<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>El Rincón de los Libros</title>
	<atom:link href="http://literatura.rincondeamistad.com/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://literatura.rincondeamistad.com</link>
	<description>Por Liccy Fuentes</description>
	<lastBuildDate>Tue, 13 Dec 2011 03:51:23 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.3.1</generator>
		<item>
		<title>Milagro de Navidad</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/12/12/milagro-de-navidad/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/12/12/milagro-de-navidad/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 13 Dec 2011 03:46:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Cristianas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2011/12/12/milagro-de-navidad/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/12/12/milagro-de-navidad/"><img align="left" hspace="5" width="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/12/navidad.jpg" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p align="center"></p> <p align="center"><strong>Vicente Carballo</strong></p> <p align="center"><strong>MILAGRO DE NAVIDAD</strong></p> <p align="justify">A lo largo de mi vida, que ha sido una vida de búsqueda, de confirmación, nada me ha resultado más útil para el crecimiento y fortaleza de mi fe que los testimonios que aquellos a los que Dios ha querido mostrar su gracia y misericordia, en situaciones en las cuales no ha quedado margen para atribuir el milagro al concurso</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/12/12/milagro-de-navidad/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><img style="background-image: none; border-right-width: 0px; padding-left: 0px; padding-right: 0px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px; padding-top: 0px" title="" border="0" alt="" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/12/navidad.jpg" width="183" height="244" /></p>
<p align="center"><font color="#000040" size="2"><strong>Vicente Carballo</strong></font></p>
<hr />
<p align="center"><font color="#000040" size="2"><strong>MILAGRO DE NAVIDAD</strong></font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">A lo largo de mi vida, que ha sido una vida de búsqueda, de confirmación, nada me ha resultado más útil para el crecimiento y fortaleza de mi fe que los testimonios que aquellos a los que Dios ha querido mostrar su gracia y misericordia, en situaciones en las cuales no ha quedado margen para atribuir el milagro al concurso de lo fortuito, sino que el hecho o los hechos han ocurrido dentro de los estrechos parámetros donde sólo tiene cabida la intervención divina. Soy del parecer de que el Creador interviene con más frecuencia, en los asuntos del hombre, que lo que somos capaces de advertir pues, en su suprema sabiduría, Él conoce los resultados e implicaciones aun de los más pequeños actos o decisiones del ser humano y, en su infinito amor, está presto a socorrernos sin violentar contra nuestra voluntad, el libre albedrío que, en mi opinión, constituye una de sus más elevadas gracias. Como un gesto de gratitud al Padre, cito aquí un acontecimiento que desafía, en el desenlace, toda posibilidad de racionalizarlo fuera del ámbito de lo providencial.</font></p>
<p align="center"><font color="#000040" size="2"><strong>==== Milagro de Navidad =====</strong></font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Vivía yo por entonces cerca de la ciudad de Corpus Cristi, en Texas; y al final de cada año hacíamos planes para viajar al Paso, donde vivían los padres y otros familiares de mi esposa, y pasar la Navidad junto a ellos. Entre esos planes, el más importante era, sin duda alguna, el de ahorrar suficiente dinero para pasar una semana sin resultar una carga para sus familiares, que vivían en condiciones precarias.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">El veintidós de diciembre, salimos jubilosos con nuestros cuatro hijos a la muy esperada excursión. Los niños cantando y algunas veces riñendo. Nos deteníamos con frecuencia a contemplar paisajes y otros puntos de atracciones. ¡Qué momentos de suprema felicidad! Ver a nuestros hijos felices cuando están pequeños y aún son nuestros. Así las cosas, pasamos San Antonio y atravesamos la región casi desértica de los cactus y los chaparrales, que al menos para mí tienen su atractivo. Me seducen esas plantas que son capaces de sobrevivir y florecer en esos arenales reverberantes, y los animales e insectos adaptados a esas inhóspitas condiciones. Pero debo ceñirme al asunto para el que he requerido la atención de mis pacientes lectores.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Continuando el recorrido sobre las dos de la tarde y diez millas de Fort Stockton, no recuerdo si el viejo Cadillac del año ’56 que manejaba tenía roto el medidor de la gasolina o si por ir, como de costumbre, muy abstraído, se detuvo el armatoste por falta del preciado líquido, haciéndome acreedor de las reconvenciones de la madre de mis hijos. Aunque es de suponer que, en estos casos, cuando se nos detiene un vehículo súbitamente, la impresión que se recibe no puede ser más desagradable, sobre todo si esto ocurre en un lugar despoblado y no se tienen nociones de mecánica, de lo que se deduce que quedarse sin combustible sea el menor de los males. Salgo del vehículo e inspecciono superficialmente el motor, tratando de advertir alguna irregularidad, pero todo parece normal. Entonces tomo un recipiente que, afortunadamente traigo en el maletero y comienzo a pedir ayuda blandiendo la lata para declarar mi problema. Con tanta buena suerte que en breve se detiene un hombre y se ofrece a llevarme al siguiente pueblo. Una vez allí, el buen samaritano se ofrece a regresarme, lo que trato de declinar por no agraviarle, pero su ofrecimiento era sincero e insiste y accedo. Una vez junto a los míos, le expreso mi gratitud; él me dice que irá delante de mí –por si acaso-. Entramos al pueblo y voy derecho a la estación a rellenar el tanque. Cuál no sería nuestra sorpresa, al descubrir que, a la hora de pagar, había extraviado la cartera y, con ella, los recursos para continuar el viaje, amén de los documentos migratorios y licencia de manejar. Fue tal mi desesperación, que busqué hasta en el motor, porque todos sabemos que en estas instancias se pesquisa hasta en los puntos más inverosímiles. Despojé a Martha de una pequeña dote que le había dado al partir para uso personal, y con eso pagamos el combustible. Decidimos regresar al lugar donde se nos quedó el carro, y buscar allí, palmo a palmo, la imprescindible billetera. Invertimos no menos de una hora, peinando los hierbajos en un espacio mayor que lo lógico, sin ningún resultado, determinando volver a la ciudad y continuar contra toda esperanza la búsqueda. Noté que durante el momento de desesperación que permanecí en la estación, uno de los empleados nos miraba y sonreía, y en estas condiciones deduje que el individuo tenía algo que ver con mi desgracia, así que lo enfrenté con el mejor tono, dadas las circunstancias.</font></p>
<p><span id="more-20216"></span>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2"></font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">-Oiga amigo –le dije-, si usted ha encontrado mi cartera, por favor, devuélvamela. Mire que tengo niños y estamos muy lejos de casa.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Le ofrecí parte del dinero, pero el muchacho negaba haber encontrado nada, diciendo:</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">-No señor, yo no la tengo. ¡Cómo cree!</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Aun creyendo que el muchacho mentía, nos orillamos a la sombra de un árbol para tratar de tomar una resolución, dado lo crítico del caso. Contemplamos la posibilidad de permanecer en aquel poblado, ya que por entonces vivía yo del oficio de rotulista, cargando siempre conmigo mi equipo de trabajo, tratando de encontrar algo que pintar. Hicimos un balance y nuestra exigua posesión ascendía a la cantidad de nueve dólares con cincuenta y tres centavos. Nos internamos hacia el centro del pueblo buscando una tienda de víveres donde comprar pan y alguna que otra menudencia, pues los muchachos comenzaban a dar muestras de intranquilidad. Una cuadra más adelante descubro que la estación que acabábamos de dejar no era a la que me había traído el señor en primera instancia, sino otra, que identifico ahora por un gran tanque de madera; de esos que se ven en casi todas las películas del viejo Oeste. Esto me da una chispa de esperanza, y entro con premura al lugar. Cuál no sería mi sorpresa, que vislumbro a corta distancia un bultito sobre el pavimento, y por rara intuición, llego a pensar que se puede tratar de mi cartera. Me bajo del carro y corro despavorido al sitio, descubriendo que, en efecto, se trata de ello. He encontrado el tan preciado tesoro, que ha permanecido conspicuamente expuesto a la vista de todos.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Es difícil exponer en simples palabras la emotividad emocional que el suceso nos produce, pero de lo que no tenemos la menor duda, es que hemos sido bendecidos con un milagro de esos que no dejan una tangente para racionalizar un hecho lógicamente.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">En medio de tal euforia, después de una ferviente oración en que reconocemos la intervención del Padre en nuestro favor, y yo en silencio medito en la importancia que reviste, más que haber encontrado el dinero, el que el Señor nos tenga en su noticia, en que se nos manifieste, acrecentando con su presencia nuestra fe y certidumbre. Nada puede compararse con esto.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">De allí salimos cantando, y para celebrar, entramos a un restaurante donde no podíamos reconciliar la tristeza y desesperación de una hora atrás, con el júbilo y la seguridad que nos había proporcionado Dios.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">De más está decir que fue una de las navidades más memorables de mi vida, y la cual significó, sin duda, un gran milagro de Navidad.</font></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/12/12/milagro-de-navidad/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Amarilis</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/10/04/amarilis/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/10/04/amarilis/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 04 Oct 2011 13:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2011/10/04/amarilis/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/10/04/amarilis/"><img align="left" hspace="5" width="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/09/02_apple-det8_thumb_thumb6.jpg" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p align="center"></p> <p align="center"><strong>Amarilis</strong></p> <p align="center"><strong>La niña del vestido azul</strong></p> <p align="center"><em>Vicente Carballo</em></p> <p align="justify">Como un cetáceo muerto, el viejo barco yace sujeto por gruesos cabos a los pilotes del atracadero. En el silencio de la noche lo contemplo. Al menor oleaje, las amarras sacude, como si quisiera deshacerse de sus ataduras. Por los últimos tres años, este ha sido mi domicilio, como parte de su dotación. He recorrido distantes</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/10/04/amarilis/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><img style="background-image: none; border-right-width: 0px; padding-left: 0px; padding-right: 0px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px; padding-top: 0px" title="" border="0" alt="" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/09/02_apple-det8_thumb_thumb6.jpg" width="244" height="235" /></p>
<p align="center"><font color="#000080" size="2"><strong>Amarilis</strong></font></p>
<p align="center"><font color="#000080" size="2"><strong>La niña del vestido azul</strong></font></p>
<p align="center"><font color="#000080" size="2"><em>Vicente Carballo</em></font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Como un cetáceo muerto, el viejo barco yace sujeto por gruesos cabos a los pilotes del atracadero. En el silencio de la noche lo contemplo. Al menor oleaje, las amarras sacude, como si quisiera deshacerse de sus ataduras. Por los últimos tres años, este ha sido mi domicilio, como parte de su dotación. He recorrido distantes partes del planeta. Lo he visto con ímpetu embestir las gigantescas olas del Pacífico o con apacible serenidad; en días de bonanza, surcar con la gracia de un delfín la extensión de las aguas.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Estoy indisolublemente ligado a él, y cuando mis compañeros en sus conversaciones lo menoscaban llamándolo “tortugón”, “bola de herrumbre” y otros términos igualmente despectivos, me les encaro y lo defiendo como si denigraran a un amigo. Ellos sonríen y he llegado a pensar que lo hacen de adrede, sólo para mortificarme. Sí, lo admito, quizás soy demasiado sentimental, pero después de tres largos años, de innumerables experiencias, de haberme llevado como a Jonás en su vientre a gran multitud de países de exóticas costumbres; de haber contemplado desde cubierta la imponente majestad de los Andes, y el hipnótico esplendor de los hielos polares; de haber hecho contacto en el otro extremo del planeta con seres con los que se han establecido vínculos amistosos perdurables, justificarán que me niegue a verle sólo como una estructura compuesta de planchas de acero sostenidas por remaches.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Ahora estamos a punto de zarpar. El contramaestre ha dado el anuncio, en forma tácita, con su letra menuda apenas legible. Dos líneas sobre la pequeña pizarrita conspicuamente colgada al final de la escala que da acceso al navío: “Zarpamos mañana, 6:00am. Destino: San Lorenzo, Ecuador”. La tripulación ha leído el itinerario, y se trata de un lugar desconocido. Los más diestros consultan los mapas y constatan, con desagrado, que San Lorenzo no es más que una aldea geográficamente insignificante, a la que se llega a través de un caudaloso río que le da su nombre.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Allí iríamos a llenar la bodega del “Tessala”, que es el nombre de nuestra embarcación, de maderas preciosas. En realidad será una operación tediosa, pues tendremos que permanecer fondeados donde el río pierde su configuración, convirtiéndose en una profunda y ancha laguna, ya que, dado el tamaño del barco, no hay calado ni embarcadero cerca del pueblito. En barcazas han de acarrear los pesados troncos hasta nosotros, y esta tarea se calcula que podría demorar hasta un mes. Todo esto lo sabemos gracias a Alejo, el contramaestre. Pero sólo dos días después de haber salido del puerto, suponemos que no quiso darnos esta información, porque temía –con razón- que los rigores de esta expedición pudieran causar muchas deserciones por parte de la marinería, pues obviamente no se trataba de una de esas metrópolis bien conocidas por la tripulación, donde proliferan los cabarets, casas de juegos y burdeles, a los que eran tan asiduos a mayoría de mis compañeros. Para incentivar a la tripulación, prometieron un bono o gratificación, y esto fue tomado con reticencia por algunos que anticiparon que la condescendencia de la empresa más bien corroboraba las sospechas de que el viaje resultaría extremadamente riguroso. Aun así, la mayoría permaneció en sus puestos. El día siguiente se soltaron las amarras, y salimos por la bahía de Miami hacia lo desconocido, dejando atrás la civilización y el confort.</font></p>
<p><span id="more-20212"></span>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2"></font></p>
<p align="center"><font color="#000080" size="2">== Vida a bordo ==</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Una vez que el barco ha levado anclas, para mantenerlo navegando es necesario que un grupo de marinos, ocupe cada cual el puesto designado por el contramaestre, que es el oficial que se ocupa de los menesteres de mantenimiento y orden de la pequeña república, que es, a mi ver, con lo que puede compararse un navío. El carácter de este individuo tiene que ser muy especial, porque él representa el vínculo complejo entre la máxima autoridad, o sea, el capitán, y el personal de todos los otros niveles. Él deberá actuar, las más veces, con una diplomacia tan sutil que dé la impresión de que está de parte del proletariado, que les apoya y defiende contra toda contingencia, y abogará por sus derechos, cuando en realidad, ante el capitán, es evidente que sus intereses son otros; que él justificará su salario a expensas de sus súbditos, a quienes perseguirá como un tábano para que se mantengan ocupados constantemente. Es de suponer que el barco no se detendrá –a no ser en caso de una emergencia-, dos dotaciones de marineros se mantendrán ininterrumpidamente en sus posiciones a cualquier hora que uno descienda al sollado. Donde se localiza el cuarto de máquinas habrá llegado, sin lugar a dudas, al punto más riguroso de todas las ocupaciones de a bordo. Y esto no es una hipérbole; una de mis primeras ocupaciones cuando hacía mis pininos como marinero, fue como engrasador en el cuarto de máquinas. Trabajo que consistía en mantener, como el término deja inferir, engrasados todos los puntos de fricción de los enormes motores. Pero esto sería muy simple, a no ser por el ruido ensordecedor que producen las maquinarias, aparejado con el sofocante calor. Y aún podemos darle una vuelta más al torniquete si incluimos las asfixiantes inhalaciones de gases de distintos tipos a los que estábamos expuestos constantemente. Sin lugar a dudas, este resultó ser el peor lugar en el que he tenido que trabajar en toda mi vida. Olvidaba aún otro agravante cuando se permanece en este infiernillo por unas horas, la vibración llega a compenetrarse tanto en nuestro cuerpo, que sentimos una rara sensación de efervescencia, como de alkaseltzer que es echado al agua, aun muchas horas después de haber abandonado este caótico lugar.</font></p>
<p align="center"><font color="#000080" size="2">== El personal de cubierta ==</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">El pequeño ejército se ocupará constantemente de combatir la corrosión producida por el salitre, a la que esta expuesta aun la parte más recóndita del navío. Piqueta en mano, recorrerán el barco golpeando las úlceras de oxido y aplicando seguidamente un poderoso anticorrosivo para combatir el herrumbre que, como un cáncer, trata de devorar la embarcación. Esta tarea no parece acabar nunca, y es la que garantiza la longevidad del barco.</font></p>
<p align="center"><font color="#000080" size="2">== La cocina ==</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">No puedo más que reseñar con brevedad las peripecias a la que está sujeta esta actividad, y que en lo de estar confinado al calor, se parece bastante al cuarto de máquinas. Es de suponer que no es una tarea fácil mantener las ollas, calderos y perolas, conteniendo líquidos y aceites en ebullición, sin que se derramen. Es tarea de malabaristas. Hay que anotar que todos los calderos están sostenidos por una cadena sobre las hornillas, pero aun así, en tiempos extremos esta prevención en muchos casos no trabaja, sobre todo cuando una ola de primera magnitud golpea por una de las bandas. Bandazos, llaman los marineros a ese fenómeno en la cocina. Lo más probable es que la mayoría de los enseres y parte de los víveres rueden por el piso. El único aspecto atractivo en esta actividad, según un compañero del mismo gremio, es que aquí no se está sujeto a la magra ración que reciben los demás.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Después de un largo y penoso peregrinaje, en el que me tocó tomar parte en las poco atractivas actividades antes descritas, quiso mi buena fortuna que dos situaciones se produjeran simultáneamente en mi provecho. Una fue que en uno de esos días en que nos hallábamos anclados en Puerto Rico y permanecí a bordo a probar suerte con los anzuelos; el resto de la tripulación, como de costumbre, había salido rumbo a la ciudad, cada cual a lo de su preferencia. El segundo al mando estaba de guardia, sólo como una formalidad, pues de acuerdo con ciertas leyes internacionales, todo barco, en cualquier momento, debe estar representado por un oficial de la empresa. El caso fue que, ese día, aunque no era muy común entablé una conversación con el “segundo” que es como se refería a él la tripulación. Y es de anotar que rara vez la oficialidad tiene contacto con los marineros. Este extraño comportamiento, quiero pensar que se debe más que nada al interés de mantener cierta reserva que haga imposible la demasiada familiaridad entre los subalternos y la jefatura, para que en caso de una situación crítica, los órdenes sean tácitamente obedecidas. Desde luego, esto lo infiero porque en todos los navíos en que he navegado, el compartimiento de la oficialidad ha sido análogo. De todas formas, séase porque estábamos solos a bordo, o porque mi carácter más bien huraño le inspiró cierta confianza, se entabló el diálogo.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Supe que era de la Coruña, puerto al norte de España. Que se había iniciado en la vida marinera desde muy joven. Hablamos de algunas generalidades, aprovechando para expresarle mi vocación desde niño por llegar a capitanear un barco; lo que me había llevado seis años antes a ingresar a la marina de guerra, donde había aprendido algunos rudimentos de navegación, como el sextante, a plotear rumbos en las cartas náuticas, y otras generalidades que tenían la deliberada intención de impresionar al oficial, para que me tuviera en cuenta, en caso de encontrar algún uso para estas cualidades y, en efecto, uno de los timoneles había desertado y esa fue mi oportunidad. Pareció que le comunicó al capitán de nuestra conversación, y fui llamado dos días después al puesto de mando. Una vez allí, hablé por primera vez con el capitán. Parecerá extraño para alguno pero, como he señalado antes, traté de explicar a mi manera las razones para esta rara conducta en tres años. Era la única ocasión en que sentí que dejaba de ser una estadística laboral.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">La conversación fue breve, concisa y concerniente exclusivamente con el trabajo que se me iba a asignar. A partir de ese día acompañaría al timonel como aprendiz, hasta que éste me considerara apto para ocupar la vacante. Dos días después, entré en funciones. El segundo al mando me aleccionó una vez más de la importancia de estar alerta tratando de mantener el rumbo con la mayor precisión posible, observando cualquier imprevisto para notificar inmediatamente al capitán, cuyo camarote estaba contiguo al puesto de mando. El único aspecto que debía tenerse en cuenta era el de que el gobernalle de un barco de gran desplazamiento como el nuestro, no responde con la presteza de un automóvil, en otras palabras que cuando corriges un rumbo, dando vueltas al timón diez grados a la derecha, inmediatamente que notes que la proa se mueva en esa dirección, tendrás que mover el timón en sentido contrario cinco o diez grados más que el rumbo anterior y así de una a otra latitud constantemente. Pero esto, que parece teóricamente complejo, en la práctica no lo es. Después de algún tiempo llega uno a sentir cierto orgullo pueril de que una estructura tan grande y poderosa tenga que obedecernos dúctilmente.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Ya instalado en mi flamante puesto de trabajo, mi vida empezó a dar un cambio a mi favor. Se me asignó un nuevo camarote junto al puesto de mando y, eventualmente empecé a disfrutar de otros beneficios inherentes a mi nueva profesión; tales como participar de la comida que servían a la oficialidad, totalmente distinta al rancho que comía el resto de la tripulación y no estar casi todo el tiempo expuesto a la intemperie y las inclemencias del clima. Disponer de mucho tiempo para pensar, ya que esta ocupación si se ha aprendido a usar cierta capacidad bipolar del cerebro que es capaz de discernir entre dos actividades bien definidas, una de orden práctico y la otra abstracta; en otras palabras, que se puede realizar mecánicamente una función mientras otra parte se ocupa de vagar como una mariposa caprichosa por el mundo de las abstracciones. Y este aspecto tenía para mí un irresistible encanto.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Cuántas horas de placer contemplativo, observando los albatroses con sus gigantescas alas majestuosas volando a la par del barco con asombrosa aerodinámica. Planeando para conservar energía, buscan el resguardo de las embarcaciones y, sintiéndose amparadas, nos acompañan por días. Cuando sienten hambre, hacen breves incursiones por los contornos, y como son sagaces pescadores, no demoran en regresar a nuestro curso. Durante la noche se les ve durmiendo sobre los mástiles. Con el tiempo uno llega a verlos como parte de nuestra vida marinera. Otro espectáculo digno de mencionarse son los peces voladores que, ante la inminencia de peligro, activan un increíble mecanismo de sobrevivencia, logrando alcanzar bajo las aguas, increíbles velocidades que les permite salir con gran impulso y planear cientos de metros. Esto se repite con mucha frecuencia, dándonos a entender el grado de violencia que existe debajo de las apacibles aguas.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Muchos de mis compañeros se quejaban del aburrimiento a pesar de que los mantenían constantemente activos. Pienso que a más de esto se trataba de una abrumadora sensación de claustrofobia, pues una vez que abandonábamos el puerto, quedaba uno inexorablemente confinado a las latitudes metálicas del navío. Para algunos esto resultaba insoportable, y abandonaban la navegación por algunos meses para volver a los barcos como si fueran víctimas de un inescrutable sortilegio. Para mí, aquel universo móvil resultaba entonces el epítome de todos mis sueños. Allí gozaba en mi nuevo puesto de tiempo para leer. Tenía asegurada mi vivienda, comida y recibía cada mes el dinero necesario para permitirme ciertas indulgencias, pues por entonces no había contraído los insoslayables compromisos que me pondrían en el vórtice de un torbellino del que nunca lograría escapar del todo.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Por ahora estoy de pie detrás del pesado timón del Tessala. Navegamos por el Atlántico; el día es de borrasca y es casi indescriptible la magnitud de las gigantescas olas. Afortunadamente, la impresión terrorífica de que el navío será envueltos en ellas y tragados por las profundidades del abismo. No es más que una ilusión óptica. El Tessala, contra todo pronóstico, hundía con la proa la masa líquida y ascendíamos casi verticalmente hasta la cúspide de la ola para descender blandamente como un copo de nieve, repitiendo hora tras hora esta función hasta que se tornaba en algo rutinario.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Así transcurre la vida abordo. En tres días nos encontramos fondeados entre gran multitud de embarcaciones esperando nuestro turno para atravesar del Canal de Panamá. Gracias a este portento de ingeniería, los navíos pasan del Atlántico al Pacífico, y viceversa, en cuestión de horas. Antes de existir esta alternativa, se navegaba por muchos días, quizás meses, para efectuar este paso de un océano a otro. Aquí la estadía resulta las más veces desesperante, pues depende del orden en que se va llegando, y a veces llegué a contar ochenta y hasta cien barcos anclados a la desembocadura del canal. Para matar tiempo, nos poníamos a pescar, lavar ropas y leer. El paso de las tres reclusas o compuertas también resulta tedioso. Una vez efectuada esta operación, navegará cerca de una hora por el ancho canal que, como una boa, se retuerce de un lugar a otro entre elevadísimos acantilados que evidencian la temeridad y el poder del hombre domeñando lo más rudo de la naturaleza a sus intereses; sin duda alguna, algo admirable en el proyecto del canal. Pero volvamos a nuestro rumbo. Una vez en el Pacífico, nuestro capitán ploteó rumbo y nos dirigimos al suroeste, rumbo a Esmeralda, en el litoral ecuatoriano. Así navegamos por algún tiempo hasta situarnos a cierta distancia de la desembocadura del San Lorenzo, río que enmarca los límites entre Colombia y Ecuador. Debido a la deficiente información acerca del calado de esta zona en las cartas náuticas, caímos en un bajo, o sea, lugar donde el casco del barco toca fondo. Este incidente, que pudo haber tenido consecuencias desastrosas, no las tuvo, gracias a que el fondo no era rocoso. Pero aun así, recuerdo que para salir del atolladero, el capitán recurrió a medidas extremas, como usar toda la potencia de los motores y, mientras yo en la proa tiraba una sonda constantemente, midiendo la profundidad, recuerdo que las hélices –pues el navío tenía dos- revolucionadas a estos extremos, levantaban montañas de lodo negro y pestilente, y el viejo barco se estremecía como una bestia herida, a tal punto que temíamos que se soltaran los remaches que unían las planchas. Por fin fuimos encontrando más profundidad, y fue del parecer de la oficialidad que debíamos permanecer al pairo y reclamar la presencia de un práctico. Unas horas más tarde, hizo su aparición el guía. Éste venía en una gigantesca canoa, que resultó ser un tronco ahuecado, al estilo indígena. Después vi muchas otras, aun de mayor tamaño que la que trajo el práctico a bordo. Este individuo me impresionó; a simple vista parecía un gallego, regordete y cubierta la cabeza por una boina negra. Largos mechones de cabellos grisáceos le cubrían las orejas y, como si se tratara de un alto dignatario –en realidad lo era-, saludó a la oficialidad, y con un acento fuerte que no pude identificar, les comentó que no nos esperaban hasta el día siguiente. Y, acto seguido, comenzó a dar algunas indicaciones, observando que habían equivocado la entrada al río por más o menos una milla. El capitán lo trataba con deferencia inusual, teniendo en cuenta que era un hombre ‘reseco’ –valga el vocablo-, pero sin duda alguna, el haber salido con bien del trance de la víspera y la sensación de seguridad de tener a un experto de la zona a bordo, le ponía de buena disposición. En un par de horas navegamos por el ancho río. El práctico, como un guía de turistas, iba describiendo el territorio con lujos de detalles. De vez en cuando hacía leves correcciones o alertaba de un posible peligro. Supimos, confirmando las palabras de Alejo, el contramaestre, que hacía seis o siete años que el último navío de gran calado había surcado aquellas aguas. Yo observaba a hurtadillas al que creí español y que en realidad era italiano. Traía unas polainas que le llegaban hasta las rodillas. Del cinto colgaba un machete con una funda de elaboradas grabaciones. Alejo le picó la lengua y supimos que era italiano; que hacía años fue comerciante en Guayaquil, pero la vida le resultó muy aburrida y vendió sus negocios para internarse en la selva en busca de aventuras y fortuna. Sin duda alguna, un personaje interesante. Ya para entonces sentía la casi necesaria curiosidad de llegar a conocerle mejor, pues estaba seguro de que no se trataba de un hombre común. Esa oportunidad se daría unos días más tarde en la pulpería de Amarilis, la heroína de esta historia.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000080" size="2">Recuerdo que durante la travesía, aunque íbamos cautelosamente lento, el barco desplazaba en gran volumen el agua hacia las márgenes del río, y podían verse gran cantidad de caimanes y raros mamíferos que no había visto nunca. Guacamayos y otras aves de coloridos plumajes que me hacían pensar que nos adentrábamos al paraíso terrenal. ¡Cuánta belleza! Con los mejores augurios estaba casi seguro de que lo mejor estaba por venir. Por fin, después de unas horas, el río fue perdiendo su configuración hasta convertirse en una ancha laguna en medio de la cual fondeamos. El capitán y el contramaestre descendieron y subieron a la canoa del práctico, de seguro a cumplir con los protocolos de rigor. Unas dos horas más tarde regresaron a bordo, y fue entonces que se nos permitió bajar a tierra.</font></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/10/04/amarilis/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El marab&#250;</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/20/el-marab/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/20/el-marab/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 20 Jun 2011 04:23:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/20/el-marab/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/20/el-marab/"><img align="left" hspace="5" width="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/06/marabu4.jpg" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p style="margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="center"><span lang="ES"></span></p> <p align="right"><em>-por Vicente Carballo</em></p> <p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES">El viejo Ruperto se echó un salivazo en las palmas de las manos, se las frotó casi instintivamente y agarrando el mango del tridente, lo clavó con ímpetu junto al tronco de un marabú una y otra vez, con el único propósito de eliminarlo definitivamente.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Esta operación</span></p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/20/el-marab/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="center"><span lang="ES"><font face="Times New Roman"><font style="font-size: 12pt"><img style="background-image: none; border-right-width: 0px; padding-left: 0px; padding-right: 0px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px; padding-top: 0px" title="" border="0" alt="" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/06/marabu4.jpg" width="242" height="182" /></font></font></span></p>
<p align="right"><font color="#000040" size="2"><em>-por Vicente Carballo</em></font></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">El viejo Ruperto se echó un salivazo en las palmas de las manos, se las frotó casi instintivamente y agarrando el mango del tridente, lo clavó con ímpetu junto al tronco de un marabú una y otra vez, con el único propósito de eliminarlo definitivamente.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Esta operación debía repetirla a lo largo de dos años, hasta convertir estas casi dos caballerías de tierra infectada de esta planta que, como una plaga que cuando tomaba posesión de un terreno, entretejía por el subsuelo una apretada urdimbre de raíces que, a su vez, se convertían retoñando en nuevas plantas, convirtiendo las tierras virtualmente en campos inútiles para el cultivo.</font></font></font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Pero Ruperto se había propuesto a toda costa erradicar hasta el último vestigio de la plaga, aunque para ello debía llegar a medidas extremas, teniendo en cuenta que sus instrumentos de trabajo consistían en tridentes, picos, machetes y, más que nada, su férrea voluntad.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>A sus casi setenta años, había aprendido, con el contacto directo y constante con la adversidad, que este nuevo reto no caía dentro del círculo de lo imposible, si se tenía en cuenta que algunos de sus hijos vivían en los contornos en condiciones deplorables, rodeados de hijos pequeños que carecían de lo imprescindible.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Aquella tierra de nadie, que era como se llamaban a los campos en los que se posesionaba la nefasta planta, implicando con esto que la mayoría consideraba casi imposible deshacerse del flagelo verde.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Pero Don Ruperto, como le llamaban algunos con respeto, no era de ese parecer. Cuando el día clareaba, se ajustaba las polainas para protegerse de las agudas espinas que caracterizan al marabú.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y después de afilar los machetes y azadones, acompañado de algunos de sus hijos, llegaban a lo que algunos de sus hijos llamaban ‘la locura de Ruperto’.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Día tras día el tridente y el azadón iban abriendo una brecha; lenta, pues no<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>bastaba con sacar a golpes de tridente el tronco de profundas raíces.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Era necesario echar al fuego hasta los fragmentos más pequeños, pues, cualquier vestigio que quedara bajo tierra, al primer aguacero retoñaría, convirtiéndose en breve en una nueva amenaza.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Así, día tras día los rústicos implementos de trabajo iban socavando el exuberante reino de la espina.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y gradualmente iba en aumento la admiración que los vecinos de la comarca sentían por aquel hombre, cuya voluntad parecía estar forjada del mismo acero de sus azadas y tridentes.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Durante el día, el calor sofocante les obligaba a ponerse paños mojados sobre la frente, y para contrarrestar esta dificultad, idearon que sería más provechoso trabajar durante la noche, provistos de unos mechones de kerosén.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Colgando de varillas, en forma de trípode, recibían suficiente luz como para continuar la agobiante faena.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Algunos transeúntes detenían sus cabalgaduras para contemplar aquella escena fantasmagórica sin poder entender qué era lo que estaba ocurriendo.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Al final del primer año ya habían limpiado tres cuartos de caballería, y decidieron que debían aprovechar el advenimiento de la primavera y comenzar a sembrar.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Coa en mano, fueron depositando los granos equidistantemente, y con golpes del costado del zapato, iban cubriéndolos, al tiempo que se encomendaban a la Providencia para que se consumara el milagro del aguacero oportuno.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y así fue, porque aquel era un hombre de fe.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Así que una semana después, mientras repechado en un taburete ajustando las clavijas a su guitarra, densos nubarrones resbalaron por la amplitud del cielo, y como cuerdas de plata, cantó el viejo la canción de la lluvia y de la vida.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Los ojos del anciano se humedecieron de gratitud, y llamando a gritos a su esposa, le decía una y otra vez:</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-Ves mujer, ¡Dios me ha escuchado!</font></span></p>
<p><span id="more-20210"></span>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2"></font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Y contemplaba los riachuelos correr por los declives como un gran milagro.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y llovió y llovió; y se fue levantando sobre la tierra la ola verde de la promesa.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y unos meses después, encorvado, cortaba y hacía manojos de espigas doradas.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y hasta los pájaros cantaban un canto nuevo.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Sobre los surcos, iban quedando los granos grávidos para los que no siembran ni siegan… Pero el Señor alimenta.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Debo aclarar que esto ocurría en tiempos en que el país entero atravesaba por una hambruna como la que profetizara José en el sueño del faraón, conocido como el de las siete vacas flacas, pero en el caso de Cuba, se ha convertido en muchas veces siete.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Es de pensar que este campesino humilde estaba en posesión de algo muy valioso, dadas las circunstancias.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Cincuenta y dos sacos de arroz y otros tantos de frijoles fueron depositados en una tarima en la parte trasera del caserón.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y cuando los vecinos se fueron pasando la voz de que el viejo vendía algunas libritas del preciado grano, era necesario mantenerse en el pilón constantemente, para satisfacer la demanda.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Siendo esta la forma más primitiva de quitar la cáscara al trigo o al arroz, los que no están duchos en el oficio, terminarán con las manos ampolladas por la fricción de los maderos; y esta era la queja de los hijos de Ruperto.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Todo parecía dicha y prosperidad, pero los perros de presa del gobierno habían tejido una red tenebrosa de individuos o ‘soplones’ dispuestos a ‘chivatear’ para congraciarse con el gobierno hasta su propia progenitora.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Las revoluciones, como el término lo indica, son revoltura, y es de pensar que cuando lo que se revuelve es algo tan complejo como la sociedad, salgan a flote especímenes que en lo único que han logrado algún grado de perfección, es en ser unos perfectos mediocres.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Sin embargo, se les encuentra en todas partes –porque no son pocos-; ocupando puestos y jefaturas donde se cometen todo tipo de arbitrariedades y hasta crímenes sin que aparentemente tengan que responder por sus actos.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y fue esta canalla la que ofició el acto que voy a describir.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Como he dicho antes, Don Ruperto sucumbió a la tentación de vender algunas libritas de su cosecha a un precio un poquito subido, tanto como para que se le acusara de espéculo.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y ni tardos ni perezosos, los sicarios del gobierno se personaron en el humilde bohío del agricultor, y con tan mala suerte, que él no se encontraba en esos momentos.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Detuvieron el camión verde olivo acompañado de un jeep, y algunos milicianos tocaron con intimidante fuerza sobre la vieja puerta del ‘rancho’.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Se oyó una voz que gritaba:</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-¡Ya voy!</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Matilde pensó que podía tratarse de algún comprador.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Cuál no sería su sorpresa, cuando al abrir la puerta, dio de sopetón contra los uniformados mal encarados que preguntaban por su marido con una voz subida de tono.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>La humilde mujer, con el miedo reflejado en su rostro, se limpiaba el sudor con el delantal, pues se ocupaba en hervir ropa cuando tocaron a la puerta.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-Ruperto no está.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Fue al pueblo –les decía una y otra vez.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Los solados preguntaron por los sacos de arroz, frijoles y cualquier otra mercancía, pues ya daban por hecho que en el lugar se operaba un comercio clandestino.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Ella, como quien cree no tener delito alguno, les mostró la tarima donde se almacenaban los sacos, y enseguida el teniente dio la orden para el decomiso.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Uno a uno, fueron bajando los pesados bultos hasta dejar vacíos los entrepaños.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>La apesadumbrada mujer no podía creer lo que estaba viendo, y corría de un lugar a otro.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Algunas personas no podrán comprender esta escena si no se tiene en cuenta que, por aquellos años, el gobierno había convertido en un delito que alguien mantuviera para su uso personal el fruto de su trabajo, si este excedía la exigua cantidad establecida por el Estado como ‘uso personal’.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Lo demás tenía que ponerse a la disposición de la cooperativa, recibiendo la cantidad de dinero que ellos establecían.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Una vez que los vehículos abandonaron la casa, la esposa corrió hasta la casa del vecino más cercano y contó lo ocurrido.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Éstos habían visto el alboroto, pero sin saber de qué se trataba.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Ahora estaban indignados, y así, en breve, la noticia corrió como pólvora.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Así que cuando el viejo hizo su aparición y supo los pormenores, decidió sin demora presentarse en la comisaría a reclamar lo suyo.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Algunos vecinos que conocían con cuántos esfuerzos aquel viejo patriarca le había arrancado a la tierra aquel botín, decidieron acompañarle solidariamente, en carretón tirado de un caballo.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Se encaminó al cuartel de la milicia a enfrentarse al que había dado la orden de robarle lo suyo.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Una vez allí, pidió hablar con el jefe.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Éste trató de esquivarlo, pues el oficial de guardia le notificó que aquel hombre estaba como endemoniado.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Pero al final pudo escuchar que el quejoso aseguraba que no se movería de allí hasta hablar con el responsable del robo.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>El teniente Máximo Melgar comprendió que debía hacerle frente a la situación, y con gesto arrogante, con una mano sobre el cabo de la pistola, se presentó en el salón de espera, y de entrada, quiso imponer orden, diciendo con firmeza:</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-¿Qué escándalo es este?</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">El viejo pareció no oírlo, pues se le enfrentó con otra pregunta:</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-¿Fue usted el que ordenó que me robaran la comida de mis hijos? –y acto seguido, sin esperar respuesta, continuó diciendo:</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-Esto es lo que es una revolución; despojar al que con el sudor de su frente le arrebata a la tierra el sustento de su familia y mostraba la palma de sus manos cubiertas de callosidades.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">En la premura con la que salió de su casa, olvidó despojarse de su sombrero de guano, que había perdido el copete, por donde asomaba un grueso mechón de cabellos canos, que le daban al labriego un aspecto tragicómico, a pesar de lo caldeada de la situación.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-¡Cálmese compañero! Así no nos vamos a entender.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Pero el afligido campesino no creía en ningún entendimiento que no fuera la inmediata devolución de lo sustraído.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>En esos momentos, se escuchó en la calle una algarabía, como la de mucha gente.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Y, en efecto, no menos de cincuenta personas habían llegado; a caballo, en carretones y en bicicletas, y alguno que otro transeúnte de ocasión que se había sumado al alboroto.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>El oficial se asomó a la calle, y por primera vez supo que aquel individuo no era un hombre tan insignificante como lo parecía.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Hizo una llamada con urgencia y, volviéndose al litigante, le preguntó:</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-¿Cómo es su nombre, ciudadano?</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Uno de los hijos de Ruperto le contestó “Ruperto Moncada”.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>El militar repitió el nombre y hubo un breve silencio.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Después colgó el teléfono, y con tono conciliatorio, anunció que el asunto estaba resuelto, que en un par de horas se le devolvería la carga.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>En este punto se oyeron gritos de júbilo, y como quien sabe que ha venido a Goliat con el guijarro de la razón, el viejo salió a la calle y dio las gracias a los que le habían apoyado.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>En este punto, y aprovechando las muestras de jovialidad del rostro de Don Ruperto, el oficial le hizo una que otra recomendación.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">-No abuse con el precio del arroz y tenga cuidado, porque para el año siguiente, quizás yo no esté aquí y no te vaya tan bien.</font></span></p>
<p style="text-indent: 0.5in; margin: 0in 0in 0pt" class="MsoNormal" align="justify"><span lang="ES"><font color="#000040" size="2">Esa tarde, el mismo camión se detuvo frente a la humilde morada, y los oficiales subieron uno a uno los pesados costales a la tarima de donde los habían sustraído.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>El viejo contemplaba con cierta incredulidad cada recorrido de los milicianos, cargando uno por uno los sacos, y quizás pensando que tenía que existir una fuerza desconocida, inexorable, muy por encima de la voluntad humana, que en momentos en que la razón se extravía, en que la dignidad y el bien son avasallados, en que los humildes son víctimas de los más poderosos, entonces esa fuerza invisible hace su aparición.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Este parecía ser el caso.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Con cuánta satisfacción Don Ruperto vio restituir a su improvisado granero, el grano que garantizaba el sustento de los suyos.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Recordó con orgullo su triunfo sobre el calor, sobre el cansancio, arrancando y echando al fuego cada raíz, hasta extirpar uno a uno los troncos, y convertir aquella tierra en una promesa luminosa.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Esa fue su primera victoria; ahora ganaba la segunda.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Pero su alegría se veía empañada por la casi certidumbre de que en lo sucesivo, todos tendrían que luchar contra una plaga peor que el marabú.<span style="mso-spacerun: yes">&#160; </span>Una plaga cuyos tentáculos monstruosos se extenderían palmo a palmo a lo largo de la isla, coartando en el individuo, en las familias y en el pueblo, lo más valioso que posee el hombre sobre la tierra: ¡La libertad!</font></span></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/20/el-marab/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El laberinto de las coincidencias</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/15/el-laberinto-de-las-coincidencias/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/15/el-laberinto-de-las-coincidencias/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 15 Jun 2011 18:25:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Reflexiones]]></category>
		<category><![CDATA[Para reflexionar]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/15/el-laberinto-de-las-coincidencias/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/15/el-laberinto-de-las-coincidencias/"><img align="left" hspace="5" width="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/06/mogador.jpg" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p align="left"></p> <p align="right"><em>-por Vicente Carballo</em></p> <p align="justify">Hace unos días llegó a mi casa un amigo que tiene ínfulas de filósofo, y tuve la mala fortuna de que hiciera su aparición, cuando me disponía a cumplir con uno de los reglamentos del Manual del Vagabundo, que establece que para mantener en vigencia la membresía de la orden, es menester comer sardinas al menos tres veces a la semana. Y sépase</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/15/el-laberinto-de-las-coincidencias/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="left"><font color="#000040" size="2"><img style="background-image: none; border-right-width: 0px; padding-left: 0px; padding-right: 0px; display: block; float: none; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; margin-left: auto; border-left-width: 0px; margin-right: auto; padding-top: 0px" title="" border="0" alt="" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2011/06/mogador.jpg" width="198" height="260" /></font></p>
<p align="right"><font color="#000040" size="2"><em>-por Vicente Carballo</em></font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Hace unos días llegó a mi casa un amigo que tiene ínfulas de filósofo, y tuve la mala fortuna de que hiciera su aparición, cuando me disponía a cumplir con uno de los reglamentos del Manual del Vagabundo, que establece que para mantener en vigencia la membresía de la orden, es menester comer sardinas al menos tres veces a la semana. Y sépase que esto es un asunto de conciencia, pues no existe forma de hacer cumplir esta ordenanza por parte de la confraternidad.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Les contaba que llega este individuo cuando tengo el recipiente ovalado sobre la mesa y corto una cebolla en ruedas –único aderezo permitido por la orden-; estoy a punto de vaciar el contenido en la sartén, cuando el visitante me interrumpe con premura, como si advirtiera que estoy a punto de cometer un sacrilegio.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">-¡Espera!… ¡Espera! –me dice. Me ordena casi a tomar asiento. Obedezco presa de la curiosidad, pues no logro imaginar qué es esto tan importante que quiere decirme. Entonces, adoptando un aire reflexivo, comienza con una pregunta:</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">-¿Te has imaginado que el acto que vas a consumar está precedido por una casi infinita multitud de coincidencias inextricables?</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Quedo como en suspenso, esperando que simplifique el concepto. Él prosigue con estudiada parsimonia:</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">-Sí, así es en efecto. Esos pescaditos apretujados en el recipiente metálico, nadaban a su albedrío en la amplitud del océano. De hecho, es casi inverosímil ver cómo se mueven los cardúmenes, con una pasmosa simultaneidad, sin que podamos advertir cómo se dirigen estas fantásticas coreografías. He oído decir que estos desplazamientos crean un efecto hipnótico que desorienta a sus perseguidores. Me es difícil creerlo por resultar demasiado sofisticado. Pero bueno, el hecho es que dentro de aquella incalculable multitud, estas que estabas a punto de devorar, se movían con absoluta libertad; podían haber tomado un rumbo u otro sin que nadie se los impidiera, pero ese día, coincidentemente, entre otras cientos de miles, se hallaban dentro de los parámetros del chinchorro del navío. Ahí da comienzo una larga sucesión de hechos que se sumarán a la increíble cadena de acontecimientos, que hacen posible que hoy estén sobre tu mesa. Una vez atrapadas tus veintidós sardinas, irán a parar a la bodega del barco a engrosar el cargamento de quizás millones de sus congéneres. Llevadas a la planta procesadora donde se integrarán a la pesca total de algunos días, cuyas proporciones son inimaginables.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">En este instante, el aprendiz de filósofo toma el recipiente con cuidado para no untar las yemas de sus dedos de la sustancia entomatada, y después de leer la procedencia del producto, el cual resulta venir de Noruega, continúa su disertación y observa que todo este fenómeno ocurre en el extremo opuesto del planeta. Hecha esta salvedad, prosigue:</font></p>
<div align="justify"><span id="more-20208"></span></div>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2"></font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">-Ya en las pailas, tus veintidós sardinitas serán por algún tiempo sólo una efímera estadística. Una vez sometidas a la elaboración final, que varía según el gusto del consumidor y el precio que se le quiera dar al producto, son envasadas en salsa de tomate, en aceite con vino de cerezas o ahumadas. Algunas marcas llegan con tal exclusividad, que sólo los expertos pagarán el alto precio de este producto. Ahora, al ser exportadas, comienza otra etapa que, trazada fielmente, nos dará una idea del laberinto de las probabilidades. Entre los millones de recipientes que son distribuidos alrededor del mundo, el tuyo, el que está ahora sobre tu mesa, bien pudo haber ido a parar a otra cualquier parte del planeta. Y aun suponiendo que fuera destinado al punto geográfico donde habitamos, pudo haber llegado a cualquiera de los cincuenta estados, y no al nuestro, como ha ocurrido. Y aun habiendo llegado aquí, tenemos que tener en cuenta que este es uno de los mayores territorios, donde existen cientos de ciudades donde pudo haber ido a parar tu recipiente. Sin embargo, después de desafiar la ley de las probabilidades, llegó sólo a esta ciudad donde vives, y no a una tienda de comestibles cerca de tu vecindad. Y esto no garantizaba que este envase debiera corresponderte, al ir a hacer tus compras, pues hay que tener en cuenta que aun al último instante, pudiste haber elegido otro envase entre los múltiples del estante. Pero este pareció estar destinado para ti desde el principio de los principios.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">En este momento, Rufo, mi gato, que ha estado ronroneando desde que abrí la lata, exacerbado por el aroma de la sardina, no puede resistir más y brinca sobre la mesa. Le amago con un manotazo y lo echo por tierra. Mi acompañante sonríe y prosigue, cuando yo pensaba que ponía punto final a su perorata. Finjo que le escucho, y cuando tomo las sardinas, para dar por terminada su inoportuna intervención, levanta la voz y me obliga a escucharle. Es entonces cuando se produce lo más desconcertante de su largo discurso, pues con cierta insolencia, sosteniéndome el brazo, me dice que ha transcurrido toda una larga hora en que las sardinas han estado expuestas a la posibilidad de alguna contaminación: Gérmenes, bacterias, y quién sabe qué otras miasmas…</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Entonces Rufo reanuda sus impacientes ronroneos y apremiantes maullidos, mi dizque que amigo aprovecha el filón y me insta a que, dadas las recomendaciones a penas expuestas, es aconsejable que el manjar en cuestión vaya a parar a la barriga del minino, a lo que accedo a regañadientes, bajo los efectos alarmantes del discurso acerca de la fácil corruptibilidad del pescado. Tomo la latita y la vacío en la escudilla de Rufo, quien, sin nuestros escrúpulos, humedece rápidamente sus largos bigotes en el oloroso condumio, al que me creí con legítimo derecho de disfrutar poco antes de que llegara este sujeto, a quien en este instante casi considero <i>personna non grata</i> por haber malogrado mi banquete <i>sardineril</i>. Él parece entenderlo, y trata de consolarme con una invitación a un buffet de comida china en el Oso Panda, a lo que no declino, dado el agravio recibido.</font></p>
<p align="justify"><font color="#000040" size="2">Ya en camino al restaurante asiático, le aclaro que no toleraré que una vez allí, donde dada mi dieta vegetariana, que sólo admite el pescado, por lo que tendré que sustituir la sardina por salmón, no se le vaya a ocurrir, bajo ninguna circunstancia, querer repetir sobre este pescado –sobre el cual se dicen cosas peculiares, siendo la más notable, navegar contra la corriente- la misma larga historia que malogró mi intención de cumplir con los requisitos del Manual del Vagabundo, en el aderezo semanal de la sardina.</font></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/06/15/el-laberinto-de-las-coincidencias/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El manual del vagabundo</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/05/25/el-manual-del-vagabundo-6/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/05/25/el-manual-del-vagabundo-6/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 25 May 2011 14:00:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2011/05/25/el-manual-del-vagabundo-6/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/05/25/el-manual-del-vagabundo-6/"><img align="left" hspace="5" width="150" src="http://www.rincondeamistad.com/wp-content/uploads/2011/04/lmphoto_tom21.jpg" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p align="center">El manual del vagabundo </p> 
 
<p align="center">Vicente Carballo </p> 
 
<p align="center"> </p> 
 
 
 
<p align="justify">Cuán oportuno resultaría que fuésemos capaces de olvidar a voluntad todos aquellos recuerdos que se han ido incrustando en nuestro cerebro con el curso de los años, y que forman parte de lo más deleznable y doloroso de nuestra existencia. De ser esto posible, yo quisiera olvidar para siempre el rictus</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/05/25/el-manual-del-vagabundo-6/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p align="center"><b>El manual del vagabundo</b> </p>
<p align="center">Vicente Carballo </p>
<p align="center"><img src="http://www.rincondeamistad.com/wp-content/uploads/2011/04/lmphoto_tom21.jpg" /> </p>
<hr />
<p align="justify">Cuán oportuno resultaría que fuésemos capaces de olvidar a voluntad todos aquellos recuerdos que se han ido incrustando en nuestro cerebro con el curso de los años, y que forman parte de lo más deleznable y doloroso de nuestra existencia. De ser esto posible, yo quisiera olvidar para siempre el rictus de amargura y perversidad de aquel rostro, cuando tomaba el cinturón de cuero, sostenido por un clavo en la pared, y se disponía a impartir ‘justicia’ y disciplina. En esos momentos, de nada servían las súplicas y protestas de inocencia del desdichado, porque aun en el supuesto caso de que la víctima pudiera, después de la tunda, demostrar su total inocencia, jamás recibiría una palabra de disculpa o conmiseración, sino que, por otra parte, en el epítome de la desfachatez, ella se limitaba a decir algo así como que los golpes recibidos quedaran en saldo de alguna otra instancia en que se hubiera delinquido, sin haber sido comprendido en el acto, y esto daba por terminada la cuestión.</p>
<p align="justify">Esta bestezuela fue la mujer con la que se juntó mi padre, al quedar disuelto su matrimonio con mi progenitora cuando tendría yo seis años. Volviendo a la inquisidora, hago notar que, en aquellos penosos trances, se sufría, tanto si eras condenado o como ‘simple’ espectador, pues para mí era intolerable ver golpear a mi hermano, tanto o más que recibir el castigo. El insufrible sentimiento de impotencia, de presenciar a alguien a quien amas entrañablemente, haciendo cabriolas y retorciéndose para tratar de esquivar los golpes, oírlo frenético implorar misericordia, y uno sabiendo que eso no ocurriría hasta que se canse el brazo del verdugo. Presenciar ese horrendo espectáculo sin poder detener la mano criminal, por más que he tratado de superarlo con el curso de los años, ha dejado escondido, como una larva fatal en alguna rendija de mi corazón, un amargo resentimiento que he de arrastrar –me temo- hasta el último minuto de mi existencia.</p>
<p align="justify">Uno de esos aciagos días en que me tocó a mí ocupar el <i>potro del suplicio</i>, por un asunto banal que tomó proporciones descomunales, porque ya empezaba yo a contestar y repeler los abusos, y allí no se toleraba ni el menor acto de rebeldía, entre golpe y golpe juré que esa sería la última vez que expondría me pellejo al chasquido del látigo. Y fiel a estas promesas, al amanecer del siguiente día, puse mis exiguas pertenencias en un saco de yute, como mochila, y salí a desafiar el mundo.</p>
<p align="justify">Para entonces había yo cumplido los doce años, los cuales habían transcurrido en medio de las mayores penalidades. Y lo único positivo de todo aquello era el haber adquirido una madurez que no parecía corresponder a mi corta edad, y si a eso le añadimos la lectura de uno que otro libro, quedaría justificada mi incipiente precocidad.</p>
<p align="justify">Al alba del día, tomé la vía ferroviaria que pasaba por aquellos contornos, por considerarla menos transitada, y porque atravesaba por lugares donde abundaban huertas frutales imprescindibles para mi subsistencia. A paso lento me fui alejando de los suburbios de la ciudad. Iba de un lado al otro de la línea, recopilando cualquier fruta para engrosar mis reservas. El día transcurrió en medio de un regocijo tal, que no parecía tener noción del tiempo. Mi euforia sólo se veía empañada por el recuerdo de mis hermanos, que habían quedado atrás sujetos a aquel tenebroso mundillo.</p>
<p><span id="more-20203"></span></p>
<p align="justify">
<p align="justify">Alrededor de las cuatro, tuve barruntos de que se aproximaba una tormenta. Apresuré el paso para tratar de llegar a una de esas casetas que, cada cierto tramo, sirven, no sé para qué, a los ferrocarriles. Lo cierto fue que cuando llegué al refugio, ya venía empapado, porque el aguacero era tan impetuoso, que por más que corrí, no pude evitar el remojón. Al entrar de sopetón, no advertí que el lugar ya tenía un huésped. Ajustando la vista a la penumbra, me percaté de la presencia de un individuo que, volteado contra la pared, se empeñaba en encender un cigarro, a pesar de la ventisca que el temporal arrojaba con fuerza sobre la pequeña estructura de madera. Cuando lo logró, inhaló profundamente. Lanzó una bocanada de humo azuloso que pareció invadir el estrecho recinto. Entonces, como si apenas notara mi presencia, mirándome con aire sorpresivo, me preguntó:</p>
<p align="justify">-¿Y tú que haces por aquí?</p>
<p align="justify">No sin cierta turbación, lo único que se me ocurrió contestarle fue que iba a Piedrecitas, un pueblito que había leído en un rótulo un par de millas atrás.</p>
<p align="justify">-¿Piedrecitas? –me preguntó con extrañeza, y acto seguido me aseguró que aquel villorrio distaba a más de treinta kilómetros. Permaneció por unos segundos callado. Dio una nueva fumada, y ahora dejó escapar el humo lentamente.</p>
<p align="justify">Yo lo observaba con curiosidad, pues su figura no resultaba común para mí. Llevaba un sombrero marrón de fieltro, y una barba entrecana que le cubría el cuello. Nariz como ave de rapiña, y, en medio de aquel rostro, dos ojillos hundidos, casi invisibles, que podían observarnos sin ser vistos. Pero aun bajo esta impresión, era su palabra la que me hacía sentir bien en su presencia. Hablaba lentamente, como si seleccionara cuidadosamente cada vocablo, y cuando notaba señales de perplejidad en mi rostro, intuía que no le había entendido del todo; volvía a la carga simplificando sus explicaciones.</p>
<p align="justify">Hasta este día, yo había vivido creyendo que el idioma aprendido hasta entonces en el círculo de familiares y otras personas de los contornos, era todo lo que se necesitaba. Y en efecto así era, porque las conversaciones giraban todas alrededor de asuntos ordinarios, que al parecer no requerían, para ser tratados, más que un par de cientos de palabras. Y en presencia de aquel hombre, tuve a veces la sensación de que escuchaba un idioma desconocido. Pero de lo que no tuve la menor duda, fue de que estaba ante un ser superior, sin tener en cuenta su apariencia externa. Durante nuestra conversación, supongo que leyó entre líneas –como se dice comúnmente-, porque me dio a entender que yo debí haberme fugado de mi casa. Y en ese sentido, me aconsejó que volviera a los míos, porque el mundo estaba lleno de peligros, y más para alguien inexperto como yo. Sus recomendaciones tenían un toque paternal, y la fuerza persuasiva que dan las experiencias, y ante las cuales todo argumento de mi parte resultaba superfluo. Opté por escucharle respetuosamente, confesándole más tarde toda la verdad acerca de mis calamidades. Durante una breve pausa, en tono compasivo, me preguntó si había comido algo. Y sin esperar respuesta, echó mano a uno de sus matules, desató un par de nudos, y extrajo una bolsa de papel conteniendo unas latitas de sardinas y algunas galletas, de las que llamaban de campo, o pericones, poniendo un pañuelo sobre el piso, a manera de mantel. Y como quien se disponía a ejecutar un ritual de cierta solemnidad, tomó uno de los pequeños recipientes, y con destreza, usando una llavecita adherida a la tapa, abrió la lata, dejando al descubierto hileras de suculentas sardinitas que despedían un agradable aroma. Entonces, tomando un cuchillo que traía terciado a la espalda, a la usanza de aquellos años, fue extrayendo uno a uno los apetitosos pescaditos. Y colocándolos equitativamente sobre las galletas, me puso en las manos una de las porciones, al tiempo que me decía con jovialidad:</p>
<p align="justify">-¡Anda, come! –al tiempo que él le aplicó el primer mordisco.</p>
<p align="justify">Departimos del convivio con fraternal sencillez. Entonces él tomó la palabra, e hizo algo así como el elogio de la sardina, y otros fiambres que debían de ser de rigor para todo viandante de profesión, según lo recomendaba encarecidamente el manual del vagabundo. En esta coyuntura no pude controlar mi curiosidad e inquirí más en detalles acerca del susodicho manual y la referida orden de viandantes de profesión. Él sonrió levemente y, sospechando que algunos de estos términos no formaban parte aún de mi incipiente léxico, no escatimó esfuerzos en exponerme la posible existencia de una, como hermandad de individuos, para los cuales el vivir un estilo de vida nómada, sin vínculos con el resto de la sociedad, a no ser en situaciones estrictamente imperativas, constituía la esencia de la vida misma, pero que aun estos individuos observaban ciertos códigos de orden éticos y morales, debidamente delineados en el referido manual. Esta aclaración picó aun más mi interés, y quise saber si existía dicho manual, y si él era miembro de aquella cofradía de vagabundos. Me contestó en ambas instancias afirmativamente y se limitó a hurgar en uno de sus bolsos, extrayendo, para mi sorpresa, entre otros libros, uno que parecía más bien una cartilla de no más de cincuenta páginas, que guardaba cuidadosamente en un sobre de celofán transparente y sostenido en ambos extremos por ligaduras. Después de desamarrar todo con extremo cuidado, me mostró el ejemplar en el que se podía leer en caracteres arcaicos: Manual del vagabundo, y más abajo, en letras apenas legibles, entre otras recomendaciones, algo que, por estar borroso, sólo pude estar seguro de una fecha: 1903. Sin duda alguna, esta era una copia más reciente. Lamenté de que, dado lo circunstancial de nuestro encuentro, no me fuera posible leer aquel interesantísimo opúsculo. Supongo que no dudó de lo genuino de mi interés en la obra, pues, reflexionando por unos segundos, poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo con firmeza:</p>
<p align="justify">-Si en verdad, como parece, te interesa el librito, te lo voy a obsequiar.</p>
<p align="justify">Yo, por mi parte, convencido de la importancia que la obra pudiera tener para él, que la había sabido conservar en tan buen estado a pesar de las diferentes y precarias eventualidades de su vida, me negué rotundamente a aceptarla. Pero haciendo uso de su poder de persuasión –que no era poco-, me convenció diciéndome:</p>
<p align="justify">-Tómala, porque yo voy de retirada, y tú, aunque lo ignores, tienes alma de trotamundo.</p>
<p align="justify">Le agradecí efusivamente el obsequio, prometiéndole que lo cuidaría con esmero y que integraría a mi vida cuanto de provechoso pudiera haber en el. En este respecto puedo asegurar que en lo sucesivo sus lecturas fueron parte integral de mi existencia. Sus oportunos aforismos moldearon mi carácter, y cuanto de loable pueda haber en mí, está indisolublemente ligado a este librito. Mi acompañante, viendo que era afecto a los libros, me mostró dos más, encomiándolos como de sustancia. <i>Gobernadores del Rocío</i>, de un escritor haitiano, y <i>Lazarillo de Español</i>, que no tiene nada que ver con <i>El Lazarillo de Tormes</i>, de autoría anónima. Ambos libros, según él, de alto calibre.</p>
<p><font color="#ff0000" size="1"><strong>*Gobernadores del Rocío de escritor Haitianpo Jacques Roumain</strong></font></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/05/25/el-manual-del-vagabundo-6/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha &#8211; Primera Parte</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/05/el-ingenioso-hidalgo-don-quijote-de-la-mancha-primera-parte/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/05/el-ingenioso-hidalgo-don-quijote-de-la-mancha-primera-parte/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 05 Jan 2011 04:16:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/05/el-ingenioso-hidalgo-don-quijote-de-la-mancha-primera-parte/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/05/el-ingenioso-hidalgo-don-quijote-de-la-mancha-primera-parte/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p><strong>Miguel Cervantes</strong></p> <p>-----------------</p> <p><strong>El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha - Primera Parte</strong></p> <p><strong>PRÓLOGO </strong>Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante. Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/05/el-ingenioso-hidalgo-don-quijote-de-la-mancha-primera-parte/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Miguel Cervantes</strong></p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</p>
<p><strong>El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha &#8211; Primera Parte</strong></p>
<p><strong>PRÓLOGO      <br /></strong>Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este     <br />libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo     <br />y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir     <br />al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante.     <br />Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío,     <br />sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos     <br />varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se     <br />engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde     <br />todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la     <br />amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las     <br />fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más     <br />estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen     <br />de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin     <br />gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para     <br />que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las     <br />cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco     <br />padre, soy padrastro de Don Quijote, no quiero irme con la corriente     <br />del uso, ni suplicarte, casi con las lágrimas en los ojos, como otros     <br />hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi     <br />hijo vieres; pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu     <br />cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde     <br />eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente     <br />se dice: que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y     <br />hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia     <br />todo aquello que te pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te     <br />premien por el bien que dijeres della. </p>
<p>  <span id="more-20200"></span>
<p>Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de     <br />la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y     <br />elogios que al principio de los libros suelen ponerse. Porque te sé decir     <br />que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor     <br />que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma     <br />para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y, estando     <br />una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en     <br />el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora     <br />un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo,     <br />me preguntó la causa; y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba     <br />en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me     <br />tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de     <br />tan noble caballero.     <br />6     <br />—Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el     <br />antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos     <br />años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos     <br />mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto, ajena de     <br />invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición     <br />y doctrina; sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el     <br />fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y     <br />profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la     <br />caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por     <br />hombres leídos, eruditos y elocuentes? ¿Pues qué, cuando citan la Divina     <br />Escritura? No dirán sino que son unos santos Tomases y otros doctores     <br />de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso, que en un renglón     <br />han pintado un enamorado destraído y en otro hacen un sermoncico     <br />cristiano, que es un contento y un regalo oílle o leelle. De todo esto ha     <br />de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar     <br />en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio,     <br />como hacen todos, por las letras del A.B.C., comenzando en Aristóteles     <br />y acabando en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue maldiciente     <br />el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio,     <br />a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes,     <br />obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque, si yo los pidiese a     <br />dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los darían, y tales, que no les igualasen     <br />los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En     <br />fin, señor y amigo mío —proseguí—, yo determino que el señor don Quijote     <br />se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo     <br />depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan; porque yo me hallo     <br />incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque     <br />naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que     <br />digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión y elevamiento,     <br />amigo, en que me hallastes; es bastante causa para ponerme en     <br />ella la que de mí habéis oído.     <br />Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando     <br />en una carga de risa, me dijo:     <br />—Por Dios, hermano, que agora me acabo de desengañar de un engaño     <br />en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el     <br />cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras aciones. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/05/el-ingenioso-hidalgo-don-quijote-de-la-mancha-primera-parte/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/04/segunda-parte-del-ingenioso-caballero-don-quijote-de-la-mancha/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/04/segunda-parte-del-ingenioso-caballero-don-quijote-de-la-mancha/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 04 Jan 2011 05:25:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/04/segunda-parte-del-ingenioso-caballero-don-quijote-de-la-mancha/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/04/segunda-parte-del-ingenioso-caballero-don-quijote-de-la-mancha/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p><strong>Cervantes, Miguel</strong></p> <p><strong>-----------------</strong></p> <p><strong>Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha</strong></p> <p><strong>Prólogo al lector </strong>¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he dar</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/04/segunda-parte-del-ingenioso-caballero-don-quijote-de-la-mancha/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Cervantes, Miguel</strong></p>
<p><strong>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</strong></p>
<p><strong>Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de     <br />la Mancha</strong></p>
<p><strong>Prólogo al lector     <br /></strong>¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector    <br />ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas,    <br />riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel    <br />que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en    <br />verdad que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan    <br />la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción    <br />esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del    <br />atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con    <br />su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir    <br />es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano    <br />haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera    <br />nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los    <br />siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas    <br />no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos,    <br />en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más    <br />bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de    <br />manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera    <br />antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de    <br />mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en    <br />el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la    <br />honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe    <br />con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con    <br />los años. </p>
<p>  <span id="more-20202"></span>
<p>He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante,    <br />me describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos    <br />que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y,    <br />siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote,    <br />y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo    <br />por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro    <br />el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en    <br />efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más    <br />satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no    <br />tuvieran de todo.    <br />Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo    <br />mucho en los términos de mi modestia, sabiendo que no se ha de añadir    <br />aflición al afligido, y que la que debe de tener este señor sin duda es    <br />grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo    <br />su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de    <br />lesa majestad. Si, por ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que    <br />3    <br />no me tengo por agraviado: que bien sé lo que son tentaciones del demonio,    <br />y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento    <br />que puede componer y imprimir un libro, con que gane tanta fama como    <br />dineros, y tantos dineros cuanta fama; y, para confirmación desto,    <br />quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento:    <br />«Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema    <br />que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo    <br />en el fin, y, en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte,    <br />con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como    <br />mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía    <br />redondo como una pelota; y, en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas    <br />en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre    <br />eran muchos: “¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo    <br />hinchar un perro?”»    <br />¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?    <br />Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también    <br />es de loco y de perro:    <br />«Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima    <br />de la cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y,    <br />en topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba    <br />caer sobre él el peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos,    <br />no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó    <br />la carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su    <br />dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo    <br />y sintiólo su amo, asió de una vara de medir, y salió al loco y no le dejó    <br />hueso sano; y cada palo que le daba decía: “Perro ladrón, ¿a mi podenco?    <br />¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?” Y, repitiéndole el nombre    <br />de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó    <br />el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del    <br />cual tiempo, volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde    <br />estaba el perro, y, mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni    <br />atreverse a descargar la piedra, decía: “Este es podenco: ¡guarda!” En    <br />efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía    <br />que eran podencos; y así, no soltó más el canto.»    <br />Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador: que no se    <br />atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos,    <br />son más duros que las peñas. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2011/01/04/segunda-parte-del-ingenioso-caballero-don-quijote-de-la-mancha/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>&#201;xodo</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/25/xodo/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/25/xodo/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 25 Oct 2010 23:57:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Liccy</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/25/xodo/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/25/xodo/"><img align="left" hspace="5" width="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2010/10/clip_image004_thumb.jpg" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="clip_image004" title="clip_image004" /></a><p>Leon Uris</p> <p>------------</p> <p>Éxodo</p> <p> </p> <p></p> <p></p> <p></p> <p></p> <a name="_Toc265788615">Resumen</a> <p>La historia se desarrolla con el protagonista, Ari Ben Canaan, planeando la fuga y posterior transporte de cientos de refugiados judíos, detenidos en un campo de detención británico en Chipre para el Mandato Británico de Palestina. La operación se lleva a cabo bajo los auspicios de la Mossad le'Aliyah bet. El libro narra la historia de los diversos</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/25/xodo/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><b>Leon Uris</b></p>
<p>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</p>
<p>Éxodo</p>
<p><i>     <br /></i></p>
<p><b></b></p>
<p><b></b></p>
<p><b></b></p>
<p><b></b></p>
<h4><a name="_Toc265788615">Resumen</a></h4>
<p>La historia se desarrolla con el protagonista, Ari Ben Canaan, planeando la fuga y posterior transporte de cientos de refugiados judíos, detenidos en un campo de detención británico en Chipre para el Mandato Británico de Palestina. La operación se lleva a cabo bajo los auspicios de la Mossad le&#8217;Aliyah bet. El libro narra la historia de los diversos personajes principales y de los lazos de su vida personal con el nacimiento del nuevo estado judío. Una película basada en la novela fue dirigida por Otto Preminger en 1960 con Paul Newman como Ari Ben Canaan. Se centró principalmente en la fuga de Chipre y los acontecimientos posteriores en Israel.</p>
<p><b></b></p>
<h4><a name="_Toc265788616">Advertencia</a></h4>
<p><i>La mayoría de los acontecimientos mencionados en ÉXODO pertenecen a la Historia y son conocidos de todo el mundo. Muchas de las escenas que aparecen en esta novela han sido creadas, siguiendo la trama del argumento, como formando parte de hechos reales e históricos.</i></p>
<p><i>Acaso haya muchas personas, todavía con vida, que tomaron parte en acontecimientos similares a los descritos en este libro. Es posible, por lo tanto, que algunas puedan ser confundidas con personajes de esta novela.</i></p>
<p><i>Permítanme puntualizar reiteradamente que todos los personajes de ÉXODO son creación del autor y completamente imaginarios.</i></p>
<p><i>Excepción hecha, claro está, de los hombres públicos mencionados por sus nombres respectivos, tales como Churchill, Truman, Pearson y otros, relacionados con este capítulo particular de la Historia.</i></p>
<p><i></i></p>
<p>El Autor</p>
<p>  <span id="more-20197"></span>
<p>&#160;</p>
<p><a name="_Toc265788620">libro primero</a></p>
<p><a name="bookmark6"></a></p>
<p><b>Al otro lado del Jordán</b><b></b></p>
<p>Hasta que el Señor haya dado el descanso a tus hermanos, así como a ti, y hasta que, además, ellos posean la tierra que el Señor vuestro Dios les ha dado al otro lado del Jordán, y entonces repondrás a cada uno en sus posesiones, las cuales os he dado Yo.</p>
<p>La palabra de Dios según le fue dada a Moisés en el Deuteronomio.</p>
<p><a href="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2010/10/clip_image004.jpg"><img style="background-image: none; border-right-width: 0px; margin: 0px; padding-left: 0px; padding-right: 0px; display: inline; border-top-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px; padding-top: 0px" title="clip_image004" border="0" hspace="12" alt="clip_image004" src="http://literatura.rincondeamistad.com/files/2010/10/clip_image004_thumb.jpg" width="238" height="244" /></a></p>
<p><b>CAPÍTULO PRIMERO</b></p>
<p><b></b></p>
<p><i>NOVIEMBRE, 1946</i></p>
<p><i></i></p>
<p>BIENVENIDOS A CHIPRE&#8230;</p>
<p>Guillermo Shakespeare</p>
<p>El avión se meció por la pista hasta pararse delante del enorme rótulo: BIENVENIDOS A CHIPRE. Mark Parker miró por la ventanilla y vio en la distancia la maravilla del aserrado Pico de los Cinco Dedos, de la cordillera que corría junto a la costa septentrional. Dentro de una hora, aproximadamente, estaría franqueando el paso con su coche, camino de Kyrenia. Mark Parker salió al pasillo, se arregló el nudo de la corbata, bajóse las mangas de la camisa y se puso la chaqueta. «Bienvenidos a Chipre&#8230; Bienvenidos a Chipre&#8230;» La frase cruzaba una y otra vez por su cerebro. Y él se decía que era de Othello, pero no conseguía recordar la cita entera.</p>
<p>—¿Algo que declarar? —le preguntó el inspector de Aduanas.</p>
<p>—Dos libras de heroína sin desmenuzar y un manual de arte pornográfico —respondió, buscando con la mirada a Kitty.</p>
<p>«Todos los americanos son unos comediantes», pensó el inspector de Aduanas, haciéndole pasar. Una empleada del Gobierno cuya misión consistía en atender a los turistas se le acercó.</p>
<p>—¿Es usted míster Parker?</p>
<p>—Presente.</p>
<p>—Mistress Kitty Fremont ha telefoneado diciendo que le es imposible venir a recibirle al aeropuerto y que vaya usted directamente a Kyrenia, al Hotel Dome. Ha hecho reservar un cuarto para usted.</p>
<p>—Gracias, ángel. ¿Dónde encontraré un taxi para Kyrenia?</p>
<p>—Yo puedo procurárselo, señor. Será cosa de pocos minutos.</p>
<p>—¿Podré tomar una infusión por ahí?</p>
<p>—Sí, señor. El bar está al final del pasillo.</p>
<p>Mark se apoyó en el mostrador bebiendo a sorbitos el café humeante&#8230; «Bienvenidos a Chipre&#8230; Bienvenidos a Chipre&#8230;» Vaya, ni que le hubiera ido en ello la vida habría sabido recordar el final.</p>
<p>—¡Caramba! —exclamó una voz estentórea—. En el avión ya creí reconocerle. ¡Usted es Mark Parker! Apuesto a que no me recuerda.</p>
<p>«Ha de encajar en uno de los siguientes escenarios —pensó Mark—: Fue en: Roma, París, Londres, Madrid&#8230; Y ahora busquemos cuidadosamente el lugar: Bar José, James Pub, Jacques Hideaway, Joe&#8217;s Joint. Y en aquella ocasión yo escribía crónicas de guerra, de revolución, de insurrecciones&#8230; Y aquella noche particular yo estaba con: una rubia, una morena, una pelirroja (o quizá con aquella descarada de las dos cabezas)».</p>
<p>Mark Parker tenía ahora al desconocido nariz contra nariz y burbujeando de entusiasmo.</p>
<p>—Yo fui aquél que pidió un «Martini» y no tenían limones. ¿Me recuerda ahora? —Mark bebió otro sorbo de café y se dispuso a sufrir un nuevo asalto—. Ya sé que esto se lo dicen a todas horas, pero a mí me gusta de veras leer las crónicas que escribe usted. Vamos, diga, ¿qué hace en Chipre? —El desconocido guiñó el ojo y le dio un codazo en las costillas—. Un trabajo secreto, apostaría cualquier cosa. ¿Por qué no nos vamos los dos a beber unas copas? Yo me hospedo en el «Palace», en Nicosia. —Y le plantó una tarjeta comercial en la mano—. Además, tengo aquí muy buenas relaciones. —Y volvió a guiñar el ojo.</p>
<p>—Eh, míster Parker. El coche le espera.</p>
<p>Mark dejó la taza sobre el mostrador.</p>
<p>—Encantado de volver a verle —le dijo al desconocido. Y se alejó a toda prisa. Al salir echó la tarjeta en una papelera.</p>
<p>Mientras el taxi se alejaba del aeropuerto, él se arrellanó en el asiento y cerró unos instantes los ojos. Se alegraba de que Kitty no hubiera podido ir a recibirle. ¡Había pasado tanto tiempo&#8230;! ¡Había tantas cosas que decir, tantas cosas que recordar&#8230;! Al pensar que volvería a ver a Kitty, un estremecimiento de emoción recorrió su ser. Kitty hermosa; hermosa Kitty. Y cuando el taxi cruzaba las puertas del recinto exterior, Mark estaba ensimismado, sumergido ya en sus pensamientos.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/25/xodo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>1</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>El Pez en el Agua</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/07/el-pez-en-el-agua/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/07/el-pez-en-el-agua/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 07 Oct 2010 20:34:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Liccy</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/?p=20181</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/07/el-pez-en-el-agua/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><strong>MARIO VARGAS LLOSA</strong> 
 
<strong>------------------------------- 
</strong> 
 
<strong>EL PEZ EN EL AGUA</strong> 
 
<strong> </strong> 
 
I. ESE SEÑOR QUE ERA MI PAPÁ 
 
Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de la 
 
prefectura. Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946 
 
o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/07/el-pez-en-el-agua/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>MARIO VARGAS LLOSA</strong></p>
<p><strong>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;-<br />
</strong></p>
<p><strong>EL PEZ EN EL AGUA</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>I. ESE SEÑOR QUE ERA MI PAPÁ</p>
<p>Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de la</p>
<p>prefectura. Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946</p>
<p>o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había</p>
<p>terminado el quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y</p>
<p>asfixiante calor.</p>
<p>—Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo mi mamá, sin que lo temblara la voz—. ¿No</p>
<p>es cierto?</p>
<p>—¿Qué cosa?</p>
<p>—Que tu papá no estaba muerto. ¿No es cierto?</p>
<p>—Por supuesto. Por supuesto.</p>
<p>Pero no lo sabía, ni remotamente lo sospechaba, y fue como si el mundo se me</p>
<p>paralizara de sorpresa. ¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo</p>
<p>creí muerto? Era una larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que</p>
<p>había vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido</p>
<p>cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la Mamaé— y</p>
<p>mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba, primero, y,</p>
<p>desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí, en Piura. Una historia</p>
<p>de folletín, truculenta y vulgar, que —lo fui descubriendo después, a medida que la</p>
<p>reconstruía con datos de aquí y allá y añadidos imaginarios donde resultaba imposible</p>
<p>llenar los blancos— había avergonzado a mi familia materna (mi única familia, en verdad)</p>
<p><span id="more-20181"></span></p>
<p>y destruido la vida de mi madre cuando era todavía poco más que una adolescente.</p>
<p>Una historia que había comenzado once años atrás, a más de dos mil kilómetros de</p>
<p>este malecón Eguiguren, escenario de la gran revelación. Mi madre tenía diecinueve años.</p>
<p>Había ido a Tacna acompañando a mi abuelita Carmen —que era tacneña— desde</p>
<p>Arequipa, donde vivía la familia, para asistir al matrimonio de algún pariente, aquel 10 de</p>
<p>marzo de 1934, cuando, en lo que debía ser un precario y recientísimo aeropuerto de esa</p>
<p>pequeña ciudad de provincia, alguien le presentó al encargado de la estación de radio de</p>
<p>Panagra, versión primigenia de la Panamerican: Ernesto J. Vargas. Él tenía veintinueve</p>
<p>años y era muy buen mozo. Mi madre quedó prendada de él desde ese instante y para</p>
<p>siempre. Y él debió enamorarse también, pues, cuando, luego de unas semanas de</p>
<p>vacaciones tacneñas, ella volvió a Arequipa, le escribió varias cartas e, incluso, hizo un</p>
<p>viaje a despedirse de ella al trasladarlo la Panagra al Ecuador. En esa brevísima visita a</p>
<p>Arequipa se hicieron formalmente novios. El noviazgo fue epistolar; no volvieron a verse</p>
<p>hasta un año después, cuando mi padre —al que la Panagra acababa de mutar de nuevo,</p>
<p>ahora a Lima— reapareció por Arequipa para la boda. Se casaron el 4 de junio de 1935, en</p>
<p>la casa donde vivían los abuelos, en el bulevar Parra, adornada primorosamente para la</p>
<p>ocasión, y en la foto que sobrevivió (me la mostrarían muchos años después), se ve a</p>
<p>Dorita posando con su vestido blanco de larga cola y tules traslúcidos, con una expresión</p>
<p>nada radiante, más bien grave, y en sus grandes ojos oscuros una sombra inquisitiva sobre</p>
<p>lo que le depararía el porvenir.</p>
<p>Lo que le deparó fue un desastre. Después de la boda, viajaron a Lima de</p>
<p>inmediato, donde mi padre era radio-operador de la Panagra. Vivían en una casita de la</p>
<p>calle Alfonso Ugarte, en Miraflores. Desde el primer momento, él sacó a traslucir lo que la</p>
<p>familia Llosa llamaría, eufemísticamente, «el mal carácter de Ernesto». Dorita fue</p>
<p>sometida a un régimen carcelario, prohibida de frecuentar amigos y, sobre todo, parientes,</p>
<p>obligada a permanecer siempre en la casa. Las únicas salidas las hacía acompañada de mi</p>
<p>padre y consistían en ir a algún cinema o a visitar al cuñado mayor, César, y a su esposa</p>
<p>6</p>
<p>Orieli, que vivían también en Miraflores. Las escenas de celos se sucedían por cualquier</p>
<p>pretexto y a veces sin pretexto y podían degenerar en violencias.</p>
<p>Muchos años más tarde, cuando yo ya tenía canas y</p>
<p>me fue posible hablar con ella de los cinco meses y medio que duró su matrimonio, mi</p>
<p>madre seguía aún repitiendo la explicación familiar del fracaso conyugal: el mal carácter</p>
<p>de Ernesto y sus celos endemoniados. Y echándose algo de la culpa, pues, tal vez, el haber</p>
<p>sido una muchacha tan mimada, para quien la vida en Arequipa había sido tan fácil, tan</p>
<p>cómoda, no la preparó para esa prueba difícil, pasar de la noche a la mañana a vivir en otra</p>
<p>ciudad, con una persona tan dominante, tan distinta de quienes la habían rodeado.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/10/07/el-pez-en-el-agua/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>David Copperfield</title>
		<link>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/</link>
		<comments>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 14 Aug 2010 06:20:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Rincón de Amistad</dc:creator>
				<category><![CDATA[El Rincón de los Libros]]></category>
		<category><![CDATA[Libros Publicados]]></category>
		<category><![CDATA[Novelas Románticas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/</guid>
		<description><![CDATA[<a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/"><img align="left" hspace="5" width="150" height="150" src="http://literatura.rincondeamistad.com/wp-content/plugins/thumbnail-for-excerpts/tfe_no_thumb.png" class="alignleft wp-post-image tfe" alt="" title="" /></a><p>Charles Dickens</p> <p>--------------------</p> <p>DAVID COPPERFIELD</p> <p>PREFACIO</p> <p>Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones</p> <p>de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere.</p> <p>Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos</p> <p>entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de</p> <p>tantos compañeros), que corro el</p> <a href="http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/">Continuar leyendo...</a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><b>Charles Dickens</b></p>
<p><b>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8211;</b></p>
<p><b>DAVID COPPERFIELD</b></p>
<p><b>PREFACIO</b></p>
<p>Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones</p>
<p>de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere.</p>
<p>Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos</p>
<p>entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de</p>
<p>tantos compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector, a quien ya quiero, con</p>
<p>confidencias personales y emociones íntimas.</p>
<p>Además, todo lo que pudiera decir sobre esta historia, con cualquier propósito, ya he</p>
<p>tratado de decirlo en ella.</p>
<p> <span id="more-20179"></span>
<p>Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza con que se abandona la pluma al</p>
<p>terminar una labor creadora de dos años, ni la emoción que siente el autor al enviar a ese</p>
<p>mundo sombrío parte de sí mismo, cuando algunas de las criaturas de su imaginación se</p>
<p>separan de él para siempre.</p>
<p>A pesar de todo, no tengo nada más que decir aquí, a menos de confesar (lo que sería</p>
<p>todavía menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie, al leer esta historia, podrá</p>
<p>parecerle más real de lo que a mí me ha parecido al escribirla.</p>
<p>Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al porvenir. No puedo cerrar estos</p>
<p>volúmenes de un modo más agradable para mí que lanzando una mirada llena de</p>
<p>esperanza hacia los tiempos en que vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensuales,</p>
<p>y dedicando un pensamiento agradecido al sol y a la lluvia que hayan caído sobre estas</p>
<p>páginas de DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.</p>
<p>Londres, octubre de 1850.</p>
<p><b>HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS</b></p>
<p><b>DE DAVID COPPERFIELD</b></p>
<p><b>PRIMERA PARTE</b></p>
<p><b>CAPÍTULO PRIMERO</b></p>
<p><b>NAZCO</b></p>
<p>Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas</p>
<p>páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y</p>
<p>yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a</p>
<p>sonar y yo a gritar simultáneamente.</p>
<p>Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas</p>
<p>del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéramos</p>
<p>conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser</p>
<p>desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus.</p>
<p>Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de</p>
<p>otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.</p>
<p>No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es</p>
<p>cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don</p>
<p>en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido</p>
<p>defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo</p>
<p>conserve a su lado.</p>
<p>Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos,</p>
<p>al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían</p>
<p>poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es</p>
<p>que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y</p>
<p>el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir</p>
<p>ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa</p>
<p>de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que</p>
<p>pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio</p>
<p>de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría</p>
<p>además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía</p>
<p>humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una</p>
<p>señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados</p>
<p>cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no</p>
<p>sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas,</p>
<p>pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como</p>
<p>sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los</p>
<p>noventa y dos años de edad.</p>
<p>Tengo entendido que dicha señora, mientras tomaba el té, que era su ocupación</p>
<p>favorita, solía vanagloriarse de no haber estado encima del agua mas que una vez en su</p>
<p>vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás</p>
<p>personas que tienen el atrevimiento de vagabundear por esos mundos. En vano se le</p>
<p>demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gracias a aquellas</p>
<p>aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza</p>
<p>de su razonamiento:</p>
<p>-No, no; nada de vagabundear.</p>
<p>Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.</p>
<p>Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño</p>
<p>póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que</p>
<p>se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me</p>
<p>llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer</p>
<p>encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la</p>
<p>indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura,</p>
<p>mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas</p>
<p>de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas.</p>
<p>Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de quien hablaré más adelante,</p>
<p>era el magnate de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey, como mi pobre madre</p>
<p>la llamaba siempre cuando se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo que</p>
<p>ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella y muy</p>
<p>elegante, aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo que el elegante hace», pues se</p>
<p>sospechaba que pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una vez, discutiendo a</p>
<p>propósito de cuestiones económicas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un</p>
<p>segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompatibilidad de caracteres indujeron a miss</p>
<p>Betsey a darle dinero para que se marchara y consintiera en una separación amistosa. Él</p>
<p>se marchó a la India con su capital, y allí, según una leyenda de familia, se le vio</p>
<p>montado en un elefante y acompañado de un Baboon, aunque yo creo que más bien sería</p>
<p>de un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez años después, desde la India llegó a su</p>
<p>casa la noticia de su muerte. El efecto que esta noticia causó en mi tía nadie lo supo. A</p>
<p>raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera y, comprando una casita</p>
<p>muy alejada en la costa, se había establecido allí con su criada, como una solterona,</p>
<p>viviendo siempre recluida en un aislamiento inflexible.</p>
<p>Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de miss Betsey; pero mi tía se</p>
<p>ofendió mortalmente con su boda, bajo el pretexto de que mi madre era «una muñeca»,</p>
<p>pues, aunque no la había visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte años. Miss Betsey</p>
<p>no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre tenía el doble de edad que mi madre cuando</p>
<p>se casaron, y era de constitución delicada. Un año después de su boda, y, como ya he</p>
<p>dicho, seis meses antes de mi nacimiento, murió.</p>
<p>Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable (puede excusárseme el</p>
<p>llamarlo así) a importante viernes. No puedo vanagloriarme de haber sabido en aquella</p>
<p>época lo que estoy contando, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la evidencia</p>
<p>de mis propios sentidos) de lo que sigue.</p>
<p>Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal de salud y muy abatida, y miraba el</p>
<p>fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito</p>
<p>a quien sólo esperaba un mundo no muy contento de su llegada y algunos proféticos</p>
<p>paquetes de alfileres preparados de antemano en el cajón de una cómoda del primer piso.</p>
<p>Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego, en una tarde clara y fría de marzo,</p>
<p>muy triste y deprimida, y temerosa de no salir con vida de la prueba que le esperaba,</p>
<p>cuando, levantando sus ojos para enjugarlos, vio por la ventana a una señora desconocida</p>
<p>que entraba en el jardín.</p>
<p>La segunda vez que la miró mi madre tuvo la certeza de que aquella señora era miss</p>
<p>Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida junto a la verja, y esta</p>
<p>tenía un paso tan firme, un aire tan decidido, que no podía ser otra.</p>
<p>Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba mayor de su identidad. Mi padre había</p>
<p>contado a menudo que la conducta de mi tía nunca era semejante a la del resto de los</p>
<p>mortales; y, en efecto, aquella señora, en lugar de dirigirse a la puerta y llamar a la</p>
<p>campanilla, se detuvo delante de la ventana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la</p>
<p>nariz contra el cristal que mi madre solía decirme que se le había puesto en un momento</p>
<p>completamente blanca y aplastada.</p>
<p>Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que yo siempre he estado</p>
<p>convencido de que es a miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber nacido en</p>
<p>viernes.</p>
<p>Mi madre se levantó precipitadamente y fue a esconderse en un rincón detrás de una</p>
<p>silla. Miss Betsey recorrió lentamente la habitación con su mirada, de un modo</p>
<p>inquisitivo y moviendo los ojos como los de las cabezas de sarracenos que hay en los</p>
<p>relojes de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como</p>
<p>quien está acostumbrada a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a abrir la puerta.</p>
<p>Mi madre obedeció.</p>
<p>-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose</p>
<p>en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi madre de</p>
<p>luto riguroso y en aquel estado.</p>
<p>-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.</p>
<p>-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que habrá oído usted hablar de ella?</p>
<p>Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar</p>
<p>suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.</p>
<p>-Pues aquí la tiene usted &#8212;dijo miss Betsey.</p>
<p>Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pasara, y se dirigieron a la</p>
<p>habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a</p>
<p>encender fuego en la sala.</p>
<p>Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos</p>
<p>para contenerse, prorrumpió en llanto.</p>
<p>-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!</p>
<p>Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.</p>
<p>-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss Betsey-, que quiero verla bien.</p>
<p>Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no</p>
<p>tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal</p>
<p>modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y magníficos), esparciéndose</p>
<p>alrededor de su rostro.</p>
<p>-Pero ¡Dios mío! &#8211;exclamó miss Betsey-. ¡Si es usted una niña!</p>
<p>Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la</p>
<p>cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad</p>
<p>temía era ser demasiado niña para verse ya viuda y madre, si es que vivía.</p>
<p>Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre le pareció sentir que miss Betsey</p>
<p>acariciaba sus cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y mirarla con aquella</p>
<p>tímida esperanza, vio que continuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda un poco</p>
<p>remangada, los pies en el guardafuegos y las manos cruzadas sobre las rodillas.</p>
<p>-En nombre de Dios &#8211;dijo de pronto mi tía-, ¿por qué llamarla Rookery?</p>
<p>-¿Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.</p>
<p>-¿Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si cualquiera de los dos hubierais tenido un</p>
<p>poco de sentido práctico la habríais llamado Cookery.</p>
<p>-Es el nombre que eligió míster Copperfield -respondió mi madre-. Cuando compró la</p>
<p>casa le gustaba pensar que habría cuervos en sus alrededores.</p>
<p>En ese momento, el viento del atardecer empezó a silbar entre los olmos viejos y altos</p>
<p>del jardín con tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no pudieron por menos que</p>
<p>mirar con inquietud hacia la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros corno</p>
<p>gigantes que quisieran confiarse algún terrible secreto, y después de permanecer</p>
<p>inclinados unos segundos se erguían violentamente, sacudiendo sus enormes brazos,</p>
<p>como si aquellas confidencias, intranquilizando a su conciencia, les hubieran arrebatado</p>
<p>para siempre el reposo.</p>
<p>Algunos nidos bastante viejos de cuervos se bamboleaban destrozados por la intemperie</p>
<p>en sus ramas más altas, como náufragos en un mar tormentoso.</p>
<p>-¿Y dónde están los pájaros? -preguntó miss Betsey.</p>
<p>-¿Los que &#8230;?</p>
<p>Mi madre estaba pensando en otra cosa.</p>
<p>-Los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos? -preguntó mi tía.</p>
<p>-Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno -dijo mi madre-. Pensábamos&#8230;</p>
<p>Míster Copperfield creía&#8230; que esto era una gran rookery; pero los nidos son ya muy antiguos</p>
<p>y deben de estar abandonados hace mucho tiempo.</p>
<p>-¡Las cosas de David Copperfield! -exclamó miss Betsey-. ¡David Copperfield de la</p>
<p>cabeza a los pies! Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuervo en los alrededores,</p>
<p>y cree que ha de haber forzosamente pájaros porque ve nidos.</p>
<p>-Míster Copperfield ha muerto -contestó mi madre-, y si se atreve usted a hablarme mal</p>
<p>de él&#8230;</p>
<p>Sospecho que mi pobre madre tuvo por un momento la intención de arrojarse sobre mi</p>
<p>tía; pero ni aun estando en mejor estado de salud y con suficiente entrenamiento hubiera</p>
<p>podido hacer frente a semejante adversario; así es que después de levantarse se volvió a</p>
<p>sentar humildemente y cayó desvanecida.</p>
<p>Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey la hizo volver en sí, encontró a mi tía</p>
<p>de pie ante la ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a no ser por el resplandor</p>
<p>del fuego no hubieran podido distinguirse una a otra.</p>
<p>-¡Bueno! -dijo miss Betsey volviéndose a sentar, como si sólo hubiera estado mirando</p>
<p>por casualidad el paisaje-. ¿Y cuándo espera usted&#8230;?</p>
<p>-Estoy temblando -balbució mi madre-. No se que me pasa; pero estoy segura de que</p>
<p>me muero.</p>
<p>-No, no, no -dijo miss Betsey-. Tome usted un poco de té.</p>
<p>-¡Oh Dios mío, Dios mío! ¿Pero cree usted que eso me aliviará algo? -exclamó mi</p>
<p>madre desesperadamente.</p>
<p>-Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervioso&#8230; Pero ¿cómo llama usted a la chica?</p>
<p>-Todavía no sé si será niña -dijo mi madre con inocencia.</p>
<p>-¡Dios bendiga a esta criatura! -exclamó mi tía, ignorando que repetía la segunda frase</p>
<p>inscrita con alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándosela a mi madre en lugar</p>
<p>de a mí-. No se trataba de eso. Me refería a su criada.</p>
<p>-Peggotty -dijo mi madre.</p>
<p>-¡Peggotty! -repitió miss Betsey, casi indignada-. ¿Querrá usted hacerme creer que un</p>
<p>ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?</p>
<p>-Es su apellido -dijo mi madre con timidez-. Míster Copperfield la llamaba así porque</p>
<p>como tiene el mismo nombre de pila que yo&#8230;</p>
<p>-¡Aquí, Peggotty! -gritó miss Betsey abriendo la puerta- Traiga usted té; su señora no se</p>
<p>encuentra bien; conque ¡a no perder tiempo!</p>
<p>Habiendo dado esta orden con tanta energía como si su autoridad estuviese reconocida</p>
<p>en la casa desde toda la eternidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse, no sin antes haberse</p>
<p>cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al sonido de</p>
<p>aquella voz extraña.</p>
<p>-¿Decía usted que quizá será niña? -dijo cuando estuvo de nuevo con los pies sobre el</p>
<p>guardafuego, la falda un poco remangada y las manos cruzadas encima de las rodillas-.</p>
<p>No hay duda, será una niña; tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora bien, hija</p>
<p>mía: desde el momento en que nazca esa niña&#8230;</p>
<p>-Quizá sea un niño -se tomó la libertad de interrumpir mi madre.</p>
<p>-¡Cuando le digo que tengo el presentimiento de que será niña! -insistió miss Betsey-.</p>
<p>No me contradiga. Desde el momento en que nazca esa niña quiero ser su amiga. Cuento</p>
<p>con ser su madrina y le ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood Copperfield. Y</p>
<p>en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Pondremos todos los medios</p>
<p>para que nadie se burle de los afectos de la pobre niña. La educaremos muy bien,</p>
<p>evitando cuidadosamente que deposite su ingenua confianza en quien no lo merezca. Yo</p>
<p>cuidaré de ello.</p>
<p>A1 final de cada frase mi tía bajaba la cabeza, como si los recuerdos la persiguieran y el</p>
<p>no explayarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al menos así le pareció a mi</p>
<p>madre, que la observaba al débil resplandor del fuego, aunque en realidad estaba</p>
<p>demasiado asustada, demasiado intimidada y confusa para poder observar nada con</p>
<p>claridad ni saber qué decir.</p>
<p>-Y David, ¿era bueno con usted, hija mía? -preguntó miss Betsey después de un rato de</p>
<p>silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron gradualmente-. ¿Erais felices?</p>
<p>-Éramos muy dichosos -dijo mi madre, Era tan bueno conmigo míster Copperfield.</p>
<p>-Supongo que la habrá destrozado -insistió miss Betsey.</p>
<p>-Considerando que ahora tengo que verme sola y abandonada en este mundo, me temo</p>
<p>que sí -sollozó mi madre.</p>
<p>-¡Bien! Pero no llore más &#8211;dijo mi tía-. No estabais compensados, hija mía. ¿Habrá</p>
<p>alguna pareja que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era huérfana, ¿no es así?</p>
<p>-Sí.</p>
<p>-¿Y era institutriz?</p>
<p>-Estaba al cuidado de los niños en una familia que míster Copperfield visitaba. Y era</p>
<p>muy bueno conmigo míster Copperfield: se preocupaba mucho de mí y me demostraba</p>
<p>un gran interés. Por último, me pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos &#8211;dijo mi</p>
<p>madre con sencillez.</p>
<p>-¡Pobre niña! -murmuró miss Betsey, que continuaba mirando fijamente el fuego-. ¿Y</p>
<p>sabe usted hacer algo?</p>
<p>-No sé &#8230;. señora -balbució mi madre.</p>
<p>-¿Gobernar una casa, por ejemplo? -dijo miss Betsey.</p>
<p>-No mucho, me temo -respondió mi madre-. Mucho menos de lo que desearía. Pero</p>
<p>míster Copperfield me estaba enseñando&#8230;</p>
<p>-¡Para lo que él sabía! -dijo mi tía en un paréntesis.</p>
<p>-Y estoy segura de que hubiera adelantado mucho, pues estaba ansiosa de aprender, y él</p>
<p>era un maestro tan paciente&#8230; Sin la gran desgracia de su muerte&#8230;</p>
<p>Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no pudo seguir.</p>
<p>-Bien, bien &#8211;dijo miss Betsey.</p>
<p>-Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las noches hacíamos el balance juntos&#8230;</p>
<p>&#8211;continuó mi madre, sollozando desesperadamente.</p>
<p>-Bien, bien -exclamó mi tía&#8212;. No llore usted más.</p>
<p>-Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto cuando le parecía que mis treses y mis</p>
<p>cincos se confundían o que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves -terminó</p>
<p>mi madre en una nueva explosión de llanto.</p>
<p>-Se pondrá usted enferma -dijo miss Betsey-, lo que no será muy beneficioso para usted</p>
<p>ni para mi ahijada. ¡Vamos, no vuelva a empezar!</p>
<p>Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar era</p>
<p>creciente. Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas exclamaciones sordas de mi</p>
<p>tía, que continuaba calentándose los pies en el guardafuegos.</p>
<p>-David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé &#8211;dijo</p>
<p>poco a poco, A1 morir ¿ha hecho algo por usted?</p>
<p>-Míster Copperfield -constestó mi madre titubeandofue tan cariñoso y tan bueno</p>
<p>conmigo que aseguró parte de esa renta a mi nombre.</p>
<p>-¿Cuánto? -preguntó miss Betsey.</p>
<p>&#8212;Ciento cincuenta libras al año &#8211;dijo mi madre.</p>
<p>-¡Podía haberlo hecho peor! -dijo mi tía.</p>
<p>La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba</p>
<p>cada vez peor, tanto que Peggotty, que entraba con el té y las velas, se dio cuenta de ello</p>
<p>al instante (como se hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y la condujo</p>
<p>apresuradamente a su habitación del piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham</p>
<p>Peggotty -un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días para</p>
<p>utilizarle como mensajero especial en caso de urgencia- a buscar al médico y a la</p>
<p>comadrona.</p>
<p>Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron sobremanera cuando a su llegada</p>
<p>(pocos minutos después uno de otro) se encontraron con una señora desconocida y de aspecto</p>
<p>imponente, sentada ante el fuego, con la toca colgando del brazo izquierdo y</p>
<p>taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre tampoco</p>
<p>decía nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y, cosa curiosa, el hecho de estar</p>
<p>sacando aquella cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en los oídos no hacía</p>
<p>disminuir en nada lo imponente de su aspecto.</p>
<p>El doctor, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda</p>
<p>que había grandes probabilidades de que aquella señora y él tuvieran que permanecer</p>
<p>sentados frente a frente durante varias horas, se propuso estar amable y cariñoso con ella.</p>
<p>Este hombre era el ser más afable de su sexo, el más pequeño y dulce. Se deslizaba de</p>
<p>medio lado por las habitaciones para ocupar el menor sitio posible, y andaba con tanta</p>
<p>suavidad como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio. Llevaba siempre la cabeza</p>
<p>inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de su humildad y en parte</p>
<p>por el deseo de agradar a todos. No necesito decir que era incapaz de dirigir un palabra</p>
<p>dura a nadie, ni a un perro, ni aun a un perro rabioso. Todo lo más le murmuraría</p>
<p>dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la misma suavidad que</p>
<p>andaba y no sabía ser rígido ni impaciente.</p>
<p>Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente a mi tía, con la cabeza siempre</p>
<p>inclinada y haciéndole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y tocándose la oreja</p>
<p>izquierda:</p>
<p>-¿Alguna molestia, señora?</p>
<p>-¿Qué? -replicó mi tía, sacándose el algodón del oído como si fuera un corcho.</p>
<p>A míster Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad (según contó después a mi</p>
<p>madre), tanto que fue milagroso que conservara su presencia de ánimo. Insistió</p>
<p>dulcemente.</p>
<p>-¿Alguna molestia, señora?</p>
<p>-¡Qué necedad! -replicó mi tía, volviéndose a taponar el oído.</p>
<p>Después de esto, míster Chillip nada podía hacer y se sentó, y estuvo contemplando</p>
<p>tímidamente a mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarle al</p>
<p>dormitorio de mi madre. Después de un cuarto de hora de ausencia volvió.</p>
<p>-¿Y bien? &#8211;dijo mi tía, sacándose el algodón del lado más cercano a míster Chillip.</p>
<p>-Muy bien, señora -respondió el doctor-. Vamos&#8230;. vamos&#8230; avanzando&#8230; despacito,</p>
<p>señora.</p>
<p>-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! &#8211;dijo mi tía, interrumpiéndole con desprecio.</p>
<p>Y volvió a taponarse el oído.</p>
<p>Verdaderamente (según contaba después míster Chillip) era para indignarse, y él estaba</p>
<p>casi indignado; claro que sólo hablando desde un punto de vista profesional, pero estaba</p>
<p>casi indignado. Sin embargo, volvió a sentarse y la estuvo mirando cerca de dos horas,</p>
<p>mientras ella continuaba contemplando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo. Cuando</p>
<p>después de esta ausencia apareció:</p>
<p>-¿Y bien? -dijo mi tía, quitándose el algodón del mismo lado.</p>
<p>-Muy bien, señora -respondió míster Chillip-. Vamos&#8230;, vamos avanzando despacito,</p>
<p>señora.</p>
<p>-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! -interrumpió mi tía con tal desprecio hacia el pobre míster Chillip,</p>
<p>que este ya no pudo soportarlo.</p>
<p>Aquello era para hacerle perder la cabeza, según dijo después, y prefirió ir a sentarse</p>
<p>solo en la oscuridad de la escalera y en una fuerte corriente de aire hasta que le llamasen</p>
<p>de nuevo.</p>
<p>Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues iba a la</p>
<p>escuela nacional y era una verdadera fiera para el catecismo, contó al día siguiente que,</p>
<p>habiendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabinete una hora después de</p>
<p>aquello, miss Betsey, que recorría la habitación agitadísima, le descubrió al momento y se</p>
<p>lanzó sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo el algodón que había metido en</p>
<p>sus oídos no debía de estar aislada por completo de los ruidos, pues cuando los pasos y</p>
<p>las voces aumentaban en el piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el exceso de su</p>
<p>intranquilidad. Le tenía agarrado por el cuello y le obligaba a andar constantemente de</p>
<p>arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera tomado algún narcótico),</p>
<p>enmarañándole los cabellos, arrugándole el cuello de la camisa y taponándole con</p>
<p>algodón los oídos, confundiéndolos, sin duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda</p>
<p>clase de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte confirmado por su tía, que lo</p>
<p>vio a las doce y media, cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan rojo como yo</p>
<p>en aquel mismo momento.</p>
<p>El apacible míster Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en</p>
<p>aquellas circunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un momento libre se deslizó al gabinete</p>
<p>y le dijo a mi tía con su amable sonrisa:</p>
<p>-Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la enhorabuena.</p>
<p>-¿Por qué? &#8211;dijo secamente mi tía.</p>
<p>Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella extremada severidad, pero le hizo un</p>
<p>ligero saludo y trató de sonreírle para apaciguarla.</p>
<p>-¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre? -gritó mi tía con impaciencia-. ¿Es que</p>
<p>no puede hablar?</p>
<p>-Tranquilícese usted, mí querida señora &#8211;dijo el doctor con su voz melosa, No hay ya el</p>
<p>menor motivo de inquietud, tranquilícese usted.</p>
<p>Siempre he considerado como un milagro el que mi tía no le sacudiera hasta hacerlo</p>
<p>soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero moviendo la cabeza de una</p>
<p>manera que le estremeció.</p>
<p>-Pues bien, señora -resumió míster Chillip tan pronto como pudo recobrar el valor-.</p>
<p>Estoy contento de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, señora, todo ha terminado.</p>
<p>Durante los cinco minutos, poco más o menos, que míster Chillip empleó en pronunciar</p>
<p>esta frase, mi tía lo contemplaba con curiosidad.</p>
<p>-Y ella ¿cómo está? &#8211;dijo cruzándose de brazos, con el sombrero siempre colgando de</p>
<p>uno de ellos.</p>
<p>-Bien, señora, y espero que pronto estará completamente restablecida -respondió míster</p>
<p>Chillip-. Está todo lo bien que puede esperarse de una madre tan joven y que se encuentra</p>
<p>en unas circunstancias tan tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la vea,</p>
<p>señora; puede que le haga bien.</p>
<p>-Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? -dijo bruscamente mi tía.</p>
<p>Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un lado y miró a mi tía como un pajarillo</p>
<p>asustado.</p>
<p>-¿La niña, que cómo está? -insistió miss Betsey.</p>
<p>&#8212;Señora -respondió míster Chillip-, creía que lo sabía usted: es un niño.</p>
<p>Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las cintas la lanzó a la cabeza de míster</p>
<p>Chillip; después se la encasquetó en la suya descuidadamente y se marchó para siempre.</p>
<p>Se desvaneció como un hada descontenta, o como uno de esos seres sobrenaturales que la</p>
<p>superstición popular aseguraba que tendrían que aparecérseme. Y nunca más volvió.</p>
<p>No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su lecho, y Betsey Trotwood Copperfield</p>
<p>había vuelto para siempre a la región de sueños y sombras, a la terrible región de donde</p>
<p>yo acababa de llegar. Y la luna que entraba por la ventana de nuestra habitación se</p>
<p>reflejaba también sobre la morada terrestre de todos los que nacían y sobre la sepultura en</p>
<p>que reposaban los restos mortales del que fue mi padre y sin el cual yo nunca hubiera</p>
<p>existido.</p>
<p><b>CAPÍTULO II</b></p>
<p><b>OBSERVO</b></p>
<p>Lo primero que veo de forma clara cuando quiero recordar la lejanía de mi primera</p>
<p>infancia es a mi madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil, y a Peggotty, sin</p>
<p>edad definida, con unos ojos tan negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con unas</p>
<p>mejillas y unos brazos tan duros y rojos que me sorprende que los pájaros no los</p>
<p>prefirieran a las manzanas.</p>
<p>Y siempre me parece recordarlas arrodilladas ante mí, frente a frente en el suelo,</p>
<p>mientras yo voy con paso inseguro de una a otra. Tengo un recuerdo en mi mente, que se</p>
<p>mezcla con los recuerdos actuales, del contacto del dedo que Peggotty me tendía para</p>
<p>ayudarme a andar: un dedo acribillado por la aguja y áspero como un rallador.</p>
<p>Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo que la memoria de la mayor parte de los</p>
<p>hombres puede conservar una impresión de la infancia más amplia de lo que</p>
<p>generalmente se supone; también creo que la capacidad de observación está</p>
<p>exageradamente desarrollada en muchos niños y además es muy exacta. Esto me hace</p>
<p>pensar que los hombres que destacan por dicha facultad es, con toda seguridad, porque no</p>
<p>la han perdido más que porque la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por lo</p>
<p>general, esos hombres conservan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de</p>
<p>agradar, que también es herencia procedente de la infancia.</p>
<p>Podrá tachárseme de divagador por detenerme a decir estas cosas, pero ello me obliga a</p>
<p>hacer constar que todas estas conclusiones las saco en parte de mi propia experiencia.</p>
<p>Así, si alguien piensa que en esta narración me presento como un niño de observación</p>
<p>aguda, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, puede estar</p>
<p>seguro de que tengo derecho a ambas características.</p>
<p>Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de mis años infantiles, lo primero que</p>
<p>recuerdo, emergiendo por sí mismo de la confusión de las cosas, es a mi madre y a Peggotty.</p>
<p>¿,Qué más recuerdo? Veamos.</p>
<p>También sale de la bruma nuestra casa, tan unida a mis primeros recuerdos. En el piso</p>
<p>bajo, la cocina de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay un palomar vacío y en</p>
<p>un rincón una gran caseta de perro sin perro, y donde pululan una gran cantidad de pollos,</p>
<p>que a mí me parecen gigantescos y que corretean por allí de una manera feroz y</p>
<p>amenazadora. Hay un gallo que se sube a un palo y que cuando yo le observo desde la</p>
<p>ventana de la cocina parece mirarme con tanta atención que me hace estremecer: ¡es tan</p>
<p>arrogante! Hay también unas ocas que se dirigen a mí asomando sus largos cuellos por la</p>
<p>reja cuando me acerco. Por la noche sueño con ellas, como podría soñar un hombre que,</p>
<p>rodeado de fieras, se duerme pensando en los leones.</p>
<p>Un largo pasillo (¡qué enorme perspectiva conservo de él!) conduce desde la cocina de</p>
<p>Peggotty hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa abre su puerta al pasillo, y ese</p>
<p>es un sitio por el que de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién sabe lo que puede</p>
<p>suceder entre todas aquellas ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y sólo un</p>
<p>quinqué lo alumbra débilmente, dejando salir por la puerta entrabierta olor a jabón, a</p>
<p>velas y a café, todo mezclado? Después hay otras dos habitaciones: el gabinete, donde</p>
<p>pasamos todas las tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está siempre con</p>
<p>nosotros cuando no hay visita y ha terminado sus quehaceres), y la sala, donde</p>
<p>únicamente estamos los domingos. La sala es mucho mejor que el gabinete, pero no se</p>
<p>está en ella tan a gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza, pues Peggotty me</p>
<p>contó (no sé cuándo, pero me parece que hace siglos) que allí habían sido los funerales de</p>
<p>mi padre, rodeado de los parientes y amigos, cubiertos todos con mantos negros. Además,</p>
<p>un domingo por la noche mi madre nos leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrección</p>
<p>de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobrecogió de tal modo que después,</p>
<p>cuando ya estaba acostado, tuvieron que sacarme de la cama y enseñarme desde la</p>
<p>ventana de mi alcoba el cementerio, completamente tranquilo, con sus muertos</p>
<p>durmiendo en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la luna.</p>
<p>No hay nada tan verde en ninguna parte como el musgo de aquel cementerio, nada tan</p>
<p>frondoso como sus árboles, nada tan tranquilo como sus tumbas. Cuando por la mañana</p>
<p>temprano me arrodillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habitación de mi madre, y</p>
<p>miro por la ventana y veo a los corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja</p>
<p>reflejándose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre es el reloj de sol!», y me maravilla</p>
<p>que también hoy siga marcando el tiempo.</p>
<p>Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su alto respaldo al lado de una ventana, por</p>
<p>la que podemos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mirarla ni un momento: se conoce</p>
<p>que le gusta cerciorarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en ella. Pero aunque</p>
<p>los ojos de Peggotty vagabundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo hago lo</p>
<p>mismo, y me hace señas de que me esté quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo</p>
<p>no puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene puesta esa cosa blanca sí es muy</p>
<p>amigo mío, pero allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso que a lo mejor</p>
<p>interrumpirá el oficio para preguntarme la causa de ello ¿Qué haré, Dios mío?</p>
<p>Bostezar es muy feo, pero ¿qué voy a hacer? Miro a mi madre y noto que hace como</p>
<p>que no me ve. Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a hacerme muecas. Miro un</p>
<p>rayo de sol que entra por la puerta entreabierta del pórtico, pero allí también veo una</p>
<p>oveja extraviada (y no quiero decir un pecador, sino un cordero) que está a punto de</p>
<p>colarse en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola terminaré por gritarle que se</p>
<p>marche, y ¿qué sería de mí entonces? Miro las monumentales inscripciones de las tumbas</p>
<p>y trato de pensar en el difunto míster Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la pena</p>
<p>que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte de su marido, después de una larga</p>
<p>enfermedad, para la cual la ciencia de los médicos ha sido ineficaz, y me pregunto si</p>
<p>habrán consultado también a míster Chillip en vano; y en ese caso, ¿cómo podrá venir y</p>
<p>estarlo recordando una vez por semana? Miro a míster Chillip, que está con su corbata de</p>
<p>domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien que se podría jugar allí. El púlpito</p>
<p>sería la fortaleza; otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le arrojaríamos el</p>
<p>almohadón de terciopelo, con sus borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cierran</p>
<p>los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el</p>
<p>momento en que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me saca de la iglesia más</p>
<p>muerto que vivo.</p>
<p>Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las ventanas de los dormitorios abiertas,</p>
<p>por las que penetra un aire embalsamado, y los viejos nidos de cuervos que se balancean</p>
<p>todavía en lo alto de las ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de atrás, delante</p>
<p>del patio donde está el palomar y la caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo</p>
<p>recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra con una cadena: allí los frutos</p>
<p>maduran en los árboles más ricos y abundantes que en ninguna otra parte; y mientras mi</p>
<p>madre los recoge en su cesta, yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grosellas,</p>
<p>haciendo como que no me muevo. Se levanta un gran viento y el verano huye de</p>
<p>nosotros. En las tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando mi madre está</p>
<p>cansada se sienta en su butaca, se enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla su</p>
<p>talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le gusta mirarse y lo contenta que está de ser</p>
<p>tan bella.</p>
<p>Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa y la sensación de que los dos (mi</p>
<p>madre y yo) teníamos un poco de miedo de Peggotty, y nos sometíamos en casi todo a sus</p>
<p>órdenes; de aquí dimanaban siempre las primeras opiniones (si se pueden llamar así), a lo</p>
<p>que yo veía.</p>
<p>Una noche estábamos Peggotty y yo solos sentados junto al fuego. Yo había estado</p>
<p>leyéndole a Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí de leer muy mal o a la</p>
<p>pobre mujer le interesaba muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga impresión que le</p>
<p>quedó de mi lectura fue que se trataba de una especie de legumbres. Me había cansado de</p>
<p>leer y me caía de sueño; pero como tenía permiso (como una gran cosa) para permanecer</p>
<p>levantado hasta que volviera mi madre (que pasaba la velada en casa de unos vecinos)</p>
<p>como es natural, hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme a la cama.</p>
<p>Había llegado a ese estado de sueño en que me parecía que Peggotty se inflaba y crecía</p>
<p>de un modo gigantesco. Me sostenía con los dedos los párpados para que no se me cerrasen</p>
<p>y la miraba con insistencia, mientras ella seguía trabajando; también miraba el</p>
<p>pedacito de cera que tenía para el hilo (¡qué viejo estaba y qué arrugado por todos lados!</p>
<p>y la casita donde vivía el metro, y la caja de labor, con su tapa de corredera que tenía</p>
<p>pintada una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula color de rosa, y el dedal de</p>
<p>cobre puesto en su dedo, y a ella misma, que realmente me parecía encantadora.</p>
<p>Tenía tanto sueño que estaba convencido de que en el momento en que perdiera de vista</p>
<p>cualquiera de aquellas cosas ya no tendría remedio.</p>
<p>-Peggotty -dije de repente- ¿Has estado casada alguna vez?</p>
<p>-¡Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ¿,Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?</p>
<p>Me contestó tan sorprendida que casi me despabiló, y dejando de coser me miró con la</p>
<p>aguja todo lo estirada que le permitía el hilo.</p>
<p>-Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty? -le dije- Tú eres una mujer muy guapa,</p>
<p>¿no?</p>
<p>La encontraba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de</p>
<p>belleza, me parecía un ejemplar perfecto.</p>
<p>Había en el gabinete un taburete de terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado</p>
<p>un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma</p>
<p>cosa. El terciopelo del taburete era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de</p>
<p>menos.</p>
<p>-¿Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por Dios, querido. Pero ¿quién te ha</p>
<p>metido en la cabeza esas cosas?</p>
<p>-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de una persona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?</p>
<p>-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.</p>
<p>-Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ¿entonces sí puede uno</p>
<p>casarse con otra? Di, Peggotty.</p>
<p>-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cuestión de gustos &#8211;dijo Peggotty.</p>
<p>-Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?</p>
<p>Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque me daba cuenta de que ella me</p>
<p>observaba con una curiosidad enorme.</p>
<p>-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un</p>
<p>momento de vacilación que yo nunca he estado casada, ni pienso estarlo, Davy. Eso es</p>
<p>todo lo que sé sobre el asunto.</p>
<p>-Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad, Peggotty? &#8211;dije después de un minuto</p>
<p>de silencio.</p>
<p>De verdad creía que se había enfadado, me había contestado tan lacónicamente; pero</p>
<p>me equivocaba por completo, pues dejando a un lado su labor (que era una media suya) y</p>
<p>abriendo mucho los brazos cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza. Estoy</p>
<p>seguro de que fue con fuerza, porque, como estaba tan gordita, en cuanto hacía un</p>
<p>movimiento algo brusco los botones de su traje saltaban arrancados. Y recuerdo que en</p>
<p>aquella ocasión salieron dos disparados hasta el otro extremo de la habitación.</p>
<p>-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodilos» -me dijo Peggotty, que todavía no</p>
<p>había conseguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he enterado ni de la mitad.</p>
<p>Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni por qué tenía aquel afán en volver a</p>
<p>ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los monstruos, con un nuevo interés</p>
<p>por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol como</p>
<p>corríamos hacia ellos hostigándolos con insistentes vueltas a su alrededor, tan rápidas,</p>
<p>que ellos, a causa de su extraña forma, no podían seguir. Después los perseguíamos en el</p>
<p>agua como los indígenas, y les introducíamos largos pinchos por las fauces. En resumen,</p>
<p>que llegamos a sabernos de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo menos yo. De</p>
<p>Peggotty no respondo, pues estaba tan distraída, que no hacía más que pincharse con la</p>
<p>aguja en la cara y en los brazos.</p>
<p>Habiendo agotado todo lo referente a los cocodrilos, íbamos a empezar con sus</p>
<p>semejantes, cuando sonó la campanilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi madre. Me</p>
<p>pareció que estaba más bonita que nunca, y con ella llegaba un caballero de hermosas</p>
<p>patillas y cabello negros, a quien ya conocía por habernos acompañado a casa desde la</p>
<p>iglesia el domingo anterior.</p>
<p>Cuando mi madre se detuvo en la puerta para cogerme en sus brazos y besarme, el</p>
<p>caballero dijo que yo tenía más suerte que un rey (o algo parecido) pues me temo que mis</p>
<p>reflexiones ulteriores me ayuden en esto.</p>
<p>-¿Qué quiere decir? -pregunté por encima del hombro de mi madre.</p>
<p>El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por qué no me gustaban ni él ni su voz</p>
<p>profunda, y tenía como celos de que su mano tocara la de mi madre mientras me</p>
<p>acariciaba. Le rechacé lo más fuerte que pude.</p>
<p>-¡Oh Davy! -me reprochó mi madre.</p>
<p>-¡Querido niño! -dijo el caballero, ¡No me sorprende su adoración!</p>
<p>Nunca había visto un color tan hermoso en el rostro de mi madre.</p>
<p>Me regañó dulcemente por mi brusquedad, y estrechándome entre sus brazos, daba las</p>
<p>gracias al caballero por haberse molestado en acompañarla. Mientras hablaba le tendió la</p>
<p>mano, y mientras se la estrechaba me miraba.</p>
<p>-Dame las buenas noches, hermoso -dijo el caballero, después de inclinarse (¡yo lo vi!)</p>
<p>a besar la mano de mi madre.</p>
<p>-¡Buenas noches! &#8211;dije.</p>
<p>-Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos del mundo -insistió riendo-; dame la</p>
<p>mano.</p>
<p>Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha y yo le tendí la otra.</p>
<p>-¡Cómo! Esta es la mano izquierda, Davy -dijo él riendo.</p>
<p>Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo había resuelto no dársela, y no se la di.</p>
<p>Le alargué la otra, que él estrechó cordialmente, y diciendo que era un buen chico, se</p>
<p>marchó.</p>
<p>Un momento después le vi volverse en la puerta del jardín y lanzarnos una última</p>
<p>mirada (antes de que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de mal agüero.</p>
<p>Peggotty, que no había dicho una palabra ni movido un dedo, cerró instantáneamente</p>
<p>los cerrojos, y entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su costumbre, en lugar de</p>
<p>sentarse en la butaca junto al fuego, permaneció en el otro extremo de la habitación</p>
<p>canturreando para sí.</p>
<p>-Espero que haya pasado usted una velada agradable -dijo Peggotty, tiesa como un palo</p>
<p>en el centro de la habitación y con un palmatoria en la mano.</p>
<p>-Sí, Peggotty, muchas gracias -respondió mi madre con voz alegre-. He pasado una</p>
<p>velada muy agradable.</p>
<p>-Una persona nueva es siempre un cambio muy agradable -insistió Peggotty.</p>
<p>-Naturalmente, es un cambio muy agradable -contestó mi madre.</p>
<p>Peggotty continuó inmóvil en medio de la habitación, y mi madre reanudó su canto. Yo</p>
<p>me dormí, aunque no con un sueño profundo, pues me parcería oír sus voces, pero sin entender</p>
<p>lo que decían. Cuando me desperté de aquella desagradable modorra, me encontré</p>
<p>a Peggotty y a mamá hablando y llorando.</p>
<p>-No es una persona así la que le hubiera gustado a mister Copperfield -decía Peggotty-;</p>
<p>se lo repito y se lo juro.</p>
<p>-¡Dios mío! -exclamó mi madre-. ¿Quieres volverme loca? En mi vida he visto a nadie</p>
<p>ser tratado con tanta crueldad por sus criados. Además, hago una injusticia si me considero</p>
<p>una niña. ¿No he estado casada, Peggotty?</p>
<p>-Dios sabe que sí, señora -respondió Peggotty.</p>
<p>-¿Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-, cómo tienes corazón para hacerme tan</p>
<p>desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie</p>
<p>que me consuele?</p>
<p>-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle que eso no le conviene. No, no puede ser.</p>
<p>De ninguna manera debe usted hacerlo. ¡No!</p>
<p>Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al aire del énfasis con que la movía.</p>
<p>-¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una manera tan injusta? -gritó mi madre</p>
<p>llorando más que antes-. ¿Por qué te empeñas en considerarlo como cosa decidida,</p>
<p>Peggotty, cuando te repito una vez y otra que no ha pasado nada de la más corriente</p>
<p>cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la</p>
<p>siente, ¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pregunto? Tú querrías que me</p>
<p>afeitase la cabeza y me ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con una quemadura,</p>
<p>un cuchillo o algo parecido. Estoy segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura de</p>
<p>que te daría una gran alegría.</p>
<p>Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la reprimenda.</p>
<p>-Y mi niño, mi hijito querido -continuó mi madre, acercándose a la butaca en que yo</p>
<p>estaba tendido y acariciándome-, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que no quiero a mi</p>
<p>mayor tesoro! El mejor compañero que haya existido jamás.</p>
<p>-Nadie ha insinuado semejante cosa &#8212;dijo Peggotty.</p>
<p>-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy bien. Es lo que has querido decirme con</p>
<p>tus malas palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien como yo que únicamente</p>
<p>por él no me he comprado el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que la verde</p>
<p>está completamente destrozada y se va por momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes</p>
<p>negarlo!</p>
<p>Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando su mejilla contra la mía:</p>
<p>-¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una madre mala, egoísta y cruel? Di que lo</p>
<p>soy, hijo mío; di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peggotty vale mucho más que</p>
<p>el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ¿verdad?</p>
<p>Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que yo era el que lloraba más fuerte; pero</p>
<p>estoy seguro de que todos lo hacíamos con sinceridad. Yo estaba verdaderamente destrozado,</p>
<p>y temo que en los primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a Peggotty</p>
<p>bestia. Aquella excelente criatura estaba en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y</p>
<p>estoy casi seguro de que en aquella ocasión su vestido debió de quedarse sin un solo</p>
<p>botón, pues saltaron por los aires cuando después de reconciliarse con mi madre se</p>
<p>arrodilló al lado del sillón para reconciliarse conmigo.</p>
<p>Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollozos me desvelaron durante mucho</p>
<p>tiempo; y cuando un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la cama, me encontré a</p>
<p>mi madre sentada a los pies a inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me dormí</p>
<p>profundamente.</p>
<p>No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a ver al caballero aquel, o si pasó más</p>
<p>tiempo antes de que reapareciese; no puedo recordarlo, y no pretendo determinar fechas;</p>
<p>pero sé que volví a verlo en la iglesia y que después nos acompañó a casa. Además, entró</p>
<p>para ver un hermoso geranio que teníamos en la ventana del gabinete. No me pareció que</p>
<p>se fijaba mucho en el geranio; pero antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi</p>
<p>madre le dijo que cortara él mismo la que más le gustase; pero él se negó, no comprendí</p>
<p>por qué, y entonces mi madre, arrancando una florecita, se la dio. Él dijo que nunca,</p>
<p>nunca, se separaría de ella; y yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que no sabía</p>
<p>que al día siguiente estaría marchita.</p>
<p>Por aquella época, Peggotty empezó a estar menos con nosotros por las noches. Mi</p>
<p>madre la trataba con mucha deferencia (más que de costumbre me parecía a mí), y los</p>
<p>tres estábamos muy amigos, pero había algo distinto que nos hacía sentir violentos</p>
<p>cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pensaba que a Peggotty no le gustaba que mi</p>
<p>madre luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía guardados, ni que fuera tan a</p>
<p>menudo a casa de la misma vecina; pero no lograba comprender por qué.</p>
<p>Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al caballero de las patillas negras. Seguía sin</p>
<p>gustarme más que al principio y continuaba sintiendo los mismos celos, aunque sin más</p>
<p>razón para ello que una instintiva antipatía de niño y un vago sentimiento de que</p>
<p>Peggotty y yo debíamos bastar a mi madre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de</p>
<p>haber sido mayor, no hubiera encontrado estas razones, ni siquiera nada semejante. Podía</p>
<p>observar pequeñas cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo que estaba por</p>
<p>encima de mis fuerzas.</p>
<p>Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en el jardín, cuando míster Murdstone</p>
<p>(entonces ya sabía su nombre) pasó por allí a caballo. Se detuvo un momento a saludar a</p>
<p>mi madre, y dijo que iba a Lowestolf, donde tenía unos amigos, dueños de un yate, y me</p>
<p>propuso muy alegremente llevarme con él montado en la silla si me gustaba el paseo.</p>
<p>Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mientras piafaba y relinchaba a la puerta del</p>
<p>jardín, parecía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí grandes deseos de acompañarlos.</p>
<p>Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre tanto, míster Murdstone desmontó, y</p>
<p>con las bridas del caballo debajo del brazo se puso a pasear lentamente por el otro lado</p>
<p>del seto, mientras mi madre le acompañaba, paseando también lentamente, por dentro del</p>
<p>jardín. Me reuní con Peggotty y los dos nos pusimos a mirar desde la ventana de mi</p>
<p>cuarto. Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar el seto que había entre ellos</p>
<p>mientras andaban; y también que Peggotty, que estaba de muy buen humor, pasó en un</p>
<p>momento a todo lo contrario, y comenzó a peinarme de un modo violento.</p>
<p>Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando a lo largo del verde seto por el lado</p>
<p>del camino. Me sostenía cómodamente con un brazo; pero yo no podía estarme tan quieto</p>
<p>como de costumbre, y no dejaba de pensar a cada momento en volver la cabeza para</p>
<p>mirarle. Míster Murdstone tenía una clase de ojos negros «vacíos». No encuentro otra</p>
<p>palabra para definir esos ojos que no son profundos, en los que no se puede sumergir la</p>
<p>mirada y que cuando se abstraen parece, por una peculiaridad de luz, que se desfiguran</p>
<p>por un momento como una máscara. Varias de las veces que le miré le encontré con</p>
<p>aquella expresión, y me preguntaba a mí mismo, con una especie de terror, en qué estaría</p>
<p>pensando tan abstraído.</p>
<p>Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me parecieron más negros y más</p>
<p>abundantes;.nunca hubiera creído que fueran así. La parte inferior de su rostro era</p>
<p>cuadrada; esto y la sombra de su barba, muy negra, que se afeitaba cuidadosamente todos</p>
<p>los días, me recordaba una figura de cera que habían recibido haría unos seis meses en</p>
<p>nuestra vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el brillante colorido de su cutis (al</p>
<p>diablo su cutis y al diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de mis sentimientos,</p>
<p>que era un hombre muy guapo. No me extraña que mi pobre y querida madre pensara lo</p>
<p>mismo.</p>
<p>Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde encontramos a dos caballeros fumando en</p>
<p>una habitación. Cada uno estaba tumbado lo menos en cuatro sillas, y tenían puestas unas</p>
<p>chaquetas muy amplias. En un rincón había un montón de abrigos, capas para embarcarse</p>
<p>y una bandera, todo empaquetado junto.</p>
<p>Cuando entramos, los dos se levantaron perezosamente y dijeron:</p>
<p>-¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías muerto!</p>
<p>-Todavía no &#8211;dijo Murdstone.</p>
<p>-¿Y quién es este chico? -dijo, cogiéndome, uno de los caballeros.</p>
<p>-Es Davy &#8212;contestó Murdstone.</p>
<p>-Davy, ¿qué? &#8211;dijo el caballero-. ¿Jones?</p>
<p>-Copperfield -dijo Murdstone.</p>
<p>-¡Ah, vamos! ¡El estorbo de la seductora mistress Copperfield, la viudita bonita!</p>
<p>-exclamó el caballero.</p>
<p>-Quinion -dijo Murdstone-, tenga usted cuidado. Hay gente muy avispada.</p>
<p>-¿Quién? -preguntó el otro, riéndose.</p>
<p>Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha curiosidad por saber de quién hablaban.</p>
<p>-Hablo de Brooks de Shefield -dijo míster Murdstone.</p>
<p>Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de Brooks de Shefield, porque en el primer</p>
<p>momento había creído que hablaban de mí.</p>
<p>Debía de haber algo muy cómico en la fama de míster Brooks de Shefield, pues los</p>
<p>otros dos caballeros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster Murdstone también</p>
<p>pareció divertirle mucho. Después que hubieron reído un rato, el caballero a quien habían</p>
<p>llamado Quinion dijo:</p>
<p>-¿Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo que se refiere al asunto?</p>
<p>-No creo que Brooks entienda todavía mucho de ello -replicó míster Murdstone-; pero</p>
<p>en general no me parece favorable.</p>
<p>De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo que iba a mandar traer una botella de</p>
<p>sherry para brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio también a mí un poco con</p>
<p>un bizcocho, y antes de que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:</p>
<p>-¡A la confusión de Brooks de Shefield!</p>
<p>El brindis fue recibido con aplausos y grandes risas, lo que me hizo reír a mí también.</p>
<p>Entonces ellos rieron todavía más. En resumen, nos divertimos mucho.</p>
<p>Luego estuvimos paseando; después nos fuimos a sentar en la hierba, y más tarde lo</p>
<p>estuvimos mirando todo a través de un telescopio. Yo no podía ver nada cuando lo ponían</p>
<p>ante mis ojos, pero decía que veía muy bien. Después volvimos al hotel para almorzar.</p>
<p>Todo el tiempo que estuvimos en la calle los amigos de míster Murdstone fumaron sin</p>
<p>cesar, lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de estar haciendo desde que habían</p>
<p>salido los trajes de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a visitar el yate. Allí ellos</p>
<p>tres bajaron a una cabina donde estuvieron mirando unos papeles. Yo los veía</p>
<p>completamente entregados a su trabajo cuando se me ocurría mirar por la claraboya</p>
<p>entreabierta. Durante aquel tiempo me dejaron con un hombre encantador, con</p>
<p>abundantes cabellos rojos y un sombrero pequeño y barnizado encima. También llevaba</p>
<p>una camisa o un jersey rayado, sobre la que se veía escrito en letras mayúsculas Alondra.</p>
<p>Yo pensé que sería su nombre, y que, como vivía en un barco y no tenía puerta donde</p>
<p>ponerlo, se lo ponía encima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo que aquel no</p>
<p>era su nombre, sino el del barco.</p>
<p>Durante todo el día pude observar que míster Murdstone estaba más serio y silencioso</p>
<p>que los otros dos caballeros, los cuales parecían muy alegres y despreocupados, bromeando</p>
<p>de continuo entre ellos, pero muy rara vez con él. También me pareció que era más</p>
<p>inteligente y más frío y que lo miraban con algo del mismo sentimiento que yo</p>
<p>experimentaba. Pude observar que una o dos veces, cuando míster Quinion hablaba,</p>
<p>miraba de reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de que no le estaba</p>
<p>desagradando; y en otra ocasión, cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba más</p>
<p>entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le hizo señas con los ojos para que mirase a</p>
<p>míster Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso. No recuerdo que míster Murdstone</p>
<p>se riera en todo el día, excepto en el momento del brindis por Shefeld, y eso porque</p>
<p>había sido cosa suya.</p>
<p>Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy hermosa, y mi madre y él se pasearon</p>
<p>de nuevo a lo largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando míster Murdstone se</p>
<p>marchó, mi madre me estuvo preguntando qué había hecho durante el día y lo que habían</p>
<p>dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo</p>
<p>que eran unos impertinentes y que decían tonterías; pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía</p>
<p>con la misma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía a</p>
<p>míster Brooks de Shefield; pero me contestó que no, y que suponía que se trataría de</p>
<p>algún fabricante de cuchillos.</p>
<p>¿Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha cambiado y que no existe) ha</p>
<p>desaparecido para siempre, cuando todavía en este momento le estoy viendo ante mí tan</p>
<p>claro como el de una persona a quien se reconocería en medio de la multitud? ¿Cómo</p>
<p>decir que su inocencia y de su belleza infantil, han desaparecido, cuando todavía siento su</p>
<p>aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche? ¿Es posible que haya cambiado,</p>
<p>cuando mi imaginación me la trae todavía viva, y aquel verdadero cariño que sentía y que</p>
<p>sigo sintiendo, recuerda aún lo que más quería entonces?</p>
<p>Al referirme a ella la describo como era: cuando me fui aquella noche a la cama</p>
<p>después de charlar y cuando después vino ella a mi lecho a besarme, se arrodilló</p>
<p>alegremente al lado de mi camita y con la barbilla apoyada en sus manos y riendo me</p>
<p>dijo:</p>
<p>-¿Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo; ¡no lo puedo creer!</p>
<p>-La seductora&#8230; -empecé.</p>
<p>Mi madre puso sus manos sobre mis labios para interrumpirme.</p>
<p>-No sería seductora -dijo riendo-. No puede haber sido seductora, Davy. ¡Estoy segura</p>
<p>de que no era eso!</p>
<p>-Sí era: «la seductora mistress Copperfield» -repetí con fuerza-. Y «la bonita» .</p>
<p>-No, no; tampoco era bonita; no era bonita -interrumpió mi madre, volviendo a poner</p>
<p>sus dedos sobre mis labios.</p>
<p>-Sí era, sí: « la bonita viudita».</p>
<p>-¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! -exclamó mi madre riendo y cubriéndose el rostro con</p>
<p>las manos. ¡Qué hombres tan ridículos! Davy querido&#8230;</p>
<p>-¿Qué, mamá?</p>
<p>-No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos. Yo también estoy muy enfadada;</p>
<p>pero prefiero que Peggotty no lo sepa.</p>
<p>Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos todavía muchas veces, y pronto caí en un</p>
<p>profundo sueño.</p>
<p>Ahora, desde la distancia, me parece como si hubiera sido al día siguiente cuando</p>
<p>Peggotty me hizo la extravagante y aventurada proposición que voy a relatar, aunque es</p>
<p>muy probable que fuese dos meses después.</p>
<p>Una noche estábamos (como siempre cuando mi madre había salido) sentados, en</p>
<p>compañía del metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la catedral de Saint Paul en</p>
<p>la tapa y del libro del cocodrilo, cuando Peggotty, después de mirarme varias veces y</p>
<p>abrir la boca como si fuera a hablar, sin hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba;</p>
<p>de no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo cariñosamente:</p>
<p>-Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince días en casa de mi hermano, en</p>
<p>Yarmouth? ¿Te divertiría?</p>
<p>-¿Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty? -pregunté con precaución.</p>
<p>-¡Oh! ¡Ya lo creo que es un hombre simpático! -exclamó Peggotty levantando las</p>
<p>manos-. Y además allí tendrás el mar, y los barcos, y los buques grandes, y los pescadores,</p>
<p>y la playa, y a Ham para jugar.</p>
<p>Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencionado en el primer capítulo; pero</p>
<p>hablaba de él como de una parte de la gramática inglesa.</p>
<p>Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté que ya lo creo que me divertiría;</p>
<p>pero ¿qué diría mi madre?</p>
<p>-Apuesto una guinea -dijo Peggotty mirándome intensamente- a que nos deja. Si</p>
<p>quieres, se lo pregunto en cuanto vuelva. ¡Ahí mismo!</p>
<p>-Pero, ¿qué hará ella mientras no estemos? -dije, apoyando mis codos pequeños en la</p>
<p>mesa como para dar más fuerza a mi pregunta-. ¡No va a quedarse sola!</p>
<p>Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media era el roto que cosía, verdaderamente</p>
<p>debía de ser tan pequeño que no merecía la pena de repasarlo.</p>
<p>-Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podría vivir sola.</p>
<p>-¡Dios te bendiga! -exclamó al fin Peggotty, mirándome de nuevo-. ¿No lo sabes? Tu</p>
<p>madre va a pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress Grayper va a tener en su</p>
<p>casa mucha gente.</p>
<p>¡Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto a ir. Esperé con la más viva</p>
<p>impaciencia a que mi madre volviera de casa de mistress Grayper (pues estaba en casa de</p>
<p>aquella misma vecina) para estar seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea. Sin</p>
<p>ni mucho menos sorprenderse, como yo esperaba, mi madre consintió enseguida en ello;</p>
<p>y todo quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que pagarían por mi alojamiento y</p>
<p>manutención durante la visita.</p>
<p>El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían fijado tan cercano, que llegó pronto</p>
<p>hasta para mí, que lo esperaba con febril impaciencia y que temía que un temblor de</p>
<p>tierra, una erupción volcánica o cualquier otra gran convulsión de la naturaleza viniera a</p>
<p>interponerse interrumpiendo la expedición. Debíamos ir en el coche de un carretero que</p>
<p>partía por la mañana después del desayuno. Hubiera dado dinero por haber podido</p>
<p>vestirme la noche anterior y dormir ya con sombrero y botas.</p>
<p>¡Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parezca que lo digo como algo sin</p>
<p>importancia, la alegría con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar siquiera lo que</p>
<p>dejaba para siempre!</p>
<p>Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a la puerta y mi madre me besaba, una</p>
<p>gran ternura por ella y por el viejo lugar que nunca había abandonado me hizo llorar. Y</p>
<p>me gusta saber que mi madre también lloraba y que yo sentía latir su corazón contra el</p>
<p>mío.</p>
<p>Me gusta recordar que cuando el carro empezó a alejarse, mi madre corrió tras él por el</p>
<p>camino, mandándole parar, para darme más besos, y me gusta saber la gravedad y el cariño</p>
<p>con que apretaba su cara contra la mía, y yo también.</p>
<p>Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya partimos, míster Murdstone apareció a</p>
<p>su lado. Me pareció que le reprochaba el estar tan conmovida. Yo los miraba a través de</p>
<p>los barrotes del carro, preocupado con la idea de por qué ese señor se metería en aquello.</p>
<p>Peggotty, que también estaba mirando, no parecía nada satisfecha; se lo noté en cuanto</p>
<p>le miré a la cara.</p>
<p>Durante algún tiempo permanecí mirando a Peggotty y pensando que si ella quisiera</p>
<p>abandonarme, como a los niños en los cuentos de hadas, yo sería capaz de volver a encontrar</p>
<p>el camino de casa guiándome sólo por los botones que, seguramente, se le irían</p>
<p>cayendo.</p>
<p><b>CAPÍTULO III</b></p>
<p><b>UN CAMBIO</b></p>
<p>Quiero suponer que el caballo del carretero era el más perezoso del mundo, pues</p>
<p>caminaba muy despacio y con la cabeza baja, como si le gustase hacer esperar a la gente</p>
<p>a quien llevaba los encargos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se reía para sí al</p>
<p>pensar en ello. Sin embargo, el carretero me dijo que era tos porque había cogido un</p>
<p>constipado.</p>
<p>También él tenía la costumbre de llevar la cabeza baja, como su caballo, y mientras</p>
<p>conducía iba medio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y digo «conducía»</p>
<p>aunque a mí me pareció que el carro hubiera podido ir a Yarmouth exactamente igual sin</p>
<p>él; era evidente que el caballo no lo necesitaba; y en cuanto a dar conversación, no tenía</p>
<p>ni idea; sólo silbaba.</p>
<p>Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa cesta de provisiones, que hubiera</p>
<p>podido durarnos hasta Londres aunque hubiéramos continuado el viaje con el mismo</p>
<p>medio de transporte. Comíamos y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la barbilla</p>
<p>apoyada en el asa de la cesta, postura de la que ni por un momento se cansaba; y yo</p>
<p>nunca hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis propios oídos, que una mujer tan</p>
<p>débil roncase de aquel modo.</p>
<p>Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estuvimos tanto tiempo descargando la</p>
<p>armadura de una cama en una posada y llamando en otros muchos sitios, que estaba ya</p>
<p>cansadísimo, y me puse muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.</p>
<p>Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo largo del río me pareció que estaba</p>
<p>todo muy esponjoso y empapado, y no acertaba a comprender cómo si el mundo es realmente</p>
<p>redondo (según mi libro de geografía) una parte de él puede ser tan sumamente</p>
<p>plana. Imaginando que Yarmouth podía estar situada en uno de los polos, ya era más</p>
<p>explicable. Conforme nos acercábamos veíamos extenderse cada vez más el horizonte</p>
<p>como una línea recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna colina, o cosa</p>
<p>semejante, de vez en cuando, mejoraría mucho el paisaje, y que si la tierra estuviera un</p>
<p>poco más separada del mar y la ciudad menos sumergida en él, como un trozo de pan en</p>
<p>el caldo, sería mucho más bonito. Pero Peggotty me contestó, con más énfasis que de</p>
<p>costumbre, que había que tomar las cosas como eran, y que, por su parte, estaba orgullosa</p>
<p>de poder decir que era un «arenque» de Yarmouth.</p>
<p>Cuando salimos a la calle (que era completamente extraña y nueva para mí); cuando</p>
<p>sentí el olor del pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a los pescadores</p>
<p>paseando y las carretas de un lado para otro, comprendí que había sido injusto con un</p>
<p>pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peggotty, que escuchó mis expresiones de</p>
<p>entusiasmo con gran complacencia y me contestó que era cosa reconocida (supongo que</p>
<p>por todos aquellos que habían tenido la suerte de nacer « arenques») que Yarmouth era,</p>
<p>por encima de todo, el sitio más hermoso del universo.</p>
<p>-Allí veo a mi Ham. ¡Pero si está desconocido de lo que ha crecido -gritó Peggotty.</p>
<p>En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta de la posada, y me preguntó por mi</p>
<p>salud como a un antiguo conocido. Al principio me daba cuenta de que no le conocía</p>
<p>tanto como él a mí, pues el haber estado en casa la noche de mi nacimiento le daba, como</p>
<p>es natural, gran ventaja. Sin embargo, empezamos a intimar desde el momento en que me</p>
<p>cogió a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa. Ham era entonces un muchacho</p>
<p>grandón y fuerte, de seis pies de alto y bien proporcionado, con enormes espaldas redondas;</p>
<p>pero con una cara de expresión infantil y unos cabellos rubios y rizados que le</p>
<p>daban todo el aspecto de un cordero. Iba vestido con una chaqueta de lona y unos</p>
<p>pantalones tan tiesos, que se hubieran sostenido solos incluso sin piernas dentro.</p>
<p>Sombrero, en realidad, no se podía decir que llevaba, pues iba cubierto con una especie</p>
<p>de tejadillo algo embreado como un barco viejo.</p>
<p>Ham me llevaba a caballo encima de sus hombros, y con una de nuestras maletas</p>
<p>debajo del brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por senderos cubiertos con</p>
<p>montones de viruta y de montañitas de arena; después cerca de una fábrica de gas, por</p>
<p>delante de cordelerías, arsenales de construcción y de demolición, arsenales de calafateo,</p>
<p>de herrerías en movimiento y de muchos sitios análogos. Y por fin llegamos ante la vaga</p>
<p>extensión que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:</p>
<p>-Esta es nuestra casa, señorito Davy.</p>
<p>Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar en aquel desierto, por encima del mar y</p>
<p>por la orilla; pero no conseguí descubrir ninguna casa; allí había una barcaza negra o algo</p>
<p>parecido a una barca viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de hierro asomando</p>
<p>como una chimenea, del que salía un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pudiera</p>
<p>parecer una casa.</p>
<p>-¿No será eso? -dije- ¿Eso que parece una barca?</p>
<p>-Precisamente eso, señorito Davy -replicó Ham.</p>
<p>Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas sus maravillas, creo que no me hubiera</p>
<p>seducido más la romántica idea de vivir en él. Tenía una puerta bellísima, abierta en un</p>
<p>lado, y tenía techo y ventanas pequeñas; pero su mayor encanto consistía en que era un</p>
<p>barco de verdad, que no cabía duda que había estado sobre las olas cientos de veces y que</p>
<p>no había sido hecho para servir de morada en tierra firme. Eso era lo que más me</p>
<p>cautivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera parecido pequeña o incómoda o</p>
<p>demasiado aislada; pero no habiendo sido destinada a ese uso, resultaba una morada</p>
<p>perfecta.</p>
<p>Por dentro estaba limpia como los chorros del oro y lo más ordenada posible. Había una</p>
<p>mesa y un reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda una bandeja de té, en la que</p>
<p>había pintada una señora con una sombrilla paseándose con un niño de aspecto marcial</p>
<p>que jugaba al aro. La bandeja estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se hubiese</p>
<p>escurrido habría arrastrado en su caída gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que</p>
<p>estaban agrupados su alrededor. En las paredes había algunas láminas con marcos y</p>
<p>cristal: eran imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he podido verlas en manos de</p>
<p>los vendedores ambulantes sin contemplar al mismo tiempo el interior completo de la</p>
<p><i>casa </i>del hermano de Peggotty. Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, de</p>
<p>azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de leones, verdes, eran los más notables.</p>
<p>Sobre la repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgubre <i>Shara Jane</i>, comprado en</p>
<p>Sunderland, que tenía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de composición y de</p>
<p>carpintería que yo consideraba como una de las cosas más deseables que podía ofrecer el</p>
<p>mundo. En las vigas del techo había varios ganchos, cuyo uso no adiviné entonces;</p>
<p>algunos baúles y cajones servían de asiento, aumentando así el número de sillas.</p>
<p>Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de un primer vistazo, de acuerdo con mi</p>
<p>teoría de observación infantil. Después, Peggotty, abriendo una puertecita, me enseñó mi</p>
<p>habitación. Era la habitación más completa y deseable que he visto en mi vida. Estaba en</p>
<p>la popa del barco y tenía una ventanita, que era el sitio por donde antes pasaban el timón;</p>
<p>un espejito estaba colgado en la pared, precisamente a mi altura, con su marco de</p>
<p>conchas; también había un ramo de plantas marinas en un cacharro azul, encima de la</p>
<p>mesilla, y una cainita con el sitio suficiente para meterse en ella. Las paredes eran blancas</p>
<p>como la leche, y la colcha, hecha de retales, me cegaba con la brillantez de sus colores.</p>
<p>Una cosa que observé con interés en aquella deliciosa casita fue el olor a pescado; tan</p>
<p>penetrante, que cuando sacaba el pañuelo para sonarme olía como si hubiera servido para</p>
<p>envolver una langosta. Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, me dijo que su</p>
<p>hermano se dedicaba a la venta de cangrejos y langostas, y, en efecto, después encontré</p>
<p>gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No sabían estar un momento sin pinchar</p>
<p>todo lo que encontraban en un pequeño pilón de madera que había fuera de la casa, y en</p>
<p>el que también se metían los pucheros y cacerolas.</p>
<p>Fuimos recibidos por una mujer muy bien educada, que tenía un delantal blanco y a</p>
<p>quien yo había visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo reverencias en la</p>
<p>puerta cuando llegaba montado en Ham. A su lado estaba la niña más encantadora del</p>
<p>mundo (así me lo pareció), con un collar de perlas azules alrededor del cuello, pero que</p>
<p>no me dejó besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo. Después que hubimos</p>
<p>comido de una manera opípara pescado cocido, mantequilla y patatas, con una chuleta</p>
<p>para mí, un hombre de largos cabellos y cara de buena persona entró en la casa. Como</p>
<p>llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en la mejilla, no tuve la menor duda de</p>
<p>que era su hermano. En efecto, así me le presentaron: míster Peggotty, señor de la casa.</p>
<p>-Muy contento de verte -dijo míster Peggotty-; nos encontrará usted muy rudos,</p>
<p>señorito, pero siempre dispuestos a servirle.</p>
<p>Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de que sería feliz en un sitio tan</p>
<p>delicioso.</p>
<p>-¿Y cómo está su mamá? &#8211;dijo míster Peggotty-. ¿La ha dejado usted en buena salud?</p>
<p>Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien que podía desearse, y añadí que me había</p>
<p>dado muchos recuerdos para él, lo que era una mentira amable por mi parte.</p>
<p>-Le aseguro que se lo agradezco mucho -dijo míster Peggotty-. Muy bien, señorito; si</p>
<p>puede usted estarse quince días contento entre nosotros &#8211;dijo mirando a su hermana, a</p>
<p>Ham y a la pequeña Emily-, nosotros, muy orgullosos de su compañía.</p>
<p>Después de hacerme los honores de su casa de la manera más hospitalaria, míster</p>
<p>Peggotty fue a lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el agua fría no era</p>
<p>suficiente para limpiarle». Pronto volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado que</p>
<p>no pude por menos que pensar que su rostro era semejante a las langostas y cangrejos que</p>
<p>vendía, que entraban en el agua caliente muy negros y salían rojos.</p>
<p>Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerrada y la habitación confortable (las</p>
<p>noches eran frías y brumosas entonces), me pareció que aquel era el retiro más delicioso</p>
<p>que la imaginación del hombre podía concebir. Oír el viento sobre el mar, saber que la</p>
<p>niebla invadía poco a poco aquella desolada planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y</p>
<p>pensar que en los alrededores no había más casa que aquella y que, además, era un barco,</p>
<p>me parecía cosa de encantamiento.</p>
<p>La pequeña Emily ya había vencido su timidez y estaba sentada a mi lado en el más</p>
<p>bajo de los cajones, que era precisamente del ancho suficiente para nosotros dos y parecía</p>
<p>estar a propósito esperándonos en un rincón al lado del fuego.</p>
<p>Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía media al otro lado del hogar. Peggotty</p>
<p>y su labor, con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encontraban tan completamente a sus</p>
<p>anchas como si nunca hubieran conocido otra casa. Ham había estado dándome una</p>
<p>primera lección a cuatro patas con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de recordar</p>
<p>cómo se decía la buenaventura, a iba dejando impresa la marca de su pulgar en cada una</p>
<p>de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí que era un momento propicio para la</p>
<p>conversación y las confidencias:</p>
<p>-Mister Peggotty -dije.</p>
<p>-Señorito &#8211;dijo él.</p>
<p>-¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive usted en una especie de</p>
<p>arca?</p>
<p>Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta como una idea profunda; pero me</p>
<p>contestó:</p>
<p>-Yo nunca le he puesto ningún nombre.</p>
<p>-¿Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo a míster Peggotty la pregunta número</p>
<p>dos del catecismo.</p>
<p>-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.</p>
<p>-¡Yo creía que era usted su padre!</p>
<p>-Mi hermano Joe era su padre &#8211;dijo.</p>
<p>-¿Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, después de una pausa respetuosa.</p>
<p>-Ahogado -dijo míster Peggotty.</p>
<p>Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggotty no fuese el padre de Ham, y empecé</p>
<p>a temer si no estaría también equivocado sobre el parentesco de todos los demás. Tenía</p>
<p>tanta curiosidad por saberlo, que me decidí a seguir preguntando:</p>
<p>-Pero la pequeña Emily -dije mirándola-, ¿esa sí es su hija? ¿No es así, míster</p>
<p>Peggotty?</p>
<p>-No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.</p>
<p>No pude resistirlo a insinué, después de otro silencio respetuoso:</p>
<p>-¿Ha muerto, míster Peggotty?</p>
<p>-Ahogado &#8211;dijo mister Peggotty.</p>
<p>Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo asunto; pero me interesaba llegar al</p>
<p>fondo del asunto y dije:</p>
<p>-Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster Peggotty?</p>
<p>-No, señorito -me contestó con una risa corta&#8212;, soy soltero.</p>
<p>-¡Soltero! -exclamé atónito- Entonces ¿quién es esa, míster Peggotty? -dije apuntando a</p>
<p>la mujer del delantal blanco, que estaba haciendo media.</p>
<p>-Esa es mistress Gudmige &#8211;dijo míster Peggotty.</p>
<p>-¿Gudmige, míster Peggotty?</p>
<p>Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi Peggotty particular) empezó a</p>
<p>hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera preguntando, que no tuve más</p>
<p>remedio que sentarme y mirar a toda la silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de</p>
<p>acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y</p>
<p>Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en</p>
<p>diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de</p>
<p>un socio suyo que había muerto muy pobre.</p>
<p>-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo Peggotty-, pero tan bueno como el oro y</p>
<p>fuerte como el acero.</p>
<p>Estos eran sus símiles.</p>
<p>Y el único asunto, según me dijo, que le encolerizaba y sacaba de sus casillas era que se</p>
<p>hablase de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la conversación daba con su</p>
<p>mano derecha un violento puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la rompió) y</p>
<p>juraba con una horrible blasfemia que tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si</p>
<p>volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que hice nadie pudo darme la menor</p>
<p>explicación gramatical sobre aquella terrible frase «tomar el portante», que todos ellos</p>
<p>consideraban como si constituyese la más solemne imprecación.</p>
<p>Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped mientras oía a las mujeres, que se</p>
<p>acostaban en otra cama como la mía en el extremo opuesto del barco, y a él y a Ham colgando</p>
<p>dos hamacas, donde dormían, en los ganchos que había visto en el techo; y en el</p>
<p>más eufórico estado de ánimo me iba quedando dormido. Conforme el sueño se</p>
<p>apoderaba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y por la llanura con tal fiereza,</p>
<p>que sentí un cobarde temor de la gran oscuridad creciente de la noche. Pero me convencí</p>
<p>a mí mismo de que después de todo estábamos en un barco, y que un hombre como</p>
<p>míster Peggotty no era grano de anís a bordo, en caso de que ocurriera algo.</p>
<p>Sin embargo, nada sucedió hasta que me desperté por la mañana. En cuanto el sol se</p>
<p>reflejó en el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y corrí con la pequeña</p>
<p>Emily a coger caracoles en la playa.</p>
<p>-¿Tú serás ya casi un marinero, supongo? -dije a Emily.</p>
<p>No es que supusiera nada; pero sentía que era un deber de galantería decirle algo; y</p>
<p>viendo en aquel momento reflejarse la blancura deslumbrante de una vela en sus ojos claros,</p>
<p>se me ocurrió aquello.</p>
<p>-No &#8211;dijo Emily, sacudiendo su cabecita&#8212;, me da mucho miedo el mar.</p>
<p>-¡Miedo! -dije con aire suficiente y mirando muy fijo al océano inmenso- A mí no me</p>
<p>da miedo.</p>
<p>-¡Ah!, pero es tan malo a veces -dijo Emily-. Yo le he visto ser muy cruel con algunos</p>
<p>de nuestros hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco tan grande como nuestra</p>
<p>casa.</p>
<p>-Espero que no fuera el barco en que&#8230;</p>
<p>-¿En el que mi padre murió ahogado? &#8211;dijo Emily. No, no era aquel. Yo no he visto</p>
<p>nunca aquel barco.</p>
<p>-¿Ni tampoco a él? -le pregunté.</p>
<p>Emily sacudió la cabecita.</p>
<p>-Que yo recuerde, no.</p>
<p>¡Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a explicar cómo yo tampoco había visto</p>
<p>nunca a mi padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre solos en el estado de</p>
<p>mayor felicidad imaginable, y así vivíamos todavía, y así viviríamos siempre. También le</p>
<p>conté que la tumba de mi padre estaba en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la</p>
<p>sombra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme muchas mañanas para oír cantar a los</p>
<p>pájaros. Sin embargo, parece ser que había algunas diferencias entre la orfandad de Emily</p>
<p>y la mía. Ella había perdido a su madre antes que a su padre, y nadie sabía dónde estaba</p>
<p>la tumba de este último, aunque era de suponer que estaba en cualquier sitio de las</p>
<p>profundidades del mar.</p>
<p>-Y además &#8211;dijo Emily mientras buscaba conchas y piedras- tu padre era un caballero y</p>
<p>tu madre una señora; y mi padre era pescador y mi madre hija de un pescador, y mi tío</p>
<p>Dan también es pescador.</p>
<p>-¿Dan es míster Peggotty? &#8211;dije yo.</p>
<p>-El tío Dan -contestó Emily, señalando el barco-casa.</p>
<p>-Sí, a él me refiero. ¿,Debe de ser muy bueno, verdad?</p>
<p>-¿Bueno? -dijo Emily-. Si yo fuera señora, le daría una chaqueta azul cielo con botones</p>
<p>de diamantes, un pantalón con su espada, un chaleco de terciopelo rojo, un sombrero de</p>
<p>tres picos, un gran reloj de oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.</p>
<p>Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno de todos aquellos tesoros; pero debo</p>
<p>confesar que me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la indumentaria propuesta por</p>
<p>su agradecida sobrina y, principalmente, de lo que más dudaba era de la utilidad del</p>
<p>sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé aquellos pensamientos para mí.</p>
<p>La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas maravillas, se había parado y miraba</p>
<p>al cielo como si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos pusimos a buscar guijarros</p>
<p>y conchas.</p>
<p>-¿Te gustaría ser una dama? -le dije.</p>
<p>Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que sí.</p>
<p>-Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos damas y caballeros: yo, mi tío,</p>
<p>Ham y mistress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta.</p>
<p>Quiero decir por nosotros mismos, pues estoy segura de que nos preocuparíamos mucho</p>
<p>por los pobres pescadores y los ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún percance.</p>
<p>Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo encontré bastante probable, y expresé la</p>
<p>alegría que me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo entonces el valor de</p>
<p>decirme, tímidamente:</p>
<p>-Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?</p>
<p>En aquel momento el mar estaba lo bastante en calma como para no asustarme; pero no</p>
<p>dudo de que si hubiera visto una ola moderadamente grande avanzar hacia mí hubiese</p>
<p>huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin embargo, le</p>
<p>contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco me parece que le temas como dices», pues en</p>
<p>aquel momento andaba por el borde de una especie de antiguo rompeolas de madera, por</p>
<p>el que nos habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera a caer.</p>
<p>-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo cuando ruge, y tiemblo pensando en</p>
<p>el tío Dan y en Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso es por lo que me</p>
<p>gustaría ser una dama. Pero de esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!</p>
<p>Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr por un madero que, saliendo del sitio</p>
<p>en que estábamos, dominaba el agua profunda desde bastante altura y sin la menor</p>
<p>protección.</p>
<p>El incidente está tan grabado en mi memoria, que si fuera pintor podría dibujarlo ahora</p>
<p>tan claramente como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo hacia su muerte</p>
<p>(como entonces me pareció), con una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo lejos,</p>
<p>hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil, volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo</p>
<p>me reí de mis temores y del grito inútil que había dado, pues además no había nadie</p>
<p>cerca. Pero ha habido veces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que he pensado</p>
<p>que era posible (entre las posibilidades de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita</p>
<p>temeridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejanía cierto instintivo placer por el</p>
<p>peligro, como una atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de que su vida podía</p>
<p>terminar ese mismo día. Hubo un tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pensaba</p>
<p>que si la vida que esperaba a la niña me hubiera sido revelada en un momento, y de tal</p>
<p>modo que mi inteligencia infantil hubiera podido comprendería por completo, y si su</p>
<p>conservación hubiese dependido de un movimiento de mi mano, ¿debería haberío hecho?</p>
<p>Y durante cierto tiempo (no digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurrido) he</p>
<p>llegado a preguntarme si no habría sido mejor para ella que las aguas se hubiesen cerrado</p>
<p>sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he contestado: «Sí; más habría valido». Pero</p>
<p>esto es quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin embargo, no importa: dicho</p>
<p>está.</p>
<p>Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas que nos parecían muy curiosas, y</p>
<p>volvimos a poner cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar (yo en aquel tiempo</p>
<p>no conocía lo bastante la especie para saber si nos lo agradeeerían o no), y por fin</p>
<p>emprendimos el camino a la morada de míster Peggotty. Nos detuvimos un momento</p>
<p>debajo del pilón de las langostas para cambiar un inocente beso y entramos a desayunar</p>
<p>resplandecientes de salud y de alegría.</p>
<p>-Como dos tortolitos -dijo míster Peggotty.</p>
<p>No hay que decir que estaba enamorado de la pequeña Emily. Estoy seguro de que la</p>
<p>amaba con mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor pureza y desinterés del</p>
<p>que pueda haber en el mejor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantasía creaba</p>
<p>alrededor de aquella niña de ojos azules algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero</p>
<p>ángel; tanto es así, que si en una mañana radiante la hubiera visto desplegar sus alas y</p>
<p>desaparecer volando ante mis ojos, no me habría parecido extraño ni imposible.</p>
<p>Acostumbrábamos a pasear cariñosamente horas y horas por la monótona llanura de</p>
<p>Yarmouth. Y los días discurrían por nosotros como si el tiempo tampoco pasara y,</p>
<p>convertido en niño, estuviera siempre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a Emily</p>
<p>que la adoraba, y que si ella no confesaba adorarme también me vería obligado a</p>
<p>atravesarme con una espada. Y ella me respondía que sí con cariño, y estoy seguro de que</p>
<p>era así.</p>
<p>En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condiciones, o en nuestra juventud, o</p>
<p>en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no</p>
<p>se nos ocurría pensar en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más</p>
<p>adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.</p>
<p>Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de admirarnos, y cuchicheaban por la noche,</p>
<p>cuando estábamos tiernamente sentados uno al lado del otro en nuestro cajoncito: «Dios</p>
<p>mío, ¿pero no es un encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su pipa, y Ham se</p>
<p>pasaba la noche haciendo gestos de satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que</p>
<p>encontraban en nosotros la misma satisfacción que encontrarían en un juguete bonito o en</p>
<p>un modelo de bolsillo del Coliseo.</p>
<p>Pronto me pareció que mistress Gudmige no era siempre todo lo agradable que podía</p>
<p>esperarse, dadas las circunstancias de su residencia en aquella casa. Mistress Gudmige estaba</p>
<p>casi siempre de mal humor y se quejaba más de lo debido, para no incomodar a los</p>
<p>demás en un sitio tan chico. Lo sentí mucho por ella; pero había momentos en que habría</p>
<p>sido más agradable (yo creo) si mistress Gudmige hubiera tenido una habitación para ella</p>
<p>sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su buen humor.</p>
<p>Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una taberna llamada «La Afición». Lo</p>
<p>descubrí porque la segunda o tercera noche después de nuestra llegada, antes de que él</p>
<p>volviera, mistress Gudmige miraba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo que</p>
<p>míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que es más, que desde por la mañana sabía que</p>
<p>iría.</p>
<p>Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde se había deshecho en llanto porque</p>
<p>salía humo de la lumbre.</p>
<p>-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las palabras de mistress Gudmige cuando</p>
<p>ocurrió aquella desgracia-, todo va contra mí.</p>
<p>-Eso pasa pronto &#8211;dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)-, y además,</p>
<p>como usted puede comprender, no es menos desagradable para nosotros que para usted.</p>
<p>-¡Yo lo siento más! &#8211;exclamó mistress Gudmige.</p>
<p>Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío. Mistress Gudmige estaba en su rincón</p>
<p>de costumbre al lado del fuego, que a mí me parecía el más calentito y confortable, y su</p>
<p>silla era sin duda la más cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba</p>
<p>constantemente del frío, diciendo que le producía un dolor en la espalda, que llamaba «</p>
<p>hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llorar, repitiendo que « era una criatura sola</p>
<p>y sin recursos, y que todo iba contra ella».</p>
<p>-Es verdad que hace mucho frío &#8211;dijo Peggotty-; pero todos lo sentimos igual.</p>
<p>-¡Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gudmige.</p>
<p>Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la servía inmediatamente después</p>
<p>que a mí, que se me daba preferencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado</p>
<p>le pareció pequeño y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que</p>
<p>aquello nos decepcionaba; pero ella dijo que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de</p>
<p>nuevo, haciendo aquella formal declaración con gran amargura.</p>
<p>Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso de las nueve, la desgraciada mistress</p>
<p>Gudmige hacía media en su rincón con el aspecto más miserable del mundo. Peggotty</p>
<p>trabajaba alegremente; Ham estaba arreglando un gran par de botas de agua, y yo y</p>
<p>Emily, sentados uno al lado del otro, leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que</p>
<p>tomamos el té, no había hecho más observación que lanzar un suspiro desolado, y</p>
<p>después no volvió a levantar los ojos.</p>
<p>-Bien, compañeros -dijo míster Peggotty sentándose-: ¿cómo vamos?</p>
<p>Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la bienvenida, excepto mistress Gudmige,</p>
<p>que únicamente inclinó más su cabeza sobre la labor.</p>
<p>-¿Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una palmada-. ¡Vamos, valor, vieja</p>
<p>comadre!</p>
<p>Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a tener valor. Sacó un viejo pañuelo negro</p>
<p>de seda para enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárselos y de nuevo volvió a</p>
<p>dejarlo fuera preparado para otra ocasión.</p>
<p>-¿Qué pasa, mujer? -repitió míster Peggotty.</p>
<p>-Nada -respondió mistress Gudmige-. ¿Viene usted de «La Afición», Dan?</p>
<p>-Sí; esta noche le he hecho una visita &#8211;dijo míster Peggotty.</p>
<p>-Me apena mucho el obligarle a ir allí -dijo mistress Gudmige.</p>
<p>-¡Obligarme! Si no necesito que me obliguen -respondió míster Peggotty con una risa</p>
<p>franca-. Estoy siempre dispuesto a ir.</p>
<p>-Muy dispuesto &#8211;dijo mistress Gudmige, sacudiendo la cabeza y enjugándose los ojos</p>
<p>de nuevo, Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me entristece, que sea por mi</p>
<p>culpa por lo que está usted tan dispuesto.</p>
<p>-¡Por su culpa! No es por su culpa -dijo míster Peggotty-, no lo crea.</p>
<p>-Sí, sí lo es &#8211;exclamó ella-. Yo sé lo que me digo. Yo sé que soy una criatura sola y sin</p>
<p>recursos, y que no solamente todo va contra mí, sino que yo contrarío a todo el mundo.</p>
<p>Sí, sí, yo siento más que los demás y lo demuestro más, ¡esa es mi desgracia!</p>
<p>Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía todo aquello, que la desgracia se</p>
<p>extendía a algunos otros miembros de la familia además de a ella. Pero a míster Peggotty</p>
<p>no se le ocurrió hacer semejante observación, limitándose a contestarla con otro ruego</p>
<p>para que tuviera valor.</p>
<p>-Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo que soy. Mis desgracias me han</p>
<p>agriado. Las siento, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir, pero siento. Quisiera</p>
<p>poder ser dura de corazón; pero no puedo. Hago la casa insoportable, y no me sorprende.</p>
<p>Hoy mismo he estado todo el día molestando a su hermana y al señorito Davy.</p>
<p>Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran turbación:</p>
<p>-¡No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gudmige!</p>
<p>-Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría ir al asilo y morir allí. Soy una</p>
<p>criatura sola y sin recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fastidiando. Sí, las cosas</p>
<p>van contra mí, y yo también voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la contraria en el</p>
<p>asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y le libre de esta pejiguera.</p>
<p>Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y se metió en la cama. Cuando se hubo</p>
<p>marchado, míster Peggotty, que sólo había demostrado un sentimiento de profunda</p>
<p>simpatía, nos miró a todos, y moviendo la cabeza todavía con una marcada expresión del</p>
<p>mismo sentimiento, dijo en un murmullo:</p>
<p>-Es que ha estado pensando en el «viejo» .</p>
<p>Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien suponían que tenía puesto el</p>
<p>pensamiento mistress Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me explicó que se</p>
<p>trataba del difunto míster Gudmige, y que su hermano siempre la compadecía muy</p>
<p>sinceramente en aquellas ocasiones y hasta se conmovía. Un rato después, cuando ya se</p>
<p>había acostado en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha estado pensando en el</p>
<p>viejo». Y siempre que mistress Gudmige estuvo de aquel humor, durante nuestra estancia</p>
<p>allí (lo que sucedía muy a menudo), él repetía la misma disculpa, siempre con igual</p>
<p>conmiseración.</p>
<p>Así pasaron los quince días, sin más variación que las de las mareas, que alteraban las</p>
<p>horas de ir y venir de míster Peggotty, y también las ocupaciones de Ham. Este último,</p>
<p>cuando no tenía trabajo, se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los barcos y los</p>
<p>buques, y una o dos veces nos embarcó con él. No sé por qué a veces una ligera</p>
<p>impresión se asocia más particularmente con un sitio que otras, aunque creo que esto le</p>
<p>sucede a la mayoría de la gente; sobre todo me refiero a las asociaciones de la infancia.</p>
<p>Nunca he oído o leído el nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto domingo</p>
<p>por la mañana en la playa: las campanas sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se</p>
<p>apoyaba en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras al agua; y el sol, a lo lejos,</p>
<p>en el mar, salía de la niebla como su propio espectro.</p>
<p>Por último llegó el día de volver a casa. Tenía valor para separarme de míster Peggotty</p>
<p>y de mistress Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a la pequeña Emily era</p>
<p>agudísima. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en el camino,</p>
<p>le prometí escribirle (más adelante cumplí mi promesa con letras más grandes que las de</p>
<p>los anuncios que se ponen en los pisos para alquilar). A1 partir, nuestra emoción fue</p>
<p>enorme, y si alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío en mi corazón, fue aquel</p>
<p>día.</p>
<p>Durante el tiempo de mi visita me había despreocupado de mi casa, y había pensado</p>
<p>poco o nada en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi infantil conciencia</p>
<p>parecía reprochármelo, señalándome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido estaba mi</p>
<p>espíritu, más sentía que aquél era mi refugio y mi madre la amiga que mas me consolaba.</p>
<p>Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez con mayor fuerza a medida que</p>
<p>avanzábamos y que las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y me sentía cada vez</p>
<p>más excitado por el deseo de encontrarme en sus brazos.</p>
<p>Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba de calmarla (aunque muy tiernamente)</p>
<p>y parecía confusa y descontenta.</p>
<p>A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a nuestro encuentro en cuanto quisiera el</p>
<p>caballo del carretero. Y ¡qué bien recuerdo cómo lo vi en aquella tarde fría y gris, con el</p>
<p>cielo nublado amenazando lluvia!</p>
<p>La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad llorando, con la agitación de mi</p>
<p>alegría. Pero ¡no era mamá!; era una criada extraña.</p>
<p>-¡Cómo, Peggotty! -dije tristemente-. ¿Será que mamá no ha vuelto todavía a casa?</p>
<p>-Sí, sí, Davy -dijo Peggotty-; ha vuelto. Espera un momento y te&#8230; diré una cosa.</p>
<p>Entre su nerviosismo y su natural torpeza al bajarse del carro, Peggotty estaba haciendo</p>
<p>las contorsiones más extravagantes; pero yo estaba demasiado desconcertado para decirle</p>
<p>nada. Cuando bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para mí, me metió en la</p>
<p>cocina y cerró la puerta.</p>
<p>-¡Peggotty! -dije completamente asustado&#8212;. ¿Qué sucede?</p>
<p>-No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Davy! -contestó fingiendo alegría.</p>
<p>-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está mamá?</p>
<p>-¿Dónde está mamá, señorito Davy? -me imitó Peggotty.</p>
<p>-Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!</p>
<p>Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como si fuera a caerme.</p>
<p>-¡Dios te bendiga, niño querido! &#8211;exclamó Peggotty sosteniéndome-. Pero ¿qué te</p>
<p>pasa? ¡Habla, pequeño!</p>
<p>-¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto, Peggotty?</p>
<p>-No -gritó Peggotty con una energía de voz atronadora.</p>
<p>Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aquello había sido un golpe tremendo.</p>
<p>Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para darle otro más directo, y después</p>
<p>permanecí en pie ante ella, mirándola ansiosamente.</p>
<p>-¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes -dijo Peggotty-; pero no he encontrado</p>
<p>oportunidad. Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.</p>
<p>Estas fueron, exactamente, las palabras de Peggotty.</p>
<p>-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que antes.</p>
<p>-Señorito Davy -dijo Peggotty desanudando su cofia de un manotazo y hablando de una</p>
<p>manera entrecortada-. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente que tienes de nuevo un papá.</p>
<p>Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) unido con la tumba del cementerio</p>
<p>y la resurrección de los muertos pareció rozarme como un viento mortal.</p>
<p>-Otro nuevo -añadió Peggotty.</p>
<p>-¿Otro nuevo? -repetí yo.</p>
<p>Peggotty tosió un poco, como si se hubiera tragado algo demasiado duro, y</p>
<p>agarrándome de la manga dijo:</p>
<p>-Ven a verle.</p>
<p>-No lo quiero ver.</p>
<p>-Y a tu mamá -dijo Peggotty.</p>
<p>Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón, donde ella me dejó.</p>
<p>A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre; al otro, míster Murdstone. Mi</p>
<p>madre dejó caer su labor y se levantó precipitadamente; pero me pareció que con timidez.</p>
<p>-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-, ¡acuérdate! ¡Hay que dominarse</p>
<p>siempre! ¡Dominarse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?</p>
<p>Le di la mano. Después de un momento de duda fui y besé a mi madre; ella me besó y</p>
<p>me acarició dulcemente en el hombro. Después se volvió a sentar con su labor. Yo no</p>
<p>podía mirarla; tampoco podía mirarle a él. Estaba convencido de que nos observaba, y me</p>
<p>volví hacia la ventana y miré los arbustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude</p>
<p>escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y querida alcoba no existía; tenía que</p>
<p>habitar mucho más lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza de encontrar algo</p>
<p>que no hubiera cambiado. Todo estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento tuve</p>
<p>que salir huyendo, pues de la caseta de perro, antes abandonada, salió un perrazo (de</p>
<p>profundas fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia hacia mí, como para</p>
<p>morderme.</p>
<p><b>CAPÍTULO IV</b></p>
<p><b>CAIGO EN DESGRACIA</b></p>
<p>Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la habitación donde me habían trasladado</p>
<p>(¿quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría decir con qué tristeza en el</p>
<p>corazón entré en ella. Subí la escalera oyendo al perro, que seguía ladrándome desde el</p>
<p>patio. La habitación me pareció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo. Sentado con</p>
<p>las manos cruzadas pensaba&#8230;, pensaba en las cosas más raras: en la forma de la</p>
<p>habitación, en las grietas del techo, en el papel de las paredes, en los defectos de los</p>
<p>cristales de la ventana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en el lavabo con sus</p>
<p>tres patas, que debía de tener aspecto de descontento o algo así, porque no sé por qué me</p>
<p>recordaba a mistress Gudmige los días en que estaba bajo la influencia del recuerdo del</p>
<p>«viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque me sentía muy desgraciado y muerto</p>
<p>de frío, no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, empecé a darme cuenta de</p>
<p>que estaba apasionadamente enamorado de la pequeña Emily y de que me habían</p>
<p>separado de ella para traerme aquí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más</p>
<p>me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por hacerme un ovillo debajo de las mantas y</p>
<p>dormirme llorando.</p>
<p>Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al mismo tiempo destapaban mi cabeza</p>
<p>ardiente. Mi madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas la que había hablado.</p>
<p>-Davy &#8211;dijo mi madre-, ¿qué te pasa?</p>
<p>Pensé que era muy extraño que me preguntara aquello, y contesté:</p>
<p>-Nada.</p>
<p>Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor de mis labios le hubiera contestado con</p>
<p>mayor claridad.</p>
<p>-¡Davy -repitió mi madre-, Davy! ¡Hijo mío!</p>
<p>No hubiera podido pronunciar otras palabras que me emocionaran más en aquel</p>
<p>momento que decirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almohada, y la rechacé con</p>
<p>la mano cuando quiso atraerme a ella.</p>
<p>-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi madre-. Estoy segura de que tienes la</p>
<p>culpa, y me sorprende que tengas conciencia para poner a mi hijo contra mí o contra</p>
<p>cualquiera de los que yo quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?</p>
<p>La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos al cielo, contestó con una especie de</p>
<p>oración de gracias que yo solía repetir después de comer:</p>
<p>-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo que ha dicho, y que nunca tenga que</p>
<p>arrepentirse de ello.</p>
<p>-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. ¡Y en mi luna de miel, cuando mi más</p>
<p>cruel enemigo no sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y de felicidad! Davy,</p>
<p>eres un niño muy malo. Peggotty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! -gritaba mi</p>
<p>madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en su irritación caprichosa&#8212;. ¡Qué triste es</p>
<p>la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho para esperar que sea lo más</p>
<p>agradable posible!</p>
<p>Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no era la suya ni la de Peggotty, y me</p>
<p>deslicé al suelo, al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me cogía de un brazo, diciendo:</p>
<p>-¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvidado? Firmeza, querida.</p>
<p>-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me proponía ser buena; pero ¡estoy tan</p>
<p>desesperada &#8230;!</p>
<p>-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte decir eso tan pronto, Clara.</p>
<p>-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora -insistió mi madre a punto de llorar-.</p>
<p>¿No te parece que es cruel?</p>
<p>Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la besó. Y yo supe para siempre, cuando</p>
<p>vi la cabeza de mi madre apoyada en su hombro y su brazo rodeándole el cuello, supe</p>
<p>perfectamente que la naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como él quisiera. Lo</p>
<p>supe desde entonces, y así fue.</p>
<p>-Vete, amor mío &#8211;dijo míster Murdstone-. David y yo bajaremos juntos. Amiga mía</p>
<p>&#8211;dijo, volviéndose hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió mi madre, despidiéndose</p>
<p>de ella con una sonrisa-. ¿Sabe usted el nombre de su señora?</p>
<p>-Hace mucho tiempo que la sirvo, señor -contestó Peggotty-; debo saberlo.</p>
<p>-Es verdad -contestó él-; pero me parece que cuando subía las escaleras le oí a usted</p>
<p>dirigirse a ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe usted que ha tomado el mío.</p>
<p>¡Acuérdese!</p>
<p>Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una reverencia y salió sin replicar,</p>
<p>dándose cuenta de que era lo que él esperaba y de que no tenía excusa para continuar allí.</p>
<p>Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone cerró la puerta y se sentó en una silla</p>
<p>ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos clavados no menos intensamente</p>
<p>en los suyos. ¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo estábamos así, cara a</p>
<p>cara, me parece oír de nuevo latir mi corazón.</p>
<p>-David -me dijo con sus labios (delgados de apretarse tanto uno con otro)-: si tengo que</p>
<p>domar a un caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que hago?</p>
<p>-No lo sé.</p>
<p>-Lo azoto.</p>
<p>Le había contestado débilmente, casi en un susurro; pero ahora en mi silencio sentía</p>
<p>que la respiración me faltaba por completo.</p>
<p>-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de dominarlo, y aunque le haga derramar</p>
<p>toda la sangre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que tienes en la cara?</p>
<p>-Barro -dije.</p>
<p>Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis lágrimas; pero aunque me hubiera</p>
<p>hecho la pregunta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo que mi corazón de niño</p>
<p>se hubiese roto antes que confesárselo.</p>
<p>-Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia -me dijo con su grave sonrisa habitual-,</p>
<p>y veo que me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.</p>
<p>Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a mistress Gudmige, y me hacía gestos de</p>
<p>que le obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un poco; ahora no tengo la menor</p>
<p>duda de que me habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no le hubiera obedecido.</p>
<p>-Clara, querida mía -dijo cuando, después de haber hecho lo que me ordenaba, me</p>
<p>condujo al gabinete sin soltarme del brazo-; espero que no vuelvan a atormentarte. Pronto</p>
<p>corregiremos este joven carácter.</p>
<p>Dios es testigo de que podían haberme corregido para toda la vida, y hasta quizá habría</p>
<p>sido otra persona distinta si en aquella ocasión me hubieran dicho una palabra de cariño:</p>
<p>una palabra de ánimo, de explicación, de piedad, para mi infantil ignorancia, de</p>
<p>bienvenida a la casa; tranquilizándome, convenciéndome de que aquella sería siempre mi</p>
<p>casa; así podían haberme hecho obedecer de corazón en lugar de asegurarse una</p>
<p>obediencia hipócrita; podían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio. Creo que a</p>
<p>mi madre la entristeció verme de pie en medio de la habitación, tan tímido y extraño, y</p>
<p>que cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más tristes todavía, prefiriendo quizá el</p>
<p>antiguo atrevimiento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no fue dicha, y el tiempo</p>
<p>oportuno para ello pasó.</p>
<p>Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamorado de mi madre; pero no por eso le</p>
<p>juzgué mejor, y ella estaba enamoradísima de él. Comprendí, por lo que decían, que una</p>
<p>hermana mayor de míster Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría aquella misma</p>
<p>noche. No estoy seguro de si fue entonces o después cuando supe que, sin estar activamente</p>
<p>en ningún negocio, tenía parte, o cobraba una renta anual, en el beneficio de una</p>
<p>casa comercial de vinos de Londres, con la que su familia contaba siempre desde los</p>
<p>tiempos de su abuelo y en la que su hermana tenía un interés igual al suyo; pero lo</p>
<p>mencionó por casualidad.</p>
<p>Después de comer, cuando estábamos sentados ante la chimenea y yo meditaba el modo</p>
<p>de escaparme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo por temor a ofender al dueño</p>
<p>de la casa, se oyó el ruido de un coche que se paraba delante de la verja, y míster</p>
<p>Murdstone salió a recibir al visitante. Mi madre le siguió. Yo también fui detrás, tímidamente.</p>
<p>Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras, mamá se volvió, y</p>
<p>cogiéndome en sus brazos, como acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que amara a</p>
<p>mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto apresurada y furtivamente, como si fuera un</p>
<p>pecado, pero con mucha ternura, y después, dejando colgar un brazo, conservó en su</p>
<p>mano la mía hasta que llegamos cerca de donde él estaba esperando. Allí mamá soltó mi</p>
<p>mano y se agarró a su brazo.</p>
<p>Miss Murdstone había llegado. Era una señora de aspecto sombrío, morena como su</p>
<p>hermano, a quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy</p>
<p>espesas y casi juntas sobre una gran nariz, como si, al serle imposible a su sexo el llevar</p>
<p>patillas a los lados, se las hubiera cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y</p>
<p>duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la tapa por medio de clavos de cobre.</p>
<p>Cuando pagó al cochero sacó el dinero de un portamonedas de acero, que luego metió en</p>
<p>un saco que era una verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una cadena, y</p>
<p>chasqueaba al cerrarse. En mi vida he visto una persona tan metálica como miss</p>
<p>Murdstone.</p>
<p>La llevaron al salón con muchos aspavientos de bienvenida, y ella, solemnemente,</p>
<p>saludó a mi madre como a una nueva y cercana parienta. Después, mirándome, dijo:</p>
<p>-¿Es este su hijo, cuñada mía?</p>
<p>Mi madre me presentó.</p>
<p>-Por lo general, no me gustan los niños -dijo miss Murdstone-. ¿Cómo estás,</p>
<p>muchacho?</p>
<p>Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté que estaba muy bien, y que esperaba que</p>
<p>a ella le sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca gracia, que miss Murdstone me</p>
<p>juzgó en tres palabras:</p>
<p>-¡Qué mal educado!</p>
<p>Después de decir esto con mucha claridad, pidió que hicieran el favor de enseñarle su</p>
<p>cuarto, que se convirtió desde entonces para mí en lugar de temor y de odio, donde nunca</p>
<p>se veían abiertos los dos baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la cabeza una o dos</p>
<p>veces cuando ella no estaba) y donde una serie de cadenas con cuentas de acero, con las</p>
<p>que miss Murdstone se embellecía, estaban por lo general colgadas alrededor del espejo</p>
<p>con mucho esmero.</p>
<p>Según pude observar, había venido para siempre y no tenía la menor intención de</p>
<p>marcharse.</p>
<p>A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi madre y se pasó todo el día poniendo</p>
<p>las cosas en «orden» y cambiando todas las antiguas costumbres. La primera cosa rara</p>
<p>que observé en ella fue que estaba constantemente preocupada con la sospecha de que las</p>
<p>criadas tenían escondido un hombre en la casa. Bajo la influencia de aquella convicción</p>
<p>inspeccionaba la carbonera a las horas más intempestivas, y casi nunca abría la puerta de</p>
<p>un ropero o de una alacena oscura sin volverla a cerrar precipitadamente, en la creencia</p>
<p>de que le había encontrado.</p>
<p>Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo, era una verdadera alondra tratándose</p>
<p>de madrugar. Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya buscaba al hombre) antes que</p>
<p>nadie hubiese dado señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que debía de dormir con</p>
<p>un ojo abierto; pero yo no lo creía, pues había intentado hacerlo y me convencí de que era</p>
<p>imposible.</p>
<p>La primera mañana después de su llegada llamó antes de que cantara el gallo, y cuando</p>
<p>mi madre bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss Murdstone, dándole un</p>
<p>cariñoso picotazo en la mejilla (era su manera de besar), le dijo:</p>
<p>-Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí, como sabes, para evitarte todas las</p>
<p>preocupaciones que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado niña (mi madre</p>
<p>enrojeció, sonriendo, y no parecieron disgustarle aquellos adjetivos) para tener sobre ti</p>
<p>tantos deberes penosos que puedo resolver yo. Por lo tanto, si te parece bien, dame las</p>
<p>llaves, querida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas esas cosas.</p>
<p>Desde aquel momento miss Murdstone no se separó de las llaves; durante el día las</p>
<p>llevaba en su saquito de acero, y por la noche las metía debajo de la almohada, y mi</p>
<p>madre no tuvo que volver a ocuparse de ellas más que yo lo hacia.</p>
<p>Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una sombra de protesta. Una noche en que</p>
<p>miss Murdstone había estado explicando ciertos proyectos domésticos a su hermano, que</p>
<p>los aprobaba, mi madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo menos podían</p>
<p>haberle consultado.</p>
<p>-¡Clara! -dijo míster Murdstone severamente- ¡Clara! ¡Me sorprendes!</p>
<p>-¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende, Edward &#8211;exclamó mi madre-, y está muy</p>
<p>bien hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gustado.</p>
<p>«Firmeza», según pude observar, era la gran cualidad de que los hermanos Murdstone</p>
<p>presumían. No sé si en aquella época habría sabido expresar qué entendía yo si me hubieran</p>
<p>obligado a hacerlo; pero desde luego comprendía claramente que aquella palabra</p>
<p>quería decir tiranía, y expresaba el terco, arrogante y diabólico carácter de los dos. Su</p>
<p>credo, como puedo establecerlo ahora, era este: míster Murdstone tenía gran firmeza;</p>
<p>nadie a su alrededor era tan fume como míster Murdstone; nadie de los que le rodeaban</p>
<p>debía ser firme en absoluto, pues todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss</p>
<p>Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero sólo relativamente y en un grado</p>
<p>inferior y tributario. Mi madre era otra excepción; podía ser firme y debía serlo, pero</p>
<p>solamente sometiéndose a su firmeza y creyendo firmemente que no había otra firmeza</p>
<p>sobre la tierra.</p>
<p>-Es muy duro -decía mi madre- que en mi propia casa&#8230;</p>
<p>-<i>¿Mi propia casa? </i>-repitió míster Murdstone-. ¡Clara!</p>
<p>-Nuestra propia casa quiero decir -balbució mi madre con miedo evidente-. Espero que</p>
<p>sepas lo que quiero decir, Edward. Es muy duro que en tu propia casa yo no pueda decir</p>
<p>una palabra sobre los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo hacía bien, estoy segura.</p>
<p>Hay quien puede atestiguarlo -dijo mi madre sollozando-. Pregúntale a Peggotty si no lo</p>
<p>hacía bien cuando nadie se metía en ello.</p>
<p>-Edward -dijo miss Murdstone-, déjame poner fin a esto. Me marcho mañana.</p>
<p>-Jane &#8211;dijo su hermano-, cállate. ¿Es que no conoces mi carácter mejor de lo que tus</p>
<p>palabras indican?</p>
<p>-Puedes estar segura -dijo mi madre, que perdía terreno, deshecha en lágrimas- que no</p>
<p>quiero que se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fueses. No pido mucho. Soy</p>
<p>bastante razonable. Sólo quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy muy</p>
<p>agradecida a todos los que me ayudan, y sólo deseo que se me consulte, aunque no sea</p>
<p>más que por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que me querías precisamente por</p>
<p>ser una chiquilla sin experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora parece que me</p>
<p>odias por ello. ¡Eres tan severo!</p>
<p>-Edward -dijo miss Murdstone de nuevo-, te pido que me dejes poner fin a todo esto.</p>
<p>Me voy mañana.</p>
<p>-Jane -tronó su hermano&#8212;, ¿te quieres callar? ¿Cómo te atreves?</p>
<p>Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el pañuelo y lo puso delante de sus ojos.</p>
<p>-¡Clara! -continuo él mirando a mamá-. Me sorprendes, me dejas atónito. En efecto;</p>
<p>para mí era una satisfacción el pensar que me casaba con una persona sencilla y sin</p>
<p>experiencia, y que yo formaría su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y decisión</p>
<p>de la cual estaba tan necesitada. Pero cuando a Jane, que ha sido tan buena que por cariño</p>
<p>a mí quiere ayudarme en esta empresa y para ello está casi haciendo el oficio de un ama</p>
<p>de llaves; cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le correspondes de una manera tan</p>
<p>baja&#8230;</p>
<p>-Edward, te lo ruego, te lo suplico -exclamó mi madre-; no me acuses de ingrata. Estoy</p>
<p>segura de que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Tengo muchos defectos, pero</p>
<p>ese no. ¡Oh, no! Te lo aseguro, querido.</p>
<p>-Cuando Jane encuentra, como digo -prosiguió cuando mi madre dejó de hablar-, una</p>
<p>recompensa tan baja, aquellos sentimientos míos se entibian y alteran.</p>
<p>-¡No digas eso, amor mío! -imploró mi madre-. ¡Oh, no, Edward! No puedo soportar el</p>
<p>oírtelo. A pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si no estuviera segura de que</p>
<p>lo soy, no lo diría. Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que soy muy cariñosa.</p>
<p>-No hay ninguna debilidad, Clara &#8211;dijo míster Murdstone a modo de réplica&#8212;, por</p>
<p>grande que sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.</p>
<p>-Te lo ruego, seamos amigos -dijo mi madre- Yo no podría vivir entre la frialdad o la</p>
<p>dureza. ¡Estoy tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mucha tu bondad, Edward,</p>
<p>que con tu entereza trates de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones a nada, me</p>
<p>desesperaría que quisieras dejarnos&#8230;</p>
<p>Aquello era ya demasiado.</p>
<p>-Jane &#8211;dijo míster Murdstone a su hermana-, es muy raro que entre nosotros se crucen</p>
<p>palabras duras como estas, y espero que así siga siendo; y no ha sido culpa mía si por rara</p>
<p>casualidad ha sucedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los demás. Tampoco ha</p>
<p>sido tu culpa, pues también has sido arrastrada por los demás. Tratemos los dos de olvidarlo.</p>
<p>Y como esto -añadió después de aquellas magnánimas palabras- no es una escena</p>
<p>edificante para un niño, David, vete a la cama.</p>
<p>Difícilmente pude encontrar la puerta a través de las lágrimas que me cegaban. ¡Estaba</p>
<p>tan triste por la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y subí a mi habitación a</p>
<p>oscuras, pues no tuve valor ni para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle una vela.</p>
<p>Cuando ella subió, buscándome, una hora después, me despertó y me dijo que mi madre</p>
<p>se había acostado bastante indispuesta y que míster Murdstone y su hermana seguían</p>
<p>sentados en el gabinete.</p>
<p>A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más temprano que de costumbre, la voz de</p>
<p>mi madre me detuvo en la puerta del comedor. Grave y humildemente pedía perdón a</p>
<p>miss Murdstone, que se lo concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde aquel día no</p>
<p>he visto a mi madre dar ninguna opinion sobre nada sin consultar primero con miss</p>
<p>Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios seguros cuál era su opinion. Y nunca</p>
<p>he visto a miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa debilidad), hacer ademán de</p>
<p>sacar las llaves para devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo, a mamá</p>
<p>atemorizada. El matiz sombrío que había en la sangre de los Murdstone ennegrecía</p>
<p>también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que aquello resumía</p>
<p>su carácter y era una consecuencia necesaria de la firmeza de míster Murdstone, que no</p>
<p>podía consentir que nadie se librase de los más severos castigos imaginables. Sea como</p>
<p>sea, recuerdo muy bien los tremendos rostros con que solían it a la iglesia y cómo había</p>
<p>cambiado también aquello. De nuevo llega a mi memoria el terrible domingo. Yo entro el</p>
<p>primero en nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien condujesen al oficio de</p>
<p>condenados. Miss Murdstone me sigue con su traje de terciopelo negro, que parece hecho</p>
<p>de un paño mortuorio; después entra mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no</p>
<p>está con nosotros, como en los buenos tiempos. Miss Murdstone murmura las respuestas</p>
<p>y acentúa todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y cuando dice «miserables</p>
<p>pecadores» sus ojos oscuros recorren la iglesia como si se refiriera a todos los presentes.</p>
<p>Mi madre mueve tímidamente los labios entre los dos hermanos, cuyas oraciones suenan</p>
<p>en sus oídos como un trueno lejano. Yo me pregunto con temor si no será posible que</p>
<p>nuestro anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán razón míster Murdstone y su</p>
<p>hermana, y todos los ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si muevo un dedo o el</p>
<p>menor músculo de la cara, miss Murdstone me da tal golpe con su libro de oraciones, que</p>
<p>me hace daño en el costado.</p>
<p>Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso a casa, en que observo que algunos</p>
<p>vecinos nos miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras ellos tres van delante,</p>
<p>sigo aquellas miradas y pienso si será realmente verdad que el paso de mi madre es</p>
<p>menos ligero y que la alegría de su belleza ha desaparecido. También me pregunto si los</p>
<p>vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que veníamos los dos juntos de la iglesia &#8230;.</p>
<p>y pensando estúpidamente en estas cosas me paso triste todo el día.</p>
<p>En varias ocasiones se había hablado de enviarme a un colegio. Míster Murdstone y su</p>
<p>hermana lo habían propuesto y, como es natural, mi madre había estado de acuerdo. Sin</p>
<p>embargo, no habían decidido nada todavía, y entre tanto me hacían estudiar en casa.</p>
<p>¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones? Nominalmente era mi madre quien las</p>
<p>presidía, pero en realidad eran míster Murdstone y su hermana, quienes estaban siempre</p>
<p>presentes y encontraban en ello ocasión favorable para dar a mi madre lecciones de</p>
<p>aquella mal llamada firmeza, que era el tormento de nuestras existencias. Yo creo que me</p>
<p>retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que vinieran ellos yo tenía bastante</p>
<p>facilidad para aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer</p>
<p>sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la</p>
<p>cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S,</p>
<p>parece presentarse ante mí como entonces, y ese recuerdo no suscita en mí ningún</p>
<p>sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo</p>
<p>largo de un sendero de flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido ayudado</p>
<p>todo el camino por el cariño y la dulce voz de mi madre. Pero aquellas solemnes</p>
<p>lecciones que siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a in¡ tranquilidad, como</p>
<p>una tarea diaria, penosa y miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy</p>
<p>numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente ininteligibles para mí), y además me</p>
<p>tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.</p>
<p>Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las mañanas. Después del desayuno me</p>
<p>dirijo al gabinete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperándome</p>
<p>sentada en su escritorio; sin embargo, no está tan preparada a oírme como su marido,</p>
<p>sentado en la butaca al lado de la ventana y fingiendo que lee un libro, o como miss</p>
<p>Murdstone, sentada a su lado engarzando sus eternas cuentas de acero. La vista de estos</p>
<p>dos personajes ejerce tal influencia sobre mí, que empiezo a sentir que se me escapan las</p>
<p>palabras, después de que me había costado tanto trabajo metérmelas en la cabeza; se</p>
<p>escapan todas para it no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a una.</p>
<p>Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una gramática, quizá una historia o una</p>
<p>geografía. A1 ponerlo en sus manos lanzo una última y desesperada mirada a la página, y</p>
<p>me lanzo como un alud para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todavía lo recuerdo</p>
<p>fresco. A1 poco rato me salto una palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su libro.</p>
<p>Me salto otra palabra. Miss Murdstone la levanta también. Enrojezco y me salto lo menos</p>
<p>doce palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría enseñarme</p>
<p>el libro si se atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dulzura:</p>
<p>-¡Oh Davy, Davy!</p>
<p>-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico -dice míster Murdstone-. No digas</p>
<p>«Davy, Davy&gt; ; es una niñería. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?</p>
<p>-¡No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con voz terrible.</p>
<p>-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi madre.</p>
<p>-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo mejor que puedes hacer es obligarle a que</p>
<p>vuelva a estudiarla.</p>
<p>-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi madre-. Vamos, Davy; empiézala otra</p>
<p>vez y no seas torpe.</p>
<p>Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo</p>
<p>obedecer la segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me detengo mucho antes de llegar</p>
<p>donde la vez anterior, en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me paro a pensar.</p>
<p>Pero no puedo pensar en la lección. Pienso en el número de metros de tul que habrá</p>
<p>empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que habrá costado el batín de su hermano,</p>
<p>o en algún otro problema igual de ridículo, que no me importa nada y del que nada puedo</p>
<p>sacar. Míster Murdstone hace un movimiento de impaciencia, que yo esperaba desde</p>
<p>hacía bastante rato. Miss Murdstone lo repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el</p>
<p>libro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya</p>
<p>terminado las demás.</p>
<p>Los libros que hay que repetir van aumentando como una bola de nieve, y cuanto más</p>
<p>aumentan más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y me parece que quieren llenarme</p>
<p>la cabeza de tantas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien de ello y me</p>
<p>dejo llevar por la suerte.</p>
<p>La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es</p>
<p>profundamente melancólica. Pero lo más horrible de esas desgraciadas lecciones es</p>
<p>cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus</p>
<p>labios. Al momento miss Murdstone, que está espiando para no dejar pasar nada, dice con</p>
<p>voz de profunda agresividad:</p>
<p>-¡Clara!</p>
<p>Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. Míster Murdstone se levanta de</p>
<p>su silla, coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con él en las orejas; después me</p>
<p>saca de la habitación agarrándome por los hombros.</p>
<p>Si, por casualidad, las lecciones no han estado tan mal todavía me falta lo peor, bajo la</p>
<p>forma de un problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha inventado para mí y lo expone</p>
<p>oralmente. Empieza: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de</p>
<p>Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno &#8230;». Entre tanto yo veo la secreta alegría</p>
<p>de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el menor resultado, sin el menor rayo de</p>
<p>luz hasta la hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato a fuerza de restregar en la</p>
<p>pizarra. Entonces miss Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver</p>
<p>el problema, y se me considera castigado para toda la tarde.</p>
<p>Desde la distancia que da el tiempo, me parece que mis lecciones terminaban por lo</p>
<p>general de esta manera&#8230; Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante;</p>
<p>pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes sobre un pajarillo.</p>
<p>Y aun cuando pasara la mañana con un crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida;</p>
<p>pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin tarea y, en cuanto se percataba de</p>
<p>que no hacía nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí diciendo: «Clara, querida</p>
<p>mía, no hay nada como el trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me proporcionaba</p>
<p>nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás niños, no me lo consentían;</p>
<p>su sombrío carácter les hacía ver a todos los chiquillos como una raza de pequeñas</p>
<p>víboras (a pesar de que había habido un niño entre los discípulos) y decían que se</p>
<p>corrompían unos a otros.</p>
<p>El resultado natural de un tratamiento semejante y continuado durante unos seis meses</p>
<p>o más fue el de hacerme gruñón, sombrío y taciturno. Mucho influía en ello el que cada</p>
<p>vez trataban de separanne más y más de mi madre. Estoy seguro de que me hubiera</p>
<p>embrutecido por completo de no ser por una circunstancia.</p>
<p>Voy a contarla. En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por</p>
<p>estar justo al lado de la mía, había dejado mi padre una pequeña colección de libros de los</p>
<p>que nadie se había preocupado. De aquella bendita habitación salieron, como gloriosa</p>
<p>hueste, a hacerme compañía, Roderich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker,</p>
<p>Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a</p>
<p>ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza en algo mejor que aquella vida</p>
<p>mía. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme daño,</p>
<p>pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me</p>
<p>sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de mis sombrías preocupaciones, para leer</p>
<p>aquello. Y es curioso cómo me consolaban siempre en mis pequeñas pruebas (que a mí</p>
<p>me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de ellas y al poner a</p>
<p>míster Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos.</p>
<p>Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un infantil Tom Jones inocente o</p>
<p>ingenuo. Durante un mes y pico estuve convencido de que era Roderich Ramdom; lo</p>
<p>creía, por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no</p>
<p>recuerdo ahora cuáles) que había en aquella biblioteca, y durante días y días recuerdo</p>
<p>haber recorrido mis regiones armado con un trozo de horma de zapatos y creyéndome la</p>
<p>más perfecta encarnación del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en peligro de ser</p>
<p>atacado por los salvajes y resuelto a vender cara su vida. El capitán nunca perdía su</p>
<p>dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía;</p>
<p>pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas y de todas las</p>
<p>lenguas, fueran muertas o vivas.</p>
<p>Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello veo siempre ante mi</p>
<p>espíritu una tarde de verano: los chicos jugaban en el cementerio, y yo, sentado en mi</p>
<p>cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las</p>
<p>piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio, en mi espíritu se asociaban con</p>
<p>aquellos libros y representaban alguno de los sitios hechos célebres en ellos. Yo he visto</p>
<p>a Tom Pipes escalar al campanario de la iglesia, y he visto a Strap con su mochila al</p>
<p>hombro descansando sentado encima de la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion</p>
<p>presidía un club con míster Pickle en la salita de la taberna de nuestra aldea.</p>
<p>El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que era al llegar a este punto de mi</p>
<p>infantil historia. Voy a reanudarla.</p>
<p>Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con mis libros, encontré a mi madre con</p>
<p>rostro preocupado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano trenzando</p>
<p>algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco, que cuando yo</p>
<p>entré empezó a cimbrear en el aire.</p>
<p>-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado muchas veces.</p>
<p>-Es la pura verdad &#8212;dijo miss Murdstone.</p>
<p>-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timidez mi madre-; pero ¿crees que eso le</p>
<p>ha hecho a Edward mucho bien?</p>
<p>-¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho mal, Clara? -preguntó míster Murdstone</p>
<p>gravemente.</p>
<p>-Esa es la cuestión &#8211;dijo su hermana.</p>
<p>A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi querida Jane», y no dijo más.</p>
<p>Sentí que estaba interesado personalmente en aquel diálogo, y traté de indagar en los</p>
<p>ojos de míster Murdstone, en el momento en que se fijaban en los míos.</p>
<p>-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada hipócrita-, tienes que prestar más</p>
<p>atención que nunca.</p>
<p>Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habiendo terminado sus preparativos, lo</p>
<p>colocó a su lado con una expresiva mirada y cogió un libro.</p>
<p>Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las</p>
<p>palabras de mi lección huían, no una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino</p>
<p>por páginas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así, que se</p>
<p>habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.</p>
<p>Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había llegado casi con la seguridad de que</p>
<p>iba a destacar convencido de que estaba muy bien preparado; pero resultó que era una</p>
<p>equivocación mía. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el contingente de los que</p>
<p>había que volver a estudiar. Miss Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llegamos</p>
<p>a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hicieron contar a golpes), mi</p>
<p>madre se echó a llorar.</p>
<p>-¡Clara! &#8212;dijo miss Murdstone con su voz de reproche.</p>
<p>-Creo que no me encuentro bien, querida Jane -dijo mi madre.</p>
<p>Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras se levantaba y decía cogiendo su</p>
<p>bastón:</p>
<p>-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con perfecta firmeza la pena y el</p>
<p>tormento que Davy le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Clara va siendo cada</p>
<p>vez más fuerte; pero eso sería pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.</p>
<p>Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi madre corrió tras de nosotros. Miss</p>
<p>Murdstone, dijo: «¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi detenerse</p>
<p>tapándose los oídos y escuché sus sollozos.</p>
<p>Murdstone me acompañó a mi habitación despacio y gravemente (estoy seguro de que</p>
<p>le deleitaba toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y cuando llegamos cogió de</p>
<p>pronto mi cabeza debajo de su brazo.</p>
<p>-¡Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo suplico, ¡no me pegue! Le aseguro que</p>
<p>hago lo posible por aprender; pero con usted y su hermana delante no puedo recitar.</p>
<p>¡Verdaderamente es que no puedo!</p>
<p>-¿Verdaderamente no puedes, David? Bien, ¡lo veremos!</p>
<p>Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo me retorcía a su alrededor rogándole</p>
<p>que no me pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un momento, pues un instante después</p>
<p>me pegaba del modo más odioso. En el momento en que empezó a azotarme yo</p>
<p>acerqué la boca a la mano que me sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento rechinar</p>
<p>mis dientes al pensarlo.</p>
<p>Entonces él me pegó como si hubiera querido matarme a golpes. A pesar del ruido que</p>
<p>hacíamos, oí correr en las escaleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá y a Peggotty. Después se</p>
<p>marchó, cerrándome la puerta por fuera y dejándome tirado en el suelo, ardiendo de</p>
<p>fiebre, desgarrado y furioso.</p>
<p>¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquilizarme, la extraña quietud que parecía</p>
<p>reinar en la casa! ¡Qué bien recuerdo lo malo que empezaba a sentirme cuando la cólera y</p>
<p>el dolor fueron pasando!</p>
<p>Estuve escuchando largo rato; pero no se oía nada. Me levanté con trabajo del suelo y</p>
<p>me miré al espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que casi me asusté. Me dolían los</p>
<p>huesos, y cada movimiento me hacía llorar; pero aquello no era nada al lado de mi</p>
<p>sentimiento de culpa. Estoy seguro de que me sentía más culpable que el más temible criminal.</p>
<p>Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la</p>
<p>cabeza apoyada en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera.</p>
<p>De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y</p>
<p>una taza de leche. Lo puso todo encima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con</p>
<p>ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.</p>
<p>Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo sitio, con la esperanza de que</p>
<p>viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería</p>
<p>nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo</p>
<p>sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen? ¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría</p>
<p>peligro de que me ahorcasen?</p>
<p>No olvidaré nunca mi despertar a la mañana siguiente: el sentimiento de alegría y</p>
<p>descanso en el primer momento, y después la opresión de los recuerdos. Miss Murdstone</p>
<p>reapareció antes de que me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras que si quería</p>
<p>podía pasearme por el jardín durante media hora, pero nada más. Después se retiró, dejando</p>
<p>la puerta abierta para que disfrutara, si quería, del permiso.</p>
<p>Así continuaron las cosas durante los cinco días que duró mi cautiverio. Si hubiera</p>
<p>podido ver a mi madre sola, me habría arrojado de rodillas ante ella pidiéndole perdón;</p>
<p>pero sólo veía a miss Murdstone, pues, aunque para las oraciones de la tarde me sacaban</p>
<p>del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba cuando ya todos estaban colocados. Después</p>
<p>me dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un criminal; y en cuanto terminaban,</p>
<p>mi carcelera me devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera levantado. Pude</p>
<p>observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que además volvía la cabeza</p>
<p>hacia otro lado. Así es que nunca pude verla. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta</p>
<p>en un pañuelo de hilo.</p>
<p>De lo largos que se me hicieron aquellos cinco días no sé ni dar idea. En mis recuerdos</p>
<p>los cuento como años. Los ratos que pasaba escuchando todos los incidentes de la casa</p>
<p>que podían llegar a mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de las</p>
<p>puertas, el murmullo de voces, los pasos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente</p>
<p>cantando fuera, y todo me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi</p>
<p>desgracia. El incierto paso de las horas, principalmente por la noche, cuando me</p>
<p>despertaba creyendo que ya era la mañana y me percataba de que todavía no se habían</p>
<p>acostado en casa. Los sueños y pesadillas deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en</p>
<p>la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, los miraba desde muy</p>
<p>dentro de la habitación, avergonzado de que pudieran verme en la ventana y supieran que</p>
<p>estaba prisionero. La extraña sensación de no oírme nunca hablar. Los ligeros intervalos</p>
<p>de algo corno alegría que llegaba con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una</p>
<p>tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a tierra fresca; caía entre la iglesia y yo,</p>
<p>cada vez más deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que me envolvía en sus</p>
<p>sombras con mis remordimientos. Todo esto se conserva tan grabado en mis recuerdos,</p>
<p>que juraría que habría durado años.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://literatura.rincondeamistad.com/2010/08/14/david-copperfield/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

