LA BUSQUEDA DE DIOS

3. enero 2014

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El desconocimiento de este hecho es causa de graves fallas en el evangelismo moderno. La idea de cultivarlo y ejercitarlo, tan cara a los santos de antaño, ha desapare­cido de los cristianos de hoy. Es demasiado lento, dema­siado común. Ahora reclamamos brillo y acción dramá­tica. La generación de cristianos que ha crecido entre botones eléctricos y computadoras se impacienta cuan­do se le pide que emplee métodos más lentos. La verdad es que hemos estado tratando de emplear métodos me­cánicos en nuestras relaciones con Dios. Leemos apresu­radamente la porción bíblica marcada en el cuaderno, y luego salimos corriendo a la reunión evangélica para es­cuchar a un aventurero religioso venido de lejanas tie­rras, pensando que eso aliviará nuestros problemas espi­rituales.

Los resultados trágicos de estas cosas los vemos en todas partes: en la vida superficial que viven muchas personas tituladas cristianas, en la filosofía hueca que sostienen y el elemento frívolo y burlesco que predomi­na en las reuniones evangélicas, en la exaltación del hombre y en la fe que se pone en los actos puramente externos; en los "compañerismos" religiosos y parecería con enemigos del evangelio, y en los medios comerciales que se emplean para hacer la obra de Dios. Todos estos son síntomas de una grave enfermedad, una enfermedad que afecta la misma alma del cristiano.

Ninguna persona es responsable directa de esta en­fermedad. Mas bien, todos somos un poco culpables de ella. Todos hemos contribuido, directa o indirectamen­te, a este estado de cosas. Hemos sido demasiado ciegos para ver, o demasiado tímidos para hablar, o demasiado egoístas para no desear otra cosa que esa pobre dieta con la cual otros parecen quedar satisfechos. Para decir­lo de otro modo, aceptamos las ideas de unos y otros, imitamos las vidas de otros, y aceptamos lo que ocurre a otros como el modelo para nosotros. Por toda una generación hemos estado descendiendo. Nos encontra­mos ahora en un sitio bajo y arenoso, donde solo crece un pasto pobre, y hemos hecho que la Palabra de Dios se ajuste a nuestra condición, y todavía decimos que este es el mejor alimento de los bienaventurados.

Se requiere firme determinación, y bastante esfuer­zo, para zafarse de las garras de nuestro tiempo y volver a los tiempos bíblicos. Pero es posible hacerlo. Los cris­tianos del pasado tuvieron que hacerlo así. La historia relata algunos de esos regresos en gran escala, encabeza­dos por hombres tales como San Francisco, Martín Lutero y Jorge Fox. Desgraciadamente, en estos días no parece vislumbrarse ningún varón de la talla de estos. Si vendrá o no vendrá un hombre de estos, es algo en que los cristianos no están bien de acuerdo, pero eso no importa.

No pretendo saber todo lo que Dios hará con este mundo, pero creo saber lo que hará con el hombre o la mujer que individualmente le busca, y puedo decirlo a otros. Dejad a cualquier hombre volverse a Dios, dejadle que se ejercite en la santidad; que trate de desarrollar sus facultades espirituales con fe y humildad, y ya veréis los resultados, mucho mayores que en los días de flaqueza y debilidad.

Cualquier cristiano que sinceramente se vuelve a Dios, rompiendo el molde en el cual ha estado encerra­do, y recurre a la Biblia con el objeto de hallar en ella sus normas espirituales, será dichoso con sus hallazgos.

Digámoslo otra vez: la Presencia Universal es un he­cho. Aquí está. No se trata de un Dios extraño y des­conocido, ¡se trata de nuestro Padre! Padre nuestro y del Señor Jesucristo cuyo amor se ha manifestado siem­pre, a través de los siglos, a todos los pecadores. Y Dios siempre está tratando de llamar nuestra atención, de re­velarse a nosotros y de establecer comunión con noso­tros. Tenemos dentro de nosotros las facultades suficien­tes para comunicarnos con él. Basta que oigamos su voz. A esto llamamos la búsqueda de Dios. Y lo reconocere­mos a él en un grado creciente, a medida que nuestras facultades se afinan y perfeccionan y nuestra receptivi­dad mejora acuciada por la fe y el amor.

¡Oh Dios y Padre! Me arrepiento de mi excesiva preocupación por las cosas materiales. He estado dema­siado enredado en las cosas del mundo. Tú has estado aquí, y yo no me he dado cuenta de ello. He estado cie­go, y no te he visto. Abre mis ojos, para que pueda verte en mí y alrededor de mí. Por amor de Jesús, amén.

***

Capítulo VI

La Voz que Habla

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios,

y el Verbo era Dios. Juan 1:1

Cualquier persona inteligente, aún no instruida en las enseñanzas del cristianismo, leyendo este texto llegaría a la conclusión que lo que Juan quiere decir es que Dios desea hablar, y comunicar sus pensamientos a otros. Y estaría en lo cierto. La palabra es el medio por el cual se expresan los pensamientos, y al aplicar este término al Hijo de Dios nos lleva a pensar que el deseo de expresar­se es inherente a la Divinidad, y que Dios desea hablar con los seres que ha creado. Toda la Biblia apoya esta creencia. Dios está hablando. No solo que ha hablado, sino que está hablando. Habla continuamente por medio de la naturaleza; el mundo está lleno de su voz.

Una de las grandes realidades que debemos considerar es la Voz de Dios hablando en este mundo. La cos­mología más breve y más satisfactoria es ésta. "Dios dijo, y fue hecho!’ El por qué de la ley natural es la voz viviente de Dios inmanente a toda la creación. Y esta palabra de Dios que dio vida a todas las cosas no puede entenderse que es la Biblia, porque no es palabra escrita o impresa, sino la expresión de la voluntad de Dios ha­blando en la estructura de todas las cosas. Esa palabra de Dios es el aliento divino, que llena todo con potencia viva. La voz de Dios es la energía más poderosa en la na­turaleza, pues toda energía parte del hecho de que Dios ha hablado.

La Biblia es la palabra escrita de Dios, y porque es escrita, está confinada a los límites del papel, tinta y cuero. En cambio la voz de Dios es viva, libre y sobera­na. "Las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida!’ La vida está en las palabras habladas. La palabra de Dios en la Biblia puede tener poder solo si corresponde con la palabra de Dios en el universo. Es su Voz presente, lo que hace a la palabra escrita tan pode­rosa. Si no fuera así, la palabra estaría encerrada entre las tapas de un libro.

Sería una concepción muy primitiva de Dios imagi­narlo en la creación usando sierras, martillos y clavos a la manera de un carpintero que fabrica un mueble. La Biblia enseña otra cosa. "Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió"(Salmos 33.9). "Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos, por la palabra de Dios" (Hebreos 11:3). Tengamos en cuenta que Dios no se refie­re aquí a su palabra escrita, sino a su palabra hablada. La voz de Dios que llena el mundo antecede a la Biblia por siglos incontables. Es una voz que no ha dejado de oírse desde los albores de la creación, y sigue resonando de un extremo a otro del universo.

La palabra de Dios es rápida y poderosa. En el prin­cipio de todas las cosas habló hacia la nada, y la nada se convirtió en algo. El caos oyó esa voz, y se convirtió en orden; la oscuridad la oyó, y nació la luz. "Y dijo Dios sea, y fue!’ Estas palabras gemelas, como causa y efecto, ocurren a todo lo largo del relato bíblico de la creación. El dijo vale por el así. Y el así, es el dijo puesto en con­tinuo presente.

Que Dios está aquí, y está hablando, son verdades que respaldan otras verdades bíblicas: sin ellas no podría haber revelación. Dios no escribió un libro y lo envió por medio de mensajeros a personas sin ayuda. Dios habló un Libro, y vive en sus palabras habladas, hablan­do continuamente sus palabras y haciendo que perduren a través de los años. Dios sopló sobre un muñeco de barro y ese vino a ser un hombre. El sopla sobre los hombres y vuelven a convertirse en barro. "Volveos, hijos de los hombres" -fue lo que Dios dijo después de decretar la muerte de todo hombre, y no fue necesario que dijera una sola palabra más. La triste procesión humana desde la cuna hasta la sepultura es prueba suficiente de que su primera palabra fue verdad.

Todavía no hemos dado la atención necesaria a esa profunda declaración en el evangelio de Juan que dice, "Aquel era la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo!’ No importan los cambios de puntuación que se hagan, la verdad permanece firme’ la palabra de Dios afecta el corazón de todo hombre, como la luz lo hace al alma. En el corazón de todos los hom­bres brilla la luz y resuena la palabra, y no hay manera de escapar. Algo así debe ser necesario, si es cierto que Dios vive y está en el mundo. Juan afirma que así es. Aun las personas que nunca han leído la Biblia han reci­bido en sus conciencias mensajes suficientemente claros, de manera que no pueden decir que no han oído su voz. "Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles, o defen­diéndoles, sus razonamientos"(Romanos 2:15)."Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo en­tendidas por las cosas que son hechas, de modo que son inexcusables"(Romanos 1:20).

Los hebreos de la antigüedad le daban el nombre de Sabiduría a esa voz de que estamos tratando, pues de­cían que se oía en todas partes y que recorría la tierra en busca de respuesta de parte de los hijos de los hom­bres. El capítulo octavo del libro de Proverbios comien­za así: "¿No clama la sabiduría, y da su voz la inteligen­cia?" Entonces describe la sabiduría como una hermosa mujer que "se para en las alturas y en las encrucijadas de los caminos; dirige su voz a todas partes, para que nadie deje de oírla y dice: ‘Oh, hombres, a vosotros clamo; dirijo mi voz a los hijos de los hombres.’ "Seguidamente se dirige a los simples y faltos de cordura y les aconseja que escuchen lo que les dice. Lo que pide la sabiduría de Dios es atención espiritual, pero rara vez este pedido es escuchado. La tragedia consiste en que nuestro bienestar eterno depende de nuestro oír, y hemos enseñado a nuestros oídos a no escuchar.

Esta voz universal ha resonado siempre, y a menudo atribulado a los hombres, aun cuando estos no se daban cuenta de donde provenían sus temores. ¿No será esa voz que se cierne como niebla vital sobre los corazones de hombres y mujeres, lo que ha despertado sus con­ciencias y sus anhelos de inmortalidad en millones de seres humanos desde los albores de la historia? No tene­mos por qué temer eso. La voz hablando es un hecho. Como los hombres han reaccionado ante ella, es algo que se debe observar.

Una vez que Dios habló a nuestro Señor desde el cielo, algunos que oyeron atribuyeron la voz a causas naturales. "Ha sido trueno’,’ dijeron. Este hábito de explicar la voz por causas naturales es la vera raíz de la ciencia moderna. En el soplo de vida del cosmos hay algo misterioso, algo sumamente pavoroso, que la mente humana no alcanza a comprender. El creyente no pre­tende comprenderlo, simplemente cae de rodillas y exclama " ¡Dios!" El hombre común también cae de rodillas, pero no lo hace para adorar, sino para investi­gar, escudriñar, en su afán de hallar explicación natural a todas las cosas. Estamos viviendo en un siglo seculariza­do. Nuestros pensamientos y hábitos son los del cientí­fico, no los del adorador. Estamos más dispuestos a explicar que a adorar. "Es un trueno" decimos, y segui­mos nuestro camino, indiferentes. Pero todavía la Voz sigue resonando y escudriñando. El orden y la vida del mundo dependen de esa Voz, pero los hombres están demasiado ocupados, o demasiado obstinados para escuchar.

Cada uno de nosotros ha tenido alguna experiencia imposible de explicar: un súbito sentido de soledad, un sentimiento de maravilla o de pavor, al contemplar la vastedad del infinito. O tal vez un fugaz relámpago de luz, como venido de otro sol, que nos ha dejado la sen­sación de pertenecer a otro mundo, que nuestro origen es divino. Lo que hemos visto entonces, o sentido, o l aprendido, es diferente a todo lo que enseñan las escuelas, y en una amplia gama, distinto de todas nuestras anteriores experiencias y opiniones.

Nos vimos entonces forzados a suspender nuestras dudas cuando, por un breve momento, las nubes se retiraron y pudimos ver y oír por nosotros mismos. Cualquiera sea la explicación que demos a estos casos, no seríamos justos si excluyéramos completamente a Dios, negando que nos estuviera hablando en ellos. Nunca tengamos a tal petulancia.

Es mi propia creencia (y no me enojo si alguien opina de distinta manera),que todo lo bueno y bello que hay en el mundo, producido por el hombre, es el resulta­do de su falaz y pecaminosa respuesta a la Voz creativa que resuena por toda la tierra. Los filósofos moralistas, que soñaron sueños de virtud; los pensadores religiosos, que especularon acerca de Dios y la inmortalidad; los poetas y artistas, que crearon de la materia común obras de imperecedera belleza, ¿cómo se pueden explicar? No es suficiente con decir "Se trata del genio."

¿Qué es el genio? El genio podrá ser un hombre per­seguido por esa Voz, que trabaja afanándose como un poseído, por ver si logra alcanzar un fin que vagamente comprende. El hecho de que el genio, sea hombre o mu­jer, no crea en Dios, y aún hable o escriba en contra de él, no contradice lo que estoy diciendo. La revelación de la obra redentora de Dios que se halla en las Escrituras es necesaria para la obtención de la fe salvadora y la paz con Dios. La fe en el Salvador resucitado es necesaria para la obtención de paz y tranquilidad y para adquirir fe en nuestra propia inmortalidad. Para mí todo esto es una adecuada explicación de todo lo bueno que existe fuera de Cristo. Pero usted puede ser un buen cristiano sin aceptar mi tesis.

La voz de Dios es amistosa. Nadie necesita asustarse al oiría, a menos que antes haya hecho la decisión de no obedecerla. La sangre de Cristo ha cubierto no solo la raza humana, sino toda la creación también. "Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por él reconciliar todas las cosas consigo, así las que es­tán en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz"(Colosenses 1:19-20). Podemos predicar con toda confianza acerca de un cielo amistoso. Los cielos y la tierra están llenos de la buena voluntad de aquel que habitó en la zarza. La san­gre perfecta del sacrificio expiatorio asegura esto para siempre.

Quienquiera que desee detenerse a escuchar oirá ha­blar a los cielos. Esta no es la hora en que los hombres están dispuestos a escuchar, porque el escuchar no es parte de la religión popular de hoy en día. Nos encontramos en el polo opuesto. La religión ha aceptado la monstruosa herejía de que el ruido, el tamaño, la actividad y el estrépito hacen estimable al ser humano delante de Dios. A un pueblo que está sumido en un clima de violencia Dios le dice: "Estad quietos, y conoced que ye soy Dios." Hoy en día Dios quiere que aprendamos que nuestra fortaleza y seguridad no dependen del ruido, sino del silencio.

Es necesario que estemos tranquilos y en silencio pa­ra oír la voz de Dios. Lo mejor es que estemos con nues­tra Biblia abierta ante nosotros. Entonces, si así lo deseamos, podemos acercarnos a Dios y escuchar lo que está hablando a nuestro corazón. Pienso que para la mayoría de las personas el procedimiento será algo co­mo esto: primero un sonido, como de una Presencia caminando en el jardín. Después una voz, algo más inteli­gible, pero todavía algo lejos. Luego, el momento feliz cuando el Espíritu comienza a iluminar las Escrituras, y eso que al principio fue solo un sonido, y después una voz, llega a ser una palabra clara, cálida, íntima y ama­ble como la del mejor amigo. Enseguida vendrá la vida y la luz, y lo mejor de todo, la capacidad de ver y descan­sar, abrazando a Cristo como el Salvador y Señor de todo.

La Biblia no podrá nunca ser un libro vivo hasta que no reconozcamos que Dios habla en el universo. Saltar de un mundo impersonal y muerto a una Biblia dogmá­tica es algo demasiado para muchas personas. Ellos pue­den admitir que deberían aceptar la Biblia como la Pala­bra de Dios, pero de ahí a creer que cada palabra es para ellos, media un gran trecho. Un hombre puede decir, "Esas palabras son para mí," pero todavía seguir pensan­do en su corazón que no lo son. El es víctima de una psicología dividida. Trata de pensar que Dios está mudo en todas partes y que habla solo en un libro.

Creo que mucha de nuestra incredulidad religiosa se debe a que tenemos una equivocada concepción de las Escrituras de Verdad. Un Dios silencioso comienza a hablar súbitamente en un Libro, y cuando éste queda terminado, vuelve a guardar silencio por el resto de los siglos. Y ahora leemos el libro como si fuera solo el re­gistro de lo que Dios dijo en los tiempos que hablaba. Con nociones como estas en nuestra cabeza, ¿cómo podemos creer? El hecho es que Dios no está mudo y silen­cioso, que nunca lo ha estado. Está en la naturaleza de Dios hablar. La segunda persona del Dios Trino es llama­da la Palabra. La Biblia es el resultado del continuo ha­blar de Dios. Es la declaración infalible de su mente dicha para nosotros en palabras comprensibles y fami­liares.

Creo que un nuevo mundo surgirá de la actual niebla religiosa cuando nos acerquemos a la Biblia con la idea de que no solo es un libro que una vez ha hablado, sino uno que habla todavía. Los profetas decían habitual-mente "Así dice el Señor." Y daban a entender a sus oyentes que Dios estaba hablando siempre en tiempo presente. Podemos usar el tiempo pasado para hacer ver que en algún momento, en el tiempo pasado, Dios ha­bló, pero lo que Dios dijo una vez, sigue repitiéndose, como la criatura que ha nacido sigue viviendo, y un mundo que fue creado, sigue existiendo. Pero estas ilus­traciones son insuficientes, porque las criaturas mueren, y los mundos se consumen, mas la Palabra del Dios nues­tro permanece para siempre.

Si queréis proseguir en conocer a Dios, abrid vuestra Biblia, en la seguridad de que ella os hablará. No la leáis pensando que es una cosa que podéis desechar en cual­quier momento, porque ella es algo más que una cosa; es una voz, una palabra, la palabra del Dios vivo.

Señor, enséñame a escuchar. Los tiempos son rui­dosos, y mis oídos están hartos de gritería y sonidos estridentes. Dame el espíritu del niño Samuel, que di/o, "Habla, Señor, que tu siervo oye." Permíteme que te oiga hablándome al corazón. Haz que me acostumbre al sonido de tu voz, y que lo oiga cuando todos los de la tierra hayan desaparecido; haz que los únicos sonidos que oiga en esos momentos sean los de la música de tu Voz, amén.

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Capítulo VII

La Mirada del Alma

Puestos los ojos en el autor y consumador de la fe, en Jesús.

Hebreos 12:2

Pensemos en el hombre sencillo e inteligente que men­cionamos en el capítulo seis, que se detiene por primera vez a leer las Sagradas Escrituras. Se acerca a la Biblia sin ningún conocimiento previo de lo que contiene. No tie­ne ningún prejuicio; nada tiene que probar, nada que defender.

Este hombre no leerá por mucho tiempo sin darse cuenta que algunas verdades comienzan a destacarse ní­tidamente. Son los principios espirituales con que Dios ha tratado a los hombres, que aparecen entretejidos en los escritos de varones santos que fueron "movidos por el Espíritu de Dios." Según prosiga en la lectura deseará hacer un resumen de las verdades que está entendiendo. Estos resúmenes vendrán a ser los principios de su credo bíblico. Y si lee por más tiempo, las nuevas lecturas no afectarán estos principios; por el contrario los aumen­tarán y fortalecerán. Nuestro hombre está descubriendo lo que la Biblia enseña.

Muy arriba en las enseñanzas de la Biblia se encuen­tra la doctrina de la fe. Es tanta la importancia que la Biblia asigna a la fe, que es imposible que pase desaper­cibida. El tendrá que reconocer muy pronto que la fe es de vital importancia para la vida del alma. "Sin fe, es imposible agradar a Dios’.’ Por la fe es posible adquirir cualquier cosa; ir a cualquier parte en el reino de Dios, pero sin fe nadie puede allegarse a Dios, ni ser librado de sus culpas, ni tener libertad, ni salvación, ni comunión, ni nada. Nunca tener vida espiritual.

Cuando nuestro amigo haya llegado al capítulo once de la Epístola a los Hebreos, no le será extraño el elo­cuente encomio que se hace allí de la fe. Antes de eso habrá leído la brillante defensa de la fe que hace Pablo en romanos y en Calatas. Más adelante, si lee la historia de la iglesia, podrá ver el asombroso poder espiritual que tenían los reformadores debido a su fe inalterable en la religión cristiana.

Pues bien, si la fe es algo tan importante en la vida cristiana, si es algo imprescindible en la búsqueda de Dios, es perfectamente natural que deseemos cerciorar­nos si en verdad tenemos este don. Y siendo nuestra mente como es, tarde o temprano ha de querer investi­gar cual es la naturaleza de la fe. ¿Qué es fe? Junto a es­ta pregunta viene enseguida otra. -¿Tengo yo fe? Y debemos encontrar alguna respuesta dondequiera esta se halle.

Casi todos los que predican o enseñan acerca de la fe dicen más o menos lo mismo. Nos dicen que es creer en una promesa, que es aceptar lo que Dios dice, que es reconocer la verdad de la Biblia, y actuar conforme a ella. El resto de lo que ellos dicen en sermones o en li­bros son relatos acerca de personas que por fe hallaron respuesta a sus oraciones. Esas respuestas son por lo general bendiciones materiales, tales como sanidad, dine­ro, protección física o éxito en los negocios. O si el maestro es un filósofo, nos llevará en excursión por los ámbitos de la metafísica, o nos sumergirá en los hielos de la jerga psicológica, definiendo y redefiniendo con­ceptos, partiendo delgados pelillos hasta hacerlos desa­parecer por completo. Cuando finaliza la exposición nos damos cuenta que hemos salido por la misma puerta por la cual entramos. Sin duda, debe haber algo mejor que eso.

La Biblia no hace ningún esfuerzo para definir la fe. Aparte de una breve definición en la Epístola a los He­breos, en la cual se emplean diecinueve palabras (He­breos 11:1), yo no sé de ninguna otra definición bíblica, y si la hay, la fe no es definida filosóficamente, sino en manera funcional. Se afirma lo que la fe es en operación, no lo que es en esencia. Se asume la presencia de la fe, y muestra lo que ella produce, no precisamente lo que ella es. Es bueno y sabio llegar hasta aquí, y no pretender saber más. Se nos dice de dónde procede, y por qué me­dios viene. "La fe es un don de Dios" y "la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios!’ Hasta aquí todo va claro, y parafraseando a Tomás de Kempis, "Prefiero ejercer la fe, antes que definirla!’

De aquí en adelante, cada vez que en este capítulo aparezca la palabra "fe" debe entenderse como fe en acción, tal como es ejercida por un hombre verdadera­mente creyente. Dejamos de lado la idea de definir la fe, y vamos a pensar en ella como se la siente cuando se pone en acción. La naturaleza de nuestros pensamientos será pues práctica, y no teórica.

En una dramática narración que se halla en el libro de Números se le va fe en acción. El pueblo de Israel se desalentó, y murmuró contra Dios, y Dios envió entre ellos serpientes ardientes. "Estas mordían a las gentes, y muchos murieron!’ Moisés intercedió ante el Señor por ellos y el Señor les dio un remedio. Le ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de metal, y la pusiera enrosca­da en un poste en medio del campamento, de modo que cualquiera pudiera verla. "Será que cualquiera que fuere mordido, y mire a la serpiente, vivirá!’ Así lo hizo Moisés. "Y fue que cuando alguna serpiente mordía a ¡alguno, miraba a la serpiente de metal, y vivía" (Núme­ros 21:4-9).

En el Nuevo Testamento encontramos la explicación de este suceso y nada menos que por el propio Señor I Jesucristo. El les explica a sus oyentes como pueden ser salvos. Y les dice que es por medio de la fe. Para hacer bien clara su explicación recurre al libro de Números. "Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él creyere, no se pierda, mas tenga vida eterna" (Juan 3:14, 15).

El hombre inteligente que lee esto no tardará en ha­cer un descubrimiento: las palabras mirar y creer son sinónimas. La palabra "mirar" que se emplea en el Anti­guo Testamento tiene idéntico significado que la palabra "creer." Mirar la serpiente es lo mismo que creer en Cris­to. Pero debemos tener en cuenta que mientras los israe­litas tenían que mirar con sus ojos físicos, los creyentes del Nuevo Testamento deben creer con el corazón. La conclusión es que la fe es la mirada del alma que se diri­ge a un Dios salvador.

Después de haber entendido esto, habrá de recordar otros pasajes cuyo significado comenzará a serle más cla­ro. Por ejemplo, "A él miraron, y fueron alumbrados, y sus rostros no se avergonzaron" (Salmo 34:5)."A ti, que habitas en los cielos, alcé mis ojos; he aquí que como los ojos de los siervos miran a la mano de sus señores, y co­mo los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que haya misericordia de nosotros" (Salmo 123:1-2). He aquí el hombre que busca misericordia, y mira recta­mente al Dios de misericordia hasta que halla la miseri­cordia. Nuestro Señor mismo siempre miraba a Dios, "Y levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos" (Mateo’ 14:19). La verdad es que Jesús enseñó siempre que todo lo que él hacía podía hacerlo porque se mantenía mirando a Dios. Su poder descansaba en el hecho de que siempre estaba con su mi­rada interior puesta en su Padre (Juan 5:19-21).

El tenor de toda la Biblia está en completo acuerdo con lo que dejamos dicho. Y todo se resume en la exhor­tación de la Epístola a los Hebreos cuando nos dice que corramos la carrera "puestos los ojos en el autor y con­sumador de la fe, en Jesús" Todo lo cual enseña que la fe no es un acto que se realiza una sola vez, sino una actitud continua del corazón que se mantiene mirando a Dios.

Creer, entonces, es dirigir la atención del corazón hacia Cristo. Es levantar la mirada a "He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo." y nunca dejar de mirar por el resto de nuestra vida. Al principio podrá parecer difícil, pero dicha actitud se hace más fácil con el continuo mirar a la maravillosa personalidad de Cristo. Podremos distraernos a veces, pero al haber en­comendado nuestro corazón a él, cada vez que nos apar­temos un poco, sentiremos el fuerte deseo de retornar al igual que un pajarillo que vuelve a su nido.

Insisto en que es necesaria esta entrega personal y voluntaria a Cristo, que hace que el alma fije para siem­pre su mirada en Jesús. Dios acepta esta intención como la elección nuestra, y tolera las distracciones que sufrimos al vivir en este mundo malo. Dios sabe que hemos encaminado nuestro corazón a Jesús, y nosotros tam­bién lo sabemos, y nos consolamos al saber que nuestra alma está adquiriendo un hábito que no tardará en for­mar parte de nuestra naturaleza, de modo que pronto no ha de requerir ningún esfuerzo de nuestra parte.

La fe es la virtud que menos piensa en sí misma. Por su propia naturaleza es escasamente conciente de que existe. Igual que el ojo, que ve todo lo que tiene delante de sí, pero él no se ve nunca, la fe se ocupa del Objeto sobre el cual ella descansa, y no pone nunca atención en sí misma. Mientras estamos mirando a Dios, no nos esta­mos mirando a nosotros mismos, El hombre que ha luchado por purificarse a sí mismo, y no ha conseguido nada más que fracasos, encontrará grande alivio al quitar la mirada de sí mismo y fijarla en aquel Único que es perfecto. Mientras mire a Jesús, se realizarán dentro de él todas aquellas cosas que deseó por tanto tiempo. Dios estará dentro de él, obrando el querer y el hacer por su buena voluntad.

La fe, por sí sola, no es un acto meritorio; el mérito depende de aquel en quien se pone la fe. La fe es un cambio de mirada: dejamos de mirarnos a nosotros mis­mos para mirar a Dios. El pecado ha torcido nuestra visión interior. La incredulidad es poner al yo en el lugar que le corresponde a Dios, y se halla peligrosamente cer­ca del pecado de Lucifer, que dijo, "Sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo" (Isaías 14:14). La fe mira hacia afuera, y no hacia adentro, yj sobre esto reposa la vida entera.

Todo esto podrá parecer demasiado sencillo. Pero no pedimos disculpa por ello. A aquellos que quieren subir al cielo en busca de ayuda, o descender al infierno, DK les dice,"Cercana está la palabra de fe" (Romanos 10:8)1 La palabra nos induce a levantar nuestros ojos a Cristo y allí comienza la bendita vida de fe.

Al levantar nuestra mirada hacia Dios podemos esta seguros de hallar una mirada amistosa, porque está escrito que los ojos de Jehová recorren toda la tierra para ve a los que tienen corazón perfecto para con él. La gran expresión de la experiencia es, "Tú, oh Dios, me ves. Cuando los ojos del alma se encuentran con el Señor quien busca, se puede decir que el cielo ha comenzado a existir en la tierra.

Nicolás de Cusa en su obra "Visión de Dios,» escribió esto hace más de quinientos años: "Cuando todo mi afán es dirigirme hacia ti, porque tú haces todo par dirigirte hacia mí; cuando solo miro hacia ti con entera atención, sin despegar de ti los ojos de mi mente, por que tú me abrazas con tu constante cariño; cuando dirijo mi amor únicamente a ti, porque tú que eres amor, tu has tornado hacia mí, ¿qué es mi vida, Señor mío, sin todo dulzura por tu amoroso abrazo?"

Me gustaría decir más de este antiguo varón de Dios. El es muy poco conocido entre los cristianos corrientes y entre los fundamentalistas, menos. Creo que ganaríamos mucho si nos relacionáramos un poco con hombres de la escuela cristiana de la que Nicolás de Cusa es uno de los representantes más genuinos. Pero para que los líderes denominacionales de hoy aprueben la literatura que el pueblo ha de leer, esta debe ser enteramente del gusto partidista de ellos. Medio siglo transcurrido en América con esta misma actitud nos ha hecho a todos presumidos y satisfechos con nosotros mismos. Nos imi­tamos unos a otros, y repetimos los unos las frases de los otros, y buscamos excusas pueriles para disimular nues­tra falta de originalidad.

Nicolás fue fiel seguidor de Cristo; amaba a nuestro Señor, su devoción era brillante y radiante. Su teología era ortodoxa, pero fragante y dulce como todo lo que emana de Jesús. Por ejemplo, su concepto de la vida eterna no podía ser más encantador. Si no me equivoco, era lo más parecido posible a Juan 17:3, que es lo co­rriente entre nosotros hoy en día. "La vida eterna -de­cía Nicolás- no es otra cosa que la manera bendita en que miras constantemente, penetrando hasta lo más secreto de mi alma. Tu mirada imparte vida, incesante­mente; imparte tu amor; me alimentas inflamándome; y mientras me alimentas, despiertas en mí mayores deseos de tí; me das a beber del rocío de la felicidad, y al mis­mo tiempo abres en mí una fuente de vida cuya corrien­te tú abasteces y haces permanente."

Pues bien, si la fe es la mirada que el corazón dirige a Dios, y si dicha mirada no es otra cosa que el levantar los ojos del alma para que se encuentren con los de Dios, que todo lo ve, se comprenderá que dicha operación es bastante fácil. Dios siempre hace fácil el desempeño de las cosas vitales, y las pone al alcance de los más débiles y pobres de nosotros.

De todo esto se pueden sacar varias conclusiones. Su simplicidad, por ejemplo. Desde que creer es mirar, eso se puede hacer sin necesidad de ninguna aparatosidad re-religiosa. Dios ha dispuesto que lo esencial para la vida o para la muerte esté sujeto al capricho o al accidente. El mobiliario puede romperse o perderse; el agua puede escurrirse, los registros consumirse por el fuego, el pas­tor puede tardar en llegar o el edificio incendiarse. Todas estas cosas son externas y pueden sufrir acciden­tes. Pero el mirar es una actitud del corazón que puede asumirla cualquiera, ya sea de pie, de rodillas, o reclina­do en su última agonía, aunque se encuentre a miles de millas de cualquier templo.

En vista que el creer es mirar, dicha mirada se puede efectuar en cualquier momento. Ningún instante es mejor que otro para realizar el más noble de los actos. Nadie se encuentra más cerca de Cristo el domingo de resurrección que lo está el sábado 3 de agosto o el lunes 4 de octubre. Mientras Cristo esté sentado en el trono como Mediador, un día es tan bueno como cualquier otro, y todos los días son días de salvación.

Tampoco tiene importancia, en esta obra bendita de salvación, el lugar en que estemos cuando creemos en Dios. Levantad vuestro corazón a Cristo, e inmediata­mente os sentiréis en un santuario, sea que estéis en un coche de ferrocarril, en una fábrica o en una cocina. Po­déis ver a Dios en cualquier parte, con tal que vuestro corazón haya decidido amarle y obedecerle.

Tal vez alguno preguntará: "¿No es esto cosa propia de monjes o de ministros, que de por sí están acostum­brados a tener momentos reposados de meditación? Yo soy obrero, y dispongo de poco tiempo para eso!’ Me alegra poder decir que esta clase de vida es accesible a cualquier hijo o hija de Dios. De hecho, es practicada diariamente por miles de personas muy ocupadas, y no está fuera del alcance de cualquiera.

Muchos han hallado el secreto de lo que vengo di­ciendo, y sin preocuparse demasiado por lo que ocurre dentro de ellos, practican continuamente el hábito de mirar a Dios desde su templo interior. Ellos saben que algo muy profundo en sus almas contempla a Dios. Aun en los momentos cuando exigencias terrenales les obli­gan a apartar la vista de ello, no por eso interrumpen la comunión con Dios. No bien se ven libres de lo que im­pedía vuelven a concentrarse en 61. Este es el testimonio de muchísimos cristianos, y mientras escribo, tengo la sensación de estar simplemente transcribiendo lo que ellos me han dicho.

No quiero dejar la impresión de que los medios co­munes de gracia son de poco valor. Ciertamente, ellos valen mucho. La oración privada debe ser practicada por todo cristiano. Largos períodos de lectura de la Biblia y meditación purificarán nuestra vista interior, y la dirigirán; la asistencia a la iglesia amplía nuestros conoci­mientos, y nos mantiene en comunión con los hernia- , nos. Servicio, trabajo, actividad, todos son buenos, y de­bieran ocupar a todo cristiano. Pero en el fondo de todas estas cosas, y dándoles verdaderamente significa­do, debe estar el hecho de mirar constantemente a Dios. Un nuevo par de ojos (para hablar así) han de desarro­llarse dentro de nosotros, capacitándonos para contemplar a Dios, mientras los ojos físicos siguen mirando el ^ mundo que pasa ante nosotros.

Tal vez haya alguno que diga que estamos magnifi­cando la religión privada, que el "nosotros" del Nuevo Testamento está siendo desplazado por un egoísta "yo." ¿Se les ha ocurrido pensar alguna vez que cien pianos afinados todos con el mismo sintonizador, están auto­máticamente sintonizados unos con otros? Tienen el mismo tono, no porque hayan sido sintonizados unos con otros, sino porque todos fueron sintonizados por el, mismo sintonizador. Del mismo modo cien personas, que están todas adorando a Dios con la mirada fija en Cristo, están perfectamente unidas unas con otras, mu­cho más que otras cien que al parecer adoran "unidas" pero cada una con sus pensamientos puestos en cual­quier parte. La religión social se perfecciona al purifi­carse la religión individual. El cuerpo se hace fuerte cuando todos sus miembros están en perfecta salud. La iglesia de Dios gana cuando todos y cada uno de sus miembros tratan de vivir mejor y más elevadamente.

Todo lo que antecede presupone sincero arrepenti­miento y entrega completa a Cristo. Apenas es necesa­rio decir esto, porque solamente personas muy consa­gradas habrán seguido la lectura hasta aquí.

Cuando hayamos adquirido el hábito de mirar inte­riormente a Dios nos sentiremos llevados a un nivel de vida espiritual más alto, en conformidad con las prome­sas de Dios y las enseñanzas del Nuevo Testamento. El Dios Trino y Único será nuestra morada, aun cuando nuestros pies pisen el prosaico sendero de los deberes cotidianos. Habremos hallado en verdad el summun bonum de la existencia. "Hay una fuente de deseos que podemos codiciar. Son estos de la clase que ni los ánge­les ni los hombres pueden comprar, pero pueden adqui­rirlo aquellos que posean las cualidades que dejamos ex­puestas, pues ellas satisfacen plenamente todos los de­seos racionales, y no puede haber mayor satisfacción que esa" (La Visión de Dios).

¡Oh, Señor! He oído una buena palabra invitándo­me a que mire a tí, y me asegura que si así lo hago, hallaré satisfacción. Mi alma anhela esa satisfacción, pero el pecado ha nublado mi visión a tal punto que apenas puedo distinguirte. Te ruego que me purifiques con tu preciosa sangre, limpiándome interiormente para que pueda mirarte sin velo ninguno, todos los días de mi

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