LA BUSQUEDA DE DIOS

3. enero 2014

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-por A. W. Tozer

Introducción

He aquí un estudio magistral de la vida interior, escrito por un corazón sediento de Dios, ansioso de alcanzar por lo menos los linderos de sus caminos, y conocer lo profundo de su amor por los pecadores y las alturas de su majestad. ¡Y todo esto escrito por un atareado pastor de la ciudad de Chicago!

¿Quién puede imaginar a David escribiendo el salmo veintitrés en una ruidosa oficina comercial, o a un místi­co de la edad media hallando inspiración en el segundo piso de una casa de vecindario en una atestada ciudad moderna?

Donde se cruzan las sendas de la vida

y hay gritos de razas y de clanes

en antros de vicio y de miseria

donde las sombras están llenas de terrores

y se ocultan la lujuria y la avidez.

Como lo dice el doctor Frank Masón North en su inmortal poema, lo expresa también el señor Tozer en este libro:

Por encima de ruidos y egoísmos

Hijo del hombre, oímos tu voz.

Mi conocimiento del autor de este libro se reduce a unas cuantas visitas que hice a su iglesia, donde com­partí con él preciosos momentos de compañerismo. Allí descubrí a todo un autodidacta, un lector apasionado con una estupenda biblioteca de obras clásicas y devocionales, un hombre que pasaba las noches en su búsque­da de Dios. Su libro es el resultado de mucha meditación y mucha oración. No es una colección de sermones. Nada tiene que ver con el pulpito o las bancas de la iglesia. Se dirige a las almas sedientas de Dios. Todos sus capítulos podrían resumirse en el clamor de Moisés, "¡Muéstrame tu gloria!” o en la exclamación de Pablo, "¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” Esta es teología del corazón, no de la cabeza.

Hay en él profundidad de visión, sobriedad de estilo, y una universalidad refrescante. El autor hace pocas citas, pero está familiarizado con los santos y místicos de todos los siglos -Agustín, Nicolás de Cusa, Tomás de Kempis, von Hugel, Finney, Wesley, y muchos más. Sus diez capítulos llegan hasta el alma, y las oraciones que hay al final de cada uno son para la cámara secreta, no para el pulpito. Mientras los leía he sentido realmen­te la presencia de Dios.

He aquí un libro para cada pastor, misionero o cris­tiano devoto. Trata de las cosas profundas de Dios y las riquezas de su gracia. Sobre todo, lleva el sello de la sinceridad y la humildad.

Samuel M. Zwemer

Nueva York

Prefacio

En esta hora de casi total oscuridad se vislumbra un des­tello alentador: dentro del cristianismo conservador cada día son más los que están sintiendo un anhelo creciente de encontrarse con Dios. Almas que desean co­nocer las realidades espirituales, y no se contentan con meras "interpretaciones" de la Palabra de Dios. Los que tienen verdadera sed de Dios no se contentan hasta que no beben de la fuente de Agua Viva.

Esta genuina sed y hambre de Dios es el único pre­cursor de avivamientos en el mundo religioso. Esta sed podrá ser al principio una nube del tamaño de una mano, que atisban unos pocos santos por aquí y por allá, pero puede ser el retorno a la vida de muchas gentes y la recuperación del esplendor que debe acompañar siempre a la fe en Cristo, y que parece haber desaparecido de las iglesias de hoy en día.

Nuestros dirigentes religiosos deben reconocer este ardiente deseo. El evangelismo de hoy en día parece haber levantado el altar y dividido el sacrificio en trozos, sin percatarse, quizá, que no hay fuego en la cumbre del monte Carmelo. Pero gracias a Dios porque hay algunos que se preocupan por ello. Son los que aman el altar, y se deleitan en el sacrificio, y no están conformes porque aún no ven descender el fuego. Lo que desean, por sobre todas las cosas, es la presencia de Dios. Más que ninguna otra cosa desean gustar de la "penetrante dulzura" del amor de Cristo, del cual escribieron los profetas y can­taron los salmistas.

No hay falta hoy en día de buenos maestros bíblicos que enseñan correctamente la doctrina de Cristo, pero muchos de ellos parecen contentarse, año tras año con enseñar los fundamentos de la fe, sin advertir que en su ministerio hay falta de la Presencia, ni nada en sus pro­pias vidas que sea extraordinario o sobrenatural. Ejercen su ministerio entre creyentes espirituales, anhelantes de experiencias que ellos no pueden satisfacer.

Lo digo con amor, pero en nuestros pulpitos falta calidad espiritual. Nuestros tiempos son semejantes a los de Milton, que le hicieron exclamar, "Las ovejas ham­brientas miran interrogantes, pero nadie las alimenta." Es algo patético, y lamentable, ver a los hijos de Dios sentados a la mesa del Padre y desfalleciendo de hambre. Se confirma la sentencia de Wesley, "La ortodoxia o co­rrecta opinión, es, después de todo, parte muy endeble de la religión. Si bien es cierto que nadie puede tener buen carácter sin tener buenas opiniones, es posible te­ner buenas opiniones sin tener buen carácter. Se pueden tener excelentes opiniones acerca de Dios sin que ello signifique que se lo ama o se desee servirle. Satanás es una prueba de ello."

Gracias a la notable difusión de la Biblia que se ve hoy en día mucha gente tiene correctas opiniones, quizá más que nunca antes en la historia. Sin embargo me pre­gunto si hubo alguna vez un tiempo en que la tempera­tura espiritual estuvo en un grado tan bajo. En grandes sectores de la iglesia se ha perdido el arte de la verdadera adoración, y en su lugar han puesto una cosa extraña y espuria llamada "programa!’ Esta palabra ha salido del teatro y el circo, y se la aplica lamentablemente al tipo de servicios que hoy pasan por "adoración."

La exposición sana y correcta de la Biblia es impera­tiva en la iglesia del Dios vivo. Sin ella ninguna iglesia puede ser una iglesia neotestamentaria en el estricto sen­tido del término. Pero dicha exposición puede hacerse de manera tal que deje a los oyentes vacíos de verdadero alimento espiritual. Las almas no se alimentan solo de palabras, sino con Dios mismo, y mientras los creyentes no encuentren a Dios en una experiencia personal, las verdades que escuchen no les harán ningún bien. Leer y enseñar la Biblia no es un fin en sí mismo, sino el medio para que lleguemos a conocer a Dios, y que poda­mos deleitarnos con su presencia y gustemos cuan dulce y grato es sentirle en el corazón.

Este libro es un modesto intento para ayudar a los hijos de Dios a encontrarle a El. Nada nuevo hay en lo que decimos, excepto que describo mi propio hallazgo de verdades espirituales que han llegado a ser muy pre­ciosas para mí. Otros han avanzado mucho más que yo en estos sagrados misterios. Pero aunque mi fuego no es grande, no por eso deja de ser real y verdadero. Pueda ser que algunos logren encender sus velas con el fuego de mi lumbre.

A. W. Tozer

Chicago. E.U.A.

Junio 16 de 1948

Capítulo I

Sigamos Ardorosamente en Pos de Dios

Mi alma sigue ardorosa en pos de ti;

tu diestra me ha sostenido. Salmos 63:8 V. M.

La teología cristiana enseña la gracia preveniente, que, dicho brevemente, significa que el hombre, antes que busque a Dios, Dios está buscándole.

Antes que el hombre pueda pensar bien acerca de Dios, debe haber en él una iluminación interior. Esta puede ser imperfecta, sin embargo, el hecho existe y es la causa de todos los anhelos, búsquedas y oraciones subsiguientes.

Buscamos a Dios porque él ha puesto en nosotros deseos de dar con él. "Nadie puede venir a mi —dijo el Señor Jesús- si mi padre celestial no le trajere" Y es esa atracción de Dios lo que nos quita todo vestigio de mé­rito por haber acudido a él. El impulso de salir en busca de Dios emana del propio Dios, pero el resultado de dicho impulso es que sigamos ardorosamente en pos de él. Y mientras andamos en pos de él, estamos en sus manos. "Tu diestra me ha sostenido" Salmos 63:8 V.M.

En este sostén divino, y seguimiento humano no hay contradicción alguna, porque como dice von Hugel, Dios es siempre previo Pero en la práctica (esto es, cuando el hombre responde a la obra de Dios) el hombre debe salir en busca de Dios. Debe haber de nuestra parte una respuesta recíproca a la atracción de Dios, si quere­mos disfrutar de la experiencia. Este interés, este anhelo ferviente, lo tenemos expresado en el Salmo 42, donde dice "Como el siervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por tí, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré, y compareceré delante de Dios?" Este es un profundo lla­mado a lo profundo, y así lo entenderá el corazón anhe­lante.

La doctrina de la justificación por la fe -verdadera­mente bíblica y bendita liberación del legalismo estéril y los vanos esfuerzos personales- ha caído en nuestros días en mala compañía. Muchos la han interpretado en manera tal que ha formado una barrera entre el hombre y el conocimiento de Dios. Todo el procedimiento de la conversión religiosa ha llegado a ser una cosa mecánica y sin espíritu. La fe, según dicen, puede llegarse a ejer­cer sin que tenga nada que ver con los actos de la vida, y sin turbar para nada al yo adámico. Se puede "recibir" a Cristo sin entregarle el alma ni tenerle amor alguno. El alma es salvada, pero no llega a sentir hambre y sed de Dios. Los que sostienen tal doctrina reconocen que el alma es capaz de contentarse con muy poco.

El hombre de ciencia moderno ha perdido a Dios entre las maravillas de su mundo. Nosotros los cristianos corremos peligro de perder a Dios entre las maravillas de su Palabra. Casi hemos olvidado que Dios es Persona, y que, por tanto, puede cultivarse su amistad como la de cualquier persona. Es propio de la persona conocer a otras personas, pero no se puede conocer a una a través

De un solo encuentro. Solo al cabo de prolongado trato y compañerismo se logra en pleno conocimiento.

Toda relación social entre los seres humanos se ori­gina en el trato personal de unos con otros. A veces comienza con un encuentro casual, pero con el trato continuo dicho encuentro fugaz se convierte en la más íntima amistad. La religión, siempre que sea genuina, es la respuesta que dan las personas creadas al Creador. "Esta, empero, es la vida eterna, que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado."

Dios es persona, y en las profundidades de su pode­rosa naturaleza piensa, tiene deseos, goces, sentimientos, amor y padecimientos, como puede tenerlos cualquier otra persona. Para darse a conocer a nosotros se nos pre­senta como una persona. Se comunica con nosotros por medio de nuestra mente, nuestra voluntad y nuestras emociones. El intercambio continuo e ininterrumpido de amor y pensamiento entre Dios y el alma creyente, es el corazón palpitante de la religión del Nuevo Testa­mento.

Conocemos esta relación personal entre Dios y el alma por medio de la conciencia que tenemos de ello. Se trata de algo personal, que no nos llega por conducto de un grupo de creyentes, sino que cada persona, indi­vidualmente, sabe lo que es. El conjunto se entera de ello por medio de las personas que lo forman. Y la per­sona es bien conciente de ello, porque es imposible que el alma no se entere de ello, como ocurre con el bautis­mo de niños. Entra dentro de la esfera del conocimien­to, de modo que el hombre "sabe" lo que es encontrarse con Dios, como sabe de cualquier otra cosa que le ocurre.

Usted y yo somos en pequeño (exceptuando nues­tros pecados) lo que Dios es en grande. Habiendo sido hechos a la imagen suya, tenemos la facultad de cono­cerle. Cuando estamos en el pecado, carecemos de ese poder, pero cuando el Espíritu nos da vida en la regene­ración, todo nuestro ser siente el parentesco con Dios. Y gozoso se apresura a reconocerlo. Este es el nacimien­to celestial sin el cual no podemos ver el reino de Dios. Pero la regeneración, o nuevo nacimiento, no es el fin del proceso sino simplemente el principio. Es el mero momento cuando comenzamos la búsqueda, la feliz exploración que hace el alma en busca de las inescrutables riquezas de la Divinidad. Es ahí donde comenzamos, pero nadie puede decir dónde nos detendremos, pues las misteriosas profundidades de Dios, Trino y Único, no tienen fin.

Mar sin límites, ¿quién podrá sondearte? Tu propia eternidad ha de rodearte, ¡Divina Majestad’

El haber hallado a Dios, y seguir buscándole, es una de aquellas paradojas del amor, que miran despectiva­mente algunos ministros que se satisfacen con poco, pero que no satisfacen a los buenos hijos de Dios de co­razón ardiente.

San Bernardo se refirió a esta santa paradoja en un sonoro cuarteto que comprenderán fácilmente aquellos que rinden culto a Dios con sincero corazón:

Gustamos de tí, santo y vivo pan

y ansiamos seguir comiendo aún más;

Bebemos de tí, puro manantial

Sin querer dejar de beber jamás.

Acerquémonos a los santos hombres y mujeres del pasado, y no tardaremos en sentir el calor de su ansia de Dios. Gemían por él, oraban implorando su presencia, y le buscaban día y noche, en tiempo y fuera de tiempo. Y cuando lo hallaban, les era tanto más grato el encuen­tro cuanto había sido el ansia con que lo habían busca­do. Moisés se valió de que ya conocía a Dios para pedir conocerle más: "Ahora pues, si he hallado gracia en tus ojos, ruegote que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos" (Éxodo 33: 13). Y después se atrevió a hacer una solicitud aún más atrevida: "Te ruego que me muestres tu gloria" (vs. 18).

A Dios le agradó este despliegue de ardor, y al día siguiente le dijo a Moisés que subiera al monte, y allá le hizo ver toda su gloria.

La vida de David fue un torrente de deseos espiri­tuales. En sus salmos abundan los clamores del que bus­ca y las exclamaciones del que encuentra. Pablo afirma que el más grande deseo de su corazón era hallar a Cris­to: "y ciertamente aun estimo todas las cosas como pér­dida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y tengo por basura, para ganar a Cristo" (Filipenses 3:8).

Nuestros himnarios tradicionales están llenos oí himnos que expresan el gozo de los creyentes de antaño de haber hallado a Dios después de larga búsqueda. Pero actualmente se cantan muy pocos de esos himnos. Es trágico que dejemos la búsqueda de Dios a unos pocos maestros en lugar de realizarla cada uno de nosotros Hacemos depender toda la vida cristiana del acto inicial de "aceptar" a Cristo (una palabra, de paso, que no se encuentra en la Biblia) y no esperamos que haya después ninguna otra revelación de Dios a nuestras almas. Hemos caído en las redes de la falsa lógica que dice que si ya tienes a Dios, no necesitas buscarle. Tal argumento se presenta como la flor y nata de la ortodoxia, y se da por sentado que ningún cristiano instruido en la Biblia cree otra cosa. Por eso hacen a un lado toda sincera y afanosa búsqueda de comunión espiritual con Cristo, haciendo que los cultos sean meras formalidades sin vida.

Rehuyen así la teología del corazón que experimen­taron y experimentan aún multitudes de santos, y acep­tan una presunta interpretación de las Escrituras que habría asombrado a Jesús y los apóstoles.

Reconozco que hay muchos todavía, en medio de esta general tibieza, que no se conforman con esa lógica superficial. Pero se alejan llorando, buscando algún sitio tranquilo donde orar diciendo, " ¡Oh Dios, muéstrame tu gloria!" Es que quieren probar, tocar con sus cora­zones y ver con los ojos del alma al Dios maravilloso.

Mi deliberada intención es estimular este deseo de dallar a Dios. Es la carencia de ese deseo, de esa hambre, lo que ha producido la actual situación de desgano, ti­bieza y desinterés en que está sumida la iglesia. La vida religiosa, fría y mecánica que vivimos es lo que ha pro­ducido la muerte de esos deseos. La complacencia es la enemiga mortal de todo crecimiento espiritual. Si no sentimos vivos deseos de verle, Cristo nunca se manifestará a su pueblo. ¡El quiere que le deseemos! Y triste es decirlo, él nos está esperando a muchos de nosotros por mucho tiempo.

Cada siglo tiene sus propias características. Actual­mente estamos en una época de complejidad religiosa. Es muy raro encontrar la sencillez de Cristo. Esta ha sido reemplazada por planes, métodos, organizaciones y un mundo de actividades frenéticas que se llevan todo nuestro tiempo y atención, pero que no satisfacen los anhelos del alma. La escasa profundidad de nuestra experiencia, lo hueco de nuestro culto, y la manera servil como imitamos al mundo, todo indica el superfi­cial conocimiento que tenemos de Dios. Y que es muy poco lo que sabemos acerca de su paz.

Si queremos hallar a Dios en medio de tanta apara­tosidad religiosa, lo primero que debemos hacer es encontrarlo a él, para luego seguir en pos de él con toda sencillez. Hoy en dia, como lo ha hecho siempre, Dios se manifiesta a los "niños» y se oculta de los sabios y en­tendidos. Debemos allegarnos a él del modo más senci­llo, y para ello, debemos valernos de medios esenciales, que son ciertamente muy pocos. Debemos evitar toda cosa que tienda a llamar la atención, y acercarnos a él con el candor y la sinceridad de la niñez. Si así lo hace­mos, Dios no tardará en responder.

Cuando la religión ha dicho la última palabra, nada necesitamos sino a Dios mismo. La mala costumbre de buscar a Dios junto con otras cosas, nos impide ha­llarle a él mismo, y que nos revele toda su plenitud. Es en esas otras cosas donde está la causa de nuestra desdicha. Si dejamos esa vana búsqueda adicional muy pronto encontraremos a Dios, y en él hallaremos todo lo que anhelamos.

El autor del clásico libro inglés The Cloud of Unknowing ("La Nube de lo Desconocido"), nos dice como podemos hacerlo: "Eleva tu corazón a Dios con amor humilde y sincero, y búscalo a él, y no a sus dones.

Piensa en Dios y busca solo a Dios, solo por lo que Dios es. Esta es la obra del alma que más agrada a Dios!’

También recomienda el mismo autor que al orar nos despojemos de ‘todo, hasta de nuestra teología, pues »basta la intención desnuda que se dirige a Dios sin apelar a ningún otro recurso, sino dependiendo úni­camente de él." Por debajo de estos pensamientos descansa la verdad del Nuevo Testamento, pues sigue explicando que "Dios te ha hecho, y te ha comprado, y movido por su tierna gracia, te llama!’ Lo que él quiere es la sencillez. "Si queremos que se nos dé la religión envuelta y arrollada en una sola palabra, esta una palabra de dos sílabas, que por su misma pequeñez con­cuerda con la obra del Espíritu. Esta palabra es AMOR!’

Cuando Dios dividió la tierra de Canaán entre las tribus de Israel, Leví no recibió ninguna porción. A esta tribu Dios le dijo simplemente "Yo soy tu parte y tu heredad" (Números 18:20). Y por esta palabra Leví fue más rico que ninguna de las otras tribus, y que todos los reyes del mundo. Aquí hay un principio espiritual que continúa en vigor en el Nuevo Testamento.

El hombre que tiene a Dios por su posesión, tiene todo lo que es necesario tener. Podrá carecer de todos los tesoros materiales, o si los posee, estos no le pro­ducirán ningún placer especial. Y si los ve desaparecer, uno tras otro, apenas podrá sentir la pérdida, porque teniendo a Dios tiene la fuente de toda felicidad. No importa cuántas cosas pierda, de hecho no ha perdido nada. Todo lo que posee, lo posee en Dios, pura y legí­timamente para siempre.

¡Oh Dios! He probado tus bondades, y a la par que ellas me han satisfecho, me han dejado sediento por más. Reconozco que necesito más y más gracia. Estoy avergonzado de mi falta de interés. Oh Dios, Trino Dios, quiero tener más vivos deseos de tí; deseo que me llenes de esos deseos; quiero que me des más sed de tí. Te ruego que me hagas ver tu gloria, para que pueda cono­certe mejor. Comienza dentro de mí una nueva obra de amor. Dile a mi alma, "¡Levántate, oh amiga mía, her­mosa mía, y vente conmigo!" (Cantares 2:10 V.M.) Dame la gracia necesaria para que pueda levantarme y seguir en pos de ti, elevándome por encima de esta tierra baja y nublada donde he andado errante tanto tiempo. En el Nombre de Jesús, amén.

***

Capítulo II

La Bienaventuranza de no Poseer Nada

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque

de ellos es el reino de Dios. Mateo 5:3

Antes que Dios creara al hombre, preparó para él un mundo lleno de cosas hermosas para su sustento y de­leite. Todo lo que Dios creó fue para el bienestar del hombre, pero era indispensable que todo estuviera su­bordinado a él. El Génesis las llama simplemente "co­sas." Fueron creadas para su uso y siempre debían ser externas a él. Allá en lo profundo del corazón del hom­bre debía haber un sitio ocupado únicamente por Dios; afuera, podían estar los mil dones conque Dios lo ha­bía bendecido.

Pero el pecado introdujo complicaciones, e hizo que los dones de Dios se convirtieran en instrumentos dañinos para el alma.

Nuestros infortunios comenzaron cuando Dios fue forzado a salir de su santuario, y las "cosas" ocuparon su lugar. Por eso no tenemos paz, porque hemos quitado a Dios del trono de nuestro corazón, y tenaces y agre­sivos usurpadores pelean por el primer lugar.

Esto no es una simple metáfora, sino el análisis de nuestra verdadera condición espiritual. Dentro del co­razón humano hay una raíz de mala naturaleza que le insta a poseer más, y siempre más. Codicia "cosas" con fiera y desenfrenada pasión. Los pronombres pose­sivos "mi" y "mío" parecen inocentes en letra impresa, pero son de un terrible significado en la vida. Ellos ex­presan, mejor que mil volúmenes de teología, lo que es la verdadera naturaleza del hombre. Son los síntomas verbales de la más profunda enfermedad humana. Las cosas materiales han echado raíces tan hondas en nues­tro corazón que no queremos arrancarlas por temor a morir. Las "cosas" han llegado a sernos indispensables, lo que nunca debió haber ocurrido. Los dones de Dios han llegado a ocupar el lugar de Dios y esto ha trastornado todo el orden de la naturaleza. Nuestro Señor Jesucristo se refería a la tiranía de las cosas cuando dije a sus discípulos, "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque cualquiera que quiere salvar su vida, la perderá, y cual’ quiera que perdiere su vida por causa de mí, la hallará." (Mateo 16:24, 25)

Dividiendo en fragmentos esta verdad, a fin de entenderla mejor, vemos que hay dentro de nosotros un enemigo cuya presencia toleramos con grave peligro. Jesús lo denominó "vida" o "nuestra vida," o como di­ríamos nosotros, nuestro propio ser, cuya principal característica es el deseo de poseer. Así lo demuestran las palabras "ganancia" y "provecho." Permitir a este enemigo vivir, terminará al final con todo. En cambio repudiarlo, y con él repudiar el mundo de las cosas, da­rá como resultado final la vida eterna con Cristo. Se in­sinúa también cual es la única manera de acabar con este enemigo: por medio de la Cruz. "Tome su cruz cada día, y sígame."

La mejor manera de adquirir mayor conocimiento de Dios es pasando por valles sombríos de tristeza y so­ledad. Los bienaventurados que poseen el reino son aquellos que han repudiado todo lo externo, y han desa­rraigado del corazón todo deseo de poseer cosas. Estos son los verdaderos "pobres en espíritu!’ En su vida inte­rior han llegado a ser semejantes a los mendigos que deambulaban por las calles de Jerusalén. Ese es el signi­ficado de la palabra "pobre" en labios de Cristo. Esos bienaventurados pobres han dejado de ser esclavos de la tiranía de las cosas. Han roto el yugo del opresor, ha­llando la liberación, no por medio de luchas, sino por medio de la rendición. No teniendo deseos de poseer na­da, ‘llegan a poseerlo todo. "De ellos es el reino de los cielos!’

Permitidme que os exhorte a tomar esto seriamente. No lo toméis como una simple enseñanza bíblica más, para alojarla en un rincón de vuestra mente junto a otra masa inerte de doctrinas. Lo que digo es un indicador del camino hacia los verdes pastos, es una senda labrada en la empinada cuesta de la montaña de Dios. Si que­remos continuar en la sagrada búsqueda, no debemos tomar otro camino fuera de este. Y debemos ascender paso a paso. Si nos negamos a dar un paso, dejamos de subir.

Como ocurre a menudo, este principio neotestamentario de vida espiritual tiene su ilustración en el An­tiguo Testamento. En la historia de Abraham e Isaac tenemos una descripción dramática de lo que es la vida completamente rendida, y al mismo tiempo un comen­tario a la primera bienaventuranza.

Cuando Isaac nació Abraham ya era un hombre bien entrado en años. Tenía edad suficiente para ser el abuelo del que ahora era su hijo. El niño no tardó en convertirse en el ídolo y el deleite de su padre. Desde el primer momento que Abraham lo alzó en sus brazos, se constituyo en el esclavo de amor de su hijo. Dios no tuvo a menos comentar este intenso amor paternal, y esto es fá­cil de comprender. El niño representaba todo aquello que más amaba y reverenciaba el anciano patriarca: las promesas de Dios, los pactos, las esperanzas acariciadas durante años y los sueños mesiánicos tantas veces soñados. A medida que el niño iba creciendo de la infancia a la juventud, el corazón de Abraham se ligaba más y más con él, hasta que esta estrecha relación llegó a hacerse peligrosa. Fue entonces que Dios intervino en las vidas del padre y el hijo para salvar a ambos de las consecuen­cias de un amor demasiado humano.

Dios le dijo a Abraham, "Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré" (Génesis 22:2). El escritor sagrado no nos dice de la agonía de aquel padre, en la noche que pasó junto a las colinas de Beerseba, cuando estuvo a solas con Dios. Pero podemos imaginarla respetuosamente. Es posible que esta agonía no volviera a producirse en ningún otro hombre, hasta aquella noche en el huerto de Getsemaní, cuando Uno, mucho más grande que Abraham, luchó también con Dios. Hubiera sido mucho más prefe­rible que el propio anciano fuera el que tenía que morir. Hubiera sido mucho más soportable, porque ya era muy viejo, y la muerte no hubiera sido penosa para uno que estaba acostumbrado a caminar con Dios. Además Abra­ham se hubiera sentido dichoso de contemplar por últi­ma vez a su hijo, en quien habían de cumplirse las antiguas promesas de Dios.

¡Cómo podría sacrificar al muchacho, aun cuando pudiese apaciguar su corazón y realizar el sacrificio! ¿Y cómo habría de cumplirse la promesa de Dios, "en Isaac te será llamada descendencia"? Esta fue la prueba de fuego para Abraham y él no falló en el momento crucial. Mientras las estrellas todavía brillaban sobre la tienda en que dormía Isaac, y antes que la cenicienta luz del alba comenzara a clarear por el oriente, el viejo santo había hecho su decisión. Ofrecería su hijo en holocausto, tal como Dios le había dicho, plenamente convencido que Dios lo haría resucitar de entre los muertos Esta, dice la carta a los Hebreos, fue la solución que halló aquel ado­lorido corazón en la hora más negra de su vida. Y "muy de mañana" se levantó para cumplirla. Es precioso ver como, aunque Abraham había errado en comprender los métodos de Dios, estaba acertado en la comprensión de las intenciones de su corazón. La solución concuerda con lo que dice el Nuevo Testamento: "El que perdiere su vida por amor de mí, la hallará!’

Dios dejó que el afligido anciano fuese hasta el pun­to en que no había retorno. Luego, impidió que hiciera daño al muchacho. En efecto, le está diciendo al patriar­ca, "Nunca fue mi intención sacrificar al muchacho. Lo que yo quería era quitarlo del templo de tu corazón para poder reinar yo en él, sin que nada, ni nadie, puedan disputarme ese lugar. Quise corregir la dirección de tu amor. Ahora puedes contar con tu hijo sano y bueno. Regresa con él a la tienda; ya sé que temes a Dios, pues no me has rehusado tu hijo, tu único."

Después de esto se abrieron los cielos, y se oyó una voz que dijo: "Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único, bendiciendo te bendeciré, y multiplican­do multiplicaré tu simiente como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar; y tu simiente poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz!’ (Génesis 22:16-18)

El anciano varón de Dios levantó la cabeza para res­ponder a la voz y se detuvo allí sobre el monte, fuerte, puro y grande; un hombre a quien Dios había elegido para un fin especial, el amigo preferido del Altísimo. Abraham era pues un hombre totalmente rendido a Dios, completamente sometido a él, y sin nada que pu­diera llamar suyo. Había puesto todo en su amado hijo, y Dios se lo había quitado. Dios pudo haber comenzado de a poco, trabajando en la periferia de la vida de Abra­ham, pero prefirió ir derechamente al corazón y hacer la separación con un solo tajo. Así economizó tiempo y dolor, y la acción fue efectiva.

He dicho que Abraham no tenía nada que pudiera llamar suyo. Pero, ¿no era rico este hombre? Tenía sier­vos, ovejas, camellos, ganado y bienes de toda clase.

Además tenía a su esposa, y sus amigos, y lo que era mejor aún, tenía a Isaac, su hijo.

Tenía de todo, pero nada era suyo. Este es el secre­to espiritual, la dulce teología del corazón que se apren­de en la escuela del renunciamiento. Los libros de teolo­gía sistemática no hablan de esto, pero los entendidos lo comprenden.

Después de esta amarga, pero bendita experiencia, creo que las palabras "mi" y "mío," adquirieron otro significado para Abraham. El sentido de posesión que ellas conllevan había desaparecido de su corazón. Las cosas se habían ido para siempre. Era algo externo al hombre. Ya no tenían lugar alguno en el corazón de Abraham. El mundo podía decir, "Abraham es rico," pero el anciano por dentro sonreía. No podía explicár­selos a ellos, pero él sabía que nada poseía. Sus tesoros verdaderos eran internos y eternos.

Sin duda ninguna que el hábito de apegarse a las cosas materiales es uno de los más dañinos de la vida. Hábito que por ser tan natural, pasa tantas veces desa­percibido. Pero sus resultados son desastrosos.

Con harta frecuencia negamos dar nuestros bienes al Señor por el temor de perderlos, especialmente cuando dichos tesoros son miembros de nuestra familia, o ami­gos queridos. Pero no tenemos razón para abrigar tales temores. Nuestro Señor no vino para destruir sino para salvar. Todo lo que encomendamos a su cuidado está se­guro. La verdad es que no hay nada que esté realmente seguro si no se lo encomendamos a él.

También debemos entregarle nuestros dones y talen­tos. Debemos reconocer que son simplemente préstamos que Dios nos ha hecho, y no debemos suponer que son propiedad nuestra. No debemos reclamar méritos por] talentos o habilidades como no debemos alabarnos! por el color de nuestro pelo o nuestros ojos. "Porque, ¿quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibi­do? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no hu­bieras recibido?" (1Corintios 4-7)

El cristiano suficientemente despierto reconocerá esta maligna tendencia de su corazón, y le apenará el hecho de que ella exista. Si su anhelo de conocer más profundamente a Dios es lo bastante fuerte, querrá ha­cer algo para remediar el mal. La pregunta es, ¿qué es lo que puede hacer?

Lo primero de todo es poner aparte todo intento de defensa y no hacer ningún intento de justificarse ante sus propios ojos o los ojos de Dios. Quien quiera que trate de defenderse a sí mismo, no tendrá quién acuda en su defensa, pero si se presenta indefenso delante de Dios, su defensor será el propio Dios. El cristiano deseo­so de mejor vida espiritual debe olvidarse de cualquier treta resbaladiza que imagine su corazón, y presentarse franca y humildemente delante de Dios.

También debe tener presente que este es un asunto santo. Ningún tratamiento superficial o descuidado arre­glará la situación. El que quiera recibir la ayuda y bendi­ción de Dios, debe acercarse a él con la plena y absoluta determinación de que él le oiga. Debe insistir en que Dios acepte todo, y tome todas las cosas que hay en su corazón, y que el Señor mismo venga a ser el rey. Tal vez sea necesario que mencione cada cosa y cada perso­na por nombre. La persona que lo haga así, con franque­za, con sinceridad, sin reservas de ninguna clase, acortará el tiempo de su agonía, reduciéndolo de años a minutos, y entrará a la tierra prometida mucho antes que los que creen que a Dios hay que tratarlo con mucha precaución.

No debemos olvidar que estas verdades espirituales no se aprenden por repetición, como se aprenden las re­glas de la física y otras ciencias. Las verdades divinas se aprenden por experiencia, sintiéndolas antes de poder saber lo que son. Si queremos conocer las bendiciones de Abraham debemos sentir en carne propia sus mismas angustias y agonías. La antigua maldición no desaparece sin producir dolores. El viejo miserable que hay dentro de nosotros no se rinde, ni muere, acatando nuestras ór­denes. Ha de ser arrancado de nuestro corazón como se arranca una mala hierba fuertemente adherida a la tierra. Es necesario extraerlo con dolor y derramamiento de sangre, igual que una muela que se extrae de la mandí­bula. Debe ser expelido fuertemente del alma, de la mis­ma manera que Jesús echó a los mercaderes del templo. Por nuestra parte debemos resistir la tentación de tener lástima de nosotros mismos, uno de los pecados más reprensibles de la naturaleza humana.

Si deseamos conocer a Dios en una creciente intimi­dad, debemos renunciar a todo deseo de propia compla­cencia. Tarde o temprano, Dios nos someterá a esta prueba. Cuando Dios pidió a Abraham que sacrificara a Isaac, el patriarca no sabía que Dios lo estaba probando. Si él hubiera asumido otra actitud diferente de la que asumió, la historia del Antiguo Testamento hubiera sido muy diferente. Dios hubiera hallado otro hombre como el que buscaba, y Abraham se hubiera hundido en el anonimato. De igual modo a cualquiera de nosotros puede llegarnos la prueba en cualquier momento, quizás sin que nos demos cuenta de que es una prueba. En el momento de prueba no habrá más que una sola alter­nativa, y todo nuestro porvenir dependerá de la elec­ción que hagamos.

Padre, ansío conocerte, pero mi cobarde corazón teme dejar a un lado sus juguetes. No puedo deshacerme de ellos sin sangrar interiormente, y no trato de ocultar­te el terror que eso me produce Vengo a tí temblando, pero vengo Te ruego que arranques de mi corazón todo eso que ha sido tantos años parte de mi vida, para que tú puedas entrar y hacer tu morada en mi sin que ningún rival se te oponga. Entonces harás que tu estrado sea glo­rioso, no será necesario que el sol arroje sus rayos de luz dentro de mi corazón, porque tú mismo serás mi luz, y no habrá más noche en mí. Te lo imploro en el nombre de Jesús, amén.

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Capítulo III

Rasgando el Velo

Teniendo libertad para entrar en el santuario por la sangre de

Jesús. Hebreos 10 19

Entre los dichos famosos de los padres de la Iglesia nin­guno es tan famoso como aquel de Agustín: "Tú nos hiciste para tí, y nuestros corazones no descansarán tranquilos hasta que no descansen en tí."

El eminente santo expresa aquí, en pocas palabras, el origen y la vida interior de la raza humana. Dios nos hizo para sí, y esta es la única explicación que satisface el corazón del hombre que piensa, no importa lo que diga su razón. Si la falta de cultura y la perversidad ha­cen que alguien piense de otro modo, y llegue a otra conclusión, hay poco que algún cristiano pueda hacer por él. Para tal persona no tengo ningún mensaje. Me di­rijo a los que han sido enseñados en secreto por la sa­biduría de Dios; me dirijo a los corazones sedientos, que han sido despertados por el toque de Dios en su fuero íntimo, y que no necesitan pruebas para saber lo que ha ocurrido muy adentro de sus almas. La inquietud de su corazón es toda la evidencia que necesitan.

Dios nos hizo para sí. El Compendio de Catecismo "aprobado por la Sagrada Asamblea de Westminster," según consta en los textos de la Nueva Inglaterra, con­tiene las antiguas preguntas qué y por qué, y contesta con una sola frase que difícilmente podría ser superada en obras no inspiradas. Pregunta "¿Cuál es el fin prin­cipal de la existencia del hombre?" Respuesta "El fin principal de la existencia del hombre es glorificar a Dios y gozar de su presencia por siempre jamás"’ Concuerdan con esto los veinticuatro ancianos que cayeron sobre sus rostros y adoraron a aquel que vive y vivirá por los siglo de los siglos, diciendo, "Señor, digno eres de recibir glo­ria, y honra y virtud; porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tienen ser y fueron criadas" (Apoca­lipsis 4:11).

Dios nos hizo para su placer, y nos hizo de tal ma­nera que es posible para nosotros y él gustar de la dulce comunión de los seres afines Esto significa para noso­tros poder verle, caminar en compañía de él y gustar de su sonrisa. Pero nosotros nos hemos hecho culpables de esa "vil sublevación" de que habla Millón en El Paraíso Perdido respecto de Satán y sus ángeles. Nos hemos se­parado de Dios. Hemos dejado de obedecerle y amarle, y a causa de nuestra culpa y el miedo que se apoderó de nosotros, hemos huido de él cuan lejos pudimos.

Pero, ¿quién puede huir de su presencia cuando los cielos, y los cielos de los cielos no pueden contenerle? Cuando como lo dice el sabio Salomón "el Espíritu del Señor llena la tierra!’ La omnipresencia de Dios es una cosa, y es un hecho solemne, necesario para su per­fección. Pero la manifestación de su presencia es otra cosa muy distinta. Y hemos huido de la presencia de Dios, como huyó Adán cuando se ocultó entre los ár­boles del huerto, o hemos exclamado como Pedro, "¡Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador!"

Así es como el hombre vive en la tierra alejado de la presencia de Dios, y por consiguiente, sin disfrutar del sitio que le corresponde. La pérdida de ese estado y con­dición para que fuera creado, es la causa de su incesante desasosiego.

La obra completa de Dios en la redención tiene por objeto desbaratar los efectos de aquella vil sublevación, y ponernos otra vez en correcta y eterna relación con él. Para eso es necesario que nos despojemos de nuestros pecados, que se efectúe la entera reconciliación con Dios y vivamos de nuevo en su presencia como antes. La gracia preveniente de Dios es la que nos induce a bus­carle y volver a su presencia. Esta gracia la notamos cuando hay inquietud y hambre en nuestro corazón, y nos sentimos impulsados a decir, "Me levantaré, e iré a mi Padre, y le diré: Padre, he pecado." Esta decisión es el primer paso, y como dijo el sabio chino Lao-Tsé, la ruta de mil millas comienza siempre con un paso"

El viaje interior del alma desde las malezas del peca­do hasta la presencia de Dios lo tenemos ilustrado her­mosamente en el Tabernáculo del Antiguo Testamento. Cuando el pecador se acercaba a Dios entraba primera­mente al atrio, donde ofrecía una víctima, inmolada en el altar de bronce. Enseguida se lavaba en la fuente, también de bronce, que estaba al lado del altar. Luego entraba al lugar santo, que no tenía más luz que la del candelabro de siete brazos, emblema de Jesucristo, la luz del mundo. En el lugar santo se hallaban también la mesa de los panes, figura de Cristo, el Pan de vida, y el altar de oro, donde se quemaba el incienso continua­mente, figura de las incesantes oraciones.

Aun cuando un creyente se goce estando en el culto, eso no quiere decir que ha entrado a la presencia de Dios. Hay otro velo que separa el lugar santo del santí­simo. En el lugar santísimo se hallaba el arca del pacto, toda recubierta de oro, con los querubines de gloria, también de oro. Sobre la tapa del arca, llamada el propi­ciatorio, se manifestaba la gloria de Dios. Mientras el Tabernáculo estuvo en funciones, solo el sumo sacerdo­te, y una vez al año, podía entrar a este lugar santísimo, y no sin sangre, que ofrecía por sus propios pecados y los de todo el pueblo. Este velo espeso fue el que se ras­gó en dos, de alto a abajo cuando Jesús murió en la cruz El escritor sagrado nos dice que este velo rasgado indica que ahora está abierto y libre el camino al cielo, por medio del cuerpo de Cristo abierto en la cruz.

Todo lo que enseña el Nuevo Testamento concuerda con el Antiguo. Los redimidos de hoy no tienen por qué tener miedo de entrar al lugar santísimo. Dios quiere que nos abramos paso hasta su presencia, y que pasemos toda la vida allí. Y esto debe ser para nosotros una ex­periencia conciente. Una vida que se vive, cada día, más que una mera doctrina que se cree.

La luz que brillaba sobre el propiciatorio (Éxodo 40:34-38) era la manifestación visible de la presencia de Dios y el emblema de la orden de los levitas. Sin ella to­do el culto del Tabernáculo y todo el sistema sacerdotal levítico carecerían de significado para Israel y para noso­tros. Lo más importante del Tabernáculo era que la pre­sencia de Jehová estaba allí. Allí, detrás del pesado velo, estaba Dios. Del mismo modo la presencia de Cristo en el alma del creyente es el hecho más importante del cris­tianismo. En el corazón del mensaje del evangelio está el propio Dios en persona, esperando que sus redimidos lo acepten y se den cuenta de su presencia. La clase de cristianismo actualmente de moda parece tener una no­ción solamente teórica de la presencia de Dios. Los que lo enseñan no parecen entender el privilegio que tiene el cristiano de saber que cuenta con la presencia de Dios. Se dice que estamos en la divina presencia posicionalmente, pero nada se menciona de la necesidad de estar en esa presencia experimentalmente. El fervor ardiente que inflamó a tantos hombres de Dios en el pasado parece haber desaparecido completamente. La actual generación de cristianos se mide a sí misma por esta medida imperfecta. Un contentamiento innoble ha reemplazado al celo ardiente. Nos declaramos satisfe­chos con nuestras posiciones legales y poco nos importa la presencia o no presencia de Dios en nuestra vida.

¿Quién es éste que brilla detrás del velo con llamas ardientes? No es otro que Dios mismo, "el Dios Todopo­deroso, Creador del cielo y de la tierra y de todas las cosas visibles e invisibles!’ Y, "un solo Señor Jesucristo, el unigénito Hijo de Dios, que estuvo con el Padre antes de la creación de los mundos; Dios de dioses, luz de luces, el propio Dios, engendrado por el Padre, no hecho por él, pues es de la misma sustancia del Padre’.’ Y, "el Espíritu Santo, Señor y Dador de la vida, que procede del Padre y del Hijo, el cual juntamente con el Padre y el Hijo, es adorado y glorificado, constituyendo un solo Trino Dios, la Trinidad unificada; sin confundir las per­sonas ni separar la sustancia. Porque el Padre constituye una persona, el Hijo otra, y otra el Espíritu Santo, con la misma gloria y la misma eterna majestad." Así rezan los antiguos credos, y lo mismo declara la inspirada Palabra de Dios, la Biblia.

Detrás del velo está Dios. Ese Dios en pos del cual, con extraña inconsistencia, el mundo ha seguido en bus­ca a ver si "por casualidad" daba con él. Dios se ha reve­lado en la naturaleza, y más perfectamente en la encar­nación. Ahora quiere revelarse en plenitud a los humildes de alma y puros de corazón.

El mundo está pereciendo porque no conoce a Dios, y la iglesia languidece porque no goza de su presencia. La cura inmediata de todos nuestros males espirituales sería entrar a disfrutar de la presencia de Dios, y com­prender que él está en nosotros y nosotros en él. Esto nos sacaría de nuestra lamentable estrechez y ensancha­ría nuestros corazones. Quemaría las impurezas de nues­tra vida como quema los insectos y los hongos el fuego que estalla en el zarzal.

¡Cuan vasto mundo para recorrer y cuan inmenso mar para nadar es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesu­cristo! Es eterno, lo cual significa que su existencia es anterior a los tiempos y estos no lo afectan en nada. El tiempo comienza y termina con él. Es inmutable, lo cual quiere decir que nunca ha cambiado y que no puede cambiar en la más ligera medida. Para cambiar tendría que pasar de lo mejor a lo peor o de lo peor a lo mejor. El no puede pasar jamás por ningún cambio de esa clase, porque siendo como es, perfecto, no puede ser más per­fecto; y si llegase a ser menos perfecto ya no sería Dios. Dios es omnisciente, y esto significa que sin esfuerzo alguno él ve y conoce todo lo que existe y todo lo que ocurre. Para él no hay pasado ni futuro. El es lo que es y no se le puede aplicar ninguna de las otras calificaciones que se aplican a los seres creados. El amor, la misericor­dia y la justicia son suyas en grado perfecto, y su santi­dad es tan inefable que es imposible compararla con nada más, ni hay palabras capaces de expresarla. El fue­go es lo único que puede darnos remotamente una vaga idea de ello. En la zarza que vio Moisés apareció en for­ma de llamas; en el prolongado viaje por el desierto se mostró en forma de columna de humo de día y de fuego de noche. El fuego que ardía entre las alas de los queru­bines, recibía el nombre de shekinah, que significa "pre­sencia." Así se manifestó Dios durante los años próspe­ros y felices de Israel. Y cuando la antigua dispensación fue reemplazada por la nueva, en el día de Pentecostés, descendió en forma de lenguas de fuego que se asenta­ron sobre los discípulos.

Spinoza habló acerca del amor intelectual de Dios. Pero el más alto grado del amor de Dios no es intelec­tual, sino espiritual. Dios es espíritu, y únicamente el espíritu del hombre puede llegar a conocerlo en reali­dad. El fuego divino debe arder en las profundidades del espíritu del hombre. Al no ser así, el amor del hombre no puede ser verdadero amor de Dios. Los grandes en el Reino de Dios son aquellos que lo han amado a El en el espíritu más que otros. Nosotros sabemos quiénes han sido éstos, y les rendimos el tributo de nuestra admira­ción. Basta que nos detengamos un minuto a pensar en ellos para que sus nombres desfilen ante nosotros con un perfume de mirra, casia y áloe.

Federico Faber fue una de esas almas que ansiaba conocer a Dios, y vivir cerca de él, como el corzo ansia las aguas para beber de ellas. Y la manera en que Dios se revela al corazón que le busca, inflama toda la vida del hombre, con un deseo tal de adorarle que rivaliza con el de los mismos serafines. El amor que siente por Dios se extiende a las otras personas del Dios trino, pero sabe sentir un amor especial por cada una de ellas. A Dios el Padre le canta:

Solo el pensar en ti, mi Dios,

¡cuánto placer me da!

Solo tu nombre mencionar,

trae felicidad.

Padre de Cristo, don de amor,

bien puedo imaginar

La dicha inmensa que dará

tu rostro contemplar.

Su amor por Jesucristo era tan intenso que amenazó con consumirlo; ardía en él como una dulce y santa locura, y fluía de sus labios como oro derretido. Dice en uno de sus sermones, "Dondequiera que miremos en la iglesia, allí está Jesús. El es el principio, el medio y el final de todo. No hay nada bueno, nada santo, nada hermoso, nada deleitable, que El no lo dé a sus siervos. Nadie necesita ser pobre, porque si él lo quiere, Jesús puede ser suyo. Nadie necesita abatirse, porque Jesús es el gozo del cielo, y lo que él más desea, es entrar en los corazones tristes. Podemos exagerar muchas cosas, pero jamás las obligaciones que tenemos para con él, ni la abundancia del amor que él tiene para nosotros. Podemos estar toda la vida hablando de Jesús, y aún no ago­taríamos todo lo bello que podemos decir de él. La eter­nidad no bastará para llegar a conocerlo por completo, ni para alabarle por todo lo que ha hecho por nosotros. Pero eso no importa, porque de todos modos estaremos siempre con él, y no queremos hacer otra cosa." Luego, dirigiéndose al Señor, dice:

Te amo tanto, Salvador,

prendado estoy de ti.

Tu amor es fuego abrasador

que me consume a mí.

El ardiente amor de Faber se extendía también al Espíritu Santo. No solo reconocía la igualdad del Espí­ritu con el Padre y el Hijo, sino que también lo celebra­ba en sus cantos y oraciones. Se inclinaba literalmente, hasta tocar el suelo con su frente cuando celebraba un férvido culto a la tercera Persona de la Trinidad. En uno de los grandes himnos que dedicó al Espíritu Santo, dice:’

Espíritu Santo, sin par tu incomparable amor jamás lo podré yo explicar al pobre pecador.

Aun a riesgo de cansar al lector, he hecho estas acotaciones para señalar que Dios es tan maravilloso, tan completamente deleitoso, que sin ninguna otra cosa mas que su presencia, puede satisfacer los más exigentes anhelos de la naturaleza humana, por más exigente que ésta sea. La adoración y el culto que Faber practicaba (y él pertenece a esa gran compañía que nadie puede con­tar) no es de las que se adquieren por el mero conoci­miento intelectual. Los corazones capaces de quebran­tarse hasta lo sumo, movidos por el amor al Dios trino y único, son aquellos que han estado en presencia de la Deidad, y la han contemplado con ojos despejados. Los hombres de corazón quebrantado son incomprensibles para la gente común. Ellos hablan habitualmente con autoridad espiritual. Han estado en la presencia de Dios, y hablan de lo que han visto allí. Son profetas, no escri­bas. El escriba habla de lo que ha leído; el profeta relata lo que ha visto.

Esta distinción no es imaginaria. Entre el escriba que ha leído y el profeta que ha visto hay una separación abismal. Hoy en día tenemos infinidad de escribas, pero muy pocos profetas. La voz estridente de los escribas aturde a los oídos de la iglesia, pero ¿dónde está la voz suave de los profetas que han pasado más allá del velo, y han echado un vistazo a esa Maravilla que es Dios? Y tengamos en cuenta, este privilegio de entrar adentro del velo hasta la santa presencia, es el derecho de cada hijo de Dios en el día presente.

Habiendo desaparecido el velo de separación, por el cuerpo desgarrado de Cristo, y no habiendo por parte de Dios ningún impedimento para acercarnos a él, ¿por qué es que nos mantenemos afuera? ¿Por qué nos conformamos con vivir en el atrio, cuando podemos entrar hasta el lugar santísimo?

Le oímos decir al novio, "Déjame ver tu rostro, dé­jame oír tu voz, porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto" (Cantares 2:14).Nos damos cuenta que estas palabras se dirigen a nosotros, sin embargo, tardamos en responder a ellas. Pasan los años, nos envejecemos, y nos cansamos de merodear por el patio exterior. ¿Qué es lo que nos impide entrar?

La respuesta que se da generalmente es que "estamos fríos" pero esto no explica la realidad de las cosas. Lo que ocurre es algo más grave que la frialdad del cora­zón. Hay algo que está oculto y que provoca esa frial­dad. ¿Qué es ese algo? No es otra cosa que el velo de separación que conservamos en el corazón. Este velo im­pide que veamos el rostro de Dios. Y no es otro que el velo de nuestra naturaleza humana caída, que aún no ha sido juzgada, crucificada y repudiada dentro de noso­tros. Es el velo, de la supervivencia de nuestro "yo," que nunca hemos querido doblegar, y que no hemos someti­do a la crucifixión. Este velo sombrío nada tiene de mis­terioso, ni es difícil identificarlo. Basta que echemos una mirada a nuestro corazón para que lo veamos, recosido y remendado y reinstalado, verdadero enemigo de nuestra vida y real impedimento de nuestro progreso espiritual.

Este velo no es bonito, y no nos gusta hablar de él. Pero me estoy dirigiendo a almas sedientas que se han determinado seguir a Dios, y yo sé que ellas no se volverán atrás porque el camino pasa a través de cerros som­bríos. La urgencia de Dios que sienten en su interior los impulsará a seguir. Harán frente a los hechos, por desa­gradables que éstos sean, y soportarán la carga de la cruz por el gozo que les espera. Por eso me atrevo a mencio­nar los hilos con los cuales se ha tejido ese velo interior.

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Está entretejido con los delicados hilos del egoísmo, cruzados con los pecados del espíritu humano. Esto no es algo que nosotros hacemos, sino algo que nosotros somos, y en esto reside su sutileza y poder.

Para ser específicos, estos pecados del ser interior son la justificación propia, la propia conmiseración, la autosuficiencia, la admiración de sí mismo y el amor propio. Y otra cantidad de pecados semejantes. Ellos están tan profundamente metidos en nuestra naturaleza, y son tan semejantes a nuestro modo de ser que es muy difícil verlos, hasta que la luz de Dios se enfoca sobre ellos. Las manifestaciones más groseras de estos pecados, egoísmo, exhibicionismo, auto alabanza, que exhiben aun grandes líderes cristianos, son toleradas en los círculos más ortodoxos, aunque parezca extraño que lo digamos. Muchas personas llegan hasta identificarlos con el evangelio. No es cinismo decir que dichas cualidades han llegado a ser requisito imprescindible para lograr popularidad y prestigio. La exaltación del individuo, más que la de Cristo, es tan común que a nadie le llama ya la atención.

Podría suponerse que la correcta enseñanza de la depravación humana y la justificación en Cristo, nos librarían de estos feos pecados, pero no es así. El pecado del yoísmo es tan presuntuoso que puede medrar al lado mismo del altar. Puede ver morir a la sangrante Víctima, sin inmutarse en lo más mínimo. Puede defender con calor las doctrinas fundamentales y predicar con elo­cuencia la salvación por gracia, y sentirse halagado por estos esfuerzos. Hasta el mismo deseo de buscar a Dios parece servir para que el yoísmo se afirme y crezca.

El "yo" es el velo opaco que nos oculta el rostro de Dios. Lo único que puede quitarlo es la experiencia es­piritual, nunca la instrucción religiosa. Tratar de hacerlo así es como querer curar el cáncer con tratados de me­dicina. Antes que seamos librados de ese velo, Dios tiene que hacer una obra destructiva en nosotros. Tenemos que invitar a la cruz que haga su obra dentro de noso­tros. Debemos poner nuestros pecados del "yo" perso­nal delante de la cruz para que sean juzgados. Debemos estar dispuestos a sufrir cierta clase de sufrimientos, ta­les como los que sufrió Jesús cuando estuvo delante de Pilato.

Tengamos en cuenta que al hablar de rasgar el velo, estamos usando una figura poética que es placentera, pero la experiencia real en sí nada tiene de agradable. En la experiencia humana ese velo se forma de tejidos espirituales vivientes; está constituido de ese material sensible y vacilante que es nuestro ser. Cualquier cosa que lo toca nos hiere a nosotros con vivo dolor. Arrancar ese velo es hacernos daño, nos lastima y nos hace sangrar. Decir otra cosa es hacer que la cruz no sea cruz y la muerte no. sea muerte. Nunca será divertido morir. Desgarrar la tela de que está compuesta la vida nunca dejará de ser doloroso. Pero eso es lo que la cruz signi­ficó para Jesús y es lo que debe significar para nosotros.

Tengamos cuidado de no tratar chapuceramente con nuestra vida interior con la esperanza de rasgar nosotros mismos el velo. Dios tiene que hacer eso. La parte nues­tra debe ser entregarnos y confiar. Debemos confesar, desechar, resistir nuestros antojos y egoísmos, y darnos por co-crucificados con Cristo. Pero esta co-crucifixión no debe ser una laxa "aceptación" de Cristo, sino una verdadera obra hecha por Dios. No podemos conformar­nos solamente con creer en una bonita y agradable doc­trina de la crucifixión del yo. Si esto hiciéramos, estaría­mos imitando a Saúl, que sacrificó algunas cosas, pero reservó para sí lo mejor del despojo.

Insistamos en que la obra sea hecha conforme a la mejor doctrina y también en la más completa realidad. La cruz es tosca, y mortal, pero es efectiva. No deja a las víctimas colgando indefinidamente de ella. Llega el mo­mento cuando la obra queda consumada y la víctima muere. Es después de la muerte que viene el gozo de la resurrección y la alegría de ver rasgado el velo. Entonces olvidamos los dolores que ha costado, y disfrutamos de la gloria de la presencia del Dios vivo.

Señor, ¡cuan preciosos son tus caminos, y cuan inciertos y sombríos son los nuestros! Enséñanos a morir, para que nos levantemos después a novedad de vida. Rasga de alto a abajo el velo de nuestro egoísmo, como rasgaste en dos el velo del templo. Nosotros nos acerca­remos a tí en plena certidumbre de fe. Moraremos dia­riamente contigo aquí en la tierra, para acostumbrarnos a la gloria del cielo cuando lleguemos allá, para estar eternamente a tu lado. En el nombre de Jesús, amén.

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Capítulo IV

Asidos a Dios

Gustad y ved. Salmo 34’8

Fue el canónigo Holmes, de la India, quien allá por 1920, llamó la atención al carácter inferencial que tiene la fe de muchos hombres. Para la mayoría de la gente Dios es una inferencia, no una realidad. Es una deduc­ción de evidencias que consideran adecuadas, pero El permanece desconocido para el individuo. "Debe haber un Dios —dicen— por lo tanto, creemos en él." Otros ni llegan siquiera a tanto. Conocen a Dios por lo que oyen hablar de él. Nunca se han preocupado de dilucidar el asunto por ellos mismos, y han puesto la creencia en Dios en el fondo de sus mentes, junto con otra variedad de conocimientos que tienen. Para muchos otros Dios no es más que un ideal, impersonificado como lo bueno, lo bello, lo verdadero. O lo consideran como el principio vital o el impulso creador del fenómeno de la existencia. Las nociones acerca de Dios son muchas y variadas, y aquellos que las sustentan tienen todos una cosa en común: no conocen a Dios en una manera personal. Ni siquiera se les ha ocurrido que esto pueda ser posible. Aunque no niegan su existencia, no creen que sea posi­ble conocerle como a cualquier otra persona o cosa.

Los cristianos, por supuesto, van más allá de esto, a lo menos en teoría. Su credo les exige creer en la perso­nalidad de Dios, y se les ha enseñado a orar: "Padre nuestro que estás en los cielos. "Ahora bien, la persona­lidad y la paternidad de una persona, conllevan la idea de conocerle personalmente. Esto lo admiten millones de cristianos, sin embargo. Dios no es más personal para ellos que para millones de no cristianos. Viven tratando de amar un ideal y de ser fieles a un mero principio.

Contra toda esta nube de vaguedad e incertidumbre se destaca la clara luz de las Sagradas Escrituras que afirman que es posible conocer a Dios personalmente. Una amante Personalidad domina toda la Biblia, cami­nando entre los árboles del huerto y respirando la fra­gancia de cada escenario. Siempre está presente como persona viva, hablando, rogando, amando, trabajando, y manifestándose personalmente cuando quiera y donde­quiera su pueblo tiene la receptividad necesaria para re­cibir esa manifestación.

La Biblia asume como hecho indiscutible que el hombre puede conocer a Dios, con la misma facilidad conque puede conocer cualquier persona u objeto que cae dentro de la esfera de su experiencia. Al referirse al conocimiento de Dios emplea los mismos términos que usa al tratar del conocimiento de objetos físicos. "Gus­tad y ved que es bueno Jehová’.’ "Mirra, áloe y casia exhalan todos tus vestidos: en estancias de marfil te han recreado."

"Mis ovejas oyen mi voz." "Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios." Estos son solo cuatro de los innumerables pasajes de esa clase que se hallan en la Palabra de Dios. Pero más importante que cualquier texto que citemos como prueba es el hecho de que todas las Escrituras conducen a esta creencia.

¿Qué otra cosa pueden significar estos versículos sino que en nuestro corazón tenemos órganos con los cuales podemos conocer a Dios con la misma facilidad conque conocemos las cosas materiales con los cinco sentidos? Conocemos el mundo físico por medio de las facultades naturales con que se nos ha provisto, y po­demos conocer a Dios por medio de facultades espiri­tuales, siempre que obedezcamos al Espíritu y sepamos usarlas.

Por supuesto, primeramente debe realizarse en el corazón una obra regeneradora. Las facultades del hom­bre no regenerado yacen dormidas en él. No las usa, y puede decirse que están muertas. Este es el castigo que cayó sobre el pecado. Al efectuarse la regeneración, el Espíritu reanima esas facultades, y este es uno de los grandes beneficios que recibimos en la obra de salvación realizada por Jesús en el Calvario.

Pero, ¿a qué se debe que los hijos e hijas de Dios se­pan tan poco de esa habitual comunión conciente que se ofrece en las Escrituras? La respuesta puede ser: se debe a nuestra crónica incredulidad. La fe es lo que hace que nuestro sentido espiritual comience a funcionar. Cuando la fe es defectuosa el espíritu se cierra, y nos hacemos insensibles interiormente y ciegos para las cosas espirituales. Este es el estado en que se encuentran muchos cristianos de hoy en día. No es necesario presentar prue­bas para apoyar esta declaración; basta que hablemos con cualquier cristiano por ahí o entremos a la primera iglesia que esté abierta.

Hay todo un mundo espiritual que nos rodea y nos ciñe, esperando que lo reconozcamos. Dios mismo está a la espera que reconozcamos su presencia. Ese mundo espiritual, eterno y gigantesco, se nos hará evidente y sustancial en el mismo momento que reconozcamos su realidad.

Acabo de emplear dos palabras que requieren ex­plicación, si es que la hay. Ellas son "reconocer" y “rea­lidad:”

¿Qué entendemos por "realidad"? Es aquello cuya existencia no depende de lo que yo, u otras personas, podemos pensar y concebir, algo que existe aunque no haya nadie que pueda pensar en ello. Algo real por sí mismo, que no depende del observador para su validez.

Sé muy bien que hay gente que hace chistes respecto al concepto de realidad. Son los idealistas, que urgen infinitas pruebas tratando de demostrar que fuera de la mente no hay realidad ninguna. Y son también los re­lativistas que dicen no haber en el universo ningún pun­to fijo a partir del cual se pueda medir algo. Ellos se ríen de nosotros, y nos califican con el mote, despectivo para ellos, de "absolutistas!’ Pero el cristiano no pierde la serenidad por ello. Más bien se ríe a su vez de los que lo tratan así, porque sabe que hay un Absoluto, y ese Ab­soluto es Dios. Y sabe también que ese Ser Absoluto ha creado el mundo para el uso del hombre, y aunque no hay nada fijo o real en el significado de las palabras (cuando aplicadas a Dios) para todos los fines de la vida humana se nos permite proceder como si lo hubiera. Y cada ser humano procede así, excepto los que están mentalmente enfermos. Estos seres infortunados tam­bién tienen problemas con la realidad; pero son tercos, y quieren vivir solo de acuerdo con sus propias ideas que se han formado de todas las cosas. Son sinceros, pero de­bido a esa misma sinceridad y honradez, se han creado un problema social.

Los idealistas y los relativistas no están mentalmente enfermos. Demuestran su buen sentido viviendo de acuerdo a nociones verdaderas de la realidad, aunque teóricamente las están rechazando. Las ideas de estos pensadores serían mucho más dignas de respeto si ellos vivieran conforme a lo que dicen, pero se cuidan muy bien de hacerlo. Sus ideas surgen del cerebro, no de la vida. Cada vez que algo afecta su vida, repudian sus propias teorías y viven igual que los demás.

El cristiano es demasiado sincero para ponerse a ju­gar con las ideas por el puro gusto de hacerlo. No le agrada tejer telas solo para darse el placer de exhibirlas. Todas sus creencias son prácticas y están engranadas en su vida. Por ellas vive, o muere, está en pie, o cae, en este mundo y para la eternidad. El cristiano no encuen­tra placer en la relación con personas cuya sinceridad no le inspira confianza. Por eso prefiere alejarse de ellas.

El hombre sencillo y sincero sabe que el real. Cuando llega al uso de razón se da cuenta de que existe, y vive en él. El mundo lo estaba esperando cuan­do él nació, y el mundo le dirá adiós cuando él parta para la eternidad. Por su profunda sabiduría de la vida, es más sabio que millones de hombres que dudan. Para­do sobre la tierra siente el viento y la lluvia golpearle el rostro, y sabe que estas cosas son reales. Durante el día ve el sol, y durante la noche contempla las estrellas. Ve el rayo brotar del vientre de las nubes de tormenta, y oye los sonidos de la naturaleza y los gemidos y quejidos de] alma humaría. Sabe muy bien que todo esto son cosas verdaderamente reales. Por las noches se acuesta en la mullida tierra sin temor de que ésta sea una ilusión, que podría desaparecer mientras duerme. Cuando ama­nezca, el firmamento azul seguirá sobre él, y la tierra se­guirá siendo su cama, y las peñas y los árboles lo segui­rán rodeando, como lo hacían cuando se acostó. Por eso vive y se regocija en un mundo real.

Por medio de sus cinco sentidos se relaciona con el mundo de la realidad, y las facultades que Dios le ha da­do lo ayudan a utilizar todo lo que necesita para vivir en el mundo en que vive.

Bien. Por propia definición sabemos ‘que Dios es real. Es real en el sentido único en que solo Dios puede serlo. Todas las otras realidades dependen de la de él. La Gran Realidad es Dios, de quien dependen todas las otras realidades inferiores, las cuales constituyen la suma de lo creado, incluyendo a nosotros mismos. La existen­cia de Dios no depende de lo que nosotros pensemos de él, porque él tiene una existencia objetiva, aparte de cualquier noción que nosotros tengamos. El corazón que lo adora no está creando el Objeto de su adoración. Lo encuentra aquí y ahora, cuando despierta de su sueño espiritual en la mañana de la regeneración.

Otra de las palabras que debemos aclarar es "reco­nocer." Esta palabra no significa ver o imaginar algo. El imaginar no es un acto de fe. Las dos cosas no solo son diferentes sino que se oponen la una a la otra. La ima­ginación proyecta imágenes ficticias, y trata de asignar­les realidad. La fe no crea nada: sencillamente reconoce lo que ya está allí.

Dios y el mundo espiritual tienen existencia real. Podemos contar con ellos con tanta seguridad como lo hacemos con el mundo familiar que nos rodea. Tenemos delante de nosotros las cosas espirituales invitándonos a que las reconozcamos.

Nuestra dificultad estriba en que tenemos malos há­bitos de pensamiento. Por lo corriente pensamos del mundo visible como el único real, y ponemos en duda la realidad de cualquier otro. No negamos la existencia del mundo espiritual, pero nos cuesta aceptar que sea real en el pleno sentido de la palabra.

El mundo de los sentidos se introduce continuamen­te, y capta nuestra atención diaria a todo lo largo de nuestra vida. Es clamoroso, insistente y acaparador. No apela a nuestra fe. Asalta a nuestros cinco sentidos, y exige que lo reconozcamos como la cosa más real y defi­nitiva. Y el pecado ha empañado de tal modo los crista­les de nuestro corazón que no podemos ver la otra reali­dad, La Ciudad de Dios destellando alrededor nuestro. El mundo de los sentidos es el que triunfa. Lo visible se constituye enemigo de lo invisible; lo temporal se opone a lo eterno. Esa es la herencia que Adán dejó a sus des­cendientes.

En la raíz de la vida cristiana descansa la creencia en lo invisible. El objeto de la fe cristiana es la realidad in­visible.

Nuestro erróneo modo de pensar, acuciado por la ceguera natural de nuestro corazón, y la ubicuidad intru­sa de las cosas visibles, tienden a formar el contraste entre lo espiritual y lo real. Pero la verdad es que no hay tal contraste. La antítesis yace en otra parte: entre lo real y lo imaginario; pero nunca entre lo espiritual y lo real. Lo espiritual es real.

Si vamos a elevarnos a las regiones de la luz y el poder espiritual que nos marcan las Sagradas Escrituras, debemos perder el mal hábito de ignorar lo espiritual. Debemos trasladar nuestro interés de lo visible a lo invi­sible, porque la gran Realidad invisible es Dios. "Es menester que el que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan" (Hebreos 11:6). Esto es fundamental en la vida de fe. Desde aquí podemos elevarnos a alturas inimaginables. El Señor Jesucristo dijo, "Creéis en Dios, ¡creed también en mí!” Sin lo primero no puede ocurrir lo segundo.

Si realmente deseamos seguir a Dios debemos procu­rar vivir en otro mundo. Digo esto sabiendo bien que las gentes del mundo han usado estas palabras en forma despectiva y las han aplicado a los cristianos en forma de reproche. Que así sea. Cada hombre tiene que elegir su propio mundo. Si aquellos que, voluntariamente segui­mos en pos de Cristo, elegimos deliberadamente el Rei­no de Dios, porque eso es lo único que nos interesa, no veo por qué hayan de oponerse a nuestra decisión. Si perdemos a causa de ello, la pérdida es solo nuestra; si ganamos, a nadie le robamos lo que es suyo. El "otro mundo," que es el objeto del desdén de este mundo, y el canto de burla de los borrachos, es el punto de destino que hemos elegido y al cual nos dirigimos con santa pa­sión.

Pero debemos evitar el error común de poner ese mundo exclusivamente en el futuro. No es un mundo futuro, sino presente. Es paralelo a nuestro familiar mundo físico que conocemos, y las puertas de acceso para ambos están abiertas. El escritor de la carta a los Hebreos dice: "Os habéis allegado (y el verbo está en tiempo presente) al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, y a la congregación de los primogé­nitos que están alistados en los cielos, y a Dios el juez de todos y a los espíritus de los justos hechos perfectos, y a Jesús el mediador del nuevo testamento, y a la sangre del esparcimiento, que habla mejor que la de Abel" (He­breos 12:22-24). Todas estas cosas están en contraste con "el monte que se podía tocar, el sonido de la trom­peta y la voz de las palabras que se podían oír" (He­breos 12:18-19). ¿No podemos concluir que así como el monte Sinaí podía ser aprehendido por los sentidos del cuerpo, podemos aprehender la realidad del monte Sión por medio de los sentidos del alma? Y esto no por nin­guna artimaña de la imaginación, sino en un sentido real y verdadero. El alma tiene ojos que ven y oídos que oyen. Tal vez están débiles por el poco uso que les damos, pero por el toque del Espíritu Santo pueden re­cuperar su fuerza y ser capaces de poseer la vista más aguda y el oído más fino.

Cuando comenzamos a enfocar la mirada de Dios, las cosas del espíritu empiezan a cobrar forma en nues­tra vista interior. La obediencia a la palabra de Cristo nos trae la revelación interior de la Deidad (Juan 14.21-23). Nos da una percepción espiritual más aguda, que nos permite ver a Dios tal cual él lo ha prometido a los limpios de corazón. Se apoderará de nosotros una nueva conciencia de Dios, y empezaremos a gustar y a oir y a sentir interiormente que Dios es el todo de nuestra vida. Veremos brillar constantemente la luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Nuestras faculta­des internas se harán más y más perceptivas, y Dios ven­drá a ser para nosotros el Gran Todo, y su presencia la gloria y la maravilla de nuestra vida.

Oh, Dios, aviva en mí todas mis facultades espiri­tuales, para Que pueda echar mano de las cosas eternas. Abre mis ojos, para que pueda ver; dame aguda percep­ción espiritual, dame la capacidad necesaria para gustar de Ti, y saber que eres bueno. Haz que el cielo sea más real para mí que ninguna cosa de la tierra, amén.

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Capítulo V

La Presencia Universal

¿Adonde me iré de tu espíritu?

¿Y adonde huiré de tu presencia? Salmo 139:7

En toda enseñanza cristiana hay ciertas verdades básicas, ocultas a veces, y más bien asumidas que afirmadas, pero que son necesarias a toda verdad como los colores pri­marios son necesarios para componer cualquier cuadro. La divina inmanencia es una de esas verdades.

Dios mora en su creación, y está indispensablemente presente en todas sus obras. Esto lo enseñan firmemente profetas y apóstoles y está aceptado por la teología cris­tiana general. Dicha verdad consta en los libros de teolo­gía, pero por alguna razón no ha entrado aun en el corazón de los creyentes, para que llegue a ser parte de su fe. Muchos predicadores y maestros cristianos hacen tímidas menciones de ella, y más bien parecen esquivarla Para eludir sus implicaciones. Me imagino que proceden así por el temor de ser tildados de panteístas. Pero la doctrina de la divina inmanencia nada tiene que ver con el panteísmo.

El error panteísta es tan palpable que nadie debería dejarse engañar por él. Sostiene que Dios es la suma de todas las cosas creadas. La naturaleza y Dios son la mis­ma cosa, de modo que cualquiera que toque a la una toca también al otro. Esto es una degradación de la gloria divina. Los panteístas, al atribuirle divinidad a todo, han hecho desaparecer del mundo toda divinidad.

La verdad es que aunque Dios habita en su mundo, está separado de él por un abismo infranqueable. Por mucho que Dios se identifique con la obra de sus manos, éstas son sus obras, y nunca pueden ser El. Dios es ante­rior a sus obras e independiente de ellas.

¿Qué significa, entonces, la divina inmanencia en la experiencia cristiana? Significa simplemente que Dios está aquí. Dondequiera estemos nosotros, Dios está. No hay lugar, ni lo puede haber, donde Dios no esté. Diez millones de inteligencias, situadas en igual número de puntos del espacio, separadas por incalculables distan­cias, pueden todas decir al mismo tiempo, "Aquí está Dios’.’ No hay un solo sitio del espacio que esté más cer­ca de Dios que cualquier otro. Ningún hombre está, en cuanto a distancia se refiere, más cerca o más lejos de Dios que otro hombre.

Hay ciertas verdades que cree todo cristiano medio instruido en la doctrina. A nosotros toca examinarlas y meditar en ellas, hasta que empiecen a resplandecer en nosotros.

"En el principio Dios!’ Aquí no hay materia, por­que lo material requiere siempre una causa que lo preceda. Dios es esa causa. No se trata de ninguna ley, porque ley es simplemente el nombre que le damos al curso que sigue todo lo creado. Ese curso ha sido planeado, y fue Dios quien lo planeó. Tampoco se trata de ninguna mente, porque la mente es también una cosa creada, y debe tener un creador que la respalde. En el principio Dios, la Causa de las causas, el principio originador de la materia, de la ley y de la mente. Por ahí debemos comenzar.

Adán pecó, y presa del pánico, trató de hacer lo im­posible: ocultarse de la presencia de Dios. David tam­bién pensó un tiempo poder escapar de la presencia de Dios, pero tuvo que escribir, "¿Adonde me iré de tu es­píritu, y adonde huiré de tu presencia?" (Salmo 139:7). Y luego prosiguió, en uno de sus más preciosos salmos, alabando la divina inmanencia. "Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el abismo hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo de la mar, aun allí me guiará tu mano y me asirá tu diestra!’ Y él sabía que la existencia y la vi­dencia de Dios eran una sola y misma cosa. Que Dios, que todo lo ve, había estado con él antes que naciera, y había observado el misterio del florecer de su vida. Salo­món exclamó, "¿Es verdad que Dios haya de morar sobre la tierra? He aquí que los cielos, y los cielos de los cielos, no te pueden contener, ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?" (1 Reyes 8:27) Pablo les aseguró a los atenienses que "Dios no está lejos de cada uno de nosotros, porque en él vivimos, y nos movemos, y so­mos" (Hechos 17:27,28).

Si Dios está presente en todo punto del espacio, si no podemos ir a ningún lugar donde él no esté, si ni aun podemos concebir lugar alguno donde Dios no se en­cuentre, ¿por qué entonces dicha Presencia universal no es la más celebrada verdad del mundo? El patriarca Ja­cob, en la soledad del desierto, nos ha dado la respuesta a esta interrogación. El tuvo una visión de Dios, y asom­brado por ella, exclamó, "Ciertamente Jehová está en este lugar, y yo no lo sabía" (Génesis 28:16). Jacob no había estado nunca, ni siquiera una fracción de segundo, fuera del círculo de esa Presencia que todo lo penetra, pero no se había dado cuenta de ello. A eso se debieron sus inquietudes, y a eso se deben las nuestras. Las gen­tes no saben que Dios está aquí. ¡Qué diferente sería todo si lo supiesen!

La Presencia de Dios, y la manifestación de esa Pre­sencia no son la misma cosa. La una puede ocurrir sin la otra. Dios está presente aunque estemos completamente inconcientes de él; Dios se manifiesta únicamente cuan­do estamos concientes de su presencia. Por nuestra parte debemos rendirnos al Espíritu de Dios, porque su obra es hacernos manifiesta la presencia del Padre y del Hijo.

Si cooperamos con él y le obedecemos amorosamente, Dios se nos manifestará, y esa manifestación hará la dife­rencia entre un cristiano meramente nominal, y otro cristiano lleno de la luz que emana del rostro del Padre.

Dios está presente en todas partes, y siempre trata de darse a conocer. No solo revela su existencia, sino que pone de manifiesto lo que él es. No fue necesario persuadirle que se revelara a Moisés. "Y Jehová descen­dió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová" (Éxodo 34:5).Dios no solo hizo una declaración verbal de su naturaleza, sino reveló su pro­pio Ser a Moisés, de modo que el rostro de Moisés brilló por el fulgor de la presencia divina. Para algunos de nosotros será un gran momento cuando comencemos a creer que es cierto que Dios revela su presencia, y que él ha prometido mucho, pero no más de lo que intenta cumplir.

Si logramos éxito en nuestra búsqueda de Dios se deberá a que él siempre quiere revelarse. La revelación de Dios al hombre no es una simple visita de tierras le­janas por un breve momento al alma humana. El que así cree equivoca toda la verdad. La aproximación de Dios al alma, o la del alma a Dios, no es algo intermiten­te y espaciado. No hay en ellos ningún concepto de distancia física. No es problema de kilómetros, sino de experiencia.

Hablar de estar cerca o lejos de Dios es emplear un lenguaje comprensible para todos. Un hombre puede decir: "Conforme mi hijo se va haciendo más grande, lo siento más allegado a mí." Esto no obstante el hecho de que ha tenido su hijo pegado a él desde que nació. ¿Qué es lo que quiere decir ese padre al expresarse así? Obviamente está hablando de experiencia. Quiere decir que su hijo lo está conociendo más íntimamente, que ahora hay más afinidad entre ambos. Las barreras que antes existían, debido a las grandes diferencias en el modo de pensar y de sentir, van desapareciendo. Padre e hijo están ahora mucho más unidos en mente y corazón.

Cuando, pues, cantamos "Cerca, más cerca, oh Dios, de ti" no estamos pensando en la proximidad de lugar, sino en la proximidad de relación. Lo que pedimos al cantar es una más clara conciencia de relación íntima, de alma con alma; queremos estar más concientes de la Di­vina Presencia. No hace falta gritar a través del espacio llamando a un Dios lejano. El está más cercano a noso­tros que nuestra propia alma, más íntimamente ligado a nosotros que nuestros mismos pensamientos.

¿Por qué algunas personas hallan a Dios en una ma­nera que otros no pueden? ¿Por qué Dios manifiesta su Presencia a algunos pocos, y deja inmensas multitudes en la media luz de una experiencia cristiana imperfecta? Por supuesto, Dios desea lo mismo para todos. El no tiene favoritos dentro de su familia. Lo que hace por una de sus criaturas, puede hacerlo por cualquier otra. La diferencia no la hace Dios, sino nosotros.

Escojamos al acaso una veintena de grandes santos cuyas vidas son conocidas de todos. Estos pueden ser personajes bíblicos o de la historia de la iglesia. Nos llamará la atención el hecho de que siendo todos ellos san­tos, no todos son iguales. En algunos casos la diferencia es tan notable que llama poderosamente la atención. Por ejemplo, cuan diferente fue Moisés de Isaías, Elías de David, Pablo de Juan, San Francisco de Asís de Martín Lutero, Tomás de Kempis de Carlos Finney. La diferen­cia entre ellos es tan grande como la vida humana: dife­rencia de raza, de nacionalidad, de cultura, de tempera­mento, de costumbres, de cualidades personales. Sin embargo todos ellos, día tras día, anduvieron en la ele­vada senda de la vida espiritual, por encima del camino común de los demás.

La diferencia entre ellos era puramente incidental, y nada significaba a los ojos de Dios En alguna cualidad vital, ellos eran idénticos. ¿Cuál era esa?

Me aventuraría a decir que la cualidad vital que los unía era la receptividad espiritual. Había en ellos algo que siempre estaba abierto para el cielo; algo que los impelía hacia Dios. Sin intentar hacer ningún análisis de ellos, diré únicamente que tenían comprensión, espiri­tual, y que la cultivaron de tal modo que llegó a ser lo más grande de sus vidas. La diferencia entre ellos y el resto de los mortales consistió en su deseo de vivir en comunión con Dios, e hicieron todo lo que estuvo a su alcance para lograrlo. Durante toda su__vida tuvieron el hábito de responder a lo espiritual. No desobedecieron la visión celestial. Como lo dice el salmista David, "Mi corazón ha dicho de ti, Buscad mi rostro. Tu rostro bus­caré, oh Jehová"

Como en todo lo bueno de la vida humana, detrás de esa actitud receptiva está Dios. La soberanía de Dios está allí, y la sienten aun aquellos que le dan mayor im­portancia teológica.

Importante como es el hecho de que Dios está tra­bajando con nosotros, quiero advertir que no pongamos demasiada atención en ello. Puede conducir a una estéril pasividad. Dios no nos exige que comprendamos los mis­terios de la elección, predestinación ni la divina sobera­nía. La mejor manera de encarar estas verdades es levantar los ojos al cielo y decir: " ¡Oh, Señor, tú lo sabes!" Son cosas que pertenecen a la profunda y misteriosa om­nisciencia de Dios. La investigación de estos misterios podrá formar teólogos, pero jamás santos.

La receptividad no es una cosa simple es más bien una cosa compleja, una mezcla de varios elementos den­tro del alma humana. Es una afinidad con, una propen­sión hacia, una respuesta simpática a, y un deseo de tener tal cosa. Por eso se puede tener más o menos de ella, dependiendo de la calidad del individuo. Puede au­mentar con el uso y debilitarse con el desuso. No es una fuerza irresistible que se nos impone desde arriba. Más bien es un don de Dios, pero uno que debe ser reconoci­do y cultivado, como cualquier otro don, si va a realizar el propósito para el cual ha sido dado.

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El desconocimiento de este hecho es causa de graves fallas en el evangelismo moderno. La idea de cultivarlo y ejercitarlo, tan cara a los santos de antaño, ha desapare­cido de los cristianos de hoy. Es demasiado lento, dema­siado común. Ahora reclamamos brillo y acción dramá­tica. La generación de cristianos que ha crecido entre botones eléctricos y computadoras se impacienta cuan­do se le pide que emplee métodos más lentos. La verdad es que hemos estado tratando de emplear métodos me­cánicos en nuestras relaciones con Dios. Leemos apresu­radamente la porción bíblica marcada en el cuaderno, y luego salimos corriendo a la reunión evangélica para es­cuchar a un aventurero religioso venido de lejanas tie­rras, pensando que eso aliviará nuestros problemas espi­rituales.

Los resultados trágicos de estas cosas los vemos en todas partes: en la vida superficial que viven muchas personas tituladas cristianas, en la filosofía hueca que sostienen y el elemento frívolo y burlesco que predomi­na en las reuniones evangélicas, en la exaltación del hombre y en la fe que se pone en los actos puramente externos; en los "compañerismos" religiosos y parecería con enemigos del evangelio, y en los medios comerciales que se emplean para hacer la obra de Dios. Todos estos son síntomas de una grave enfermedad, una enfermedad que afecta la misma alma del cristiano.

Ninguna persona es responsable directa de esta en­fermedad. Mas bien, todos somos un poco culpables de ella. Todos hemos contribuido, directa o indirectamen­te, a este estado de cosas. Hemos sido demasiado ciegos para ver, o demasiado tímidos para hablar, o demasiado egoístas para no desear otra cosa que esa pobre dieta con la cual otros parecen quedar satisfechos. Para decir­lo de otro modo, aceptamos las ideas de unos y otros, imitamos las vidas de otros, y aceptamos lo que ocurre a otros como el modelo para nosotros. Por toda una generación hemos estado descendiendo. Nos encontra­mos ahora en un sitio bajo y arenoso, donde solo crece un pasto pobre, y hemos hecho que la Palabra de Dios se ajuste a nuestra condición, y todavía decimos que este es el mejor alimento de los bienaventurados.

Se requiere firme determinación, y bastante esfuer­zo, para zafarse de las garras de nuestro tiempo y volver a los tiempos bíblicos. Pero es posible hacerlo. Los cris­tianos del pasado tuvieron que hacerlo así. La historia relata algunos de esos regresos en gran escala, encabeza­dos por hombres tales como San Francisco, Martín Lutero y Jorge Fox. Desgraciadamente, en estos días no parece vislumbrarse ningún varón de la talla de estos. Si vendrá o no vendrá un hombre de estos, es algo en que los cristianos no están bien de acuerdo, pero eso no importa.

No pretendo saber todo lo que Dios hará con este mundo, pero creo saber lo que hará con el hombre o la mujer que individualmente le busca, y puedo decirlo a otros. Dejad a cualquier hombre volverse a Dios, dejadle que se ejercite en la santidad; que trate de desarrollar sus facultades espirituales con fe y humildad, y ya veréis los resultados, mucho mayores que en los días de flaqueza y debilidad.

Cualquier cristiano que sinceramente se vuelve a Dios, rompiendo el molde en el cual ha estado encerra­do, y recurre a la Biblia con el objeto de hallar en ella sus normas espirituales, será dichoso con sus hallazgos.

Digámoslo otra vez: la Presencia Universal es un he­cho. Aquí está. No se trata de un Dios extraño y des­conocido, ¡se trata de nuestro Padre! Padre nuestro y del Señor Jesucristo cuyo amor se ha manifestado siem­pre, a través de los siglos, a todos los pecadores. Y Dios siempre está tratando de llamar nuestra atención, de re­velarse a nosotros y de establecer comunión con noso­tros. Tenemos dentro de nosotros las facultades suficien­tes para comunicarnos con él. Basta que oigamos su voz. A esto llamamos la búsqueda de Dios. Y lo reconocere­mos a él en un grado creciente, a medida que nuestras facultades se afinan y perfeccionan y nuestra receptivi­dad mejora acuciada por la fe y el amor.

¡Oh Dios y Padre! Me arrepiento de mi excesiva preocupación por las cosas materiales. He estado dema­siado enredado en las cosas del mundo. Tú has estado aquí, y yo no me he dado cuenta de ello. He estado cie­go, y no te he visto. Abre mis ojos, para que pueda verte en mí y alrededor de mí. Por amor de Jesús, amén.

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Capítulo VI

La Voz que Habla

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios,

y el Verbo era Dios. Juan 1:1

Cualquier persona inteligente, aún no instruida en las enseñanzas del cristianismo, leyendo este texto llegaría a la conclusión que lo que Juan quiere decir es que Dios desea hablar, y comunicar sus pensamientos a otros. Y estaría en lo cierto. La palabra es el medio por el cual se expresan los pensamientos, y al aplicar este término al Hijo de Dios nos lleva a pensar que el deseo de expresar­se es inherente a la Divinidad, y que Dios desea hablar con los seres que ha creado. Toda la Biblia apoya esta creencia. Dios está hablando. No solo que ha hablado, sino que está hablando. Habla continuamente por medio de la naturaleza; el mundo está lleno de su voz.

Una de las grandes realidades que debemos considerar es la Voz de Dios hablando en este mundo. La cos­mología más breve y más satisfactoria es ésta. "Dios dijo, y fue hecho!’ El por qué de la ley natural es la voz viviente de Dios inmanente a toda la creación. Y esta palabra de Dios que dio vida a todas las cosas no puede entenderse que es la Biblia, porque no es palabra escrita o impresa, sino la expresión de la voluntad de Dios ha­blando en la estructura de todas las cosas. Esa palabra de Dios es el aliento divino, que llena todo con potencia viva. La voz de Dios es la energía más poderosa en la na­turaleza, pues toda energía parte del hecho de que Dios ha hablado.

La Biblia es la palabra escrita de Dios, y porque es escrita, está confinada a los límites del papel, tinta y cuero. En cambio la voz de Dios es viva, libre y sobera­na. "Las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida!’ La vida está en las palabras habladas. La palabra de Dios en la Biblia puede tener poder solo si corresponde con la palabra de Dios en el universo. Es su Voz presente, lo que hace a la palabra escrita tan pode­rosa. Si no fuera así, la palabra estaría encerrada entre las tapas de un libro.

Sería una concepción muy primitiva de Dios imagi­narlo en la creación usando sierras, martillos y clavos a la manera de un carpintero que fabrica un mueble. La Biblia enseña otra cosa. "Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió"(Salmos 33.9). "Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos, por la palabra de Dios" (Hebreos 11:3). Tengamos en cuenta que Dios no se refie­re aquí a su palabra escrita, sino a su palabra hablada. La voz de Dios que llena el mundo antecede a la Biblia por siglos incontables. Es una voz que no ha dejado de oírse desde los albores de la creación, y sigue resonando de un extremo a otro del universo.

La palabra de Dios es rápida y poderosa. En el prin­cipio de todas las cosas habló hacia la nada, y la nada se convirtió en algo. El caos oyó esa voz, y se convirtió en orden; la oscuridad la oyó, y nació la luz. "Y dijo Dios sea, y fue!’ Estas palabras gemelas, como causa y efecto, ocurren a todo lo largo del relato bíblico de la creación. El dijo vale por el así. Y el así, es el dijo puesto en con­tinuo presente.

Que Dios está aquí, y está hablando, son verdades que respaldan otras verdades bíblicas: sin ellas no podría haber revelación. Dios no escribió un libro y lo envió por medio de mensajeros a personas sin ayuda. Dios habló un Libro, y vive en sus palabras habladas, hablan­do continuamente sus palabras y haciendo que perduren a través de los años. Dios sopló sobre un muñeco de barro y ese vino a ser un hombre. El sopla sobre los hombres y vuelven a convertirse en barro. "Volveos, hijos de los hombres" -fue lo que Dios dijo después de decretar la muerte de todo hombre, y no fue necesario que dijera una sola palabra más. La triste procesión humana desde la cuna hasta la sepultura es prueba suficiente de que su primera palabra fue verdad.

Todavía no hemos dado la atención necesaria a esa profunda declaración en el evangelio de Juan que dice, "Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo!’ No importan los cambios de puntuación que se hagan, la verdad permanece firme’ la palabra de Dios afecta el corazón de todo hombre, como la luz lo hace al alma. En el corazón de todos los hom­bres brilla la luz y resuena la palabra, y no hay manera de escapar. Algo así debe ser necesario, si es cierto que Dios vive y está en el mundo. Juan afirma que así es. Aun las personas que nunca han leído la Biblia han reci­bido en sus conciencias mensajes suficientemente claros, de manera que no pueden decir que no han oído su voz. "Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles, o defen­diéndoles, sus razonamientos"(Romanos 2:15)."Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo en­tendidas por las cosas que son hechas, de modo que son inexcusables"(Romanos 1:20).

Los hebreos de la antigüedad le daban el nombre de Sabiduría a esa voz de que estamos tratando, pues de­cían que se oía en todas partes y que recorría la tierra en busca de respuesta de parte de los hijos de los hom­bres. El capítulo octavo del libro de Proverbios comien­za así: "¿No clama la sabiduría, y da su voz la inteligen­cia?" Entonces describe la sabiduría como una hermosa mujer que "se para en las alturas y en las encrucijadas de los caminos; dirige su voz a todas partes, para que nadie deje de oírla y dice: ‘Oh, hombres, a vosotros clamo; dirijo mi voz a los hijos de los hombres.’ "Seguidamente se dirige a los simples y faltos de cordura y les aconseja que escuchen lo que les dice. Lo que pide la sabiduría de Dios es atención espiritual, pero rara vez este pedido es escuchado. La tragedia consiste en que nuestro bienestar eterno depende de nuestro oír, y hemos enseñado a nuestros oídos a no escuchar.

Esta voz universal ha resonado siempre, y a menudo atribulado a los hombres, aun cuando estos no se daban cuenta de donde provenían sus temores. ¿No será esa voz que se cierne como niebla vital sobre los corazones de hombres y mujeres, lo que ha despertado sus con­ciencias y sus anhelos de inmortalidad en millones de seres humanos desde los albores de la historia? No tene­mos por qué temer eso. La voz hablando es un hecho. Como los hombres han reaccionado ante ella, es algo que se debe observar.

Una vez que Dios habló a nuestro Señor desde el cielo, algunos que oyeron atribuyeron la voz a causas naturales. "Ha sido trueno’,’ dijeron. Este hábito de explicar la voz por causas naturales es la vera raíz de la ciencia moderna. En el soplo de vida del cosmos hay algo misterioso, algo sumamente pavoroso, que la mente humana no alcanza a comprender. El creyente no pre­tende comprenderlo, simplemente cae de rodillas y exclama " ¡Dios!" El hombre común también cae de rodillas, pero no lo hace para adorar, sino para investi­gar, escudriñar, en su afán de hallar explicación natural a todas las cosas. Estamos viviendo en un siglo seculariza­do. Nuestros pensamientos y hábitos son los del cientí­fico, no los del adorador. Estamos más dispuestos a explicar que a adorar. "Es un trueno" decimos, y segui­mos nuestro camino, indiferentes. Pero todavía la Voz sigue resonando y escudriñando. El orden y la vida del mundo dependen de esa Voz, pero los hombres están demasiado ocupados, o demasiado obstinados para escuchar.

Cada uno de nosotros ha tenido alguna experiencia imposible de explicar: un súbito sentido de soledad, un sentimiento de maravilla o de pavor, al contemplar la vastedad del infinito. O tal vez un fugaz relámpago de luz, como venido de otro sol, que nos ha dejado la sen­sación de pertenecer a otro mundo, que nuestro origen es divino. Lo que hemos visto entonces, o sentido, o l aprendido, es diferente a todo lo que enseñan las escuelas, y en una amplia gama, distinto de todas nuestras anteriores experiencias y opiniones.

Nos vimos entonces forzados a suspender nuestras dudas cuando, por un breve momento, las nubes se retiraron y pudimos ver y oír por nosotros mismos. Cualquiera sea la explicación que demos a estos casos, no seríamos justos si excluyéramos completamente a Dios, negando que nos estuviera hablando en ellos. Nunca tengamos a tal petulancia.

Es mi propia creencia (y no me enojo si alguien opina de distinta manera),que todo lo bueno y bello que hay en el mundo, producido por el hombre, es el resulta­do de su falaz y pecaminosa respuesta a la Voz creativa que resuena por toda la tierra. Los filósofos moralistas, que soñaron sueños de virtud; los pensadores religiosos, que especularon acerca de Dios y la inmortalidad; los poetas y artistas, que crearon de la materia común obras de imperecedera belleza, ¿cómo se pueden explicar? No es suficiente con decir "Se trata del genio."

¿Qué es el genio? El genio podrá ser un hombre per­seguido por esa Voz, que trabaja afanándose como un poseído, por ver si logra alcanzar un fin que vagamente comprende. El hecho de que el genio, sea hombre o mu­jer, no crea en Dios, y aún hable o escriba en contra de él, no contradice lo que estoy diciendo. La revelación de la obra redentora de Dios que se halla en las Escrituras es necesaria para la obtención de la fe salvadora y la paz con Dios. La fe en el Salvador resucitado es necesaria para la obtención de paz y tranquilidad y para adquirir fe en nuestra propia inmortalidad. Para mí todo esto es una adecuada explicación de todo lo bueno que existe fuera de Cristo. Pero usted puede ser un buen cristiano sin aceptar mi tesis.

La voz de Dios es amistosa. Nadie necesita asustarse al oiría, a menos que antes haya hecho la decisión de no obedecerla. La sangre de Cristo ha cubierto no solo la raza humana, sino toda la creación también. "Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por él reconciliar todas las cosas consigo, así las que es­tán en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz"(Colosenses 1:19-20). Podemos predicar con toda confianza acerca de un cielo amistoso. Los cielos y la tierra están llenos de la buena voluntad de aquel que habitó en la zarza. La san­gre perfecta del sacrificio expiatorio asegura esto para siempre.

Quienquiera que desee detenerse a escuchar oirá ha­blar a los cielos. Esta no es la hora en que los hombres están dispuestos a escuchar, porque el escuchar no es parte de la religión popular de hoy en día. Nos encontramos en el polo opuesto. La religión ha aceptado la monstruosa herejía de que el ruido, el tamaño, la actividad y el estrépito hacen estimable al ser humano delante de Dios. A un pueblo que está sumido en un clima de violencia Dios le dice: "Estad quietos, y conoced que ye soy Dios." Hoy en día Dios quiere que aprendamos que nuestra fortaleza y seguridad no dependen del ruido, sino del silencio.

Es necesario que estemos tranquilos y en silencio pa­ra oír la voz de Dios. Lo mejor es que estemos con nues­tra Biblia abierta ante nosotros. Entonces, si así lo deseamos, podemos acercarnos a Dios y escuchar lo que está hablando a nuestro corazón. Pienso que para la mayoría de las personas el procedimiento será algo co­mo esto: primero un sonido, como de una Presencia caminando en el jardín. Después una voz, algo más inteli­gible, pero todavía algo lejos. Luego, el momento feliz cuando el Espíritu comienza a iluminar las Escrituras, y eso que al principio fue solo un sonido, y después una voz, llega a ser una palabra clara, cálida, íntima y ama­ble como la del mejor amigo. Enseguida vendrá la vida y la luz, y lo mejor de todo, la capacidad de ver y descan­sar, abrazando a Cristo como el Salvador y Señor de todo.

La Biblia no podrá nunca ser un libro vivo hasta que no reconozcamos que Dios habla en el universo. Saltar de un mundo impersonal y muerto a una Biblia dogmá­tica es algo demasiado para muchas personas. Ellos pue­den admitir que deberían aceptar la Biblia como la Pala­bra de Dios, pero de ahí a creer que cada palabra es para ellos, media un gran trecho. Un hombre puede decir, "Esas palabras son para mí," pero todavía seguir pensan­do en su corazón que no lo son. El es víctima de una psicología dividida. Trata de pensar que Dios está mudo en todas partes y que habla solo en un libro.

Creo que mucha de nuestra incredulidad religiosa se debe a que tenemos una equivocada concepción de las Escrituras de Verdad. Un Dios silencioso comienza a hablar súbitamente en un Libro, y cuando éste queda terminado, vuelve a guardar silencio por el resto de los siglos. Y ahora leemos el libro como si fuera solo el re­gistro de lo que Dios dijo en los tiempos que hablaba. Con nociones como estas en nuestra cabeza, ¿cómo podemos creer? El hecho es que Dios no está mudo y silen­cioso, que nunca lo ha estado. Está en la naturaleza de Dios hablar. La segunda persona del Dios Trino es llama­da la Palabra. La Biblia es el resultado del continuo ha­blar de Dios. Es la declaración infalible de su mente dicha para nosotros en palabras comprensibles y fami­liares.

Creo que un nuevo mundo surgirá de la actual niebla religiosa cuando nos acerquemos a la Biblia con la idea de que no solo es un libro que una vez ha hablado, sino uno que habla todavía. Los profetas decían habitual-mente "Así dice el Señor." Y daban a entender a sus oyentes que Dios estaba hablando siempre en tiempo presente. Podemos usar el tiempo pasado para hacer ver que en algún momento, en el tiempo pasado, Dios ha­bló, pero lo que Dios dijo una vez, sigue repitiéndose, como la criatura que ha nacido sigue viviendo, y un mundo que fue creado, sigue existiendo. Pero estas ilus­traciones son insuficientes, porque las criaturas mueren, y los mundos se consumen, mas la Palabra del Dios nues­tro permanece para siempre.

Si queréis proseguir en conocer a Dios, abrid vuestra Biblia, en la seguridad de que ella os hablará. No la leáis pensando que es una cosa que podéis desechar en cual­quier momento, porque ella es algo más que una cosa; es una voz, una palabra, la palabra del Dios vivo.

Señor, enséñame a escuchar. Los tiempos son rui­dosos, y mis oídos están hartos de gritería y sonidos estridentes. Dame el espíritu del niño Samuel, que di/o, "Habla, Señor, que tu siervo oye." Permíteme que te oiga hablándome al corazón. Haz que me acostumbre al sonido de tu voz, y que lo oiga cuando todos los de la tierra hayan desaparecido; haz que los únicos sonidos que oiga en esos momentos sean los de la música de tu Voz, amén.

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Capítulo VII

La Mirada del Alma

Puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús.

Hebreos 12:2

Pensemos en el hombre sencillo e inteligente que men­cionamos en el capítulo seis, que se detiene por primera vez a leer las Sagradas Escrituras. Se acerca a la Biblia sin ningún conocimiento previo de lo que contiene. No tie­ne ningún prejuicio; nada tiene que probar, nada que defender.

Este hombre no leerá por mucho tiempo sin darse cuenta que algunas verdades comienzan a destacarse ní­tidamente. Son los principios espirituales con que Dios ha tratado a los hombres, que aparecen entretejidos en los escritos de varones santos que fueron "movidos por el Espíritu de Dios." Según prosiga en la lectura deseará hacer un resumen de las verdades que está entendiendo. Estos resúmenes vendrán a ser los principios de su credo bíblico. Y si lee por más tiempo, las nuevas lecturas no afectarán estos principios; por el contrario los aumen­tarán y fortalecerán. Nuestro hombre está descubriendo lo que la Biblia enseña.

Muy arriba en las enseñanzas de la Biblia se encuen­tra la doctrina de la fe. Es tanta la importancia que la Biblia asigna a la fe, que es imposible que pase desaper­cibida. El tendrá que reconocer muy pronto que la fe es de vital importancia para la vida del alma. "Sin fe, es imposible agradar a Dios’.’ Por la fe es posible adquirir cualquier cosa; ir a cualquier parte en el reino de Dios, pero sin fe nadie puede allegarse a Dios, ni ser librado de sus culpas, ni tener libertad, ni salvación, ni comunión, ni nada. Nunca tener vida espiritual.

Cuando nuestro amigo haya llegado al capítulo once de la Epístola a los Hebreos, no le será extraño el elo­cuente encomio que se hace allí de la fe. Antes de eso habrá leído la brillante defensa de la fe que hace Pablo en romanos y en Calatas. Más adelante, si lee la historia de la iglesia, podrá ver el asombroso poder espiritual que tenían los reformadores debido a su fe inalterable en la religión cristiana.

Pues bien, si la fe es algo tan importante en la vida cristiana, si es algo imprescindible en la búsqueda de Dios, es perfectamente natural que deseemos cerciorar­nos si en verdad tenemos este don. Y siendo nuestra mente como es, tarde o temprano ha de querer investi­gar cual es la naturaleza de la fe. ¿Qué es fe? Junto a es­ta pregunta viene enseguida otra. -¿Tengo yo fe? Y debemos encontrar alguna respuesta dondequiera esta se halle.

Casi todos los que predican o enseñan acerca de la fe dicen más o menos lo mismo. Nos dicen que es creer en una promesa, que es aceptar lo que Dios dice, que es reconocer la verdad de la Biblia, y actuar conforme a ella. El resto de lo que ellos dicen en sermones o en li­bros son relatos acerca de personas que por fe hallaron respuesta a sus oraciones. Esas respuestas son por lo general bendiciones materiales, tales como sanidad, dine­ro, protección física o éxito en los negocios. O si el maestro es un filósofo, nos llevará en excursión por los ámbitos de la metafísica, o nos sumergirá en los hielos de la jerga psicológica, definiendo y redefiniendo con­ceptos, partiendo delgados pelillos hasta hacerlos desa­parecer por completo. Cuando finaliza la exposición nos damos cuenta que hemos salido por la misma puerta por la cual entramos. Sin duda, debe haber algo mejor que eso.

La Biblia no hace ningún esfuerzo para definir la fe. Aparte de una breve definición en la Epístola a los He­breos, en la cual se emplean diecinueve palabras (He­breos 11:1), yo no sé de ninguna otra definición bíblica, y si la hay, la fe no es definida filosóficamente, sino en manera funcional. Se afirma lo que la fe es en operación, no lo que es en esencia. Se asume la presencia de la fe, y muestra lo que ella produce, no precisamente lo que ella es. Es bueno y sabio llegar hasta aquí, y no pretender saber más. Se nos dice de dónde procede, y por qué me­dios viene. "La fe es un don de Dios" y "la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios!’ Hasta aquí todo va claro, y parafraseando a Tomás de Kempis, "Prefiero ejercer la fe, antes que definirla!’

De aquí en adelante, cada vez que en este capítulo aparezca la palabra "fe" debe entenderse como fe en acción, tal como es ejercida por un hombre verdadera­mente creyente. Dejamos de lado la idea de definir la fe, y vamos a pensar en ella como se la siente cuando se pone en acción. La naturaleza de nuestros pensamientos será pues práctica, y no teórica.

En una dramática narración que se halla en el libro de Números se le va fe en acción. El pueblo de Israel se desalentó, y murmuró contra Dios, y Dios envió entre ellos serpientes ardientes. "Estas mordían a las gentes, y muchos murieron!’ Moisés intercedió ante el Señor por ellos y el Señor les dio un remedio. Le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de metal, y la pusiera enrosca­da en un poste en medio del campamento, de modo que cualquiera pudiera verla. "Será que cualquiera que fuere mordido, y mire a la serpiente, vivirá!’ Así lo hizo Moisés. "Y fue que cuando alguna serpiente mordía a ¡alguno, miraba a la serpiente de metal, y vivía" (Núme­ros 21:4-9).

En el Nuevo Testamento encontramos la explicación de este suceso y nada menos que por el propio Señor I Jesucristo. El les explica a sus oyentes como pueden ser salvos. Y les dice que es por medio de la fe. Para hacer bien clara su explicación recurre al libro de Números. "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:14, 15).

El hombre inteligente que lee esto no tardará en ha­cer un descubrimiento: las palabras mirar y creer son sinónimas. La palabra "mirar" que se emplea en el Anti­guo Testamento tiene idéntico significado que la palabra "creer." Mirar la serpiente es lo mismo que creer en Cris­to. Pero debemos tener en cuenta que mientras los israe­litas tenían que mirar con sus ojos físicos, los creyentes del Nuevo Testamento deben creer con el corazón. La conclusión es que la fe es la mirada del alma que se diri­ge a un Dios salvador.

Después de haber entendido esto, habrá de recordar otros pasajes cuyo significado comenzará a serle más cla­ro. Por ejemplo, "A él miraron, y fueron alumbrados, y sus rostros no se avergonzaron" (Salmo 34:5)."A ti, que habitas en los cielos, alcé mis ojos; he aquí que como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, y co­mo los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que haya misericordia de nosotros" (Salmo 123:1-2). He aquí el hombre que busca misericordia, y mira recta­mente al Dios de misericordia hasta que halla la miseri­cordia. Nuestro Señor mismo siempre miraba a Dios, "Y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos" (Mateo’ 14:19). La verdad es que Jesús enseñó siempre que todo lo que él hacía podía hacerlo porque se mantenía mirando a Dios. Su poder descansaba en el hecho de que siempre estaba con su mi­rada interior puesta en su Padre (Juan 5:19-21).

El tenor de toda la Biblia está en completo acuerdo con lo que dejamos dicho. Y todo se resume en la exhor­tación de la Epístola a los Hebreos cuando nos dice que corramos la carrera "puestos los ojos en el autor y con­sumador de la fe, en Jesús" Todo lo cual enseña que la fe no es un acto que se realiza una sola vez, sino una actitud continua del corazón que se mantiene mirando a Dios.

Creer, entonces, es dirigir la atención del corazón hacia Cristo. Es levantar la mirada a "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." y nunca dejar de mirar por el resto de nuestra vida. Al principio podrá parecer difícil, pero dicha actitud se hace más fácil con el continuo mirar a la maravillosa personalidad de Cristo. Podremos distraernos a veces, pero al haber en­comendado nuestro corazón a él, cada vez que nos apar­temos un poco, sentiremos el fuerte deseo de retornar al igual que un pajarillo que vuelve a su nido.

Insisto en que es necesaria esta entrega personal y voluntaria a Cristo, que hace que el alma fije para siem­pre su mirada en Jesús. Dios acepta esta intención como la elección nuestra, y tolera las distracciones que sufrimos al vivir en este mundo malo. Dios sabe que hemos encaminado nuestro corazón a Jesús, y nosotros tam­bién lo sabemos, y nos consolamos al saber que nuestra alma está adquiriendo un hábito que no tardará en for­mar parte de nuestra naturaleza, de modo que pronto no ha de requerir ningún esfuerzo de nuestra parte.

La fe es la virtud que menos piensa en sí misma. Por su propia naturaleza es escasamente conciente de que existe. Igual que el ojo, que ve todo lo que tiene delante de sí, pero él no se ve nunca, la fe se ocupa del Objeto sobre el cual ella descansa, y no pone nunca atención en sí misma. Mientras estamos mirando a Dios, no nos esta­mos mirando a nosotros mismos, El hombre que ha luchado por purificarse a sí mismo, y no ha conseguido nada más que fracasos, encontrará grande alivio al quitar la mirada de sí mismo y fijarla en aquel Único que es perfecto. Mientras mire a Jesús, se realizarán dentro de él todas aquellas cosas que deseó por tanto tiempo. Dios estará dentro de él, obrando el querer y el hacer por su buena voluntad.

La fe, por sí sola, no es un acto meritorio; el mérito depende de aquel en quien se pone la fe. La fe es un cambio de mirada: dejamos de mirarnos a nosotros mis­mos para mirar a Dios. El pecado ha torcido nuestra visión interior. La incredulidad es poner al yo en el lugar que le corresponde a Dios, y se halla peligrosamente cer­ca del pecado de Lucifer, que dijo, "Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo" (Isaías 14:14). La fe mira hacia afuera, y no hacia adentro, yj sobre esto reposa la vida entera.

Todo esto podrá parecer demasiado sencillo. Pero no pedimos disculpa por ello. A aquellos que quieren subir al cielo en busca de ayuda, o descender al infierno, DK les dice,"Cercana está la palabra de fe" (Romanos 10:8)1 La palabra nos induce a levantar nuestros ojos a Cristo y allí comienza la bendita vida de fe.

Al levantar nuestra mirada hacia Dios podemos esta seguros de hallar una mirada amistosa, porque está escrito que los ojos de Jehová recorren toda la tierra para ve a los que tienen corazón perfecto para con él. La gran expresión de la experiencia es, "Tú, oh Dios, me ves. Cuando los ojos del alma se encuentran con el Señor quien busca, se puede decir que el cielo ha comenzado a existir en la tierra.

Nicolás de Cusa en su obra "Visión de Dios,» escribió esto hace más de quinientos años: "Cuando todo mi afán es dirigirme hacia ti, porque tú haces todo par dirigirte hacia mí; cuando solo miro hacia ti con entera atención, sin despegar de ti los ojos de mi mente, por que tú me abrazas con tu constante cariño; cuando dirijo mi amor únicamente a ti, porque tú que eres amor, tu has tornado hacia mí, ¿qué es mi vida, Señor mío, sin todo dulzura por tu amoroso abrazo?"

Me gustaría decir más de este antiguo varón de Dios. El es muy poco conocido entre los cristianos corrientes y entre los fundamentalistas, menos. Creo que ganaríamos mucho si nos relacionáramos un poco con hombres de la escuela cristiana de la que Nicolás de Cusa es uno de los representantes más genuinos. Pero para que los líderes denominacionales de hoy aprueben la literatura que el pueblo ha de leer, esta debe ser enteramente del gusto partidista de ellos. Medio siglo transcurrido en América con esta misma actitud nos ha hecho a todos presumidos y satisfechos con nosotros mismos. Nos imi­tamos unos a otros, y repetimos los unos las frases de los otros, y buscamos excusas pueriles para disimular nues­tra falta de originalidad.

Nicolás fue fiel seguidor de Cristo; amaba a nuestro Señor, su devoción era brillante y radiante. Su teología era ortodoxa, pero fragante y dulce como todo lo que emana de Jesús. Por ejemplo, su concepto de la vida eterna no podía ser más encantador. Si no me equivoco, era lo más parecido posible a Juan 17:3, que es lo co­rriente entre nosotros hoy en día. "La vida eterna -de­cía Nicolás- no es otra cosa que la manera bendita en que miras constantemente, penetrando hasta lo más secreto de mi alma. Tu mirada imparte vida, incesante­mente; imparte tu amor; me alimentas inflamándome; y mientras me alimentas, despiertas en mí mayores deseos de tí; me das a beber del rocío de la felicidad, y al mis­mo tiempo abres en mí una fuente de vida cuya corrien­te tú abasteces y haces permanente."

Pues bien, si la fe es la mirada que el corazón dirige a Dios, y si dicha mirada no es otra cosa que el levantar los ojos del alma para que se encuentren con los de Dios, que todo lo ve, se comprenderá que dicha operación es bastante fácil. Dios siempre hace fácil el desempeño de las cosas vitales, y las pone al alcance de los más débiles y pobres de nosotros.

De todo esto se pueden sacar varias conclusiones. Su simplicidad, por ejemplo. Desde que creer es mirar, eso se puede hacer sin necesidad de ninguna aparatosidad re-religiosa. Dios ha dispuesto que lo esencial para la vida o para la muerte esté sujeto al capricho o al accidente. El mobiliario puede romperse o perderse; el agua puede escurrirse, los registros consumirse por el fuego, el pas­tor puede tardar en llegar o el edificio incendiarse. Todas estas cosas son externas y pueden sufrir acciden­tes. Pero el mirar es una actitud del corazón que puede asumirla cualquiera, ya sea de pie, de rodillas, o reclina­do en su última agonía, aunque se encuentre a miles de millas de cualquier templo.

En vista que el creer es mirar, dicha mirada se puede efectuar en cualquier momento. Ningún instante es mejor que otro para realizar el más noble de los actos. Nadie se encuentra más cerca de Cristo el domingo de resurrección que lo está el sábado 3 de agosto o el lunes 4 de octubre. Mientras Cristo esté sentado en el trono como Mediador, un día es tan bueno como cualquier otro, y todos los días son días de salvación.

Tampoco tiene importancia, en esta obra bendita de salvación, el lugar en que estemos cuando creemos en Dios. Levantad vuestro corazón a Cristo, e inmediata­mente os sentiréis en un santuario, sea que estéis en un coche de ferrocarril, en una fábrica o en una cocina. Po­déis ver a Dios en cualquier parte, con tal que vuestro corazón haya decidido amarle y obedecerle.

Tal vez alguno preguntará: "¿No es esto cosa propia de monjes o de ministros, que de por sí están acostum­brados a tener momentos reposados de meditación? Yo soy obrero, y dispongo de poco tiempo para eso!’ Me alegra poder decir que esta clase de vida es accesible a cualquier hijo o hija de Dios. De hecho, es practicada diariamente por miles de personas muy ocupadas, y no está fuera del alcance de cualquiera.

Muchos han hallado el secreto de lo que vengo di­ciendo, y sin preocuparse demasiado por lo que ocurre dentro de ellos, practican continuamente el hábito de mirar a Dios desde su templo interior. Ellos saben que algo muy profundo en sus almas contempla a Dios. Aun en los momentos cuando exigencias terrenales les obli­gan a apartar la vista de ello, no por eso interrumpen la comunión con Dios. No bien se ven libres de lo que im­pedía vuelven a concentrarse en 61. Este es el testimonio de muchísimos cristianos, y mientras escribo, tengo la sensación de estar simplemente transcribiendo lo que ellos me han dicho.

No quiero dejar la impresión de que los medios co­munes de gracia son de poco valor. Ciertamente, ellos valen mucho. La oración privada debe ser practicada por todo cristiano. Largos períodos de lectura de la Biblia y meditación purificarán nuestra vista interior, y la dirigirán; la asistencia a la iglesia amplía nuestros conoci­mientos, y nos mantiene en comunión con los hernia- , nos. Servicio, trabajo, actividad, todos son buenos, y de­bieran ocupar a todo cristiano. Pero en el fondo de todas estas cosas, y dándoles verdaderamente significa­do, debe estar el hecho de mirar constantemente a Dios. Un nuevo par de ojos (para hablar así) han de desarro­llarse dentro de nosotros, capacitándonos para contemplar a Dios, mientras los ojos físicos siguen mirando el ^ mundo que pasa ante nosotros.

Tal vez haya alguno que diga que estamos magnifi­cando la religión privada, que el "nosotros" del Nuevo Testamento está siendo desplazado por un egoísta "yo." ¿Se les ha ocurrido pensar alguna vez que cien pianos afinados todos con el mismo sintonizador, están auto­máticamente sintonizados unos con otros? Tienen el mismo tono, no porque hayan sido sintonizados unos con otros, sino porque todos fueron sintonizados por el, mismo sintonizador. Del mismo modo cien personas, que están todas adorando a Dios con la mirada fija en Cristo, están perfectamente unidas unas con otras, mu­cho más que otras cien que al parecer adoran "unidas" pero cada una con sus pensamientos puestos en cual­quier parte. La religión social se perfecciona al purifi­carse la religión individual. El cuerpo se hace fuerte cuando todos sus miembros están en perfecta salud. La iglesia de Dios gana cuando todos y cada uno de sus miembros tratan de vivir mejor y más elevadamente.

Todo lo que antecede presupone sincero arrepenti­miento y entrega completa a Cristo. Apenas es necesa­rio decir esto, porque solamente personas muy consa­gradas habrán seguido la lectura hasta aquí.

Cuando hayamos adquirido el hábito de mirar inte­riormente a Dios nos sentiremos llevados a un nivel de vida espiritual más alto, en conformidad con las prome­sas de Dios y las enseñanzas del Nuevo Testamento. El Dios Trino y Único será nuestra morada, aun cuando nuestros pies pisen el prosaico sendero de los deberes cotidianos. Habremos hallado en verdad el summun bonum de la existencia. "Hay una fuente de deseos que podemos codiciar. Son estos de la clase que ni los ánge­les ni los hombres pueden comprar, pero pueden adqui­rirlo aquellos que posean las cualidades que dejamos ex­puestas, pues ellas satisfacen plenamente todos los de­seos racionales, y no puede haber mayor satisfacción que esa" (La Visión de Dios).

¡Oh, Señor! He oído una buena palabra invitándo­me a que mire a tí, y me asegura que si así lo hago, hallaré satisfacción. Mi alma anhela esa satisfacción, pero el pecado ha nublado mi visión a tal punto que apenas puedo distinguirte. Te ruego que me purifiques con tu preciosa sangre, limpiándome interiormente para que pueda mirarte sin velo ninguno, todos los días de mi

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peregrinaje. Solo así podré contemplarte en todo tu es­plendor el día que aparezcas para ser glorificado con tus santos y admirado por todos aquellos que te esperan, amén.

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Capítulo VIII

Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Ensálzate sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra tu gloria. Salmo 57:5

Es casi una perogrullada decir que el orden en la natura­leza depende de la correcta relación de todas las cosas. Para lograr la armonía es indispensable que cada cosa esté en perfecta relación con respecto a otra cosa. En la vida humana, ocurre lo mismo.

He dicho en capítulos anteriores que la causa de to­das nuestras miserias es nuestra radical dislocación moral que trajo enemistad con Dios y con cada uno de nues­tros semejantes. Cualquiera haya sido la caída en el pe­cado, sus efectos han producido un trastorno en las rela­ciones del hombre con su Creador. El hombre adoptó una actitud equivocada con respecto a Dios, y con eso deshizo los medios de comunicación con su Creador, en la cual, sin que él se diera cuenta, descansaba su felici­dad. La salvación es, esencialmente, la restauración de esas relaciones, es decir, el retorno a la relación normal del uno con el otro.

Una vida espiritual satisfactoria debe comenzar con un cambio completo en las relaciones entre Dios y el pe­cador. No meramente un cambio judicial, sino un cam­bio conciente y experimental que afecte toda la natura­leza del individuo. La propiciación por la sangre de Jesús hace posible ese cambio judicial, y la obra del Espíritu lo hace emocionalmente satisfactorio. La historia del hijo pródigo ilustra perfectamente esta última fase. El hijo más joven se había metido en una cantidad de pro­blemas a causa de haber olvidado los privilegios que te­nía como hijo de su padre. Su restauración no fue más que el reestablecimiento de esas relaciones, las cuales existían desde su nacimiento, pero que habían sido tem­poralmente interrumpidas por el pecado. La parábola pasa por alto el aspecto legal de la redención, para de­tenerse hermosamente en el aspecto experimental.

Para determinar las relaciones tenemos que comen­zar en algún lugar. Debe haber un punto fijo desde el cual todo ha de comenzar a medirse, donde no interven­ga la ley de la relatividad, y donde podamos decir "ES," sin ninguna clase de concesiones. Tal punto fijo es Dios. Cuando Dios quiso dar a conocer su nombre a la huma­nidad no encontró otro mejor que "YO SOY." Cuando él habla en primera persona dice, YO SOY; cuando nosotros nos referimos a él decimos EL ES; cuando nos dirigimos a él le decimos TU ERES. Todo lo demás parte de esta base. Dios dice, "Yo Soy el que Soy" o sea "ja­más cambio."

Así como el marino fija su posición en el mar por la altura del sol, nosotros podemos saber cuál es nuestra posición moral mirando a Dios. Debemos comenzar con Dios. Nosotros estamos bien solo cuando estamos en una correcta relación con Dios, y mal cuando estamos en cualquier otra.

Muchas de nuestras dificultades en la vida cristiana se deben a que no queremos tomar a Dios tal como él es, y ajustar nuestras vidas conforme a eso. Insistimos en modificar a Dios y en adaptarlo a nuestra imagen. La carne se resiste contra la inexorable sentencia de Dios, y como Agag, gime por un poco de misericordia, algo más de indulgencia para sus deseos y apetitos. Pero esto de nada sirve. Podemos comenzar bien solo cuando acep­tamos a Dios tal como Dios es, y le amamos porque así es. Y cuando le vamos conociendo mejor hallamos una indecible fuente de gozo al darnos cuenta que no puede ser de otra manera. Algunos de los más sublimes mo­mentos de nuestra vida han sido los que hemos pasado en reverente admiración de la Deidad. En estos solem­nes momentos no hemos querido ni siquiera pensar en qué pasaría si Dios fuera de distinta manera.

Comencemos, pues, con Dios. Detrás de todo, por encima de todo, y antes de todo, está Dios. Primero, en orden de secuencia; por encima, en orden de rango y condición; antes que todo, en dignidad y honor. Siendo el único que existe por sí mismo, él ha dado origen y existencia a todo, y todas las cosas existen por él y para él. "Señor, digno eres de recibir gloria, y honra, y virtud, porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tie­nen ser y fueron criadas" (Apocalipsis 4:11).

Toda alma pertenece a Dios y existe para complacer­le a él. Siendo Dios quien es, y siendo nosotros quienes somos, la única relación que debe existir es de completo señorío por parte de él y de completa sumisión por par­te de nosotros. Nosotros le debemos a él todo el honor de que somos capaces de darle. Darle algo menos es causa de nuestra desdicha.

La búsqueda de Dios debe incluir el afán de darle a él todo lo que somos. Y esto no solo judicialmente, sino real y positivamente. No me estoy refiriendo aquí al acto de justificación por la fe mediante Cristo. Estoy hablando de una voluntaria exaltación de Dios a su legí­timo estrado sobre nosotros, y el deseo de someter nuestro ser entero al culto y adoración que corresponde a la criatura dar al creador.

No bien hacemos la decisión de exaltar a Dios por encima de todo, nos apartamos de la procesión del mundo. Nos damos cuenta que estamos en desacuerdo con el mundo, y ese desacuerdo se hará más evidente a medida que avancemos en el camino de la santidad. Veremos las cosas desde un nuevo punto de vista, una nueva psicología se formará dentro de nosotros; un nue­vo poder vendrá a nuestras vidas.

Nuestro rompimiento con el mundo será el resultado directo de nuestra nueva relación con Dios. Porque el mundo de los hombres caídos no da honra a Dios. Millo­nes hay sí, que se llaman a si mismos cristianos, y pagan algún respeto a su Nombre, pero una simple prueba de­mostrará cuan poco El es honrado entre ellos. Pregunte a cualquier cristiano nominal quién es el que predomina en su vida. Pídale que haga una elección entre Dios y el dinero, entre Dios y los hombres, entre Dios y sus ambi­ciones personales, entre Dios y el yo humano, entre Dios y el amor humano, y Dios siempre tomará el segundo lugar. Todas esas otras cosas serán exaltadas por encima. No importa lo que el hombre diga, la prueba de su elec­ción se verifica día tras día.

"Seas tú exaltado," es el lenguaje de la vida espiri­tual victoriosa. Es la llavecita que abre la puerta de los tesoros de la gracia. Es el punto central de la vida de Dios en el alma. Dejad que el que busca a Dios pueda de­cir continuamente con la vida y con los labios, "Seas tú exaltado," y habrá dado con la solución de mil de sus problemas. Su vida cristiana dejará de ser la cosa compli­cada que era antes, y vendrá a ser la misma esencia de la simplicidad. Por el ejercicio de su voluntad habrá marca­do el curso que desea seguir, y lo seguirá como si fuera guiado por un piloto automático. Si por algún momento un viento contrario llegara a apartarlo de la ruta, no tardará en volver al buen rumbo por una inclinación secreta de su alma. Los impulsos internos del Espíritu luchan a su favor y "las estrellas en sus cursos" pelean por él. En su alma está resuelto el problema de su vida, y todos los demás se resuelven por el mismo camino.

Que nadie piense que la entrega absoluta de la volun­tad a Dios rebaja la personalidad humana. El hombre no se degrada por esto, sino al contrario, se eleva a su verda­dera y primitiva dignidad de ser hecho a la imagen de Dios. Su desgracia yace en el hecho de su descomposi­ción moral, en haber usurpado, en forma antinatural, el lugar que le corresponde a Dios. Su honor será demos­trado por devolver el trono usurpado. Al exaltar a Dios por sobre todas las cosas, el hombre vuelve a hallar su propio perdido pedestal.

Todo aquel que se resiste a entregar su voluntad a otro, debe recordar las palabras de Jesús, "Todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado" (Juan 8:34).Te­nemos necesidad de ser siervos de alguien, o del pecado, o de Dios. El pecador se vanagloria de su independencia, sin darse cuenta que es un esclavo de los pecados que dominan sus miembros. El hombre que se entrega a Cris­to cambia un amor cruel y despiadado por uno suave y gentil, un Maestro cuyo yugo es fácil y ligera su carga.

Habiendo sido hechos a la imagen de Dios, no debe sernos difícil reconocerle y aceptarle como nuestro due­ño. Dios fue nuestra primera habitación, y nuestros corazones no podrán menos que sentirse en casa al retor­nar a nuestro antiguo recinto.

Espero que se entenderá fácilmente que es lógico que Dios reclame la preeminencia. Ese lugar es suyo por derecho propio en el cielo y en la tierra. Cada vez que nosotros ocupamos el sitio que a El le corresponde, toda la vida se desconcierta. Nada puede ponerse en orden mientras no hagamos, de puro corazón, la firme decisión de exaltar a Dios por sobre todas las cosas.

"Al que me honra, yo lo honraré" dijo Dios a un an­tiguo sacerdote en Israel. Y esa antigua ley espiritual ha permanecido inmutable, no importa el paso del tiempo o el cambio de las dispensaciones. Toda la Biblia y toda la historia proclaman la perpetuidad de esa ley. "Si algu­no me sirve, mí padre le honrará," dijo el Señor Jesús, enlazando lo viejo con lo nuevo y revelando la unidad esencial de sus tratos con los hombres.

Muchas veces la mejor manera de entender una cosa es mirando su opuesto. Elí y sus hijos fueron colocados en el sacerdocio con la estipulación de que honrarían a Dios en su ministerio y en su vida. Ellos fallaron en ha­cerlo y Dios le envió a Samuel a anunciarles las conse­cuencias. Sin que Elí se diera cuenta esta ley de recipro­cidad había estado siempre en vigor, y ahora había venido el tiempo para el castigo. Ofni y Finees, los sacerdotes depravados, cayeron en la batalla, la mujer de Ofni murió al dar a luz, el arca de Dios fue capturada por los filisteos, y el anciano Elí cayó hacia atrás y se quebró el cuello. Así cayó la tragedia sobre la casa de Elí por haber faltado en darle el honor a Dios.

En contraste con este cuadro tomemos cualquier otro personaje bíblico que procuró honrar a Dios en su vida terrenal. Veremos que Dios pasó por alto sus fla­quezas, y derramó sobre ellos gracia y bendición. Ya se trate de Abraham, Jacob, David, Daniel, Elías o cual­quier otro, el honor sigue al honor como la cosecha sigue a la siembra. El hombre de Dios se propone exaltar a Dios sobre todo; Dios acepta su intención como un hecho, y actúa de acuerdo con eso. No es la perfección, sino la santa intención lo que hace la diferencia.

El cumplimiento de esta ley se pudo ver en el Señor Jesucristo con toda perfección. Hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y dio la gloria a su Padre en los cielos. Nunca buscó su propia gloria, sino la de Dios que lo había enviado. Dijo en cierta ocasión, "Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada: mi Padre es el que me glorifica’.’ Los fariseos se habían apartado tanto de esta ley que no podían comprender a una persona que buscaba solo la gloria de Dios. "Yo honro a mi Padre, y vosotros me habéis deshonrado" (Juan 8:49).

Otro de los dichos de Jesús, y uno de los más per­turbadores, fue puesto en forma de pregunta: "¿Cómo podéis vosotros creer, pues tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que solo de Dios viene?" Si entiendo bien lo que Jesús quiso decir, fue que el deseo de recibir honores que domina a los hombres les impide creer lo que dice Dios. ¿Será este pecado la raíz de toda incredulidad? ¿Podría ser que esas "dificultades intelectuales" que alegan algunos, sean solo una cortina de humo para disimular la causa real de su incredulidad? ¿Será este codicioso deseo de recibir honor de los hom­bres lo que hizo a los hombres fariseos, y a los fariseos deicidas? ¿Es este el secreto que está detrás de todo auto justificación y hueca religiosidad? Yo creo que sí. Todo el curso de la vida se altera cuando fallamos en poner a Dios en el primer lugar. Nos exaltamos a noso­tros mismos, en lugar de a Dios, y el resultado es maldi­ción.

Si tenemos deseo de conocer a Dios, tengamos en cuenta que Dios también lo tiene, y su deseo es hacia los hijos de los hombres que hacen de una vez para siempre, la decisión de exaltarle por sobre todas las cosas. Hom­bres como esos son preciosos a Dios, más que todos los tesoros de la tierra y el mar. Dios encuentra en ellos un escenario donde mostrar su preeminente bondad en Cris­to Jesús para todos los hombres. Con ellos puede andar Dios sin ocultación alguna; delante de ellos puede actuar como realmente es.

Al expresarme así lo hago con cierto temor. Quizá pueda convencer la mente de alguno sin conquistar Dios su corazón. Porque esto de poner a Dios por sobre todo no es cosa fácil de hacer. La mente puede aprobarlo, mientras la voluntad se niega a hacerlo. Mientras la imaginación corre a encontrar a Dios, la voluntad puede re­zagarse, y el hombre no darse cuenta de cuan dividido está su corazón. El hombre completo debe hacer la deci­sión, antes que el corazón pueda sentir una real satisfac­ción. Dios nos desea a nosotros enteros, y no descansará hasta conseguirnos enteros.

Oremos sobre esto en detalle, arrojándonos a los pies de Dios, dispuestos a entregarnos a El por completo. Na­die que ore así sinceramente, tendrá que esperar mucho tiempo antes de sentir que Dios lo ha aceptado. Dios desea descorrer el velo de su gloria delante de los ojos de sus siervos, y pondrá todos sus tesoros a disposición de cada uno, porque El sabe que su honor está seguro en las manos del hombre enteramente consagrado.

¡Oh, Dios, exáltate sobre todas mis posesiones! Nin­guno de los tesoros de la tierra será agradable para mí, si Tú te glorificas en mi vida. Te ensalzaré a tí más que á mis amistades. He determinado que Tú estés sobre todo, aunque eso me cueste quedar desterrado y solo en medio de la tierra. Exáltate sobre todas mis comodida­des. Aunque eso significa la pérdida de mi comodidad y el tener que llevar la cruz, yo guardaré mi voto hecho en este día. Exáltate sobre mi reputación. Hazme ambicio­so solo de agradarte a Ti, aunque eso signifique que me hunda en la oscuridad y mi nombre sea olvidado como un sueño. Levántate, Señor, a tu lugar de honor sobre todas mis ambiciones, mis gustos y mis disgustos, sobre mi familia, sobre mi salud, y aun sobre mi vida misma.

Permíteme menguar, para que Tú puedas crecer, déjame hundir para que tú puedas surgir. Cabalga sobre mi, como lo hiciste al entrar a Jerusalén, montado en un po­llino, hijo de asna, y permíteme escuchar las voces de las muchedumbres, "¡Hosana en las alturas!"

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Capítulo IX

Mansedumbre y Reposo

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Mateo 5:5

Para describir la condición actual de la humanidad uno podría valerse muy bien de las bienaventuranzas, pero tomándolas al revés. Porque las cualidades que distin­guen al hombre de hoy son precisamente lo opuesto a las virtudes que ponderan las mismas.

No encontramos nada en la humanidad que se apro­xime a las virtudes de que hablo el Señor Jesús en el cé­lebre Sermón de la Montaña. En lugar de la pobreza de espíritu hallamos el más vicioso de los orgullos; en lugar de los que lloran hallamos a los eternos buscadores del placer; en vez de mansedumbre, arrogancia; en vez de hambre y sed de justicia, oímos a la gente decir, "Soy rico, mis caudales aumentan, y no tengo necesidad de nada"; en vez de misericordia, vemos crueldad; en vez de pureza de corazón, corrupción general; en vez de pacificadores, resentidos y peleadores; en vez de perdón cuando se los maltrata, hallamos desquite y vengan a con cualquier arma al alcance.

Esta es la clase de moral que predomina en la socie­dad civilizada. La atmósfera está cargada de ella; la respi­ramos en el aire y la bebemos en la leche de nuestras ma­dres. La cultura y la educación refinan esas cosas solo ligeramente; en el fondo las dejan sin tocar. Se ha creado todo un mundo de literatura para justificar esta clase de vida como la única normal. Esto debiera asombrarnos, y mucho más al pensar que ese orden de cosas es lo que hace nuestra vida amarga y dolorosa. Todas nuestras pe­nurias y la mayoría de nuestras enfermedades provienen directamente de nuestros pecados. Orgullo, arrogancia, resentimiento, malicia, maledicencia y codicia, causan más dolor al ser humano que todas las enfermedades que atacan su carne mortal.

En un mundo como este las palabras de Jesús suenan en una manera maravillosa y extraña, como una visita­ción de lo alto. Bueno es que El haya hablado, porque ningún otro podría haber hablado como El y bueno que nosotros pongamos atención a lo que El dijo. Si palabras son la esencia de la verdad. El no nos está ofreciendo una opinión; nunca expuso opiniones; jamás habló sin estar seguro de lo que decía. El sabía lo que decía, y lo sabe ahora. Sus palabras no son como las de Salomón, producto de la observación aguda. El habló con la plenitud de su naturaleza divina, y sus palabras son absoluta verdad. El es el único que puede decir "bienaventurado" con completa autoridad. Porque El es el solo Bendito, que bajó de las alturas para conferir bendiciones a la humanidad. Y sus palabras están soste­nidas por los hechos poderosos que realizó, más que nin­gún otro sobre la tierra. Es sabio para nosotros escuchar­las.

Como solía hacerlo a menudo, el Señor usaba la pa­labra "manso" en su sentido jovial, y no fue sino hasta tiempo más tarde que explicó lo que quería decir. En el mismo libro de Mateo nos dice algo más referente a esa palabra y cómo aplicarla a nuestra vida. "Venid a mí to­dos los que estáis trabajados y cansados, que os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga!’

Tenemos aquí dos cosas que contrastan la una con la otra, la carga y el descanso. La carga no se refiere sola­mente a sus oyentes de ese momento, sino que es la carga general que soporta todo ser humano. Esta carga no consiste de opresión política, o pobreza, o trabajo pesado. Es algo más profundo que eso. La siente el rico tan bien como el pobre, porque no es algo de lo que nos pueda librar la riqueza o la desidia.

La carga que lleva la humanidad es pesada y abruma­dora. La palabra que usó Jesús significa una carga suma­mente agobiadora, que se pone sobre una persona hasta quebrarle las fuerzas. Descanso es simplemente liberación de esa carga. No es algo que nosotros hacemos; es algo que viene a nosotros cuando dejamos de hacer. Su propia mansedumbre, ese es el descanso.

Examinemos lo que es nuestra carga. Es algo inte­rior. Ataca el corazón, y la mente, cubre todo el cuerpo partiendo desde adentro. Primero, está la carga del or­gullo. El trabajo de amarse a sí mismo es algo muy pesado. Pensemos en cuanto nos duele y como sufrimos cuando oímos a alguien decir algo despectivo de noso­tros. Cuando hacemos un ídolo de nuestro "yo’,’ nunca faltan los que se deleitan en profanar nuestro idolillo. ¿Cómo podemos, entonces, pretender gozar de paz inte­rior? El esfuerzo que hacemos para proteger nuestro yo de todo ataque y desdoro nunca puede producirnos el anhelado descanso. Y conforme pasan los años esta car­ga se hace más intolerable. Sin embargo, los hombres siguen llevando a cuestas este oneroso peso, tratando de defenderse de todo lo que se dice, quejándose de toda crítica, sufriendo las actitudes despreciativas, sufriendo insomnio si otro es preferido antes que nosotros.

No es necesario llevar tal carga. Jesús nos invita al descanso, y la mansedumbre es su método. El hombre manso no se afana por las cosas del mundo, porque hace tiempo ha decidido que ellas no merecen el esfuer­zo de conseguirlas. Y desarrolla dentro de sí un bonda­doso sentido del humor, que le lleva a decir, " ¡Ah..! ¿Con que te han pasado por alto? ¿Con que han prefe­rido a otro antes que a tí? ¿Has oído que dicen de ti que no vales mucho? ¡Válgame Dios! ¿Es que te inco­modas porque otros dicen de tí las mismas cosas que tú dices de tí mismo? ¡Vaya! Si ayer mismo le decías a Dios que no eres nada, que eres un simple gusano. ¿En qué quedamos? Vamos, hombre, deja de preocuparte por eso y aprende a ser un poco más consecuente con­tigo mismo."

El hombre manso no es una mosca muerta afligido por completo de inferioridad. Por el contrario, puede ser tan osado en su vida moral como un león y tan fuerte como Sansón. Lo que ocurre es que no se anda preocu­pando tontamente por sí mismo. El reconoce que es débil e indefenso, tal como Dios se lo ha declarado, pero al mismo tiempo sabe, paradójicamente, que ante los ojos de Dios él vale más que los ángeles. En sí mismo, es nada; pero en Dios, es todo. Ese es su lema. El sabe bien que el mundo nunca lo verá a él como Dios lo ve, y por eso ha dejado de preocuparse. Se queda perfectamente contento al permitir a Dios que El establezca sus propios valores. Espera con calma el día en que Dios le ponga su justo precio, y todas las cosas valgan por lo que real­mente son. Entonces los justos resplandecerán en el Reino del Padre celestial.

Mientras tanto, descansa tranquilo teniendo paz de corazón. Mientras camina en mansedumbre, está feliz, dejando que Dios defienda su causa. Ha terminado la lucha de defenderse a sí mismo. Ha hallado la paz que trae la mansedumbre.

También se ha liberado de la pesada carga de la si­mulación. Por simulación no queremos decir hipocresía, sino ese humano deseo de mostrar siempre lo mejor que tenemos, ocultando cuidadosamente nuestros defectos. Porque el pecado nos ha jugado muchas malas pasadas; y una de ellas es la de infundirnos un falso sentido de vergüenza. Raro es el hombre, o la mujer, que saben pre­sentarse llanamente, sin querer aparentar lo que no son. El temor de ser considerados inferiores corroe su cora­zón como polilla. El hombre de cultura teme hallar algún día un hombre más culto que él. El que tiene algún dinero sufre la humillación de ver a uno que tiene más que él. El hombre instruido padece el temor de en­frentarse con otro mejor instruido. La que se llama "so­ciedad" no es otra cosa que esto, y no tiene mejores motivaciones que estas. Las clases pobres son un po­quito mejor.

Que nadie se sonría por esto. Estas cargas son reales, y están matando poco a poco a sus víctimas, presas de este modo de vida. Y la psicología creada por años de practicar estas cosas hace a la verdadera mansedumbre tan irreal como un sueño y tan lejana como una estrella. A todas las víctimas atormentadas por estos males Jesús les dice, "Debéis convertiros y ser como niños!’ Porque los niños no hacen comparaciones; se gozan con lo que tienen, sin relacionarlo con lo que tienen otros. Solo cuando crecen y se hacen adultos es que el pecado se desarrolla en sus corazones y comienzan a sentir los celos y la envidia. Entonces se vuelven incapaces de gozar lo que ellos tienen si alguien tiene más que ellos. A par­tir de ese momento se les envenena la existencia, y nunca se ven libres hasta que viene Jesús y les quita la carga.

Otra fuente de cargas es la artificialidad. Yo sé que hay muchísima gente que vive bajo el perpetuo temor de que alguno de sus amigos puede echar una mirada en su interior y comprobar cuan vacía está su alma. Por eso nunca aflojan su tiesura. Gente brillante vive tensa y alerta, en temor de ser pillados diciendo alguna cosa vulgar o estúpida. Gente que viaja mucho vive con el miedo de hallar algún día algún Marco Polo que ha via­jado por donde ellos nunca han ido.

Esta condición antinatural es parte de la triste herencia de pecado que todos tenemos, pero que agrava­mos cada día por nuestra manera de vivir. La publicidad comercial se basa en este hábito de simulación. Se ofre­cen cursos de aprendizaje para brillar en una fiesta o reunión. Se venden libros, y se mercan cosméticos, ape­lando siempre a este deseo insano de querer aparentar lo que no se es. La artificialidad es una cosa que desaparece en el momento que nos arrodillamos ante Cristo y le pe­dimos mansedumbre. Entonces ya no nos importa lo que la gente piensa de nosotros, sino solo agradar a Dios. Entonces somos lo que realmente somos, y lo que pare­cemos ser, nos importa un pepino.

El corazón de la gente se quiebra bajo esta carga de orgullo y simulación. Y no hay ningún alivio para esa carga, a menos que se la encuentre en la mansedumbre de Jesús. El sentido común y la sensatez pueden ocasio­nalmente ofrecer algún alivio, pero este vicio es tan fuer­te que al echárselo de un lado reaparece en otro. Jesús dice a hombres y mujeres en todas partes, "Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados, que yo os daré des­canso!’ El descanso que El ofrece es el descanso de la mansedumbre, el bendito descanso que nos viene al aceptarnos tal como nosotros somos, sin ninguna clase de simulación. Se necesita algún coraje al principio, pero pronto viene la gracia necesaria al comprender que esta­mos compartiendo el yugo con el fuerte y poderoso Hijo de Dios. El lo llamó "mi yugo,"y él lo toma de un lado cuando nosotros lo tomamos del otro.

Señor, hazme como un niño Ayúdame a dejar de competir con otros por puesto y figuración. Descocer simple y sin artificios como es un niño. Líbrame de la simulación. Perdóname por pensar demasiado en mí mismo. Ayúdame a olvidarme de mí mismo y hallar mi verdadera paz en el hecho de pertenecerte a Ti. Con­téstame esta oración que humildemente dirijo a Ti. Pon sobre mí tu yugo fácil de llevar, y haz que halle descan­so al olvidarme de mí y de mis problemas, amén.

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Capítulo X

El Sacramento de la Vida

Si pues, coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a la

gloria de Dios. 1Corintios 10:31

Uno de los impedimentos más grandes que el cristiano encuentra en su búsqueda de paz interior, es su hábito de dividir la vida en dos áreas, la sagrada y la secular. Como estas dos áreas se conciben como para mantener­las separadas, y ser incompatibles moral y espiritualmente, nos vemos obligados por las necesidades de la vida a entrecruzarlas continuamente. Y por eso vivimos dese­quilibrados y divididos en vez de hacerlo unidamente.

Nuestras dificultades comienzan, para nosotros los que seguimos a Cristo, en el hecho de que vivimos en dos mundos. Como hijos de Adán vivimos en la tierra sujetos a las limitaciones de la carne, y las enfermedades y flaquezas que son la herencia del pecado. Para vivir en­tre los hombres se nos exige años de arduo trabajo y atención a las cosas de este mundo. En agudo contraste con esto tenemos la vida en el Espíritu. Con ella disfru­tamos otra y muy alta clase de vida. Somos hijos de Dios. Poseemos naturaleza celestial y disfrutamos de co­munión íntima con Cristo.

Esto tiende a dividir nuestra vida en dos departa­mentos. Casi sin quererlo reconocemos dos clases de acciones. Unas las hacemos con una especie de satisfac­ción, y con la seguridad de que con ellas estamos agra­dando a Dios. Son ellas la oración, la lectura de la Biblia, el canto de himnos, la asistencia a la iglesia y muchos otros actos relacionados con la fe. Estos se pueden reco­nocer porque no tienen ninguna relación directa con el mundo, y no tendrían razón de ser si la fe no nos mos­trara otro mundo, "una casa no hecha de manos, eterna en los cielos!’

En contraste con estos actos sagrados están los actos seculares. Ellos incluyen todos los actos ordinarios de la vida, los cuales compartimos con los hijos e hijas de Adán: comer, dormir, trabajar, y en general todos los prosaicos menesteres de la diaria existencia. Muchas veces nos sentimos contrariados al hacerlos, y hasta le pedimos disculpas a Dios por tal pérdida de tiempo y de fuerza. Como resultado de esta actitud casi siempre esta­mos intranquilos. Vamos a nuestras tareas cotidianas con un sentido de frustración, y nos decimos pensativa­mente que hay un mejor día por venir, cuando seremos librados de esta envoltura material y ya no tendremos nada que ver con los asuntos de la tierra.

Esta es la vieja antítesis sagrada-secular. La mayoría de los cristianos caen en esta trampa. No pueden hallar un ajuste adecuado entre los requerimientos de ambos mundos. Hacen equilibrios sobre la cuerda floja entre dos reinos, y no hallan paz en ninguno de los dos. Pier­den las fuerzas, se hallan confundidos, y no encuentran felicidad.

Yo creo que todo este problema es absolutamente innecesario. Verdad es que estamos entre las astas de un dilema, pero ese dilema no es real. Es el resultado de una incomprensión. La antítesis sagrada-secular no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. Sin duda ninguna, una mejor comprensión de las verdades cristianas nos librará de ese fantasma.

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El Señor Jesucristo mismo es nuestro perfecto ejem­plo. El nunca dividió la vida en dos partes. El vivió toda su vida, desde la cuna hasta la cruz, en la Presencia de su Padre sin esfuerzo alguno. Dios aceptó la ofrenda total de su vida, y no hizo distinción entre un acto y otro. La síntesis de la vida de Jesús podría hacerse con sus mis­mas palabras,"Yo hago siempre las cosas que le agradan" (Juan 8:29). Su paso entre los hombres fue siempre tran­quilo y reposado. Todo lo que sufrió se debió a su deci­sión de llevar sobre sí la carga de pecado del mundo, nunca fue resultado de moral incertidumbre o desajuste espiritual.

La exhortación de Pablo de "haced todo para la gloria de Dios" es algo más que un piadoso idealismo. Es parte integral de la revelación sagrada y debe ser acepta­da corno todo el resto de la verdad revelada. Ella nos abre la oportunidad de hacer que cada acto de nuestra vida sirva para la gloria de Dios. A fin de que no tenga­mos miedo de incluir todo en la declaración, el apóstol menciona específicamente el comer y el beber. Este hu­milde privilegio lo compartimos con las bestias que pere­cen. Si estos bajos y prosaicos menesteres pueden ser hechos para la gloria de Dios, ¿qué no podemos decir de los demás?

Ese odio al cuerpo y el aspecto físico de la vida, que era característico de los monjes y preeminente en los es­critos de algunos místicos cristianos, no tienen ningún apoyo en la Palabra de Dios. En la Biblia se hace refe­rencia a la modestia, sí, pero de ninguna manera se alien­ta la mojigatería y los remilgos. El Nuevo Testamento asume claramente la posición de que nuestro Señor, en su encarnación, tomó perfectamente la naturaleza huma­na en su totalidad, y no se preocupa de evitar las impli­caciones de este hecho. El vivió dentro de ese cuerpo humano, y nunca realizó un acto que no fuera sagrado. La presencia de Jesús en carne humana anula para siem­pre la perversa idea de que en el cuerpo humano hay algo ofensivo para la Deidad. Dios ha creado nuestros cuerpos, y no lo ofendemos a El por poner la responsabilidad de su creación en quien corresponde. El no se avergüenza de la obra de sus manos.

La perversión de nuestros instintos y el mal uso que hagamos de nuestro cuerpo, eso sí hace que nos avergoncemos de él. Los actos corporales hechos contra la natu­raleza, nunca podrán honrar a Dios. En cualquier mo­mento que la voluntad humana introduce el pecado, en­tonces perdemos la inocencia conque fuimos dotados en el principio. Habremos desvirtuado y distorsionado las facultades perfectas que Dios nos dio, y lo que hacemos es solo para vergüenza y condenación.

Pero supongamos que no hay ni perversión ni abuso. Pensemos en un cristiano que se ha arrepentido y ha na­cido de nuevo. Está viviendo conforme a la voluntad de Dios, así como la entiende en la Palabra escrita. Pode­mos decir que cada acto de su vida es, o puede ser, tan sagrado como la Santa Cena, o el bautismo, o la oración. Al decir esto, no queremos poner todos los actos de la vida al nivel de la muerte, sino elevar todos esos mismos actos a las alturas del Reino, y transformar toda la vida humana en un sacramento.

Si un sacramento es la expresión externa de una gra­cia interior, no podemos vacilar en aceptar la tesis expre­sada arriba. Por un solo acto de consagración de nuestra vida entera a Dios, podemos hacer que cada acto de esa vida sea algo sagrado. Ya no hace falta que estemos aver­gonzados de nuestro cuerpo —ese siervo material que nos conduce por la existencia- como Jesús no se avergonzó del asnillo sobre el cual entró montado a Jerusalén. "El Señor lo ha menester," dijeron los mensajeros acerca del asno. Lo mismo podemos decir de nuestro cuerpo. Si Cristo mora en nosotros, bien podemos con­ducirlo, como lo hizo el pollino de antaño, y dar ocasión a las multitudes para que digan, "Hosana en las alturas."

El hecho que veamos esta verdad no es suficiente. Si queremos escapar de ese dilema de lo sagrado-secular, debemos sentir esta verdad correr en nuestras venas y condicionar todos nuestros pensamientos. Debemos acostumbrarnos a vivir para la gloria de Dios. Meditando en esta verdad, hablando a menudo con Dios en nuestras oraciones, acordándonos de ella cuando estamos entre la gente, se apoderará de nosotros la potente sensación de que estamos viviendo para la gloria de Dios. La penosa sensación de dualidad desaparecerá, y dará su lugar a una placentera sensación de reposo debido a la esencial unidad de nuestra vida. La convicción de que somos to­talmente de Dios, que él lo ha recibido todo y no ha rechazado nada, unificará nuestra vida interior, y hará que para nosotros todo sea sagrado.

Pero esto no es todo. Los hábitos adquiridos de lar­go tiempo no se abandonan así nomás. Se necesita mu­cha inteligencia, y mucha reverente oración para des­pojarse de la psicología sagrado-secular. Por ejemplo, le costará trabajo comprender al cristiano común que todos los actos de su vida diaria pueden convertirse en actos de adoración a Dios. La vieja antítesis volverá una y otra vez sobre su cabeza para robarle la paz mental. Tampoco la serpiente antigua, el diablo, nos dejará tran­quilos. Nos atacará cuando viajamos en auto, o estamos en el taller, o en la oficina, para decirnos que no estamos consagrando a Dios lo mejor de nuestra vida. Y si nos descuidamos este astuto diablo nos creará confusión y desaliento.

La única manera de tener éxito es ejerciendo una fe dinámica. Debemos ofrecer todos nuestros actos a Dios, y creer que él los acepta. Después, hacer firme la deci­sión, y mantener clara la idea de que todos los actos del día y de la noche están incluidos en la dedicación. No cesemos de decirle a Dios, cada vez que oramos, que de­seamos que todos los actos de nuestra vida sean para su gloria y honra. Y añadir, a cada hora del día muchos pensamientos como estos mientras estamos ocupados en el trabajo de vivir. Practiquemos el arte fino de hacer de cada acto de nuestra vida un acto sacerdotal. Creamos que Dios está aun en los más simples actos de nuestra vida, y aprendamos a verle a El en ellos.

Otro error concomitante con la antítesis sagrado-secular es cuando hacemos diferencias entre lugar y lu­gar. Nada hay en el Nuevo Testamento que enseñe acerca de lugares santos o no santos. Este error está tan generalizado que uno se siente muy solo cuando empie­za a combatirlo. Ha teñido de tal manera el pensamiento de la gente, y coloreado de tal modo sus ojos, que resul­ta casi imposible hacerles entender lo contrario. Aunque el Nuevo Testamento enseña precisamente lo contrario, los cristianos han hablado y cantado a lo largo de los siglos acerca de lugares santos y edificios santos. Según lo que yo sé, únicamente los cuáqueros se han dado cuenta de este error, y han tenido el coraje de denun­ciarlo.

He aquí los hechos, según yo los veo. El pueblo de Israel había vivido en Egipto por cuatrocientos años en medio de la más crasa idolatría. Por la mano de Moisés Dios los sacó de allí y los puso en camino de la tierra prometida. Esa gente no tenía la más remota idea de lo que era santidad. Para corregir este estado de cosas, Dios comienza desde abajo. Se presentó a ellos en forma de columna de humo de día y columna de fuego de noche, y más tarde, cuando ya el tabernáculo estuvo concluido, se manifestó en forma de luz brillante, la shekinah, en medio del lugar santísimo. Dios se valió de numerosos medios para enseñar a Israel lo que es santo, y lo que no lo es. Les dio días santos, vasos santos, vestidos santos. Les dio lavamientos, sacrificios y ofrendas de muchas clases. Por todos estos medios Israel aprendió que Dios es santo. Esto era lo que él quería enseñarles. No la san­tidad de cosas y de lugares, sino la santidad de Jehová era lo que él quería que aprendieran.

Entonces vino el gran día de la aparición de Cristo. Inmediatamente él comenzó a decir, "Oísteis que fue dicho a los antiguos, mas yo os digo." La enseñanza del Antiguo Testamento había pasado. Cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó en dos, de alto a abajo. El verdadero lugar santísimo, el cielo, quedaba abierto para todos los que quisieran entrar por fe. En­tonces recordaron las palabras del Señor, "La hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores ado­rarán al Padre en espíritu y en verdad" (Juan 4:21-23).

Poco después el apóstol Pablo levantó el grito de li­bertad, y dijo que todas las cosas son santas, todos los días son santos, todas las comidas santas y todos los cre­yentes santos, y cada acto de la vida aceptable a Dios. La santidad de tiempos y lugares, una media luz nece­saria para los tiempos primitivos pasó de largo, y comen­zó a brillar la plena luz de la adoración en el espíritu.

La iglesia mantuvo bastante tiempo la bendición de la adoración espiritual, hasta que con el paso de los años se fue perdiendo. Fue entonces cuando el legalismo, tan propio de los corazones no regenerados, introdujo de nuevo las distinciones de antaño. Reaparecieron los días santos, los lugares santos y los objetos santos. Los dos primeros sacramentos (y únicos) el bautismo y la santa cena, fueron aumentados a tres, a cuatro, a cinco, a seis y a siete. Con el triunfo del romanismo fue el acabóse. Todo se volvió santo, menos el verdadero santo.

Con toda caridad, y sin deseo de herir los sentimien­tos de nadie, tengo que decir que la iglesia católica ro­mana representa hoy en día la herejía sagrado-secular llevada a su máxima perfección. El efecto mortal de esta herejía es hacer una división completa entre religión y vida. Sus maestros intentan disimular esta trampa por medio de muchas notas y explicaciones, pero la lógica irrebatible está ahí. En la vida práctica del católico, la diferencia entre la vida diaria y la religión es evidente.

Los reformadores, los puritanos y los místicos han luchado para librarnos de esta servidumbre. Pero hoy en día en muchos círculos conservadores existe la tenden­cia de volver a ella. Se dice que un caballo, cuando es li­brado de un edificio en llamas, puede tener la absurda obstinación de volver a él para quemarse. Debido a una obstinación parecida, algunos cristianos conservadores están regresando otra vez a la esclavitud espiritual. Se es­tán celebrando, con demasiada insistencia "semana san­ta,» "viernes santo," "Pentecostés," "navidad" y etc. La verdad es que no sabemos cuando nos vamos a poner bien del todo.

Con el fin de que me entiendan bien, y no me juz­guen mal, quiero explicar las implicaciones prácticas de la doctrina que estoy enseñando, es decir, la cualidad sa­cramental de la vida diaria. Sin dejar de lado su significa­ción positiva, quiero señalar algunas cosas que ella no es.

Por ejemplo, no quiero decir que todo lo que hace­mos es de igual importancia. Un hecho en la vida de un buen hombre puede diferir de otro hecho en la vida de ese hombre. Cuando Pablo cosía lonas, hacía un acto agradable a Dios y aceptado por él, pero era bien dife­rente de cuando escribía la carta a los Romanos. Pero ambas tareas fueron aceptadas por Dios como actos de adoración por sí mismas. Por cierto que es más impor­tante guiar un alma a Cristo que cultivar un jardín, pero cultivar un jardín puede ser un acto tan santo como ganar un alma.

Tampoco quiero decir que un hombre es tan útil como otro. El conserje analfabeto de una iglesia no es de comparar con Billy Graham, pero ambos están haciendo un trabajo que Dios acepta con placer.

El "laico" no debe pensar que su humilde tarea es inferior al ministerio del pastor. Que cada hombre se quede en la vocación en que fue llamado, y haga su tra­bajo como el más puro acto de adoración a Dios. No es lo que un hombre hace lo que determina si su trabajo es sagrado o secular, sino el por qué lo hace. El motivo es todo. Dejen a un hombre que santifique al Señor Dios en su corazón, y despreocúpense de lo que hace, ya no podrá hacer ningún trabajo común. Todo lo que él haga será aceptable a Dios por medio del Señor Jesucris­to. Para ese hombre la vida misma será un sacramento, y el mundo entero un santuario. Toda su vida será un mi­nisterio sacerdotal. No importa cuan simples sean las tareas que desempeñe, siempre oirá a los serafines can­tando, "Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria!’

Señor, yo confiaré en Ti completamente, y seré completamente tuyo. Te exaltaré a Tí por encima de to­do. Quiero sentir que, aparte de Ti, no poseo nada.

Quiero sentir que me encuentro continuamente bajo la sombra de tu presencia, y que escucho tu voz y que Tú eres el que me habla. Deseo vivir tranquilo, seguro de la sinceridad de mi corazón. Quiero vivir tan lleno del Espíritu, que todos mis pensamientos sean como incienso de olor suave para Ti, y que cada acto de mi vida sea un acto de adoración. Por eso oro con las palabras Det. Gran siervo de la antigüedad. “Te ruego que purifiques mi corazón con el don inefable de tu gracia, que pueda amarte y ensalzarte como Tu eres digno”. Tengo la seguridad de que me concederás todo esto, porque te lo pido por los méritos de tu Hijo Jesucristo. Amén

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