Nuestra Señora de París

4. agosto 2010

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Victor Hugo

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Nuestra Señora de París

LIBRO PRIMERO

I  
LA GRAN SALA

Hace hoy(1) trescientos cuarenta y ocho años, seis meses y diecinueve días que los parisinos se despertaron al ruido de todas las campanas repicando a todo repicar en el triple recinto de la Cité, de la Universidad y de la Ville.

De aquel 6 de enero de 1482 la historia no ha guardado ningún recuerdo. Nada destacable en aquel acontecimiento que desde muy temprano hizo voltear las campanas y que puso en movimiento a los burgueses de París; no se trataba de ningún ataque de borgoñeses o picardos, ni de ninguna reliquia paseada en procesión; tampoco de una manifestación de estudiantes en la Viña de Laas ni de la repentina presencia de Nuestro muy temido y respetado señor, el Rey, ni siquiera de una atractiva ejecución publica, en el patíbulo, de un grupo de ladrones o ladronas por la justicia de París. No lo motivaba tampoco la aparición, tan familiar en el París del siglo XV, de ninguna atractiva y exótica embajada, pues hacía apenas dos días que la última de estas cabalgatas, precisamente la de la embajada flamenca, había tenido lugar para concertar el matrimonio entre el Delfín y Margarita de Flandes, con gran enojo, por cierto, de monseñor el Cardenal de Borbón que, para complacer al rey, hubo de fingir agrado ante todo el rústico gentío de burgomaestres flamencos y hubo de obsequiarles en su palacio de Borbón con una atractiva representación y una entretenida farsa, mientras una fuerte lluvia inundaba y deterioraba las magníficas tapicerías colocadas a la entrada para la recepción de la embajada.

1. Nota de Víctor Hugo: «He escrito las tres o cuatro primeras páginas de Nuestra Señora de París el 25 de julio de 1830. La revolución de julio me interrumpió. Después vino al mundo mi querida pequeña Adela (¡bendita sea!) y continúo escribiendo Nuestra Señora de París el primero de septiembre; la obra se terminó el 15 de enero de 1831.» Adela nació el segundo día de la revolución.

Lo que aquel 6 de enero animaba de tal forma al pueblo de París, como dice el cronista Jehan de Troyes, era la coincidencia de la doble celebración, ya de tiempos inmemoriales, del día de Reyes y la fiesta de los locos.

Ese día había de encenderse una gran hoguera en la plaza de Grévez, plantar el mayo en el cementerio de la capilla de Braque y representar un misterio en el palacio de justicia.

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¬ Publicado por Rincón de Amistad en El Rincón de los Libros, Libros Publicados

Los Trabajadores del Mar

30. julio 2010

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VICTOR HUGO

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LOS TRABAJADORES DEL MAR

Versión Española

Por D. Antonio Ribot (1866)

UNA PALABRA ESCRITA EN UNA PÁGINA BLANCA.

EL día primero del año de 182* fue notable en Guernesey. Nevó, y en las islas de la Mancha, donde un invierno con heladas es memorable, una nevada es un acontecimiento.

En la mañana de dicho día, el camino que sigue a lo largo del mar desde Saint-Pierre Port a Valle estaba enteramente blanco.

Había nevado desde media noche hasta la madrugada.

A cosa de las nueve, poco después de salir el sol, como no había llegado aún el momento para los anglicanos de ir a la iglesia de Saint-Sampson ni para los weslevauos de ir a la capilla de Eldad, el camino estaba casi desierto. En todo el trozo que separa la primera torre de la segúnda, no había más que tres transeuntes, un niño, un hombre y una mujer.

El niño, que tendría unos ocho años, miraba la nieve, con curiosidad.

El hombre venia en pos de la mujer, a unos cien pasos de distancia, y, lo mismo que ella, avanzaba por el lado de Saint-Sampson.

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El Progreso del Peregrino -Por Juan Bunyan

9. marzo 2010

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Como les prometí y por el voto de “la mayoría” que querían leer El Progreso Del Peregrino.  Comenzaré a publicarlo, pero antes quiero dar a conocer a grandes rasgos,

LA VIDA DE JUAN BUNYAN

JUAN BUNYAN, hijo de un calderero, nació en Elstow., cerca de Bedford, el año 1628, en una época en la cual prevalecían las malas costumbres por todo el país de Inglaterra. Su educación fue la que los pobres podían dar a sus hijos en aquellos días. Asistió a la escuela primaria, y aprendió a leer y escribir; pero era un muchacho desaplicado, y muy pocos de su edad le aventajaban en maldecir, jurar,mentir y blasfemar. En sus días juveniles el terror era lo único que parecía tener alguna fuerza para sujetarle. Durante el día tenía frecuentes y tenebrosos presentimientos de la ira venidera, y de noche le sobresaltaban sueños horribles. Su imaginación concebía apariciones de malos espíritus que venían a llevárselo consigo, o le hacía pensar que había llegado el último día con todas sus terribles realidades.

Tales eran los temores de su juventud. Conforme fue creciendo se fue endureciendo su conciencia, sin que bastaran a despertarle ni a conmoverle los extraordinarios y providenciales acontecimientos que le ocurrieron. Dos veces estuvo a punto de morir ahogado. Durante la guerra civil fue obligado a servir en el ejército. En una ocasión, un compañero suyo que había pedido y obtenido permiso para sustituirle en una guardia, recibió un tiro en la cabeza y murió en aquel puesto.

Su matrimonio ejerció cierta influencia en su porvenir. La joven que tomó por esposa era muy pobre, y lo más valioso que tenía eran dos libros que su padre,hombre muy piadoso, le había dejado: El camino sencillo al cielo y la práctica de la piedad. La señora Bunyan leía con frecuencia estos libros en compañía de su marido, y le refería la vida santa que su padre había llevado. El resultado fue que Bunyan sintió un vivo deseo de reformarse, y así lo hizo; pero solamente en lo exterior. Su corazón no experimentó cambio alguno, y su vida siguió por el mismo camino de pecado que hasta entonces había seguido.

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Libro Corazón –Diario De Un Niño

3. diciembre 2009

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O C T U B R E

EL PRIMER DIA DE ESCUELA

Lunes, 17

Hoy, ¡primer día de clase! ¡Pasaron como un sueño aquellos tres meses de vacaciones consumidos en el campo! Mi madre me condujo esta mañana a la sección Bareti para inscribirme en la tercera elemental. Recordaba el campo, e iba de mala gana. Todas las calles que desembocan cerca de la escuela hormigueaban de chiquillos; las dos librerías próximas estaban llenas de padres y madres que compraban carteras, cuadernos, cartillas, plumas, lápices. En la puerta misma se agrupaba tanta gente, que el bedel, auxiliado de los guardias municipales, tuvo necesidad de poner orden. Al llegar a la puerta sentí un golpecito en el hombro; volví la cara: era mi antiguo maestro de la segunda, alegre, simpático, con su pelo rubio rizoso y encrespado, que me dijo:

-Conque, Enrique, ¿es decir que nos separamos para siempre?

Demasiado lo sabía yo; y sin embargo, ¡aquellas palabras me hicieron daño! Entramos, por fin, a empellones. Señoras, caballeros, mujeres del pueblo, obreros, oficiales, abuelas, criadas, todos con niños de la mano y cargados con los libros y objetos de que antes hablé, llenaban el vestíbulo y escaleras, produciendo un rumor como cuando se sale del teatro. Volví a ver con alegría aquel gran zaguán del piso bajo, con las siete puertas y las siete clases, por donde pasé casi todos los días durante tres años. Las maestras de los párvulos iban y venían entre la muchedumbre. La que fue mi profesora de la primera superior me saludó diciendo:

-¡Enrique, tú vas este año al piso principal, y ni siquiera te veré al entrar o salir! -Y me miró con tristeza.

El director estaba cercado por una porción de madres que le hablaban a la vez, pidiendo puesto para sus hijos; y por cierto que me pareció que tenía más canas que el año pasado… Encontré algunos chicos más gordos y más altos de como los dejé, abajo, donde ya cada cual estaba en su sitio, vi algunos pequeñines que no querían entrar en el aula y se defendían como potrillos, encabritándose, pero a la fuerza les hacían entrar en clase. Y aún así, algunos se escapaban después de estar sentados en los bancos; otros, al ver que se marchaban sus padres, rompían a llorar, y era preciso que volvieran las mamás, con lo que la profesora se desesperaba.

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