Amarilis

4. octubre 2011

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Amarilis

La niña del vestido azul

Vicente Carballo

Como un cetáceo muerto, el viejo barco yace sujeto por gruesos cabos a los pilotes del atracadero. En el silencio de la noche lo contemplo. Al menor oleaje, las amarras sacude, como si quisiera deshacerse de sus ataduras. Por los últimos tres años, este ha sido mi domicilio, como parte de su dotación. He recorrido distantes partes del planeta. Lo he visto con ímpetu embestir las gigantescas olas del Pacífico o con apacible serenidad; en días de bonanza, surcar con la gracia de un delfín la extensión de las aguas.

Estoy indisolublemente ligado a él, y cuando mis compañeros en sus conversaciones lo menoscaban llamándolo “tortugón”, “bola de herrumbre” y otros términos igualmente despectivos, me les encaro y lo defiendo como si denigraran a un amigo. Ellos sonríen y he llegado a pensar que lo hacen de adrede, sólo para mortificarme. Sí, lo admito, quizás soy demasiado sentimental, pero después de tres largos años, de innumerables experiencias, de haberme llevado como a Jonás en su vientre a gran multitud de países de exóticas costumbres; de haber contemplado desde cubierta la imponente majestad de los Andes, y el hipnótico esplendor de los hielos polares; de haber hecho contacto en el otro extremo del planeta con seres con los que se han establecido vínculos amistosos perdurables, justificarán que me niegue a verle sólo como una estructura compuesta de planchas de acero sostenidas por remaches.

Ahora estamos a punto de zarpar. El contramaestre ha dado el anuncio, en forma tácita, con su letra menuda apenas legible. Dos líneas sobre la pequeña pizarrita conspicuamente colgada al final de la escala que da acceso al navío: “Zarpamos mañana, 6:00am. Destino: San Lorenzo, Ecuador”. La tripulación ha leído el itinerario, y se trata de un lugar desconocido. Los más diestros consultan los mapas y constatan, con desagrado, que San Lorenzo no es más que una aldea geográficamente insignificante, a la que se llega a través de un caudaloso río que le da su nombre.

Allí iríamos a llenar la bodega del “Tessala”, que es el nombre de nuestra embarcación, de maderas preciosas. En realidad será una operación tediosa, pues tendremos que permanecer fondeados donde el río pierde su configuración, convirtiéndose en una profunda y ancha laguna, ya que, dado el tamaño del barco, no hay calado ni embarcadero cerca del pueblito. En barcazas han de acarrear los pesados troncos hasta nosotros, y esta tarea se calcula que podría demorar hasta un mes. Todo esto lo sabemos gracias a Alejo, el contramaestre. Pero sólo dos días después de haber salido del puerto, suponemos que no quiso darnos esta información, porque temía –con razón- que los rigores de esta expedición pudieran causar muchas deserciones por parte de la marinería, pues obviamente no se trataba de una de esas metrópolis bien conocidas por la tripulación, donde proliferan los cabarets, casas de juegos y burdeles, a los que eran tan asiduos a mayoría de mis compañeros. Para incentivar a la tripulación, prometieron un bono o gratificación, y esto fue tomado con reticencia por algunos que anticiparon que la condescendencia de la empresa más bien corroboraba las sospechas de que el viaje resultaría extremadamente riguroso. Aun así, la mayoría permaneció en sus puestos. El día siguiente se soltaron las amarras, y salimos por la bahía de Miami hacia lo desconocido, dejando atrás la civilización y el confort.

== Vida a bordo ==

Una vez que el barco ha levado anclas, para mantenerlo navegando es necesario que un grupo de marinos, ocupe cada cual el puesto designado por el contramaestre, que es el oficial que se ocupa de los menesteres de mantenimiento y orden de la pequeña república, que es, a mi ver, con lo que puede compararse un navío. El carácter de este individuo tiene que ser muy especial, porque él representa el vínculo complejo entre la máxima autoridad, o sea, el capitán, y el personal de todos los otros niveles. Él deberá actuar, las más veces, con una diplomacia tan sutil que dé la impresión de que está de parte del proletariado, que les apoya y defiende contra toda contingencia, y abogará por sus derechos, cuando en realidad, ante el capitán, es evidente que sus intereses son otros; que él justificará su salario a expensas de sus súbditos, a quienes perseguirá como un tábano para que se mantengan ocupados constantemente. Es de suponer que el barco no se detendrá –a no ser en caso de una emergencia-, dos dotaciones de marineros se mantendrán ininterrumpidamente en sus posiciones a cualquier hora que uno descienda al sollado. Donde se localiza el cuarto de máquinas habrá llegado, sin lugar a dudas, al punto más riguroso de todas las ocupaciones de a bordo. Y esto no es una hipérbole; una de mis primeras ocupaciones cuando hacía mis pininos como marinero, fue como engrasador en el cuarto de máquinas. Trabajo que consistía en mantener, como el término deja inferir, engrasados todos los puntos de fricción de los enormes motores. Pero esto sería muy simple, a no ser por el ruido ensordecedor que producen las maquinarias, aparejado con el sofocante calor. Y aún podemos darle una vuelta más al torniquete si incluimos las asfixiantes inhalaciones de gases de distintos tipos a los que estábamos expuestos constantemente. Sin lugar a dudas, este resultó ser el peor lugar en el que he tenido que trabajar en toda mi vida. Olvidaba aún otro agravante cuando se permanece en este infiernillo por unas horas, la vibración llega a compenetrarse tanto en nuestro cuerpo, que sentimos una rara sensación de efervescencia, como de alkaseltzer que es echado al agua, aun muchas horas después de haber abandonado este caótico lugar.

== El personal de cubierta ==

El pequeño ejército se ocupará constantemente de combatir la corrosión producida por el salitre, a la que esta expuesta aun la parte más recóndita del navío. Piqueta en mano, recorrerán el barco golpeando las úlceras de oxido y aplicando seguidamente un poderoso anticorrosivo para combatir el herrumbre que, como un cáncer, trata de devorar la embarcación. Esta tarea no parece acabar nunca, y es la que garantiza la longevidad del barco.

== La cocina ==

No puedo más que reseñar con brevedad las peripecias a la que está sujeta esta actividad, y que en lo de estar confinado al calor, se parece bastante al cuarto de máquinas. Es de suponer que no es una tarea fácil mantener las ollas, calderos y perolas, conteniendo líquidos y aceites en ebullición, sin que se derramen. Es tarea de malabaristas. Hay que anotar que todos los calderos están sostenidos por una cadena sobre las hornillas, pero aun así, en tiempos extremos esta prevención en muchos casos no trabaja, sobre todo cuando una ola de primera magnitud golpea por una de las bandas. Bandazos, llaman los marineros a ese fenómeno en la cocina. Lo más probable es que la mayoría de los enseres y parte de los víveres rueden por el piso. El único aspecto atractivo en esta actividad, según un compañero del mismo gremio, es que aquí no se está sujeto a la magra ración que reciben los demás.

Después de un largo y penoso peregrinaje, en el que me tocó tomar parte en las poco atractivas actividades antes descritas, quiso mi buena fortuna que dos situaciones se produjeran simultáneamente en mi provecho. Una fue que en uno de esos días en que nos hallábamos anclados en Puerto Rico y permanecí a bordo a probar suerte con los anzuelos; el resto de la tripulación, como de costumbre, había salido rumbo a la ciudad, cada cual a lo de su preferencia. El segundo al mando estaba de guardia, sólo como una formalidad, pues de acuerdo con ciertas leyes internacionales, todo barco, en cualquier momento, debe estar representado por un oficial de la empresa. El caso fue que, ese día, aunque no era muy común entablé una conversación con el “segundo” que es como se refería a él la tripulación. Y es de anotar que rara vez la oficialidad tiene contacto con los marineros. Este extraño comportamiento, quiero pensar que se debe más que nada al interés de mantener cierta reserva que haga imposible la demasiada familiaridad entre los subalternos y la jefatura, para que en caso de una situación crítica, los órdenes sean tácitamente obedecidas. Desde luego, esto lo infiero porque en todos los navíos en que he navegado, el compartimiento de la oficialidad ha sido análogo. De todas formas, séase porque estábamos solos a bordo, o porque mi carácter más bien huraño le inspiró cierta confianza, se entabló el diálogo.

Supe que era de la Coruña, puerto al norte de España. Que se había iniciado en la vida marinera desde muy joven. Hablamos de algunas generalidades, aprovechando para expresarle mi vocación desde niño por llegar a capitanear un barco; lo que me había llevado seis años antes a ingresar a la marina de guerra, donde había aprendido algunos rudimentos de navegación, como el sextante, a plotear rumbos en las cartas náuticas, y otras generalidades que tenían la deliberada intención de impresionar al oficial, para que me tuviera en cuenta, en caso de encontrar algún uso para estas cualidades y, en efecto, uno de los timoneles había desertado y esa fue mi oportunidad. Pareció que le comunicó al capitán de nuestra conversación, y fui llamado dos días después al puesto de mando. Una vez allí, hablé por primera vez con el capitán. Parecerá extraño para alguno pero, como he señalado antes, traté de explicar a mi manera las razones para esta rara conducta en tres años. Era la única ocasión en que sentí que dejaba de ser una estadística laboral.

La conversación fue breve, concisa y concerniente exclusivamente con el trabajo que se me iba a asignar. A partir de ese día acompañaría al timonel como aprendiz, hasta que éste me considerara apto para ocupar la vacante. Dos días después, entré en funciones. El segundo al mando me aleccionó una vez más de la importancia de estar alerta tratando de mantener el rumbo con la mayor precisión posible, observando cualquier imprevisto para notificar inmediatamente al capitán, cuyo camarote estaba contiguo al puesto de mando. El único aspecto que debía tenerse en cuenta era el de que el gobernalle de un barco de gran desplazamiento como el nuestro, no responde con la presteza de un automóvil, en otras palabras que cuando corriges un rumbo, dando vueltas al timón diez grados a la derecha, inmediatamente que notes que la proa se mueva en esa dirección, tendrás que mover el timón en sentido contrario cinco o diez grados más que el rumbo anterior y así de una a otra latitud constantemente. Pero esto, que parece teóricamente complejo, en la práctica no lo es. Después de algún tiempo llega uno a sentir cierto orgullo pueril de que una estructura tan grande y poderosa tenga que obedecernos dúctilmente.

Ya instalado en mi flamante puesto de trabajo, mi vida empezó a dar un cambio a mi favor. Se me asignó un nuevo camarote junto al puesto de mando y, eventualmente empecé a disfrutar de otros beneficios inherentes a mi nueva profesión; tales como participar de la comida que servían a la oficialidad, totalmente distinta al rancho que comía el resto de la tripulación y no estar casi todo el tiempo expuesto a la intemperie y las inclemencias del clima. Disponer de mucho tiempo para pensar, ya que esta ocupación si se ha aprendido a usar cierta capacidad bipolar del cerebro que es capaz de discernir entre dos actividades bien definidas, una de orden práctico y la otra abstracta; en otras palabras, que se puede realizar mecánicamente una función mientras otra parte se ocupa de vagar como una mariposa caprichosa por el mundo de las abstracciones. Y este aspecto tenía para mí un irresistible encanto.

Cuántas horas de placer contemplativo, observando los albatroses con sus gigantescas alas majestuosas volando a la par del barco con asombrosa aerodinámica. Planeando para conservar energía, buscan el resguardo de las embarcaciones y, sintiéndose amparadas, nos acompañan por días. Cuando sienten hambre, hacen breves incursiones por los contornos, y como son sagaces pescadores, no demoran en regresar a nuestro curso. Durante la noche se les ve durmiendo sobre los mástiles. Con el tiempo uno llega a verlos como parte de nuestra vida marinera. Otro espectáculo digno de mencionarse son los peces voladores que, ante la inminencia de peligro, activan un increíble mecanismo de sobrevivencia, logrando alcanzar bajo las aguas, increíbles velocidades que les permite salir con gran impulso y planear cientos de metros. Esto se repite con mucha frecuencia, dándonos a entender el grado de violencia que existe debajo de las apacibles aguas.

Muchos de mis compañeros se quejaban del aburrimiento a pesar de que los mantenían constantemente activos. Pienso que a más de esto se trataba de una abrumadora sensación de claustrofobia, pues una vez que abandonábamos el puerto, quedaba uno inexorablemente confinado a las latitudes metálicas del navío. Para algunos esto resultaba insoportable, y abandonaban la navegación por algunos meses para volver a los barcos como si fueran víctimas de un inescrutable sortilegio. Para mí, aquel universo móvil resultaba entonces el epítome de todos mis sueños. Allí gozaba en mi nuevo puesto de tiempo para leer. Tenía asegurada mi vivienda, comida y recibía cada mes el dinero necesario para permitirme ciertas indulgencias, pues por entonces no había contraído los insoslayables compromisos que me pondrían en el vórtice de un torbellino del que nunca lograría escapar del todo.

Por ahora estoy de pie detrás del pesado timón del Tessala. Navegamos por el Atlántico; el día es de borrasca y es casi indescriptible la magnitud de las gigantescas olas. Afortunadamente, la impresión terrorífica de que el navío será envueltos en ellas y tragados por las profundidades del abismo. No es más que una ilusión óptica. El Tessala, contra todo pronóstico, hundía con la proa la masa líquida y ascendíamos casi verticalmente hasta la cúspide de la ola para descender blandamente como un copo de nieve, repitiendo hora tras hora esta función hasta que se tornaba en algo rutinario.

Así transcurre la vida abordo. En tres días nos encontramos fondeados entre gran multitud de embarcaciones esperando nuestro turno para atravesar del Canal de Panamá. Gracias a este portento de ingeniería, los navíos pasan del Atlántico al Pacífico, y viceversa, en cuestión de horas. Antes de existir esta alternativa, se navegaba por muchos días, quizás meses, para efectuar este paso de un océano a otro. Aquí la estadía resulta las más veces desesperante, pues depende del orden en que se va llegando, y a veces llegué a contar ochenta y hasta cien barcos anclados a la desembocadura del canal. Para matar tiempo, nos poníamos a pescar, lavar ropas y leer. El paso de las tres reclusas o compuertas también resulta tedioso. Una vez efectuada esta operación, navegará cerca de una hora por el ancho canal que, como una boa, se retuerce de un lugar a otro entre elevadísimos acantilados que evidencian la temeridad y el poder del hombre domeñando lo más rudo de la naturaleza a sus intereses; sin duda alguna, algo admirable en el proyecto del canal. Pero volvamos a nuestro rumbo. Una vez en el Pacífico, nuestro capitán ploteó rumbo y nos dirigimos al suroeste, rumbo a Esmeralda, en el litoral ecuatoriano. Así navegamos por algún tiempo hasta situarnos a cierta distancia de la desembocadura del San Lorenzo, río que enmarca los límites entre Colombia y Ecuador. Debido a la deficiente información acerca del calado de esta zona en las cartas náuticas, caímos en un bajo, o sea, lugar donde el casco del barco toca fondo. Este incidente, que pudo haber tenido consecuencias desastrosas, no las tuvo, gracias a que el fondo no era rocoso. Pero aun así, recuerdo que para salir del atolladero, el capitán recurrió a medidas extremas, como usar toda la potencia de los motores y, mientras yo en la proa tiraba una sonda constantemente, midiendo la profundidad, recuerdo que las hélices –pues el navío tenía dos- revolucionadas a estos extremos, levantaban montañas de lodo negro y pestilente, y el viejo barco se estremecía como una bestia herida, a tal punto que temíamos que se soltaran los remaches que unían las planchas. Por fin fuimos encontrando más profundidad, y fue del parecer de la oficialidad que debíamos permanecer al pairo y reclamar la presencia de un práctico. Unas horas más tarde, hizo su aparición el guía. Éste venía en una gigantesca canoa, que resultó ser un tronco ahuecado, al estilo indígena. Después vi muchas otras, aun de mayor tamaño que la que trajo el práctico a bordo. Este individuo me impresionó; a simple vista parecía un gallego, regordete y cubierta la cabeza por una boina negra. Largos mechones de cabellos grisáceos le cubrían las orejas y, como si se tratara de un alto dignatario –en realidad lo era-, saludó a la oficialidad, y con un acento fuerte que no pude identificar, les comentó que no nos esperaban hasta el día siguiente. Y, acto seguido, comenzó a dar algunas indicaciones, observando que habían equivocado la entrada al río por más o menos una milla. El capitán lo trataba con deferencia inusual, teniendo en cuenta que era un hombre ‘reseco’ –valga el vocablo-, pero sin duda alguna, el haber salido con bien del trance de la víspera y la sensación de seguridad de tener a un experto de la zona a bordo, le ponía de buena disposición. En un par de horas navegamos por el ancho río. El práctico, como un guía de turistas, iba describiendo el territorio con lujos de detalles. De vez en cuando hacía leves correcciones o alertaba de un posible peligro. Supimos, confirmando las palabras de Alejo, el contramaestre, que hacía seis o siete años que el último navío de gran calado había surcado aquellas aguas. Yo observaba a hurtadillas al que creí español y que en realidad era italiano. Traía unas polainas que le llegaban hasta las rodillas. Del cinto colgaba un machete con una funda de elaboradas grabaciones. Alejo le picó la lengua y supimos que era italiano; que hacía años fue comerciante en Guayaquil, pero la vida le resultó muy aburrida y vendió sus negocios para internarse en la selva en busca de aventuras y fortuna. Sin duda alguna, un personaje interesante. Ya para entonces sentía la casi necesaria curiosidad de llegar a conocerle mejor, pues estaba seguro de que no se trataba de un hombre común. Esa oportunidad se daría unos días más tarde en la pulpería de Amarilis, la heroína de esta historia.

Recuerdo que durante la travesía, aunque íbamos cautelosamente lento, el barco desplazaba en gran volumen el agua hacia las márgenes del río, y podían verse gran cantidad de caimanes y raros mamíferos que no había visto nunca. Guacamayos y otras aves de coloridos plumajes que me hacían pensar que nos adentrábamos al paraíso terrenal. ¡Cuánta belleza! Con los mejores augurios estaba casi seguro de que lo mejor estaba por venir. Por fin, después de unas horas, el río fue perdiendo su configuración hasta convertirse en una ancha laguna en medio de la cual fondeamos. El capitán y el contramaestre descendieron y subieron a la canoa del práctico, de seguro a cumplir con los protocolos de rigor. Unas dos horas más tarde regresaron a bordo, y fue entonces que se nos permitió bajar a tierra.

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Publicado por Rincón de Amistad en Libros Publicados

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