El manual del vagabundo

25. mayo 2011

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El manual del vagabundo

Vicente Carballo


Cuán oportuno resultaría que fuésemos capaces de olvidar a voluntad todos aquellos recuerdos que se han ido incrustando en nuestro cerebro con el curso de los años, y que forman parte de lo más deleznable y doloroso de nuestra existencia. De ser esto posible, yo quisiera olvidar para siempre el rictus de amargura y perversidad de aquel rostro, cuando tomaba el cinturón de cuero, sostenido por un clavo en la pared, y se disponía a impartir ‘justicia’ y disciplina. En esos momentos, de nada servían las súplicas y protestas de inocencia del desdichado, porque aun en el supuesto caso de que la víctima pudiera, después de la tunda, demostrar su total inocencia, jamás recibiría una palabra de disculpa o conmiseración, sino que, por otra parte, en el epítome de la desfachatez, ella se limitaba a decir algo así como que los golpes recibidos quedaran en saldo de alguna otra instancia en que se hubiera delinquido, sin haber sido comprendido en el acto, y esto daba por terminada la cuestión.

Esta bestezuela fue la mujer con la que se juntó mi padre, al quedar disuelto su matrimonio con mi progenitora cuando tendría yo seis años. Volviendo a la inquisidora, hago notar que, en aquellos penosos trances, se sufría, tanto si eras condenado o como ‘simple’ espectador, pues para mí era intolerable ver golpear a mi hermano, tanto o más que recibir el castigo. El insufrible sentimiento de impotencia, de presenciar a alguien a quien amas entrañablemente, haciendo cabriolas y retorciéndose para tratar de esquivar los golpes, oírlo frenético implorar misericordia, y uno sabiendo que eso no ocurriría hasta que se canse el brazo del verdugo. Presenciar ese horrendo espectáculo sin poder detener la mano criminal, por más que he tratado de superarlo con el curso de los años, ha dejado escondido, como una larva fatal en alguna rendija de mi corazón, un amargo resentimiento que he de arrastrar –me temo- hasta el último minuto de mi existencia.

Uno de esos aciagos días en que me tocó a mí ocupar el potro del suplicio, por un asunto banal que tomó proporciones descomunales, porque ya empezaba yo a contestar y repeler los abusos, y allí no se toleraba ni el menor acto de rebeldía, entre golpe y golpe juré que esa sería la última vez que expondría me pellejo al chasquido del látigo. Y fiel a estas promesas, al amanecer del siguiente día, puse mis exiguas pertenencias en un saco de yute, como mochila, y salí a desafiar el mundo.

Para entonces había yo cumplido los doce años, los cuales habían transcurrido en medio de las mayores penalidades. Y lo único positivo de todo aquello era el haber adquirido una madurez que no parecía corresponder a mi corta edad, y si a eso le añadimos la lectura de uno que otro libro, quedaría justificada mi incipiente precocidad.

Al alba del día, tomé la vía ferroviaria que pasaba por aquellos contornos, por considerarla menos transitada, y porque atravesaba por lugares donde abundaban huertas frutales imprescindibles para mi subsistencia. A paso lento me fui alejando de los suburbios de la ciudad. Iba de un lado al otro de la línea, recopilando cualquier fruta para engrosar mis reservas. El día transcurrió en medio de un regocijo tal, que no parecía tener noción del tiempo. Mi euforia sólo se veía empañada por el recuerdo de mis hermanos, que habían quedado atrás sujetos a aquel tenebroso mundillo.

Alrededor de las cuatro, tuve barruntos de que se aproximaba una tormenta. Apresuré el paso para tratar de llegar a una de esas casetas que, cada cierto tramo, sirven, no sé para qué, a los ferrocarriles. Lo cierto fue que cuando llegué al refugio, ya venía empapado, porque el aguacero era tan impetuoso, que por más que corrí, no pude evitar el remojón. Al entrar de sopetón, no advertí que el lugar ya tenía un huésped. Ajustando la vista a la penumbra, me percaté de la presencia de un individuo que, volteado contra la pared, se empeñaba en encender un cigarro, a pesar de la ventisca que el temporal arrojaba con fuerza sobre la pequeña estructura de madera. Cuando lo logró, inhaló profundamente. Lanzó una bocanada de humo azuloso que pareció invadir el estrecho recinto. Entonces, como si apenas notara mi presencia, mirándome con aire sorpresivo, me preguntó:

-¿Y tú que haces por aquí?

No sin cierta turbación, lo único que se me ocurrió contestarle fue que iba a Piedrecitas, un pueblito que había leído en un rótulo un par de millas atrás.

-¿Piedrecitas? –me preguntó con extrañeza, y acto seguido me aseguró que aquel villorrio distaba a más de treinta kilómetros. Permaneció por unos segundos callado. Dio una nueva fumada, y ahora dejó escapar el humo lentamente.

Yo lo observaba con curiosidad, pues su figura no resultaba común para mí. Llevaba un sombrero marrón de fieltro, y una barba entrecana que le cubría el cuello. Nariz como ave de rapiña, y, en medio de aquel rostro, dos ojillos hundidos, casi invisibles, que podían observarnos sin ser vistos. Pero aun bajo esta impresión, era su palabra la que me hacía sentir bien en su presencia. Hablaba lentamente, como si seleccionara cuidadosamente cada vocablo, y cuando notaba señales de perplejidad en mi rostro, intuía que no le había entendido del todo; volvía a la carga simplificando sus explicaciones.

Hasta este día, yo había vivido creyendo que el idioma aprendido hasta entonces en el círculo de familiares y otras personas de los contornos, era todo lo que se necesitaba. Y en efecto así era, porque las conversaciones giraban todas alrededor de asuntos ordinarios, que al parecer no requerían, para ser tratados, más que un par de cientos de palabras. Y en presencia de aquel hombre, tuve a veces la sensación de que escuchaba un idioma desconocido. Pero de lo que no tuve la menor duda, fue de que estaba ante un ser superior, sin tener en cuenta su apariencia externa. Durante nuestra conversación, supongo que leyó entre líneas –como se dice comúnmente-, porque me dio a entender que yo debí haberme fugado de mi casa. Y en ese sentido, me aconsejó que volviera a los míos, porque el mundo estaba lleno de peligros, y más para alguien inexperto como yo. Sus recomendaciones tenían un toque paternal, y la fuerza persuasiva que dan las experiencias, y ante las cuales todo argumento de mi parte resultaba superfluo. Opté por escucharle respetuosamente, confesándole más tarde toda la verdad acerca de mis calamidades. Durante una breve pausa, en tono compasivo, me preguntó si había comido algo. Y sin esperar respuesta, echó mano a uno de sus matules, desató un par de nudos, y extrajo una bolsa de papel conteniendo unas latitas de sardinas y algunas galletas, de las que llamaban de campo, o pericones, poniendo un pañuelo sobre el piso, a manera de mantel. Y como quien se disponía a ejecutar un ritual de cierta solemnidad, tomó uno de los pequeños recipientes, y con destreza, usando una llavecita adherida a la tapa, abrió la lata, dejando al descubierto hileras de suculentas sardinitas que despedían un agradable aroma. Entonces, tomando un cuchillo que traía terciado a la espalda, a la usanza de aquellos años, fue extrayendo uno a uno los apetitosos pescaditos. Y colocándolos equitativamente sobre las galletas, me puso en las manos una de las porciones, al tiempo que me decía con jovialidad:

-¡Anda, come! –al tiempo que él le aplicó el primer mordisco.

Departimos del convivio con fraternal sencillez. Entonces él tomó la palabra, e hizo algo así como el elogio de la sardina, y otros fiambres que debían de ser de rigor para todo viandante de profesión, según lo recomendaba encarecidamente el manual del vagabundo. En esta coyuntura no pude controlar mi curiosidad e inquirí más en detalles acerca del susodicho manual y la referida orden de viandantes de profesión. Él sonrió levemente y, sospechando que algunos de estos términos no formaban parte aún de mi incipiente léxico, no escatimó esfuerzos en exponerme la posible existencia de una, como hermandad de individuos, para los cuales el vivir un estilo de vida nómada, sin vínculos con el resto de la sociedad, a no ser en situaciones estrictamente imperativas, constituía la esencia de la vida misma, pero que aun estos individuos observaban ciertos códigos de orden éticos y morales, debidamente delineados en el referido manual. Esta aclaración picó aun más mi interés, y quise saber si existía dicho manual, y si él era miembro de aquella cofradía de vagabundos. Me contestó en ambas instancias afirmativamente y se limitó a hurgar en uno de sus bolsos, extrayendo, para mi sorpresa, entre otros libros, uno que parecía más bien una cartilla de no más de cincuenta páginas, que guardaba cuidadosamente en un sobre de celofán transparente y sostenido en ambos extremos por ligaduras. Después de desamarrar todo con extremo cuidado, me mostró el ejemplar en el que se podía leer en caracteres arcaicos: Manual del vagabundo, y más abajo, en letras apenas legibles, entre otras recomendaciones, algo que, por estar borroso, sólo pude estar seguro de una fecha: 1903. Sin duda alguna, esta era una copia más reciente. Lamenté de que, dado lo circunstancial de nuestro encuentro, no me fuera posible leer aquel interesantísimo opúsculo. Supongo que no dudó de lo genuino de mi interés en la obra, pues, reflexionando por unos segundos, poniéndome una mano sobre el hombro, me dijo con firmeza:

-Si en verdad, como parece, te interesa el librito, te lo voy a obsequiar.

Yo, por mi parte, convencido de la importancia que la obra pudiera tener para él, que la había sabido conservar en tan buen estado a pesar de las diferentes y precarias eventualidades de su vida, me negué rotundamente a aceptarla. Pero haciendo uso de su poder de persuasión –que no era poco-, me convenció diciéndome:

-Tómala, porque yo voy de retirada, y tú, aunque lo ignores, tienes alma de trotamundo.

Le agradecí efusivamente el obsequio, prometiéndole que lo cuidaría con esmero y que integraría a mi vida cuanto de provechoso pudiera haber en el. En este respecto puedo asegurar que en lo sucesivo sus lecturas fueron parte integral de mi existencia. Sus oportunos aforismos moldearon mi carácter, y cuanto de loable pueda haber en mí, está indisolublemente ligado a este librito. Mi acompañante, viendo que era afecto a los libros, me mostró dos más, encomiándolos como de sustancia. Gobernadores del Rocío, de un escritor haitiano, y Lazarillo de Español, que no tiene nada que ver con El Lazarillo de Tormes, de autoría anónima. Ambos libros, según él, de alto calibre.

*Gobernadores del Rocío de escritor Haitianpo Jacques Roumain

Así transcurrieron más de dos horas. La lluvia había amainado. Asomamos la cabeza, notando que los rayos del sol pugnaban desde el poniente en perforar algunos nubarrones huidizos; últimos vestigios de lo que fuera la tormenta. Mi benefactor comenzó a juntar sus pertenencias y guardarlas escrupulosamente en sus macutos. Supe que llegaba el momento de la despedida. Ahora este ser humano, al que me unen en tan breve tiempo nexos de inexplicable afecto, tomará su camino y yo el mío. Alenté la esperanza de que a última hora me invitaría a seguirle. Pero me voy convenciendo de que eso no ocurrirá. Él no necesita impedimentas, que es lo único que puede resultar a la postre; además, me ha dicho durante nuestra conversación, que hay que ser fuertes. Mal haría yo ahora, con alguna sugerencia en este sentido que mostrara mi flaqueza de carácter. Así que me compongo y decido despedirlo con dignidad. Nada de querer ser su paje. A punto de partir, puso en mis manos otra lata de sardinas con su pericón, y ya fuera del refugio, me abrazó efusivamente, y estrechándome la mano, observó con aire sorprendido:

-Oye, ¡no nos hemos dicho nuestros nombres! ¿Cómo te llamas?

-Vicente –le dije.

-¿Vicente qué?

-Vicente Carballo.

Él entonces, afectando cierto aire protocolario, se despojó del fieltro, mostró por primera vez la cabeza de avanzada calvicie, y apretándome con más fuerza la mano me dijo:

-Pantaleón Godines.

Nos deseamos los parabienes de estos casos y él partió hacia el poniente. Fingí que me volvía a los míos, tomando en sentido contrario. Iba volteando la cabeza una y otra vez, viendo con pesar cómo su figura se empequeñecía en la distancia. Cuando desapareció del todo, un sentimiento de desolación me oprimió el pecho. ¡Qué poderoso es el afecto humano! Hace apenas unas horas este hombre me era desconocido del todo, y ahora, después de algunas palabras, se ha establecido entre nosotros un vínculo de cordialidad, que me hace desear su compañía y lamentar dolorosamente su partida. Así, cabizbajo, me alejaba en medio de penosas cavilaciones. Por un momento –y sólo un momento- contemplé la posibilidad de seguir las recomendaciones de Pantaleón y regresar a los míos. Debo pensar que el advenimiento de la noche y los temores que las tinieblas presuponen, deterioraba mi voluntad, pero esto sólo fue un lapso breve de vacilación, tras lo cual me vi tomando compostura, porque aun en los momentos en que todo parece que se apaga, Dios ha puesto, entre los misterios del espíritu humano, una chispa de esperanza que se convierte en la brújula de los desamparados. Recordé que a cierta distancia había visto un paradero en desuso y hacia allí encaminé mis pasos. Por fin llegué donde suponía que podría descansar un poco de las fatigas del día. Me dejé caer sobre una banca destartalada, y en un santiamén perdí la conciencia.

Media noche sería cuando desperté sobresaltado por la conmoción producida por la proximidad de un tren, una de aquellas locomotoras de vapor que producían al andar todo género de estrépitos, acompañados de resoplidos y el chirriar de hierros. Al acercarse al cruce de ramales, bajó la marcha como si fuera a tomar otro rumbo. Aun en medio de mi estupor, decidí que no dejaría escapar la oportunidad y eché a correr. La primera tentativa de ganar el estribo resultó fallida, y supuse que tenía que cobrar más velocidad, y así lo hice esta vez con éxito. Ya sobre la plancha de metal, fui dando tumbos buscando a tientas donde sentarme. Por fin llegué a una de las mamparas de los extremos, y aferrándome a una viga, me acurruqué, guarnecido del viento frío de la noche. Fue entonces cuando empecé a sentir cierta sensación de seguridad. Pensé: «Aquí voy, el vértigo de la acción da sentido a la vida. Ahora avanzo. No importa hacia donde, ni con qué fines; siento que adquiero conciencia individual. Yo, sin apéndices, dueño de mi vida y de mis actos, aunque ello involucre este constante sentimiento de incertidumbre, de desamparo. Voy descubriendo que mi esencia, mi idiosincrasia, está enmarcada en estos –al parecer- absurdos parámetros: andar sin querer detenerme, sin que exista un lugar capaz de seducirme lo suficiente para desear quedarme». Los vaticinios de Pantaleón cobraban vigencia. Yo tenía alma de trotamundo, y más la tendría cuando, superados estos trances, en calma, bajo la sombra de un árbol junto al camino, abriera la primera página de aquel tesoro literario que había puesto en mis manos el amigo, y ahora diría mentor fugaz. Sin duda, no era una mera coincidencia que aquel opúsculo didáctico hubiera llegado a mi poder en momento tan oportuno, cuando hago mis pininos vagabundiles. Lo real ahora es que viajo sobre este armatoste que da la impresión constante de que va a desarmarse en cualquier momento. Noto con asombro que cuando va de subida, al redoblar sus esfuerzos, salen chispas de los rieles al resbalar las pesadas ruedas en el intento de cobrar tracción. En unos minutos pasamos lo que creo ser la caseta de Pantaleón. Extremo la vigilancia esperando verlo caminar junto a los rieles, pero no, pensándolo bien, eso no es posible, dado lo avanzado de la noche. Lo más probable es que se haya pernoctado en algún escondrijo, no debo olvidar que él es todo un profesional de los caminos. Recuerdo que habló de irse a Cevallos, a la cosecha de la piña. Creo que si lograra llegar a ese sitio volvería a verlo, aunque no tengo ahora noción de qué rumbo tomar. Pero lo investigaré.

En esta y otras cavilaciones, el tren avanza produciendo un ruido monótono, al pasar las ruedas de una traviesa a la siguiente. El cerebro se deja arrullar por este ritmo caótico y, sin percatarnos, vamos sucumbiendo a cierto estado como de hipnotismo, que aunado al cansancio, forman el mejor ingrediente para el sueño. Debatiéndome entre el temor de quedarme dormido y la fatiga que reclama su legítimo derecho al reposo, saco la cabeza para que me dé en la cara el aire fresco de la madrugada. Me froto una y otra vez los ojos, pero aun así no logro poner en función todos mis dispositivos de alerta; pienso por un momento cuán espantoso podría resultar caer al vacío. Estas espeluznantes reflexiones me producen un flujo de adrenalina capaz de sacarme del sopor por unos minutos, a pesar de estar consciente de lo que un pestañazo pueda significar. Siempre he creído que el mejor antídoto para el sueño es dormir y, sin embargo, como un moribundo en sus últimos minutos, mi conciencia fluctúa entre la inconsciencia y brevísimos períodos de lucidez, siendo más largos los lapsos hacia el sueño hasta perder el control del cerebro. Cuando esta última etapa ocurre, el tren ha tomado una curva muy cerrada, y en este viraje brusco, vuelvo a mis sentidos cuando la fuerza centrífuga me expulsa fuera de mi posición. Busco desesperadamente asirme de algo. El desastre parece inminente, y por fracciones de segundos, el terror se intensifica. Entonces ocurre algo que desafía toda lógica, he quedado sujeto a la plancha por una hebilla metálica que sirve para sujetar la carga, que milagrosamente se ha insertado por debajo de mi cinto, salvándome la vida providencialmente. De más está aclarar que después de este horripilante suceso, el resto de la madrugada la pasé en vilo.

Por fin va amaneciendo por los confines del horizonte. Tintes rosáceos anuncian la ascendencia del disco solar. Recibo el nuevo día con buenos augurios. La noche ha estado plagada de sobresaltos; he salvado la vida por intervención divina –al menos eso quiero creer yo-. Alrededor de las nueve de la mañana entramos a lo que parece ser el final del viaje. Un caserío aledaño a un central azucarero, en cuya elevada chimenea puedo leer en letras verticales: “Central Patria”. El tren da un largo rodeo y se detiene a cierta distancia del batey. Observo desde mi escondite que baja el maquinista acompañado de otras dos personas. Dejo pasar un rato y desciendo sigilosamente, volteando la cabeza en todas direcciones para cerciorarme de no ser visto. Echo a andar paso junto a la locomotora, todavía caliente y dando leves resoplidos desde algunas válvulas, como si fuere un ser vivo. La contemplo por unos segundos y le agradezco -como si pudiera oírme- el haberme traído hasta aquí, y continúo como una brizna de hierba llevado por el viento hacia una arboleda que distingo a cierta distancia. Al llegar, voy atravesando malezas junto a un árbol gigantesco, que resulta ser un júcaro, a cuyo amparo me refugio. Me tiendo sobre la grama y desde mi observatorio contemplo multitud de pájaros que saltan de rama en rama, vocingleros y mostrando, como una visión paradisíaca, el colorido múltiple de sus plumajes. El ajetreo de la pasada noche pasa su factura, y siento que se me cierran involuntariamente los párpados. Duermo plácidamente por unas horas. Las moscas y alguno que otro mosquito me sacan de mi sopor. Abro los ojos y trato de poner en orden mis ideas. Por lo pronto, recuerdo con alegría que tengo en el morral una ración de sardina y galleta, y me dispongo a evocar la memoria del amigo. Y que mejor forma de hacerlo que demostrar que, fieles al manual, vamos a empezar con las recomendaciones gastronómicas de rigor. No con el protocolo de mi maestro, que quiso darle a este acto una dignidad caballeresca; yo, por mi parte, como burdo aprendiz, engullí todo con premura. Pensé leer algunas páginas del manual, pero después del banquete fui presa del sopor de costumbre, y decidí aplazar la lectura para otra ocasión.

Salí del bosque pensando qué rumbo sería bueno tomar, y después de algunas vacilaciones, decidí que iría al caserío a investigar cómo llegar al lugar donde se dirigía Pantaleón. Después de unas vueltas por callejones de tierra, vine a dar a una ancha avenida pavimentada que parecía ser la arteria más importante del lugar. A ambos lados se encontraban diferentes establecimientos comerciales, entre los cuales elegí la barbería, porque los de este viejo oficio casi siempre son personas muy comunicativas y de mucha sabiduría popular. Así que hacia allí dirigí mis pasos. Al llegar, encontré al barbero sentado en un sillón leyendo el periódico. Me miró por encima de las gafas, y antes de que me preguntara nada, lo abordé acerca de mi intención de ir a Cevallos.

-¿Cevallos? –me preguntó con incredulidad.

Le volví a formular la misma pregunta, y ahora era él quien me preguntaba obviando mi petición. De dónde había salido, que de qué familia era, etc. Como no venía preparado para tal interrogatorio, fue evidente que le viejo ladino me hiciera caer en inconsistencias. Quizás mi apariencia, algo estrafalaria, tuvo que ver con su actitud suspicaz. No sólo mi atuendo descuidado, sino también mi escuálida figura, pues por aquellos años yo estaba extremadamente delgado, y no era, ni he sido nunca de buen ver. Pero en esta ocasión se acentuaban más estas peculiaridades pues, los últimos días, con sus constantes fatigas y desasosiegos, tendrían que haber dejado sus huellas. Y si a esto añadimos que traía puesto un par de zapatos descomunales, por ser de mi hermano mayor, y a los cuales había rellenado con bastante papel para quitarles un par de tallas, supongo que en conjunto todo esto daría una apariencia tragicómica a mi persona. El buen hombre se ofreció a ayudarme, y sacando una bicicleta de su saloncito, cerró el inmueble y me mandó subir a la parrilla. Comenzó a pedalear, y en unos diez minutos estábamos frente a un antiguo edificio de ladrillos, franqueado por una alta verja de hierro. Él, metiendo la mano al otro extremo de la reja, corrió el pestillo, como que ya conocía el lugar. Entramos por un largo pasillo hasta un salón donde, detrás de un buró, estaba sentado un individuo en quien reconocí a un miliciano, o sea, a un colaborador civil voluntario del gobierno. El uniformado saludó al que me había entregado como Judas, pero él lo llamó Chucho. Éste me hizo un gesto con la mano de que me mantuviera a cierta distancia, y acercándose al oficial, cuchichearon sobre mí, porque de vez en cuando el fígaro me miraba de reojo, y supongo que le confió sus sospechas de que yo era un niño escapado. En breve tiempo se despidieron. Al salir, mi delator me hizo un ligero gesto con la mano a manera de saludo, y yo quedé a merced del guardia, quien me pidió que me acercara y me señaló una silla para que me sentara. De un cuarto contiguo salió una mujer portando el mismo uniforme y con un revólver a la cintura, que le daba cierto aire hombruno. Pasó junto a mí inadvertidamente, se dirigió a su compañero y entonces ambos, alternativamente, me empezaron a hacer preguntas. Que de dónde venía, que porqué me había escapado de mi casa, que qué edad tenía, y muchas otras averiguaciones. Comencé a relatar con lujos de detalles mis infortunios, humedeciendo los puntos más dramáticos de mi historia con una que otra lagrimita, para moverlos a compasión, pues al hablar de la vida familiar, pinté un cuadro lo más patético posible, pero no menos real, esperando que me llevaran a algún lugar donde vivir que no fuera tan penoso. Al final del interrogatorio, la mujer, de nombre Bárbara, me preguntó si tenía hambre. En realidad, estaban tan contrariados con mi actual situación, que le respondí que no. De todas formas, me aseguró que en un par de horas me iría a su casa para que me bañara y comiera. Ahí podría pasar la noche, y que me iba a dar una muda de ropa, pues tenía dos hijos más o menos de mi edad. Permanecí en aquel lugar unas horas, observando diversidad de situaciones, que daban la inequívoca impresión de que aquel sitio tenía cierto aspecto siniestro, velado para el que sólo permaneciera por un breve tiempo en aquellos reparos. Lo deduzco, de que vi llegar custodiados a más de un infeliz maniatado, en algunos casos, con sogas. Es de suponer que ya para entonces empezaban a escasear las esposas. De la parte posterior del edificio salían, entre imprecaciones y gritos desgarradores, el estruendo de objetos lanzados contra las paredes. Me esforzaba por descifrar algunas palabras de entre aquel pandemonio. La mayoría de los insultos parecían ser proferidos por los esbirros del sistema. Es increíble que mientras todo esto sucede, en la parte delantera del edificio todo transcurre en completa indiferencia y tranquilidad, como si lo que sucede extramuros fuera lo más normal del mundo. Ahora, pensando retroactivamente, me pregunto cómo el fanatismo puede cauterizar la conciencia humana, para extinguir de ella la tendencia instintiva de sentir por naturaleza, compasión ante el sufrimiento de sus semejantes.

Al oscurecer, me fui de allí, convencido de que detrás de bastidores debía encontrarse una bien aceitada maquinaria represiva. La señora me llevó a su casa, y por unas horas viví en el paraíso, disfrutando del confort -desconocido para mí hasta entonces- de lo que debía ser una vida familiar. Vi televisión. Comí un potaje que me resultaba delicioso. Los hijos de Bárbara resultaron ser dos muchachos bobalicones que no parecían haber asomado las narices jamás a lo que era la efervescencia de la vida. Al día siguiente, bañado, comido y bien dormido, volvimos al cuartel o prefectura alrededor de las once de la mañana. Más o menos una hora después, llegó un oficial con uniforme verde olivo, que lo identificaba como un rebelde, que era como se llamaban entonces a los que combatieron durante la revolución. Le hicieron entrega allí de algunos documentos, y acto seguido, trajeron de la parte trasera del edificio, dos detenidos maniatados. Uno, cuya edad debía andar por los sesenta, de rostro demacrado, y noté que en el pómulo derecho tenía una laceración reciente, caminaba con paso lento, pero llevaba erguido el rostro. En una actitud resuelta, su acompañante, por otra parte era joven, que no debía pasar de los veinte años, traía la camisa rota y venía descalzo. Cuando el viejo llegó al salón, recorrió con la mirada los contornos, haciendo contacto visual con los presentes, y con inaudita resolución, comenzó a hablar con voz firme y desafiante.

-¡Todos los que ven aquí son unos esbirros abusadores! ¡Miren, me han golpeado. Hace dos días que no nos dan ni agua!

Los presentes, aun los guardias, quedaron perplejos por el enconoso exabrupto. El que lo había traído hasta allí trató de sacarlo a empellones, pero el reo se resistía, arreciando en sus ataques verbales. El oficial que venía por ellos trataba de calmarlo.

-Ya, abuelo, cálmese. Dígame, ¿quién le ha golpeado?

Bajando el tono, el hombre, al oír una voz solidaria, mirándole a los ojos, acusó a un tal custodio de nombre Rufino, y relató el infierno que había sufrido bajo el poder del, según él, despreciable sujeto. El uniformado, volviéndose al carpeta, lo apostrofó con palabras altisonantes.

-¡Sepa, compañero, que esta revolución se hizo para obrar con justicia! Y que yo personalmente voy a elevar esta queja al estado mayor, y caiga quien caiga, se hará justicia.

Estas palabras pusieron una sonrisa de simpatía en algunos de los que visitaban el lugar por razones diversas. Todo volvió a lo ‘normal’, y fue entonces que supe que abandonaba el lugar en compañía de los prisioneros. Se me indicó que saliera. Ya en la calle, subí en la parte delantera de un jeep del ejército, junto a los esposados y un custodio en los asientos traseros. Con el conato de la víspera, olvidé despedirme y expresar mi agradecimiento a Bárbara, y le rogué al teniente que lo hiciera la próxima vez que volviera por allí. El vehículo emprendió la marcha, y hasta ese momento creí cándidamente que me llevarían a Cevallos. Pero poco a poco de andar, el oficial me notificó que nos dirigíamos a Camagüey, o sea, a mi casa. Traté de explicarle porqué me negaba regresar a mi familia, e inclusive, le mostré las piernas, donde eran aún visibles los verdugones dejados por la correa en la última tunda. Se mostró compasivo, pero esto, ni los temores de que me molerían a palos si regresaba, hacían cambiar su resolución. Trataba de asegurarme de que nada me pasaría, que él hablaría con mis padres y les haría saber que no me podrían maltratar. Yo pensaba para mis adentros: «¡Qué poco conoces a los míos! Una vez que hayas abandonado la puerta de mi casa, se olvidarán de tus recomendaciones o amenazas.» De más está decir que el resto del viaje resultó agonizante. Tenía la esperanza de que se detuvieran en algún lugar y poner, como se dice: ‘pie en polvorosa’, pero mis esperanzas se desvanecieron totalmente cuando hicimos la entrada a los primeros edificios de los suburbios de la ciudad. Ahí me preguntó el guardia que si sabía cómo llegar a mi casa. Contesté afirmativamente y a partir de entonces le fui guiando hasta los arrabales, para agravar aun más mi crítica situación.

Había llovido y aún continuaba lloviznando, y las vías de acceso hacia mi domicilio estaban poco menos que intransitables, y esto pareció poner de mal genio al chofer que, visiblemente contrariado, empezó a proferir improperios y a perder la paciencia. Yo traducía esto como un gravamen para mi caso, pues si llegaba a entregarme en tan mala disposición, es probable que no fuera tan eficaz su defensa en mi caso. Y con estas preocupaciones, hicimos entrada a mis dominios. Una vez allí, descendimos del vehículo, y tomándome del brazo, me condujo hasta la puerta. Ya para entonces, empezaron a asomarse las cabezas de mis hermanos, que nos observaban con asombro y temor. Apareció mi madrastra con rostro desencajado, como si estuviera a punto de desentrañar un enigma fatídico. Era bizca, y hacía esfuerzos increíbles para que no se notara su mirada errática. El Milico, adoptando una pose oficial, le preguntó:

-¿Este es su hijo?

-Es mi entenado. –contestó nerviosamente ella.

Entonces el hombre comenzó con cierta brusquedad a reconvenirle, culpándole por los atropellos que habían propiciado mi fuga, y asegurándole que las huellas dejadas en mi cuerpo, eran suficiente evidencia para un proceso por abuso infantil, y un sinnúmero más de serias amonestaciones. Ella, adoptando un tono conciliatorio, asentía a todo. Y para terminar, mi defensor le preguntó imperativamente:

-¿Entiende usted, señora, lo que le he dicho?

-Sí, sí. –respondía ella.

Entonces para rematar, él le aseguró que enviaría a alguien para cerciorarse de que todo estaría bien. Y así terminó aquel sainete verbal. Al despedirse, me dio una palmadita en el hombro, al tiempo que me decía:

-¡No te preocupes, campeón, que todo va a estar bien!

¡Campeón yo! Que volvía como un bumerán al lugar de partida, derrotado, y ahora a enfrentarme, sin ningún atenuante a mi favor, a los fiscales. ¡Y qué fiscales! Ni mis hermanos se atrevían a acercárseme, como si yo padeciera una enfermedad infecciosa. Me veían de lejos con rostros compungidos, como si vieran a un reo de muerte. Yo opté por irme a cierta distancia y me senté bajo una mata de naranja, y allí permanecí el resto de la tarde. Yo pensaba que esta aparente tranquilidad, parecida a la que precede la llegada de un ciclón, era seguro que se debía a que esperaban a que llegara mi padre, dado la gravedad del caso. Uno de mis hermanos vino y me trajo un plato de comida, que no probé, muestra de mi estado anímico.

Supongo que todos pensaban que esa noche sería llevado a los tribunales una vez llegara el viejo, pero no ocurrió así, sino que, por otra parte, mi papá, extrañamente, no me tomó en cuenta. Era quizás el más extremo de sus recursos de castigo, el hacerme creer que había dejado de formar parte de la familia. Y esta actitud estuvo tan bien representada, que lo llegué a creer. A tal punto, que cuando uno de mis hermanos me contó que él había comentado frente a ellos que ya no me tenía como su hijo, lo creí. Y a partir de ese momento, decidí que debía desplegar las alas. Ahora sí para siempre. Si mi primera fuga tuvo que ver con el castigo excesivo del cuerpo, ahora las laceraciones las recibía en el corazón. Sentí que súbitamente yo dejaba atrás mi infancia, y que debía, para sobrevivir aquella honda caída del alma, hacerme fuerte de alguna manera. Pensé que aunque mi primera aventura pudiera parecer un fracaso, no lo era del todo. Había adquirido un sinnúmero de experiencias, y más que nada, el encuentro extraordinario con aquel hombre que me trató con afecto y me hizo saber que existen otros caminos. Y más que nada, ahora tenía en mi posesión el Manual del Vagabundo, que significaba para mí la más preciada adquisición, pues, aunque aún no lo había podido leer con tranquilidad de espíritu, a mi ver necesaria, bastaban unos vistazos a algunas de sus páginas para sentirme seguro de que había encontrado mi verdadera vocación. Yo era, y seguiría siendo para siempre, en las dimensiones del espíritu, como un pájaro. Así que supe que ya no debía permanecer allí. Mantuve mis bártulos cerca. Y un par de días más tarde, reanudaría mi viaje. Ahora tendrían que pasar dieciocho largos años antes de que volviera a poner los pies en los dinteles de lo que fue mi casa.

En esta segunda fuga, tenía como escudo las recomendaciones del Manual, que transcribiré aquí, y que formarán parte integral de mi conciencia para el resto de la vida.

«No te avergüences de profesar un estilo de vida que han seguido muchos varones ilustres. Vagabundo es el que vaga, y quien lo haga con cierta dignidad, sin ser carga para nadie, viviendo del usufructo de un trabajo honrado, porque vagabundo no es sinónimo de mendigo. Pero que ese trabajo sea siempre temporal –esporádico diríamos-, porque si te detienes demasiado echarás raíces, y pondrás en peligro tu identidad.

»Como Mercurio, ponle alas a tus pies. “Romero que cruza siempre por caminos nuevos” (León Felipe).

-Fin de la primera parte-

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