Ana Karenina

6. agosto 2010

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León Tolstoi

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Ana Karenina

PRIMERA PARTE

I

Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para

sentirse desgraciada.

En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La esposa acababa de enterarse de que su marido

mantenía relaciones con la institutriz francesa y se había apresurado a declararle que no podía seguir

viviendo con él.

Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás

miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en

común no tenía ya sentido y que, incluso en una posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que

ahora se sentían ellos entre sí.

La mujer no salía de sus habitaciones; el marido no comía en casa desde hacía tres días; los niños corrían

libremente de un lado a otro sin que nadie les molestara. La institutriz inglesa había tenido una disputa con

el ama de llaves y escribió a una amiga suya pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había

ido dos días antes, precisamente a la hora de comer; y el cochero y la ayudante de cocina manifestaron que

no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban que les saldasen sus haberes para

irse.

El tercer día después de la escena tenida con su mujer, el príncipe Esteban Arkadievich Oblonsky –Stiva,

como le llamaban en sociedad–, al despertar a su hora de costumbre, es decir, a las ocho de la mañana, se

halló, no en el dormitorio conyugal, sino en su despacho, tendido sobre el diván de cuero.

Volvió su cuerpo, lleno y bien cuidado, sobre los flexibles muelles del diván, como si se dispusiera a

dormir de nuevo, a la vez que abrazando el almohadón apoyaba en él la mejilla.

De repente se incorporó, se sentó sobre el diván y abrió los ojos.

«¿Cómo era», pensó, recordando su sueño. «¡A ver, a ver! Alabin daba una comida en Darmstadt…

Sonaba una música americana… El caso es que Darmstadt estaba en América… ¡Eso es! Alabin daba un

banquete, servido en mesas de cristal… Y las mesas cantaban: "Il mio tesoro"..: Y si do era eso, era algo

más bonito todavía.

» Había también unos frascos, que luego resultaron ser mujeres…»

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaron alegremente al recordar aquel sueño. Luego quedó pensativo y

sonrió.

«¡Qué bien estaba todo!» Había aún muchas otras cosas magníficas que, una vez despierto, no sabía

expresar ni con palabras ni con pensamientos.

Observó que un hilo de luz se filtraba por las rendijas de la persiana, alargó los pies, alcanzó sus

zapatillas de tafilete bordado en oro, que su mujer le regalara el año anterior con ocasión de su cumpleaños,

y, como desde hacía nueve años tenía por costumbre, extendió la mano hacia el lugar donde, en el

dormitorio conyugal, acostumbraba tener colocada la bata.

Sólo entonces se acordó de cómo y por qué se encontraba en su gabinete y no en la alcoba con su mujer;

la sonrisa desapareció de su rostro y arrugó el entrecejo.

–¡Ay, ay, ay! –se lamentó, acordándose de lo que había sucedido.

Y de nuevo se presentaron a su imaginación los detalles de la escena terrible; pensó en la violenta

situación en que se encontraba y pensó, sobre todo, en su propia culpa, que ahora se le aparecía con

claridad.

–No, no me perdonará. ¡Y lo malo es que yo tengo la culpa de todo. La culpa es mía, y, sin embargo, no

soy culpable. Eso es lo terrible del caso! ¡Ay, ay, ay! –se repitió con desesperación, evocando de nuevo la

escena en todos sus detalles.

Lo peor había sido aquel primer momento, cuando al regreso del teatro, alegre y satisfecho con una

manzana en las manos para su mujer, no la había hallado en el salón; asustado, la había buscado en su

gabinete, para encontrarla al fin en su dormitorio examinando aquella malhadada carta que lo había

descubierto todo.

Dolly, aquella Dolly, eternamente ocupada, siempre llena de preocupaciones, tan poco inteligente, según

opinaba él, se hallaba sentada con el papel en la mano, mirándole con una expresión de horror, de

desesperación y de ira.

–¿Qué es esto? ¿Qué me dices de esto? –preguntó, señalando la carta.

Y ahora, al recordarlo, lo que más contrariaba a Esteban Arkadievich en aquel asunto no era el hecho en

sí, sino la manera como había contestado entonces a su esposa.

Le había sucedido lo que a toda persona sorprendida en una situación demasiado vergonzosa: no supo

adaptar su aspecto a la situación en que se encontraba.

Así, en vez de ofenderse, negar, disculparse, pedir perdón o incluso permanecer indiferente ––cualquiera

de aquellas actitudes habría sido preferible–, hizo una cosa ajena a su voluntad («reflejos cerebrales» ,

juzgó Esteban Arkadievich, que se interesaba mucho por la fisiología): sonreír, sonreír con su sonrisa

habitual, benévola y en aquel caso necia.

Aquella necia sonrisa era imperdonable. Al verla, Dolly se había estremecido como bajo el efecto de un

dolor físico, y, según su costumbre, anonadó a Stiva bajo un torrente de palabras duras y apenas hubo

terminado, huyó a refugiarse en su habitación.

Desde aquel momento, se había negado a ver a su marido.

«¡Todo por aquella necia sonrisa!», pensaba Esteban Arkadievich. Y se repetía, desesperado, sin hallar

respuesta a su pregunta: «¿Qué hacer, qué hacer?».

II

Esteban Arkadievich era leal consigo mismo. No podía, pues, engañarse asegurándose que estaba

arrepentido de lo que había hecho.

No, imposible arrepentirse de lo que hiciera un hombre como él, de treinta y cuatro años, apuesto y

aficionado a las damas; ni de no estar ya enamorado de su mujer, madre de siete hijos, cinco de los cuales

vivían, y que tenía sólo un año menos que él.

De lo que se arrepentía era de no haber sabido ocultar mejor el caso a su esposa. Con todo, comprendía la

gravedad de la situación y compadecía a Dolly, a los niños y a sí mismo.

Tal vez habría tomado más precauciones para ocultar el hecho mejor si hubiese imaginado que aquello

tenía que causar a Dolly tanto efecto.

Aunque no solía pensar seriamente en el caso, venía suponiendo desde tiempo atrás que su esposa

sospechaba que no le era fiel, pero quitando importancia al asunto. Creía, además, que una mujer agotada,

envejecida, ya nada hermosa, sin atractivo particular alguno, buena madre de familia y nada más, debía ser

indulgente con él, hasta por equidad.

¡Y he aquí que resultaba todo lo contrario!

«¡Es terrible, terrible! », se repetía Esteban Arkadievich, sin hallar solución. «¡Con lo bien que iba todo,

con lo a gusto que vivíamos! Ella era feliz rodeada de los niños, yo no la estorbaba en nada, la dejaba en

entera libertad para que se ocupase de la casa y de los pequeños. Claro que no estaba bien que ella fuese

precisamente la institutriz de la casa. ¡Verdaderamente, hay algo feo, vulgar, en hacer la corte a la

institutriz de nuestros propios hijos!… ¡Pero, qué institutriz! (Oblonsky recordó con deleite los negros y

ardientes ojos de mademoiselle Roland y su encantadora sonrisa.) ¡Pero mientras estuvo en casa no me

tomé libertad alguna! Y lo peor del caso es que… ¡Todo eso parece hecho adrede! ¡Ay, ay! ¿Qué haré?

¿Qué haré?»

Tal pregunta no tenía otra respuesta que la que la vida da a todas las preguntas irresolubles: vivir al día y

procurar olvidar. Pero hasta la noche siguiente Esteban Arkadievich no podría refugiarse en el sueño, en las

alegres visiones de los frascos convertidos en mujeres. Era preciso, pues, buscar el olvido en el sueño de la

vida.

«Ya veremos», se dijo, mientras se ponía la bata gris con forro de seda azul celeste y se anudaba el

cordón a la cintura. Luego aspiró el aire a pleno pulmón, llenando su amplio pecho, y, con el habitual paso

decidido de sus piernas ligeramente torcidas sobre las que tan hábilmente se movía su corpulenta figura, se

acercó a la ventana, descorrió los visillos y tocó el timbre.

El viejo Mateo, su ayuda de cámara y casi su amigo, apareció inmediatamente llevándole el traje, los

zapatos y un telegrama.

Detrás de Mateo entró el barbero, con los útiles de afeitar.

–¿Han traído unos papeles de la oficina? –preguntó el Príncipe, tomando el telegrama y sentándose ante

el espejo.

–Están sobre la mesa –contestó Mateo, mirando con aire inquisitivo y lleno de simpatía a su señor.

Y, tras un breve silencio, añadió, con astuta sonrisa:

–Han venido de parte del dueño de la cochera…

Esteban Arkadievich, sin contestar, miró a Mateo en el espejo. Sus miradas se cruzaron en el cristal: se

notaba que se comprendían. La mirada de Esteban parecía preguntar: «¿Por qué me lo dices? ¿No sabes a

qué vienen?».

Mateo metió las manos en los bolsillos, abrió las piernas, miró a su señor sonriendo de un modo casi

imperceptible y añadió con sinceridad:

–Les he dicho que pasen el domingo, y que, hasta esa fecha, no molesten al señor ni se molesten.

Era una frase que llevaba evidentemente preparada.

Esteban Arkadievich comprendió que el criado bromeaba y no quería sino que se le prestase atención.

Abrió el telegrama, lo leyó, procurando subsanar las habituales equivocaciones en las palabras, y su rostro

se iluminó.

–Mi hermana Ana Arkadievna llega mañana, Mateo –dijo, deteniendo un instante la mano del barbero,

que ya trazaba un camino rosado entre las largas y rizadas patillas.

–¡Loado sea Dios! –exclamó Mateo, dando a entender con esta exclamación que, como a su dueño, no se

le escapaba la importancia de aquella visita en el sentido de que Ana Arkadievna, la hermana queridísima,

había de contribuir a la reconciliación de los dos esposos.

–¿La señora viene sola o con su marido? –preguntó Mateo.

Esteban Arkadievich no podía contestar, porque en aquel momento el barbero le afeitaba el labio

superior; pero hizo un ademán significativo levantando un dedo. Mateo aprobó con un movimiento de

cabeza ante el espejo.

–Sola, ¿eh? ¿Preparo la habitación de arriba?

–Consulta a Daria Alejandrovna y haz lo que te diga.

–¿A Daria Alejandrovna? –preguntó, indeciso, el ayuda de cámara.

–Sí. Y llévale el telegrama. Ya me dirás lo que te ordena.

Mateo comprendió que Esteban quería hacer una prueba, y se limitó a decir:

–Bien, señor

Ya el barbero se había marchado y Esteban Arkadievich, afeitado, peinado y lavado, empezaba a vestirse,

cuando, lento sobre sus botas crujientes y llevando el telegrams en la mano, penetró Mateo en la habitación.

–Me ha ordenado deciros que se va. «Que haga lo que le parezca», me ha dicho. –Y el buen criado

miraba a su señor, riendo con los ojos, con las manos en los bolsillos y la cabeza ligeramente inclinada.

Esteban Arkadievich callaba. Después, una bondadosa y triste sonrisa iluminó su hermoso semblante.

–Y bien, Mateo, ¿qué te parece? –dijo moviendo la cabeza.

–Todo se arreglará, señor –opinó optimista el ayuda de cámara.

–¿Lo crees así?

–Sí, señor.

–¿Por qué te lo figuras? ¿Quién va? –agregó el Principe al sentir detrás de la puerta el roce de una falda.

–Yo, señor –repuso una voz firme y agradable.

Y en la puerta apareció el rostro picado de viruelas del aya, Matena Filimonovna.

–¿Qué hay, Matrecha? –preguntó Esteban Arkadievich, saliendo a la puerta.

Aunque pasase por muy culpable a los ojos de su mujer y a los suyos propios, casi todos los de la casa,

incluso Matrecha, la más íntima de Daria Alejandrovna, estaban de su parte.

–¿Qué hay? –repitió el Principe, con tristeza.

–Vaya usted a verla, señor, pídale perdón otra vez… ¡Acaso Dios se apiade de nosotros! Ella sufre mucho

y da lástima de mirar.. Y luego, toda la casa anda revuelta. Debe usted tener compasión de los niños. Pídale

perdón, señor.. ¡Qué quiere usted! Al fin y al cabo no haría mas que pagar sus culpas. Vaya a verla…

–No me recibirá…

–Pero usted habrá hecho lo que debe. ¡Dios es misericordioso! Ruegue a Dios, señor, ruegue a Dios…

–En fin, iré… –dijo Esteban Arkadievich, poniéndose encarnado. Y, quitándose la bata, indicó a Mateo–:

Ayúdame a vestirme.

Mateo, que tenía ya en sus manos la camisa de su señor, sopló en ella como limpiándola de un polvo

invisible y la ajustó al cuerpo bien cuidado de Esteban Arkadievich con evidente satisfacción.

III

Esteban Arkadievich, ya vestido, se perfumó con un pulverizador, se ajustó los puños de la camisa y, con

su ademán habitual, guardó en los bolsillos los cigarros, la cartera, el reloj de doble cadena…

Se sacudió ligeramente con el pañuelo y, sintiéndose limpio, perfumado, sano y materialmente alegre a

pesar de su disgusto, salió con redo paso y se dirigió al comedor, donde le aguardaban el café y, al lado, las

camas y los expedientes de la oficina.

Leyó las cartas. Una era muy desagradable, porque procedía del comerciante que compraba la madera de

las propiedades de su mujer y, como sin reconciliarse con ella no era posible realizar la operación, parecía

que se mezclase un interés material con su deseo de restablecer la armonía en su casa. La posibilidad de

que se pensase que el interés de aquella venta le inducía a buscar la reconciliación le disgustaba.

Leído el correo, Esteban Arkadievich tomó los documentos de la oficina, hojeó con rapidez un par de

expedientes, hizo unas observaciones en los márgenes con un enorme lápiz, y luego comenzó a tomarse el

café, a la vez que leía el periódico de la mañana, húmeda aún la tinta de imprenta.

Recibía a diario un periódico liberal no extremista, sino partidario de las orientaciones de la mayoría.

Aunque no le interesaban el arte, la política ni la ciencia, Esteban Arkadievich profesaba firmemente las

opiniones sustentadas por la mayoría y por su periódico. Sólo cambiaba de ideas cuando éstos variaban o,

dicho con más exactitud, no las cambiaba nunca, sino que se modiîicaban por sí solas en él sin que ni él

mismo se diese cuenta.

No escogía, pues, orientaciones ni modos de pensar, antes dejaba que las orientaciones y modos de

pensar viniesen a su encuentro, del mismo modo que no elegía el corte de sus sombreros o levitas, sino que

se limitaba a aceptar la moda corriente. Como vivía en sociedad y se hallaba en esa edad en que ya se

necesita tener opiniones, acogía las ajenas que le convenían. Si optó por el liberalismo y no por el

conservadurismo, que también tenía muchos partidarios entre la gente, no fue por convicción íntima, sino

porque el liberalismo cuadraba mejor con su género de vida.

El partido liberal aseguraba que todo iba mal en Rusia y en efecto, Esteban Arkadievich tenía muchas

deudas y sufría siempre de una grave penuria de dinero. Agregaban los liberales que el matrimonio era una

institución caduca, necesitada de urgente reforma, y Esteban Arkadievich encontraba, en efecto, escaso

interés en la vida familiar, por lo que tenía que fingir contrariando fuertemente sus inclinaciones.

Finalmente, el partido liberal sostenía o daba a entender que la religión no es más que un freno para la

parte inculta de la población, y Esteban Arkadievich estaba de acuerdo, ya que no podía asistir al más breve

oficio religioso sin que le dolieran las piernas1. Tampoco comprendía por qué se inquietaba a los fieles con

tantas palabras terribles y solemnes relativas al otro mundo cuando en éste se podía vivir tan bien y tan a

gusto. Añádase a esto que Esteban Arkadievich no desaprovechaba nunca la ocasión de una buena broma y

se divertía con gusto escandalizando a las gentes tranquilas, sosteniendo que ya que querían envanecerse de

su origen, era preciso no detenerse en Rurik2 y renegar del mono, que era el antepasado más antiguo.

De este modo, el liberalismo se convirtió para Esteban Arkadievich en una costumbre; y le gustaba el

periódico, como el cigarro después de las comidas, por la ligera bruma con que envolvía su cerebro.

Leyó el artículo de fondo, que afirmaba que es absurdo que en nuestros tiempos se levante el grito

aseverando que el radicalismo amenaza con devorar todo lo tradicional y que urge adoptar medidas para

aplastar la hidra revolucionaria, ya que, «muy al contrario, nuestra opinión es que el mal no está en esta

supuesta hidra revolucionaria, sino en el terco tradicionalismo que retarda el progreso…» .

Luego repasó otro artículo, éste sobre finanzas, en el que se citaba a Bentham y a Mill, y se atacaba de

una manera velada al Ministerio. Gracias a la claridad de su juicio comprendía en seguida todas las

alusiones, de dónde partían y contra quién iban dirigidas, y el comprobarlo le producía cierta satisfacción.

Pero hoy estas satisfacciones estaban acibaradas por el recuerdo de los consejos de Matrena Filimonovna

y por la idea del desorden que reinaba en su casa.

Leyó después que, según se decía, el conde Beist había partido para Wiesbaden, que no habría ya nunca

más canas, que se vendía un cochecillo ligero y que una joven ofrecía sus servicios.

Pero semejantes noticias no le causaban hoy la satisfacción tranquila y ligeramente irónica de otras

veces.

Terminado el periódico, la segunda taza de café y el kalach3 con mantequilla, Esteban Arkadievich se

levantó, se limpió las migas que le cayeran en el chaleco y, sacando mucho el pecho, sonrió jovialmente, no

como reflejo de su estado de espíritu, sino con el optimismo de una buena digestión.

Pero aquella sonrisa alegre le recordó de pronto su situación, y se puso serio y reflexionó.

Tras la puerta se oyeron dos voces infantiles, en las que reconoció las de Gricha, su hijo menor, y la de

Tania, su hija de más edad. Los niños acababan de dejar caer alguna cosa.

–¡Ya te dije que los pasajeros no pueden ir en el techo! –gritaba la niña en inglés–. ¿Ves? Ahora tienes

que levantarlos.

«Todo anda revuelto –pensó Esteban Arkadievich–. Los niños juegan donde quieren, sin que nadie cuide

de ellos.»

Se acercó a la puerta y les llamó. Los chiquillos, dejando una caja con la que representaban un tren,

entraron en el comedor.

Tania, la predilecta del Príncipe, corrió atrevidamente hacia él y se colgó a su cuello, feliz de poder

respirar el característico perfume de sus patillas. Después de haber besado el rostro de su padre, que la

ternura y la posición inclinada en que estaba habían enrojecido, Tania se disponía a salir. Pero él la retuvo.

–¿Qué hace mamá? –preguntó, acariciando el terso y suave cuello de su hija–. ¡Hola! –añadió, sonriendo,

dirigiéndose al niño, que le había saludado.

Reconocía que quería menos a su hijo y procuraba disimularlo y mostrarse igualmente amable con los

dos, pero el pequeño se daba cuenta y no correspondió con ninguna sonrisa a la sonrisa fría de su padre.

–Mamá ya está levantada –contestó la niña.

Esteban Arkadievich suspiró.

«Eso quiere decir que ha pasado la noche en vela», pensó.

–¿Y está contenta?

La pequeña sabía que entre sus padres había sucedido algo, que mamá no estaba contenta y que a papá

debía constarle y no había de fingir ignorarlo preguntando con aquel tono indiferente. Se ruborizó, pues,

por la mentira de su padre. Él, a su vez, adivinó los sentimientos de Tania y se sonrojó también.

–No sé –repuso la pequeña–: mamá nos dijo que no estudiásemos hoy, que fuésemos con miss Hull a ver

a la abuelita.

–Muy bien. Ve, pues, donde te ha dicho la mamá, Tania. Pero no; espera un momento –dijo, reteniéndola

y acariciando la manita suave y delicada de su hija.

Tomó de la chimenea una caja de bombones que dejara allí el día antes y ofreció dos a Tania, eligiendo

uno de chocolate y otro de azúcar, que sabía que eran los que más le gustaban.

–Uno es para Gricha, ¿no, papá? –preguntó la pequeña, señalando el de chocolate.

–Sí, sí…

Volvió a acariciarla en los hombros, le besó la nuca y la dejó marchar.

–El coche está listo, señor –dijo Mateo–. Y le está esperando un visitante que quiere pedirle no sé qué…

–¿Hace rato que está ahí?

–Una media horita.

–¿Cuántas veces te he dicho que anuncies las visitas en seguida?

–¡Lo menos que puedo hacer es dejarle tomar tranquilo su café, señor –replicó el criado con aquel tono

entre amistoso y grosero que no admitía réplica.

–Vaya, pues que entre –dijo Oblonsky, con un gesto de desagrado.

La solicitante, la esposa del teniente Kalinin, pedía una cosa estúpida a imposible. Pero Esteban

Arkadievich, según su costumbre, la hizo entrar, la escuchó con atención y, sin interrumpirla, le dijo a

quién debía dirigirse para obtener lo que deseaba y hasta escribió, con su letra grande, hermosa y clara, una

carta de presentación para aquel personaje.

Despachada la mujer del oficial, Oblonsky tomó el sombrero y se detuvo un momento, haciendo

memoria para recordar si olvidaba algo. Pero nada había olvidado, sino lo que quería olvidar: su mujer.

«Eso es. ¡Ah, sí!» , se dijo, y sus hermosas facciones se ensombrecieron. «¿Iré o no?»

En su interior una voz le decía que no, que nada podía resultar sino fingimientos, ya que era imposible

volver a convertir a su esposa en una mujer atractiva, capaz de enamorarle, como era imposible convertirle

a él en un viejo incapaz de sentirse atraído por las mujeres hermosas.

Nada, pues, podía resultar sino disimulo y mentira, dos cosas que repugnaban a su carácter.

«No obstante, algo hay que hacer. No podemos seguir así», se dijo, tratando de animarse.

Ensanchó el pecho, sacó un cigarrillo, lo encendió, le dio dos chupadas, lo tiró en el cenicero de nácar y

luego, con paso rápido, se dirigió al salón y abrió la puerta que comunicaba con el dormitorio de su mujer.

IV

Daria Alejandrovna, vestida con una sencilla bata y rodeada de prendas y objetos esparcidos por todas

partes, estaba de pie ante un armario abierto del que iba sacando algunas cosas. Se había anudado con

prisas sus cabellos, ahora escasos, pero un día espesos y hermosos, sobre la nuca, y sus ojos, agrandados

por la delgadez de su rostro, tenían una expresión asustada.

Al oír los pasos de su marido, interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió hacia la puerta, intentando

en vano ocultar bajo una expresión severa y de desprecio, la turbación que le causaba aquella entrevista.

Lo menos diez veces en aquellos tres días había comenzado la tarea de separar sus cosas y las de sus

niños para llevarlas a casa de su madre, donde pensaba irse. Y nunca conseguía llevarlo a cabo.

Como todos los días, se decía a sí misma que no era posible continuar así, que había que resolver algo,

castigar a su marido, afrentarle, devolverle, aunque sólo fuese en parte, el dolor que él le había causado.

Pero mientras se decía que había de marchar, reconocía en su interior que no era posible, porque no podía

dejar de considerarle como su esposo, no podía, sobre todo, dejar de amarle.

Comprendía, además, que si aquí, en su propia casa, no había podido atender a sus cinco hijos, peor lo

habría de conseguir en otra. Ya el más pequeño había experimentado las consecuencias del desorden que

reinaba en la casa y había enfermado por tomar el día anterior un caldo mal condimentado, y poco faltó

para que los otros se quedaran el día antes sin comer.

Sabía, pues, que era imposible marcharse; pero se engañaba a sí misma fingiendo que preparaba las cosas

para hacerlo.

Al ver a su marido, hundió las manos en un cajón, como si buscara algo, y no se volvió para mirarle hasta

que lo tuvo a su lado. Su cara, que quería ofrecer un aspecto severo y resuelto, denotaba sólo sufrimiento a

indecisión.

–¡Dolly! –murmuró él, con voz tímida.

Y bajó la cabeza, encogiéndose y procurando adoptar una actitud sumisa y dolorida, pero, a pesar de

todo, se le veía rebosante de salud y lozanía. Ella le miró de cabeza a pies con una rápida mirada.

«Es feliz y está contento –se dijo–. ¡Y en cambio yo! ¡Ah, esa odiosa bondad suya que tanto le alaban

todos! ¡Yo le aborrezco más por ella!»

Contrajo los labios y un músculo de su mejilla derecha tembló ligeramente.

–¿Qué quiere usted? –preguntó con voz rápida y profunda, que no era la suya.

–Dolly –repitió él con voz insegura–. Ana llega hoy.

–¿Y a mí qué me importa? No pienso recibirla –exclamó su mujer.

–Es necesario que la recibas, Dolly.

–¡Váyase de aquí, váyase! –le gritó ella, como si aquellas exclamaciones le fuesen arrancadas por un

dolor físico.

Oblonsky pudo haber estado tranquilo mientras pensaba en su mujer, imaginando que todo se arreglaría,

según le dijera Mateo, en tanto que leía el periódico y tomaba el café. Pero al contemplar el rostro de Dolly,

cansado y dolorido, al oír su resignado y desesperado acento, se le cortó la respiración, se le oprimió la

garganta y las lágrimas afluyeron a sus ojos.

–¡Oh, Dios mío, Dolly, qué he hecho! –murmuró. No pudo decir más, ahogada la voz por un sollozo.

Ella cerró el armario y le miró.

–¿Qué te puedo decir, Dolly? Sólo una cosa: que me perdones… ¿No crees que los nueve años que

llevamos juntos merecen que olvidemos los momentos de…

Dolly bajó la cabeza, y escuchó lo que él iba a decirle, como si ella misma le implorara que la

convenciese.

–¿… los momentos de ceguera? –siguió él.

E iba a continuar, pero al oír aquella expresión, los labios de su mujer volvieron a contraerse, como bajo

el efecto de un dolor físico, y de nuevo tembló el músculo de su mejilla.

–¡Váyase, váyase de aquí –gritó con voz todavía más estridente– y no hable de sus cegueras ni de sus

villanías!

Y trató ella misma de salir, pero hubo de apoyarse, desfalleciente, en el respaldo de una silla. El rostro de

su marido parecía haberse dilatado; tenía los labios hinchados y los ojos llenos de lágrimas.

–¡Dolly! –murmuraba, dando rienda suelta a su llanto–. Piensa en los niños… ¿Qué culpa tienen ellos?

Yo sí soy culpable y estoy dispuesto a aceptar el castigo que merezca. No encuentro palabras con qué

expresar lo mal que me he portado. ¡Perdóname, Dolly!

Ella se sentó. Oblonsky oía su respiración, fatigosa y pesada, y se sintió invadido, por su mujer, de una

infinita compasión. Dolly quiso varias veces empezar a hablar; pero no pudo. Él esperaba.

–Tú te acuerdas de los niños sólo para valerte de ellos, pero yo sé bien que ya están perdidos –dijo ella, al

fin, repitiendo una frase que, seguramente, se había dicho a sí misma más de una vez en aquellos tres días.

Le había tratado de tú. Oblonsky la miró reconocido, y se adelantó para cogerle la mano, pero ella se

apartó de su esposo con repugnancia.

–Pienso en los niños, haría todo lo posible para salvarles, pero no sé cómo. ¿Quitándoles a su padre o

dejándoles cerca de un padre depravado, sí, depravado? Ahora, después de lo pasado –continuó, levantando

la voz–, dígame: ¿cómo es posible que sigamos viviendo juntos? ¿Cómo puedo vivir con un hombre, el

padre de mis hijos, que tiene relaciones amorosas con la institutriz de sus hijos?

–¿Y qué quieres que hagamos ahora? ¿Qué cabe hacer? –repuso él, casi sin saber lo que decía,

humillando cada vez más la cabeza.

–Me da usted asco, me repugna usted –gritó Dolly, cada vez más agitada–. ¡Sus lágrimas son agua pura!

¡Jamás me ha amado usted! ¡No sabe lo que es nobleza ni sentimiento!… Le veo a usted como a un extraño,

sí, como a un extraño –dijo, repitiendo con cólera aquella palabra para ella tan terrible: un extraño.

Oblonsky la miró, asustado y asombrado de la ira que se retrataba en su rostro. No comprendía que lo

que provocaba la ira de su mujer era la lástima que le manifestaba. Ella sólo veía en él compasión, pero no

amor.

«Me aborrece, me odia y no me perdonará», pensó Oblonsky.

–¡Es terrible, terrible! –exclamó.

Se oyó en aquel momento gritar a un niño, que se había, seguramente, caído en alguna de las

habitaciones. Daria Alejandrovna prestó oído y su rostro se dulcificó repentinamente. Permaneció un

instante indecisa como si no supiera qué hacer y, al fin, se dirigió con rapidez hacia la puerta.

«Quiere a mi hijo», pensó el Príncipe. «Basta ver cómo ha cambiado de expresión al oírle gritar. Y si

quiere a mi hijo, ¿cómo no ha de quererme a mí?»

–Espera, Dolly: una palabra más –dijo, siguiéndola.

–Si me sigue, llamaré a la gente, a mis hijos, para que todos sepan que es un villano. Yo me voy ahora

mismo de casa. Continúe usted viviendo aquí con su amante. ¡Yo me voy ahora mismo de casa!

Y salió, dando un portazo.

Esteban Arkadievich suspiró, se secó el rostro y lentamente se dirigió hacia la puerta.

«Mateo dice que todo se arreglará» , reflexionaba, «pero no sé cómo. No veo la manera ¡Y qué modo de

gritar! ¡Qué términos! Villano, amante… –se dijo, recordando las palabras de su mujer–. ¡Con tal que no la

hayan oído las criadas! ¡Es terrible! » , se repitió. Permaneció en pie unos segundos, se enjugó las lágrimas,

suspiró, y, levantando el pecho, salió de la habitación.

Era viernes. En el comedor, el relojero alemán estaba dando cuerda a los relojes. Esteban Arkadievich

recordó su broma acostumbrada, cuando, hablando de aquel alemán calvo, tan puntual, decía que se le

había dado cuerda a él para toda la vida a fin de que él pudiera darle a su vez a los relojes, y sonrió. A

Esteban Arkadievich le gustaban las bromas divertidas. «Acaso», volvió a pensar, «se arregle todo! ¡Qué

hermosa palabra arreglar!», se dijo. «Habrá que contar también ese chiste. »

Llamó a Mateo:

–Mateo, prepara la habitación para Ana Arkadievna. Di a María que te ayude.

–Está bien, señor.

Esteban Arkadievich se puso la pelliza y se encaminó hacia la escalera.

–¿No come el señor en casa? –preguntó Mateo, que iba a su lado.

–No sé; veremos. Toma, para el gasto –dijo Oblonsky, sacando diez rublos de la cartera–. ¿Te bastará?

–Baste o no, lo mismo nos tendremos que arreglar ––dijo Mateo, cerrando la portezuela del coche y

subiendo la escalera.

Entre tanto, calmado el niño y comprendiendo por el ruido del carruaje que su esposo se iba, Daria

Alejandrovna volvió a su dormitorio. Aquél era su único lugar de refugio contra las preocupaciones

domésticas que la rodeaban apenas salía de allí. Ya en aquel breve momento que pasara en el cuarto de los

niños, la inglesa y Matrena la habían preguntado acerca de varias cosas urgentes que había que hacer y a las

que sólo ella podía contestar. «¿Qué tenían que ponerse los niños para ir de paseo?» «¿Les daban leche?»

«¿Se buscaba otro cocinero o no?»

–¡Déjenme en paz! –había contestado Dolly, y, volviéndose a su dormitorio, se sentó en el mismo sitio

donde antes había hablado con su marido, se retorció las manos cargadas de sortijas que se deslizaban de

sus dedos huesudos, y comenzó a recordar la conversación tenida con él.

«Ya se ha ido», pensaba. «¿Cómo acabará el asunto de la institutriz? ¿Seguirá viéndola? Debí habérselo

preguntado.

No, no es posible reconciliarse… Aun si seguimos viviendo en la misma casa, hemos de vivir como

extraños el uno para el otro. ¡Extraños para siempre!», repitió, recalcando aquellas terribles palabras. «¡Y

cómo le quería! ¡Cómo le quería, Dios mío! ¡Cómo le he querido! Y ahora mismo: ¿no le quiero, y acaso

más que antes? Lo horrible es que …»

No pudo concluir su pensamiento porque Matrena Filimonovna se presentó en la puerta.

–Si me lo permite, mandaré a buscar a mi hermano, señora ––dijo–. Si no, tendré que preparar yo la

comida, no sea que los niños se queden sin comer hasta las seis de la tarde, como ayer.

–Ahora salgo y miraré lo que se haya de hacer. ¿Habéis enviado por leche fresca?

Y Daria Alejandrovna, sumiéndose en las preocupaciones cotidianas, ahogó en ellas momentáneamente

su dolor.

V

Aunque nada tonto, Esteban Arkadievich era perezoso y travieso, por lo que salió del colegio figurando

entre los últimos.

Con todo, pese a su vida de disipación, a su modesto grado y a su poca edad, ocupaba el cargo de

presidente de un Tribunal público de Moscú. Había obtenido aquel empleo gracias a la influencia del

marido de su hermana Ana, Alexis Alejandrovich Karenin, que ocupaba un alto cargo en el Ministerio del

que dependía su oficina.

Pero aunque Karenin no le hubiera colocado en aquel puesto, Esteban Arkadievich, por mediación de un

centenar de personas, hermanos o hermanas, primos o tíos, habría conseguido igualmente aquel cargo a

otro parecido que le permitiese ganar los seis mil rublos anuales que le eran precisos, dada la mala situación

de sus negocios, aun contando con los bienes que poseía su mujer.

La mitad de la gente de posición de Moscú y San Petersburgo eran amigos o parientes de Esteban

Arkadievich. Nació en el ambiente de los poderosos de este mundo. Una tercera parte de los altos

funcionarios, los antiguos, habían sido amigos de su padre y le conocían a él desde la cuna. Con otra tercera

parte se tuteaba, y la parte restante estaba compuesta de conocidos con los que mantenía cordiales

relaciones.

De modo que los distribuidores de los bienes terrenales –como cargos, arrendamientos, concesiones,

etcétera– eran amigos o parientes y no habían de dejar en la indigencia a uno de los suyos.

Así, para obtener un buen puesto, Oblonsky no necesitó esforzarse mucho. Le bastó no contradecir, no

envidiar, no disputar, no enojarse, todo lo cual le era fácil gracias a la bondad innata de su carácter. Le

habría parecido increíble no encontrar un cargo con la retribución que necesitaba, sobre todo no

ambicionando apenas nada: sólo lo que habían obtenido otros amigos de su edad y que estuviera al alcance

de sus aptitudes.

Los que le conocían, no sólo apreciaban su carácter jovial y bondadoso y su indiscutible honradez, sino

que se sentían inclinados hacia él incluso por su arrogante presencia, sus brillantes ojos, sus negras cejas y

su rostro blanco y sonrosado. Cuando alguno le encontraba exteriorizaba en seguida su contento: «¡Aquí

esta Stiva Oblonsky!», exclamaba al verle aparecer, casi siempre sonriendo con jovialidad.

Y, si bien después de una conversación con él no se producía ninguna especial satisfacción, las gentes, un

día y otro, cuando le veían, volvían a acogerle con idéntico regocijo.

En los tres años que llevaba ejerciendo su cargo en Moscú, Esteban Arkadievich había conseguido, no

sólo atraerse el afecto, sino el respeto de compañeros, subordinados, jefes y de cuantos le trataban. Las

principales cualidades que le hacían ser respetado en su oficina eran, ante todo, su indulgencia con los

demás –basada en el reconocimiento de sus propios defectos– y, después, su sincero liberalismo. No aquel

liberalismo de que hablaban los periódicos, sino un liberalismo que llevaba en la sangre, y que le hacía

tratar siempre del mismo modo a todos, sin distinción de posiciones y jerarquías, y finalmente –y era ésta la

cualidad principal– la perfecta indiferencia que le inspiraba su cargo, lo que le permitía no entusiasmarse

demasiado con él ni cometer errores.

Entrando en su oficina, Oblonsky pasó a su pequeño gabinete particular, seguido del respetuoso conserje,

que le llevaba la cartera. Se vistió allí el uniforme y entró en el despacho.

Los escribientes y oficiales se pusieron en pie, saludándole con jovialidad y respeto. Como de costumbre,

Esteban Arkadievich estrechó las manos a los miembros del Tribunal y se sentó en su puesto. Bromeó y

charló un rato, no más de lo conveniente, y comenzó a trabajar.

Nadie mejor que él sabía deslindar los límites de la llaneza oportuna y la seriedad precisa para hacer

agradable y eficaz el trabajo.

El secretario se acercó con los documentos del día, y le habló con el tono de familiaridad que introdujera

en la oficina el propio Esteban Arkadievich.

–Al fin hemos recibido los datos que necesitábamos de la administración provincial de Penza. Aquí

están. Con su permiso…

–¿Conque ya se recibieron? –exclamó Esteban Arkadievich, poniendo la mano sobre ellos–. ¡Ea, señores!

Y la oficina en pleno comenzó a trabajar.

«¡Si ellos supieran», pensaba, mientras, con aire grave, escuchaba el informe, « qué aspecto de chiquillo

travieso cogido en falta tenía media hora antes su "presidente de Tribunal"!»

Y sus ojos reían mientras escuchaba la lectura del expediente.

El trabajo duraba hasta las dos, en que se abría una tregua para el almuerzo.

Poco antes de aquella hora, las grandes puertas de la sala se abrieron de improviso y alguien penetró en

ella. Los miembros del tribunal, sentados bajo el retrato del Emperador y los colocados bajo el zérzalo4,

miraron hacia la puerta, satisfechos de aquella diversión inesperada. Pero el ujier hizo salir en seguida al

recién llegado y cerró trás él la puerta vidriera.

Una vez examinado el expediente, Oblonsky se levantó, se desperezó y, rindiendo tributo al liberalismo

de los tiempos que corrían, encendió un cigarrillo en plena sala del consejo y se dirigó a su despacho.

Sus dos amigos, el veterano empleado Nikitin y el gentilhombre de cámara Grinevich, le siguieron.

–Después de comer tendremos tiempo de terminar el asunto –dijo Esteban Arkadievich.

–Naturalmente –afirmó Nikitin.

–¡Ese Fomin debe de ser un pillo redomado! –dijo Grinevich refiriéndose a uno de los que estaban

complicados en el expediente que tenían en estudio.

Oblonsky hizo una mueca, como para dar a entender a Grinevich que no era conveniente establecer

juicios anticipados, y no contestó.

–¿Quién era el que entró mientras trabajábamos? –preguntó al ujier.

–Uno que lo hizo sin permiso, Excelencia, aprovechando un descuido mío. Preguntó por usted. Le dije

que hasta que no salieran los miembros del Tribunal…

–¿Dónde está?

–Debe de haberse ido a la antesala. No lo podía sacar de aquí. ¡Ah, es ése! –dijo el ujier, señalando a un

individuo de buena figura, ancho de espaldas, con la barba rizada, el cual, sin quitarse el gorro de piel de

camero, subía a toda prisa la desgastada escalinata de piedra.

Un funcionario enjuto, que descendía con una cartera bajo el brazo, miró con severidad las piernas de

aquel hombre y dirigió a Oblonsky una inquisitiva mirada.

Esteban Arkadievich estaba en lo alto de la escalera. Su rostro, resplandeciente sobre el cuello bordado

del uniforme, resplandeció más al reconocer al recién llegado.

–Es él, me lo figuraba. Es Levin –dijo con sonrisa amistosa y algo burlona–. ¿Cómo te dignas venir a

visitarme en esta «covachuela» ? –dijo abrazando a su amigo, no contento con estrechar su mano–––.

¿Hace mucho que llegaste?

–Ahora mismo. Tenía muchos deseos de verte –contestó Levin con timidez y mirando a la vez en torno

suyo con inquietud y disgusto.

–Bien: vamos a mi gabinete –dijo Oblonsky, que conocía la timidez y el excesivo amor propio de su

amigo.

Y, sujetando su brazo, le arrastró tras de sí, como si le abriera camino a través de graves peligros.

Esteban Arkadievich tuteaba a casi todos sus conocidos: ancianos de sesenta años y muchachos de

veinte, artistas y ministros, comerciantes y generales. De modo que muchos de los que tuteaba se hallaban

en extremos opuestos de la escala social y habrían quedado muy sorprendidos de saber que, a través de

Oblonsky, tenían algo de común entre sí.

Se tuteaba con todos con cuantos bebía champaña una vez, y como lo bebía con todo el mundo, cuando

en presencia de sus subordinados se encontraba con uno de aquellos «tús», como solía llamar en broma a

tales amigos, de los que tuviera que avergonzarse, sabía eludir, gracias a su tacto natural, lo que aquello

pudiese tener de despreciable para sus subordinados.

Levin no era un «tú» del que pudiera avergonzarse, pero Oblonsky comprendía que su amigo pensaba

que él tendría tal vez recelos en demostrarle su intimidad en presencia de sus subalternos y por eso le

arrastró a su despacho.

Levin era de la misma edad que Oblonsky. Su tuteo no se debía sólo a haber bebido champaña juntos,

sino a haber sido amigos y compañeros en su primera juventud. No obstante la diferencia de sus

inclinaciones y caracteres, se querían como suelen quererse dos amigos de la adolescencia. Pero, como pasa

a menudo entre personas que eligen diversas profesiones, cada uno, aprobando y comprendiendo la

elección del otro, la despreciaba en el fondo de su alma.

Le parecía a cada uno de los dos que la vida que él llevaba era la única real y la del amigo una ficción.

Por eso Oblonsky no había podido reprimir una sonrisa burlona al ver a Levin. Varias veces le había visto

en Moscú, llegado del pueblo, donde se ocupaba en cosas que Esteban Arkadievich no alcanzaba nunca a

comprender bien, y que, por otra parte, no le interesaban.

Levin llegaba siempre a Moscú precipitadamente, agitado, cohibido a irritado contra sí mismo por su

torpeza y expresando generalmente puntos de vista desconcertantes a inesperados respecto a todo.

Esteban Arkadievich encontraba aquello muy divertido. Levin, en el fondo, despreciaba también la vida

ciudadana de Oblonsky y su trabajo, que le parecían sin valor. La diferencia estribaba en que Oblonsky,

haciendo lo que todos los demás, al reírse de su amigo, lo hacía seguro de sí y con buen humor, mientras

que Levin carecía de serenidad y a veces se irritaba.

–Hace mucho que te esperaba ––dijo Oblonsky, entrando en el despacho y soltando el brazo de su amigo,

como para indicar que habían concluido los riesgos–. Estoy muy contento de verte –––continuó–––.

¿Cuándo has llegado?

Levin callaba, mirando a los dos desconocidos amigos de Esteban Arkadievich y fijándose, sobre todo,

en la blanca mano del elegante Grinevich, una mano de afilados y blancos dedos y de largas uñas curvadas

en su extremidad. Aquellas manos surgiendo de los puños de una camisa adornados de brillantes y enormes

gemelos, atraían toda la atención de Levin, coartaban la libertad de sus pensamientos.

Oblonsky se dio cuenta y sonrió.

–Permitidme presentaros ––dijo–. Aquí, mis amigos Felipe Ivanovich Nikitin y Mijail Stanislavovich

Grinevich. Y aquí –añadió volviéndose a Levin–: una personalidad de los estados provinciales, un miembro

de los zemstvos5, un gran deportista, que levanta con una sola mano cinco puds6; el rico ganadero,

formidable cazador y amigo mío Constantino Dmitrievich Levin, hermano de Sergio Ivanovich Kosnichev.

–Mucho gusto en conocerle –dijo el anciano.

–Tengo el honor de conocer a su hermano Sergio Ivanovich –aseguró Grinevich, tendiéndole su fina

mano de largas uñas.

Levin arrugó el entrecejo, le estrechó la mano con frialdad y se volvió hacia Oblonsky. Aunque apreciaba

mucho a su hermano de madre, célebre escritor, le resultaba intolerable que no le consideraran a él como

Constantino Levin, sino como hermano del ilustre Koznichev.

–Ya no pertenezco al zemstvo –dijo, dirigiéndose a Oblonsky–. Me peleé con todos. No asisto ya a sus

reuniones.

–¡Caramba, qué pronto te has cansado! ¿Como ha sido eso? –preguntó su amigo, sonriendo.

–Es una historia larga. Otro día te la contaré –replicó Levin.

Pero a continuación comenzó a relatarla:

–En una palabra: tengo la certeza de que no se hace ni se podrá hacer nada de provecho con los zemstvos

–profirió como si contestase a una injuria–. Por un lado, se juega al parlamento, y yo no soy ni bastante

viejo ni bastante joven para divertirme jugando. Por otra parte –Levin hizo una pausa– … es una manera

que ha hallado la coterie7 rural de sacar el jugo a las provincias. Antes había juicios y tutelas, y ahora

zemstvos, no en forma de gratificaciones, sino de sueldos inmerecidos –concluyó con mucho calor, como si

alguno de los presentes le hubiese rebatido las opiniones.

–Por lo que veo, atraviesas una fase nueva, y esta vez conservadora –dijo Oblonsky–. Pero ya hablaremos

de eso después.

–Sí, después… Pero antes quería hablarte de cierto asunto… –repuso Levin mirando con aversión la mano

de Grinevich.

Esteban Arkadievich sonrió levemente.

–¿No me decías que no te pondrías jamás vestidos europeos? –preguntó a Levin, mirando el traje que

éste vestía, seguramente cortado por un sastre francés–. ¡Cuando digo que atraviesas una nueva fase!

Levin se sonrojo, pero no como los adultos, que se ponen encarnados casi sin darse cuenta, sino como los

niños, que al ruborizarse comprenden lo ridículo de su timidez, lo que excita más aún su rubor, casi hasta

las lágrimas.

Hacía un efecto tan extraño ver aquella expresión pueril en el rostro varonil a inteligente de su amigo que

Oblonsky desvió la mirada.

–¿Dónde nos podemos ver? –preguntó Levin–. Necesito hablarte.

Oblonsky reflexionó.

–Vamos a almorzar al restaurante Gurin –dijo– y allí hablaremos. Estoy libre hasta las tres.

–No –dijo Levin, después de pensarlo un momento–. Antes tengo que ir a otro sitio.

–Entonces cenaremos juntos por la noche.

–Pero, ¿para qué cenar? Al fin y al cabo no tengo nada especial que decirte. Sólo preguntarte dos

palabras, y después podremos hablar.

–Pues dime las dos palabras ahora y hablemos por la noche.

–Se trata –empezó Levin– … De todos modos, no es nada de particular.

En su rostro se retrató una viva irritación provocada por los esfuerzos que hacía para dominar su timidez.

–¿Qué sabes de los Scherbazky? ¿Siguen sin novedad? –preguntó, por fin.

Esteban Arkadievich, a quien le constaba de tiempo atrás que Levin estaba enamorado de su cuñada

Kitty, sonrió imperceptiblemente y sus ojos brillaron de satisfacción.

–Tú lo has dicho en dos palabras, pero yo en dos palabras no lo puedo contestar, porque… Perdóname un

instante.

El secretario –con respetuosa familiaridad y con la modesta consciencia de la superioridad que todos los

secretarios creen tener sobre sus jefes en el conocimiento de todos los asuntos– entró y se dirigió a

Oblonsky llevando unos documentos y, en forma de pregunta, comenzó a explicarle una dificultad. Esteban

Arkadievich, sin terminar de escucharle, puso la mano sobre la manga del secretario.

–No, hágalo, de todos modos, como le he dicho –indicó, suavizando la orden con una sonrisa. Y tras

explicarle la idea que él tenía sobre la solución del asunto, concluyó, separando los documentos–: Le ruego

que lo haga así, Zajar Nikitich.

El secretario salió un poco confundido. Levin, entre tanto, se había recobrado completamente de su

turbación, y en aquel momento se hallaba con las manos apoyadas en el respaldo de una silla, escuchando

con burlona atención.

–No lo comprendo, no… –dijo.

–¿El qué no comprendes? –repuso Oblonsky sonriendo y sacando un cigarrillo.

Esperaba alguna extravagancia de parte de Levin.

–Lo que hacéis aquí –repuso Levin, encogiéndose de hombros–. ¿Es posible que puedas tomarlo en

serio?

–¿Por qué no?

–Porque aquí no hay nada que hacer.

–Eso te figuras tú. Estamos abrumados de trabajo.

–Sí: sobre el papel… Verdaderamente, tienes aptitudes para estas cosas –añadió Levin.

–¿Qué quieres decir?

–Nada –replicó Levin–. De todos modos, admiro tu grandeza y me siento orgulloso de tener un amigo tan

importante… Pero no has contestado aún a mi pregunta –terminó, mirando a Oblonsky a los ojos, con un

esfuerzo desesperado.

–Pues bien: espera un poco y también tú acabarás aquí, aunque poseas tres mil hectáreas de tierras en el

distrito de Karasinsky, tengas tus músculos y la lozanía y agilidad de una muchacha de doce años. ¡A pesar

de todo ello acabarás por pasarte a nuestras filas! Y respecto a lo que me has preguntado, no hay novedad.

Pero es lástima que no hayas venido por aquí en tanto tiempo.

–¿Pues qué pasa? –preguntó, con inquietud, Levin.

–Nada, nada –dijo Oblonsky–. Ya charlaremos. Y en concreto, ¿qué es lo que te ha traído aquí?

–De eso será mejor hablar también después –respondió Levin, sonrojándose hasta las orejas.

–Bien; ya me hago cargo –dijo Esteban Arkadievich–. Si quieres verlas, las encontrarás hoy en el Parque

Zoológico, de cuatro a cinco. Kitty estará patinando. Ve a verlas. Yo me reuniré allí contigo y luego iremos

a cualquier sitio.

–Muy bien. Hasta luego entonces.

–¡No te olvides de la cita! Te conozco bien: eres capaz de olvidarla o de marcharte al pueblo –exclamó,

riendo, Oblonsky.

–No, no…

Y salió del despacho, sin acordarse de que no había saludado a los amigos de Oblonsky hasta que estuvo

en la puerta.

–Parece un hombre de carácter –dijo Grinevich cuando Levin hubo salido.

–Sí, querido –asintió Esteban Arkadievich, inclinando la cabeza–. ¡Es un mozo con suerte! ¡Tres mil

hectáreas en Karasinsky, joven y fuerte, y con un hermoso porvenir…! ¡No es como nosotros!

–¿De qué se queja usted?

–¡De que todo me va mal! –respondió Oblonsky, suspirando profundamente.

VI

Cuando Oblonsky preguntó a Levin a qué había ido a Moscú, Levin se sonrojó y se indignó consigo

mismo por haberse sonrojado y por no haber sabido decirle: «He venido para pedir la mano de tu cuñada» ,

pues sólo por este motivo se encontraba en Moscú.

Los Levin y los Scherbazky, antiguas familias nobles de Moscú, habían mantenido siempre entre sí

cordiales relaciones, y su amistad se había afirmado más aún durante los años en que Levin fue estudiante.

Éste se preparó a ingresó en la Universidad a la vez que el joven príncipe Scherbazky, el hermano de Dolly

y Kitty. Levin frecuentaba entonces la casa de los Scherbazky y se encariñó con la familia.

Por extraño que pueda parecer, con lo que Levin estaba encariñado era precisamente con la casa, con la

familia y, sobre todo, con la parte femenina de la familia.

Levin no recordaba a su madre; tenía sólo una hermana, y ésta mayor que él. Así, pues, en casa de los

Scherbazky se encontró por primera vez en aquel ambiente de hogar aristocrático a intelectual del que él no

había podido gozar nunca por la muerte de sus padres.

Todo, en los Scherbazky, sobre todo en las mujeres, se presentaba ante él envuelto como en un velo

misterioso, poético; y no sólo no veía en ellos defecto alguno, sino que suponía que bajo aquel velo poético

que envolvía sus vidas se ocultaban los sentimientos más elevados y las más altas perfecciones.

Que aquellas señoritas hubiesen de hablar un día en francés y otro en inglés; que tocasen por turno el

piano, cuyas melodías se oían desde el cuarto de trabajo de su hermano, donde los estudiantes preparaban

sus lecciones; que tuviesen profesores de literatura francesa, de música, de dibujo, de baile; que las tres,

acompañadas de mademoiselle Linon, fuesen por las tardes a horas fijas al boulevard Tverskoy, vestidas

con sus abrigos invernales de satén –Dolly de largo, Natalia de medio largo y Kitty completamente de

corto, de modo que se podían distinguir bajo el abriguito sus piernas cubiertas de tersas medias encarnadas–

; que hubiesen de pasear por el boulevard Tverskoy acompañadas por un lacayo con una escarapela dorada

en el sombrero; todo aquello y mucho más que se hacía en aquel mundo misterioso en el que ellos se

movían, Levin no podía comprenderlo, pero estaba seguro de que todo lo que se hacía allí era hermoso y

perfecto, y precisamente por el misterio en que para él se desenvolvía, se sentía enamorado de ello.

Durante su época de estudiante, casi se enamoró de la hija mayor, Dolly, pero ésta se casó poco después

con Oblonsky. Entonces comenzó a enamorarse de la segunda, como si le fuera necesario estar enamorado

de una a otra de las hermanas. Pero Natalia, apenas presentada en sociedad, se casó con el diplomático

Lvov. Kitty era todavía una niña cuando Levin salió de la Universidad. El joven Scherbazky, que había

ingresado en la Marina, pereció en el Báltico y desde entonces las relaciones de Levin con la familia, a

pesar de su amistad con Oblonsky, se hicieron cada vez menos estrechas. Pero cuando aquel año, a

principios de invierno, Levin volvió a Moscú después de un año de ausencia y visitó a los Scherbazky,

comprendió de quién estaba destinado en realidad a enamorarse. Al parecer, nada más sencillo –conociendo

a los Scherbazky, siendo de buena familia, más bien rico que pobre, y contando treinta y dos años de edad–,

que pedir la mano de la princesita Kitty. Seguramente le habrían considerado un buen partido. Pero, como

Levin estaba enamorado, Kitty le parecía tan perfecta, un ser tan por encima de todo lo de la tierra, y él se

consideraba un hombre tan bajo y vulgar, que casi no podía imaginarse que ni Kitty ni los demás le

encontraran digno de ella.

Pasó dos meses en Moscú como en un sueño, coincidiendo casi a diario con Kitty en la alta sociedad, que

comenzó a frecuentar para verla más a menudo; y, de repente, le pareció que no tenía esperanza alguna de

lograr a su amada y se marchó al pueblo.

La opinión de Levin se basaba en que a los ojos de los padres de Kitty él no podía ser un buen partido, y

que tampoco la deliciosa muchacha podía amarle.

Ante sus padres no podía alegar una ocupación determinada, ninguna posición social, siendo así que a su

misma edad, treinta y dos años, otros compañeros suyos eran: uno general ayudante, otro director de un

banco y de una compañía ferroviaria, otro profesor, y el cuarto presidente de un tribunal de justicia, como

Oblonsky…

Él, en cambio, sabía bien cómo debían de juzgarle los demás: un propietario rural, un ganadero, un

hombre sin capacidad, que no hacía, a ojos de las gentes, sino lo que hacen los que no sirven para nada:

ocuparse del ganado, de cazar, de vigilar sus campos y sus dependencias.

La hermosa Kitty no podía, pues, amar a un ser tan feo como Levin se consideraba, y, sobre todo, tan

inútil y tan vulgar. Por otra parte, debido a su amistad con el hermano de ella ya difunto, sus relaciones con

Kitty habían sido las de un hombre maduro con una niña, lo cual le parecía un obstáculo más. Opinaba que

a un joven feo y bondadoso, cual él creía ser, se le puede amar como a un amigo, pero no con la pasión que

él profesaba a Kitty. Para eso había que ser un hombre gallardo y, más que nada, un hombre destacado.

Es verdad que había oído decir que las mujeres aman a veces a hombres feos y vulgares, pero él no lo

podía creer, y juzgaba a los demás por sí mismo, que sólo era capaz de amar a mujeres bonitas, misteriosas

y originales.

No obstante, después de haber pasado dos meses en la soledad de su pueblo, comprendió que el

sentimiento que le absorbía ahora no se parecía en nada a los entusiasmos de su primera juventud, pues no

le dejaba momento de reposo, y vio claro que no podría vivir sin saber si Kitty podría o no llegar a ser su

mujer. Comprendió, además, que sus temores eran hijos de su imaginación y que no tenía ningún serio

motivo para pensar que hubiera de ser rechazado. Y fue así como se decidió a volver a Moscú, resuelto a

pedir la mano de Kitty y casarse con ella, si le aceptaban… Y si no… Pero no quiso ni pensar en lo que

sucedería si era rechazada su proposición.

VII

Llegó a Moscú en el tren de la mañana y en seguida se dirigió a casa de Koznichev, su hermano mayor

por parte de madre. Después de mudarse de ropa, entró en el despacho de su hermano dispuesto a exponerle

los motivos de su viaje y pedirle consejo.

Pero Koznichev no se hallaba solo. Le acompañaba un profesor de filosofía muy renombrado que había

venido de Jarkov con el exclusivo objeto de discutir con él un tema filosófico sobre el que ambos

mantenían diferentes puntos de vista.

El profesor sostenía una ardiente polémica con los materialistas, y Koznichev, que la seguía con interés,

después de leer el último artículo del profesor, le escribió una carta exponiéndole sus objeciones y

censurándole las excesivas concesiones que hacía al materialismo.

El polemista se puso en seguida en camino para discutir la cuestión. El punto debatido estaba entonces

muy en boga, y se reducía a aclarar si existía un límite de separación entre las facultades psíquicas y

fisiológicas del hombre y dónde se hallaba tal límite, de existir.

Sergio Ivanovich acogió a su hermano con la misma sonrisa fría con que acogía a todo el mundo, y

después de presentarle al profesor, reanudó la charla.

El profesor, un hombre bajito, con lentes, de frente estrecha, interrumpió un momento la conversación

para saludar y luego volvió a continuarla, sin ocuparse de Levin.

Este se sentó, esperando que el filósofo se marchase, pero acabó interesándose por la discusión.

Había visto en los periódicos los artículos de que se hablaba y los había leído, tomando en ellos el interés

general que un antiguo alumno de la facultad de ciencias puede tomar en el desarrollo de las ciencias; pero,

por su parte, jamás asociaba estas profundas cuestiones referentes a la procedencia del hombre como

animal, a la acción refleja, la biología, la sociología, y a aquella que, entre todas, le preocupaba cada vez

más: la significación de la vida y la muerte.

En cambio, su hermano y el profesor, en el curso de su discusión, mezclaban las cuestiones científicas

con las referentes al alma, y cuando parecía que iban a tocar el tema principal, se desviaban en seguida, y se

hundían de nuevo en la esfera de las sutiles distinciones, las reservas, las citas, las alusiones, las referencias

a opiniones autorizadas, con lo que Levin apenas podía entender de lo que trataban.

–No me es posible admitir –dijo Sergio Ivanovich, con la claridad y precisión, con la pureza de dicción

que le eran connaturales– la tesis sustentada por Keiss; es a saber: que toda concepción del mundo exterior

nos es transmitida mediante sensaciones. La idea de que existimos la percibimos nosotros directamente, no

a través de una sensación, puesto que no se conocen órganos especiales capaces de recibirla.

–Pero Wurst, Knaust y Pripasov le contestarían que la idea de que existimos brota del conjunto de todas

las sensaciones y es consecuencia de ellas. Wurst afirma incluso que sin sensaciones no se experimenta la

idea de existir.

–Voy a demostrar lo contrario… –comenzó Sergio Ivanovich.

Levin, advirtiendo que los interlocutores, tras aproximarse al punto esencial del problema, iban a

desviarse de nuevo de él, preguntó al profesor:

–Entonces, cuando mis sensaciones se aniquilen y mi cuerpo muera, ¿no habrá ya para mí existencia

posible?

El profesor, contrariado como si aquella interrupción le produjese casi un dolor físico, miró al que le

interrogaba y que más parecía un palurdo que un filósofo, y luego volvió los ojos a Sergio Ivanovich, como

preguntándole: ¿Qué queréis que le diga?

Pero Sergio Ivanovich hablaba con menos afectación a intransigencia que el profesor, y comprendía tanto

las objeciones de éste como el natural y simple punto de vista que acababa de ser sometido a examen,

sonrió y dijo:

–Aún no estamos en condiciones de contestar adecuadamente a esa pregunta.

–Cierto; no poseemos bastantes datos –afirmó el profesor. Y continuó exponiendo sus argumentos–. No –

–dijo–. Yo sostengo que si, corno afirma Pripasov, la sensación tiene su fundamento en la impresión,

hemos de establecer entre estas dos nociones una distinción rigurosa.

Levin no quiso escuchar más y esperaba con impaciencia que el profesor se marchase.

VIII

Cuando el profesor se hubo ido, Sergio dijo a su hermano: –Celebro que hayas venido. ¿Por mucho

tiempo? ¿Y cómo van las tierras?

Levin sabía que a su hermano le interesaban poco las tierras, y si le preguntaba por ellas lo hacía por

condescendencia. Le contestó, pues, limitándose a hablarle de la venta del trigo y del dinero cobrado.

Habría querido hablar a su hermano de sus proyectos de matrimonio, pedirle consejo. Pero, escuchando

su conversación con el profesor y oyendo luego el tono de protección con que le preguntaba por las tierras

(las propiedades de su madre las poseían los dos hermanos en común, aunque era Levin quien las

administraba), tuvo la sensación de que no habría ya de explicarse bien, de que no podía empezar a hablar a

su hermano de su decisión, y de que éste no habría de ver seguramente las cosas como él deseaba que las

viera.

–Bueno, ¿y qué dices del zemstvo? –preguntó Sergio, que daba mucha importancia a aquella institución.

–A decir verdad, no lo sé.

–¿Cómo? ¿No perteneces a él?

–No. He presentado la dimisión –contestó Levin– y no asisto a las reuniones.

–¡Es lástima! ––dijo Sergio Ivanovich arrugando el entrecejo.

Levin, para disculparse, comenzó a relatarle lo que sucedía en las reuniones.

–Ya se sabe que siempre pasa así –le interrumpió su hermano–. Los rusos somos de ese modo. Tal vez la

facultad de ver los defectos propios sea un hermoso rasgo de nuestro carácter. Pero los exageramos y nos

consolamos de ellos con la ironía que tenemos siempre en los labios. Una cosa te diré: si otro pueblo

cualquiera de Europa hubiese tenido una institución análoga a la de los zemstvos –por ejemplo, los

alemanes o los ingleses–, la habrían aprovechado para conseguir su libertad política. En cambio nosotros

sólo sabemos reímos de ella.

–¿Qué querías que hiciera? –replicó Levin, excusándose–. Era mi última prueba, puse en ella toda mi

alma… Pero no puedo, no tengo aptitudes.

–No es que no tengas: es que no enfocas bien el asunto –dijo Sergio Ivanovich.

–Tal vez tengas razón ––concedió Levin abatido.

–¿Sabes que nuestro hermano Nicolás está otra vez en Moscú?

Nicolás, hermano de Constantino y de Sergio, por parte de madre, y mayor que los dos, era un calavera.

Había disipado su fortuna, andaba siempre con gente de dudosa reputación y estaba reñido con ambos

hermanos.

–¿Es posible? –preguntó Levin con inquietud–. ¿Cómo lo sabes?

–Prokofy le ha visto en la calle.

–¿En Moscú? ¿Sabes dónde vive?

Levin se levantó, como disponiéndose a marchar en seguida.

–Siento habértelo dicho –dijo Sergio Ivanovich, meneando la cabeza al ver la emoción de su hermano–.

Envié a informarme de su domicilio; le remití la letra que aceptó a Trubin y que pagué yo. Y mira lo que

me contesta…

Y Sergio Ivanovich alargó a su hermano una nota que tenía bajo el pisapapeles.

Levin leyó la nota, escrita con la letra irregular de Nicolás, tan semejante a la suya:

Os ruego encarecidamente que me dejéis en paz. Es lo único que deseo de mis queridos hermanitos.

Nicolás Levin.

Después de leerla, Cónstantino permaneció en pie ante su hermano, con la cabeza baja y el papel entre

las manos.

En su interior luchaba con el deseo de olvidar a su desgraciado hermano y la convicción de que obrar de

aquel modo sería una mala acción.

–Al parecer, se propone ofenderme; pero no lo conseguirá –seguía diciendo Sergio–. Yo estaba dispuesto

a ayudarle con todo mi corazón; mas ya ves que es imposible.

–Sí, sí… –repuso Levin–. Comprendo y apruebo tu actitud… Pero yo quiero verle.

–Ve si lo deseas, mas no te lo aconsejo –dijo Sergio Ivanovich–. No es que yo le tema con respecto a las

relaciones entre tú y yo: no conseguirá hacernos reñir. Pero creo que es mejor que no vayas, y así te lo

aconsejo. Es imposible ayudarle. Sin embargo, haz lo que te parezca mejor.

–Quizá sea imposible ayudarle, pero no quedaría tranquilo, sobre todo ahora, si…

–No te comprendo bien –repuso Sergio Ivanovich–, lo único que comprendo es la lección de humildad.

Desde que Nicolás comenzó a ser como es, yo comencé a considerar eso que llaman una «bajeza», con

menos severidad. ¡Ya sabes lo que hizo!

–¡Es terrible, terrible! –repetía Levin.

Después de obtener del lacayo de su hermano las señas de Nicolás, Levin decidió visitarle en seguida,

pero luego, reflexionándolo mejor, aplazó la visita hasta la tarde.

Ante todo, para tranquilizar su espíritu, necesitaba resolver el asunto que le traía a Moscú. Para ello se

dirigió, pues, a la oficina de Oblonsky y, después de haber conseguido las informaciones que necesitaba

sobre los Scherbazky, tomó un coche y se dirigió al lugar donde le habían dicho que podía encontrar a

Kitty.

IX

A las cuatro de la tarde, Levin, con el corazón palpitante, dejó el coche de alquiler cerca del Parque

Zoológico y se encaminó por un sendero a la pista de patinar, seguro de encontrar a Kitty, ya que había

visto a la puerta el carruaje de los Scherbazky.

El día era frío, despejado. Ante el Parque Zoológico estaban alineados trineos, carruajes particulares y

coches de alquiler. Aquí y allá se veían algunos gendarmes. El público, con sus sombreros que relucían

bajo el sol, se agolpaba en la entrada y en los paseos ya limpios de nieve, entre filas de casetas de madera

de estilo ruso, con adornos esculpidos. Los añosos abedules, inclinados bajo el peso de la nieve que cubría

sus ramas, parecían ostentar flamantes vestiduras de fiesta.

Levin, mientras seguía el sendero que conducía a la pista, se decía: «Hay que estar tranquilo; es preciso

no emocionarse. ¿Qué te pasa corazón? ¿Qué quieres? ¡Calla, estúpido!». Así hablaba a su corazón, pero

cuanto más se esforzaba en calmarse, más emocionado se sentía.

Se encontró con un conocido que le saludó, pero Levin no recordó siquiera quién podía ser.

Se acercó a las montañas de nieve, en las que, entre el estrépito de las cadenas que hacían subir los

trineos, sonaban voces alegres. Unos pasos más allá se encontró ante la pista y entre los que patinaban

reconoció inmediatamente a Kitty.

La alegría y el temor inundaron su corazón. Kitty se hallaba en la extremidad de la pista, hablando en

aquel momento con una señora. Aunque nada había de extraordinario en su actitud ni en su vestido, para

Levin resaltaba entre todos, como una rosa entre las ortigas. Todo en tomo de ella parecía iluminado. Era

como una sonrisa que hiciera resplandecer las cosas a su alrededor.

«¿Es posible que pueda acercarme adonde está?», se preguntó Levin.

Hasta el lugar donde ella se hallaba le parecía un santuario inaccesible, y tal era su zozobra que hubo un

momento en que incluso decidió marcharse. Tuvo que hacer un esfuerzo sobre sí mismo para decirse que al

lado de Kitty había otras muchas personas y que él podía muy bien haber ido allí para patinar.

Entró en la pista, procurando no mirar a Kitty sino a largos intervalos, como hacen los que temen mirar al

sol de frente. Pero como el sol, la presencia de la joven se sentía aún sin mirarla.

Aquel día y a aquella hora acudían a la pista personas de una misma posición, todas ellas conocidas entre

sí. Allí estaban los maestros del arte de patinar, luciendo su arte; los que aprendían sujetándose a sillones

que empujaban delante de ellos, deslizándose por el hielo con movimientos tímidos y torpes; había también

niños, y viejos que patinaban por motivos de salud.

Todos parecían a Levin seres dichosos porque podían estar cerca de «ella». Sin embargo, los patinadores

cruzaban al lado de Kitty, la alcanzaban, le hablaban, se separaban otra vez y todo con indiferente

naturalidad, divirtiéndose sin que ella entrase para nada en su alegría, gozando del buen tiempo y de la

excelente pista.

Nicolás Scherbazky, primo de Kitty, vestido con una chaqueta corta y pantalones ceñidos, descansaba en

un banco con los patines puestos. Al ver a Levin, le gritó:

–¡Hola, primer patinador de todas las Rusias! ¿Desde cuándo está usted aquí? El hielo está excelente.

Ande, póngase los patines.

–No traigo patines –repuso Levin, asombrado de la libertad de maneras de Scherbazky delante de «ella»

y sin perderla de vista ni un momento, aunque tenía puesta en otro sitio la mirada.

Sintió que el sol se aproximaba a él. Deslizándose sobre el hielo con sus piececitos calzados de altas

botas, Kitty, algo asustada al parecer, se acercaba a Levin. Tras ella, haciendo gestos desesperados a

inclinándose hacia el hielo, iba un muchacho vestido con el traje nacional ruso que la perseguía. Kitty

patinaba con poca seguridad. Sacando las manos del manguito sujeto al cuello por un cordón, las extendía

como para cogerse a algo ante el temor de una caída. Vio a Levin, a quien reconoció en seguida, y sonrió

tanto para él como para disimular su temor.

Al llegar a la curva, Kitty, con un impulso de sus piececitos nerviosos, se acercó a Scherbazky, se cogió a

su brazo sonriendo y saludó a Levin con la cabeza.

Estaba más hermosa aún de lo que él la imaginara. Cuando pensaba en ella, la recordaba toda: su cabecita

rubia, con su expresión deliciosa de bondad y candor infantiles, tan admirablemente colocada sobre sus

hombros graciosos. Aquella mezcla de gracia de niña y de belleza de mujer ofrecían un conjunto

encantador que impresionaba a Levin profundamente.

Pero lo que más le impresionaba de ella, como una cosa siempre nueva, eran sus ojos tímidos, serenos y

francos, y su sonrisa, aquella sonrisa que le transportaba a un mundo encantado, donde se sentía satisfecho,

contento, con una felicidad plena como sólo recordaba haberla experimentado durante los primeros días de

su infancia.

–¿Cuándo ha venido? –le preguntó Kitty, dándole la mano.

El pañuelo se le cayó del manguito. Levin lo recogió y ella dijo: –Muchas gracias.

–Llegué hace poco: ayer… quiero decir, hoy… –repuso Levin, a quien la emoción había impedido

entender bien la pregunta–. Me proponía ir a su casa…

Y recordando de pronto el motivo por que la buscaba, se turbó y se puso encarnado.

–No sabía que usted patinara. Y patina muy bien –añadió.

Ella le miró atentamente, como tratando de adivinar la causa de su turbación.

–Estimo en mucho su elogio, ya que se le considera a usted como el mejor patinador –dijo al fin,

sacudiendo con su manecita enfundada en guantes negros la escarcha que se formaba sobre su manguito.

–Sí; antes, cuando patinaba con pasión aspiraba a llegar a ser un perfecto patinador.

–Parece que usted se apasiona por todo –dijo la joven, sonriendo–. Me gustaría verle patinar. Ande,

póngase los patines y demos una vuelta juntos.

«¿Es posible? ¡Patinar juntos!», pensaba Levin, mirándola.

–En seguida me los pongo –dijo en alta voz.

Y se alejó a buscarlos.

–Hace tiempo que no venía usted por aquí, señor–le dijo el empleado, cogiendo el pie de Levin para

sujetarle los patines–. Desde entonces no viene nadie que patine como usted. ¿Queda bien así? –concluyó,

ajustándole la correa.

–Bien, bien; acabe pronto, por favor –replicaba Levin, conteniendo apenas la sonrisa de dicha que

pugnaba por aparecer en su rostro. «¡Eso es vida! ¡Eso es felicidad! ¡Juntos, patinaremos juntos!, me ha

dicho. ¿Y si se lo dijera ahora? Pero tengo miedo, porque ahora me siento feliz, feliz aunque sea sólo por la

esperanza… ¡Pero es preciso decidirse! ¡Hay que acabar con esta incertidumbre! ¡Y ahora mismo!»

Se puso en pie, se quitó el abrigo y, tras recorrer el hielo desigual inmediato a la caseta, salvó el hielo liso

de la pista, deslizándose sin esfuerzo, como si le bastase la voluntad para animar su carrera. Se acercó a

Kitty con timidez, sintiéndose calmado al ver la sonrisa con que le acogía.

Ella le dio la mano y los dos se precipitaron juntos, aumentando cada vez más la velocidad, y cuanto más

deprisa iban, tanto más fuertemente oprimía ella la mano de Levin.

–Con usted aprendería muy pronto, porque, no sé a qué se deberá, pero me siento completamente segura

cuando patino con usted –le dijo.

–Y yo también me siento más seguro cuando usted se apoya en mi brazo –repuso Levin. Y en seguida

enrojeció, asustado de lo que acababa de decir. Y, en efecto, apenas hubo pronunciado estas palabras,

cuando, del mismo modo como el sol se oculta entre las nubes, del rostro de Kitty desapareció toda la

suavidad, y Levin comprendió por la expresión de su semblante que la joven se concentraba para

reflexionar.

Una leve arruguita se marcó en la tersa frente de la muchacha.

–¿Le sucede algo? Perdone, no tengo derecho a… –rectificó Levin.

–¿Por qué no? No me pasa nada –repuso ella fríamente. Y añadió–: ¿No ha visto aún a mademoiselle

Linon?

–Todavía no.

–Vaya a saludarla. Le aprecia mucho.

«¡Oh, Dios mío, la he enojado!», pensó Levin, mientras se dirigía hacia la vieja francesa de grises

cabellos rizados sentada en el banco.

Ella le acogió como a un viejo amigo, enseñando al reír su dentadura postiza.

–¡Cómo crecemos, ¿eh? –le dijo, indicándole a Kittyy ¡cómo nos hacemos viejos! ¡Tinny bear es ya

mayor! –continuó, riendo, y recordando los apelativos que antiguamente daba Levin a cada una de las tres

hermanas, equiparándolas a los tres oseznos de un cuento popular inglés–. ¿Se acuerda de que la llamaba

así?

El no lo recordaba ya, pero la francesa llevaba diez años riendo de aquello.

–Vaya, vaya a patinar. ¿Verdad que nuestra Kitty lo hace muy bien ahora?

Cuando Levin se acercó a Kitty de nuevo, la severidad había desaparecido del semblante de la joven; sus

ojos le miraban, como antes, francos y llenos de suavidad, pero a él le pareció que en la serenidad de su

mirada había algo de fingido y se entristeció.

Kitty, tras hablar de su anciana institutriz y de sus rarezas, preguntó a Levin qué era de su vida.

–¿No se aburre usted viviendo en el pueblo durante el invierno? –le preguntó.

–No, no me aburro. Como siempre estoy ocupado… –dijo él, consciente de que Kitty le arrastraba a la

esfera de aquel tono tranquilo que había resuelto mantener y de la cual, como había sucedido a principios

de invierno, no podía ya escapar.

–¿Viene para mucho tiempo? –preguntó Kitty.

–No sé –repuso Levin, casi sin darse cuenta.

Pensó que si se dejaba ganar por aquel tono de tranquila amistad, se marcharía otra vez sin haber resuelto

nada; y decidió rebelarse.

–¿Cómo no lo sabe?

–No, no sé… Depende de usted.

Y en el acto se sintió aterrado de sus palabras.

Pero ella no las oyó o no quiso oírlas. Como si tropezara, dio dos o tres leves talonazos y se alejó de él

rápidamente. Se acercó a la institutriz, le dijo algunas palabras y se dirigió a la caseta para quitarse los

patines.

«¡Oh, Dios, ayúdame, ilumíname! ¿Qué he hecho?», se decía Levin, orando mentalmente. Pero, como

sintiera a la vez una viva necesidad de moverse, se lanzó en una carrera veloz sobre el hielo, trazando con

furor amplios círculos.

En aquel momento, uno de los mejores patinadores que había allí salió del café con un cigarrillo en los

labios, descendió a saltos las escaleras con los patines puestos, creando un gran estrépito y, sin ni siquiera

variar la descuidada postura de los brazos, tocó el hielo y se deslizó sobre él.

–¡Ah, un nuevo truco! –––exclamó Levin.

Y corrió hacia la escalera para realizarlo.

–¡Va usted a matarse! –le gritó Nicolás Scherbazky–. ¡Hay que tener mucha práctica para hacer eso!

Levin subió hasta el último peldaño y, una vez allí, se lanzó hacia abajo con todo el impulso, procurando

mantener el equilibrio con los brazos. Tropezó en el último peldaño, pero tocando ligeramente el hielo con

la mano hizo un esfuerzo rápido y violento, se levantó y, riendo, continuó su carrera.

«¡Qué muchacho tan simpático!», pensaba Kitty, que salía de la caseta con mademoiselle Linon, mientras

seguía a Levin con mirada dulce y acariciante, como si contemplase a un hermano querido. «¿Acaso soy

culpable? ¿He hecho algo que no esté bien? A eso llaman coquetería. Ya sé que no es a él a quien quiero,

pero a su lado estoy contenta. ¡Es tan simpático! Pero ¿por qué me diría lo que me dijo?»

Viendo que Kitty iba a reunirse con su madre en la escalera, Levin, con el rostro encendido por la

violencia del ejercicio, se detuvo y quedó pensativo. Luego se quitó los patines y logró alcanzar a madre a

hija cerca de la puerta del parque.

–Me alegro mucho de verle –dijo la Princesa–. Recibimos los jueves, como siempre.

–¿Entonces, hoy?

–Nos satisfará su visita –repuso la Princesa, secamente.

Su frialdad disgustó a Kitty de tal modo que no pudo contener el deseo de suavizar la sequedad de su

madre y, volviendo la cabeza, dijo sonriendo:

–Hasta luego.

En aquel momento, Esteban Arkadievich, con el sombrero ladeado, brillantes los ojos, con aire

triunfador, entraba en el jardín. Al acercarse, sin embargo, a su suegra adoptó un aire contrito,

contestándole con voz doliente cuando le preguntó por la salud de Dolly.

Tras hablar con ella en voz baja y humildemente, Oblonsky se enderezó, sacando el pecho y cogió el

brazo de Levin.

–¿Qué? ¿Vamos? –preguntó–. Me he acordado mucho de ti y estoy satisfechísimo de que hayas venido –

dijo, mirándole significativamente a los ojos.

–Vamos –contestó Levin, en cuyos oídos sonaban aún dulcemente el eco de aquellas palabras: «Hasta

luego», y de cuya mente no se apartaba la sonrisa con que Kitty las quiso acompañar.

–¿Al «Inglaterra» o al «Ermitage» ?

–Me da lo mismo.

–Entonces vamos al «Inglaterra» ––dijo Esteban Arkadievich decidiéndose por este restaurante, porque

debía en él más dinero que en el otro y consideraba que no estaba bien dejar de frecuentarlo.

–¿Tienes algún coche alquilado? –añadió–. ¿Sí? Magnífico… Yo había despedido el mío…

Hicieron el camino en silencio. Levin pensaba en lo que podía significar aquel cambio de expresión en el

rostro de Kitty, y ya se sentía animado en sus esperanzas, ya se sentía hundido en la desesperación, y

considerando que sus ilusiones eran insensatas. No obstante, tenía la sensación de ser otro hombre, de no

parecerse en nada a aquel a quien ella había sonreído y a quien había dicho: «Hasta luego».

Esteban Arkadievich, entre tanto, iba componiendo el menú por el camino.

–¿Te gusta el rodaballo? –preguntó a Levin, cuando llegaban.

–¿Qué?

–El rodaballo.

–¡Oh! Sí, sí, me gusta con locura.

X

Levin, al entrar en el restaurante con su amigo, no dejó de observar en él una expresión particular, una

especie de alegría radiante y contenida que se manifestaba en el rostro y en toda la figura de Esteban

Arkadievich.

Oblonsky se quitó el abrigo y, con el sombrero ladeado, pasó al comedor, dando órdenes a los camareros

tártaros que, vestidos de frac y con las servilletas bajo el brazo, le rodearon, pegándose materialmente a sus

faldones.

Saludando alegremente a derecha a izquierda a los conocidos, que aquí como en todas partes le acogían

alegremente, Esteban Arkadievich se dirigió al mostrador y tomó un vasito de vodka acompañándolo con

un pescado en conserva, y dijo a la cajera francesa, toda cintas y puntillas, algunas frases que la hicieron

reír a carcajadas. En cuanto a Levin, la vista de aquella francesa, que parecía hecha toda ella de cabellos

postizos y de poudre de riz y vinaigres de toilette8, le producía náuseas. Se alejó de allí como pudiera

hacerlo de un estercolero. Su alma estaba llena del recuerdo de Kitty y en sus ojos brillaba una sonrisa de

triunfo y de felicidad.

–Por aquí, Excelencia, tenga la bondad. Aquí no importunará nadie a Su Excelencia –decía el camarero

tártaro que con más ahínco seguía a Oblonsky y que era un hombre grueso, viejo ya, con los faldones del

frac flotantes bajo la ancha cintura–. Haga el favor, Excelencia –decía asimismo a Levin, honrándolo

también como invitado de Esteban Arkadievich.

Colocó rápidamente un mantel limpio sobre la mesa redonda, ya cubierta con otro y colocada bajo una

lámpara de bronce. Luego acercó dos sillas tapizadas y se paró ante Oblonsky con la servilleta y la carta en

la mano, aguardando órdenes.

–Si Su Excelencia desea el reservado, podrá disponer de él dentro de poco. Ahora lo ocupa el príncipe

Galitzin con una dama… Hemos recibido ostras francesas.

–¡Caramba, ostras!

Esteban Arkadievich reflexionó.

–¿Cambiamos el plan, Levin? –preguntó, poniendo el dedo sobre la carta.

Y su rostro expresaba verdadera perplejidad.

–¿Sabes si son buenas las ostras? –interrogó.

–De Flensburg, Excelencia. De Ostende no tenemos hoy.

–Pasemos porque sean de Flensburg, pero ¿son frescas?

–Las hemos recibido ayer.

–¿Entonces empezamos por las ostras y cambiamos el plan?

–Me es indiferente. A mí lo que más me gustaría sería el schi y la kacha9, pero aquí no deben de tener de

eso.

–¿El señor desea kacha à la russe? –preguntó el tártaro, inclinándose hacia Levin como un aya hacia un

niño.

–Bromas aparte, estoy conforme con lo que escojas –dijo Levin a Oblonsky–. He patinado mucho y

tengo apetito. –Y añadió, observando una expresión de descontento en el rostro de Esteban Arkadievich–:

No creas que no sepa apreciar tu elección. Estoy seguro de que comeré muy a gusto.

–¡No faltaba más! Digas lo que quieras, el comer bien es uno de los placeres de la vida –repuso Esteban

Arkadievich–. Ea, amigo: tráenos primero las ostras. Dos –no, eso sería poco–, tres docenas… Luego, sopa

juliana…

–Printanière, ¿no? –corrigió el tártaro.

Pero Oblonsky no quería darle la satisfacción de mencionar los platos en francés.

–Sopa juliana, juliana, ¿entiendes? Luego rodaballo, con la salsa muy espesa; luego… rosbif, pero que sea

bueno, ¿eh? Después, pollo y algo de conservas.

El tártaro, recordando la costumbre de Oblonsky de no nombrar los manjares con los nombres de la

cocina francesa, no quiso insistir, pero se tomó el desquite, repitiendo todo lo encargado tal como estaba

escrito en la carta.

–Soupe printanière, turbot à la Beaumarchais, poularde à l’estragon, macedoine de fruits…

Y en seguida después, como movido por un resorte, cambió la carta que tenía en las manos por la de los

vinos y la presentó a Oblonsky.

–¿Qué bebemos?

–Lo que quieras; acaso un poco de… champaña –indicó Levin.

–¿Champaña para empezar? Pero bueno, como tú quieras. ¿Cómo te gusta? ¿Carta blanca?

–Cachet blanc –dijo el tártaro.

–Sí: esto con las ostras. Luego, ya veremos.

–Bien, Excelencia. ¿De vinos de mesa?

–Tal vez Nuit… Pero no: vale más el clásico Chablis.

–Bien. ¿Tomará Su Excelencia su queso?

–Sí: de Parma. ¿O prefieres otro?

–A mí me da lo mismo –dijo Levin, sin poder reprimir una sonrisa.

El tártaro se alejó corriendo, con los faldones de su frac flotándole hacia atrás, y cinco minutos más tarde

volvió con una bandeja llena de ostras ya abiertas en sus conchas de nácar y con una botella entre los

dedos.

Esteban Arkadievich arrugó la servilleta almidonada, colocó la punta en la abertura del chaleco y,

apoyando los brazos sobre la mesa, comenzó a comer las ostras.

–No están mal –dijo, mientras separaba las–ostras de las conchas con un tenedorcito de plata y las

engullía una tras otra–. No están mal –repitió, mirando con sus brillantes ojos, ora a Levin, ora al tártaro.

Levin comió ostras también, aunque habría preferido queso y pan blanco, pero no podía menos de

admirar a Oblonsky.

Hasta el mismo tártaro, después de haber descorchado la botella y escanciado el vino espumoso en las

finas copas de cristal, contempló con visible placer a Esteban Arkadievich, mientras se arreglaba su corbata

blanca.

–¿No te gustan las ostras? –preguntó éste a Levin–. ¿O es que estás preocupado por algo?

Deseaba que Levin se sintiese alegre. Levin no estaba triste, se sentía sólo a disgusto en el ambiente del

restaurante, que contrastaba tanto con su estado de ánimo de aquel momento. No, no se encontraba bien en

aquel establecimiento con sus reservados donde se llevaba a comer a las damas; con sus bronces, sus

espejos y sus tártaros. Sentía la impresión de que aquello había de mancillar los delicados sentimientos que

albergaba su corazón.

–¿Yo?–. Sí, estoy preocupado… Además, a un pueblerino como yo, no puedes figurarte la impresión que

le causan estas cosas. Es, por ejemplo, como las uñas de aquel señor que me presentaste en tu oficina.

–Ya vi que las uñas del pobre Grinevich te impresionaron mucho –dijo Oblonsky, riendo.

–¡Son cosas insoportables para mí! –repuso Levin–. Ponte en mi lugar, en el de un hombre que vive en el

campo. Allí procuramos tener las manos de modo que nos permitan trabajar más cómodamente; por eso nos

cortamos las uñas y a veces nos remangamos el brazo… En cambio, aquí la gente se deja crecer las uñas

todo lo que pueden dar de sí y se pone unos gemelos como platos para acabar de dejar las manos en estado

de no poder servir para nada.

Esteban Arkadievich sonrió jovialmente.

–Señal de que no es preciso un trabajo rudo, que se labora con el cerebro… –alegó.

–Quizá. Pero de todos modos a mí eso me causa una extraña impresión; como me la causa el que

nosotros los del pueblo procuremos comer deprisa para ponernos en seguida a trabajar otra vez, mientras

que aquí procuráis no saciaros demasiado aprisa y por eso empezáis por comer ostras.

–Naturalmente –repuso su amigo–. El fin de la civilización consiste en convertir todas las cosas en un

placer.

–Pues si ése es el fin de la civilización, prefiero ser un salvaje.

–Eres un salvaje sin necesidad de eso. Todos los Levin lo sois.

Levin suspiró. Recordó a su hermano Nicolás y se sintió avergonzado y dolorido. Arrugó el entrecejo.

Pero ya Oblonsky le hablaba de otra cosa que distrajo su atención.

–¿Visitarás esta noche a los Scherbazky? ¿Quiero decir a…? –agregó, separando las conchas vacías y

acercando el queso, mientras sus ojos brillaban de manera significativa.

–No dejaré de ir –repuso Levin–, aunque creo que la Princesa me invitó de mala gana.

–¡No digas tonterías! Es su modo de ser. Sírvanos la sopa, amigo –dijo Oblonsky al camarero–. Es su

manera de grande dame. Yo también pasaré por allí, pero antes he de estar en casa de la condesa Bonina.

Hay allí un coro, que… Como te decía, eres un salvaje… ¿Cómo se explica tu desaparición repentina de

Moscú? Los Scherbazky no hacían más que preguntarme por ti, como si yo pudiera saber… Y sólo sé una

cosa: que haces siempre lo contrario que los demás.

–Tienes razón: soy un salvaje –concedió Levin, hablando lentamente, pero con agitación–, pero si lo soy,

no es por haberme ido entonces, sino por haber vuelto ahora.

–¡Qué feliz eres! –interrumpió su amigo, mirándole a los ojos.

–¿Por qué?

–Conozco los buenos caballos por el pelo y a los jóvenes enamorados por los ojos –declaró Esteban

Arkadievich–. El mundo es tuyo… El porvenir se abre ante ti…

–¿Acaso tú no tienes ya nada ante ti?

–Sí, pero el porvenir es tuyo. Yo tengo sólo el presente, y este presente no es precisamente de color de

rosa.

–¿Y eso?

–No marchan bien las cosas… Pero no quiero hablar de mí, y además no todo se puede explicar –dijo

Esteban Arkadievich–. Cambia los platos –dijo al camarero. Y prosiguió–: Ea, ¿a qué has venido a Moscú?

–¿No lo adivinas? –contestó Levin, mirando fijamente a su amigo, sin apartar de él un instante sus ojos

profundos.

–Lo adivino, pero no soy el llamado a iniciar la conversación sobre ello… Juzga por mis palabras si lo

adivino o no –dijo Esteban Arkadievich con leve sonrisa.

–Y entonces, ¿qué me dices? –preguntó Levin con voz trémula, sintiendo que todos los músculos de su

rostro se estremecían–. ¿Qué te parece el asunto?

Oblonsky vació lentamente su copa de Chablis sin quitar los ojos de Levin.

–Por mi parte –dijo– no desearía otra cosa. Creo que es lo mejor que podría suceder.

–¿No te equivocas? ¿Sabes a lo que te refieres? –repuso su amigo, clavando los ojos en él–. ¿Lo crees

posible?

–Lo creo. ¿Por qué no?

–¿Supones sinceramente que es posible? Dime todo lo que piensas. ¿No me espera una negativa? Casi

estoy seguro…

–¿Por qué piensas así? –dijo Esteban Arkadievich, observando la emoción de Levin.

–A veces lo creo, y esto fuera terrible para mí y para ella.

–No creo que para ella haya nada terrible en esto. Toda muchacha se enorgullece cuando piden su mano.

–Todas sí; pero ella no es como todas.

Esteban Arkadievich sonrió. Conocía los sentimientos de su amigo y sabía que para él todas las jóvenes

del mundo estaban divididas en dos clases: una compuesta por la generalidad de las mujeres, sujetas a todas

las flaquezas, y otra compuesta sólo por «ella» , que no tenía defecto alguno y estaba muy por encima del

género humano.

–¿Qué haces? ¡Toma un poco de salsa! –dijo, deteniendo la mano de Levin, que separaba la fuente.

Levin, obediente, se sirvió salsa; pero impedía, con sus preguntas, que Esteban Arkadievich comiera

tranquilo.

–Espera, espera –dijo–. Comprende que esto para mí es cuestión de vida o muerte. A nadie he hablado de

ello. Con nadie puedo hablar, excepto contigo. Aunque seamos diferentes en todo, sé que me aprecias y yo

te aprecio mucho también. Pero, ¡por Dios!, sé sincero conmigo.

–Yo te digo lo que pienso –respondió Oblonsky con una sonrisa–. Te diré más aún: mi esposa, que es una

mujer extraordinaria…

Suspiró, recordando el estado de sus relaciones con ella y, tras un breve silencio, continuó:

–Tiene el don de prever los sucesos. Adivina el carácter de la gente y profetiza los acontecimientos…

sobre todo si se trata de matrimonios… Por ejemplo: predijo que la Schajovskaya se casaría con Brenteln.

Nadie quería creerlo. Pero resultó. Pues bien: está de tu parte.

–¿Es decir, que…?

–Que no sólo simpatiza contigo, sino que asegura que Kitty será indudablemente tu esposa.

Al oír aquellas palabras, el rostro de Levin se iluminó con una de esas sonrisas tras de las que parecen

próximas a brotar lágrimas de ternura.

–¡Conque dice eso! –exclamó–. Siempre he opinado que tu esposa era una mujer admirable. Bien; basta.

No hablemos más de eso –añadió, levantándose.

–Bueno, pero siéntate.

Levin no podía sentarse. Dio un par de vueltas con sus firmes pasos por la pequeña habitación,

pestañeando con fuerza para dominar sus lágrimas, y sólo entonces volvió a instalarse en su silla.

–Comprende –dijo– que esto no es un amor vulgar. Yo he estado enamorado, pero no como ahora. No es

ya un sentimiento, sino una fuerza superior a mí que me lleva a Kitty. Me fui de Moscú porque pensé que

eso no podría ser, como no puede ser que exista felicidad en la tierra. Luego he luchado conmigo mismo y

he comprendido que sin ella la vida me será imposible. Es preciso que tome una decisión.

–¿Por qué te fuiste?

–¡Ah, espera, espera! ¡Se me ocurren tantas cosas para preguntarte! No sabes el efecto que me han

causado tus palabras. La felicidad me ha convertido casi en un ser indigno. Hoy me he enterado de que mi

hermano Nicolás está aquí, ¡y hasta de él me había olvidado, como si creyera que también él era feliz! ¡Es

una especie de locura! Pero hay una cosa terrible. A ti puedo decírtela, eres casado y conoces estos

sentimientos… Lo terrible es que nosotros, hombres ya viejos y con un pasado… y no un pasado de amor,

sino de pecado… nos acercamos a un ser puro, a un ser inocente. ¡No me digas que no es repugnante! Por

eso uno no puede dejar de sentirse indigno.

–Y no obstante a ti de pocos pecados puede culpársete.

–Y sin embargo, cuando considero mi vida, siento asco, me estremezco y me maldigo y me quejo

amargamente… Sí.

–Pero ¡qué quieres! El mundo es así –dijo Esteban Arkadievich.

–Sólo un consuelo nos queda, y es el de aquella oración tan bella de que siempre me acuerdo:

«Perdónanos, Señor, no según nuestros merecimientos, sino según tu misericordia». Sólo así me puede

perdonan

XI

Levin bebió el vino de su copa. Ambos callaron.

–Tengo algo más que decirte –indicó, al fin, Esteban Arkadievich–. ¿Conoces a Vronsky?

–No. ¿Por qué?

–Trae otra botella ––dijo Oblonsky al tártaro, que acudía siempre para llenar las copas en el momento en

que más podía estorbar. Y añadió:

–Porque es uno de tus rivales.

–¿Quien es ese Vronsky? –preguntó Levin.

Y el entusiasmo infantil que inundaba su rostro cedió el lugar a una expresión aviesa y desagradable.

–Es hijo del conde Cirilo Ivanovich Vronsky y uno de los más bellos representantes de la juventud

dorada de San Petersburgo. Le conocí en Tver cuando serví allí. Él iba a la oficina para asuntos de

reclutamiento. Es apuesto, inmensamente rico, tiene muy buenas relaciones y es edecán de Estado Mayor y,

además, se trata de un muchacho muy bueno y muy simpático. Luego le he tratado aquí y resulta que es

hasta inteligente e instruido. ¡Un joven que promete mucho!

Levin, frunciendo las cejas, guardó silencio.

–Llegó poco después de irte tú y se ve que está enamorado de Kitty hasta la locura. Y, ¿comprendes?, la

madre…

–Perdona, pero no comprendo nada ––dijo Levin, malhumorado.

Y, acordándose de su hermano, pensó en lo mal que estaba portándose con él.

–Calma, hombre, calma ––dijo Esteban Arkadievich, sonriendo y dándole un golpecito en la mano–. Te

he dicho lo que sé. Pero creo que en un caso tan delicado como éste, la ventaja está a tu favor.

Levin, muy pálido, se recostó en la silla.

–Yo te aconsejaría terminar el asunto lo antes posible –dijo Oblonsky, llenando la copa de Levin.

––Gracias; no puedo beber más –repuso Levin, separando su copa–. Me emborracharía. Bueno, ¿y cómo

van tus cosas?–– continuó, tratando de cambiar de conversación.

–Espera; otra palabra –insistió Esteban Arkadievich–. Arregla el asunto lo antes posible; pero no hoy.

Vete mañana por la mañana, haz una petición de mano en toda regla y que Dios te ayude.

–Recuerdo que querías siempre cazar en mis tierras –––dijo Levin–. ¿Por qué no vienes esta primavera?

Ahora lamentaba profundamente haber iniciado aquella conversación con Oblonsky, pues se sentía

igualmente herido en sus más íntimos sentimientos por lo que acababa de saber sobre las pretensiones

rivales de un oficial de San Petersburgo, como por los consejos y suposiciones de Esteban Arkadievich.

Oblonsky, comprendiendo lo que pasaba en el alma de Levin, sonrió.

–Iré, iré… –dijo–. Pues sí, hombre: las mujeres son el eje alrededor del cual gira todo. Mis cosas van mal,

muy mal. Y también por culpa de ellas. Vamos: dame un consejo de amigo –añadió, sacando un cigarro y

sosteniendo la copa con una mano.

–¿De qué se trata?

–De lo siguiente: supongamos que estás casado, que amas a tu mujer y que te seduce otra…

–Dispensa, pero me es imposible comprender eso. Sería como si, después de comer aquí a gusto,

pasáramos ante una panadería y robásemos un pan.

Los ojos de Esteban Arkadievich brillaban más que nunca.

–¿Por qué no? Hay veces en que el pan huele tan bien que no puede uno contenerse:

Himmlisch ist’s, wenn itch bezwungen

Meine irdische Begier;

Aber doch wenn’s nicht gelungen

Hatt’ ich auch recht hübsch Plaisir!10.

Y, después de recitar estos versos, Esteban Arkadievich sonrió maliciosamente. Levin no pudo reprimir a

su vez una sonrisa.

–Hablo en serio –siguió diciendo Oblonsky–. Comprende: se trata de una mujer, de un ser débil

enamorado, de una pobre mujer sola en el mundo y sin medios de vida que me lo ha sacrificado todo.

¿Cómo voy a dejarla? Suponiendo que nos separemos por consideración a mú familia, ¿cómo no voy a

tener compasión de ella, cómo no ayudarla, cómo no suavizar el mal que le he causado?

–Dispensa. Ya sabes que para mí las mujeres se dividen en dos clases… Es decir.. no… Bueno, hay

mujeres y hay… En fin: nunca he visto esos hermosos y débiles seres caídos, ni los veré nunca; pero de los

que son como esa francesa pintada de ahí fuera, con sus postizos, huyo como de la peste. ¡Y todas las

mujeres caídas, para mí, son como ésa!

–¿Y qué me dices de la del Evangelio?

–¡Calla, calla! Nunca habría Cristo pronunciado aquellas palabras si llega a saber el mal use que había de

hacerse de ellas. De todo el Evangelio, nadie recuerda más que esas palabras. De todos modos, no digo lo

que pienso, sino lo que siento. Aborrezco a las mujeres perdidas. A ti te repugnan las arañas; a mí, esta

especie de mujeres. Seguramente no has estudiado la vida de las arañas, ¿verdad? Pues yo tampoco la de…

–Hablar así es muy fácil. Eres como aquel personaje de Dickens que con la mano izquierda tira detrás del

hombro derecho los asuntos difíciles de resolver. Pero negar un hecho no es contestar una pregunta. Dime,

¿qué debo hacer en este caso? Tu mujer ha envejecido y tú te sientes pletórico de vida. Casi sin darte

cuenta, te encuentras con que no puedes amar a tu esposa con verdadero amor, por más respeto que te

inspire. ¡Si entonces aparece el amor ante ti, estás perdido! ¡Estás perdido! –repitió Esteban Arkadievich

con desesperación y tristeza.

Levin sonrió.

–¡Sí, estás perdido! –repitió Oblonsky–. Y entonces, ¿qué hacer?

–No robar el pan tierno.

Esteban Arkadievich se puso a reír.

–¡Oh, moralista! Pero el caso es éste: hay dos mujeres. Una de ellas no se apoya más que en sus

derechos, en nombre de los cuales te exige un amor que no le puedes conceder. La otra te lo sacrifica todo y

no te pide nada a cambio. ¿Qué hacer, cómo proceder? ¡Es un drama terrible!

–Mi opinión sincera es que no hay tal drama. Porque, a lo que se me alcanza, ese amor… esos dos

amores… que, como recordarás, Platón define en su Simposion, constituyen la piedra de toque de los

hombres. Unos comprenden el uno, otros el otro. Y los que profesan el amor no platónico no tienen por qué

hablar de dramas. Es un amor que no deja lugar a lo dramático. Todo el drama consiste en unas palabras:

«Gracias por las satisfacciones que me has proporcionado, y adiós». En el amor platónico no puede haber

tampoco drama, porque en él todo es puro y claro, y porque…

Levin recordó en aquel momento sus propios pecados y las luchas internas que soportara, y añadió

inesperadamente:

–Al fin y al cabo, tal vez tengas razón… Bien puede ser. Pero no sé, decididamente no sé…

–Mira –dijo Esteban Arkadievich–: tu gran defecto y tu gran cualidad es que eres un hombre entero.

Como es éste tu carácter, quisieras que el mundo estuviera compuesto de fenómenos enteros, y en realidad

no es así. Tú, por ejemplo, desprecias la actividad social y el trabajo oficial porque quisieras que todo

esfuerzo estuviera en relación con su fin, y eso no sucede en la vida. Desearías que la tarea de un hombre

tuviera una finalidad, que el amor y la vida matrimonial fueran una misma cosa, y tampoco ocurre así. Toda

la diversidad, la hermosura, el encanto de la vida, se componen de luces y sombras.

Levin suspiró, pero nada dijo. Pensaba en sus asuntos y no escuchaba a Oblonsky.

Y de pronto los dos comprendieron que, aunque eran amigos, aunque habían comido y bebido juntos –lo

que debía haberlos aproximado más–, cada uno pensaba en sus cosas exclusivamente y no se preocupaba

para nada del otro. Oblonsky había experimentado más de una vez esa impresión de alejamiento después de

una comida destinada a aumentar la cordialidad y sabía lo que hay que hacer en tales ocasiones.

–¡La cuenta! –gritó, saliendo a la sala inmediata.

Encontró allí a un edecán de regimiento y entabló con él una charla sobre cierta artista y su protector.

Halló así alivio y descanso de su conversación con Levin, el cual le arrastraba siempre a una tensión

espiritual y cerebral excesivas.

Cuando el tártaro apareció con la cuenta de veintiséis rublos y algunos copecks, más un suplemento por

vodkas, Levin –que en otro momento, como hombre del campo, se habría horrorizado de aquella

enormidad, de la que le correspondía pagar catorce rublos–, no prestó al hecho atención alguna.

Pagó, pues, aquella cantidad y se dirigió a su casa para cambiar de traje a ir a la de los Scherbazky, donde

había de decidirse su destino.

XII

La princesita Kitty Scherbazky tenía dieciocho años. Aquella era la primera temporada en que la habían

presentado en sociedad, donde obtenía más éxitos que los que lograran sus hermanas mayores y hasta más

de los que su misma madre osara esperar.

No sólo todos los jóvenes que frecuentaban los bailes aristocráticos de Moscú estaban enamorados de

Kitty, sino que en aquel invierno surgieron dos proposiciones serias: la de Levin y, en seguida después de

su partida, la del conde Vronsky.

La aparición de Levin a principios de la temporada, sus frecuentes visitas y sus evidentes muestras de

amor hacia Kitty motivaron las primeras conversaciones formales entre sus padres a propósito del porvenir

de la joven, y hasta dieron lugar a discusiones.

El Príncipe era partidario de Levin y decía que no deseaba nada mejor para Kitty. Pero, con la

característica costumbre de las mujeres de desviar las cuestiones, la Princesa respondía que Kitty era

demasiado joven, que nada probaba que Levin llevara intenciones serias, que Kitty no sentía inclinación hacia

Levin y otros argumentos análogos. Se callaba lo principal: que esperaba un partido mejor para su hija,

que Levin no le era simpático y que no comprendía su modo de ser.

Así, cuando Levin se marchó inesperadamente, la Princesa se alegró y dijo, con aire de triunfo, a su

marido:

–¿Ves como yo tenía razón?

Cuando Vronsky hizo su aparición, se alegró más aún, y se afirmo en su opinión de que Kitty debía

hacer, no ya un matrimonio bueno, sino brillante.

Para la madre, no existía punto de comparación entre Levin y Vronsky. No le agradaba Levin por sus

opiniones violentas y raras, por su torpeza para desenvolverse en sociedad, motivada, a juicio de ella, por el

orgullo. Le disgustaba la vida salvaje, según ella, que el joven llevaba en el pueblo, donde no trataba más

que con animales y campesinos.

La contrariaba, sobre todo, que, enamorado de su hija, hubiese estado un mes y medio frecuentando la

casa, con el aspecto de un hombre que vacilara, observara y se preguntara si, declarándose, el honor que les

haría no sería demasiado grande. ¿No comprendía, acaso, que, puesto que visitaba a una familia donde

había una joven casadera, era preciso aclarar las cosas? Y, luego, aquella marcha repentina, sin explicaciones…

«Menos mal ––comentaba la madre– que es muy poco atractivo y Kitty –¡claro!– no se enamoró

de él.»

Vronsky, en cambio, poseía cuanto pudiera desear la Princesa: era muy rico, inteligente, noble, con la

posibilidad de hacer una brillante carrera militar y cortesana. Y además era un hombre delicioso. No, no

podía desear nada mejor.

Vronsky, en los bailes, hacía la corte francamente a Kitty, danzaba con ella, visitaba la casa… No era

posible, pues, dudar de la formalidad de sus intenciones. No obstante, la Princesa pasó todo el invierno

llena de anhelo y zozobra.

Ella misma se había casado, treinta años atrás, gracias a una boda arreglada por una tía suya. El novio, de

quien todo se sabía de antemano, llegó, conoció a la novia y le conocieron a él; la tía casamentera informó

a ambas partes del efecto que se habían producido mutuamente, y como era favorable, a pocos días y en

una fecha señalada, se formuló y aceptó la petición de mano.

Todo fue muy sencillo y sin complicaciones, o así al menos le pareció a la Princesa.

Pero, al casar a sus hijas, vio por experiencia que la cosa no era tan sencilla ni fácil. Fueron muchas las

caras que se vieron, los pensamientos que se tuvieron, los dineros que se gastaron y las discusiones que

mantuvo con su marido antes de casar a Daria y a Natalia.

Al presentarse en sociedad su hija menor, se reproducían las mismas dudas, los mismos temores y,

además, más frecuentes discusiones con su marido. Como todos los padres, el viejo Príncipe era muy

celoso del honor y pureza de sus hijas, y sobre todo de Kitty, su predilecta, y a cada momento armaba

escándalos a la Princesa, acusándola de comprometer a la joven.

La Princesa estaba acostumbrada ya a aquello con las otras hijas, pero ahora comprendía que la

sensibilidad del padre se excitaba con más fundamento. Reconocía que en los últimos tiempos las

costumbres de la alta sociedad habían cambiado y sus deberes de madre se habían hecho más complejos.

Veía a las amigas de Kitty formar sociedades, asistir a no se sabía qué cursos, tratar a los hombres con libertad,

ir en coche solas, prescindir muchas de ellas, en sus saludos, de hacer reverencias y, lo que era peor,

estar todas persuadidas de que la elección de marido era cosa suya y no de sus madres.

«Hoy día las jóvenes no se casan ya como antes», decían y pensaban todas aquellas muchachas; y lo

malo era que lo pensaban también muchas personas de edad. Sin embargo, cómo se casaban «hoy día» las

jóvenes nadie se lo había dicho a la Princesa. La costumbre francesa de que los padres de las muchachas

decidieran su porvenir era rechazada y criticada. La costumbre inglesa de dejar en plena libertad a las

chicas tampoco estaba aceptada ni se consideraba posible en la sociedad rusa. La costumbre rusa de

organizar las bodas a través de casamenteras era considerada como grotesca y todos se reían de ella, incluso

la propia Princesa.

Pero cómo habían de casarse sus hijas, eso no lo sabía nadie. Aquellos con quienes la Princesa tenía

ocasión de hablar no salían de lo mismo:

–En nuestro tiempo no se pueden seguir esos métodos anticuados. Quienes se casan son las jóvenes, no

los padres. Hay que dejarlas, pues, en libertad de que se arreglen; ellas saben mejor que nadie lo que han de

hacer.

Para los que no tenían hijas era muy fácil hablar así, pero la Princesa comprendía que si su hija trataba a

los hombres con libertad, podía muy bien enamorarse de alguno que no la amara o que no le conviniera

como marido. Tampoco podía aceptar que las jóvenes arreglasen su destino por sí mismas. No podía

admitirlo, como no podía admitir que se dejase jugar a niños de cinco años con pistolas cargadas. Por todo

ello, la Princesa estaba más inquieta por Kitty que lo estuviera en otro tiempo por sus hijas mayores.

Al presente, temía que Vronsky no quisiera ir más allá, limitándose a hacer la corte a su hija. Notaba que

Kitty estaba ya enamorada de él, pero se consolaba con la idea de que Vronsky era un hombre honorable.

Reconocía, no obstante, cuán fácil era trastornar la cabeza a una joven cuando existen relaciones tan libres

como las de hoy día, teniendo en cuenta la poca importancia que los hombres conceden a faltas de este

género.

La semana anterior, Kitty había contado a su madre una conversación que tuviera con Vronsky mientras

bailaban una mazurca, y aunque tal conversación calmó a la Princesa, no se sentía tranquila del todo.

Vronsky había dicho a Kitty que su hermano y él estaban tan acostumbrados a obedecer a su madre que

jamás hacían nada sin pedir su consejo.

–Y ahora espero que mi madre llegue de San Petersburgo como una gran felicidad –añadió.

Kitty lo relató sin dar importancia a tales palabras. Pero su madre las veía de diferente manera. Sabía que

él esperaba a la anciana de un momento a otro, suponiendo que ella estaría contenta de la elección de su

hijo, y comprendía que el hijo no pedía la mano de Kitty por temor a ofender a su madre si no la consultaba

previamente. La Princesa deseaba vivamente aquel matrimonio, pero deseaba más aún recobrar la tranquilidad

que le robaban aquellas preocupaciones.

Mucho era el dolor que le producía la desdicha de Dolly, que quería separarse de su esposo, pero, de

todos modos, la inquietud que le causaba la suerte de su hija menor la absorbía completamente.

La llegada de Levin añadió una preocupación más a las que ya sentía. Temía que su hija, en quien

apreciara tiempo atrás cierta simpatía hacia Levin, rechazara a Vronsky en virtud de escrúpulos exagerados.

En resumen: consideraba posible que, de un modo a otro, la presencia de Levin pudiese estropear un asunto

a punto de resolverse.

–¿Hace mucho que ha llegado? –preguntó la Princesa a su hija, refiriéndose a Levin, cuando volvieron a

casa.

–Hoy, mamá.

–Quisiera decirte una cosa… ––empezó la Princesa.

Por el rostro grave de su madre, Kitty adivinó de lo que se trataba.

–Mamá ––dijo, volviéndose rápidamente hacia ella–. Le pido, por favor, que no me hable nada de eso.

Lo sé; lo sé todo…

Anhelaba lo mismo que su madre, pero los motivos que inspiraban los deseos de ésta le disgustaban.

–Sólo quería decirte que si das esperanzas al uno…

–Querida mamá, no me diga nada, por Dios. Me asusta hablar de eso…

–Me callaré –dijo la Princesa, viendo asomar las lágrimas a los ojos de su hija–. Sólo quiero que me

prometas una cosa, vidita mía: que nunca tendrás secretos para mí. ¿Me lo prometes?

–Nunca, mamá –repuso Kitty, ruborizándose y mirando a su madre a la cara–. Pero hoy por hoy no tengo

nada que decirte… Yo… Yo… Aunque quisiera decirte algo, no sé qué… No, no se que, ni como…

«No, con esos ojos no puede mentir», pensó su madre, sonriendo de emoción y de contento. La Princesa

sonreía, además, ante aquello que a la pobre muchacha le parecía tan inmenso y trascendental: las

emociones que agitaban ahora su alma.

XIII

Después de comer y hasta que empezó la noche, Kitty experimentó un sentimiento parecido al que puede

sentir un joven soldado antes de la batalla. Su corazón palpitaba con fuerza y le era imposible concentrar

sus pensamientos en nada. Sabía que esta noche en que iban a encontrarse los dos se decidiría su suerte, y

los imaginaba ya a cada uno por separado ya a los dos a la vez.

Al evocar el pasado, se detenía en los recuerdos de sus relaciones con Levin, que le producían un dulce

placer. Aquellos recuerdos de la infancia, la memoria de Levin unida a la del hermano difunto, nimbaba de

poéticos colores sus relaciones con él. El amor que experimentaba por ella, y del cual estaba segura, la

halagaba y la llenaba de contento. Conservaba, pues, un recuerdo bastante grato de Levin.

En cambio, el recuerdo de Vronsky le producía siempre un cierto malestar y le parecía que en sus

relaciones con él había algo de falso, de lo que no podía culpar a Vronsky, que se mostraba siempre

sencillo y agradable, sino a sí misma, mientras que con Levin se sentía serena y confiada. Mas, cuando

imaginaba el porvenir con Vronsky a su lado, se le antojaba brillante y feliz, en tanto que el porvenir con

Levin se le aparecía nebuloso.

Al subir a su cuarto para vestirse, Kitty, contemplándose al espejo, comprobó con alegría que estaba en

uno de sus mejores días. Se sentía tranquila, con pleno dominio de sí misma, y sus movimientos eran

desenvueltos y graciosos.

A las siete y media, apenas había bajado al salón, el lacayo anunció:

–Constantino Dmitrievich Levin.

La Princesa se hallaba aún en su cuarto y el Príncipe no había bajado tampoco. «Ahora…», pensó Kitty,

sintiendo que la sangre le afluía al corazón. Se miró al espejo y se asustó de su propia palidez.

Ahora comprendía claramente que si él había llegado tan pronto era para encontrarla sola y pedir su

mano. Y el asunto se le presentó de repente bajo un nuevo aspecto. No se trataba ya de ella sola, ni de saber

con quién podría ser feliz y a quién daría su preferencia; comprendía ahora que era forzoso herir cruelmente

a un hombre a quien amaba. Y ¿por qué? ¡Porque él, tan agradable, estaba enamorado de ella! Pero ella

nada podía hacer: las cosas tenían que ser así.

«¡Dios mío! ¡Que yo misma tenga que decírselo! –pensó–. ¿Tendré que decirle que no le quiero? ¡Pero

esto no sería verdad! ¿Que amo a otro? ¡Eso es imposible! Me voy, me voy…»

Ya iba a salir cuando sintió los pasos de él.

«No, no es correcto que me vaya. ¿Y por qué temer? ¿Qué he hecho de malo? Le diré la verdad y no me

sentiré cohibida ante él. Sí, es mejor que pase… Ya está aquí», se dijo al distinguir la pesada y tímida figura

que la contemplaba con ojos ardientes.

Kitty le miró a la cara como si implorase su clemencia, y le dio la mano.

–Veo que he llegado demasiado pronto ––dijo Levin, examinando el salón vacío. Y cuando comprobó

que, como esperara, nada dificultaría sus explicaciones, su rostro se ensombreció.

–¡Oh, no! –contestó Kitty, sentándose junto a una mesa.

–En realidad, deseaba encontrarla sola –explicó él, sin sentarse y sin mirarla, para no perder el valor.

–Mamá vendrá en seguida. Ayer se cansó mucho… Ayer…

Hablaba sin saber lo que decía y sin separar de Levin su mirada suplicante y acariciadora.

Él volvió a contemplarla. Kitty se ruborizó y guardó silencio.

–Le dije ya que no sé cuánto tiempo permaneceré en Moscú, que la cosa dependía de usted.

Ella inclinó más aún la cabeza no sabiendo cómo habría de contestar a la pregunta que presentía.

–Depende de usted porque quería… quería decirle que… desearía que fuese usted mi esposa.

Había hablado casi inconscientemente. Al darse cuenta de que lo más grave había sido dicho, calló y

miró a la joven.

Ella respiraba con dificultad, apartando la vista. En el fondo se sentía alegre y su alma rebosaba felicidad.

Nunca había creído que tal declaración pudiera producirle una impresión tan profunda.

Pero aquello duró un solo instante. Recordó a Vronsky y, dirigiendo a Levin la mirada de sus ojos

límpidos y francos y viendo la expresión desesperada de su rostro, dijo precipitadamente.

–Dispénseme… No es posible…

¡Qué próxima estaba ella a él un momento antes y cuán necesaria era para su vida! Y ahora, ¡qué lejana,

qué distante de él!

–No podía ser de otro modo –dijo Levin, sin mirarla. Saludó y se dispuso a marchar.

XIV

Pero en aquel instante entró la Princesa. El horror se pintó en sus facciones al ver que los dos jóvenes

estaban solos y que en sus semblantes se retrataba una profunda turbación. Levin saludó en silencio a la

Princesa. Kitty callaba y mantenía bajos los ojos.

«Gracias a Dios, le ha dicho que no», pensó su madre.

Y en su rostro se pintó la habitual sonrisa con que recibía a sus invitados cada jueves.

Se sentó y empezó a hacer a Levin preguntas sobre su vida en el pueblo. El se sentó también, esperando

que llegasen otros invitados para poder irse sin llamar la atención.

Cinco minutos después entró una amiga de Kitty, casada el invierno pasado: la condesa Nordston.

Era una mujer seca, amarillenta, de brillantes ojos negros, nerviosa y enfermiza. Quería a Kitty y, como

siempre sucede cuando una casada siente cariño por una soltera, su afecto se manifestaba en su deseo de

casar a la joven con un hombre que respondía a su ideal de felicidad, y este hombre era Vronsky.

La Condesa había solido hallar a Levin en casa de los Scherbazky a principios del invierno. No

simpatizaba con él. Su mayor placer cuando le encontraba consistía en divertirse a su costa.

–Me agrada mucho –decía– observar cómo me mira desde la altura de su superioridad, bien cuando

interrumpe su culta conversación conmigo considerándome una necia o bien cuando condesciende en

soportar mi inferioridad. Esa condescendencia me encanta. Me satisface mucho saber que no puede

tolerarme.

Tenía razón: Levin la despreciaba y la encontraba inaguantable en virtud de lo que ella tenía por sus

mejores cualidades: el nerviosismo y el refinado desprecio a indiferencia hacia todo lo sencillo y corriente.

Entre ambos se habían establecido, pues, aquellas relaciones tan frecuentes en sociedad, caracterizadas

por el hecho de que dos personas mantengan en apariencia relaciones de amistad sin que por eso dejen de

experimentar tanto desprecio el uno por el otro que no puedan ni siquiera ofenderse.

La condesa Nordston atacó inmediatamente a Levin.

–¡Caramba, Constantino Dmitrievich! ¡Ya le tenemos otra vez en nuestra corrompida Babilonia! –dijo,

tendiéndole su manecita amarillenta y recordando que Levin meses antes había llamado Babilonia a

Moscú–. ¿Qué? ¿Se ha regenerado Babilonia o se ha encenagado usted? –preguntó, mirando a Kitty con

cierta ironía.

–Me honra mucho, Condesa, que recuerde usted mis palabras –dijo Levin, quien, repuesto ya, se

amoldaba maquinalmente al tono habitual, entre burlesco y hostil, con que trataba a la Condesa–. ¡Debieron

de impresionarla mucho!

–¡Figúrese! ¡Hasta me las apunté! ¿Has patinado hoy, Kitty?

Y comenzó a hablar con la joven. Aunque marcharse entonces era una inconveniencia, Levin prefirió

cometerla a permanecer toda la noche viendo a Kitty mirarle de vez en cuando y rehuir su mirada en otras

ocasiones.

Ya iba a levantarse cuando la Princesa, reparando en su silencio, le preguntó:

–¿Estará mucho tiempo aquí? Seguramente no podrá ser mucho, pues, según tengo entendido, pertenece

usted al zemstvo.

–Ya no me ocupo del zemstvo, Princesa –repuso él–. He venido por unos días.

«Algo le pasa» , pensó la condesa Nordston notando su rostro serio y concentrado. «Es extraño que no

empiece a desarrollar sus tesis… Pero yo le llevaré al terreno que me interesa. ¡Me gusta tanto ponerle en

ridículo ante Kitty!»

–Explíqueme esto, por favor –le dijo en voz alta–, usted, que elogia tanto a los campesinos. En nuestra

aldea de la provincia de Kaluga los aldeanos y las aldeanas se han bebido cuanto tenían y ahora no nos

pagan. ¿Qué me dice usted de esto, que elogia siempre a los campesinos?

Una señora entraba en aquel momento. Levin se levantó.

–Perdone, Condesa; pero le aseguro que no entiendo nada ni nada puedo decirle –repuso él, dirigiendo su

mirada a la puerta, por donde, detrás de la dama, acababa de entrar un militar.

«Debe de ser Vronsky» , pensó Levin.

Y, para asegurarse de ello, miró a Kitty, que, habiendo tenido tiempo ya de contemplar a Vronsky, fijaba

ahora su mirada en Levin. Y Levin comprendió en aquella mirada que ella amaba a aquel hombre, y lo

comprendió tan claramente como si ella misma le hubiese hecho la confesión. Pero, ¿qué clase de persona

era?

Ahora ya no se podía ir. Debía quedarse para saber a qué género de hombre amaba Kitty.

Hay personas que cuando encuentran a un rival afortunado sólo ven sus defectos, negándose a reconocer

sus cualidades. Otras, en cambio, sólo ven, aunque con el dolor en el corazón, las cualidades de su rival, los

méritos con los cuales les ha vencido. Levin pertenecía a esta clase de personas.

Y en Vronsky no era difícil encontrar atractivos. Era un hombre moreno, no muy alto, de recia

complexión, de rostro hermoso y simpático. Todo en su semblante y figura era sencillo y distinguido, desde

sus negros cabellos, muy cortos, y sus mejillas bien afeitadas hasta su uniforme flamante, que no entorpecía

en nada la soltura de sus ademanes.

Vronsky, dejando pasar a la señora, se acercó a la Princesa y luego a Kitty.

Al aproximarse a la joven, sus bellos ojos brillaron de un modo peculiar, con una casi imperceptible

sonrisa de triunfador que no abusa de su victoria (así le pareció a Levin). La saludó con respetuosa

amabilidad, tendiéndole su mano, no muy grande, pero vigorosa.

Tras saludar a todas y murmurar algunas palabras, se sentó sin mirar a Levin, que no apartaba la vista de

él.

–Permítanme presentarles –dijo la Princesa–. Constantino Dmitrievich Levin; el conde Alexis

Constantinovich Vronsky.

Vronsky se levantó y estrechó la mano de Levin, mirándole amistosamente.

–Creo que este invierno teníamos que haber coincidido en una comida –dijo con su risa franca y

espontánea–, pero usted se fue inesperadamente a sus propiedades.

–Constantino Dmitrievich desprecia y odia la ciudad y a los ciudadanos –dijo la condesa Nordston.

–Se ve que mis palabras le producen a usted gran efecto, puesto que tan bien las recuerda –contestó

Levin.

Y enrojeció al darse cuenta de que había dicho lo mismo poco antes.

Vronsky miró a Levin y a la condesa Nordston y sonrió.

–¿Vive siempre en el pueblo? –preguntó–. En invierno debe usted de aburrirse mucho.

–Vivir allí no tiene nada de aburrido si se tienen ocupaciones. Y, además, uno nunca se aburre si sabe

vivir consigo mismo –respondió bruscamente Levin.

–También a mí me gusta vivir en el pueblo –indicó Vronsky, fmgiendo no haber reparado en el tono de

su interlocutor.

–Pero supongo que usted, Conde, no habría sido capaz de vivir siempre en una aldea –comentó la

condesa de Nordston.

–No sé; nunca he probado a estar en ellas mucho tiempo. Pero me pasa una cosa muy rara. Jamás he

sentido tanta nostalgia por mi aldea de Rusia, con sus campesinos calzados con lapti, como después de

pasar una temporada en Niza un invierno con mi madre. Como ustedes saben, Niza es muy aburrida.

Nápoles y Sorrento son atractivos, mas para poco tiempo. Y nunca se recuerda tanto a nuestra Rusia como

allí. Parece como si…

Vronsky se dirigía a Kitty y a Levin a la vez, mirando alternativamente al uno y al otro, con mirada

afectuosa y tranquila. Se notaba que estaba diciendo lo primero que se le ocurría.

Al observar que la condesa Nordston iba a hablar, dejó sin terminar la frase.

La conversación no languidecía. La Princesa no necesitó, por lo tanto, apelar a las dos piezas de artillería

pesada que reservaba para tales casos: la enseñanza clásica de la juventud y el servicio militar obligatorio.

Por su parte, a la condesa Nordston no se le presentó ocasión de mortificar a Levin.

Éste quiso intervenir varias veces en la charla, pero no se le ofreció oportunidad; a cada momento se

decía «ahora me puedo marchar», pero no se iba y continuaba allí como si esperase algo.

Se habló de espiritismo, de veladores que giraban, y la condesa Nordston, que creía en los espíritus,

comenzó a relatar los prodigios que había presenciado.

–¡Por Dios, Condesa: lléveme a donde pueda ver algo de eso! –dijo, sonriendo, Vronsky–. Jamás he

encontrado nada de extraordinario, a pesar de lo mucho que siempre lo busqué.

–El próximo sábado, pues. Y usted, Constantino Dmitrievich, ¿cree en ello?

–¿Para qué me lo pregunta? De sobra sabe lo que le he de contestar.

–Deseo conocer su opinión.

–Mi opinión es que todo eso de los veladores acredita que la sociedad culta no está a mucha más altura

que los aldeanos, que creen en el mal de ojo, en brujerías y hechizos, mientras que nosotros…

–Entonces ¿usted no cree?

–No puedo creer, Condesa.

–¡Pero si yo misma lo he visto!

–También las campesinas cuentan que han visto ellas mismas fantasmas.

–¿Es decir, que lo que digo no es verdad?

Y sonrió forzadamente.

–No es eso, Macha –intervino Kitty, ruborizándose–. Lo que dice Levin es que él no puede creer.

Levin, más irritado aún, quiso replicar, pero Vronsky, con su jovial y franca sonrisa, acudió para desviar

la conversación, que amenazaba con tomar un cariz desagradable.

–¿No admite la posibilidad? –dijo–. ¿Por qué no? Así como admitimos la existencia de la electricidad y

no la conocemos, ¿por qué no ha de existir una fuerza nueva y desconocida, la cual…?

–Cuando se descubrió la electricidad –respondió Levin inmediatamente– se comprobó el fenómeno y no

su causa, y transcurrieron siglos antes de llegar a una aplicación práctica. En cambio, los espiritistas parten

de la base de que los veladores les transmiten comunicaciones y los espíritus les visitan, y es después

cuando agregan que se trata de una fuerza desconocida.

Vronsky, como hasta entonces, escuchaba con atención a Levin, visiblemente interesado por sus

palabras.

–Bien; pero los espiritistas dicen que la fuerza existe, aunque no saben cuál es, y añaden que actúa en

determinadas circunstancias. A los sabios corresponde descubrir el origen de esa energía. No veo por qué

no ha de existir una nueva fuerza que…

–Porque –interrumpió de nuevo Levin– en la electricidad se da el fenómeno de que siempre que usted

frote resina con lana se produce cierta reacción, mientras que en el espiritismo, en iguales circunstancias,

no se dan los mismos efectos, lo que quiere decir que no se trata de un fenómeno natural.

La charla se hacía demasiado grave para el ambiente del salón y Vronsky, comprendiéndolo, en vez de

replicar, trató de cambiar de tema. Sonrió, pues, alegremente, y se dirigió a las señoras.

–Podíamos probar ahora, Princesa –dijo.

Pero Levin no quiso dejar de completar su pensamiento.

–Opino que el intento de los espiritistas de explicar sus prodigios por la existencia de una fuerza

desconocida es muy desacertado. El caso es que hablan de una fuerza espiritual y quieren someterla a

ensayos materiales.

Todos esperaban que completase su pensamiento y él lo comprendió.

–Pues, a mi entender, sería usted un excelente médium –dijo la condesa Nordston–. Hay en usted algo

de… extático…

Levin abrió la boca para replicar; pero se puso rojo y no dijo nada.

–Ea, probemos, probemos lo de las mesas –insistió Vronsky. Y dirigiéndose a la madre de Kitty,

preguntó–: ¿Nos lo permite? –mientras miraba a su alrededor, buscando un velador.

Kitty se levantó para ir a buscarlo. Al pasar ante Levin, se cruzaron sus miradas. Ella le compadecía con

toda su alma. Le compadecía por la pena que le causaba.

«Perdóneme, si puede», le dijo con los ojos. «¡Soy tan feliz!»

«Odio a todos, incluso a usted y a mí mismo» , contestó la mirada de él.

Y cogió el sombrero. Pero la suerte le fue también contraria esta vez. En el instante en que todos se

sentaban en torno al velador y Levin se disponía a salir, entró el anciano Príncipe y, tras saludar a las

señoras, dijo alegremente a Levin:

–¡Caramba! ¿Desde cuándo está usted aquí? ¡No lo sabía! Me alegro mucho de verle.

El Príncipe le hablaba a veces de usted, a veces de tú. Le abrazó y se puso a hablar con él. No había

reparado en Vronsky, que se había puesto en pie y esperaba el momento en que el Príncipe se dirigiese a él.

Kitty comprendía que, después de lo ocurrido, la amabilidad de su padre debía resultar muy dolorosa

para Levin. Notó también la frialdad con que el Príncipe saludó por fin a Vronsky y cómo éste le

contemplaba con amistoso asombro, sin duda preguntándose por qué se sentiría tan mal dispuesto hacia él.

Kitty se ruborizó.

–Príncipe: déjenos a Constantino Dmitrievich. Queremos hacer unos experimentos ––dijo la condesa

Nordston.

–¿Qué experimentos? ¿Con los veladores? Perdóneme, pero, en mi opinión, casi es más divertido el

juego de prendas –opinó el Príncipe mirando a Vronsky y adivinando que era él quien había sugerido el

entretenimiento–. Por lo menos, jugar a prendas tiene algún sentido.

Vronsky, más extrañado aún, contempló al Príncipe con sus ojos tranquilos. Luego empezó a hablar con

la condesa Nordston del baile que debía celebrarse la semana siguiente.

–Asistirá usted, ¿verdad? –preguntó a Kitty.

En cuanto el viejo Príncipe dejó de hablarle, Levin salió procurando no llamar la atención.

La última impresión que retuvo de aquella noche fue la expresión feliz y sonriente del rostro de Kitty al

contestar a Vronsky a su pregunta sobre el baile que se había de celebrar.

XV

Cuando todos se hubieron ido, Kitty contó a su madre la conversación sostenida con Levin. Pese a la

compasión que éste le inspiraba, se sentía satisfecha de que hubiese pedido su mano.

Estaba segura de haber obrado bien. Pero, una vez acostada, tardó mucho en dormirse. La imagen de

Levin, con el entrecejo arrugado y los ojos bondadosos, contemplándola triste y abatido, mientras

escuchaba a su padre y miraba a Vronsky que hablaban juntos, no se apartaba de su mente; y sentía tanta

compasión de él que las lágrimas acudieron a sus ojos. Pero luego pensó en el hombre a quien había

preferido, evocó su rostro tranquilo y decidido; la noble serenidad y la benevolencia que emanaban de su

semblante, y volvió a sentirse alegre y feliz.

«Es triste, es triste, pero, ¿qué puedo hacer? Yo no tengo la culpa», se decía.

Una voz interior le aseguraba lo contrario. No sabía si se arrepentía de haber atraído a Levin o de haberle

rechazado, y estas dudas acibaraban su dicha.

«¡Perdóname, Dios mío, perdóname!», repitió mentalmente sin cesar, hasta que se durmió.

Entre tanto, abajo, en el despacho del Príncipe, se desarrollaba una de las frecuentes escenas que se

producían a propósito de aquella hija tan querida.

–¡Eso es! ¡Ni más ni menos! –gritaba el Príncipe, gesticulando, mientras se ajustaba su bata gris–. ¡No

tienes orgullo ni dignidad! ¡Estás cubriendo de oprobio a tu hija con ese absurdo y vil proyecto de

casamiento!

–Pero, ¡por Dios!, dime: ¿qué he hecho yo? –respondía la Princesa, casi llorando.

Sintiéndose feliz y contenta después de la conversación con su hija, había entrado, como siempre, en el

despacho del Príncipe para darle las buenas noches. No tenía intención de hablar a su marido de la

proposición de Levin y la negativa de Kitty, pero aludió a que lo de Vronsky podía considerarse como

firme y sólo faltaba que llegase su madre para formalizarlo.

El Príncipe, al oírla, se enfureció y comenzó a proferir palabras violentas.

–¿Qué has hecho, me preguntas? Yo te lo diré. Ante todo, tratar de pescar un novio. ¡Todo Moscú

hablará de ello y con razón! Si queréis dar fiestas y veladas, invitad a todo el mundo y no a esos galancetes

preferidos, haced venir a todos esos pisaverdes (así llamaba el Príncipe a los jóvenes de Moscú), contratad

a un pianista y que bailen todos, pero, ¡por Dios, no invitéis a los galanes con la intención de arreglar

casamientos! ¡Me da asco pensar en ello! Pero tú has conseguido tu objeto: llenar de pájaros la cabeza de la

chiquilla. Personalmente, Levin vale mil veces más. El otro es un petimetre de San Petersburgo, igual a los

demás. ¡Parece que los fabrican en serie! Y aunque fuera el heredero del trono, mi hija no necesita de

nadie…

–Pero ¿qué he hecho yo de malo?

–Ahora te lo diré… ––empezó el Príncipe, con ira,

–Lo sé de antemano. Y si te hiciera caso, nuestra hija no se casaría nunca. Para eso más valdría imos al

pueblo.

–Mejor sería.

–No te pongas así. ¿Acaso he buscado yo algo por mí misma? Se trata de un joven que tiene las prendas,

se ha enamorado de nuestra hija y ella parece que…

–¡Sí: te lo parece a ti! ¿Y si la niña se enamora de veras y él piensa tanto en casarse como yo? No quiero

ni pensarlo… «¡Oh el espiritismo, oh, Niza, oh, el baile!» –y el Príncipe imitaba los gestos de su mujer y

hacía una reverencia después de cada palabra–. Y si luego hacemos desgraciada a nuestra Kateñka,

entonces…

–¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué te lo imaginas?

–No me lo imagino; lo veo. Para algo tenemos ojos los hombres, mientras que las mujeres no los tenéis.

Yo veo quién lleva intenciones serias: Levin. Y veo al pisaverde, al lechugino, que no se propone más que

divertirse.

–Cuando se te mete algo en la cabeza…

–Ya me darás la razón, pero cuando sea tarde, como en el caso de Dolly.

–Bueno, basta. No hablemos más –interrumpió la Princesa recordando el infortunio de su hija mayor.

–Está bien. Adiós.

Se besaron y se persignaron el uno al otro según la costumbre y se separaron, bien persuadidos cada uno

de que la razón estaba de su parte.

Hasta entonces, la Princesa había estado segura de que aquella noche se había decidido la suerte de Kitty

y que no cabía duda alguna sobre las intenciones de Vronsky; pero ahora las palabras de su marido la

llenaron de turbación.

Y, ya en su alcoba, temerosa, como Kitty, ante el ignorado porvenir, repitió mentalmente una vez y otra:

«Ayúdanos, Señor; ayúdanos, Señor ».

XV

Vronsky no había conocido nunca la vida familiar. Su madre, de joven, había sido una dama del gran

mundo que durante su matrimonio y después de quedar viuda sobre todo, había tenido muchas aventuras,

que nadie ignoraba. Vronsky apenas había conocido a su padre y había recibido su educación en el Cuerpo

de Pajes.

Al salir de la escuela convertido en un joven y brillante oficial, había empezado a frecuentar el círculo de

los militares ricos de San Petersburgo. Mas, aunque vivía en la alta sociedad, sus intereses amorosos

estaban fuera de ella.

En Moscú experimentó por primera vez, en contraste con la vida esplendorosa y agitada de San

Petersburgo, el encanto de relacionarse con una joven de su esfera, agradable y pura, que le amaba. No se le

ocurrió ni pensar que habría nada de malo en sus relaciones con Kitty.

En los bailes danzaba con ella, la visitaba en su casa, le hablaba de lo que se habla habitualmente en el

gran mundo: de tonterías, a las que él daba, sin embargo y para ella, un sentido particular. Aunque cuanto le

decía podía muy bien haber sido oído por todos, comprendía que ella se sentía cada vez más unida a él. Y

cuanto más experimentaba tal sensación, más agradable le era sentirla y más dulce sentimiento le inclinaba,

a su vez, hacia la joven.

Ignoraba que aquel modo de tratar a Kitty tiene un nombre específico: la seducción de muchachas con las

que uno no piensa casarse, acción censurable muy corriente entre los jóvenes como él. Creía haber sido el

primero en descubrir aquel placer y gozaba con su descubrimiento.

Si hubiese podido oír la conversación de los padres de Kitty, si se hubiera situado en su punto de vista y

pensado que no casándose con ella Kitty iba a ser desgraciada, se habría quedado asombrado, casi sin

llegarlo a creer. Le era imposible imaginar que lo que tanto le agradaba –y a ella más aún– pudiera entrañar

mal alguno. Y le era más imposible todavía imaginar que debía casarse.

Nunca pensaba en la posibilidad del matrimonio. No sólo no le interesaba la vida del hogar, sino que en

la familia, y sobre todo en el papel de marido, de acuerdo con la opinión del círculo de solterones en que se

movía, veía algo ajeno, hostil y, sobre todo, un tanto ridículo.

No obstante ignorar la conversación de los padres de Kitty, aquella noche, de regreso de casa de los

Scherbazky, sentía la impresión de que el lazo espiritual que le unía con Kitty se había estrechado más aún

y que había que buscar algo más profundo, aunque no sabía a punto fijo qué.

Mientras se dirigía a su casa, experimentando una sensación de pureza y suavidad debida en parte a no

haber fumado en toda la noche y en parte a la dulce impresión que el amor de Kitty le producía, iba

diciéndose:

«Lo más agradable es que sin habernos dicho nada, sin que haya nada entre los dos, nos hayamos

comprendido tan bien con esa muda conversación de las miradas y las insinuaciones. Hoy Kitty me ha

dicho más elocuentemente que nunca que me qùiere. ¡Y lo ha hecho con tanta sencillez y sobre todo con

tanta confianza! Me siento mejor, más puro, siento que tengo corazón y que en mí hay mucho de bueno.

¡Oh, sus hermosos ojos enamorados! Cuando ella ha dicho: "Y además…" ¿A qué se refería? En realidad, a

nada… ¡Qué agradable me resulta todo esto! Y a ella también…».

Vronsky comenzó a pensar dónde concluiría la noche. Meditó en los sitios a los que podía ir.

«¿El círculo? ¿Una partida de besik y beber champaña con Ignatiev…? No, no. ¿El Château des fleurs?

Allí encontraré a Oblonsky, habrá canciones, cancán… No; estoy harto de eso. Precisamente si aprecio a los

Scherbazky es porque en su casa me parece que me vuelvo mejor de lo que soy… Más vale irse a dormir.»

Entró en su habitación del hotel Diseau, mandó que le sirviesen la cena, se desnudó y apenas puso la

cabeza en la almohada se durmió con un profundo sueño.

XVII

A las once de la mañana siguiente, Vronsky fue a la estación del ferrocarril de San Petersburgo para

esperar a su madre, y a la primera persona que halló en la escalinata del edificio fue a Oblonsky, el cual iba

a recibir a su hermana, que llegaba en el mismo tren.

–¡Hola, excelentísimo señor! –gritó Oblonsky –. ¿A quién esperas?

–A mi madre –repuso Vronsky, sonriendo, como todos cuando encontraban a Oblonsky. Y, tras

estrecharle la mano, agregó–: Llega hoy de San Petersburgo.

–Te esperé anoche hasta las dos. ¿Adónde fuiste al dejar a los Scherbazky?

–A casa –contestó Vronsky–. Pasé tan agradablemente el tiempo con ellos que no me quedaban ganas de

ir a sitio alguno.

–Conozco a los caballos por el pelo y a los jóvenes enamorados por los ojos –declamó Esteban

Arkadievich con idéntico tono al empleado con Levin.

Vronsky sonrió como no negando el hecho, pero cambió en seguida de conversación.

–Y tú, ¿a quién esperas?

–¿Yo? a una mujer muy bonita–dijo Oblonsky.

–¡Hola!

–Honni soit qui mal y pense! Espero a mi hermana Ana.

–¡Ah, la Karenina! –observó Vronsky.

–¿La conoces?

–Creo que sí. Es decir, no… Verdaderamente, no recuerdo… –contestó Vronsky distraídamente,

relacionándo vagamente aquel apellido, Karenina, con algo aburrido y afectado.

–Pero seguramente conoces a mi célebre cuñado Alexis Alejandrovich. ¡Le conoce todo el mundo!

–Le conozco de nombre y de vista… Sé que es muy sabio, muy inteligente, ¡casi un santo! Pero ya

comprenderás que él y yo no frecuentamos los mismos sitios. Él is not in my line –dijo Vronsky.

–Es un hombre notable. Demasiado conservador, pero es una excelente persona –comentó Esteban

Arkadievich–. ¡Una excelente persona!

–Mejor para él –repuso Vronsky, sonriendo–. ¡Ah, estás ahí! –dijo, dirigiéndose al alto y anciano criado

de su madre–. Entra, entra…

Desde hacía algún tiempo, aparte de la simpatía natural que experimentaba por Oblonsky, venía sintiendo

una atracción especial hacia él: le parecía que su parentesco con Kitty les ligaba más.

–¿Qué? ¿Se celebra por fin el domingo la cena en honor de esa «diva»? –preguntó, cogiéndole del brazo.

–Sin falta. Voy a hacer la lista de los asistentes. ¿Conociste ayer a mi amigo Levin? –interrogó Esteban

Arkadievich.

–Desde luego. Pero se fue muy pronto, no sé por qué…

–Es un muchacho muy simpático –continuó Oblonsky–. ¿Qué te parece?

–No sé –repuso Vronsky–. En todos los de Moscú, excepto en ti –bromeó–, hallo cierta brusquedad…

Siempre están enojados, sublevados contra no sé qué. Parece como si quisieran expresar algún

resentimiento…

–¡Toma, pues es verdad! –exclamó Oblonsky, riendo alegremente.

–¿Llegará pronto el tren? –preguntó Vronsky a un empleado.

–Ya ha salido de la última estación –contestó el hombre.

Se notaba la aproximación del convoy por el ir y venir de los mozos, la aparición de gendarmes y

empleados, el movimiento de los que esperaban a los viajeros. Entre nubes de helado vapor se distinguían

las figuras de los ferroviarios, con sus toscos abrigos de piel y sus botas de fieltro, discurriendo entre las

vías. A lo lejos se oía el silbido de una locomotora y se percibía una pesada trepidación.

–No has apreciado bien a mi amigo –dijo Esteban Arkadievich, que deseaba informar a Vronsky de las

intenciones de Levin respecto a Kitty–. Reconozco que es un hombre muy impulsivo y que se hace

desagradable a veces. Pero con frecuencia resulta muy simpático. Es una naturaleza recta y honrada y tiene

un corazón de oro. Mas ayer tenía motivos particulares –continuó con significativa sonrisa, olvidando por

completo la compasión que Levin le inspirara el día antes y experimentando ahora el mismo sentimiento

afectuoso hacia Vronsky–. Sí: tenía motivos para sentirse muy feliz o muy desdichado.

Vronsky se detuvo y preguntó sin ambages:

–¿Quieres decir que se declaró ayer a tu belle soeur?

–Quizás –concedió su amigo–. Se me figura que hizo algo así. Pero si se fue pronto y estaba de mal

humor, es que… Hace tiempo que se había enamorado. ¡Le compadezco!

–De todos modos, creo que ella puede aspirar a algo mejor–dijo Vronsky.

Y empezó a pasear ensanchando el pecho. Añadió:

–No le conozco bien. Cierto que su situación es difícil en este caso… Por eso casi todos prefieren

dirigirse a las… Allí, si fracasas, sólo significa que no tienes dinero. ¡En cambio, en estos otros casos, se

pone en juego la propia dignidad! Mira: ya viene el tren.

En efecto, el convoy llegaba silbando. El andén retembló; pasó la locomotora soltando nubes de humo

que quedaban muy bajas por efecto del frío, y moviendo lentamente el émbolo de la rueda central. El

maquinista, cubierto de escarcha, arropadísimo, saludaba a un lado y a otro. Pasó el ténder, más despacio

aún; pasó el furgón, en el cual iba un perro ladrando, y al fin llegaron los coches de viajeros.

El conductor se puso un silbato en los labios y saltó del tren. Luego comenzaron a apearse los pasajeros:

un oficial de la guardia, muy estirado, que miraba con altanería en torno suyo; un joven comerciante, muy

ágil, que llevaba un saco de viaje y sonreía alegremente; un aldeano con un fardo al hombro…

Vronsky, al lado de su amigo, contemplando a los viajeros que salían, se olvidó de su madre por

completo. Lo que acaba de saber de Kitty le emocionó y alegró. Se irguió sin darse cuenta; sus ojos

brillaban. Se sentía victorioso.

–La princesa Vronskaya va en aquel departamento ––dijo el conductor, acercándose a él.

Aquellas palabras le despertaron de sus pensamientos, haciéndole recordar a su madre y su próxima

entrevista.

En realidad, en el fondo no respetaba a su madre; ni siquiera la quería, aunque de acuerdo con las ideas

del ambiente en que se movía, no podía tratarla sino de un modo en sumo grado respetuoso y obediente,

tanto más respetuoso y obediente cuanto menos la respetaba y la quería.

XVIII

Vronsky siguió al conductor, subió a un vagón y se paró a la entrada del departamento para dejar salir a

una señora.

Una sola mirada bastó a Vronsky para comprender, con su experiencia de hombre de mundo, que aquella

señora pertenecía a la alta sociedad.

Pidiéndole permiso, fue a entrar en el departamento, pero sintió la necesidad de volverse a mirarla, no

sólo porque era muy bella, no sólo por la elegancia y la gracia sencillas que emanaban de su figura, sino

por la expresión infinitamente suave y acariciadora que apreció en su rostro al pasar ante él.

Cuando Vronsky se volvió, ella volvió también la cabeza. Sus brillantes ojos pardos, sombreados por

espesas pestañas, se detuvieron en él con amistosa atención, como si le reconocieran, y luego se desviaron,

mirando a la multitud, como buscando a alguien. En aquella breve mirada, Vronsky tuvo tiempo de

observar la reprimida vivacidad que iluminaba el rostro y los ojos de aquella mujer y la casi imperceptible

sonrisa que se dibujaba en sus labios de carmín. Se diría que toda ella rebosada de algo contenido, que se

traslucía, a su pesar, ora en el brillo de su mirada, ora en su sonrisa.

Vronsky entró al fin en el departamento. Su madre, una anciana muy enjuta, de negros ojos, peinada con

rizos menudos, frunció levemente las cejas al ver a su hijo y sonrió con sus delgados labios. Se levantó del

asiento, entregó a la doncella su saquito de viaje, apretó la mano de su hijo y, cogiéndole el rostro entre las

suyas, le besó en la frente.

–¿Has recibido mi telegrama? ¿Cómo estás? ¿Bien? Me alegro mucho…

–¿Ha tenido buen viaje? –preguntó él, sentándose a su lado y aplicando involuntariamente el oído a la

voz femenina que sonaba tras la puerta. Adivinaba que era la de la mujer que había visto entrar.

–No puedo estar de acuerdo… –decía la voz de la dama.

–Es un punto de vista muy petersburgués, señora…

–Nada de petersburgués; simplemente femenino.

–Bien: permítame besarle la mano.

–Adiós, Ivan Petrovich. Mire a ver si anda por ahí mi hermano y hágale venir.

Y la señora volvió al departamento.

–¿Ha hallado usted a su hermano? –preguntó la Vronskaya.

En aquel momento, Vronsky recordó que aquella señora era la Karenina.

–Su hermano está ahí fuera –dijo, levantándose–. Perdone, pero no la había reconocido. Además, nuestro

encuentro fue tan breve que seguramente no me recuerda –añadió, saludando.

–Sí le recuerdo –dijo ella–. Durante el camino hemos hablado mucho de usted su madre y yo. ¡Y mi

hermano sin venir! –exclamó, dejando al fin manifestarse en una sonrisa la animación que la colmaba.

–Llámale, Alecha –dijo la anciana condesa.

Vronsky, saltando a la plataforma, gritó:

–¡Oblonsky: ven!

La Karenina no esperó a su hermano y, apenas le vio, salió del coche con paso decidido y ligero. Al

acercársele, con un ademán que sorprendió a Vronsky por su gracia y firmeza, le enlazó con el brazo

izquierdo y, atrayéndole hacia sí, le besó. Vronsky la miraba sin quitarle ojo y sin saber él mismo por qué

sonreía. Luego, recordando que su madre le esperaba, volvió al departamento.

–¿Verdad que es muy agradable? –dijo la Condesa refiriéndose a la Karenina–. Su marido la instaló

conmigo y me alegré, porque hemos venido hablando todo el viaje. Me ha dicho que tú… vous filez le

parfait amour. Tant mieux, mon cher, tant mieux…

–No comprendo a qué se refiere, mamá… ¿Vamos?

La Karenina entró de nuevo para despedirse de la Condesa.

–Vaya ––dijo alegremente–: ya ha encontrado usted a su hijo y yo a mi hermano. Me alegro, porque yo

había agotado todo mi repertorio de historias y no tenía ya nada que contar..

–Habría hecho un viaje alrededor del mundo con usted sin aburrirme ––dijo la Condesa, tomándole la

mano–. Es usted una mujer tan simpática que resulta igualmente agradable hablarle que oírla. Y no piense

usted tanto en su hijo. No es posible vivir sin separarse alguna vez.

La Karenina estaba en pie, muy erguida, y sus ojos sonreían.

–Ana Arkadievna –explicó la Vronskaya– tiene un hijo de ocho años, del que no se separa nunca, y

ahora…

–Sí: la Condesa y yo hemos hablado mucho, cada una de nuestro hijo –repuso la Karenina.

Y otra vez la sonrisa, esta vez dirigida a Vronsky, iluminó su semblante.

–Seguramente la habré aburrido mucho –dijo él, cogiendo al vuelo la pelota de coquetería que ella le

lanzara.

Pero la Karenina no quiso continuar la conversación en aquel tono y, dirigiéndose a la anciana Condesa,

le dijo:

–Gracias por todo. El día de ayer se me pasó sin darme cuenta. Hasta la vista, Condesa.

–Adiós, querida amiga –respondió la Vronskaya–. Permítame besar su lindo rostro. Le digo, con toda la

franqueza de una vieja, que en este corto tiempo le he tomado afecto.

La Karenina pareció creer y apreciar aquella frase, sin duda por su naturalidad. Se ruborizó e,

inclinándose ligeramente, presentó el rostro a los labios de la Condesa. En seguida se irguió y, siempre con

aquella sonrisa juguetona en ojos y labios, dio la mano a Vronsky.

Él oprimió aquella manecita y se alegró como de algo muy importante del enérgico apretón con que ella

le correspondió.

La Karenina salió con paso ligero, lo que no dejaba de sorprender por ser algo metida en carnes.

–Es muy simpática –dijo la anciana.

Su hijo pensaba lo mismo. La siguió con los ojos hasta que su figura graciosa se perdió de vista y sólo

entonces la sonrisa desapareció de sus labios. Por la ventanilla vio cómo Ana se acercaba a su hermano,

ponía su brazo bajo el de él y comenzaba a hablarle animadamente, sin duda de algo que no tenía relación

alguna con Vronsky. Y el joven se sintió disgustado.

–¿Sigue usted bien de salud, mamá? –dijo dirigiéndose a su madre.

–Muy bien, muy bien. Alejandro ha estado muy amable. María se ha puesto muy guapa otra vez. Es muy

interesante

Y comenzó a hablarle del bautizo de su nieto, para asistir al cual había ido expresamente a San

Petersburgo, refiriéndose a la especial bondad que el Emperador manifestara hacia su hijo mayor.

–Ahí viene Lavrenty ––dijo Vronsky, mirando por la ventanilla–. Vamos, ¿quiere?

El viejo mayordomo que viajaba con la Condesa entró anunciando que todo estaba listo. La anciana se

levantó.

–Aprovechemos que hay poca gente para salir –dijo Vronsky.

La doncella cogió el saquito de mano y la perrita. El mayordomo y un mozo llevaban el resto del

equipaje. Vronsky dio el brazo a su madre. Pero al ir a salir vieron que la gente corría asustada de un lado a

otro. Cruzó también el jefe de estación con su brillante gorra galoneada. Debía de haber sucedido algo. Los

viajeros corrían en dirección contraria al convoy.

–¿Cómo? –¿Qué? –¿Por dónde se tiró? –se oía exclamar.

Esteban Arkadievich y su hermana volvieron también hacia atrás con rostros asustados y se detuvieron

junto a ellos.

Las dos señoras subieron al vagón y Vronsky y Esteban Arkadievich siguieron a la multitud para

enterarse de lo sucedido.

El guardagujas, ya por estar ebrio, ya por ir demasiado arropado a causa del frío, no había oído retroceder

unos vagones y estos le habían cogido debajo.

Antes de que Oblonsky y su amigo volvieran, las señoras conocían ya todos los detalles por el

mayordomo.

Los dos amigos habían visto el cuerpo destrozado del infeliz. Oblonsky hacía gestos y parecía a punto de

llorar.

–¡Qué cosa más horrible, Ana! ¡Si lo hubieras visto! –decía.

Vronsky callaba. Su hermoso rostro, aunque grave, permanecía impasible.

–¡Si usted lo hubiera visto, Condesa! –insistía Esteban Arkadievich–. ¡Y su mujer estaba allí! ¡Era

terrible! Se precipitó sobre el cadáver. Al parecer, era él quien sustentaba a toda la familia. ¡Horrible,

horrible!

–¿No se puede hacer algo por ella? –preguntó la Karenina en voz baja y emocionada.

Vronsky la miró y salió del carruaje.

–Ahora vuelvo, mamá –dijo desde la portezuela.

Al volver al cabo de algunos minutos, Esteban Arkadievich hablaba sosegadamente con la Condesa de la

cantante de moda mientras la anciana miraba preocupada hacia la puerta, esperando a su hijo.

–Vamos ya–dijo Vronsky.

Salieron juntos. El joven iba delante, con su madre. Ana Karenina y su hermano les seguían.

A la salida, el jefe de la estación alcanzó a Vronsky.

–Usted ha dado a mi ayudante doscientos rublos –dijo–. ¿Quiere hacer el favor de indicarme para quién

son?

–Para la viuda –respondió Vronsky, encogiéndose de hombros–. No veo qué necesidad hay de preguntar

nada.

–¿Conque has dado dinero? –gritó Oblonsky. Y añadió, apretando la mano de su hermana–: Es un buen

muchacho, muy bueno. ¿Verdad que sí? Condesa, tengo el honor de saludarla.

Y Oblonsky se paró con su hermana, esperando que llegase la doncella de ésta.

Cuando salieron de la estación, el coche de los Vronsky había partido ya. La gente seguía hablando aún

del accidente.

–Ha sido una muerte horrible –decía un señor–. Parece que el tren le partió en dos.

–Yo creo, por el contrario, que ha sido la mejor, puesto que ha sido instantánea –opinó otro.

Ana Karenina se sentó en el coche y su hermano notó con asombro que le temblaban los labios y apenas

conseguía dominar las lágrimas.

–¿Qué te pasa, Ana? –preguntó, cuando hubieron recorrido un corto trecho.

–Es un mal presagio –repuso ella.

–¡Qué tonterías! –dijo Esteban Arkadievich–. Lo importante es que hayas llegado ya. ¡No sabes las

esperanzas que he puesto en tu venida!

–¿Conoces a Vronsky desde hace mucho? –preguntó Ana.

–Sí… ¿Ya sabes que esperamos casarle con Kitty?

–¿Sí? –murmuró Ana en voz baja. Y añadió, moviendo la cabeza, como si quisiese alejar algo que la

molestara físicamente–: Ahora hablemos de ti. Ocupémonos de tus asuntos. He recibido tu carta y, ya ves,

me he apresurado a venir.

–Sí. Sólo en ti confío –contestó Esteban Arkadievich.

–Bien: cuéntamelo todo.

Esteban Arkadievich se lo relató. Al llegar a su casa ayudó a bajar del coche a su hermana, suspiró, le

estrechó la mano y se fue a la Audiencia.

XIX

Cuando Ana entró en el saloncito, halló a Dolly con un niño rubio y regordete, muy parecido a su padre,

a quien tomaba la lección de francés. El chico leía volviéndose con frecuencia y tratando de arrancar de su

vestido un botón a medio caer. La madre le había detenido la mano repetidas veces, pero él persistía en su

intento. Al fin Dolly le arrancó el botón y se lo puso en el bolsillo.

–Ten las manos quietas, Gricha –dijo.

Y se entregó a su labor de nuevo. Hacía mucho tiempo que la había iniciado y sólo se ocupaba de ella en

momentos de disgusto. Ahora hacía punto nerviosa, levantando los dedos y contando maquinalmente.

Aunque hubiera dicho el día antes a su marido que la llegada de su hermana nada le importaba, lo había

preparado todo para recibirla y la esperaba con verdadera impaciencia.

Dolly estaba abatida, anonadada por el dolor. Recordaba, no obstante, que Ana, su cuñada, era la esposa

de uno de los personajes más importantes de San Petersburgo, una grande dame de capital. A esta

circunstancia se debió que Dolly no cumpliera lo que había dicho a su esposo y no se hubiera olvidado de

la llegada de su cuñada.

«Al fin y al cabo, Ana no tiene la culpa», se dijo. «De ella no he oído decir nunca nada malo y, por lo que

a mí toca, no he hallado nunca en ella más que cariño y atenciones.»

Era verdad que la casa de los Karenin, durante su estancia en ella, no le había producido buena

impresión; en su manera de vivir le había parecido descubrir alguna cosa de falsedad. «Pero ¿por qué no

recibirla?» , se decía. «¡Que no pretenda, al menos consolarme!» , pensaba Dolly. «En consuelos, seguridades

para el futuro y perdones cristianos he pensado ya mil veces y no me sirven para nada.»

Durante todos esos días, Dolly había permanecido sola con los niños. No quería confiar a nadie su dolor

y, sin embargo, con aquel dolor en el alma, no podía ocuparse de otra cosa. Sabía que no hablaría con Ana

más que de aquello, y si por un lado le satisfacía la idea, por el otro le disgustaba tener que confesar su humillación

y escuchar frases vulgares de tranquilidad y consuelo.

Dolly, que esperaba a su cuñada mirando a cada momento el reloj, dejó de mirarlo, como suele suceder,

precisamente en el momento en que Ana llegó. No oyó, pues, el timbre, y cuando, percibiendo pasos

ligeros y roce de faldas en la puerta del salón, se levantó, su atormentado semblante no expresaba alegría,

sino sorpresa.

–¿Cómo? ¿Ya estás aquí? –dijo, besando y abrazando a su cuñada.

–Me alegro mucho de verte, Dolly.

–Y yo de verte a ti –repuso Dolly, con débil sonrisa, tratando de averiguar por el rostro de la Karenina si

estaba o no informada de todo.

«Seguramente lo sabe» , pensó, viendo la expresión compasiva del semblante de su cuñada.

–Vamos, vamos; te acompañaré a tu cuarto –continuó, procurando retrasar el momento de las

explicaciones.

–¿Es Gricha éste? ¡Dios mío, cómo ha crecido! –exclamó Ana, besando al niño, sin dejar de mirar a

Dolly y ruborizándose. Y añadió–: Permíteme quedarme un rato aquí.

Se quitó la manteleta; luego el sombrero. Un mechón de sus negros y rizados cabellos quedó prendido en

él y Ana los desprendió con un movimiento de cabeza.

–¡Estás rebosante de dicha y de salud! –dijo Dolly, casi con envidia.

–¿Yo? Sí… ¡Dios mío, ésa es Tania! Tiene la edad de mi Sergio, ¿no? –exclamó Ana, dirigiéndose a la

niña, que entraba corriendo. Y, tomándola en brazos, la besó también–. ¡Qué niña tan linda! ¡Es un

encanto! Anda, enséñame a todos los niños.

Le hablaba de los cinco, recordando no sólo sus nombres, sino su edad, sus caracteres y hasta las

enfermedades que habían sufrido. Dolly no podía dejar de sentirse conmovida.

–Bien; vayamos a verles –dijo–. Pero Vasia está durmiendo; es una lástima.

Después de ver a los pequeños se sentaron, ya solas, en el salón, ante una taza de café. Ana cogió la

bandeja y luego la separó.

–Dolly –empezó–, mi hermano me ha hablado ya.

Dolly, que esperaba oír frases de falsa compasión, miró a Ana con frialdad. Pero Ana no dijo nada en

aquel sentido.

–¡Querida Dolly! –exclamó–. No quiero defenderle ni consolarte. Es imposible. Sólo deseo decir que te

compadezco con toda mi alma.

Y tras sus largas pestañas brillaron las lágrimas. Se sentó más cerca de su cuñada y le tomó la mano entre

las suyas, pequeñas y enérgicas. Dolly no se apartó, pero continuó con su actitud severa. Sólo dijo:

–Es inútil tratar de consolarme. Después de lo pasado, todo está perdido; nada se puede hacer.

Mientras hablaba así, la expresión de su rostro se suavizó. Ana besó la seca y flaca mano de Dolly y

repuso:

–Pero ¿qué podemos hacer, Dolly?, ¿qué podemos hacer? Hay que pensar en lo mejor que pueda hacerse

para solucionar esta terrible situación.

–Todo ha concluido y nada más –contestó Dolly–. Y lo peor del caso, compréndelo, es que no puedo

dejarle; están los niños, las obligaciones, pero no puedo vivir con él. El simple hecho de verle constituye

para mí una tortura.

–Querida Dolly, él me lo ha contado todo, pero quisiera que me lo explicases tú, tal como fue.

Dolly la miró inquisitiva. En el rostro de Ana se pintaba un sincero afecto, una verdadera compasión.

–Bien, te lo contaré desde el principio –decidió Dolly–. Ya sabes cómo me casé: con una educación que

me hizo llegar al altar, no sólo inocente, sino también estúpida. No sabía nada. Dicen, ya lo sé, que los

hombres suelen contar a las mujeres la vida que han llevado antes de casarse, pero Stiva… –y se

interrumpió, rectificando–, pero Esteban Arkadievich no me contó nada. Aunque no me creas, yo

imaginaba ser la única mujer que él había conocido… Así viví ocho años. No sólo no sospechaba que

pudiera serme infiel, sino que lo consideraba imposible. Y, figúrate que en esta fe mía, me entero de pronto

de este horror, de esta villanía.. Compréndeme… ¡Estar completamente segura de la propia felicidad, para

de repente… –continuaba Dolly, reprimiendo los sollozos–, para de repente recibir una carta de él dirigida a

su amante, a la institutriz de mis niños! ¡Oh, no; es demasiado horrible!

Sacó el pañuelo, ocultó el rostro en él y prosiguió, tras un breve silencio:

–Aun sería justificable un arrebato de pasión. Pero engañarme arteramente, continuar siendo esposo mío

y amante de ella. ¡Oh, tú no puedes comprenderlo!

–Lo comprendo, querida Dolly, lo comprendo… –dijo Ana, apretándole la mano.

–¿Y crees que él se hace cargo de todo el horror de mi situación? –siguió Dolly–. ¡Nada de eso! Él vive

contento y feliz.

–Eso no –la interrumpió Ana vivamente–. Es digno también de compasión; el arrepentimiento le tiene

abatido.

–Pero ¿crees que es capaz siquiera de arrepentimiento? –interrumpió Dolly, mirando fijamente a su

cuñada.

–Sí. Le conozco bien y no pude menos de sentir piedad al verle. Las dos le conocemos. El es bueno, pero

orgulloso. ¡Y ahora se siente tan humillado! Lo que más me conmueve de él (Ana sabía que aquello había

de impresionar a Dolly más que nada) es que hay dos cosas que le atormentan: primero, la vergüenza que

siente ante sus hijos, y después que, amándote como te ama… Sí, sí, te ama más que a nada en el mundo –

dijo Ana precipitadamente, impidiendo que Dolly replicase–. Pues bien, que amándote como te ama, te

haya causado tanto daño. «¡No, Dolly no me perdonará», me decía.

Dolly, pensativa, no miraba ya a su cuñada y sólo escuchaba sus palabras.

–Comprendo –dijo– que su situación es también terrible. Soportar esto es más penoso para el culpable

que para el que no lo es, si se da cuenta de que es él el causante de todo el daño. Pero ¿cómo perdonarle?

¿Cómo seguir siendo su mujer, después que ella …? Vivir con él sería un tormento para mí, precisamente

porque le he amado.

Los sollozos ahogaron su voz.

No obstante, cada vez que se enternecía, y como si lo hiciera intencionadamente, la idea que la

atormentaba volvía de nuevo a sus palabras:

–Ella es joven y guapa –continuó–. ¿No comprendes Ana? Mi juventud se ha disipado… ¿Y cómo? En

servicio de él y de sus hijos. Le he servido, consumiéndome en ello, y ahora a él le es más agradable una

mujer joven, aunque sea una cualquiera. Seguramente que ellos hablarían de mí; o tal vez no, y en este caso

es todavía peor. ¿Comprendes?

Y el odio animó de nuevo su mirada.

–Después de eso, ¿qué puede decirme? Jamás le creeré. Todo ha concluido, todo lo que me servía de

recompensa de mi trabajo, de mis sufrimientos… ¿Creerás que dar la lección a Gricha, que antes era un

placer para mí, es ahora una tortura? ¿Para qué esforzarme, para qué trabajar? ¡Qué lástima que tengamos

hijos! Es horrible, pero te aseguro que ahora, en vez de ternura y de amor, sólo siento hacia él aversión, sí,

aversión, y hasta, de poder, te aseguro que llegaría a matarle.

–Todo lo comprendo, querida Dolly. Pero no te pongas así. Te encuentras tan ofendida, tan excitada, que

no ves las cosas con claridad.

Dolly se calmó. Las dos permanecieron en silencio unos instantes.

–¿Qué haré, Ana? Ayúdame a resolverlo. Yo he pensado en todo y no veo solución.

Ana no podía encontrarla tampoco, pero su corazón respondía francamente a cada palabra, a cada

expresión del rostro de su cuñada.

–Soy su hermana –empezó– y conozco bien su carácter: la facilidad con que lo olvida todo –e hizo un

ademán señalando la frente–, la facilidad con que se entrega y con que luego se arrepiente. Ahora no

imagina, no acierta a comprender cómo pudo hacer lo que hizo.

–Ya, ya me hago cargo –interrumpió Dolly–. Pero ¿y yo? ¿Te olvidas de mí? ¿Acaso sufro menos que él?

–Espera. Confieso, Dolly, que cuando él me explicó las cosas no comprendí aún del todo, el horror de tu

situación. Le vi sólo a él, comprendí que la familia estaba deshecha y le compadecí. Pero después de hablar

contigo, yo, como mujer, veo lo demás, siento tus sufrimientos y no podría expresarte la piedad que me

inspiras. Pero, querida Dolly, por mucho que comprenda tus sufrimientos, ignoro, en cambio, el amor que

puedas albergar por él en el fondo de tu alma. Si le amas lo bastante para perdonarle, perdónale.

–¡No…! –exclamó Dolly. Pero Ana la interrumpió cogiéndole la mano y volviendo a besársela.

–Conozco el mundo más que tú –dijo– y sé cómo ven estas cosas las gentes como Esteban. Tú crees que

ellos hablarían de ti. Nada de eso. Los hombres así pecan contra su fidelidad, pero su mujer y su hogar son

sagrados para ellos. Mujeres como esa institutriz son a sus ojos una cosa distinta, compatible con el amor a

la familia. Ponen entre ellas y el hogar una línea de separación que nunca se pasa. No comprendo bien

cómo puede ser eso, pero es así.

–Sí, sí, pero él la besaría y…

–Cálmate, Dolly. Recuerdo cuando Stiva estaba enamorado de ti, cómo lloraba recordándote, cómo

hablaba de ti continuamente, cuánta poesía ponía en tu amor. Y sé que, a medida que pasa el tiempo, sentía

por ti mayor respeto. Siempre nos reíamos cuando decía a cada momento: «Dolly es una mujer

extraordinaria» . Tú eras para él una divinidad y sigues siéndolo. Esta pasión de ahora no ha afectado el

fondo de su alma.

–¿Y si se repitiera?

–No lo creo posible.

–¿Le habrías perdonado tú?

–No sé, no puedo juzgar…

Ana reflexionó un momento y añadió:

–Sí, sí puedo, sí puedo. ¡Le habría perdonado! Cierto que yo me habría transformado en otra mujer, sí;

pero le perdonaría, como si no hubiese pasado nada, absolutamente nada…

–Sí, así habría de ser –interrumpió Dolly, como si ya hubiera pensado en ello antes–; de otro modo, no

fuera perdón. Si se perdona, ha de ser por completo… En fin, voy a acompañarte a tu cuarto –añadió,

levantándose y abrazando a Ana–. ¡Cuánto me alegro de que hayas venido, querida! Siento el alma mucho

más aliviada, mucho más aliviada.

XX

Ana pasó el día en casa de los Oblonsky y no recibió a nadie, aunque algunos de sus conocidos,

informados de su llegada, acudieron a verla.

Estuvo toda la mañana con Dolly y con los niños y envió aviso a su hermano para que fuera a comer a

casa sin falta. «Ven –le escribió–. Dios es misericordioso.»

Oblonsky comió en casa, la conversación fue general y su esposa le habló de tú, lo que últimamente no

sucedía nunca. Cierto que persistía la frialdad entre los esposos, pero ya no se hablaba de separación y

Oblonsky empezaba a entrever la posibilidad de reconciliarse.

Después de comer llegó Kitty. Apenas conocía a Ana Karenina y llegaba algo inquieta ante la idea de

enfrentarse con aquella gran dama de San Petersburgo de la que todos hablaban con tanto encomio. Pero en

seguida comprendió que la había agradado. Ana se sintió agradablemente impresionada por la juventud y

lozanía de la joven, y Kitty se sintió, en seguida, prendada de ella, como suelen prenderse las muchachas de

las señoras de más edad. En nada parecía una gran dama, ni que fuese madre de un niño de ocho años.

Cualquiera, al ver la agilidad de sus movimientos, su vivacidad y la tersura de su cutis, la habría tomado

por una muchacha de veinte, de no haber sido por una expresión severa y hasta triste, que impresionaba y

subyugaba a Kitty, que ensombrecía a veces un poco sus ojos.

Adivinaba que Ana era de una sencillez absoluta y que no ocultaba nada, pero adivinaba también que

habitaba en su alma un mundo superior, un mundo complicado y poético que Kitty no podía comprender.

Después de comer, Dolly marchó a su cuarto y Ana se acercó a su hermano, que estaba encendiendo un

cigarrillo.

–Stiva –le dijo jovialmente, persignándole y mostrándole la puerta con los ojos–. Ve y que Dios te ayude.

Él la comprendió, tiró el cigarro y desapareció detrás de la puerta.

Ana volvió al diván donde antes se hallara sentada, rodeada de los niños. Ya fuera porque viesen que la

mamá apreciaba a aquella tía o porque sintieran hacia ella un afecto espontáneo, primero los dos mayores y

luego los más pequeños, como sucede siempre con los niños, ya después de la comida se pegaron a sus

faldas y no se separaban de ella. Entre los chiquillos surgió una especie de competencia para ver quién se

sentaba más cerca de la tía, quién cogía primero su manita, jugaba con su anillo o, al menos, tocaba el

borde de su vestido.

–Coloquémonos como estábamos antes –dijo Ana Karenina sentándose en su sitio.

Y de nuevo Gricha, radiante de satisfacción y de orgullo, pasó la cabeza bajo su brazo y apoyó el rostro

en su vestido.

–¿Cuándo se celebra el próximo baile? –preguntó Ana a Kitty.

–La semana próxima. Será un baile magnífico y muy animado, uno de esos bailes en los que se está

siempre alegre.

–¿Hay verdaderamente bailes en que se esté siempre alegre? –preguntó Ana con suave ironía.

–Aunque parezca raro, es así. En casa de los Bobrischev son siempre alegres y en la de los Nigitin

también. En cambio, en la de los Mechkov son aburridos. ¿No lo ha notado usted?

–No, querida. Para mí ya no hay bailes donde uno esté siempre alegre –dijo Ana, y Kitty observó en los

ojos de la Karenina un relámpago de aquel mundo particular que le había sido revelado–. Para mí sólo hay

bailes en los que me siento menos aburrida que en otros.

–¿Es posible que usted se aburra en un baile?

–¿Por qué no había yo de aburrirme en un baile?

Kitty comprendió que Ana adivinaba la respuesta.

–Porque será usted siempre la más admirada de todas.

Ana, que tenía la virtud de ruborizarse, se ruborizó y dijo:

–En primer lugar, no es así, y aunque lo fuera, ¿de qué habría de servirme?

–¿Irá usted a este baile que le digo?

–Pienso que no podré dejar de asistir. Tómalo –dijo Ana, entregando a Tania el anillo que ésta procuraba

sacar de si dedo blanco y afilado, en el que se movía fácilmente.

–Me gustaría mucho verla allí.

–Entonces, si no tengo más remedio que ir, me consolaré pensando que eso la satisface. Gricha, no me

tires del pelo: ya estoy bastante despeinada –dijo, arreglándose el mechón de cabellos con el que Gricha

jugaba.

–Me la figuro en el baile con un vestido lila…

–¿Y por qué precisamente lila? –preguntó Ana sonriendo–. Ea, niños: a tomar el té. ¿No oís que os llama

miss Hull? –dijo, apartándolos y dirigiéndolos al comedor–. Ya se por qué le gustaría verme en el baile:

usted espera mucho de esa noche y quisiera que todos participaran de su felicidad ––concluyó Ana,

dirigiéndose a Kitty.

–Es cierto. ¿Cómo lo sabe?

–¡Qué dichoso es uno a la edad de usted! –continuó Ana–. Recuerdo y conozco esa bruma azul como la

de las montañas suizas, esa bruma que lo rodea todo en la época feliz en que se termina la infancia. Desde

ese enorme círculo feliz y alegre parte un camino que va haciéndose estrecho, cada vez más estrecho.

¡Cómo palpita el corazón cuando se inicia esa senda que al principio parece tan clara y hermosa! ¿Quién no

ha pasado por ello?

Kitty sonreía sin decir nada. «¿Cómo habría pasado ella por todo aquello? ¡Cómo me gustaría conocer la

novela de su vida!», pensaba al evocar la presencia poco romántica de Alexis Alejandrovich, el marido de

Ana.

–Sé algo de sus cosas –siguió la Karenina–. Stiva me lo dijo. La felicito. «Él» me gusta mucho. ¿No sabe

usted que Vronsky estaba en la estación?

–¿Estaba allí? –dijo Kitty, ruborizándose–. ¿Y qué le dijo Stiva?

–Me lo dijo todo… Y yo me alegré mucho. Realicé el viaje en compañía de la madre de Vronsky. No hizo

más que hablarme de él: es su favorito. Ya sé que las madres son apasionadas, pero…

–¿Qué le contó?

–Muchas cosas. Y desde luego, aparte de la predilección que tiene por él su madre, se ve que es un

caballero. Por ejemplo, parece que quiso ceder todos sus bienes a su hermano. Siendo niño, salvó a una

mujer que se ahogaba… En fin, es un héroe –terminó Ana, sonriendo y recordando los doscientos rublos

que Vronsky entregara en la estación.

Pero Ana no aludió a aquel rasgo, pues su recuerdo le producía un cierto malestar; adivinaba en él una

intención que la tocaba muy de cerca.

–Su madre me rogó que la visitara –dijo luego– y me placerá ver a la viejecita. Mañana pienso ir. Gracias

a Dios Stiva lleva un buen rato con Dolly en el gabinete –murmuró, cambiando de conversación y

levantándose algo contrariada, según le pareció a Kitty.

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