El Progreso del Peregrino -Por Juan Bunyan

9. marzo 2010

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Como les prometí y por el voto de “la mayoría” que querían leer El Progreso Del Peregrino.  Comenzaré a publicarlo, pero antes quiero dar a conocer a grandes rasgos,

LA VIDA DE JUAN BUNYAN

JUAN BUNYAN, hijo de un calderero, nació en Elstow., cerca de Bedford, el año 1628, en una época en la cual prevalecían las malas costumbres por todo el país de Inglaterra. Su educación fue la que los pobres podían dar a sus hijos en aquellos días. Asistió a la escuela primaria, y aprendió a leer y escribir; pero era un muchacho desaplicado, y muy pocos de su edad le aventajaban en maldecir, jurar,mentir y blasfemar. En sus días juveniles el terror era lo único que parecía tener alguna fuerza para sujetarle. Durante el día tenía frecuentes y tenebrosos presentimientos de la ira venidera, y de noche le sobresaltaban sueños horribles. Su imaginación concebía apariciones de malos espíritus que venían a llevárselo consigo, o le hacía pensar que había llegado el último día con todas sus terribles realidades.

Tales eran los temores de su juventud. Conforme fue creciendo se fue endureciendo su conciencia, sin que bastaran a despertarle ni a conmoverle los extraordinarios y providenciales acontecimientos que le ocurrieron. Dos veces estuvo a punto de morir ahogado. Durante la guerra civil fue obligado a servir en el ejército. En una ocasión, un compañero suyo que había pedido y obtenido permiso para sustituirle en una guardia, recibió un tiro en la cabeza y murió en aquel puesto.

Su matrimonio ejerció cierta influencia en su porvenir. La joven que tomó por esposa era muy pobre, y lo más valioso que tenía eran dos libros que su padre,hombre muy piadoso, le había dejado: El camino sencillo al cielo y la práctica de la piedad. La señora Bunyan leía con frecuencia estos libros en compañía de su marido, y le refería la vida santa que su padre había llevado. El resultado fue que Bunyan sintió un vivo deseo de reformarse, y así lo hizo; pero solamente en lo exterior. Su corazón no experimentó cambio alguno, y su vida siguió por el mismo camino de pecado que hasta entonces había seguido.

Un sermón que oyó acerca del pecado de no santificar el día de reposo, le impresionó fuertemente. La tarde del mismo día, estaba ocupado en diversiones, como era su costumbre hacerlo, cuando de pronto se agolparon en su mente pensamientos acerca del juicio venidero.  Quedó aterrado, imaginó oír una voz del cielo que le decía: "¿Quieres dejar tus pecados e ir al cielo, o prefieres retenerlos e ir al infierno?" Entonces cruzó por su conciencia, como un rayo, la convicción de que era un gran pecador; o que era ya tarde para buscar el perdón o el cielo.

Algún tiempo después trabó amistad con un cristiano, cuya piadosa conversación tocó de tal manera su corazón, que comenzó a leer la Biblia. Encontró en el libro las cosas que le alarmaron, y emprendió la reforma de palabras y de su vida; pero confiado solamente en sus propias fuerzas e ignorando el amor y la gracia de Jesucristo. Un día atrajeron su atención la conversación que sostenían tres mujeres piadosas, que se hallaban sentadas a la puerta de una casa en una de las calles de Bedford. Se acercó, y oyéndolas hablar de las cosas de Dios, de su obra en los corazones y de la paz de la reconciliación, vio que había en la religión algo que él no había conocido ni experimentado aún. Las palabras de aquellas mujeres no las olvidó nunca, y desde entonces abandonó la compañía de viciosos y buscó la sociedad de los que, al menos, tenían cierta reputación de piadosos.

Bunyan había ya emprendido su camino saliendo de la ciudad de Destrucción; pero cayó en muchos peligros y errores; apenas hay un temor de los muchos que pueden asaltar al espíritu ansioso de salvación que no inquietara alguna u otra vez su mente. Por largo tiempo fue como el hombre que él mismo describe en su libro, encerrado en una jaula de hierro, privado del gozo de las promesas divinas y esperando aterrado una segura condenación. Su lucha con el Maligno nos recuerda también el combate de Cristiano y Apollyón. Pero, según su propia y hermosa expresión, una mano misteriosa le alargó algunas hojas del árbol de la vida, que aplicó a las heridas que había recibido en la batalla, y fue curado al instante. La fe le llevó a la cruz de Cristo, y vino a ser más que vencedor por medio de Aquél que le amó. Poco después de esto hizo pública profesión de su fe y comenzó a predicar a otros el Salvador que él había encontrado.

Pronto tuvo que sufrir por causa de su religión. Entre los años 1655 y 1660 predicó a menudo en la vecindad de Bedford. En el año último fue arrestado y metido en la cárcel de Bedford, en la cual pasó doce años, exceptuando únicamente un breve intervalo de pocas semanas. Se ha dicho con frecuencia que Bunyan escribió EL PEREGRINO durante este encarcelamiento. Pero algunos eruditos han demostrado que fue en otro posterior y más breve encarcelamiento, en el año 1676, cuando escribió la primera parte de su obra inmortal, la cual se publicó en los primeros meses del año 1678. La segunda parte no apareció hasta el año 1685.

La obra de Bunyan ha sido elogiada por los literatos más eminentes. Ha sido traducida a numerosos idiomas, algunos de los cuales eran desconocidos para Europa en los días de Bunyan. Los misioneros han llevado este libro a casi todos los países del mundo, y ahora el Peregrino cuenta la historia de su viaje a los chinos en el Oriente, a los negros en el Occidente, o los groenlandeses en el Norte y a los isleños del Pacífico del Sur. La Sociedad de Tratados Religiosos, de Londres, ha ayudado a la impresión de esta obra en más de cien idiomas.

Bunyan fue autor de otra alegoría, La Guerra Santa, publicada en 1682, que sigue a EL PEREGRINO en mérito literario y religioso. Refirió también, de una manera inimitable, la historia de su vida y de sus experiencias religiosas en su libro Gracia Que Abundó Para el Mayor de los Pecadores, digno de figurar al lado de las Confesiones, de Agustín, y de las Conversaciones de sobremesa, de Lutero. Además de estas grandes obras, escribió muchos tratados, algunos de los cuales se leen todavía con placer y provecho.

En la cárcel aprendió Bunyan el arte de hacer encaje de flecos largos, con lo cual ayudaba a mantener a su familia. Después de su libertad vivió una vida muy útil a la obra de Cristo, como pastor de la Congregación independiente de Bedford, y como predicador y escritor. Murió en 1688, en una casa que tenía una tienda con la muestra “La Estrella”, y fue enterrado en Bunhill Fields.

-Liccy Fuentes

PROLOGO APOLOGÉTICO DEL AUTOR

No fue mi plan, cuando tomé la pluma para empezar la obra que te ofrezco, hacer un libro tal; no, me propuse Escribir una cosa de otro género, la cual, estando casi concluida, esta empezaba, sin fijarme en ello. Y era que al escribir sobre el camino por donde van los santos de este tiempo empleé con frecuencia alegorías sobre la senda que conduce al cielo, En más de veinte cosas que narraba, y otras tantas después se me ocurrieron. Brotaban de mi mente estas figuras como chispas sinnúmero del fuego, y dije: Si tan pronto aparecéis, en orden os pondré con justo método, no vayáis a llegar a lo infinito, y a consumir el libro ya compuesto. Lo hice así; mas no me proponía mostrar al mundo mis escritos nuevos; Lo que pensaba yo, no lo sabía; sólo sé que no tuve por objeto buscar de mis vecinos los aplausos, sino dejar mi gusto satisfecho.

En componer el libro mencionado sólo empleé de vacación el tiempo, por apartar mi mente, al escribirlo, de importunos, ingratos pensamientos. Así con gran placer tomé la pluma, y pronto consignaba en blanco y negro las ideas venidas a mi mente, sujetas todas al fijado método, hasta tener la obrita, como veis, su longitud, su anchura y su grueso.

Cuando estaba mi libro terminado, a varios lo mostré, con el intento de ver de qué manera lo juzgaban: Unos, Viva; otros, Muera, me dijeron. Unos me dicen: "Juan, imprime el libro." Otros me dicen: "No." Según criterio de varios, puede hacer un beneficio; Otros opinan con distinto acuerdo.

En esta variedad de pareceres, yo me encontraba como en un estrecho, Y pensé: Pues están tan divididos, lo imprimiré, y asunto ya resuelto. Porque —pensaba yo— si unos lo aprueban aunque otros avancen en canal opuesto. Con publicarlo se somete a prueba y se verá quién tiene más acierto. Y pensaba también: Si a los que quieren tener mi libro, a complacer me niego, no haré más que impedirles lo que puede ser un placer muy grande para ellos. A los que no aprobaban su lectura Les dije: Al publicarlo no les ofendo; Pues hay hermanos a los cuales gusta, aplazad vuestros juicios para luego.

¿No lo quieres leer? Déjalo: algunos comen carne, mas otros roen el hueso, y por si puedo contentar a todos, a todos hablo en los siguientes términos:

¿No conviene escribir en tal estilo? ¿Por escribir en él, acaso dejo de hacerte bien cual yo me proponía? ¿Por qué tal obra publicar no debo? Negras nubes dan lluvia, no las blancas. Más si unas y otras a la vez llovieron, la tierra con sus plantas las bendice, sin lanzar a ninguna vituperio, y recoge los frutos que dan ambas sin distinguir de dónde procedieron. Ambas convienen, cuando está la tierra estéril por falta de alimento; mas si está bien nutrida, las rechaza porque ya no le sirve de provecho.

Mirad al pescador cómo trabaja para coger los peces; qué aparejos dispone con astucia; cómo emplea redes, cuerdas, triángulos y anzuelos; Mas aun habiendo peces, no logrará pescarlos con sus varios instrumentos, si no los busca, los atrae, los junta y les enseña el codiciado cebo.

¿Y quién dirá las tretas y posturas que tiene que adoptar el pajarero, si quiere coger caza? Necesita red, escopeta, luz, trampa, cencerro, según las aves que coger pretenda, y son innumerables sus rodeos. Mas no le bastan; con silbido o toque atraerá tal pájaro a su cepo; pero si toca o silba, se le escapa, tal otro, que se coge con silencio.

Suele hallarse una perla en una ostra o quizá en la cabeza de un escuerzo. Pues si cosas que nada prometían, cosa mejor que el oro contuvieron, ¿Quién desdeña un escrito, que pudiera ayudarnos a buen descubrimiento? Mi libro (aun desprovisto de pinturas, juzgadas por algunos como mérito) No carece de cosas que superan a otras muchas tenidas en aprecio.

“Bien juzgado ese libro — dice alguno — Yo desconfío de su buen suceso." ¿Por qué? "Porque es oscuro." ¿Qué más tiene? "Es ficticio." ¿Qué importa? Yo sostengo que algunos, con ficciones y con frases oscuras, cual las mías, consiguieron hacer que la verdad resplandeciese con hermosos y fúlgidos destellos.

"Pero le falta solidez." Explícate. "Esas frases, al corto de talento le turban, y a nosotros las metáforas, en vez de iluminar, nos dejan ciegos." Solidez necesita quien escribe de las cosas divinas, es muy cierto; ¿Pero me falta solidez porque uso Metáforas? ¿Acaso no sabemos que con tipos, metáforas y sombras vino la ley de Dios y su Evangelio? En estas cosas el varón prudente no encuentra repugnancia ni defectos; Los halla sólo el que asaltar pretende la excelsa cima del saber supremo.

El prudente se inclina, reconoce que Dios habló por diferentes medios con ovejas, con vacas, con palomas, con efusión de sangre de corderos, y es feliz al hallar la luz y gracia que puso Dios en símbolos diversos.

No seáis presurosos en juzgarme falto de solidez, rudo en exceso: Lo que parece sólido, no siempre tiene la solidez que nos creemos, no despreciamos cosas en parábolas; A veces recibimos lo funesto, y privamos al alma de las cosas que le pueden hacer grande provecho. Mi frase oscura la verdad contiene, como el oro la caja del banquero.

Solían los profetas por metáforas enseñar la verdad: sí, quien atento a Cristo y sus apóstoles estudie, verá que la verdad así vistieron. ¿Temeré yo decir que la Escritura, Libro que a todos vence por su mérito, Está lleno doquier de analogías, de figuras, parábolas y ejemplos? Pues ese libro irradia los fulgores que nuestra noche en día convirtieron.

Vamos, que mi censor mire sus obras, y hallará más oscuros pensamientos que en este libro; sí, sepa que tiene en sus mejores cosas más defectos. Si apelamos ante hombres imparciales, por uno a su favor, yo diez espero que prefieran lo dicho en estas líneas a sus mentiras en brillante arreo.

Ven, Verdad, aun cubierta de mantillas, tú informas el juicio, das consejo, agradas a la mente y haces dócil la voluntad a tu divino imperio; Tú la memoria llenas con las cosas, que la imaginación ve con recreo y a la vez dan al ánimo turbado preciosa paz y bienhechor consuelo. Sanas frases, no fábulas de viejas, manda San Pablo usar a Timoteo; Más en ninguna parte le prohíbe el uso de parábolas y ejemplos, que encierran oro, perlas y diamantes, dignos de ser buscados con empeño.

Una palabra más. Hombre piadoso ¿Te ofendes? ¿Era acaso tu deseo que yo diese otro traje a mis ideas, o que fuese más claro, más expreso? Déjame proponer estas tres cosas, y al fallo de mis jueces me someto. Hallo que puedo usar, nadie lo niega, mi sistema, si abuso no cometo, con palabras, con cosas, con lectores; Si en el uso de símiles soy diestro y en aplicarlos, procurando sólo de la verdad el rápido progreso. ¿Negar he dicho? No; tengo licencia (Y también de hombres santos el ejemplo, que agradaron a Dios en dichos y obras más que cualquiera del presente tiempo) Para expresar las cosas excelentes en sumo grado que pensadas tengo.

Hallo que hombres de talla cual los árboles en diálogos escriben, y por eso nadie los menosprecia; quien merece maldición es quien usa su talento en abusar de la verdad, que debe llegar a ti y a mí, según los medios que Dios quiera emplear; porque, ¿quién sabe mejor que Dios, el que enseñó primero el uso del arado, cómo debe dirigir nuestra pluma, y pensamiento? El es quien hace que las cosas bajas suban a lo divino en raudo vuelo.

Hallo que la Escritura en muchas p
artes presenta semejanza con mi método, pues nombrando una cosa, indica otra; Se me permite, pues, sin detrimento de la verdad, que con sus rayos de oro lucirá como el sol en día espléndido.

Y ahora, antes de soltar la pluma, de este mi libro mostraré el provecho, y él y tú quedan en la mano que alza a los humildes y hunde a los soberbios. Este libro a tu vista pone al hombre que va buscando incorruptible premio: Muestra de dónde viene, a dónde marcha, lo que deja de hacer y deja hecho; Muestra cómo camina paso a paso, hasta que llega vencedor al cielo.

Muestra, además, a los que van con brío esa corona, al parecer, queriendo; Más veréis la razón por la cual pierden sus trabajos y mueren como necios.

Mi libro hará de ti fiel peregrino, si te quieres guiar por sus consejos; él te dirigirá a la Santa Tierra, si de su dirección haces aprecio; El hará ser activos a los flojos, y hará ver cosas bellas a los ciegos.

¿Eres algo sutil y aprovechado? ¿Quieres una verdad dentro de un cuento? ¿Eres olvidadizo? ¿Desearás en todo el año conservar recuerdos? Pues lee mis ficciones, que se fijan en la mente, y al triste dan consuelo. Para afectar al hombre indiferente está escrito este libro en tal dialecto; Parece novedad, y sólo encierra sana y pura verdad del Evangelio.

¿Quieres quitar de ti melancolía? ¿Quieres tú, sin locura, estar contento? ¿Quieres leer enigmas explicados, o contemplar absorto y en silencio? ¿Quieres manjar sabroso? ¿Ver quisieras un hombre que te habla en nube envuelto? ¿Quieres soñar, mas sin estar dormido? ¿Quieres llorar y reír al mismo tiempo?

¿Quieres perderte sin que sufras daño, y encontrarte después sin embeleso? ¿Quieres leer tu vida, sin que sepas que la estás en mis páginas leyendo, Y ver si eres bendito, o todavía no has alcanzado bendición del cielo? Oh, ven acá, coge mi libro y ponlo junto a tu corazón y a tu cerebro.

-JUAN BUNYAN

Viaje de Cristiano A La Ciudad Celestial, Bajo El Símil De Un Sueño

CAPITULO PRIMERO

Principia el sueño del autor. —Cristiano, convencido de pecado, huye de la ira venidera, y es dirigido por Evangelista a Cristo. Caminando iba yo por el desierto de esteimage mundo, cuando me encontré en un paraje donde había una cueva; busqué refugio en ella fatigado, y habiéndome quedado dormido,tuve el siguiente sueño: Vi un hombre en pie, cubierto de andrajos, vuelto de espaldas a su casa, con una pesada carga sobre sus hombros y un libro en sus manos. Fijando en él mi atención, vi que abrió el libro y leía en él, y según iba leyendo, lloraba y se estremecía, hasta que, no pudiendo ya contenerse más, lanzó un doloroso quejido y exclamó:

— ¿Qué es lo que debo hacer?
En este estado regresó a su casa, procurando reprimirse todo lo posible para que su mujer y sus hijos no se apercibiesen de su dolor. Mas no pudiendo por más tiempo disimularlo, porque su mal iba en aumento, se descubrió a ellos y les dijo:
—Queridísima esposa mía, y vosotros, hijos de mi corazón; yo, vuestro amante amigo, me veo perdido por razón de esta carga que me abruma. Además, sé ciertamente que nuestra ciudad va a ser abrasada por el fuego del cielo, y todos seremos envueltos en catástrofe tan terrible si no hallamos un remedio para escapar, lo que hasta ahora no he encontrado.
Grande fue la sorpresa que estas palabras produjeron en todos sus parientes, no porque las creyesen verdaderas, sino porque las miraban como resultado de algún delirio. Y como la noche estaba ya muy próxima, se apresuraron a llevarle a su cama, en la esperanza de que el sueño y el reposo calmarían su cerebro. Pero la noche le era tan molesta como el día; sus párpados no se cerraron para el descanso, y la pasó en lágrimas y suspiros.
Interrogado por la mañana de cómo se encontraba, —Me siento peor—contestó—y mi mal crece a cada instante. — Y como principiase de nuevo a repetir las lamentaciones de la tarde anterior, se endurecieron contra él, en lugar de compadecerle. Intentaron entonces recabar con aspereza lo que los medios de la dulzura no habían conseguido; se burlaban unas veces, le reñían otras, y otras le dejaban completamente abandonado. No le quedaba, pues, otro recurso que encerrarse en su cuarto para orar y llorar, tanto, por ellos como por su propia desventura, o salirse al campo y desahogar en su espaciosa soledad la pena de su corazón.
En una de estas salidas le vi muy decaído de ánimo y sobremanera desconsolado, leyendo en su libro, según su costumbre; y según leía le oí de nuevo exclamar:

—¿Qué he de hacer para ser salvo? — Sus miradas inquietas se dirigían a una y otra parte, como buscando un camino por donde huir; mas permanecía inmóvil, porque no le hallaba, a tiempo que vi venir hacia él un hombre llamado Evangelista, y oí el siguiente diálogo:
EVANGELISTA. — ¿Por qué lloras?
CRISTIANO (tal era su nombre). — Este libro me dice que estoy condenado a morir; y que después he de ser juzgado, y yo no quiero morir ni estoy dispuesto para el juicio.
EVANG. — ¿Por qué no has de querer morir, cuando tu vida está llena de tantos males?
CRIST. — Porque temo que esta carga que sobre mí llevo me ha de sumir más hondo que el sepulcro, y que he de caer en Tofet (lugar de fuego). Y si no estoy dispuesto para ir a la cárcel, lo estoy menos para el juicio, y muchísimo menos para el suplicio. ¿No quieres, pues, que llore y que me estremezca?
EVANG. — «Entonces, ¿por qué no tomas una resolución? Toma, lee.
CRIST. (Recibiendo un rollo de pergamino y leyendo.) — "¡Huye de la ira venidera!".
¿Adonde y por dónde he de huir? EVANG. (Señalando a un campo muy espacioso.)
— ¿Ves esa puerta angosta?
CRIST. — No.
EVANG. — ¿Ves allá, lejos, el resplandor de una luz?. CRIST. — ¡Ah!, sí.
EVANG. — No la pierdas de vista; ve derecho hacia ella, y hallarás la puerta; llama, y
allí te dirán lo que has de hacer.

Viaje de Cristiano A La Ciudad Celestial, Bajo El Símil De Un Sueño

CAPITULO II

Cristiano echó a correr en la dirección que se le había marcado; mas no se había alejado aún mucho de su casa cuando, se dieron cuenta su mujer e hijos, empezaron a dar voces tras él, rogándole que volviese. Cristiano, sin detenerse y tapando sus oídos, gritaba desaforadamente: —¡Vida!, ¡Vida!, ¡Vida eterna! — Y sin volver la vista atrás, siguió corriendo hacia la llanura.

A las voces acudieron también los vecinos. Unos se burlaban de verle correr; otros le amenazaban, y muchos le daban voces para que volviese. Dos de ellos, Obstinado y Flexible, pretendieron alcanzarle para obligarle a retroceder, y aunque era ya mucha la distancia que los separaba, no pararon hasta que le dieron alcance.  — Vecinos míos— les dijo el fugitivo—, ¿a qué habéis venido?  —A persuadirte a volver con nosotros —dijeron. —Imposible —contestó él— la ciudad donde viven y donde yo también he nacido, es la Ciudad de Destrucción; me consta que es así, y los que en ella moran, más tarde o más temprano, se hundirán más bajo que el sepulcro, en un lugar que arde con fuego y azufre. Ea, pues, vecinos, ánimo y vengan conmigo.

OBSTINADO. — Pero, ¿y hemos de dejar nuestros amigos y todas nuestras comodidades?
CRIST. — Sí, porque todo lo que tengan que abandonar es nada al lado de lo que yo busco gozar. Si me acompañan, también ustedes gozarán conmigo, porque allí hay cabida para todos. Vamos, pues, y por ustedes mismos infórmense de la verdad de cuanto les digo.
OBST. — ¿Pues qué cosas son esas que tú buscas, por las cuales lo dejas todo?
CRIST. — Busco una herencia incorruptible, que no puede contaminarse ni marchitarse, reservada con seguridad en el cielo, para ser dada a su tiempo a los que
la buscan con diligencia. Esto dice mi libro, léanlo si gustan, y se convencerán de la verdad.

OBST. — Necedades. Deja de hablarnos de tal libro. ¿Quieres o no volver con nosotros?
CRIST. — ¡Oh!, nunca, nunca. He puesto ya mi mano al arado.
OBST. — Vámonos, pues, vecino Flexible, y abandonémosle. Hay una clase de entes, tontos como éste, que cuando se les mete una cosa en la cabeza, se creen más sabios que los siete famosos de Grecia.
FLEX. — Nada de insultos, amigo. ¿Quién sabe si será verdad lo que Cristiano dice?  Y entonces vale mucho más lo que él busca que todo lo que nosotros poseemos; me voy inclinando a seguirle.

OBST. — ¡Cómo! ¿Más necios aún? No seas loco, y vuelve conmigo. ¡Sabe Dios adonde te llevará ese mentecato! Vámonos, no seas tonto.
CRIST. — No hagas caso, amigo Flexible; acompáñame, y tendrás no sólo cuanto te he dicho, sino muchas cosas más. Si a mí no me crees, lee este libro, que está sellado con la sangre del que lo compuso.
FLEX. — Amigo Obstinado, estoy decidido; voy a seguir a este hombre y unir mi suerte con la suya. Pero (dirigiéndose a Cristiano), ¿sabes tú el camino que nos ha de llevar al lugar que deseamos?
CRIST. — Me ha dado la dirección un hombre llamado "Evangelista"; debemos ir en busca de la puerta angosta que está más adelante, y en ella se nos darán informes sobre nuestro camino.
FLEX. — Adelante, pues; marchemos. Y emprendieron juntos la marcha. Obstinado se volvió solo a la ciudad, lamentándose del fanatismo de sus dos vecinos. Estos
continuaron su camino, hablando amistosamente de la necia terquedad de Obstinado, que no había podido sentir el poder y terrores de lo invisible, y la grandeza de las cosas que esperaban: —Las concibo—decía Cristiano—; pero no hallo palabras bastantes para explicarlas. Abramos el libro y leámoslas en él.
FLEX. — Pero, ¿y tienes convencimiento de que sea verdad lo que el libro dice?
CRIST. — Sí, porque lo ha compuesto Aquel que ni puede engañarse ni engañarnos.
FLEX. — Léeme, pues.

CRIST. — Se nos dará la posesión de un reino que no tendrá fin, y se nos dotará de Vida eterna para que podamos poseerle para siempre. Se nos darán coronas de gloria y unas vestiduras resplandecientes como el sol en el firmamento. Allí no habrá llanto ni dolor, porque e1 Señor del reino limpiará toda lágrima de nuestros ojos.
FLEX. — ¡Qué bello y magnífico es esto! ¿Y cuál será allí nuestra compañía?
CRIST. — Estaremos con los serafines y querubines, criaturas cuyo brillo nos deslumbrará: encontraremos también allí a millares que nos han precedido, todos inocentes, amables y santos, que andan con aceptación en la presencia de Dios para siempre. Allí veremos los ancianos con sus coronas de oro, vírgenes y santos
cantando dulcemente con sus arpas de oro, tantos hombres a quienes el mundo descuartizó, que fueron abrasados en las hogueras, despedazados por las bestias
feroces, arrojados a las aguas, y todo por amor al Señor de ese reino, todos felices vestidos todos de inmortalidad.
FLEX. — La simple relación de esto arrebata de entusiasmo mi alma. ¿Pero es verdad que hemos de gozar de todas estas cosas? ¿Y qué hemos de hacer para conseguirlo?
CRIST. — El Señor del reino lo ha consignado en este libro, y, en suma, es lo siguiente: "Si verdaderamente lo deseamos, El no los concederá de balde."
FLEX. — Bien, buen amigo. Mi corazón salta de alegría; sigamos adelante, y apresuremos nuestra llegada.

CRIST. — ¡Ay de mí! No puedo ir tan de prisa como quisiera, porque esta carga me abruma.
En tal conversación iban agradablemente entretenidos cuando los vi llegar a la orilla de un cenagoso pantano que había en la mitad de la llanura, y descuidados se
precipitaron en él. Se llamaba el Pantano del Desaliento. ¡Pobres! Los vi revolcarse en su fango, llenándose de inmundicia, y cristiano, por su parte, hundiéndose en el cieno a causa de su pesada carga.

— ¿Dónde nos hemos metido? — exclamó Flexible.
—No lo sé —respondió Cristiano. — ¿Es ésta —repuso aquél muy enfadado— la dicha que poco ha tú me ponderabas tanto? Si tan mal lo pasamos al principio de nuestro viaje, ¿qué no podemos esperar antes de concluirlo? Salga yo bien de ésta, y podrás tú gozar sólo la plena posesión del país tan magnífico. Hizo después un supremo esfuerzo, y de dos o tres saltos se puso en la orilla que estaba más inmediata a su casa. Se marchó, y Cristiano no le volvió a ver ya más.
Este, por su parte, seguía revolcándose en el fango, cayendo unas veces y levantándose, y volviendo a caer; pero siempre adelantando algo en la dirección contraria a la de su casa, aproximándose a la de la puerta angosta; pero la pesada carga que llevaba sobre sí le impedía mucho, hasta que llegó una persona, llamada Auxilio, quien dirigiéndose a él, le dijo:
AUXILIO. — Desgraciado, ¿cómo has venido a parar aquí?
CRIST. — Señor, un hombre, llamado Evangelista, me señaló esta dirección, y me añadió que por esa puerta angosta yo me vería libre de la ira venidera. Seguí su
consejo, y he venido adonde me ves.
AUXILIO. — Sí; pero ¿por qué no buscaste las, piedras colocadas para pasarlo?
CRIST. — Era tanto el miedo que de mí se apoderó que, sin reparar en nada, eché por el camino más corto, y caí en este lodazal.
AUXILIO. — Vamos, dame la mano. Cristiano vio los cielos abiertos; se asió de la mano de Auxilio, salió de su mal paso, y ya en terreno firme, prosiguió su camino,
como su libertador le había dicho.
Entonces yo me acerqué a Auxilio y le preg
unté: — ¿Por qué siendo éste el camino directo entre la ciudad de Destrucción y esa portezuela, no se manda componer este sitio en bien de los pobres viajeros? —Es imposible —me respondió—: es el lodazal adonde afluyen todas las heces e inmundicias que siguen a la convicción de pecado; por eso se llama el Pantano del Desaliento. Cuando el pecador se despierta al conocimiento de sus culpas y de su estado de perdición, se levantan en su alma dudas, temores, aprensiones desconsoladoras, que se juntan y se estancan en este lugar. ¿Comprendes ya por qué es tan malo e incapaz de composición?  No era seguramente la voluntad del Rey que quedase tan malo; sus obreros han  estado por espacio de muchos siglos, y bajo la dirección de los ingenieros de S. M., haciendo cuanto estaba en su poder para componerlo. ¡Cuántos miles de carros y cuantos millones de enseñanzas saludables se han hecho venir aquí de todas partes y dominios de S. M.!  Y a pesar de que los inteligentes dicen que estos son los mejores materiales para componerlo, ni se ha podido lograr hasta hoy, ni se logrará en adelante. El Pantano subsiste y subsistirá.  Lo único que se ha podido hacer, está hecho. Se han colocado en medio de él, por orden del Legislador, unas piedras buenas, sólidas, por donde se podría pasar; pero cuando el lodazal se agita, y esto sucede siempre que hay variación de tiempo, despide unos miasmas que exhalan a los pasajeros, y éstos no ven las piedras y caen en el fango. Por fortuna, cuando logran llegar a la puerta, ya tienen terreno sólido y bueno.
Después de esto vi que, habiendo llegado Flexible a su casa, sus vecinos fueron en tropel a visitarle. Unos alababan su prudencia, porque se había retirado a tiempo de la empresa; otros le censuraban, porque se había dejado engañar de Cristiano, y algunos le calificaban de cobarde, porque, puesto una vez su pie en el camino, algunas pequeñas dificultades no debieran haber sido bastante para hacerle retroceder. Flexible se sintió abatido y avergonzado; pero se repuso muy pronto, y entonces todos a coro se burlaban de Cristiano en su ausencia. Con esto ya no pienso volver a ocuparme más de Flexible.

Viaje de Cristiano A La Ciudad Celestial, Bajo El Símil De Un Sueño

CAPITULO III

imageCristiano, aunque solo ya, emprendió con buen ánimo su marcha, y vio venir hacia sí, por medio de la llanura a uno que al poco trecho se encontró con él en el punto en que se cruzaban sus respectivas direcciones. Se llamaba Sabio-según-el-mundo, y habitaba en una ciudad llamada Prudencia-carnal, ciudad de importancia, a poca distancia de la ciudad de Destrucción. Había oído hablar de Cristiano, pues su salida de la ciudad había hecho mucho ruido por todas partes, y viéndole ahora caminar tan fatigado por su carga, y oyendo sus gemidos y suspiros, trabó con él la siguiente conversación:
SABIO. — Bien hallado seas, buen amigo; ¿adonde se va con esa pesada carga?
CRIST. — En verdad que es pesada; tanto, que, en mi sentir, nadie jamás la ha llevado igual. Me dirijo a la puerta angosta, que está allá delante, pues se me ha informado que allí me comunicarán el modo de deshacerme de ella.
SAB. — ¿Tienes mujer e hijos?
CRIST. — Sí, los tengo; pero esta carga me preocupa y me abruma tanto, que no siento ya en ellos el placer que antes tenía, y apenas tengo conciencia de tenerlos.
SAB. — Vamos, escúchame, que creo poder darte muy buenos consejos sobre la materia.

CRIST. — Con mucho gusto, pues estoy muy necesitado de ellos.
SAB. — Mi primer consejo es que cuanto antes te deshagas de esa carga; mientras así no lo hagas, tu espíritu carecerá de tranquilidad, y no te será posible gozar, como corresponde, de las bendiciones que te ha concedido el Señor.
CRIST. — Eso es precisamente lo que voy buscando, pues ni yo puedo hacerlo por mí mismo, ni se encuentra en nuestro país quien pueda; he aquí lo que me ha movido emprender este camino en busca de tanta ventura.
SAB. — ¿Quién te lo ha aconsejado?
CRIST. — Una persona al parecer muy respetable y digna de consideración. Recuerdo que se llamaba Evangelista.
SAB. — Maldición sobre él por tal consejo. Precisamente este camino es el más molesto y peligroso del mundo. ¿No has empezado ya a experimentarlo? Te veo ya
lleno del lodo del Pantano del Desaliento, y cuenta que eso no es más que el primer eslabón de la cadena de males que por tal camino te esperan. Soy más viejo que tú, y he oído a muchos dar testimonio en sus personas de que en él encuentran cansancio, penalidades, hambre, peligros, cuchillo, desnudez, leones, dragones, tinieblas, en una palabra: muerte con todos sus horrores. Créeme: ¿por qué se ha e perder un hombre por dar oídos a un extraño?
CRIST. — Señor mío: de muy buen grado sufriría yo cuanto usted acaba de decirme a cambio de verme libre de esta carga, más pesada y más terrible para mí que todo eso.
SAB. — ¿Y cómo vino sobre ti esa carga?

CRIST. — Leyendo este libro que tengo en mis manos.
SAB. — Ya me lo figuraba yo así. Uno de tantos imbéciles, que por meterse en cosas para ustedes demasiado elevadas, vienen a dar en tales dificultades, que les trastornan el seso, y los arrastran a aventuras desesperadas para lograr una cosa que ni aun saben lo que es.
CRIST. — Pues yo por mi parte sé muy bien lo que quiero, es echar de mí tan pesada carga.
SAB. — Lo comprendo, sí; pero, ¿por qué has de buscarlo por un camino tan peligroso, cuando yo puedo enseñarte otro sin ninguna de tales dificultades? Ten un
poquito de paciencia y óyeme: mi remedio está a la mano, y en él, en lugar de peligros, hallarás seguridad, amigos y satisfacciones.
CRIST. — Háblame, pues, pronto, señor, que se lo pido con mucha necesidad.
SAB. — Mira: en ese pueblo próximo que se llama Moralidadad, vive un caballero de mucho juicio y grande reputación, llamado Legalidad, muy hábil para ayudar a personas como tú, habilidad que tiene acreditada con muchos; sobre esto tiene también suerte para curar a personas tocadas en su cerebro. Ve a él, te aseguro un pronto y fácil alivio. Su casa dista escasamente un cuarto de legua, y si el no estuviese, tiene un hijo, joven muy aventajado, cuyo nombre es Urbanidad, y que podrá servirte tan bien como su mismo padre. No dudes en ir allá. Y si no estás dispuesto como no debes estarlo, a volver a tu ciudad, puedes hacer venir a tu mujer y tus hijos, pues hay en ese pueblo las casas vacías, y puedes tomar una de ellas a precio muy barato. Otra cosa muy buena encontrarás ahí: vecinos honrados, de buen tono y de finos modales. La Vida también muy barata. Cristiano, al oír esto, estuvo por algunos instantes, indeciso, más pronto le vino este pensamiento: si es verdad lo que se me acaba de decir, la prudencia manda seguir los consejos de este caballero. Dijo, pues, a Sabiosegún-mundo:
CRIST. — ¿Cuál es el camino que lleva a la casa de ese hombre?
SAB. — Mira, tendrás que pasar por esa montaña alta, y la primera casa que encuentres es la suya. Cristiano torció inmediatamente su camino para ir a la del Sr. Legalidad en busca de auxilio. Nunca lo hubiera hecho. Cuando llegó al pie de la montaña, le pareció tan alta y tan pendiente, que tuvo miedo en avanzar, no fuese que se desplomase sobre su cabeza; se paró sin saber qué partido tomar. Entonces también sintió más que nunca lo pesado de su carga, a la vez que vio salir de la montaña relámpagos y llamas de fuego, que amenazaban devorarle. Le asaltaron, pues, grandes temores y se estremeció de terror. —¡Ay de mí! exclamaba—. ¿Por qué habré hecho caso de los consejos de Sabio-segúnel-mundo-?  Y cuando era presa de estos temores y remordimientos vio a Evangelista que se le acercaba. ¡Qué vergüenza! ¡Qué estremecimiento sintió en todo su ser, al ver la severa mirada de Evangelista!, quien le interpeló así:

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5 Comentarios en 'El Progreso del Peregrino -Por Juan Bunyan'

  1. Judith Dijo 9. marzo 2010 : 8:25 AM:

    Querida Liccy, ya extrañaba al Peregrino y pensé si se habría cansado en su largo y dificultoso viaje, pero gracias a Dios que no ha sido así, y que al fin llegó. Gracias por esforzarte en compartir con nosotras esta alegoría tan interesante, que tantas lecciones contiene. Que Dios te siga usando para su gloria. Besitos

  2. zandra Dijo 9. marzo 2010 : 12:35 PM:

    Yo como Judith,ya estaba apunto de escribirte ,para decirte que me habías dejado a medias, asique gracias por que está muy lindo ,me encanta y a mi hija tambien, muchas gracias por seguir poniendolo , un abrazo

  3. Liccy Dijo 9. marzo 2010 : 8:55 PM:

    Queridas amigas Judith y Zandra, ya este fue el último capítulo del Peregrino. Pensaba publicar La Peregrina, pero lo pueden encontrar ahí en Recursos Cristianos. Gracias por llegar conmigo hasta el final. Saben que las quiero,
    Besitos

  4. Yeraida Dijo 13. marzo 2010 : 10:27 AM:

    No sabía que estaba “La Peregrina”, muchas gracias por este inmenso trabajo, llevaba tiempo queriendo leerlo porque había oido que era uno de los libros que, como dicen, debia leerse antes de morir, jaja.
    Pero bueno, gracias al Rincón y ak gran trabajo de la hermana lo he podido hacer y me ha ayudado mucho, gracias!

  5. Alma Vega Dijo 2. abril 2010 : 2:14 PM:

    Queridas hermanas del ricon saludos en el nombre del señor deseando que Dios les bendiga , pues quiero decirles que este dia estube leyendo algunos articulos y me parecieron de suma importancia especialmente el que habla de que el tiempo del señor esta serca y el mensaje del espiritu santo de Eric Fuentes que dice que tengan cuidado con los entretenimienntos porque le estan robando el tiempo alseñor, que bueno es el señor siempre nos habla demuchas maneras glorificado sea sunombre por todo loque hace .Espero que Dios les siga usando para su honra y su gloria.

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