Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha

4. enero 2011

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Cervantes, Miguel

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Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de
la Mancha

Prólogo al lector
¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas,
riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel
que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en
verdad que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan
la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción
esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del
atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir
es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano
haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera
nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los
siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas
no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos,
en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más
bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de
manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera
antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de
mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en
el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la
honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe
con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con
los años.

He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante,
me describa qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos
que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y,
siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote,
y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo
por quien parece que lo dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro
el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa. Pero, en
efecto, le agradezco a este señor autor el decir que mis novelas son más
satíricas que ejemplares, pero que son buenas; y no lo pudieran ser si no
tuvieran de todo.
Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo
mucho en los términos de mi modestia, sabiendo que no se ha de añadir
aflición al afligido, y que la que debe de tener este señor sin duda es
grande, pues no osa parecer a campo abierto y al cielo claro, encubriendo
su nombre, fingiendo su patria, como si hubiera hecho alguna traición de
lesa majestad. Si, por ventura, llegares a conocerle, dile de mi parte que
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no me tengo por agraviado: que bien sé lo que son tentaciones del demonio,
y que una de las mayores es ponerle a un hombre en el entendimiento
que puede componer y imprimir un libro, con que gane tanta fama como
dineros, y tantos dineros cuanta fama; y, para confirmación desto,
quiero que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento:
«Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema
que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo
en el fin, y, en cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte,
con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como
mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía
redondo como una pelota; y, en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas
en la barriga, y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre
eran muchos: “¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo
hinchar un perro?”»
¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?
Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también
es de loco y de perro:
«Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima
de la cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y,
en topando algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba
caer sobre él el peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos,
no paraba en tres calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó
la carga, fue uno un perro de un bonetero, a quien quería mucho su
dueño. Bajó el canto, diole en la cabeza, alzó el grito el molido perro, violo
y sintiólo su amo, asió de una vara de medir, y salió al loco y no le dejó
hueso sano; y cada palo que le daba decía: “Perro ladrón, ¿a mi podenco?
¿No viste, cruel, que era podenco mi perro?” Y, repitiéndole el nombre
de podenco muchas veces, envió al loco hecho una alheña. Escarmentó
el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la plaza; al cabo del
cual tiempo, volvió con su invención y con más carga. Llegábase donde
estaba el perro, y, mirándole muy bien de hito en hito, y sin querer ni
atreverse a descargar la piedra, decía: “Este es podenco: ¡guarda!” En
efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía
que eran podencos; y así, no soltó más el canto.»
Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador: que no se
atreverá a soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos,
son más duros que las peñas.

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