¿Por qué si la salvación es por gracia yo debo observar la ley?

18. febrero 2014

Hola amigos,

Yo soy un joven que por casualidad entré a este blog. Entré a “preguntas en nuestro buzón” y me gustó la forma como Ustedes explican las cosas, así que me he sentido animado a hacer una pregunta. No he querido hacerla en mi iglesia porque pienso que es un tema que todos debemos entender y me da vergüenza porque yo no lo entiendo. Les felicito por este lugar tan especial que tienen y les agradezco que me contesten.

Mi pregunta:

¿Por qué si la salvación es por gracia yo debo observar la ley?

Hola Joven,

Gracias por visitar el Rincón de Amistad y escribirnos con esa pregunta tan importante. Tu pregunta presupone que hay que observar la ley aunque la salvación sea por gracia. La ambigüedad con que se expresa la relación de la ley y la gracia respecto de la salvación en esas palabras, puede ser la causa de tanta confusión en las iglesias cristianas. No es que lo hayas expresado mal ni bien, es que el lenguaje no puede expresar algo tan maravilloso en pocas palabras. Vamos a dedicar el espacio que sea necesario para responder a tu pregunta, y esperamos que después de habernos leído y comparado lo expuesto con la Biblia, se aclaren tus dudas. Primeramente vamos a ver en breve dos sistemas, para ver si responden a tu pregunta. Luego presentaremos una tercera opción –que aquí exponemos como el sistema de doctrina que más abunda-. Finalmente, viendo que estos tres sistemas no le son fieles a la Palabra de Dios, desarrollaremos una exposición que tiene sus raíces en lo que la Palabra de Dios nos dice de la santidad y justicia de Dios, Su misericordia y cómo se relaciona Dios con el hombre a lo largo de la historia. Así entenderemos mejor lo que significa ser salvo. Salvos por la ley, por la gracia sin la ley o por ambas, o si hay aún otra manera de entenderlo. Esta otra manera de entenderlo es a lo que nos acogemos nosotros. El abismo de separación que hay entre el hombre más pecador y Dios, y su incapacidad de conocer la ley de Dios que ha puesto en su conciencia, ¿le hace a este hombre libre de esa ley? ¿Si hubiera un hombre, aunque fuera uno solo, capaz de cumplir la ley a la perfección, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, sería ese hombre merecedor, no solamente de la vida eterna, sino de tomar para sí a aquellos que no han podido ni podrán cumplirla, dándoles vida eterna, a la inversa de lo que hizo el primer representante de la humanidad, Adam, dándoles la muerte? Las respuestas a esas preguntas y otras se harán más fáciles de contestar a medida que avancemos en este estudio.

El antinomismo (contra la ley) enseña que la fe en Jesucristo es la única condición para la salvación, y por tanto, eres libre en Jesús para hacer todo cuanto se te antoje. La ley, que no nos justifica, se desprecia y rechaza. Tienes licencia para pecar, porque ya el pecado no te condena, por el hecho de creer en Jesús. Obviamente tú no crees eso, porque la pregunta que has hecho, como ya hemos dicho, presupone que sí hay que guardar la ley. El antinomismo es una doctrina herética, por cuanto no se ajusta a la Palabra de Dios. 1Jn. 2:3-6 (Haz clic sobre la referencia y se abrirá un cuadrito que te permitirá leer los versículos) es un solo ejemplo entre tantos.

El legalismo es la otra cara de la moneda del antinomismo. No se ha desarrollado una doctrina cristiana llamada legalismo, pero se entiende por legalismo aquellas doctrinas, prácticas y enseñanzas que ponen tanto énfasis en las obras y la ley, que pareciera ser que el hombre es justificado ante Dios por medio de las obras y su obediencia a las leyes de Dios, a diferencia de lo que nos enseña la Palabra de Dios. (Rom. 5:1) Esta doctrina es tan herética y perjudicial como la anterior.

Una mezcla de estos dos sistemas. La solución a estas contradicciones no está en ver cuál de los dos escogemos, porque los dos son contrarios a la Biblia. Tampoco está en buscar un término medio. Nos atrevemos a decir que es ahí donde radica el mayor de los problemas entre las iglesias hoy día, en intentar hallar el centro de convergencia entre los dos sistemas. Nos referimos aquí a un número muy elevado de iglesias cuyas doctrinas intentan amalgamar la ley con la gracia, sin distinciones, solo separando las leyes ceremoniales del decálogo y aquello que nos mandó hacer el Maestro. Estos sistemas nos llevan a la siguiente conclusión: Sí somos salvos por gracia, pero hay que obedecer los diez mandamientos y la regla de oro de Jesús para agradar a Dios, porque solamente agradando a Dios lograremos la salvación de nuestras almas. Sin embargo, no hay nada más ajeno a la Biblia que este concepto errado. Esa es, lamentablemente, la enseñanza de tantos hoy día, y creemos que es la causa de tu confusión, joven. Por eso, a continuación nos proponemos hacer una exposición breve, pero sin obviar los detalles más importantes de la naturaleza de la ley y la gracia y su relación con la salvación.

A diferencia de lo que hemos mencionado arriba, nuestra exposición mostrará, por las Escrituras (sola Scriptura), que la salvación es solamente por gracia (sola gratia), que solamente somos justificados por la fe en Jesucristo (sola fide), y que como consecuencia de esa justificación por la fe, nuestro nuevo nacimiento en unión al cuerpo de Cristo, nos impele a vivir una vida de santidad gradual, y esa vida de santidad es la que nos hace conocer la ley de Dios y obedecerle como hijos y siervos fieles a Él. Todo esto sin invertir el orden de las cosas. Entendiéndolo así sabremos que nuestra obediencia a la ley jamás será la causa de nuestra salvación, y que creyéndonos que sí lo es representa una afrenta al mismo Dios, así como despreciar la ley de Dios es igualmente una afrenta a Dios.

¿Qué es la salvación? Ser salvo… Ese es un término tan difundido como decir: “La luz del día”. Pero, ¿qué es la luz? Un niño de un año sabe lo que es la luz, y un niño de doce años sabe lo que es salvación. Pero, ¿realmente lo saben? Si yo te pidiera, joven, que me expliques la naturaleza de la luz, ¿podrías hacerlo? Isaac Newton, un genio, se desvelaba noches enteras intentando responder esa pregunta acerca de la luz, la pregunta que para nosotros puede ser tonta y a la que no le damos mucha importancia. Algo parecido nos suele suceder con las cosas espirituales. La luz, para algunos, es un hecho, existe y ya, punto. No hay más que hablar. La salvación, para algunos cristianos, es eso, salvación es Dios ofreciéndonos vida eterna con Él en el cielo y punto. Pero para entender la salvación, hay que saber de qué o de quién nos estamos salvando, porque salvación implica que hay algún peligro del que tenemos que librarnos. Ese peligro no es uno ‘de qué’, sino uno ‘de quién’. Y ese ‘quién’, dirán algunos, es Satanás. Pero estarán horriblemente equivocados. La Biblia nos enseña que Satanás no tiene ni el poder ni la autoridad para llevarse consigo al que él quiera al infierno. (Cf. Mt. 28:18, Mt. 10:28). Luego somos salvos de la ira de Dios (Ap. 16:1). Y esto es sumamente importante que lo entendamos, porque si la salvación la entendiéramos como librándonos de las garras de Satanás, la justicia de Dios sería un concepto nebuloso, por el hecho de vivir huyéndole a Satanás, y no entender la grandeza de la ley de Jehová.

¡La ley de Dios! ¿Cómo puede haber personas que con sus bocas confiesan a Jesucristo y sienten desprecio por la ley de Dios? La justicia de Dios es implacable y su ley perfecta. La ley de Dios es un espejo sobre el que vemos reflejada nuestra naturaleza porque es esa ley la que nos habla de Su majestad. “Pues que yo soy Jehová vuestro Dios, vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo…” (Lv. 11:44). Jamás podremos reconocer nuestra necesidad de ser salvos si antes no contemplamos la santidad y la justicia de Dios, y esa santidad y justicia la vemos en Su ley. A veces pasamos por alto -y muy a pesar nuestro-, el hecho de que, en el contexto de la historia, la ley precede a la gracia. Lo que antecede a la creación pertenece a la eternidad, y la eternidad no tiene orden cronológico, por eso hemos dicho que la ley precede a la gracia en el contexto histórico. Si bien los planes del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, antes de la creación incluyeron la ley y la gracia respecto de Su creación, en lo que toca a la humanidad, en Adam, antes de la caída, no había necesidad de una gracia salvífica. Lo que hace Dios con Adam es un convenio legal, un pacto de obras. Vamos a examinar ese pacto de obras.

El pacto de obras

La historia de Génesis no nos dice que es un pacto, pero que sí lo es lo sabemos porque reúne todas las condiciones de un pacto, y también por el profeta Oseas cuando habla palabra de Dios contra Ephraim y Judá y los falsos profetas diciendo: “Mas ellos, cual Adam, traspasaron el pacto: Allí prevaricaron contra mí” (Os. 6:7). Adam estaba sujeto a un pacto que Dios había hecho con él. No solamente Dios le prescribió sus obligaciones, de henchir la tierra y sojuzgarla, sino que como fruto por su fidelidad “todo árbol delicioso a la vista y bueno para comer” le sería dado, además de la seguridad de vida eterna, teniendo la oportunidad de comer del árbol de la vida y vivir así para siempre (v. Gn. 3:22). Dios no le prohibió comer de él, sino que sólo después de su desobediencia sacó a Adam del huerto y puso querubines y una espada encendida que rodeaba el árbol de la vida, para que no comiera de él y viviera para siempre. Dios también creo a Adam con el conocimiento de Sus leyes escritas en su corazón, por cuanto lo creo a Su imagen y semejanza (v. Rom 2:15). Pero la imagen y semejanza de Dios es algo muy sublime y exigía necesariamente que Dios lo pusiera a prueba, poniendo a su disposición el árbol de ciencia del bien y del mal, con la condición de que de su fruto no podría comer, porque comer de él representaba la desobediencia y la muerte. Una prueba después de la cual, si lograba vencerla, su estado de inocencia se elevaría al de una vida gloriosa y eterna con Dios. El estado de inocencia de Adam se entiende debido a que fue creado sin pecado y sin un conocimiento pleno de las consecuencias del pecado. Pero esto no lo excusaba de culpabilidad, por cuanto el pacto había sido sellado por la palabra de Dios, y Adam estaba obligado a su parte del cumplimiento. Tenía un compromiso legal con Dios. Y su incumplimiento sería la muerte. Además, Adam y Eva tenían la capacidad de cumplir toda la ley de Dios sin dificultad alguna. Eran puros, limpios, sin pecado y su libre voluntad no estaba sujeta a pasiones ni sentimientos de rebelión. Lo que hicieron fue absolutamente libre.

Lo que hizo Adam al quebrantar su parte del pacto con Dios fue manchar para siempre su descendencia, como representante de la humanidad, logrando que todo ser humano después de él viniera al mundo siendo culpable de incumplimiento del pacto que Dios hizo con el hombre, y que se tornó en pecado por su desobediencia. Adam quebrantó su parte del pacto, pero Dios, inmutable, perfecto y justo, mantiene lo estipulado sin faltar a Su Palabra. Mientras exista un hombre sobre la tierra, Dios permanecerá fiel a lo que Él ha estipulado en Su convenio con el hombre a lo largo de la historia. De lo contrario, el hombre no tendría necesidad de salvación, porque no estaría bajo la culpabilidad de Adam. Recordemos que “no se imputa pecado no habiendo ley” (Rom. 5:13). Por eso es que el hombre más abyecto que podamos imaginarnos está bajo las obligaciones del pacto de las obras para con Dios. No hay un estado vacío e indiferente para el hombre que niegue la existencia de Dios y así intente escapar de sus deberes con Él. Ningún hombre puede hacer caso omiso a su deber en lo establecido por Dios y pensar que escapará ileso. No entender esto es lo que lleva a muchos a atribuirle injusticia a Dios, respecto al castigo eterno, porque no comprenden que todo ser humano le debe su vida al Creador de todas las cosas, y por lo tanto, todos estamos obligados en el cumplimiento de nuestro deber, esa ley a la que llamamos conciencia y que Dios pone en el corazón de todo hombre, porque todo hombre llega a este mundo con la imagen y semejanza de Dios, aunque el pecado la haya ensombrecido y manchado. Él así lo hizo soberanamente para con su criatura Adam y su descendencia, y la muerte espiritual del hombre no lo exonera de la ley y el peso de la justicia de Dios.

Sin embargo, aunque estamos obligados al cumplimiento perfecto y absoluto de la ley de Dios, gracias a Adam nuestro representante, somos incapaces de cumplir con las demandas de la ley. Nuestra llegada al mundo constituye separación de Dios y como tal la muerte en el pecado. Nacemos con inclinaciones naturales que nos hacen rebeldes a las leyes de Dios. Por otro lado, la justicia de Dios es perfecta y demanda un cumplimiento absoluto. Quebrantar la ley de Dios en un solo punto, por más pequeño que nos parezca, nos hace merecedores del peso de la justicia divina; ¡el castigo eterno! No podemos evitar recordar las imágenes que tan bien nos describe el apóstol Pablo en Rom. 7:24 cuando alude a la práctica romana de atar un cadáver al reo condenado a muerte. Al descomponerse el cadáver, el hedor, los gusanos y las infecciones hacían al prisionero languidecer en una de las peores muertes que seamos capaces de imaginar. Y el Apóstol exclama: “¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?”

Hasta ahora hemos concluido que es absolutamente necesario cumplir cada uno de los requisitos de la ley para lograr tener vida eterna con Dios, por cuanto Él es santo y nosotros estamos llamados a santidad, y nada impuro heredará el reino de los cielos. Pero también hemos visto que no hay un solo hombre capaz de cumplir los requisitos de la ley. ¡Ni tan siquiera un hombre como lo fue el apóstol Pablo! ¡Nadie! Aquí nos hallamos en una encrucijada, hemos chocado contra una pared que nos separa de la gloria de Dios. Sin embargo, “lo que es imposible para con los hombres, posible es para Dios” (Luc. 18:27). Estas fueron las palabras de Jesús cuando sus discípulos chocaron frente a esta inexpugnable muralla de la condición humana: “¿Quién podrá ser salvo?”. El joven príncipe y rico había guardado todos los mandamientos desde su mocedad. Pero el Maestro le hace reconocer en un instante cuán equivocado estaba. Tú dices haber guardado todos los mandamientos, ahora bien, el segundo mandamiento de la ley de Dios sobre el cual están establecidos todos los demás en relación con el hombre que vive en comunidad, dice que hay que amar al prójimo como a sí mismo. Si amas al prójimo como a ti mismo “vende todo lo que tienes y dalo a los pobres y ven y sígueme”. Y es que a diferencia de Adam antes de la caída, nadie es capaz de guardar la ley de Dios, absolutamente nadie. Si hubiera un hombre capaz de hacerlo, ese hombre recibiría la vida eterna. Y no solamente la vida eterna, sino que se le atribuiría, por sus méritos, habiendo cumplido cada requisito de la ley, carácter representativo. Sería el postrer Adam.

El pacto de redención

Antes de la creación del mundo, en ese tiempo donde la palabra tiempo carece de sentido, porque no existe, el Dios Omnisciente hizo un pacto entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, las tres Personas constituyentes de la esencia de Dios. El propósito de ese pacto fue, precisamente, basado en los hechos que hemos mencionado arriba. Dios sabía que Adam sucumbiría a la tentación, aun teniendo la capacidad de resistirla. Sabía que al desobedecerle, su descendencia estaría irremediablemente perdida, porque la justicia y la santidad de Dios no admiten compromisos. Dios no podía decirle a Adam: “Te perdono”, sin comprometer Su santidad y justicia. La justicia de Dios tenía que ser satisfecha irremediablemente. Y de la única manera que eso podría llevarse a cabo, sin condenar perpetuamente a muerte a la descendencia de Adam, sería si Su Hijo se hacía hombre, viviendo una vida santa, cumpliendo todos y cada uno de los requisitos de la ley (Mt. 5:17), para así merecer los favores del Padre, hacerse Señor de los que el Padre le diera, e imputarles a los suyos, siendo su representante, la justicia que Él alcanzaría en nombre de ellos. Que este plan se pactó antes de la creación del mundo lo vemos en Ef. 1:4, 1Pe. 1:20, Ap. 13:8 y 17:8. Pero cumplir la ley solamente no le garantizaba señorío, había que satisfacer la justicia de Dios por todos los pecados cometidos y por los que se cometerían después de Él. Había que morir, porque la paga del pecado es la muerte, y la sangre de un justo sería la única que cumpliera este propósito. “Sufrirás la peor de las agonías -nos parece oír decir al Padre-, por cuanto mi ira será derramada sobre ti, Hijo mío, por amor a mis elegidos que haré tuyos por tu obediencia. Me separaré de tu naturaleza humana por un corto tiempo, para que mi justicia quede satisfecha. Y en esa agonía exclamarás: ‘Dios mío, ¿por qué me has desamparado?’ Así tendrá que ser, porque tú llevarás el castigo de los que menospreciaron mi ley y mi justicia. El Espíritu será sobre ti y te sostendrá, y te llenará de poder y gloria para que todos sepan que eres mi Enviado, mi Hijo amado en el cual tengo contentamiento”.

El pacto de gracia

Adam había caído en pecado de desobediencia contra Dios, y eso significaba que ya no podía, por sus propios medios, enmendar su parte del pacto con Dios. Pero Dios, en Su inmenso amor, “ya estaba en Cristo reconciliando el mundo a Sí, no imputándoles sus pecados, y puso en nosotros la palabra de la reconciliación” (2Cor. 5:19). Esa reconciliación se la anuncia ya a Adam y Eva, en la maldición que pronuncia contra la serpiente, después que ellos pecaron: “Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Gn. 3:15). Lo que para la serpiente era una sentencia, para Adam y Eva era un evangelio; unas buenas nuevas de salvación. El hombre halló a Satanás en el huerto; Jesús fue a encontrarse con él en el desierto. Satanás cita palabras de Dios para darle validez a su argumento con la mujer; lo mismo hace con Jesús: “Escrito está…” Pero esta vez, la herida que recibiría en la cabeza era inminente: “Vete de mí Satanás, porque escrito está: A tu señor Dios adorarás y a Él solo servirás”. “Satanás asaltó a nuestros primeros padres –nos dice Mathew Henry-, atrayéndolos al pecado, y la tentación resultó fatal para ellos”. “¿Cómo pues se justificará el hombre con Dios? ¿Y cómo será limpio el que nace de mujer?” (Job. 25:4).

A lo largo de la historia, en relación con el pacto de gracia establecido por Dios, vemos que todas las promesas de gracia tienen su cumplimiento en Jesús. La promesa hecha a Abraham: “En ti serán benditas todas las gentes de la tierra” (Gn. 22:8), tiene su cumplimiento en Cristo; la promesa hecha a David: “Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro; y tu trono será estable eternalmente” (2Sm. 7:16), tiene su cumplimiento en Cristo. El sacerdocio levítico apuntaba a Cristo: “ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que el Señor asentó, y no hombre” (Heb. 8:2). Toda la Palabra de Dios, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, apunta a Cristo. Cristo es el puente que une a los dos Testamentos. Es el único mediador entre Dios y los hombres. Su nombre, ya sea en hebreo, en griego, español, en inglés, alemán o cualquier otra lengua de la tierra, pero Su nombre es el único nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos (Hch. 4:12).

La respuesta a la pregunta de Job que hicimos anteriormente, nos la da el apóstol Pablo: “Ahora pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, mas conforme al espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado, y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne” (Rom. 8:1-3). Esas últimas palabras encierran todo lo que abarca la gracia: “Porque lo que era imposible a la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios enviando a su Hijo… condenó al pecado en la carne”. La ley no puede revivir el alma muerta en pecado, y la muerte espiritual -que no nos quede la menor duda- es el estado natural en el que nace toda persona. No llegamos al mundo ‘medios muertos’, ¡no! Llegamos al mundo completamente muertos en el espíritu, con la necesidad de un nuevo nacimiento, siendo siervos del pecado y enemigos de Dios. Así llegamos a este mundo. Pero el Hijo eterno de Dios se hizo hombre, y así, obedeciendo toda la ley de Dios, condenó al pecado en Su carne, al derramar Su santa sangre en la cruz del calvario, y por la fe en Él solamente somos hallados justos para con Dios, por la gracia del Padre, que desde antes de la fundación del mundo nos escogió para imputarnos la justicia que solamente mereció Su Hijo, y el Espíritu eterno nos hace hijos de adopción, por el cual clamamos Abba, Padre.

Pero la fe, aunque es un don, y por consiguiente, gratuita, es absolutamente necesaria para la justificación. Y la justificación, aunque se nos imputa, por la justicia de Jesús, va inherentemente unida a la santidad –distintas, pero inseparables-, y la santidad es el fruto de nuestra justificación que es por la fe en Jesucristo solamente. Y es eso lo que nos separa del antinomismo y el legalismo. Pero eso lo veremos más adelante en la conclusión de esta breve exposición. Vamos a decir algo ahora acerca del pueblo de Israel y su relación con la ley y la gracia.

El pueblo de Israel

Al pueblo de Israel lo escogió Dios en Abraham, primero como un pacto de gracia, luego como un pacto de una ley especial a través de Moisés, quien serviría de mediador entre Dios y el pueblo, no para vida eterna, sino para el enriquecimiento de la nación de Israel, con bendiciones terrenales, para que se cumpliera la promesa de gracia hecha a Abraham, y para que marcara el camino para la máxima expresión de la gracia; la llegada del Hijo de Dios a la tierra. Los ritos, sacrificios y ceremonias establecidos en tiempos de Moisés, y que eran la figura, el tipo y sombra de la sustancia de la vida, la expiación y redención que se hallaba en Cristo, significaban algo tan sagrado para Dios y su pueblo, que, aun cuando muchos israelitas, que no tenían al Mesías por la fe en sus corazones, los practicaban, aquellos presentes y sacrificios santificaban para purificación de la carne, aunque no podían purificar la conciencia, porque el momento de la ‘corrección’ no había llegado (Heb. 9). Muchas de esas leyes eran transitorias, tenían que cumplir un objetivo específico. Ya fuera para que la gloria de Dios se manifestara al pueblo, y para eso el pueblo debía cumplir ciertos rituales para purificación, ya fuera para preparar el camino para el Cristo en “los bosquejos y sombras de las cosas celestiales” (Heb. 8:5), o aquellas leyes sobre la salud, para cuidar del estado físico de Su pueblo.

El pacto de la promesa, que estaba por sobre la ley de Moisés (Rom. 4:13), salvó muchas veces al pueblo de Israel de la destrucción total, por incumplimiento a estas leyes especiales dadas a la nación de Israel. “Mas, Jehová tuvo misericordia de ellos, y compadecióse de ellos, y mirolos, por amor de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob; y no quiso destruirlos ni echarlos de delante de sí hasta ahora” 2Re. 13:23, Is. 29:22 y 41:8. Y decimos que tenía prioridad, invalidaba o era superior a los demás, por cuanto un pacto de gracia tiene a una sola de las partes constituyentes que se compromete; Dios. Como es de gracia, no se exige algún cumplimiento por parte de quien recibe la gracia. Por eso “el contrato confirmado de Dios para con Cristo, la ley que fue hecha cuatrocientos treinta años después, no lo abroga, para invalidar la promesa” (Gal. 3:17). Es decir, aquel pacto de redención del que hablamos y que lleva al pacto de la gracia y a un nuevo pacto con Cristo Jesús, la ley de moisés no lo puede abrogar. La ley de Moisés no lo puede abrogar, para así invalidar la promesa. Por lo que la ley de Moisés era de carácter especial, 1) para permitir al pueblo escuchar la voz de Dios a través de Moisés, 2) para formar a un pueblo teocrático que sería la raíz y la simiente de Jesús, y 3) de donde todos los demás pueblos y naciones serían benditos. También se les dio las leyes morales y perpetuas de Dios. Ese pueblo sería el que recibiría “la adopción, y la gloria, y el pacto, y la data de la ley, y el culto, y las promesas” (Rom. 9:4).

Ese privilegio no se debía a su estirpe, ni a alguna mutación milagrosa de su ADN. Ese don se debía exclusivamente a una promesa y un pacto de gracia que había Dios establecido con el progenitor de esos hijos de la promesa. Esto lo reitera el apóstol Pablo cuando les recuerda a los judíos romanos que “en Isaac te será llamada simiente”. No en Ismael, sino en Isaac. Ambos hijos de Abraham. No solamente no son todos los de la simiente de Abraham los hijos de la promesa, sino que no todos los que son de Israel son israelitas (Rom. 9:6). Confundir del don de la gracia de Dios con el derecho de casta le ha costado muy caro al pueblo judío a lo largo de su historia. Sin embargo, eso también estaba previsto por Dios, y formaba parte del pacto de la gracia que Dios estableció con Abraham. “Todas las familias de la tierra serán benditas en ti y en tu simiente” (Gn. 28:14). La historia también está repleta de aquellos “cortados del natural acebuche” que han menospreciado y maldecido al santo pueblo de Dios. “Bendeciré a los que te bendijeren y a los que te maldijeren maldeciré: y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gn. 12:3). Pablo les recuerda a los romanos que “si tú eres cortado del natural acebuche, y contra natura fuiste ingerido en la buena oliva, ¿cuánto más éstos, que son las ramas naturales, serán ingeridos en Su oliva?” (Rom. 11:24). La promesa hecha a Abraham y a su simiente abarcaba, por extensión, al resto de la humanidad. De ese bendito olivo todos se alimentan, por la gracia de Dios. No son dos acebuches, como algunas doctrinas pretenden describirlo, es uno. No ha desechado Dios al natural acebuche para ser reemplazado con otro, como otras doctrinas enseñan, Dios no anula su pacto. Sin embargo, el consejo divino es que no hagamos distinción, porque “no hay Judío, ni Griego; no hay siervo, ni libre; no hay varón, ni hembra: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3:28).

Conclusión

En todo lo que hemos expuesto hemos ido trazando una distinción marcada entre la ley y la gracia, como antitéticas, separándolas debidamente y poniendo así en su justo lugar la grandeza de la ley y la grandeza de la gracia. Hemos visto que después de la caída del hombre no hay una sola criatura capaz de satisfacer las demandas de la ley de Dios. Hemos visto que la única solución a ese problema nos la dio Dios en Su inmenso amor, reconciliándose a Sí mismo con sus criaturas, a través de Jesucristo, quien sí pudo guardar la ley a la perfección, y derramar Su sangre, para así recibir el castigo de Dios por cada uno de Sus elegidos, y recibir la justificación por ellos, para que la gracia de Dios les salve de Su ira en el juicio final y los declare justos ante Él, convirtiéndose en el nuevo representante del grupo de los redimidos; el postrer Adam. Hemos visto que, intentar alcanzar vida eterna por medio de la observancia de la ley, como lo hicieron tantos en el pueblo de Israel, trae como consecuencia la maldición de la misma ley y el castigo eterno. Los que obtuvieron vida eterna en el pueblo de Israel, la recibieron de Dios por la fe en el Mesías, porque “conforme a la fe murieron todos estos, sin haber recibido las promesas, sino mirándolas de lejos, y creyéndolas, y saludándolas, y confesando que eran peregrinos y advenedizos sobre la tierra” (Heb. 11:13).

La vida del creyente es de constante arrepentimiento y perdón. Pero es un arrepentimiento auténtico, como del que dice: “sé propicio a mí pecador”, reconociendo que sólo la gracia le puede salvar, y no como el que se gloría de sus obras para justificación diciendo: “Dios, te doy gracias que no soy como los otros hombres…”. Difícilmente habrá una persona que no haya caído en esta falta del fariseo, de una forma u otra. Eso es debido a que nuestra inclinación a la propia justificación no es algo que aprendemos, sino que es algo con lo que nacemos. Es parte de nuestra naturaleza rebelde, que intenta apropiarse lo que no es suyo. Quien vea los horrores del pueblo de Israel contra Jesús y sus discípulos y, a la inversa, los horrores de la Roma católica contra los judíos, no podrá menos que atribuirle eso al estado natural del hombre totalmente depravado.

La depravación total del hombre tiene muchos disfraces. Hay quienes niegan la existencia de Dios y, sin embargo, pueden ser causa de envidia para algunos que lo confiesan, al menos en cuestiones de ética moral. Hay ‘malos’ que dicen creer en Jesús, y hay ‘buenos’ que dicen que Dios no existe. Estos son sólo antifaces, máscaras que hacen burla de la realidad objetiva del bien y el mal. A un programa radial llamó una vez un ateo, alegando que Dios no existía porque él, que era ateo, se comportaba mejor que su vecino que era cristiano. El locutor cristiano le hizo una pregunta: “¿Me puedes decir de tu familia quién ha sido cristiano?” A lo que el ateo respondió: “Mis abuelos”. “Ahí está el por qué tú no eres peor que tu vecino”, le respondió el locutor. ¿Qué sería de este mundo si Dios no lo condujera en esta marcha imperturbable hacia la restauración de todas las cosas en Cristo Jesús? José Ingenieros aclamaba el heroísmo de Jesús, a quien miraba sencillamente como un hombre virtuoso, y decía que “mientras los serviles trepan entre las malezas del favoritismo, los austeros ascienden por la escalinata de sus virtudes. O no ascienden por ninguna.”. Nosotros nos preguntamos qué cosa puede ser virtud en la ausencia de Aquél que es la fuente de toda virtud. ¿De dónde se apropia el hombre su propia virtud para merecer algo? La ciencia, el poder, la gloria, ¿qué son sino un don inmerecido y mal usado por parte de aquellos que niegan a Aquél que es la fuente de toda la ciencia, gloria, poder y virtud? Cuando la depravación total del hombre se ciñe la indumentaria de la virtud, los valores morales se vuelven relativos, y en nombre del amor, las prácticas que en otro tiempo se vieron con desprecio, se convierten en el orgullo de la sociedad.

Hay otros, cuyas doctrinas dejan entrever a un dios que puso sus leyes, las encerró en una cueva y se escondió detrás de una cortina, y desde ahí, mira a la humanidad perdida, esperando ansiosamente el día en que reciba su castigo. Esos ven las grandes doctrinas cristianas de los santos hombres de Dios que siguieron las enseñanzas apostólicas, como un gran complot de toda una humanidad perdida, en lo que ellos llaman –malinterpretando así las sagradas Escrituras- “el misterio de iniquidad”. Para estos, nadie, absolutamente nadie recibirá salvación, sino sólo aquellos cuya revelación milagrosa de los oráculos sagrados, a diferencia del resto de la humanidad, les ha manifestado los secretos escondidos del resto de la humanidad. Son poseedores de la verdad que han recibido sus líderes, de manera extra-bíblica, por alguna suerte de inspiración que es la marca de autenticidad de sus doctrinas. Cuando la Biblia no se ajusta a sus enseñanzas, es ella la que está equivocada. Cuando alguna epístola apostólica los desmiente, es el Apóstol el impostor. La ceguera de Elimas el encantador es la luz que irradian estos líderes que blasfeman contra la Palabra de Dios. Y de aquellos que les siguen, sólo podemos decir que “salieron de nosotros, mas no eran de nosotros, porque si fueran de nosotros, hubieran cierto permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que todos no son de nosotros” (1Jn. 2:19).

Por eso es tan necesario ajustarse a estos sesenta y seis libros que llamamos Biblia y creer que es la Palabra de Dios. Con ella no necesitamos prestarle “atención a fábulas y genealogías sin término, que antes engendran cuestiones que la edificación de Dios que es por fe…” (Tit. 1:4). Y tampoco atendiendo a “mandamientos de hombres que se apartan de la verdad” (Tit. 1:14).

Sola Scriptura es la doctrina que enseña que solamente la Biblia es la que contiene todas las enseñanzas necesarias para recibir de Dios la salvación y andar en el camino de la santificación. Solamente la Biblia es la Palabra inspirada de Dios, y la única fuente para toda doctrina cristiana.

Sola fide es la doctrina que enseña, por la Biblia, que solamente por la fe en Jesucristo somos justificados ante Dios. “Así que, concluimos ser el hombre justificado por fe sin las obras de la ley” (Rom. 3:28).

Sola gratia es la doctrina que enseña que solamente por la gracia inmerecida de Dios, recibimos salvación y vida eterna. No hay méritos, ni favores adquiridos, la salvación es un don completamente gratuito de Dios. Su única condición es la fe en Jesús, y esta fe también es un don de Dios, por lo que la salvación es completamente por gracia.

Solus Christus es la doctrina que enseña que solamente Jesucristo es el mediador entre Dios y los hombres. No hay alguna clase sacerdotal o eclesiástica que medie entre Dios, Cristo y la persona. Solamente Cristo y Su sangre en la cruz es quien nos salva.

Soli Deo gloria es la doctrina que enseña que a Dios, y solamente a Dios se le debe toda la gloria, por el don de la salvación, por el don de la fe en Cristo Jesús, por Su expiación por nosotros en la cruz del calvario, y por los frutos y dones del Espíritu que pone en el corazón y la vida del que está unido por la fe al cuerpo de Cristo.

La salvación no es gradual, o eres salvo o eres condenado, pero no hay pasos progresivos para la salvación. La justificación tampoco es gradual. O se es hallado justo delante de Dios o se es hallado culpable de muerte. La justificación es una declaración de Dios, el reo condenado a muerte es declarado libre de toda culpa y es hallado justo delante de Dios. La justificación es una imputación divina, Dios le atribuye la justicia que ganó Cristo, al pecador que deposita su fe en Jesús. La justificación nos hace tener paz con Dios, la enemistad entre Dios y el hombre justificado ya no existe.

La santificación posicional es aquella que nos separa del mundo para Dios, nos hace ser diferentes, no de este mundo, sino apartados para la obra y el uso de Dios. Nos identifica con la comunidad de los santos, y nos identifica como hijos de Dios. La santificación progresiva es aquella que, a diferencia de la justificación, nos hace ‘colaborar’ con Dios para llevar buenos frutos y “obras dignas de arrepentimiento” (Hch. 26:20). El llamado a la santidad es el que nos dice “que dejéis, cuanto a la pasada manera de vivir; el viejo hombre que está viciado conforme a los deseos de error; y a renovarnos en el espíritu de vuestra mente, y vestir el nuevo hombre que es criado conforme a Dios en justicia y en santidad de verdad” (Ef. 4:22-24). La santificación es obra del Espíritu que mora en el creyente: “Mas si sois guiados del Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes a éstas: de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es: caridad, gozo, paz, tolerancia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza: contra tales cosas no hay ley. Porque los que son de Cristo, han crucificado la carne con los afectos y concupiscencias. Si vivimos en el Espíritu, andemos también en el Espíritu” (Gal. 5:18-25). Como es una labor del Espíritu obrando en la vida del creyente, la tarea del camino a la santidad es difícil y perdura hasta la muerte. Lo que no podemos olvidar nunca es que la santificación, aunque gradual y progresiva, depende completamente del hecho de haber ya alcanzado paz para con Dios por medio de la fe en Jesús. Por eso la santificación, aunque distinta a la justificación, es inseparable de ésta. Sin fe es imposible agradar a Dios, pero la fe sin obras es muerta (Sant. 2:26).

La santificación no es la causa de la justificación, pero la justificación por la fe en Jesús sí es la causa que nos impele irresistiblemente a la santificación. “Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos. El que dice, yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él” (1Jn. 2:3,4).

Como ves joven, la respuesta a tu pregunta: “¿Por qué si soy salvo por gracia yo debo guardar la ley?” se responde de esta manera:

Precisamente, porque como eres salvo por gracia, ¡las riquezas de esa gracia te harán guardar la ley!

Publicado por Rincón de Amistad en Estudios bíblicos

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