El marabú

20. junio 2011

-por Vicente Carballo

El viejo Ruperto se echó un salivazo en las palmas de las manos, se las frotó casi instintivamente y agarrando el mango del tridente, lo clavó con ímpetu junto al tronco de un marabú una y otra vez, con el único propósito de eliminarlo definitivamente.  Esta operación debía repetirla a lo largo de dos años, hasta convertir estas casi dos caballerías de tierra infectada de esta planta que, como una plaga que cuando tomaba posesión de un terreno, entretejía por el subsuelo una apretada urdimbre de raíces que, a su vez, se convertían retoñando en nuevas plantas, convirtiendo las tierras virtualmente en campos inútiles para el cultivo.

Pero Ruperto se había propuesto a toda costa erradicar hasta el último vestigio de la plaga, aunque para ello debía llegar a medidas extremas, teniendo en cuenta que sus instrumentos de trabajo consistían en tridentes, picos, machetes y, más que nada, su férrea voluntad.  A sus casi setenta años, había aprendido, con el contacto directo y constante con la adversidad, que este nuevo reto no caía dentro del círculo de lo imposible, si se tenía en cuenta que algunos de sus hijos vivían en los contornos en condiciones deplorables, rodeados de hijos pequeños que carecían de lo imprescindible.  Aquella tierra de nadie, que era como se llamaban a los campos en los que se posesionaba la nefasta planta, implicando con esto que la mayoría consideraba casi imposible deshacerse del flagelo verde.  Pero Don Ruperto, como le llamaban algunos con respeto, no era de ese parecer. Cuando el día clareaba, se ajustaba las polainas para protegerse de las agudas espinas que caracterizan al marabú.  Y después de afilar los machetes y azadones, acompañado de algunos de sus hijos, llegaban a lo que algunos de sus hijos llamaban ‘la locura de Ruperto’.

Día tras día el tridente y el azadón iban abriendo una brecha; lenta, pues no  bastaba con sacar a golpes de tridente el tronco de profundas raíces.  Era necesario echar al fuego hasta los fragmentos más pequeños, pues, cualquier vestigio que quedara bajo tierra, al primer aguacero retoñaría, convirtiéndose en breve en una nueva amenaza.  Así, día tras día los rústicos implementos de trabajo iban socavando el exuberante reino de la espina.  Y gradualmente iba en aumento la admiración que los vecinos de la comarca sentían por aquel hombre, cuya voluntad parecía estar forjada del mismo acero de sus azadas y tridentes.  Durante el día, el calor sofocante les obligaba a ponerse paños mojados sobre la frente, y para contrarrestar esta dificultad, idearon que sería más provechoso trabajar durante la noche, provistos de unos mechones de kerosén.  Colgando de varillas, en forma de trípode, recibían suficiente luz como para continuar la agobiante faena.

Algunos transeúntes detenían sus cabalgaduras para contemplar aquella escena fantasmagórica sin poder entender qué era lo que estaba ocurriendo.  Al final del primer año ya habían limpiado tres cuartos de caballería, y decidieron que debían aprovechar el advenimiento de la primavera y comenzar a sembrar.  Coa en mano, fueron depositando los granos equidistantemente, y con golpes del costado del zapato, iban cubriéndolos, al tiempo que se encomendaban a la Providencia para que se consumara el milagro del aguacero oportuno.  Y así fue, porque aquel era un hombre de fe.  Así que una semana después, mientras repechado en un taburete ajustando las clavijas a su guitarra, densos nubarrones resbalaron por la amplitud del cielo, y como cuerdas de plata, cantó el viejo la canción de la lluvia y de la vida.  Los ojos del anciano se humedecieron de gratitud, y llamando a gritos a su esposa, le decía una y otra vez:

-Ves mujer, ¡Dios me ha escuchado!

Y contemplaba los riachuelos correr por los declives como un gran milagro.  Y llovió y llovió; y se fue levantando sobre la tierra la ola verde de la promesa.  Y unos meses después, encorvado, cortaba y hacía manojos de espigas doradas.  Y hasta los pájaros cantaban un canto nuevo.  Sobre los surcos, iban quedando los granos grávidos para los que no siembran ni siegan… Pero el Señor alimenta.

Debo aclarar que esto ocurría en tiempos en que el país entero atravesaba por una hambruna como la que profetizara José en el sueño del faraón, conocido como el de las siete vacas flacas, pero en el caso de Cuba, se ha convertido en muchas veces siete.  Es de pensar que este campesino humilde estaba en posesión de algo muy valioso, dadas las circunstancias.  Cincuenta y dos sacos de arroz y otros tantos de frijoles fueron depositados en una tarima en la parte trasera del caserón.  Y cuando los vecinos se fueron pasando la voz de que el viejo vendía algunas libritas del preciado grano, era necesario mantenerse en el pilón constantemente, para satisfacer la demanda.  Siendo esta la forma más primitiva de quitar la cáscara al trigo o al arroz, los que no están duchos en el oficio, terminarán con las manos ampolladas por la fricción de los maderos; y esta era la queja de los hijos de Ruperto.

Todo parecía dicha y prosperidad, pero los perros de presa del gobierno habían tejido una red tenebrosa de individuos o ‘soplones’ dispuestos a ‘chivatear’ para congraciarse con el gobierno hasta su propia progenitora.  Las revoluciones, como el término lo indica, son revoltura, y es de pensar que cuando lo que se revuelve es algo tan complejo como la sociedad, salgan a flote especímenes que en lo único que han logrado algún grado de perfección, es en ser unos perfectos mediocres.  Sin embargo, se les encuentra en todas partes –porque no son pocos-; ocupando puestos y jefaturas donde se cometen todo tipo de arbitrariedades y hasta crímenes sin que aparentemente tengan que responder por sus actos.  Y fue esta canalla la que ofició el acto que voy a describir.

Como he dicho antes, Don Ruperto sucumbió a la tentación de vender algunas libritas de su cosecha a un precio un poquito subido, tanto como para que se le acusara de espéculo.  Y ni tardos ni perezosos, los sicarios del gobierno se personaron en el humilde bohío del agricultor, y con tan mala suerte, que él no se encontraba en esos momentos.  Detuvieron el camión verde olivo acompañado de un jeep, y algunos milicianos tocaron con intimidante fuerza sobre la vieja puerta del ‘rancho’.  Se oyó una voz que gritaba:

-¡Ya voy!

Matilde pensó que podía tratarse de algún comprador.  Cuál no sería su sorpresa, cuando al abrir la puerta, dio de sopetón contra los uniformados mal encarados que preguntaban por su marido con una voz subida de tono.  La humilde mujer, con el miedo reflejado en su rostro, se limpiaba el sudor con el delantal, pues se ocupaba en hervir ropa cuando tocaron a la puerta.

-Ruperto no está.  Fue al pueblo –les decía una y otra vez.

Los solados preguntaron por los sacos de arroz, frijoles y cualquier otra mercancía, pues ya daban por hecho que en el lugar se operaba un comercio clandestino.  Ella, como quien cree no tener delito alguno, les mostró la tarima donde se almacenaban los sacos, y enseguida el teniente dio la orden para el decomiso.  Uno a uno, fueron bajando los pesados bultos hasta dejar vacíos los entrepaños.  La apesadumbrada mujer no podía creer lo que estaba viendo, y corría de un lugar a otro.  Algunas personas no podrán comprender esta escena si no se tiene en cuenta que, por aquellos años, el gobierno había convertido en un delito que alguien mantuviera para su uso personal el fruto de su trabajo, si este excedía la exigua cantidad establecida por el Estado como ‘uso personal’.  Lo demás tenía que ponerse a la disposición de la cooperativa, recibiendo la cantidad de dinero que ellos establecían.

Una vez que los vehículos abandonaron la casa, la esposa corrió hasta la casa del vecino más cercano y contó lo ocurrido.  Éstos habían visto el alboroto, pero sin saber de qué se trataba.  Ahora estaban indignados, y así, en breve, la noticia corrió como pólvora.  Así que cuando el viejo hizo su aparición y supo los pormenores, decidió sin demora presentarse en la comisaría a reclamar lo suyo.  Algunos vecinos que conocían con cuántos esfuerzos aquel viejo patriarca le había arrancado a la tierra aquel botín, decidieron acompañarle solidariamente, en carretón tirado de un caballo.  Se encaminó al cuartel de la milicia a enfrentarse al que había dado la orden de robarle lo suyo.  Una vez allí, pidió hablar con el jefe.  Éste trató de esquivarlo, pues el oficial de guardia le notificó que aquel hombre estaba como endemoniado.  Pero al final pudo escuchar que el quejoso aseguraba que no se movería de allí hasta hablar con el responsable del robo.  El teniente Máximo Melgar comprendió que debía hacerle frente a la situación, y con gesto arrogante, con una mano sobre el cabo de la pistola, se presentó en el salón de espera, y de entrada, quiso imponer orden, diciendo con firmeza:

-¿Qué escándalo es este?

El viejo pareció no oírlo, pues se le enfrentó con otra pregunta:

-¿Fue usted el que ordenó que me robaran la comida de mis hijos? –y acto seguido, sin esperar respuesta, continuó diciendo:

-Esto es lo que es una revolución; despojar al que con el sudor de su frente le arrebata a la tierra el sustento de su familia y mostraba la palma de sus manos cubiertas de callosidades.

En la premura con la que salió de su casa, olvidó despojarse de su sombrero de guano, que había perdido el copete, por donde asomaba un grueso mechón de cabellos canos, que le daban al labriego un aspecto tragicómico, a pesar de lo caldeada de la situación.

-¡Cálmese compañero! Así no nos vamos a entender.

Pero el afligido campesino no creía en ningún entendimiento que no fuera la inmediata devolución de lo sustraído.  En esos momentos, se escuchó en la calle una algarabía, como la de mucha gente.  Y, en efecto, no menos de cincuenta personas habían llegado; a caballo, en carretones y en bicicletas, y alguno que otro transeúnte de ocasión que se había sumado al alboroto.  El oficial se asomó a la calle, y por primera vez supo que aquel individuo no era un hombre tan insignificante como lo parecía.  Hizo una llamada con urgencia y, volviéndose al litigante, le preguntó:

-¿Cómo es su nombre, ciudadano?

Uno de los hijos de Ruperto le contestó “Ruperto Moncada”.  El militar repitió el nombre y hubo un breve silencio.  Después colgó el teléfono, y con tono conciliatorio, anunció que el asunto estaba resuelto, que en un par de horas se le devolvería la carga.  En este punto se oyeron gritos de júbilo, y como quien sabe que ha venido a Goliat con el guijarro de la razón, el viejo salió a la calle y dio las gracias a los que le habían apoyado.  En este punto, y aprovechando las muestras de jovialidad del rostro de Don Ruperto, el oficial le hizo una que otra recomendación.

-No abuse con el precio del arroz y tenga cuidado, porque para el año siguiente, quizás yo no esté aquí y no te vaya tan bien.

Esa tarde, el mismo camión se detuvo frente a la humilde morada, y los oficiales subieron uno a uno los pesados costales a la tarima de donde los habían sustraído.  El viejo contemplaba con cierta incredulidad cada recorrido de los milicianos, cargando uno por uno los sacos, y quizás pensando que tenía que existir una fuerza desconocida, inexorable, muy por encima de la voluntad humana, que en momentos en que la razón se extravía, en que la dignidad y el bien son avasallados, en que los humildes son víctimas de los más poderosos, entonces esa fuerza invisible hace su aparición.  Este parecía ser el caso.  Con cuánta satisfacción Don Ruperto vio restituir a su improvisado granero, el grano que garantizaba el sustento de los suyos.  Recordó con orgullo su triunfo sobre el calor, sobre el cansancio, arrancando y echando al fuego cada raíz, hasta extirpar uno a uno los troncos, y convertir aquella tierra en una promesa luminosa.  Esa fue su primera victoria; ahora ganaba la segunda.  Pero su alegría se veía empañada por la casi certidumbre de que en lo sucesivo, todos tendrían que luchar contra una plaga peor que el marabú.  Una plaga cuyos tentáculos monstruosos se extenderían palmo a palmo a lo largo de la isla, coartando en el individuo, en las familias y en el pueblo, lo más valioso que posee el hombre sobre la tierra: ¡La libertad!

Publicado por Rincón de Amistad en El Rincón de los Libros

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