El manual del vagabundo

25. mayo 2011

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El manual del vagabundo

Vicente Carballo


Cuán oportuno resultaría que fuésemos capaces de olvidar a voluntad todos aquellos recuerdos que se han ido incrustando en nuestro cerebro con el curso de los años, y que forman parte de lo más deleznable y doloroso de nuestra existencia. De ser esto posible, yo quisiera olvidar para siempre el rictus de amargura y perversidad de aquel rostro, cuando tomaba el cinturón de cuero, sostenido por un clavo en la pared, y se disponía a impartir ‘justicia’ y disciplina. En esos momentos, de nada servían las súplicas y protestas de inocencia del desdichado, porque aun en el supuesto caso de que la víctima pudiera, después de la tunda, demostrar su total inocencia, jamás recibiría una palabra de disculpa o conmiseración, sino que, por otra parte, en el epítome de la desfachatez, ella se limitaba a decir algo así como que los golpes recibidos quedaran en saldo de alguna otra instancia en que se hubiera delinquido, sin haber sido comprendido en el acto, y esto daba por terminada la cuestión.

Esta bestezuela fue la mujer con la que se juntó mi padre, al quedar disuelto su matrimonio con mi progenitora cuando tendría yo seis años. Volviendo a la inquisidora, hago notar que, en aquellos penosos trances, se sufría, tanto si eras condenado o como ‘simple’ espectador, pues para mí era intolerable ver golpear a mi hermano, tanto o más que recibir el castigo. El insufrible sentimiento de impotencia, de presenciar a alguien a quien amas entrañablemente, haciendo cabriolas y retorciéndose para tratar de esquivar los golpes, oírlo frenético implorar misericordia, y uno sabiendo que eso no ocurriría hasta que se canse el brazo del verdugo. Presenciar ese horrendo espectáculo sin poder detener la mano criminal, por más que he tratado de superarlo con el curso de los años, ha dejado escondido, como una larva fatal en alguna rendija de mi corazón, un amargo resentimiento que he de arrastrar –me temo- hasta el último minuto de mi existencia.

Uno de esos aciagos días en que me tocó a mí ocupar el potro del suplicio, por un asunto banal que tomó proporciones descomunales, porque ya empezaba yo a contestar y repeler los abusos, y allí no se toleraba ni el menor acto de rebeldía, entre golpe y golpe juré que esa sería la última vez que expondría me pellejo al chasquido del látigo. Y fiel a estas promesas, al amanecer del siguiente día, puse mis exiguas pertenencias en un saco de yute, como mochila, y salí a desafiar el mundo.

Para entonces había yo cumplido los doce años, los cuales habían transcurrido en medio de las mayores penalidades. Y lo único positivo de todo aquello era el haber adquirido una madurez que no parecía corresponder a mi corta edad, y si a eso le añadimos la lectura de uno que otro libro, quedaría justificada mi incipiente precocidad.

Al alba del día, tomé la vía ferroviaria que pasaba por aquellos contornos, por considerarla menos transitada, y porque atravesaba por lugares donde abundaban huertas frutales imprescindibles para mi subsistencia. A paso lento me fui alejando de los suburbios de la ciudad. Iba de un lado al otro de la línea, recopilando cualquier fruta para engrosar mis reservas. El día transcurrió en medio de un regocijo tal, que no parecía tener noción del tiempo. Mi euforia sólo se veía empañada por el recuerdo de mis hermanos, que habían quedado atrás sujetos a aquel tenebroso mundillo.

Alrededor de las cuatro, tuve barruntos de que se aproximaba una tormenta. Apresuré el paso para tratar de llegar a una de esas casetas que, cada cierto tramo, sirven, no sé para qué, a los ferrocarriles. Lo cierto fue que cuando llegué al refugio, ya venía empapado, porque el aguacero era tan impetuoso, que por más que corrí, no pude evitar el remojón. Al entrar de sopetón, no advertí que el lugar ya tenía un huésped. Ajustando la vista a la penumbra, me percaté de la presencia de un individuo que, volteado contra la pared, se empeñaba en encender un cigarro, a pesar de la ventisca que el temporal arrojaba con fuerza sobre la pequeña estructura de madera. Cuando lo logró, inhaló profundamente. Lanzó una bocanada de humo azuloso que pareció invadir el estrecho recinto. Entonces, como si apenas notara mi presencia, mirándome con aire sorpresivo, me preguntó:

-¿Y tú que haces por aquí?

No sin cierta turbación, lo único que se me ocurrió contestarle fue que iba a Piedrecitas, un pueblito que había leído en un rótulo un par de millas atrás.

-¿Piedrecitas? –me preguntó con extrañeza, y acto seguido me aseguró que aquel villorrio distaba a más de treinta kilómetros. Permaneció por unos segundos callado. Dio una nueva fumada, y ahora dejó escapar el humo lentamente.

Yo lo observaba con curiosidad, pues su figura no resultaba común para mí. Llevaba un sombrero marrón de fieltro, y una barba entrecana que le cubría el cuello. Nariz como ave de rapiña, y, en medio de aquel rostro, dos ojillos hundidos, casi invisibles, que podían observarnos sin ser vistos. Pero aun bajo esta impresión, era su palabra la que me hacía sentir bien en su presencia. Hablaba lentamente, como si seleccionara cuidadosamente cada vocablo, y cuando notaba señales de perplejidad en mi rostro, intuía que no le había entendido del todo; volvía a la carga simplificando sus explicaciones.

Hasta este día, yo había vivido creyendo que el idioma aprendido hasta entonces en el círculo de familiares y otras personas de los contornos, era todo lo que se necesitaba. Y en efecto así era, porque las conversaciones giraban todas alrededor de asuntos ordinarios, que al parecer no requerían, para ser tratados, más que un par de cientos de palabras. Y en presencia de aquel hombre, tuve a veces la sensación de que escuchaba un idioma desconocido. Pero de lo que no tuve la menor duda, fue de que estaba ante un ser superior, sin tener en cuenta su apariencia externa. Durante nuestra conversación, supongo que leyó entre líneas –como se dice comúnmente-, porque me dio a entender que yo debí haberme fugado de mi casa. Y en ese sentido, me aconsejó que volviera a los míos, porque el mundo estaba lleno de peligros, y más para alguien inexperto como yo. Sus recomendaciones tenían un toque paternal, y la fuerza persuasiva que dan las experiencias, y ante las cuales todo argumento de mi parte resultaba superfluo. Opté por escucharle respetuosamente, confesándole más tarde toda la verdad acerca de mis calamidades. Durante una breve pausa, en tono compasivo, me preguntó si había comido algo. Y sin esperar respuesta, echó mano a uno de sus matules, desató un par de nudos, y extrajo una bolsa de papel conteniendo unas latitas de sardinas y algunas galletas, de las que llamaban de campo, o pericones, poniendo un pañuelo sobre el piso, a manera de mantel. Y como quien se disponía a ejecutar un ritual de cierta solemnidad, tomó uno de los pequeños recipientes, y con destreza, usando una llavecita adherida a la tapa, abrió la lata, dejando al descubierto hileras de suculentas sardinitas que despedían un agradable aroma. Entonces, tomando un cuchillo que traía terciado a la espalda, a la usanza de aquellos años, fue extrayendo uno a uno los apetitosos pescaditos. Y colocándolos equitativamente sobre las galletas, me puso en las manos una de las porciones, al tiempo que me decía con jovialidad:

-¡Anda, come! –al tiempo que él le aplicó el primer mordisco.

Departimos del convivio con fraternal sencillez. Entonces él tomó la palabra, e hizo algo así como el elogio de la sardina, y otros fiambres que debían de ser de rigor para todo viandante de profesión, según lo recomendaba encarecidamente el manual del vagabundo. En esta coyuntura no pude controlar mi curiosidad e inquirí más en detalles acerca del susodicho manual y la referida orden de viandantes de profesión. Él sonrió levemente y, sospechando que algunos de estos términos no formaban parte aún de mi incipiente léxico, no escatimó esfuerzos en exponerme la posible existencia de una, como hermandad de individuos, para los cuales el vivir un estilo de vida nómada, sin vínculos con el resto de la sociedad, a no ser en situaciones estrictamente imperativas, constituía la esencia de la vida misma, pero que aun estos individuos observaban ciertos códigos de orden éticos y morales, debidamente delineados en el referido manual. Esta aclaración picó aun más mi interés, y quise saber si existía dicho manual, y si él era miembro de aquella cofradía de vagabundos. Me contestó en ambas instancias afirmativamente y se limitó a hurgar en uno de sus bolsos, extrayendo, para mi sorpresa, entre otros libros, uno que parecía más bien una cartilla de no más de cincuenta páginas, que guardaba cuidadosamente en un sobre de celofán transparente y sostenido en ambos extremos por ligaduras. Después de desamarrar todo con extremo cuidado, me mostró el ejemplar en el que se podía leer en caracteres arcaicos: Manual del vagabundo, y más abajo, en letras apenas legibles, entre otras recomendaciones, algo que, por estar borroso, sólo pude estar seguro de una fecha: 1903. Sin duda alguna, esta era una copia más reciente. Lamenté de que, dado lo circunstancial de nuestro encuentro, no me fuera posible leer aquel interesantísimo opúsculo. Supongo que no dudó de lo genuino de mi interés en la obra, pues, reflexionando por unos segundos, poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo con firmeza:

-Si en verdad, como parece, te interesa el librito, te lo voy a obsequiar.

Yo, por mi parte, convencido de la importancia que la obra pudiera tener para él, que la había sabido conservar en tan buen estado a pesar de las diferentes y precarias eventualidades de su vida, me negué rotundamente a aceptarla. Pero haciendo uso de su poder de persuasión –que no era poco-, me convenció diciéndome:

-Tómala, porque yo voy de retirada, y tú, aunque lo ignores, tienes alma de trotamundo.

Le agradecí efusivamente el obsequio, prometiéndole que lo cuidaría con esmero y que integraría a mi vida cuanto de provechoso pudiera haber en el. En este respecto puedo asegurar que en lo sucesivo sus lecturas fueron parte integral de mi existencia. Sus oportunos aforismos moldearon mi carácter, y cuanto de loable pueda haber en mí, está indisolublemente ligado a este librito. Mi acompañante, viendo que era afecto a los libros, me mostró dos más, encomiándolos como de sustancia. Gobernadores del Rocío, de un escritor haitiano, y Lazarillo de Español, que no tiene nada que ver con El Lazarillo de Tormes, de autoría anónima. Ambos libros, según él, de alto calibre.

*Gobernadores del Rocío de escritor Haitianpo Jacques Roumain

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