El General

25. septiembre 2014

-por Vicente Carballo

Cuando el hombre hizo su entrada, lo primero que noté fue su sorprendente parecido con el general Stonewall Jackson, aguerrido héroe de la guerra civil Americana, y brazo derecho de Robert E. Lee, General en Jefe de aquella epopeya, Jackson de imponente figura, medía más de seis pies, una barba grisácea le cubría la mitad del pecho, era de finos ademanes según las costumbres de la aristocracia sureña, y un hecho que me llevó a admirarlo al toparme con él en las páginas de la historia, fue su fe en los desginos de la providencia. 

Cuéntase, que antes de entrar en combate hacia arrodillar sus soldados y pedir anticipado perdón por la sangre pronta a derramar, comportamiento que a mi ver se aviene con la descripción de plutarco de lo que a de ser un gran capitan.  Pero temo que mi emocionada admiración por el general me lleve más lejos de lo que quisiera ya que mi propósito consiste en ocuparme de un hecho en referencia a este carácter que hizo su entrada fortuita al lugar donde me tomaba un café matutino. 

Decía que el individuo en question tomó su lugar en la fila de personas que esperaban ser servidos.  Fue entonces cuando reparé en su aspecto que denotaba, tratarse de un vagabundo, vestía una chaqueta sucia en extremo y raída, una gorra descolorida, y un par de sandalias abatidas por el rigor de las largas caminatas.  Al descubrir su increíble parecido con el General Jackson, senti una inmediata admiracion por el.  Me levanté de la mesa, y me paré tras el con el proposito de invitarlo a un desayuno, pues deduje por su pobre indumentaria que no me declinaria la invitación.  Lego por fin al mostrador y comenzó a sacar unas monedas y a preguntar a la muchacha de la caja registradora cuanto le era posible comprar con su exiguo capital.  Fue entonces que le asegure a la cajera que le diera lo que pidiera que yo pagaría el importe, y el General volteo la cabeza y con palabras casi inaudibles me dio las gracias. 

Tomó su bandeja y se alejó como quien escapa a lo más recóndito del lugar; se sentó dando la espalda a todos y comía como a hurtadillas como si el haber aceptado la invitación lo pusiera ahora como niño castigado expuesto a todos su precaria situación.  Allí permaneció un largo rato, aun después de haber consumido los alimentos; desde lejos observe su reposada continencia.  Me hubiera gustado sentarme junto a él y haberle hecho algunas preguntas pero temí importunare o que pensara que mi largueza tuviera como propósito someterlo por algún extraño morbo a una interrogación, algo que parecía rehuir.  Por la ventana observe que habia dejado recostado a la pared el macuto, que al igual que su dueño, daba muestras inequívocas de los embates de aquella vida vagabundil.

El individuo después de alrededor de una hora, se levantó y se dispuso a partir.  Vino extrañamente hasta donde estabo yo sentado, y sacando de su chaqueta una diminuta libreta me pidio mi nombre y mi direccion.  No le pregunte si existía alguna razón para su pequeña demanda, ante la dificultad de poder consignar la información debido al temblor de sus manos, que denunciaron sus pasadas o presentes incursiones por los dominios del alcohol, tome la pluma y con la letra más pequeña y clara dado lo del cuaderno, satisfice su petición.  Me estrechó la mano, y ya a punto de partir le puse un billete de cinco dolares, lo vi levantar sus matules y alejare Dios sabe hacia donde.  Aqui podria terminar este encuentro fortuito.  El tiempo que pulveriza todo a los pocos días, cubrió como cubre la tormenta de arena en el desierto cualquier vestigio de este suceso y todo continuó con la regularidad de la vida ordinaria. 

Entre el fárrago de facturas y anuncios publicitarios que se reciben diariamente me sorprendió una carta de corte personal.  Antes de abrirla la examine detenidamente.  Resultaba muy raro e intrigante una correspondencia en que el remitente estampara en forma manuscrita en el sobre procedencia de la misiva, sobre todo en un tiempo en que esa forma comunicativa es virtualmente obsoleta por existir otros métodos más expeditos y convencionales. 

Al fin pudo más la curiosidad que estas consideraciones y abrí el sobre.  La escueta esquela se componía de seis renglones irregulares y torcidos dando la impresion de que el autor no se preocupo en lo absoluto de las formas, sino del asunto a tratar.  Textualmente se leia:

Querido Vicente.  Te conocí hace muchos anos en un McDonald de esa ciudad.  Si esta misiva llega a ti, por favor llamame al numero de telefono que te adjunto.  Gracias, William.

Ni tardo ni perezoso tome el telefono y marque el numero en la misiva.  Me contesto una mujer, pedi hablar con William, y cuando este estuvo en línea comenzó un rápido interrogatorio de mi parte, pues sospechaba que podía tratarse de uno de tantos esquemas publicitarios en los que tratan de timar a los inatentos.  El me escuchó con respetuosa discreción y cuando le dejé hablar me relató el suceso de nuestro encuentro con lujos de detalles tales que recordé el incidente aunque en su momento no parece tener relevancia alguna.  Ahora el por uno de esos avatares del destino se habia convertido en un millonario y entre otras cosas quería ver a quienes en aquellos tiempos aciagos le habían tendido una mano fraternal, y gracias a los apuntes de su libretita habia conservado mi nombre y direccion.  Ahora en un tono afectuoso me pedia que formara parte de un escueto grupo de personas que al igual que yo según él formaban parte de los que a lo largo de sus andanzas le habían socorrido y él quería congregar en su nuevo emporio.  Me afirmo que de aceptar su ofrecimiento para lo cual insistió con afectuosa vehemencia, el enviaria los recursos necesarios para tal empresa.  Ante tan noble ofrecimiento no puse resistencia así que quedó acordado que en una semana me presentaría en Palm Springs, que era el lugar donde se encontraba “El General”. 

Y dicho y hecho.  Tres dias despues deposito en mi cuenta bancaria dos mil dolares y recibi confirmacion de vuelo y la hora, amaz de que él habia comprado el boleto.  Todo parecia indicar que “El General” no habia escatimado esfuerzos ni dinero en el proposito de congregar a su alrededor a un grupo de personas a las que esperaba mostrar en forma muy especial su gratitud.  Fui en la fecha y la hora convenida al aeropuerto, después de los pasos de rigor me vi, levantando el vuelo hacia la incógnita, me movía más que nada volver a encontrar con aquel carácter que en un principio podía haber considerado a la ligera conceptuando como a otros tantos, personas de conflictos mentales que hacían a los caminos por rehuir el rigor de la vida en sociedad, que obliga a conformar ciertas reglas. 

–El Arribo–

Nunca antes habia conocido aquel lugar de cierto renombre en el estado de California.  A una sugerencia de mi anfitrión lleve una cartulina con mi nombre y procedencia la cual mostré hacia todos los lados, hasta que sentí unas palmaditas en el hombro.  Al voltear la cabeza fui interceptado por un asiatico que me declaraba en un inglés peculiarisimo que era el enviado de William a quien yo llamaba “El General”.  Nos escabullimos entre la multitud y llegamos donde el Señor Cheng, que ese era el nombre de mi guía, tenía su automóvil.  Durante todo el viaje el hombre permaneció en intrigante silencio, y por fin llegamos a una importante mansión erigida en medio de una extensión de terreno donde podía apreciarse un jardín bien cuidado y lleno de diversas flores.  En medio de aquel, como paraíso, un kiosko o “gazebo” donde charlaban algunas personas y entre ellas destacándose por su estatura el hombre que habia conocido hace diez anos, su fisonomía habia cambiado muy poco, excepto que ahora vestía una guayabera blanca que le daba en aire de los dueños de las plantaciones sureñas.  Su cabello habia emblanquecido totalmente al igual que la barba. 

Yo me lo imaginaba como un profeta de la antigüedad.  Me recordo a Witham, el exquisito poeta de Long Island.  Cuando me vio llegar, interrumpió la conversación y viniendo a mi encuentro me abrazó con efusividad una y otra vez me estrechaba fuerte contra su pecho aunque tuviera que inclinarse por su estatura.  Nunca antes un extraño de dio muestras de un afecto a mi ver tan inmerecido como este hombre cuyo recuerdo se habia perdido en la penumbra de los anos con su brazo sobre mi hombro me llevó donde estaban sus amigos e hizo una presentación que yo considere excedida en elogios y esperaba nerviosamente que llegara su fin.  Despues me pidio con cordialidad que ocupara una de las sillas y continuo una conversación que ya estaba en curso a mi llegada, cuyo tópico parece ser anécdotas y reminiscencias de su vida pasada que según él fue un periodo especial o algo así como Gorky Mis Universidades, en el que nutrió su espíritu de la savia de la vida y aprendió el carácter de los seres desde diferentes ángulos.  Yo preferí escuchar, descubriendo a lo largo de su conversación que El General era un hombre bastante común, simple diría yo, sin las inextricables complejidades de una mente inquisitiva.  Sus impulsos parecias todos más emocionales que reflexivos.  Todo su carisma radicaba más en su espíritu que en cerebro. 

Hizo un alto en la conversación y volviéndose a mí me pidió que diera algunos pormenores de mi vida.  Trate con la mayor brevedad posible de satisfacer su curiosidad y le relaté mi simpatía en el dia de nuestro encuentro en relación con Jackson y a mi ver su increíble parecido con el héroe de chimichagua, gracias a una breve introducción que hice del General, a quien parecía ignorar, uno de los presentes tomó la palabra y a partir de entonces, recorrimos los diferentes escenarios de aquella guerra que produjo tantos y diferentes caracteres, de uno y otro lado de los dos ejércitos.  Pero en general, la conversación pareció aburrir a algunos y comenzaron con otros tópicos, inclusive el deporte en lo que la mayoría parecía coincidir.  El Señor William, el anfitrión, era a mi ver alguien que trataba de restablecer su personalidad.  Un alma simple que habia sobrevivido una experiencia extraordinaria, la cual se inició en el alcohol y progresivamente en otros estupefacientes hasta llegar a cierto grado de insania que fue el estado en que le conocí cubierto de harapos.  esta laxitud mental parece haber servido para refrenar su perdición total pues lo que la mendicidad ofrecía no era capaz de suplir la demanda progresiva de algunos vicios.  Ahora vestido de traje y afectado y habiendo recibido algún tratamiento, su comportamiento daba la impresion de que todas sus fluctuaciones de carácter habían quedado en los penumbras de su pasado.  Pero era notorio cierta patológica urgencia de demostrar a todos la excelencia de su persona y sentirse rodeado de admiradores elevaba su ego y lo hacían sentirse realizado a pesar de todos los desaciertos del pasado.  Así las cosas fui poco a poco desentrañando aquel obtuso en algunos términos.  A la semana de estar alli, y despues de innumerables agasajos, le anuncie al General mi deseo de volver a mis quehaceres.  Entonces tomándome de un brazo me llevó a un lugar apartado y me confesó su deseo de depositar en mi cuenta una suma cuantiosa para que pudiera un negocio o simplemente viviera unos anos sin preocupaciones.  Me negué rotundamente a su ofrecimiento hasta el punto que le suplique no hiciera tal cosa porque esa largueza de su parte invalidaba mi gesto de anos atrás.  El parecía desconcertado con mi actitud, pues ya otros habían recibido el ofrecimiento con gran júbilo.  Así me despedí de aquel hombre que quedó intrigado con mi conducta y volví a mi ciudad y unos días después requeri la pluma y me dispuse a consignar estos hechos y a observar con cuidado el flujo de seres de tan diferentes aspectos y pensando ahora con más razones que nunca de que cualquiera de estos transeúntes guardaran en los anales de su memoria hechos y situaciones que si alguien pudiera escribirlas con apasionada exactitud, serian capaces de generar admiracion o profunda compasión en otros. 

Publicado por Rincón de Amistad en El Rincón de los Libros

«

 

Enviar Comentario