Amarilis
4. octubre 2011
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Para entonces el pueblito era un hervidero de curiosos que salían a las calles para vernos y darnos la bienvenida. De hecho, esa tarde, al saber nuestro arribo, habían preparado una festividad, pues nuestra llegada resultaba un acontecimiento extraordinario. Los niños se nos acercaban y nos observaban con curiosidad, y algunos, los más avispados, nos hacían preguntas; que de qué país veníamos, que si hablábamos en español, etc. Lo que más me impresionó fue la paupérrima pobreza en la que vivían aquellos aldeanos. La mayoría indios que, por sus trajes, parecían proceder de distintas etnias o tribus. Algunas mujeres cargaban sus críos sobre la espalda, dejando al descubierto sus pechos con la mayor naturalidad. Rara vez hacían contacto visual con nosotros, más bien rehuían nuestra presencia, o por timidez o por un rechazo ancestral que les recordaba la tradición oral del drama del contacto con otras razas y las consecuencias desastrosas de los europeos en tiempos de la conquista. Otros parecían más accesibles. Después supe que algunos sólo venían al pueblo a comprar o vender sus tejidos, que eran un portento de coloridos diseños y otras expresiones de arte folclórico, pero siempre tímidos, suspicaces, inaccesibles. Esa tarde, casi toda la marinería en tierra nos dirigimos por una ancha avenida de lajas de piedra hasta la placita central de la aldea, donde se daban cita, no sólo los habitantes del villorrio, sino muchos visitantes de otras comarcas y los ejecutivos del aserradero que habían organizado el jolgorio. Tocaba una banda musical música folclórica, y mujeres ataviadas con trajes de vivos colores realizaban danzas indígenas con asombrosa maestría. Habían decorado con pencas de palmas y listones, y suspendido sobre el alero del kiosco, donde se hallaban los músicos. Un rótulo con renglones medio torcidos donde se leía: “Bienvenido Vaporinos”.
Yo reflexionaba en lo paradójico del hecho; cuántas veces habíamos arribado a otras partes del mundo donde nuestra llegada pasaba poco menos que desapercibida –excepto por las autoridades portuarias de rigor-; metrópolis donde no éramos más que una estadística naviera, un barco más entre otros tantos. Los taxis esperando en fila, seguros de que verían descender por la escala a la marinería ávidos de ser conducidos por los antros de sus preferencias. Algunos tan incautos que dejaban gran parte de sus salarios en las mesas de juego, en las botellas y en el elástico de los bikinis de las cabareteras que les hacían creer que eran únicos, y los embaucaban para sacarles lo más posible en el tiempo más corto. Cuando se emborrachaban, fanfarrones echaban más rápido el contenido de sus bolsillos sobre las mesas, y entonces, despojados de cualquier atractivo las mujeres no se le acercaban, y ellos, impertinentes, reclamaban la misma atención de la víspera; entonces entraban en función los guardias de seguridad, musculosos e intransigentes que, sin contemplaciones, los sacaban a empujones del local y sanseacabó. Llegaban en taxis al barco suplicando que se les prestara lo suficiente para pagarle al chofer, que las más veces reclamaba más de lo debido, aprovechando las circunstancias. Los que no llegaban, muchas veces corrían con peor suerte, pues pegaban sus camorras tras las rejas desde donde no dejaban de llamar pidiendo ayuda. Y lo más desconcertante es que esta absurda conducta se había convertido en un círculo vicioso. Era de oír los relatos durante las travesías, todas con un común denominador: Haberse quedado sin plumas y cacareando. ¡Ay, pobres diablos!
Ha comenzado la celebración. Abundan las botellas, el puerco asado y otros manjares para mí desconocidos. Observo desde cierta distancia, pues nunca he sido dado a estos esparcimientos, y en eso del baile tengo la gracia de un paquidermo. Me es más atractivo observar el comportamiento humano en estas instancias, y debo confesar que esta inhabilidad para la danza me viene de una reflexión juvenil, cuya apreciación pienso me causó cierto trauma, imposibilitándome para esta actividad. Todo ocurrió cierta vez cuando me acercaba a un baile de una prima que cumplía sus quince, y como se celebraba a la intemperie, observé las figuras contorsionándose, cuando aún no podía oír la música y me pareció grotesco ver desde lejos los movimientos que parecían absurdos, y desde entonces no me fue posible sentir la menor atracción por el baile, aunque reconozco que tiene sus aspectos positivos; sobre todo, resulta un gran ejercicio. Pero debo volver al meollo del relato. Aquí en este remoto lugar somos agasajados, y nos sentimos tratados con tal deferencia, que todos empiezan a sentir sentimientos afectuosos por los lugareños. Con el curso de los días, esta familiaridad se irá estrechando hasta tocar aun los corazones más reacios e indiferentes. Se van dejando arrobar por las muestras afectivas de los aldeanos. Yo, por mi parte, visitando uno de los establecimientos del lugar, que podría compararse con una pulpería donde concurren caracteres muy disímiles a negociar sus mercancías y comprar objetos y comestibles. El sitio me resultó atractivo por la diversidad de pájaros enjaulados y costales conteniendo nueces, semillas y gran variedad de otros productos, para mí desconocidos hasta entonces. Sobre el mostrador yacen telas coloridas y prendas de vestir, confeccionadas con plumas de aves exóticas y alas iridiscentes de mariposas, amén de una casi indescriptible cantidad de objetos rituales que desconciertan a la mente más inquisitiva. La dueña es una india. La impresión que me causó al verla fue de que se trataba de una persona de carácter taimado, ahorrando las palabras a lo máximo. Cuando entré al establecimiento, enseguida se me acercó, y con un español de un acento peculiarísimo me preguntó:
-Señor, ¿en qué puedo servirle?
Le respondí que sólo observaba su mercancía. Volvió a ocupar su puesto junto a la caja registradora, y desde allí me seguía con la vista disimuladamente. Aparecieron alguno que otro cliente, y fue entonces que se produce la primera oportunidad de presenciar a la personita que ha dejado uno de los recuerdos más perdurables en mi vida, y por quien, temiendo que el paso del tiempo que todo lo transforma y desvanece haga conmigo lo inevitable, he querido dejar constancia de aquel encuentro memorable en estas páginas. Prefiero recordarla como aquel día, de pie, sobre un banco, moviendo con inaudita destreza los contrapesos de la pequeña escala. A sus seis anitos daba la impresión de una precocidad inadmisible. La madre no intervenía para nada, como si tuviera la más absoluta seguridad de que la niña podría efectuar la transacción con la mayor regularidad.
-Son seis sucres, señor -el aludido le hacía entrega del importe y ella envolvía diestramente la mercancía en una hoja de papel de traza, lo cual doblaba con un acto casi mecánico, convirtiéndole en envase práctico.
Durante el tiempo que duró la operación, permanecí extático; no dudé ni por un momento que era testigo de un caso insólito, y busqué enseguida una excusa para acercarme a ella. Así que tomé unos mangos y me presenté ante la niña prodigio. Antes de dar por terminada la compra, aproveché para hacerle algunas preguntas:
-¿Cómo te llamas?
-Amarilis.
-¿Qué edad tienes?
-Seis años, señor.
-Eres una niña muy inteligente.
Ella sonrió pícaramente, como que estaba convencida del hecho. Como queriendo deslumbrarme aun más, me dijo:
-Yo sé leer.
A estas alturas mi admiración era incontenible. Pensé por un momento que no fuera hija de la encargada de la tienda quien, en realidad, era la dueña. Amarilis tenía la cabellera rubia, y sus ojos de color verde claros; tez más bien blanca. Más adelante, en pláticas sucintas, cuando pude ganarme la confianza de Eva, su madre, que esa fisonomía que tenía tan poco parecida con ella, o la rama indígena de la familia, se debía a que el padre de la niña resultó ser un irlandés que, según explicó ella a su manera, había visitado aquellos parajes buscando bichos, tratando de esclarecer el enigma, se refirió a los escarabajos, avispas, arañas y un sinnúmero de alimañas. Entonces me aclaró que era un sabio, que por eso Amarilis era como era, porque había salido a su padre, con el cual ella había vivido algunos años como pareja. A partir de aquel día, me hice asiduo visitante del emporio.
En uno de los anaqueles, entre latas de frijoles, leche, sardinas y otros productos, podían verse dos hileras de libros viejos y algunas libretas que supuse debieron pertenecer a su difunto esposo, el que, según ella, había muerto de fiebre palúdica, o la picadura de algún insecto. Un hermano viajó desde Dublín y se llevaron el cuerpo, amén de algunos efectos personales. Al principio se intercambiaron algunas cartas con la ayuda de alguien que hablaba español, pero poco a poco todo se fue volviendo silencio. Una tarde, no pudiendo controlar mi curiosidad, le pedí que me permitiera ver algunos de aquellos libros empolvados. Ella accedió sin ninguna objeción, permitiéndome pasar detrás del mostrador, donde fui extrayendo, uno a uno, los polvorientos ejemplares. Entre ellos, algunos llamaron mi atención: “Recuerdos Entomológicos de Fabre”, “El Origen de las Especies, Darwin”, “Memorias del Barón de Humbolt”. Aunque por entonces se había despertando en mí la inclinación por estos estudios, no me quedó la menor duda de que, fuera quien fuera aquel hombre, se trataba de un ser de inteligencia superior. En uno de los cuadernos habían apuntes, para mí ininteligibles, pues aun mis incipientes nociones del inglés, que era el idioma usado en los escritos, no me permitían descifrar el contenido. Pero a juzgar por las ilustraciones magistralmente diseñadas, pude inferir que se trataban de exposiciones profesionales precisas. Recuerdo la descripción anatómica de un escarabajo rarísimo, al cual había dedicado dos páginas en sus apuntes. Le expresé a la señora mi admiración por su difunto esposo, y en subsecuentes días leí otros tratados, o más bien, recorrí con la vista el contenido, descifrando una palabra aquí y otra allá, dentro de mis limitaciones. Cada tarde, cuando llegaba al pueblo, mi mayor placer era ir a la tienda y conversar con Amarilis, descubriendo entonces, refiriéndose a la madre, con el alto grado de conciencia desarrollado en aquel cerebro prodigioso, como recordaba con exactitud detalles de conversaciones que habíamos tenido días antes. Cuán inquisitiva era. Una tarde le dije:
-Amarilis, te voy a recitar una poesía bellísima, y si te la aprendes antes de que el barco zarpe te voy a dar cien dólares.
Pareció por un momento como abstraída, y volviéndose a mí me dijo:
-Cien dólares serían mil ochocientos sucres.
Quedé maravillado antes su capacidad deductiva. Entonces, refiriéndose a la madre con alborozo, le aseguró que iba a ser rica. A partir de aquel día, habiéndole hecho una breve reseña del autor, comenzó una a una a memorizar las estrofas en el orden en que se las iba dando.
Un domingo llegué temprano a la tienda. El lugar estaba muy concurrido. Entre el gentío avisté al práctico italiano, y como para entrar en conversación, le pregunté si él creía que zarparíamos para el fin de semana. Me aseguró que así sería, pues ya el aserradero tenía casi lista la madera para completar el cargamento. Seguimos hablando de generalidades y la conversación entonces tomó un giro hacia lo personal. Me confesó que de no ser por lo de nuestro arribo, aquel pueblo era muy aburrido. En un punto le pregunté cuántos años hacía que había salido de su natal Italia. “Creo que fue por el 53”, me respondió, añadiendo que había nacido en Turín, de una familia más o menos de buena posición. Que se pudo haber quedado junto a los suyos, pero que su espíritu aventurero le marcó otro rumbo, y que, exigiendo a su madre, que había enviudado hacía poco, la parte de la herencia, como el hijo pródigo, abandonó sus predios. Viajando extensivamente disipó su caudal, al punto, que se vio al final trabajando en los olivares de Andalucía. De allí tomó un barco como marino y viajó a Argentina. Yo le oía casi con reverencia, y pensaba cuán afines resultaban nuestros caracteres. Creo, sin lugar a dudas, que podríamos continuar hablando sin interrupción por meses. Su apellido era Tamagno. Recordé el tenor de principio de siglo, y como ambos resultaban de la misma región, le pregunté si existía alguna relación de familia entre ellos. Esta observación abrió la caja de Pandora, pues contestó afirmativamente y le sorprendió que yo tuviera conocimiento del cantante de ópera, bien conocido por sus audacias vocales por los albores de este siglo. En este punto, nuestra plática tomó este giro, y como yo casi desde niño había sido iniciado en el mundo operístico por mi hermano Blas, pude hablar con soltura sobre el tópico. Ambos teníamos nuestra predilección por los líricos. Tagliavini, Gigly, Schipa y otros tantos. Así que departimos con placer acerca de nuestra afinidad, y como ocurre con frecuencia, la amistad se precipitó al descubrir sucesivamente que existían tantos puntos de convergencia en nuestros caracteres, a tal punto, que me invitó a su oficina que también le servía de domicilio. Una vez allí, le extrajo de una vitrinita una botella de vino, y en dos copas de color violáceo sirvió el aromático licor. Confieso que, aunque siempre he sido un abstemio intransigente, la emotividad del momento me obligó al convite por no contrariar a aquel hombre en cuyos ojos brillaba una súbita chispa de júbilo, que temí sofocar con la menor objeción. Seguidamente, tomó de una repisa un viejo disco de 78 revoluciones, y sacudiéndole el polvo ligeramente, lo puso en un viejo tocadiscos, y en breve, desde el fondo de la estática, se escuchó una voz dulce y poderosa, en la famosa romanza de Rigoletto: “Bella figlia del amore”. Sin duda se trataba de una de las voces más bellas de todos los tiempos: Gigli. Entre sorbo y sorbo, oímos y departimos sobre asuntos varios por más de cinco horas, al cabo de las cuales se había consolidado entre nosotros un lazo de estrecha amistad. Quedamos de reunirnos en otra próxima ocasión. Por muchas razones eso no ocurrió, pero a partir de entonces, donde quiera que nos encontrábamos su trato fue afectuoso. Ahora me hablaba las más veces italiano, aunque conocía mi marcada deficiencia en la lengua de Dante. “Caro Vinzenzo”, me decía, y yo pensaba que no me había equivocado al pensar hacía unas semanas que aquel carácter podría resultar interesantísimo, pero la realidad excedió mis expectativas.
Para entonces, Amarilis memorizaba la última estrofa del inmortal poema del Apóstol, que es como llamamos en Cuba a Martí. Un día, antes de la partida, día intenso, cargado de emociones fuertes, le había prometido a la “Sherley Temple” ecuatoriana, que le compraría un vestido. Y en pocos días había aprendido que si se le prometía algo, sería mejor que lo cumpliera, porque ella no quitaría el dedito del renglón, recordándonos continuamente el compromiso. Así me personé temprano en el negocio, y después de haberme detallado con cuatro renglones menudos qué talla debía tener el vestidito, me orientó en una de las dos tiendas del pueblo donde, según ella, vendían la ropa más bella. Con estas indicaciones, eché a andar calle arriba hasta dar con el establecimiento en cuestión. La encargada me mostró solícita gran variedad de prendas de vestir para niñas, pero no fue difícil para mí seleccionar un, a mi ver, precioso vestidito azul, con vuelos de tul y tres mariposas multicolores, que parecían levantar el vuelo una tras la otra. Hecha la selección, lo pusieron en una cajita de cartón envuelto elegantemente, y salí convencido de haber hecho la mejor elección. Cuando ella me vio llegar, había en sus claros ojitos una chispa indescriptible de alborozo. Tomó la caja y, como Pandora, no pudo resistir la curiosidad, y comenzó a desgarrar la envoltura. Extrajo el vestido e hizo un gesto de sorpresa, como si fuera la primera vez que veía un regalo. Lo tomó y se lo probaba por afuera de la ropa, al tiempo que le preguntaba a su madre:
-¡Di madre! ¿Cómo me queda? –y una y otra vez formulaba la misma pregunta.
Yo le aseguraba que se le iba a ver precioso.
-¡Ve y póntelo! -le aconsejó la madre.
Y ni tarda ni perezosa se escabulló en la trastienda, y unos minutos más tarde, con gran pompa, como si modelara, hizo su aparición, haciendo algo así como una reverencia palaciega. Los que estaban allí como clientes quedaron sorprendidos por la rara desenvoltura de la niña. Yo no podía contener mi admiración. La levanté en brazos y sentí que estaba en presencia de un ser extraordinario al escucharle algunas veces a un raro sobrecogimiento, como si una vieja entidad hubiera ocupado aquel frágil cuerpecito. Sin duda alguna, en su presencia, se iba del éxtasis al suspenso constantemente.
-Bueno, mi niña, mañana es el gran día. Vendré temprano para oír tu declamación, acompañado de algunos amigos -pues ya había invitado a dos o tres de mis camaradas, a quienes había puesto al tanto de las raras características de la niña.
Al día siguiente, en que debíamos partir sobre las once de la mañana, ya estábamos yo y mis acompañantes listos para oír a la heroína de este relato. Algunas personas merodeaban por el emporio, unos comprando y otros tratando de vender sus variadas mercancías, pero como temí que estos mercaderes se incrementaran, pedí a Dina Eva respetuosamente que si podíamos hacer un breve paréntesis para que la niñita nos recitara la poesía. Ella estuvo de acuerdo y los contertulios nos agrupamos alrededor de un cajón de madera que debía servir de podio. Subió Amarilis a él radiante. Su madre la había ataviado con cintas, dos trenzas como rayos de sol, y su vestidito azul largo que la hacía verse como una diminuta vestal sobre su improvisada plataforma. Me adelanté e hice una
brevísima presentación de la pequeña artista y, acto seguido, comenzó ella sin el menor titubeo, una a una, a desgranar sobre el solemne suspenso de los concurrentes, las bellas estrofas de los “Zapatitos de Rosa”. A medida que saltaba de un verso al otro, ponía énfasis aquí o dolorida impresión allá. Fue impresionante aun para aquellos que no son muy dados a estas expansiones estéticas. Al final, habiendo consumado con absoluta coherencia las 36 estrofas del poema, todos aplaudieron frenéticamente a la declamadora. Fiel a lo prometido, le hice entrega de un sobre donde, a más de un flamante billete de cien dólares, le había adjuntado una pequeña esquela en la que, con la mayor sencillez posible, le expresaba mi admiración:
«Amarilis, hay cosas que apenas pueden expresarse; el haberte conocido y la experiencia que tu excelsitud y rara inteligencia me han producido son de esta naturaleza. Cuando crezcas y puedas leer estas cuartillas, quizás comprendas la huella profunda que tu ternura e inteligencia dejaron en un ser que iba de paso. Tu amigo, Vicente.»
Acto seguido, tomamos la Polaroid y quedó sintetizado aquel momento mágico. Para entonces, era imperativo que regresáramos a nuestras obligaciones. Tomamos rumbo al muelle. El lugar se abarrotaba de aquellos que deseaban ver partir al Tessala; casi el total de la tripulación, incluyendo a la oficialidad, se encontraba presente. A poco llegó otra comitiva con la banda musical. Se fueron congregando las personas y, para mi sorpresa, apareció la estrella de primera magnitud del pueblo. Amarilis venía acompañada de su tía. Como pude, la hice pasar al extremo del muelle. La música había comenzado. La mayoría de mis compañeros venían acompañados de las amistades que habían formado con los lugareños en los días que duró nuestra estadía, y en algunos casos era evidente que había florecido el amor entre algunos marinos y alguna que otra belleza del lugar; así que es de imaginar que el ambiente estuviera cargado de emotividad. Llegó el momento crucial; uno a uno fueron descendiendo a las canoas. Tomé a Amarilis en brazos y le prometí que le escribiría y le enviaría postales desde cualquier lugar del mundo en que me encontrara. En el último momento, sus dos bracitos me rodearon el cuello en un abrazo de despedida. Por entonces, yo no había tenido hijos, pero les aseguro que la manifestación de aquel tierno afecto me anticipó inequívocamente ese sentimiento. Sobre la canoa, vi a aquella muchedumbre, sobrecogido el corazón por un sentimiento nunca antes experimentado. Amarilis no dejaba de agitar en el aire su pañuelito. Llegamos a bordo. Empezamos a levar anclas. Una nube negra de humo fue ennegreciendo los contornos a medida que las máquinas aceleraban para romper la inercia del buque. Poco a poco, la proa hendiendo las quietas aguas del lago, nos fuimos alejando de aquel rinconcito remoto que al principio nos pareció insignificante, y ahora nos desprendíamos de sus habitantes con el dolor de una uña que se desprende de la carne. El Tessala, a manera de connotar su partida, estremeció con dos silbatazos la quietud de la selva virgen. El eco se enredó por entre los cañones de las montañas circundantes. Debía haber sido algo festivo, pero dadas las circunstancias, más bien parecía un doblar de campanas. Frente a nosotros, la canoa gigantesca guiada por Tamagno marcaba el derrotero. Acodados en las barandas de popa, los tripulantes, cabizbajos, como queriendo guardar con precisión fotográfica la visión de aquel momento, permanecían mudos. La multitud sobre el muelle se fue empequeñeciendo. Pude, con ayuda de los binoculares del puesto de mando, observar los pañuelos agitándose en el aire, antes de que el río hiciera un giro brusco y obstruyera para siempre aquel pequeño grupo de seres humanos, a los que quedábamos inexorablemente vinculados para siempre.
Pero el tiempo conspira constantemente contra lo que el hombre llama ‘siempre’, cuando su vida resulta, en realidad, muy breve, en la perspectiva de lo eterno. Con los años, algunas cartas, promesas, añoranzas, y después, recuerdos, muchos recuerdos, hasta que los silencios se van haciendo más largos, y todo parece diluirse en la infinita perspectiva del tiempo. Hoy ha pasado casi medio siglo. Yo soy apenas la sombra de aquel mozo que ha querido, antes de que sea demasiado tarde, consignar en estas hojas esta historia pequeña, donde no parece ocurrir nada extraordinario, si no se tiene en cuenta que a veces –las más veces- lo más trascendental es el recuerdo de un día de lluvia, de un domingo y un simple adiós.
Si tú supieras, Amarilis, cuántas veces he soltado mi imaginación, creando a mis antojos los diferentes escenarios del curso que pudo tomar tu vida, cualquiera que haya sido. He rogado a Dios por tu bien. Supongo que por tu precoz inteligencia no serías en este sentido como las demás niñas, y que hayas escalado los peldaños de la notoriedad y el éxito, pero esto me lo dicta el cariño con el que te recuerdo. Hasta hace unos años guardé tu foto; descolorida y maltrecha. Un día, lamentablemente, la extraje de mi cartera cuando estaba sobre cubierta, y un golpe de viento me la arrebató. La vi con indescriptible dolor perderse entre las convulsas aguas. Pero puedes creerme que de haberla visto tantas veces, ahora basta con cerrar los ojos, y te veo como aquel día, con tu vestido azul sobre el podio improvisado, con tus trenzas como rayos de luz, y aquellos ojitos tuyos, por los que se asomaba un ángel de Dios; y al dorso, tus renglones torcidos:
«Para mi amigo Vicente, de Amarilis. 1966»
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