Los Trabajadores del Mar

30. julio 2010

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VICTOR HUGO

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LOS TRABAJADORES DEL MAR

Versión Española

Por D. Antonio Ribot (1866)

UNA PALABRA ESCRITA EN UNA PÁGINA BLANCA.

EL día primero del año de 182* fue notable en Guernesey. Nevó, y en las islas de la Mancha, donde un invierno con heladas es memorable, una nevada es un acontecimiento.

En la mañana de dicho día, el camino que sigue a lo largo del mar desde Saint-Pierre Port a Valle estaba enteramente blanco.

Había nevado desde media noche hasta la madrugada.

A cosa de las nueve, poco después de salir el sol, como no había llegado aún el momento para los anglicanos de ir a la iglesia de Saint-Sampson ni para los weslevauos de ir a la capilla de Eldad, el camino estaba casi desierto. En todo el trozo que separa la primera torre de la segúnda, no había más que tres transeuntes, un niño, un hombre y una mujer.

El niño, que tendría unos ocho años, miraba la nieve, con curiosidad.

El hombre venia en pos de la mujer, a unos cien pasos de distancia, y, lo mismo que ella, avanzaba por el lado de Saint-Sampson.

Joven aún, parecía ser un trabajador o un marinero. Llevaba su traje de todos los días, una chaqueta de oscuro paño burdo y un pantalón embreado, lo que parecía indicar que, no obstante ser día festivo, no iría a ningúna capilla. Sus gruesos zapatos de tosco cuero, con suelas guarnecidas de grandes clavos, dejaban en la nieve una huella más parecida a una cerradura de cárcel que a un pie de hombre. En cuanto a la mujer, llevaba sin duda su tocado de iglesia; se cubría con una ancha toca de seda negra acolchada, debajo de la cual se ajustaba muy graciosamente un vestido de muselina de Irlanda con listas blancas y de color de rosa, y si no hubiese gastado medias coloradas, se la habría podido tomar por una parisiense. Andaba con desembarazo y soltura, y en su manera de andar, propia de la mujer a quien aún no pesa la vida, se veía que era casi una niña.

Tenía la gracia fugitiva que indica la más delicada de las transiciones, la adolescencia, los dos crepúsculos mezclados, el principio de una mujer y la conclusión de una nifla. El hombre no fijaba la atencion en ella.

De repente, junto a un grupo de verdes encinas que se hallá en el ángulo de un huerto, en el lugar llamado de las Basses Maisons, la joven se volvió, y este movimiento hizo que el hombre la mirase.

Ella se detuvo, pareció contemplarle un momento, después se bajó, y el hombre creyó notar que con uno de sus dedos escribía algo en la nieve.

La joven se irguió nuevamente, se puso otra vez en marcha, redoblo el paso, volvió la cabeza riéndose, y desapareció a la izquierda del camino, por un sendero cercado que conduce a la quinta de Lierre.

La segúnda vez que se volvió, el hombre vio que era Deruchette, una encantadora niña del país.

No sintio él ningúna necesidad de acelerar el paso, y pocos instantes después se hallo junto al grupo de encinas en el ángulo del huerto. «No se acordaba ya de la transeunte que había desaparecido, y es probable que si en aquel mismo instante algúna marsopla hubiese saltado por encima de las olas o algún reyezuelo hubiese aparecido en los zarzales, aquel hombre hubiera seguido su camino con la mirada fija en el reyezuelo o en la marsopla. Quiso la casualidad que tuviese la vista baja, y su mirada cayó maquinalmente hacia el punto en que la jovencita se había parado. En aquel punto se habían impreso dos pies diminutos, y a su lado se leía esta palabra trazada en la nieve: Gilliatt.

Esta palabra era su nombre.

El se llamaba Gilliatt.

Permaneció largo tiempo inmóvil, contemplando aquel nombre, aquellos piececitos, aquella nieve, y después, pensativo, prosiguió su camino.

Gilliatt vivía en la-parroquia de Saint-Sampson, donde por varias razones tenía muy pocas simpatías.

En primer lugar, su alojamiento era una casa «endemoniada. »

Sucede algunas veces en Jersey y en Guernesey que en el campo y en la misma ciudad, pasando por algún andurrial desierto o por una calle atestada de gente, se encuentra una casa cuya entrada esta como embarrerada; el acebo obstruye la puerta; asquerosos emplastos de tablas claveteadas tapan las ventanas de la planta baja; las de los cuartos de encima se hallán a la vez cerradas y abiertas; en todos los bastidores esta echado el cerrojo y todas las baldosas están resquebrajadas o rotas. Si la casa tiene patio o corral, la yerba brota en él, y la cerca se desmorona; si hay jardín, se cubre de ortigas, cambrones y cicuta, y raros insectos fijan en él su residencia. Las chimeneas se resquebrajan, los techos se hunden; lo que se ve del interior de los aposentos esta desmantelado; la madera se pudre y la piedra se enmohece. Se despega el papel de las paredes, y en ellas se pueden estudiar las antiguas modas de papel pintado, los grifos del imperio, las colgaduras con alzapaños del Directorio, las balaustra las y los cipos de Luis XVI. El grosor de las telarañas llenas de moscas indica la paz profunda de las arañas.

Algunas veces se encuentra un puchero roto encima de una mesa.

Aquella casa es una casa endemoniada.

El diablo la visita durante la noche.

La casa como el hombre puede convertirse en un cadáver. Basta al efecto que la mate una supersticion.

Entonces es una cosa terrible. Las casas muertas no son. raras en las islas de la Mancha.

Las poblaciónes campesinas y marítimás no las tiene» todas consigo tratándose del diablo. Las de la Mancha, archipiélago inglés y litoral francés, poseen respecto del particular nociones muy precisas.

El diablo tiene emisarios en todas partes.

Es incontestable que Belphegor es embajador del infierno en Francia, Hutgino en Italia, Belial en Turquía, Thamuz en España, Martineto en Suiza y Mammon en Inglaterra. Satanas es un emperador c’omo cualquier otro. Satanas César. Su casa esta muy bien montada; Dagon es gran mayordomo; Succor Benot es jefe de los eunucos; Asmodeo lleva la banca en el juego; Kobal es director del teatro y Verdelot gran maestro de ceremonias. Nybbas es bufon. Widrus, hombre sabio, muy cstrigologio, y demoüografo que posee muchos datos, llama a Nibbas «el parodiador por excelencia.»

Muchas precauciones tienen que tomar en esta mar los pescadores normandos de la Mancha a consecuencia de las ilusiones que el diablo produce.

Se creyó por espacio de mucho tiempo que San Maclou habitaba la gran roca cuadrada de Ortach, situada entre «Aurigny y los Casquets, y algúnos viejos marineros de otro tiempo afirmaban haberle con frecuencia visto allí, sentado y leyendo un libro. Así es que^los marineros hacían al pasar muchas genuflexiones delante de la roca de Ortach hasta el día en que la fábula se disipó y cedio su puesto a la verdad. Se ha descubierto y se sabe actualmente que el habitante de la roca de Ortach no es un santo, sino un diablo. Este diablo, llamado Jochmus, tuvo la malicia y la audacia de hacerse tomar durante muchos siglos por San Maclou.

Por lo demás, otras veces se ha incurrido en equivocaciones análogas.

Los diablos Raguhel, Oribel y Tobiel fueron santos hasta el año de 745 en que Zacarías los arrojó del calendario. Para semejantes expulsiones, que son incontestablemente muy útiles, es preciso ser muy inteligente.

Los ancianos del país cuentan, si bien estos hechos pertenecen al pasado, que la población católica del archipiélago normando se hallaba en otro tiempo muy a pesar suyo, más en comunicación con el demonio que la población hugonote. ¿Por qué? Lo ignoramos. Lo cierto es que esa minoría fue en otro tiempo muy enojosa para el diablo.

Había tomado afición a los católicos y procuraba visitarles con frecuencia. Una de sus más insoportables familiaridades consistía en hacer visitas nocturnas a los lechos conyugales en el momento de hallarse el esposo completamente dormido y la mujer dormida solo a medias.

De aquí procedían muchos engaños.

Patouillet opinaba que Voltaire había nacido a consecuencia de una de esas diabólicas visitas, lo que nada tiene de inverosímil. Sobre todo, el hecho esta perfectamente comprobado y descrito en los formularios de exorcismo bajo la rúbrica: de erroribus nocturnis et de semine díabolorum. Es un hecho que se reprodujo muy particularmente en Saint-Hélier a fines del último siglo, probablemente en castigo de los crímenes de la revolución.

Las consecuencias de los excesos revoluciónarios son incalculables.

Como quiera que sea, la aparición posible del demonio, de noche, cuando no se ve claro, cuando se duerme, preocupaba a muchas mujeres ortodoxas.

Dar a luz un Voltaire no tiene nada de agradable.

Una de ellas, inquieta y azorada, consulto con un pastor acerca del medio de aclarar a tiempo el quiprocuo.

El pastor respondio:

—para aseguraros de si tenéis que habéroslas con el diablo o con vuestro marido, palpadle la frente, y si tocais unos cuernos, estad segura.

—¿de qué? pregunto la mujer.

La casa en que vivía Gilliatt había estado endemoniada, y ya no lo estaba, por lo que se hacía aún más sospechosa. Sabido es que cuando un brujo se establece en una habitación frecuentada por el diablo, éste comprende que no hace ya falta en ella, y por consideraciones al brujo no la vuelve a visitar, a no ser que se le avise, como al médico.

La casa se llamaba el Bu de la Calle.

Estaba situada en la punta de una lengua de tierra, o, por mejor decir, de roca, que formaba una pequeña rada o fondeadero independiente en el ancon de Houmet Paradis. Hay allí profundidad de agua.

La casa estaba enteramente sola en aquella punta casi fuera de la isla, con la tierra absolutamente necesaria para un jardínito, anegado algunas veces por las mareas altas. Entre el puerto de Saint-Sampson y el ancon de Houmet Paradis hay una robusta colina que corona la enorme mása de torres y de hiedra que se llama el palacio del Valle o del Arcangel, de suerte que desde Saint-Sampson no se veía el Bu de la Calle.

Nada hay en Guernesey tan comun como un brujo. Los brujos ejercen su profesion en ciertas parroquias, mal que pese al siglo IX. Se entregan a practicas verdaderamente criminales. Hacen hervir oro. Cogen yerbas a medía noche. Miran de reojo los ganados de los campesinos. Se les consulta; hacen que se les traigan en botellas «las secreciones líquidas de los enfermos» y se les oye decir a medía voz: esas aguas presentan mal caracter.

Un día, en marzo de 1857, uno de ellos encontro en el líquido de un enfermo siete diablos. Son temidos y temibles.

Otro ha hechizado recientemente a un panadero y «tambien su horno.»

Otro ha cometido la avilantez de cerrar y sellar con el mayor esmero carpetas dentro de las cuales nada había.

Otro ha llegado al estremo de tener en un vasar de su casa tres botellas con rótulo en que se, lee la letra B.

Estos hechos monstruosos están comprobados. Algúnos hechiceros son complacientes, y por .dos o tres guineas cargan con las enfermedades ajenos. Entonces se revuelcan en su cama lanzando gritos, y mientras se retuercen, el que ha recurrido a ellos dice: Yo ya no siento nada.

Otros libran al projimo de todos sus males atándole un pañuelo alrededor del cuerpo. El medio es tan sencillo, que parece imposible exista una sola persona que no haya dado con él.

En el último siglo el real tribunal "de Guernesey los colocaba sobre un monton de leña y los asaba vivos.

En la actualidad les condena a ocho meses de cárcel, cuatro a pan y agua, y cuatro de incomunicación, alternativamente.

Amant alterna catence.

La última quema de hechiceros en Guernesey se verifico en 1747.

La ciudad había al efecto habilitado una de sus plazas, la encrucijada del Bordaje, la cual desde 1565 a 1700 había visto quemar once hechiceros. Estos culpables en general confesaban, ayudando su confesión con la tortura.

Otros servicios ha prestado además la encrucijada del Bordaje a la sociedad y a la religion. En ella se han quemado herejes.

Reinando María Tuclor se quemaron, entre otros hugonotes, una madre y sus dos hijas. La madre se llamaba Perrotina Mássy. Una de las hijas estaba en cinta. Parió entre las llamas de la hoguera. La cronica dice: «Su vientre estalló.» Salió de aquel vientre un niño vivo.

El recien nacido rodó fuera de la hoguera, y le recogió un tal Housse.

El baile Helier Gossclin, buen sugeto, mando echar de nuevo la criatura a las llamas.

Volvamos a Gilliatt.

Contábase en el país que una mujer que vivía en compañía de un chiquillo, al tocar la revolución a su fin se había establecido en Guernesey. Debía ser inglesa, a no ser que fuese francesa. Tenía un nombre cualquiera, cuya pronunciación guerneseyana y ortografía de la gente vulgar habían convertido en Gilliatt. Vivía sola con el niño, el cual, según algúnos, era su sobrino, según otros su hijo, según otros su nieto y según otros nada absolutamente.

Tenía un poco de dinero para pasarlo pobremente. Había comprado un pradecillo en Sergentée y un pedazo de tierra en la roca Crespol, cerca de Rocquaine. En aquella época la casa del Bu de la Calle estaba endemoniada, y hacía ya treinta años que nadie la habitaba.

Amenazaba ruina. El jardín, harto visitado por el mar, nada podía producir. Además de los rumores y resplandores nocturnos, la tal casa ofrecia algunas particularidades terroríficas. Si al anochecer se dejaba encima de la chimenea algún ovillo de estambre, agujas de hacer calceta y un plato de sopa, al día siguiente se notaba que la sopa se la habían comido, que el plato estaba vacío, y se encontraban un par de mitones de punto de media.

Por todas estas razones la casa se puso en venta con el demonio que estaba dentro, y por ella no se pedían más que unas cuantas libras esterlinas.

La mujer la compro, tentada evidentemente por el diablo o por la baratura.

Hizo más que comprarla. Se estableció en ella con el chico, y desde aquel momento cesaron los resplandores y ruidos. La casa tiene lo que quería, dijeron las gentes del país. Ya no hubo más visiones. Dejaron de oirse gritos al apuntar el día, y no apareció otra luz que la de la vela de sebo que al anochecer encendía la buena mujer.

Vela de bruja equivale a antorcha de diablo. Esta csplicacion satisfizo al público.

La mujer sacaba algún partido de la poca tierra que poseia.

Tenía una buena vaca de manteca amarilla. Cogia guisantes de caldo blanco, alcachofas y patatas Golden Drops. Vendía «cargas de nabos, manojos de cebollas y celemines de habas.»

No iba ella misma al mercado, pero hacía vender su cosecha a Gilbert Falliot en los Abreveurs SaintSampson.

El registro de Falliot demuestra que una vez vendio por su cuenta doce fanegas de patatas llamadas de tres meses, de las más tempranas.

La casa había sido reparada nada más que lo estrictamente necesario para hacerla habitable. No llovía en los cuartos sino cuando caian grandes chubascos. Se componía de una planta baja y un granero. La planta baja se dividía en tres salas, dos de ellas dormitorios y la otra comedor. Se subía al granero por una escalera de mano. La mujer guisaba y enseñaba a leer al niño.

No iba a la iglesia, por lo que, considerándolo bien todo, se la declaro francesa. No ir «a ningúna parte» es grave.

En suma, eran gentes que nada significaban.

Es probable que ella fuese francesa. Los volcanes arrojan piedras y las revoluciónes hombres. Familias enteras son enviadas a grandes distancias; se truecan los destinos; se dispersan y desmenuzan los grupos; caen como de las nubes gentes sobre Alemania, sobro Inglaterra, sobre América. Asombran a los naturales del país. ¿De dónde vienen esos desconocidos? Aquel Vesubio que humea allá abajo los ha esputado, los ha expectorado. Se dan nombres a esos aerolitos, a esos individuos expulsados y perdidos, a esos eliminados de la suerte. Se les llama emigrados, refugiados, aventureros. Si se quedan, se les tolera; si se van tanto mejor. Algunas veces son seres absolutamente inofensivos, ajenos, por lo menos las mujeres, a los acontecimientos que les han arrojado, no teniendo ni odio, ni cólera, proyectiles sin quererlo y sin saberlo. Echan raíces cómo y donde pueden. No hacen ningún daño a nadie y no saben lo que les pasa. Yo he visto una pobre mazorca de yerba lanzada al aire por una esplosion de mina.

La revolución francesa, más que todas las otras explosiones, ha tenido esas violencias.

La mujer conocida en Guernesey por la Gilliatt, era tal vez la mazorca de yerba.

La mujer envejecio; el chico crecio. Vivían solos y esquivados. Se bastaban. Loba y lobezno se lamian mutuamente: esta era otra de las formulas que les aplico la benevólencia de sus convecinos. El niño se hizo adolescente, el adolescente se hizo hombre, y entonces, como es fuerza que caigan siempre las viejas cortezas de la vida, la madre murio. Dejo al niño el prado de la Sergentée, la tierra de la Roca Crespel, la casa del Bu de la Calle, y además, dice el inventario oficial, « cien guineas de oro metidas en un calcetín.»

La casa se hallaba suficientemente amueblada con dos cofres de encina, dos camás, seis sillas y una mesa, con los utensilios necesarios. Había en un estánte algúnos libros, y en un rincon vina maleta nada misteriosa qne debió abrirse para inventariarse. Era de badana amarilla con arabescos de clavos de cobre y estrellas de estaño, y contenía un equipo nuevo y completo de hermoso lienzo de Dunkerque, camisas y sayas, y además cortes <le vestidos de seda, con un papel en que se leía lo siguiente, escrito de puño y letra de la muerta: Para tu mujer cuando te cases.

Esta muerte fue para el que sobrevivio un golpe terrible. Era salvaje y se volvió feroz. En torno suyo concluyo el desierto. Donde había el aislamiento se formo el vacío. Entre dos la vida es posible. Uno solo parece que no puede arrastrarla. Se renuncia a ella. Es la primera forma de la desesperacion. Más adelante se comprende que el deber es una serie de aceptaciones.

Se mira la muerte, se mira la vida, y se consiente en vivir. Pero es un consentimiento que hace sangre.

Como Gilliatt era joven, su herida se cicatrizo. A su edad, la carne del corazon retoña.

Su tristeza, borrada poco a poco, se mezclo a su alrededor con la naturaleza, se convirtio en una especie de oncanto, le atrajo hacia las cosas y le alejo de los hombres, y amalgamo más y más su alma con la soledad.

Además, los grandes libros que tenía en un estánte y que leía.

Otras razones.

¿Por qué vivía solo? El Bu de la Calle era una especie de lazareto; Gilliatt hacía cuarentena, y era por tanto muy sencillo que llamase la atencion su aislamiento y se le hiciese responsable de la soledad que reinaba en torno suyo.

No iba jamás a la capilla. De noche salia con frecuencia. Un día se le vio sentado en la yerba con ademan estatico. Visitaba con frecuencia el cerro de la Ancrosse y las piedras encantadas esparcidas por los campos. No faltaba quien creyese estar seguro de haberle visto saludar respetuosamente la Roque qui Chante. Compraba todos los pajaros que le presentaban y los soltaba. Era atento con las personas acomodadas de la calle de Saint-Sampson, pero daba más de un rodeo para no pasar por ella. Pescaba con frecuencia, y volvia siempre con buena pesca, Trabajaba en su huerto los domingos. Tenía un boug pipe (especie de gaita) comprado a unos soldados escoceses que pasaban por Guernesey, y lo tocaba sentado en una roca a la orilla del mar, al declinar de la tarde.

Hacía gestos como un sembrador de granos. ¿Qué le ha de suceder a un país que alberga a un hombre semejante?

En cuanto a los libros, que procedían de la muerta y él los leía, eran poco tranquilizadores. El reverendo Jaquemin Hérode, rector de Saiut-Sampson, cuando entro en la casa para el entierro de la mujer, leyo en el lomo de dichos libros los títulos siguientes: Dictionnaire de Eosier, Candide, por Voltaire, Avis au peuple sur sa ianté, por Tissot. Un caballero francés, emigrado, que vivía en Saint-Sampson, había dicho: Ese Tissot debe ser el que llevo en sus manos la cabeza de la princesa de LamMle.

El reverendo había notado en uno de los libros un título verdaderamente fatídico y amenazador: De BhuItarbaro.

Digamos, sin embargo, que estándo la obra, como su título indica, escrita en latín, era muy dudoso que Güliatt, que no sabia latin, la hubiese leido.

Pero precisamente los libros que un hombre no lee son los que más le acusan. La inquisicion de España ha juzgado este punto y le ha puesto fuera de duda.

Por lo demás, el libro era ni más ni menos que el tratado del doctor Tilingius sobre el Ruibarbo, publicado en Alemania en 1679.

No se podía asegurar si Gilliatt se dedicaba a encantamientos, filtros y otras díabluras. Lo cierto es que tenía redomás.

¿Por qué por la tarde, y algunas veces por la noche, se paseaba por los alcantilados?

Sin duda algúna lo hacía para trabar conversacion con las malas gentes que durante la noche se hallán en la

playa. Una vez ayudo a la hechicera de Torteval a desatollar su carro. La hechicera era una vieja que se llamaba Montonne Gahy.

Interrogado sobre su profesion en un empadronamiento que se hizo en la isla, respondio.

—Pescador, cuando hay peces que coger.

Pongimonos en el puesto de los interrogadores. Semejantes respuestas no gustan a nadie,

La pobreza y la riqueza son relativas. Gilliatt tenía tierras y una casa, y comparado con los que nada absolutamente tenían, no era pobre. Un día para esperimentarle, y tal vez tambien para iniciar una declaracion, pues hay mujeres que con tal de casarse se casarían con el diablo si fuese rico, una joven dijo a Gilliatt: ¿Cuando pensais en tomar esposa? El respondio: Tomaré esposa cuando la Boque Qui Chante tome marido.

La Roque qui Chante es .un peñasco que se levanta verticalmente en un huerto proximo a la casa del señor Lemézurier de Fry. Es una piedra que debe ser muy vigilada. No se sabe lo que hace allí. Se oye cantar en ella un gallo, lo cual es muy desagradable. Esta perfectamente demostrado que la han colocado en aquel huerto las fantasmás, que es como si dijéramos los duendes.

De noche, cuando truena, si se ven volar hombrea en las nubes rojas y en el aire tembloroso, estos hombres son duendes. Una mujer, que reside en Grand Mielles, los conoce perfectamente. Una tarde que había duendes en una encrucijada, la tal mujer dijo a un carretero que no sabia qué camino tomar: Preguntadselo a ellos; son ge’•’••»• benéficos y la gente más atenta del mundo. Podía apostarse cualquiera cosa que aquella mujer era una bruja.

El juicioso y sabio rey Jacobo I hacía cocer vivas a las mujeres de esta especie, cataba el caldo, y según el gusto que le encontraba decía: Era una bruja, 6 bien: no era una bruja.

Es de sentir que los reyes actuales no posean ya esos talentos.

No sin poderosos motivos vivía Gilliatt en olor de brujería.

Durante una tempestad, a medía noche, se oyo a Gilliatt que se hallaba solo en el mar metido en una barca por el lado de la Sommeilleuse, preguntar:

—¿Hay paso?

Una voz esclamo desde lo alto de las rocas:

—¿Eres valiente?

¿A quién hablaba, a no haber alguien que le respondiese? La prueba nos parece decisiva.

En otra noche tempestuosa y tan negra que no se veía ningún objeto, muy cerca de la Catiau-Roque, que es una doble hilera de peñas a que van los hechiceros, las cabras y los duendes a bailar los viernes, se creyó reconocer la voz de Gilliatt mezclada en la siguiente espantosa conversacion:

—¿Qué tal se encuentra Vésin Brovard? (albaüil que había caido de un tejado).

—Esta en via de curacion.

—Parece imposible. Ha caido de una inmensa altura,. y es asombroso que no se haya roto ni un hueso.

—La última semana los pescadores de la costa tuvieron buen tiempo.

—Mejor que hoy.

—Y tanto. Hoy no habra en el mercado un pescado para un remedio.

—Hace demásiado viento.

—Sera imposible echar las redes.

—¿Como esta Catalina?

—Encantadora.

«Catalina» era evidentemente una hechicera.

Según todas las apariencias, Gilliatt ejercia de nocha sus malas artes.

Por lo menos nadie dudaba de ello.

Algunas veces se le veía echar agua en el suelo con un cantaro. Y el agua que cae en tierra traza la firma de los diablos.

En el camino de Saint-Sampson, delante del parador número 1, hay tres piedras sobrepuestas que forman una escalera. En su plataforma, actualmente vacia, había habido una cruz, si no una horca. Estas piedras son muy malignas.

Algunas personas muy cuerdas y otras muy dignas de crédito, aseguraban haber visto cerca de las tres piedras a Gilliatt platicando con un sapo.

Y como en Guernesey no hay más que culebras, y donde abundan los sapos es en Jersey, es claro que el sapa se había trasladado a nado desde Jersey a Guernesey, para hablar con Gilliatt. La conversacion era amistosa.

Estos son hechos probados, y la prueba es que las tres piedras se hallán aún allí. Los incrédulos pueden verlas, si gustan, y a poca distancia distinguiran una casa en cuya fachada se lee este letrero: Comerciante en ganado muerto y vivo, enjarcias viejas, hierro, huesos y cacharros, paga puntualmente.

Mala fe se necesitaria para negar la existencia de las mencionadas piedras y de la mencionada casa. Todo eso perjudicaba a Gilliatt.

Solo los estúpidos ignoran que el mayor peligro en los mares de la Mancha es el Roi des Auxcriniers. No hay personaje marítimo más terrible. El que le ha visto naufraga entre un San Miguel y otro.

Es pequeño, siendo enano, y es sordo, siendo rey. Sabe el nombre de todos los que han perecido en el mar y el punto en que se encuentran. Conoce a fondo el cementerio Océano. Su cabeza es gruesa en la base y estrecha en la coronilla; tiene un cuerpo rechoncho, un vientre glutinoso y disforme, abolladuras en el craneo, piernas cortas, trazos largos, en lugar de pies aletas, en lugar de manos garras, y un ancho semblante verde.

Sus zarpas son membranosas como las patas de los palmípedos y sus aletas están armadas de uñas.

Imaginémonos un espectro pez con cara de hombre. Para acabar con él seria menester exorcizarlo o pescarlo. Entre tanto es siniestro.

Nada asusta tanto como percibirle. Encima de las olas y de la marejada, al trasluz del denso velo de la bruma, se entrevé un lincamiento que es un ser; una frente deprimida, una nariz aplastada, unas orejas chatas, una boca desmedida y sin dientes, un hocico verdoso, unas cejas triangulares y unos grandes ojos muy alegres.

Es rojo cuando el relampago es lívido, y palido cuando el relampago es de color de púrpura. Tiene una barba rígida que, cortada en cuadro, se destaca de una membrana a manera de esclavina que esta adornada con catorce conchas, siete anteriores y siete posteriores. Estas conchas sou extraordinarias en concepto de todos los peritos en conchas. El Roi des Auxcriniers no es visible sino cuando esta el mar violentamente agitado. Es el farsante lúgubre de la tempestad. Se ve esbozarse su forma en la niebla, en la racha de viento, en la lluvia. Su vientre es asqueroso. Una armadura de escamás le tapa los costados como si fuese un chaleco.

Se sube a lo más alto de las olas encrespadas que brotan bajo la presion de las rafagas, y se retuercen como las virutas que salen del cepillo del carpintero. Se mantiene todo entero fuera de la espuma, y si hay en el horizonte buques en peligro, palidece en la sombra con el semblante iluminado por el resplandor de una vaga sonrisa, y empieza a bailar con ademanes locos y terribles.

Es un terrible encuentro.

En la época en que Gilliatt era una de las preocupaciones de Saint-Sampson, las últimás personas que habían visto al Roi des Auxcriniers, declaraban que en su esclavina no habían notado más que trece conchas. Trece; esto era muy peligroso.

¿Qué se había hecho la que hacía el número catorce? ¿Se la había dado a alguien? ¿A quién se la había dado? Nadie podía decirlo, y era preciso limitarse a simples congeturas.

Lo cierto es que M. Lupin-Mabier, del lugar de las Godainas, hombre de peso, propietario de muchas campanillas, estaba dispuesto a asegurar, bajo juramento, que vio un día en manos de Gilliatt una concha singularísima.

No era raro oir entre dos lugareños entablarse los dialogos siguientes:

—¿No es verdad, vecino, que tengo un buey excelente?

—Hinchado, compadre,

—Es posible.

—Tiene más sebo que carne.

—¿De veras?

—¿Estais seguro de que Gilliatt no le ha hecho mal de ojo?

Gilliatt se detenía en la margen de los campos cerca de los labradores, y en la de las huertas cerca de los hortelanos, y solía dirigirles palabras misteriosas :

—Cuando el mordisco de diablo florezca, segad el centeno de invierno.

(Paréntesis: el mordisco de diablo es la escabiosa).

—Si el fresno echa hojas, habran terminado las heladas.

Nada asusta tanto como percibirle. Encima de las olas y de la marejada, al trasluz del denso velo de la bruma, se entrevé un lincamiento que es un ser; una frente deprimida, una nariz aplastada, unas orejas chatas, una boca desmedida y sin dientes, un hocico verdoso, unas cejas triangulares y unos grandes ojos muy alegres.

Es rojo cuando el relampago es lívido, y palido cuando el relampago es de color de púrpura. Tiene una barba rígida que, cortada en cuadro, se destaca de una membrana a manera de esclavina que esta adornada con catorce conchas , siete anteriores y siete posteriores. Estas conchas son extraordinarias en concepto de todos los peritos en conchas. El Roi des Auxcriniers no es visible sino cuando esta el mar violentamente agitado. Es el farsante lúgubre de la tempestad. Se ve esbozarse su forma en la niebla, en la racha de viento, en la lluvia. Su vientre es asqueroso. Una armadura de escamás le tapa los costados como si fuese un chaleco.

Se sube a lo más alto de las olas encrespadas que brotan bajo la presion de las rafagas, y se retuercen como las virutas que salen del cepillo del carpintero. Se mantiene todo entero fuera de la espuma, y si hay en el horizonte buques en peligro, palidece en la sombra con el semblante iluminado por el resplandor de una vaga sonrisa, y empieza a bailar con ademanes loeos y terribles.

Es un temble encuentro.

En la época en que Gilliatt era una de las preocupaciones de Saint-Sampson, las últimás personas que habían visto al Roi des Auxcriniers, declaraban que en su esclavina no habían notado más que trece conchas. Trece; esto era muy peligroso.

¿Qué se había hecho la que hacía el número catorce? ¿Se la había dado a alguien? ¿A quién se la había dado? Nadie podía decirlo, y era preciso limitarse a simples congeturas.

Lo cierto es que M. Lupin-Mabier, del lugar de las Godainas, hombre de peso, propietario de muchas campanillas, estaba dispuesto a asegurar, bajo juramento, que vio un día en manos de Gilliatt una concha singularísima. No era raro oir entre dos lugareños entablarse los dialogos siguientes:

—¿No es verdad, vecino, que tengo un buey excelente?

—Hinchado, compadre,

—Es posible.

—Tiene más sebo que carne.

—¿De veras?

—¿Estais seguro de que Gilliatt no le ha hecho mal de ojo?

Gilliatt se detenía en la margen de los campos cerca de los labradores, y en la de las huertas cerca de los hortelanos, y solía dirigirles palabras misteriosas:

—Cuando el mordisco de diablo florezca, segad el centeno de invierno.

(Paréntesis: el mordisco de diablo es la escabiosa).

—Si el fresno echa hojas, habran terminado las heladas.

—Solsticio de verano, cardo en flor.

—Si no llueve en junio, blanquearan los trigos. Temed el tizon.

—Si el cerezo forma sus racimos, desconfiad de la luna llena.

—Si el sesto día de la luna el tiempo sigue como el cuarto o el quinto, seguira lo mismo, de doce veces nueve en el primer caso, y de doce once en el segúndo, durante la luna toda.

—No perdais de vista a los vecinos que pleiteen con vosotros. Temed sus venganzas. Un cerdo a quien se da a beber leche caliente, revienta. Una vaca cuyos dientes so frotan con puerro, no come ya nunca más.

—El esperinque desova, cuidado con las calenturas.

—La rana aparece, sembrad los melones.

—La hepatica florece, sembrad el centeno.

—El tilo florece, segad los prados.

—El alamo de Flandes ú olmo de Iprea florece, entoldad los carros.

—El tabaco florece, cerrad los invernaderos.

Y, cosa terrible, el que seguía estos consejos no tenía motivos de arrepentirse.

En una noche de junio en que toco el bug pipe sentado en un mégano, por el lado de la Demie de Fontenelle, la pesca de la sarga tuvo un éxito desgraciado.

Cierta tarde, al bajar la marea, en la playa de en frente de su casa del Bu de la Calle, volco una carreta cargada de fuco. Sin duda tuvo miedo de gue se le encausase. pues se dio mucha prisa en ayudar a levantar la carreta, y la volvió a cargar él mismo.

Una niña de la vecindad estaba llena de piojos. Gilliatt había ido a Saint-Pierre Port, y volvió con un ungüento con que froto a la pobre criatura. Gilliatt con este procedimiento consiguio librarla de sus piojos, lo que prueba que él se los había pegado.

No hay quien no sepa que hay un maleficio para cargar al projimo de piojos.

Decíase que Gilliatt miraba los pozos, lo que es peligroso cuando la mirada es mala, y el hecho es que un día en los Arculons, cerca de Saint-Pierre Port, el agua de un pozo se torno malsana.

La buena mujer a quien pertenecia el pozo dijo a Gilliatt : Ved lo que os parece esta agua, y le dio un vaso de ella. Gilliatt dijo que le parecía muy gruesa. La buena mujer, que estaba recelosa, repuso: Saneadla pues. Gilliat le pregunto si tenía un establo, y si el establo tenía un sumidero, y si el conducto del sumidero pasaba cerca del pozo. La buena mujer contesto afirmativamente, y entonces Gilliatt entro en el establo, trabajo en el sumidero, vario el curso del conducto, y el agua del pozo volvió a ser potable.

En el país se despacharon a su gusto al comentar el hecho. Un pozo no es malo y luego bueno sin motivo; la enfermedad de aquel pozo no pareció natural, y era efectivamente difícil no creer que Gilliatt se había permitido respecto de su agua algún sortilegio.

Se noto que un día que había ido a Jersey se había alojado en Saint-Clement, calle de los Alleurs, que es como si dijéramos calle de los Aparecidos.

En las aldeas se recogen datos respecto de un hombre, se suman estos datos, y el total forma una reputacion.

Sucedio que Gilliatt fue sorprendido echando sangre por las narices. ¡Cosa grave! El patron de un barco que había navegado mucho, que había casi dado la vuelta al mundo, afirmo que en. el país de los Tungosos todos los habitantes echan sangre por las narices.

Cuando se ve a un hombre echar sangre por las narices, ya se sabe lo que esto significa. Sin embargo, las gentes reflexivas hicieron notar que lo que caracteriza a los hechiceros en Tungosia, puede muy bien no caracterizarles del mismo modo en Guernesey.

En las inmedíaciones de un San Miguel se le vio detenerse en un prado de los cercados de los Huriaux, que forman la margen de la carretera de los Videelins. Dio uu silbido en el prado, y un momento después apareció un ciervo, y otro momento después apareció una marica. Fue testigo del hecho un hombre notable, que, después de haber sido guarda de un soto, suministro importantes datos al encargado de componer un nuevo libro sobre reclamos.

En Hamel, en la veintena de la Epine, había algunas viejas que decían estar seguras de haber oido una mañana, al rayar el alba, a las golondrinas llamar a Gilliatt.

Añadase a lo dicho que Gilliatt no era bueno. Un día un pobre hombre apaleaba a un jumento. El jumento no se movia.

El pobre hombre le dio algúnos puntapies en el vientre, y el animal cayó.

Gilliatt acudio para ayudarle a levantarse, pero inútilmente.

El asno estaba muerto. Gilliatt abofeteo al pobre hombre.

Otro día, viendo a un muchacho bajar dejan arbol con un nido de verderones recien nacidos, sin plumás casi y enteramente desnudos, Gilliatt se lo quito, y llevo su. perversidad al estremo de colocarlo de nuevo en el arbol.

Los transeuntes le reconvinieron, y él por toda escusa no hizo más que indicarles el padre y la madre de los inocentes pajarillos que chillaban encima del arbol y volvian a su nido.

Tenía mucho cariño a los pajaros, y esta es otra señal en que se reconocen generalmente los hechiceros.

Los rapaces se complacen en vaciar los nidos de las gabiotas y alciones que anidan en los alcantilados. Cogen un gran número de huevos azules, amarillos y verdes con que forman rosetones en las delanteras de las chimeneas. Como los alcantilados están cortados a pico, algunas veces los rapaces resbalan, caen y se matan. Nada es tan hermoso como las mamparas adornadas con huevos de aves marítimás. Gilliatt no sabia qué inventar para hacer daño. Se encaramaba con peligro de su propia vida por las escarpaduras de las rocas marítimás, y colocaba en sus picos haees de heno con sombreros viejos y todo género de espantajos , a fin de impedir a los pajaros que anidasen en ellos, y por consiguiente que los rapaces cogiesen sus nidos.

Por todas estas razones Gilliatt era casi odioso en el país. Era un odio el que inspiraba muy fundado y legítimo.

La opinion respecto de Gilliatt uo se liabia ñjado de una manera bien determinada.

Generalmente se le creía tuarcou, como dicen los franceses , y algúnos llegaban ú tenerle por cambian. El cambian es el hijo que una mujer tiene del diablo.

Cuando una mujer ha tenido de un hombre siete varones seguidos, el sétimo es marcou, pero para eso es menester que ni una sola hembra interrumpa la, serie de los varones.

El marcou tiene una flor de lirio natural impresa en una parte cualquiera de su cuerpo, lo que hace que cure los lamparones y escrofulas tan bien como los reyes de Francia.

En Francia hay algúnos marcous en todas partes, particularmente en el Orleanés. Cada aldea del Gatinesado tiene su marcou. Basta para curar a los enfermos que el marcou sople en sus llagas o que les haga • tocar su flor de lirio. El éxito es sobre todo seguro en la noche del Viernes Santo. Diez años atras el marcou de Omes en el Gatinesado, llamado por sobrenombre el Hermoso Marcou y consultado en toda la provincia, era un tonelero llamado Foulon, que tenía caballo y coche. Para impedir sus milagros fue menester poner en juego la gendarmería.

Tenía la flor de lirio debajo de la tetilla izquierda. Otros marcous la tienen en otra parte.

Hay marcous en Jersey, en Aurigny y en Guernesey, lo que depende sin duda de los derechos que Francia tiene sobre el ducado de Normandía. ¿Qué significaria de otro modo la flor de lirio?

Hay tambien en las islas de la Mancha escrofulosos, por lo que en ellas los marcous son necesarios.

Algunas personas que se hallaban presentes un día que Gilliatt se bañaba en el mar creyeron verle la flor do lirio. Interrogado acerca del particular, por toda respuesta se echo a reir.

Porque algunas veces reia como los demás hombres.

Desde entonces no se le volvió a ver bañandose; no se bañaba sino en sitios peligrosos y solitarios, probablemente de noche, a la claridad de la luna, lo que no dejo de dispertar sospechas.

Los que se obstinaban en creerle cambion, es decir, hijo del diablo, se engañaban evidentemente. Habrian debido saber que apenas hay cambionos más que en Alemania. Pero cincuenta años atras el Velle y Saint-Sampson eran países ignorantes.

Decir que en Guernesey hay quien cree en algún hijo del diablo es evidentemente una exageracion.

Gilliatt, por lo mismo que inspiraba inquietudes, era consultado. Los labradores, aúnque con miedo , le visitaban para hablarle de sus enfermedades. Este miedo contribuye a inspirar confianza, y entre los campesinos cuanto más sospechoso es el médico, tanto más seguros parecen sus remedios. Gilliatt poseia medicamentos que había heredado de la mujer muerta, y los administraba sin retribucion algúna a quien se los pedía. Curaba los panadizos con la aplicacion de ciertas yerbas; con el licor de una de sus redomás cortaba las calenturas, y el químico de Saint Sampson , que en Francia seria farmacéutico, era de opinion de que el líquido con que Gilliatt combatía las tercianas era un cocimiento de quina. Los menos benévolos convenían sin repugnancia en que Gilliatt era un diablo bastante bueno para los enfermos cuando se trataba de sus remedios ordinarios; pero como marcou, no quería oir nada, y si un escrofuloso le pedía que le dejase tocar su flor de lirio, por toda respuesta le daba con la puerta en los hocicos. Hacer milagros era una cosa a que se negaba obstinadamente, lo que.en un hechicero es ridículo. No seas hechicero, pero si lo eres, cumple con tu oficio.

La antipatía universal tenía una o dos escepcioaes. El señor Laudoys, del Clos-L andes , era escribano cartulario de la parroquia de Saint-Pierre Port, encargado de las escrituras y guarda del registro de los nacimientos, matrimonios y defunciones. Hacía alarde de descender del tesorero de Bretaña Pedro Landoys, ahorcado «n 1485. Un día el señor Laudoys se estaba bañando, y alejandose demásiado de la orilla, corrio gran peligro de ahogarse. Gilliatt se echo al agua y salvo a Laudoys, esponiéndose a ser él el ahogado. Desde entonces Landoys no hablo mal de Gilliatt. A los que le echaban en cara su benevólencia, les respondía: ¿Por qué quereis que aborrezca a un Itombre que no me ha causado ningún daño y me ha prestado stis servicios?

El escribano cartulario hasta llego a ser amigo de Gilliatt. Era un hombre sin preocupaciones. Se reia de lo» que tienen miedo a los aparecidos. Tenía un barquichuelo» dedicaba a la pesca algunas horas de ocio , y nada estraordinario había visto nunca, como no fuese un día que a la claridad de la luna distinguio a una mujer blanca que se agitaba en el agua, y aún de eso no estaba muy seguro. Montonne Gahy, la bruja de Torteval, le había dado uii taleguillo que se ata al cuello debajo de la corbata y protege contra los espíritus.

El se burlaba del talego ignorando loque con tenía, sin embargo lo llevaba, sintiéndose más seguro con el amuleto.

Algunas personas atrevidas se aventuraban, siguiendo el ejemplo del señor Landoys, a reconocer en Gilliatt ciertas circunstancias atenuantes, algunas apariencias de buenas prendas, su sobriedad, su abstinencia de aguardiente y de tabaco , y algúno llego a hacer de él este bello elogio: No bebe, ni fuma, ni másca, ni toma rapé.

Pero la sobriedad no es una cualidad sino cuando se tienen otras.

La aversion pública seguía a Gilliatt.

Pero al fin, como marcou, Gilliatt podía prestar servicios. Cierto Viernes Santo, a medía noche, día y hora usados para esa especie de curaciones, todos los escrofulosos de la isla, por inspiracion propia o por convenio reciproco , se trasladaron en grupo al Bu de la Calle, suplicando a Gilliatt con las manos juntas que les curase. Él se nego, y su maldad quedo reconocida.

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