David Copperfield

14. agosto 2010

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Charles Dickens

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DAVID COPPERFIELD

PREFACIO

Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones

de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere.

Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos

entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de

tantos compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector, a quien ya quiero, con

confidencias personales y emociones íntimas.

Además, todo lo que pudiera decir sobre esta historia, con cualquier propósito, ya he

tratado de decirlo en ella.

Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza con que se abandona la pluma al

terminar una labor creadora de dos años, ni la emoción que siente el autor al enviar a ese

mundo sombrío parte de sí mismo, cuando algunas de las criaturas de su imaginación se

separan de él para siempre.

A pesar de todo, no tengo nada más que decir aquí, a menos de confesar (lo que sería

todavía menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie, al leer esta historia, podrá

parecerle más real de lo que a mí me ha parecido al escribirla.

Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al porvenir. No puedo cerrar estos

volúmenes de un modo más agradable para mí que lanzando una mirada llena de

esperanza hacia los tiempos en que vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensuales,

y dedicando un pensamiento agradecido al sol y a la lluvia que hayan caído sobre estas

páginas de DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.

Londres, octubre de 1850.

HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS

DE DAVID COPPERFIELD

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

NAZCO

Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas

páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y

yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a

sonar y yo a gritar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas

del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéramos

conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser

desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus.

Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de

otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es

cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don

en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido

defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo

conserve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos,

al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían

poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es

que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y

el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir

ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa

de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que

pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio

de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría

además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía

humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una

señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados

cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no

sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas,

pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como

sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los

noventa y dos años de edad.

Tengo entendido que dicha señora, mientras tomaba el té, que era su ocupación

favorita, solía vanagloriarse de no haber estado encima del agua mas que una vez en su

vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás

personas que tienen el atrevimiento de vagabundear por esos mundos. En vano se le

demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gracias a aquellas

aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza

de su razonamiento:

-No, no; nada de vagabundear.

Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.

Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño

póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que

se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me

llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer

encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la

indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura,

mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas

de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas.

Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de quien hablaré más adelante,

era el magnate de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey, como mi pobre madre

la llamaba siempre cuando se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo que

ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella y muy

elegante, aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo que el elegante hace», pues se

sospechaba que pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una vez, discutiendo a

propósito de cuestiones económicas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un

segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompatibilidad de caracteres indujeron a miss

Betsey a darle dinero para que se marchara y consintiera en una separación amistosa. Él

se marchó a la India con su capital, y allí, según una leyenda de familia, se le vio

montado en un elefante y acompañado de un Baboon, aunque yo creo que más bien sería

de un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez años después, desde la India llegó a su

casa la noticia de su muerte. El efecto que esta noticia causó en mi tía nadie lo supo. A

raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera y, comprando una casita

muy alejada en la costa, se había establecido allí con su criada, como una solterona,

viviendo siempre recluida en un aislamiento inflexible.

Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de miss Betsey; pero mi tía se

ofendió mortalmente con su boda, bajo el pretexto de que mi madre era «una muñeca»,

pues, aunque no la había visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte años. Miss Betsey

no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre tenía el doble de edad que mi madre cuando

se casaron, y era de constitución delicada. Un año después de su boda, y, como ya he

dicho, seis meses antes de mi nacimiento, murió.

Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable (puede excusárseme el

llamarlo así) a importante viernes. No puedo vanagloriarme de haber sabido en aquella

época lo que estoy contando, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la evidencia

de mis propios sentidos) de lo que sigue.

Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal de salud y muy abatida, y miraba el

fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito

a quien sólo esperaba un mundo no muy contento de su llegada y algunos proféticos

paquetes de alfileres preparados de antemano en el cajón de una cómoda del primer piso.

Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego, en una tarde clara y fría de marzo,

muy triste y deprimida, y temerosa de no salir con vida de la prueba que le esperaba,

cuando, levantando sus ojos para enjugarlos, vio por la ventana a una señora desconocida

que entraba en el jardín.

La segunda vez que la miró mi madre tuvo la certeza de que aquella señora era miss

Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida junto a la verja, y esta

tenía un paso tan firme, un aire tan decidido, que no podía ser otra.

Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba mayor de su identidad. Mi padre había

contado a menudo que la conducta de mi tía nunca era semejante a la del resto de los

mortales; y, en efecto, aquella señora, en lugar de dirigirse a la puerta y llamar a la

campanilla, se detuvo delante de la ventana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la

nariz contra el cristal que mi madre solía decirme que se le había puesto en un momento

completamente blanca y aplastada.

Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que yo siempre he estado

convencido de que es a miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber nacido en

viernes.

Mi madre se levantó precipitadamente y fue a esconderse en un rincón detrás de una

silla. Miss Betsey recorrió lentamente la habitación con su mirada, de un modo

inquisitivo y moviendo los ojos como los de las cabezas de sarracenos que hay en los

relojes de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como

quien está acostumbrada a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a abrir la puerta.

Mi madre obedeció.

-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose

en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi madre de

luto riguroso y en aquel estado.

-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.

-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que habrá oído usted hablar de ella?

Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar

suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.

-Pues aquí la tiene usted —dijo miss Betsey.

Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pasara, y se dirigieron a la

habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a

encender fuego en la sala.

Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos

para contenerse, prorrumpió en llanto.

-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!

Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.

-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss Betsey-, que quiero verla bien.

Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no

tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal

modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y magníficos), esparciéndose

alrededor de su rostro.

-Pero ¡Dios mío! –exclamó miss Betsey-. ¡Si es usted una niña!

Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la

cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad

temía era ser demasiado niña para verse ya viuda y madre, si es que vivía.

Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre le pareció sentir que miss Betsey

acariciaba sus cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y mirarla con aquella

tímida esperanza, vio que continuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda un poco

remangada, los pies en el guardafuegos y las manos cruzadas sobre las rodillas.

-En nombre de Dios –dijo de pronto mi tía-, ¿por qué llamarla Rookery?

-¿Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.

-¿Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si cualquiera de los dos hubierais tenido un

poco de sentido práctico la habríais llamado Cookery.

-Es el nombre que eligió míster Copperfield -respondió mi madre-. Cuando compró la

casa le gustaba pensar que habría cuervos en sus alrededores.

En ese momento, el viento del atardecer empezó a silbar entre los olmos viejos y altos

del jardín con tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no pudieron por menos que

mirar con inquietud hacia la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros corno

gigantes que quisieran confiarse algún terrible secreto, y después de permanecer

inclinados unos segundos se erguían violentamente, sacudiendo sus enormes brazos,

como si aquellas confidencias, intranquilizando a su conciencia, les hubieran arrebatado

para siempre el reposo.

Algunos nidos bastante viejos de cuervos se bamboleaban destrozados por la intemperie

en sus ramas más altas, como náufragos en un mar tormentoso.

-¿Y dónde están los pájaros? -preguntó miss Betsey.

-¿Los que …?

Mi madre estaba pensando en otra cosa.

-Los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos? -preguntó mi tía.

-Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno -dijo mi madre-. Pensábamos…

Míster Copperfield creía… que esto era una gran rookery; pero los nidos son ya muy antiguos

y deben de estar abandonados hace mucho tiempo.

-¡Las cosas de David Copperfield! -exclamó miss Betsey-. ¡David Copperfield de la

cabeza a los pies! Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuervo en los alrededores,

y cree que ha de haber forzosamente pájaros porque ve nidos.

-Míster Copperfield ha muerto -contestó mi madre-, y si se atreve usted a hablarme mal

de él…

Sospecho que mi pobre madre tuvo por un momento la intención de arrojarse sobre mi

tía; pero ni aun estando en mejor estado de salud y con suficiente entrenamiento hubiera

podido hacer frente a semejante adversario; así es que después de levantarse se volvió a

sentar humildemente y cayó desvanecida.

Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey la hizo volver en sí, encontró a mi tía

de pie ante la ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a no ser por el resplandor

del fuego no hubieran podido distinguirse una a otra.

-¡Bueno! -dijo miss Betsey volviéndose a sentar, como si sólo hubiera estado mirando

por casualidad el paisaje-. ¿Y cuándo espera usted…?

-Estoy temblando -balbució mi madre-. No se que me pasa; pero estoy segura de que

me muero.

-No, no, no -dijo miss Betsey-. Tome usted un poco de té.

-¡Oh Dios mío, Dios mío! ¿Pero cree usted que eso me aliviará algo? -exclamó mi

madre desesperadamente.

-Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervioso… Pero ¿cómo llama usted a la chica?

-Todavía no sé si será niña -dijo mi madre con inocencia.

-¡Dios bendiga a esta criatura! -exclamó mi tía, ignorando que repetía la segunda frase

inscrita con alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándosela a mi madre en lugar

de a mí-. No se trataba de eso. Me refería a su criada.

-Peggotty -dijo mi madre.

-¡Peggotty! -repitió miss Betsey, casi indignada-. ¿Querrá usted hacerme creer que un

ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?

-Es su apellido -dijo mi madre con timidez-. Míster Copperfield la llamaba así porque

como tiene el mismo nombre de pila que yo…

-¡Aquí, Peggotty! -gritó miss Betsey abriendo la puerta- Traiga usted té; su señora no se

encuentra bien; conque ¡a no perder tiempo!

Habiendo dado esta orden con tanta energía como si su autoridad estuviese reconocida

en la casa desde toda la eternidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse, no sin antes haberse

cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al sonido de

aquella voz extraña.

-¿Decía usted que quizá será niña? -dijo cuando estuvo de nuevo con los pies sobre el

guardafuego, la falda un poco remangada y las manos cruzadas encima de las rodillas-.

No hay duda, será una niña; tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora bien, hija

mía: desde el momento en que nazca esa niña…

-Quizá sea un niño -se tomó la libertad de interrumpir mi madre.

-¡Cuando le digo que tengo el presentimiento de que será niña! -insistió miss Betsey-.

No me contradiga. Desde el momento en que nazca esa niña quiero ser su amiga. Cuento

con ser su madrina y le ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood Copperfield. Y

en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Pondremos todos los medios

para que nadie se burle de los afectos de la pobre niña. La educaremos muy bien,

evitando cuidadosamente que deposite su ingenua confianza en quien no lo merezca. Yo

cuidaré de ello.

A1 final de cada frase mi tía bajaba la cabeza, como si los recuerdos la persiguieran y el

no explayarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al menos así le pareció a mi

madre, que la observaba al débil resplandor del fuego, aunque en realidad estaba

demasiado asustada, demasiado intimidada y confusa para poder observar nada con

claridad ni saber qué decir.

-Y David, ¿era bueno con usted, hija mía? -preguntó miss Betsey después de un rato de

silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron gradualmente-. ¿Erais felices?

-Éramos muy dichosos -dijo mi madre, Era tan bueno conmigo míster Copperfield.

-Supongo que la habrá destrozado -insistió miss Betsey.

-Considerando que ahora tengo que verme sola y abandonada en este mundo, me temo

que sí -sollozó mi madre.

-¡Bien! Pero no llore más –dijo mi tía-. No estabais compensados, hija mía. ¿Habrá

alguna pareja que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era huérfana, ¿no es así?

-Sí.

-¿Y era institutriz?

-Estaba al cuidado de los niños en una familia que míster Copperfield visitaba. Y era

muy bueno conmigo míster Copperfield: se preocupaba mucho de mí y me demostraba

un gran interés. Por último, me pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos –dijo mi

madre con sencillez.

-¡Pobre niña! -murmuró miss Betsey, que continuaba mirando fijamente el fuego-. ¿Y

sabe usted hacer algo?

-No sé …. señora -balbució mi madre.

-¿Gobernar una casa, por ejemplo? -dijo miss Betsey.

-No mucho, me temo -respondió mi madre-. Mucho menos de lo que desearía. Pero

míster Copperfield me estaba enseñando…

-¡Para lo que él sabía! -dijo mi tía en un paréntesis.

-Y estoy segura de que hubiera adelantado mucho, pues estaba ansiosa de aprender, y él

era un maestro tan paciente… Sin la gran desgracia de su muerte…

Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no pudo seguir.

-Bien, bien –dijo miss Betsey.

-Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las noches hacíamos el balance juntos…

–continuó mi madre, sollozando desesperadamente.

-Bien, bien -exclamó mi tía—. No llore usted más.

-Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto cuando le parecía que mis treses y mis

cincos se confundían o que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves -terminó

mi madre en una nueva explosión de llanto.

-Se pondrá usted enferma -dijo miss Betsey-, lo que no será muy beneficioso para usted

ni para mi ahijada. ¡Vamos, no vuelva a empezar!

Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar era

creciente. Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas exclamaciones sordas de mi

tía, que continuaba calentándose los pies en el guardafuegos.

-David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé –dijo

poco a poco, A1 morir ¿ha hecho algo por usted?

-Míster Copperfield -constestó mi madre titubeandofue tan cariñoso y tan bueno

conmigo que aseguró parte de esa renta a mi nombre.

-¿Cuánto? -preguntó miss Betsey.

—Ciento cincuenta libras al año –dijo mi madre.

-¡Podía haberlo hecho peor! -dijo mi tía.

La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba

cada vez peor, tanto que Peggotty, que entraba con el té y las velas, se dio cuenta de ello

al instante (como se hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y la condujo

apresuradamente a su habitación del piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham

Peggotty -un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días para

utilizarle como mensajero especial en caso de urgencia- a buscar al médico y a la

comadrona.

Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron sobremanera cuando a su llegada

(pocos minutos después uno de otro) se encontraron con una señora desconocida y de aspecto

imponente, sentada ante el fuego, con la toca colgando del brazo izquierdo y

taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre tampoco

decía nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y, cosa curiosa, el hecho de estar

sacando aquella cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en los oídos no hacía

disminuir en nada lo imponente de su aspecto.

El doctor, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda

que había grandes probabilidades de que aquella señora y él tuvieran que permanecer

sentados frente a frente durante varias horas, se propuso estar amable y cariñoso con ella.

Este hombre era el ser más afable de su sexo, el más pequeño y dulce. Se deslizaba de

medio lado por las habitaciones para ocupar el menor sitio posible, y andaba con tanta

suavidad como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio. Llevaba siempre la cabeza

inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de su humildad y en parte

por el deseo de agradar a todos. No necesito decir que era incapaz de dirigir un palabra

dura a nadie, ni a un perro, ni aun a un perro rabioso. Todo lo más le murmuraría

dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la misma suavidad que

andaba y no sabía ser rígido ni impaciente.

Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente a mi tía, con la cabeza siempre

inclinada y haciéndole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y tocándose la oreja

izquierda:

-¿Alguna molestia, señora?

-¿Qué? -replicó mi tía, sacándose el algodón del oído como si fuera un corcho.

A míster Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad (según contó después a mi

madre), tanto que fue milagroso que conservara su presencia de ánimo. Insistió

dulcemente.

-¿Alguna molestia, señora?

-¡Qué necedad! -replicó mi tía, volviéndose a taponar el oído.

Después de esto, míster Chillip nada podía hacer y se sentó, y estuvo contemplando

tímidamente a mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarle al

dormitorio de mi madre. Después de un cuarto de hora de ausencia volvió.

-¿Y bien? –dijo mi tía, sacándose el algodón del lado más cercano a míster Chillip.

-Muy bien, señora -respondió el doctor-. Vamos…. vamos… avanzando… despacito,

señora.

-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! –dijo mi tía, interrumpiéndole con desprecio.

Y volvió a taponarse el oído.

Verdaderamente (según contaba después míster Chillip) era para indignarse, y él estaba

casi indignado; claro que sólo hablando desde un punto de vista profesional, pero estaba

casi indignado. Sin embargo, volvió a sentarse y la estuvo mirando cerca de dos horas,

mientras ella continuaba contemplando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo. Cuando

después de esta ausencia apareció:

-¿Y bien? -dijo mi tía, quitándose el algodón del mismo lado.

-Muy bien, señora -respondió míster Chillip-. Vamos…, vamos avanzando despacito,

señora.

-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! -interrumpió mi tía con tal desprecio hacia el pobre míster Chillip,

que este ya no pudo soportarlo.

Aquello era para hacerle perder la cabeza, según dijo después, y prefirió ir a sentarse

solo en la oscuridad de la escalera y en una fuerte corriente de aire hasta que le llamasen

de nuevo.

Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues iba a la

escuela nacional y era una verdadera fiera para el catecismo, contó al día siguiente que,

habiendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabinete una hora después de

aquello, miss Betsey, que recorría la habitación agitadísima, le descubrió al momento y se

lanzó sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo el algodón que había metido en

sus oídos no debía de estar aislada por completo de los ruidos, pues cuando los pasos y

las voces aumentaban en el piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el exceso de su

intranquilidad. Le tenía agarrado por el cuello y le obligaba a andar constantemente de

arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera tomado algún narcótico),

enmarañándole los cabellos, arrugándole el cuello de la camisa y taponándole con

algodón los oídos, confundiéndolos, sin duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda

clase de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte confirmado por su tía, que lo

vio a las doce y media, cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan rojo como yo

en aquel mismo momento.

El apacible míster Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en

aquellas circunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un momento libre se deslizó al gabinete

y le dijo a mi tía con su amable sonrisa:

-Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la enhorabuena.

-¿Por qué? –dijo secamente mi tía.

Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella extremada severidad, pero le hizo un

ligero saludo y trató de sonreírle para apaciguarla.

-¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre? -gritó mi tía con impaciencia-. ¿Es que

no puede hablar?

-Tranquilícese usted, mí querida señora –dijo el doctor con su voz melosa, No hay ya el

menor motivo de inquietud, tranquilícese usted.

Siempre he considerado como un milagro el que mi tía no le sacudiera hasta hacerlo

soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero moviendo la cabeza de una

manera que le estremeció.

-Pues bien, señora -resumió míster Chillip tan pronto como pudo recobrar el valor-.

Estoy contento de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, señora, todo ha terminado.

Durante los cinco minutos, poco más o menos, que míster Chillip empleó en pronunciar

esta frase, mi tía lo contemplaba con curiosidad.

-Y ella ¿cómo está? –dijo cruzándose de brazos, con el sombrero siempre colgando de

uno de ellos.

-Bien, señora, y espero que pronto estará completamente restablecida -respondió míster

Chillip-. Está todo lo bien que puede esperarse de una madre tan joven y que se encuentra

en unas circunstancias tan tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la vea,

señora; puede que le haga bien.

-Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? -dijo bruscamente mi tía.

Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un lado y miró a mi tía como un pajarillo

asustado.

-¿La niña, que cómo está? -insistió miss Betsey.

—Señora -respondió míster Chillip-, creía que lo sabía usted: es un niño.

Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las cintas la lanzó a la cabeza de míster

Chillip; después se la encasquetó en la suya descuidadamente y se marchó para siempre.

Se desvaneció como un hada descontenta, o como uno de esos seres sobrenaturales que la

superstición popular aseguraba que tendrían que aparecérseme. Y nunca más volvió.

No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su lecho, y Betsey Trotwood Copperfield

había vuelto para siempre a la región de sueños y sombras, a la terrible región de donde

yo acababa de llegar. Y la luna que entraba por la ventana de nuestra habitación se

reflejaba también sobre la morada terrestre de todos los que nacían y sobre la sepultura en

que reposaban los restos mortales del que fue mi padre y sin el cual yo nunca hubiera

existido.

CAPÍTULO II

OBSERVO

Lo primero que veo de forma clara cuando quiero recordar la lejanía de mi primera

infancia es a mi madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil, y a Peggotty, sin

edad definida, con unos ojos tan negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con unas

mejillas y unos brazos tan duros y rojos que me sorprende que los pájaros no los

prefirieran a las manzanas.

Y siempre me parece recordarlas arrodilladas ante mí, frente a frente en el suelo,

mientras yo voy con paso inseguro de una a otra. Tengo un recuerdo en mi mente, que se

mezcla con los recuerdos actuales, del contacto del dedo que Peggotty me tendía para

ayudarme a andar: un dedo acribillado por la aguja y áspero como un rallador.

Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo que la memoria de la mayor parte de los

hombres puede conservar una impresión de la infancia más amplia de lo que

generalmente se supone; también creo que la capacidad de observación está

exageradamente desarrollada en muchos niños y además es muy exacta. Esto me hace

pensar que los hombres que destacan por dicha facultad es, con toda seguridad, porque no

la han perdido más que porque la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por lo

general, esos hombres conservan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de

agradar, que también es herencia procedente de la infancia.

Podrá tachárseme de divagador por detenerme a decir estas cosas, pero ello me obliga a

hacer constar que todas estas conclusiones las saco en parte de mi propia experiencia.

Así, si alguien piensa que en esta narración me presento como un niño de observación

aguda, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, puede estar

seguro de que tengo derecho a ambas características.

Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de mis años infantiles, lo primero que

recuerdo, emergiendo por sí mismo de la confusión de las cosas, es a mi madre y a Peggotty.

¿,Qué más recuerdo? Veamos.

También sale de la bruma nuestra casa, tan unida a mis primeros recuerdos. En el piso

bajo, la cocina de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay un palomar vacío y en

un rincón una gran caseta de perro sin perro, y donde pululan una gran cantidad de pollos,

que a mí me parecen gigantescos y que corretean por allí de una manera feroz y

amenazadora. Hay un gallo que se sube a un palo y que cuando yo le observo desde la

ventana de la cocina parece mirarme con tanta atención que me hace estremecer: ¡es tan

arrogante! Hay también unas ocas que se dirigen a mí asomando sus largos cuellos por la

reja cuando me acerco. Por la noche sueño con ellas, como podría soñar un hombre que,

rodeado de fieras, se duerme pensando en los leones.

Un largo pasillo (¡qué enorme perspectiva conservo de él!) conduce desde la cocina de

Peggotty hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa abre su puerta al pasillo, y ese

es un sitio por el que de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién sabe lo que puede

suceder entre todas aquellas ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y sólo un

quinqué lo alumbra débilmente, dejando salir por la puerta entrabierta olor a jabón, a

velas y a café, todo mezclado? Después hay otras dos habitaciones: el gabinete, donde

pasamos todas las tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está siempre con

nosotros cuando no hay visita y ha terminado sus quehaceres), y la sala, donde

únicamente estamos los domingos. La sala es mucho mejor que el gabinete, pero no se

está en ella tan a gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza, pues Peggotty me

contó (no sé cuándo, pero me parece que hace siglos) que allí habían sido los funerales de

mi padre, rodeado de los parientes y amigos, cubiertos todos con mantos negros. Además,

un domingo por la noche mi madre nos leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrección

de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobrecogió de tal modo que después,

cuando ya estaba acostado, tuvieron que sacarme de la cama y enseñarme desde la

ventana de mi alcoba el cementerio, completamente tranquilo, con sus muertos

durmiendo en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la luna.

No hay nada tan verde en ninguna parte como el musgo de aquel cementerio, nada tan

frondoso como sus árboles, nada tan tranquilo como sus tumbas. Cuando por la mañana

temprano me arrodillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habitación de mi madre, y

miro por la ventana y veo a los corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja

reflejándose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre es el reloj de sol!», y me maravilla

que también hoy siga marcando el tiempo.

Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su alto respaldo al lado de una ventana, por

la que podemos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mirarla ni un momento: se conoce

que le gusta cerciorarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en ella. Pero aunque

los ojos de Peggotty vagabundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo hago lo

mismo, y me hace señas de que me esté quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo

no puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene puesta esa cosa blanca sí es muy

amigo mío, pero allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso que a lo mejor

interrumpirá el oficio para preguntarme la causa de ello ¿Qué haré, Dios mío?

Bostezar es muy feo, pero ¿qué voy a hacer? Miro a mi madre y noto que hace como

que no me ve. Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a hacerme muecas. Miro un

rayo de sol que entra por la puerta entreabierta del pórtico, pero allí también veo una

oveja extraviada (y no quiero decir un pecador, sino un cordero) que está a punto de

colarse en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola terminaré por gritarle que se

marche, y ¿qué sería de mí entonces? Miro las monumentales inscripciones de las tumbas

y trato de pensar en el difunto míster Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la pena

que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte de su marido, después de una larga

enfermedad, para la cual la ciencia de los médicos ha sido ineficaz, y me pregunto si

habrán consultado también a míster Chillip en vano; y en ese caso, ¿cómo podrá venir y

estarlo recordando una vez por semana? Miro a míster Chillip, que está con su corbata de

domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien que se podría jugar allí. El púlpito

sería la fortaleza; otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le arrojaríamos el

almohadón de terciopelo, con sus borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cierran

los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el

momento en que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me saca de la iglesia más

muerto que vivo.

Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las ventanas de los dormitorios abiertas,

por las que penetra un aire embalsamado, y los viejos nidos de cuervos que se balancean

todavía en lo alto de las ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de atrás, delante

del patio donde está el palomar y la caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo

recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra con una cadena: allí los frutos

maduran en los árboles más ricos y abundantes que en ninguna otra parte; y mientras mi

madre los recoge en su cesta, yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grosellas,

haciendo como que no me muevo. Se levanta un gran viento y el verano huye de

nosotros. En las tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando mi madre está

cansada se sienta en su butaca, se enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla su

talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le gusta mirarse y lo contenta que está de ser

tan bella.

Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa y la sensación de que los dos (mi

madre y yo) teníamos un poco de miedo de Peggotty, y nos sometíamos en casi todo a sus

órdenes; de aquí dimanaban siempre las primeras opiniones (si se pueden llamar así), a lo

que yo veía.

Una noche estábamos Peggotty y yo solos sentados junto al fuego. Yo había estado

leyéndole a Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí de leer muy mal o a la

pobre mujer le interesaba muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga impresión que le

quedó de mi lectura fue que se trataba de una especie de legumbres. Me había cansado de

leer y me caía de sueño; pero como tenía permiso (como una gran cosa) para permanecer

levantado hasta que volviera mi madre (que pasaba la velada en casa de unos vecinos)

como es natural, hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme a la cama.

Había llegado a ese estado de sueño en que me parecía que Peggotty se inflaba y crecía

de un modo gigantesco. Me sostenía con los dedos los párpados para que no se me cerrasen

y la miraba con insistencia, mientras ella seguía trabajando; también miraba el

pedacito de cera que tenía para el hilo (¡qué viejo estaba y qué arrugado por todos lados!

y la casita donde vivía el metro, y la caja de labor, con su tapa de corredera que tenía

pintada una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula color de rosa, y el dedal de

cobre puesto en su dedo, y a ella misma, que realmente me parecía encantadora.

Tenía tanto sueño que estaba convencido de que en el momento en que perdiera de vista

cualquiera de aquellas cosas ya no tendría remedio.

-Peggotty -dije de repente- ¿Has estado casada alguna vez?

-¡Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ¿,Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?

Me contestó tan sorprendida que casi me despabiló, y dejando de coser me miró con la

aguja todo lo estirada que le permitía el hilo.

-Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty? -le dije- Tú eres una mujer muy guapa,

¿no?

La encontraba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de

belleza, me parecía un ejemplar perfecto.

Había en el gabinete un taburete de terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado

un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma

cosa. El terciopelo del taburete era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de

menos.

-¿Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por Dios, querido. Pero ¿quién te ha

metido en la cabeza esas cosas?

-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de una persona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?

-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.

-Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ¿entonces sí puede uno

casarse con otra? Di, Peggotty.

-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cuestión de gustos –dijo Peggotty.

-Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?

Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque me daba cuenta de que ella me

observaba con una curiosidad enorme.

-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un

momento de vacilación que yo nunca he estado casada, ni pienso estarlo, Davy. Eso es

todo lo que sé sobre el asunto.

-Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad, Peggotty? –dije después de un minuto

de silencio.

De verdad creía que se había enfadado, me había contestado tan lacónicamente; pero

me equivocaba por completo, pues dejando a un lado su labor (que era una media suya) y

abriendo mucho los brazos cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza. Estoy

seguro de que fue con fuerza, porque, como estaba tan gordita, en cuanto hacía un

movimiento algo brusco los botones de su traje saltaban arrancados. Y recuerdo que en

aquella ocasión salieron dos disparados hasta el otro extremo de la habitación.

-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodilos» -me dijo Peggotty, que todavía no

había conseguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he enterado ni de la mitad.

Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni por qué tenía aquel afán en volver a

ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los monstruos, con un nuevo interés

por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol como

corríamos hacia ellos hostigándolos con insistentes vueltas a su alrededor, tan rápidas,

que ellos, a causa de su extraña forma, no podían seguir. Después los perseguíamos en el

agua como los indígenas, y les introducíamos largos pinchos por las fauces. En resumen,

que llegamos a sabernos de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo menos yo. De

Peggotty no respondo, pues estaba tan distraída, que no hacía más que pincharse con la

aguja en la cara y en los brazos.

Habiendo agotado todo lo referente a los cocodrilos, íbamos a empezar con sus

semejantes, cuando sonó la campanilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi madre. Me

pareció que estaba más bonita que nunca, y con ella llegaba un caballero de hermosas

patillas y cabello negros, a quien ya conocía por habernos acompañado a casa desde la

iglesia el domingo anterior.

Cuando mi madre se detuvo en la puerta para cogerme en sus brazos y besarme, el

caballero dijo que yo tenía más suerte que un rey (o algo parecido) pues me temo que mis

reflexiones ulteriores me ayuden en esto.

-¿Qué quiere decir? -pregunté por encima del hombro de mi madre.

El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por qué no me gustaban ni él ni su voz

profunda, y tenía como celos de que su mano tocara la de mi madre mientras me

acariciaba. Le rechacé lo más fuerte que pude.

-¡Oh Davy! -me reprochó mi madre.

-¡Querido niño! -dijo el caballero, ¡No me sorprende su adoración!

Nunca había visto un color tan hermoso en el rostro de mi madre.

Me regañó dulcemente por mi brusquedad, y estrechándome entre sus brazos, daba las

gracias al caballero por haberse molestado en acompañarla. Mientras hablaba le tendió la

mano, y mientras se la estrechaba me miraba.

-Dame las buenas noches, hermoso -dijo el caballero, después de inclinarse (¡yo lo vi!)

a besar la mano de mi madre.

-¡Buenas noches! –dije.

-Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos del mundo -insistió riendo-; dame la

mano.

Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha y yo le tendí la otra.

-¡Cómo! Esta es la mano izquierda, Davy -dijo él riendo.

Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo había resuelto no dársela, y no se la di.

Le alargué la otra, que él estrechó cordialmente, y diciendo que era un buen chico, se

marchó.

Un momento después le vi volverse en la puerta del jardín y lanzarnos una última

mirada (antes de que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de mal agüero.

Peggotty, que no había dicho una palabra ni movido un dedo, cerró instantáneamente

los cerrojos, y entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su costumbre, en lugar de

sentarse en la butaca junto al fuego, permaneció en el otro extremo de la habitación

canturreando para sí.

-Espero que haya pasado usted una velada agradable -dijo Peggotty, tiesa como un palo

en el centro de la habitación y con un palmatoria en la mano.

-Sí, Peggotty, muchas gracias -respondió mi madre con voz alegre-. He pasado una

velada muy agradable.

-Una persona nueva es siempre un cambio muy agradable -insistió Peggotty.

-Naturalmente, es un cambio muy agradable -contestó mi madre.

Peggotty continuó inmóvil en medio de la habitación, y mi madre reanudó su canto. Yo

me dormí, aunque no con un sueño profundo, pues me parcería oír sus voces, pero sin entender

lo que decían. Cuando me desperté de aquella desagradable modorra, me encontré

a Peggotty y a mamá hablando y llorando.

-No es una persona así la que le hubiera gustado a mister Copperfield -decía Peggotty-;

se lo repito y se lo juro.

-¡Dios mío! -exclamó mi madre-. ¿Quieres volverme loca? En mi vida he visto a nadie

ser tratado con tanta crueldad por sus criados. Además, hago una injusticia si me considero

una niña. ¿No he estado casada, Peggotty?

-Dios sabe que sí, señora -respondió Peggotty.

-¿Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-, cómo tienes corazón para hacerme tan

desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie

que me consuele?

-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle que eso no le conviene. No, no puede ser.

De ninguna manera debe usted hacerlo. ¡No!

Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al aire del énfasis con que la movía.

-¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una manera tan injusta? -gritó mi madre

llorando más que antes-. ¿Por qué te empeñas en considerarlo como cosa decidida,

Peggotty, cuando te repito una vez y otra que no ha pasado nada de la más corriente

cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la

siente, ¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pregunto? Tú querrías que me

afeitase la cabeza y me ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con una quemadura,

un cuchillo o algo parecido. Estoy segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura de

que te daría una gran alegría.

Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la reprimenda.

-Y mi niño, mi hijito querido -continuó mi madre, acercándose a la butaca en que yo

estaba tendido y acariciándome-, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que no quiero a mi

mayor tesoro! El mejor compañero que haya existido jamás.

-Nadie ha insinuado semejante cosa —dijo Peggotty.

-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy bien. Es lo que has querido decirme con

tus malas palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien como yo que únicamente

por él no me he comprado el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que la verde

está completamente destrozada y se va por momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes

negarlo!

Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando su mejilla contra la mía:

-¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una madre mala, egoísta y cruel? Di que lo

soy, hijo mío; di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peggotty vale mucho más que

el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ¿verdad?

Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que yo era el que lloraba más fuerte; pero

estoy seguro de que todos lo hacíamos con sinceridad. Yo estaba verdaderamente destrozado,

y temo que en los primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a Peggotty

bestia. Aquella excelente criatura estaba en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y

estoy casi seguro de que en aquella ocasión su vestido debió de quedarse sin un solo

botón, pues saltaron por los aires cuando después de reconciliarse con mi madre se

arrodilló al lado del sillón para reconciliarse conmigo.

Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollozos me desvelaron durante mucho

tiempo; y cuando un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la cama, me encontré a

mi madre sentada a los pies a inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me dormí

profundamente.

No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a ver al caballero aquel, o si pasó más

tiempo antes de que reapareciese; no puedo recordarlo, y no pretendo determinar fechas;

pero sé que volví a verlo en la iglesia y que después nos acompañó a casa. Además, entró

para ver un hermoso geranio que teníamos en la ventana del gabinete. No me pareció que

se fijaba mucho en el geranio; pero antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi

madre le dijo que cortara él mismo la que más le gustase; pero él se negó, no comprendí

por qué, y entonces mi madre, arrancando una florecita, se la dio. Él dijo que nunca,

nunca, se separaría de ella; y yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que no sabía

que al día siguiente estaría marchita.

Por aquella época, Peggotty empezó a estar menos con nosotros por las noches. Mi

madre la trataba con mucha deferencia (más que de costumbre me parecía a mí), y los

tres estábamos muy amigos, pero había algo distinto que nos hacía sentir violentos

cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pensaba que a Peggotty no le gustaba que mi

madre luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía guardados, ni que fuera tan a

menudo a casa de la misma vecina; pero no lograba comprender por qué.

Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al caballero de las patillas negras. Seguía sin

gustarme más que al principio y continuaba sintiendo los mismos celos, aunque sin más

razón para ello que una instintiva antipatía de niño y un vago sentimiento de que

Peggotty y yo debíamos bastar a mi madre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de

haber sido mayor, no hubiera encontrado estas razones, ni siquiera nada semejante. Podía

observar pequeñas cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo que estaba por

encima de mis fuerzas.

Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en el jardín, cuando míster Murdstone

(entonces ya sabía su nombre) pasó por allí a caballo. Se detuvo un momento a saludar a

mi madre, y dijo que iba a Lowestolf, donde tenía unos amigos, dueños de un yate, y me

propuso muy alegremente llevarme con él montado en la silla si me gustaba el paseo.

Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mientras piafaba y relinchaba a la puerta del

jardín, parecía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí grandes deseos de acompañarlos.

Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre tanto, míster Murdstone desmontó, y

con las bridas del caballo debajo del brazo se puso a pasear lentamente por el otro lado

del seto, mientras mi madre le acompañaba, paseando también lentamente, por dentro del

jardín. Me reuní con Peggotty y los dos nos pusimos a mirar desde la ventana de mi

cuarto. Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar el seto que había entre ellos

mientras andaban; y también que Peggotty, que estaba de muy buen humor, pasó en un

momento a todo lo contrario, y comenzó a peinarme de un modo violento.

Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando a lo largo del verde seto por el lado

del camino. Me sostenía cómodamente con un brazo; pero yo no podía estarme tan quieto

como de costumbre, y no dejaba de pensar a cada momento en volver la cabeza para

mirarle. Míster Murdstone tenía una clase de ojos negros «vacíos». No encuentro otra

palabra para definir esos ojos que no son profundos, en los que no se puede sumergir la

mirada y que cuando se abstraen parece, por una peculiaridad de luz, que se desfiguran

por un momento como una máscara. Varias de las veces que le miré le encontré con

aquella expresión, y me preguntaba a mí mismo, con una especie de terror, en qué estaría

pensando tan abstraído.

Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me parecieron más negros y más

abundantes;.nunca hubiera creído que fueran así. La parte inferior de su rostro era

cuadrada; esto y la sombra de su barba, muy negra, que se afeitaba cuidadosamente todos

los días, me recordaba una figura de cera que habían recibido haría unos seis meses en

nuestra vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el brillante colorido de su cutis (al

diablo su cutis y al diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de mis sentimientos,

que era un hombre muy guapo. No me extraña que mi pobre y querida madre pensara lo

mismo.

Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde encontramos a dos caballeros fumando en

una habitación. Cada uno estaba tumbado lo menos en cuatro sillas, y tenían puestas unas

chaquetas muy amplias. En un rincón había un montón de abrigos, capas para embarcarse

y una bandera, todo empaquetado junto.

Cuando entramos, los dos se levantaron perezosamente y dijeron:

-¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías muerto!

-Todavía no –dijo Murdstone.

-¿Y quién es este chico? -dijo, cogiéndome, uno de los caballeros.

-Es Davy —contestó Murdstone.

-Davy, ¿qué? –dijo el caballero-. ¿Jones?

-Copperfield -dijo Murdstone.

-¡Ah, vamos! ¡El estorbo de la seductora mistress Copperfield, la viudita bonita!

-exclamó el caballero.

-Quinion -dijo Murdstone-, tenga usted cuidado. Hay gente muy avispada.

-¿Quién? -preguntó el otro, riéndose.

Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha curiosidad por saber de quién hablaban.

-Hablo de Brooks de Shefield -dijo míster Murdstone.

Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de Brooks de Shefield, porque en el primer

momento había creído que hablaban de mí.

Debía de haber algo muy cómico en la fama de míster Brooks de Shefield, pues los

otros dos caballeros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster Murdstone también

pareció divertirle mucho. Después que hubieron reído un rato, el caballero a quien habían

llamado Quinion dijo:

-¿Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo que se refiere al asunto?

-No creo que Brooks entienda todavía mucho de ello -replicó míster Murdstone-; pero

en general no me parece favorable.

De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo que iba a mandar traer una botella de

sherry para brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio también a mí un poco con

un bizcocho, y antes de que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:

-¡A la confusión de Brooks de Shefield!

El brindis fue recibido con aplausos y grandes risas, lo que me hizo reír a mí también.

Entonces ellos rieron todavía más. En resumen, nos divertimos mucho.

Luego estuvimos paseando; después nos fuimos a sentar en la hierba, y más tarde lo

estuvimos mirando todo a través de un telescopio. Yo no podía ver nada cuando lo ponían

ante mis ojos, pero decía que veía muy bien. Después volvimos al hotel para almorzar.

Todo el tiempo que estuvimos en la calle los amigos de míster Murdstone fumaron sin

cesar, lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de estar haciendo desde que habían

salido los trajes de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a visitar el yate. Allí ellos

tres bajaron a una cabina donde estuvieron mirando unos papeles. Yo los veía

completamente entregados a su trabajo cuando se me ocurría mirar por la claraboya

entreabierta. Durante aquel tiempo me dejaron con un hombre encantador, con

abundantes cabellos rojos y un sombrero pequeño y barnizado encima. También llevaba

una camisa o un jersey rayado, sobre la que se veía escrito en letras mayúsculas Alondra.

Yo pensé que sería su nombre, y que, como vivía en un barco y no tenía puerta donde

ponerlo, se lo ponía encima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo que aquel no

era su nombre, sino el del barco.

Durante todo el día pude observar que míster Murdstone estaba más serio y silencioso

que los otros dos caballeros, los cuales parecían muy alegres y despreocupados, bromeando

de continuo entre ellos, pero muy rara vez con él. También me pareció que era más

inteligente y más frío y que lo miraban con algo del mismo sentimiento que yo

experimentaba. Pude observar que una o dos veces, cuando míster Quinion hablaba,

miraba de reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de que no le estaba

desagradando; y en otra ocasión, cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba más

entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le hizo señas con los ojos para que mirase a

míster Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso. No recuerdo que míster Murdstone

se riera en todo el día, excepto en el momento del brindis por Shefeld, y eso porque

había sido cosa suya.

Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy hermosa, y mi madre y él se pasearon

de nuevo a lo largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando míster Murdstone se

marchó, mi madre me estuvo preguntando qué había hecho durante el día y lo que habían

dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo

que eran unos impertinentes y que decían tonterías; pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía

con la misma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía a

míster Brooks de Shefield; pero me contestó que no, y que suponía que se trataría de

algún fabricante de cuchillos.

¿Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha cambiado y que no existe) ha

desaparecido para siempre, cuando todavía en este momento le estoy viendo ante mí tan

claro como el de una persona a quien se reconocería en medio de la multitud? ¿Cómo

decir que su inocencia y de su belleza infantil, han desaparecido, cuando todavía siento su

aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche? ¿Es posible que haya cambiado,

cuando mi imaginación me la trae todavía viva, y aquel verdadero cariño que sentía y que

sigo sintiendo, recuerda aún lo que más quería entonces?

Al referirme a ella la describo como era: cuando me fui aquella noche a la cama

después de charlar y cuando después vino ella a mi lecho a besarme, se arrodilló

alegremente al lado de mi camita y con la barbilla apoyada en sus manos y riendo me

dijo:

-¿Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo; ¡no lo puedo creer!

-La seductora… -empecé.

Mi madre puso sus manos sobre mis labios para interrumpirme.

-No sería seductora -dijo riendo-. No puede haber sido seductora, Davy. ¡Estoy segura

de que no era eso!

-Sí era: «la seductora mistress Copperfield» -repetí con fuerza-. Y «la bonita» .

-No, no; tampoco era bonita; no era bonita -interrumpió mi madre, volviendo a poner

sus dedos sobre mis labios.

-Sí era, sí: « la bonita viudita».

-¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! -exclamó mi madre riendo y cubriéndose el rostro con

las manos. ¡Qué hombres tan ridículos! Davy querido…

-¿Qué, mamá?

-No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos. Yo también estoy muy enfadada;

pero prefiero que Peggotty no lo sepa.

Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos todavía muchas veces, y pronto caí en un

profundo sueño.

Ahora, desde la distancia, me parece como si hubiera sido al día siguiente cuando

Peggotty me hizo la extravagante y aventurada proposición que voy a relatar, aunque es

muy probable que fuese dos meses después.

Una noche estábamos (como siempre cuando mi madre había salido) sentados, en

compañía del metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la catedral de Saint Paul en

la tapa y del libro del cocodrilo, cuando Peggotty, después de mirarme varias veces y

abrir la boca como si fuera a hablar, sin hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba;

de no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo cariñosamente:

-Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince días en casa de mi hermano, en

Yarmouth? ¿Te divertiría?

-¿Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty? -pregunté con precaución.

-¡Oh! ¡Ya lo creo que es un hombre simpático! -exclamó Peggotty levantando las

manos-. Y además allí tendrás el mar, y los barcos, y los buques grandes, y los pescadores,

y la playa, y a Ham para jugar.

Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencionado en el primer capítulo; pero

hablaba de él como de una parte de la gramática inglesa.

Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté que ya lo creo que me divertiría;

pero ¿qué diría mi madre?

-Apuesto una guinea -dijo Peggotty mirándome intensamente- a que nos deja. Si

quieres, se lo pregunto en cuanto vuelva. ¡Ahí mismo!

-Pero, ¿qué hará ella mientras no estemos? -dije, apoyando mis codos pequeños en la

mesa como para dar más fuerza a mi pregunta-. ¡No va a quedarse sola!

Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media era el roto que cosía, verdaderamente

debía de ser tan pequeño que no merecía la pena de repasarlo.

-Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podría vivir sola.

-¡Dios te bendiga! -exclamó al fin Peggotty, mirándome de nuevo-. ¿No lo sabes? Tu

madre va a pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress Grayper va a tener en su

casa mucha gente.

¡Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto a ir. Esperé con la más viva

impaciencia a que mi madre volviera de casa de mistress Grayper (pues estaba en casa de

aquella misma vecina) para estar seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea. Sin

ni mucho menos sorprenderse, como yo esperaba, mi madre consintió enseguida en ello;

y todo quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que pagarían por mi alojamiento y

manutención durante la visita.

El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían fijado tan cercano, que llegó pronto

hasta para mí, que lo esperaba con febril impaciencia y que temía que un temblor de

tierra, una erupción volcánica o cualquier otra gran convulsión de la naturaleza viniera a

interponerse interrumpiendo la expedición. Debíamos ir en el coche de un carretero que

partía por la mañana después del desayuno. Hubiera dado dinero por haber podido

vestirme la noche anterior y dormir ya con sombrero y botas.

¡Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parezca que lo digo como algo sin

importancia, la alegría con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar siquiera lo que

dejaba para siempre!

Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a la puerta y mi madre me besaba, una

gran ternura por ella y por el viejo lugar que nunca había abandonado me hizo llorar. Y

me gusta saber que mi madre también lloraba y que yo sentía latir su corazón contra el

mío.

Me gusta recordar que cuando el carro empezó a alejarse, mi madre corrió tras él por el

camino, mandándole parar, para darme más besos, y me gusta saber la gravedad y el cariño

con que apretaba su cara contra la mía, y yo también.

Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya partimos, míster Murdstone apareció a

su lado. Me pareció que le reprochaba el estar tan conmovida. Yo los miraba a través de

los barrotes del carro, preocupado con la idea de por qué ese señor se metería en aquello.

Peggotty, que también estaba mirando, no parecía nada satisfecha; se lo noté en cuanto

le miré a la cara.

Durante algún tiempo permanecí mirando a Peggotty y pensando que si ella quisiera

abandonarme, como a los niños en los cuentos de hadas, yo sería capaz de volver a encontrar

el camino de casa guiándome sólo por los botones que, seguramente, se le irían

cayendo.

CAPÍTULO III

UN CAMBIO

Quiero suponer que el caballo del carretero era el más perezoso del mundo, pues

caminaba muy despacio y con la cabeza baja, como si le gustase hacer esperar a la gente

a quien llevaba los encargos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se reía para sí al

pensar en ello. Sin embargo, el carretero me dijo que era tos porque había cogido un

constipado.

También él tenía la costumbre de llevar la cabeza baja, como su caballo, y mientras

conducía iba medio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y digo «conducía»

aunque a mí me pareció que el carro hubiera podido ir a Yarmouth exactamente igual sin

él; era evidente que el caballo no lo necesitaba; y en cuanto a dar conversación, no tenía

ni idea; sólo silbaba.

Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa cesta de provisiones, que hubiera

podido durarnos hasta Londres aunque hubiéramos continuado el viaje con el mismo

medio de transporte. Comíamos y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la barbilla

apoyada en el asa de la cesta, postura de la que ni por un momento se cansaba; y yo

nunca hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis propios oídos, que una mujer tan

débil roncase de aquel modo.

Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estuvimos tanto tiempo descargando la

armadura de una cama en una posada y llamando en otros muchos sitios, que estaba ya

cansadísimo, y me puse muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.

Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo largo del río me pareció que estaba

todo muy esponjoso y empapado, y no acertaba a comprender cómo si el mundo es realmente

redondo (según mi libro de geografía) una parte de él puede ser tan sumamente

plana. Imaginando que Yarmouth podía estar situada en uno de los polos, ya era más

explicable. Conforme nos acercábamos veíamos extenderse cada vez más el horizonte

como una línea recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna colina, o cosa

semejante, de vez en cuando, mejoraría mucho el paisaje, y que si la tierra estuviera un

poco más separada del mar y la ciudad menos sumergida en él, como un trozo de pan en

el caldo, sería mucho más bonito. Pero Peggotty me contestó, con más énfasis que de

costumbre, que había que tomar las cosas como eran, y que, por su parte, estaba orgullosa

de poder decir que era un «arenque» de Yarmouth.

Cuando salimos a la calle (que era completamente extraña y nueva para mí); cuando

sentí el olor del pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a los pescadores

paseando y las carretas de un lado para otro, comprendí que había sido injusto con un

pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peggotty, que escuchó mis expresiones de

entusiasmo con gran complacencia y me contestó que era cosa reconocida (supongo que

por todos aquellos que habían tenido la suerte de nacer « arenques») que Yarmouth era,

por encima de todo, el sitio más hermoso del universo.

-Allí veo a mi Ham. ¡Pero si está desconocido de lo que ha crecido -gritó Peggotty.

En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta de la posada, y me preguntó por mi

salud como a un antiguo conocido. Al principio me daba cuenta de que no le conocía

tanto como él a mí, pues el haber estado en casa la noche de mi nacimiento le daba, como

es natural, gran ventaja. Sin embargo, empezamos a intimar desde el momento en que me

cogió a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa. Ham era entonces un muchacho

grandón y fuerte, de seis pies de alto y bien proporcionado, con enormes espaldas redondas;

pero con una cara de expresión infantil y unos cabellos rubios y rizados que le

daban todo el aspecto de un cordero. Iba vestido con una chaqueta de lona y unos

pantalones tan tiesos, que se hubieran sostenido solos incluso sin piernas dentro.

Sombrero, en realidad, no se podía decir que llevaba, pues iba cubierto con una especie

de tejadillo algo embreado como un barco viejo.

Ham me llevaba a caballo encima de sus hombros, y con una de nuestras maletas

debajo del brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por senderos cubiertos con

montones de viruta y de montañitas de arena; después cerca de una fábrica de gas, por

delante de cordelerías, arsenales de construcción y de demolición, arsenales de calafateo,

de herrerías en movimiento y de muchos sitios análogos. Y por fin llegamos ante la vaga

extensión que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:

-Esta es nuestra casa, señorito Davy.

Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar en aquel desierto, por encima del mar y

por la orilla; pero no conseguí descubrir ninguna casa; allí había una barcaza negra o algo

parecido a una barca viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de hierro asomando

como una chimenea, del que salía un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pudiera

parecer una casa.

-¿No será eso? -dije- ¿Eso que parece una barca?

-Precisamente eso, señorito Davy -replicó Ham.

Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas sus maravillas, creo que no me hubiera

seducido más la romántica idea de vivir en él. Tenía una puerta bellísima, abierta en un

lado, y tenía techo y ventanas pequeñas; pero su mayor encanto consistía en que era un

barco de verdad, que no cabía duda que había estado sobre las olas cientos de veces y que

no había sido hecho para servir de morada en tierra firme. Eso era lo que más me

cautivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera parecido pequeña o incómoda o

demasiado aislada; pero no habiendo sido destinada a ese uso, resultaba una morada

perfecta.

Por dentro estaba limpia como los chorros del oro y lo más ordenada posible. Había una

mesa y un reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda una bandeja de té, en la que

había pintada una señora con una sombrilla paseándose con un niño de aspecto marcial

que jugaba al aro. La bandeja estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se hubiese

escurrido habría arrastrado en su caída gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que

estaban agrupados su alrededor. En las paredes había algunas láminas con marcos y

cristal: eran imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he podido verlas en manos de

los vendedores ambulantes sin contemplar al mismo tiempo el interior completo de la

casa del hermano de Peggotty. Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, de

azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de leones, verdes, eran los más notables.

Sobre la repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgubre Shara Jane, comprado en

Sunderland, que tenía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de composición y de

carpintería que yo consideraba como una de las cosas más deseables que podía ofrecer el

mundo. En las vigas del techo había varios ganchos, cuyo uso no adiviné entonces;

algunos baúles y cajones servían de asiento, aumentando así el número de sillas.

Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de un primer vistazo, de acuerdo con mi

teoría de observación infantil. Después, Peggotty, abriendo una puertecita, me enseñó mi

habitación. Era la habitación más completa y deseable que he visto en mi vida. Estaba en

la popa del barco y tenía una ventanita, que era el sitio por donde antes pasaban el timón;

un espejito estaba colgado en la pared, precisamente a mi altura, con su marco de

conchas; también había un ramo de plantas marinas en un cacharro azul, encima de la

mesilla, y una cainita con el sitio suficiente para meterse en ella. Las paredes eran blancas

como la leche, y la colcha, hecha de retales, me cegaba con la brillantez de sus colores.

Una cosa que observé con interés en aquella deliciosa casita fue el olor a pescado; tan

penetrante, que cuando sacaba el pañuelo para sonarme olía como si hubiera servido para

envolver una langosta. Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, me dijo que su

hermano se dedicaba a la venta de cangrejos y langostas, y, en efecto, después encontré

gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No sabían estar un momento sin pinchar

todo lo que encontraban en un pequeño pilón de madera que había fuera de la casa, y en

el que también se metían los pucheros y cacerolas.

Fuimos recibidos por una mujer muy bien educada, que tenía un delantal blanco y a

quien yo había visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo reverencias en la

puerta cuando llegaba montado en Ham. A su lado estaba la niña más encantadora del

mundo (así me lo pareció), con un collar de perlas azules alrededor del cuello, pero que

no me dejó besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo. Después que hubimos

comido de una manera opípara pescado cocido, mantequilla y patatas, con una chuleta

para mí, un hombre de largos cabellos y cara de buena persona entró en la casa. Como

llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en la mejilla, no tuve la menor duda de

que era su hermano. En efecto, así me le presentaron: míster Peggotty, señor de la casa.

-Muy contento de verte -dijo míster Peggotty-; nos encontrará usted muy rudos,

señorito, pero siempre dispuestos a servirle.

Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de que sería feliz en un sitio tan

delicioso.

-¿Y cómo está su mamá? –dijo míster Peggotty-. ¿La ha dejado usted en buena salud?

Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien que podía desearse, y añadí que me había

dado muchos recuerdos para él, lo que era una mentira amable por mi parte.

-Le aseguro que se lo agradezco mucho -dijo míster Peggotty-. Muy bien, señorito; si

puede usted estarse quince días contento entre nosotros –dijo mirando a su hermana, a

Ham y a la pequeña Emily-, nosotros, muy orgullosos de su compañía.

Después de hacerme los honores de su casa de la manera más hospitalaria, míster

Peggotty fue a lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el agua fría no era

suficiente para limpiarle». Pronto volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado que

no pude por menos que pensar que su rostro era semejante a las langostas y cangrejos que

vendía, que entraban en el agua caliente muy negros y salían rojos.

Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerrada y la habitación confortable (las

noches eran frías y brumosas entonces), me pareció que aquel era el retiro más delicioso

que la imaginación del hombre podía concebir. Oír el viento sobre el mar, saber que la

niebla invadía poco a poco aquella desolada planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y

pensar que en los alrededores no había más casa que aquella y que, además, era un barco,

me parecía cosa de encantamiento.

La pequeña Emily ya había vencido su timidez y estaba sentada a mi lado en el más

bajo de los cajones, que era precisamente del ancho suficiente para nosotros dos y parecía

estar a propósito esperándonos en un rincón al lado del fuego.

Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía media al otro lado del hogar. Peggotty

y su labor, con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encontraban tan completamente a sus

anchas como si nunca hubieran conocido otra casa. Ham había estado dándome una

primera lección a cuatro patas con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de recordar

cómo se decía la buenaventura, a iba dejando impresa la marca de su pulgar en cada una

de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí que era un momento propicio para la

conversación y las confidencias:

-Mister Peggotty -dije.

-Señorito –dijo él.

-¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive usted en una especie de

arca?

Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta como una idea profunda; pero me

contestó:

-Yo nunca le he puesto ningún nombre.

-¿Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo a míster Peggotty la pregunta número

dos del catecismo.

-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.

-¡Yo creía que era usted su padre!

-Mi hermano Joe era su padre –dijo.

-¿Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, después de una pausa respetuosa.

-Ahogado -dijo míster Peggotty.

Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggotty no fuese el padre de Ham, y empecé

a temer si no estaría también equivocado sobre el parentesco de todos los demás. Tenía

tanta curiosidad por saberlo, que me decidí a seguir preguntando:

-Pero la pequeña Emily -dije mirándola-, ¿esa sí es su hija? ¿No es así, míster

Peggotty?

-No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.

No pude resistirlo a insinué, después de otro silencio respetuoso:

-¿Ha muerto, míster Peggotty?

-Ahogado –dijo mister Peggotty.

Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo asunto; pero me interesaba llegar al

fondo del asunto y dije:

-Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster Peggotty?

-No, señorito -me contestó con una risa corta—, soy soltero.

-¡Soltero! -exclamé atónito- Entonces ¿quién es esa, míster Peggotty? -dije apuntando a

la mujer del delantal blanco, que estaba haciendo media.

-Esa es mistress Gudmige –dijo míster Peggotty.

-¿Gudmige, míster Peggotty?

Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi Peggotty particular) empezó a

hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera preguntando, que no tuve más

remedio que sentarme y mirar a toda la silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de

acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y

Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en

diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de

un socio suyo que había muerto muy pobre.

-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo Peggotty-, pero tan bueno como el oro y

fuerte como el acero.

Estos eran sus símiles.

Y el único asunto, según me dijo, que le encolerizaba y sacaba de sus casillas era que se

hablase de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la conversación daba con su

mano derecha un violento puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la rompió) y

juraba con una horrible blasfemia que tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si

volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que hice nadie pudo darme la menor

explicación gramatical sobre aquella terrible frase «tomar el portante», que todos ellos

consideraban como si constituyese la más solemne imprecación.

Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped mientras oía a las mujeres, que se

acostaban en otra cama como la mía en el extremo opuesto del barco, y a él y a Ham colgando

dos hamacas, donde dormían, en los ganchos que había visto en el techo; y en el

más eufórico estado de ánimo me iba quedando dormido. Conforme el sueño se

apoderaba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y por la llanura con tal fiereza,

que sentí un cobarde temor de la gran oscuridad creciente de la noche. Pero me convencí

a mí mismo de que después de todo estábamos en un barco, y que un hombre como

míster Peggotty no era grano de anís a bordo, en caso de que ocurriera algo.

Sin embargo, nada sucedió hasta que me desperté por la mañana. En cuanto el sol se

reflejó en el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y corrí con la pequeña

Emily a coger caracoles en la playa.

-¿Tú serás ya casi un marinero, supongo? -dije a Emily.

No es que supusiera nada; pero sentía que era un deber de galantería decirle algo; y

viendo en aquel momento reflejarse la blancura deslumbrante de una vela en sus ojos claros,

se me ocurrió aquello.

-No –dijo Emily, sacudiendo su cabecita—, me da mucho miedo el mar.

-¡Miedo! -dije con aire suficiente y mirando muy fijo al océano inmenso- A mí no me

da miedo.

-¡Ah!, pero es tan malo a veces -dijo Emily-. Yo le he visto ser muy cruel con algunos

de nuestros hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco tan grande como nuestra

casa.

-Espero que no fuera el barco en que…

-¿En el que mi padre murió ahogado? –dijo Emily. No, no era aquel. Yo no he visto

nunca aquel barco.

-¿Ni tampoco a él? -le pregunté.

Emily sacudió la cabecita.

-Que yo recuerde, no.

¡Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a explicar cómo yo tampoco había visto

nunca a mi padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre solos en el estado de

mayor felicidad imaginable, y así vivíamos todavía, y así viviríamos siempre. También le

conté que la tumba de mi padre estaba en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la

sombra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme muchas mañanas para oír cantar a los

pájaros. Sin embargo, parece ser que había algunas diferencias entre la orfandad de Emily

y la mía. Ella había perdido a su madre antes que a su padre, y nadie sabía dónde estaba

la tumba de este último, aunque era de suponer que estaba en cualquier sitio de las

profundidades del mar.

-Y además –dijo Emily mientras buscaba conchas y piedras- tu padre era un caballero y

tu madre una señora; y mi padre era pescador y mi madre hija de un pescador, y mi tío

Dan también es pescador.

-¿Dan es míster Peggotty? –dije yo.

-El tío Dan -contestó Emily, señalando el barco-casa.

-Sí, a él me refiero. ¿,Debe de ser muy bueno, verdad?

-¿Bueno? -dijo Emily-. Si yo fuera señora, le daría una chaqueta azul cielo con botones

de diamantes, un pantalón con su espada, un chaleco de terciopelo rojo, un sombrero de

tres picos, un gran reloj de oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.

Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno de todos aquellos tesoros; pero debo

confesar que me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la indumentaria propuesta por

su agradecida sobrina y, principalmente, de lo que más dudaba era de la utilidad del

sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé aquellos pensamientos para mí.

La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas maravillas, se había parado y miraba

al cielo como si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos pusimos a buscar guijarros

y conchas.

-¿Te gustaría ser una dama? -le dije.

Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que sí.

-Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos damas y caballeros: yo, mi tío,

Ham y mistress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta.

Quiero decir por nosotros mismos, pues estoy segura de que nos preocuparíamos mucho

por los pobres pescadores y los ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún percance.

Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo encontré bastante probable, y expresé la

alegría que me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo entonces el valor de

decirme, tímidamente:

-Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?

En aquel momento el mar estaba lo bastante en calma como para no asustarme; pero no

dudo de que si hubiera visto una ola moderadamente grande avanzar hacia mí hubiese

huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin embargo, le

contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco me parece que le temas como dices», pues en

aquel momento andaba por el borde de una especie de antiguo rompeolas de madera, por

el que nos habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera a caer.

-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo cuando ruge, y tiemblo pensando en

el tío Dan y en Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso es por lo que me

gustaría ser una dama. Pero de esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!

Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr por un madero que, saliendo del sitio

en que estábamos, dominaba el agua profunda desde bastante altura y sin la menor

protección.

El incidente está tan grabado en mi memoria, que si fuera pintor podría dibujarlo ahora

tan claramente como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo hacia su muerte

(como entonces me pareció), con una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo lejos,

hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil, volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo

me reí de mis temores y del grito inútil que había dado, pues además no había nadie

cerca. Pero ha habido veces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que he pensado

que era posible (entre las posibilidades de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita

temeridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejanía cierto instintivo placer por el

peligro, como una atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de que su vida podía

terminar ese mismo día. Hubo un tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pensaba

que si la vida que esperaba a la niña me hubiera sido revelada en un momento, y de tal

modo que mi inteligencia infantil hubiera podido comprendería por completo, y si su

conservación hubiese dependido de un movimiento de mi mano, ¿debería haberío hecho?

Y durante cierto tiempo (no digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurrido) he

llegado a preguntarme si no habría sido mejor para ella que las aguas se hubiesen cerrado

sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he contestado: «Sí; más habría valido». Pero

esto es quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin embargo, no importa: dicho

está.

Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas que nos parecían muy curiosas, y

volvimos a poner cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar (yo en aquel tiempo

no conocía lo bastante la especie para saber si nos lo agradeeerían o no), y por fin

emprendimos el camino a la morada de míster Peggotty. Nos detuvimos un momento

debajo del pilón de las langostas para cambiar un inocente beso y entramos a desayunar

resplandecientes de salud y de alegría.

-Como dos tortolitos -dijo míster Peggotty.

No hay que decir que estaba enamorado de la pequeña Emily. Estoy seguro de que la

amaba con mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor pureza y desinterés del

que pueda haber en el mejor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantasía creaba

alrededor de aquella niña de ojos azules algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero

ángel; tanto es así, que si en una mañana radiante la hubiera visto desplegar sus alas y

desaparecer volando ante mis ojos, no me habría parecido extraño ni imposible.

Acostumbrábamos a pasear cariñosamente horas y horas por la monótona llanura de

Yarmouth. Y los días discurrían por nosotros como si el tiempo tampoco pasara y,

convertido en niño, estuviera siempre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a Emily

que la adoraba, y que si ella no confesaba adorarme también me vería obligado a

atravesarme con una espada. Y ella me respondía que sí con cariño, y estoy seguro de que

era así.

En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condiciones, o en nuestra juventud, o

en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no

se nos ocurría pensar en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más

adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.

Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de admirarnos, y cuchicheaban por la noche,

cuando estábamos tiernamente sentados uno al lado del otro en nuestro cajoncito: «Dios

mío, ¿pero no es un encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su pipa, y Ham se

pasaba la noche haciendo gestos de satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que

encontraban en nosotros la misma satisfacción que encontrarían en un juguete bonito o en

un modelo de bolsillo del Coliseo.

Pronto me pareció que mistress Gudmige no era siempre todo lo agradable que podía

esperarse, dadas las circunstancias de su residencia en aquella casa. Mistress Gudmige estaba

casi siempre de mal humor y se quejaba más de lo debido, para no incomodar a los

demás en un sitio tan chico. Lo sentí mucho por ella; pero había momentos en que habría

sido más agradable (yo creo) si mistress Gudmige hubiera tenido una habitación para ella

sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su buen humor.

Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una taberna llamada «La Afición». Lo

descubrí porque la segunda o tercera noche después de nuestra llegada, antes de que él

volviera, mistress Gudmige miraba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo que

míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que es más, que desde por la mañana sabía que

iría.

Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde se había deshecho en llanto porque

salía humo de la lumbre.

-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las palabras de mistress Gudmige cuando

ocurrió aquella desgracia-, todo va contra mí.

-Eso pasa pronto –dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)-, y además,

como usted puede comprender, no es menos desagradable para nosotros que para usted.

-¡Yo lo siento más! –exclamó mistress Gudmige.

Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío. Mistress Gudmige estaba en su rincón

de costumbre al lado del fuego, que a mí me parecía el más calentito y confortable, y su

silla era sin duda la más cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba

constantemente del frío, diciendo que le producía un dolor en la espalda, que llamaba «

hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llorar, repitiendo que « era una criatura sola

y sin recursos, y que todo iba contra ella».

-Es verdad que hace mucho frío –dijo Peggotty-; pero todos lo sentimos igual.

-¡Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gudmige.

Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la servía inmediatamente después

que a mí, que se me daba preferencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado

le pareció pequeño y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que

aquello nos decepcionaba; pero ella dijo que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de

nuevo, haciendo aquella formal declaración con gran amargura.

Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso de las nueve, la desgraciada mistress

Gudmige hacía media en su rincón con el aspecto más miserable del mundo. Peggotty

trabajaba alegremente; Ham estaba arreglando un gran par de botas de agua, y yo y

Emily, sentados uno al lado del otro, leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que

tomamos el té, no había hecho más observación que lanzar un suspiro desolado, y

después no volvió a levantar los ojos.

-Bien, compañeros -dijo míster Peggotty sentándose-: ¿cómo vamos?

Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la bienvenida, excepto mistress Gudmige,

que únicamente inclinó más su cabeza sobre la labor.

-¿Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una palmada-. ¡Vamos, valor, vieja

comadre!

Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a tener valor. Sacó un viejo pañuelo negro

de seda para enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárselos y de nuevo volvió a

dejarlo fuera preparado para otra ocasión.

-¿Qué pasa, mujer? -repitió míster Peggotty.

-Nada -respondió mistress Gudmige-. ¿Viene usted de «La Afición», Dan?

-Sí; esta noche le he hecho una visita –dijo míster Peggotty.

-Me apena mucho el obligarle a ir allí -dijo mistress Gudmige.

-¡Obligarme! Si no necesito que me obliguen -respondió míster Peggotty con una risa

franca-. Estoy siempre dispuesto a ir.

-Muy dispuesto –dijo mistress Gudmige, sacudiendo la cabeza y enjugándose los ojos

de nuevo, Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me entristece, que sea por mi

culpa por lo que está usted tan dispuesto.

-¡Por su culpa! No es por su culpa -dijo míster Peggotty-, no lo crea.

-Sí, sí lo es –exclamó ella-. Yo sé lo que me digo. Yo sé que soy una criatura sola y sin

recursos, y que no solamente todo va contra mí, sino que yo contrarío a todo el mundo.

Sí, sí, yo siento más que los demás y lo demuestro más, ¡esa es mi desgracia!

Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía todo aquello, que la desgracia se

extendía a algunos otros miembros de la familia además de a ella. Pero a míster Peggotty

no se le ocurrió hacer semejante observación, limitándose a contestarla con otro ruego

para que tuviera valor.

-Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo que soy. Mis desgracias me han

agriado. Las siento, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir, pero siento. Quisiera

poder ser dura de corazón; pero no puedo. Hago la casa insoportable, y no me sorprende.

Hoy mismo he estado todo el día molestando a su hermana y al señorito Davy.

Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran turbación:

-¡No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gudmige!

-Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría ir al asilo y morir allí. Soy una

criatura sola y sin recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fastidiando. Sí, las cosas

van contra mí, y yo también voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la contraria en el

asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y le libre de esta pejiguera.

Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y se metió en la cama. Cuando se hubo

marchado, míster Peggotty, que sólo había demostrado un sentimiento de profunda

simpatía, nos miró a todos, y moviendo la cabeza todavía con una marcada expresión del

mismo sentimiento, dijo en un murmullo:

-Es que ha estado pensando en el «viejo» .

Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien suponían que tenía puesto el

pensamiento mistress Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me explicó que se

trataba del difunto míster Gudmige, y que su hermano siempre la compadecía muy

sinceramente en aquellas ocasiones y hasta se conmovía. Un rato después, cuando ya se

había acostado en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha estado pensando en el

viejo». Y siempre que mistress Gudmige estuvo de aquel humor, durante nuestra estancia

allí (lo que sucedía muy a menudo), él repetía la misma disculpa, siempre con igual

conmiseración.

Así pasaron los quince días, sin más variación que las de las mareas, que alteraban las

horas de ir y venir de míster Peggotty, y también las ocupaciones de Ham. Este último,

cuando no tenía trabajo, se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los barcos y los

buques, y una o dos veces nos embarcó con él. No sé por qué a veces una ligera

impresión se asocia más particularmente con un sitio que otras, aunque creo que esto le

sucede a la mayoría de la gente; sobre todo me refiero a las asociaciones de la infancia.

Nunca he oído o leído el nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto domingo

por la mañana en la playa: las campanas sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se

apoyaba en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras al agua; y el sol, a lo lejos,

en el mar, salía de la niebla como su propio espectro.

Por último llegó el día de volver a casa. Tenía valor para separarme de míster Peggotty

y de mistress Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a la pequeña Emily era

agudísima. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en el camino,

le prometí escribirle (más adelante cumplí mi promesa con letras más grandes que las de

los anuncios que se ponen en los pisos para alquilar). A1 partir, nuestra emoción fue

enorme, y si alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío en mi corazón, fue aquel

día.

Durante el tiempo de mi visita me había despreocupado de mi casa, y había pensado

poco o nada en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi infantil conciencia

parecía reprochármelo, señalándome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido estaba mi

espíritu, más sentía que aquél era mi refugio y mi madre la amiga que mas me consolaba.

Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez con mayor fuerza a medida que

avanzábamos y que las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y me sentía cada vez

más excitado por el deseo de encontrarme en sus brazos.

Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba de calmarla (aunque muy tiernamente)

y parecía confusa y descontenta.

A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a nuestro encuentro en cuanto quisiera el

caballo del carretero. Y ¡qué bien recuerdo cómo lo vi en aquella tarde fría y gris, con el

cielo nublado amenazando lluvia!

La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad llorando, con la agitación de mi

alegría. Pero ¡no era mamá!; era una criada extraña.

-¡Cómo, Peggotty! -dije tristemente-. ¿Será que mamá no ha vuelto todavía a casa?

-Sí, sí, Davy -dijo Peggotty-; ha vuelto. Espera un momento y te… diré una cosa.

Entre su nerviosismo y su natural torpeza al bajarse del carro, Peggotty estaba haciendo

las contorsiones más extravagantes; pero yo estaba demasiado desconcertado para decirle

nada. Cuando bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para mí, me metió en la

cocina y cerró la puerta.

-¡Peggotty! -dije completamente asustado—. ¿Qué sucede?

-No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Davy! -contestó fingiendo alegría.

-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está mamá?

-¿Dónde está mamá, señorito Davy? -me imitó Peggotty.

-Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!

Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como si fuera a caerme.

-¡Dios te bendiga, niño querido! –exclamó Peggotty sosteniéndome-. Pero ¿qué te

pasa? ¡Habla, pequeño!

-¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto, Peggotty?

-No -gritó Peggotty con una energía de voz atronadora.

Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aquello había sido un golpe tremendo.

Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para darle otro más directo, y después

permanecí en pie ante ella, mirándola ansiosamente.

-¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes -dijo Peggotty-; pero no he encontrado

oportunidad. Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.

Estas fueron, exactamente, las palabras de Peggotty.

-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que antes.

-Señorito Davy -dijo Peggotty desanudando su cofia de un manotazo y hablando de una

manera entrecortada-. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente que tienes de nuevo un papá.

Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) unido con la tumba del cementerio

y la resurrección de los muertos pareció rozarme como un viento mortal.

-Otro nuevo -añadió Peggotty.

-¿Otro nuevo? -repetí yo.

Peggotty tosió un poco, como si se hubiera tragado algo demasiado duro, y

agarrándome de la manga dijo:

-Ven a verle.

-No lo quiero ver.

-Y a tu mamá -dijo Peggotty.

Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón, donde ella me dejó.

A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre; al otro, míster Murdstone. Mi

madre dejó caer su labor y se levantó precipitadamente; pero me pareció que con timidez.

-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-, ¡acuérdate! ¡Hay que dominarse

siempre! ¡Dominarse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?

Le di la mano. Después de un momento de duda fui y besé a mi madre; ella me besó y

me acarició dulcemente en el hombro. Después se volvió a sentar con su labor. Yo no

podía mirarla; tampoco podía mirarle a él. Estaba convencido de que nos observaba, y me

volví hacia la ventana y miré los arbustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude

escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y querida alcoba no existía; tenía que

habitar mucho más lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza de encontrar algo

que no hubiera cambiado. Todo estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento tuve

que salir huyendo, pues de la caseta de perro, antes abandonada, salió un perrazo (de

profundas fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia hacia mí, como para

morderme.

CAPÍTULO IV

CAIGO EN DESGRACIA

Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la habitación donde me habían trasladado

(¿quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría decir con qué tristeza en el

corazón entré en ella. Subí la escalera oyendo al perro, que seguía ladrándome desde el

patio. La habitación me pareció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo. Sentado con

las manos cruzadas pensaba…, pensaba en las cosas más raras: en la forma de la

habitación, en las grietas del techo, en el papel de las paredes, en los defectos de los

cristales de la ventana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en el lavabo con sus

tres patas, que debía de tener aspecto de descontento o algo así, porque no sé por qué me

recordaba a mistress Gudmige los días en que estaba bajo la influencia del recuerdo del

«viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque me sentía muy desgraciado y muerto

de frío, no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, empecé a darme cuenta de

que estaba apasionadamente enamorado de la pequeña Emily y de que me habían

separado de ella para traerme aquí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más

me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por hacerme un ovillo debajo de las mantas y

dormirme llorando.

Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al mismo tiempo destapaban mi cabeza

ardiente. Mi madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas la que había hablado.

-Davy –dijo mi madre-, ¿qué te pasa?

Pensé que era muy extraño que me preguntara aquello, y contesté:

-Nada.

Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor de mis labios le hubiera contestado con

mayor claridad.

-¡Davy -repitió mi madre-, Davy! ¡Hijo mío!

No hubiera podido pronunciar otras palabras que me emocionaran más en aquel

momento que decirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almohada, y la rechacé con

la mano cuando quiso atraerme a ella.

-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi madre-. Estoy segura de que tienes la

culpa, y me sorprende que tengas conciencia para poner a mi hijo contra mí o contra

cualquiera de los que yo quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?

La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos al cielo, contestó con una especie de

oración de gracias que yo solía repetir después de comer:

-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo que ha dicho, y que nunca tenga que

arrepentirse de ello.

-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. ¡Y en mi luna de miel, cuando mi más

cruel enemigo no sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y de felicidad! Davy,

eres un niño muy malo. Peggotty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! -gritaba mi

madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en su irritación caprichosa—. ¡Qué triste es

la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho para esperar que sea lo más

agradable posible!

Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no era la suya ni la de Peggotty, y me

deslicé al suelo, al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me cogía de un brazo, diciendo:

-¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvidado? Firmeza, querida.

-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me proponía ser buena; pero ¡estoy tan

desesperada …!

-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte decir eso tan pronto, Clara.

-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora -insistió mi madre a punto de llorar-.

¿No te parece que es cruel?

Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la besó. Y yo supe para siempre, cuando

vi la cabeza de mi madre apoyada en su hombro y su brazo rodeándole el cuello, supe

perfectamente que la naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como él quisiera. Lo

supe desde entonces, y así fue.

-Vete, amor mío –dijo míster Murdstone-. David y yo bajaremos juntos. Amiga mía

–dijo, volviéndose hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió mi madre, despidiéndose

de ella con una sonrisa-. ¿Sabe usted el nombre de su señora?

-Hace mucho tiempo que la sirvo, señor -contestó Peggotty-; debo saberlo.

-Es verdad -contestó él-; pero me parece que cuando subía las escaleras le oí a usted

dirigirse a ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe usted que ha tomado el mío.

¡Acuérdese!

Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una reverencia y salió sin replicar,

dándose cuenta de que era lo que él esperaba y de que no tenía excusa para continuar allí.

Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone cerró la puerta y se sentó en una silla

ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos clavados no menos intensamente

en los suyos. ¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo estábamos así, cara a

cara, me parece oír de nuevo latir mi corazón.

-David -me dijo con sus labios (delgados de apretarse tanto uno con otro)-: si tengo que

domar a un caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que hago?

-No lo sé.

-Lo azoto.

Le había contestado débilmente, casi en un susurro; pero ahora en mi silencio sentía

que la respiración me faltaba por completo.

-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de dominarlo, y aunque le haga derramar

toda la sangre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que tienes en la cara?

-Barro -dije.

Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis lágrimas; pero aunque me hubiera

hecho la pregunta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo que mi corazón de niño

se hubiese roto antes que confesárselo.

-Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia -me dijo con su grave sonrisa habitual-,

y veo que me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.

Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a mistress Gudmige, y me hacía gestos de

que le obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un poco; ahora no tengo la menor

duda de que me habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no le hubiera obedecido.

-Clara, querida mía -dijo cuando, después de haber hecho lo que me ordenaba, me

condujo al gabinete sin soltarme del brazo-; espero que no vuelvan a atormentarte. Pronto

corregiremos este joven carácter.

Dios es testigo de que podían haberme corregido para toda la vida, y hasta quizá habría

sido otra persona distinta si en aquella ocasión me hubieran dicho una palabra de cariño:

una palabra de ánimo, de explicación, de piedad, para mi infantil ignorancia, de

bienvenida a la casa; tranquilizándome, convenciéndome de que aquella sería siempre mi

casa; así podían haberme hecho obedecer de corazón en lugar de asegurarse una

obediencia hipócrita; podían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio. Creo que a

mi madre la entristeció verme de pie en medio de la habitación, tan tímido y extraño, y

que cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más tristes todavía, prefiriendo quizá el

antiguo atrevimiento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no fue dicha, y el tiempo

oportuno para ello pasó.

Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamorado de mi madre; pero no por eso le

juzgué mejor, y ella estaba enamoradísima de él. Comprendí, por lo que decían, que una

hermana mayor de míster Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría aquella misma

noche. No estoy seguro de si fue entonces o después cuando supe que, sin estar activamente

en ningún negocio, tenía parte, o cobraba una renta anual, en el beneficio de una

casa comercial de vinos de Londres, con la que su familia contaba siempre desde los

tiempos de su abuelo y en la que su hermana tenía un interés igual al suyo; pero lo

mencionó por casualidad.

Después de comer, cuando estábamos sentados ante la chimenea y yo meditaba el modo

de escaparme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo por temor a ofender al dueño

de la casa, se oyó el ruido de un coche que se paraba delante de la verja, y míster

Murdstone salió a recibir al visitante. Mi madre le siguió. Yo también fui detrás, tímidamente.

Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras, mamá se volvió, y

cogiéndome en sus brazos, como acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que amara a

mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto apresurada y furtivamente, como si fuera un

pecado, pero con mucha ternura, y después, dejando colgar un brazo, conservó en su

mano la mía hasta que llegamos cerca de donde él estaba esperando. Allí mamá soltó mi

mano y se agarró a su brazo.

Miss Murdstone había llegado. Era una señora de aspecto sombrío, morena como su

hermano, a quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy

espesas y casi juntas sobre una gran nariz, como si, al serle imposible a su sexo el llevar

patillas a los lados, se las hubiera cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y

duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la tapa por medio de clavos de cobre.

Cuando pagó al cochero sacó el dinero de un portamonedas de acero, que luego metió en

un saco que era una verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una cadena, y

chasqueaba al cerrarse. En mi vida he visto una persona tan metálica como miss

Murdstone.

La llevaron al salón con muchos aspavientos de bienvenida, y ella, solemnemente,

saludó a mi madre como a una nueva y cercana parienta. Después, mirándome, dijo:

-¿Es este su hijo, cuñada mía?

Mi madre me presentó.

-Por lo general, no me gustan los niños -dijo miss Murdstone-. ¿Cómo estás,

muchacho?

Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté que estaba muy bien, y que esperaba que

a ella le sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca gracia, que miss Murdstone me

juzgó en tres palabras:

-¡Qué mal educado!

Después de decir esto con mucha claridad, pidió que hicieran el favor de enseñarle su

cuarto, que se convirtió desde entonces para mí en lugar de temor y de odio, donde nunca

se veían abiertos los dos baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la cabeza una o dos

veces cuando ella no estaba) y donde una serie de cadenas con cuentas de acero, con las

que miss Murdstone se embellecía, estaban por lo general colgadas alrededor del espejo

con mucho esmero.

Según pude observar, había venido para siempre y no tenía la menor intención de

marcharse.

A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi madre y se pasó todo el día poniendo

las cosas en «orden» y cambiando todas las antiguas costumbres. La primera cosa rara

que observé en ella fue que estaba constantemente preocupada con la sospecha de que las

criadas tenían escondido un hombre en la casa. Bajo la influencia de aquella convicción

inspeccionaba la carbonera a las horas más intempestivas, y casi nunca abría la puerta de

un ropero o de una alacena oscura sin volverla a cerrar precipitadamente, en la creencia

de que le había encontrado.

Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo, era una verdadera alondra tratándose

de madrugar. Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya buscaba al hombre) antes que

nadie hubiese dado señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que debía de dormir con

un ojo abierto; pero yo no lo creía, pues había intentado hacerlo y me convencí de que era

imposible.

La primera mañana después de su llegada llamó antes de que cantara el gallo, y cuando

mi madre bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss Murdstone, dándole un

cariñoso picotazo en la mejilla (era su manera de besar), le dijo:

-Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí, como sabes, para evitarte todas las

preocupaciones que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado niña (mi madre

enrojeció, sonriendo, y no parecieron disgustarle aquellos adjetivos) para tener sobre ti

tantos deberes penosos que puedo resolver yo. Por lo tanto, si te parece bien, dame las

llaves, querida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas esas cosas.

Desde aquel momento miss Murdstone no se separó de las llaves; durante el día las

llevaba en su saquito de acero, y por la noche las metía debajo de la almohada, y mi

madre no tuvo que volver a ocuparse de ellas más que yo lo hacia.

Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una sombra de protesta. Una noche en que

miss Murdstone había estado explicando ciertos proyectos domésticos a su hermano, que

los aprobaba, mi madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo menos podían

haberle consultado.

-¡Clara! -dijo míster Murdstone severamente- ¡Clara! ¡Me sorprendes!

-¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende, Edward –exclamó mi madre-, y está muy

bien hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gustado.

«Firmeza», según pude observar, era la gran cualidad de que los hermanos Murdstone

presumían. No sé si en aquella época habría sabido expresar qué entendía yo si me hubieran

obligado a hacerlo; pero desde luego comprendía claramente que aquella palabra

quería decir tiranía, y expresaba el terco, arrogante y diabólico carácter de los dos. Su

credo, como puedo establecerlo ahora, era este: míster Murdstone tenía gran firmeza;

nadie a su alrededor era tan fume como míster Murdstone; nadie de los que le rodeaban

debía ser firme en absoluto, pues todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss

Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero sólo relativamente y en un grado

inferior y tributario. Mi madre era otra excepción; podía ser firme y debía serlo, pero

solamente sometiéndose a su firmeza y creyendo firmemente que no había otra firmeza

sobre la tierra.

-Es muy duro -decía mi madre- que en mi propia casa…

¿Mi propia casa? -repitió míster Murdstone-. ¡Clara!

-Nuestra propia casa quiero decir -balbució mi madre con miedo evidente-. Espero que

sepas lo que quiero decir, Edward. Es muy duro que en tu propia casa yo no pueda decir

una palabra sobre los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo hacía bien, estoy segura.

Hay quien puede atestiguarlo -dijo mi madre sollozando-. Pregúntale a Peggotty si no lo

hacía bien cuando nadie se metía en ello.

-Edward -dijo miss Murdstone-, déjame poner fin a esto. Me marcho mañana.

-Jane –dijo su hermano-, cállate. ¿Es que no conoces mi carácter mejor de lo que tus

palabras indican?

-Puedes estar segura -dijo mi madre, que perdía terreno, deshecha en lágrimas- que no

quiero que se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fueses. No pido mucho. Soy

bastante razonable. Sólo quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy muy

agradecida a todos los que me ayudan, y sólo deseo que se me consulte, aunque no sea

más que por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que me querías precisamente por

ser una chiquilla sin experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora parece que me

odias por ello. ¡Eres tan severo!

-Edward -dijo miss Murdstone de nuevo-, te pido que me dejes poner fin a todo esto.

Me voy mañana.

-Jane -tronó su hermano—, ¿te quieres callar? ¿Cómo te atreves?

Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el pañuelo y lo puso delante de sus ojos.

-¡Clara! -continuo él mirando a mamá-. Me sorprendes, me dejas atónito. En efecto;

para mí era una satisfacción el pensar que me casaba con una persona sencilla y sin

experiencia, y que yo formaría su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y decisión

de la cual estaba tan necesitada. Pero cuando a Jane, que ha sido tan buena que por cariño

a mí quiere ayudarme en esta empresa y para ello está casi haciendo el oficio de un ama

de llaves; cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le correspondes de una manera tan

baja…

-Edward, te lo ruego, te lo suplico -exclamó mi madre-; no me acuses de ingrata. Estoy

segura de que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Tengo muchos defectos, pero

ese no. ¡Oh, no! Te lo aseguro, querido.

-Cuando Jane encuentra, como digo -prosiguió cuando mi madre dejó de hablar-, una

recompensa tan baja, aquellos sentimientos míos se entibian y alteran.

-¡No digas eso, amor mío! -imploró mi madre-. ¡Oh, no, Edward! No puedo soportar el

oírtelo. A pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si no estuviera segura de que

lo soy, no lo diría. Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que soy muy cariñosa.

-No hay ninguna debilidad, Clara –dijo míster Murdstone a modo de réplica—, por

grande que sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.

-Te lo ruego, seamos amigos -dijo mi madre- Yo no podría vivir entre la frialdad o la

dureza. ¡Estoy tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mucha tu bondad, Edward,

que con tu entereza trates de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones a nada, me

desesperaría que quisieras dejarnos…

Aquello era ya demasiado.

-Jane –dijo míster Murdstone a su hermana-, es muy raro que entre nosotros se crucen

palabras duras como estas, y espero que así siga siendo; y no ha sido culpa mía si por rara

casualidad ha sucedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los demás. Tampoco ha

sido tu culpa, pues también has sido arrastrada por los demás. Tratemos los dos de olvidarlo.

Y como esto -añadió después de aquellas magnánimas palabras- no es una escena

edificante para un niño, David, vete a la cama.

Difícilmente pude encontrar la puerta a través de las lágrimas que me cegaban. ¡Estaba

tan triste por la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y subí a mi habitación a

oscuras, pues no tuve valor ni para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle una vela.

Cuando ella subió, buscándome, una hora después, me despertó y me dijo que mi madre

se había acostado bastante indispuesta y que míster Murdstone y su hermana seguían

sentados en el gabinete.

A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más temprano que de costumbre, la voz de

mi madre me detuvo en la puerta del comedor. Grave y humildemente pedía perdón a

miss Murdstone, que se lo concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde aquel día no

he visto a mi madre dar ninguna opinion sobre nada sin consultar primero con miss

Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios seguros cuál era su opinion. Y nunca

he visto a miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa debilidad), hacer ademán de

sacar las llaves para devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo, a mamá

atemorizada. El matiz sombrío que había en la sangre de los Murdstone ennegrecía

también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que aquello resumía

su carácter y era una consecuencia necesaria de la firmeza de míster Murdstone, que no

podía consentir que nadie se librase de los más severos castigos imaginables. Sea como

sea, recuerdo muy bien los tremendos rostros con que solían it a la iglesia y cómo había

cambiado también aquello. De nuevo llega a mi memoria el terrible domingo. Yo entro el

primero en nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien condujesen al oficio de

condenados. Miss Murdstone me sigue con su traje de terciopelo negro, que parece hecho

de un paño mortuorio; después entra mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no

está con nosotros, como en los buenos tiempos. Miss Murdstone murmura las respuestas

y acentúa todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y cuando dice «miserables

pecadores» sus ojos oscuros recorren la iglesia como si se refiriera a todos los presentes.

Mi madre mueve tímidamente los labios entre los dos hermanos, cuyas oraciones suenan

en sus oídos como un trueno lejano. Yo me pregunto con temor si no será posible que

nuestro anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán razón míster Murdstone y su

hermana, y todos los ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si muevo un dedo o el

menor músculo de la cara, miss Murdstone me da tal golpe con su libro de oraciones, que

me hace daño en el costado.

Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso a casa, en que observo que algunos

vecinos nos miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras ellos tres van delante,

sigo aquellas miradas y pienso si será realmente verdad que el paso de mi madre es

menos ligero y que la alegría de su belleza ha desaparecido. También me pregunto si los

vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que veníamos los dos juntos de la iglesia ….

y pensando estúpidamente en estas cosas me paso triste todo el día.

En varias ocasiones se había hablado de enviarme a un colegio. Míster Murdstone y su

hermana lo habían propuesto y, como es natural, mi madre había estado de acuerdo. Sin

embargo, no habían decidido nada todavía, y entre tanto me hacían estudiar en casa.

¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones? Nominalmente era mi madre quien las

presidía, pero en realidad eran míster Murdstone y su hermana, quienes estaban siempre

presentes y encontraban en ello ocasión favorable para dar a mi madre lecciones de

aquella mal llamada firmeza, que era el tormento de nuestras existencias. Yo creo que me

retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que vinieran ellos yo tenía bastante

facilidad para aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer

sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la

cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S,

parece presentarse ante mí como entonces, y ese recuerdo no suscita en mí ningún

sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo

largo de un sendero de flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido ayudado

todo el camino por el cariño y la dulce voz de mi madre. Pero aquellas solemnes

lecciones que siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a in¡ tranquilidad, como

una tarea diaria, penosa y miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy

numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente ininteligibles para mí), y además me

tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.

Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las mañanas. Después del desayuno me

dirijo al gabinete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperándome

sentada en su escritorio; sin embargo, no está tan preparada a oírme como su marido,

sentado en la butaca al lado de la ventana y fingiendo que lee un libro, o como miss

Murdstone, sentada a su lado engarzando sus eternas cuentas de acero. La vista de estos

dos personajes ejerce tal influencia sobre mí, que empiezo a sentir que se me escapan las

palabras, después de que me había costado tanto trabajo metérmelas en la cabeza; se

escapan todas para it no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a una.

Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una gramática, quizá una historia o una

geografía. A1 ponerlo en sus manos lanzo una última y desesperada mirada a la página, y

me lanzo como un alud para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todavía lo recuerdo

fresco. A1 poco rato me salto una palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su libro.

Me salto otra palabra. Miss Murdstone la levanta también. Enrojezco y me salto lo menos

doce palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría enseñarme

el libro si se atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dulzura:

-¡Oh Davy, Davy!

-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico -dice míster Murdstone-. No digas

«Davy, Davy> ; es una niñería. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?

-¡No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con voz terrible.

-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi madre.

-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo mejor que puedes hacer es obligarle a que

vuelva a estudiarla.

-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi madre-. Vamos, Davy; empiézala otra

vez y no seas torpe.

Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo

obedecer la segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me detengo mucho antes de llegar

donde la vez anterior, en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me paro a pensar.

Pero no puedo pensar en la lección. Pienso en el número de metros de tul que habrá

empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que habrá costado el batín de su hermano,

o en algún otro problema igual de ridículo, que no me importa nada y del que nada puedo

sacar. Míster Murdstone hace un movimiento de impaciencia, que yo esperaba desde

hacía bastante rato. Miss Murdstone lo repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el

libro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya

terminado las demás.

Los libros que hay que repetir van aumentando como una bola de nieve, y cuanto más

aumentan más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y me parece que quieren llenarme

la cabeza de tantas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien de ello y me

dejo llevar por la suerte.

La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es

profundamente melancólica. Pero lo más horrible de esas desgraciadas lecciones es

cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus

labios. Al momento miss Murdstone, que está espiando para no dejar pasar nada, dice con

voz de profunda agresividad:

-¡Clara!

Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. Míster Murdstone se levanta de

su silla, coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con él en las orejas; después me

saca de la habitación agarrándome por los hombros.

Si, por casualidad, las lecciones no han estado tan mal todavía me falta lo peor, bajo la

forma de un problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha inventado para mí y lo expone

oralmente. Empieza: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de

Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno …». Entre tanto yo veo la secreta alegría

de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el menor resultado, sin el menor rayo de

luz hasta la hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato a fuerza de restregar en la

pizarra. Entonces miss Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver

el problema, y se me considera castigado para toda la tarde.

Desde la distancia que da el tiempo, me parece que mis lecciones terminaban por lo

general de esta manera… Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante;

pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes sobre un pajarillo.

Y aun cuando pasara la mañana con un crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida;

pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin tarea y, en cuanto se percataba de

que no hacía nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí diciendo: «Clara, querida

mía, no hay nada como el trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me proporcionaba

nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás niños, no me lo consentían;

su sombrío carácter les hacía ver a todos los chiquillos como una raza de pequeñas

víboras (a pesar de que había habido un niño entre los discípulos) y decían que se

corrompían unos a otros.

El resultado natural de un tratamiento semejante y continuado durante unos seis meses

o más fue el de hacerme gruñón, sombrío y taciturno. Mucho influía en ello el que cada

vez trataban de separanne más y más de mi madre. Estoy seguro de que me hubiera

embrutecido por completo de no ser por una circunstancia.

Voy a contarla. En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por

estar justo al lado de la mía, había dejado mi padre una pequeña colección de libros de los

que nadie se había preocupado. De aquella bendita habitación salieron, como gloriosa

hueste, a hacerme compañía, Roderich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker,

Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a

ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza en algo mejor que aquella vida

mía. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme daño,

pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me

sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de mis sombrías preocupaciones, para leer

aquello. Y es curioso cómo me consolaban siempre en mis pequeñas pruebas (que a mí

me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de ellas y al poner a

míster Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos.

Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un infantil Tom Jones inocente o

ingenuo. Durante un mes y pico estuve convencido de que era Roderich Ramdom; lo

creía, por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no

recuerdo ahora cuáles) que había en aquella biblioteca, y durante días y días recuerdo

haber recorrido mis regiones armado con un trozo de horma de zapatos y creyéndome la

más perfecta encarnación del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en peligro de ser

atacado por los salvajes y resuelto a vender cara su vida. El capitán nunca perdía su

dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía;

pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas y de todas las

lenguas, fueran muertas o vivas.

Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello veo siempre ante mi

espíritu una tarde de verano: los chicos jugaban en el cementerio, y yo, sentado en mi

cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las

piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio, en mi espíritu se asociaban con

aquellos libros y representaban alguno de los sitios hechos célebres en ellos. Yo he visto

a Tom Pipes escalar al campanario de la iglesia, y he visto a Strap con su mochila al

hombro descansando sentado encima de la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion

presidía un club con míster Pickle en la salita de la taberna de nuestra aldea.

El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que era al llegar a este punto de mi

infantil historia. Voy a reanudarla.

Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con mis libros, encontré a mi madre con

rostro preocupado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano trenzando

algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco, que cuando yo

entré empezó a cimbrear en el aire.

-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado muchas veces.

-Es la pura verdad —dijo miss Murdstone.

-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timidez mi madre-; pero ¿crees que eso le

ha hecho a Edward mucho bien?

-¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho mal, Clara? -preguntó míster Murdstone

gravemente.

-Esa es la cuestión –dijo su hermana.

A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi querida Jane», y no dijo más.

Sentí que estaba interesado personalmente en aquel diálogo, y traté de indagar en los

ojos de míster Murdstone, en el momento en que se fijaban en los míos.

-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada hipócrita-, tienes que prestar más

atención que nunca.

Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habiendo terminado sus preparativos, lo

colocó a su lado con una expresiva mirada y cogió un libro.

Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las

palabras de mi lección huían, no una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino

por páginas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así, que se

habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.

Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había llegado casi con la seguridad de que

iba a destacar convencido de que estaba muy bien preparado; pero resultó que era una

equivocación mía. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el contingente de los que

había que volver a estudiar. Miss Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llegamos

a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hicieron contar a golpes), mi

madre se echó a llorar.

-¡Clara! —dijo miss Murdstone con su voz de reproche.

-Creo que no me encuentro bien, querida Jane -dijo mi madre.

Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras se levantaba y decía cogiendo su

bastón:

-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con perfecta firmeza la pena y el

tormento que Davy le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Clara va siendo cada

vez más fuerte; pero eso sería pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.

Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi madre corrió tras de nosotros. Miss

Murdstone, dijo: «¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi detenerse

tapándose los oídos y escuché sus sollozos.

Murdstone me acompañó a mi habitación despacio y gravemente (estoy seguro de que

le deleitaba toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y cuando llegamos cogió de

pronto mi cabeza debajo de su brazo.

-¡Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo suplico, ¡no me pegue! Le aseguro que

hago lo posible por aprender; pero con usted y su hermana delante no puedo recitar.

¡Verdaderamente es que no puedo!

-¿Verdaderamente no puedes, David? Bien, ¡lo veremos!

Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo me retorcía a su alrededor rogándole

que no me pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un momento, pues un instante después

me pegaba del modo más odioso. En el momento en que empezó a azotarme yo

acerqué la boca a la mano que me sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento rechinar

mis dientes al pensarlo.

Entonces él me pegó como si hubiera querido matarme a golpes. A pesar del ruido que

hacíamos, oí correr en las escaleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá y a Peggotty. Después se

marchó, cerrándome la puerta por fuera y dejándome tirado en el suelo, ardiendo de

fiebre, desgarrado y furioso.

¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquilizarme, la extraña quietud que parecía

reinar en la casa! ¡Qué bien recuerdo lo malo que empezaba a sentirme cuando la cólera y

el dolor fueron pasando!

Estuve escuchando largo rato; pero no se oía nada. Me levanté con trabajo del suelo y

me miré al espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que casi me asusté. Me dolían los

huesos, y cada movimiento me hacía llorar; pero aquello no era nada al lado de mi

sentimiento de culpa. Estoy seguro de que me sentía más culpable que el más temible criminal.

Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la

cabeza apoyada en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera.

De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y

una taza de leche. Lo puso todo encima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con

ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.

Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo sitio, con la esperanza de que

viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería

nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo

sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen? ¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría

peligro de que me ahorcasen?

No olvidaré nunca mi despertar a la mañana siguiente: el sentimiento de alegría y

descanso en el primer momento, y después la opresión de los recuerdos. Miss Murdstone

reapareció antes de que me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras que si quería

podía pasearme por el jardín durante media hora, pero nada más. Después se retiró, dejando

la puerta abierta para que disfrutara, si quería, del permiso.

Así continuaron las cosas durante los cinco días que duró mi cautiverio. Si hubiera

podido ver a mi madre sola, me habría arrojado de rodillas ante ella pidiéndole perdón;

pero sólo veía a miss Murdstone, pues, aunque para las oraciones de la tarde me sacaban

del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba cuando ya todos estaban colocados. Después

me dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un criminal; y en cuanto terminaban,

mi carcelera me devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera levantado. Pude

observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que además volvía la cabeza

hacia otro lado. Así es que nunca pude verla. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta

en un pañuelo de hilo.

De lo largos que se me hicieron aquellos cinco días no sé ni dar idea. En mis recuerdos

los cuento como años. Los ratos que pasaba escuchando todos los incidentes de la casa

que podían llegar a mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de las

puertas, el murmullo de voces, los pasos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente

cantando fuera, y todo me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi

desgracia. El incierto paso de las horas, principalmente por la noche, cuando me

despertaba creyendo que ya era la mañana y me percataba de que todavía no se habían

acostado en casa. Los sueños y pesadillas deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en

la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, los miraba desde muy

dentro de la habitación, avergonzado de que pudieran verme en la ventana y supieran que

estaba prisionero. La extraña sensación de no oírme nunca hablar. Los ligeros intervalos

de algo corno alegría que llegaba con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una

tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a tierra fresca; caía entre la iglesia y yo,

cada vez más deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que me envolvía en sus

sombras con mis remordimientos. Todo esto se conserva tan grabado en mis recuerdos,

que juraría que habría durado años.

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