LA BUSQUEDA DE DIOS

3. enero 2014

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peregrinaje. Solo así podré contemplarte en todo tu es­plendor el día que aparezcas para ser glorificado con tus santos y admirado por todos aquellos que te esperan, amén.

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Capítulo VIII

Restauración de Relaciones entre Dios y la Criatura

Ensálzate sobre los cielos, oh Dios; sobre toda la tierra tu gloria. Salmo 57:5

Es casi una perogrullada decir que el orden en la natura­leza depende de la correcta relación de todas las cosas. Para lograr la armonía es indispensable que cada cosa esté en perfecta relación con respecto a otra cosa. En la vida humana, ocurre lo mismo.

He dicho en capítulos anteriores que la causa de to­das nuestras miserias es nuestra radical dislocación moral que trajo enemistad con Dios y con cada uno de nues­tros semejantes. Cualquiera haya sido la caída en el pe­cado, sus efectos han producido un trastorno en las rela­ciones del hombre con su Creador. El hombre adoptó una actitud equivocada con respecto a Dios, y con eso deshizo los medios de comunicación con su Creador, en la cual, sin que él se diera cuenta, descansaba su felici­dad. La salvación es, esencialmente, la restauración de esas relaciones, es decir, el retorno a la relación normal del uno con el otro.

Una vida espiritual satisfactoria debe comenzar con un cambio completo en las relaciones entre Dios y el pe­cador. No meramente un cambio judicial, sino un cam­bio conciente y experimental que afecte toda la natura­leza del individuo. La propiciación por la sangre de Jesús hace posible ese cambio judicial, y la obra del Espíritu lo hace emocionalmente satisfactorio. La historia del hijo pródigo ilustra perfectamente esta última fase. El hijo más joven se había metido en una cantidad de pro­blemas a causa de haber olvidado los privilegios que te­nía como hijo de su padre. Su restauración no fue más que el reestablecimiento de esas relaciones, las cuales existían desde su nacimiento, pero que habían sido tem­poralmente interrumpidas por el pecado. La parábola pasa por alto el aspecto legal de la redención, para de­tenerse hermosamente en el aspecto experimental.

Para determinar las relaciones tenemos que comen­zar en algún lugar. Debe haber un punto fijo desde el cual todo ha de comenzar a medirse, donde no interven­ga la ley de la relatividad, y donde podamos decir "ES," sin ninguna clase de concesiones. Tal punto fijo es Dios. Cuando Dios quiso dar a conocer su nombre a la huma­nidad no encontró otro mejor que "YO SOY." Cuando él habla en primera persona dice, YO SOY; cuando nosotros nos referimos a él decimos EL ES; cuando nos dirigimos a él le decimos TU ERES. Todo lo demás parte de esta base. Dios dice, "Yo Soy el que Soy" o sea "ja­más cambio."

Así como el marino fija su posición en el mar por la altura del sol, nosotros podemos saber cuál es nuestra posición moral mirando a Dios. Debemos comenzar con Dios. Nosotros estamos bien solo cuando estamos en una correcta relación con Dios, y mal cuando estamos en cualquier otra.

Muchas de nuestras dificultades en la vida cristiana se deben a que no queremos tomar a Dios tal como él es, y ajustar nuestras vidas conforme a eso. Insistimos en modificar a Dios y en adaptarlo a nuestra imagen. La carne se resiste contra la inexorable sentencia de Dios, y como Agag, gime por un poco de misericordia, algo más de indulgencia para sus deseos y apetitos. Pero esto de nada sirve. Podemos comenzar bien solo cuando acep­tamos a Dios tal como Dios es, y le amamos porque así es. Y cuando le vamos conociendo mejor hallamos una indecible fuente de gozo al darnos cuenta que no puede ser de otra manera. Algunos de los más sublimes mo­mentos de nuestra vida han sido los que hemos pasado en reverente admiración de la Deidad. En estos solem­nes momentos no hemos querido ni siquiera pensar en qué pasaría si Dios fuera de distinta manera.

Comencemos, pues, con Dios. Detrás de todo, por encima de todo, y antes de todo, está Dios. Primero, en orden de secuencia; por encima, en orden de rango y condición; antes que todo, en dignidad y honor. Siendo el único que existe por sí mismo, él ha dado origen y existencia a todo, y todas las cosas existen por él y para él. "Señor, digno eres de recibir gloria, y honra, y virtud, porque tú criaste todas las cosas, y por tu voluntad tie­nen ser y fueron criadas" (Apocalipsis 4:11).

Toda alma pertenece a Dios y existe para complacer­le a él. Siendo Dios quien es, y siendo nosotros quienes somos, la única relación que debe existir es de completo señorío por parte de él y de completa sumisión por par­te de nosotros. Nosotros le debemos a él todo el honor de que somos capaces de darle. Darle algo menos es causa de nuestra desdicha.

La búsqueda de Dios debe incluir el afán de darle a él todo lo que somos. Y esto no solo judicialmente, sino real y positivamente. No me estoy refiriendo aquí al acto de justificación por la fe mediante Cristo. Estoy hablando de una voluntaria exaltación de Dios a su legí­timo estrado sobre nosotros, y el deseo de someter nuestro ser entero al culto y adoración que corresponde a la criatura dar al creador.

No bien hacemos la decisión de exaltar a Dios por encima de todo, nos apartamos de la procesión del mundo. Nos damos cuenta que estamos en desacuerdo con el mundo, y ese desacuerdo se hará más evidente a medida que avancemos en el camino de la santidad. Veremos las cosas desde un nuevo punto de vista, una nueva psicología se formará dentro de nosotros; un nue­vo poder vendrá a nuestras vidas.

Nuestro rompimiento con el mundo será el resultado directo de nuestra nueva relación con Dios. Porque el mundo de los hombres caídos no da honra a Dios. Millo­nes hay sí, que se llaman a si mismos cristianos, y pagan algún respeto a su Nombre, pero una simple prueba de­mostrará cuan poco El es honrado entre ellos. Pregunte a cualquier cristiano nominal quién es el que predomina en su vida. Pídale que haga una elección entre Dios y el dinero, entre Dios y los hombres, entre Dios y sus ambi­ciones personales, entre Dios y el yo humano, entre Dios y el amor humano, y Dios siempre tomará el segundo lugar. Todas esas otras cosas serán exaltadas por encima. No importa lo que el hombre diga, la prueba de su elec­ción se verifica día tras día.

"Seas tú exaltado," es el lenguaje de la vida espiri­tual victoriosa. Es la llavecita que abre la puerta de los tesoros de la gracia. Es el punto central de la vida de Dios en el alma. Dejad que el que busca a Dios pueda de­cir continuamente con la vida y con los labios, "Seas tú exaltado," y habrá dado con la solución de mil de sus problemas. Su vida cristiana dejará de ser la cosa compli­cada que era antes, y vendrá a ser la misma esencia de la simplicidad. Por el ejercicio de su voluntad habrá marca­do el curso que desea seguir, y lo seguirá como si fuera guiado por un piloto automático. Si por algún momento un viento contrario llegara a apartarlo de la ruta, no tardará en volver al buen rumbo por una inclinación secreta de su alma. Los impulsos internos del Espíritu luchan a su favor y "las estrellas en sus cursos" pelean por él. En su alma está resuelto el problema de su vida, y todos los demás se resuelven por el mismo camino.

Que nadie piense que la entrega absoluta de la volun­tad a Dios rebaja la personalidad humana. El hombre no se degrada por esto, sino al contrario, se eleva a su verda­dera y primitiva dignidad de ser hecho a la imagen de Dios. Su desgracia yace en el hecho de su descomposi­ción moral, en haber usurpado, en forma antinatural, el lugar que le corresponde a Dios. Su honor será demos­trado por devolver el trono usurpado. Al exaltar a Dios por sobre todas las cosas, el hombre vuelve a hallar su propio perdido pedestal.

Todo aquel que se resiste a entregar su voluntad a otro, debe recordar las palabras de Jesús, "Todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado" (Juan 8:34).Te­nemos necesidad de ser siervos de alguien, o del pecado, o de Dios. El pecador se vanagloria de su independencia, sin darse cuenta que es un esclavo de los pecados que dominan sus miembros. El hombre que se entrega a Cris­to cambia un amor cruel y despiadado por uno suave y gentil, un Maestro cuyo yugo es fácil y ligera su carga.

Habiendo sido hechos a la imagen de Dios, no debe sernos difícil reconocerle y aceptarle como nuestro due­ño. Dios fue nuestra primera habitación, y nuestros corazones no podrán menos que sentirse en casa al retor­nar a nuestro antiguo recinto.

Espero que se entenderá fácilmente que es lógico que Dios reclame la preeminencia. Ese lugar es suyo por derecho propio en el cielo y en la tierra. Cada vez que nosotros ocupamos el sitio que a El le corresponde, toda la vida se desconcierta. Nada puede ponerse en orden mientras no hagamos, de puro corazón, la firme decisión de exaltar a Dios por sobre todas las cosas.

"Al que me honra, yo lo honraré" dijo Dios a un an­tiguo sacerdote en Israel. Y esa antigua ley espiritual ha permanecido inmutable, no importa el paso del tiempo o el cambio de las dispensaciones. Toda la Biblia y toda la historia proclaman la perpetuidad de esa ley. "Si algu­no me sirve, mí padre le honrará," dijo el Señor Jesús, enlazando lo viejo con lo nuevo y revelando la unidad esencial de sus tratos con los hombres.

Muchas veces la mejor manera de entender una cosa es mirando su opuesto. Elí y sus hijos fueron colocados en el sacerdocio con la estipulación de que honrarían a Dios en su ministerio y en su vida. Ellos fallaron en ha­cerlo y Dios le envió a Samuel a anunciarles las conse­cuencias. Sin que Elí se diera cuenta esta ley de recipro­cidad había estado siempre en vigor, y ahora había venido el tiempo para el castigo. Ofni y Finees, los sacerdotes depravados, cayeron en la batalla, la mujer de Ofni murió al dar a luz, el arca de Dios fue capturada por los filisteos, y el anciano Elí cayó hacia atrás y se quebró el cuello. Así cayó la tragedia sobre la casa de Elí por haber faltado en darle el honor a Dios.

En contraste con este cuadro tomemos cualquier otro personaje bíblico que procuró honrar a Dios en su vida terrenal. Veremos que Dios pasó por alto sus fla­quezas, y derramó sobre ellos gracia y bendición. Ya se trate de Abraham, Jacob, David, Daniel, Elías o cual­quier otro, el honor sigue al honor como la cosecha sigue a la siembra. El hombre de Dios se propone exaltar a Dios sobre todo; Dios acepta su intención como un hecho, y actúa de acuerdo con eso. No es la perfección, sino la santa intención lo que hace la diferencia.

El cumplimiento de esta ley se pudo ver en el Señor Jesucristo con toda perfección. Hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, y dio la gloria a su Padre en los cielos. Nunca buscó su propia gloria, sino la de Dios que lo había enviado. Dijo en cierta ocasión, "Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria es nada: mi Padre es el que me glorifica’.’ Los fariseos se habían apartado tanto de esta ley que no podían comprender a una persona que buscaba solo la gloria de Dios. "Yo honro a mi Padre, y vosotros me habéis deshonrado" (Juan 8:49).

Otro de los dichos de Jesús, y uno de los más per­turbadores, fue puesto en forma de pregunta: "¿Cómo podéis vosotros creer, pues tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que solo de Dios viene?" Si entiendo bien lo que Jesús quiso decir, fue que el deseo de recibir honores que domina a los hombres les impide creer lo que dice Dios. ¿Será este pecado la raíz de toda incredulidad? ¿Podría ser que esas "dificultades intelectuales" que alegan algunos, sean solo una cortina de humo para disimular la causa real de su incredulidad? ¿Será este codicioso deseo de recibir honor de los hom­bres lo que hizo a los hombres fariseos, y a los fariseos deicidas? ¿Es este el secreto que está detrás de todo auto justificación y hueca religiosidad? Yo creo que sí. Todo el curso de la vida se altera cuando fallamos en poner a Dios en el primer lugar. Nos exaltamos a noso­tros mismos, en lugar de a Dios, y el resultado es maldi­ción.

Si tenemos deseo de conocer a Dios, tengamos en cuenta que Dios también lo tiene, y su deseo es hacia los hijos de los hombres que hacen de una vez para siempre, la decisión de exaltarle por sobre todas las cosas. Hom­bres como esos son preciosos a Dios, más que todos los tesoros de la tierra y el mar. Dios encuentra en ellos un escenario donde mostrar su preeminente bondad en Cris­to Jesús para todos los hombres. Con ellos puede andar Dios sin ocultación alguna; delante de ellos puede actuar como realmente es.

Al expresarme así lo hago con cierto temor. Quizá pueda convencer la mente de alguno sin conquistar Dios su corazón. Porque esto de poner a Dios por sobre todo no es cosa fácil de hacer. La mente puede aprobarlo, mientras la voluntad se niega a hacerlo. Mientras la imaginación corre a encontrar a Dios, la voluntad puede re­zagarse, y el hombre no darse cuenta de cuan dividido está su corazón. El hombre completo debe hacer la deci­sión, antes que el corazón pueda sentir una real satisfac­ción. Dios nos desea a nosotros enteros, y no descansará hasta conseguirnos enteros.

Oremos sobre esto en detalle, arrojándonos a los pies de Dios, dispuestos a entregarnos a El por completo. Na­die que ore así sinceramente, tendrá que esperar mucho tiempo antes de sentir que Dios lo ha aceptado. Dios desea descorrer el velo de su gloria delante de los ojos de sus siervos, y pondrá todos sus tesoros a disposición de cada uno, porque El sabe que su honor está seguro en las manos del hombre enteramente consagrado.

¡Oh, Dios, exáltate sobre todas mis posesiones! Nin­guno de los tesoros de la tierra será agradable para mí, si Tú te glorificas en mi vida. Te ensalzaré a tí más que á mis amistades. He determinado que Tú estés sobre todo, aunque eso me cueste quedar desterrado y solo en medio de la tierra. Exáltate sobre todas mis comodida­des. Aunque eso significa la pérdida de mi comodidad y el tener que llevar la cruz, yo guardaré mi voto hecho en este día. Exáltate sobre mi reputación. Hazme ambicio­so solo de agradarte a Ti, aunque eso signifique que me hunda en la oscuridad y mi nombre sea olvidado como un sueño. Levántate, Señor, a tu lugar de honor sobre todas mis ambiciones, mis gustos y mis disgustos, sobre mi familia, sobre mi salud, y aun sobre mi vida misma.

Permíteme menguar, para que Tú puedas crecer, déjame hundir para que tú puedas surgir. Cabalga sobre mi, como lo hiciste al entrar a Jerusalén, montado en un po­llino, hijo de asna, y permíteme escuchar las voces de las muchedumbres, "¡Hosana en las alturas!"

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Capítulo IX

Mansedumbre y Reposo

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.

Mateo 5:5

Para describir la condición actual de la humanidad uno podría valerse muy bien de las bienaventuranzas, pero tomándolas al revés. Porque las cualidades que distin­guen al hombre de hoy son precisamente lo opuesto a las virtudes que ponderan las mismas.

No encontramos nada en la humanidad que se apro­xime a las virtudes de que hablo el Señor Jesús en el cé­lebre Sermón de la Montaña. En lugar de la pobreza de espíritu hallamos el más vicioso de los orgullos; en lugar de los que lloran hallamos a los eternos buscadores del placer; en vez de mansedumbre, arrogancia; en vez de hambre y sed de justicia, oímos a la gente decir, "Soy rico, mis caudales aumentan, y no tengo necesidad de nada"; en vez de misericordia, vemos crueldad; en vez de pureza de corazón, corrupción general; en vez de pacificadores, resentidos y peleadores; en vez de perdón cuando se los maltrata, hallamos desquite y vengan a con cualquier arma al alcance.

Esta es la clase de moral que predomina en la socie­dad civilizada. La atmósfera está cargada de ella; la respi­ramos en el aire y la bebemos en la leche de nuestras ma­dres. La cultura y la educación refinan esas cosas solo ligeramente; en el fondo las dejan sin tocar. Se ha creado todo un mundo de literatura para justificar esta clase de vida como la única normal. Esto debiera asombrarnos, y mucho más al pensar que ese orden de cosas es lo que hace nuestra vida amarga y dolorosa. Todas nuestras pe­nurias y la mayoría de nuestras enfermedades provienen directamente de nuestros pecados. Orgullo, arrogancia, resentimiento, malicia, maledicencia y codicia, causan más dolor al ser humano que todas las enfermedades que atacan su carne mortal.

En un mundo como este las palabras de Jesús suenan en una manera maravillosa y extraña, como una visita­ción de lo alto. Bueno es que El haya hablado, porque ningún otro podría haber hablado como El y bueno que nosotros pongamos atención a lo que El dijo. Si palabras son la esencia de la verdad. El no nos está ofreciendo una opinión; nunca expuso opiniones; jamás habló sin estar seguro de lo que decía. El sabía lo que decía, y lo sabe ahora. Sus palabras no son como las de Salomón, producto de la observación aguda. El habló con la plenitud de su naturaleza divina, y sus palabras son absoluta verdad. El es el único que puede decir "bienaventurado" con completa autoridad. Porque El es el solo Bendito, que bajó de las alturas para conferir bendiciones a la humanidad. Y sus palabras están soste­nidas por los hechos poderosos que realizó, más que nin­gún otro sobre la tierra. Es sabio para nosotros escuchar­las.

Como solía hacerlo a menudo, el Señor usaba la pa­labra "manso" en su sentido jovial, y no fue sino hasta tiempo más tarde que explicó lo que quería decir. En el mismo libro de Mateo nos dice algo más referente a esa palabra y cómo aplicarla a nuestra vida. "Venid a mí to­dos los que estáis trabajados y cansados, que os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga!’

Tenemos aquí dos cosas que contrastan la una con la otra, la carga y el descanso. La carga no se refiere sola­mente a sus oyentes de ese momento, sino que es la carga general que soporta todo ser humano. Esta carga no consiste de opresión política, o pobreza, o trabajo pesado. Es algo más profundo que eso. La siente el rico tan bien como el pobre, porque no es algo de lo que nos pueda librar la riqueza o la desidia.

La carga que lleva la humanidad es pesada y abruma­dora. La palabra que usó Jesús significa una carga suma­mente agobiadora, que se pone sobre una persona hasta quebrarle las fuerzas. Descanso es simplemente liberación de esa carga. No es algo que nosotros hacemos; es algo que viene a nosotros cuando dejamos de hacer. Su propia mansedumbre, ese es el descanso.

Examinemos lo que es nuestra carga. Es algo inte­rior. Ataca el corazón, y la mente, cubre todo el cuerpo partiendo desde adentro. Primero, está la carga del or­gullo. El trabajo de amarse a sí mismo es algo muy pesado. Pensemos en cuanto nos duele y como sufrimos cuando oímos a alguien decir algo despectivo de noso­tros. Cuando hacemos un ídolo de nuestro "yo’,’ nunca faltan los que se deleitan en profanar nuestro idolillo. ¿Cómo podemos, entonces, pretender gozar de paz inte­rior? El esfuerzo que hacemos para proteger nuestro yo de todo ataque y desdoro nunca puede producirnos el anhelado descanso. Y conforme pasan los años esta car­ga se hace más intolerable. Sin embargo, los hombres siguen llevando a cuestas este oneroso peso, tratando de defenderse de todo lo que se dice, quejándose de toda crítica, sufriendo las actitudes despreciativas, sufriendo insomnio si otro es preferido antes que nosotros.

No es necesario llevar tal carga. Jesús nos invita al descanso, y la mansedumbre es su método. El hombre manso no se afana por las cosas del mundo, porque hace tiempo ha decidido que ellas no merecen el esfuer­zo de conseguirlas. Y desarrolla dentro de sí un bonda­doso sentido del humor, que le lleva a decir, " ¡Ah..! ¿Con que te han pasado por alto? ¿Con que han prefe­rido a otro antes que a tí? ¿Has oído que dicen de ti que no vales mucho? ¡Válgame Dios! ¿Es que te inco­modas porque otros dicen de tí las mismas cosas que tú dices de tí mismo? ¡Vaya! Si ayer mismo le decías a Dios que no eres nada, que eres un simple gusano. ¿En qué quedamos? Vamos, hombre, deja de preocuparte por eso y aprende a ser un poco más consecuente con­tigo mismo."

El hombre manso no es una mosca muerta afligido por completo de inferioridad. Por el contrario, puede ser tan osado en su vida moral como un león y tan fuerte como Sansón. Lo que ocurre es que no se anda preocu­pando tontamente por sí mismo. El reconoce que es débil e indefenso, tal como Dios se lo ha declarado, pero al mismo tiempo sabe, paradójicamente, que ante los ojos de Dios él vale más que los ángeles. En sí mismo, es nada; pero en Dios, es todo. Ese es su lema. El sabe bien que el mundo nunca lo verá a él como Dios lo ve, y por eso ha dejado de preocuparse. Se queda perfectamente contento al permitir a Dios que El establezca sus propios valores. Espera con calma el día en que Dios le ponga su justo precio, y todas las cosas valgan por lo que real­mente son. Entonces los justos resplandecerán en el Reino del Padre celestial.

Mientras tanto, descansa tranquilo teniendo paz de corazón. Mientras camina en mansedumbre, está feliz, dejando que Dios defienda su causa. Ha terminado la lucha de defenderse a sí mismo. Ha hallado la paz que trae la mansedumbre.

También se ha liberado de la pesada carga de la si­mulación. Por simulación no queremos decir hipocresía, sino ese humano deseo de mostrar siempre lo mejor que tenemos, ocultando cuidadosamente nuestros defectos. Porque el pecado nos ha jugado muchas malas pasadas; y una de ellas es la de infundirnos un falso sentido de vergüenza. Raro es el hombre, o la mujer, que saben pre­sentarse llanamente, sin querer aparentar lo que no son. El temor de ser considerados inferiores corroe su cora­zón como polilla. El hombre de cultura teme hallar algún día un hombre más culto que él. El que tiene algún dinero sufre la humillación de ver a uno que tiene más que él. El hombre instruido padece el temor de en­frentarse con otro mejor instruido. La que se llama "so­ciedad" no es otra cosa que esto, y no tiene mejores motivaciones que estas. Las clases pobres son un po­quito mejor.

Que nadie se sonría por esto. Estas cargas son reales, y están matando poco a poco a sus víctimas, presas de este modo de vida. Y la psicología creada por años de practicar estas cosas hace a la verdadera mansedumbre tan irreal como un sueño y tan lejana como una estrella. A todas las víctimas atormentadas por estos males Jesús les dice, "Debéis convertiros y ser como niños!’ Porque los niños no hacen comparaciones; se gozan con lo que tienen, sin relacionarlo con lo que tienen otros. Solo cuando crecen y se hacen adultos es que el pecado se desarrolla en sus corazones y comienzan a sentir los celos y la envidia. Entonces se vuelven incapaces de gozar lo que ellos tienen si alguien tiene más que ellos. A par­tir de ese momento se les envenena la existencia, y nunca se ven libres hasta que viene Jesús y les quita la carga.

Otra fuente de cargas es la artificialidad. Yo sé que hay muchísima gente que vive bajo el perpetuo temor de que alguno de sus amigos puede echar una mirada en su interior y comprobar cuan vacía está su alma. Por eso nunca aflojan su tiesura. Gente brillante vive tensa y alerta, en temor de ser pillados diciendo alguna cosa vulgar o estúpida. Gente que viaja mucho vive con el miedo de hallar algún día algún Marco Polo que ha via­jado por donde ellos nunca han ido.

Esta condición antinatural es parte de la triste herencia de pecado que todos tenemos, pero que agrava­mos cada día por nuestra manera de vivir. La publicidad comercial se basa en este hábito de simulación. Se ofre­cen cursos de aprendizaje para brillar en una fiesta o reunión. Se venden libros, y se mercan cosméticos, ape­lando siempre a este deseo insano de querer aparentar lo que no se es. La artificialidad es una cosa que desaparece en el momento que nos arrodillamos ante Cristo y le pe­dimos mansedumbre. Entonces ya no nos importa lo que la gente piensa de nosotros, sino solo agradar a Dios. Entonces somos lo que realmente somos, y lo que pare­cemos ser, nos importa un pepino.

El corazón de la gente se quiebra bajo esta carga de orgullo y simulación. Y no hay ningún alivio para esa carga, a menos que se la encuentre en la mansedumbre de Jesús. El sentido común y la sensatez pueden ocasio­nalmente ofrecer algún alivio, pero este vicio es tan fuer­te que al echárselo de un lado reaparece en otro. Jesús dice a hombres y mujeres en todas partes, "Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados, que yo os daré des­canso!’ El descanso que El ofrece es el descanso de la mansedumbre, el bendito descanso que nos viene al aceptarnos tal como nosotros somos, sin ninguna clase de simulación. Se necesita algún coraje al principio, pero pronto viene la gracia necesaria al comprender que esta­mos compartiendo el yugo con el fuerte y poderoso Hijo de Dios. El lo llamó "mi yugo,"y él lo toma de un lado cuando nosotros lo tomamos del otro.

Señor, hazme como un niño Ayúdame a dejar de competir con otros por puesto y figuración. Descocer simple y sin artificios como es un niño. Líbrame de la simulación. Perdóname por pensar demasiado en mí mismo. Ayúdame a olvidarme de mí mismo y hallar mi verdadera paz en el hecho de pertenecerte a Ti. Con­téstame esta oración que humildemente dirijo a Ti. Pon sobre mí tu yugo fácil de llevar, y haz que halle descan­so al olvidarme de mí y de mis problemas, amén.

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Capítulo X

El Sacramento de la Vida

Si pues, coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a la

gloria de Dios. 1Corintios 10:31

Uno de los impedimentos más grandes que el cristiano encuentra en su búsqueda de paz interior, es su hábito de dividir la vida en dos áreas, la sagrada y la secular. Como estas dos áreas se conciben como para mantener­las separadas, y ser incompatibles moral y espiritualmente, nos vemos obligados por las necesidades de la vida a entrecruzarlas continuamente. Y por eso vivimos dese­quilibrados y divididos en vez de hacerlo unidamente.

Nuestras dificultades comienzan, para nosotros los que seguimos a Cristo, en el hecho de que vivimos en dos mundos. Como hijos de Adán vivimos en la tierra sujetos a las limitaciones de la carne, y las enfermedades y flaquezas que son la herencia del pecado. Para vivir en­tre los hombres se nos exige años de arduo trabajo y atención a las cosas de este mundo. En agudo contraste con esto tenemos la vida en el Espíritu. Con ella disfru­tamos otra y muy alta clase de vida. Somos hijos de Dios. Poseemos naturaleza celestial y disfrutamos de co­munión íntima con Cristo.

Esto tiende a dividir nuestra vida en dos departa­mentos. Casi sin quererlo reconocemos dos clases de acciones. Unas las hacemos con una especie de satisfac­ción, y con la seguridad de que con ellas estamos agra­dando a Dios. Son ellas la oración, la lectura de la Biblia, el canto de himnos, la asistencia a la iglesia y muchos otros actos relacionados con la fe. Estos se pueden reco­nocer porque no tienen ninguna relación directa con el mundo, y no tendrían razón de ser si la fe no nos mos­trara otro mundo, "una casa no hecha de manos, eterna en los cielos!’

En contraste con estos actos sagrados están los actos seculares. Ellos incluyen todos los actos ordinarios de la vida, los cuales compartimos con los hijos e hijas de Adán: comer, dormir, trabajar, y en general todos los prosaicos menesteres de la diaria existencia. Muchas veces nos sentimos contrariados al hacerlos, y hasta le pedimos disculpas a Dios por tal pérdida de tiempo y de fuerza. Como resultado de esta actitud casi siempre esta­mos intranquilos. Vamos a nuestras tareas cotidianas con un sentido de frustración, y nos decimos pensativa­mente que hay un mejor día por venir, cuando seremos librados de esta envoltura material y ya no tendremos nada que ver con los asuntos de la tierra.

Esta es la vieja antítesis sagrada-secular. La mayoría de los cristianos caen en esta trampa. No pueden hallar un ajuste adecuado entre los requerimientos de ambos mundos. Hacen equilibrios sobre la cuerda floja entre dos reinos, y no hallan paz en ninguno de los dos. Pier­den las fuerzas, se hallan confundidos, y no encuentran felicidad.

Yo creo que todo este problema es absolutamente innecesario. Verdad es que estamos entre las astas de un dilema, pero ese dilema no es real. Es el resultado de una incomprensión. La antítesis sagrada-secular no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. Sin duda ninguna, una mejor comprensión de las verdades cristianas nos librará de ese fantasma.

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