¿Por qué si la salvación es por gracia yo debo observar la ley?

18. febrero 2014

0 Comentarios

Hola amigos,

Yo soy un joven que por casualidad entré a este blog. Entré a “preguntas en nuestro buzón” y me gustó la forma como Ustedes explican las cosas, así que me he sentido animado a hacer una pregunta. No he querido hacerla en mi iglesia porque pienso que es un tema que todos debemos entender y me da vergüenza porque yo no lo entiendo. Les felicito por este lugar tan especial que tienen y les agradezco que me contesten.

Mi pregunta:

¿Por qué si la salvación es por gracia yo debo observar la ley?

Hola Joven,

Gracias por visitar el Rincón de Amistad y escribirnos con esa pregunta tan importante. Tu pregunta presupone que hay que observar la ley aunque la salvación sea por gracia. La ambigüedad con que se expresa la relación de la ley y la gracia respecto de la salvación en esas palabras, puede ser la causa de tanta confusión en las iglesias cristianas. No es que lo hayas expresado mal ni bien, es que el lenguaje no puede expresar algo tan maravilloso en pocas palabras. Vamos a dedicar el espacio que sea necesario para responder a tu pregunta, y esperamos que después de habernos leído y comparado lo expuesto con la Biblia, se aclaren tus dudas. Primeramente vamos a ver en breve dos sistemas, para ver si responden a tu pregunta. Luego presentaremos una tercera opción –que aquí exponemos como el sistema de doctrina que más abunda-. Finalmente, viendo que estos tres sistemas no le son fieles a la Palabra de Dios, desarrollaremos una exposición que tiene sus raíces en lo que la Palabra de Dios nos dice de la santidad y justicia de Dios, Su misericordia y cómo se relaciona Dios con el hombre a lo largo de la historia. Así entenderemos mejor lo que significa ser salvo. Salvos por la ley, por la gracia sin la ley o por ambas, o si hay aún otra manera de entenderlo. Esta otra manera de entenderlo es a lo que nos acogemos nosotros. El abismo de separación que hay entre el hombre más pecador y Dios, y su incapacidad de conocer la ley de Dios que ha puesto en su conciencia, ¿le hace a este hombre libre de esa ley? ¿Si hubiera un hombre, aunque fuera uno solo, capaz de cumplir la ley a la perfección, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, sería ese hombre merecedor, no solamente de la vida eterna, sino de tomar para sí a aquellos que no han podido ni podrán cumplirla, dándoles vida eterna, a la inversa de lo que hizo el primer representante de la humanidad, Adam, dándoles la muerte? Las respuestas a esas preguntas y otras se harán más fáciles de contestar a medida que avancemos en este estudio.

El antinomismo (contra la ley) enseña que la fe en Jesucristo es la única condición para la salvación, y por tanto, eres libre en Jesús para hacer todo cuanto se te antoje. La ley, que no nos justifica, se desprecia y rechaza. Tienes licencia para pecar, porque ya el pecado no te condena, por el hecho de creer en Jesús. Obviamente tú no crees eso, porque la pregunta que has hecho, como ya hemos dicho, presupone que sí hay que guardar la ley. El antinomismo es una doctrina herética, por cuanto no se ajusta a la Palabra de Dios. 1Jn. 2:3-6 (Haz clic sobre la referencia y se abrirá un cuadrito que te permitirá leer los versículos) es un solo ejemplo entre tantos.

El legalismo es la otra cara de la moneda del antinomismo. No se ha desarrollado una doctrina cristiana llamada legalismo, pero se entiende por legalismo aquellas doctrinas, prácticas y enseñanzas que ponen tanto énfasis en las obras y la ley, que pareciera ser que el hombre es justificado ante Dios por medio de las obras y su obediencia a las leyes de Dios, a diferencia de lo que nos enseña la Palabra de Dios. (Rom. 5:1) Esta doctrina es tan herética y perjudicial como la anterior.

Una mezcla de estos dos sistemas. La solución a estas contradicciones no está en ver cuál de los dos escogemos, porque los dos son contrarios a la Biblia. Tampoco está en buscar un término medio. Nos atrevemos a decir que es ahí donde radica el mayor de los problemas entre las iglesias hoy día, en intentar hallar el centro de convergencia entre los dos sistemas. Nos referimos aquí a un número muy elevado de iglesias cuyas doctrinas intentan amalgamar la ley con la gracia, sin distinciones, solo separando las leyes ceremoniales del decálogo y aquello que nos mandó hacer el Maestro. Estos sistemas nos llevan a la siguiente conclusión: Sí somos salvos por gracia, pero hay que obedecer los diez mandamientos y la regla de oro de Jesús para agradar a Dios, porque solamente agradando a Dios lograremos la salvación de nuestras almas. Sin embargo, no hay nada más ajeno a la Biblia que este concepto errado. Esa es, lamentablemente, la enseñanza de tantos hoy día, y creemos que es la causa de tu confusión, joven. Por eso, a continuación nos proponemos hacer una exposición breve, pero sin obviar los detalles más importantes de la naturaleza de la ley y la gracia y su relación con la salvación.

A diferencia de lo que hemos mencionado arriba, nuestra exposición mostrará, por las Escrituras (sola Scriptura), que la salvación es solamente por gracia (sola gratia), que solamente somos justificados por la fe en Jesucristo (sola fide), y que como consecuencia de esa justificación por la fe, nuestro nuevo nacimiento en unión al cuerpo de Cristo, nos impele a vivir una vida de santidad gradual, y esa vida de santidad es la que nos hace conocer la ley de Dios y obedecerle como hijos y siervos fieles a Él. Todo esto sin invertir el orden de las cosas. Entendiéndolo así sabremos que nuestra obediencia a la ley jamás será la causa de nuestra salvación, y que creyéndonos que sí lo es representa una afrenta al mismo Dios, así como despreciar la ley de Dios es igualmente una afrenta a Dios.

¿Qué es la salvación? Ser salvo… Ese es un término tan difundido como decir: “La luz del día”. Pero, ¿qué es la luz? Un niño de un año sabe lo que es la luz, y un niño de doce años sabe lo que es salvación. Pero, ¿realmente lo saben? Si yo te pidiera, joven, que me expliques la naturaleza de la luz, ¿podrías hacerlo? Isaac Newton, un genio, se desvelaba noches enteras intentando responder esa pregunta acerca de la luz, la pregunta que para nosotros puede ser tonta y a la que no le damos mucha importancia. Algo parecido nos suele suceder con las cosas espirituales. La luz, para algunos, es un hecho, existe y ya, punto. No hay más que hablar. La salvación, para algunos cristianos, es eso, salvación es Dios ofreciéndonos vida eterna con Él en el cielo y punto. Pero para entender la salvación, hay que saber de qué o de quién nos estamos salvando, porque salvación implica que hay algún peligro del que tenemos que librarnos. Ese peligro no es uno ‘de qué’, sino uno ‘de quién’. Y ese ‘quién’, dirán algunos, es Satanás. Pero estarán horriblemente equivocados. La Biblia nos enseña que Satanás no tiene ni el poder ni la autoridad para llevarse consigo al que él quiera al infierno. (Cf. Mt. 28:18, Mt. 10:28). Luego somos salvos de la ira de Dios (Ap. 16:1). Y esto es sumamente importante que lo entendamos, porque si la salvación la entendiéramos como librándonos de las garras de Satanás, la justicia de Dios sería un concepto nebuloso, por el hecho de vivir huyéndole a Satanás, y no entender la grandeza de la ley de Jehová.

¡La ley de Dios! ¿Cómo puede haber personas que con sus bocas confiesan a Jesucristo y sienten desprecio por la ley de Dios? La justicia de Dios es implacable y su ley perfecta. La ley de Dios es un espejo sobre el que vemos reflejada nuestra naturaleza porque es esa ley la que nos habla de Su majestad. “Pues que yo soy Jehová vuestro Dios, vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo…” (Lv. 11:44). Jamás podremos reconocer nuestra necesidad de ser salvos si antes no contemplamos la santidad y la justicia de Dios, y esa santidad y justicia la vemos en Su ley. A veces pasamos por alto -y muy a pesar nuestro-, el hecho de que, en el contexto de la historia, la ley precede a la gracia. Lo que antecede a la creación pertenece a la eternidad, y la eternidad no tiene orden cronológico, por eso hemos dicho que la ley precede a la gracia en el contexto histórico. Si bien los planes del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, antes de la creación incluyeron la ley y la gracia respecto de Su creación, en lo que toca a la humanidad, en Adam, antes de la caída, no había necesidad de una gracia salvífica. Lo que hace Dios con Adam es un convenio legal, un pacto de obras. Vamos a examinar ese pacto de obras.

Continuar leyendo…

¬ Publicado por Rincón de Amistad en Estudios bíblicos