Cumbres Borrascosas

7. agosto 2010

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Emily Brontë

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Cumbres Borrascosas

CAPÍTULO PRIMERO

He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a

inquietarme por más de una causa. En este bello país, que ningún misántropo hubiese podido encontrar más

agradable en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo habríamos hecho una pareja ideal de compañeros.

Porque ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso que no mostró reparar en la espontánea simpatía

que me inspiró. Por el contrario, metió los dedos más profundamente en los bolsillos de su chaleco y sus

ojos desaparecieron entre sus párpados cuando me oyó pronunciar mi nombre y preguntarle:

-¿El señor Heathcliff?

Él asintió con la cabeza.

-Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que supongo que mi insistencia en alquilar la

«Granja de los Tordos» no le habrá causado molestia.

-Puesto que la casa es mía -respondió apartándose de mí- no hubiese consentido que nadie me molestase

sobre ella, si así se me antojaba. Pase.

Rezongó aquel «pase» entre dientes, con aire tal como si quisiera mandarme al diablo. Ni tocó siquiera la

puerta en confirmación de lo que decía. Esto bastó para que yo resolviese entrar, interesado por aquel

sujeto, al parecer más reservado que yo mismo. Y como mi caballo empujase la barrera, él soltó la cadena

de la puerta y me precedió, con torvo aspecto, hacia el patio, donde dijo a gritos:

-¡José! ¡Llévate el caballo de este señor y danos vino!

Puesto que ambas órdenes se dirigían a un solo criado, juzgué que toda la servidumbre se reducía a él.

Por eso entre las baldosas del patio medraban hierbajos y los setos estaban sin recortar, sólo mordisqueadas

sus hojas por el ganado.

José era hombre entrado en años, aunque sano y fuerte. Lanzó un contrariado «¡Dios nos valga!» y,

mientras se llevaba el caballo, me miró con tanta malignidad que preferí suponer que impetraba el socorro

divino para digerir bien la comida y no con motivo de mi presencia.

A la casa donde vivía el señor Heathcliff se la llamaba «Cumbres Borrascosas» en el dialecto local. El

nombre traducía bien los rigores que allí desencadenaba el viento cuando había tempestad. Ventilación no

faltaba sin duda. Se advertía lo mucho que azotaba el aire en la inclinación de unos pinos cercanos y en el

hecho de que los matorrales se doblegaban en un solo sentido, como si se prosternasen ante el sol. El

edificio era sólido, de espesos muros a juzgar por lo hondo de las ventanas, y protegidos por grandes

guardacantones.

Parándome, miré los ornamentos de la fachada. Sobre la puerta, una inscripción decía «Hareton

Earnshaw, 15OO». Aves carniceras de formas extrañas y niños en posturas lascivas enmarcaban la

inscripción. Aunque me hubiese gustado comentar todo aquello con el rudo dueño de la casa, no quise

aumentar con esto la impaciencia que parecía evidenciar mientras me miraba desde la puerta como

instándome a que entrase de una vez o me marchara.

Por un pasillo llegamos al salón que en la comarca llaman siempre «la casa», y al que no preceden otras

piezas. Esa sala suele abarcar comedor y cocina, pero yo no vi cocina, o mejor dicho no vi signos de que en

el enorme larse guisase nada. Pero en un ángulo oscuro se percibía rumor de cacharros. De las paredes no

pendían cazuelas ni utensilios de cocina. En un rincón se levantaba un aparador de roble con grandes pilas

de platos, sin que faltasen jarras y tazas de plata. Encima del aparador había tortas de avena y perniles

curados de vaca, cerdo y carnero. Colgaban sobre la chimenea escopetas viejas, de cañones herrumbrosos y

unas pistolas de arzón. Se veían encima del mármol tres tarros de vivo colorido. El suelo era de piedra lisa

y blanca. Había sillas de forma antigua, pintadas de verde, con altos respaldos.

En los rincones se acurrucaban perros. Una hembra con sus cachorros se escondía bajo el aparador.

Todo era muy propio de la morada de uno de los campesinos de la región, gente recia, tosca, con calzón

corto y polainas. Esas salas y esos hombres sentados en ellas ante un jarro de cerveza espumeante abundan

en el país, mas Heathcliff contrastaba mucho con el ambiente. Por lo moreno, parecía un gitano, pero tenía

las maneras y la ropa de un hombre distinguido y, aunque algo descuidado en su indumentaria, su tipo era

erguido y gallardo.

Dijeme que muchos le tendrían por soberbio y grosero y que, sin embargo, no debía ser ninguna de

ambas cosas. Por instinto imagine su reserva, hija del deseo de ocultar sus sentimientos. Debía saber

disimular sus odios y simpatías y juzgar impertinente a quien se permitiera manifestarle los suyos.

Es probable que yo me aventurase mucho al atribuir a mi casero mi propio carácter. Quizá él regateara su

mano al amigo ocasional, por motivos muy diversos. Tal vez mi carácter sea único.

Mi madre solía decirme que yo nunca tendría un hogar feliz y lo que me ocurrió el verano último parece

dar la razón a mi progenitora, porque, hallándome en una playa donde pasaba un mes, conocí a una mujer

bellísima, realmente hechicera. Aunque nada le dije, si es cierto que los ojos hablan, los míos debían delatar

mi locura por ella. La joven lo notó y me correspondió con una mirada dulcísima. ¿Y qué hice? Declaro

avergonzado que rectifiqué, que me hundí en mí mismo como un caracol en su concha y que cada mirada

de la joven me hacía alejarme más, hasta que ella, probablemente desconcertada por mi actitud y

suponiendo haber sufrido un error, persuadió a su madre de que se fuesen.

Esas brusquedades y cambios me han valido fama de cruel, sin que nadie, no siendo yo mismo, sepa

cuánto error hay en ello.

Heathcliff y yo nos sentamos silenciosos ante la chimenea. La perra, separándose de sus cachorros, se

acercó a mí, fruncido el hocico y enseñando sus blancos dientes. Cuando quise acariciarla emitió un

gruñido gutural.

-Déjela -dijo Heathcliff haciendo coro a la perra con otro gruñido y asestándole un puntapié-. No está

hecha a caricias ni se la tiene para eso.

Incorporóse, fue hacia una puerta lateral y gritó:

-¡José!

José masculló algo en el fondo de la bodega, mas no apareció. Entonces su amo acudió en su busca.

Quedé solo con la perra y con otros dos mastines que me miraban atentamente. No me moví, temeroso de

sus colmillos, pero pensé que la mímica no les molestaría y les hice unas cuantas muecas. Fue una

ocurrencia muy desgraciada, porque la señora perra, ofendida sin duda por alguno de mis gestos, se

precipitó sobre mis pantalones. La repelí y me di prisa a refugiarme tras de la mesa, acto que puso en

acción a todo el ejérito caniño. Hasta seis demonios en cuatro patas confluyeron desde todos los rincones

en el centro de la sala. Mis talones y los faldones de mi levita fueron los más atacados. Quise defenderme

con el hurgón de la lurnbre, pero no bastó y tuve que pedir auxilio a voz en cuello.

Heathcliff y José subían con desesperada calma. La sala era un infierno de ladridos y gritos, pero ellos no

se apresuraban nada en absoluto. Por suerte, una rolliza criada acudió más deprisa, arremangadas las faldas,

rojas las mejillas por la cercanía del fogón, desnudos los brazos y en la mano una sartén, merced a cuyos

golpes, acompañados por varios denuestos, se calmó en el acto la tempestad. Al entrar Heathcliff, ella,

agitada como el océano tras un huracán, campeaba en medio de la habitación.

-¿Qué diablos ocurre? -preguntó mi casero con tono que juzgué intolerable tras tan inhospitalario

acontecimiento.

-De diablos es la culpa -respondí-. Los cerdos endemoniados de los Evangelios no debían encerrar más

espíritus malos que sus perros, señor Heathcliff. Dejar a un forastero entre ellos es igual que dejarle entre

un rebaño de tigres.

-Nunca se meten con quien no les incomoda -dijo él-. La misión de los perros es vigilar. ¿Un vaso de

vino?

-No, gracias.

-¿Le han mordido?

-En ese caso lo habría conocido usted por lo que yo habría hecho al que me mordiera.

-Vaya, vaya -repuso Heathcliff, con una mueca-. No se excite, señor Lockwood, y beba un poco de vino.

En esta casa suele haber tan pocos visitantes que ni mis perros ni yo acertamos a recibirles como merecen.

¡Ea, a su salud!

Comprendiendo que sería absurdo formalizarme por la agresión de unos perros feroces, me calmé y

correspondí al brindis. Además se me figuró que mi casero se mofaba de mí y no quise darle más razones

de irrisión. En cuanto a él, debió juzgar necio el tratar tan mal a un buen inquilino, y, mostrándose algo

menos conciso, empezó a charlar de las ventajas e inconvenientes de la casa que me había arrendado, lo

que sin duda le parecía interesante para mí. Opiné que hablaba con buen criterio y resolví decirle que

repetiría mi visita al día siguiente. Y, aun cuando él no mostrara ningún entusiasmo al oírlo, he decidido

volver. Me parece mentira comprobar lo amigo del trato social que soy, por comparación al dueño de mi

casa.

CAPÍTULO II

Ayer por la tarde hizo frío y niebla. Primero dudé entre quedarme en casa, junto al fuego, o dirigirme, a

través de cenagales y yermos, a «Cumbres Borrascosas».

Pero después de comer (advirtiendo que como de una a dos, ya que el ama de llaves, a la que acepté al

alquilar la casa como si fuese una de sus dependencias, no comprende, o no quiere comprender, que ¿eseo

comer a las cinco), al subir a mi cuarto, hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea y esforzándose

en extinguir las llamas mediante masas de ceniza con las que levantaba una polvareda infernal. Semejante

espectáculo me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata de cuatro millas llegué a casa de Heathcliff

en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos de una nevada semilíquida.

El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa de escarcha ennegrecida, y el viento

estremecía de frío todos mis miembros.

Al ver que mis esfuerzos para levantar la cadena que cerraba la puerta de la verja eran vanos, saltó la

valla, avancé por el camino bordeado de groselleros, y golpeé con los nudillos la puerta de la casa, hasta

que me dolieron los dedos. Se oía ladrar a los canes.

«Vuestra imbécil inhospitalidad merecía ser castigada con el aislamiento perpetuo de vuestros

semejantes, ¡bellacos! -murmuré mentalmente-. Lo menos que se puede hacer es tener abiertas las puertas

durante el día. Pero no me importa. He de entrar.»

Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba. La cara de vinagre de José apareció en una ventana

del granero.

-¿Qué quiere usted? -preguntó-. El amo está en el corral. Dé la vuelta por el ángulo del establo.

-¿No hay quien abra la puerta?

-Nadie más que la señorita, y ella no le abriría aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería

inútil.

-¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy yo?

-¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con eso? -replicó, mientras se retiraba.

Espesábase la nieve. Yo empuñaba ya el aldabón para volver a llamar, cuando un joven sin chaqueta y

llevando al hombro una horca de labranza apareció y me dijo que le siguiera. Atravesamos un lavadero y un

patio embaldosado en el que había un pozo con bomba y un palomar, y llegamos a la habitación donde el

día anterior fui introducido. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa, en la que

estaba servida una abundante merienda, tuve la satisfacción de ver a «la señorita», persona de cuya

existencia no había tenido antes noticia alguna. La saludé y permanecí en pie, esperando que me invitara a

sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla ni pronunció una sola palabra.

-¡Qué tiempo tan malo! -comenté-. Lamento, señora Heathcliff, que la puerta haya sufrido las

consecuencias de la negligencia de sus criados. Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír.

Ella no movió los labios. La miré atentamente, y ella me correspondió con otra mirada tan fría, que

resultaba molesta y desagradable.

-Siéntese -gruñó el joven-. Heathcliff vendrá enseguida.

Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la malvada perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal de que

me reconocía.

-¡Hermoso animal! -empecé-. ¿Piensa usted desprenderse de los cachorrillos, señora?

-No son míos -dijo la amable joven con un tono aún más antipático que el que hubiera empleado el

propio Heathcliff.

-Entonces, ¿sus favoritos serán aquéllos? -continué, volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín

con gatitos.

-Serían unos favoritos bastante extravagantes -contestó la joven desdeñosamente.

Desgraciadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón de conejos muertos. Volví a

carraspear, me aproxime al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde.

-No debía usted haber salido -dijo ella, mientras se incorporaba y trataba de alcanzar dos de los tarros

pintados que había en la chimenea.

A la claridad de las llamas, pude distinguir por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer apenas

había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente formada y poseía la más linda carita que yo hubiese

contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su

delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable.

Por fortuna para mi sensible corazon, aquella mirada no manifestaba en aquel momento más que desdén y

una especie de desesperación, que resultaba increíble en unos ojos tan hermosos.

Como los tarros estaban fuera de su alcance, fui a ayudarla, pero se volvió hacia mí con la airada

expresion de un avaro a quien alguien pretendiera ayudarle a contar su oro.

-No necesito su ayuda -dijo-. Puedo cogerlos yo sola.

-Dispense -me apresuré a contestar.

-¿Está usted invitado a tomar el té? -me preguntó. Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó.

Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había sacado del tarro.

-Tomaré una taza con mucho gusto -repuse.

-¿Está usted invitado? -repitió.

-No -dije, sonriendo-; pero nadie más indicado que usted para invitarme.

Echó el té, con cuchara y todo, en el bote, volvió a sentarse, frunció el entrecejo, e hizo un pucherito con

los labios como un niño a punto de llorar.

El joven, durante esta charla, se había puesto un andrajoso gabán, y en aquel momento me miró como si

hubiese entre nosotros un resentimiento mortal. Yo dudaba de si aquel personaje era un criado o no.

Hablaba y vestía toscamente, sin ninguno de los detalles que Heathcliff presentaba de pertenecer a una

clase superior. Su cabellera castaña estaba desgreñadísima, su bigote crecía descuidadamente y sus manos

eran tan toscas como las de un labrador. Pero, con todo, ni sus ademanes ni el modo que tenía de tratar a la

señora eran los de un criado. En la duda, preferí no conjeturar nada sobre él.

Cinco minutos después, la llegada de Heathcliff alivió un tanto la molesta situación en que me veía

situado.

-Como ve, he cumplido mi promesa -dije con acento fingidamente jovial- y temo que el mal tiempo me

haga permanecer aquí media hora, si quiere usted albergarme durante ese rato…

-¿Media hora? -repuso, mientras se sacudía los blancos copos que le cubrían la ropa-. ¡Me asombra que

haya elegido usted el momento de una nevada para pasear! ¿No sabe que corre el peligro de perderse en los

pantanos? Hasta quienes están familiarizados con ellos se extravían a veces. Y le aseguro que no es

probable que el tiempo mejore.

-Acaso uno de sus criados pudiera servirme de guía. Se quedaría en la «Grania» hasta mañana. ¿Puede

proporcionarme uno?

-No, no me es posible.

-Pues entonces habré de confiar en mis propios medios…

-¡Hum!

-¿Qué? ¿Haces el té o no? -preguntó el joven del abrigo haraposo, separando su mirada de mí, para

dirigirla a la mujer.

-¿Le damos a ese señor? -preguntó ella a Heathcliff.

-Vamos, termina, ¿no?

Había hablado de una forma que delataba una naturaleza auténticamente perversa. No sentí desde aquel

momento inclinación alguna a considerar a aquel hombre como un individuo extraordinario.

Cuando el té estuvo preparado, Heathcliff dijo:

-Acerque su silla, señor Lockwood.

Todos nos sentamos a la mesa, incluso el burdo joven. Un silencio absoluto reinó mientras comíamos.

Me pareció que, puesto que yo era el responsable de aquel nublado, debía ser también quien lo disipase.

Aquella taciturnidad que mostraban no debía ser su modo habitual de comportarse. Por lo tanto, comenté:

-Es curioso el considerar qué ideas tan equivocadas solemos formar a veces sobre el prójimo. Mucha

gente no podría imaginar que fuese feliz una persona que llevara una vida tan apartada del mundo como la

suya, señor Heathcliff. Y, sin embargo, usted es dichoso, rodeado de su familia, con su amable esposa, que,

como un ángel tutelar, reina en su casa y en su corazón…

-¿Mi amable esposa? -interrumpió con diabólica sonrisa-. ¿Y dónde está mi amable esposa, señor?

-Hablo de la señora de Heathcliff –contesté, molesto.

-¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después de desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi

ángel de la guarda, y custodia «Cumbres Borrascosas». ¿No es eso?

Me di cuenta de la necedad que había dicho y quise rectificarla. Debía haberme dado cuenta de la mucha

edad que llevaba a la mujer, antes de suponer como cosa segura que fuera su esposa. Él contaba alrededor

de cuarenta años, y en esa edad en que el vigor mental se mantiene incólume, no se supone nunca que las

muchachas se casen con nosotros por amor. Semejante ilusión está reservada a la ancianidad. En cuanto a la

joven, no representaba arriba de diecisiete años.

De pronto, como un relámpago, surgió en mí esta idea: «El grosero personaje que se sienta a mi lado,

bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es tal vez su marido. Éstas son las

consecuencias de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán creyendo que no hay otros

que valgan más que él. Es lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya a arrepentirse de su

elección.»

Una ocurrencia tal podrá parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa presentaba un aspecto

casi repulsivo, mientras que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable.

-Esta joven es mi nuera -dijo Heathcliff, en confirmación de mis suposiciones. Y, al decirlo, la miro con

expresión de odio.

-Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada, es usted -comenté, volviéndome hacia mi vecino.

Con esto mis palabras acabaron de poner las cosas mal. El joven apretó los puños, con evidente intención

de atacarme. Pero se contuvo, y desahogó su ira en una brutal maldición que me concernía, pero de la que

tuve a bien no darme por aludido.

-Anda usted muy desacertado -dijo Heathcliff-. Ninguno de los dos tenemos la suerte de ser dueños de la

buena hada a quien usted se refiere. Su esposo ha muerto. Y, puesto que he dicho que era mi nuera, debe

ser que estaba casada con mi hijo.

-De modo que este joven, es…

-Mi hijo, desde luego, no.

Y Heathcliff sonrió, como si fuera un disparate atribuirle la paternidad de aquel oso.

-Mi nombre es Hareton Earnshaw -gruñó el otro y le aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto.

-Creo haberlo respetado -respondí, mientras me reía íntimamente de la dignidad con que había hecho su

presentación aquel extraño sujeto.

Él me miró durante tanto tiempo y con tal fijeza, que me hizo experimentar deseos de abofetearle o de

echarme a reir en sus propias narices. Comenzaba a sentirme a disgusto en aquel agradable círculo familiar.

Tan ingrato ambiente neutralizaba el confortable calor que físicamente me rodeaba, y resolví no volver en

mi vida.

Concluida la colación, y en vista de que nadie pronunciaba una palabra, me acerqué a la ventana para ver

el tiempo que hacía. El espectáculo era muy desagradable: la noche caía prematuramente y torbellinos de

viento y nieve barrían el paisaje.

-Creo que sin alguien que me guíe, no voy a poder volver a casa -exclamé, incapaz de contenerme-. Los

caminos deben estar borrados por la nieve, y aunque no lo estuvieran, es imposible ver a un pie de

distancia.

-Hareton -dijo Heathcliff-, lleva las ovejas a la entrada del granero, y pon un madero delante. Si pasan la

noche en el corral, amanecerán cubiertas de nieve.

-¿Cómo me arreglaré? continué, sintiendo que mi irritación aumentaba.

Pero nadie contestó a esta pregunta. Paseé la mirada a mi alrededor y no vi más que a José, que traía

comida para los perros, y a la señora Heathcliff que, inclinada sobre el fuego, se entretenía en quemar un

paquete de fósforos que habían caído de la repisa de la chimenea al volver a poner el bote de té en su sitio.

José, después de vaciar el recipiente en que traía la comida de los animales, gruñó:

-Me maravilla que se quede usted ahí como un pasmarote cuando los demás se han ido… Pero con usted

no valen palabras. Nunca se corregirá de sus malas costumbres, y acabará yéndose al infierno de cabeza,

como su madre.

Creí que aquel comentario iba dirigido a mí, y me adelanté hacia el viejo bribón con el firme propósito de

darle de puntapiés y obligarle a que se callara. Pero la señora Heathcliff se me adelantó

-¡Viejo hipócnta! ¿No temes que el diablo te lleve cuando pronuncias su nombre? Te advierto que se lo

pediré al demonio como especial favor si no dejas de provocarme. ¡Y basta! Mira -agregó, sacando un libro

de un estante-: Cada vez progreso más en la magia negra. Muy pronto seré maestra en la ciencia oculta. Y,

para que te enteres, la vaca roja no murió por casualidad, y tu reumatismo no es una prueba de la bondad de

la Providencia…

-¡Cállese, perversa! -clamó el viejo-. ¡Dios nos libre de todo mal!

-¡Estás condenado, réprobo! Sal de aquí si no quieres que te haga un mal de veras. Voy a modelar

muñecos de barro o de cera que os reproduzcan a todos, y al primero que se extralimite …. ya verás lo que

le haré… Se acordará de mí… Vete… ¡Que te estoy mirando!

Y la linda bruja puso tal expresión de malignidad en sus ojos, que José salió precipitadamente, rezando y

temblando, mientras murmuraba:

-¡Malvada, malvada!

Presumí que la joven había querido gastar al viejo una broma lúgubre y, en cuanto nos quedamos solos,

quise interesarla en mi cuita.

-Señora Heathcliff -dije con seriedad-: perdone que la moleste. Una mujer con una cara como la de usted

tiene necesariamente que ser buena. Indíqueme alguna señal, algún jalón de límite de propiedades que me

sirvan para conocer el camino de mi casa. Tengo tanta idea de por donde se va a ella como la que usted

pueda tener de por donde se va a Londres.

-Vuélvase por el mismo camino que vino -me contestó, sentándose en una silla, y poniendo ante sí el

libro y una bujía-. El consejo es muy simple, pero no puedo darle otro mejor.

-En ese caso, si mañana le dicen que me han hallado muerto en una ciénaga o en un hoyo lleno de nieve,

¿no le remorderá la conciencia?

-¿Por qué había de remorderme? No puedo acompañarle. Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la

verja.

-¡Oh! Yo no le pediría por nada del mundo que saliese, para conveniencia mía, en una noche como ésta.

No le pido que me enseñe el camino, sino que me lo indique de palabra o que convenza al señor Heathcliff

de que me proporcione un guía.

-¿Un guía? En la casa no hay nadie más que él mismo, Hareton, Zillah, José y yo. ¿A quién elige usted?

-¿No hay mozos en la granja?

-No hay más gente que la que le digo.

-Entonces me veré obligado a quedarme hasta mañana.

-Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver con eso.

-Confío en que esto le sirva de lección para hacerle desistir de dar paseos -gritó la voz de Heathcliff

desde la cocina-. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda, tendrá que dormir con Hareton o con

José en la misma cama.

-Puedo dormir en este cuarto en una silla -repuse.

-¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un forastero. No permitiré que nadie haga guardia en la

plaza cuando yo no estoy de servicio -dijo el miserable.

Mi paciencia llegó a su límite. Me precipité hacia el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé con

Earnshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba con la salida, y mientras la buscaba, presencié

una muestra del modo que tenían de tratarse entre sí los miembros de la familia. Parecía que el joven al

principio se sentia inclinado a ayudarme, porque les dijo:

-Le acompañaré hasta el parque.

-Le acompañarás al diablo -exclamó su pariente, señor o lo que fuera-. ¿Quién va a cuidar entonces de

los caballos?

-La vida de un hombre vale más que el cuidado de los caballos… -dijo la señora Heathcliff con más

amabilidad de la que yo esperaba-. Es necesariamente preciso que vaya alguien…

-Pero no lo haré por orden tuya -se apresuró a responder Hareton-. Más valdrá que te calles.

-Bueno, pues entonces, ¡así el espíritu de ese hombre te persiga hasta tu muerte, y así el señor Heathcliff

no encuentre otro inquilino para su «Granja» hasta que ésta se caiga a pedazos! -dijo ella con malignidad.

-¡Está echando maldiciones! -murmuró José, hacia quien yo me dirigía en aquel momento.

El viejo estaba sentado y ordeñaba las vacas a la luz de una linterna. Se la quité y diciéndole que se la

devolvería al día siguiente, me precipité hacia una de las puertas.

-¡Señor, señor, me ha robado la linterna! -gritó el viejo corriendo detrás de mí-. ¡Gruñón, Lobo! ¡Duro

con él!

Cuando yo abría la puertecilla a la que me había dirigido, dos peludos monstruos se arrojaron a mi

garganta, haciéndome caer. La luz se apagó. Mi humillación y mi ira llegaron al paroxismo.

Afortunadamente, los animales se contentaban con arañar el suelo, abrir las fauces y mover las colas. Pero

no me permitían levantarme, y hube de permanecer en el suelo hasta que a sus villanos dueños se les

antojó. Cuando estuve de pie, conminé a aquellos miserables a que me dejasen salir, haciéndoles

responsables de lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles apóstrofes que en su desordenada

violencia evocaban los del rey Lear.

En mi exaltación nerviosa, comencé a sangrar por la nariz. Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No sé

cómo hubiera terminado todo aquello, a no haber intervenido una persona más serena que yo y más

bondadosa que Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció para ver lo que sucedía. Y, suponiendo

que alguien me había agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros de su artillería verbal contra

el mozo.

-No comprendo, señor Earnshaw -exclamó-, qué resentimientos tiene usted contra ese semejante suyo.

¿Va usted a asesinar a las gentes en la propia puerta de su casa? ¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre

muchacho! Está a punto de ahogarse. ¡Chist, chist! No puede usted irse en ese estado. Venga, que voy a

curarle. Quieto, quieto…

Mientras hablaba así, me vertió sobre la nuca un recipiente lleno de agua helada, y luego me hizo pasar a

la cocina. El señor Heathcliff, vuelto a su habitual estado de mal humor después de su explosión de

regocijo, nos seguía.

El desmayo que yo sentía como secuela de todo lo sucedido me obligó a aceptar alojamiento entre

aquellos muros. Heathcliff mandó a Zillah que me diese un vaso de aguardiente, y entró en una habitación

interior. La criada, después de traerme la bebida, que me entonó mucho, me condujo a un dormitorio.

CAPÍTULO III

Cuando la sirvienta me precedía por las escaleras, me aconsejó que tapase la bujía y procurase no hacer

ruido, porque su amo tenía ideas extrañas acerca del cuarto donde ella iba a instalarme, y no le agradaba

que nadie durmiese en él. Le pregunté los motivos, pero me contestó que sólo llevaba en la casa dos años, y

que había visto tantas cosas raras, que ya no le quedaban ganas de curiosidades.

En lo que me concernía, la estupefacción no me dejaba lugar a la curiosidad. Cerré, pues, la puerta y

busqué el lecho. Los muebles se reducían a una percha, una silla y una enorme caja de roble, con aberturas

laterales a manera de ventanillas. Me aproximé a tan extraño mueble, y me cercioré de que se trataba de

una especie de lecho antiguo, sin duda destinado a suplir la falta de una habitación separada para cada

miembro de la familia. Formaba de por sí una pequeña habitación, y el alféizar de la ventana, contra cuya

pared estaba arrimado el lecho, hacía las veces de mesilla.

Hice correr una de las tablas laterales, entré llevando la luz, cerré y sentí la impresión de que me hallaba

a cubierto de la vigilancia de Heathcliff o de otro cualquiera de los habitantes de la casa.

Deposité la bujía en el alféizar de la ventana. Había allí, en un ángulo, varios libros polvorientos, y la

pared estaba cubierta de escritos que habían sido trazados raspando la pintura. Aquellos escritos se reducían

a un nombre: «Catalina Earnshaw», repetido una vez y otra en letras de toda clase de tamaños. Pero el

apellido variaba a veces, y en vez de «Catalina Earnshaw», se leía en algunos sitios «Catalina Heathcliff »

o «Catalina Linton».

Sintiéndome muy cansado, apoyé la cabeza contra la ventana y empecé a murmurar: «Catalina Earnshaw,

Heathcliff, Linton … » Los ojos se me cerraron, y antes de cinco minutos creí ver alzarse en la oscuridad

una multitud de letras blancas, como lívidos espectros. El aire parecía lleno de «Catalinas». Me incorporé,

esperando alejar así aquel nombre que acudía a mi cerebro como un intruso, y entonces vi que el pabilo de

la bujía había caído sobre uno de los viejos libros, cuya cubierta empezaba a chamuscarse saturando el

ambiente de un fuerte olor a piel de becerro quemada. Me apresuré a apagarlo, y me senté. Sentía frío y un

ligero mareo. Cogí el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé. Era una vieja Biblia, que olía a apolillado, y

sobre una de cuyas hojas, que estaba suelta, leí: «Este libro es de Catalina Earnshaw» y una fecha de

veinticinco años atrás. Cerré el volumen, y cogí otro y luego varios más. La biblioteca de Catalina era

escogida, y lo estropeados que estaban los tomos demostraba que habían sido muy usados, aunque no

siempre para los fines propios de un libro. Los márgenes blancos de cada hoja estaban cubiertos de

comentarios manuscritos, algunos de los cuales constituían sentencias aisladas. Otros eran, al parecer,

retazos de un diario mal pergeñado por la torpe mano de un niño. Encabezando una página sin imprimir,

descubrí, no sin regocijo, una magnífica caricatura de José, diseñada burdamente, pero con enérgicos

trazos. Sentí un vivo interés hacia aquella desconocida Catalina, y traté de descifrar los jeroglíficos de su

letra.

«¡Qué domingo tan malo! -decía uno de los párrafos–. ¡Cuánto daría porque papá estuviera aquí … !

Hindley le sustituye muy mal y se porta atrozmente con Heathcliff. H. y yo vamos a tener que rebelarnos:

esta tarde comenzamos a hacerlo…

»En todo el día no dejó de llover. No pudimos ir a la iglesia, y José nos reunió en el desván. Mientras

Hindley y su mujer permanecian abajo sentados junto a la lumbre -estoy segura de que, aunque hiciesen

algo más, no por ello dejarían de leer sus Biblias- a Heathcliff, a mí y al desdichado mozo de mulas nos

ordenaron que cogiesemos los devocionarios y subiésemos. Nos hicieron sentar en un saco de trigo, y José

inició su sermón, que yo esperaba que abreviase a causa del frío que se sentía allí. Pero mi esperanza

resultó fallida. El sermón duró tres horas justas, y, sin embargo, mi hermano, al vernos bajar, aún tuvo la

desfachatez de decir: “¿Cómo habéis terminado tan pronto?” Durante las tardes de los domingos nos dejan

jugar pero cualquier pequeñez, una simple risa, es motivo para que nos pongan castigados en un rincon

oscuro.

» “Os olvidáis de que aquí hay un jefe -suele decir el tirano-. Al que me saque de mis casillas, le aplasto.

Quiero seriedad y silencio absoluto. ¡Chico! ¿Has sido tú? Querida Francisca: tírale de los pelos; le he oído

castañetear los dedos”. Francisca le tiró del pelo con todas sus fuerzas. Luego se sentó en las rodillas de su

esposo, y los dos empezaron a hacer niñerías, besándose y diciéndose estupideces. Entonces nosotros nos

acomodamos, como Dios nos dio a entender, en el hueco que forma el aparador. Colgué nuestros delantales

ante nosotros como si fueran una cortina, pero apenas lo había hecho, cuando llegó José, deshizo mi obra, y

pegándome una bofetada, sermoneó:

» “El amo recién enterrado, domingo como es, y las palabras del Evangelio resonando todavía en

vuestros oídos, ¡y ya os ponéis a jugar! ¿No os da vergüenza? Sentaos, niños malos, y leed libros piadosos,

que os ayuden a pensar en la salvación de vuestras almas.”

»Mientras nos hablaba, nos tiró sobre las rodillas unos viejos libros y nos obligó a sentarnos de manera

que un rayo de la claridad del hogar nos alumbrase en nuestra lectura. Yo no pude soportar tal ocupación

que querían darnos. Cogí el libro y lo arrojé donde estaban los perros, diciendo que tenía odio a los libros

piadosos. Heathcliff hizo lo mismo con el suyo, y entonces empezó el jaleo.

» “¡Señor Hindley, mire! -gritó José-. La señorita Catalina ha roto las tapas de La armadura de salvación

y Heathcliff ha golpeado con el pie la primera parte de El camino de perdición. No es posible dejarles

seguir siendo así. ¡Oh! El difunto señor les hubiera dado lo que se merecen. ¡Pero cómo nos falta!”

»Hindley se lanzó sobre nosotros, nos cogió a uno por el cuello y a otro por el brazo, y nos echó a la

cocina. Allí José nos aseguró que el diablo vendría a buscarnos con toda certeza y nos obligó a sentarnos en

distintos lugares, donde hubimos de permanecer, separados, esperando el advenimiento del prometido

personaje. Yo cogí este libro y un tintero que había en un estante, y abrí un poco la puerta para tener luz y

poder escribir, pero mi compañero, al cabo de veinte minutos, sintió tanta impaciencia, que me propuso

apoderarnos del mantón de la criada y, tapándonos con él, ir a dar una vuelta por los pantanos. ¡Qué buena

idea! Así, si viene ese malvado viejo, creerá que su amenaza del diablo se ha realizado, y entretanto

nosotros estaremos fuera, y creo que no peor que aquí, a pesar del viento y de la lluvia.»

El plan de Catalina debió realizarse, porque el siguiente comentario variaba de tema, y adquiría tono de

lamentación.

«¡Qué poco podía yo suponer que Hindley me hiciera llorar tanto! Me duele la cabeza hasta el punto de

que no puedo ni ponerla sobre la almohada. ¡Pobre Heathcliff! Hindley le llama vagabundo, y ya no le deja

comer con nosotros ni siquiera sentarse a nuestro lado. Dice que no volveremos a jugar juntos, y le

amenaza con echarle de casa si le desobedece. Hasta ha censurado a papá por haber tratado a Heathcliff

demasiado bien, y jura que volverá a ponerle en el lugar que le corresponde.»

Yo me sentía ya medio dormido, y mis ojos iban del manuscrito de Catalina al texto impreso. Percibí un

título grabado en rojo con florituras, que decía: «Setenta veces siete y el primero de los Setenta y uno.

Sermón predicado por el reverendo padre Jabes Branderham en la iglesia de Gimmerden Sough.» Y me

dormí meditando maquínalmente en lo que diría el reverendo pastor sobre el tema.

Pero la mala calidad del té y la destemplanza que tenía me hicieron pasar una noche horrible. Soñé que

era ya por la mañana y que regresaba a mi casa guiado por José. El camino estaba cubierto de nieve, y cada

vez que yo daba un tropezón, mi acompañante me amonestaba por no haber tomado un báculo de

peregrino, afirmándome que sin tal adminículo nunca conseguirla regresar a mi casa, y enseñándome a la

vez jactanciosamente un grueso garrote que él consideraba, al parecer, como báculo. Al principio, me

parecía absurdo suponer que me fuera necesaria para entrar en casa semejante cosa. De improviso una idea

me iluminó el cerebro. No íbamos a casa, sino que nos dirigíamos a escuchar el sermón del padre

Branderham sobre los «Setenta veces siete», en cuyo curso no sé si José, el predicador o yo, debíamos ser

sacados a pública vergüenza y privados de la comunión de los fieles.

Llegamos a la iglesia, ante la que yo, en realidad, he pasado dos o tres veces. Está situada en una

hondonada entre dos colinas, junto a un pantano, cuyo fango, según voz popular, tiene la propiedad de

momificar los cadáveres. El tejado de la iglesia se ha conservado intacto hasta ahora, mas hay pocos

clérigos que quieran encargarse de aquel curato, ya que el sueldo es sólo de veinte libras anuales, y la

rectoral consiste únicamente en dos habitaciones, sin vislumbre alguno, por ende, de que los fieles

contribuyan a las necesidades de su pastor con la adición de un solo penique. Mas en mi sueño una

abundante concurrencia escuchaba a Jabes, quien predicaba un sermón dividido en cuatrocientas noventa

partes, dedicada cada una a un pecado distinto. Lo que no puedo decir es de dónde había sacado tantos

pecados el reverendo. Eran, por supuesto, de los géneros más extravagantes, y tales como yo no hubiera

podido figurármelos jamás.

¡Oh, qué pesadilla! Yo me caía de sueño, bostezaba, daba cabezadas, y volvía a despejarme. Me

pellizcaba, me frotaba los párpados, me levantaba y me volvía a sentar, y a veces tocaba a José para

preguntarle cuándo iba a acabar aquel sermón. Pero tuve que escucharlo hasta el fin. Cuando llegó al

«primero de los setenta y uno», acudió a mi cerebro una súbita idea: levantarme y acusar a Jabes

Branderham como el cometedor del pecado imperdonable. «Padre -exclamé-: sentado entre estas cuatro

paredes he aguantado y perdonado las cuatrocientas novena divisiones de su sermón. Setenta veces siete

cogí el sombrero para marcharme, y setenta veces siete me ha obligado usted a volverme a sentar. Una vez

más es excesiva. Hermanos de martirio: ¡duro con él! Arrastradle y despedazadle en partículas tan

pequeñas, que no vuelvan a encontrarse ni indicios de su existencia!»

«Tú eres el réprobo -gritó Jabes, después de un silencio solemne-: Setenta veces siete te he visto hacer

gestos y bostezar. Setenta veces siete consulté mi conciencia y encontré que todo ello merecía perdón. Pero

el primer pecado de los setenta y uno ha sido cometido ahora, y esto es imperdonable. Hermanos: ejecutad

en él lo que está escrito. ¡Honor a todos los santos!»

Emitida esta orden, los concurrentes enarbolaron sus báculas de peregrino y se arrojaron sobre mí. Al

verme desarmado, entablé una lucha con José, que fue el primero en acometerme, para quitarle su garrote.

Se cruzaron muchos palos, y algunos golpes destinados a mí cayeron sobre otras cabezas. Todos se

apaleaban unos a otros y el templo retumbaba al son de los golpes. Branderham asestaba fuertes puñetazos

en el borde del púlpito, y tan vehementes fueron, que acabaron por despertarme.

Comprobé que lo que me había sugerido tal tumulto era la rama de un abeto que batía contra los cristales

de la ventana cada vez que la agitaba el viento.

Volví a dormirme, y soñé cosas todavía más odiosas.

Recordé que descansaba en una caja de madera y que el viento y las ramas de un árbol golpeaban la

ventana. Tanto me molestaba el ruido, que, en sueños, me levanté y traté de abrir el postigo. No lo

conseguí, porque la falleba estaba soldada, y entonces rompí el cristal de un puñetazo y saqué la mano para

separar la molesta rama. Mas, en lugar de ella, sentí el contacto de una manecíta helada. Me poseyó un

intenso terror, y quise retirar el brazo, pero la manecita me aferraba mientras una voz insistía:

-¡Déjame entrar, déjame entrar!

-¿Quién eres? -pregunté pugnando por soltarme.

-Catalina Linton -contestó, temblorosa-. Me había perdido en los pantanos y vuelvo ahora a casa.

Sin saber por qué, me acordaba del apellido Linton, a pesar de que había leído veinte veces más el

apellido Earnshaw. Miré, y divisé el rostro de una niña a través de la ventana. El horror me hizo obrar

cruelmente, y al no lograr desasirme de la niña, apreté los puños contra el corte del cristal hasta que la

sangre brotó y empapó las sábanas. Pero ella seguía gimiendo: «¡Déjame entrar!», y me oprimía la mano.

Mi espanto llegaba al colmo.

-¿Cómo voy a dejarte entrar -dije, por fin- si no me sueltas la mano?

El fantasma aflojó su presión. Metí precipitadamente la mano por el hueco del vidrio roto, amontoné

contra él una pila de libros, y me tapé los oídos para no escuchar la dolorosa súplica. Pasé así unos quince

minutos, pero en cuanto volvía a atender, percibía idéntica súplica.

-¡Vete! -exclamé-. ¡No te abriré aunque me lo estés pidiendo veinte años seguidos!

-Veinte años han pasado -murmuró-. Veinte años han pasado desde que me perdí.

Y empujó levemente desde fuera. El montón de libros vacilaba. Intenté moverme, pero mis músculos

estaban como paralizados, y, en el colmo del horror, lancé un grito.

Aquel grito no había sido soñado. Con gran turbación, sentí que unos pasos se acercaban a la puerta de la

alcoba. Alguien la abrió, y por las aberturas del lecho percibí luz. Me senté en la cama, sudoroso,

estremecido aún de miedo.

El que había entrado murmuró algunas palabras como si hablase solo, y luego dijo en el tono de quien no

espera recibir contestación:

-¿Hay alguien ahí ?

Reconocí la voz de Heathcliff, y comprendiendo que era necesario revelarle mi presencia, ya que, si no,

buscaría y acabaría encontrándome, descorrí las tablas del lecho. Tardaré mucho en poder olvidar el efecto

que mi acción produjo en él.

Heathcliff se paró en la puerta. Llevaba la ropa de dormir, sostenía una vela en la mano y su cara estaba

blanca como la pared. El ruido de las tablas al descorrerse le causó el efecto de una corriente eléctrica. La

vela se deslizó de entre sus dedos, y su excitación era tal, que le costó mucho trabajo recogerla.

-Soy Lockwood -dije, para evitar que continuase demostrándome su miedo-. He gritado sin darme cuenta

mientras soñaba. Lamento haberle molestado.

-¡Dios le confunda, señor Lockwood! ¡Váyase al… —empezó él-. ¿Quién le ha traído a esta habitación? –

continuó, hundiendo las uñas en las palmas de las manos y rechinando los dientes en su esfuerzo para

dominar la excitación que le poseía-. ¿Quién le trajo aquí? Dígamelo para echarle de casa inmediatamente.

-Su criada Zillah -contesté abandonando la cama y recogiendo mis ropas-. Haga con ella lo que le

parezca, porque lo tiene merecido. Se me figura que quiso probar a expensas mías si este sitio en efecto está

embrujado. Y le aseguro que, en realidad, está bien poblado de trasgos y duendes. Hace usted bien en

tenerlo cerrado. Nadie le agradecerá a usted el dormir en esta habitación.

-¿Qué quiere usted decir y qué está usted haciendo? -replicó Heathcliff-. Acuéstese y pase la noche; pero,

en nombre de Dios, no repita el escándalo de antes. No tiene justificación posible, a no ser que le estuvieran

desollando vivo.

-Si aquella endemoniada brujita llega a entrar, a buen seguro que me hubiese estrangulado -le respondí-.

No me siento con ganas de soportar más persecuciones de sus hospitalarios antepasados. El reverendo

Jabes Branderham, ¿no sería tal vez pariente suyo por parte de madre? Y en cuanto a la Catalina Earnshaw,

o Linton, o como se llamara, ¡buena pieza debía estar hecha! Según me dijo, ha andado errando durante

veinte años, lo que sin duda es justo castigo de sus maldades…

En aquel momento recordé que el apellido de Heathcliff estaba unido en el libro al de Catalina, lo que

había olvidado hasta entonces. Me avergoncé de mi descortesía, pero, como si no me diese cuenta de

haberla cometido, continué:

-El caso es que a primera hora de la noche estuve… -iba a decir «hojeando esos librotes», pero me

corregi, y continué-: repitiendo el nombre que hay escrito en esa ventana, para ver si me dormía.

¿Cómo se atreve a hablarme de este modo estando en mi casa? -barbotó Heathcliff-. ¿Se habrá vuelto

loco cuando me habla así?

Se golpeaba la frente con violencia. Yo no sabía si ofenderme o seguir explicándome, pero me pareció

tan conmovido, que sentí compasión de él, y proseguí contándole mi sueño, y le aseguré que jamás había

oído pronunciar hasta entonces el nombre de Catalina Linton, pero, que, a fuerza de verlo escrito allí, llegó

a corporeizarse al dormirme.

Entretanto que me explicaba así, Heathcliff, poco a poco, había ido retirándose de mi lado, hasta que

acabó escondiéndose detrás del lecho. A juzgar por lo sofocado de su respiración, luchaba para reprimir sus

emociones. Fingí no darme cuenta, continué vistiéndome, y dije:

-No son todavía las tres. Yo creía que serían las seis lo menos. El tiempo aquí se hace interminable.

Verdad es que sólo debían ser las ocho cuando nos acostamos.

-En invierno nos retiramos siempre a las nueve y nos levantamos a las cuatro -replico mi casero,

reprimiendo un gemido y limpiándose una lágrima, según conjeturé por un ademán de su brazo-. Acuéstese

-añadió-, ya que si baja tan temprano no hará más que estorbar. Por mi parte, sus gritos han enviado al

diablo mi sueño.

-A mí me pasa lo mismo -contesté-. Bajaré al patio y estaré paseando por él hasta que amanezca, y

después me iré. No tema una nueva intrusión de mi parte. La muestra de hoy me ha quitado las ganas de

buscar amigos, ni en el campo ni en la ciudad. Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo

mismo.

-¡Magnífica compañía! -murmuró Heathcliff-. Coja la vela y váyase adonde quiera. Me reuniré con usted

enseguida. No salga al patio, porque los perros están sueltos. Ni al salón porque Juno está allí de vigilancia.

De modo que tiene que limitarse a andar por los pasillos y las escaleras. No obstante, váyase. Yo me

reuniré con usted dentro de dos minutos.

Obedecí, y me alejé de la habitación todo lo que pude, pero como no sabía adonde iban a parar los

estrechos pasillos, me detuve, y entonces asistí a unas demostraciones supersticiosas que me extrañaron,

tratándose de un hombre tan práctico al parecer como aquel personaje.

Había entrado en el lecho, y de un tirón abrió la ventana, mientras rompía a llorar.

-¡Oh, Catalina! -decía-, ¡ven! Te lo imploro una vez más. ¡Oh, amada de mi corazón, ven, ven al fin!

Pero el fantasma, con uno de los caprichos comunes a todos los espectros, no se dignó aparecer. En

cambio, el viento y la nieve entraron por la ventana y extinguieron la luz.

Tan dolorosa congoja se traslucía en la crisis sufrida por aquel hombre, que me retiré, reprochándome el

haberle escuchado, y el haberle relatado mi pesadilla, que le había afectado de tal manera, por razones a

que no alcanzaba mi comprensión. Descendí al piso bajo y arribé a la cocina donde encendí la bujía en el

rescoldo de la lumbre. No se veía allí ser viviente, excepto un gato que salió de entre las cenizas y me

saludó con un quejumbroso maullido.

Dos bancos semicirculares estaban arrimados al fogón. Me tendí en uno de ellos y el gato se instaló en el

otro. Ya empezábamos ambos a dormirnos cuando un instruso invadió nuestro retiro. Era José, que bajaba

por una escalera de madera que debía conducir a su desván. Lanzó una tétrica mirada a la llama, que yo

había encendido, expulsó al gato de su lugar, se apoderó de él y se dedico a cargar de tabaco una pipa que

medía tres pulgadas de longitud. Debía considerar mi presencia en su santuario como una desvergüenza tal

que no merecía ni comentarios siquiera.

En absoluto mutismo, se acercó la pipa a la boca, se cruzó de brazos y empezó a fumar. Yo no interrumpí

su placer, y él, después de aspirar la última bocanada, se levanto, suspiro, y se fue tan gravemente como

había llegado.

Sonaron cerca de mí otras pisadas más elásticas, y apenas yo abría la boca para saludar, la cerré de

nuevo, al oír que Hareton Earnshaw se dedicaba a recitar en voz contenida una salmodia compuesta de

tantas maldiciones como objetos iba tocando, mientras se afanaba en un rincón en busca de una azada para

quitar la nieve. Me miró, dilató las aletas de la nariz, y tanto se le ocurrió saludarme a mí, como al gato que

me hacía compañía. Comprendiendo por sus preparativos que estaba disponiéndose a salir, abandoné mi

duro lecho y me apresté a seguirle. Él lo notó y con el mango de la azada me señaló una puerta que

comunicaba con el salón. Las mujeres estaban en él ya. Zillah atizaba el fuego con un fuelle colosal, y la

señora Heathcliff, arrodillada ante la lumbre, leía un libro al resplandor de las llamas. Tenía puesta la mano

entre el fuego y sus ojos, y permanecía embebida en la lectura, que sólo interrumpía de vez en cuando para

reprender a la cocinera si hacía salir chispas sobre ella, o para separar a alguno de los perros que a veces la

rozaba con el hocico. Me sorprendió ver también allí a Heathcliff, en pie junto al fuego y, al parecer,

concluyendo entonces de soltar una rociada sobre la pobre Zillah, la cual, de cuando en cuando, suspendía

su tarea y suspiraba.

-En cuanto a ti, miserable… -y Heathcliff pronunció una palabra intranscribible dirigiéndose a su nueraya

veo que continúas con tus odiosas mañas de siempre. Los demás trabajan para ganarse el pan que

comen, y únicamente tú vives de mi caridad. ¡Fuera ese mamotreto, y haz algo útil! ¡Debías pagarme. por

la desgracia de estar viéndote siempre … ! ¿Me oyes, maldita bruta?

-Dejaré mi mamotreto, porque me lo podría usted quitar, si no -respondió la joven cerrando el libro y

tirándolo sobre una silla-. Pero aunque se le encienda a usted la boca injuriándome no haré nada, no siendo

lo que me parezca bien.

Heathcliff alzó la mano, pero su interlocutora, probando que tenía costumbre de aquellas escenas, se puso

de un salto fuera de su alcance. Contrariado por tal episodio, me aproximé a la lumbre fingiendo no haber

reparado en la disputa, y ellos tuvieron el decoro de disimular. Heathcliff, para no caer en la tentación de

golpear a su nuera, se metió las manos en los bolsillos. La mujer se retiró a un rincón, y mientras estuve allí

permaneció callada como una estatua. Pero yo no me quedé mucho tiempo. Renuncié a la invitación que

me hicieron de que les acompañase a desayunar, y en cuanto apuntó la primera claridad de, la aurora, salí al

aire libre, que estaba frío y despejado como el hielo.

Heathcliff me llamó mientras yo cruzaba el jardín, y se brindó para acompañarme a través de los

pantanos. Hizo bien, ya que la colina estaba convertida en un ondulante mar de nieve, que ocultaba todas

las desigualdades del terreno. La impresion que yo guardaba de la contextura del suelo no respondía en

nada a lo que ahora veíamos, porque los hoyos estaban llenos de nieve, y los montones de piedras -reliquias

del trabajo de las canteras- que bordeaban el camino habían desaparecido bajo la bóveda. Yo había

distinguido el día anterior una sucesión de piedras erguidas a lo largo del camino y blanqueadas con cal,

para que sirviesen de referencia en la oscuridad, y también cuando las nevadas podían hacer confundir la

tierra segura del camino con las movedizas charcas de sus márgenes. Pero a la sazón ni siquiera se

percibían aquellos jalones. Mi acompañante tuvo que advertirme varias veces para impedir que yo saliese

del camino sin notarlo.

Hablamos muy poco. A la entrada del parque de la «Granja», Heathcliff se detuvo, me dijo que suponía

que ya no me extraviaría, y con una simple inclinación de cabeza nos despedimos. En la portería no había

nadie, y recorrer las dos millas que me quedaba por andar hasta la granja me costó dos horas, dadas las

muchas veces que erré el camino, extraviándome en la arboleda, y hundiéndome en nieve hasta la cintura.

Era mediodia cuando llegué a mi casa.

El ama de llaves y sus satélites acudieron con alborozo a recibirme, y me aseguraron que me daban por

muerto y que pensaban en ir a buscar mi cadáver entre la nieve. Les aconseje que se calmaran, puesto que

al fin había regresado. Subí dificultosamente la escalera y entré en mi habitación. Estaba entumecido hasta

los huesos. Me cambié de ropas y paseé por la estancia treinta o cuarenta minutos para entrar en calor, y

luego me instalé en el despacho, tal vez apartado en exceso del buen fuego y el confortante café que el ama

de llaves me preparo.

CAPÍTULO IV

El ser humano es tornadizo como una veleta. Yo, que había resuelto mantenerme al margen de toda

sociedad humana y que agradecía a mi buena estrella el haber venido a parar a un sitio donde mis

propósitos podían realizarse plenamente; yo, desdichado de mí, me vi obligado a arriar bandera después de

aburrirme mortalmente durante toda la tarde, y, pretextando interés por conocer detalles relativos a mi

alojamiento, pedí a la señora Dean, cuando me trajo la cena, que se sentase un momento con el propósito de

entablar con ella una plática que me animase o me acabara de aburrir.

-Usted vive aquí hace mucho tiempo -empecé-. Me dijo que dieciséis años, ¿no?

-Dieciocho, señor. Vine al servicio de la señora, cuando se casó. Al faltar la señora, el señor me dejó de

ama de llaves.

-¡Ah!

Hubo una pausa. Pensé que le gustaban los comadreos.

Pero, al cabo de algunos instantes, exclamó poniendo las manos sobre las rodillas, mientras una

expresión meditativa se pintaba en su rostro:

-Los tiempos han cambiado mucho desde entonces. -Claro -dije-. Habrá asistido usted a muchas

modificaciones…

-Y a muchas tristezas.

«Procuraremos que la conversación recaiga sobre la familia de mi casero -pensé-. ¡Debe ser un tema

entretenido! Me gustaría saber la historia de aquella bonita viuda, averiguar si es del país o no, lo cual me

parece lo más probable, ya que aquel grosero indígena no la reconoce como de su raza.»

Y con esta intención, pregunté a la señora Dean si conocía los motivos por los cuales Heathcliff alquilaba

la «Granja de los Tordos», reservándose una residencia mucho peor.

-¿Acaso no es bastante rico? -Interrogué.

-¡Rico! Nadie sabe cuánto capital posee, y, además, lo aumenta de año en año. Es lo bastante rico para

vivir en una casa aún mejor que ésta, pero es… muy ahorrativo… En cuanto ha oído hablar de un buen

inquilino para la «Granja», no ha querido desaprovechar la ocasión de hacerse con unos cuantos de cientos

de libras más. No comprendo que se sea tan codicioso cuando se está solo en la vida.

-¿No tuvo un hijo?

-Sí, pero murió.

-Y la señora Heathcliff, aquella muchacha, ¿es la viuda?

-Sí.

-¿De dónde es?

-¡Es la hija de mi difunto amo … ! De soltera se llamaba Catalina Linton. Yo la crié. Me hubiera gustado

que el señor Heathcliff viniera a vivir aquí, para estar juntas otra vez.

-¿Catalina Linton? -exclamé asombrado. Luego, al reflexionar, comprendí que no podía ser la

Catalina Linton de la habitación en que dormí-. ¿Así que el antiguo habitante de esta casa se llamaba

Linton?

-Sí, señor.

-¿Y quién es ese Hareton Eamshaw que vive con Heathcliff? ¿Son parientes?

-Hareton es sobrino de la difunta Catalina Linton.

-¿Primo de la joven, entonces.

-Sí. El marido de ella era tambien primo suyo. Uno por parte de madre, otro por parte de padre.

Heathcliff estuvo casado con la hermana del señor Linton.

-En la puerta principal de «Cumbres Borrascosas» he visto una inscripcion que dice: «Earnshaw, 15OO».

Así que supongo que se trata de una familia antigua…

-Muy antigua, señor. Hareton es su último descendiente, y Catalina la última de nosotros… quiero

decir, de los Linton… ¿Ha estado usted en «Cumbres Borrascosas»? Perdone la curiosidad, pero quisiera

saber cómo ha encontrado a la señora.

-La señora Heathcliff me pareció muy bonita, pero creo sinceramente que no vive muy contenta.

-¡Oh, Dios mío, no es de extrañar! Y ¿que opina usted del amo?

-Me parece un tipo bastante áspero, señora Dean.

-Es áspero como el filo de una sierra, y duro como el pedernal.

-Debe haber tenido una vida muy accidentada para haberse vuelto de ese modo… ¿Sabe usted su historia?

-La conozco toda, excepto quienes fueran sus padres y dónde ganó su primer dinero. A Hareton le han

dejado sin nada… El pobre chico es el único de la parroquia que ignora la estafa que ha sufrido.

-Vaya, señora Dean, pues haría usted una buena obra si me contara algo sobre esos vecinos. Si me

acuesto, no podré dormir. Así siéntese usted y charlaremos una hora…

-¡Oh, sí, señorl Precisamente tengo unas cosas que coser. Me sentaré todo el tiempo que usted quiera.

Pero está usted tiritando de frío y es necesario que le prepare algo para reaccionar.

Y la buena señora salió apresuradamente. Me acomodé al lado de la lumbre. Tenía la cabeza ardiendo y

el resto del cuerpo helado. Estaba excitado y sentía los nervios tensísimos. No dejaba de inquietarme el

pensar en las consecuencias que pudieran tener para mi salud los incidentes de aquella visita a «Cumbres

Borrascosas».

El ama de llaves volvió enseguida, trayendo un tazón humeante y un costurero. Colocó la vasija en la

repisa de la chimenea y se sentó, con aire de satisfacción, motivada sin duda por hallar un señor tan

partidario de la confianza.

Antes de instalarme aquí -comenzó, sin esperar que yo volviese a invitarla a contarme la historia-, residí

casi siempre en «Cumbres Borrascosas». Mi madre había criado a Hindley Earnshaw, el padre de Hareton,

y yo solía jugar con los niños. Andaba por toda la finca, ayudaba a las faenas y hacía los recados que me

ordenaban. Una hermosa mañana de verano -recuerdo que era a punto de comenzar la siega- el señor

Earnshaw, el amo antiguo, bajó la escalera con su ropa de viaje, dio instrucciones a José sobre las tareas del

día, y dirigiéndose a Hindley, a Catalina y a mí, que desayunábamos juntos, preguntó a su hijo:

-¿Qué quieres que te traiga de Liverpool, pequeño? Elige lo que quieras, con tal de que no abulte mucho,

porque tengo que ir y volver a pie, y son sesenta millas de caminata…

Hindley le pidió un violín, y Catalina, que aunque no tenía todavía seis años ya sabía montar todos los

caballos de la cuadra, le pidió un látigo. A mí, el señor me prometió traerme peras y manzanas. Era bueno,

aunque algo severo.

Luego besó a los niños, y se fue.

En los tres días de su ausencia, la pequeña Catalina no hacía más que preguntar por su padre. La noche

del tercer día, la señora esperaba que su marido llegase a tiempo para la cena, y fue aplazándola horas y

horas. Los niños acabaron cansándose de ir a la verja para ver si su padre venía. Oscureció, la señora quería

acostar a los pequeños y ellos le rogaban que les dejara esperar. A las once, el señor aparecio por fin. Se

dejo caer en una silla, diciendo entre risas y quejas, que no volvería a hacer una caminata así por todo

cuanto había en los tres reinos de la Gran Bretaña.

-Creí que reventaba -añadió, abriendo su gabán-. Mira lo que traigo aquí, mujer. No he llevado en mi

vida peso más grande: acógelo como un don que nos envia Dios, aunque, por lo negro que es, parece más

bien un enviado del demonio.

Le rodeamos, y por encima de la cabeza de Catalina pude distinguir un sucio y andrajoso niño de

cabellos negros. Aunque era lo bastante crecido para andar y hablar, ya que parecía mayor que Catalina,

cuando le pusimos en pie en medio de todos, permaneció inmóvil mirándonos con turbación y hablando en

una jerga ininteligible. Nos dio miedo, y la señora quería echarle de casa. Luego preguntó al amo que cómo

se le había ocurrido traer a aquel gitanito, cuando ellos ya tenían hijos propios que cuidar. ¿Qué significaba

aquello? ¿Se había vuelto loco? El señor intentó explicar lo sucedido, pero como estaba tan fatigado y ella

no dejaba de reprenderle, yo no saqué en limpio sino que el amo había encontrado al chiquillo hambriento y

sin hogar ni familia en las calles de Liverpool, y había resuelto recogerlo y traerlo consigo. La señora acabó

calmándose y el señor Earnshaw me mandó lavarle, ponerle ropa limpia y acostarle en el cuarto de sus

niños.

Hindley y Catalina estuvieron escuchando hasta que la tranquilidad se restableció. Y entonces empezaron

a buscar en los bolsillos de su padre los prometidos regalos. Hindley era ya un rapaz de catorce años, pero

cuando encontró en uno de los bolsillos los restos de lo que había sido un violín, rompió a llorar, y

Catalina, al oír que su padre había perdido el látigo que le traía por atender al intruso, demostró su

contrariedad escupiendo al chiquillo y haciéndole burla. La ocurrencia le valió un bofetón de su padre. Los

hermanos se negaron en absoluto a admitirle en sus lechos, y a mí no se me ocurrió cosa mejor que dejarle

en el rellano de la escalera, esperando que se marchase al llegar la mañana. Bien porque oyese sonar la voz

del señor, o por lo que fuera, el chico se dirigió a la habitación del amo, y éste, al averiguar cómo había

llegado allí, y saber dónde yo le había dejado, castigó mi inhumanidad echándome a la calle.

Así se introdujo Heathcliff en la familia. Yo volví a la casa días después, ya que mi expulsión no llegó a

ser definitiva, y encontré que habían dado al intruso el nombre de Heathcliff, que era el de un niño de los

amos que había muerto muy pequeño. Desde entonces, ese «Heathcliff» le sirvió de nombre y de apellido.

Catalina y él hicieron muy buenas migas, pero Hindley le odiaba y yo también. Ambos le maltratábamos

mucho, y la señora no intervino nunca para protegerle.

Él se comportaba como un niño torvo y paciente. Quizá estuviera acostumbrado a sufrir malos tratos.

Aguantaba sin parpadear los golpes de Hindley y no vertía ni una lágrima. Si yo le pellizcaba, no hacia mas

que suspirar profundamente, como si se hubiese hecho daño él solo, por casualidad. Cuando descubrió el

señor Earnshaw que su hijo maltrataba al pobre huérfano, como él le llamaba, se enfureció. Profesaba a

Heathcliff un sorprendente afecto (más incluso que a Catalina, que era muy traviesa), y creía cuanto él le

decía, aunque, desde luego, en lo referente a las persecuciones de que era objeto, no llegaba a contar todas

las que sufría.

De manera que, desde el principio, Heathcliff sembró en la casa semillas de discordia. Cuando dos años

más tarde murió la señora, Hindley consideraba a su padre como un tirano y a Heathcliff como a un intruso

que le había robado el afecto paternal y sus derechos de hijo. Yo compartía sus opiniones, pero cuando los

niños enfermaron del sarampión, modifiqué mis sentimientos. Tuve que cuidar a todos los chiquillos, y

Heathcliff, mientras estuvo grave, quería tenerme siempre a su lado. Debía pensar que yo era muy buena

para él, sin comprender que no hacía más que cumplir con mi obligación. Hay que reconocer que era el

niño más pacífico que haya atendido jamás una enfermera. Mientras Catalina y su hermano me

importunaban continuamente, él era manso como un cordero, quizá ello se debía más a la costumbre de

sufrir que a buenos instintos.

Cuando se curó y el médico aseguró que ello en parte era consecuencia de mis cuidados, me sentí

agradecida hacia quien me había hecho merecer tales alabanzas. Así perdió Hindley la aliada que tenía en

mí. Sin embargo, mi afecto por Heathcliff no era ciego, y frecuentemente me preguntaba para mis adentros

qué sería lo que el amo podría ver en aquel niño que, a lo que recuerdo, nunca recompensó a su protector

con expresión alguna de gratitud. No es que obrase mal con el amo, sino que demostraba indiferencia,

aunque bien sabía que bastaba una frase suya para que toda la casa hubiera de plegarse a sus deseos.

Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que el señor Earnshaw compró dos potros en la feria del pueblo y

regaló uno a cada muchacho. Heathcliff eligió el más hermoso, pero habiendo notado al poco tiempo que

cojeaba, dijo a Hindley:

-Tienes que cambiar de caballo conmigo, porque el mío no me agrada. Si no lo quieres hacer, le contaré a

tu padre que me has dado esta semana tres palizas y le enseñaré mi brazo, que está amoratado hasta junto al

hombro.

Hindley se burló de él y le dio de bofetadas.

-Lo mejor es que hagas enseguida lo que te digo -continuó Heathcliff, saliendo al portal desde la cuadra,

donde estaban-. ¡Ya sabes que si hablo a tu padre, recibirás estos golpes y muchos más!

-¡Largo de aquí, perro! -gritó Hindley amenazándole con una pesa de hierro que se empleaba para pesar

patatas.

-Atrévete a tirármela -le desafió Heathcliff deteniendose -. Ya diré que te has vanagloriado de que me

echarías a la calle en cuanto tu padre se muera, y veremos si entonces no eres tú el que sales de esta casa

hoy mismo.

Hindley le tiró la pesa, que alcanzó a Heathcliff en el pecho. Cayó al suelo, pero se levantó enseguida,

pálido y tambaleándose. A no habérselo yo impedido, hubiera ido enseguida a presentarse al amo, para

acusar a Hindley.

-Coge mi caballo, gitano -rugió entonces el joven Earnshaw-, y ¡ojalá te mates con él! ¡Tómalo y maldito

seas, miserable intruso! Anda y arranca a mi padre cuanto tiene, y demuéstrale quién eres después de que lo

hagas, engendro de Satanás. ¡Tómalo, y así te rompa la cabeza a patadas!

Heathcliff se acercó al animal y se puso a desatarlo para cambiarlo de sitio. Hindley, al terminar de

hablar, le derribó de un golpe entre las pezuñas del caballo, y sin detenerse a ver si sus maldiciones se

cumplían, salió corriendo. Me asombró la serenidad con que el niño se levantó, y realizó sus intenciones,

cambiando, antes que nada, los arreos de las caballerías, después de lo cual se sentó en un haz de heno, para

dejar que le pasara el efecto del golpetazo recibido, antes de volver a entrar en la casa. No me fue difícil

convencerle de que atribuyese al caballo la culpa de sus contusiones. Él había conseguido lo que deseaba, y

lo demás le importaba poco. Como rara vez se quejaba de los malos tratos que sufría, yo pensaba que no

era rencoroso, pero pronto verá usted que me engañaba.

CAPÍTULO V

Con el tiempo, el señor Earnshaw empezó a decaer. Había sido un hombre recio y sano, pero cuando sus

fuerzas le abandonaron y se vio obligado a pasarse la vida al lado de la chimenea, se volvió suspicaz e

irritable. -Se ofendia por una pequenez, y se enfurecía ante cualquier imaginaria falta de respeto. Ello podía

apreciarse especialmente cuando alguien pretendía hacer a su favorito objeto de algún engaño o de algún

intento de dominarle. Velaba celosamente para que no le ofendieran con palabra alguna, y parecía que tenía

metida en la cabeza la idea de que el cariño con que distinguía a Heathcliff hacía que todos le odiasen y

deseasen su mal. Esto iba en perjuicio del muchacho, porque como ninguno deseábamos enfadar al amo,

nos plegábamos a todos los caprichos de su preferido, y con ello fomentábamos su soberbia y su mal

carácter. En dos o tres ocasiones, los desprecios que Hindley hacía a Heathcliff en presencia de su padre

excitaron la cólera del anciano, quien cogía su bastón para golpear a su hijo, y se estremecía de furor al no

poder hacerlo por falta de fuerzas.

Finalmente, el párroco (porque entonces había aquí un cura que se ganaba la vida dando lecciones a los

niños de las familias Linton y Earnshaw y labrando él mismo su terreno) aconsejó que se enviara a Hindley

al colegio, y el señor Earnshaw consintió en ello, aunque de mala gana; ya que decía que Hindley era un

obtuso y no se podía sacar partido de él, hiciérase lo que se hiciera.

Yo, dolida, viendo lo caros que el señor pagaba los resultados de su buena obra, esperé que así se

restableciese la paz. Me parecía que los disgustos familiares estaban amargando su vejez. Por lo demás,

hacía cuanto quería, y las cosas no hubieran ido tan mal a no ser por la señorita Catalina y por José, el

criado. Supongo que usted le habrá visto… Era, y debe seguir siendo, el más odioso fariseo que se haya

visto nunca, siempre pronto a creerse objeto de las bendiciones divinas y a lanzar maldiciones sobre su

prójimo en nombre de Dios. Sus sermones producían mucha impresión al señor Earnshaw y a medida que

éste se iba debilitando, crecía el dominio de José sobre él. No cesaba un momento de mortificarle con

consideraciones sobre la salvación eterna y sobre la necesidad de educar bien y rígidamente sus hijos.

Trataba de hacerle considerar a Hindley como un réprobo, y le contaba largos relatos de diabluras de

Heathcliff y Catalina, sin perjuicio de acumular las mayores culpas sobre ésta, con lo que creía adular las

inclinaciones del amo.

Verdaderamente, Catalina era la niña más caprichosa y traviesa que yo haya visto jamás, y nos hacía

perder la paciencia mil veces al día. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, no nos dejaba estar un

minuto tranquilos. Tenía siempre el genio pronto a la disputa y no daba nunca paz a la boca. Cantaba, reía y

se burlaba de todo el que no hiciese lo mismo que ella. De todos modos, creo que no tenía malos

sentimientos, porque cuando hacía sufrir a alguien mucho, se apresuraba a acudir a su lado para consolarle.

Pero tenía hacia Heathcliff un excesivo afecto. No podía aplicársele castigo mayor que separarla de él, a

pesar de que siempre estaban riñéndola por su culpa. Cuando jugaba, le gustaba hacer de señora, y usaba

las manos más de la cuenta para imponer su autoridad. Quería hacer igual conmigo, pero yo le hice saber

que no estaba dispuesta a soportar sus golpes ni sus órdenes.

El señor Earnshaw no soportaba juegos. Siempre había sido severo con sus hijos y Catalina no acertaba a

explicarse por qué en su ancianidad era más regañon que antes. Parecía sentir un perverso placer en

provocarle. Era más feliz que nunca cuando todos la rodeábamos reprochándola, porque podía mirarnos

replicándonos con mordacidad, haciendo burla de las piadosas invocaciones de José, buscándonos las

vueltas y, en suma, haciendo lo que más desagradaba a su padre. Además, obraba como si estuviera

interesada en demostrar que tenía más imperio sobre Heathcliff, a despecho de su insolencia, que su padre

con todas sus bondades hacia él. Después de hacer durante el día todo el mal que le era posible, al llegar la

noche acudía a su padre mimosamente, queriendo reconciliarse con él a fuerza de mimos.

-Vete, vete, Catalina -decía el anciano-: no me es posible quererte. Eres todavía peor que tu hermano.

Anda, vete a rezar y pide a Dios que te perdone. Mucho temo que haya de pesarnos a tu madre y a mí el

haberte dado el ser.

Al principio, estos razonamientos la hacían llorar, pero luego se habituó a ellos, y se echaba a reír cuando

su padre le mandaba que pidiese perdón de sus maldades.

Al fin llegó el momento de que terminasen los dolores del señor Earnshaw en la tierra. Murió una noche

de octubre, plácidamente, estando sentado en su sillón al lado del fuego. Soplaba un fuerte viento en torno a

la casa, y resonaba en el cañón de la chimenea. Era un aire violento y tempestuoso, pero no frío. Todos

estábamos juntos; yo un poco apartada de la lumbre, haciendo calceta, y José leyendo la Biblia. Los

criados, entonces, una vez que terminaban sus faenas, solían reunirse en el salón con los señores. La

señorita Catalina estaba pacífica, porque había pasado una enfermedad recientemente y permanecía

apoyada en las rodillas de su padre. Heathcliff se había tumbado en el suelo con la cabeza encima del

regazo de Catalina. El amo, según recuerdo bien, antes de caer en el sopor de que no debía salir, acariciaba

la hermosa cabellera de la muchacha, y, extrañado de verla tan juiciosa, decía:

-¿Por qué no has de ser siempre buena?

Ella le miró, y riendo, contestóle:

-¿Y usted, padre, por qué no había de ser siempre bueno?

Después, viendo que se disgustaba, le besó la mano y le dijo que iba a cantar para que se adormeciese.

Empezó, en efecto, a cantar en voz baja. A1 cabo de un rato, los dedos del anciano abandonaron los

cabellos de la niña, y reclinó la cabeza sobre el pecho. Mandé a Catalina que callara y que no se moviera

para no despertar al amo. Durante más de media hora permanecimos en silencio, y aún hubiéramos seguido

más tiempo así, a no haberse levantado José diciendo que era hora de despertar al señor para rezar y

acostarse. Se adelantó, le llamó y le tocó en el hombro, mas, notando que no se movía, cogió la vela y le

miró. Cuando apartó la luz, comprendí que pasaba algo anormal. Cogió a cada niño por un brazo y les dijo,

en voz baja, que subiesen a su cuarto y rezasen solos, porque él tenía mucho que hacer aquella noche antes

de retirarse.

-Voy primero a dar las buenas noches a papá -dijo Catalina.

Y le echó los brazos al cuello, antes de que pudiéramos evitarlo. Comprendió enseguida lo que pasaba, y

exclamó:

-¡Oh, ha muerto, Heathcliff! Padre, ha muerto…

Y ambos empezaron a llorar de un modo que desgarraba el corazón.

Empecé también a llorar; pero José nos interrumpió diciéndonos que por qué llorábamos tanto por un

santo que se había ido al cielo. Después me mandó ponerme el abrigo y correr a Gimmerton a buscar al

médico y al sacerdote. Yo no podía comprender de qué iban a servir ya uno ni otro, pero, no obstante, salí

presurosamente, a pesar de que hacía una noche muy mala. El médico vino inmediatamente. Dejé a José

explicándose con el doctor, y subí al cuarto de los niños. Habían dejado la puerta abierta y no parecían

pensar en acostarse, aunque era más de medianoche, pero estaban más calmados y no necesitaban que les

consolase yo. En su inocente conversación, sus almas pueriles se describían mutuamente las bellezas del

cielo como ningún sacerdote hubiera sabido hacerlo. Yo les oía llorando y agradecía a Dios que

estuviéramos allí los tres, reunidos, seguros…

CAPÍTULO VI

Cuando Hindley acudió a las exequias de su padre, traía una mujer con él, lo que asombró a todos los

vecinos. Nunca nos dijo quién era su esposa ni dónde había nacido. Debía carecer de fortuna y de nombre

distinguido, porque Hindley hubiese anunciado a su padre su casamiento en caso contrario.

La recién llegada no causó muchas molestias en casa. Se mostraba encantada de cuanto veía allí, excepto

lo atañente al entierro. Viéndola como obraba durante la ceremonia, juzgué que era medio tonta. Me hizo

acompañarla a su habitación, a pesar de que yo tenía que vestir a los niños, y se sentó, temblando, y

apretando los puños. No hacía más que repetir:

-¿Se han ido ya?

Y empezó a explicar como una histérica el efecto que le producía tanto luto. Viéndola estremecerse y

llorar, le pregunté que qué le pasaba, y me contestó que temía morir. Me pareció que tan expuesta estaba a

morir como yo. Era delgada, pero tenía la piel fresca y juvenil, y sus ojos brillaban como dos diamantes.

Noté, sin embargo, que cualquier ruido inesperado la sobresaltaba, y que tosía de vez en cuando, pero yo no

sabía lo que tales síntomas pronosticaban, y no sentía, además, simpatía alguna hacia ella. En esta tierra

simpatizamos poco con los que vienen de fuera, a no ser que ellos nos muestren simpatía primero.

Hindley parecía otro. Estaba más delgado y más pálido, y vestía y hablaba de un modo muy diferente. El

mismo día que llegó, nos dijo a José y a mí que debíamos limitarnos a la cocina, dejándole el salón para su

uso exclusivo. Al principio pensó en acomodar para saloncito una estancia interior, empapelándola y

acondicionándola, pero tanto le gustó a su mujer el salón con su suelo blanco, su enorme chimenea, su

aparador y sus platos, y tanto la satisfizo el desahogo de que se disfrutaba allí, que prefirieron utilizar

aquella habitación como gabinete.

Los primeros días, la mujer de Hindley se manifestó satisfecha de ver a su cuñada. Andaba con ella por la

casa, jugaban juntas, la besaba y le hacía obsequios, pero pronto se cansó, y a medida que disminuía en sus

muestras de cariño, Hindley se volvía más déspota. Cualquier palabra de su mujer que indicase desafecto

hacia Heathcliff despertaba en él sus antiguos odios infantiles. Le hizo instalar en compañía de los criados

y le mandó que se aplicase a las mismas faenas agrícolas que los otros mozos.

Al principio, Heathcliff toleró bastante resignadamente su nuevo estado. Catalina le enseñaba lo que ella

aprendía, trabajaba en el campo con él y jugaban juntos. Los dos iban creciendo en un abandono completo,

y el joven amo no se preocupaba para nada de lo que hacían, con tal de que no le estorbaran. Ni siquiera se

ocupaba de que fueran a la iglesia los domingos. Cada vez que los chicos se escapaban y José o el cura le

censuraban su descuido, se limitaba a mandar que pegasen a Heathcliff y que castigasen sin comer a

Catalina. Ellos no conocían mejor diversión que escaparse a los pantanos, y cuando se les castigaba por

hacerlo lo tomaban a risa. Aunque el cura marcase a Catalina cuantos capítulos se le antojaran para que los

aprendiera de memoria, y aunque José pegase a Heathcliff, hasta dolerle el brazo, los muchachos lo

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1 Comentario en 'Cumbres Borrascosas'

  1. ida Dijo 20. agosto 2010 : 2:32 PM:

    en verdad es un libro hermoso,me encanta es uno de mis preferido yo lo tube hace mucho, y creo que me lo se de memoria

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