El Pez en el Agua

7. octubre 2010

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MARIO VARGAS LLOSA

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EL PEZ EN EL AGUA

I. ESE SEÑOR QUE ERA MI PAPÁ

Mi mamá me tomó del brazo y me sacó a la calle por la puerta de servicio de la

prefectura. Fuimos caminando hacia el malecón Eguiguren. Eran los últimos días de 1946

o los primeros de 1947, pues ya habíamos dado los exámenes en el Salesiano, yo había

terminado el quinto de primaria y ya estaba allí el verano de Piura, de luz blanca y

asfixiante calor.

—Tú ya lo sabes, por supuesto —dijo mi mamá, sin que lo temblara la voz—. ¿No

es cierto?

—¿Qué cosa?

—Que tu papá no estaba muerto. ¿No es cierto?

—Por supuesto. Por supuesto.

Pero no lo sabía, ni remotamente lo sospechaba, y fue como si el mundo se me

paralizara de sorpresa. ¿Mi papá, vivo? ¿Y dónde había estado todo el tiempo en que yo lo

creí muerto? Era una larga historia que hasta ese día —el más importante de todos los que

había vivido hasta entonces y, acaso, de los que viviría después— me había sido

cuidadosamente ocultada por mi madre, mis abuelos, la tía abuela Elvira —la Mamaé— y

mis tíos y tías, esa vasta familia con la que pasé mi infancia, en Cochabamba, primero, y,

desde que nombraron prefecto de esta ciudad al abuelo Pedro, aquí, en Piura. Una historia

de folletín, truculenta y vulgar, que —lo fui descubriendo después, a medida que la

reconstruía con datos de aquí y allá y añadidos imaginarios donde resultaba imposible

llenar los blancos— había avergonzado a mi familia materna (mi única familia, en verdad)

y destruido la vida de mi madre cuando era todavía poco más que una adolescente.

Una historia que había comenzado once años atrás, a más de dos mil kilómetros de

este malecón Eguiguren, escenario de la gran revelación. Mi madre tenía diecinueve años.

Había ido a Tacna acompañando a mi abuelita Carmen —que era tacneña— desde

Arequipa, donde vivía la familia, para asistir al matrimonio de algún pariente, aquel 10 de

marzo de 1934, cuando, en lo que debía ser un precario y recientísimo aeropuerto de esa

pequeña ciudad de provincia, alguien le presentó al encargado de la estación de radio de

Panagra, versión primigenia de la Panamerican: Ernesto J. Vargas. Él tenía veintinueve

años y era muy buen mozo. Mi madre quedó prendada de él desde ese instante y para

siempre. Y él debió enamorarse también, pues, cuando, luego de unas semanas de

vacaciones tacneñas, ella volvió a Arequipa, le escribió varias cartas e, incluso, hizo un

viaje a despedirse de ella al trasladarlo la Panagra al Ecuador. En esa brevísima visita a

Arequipa se hicieron formalmente novios. El noviazgo fue epistolar; no volvieron a verse

hasta un año después, cuando mi padre —al que la Panagra acababa de mutar de nuevo,

ahora a Lima— reapareció por Arequipa para la boda. Se casaron el 4 de junio de 1935, en

la casa donde vivían los abuelos, en el bulevar Parra, adornada primorosamente para la

ocasión, y en la foto que sobrevivió (me la mostrarían muchos años después), se ve a

Dorita posando con su vestido blanco de larga cola y tules traslúcidos, con una expresión

nada radiante, más bien grave, y en sus grandes ojos oscuros una sombra inquisitiva sobre

lo que le depararía el porvenir.

Lo que le deparó fue un desastre. Después de la boda, viajaron a Lima de

inmediato, donde mi padre era radio-operador de la Panagra. Vivían en una casita de la

calle Alfonso Ugarte, en Miraflores. Desde el primer momento, él sacó a traslucir lo que la

familia Llosa llamaría, eufemísticamente, «el mal carácter de Ernesto». Dorita fue

sometida a un régimen carcelario, prohibida de frecuentar amigos y, sobre todo, parientes,

obligada a permanecer siempre en la casa. Las únicas salidas las hacía acompañada de mi

padre y consistían en ir a algún cinema o a visitar al cuñado mayor, César, y a su esposa

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Orieli, que vivían también en Miraflores. Las escenas de celos se sucedían por cualquier

pretexto y a veces sin pretexto y podían degenerar en violencias.

Muchos años más tarde, cuando yo ya tenía canas y

me fue posible hablar con ella de los cinco meses y medio que duró su matrimonio, mi

madre seguía aún repitiendo la explicación familiar del fracaso conyugal: el mal carácter

de Ernesto y sus celos endemoniados. Y echándose algo de la culpa, pues, tal vez, el haber

sido una muchacha tan mimada, para quien la vida en Arequipa había sido tan fácil, tan

cómoda, no la preparó para esa prueba difícil, pasar de la noche a la mañana a vivir en otra

ciudad, con una persona tan dominante, tan distinta de quienes la habían rodeado.

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