Alas Rotas

7. agosto 2010

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GIBRÁN KHALIL GIBRÁN

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ALAS ROTAS (1912)

PREFACIO

Tenía yo dieciocho años de edad cuando el amor me abrió los ojos con sus mágicos rayos y

tocó mi espíritu por vez primera con sus dedos de hada, y Selma Karamy fue la primera mujer

que despertó mi espíritu con su belleza y me llevó al jardín de su hondo afecto, donde los días

pasan como sueños y las noches como bodas.

Selma Karamy fue la que me enseñó a rendir culto a la belleza con el ejemplo de su propia

hermosura y la que, con su cariño, me reveló el secreto del amor; fue ella la que cantó por vez

primera, para mí, la poesía de la vida verdadera.

Todo joven recuerda su primer amor y trata de volver a poseer esa extraña hora, cuyo recuerdo

transforma sus más hondos sentimientos y le da tan inefable felicidad, a pesar de toda la

amargura de su misterio.

En la vida de todo joven hay una "Selma", que súbitamente se le aparece en la primavera de la

vida, que transforma su soledad en momentos felices, y que llena el silencio de sus noches con

música.

Por aquella época estaba yo absorto en profundos pensamientos y contemplaciones, y trataba

de entender el significado de la naturaleza y la revelación de los libros y de las Escrituras,

cuando oí al Amor susurrando en mis oídos a través de los labios de Selma. Mi vida era un

estado de coma, vacía como la de Adán en el Paraíso, cuando vi a Selma en pie, ante mí, como

una columna. de luz. Era la Eva de mi corazón, que lo llenó de secretos y maravillas, y que me

hizo comprender el significado de la vida.

La primera Eva, por su propia voluntad, hizo que Adán saliera del Paraíso, mientras que Selma,

involuntariamente, me hizo entrar en el Paraíso del amor puro y de la virtud, con su dulzura y su

amor; pero lo que ocurrió al primer hombre también me sucedió a mí, y. la espada de fuego que

expulsó a Adán del Paraíso fue la misma que atemorizó con su filo resplandeciente y me obligó a

apartarme del paraíso de mi amor, sin haber desobedecido ningún mandato, y sin haber probado el

fruto del árbol prohibido.

Hoy, después de haber transcurrido muchos años, no me queda de aquel hermoso sueño sino un

cúmulo de dolorosos recuerdos que aletean con alas invisibles en torno

mío, que llenan de tristeza las profundidades de mi corazón, y que llevan lágrimas a mis ojos; y mi

bien amada, la hermosa Selma, ha muerto, y nada queda de ella para preservar su memoria, sino mi

roto corazón, y una tumba rodeada de cipreses. Esa tumba y este corazón son todo lo que ha quedado

para dar testimonio de Selma.

El silencio que custodia la tumba no revela el secreto de Dios, oculto en la oscuridad del ataúd, y el

crujido de las ramas cuyas raíces absorben los elementos del cuerpo no des cifran los misterios de la

tumba, pero los suspiros de dolor de mi corazón anuncian a los vivientes el drama que han

representado el amor, la belleza y la muerte.

¡Oh amigos de mi juventud, que estáis dispersos en la ciudad de Beirut!: cuando paséis por ese

cementerio, junto al bosque de pinos, entrad en él silenciosamente, y caminad despacio, para que el

ruido de vuestros pasos no, turbe el tranquilo sueño de los muertos, y deteneos humildemente ante la

tumba de Selma; reverenciad la tierra que cubre su cuerpo y decid mi nombre en un hondo suspiro, al

tiempo que decís internamente estas palabras:

"Aquí, todas las esperanzas de Gibrán, que vive como prisionero del amor más allá de los mares;

todas sus esperanzas, fueron enterradas. En este sitio perdió Gibrán su felicidad, vertió todas sus

lágrimas, y olvidó su sonrisa.

"Junto a esa tumba crece la tristeza de Gibrán, al mismo tiempo que los cipreses, y sobre la tumba

su espíritu arde todas las noches como una lámpara votiva consagrada a Selma, y entona a coro con

las ramas de los árboles un triste lamento, en lastimero duelo por la partida de Selma, que ayer,

apenas ayer, era un hermoso canto en los labios de la Vida, y que hoy es un silente secreto en el seno

de la tierra."

¡Oh camaradas de mi juventud! Os conjuro, en nombre de aquellas vírgenes que vuestros corazones

han amado, a que coloquéis una guirnalda de flores en la desamparada

Tumba de mi bien amada, pues las flores que coloquéis sobre la tumba de Selma serán como gotas

de rocío desprendidas de los ojos de la aurora, para refrescarlos pétalos de una rosa que se marchita.

I

CALLADA TRISTEZA

Vecinos míos, vosotros recordáis. con placer la aurora de vuestra juventud, y lamentáis que haya

pasado; pero yo recuerdo la mía como un prisionero recuerda los barrotes y los grilletes de su cárcel.

Vosotros habláis de aquellos años entre la infancia y la juventud como de una época de oro, libre de

confinamientos y de cuidados, pero aquellos años. yo los considero una época de callada tristeza que

caía como una semilla en mi corazón, y crecía en él; y que no encontraba salida hacia el mundo del

conocimiento y la sabiduría, hasta que llegó el amor y abrió las puertas de mi corazón, e iluminó sus

recintos.

El amor me dio lengua y lágrimas. Seguramente recordáis los jardines y los huertos, las plazas

públicas y las esquinas que presenciaron vuestros juegos y oyeron vuestros inocentes cuchicheos; yo

también recuerdo hermosos parajes del norte del Líbano. Cada vez que cierro los ojos veo aquellos

valles, llenos de magia y dignidad, cuyas montañas, cubiertas de gloria y grandeza, trataban de

alcanzar el cielo. Cada vez que cierro mis oídos al clamor de la ciudad, oigo el murmullo de aquellos

riachuelos y el crujido de aquellas ramas. Todas esas bellezas a las que me refiero ahora, y que ansío

volver a ver como niño que ansía los pechos de su madre, hirieron mi espíritu, prisionero en la

oscuridad de la juventud como el halcón que sufre en su jaula al ver una bandada de pájaros que vuela

libremente por el anchuroso cielo. Aquellos valles y aquellas montañas pusieron el fuego en mi

imaginación, pero amargos pensamientos tejieron en torno de mi corazón una red de negra

desesperanza.

Cada vez que iba yo a pasear por aquellos campos volvía decepcionado, sin saber la causa de mi

decepción. Cada vez que miraba yo el cielo gris sentía que el corazón se me encogía. Cada vez que oía

yo el canto de los pájaros y los balbuceos de la primavera, sufría, sin comprender la razón de mi

sufrimiento. Dicen que la simplicidad hace que un hombre sea vacío, y que ese vacío lo hace

despreocupado. Acaso sea esto cierto entre quienes nacieron muertos y viven como cadáveres helados;

pero el muchacho sensible que siente mucho y lo ignora todo es la más desventurada criatura que

alienta bajo el sol, porque se debate entre dos fuerzas. La primera fuerza lo impulsa hacia arriba, y le

muestra lo hermoso de la existencia a través de una nube de sueños; la segunda, lo arrastra hacia la

tierra, llena sus ojos de polvo y lo anonada de temores y hostilidad.

La soledad tiene suaves, sedosas manos, pero sus fuertes dedos oprimen el corazón y lo hacen gemir

de tristeza. La soledad es el aliado de la tristeza y el compañero de la exaltación espiritual.

El alma del muchacho que siente que el beso de la tristeza es como un blanco lirio que empieza a

desplegar sus pétalos. Tiembla con la brisa, abre su corazón en la aurora, y vuelve a cerrar sus pétalos

al llegar las sombras de la noche. Si ese muchacho no tiene diversiones, ni amigos, ni compañeros de

juegos, su vida será como una reducida prisión en la que no ve nada, sino telarañas, y no oye nada,

sino el reptar de los insectos.

Tal tristeza que me obsesionaba en mi juventud no era por falta de diversiones, porque si hubiera

querido las habría tenido; tampoco era por falta de amigos, porque habría podido tenerlos. Tal tristeza

obedecía a un dolor interno que me impulsaba a amar la soledad. Mataba en mí la inclinación a los

juegos y a las diversiones, quitaba de mis hombros las alas de la juventud, y hacía que fuera yo como

un estanque entre dos montañas, que refleja en su quieta superficie las sombras de los fantasmas y los

colores de las nubes y de los árboles, pero que no puede encontrar una salida, para ir cantando hacia el

mar.

Tal era mi vida antes de que cumpliera yo dieciocho años. El año que los cumplí es como la cima de

una montaña en mi vida, porque despertó en mí el conocimiento, y me hizo comprender las vicisitudes

de la humanidad. En ese año volví a nacer, y a menos que una persona vuelva a nacer, su vida seguirá

siendo una hoja en blanco en el libro de la existencia. En ese año vi a los ángeles del cielo mirarme a

través de los ojos de una hermosa mujer. También vi a los demonios del infierno rabiando en el

corazón de un hombre malo. Aquel que no ve a los ángeles y a los demonios en toda la belleza y en

toda la malicia, de la vida estará muy lejos del conocimiento, y su espíritu estará ayuno de afecto.

II

LA MANO DEL DESTINO

En la primavera de aquel maravilloso año, estaba yo en Beirut. Los jardines estaban llenos de flores

de Nisán, y la tierra tenía una alfombra de verde césped; y era como un secreto de la tierra revelado al

Cielo. Los naranjos y los manzanos, que parecían huríes, o novias enviadas por la Naturaleza para

inspirar a los poetas y excitar la imaginación, llevaban blancas vestes de perfumados capullos.

La primavera es hermosa en todas partes, pero es más hermosa en el Líbano. Es un espíritu que vaga

por toda la Tierra, pero que hace su morada en el Líbano, conversando con reyes y profetas, cantando

con los ríos los Cantares de Salomón, y repitiendo con los sagrados cedros del Líbano los recuerdos de

las antiguas glorias. Beirut, libre de los lodos del invierno y del polvo del verano, en la primavera es

como una novia, o como una sirena que se sienta a orillas de un arroyo, y que se seca la suave piel a

los rayos del sol.

Un día, en el mes de Nisán, fui a visitar a un amigo cuya casa estaba algo apartada de la brillante y

hermosa ciudad. Mientras charlábamos, un hombre de aspecto digno, como de unos sesenta años de

edad, entró en la casa. Al levantarme para saludarlo, mi amigo me lo presentó como Farris Efendi

Karamy, y luego mi amigo pronunció mi nombre, con palabras elogiosas. El anciano me miró un

momento, y se tocó la frente con las puntas de los dedos, como si estuviera tratando de recordar algo.

Luego, se acercó a mí sonriente, y me dijo:

-Es usted hijo de un amigo mío muy querido y me da mucho gusto ver a ese amigo en la persona de

usted.

Muy conmovido por las palabras del anciano, me sentí atraído hacia él como un pájaro cuyo instinto

lo lleva a su nido antes de la inminente tormenta. Al sentarnos, me contó su amistad con mi padre, y

recordó el tiempo que habían pasado juntos. Los ancianos gustan de remontar sus recuerdos a los días

de su juventud, tal como los extranjeros que ansían volver a su propio país. Se complacen en referir

anécdotas del pasado, así como el poeta se complace en recitar su mejor poema. El anciano vive

espiritualmente en el pasado, porque el presente pasa para él velozmente, y el futuro le parece una

aproximación al olvido de la tumba. Así transcurrió una hora llena de viejos recuerdos, como las

sombras de los árboles sobre el césped. Cuando Farris Efendi se levantó para marcharse, me puso la

mano izquierda en el hombro y estrechó mi mano derecha, diciendo:

-No he visto a tu padre desde hace veinte años. Espero que lo sustituyas, con frecuentes visitas a mi

casa.

Agradecido, le ‘prometí cumplir ese deber de amistad hacia un querido amigo de mi padre.

Al salir el anciano, le pedí a mi amigo que me contara algo más acerca de él.

-No conozco a ningún hombre en Beirut cuya riqueza lo haya hecho amable, y cuya bondad lo haya

hecho rico -me dijo-. Es uno de esos raros hombres que vienen a este mundo y se van de él sin hacer

daño a nadie, pero las personas de esa clase generalmente sufren mucho, y son víctimas de la opresión,

porque no son lo suficientemente hábiles para salvarse de la maldad de los demás. Farris Efendi tiene

una hija, de carácter muy parecido al suyo, cuya belleza y gentileza están más allá de toda

descripción; y también ella sufrirá mucho, porque la riqueza de su padre ya la está colocando al borde

un horrible precipicio. -Al pronunciar mi amigo estas palabras, noté que su rostro se ensombrecía.

Luego, mi amigo continuó: -Farris Efendi es un buen anciano, de noble corazón, pero le falta fuerza de

voluntad. La gente lo maneja como a un ciego. Su hija le obedece, a pesar de ser orgullosa e

inteligente, y tal es el secreto que gravita en la vida de padre e hija. Este secreto lo descubrió un mal

hombre, que también es obispo, y cuya maldad se cobija a la sombra del Evangelio. Este prelado tiene

apariencia de ser amable y noble. Es la cabeza religiosa de esta tierra de gente piadosa. La gente le

rinde obediencia y lo venera. Y conduce a esta gente como un rebaño de ovejas hacia el matadero.

Este obispo tiene un sobrino, lleno de odio y de corrupción. Más tarde o más temprano, día llegará en

que colocará a su sobrino a su derecha, y a la hija de Farris Efendi a su izquierda, y, al alzar su impura

mano y al pronunciar los votos del matrimonio sobre las cabezas de estos dos jóvenes, unirá una

virgen pura a un sucio degenerado, colocando el corazón del día en las entrañas de la noche.

"Es todo lo que puedo decirte acerca de Farris Efendi y de su hija, así que te ruego que no me hagas

más preguntas al respecto.

Al decir esto, mi amigo volvió la cabeza hacia la ventana, como si estuviera tratando de resolver los

problemas de la existencia humana y de concentrarse en la belleza del universo.

Al salir de esa casa, le dije que pensaba visitar a Farris Efendi unos días después, con el propósito

de cumplir mi promesa, y por la amistad, que había unido a él y a mi padre. Se quedó mirándome un

momento y noté un cambio en la expresión de su rostro, como si mis escasas y simples palabras le

hubieran dado una nueva idea. Luego, me miró a los os de extraña manera, con una mirada en que se

mezclaban amor, la piedad y el temor; con la mirada de un profeta que prevé lo que nadie más puede

anticipar. Luego, sus labios temblaron levemente, pero mi amigo no dijo nada al dirigirme yo a la

puerta. Esa extraña mirada se grabó en mí, y no pude comprender su significado hasta que maduré en el

mundo de la experiencia, donde los corazones se comprenden uno a otro intuitivamente, y donde los

espíritus maduran con el conocimiento.

III

LA ENTRADA AL SANTUARIO

Unos cuantos días después, la soledad hizo presa de mí, y me cansé de los estultos rostros de los libros;

alquilé un carruaje y me dirigí a la casa de Farris Efendi. Cuando llegamos al pinar en que la gente solía

realizar meriendas campestres, el conductor del carruaje tomó un camino privado, bajo la sombra de los

sauces, que lo bordeaban a cada lado. Al atravesar el pinar, pudimos ver la belleza de los verdes prados, los

viñedos, y muchas flores de Nisán, de colores vivos, que empezaban a abrirse.

Unos cuantos minutos después, el carruaje se detuvo ante una casa solitaria, en medio de un hermoso

jardín. Saturaban el aire los aromas de las rosas, de las gardenias y del jazmín.

Al bajar del carruaje y entrar en el espacioso jardín, vi a Farris Efendi, que salía a mi encuentro. Me

invitó a entrar en la casa cordialmente y se sentó a mi lado, como un padre feliz que vuelve a ver a su hijo,

y me abrumó con preguntas acerca de mi vida, de mi futuro y de mi educación. Le contesté, y mi voz

estaba llena de ambición y celo; porque en mis oídos repicaba con campanas el himno de la gloria, y sentía

que me lanzaba en mi velero por el calmado mar de los sueños esperanzados. En eso estábamos, cuando

una hermosa joven, vestida con bellísimo vestido de seda blanca, apareció tras las cortinas de terciopelo de

la puerta, y caminó hacia mí. Farris Efendi y yo nos levantamos de nuestros asientos.

-Mi hija Selma -dijo el anciano. Luego, me presentó, diciendo: – El destino me ha devuelto a un querido

viejo amigo, en la persona de su hijo.

Selma se quedó mirándome un momento, como si dudara que un visitante pudiera entrar en su casa. Sentí

la mano de la muchacha como un blanco lirio, y un extraño sobresalto agitó mi corazón.

Volvimos a tomar asiento en silencio, como si Selma hubiese llevado a aquel aposento un espíritu

celestial digno de mudó respeto. Al darse cuenta de aquel súbito silencio, la joven me sonrió, y dijo

-Mi padre me ha, contado muchas veces las anécdotas de su juventud y de los viejos tiempos en que él y

el padre de usted llevaban estrecha amistad. Si el padre de usted le" ha contado lo mismo, este encuentro no

es el primero entre nosotros.

El anciano estaba complacido de oír a su hija expresarse así.

-Selma es muy sentimental. Todo lo ve con los ojos del espíritu -dijo.

Luego, reanudó su conversación, con mucho tacto, como si hubiera encontrado en mí un hechizo mágico

que lo hubiera llevado, en alas del recuerdo, a los días pasados.

Mientras lo miraba, pensando en cómo sería yo en mis años posteriores, él se quedó mirándome, como

un sereno y viejo árbol que ha soportado muchas tormentas, y al que la luz solar le proyectara la sombra

sobre un renuevo que se estremeciera ante la brisa de la aurora.

Pero Selma permanecía silenciosa. De vez en cuando, me miraba a mí, luego a su padre, como si

estuviera leyendo al mismo tiempo el primero y el último capítulo del drama de la vida. El día transcurrió

rápidamente en aquel jardín, y podía yo ver a través de la ventana el fantasmal beso amarillo del ocaso

sobre las montañas del Líbano. Farris Efendi siguió relatando sus experiencias, y yo le escuchaba absorto, y

había tanto entusiasmo en mí, que su tristeza se convirtió en alegría.

Selma estaba sentada cerca de la ventana, mirándonos con sus tristes ojos y sin hablar, aunque la belleza

tiene su propio lenguaje celestial, más misterioso que las voces de las lenguas y de los labios. Es un

lenguaje misterioso, intemporal, común a toda la humanidad; un calmado lago que atrae a los riachuelos

cantarines hacia su fondo, y los hace silenciosos.

Sólo nuestros espíritus pueden comprender la belleza, o vivir y crecer con ella. Intriga a nuestras

mentes; no podemos describirla con palabras; es una sensación que nuestros ojos no pueden ver, y que

se deriva, tanto del que observa, como de quien es observado. La’ verdadera belleza es un rayo que

emana de lo más santo del espíritu, e ilumina el cuerpo, así como la vida surge desde la profundidad

de la tierra, para dar color y aroma a una flor.

La verdadera belleza reside en la concordancia espiritual que llamamos amor, y que puede existir

entre un hombre y una mujer.

¿Acaso mi espíritu y el de Selma se tocaron aquel día en que nos conocimos, y aquel anhelo de

llegar hasta ella hizo que la considerara la más hermosa mujer bajo el sol? ¿O acaso

¿Estaba yo intoxicado con el vino de la juventud, que me hacía imaginar lo que nunca existió?

¿Acaso mi juventud cegó mis ojos naturales y me hizo imaginar el brillo de sus ojos, la dulzura de

su boca y la gracia de todo su cuerpo? ¿O acaso fueron ese brillo, esa gracia y esa dulzura, los que

abrieron mis ojos y me mostraron la felicidad y la tristeza del amor?

Difícil es dar respuesta a estas preguntas, pero puedo decir sinceramente que en aquella hora sentí

una emoción que nunca había tenido; un nuevo cariño que se posaba calmadamente en mi corazón,

como el espíritu que vagaba sobre las aguas en el momento de la creación del mundo, y también puedo

decir que de ese cariño nacieron mi felicidad y mi tristeza. Así terminó la hora de mi primer encuentro

con Selma, y así quiso el cielo libertarme de las cadenas de mi solitaria juventud, para permitirme

caminar en la procesión del amor.

El amor es la única libertad que existe en el mundo porque eleva tanto al espíritu, que las leyes de la

humanidad y los fenómenos naturales no alteran su curso.

Al levantarme de mi asiento para marcharme, Farris Efendi se acercó a mí y me dijo serenamente:

-Ahora, hijo mío, ya conoces el camino a esta casa. Considérame tu padre y a Selma, como tu

hermana. La miré como pidiéndole a ella que confirmara aquella declaración.

La joven movió la cabeza en señal de asentimiento, y me miró como quien vuelve a ver a una

persona que se conoce desde hace mucho.

Aquellas palabras que pronunció Farris Efendi Karamy me colocaron al lado de su hija, en el altar

del amor. Fueron palabras de un canto celestial que terminó tristemente, aunque había empezado en la

más viva exaltación; elevaron nuestros espíritus al reino de la luz y de la trémula llama; fueron la copa

de la que al mismo tiempo bebimos la felicidad y la amargura.

Salí de aquella casa. El anciano me acompañó hasta el borde del jardín, mientras mi corazón se

agitaba como los labios temerosos de un hombre sediento.

IV

LA ANTORCHA BLANCA

Acaba de terminar el mes de Nisán, y yo seguía visitando la casa de Farris Efendi, y seguía viendo a

Selma en aquel hermoso jardín, contemplando su belleza, maravillándome de su inteligencia y oyendo

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