La dama de la silla de rueda

24. agosto 2014

-por Vicente Carballo

Ella se aferra a la silla de ruedas con la maestría que le confieren más de veinticinco años de confinamiento sobre este armatoste desvencijado, pero que su dueña hace moverse con destreza por entre los innumerables obstáculos que inundan el piso, ni una queja ni un ademán de hastío reflejan sobre su rostro el profundo abatimiento de una vida que transcurre lenta y oscura como un río de fango.

Pamela es uno de esos seres que uno desearía nunca haber conocido, porque una vez de haber traspasado los umbrales de aquella vida mustia, que realiza esfuerzos extraordinarios por convencer de que todo está o estará bien, pero entre todas sus desgracias ninguna mayor ni más constante que la presencia de su marido quién la culpa de todas sus desventuras, pues según confidencias suyas, poco tiempo después de casarse, ella quedó paralítica debido a un accidente automovilístico y por los últimos veinticinco años él ha tenido que cuidarla como a una niña sin obtener los beneficios de un matrimonio normal, parece ser que esta larga frustración lo ha convertido en un ser amargado y resentido contra la infeliz mujer, tanto que está constantemente en acecho de que algún visitante pueda tener una palabra amable sobre ella- que no está exenta de simpatía- y en su conversación demuestra un trasfondo de cultura poco común, había leído algunos libros bien leídos, que yo quise creer que formaban parte de la formación de un carácter estoico y fino intelecto.  Recuerdo una vez un incidente que demuestra el celo del esposo no celo masculino obviamente pero uno más venenoso y degradante, en una de mis visitas, note colgada en la pared lo que parecía una flauta en su estuche, le pregunte a Pamela, si era ella la que tocaba el instrumento me respondió afirmativamente, pero note algo así como un leve retraimiento, en su respuesta y preferí desviar la conversación por otro rumbo, pero siempre con la incertidumbre del porqué, aunque ya tenía yo ciertas inferencias de que el esposo a más de saberla atrapada sobre la silla, también la prefería reducida a la nulidad total.

El esposo me está dando su versión de su vida.  La presencia de ella, interrumpe el rosario de lamentaciones de él, la mujer en un tono humilde nos pregunta si deseamos un café, él como para deshacerse de ella, asiente afirmativamente y esto me da oportunidad de presenciar con cuanta desenvoltura, se mueve hasta la cocina, sorteando todo obstáculo, mueve los enseres de la estufa y procede a poner sobre la hornilla agua con el perol y queda esperando hasta que el líquido entra en ebullición, toma dos tazas y pone una cucharadita de café instantáneo y otra de azúcar y en una bandeja que pone sobre sus piernas llega hasta nosotros con la infusión y nos pregunta después de que hemos dado un sorbo, si está bien de dulce, yo le doy efusivamente las gracias y el marido la mira con la frialdad habitual.  Descubrí que el marido, si ella trata de tomar parte en alguna conversación con algún visitante -que son pocos-, como un tábano furioso le ataja toda palabra y finalmente le asigna alguna tarea para despacharla.

Ella, humildemente baja la cabeza y se reduce a su voluntad, esta actitud, me produce un estado de indescriptible ansiedad, y como no me es posible hacer nada me prometo en silencio, evitar en lo posible mis visitas al lugar para no verme en tan ardua disyuntiva.  En realidad bastaron unas visitas, para que sintiera mi adhesión y mis simpatías por la paralítica, ella sabe que la admiro y siento que este sentimiento es recíproco y que da a su vida marchita un refrigerio espiritual.  Al menos, ella reafirma su convicción de que su pareja es un monstruo, que no es solo una apreciación viciada por la mala voluntad que este le inspira por el tiránico trato al que la ha sometido, yo le he declarado que estoy consciente de su mala voluntad hacia ella; más allá de cualquier razón que él tenga; este hombrecillo es a mi ver un personaje tenebroso.  En este punto siento que el esposo comienza a tenerme ojeriza al notar que simpatizo con su esposa y que converso- quizás demasiado con ella-.

Hice referencia a una flauta que colgaba de la pared, a cierta altura como para que la mujer no tenga acceso a ella y pueda encontrar refugio en el que parece el último vestigio de su identidad pasada, pues llegue un día a visitar a mi amiga, y la encontré sola pues su inquisidor había salido de la ciudad, después de algunas palabras le confesé que deseaba oírla tocar la instrumento, me pidió solícita que se la alcanzara, y después de ajustar algunas claves, mientras con voz de soprano solfeaba tratando de afinar el instrumento una vez terminada este preámbulo, comenzó a llenarse el recinto de los arpegios que su habilidad musical lograba arrancarle que unos minutos antes yacía estático, desolado en un ángulo oscuro de la habitación y que su dueña sabía dar vida y estremecer con increíble dominio.

A Partir de entonces su persona tendría para mi otra poderosa razón de admiración y respeto.  Supe que había sido parte de una sinfónica a nivel estatal y que la música formaba parte integral de su vida, hasta que llegó el gran silencio de un tiempo él la acompañaba a la iglesia, donde formaba parte del grupo musical del templo, pero después del accidente él la sometió al oneroso ostracismo como parte de un plan para pulverizar cuanto de dignidad y orgullo puedan permear aquel carácter luminoso.

De más está decir que su éxito ha sido insignificante, todos los que visiten el lugar notaron en breve que sobre aquella silla yace confinada por un aletazo del destino, un espíritu firme, y una voluntad serena y suave como el terciopelo.

En una de mis visitas en que el marido no estaba presente, Pamela me mostró un álbum de fotos donde entre otras ella, aparecía en un viaje que había hecho en compañía de su familia al estado de la florida en una de las fotos ella, radiante con la cabellera al viento junto a un jardín, entonces yo tendría dieciocho años… Y Así va describiendo  una a una las fotos de aquellos días venturosos y me imagino que ella, no quisiera que lleguemos al final del álbum, sus ojillos se han humedecido de lejanas añoranzas y su rostro todo se ha transformado como si nos dijera con cada foto:  Ven yo también fui bella y formé parte del mundo alguna vez.

Es fácil advertir que el esposo permanece junto a ella, porque espera que muera para quedarse con la propiedad venderla y largarse a otra parte, pero el tiempo a transcurrido sin que ocurra el esperado desenlace, mientras él ha ido acumulando resentimiento y al mismo tiempo castigando el vivir junto a alguien solo con la esperanza de heredar esta propiedad que le fue dejada a ella por sus padres: esto creo es la razón de su carácter hostigante hacia la pobre mujer.

A pesar que este sujeto vive de una pensión que el estado le asignó a ella por su condición de deshabilitada en fin que mirándolo bien él resulta beneficiado pues recibe una compensación por supuestamente cuidar de ella. ¡Qué ironía!

Es impresionante que durante una conversación él pueda parecer una persona amable y hasta con cierto buen humor, pero su Pamela le interpela por cualquier razón, el cambia el rostro y como un verdadero actor, se transforma de alguien jovial, en un ser irascible se contraen los músculos de su cara y un rictus de severidad denuncia en última instancia desdén.  Este constante rechazo hace que uno se pregunte cómo es posible odiar con tanta intensidad, sin duda alguna, a de tener para él consecuencias funestas el odio es un veneno mortal y quien la contenga termina contaminado y por último consumido y todo esto sin que el que odia con esta vehemencia patológica las más veces no reconozca lo nocivo de su comportamiento.

Abrumado por una situación que no me debía afectar, siento que me he ido sumergiendo en el abismo de aquellas vidas y muy a mi pesar empiezo a ser parte integral del doloroso drama de la pareja, y aunque mi actitud evasiva afecte un comportamiento avestruz he decidido ausentarme al menos por un tiempo, para tomar oxígeno en la superficie, y olvidar-si es que se puede- que existe este caserón ruinoso a las afueras del pueblo, y si tuviera que pasar por aquí, voltear la cara, para no caer en la tentación de un contacto que a la postre no servirá más que para exacerbar mis sentimiento de impotencia.

Alrededor de un año y medio ha transcurrido, desde la última vez que vi a Pamela, pero hoy, he pasado por curiosidad junto a desvencijada mansión y noté que habían puesto un rótulo anunciando la venta del caserón.

Mientras me alejaba del lugar, daba rienda suelta a la imaginación llegué a pensar que Pamela debía haber fallecido, y que el bribón de su marido, sería ahora dueño absoluto de aquel predio; no pude resistir la tentación y, regresé al sitio y quien vino abrir la puerta resultó una increíble sorpresa, nada menos que la dama de la silla de ruedas quien me recibió con la amabilidad habitual, me invitó a pasar y note que estaba acompañada de una muchacha a quien me presentó como a una sobrina, después de algunas palabras de rigor, ella pareció adivinar que iba a preguntarle por el marido y con cierta reticencia me confeso que Terry había fallecido viniendo de un viaje con su amigo, en que el vehículo se salió de la carretera yendo a caer en un profundo barranco donde su acompañante quien milagrosamente escapó ileso contó que sus últimos momentos fueron de indescriptible agonía pues el camión se incendió y las llamas se propagaron a tal punto que a él le resultó imposible todo intento de rescate, teniendo que sufrir los gritos desgarradores que salían de aquel infierno.  Cuando llegaron los bomberos ya había pasado más de una hora, y sacaron el cadáver con la mayor discreción posible dado el aspecto que presentaba el cuerpo al ser lamido por las llamas.

Este encuentro fortuito con la muerte, me hundió en profundas meditaciones, para terminar confirmando que el Creador, comienza  ajustar cuentas casi siempre aquí en el escenario de nuestras villanías.

Cuando mi amiga me relató esta historia, noté que su dolor ante el dramático fin que tuvo el que fuera su cónyuge era sincero había en sus palabras una intensa carga emocional.  De cierta manera ella creía que su marido no merecía una muerte tan dolorosa, y justificaba su carácter precisamente como una reacción de haber tenido que luchar con ella en sus insuficiencias;

Ahora ella era la que deseaba abandonar aquel lugar, empezar una nueva etapa de su vida.  Había podido vender a precio de remate, una gran cantidad de refacciones para carros antiguos que su esposo había acumulado con el tiempo y lo que constituía su ocupación principal.

Todo estaba inventarios y empacado en cajas con la descripción y el precio de cada parte.  Un trabajo minucioso que él tomaba muy en serio.

No permitía a nadie entra al santo santorum de su colección, con precaución desmedida tomaba cada caja como s i se tratara de algo muy frágil, así de meticuloso y organizado era  y Pamela ahora ponderaba esas características.  Ella por el contrario había rematado y permitido que algunos de los que respondiera a su aviso en la computadora campearan con pies sacrílegos los espacios donde se almacenaba la mercancía.  Vendió casi todo y ahora solo esperaba deshacerse del inmueble para irse a vivir con su hermano en Arizona.

Nos despedimos, y por una u otra razón no volví por allí, hasta un año y medio después, y cuál no sería mi sorpresa al constatar que donde otro tiempo se levantó aquel viejo edificio, ahora los que compraron la propiedad habían construido una clínica veterinaria talando los árboles que rodeaban la antigua propiedad ¡Todo tan diferente!  Concluí en que el tiempo todo lo pulveriza, me detuve por un momento y pasó como una película silente por mi memoria el recuerdo de aquella mujer, pedí a Dios que donde quiera que estuviera, su corazón hubiera encontrado la paz y cerré el libro de sus memorias y me aleje de aquellos contornos un poco más feliz por la esperanza de su bien.

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