Milagro de Navidad

12. diciembre 2011

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Vicente Carballo


MILAGRO DE NAVIDAD

A lo largo de mi vida, que ha sido una vida de búsqueda, de confirmación, nada me ha resultado más útil para el crecimiento y fortaleza de mi fe que los testimonios que aquellos a los que Dios ha querido mostrar su gracia y misericordia, en situaciones en las cuales no ha quedado margen para atribuir el milagro al concurso de lo fortuito, sino que el hecho o los hechos han ocurrido dentro de los estrechos parámetros donde sólo tiene cabida la intervención divina. Soy del parecer de que el Creador interviene con más frecuencia, en los asuntos del hombre, que lo que somos capaces de advertir pues, en su suprema sabiduría, Él conoce los resultados e implicaciones aun de los más pequeños actos o decisiones del ser humano y, en su infinito amor, está presto a socorrernos sin violentar contra nuestra voluntad, el libre albedrío que, en mi opinión, constituye una de sus más elevadas gracias. Como un gesto de gratitud al Padre, cito aquí un acontecimiento que desafía, en el desenlace, toda posibilidad de racionalizarlo fuera del ámbito de lo providencial.

==== Milagro de Navidad =====

Vivía yo por entonces cerca de la ciudad de Corpus Cristi, en Texas; y al final de cada año hacíamos planes para viajar al Paso, donde vivían los padres y otros familiares de mi esposa, y pasar la Navidad junto a ellos. Entre esos planes, el más importante era, sin duda alguna, el de ahorrar suficiente dinero para pasar una semana sin resultar una carga para sus familiares, que vivían en condiciones precarias.

El veintidós de diciembre, salimos jubilosos con nuestros cuatro hijos a la muy esperada excursión. Los niños cantando y algunas veces riñendo. Nos deteníamos con frecuencia a contemplar paisajes y otros puntos de atracciones. ¡Qué momentos de suprema felicidad! Ver a nuestros hijos felices cuando están pequeños y aún son nuestros. Así las cosas, pasamos San Antonio y atravesamos la región casi desértica de los cactus y los chaparrales, que al menos para mí tienen su atractivo. Me seducen esas plantas que son capaces de sobrevivir y florecer en esos arenales reverberantes, y los animales e insectos adaptados a esas inhóspitas condiciones. Pero debo ceñirme al asunto para el que he requerido la atención de mis pacientes lectores.

Continuando el recorrido sobre las dos de la tarde y diez millas de Fort Stockton, no recuerdo si el viejo Cadillac del año ’56 que manejaba tenía roto el medidor de la gasolina o si por ir, como de costumbre, muy abstraído, se detuvo el armatoste por falta del preciado líquido, haciéndome acreedor de las reconvenciones de la madre de mis hijos. Aunque es de suponer que, en estos casos, cuando se nos detiene un vehículo súbitamente, la impresión que se recibe no puede ser más desagradable, sobre todo si esto ocurre en un lugar despoblado y no se tienen nociones de mecánica, de lo que se deduce que quedarse sin combustible sea el menor de los males. Salgo del vehículo e inspecciono superficialmente el motor, tratando de advertir alguna irregularidad, pero todo parece normal. Entonces tomo un recipiente que, afortunadamente traigo en el maletero y comienzo a pedir ayuda blandiendo la lata para declarar mi problema. Con tanta buena suerte que en breve se detiene un hombre y se ofrece a llevarme al siguiente pueblo. Una vez allí, el buen samaritano se ofrece a regresarme, lo que trato de declinar por no agraviarle, pero su ofrecimiento era sincero e insiste y accedo. Una vez junto a los míos, le expreso mi gratitud; él me dice que irá delante de mí –por si acaso-. Entramos al pueblo y voy derecho a la estación a rellenar el tanque. Cuál no sería nuestra sorpresa, al descubrir que, a la hora de pagar, había extraviado la cartera y, con ella, los recursos para continuar el viaje, amén de los documentos migratorios y licencia de manejar. Fue tal mi desesperación, que busqué hasta en el motor, porque todos sabemos que en estas instancias se pesquisa hasta en los puntos más inverosímiles. Despojé a Martha de una pequeña dote que le había dado al partir para uso personal, y con eso pagamos el combustible. Decidimos regresar al lugar donde se nos quedó el carro, y buscar allí, palmo a palmo, la imprescindible billetera. Invertimos no menos de una hora, peinando los hierbajos en un espacio mayor que lo lógico, sin ningún resultado, determinando volver a la ciudad y continuar contra toda esperanza la búsqueda. Noté que durante el momento de desesperación que permanecí en la estación, uno de los empleados nos miraba y sonreía, y en estas condiciones deduje que el individuo tenía algo que ver con mi desgracia, así que lo enfrenté con el mejor tono, dadas las circunstancias.

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¬ Publicado por Rincón de Amistad en El Rincón de los Libros, Libros Publicados