El Tulipán Negro

6. agosto 2010

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Alejandro Dumas
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El Tulipán Negro
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I
Un Pueblo Agradecido
El 20 de agosto de 1672, la ciudad de La Haya, tan animada, tan blanca, tan coquetona que se diría
que todos los días son domingo, la ciudad de La Haya con su parque umbroso, con sus grandes árboles
inclinados sobre sus casas góticas, con los extensos espejos de sus canales en los que se reflejan sus
campanarios de cúpulas casi orientales; la ciudad de La Haya, la capital de las siete Provincias Unidas,
llenaba todas sus calles con una oleada negra y roja de ciudadanos apresurados, jadeantes, inquietos,
que corrían, cuchillo al cinto, mosquete al hombro o garrote en mano, hacia la Buytenhoff, formidable
prisión de la que aún se conservan hoy día las ventanas enrejadas y donde, desde la acusación de asesinato
formulada contra él por el cirujano Tyckelaer, languidecía Corneille de Witt, hermano del ex
gran pensionario de Holanda.

 

Si la historia de ese tiempo, y sobre todo de este año en medio del cual comenzamos nuestro relato,
no estuviera ligada de una forma indisoluble a los dos nombres que acabamos de citar, las pocas líneas
explicativas que siguen podrían parecer un episodio; pero anticipamos enseguida al lector, a ese viejo
amigo a quien prometemos siempre el placer en nuestra primera página, y con el cual cumplimos bien
que mal en las páginas siguientes; anticipamos, decimos, a nuestro lector, que esta explicación es tan
indispensable a la claridad de nuestra historia como al entendimiento del gran acontecimiento político
en la cual se enmarca.
Corneille o Cornelius de Witt, Ruart de Pulten, es decir, inspector de diques de este país, ex
burgomaestre de Dordrecht, su ciudad natal, y diputado por los Estados de Holanda, tenía cuarenta y
nueve años cuando el pueblo holandés, cansado de la república, tal como la entendía Jean de Witt,
gran pensionario de Holanda, se encariñó, con un amor violento, del estatuderato que el edicto
perpetuo impuesto por Jean de Witt en las Provincias Unidas había abolido en Holanda para siempre
jamás.
Si raro resulta que, en sus evoluciones caprichosas, la imaginación pública no vea a un hombre
detrás de un príncipe, así detrás de la república el pueblo veía a las dos figuras severas de los
hermanos De Witt, aquellos romanos de Holanda, desdeñosos de halagar el gusto nacional, y amigos
inflexibles de una libertad sin licencia y de una prosperidad sin redundancias, de la misma manera que
detrás del estatuderato veía la frente inclinada, grave y reflexiva del joven Guillermo de Orange, al que
sus contemporáneos bautizaron con el nombre de El Taciturno, adoptado para la posteridad.
Los dos De Witt trataban con miramiento a Luis XIV, del que sentían crecer el ascendiente moral
sobre toda Europa, y del que acababan de sentir el ascendiente material sobre Holanda por el éxito de
aquella campaña maravillosa del Rin, ilustrada por ese héroe de romance que se llamaba conde De
Guiche, y cantada por Boileau, campaña que en tres meses acababa de abatir el poderío de las
Provincias Unidas.
Luis XIV era desde hacía tiempo enemigo de los holandeses, que le insultaban y ridiculizaban
cuanto podían, casi siempre, en verdad, por boca de los franceses refugiados en Holanda. El orgullo
nacional hacía de él el Mitrídates de la república. Existía, pues, contra los De Witt la doble
animadversión que resulta de una enérgica resistencia seguida por un poder luchando contra el gusto
de la nación, y de la fatiga natural a todos los pueblos vencidos, cuando esperan que otro jefe pueda
salvarlos de la ruina y de la vergüenza.
Ese otro jefe, dispuesto a aparecer, dispuesto a medirse contra Luis XIV, por gigantesca que
pareciera ser su fortuna futura, era Guillermo, príncipe de Orange, hijo de Guillermo II, y nieto, por
parte de Henriette Stuart, del rey Carlos I de Inglaterra, ese niño taciturno, del que ya hemos dicho que
se veía aparecer su sombra detrás del estatuderato.
Ese joven tenía veintidós años en 1672. Jean de Witt había sido su preceptor y lo había educado con
el fin de hacer de este antiguo príncipe un buen ciudadano. En su amor por la patria que lo había
llevado por encima del amor por su alumno, por un edicto perpetuo, le había quitado la esperanza del
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estatuderato. Pero Dios se había reído de esta pretensión de los hombres, que hacen y deshacen las
potencias de la Tierra sin consultar con el Rey del cielo; y por el capricho de los holandeses y el terror
que inspiraba Luis XIV, acababa de cambiar la política del gran pensionario y de abolir el edicto perpetuo
restableciendo el estatuderato en Guillermo de Orange, sobre el que tenía sus designios, ocultos
todavía en las misteriosas profundidades del porvenir.
El gran pensionario se inclinó ante la voluntad de sus conciudadanos; pero Corneille de Witt fue más
recalcitrante, y a pesar de las amenazas de muerte de la plebe orangista que le sitiaba en su casa de
Dordrecht, rehusó firmar el acta que restablecía el estatuderato.
Bajo las súplicas de su llorosa mujer, firmó al fin, añadiendo solamente a su nombre estas dos letras:
V. C. (Vi coactus), lo que quería decir: «Obligado por la fuerza.»
Por un verdadero milagro, aquel día escapó a los golpes de sus enemigos.
En cuanto a Jean de Witt, su adhesión, más rápida y más fácil a la voluntad de sus conciudadanos
apenas le fue más provechosa. Pocos días después resultó víctima de una tentativa de asesinato.
Cosido a cuchilladas, poco faltó para que muriera de sus heridas.
No era aquello lo que necesitaban los orangistas. La vida de los dos hermanos era un eterno
obstáculo para sus proyectos; cambiaron, pues, momentáneamente, de táctica, libres, en un momento
dado, para coronar la segunda con la primera, a intentaron consumar, con ayuda de la calumnia, lo que
no habían podido ejecutar con el puñal.
Resulta bastante raro que, en un momento dado, se encuentre, bajo la mano de Dios, un gran hombre
para ejecutar una gran acción, y por eso, cuando se produce por casualidad esta combinación
providencial, la Historia registra en el mismo instante el nombre de ese hombre elegido, y lo
recomienda a la posteridad.
Pero cuando el diablo se mezcla en los asuntos humanos para arruinar una existencia o trastornar un
Imperio, es muy extraño que no se halle inmediatamente a su alcance algún miserable al que no hay
más que soplarle una palabra al oído para que se ponga seguidamente a la tarea.
Ese miserable, que en esta circunstancia se encontró dispuesto para ser el agente del espíritu
malvado, se llamaba, como creemos haber dicho ya, Tyckelaer, y era cirujano de profesión.
Declaró que Corneille de Witt, desesperado, como había demostrado, además, por su apostilla, de la
derogación del edicto perpetuo, a inflamado de odio contra Guillermo de Orange, había encargado a
un asesino que librase a la república del nuevo estatúder, y que ese asesino era él, Tyckelaer, quien,
atormentado por los remordimientos ante la sola idea de la acción que se le pedía, había preferido
revelar el crimen que cometerlo.
Pueden imaginarse la explosión que se originó entre los orangistas ante la noticia de este complot. El
procurador fiscal hizo arrestar a Corneille en su casa, el 16 de agosto de 1672; el Ruart de Pulten, el
noble hermano de Jean de Witt, sufrió en una sala de la Buytenhoff la tortura preparatoria destinada a
arrancarle, como a los más viles criminales, la confesión de su pretendido complot contra Guillermo.
Pero Corneille tenía no solamente un gran talento, sino también un gran corazón. Pertenecía a la gran
familia de mártires que, teniendo la fe política, como sus antepasados tenían la fe religiosa, sonríen en
los tormentos, y, durante la tortura, recitó con voz firme y espaciando los versos según su metro, la
primera estrofa de Justum et tenacem de Horacio, no confesó nada, y agotó no solamente la fuerza sino
también el fanatismo de sus verdugos.
No por ello los jueces exoneraron menos a Tyckelaer de toda acusación, ni dejaron de pronunciar
contra Corneille una sentencia que le degradaba de todos sus cargos y dignidades, condenándole a las
costas del juicio y desterrándole a perpetuidad del territorio de la república.
Ya era algo para la satisfacción del pueblo, a los intereses del cual se había dedicado constantemente
Corneille de Witt, ese arresto realizado no solamente contra un inocente, sino también contra un gran
ciudadano. Sin embargo, como se verá, esto no fue bastante.
Los atenienses, que han dejado una hermosa reputación de ingratitud, cedían en este punto ante los
holandeses. Aquellos se contentaron con desterrar a Arístides.
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Jean de Witt, a los primeros rumores-de la acusación formulada contra su hermano, había dimitido
de su cargo de gran pensionario. Así era dignamente recompensado por su devoción al país. Se llevaba
a su vida privada sus disgustos y sus heridas, únicos beneficios que consiguen en general las personas
honradas culpables de laborar por su patria olvidándose de ellas mismas.
Durante este tiempo, Guillermo de Orange esperaba, no sin apresurar los acontecimientos por todos
los medios en su poder, a que el pueblo del que era ídolo le construyera con los cuerpos de los dos
hermanos los dos peldaños que le hacían falta para alcanzar la silla del estatuderato.
Ahora bien, el 29 de agosto de 1672, como hemos dicho al comenzar este capítulo, toda la ciudad
corría hacia la Buytenhoff para asistir a la salida de Corneille de Witt de la prisión, partiendo para el
exilio, y ver qué señales había dejado la tortura sobre el cuerpo de ese hombre que conocía tan bien a
Horacio.
Apresurémonos a añadir que toda aquella multitud que se dirigía hacia la Buytenhoff no acudía
solamente con esta inocente intención de asistir a un espectáculo, sino que muchos, en sus filas, tenían
que representar un papel, o más bien completar un trabajo que creían había sido mal realizado.
Nos referimos al trabajo del verdugo.
Había otros, en verdad, que acudían con intenciones menos hostiles. Para ellos se trataba solamente
de ese espectáculo, siempre atrayente para la multitud, con el que se halaga el instintivo orgullo de ver
arrastrándose por el polvo al que ha estado mucho tiempo de pie.
Ese Corneille de Witt, ese hombre sin miedo, se decían, ¿no estaba encerrado, debilitado por la
tortura? ¿No iban a verlo, pálido, sangrante, avergonzado? ¿No era un hermoso triunfo para esta
burguesía, más envidiosa todavía que el pueblo, y del que todo buen ciudadano de La Haya debía
tomar parte?
Y, además, se decían los agitadores orangistas hábilmente mezclados en aquel gentío al que
esperaban manejar como un instrumento decisivo y contundente a la vez, ¿no se encontrará, desde la
Buytenhoff a la puerta de la ciudad, una ocasión para lanzar un poco de barro, incluso algunas piedras,
a ese Ruart de Pulten, que no solamente no ha dado el estatuderato al príncipe de Orange más que vi
coactus, sino que todavía ha querido hacerlo asesinar?
Sin contar, añadían los feroces enemigos de Francia, que, si se hacían las cosas bien y se mostraban
valientes en La Haya, no dejarían siquiera partir para el exilio a Corneille de Witt, quien, una vez libre,
tramaría todas sus intrigas con Francia y viviría del oro del marqués de Louvois con su perverso
hermano Jean.
En semejantes disposiciones, como es de prever, los espectadores corren más que caminan. Por ello,
los habitantes de La Haya corrían tan de prisa hacia la Buytenhoff.
En medio de los que más se apresuraban, lo hacía, con rabia en el corazón y sin proyectos en la
mente, el honrado Tyckelaer, jaleado por los orangistas como un héroe de probidad, de honor nacional
y de caridad cristiana.
Este valiente facineroso contaba, embelleciéndolas con todas las flores de su alma y todos los
recursos de su imaginación, las tentativas que Corneille de Witt había hecho contra su virtud, las
sumas que le había prometido y la infernal maquinación preparada de antemano para allanarle a él, a
Tyckelaer, todas las dificultades del asesinato.
Y cada frase de su discurso, ávidamente recogida por el populacho, levantaba rugidos de entusiástico
amor por el príncipe Guillermo, y alaridos de ciega ira contra los hermanos De Witt.
El populacho se dedicaba a maldecir a aquellos inicuos jueces que con el arresto dejaban escapar
sano y salvo a un abominable criminal como era ese malvado Corneille.
Y algunos instigadores repetían en voz baja:
-¡Va a partir! ¡Se nos va a escapar!
A lo que otros respondían:
-Un barco le espera en Schweningen, un barco francés. Tyckelaer lo ha visto.
-¡Valiente Tyckelaer! ¡Honrado Tyckelaer! -gritaba la muchedumbre a coro.
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-Sin contar -decía una voz- conque durante esta huida de Corneille, Jean, que no es menos traidor
que su hermano, se salvará también.
-Y los dos bribones se comerán en Francia nuestro dinero, el dinero de nuestros barcos, de nuestros
arsenales, de nuestras fábricas vendidas a Luis XIV.
-¡Impidámosles partir! -gritaba la voz de un patriota más avanzado que los otros.
-¡A la prisión! ¡A la prisión! -repetía el coro.
Y con estos gritos, los ciudadanos corrían más, los mosquetes se cargaban, las hachas relucían y los
ojos brillaban.
Sin embargo, no se había cometido todavía ninguna violencia, y la línea de jinetes que guardaba los
accesos a la Buytenhoff permanecía fría, impasible, silenciosa, más amenazadora por su flema que
toda aquella horda burguesa lo era por sus gritos, su agitación y sus amenazas; inmóvil bajo la mirada
de su jefe, capitán de caballería de La Haya, el cual sostenía la espada fuera de su vaina, pero baja y
con la punta en el ángulo de su estribo.
Esta tropa, único escudo que defendía la prisión, contenía, con su actitud, no solamente a las masas
populares desordenadas y ardientes, sino también al destacamento de la guardia burguesa que,
colocada enfrente a la Buytenhoff para mantener el orden, juntamente con la tropa, daba el ejemplo a
los perturbadores con sus gritos sedicentes:
-¡Viva Orange! ¡Abajo los traidores!
La presencia de Tilly y de sus jinetes era, ciertamente, un freno saludable para todos aquellos
soldados burgueses; mas, poco después, se exaltaron con sus propios gritos y como no comprendían
que se puede tener valor sin gritar, imputaron a la timidez el silencio de los jinetes y dieron un paso
hacia la prisión arrastrando tras de sí a toda la turba popular.
Pero entonces, el conde De Tilly avanzó solo ante ellos, levantando únicamente su espada a la vez
que fruncía las cejas.
-¡Eh, señores de la guardia burguesa! -les increpó-. ¿Por qué camináis, y qué deseáis?
Los burgueses agitaron sus mosquetes repitiendo:
-¡Viva Orange! ¡Muerte a los traidores!
-¡Viva Orange, sea! -dijo el señor De Tilly-. Aunque yo prefiero los rostros alegres a los desagradables.
¡Muerte a los traidores! Si así lo queréis y mientras no lo queráis más que con gritos, gritad tanto
como gustéis: ¡Muerte a los traidores! Pero en cuanto a matarlos efectivamente, estoy aquí para
impedirlo, y lo impediré -y volviéndose hacia sus soldados, gritó-: ¡Arriba las armas, soldados!
Los soldados de De Tilly obedecieron al mandato con una tranquila precisión que hizo retroceder inmediatamente
a los burgueses y al pueblo, no sin una confusión que hizo sonreír con desdén al oficial
de caballería.
-¡Vaya, vaya!-exclamó con ese tono burlón de los que pertenecen a la carrera de las armas-.
Tranquilizaos, burgueses; mis soldados no se batirán, mas por vuestra parte no deis un paso hacia la
prisión.
-¿Sabéis, señor oficial, que nosotros tenemos mosquetes? -replicó furioso el comandante de los
burgueses.
-Ya lo veo, pardiez, que tenéis mosquetes -dijo De Tilly-. Me los estáis pasando por delante de los
ojos; pero observad también por vuestra parte que nosotros tenemos pistolas, que la pistola alcanza
admirablemente a cincuenta pasos, y que vos no estáis más que a veinticinco.
-¡Muerte a los traidores! -gritó la compañía de los burgueses exasperada.
-¡Bah! Siempre decís lo mismo -gruñó el oficial-. ¡Resulta fatigante!
Y recuperó su puesto a la cabeza de la tropa mientras el tumulto iba en aumento alrededor de la
Buytenhoff.
Y, sin embargo, el pueblo enardecido no sabía que en el mismo momento en que rastreaba la sangre
de una de sus víctimas, la otra, como si tuviera prisa por adelantarse a su suerte, pasaba a cien pasos de
la plaza por detrás de los grupos y de los jinetes, dirigiéndose a la Buytenhoff.
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En efecto, Jean de Witt acababa de descender de la carroza con un criado y atravesaba
tranquilamente a pie el patio principal que precede a la prisión.
Llamó al portero, al que, además, conocía, diciendo:
-Buenos días, Gryphus, vengo a buscar a mi hermano Corneille de Witt para llevármelo fuera de la
ciudad, condenado, como tú sabes, al destierro.
Y el portero, especie de oso dedicado a abrir y cerrar la puerta de la prisión, lo había saludado y
dejado entrar en el edificio, cuyas puertas se habían cerrado tras él.
A diez pasos de allí, se había encontrado con una bella joven de diecisiete o dieciocho años, vestida
de frisona, que le había hecho una encantadora reverencia; y él le había dicho pasándole la mano por la
barbilla:
-Buenos días, buena y hermosa Rosa, ¿cómo está mi hermano?
-¡Oh, Mynheer Jean! -había respondido la joven-. No es por el daño que le han causado por lo que
temo por él: el mal que le han hecho ya ha pasado.
-¿Qué temes entonces, bella niña?
-Temo el daño que le quieren causar Mynheer Jean.
-¡Ah, sí! -dijo De Witt-. El pueblo, ¿verdad?
-¿Lo oís?
-Está, en efecto, muy alborotado; pero cuando nos vea, como nunca le hemos hecho más que bien,
tal vez se calme.
-Ésta no es, desgraciadamente, una razón -murmuró la joven alejándose para obedecer una señal
imperativa que le había hecho su padre.
-No, hija mía, no; lo que dices es verdad -luego, continuando su camino, murmuró-: He aquí una chiquilla
que probablemente no sabe leer y que por consiguiente no ha leído nada, y que acaba de resumir
la historia del mundo en una sola palabra.
Y, siempre tan tranquilo, pero más melancólico que al entrar, el ex gran pensionario siguió
caminando hacia la celda de su hermano.
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II
Los Dos Hermanos
Como había dicho la bella Rosa en una duda llena de presentimientos, mientras Jean de Witt subía la
escalera de piedra que conducía a la prisión de su hermano Corneille, los burgueses hacían cuanto
podían por alejar la tropa de De Tilly que les molestaba.
Lo cual, visto por el pueblo, que apreciaba las buenas intenciones de su milicia, se desgañitaba
gritando:
-¡Vivan los burgueses!
En cuanto al señor De Tilly, tan prudente como firme, parlamentaba con aquella compañía burguesa
ante las pistolas dispuestas de su escuadrón, explicándoles de la mejor manera posible que la consigna
dada por los Estados le ordenaba guardar con tres compañías de soldados la plaza de la prisión y sus
alrededores.
-¿Por qué esa orden? ¿Por qué guardar la prisión? -gritaban los orangistas.
-¡Ah! -respondió el señor De Tilly-. Me preguntáis algo que no puedo contestar. Me han dicho:
«Guardad»; y guardo. Vosotros, que sois casi militares, señores, debéis saber que una consigna no se
discute.
-¡Pero os han dado esta orden para que los traidores puedan salir de la ciudad!
-Podría ser, ya que los traidores han sido condenados al destierro -respondió De Tilly.
-Pero ¿quién ha dado esta orden?
-¡Los Estados, pardiez!
-Los Estados nos traicionan.
-En cuanto a eso, yo no sé nada.
-Y vos mismo nos traicionáis.
-¿Yo?
-Sí, vos.
-¡Ah, ya! Entendámonos, señores burgueses; ¿a quién traicionaría? ¡A los Estados! Yo no puedo
traicionarlos, ya que siendo su soldado, ejecuto fielmente su consigna.
Y en esto, como el conde tenía tanta razón que resultaba imposible discutir su respuesta, redoblaron
los clamores y amenazas; clamores y amenazas espantosas, a las que el conde respondía con toda la
educación posible.
-Pero, señores burgueses, por favor, desarmad los mosquetes; puede dispararse uno por accidente, y
si el tiro hiere a uno de mis jinetes, os derribaremos doscientos hombres por tierra, lo que
lamentaríamos mucho; pero vosotros mucho más, ya que eso no entra en vuestras intenciones ni en las
mías.
-Si tal hicierais -gritaron los burgueses-, a nuestra vez abriríamos fuego sobre vosotros.
-Sí, pero aunque al hacer fuego sobre nosotros nos matarais a todos desde el primero al último,
aquéllos a quienes nosotros hubiéramos matado, no estarían por ello menos muertos.
-Cedednos, pues, la plaza, y ejecutaréis un acto de buen ciudadano.
-En primer lugar, yo no soy un ciudadano -dijo De Tilly-, soy un oficial, lo cual es muy diferente; y
además, no soy holandés, sino francés, lo cual es más diferente todavía. No conozco, pues, más que a
los Estados que me pagan; traedme de parte de los Estados la orden de ceder la plaza y daré media
vuelta al instante, contando con que me aburro enormemente aquí.
-¡Sí, sí! -gritaron cien voces que se multiplicaron al instante por quinientas más-. ¡Vamos al Ayuntamiento!
¡Vamos a buscar a los diputados! Vamos, vamos!
-Eso es -murmuró De Tilly mirando alejarse a los más furiosos-. Id a buscar una cobardía al
Ayuntamiento y veamos si os la conceden; id, amigos míos, id.
El digno oficial contaba con el honor de los magistrados, los cuales a su vez contaban con su honor
de soldado.
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-Estará bien, capitán -dijo al oído del conde su primer teniente-, que los diputados rehúsen a esos
energúmenos lo que les pidan; pero que nos enviaran a nosotros algún refuerzo, no nos haría ningún
mal, creo yo.
Mientras tanto, Jean de Witt, al que hemos dejado subiendo la escalera de piedra después de su
conversación con el carcelero Gryphus y su hija Rosa, había llegado a la puerta de la celda donde
yacía sobre un colchón su hermano Corneille, al que el fiscal había hecho aplicar, como hemos dicho,
la tortura preparatoria.
La sentencia del destierro había hecho inútil la aplicación de la tortura extraordinaria.
Corneille, echado sobre su lecho, con las muñecas dislocadas y los dedos rotos, no habiendo
confesado nada de un crimen que no había cometido, acabó por respirar al fin, después de tres días de
sufrimientos, al saber que los jueces de los que esperaba la muerte, habían tenido a bien no condenarlo
más que al destierro.
Cuerpo enérgico, alma invencible, hubiera decepcionado a sus enemigos si éstos hubiesen podido, en
las profundidades sombrías de la celda de la Buytenhoff, ver brillar sobre su pálido rostro la sonrisa
del mártir que olvida el fango de la Tierra después de haber entrevisto los maravillosos esplendores del
Cielo.
El Ruart había recuperado todas sus fuerzas, más por el poder de su voluntad que por una asistencia
real, y calculaba cuánto tiempo todavía le retendrían en prisión las formalidades de la justicia.
Precisamente en aquel momento los clamores de la milicia burguesa mezclados a los del pueblo, se
elevaban contra los dos hermanos y amenazaban al capitán De Tilly, que les servía de escudo. Este
alboroto, que venía a romperse como una marea ascendente al pie de las murallas de la prisión, llegó
hasta el prisionero.
Mas, por amenazante que fuera ese rumor, Corneille despreció informarse ni se tomó el trabajo de
levantarse para mirar por la ventana estrecha y enrejada que dejaba entrar la luz y los murmullos de
fuera.
Estaba tan embotado por la continuidad de su mal, que ese mal se había convertido casi en una
costumbre. Finalmente, sentía con tanta delicia a su alma y a su razón tan cerca de desprenderse de los
estorbos corporales, que le parecía ya que esta alma y esta razón escapadas a la materia, planeaban por
encima de ella como flota por encima de un hogar casi apagado la llama que lo abandona para subir al
cielo.
Pensaba también en su hermano.
Probablemente, era que su proximidad, por los misterios desconocidos que el magnetismo ha
descubierto después, se hacía sentir también. En el mismo momento en que Jean se hallaba tan
presente en el pensamiento de Corneille, que casi murmuraba su nombre, la puerta se abrió; Jean entró,
y con paso apresurado se acercó al lecho de su hermano, el cual tendió sus brazos martirizados y sus
manos envueltas en vendas hacia aquel glorioso hermano al que había conseguido sobrepasar, no por
los servicios prestados al país, sino por el odio que le profesaban los holandeses.
Jean besó tiernamente a su hermano en la frente y depositó suavemente sobre el colchón sus manos
enfermas.
-Corneille, mi pobre hermano -dijo-, sufrís mucho, ¿verdad?
-No sufro ya, hermano mío, porque os veo.
-¡Oh, mi pobre, querido Corneille! Entonces, en su defecto, soy yo el que sufre por veros así, os lo
aseguro.
-Por eso he pensado más en vos que en mí mismo, y mientras me torturaban, no pensé en
lamentarme más que una vez para decir: «¡Pobre hermano!» Pero ya que estáis aquí, olvidémoslo todo.
Venís a buscarme, ¿verdad?
-Sí.
-Estoy curado; ayudadme a levantar, hermano mío, y veréis cómo camino bien.
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-No tendréis que caminar mucho tiempo, hermano mío, porque tengo mi carroza en el vivero, detrás
de los jinetes de De Tilly.
-¿Los jinetes de De Tilly? ¿Por qué están en el vivero?
-¡Ah! Es que se supone -dijo el ex gran pensionario con esa sonrisa de fisonomía triste que le era habitual-
que las gentes de La Haya desearán vernos partir, y se teme algún tumulto.
-¿Un tumulto? -repitió Corneille clavando su mirada en su turbado hermano-. ¿Un tumulto?
-Sí, Corneille.
-Entonces, esto es lo que oía hace un momento -dijo el prisionero como hablándose a sí mismo. Luego,
volviéndose hacia su hermano-: Hay mucha gente en la Buytenhoff, ¿no es verdad? -pregunté.
-Sí, hermano mío.
-Pero entonces, para venir aquí…
-¿Y bien?
-¿Cómo os han dejado pasar?
-Sabéis bien que no somos muy queridos, Corneille -explicó el ex gran pensionario con melancólica
amargura-. He venido por las calles apartadas.
-¿Os habéis ocultado, Jean?
-Tenía el deseo de llegar hasta vos sin pérdida de tiempo, y he hecho lo que se hace en política y en
el mar cuando se tiene el viento de cara: he bordeado.
En ese momento, el ruido ascendió más furioso de la plaza a la prisión. De Tilly dialogaba con la
guardia burguesa.
-¡Oh! ¡Oh! -exclamó Corneille-. Sois realmente un gran piloto, Jean; pero no sé si sacaréis a vuestro
hermano de la Buytenhoff, con esta marejada y con las rompientes populares, tan felizmente como
condujisteis la flota de Tromp a Amberes, en medio de los bajos fondos del Escalda.
-Con la ayuda de Dios, Corneille, trataremos de hacerlo, por lo menos -respondió Jean-. Mas, primero,
una palabra.
-Decid.
Los clamores ascendieron de nuevo.
-¡Oh! ¡Oh! -continuó Corneille-. ¡Qué encolerizada está esa gente! ¿Es contra vos? ¿Es en contra
mía?
-Creo que es contra los dos, Corneille. Os decía, pues, hermano mío, que lo que los orangistas nos
reprochan en medio de sus burdas calumnias, es el haber negociado con Francia.
-Sí, nos lo reprochan.
-¡Los necios!
-Pero si esas negociaciones hubieran tenido éxito, nos habrían evitado las derrotas de Rees, de
Orsay, de Veel y de Rhemberg; les hubieran impedido el paso del Rin, y Holanda podría creerse
todavía invencible en medio de sus pantanos y de sus canales.
-Todo eso es verdad, hermano mío, pero lo que es una verdad más absoluta todavía es que si se
hallara en este momento nuestra correspondencia con el señor De Louvois, por buen piloto que yo
fuera, no podría salvar el frágil esquife que va a llevar a los De Witt y su fortuna fuera de Holanda.
Esta correspondencia, que probaría a esas honradas gentes cuánto amo a mi país y qué sacrificios
ofrecía realizar personalmente por su libertad, por su gloria, nos perdería ante los orangistas, nuestros
vencedores. Así pues, querido Corneille, me gustaría saber que la habéis quemado antes de abandonar
Dordrecht para venir a buscarme a La Haya.
-Hermano mío -respondió Corneille-, vuestra correspondencia con el señor De Louvois prueba que
vos habéis sido en los últimos tiempos el más grande, el más generoso y el más hábil ciudadano de las
siete Provincias Unidas. Amo la gloria de mi país; amo sobre todo vuestra gloria, hermano mío, y me
he guardado mucho de quemar esa correspondencia.
-Entonces estamos perdidos para esta vida terrenal -comentó tranquilamente el ex gran pensionario
acercándose a la ventana.
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-No, muy al contrario, Jean, y obtendremos a la vez la salvación del cuerpo y la resurrección de la
popularidad.
-¿Qué habéis hecho, pues, con esas cartas?
-Se las he confiado a Cornelius van Baerle, mi ahijado, al que vos conocéis y que vive en Dordrecht.
-¡Oh! ¡Pobre muchacho, ese querido a inocente niño! ¡A ese erudito que, cosa rara, sabe tantas cosas
y no piensa más que en las flores que saludan a Dios, y en Dios que hace nacer las flores, le habéis
encomendado ese depósito mortal! Pero ¡ese pobre, querido Cornelius, está perdido, hermano mío!
-¿Perdido?
-Sí, porque o será fuerte o será débil. Si es fuerte, porque por inaudito que sea lo que nos suceda;
porque, aunque sepultado en Dordrecht, aunque distraído, ¡éste es el milagro!, un día a otro sabrá lo
que nos pasa, si es fuerte, se alabará de nosotros; si es débil, tendrá miedo de nuestra intimidad; si es
fuerte, gritará el secreto; si es débil, se lo dejará coger. En uno a otro caso, Corneille, está perdido y
nosotros también. Así pues, hermano mío, huyamos de prisa, si todavía estamos a tiempo.
Corneille se incorporó de su lecho y, cogió la mano de su hermano, que se estremeció al contacto de
las vendas.
-¿Acaso no conozco a mi ahijado? -dijo-. ¿Es que no he aprendido a leer cada pensamiento en la cabeza
de Van Baerle, cada sentimiento en su alma? ¿Me preguntas si es débil, si es fuerte? No es ni lo
uno ni lo otro, ¡pero no importa lo que sea! Lo importante es que guardará el secreto, teniendo en
cuenta que ese secreto, ni siquiera lo conoce.
Jean se volvió sorprendido.
-¡Oh! -continuó Corneille con su dulce sonrisa-. El Ruart de Pulten es un político educado en la
escuela de Jean; os repito, hermano mío, Van Baerle ignora la naturaleza y el valor del depósito que le
he confiado.
-¡De prisa, entonces! -exclamó Jean-. Todavía estamos a tiempo, démosle la orden de quemar el
legajo.
-¿Con quién le damos esa orden?
-Con mi criado Craeke, que debía acompañarnos a caballo y que ha entrado conmigo en la prisión
para ayudaros a descender la escalera.
-Reflexionad antes de quemar esos títulos gloriosos, Jean.
-Pienso que antes que nada, mi valiente Corneille, es preciso que los hermanos De Witt salven su
vida para salvar su renombre. Muertos nosotros, ¿quién nos defenderá, Corneille? ¿Quién nos
comprenderá tan solo?
-¿Creéis, pues, que nos matarían si encontraran esos papeles?
Jean, sin contestar a su hermano, extendió la mano hacia la ventana, por la que ascendían en aquel
momento explosiones de clamores feroces.
-Sí, sí -dijo Corneille-, ya oigo esos clamores; pero ¿qué dicen?
Jean abrió la ventana.
-¡Muerte a los traidores! -aullaba el populacho.
-¿Oís ahora, Corneille?
-¡Y los traidores, somos nosotros! -exclamó el prisionero levantando los ojos al cielo y encogiéndose
de hombros.
-Somos nosotros -repitió Jean de Witt.
-¿Dónde está Craeke?
-Al otro lado de esta puerta, imagino.
-Hacedle entrar, entonces.
Jean abrió la puerta; el fiel servidor esperaba, en efecto, ante el umbral.
-Venid, Craeke, y retened bien lo que mi hermano va a deciros.
-Oh, no, no basta con decirlo, Jean, es preciso que lo escriba, desgraciadamente.
-¿Y por qué?

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