Madame Bovery

6. agosto 2010

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Gustave Flaubert

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MADAME BOVERY

PRIMERA PARTE

CAPÎTULO PRIMERO

Estábamos en la sala de estudio cuando entró el director,

Es eguido de un «novato» con atuendo pueblerino y de un celador cargado con un gran

pupitre. Los que dormitaban se despertaron, y todos se fueron poniendo de pie como si

los hubieran sorprendido en su trabajo.

El director nos hizo seña de que volviéramos a sentarnos; luego, dirigiéndose al

prefecto de estudios, le dijo a media voz:

-Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en quinto. Si por su

aplicación y su conducta lo merece, pasará a la clase de los mayores, como corresponde a

su edad.

El «novato», que se había quedado en la esquina, detrás de la puerta, de modo que

apenas se le veía, era un mozo del campo, de unos quince años, y de una estatura mayor

que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo cortado en flequillo como un sacristán de

pueblo, y parecía formal y muy azorado. Aunque no era ancho de hombros, su chaqueta

de paño verde con botones negros debía de molestarle en las sisas, y por la abertura de las

bocamangas se le veían unas muñecas rojas de ir siempre remangado. Las piernas,

embutidas en medias azules, salían de un pantalón amarillento muy estirado por los

tirantes. Calzaba zapatones, no muy limpios, guarnecidos de clavos.

Comenzaron a recitar las lecciones. El muchacho las escuchó con toda atención, como

si estuviera en el sermón, sin ni siquiera atreverse a cruzar las piernas ni apoyarse en el

codo, y a las dos, cuando sonó la campana, el prefecto de estudios tuvo que avisarle para

que se pusiera con nosotros en la fila.

Teníamos costumbre al entrar en clase de tirar las gorras al suelo para tener después las

manos libres; había que echarlas desde el umbral para que cayeran debajo del banco, de

manera que pegasen contra la pared levantando mucho polvo; era nuestro estilo.

Pero, bien porque no se hubiera fijado en aquella maniobra o porque no quisiera

someterse a ella, ya se había terminado el rezo y el «novato» aún seguía con la gorra

sobre las rodillas. Era uno de esos tocados de orden compuesto, en el que se encuentran

reunidos los elementos de la gorra de granadero, del chapska(1), del sombrero redondo,

de la gorra de nutria y del gorro de dormir; en fin, una de esas pobres cosas cuya muda

fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil. Ovoide y armada

de ballenas, comenzaba por tres molduras circulares; después se alternaban, separados

por una banda roja, unos rombos de terciopelo con otros de pelo de conejo; venía después

una especie de saco que terminaba en un polígono acartonado, guarnecido de un bordado

en trencilla complicada, y de la que pendía, al cabo de un largo cordón muy fino, un

pequeño colgante de hilos de oro, como una bellota. Era una gorra nueva y la visera

relucía.

1. Tocado de origen polaco con que se cubrían los lanceros del Segundo Imperio.

-Levántese -le dijo el profesor.

El «novato» se levantó; la gorra cayó al suelo. Toda la clase se echó a reír.

Se inclinó para recogerla. El compañero que tenía al lado se la volvió a tirar de un

codazo, él volvió a recogerla.

-Deje ya en paz su gorra -dijo el profesor, que era hombre de chispa.

Los colegiales estallaron en una carcajada que desconcertó al pobre muchacho, de tal

modo que no sabía si había que tener la gorra en la mano, dejarla en el suelo o ponérsela

en la cabeza. Volvió a sentarse y la puso sobre las rodillas.

-Levántese -le ordenó el profesor`, y dígame su nombre.

El «novato», tartajeando, articuló un nombre ininteligible:

-¡Repita!

Se oyó el mismo tartamudeo de sílabas, ahogado por los abucheos de la clase. «¡Más

alto!», gritó el profesor, «¡más alto!».

El «novato», tomando entonces una resolución extrema, abrió una boca desmesurada, y

a pleno pulmón, como para llanar a alguien, soltó esta palabra: Charbovari.

Súbitamente se armó un jaleo, que fue in crescendo, con gritos agudos (aullaban,

ladraban, pataleaban, repetían a coro: ¡Charbovari, Charbovari!) que luego fue rodando

en notas aisladas, y calmándose a duras penas, resurgiendo a veces de pronto en algún

banco donde estallaba aisladamente, como un petardo mal apagado, alguna risa ahogada.

Sin embargo, bajo la lluvia de amenazas, poco a poco se fue restableciendo el orden en

la clase, y el profesor, que por fin logró captar el nombre de Charles Bovary, después de

que éste se lo dictó, deletreó y releyó, ordenó inmediatamente al pobre diablo que fuera a

sentarse en el banco de los desaplicados al pie de la tarima del profesor.

El muchacho se puso en movimiento, pero antes de echar a andar, vaciló.

-¿Qué busca? -le preguntó el profesor.

-Mi go… -repuso tímidamente el «novato», dirigiendo miradas inquietas a su alrededor.

-¡Quinientos versos a toda la clase! -pronunciado con voz furiosa, abortó, como el Quos

ego(2) una nueva borrasca. ¡A ver si se callan de una vez! -continuó indignado el

profesor, mientras se enjugaba la frente con un pañuelo que se había sacado de su gorro-:

y usted, «el nuevo», me va a copiar veinte veces el verbo ridiculus sum.

2. Palabras tomadas de la Eneida de Virgilio que el autor pone en boca de Neptuno, irritado contra los

vientos desencadenados en el mar. En la boca del prefecto de estudios expresan la cólera y la amenaza a los

alumnos. Obsérvese la importancia del latín en aquella época.

Luego, en tono más suave:

-Ya encontrará su gorra: no se la han robado.

Todo volvió a la calma. Las cabezas se inclinaron sobre las carpetas, y el «novato»

permaneció durante dos horas en una compostura ejemplar, aunque, de vez en cuando,

alguna bolita de papel lanzada desde la punta de una pluma iba a estrellarse en su cara.

Pero se limpiaba con la mano y permanecía inmóvil con la vista baja.

Por la tarde, en el estudio, sacó sus manguitos del pupitre, puso en orden sus cosas,

rayó cuidadosamente el papel. Le vimos trabajar a conciencia, buscando todas las

palabras en el diccionario y haciendo un gran esfuerzo. Gracias, sin duda, a la aplicación

que demostró, no bajó a la clase inferior, pues, si sabía bastante bien las reglas, carecía de

elegancia en los giros. Había empezado el latín con el cura de su pueblo, pues sus padres,

por razones de economía, habían retrasado todo lo posible su entrada en el colegio.

Su padre, el señor Charles-Denis-Bartholomé Bovary, antiguo ayudante de capitán

médico, comprometido hacia 1812 en asuntos de reclutamiento y obligado por aquella

época a dejar e1 servicio, aprovechó sus prendas personales para cazar al vuelo una dote

de setenta mil francos que se le presentaba en la hija de un comerciante de géneros de

punto, enamorada de su tipo. Hombre guapo, fanfarrón, que hacía sonar fuerte sus

espuelas, con unas patillas unidas al bigote, los dedos llenos de sortijas, tenía el sire de un

valentón y la vivacidad desenvuelta de un viajante de comercio. Ya casado, vivió dos o

tres años de la fortuna de su mujer, comiendo bien, levantándose tarde, fumando en

grandes pipas de porcelana, y por la noche no regresaba a casa hasta después de haber

asistido a los espectáculos y frecuentado los cafés. Murió su suegro y dejó poca cosa; el

yerno se indignó y se metió a fabricante, perdió algún dinero, y luego se retiró al campo

donde quiso explotar sus tierras. Pero, como entendía de agricultura tanto como de

fabricante de telas de algodón, montaba sus caballos en lugar de enviarlos a labrar, bebía

la sidra de su cosecha en botellas en vez de venderla por barricas, se comía las más

hermosas aves de su corral y engrasaba sus botas de caza con tocino de sus cerdos, no

tardó nada en darse cuenta de que era mejor abandonar toda especulación.

Por doscientos francos al año, encontró en un pueblo, en los confines del País de

Caux(3), y de la Picardía, para alquilar una especie de vivienda, mitad granja, mitad casa

señorial; y despechado, consumido de pena, envidiando a todo el mundo, se encerró a los

cuarenta y cinco años, asqueado de los hombres, decía, y decidido a vivir en paz.

3. El Pays de Caux se sitúa en la alta Normandía, en el valle bajo del Sena, limitando con la región de

Picardía.

Su mujer, en otro tiempo, había estado loca por él; lo había amado con mil servilismos,

que le apartaron todavía más de ella.

En otra época jovial, expansiva y tan enamorada, se había vuelto, al envejecer, como el

vino destapado que se convierte en vinagre, de humor difícil, chillona y nerviosa. ¡Había

sufrido tanto, sin quejarse, al principio, cuando le veía correr detrás de todas las mozas

del pueblo y regresar de noche de veinte lugares de perdición, hastiado y apestando a

vino! Después, su orgullo se había rebelado. Entonces se calló tragándose la rabia en un

estoicismo mudo que guardó hasta su muerte.

Siempre andaba de compras y de negocios. Iba a visitar a los procuradores, al

presidente de la audiencia, recordaba el vencimiento de las letras, obtenía aplazamientos,

y en casa planchaba, cosía, lavaba, vigilaba los obreros, pagaba las cuentas, mientras que,

sin preocuparse de nada, el señor, continuamente embotado en una somnolencia gruñona

de la que no se despertaba más que para decirle cosas desagradables, permanecía

fumando al lado del fuego, escupiendo en las cenizas.

Cuando tuvo un niño, hubo que buscarle una nodriza. Vuelto a casa, el crío fue mimado

como un príncipe. Su madre lo alimentaba con golosinas; su padre le dejaba corretear

descalzo, y para dárselas de filósofo, decía que incluso podía muy bien ir completamente

desnudo, como las crías de los animales. Contrariamente a las tendencias maternas, él

tenía en la cabeza un cierto ideal viril de la infancia según el cual trataba de formar a su

hijo, deseando que se educase duramente, a la espartana(4), para que adquiriese una

buena constitución. Le hac(a acostarse en una cams sin calentar, le dabs a beber grandes

tragos de ron y le enseñaba a hacer burla de las procesiones. Pero de naturaleza apacible,

el niño respondfa mal a los esfuerzos paternos. Su madre le llevaba siempre pegado a sus

faldas, le recortaba figuras de cartón, le contaba cuentos, conversaba con él en monólogos

interminables, llenos de alegrías melancólicas y de zalamerías parlanchinas. En la

soledad de su vida, trasplantó a aquella cabeza infantil todas sus frustraciones. Soñaba

con posiciones elevadas, le veía ya alto, guapo, inteligente, situado, ingeniero de

caminos, canales y puertos o magistrado. Le enseñó a leer a incluso, con un viejo piano

que tenía, aprendió a cantar dos o tres pequeñas romanzas. Pero a todo esto el señor

Bovary, poco interesado por las letras, decía que todo aquello no valía la pena.

4. Las ideas pedagógicas del Emilio de Rousseau siguen vigentes y el padre de Carlos Bovary las asume

como programa para la educación de su hijo, al que incorpora sus propias ideas pintorescas.

¿Tendrían algún. día con qué mantenerle en las escuelas del estado, comprarle un cargo

o un traspaso de una tienda? Por otra parte, un hombre con tupé(5) triunfa siempre en el

mundo. La señora Bovary se mordía los labios mientras que el niño andaba suelto por el

pueblo.

5. Un caradura.

Se iba con los labradores y espantaba a terronazos los cuervos que volaban. Comía

moras a lo largo de las cunetas, guardaba los pavos con una vara, segaba las mieses,

corría por el bosque, jugaba a la rayuela en el pórtico de la iglesia y en las grandes fiestas

pedía al sacristán que le dejase tocar las campanas, para colgarse con todo su peso de la

cuerda grande y sentirse transportado por ella en su vaivén.

Así creció como un roble, adquiriendo fuertes manos y bellos colores.

A los doce años, su madre consiguió que comenzara sus estudios. Encargaron de ellos

al cura. Pero las lecciones eran tan cortas y tan mal aprovechadas, que no podían servir de

gran cosa. Era en los momentos perdidos cuando se las daba, en la sacristía, de pie,

deprisa, entre un bautizo y un entierro; o bien el cura mandaba buscar a su alumno

después del Angelus, cuando no tenía que salir. Subían a su cuarto, se instalaban los dos

juntos: los moscardones y las mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de la luz.

Hacía calor, el chico se dormía, y el bueno del preceptor, amodorrado, con las manos

sobre el vientre, no tardaba en roncar con la boca abierta. Otras veces, cuando el señor

cura, al regresar de llevar el Viático a un enfermo de los alrededores, veía a Carlos

vagando por el campo, le llamaba, le sermoneaba un cuarto de hora y aprovechaba la

ocasión para hacerle conjugar un verbo al pie de un árbol. Hasta que venía a

interrumpirles la lluvia o un conocido que pasaba. Por lo demás, el cura estaba contento

de su discípulo e incluso decía que tenía buena memoria.

Carlos no podía quedarse así. La señora Bovary tomó una decisión. Avergonzado, o

más bien cansado, su marido cedió sin resistencia y se aguardó un año más hasta que el

chico hiciera la Primera Comunión.

Pasaron otros seis meses, y al año siguiente, por fin, mandaron a Carlos al Colegio de

Rouen, adonde le llevó su padre en persona, a finales de octubre, por la feria de San

Román.

Hoy ninguno de nosotros podría recordar nada de él. Era un chico de temperamento

moderado, que jugaba en los recreos, trabajaba en las horas de estudio, estaba atento en

clase, dormía bien en el dormitorio general, comía bien en el refectorio. Tenía por tutor a

un ferretero mayorista de la calle Ganterie, que le sacaba una vez al mes, los domingos,

después de cerrar su tienda, le hacía pasearse por el puerto para ver los barcos y después

le volvía a acompañar al colegio, antes de la cena. Todos los jueves por la noche escribía

una larga carta a su madre, con tinta roja y tres lacres; después repasaba sus apuntes de

historia, o bien un viejo tomo de Anacharsis(6) que andaba por la sala de estudios. En el

paseo charlaba con el criado, que era del campo como él.

6. Anacharsis en Grèce es el título de un libro escrito por el padre Barthélemy, en 1708, y que constituye

una reconstitución hábil de la vida pública y privada de los griegos en el siglo IV a. C.

A fuerza de aplicación, se mantuvo siempre hacia la mitad de la clase; una vez incluso

ganó un primer accéssit de historia natural. Pero, al terminar el tercer año, sus padres le

retiraron del colegio para hacerle estudiar medicina, convencidos de que podía por sí solo

terminar el bachillerato.

Su madre le buscó una habitación en un cuarto piso, que daba a l’Eau-de-Robec, en casa

de un tintorero conocido. Ultimó los detalles de la pensión, se procuró unos muebles, una

mesa y dos sillas, mandó buscar a su casa una vieja cama de cerezo silvestre y compró

además una pequeña estufa de hierro junto con la leña necesaria para que su pobre hijo se

calentara. Al cabo de una semana se marchó, después de hacer mil recomendaciones a su

hijo para que se comportase bien, ahora que iba a «quedarse solo».

El programa de asignaturas que leyó en el tablón de anuncios le hizo el efecto de un

mazazo: clases de anatomía, patología, fisiología, farmacia, química, y botánica, y de

clínica y terapéutica, sin contar la higiene y la materia médica, nombres todos cuyas

etimologías ignoraba y que eran otras tantas puertas de santuarios llenos de augustas

tinieblas.

No se enteró de nada de todo aquello por más que escuchaba, no captaba nada. Sin

embargo, trabajaba, tenía los cuadernos forrados, seguía todas las clases, no perdía una

sola visita. Cumplía con su tarea cotidiana como un caballo de noria que da vueltas con

los ojos vendados sin saber lo que hace.

Para evitarle gastos, su madre le mandaba cada semana, por el recadero, un trozo de

ternera asada al horno, con lo que comía a mediodía cuando volvía del hospital dando

patadas a la pared. Después había que salir corriendo para las lecciones, al anfiteatro, al

hospicio, y volver a casa recorriendo todas las calles. Por la noche, después de la frugal

cena de su patrón, volvía a su habitación y reanudaba su trabajo con las ropas mojadas

que humeaban sobre su cuerpo delante de la estufa al rojo.

En las hermosas tardes de verano, a la hora en que las calles tibias están vacías, cuando

las criadas juegan al volante(7) en el umbral de las puertas, abría la ventana y se

asomaba. El río que hace de este barrio de Rouen como una innoble pequeña Venecia,

corría a11á abajo, amarillo, violeta, o azul, entre puentes, y algunos obreros agachados a

la orilla se lavaban los brazos en el agua.

7 Se juega con raquetas, como el tenis, y consiste en lanzar y devolver una pelota ligera de corcho o de

madera, provisto de unas plumas en corona.

De lo alto de los desvanes salían unas varas de las que colgaban madejas de algodón

puestas a secar al aire. Énfrente, por encima de los tejados, se extendía el cielo abierto y

puro, con el sol rojizo del ocaso. ¡Qué bien se debía de estar allí! !Qué frescor bajo el

bosque de hayas! Y el muchacho abría las ventanas de la nariz para aspirar los buenos

olores del campo, que no llegaban hasta él.

Adelgazó, creció y su cara tomó una especie de expresión doliente que le hizo casi

interesante.

Naturalmente, por pereza, llegó a desligarse de todas las resoluciones que había

tomado. Un día faltó a la visita, al siguiente a clase, y saboreando la pereza poco a poco,

no volvió más.

Se aficionó a la taberna con la pasión del dominó. Encerrarse cada noche en un sucio

establecimiento público, para golpear sobre mesas de mármol con huesecitos de cordero

marcados con puntos negros, le parecía un acto precioso de su libertad que le aumentaba

su propia estimación. Era como la iniciación en el mundo, el acceso a los placeres

prohibidos, y al entrar ponía la mano en el pomo de la puerta con un goce casi sensual.

Entonces muchas cosas reprimidas en él se liberaron; aprendió de memoria coplas que

cantaba en las fiestas de bienvenida. Se entusiasmó por Béranger, aprendió también a

hacer ponche y conoció el amor.

Gracias a toda esa actuación, fracasó por completo en su examen-de «oficial de

sanidad»(8). Aquella misma noche le esperaban en casa para celebrar su éxito.

8. En Francia, de 1803 a 1892, médico que no tenía el título de doctor en medicina. El diploma de Oficial

de Sanidad era otorgado por las Facultades de Medicina y facultaba para ejercer la profesión en un

departamento determinado, pero no para hacer operaciones quirúrgicas importantes en ausencia de un

doctor.

Marchó a pie y se detuvo a la entrada del pueblo, donde mandó a buscar a su madre, a

quien contó todo. Ella le consoló, achacando el suspenso a la injusticia de los

examinadores, y le tranquilizó un poco encargándose de arreglar las cosas. Sólo cinco

años después el señor Bovary supo la verdad; como ya había pasado mucho tiempo, la

aceptó, ya que no podía suponer que un hijo suyo fuese un tonto.

Carlos volvió al trabajo y preparó sin interrupción las materias de su examen cuyas

cuestiones se aprendió previamente de memoria. Aprobó con bastante buena nota. ¡Qué

día tan feliz para su madre! Hubo una gran cena.

¿Adónde iría a ejercer su profesión? A Tostes. Allí no había más que un médico ya

viejo. Desde hacía mucho tiempo la señora Bovary esperaba su muerte, y aún no se había

ido al otro barrio el buen señor cuando Carlos estaba establecido frente a su antecesor.

Pero la misión de la señora Bovary no terminó con haber criado a su hijo, haberle hecho

estudiar medicina y haber descubierto Tostes para ejercerla: necesitaba una mujer. Y le

buscó una: la viuda de un escribano de Dieppe, que tenía cuarenta y cinco años y mil

doscientas libras de renta.

Aunque era fea, seca como un palo y con tantos granos en la cara como brotes en una

primavera, la verdad es que a la señora Dubuc no le faltaban partidos para escoger. Para

conseguir su propósito, mamá Bovary tuvo que espantarlos a todos, y desbarató muy

hábilmente las intrigas de un chacinero que estaba apoyado por los curas.

Carlos había vislumbrado en el matrimonio la llegada de una situación mejor,

imaginando que sería más libre y que podría disponer de su persona y de su dinero. Pero

su mujer fue el ama; delante de todo el mundo él tenía que decir esto, no decir aquello,

guardar abstinencia los viernes, vestirse como ella quería, apremiar, siguiendo sus

órdenes, a los clientes morosos. Ella le abría las cartas, le seguía los pasos y le escuchaba

a través del tabique dar sus consultas cuando tenía mujeres en su despacho.

Había que servirle su chocolate todas las mañanas, y necesitaba cuidados sin fin. Se

quejaba continuamente de los nervios, del pecho, de sus humores. El ruido de pasos le

molestaba; si se iban, no podía soportar la soledad; volvían a su lado y era para verla

morir, sin duda. Por la noche, cuando Carlos regresaba a su casa, sacaba por debajo de

sus ropas sus largos brazos flacos, se los pasaba alrededor del cuello y haciéndole que se

sentara en el borde de la cama se ponía a hablarle de sus penas: ¡la estaba olvidando,

amaba a otra! Ya le habían advertido que sería desgraciada; y terminaba pidiéndole algún

jarabe para su salud y un poco más de amor.

CAPITULO II

Una noche hacia las once los despertó el ruido de un caballo que se paró justo en la

misma puerta. La muchacha abrió la claraboya del desván y habló un rato con un hombre

que estaba en la calle. Venía en busca del médico; traía una carta. Anastasia bajó las

escaleras tiritando y fue a abrir la cerradura y los cerrojos uno tras otro. El hombre dejó

su caballo y entró inmediatamente detrás de ella. Sacó de su gorro de lana con borlas una

carta envuelta en un trapo y se la presentó cuidadosamente a Carlos quien se apoyó sobre

la almohada para leerla. Anastasia, cerca de la cama, sostenía la luz. La señora, por

pudor, permanecía vuelta hacia la pared dando la espalda.

La carta, cerrada con un pequeño sello de cera azul, suplicaba al señor Bovary que

fuese inmediatamente a la granja de Les Bertaux para componer una pierna rota. Ahora

bien, de Tostes a Les Bertaux hay seis leguas de camino, pasando por Longueville y Saint

Victor. La noche estaba oscura. La nueva señora Bovary temía que a su marido le pasara

algo. Así que se decidió que el mozo de mulas fuese delante. Carlos se pondría en camino

tres horas después, al salir la luna. Enviarían un muchacho a su encuentro para que le

enseñase el camino de la granja y le abriese la valla. Hacia las cuatro de la mañana, Carlos,

bien enfundado en su abrigo, se puso en camino para Les Bertaux. Todavía medio

dormido por el calor del sueño, se dejaba mecer al trote pacífico de su caballo. Cuando

éste se paraba instintivamente ante esos hoyos rodeados de espinos que se abren a la

orilla de los surcos, Carlos, despertándose sobresaltado, se acordaba de la pierna rota a

intentaba refrescar en su memoria todos los tipos de fractura que conocía. Ya había cesado

de llover; comenzaba a apuntar el día y en las ramas de los manzanos sin hojas unos

pájaros se mantenían inmóviles, erizando sus plumitas al viento frío de la mañana. El

campo llano se extendía hasta perderse de vista y los pequeños grupos de árboles en torno

a las granjas formaban, a intervalos alejados, unas manchas de un violeta oscuro sobre

aquella gran superficie gris que se perdía en el horizonte en el tono mortecino del cielo.

Carlos abría los ojos de vez en cuando; después, cansada su mente y volviendo a coger el

sueño, entraba en una especie de modorra en la que, confundiéndose sus sensaciones

recientes con los recuerdos, se percibía a sí mismo con doble personalidad, a la vez

estudiante y casado, acostado en su cama como hacía un momento, atravesando una sala

de operaciones como hacía tiempo. El olor caliente de las cataplasmas se mezclaba en su

cabeza con el verde olor del rocío; escuchaba correr sobre la barra los anillos de hierro de

las camas y oía dormir a su mujer. A1 pasar por Vassonville distinguió, a la orilla de una

cuneta, a un muchacho joven sentado sobre la hierba.

-¿Es usted el médico? -preguntó el chico.

Y a la respuesta de Carlos, cogió los zuecos en la mano y echó a correr delante.

El médico durante el camino comprendió, por lo que decía su guía, que el señor

Rouault debía de ser un agricultor acomodado. Se había roto la pierna la víspera, de

noche, cuando regresaba de celebrar la fiesta de los Reyes de casa de un vecino. Su mujer

había fallecido hacía dos años. No tenía consigo más que a su «señorita», que le ayudaba

a llevar la casa. Las rodadas se fueron haciendo más profundas. Se acercaban a Les

Bertaux. El jovencito, colándose por un boquete de un seto, desapareció, luego reapareció

al fondo de un corral para abrir la barrera. El caballo resbalaba sobre la hierba mojada;

Carlos se bajaba para pasar bajo las ramas. Los perros guardianes en la perrera ladraban

tirando de las cadenas. Cuando entró en Les Bertaux su caballo se espantó y reculó.

Era una granja de buena apariencia. En las cuadras, por encima de las puertas abiertas,

se veían grandes caballos de labranza comiendo tranquilamente en pesebres nuevos. A lo

largo de las instalaciones se extendía un estercolero, de donde ascendía un vaho, y en el

que entre las gallinas y los pavos picoteaban cinco o seis pavos reales, lujo de los corrales

del País de Caux. El corral era largo, el granero era alto, de paredes lisas como la mano.

Debajo del cobertizo había dos grandes carros y cuatro arados, con sus látigos, sus

colleras, sus aparejos completos cuyos vellones de lana azul se ensuciaban con el fino

polvo que caía de los graneros. El corral iba ascendiendo, plantado de árboles

simétricamente espaciados, y cerca de la charca se oía el alegre graznido de un rebaño de

gansos. Una mujer joven, en bata de merino azul adornada con tres volantes, vino a la

puerta a recibir al señor Bovary y le llevó a la cocina, donde ardía un buen fuego, a cuyo

alrededor, en ollitas de tamaño desigual, hervía el almuerzo de los jornaleros. En el

interior de la chimenea había ropas húmedas puestas a secar. La paleta, las tenazas y el

tubo del fuelle, todo ello de proporciones colosales, brillaban corno acero pulido,

mientras que a lo largo de las paredes se reflejaba de manera desigual la clara llama del

hogar junto con los primeros resplandores del sol que entraba por los cristales.

Carlos subió al primer piso a ver al enfermo. Lo encontró en cama, sudando bajo las

mantas y sin su gorro de algodón, que había arrojado muy lejos. Era un hombre pequeño

y gordo, de unos cincuenta años, de tez blanca, ojos azules, calvo por delante de la cabeza

y que llevaba pendientes. A su lado, sobre una silla, había una gran botella de

aguardiente, de la que se servía de vez en cuando para darse ánimos; pero en cuanto vio

al médico cesó de exaltarse, y, en vez de jurar como estaba haciendo desde hacía doce

horas, empezó a quejarse débilmente.

La fractura era sencilla, sin ninguna complicación. Carlos no se hubiera atrevido a

desearla más fácil. Y entonces, recordando las actitudes de sus maestros junto a la cama

de los heridos, reconfortó al paciente con toda clase de buenas palabras, caricias

quirúrgicas, que son como el aceite con que se engrasan los bisturíes. Para preparar unas

tablillas, fueron a buscar en la cochera un montón de listones. Carlos escogió uno, lo

partió en pedazos y lo pulió con un vidrio, mientras que la criada rasgaba una sábana para

hacer vendas y la señorita Emma trataba de coser unas almohadillas. Como tardó mucho

en encontrar su costurero, su padre se impacientó; ella no dijo nada; pero al coser se

pinchaba los dedos, que se llevaba enseguida a la boca para chuparlos.

Carlos se sorprendió de la blancura de sus uñas. Eran brillantes, finas en la punta, más

limpias que los marfiles de Dieppe y recortadas en forma de almendra. Su mano, sin

embargo, no era bonita, quizá no bastante pálida y un poco seca en las falanges; era

también demasiado larga y sin suaves inflexiones de líneas en los contornos. Lo que tenía

más hermoso eran los ojos; aunque eran castaños, parecían negros a causa de las

pestañas, y su mirada franca atraía con una audacia cándida.

Una vez hecha la cura, el propio señor Rouault invitó al médico a tomar un bocado

antes de marcharse.

Carlos bajó a la sala, en la planta baja. En una mesita situada al pie de una gran cama

con dosel cubierto de tela estampada con personajes que representaban a turcos, había

dos cubiertos con vasos de plata. Se percibía un olor a lirio y a sábanas húmedas que salía

del alto armario de madera de roble situado frente a la ventana. En el suelo, en los

rincones, alineados de pie, había unos sacos de trigo. Era el que no cabía en el granero

próximo, al que se subía por tres escalones de piedra. Decorando la estancia, en el centro

de la pared, cuya pintura verde se desconchaba por efecto del salitre, colgaba de un clavo

una cabeza de Minerva, dibujada a lápiz negro, en un marco dorado, y que llevaba abajo,

escrito en letras góticas: «A mi querido papá.»

Primero hablaron del enfermo, luego del tiempo que hacía, de los grandes fríos, de los

lobos que merodeaban por el campo de noche. La señorita Rouault no se divertía nada en

el campo, sobre todo ahora que tenía a su cargo ella sola los trabajos de la granja. Como

la sala estaba fresca, tiritaba mientras comía, lo cual descubría un poco sus labios

carnosos, que tenía la costumbre de morderse en sus momentos de silencio.

Llevaba un cuello vuelto blanco. Sus cabellos, cuyos bandós negros parecían cada uno

de una sola pieza de lisos que estaban, se separaban por una raya fina que se hundía

ligeramente siguiendo la curva del cráneo, y dejando ver apenas el lóbulo de la oreja,

iban a recogerse por detrás en un moño abundante, con un movimiento ondulado hacia

las sienes que el médico rural observó entonces por primera vez en su vida. Sus pómulos

eran rosados. Llevaba, como un hombre, sujetos entre los dos botones de su corpiño, unos

lentes de concha.

Cuando Carlos, después de haber subido a despedirse del señor Rouault, volvió a la sala

antes de marcharse, encontró a la señorita de pie, la frente apoyada en la ventana y

mirando al jardín donde el viento había tirado los rodrigones de las judías. Se volvió.

-¿Busca algo? -preguntó.

-Mi fusta, por favor -repuso el médico.

Y se puso a buscar sobre la cama, detrás de las puertas, debajo de las sillas; se había

caído al suelo entre los sacos y la pared. La señorita Emma la vio; se inclinó sobre los

sacos de trigo. Carlos, por galantería, se precipitó hacia ella y, al alargar también el brazo

en el mismo movimiento, sintió que su pecho rozaba la espalda de la joven, inclinada

debajo de él. Emma se incorporó toda colorada y le miró por encima del hombro mientras

le alargaba el látigo.

En vez de volver a Les Bertaux tres días después, como había prometido, volvió al día

siguiente, luego dos veces por semana regularmente, sin contar las visitas inesperadas que

hacía de vez en cuando, como sin dar importancia.

Por lo demás, todo fue bien; el proceso de curación fue normal, y cuando, al cabo de

cuarenta y seis días, vieron que el tío Rouault comenzaba a caminar solo por su chabola,

empezaron a considerar al señor Bovary como un hombre de gran capacidad. El tío

Rouault decía que no le habrían curado mejor los médicos de Yvetot o incluso los de

Rouen.

En cuanto a Carlos, no se esforzaba mucho en averiguar por qué iba a Les Bertaux de

buena gana. De habérselo planteado, sin duda habría atribuido su celo a la gravedad del

caso, o quizás al provecho que esperaba sacar. ¿Era ésta la razón por la que, a pesar de

todo, sus visitas a la granja constituían, entre las pobres ocupaciones de su vida, una

excepción encantadora? Aquellos días se levantaba temprano, partía al galope, picaba su

caballo, después bajaba para limpiarse los pies en la hierba, y se ponía los guantes negros

antes de entrar. Le gustaba que lo vieran llegar al corral, sentir contra el hombro la

barrera que giraba, oír cantar el gallo en la pared y ver a los chicos que venían a su

encuentro. Le gustaba el granero y las caballerizas; quería al tío Rouault, que le daba

palmaditas en la mano llamándole su salvador; le gustaban los pequeños zuecos de la

señorita Emma sobre las baldosas bien lavadas de la cocina; sus altos tacones

aumentaban su estatura, y, cuando caminaba delante de él, las suelas de madera, que se

levantaban rápidamente, chasqueaban con un ruido seco contra el cuero de la botina.

Ella le acompañaba siempre hasta el primer peldaño de la escalinata. Hasta que no le

traín el caballo, esperaba a11í. Como ya se habían despedido, no se hablaban más; el aire

libre la envolvía arremolinando los finos cabellos locuelos de su nuca o agitándole sobre

la cadera las cintas del delantal que se enroscaban como gallardetes. Una vez, en época

de deshielo, la corteza de los árboles chorreaba en el corral, la nieve se derretía sobre los

tejados de los edificios. Emma estaba en el umbral de la puerta; fue a buscar su sombrilla

y la abrió. La sombrilla, de seda de cuello de paloma, atravesada por el sol, iluminaba con

reflejos móviles la piel blanca de su cara. Ella sonreía debajo del tibio calorcillo y se oían

caer sobre el tenso muaré, una a una, las gotas de agua.

En los primeros tiempos en que Carlos frecuentaba Les Bertaux, su mujer no dejaba de

preguntar por el enfermo, a incluso en el libro que llevaba por partida doble había

escogido para el tío Rouault una bella página. Pero cuando supo que tenía una hija, se

informó; y se enteró de que la señorita Rouault, educada en el convento, con las

Ursulinas, había recibido lo que se dice una esmerada educación, y sabía, por tanto,

danza, geografía, dibujo, bordar y tocar el piano. ¡Fue el colmo!

-¿Así es que por esto -se decía- se le alegra la cara cuando va a verla, y se pone el

chaleco sin miedo a que se lo estropee la lluvia? ¡Ah, esa mujer!, ¡esa mujer!

Y la detestó instintivamente. Al principio se desahogó con alusiones que Carlos no

comprendió; luego, con reflexiones ocasionales que él dejaba pasar por miedo a la

tormenta; finalmente, con ataques a quemarropa a los que no sabía qué contestar.

-¿Por qué volvía a Les Bertaux, si el tío Rouault estaba curado y aquella gente aún no

había pagado? ¡Ah!, es que había allí una persona, alguien que sabía llevar una

conversación, bordar, una persona instruida. Era esto lo que le gustaba: ¡necesitaba

señoritas de ciudad! Y proseguía:

-¡La hija del tío Rouault, una señorita de ciudad!

¡Bueno, si su abuelo era pastor y tienen un primo que ha estado a punto de ser

procesado por golpes en una disputa! No vale la pena darse tanto pisto ni presumir los

domingos en la iglesia con un traje de seda como una condesa. Además, ¡pobre hombre,

que si no fuera por las colzas del año pasado, habría tenido problemas para pagar deudas

pendientes!

Por cansancio, Carlos dejó de volver a Les Bertaux. Eloísa le había hecho jurar con la

mano sobre el libro de misa, después de muchos sollozos y besos, en una gran explosión

de amor, que no volvería más. Así que obedeció; pero la audacia de su deseo protestó

contra el servilismo de su conducta y, por una especie de hipocresía ingenua, estimó que

esta prohibición de verla era para él como un derecho a amarla. Y además, la viuda estaba

flaca; tenía grandes pretensiones, llevaba siempre un pequeño chal negro cuya punta le

caía entre los omóplatos; su talle seco iba siempre envuelto en unos vestidos a modo de

funda, demasiado cortos, que dejaban ver los tobillos, con las cintas de sus holgados

zapatos trenzados sobre sus medias grises.

La madre de Carlos iba a verles de vez en cuando; pero al cabo de unos días la nuera

parecía azuzarla contra su hijo, y entonces, como dos cuchillos, se dedicaban a

mortificarle con sus reflexiones y sus observaciones. ¡Hacía mal en comer tanto! ¿Por

qué convidar siempre a beber al primero que llegaba? ¡Qué terquedad en no querer llevar

ropa de franela!

Ocurrió que, a comienzos de la primavera, un notario de Ingouville, que tenía fondos de

la viuda Dubuc, se embarcó un buen día, llevándose consigo todo el dinero de la notaría.

Es verdad que Eloísa poseía también, además de una parte de un barco valorada en seis

mil francos, su casa de la calle Saint-François; y, sin embargo, de toda esta fortuna tan

cacareada, no se había visto en casa más que algunos pocos muebles y cuatro trapos.

Había que poner las cosas en claro. La casa de Dieppe estaba carcomida de hipotecas

hasta sus cimientos; lo que ella había depositado en casa del notario sólo Dios lo sabía, y

la parte del barco no pasó de mil escudos. ¡Así que la buena señora había mentido! En su

exasperación, el señor Bovary padre, rompiendo una silla contra el suelo, acusó a su

mujer de haber causado la desgracia de su hijo uniéndole a semejante penco, cuyos arreos

no valían nada. Fueron a Tostes. Se explicaron. Hubo escenas. Eloísa, llorando, se echó

en brazos de su marido, le conjuró a que la protegiera de sus padres. Carlos quiso hablar

por ella. Los padres se enfadaron y se marcharon.

Pero el mal estaba hecho. Ocho días después, cuando Eloísa estaba tendiendo ropa en el

corral, escupió sangre, y al día siguiente, mientras Carlos se había vuelto de espaldas para

correr la cortina de la ventana, la mujer dijo: «¡Ah!, Dios mío», lanzó un suspiro y se

desvaneció. Estaba muerta. ¡Qué golpe!

Cuando todo acabó en el cementerio, Carlos volvió a casa. No encontró á nadie abajo;

subió al primero, a la habitación, vio el vestido de su mujer todavía colgado en la alcoba;

entonces, apoyándose en el escritorio, permaneció hasta la noche sumido en un doloroso

sueño. Después de todo, la había querido.

CAPÍTULO III

Una mañana el tío Rouault fue a pagar a Carlos los honorarios por el arreglo de su

pierna: setenta y cinco francos en monedas de cuarenta sueldos(1), y un pavo. Se había

enterado de la desgracia y le consoló como pudo.

-Ya sé lo que es eso -decía, dándole palmaditas en el hombro-, yo también he pasado

por ese trance. Cuando perdí a mi pobre difunta, me iba por los campos para estar solo,

caía al pie de un árbol, lloraba, invocaba a Dios, le decía tonterías; hubiera querido estar

como los topos(2), que veía colgados de las ramas con el vientre corroído por los

gusanos, muerto, en una palabra. Y cuando pensaba que otros en aquel momento estaban

estrechando a sus buenas mujercitas, golpeaba fuertenente con mi bastón, estaba como

loco, ya no comía; la sola idea de ir al café puede creerme, me asqueaba. Pues bien, muy

suavemente, un día tras otro, primavera tras invierno y otoño tras verano, aquello se fue

pasando brizna a brizna, migaja a migaja; aquello se fue, desapareció, bajó, es un decir,

pues siempre queda algo en el fondo, como quien dice… un peso aquí, en el pecho. Pero

como es el destino de todos, no hay que dejarse decaer y, porque otros hayan muerto,

querer morir… Hay que reanimarse, señor Bovary; ¡eso le pasará! Venga a vernos; mi hija

piensa en usted de vez en cuando, ya lo sabe usted…, y ella dice, ya lo sabe también, que

usted la olvida. Pronto llegará la primavera; iremos a tirar a los conejos para que se

distraiga un poco.

1. El sueldo era una moneda equivalente a 1/20 del franco (0,05 f). Una moneda de 40 sueldos equivalía

a 2 francos.

2. Alusión a la costumbre que tienen los campesinos de matar y exhibir los animales que consideran

dañinos para la agricultura.

Carlos siguió su consejo. Volvió a Les Bertaux, encontró todo como el día anterior, es

decir, como hacía cinco meses. Los perales estaban ya en flor, y el buen señor Rouault,

ya curado, iba y venía, lo cual daba más vida a la granja.

Creyéndose en el deber de prodigar al médico las mayores cortesías posibles por su luto

reciente, le rogó que no se descubriera, le habló en voz baja, como si hubiera estado

enfermo, e incluso aparentó enfadarse porque no se había prepárado para él algo más

ligero que para los demás, como unos tarritos de nata o unas peras cocidas. Contó chistes.

Carlos hasta llegó a reír; pero al recordar de pronto a su mujer se entristeció. Sirvieron el

café; y ya no volvió a pensar en ella.

Recordó menos, a medida que se iba acostumbrando a vivir solo. El nuevo atractivo de

la independencia pronto le hizo la soledad más soportable. Ahora podía cambiar las horas

de sus comidas, entrar y salir sin dar explicaciones, y, cuando estaba muy cansado,

extender brazos y piernas a todo to ancho de su cama. Así que se cuidó, se dio buena vida

y aceptó los consuelos que le daban. Por otra parte, la muerte de su mujer no le había

perjudicado en su profesión, pues durante un mes se estuvo hablando de él: «¡Este pobre

joven!, ¡qué desgracia!»

Su nombre se había extendido, su clientela se había acrecentado; y además iba a Les

Bertaux con toda libertad. Tenía una esperanza indefinida, una felicidad vaga; se

encontraba la cara más agradable cuando se cepillaba sus patillas delante del espejo.

Un día llegó hacia las tres; todo el mundo estaba en el campo; entró en la cocina, pero

al principio no vio a Emma; los postigos estaban cerrados. Por las rendijas de la madera,

el sol proyectaba sobre las baldosas grandes rayas delgadas que se quebraban en las

aristas de los muebles y temblaban en el techo. Sobre la mesa, algunas moscas trepaban

por los vasos sucios y zumbaban, ahogándose, en la sidra que había quedado en el fondo.

La luz que bajaba por la chimenea aterciopelando el hollín de la plancha coloreaba de un

suave tono azulado las cenizas frías. Entre la ventana y el fogón estaba Emma cosiendo;

no llevaba pañoleta y sobre sus hombros descubiertos se veían gotitas de sudor.

Según costumbre del campo, le invitó a tomar algo. Él no aceptó, ella insistió, y por fin

propuso, riendo, tomar juntos una copita de licor. Fue a buscar en la alacena una botella

de curaçao, alcanzó dos copitas, llenó una hasta el borde, echó unas gotas en la otra, y,

después de brindar, la llevó a sus labios. Como estaba casi vacía, se echaba hacia atrás

para beber; y, con la cabeza inclinada hacia atrás, los labios adelantados, el cuello tenso,

se reía de no sentir nada, mientras que, sacando la punta de la lengua entre sus finos

dientes, lamía despacito el fondo del vaso.

Volvió a sentarse y reanudó su labor, el zurcido de una media de algodón blanca;

trabajaba con la frente inclinada; no hablaba, Carlos tampoco. El aire que pasaba por

debajo de la puerta levantaba un poco de polvo sobre las baldosas. Carlos to miraba

arrastrarse, y sólo oía el martilleo interior de su cabeza y el cacareo lejano de una gallina

que había puesto en el corral. Emma, de vez en cuando, se refrescaba las mejillas con la

palma de las manos, que luego enfriaba en el pomo de hierro de los grandes morillos.

Se quejaba de sufrir mareos desde comienzos de la estación; le preguntó si le sentarían

bien los baños de mar; se puso a hablar del convento, Carlos de su colegio, y se animó la

conversación. Subieron al cuarto de Emma. Le enseñó sus antiguos cuadernos de música,

los libritos que le habían dado de premio y las coronas de hojas de roble abandonadas en

el cajón de un armario. Le habló también de su madre, del cementerio, a incluso le

enseñó en el jardín el arriate donde cogía las flores, todos los primeros viernes de mes,

para ir a ponérselas sobre su tumba. Pero el jardinero que tenían no entendía nada de

flores; ¡tenían tan mal servicio! A ella le habría gustado, aunque sólo fuera en invierno,

vivir en la ciudad, por más que los días largos de buen tiempo hiciesen tal vez más

aburrido el campo en verano -y según lo que decía, su voz era clara, aguda, o,

languideciendo de repente, arrastraba unas modulaciones que acababan casi en

murmullos, cuando se hablaba a sí misma, ya alegre, abriendo unos ojos ingenuos, o ya

entornando los párpados, con la mirada anegada de aburrimiento y el pensamiento

errante.

Por la noche, al volver a casa, Carlos repitió una a una las frases que Emma había

dicho, tratando de recordarlas, de completar su sentido, a fin de reconstruir la porción de

existencia que ella había vivido antes de que él la conociera. Pero nunca pudo verla en su

pensamiento de modo diferente a como la había visto la primera vez, o tal como acababa

de dejarla hacía un momento. Después se preguntó qué sería de ella, si se casaría, y con

quién, ¡ay!, el tío Rouault era muy rico, y ella… ¡tan guapa! Pero la cara de Emma volvía

siempre a aparecérsele ante sus ojos y en sus oídos resonaba algo monótono como el

zumbido de una peonza: «¡Y si te casaras!, ¡si te casaras!» Aquella noche no durmió,

tenía un nudo en la garganta, tenía sed; se levantó a beber agua y abrió la ventana; el

cielo estaba estrellado, soplaba un viento cálido, ladraban perros a to lejos. Carlos volvió

la cabeza hacia Les Bertaux. Pensando que, después de todo, no arriesgaba nada, se

prometió a sí mismo hacer la petición en cuanto se le presentara la ocasión; pero cada vez

que se le presentó, el temor de no encontrar las palabras apropiadas le sellaba los labios.

Al tío Rouault no le hubiera disgustado que le liberasen de su hija, que le servía de

poco en su casa. En su fuero interno la disculpaba, reconociendo que tenía demasiado

talento para dedicarse a las faenas agrícolas, oficio maldito del cielo, ya que con él nadie

se hacía millonario. Lejos de haber hecho fortuna, el buen hombre salía perdiendo todos

los años, pues si en los mercados se movía muy bien, complaciéndose en las artimañas

del oficio, por el contrario, el trabajo del campo propiamente dicho, con el gobierno de la

granja, le gustaba menos que a nadie. Siempre con las manos en los bolsillos, no

escatimaba gasto para darse buena vida, pues quería comer bien, estar bien calentito y

dormir en buena cama. Le gustaba la sidra fuerte, las piernas de cordero poco pasadas, y

los «glorias»(3) bien batidos. Comía en la cocina, solo, delante del fuego, en una mesita

que le llevaban ya servida, como en el teatro.

3. Café mezclado con aguardiente.

Así que viendo que Carlos se ponía colorado cuando estaba junto a su hija, lo cual

significaba que uno de aquellos días la pediría en matrimonio, fue rumiando por

anticipado todo el asunto. Lo encontraba un poco alfeñique, y no era el yerno que habría

deseado; pero tenía fama de buena conducta, económico instruido, y, sin duda, no

regatearía mucho por la dote. Ahora bien como el tío Rouault iba a tener que vender

veintidós acres(4) de su hacienda, pues debía mucho al albañil, mucho al guarnicionero, y

había que cambiar el árbol del lagar, se dijo:

-Si me la pide, se la doy.

4. Acre, antigua medida agraria, equivalente a unas 52 áreas.

Por San Miguel, Carlos fue a pasar tres días a Les Bertaux. El último día transcurrió

como los anteriores, aplazando su declaración de cuarto en cuarto de hora. El tío Rouault

lo acompañó un trecho; iban por un camino hondo, estaban a punto de despedirse; era el

momento. Carlos se señaló como límite el recodo del seto, y por fin, cuando lo sobrepasó,

murmuró:

-Señor Rouault, quisiera decirle una cosa.

Se pararon. Carlos callaba.

-Pero ¡cuénteme su historia!, ¿se cree que no estoy ya enterado de todo? -dijo el tío

Rouault, riendo suavemente.

-Tío Rouault…, tío Rouault… -balbució Carlos.

-Yo no deseo otra cosa -continuó el granjero-. Aunque sin duda la niña piensa como yo,

habrá que pedirle su parecer. Bueno, váyase; yo me vuelvo a casa. Si es que sí, óigame

bien, no hace falta que vuelva, por la gente, y, además, a ella le impresionaría demasiado.

Pero, para que usted no se consuma de impaciencia, abriré de par en par el postigo de la

ventana contra la pared: usted podrá verlo mirando atrás, encaramándose sobre el seto.

Y se alejó.

Carlos ató su caballo a un árbol. Corrió a apostarse en el sendero; esperó. Pasó media

hora, después contó diecinueve minutos por su reloj. De pronto se produjo un ruido

contra la pared; se había abierto el postigo, la aldabilla temblaba todavía. Al día

siguiente, a las nueve, estaba en la granja. Emma se puso colorada cuando entró, pero, se

sostuvo, se esforzó por sonreír un poco. El tío Rouault abrazó a su futuro yerno. Se

pusieron a hablar de las cuestiones de intereses; por otra parte, tenían tiempo por delante,

puesto que no estaba bien que se celebrase la boda hasta que terminase el luto de Carlos;

es decir, hacia la primavera del año siguiente.

En esta espera transcurrió el invierno. La señorita Rouault se ocupó de su equipo. Una

parte de él lo encargó a Rouen, y ella misma se hizo camisas y gorros de noche con

arreglo a dibujos de modas que le prestaron. En las visitas que Carlos hacía a la granja

hablaban de los preparativos de la boda; se preguntaba dónde se daría el banquete;

pensaban en la cantidad de platos que pondrían y qué entrantes iban a servir.

A Emma, por su parte, le hubiera gustado casarse a medianoche, a la luz de las

antorchas; pero el tío Rouault no compartió en absoluto esta idea. Se celebró, pues, una

boda en la que hubo cuarenta y tres invitados, estuvieron dieciséis horas sentados a la

mesa, y la fiesta se repitió al día siguiente y un poco los días sucesivos.

CAPITULO IV

Los invitados llegaron temprano en coches (carricoches de un caballo), charabanes de

dos ruedas, viejos cabriolets sin capota, jardineras con cortinas de cuero, y los jóvenes de

los pueblos más cercanos, en carretas, de pie, en fila, con las manos apoyadas sobre los

adrales para no caerse, puesto que iban al trote y eran fuertemente zarandeados. Vinieron

de diez leguas a la redonda, de Godeville, de Normanville y de Cany. Habían invitado a

todos los parientes de las dos familias, se habían reconciliado con los amigos con quienes

estaban reñidos, habían escrito a los conocidos que no habían visto desde hacía mucho

tiempo.

De vez en cuando se oían latigazos detrás del seto; enseguida se abría la barrera: era un

carricoche que entraba. Galopando hasta el primer peldaño de la escalinata, paraba en

seco y vaciaba su carga, que salía por todas partes frotándose las rodiIlas y estirando los

brazos. Las señoras, de gorro, llevaban vestidos a la moda de la ciudad, cadenas de reloj

de oro, esclavinas con las puntas cruzadas en la cintura o pequeños chales de color

sujetos a la espalda con un alfiler dejando el cuello descubierto por detrás. Los chicos,

vestidos como sus papás, parecían incómodos con sus trajes nuevos (muchos incluso

estrenaron aquel día el primer par de botas de su vida), y al lado de ellos se veía, sin decir

ni pío, con el vestido blanco de su primera comunión alargado para la ocasión, a alguna

muchachita espigada de catorce o dieciséis años, su prima o tal vez su hermana menor,

coloradota, atontada, con el pelo brillante de fijador de rosa y con mucho miedo a

ensuciarse los guantes. Como no había bastantes mozos de cuadra para desenganchar

todos los coches, los señores se remangaban y ellos mismos se ponían a la faena.

Según su diferente posición social, vestían fracs, levitas, chaquetas, chaqués; buenos

trajes que conservaban como recuerdo de familia y que no salían del armario más que en

las solemnidades; levitas con grandes faldones flotando al viento, de cuello cilíndrico y

bolsillos grandes como sacos; chaquetas de grueso paño que combinaban ordinariamente

con alguna gorra con la visera ribeteada de cobre; chaqués muy cortos que tenían en la

espalda dos botones juntos como un par de ojos, y cuyos faldones parecían cortados del

mismo tronco por el hacha de un carpintero. Había algunos incluso, aunque, naturalmente,

éstos tenían que comer al fondo de la mesa, que llevaban blusas de ceremonia, es

decir, con el cuello vuelto sobre los hombros, la espalda fruncida en pequeños pliegues y

el talle muy bajo ceñido por un cinturón cosido.

Y las camisas se arqueaban sobre los pechos como corazas. Todos iban con el pelo

recién cortado, con las orejas despejadas y bien afeitados; incluso algunos que se habían

levantado antes del amanecer, como no veían bien para afeitarse, tenían cortes en

diagonal debajo de la nariz o a lo largo de las mejillas raspaduras del tamaño de una

moneda de tres francos que se habían hinchado por el camino al contacto con el aire libre,

lo cual jaspeaba un poco de manchas rosas todas aquellas gruesas caras blancas

satisfechas.

Como el ayuntamiento se encontraba a una media legua de la finca, fueron y volvieron,

una vez terminada la ceremonia en la iglesia. El cortejo, al principio compacto como una

sola cinta de color que ondulaba en el campo, serpenteando entre el trigo verde, se alargó

enseguida y se cortó en grupos diferentes que se rezagaban charlando. El violinista iba en

cabeza, con su violín engalanado de cintas; a continuación marchaban los novios, los

padres, los amigos todos revueltos, y los niños se quedaban atrás, entreteniéndose en

arrancar las campanillas de los tallos de avena o peleándose sin que ellos los vieran. El

vestido de Emma, muy largo, arrastraba un poco; de vez en cuando, ella se paraba para

levantarlo, y entonces, delicadamente, con sus dedos enguantados, se quitaba las hierbas

ásperas con los pequeños pinchos de los cardos, mientras que Carlos, con las manos

libres, esperaba a que ella hubiese terminado. El tío Rouault, tocado con su sombrero de

seda nuevo y con las bocamangas de su traje negro tapándole las manos hasta las uñas,

daba su brazo a la señora Bovary madre. En cuanto al señor Bovary padre, que,

despreciando a toda aquella gente, había venido simplemente con una levita de una fila

de botones de corte militar, prodigaba galanterías de taberna a una joven campesina

rubia. Ella las acogía, se ponía colorada, no sabía qué contestar. Los demás hablaban de

sus asuntos o se hacían travesuras por detrás, provocando anticipadamente el jolgorio; y,

aplicando el oído, se seguía oyendo el rasgueo del violinista, que continuaba tocando en

pleno campo. Cuando se daba cuenta de que la gente se retrasaba, se paraba a tomar

aliento, enceraba, frotaba con colofonia su arco para que las cuerdas chirriasen mejor, y

luego reemprendía su marcha bajando y subiendo alternativamente el mástil de su violín

para marcarse bien el compás a sí mismo. El ruido del instrumento espantaba de lejos a

los pajaritos.

La mesa estaba puesta bajo el cobertizo de los carros. Había cuatro solomillos, seis

pollos en pepitoria, ternera guisada, tres piernas de cordero y, en el centro, un hermoso

lechón asado rodeado de cuatro morcillas con acederas. En las esquinas estaban

dispuestas botellas de aguardiente(1). La sidra dulce embotellada rebosaba su espuma

espesa alrededor de los tapones y todos los vasos estaban ya llenos de vino hasta el borde.

Grandes fuentes de natillas amarillas, que se movían solas al menor choque de la mesa,

presentaban, dibujadas sobre su superficie lisa, las iniciales de los nuevos esposos en

arabescos de finos rasgos. Habían ido a buscar un pastelero a Yvetot para las tortadas y

los guirlaches. Como debutaba en el país, se esmeró en hacer bien las cosas; y, a los

postres, él mismo presentó en la mesa una pieza montada que causó sensación.

Primeramente, en la base, había un cuadrado de cartón azul que figuraba un templo con

pórticos, columnatas y estatuillas de estuco todo alrededor, en hornacinas consteladas de

estrellas de papel dorado; después, en el segundo piso, se erguía un torreón en bizcocho

de Saboya, rodeado de pequeñas fortificaciones de angélica, almendras, uvas pasas,

cuarterones de naranjas; y, finalmente, en la plataforma superior, que era una pradera

verde donde había rocas con lagos de confituras y barcos de cáscaras de avellanas, se veía

un Amorcillo balanceándose en un columpio de chocolate, cuyos dos postes terminaban

en dos capullos naturales, a modo de bolas, en la punta.

2. El normando, buen gastrónomo, suele tomar una copa de aguardiente entre dos platos para abrir el

apetito. El «calvados» es aguardiente de sidra envejedido en toneles de roble, durante quince aefos, para

que tenga buen buquet.

Estuvieron comiendo hasta la noche. Cuando se cansaban de estar sentados se paseaban

por los patios o iban a jugar un partido de chito al granero, después volvían a la mesa.

Algunos, hacia el final, se quedaron dormidos y roncaron. Pero a la hora del café todo se

reanimó; empezaron a cantar, probaron su fuerza, transportaban pesos, hacían con los

pulgares(2) gestos de un gusto dudoso, intentaban levantar las carretas sobre sus

hombros, se contaban chistes picantes, abrazaban a las señoras. De noche, a la hora de

marcharse, los caballos, hartos de avena hasta las narices, tuvieron dificultades para

entrar en los varales; daban coces, se encabritaban, los arreos se rompían, sus amos

blasfemaban o reían; y toda la noche, a la luz de la luna, por los caminos del país pasaron

carricoches desbocados que corrían a galope tendido, dando botes en las zanjas, saltando

por encima de la grava, rozando con los taludes, con mujeres que se asomaban por la

portezuela para coger las riendas.

2. Tenemos interpretaciones diferentes del texto «on passait sous son poucen». Una profesora francesa

nos indica que era un juego de destreza consistente en hincar el pulgar en el suelo y hacer que la gente pase

por debajo. La otra, que hemos elegido en la traducción, proceda de una nota de Clásicos Larousse.

Los que quedaron en Les Bertaux pasaron la noche bebiendo en la cocina. Los niños se

habían quedado dormidos debajo de los bancos.

La novia había suplicado a su padre que le evitasen las bromas de costumbre. Sin

embargo, un primo suyo, pescadero (que incluso había traído como regalo de bodas un

par de lenguados), empezaba a soplar agua con su boca por el agujero de la cerradura,

cuando llegó el señor Rouault en el preciso momento para impedirlo, y le explicó que la

posición seria de su yerno no permitía tales inconveniencias. El primo, a pesar de todo,

cedió difícilmente ante estas razones. En su interior acusó al señor Rouault de estar muy

orgulloso y fue a reunirse a un rincón con cuatro o cinco invitados que, habiéndoles

tocado por casualidad varias veces seguidas los peores trozos de las carnes, murmuraban

en voz baja del anfitrión y deseaban su ruina con medias palabras.

La señora Bovary madre no había despegado los labios en todo el día. No le habían

consultado ni sobre el atuendo de la nuera ni sobre los preparativos del festín; se retiró

temprano. Su esposo, en vez de acompañarla, marchó a buscar cigarros a Saint-Victor y

fumó hasta que se hizo de día, sin dejar de beber grogs(3) de kirsch, mezcla desconocida

para aquella gente, y que fue para él como un motivo de que le tuviesen una

consideración todavía mayor.

3. Bebida hecha de agua caliente azucarada, aguardiente, ron…

Carlos no era de carácter bromista, no se había lucido en la boda. Respondió

mediocremente a las bromas, retruécanos, palabras de doble sentido, parabienes y

palabras picantes que tuvieron a bien soltarle desde la sopa.

Al día siguiente, por el contrario, parecía otro hombre… Era más bien él a quien se

hubiera tomado por la virgen de la víspera, mientras que la recién casada no dejaba

traslucir nada que permitiese sospechar lo más mínimo. Los más maliciosos sabían qué

decir, y cuando pasaba cerca de ellos la miraban con una atención desmesurada. Pero

Carlos no disimulaba nada, le llamaba «mi mujer», la tuteaba, preguntaba por ella a

todos, la buscaba por todas partes y muchas veces se la llevaba a los patios donde de lejos

le veían, entre los árboles, estrechándole la cintura y caminando medio inclinado sobre

ella, arrugándole con la cabeza el bordado del corpiño.

Dos días después de la boda los esposos se fueron: Carlos no podía ausentarse por más

tiempo a causa de sus enfermos. El tío Rouault mandó que los llevaran en su carricoche y

él mismo los acompañó hasta Vassonville. Allí besó a su hija por última vez, se apeó y

volvió a tomar su camino. Cuando llevaba andados cien pasos aproximadamente, se paró,

y, viendo alejarse el carricoche, cuyas ruedas giraban en el polvo, lanzó un gran suspiro.

Después se acordó de su boda, de sus tiempos de antaño del primer embarazo de su

mujer; estaba muy contento también él el día en que la había trasladado de la casa de sus

padres a la suya, cuando la llevaba a la grupa trotando sobre la nieve, pues era alrededor

de Navidad y el campo estaba todo blanco; ella se agarraba a él por un brazo mientras

que del otro colgaba su cesto; el viento agitaba los largos encajes de su tocado del País de

Caux, que le pasaban a veces por encima de la boca, y, cuando él volvía la cabeza, veía

cerca, sobre su hombro, su carita sonrosada que sonreía silenciosamente bajo la chapa de

oro de su gorro. Para recalentarse los dedos, se los metía de vez en cuando en el pecho.

¡Qué viejo era todo esto! ¡Su hijo tendría ahora treinta años! Entonces miró atrás, no vio

nada en el camino. Se sintió triste como una casa sin muebles; y mezclando los tiernos

recuerdos a los negros pensamientos en su cerebro nublado por los vapores de la fiesta, le

dieron muchas ganas de ir un momento a dar una vuelta cerca de la iglesia. Como, a pesar

de todo, temió que esto le pusiese más triste todavía, se volvió directamente a casa.

El señor y la señora Bovary llegaron a Tostes hacia las seis. Los vecinos se asomaron a

las ventanas para ver a la nueva mujer del médico.

La vieja criada se presentó, la saludó, pidió disculpas por no tener preparada la cena a

invitó a la señora, entretanto, a conocer la casa.

CAPÍTULO V

La fachada de ladrillos se alineaba justo con la calle, o más bien con la carretera. Detrás

de la puerta estaban colgados un abrigo de esclavina, unas bridas de caballo, una gorra de

visera de cuero negro y en un rincón, en el suelo, un par de polainas todavía cubiertas de

barro seco. A la derecha estaba la sala, es decir, la pieza que servía de comedor y de sala

de estar. Un papel amarillo canario, orlado en la parte superior por una guirnalda de

flores pálidas, temblaba todo él sobre la tela poco tensa; unas cortinas de calicó blanco,

ribeteadas de una trencilla roja, se entrecruzaban a lo largo de las ventanas, y sobre la

estrecha repisa de la chimenea resplandecía un reloj con la cabeza de Hipócrates entre

dos candelabros chapados de plata bajo unos fanales de forma ovalada. Al otro lado del

pasillo estaba el consultorio de Carlos. Pequeña habitación de unos seis pasos de ancho,

con una mesa, tres sillas y un sillón de despacho. Los tomos del Diccionario de Ciencias

Médicas, sin abrir, pero cuya encuadernación en rústica había sufrido en todas las ventas

sucesivas por las que había pasado, llenaban casi ellos solos los seis estantes de una

biblioteca de madera de abeto. El olor de las salsas penetraba a través de la pared durante

las consultas, lo mismo que se oía desde la cocina toser a los enfermos en el despacho y

contar toda su historia. Venía después, abierta directamente al patio, donde se encontraba

la caballeriza, una gran nave deteriorada que tenía un horno, y que ahora servía de leñera,

de bodega, de almacén, llena de chatarras, de toneles vacíos, de aperos de labranza fuera

de uso, con cantidad de otras cosas llenas de polvo cuya utilidad era imposible adivinar.

La huerta, más larga que ancha, llegaba, entre dos paredes de adobe cubiertas de

albaricoqueros en espaldera, hasta un seto de espinos que la separaba de los campos.

Había en el centro un cuadrante solar de pizarra sobre un pedestal de mampostería; cuatro

macizos de enclenques escaramujos rodeaban simétricamente el cuadro más útil de las

plantaciones serias. A1 fondo de todo, bajo las piceas, una figura de cura, de escayola,

leía su breviario.

Emma subió a las habitaciones. La primera no estaba amueblada; pero la segunda, que

era la habitación de matrimonio, tenía una cama de caoba en una alcoba con colgaduras

rojas. Una caja de conchas adornaba la cómoda y, sobre el escritorio, al lado de la

ventana, había en una botella un ramo de azahar atado con cintas de raso blanco. Era un

ramo de novia; ¡el ramo de la otra! Ella lo miró. Carlos se dio cuenta de ello, lo cogió y

fue a llevarlo al desván, mientras que, sentada en una butaca (estaban colocando sus

cosas alrededor de ella), Emma pensaba adónde iría a parar su ramo de novia, que estaba

embalado en una caja de cartón, si por casualidad ella llegase a morir.

Los primeros días se dedicó a pensar en los cambios que iba a hacer en su casa. Retiró

los globos de los candelabros, mandó empapelar de nuevo, pintar la escalera y poner

bancos en el jardín, alrededor del reloj de sol; incluso preguntó qué había que hacer para

tener un estanque con surtidor de agua y peces. Finalmente, sabiendo su marido que a ella

le gustaba pasearse en coche, encontró uno de ocasión, que, una vez puestas linternas

nuevas y guardabarros de cuero picado, quedó casi como un tílburi.

Carlos estaba, pues, feliz y sin preocupación alguna. Una comida los dos solos, un

paseo por la tarde por la carretera principal, acariciarle su pelo, contemplar su sombrero

de paja, colgado en la falleba de una ventana, y muchas otras cosas más en las que Carlos

jamás había sospechado encontrar placer alguno, constituían ahora su felicidad

ininterrumpida. En cama por la mañana, juntos sobre la almohada, él veía pasar la luz del

sol por entre el vello de sus mejillas rubias medio tapadas por las orejeras subidas de su

gorro. Vistos tan de cerca, sus ojos le parecían más grandes, sobre todo cuando abría

varias veces sus párpados al despertarse; negros en la sombra y de un azul oscuro en

plena luz, tenían como capas de colores sucesivos, que, siendo más oscuros en el fondo,

iban tomándose claros hacia la superficie del esmalte. La mirada de Carlos se perdía en

estas profundidades, y se veía en pequeño hasta los hombros con el pañuelo,que le cubría

la cabeza y el cuello de la camisa entreabierto. El se levantaba, ella se asomaba a la

ventana para verle salir; y se apoyaba de codos en el antepecho entre dos macetas de

geranios, vestida con un salto de cama que le venía muy holgado. Carlos, en la calle,

sujetaba sus espuelas sobre el mojón y ella seguía hablándole desde arriba, mientras

arrancaba con su boca una brizna de flor o de verde que soplaba hacia él, y que

revoloteando, planeando, haciendo en el aire semicírculos como un pájaro, iba antes de

caer a agarrarse a las crines mal peinadas de la vieja yegua blanca, inmóvil en la puerta.

Carlos, a caballo, le enviaba un beso; ella respondía con un gesto y volvía a cerrar la

ventana. Él partía, y entonces, en la carretera que extendía sin terminar su larga cinta de

polvo, por los caminos hondos donde los árboles se curvaban en bóveda, en los senderos

cuyos trigos le llegaban hasta las rodillas, con el sol sobre sus hombros y el aire matinal

en las aletas de la nariz, el corazón lleno de las delicias de la noche, el ánimo tranquilo, la

carne satisfecha, iba rumiando su felicidad, como los que siguen saboreando, después de

la comida, el gusto de las trufas que digieren.

Hasta el momento, ¿qué había tenido de bueno su vida? ¿Su época de colegio, donde

permanecía encerrado entre aquellas altas paredes solo en medio de sus compañeros más

ricos o más adelantados que él en sus clases, a quienes hacía reír con su acento, que se

burlaban de su atuendo, y cuyas mamás venían al locutorio con pasteles en sus

manguitos? Después, cuando estudiaba medicina y mamá no tenía bastante dinero para

pagar la contradanza a alguna obrerita que llegase a ser su amante. Más tarde había

vivido catorce meses con la viuda, que en la cama tenía los pies fríos como témpanos.

Pero ahora poseía de por vida a esta linda mujer a la que adoraba. El Universo para él no

sobrepasaba el contorno sedoso de su falda; y se acusaba de no amarla, tenía ganas de

volver a verla; regresaba pronto a casa, subía la escalera con el corazón palpitante. Emma

estaba arreglándose en su habitación; él llegaba sin hacer el mínimo ruido, la besaba en la

espalda, ella lanzaba un grito.

Él no podía aguantarse sin tocar continuamente su peine, sus sortijas, su pañoleta;

algunas veces le daba en las mejillas grandes besos con toda la boca, o bien besitos en fila

a todo lo largo de su brazo desnudo, desde la punta de los dedos hasta el hombro; y ella le

rechazaba entre sonriente y enfadada, como se hace a un niño que se te cuelga encima.

Antes de casarse, ella había creído estar enamorada, pero como la felicidad resultante

de este amor no había llegado, debía de haberse equivocado, pensaba, y Emma trataba de

saber lo que significaban justamente en la vida las palabras felicidad, pasión, embriaguez,

que tan hermosas le habían parecido en los libros.

CAPÍTULO VI

Emma había leído Pablo y Virginia(1) y había soñado con la casita de bambúes, con el

negro Domingo con el perro Fiel, pero sobre todo con la dulce amistad de algún

hermanito, que subiera a buscar para ella frutas rojas a los grandes árboles, más altos que

campanarios, o que corriera descalzo por la arena llevándole un nido de pájaros.

Cuando cumplió trece años, su padre la llevó él mismo a la ciudad para ponerla en un

internado. Se alojaron en una fonda del barrio San Gervasio, donde les sirvieron la cena

en unos platos pintados, que representaban la historia de la señorita de la Valliere(2). Las

leyendas explicativas, cortadas aquí y a11í por los rasguños de los cuchillos, glorificaban

todas ellas la religión, las delicadezas del corazón y las pompas de la Corte.

1. Novela de Bernardin de Saint-Pierre, de una sensibilidad pre-romántica: pintura graciosa y poética de

la adolescencia.

2. La duquesa de La Vallière, favorita de Luis XIV (1644-1710), y que terminó sus días en un convento

de Carmelitas.

Lejos de aburrirse en el convento los primeros tiempos, se encontró a gusto en

compañía de las buenas hermanas, que, para entretenerla, la llevaban a la capilla, adonde

se entraba desde el refectorio por un largo corredor. Jugaba muy poco en los recreos,

entendía bien el catecismo, y era ella quien contestaba siempre al señor vicario en las

preguntas difíciles. Viviendo, pues, sin salir nunca de la tibia atmósfera de las clases y en

medio de estas mujeres de cutis blanco que llevaban rosarios con cruces de cobre, se fue

adormeciendo en la languidez mística que se desprende del incienso, de la frescura de las

pilas de agua bendita y del resplandor de las velas. En vez de seguir la misa, miraba en su

libro las ilustraciones piadosas orladas de azul, y le gustaban la oveja enferma, el Sagrado

Corazón atravesado de agudas flechas o el Buen Jesús que cae caminando sobre su cruz.

Intentó, para mortificarse, permanecer un día entero sin comer. Buscaba en su

imaginación algún voto que cumplir.

Cuando iba a confesarse, se inventaba pecaditos a fin de quedarse allí más tiempo, de

rodillas en la sombra, con la cara pegada a la rejilla bajo el cuchicheo del sacerdote. Las

comparaciones de novio, de esposo, de amante celestial y de matrimonio eterno que se

repiten en los sermones suscitaban en el fondo de su alma dulzuras inesperadas.

Por la noche, antes del rezo, hacían en el estudio una lectura religiosa. Era, durante la

semana, algún resumen de Historia Sagrada o las Conferencias del abate Frayssinous(3),

y, los domingos, a modo de recreo, pasajes del Genio del Cristianismo94). ¡Cómo

escuchó, las primeras veces, la lamentación sonora de las melancolías románticas que se

repiten en todos los ecos de la tierra y de la eternidad! Si su infancia hubiera transcurrido

en la trastienda de un barrio comercial, quizás se habría abierto entonces a las invasiones

líricas de la naturaleza que, ordinariamente, no nos llegan más que por la traducción de

los escritores. Pero conocía muy bien el campo; sabía del balido de los rebaños, de los

productos lácteos, de los arados. Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba,

por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor

sólo cuando aparecía salpicado entre ruinas. Necesitaba sacar de las cosas una especie de

provecho personal; y rechazaba como inútil todo to que no contribuía al consuelo

inmediato de su corazón, pues, siendo de temperamento más sentimental que artístico,

buscaba emociones y no paisajes.

3. Predicador francés (1765-1841), autor de la Defensa del critianismo y de laa libertades galicanas.

4. Obra maestra escrita por Chateaubriand, en 1802, en la que hace la apología del Cristianismo,

demostrando que la religión cristiana es la más práctica, la más humana y la que más favorece la libertad.

Había en el convento una solterona que venía todos los meses, durante ocho días, a

repasar la ropa. Protegida por el arzobispado como perteneciente a una antigua familia

aristócrata arruinada en la Revolución, comía en el refectorio a la mesa de las monjas y

charlaba con ellas, después de la comida, antes de subir de nuevo a su trabajo. A menudo

las internas se escapaban del estudio para ir a verla. Sabía de memoria canciones galantes

del siglo pasado, que cantaba a media voz, mientras le daba a la aguja. Contaba cuentos,

traía noticias, hacía los recados en la ciudad, y prestaba a las mayores, a escondidas,

alguna novela que llevaba siempre en los bolsillos de su delantal, y de la cual la buena

señorita devoraba largos capítulos en los descansos de su tarea. Sólo se trataba de amores,

de galanes, amadas, damas perseguidas que se desmayaban en pabellones solitarios,

mensajeros a quienes matan en todos los relevos, caballos reventados en todas las

páginas, bosques sombríos, vuelcos de corazón, juramentos, sollozos, lágrimas y besos,

barquillas a la luz de la luna, ruiseñores en los bosquecillos, señores bravos como leones,

suaves como corderos, virtuosos como no hay, siempre de punta en blanco y que lloran

como urnas funerarias. Durante seis meses, a los quince años, Emma se manchó las

manos en este polvo de los viejos gabinetes de lectura(5). Con Walter Scott, después, se

apasionó por los temas históricos, soñó con arcones, salas de guardias y trovadores.

Hubiera querido vivir en alguna vieja mansión, como aquellas castellanas de largo

corpiño, que, bajo el trébol de las ojivas, pasaban sus días con el codo apoyado en la

piedra y la barbilla en la mano, viendo llegar del fondo del campo a un caballero de

pluma blanca galopando sobre un caballo negro. En aquella época rindió culto a María

Estuardo y veneración entusiasta a las mujeres ilustres o desgraciadas: Juana de Arco,

Eloísa, Inés Sorel, la bella Ferronniere, y Clemencia Isaura para ella se destacaban como

cometas sobre la tenebrosa inmensidad de la historia, donde surgían de nuevo por todas

partes, pero más difuminados y sin ninguna relación entre sí, San Luis con su encina,

Bayardo moribundo, algunas ferocidades de Luis XI, un poco de San Bartolomé, el

penacho del Bearnés, y siempre el recuerdo de los platos pintados donde se ensalzaba a

Luis XIV(6).

5. Establecimiento comercial donde el público puede consultar o pedir en préstamo libros o periódicos.

6. Alusión a personajes de la historia de Francia: Inés Sorel, la «Dame de Beauté», favorita de Carlos

VII; la Belle Ferronnière, amante de Francisco I; Clémence Isaure, dama tolosana del siglo XIV; Bayardo,

capitán que luchó contra los españoles en Italia. La Saint-Barthélemy, matanza de protestantes en 1562, en

las guerras de religión.

En clase de música, en las romanzas que cantaba, sólo se trataba de angelitos de alas

doradas, madonas, lagunas, gondoleros, pacíficas composiciones que le dejaban entrever,

a través de las simplezas del estilo y las imprudencias de la música, la atractiva

fantasmagoría de las realidades sentimentales. Algunas de sus compañeras traían al

convento los keepsakes(7) que habían recibido de regalo. Había que esconderlos, era un

problema; los leían en el dormitorio. Manejando delicadamente sus bellas

encuadernaciones de raso, Emma fijaba sus miradas de admiración en el nombre de los

autores desconocidos que habían firmado, la mayoría de las veces condes o vizcondes, al

pie de sus obras.

7. Libro-álbum, elegantemente presentado

8.

Se estremecía al levantar con su aliento el papel de seda de los grabados, que se

levantaba medio doblado y volvía a caer suavemente sobre la página. Era, detrás de la

balaustrada de un balcón, un joven de capa corta estrechando entre sus brazos a una

doncella vestida de blanco, que llevaba una escarcela a la cintura; o bien los retratos

anónimos de las ladies inglesas con rizos rubios, que nos miran con sus grandes ojos

claros bajo su sombrero de paja redondo. Se veían algunas recostadas en coches rodando

por los parques, donde un lebrel saltaba delante del tronco de caballos conducido al trote

por los pequeños postillones de pantalón blanco. Otras, tendidas sobre un sofá al lado de

una carta de amor abierta, contemplaban la luna por la ventana entreabierta, medio tapada

por una cortina negra. Las ingenuas, una lágrima en la mejilla, besuqueaban una tórtola a

través de los barrotes de una jaula gótica, o, sonriendo, con la cabeza bajo el hombro,

deshojaban una margarita con sus dedos puntiagudos y curvados hacia arriba como

zapatos de punta respingada. Y también estabais allí vosotros, sultanes de largas pipas,

extasiados en los cenadores, en brazos de las bayaderas, djiaours, sables turcos, gorros

griegos, y, sobre todo, vosotros, paisajes pálidos de las regiones ditirámbicas, que a

menudo nos mostráis a la vez palmeras, abetos, tigres a la derecha, un león a la izquierda,

minaretes tártaros en el horizonte, ruinas romanas en primer plano, después camellos

arrodillados; todo ello enmarcado por una selva virgen bien limpia y un gran rayo de sol

perpendicular en el agua, de donde de tarde en tarde emergen como rasguños blancos,

sobre un fondo de gris acero, unos cisnes nadando.

Y la pantalla del quinqué, colgado de la pared, por encima de la cabeza de Emma,

iluminaba todos estos cuadros del mundo, que desfilaban ante ella unos detrás de otros,

en el silencio del dormitorio y en el ruido lejano de algún simón retrasado que rodaba

todavía por los bulevares.

Cuando murió su madre, lloró mucho los primeros días. Mandó hacer un cuadro

fúnebre con el pelo de la difunta, y, en una carta que enviaba a Les Bertaux, toda llena de

reflexiones tristes sobre la vida, pedía que cuando muriese la enterrasen en la misma

sepultura. El pobre hombre creyó que estaba enferma y fue a verla. Emma se sintió

satisfecha de haber llegado al primer intento a ese raro ideal de las existencias pálidas, a

donde jamás llegan los corazones mediocres. Se dejó, pues, llevar por los meandros

lamartinianos, escuchó las arpas sobre los lagos, todos los cantos de cisnes moribundos,

todas las caídas de las hojas, las vírgenes puras que suben al cielo y la voz del Padre

Eterno resonando en los valles. Se cansó de ello y, no queriendo reconocerlo, continuó

por hábito, después por vanidad, y finalmente se vio sorprendida de sentirse sosegada y

sin más tristeza en el corazón que arrugas en su frente.

Las buenas monjas, que tanto habían profetizado su vocación, se dieron cuenta con gran

asombro de que la señorita Rouault parecía írseles de las manos. En efecto, ellas le

habían prodigado tanto los oficios, los retiros, las novenas y los sermones, predicado tan

bien el respeto que se debe a los santos y a los mártires, y dado tantos buenos consejos

para la modestia del cuerpo y la salvación de su alma, que ella hizo como los caballos a

los que tiran de la brida: se paró en seco y el bocado se le salió de los dientes. Aquella

alma positiva, en medio de sus entusiasmos, que había amado la iglesia por sus flores, la

música por la letra de las romanzas y la literatura por sus excitaciones pasionales, se

sublevaba ante los misterios de la fe, lo mismo que se irritaba más contra la disciplina,

que era algo que iba en contra de su constitución. Cuando su padre la retiró del internado,

no sintieron verla marchar. La superiora encontraba incluso que se había vuelto, en los

últimos tiempos, poco respetuosa con la comunidad.

A Emma, ya en su casa, le gustó al principio mandar a los criados, luego se cansó del

campo y echó de menos su convento. Cuando Carlos vino a Les Bertaux por primera vez,

ella se sentía como muy desilusionada, como quien no tiene ya nada que aprender, ni le

queda nada por experimentar.

Pero la ansiedad de un nuevo estado, o tal vez la irritación causada por la presencia de

aquel hombre, había bastado para hacerle creer que por fin poseía aquella pasión

maravillosa que hasta entonces se había mantenido como un gran pájaro de plumaje rosa

planeando en el esplendor de los cielos poéticos, y no podía imaginarse ahora que aquella

calma en que viva fuera la felicidad que había soñado.

CAPÍTULO VII

A veces pensaba que, a pesar de todo, aquellos eran los más bellos días de su vida, la

luna de miel como decían. Para saborear su dulzura, habría sin duda que irse a esos países

de nombres sonoros donde los días que siguen a la boda tienen más suaves ocios. En

sillas de posta, bajo cortinillas de seda azul, se sube al paso por caminos escarpados, escuchando

la canción del postillón, que se repite en la montaña con las campanillas de las

cabras y el sordo rumor de, la cascada. Cuando se pone el sol, se respira a la orilla de los

golfos el perfume de los limoneros; después, por la noche, en la terraza de las quintas, a

solas y con los dedos entrecruzados, se mira a las estrellas haciendo proyectos. Le parecía

que algunos lugares en la tierra debían de producir felicidad, como una planta propia de

un suelo y que no prospera en otra parte. ¡Quién pudiera asomarse al balcón de los

chalets suizos o encerrar su tristeza en una casa de campo escocesa, con su marido

vestido de frac de terciopelo negro de largos faldones y calzado con botas flexibles y con

un sombrero puntiagudo y puños en las bocamangas!

Quizás hubiera deseado hacer a alguien la confidencia de todas estas cosas. Pero,

¿cómo explicar un vago malestar que cambia de aspecto como las nubes, que se

arremolina como el viento? Le faltaban las palabras, la ocasión, ¡el valor!

Si Carlos, sin embargo, lo hubiera querido, si lo hubiera sospechado, si su mirada, por

una sola vez, hubiera ido al encuentro de su pensamiento, le parecía que una abundancia

súbita se habría desprendido de su corazón, como cae la fruta de un árbol en espaldar

cuando se acerca a él la mano. Pero a medida que se estrechaba más la intimidad de su

vida, se producía un despegue interior que la separaba de él.

La conversación de Carlos era insulsa como una acera de calle, y las ideas de todo el

mundo desfilaban por ella en su traje ordinario, sin causar emoción, risa o ensueño.

Nunca había sentido curiosidad -decía- cuando vivía en Rouen, por ir al teatro a ver a los

actores de París. No sabía ni nadar ni practicar la esgrima, ni tirar con la pistola, y, un día,

no fue capaz de explicarle un término de equitación que ella había encontrado en una

novela.

¿Acaso un hombre no debía conocerlo todo, destacar en actividades múltiples, iniciar a

la mujer en las energías de la pasión, en los refinamientos de la vida, en todos los

misterios? Pero éste no enseñaba nada, no sabía nada, no deseaba nada. La creía feliz y

ella le reprochaba aquella calma tan impasible, aquella pachorra apacible, hasta la

felicidad que ella le proporcionaba.

Emma dibujaba a veces; y para Carlos era un gran entretenimiento permanecer a11í, de

pie, mirándola inclinada sobre la lámina, guiñando los ojos para ver mejor su obra, o

modelando con los dedos bolitas de miga de pan. Cuando tocaba el piano, cuanto más

veloces corrían los dedos, más embelesado se quedaba él. Ella golpeaba las teclas con

aplomo, y recorría de arriba a abajo el teclado sin pararse. Sacudido así por ella, el viejo

instrumento, cuyas cuerdas tremolaban, se oía hasta el extremo del pueblo si la ventana

estaba abierta, y a menudo el alguacil que pasaba por la carretera se paraba a escucharlo,

con su hoja de papel en la mano.

Por otra parte, Emma sabía llevar su casa. Enviaba a los enfermos la cuenta de sus

visitas, en cartas tan bien escritas, que no olían a factura. Cuando, los domingos, tenían

algún vecino invitado, se ingeniaba para presentar un plato atractivo, sabía colocar sobre

hojas de parra las pirámides de claudias, servía los tarros de confitura volcados en un

plato, a incluso hablaba de comprar enjuagadientes para el postre. Todo esto repercutía en

la consideración de Bovary.

Carlos terminaba estimándose más por tener una mujer semejante. Mostraba con

orgullo en la sala dos pequeños croquis dibujados a lápiz por ella, a los que había

mandado poner unos marcos muy anchos y colgar sobre el papel de la pared con largos

cordones verdes. Al salir de misa, se le veía en la puerta de la casa con bonitas zapatillas

bordadas.

Volvía tarde a casa, a las diez, a medianoche a veces. Entonces pedía la cena, y, como

la criada estaba acostada, era Emma quien se la servía. Se quitaba la levita para cenar más

cómodo. Iba contando una tras otra las personas que había encontrado, los pueblos donde

había estado, las recetas que había escrito, y, satisfecho de sí mismo, comía el resto del

guisado, pelaba su queso, mordía una manzana, vaciaba su botella, se acostaba boca

arriba y roncaba.

Como había tenido durante mucho tiempo la costumbre del gorro de algodón para

dormir, su pañuelo no le aguantaba en las orejas; por eso su pelo, por la mañana, estaba

caído, revuelto sobre su cara y blanqueado por la pluma de la almohada, cuyas cintas se

desataban durante la noche. Llevaba siempre unas fuertes botas, que tenían en la punta

dos pliegues gruesos torciendo hacia los tobillos mientras que el resto del empeine

continuaba en línea recta, estirado como si estuviera ep la horma. Decía que esto era

suficiente para el campo.

La madre estaba de acuerdo con esta economía, pues iba a verlo como antes, cuando

había habido en su casa alguna disputa un poco violenta; y sin embargo la señora Bovary

madre parecía prevenida contra su nuera. ¡La encontraba «de un tono demasiado subido

para su posición económica»; la leña, el azúcar y las velas se gastaban como en una gran

casa y la cantidad de carbón que se quemaba en la cocina habría bastado para veinticinco

platos! Ella ordenaba la ropa en los armarios y le enseñaba a vigilar al carnicero cuando

traía la carne. Emma recibía sus lecciones; la señora Bovary las prodigaba; y las palabras

de «hija mía» y de «mamá» se intercambiaban con un ligero temblor de labios lanzándose

cada una palabras suaves con una voz temblando de cólera.

En el tiempo de la señora Dubuc(1), la vieja señora se sentía todavía la preferida; pero,

ahora, el amor de Carlos por Emma le parecía una deserción de su ternura, una invasión

de aquello que le pertenecía; y observaba la felicidad de su hijo con un silencio triste,

como alguien venido a menos que mira, a través de los cristales, a la gente sentada a la

mesa en su antigua casa. Le recordaba sus penas y sus sacrificios, y, comparándolos con

las negligencias de Emma, sacaba la conclusión de que no era razonable adorarla de una

manera tan exclusiva.

1. La primera mujer de Carlos Bovary.

Carlos no sabía qué responder; respetaba a su madre y amaba infinitamente a su mujer;

consideraba el juicio de una como infalible y, al mismo tiempo, encontraba a la otra

irreprochable. Cuando la señora Bovary se había ido, él intentaba insinuar tímidamente, y

en los mismos términos, una o dos de las más anodinas observaciones que había oído a su

madre; Emma, demostrándole con una palabra que se equivocaba, le decía que se

ocupase de sus enfermos.

Entretanto, según teorías que ella creía buenas, quiso sentirse enamorada. A la luz de la

luna, en el jardín, recitaba todas las rimas apasionadas que sabía de memoria y le cantaba

suspirando adagios melancólicos; pero pronto volvía a su calma inicial y Carlos no se

mostraba ni más enamorado ni más emocionado.

Después de haber intentado de este modo sacarle chispas a su corazón sin conseguir

ninguna reacción de su marido, quien, por lo demás, no podía comprender lo que ella no

sentía, y sólo creía en lo que se manifestaba por medio de formas convencionales, se

convenció sin dificultad de que la pasión de Carlos no tenía nada de exorbitante. Sus

expansiones se habían hecho regulares; la besaba a ciertas horas, era un hábito entre

otros, y como un postre previsto anticipadamente, después de la monotonía de la cena.

Un guarda forestal, curado por el señor de una pleuresía, había regalado a la señora una

perrita galga italiana; ella la llevaba de paseo, pues salía a veces, para estar sola un

instante y perder de vista el eterno jardín con el camino polvoriento.

Iba hasta el hayedo de Banneville, cerca del pabellón abandonado que hace esquina con

la pared, por el lado del campo. Hay en el foso, entre las hierbas, unas largas cañas de

hojas cortantes.

Empezaba a mirar todo alrededor, para ver si había cambiado algo desde la última vez

que había venido. Encontraba en sus mismos sitios las digitales y los alhelíes, los ramos

de ortigas alrededor de las grandes piedras y las capas de liquen a lo largo de las tres

ventanas, cuyos postigos siempre cerrados se iban cayendo de podredumbre sobre sus

barrotes de hierro oxidado. Su pensamiento, sin objetivo al principio, vagaba al azar,

como su perrita, que daba vueltas por el campo, ladraba detrás de las mariposas amarillas,

cazaba las musarañas o mordisqueaba las amapolas a orillas de un trigal. Luego sus ideas

se fijaban poco a poco, y, sentada sobre el césped, que hurgaba a golpecitos con la

contera de su sombrilla, se repetía:

-¡Dios mío!, ¿por qué me habré casado?

En la ciudad, con el ruido de las calles, el murmullo de los teatros y las luces del baile,

llevaban unas vidas en las que el corazón se dilata y se despiertan los sentidos. Pero su

vida era fría como un desván cuya ventana da al norte, y el aburrimiento, araña

silenciosa, tejía su tela en la sombra en todos los rincones de su corazón. Recordaba los

días de reparto de premios, en que subía al estrado para ir a recoger sus pequeñas

coronas. Con su pelo trenzado, su vestido blanco y sus zapatitos de «prunelle»(2)

escotados, tenía un aire simpático, y los señores, cuando regresaba a su puesto, se

inclinaban para felicitarla; el patio estaba lleno de calesas, le decíán adiós por las

portezuelas, el profesor de música pasaba saludando con su caja de violín. ¡Qué lejos

estaba todo aquello! iQué lejos estaba!

2. Tela de lana lisa o de lana y seda que se usaba para confeccionar zapatos finos y

ligeros de señora.

Llamaba a Djali, la cogía entre sus rodillas, pasaba sus dedos sobre su larga cabeza fina

y le decía:

-Vamos, besa a tu ama, tú que no tienes penas.

Después, contemplando el gesto melancólico del esbelto animal que bostezaba

lentamente, se enternecía, y, comparándolo consigo misma, le hablaba en alto, como a un

afligido a quien se consuela.

A veces llegaban ráfagas de viento, brisas del mar que, extendiéndose de repente por

toda la llanura del País de Caux, traían a los confines de los campos un frescor salado.

Los juncos silbaban a ras de tierra, y las hojas de las hayas hacían ruido con un temblor

rápido, mientras que las copas, balanceándose sin cesar, proseguían su gran murmullo.

Emma se ceñía el chal a los hombros y se levantaba.

En la avenida, una luz verde proyectada por el follaje iluminaba el musgo raso, que

crujía suavemente bajo sus pies. El sol se ponía; el cielo estaba rojo entre las ramas, y los

troncos iguales de los árboles plantados en línea recta parecían una columnata parda que

se destacaba sobre un fondo dorado; el miedo se apoderaba de ella, llamaba a Djali,

volvía de prisa a Tostes por la carretera principal, se hundía en un sillón y no hablaba en

toda la noche.

Pero a finales de septiembre algo extraordinario pasó en su vida: fue invitada a la

Vaubyessard, a casa del marqués de Anvervilliers.

Secretario de Estado bajo la Restauración, el marqués, que trataba de volver a la vida

política, preparaba desde hacía mucho tiempo su candidatura a la Cámara de Diputados.

En invierno hacía muchos repartos de leña, y en el Consejo General reclamaba siempre

con interés carreteras para su distrito. En la época de los grandes calores había tenido un

flemón en la boca, del que Carlos le había curado como por milagro, acertando con un

toque de lanceta.

El administrador enviado a Tostes para pagar la operación contó, por la noche, que

había visto en el huertecillo del médico unas cerezas soberbias. Ahora bien, las cerezas

crecían mal en la Vaubyessard, el señor marqués pidió algunos esquejes a Bovary, se

sintió obligado a darle las gracias personalmente, vio a Emma, se dio cuenta de que tenía

una bonita cintura y de que no saludaba como una campesina; de modo que no creyeron

en el castillo sobrepasar los límites de la condescendencia, ni por otra parte cometer una

torpeza, invitando al joven matrimonio.

Un miércoles, a las tres, el señor y la señora Bovary salieron en su carricoche para la

Vaubyessard, con un gran baúl amarrado detrás y una sombrerera que iba colocada

delante del pescante. Carlos llevaba además una caja entre las piernas.

Llegaron al anochecer, cuando empezaban a encender los faroles en el parque para

alumbrar a los coches.

CAPÍTULO VIII

A mansión, de construcción moderna, al estilo italiano, con dos alas salientes y tres

escalinatas, se alzaba en la parte baja de un inmenso prado cubierto de hierba donde

pastaban algunas vacas, entre bosquecillos de grandes árboles espaciados mientras que

macizos de arbustos, rododendros, celindas y bolas de nieve abombaban sus matas de

verdor desiguales sobre la línea curva del camino enarenado.

Por debajo de un puente corría un riachuelo; a través de la bruma, se distinguían unas

construcciones cubiertas de paja, esparcidas en la pradera, que terminaba en suave

pendiente en dos lomas cubiertas de bosque y, por detrás, en los macizos, se alzaban, en

dos líneas paralelas, las cocheras y las cuadras, restos que se conservaban del antiguo

castillo demolido.

El carricoche de Carlos se paró delante de la escalinata central; aparecieron unos

criados; se adelantó el marqués, y, ofrecíendo el brazo a la mujer del médico, la introdujo

en el vestíbulo.

Estaba pavimentado de losas de mármol, era de techo muy alto, y el ruido de los pasos,

junto con el de las voces, resonaba como en una iglesia. Enfrente subía una escalera recta,

y a la zquierda una galería que daba al jardín conducía a la sala de billar, desde cuya

puerta se oía el ruido de las bolas de marfil al chocar en carambola. Cuando lo atravesaba

para ir al salón, Emma vio alrededor de la mesa a unos hombres de aspecto grave,

apoyado el mentón sobre altas corbatas, todos ellos con condecoraciones, y sonriendo en

silencio al empujar el taco de billar. De la oscura madera que revestía las paredes

colgaban unos grandes cuadros con marco dorado que tenían al pie unos nombres escritos

en letras negras. Emma leyó: «Juan Antonio d’Andervilliers d’lberbonville, conde de la

Vaubyessard y barón de la Fresnaye, muerto en la batalla de Coutras, el 20 de octubre de

1587.» Y en otro: «Juan Antonio Enrique—Guy d’Andervilliers de la Vaubyessard,

almirante de Francia y caballero de la Orden de San Miguel, herido en el combate de la

Hougue. Saint-Vaast, el 29 de mayo de 1692, muerto en la Vaubyessard el 23 de enero de

1693.» Después, los siguientes apenas se distinguían porque la luz de las lámparas,

proyectada sobre el tapete verde del billar, dejaba flotar una sombra en la estancia.

Bruñendo los cuadros horizontales, se quebraba contra ellos en finas aristas, según las

resquebrajaduras del barniz; y de todos aquellos grandes cuadros negros enmarcados en

oro se destacaba, acá y a11á, alguna parte más clara de la pintura, una frente pálida, dos

ojos que parecían mirarte, unas pelucas que se extendían sobre el hombro empolvado de

los uniformes rojos, o bien la hebilla de una jarretera en lo alto de una rolliza pantorrilla.

El marqués abrió la puerta del salón; una de las damas se levantó (la marquesa en

persona), fue al encuentro de Emma y le hizo sentarse a su lado en un canapé, donde

empezó a hablarle amistosamente, como si la conociese desde hacía mucho tiempo. Era

una mujer de unos cuarenta años, de hermosos hombros, nariz aguileña, voz cansina, y

que llevaba aquella noche sobre su pelo castaño, una sencilla mantilla de encaje que le

caía por detrás en triángulo. A su lado estaba una joven rubia sentada en una silla de

respaldo alto; y unos señores, que llevaban una pequeña flor en el ojal de su frac,

conversaban con las señoras alrededor de la chimenea.

A las siete sirvieron la cena. Los hombres, más numerosos, pasaron a la primera mesa,

en el vestíbulo, y las señoras a la segunda, en el comedor, con el marqués y la marquesa.

A1 entrar, Ernma se sintió envuelta por un aire cálido, mezcla de perfume de flores y de

buena ropa blanca, del aroma de las viandas y del olor de las trufas. Las velas de los

candelabros elevaban sus llamas sobre las tapas de las fuentes de plata; los cristales

tallados, cubiertos de un vaho mate, reflejaban unos rayos pálidos; a lo largo de la mesa

se alineaban ramos de flores, y, en los platos de anchos bordes las servilletas, dispuestas

en forma de mitra, sostenían en el hueco de sus dos pliegues cada una un panecillo

ovalado. Las patas rojas de los bogavantes salían de las fuentes; grandes frutas en cestas

caladas se escalinaban sobre el musgo; las codornices conservaban sus plumas, olía a

buena comida; y con medias de seda, calzón corto, corbata blanca, chorreras, grave como

un juez, el maestresala que pasaba entre los hombros de los invitados las fuentes con las

viandas ya trinchadas, hacía saltar con un golpe de cuchara el trozo que cada uno escogía.

Sobre la gran estufa de porcelana una estatua de mujer embozada hasta el mentón miraba

inmóvil la sala llena de gente.

Madame Bovary observó que varias damas no habían puesto los guantes en su copa(1).

Entretanto, en la cabecera de la mesa, solo entre todas estas mujeres, inclinado sobre su

plato lleno, y con la servilleta atada al cuello como un niño, un anciano comía, dejando

caer de su boca gotas de salsa. Tenía los ojos enrojecidos y llevaba una pequeña coleta,

atada con una cinta negra. Era el suegro del marqués, el viejo duque de Laverdière, el

antiguo favorito del conde de Artón, en tiempos de las partidas de caza en Vaudreuil, en

casa del marqués de Conflans, y que había sido, decían, el amante de la reina María

Antonieta, entre los señores de Coigny y de Lauzun. Había llevado una vida escandalosa,

llena de duelos, de apuestas, de mujeres raptadas, había derrochado su fortuna y asustado

a toda su familia. Un criado, detrás de su silla, le nombraba en voz alta, al oído, los platos

que él señalaba con el dedo tartamudeando; y sin cesar los ojos de Emma se volvían

automáticamente a este hombre de labios colgantes, como a algo extraordinario y

augusto. ¡Había vivido en la Corte y se había acostado en lechos de reinas!

1. Era una señal. Las mujeres distinguidas solían beber poco. Las que no tomaban vino ponían sus

guantes en el vaso para indicar que no les sirvieran. Eran guantes de ceremonia, a juego con el vestido. Se

encuentran testimonios literarios de esta costumbre en las novelas francesas del siglo XIX.

Sirvieron vino de champaña helado. Emma tembló en toda su piel al sentir aquel frío en

su boca. Nunca había visto granadas ni comido piña. El azúcar en polvo incluso le

pareció más blanco y más fino que en otros sitios.

Después, las señoras subieron a sus habitaciones a arreglarse para el baile.

Emma se acicaló con la conciencia meticulosa de una actriz debutante. Se arregló el

pelo, según las recomendaciones del peluquero, y se enfundó en su vestido de barés(2),

extendido sobre la cama. A Carlos le apretaba el pantalón en el vientre.

-Las trabillas me van a molestar para bailar -dijo.

-¿Bailar? -replicó Emma.

-¡Sí!

-¡Pero has perdido la cabeza!, se burlarían de ti, quédate en tu sitio. Además, es más

propio para un médico -añadió ella.

Carlos se calló. Se paseaba por toda la habitación esperando que Emma terminase de

vestirse.

La veía por detrás, en el espejo, entre dos candelabros. Sus ojos negros parecían más

negros. Sus bandós, suavemente ahuecados hacia las orejas, brillaban con un destello

azul; en su moño temblaba una rosa sobre un tallo móvil, con gotas de agua artificiales en

la punta de sus hojas. Llevaba un vestido de azafrán pálido, adornado con ramilletes de

rosas de pitiminí mezcladas con verde.

Carlos fue a besarle en el hombro.

-¡Déjame! -le dijo ella-. Me arrugas el vestido.

Se oyó un ritornelo de un violín y los sonidos de una trompa. Ella bajó la escalera,

conteniéndose para no correr.

Habían empezado las contradanzas. Llegaba la gente. Se empujaban. Emma se situó

cerca de la puerta, en una banqueta.

2. Barège: tela de lana ligera y no cruzada, primitivamente fabricada en Barège (Altos Pirineos), que

sirve para hacer chales, vestidos, etc.

Terminada la contradanza, quedó libre la pista para los grupos de hombres que

charlaban de pie y los servidores de librea que traían grandes bandejas. En la fila de las

mujeres sentadas, los abanicos pintados se agitaban, los ramilletes de flores medio

ocultaban la sonrisa de las caras, y los frascos con tapa de oro giraban en manos

entreabiertas cuyos guantes blancos marcaban la forma de las uñas y apretaban la carne

en la muñeca. Los adornos de encajes, los broches de diamantes, las pulseras de medallón

temblaban en los corpiños, relucían en los pechos, tintineaban en los brazos desnudos.

Las cabelleras, bien pegadas en las frentes y recogidas en la nuca, lucían en coronas, en

racimos, o en ramilletes de miosotis, jazmín, flores de granado, espigas o acianos.

Algunas madres, con mirada ceñuda, tocadas de turbantes rojos, permanecían pacíficas en

sus asientos.

A Emma le palpitó un poco el corazón cuando, enlazada a su caballero por la punta de

los dedos, fue a ponerse en fila, y esperó el ataque del violín para comenzar. Pero pronto

desapareció la emoción; y balanceándose al ritmo de la orquesta, se deslizaba hacia

delante, con ligeros movimientos del cuello. Una sonrisa le asomaba a los labios al

escuchar ciertos primores del violín, que tocaba solo, a veces, cuando se callaban los

otros instrumentos; se oía el claro sonido de los luises de oro que se echaban al lado sobre

los tapetes de las mesas; después, todo recomenzaba al mismo tiempo, el cornetín lanzaba

un trompetazo sonoro, los pies volvían a encontrar el compás, las faldas se ahuecaban, se

cogían las manos, se soltaban; los mismos ojos, que se bajaban ante la pareja de baile,

volvían a fijarse en ella.

Algunos hombres, unos quince, de veinticinco a cuarenta años, que se movían entre las

parejas de baile o charlaban a la entrada de las puertas, se distinguían de la muchedumbre

por un aire de familia, cualesquiera que fuesen sus diferencias de edad, de atuendo o de

cara.

Sus trajes, mejor hechos, parecían de un paño más suave, y sus cabellos peinados en

bucles hacia las sienes, abrillantados por pomadas más finas. Tenían la tez de la riqueza,

esa tez blanca realzada por la palidez de las porcelanas, los reflejos del raso, el barniz de

los bellos muebles, y que se mantiene lozano gracias a un régimen discreto de alimentos

exquisitos. Su cuello se movía holgadamente sobre sus corbatas bajas; sus patillas largas

caían sobre cuellos vueltos; se limpiaban los labios con pañuelos bordados con una gran

inicial y que desprendían un perfume suave. Los que empezaban a envejecer tenían

aspecto juvenil, mientras que un aire de madurez se veía en la cara de los jóvenes. En sus

miradas indiferentes flotaba el sosiego de las pasiones diariamente satisfechas; y, a través

de sus maneras suaves, se manifestaba esa brutalidad particular que comunica el dominio

de las cosas medio fáciles, en las que se ejercita la fuerza y se recrea la vanidad, el

manejo de los caballos de raza y el trato con las mujeres perdidas.

A tres pasos de Emma, un caballero de frac azul hablaba de Italia con una mujer pálida

que lucía un aderezo de perlas. Ponderaban el grosor de los pilares de San Pedro, Tívoli,

el Vesubio, Castellamare y los Cassines, las rosas de Génova, el Coliseo a la luz de la

luna. Emma escuchaba con su otra oreja una conversación con muchas palabras que no

entendía. Rodeaban a un hombre muy joven que la semana anterior había derrotado a

Miss-Arabelle y a Romulus y ganado dos mil luises saltando un foso en Inglaterra. Uno se

quejaba de sus jinetes, que engordaban; otro, de las erratas de imprenta que habían

alterado el nombre del animal.

La atmósfera del baile estaba pesada; las lámparas palidecían. La gente refluía a la sala

de billar. Un criado se subió a una silla y rompió dos cristales; al ruido de los vidrios

rotos, Madame Bovary volvió la cabeza y percibió en el jardín, junto a las vidrieras, unas

caras de campesinos que estaban mirando. Entonces acudió a su memoria el recuerdo de

Les Bertaux. Volvió a ver la granja, la charca cenagosa, a su padre en blusa bajo los

manzanos, y se vio a sí misma, como antaño, desnatando con su dedo los barreños de

leche en la lechería. Pero, ante los fulgores de la hora presente, su vida pasada, tan clara

hasta entonces, se desvanecía por completo, y hasta dudaba si la había vivido. Ella estaba

a11í: después, en torno al baile, no había más que sombra que se extendía a todo lo

demás. En aquel momento estaba tomando un helado de marrasquino, que sostenía con la

mano izquierda, en una concha de plata sobredorada, y entornaba los ojos con la

cucharilla entre los dientes.

Una señora a su lado dejó caer su abanico. Un danzante pasaba.

-¿Me hace el favor -dijo la señora-, de recogerme el abanico, que está detrás de ese

canapé?

El caballero se inclinó, y mientras hacía el movimiento de extender el brazo, Emma vio

la mano de la joven que echaba en su sombrero algo de color blanco, doblado en forma

de triángulo. El caballero recogió el abanico y se lo ofreció a la dama respetuosamente;

ella le dio las gracias con una señal de cabeza y se puso a oler su ramillete de flores.

Después de la cena, en la que se sirvieron muchos vinos de España, del Rin, sopas de

cangrejos y de leche de almendras, pudín a to Trafalgar y toda clase de carnes frías con

gelatinas alrededor que temblaban en las fuentes, los coches empezaron a marcharse unos

detrás de otros. Levantando la punta de la cortina de muselina, se veía deslizarse en la

sombra la luz de sus linternas. Las banquetas se vaciaban; todavía quedaban algunos

jugadores; los músicos humedecían con la lengua la punta de sus dedos; Carlos estaba

medio dormido, con la espalda apoyada contra una puerta.

A las tres de la mañana comenzó el cotillón. Emma no sabía bailar el vals. Todo el

mundo valseaba, incluso la misma señorita d’Andervilliers y la marquesa; no quedaban

más que los huéspedes del palacio, una docena de personas más o menos.

Entretanto, uno de los valseadores, a quien llamaban familiarmente «vizconde», y cuyo

chaleco muy abierto parecía ajustado al pecho, se acercó por segunda vez a invitar a

Madame Bovary asegurándole que la llevaría y que saldría airosa.

Empezaron despacio, después fueron más deprisa. Daban vueltas: todo giraba a su

alrededor, las lámparas, los muebles, las maderas, el suelo, como un disco sobre su eje.

Al pasar cerca de las puertas, los bajos del vestido de Emma se pegaban al pantalón del

vizconde; sus piernas se entrecruzaban; él inclinaba su mirada hacia ella, ella levantaba la

suya hacia él; una especie de mareo se apoderó de ella, se quedó parada. Volvieron a

empezar; y, con un movimiento más rápido, el vizconde, arrastrándola, desapareció con

ella hasta el fondo de la galería, donde Emma, jadeante, estuvo a punto de caerse, y un

instante apoyó la cabeza sobre el pecho del vizconde, y después, sin dejar de dar vueltas,

pero más despacio, él la volvió a acompañar a su sitio; ella se apoyó en la pared y se tapó

los ojos con la mano.

Cuando volvió a abrirlos, en medio del salon, una dama sentada sobre un taburete tenía

delante de sí a tres caballeros arrodillados. Ella escogió al vizconde, y el violin volvió a

empezar.

Los miraban. Pasaban y volvían, ella con el cuerpo inmóvil y el mentón bajado, y él

siempre en su misma postura, arqueado el cuerpo, echado hacia atrás, el codo

redondeado, los labios salientes. ¡Ésta sí que sabía valsear! Continuaron mucho tiempo y

cansaron a todos los demás.

Aún siguieron hablando algunos minutos, y, después de darse las buenas noches o más

bien los buenos días, los huéspedes del castillo fueron a acostarse.

Carlos arrastraba los pies cogiéndose al pasamanos, las rodillas se le metian en el

cuerpo. Habia pasado cinco horas seguidas, de pie delante de las mesas, viendo jugar al

whist(3) sin entender nada. Por eso dejó escapar suspiros de satisfacción cuando se quitó

las botas.

3. Juego de cartas extendido en Francia en el siglo XIX, antecedence del bridge.

Emma se puso un chal sobre los hombros, abrió la ventana y apoyó los codos en el

antepecho.

La noche estaba oscura. Caían unas gotas de lluvia. Ella aspiró el viento húmedo que le

refrescaba los párpados. La música del baile zumbaba todavía en su oido, y hacía

esfuerzos por mantenerse despierta, a fin de prolongar la ilusión de aquella vida de lujo

que pronto tendría que abandonar.

Empezó a amanecer. Emma miró detenidamente las ventanas del castillo, intentando

adivinar cuáles eran las habitaciones de todos aquéllos que había visto la víspera. Hubiera

querido conocer sus vidas, penetrar en ellas, confundirse con ellas.

Pero temblaba de frío. Se desnudó y se arrebujó entre las sábanas, contra Carlos, que

dormía.

Hubo mucha gente en el desayuno. Duró diez minutos; no se sirvió ningún licor, lo cual

extrañó al médico. Después, la señorita d’Andervilliers recogió los trozos de bollo en una

cestilla para llevárselos a los cisnes del estanque y se fueron a pasear al invernadero,

caliente, donde unas plantas raras, erizadas de pelos, se escalonaban en pirámides bajo

unos jarrones colgados, que, semejantes a nidos de serpientes, rebosantes, dejaban caer de

su borde largos cordones verdes entrelazados.

El invernadero de naranjos, que se encontraba al fondo, conducía por un espacio

cubierto hasta las dependencias del castillo. El marqués, para entretener a la joven, la

llevó a ver las caballerizas. Por encima de los pesebres, en forma de canasta, unas placas

de porcelana tenian grabado en negro el nombre de los caballos. Cada animal se agitaba

en su compartimento cuando se pasaba cerca de él chasqueando la lengua. El suelo del

guadarnés brillaba a la vista como el de un salón. Los arreos de coche estaban colocados

en el medio sobre dos columnas giratorias, y los bocados, los látigos, los estribos, las

barbadas, alineadas a todo to largo de la pared.

Carlos, entretanto, fue a pedir a un criado que le enganchara su coche. Se lo llevaron

delante de la escalinata, y una vez en él todos los paquetes, los esposos Bovary hicieron

sus cumplidos al marqués y a la marquesa y salieron para Tostes.

Emma, silenciosa, miraba girar las ruedas. Carlos, situado en la punta de la banqueta,

conducía con los dos brazos separados, y el pequeño caballo trotaba levantando las dos

patas del mismo lado entre los varales que estaban demasiado separados para él. Las

riendas flojas batían sobre su grupa empapándose de sudor, y la caja atada detrás del

coche golpeaba acompasadamente la carrocería.

Estaban en los altos de Thibourville, cuando de pronto los pasaron unos hombres a

caballo riendo con sendos cigarros en la boca. Emma creyó reconocer al vizconde; se

volvió y no percibió en el horizonte más que el movimiento de cabezas que bajaban y

subían, según la desigual cadencia del trote o del galope.

Un cuarto de hora más tarde hubo que pararse para arreglar con una cuerda la correa de

la retranca que se había roto.

Pero Carlos, echando una última ojeada al arnés, vio algo caído entre las piernas de su

caballo; y recogió una cigarrera toda bordada de seda verde y con un escudo en medio

como la portezuela de una carroza.

-Hasta hay dos cigarros dentro -dijo-; serán para esta noche, después de cenar.

-¿Así que tú fumas? -le preguntó ella.

-A veces, cuando hay ocasión.

Cuando llegaron a casa la cena no estaba preparada. La señora se enfadó. Anastasia

contestó insolentemente.

-¡Márchese! -dijo Emma-. Esto es una burla, queda despedida.

De cena había sopa de cebolla, con un trozo de ternera con acederas. Carlos, sentado

frente a Emma, dijo frotándose las manos con aire feliz:

-¡Qué bien se está en casa!

Se oía llorar a Anastasia. Él le tenía afecto a aquella pobre chica. En otro tiempo le

había hecho compañía durante muchas noches, en los ocios de su viudedad.

Era su primera paciente, su más antigua relación en el país.

-¿La has despedido de veras?

-Sí. ¿Quién me lo impide? -contestó Ernma.

Después se calentaron en la cocina mientras les preparaba su habitación.

Carlos se puso a fumar. Fumaba adelantando los labios, escupiendo a cada minuto,

echándose atrás a cada bocanada.

-Te va a hacer daño -le dijo ella desdeñosamente.

Dejó su cigarro y corrió a beber en la bomba un vaso de agua fría. Emma, cogiendo la

petaca, la arrojó vivamente en el fondo del armario.

¡Qué largo se hizo el día siguiente!

Emma se paseó por su huertecillo, yendo y viniendo por los mismos paseos, parándose

ante los arriates, ante la espaldera, ante el cura de alabastro, contemplando embobada

todas estas cosas de antaño que conocía tan bien.

¡Qué lejos le parecía el baile! ¿Y quién alejaba tanto la mañana de anteayer de la noche

de hoy? Su viaje a la Vaubyessard había abierto una brecha en su vida como esas grandes

grietas que una tormenta en una sola noche excava a veces en las montañas. Sin embargo,

se resignó; colocó cuidadosamente en la cómoda su hermoso traje y hasta sus zapatos de

raso, cuya suela se había vuelto amarilla al contacto con la cera resbaladiza del suelo. Su

corazón era como ellos; al roce con la riqueza, se le había pegado encima algo que ya no

se borraría.

El recuerdo de aquel baile fue una ocupación para Emma. Cada miércoles se decía al

despertar: «¡Ah, hace ocho días… hace quince días…, hace tres semanas, yo estaba a11í!»

Y poco a poco, las fisonomías se fueron confundiendo en su memoria, olvidó el aire de

las contradanzas, no vio con tanta claridad las libreas y los salones; algunos detalles se le

borraron, pero le quedó la añoranza.

CAPÍTULO IX

A menudo, cuando Carlos había salido, ella iba a coger en el armario, entre los pliegues

de la ropa blanca donde la había dejado, la cigarrera de seda verde.

La miraba, la abría, a incluso aspiraba el aroma de su forro, mezcla de verbena y de

tabaco. ¿De quién era? Del vizconde. Era quizás un regalo de su amante. Habrían

bordado aquello sobre algún bastidor de palisandro, mueble gracioso que se ocultaba a

todas las miradas, delante del cual habían pasado muchas horas y sobre el que se habrían

inclinado los suaves rizos de la bordadora pensativa. Un hálito de amor había pasado

entre las mallas del cañamazo; cada puntada de aguja habría fijado a11í una esperanza y

un recuerdo, y todos estos hilos de seda entrelazados no eran más que la continuidad de la

misma pasión silenciosa. Y después, el vizconde se la habría llevado consigo una

mañana. ¿De qué habrían hablado cuando la cigarrera se quedaba en las chimeneas de

ancha campana entre los jarrones de flores y los relojes Pompadour? Ella estaba en

Tostes. ¡El estaba ahora en París, tan lejos! ¿Cómo era París? ¡Qué nombre

extraordinario! Ella se lo repetía a media voz, saboreándolo; sonaba a sus oídos como la

campana de una catedral y resplandecía a sus ojos hasta en la etiqueta de sus tarros de

cosméticos.

De noche, cuando los pescaderos pasaban en sus carretas bajo sus ventanas cantando la

Marjolaine, ella se despertaba; y escuchando el ruido de las ruedas herradas que al salir

del pueblo se amortiguaba enseguida al pisar tierra, se decía:

-«¡Mañana estarán allí!»

Y los seguía en su pensamiento, subiendo y bajando las cuestas, atravesando los

pueblos, volando sobre la carretera principal, a la luz de las estrellas. A1 cabo de una

distancia indeterminada se encontraba siempre un lugar confuso donde expiraba su sueño.

Se compró un plano de París y, con la punta de su dedo sobre el mapa, hacía recorridos

por la capital. Subía los bulevares, deteniéndose en cada esquina, entre las líneas de las

calles, ante los cuadrados blancos que figuraban las casas. Por fin, cansados los ojos,

cerraba sus párpados, y veía en las tinieblas retorcerse al viento farolas de gas con

estribos de calesas, que bajaban con gran estruendo ante el peristilo de los teatros.

Se suscribió a La Corbeille, periódico femenino, y al Sylphe des salons. Devoraba, sin

dejarse nada, todas las reseñas de los estrenos de teatro, de carreras y de fiestas, se

interesaba por el debut de una cantante, por la apertura de una tienda. Estaba al tanto de

las modas nuevas, conocía las señas de los buenos modistos, los días de Bois o de

Ópera((1). Estudió, en Eugenio Sue, descripciones de muebles; leyó a Balzac y a George

Sand buscando en ellos satisfacciones imaginarias a sus apetencias personales. Hasta la

misma mesa llevaba su libro y volvía las hojas, mientras que Carlos comía y le hablaba.

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