La Dama de las Camelias

7. agosto 2010

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Alejandro Dumas

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La Dama de las Camelias

I

A mi juicio, no se pueden crear personajes sino después de haber estudiado mucho a los hombres, como

no se puede hablar una lengua sino a condición de haberla aprendido seriamente.

Como no he llegado aún a la edad de inventar, me limito a relatar.

Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes, a excepción

de la heroína, viven todos aún.

Por otra parte, hay en París .testigos de la mayor parte de los hechos que aquí recojo, y que podrían

confirmarlos, si mi testimonio no bastara. Por una circunstancia particular sólo yo podía escribirlos, porque

sólo yo fui el confidente de los últimos detalles, sin los cuales hubiera sido imposible hacer un relato

interesante y completo.

Pues bien, veamos cómo llegaron a mi conocimiento esos detalles.

El 12 de marzo de 1847 leí la calle Lafitte un gran cartel amarillo en que se anunciaba la subas de unos

muebles y otros curiosos obletos de valor. Dicha subas tenía lugar tras una defunción. El cartel no ponía el

nombré de la persona muerta, pero la subasta iba a llevarse a cabo en la calle de Antin, número 9, el día 16,

de doce a cinco de la tarde.

El cartel indicaba además que el 13 y el 14 se podía ir a ver el piso y los muebles.

Siempre he sido aficionado a las curiosidades. Me prometí no perderme aquella ocasión, si no de

comprar, por lo menos de ver.

Al día siguiente me dirigí a la calle de Antin, número 9. Era temprano y, sin embargo, ya había gente en

el piso: hombres e incluso mujeres, que, aunque vestidas de terciopelo, envueltas en cachemiras y con

elegantes cupés esperándolas a la puerta, miraban con asombro y hasta con admiración el lujo que se

ostentaba ante sus ojos.

Más tarde comprendí aquella admiración y aquel asombro, pues, al ponerme a observar yo también,

advertí sin dificultad que estaba en la casa de una entretenida. Y si hay algo que las mujeres de mundo

desean ver ––y allí había mujeres de mundoes el interior de las casas de esas mujeres, cuyos carruajes

salpican . los suyos a diario; que tienen, como ellas y a su lado, un palco en la Opera y en los Italianos, y

que ostentan en París la insolente opulencia de su belleza, de sus loyas y de sus escándalos.

Aquella en cuya casa me encontraba había muerto: las mujeres más virtuosas podían, pues, penetrar hasta

en su dormitorio. La muerte había purificado el aire de aquella espléndida cloaca, y además siempre tenían

la excusa, si la hubieran necesitado, de que iban a una subasta sin saber a casa de quién iban. Habían leído

los carteles, querían ver lo que los carteles prometían y elegir por anticipado: nada más sencillo. Lo que no

les impedía buscar, en medio de todas aquellas maravillas, las huellas de su vida de cortesana, de la que sin

duda les habían referido tan extraños relatos.

Por desgracia los misterios habían muerto con la diosa y, pese a toda su buena voluntad, aquellas damas

no lograron sorprender más que lo que estaba en venta después del fallecimiento, y nada de lo que se

vendía en vida de la lnquilina.

Por lo demás, no faltaban cosas que comprar. El mobiliario era soberbio. Muebles de palo de rosa y de

Boule, jarrones de Sèvres y de China, estatuillas de Sajonia, raso, terciopelo y encaje, nada faltaba alli.

Me paseé por la casa y seguí a las nobles curiósas que me habían precedido. Entraron en una habitación

tapizada de tela persa, a iba a entrar yo también, cuando salieron casi al instante, sonriendo y como si les

diera vergüenza de aquella nueva curiosidad. Por ello deseaba yo más vivamente penetrar en aquella

habitación. Era el cuarto de aseo, revestido de los más minuciosos detalles, en los que parecía haberse

desarrollado al máximo la prodigalidad de la muerte.

Encima de una mesa grande adosada a la pared, una mesa de seis pies de largo por tres de ancho,

brillaban todos los tesoros de Aucoc y de Odiot. Era aquella una magnífica colección, y ni uno solo de esos

mil objetos tan necesarios para el cuidado de una mujer como aquella en cuya casa nos hallábamos estaba

hecho de otro metal que no fuera oro o plata. Sin embargo una colección como aquélla sólo podía haberse

hecho poco a poco, y no era el mismo amor el que la había completado.

Como a mí no me asustaba el ver el cuarto de aseo de una entretenida, me distraía examinando los

detalles, cualesquiera que fuesen, y me di cuenta de que todos aquellos utensilios, magníficamente

cincelados, llevaban iniciales distintas y orlas diferentes.

Iba mirando todas aquellas cosas, cada una de las cuales se me representaba como una prostitución de la

pobre chica, y me decía que Dios había sido clemente con ella, puesto que no había permitido que llegara a

sufrir el castigo ordinario, y .la había dejado morir en medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, esa

primera muerte de las cortesanas.

En efecto, ¿hay espectáculo más triste que la vejez del vicio, sobre todo en la mujer? No encierra

dignidad alguna ni inspira ningún interés. Ese eterno arrepentimiento, no ya del mal camino seguido, sino

de los cálculos mal hechos y del dinero mal empleado, es una de ––las cosas más tristes que se pueden oír.

Conocí una antigua mujer galante, a quien ya no le quedaba de su pasado más que una hija casi tan

hermosa, al decir de sus contemporáneos, como había sido su madre. Aquella pobre niña, a quien su madre

nunca le había dicho «eres mi hija» más que para ordenarle que sustentara su vejez como ella había

sustentado su infancia, aquella pobre criatura se llamaba Louise y, obedeciendo a su madre, se entregaba

sin voluntad, sin pasión, sin placer, como hubierà trabajado en un oficio, si hubiesen pensado en

enseñárselo.

El espectáculo continuo del desenfreno, un desenfreno precoz, alimentado por el estado continuamente

enfermizo de la muchacha, apagó en ella el discernimiento del bien y del mal, que tal vez Dios le había

còncedido, pero que a nadie se le ocurrió desarrollar.

Nunca olvidaré a aquella muchachita, que pasaba por los bulevares casi todos los días a la misma hora.

Su madre la acompañaba sin cesar, tan asiduamente como una verdadera madre hubiera acompañado a su

verdadera hija.Yo era muy joven entonces, y dispuesto a aceptar para mí la fácil moral de mi siglo.

Recuerdo, sin embargo, que el espectáculo de aquella vigilancia escandalosa me inspiraba desprecio y asco.

Añádase a ello que nunca un rostro de virgen dio tal sensación de inocencia, tal expresión de sufrimiento

melancólico.

Parecía una imagen de la Resignación.

Un día el rostro de la muchacha se iluminó. En medio del desenfreno programado por su madre, le

pareció a la pecadora que Dios le ótorgaba una satisfacción. Y, al fin y al cabo, ¿por qué Dios, que la había

creado sin fortaleza, iba a dejarla sin consuelo bajo el peso doloroso de su vida? Un día, pues, se dio cuenta

de que estaba encinta, y lo que de casto había aún en ella se estremeció de gozo. El alma tiene extraños

refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que tan feliz la hacía. Da vergüenza decirlo, aunque

no estamos hablando aquí de la inmoralidad por gusto: estamos contando un hecho real, que tal vez

haríamos mejor callando, si no creyéramos que de cuando en cuando es preciso revelar los martirios de

esos seres a quienes se condena sin oír y se desprecia sin juzgar; da vergüenza, decimos, pero la madre

respondió a la hija que ya no les ssóbraba nada para dos y que no tendrían bastante para tres; que tales hijos

son inútiles y que un embarazo es una pérdida de tiempo.

Al día siguiente una comadrona, a quien designaremos sólo como la amiga de la madre, fue a ver a

Louise, que se quedó unos días en la cama, y volvió a levantarse más débil y más pálida que antes.

Tres meses después un hombre se compadeció de ella y emprendió su curación moral y hsica; pero la

última sacudida había sido excesivamente violenta, y Louise murió a consecuencia del aborto.

La madre vive todavía: ¿cómo? ¡Sabe Dios!

Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los estuches de plata, y en estas reflexiones

debió de pasar al parecer cierto tiempo, pues ya no quedábamos en la casa más que yo y un vigilante, que

desde la puerta observaba con atención si no me llevaba nada.

Me acerqué a aquel hombre, a quien tan graves recelos inspiraba.

––¿Podría decirme ––le dije–– el nombre de la persona que vivía aquí?

––La señorita Marguerite Gautier.

Conocía a esa joven de nombre y de vista.

––¡Cómo! ––––dije al vigilante––. ¿Ha muerto Marguerite Gautier?

––Sí, señor.

––¿Y cuándo ha sido?

––Creo que hace tres semanas..

––¿Y por qué dejan visitar el piso?

––Los acreedores han pensado que así subiría la subasta. La gente puede ver de antemano el efecto que

hacen los tejidos y los muebles. Eso anima a comprar, ¿comprende?

––¿Ah, tenía deudas?

––¡Oh, sí, señor! Y no pocas.

Pero seguramente la subasta las cubrirá, ¿no?

––Y sobrará.

––¿Entonces quién se llevará el resto?,

––Su familia.

––¿Ah, tiene familia?

––Eso parece.

Muchas gracias.

El vigilante, tranquilo ya respecto a mis intenciones, me saludó y salí.

«¡Pobre chica! iba diciéndome mientras volvía a mi casa––. No ha debido de morir muy alegremente,

pues en su mundo no hay amigos más que cuando uno está bien.»

Y, sin querer, no podía menos de compadecerme de la suerte de Marguerite Gautier.

Quizá le parezca ridículo a mucha gente, pero siento una indulgencia inagotable por las cortesanas, y no

pienso tomarme la molestia de andar dando explicaciones sobre tal iridulgencia.

Un día, cuando iba a recoger un pasaporte a la comisaría, vi cómo en una de las calles adyacentes dos

gendarmes se llevaban a una chica. Ignoro lo que había hecho: lo único que puedo decir es que lloraba a

lágrima viva abrazando a un niño de pocos meses, de quien su detención la separaba. Desde aquel día ya no

he podido despreciar a una mujer a simple vista.

II

La subasta estaba fijada para el día 16.

Habían dejado un día de intervalo entre las visitas y la subasta, para que los tapiceros tuvieran tiempo de

retirar cortinajes, visillos, etc. .

Por aquella época yo regresaba de viaje. Era bastante normal que no me hubieran anunciado la muerte de

Marguerite como una de esas grandes noticias que los amigos anuncian siempre al que vuelve a la capital

de las noticias. Marguerite era bonita, pero, así como la tan solicitada vida de esas mujeres hace ruido, su

muerte no hace tanto. Son de esos soles que se ponen como salen, sin brillo. Su muerte, cuando mueren

jóvenes, llega a conocimiento de todos sus amantes al mismo tiempo, pues en París casi todos los amantes

de una chica de éstas se lo cuentan todo. Intercambian algunos recuerdos respecto a ella, y la vida de los

unos y de los otros sigue sin que tal incidente la empañe ni siquiera con una lágrima.

Hoy, cuando uno tiene veinticinco años, las lágrimas se han convertido en una cosa tan rara, que no se

pueden regalar a la primera advenediza. No es poco ya que los padres que pagan por ser llorados lo sean en

proporción al precio que se han puesto.

Por lo que a mí respecta, aunque mis iniciales no se hallaran en ninguno de los objetos de tocador de

Marguerite, esa indulgencia instintiva, esa piedad natural que acabo de confesar hace un momento me

hacían pensar en su muerte más tiempo de lo que tal vez se merecía.

Recordaba haber visto a Marguerite con mucha frecuencia en los Campos Eliseos, donde ella iba con

asiduidad, a diario, en un pequeño cupé azul tirado por dos magníficos caballos bayos, y haber notado en

ella una distinción poco común en sus semejantes, distinción que realzaba aún más una belleza realmente

excepcional.

Cuando salen, estas desgraciadas criaturas siempre van acompañadas, a saber de quién.

Como ningún hombre consiente que se publique el amor nocturno que siente por ellas, como ellas tienen

horror a la soledad, llevan consigo o bien a aquellas que, menos afortunadas, no tienen coche, o bien a

alguna de esas viejas elegantes cuya elegancia carece de motivos, y a quienes puede uno dirigirse sin temor,

cuando quiere saber cualquier tipo de detalles acerca de la mujer que acompañan.

No ocurría así con Marguerite. Llegaba a los Campos Elíseos siempre sola en su coche, donde intentaba

pasar lo más desapercibida posible, cubierta con un gran chal de cachemira en invierno, y con vestidos muy

sencillos en verano; y, aunque en su paseo favorito se encontrara con mucha gente conocida, cuando por

casualidad les sonreía, su sonrisa sólo era visible para ellos, y una duquesa hubiera podido sonreír así.

No se paseaba desde la glorieta a los Campos Elíseos, como lo hacen y lo hacían todas sus compañeras.

Sus dos caballos la llevaban rápidamente al Bosque. Allí bajaba del coche, andaba durante una hora, volvía

a subir a su cupé, y regresaba a su casa al trote de sus caballerías.

Todas aquellas circunstancias, dé las que yo había sido testigo algunas veces, desfilaban ante mí, y me

dolía la muerte de aquella chica, como duele la destrucción total de una hermosa obra.

Y es que era imposible ver una belleza más encantadora que la de Marguerite.

Alta y delgada hasta la exageración, poseía en sumo grado el arte de hacer desaparecer aquel olvido de la

naturaleza con el simple arreglo de lo que se ponía. Su chal de cachemira, que le llegaba hasta el suelo,

dejaba escapar por ambos lados los anchos volantes de un vestido de sedá, y el grueso manguito que

ocultaba sus manos y que ella apoyaba contra su pecho estaba rodeado de pliegues tan hábilmente

dispuestos, que ni el. ojo más exigente tenía nada que objetar al contorno de las líneas.

La cabeza, una maravilla, era objeto de una particular coquetería. Era muy pequeña, y su madre, como

diría Musset, parecía haberla hecho así para hacerla con esmero.

En un óvalo de una gracia indescriptible, colocad dos ojos negros coronados por cejas de un arco tan

puro, que parecía pintado; velad. esos ––ojos con largas pestañas que, al bajar, proyecten sombra sobre la

tez rosa de las mejillas; trazad una nariz fina, recta, graciosa, con ventanillas un poco abiertas por una

ardiente aspiración hacia la vida sensual; dibujad una boca regular, cuyos labios se abran con gracia sobre

unos dientes blancos como la leche; coloread la piel con ese suave terciopelo que cubre los melocotones no

tocados aún por mano alguna, y tendréis el conjunto de aquella cabeza encantadora.

Los cabellos, negros como el azabache, natural o artificialmente ondulados, se abrían sobre la frente en

dos anchos bandós y se perdían detrás de la cabeza, dejando ver una parte––de las orejas, en las que

brillaban dos diamantes de un valor de cuatro a cinco mil francos cada uno.

Cómo la ardiente vida de Marguerite permitía que su conservase la expresión virginal, incluso infantil,

que lo caracterizaba, es algo que nos vemos obligados a constatar sin comprenderlo.

Marguerite tenía un maravilloso retrato suyo hecho por Vidal, el único hombre cuyo lápiz era capaz de

reproducirla. Después de su muerte tuve unos días a mi disposición aquel retrato, y era de un parecido tan

asombroso, que me ha servido para ofrecer las indicaciones a las que quizá no hubiera alcanzado mi

memoria.

Algunos detalles de este capítulo no llegaron a mi conocimiento hasta más tarde, pero los escribo ahora

mismo, para no tener que volver sobre ellos cuando comience la historia anecdótica de esta mujer.

Marguerite asistía a todos los estrenos y pasaba todas las noches en algún espectáculo o en el bade.

Siempre que se representaba una obra nueva era seguro verla allí, con tres cosás que no la abandonaban

jamás y que ocupaban siempre el antepecho de su palco de platea: sus gemelos, una bolsa de bombones y

un ramo de camelias.

Durante veinticinco días del mes las camelias eran blancas, y durante cinco, rojas; nunca ha logrado

saberse la razón de aquella variedad de colores, que indico sin poder explicar y que los habituales de los

teatros adonde ella iba con más frecuencia, lo mismo que sus amigos, habían notado como yo.

Nunca habíamos visto a Marguerite con otras flores que no fueran camelias. Tanto es así, que en casa de

la señora Barjon, su florista, acabaron por llamarla la Dama de las Camelias, y con tal sobrenombre se

quedó.

Yo sabía además, como todos los que en París se mueven en ciertos ambientes, que Marguerite había

sido la querida de los jóvenes más elegantes, que lo decía abiertamente, y que ellos mismos se

vanagloriaban de ello, lo que demostraba que amantes y querida estaban contentos unos de otros.

Sin embargo, desde hacía unos tres años, y a raíz de un viaje a Bagnères, se decía que no vivía más que

con un viejo duque extranjero, enormemente rico, y que había intentado apartarla lo más posible de su vida

pasada, a lo que por lo demás ella parecía haber accedido de buen grado.

A este respecto me contaron lo siguiente:

En la primavera de 1842 Marguerite estaba tan débil, tan cambiada, que los médicos le mandaron que

fuera a un balneario, y salió hacia Bagnéres.

Allí, entre los enfermos, se encontraba la hija del duque, la cual tenía no sólo la misma enfermedad, sino

hasta el mismo rostro de Marguerite, hasta tal punto que se las hubiera podido tomar por dos hermanas.

Sólo que la joven duquesa estaba en el tercer grado de la tisis y, pocos días después de la llegada de

Marguerite, sucumbía.

Una mañana el duque, que seguía en Bagnéres como sigue uno en el suelo que ha sepultado una parte de

su corazón, divisó a Marguerite al dar la vuelta a una alameda.

Le pareció ver pasar la sombra de su hija y, dirigiéndose hacia ella, le cogió las manos, la besó llorando

y, sin preguntarle quién era, le imploró permiso para verla y amar en ella la imagen viva de su hija muerta.

Marguerite, sola en Bagnéres con su doncella, y por otra parte sin temor alguno de comprometerse,

concedió al duque lo que le pedía.

Había en Bagnéres gentes que la conocían, y fueron oficialmente a advertir al duque de la verdadera

condición de la señorita Gautier. Fue un golpe para el viejo, pues ahí acababa el parecido con su hija, pero

era ya un poco tarde. La joven se había convertido en una necesidad de su corazón y en el único pretexto, la

única excusa para seguir viviendo.

No le hizo ningún reproche ––tampoco tenía derecho a hacérselo––, pero le preguntó si se sentía capaz

de cambiar de vida, ofreciéndole a cambio de ese sacrificio todas las compensaciones que pudiera desear.

Ella se lo prometió.

Hay que decir que por aquella época Marguerite, aunque entusiasta por naturaleza, estaba enferma. El

pasado se le aparecía como una de las causas principales de su enfermedad, y una especie de superstición le

hizo esperar que Dios le dejaría la belleza y la salud a cambio de su arrepentimiento y conversión.

Y en efecto, cuando llegó el final del verano, las aguas, los paseos, el cansancio natural y el sueño casi

casi la habían restablecido.

El duque acompañó a Marguerite a París, donde siguió viéndola como en Bagnéres.

Aquella relación, cuyo auténtico origen y motivo se desconocía, causó aquí gran sensación, pues el

duque, conocido ya por su gran fortuna, se daba a conocer ahora por su prodigalidad.

Se atribuyó al libertinaje, frecuente entre los viejos ricos, aquel acercamiento del viejo duque a la joven.

Hubo toda clase de suposiciones, excepto la verdadera.

Sin embargo los sentimientos que aquel padre experimentaba por Marguerite tenían una causa tan casta,

que cualquier otra relación que no fuera de corazón le hubiera parecido un incesto, y jamás le había dicho

una palabra que su hija no hubiera podidó oír.

Lejos de nosotros el pensamiento de hacer de nuestra heroína otra cosa dístinta de lo que era. Así pues,

diremos que, mientras estuvo en Bagnéres, la promesa que había hecho al duque no era dificil de cumplir y

la cumplió; pero, una vez en París, a aquella joven acostumbrada a la vida disipada, a los bailes, incluso a

las orgías, le pareció que su soledad, turbada únicamente por las periódicas visitas del duque, la haría morir

de aburrimiento, y el soplo ardiente de su vida anterior pasaba a la vez por su cabeza y por su corazón.

Añádase a ello que Marguerite había vuelto de aquel viaje más hermosa que nunca, que tenía veinte años

y que la enfermedad, adormecida, pero no vencida, seguía despertando en ella esos deseos febriles que casi

siempre suelen ser resultado de las afecciones de pecho.

Así pues, el duque sintió un gran dolor el día en que sus amigos due estaban al acecho sin cesar con

ánimo de sorprender un escándalo por parte de la joven, con la que, decían, estaba comprometiéndose––

vinieron a decirle y demostrarle que, en cuanto estaba segura de que él no iría a verla, ella recibía visitas, y

que tales visitas se prolongaban con frecuencia hasta la mañana siguiente.

Interrogada al respecto, Marguerite le confesó todo al duque, aconsejándole, sin segundas intenciones,

que dejara de ocuparse de ella, porque no se sentía con fuerzas para mantener los compromisos adquiridos

y no quería seguir recibiendo más tiempo los beneficios de un hombre a quien estaba engañando.

El duque estuvo ocho días sin aparecer ––eso fue todo lo que pudo hacer–– y al octavo día vino a

suplicar a Marguerite que volviera a admitirlo, prometiéndole aceptarla como era, con tal de poder verla, y

jurándole que moriría antes que hacerle un solo reproche.

Así estaban las cows tres meses después del regreso de Marguerite, es decir, en noviembre o diciembre

de 1842.

III

El 16, a la una, me dirigí hacia la calle de Antin.

Desde la puerta de la cochera se oía gritar a los subastadores.

El piso estaba lleno de curiosos.

Se hallaban allí todas las celebridades del vicio elegante, examinadas con disimulo por algunas damas de

la alta sociedad, que habían tomado una vez más la subasta como pretexto para poder ver de cerca a esas

mujeres con las que nunca hubieran tenido ocasión de encontrarse y cuyos fáciles placeres tal vez

envidiaban en secreto.

La duquesa de F… se codeaba con la señorita A…, una de las más tristes muestras de nuestras cortesanas

modernas; la marquesa de T… vacilaba en comprar un mueble por el que pujaba la señora D…, la adúltera

más elegante y conocida de nuestra época; el duque de Y…, que en Madrid pasa por arruinarse en París, en

París por arruinarse en Madrid, y que en resumidas cuentas no gasta ni su renta, mientras charlaba con la

señora M…, una de nuestras cuentistas más ocurrentes, que de cuando en cuando se digna escribir lo que

dice y firmar lo que escribe, intercambiaba miradas confidenciales con la señora N…, esa bella paseante de

los Campos Elíseos, casi siempre vestida de rosa o de azul, y que va en un coche tirado por dos grandes

caballos negros que Tony le vendió por diez mil francos y… que ella pagó; en fin, la señorita R…, que sólo

con su talento saca el doble de lo que las mujeres de mundo sacan con su dote y el triple de lo que las otras

sacan con sus amores, había ido a pesar del frío a hacer algunas compras, y no era ella ciertamente a la que

menos miraban.

Podríamos seguir citando las iniciales de un buen número de personas reunidas en aquel salón, y no poco

sorprendidas de encontrarse juntas; pero tememos cansar al lector.

Digamos solamente que todo el mundo estaba de una alegría loca, y que muchas de las que se

encontraban alli habían conocido a la muerta, pero no parecían acordarse de ello.

Reían a carcajadas; los tasadores gritaban hasta desgañitarse; los comerciantes, que habían invadido los

bancos colocados ante las mesas de subastar, en vano intentaban imponer silencio para hacer sus negocios

con tranquilidad. Nunca bubo reunión tan variada y ruidosa como aquélla.

Me deslicé humildemente en medio de aquel tumulto, que me resultaba entristecedor al pensar que tenía

lugar al lado de la habitación donde había expirado la pobre criatura cuyos muebles se subastaban para

pagar las deudas. Yo, que había ido para observar más que para comprar, miraba la cara de los proveedores

que organizaban la subasta, y veía cómo sus facciones se ponían radiantes cada vez que un objeto

alcanzaba un precio que no habían esperado.

Gente honrada, que había especulado con la prostitución de aquella mujer, que había ganado un cien por

cien con ella, que había perseguido con papeles timbrados los últimos momentos de su vidá, y que tras su

muerte venía a recoger los frutos de sus honorables cálculos a la vez que los intereses de su vergonzoso

crédito.

¡Cuánta razón llevaban los antiguos, que tenían un solo y mismo Dios para los mercaderes y para los

ladrones!

Vestidos, cachemiras, joyas se vendían con una rapidez increíble. Nada de todo aquello me convenía, y

seguí esperando.

De pronto oí gritar:

Un volumen, perfectamente encuadernado, con cantos dorados, titulado Manors Leccaut. Hay algo

escrito en la primera página. Diez francos.

Doce ––dijo una voz tras un silencio bastante largo.

Quince ––,dije yo.

¿Por qué? No ––podría decirlo. Sin duda por aquel algo escrito.

––Quince–– repitió el tasador.

––Treinta ––dijo el primer postor en un torso que parecía desafiar a que se siguiera pujando.

Aquello se estaba convirtiendo en una lucha.

––¡Treinta y cinco! ––grité entonces en el mismo tono.

––Cuarenta.

––Cincuenta. .

––Sesenta.

––Cien.

Confieso que, si hubiera querido causar sensación, lo había conseguido plenamente, pues tras aquella

puja se hizo un gran silencio, y me miraron para saber quién era el hombre que parecía tan resuelto a poseer

aquel volumen. .

Parece que el acento con que pronuncié mi última palabra convenció a mi antagonista: así que prefirió

abandonar una lucha que no hubiera servido más que para hacerme pagar diez veces el precio del volumen

e, inclinándose, me dijo con mucha amabilidad, aunque un poco tarde:

Me rindo, caballero.

Como nadie dijo nada, el libro me fue adjudicado.

Temiendo una nueva cabezonería, que mi amor propio tal vez habría apoyado, pero que mi bolsillo

habría llevado ciertamente muy a mal, di mi nombre, mandé apartar el volumen y bajé. Debí de dar mucho

que pensar a aquella gente, que, testigo de la escena, sin duda se preguntaría con qué objeto había ido a

pagar cien francos por un libro que podía conseguir en cualquier sitio por diez o quince francos como

mucho.

Una hora después ya había mandado a buscar mi compra.

En la primera página, a pluma y con una letra elegante, estaba escrita la dedicatoria del donante del libro.

Dicha dedicatoria ponía sólo estas palabras:

Manon a Marguerite;

Humildad.

Estaba firmada: Armand Duval.

¿Qué quería decir la palabra Humildad?

Según la opinión del tal Armand Duval, ¿qué superioridad reconocía Manon en Marguerite: la del

desenfreno o la del corazón?

La segunda interpretación era la más verosímil, pues la primera no hubiera sido más que una franqueza

impertinente, que no habría aceptado Marguerite, pese a la opinión que tuviera de sí misma.

Salí otra vez y no volví a ocuparme del libro hasta por la noche, a la hora de acostarme.

Manon Lescaut es realmente una historia conmovëdora que me conozco al detalle, y sin embargo, cuando

cae en mis manos ese volumen, mi simpatía por él me sigue atrayendo, lo abro y por centésima vez revivo

con la heroína del abate Prévost. Y es que es una heroína tan real, que me parece haberla conocido. En

aquellas nuevas circuñstancias la especie de comparación que se daba entre ella y Marguerite hacía que la

lectura tuviera para mí un aliciente inesperado, y a mi indulgencia se añadía lá piedad, casi el amor por la

pobre chica a cuya herencia debía yo el volumen. Manon había muerto en un desierto, es verdad, pero

también en los brazos del hombre que la amaba con todas las energías de su alma y que, una vez muerta, le

cavó una fosa, la regó con sus lágrimas y en ella sepultó su corazón; mientras que Marguerite, pecadora

como Manon y quizá convertida como ella, había muerto en el seno de un lujo suntuoso, a juzgar por lo que

yo había visto, en el lecho de su pasado, pero también en medio de ese desierto del corazón, mucho más

árido, mucho más vasto, mucho más despiadado que aquel en el que había sido enterrada Manon.

Marguerite, en efecto, según supe por ciertos amigos que conocían las últimas circunstancias de su vida,

no llegó a ver un auténtico consuelo sentado a su cabecera durante los dos meses que duró su lenta y

dolorosa agonía.

De Manon y Marguerite mi pensamiento se dirigió luego hacia las que yo conocía y que veía

encaminarse cantando hacia una muerte casi siempre invariable.

¡Pobres criaturas! Si amarlas es un error, lo menos que podemos hacer es compadecerlas.

Compadecemos al ciego que nunca ha visto la luz del día, al sordo que nunca ha oído los acordes de la

naturaleza, al mudo que nunca ha podido expresar la voz de su alma, y, so pretexto de un falso pudor, no

queremos compadecer esa ceguera del corazón, esa sordera del alma, esa mudez de la conciencia, que

enloquecen a la desgraciada afligida y sin querer la hacen incapaz de ver el bien, de oír al Señor y de hablar

la lengua pura del amor y de la fe.

Hugo ha escrito Marion de Lorme, Musset ha escrito Bernerette, Alexandre Dumas ha escrito Fernande,

los pensadores y poetas de todos los tiempos han presentado a la cortesana la ofrenda de su misericordia, y

alguna vez un gran hombre las ha rehabilitado con su amor a incluso con su nombre. Si insisto tanto en este

punto, es porque quizá muchos de los que van a leerme ya están dispuestos a rechazar este libro, por temor

a no ver en él más que una apología del vicio y de la prostitución, y sin duda la edad del autor no

contribuye mucho a disipar ese temor. Que los que piensen así se desengañen, y sigan leyendo, si ningún

otro temor los detenía.

Estoy sencillamente convencido de un principio, y es éste: para la mujer que por su educación no ha

aprendido el bien, Dios abre casi siempre dos senderos que la hacen volver a él; esos senderos son el dolor

y el amor. Son diflciles; las que se deciden acaban con los pies ensangrentados y las manos desgarradas,

pero al mismo tiempo dejan en las zarzas del camino los aderezos del vicio, y llegan a término con esa

desnudez que no causa vergüenza ante el Señor.

Los que se encuentran con estas intrépidas viajeras deben apoyarlas, y decirles a todos que se han

encontrado con ellas, pues al publicarlo indican el camino.

No se trata de colocar ingenuamente a la entrada de la vida dos postes, uno con esta inscripción: Ruta del

bier, otro con esta advertencia: Ruta del mal, y decir a los que se presentan: «Escoged». Hay que enseñar,

como Cristo, a los. que se han dejado tentar por los alrededores, los caminos que conducen de la segunda

ruta a la primera; y sobre todo hay que evitar que el comienzo de estos caminos sea demasiado doloroso, ni

parezca demasiado impenetrable.

Ahí está el cristianismo con su maravillosa parábola del hijo pródigo para aconsejarnos la indulgencia y

el perdón. Jesús rebosaba de amor hacia esas almas heridas por las pasiones de los hombres, y le gustaba

curar sus llagas sacando de esas mismas llagas el bálsamo que las sanaría. Así decía a Magdalena: «Mucho

te será perdonado, porque has amado mucho», sublime perdón, que despertaría una fe sublime.

¿Por qué vamos a ser nosotros más rígidos que Cristo? ¿Por qué, ateniéndonos obstinadamente a las

opiniones de este mundo, que se hace el duro para que lo creamos fuerte, vamos a rechazar con él a esas

almas sangrantes muchas veces de heridas por las que, como la sangre mala de un enfermo, se derrama el

mal de su pasado, en espera únicamente de una mano amiga que las cure y les devuelva la convalecencia

del corazón?

Ahora me dirijo a mi generación, a aquellos para quienes las teorías de Voltaire han dejado por suerte de

existir, a aquellos que, como yo, comprenden que la humanidad se encuentra desde hace quince años en

uno de sus impulsos más audaces. La ciencia del bien y del mal ha sido adquirida de una vez para siempre;

la fe se reconstruye, el respeto por las cosas santas nos ha sido devuelto y, si el mundo no es bueno del

todo, al menos es mejor. Los esfuerzos de todos los hombres inteligentes tienden hacia el mismo fin, y

todas las grandes voluntades van enganchadas al mismo principio: ¡seamos buenos, searnos jóvenes,

seamos auténticos! El mal no es más que vanidad, tengamos el orgullo del bien, y sobre todo no

desesperemos. No despreciemos a la mujer que no es madre, ni hermana, ni hija, ni esposa. No reduzcamos

la estima a la familia, la indulgencia al egoísmo. Puesto que en el cielo hay más alegría por un pecador

arrepentido que por cien justos que no han pecado nunca, intentemos alegrar al cielo. El puede

devolvérnoslo con creces. Vayamos dejando por el camino la limosna de nuestro perdón a áquellos a

quienes los deseos terrenales han perdido y que una esperanza divina puede salvar; y, como dicen las viejas

cuando aconsejan un remedio casero, si no hace bien, daño tampoco va a hacer.

Ciertamente ha de parecer harto presuntuoso por mi parte querer sacar tan grandes resultados de un tema

tan insignificante como el que trato; pero soy de los que creen que en las cosas pequeñas está todo. El niño

es pequeño, y contiene al hombre; el cerebro es estrecho, y alberga al pensamiento; el ojo es sólo un punto,

y abarca leguas.

IV

Dos días después la subasta estaba completamente terminada. Produjo ciento cincuenta mil francos.

Los acreedores se repartieron las dos terceras partes, y la familia, compuesta por una hermana y un

sobrino, heredó el resto.

La hermana abrió unos ojos como platos cuando el agente de negocios le escribió diciéndole que

heredaba cincuenta mil francos.

Aquella joven llevaba seis o siete años sin ver a su hermana, que había desaparecido un día sin que

llegara a saberse, ni por ella ni por otros, el menor detalle sobre su vida desde el momento de su

desaparición.

Así que llegó a toda prisa a París, y no fue pequeño el asombro de los que conocían a Marguerite cuando

vieron que su única heredera era una gorda y hermosa campesina que hasta entonces no había salido de su

pueblo.

De pronto se encontró con una fortuna hecha, sin saber siquiera de qué fuente le venía aquella fortuna

inesperada.

Volvió, según me dijeron después, a sus campos, llevándose una gran tristeza por la muerte de su

hermana, compensada no obstante por la inversión al cuatro y medio por ciento que acababa de hacer.

Empezaban ya a olvidarse todas aquellas circunstancias, que corrieron de boca en boca por París, la

ciudad madre del escándalo, y hasta yo mismo estaba olvidando la parte que había tomado en los

acontecimientos, cuando un nuevo incidente me dio a conocer toda la vida de Marguerite, y me enteré de

detalles tan conmovedores, que me entraron ganas de escribir aquella historia, como ahora hago.

Hacía tres o cuatro días que el piso, vacío ya de todos sus muebles vendidos, estaba en alquiler, cuando

una mañana llamaron a mi puerta.

Mi criado, o por mejor decir mi portero, que me servía de criado, fue a abrir y me trajo una tarjeta,

diciéndome que la persona que se la había entregado deseaba hablar conmigo. Eché un vistazo a la tarjeta y

leí estas dos palabras:

Armand Duval

Me puse a pensar dónde había visto antes ese nombre, y me acordé de la primera hoja del volumen de

Manon Lescaut.

¿Qué podía querer de mí la persona que había dado aquel libro a Marguerite? Mandé que pasara en

seguida el hombre que estaba esperando.

Vi entonces a un joven rubio, alto, pálido, vestido con un traje de viaje que parecía no haberse quitado en

varios días ni tomado siquiera la molestia de cepillarlo al llegar a París, pues estaba cubierto de polvo.

El señor Duval, profundamente emocionado, no hizo ningún

esfuerzo por ocultar su emoción, y con lágrimas en los ojos y la voz temblorosa me dijo:

Le ruego me disculpe por esta visita y esta ropa; pero, aparte de que entre jóvenes no nos preocupamos

tanto de estas cosas, tenía tantos deseos de verlo a usted hoy mismo, que ni siquiera he perdido el tiempo

bajándome en el hotel, donde he enviado mi equipaje, y he venido corriendo a su casa, por miedo de no

encontrarlo a pesar de lo pronto que es.

Rogué al señor Duval que se sentara junto al fuego, como así hizo, a la vez que sacaba del bolsillo un

pañuelo en el que ocultó un momento su rostro.

Debe de estar usted preguntándose ––prosiguió suspirando. tristemente–– qué quiere este visitante

desconocido, a estas horas, con esta pinta, y llorando de tal modo. Sencillamente, vengo a pedirle un gran

favor.

––Usted dirá. Estoy a su entera disposición.

¿Asistió usted a la subasta de Marguerite Gautier?

Ante aquella palabra, la emoción que había conseguido dominar un instante fue más fuerte que él, y se

vio obligado a llevarse las manos a los ojos.

Debo de parecerle muy ridículo ––––añadió. Discúlpeme una vez más y créame que no olvidaré nunca la

paciencia con que se digna escucharme.

––Caballero ––repliqué––, si el favor que, según parece, está en mi mano hacerle ha de calmar la pena

que usted experimenta, dígame en seguida en qué puedo servirle, y encontrará usted en mí un hombre

dichoso de poder complacerlo.

El dolor del señor Duval inspiraba simpatía, y sin querer estaba deseand© serle grato.

Entonces me dijo:

––¿Ha comprado usted algo _en la subasta de Marguerite?

––Sí, señor, un libro.

––¿Manon Lescaut?

Exactamente.

––tTiene usted aún ese libro? Está en mi dormitorio.

Ante esta noticia, Armand Duval pareció quitarse un gran peso de encima y me dio las gracias como si,

guardando aquel volumen, hubiera empezado ya a hacerle un favor.

Me levanté, fui a mi habitación a coger el libro y se lo entregué.

––Sí, es éste ––dijo, mirando la dedicatoria de la primera página y hojeándolo––. Sí, es éste.

Y dos gruesas lágrimàs cayeron sobre sus páginas.

Bueno ––dijo, levantando la cabeza hacia mí, sin intentar siquiera ocultarme que había llorado y que

estaba a punto de llorar otra vez––, ¿tiene usted mucho interés en este libro?

––¿Por qué?

Porque he venido a pedirle que me lo ceda.

Perdone mi curiosidad ––dije––, pero ¿entonces fue usted quien se lo dio a Marguerite Gautier?

Yo mismo.

El libro es suyo, tómelo; me siento feliz de poder devolvérselo.

––Pero repuso el señor Duval un poco desconcertado–– lo menos que puedo hacer es darle lo que le

costó.

––Permítame que se lo regale. El precio de un solo volumen en una subasta semejante es una bagatela, y

ni siquiera me acuerdo de lo que me costó.

Le costó cien francos.

Es cierto ––dije, desconcertado a mi vez––. ¿Cómo lo sabe usted?

––Es muy sencillo: esperaba llegar a París a tiempo para la subasta de Marguerite, y no he llegado hasta

esta mañana. Quería a toda costa tener un objeto que hubiera sido suyo y fui corriendo a casa del

subastador a pedirle permiso para ver la lista de los objetos vendidos y los nombres de los compradores. Vi

que usted había comprado este libro, y decidí rogarle que me lo cediera, aunque el precio que pagó por él

me hizo temer si no estaría usted también ligado por algún recuerdo a la posesión de este volumen.

Y al decir esto, Armand parecía evidentemente temer que yo hubiera conocido a Marguerite como la

había conocido él.

Me ápresuré a tranquilizarlo.

––Sólo conocía de vista a la señorita Gautier ––le dije––. Su muerte me causó la impresión que causa

siempre en un joven la muerte de una mujer bonita con quien tuvo el placer––’de encontrarse. Quise

comprar algo en su subasta y me empeñé en pujar por este volumen, no sé por qué, por el placer de hacer

rabiar a un señor que se había encarnizado en él y parecía desafiarme a ver quién se lo llevaba. Así que, se

lo repito, el libro está a su disposición y le ruego otra vez que lo acepte, para que no lo obtenga de mí como

yo lo obtuve de un subastador y para que sea entre nosotros el compromiso de un conocimiento más amplio

y de unas relaciones más íntimas. .

––Está bien ––me dijo Armand, tendiéndome la mano y estrechando la mía––. Lo acepto y le estaré

eternamente agradecido.

Yo tenía buenas ganas de interrogar a Armand acerca de Marguerite, pues la dedicatoria del libro, el viaje

del joven y su deseo de poseer aquel volumen me picaban la curiosidad; pero temía que, al interrogar a mi

visitante, pareciera que no había rehusado su dinero sino para tener derecho a meterme en sus asuntos.

Diríase que adivinó mi deseo, pues me dijo:

––¿Ha leído usted este volumen?

De arriba abajo.

––¿Qué ha pensado usted de las dos líneas que escribí?

He comprendido en seguida que a sus ojos la pobre chica a quien usted dio este volumen era alguien

fuera de lo común, pues me resistía a ver en esas líneas sólo un cumplido banal.

Y tenía usted razón. Aquella chica era un ángel. Tenga ––me dijo––, lea esta carta.

Y me tendió un papel que parecía haber sido leído y releído muchas veces.

Lo abrí. Decía lo siguiente:

«Querido Armand: He recibido su carta, y doy gracias a Dios porque está usted bien.

Sí, amigo mío, yo estoy enferma, y de una de esas enfermedades que no perdonan; pero

el interés que aún se toma usted por mí disminuye mucho mis sufrimientos. Sin duda ya

no viviré el tiempo suficiente para tener la suerte de estrechar la mano que ha escrito la

bondadosa carta que acabo de recibir, y teas palabras me curarían, si algo pudiera

curarme. Ya no lo veré más, pues estoy a un paso de la muerte y a usted lo separan de mí

centenares de leguas. ¡Pobre amigo mío! Su Marguerite de antaño está muy cambiada, y

quizá es preferible que no vuelva a verla antes que verla como está. Me pregunta usted si

lo perdono. ¡Oh, de todo corazón, amigo mío, pues el daño que usted quiso hacerme no

era más que una prueba del amor que me tenía! Llevo un mes en la cama, y tengo en tanta

estima su aprecio, que todos los días escribo el diario de mi villa desde el momento de

nuestra separación hasta el momento en que ya no tenga fuerzas para escribir.

Si su interés por mí es verdadero, Armand, a su regreso vaya a casa de Julie Duprat.

Ella le entregará este diario. En él encontrará la razón y la disculpa de lo que ha pasado

entre nosotros. Julie es muy buena conmigo; a menudo las dos juntas charlamos de usted.

Estaba aquí cuando llegó su carta, y lloramos al leerla.

En caso de que no me dé usted noticias suyas, ella queda encargada de enviarle estos

papeles a su llegada a Francia. No me lo agradezca. Este volver todos los días sobre los

únicos momentos felices de mi villa me hace un bien enorme, y, si usted va a encontrar

en su lectura la disculpa del pasado, yo encuentro en ella un continuo alivio.

Quisiera dejarle algo para que me tuviera usted siempre en su recuerdo, pero todo lo

que hay en la casa está embargado y nada me pertenece.

¿Comprende usted, amigo mío? Voy a morir, y desde mi dormitorio oigo andar por el

salón al vigilante que mis acreedores han puesto allí para que nadie se lleve nada ni me

quede nada en caso de que no muriera. Espero que aguarden hasta el final para

subastarlo.

¡Oh, qué despiadados son los hombres! No, me equivoco, es mejor decir que Dios es

justo a inflexible.

Pues bien, querido mío, venga usted a la . subasta y compre cualquier cosa, pues, si

apartara yo el menor objeto para usted y se enterasen, serían capaces de denunciarlo por

ocultación de objetos embargados.

¡Qué villa tan triste la que dejo!

¡Si Dios permitiera que volviera a verlo antes de morir! Según todas las probabilidades,

adiós, amigo mío; perdóneme que no le escriba una carta más larga, pero los que dicen

que van a curarme me agotan con sangrías, y mi mano se niega a escribir más.

Marguerite GAUTIER.»

En efecto, las últimas palabras apenas eran legibles.

Devolví la carta a Armand, que sin duda acababa de releerla en su pensamiento como yo la había leído en

el papel, pues, al recogerla, me dijo:

––¡Quién podría pensar jamás que era una entretenida la que escribió esto!

Y, muy emocionado por sus recuerdos, contempló un rato la escritura de aquella carta, que acabó por

llevarse a los labios.

––Cuando pienso ––prosiguió–– que ha muerto sin que haya podido verla, y que ya no volveré a verla

nunca; cuando pienso que ha hecho por mí lo que no hubiera hecho una hermana, no me perdono haberla

dejado morir así. ¡Muerta! ¡Muerta! ¡Pensando en mí, escribiendo y pronunciando mi nombre! ¡Pobre

Marguerite querida!

Y Armand, dando rienda suelta a sus pensamientos y a sus lágrimas, me tendía la mano y continuaba:

––Quien me viera lamentarme así por una muerta semejante me tomaría por un niño, pero es que nadie

sabe cuánto he hecho sufrir a esa mujer, lo cruel que he sido, lo buena y resignada que ha sido ella. Creía

que era yo quien tenía que perdonarla, y hoy me veo indigno del perdón que ella me otorga. ¡Oh, daría diez

años de mi vida por poder llorar una hora a sus pies!

Siempre es difícil consolar un dolor que no se conoce, y sin embargo sentía tan viva simpatía por aquel

joven, me confiaba con tal franqueza su pena, que creí que mis palabras no le resultarían indiferentes y le

dije:

¿No tiene usted parientes o amigos? Tenga confianza, vaya a verlos, y ellos lo consolarán, pues yo no

puedo hacer más que compadecerlo.

Es natural ––dijo, levantándose y paseándose a grandes pasos por mi habitación––, estoy aburriéndolo.

Perdóneme, no me daba cuenta de que mi dolor le importa poco y de que estoy importunándolo con una

cosa que ni puede ni debe interesarle nada.

No ha interpretado usted bien mis palabras. Estoy totalmente a su disposición; sólo que siento mi

incapacidad para calmar su pena. Si mi compañía y la de mis amigos pueden distraerlo; en fin, si me

necesita usted para lo que sea, quiero que sepa que tendré un gran placer en poder serle grato.

Perdón, perdón me dijo––, el dolor exacerba las emociones. Deje que me quede unos minutos más, el

tiempo justo de secarme los ojos, para que los mirones de la calle no se queden mirando como una

curiosidad a este mocetón que llora. Acaba usted de hacerme muy feliz dándome este libro; nunca sabré

cómo agradecerle lo que le debo.

––Concediéndome un poco de su amistad ––dije a Armand–– y diciéndome la causa de su pena.

Contando los sufrimientos, se consuela uno.

––Tiene usted razón; pero hoy siento tal necesidad de llorar, que no le diría más que palabras sin sentido.

Otro día le haré partícipe de esta historia y ya verá usted si tengo razón para echar de menos a la pobre

chica. Y ahora ––––añadió, frotándose los ojos por última vez y mirándose en el espejo––, dígame que no

le parezco excesivamente necio y pemiítame que vuelva a verlo otra vez.

La mirada del joven era bondadosa y dulce; estuve a punto de abrazarlo.

En cuanto a él, sus ojos comenzaban de nuevo a velarse de lágrimas; vio que yo me daba cuenta y desvió

la mirada.

Vamos ––le dije––. ¡Animo!

––Adiós me dijo entonces.

Haciendo un esfuerzo inaudito por no llorar, más que salir, huyó de mi casa.

Levanté el visillo de mi ventana y lo vi subir.al cabriolé que lo esperaba a la puerta; pero, en cuanto

estuvo dentro, se deshizo en lágrimas y ocultó su rostro en el pañuelo.

V

Pasó bastante tiempo sin que oyera hablar de Armand, pero en cambio hubo muchas ocasiones de tratar

de Marguerite.

No sé si lo han notado ustedes, pero basta que el nombre de una persona, que parecía que iba a seguir

siéndonos desconocida o por lo menos indiferente, se pronuncie una vez ante nosotros, para que alrededor

de ese nombre vayan agrupándose poco a poco una serie de detalles y oigamos a todos nuestros amigos

hablar con nosotros de algo de lo que antes nunca habíamos conversado. Entonces descubrimos que esa

persona casi estaba tocándonos, y nos damos cuenta de que pasó muchas veces por nuestra vida sin ser

notada; encontramos en los acontecimientos que nos cuentan una coincidencia y una afinidad reales con

ciertos acontecimientos de nuestra propia existencia. No era ése exactamente mi caso respecto a

Marguerite, puesto que yo la había visto, me había encontrado con ella y la conocía de vista y por sus

costumbres; sin embargo, desde la subasta su nombre llegó tan frecuentemente a mis oídos y, en la

circunstancia que he dicho en el capítulo anterior, su nombre se halló mezclado con una tristeza tan

profunda, que creció mi asombro, aumentando mi curiosidad.

De ello resultó que ya no abordaba a mis amigos, a los que nunca antes había hablado de Marguerite,

sino diciéndoles:

––¿Conoció usted a una tat Marguerite Gautier?

––¿La Dama de las Camelias?

––Exactamente. ¡Mucho!

Aquellos «¡Mucho!» a veces iban acompañados de sonrisas incapaces de dejar lugar a dudas acerca de su

significado.

––Y bien, ¿cómo era aquella chica? ––continuaba yo.

––Pues una buena chica.

––¿Eso es todo?

––¡Santo Dios! ¿Pues qué quirere que sea? Con más inteligencia y quizá con un poco más de corazón que

las otras.

––¿Y no sabe usted nadá de particular sobre ella?

––Arruinó al barón de G…

––¿Sólo?

––Fue la amante del viejo duque de…

––¿Era de verdad su amante?

––Eso dicen: en todo caso, él le daba mucho dinero.

Siempre los mismos detalles generates.

Sin embargo sentía curiosidad por conocer algo acerca de la relación de Marguerite con Armand.

Un día me encontré con uno de esos tipos que viven continuamente en la intimidad de las mujeres

conocidas. Le pregunté:

––¿Conoció usted a Marguerite Gautier?

Me respondió con el mismo mucho de siempre.

––¿Qué clase de chica era?

––Una buena chica. Y guapa. Su muerte me ha causado una gran pena.

––¿No tuvo un amante llamado Armand Duval?

––¿Uno rubio alto?

––Sí.

––Es cierto.

––¿Cómo era ese Armand?

––Creo que era un chaval que se comió con ella lo poco que tenía y que se vio obligado a dejarla. Dicen

que estaba loco por ella.

––¿Y ella?

––Según dicen, también ella lo quería mucho, pero como suelen amar esas chicas. No hay que pedirles

más de lo que pueden dar.

––¿Qué ha sido de Armand?

––Lo ignoro. Nosotros lo conocíamos poco. Estuvo cinco o seis meses con Marguerite, pero en el campo.

Cuando ella regresó, él se fue.

––¿Y no ha vuelto usted a verlo desde entonces?

––Nunca.

Tampoco yo había vuelto a ver a Armand. Llegué a preguntarme si, cuando se presentó en mi casa, la

noticia reciente de la muerte de Marguerite no había exagerado su amor de antaño y en consecuencia su

dolor, y me decía que posiblemente con la muerta había olvidado también la promesa que me hizo de venir

a verme.

Tal suposición hubiera sido bastante verosímil tratándose de otro, pero en la desesperación de Armand

hubo acentos sinceros, y, pasando de un extremo a otro, me imaginaba que su pena se había convertido en

enfermedad y que, si no tenía noticias suyas, era porque estaba enfermo o quién sabe si muerto.

No podía dejar de interesarme por aquel hombre. Quizá en mi interés había algo de egoísmo; quizá bajo

aquel dolor había vislumbrado una conmovedora historia de amor, o quizá mi deseo de conocerla se debía

en buena parte a lo preocupado que me tenía el silencio de Armand.

Puesto que el señor Duval no volvía a mi casa, decidí ir yo a la suya. No era diñcil encontrar un pretexto.

Por desgracia no sabía su dirección, y de todos los que pregunté nadie supo decírmela.

Me dirigí a la calle de Antin. Tal vez el portero de Marguerite supiera dónde vivía Armand. Era un

portero nuevo. Lo ignoraba como yo. Pregunté entonces por el cementerio donde había sido enterrada la

señorita Gautier. Era el cementerio de Montmartre.

Había llegado abril, hacía buen tiempo, las tumbas ya no tendrían ese aspecto doloroso y desolado que

les da el invierno; en fin, hacía ya bastante calor para que los vivos se acordasen de los muertos y los

visitaran. Me dirigí al cementerio, diciéndome: «Con sólo ver la tumba de Marguerite, sabré si el dolor de

Armand subsiste aún, y quizá me entere de lo que ha sido de él.»

Entre en la casilla del guarda, y le pregunté si el 22 de febrero no había sido enterrada en el cementerio

de Montmartre una mujer llamada Marguerite Gautier.

El hombre hojeó un grueso libro, donde están inscritos y numerados todos los que entran en aquel último

asilo, y me respondió que, en efecto, el 22 de febrero a mediodía había sido inhumada una mujer de ese

nombre.

Le rogué que me condujera a su tumba, pues sin cicerone no hay forma de orientarse en esa ciudad de los

muertos, que tiene sus canes como la ciudad de los vivos. El guarda llamó a un jardinero y le dio las

indicaciones necesarias, pero él lo interrumpió diciendo:

––Ya sé, ya sé… jOh, es una tumba bien fácil de encontrar! ––continuó, volviéndose hacia mí.

––¿Por qué? le dije yo.

––Porque tiene flores muy diferentes a las otras.

––¿Es usted quien cuida de ella?

––Sí, señor, y ya me gustaría a mí que todos los familiares se preocuparan por sus difuntos lo mismo que

el joven que me ha encargado de ella.

Después de dar algunas vueltas, el jardinero se detuvo y me dijo:

––Ya hemos llegado.

En efecto, ante mis ojos tenía un cuadrado de flores que nadie hubiera tomado por una tumba, si un

mármol blanco con un nombre encima no lo testificara.

El mármol estaba colocado verticalmente, un enrejado de hierro limitaba el terreno comprado, y el

terreno estaba cubierto de camelias blancas.

––¿Qué le parece? ––me dijo el jaydinero.

––Muy hermoso.

––Y cada vez que una camelia se marchita, tengo orden de renovarla.

––¿Y quién se lo ha mandado?

––Un joven que lloró mucho la primera vez qúe vino; un ex de la muerta sin duda, pues parece que era

un poco ligera de cascos. Dicen que era muy guapa. ¿La conoció el señor?

––Sí.

––Como el otro me dijo el jardinero con una maliciosa sonrisa.

––No, yo nunca hablé con ella.

––Y viene usted a verla aquí; es muy amable por su parte, pues los que vienen a ver a la pobre chica no

arman atascos en el cementerio.

––¿Entonces no viene nadie?

––Nadie, excepto ese joven, que ha venido una vez.

––¿Sólo una vez?

––Sí, señor.

––¿Y no ha vuelto desde entonces?

––No, pero volverá cuando regrese.

––¿Entonces está de viaje?

––Sí.

––¿Y sabe usted dónde está?

––Creo que ha ido a ver a la hermana de la señorita Gautier. ––¿Y qué hace allí?

––Va a pedirle autorización para exhumar a la muerta y llevarla a otro lugar.

––¿Por qué no la deja aquí?

––Ya sabe usted las ocurrencias que se tienen con los muertos. Nosotros vemos estas cosas a diario. Este

terreno lo han comprado sólo por cinco años, y ese joven quiere una concesión a perpetuidad y un terreno

más grande; será mejor en la parte nueva.

––¿A qué llama usted la parte nueva?

––A esos terrenos nuevos que están ahora en venta a la izquierda. Si hubieran cuidado siempre el

cementerio como ahora, no habría otro igual en el mundo; pero todavía hay muchas cosas que hacer para

que quede como ‘ès debido. Y además la gente es tan rara…

––¿Qué quiere usted decir?

––Quiero decir que hay gente que es orgullosa incluso aquí. Fíjese, esta señorita Gautier parece que ha

sido una mujer de vida alegre, y perdone la expresión. Ahora la pobre está muerta, y de ella queda lo

mismo que de las otras de las que nadie tiene nada que decir y que regamos todos los días; bueno, pues,

cuando los familiares de las personas que están enterradas a su lado se enteraron de quién era, ¿quiere usted

creer que todo lo que se les ocurrió decir fue que se opondrían a que la enterraran aquí, y que tendría que

haber sitios aparte para esta clase de mujeres lo mismo que para los pobres? ¿Cuándo se ha visto esto? Me

los tengo yo bien vistos a ésos: ricos rentistas que no vienen más que cuatro veces al año a visitar a sus

difuntos, que les traen flores ellos mismos, ¡y mire qué flores!, que andan mirando lo que supone la

conservación de quienes dicen llorar, que escriben en sus tumbas lágrimas que nunca han derramado, y que

vienen a poner peros por el vecindario. Mire, yo no conocía a esta señorita ni sé lo que ha hecho; bueno,

pues, no sé si me creerá usted, pero la quiero a esta pobrecilla, y tengo cuidado de ella y le pongo las

camelias al precio justo. Es mi muerta preferida. Mire usted, nosotros nos vemos obligados a amar a los

muertos, pues tenemos tanto trabajo, que casi no tenemos tiempo de amar otra cosa.

Yo miraba a aquel hombre, y algunos de mis lectores comprenderán, sin necesidad de explicárselo, la

emoción que experimentaba al oírlo.

Se dio cuenta sin duda, pues continuó:

––Dicen que ha habido gente que se ha arruinado por esta chica, y que tenía amantes que la adoraban;

bueno, pues, cuando pienso que ni uno viene a compFarle siquiera una flor, eso sí que es curioso y triste. Y

aún ésta no, puede quejarse, pues tiene su tumba, y, si no hay más que uno que se acuerde de ella, él

cumple por los demás. Pero tenemos aquí otras pobres chicas de la misma clase y de la misma edad, que

han ido a parar a la fosa común, y se me parte el corazón cuando oigo caer sus pobres cuerpos en la tierra.

¡Y una vez muertas, ni un alma se ocupa de ellas! No siempre es alegre el oficio que hacemos, sobre todo

mientras nos queda un poco de corazón. ¿Qué quiere usted? Es más fuerte que yo. Tengo una hermosa hija

de veinte años y, cuando traen aquí .una muerta de su edad, pienso en ella y, ya sea una gran dama o una

vagabunda, no puedo menos de emocionarme. Pero sin duda lo estoy aburriendo con estas historias y usted

no ha venido aquí para escucharlas. Me han dicho que lo lleve a la tumba de la señorita Gautier, y aquí está.

¿Puedo servirle en alguna otra cosa?

––¿Sabe usted la dirección del señor Armand Duval? ––pregunté a aquel hombre.

––Sí, vive en la calle… O por lo menos allí es doncle he ido a cobrar el precio de las flores que ve usted.

––Gracias, amigo.

Eché una última mirada a aquella tumba florida, cuyas profundidades deseaba sondear sin querer, para

ver lo que había hecho la tierra con aquèlla hermosa criatura que le habían arrojado, y me alejé sumamente

triste.

––¿Quiere usted ver al señor Duval? ––prosiguió el jardinero, que iba a mi lado.

––Sí.

––Es que estoy completamente seguro de que todavía no ha vueltó; si no, ya lo habría visto por aquí.

––¿Entonces está usted convencido de que no ha olvidado a Marguerite?

––No sólo estoy convencido, sino que apostaría que su deseo de cambiarla de tumba no es más que el

deseo de volver a verla.

––¿Cómo así?

––Las primeras palabras que me dijo al venir al cementerio fueron: «¿Qué podría hacer para volver a

verla?» Eso no puede hacerse más que cambiándola de tumba, y ya le informé de todos los requisitos que

cumplir para obtener el cambio, pues ya sabe usted que para trasladar un muerto de una tumba a otra es

preciso identificarlo, y sólo la familia puede autorizar esa operación, que debe realizarse en presencia de un

comisario de policía. Precisamente para conseguir esa autorización ha ido el señor Duval a ver a la hermana

de la señorita Gautier, y su primera visita será evidentemente para nosotros.

Habíamos llegado a la puerta del cementerio; di las gracias una vez más al jardinero poniéndole unas

monedas en la mano, y me dirigí a la dirección que me había dado.

Armand no había vuelto.

Dejé una nota en su casa, rogándole que viniera a verme en cuanto llegara, o que me dijera dónde podría

encontrarlo.

Al día siguiente por la mañana recibí una carta de Duval, en la que me comunicaba su regreso y me

rogaba que pasara por su casa, añadiendo que estaba agotado de cansancio y le era imposible salir.

VI

Encontré a Armand en la cama.

Al verme me tendió su mano ardiente.

––Tiene usted fiebre ––le dije.

––No será nada; el cansancio de un yiaje rápido, eso es todo. ––tHa ido usted a ver a la hermana de

Marguerite?

––Sí, ¿quién se lo ha dicho?

––Me he enterado. ¿Y ha conseguido usted lo que querja?

––También, pero ¿quién le ha infórmado de mi viaje y del objetivo que perseguía al hacerlo?

––El jardinero del cementerio.

––¿Ha visto usted la tumba?

Apenas si me atrevía a responder, pues el tono de aquella frase me demostraba que quien la había

pronunciado seguía presa de la emoción de que yo había sido testigo, y que, cada vez que su pensamiento o

la palabra de otro le recordara aquel doloroso tema, tal emoción traicionaría durante mucho tiempo su

voluntad.

Me limité, pues, a responder con un movimiento de cabeza.

––¿La ha cuidado bien? ––continuó Armand.

Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del enfermo, que volvió la cabeza para ocultármelas. Hice

como que no las veía a intenté cambiar de conversación.

––Hace ya tres semanas que se marchó usted le dije.

Armand se pasó la mano por los ojos y me respondió:

––Tres semanas justas.

––Ha sido un viaje largo.

––¡Oh, no crea que he estado viajando todo el tiempo! Estuve quince días enfermo, si no, hace tiempo

que hubiera regresado; pero en cuanto llegué allí la fiebre se apoderó de mí, y me he visto obligado a

guardar cama.

––Y ha vuelto usted sin estar bien curado.

––Si me hubiera quedado ocho días más en aquel pueblo, me habría muerto.

––Pero, ahora que ya está usted de vuelta, tiene que cuidarse; sus amigos vendrán a verlo. Y yo el

primero, si usted me lo permite.

––Voy a levantarme dentro de dos horas.

––¡Qué imprudencia!

––Es preciso.

––fQué tiene usted que hacer que corra tanta prisa?

––Tengo que ir a ver al comisario de policía.

––¿Por qué no encarga a alguien que haga esa gestión que puede ponerlo a usted peor?

––Es lo único que puede curarme. Tengo que verla. Llevo sin dormir desde que me enteré de su muerte,

y sobre todó desde que vi su tumba. No puedo hacerme a la idea de que esa mujer, a quien abandoné tan

joven y tan bella, esté muerta. Tengo que cerciorarme por mí mismo. Tengo que ver lo que ha hecho Dios

con aquel ser que tanto amé, y quizá el asco del espectáculo reemplace la desesperación del recuerdo. Me

acompañará usted, ¿verdad? Si es que no te molesta demasiado…

––¿Qué le ha dicho su hermana?

––Nada. Pareció muy sorprendida de que un extraño quisiera comprar un terreno y mandar hacer una

tumba para Marguerite, y en seguida me firmó la autorización que le pedía.

––Hágame caso, espere a estar bien curado para hacer ese traslado.

––¡Oh!, seré fuerte, no se preocupe. Además, voy a volverme loco si no acabo lo antes posible con esta

resolución, cuyo cumplimiento se ha convertido en una necesidad para mi dolor. Le juro que no podré estar

tranquilo hasta que haya visto a Marguerite. Tal vez sea una sed de a fiebre que me abrasa, un sueño de

mis insomnios, un resultado de mi delirio; pero, aunque después de verla tenga que hacerme trapense como

el señor Rancé, la veré.

––Lo comprendo ––dije a Armand––, y estoy a su disposi ción. ¿Ha visto a Julie Duprat?

––Sí, oh, la vi ya el mismo día de mi primer regreso.

––¿Le ha entregado los papeles que Marguerite le dejó para usted?

––Aquí están.

Armand sacó un rollo de papel de debajo de su almohadón y volvió a colocarlo inmediatamente.

––Me sé de memoria lo que contienen estos papeles ––me dijo––. Llevo tres semanas leyéndolos. diez

veces al día. También usted los leerá, pero más tarde, cuando yo esté más tranquilo y pueda hacerle

comprender todo el corazón y el amor que revela esta confesión. De momento tengo que pedirle un favor.

––¿Cuál?

––¿Tiene un coche abajo?

––Sí.

Bueno, ¿quiere usted coger mi pasaporte a ir a lista de correos a ver si hay alguna carta para mí? Mi

padre y mi hermana me habrán escrito a París, y yo me marché con tal precipitación, que no tuve tiempo de

ir a preguntar antes de mi marcha. Cuando vuelva, iremos juntos a avisar al comisario de policía para la

ceremonia de mañana.

Armand me entregó su pasaporte, y me dirigí a la calle JeanJacques Rousseau.

Había dos cartas a nombre de Duval, las cogí y volví.

Cuando llegué, Armand ya estaba vestido y preparado para salir.

––Gracias ––me dijo, cogiendo las cartas. Sí ––––añadió después de haber mirado los remites––, sí, son

de mi padre y de mi hermana. No deben de entender el porqué de este silencio.

Abrió las cartas, y más que leerlas las adivinó, pues tenía cuatro páginas cada una y al cabo de un

instante ya las había doblado.

––Vámonos ––me dijo––, ya contestaré mañana.

Fuimos a ver al comisario de policía, a quien Armand entregó el poder de la hermana de Marguerite.

El comisario le dio a cambio una orden de aviso para el guarda del cementerio; convinimos en que el

traslado tendría lugar al día siguiente a las diez de la mañana, que yo iría a recogerlo una hora antes y que

iríamos al cementerio los dos juntos.

También yo sentía curiosidad por asistir a aquel espectáculo, y confieso que no dormí en toda la noche.

A juzgar por los pensamientos que me asaltaron a mí, debió de ser una larga noche para Armand.

Cuando al día siguiente a las nueve de la mañana entré en su casa, estaba horriblemente pálido, pero

parecía tranquilo.

Me sonrió y me tendió la mano.

Las velas estaban totalmente consumidas, y, antes de salir, Armand cogió una carta muy gruesa, dirigida

a su padre, y confidente sin duda de sus impresiones de aquella noche.

Media hora después llegábamos a Montmartre. El comisario estaba ya esperándonos.

Nos encaminamos lentamente en dirección a la tumba de Marguerite. El comisario iba delante, y Armand

y yo lo seguíamos a unos pasos.

De cuando en cuando sentía estremecerse convulsivamente el brazo de mi compañero, como si un

escalofrío le corriera de pronto por el cuerpo. Entonces yo lo miraba; él comprendía mi mirada y me

sonreía, pero desde que salimos de su casa no habíamos cruzado una palabra.

Un poco antes de llegar a la tumba Armand se detuvo para enjugarse el rostro, inundado de gruesas gotas

de sudor.

Aproveché aquel alto para respirar, pues también yo tenía el corazón oprimido como en un torno.

¿De dónde procede ese doloroso placer que experimentamos ante esta clase de espectáculos? Cuando

llegamos a la tumba, el jardinero había retirado todos los tiestos, habían quitado el enrejado de hierro, y dos

hombres cavaban la tierra.

Armand se apoyó contra un árbol y miró.

Toda su vida parecía estar concentrada en sus ojos.

De pronto, uno de los picos rechinó contra una piedra.

Al oír aquel ruido, Armand retrocedió como ante una conmoción eléctrica, y me apretó la mano con tal

fuerza, que me hizo daño.

Un sepulturero cogió una ancha pala y vació poco a poco la fosa; luego, cuando no quedaron más que las

piedras que cubrían el ataúd, las arrojó fuera una por una.

Yo observaba a Armand, pues temía que en cualquier instante sus emociones, visiblemente contenidas,

acabaran por destrozarlo; pero él seguía mirando; tenía los ojos fijos y abiertos como en un acceso de

locura, y sólo un ligero temblor de las mejillas y los labios demostraba que era presa de una violenta crisis

nerviosa.

De mí sólo puedo decir que lamentaba haber venido.

Cuando el ataúd quedó descubierto del todo, el comisario dijo a los sepultureros:

––Abran.

Los hombres obedecieron como si fuera la cosa más natural del mundo.

El ataúd era de roble, y se pusieron a desatornillar la pared superior, que hacía de tapa. La humedad de la

tierra había oxidado los tornillos y no sin esfuerzos abrieron el ataúd. Un olor infecto salió de él, a pesar de

las plantas aromáticas de que estaba sembrado.

––¡Oh, Dios mío, Dios mío! murmuró Armand y palideció aún más.

Hasta los sepultureros retrocedieron.

Un gran sudario blanco cubría el cadáver, dibujando algunas de sus sinuosidades. El sudario estaba casi

completamente comido por un extremo, y dejaba pasar un pie de la muerta.

Yo estaba a punto de sentirme mal, y aun en el momento en que escribo estas líneas el recuerdo de

aquella escena se me aparece en toda su imponente realidad.

––Démonos prisa ––dijo el comisario.

Entonces uno de los dos hombres extendió la mano, se puso a descoser el sudario y, agarrándolo por un

extremo, descubrió bruscamente el rostro de Marguerite.

Era terrible de ver, es horrible de contar.

Los ojos eran sólo dos agujeros, los labios habían desaparecido y los blancos dientes estaban apretados

unos contra otros. Los largos cabellos, negros y secos, estaban pegados a las sienes y velaban un poco las

cavidades verdes de las mejillas, ––y sin embargo en aquel rostro reconocí el rostro blanco, rosa y alegre

que con tanta frecuencia había visto.

Armand, sin poder apartar su mirada de aquella cara, se había llevado el pañuelo a la boca y lo mordía.

Yo sentí como si un cerco de hierro me oprimiera la cabeza, un velo cubrió mis ojos, los oídos me

zumbaron, y lo único que pude hacer fue abrir un frasco que había llevado por si acaso y aspirar

fuertemente las sales que contenía.

En medio de aquel deslumbramiento oí al comisario decir al señor Duval:

––¿La reconoce usted?

––Sí ––respondió sordamente el joven.

––Pues cierren y llévenselo ––dijo el comisario.

Los sepultureros volvieron a extender el sudario sobre el rostro de la muerta, cerraron el ataúd, lo

cogieron cada uno de un lado y se dirigieron hacia el lugar que les habían designado. Armand no se movía.

Sus ojos estaban clavados en aquella fosa vacía; estaba pálido como ël cadáver que acabábamos de ver…

Parecía petrificado.

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1 Comentario en 'La Dama de las Camelias'

  1. Merari Dijo 8. agosto 2010 : 11:07 PM:

    Querido Admin del Rincón, gracias, me ha sorprendido ver tantos buenos libros que yo leí hace muchos años, y que me encanta volver a leer, no sé que voy hacer con el Señor tiempo, pero tengo que leer, no encuentro las palabras suficiente para agradecer lo que haces por nosotros, estoy agradecida.
    Besos y abrazos

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