El General

25. septiembre 2014

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-por Vicente Carballo

Cuando el hombre hizo su entrada, lo primero que noté fue su sorprendente parecido con el general Stonewall Jackson, aguerrido héroe de la guerra civil Americana, y brazo derecho de Robert E. Lee, General en Jefe de aquella epopeya, Jackson de imponente figura, medía más de seis pies, una barba grisácea le cubría la mitad del pecho, era de finos ademanes según las costumbres de la aristocracia sureña, y un hecho que me llevó a admirarlo al toparme con él en las páginas de la historia, fue su fe en los desginos de la providencia. 

Cuéntase, que antes de entrar en combate hacia arrodillar sus soldados y pedir anticipado perdón por la sangre pronta a derramar, comportamiento que a mi ver se aviene con la descripción de plutarco de lo que a de ser un gran capitan.  Pero temo que mi emocionada admiración por el general me lleve más lejos de lo que quisiera ya que mi propósito consiste en ocuparme de un hecho en referencia a este carácter que hizo su entrada fortuita al lugar donde me tomaba un café matutino. 

Decía que el individuo en question tomó su lugar en la fila de personas que esperaban ser servidos.  Fue entonces cuando reparé en su aspecto que denotaba, tratarse de un vagabundo, vestía una chaqueta sucia en extremo y raída, una gorra descolorida, y un par de sandalias abatidas por el rigor de las largas caminatas.  Al descubrir su increíble parecido con el General Jackson, senti una inmediata admiracion por el.  Me levanté de la mesa, y me paré tras el con el proposito de invitarlo a un desayuno, pues deduje por su pobre indumentaria que no me declinaria la invitación.  Lego por fin al mostrador y comenzó a sacar unas monedas y a preguntar a la muchacha de la caja registradora cuanto le era posible comprar con su exiguo capital.  Fue entonces que le asegure a la cajera que le diera lo que pidiera que yo pagaría el importe, y el General volteo la cabeza y con palabras casi inaudibles me dio las gracias. 

Tomó su bandeja y se alejó como quien escapa a lo más recóndito del lugar; se sentó dando la espalda a todos y comía como a hurtadillas como si el haber aceptado la invitación lo pusiera ahora como niño castigado expuesto a todos su precaria situación.  Allí permaneció un largo rato, aun después de haber consumido los alimentos; desde lejos observe su reposada continencia.  Me hubiera gustado sentarme junto a él y haberle hecho algunas preguntas pero temí importunare o que pensara que mi largueza tuviera como propósito someterlo por algún extraño morbo a una interrogación, algo que parecía rehuir.  Por la ventana observe que habia dejado recostado a la pared el macuto, que al igual que su dueño, daba muestras inequívocas de los embates de aquella vida vagabundil.

El individuo después de alrededor de una hora, se levantó y se dispuso a partir.  Vino extrañamente hasta donde estabo yo sentado, y sacando de su chaqueta una diminuta libreta me pidio mi nombre y mi direccion.  No le pregunte si existía alguna razón para su pequeña demanda, ante la dificultad de poder consignar la información debido al temblor de sus manos, que denunciaron sus pasadas o presentes incursiones por los dominios del alcohol, tome la pluma y con la letra más pequeña y clara dado lo del cuaderno, satisfice su petición.  Me estrechó la mano, y ya a punto de partir le puse un billete de cinco dolares, lo vi levantar sus matules y alejare Dios sabe hacia donde.  Aqui podria terminar este encuentro fortuito.  El tiempo que pulveriza todo a los pocos días, cubrió como cubre la tormenta de arena en el desierto cualquier vestigio de este suceso y todo continuó con la regularidad de la vida ordinaria. 

Entre el fárrago de facturas y anuncios publicitarios que se reciben diariamente me sorprendió una carta de corte personal.  Antes de abrirla la examine detenidamente.  Resultaba muy raro e intrigante una correspondencia en que el remitente estampara en forma manuscrita en el sobre procedencia de la misiva, sobre todo en un tiempo en que esa forma comunicativa es virtualmente obsoleta por existir otros métodos más expeditos y convencionales. 

Al fin pudo más la curiosidad que estas consideraciones y abrí el sobre.  La escueta esquela se componía de seis renglones irregulares y torcidos dando la impresion de que el autor no se preocupo en lo absoluto de las formas, sino del asunto a tratar.  Textualmente se leia:

Querido Vicente.  Te conocí hace muchos anos en un McDonald de esa ciudad.  Si esta misiva llega a ti, por favor llamame al numero de telefono que te adjunto.  Gracias, William.

Ni tardo ni perezoso tome el telefono y marque el numero en la misiva.  Me contesto una mujer, pedi hablar con William, y cuando este estuvo en línea comenzó un rápido interrogatorio de mi parte, pues sospechaba que podía tratarse de uno de tantos esquemas publicitarios en los que tratan de timar a los inatentos.  El me escuchó con respetuosa discreción y cuando le dejé hablar me relató el suceso de nuestro encuentro con lujos de detalles tales que recordé el incidente aunque en su momento no parece tener relevancia alguna.  Ahora el por uno de esos avatares del destino se habia convertido en un millonario y entre otras cosas quería ver a quienes en aquellos tiempos aciagos le habían tendido una mano fraternal, y gracias a los apuntes de su libretita habia conservado mi nombre y direccion.  Ahora en un tono afectuoso me pedia que formara parte de un escueto grupo de personas que al igual que yo según él formaban parte de los que a lo largo de sus andanzas le habían socorrido y él quería congregar en su nuevo emporio.  Me afirmo que de aceptar su ofrecimiento para lo cual insistió con afectuosa vehemencia, el enviaria los recursos necesarios para tal empresa.  Ante tan noble ofrecimiento no puse resistencia así que quedó acordado que en una semana me presentaría en Palm Springs, que era el lugar donde se encontraba “El General”. 

Y dicho y hecho.  Tres dias despues deposito en mi cuenta bancaria dos mil dolares y recibi confirmacion de vuelo y la hora, amaz de que él habia comprado el boleto.  Todo parecia indicar que “El General” no habia escatimado esfuerzos ni dinero en el proposito de congregar a su alrededor a un grupo de personas a las que esperaba mostrar en forma muy especial su gratitud.  Fui en la fecha y la hora convenida al aeropuerto, después de los pasos de rigor me vi, levantando el vuelo hacia la incógnita, me movía más que nada volver a encontrar con aquel carácter que en un principio podía haber considerado a la ligera conceptuando como a otros tantos, personas de conflictos mentales que hacían a los caminos por rehuir el rigor de la vida en sociedad, que obliga a conformar ciertas reglas. 

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La dama de la silla de rueda

24. agosto 2014

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-por Vicente Carballo

Ella se aferra a la silla de ruedas con la maestría que le confieren más de veinticinco años de confinamiento sobre este armatoste desvencijado, pero que su dueña hace moverse con destreza por entre los innumerables obstáculos que inundan el piso, ni una queja ni un ademán de hastío reflejan sobre su rostro el profundo abatimiento de una vida que transcurre lenta y oscura como un río de fango.

Pamela es uno de esos seres que uno desearía nunca haber conocido, porque una vez de haber traspasado los umbrales de aquella vida mustia, que realiza esfuerzos extraordinarios por convencer de que todo está o estará bien, pero entre todas sus desgracias ninguna mayor ni más constante que la presencia de su marido quién la culpa de todas sus desventuras, pues según confidencias suyas, poco tiempo después de casarse, ella quedó paralítica debido a un accidente automovilístico y por los últimos veinticinco años él ha tenido que cuidarla como a una niña sin obtener los beneficios de un matrimonio normal, parece ser que esta larga frustración lo ha convertido en un ser amargado y resentido contra la infeliz mujer, tanto que está constantemente en acecho de que algún visitante pueda tener una palabra amable sobre ella- que no está exenta de simpatía- y en su conversación demuestra un trasfondo de cultura poco común, había leído algunos libros bien leídos, que yo quise creer que formaban parte de la formación de un carácter estoico y fino intelecto.  Recuerdo una vez un incidente que demuestra el celo del esposo no celo masculino obviamente pero uno más venenoso y degradante, en una de mis visitas, note colgada en la pared lo que parecía una flauta en su estuche, le pregunte a Pamela, si era ella la que tocaba el instrumento me respondió afirmativamente, pero note algo así como un leve retraimiento, en su respuesta y preferí desviar la conversación por otro rumbo, pero siempre con la incertidumbre del porqué, aunque ya tenía yo ciertas inferencias de que el esposo a más de saberla atrapada sobre la silla, también la prefería reducida a la nulidad total.

El esposo me está dando su versión de su vida.  La presencia de ella, interrumpe el rosario de lamentaciones de él, la mujer en un tono humilde nos pregunta si deseamos un café, él como para deshacerse de ella, asiente afirmativamente y esto me da oportunidad de presenciar con cuanta desenvoltura, se mueve hasta la cocina, sorteando todo obstáculo, mueve los enseres de la estufa y procede a poner sobre la hornilla agua con el perol y queda esperando hasta que el líquido entra en ebullición, toma dos tazas y pone una cucharadita de café instantáneo y otra de azúcar y en una bandeja que pone sobre sus piernas llega hasta nosotros con la infusión y nos pregunta después de que hemos dado un sorbo, si está bien de dulce, yo le doy efusivamente las gracias y el marido la mira con la frialdad habitual.  Descubrí que el marido, si ella trata de tomar parte en alguna conversación con algún visitante -que son pocos-, como un tábano furioso le ataja toda palabra y finalmente le asigna alguna tarea para despacharla.

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LA BUSQUEDA DE DIOS

3. enero 2014

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-por A. W. Tozer

Introducción

He aquí un estudio magistral de la vida interior, escrito por un corazón sediento de Dios, ansioso de alcanzar por lo menos los linderos de sus caminos, y conocer lo profundo de su amor por los pecadores y las alturas de su majestad. ¡Y todo esto escrito por un atareado pastor de la ciudad de Chicago!

¿Quién puede imaginar a David escribiendo el salmo veintitrés en una ruidosa oficina comercial, o a un místi­co de la edad media hallando inspiración en el segundo piso de una casa de vecindario en una atestada ciudad moderna?

Donde se cruzan las sendas de la vida

y hay gritos de razas y de clanes

en antros de vicio y de miseria

donde las sombras están llenas de terrores

y se ocultan la lujuria y la avidez.

Como lo dice el doctor Frank Masón North en su inmortal poema, lo expresa también el señor Tozer en este libro:

Por encima de ruidos y egoísmos

Hijo del hombre, oímos tu voz.

Mi conocimiento del autor de este libro se reduce a unas cuantas visitas que hice a su iglesia, donde com­partí con él preciosos momentos de compañerismo. Allí descubrí a todo un autodidacta, un lector apasionado con una estupenda biblioteca de obras clásicas y devocionales, un hombre que pasaba las noches en su búsque­da de Dios. Su libro es el resultado de mucha meditación y mucha oración. No es una colección de sermones. Nada tiene que ver con el pulpito o las bancas de la iglesia. Se dirige a las almas sedientas de Dios. Todos sus capítulos podrían resumirse en el clamor de Moisés, "¡Muéstrame tu gloria!” o en la exclamación de Pablo, "¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” Esta es teología del corazón, no de la cabeza.

Hay en él profundidad de visión, sobriedad de estilo, y una universalidad refrescante. El autor hace pocas citas, pero está familiarizado con los santos y místicos de todos los siglos -Agustín, Nicolás de Cusa, Tomás de Kempis, von Hugel, Finney, Wesley, y muchos más. Sus diez capítulos llegan hasta el alma, y las oraciones que hay al final de cada uno son para la cámara secreta, no para el pulpito. Mientras los leía he sentido realmen­te la presencia de Dios.

He aquí un libro para cada pastor, misionero o cris­tiano devoto. Trata de las cosas profundas de Dios y las riquezas de su gracia. Sobre todo, lleva el sello de la sinceridad y la humildad.

Samuel M. Zwemer

Nueva York

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Vida por Su muerte – John Owen

16. octubre 2013

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Vida por su muerte [john owen) from Cristiano chileno

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Milagro de Navidad

12. diciembre 2011

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Vicente Carballo


MILAGRO DE NAVIDAD

A lo largo de mi vida, que ha sido una vida de búsqueda, de confirmación, nada me ha resultado más útil para el crecimiento y fortaleza de mi fe que los testimonios que aquellos a los que Dios ha querido mostrar su gracia y misericordia, en situaciones en las cuales no ha quedado margen para atribuir el milagro al concurso de lo fortuito, sino que el hecho o los hechos han ocurrido dentro de los estrechos parámetros donde sólo tiene cabida la intervención divina. Soy del parecer de que el Creador interviene con más frecuencia, en los asuntos del hombre, que lo que somos capaces de advertir pues, en su suprema sabiduría, Él conoce los resultados e implicaciones aun de los más pequeños actos o decisiones del ser humano y, en su infinito amor, está presto a socorrernos sin violentar contra nuestra voluntad, el libre albedrío que, en mi opinión, constituye una de sus más elevadas gracias. Como un gesto de gratitud al Padre, cito aquí un acontecimiento que desafía, en el desenlace, toda posibilidad de racionalizarlo fuera del ámbito de lo providencial.

==== Milagro de Navidad =====

Vivía yo por entonces cerca de la ciudad de Corpus Cristi, en Texas; y al final de cada año hacíamos planes para viajar al Paso, donde vivían los padres y otros familiares de mi esposa, y pasar la Navidad junto a ellos. Entre esos planes, el más importante era, sin duda alguna, el de ahorrar suficiente dinero para pasar una semana sin resultar una carga para sus familiares, que vivían en condiciones precarias.

El veintidós de diciembre, salimos jubilosos con nuestros cuatro hijos a la muy esperada excursión. Los niños cantando y algunas veces riñendo. Nos deteníamos con frecuencia a contemplar paisajes y otros puntos de atracciones. ¡Qué momentos de suprema felicidad! Ver a nuestros hijos felices cuando están pequeños y aún son nuestros. Así las cosas, pasamos San Antonio y atravesamos la región casi desértica de los cactus y los chaparrales, que al menos para mí tienen su atractivo. Me seducen esas plantas que son capaces de sobrevivir y florecer en esos arenales reverberantes, y los animales e insectos adaptados a esas inhóspitas condiciones. Pero debo ceñirme al asunto para el que he requerido la atención de mis pacientes lectores.

Continuando el recorrido sobre las dos de la tarde y diez millas de Fort Stockton, no recuerdo si el viejo Cadillac del año ’56 que manejaba tenía roto el medidor de la gasolina o si por ir, como de costumbre, muy abstraído, se detuvo el armatoste por falta del preciado líquido, haciéndome acreedor de las reconvenciones de la madre de mis hijos. Aunque es de suponer que, en estos casos, cuando se nos detiene un vehículo súbitamente, la impresión que se recibe no puede ser más desagradable, sobre todo si esto ocurre en un lugar despoblado y no se tienen nociones de mecánica, de lo que se deduce que quedarse sin combustible sea el menor de los males. Salgo del vehículo e inspecciono superficialmente el motor, tratando de advertir alguna irregularidad, pero todo parece normal. Entonces tomo un recipiente que, afortunadamente traigo en el maletero y comienzo a pedir ayuda blandiendo la lata para declarar mi problema. Con tanta buena suerte que en breve se detiene un hombre y se ofrece a llevarme al siguiente pueblo. Una vez allí, el buen samaritano se ofrece a regresarme, lo que trato de declinar por no agraviarle, pero su ofrecimiento era sincero e insiste y accedo. Una vez junto a los míos, le expreso mi gratitud; él me dice que irá delante de mí –por si acaso-. Entramos al pueblo y voy derecho a la estación a rellenar el tanque. Cuál no sería nuestra sorpresa, al descubrir que, a la hora de pagar, había extraviado la cartera y, con ella, los recursos para continuar el viaje, amén de los documentos migratorios y licencia de manejar. Fue tal mi desesperación, que busqué hasta en el motor, porque todos sabemos que en estas instancias se pesquisa hasta en los puntos más inverosímiles. Despojé a Martha de una pequeña dote que le había dado al partir para uso personal, y con eso pagamos el combustible. Decidimos regresar al lugar donde se nos quedó el carro, y buscar allí, palmo a palmo, la imprescindible billetera. Invertimos no menos de una hora, peinando los hierbajos en un espacio mayor que lo lógico, sin ningún resultado, determinando volver a la ciudad y continuar contra toda esperanza la búsqueda. Noté que durante el momento de desesperación que permanecí en la estación, uno de los empleados nos miraba y sonreía, y en estas condiciones deduje que el individuo tenía algo que ver con mi desgracia, así que lo enfrenté con el mejor tono, dadas las circunstancias.

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El marabú

20. junio 2011

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-por Vicente Carballo

El viejo Ruperto se echó un salivazo en las palmas de las manos, se las frotó casi instintivamente y agarrando el mango del tridente, lo clavó con ímpetu junto al tronco de un marabú una y otra vez, con el único propósito de eliminarlo definitivamente.  Esta operación debía repetirla a lo largo de dos años, hasta convertir estas casi dos caballerías de tierra infectada de esta planta que, como una plaga que cuando tomaba posesión de un terreno, entretejía por el subsuelo una apretada urdimbre de raíces que, a su vez, se convertían retoñando en nuevas plantas, convirtiendo las tierras virtualmente en campos inútiles para el cultivo.

Pero Ruperto se había propuesto a toda costa erradicar hasta el último vestigio de la plaga, aunque para ello debía llegar a medidas extremas, teniendo en cuenta que sus instrumentos de trabajo consistían en tridentes, picos, machetes y, más que nada, su férrea voluntad.  A sus casi setenta años, había aprendido, con el contacto directo y constante con la adversidad, que este nuevo reto no caía dentro del círculo de lo imposible, si se tenía en cuenta que algunos de sus hijos vivían en los contornos en condiciones deplorables, rodeados de hijos pequeños que carecían de lo imprescindible.  Aquella tierra de nadie, que era como se llamaban a los campos en los que se posesionaba la nefasta planta, implicando con esto que la mayoría consideraba casi imposible deshacerse del flagelo verde.  Pero Don Ruperto, como le llamaban algunos con respeto, no era de ese parecer. Cuando el día clareaba, se ajustaba las polainas para protegerse de las agudas espinas que caracterizan al marabú.  Y después de afilar los machetes y azadones, acompañado de algunos de sus hijos, llegaban a lo que algunos de sus hijos llamaban ‘la locura de Ruperto’.

Día tras día el tridente y el azadón iban abriendo una brecha; lenta, pues no  bastaba con sacar a golpes de tridente el tronco de profundas raíces.  Era necesario echar al fuego hasta los fragmentos más pequeños, pues, cualquier vestigio que quedara bajo tierra, al primer aguacero retoñaría, convirtiéndose en breve en una nueva amenaza.  Así, día tras día los rústicos implementos de trabajo iban socavando el exuberante reino de la espina.  Y gradualmente iba en aumento la admiración que los vecinos de la comarca sentían por aquel hombre, cuya voluntad parecía estar forjada del mismo acero de sus azadas y tridentes.  Durante el día, el calor sofocante les obligaba a ponerse paños mojados sobre la frente, y para contrarrestar esta dificultad, idearon que sería más provechoso trabajar durante la noche, provistos de unos mechones de kerosén.  Colgando de varillas, en forma de trípode, recibían suficiente luz como para continuar la agobiante faena.

Algunos transeúntes detenían sus cabalgaduras para contemplar aquella escena fantasmagórica sin poder entender qué era lo que estaba ocurriendo.  Al final del primer año ya habían limpiado tres cuartos de caballería, y decidieron que debían aprovechar el advenimiento de la primavera y comenzar a sembrar.  Coa en mano, fueron depositando los granos equidistantemente, y con golpes del costado del zapato, iban cubriéndolos, al tiempo que se encomendaban a la Providencia para que se consumara el milagro del aguacero oportuno.  Y así fue, porque aquel era un hombre de fe.  Así que una semana después, mientras repechado en un taburete ajustando las clavijas a su guitarra, densos nubarrones resbalaron por la amplitud del cielo, y como cuerdas de plata, cantó el viejo la canción de la lluvia y de la vida.  Los ojos del anciano se humedecieron de gratitud, y llamando a gritos a su esposa, le decía una y otra vez:

-Ves mujer, ¡Dios me ha escuchado!

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El laberinto de las coincidencias

15. junio 2011

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-por Vicente Carballo

Hace unos días llegó a mi casa un amigo que tiene ínfulas de filósofo, y tuve la mala fortuna de que hiciera su aparición, cuando me disponía a cumplir con uno de los reglamentos del Manual del Vagabundo, que establece que para mantener en vigencia la membresía de la orden, es menester comer sardinas al menos tres veces a la semana. Y sépase que esto es un asunto de conciencia, pues no existe forma de hacer cumplir esta ordenanza por parte de la confraternidad.

Les contaba que llega este individuo cuando tengo el recipiente ovalado sobre la mesa y corto una cebolla en ruedas –único aderezo permitido por la orden-; estoy a punto de vaciar el contenido en la sartén, cuando el visitante me interrumpe con premura, como si advirtiera que estoy a punto de cometer un sacrilegio.

-¡Espera!… ¡Espera! –me dice. Me ordena casi a tomar asiento. Obedezco presa de la curiosidad, pues no logro imaginar qué es esto tan importante que quiere decirme. Entonces, adoptando un aire reflexivo, comienza con una pregunta:

-¿Te has imaginado que el acto que vas a consumar está precedido por una casi infinita multitud de coincidencias inextricables?

Quedo como en suspenso, esperando que simplifique el concepto. Él prosigue con estudiada parsimonia:

-Sí, así es en efecto. Esos pescaditos apretujados en el recipiente metálico, nadaban a su albedrío en la amplitud del océano. De hecho, es casi inverosímil ver cómo se mueven los cardúmenes, con una pasmosa simultaneidad, sin que podamos advertir cómo se dirigen estas fantásticas coreografías. He oído decir que estos desplazamientos crean un efecto hipnótico que desorienta a sus perseguidores. Me es difícil creerlo por resultar demasiado sofisticado. Pero bueno, el hecho es que dentro de aquella incalculable multitud, estas que estabas a punto de devorar, se movían con absoluta libertad; podían haber tomado un rumbo u otro sin que nadie se los impidiera, pero ese día, coincidentemente, entre otras cientos de miles, se hallaban dentro de los parámetros del chinchorro del navío. Ahí da comienzo una larga sucesión de hechos que se sumarán a la increíble cadena de acontecimientos, que hacen posible que hoy estén sobre tu mesa. Una vez atrapadas tus veintidós sardinas, irán a parar a la bodega del barco a engrosar el cargamento de quizás millones de sus congéneres. Llevadas a la planta procesadora donde se integrarán a la pesca total de algunos días, cuyas proporciones son inimaginables.

En este instante, el aprendiz de filósofo toma el recipiente con cuidado para no untar las yemas de sus dedos de la sustancia entomatada, y después de leer la procedencia del producto, el cual resulta venir de Noruega, continúa su disertación y observa que todo este fenómeno ocurre en el extremo opuesto del planeta. Hecha esta salvedad, prosigue:

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El manual del vagabundo

25. mayo 2011

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El manual del vagabundo

Vicente Carballo


Cuán oportuno resultaría que fuésemos capaces de olvidar a voluntad todos aquellos recuerdos que se han ido incrustando en nuestro cerebro con el curso de los años, y que forman parte de lo más deleznable y doloroso de nuestra existencia. De ser esto posible, yo quisiera olvidar para siempre el rictus de amargura y perversidad de aquel rostro, cuando tomaba el cinturón de cuero, sostenido por un clavo en la pared, y se disponía a impartir ‘justicia’ y disciplina. En esos momentos, de nada servían las súplicas y protestas de inocencia del desdichado, porque aun en el supuesto caso de que la víctima pudiera, después de la tunda, demostrar su total inocencia, jamás recibiría una palabra de disculpa o conmiseración, sino que, por otra parte, en el epítome de la desfachatez, ella se limitaba a decir algo así como que los golpes recibidos quedaran en saldo de alguna otra instancia en que se hubiera delinquido, sin haber sido comprendido en el acto, y esto daba por terminada la cuestión.

Esta bestezuela fue la mujer con la que se juntó mi padre, al quedar disuelto su matrimonio con mi progenitora cuando tendría yo seis años. Volviendo a la inquisidora, hago notar que, en aquellos penosos trances, se sufría, tanto si eras condenado o como ‘simple’ espectador, pues para mí era intolerable ver golpear a mi hermano, tanto o más que recibir el castigo. El insufrible sentimiento de impotencia, de presenciar a alguien a quien amas entrañablemente, haciendo cabriolas y retorciéndose para tratar de esquivar los golpes, oírlo frenético implorar misericordia, y uno sabiendo que eso no ocurriría hasta que se canse el brazo del verdugo. Presenciar ese horrendo espectáculo sin poder detener la mano criminal, por más que he tratado de superarlo con el curso de los años, ha dejado escondido, como una larva fatal en alguna rendija de mi corazón, un amargo resentimiento que he de arrastrar –me temo- hasta el último minuto de mi existencia.

Uno de esos aciagos días en que me tocó a mí ocupar el potro del suplicio, por un asunto banal que tomó proporciones descomunales, porque ya empezaba yo a contestar y repeler los abusos, y allí no se toleraba ni el menor acto de rebeldía, entre golpe y golpe juré que esa sería la última vez que expondría me pellejo al chasquido del látigo. Y fiel a estas promesas, al amanecer del siguiente día, puse mis exiguas pertenencias en un saco de yute, como mochila, y salí a desafiar el mundo.

Para entonces había yo cumplido los doce años, los cuales habían transcurrido en medio de las mayores penalidades. Y lo único positivo de todo aquello era el haber adquirido una madurez que no parecía corresponder a mi corta edad, y si a eso le añadimos la lectura de uno que otro libro, quedaría justificada mi incipiente precocidad.

Al alba del día, tomé la vía ferroviaria que pasaba por aquellos contornos, por considerarla menos transitada, y porque atravesaba por lugares donde abundaban huertas frutales imprescindibles para mi subsistencia. A paso lento me fui alejando de los suburbios de la ciudad. Iba de un lado al otro de la línea, recopilando cualquier fruta para engrosar mis reservas. El día transcurrió en medio de un regocijo tal, que no parecía tener noción del tiempo. Mi euforia sólo se veía empañada por el recuerdo de mis hermanos, que habían quedado atrás sujetos a aquel tenebroso mundillo.

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Primera Parte

5. enero 2011

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Miguel Cervantes

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Primera Parte

PRÓLOGO
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este
libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo
y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir
al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante.
Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío,
sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos
varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se
engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde
todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la
amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las
fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más
estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen
de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin
gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para
que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las
cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco
padre, soy padrastro de Don Quijote, no quiero irme con la corriente
del uso, ni suplicarte, casi con las lágrimas en los ojos, como otros
hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi
hijo vieres; pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu
cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde
eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente
se dice: que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y
hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia
todo aquello que te pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te
premien por el bien que dijeres della.

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Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

4. enero 2011

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Cervantes, Miguel

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Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de
la Mancha

Prólogo al lector
¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas,
riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel
que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en
verdad que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan
la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción
esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del
atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir
es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano
haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera
nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los
siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas
no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos,
en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más
bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de
manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera
antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de
mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en
el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la
honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe
con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con
los años.

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