces y mover las colas. Pero</p>
<p>no me permitían levantarme, y hube de permanecer en el suelo hasta que a sus villanos dueños se les</p>
<p>antojó. Cuando estuve de pie, conminé a aquellos miserables a que me dejasen salir, haciéndoles</p>
<p>responsables de lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles apóstrofes que en su desordenada</p>
<p>violencia evocaban los del rey Lear.</p>
<p>En mi exaltación nerviosa, comencé a sangrar por la nariz. Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No sé</p>
<p>cómo hubiera terminado todo aquello, a no haber intervenido una persona más serena que yo y más</p>
<p>bondadosa que Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció para ver lo que sucedía. Y, suponiendo</p>
<p>que alguien me había agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros de su artillería verbal contra</p>
<p>el mozo.</p>
<p>-No comprendo, señor Earnshaw -exclamó-, qué resentimientos tiene usted contra ese semejante suyo.</p>
<p>¿Va usted a asesinar a las gentes en la propia puerta de su casa? ¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre</p>
<p>muchacho! Está a punto de ahogarse. ¡Chist, chist! No puede usted irse en ese estado. Venga, que voy a</p>
<p>curarle. Quieto, quieto&#8230;</p>
<p>Mientras hablaba así, me vertió sobre la nuca un recipiente lleno de agua helada, y luego me hizo pasar a</p>
<p>la cocina. El señor Heathcliff, vuelto a su habitual estado de mal humor después de su explosión de</p>
<p>regocijo, nos seguía.</p>
<p>El desmayo que yo sentía como secuela de todo lo sucedido me obligó a aceptar alojamiento entre</p>
<p>aquellos muros. Heathcliff mandó a Zillah que me diese un vaso de aguardiente, y entró en una habitación</p>
<p>interior. La criada, después de traerme la bebida, que me entonó mucho, me condujo a un dormitorio.</p>
<p><b>CAPÍTULO III</b></p>
<p>Cuando la sirvienta me precedía por las escaleras, me aconsejó que tapase la bujía y procurase no hacer</p>
<p>ruido, porque su amo tenía ideas extrañas acerca del cuarto donde ella iba a instalarme, y no le agradaba</p>
<p>que nadie durmiese en él. Le pregunté los motivos, pero me contestó que sólo llevaba en la casa dos años, y</p>
<p>que había visto tantas cosas raras, que ya no le quedaban ganas de curiosidades.</p>
<p>En lo que me concernía, la estupefacción no me dejaba lugar a la curiosidad. Cerré, pues, la puerta y</p>
<p>busqué el lecho. Los muebles se reducían a una percha, una silla y una enorme caja de roble, con aberturas</p>
<p>laterales a manera de ventanillas. Me aproximé a tan extraño mueble, y me cercioré de que se trataba de</p>
<p>una especie de lecho antiguo, sin duda destinado a suplir la falta de una habitación separada para cada</p>
<p>miembro de la familia. Formaba de por sí una pequeña habitación, y el alféizar de la ventana, contra cuya</p>
<p>pared estaba arrimado el lecho, hacía las veces de mesilla.</p>
<p>Hice correr una de las tablas laterales, entré llevando la luz, cerré y sentí la impresión de que me hallaba</p>
<p>a cubierto de la vigilancia de Heathcliff o de otro cualquiera de los habitantes de la casa.</p>
<p>Deposité la bujía en el alféizar de la ventana. Había allí, en un ángulo, varios libros polvorientos, y la</p>
<p>pared estaba cubierta de escritos que habían sido trazados raspando la pintura. Aquellos escritos se reducían</p>
<p>a un nombre: «Catalina Earnshaw», repetido una vez y otra en letras de toda clase de tamaños. Pero el</p>
<p>apellido variaba a veces, y en vez de «Catalina Earnshaw», se leía en algunos sitios «Catalina Heathcliff »</p>
<p>o «Catalina Linton».</p>
<p>Sintiéndome muy cansado, apoyé la cabeza contra la ventana y empecé a murmurar: «Catalina Earnshaw,</p>
<p>Heathcliff, Linton &#8230; » Los ojos se me cerraron, y antes de cinco minutos creí ver alzarse en la oscuridad</p>
<p>una multitud de letras blancas, como lívidos espectros. El aire parecía lleno de «Catalinas». Me incorporé,</p>
<p>esperando alejar así aquel nombre que acudía a mi cerebro como un intruso, y entonces vi que el pabilo de</p>
<p>la bujía había caído sobre uno de los viejos libros, cuya cubierta empezaba a chamuscarse saturando el</p>
<p>ambiente de un fuerte olor a piel de becerro quemada. Me apresuré a apagarlo, y me senté. Sentía frío y un</p>
<p>ligero mareo. Cogí el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé. Era una vieja Biblia, que olía a apolillado, y</p>
<p>sobre una de cuyas hojas, que estaba suelta, leí: «Este libro es de Catalina Earnshaw» y una fecha de</p>
<p>veinticinco años atrás. Cerré el volumen, y cogí otro y luego varios más. La biblioteca de Catalina era</p>
<p>escogida, y lo estropeados que estaban los tomos demostraba que habían sido muy usados, aunque no</p>
<p>siempre para los fines propios de un libro. Los márgenes blancos de cada hoja estaban cubiertos de</p>
<p>comentarios manuscritos, algunos de los cuales constituían sentencias aisladas. Otros eran, al parecer,</p>
<p>retazos de un diario mal pergeñado por la torpe mano de un niño. Encabezando una página sin imprimir,</p>
<p>descubrí, no sin regocijo, una magnífica caricatura de José, diseñada burdamente, pero con enérgicos</p>
<p>trazos. Sentí un vivo interés hacia aquella desconocida Catalina, y traté de descifrar los jeroglíficos de su</p>
<p>letra.</p>
<p>«¡Qué domingo tan malo! -decía uno de los párrafos&#8211;. ¡Cuánto daría porque papá estuviera aquí &#8230; !</p>
<p>Hindley le sustituye muy mal y se porta atrozmente con Heathcliff. H. y yo vamos a tener que rebelarnos:</p>
<p>esta tarde comenzamos a hacerlo&#8230;</p>
<p>»En todo el día no dejó de llover. No pudimos ir a la iglesia, y José nos reunió en el desván. Mientras</p>
<p>Hindley y su mujer permanecian abajo sentados junto a la lumbre -estoy segura de que, aunque hiciesen</p>
<p>algo más, no por ello dejarían de leer sus Biblias- a Heathcliff, a mí y al desdichado mozo de mulas nos</p>
<p>ordenaron que cogiesemos los devocionarios y subiésemos. Nos hicieron sentar en un saco de trigo, y José</p>
<p>inició su sermón, que yo esperaba que abreviase a causa del frío que se sentía allí. Pero mi esperanza</p>
<p>resultó fallida. El sermón duró tres horas justas, y, sin embargo, mi hermano, al vernos bajar, aún tuvo la</p>
<p>desfachatez de decir: “¿Cómo habéis terminado tan pronto?” Durante las tardes de los domingos nos dejan</p>
<p>jugar pero cualquier pequeñez, una simple risa, es motivo para que nos pongan castigados en un rincon</p>
<p>oscuro.</p>
<p>» “Os olvidáis de que aquí hay un jefe -suele decir el tirano-. Al que me saque de mis casillas, le aplasto.</p>
<p>Quiero seriedad y silencio absoluto. ¡Chico! ¿Has sido tú? Querida Francisca: tírale de los pelos; le he oído</p>
<p>castañetear los dedos”. Francisca le tiró del pelo con todas sus fuerzas. Luego se sentó en las rodillas de su</p>
<p>esposo, y los dos empezaron a hacer niñerías, besándose y diciéndose estupideces. Entonces nosotros nos</p>
<p>acomodamos, como Dios nos dio a entender, en el hueco que forma el aparador. Colgué nuestros delantales</p>
<p>ante nosotros como si fueran una cortina, pero apenas lo había hecho, cuando llegó José, deshizo mi obra, y</p>
<p>pegándome una bofetada, sermoneó:</p>
<p>» “El amo recién enterrado, domingo como es, y las palabras del Evangelio resonando todavía en</p>
<p>vuestros oídos, ¡y ya os ponéis a jugar! ¿No os da vergüenza? Sentaos, niños malos, y leed libros piadosos,</p>
<p>que os ayuden a pensar en la salvación de vuestras almas.”</p>
<p>»Mientras nos hablaba, nos tiró sobre las rodillas unos viejos libros y nos obligó a sentarnos de manera</p>
<p>que un rayo de la claridad del hogar nos alumbrase en nuestra lectura. Yo no pude soportar tal ocupación</p>
<p>que querían darnos. Cogí el libro y lo arrojé donde estaban los perros, diciendo que tenía odio a los libros</p>
<p>piadosos. Heathcliff hizo lo mismo con el suyo, y entonces empezó el jaleo.</p>
<p>» “¡Señor Hindley, mire! -gritó José-. La señorita Catalina ha roto las tapas de <i>La armadura de salvación</i></p>
<p>y Heathcliff ha golpeado con el pie la primera parte de <i>El camino de perdición. </i>No es posible dejarles</p>
<p>seguir siendo así. ¡Oh! El difunto señor les hubiera dado lo que se merecen. ¡Pero cómo nos falta!”</p>
<p>»Hindley se lanzó sobre nosotros, nos cogió a uno por el cuello y a otro por el brazo, y nos echó a la</p>
<p>cocina. Allí José nos aseguró que el diablo vendría a buscarnos con toda certeza y nos obligó a sentarnos en</p>
<p>distintos lugares, donde hubimos de permanecer, separados, esperando el advenimiento del prometido</p>
<p>personaje. Yo cogí este libro y un tintero que había en un estante, y abrí un poco la puerta para tener luz y</p>
<p>poder escribir, pero mi compañero, al cabo de veinte minutos, sintió tanta impaciencia, que me propuso</p>
<p>apoderarnos del mantón de la criada y, tapándonos con él, ir a dar una vuelta por los pantanos. ¡Qué buena</p>
<p>idea! Así, si viene ese malvado viejo, creerá que su amenaza del diablo se ha realizado, y entretanto</p>
<p>nosotros estaremos fuera, y creo que no peor que aquí, a pesar del viento y de la lluvia.»</p>
<p>El plan de Catalina debió realizarse, porque el siguiente comentario variaba de tema, y adquiría tono de</p>
<p>lamentación.</p>
<p>«¡Qué poco podía yo suponer que Hindley me hiciera llorar tanto! Me duele la cabeza hasta el punto de</p>
<p>que no puedo ni ponerla sobre la almohada. ¡Pobre Heathcliff! Hindley le llama vagabundo, y ya no le deja</p>
<p>comer con nosotros ni siquiera sentarse a nuestro lado. Dice que no volveremos a jugar juntos, y le</p>
<p>amenaza con echarle de casa si le desobedece. Hasta ha censurado a papá por haber tratado a Heathcliff</p>
<p>demasiado bien, y jura que volverá a ponerle en el lugar que le corresponde.»</p>
<p>Yo me sentía ya medio dormido, y mis ojos iban del manuscrito de Catalina al texto impreso. Percibí un</p>
<p>título grabado en rojo con florituras, que decía: «Setenta veces siete y el primero de los Setenta y uno.</p>
<p>Sermón predicado por el reverendo padre Jabes Branderham en la iglesia de Gimmerden Sough.» Y me</p>
<p>dormí meditando maquínalmente en lo que diría el reverendo pastor sobre el tema.</p>
<p>Pero la mala calidad del té y la destemplanza que tenía me hicieron pasar una noche horrible. Soñé que</p>
<p>era ya por la mañana y que regresaba a mi casa guiado por José. El camino estaba cubierto de nieve, y cada</p>
<p>vez que yo daba un tropezón, mi acompañante me amonestaba por no haber tomado un báculo de</p>
<p>peregrino, afirmándome que sin tal adminículo nunca conseguirla regresar a mi casa, y enseñándome a la</p>
<p>vez jactanciosamente un grueso garrote que él consideraba, al parecer, como báculo. Al principio, me</p>
<p>parecía absurdo suponer que me fuera necesaria para entrar en casa semejante cosa. De improviso una idea</p>
<p>me iluminó el cerebro. No íbamos a casa, sino que nos dirigíamos a escuchar el sermón del padre</p>
<p>Branderham sobre los «Setenta veces siete», en cuyo curso no sé si José, el predicador o yo, debíamos ser</p>
<p>sacados a pública vergüenza y privados de la comunión de los fieles.</p>
<p>Llegamos a la iglesia, ante la que yo, en realidad, he pasado dos o tres veces. Está situada en una</p>
<p>hondonada entre dos colinas, junto a un pantano, cuyo fango, según voz popular, tiene la propiedad de</p>
<p>momificar los cadáveres. El tejado de la iglesia se ha conservado intacto hasta ahora, mas hay pocos</p>
<p>clérigos que quieran encargarse de aquel curato, ya que el sueldo es sólo de veinte libras anuales, y la</p>
<p>rectoral consiste únicamente en dos habitaciones, sin vislumbre alguno, por ende, de que los fieles</p>
<p>contribuyan a las necesidades de su pastor con la adición de un solo penique. Mas en mi sueño una</p>
<p>abundante concurrencia escuchaba a Jabes, quien predicaba un sermón dividido en cuatrocientas noventa</p>
<p>partes, dedicada cada una a un pecado distinto. Lo que no puedo decir es de dónde había sacado tantos</p>
<p>pecados el reverendo. Eran, por supuesto, de los géneros más extravagantes, y tales como yo no hubiera</p>
<p>podido figurármelos jamás.</p>
<p>¡Oh, qué pesadilla! Yo me caía de sueño, bostezaba, daba cabezadas, y volvía a despejarme. Me</p>
<p>pellizcaba, me frotaba los párpados, me levantaba y me volvía a sentar, y a veces tocaba a José para</p>
<p>preguntarle cuándo iba a acabar aquel sermón. Pero tuve que escucharlo hasta el fin. Cuando llegó al</p>
<p>«primero de los setenta y uno», acudió a mi cerebro una súbita idea: levantarme y acusar a Jabes</p>
<p>Branderham como el cometedor del pecado imperdonable. «Padre -exclamé-: sentado entre estas cuatro</p>
<p>paredes he aguantado y perdonado las cuatrocientas novena divisiones de su sermón. Setenta veces siete</p>
<p>cogí el sombrero para marcharme, y setenta veces siete me ha obligado usted a volverme a sentar. Una vez</p>
<p>más es excesiva. Hermanos de martirio: ¡duro con él! Arrastradle y despedazadle en partículas tan</p>
<p>pequeñas, que no vuelvan a encontrarse ni indicios de su existencia!»</p>
<p>«Tú eres el réprobo -gritó Jabes, después de un silencio solemne-: Setenta veces siete te he visto hacer</p>
<p>gestos y bostezar. Setenta veces siete consulté mi conciencia y encontré que todo ello merecía perdón. Pero</p>
<p>el primer pecado de los setenta y uno ha sido cometido ahora, y esto es imperdonable. Hermanos: ejecutad</p>
<p>en él lo que está escrito. ¡Honor a todos los santos!»</p>
<p>Emitida esta orden, los concurrentes enarbolaron sus báculas de peregrino y se arrojaron sobre mí. Al</p>
<p>verme desarmado, entablé una lucha con José, que fue el primero en acometerme, para quitarle su garrote.</p>
<p>Se cruzaron muchos palos, y algunos golpes destinados a mí cayeron sobre otras cabezas. Todos se</p>
<p>apaleaban unos a otros y el templo retumbaba al son de los golpes. Branderham asestaba fuertes puñetazos</p>
<p>en el borde del púlpito, y tan vehementes fueron, que acabaron por despertarme.</p>
<p>Comprobé que lo que me había sugerido tal tumulto era la rama de un abeto que batía contra los cristales</p>
<p>de la ventana cada vez que la agitaba el viento.</p>
<p>Volví a dormirme, y soñé cosas todavía más odiosas.</p>
<p>Recordé que descansaba en una caja de madera y que el viento y las ramas de un árbol golpeaban la</p>
<p>ventana. Tanto me molestaba el ruido, que, en sueños, me levanté y traté de abrir el postigo. No lo</p>
<p>conseguí, porque la falleba estaba soldada, y entonces rompí el cristal de un puñetazo y saqué la mano para</p>
<p>separar la molesta rama. Mas, en lugar de ella, sentí el contacto de una manecíta helada. Me poseyó un</p>
<p>intenso terror, y quise retirar el brazo, pero la manecita me aferraba mientras una voz insistía:</p>
<p>-¡Déjame entrar, déjame entrar!</p>
<p>-¿Quién eres? -pregunté pugnando por soltarme.</p>
<p>-Catalina Linton -contestó, temblorosa-. Me había perdido en los pantanos y vuelvo ahora a casa.</p>
<p>Sin saber por qué, me acordaba del apellido Linton, a pesar de que había leído veinte veces más el</p>
<p>apellido Earnshaw. Miré, y divisé el rostro de una niña a través de la ventana. El horror me hizo obrar</p>
<p>cruelmente, y al no lograr desasirme de la niña, apreté los puños contra el corte del cristal hasta que la</p>
<p>sangre brotó y empapó las sábanas. Pero ella seguía gimiendo: «¡Déjame entrar!», y me oprimía la mano.</p>
<p>Mi espanto llegaba al colmo.</p>
<p>-¿Cómo voy a dejarte entrar -dije, por fin- si no me sueltas la mano?</p>
<p>El fantasma aflojó su presión. Metí precipitadamente la mano por el hueco del vidrio roto, amontoné</p>
<p>contra él una pila de libros, y me tapé los oídos para no escuchar la dolorosa súplica. Pasé así unos quince</p>
<p>minutos, pero en cuanto volvía a atender, percibía idéntica súplica.</p>
<p>-¡Vete! -exclamé-. ¡No te abriré aunque me lo estés pidiendo veinte años seguidos!</p>
<p>-Veinte años han pasado -murmuró-. Veinte años han pasado desde que me perdí.</p>
<p>Y empujó levemente desde fuera. El montón de libros vacilaba. Intenté moverme, pero mis músculos</p>
<p>estaban como paralizados, y, en el colmo del horror, lancé un grito.</p>
<p>Aquel grito no había sido soñado. Con gran turbación, sentí que unos pasos se acercaban a la puerta de la</p>
<p>alcoba. Alguien la abrió, y por las aberturas del lecho percibí luz. Me senté en la cama, sudoroso,</p>
<p>estremecido aún de miedo.</p>
<p>El que había entrado murmuró algunas palabras como si hablase solo, y luego dijo en el tono de quien no</p>
<p>espera recibir contestación:</p>
<p>-¿Hay alguien ahí ?</p>
<p>Reconocí la voz de Heathcliff, y comprendiendo que era necesario revelarle mi presencia, ya que, si no,</p>
<p>buscaría y acabaría encontrándome, descorrí las tablas del lecho. Tardaré mucho en poder olvidar el efecto</p>
<p>que mi acción produjo en él.</p>
<p>Heathcliff se paró en la puerta. Llevaba la ropa de dormir, sostenía una vela en la mano y su cara estaba</p>
<p>blanca como la pared. El ruido de las tablas al descorrerse le causó el efecto de una corriente eléctrica. La</p>
<p>vela se deslizó de entre sus dedos, y su excitación era tal, que le costó mucho trabajo recogerla.</p>
<p>-Soy Lockwood -dije, para evitar que continuase demostrándome su miedo-. He gritado sin darme cuenta</p>
<p>mientras soñaba. Lamento haberle molestado.</p>
<p>-¡Dios le confunda, señor Lockwood! ¡Váyase al&#8230; &#8212;empezó él-. ¿Quién le ha traído a esta habitación? -</p>
<p>continuó, hundiendo las uñas en las palmas de las manos y rechinando los dientes en su esfuerzo para</p>
<p>dominar la excitación que le poseía-. ¿Quién le trajo aquí? Dígamelo para echarle de casa inmediatamente.</p>
<p>-Su criada Zillah -contesté abandonando la cama y recogiendo mis ropas-. Haga con ella lo que le</p>
<p>parezca, porque lo tiene merecido. Se me figura que quiso probar a expensas mías si este sitio en efecto está</p>
<p>embrujado. Y le aseguro que, en realidad, está bien poblado de trasgos y duendes. Hace usted bien en</p>
<p>tenerlo cerrado. Nadie le agradecerá a usted el dormir en esta habitación.</p>
<p>-¿Qué quiere usted decir y qué está usted haciendo? -replicó Heathcliff-. Acuéstese y pase la noche; pero,</p>
<p>en nombre de Dios, no repita el escándalo de antes. No tiene justificación posible, a no ser que le estuvieran</p>
<p>desollando vivo.</p>
<p>-Si aquella endemoniada brujita llega a entrar, a buen seguro que me hubiese estrangulado -le respondí-.</p>
<p>No me siento con ganas de soportar más persecuciones de sus hospitalarios antepasados. El reverendo</p>
<p>Jabes Branderham, ¿no sería tal vez pariente suyo por parte de madre? Y en cuanto a la Catalina Earnshaw,</p>
<p>o Linton, o como se llamara, ¡buena pieza debía estar hecha! Según me dijo, ha andado errando durante</p>
<p>veinte años, lo que sin duda es justo castigo de sus maldades&#8230;</p>
<p>En aquel momento recordé que el apellido de Heathcliff estaba unido en el libro al de Catalina, lo que</p>
<p>había olvidado hasta entonces. Me avergoncé de mi descortesía, pero, como si no me diese cuenta de</p>
<p>haberla cometido, continué:</p>
<p>-El caso es que a primera hora de la noche estuve&#8230; -iba a decir «hojeando esos librotes», pero me</p>
<p>corregi, y continué-: repitiendo el nombre que hay escrito en esa ventana, para ver si me dormía.</p>
<p>¿Cómo se atreve a hablarme de este modo estando en mi casa? -barbotó Heathcliff-. ¿Se habrá vuelto</p>
<p>loco cuando me habla así?</p>
<p>Se golpeaba la frente con violencia. Yo no sabía si ofenderme o seguir explicándome, pero me pareció</p>
<p>tan conmovido, que sentí compasión de él, y proseguí contándole mi sueño, y le aseguré que jamás había</p>
<p>oído pronunciar hasta entonces el nombre de Catalina Linton, pero, que, a fuerza de verlo escrito allí, llegó</p>
<p>a corporeizarse al dormirme.</p>
<p>Entretanto que me explicaba así, Heathcliff, poco a poco, había ido retirándose de mi lado, hasta que</p>
<p>acabó escondiéndose detrás del lecho. A juzgar por lo sofocado de su respiración, luchaba para reprimir sus</p>
<p>emociones. Fingí no darme cuenta, continué vistiéndome, y dije:</p>
<p>-No son todavía las tres. Yo creía que serían las seis lo menos. El tiempo aquí se hace interminable.</p>
<p>Verdad es que sólo debían ser las ocho cuando nos acostamos.</p>
<p>-En invierno nos retiramos siempre a las nueve y nos levantamos a las cuatro -replico mi casero,</p>
<p>reprimiendo un gemido y limpiándose una lágrima, según conjeturé por un ademán de su brazo-. Acuéstese</p>
<p>-añadió-, ya que si baja tan temprano no hará más que estorbar. Por mi parte, sus gritos han enviado al</p>
<p>diablo mi sueño.</p>
<p>-A mí me pasa lo mismo -contesté-. Bajaré al patio y estaré paseando por él hasta que amanezca, y</p>
<p>después me iré. No tema una nueva intrusión de mi parte. La muestra de hoy me ha quitado las ganas de</p>
<p>buscar amigos, ni en el campo ni en la ciudad. Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo</p>
<p>mismo.</p>
<p>-¡Magnífica compañía! -murmuró Heathcliff-. Coja la vela y váyase adonde quiera. Me reuniré con usted</p>
<p>enseguida. No salga al patio, porque los perros están sueltos. Ni al salón porque <i>Juno </i>está allí de vigilancia.</p>
<p>De modo que tiene que limitarse a andar por los pasillos y las escaleras. No obstante, váyase. Yo me</p>
<p>reuniré con usted dentro de dos minutos.</p>
<p>Obedecí, y me alejé de la habitación todo lo que pude, pero como no sabía adonde iban a parar los</p>
<p>estrechos pasillos, me detuve, y entonces asistí a unas demostraciones supersticiosas que me extrañaron,</p>
<p>tratándose de un hombre tan práctico al parecer como aquel personaje.</p>
<p>Había entrado en el lecho, y de un tirón abrió la ventana, mientras rompía a llorar.</p>
<p>-¡Oh, Catalina! -decía-, ¡ven! Te lo imploro una vez más. ¡Oh, amada de mi corazón, ven, ven al fin!</p>
<p>Pero el fantasma, con uno de los caprichos comunes a todos los espectros, no se dignó aparecer. En</p>
<p>cambio, el viento y la nieve entraron por la ventana y extinguieron la luz.</p>
<p>Tan dolorosa congoja se traslucía en la crisis sufrida por aquel hombre, que me retiré, reprochándome el</p>
<p>haberle escuchado, y el haberle relatado mi pesadilla, que le había afectado de tal manera, por razones a</p>
<p>que no alcanzaba mi comprensión. Descendí al piso bajo y arribé a la cocina donde encendí la bujía en el</p>
<p>rescoldo de la lumbre. No se veía allí ser viviente, excepto un gato que salió de entre las cenizas y me</p>
<p>saludó con un quejumbroso maullido.</p>
<p>Dos bancos semicirculares estaban arrimados al fogón. Me tendí en uno de ellos y el gato se instaló en el</p>
<p>otro. Ya empezábamos ambos a dormirnos cuando un instruso invadió nuestro retiro. Era José, que bajaba</p>
<p>por una escalera de madera que debía conducir a su desván. Lanzó una tétrica mirada a la llama, que yo</p>
<p>había encendido, expulsó al gato de su lugar, se apoderó de él y se dedico a cargar de tabaco una pipa que</p>
<p>medía tres pulgadas de longitud. Debía considerar mi presencia en su santuario como una desvergüenza tal</p>
<p>que no merecía ni comentarios siquiera.</p>
<p>En absoluto mutismo, se acercó la pipa a la boca, se cruzó de brazos y empezó a fumar. Yo no interrumpí</p>
<p>su placer, y él, después de aspirar la última bocanada, se levanto, suspiro, y se fue tan gravemente como</p>
<p>había llegado.</p>
<p>Sonaron cerca de mí otras pisadas más elásticas, y apenas yo abría la boca para saludar, la cerré de</p>
<p>nuevo, al oír que Hareton Earnshaw se dedicaba a recitar en voz contenida una salmodia compuesta de</p>
<p>tantas maldiciones como objetos iba tocando, mientras se afanaba en un rincón en busca de una azada para</p>
<p>quitar la nieve. Me miró, dilató las aletas de la nariz, y tanto se le ocurrió saludarme a mí, como al gato que</p>
<p>me hacía compañía. Comprendiendo por sus preparativos que estaba disponiéndose a salir, abandoné mi</p>
<p>duro lecho y me apresté a seguirle. Él lo notó y con el mango de la azada me señaló una puerta que</p>
<p>comunicaba con el salón. Las mujeres estaban en él ya. Zillah atizaba el fuego con un fuelle colosal, y la</p>
<p>señora Heathcliff, arrodillada ante la lumbre, leía un libro al resplandor de las llamas. Tenía puesta la mano</p>
<p>entre el fuego y sus ojos, y permanecía embebida en la lectura, que sólo interrumpía de vez en cuando para</p>
<p>reprender a la cocinera si hacía salir chispas sobre ella, o para separar a alguno de los perros que a veces la</p>
<p>rozaba con el hocico. Me sorprendió ver también allí a Heathcliff, en pie junto al fuego y, al parecer,</p>
<p>concluyendo entonces de soltar una rociada sobre la pobre Zillah, la cual, de cuando en cuando, suspendía</p>
<p>su tarea y suspiraba.</p>
<p>-En cuanto a ti, miserable&#8230; -y Heathcliff pronunció una palabra intranscribible dirigiéndose a su nueraya</p>
<p>veo que continúas con tus odiosas mañas de siempre. Los demás trabajan para ganarse el pan que</p>
<p>comen, y únicamente tú vives de mi caridad. ¡Fuera ese mamotreto, y haz algo útil! ¡Debías pagarme. por</p>
<p>la desgracia de estar viéndote siempre &#8230; ! ¿Me oyes, maldita bruta?</p>
<p>-Dejaré mi mamotreto, porque me lo podría usted quitar, si no -respondió la joven cerrando el libro y</p>
<p>tirándolo sobre una silla-. Pero aunque se le encienda a usted la boca injuriándome no haré nada, no siendo</p>
<p>lo que me parezca bien.</p>
<p>Heathcliff alzó la mano, pero su interlocutora, probando que tenía costumbre de aquellas escenas, se puso</p>
<p>de un salto fuera de su alcance. Contrariado por tal episodio, me aproximé a la lumbre fingiendo no haber</p>
<p>reparado en la disputa, y ellos tuvieron el decoro de disimular. Heathcliff, para no caer en la tentación de</p>
<p>golpear a su nuera, se metió las manos en los bolsillos. La mujer se retiró a un rincón, y mientras estuve allí</p>
<p>permaneció callada como una estatua. Pero yo no me quedé mucho tiempo. Renuncié a la invitación que</p>
<p>me hicieron de que les acompañase a desayunar, y en cuanto apuntó la primera claridad de, la aurora, salí al</p>
<p>aire libre, que estaba frío y despejado como el hielo.</p>
<p>Heathcliff me llamó mientras yo cruzaba el jardín, y se brindó para acompañarme a través de los</p>
<p>pantanos. Hizo bien, ya que la colina estaba convertida en un ondulante mar de nieve, que ocultaba todas</p>
<p>las desigualdades del terreno. La impresion que yo guardaba de la contextura del suelo no respondía en</p>
<p>nada a lo que ahora veíamos, porque los hoyos estaban llenos de nieve, y los montones de piedras -reliquias</p>
<p>del trabajo de las canteras- que bordeaban el camino habían desaparecido bajo la bóveda. Yo había</p>
<p>distinguido el día anterior una sucesión de piedras erguidas a lo largo del camino y blanqueadas con cal,</p>
<p>para que sirviesen de referencia en la oscuridad, y también cuando las nevadas podían hacer confundir la</p>
<p>tierra segura del camino con las movedizas charcas de sus márgenes. Pero a la sazón ni siquiera se</p>
<p>percibían aquellos jalones. Mi acompañante tuvo que advertirme varias veces para impedir que yo saliese</p>
<p>del camino sin notarlo.</p>
<p>Hablamos muy poco. A la entrada del parque de la «Granja», Heathcliff se detuvo, me dijo que suponía</p>
<p>que ya no me extraviaría, y con una simple inclinación de cabeza nos despedimos. En la portería no había</p>
<p>nadie, y recorrer las dos millas que me quedaba por andar hasta la granja me costó dos horas, dadas las</p>
<p>muchas veces que erré el camino, extraviándome en la arboleda, y hundiéndome en nieve hasta la cintura.</p>
<p>Era mediodia cuando llegué a mi casa.</p>
<p>El ama de llaves y sus satélites acudieron con alborozo a recibirme, y me aseguraron que me daban por</p>
<p>muerto y que pensaban en ir a buscar mi cadáver entre la nieve. Les aconseje que se calmaran, puesto que</p>
<p>al fin había regresado. Subí dificultosamente la escalera y entré en mi habitación. Estaba entumecido hasta</p>
<p>los huesos. Me cambié de ropas y paseé por la estancia treinta o cuarenta minutos para entrar en calor, y</p>
<p>luego me instalé en el despacho, tal vez apartado en exceso del buen fuego y el confortante café que el ama</p>
<p>de llaves me preparo.</p>
<p><b>CAPÍTULO IV</b></p>
<p>El ser humano es tornadizo como una veleta. Yo, que había resuelto mantenerme al margen de toda</p>
<p>sociedad humana y que agradecía a mi buena estrella el haber venido a parar a un sitio donde mis</p>
<p>propósitos podían realizarse plenamente; yo, desdichado de mí, me vi obligado a arriar bandera después de</p>
<p>aburrirme mortalmente durante toda la tarde, y, pretextando interés por conocer detalles relativos a mi</p>
<p>alojamiento, pedí a la señora Dean, cuando me trajo la cena, que se sentase un momento con el propósito de</p>
<p>entablar con ella una plática que me animase o me acabara de aburrir.</p>
<p>-Usted vive aquí hace mucho tiempo -empecé-. Me dijo que dieciséis años, ¿no?</p>
<p>-Dieciocho, señor. Vine al servicio de la señora, cuando se casó. Al faltar la señora, el señor me dejó de</p>
<p>ama de llaves.</p>
<p>-¡Ah!</p>
<p>Hubo una pausa. Pensé que le gustaban los comadreos.</p>
<p>Pero, al cabo de algunos instantes, exclamó poniendo las manos sobre las rodillas, mientras una</p>
<p>expresión meditativa se pintaba en su rostro:</p>
<p>-Los tiempos han cambiado mucho desde entonces. -Claro -dije-. Habrá asistido usted a muchas</p>
<p>modificaciones&#8230;</p>
<p>-Y a muchas tristezas.</p>
<p>«Procuraremos que la conversación recaiga sobre la familia de mi casero -pensé-. ¡Debe ser un tema</p>
<p>entretenido! Me gustaría saber la historia de aquella bonita viuda, averiguar si es del país o no, lo cual me</p>
<p>parece lo más probable, ya que aquel grosero <i>indígena </i>no la reconoce como de su raza.»</p>
<p>Y con esta intención, pregunté a la señora Dean si conocía los motivos por los cuales Heathcliff alquilaba</p>
<p>la «Granja de los Tordos», reservándose una residencia mucho peor.</p>
<p>-¿Acaso no es bastante rico? -Interrogué.</p>
<p>-¡Rico! Nadie sabe cuánto capital posee, y, además, lo aumenta de año en año. Es lo bastante rico para</p>
<p>vivir en una casa aún mejor que ésta, pero es&#8230; muy ahorrativo&#8230; En cuanto ha oído hablar de un buen</p>
<p>inquilino para la «Granja», no ha querido desaprovechar la ocasión de hacerse con unos cuantos de cientos</p>
<p>de libras más. No comprendo que se sea tan codicioso cuando se está solo en la vida.</p>
<p>-¿No tuvo un hijo?</p>
<p>-Sí, pero murió.</p>
<p>-Y la señora Heathcliff, aquella muchacha, ¿es la viuda?</p>
<p>-Sí.</p>
<p>-¿De dónde es?</p>
<p>-¡Es la hija de mi difunto amo &#8230; ! De soltera se llamaba Catalina Linton. Yo la crié. Me hubiera gustado</p>
<p>que el señor Heathcliff viniera a vivir aquí, para estar juntas otra vez.</p>
<p>-¿Catalina Linton? -exclamé asombrado. Luego, al reflexionar, comprendí que no podía ser la</p>
<p>Catalina Linton de la habitación en que dormí-. ¿Así que el antiguo habitante de esta casa se llamaba</p>
<p>Linton?</p>
<p>-Sí, señor.</p>
<p>-¿Y quién es ese Hareton Eamshaw que vive con Heathcliff? ¿Son parientes?</p>
<p>-Hareton es sobrino de la difunta Catalina Linton.</p>
<p>-¿Primo de la joven, entonces.</p>
<p>-Sí. El marido de ella era tambien primo suyo. Uno por parte de madre, otro por parte de padre.</p>
<p>Heathcliff estuvo casado con la hermana del señor Linton.</p>
<p>-En la puerta principal de «Cumbres Borrascosas» he visto una inscripcion que dice: «Earnshaw, 15OO».</p>
<p>Así que supongo que se trata de una familia antigua&#8230;</p>
<p>-Muy antigua, señor. Hareton es su último descendiente, y Catalina la última de nosotros&#8230; quiero</p>
<p>decir, de los Linton&#8230; ¿Ha estado usted en «Cumbres Borrascosas»? Perdone la curiosidad, pero quisiera</p>
<p>saber cómo ha encontrado a la señora.</p>
<p>-La señora Heathcliff me pareció muy bonita, pero creo sinceramente que no vive muy contenta.</p>
<p>-¡Oh, Dios mío, no es de extrañar! Y ¿que opina usted del amo?</p>
<p>-Me parece un tipo bastante áspero, señora Dean.</p>
<p>-Es áspero como el filo de una sierra, y duro como el pedernal.</p>
<p>-Debe haber tenido una vida muy accidentada para haberse vuelto de ese modo&#8230; ¿Sabe usted su historia?</p>
<p>-La conozco toda, excepto quienes fueran sus padres y dónde ganó su primer dinero. A Hareton le han</p>
<p>dejado sin nada&#8230; El pobre chico es el único de la parroquia que ignora la estafa que ha sufrido.</p>
<p>-Vaya, señora Dean, pues haría usted una buena obra si me contara algo sobre esos vecinos. Si me</p>
<p>acuesto, no podré dormir. Así siéntese usted y charlaremos una hora&#8230;</p>
<p>-¡Oh, sí, señorl Precisamente tengo unas cosas que coser. Me sentaré todo el tiempo que usted quiera.</p>
<p>Pero está usted tiritando de frío y es necesario que le prepare algo para reaccionar.</p>
<p>Y la buena señora salió apresuradamente. Me acomodé al lado de la lumbre. Tenía la cabeza ardiendo y</p>
<p>el resto del cuerpo helado. Estaba excitado y sentía los nervios tensísimos. No dejaba de inquietarme el</p>
<p>pensar en las consecuencias que pudieran tener para mi salud los incidentes de aquella visita a «Cumbres</p>
<p>Borrascosas».</p>
<p>El ama de llaves volvió enseguida, trayendo un tazón humeante y un costurero. Colocó la vasija en la</p>
<p>repisa de la chimenea y se sentó, con aire de satisfacción, motivada sin duda por hallar un señor tan</p>
<p>partidario de la confianza.</p>
<p>Antes de instalarme aquí -comenzó, sin esperar que yo volviese a invitarla a contarme la historia-, residí</p>
<p>casi siempre en «Cumbres Borrascosas». Mi madre había criado a Hindley Earnshaw, el padre de Hareton,</p>
<p>y yo solía jugar con los niños. Andaba por toda la finca, ayudaba a las faenas y hacía los recados que me</p>
<p>ordenaban. Una hermosa mañana de verano -recuerdo que era a punto de comenzar la siega- el señor</p>
<p>Earnshaw, el amo antiguo, bajó la escalera con su ropa de viaje, dio instrucciones a José sobre las tareas del</p>
<p>día, y dirigiéndose a Hindley, a Catalina y a mí, que desayunábamos juntos, preguntó a su hijo:</p>
<p>-¿Qué quieres que te traiga de Liverpool, pequeño? Elige lo que quieras, con tal de que no abulte mucho,</p>
<p>porque tengo que ir y volver a pie, y son sesenta millas de caminata&#8230;</p>
<p>Hindley le pidió un violín, y Catalina, que aunque no tenía todavía seis años ya sabía montar todos los</p>
<p>caballos de la cuadra, le pidió un látigo. A mí, el señor me prometió traerme peras y manzanas. Era bueno,</p>
<p>aunque algo severo.</p>
<p>Luego besó a los niños, y se fue.</p>
<p>En los tres días de su ausencia, la pequeña Catalina no hacía más que preguntar por su padre. La noche</p>
<p>del tercer día, la señora esperaba que su marido llegase a tiempo para la cena, y fue aplazándola horas y</p>
<p>horas. Los niños acabaron cansándose de ir a la verja para ver si su padre venía. Oscureció, la señora quería</p>
<p>acostar a los pequeños y ellos le rogaban que les dejara esperar. A las once, el señor aparecio por fin. Se</p>
<p>dejo caer en una silla, diciendo entre risas y quejas, que no volvería a hacer una caminata así por todo</p>
<p>cuanto había en los tres reinos de la Gran Bretaña.</p>
<p>-Creí que reventaba -añadió, abriendo su gabán-. Mira lo que traigo aquí, mujer. No he llevado en mi</p>
<p>vida peso más grande: acógelo como un don que nos envia Dios, aunque, por lo negro que es, parece más</p>
<p>bien un enviado del demonio.</p>
<p>Le rodeamos, y por encima de la cabeza de Catalina pude distinguir un sucio y andrajoso niño de</p>
<p>cabellos negros. Aunque era lo bastante crecido para andar y hablar, ya que parecía mayor que Catalina,</p>
<p>cuando le pusimos en pie en medio de todos, permaneció inmóvil mirándonos con turbación y hablando en</p>
<p>una jerga ininteligible. Nos dio miedo, y la señora quería echarle de casa. Luego preguntó al amo que cómo</p>
<p>se le había ocurrido traer a aquel gitanito, cuando ellos ya tenían hijos propios que cuidar. ¿Qué significaba</p>
<p>aquello? ¿Se había vuelto loco? El señor intentó explicar lo sucedido, pero como estaba tan fatigado y ella</p>
<p>no dejaba de reprenderle, yo no saqué en limpio sino que el amo había encontrado al chiquillo hambriento y</p>
<p>sin hogar ni familia en las calles de Liverpool, y había resuelto recogerlo y traerlo consigo. La señora acabó</p>
<p>calmándose y el señor Earnshaw me mandó lavarle, ponerle ropa limpia y acostarle en el cuarto de sus</p>
<p>niños.</p>
<p>Hindley y Catalina estuvieron escuchando hasta que la tranquilidad se restableció. Y entonces empezaron</p>
<p>a buscar en los bolsillos de su padre los prometidos regalos. Hindley era ya un rapaz de catorce años, pero</p>
<p>cuando encontró en uno de los bolsillos los restos de lo que había sido un violín, rompió a llorar, y</p>
<p>Catalina, al oír que su padre había perdido el látigo que le traía por atender al intruso, demostró su</p>
<p>contrariedad escupiendo al chiquillo y haciéndole burla. La ocurrencia le valió un bofetón de su padre. Los</p>
<p>hermanos se negaron en absoluto a admitirle en sus lechos, y a mí no se me ocurrió cosa mejor que dejarle</p>
<p>en el rellano de la escalera, esperando que se marchase al llegar la mañana. Bien porque oyese sonar la voz</p>
<p>del señor, o por lo que fuera, el chico se dirigió a la habitación del amo, y éste, al averiguar cómo había</p>
<p>llegado allí, y saber dónde yo le había dejado, castigó mi inhumanidad echándome a la calle.</p>
<p>Así se introdujo Heathcliff en la familia. Yo volví a la casa días después, ya que mi expulsión no llegó a</p>
<p>ser definitiva, y encontré que habían dado al intruso el nombre de Heathcliff, que era el de un niño de los</p>
<p>amos que había muerto muy pequeño. Desde entonces, ese «Heathcliff» le sirvió de nombre y de apellido.</p>
<p>Catalina y él hicieron muy buenas migas, pero Hindley le odiaba y yo también. Ambos le maltratábamos</p>
<p>mucho, y la señora no intervino nunca para protegerle.</p>
<p>Él se comportaba como un niño torvo y paciente. Quizá estuviera acostumbrado a sufrir malos tratos.</p>
<p>Aguantaba sin parpadear los golpes de Hindley y no vertía ni una lágrima. Si yo le pellizcaba, no hacia mas</p>
<p>que suspirar profundamente, como si se hubiese hecho daño él solo, por casualidad. Cuando descubrió el</p>
<p>señor Earnshaw que su hijo maltrataba al pobre huérfano, como él le llamaba, se enfureció. Profesaba a</p>
<p>Heathcliff un sorprendente afecto (más incluso que a Catalina, que era muy traviesa), y creía cuanto él le</p>
<p>decía, aunque, desde luego, en lo referente a las persecuciones de que era objeto, no llegaba a contar todas</p>
<p>las que sufría.</p>
<p>De manera que, desde el principio, Heathcliff sembró en la casa semillas de discordia. Cuando dos años</p>
<p>más tarde murió la señora, Hindley consideraba a su padre como un tirano y a Heathcliff como a un intruso</p>
<p>que le había robado el afecto paternal y sus derechos de hijo. Yo compartía sus opiniones, pero cuando los</p>
<p>niños enfermaron del sarampión, modifiqué mis sentimientos. Tuve que cuidar a todos los chiquillos, y</p>
<p>Heathcliff, mientras estuvo grave, quería tenerme siempre a su lado. Debía pensar que yo era muy buena</p>
<p>para él, sin comprender que no hacía más que cumplir con mi obligación. Hay que reconocer que era el</p>
<p>niño más pacífico que haya atendido jamás una enfermera. Mientras Catalina y su hermano me</p>
<p>importunaban continuamente, él era manso como un cordero, quizá ello se debía más a la costumbre de</p>
<p>sufrir que a buenos instintos.</p>
<p>Cuando se curó y el médico aseguró que ello en parte era consecuencia de mis cuidados, me sentí</p>
<p>agradecida hacia quien me había hecho merecer tales alabanzas. Así perdió Hindley la aliada que tenía en</p>
<p>mí. Sin embargo, mi afecto por Heathcliff no era ciego, y frecuentemente me preguntaba para mis adentros</p>
<p>qué sería lo que el amo podría ver en aquel niño que, a lo que recuerdo, nunca recompensó a su protector</p>
<p>con expresión alguna de gratitud. No es que obrase mal con el amo, sino que demostraba indiferencia,</p>
<p>aunque bien sabía que bastaba una frase suya para que toda la casa hubiera de plegarse a sus deseos.</p>
<p>Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que el señor Earnshaw compró dos potros en la feria del pueblo y</p>
<p>regaló uno a cada muchacho. Heathcliff eligió el más hermoso, pero habiendo notado al poco tiempo que</p>
<p>cojeaba, dijo a Hindley:</p>
<p>-Tienes que cambiar de caballo conmigo, porque el mío no me agrada. Si no lo quieres hacer, le contaré a</p>
<p>tu padre que me has dado esta semana tres palizas y le enseñaré mi brazo, que está amoratado hasta junto al</p>
<p>hombro.</p>
<p>Hindley se burló de él y le dio de bofetadas.</p>
<p>-Lo mejor es que hagas enseguida lo que te digo -continuó Heathcliff, saliendo al portal desde la cuadra,</p>
<p>donde estaban-. ¡Ya sabes que si hablo a tu padre, recibirás estos golpes y muchos más!</p>
<p>-¡Largo de aquí, perro! -gritó Hindley amenazándole con una pesa de hierro que se empleaba para pesar</p>
<p>patatas.</p>
<p>-Atrévete a tirármela -le desafió Heathcliff deteniendose -. Ya diré que te has vanagloriado de que me</p>
<p>echarías a la calle en cuanto tu padre se muera, y veremos si entonces no eres tú el que sales de esta casa</p>
<p>hoy mismo.</p>
<p>Hindley le tiró la pesa, que alcanzó a Heathcliff en el pecho. Cayó al suelo, pero se levantó enseguida,</p>
<p>pálido y tambaleándose. A no habérselo yo impedido, hubiera ido enseguida a presentarse al amo, para</p>
<p>acusar a Hindley.</p>
<p>-Coge mi caballo, gitano -rugió entonces el joven Earnshaw-, y ¡ojalá te mates con él! ¡Tómalo y maldito</p>
<p>seas, miserable intruso! Anda y arranca a mi padre cuanto tiene, y demuéstrale quién eres después de que lo</p>
<p>hagas, engendro de Satanás. ¡Tómalo, y así te rompa la cabeza a patadas!</p>
<p>Heathcliff se acercó al animal y se puso a desatarlo para cambiarlo de sitio. Hindley, al terminar de</p>
<p>hablar, le derribó de un golpe entre las pezuñas del caballo, y sin detenerse a ver si sus maldiciones se</p>
<p>cumplían, salió corriendo. Me asombró la serenidad con que el niño se levantó, y realizó sus intenciones,</p>
<p>cambiando, antes que nada, los arreos de las caballerías, después de lo cual se sentó en un haz de heno, para</p>
<p>dejar que le pasara el efecto del golpetazo recibido, antes de volver a entrar en la casa. No me fue difícil</p>
<p>convencerle de que atribuyese al caballo la culpa de sus contusiones. Él había conseguido lo que deseaba, y</p>
<p>lo demás le importaba poco. Como rara vez se quejaba de los malos tratos que sufría, yo pensaba que no</p>
<p>era rencoroso, pero pronto verá usted que me engañaba.</p>
<p><b>CAPÍTULO V</b></p>
<p>Con el tiempo, el señor Earnshaw empezó a decaer. Había sido un hombre recio y sano, pero cuando sus</p>
<p>fuerzas le abandonaron y se vio obligado a pasarse la vida al lado de la chimenea, se volvió suspicaz e</p>
<p>irritable. -Se ofendia por una pequenez, y se enfurecía ante cualquier imaginaria falta de respeto. Ello podía</p>
<p>apreciarse especialmente cuando alguien pretendía hacer a su favorito objeto de algún engaño o de algún</p>
<p>intento de dominarle. Velaba celosamente para que no le ofendieran con palabra alguna, y parecía que tenía</p>
<p>metida en la cabeza la idea de que el cariño con que distinguía a Heathcliff hacía que todos le odiasen y</p>
<p>deseasen su mal. Esto iba en perjuicio del muchacho, porque como ninguno deseábamos enfadar al amo,</p>
<p>nos plegábamos a todos los caprichos de su preferido, y con ello fomentábamos su soberbia y su mal</p>
<p>carácter. En dos o tres ocasiones, los desprecios que Hindley hacía a Heathcliff en presencia de su padre</p>
<p>excitaron la cólera del anciano, quien cogía su bastón para golpear a su hijo, y se estremecía de furor al no</p>
<p>poder hacerlo por falta de fuerzas.</p>
<p>Finalmente, el párroco (porque entonces había aquí un cura que se ganaba la vida dando lecciones a los</p>
<p>niños de las familias Linton y Earnshaw y labrando él mismo su terreno) aconsejó que se enviara a Hindley</p>
<p>al colegio, y el señor Earnshaw consintió en ello, aunque de mala gana; ya que decía que Hindley era un</p>
<p>obtuso y no se podía sacar partido de él, hiciérase lo que se hiciera.</p>
<p>Yo, dolida, viendo lo caros que el señor pagaba los resultados de su buena obra, esperé que así se</p>
<p>restableciese la paz. Me parecía que los disgustos familiares estaban amargando su vejez. Por lo demás,</p>
<p>hacía cuanto quería, y las cosas no hubieran ido tan mal a no ser por la señorita Catalina y por José, el</p>
<p>criado. Supongo que usted le habrá visto&#8230; Era, y debe seguir siendo, el más odioso fariseo que se haya</p>
<p>visto nunca, siempre pronto a creerse objeto de las bendiciones divinas y a lanzar maldiciones sobre su</p>
<p>prójimo en nombre de Dios. Sus sermones producían mucha impresión al señor Earnshaw y a medida que</p>
<p>éste se iba debilitando, crecía el dominio de José sobre él. No cesaba un momento de mortificarle con</p>
<p>consideraciones sobre la salvación eterna y sobre la necesidad de educar bien y rígidamente sus hijos.</p>
<p>Trataba de hacerle considerar a Hindley como un réprobo, y le contaba largos relatos de diabluras de</p>
<p>Heathcliff y Catalina, sin perjuicio de acumular las mayores culpas sobre ésta, con lo que creía adular las</p>
<p>inclinaciones del amo.</p>
<p>Verdaderamente, Catalina era la niña más caprichosa y traviesa que yo haya visto jamás, y nos hacía</p>
<p>perder la paciencia mil veces al día. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, no nos dejaba estar un</p>
<p>minuto tranquilos. Tenía siempre el genio pronto a la disputa y no daba nunca paz a la boca. Cantaba, reía y</p>
<p>se burlaba de todo el que no hiciese lo mismo que ella. De todos modos, creo que no tenía malos</p>
<p>sentimientos, porque cuando hacía sufrir a alguien mucho, se apresuraba a acudir a su lado para consolarle.</p>
<p>Pero tenía hacia Heathcliff un excesivo afecto. No podía aplicársele castigo mayor que separarla de él, a</p>
<p>pesar de que siempre estaban riñéndola por su culpa. Cuando jugaba, le gustaba hacer de señora, y usaba</p>
<p>las manos más de la cuenta para imponer su autoridad. Quería hacer igual conmigo, pero yo le hice saber</p>
<p>que no estaba dispuesta a soportar sus golpes ni sus órdenes.</p>
<p>El señor Earnshaw no soportaba juegos. Siempre había sido severo con sus hijos y Catalina no acertaba a</p>
<p>explicarse por qué en su ancianidad era más regañon que antes. Parecía sentir un perverso placer en</p>
<p>provocarle. Era más feliz que nunca cuando todos la rodeábamos reprochándola, porque podía mirarnos</p>
<p>replicándonos con mordacidad, haciendo burla de las piadosas invocaciones de José, buscándonos las</p>
<p>vueltas y, en suma, haciendo lo que más desagradaba a su padre. Además, obraba como si estuviera</p>
<p>interesada en demostrar que tenía más imperio sobre Heathcliff, a despecho de su insolencia, que su padre</p>
<p>con todas sus bondades hacia él. Después de hacer durante el día todo el mal que le era posible, al llegar la</p>
<p>noche acudía a su padre mimosamente, queriendo reconciliarse con él a fuerza de mimos.</p>
<p>-Vete, vete, Catalina -decía el anciano-: no me es posible quererte. Eres todavía peor que tu hermano.</p>
<p>Anda, vete a rezar y pide a Dios que te perdone. Mucho temo que haya de pesarnos a tu madre y a mí el</p>
<p>haberte dado el ser.</p>
<p>Al principio, estos razonamientos la hacían llorar, pero luego se habituó a ellos, y se echaba a reír cuando</p>
<p>su padre le mandaba que pidiese perdón de sus maldades.</p>
<p>Al fin llegó el momento de que terminasen los dolores del señor Earnshaw en la tierra. Murió una noche</p>
<p>de octubre, plácidamente, estando sentado en su sillón al lado del fuego. Soplaba un fuerte viento en torno a</p>
<p>la casa, y resonaba en el cañón de la chimenea. Era un aire violento y tempestuoso, pero no frío. Todos</p>
<p>estábamos juntos; yo un poco apartada de la lumbre, haciendo calceta, y José leyendo la Biblia. Los</p>
<p>criados, entonces, una vez que terminaban sus faenas, solían reunirse en el salón con los señores. La</p>
<p>señorita Catalina estaba pacífica, porque había pasado una enfermedad recientemente y permanecía</p>
<p>apoyada en las rodillas de su padre. Heathcliff se había tumbado en el suelo con la cabeza encima del</p>
<p>regazo de Catalina. El amo, según recuerdo bien, antes de caer en el sopor de que no debía salir, acariciaba</p>
<p>la hermosa cabellera de la muchacha, y, extrañado de verla tan juiciosa, decía:</p>
<p>-¿Por qué no has de ser siempre buena?</p>
<p>Ella le miró, y riendo, contestóle:</p>
<p>-¿Y usted, padre, por qué no había de ser siempre bueno?</p>
<p>Después, viendo que se disgustaba, le besó la mano y le dijo que iba a cantar para que se adormeciese.</p>
<p>Empezó, en efecto, a cantar en voz baja. A1 cabo de un rato, los dedos del anciano abandonaron los</p>
<p>cabellos de la niña, y reclinó la cabeza sobre el pecho. Mandé a Catalina que callara y que no se moviera</p>
<p>para no despertar al amo. Durante más de media hora permanecimos en silencio, y aún hubiéramos seguido</p>
<p>más tiempo así, a no haberse levantado José diciendo que era hora de despertar al señor para rezar y</p>
<p>acostarse. Se adelantó, le llamó y le tocó en el hombro, mas, notando que no se movía, cogió la vela y le</p>
<p>miró. Cuando apartó la luz, comprendí que pasaba algo anormal. Cogió a cada niño por un brazo y les dijo,</p>
<p>en voz baja, que subiesen a su cuarto y rezasen solos, porque él tenía mucho que hacer aquella noche antes</p>
<p>de retirarse.</p>
<p>-Voy primero a dar las buenas noches a papá -dijo Catalina.</p>
<p>Y le echó los brazos al cuello, antes de que pudiéramos evitarlo. Comprendió enseguida lo que pasaba, y</p>
<p>exclamó:</p>
<p>-¡Oh, ha muerto, Heathcliff! Padre, ha muerto&#8230;</p>
<p>Y ambos empezaron a llorar de un modo que desgarraba el corazón.</p>
<p>Empecé también a llorar; pero José nos interrumpió diciéndonos que por qué llorábamos tanto por un</p>
<p>santo que se había ido al cielo. Después me mandó ponerme el abrigo y correr a Gimmerton a buscar al</p>
<p>médico y al sacerdote. Yo no podía comprender de qué iban a servir ya uno ni otro, pero, no obstante, salí</p>
<p>presurosamente, a pesar de que hacía una noche muy mala. El médico vino inmediatamente. Dejé a José</p>
<p>explicándose con el doctor, y subí al cuarto de los niños. Habían dejado la puerta abierta y no parecían</p>
<p>pensar en acostarse, aunque era más de medianoche, pero estaban más calmados y no necesitaban que les</p>
<p>consolase yo. En su inocente conversación, sus almas pueriles se describían mutuamente las bellezas del</p>
<p>cielo como ningún sacerdote hubiera sabido hacerlo. Yo les oía llorando y agradecía a Dios que</p>
<p>estuviéramos allí los tres, reunidos, seguros&#8230;</p>
<p><b>CAPÍTULO VI</b></p>
<p>Cuando Hindley acudió a las exequias de su padre, traía una mujer con él, lo que asombró a todos los</p>
<p>vecinos. Nunca nos dijo quién era su esposa ni dónde había nacido. Debía carecer de fortuna y de nombre</p>
<p>distinguido, porque Hindley hubiese anunciado a su padre su casamiento en caso contrario.</p>
<p>La recién llegada no causó muchas molestias en casa. Se mostraba encantada de cuanto veía allí, excepto</p>
<p>lo atañente al entierro. Viéndola como obraba durante la ceremonia, juzgué que era medio tonta. Me hizo</p>
<p>acompañarla a su habitación, a pesar de que yo tenía que vestir a los niños, y se sentó, temblando, y</p>
<p>apretando los puños. No hacía más que repetir:</p>
<p>-¿Se han ido ya?</p>
<p>Y empezó a explicar como una histérica el efecto que le producía tanto luto. Viéndola estremecerse y</p>
<p>llorar, le pregunté que qué le pasaba, y me contestó que temía morir. Me pareció que tan expuesta estaba a</p>
<p>morir como yo. Era delgada, pero tenía la piel fresca y juvenil, y sus ojos brillaban como dos diamantes.</p>
<p>Noté, sin embargo, que cualquier ruido inesperado la sobresaltaba, y que tosía de vez en cuando, pero yo no</p>
<p>sabía lo que tales síntomas pronosticaban, y no sentía, además, simpatía alguna hacia ella. En esta tierra</p>
<p>simpatizamos poco con los que vienen de fuera, a no ser que ellos nos muestren simpatía primero.</p>
<p>Hindley parecía otro. Estaba más delgado y más pálido, y vestía y hablaba de un modo muy diferente. El</p>
<p>mismo día que llegó, nos dijo a José y a mí que debíamos limitarnos a la cocina, dejándole el salón para su</p>
<p>uso exclusivo. Al principio pensó en acomodar para saloncito una estancia interior, empapelándola y</p>
<p>acondicionándola, pero tanto le gustó a su mujer el salón con su suelo blanco, su enorme chimenea, su</p>
<p>aparador y sus platos, y tanto la satisfizo el desahogo de que se disfrutaba allí, que prefirieron utilizar</p>
<p>aquella habitación como gabinete.</p>
<p>Los primeros días, la mujer de Hindley se manifestó satisfecha de ver a su cuñada. Andaba con ella por la</p>
<p>casa, jugaban juntas, la besaba y le hacía obsequios, pero pronto se cansó, y a medida que disminuía en sus</p>
<p>muestras de cariño, Hindley se volvía más déspota. Cualquier palabra de su mujer que indicase desafecto</p>
<p>hacia Heathcliff despertaba en él sus antiguos odios infantiles. Le hizo instalar en compañía de los criados</p>
<p>y le mandó que se aplicase a las mismas faenas agrícolas que los otros mozos.</p>
<p>Al principio, Heathcliff toleró bastante resignadamente su nuevo estado. Catalina le enseñaba lo que ella</p>
<p>aprendía, trabajaba en el campo con él y jugaban juntos. Los dos iban creciendo en un abandono completo,</p>
<p>y el joven amo no se preocupaba para nada de lo que hacían, con tal de que no le estorbaran. Ni siquiera se</p>
<p>ocupaba de que fueran a la iglesia los domingos. Cada vez que los chicos se escapaban y José o el cura le</p>
<p>censuraban su descuido, se limitaba a mandar que pegasen a Heathcliff y que castigasen sin comer a</p>
<p>Catalina. Ellos no conocían mejor diversión que escaparse a los pantanos, y cuando se les castigaba por</p>
<p>hacerlo lo tomaban a risa. Aunque el cura marcase a Catalina cuantos capítulos se le antojaran para que los</p>
<p>aprendiera de memoria, y aunque José pegase a Heathcliff, hasta dolerle el brazo, los muchachos lo</p>
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		<title>Alas Rotas</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Aug 2010 04:54:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

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		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/alas-rotas/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p>GIBRÁN KHALIL GIBRÁN</p> <p>-----------------------------</p> <p>ALAS ROTAS (1912)</p> <p>PREFACIO</p> <p>Tenía yo dieciocho años de edad cuando el amor me abrió los ojos con sus mágicos rayos y</p> <p>tocó mi espíritu por vez primera con sus dedos de hada, y Selma Karamy fue la primera mujer</p> <p>que despertó mi espíritu con su belleza y me llevó al jardín de su hondo afecto, donde los días</p> <p>pasan como sueños y las noches como</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/07/alas-rotas/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><b>GIBRÁN KHALIL GIBRÁN</b></p>
<p><b>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</b></p>
<p><b>ALAS ROTAS (1912)</b></p>
<p><i>PREFACIO</i></p>
<p><i>Tenía yo dieciocho años de edad cuando el amor me abrió los ojos con sus mágicos rayos y</i></p>
<p><i>tocó mi espíritu por vez primera con sus dedos de hada, y Selma Karamy fue la primera mujer</i></p>
<p><i>que despertó mi espíritu con su belleza y me llevó al jardín de su hondo afecto, donde los días</i></p>
<p><i>pasan como sueños y las noches como bodas.</i></p>
<p><i>Selma Karamy fue la que me enseñó a rendir culto a la belleza con el ejemplo de su propia</i></p>
<p><i>hermosura y la que, con su cariño, me reveló el secreto del amor; fue ella la que cantó por vez</i></p>
<p><i>primera, para mí, la poesía de la vida verdadera.</i></p>
<p> <span id="more-20175"></span>
<p><i></i></p>
<p><i>Todo joven recuerda su primer amor y trata de volver a poseer esa extraña hora, cuyo recuerdo</i></p>
<p><i>transforma sus más hondos sentimientos y le da tan inefable felicidad, a pesar de toda la</i></p>
<p><i>amargura de su misterio.</i></p>
<p><i>En la vida de todo joven hay una &quot;Selma&quot;, que súbitamente se le aparece en la primavera de la</i></p>
<p><i>vida, que transforma su soledad en momentos felices, y que llena el silencio de sus noches con</i></p>
<p><i>música.</i></p>
<p><i>Por aquella época estaba yo absorto en profundos pensamientos y contemplaciones, y trataba</i></p>
<p><i>de entender el significado de la naturaleza y la revelación de los libros y de las Escrituras,</i></p>
<p><i>cuando oí al Amor susurrando en mis oídos a través de los labios de Selma. Mi vida era un</i></p>
<p><i>estado de coma, vacía como la de Adán en el Paraíso, cuando vi a Selma en pie, ante mí, como</i></p>
<p><i>una columna. de luz. Era la Eva de mi corazón, que lo llenó de secretos y maravillas, y que me</i></p>
<p><i>hizo comprender el significado de la vida.</i></p>
<p><i>La primera Eva, por su propia voluntad, hizo que Adán saliera del Paraíso, mientras que Selma,</i></p>
<p><i>involuntariamente, me hizo entrar en el Paraíso del amor puro y de la virtud, con su dulzura y su</i></p>
<p><i>amor; pero lo que ocurrió al primer hombre también me sucedió a mí, y. la espada de fuego que</i></p>
<p><i>expulsó a Adán del Paraíso fue la misma que atemorizó con su </i>filo <i>resplandeciente y me obligó a</i></p>
<p><i>apartarme del paraíso de mi amor, sin haber desobedecido ningún mandato, y sin haber probado el</i></p>
<p><i>fruto del árbol prohibido.</i></p>
<p><i>Hoy, después de haber transcurrido muchos años, no me queda de aquel hermoso sueño sino un</i></p>
<p><i>cúmulo de dolorosos recuerdos que aletean con alas invisibles en torno</i></p>
<p><i>mío, que llenan de tristeza las profundidades de mi corazón, y que llevan lágrimas a mis ojos; y mi</i></p>
<p><i>bien amada, la hermosa Selma, ha muerto, y nada queda de ella para preservar su memoria, sino mi</i></p>
<p><i>roto corazón, y una tumba rodeada de cipreses. Esa tumba y este corazón son todo lo que ha quedado</i></p>
<p><i>para dar testimonio de Selma.</i></p>
<p><i>El silencio que custodia la tumba no revela el secreto de Dios, oculto en la oscuridad del ataúd, y el</i></p>
<p><i>crujido de las ramas cuyas raíces absorben los elementos del cuerpo no des cifran los misterios de la</i></p>
<p><i>tumba, pero los suspiros de dolor de mi corazón anuncian a los vivientes el drama que han</i></p>
<p><i>representado el amor, la belleza y la muerte.</i></p>
<p><i>¡Oh amigos de mi juventud, que estáis dispersos en la ciudad de Beirut!: cuando paséis por ese</i></p>
<p><i>cementerio, junto al bosque de pinos, entrad en él silenciosamente, y caminad despacio, para que el</i></p>
<p><i>ruido de vuestros pasos no, turbe el tranquilo sueño de los muertos, y deteneos humildemente ante la</i></p>
<p><i>tumba de Selma; reverenciad la tierra que cubre su cuerpo y decid mi nombre en un hondo suspiro, al</i></p>
<p><i>tiempo que decís internamente estas palabras:</i></p>
<p><i>&quot;Aquí, todas las esperanzas de Gibrán, que vive como prisionero del amor más allá de los mares;</i></p>
<p><i>todas sus esperanzas, fueron enterradas. En este sitio perdió Gibrán su felicidad, vertió todas sus</i></p>
<p><i>lágrimas, y olvidó su sonrisa.</i></p>
<p><i>&quot;Junto a esa tumba crece la tristeza de Gibrán, al mismo tiempo que los cipreses, y sobre la tumba</i></p>
<p><i>su espíritu arde todas las noches como una lámpara votiva consagrada a Selma, y entona a coro con</i></p>
<p><i>las ramas de los árboles un triste lamento, en lastimero duelo por la partida de Selma, que ayer,</i></p>
<p><i>apenas ayer, era un hermoso canto en los labios de la Vida, y que hoy es un silente secreto en el seno</i></p>
<p><i>de la tierra.&quot;</i></p>
<p><i>¡Oh camaradas de mi juventud! Os conjuro, en nombre de aquellas vírgenes que vuestros corazones</i></p>
<p><i>han amado, a que coloquéis una guirnalda de flores en la desamparada</i></p>
<p><i>Tumba de mi bien amada, pues las flores que coloquéis sobre la tumba de Selma serán como gotas</i></p>
<p><i>de rocío desprendidas de los ojos de la aurora, para refrescarlos pétalos de una rosa que se marchita.</i></p>
<p><b>I</b></p>
<p><b>CALLADA TRISTEZA</b></p>
<p>Vecinos míos, vosotros recordáis. con placer la aurora de vuestra juventud, y lamentáis que haya</p>
<p>pasado; pero yo recuerdo la mía como un prisionero recuerda los barrotes y los grilletes de su cárcel.</p>
<p>Vosotros habláis de aquellos años entre la infancia y la juventud como de una época de oro, libre de</p>
<p>confinamientos y de cuidados, pero aquellos años. yo los considero una época de callada tristeza que</p>
<p>caía como una semilla en mi corazón, y crecía en él; y que no encontraba salida hacia el mundo del</p>
<p>conocimiento y la sabiduría, hasta que llegó el amor y abrió las puertas de mi corazón, e iluminó sus</p>
<p>recintos.</p>
<p>El amor me dio lengua y lágrimas. Seguramente recordáis los jardines y los huertos, las plazas</p>
<p>públicas y las esquinas que presenciaron vuestros juegos y oyeron vuestros inocentes cuchicheos; yo</p>
<p>también recuerdo hermosos parajes del norte del Líbano. Cada vez que cierro los ojos veo aquellos</p>
<p>valles, llenos de magia y dignidad, cuyas montañas, cubiertas de gloria y grandeza, trataban de</p>
<p>alcanzar el cielo. Cada vez que cierro mis oídos al clamor de la ciudad, oigo el murmullo de aquellos</p>
<p>riachuelos y el crujido de aquellas ramas. Todas esas bellezas a las que me refiero ahora, y que ansío</p>
<p>volver a ver como niño que ansía los pechos de su madre, hirieron mi espíritu, prisionero en la</p>
<p>oscuridad de la juventud como el halcón que sufre en su jaula al ver una bandada de pájaros que vuela</p>
<p>libremente por el anchuroso cielo. Aquellos valles y aquellas montañas pusieron el fuego en mi</p>
<p>imaginación, pero amargos pensamientos tejieron en torno de mi corazón una red de negra</p>
<p>desesperanza.</p>
<p>Cada vez que iba yo a pasear por aquellos campos volvía decepcionado, sin saber la causa de mi</p>
<p>decepción. Cada vez que miraba yo el cielo gris sentía que el corazón se me encogía. Cada vez que oía</p>
<p>yo el canto de los pájaros y los balbuceos de la primavera, sufría, sin comprender la razón de mi</p>
<p>sufrimiento. Dicen que la simplicidad hace que un hombre sea vacío, y que ese vacío lo hace</p>
<p>despreocupado. Acaso sea esto cierto entre quienes nacieron muertos y viven como cadáveres helados;</p>
<p>pero el muchacho sensible que siente mucho y lo ignora todo es la más desventurada criatura que</p>
<p>alienta bajo el sol, porque se debate entre dos fuerzas. La primera fuerza lo impulsa hacia arriba, y le</p>
<p>muestra lo hermoso de la existencia a través de una nube de sueños; la segunda, lo arrastra hacia la</p>
<p>tierra, llena sus ojos de polvo y lo anonada de temores y hostilidad.</p>
<p>La soledad tiene suaves, sedosas manos, pero sus fuertes dedos oprimen el corazón y lo hacen gemir</p>
<p>de tristeza. La soledad es el aliado de la tristeza y el compañero de la exaltación espiritual.</p>
<p>El alma del muchacho que siente que el beso de la tristeza es como un blanco lirio que empieza a</p>
<p>desplegar sus pétalos. Tiembla con la brisa, abre su corazón en la aurora, y vuelve a cerrar sus pétalos</p>
<p>al llegar las sombras de la noche. Si ese muchacho no tiene diversiones, ni amigos, ni compañeros de</p>
<p>juegos, su vida será como una reducida prisión en la que no ve nada, sino telarañas, y no oye nada,</p>
<p>sino el reptar de los insectos.</p>
<p>Tal tristeza que me obsesionaba en mi juventud no era por falta de diversiones, porque si hubiera</p>
<p>querido las habría tenido; tampoco era por falta de amigos, porque habría podido tenerlos. Tal tristeza</p>
<p>obedecía a un dolor interno que me impulsaba a amar la soledad. Mataba en mí la inclinación a los</p>
<p>juegos y a las diversiones, quitaba de mis hombros las alas de la juventud, y hacía que fuera yo como</p>
<p>un estanque entre dos montañas, que refleja en su quieta superficie las sombras de los fantasmas y los</p>
<p>colores de las nubes y de los árboles, pero que no puede encontrar una salida, para ir cantando hacia el</p>
<p>mar.</p>
<p>Tal era mi vida antes de que cumpliera yo dieciocho años. El año que los cumplí es como la cima de</p>
<p>una montaña en mi vida, porque despertó en mí el conocimiento, y me hizo comprender las vicisitudes</p>
<p>de la humanidad. En ese año volví a nacer, y a menos que una persona vuelva a nacer, su vida seguirá</p>
<p>siendo una hoja en blanco en el libro de la existencia. En ese año vi a los ángeles del cielo mirarme a</p>
<p>través de los ojos de una hermosa mujer. También vi a los demonios del infierno rabiando en el</p>
<p>corazón de un hombre malo. Aquel que no ve a los ángeles y a los demonios en toda la belleza y en</p>
<p>toda la malicia, de la vida estará muy lejos del conocimiento, y su espíritu estará ayuno de afecto.</p>
<p><b>II</b></p>
<p><b>LA MANO DEL DESTINO</b></p>
<p>En la primavera de aquel maravilloso año, estaba yo en Beirut. Los jardines estaban llenos de flores</p>
<p>de Nisán, y la tierra tenía una alfombra de verde césped; y era como un secreto de la tierra revelado al</p>
<p>Cielo. Los naranjos y los manzanos, que parecían huríes, o novias enviadas por la Naturaleza para</p>
<p>inspirar a los poetas y excitar la imaginación, llevaban blancas vestes de perfumados capullos.</p>
<p>La primavera es hermosa en todas partes, pero es más hermosa en el Líbano. Es un espíritu que vaga</p>
<p>por toda la Tierra, pero que hace su morada en el Líbano, conversando con reyes y profetas, cantando</p>
<p>con los ríos los Cantares de Salomón, y repitiendo con los sagrados cedros del Líbano los recuerdos de</p>
<p>las antiguas glorias. Beirut, libre de los lodos del invierno y del polvo del verano, en la primavera es</p>
<p>como una novia, o como una sirena que se sienta a orillas de un arroyo, y que se seca la suave piel a</p>
<p>los rayos del sol.</p>
<p>Un día, en el mes de Nisán, fui a visitar a un amigo cuya casa estaba algo apartada de la brillante y</p>
<p>hermosa ciudad. Mientras charlábamos, un hombre de aspecto digno, como de unos sesenta años de</p>
<p>edad, entró en la casa. Al levantarme para saludarlo, mi amigo me lo presentó como Farris Efendi</p>
<p>Karamy, y luego mi amigo pronunció mi nombre, con palabras elogiosas. El anciano me miró un</p>
<p>momento, y se tocó la frente con las puntas de los dedos, como si estuviera tratando de recordar algo.</p>
<p>Luego, se acercó a mí sonriente, y me dijo:</p>
<p>-Es usted hijo de un amigo mío muy querido y me da mucho gusto ver a ese amigo en la persona de</p>
<p>usted.</p>
<p>Muy conmovido por las palabras del anciano, me sentí atraído hacia él como un pájaro cuyo instinto</p>
<p>lo lleva a su nido antes de la inminente tormenta. Al sentarnos, me contó su amistad con mi padre, y</p>
<p>recordó el tiempo que habían pasado juntos. Los ancianos gustan de remontar sus recuerdos a los días</p>
<p>de su juventud, tal como los extranjeros que ansían volver a su propio país. Se complacen en referir</p>
<p>anécdotas del pasado, así como el poeta se complace en recitar su mejor poema. El anciano vive</p>
<p>espiritualmente en el pasado, porque el presente pasa para él velozmente, y el futuro le parece una</p>
<p>aproximación al olvido de la tumba. Así transcurrió una hora llena de viejos recuerdos, como las</p>
<p>sombras de los árboles sobre el césped. Cuando Farris Efendi se levantó para marcharse, me puso la</p>
<p>mano izquierda en el hombro y estrechó mi mano derecha, diciendo:</p>
<p>-No he visto a tu padre desde hace veinte años. Espero que lo sustituyas, con frecuentes visitas a mi</p>
<p>casa.</p>
<p>Agradecido, le &#8216;prometí cumplir ese deber de amistad hacia un querido amigo de mi padre.</p>
<p>Al salir el anciano, le pedí a mi amigo que me contara algo más acerca de él.</p>
<p>-No conozco a ningún hombre en Beirut cuya riqueza lo haya hecho amable, y cuya bondad lo haya</p>
<p>hecho rico -me dijo-. Es uno de esos raros hombres que vienen a este mundo y se van de él sin hacer</p>
<p>daño a nadie, pero las personas de esa clase generalmente sufren mucho, y son víctimas de la opresión,</p>
<p>porque no son lo suficientemente hábiles para salvarse de la maldad de los demás. Farris Efendi tiene</p>
<p>una hija, de carácter muy parecido al suyo, cuya belleza y gentileza están más allá de toda</p>
<p>descripción; y también ella sufrirá mucho, porque la riqueza de su padre ya la está colocando al borde</p>
<p>un horrible precipicio. -Al pronunciar mi amigo estas palabras, noté que su rostro se ensombrecía.</p>
<p>Luego, mi amigo continuó: -Farris Efendi es un buen anciano, de noble corazón, pero le falta fuerza de</p>
<p>voluntad. La gente lo maneja como a un ciego. Su hija le obedece, a pesar de ser orgullosa e</p>
<p>inteligente, y tal es el secreto que gravita en la vida de padre e hija. Este secreto lo descubrió un mal</p>
<p>hombre, que también es obispo, y cuya maldad se cobija a la sombra del Evangelio. Este prelado tiene</p>
<p>apariencia de ser amable y noble. Es la cabeza religiosa de esta tierra de gente piadosa. La gente le</p>
<p>rinde obediencia y lo venera. Y conduce a esta gente como un rebaño de ovejas hacia el matadero.</p>
<p>Este obispo tiene un sobrino, lleno de odio y de corrupción. Más tarde o más temprano, día llegará en</p>
<p>que colocará a su sobrino a su derecha, y a la hija de Farris Efendi a su izquierda, y, al alzar su impura</p>
<p>mano y al pronunciar los votos del matrimonio sobre las cabezas de estos dos jóvenes, unirá una</p>
<p>virgen pura a un sucio degenerado, colocando el corazón del día en las entrañas de la noche.</p>
<p>&quot;Es todo lo que puedo decirte acerca de Farris Efendi y de su hija, así que te ruego que no me hagas</p>
<p>más preguntas al respecto.</p>
<p>Al decir esto, mi amigo volvió la cabeza hacia la ventana, como si estuviera tratando de resolver los</p>
<p>problemas de la existencia humana y de concentrarse en la belleza del universo.</p>
<p>Al salir de esa casa, le dije que pensaba visitar a Farris Efendi unos días después, con el propósito</p>
<p>de cumplir mi promesa, y por la amistad, que había unido a él y a mi padre. Se quedó mirándome un</p>
<p>momento y noté un cambio en la expresión de su rostro, como si mis escasas y simples palabras le</p>
<p>hubieran dado una nueva idea. Luego, me miró a los os de extraña manera, con una mirada en que se</p>
<p>mezclaban amor, la piedad y el temor; con la mirada de un profeta que prevé lo que nadie más puede</p>
<p>anticipar. Luego, sus labios temblaron levemente, pero mi amigo no dijo nada al dirigirme yo a la</p>
<p>puerta. Esa extraña mirada se grabó en mí, y no pude comprender su significado hasta que maduré en el</p>
<p>mundo de la experiencia, donde los corazones se comprenden uno a otro intuitivamente, y donde los</p>
<p>espíritus maduran con el conocimiento.</p>
<p><b>III</b></p>
<p><b>LA ENTRADA AL SANTUARIO</b></p>
<p>Unos cuantos días después, la soledad hizo presa de mí, y me cansé de los estultos rostros de los libros;</p>
<p>alquilé un carruaje y me dirigí a la casa de Farris Efendi. Cuando llegamos al pinar en que la gente solía</p>
<p>realizar meriendas campestres, el conductor del carruaje tomó un camino privado, bajo la sombra de los</p>
<p>sauces, que lo bordeaban a cada lado. Al atravesar el pinar, pudimos ver la belleza de los verdes prados, los</p>
<p>viñedos, y muchas flores de Nisán, de colores vivos, que empezaban a abrirse.</p>
<p>Unos cuantos minutos después, el carruaje se detuvo ante una casa solitaria, en medio de un hermoso</p>
<p>jardín. Saturaban el aire los aromas de las rosas, de las gardenias y del jazmín.</p>
<p>Al bajar del carruaje y entrar en el espacioso jardín, vi a Farris Efendi, que salía a mi encuentro. Me</p>
<p>invitó a entrar en la casa cordialmente y se sentó a mi lado, como un padre feliz que vuelve a ver a su hijo,</p>
<p>y me abrumó con preguntas acerca de mi vida, de mi futuro y de mi educación. Le contesté, y mi voz</p>
<p>estaba llena de ambición y celo; porque en mis oídos repicaba con campanas el himno de la gloria, y sentía</p>
<p>que me lanzaba en mi velero por el calmado mar de los sueños esperanzados. En eso estábamos, cuando</p>
<p>una hermosa joven, vestida con bellísimo vestido de seda blanca, apareció tras las cortinas de terciopelo de</p>
<p>la puerta, y caminó hacia mí. Farris Efendi y yo nos levantamos de nuestros asientos.</p>
<p>-Mi hija Selma -dijo el anciano. Luego, me presentó, diciendo: &#8211; El destino me ha devuelto a un querido</p>
<p>viejo amigo, en la persona de su hijo.</p>
<p>Selma se quedó mirándome un momento, como si dudara que un visitante pudiera entrar en su casa. Sentí</p>
<p>la mano de la muchacha como un blanco lirio, y un extraño sobresalto agitó mi corazón.</p>
<p>Volvimos a tomar asiento en silencio, como si Selma hubiese llevado a aquel aposento un espíritu</p>
<p>celestial digno de mudó respeto. Al darse cuenta de aquel súbito silencio, la joven me sonrió, y dijo</p>
<p>-Mi padre me ha, contado muchas veces las anécdotas de su juventud y de los viejos tiempos en que él y</p>
<p>el padre de usted llevaban estrecha amistad. Si el padre de usted le&quot; ha contado lo mismo, este encuentro no</p>
<p>es el primero entre nosotros.</p>
<p>El anciano estaba complacido de oír a su hija expresarse así.</p>
<p>-Selma es muy sentimental. Todo lo ve con los ojos del espíritu -dijo.</p>
<p>Luego, reanudó su conversación, con mucho tacto, como si hubiera encontrado en mí un hechizo mágico</p>
<p>que lo hubiera llevado, en alas del recuerdo, a los días pasados.</p>
<p>Mientras lo miraba, pensando en cómo sería yo en mis años posteriores, él se quedó mirándome, como</p>
<p>un sereno y viejo árbol que ha soportado muchas tormentas, y al que la luz solar le proyectara la sombra</p>
<p>sobre un renuevo que se estremeciera ante la brisa de la aurora.</p>
<p>Pero Selma permanecía silenciosa. De vez en cuando, me miraba a mí, luego a su padre, como si</p>
<p>estuviera leyendo al mismo tiempo el primero y el último capítulo del drama de la vida. El día transcurrió</p>
<p>rápidamente en aquel jardín, y podía yo ver a través de la ventana el fantasmal beso amarillo del ocaso</p>
<p>sobre las montañas del Líbano. Farris Efendi siguió relatando sus experiencias, y yo le escuchaba absorto, y</p>
<p>había tanto entusiasmo en mí, que su tristeza se convirtió en alegría.</p>
<p>Selma estaba sentada cerca de la ventana, mirándonos con sus tristes ojos y sin hablar, aunque la belleza</p>
<p>tiene su propio lenguaje celestial, más misterioso que las voces de las lenguas y de los labios. Es un</p>
<p>lenguaje misterioso, intemporal, común a toda la humanidad; un calmado lago que atrae a los riachuelos</p>
<p>cantarines hacia su fondo, y los hace silenciosos.</p>
<p>Sólo nuestros espíritus pueden comprender la belleza, o vivir y crecer con ella. Intriga a nuestras</p>
<p>mentes; no podemos describirla con palabras; es una sensación que nuestros ojos no pueden ver, y que</p>
<p>se deriva, tanto del que observa, como de quien es observado. La&#8217; verdadera belleza es un rayo que</p>
<p>emana de lo más santo del espíritu, e ilumina el cuerpo, así como la vida surge desde la profundidad</p>
<p>de la tierra, para dar color y aroma a una flor.</p>
<p>La verdadera belleza reside en la concordancia espiritual que llamamos amor, y que puede existir</p>
<p>entre un hombre y una mujer.</p>
<p>¿Acaso mi espíritu y el de Selma se tocaron aquel día en que nos conocimos, y aquel anhelo de</p>
<p>llegar hasta ella hizo que la considerara la más hermosa mujer bajo el sol? ¿O acaso</p>
<p>¿Estaba yo intoxicado con el vino de la juventud, que me hacía imaginar lo que nunca existió?</p>
<p>¿Acaso mi juventud cegó mis ojos naturales y me hizo imaginar el brillo de sus ojos, la dulzura de</p>
<p>su boca y la gracia de todo su cuerpo? ¿O acaso fueron ese brillo, esa gracia y esa dulzura, los que</p>
<p>abrieron mis ojos y me mostraron la felicidad y la tristeza del amor?</p>
<p>Difícil es dar respuesta a estas preguntas, pero puedo decir sinceramente que en aquella hora sentí</p>
<p>una emoción que nunca había tenido; un nuevo cariño que se posaba calmadamente en mi corazón,</p>
<p>como el espíritu que vagaba sobre las aguas en el momento de la creación del mundo, y también puedo</p>
<p>decir que de ese cariño nacieron mi felicidad y mi tristeza. Así terminó la hora de mi primer encuentro</p>
<p>con Selma, y así quiso el cielo libertarme de las cadenas de mi solitaria juventud, para permitirme</p>
<p>caminar en la procesión del amor.</p>
<p>El amor es la única libertad que existe en el mundo porque eleva tanto al espíritu, que las leyes de la</p>
<p>humanidad y los fenómenos naturales no alteran su curso.</p>
<p>Al levantarme de mi asiento para marcharme, Farris Efendi se acercó a mí y me dijo serenamente:</p>
<p>-Ahora, hijo mío, ya conoces el camino a esta casa. Considérame tu padre y a Selma, como tu</p>
<p>hermana. La miré como pidiéndole a ella que confirmara aquella declaración.</p>
<p>La joven movió la cabeza en señal de asentimiento, y me miró como quien vuelve a ver a una</p>
<p>persona que se conoce desde hace mucho.</p>
<p>Aquellas palabras que pronunció Farris Efendi Karamy me colocaron al lado de su hija, en el altar</p>
<p>del amor. Fueron palabras de un canto celestial que terminó tristemente, aunque había empezado en la</p>
<p>más viva exaltación; elevaron nuestros espíritus al reino de la luz y de la trémula llama; fueron la copa</p>
<p>de la que al mismo tiempo bebimos la felicidad y la amargura.</p>
<p>Salí de aquella casa. El anciano me acompañó hasta el borde del jardín, mientras mi corazón se</p>
<p>agitaba como los labios temerosos de un hombre sediento.</p>
<p><b>IV</b></p>
<p><b>LA ANTORCHA BLANCA</b></p>
<p>Acaba de terminar el mes de Nisán, y yo seguía visitando la casa de Farris Efendi, y seguía viendo a</p>
<p>Selma en aquel hermoso jardín, contemplando su belleza, maravillándome de su inteligencia y oyendo</p>
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		<title>Crimen y Castigo</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Aug 2010 03:52:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

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		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/06/crimen-y-castigo/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p>FIODOR DOSTOYEVSKI</p> <p>--------------------------</p> <p>CRIMEN Y CASTIGO</p> <p>PRIMERA PARTE</p> <p>I</p> <p>Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la</p> <p>callejuela de S... y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K...</p> <p>Había tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.</p> <p>Su cuartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/06/crimen-y-castigo/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>FIODOR DOSTOYEVSKI</p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p>CRIMEN Y CASTIGO</p>
<p>PRIMERA PARTE</p>
<p>I</p>
<p>Una tarde extremadamente calurosa de principios de julio, un joven salió de la reducida habitación que tenía alquilada en la</p>
<p>callejuela de S&#8230; y, con paso lento e indeciso, se dirigió al puente K&#8230;</p>
<p>Había tenido la suerte de no encontrarse con su patrona en la escalera.</p>
<p>Su cuartucho se hallaba bajo el tejado de un gran edificio de cinco pisos y, más que una habitación, parecía una alacena. En cuanto</p>
<p>a la patrona, que le había alquilado el cuarto con servicio y pensión, ocupaba un departamento del piso de abajo; de modo que nuestro</p>
<p>joven, cada vez que salía, se veía obligado a pasar por delante de la puerta de la cocina, que daba a la escalera y estaba casi siempre</p>
<p>abierta de par en par. En esos momentos experimentaba invariablemente una sensación ingrata de vago temor, que le humillaba y daba</p>
<p>a su semblante una expresión sombría. Debía una cantidad considerable a la patrona y por eso temía encontrarse con ella. No es que</p>
<p>fuera un cobarde ni un hombre abatido por la vida. Por el contrario, se hallaba desde hacía algún tiempo en un estado de irritación, de</p>
<p> <span id="more-20174"></span>
</p>
<p>tensión incesante, que rayaba en la hipocondría. Se había habituado a vivir tan encerrado en sí mismo, tan aislado, que no sólo temía</p>
<p>encontrarse con su patrona, sino que rehuía toda relación con sus semejantes. La pobreza le abrumaba. Sin embargo, últimamente esta</p>
<p>miseria había dejado de ser para él un sufrimiento. El joven había renunciado a todas sus ocupaciones diarias, a todo trabajo.</p>
<p>En el fondo, se mofaba de la patrona y de todas las intenciones que pudiera abrigar contra él, pero detenerse en la escalera para oír</p>
<p>sandeces y vulgaridades, recriminaciones, quejas, amenazas, y tener que contestar con evasivas, excusas, embustes&#8230; No, más valía</p>
<p>deslizarse por la escalera como un gato para pasar inadvertido y desaparecer.</p>
<p>Aquella tarde, el temor que experimentaba ante la idea de encontrarse con su acreedora le llenó de asombro cuando se vio en la</p>
<p>calle.</p>
<p>«¡Que me inquieten semejantes menudencias cuando tengo en proyecto un negocio tan audaz! -pensó con una sonrisa extraña-. Sí,</p>
<p>el hombre lo tiene todo al alcance de la mano, y, como buen holgazán, deja que todo pase ante sus mismas narices&#8230; Esto es ya un</p>
<p>axioma&#8230; Es chocante que lo que más temor inspira a los hombres sea aquello que les aparta de sus costumbres. Sí, eso es lo que más</p>
<p>los altera&#8230; ¡Pero esto ya es demasiado divagar! Mientras divago, no hago nada. Y también podría decir que no hacer nada es lo que</p>
<p>me lleva a divagar. Hace ya un mes que tengo la costumbre de hablar conmigo mismo, de pasar días enteros echado en mi rincón,</p>
<p>pensando&#8230; Tonterías&#8230; Porque ¿qué necesidad tengo yo de dar este paso? ¿Soy verdaderamente capaz de hacer&#8230; &quot;eso&quot;? ¿Es que, por</p>
<p>lo menos, lo he pensado en serio? De ningún modo: todo ha sido un juego de mi imaginación, una fantasía que me divierte&#8230; Un juego,</p>
<p>sí; nada más que un juego.»</p>
<p>El calor era sofocante. El aire irrespirable, la multitud, la visión de los andamios, de la cal, de los ladrillos esparcidos por todas</p>
<p>partes, y ese hedor especial tan conocido por los petersburgueses que no disponen de medios para alquilar una casa en el campo, todo</p>
<p>esto aumentaba la tensión de los nervios, ya bastante excitados, del joven. El insoportable olor de las tabernas, abundantísimas en</p>
<p>aquel barrio, y los borrachos que a cada paso se tropezaban a pesar de ser día de trabajo, completaban el lastimoso y horrible cuadro.</p>
<p>Una expresión de amargo disgusto pasó por las finas facciones del joven. Era, dicho sea de paso, extraordinariamente bien parecido,</p>
<p>de una talla que rebasaba la media, delgado y bien formado. Tenía el cabello negro y unos magníficos ojos oscuros. Pronto cayó en un</p>
<p>profundo desvarío, o, mejor, en una especie de embotamiento, y prosiguió su camino sin ver o, más exactamente, sin querer ver nada</p>
<p>de lo que le rodeaba.</p>
<p>De tarde en tarde musitaba unas palabras confusas, cediendo a aquella costumbre de monologar que había reconocido hacía unos</p>
<p>instantes. Se daba cuenta de que las ideas se le embrollaban a veces en el cerebro, y de que estaba sumamente débil.</p>
<p>Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo, se habría atrevido a salir a la calle en pleno</p>
<p>día con semejantes andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en el barrio en que nuestro joven habitaba.</p>
<p>La vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en aquellos callejones y callejuelas del centro de</p>
<p>Petersburgo ponían en el cuadro tintes tan singulares, que ni la figura más chocante podía llamar a nadie la atención.</p>
<p>Por otra parte, se había apoderado de aquel hombre un desprecio tan feroz hacia todo, que, a pesar de su altivez natural un tanto</p>
<p>ingenua, exhibía sus harapos sin rubor alguno. Otra cosa habría sido si se hubiese encontrado con alguna persona conocida o algún</p>
<p>viejo camarada, cosa que procuraba evitar.</p>
<p>Sin embargo, se detuvo en seco y se llevó nerviosamente la mano al sombrero cuando un borracho al que transportaban, no se sabe</p>
<p>adónde ni por qué, en una carreta vacía que arrastraban al trote dos grandes caballos, le dijo a voz en grito:</p>
<p>-¡Eh, tú, sombrerero alemán!</p>
<p>Era un sombrero de copa alta, circular, descolorido por el uso, agujereado, cubierto de manchas, de bordes desgastados y lleno de</p>
<p>abolladuras. Sin embargo, no era la vergüenza, sino otro sentimiento, muy parecido al terror, lo que se había apoderado del joven.</p>
<p>-Lo sabía -murmuró en su turbación-, lo presentía. Nada hay peor que esto. Una nadería, una insignificancia, puede malograr todo</p>
<p>el negocio. Sí, este sombrero llama la atención; es tan ridículo, que atrae las miradas. El que va vestido con estos pingajos necesita una</p>
<p>gorra, por vieja que sea; no esta cosa tan horrible. Nadie lleva un sombrero como éste. Se me distingue a una versta a la redonda. Te</p>
<p>recordarán. Esto es lo importante: se acordarán de él, andando el tiempo, y será una pista&#8230; Lo cierto es que hay que llamar la atención</p>
<p>lo menos posible. Los pequeños detalles&#8230; Ahí está el quid. Eso es lo que acaba por perderle a uno&#8230;</p>
<p>No tenía que ir muy lejos; sabía incluso el número exacto de pasos que tenía que dar desde la puerta de su casa; exactamente</p>
<p>setecientos treinta. Los había contado un día, cuando la concepción de su proyecto estaba aún reciente. Entonces ni él mismo creía en</p>
<p>su realización. Su ilusoria audacia, a la vez sugestiva y monstruosa, sólo servía para excitar sus nervios. Ahora, transcurrido un mes,</p>
<p>empezaba a mirar las cosas de otro modo y, a pesar de sus enervantes soliloquios sobre su debilidad, su impotencia y su irresolución,</p>
<p>se iba acostumbrando poco a poco, como a pesar suyo, a llamar «negocio» a aquella fantasía espantosa, y, al considerarla así, la podría</p>
<p>llevar a cabo, aunque siguiera dudando de sí mismo.</p>
<p>Aquel día se había propuesto hacer un ensayo y su agitación crecía a cada paso que daba. Con el corazón desfallecido y sacudidos</p>
<p>los miembros por un temblor nervioso, llegó, al fin, a un inmenso edificio, una de cuyas fachadas daba al canal y otra a la calle. El</p>
<p>caserón estaba dividido en infinidad de pequeños departamentos habitados por modestos artesanos de toda especie: sastres,</p>
<p>cerrajeros&#8230; Había allí cocineras, alemanes, prostitutas, funcionarios de ínfima categoría. El ir y venir de gente era continuo a través de</p>
<p>las puertas y de los dos patios del inmueble. Lo guardaban tres o cuatro porteros, pero nuestro joven tuvo la satisfacción de no</p>
<p>encontrarse con ninguno.</p>
<p>Franqueó el umbral y se introdujo en la escalera de la derecha, estrecha y oscura como era propio de una escalera de servicio. Pero</p>
<p>estos detalles eran familiares a nuestro héroe y, por otra parte, no le disgustaban: en aquella oscuridad no había que temer a las</p>
<p>miradas de los curiosos.</p>
<p>«Si tengo tanto miedo en este ensayo, ¿qué sería si viniese a llevar a cabo de verdad el &quot;negocio&quot;?», pensó involuntariamente al</p>
<p>llegar al cuarto piso.</p>
<p>Allí le cortaron el paso varios antiguos soldados que hacían el oficio de mozos y estaban sacando los muebles de un departamento</p>
<p>ocupado -el joven lo sabía- por un funcionario alemán casado.</p>
<p>«Ya que este alemán se muda -se dijo el joven-, en este rellano no habrá durante algún tiempo más inquilino que la vieja. Esto está</p>
<p>más que bien.»</p>
<p>Llamó a la puerta de la vieja. La campanilla resonó tan débilmente, que se diría que era de hojalata y no de cobre. Así eran las</p>
<p>campanillas de los pequeños departamentos en todos los grandes edificios semejantes a aquél. Pero el joven se había olvidado ya de</p>
<p>este detalle, y el tintineo de la campanilla debió de despertar claramente en él algún viejo recuerdo, pues se estremeció. La debilidad</p>
<p>de sus nervios era extrema.</p>
<p>Transcurrido un instante, la puerta se entreabrió. Por la estrecha abertura, la inquilina observó al intruso con evidente desconfianza.</p>
<p>Sólo se veían sus ojillos brillando en la sombra. Al ver que había gente en el rellano, se tranquilizó y abrió la puerta. El joven franqueó</p>
<p>el umbral y entró en un vestíbulo oscuro, dividido en dos por un tabique, tras el cual había una minúscula cocina. La vieja permanecía</p>
<p>inmóvil ante él. Era una mujer menuda, reseca, de unos sesenta años, con una nariz puntiaguda y unos ojos chispeantes de malicia.</p>
<p>Llevaba la cabeza descubierta, y sus cabellos, de un rubio desvaído y con sólo algunas hebras grises, estaban embadurnados de aceite.</p>
<p>Un viejo chal de franela rodeaba su cuello, largo y descarnado como una pata de pollo, y, a pesar del calor, llevaba sobre los hombros</p>
<p>una pelliza, pelada y amarillenta. La tos la sacudía a cada momento. La vieja gemía. El joven debió de mirarla de un modo algo</p>
<p>extraño, pues los menudos ojos recobraron su expresión de desconfianza.</p>
<p>-Raskolnikof, estudiante. Vine a su casa hace un mes -barbotó rápidamente, inclinándose a medias, pues se había dicho que debía</p>
<p>mostrarse muy amable.</p>
<p>-Lo recuerdo, muchacho, lo recuerdo perfectamente -articuló la vieja, sin dejar de mirarlo con una expresión de recelo.</p>
<p>-Bien; pues he venido para un negocillo como aquél -dijo Raskolnikof, un tanto turbado y sorprendido por aquella desconfianza.</p>
<p>«Tal vez esta mujer es siempre así y yo no lo advertí la otra vez», pensó, desagradablemente impresionado.</p>
<p>La vieja no contestó; parecía reflexionar. Después indicó al visitante la puerta de su habitación, mientras se apartaba para dejarle</p>
<p>pasar.</p>
<p>-Entre, muchacho.</p>
<p>La reducida habitación donde fue introducido el joven tenía las paredes revestidas de papel amarillo. Cortinas de muselina pendían</p>
<p>ante sus ventanas, adornadas con macetas de geranios. En aquel momento, el sol poniente iluminaba la habitación.</p>
<p>«Entonces -se dijo de súbito Raskolnikof-, también, seguramente lucirá un sol como éste.»</p>
<p>Y paseó una rápida mirada por toda la habitación para grabar hasta el menor detalle en su memoria. Pero la pieza no tenía nada de</p>
<p>particular. El mobiliario, decrépito, de madera clara, se componía de un sofá enorme, de respaldo curvado, una mesa ovalada colocada</p>
<p>ante el sofá, un tocador con espejo, varias sillas adosadas a las paredes y dos o tres grabados sin ningún valor, que representaban</p>
<p>señoritas alemanas, cada una con un pájaro en la mano. Esto era todo.</p>
<p>En un rincón, ante una imagen, ardía una lamparilla. Todo resplandecía de limpieza.</p>
<p>«Esto es obra de Lisbeth», pensó el joven.</p>
<p>Nadie habría podido descubrir ni la menor partícula de polvo en todo el departamento.</p>
<p>«Sólo en las viviendas de estas perversas y viejas viudas puede verse una limpieza semejante», se dijo Raskolnikof. Y dirigió, con</p>
<p>curiosidad y al soslayo, una mirada a la cortina de indiana que ocultaba la puerta de la segunda habitación, también sumamente</p>
<p>reducida, donde estaban la cama y la cómoda de la vieja, y en la que él no había puesto los pies jamás. Ya no había más piezas en el</p>
<p>departamento.</p>
<p>-¿Qué desea usted? -preguntó ásperamente la vieja, que, apenas había entrado en la habitación, se había plantado ante él para</p>
<p>mirarle frente a frente.</p>
<p>-Vengo a empeñar esto.</p>
<p>Y sacó del bolsillo un viejo reloj de plata, en cuyo dorso había un grabado que representaba el globo terrestre y del que pendía una</p>
<p>cadena de acero.</p>
<p>-¡Pero si todavía no me ha devuelto la cantidad que le presté! El plazo terminó hace tres días.</p>
<p>-Le pagaré los intereses de un mes más. Tenga paciencia.</p>
<p>-¡Soy yo quien ha de decidir tener paciencia o vender inmediatamente el objeto empeñado, jovencito!</p>
<p>-¿Me dará una buena cantidad por el reloj, Alena Ivanovna?</p>
<p>-¡Pero si me trae usted una miseria! Este reloj no vale nada, mi buen amigo. La vez pasada le di dos hermosos billetes por un anillo</p>
<p>que podía obtenerse nuevo en una joyería por sólo rublo y medio.</p>
<p>-Deme cuatro rublos y lo desempeñaré. Es un recuerdo de mi padre. Recibiré dinero de un momento a otro.</p>
<p>-Rublo y medio, y le descontaré los intereses.</p>
<p>-¡Rublo y medió! -exclamó el joven.</p>
<p>-Si no le parece bien, se lo lleva.</p>
<p>Y la vieja le devolvió el reloj. Él lo cogió y se dispuso a salir, indignado; pero, de pronto, cayó en la cuenta de que la vieja usurera</p>
<p>era su último recurso y de que había ido allí para otra cosa.</p>
<p>-Venga el dinero- dijo secamente.</p>
<p>La vieja sacó unas llaves del bolsillo y pasó a la habitación inmediata.</p>
<p>Al quedar a solas, el joven empezó a reflexionar, mientras aguzaba el oído. Hacía deducciones. Oyó abrir la cómoda.</p>
<p>«Sin duda, el cajón de arriba -dedujo-. Lleva las llaves en el bolsillo derecho. Un manojo de llaves en un anillo de acero. Hay una</p>
<p>mayor que las otras y que tiene el paletón dentado. Seguramente no es de la cómoda. Por lo tanto, hay una caja, tal vez una caja de</p>
<p>caudales. Las llaves de las cajas de caudales suelen tener esa forma&#8230; ¡Ah, qué innoble es todo esto!»</p>
<p>La vieja reapareció.</p>
<p>-Aquí tiene, amigo mío. A diez kopeks por rublo y por mes, los intereses del rublo y medio son quince kopeks, que cobro por</p>
<p>adelantado. Además, por los dos rublos del préstamo anterior he de descontar veinte kopeks para el mes que empieza, lo que hace un</p>
<p>total de treinta y cinco kopeks. Por lo tanto, usted ha de recibir por su reloj un rublo y quince kopeks. Aquí los tiene.</p>
<p>-Así, ¿todo ha quedado reducido a un rublo y quince kopeks?</p>
<p>-Exactamente.</p>
<p>El joven cogió el dinero. No quería discutir. Miraba a la vieja y no mostraba ninguna prisa por marcharse. Parecía deseoso de hacer</p>
<p>o decir algo, aunque ni él mismo sabía exactamente qué.</p>
<p>-Es posible, Alena Ivanovna, que le traiga muy pronto otro objeto de plata&#8230; Una bonita pitillera que le presté a un amigo. En</p>
<p>cuanto me la devuelva&#8230;</p>
<p>Se detuvo, turbado.</p>
<p>-Ya hablaremos cuando la traiga, amigo mío.</p>
<p>-Entonces, adiós&#8230; ¿Está usted siempre sola aquí? ¿No está nunca su hermana con usted? -preguntó en el tono más indiferente que</p>
<p>le fue posible, mientras pasaba al vestíbulo.</p>
<p>-¿A usted qué le importa?</p>
<p>-No lo he dicho con ninguna intención&#8230; Usted en seguida&#8230; Adiós, Alena Ivanovna.</p>
<p>Raskolnikof salió al rellano, presa de una turbación creciente. Al bajar la escalera se detuvo varias veces, dominado por repentinas</p>
<p>emociones. Al fin, ya en la calle, exclamó:</p>
<p>-¡Qué repugnante es todo esto, Dios mío! ¿Cómo es posible que yo&#8230;? No, todo ha sido una necedad, un absurdo -afirmó</p>
<p>resueltamente-. ¿Cómo ha podido llegar a mi espíritu una cosa tan atroz? No me creía tan miserable. Todo esto es repugnante, innoble,</p>
<p>horrible. ¡Y yo he sido capaz de estar todo un mes pen&#8230;!</p>
<p>Pero ni palabras ni exclamaciones bastaban para expresar su turbación. La sensación de profundo disgusto que le oprimía y le</p>
<p>ahogaba cuando se dirigía a casa de la vieja era ahora sencillamente insoportable. No sabía cómo librarse de la angustia que le</p>
<p>torturaba. Iba por la acera como embriagado: no veía a nadie y tropezaba con todos. No se recobró hasta que estuvo en otra calle. Al</p>
<p>levantar la mirada vio que estaba a la puerta de una taberna. De la acera partía una escalera que se hundía en el subsuelo y conducía al</p>
<p>establecimiento. De él salían en aquel momento dos borrachos. Subían la escalera apoyados el uno en el otro e injuriándose.</p>
<p>Raskolnikof bajó la escalera sin vacilar. No había entrado nunca en una taberna, pero entonces la cabeza le daba vueltas y la sed le</p>
<p>abrasaba. Le dominaba el deseo de beber cerveza fresca, en parte para llenar su vacío estómago, ya que atribuía al hambre su estado.</p>
<p>Se sentó en un rincón oscuro y sucio, ante una pringosa mesa, pidió cerveza y se bebió un vaso con avidez.</p>
<p>Al punto experimentó una impresión de profundo alivio. Sus ideas parecieron aclararse.</p>
<p>«Todo esto son necedades -se dijo, reconfortado-. No había motivo para perder la cabeza. Un trastorno físico, sencillamente. Un</p>
<p>vaso de cerveza, un trozo de galleta, y ya está firme el espíritu, y el pensamiento se aclara, y la voluntad renace. ¡Cuánta nimiedad!»</p>
<p>Sin embargo, a despecho de esta amarga conclusión, estaba contento como el hombre que se ha librado de pronto de una carga</p>
<p>espantosa, y recorrió con una mirada amistosa a las personas que le rodeaban. Pero en lo más hondo de su ser presentía que su</p>
<p>animación, aquel resurgir de su esperanza, era algo enfermizo y ficticio. La taberna estaba casi vacía. Detrás de los dos borrachos con</p>
<p>que se había cruzado Raskolnikof había salido un grupo de cinco personas, entre ellas una muchacha. Llevaban una armónica.</p>
<p>Después de su marcha, el local quedó en calma y pareció más amplio.</p>
<p>En la taberna sólo había tres hombres más. Uno de ellos era un individuo algo embriagado, un pequeño burgués a juzgar por su</p>
<p>apariencia, que estaba tranquilamente sentado ante una botella de cerveza. Tenía un amigo al lado, un hombre alto y grueso, de barba</p>
<p>gris, que dormitaba en el banco, completamente ebrio. De vez en cuando se agitaba en pleno sueño, abría los brazos, empezaba a</p>
<p>castañetear los dedos, mientras movía el busto sin levantarse de su asiento, y comenzaba a canturrear una burda tonadilla, haciendo</p>
<p>esfuerzos para recordar las palabras.</p>
<p>Durante un año entero acaricié a mi mujer&#8230;</p>
<p>Duran&#8230;te un año entero a&#8230;ca&#8230;ricié a mi mu&#8230;jer.</p>
<p>O:</p>
<p>En la Podiatcheskaia</p>
<p>me he vuelto a encontrar con mi antigua&#8230;</p>
<p>Pero nadie daba muestras de compartir su buen humor. Su taciturno compañero observaba estas explosiones de alegría con gesto</p>
<p>desconfiado y casi hostil.</p>
<p>El tercer cliente tenía la apariencia de un funcionario retirado. Estaba sentado aparte, ante un vaso que se llevaba de vez en cuando</p>
<p>a la boca, mientras lanzaba una mirada en torno de él. También este hombre parecía presa de cierta agitación interna.</p>
<p>II</p>
<p>Raskolnikof no estaba acostumbrado al trato con la gente y, como ya hemos dicho últimamente incluso huía de sus semejantes.</p>
<p>Pero ahora se sintió de pronto atraído hacia ellos. En su ánimo acababa de producirse una especie de revolución. Experimentaba la</p>
<p>necesidad de ver seres humanos. Estaba tan hastiado de las angustias y la sombría exaltación de aquel largo mes que acababa de vivir</p>
<p>en la más completa soledad, que sentía la necesidad de tonificarse en otro mundo, cualquiera que fuese y aunque sólo fuera por unos</p>
<p>instantes. Por eso estaba a gusto en aquella taberna, a pesar de la suciedad que en ella reinaba. El tabernero estaba en otra</p>
<p>dependencia, pero hacía frecuentes apariciones en la sala. Cuando bajaba los escalones, eran sus botas, sus elegantes botas bien</p>
<p>lustradas y con anchas vueltas rojas, lo que primero se veía. Llevaba una blusa y un chaleco de satén negro lleno de mugre, e iba sin</p>
<p>corbata. Su rostro parecía tan cubierto de aceite como un candado. Un muchacho de catorce años estaba sentado detrás del mostrador;</p>
<p>otro más joven aún servía a los clientes. Trozos de cohombro, panecillos negros y rodajas de pescado se exhibían en una vitrina que</p>
<p>despedía un olor infecto. El calor era insoportable. La atmósfera estaba tan cargada de vapores de alcohol, que daba la impresión de</p>
<p>poder embriagar a un hombre en cinco minutos.</p>
<p>A veces nos ocurre que personas a las que no conocemos nos inspiran un interés súbito cuando las vemos por primera vez, incluso</p>
<p>antes de cruzar una palabra con ellas. Esta impresión produjo en Raskolnikof el cliente que permanecía aparte y que tenía aspecto de</p>
<p>funcionario retirado. Algún tiempo después, cada vez que se acordaba de esta primera impresión, Raskolnikof la atribuía a una especie</p>
<p>de presentimiento. Él no quitaba ojo al supuesto funcionario, y éste no sólo no cesaba de mirarle, sino que parecía ansioso de entablar</p>
<p>conversación con él. A las demás personas que estaban en la taberna, sin excluir al tabernero, las miraba con un gesto de desagrado,</p>
<p>con una especie de altivo desdén, como a personas que considerase de una esfera y de una educación demasiado inferiores para que</p>
<p>mereciesen que él les dirigiera la palabra.</p>
<p>Era un hombre que había rebasado los cincuenta, robusto y de talla media. Sus escasos y grises cabellos coronaban un rostro de un</p>
<p>amarillo verdoso, hinchado por el alcohol. Entre sus abultados párpados fulguraban dos ojillos encarnizados pero llenos de vivacidad.</p>
<p>Lo que más asombraba de aquella fisonomía era la vehemencia que expresaba -y acaso también cierta finura y un resplandor de</p>
<p>inteligencia-, pero por su mirada pasaban relámpagos de locura. Llevaba un viejo y desgarrado frac, del que sólo quedaba un botón,</p>
<p>que mantenía abrochado, sin duda con el deseo de guardar las formas. Un chaleco de nanquín dejaba ver un plastrón ajado y lleno de</p>
<p>manchas. No llevaba barba, esa barba característica del funcionario, pero no se había afeitado hacía tiempo, y una capa de pelo recio y</p>
<p>azulado invadía su mentón y sus carrillos. Sus ademanes tenían una gravedad burocrática, pero parecía profundamente agitado. Con</p>
<p>los codos apoyados en la grasienta mesa, introducía los dedos en su cabello, lo despeinaba y se oprimía la cabeza con ambas manos,</p>
<p>dando visibles muestras de angustia. Al fin miró a Raskolnikof directamente y dijo, en voz alta y firme:</p>
<p>-Señor: ¿puedo permitirme dirigirme a usted para conversar en buena forma? A pesar de la sencillez de su aspecto, mi experiencia</p>
<p>me induce a ver en usted un hombre culto y no uno de esos individuos que van de taberna en taberna. Yo he respetado siempre la</p>
<p>cultura unida a las cualidades del corazón. Soy consejero titular: Marmeladof, consejero titular. ¿Puedo preguntarle si también usted</p>
<p>pertenece a la administración del Estado?</p>
<p>-No: estoy estudiando -repuso el joven, un tanto sorprendido por aquel lenguaje ampuloso y también al verse abordado tan</p>
<p>directamente, tan a quemarropa, por un desconocido. A pesar de sus recientes deseos de compañía humana, fuera cual fuere, a la</p>
<p>primera palabra que Marmeladof le había dirigido había experimentado su habitual y desagradable sentimiento de irritación y</p>
<p>repugnancia hacia toda persona extraña que intentaba ponerse en relación con él.</p>
<p>-Es decir, que es usted estudiante, o tal vez lo ha sido -exclamó vivamente el funcionario-. Exactamente lo que me había figurado.</p>
<p>He aquí el resultado de mi experiencia, señor, de mi larga experiencia.</p>
<p>Se llevó la mano a la frente con un gesto de alabanza para sus prendas intelectuales.</p>
<p>-Usted es hombre de estudios&#8230; Pero permítame&#8230;</p>
<p>Se levantó, vaciló, cogió su vaso y fue a sentarse al lado del joven. Aunque embriagado, hablaba con soltura y vivacidad. Sólo de</p>
<p>vez en cuando se le trababa la lengua y decía cosas incoherentes. Al verle arrojarse tan ávidamente sobre Raskolnikof, cualquiera</p>
<p>habría dicho que también él llevaba un mes sin desplegar los labios.</p>
<p>-Señor -siguió diciendo en tono solemne-, la pobreza no es un vicio: esto es una verdad incuestionable. Pero también es cierto que</p>
<p>la embriaguez no es una virtud, cosa que lamento. Ahora bien, señor; la miseria sí que es un vicio. En la pobreza, uno conserva la</p>
<p>nobleza de sus sentimientos innatos; en la indigencia, nadie puede conservar nada noble. Con el indigente no se emplea el bastón, sino</p>
<p>la escoba, pues así se le humilla más, para arrojarlo de la sociedad humana. Y esto es justo, porque el indigente se ultraja a sí mismo.</p>
<p>He aquí el origen de la embriaguez, señor. El mes pasado, el señor Lebeziatnikof golpeó a mi mujer, y mi mujer, señor, no es como yo</p>
<p>en modo alguno. ¿Comprende? Permítame hacerle una pregunta. Simple curiosidad. ¿Ha pasado usted alguna noche en el Neva, en</p>
<p>una barca de heno?</p>
<p>-No, nunca me he visto en un trance así -repuso Raskolnikof.</p>
<p>-Pues bien, yo sí que me he visto. Ya llevo cinco noches durmiendo en el Neva.</p>
<p>Llenó su vaso, lo vació y quedó en una actitud soñadora. En efecto, briznas de heno se veían aquí y allá, sobre sus ropas y hasta en</p>
<p>sus cabellos. A juzgar por las apariencias, no se había desnudado ni lavado desde hacía cinco días. Sus manos, gruesas, rojas, de uñas</p>
<p>negras, estaban cargadas de suciedad. Todos los presentes le escuchaban, aunque con bastante indiferencia. Los chicos se reían detrás</p>
<p>del mostrador. El tabernero había bajado expresamente para oír a aquel tipo. Se sentó un poco aparte, bostezando con indolencia, pero</p>
<p>con aire de persona importante. Al parecer, Marmeladof era muy conocido en la casa. Ello se debía, sin duda, a su costumbre de trabar</p>
<p>conversación con cualquier desconocido que encontraba en la taberna, hábito que se convierte en verdadera necesidad, especialmente</p>
<p>en los alcohólicos que se ven juzgados severamente, e incluso maltratados, en su propia casa. Así, tratan de justificarse ante sus</p>
<p>compañeros de orgía y, de paso, atraerse su consideración.</p>
<p>-Pero di, so fantoche -exclamó el patrón, con voz potente-. ¿Por qué no trabajas? Si eres funcionario, ¿por qué no estás en una</p>
<p>oficina del Estado?</p>
<p>-¿Que por qué no estoy en una oficina, señor?-dijo Marmeladof, dirigiéndose a Raskolnikof, como si la pregunta la hubiera hecho</p>
<p>éste- ¿Dice usted que por qué no trabajo en una oficina? ¿Cree usted que esta impotencia no es un sufrimiento para mí? ¿Cree usted</p>
<p>que no sufrí cuando el señor Lebeziatnikof golpeó a mi mujer el mes pasado, en un momento en que yo estaba borracho perdido?</p>
<p>Dígame, joven: ¿no se ha visto usted en el caso&#8230; en el caso de tener que pedir un préstamo sin esperanza?</p>
<p>-Sí&#8230; Pero ¿qué quiere usted decir con eso de «sin esperanza»?</p>
<p>-Pues, al decir «sin esperanza», quiero decir «sabiendo que va uno a un fracaso». Por ejemplo, usted está convencido por anticipado</p>
<p>de que cierto señor, un ciudadano íntegro y útil a su país, no le prestará dinero nunca y por nada del mundo&#8230; ¿Por qué se lo ha de</p>
<p>prestar, dígame? El sabe perfectamente que yo no se lo devolvería jamás. ¿Por compasión? El señor Lebeziatnikof, que está siempre al</p>
<p>corriente de las ideas nuevas, decía el otro día que la compasión está vedada a los hombres incluso para la ciencia, y que así ocurre en</p>
<p>Inglaterra, donde impera la economía política. ¿Cómo es posible, dígame, que este hombre me preste dinero? Pues bien, aun sabiendo</p>
<p>que no se le puede sacar nada, uno se pone en camino y&#8230;</p>
<p>-Pero ¿por qué se pone en camino? -le interrumpió Raskolnikof.</p>
<p>-Porque uno no tiene adónde ir, ni a nadie a quien dirigirse. Todos los hombres necesitan saber adónde ir, ¿no? Pues siempre llega</p>
<p>un momento en que uno siente la necesidad de ir a alguna parte, a cualquier parte. Por eso, cuando mi hija única fue por primera vez a</p>
<p>la policía para inscribirse, yo la acompañé&#8230; (porque mi hija está registrada como&#8230;) -añadió entre paréntesis, mirando al joven con</p>
<p>expresión un tanto inquieta-. Eso no me importa, señor -se apresuró a decir cuando los dos muchachos se echaron a reír detrás del</p>
<p>mostrador, e incluso el tabernero no pudo menos de sonreír-. Eso no me importa. Los gestos de desaprobación no pueden turbarme,</p>
<p>pues esto lo sabe todo el mundo, y no hay misterio que no acabe por descubrirse. Y yo miro estas cosas no con desprecio, sino con</p>
<p>resignación&#8230; ¡Sea, sea, pues! Ecce Homo. Óigame, joven: ¿podría usted&#8230;? No, hay que buscar otra expresión más fuerte, más</p>
<p>significativa. ¿Se atrevería usted a afirmar, mirándome a los ojos, que no soy un puerco?</p>
<p>El joven no contestó.</p>
<p>-Bien -dijo el orador, y esperó con un aire sosegado y digno el fin de las risas que acababan de estallar nuevamente-. Bien, yo soy</p>
<p>un puerco y ella una dama. Yo parezco una bestia, y Catalina Ivanovna, mi esposa, es una persona bien educada, hija de un oficial</p>
<p>superior. Demos por sentado que yo soy un granuja y que ella posee un gran corazón, sentimientos elevados y una educación perfecta.</p>
<p>Sin embargo&#8230; ¡Ah, si ella se hubiera compadecido de mí! Y es que los hombres tenemos necesidad de ser compadecidos por alguien.</p>
<p>Pues bien, Catalina Ivanovna, a pesar de su grandeza de alma, es injusta&#8230;, aunque yo comprendo perfectamente que cuando me tira</p>
<p>del pelo lo hace por mi bien. Te repito sin vergüenza, joven; ella me tira del pelo -insistió en un tono más digno aún, al oír nuevas</p>
<p>risas-. ¡Ah, Dios mío! Si ella, solamente una vez&#8230; Pero, ¡bah!, vanas palabras&#8230; No hablemos más de esto&#8230; Pues es lo cierto que mi</p>
<p>deseo se ha visto satisfecho más de una vez; sí, más de una vez me han compadecido. Pero mi carácter&#8230; Soy un bruto rematado.</p>
<p>-De acuerdo -observó el tabernero, bostezando.</p>
<p>Marmeladof dio un fuerte puñetazo en la mesa.</p>
<p>-Sí, un bruto&#8230; Sepa usted, señor, que me he bebido hasta sus medias. No los zapatos, entiéndame, pues, en medio de todo, esto</p>
<p>sería una cosa en cierto modo natural; no los zapatos, sino las medias. Y también me he bebido su esclavina de piel de cabra, que era</p>
<p>de su propiedad, pues se la habían regalado antes de nuestro casamiento. Entonces vivíamos en un helado cuchitril. Es invierno; ella se</p>
<p>enfría; empieza a toser y a escupir sangre. Tenemos tres niños pequeños, y Catalina Ivanovna trabaja de sol a sol. Friega, lava la ropa,</p>
<p>lava a los niños. Está acostumbrada a la limpieza desde su más tierna infancia&#8230; Todo esto con un pecho delicado, con una</p>
<p>predisposición a la tisis. Yo lo siento de veras. ¿Creen que no lo siento? Cuanto más bebo, más sufro. Por eso, para sentir más, para</p>
<p>sufrir más, me entrego a la bebida. Yo bebo para sufrir más profundamente.</p>
<p>Inclinó la cabeza con un gesto de desesperación.</p>
<p>-Joven -continuó mientras volvía a erguirse-, creo leer en su semblante la expresión de un dolor. Apenas le he visto entrar, he tenido</p>
<p>esta impresión. Por eso le he dirigido la palabra. Si le cuento la historia de mi vida no es para divertir a estos ociosos, que, además, ya</p>
<p>la conocen, sino porque deseo que me escuche un hombre instruido. Sepa usted, pues, que mi esposa se educó en un pensionado</p>
<p>aristocrático provincial, y que el día en que salió bailó la danza del chal ante el gobernador de la provincia y otras altas personalidades.</p>
<p>Fue premiada con una medalla de oro y un diploma. La medalla&#8230; se vendió hace tiempo. En cuanto al diploma, mi esposa lo tiene</p>
<p>guardado en su baúl. Últimamente se lo enseñaba a nuestra patrona. Aunque estaba a matar con esta mujer, lo hacía porque</p>
<p>experimentaba la necesidad de vanagloriarse ante alguien de sus éxitos pasados y de evocar sus tiempos felices. Yo no se lo censuro,</p>
<p>pues lo único que tiene son estos recuerdos: todo lo demás se ha desvanecido&#8230; Sí, es una dama enérgica, orgullosa, intratable. Se</p>
<p>friega ella misma el suelo y come pan negro, pero no toleraría de nadie la menor falta de respeto. Aquí tiene usted explicado por qué</p>
<p>no consintió las groserías de Lebeziatnikof; y cuando éste, para vengarse, le pegó ella tuvo que guardar cama, no a causa de los golpes</p>
<p>recibidos, sino por razones de orden sentimental. Cuando me casé con ella, era viuda y tenía tres hijos de corta edad. Su primer</p>
<p>matrimonio había sido de amor. El marido era un oficial de infantería con el que huyó de la casa paterna. Catalina adoraba a su</p>
<p>marido, pero él se entregó al juego, tuvo asuntos con la justicia y murió. En los últimos tiempos, él le pegaba. Ella no se lo perdonó, lo</p>
<p>sé positivamente; sin embargo, incluso ahora llora cuando lo recuerda, y establece entre él y yo comparaciones nada halagadoras para</p>
<p>mi amor propio; pero yo la dejo, porque así ella se imagina, al menos, que ha sido algún día feliz. Después de la muerte de su marido,</p>
<p>quedó sola con sus tres hijitos en una región lejana y salvaje, donde yo me encontraba entonces. Vivía en una miseria tan espantosa,</p>
<p>que yo, que he visto los cuadros más tristes, no me siento capaz de describirla. Todos sus parientes la habían abandonado. Era</p>
<p>orgullosa, demasiado orgullosa. Fue entonces, señor, entonces, como ya le he dicho, cuando yo, viudo también y con una hija de</p>
<p>catorce años, le ofrecí mi mano, pues no podía verla sufrir de aquel modo. El hecho de que siendo una mujer instruida y de una familia</p>
<p>excelente aceptara casarse conmigo, le permitirá comprender a qué extremo llegaba su miseria. Aceptó llorando, sollozando,</p>
<p>retorciéndose las manos; pero aceptó. Y es que no tenía adónde ir. ¿Se da usted cuenta, señor, se da usted cuenta exacta de lo que</p>
<p>significa no tener dónde ir? No, usted no lo puede comprender todavía&#8230; Durante un año entero cumplí con mi deber honestamente,</p>
<p>santamente, sin probar eso -y señalaba con el dedo la media botella que tenía delante-, pues yo soy un hombre de sentimientos. Pero</p>
<p>no conseguí atraérmela. Entre tanto, quedé cesante, no por culpa mía, sino a causa de ciertos cambios burocráticos. Entonces me</p>
<p>entregué a la bebida&#8230; Ya hace año y medio que, tras mil sinsabores y peregrinaciones continuas, nos instalamos en esta capital</p>
<p>magnífica, embellecida por incontables monumentos. Aquí encontré un empleo, pero pronto lo perdí. ¿Comprende, señor? Esta vez fui</p>
<p>yo el culpable: ya me dominaba el vicio de la bebida. Ahora vivimos en un rincón que nos tiene alquilado Amalia Ivanovna</p>
<p>Lipevechsel. Pero ¿cómo vivimos, cómo pagamos el alquiler? Eso lo ignoro. En la casa hay otros muchos inquilinos: aquello es un</p>
<p>verdadero infierno. Entre tanto, la hija que tuve de mi primera mujer ha crecido. En cuanto a lo que su madrastra la ha hecho sufrir,</p>
<p>prefiero pasarlo por alto. Pues Catalina Ivanovna, a pesar de sus sentimientos magnánimos, es una mujer irascible e incapaz de</p>
<p>contener sus impulsos&#8230; Sí, así es. Pero ¿a qué mencionar estas cosas? Ya comprenderá usted que Sonia no ha recibido una educación</p>
<p>esmerada. Hace muchos años intenté enseñarle geografía e historia universal, pero como yo no estaba muy fuerte en estas materias y,</p>
<p>además, no teníamos buenos libros, pues los libros que hubiéramos podido tener&#8230;, pues&#8230;, ¡bueno, ya no los teníamos!, se acabaron</p>
<p>las lecciones. Nos quedamos en Ciro, rey de los persas. Después leyó algunas novelas, y últimamente Lebeziatnikof le prestó La</p>
<p>Fisiología, de Lewis. Conoce usted esta obra, ¿verdad? A ella le pareció muy interesante, e incluso nos leyó algunos pasajes en voz</p>
<p>alta. A esto se reduce su cultura intelectual. Ahora, señor, me dirijo a usted, por mi propia iniciativa, para hacerle una pregunta de</p>
<p>orden privado. Una muchacha pobre pero honesta, ¿puede ganarse bien la vida con un trabajo honesto? No ganará ni quince kopeks al</p>
<p>día, señor mío, y eso trabajando hasta la extenuación, si es honesta y no posee ningún talento. Hay más: el consejero de Estado</p>
<p>Klopstock Iván Ivanovitch&#8230;, ¿ha oído usted hablar de él&#8230;?, no solamente no ha pagado a Sonia media docena de camisas de Holanda</p>
<p>que le encargó, sino que la despidió ferozmente con el pretexto de que le había tomado mal las medidas y el cuello le quedaba torcido.</p>
<p>»Y los niños, hambrientos&#8230;</p>
<p>»Catalina Ivanovna va y viene por la habitación, retorciéndose las manos, las mejillas teñidas de manchas rojas, como es propio de</p>
<p>la enfermedad que padece. Exclama:</p>
<p>»-En esta casa comes, bebes, estás bien abrigado, y lo único que haces es holgazanear.</p>
<p>»Y yo le pregunto: ¿qué podía beber ni comer, cuando incluso los niños llevaban más de tres días sin probar bocado? En aquel</p>
<p>momento, yo estaba acostado y, no me importa decirlo, borracho. Pude oír una de las respuestas que mi hija (tímida, voz dulce, rubia,</p>
<p>delgada, pálida carita) daba a su madrastra.</p>
<p>»-Yo no puedo hacer eso, Catalina Ivanovna.</p>
<p>»Ha de saber que Daría Frantzevna, una mala mujer a la que la policía conoce perfectamente, había venido tres veces a hacerle</p>
<p>proposiciones por medio de la dueña de la casa.</p>
<p>»-Yo no puedo hacer eso -repitió, remedándola, Catalina Ivanovna-. ¡Vaya un tesoro para que lo guardes con tanto cuidado!</p>
<p>»Pero no la acuse, señor. No se daba cuenta del alcance de sus palabras. Estaba trastornada, enferma. Oía los gritos de los niños</p>
<p>hambrientos y, además, su deseo era mortificar a Sonia, no inducirla&#8230; Catalina Ivanovna es así. Cuando oye llorar a los niños, aunque</p>
<p>sea de hambre, se irrita y les pega.</p>
<p>»Eran cerca de las cinco cuando, de pronto, vi que Sonetchka se levantaba, se ponía un pañuelo en la cabeza, cogía un chal y salía</p>
<p>de la habitación. Eran más de las ocho cuando regresó. Entró, se fue derecha a Catalina Ivanovna y, sin desplegar los labios, depositó</p>
<p>ante ella, en la mesa, treinta rublos. No pronunció ni una palabra, ¿sabe usted?, no miró a nadie; se limitó a coger nuestro gran chal de</p>
<p>paño verde (tenemos un gran chal de paño verde que es propiedad común), a cubrirse con él la cabeza y el rostro y a echarse en la</p>
<p>cama, de cara a la pared. Leves estremecimientos recorrían sus frágiles hombros y todo su cuerpo&#8230; Y yo seguía acostado, ebrio</p>
<p>todavía. De pronto, joven, de pronto vi que Catalina Ivanovna, también en silencio, se acercaba a la cama de Sonetchka. Le besó los</p>
<p>pies, los abrazó y así pasó toda la noche, sin querer levantarse. Al fin se durmieron, las dos, las dos se durmieron juntas, enlazadas&#8230;</p>
<p>Ahí tiene usted&#8230; Y yo&#8230; yo estaba borracho.</p>
<p>Marmeladof se detuvo como si se hubiese quedado sin voz. Tras una pausa, llenó el vaso súbitamente, lo vació y continuó su relato.</p>
<p>-Desde entonces, señor, a causa del desgraciado hecho que le acabo de referir, y por efecto de una denuncia procedente de personas</p>
<p>malvadas (Daría Frantzevna ha tomado parte activa en ello, pues dice que la hemos engañado), desde entonces, mi hija Sonia</p>
<p>Simonovna figura en el registro de la policía y se ha visto obligada a dejarnos. La dueña de la casa, Amalia Feodorovna, no hubiera</p>
<p>tolerado su presencia, puesto que ayudaba a Daría Frantzevna en sus manejos. Y en lo que concierne al señor Lebeziatnikof&#8230;, pues&#8230;</p>
<p>sólo le diré que su incidente con Catalina Ivanovna se produjo a causa de Sonia. Al principio no cesaba de perseguir a Sonetchka.</p>
<p>DespUés, de repente, salió a relucir su amor propio herido. «Un hombre de mi condición no puede vivir en la misma casa que una</p>
<p>mujer de esa especie.» Catalina Ivanovna salió entonces en defensa de Sonia, y la cosa acabó como usted sabe. Ahora Sonia suele</p>
<p>venir a vernos al atardecer y trae algún dinero a Catalina Ivanovna. Tiene alquilada una habitación en casa del sastre Kapernaumof.</p>
<p>Este hombre es cojo y tartamudo, y toda su numerosa familia tartamudea&#8230; Su mujer es tan tartamuda como él. Toda la familia vive</p>
<p>amontonada en una habitación, y la de Sonia está separada de ésta por un tabique&#8230; ¡Gente miserable y tartamuda&#8230;! Una mañana me</p>
<p>levanto, me pongo mis harapos, levanto los brazos al cielo y voy a visitar a su excelencia Iván Afanassievitch. ¿Conoce usted a su</p>
<p>excelencia Iván Afanassievitch? ¿No? Entonces no conoce usted al santo más santo. Es un cirio, un cirio que se funde ante la imagen</p>
<p>del Señor&#8230; Sus ojos estaban llenos de lágrimas después de escuchar mi relato desde el principio hasta el fin.</p>
<p>»-Bien, Marmeladof -me dijo-. Has defraudado una vez las esperanzas que había depositado en ti. Voy a tomarte de nuevo bajo mi</p>
<p>protección.</p>
<p>»Éstas fueron sus palabras.</p>
<p>»-Procura no olvidarlo -añadió-. Puedes retirarte.</p>
<p>»Yo besé el polvo de sus botas&#8230;, pero sólo mentalmente, pues él, alto funcionario y hombre imbuido de ideas modernas y</p>
<p>esclarecidas, no me habría permitido que se las besara de verdad. Volví a casa, y no puedo describirle el efecto que produjo mi noticia</p>
<p>de que iba a volver al servicio activo y a cobrar un sueldo.</p>
<p>Marmeladof hizo una nueva pausa, profundamente conmovido. En ese momento invadió la taberna un grupo de bebedores en los</p>
<p>que ya había hecho efecto la bebida. En la puerta del establecimiento resonaron las notas de un organillo, y una voz de niño, frágil y</p>
<p>trémula, entonó la <i>Petite Ferme</i>. La sala se llenó de ruidos. El tabernero y los dos muchachos acudieron presurosos a servir a los</p>
<p>recién llegados. Marmeladof continuó su relato sin prestarles atención. Parecía muy débil, pero, a medida que crecía su embriaguez, se</p>
<p>iba mostrando más expansivo. El recuerdo de su último éxito, el nuevo empleo que había conseguido, le había reanimado y daba a su</p>
<p>semblante una especie de resplandor. Raskolnikof le escuchaba atentamente.</p>
<p>-De esto hace cinco semanas. Pues sí, cuando Catalina Ivanovna y Sonetchka se enteraron de lo de mi empleo, me sentí como</p>
<p>transportado al paraíso. Antes, cuando tenía que permanecer acostado, se me miraba como a una bestia y no oía más que injurias;</p>
<p>ahora andaban de puntillas y hacían callar a los niños. «¡Silencio! Simón Zaharevitch ha trabajado mucho y está cansado. Hay que</p>
<p>dejarlo descansar.» Me daban café antes de salir para el despacho, e incluso nata. Compraban nata de verdad, ¿sabe usted? lo que no</p>
<p>comprendo es de dónde pudieron sacar los once rublos y medio que se gastaron en aprovisionar mi guardarropa. Botas, soberbios</p>
<p>puños, todo un uniforme en perfecto estado, por once rublos y cincuenta kopeks. En mi primera jornada de trabajo, al volver a casa al</p>
<p>mediodía, ¿qué es lo que vieron mis ojos? Catalina Ivanovna había preparado dos platos: sopa y lechón en salsa, manjar del que ni</p>
<p>siquiera teníamos idea. Vestidos no tiene, ni siquiera uno. Sin embargo, se había compuesto como para ir de visita. Aun no teniendo</p>
<p>ropa, se había arreglado. Ellas saben arreglarse con nada. Un peinado gracioso, un cuello blanco y muy limpio, unos puños, y parecía</p>
<p>otra; estaba más joven y más bonita. Sonetchka, mi paloma, sólo pensaba en ayudarnos con su dinero, pero nos dijo: «Me parece que</p>
<p>ahora no es conveniente qué os venga a ver con frecuencia. Vendré alguna vez de noche, cuando nadie pueda verme.» ¿Comprende,</p>
<p>comprende usted? Después de comer me fui a acostar, y entonces Catalina Ivanovna no pudo contenerse. Hacía apenas una semana</p>
<p>había tenido una violenta disputa con Amalia Ivanovna, la dueña de la casa; sin embargo, la invitó a tomar café. Estuvieron dos horas</p>
<p>charlando en voz baja.</p>
<p>»-Simón Zaharevitch -dijo Catalina Ivanovna- tiene ahora un empleo y recibe un sueldo. Se ha presentado a su excelencia, y su</p>
<p>excelencia ha salido de su despacho, ha tendido la mano a Simón Zaharevitch, ha dicho a todos los demás que esperasen y lo ha hecho</p>
<p>pasar delante de todos. ¿Comprende, comprende usted? &quot;Naturalmente -le ha dicho su excelencia-, me acuerdo de sus servicios,</p>
<p>Simón Zaharevitch, y, aunque usted no se portó como es debido, su promesa de no reincidir y, por otra parte, el hecho de que aquí ha</p>
<p>ido todo mal durante su ausencia (¿se da usted cuenta de lo que esto significa?), me induce a creer en su palabra.&quot;</p>
<p>»Huelga decir -continuó Marmeladof- que todo esto lo inventó mi mujer, pero no por ligereza, ni para darse importancia. Es que</p>
<p>ella misma lo creía y se consolaba con sus propias invenciones, palabra de honor. Yo no se lo reprocho, no se lo puedo reprochar. Y</p>
<p>cuando, hace seis días, le entregué íntegro mi primer sueldo, veintitrés rublos y cuarenta kopeks, me llamó cariñito. &quot;¡Cariñito mío!&quot;,</p>
<p>me dijo, y tuvimos un íntimo coloquio, ¿comprende? Y dígame, se lo ruego: ¿qué encanto puedo tener yo y qué papel puedo hacer</p>
<p>como esposo? Sin embargo, ella me pellizcó la cara y me llamó cariñito.</p>
<p>Marmeladof se detuvo. Intentó sonreír, pero su barbilla empezó a temblar. Sin embargo, logró contenerse. Aquella taberna, aquel</p>
<p>rostro de hombre acabado, las cinco noches pasadas en las barcas de heno, aquella botella y, unido a esto, la ternura enfermiza de</p>
<p>aquel hombre por su esposa y su familia, tenían perplejo a su interlocutor. Raskolnikof estaba pendiente de sus labios, pero</p>
<p>experimentaba una sensación penosa y se arrepentía de haber entrado en aquel lugar.</p>
<p>-¡Ah, señor, mi querido señor! -exclamó Marmeladof, algo repuesto-. Tal vez a usted le parezca todo esto tan cómico como a todos</p>
<p>los demás; tal vez le esté fastidiando con todos estos pequeños detalles, miserables y estúpidos, de mi vida doméstica. Pero le aseguro</p>
<p>que yo no tengo ganas de reír, pues siento todo esto. Todo aquel día inolvidable y toda aquella noche estuve urdiendo en mi mente los</p>
<p>sueños más fantásticos: soñaba en cómo reorganizaría nuestra vida, en los vestidos que pondrían a los niños, en la tranquilidad que iba</p>
<p>a tener mi esposa, en que arrancaría a mi hija de la vida de oprobio que llevaba y la restituiría al seno de la familia&#8230; Y todavía soñé</p>
<p>muchas cosas más&#8230; Pero he aquí, caballero -y Marmeladof se estremeció de súbito, levantó la cabeza y miró fijamente a su</p>
<p>interlocutor-, he aquí que al mismo día siguiente a aquel en que acaricié todos estos sueños (de esto hace exactamente cinco días), por</p>
<p>la noche, inventé una mentira y, como un ladrón nocturno, robé la llave del baúl de Catalina Ivanovna y me apoderé del resto del</p>
<p>dinero que le había entregado. ¿Cuánto había? No lo recuerdo. Pero&#8230; ¡miradme todos! Hace cinco días que no he puesto los pies en</p>
<p>mi casa, y los míos me buscan, y he perdido mi empleo. El uniforme lo cambié por este traje en una taberna del puente de Egipto.</p>
<p>Todo ha terminado.</p>
<p>Se dio un puñetazo en la cabeza, apretó los dientes, cerró los ojos y se acodó en la mesa pesadamente. Poco después, su semblante</p>
<p>se transformó y, mirando a Raskolnikof con una especie de malicia intencionada, de cinismo fingido, se echó a reír y exclamó:</p>
<p>-Hoy he estado en casa de Sonia. He ido a pedirle dinero para beber.¡Ja, ja, ja!</p>
<p>-¿Y ella te lo ha dado? -preguntó uno de los que habían entrado últimamente, echándose también a reír.</p>
<p>-Esta media botella que ve usted aquí está pagada con su dinero -continuó Marmeladof, dirigiéndose exclusivamente a</p>
<p>Raskolnikof-. Me ha dado treinta kopeks, los últimos, todo lo que tenía: lo he visto con mis propios ojos. Ella no me ha dicho nada; se</p>
<p>ha limitado a mirarme en silencio&#8230; Ha sido una mirada que no pertenecía a la tierra, sino al cielo. Sólo allá arriba se puede sufrir así</p>
<p>por los hombres y llorar por ellos sin condenarlos. Sí, sin condenarlos&#8230; Pero es todavía más amargo que no se nos condene. Treinta</p>
<p>kopeks&#8230; ¿Acaso ella no los necesita? ¿No le parece a usted, mi querido señor, que ella ha de conservar una limpieza atrayente? Esta</p>
<p>limpieza cuesta dinero; es una limpieza especial. ¿No le parece? Hacen falta cremas, enaguas almidonadas, elegantes zapatos que</p>
<p>embellezcan el pie en el momento de saltar sobre un charco. ¿Comprende, comprende usted la importancia de esta limpieza? Pues</p>
<p>bien; he aquí que yo, su propio padre, le he arrancado los treinta kopeks que tenía. Y me los bebo, ya me los he bebido. Dígame usted:</p>
<p>¿quién puede apiadarse de un hombre como yo? Dígame, señor: ¿tiene usted piedad de mí o no la tiene? Con franqueza, señor: ¿me</p>
<p>compadece o no me compadece? ¡Ja, ja, ja!</p>
<p>Intentó llenarse el vaso, pero la botella estaba vacía.</p>
<p>-Pero ¿por qué te han de compadecer? -preguntó el tabernero, acercándose a Marmeladof.</p>
<p>La sala se llenó de risas mezcladas con insultos. Los primeros en reír e insultar fueron los que escuchaban al funcionario. Los otros,</p>
<p>los que no habían prestado atención, les hicieron coro, pues les bastaba ver la cara del charlatán.</p>
<p>-¿Compadecerme? ¿Por qué me han de compadecer? -bramó de pronto Marmeladof, levantándose, abriendo los brazos con un gesto</p>
<p>de exaltación, como si sólo esperase este momento-. ¿Por qué me han de compadecer?, me preguntas. Tienes razón: no merezco que</p>
<p>nadie me compadezca; lo que merezco es que me crucifiquen. ¡Sí, la cruz, no la compasión&#8230;! ¡Crucifícame, juez! ¡Hazlo y, al</p>
<p>crucificarme, ten piedad del crucificado! Yo mismo me encaminaré al suplicio, pues tengo sed de dolor y de lágrimas, no de alegría.</p>
<p>¿Crees acaso, comerciante, que la media botella me ha proporcionado algún placer? Sólo dolor, dolor y lágrimas he buscado en el</p>
<p>fondo de este frasco&#8230; Sí, dolor y lágrimas&#8230; Y los he encontrado, y los he saboreado. Pero nosotros no podemos recibir la piedad sino</p>
<p>de Aquel que ha sido piadoso con todos los hombres; de Aquel que todo lo comprende, del único, de nuestro único Juez. Él vendrá el</p>
<p>día del Juicio y preguntará: «¿Dónde está esa joven que se ha sacrificado por una madrastra tísica y cruel y por unos niños que no son</p>
<p>sus hermanos? ¿Dónde está esa joven que ha tenido piedad de su padre y no ha vuelto la cara con horror ante ese bebedor</p>
<p>despreciable?» Y dirá a Sonia: «Ven. Yo te perdoné&#8230;, te perdoné&#8230;, y ahora te redimo de todos tus pecados, porque tú has amado</p>
<p>mucho.» Sí, Él perdonará a mi Sonia, El la perdonará, yo sé que Él la perdonará. Lo he sentido en mi corazón hace unas horas, cuando</p>
<p>estaba en su casa&#8230; Todos seremos juzgados por Él, los buenos y los malos. Y nosotros oiremos también su verbo. Él nos dirá:</p>
<p>«Acercaos, acercaos también vosotros, los bebedores; acercaos, débiles y desvergonzadas criaturas.» Y todos avanzaremos sin temor y</p>
<p>nos detendremos ante Él. Y Él dirá: «¡Sois unos cerdos, lleváis el sello de la bestia y como bestias sois, pero venid conmigo también!»</p>
<p>Entonces, los inteligentes y los austeros se volverán hacia Él y exclamarán: «Señor, ¿por qué recibes a éstos?» Y Él responderá: «Los</p>
<p>recibo, ¡oh sabios!, los recibo, ¡oh personas sensatas!, porque ninguno de ellos se ha considerado jamás digno de este favor.» Y Él nos</p>
<p>tenderá sus divinos brazos y nosotros nos arrojaremos en ellos, deshechos en lágrimas&#8230;, y lo comprenderemos todo, entonces lo</p>
<p>comprenderemos todo&#8230;, y entonces todos comprenderán&#8230; También comprenderá Catalina Ivanovna&#8230; ¡Señor, venga a nos el reino!</p>
<p>Se dejó caer en un asiento, agotado, sin mirar a nadie, como si, en la profundidad de su delirio, se hubiera olvidado de todo lo que</p>
<p>le rodeaba.</p>
<p>Sus palabras habían producido cierta impresión. Hubo unos instantes de silencio. Pero pronto estallaron las risas y las invectivas.</p>
<p>-¿Habéis oído?</p>
<p>¡Viejo chocho!</p>
<p>-¡Burócrata!</p>
<p>Y otras cosas parecidas.</p>
<p>-¡Vámonos, señor! -exclamó de súbito Marmeladof, levantando la cabeza y dirigiéndose a Raskolnikof-. Lléveme a mi casa&#8230; El</p>
<p>edificio Kozel&#8230; Déjeme en el patio&#8230; Ya es hora de que vuelva al lado de Catalina Ivanovna.</p>
<p>Hacía un rato que Raskolnikof había pensado marcharse, otorgando a Marmeladof su compañía y su sostén. Marmeladof tenía las</p>
<p>piernas menos firmes que la voz y se apoyaba pesadamente en el joven. Tenían que recorrer de doscientos a trescientos pasos. La</p>
<p>turbación y el temor del alcohólico iban en aumento a medida que se acercaban a la casa.</p>
<p>-No es a Catalina Ivanovna a quien temo -balbuceaba, en medio de su inquietud-. No es la perspectiva de los tirones de pelo lo que</p>
<p>me inquieta. ¿Qué es un tirón de pelos? Nada absolutamente. No le quepa duda de que no es nada. Hasta prefiero que me dé unos</p>
<p>cuantos tirones. No, no es eso lo que temo. Lo que me da miedo es su mirada&#8230;, sí, sus ojos&#8230; Y también las manchas rojas de sus</p>
<p>mejillas. Y su jadeo&#8230; ¿Ha observado cómo respiran estos enfermos cuando los conmueve una emoción violenta&#8230;? También me</p>
<p>inquieta la idea de que voy a encontrar llorando a los niños, pues si Sonia no les ha dado de comer, no sé&#8230;, yo no sé cómo habrán</p>
<p>podido&#8230;, no sé, no sé&#8230; Pero los golpes no me dan miedo&#8230; Le aseguro, señor, que los golpes no sólo no me hacen daño, sino que me</p>
<p>proporcionan un placer&#8230; No podría pasar sin ellos. Lo mejor es que me pegue&#8230; Así se desahoga&#8230; Sí, prefiero que me pegue&#8230; Hemos</p>
<p>llegado&#8230; Edificio Kozel&#8230; Kozel es un cerrajero alemán, un hombre rico&#8230; Lléveme a mi habitación.</p>
<p>Cruzaron el patio y empezaron a subir hacia el cuarto piso. La escalera estaba cada vez más oscura. Eran las once de la noche, y</p>
<p>aunque en aquella época del año no hubiera, por decirlo así, noche en Petersburgo, es lo cierto que la parte alta de la escalera estaba</p>
<p>sumida en la más profunda oscuridad.</p>
<p>La ahumada puertecilla que daba al último rellano estaba abierta. Un cabo de vela iluminaba una habitación miserable que medía</p>
<p>unos diez pasos de longitud. Desde el vestíbulo se la podía abarcar con una sola mirada. En ella reinaba el mayor desorden. Por todas</p>
<p>partes colgaban cosas, especialmente ropas de niño. Una cortina agujereada ocultaba uno de los dos rincones más distantes de la</p>
<p>puerta. Sin duda, tras la cortina había una cama. En el resto de la habitación sólo se veían dos sillas y un viejo sofá cubierto por un</p>
<p>hule hecho jirones. Ante él había una mesa de cocina, de madera blanca y no menos vieja.</p>
<p>Sobre esta mesa, en una palmatoria de hierro, ardía el cabo de vela. Marmeladof tenía, pues, alquilada una habitación. entera y no</p>
<p>un simple rincón, pero comunicaba con otras habitaciones y era como un pasillo. La puerta que daba a las habitaciones, mejor dicho, a</p>
<p>las jaulas, del piso de Amalia Lipevechsel, estaba entreabierta. Se oían voces y ruidos diversos. Las risas estallaban a cada momento.</p>
<p>Sin duda, había allí gente que jugaba a las cartas y tomaba el té. A la habitación de Marmeladof llegaban a veces fragmentos de frases</p>
<p>groseras.</p>
<p>Raskolnikof reconoció inmediatamente a Catalina Ivanovna. Era una mujer horriblemente delgada, fina, alta y esbelta, con un</p>
<p>cabello castaño, bello todavía. Como había dicho Marmeladof, sus pómulos estaban cubiertos de manchas rojas. Con los labios secos,</p>
<p>la respiración rápida e irregular y oprimiéndose el pecho convulsivamente con las manos, se paseaba por la habitación. En sus ojos</p>
<p>había un brillo de fiebre y su mirada tenía una dura fijeza. Aquel rostro trastornado de tísica producía una penosa impresión a la luz</p>
<p>vacilante y mortecina del cabo de vela casi consumido.</p>
<p>Raskolnikof calculó que tenía unos treinta años y que la edad de Marmeladof superaba bastante a la de su mujer. Ella no advirtió la</p>
<p>presencia de los dos hombres. Parecía sumida en un estado de aturdimiento que le impedía ver y oír.</p>
<p>La atmósfera de la habitación era irrespirable, pero la ventana estaba cerrada. De la escalera llegaban olores nauseabundos, pero la</p>
<p>puerta del piso estaba abierta. En fin, la puerta interior, solamente entreabierta, dejaba pasar espesas nubes de humo de tabaco que</p>
<p>hacían toser a Catalina Ivanovna; pero ella no se había preocupado de cerrar esta puerta.</p>
<p>El hijo menor, una niña de seis años, dormía sentada en el suelo, con el cuerpo torcido y la cabeza apoyada en el sofá. Su</p>
<p>hermanito, que tenía un año más que ella, lloraba en un rincón y los sollozos sacudían todo su cuerpo. Seguramente su madre le</p>
<p>acababa de pegar. La mayor, una niña de nueve años, alta y delgada como una cerilla, llevaba una camisa llena de agujeros y, sobre</p>
<p>los desnudos hombros, una capa de paño, que sin duda le venía bien dos años atrás, pero que ahora apenas le llegaba a las rodillas.</p>
<p>Estaba al lado de su hermanito y le rodeaba el cuello con su descarnado brazo. Al mismo tiempo, seguía a su madre con una mirada</p>
<p>temerosa de sus oscuros y grandes ojos, que parecían aún mayores en su pequeña y enjuta carita.</p>
<p>Marmeladof no entró en el piso: se arrodilló ante el umbral y empujó a Raskolnikof hacia el interior. Catalina Ivanovna se detuvo</p>
<p>distraídamente al ver ante ella a aquel desconocido y, volviendo momentáneamente a la realidad, parecía preguntarse: ¿Qué hace aquí</p>
<p>este hombre? Pero sin duda se imaginó en seguida que iba a atravesar la habitación para dirigirse a otra. Entonces fue a cerrar la puerta</p>
<p>de entrada y lanzó un grito al ver a su marido arrodillado en el umbral.</p>
<p>-¿Ya estás aquí? -exclamó, furiosa-. ¿Ya has vuelto? ¿Dónde está el dinero? ¡Canalla, monstruo! ¿Qué te queda en los bolsillos?</p>
<p>¡Éste no es el traje! ¿Qué has hecho de él? ¿Dónde está el dinero? ¡Habla!</p>
<p>Empezó a registrarle ávidamente. Marmeladof abrió al punto los brazos, dócilmente, para facilitar la tarea de buscar en sus</p>
<p>bolsillos. No llevaba encima ni un kopek.</p>
<p>-¿Dónde está el dinero? -siguió vociferando la mujer-. ¡Señor! ¿Es posible que se lo haya bebido todo? ¡Quedaban doce rublos en el</p>
<p>baúl!</p>
<p>En un arrebato de ira, cogió a su marido por los cabellos y le obligó a entrar a fuerza de tirones. Marmeladof procuraba aminorar su</p>
<p>esfuerzo arrastrándose humildemente tras ella, de rodillas.</p>
<p>-¡Es un placer para mí, no un dolor! ¡Un placer, amigo mío! -exclamaba mientras su mujer le tiraba del pelo y lo sacudía.</p>
<p>Al fin su frente fue a dar contra el entarimado. La niña que dormía en el suelo se despertó y rompió a llorar. El niño, de pie en su</p>
<p>rincón, no pudo soportar la escena: de nuevo empezó a temblar, a gritar, y se arrojó en brazos de su hermana, convulso y aterrado. La</p>
<p>niña mayor temblaba como una hoja.</p>
<p>-¡Todo, todo se lo ha bebido! -gritaba, desesperada, la pobre mujer-. ¡Y estas ropas no son las suyas! ¡Están hambrientos! -señalaba</p>
<p>a los niños, se retorcía los brazos-. ¡Maldita vida!</p>
<p>De pronto se encaró con Raskolnikof.</p>
<p>-¿Y a ti no te da vergüenza? ¡Vienes de la taberna! ¡Has bebido con él! ¡Fuera de aquí!</p>
<p>El joven, sin decir nada, se apresuró a marcharse. La puerta interior acababa de abrirse e iban asomando caras cínicas y burlonas,</p>
<p>bajo el gorro encasquetado y con el cigarrillo o la pipa en la boca. Unos vestían batas caseras; otros, ropas de verano ligeras hasta la</p>
<p>indecencia. Algunos llevaban las cartas en la mano. Se echaron a reír de buena gana al oír decir a Marmeladof que los tirones de pelo</p>
<p>eran para él una delicia. Algunos entraron en la habitación. Al fin se oyó una voz silbante, de mal agüero. Era Amalia Ivanovna</p>
<p>Lipevechsel en persona, que se abrió paso entre los curiosos, para restablecer el orden a su manera y apremiar por centésima vez a la</p>
<p>desdichada mujer, brutalmente y con palabras injuriosas, a dejar la habitación al mismo día siguiente.</p>
<p>Antes de salir, Raskolnikof había tenido tiempo de Ilevarse la mano al bolsillo, coger las monedas que le quedaban del rublo que</p>
<p>había cambiado en la taberna y dejarlo, sin que le viesen, en el alféizar de la ventana. Después, cuando estuvo en la escalera, se</p>
<p>arrepintió de su generosidad y estuvo a punto de volver a subir.</p>
<p>«¡Qué estupidez he cometido! -pensó-. Ellos tienen a Sonia, y yo no tengo quien me ayude.»</p>
<p>Luego se dijo que ya no podía volver a recoger el dinero y que, aunque hubiese podido, no lo habría hecho, y decidió volverse a</p>
<p>casa.</p>
<p>«Sonia necesita cremas -siguió diciéndose, con una risita sarcástica, mientras iba por la calle-. Es una limpieza que cuesta dinero. A</p>
<p>lo mejor, Sonia está ahora sin un kopek, pues esta caza de hombres, como la de los animales, depende de la suerte. Sin mi dinero,</p>
<p>tendrían que apretarse el cinturón. Lo mismo les ocurre con Sonia. En ella han encontrado una verdadera mina. Y se aprovechan&#8230; Sí,</p>
<p>se aprovechan. Se han acostumbrado. Al principio derramaron unas lagrimitas, pero después se acostumbraron. ¡Miseria humana! A</p>
<p>todo se acostumbra uno.»</p>
<p>Quedó ensimismado. De pronto, involuntariamente, exclamó:</p>
<p>-Pero ¿y si esto no es verdad? ¿Y si el h