El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Primera Parte

5. enero 2011

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golpe, con lo cual despertó don Quijote; mas no con tanto acuerdo que
echase de ver de la manera que estaba.
Dorotea, que vio cuán corta y sotilmente estaba vestido, no quiso entrar
a ver la batalla de su ayudador y de su contrario.
Andaba Sancho buscando la cabeza del gigante por todo el suelo, y,
como no la hallaba, dijo:
-Ya yo sé que todo lo desta casa es encantamento; que la otra vez, en
este mesmo lugar donde ahora me hallo, me dieron muchos mojicones y
porrazos, sin saber quién me los daba, y nunca pude ver a nadie; y ahora
no parece por aquí esta cabeza que vi cortar por mis mismísimos ojos, y
la sangre corría del cuerpo como de una fuente.
-¿Qué sangre ni qué fuente dices, enemigo de Dios y de sus santos? –
dijo el ventero-. ¿No vees, ladrón, que la sangre y la fuente no es otra cosa
que estos cueros que aquí están horadados y el vino tinto que nada en
este aposento, que nadando vea yo el alma en los infiernos de quien los
horadó?
-No sé nada -respondió Sancho-; sólo sé que vendré a ser tan desdichado
que, por no hallar esta cabeza, se me ha de deshacer mi condado como
la sal en el agua.
Y estaba peor Sancho despierto que su amo durmiendo: tal le tenían
las promesas que su amo le había hecho. El ventero se desesperaba de
ver la flema del escudero y el maleficio del señor, y juraba que no había
de ser como la vez pasada, que se le fueron sin pagar; y que ahora no le
habían de valer los previlegios de su caballería para dejar de pagar lo
uno y lo otro, aun hasta lo que pudiesen costar las botanas que se habían
de echar a los rotos cueros.
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Tenía el cura de las manos a don Quijote, el cual, creyendo que ya había
acabado la aventura, y que se hallaba delante de la princesa Micomicona,
se hincó de rodillas delante del cura, diciendo:
-Bien puede la vuestra grandeza, alta y famosa señora, vivir, de hoy
más, segura que le pueda hacer mal esta mal nacida criatura; y yo también,
de hoy más, soy quito de la palabra que os di, pues, con el ayuda
del alto Dios y con el favor de aquella por quien yo vivo y respiro, tan
bien la he cumplido.
-¿No lo dije yo? -dijo oyendo esto Sancho-. Sí que no estaba yo borracho:
¡mirad si tiene puesto ya en sal mi amo al gigante! ¡Ciertos son los
toros: mi condado está de molde!
¿Quién no había de reír con los disparates de los dos, amo y mozo? Todos
reían sino el ventero, que se daba a Satanás. Pero, en fin, tanto hicieron
el barbero, Cardenio y el cura que, con no poco trabajo, dieron con
don Quijote en la cama, el cual se quedó dormido, con muestras de grandísimo
cansancio. Dejáronle dormir, y saliéronse al portal de la venta a
consolar a Sancho Panza de no haber hallado la cabeza del gigante; aunque
más tuvieron que hacer en aplacar al ventero, que estaba desesperado
por la repentina muerte de sus cueros. Y la ventera decía en voz y en
grito:
-En mal punto y en hora menguada entró en mi casa este caballero andante,
que nunca mis ojos le hubieran visto, que tan caro me cuesta. La
vez pasada se fue con el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada,
para él y para su escudero, y un rocín y un jumento, diciendo que era
caballero aventurero (que mala ventura le dé Dios a él y a cuantos aventureros
hay en el mundo) y que por esto no estaba obligado a pagar nada,
que así estaba escrito en los aranceles de la caballería andantesca. Y
ahora, por su respeto, vino estotro señor y me llevó mi cola, y hámela
vuelto con más de dos cuartillos de daño, toda pelada, que no puede servir
para lo que la quiere mi marido. Y, por fin y remate de todo, romperme
mis cueros y derramarme mi vino; que derramada le vea yo su sangre.
¡Pues no se piense; que, por los huesos de mi padre y por el siglo de
mi madre, si no me lo han de pagar un cuarto sobre otro, o no me llamaría
yo como me llamo ni sería hija de quien soy!
Estas y otras razones tales decía la ventera con grande enojo, y ayudábala
su buena criada Maritornes. La hija callaba, y de cuando en cuando
se sonreía. El cura lo sosegó todo, prometiendo de satisfacerles su pérdida
lo mejor que pudiese, así de los cueros como del vino, y principalmente
del menoscabo de la cola, de quien tanta cuenta hacían. Dorotea
consoló a Sancho Panza diciéndole que cada y cuando que pareciese
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haber sido verdad que su amo hubiese descabezado al gigante, le prometía,
en viéndose pacífica en su reino, de darle el mejor condado que en él
hubiese.
Consolóse con esto Sancho, y aseguró a la princesa que tuviese por
cierto que él había visto la cabeza del gigante, y que, por más señas, tenía
una barba que le llegaba a la cintura; y que si no parecía, era porque todo
cuanto en aquella casa pasaba era por vía de encantamento, como él lo
había probado otra vez que había posado en ella. Dorotea dijo que así lo
creía, y que no tuviese pena, que todo se haría bien y sucedería a pedir
de boca.
Sosegados todos, el cura quiso acabar de leer la novela, porque vio que
faltaba poco. Cardenio, Dorotea y todos los demás le rogaron la acabase.
Él, que a todos quiso dar gusto, y por el que él tenía de leerla, prosiguió
el cuento, que así decía:
«Sucedió, pues, que, por la satisfación que Anselmo tenía de la bondad
de Camila, vivía una vida contenta y descuidada, y Camila, de industria,
hacía mal rostro a Lotario, porque Anselmo entendiese al revés de la voluntad
que le tenía; y, para más confirmación de su hecho, pidió licencia
Lotario para no venir a su casa, pues claramente se mostraba la pesadumbre
que con su vista Camila recebía; mas el engañado Anselmo le dijo
que en ninguna manera tal hiciese. Y, desta manera, por mil maneras
era Anselmo el fabricador de su deshonra, creyendo que lo era de su
gusto.
»En esto, el que tenía Leonela de verse cualificada, no de con sus amores,
llegó a tanto que, sin mirar a otra cosa, se iba tras él a suelta rienda,
fiada en que su señora la encubría, y aun la advertía del modo que con
poco recelo pudiese ponerle en ejecución. En fin, una noche sintió Anselmo
pasos en el aposento de Leonela, y, queriendo entrar a ver quién los
daba, sintió que le detenían la puerta, cosa que le puso más voluntad de
abrirla; y tanta fuerza hizo, que la abrió, y entró dentro a tiempo que vio
que un hombre saltaba por la ventana a la calle; y, acudiendo con presteza
a alcanzarle o conocerle, no pudo conseguir lo uno ni lo otro, porque
Leonela se abrazó con él, diciéndole:
»-Sosiégate, señor mío, y no te alborotes, ni sigas al que de aquí saltó;
es cosa mía, y tanto, que es mi esposo.
»No lo quiso creer Anselmo; antes, ciego de enojo, sacó la daga y quiso
herir a Leonela, diciéndole que le dijese la verdad, si no, que la mataría.
Ella, con el miedo, sin saber lo que se decía, le dijo:
»-No me mates, señor, que yo te diré cosas de más importancia de las
que puedes imaginar.
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»-Dilas luego -dijo Anselmo-; si no, muerta eres.
»-Por ahora será imposible -dijo Leonela-, según estoy de turbada; déjame
hasta mañana, que entonces sabrás de mí lo que te ha de admirar; y
está seguro que el que saltó por esta ventana es un mancebo desta ciudad,
que me ha dado la mano de ser mi esposo.
»Sosegóse con esto Anselmo y quiso aguardar el término que se le pedía,
porque no pensaba oír cosa que contra Camila fuese, por estar de su
bondad tan satisfecho y seguro; y así, se salió del aposento y dejó encerrada
en él a Leonela, diciéndole que de allí no saldría hasta que le dijese
lo que tenía que decirle.
»Fue luego a ver a Camila y a decirle, como le dijo, todo aquello que
con su doncella le había pasado, y la palabra que le había dado de decirle
grandes cosas y de importancia. Si se turbó Camila o no, no hay para qué
decirlo, porque fue tanto el temor que cobró, creyendo verdaderamente –
y era de creer- que Leonela había de decir a Anselmo todo lo que sabía
de su poca fe, que no tuvo ánimo para esperar si su sospecha salía falsa o
no. Y aquella mesma noche, cuando le pareció que Anselmo dormía, juntó
las mejores joyas que tenía y algunos dineros, y, sin ser de nadie sentida,
salió de casa y se fue a la de Lotario, a quien contó lo que pasaba, y le
pidió que la pusiese en cobro, o que se ausentasen los dos donde de Anselmo
pudiesen estar seguros. La confusión en que Camila puso a Lotario
fue tal, que no le sabía responder palabra, ni menos sabía resolverse en
lo que haría.
»En fin, acordó de llevar a Camila a un monesterio, en quien era priora
una su hermana. Consintió Camila en ello, y, con la presteza que el caso
pedía, la llevó Lotario y la dejó en el monesterio, y él, ansimesmo, se ausentó
luego de la ciudad, sin dar parte a nadie de su ausencia.
»Cuando amaneció, sin echar de ver Anselmo que Camila faltaba de
su lado, con el deseo que tenía de saber lo que Leonela quería decirle, se
levantó y fue adonde la había dejado encerrada. Abrió y entró en el aposento,
pero no halló en él a Leonela: sólo halló puestas unas sábanas añudadas
a la ventana, indicio y señal que por allí se había descolgado e ido.
Volvió luego muy triste a decírselo a Camila, y, no hallándola en la cama
ni en toda la casa, quedó asombrado.Preguntó a los criados de casa por
ella, pero nadie le supo dar razón de lo que pedía.
»Acertó acaso, andando a buscar a Camila, que vio sus cofres abiertos
y que dellos faltaban las más de sus joyas, y con esto acabó de caer en la
cuenta de su desgracia, y en que no era Leonela la causa de su desventura.
Y, ansí como estaba, sin acabarse de vestir, triste y pensativo, fue a
dar cuenta de su desdicha a su amigo Lotario. Mas, cuando no le halló, y
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sus criados le dijeron que aquella noche había faltado de casa y había llevado
consigo todos los dineros que tenía, pensó perder el juicio. Y, para
acabar de concluir con todo, volviéndose a su casa, no halló en ella ninguno
de cuantos criados ni criadas tenía, sino la casa desierta y sola.
»No sabía qué pensar, qué decir, ni qué hacer, y poco a poco se le iba
volviendo el juicio. Contemplábase y mirábase en un instante sin mujer,
sin amigo y sin criados; desamparado, a su parecer, del cielo que le cubría,
y sobre todo sin honra, porque en la falta de Camila vio su
perdición.
»Resolvióse, en fin, a cabo de una gran pieza, de irse a la aldea de su
amigo, donde había estado cuando dio lugar a que se maquinase toda
aquella desventura. Cerró las puertas de su casa, subió a caballo, y con
desmayado aliento se puso en camino; y, apenas hubo andado la mitad,
cuando, acosado de sus pensamientos, le fue forzoso apearse y arrendar
su caballo a un árbol, a cuyo tronco se dejó caer, dando tiernos y dolorosos
suspiros, y allí se estuvo hasta casi que anochecía; y aquella hora vio
que venía un hombre a caballo de la ciudad, y, después de haberle saludado,
le preguntó qué nuevas había en Florencia. El ciudadano
respondió:
»-Las más estrañas que muchos días ha se han oído en ella; porque se
dice públicamente que Lotario, aquel grande amigo de Anselmo el rico,
que vivía a San Juan, se llevó esta noche a Camila, mujer de Anselmo, el
cual tampoco parece. Todo esto ha dicho una criada de Camila, que anoche
la halló el gobernador descolgándose con una sábana por las ventanas
de la casa de Anselmo. En efeto, no sé puntualmente cómo pasó el
negocio; sólo sé que toda la ciudad está admirada deste suceso, porque
no se podía esperar tal hecho de la mucha y familiar amistad de los dos,
que dicen que era tanta, que los llamaban los dos amigos.
»-¿Sábese, por ventura -dijo Anselmo-, el camino que llevan Lotario y
Camila?
»-Ni por pienso -dijo el ciudadano-, puesto que el gobernador ha usado
de mucha diligencia en buscarlos
»-A Dios vais, señor -dijo Anselmo.
»-Con Él quedéis -respondió el ciudadano, y fuese.
»Con tan desdichadas nuevas, casi casi llegó a términos Anselmo, no
sólo de perder el juicio, sino de acabar la vida. Levantóse como pudo y
llegó a casa de su amigo, que aún no sabía su desgracia; mas, como le vio
llegar amarillo, consumido y seco, entendió que de algún grave mal venía
fatigado.
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Pidió luego Anselmo que le acostasen, y que le diesen aderezo de
escribir.
Hízose así, y dejáronle acostado y solo, porque él así lo quiso, y aun
que le cerrasen la puerta. Viéndose, pues, solo, comenzó a cargar tanto la
imaginación de su desventura, que claramente conoció que se le iba acabando
la vida; y así, ordenó de dejar noticia de la causa de su estraña
muerte; y, comenzando a escribir, antes que acabase de poner todo lo
que quería, le faltó el aliento y dejó la vida en las manos del dolor que le
causó su curiosidad impertinente.
»Viendo el señor de casa que era ya tarde y que Anselmo no llamaba,
acordó de entrar a saber si pasaba adelante su indisposición, y hallóle
tendido boca abajo, la mitad del cuerpo en la cama y la otra mitad sobre
el bufete, sobre el cual estaba con el papel escrito y abierto, y él tenía aún
la pluma en la mano. Llegóse el huésped a él, habiéndole llamado primero;
y, trabándole por la mano, viendo que no le respondía y hallándole
frío, vio que estaba muerto. Admiróse y congojóse en gran manera, y llamó
a la gente de casa para que viesen la desgracia a Anselmo sucedida;
y, finalmente, leyó el papel, que conoció que de su mesma mano estaba
escrito, el cual contenía estas razones:
Un necio e impertinente deseo me quitó la vida. Si las nuevas de mi
muerte llegaren a los oídos de Camila, sepa que yo la perdono, porque
no estaba ella obligada a hacer milagros, ni yo tenía necesidad de querer
que ella los hiciese; y, pues yo fui el fabricador de mi deshonra, no hay
para qué…
»Hasta aquí escribió Anselmo, por donde se echó de ver que en aquel
punto, sin poder acabar la razón, se le acabó la vida. Otro día dio aviso
su amigo a los parientes de Anselmo de su muerte, los cuales ya sabían
su desgracia, y el monesterio donde Camila estaba, casi en el término de
acompañar a su esposo en aquel forzoso viaje, no por las nuevas del
muerto esposo, mas por las que supo del ausente amigo. Dícese que,
aunque se vio viuda, no quiso salir del monesterio, ni, menos, hacer profesión
de monja, hasta que, no de allí a muchos días, le vinieron nuevas
que Lotario había muerto en una batalla que en aquel tiempo dio monsieur
de Lautrec al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba en el reino
de Nápoles, donde había ido a parar el tarde arrepentido amigo; lo
cual sabido por Camila, hizo profesión, y acabó en breves días la vida a
las rigurosas manos de tristezas y melancolías.
Éste fue el fin que tuvieron todos, nacido de un tan desatinado
principio.»
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-Bien -dijo el cura- me parece esta novela, pero no me puedo persuadir
que esto sea verdad; y si es fingido, fingió mal el autor, porque no se
puede imaginar que haya marido tan necio que quiera hacer tan costosa
experiencia como Anselmo. Si este caso se pusiera entre un galán y una
dama, pudiérase llevar, pero entre marido y mujer, algo tiene del imposible;
y, en lo que toca al modo de contarle, no me descontenta.
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Capítulo 36
Que trata de la brava y descomunal batalla que don
Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros
raros sucesos que en la venta le sucedieron
Estando en esto, el ventero, que estaba a la puerta de la venta, dijo:
-Esta que viene es una hermosa tropa de huéspedes: si ellos paran
aquí, gaudeamus tenemos.
-¿Qué gente es? -dijo Cardenio.
-Cuatro hombres -respondió el ventero- vienen a caballo, a la jineta,
con lanzas y adargas, y todos con antifaces negros; y junto con ellos viene
una mujer vestida de blanco, en un sillón, ansimesmo cubierto el rostro,
y otros dos mozos de a pie.
-¿Vienen muy cerca? -preguntó el cura.
-Tan cerca -respondió el ventero-, que ya llegan.
Oyendo esto Dorotea, se cubrió el rostro, y Cardenio se entró en el
aposento de don Quijote; y casi no habían tenido lugar para esto, cuando
entraron en la venta todos los que el ventero había dicho; y, apeándose
los cuatro de a caballo, que de muy gentil talle y disposición eran, fueron
a apear a la mujer que en el sillón venía; y, tomándola uno dellos en sus
brazos, la sentó en una silla que estaba a la entrada del aposento donde
Cardenio se había escondido. En todo este tiempo, ni ella ni ellos se habían
quitado los antifaces, ni hablado palabra alguna; sólo que, al sentarse
la mujer en la silla, dio un profundo suspiro y dejó caer los brazos, como
persona enferma y desmayada. Los mozos de a pie llevaron los caballos
a la caballeriza.
Viendo esto el cura, deseoso de saber qué gente era aquella que con tal
traje y tal silencio estaba, se fue donde estaban los mozos, y a uno dellos
le preguntó lo que ya deseaba; el cual le respondió:
-Pardiez, señor, yo no sabré deciros qué gente sea ésta; sólo sé que
muestra ser muy principal, especialmente aquel que llegó a tomar en sus
brazos a aquella señora que habéis visto; y esto dígolo porque todos los
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demás le tienen respeto, y no se hace otra cosa más de la que él ordena y
manda.
-Y la señora, ¿quién es? -preguntó el cura.
-Tampoco sabré decir eso -respondió el mozo-, porque en todo el camino
no la he visto el rostro; suspirar sí la he oído muchas veces, y dar unos
gemidos que parece que con cada uno dellos quiere dar el alma. Y no es
de maravillar que no sepamos más de lo que habemos dicho, porque mi
compañero y yo no ha más de dos días que los acompañamos; porque,
habiéndolos encontrado en el camino, nos rogaron y persuadieron que
viniésemos con ellos hasta el Andalucía, ofreciéndose a pagárnoslo muy
bien.
-¿Y habéis oído nombrar a alguno dellos? -preguntó el cura.
-No, por cierto -respondió el mozo-, porque todos caminan con tanto
silencio que es maravilla, porque no se oye entre ellos otra cosa que los
suspiros y sollozos de la pobre señora, que nos mueven a lástima; y sin
duda tenemos creído que ella va forzada dondequiera que va, y, según
se puede colegir por su hábito, ella es monja, o va a serlo, que es lo más
cierto, y quizá porque no le debe de nacer de voluntad el monjío, va triste,
como parece.
-Todo podría ser -dijo el cura.
Y, dejándolos, se volvió adonde estaba Dorotea, la cual, como había oído
suspirar a la embozada, movida de natural compasión, se llegó a ella
y le dijo:
-¿Qué mal sentís, señora mía? Mirad si es alguno de quien las mujeres
suelen tener uso y experiencia de curarle, que de mi parte os ofrezco una
buena voluntad de serviros.
A todo esto callaba la lastimada señora; y, aunque Dorotea tornó con
mayores ofrecimientos, todavía se estaba en su silencio, hasta que llegó
el caballero embozado que dijo el mozo que los demás obedecían, y dijo
a Dorotea:
-No os canséis, señora, en ofrecer nada a esa mujer, porque tiene por
costumbre de no agradecer cosa que por ella se hace, ni procuréis que os
responda, si no queréis oír alguna mentira de su boca.
-Jamás la dije -dijo a esta sazón la que hasta allí había estado callando-;
antes, por ser tan verdadera y tan sin trazas mentirosas, me veo ahora en
tanta desventura; y desto vos mesmo quiero que seáis el testigo, pues mi
pura verdad os hace a vos ser falso y mentiroso.
Oyó estas razones Cardenio bien clara y distintamente, como quien estaba
tan junto de quien las decía que sola la puerta del aposento de don
Quijote estaba en medio; y, así como las oyó, dando una gran voz dijo:
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-¡Válgame Dios! ¿Qué es esto que oigo? ¿Qué voz es esta que ha llegado
a mis oídos?
Volvió la cabeza a estos gritos aquella señora, toda sobresaltada, y, no
viendo quién las daba, se levantó en pie y fuese a entrar en el aposento;
lo cual visto por el caballero, la detuvo, sin dejarla mover un paso. A ella,
con la turbación y desasosiego, se le cayó el tafetán con que traía cubierto
el rostro, y descubrió una hermosura incomparable y un rostro milagroso,
aunque descolorido y asombrado, porque con los ojos andaba rodeando
todos los lugares donde alcanzaba con la vista, con tanto ahínco,
que parecía persona fuera de juicio; cuyas señales, sin saber por qué las
hacía, pusieron gran lástima en Dorotea y en cuantos la miraban. Teníala
el caballero fuertemente asida por las espaldas, y, por estar tan ocupado
en tenerla, no pudo acudir a alzarse el embozo, que se le caía, como, en
efeto, se le cayó del todo; y, alzando los ojos Dorotea, que abrazada con
la señora estaba, vio que el que abrazada ansimesmo la tenía era su esposo
don Fernando; y, apenas le hubo conocido, cuando, arrojando de lo íntimo
de sus entrañas un luengo y tristísimo ¡ay!, se dejó caer de espaldas
desmayada; y, a no hallarse allí junto el barbero, que la recogió en los
brazos, ella diera consigo en el suelo.
Acudió luego el cura a quitarle el embozo, para echarle agua en el rostro,
y así como la descubrió la conoció don Fernando, que era el que estaba
abrazado con la otra, y quedó como muerto en verla; pero no porque
dejase, con todo esto, de tener a Luscinda, que era la que procuraba soltarse
de sus brazos; la cual había conocido en el suspiro a Cardenio, y él
la había conocido a ella. Oyó asimesmo Cardenio el ¡ay! que dio Dorotea
cuando se cayó desmayada, y, creyendo que era su Luscinda, salió del
aposento despavorido, y lo primero que vio fue a don Fernando, que tenía
abrazada a Luscinda. También don Fernando conoció luego a Cardenio;
y todos tres, Luscinda, Cardenio y Dorotea, quedaron mudos y suspensos,
casi sin saber lo que les había acontecido.
Callaban todos y mirábanse todos: Dorotea a don Fernando, don Fernando
a Cardenio, Cardenio a Luscinda y Luscinda a Cardenio. Mas quien
primero rompió el silencio fue Luscinda, hablando a don Fernando
desta manera:
-Dejadme, señor don Fernando, por lo que debéis a ser quien sois, ya
que por otro respeto no lo hagáis; dejadme llegar al muro de quien yo
soy yedra, al arrimo de quien no me han podido apartar vuestras importunaciones,
vuestras amenazas, vuestras promesas ni vuestras dádivas.
Notad cómo el cielo, por desusados y a nosotros encubiertos caminos,
me ha puesto a mi verdadero esposo delante. Y bien sabéis por mil
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costosas experiencias que sola la muerte fuera bastante para borrarle de
mi memoria.
Sean, pues, parte tan claros desengaños para que volváis, ya que no
podáis hacer otra cosa, el amor en rabia, la voluntad en despecho, y acabadme
con él la vida; que, como yo la rinda delante de mi buen esposo,
la daré por bien empleada: quizá con mi muerte quedará satisfecho de la
fe que le mantuve hasta el último trance de la vida.
Había en este entretanto vuelto Dorotea en sí, y había estado escuchando
todas las razones que Luscinda dijo, por las cuales vino en conocimiento
de quién ella era; que, viendo que don Fernando aún no la dejaba
de los brazos, ni respondía a sus razones, esforzándose lo más que pudo,
se levantó y se fue a hincar de rodillas a sus pies; y, derramando mucha
cantidad de hermosas y lastimeras lágrimas, así le comenzó a decir:
-Si ya no es, señor mío, que los rayos deste sol que en tus brazos eclipsado
tienes te quitan y ofuscan los de tus ojos, ya habrás echado de ver
que la que a tus pies está arrodillada es la sin ventura, hasta que tú quieras,
y la desdichada Dorotea. Yo soy aquella labradora humilde a quien
tú, por tu bondad o por tu gusto, quisiste levantar a la alteza de poder
llamarse tuya. Soy la que, encerrada en los límites de la honestidad, vivió
vida contenta hasta que, a las voces de tus importunidades, y, al parecer,
justos y amorosos sentimientos, abrió las puertas de su recato y te entregó
las llaves de su libertad: dádiva de ti tan mal agradecida, cual lo
muestra bien claro haber sido forzoso hallarme en el lugar donde me hallas,
y verte yo a ti de la manera que te veo. Pero, con todo esto, no querría
que cayese en tu imaginación pensar que he venido aquí con pasos
de mi deshonra, habiéndome traído sólo los del dolor y sentimiento de
verme de ti olvidada.
Tú quisiste que yo fuese tuya, y quisístelo de manera que, aunque ahora
quieras que no lo sea, no será posible que tú dejes de ser mío. Mira, señor
mío, que puede ser recompensa a la hermosura y nobleza por quien
me dejas la incomparable voluntad que te tengo. Tú no puedes ser de la
hermosa Luscinda, porque eres mío, ni ella puede ser tuya, porque es de
Cardenio; y más fácil te será, si en ello miras, reducir tu voluntad a querer
a quien te adora, que no encaminar la que te aborrece a que bien te
quiera. Tú solicitaste mi descuido, tú rogaste a mi entereza, tú no ignoraste
mi calidad, tú sabes bien de la manera que me entregué a toda tu
voluntad: no te queda lugar ni acogida de llamarte a engaño. Y si esto es
así, como lo es, y tú eres tan cristiano como caballero, ¿por qué por tantos
rodeos dilatas de hacerme venturosa en los fines, como me heciste en los
principios? Y si no me quieres por la que soy, que soy tu verdadera y
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legítima esposa, quiéreme, a lo menos, y admíteme por tu esclava; que,
como yo esté en tu poder, me tendré por dichosa y bien afortunada. No
permitas, con dejarme y desampararme, que se hagan y junten corrillos
en mi deshonra; no des tan mala vejez a mis padres, pues no lo merecen
los leales servicios que, como buenos vasallos, a los tuyos siempre han
hecho. Y si te parece que has de aniquilar tu sangre por mezclarla con la
mía, considera que pocas o ninguna nobleza hay en el mundo que no haya
corrido por este camino, y que la que se toma de las mujeres no es la
que hace al caso en las ilustres decendencias; cuanto más, que la verdadera
nobleza consiste en la virtud, y si ésta a ti te falta, negándome lo
que tan justamente me debes, yo quedaré con más ventajas de noble que
las que tú tienes. En fin, señor, lo que últimamente te digo es que, quieras
o no quieras, yo soy tu esposa: testigos son tus palabras, que no han
ni deben ser mentirosas, si ya es que te precias de aquello por que me
desprecias; testigo será la firma que hiciste, y testigo el cielo, a quien tú
llamaste por testigo de lo que me prometías. Y, cuando todo esto falte, tu
misma conciencia no ha de faltar de dar voces callando en mitad de tus
alegrías, volviendo por esta verdad que te he dicho y turbando tus mejores
gustos y contentos.
Estas y otras razones dijo la lastimada Dorotea, con tanto sentimiento
y lágrimas, que los mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantos
presentes estaban, la acompañaron en ellas. Escuchóla don Fernando sin
replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos
sollozos y suspiros, que bien había de ser corazón de bronce el que con
muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda,
no menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción
y hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas
palabras de consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que
apretada la tenían.
El cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio que
atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los brazos y, dejando libre
a Luscinda, dijo:
-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo
para negar tantas verdades juntas.
Con el desmayo que Luscinda había tenido, así como la dejó don Fernando,
iba a caer en el suelo; mas, hallándose Cardenio allí junto, que a
las espaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese,
prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudió a sostener a
Luscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:
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-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal,
firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás
más seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te recibieron,
cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.
A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado
a conocerle, primero por la voz, y asegurándose que él era con
la vista, casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto,
le echó los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio,
le dijo:
-Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunque
más lo impida la contraria suerte, y, aunque más amenazas le hagan
a esta vida que en la vuestra se sustenta.
Estraño espectáculo fue éste para don Fernando y para todos los circunstantes,
admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea que
don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de
querer vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella
en la espada; y, así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él
por las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba
mover, y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:
-¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensado
trance? Tú tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea está
en los brazos de su marido. Mira si te estará bien o te será posible
deshacer lo que el cielo ha hecho, o si te convendrá querer levantar a igualar
a ti mismo a la que, pospuesto todo inconveniente, confirmada en
su verdad y firmeza, delante de tus ojos tiene los suyos, bañados de licor
amoroso el rostro y pecho de su verdadero esposo. Por quien Dios es te
ruego, y por quien tú eres te suplico, que este tan notorio desengaño no
sólo no acreciente tu ira, sino que la mengüe en tal manera, que con quietud
y sosiego permitas que estos dos amantes le tengan, sin impedimiento
tuyo, todo el tiempo que el cielo quisiere concedérsele; y en esto mostrarás
la generosidad de tu ilustre y noble pecho, y verá el mundo que
tiene contigo más fuerza la razón que el apetito.
En tanto que esto decía Dorotea, aunque Cardenio tenía abrazada a
Luscinda, no quitaba los ojos de don Fernando, con determinación de
que, si le viese hacer algún movimiento en su perjuicio, procurar defenderse
y ofender como mejor pudiese a todos aquellos que en su daño se
mostrasen, aunque le costase la vida. Pero a esta sazón acudieron los
amigos de don Fernando, y el cura y el barbero, que a todo habían estado
presentes, sin que faltase el bueno de Sancho Panza, y todos rodeaban a
don Fernando, suplicándole tuviese por bien de mirar las lágrimas de
311
Dorotea; y que, siendo verdad, como sin duda ellos creían que lo era, lo
que en sus razones había dicho, que no permitiese quedase defraudada
de sus tan justas esperanzas. Que considerase que, no acaso, como parecía,
sino con particular providencia del cielo, se habían todos juntado en
lugar donde menos ninguno pensaba; y que advirtiese -dijo el cura- que
sola la muerte podía apartar a Luscinda de Cardenio; y, aunque los dividiesen
filos de alguna espada, ellos tendrían por felicísima su muerte; y
que en los lazos inremediables era suma cordura, forzándose y venciéndose
a sí mismo, mostrar un generoso pecho, permitiendo que por sola
su voluntad los dos gozasen el bien que el cielo ya les había concedido;
que pusiese los ojos ansimesmo en la beldad de Dorotea, y vería que pocas
o ninguna se le podían igualar, cuanto más hacerle ventaja, y que
juntase a su hermosura su humildad y el estremo del amor que le tenía;
y, sobre todo, advirtiese que si se preciaba de caballero y de cristiano,
que no podía hacer otra cosa que cumplille la palabra dada, y que, cumpliéndosela,
cumpliría con Dios y satisfaría a las gentes discretas, las cuales
saben y conocen que es prerrogativa de la hermosura, aunque esté en
sujeto humilde, como se acompañe con la honestidad, poder levantarse e
igualarse a cualquiera alteza, sin nota de menoscabo del que la levanta e
iguala a sí mismo; y, cuando se cumplen las fuertes leyes del gusto, como
en ello no intervenga pecado, no debe de ser culpado el que las sigue.
En efeto, a estas razones añadieron todos otras, tales y tantas, que el
valeroso pecho de don Fernando (en fin, como alimentado con ilustre
sangre) se ablandó y se dejó vencer de la verdad, que él no pudiera negar
aunque quisiera; y la señal que dio de haberse rendido y entregado al
buen parecer que se le había propuesto fue abajarse y abrazar a Dorotea,
diciéndole:
-Levantaos, señora mía, que no es justo que esté arrodillada a mis pies
la que yo tengo en mi alma; y si hasta aquí no he dado muestras de lo
que digo, quizá ha sido por orden del cielo, para que, viendo yo en vos la
fe con que me amáis, os sepa estimar en lo que merecéis. Lo que os ruego
es que no me reprehendáis mi mal término y mi mucho descuido, pues
la misma ocasión y fuerza que me movió para acetaros por mía, esa misma
me impelió para procurar no ser vuestro. Y que esto sea verdad, volved
y mirad los ojos de la ya contenta Luscinda, y en ellos hallaréis disculpa
de todos mis yerros; y, pues ella halló y alcanzó lo que deseaba, y
yo he hallado en vos lo que me cumple, viva ella segura y contenta luengos
y felices años con su Cardenio, que yo rogaré al cielo que me los deje
vivir con mi Dorotea.
312
Y, diciendo esto, la tornó a abrazar y a juntar su rostro con el suyo, con
tan tierno sentimiento, que le fue necesario tener gran cuenta con que las
lágrimas no acabasen de dar indubitables señas de su amor y arrepentimiento.
No lo hicieron así las de Luscinda y Cardenio, y aun las de casi
todos los que allí presentes estaban, porque comenzaron a derramar tantas,
los unos de contento proprio y los otros del ajeno, que no parecía sino
que algún grave y mal caso a todos había sucedido. Hasta Sancho
Panza lloraba, aunque después dijo que no lloraba él sino por ver que
Dorotea no era, como él pensaba, la reina Micomicona, de quien él tantas
mercedes esperaba. Duró algún espacio, junto con el llanto, la admiración
en todos, y luego Cardenio y Luscinda se fueron a poner de rodillas
ante don Fernando, dándole gracias de la merced que les había hecho
con tan corteses razones, que don Fernando no sabía qué responderles; y
así, los levantó y abrazó con muestras de mucho amor y de mucha
cortesía.
Preguntó luego a Dorotea le dijese cómo había venido a aquel lugar
tan lejos del suyo. Ella, con breves y discretas razones, contó todo lo que
antes había contado a Cardenio, de lo cual gustó tanto don Fernando y
los que con él venían, que quisieran que durara el cuento más tiempo:
tanta era la gracia con que Dorotea contaba sus desventuras. Y, así como
hubo acabado, dijo don Fernando lo que en la ciudad le había acontecido
después que halló el papel en el seno de Luscinda, donde declaraba ser
esposa de Cardenio y no poderlo ser suya. Dijo que la quiso matar, y lo
hiciera si de sus padres no fuera impedido; y que así, se salió de su casa,
despechado y corrido, con determinación de vengarse con más comodidad;
y que otro día supo como Luscinda había faltado de casa de sus padres,
sin que nadie supiese decir dónde se había ido, y que, en resolución,
al cabo de algunos meses vino a saber como estaba en un monesterio,
con voluntad de quedarse en él toda la vida, si no la pudiese pasar
con Cardenio; y que, así como lo supo, escogiendo para su compañía aquellos
tres caballeros, vino al lugar donde estaba, a la cual no había querido
hablar, temeroso que, en sabiendo que él estaba allí, había de haber
más guarda en el monesterio; y así, aguardando un día a que la portería
estuviese abierta, dejó a los dos a la guarda de la puerta, y él, con otro,
habían entrado en el monesterio buscando a Luscinda, la cual hallaron
en el claustro hablando con una monja; y, arrebatándola, sin darle lugar
a otra cosa, se habían venido con ella a un lugar donde se acomodaron
de aquello que hubieron menester para traella. Todo lo cual habían podido
hacer bien a su salvo, por estar el monesterio en el campo, buen trecho
fuera del pueblo. Dijo que, así como Luscinda se vio en su poder,
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perdió todos los sentidos; y que, después de vuelta en sí, no había hecho
otra cosa sino llorar y suspirar, sin hablar palabra alguna; y que así,
acompañados de silencio y de lágrimas, habían llegado a aquella venta,
que para él era haber llegado al cielo, donde se rematan y tienen fin todas
las desventuras de la tierra.
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Capítulo 37
Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona,
con otras graciosas aventuras
Todo esto escuchaba Sancho, no con poco dolor de su ánima, viendo que
se le desparecían e iban en humo las esperanzas de su ditado, y que la
linda princesa Micomicona se le había vuelto en Dorotea, y el gigante en
don Fernando, y su amo se estaba durmiendo a sueño suelto, bien descuidado
de todo lo sucedido. No se podía asegurar Dorotea si era soñado
el bien que poseía. Cardenio estaba en el mismo pensamiento, y el de
Luscinda corría por la misma cuenta. Don Fernando daba gracias al cielo
por la merced recebida y haberle sacado de aquel intricado laberinto,
donde se hallaba tan a pique de perder el crédito y el alma; y, finalmente,
cuantos en la venta estaban, estaban contentos y gozosos del buen suceso
que habían tenido tan trabados y desesperados negocios.
Todo lo ponía en su punto el cura, como discreto, y a cada uno daba el
parabién del bien alcanzado; pero quien más jubilaba y se contentaba era
la ventera, por la promesa que Cardenio y el cura le habían hecho de pagalle
todos los daños e intereses que por cuenta de don Quijote le hubiesen
venido. Sólo Sancho, como ya se ha dicho, era el afligido, el desventurado
y el triste; y así, con malencónico semblante, entró a su amo, el
cual acababa de despertar, a quien dijo:
-Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que
quisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante, ni de volver a la princesa
su reino: que ya todo está hecho y concluido.
-Eso creo yo bien -respondió don Quijote-, porque he tenido con el gigante
la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos
los días de mi vida; y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y
fue tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como
si fueran de agua.
-Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor –
respondió Sancho-, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no
lo sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis
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arrobas de vino tinto que encerraba en su vientre; y la cabeza cortada es
la puta que me parió, y llévelo todo Satanás.
-Y ¿qué es lo que dices, loco? -replicó don Quijote-. ¿Estás en tu seso?
-Levántese vuestra merced -dijo Sancho-, y verá el buen recado que ha
hecho, y lo que tenemos que pagar; y verá a la reina convertida en una
dama particular, llamada Dorotea, con otros sucesos que, si cae en ellos,
le han de admirar.
-No me maravillaría de nada deso -replicó don Quijote-, porque, si
bien te acuerdas, la otra vez que aquí estuvimos te dije yo que todo cuanto
aquí sucedía eran cosas de encantamento, y no sería mucho que ahora
fuese lo mesmo.
-Todo lo creyera yo -respondió Sancho-, si también mi manteamiento
fuera cosa dese jaez, mas no lo fue, sino real y verdaderamente; y vi yo
que el ventero que aquí está hoy día tenía del un cabo de la manta, y me
empujaba hacia el cielo con mucho donaire y brío, y con tanta risa como
fuerza; y donde interviene conocerse las personas, tengo para mí, aunque
simple y pecador, que no hay encantamento alguno, sino mucho molimiento
y mucha mala ventura.
-Ahora bien, Dios lo remediará -dijo don Quijote-. Dame de vestir y
déjame salir allá fuera, que quiero ver los sucesos y transformaciones que
dices.
Diole de vestir Sancho, y, en el entretanto que se vestía, contó el cura a
don Fernando y a los demás las locuras de don Quijote, y del artificio
que habían usado para sacarle de la Peña Pobre, donde él se imaginaba
estar por desdenes de su señora. Contóles asimismo casi todas las aventuras
que Sancho había contado, de que no poco se admiraron y rieron,
por parecerles lo que a todos parecía: ser el más estraño género de locura
que podía caber en pensamiento desparatado. Dijo más el cura: que,
pues ya el buen suceso de la señora Dorotea impidía pasar con su disignio
adelante, que era menester inventar y hallar otro para poderle llevar a
su tierra. Ofrecióse Cardenio de proseguir lo comenzado, y que Luscinda
haría y representaría la persona de Dorotea.
-No -dijo don Fernando-, no ha de ser así: que yo quiero que Dorotea
prosiga su invención; que, como no sea muy lejos de aquí el lugar deste
buen caballero, yo holgaré de que se procure su remedio.
-No está más de dos jornadas de aquí.
-Pues, aunque estuviera más, gustara yo de caminallas, a trueco de hacer
tan buena obra.
Salió, en esto, don Quijote, armado de todos sus pertrechos, con el yelmo,
aunque abollado, de Mambrino en la cabeza, embrazado de su
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rodela y arrimado a su tronco o lanzón. Suspendió a don Fernando y a
los demás la estraña presencia de don Quijote, viendo su rostro de media
legua de andadura, seco y amarillo, la desigualdad de sus armas y su
mesurado continente, y estuvieron callando hasta ver lo que él decía, el
cual, con mucha gravedad y reposo, puestos los ojos en la hermosa Dorotea,
dijo:
-Estoy informado, hermosa señora, deste mi escudero que la vuestra
grandeza se ha aniquilado, y vuestro ser se ha deshecho, porque de reina
y gran señora que solíades ser os habéis vuelto en una particular doncella.
Si esto ha sido por orden del rey nigromante de vuestro padre, temeroso
que yo no os diese la necesaria y debida ayuda, digo que no supo ni
sabe de la misa la media, y que fue poco versado en las historias caballerescas,
porque si él las hubiera leído y pasado tan atentamente y con tanto
espacio como yo las pasé y leí, hallara a cada paso cómo otros caballeros
de menor fama que la mía habían acabado cosas más dificultosas, no
siéndolo mucho matar a un gigantillo, por arrogante que sea; porque no
ha muchas horas que yo me vi con él, y… quiero callar, porque no me digan
que miento; pero el tiempo, descubridor de todas las cosas, lo dirá
cuando menos lo pensemos.
-Vístesos vos con dos cueros, que no con un gigante -dijo a esta sazón
el ventero.
Al cual mandó don Fernando que callase y no interrumpiese la plática
de don Quijote en ninguna manera; y don Quijote prosiguió diciendo:
-Digo, en fin, alta y desheredada señora, que si por la causa que he dicho
vuestro padre ha hecho este metamorfóseos en vuestra persona, que
no le deis crédito alguno, porque no hay ningún peligro en la tierra por
quien no se abra camino mi espada, con la cual, poniendo la cabeza de
vuestro enemigo en tierra, os pondré a vos la corona de la vuestra en la
cabeza en breves días.
No dijo más don Quijote, y esperó a que la princesa le respondiese, la
cual, como ya sabía la determinación de don Fernando de que se prosiguiese
adelante en el engaño hasta llevar a su tierra a don Quijote, con
mucho donaire y gravedad, le respondió:
-Quienquiera que os dijo, valeroso caballero de la Triste Figura, que yo
me había mudado y trocado de mi ser, no os dijo lo cierto, porque la misma
que ayer fui me soy hoy. Verdad es que alguna mudanza han hecho
en mí ciertos acaecimientos de buena ventura, que me la han dado la mejor
que yo pudiera desearme, pero no por eso he dejado de ser la que antes
y de tener los mesmos pensamientos de valerme del valor de vuestro
valeroso e invenerable brazo que siempre he tenido. Así que, señor mío,
317
vuestra bondad vuelva la honra al padre que me engendró, y téngale por
hombre advertido y prudente, pues con su ciencia halló camino tan fácil
y tan verdadero para remediar mi desgracia; que yo creo que si por vos,
señor, no fuera, jamás acertara a tener la ventura que tengo; y en esto digo
tanta verdad como son buenos testigos della los más destos señores
que están presentes. Lo que resta es que mañana nos pongamos en camino,
porque ya hoy se podrá hacer poca jornada, y en lo demás del buen
suceso que espero, lo dejaré a Dios y al valor de vuestro pecho.
Esto dijo la discreta Dorotea, y, en oyéndolo don Quijote, se volvió a
Sancho, y, con muestras de mucho enojo, le dijo:
-Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España.
Dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta
princesa se había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que
la cabeza que entiendo que corté a un gigante era la puta que te parió,
con otros disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás
he estado en todos los días de mi vida? ¡Voto… -y miró al cielo y apretó
los dientes- que estoy por hacer un estrago en ti, que ponga sal en la mollera
a todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes,
de aquí adelante, en el mundo!
-Vuestra merced se sosiegue, señor mío -respondió Sancho-, que bien
podría ser que yo me hubiese engañado en lo que toca a la mutación de
la señora princesa Micomicona; pero, en lo que toca a la cabeza del gigante,
o, a lo menos, a la horadación de los cueros y a lo de ser vino tinto
la sangre, no me engaño, ¡vive Dios!, porque los cueros allí están heridos,
a la cabecera del lecho de vuestra merced, y el vino tinto tiene hecho un
lago el aposento; y si no, al freír de los huevos lo verá; quiero decir que lo
verá cuando aquí su merced del señor ventero le pida el menoscabo de
todo. De lo demás, de que la señora reina se esté como se estaba, me regocijo
en el alma, porque me va mi parte, como a cada hijo de vecino.
-Ahora yo te digo, Sancho -dijo don Quijote-, que eres un mentecato; y
perdóname, y basta.
-Basta -dijo don Fernando-, y no se hable más en esto; y, pues la señora
princesa dice que se camine mañana, porque ya hoy es tarde, hágase así,
y esta noche la podremos pasar en buena conversación hasta el venidero
día, donde todos acompañaremos al señor don Quijote, porque queremos
ser testigos de las valerosas e inauditas hazañas que ha de hacer en
el discurso desta grande empresa que a su cargo lleva.
-Yo soy el que tengo de serviros y acompañaros -respondió don Quijote-,
y agradezco mucho la merced que se me hace y la buena opinión que
318
de mí se tiene, la cual procuraré que salga verdadera, o me costará la vida,
y aun más, si más costarme puede.
Muchas palabras de comedimiento y muchos ofrecimientos pasaron
entre don Quijote y don Fernando; pero a todo puso silencio un pasajero
que en aquella sazón entró en la venta, el cual en su traje mostraba ser
cristiano recién venido de tierra de moros, porque venía vestido con una
casaca de paño azul, corta de faldas, con medias mangas y sin cuello; los
calzones eran asimismo de lienzo azul, con bonete de la misma color; traía
unos borceguíes datilados y un alfanje morisco, puesto en un tahelí
que le atravesaba el pecho. Entró luego tras él, encima de un jumento,
una mujer a la morisca vestida, cubierto el rostro con una toca en la cabeza;
traía un bonetillo de brocado, y vestida una almalafa, que desde los
hombros a los pies la cubría. Era el hombre de robusto y agraciado talle,
de edad de poco más de cuarenta años, algo moreno de rostro, largo de
bigotes y la barba muy bien puesta. En resolución, él mostraba en su
apostura que si estuviera bien vestido, le juzgaran por persona de calidad
y bien nacida.
Pidió, en entrando, un aposento, y, como le dijeron que en la venta no
le había, mostró recebir pesadumbre; y, llegándose a la que en el traje parecía
mora, la apeó en sus brazos. Luscinda, Dorotea, la ventera, su hija y
Maritornes, llevadas del nuevo y para ellas nunca visto traje, rodearon a
la mora, y Dorotea, que siempre fue agraciada, comedida y discreta, pareciéndole
que así ella como el que la traía se congojaban por la falta del
aposento, le dijo:
-No os dé mucha pena, señora mía, la incomodidad de regalo que aquí
falta, pues es proprio de ventas no hallarse en ellas; pero, con todo esto,
si gustáredes de pasar con nosotras -señalando a Luscinda-, quizá en el
discurso de este camino habréis hallado otros no tan buenos
acogimientos.
No respondió nada a esto la embozada, ni hizo otra cosa que levantarse
de donde sentado se había, y, puestas entrambas manos cruzadas sobre
el pecho, inclinada la cabeza, dobló el cuerpo en señal de que lo agradecía.
Por su silencio imaginaron que, sin duda alguna, debía de ser mora,
y que no sabía hablar cristiano. Llegó, en esto, el cautivo, que entendiendo
en otra cosa hasta entonces había estado, y, viendo que todas tenían
cercada a la que con él venía, y que ella a cuanto le decían callaba,
dijo:
-Señoras mías, esta doncella apenas entiende mi lengua, ni sabe hablar
otra ninguna sino conforme a su tierra, y por esto no debe de haber respondido,
ni responde, a lo que se le ha preguntado.
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-No se le pregunta otra cosa ninguna -respondió Luscinda- sino ofrecelle
por esta noche nuestra compañía y parte del lugar donde nos acomodáremos,
donde se le hará el regalo que la comodidad ofreciere, con la
voluntad que obliga a servir a todos los estranjeros que dello tuvieren
necesidad, especialmente siendo mujer a quien se sirve.
-Por ella y por mí -respondió el captivo- os beso, señora mía, las manos,
y estimo mucho y en lo que es razón la merced ofrecida; que en tal
ocasión, y de tales personas como vuestro parecer muestra, bien se echa
de ver que ha de ser muy grande.
-Decidme, señor -dijo Dorotea-: ¿esta señora es cristiana o mora? Porque
el traje y el silencio nos hace pensar que es lo que no querríamos que
fuese.
-Mora es en el traje y en el cuerpo, pero en el alma es muy grande cristiana,
porque tiene grandísimos deseos de serlo.
-Luego, ¿no es baptizada? -replicó Luscinda.
-No ha habido lugar para ello -respondió el captivo- después que salió
de Argel, su patria y tierra, y hasta agora no se ha visto en peligro de
muerte tan cercana que obligase a baptizalla sin que supiese primero todas
las ceremonias que nuestra Madre la Santa Iglesia manda; pero Dios
será servido que presto se bautice con la decencia que la calidad de su
persona merece, que es más de lo que muestra su hábito y el mío.
Con estas razones puso gana en todos los que escuchándole estaban de
saber quién fuese la mora y el captivo, pero nadie se lo quiso preguntar
por entonces, por ver que aquella sazón era más para procurarles descanso
que para preguntarles sus vidas. Dorotea la tomó por la mano y la
llevó a sentar junto a sí, y le rogó que se quitase el embozo. Ella miró al
cautivo, como si le preguntara le dijese lo que decían y lo que ella haría.
Él, en lengua arábiga, le dijo que le pedían se quitase el embozo, y que
lo hiciese; y así, se lo quitó, y descubrió un rostro tan hermoso que Dorotea
la tuvo por más hermosa que a Luscinda, y Luscinda por más hermosa
que a Dorotea, y todos los circustantes conocieron que si alguno se podría
igualar al de las dos, era el de la mora, y aun hubo algunos que le
aventajaron en alguna cosa. Y, como la hermosura tenga prerrogativa y
gracia de reconciliar los ánimos y atraer las voluntades, luego se rindieron
todos al deseo de servir y acariciar a la hermosa mora.
Preguntó don Fernando al captivo cómo se llamaba la mora, el cual
respondió que lela Zoraida; y, así como esto oyó, ella entendió lo que le
habían preguntado al cristiano, y dijo con mucha priesa, llena de congoja
y donaire:
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-¡No, no Zoraida: María, María! -dando a entender que se llamaba María
y no Zoraida.
Estas palabras, el grande afecto con que la mora las dijo, hicieron derramar
más de una lágrima a algunos de los que la escucharon, especialmente
a las mujeres, que de su naturaleza son tiernas y compasivas.
Abrazóla Luscinda con mucho amor, diciéndole:
-Sí, sí: María, María.
A lo cual respondió la mora:
-¡Sí, sí: María; Zoraida macange! -que quiere decir no.
Ya en esto llegaba la noche, y, por orden de los que venían con don
Fernando, había el ventero puesto diligencia y cuidado en aderezarles de
cenar lo mejor que a él le fue posible. Llegada, pues, la hora, sentáronse
todos a una larga mesa, como de tinelo, porque no la había redonda ni
cuadrada en la venta, y dieron la cabecera y principal asiento, puesto que
él lo rehusaba, a don Quijote, el cual quiso que estuviese a su lado la señora
Micomicona, pues él era su aguardador. Luego se sentaron Luscinda
y Zoraida, y frontero dellas don Fernando y Cardenio, y luego el cautivo
y los demás caballeros, y, al lado de las señoras, el cura y el barbero.
Y así, cenaron con mucho contento, y acrecentóseles más viendo que, dejando
de comer don Quijote, movido de otro semejante espíritu que el
que le movió a hablar tanto como habló cuando cenó con los cabreros,
comenzó a decir:
-Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas
cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no,
¿cuál de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste
castillo entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea
que nosotros somos quien somos? ¿Quién podrá decir que esta señora
que está a mi lado es la gran reina que todos sabemos, y que yo soy aquel
Caballero de la Triste Figura que anda por ahí en boca de la fama? Ahora
no hay que dudar, sino que esta arte y ejercicio excede a todas aquellas y
aquellos que los hombres inventaron, y tanto más se ha de tener en estima
cuanto a más peligros está sujeto. Quítenseme delante los que dijeren
que las letras hacen ventaja a las armas, que les diré, y sean quien se fueren,
que no saben lo que dicen. Porque la razón que los tales suelen decir,
y a lo que ellos más se atienen, es que los trabajos del espíritu exceden
a los del cuerpo, y que las armas sólo con el cuerpo se ejercitan, como
si fuese su ejercicio oficio de ganapanes, para el cual no es menester
más de buenas fuerzas; o como si en esto que llamamos armas los que las
profesamos no se encerrasen los actos de la fortaleza, los cuales piden
para ejecutallos mucho entendimiento; o como si no trabajase el ánimo
321
del guerrero que tiene a su cargo un ejército, o la defensa de una ciudad
sitiada, así con el espíritu como con el cuerpo. Si no, véase si se alcanza
con las fuerzas corporales a saber y conjeturar el intento del enemigo, los
disignios, las estratagemas, las dificultades, el prevenir los daños que se
temen; que todas estas cosas son acciones del entendimiento, en quien no
tiene parte alguna el cuerpo. Siendo pues ansí, que las armas requieren
espíritu, como las letras, veamos ahora cuál de los dos espíritus, el del letrado
o el del guerrero, trabaja más. Y esto se vendrá a conocer por el fin
y paradero a que cada uno se encamina, porque aquella intención se ha
de estimar en más que tiene por objeto más noble fin. Es el fin y paradero
de las letras… , y no hablo ahora de las divinas, que tienen por blanco
llevar y encaminar las almas al cielo, que a un fin tan sin fin como éste
ninguno otro se le puede igualar; hablo de las letras humanas, que es su
fin poner en su punto la justicia distributiva y dar a cada uno lo que es
suyo, entender y hacer que las buenas leyes se guarden. Fin, por cierto,
generoso y alto y digno de grande alabanza, pero no de tanta como merece
aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la
paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida. Y
así, las primeras buenas nuevas que tuvo el mundo y tuvieron los hombres
fueron las que dieron los ángeles la noche que fue nuestro día, cuando
cantaron en los aires:
Gloria sea en las alturas, y paz en la tierra, a los hombres de buena voluntad;
y a la salutación que el mejor maestro de la tierra y del cielo enseñó a sus
allegados y favoridos, fue decirles que cuando entrasen en alguna casa,
dijesen: Paz sea en esta casa; y otras muchas veces les dijo: Mi paz os doy,
mi paz os dejo: paz sea con vosotros, bien como joya y prenda dada y dejada
de tal mano; joya que sin ella, en la tierra ni en el cielo puede haber bien
alguno. Esta paz es el verdadero fin de la guerra, que lo mesmo es decir
armas que guerra. Prosupuesta, pues, esta verdad, que el fin de la guerra
es la paz, y que en esto hace ventaja al fin de las letras, vengamos ahora a
los trabajos del cuerpo del letrado y a los del profesor de las armas, y
véase cuáles son mayores.
De tal manera, y por tan buenos términos, iba prosiguiendo en su plática
don Quijote que obligó a que, por entonces, ninguno de los que escuchándole
estaban le tuviese por loco; antes, como todos los más eran caballeros,
a quien son anejas las armas, le escuchaban de muy buena gana;
y él prosiguió diciendo:
-Digo, pues, que los trabajos del estudiante son éstos: principalmente
pobreza (no porque todos sean pobres, sino por poner este caso en todo
el estremo que pueda ser); y, en haber dicho que padece pobreza, me
322
parece que no había que decir más de su mala ventura, porque quien es
pobre no tiene cosa buena. Esta pobreza la padece por sus partes, ya en
hambre, ya en frío, ya en desnudez, ya en todo junto; pero, con todo eso,
no es tanta que no coma, aunque sea un poco más tarde de lo que se usa,
aunque sea de las sobras de los ricos; que es la mayor miseria del estudiante
éste que entre ellos llaman andar a la sopa; y no les falta algún ajeno
brasero o chimenea, que, si no callenta, a lo menos entibie su frío, y,
en fin, la noche duermen debajo de cubierta. No quiero llegar a otras menudencias,
conviene a saber, de la falta de camisas y no sobra de zapatos,
la raridad y poco pelo del vestido, ni aquel ahitarse con tanto gusto,
cuando la buena suerte les depara algún banquete. Por este camino que
he pintado, áspero y dificultoso, tropezando aquí, cayendo allí, levantándose
acullá, tornando a caer acá, llegan al grado que desean; el cual alcanzado,
a muchos hemos visto que, habiendo pasado por estas Sirtes y
por estas Scilas y Caribdis, como llevados en vuelo de la favorable fortuna,
digo que los hemos visto mandar y gobernar el mundo desde una silla,
trocada su hambre en hartura, su frío en refrigerio, su desnudez en
galas, y su dormir en una estera en reposar en holandas y damascos: premio
justamente merecido de su virtud.
Pero, contrapuestos y comparados sus trabajos con los del mílite guerrero,
se quedan muy atrás en todo, como ahora diré.
323
Capítulo 38
Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de
las armas y las letras
Prosiguiendo don Quijote, dijo:
-Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos
si es más rico el soldado. Y veremos que no hay ninguno más pobre
en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que
viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro
de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta,
que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del
invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña
rasa, con sólo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío,
tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues
esperad que espere que llegue la noche, para restaurarse de todas estas
incomodidades, en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa,
jamás pecará de estrecha; que bien puede medir en la tierra los pies que
quisiere, y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las
sábanas.
Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su
ejercicio; lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza,
hecha de hilas, para curarle algún balazo, que quizá le habrá pasado
las sienes, o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y, cuando esto no
suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá
ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba, y que sea menester
que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas
salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras
veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son
los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda,
habéis de responder que no tienen comparación, ni se pueden reducir a
cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres
letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados; porque, de faldas,
que no quiero decir de mangas, todos tienen en qué entretenerse.
324
Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el
premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos
mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aquéllos se premian con
darles oficios, que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a éstos
no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien
sirven; y esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos
esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos
a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta
ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte
alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían
sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está
sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados.
A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas,
porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos,
se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los
mares de cosarios; y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los
reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían
sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que
dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón
averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar
en más.
Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias,
hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago, y
otras cosas a éstas adherentes, que, en parte, ya las tengo referidas; mas
llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el
estudiante, en tanto mayor grado que no tiene comparación, porque a cada
paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza
puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado,
que, hallándose cercado en alguna fuerza, y estando de posta, o
guarda, en algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando
hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún
caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Sólo lo que puede
hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie
con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo
improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo
sin su voluntad. Y si éste parece pequeño peligro, veamos si le iguala o
hace ventajas el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar
espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más
espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y, con todo esto,
viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le
325
amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria,
que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido
de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno; y, con todo esto,
con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser
blanco de tanta arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel
contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde
no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo
lugar; y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda,
otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía
y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la
guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable
furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo
inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de
su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde
brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por
dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes
pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se
espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina,
y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la
merecía gozar luengos siglos.
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber
tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como
es esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro
me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño
me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor
de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero
haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo
con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se
pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.
Todo este largo preámbulo dijo don Quijote, en tanto que los demás
cenaban, olvidándose de llevar bocado a la boca, puesto que algunas veces
le había dicho Sancho Panza que cenase, que después habría lugar
para decir todo lo que quisiese. En los que escuchado le habían sobrevino
nueva lástima de ver que hombre que, al parecer, tenía buen entendimiento
y buen discurso en todas las cosas que trataba, le hubiese perdido
tan rematadamente, en tratándole de su negra y pizmienta caballería. El
cura le dijo que tenía mucha razón en todo cuanto había dicho en favor
de las armas, y que él, aunque letrado y graduado, estaba de su mesmo
parecer.
326
Acabaron de cenar, levantaron los manteles, y, en tanto que la ventera,
su hija y Maritornes aderezaban el camaranchón de don Quijote de la
Mancha, donde habían determinado que aquella noche las mujeres solas
en él se recogiesen, don Fernando rogó al cautivo les contase el discurso
de su vida, porque no podría ser sino que fuese peregrino y gustoso, según
las muestras que había comenzado a dar, viniendo en compañía de
Zoraida. A lo cual respondió el cautivo que de muy buena gana haría lo
que se le mandaba, y que sólo temía que el cuento no había de ser tal,
que les diese el gusto que él deseaba; pero que, con todo eso, por no faltar
en obedecelle, le contaría. El cura y todos los demás se lo agradecieron,
y de nuevo se lo rogaron; y él, viéndose rogar de tantos, dijo que no
eran menester ruegos adonde el mandar tenía tanta fuerza.
-Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero,
a quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado
artificio suelen componerse.
Con esto que dijo, hizo que todos se acomodasen y le prestasen un
grande silencio; y él, viendo que ya callaban y esperaban lo que decir
quisiese, con voz agradable y reposada, comenzó a decir desta manera:
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Capítulo 39
Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos
-«En un lugar de las Montañas de León tuvo principio mi linaje, con quien
fue más agradecida y liberal la naturaleza que la fortuna, aunque, en
la estrecheza de aquellos pueblos, todavía alcanzaba mi padre fama de
rico, y verdaderamente lo fuera si así se diera maña a conservar su hacienda
como se la daba en gastalla. Y la condición que tenía de ser liberal
y gastador le procedió de haber sido soldado los años de su joventud,
que es escuela la soldadesca donde el mezquino se hace franco, y el franco,
pródigo; y si algunos soldados se hallan miserables, son como monstruos,
que se ven raras veces. Pasaba mi padre los términos de la liberalidad,
y rayaba en los de ser pródigo: cosa que no le es de ningún provecho
al hombre casado, y que tiene hijos que le han de suceder en el nombre
y en el ser. Los que mi padre tenía eran tres, todos varones y todos de
edad de poder elegir estado. Viendo, pues, mi padre que, según él decía,
no podía irse a la mano contra su condición, quiso privarse del instrumento
y causa que le hacía gastador y dadivoso, que fue privarse de la
hacienda, sin la cual el mismo Alejandro pareciera estrecho.
»Y así, llamándonos un día a todos tres a solas en un aposento, nos dijo
unas razones semejantes a las que ahora diré: Hijos, para deciros que os
quiero bien, basta saber y decir que sois mis hijos; y, para entender que os quiero
mal, basta saber que no me voy a la mano en lo que toca a conservar vuestra hacienda.
Pues, para que entendáis desde aquí adelante que os quiero como padre, y
que no os quiero destruir como padrastro, quiero hacer una cosa con vosotros
que ha muchos días que la tengo pensada y con madura consideración dispuesta.
Vosotros estáis ya en edad de tomar estado, o, a lo menos, de elegir ejercicio, tal
que, cuando mayores, os honre y aproveche. Y lo que he pensado es hacer de mi
hacienda cuatro partes: las tres os daré a vosotros, a cada uno lo que le tocare,
sin exceder en cosa alguna, y con la otra me quedaré yo para vivir y sustentarme
los días que el cielo fuere servido de darme de vida. Pero querría que, después
que cada uno tuviese en su poder la parte que le toca de su hacienda, siguiese
328
uno de los caminos que le diré. Hay un refrán en nuestra España, a mi parecer
muy verdadero, como todos lo son, por ser sentencias breves sacadas de la luenga
y discreta experiencia; y el que yo digo dice: "Iglesia, o mar, o casa real", como si
más claramente dijera:
"Quien quisiere valer y ser rico, siga o la Iglesia, o navegue, ejercitando
el arte de la mercancía, o entre a servir a los reyes en sus casas"; porque
dicen: "Más vale migaja de rey que merced de señor". Digo esto porque
querría, y es mi voluntad, que uno de vosotros siguiese las letras, el otro
la mercancía, y el otro sirviese al rey en la guerra, pues es dificultoso entrar
a servirle en su casa; que, ya que la guerra no dé muchas riquezas,
suele dar mucho valor y mucha fama. Dentro de ocho días, os daré toda
vuestra parte en dineros, sin defraudaros en un ardite, como lo veréis
por la obra. Decidme ahora si queréis seguir mi parecer y consejo en lo
que os he propuesto. Y, mandándome a mí, por ser el mayor, que respondiese,
después de haberle dicho que no se deshiciese de la hacienda, sino que gastase todo
lo que fuese su voluntad, que nosotros éramos mozos para saber ganarla, vine
a concluir en que cumpliría su gusto, y que el mío era seguir el ejercicio de las
armas, sirviendo en él a Dios y a mi rey. El segundo hermano hizo los mesmos
ofrecimientos, y escogió el irse a las Indias, llevando empleada la hacienda que le
cupiese. El menor, y, a lo que yo creo, el más discreto, dijo que quería seguir la
Iglesia, o irse a acabar sus comenzados estudios a Salamanca. Así como acabamos
de concordarnos y escoger nuestros ejercicios, mi padre nos abrazó a todos,
y, con la brevedad que dijo, puso por obra cuanto nos había prometido; y, dando
a cada uno su parte, que, a lo que se me acuerda, fueron cada tres mil ducados,
en dineros (porque un nuestro tío compró toda la hacienda y la pagó de contado,
porque no saliese del tronco de la casa), en un mesmo día nos despedimos todos
tres de nuestro buen padre; y, en aquel mesmo, pareciéndome a mí ser inhumanidad
que mi padre quedase viejo y con tan poca hacienda, hice con él que de mis
tres mil tomase los dos mil ducados, porque a mí me bastaba el resto para acomodarme
de lo que había menester un soldado. Mis dos hermanos, movidos de mi
ejemplo, cada uno le dio mil ducados: de modo que a mi padre le quedaron cuatro
mil en dineros, y más tres mil, que, a lo que parece, valía la hacienda que le cupo,
que no quiso vender, sino quedarse con ella en raíces. Digo, en fin, que nos despedimos
dél y de aquel nuestro tío que he dicho, no sin mucho sentimiento y lágrimas
de todos, encargándonos que les hiciésemos saber, todas las veces que hubiese
comodidad para ello, de nuestros sucesos, prósperos o adversos.
Prometímosselo, y, abrazándonos y echándonos su bendición, el uno
tomó el viaje de Salamanca, el otro de Sevilla y yo el de Alicante, adonde
tuve nuevas que había una nave ginovesa que cargaba allí lana para
Génova.
329
»Éste hará veinte y dos años que salí de casa de mi padre, y en todos
ellos, puesto que he escrito algunas cartas, no he sabido dél ni de mis
hermanos nueva alguna. Y lo que en este discurso de tiempo he pasado
lo diré brevemente. Embarquéme en Alicante, llegué con próspero viaje a
Génova, fui desde allí a Milán, donde me acomodé de armas y de algunas
galas de soldado, de donde quise ir a asentar mi plaza al Piamonte;
y, estando ya de camino para Alejandría de la Palla, tuve nuevas que el
gran duque de Alba pasaba a Flandes. Mudé propósito, fuime con él, servíle
en las jornadas que hizo, halléme en la muerte de los condes de Eguemón
y de Hornos, alcancé a ser alférez de un famoso capitán de Guadalajara,
llamado Diego de Urbina; y, a cabo de algún tiempo que llegué
a Flandes, se tuvo nuevas de la liga que la Santidad del Papa Pío Quinto,
de felice recordación, había hecho con Venecia y con España, contra el
enemigo común, que es el Turco; el cual, en aquel mesmo tiempo, había
ganado con su armada la famosa isla de Chipre, que estaba debajo del
dominio del veneciano: y pérdida lamentable y desdichada. Súpose cierto
que venía por general desta liga el serenísimo don Juan de Austria,
hermano natural de nuestro buen rey don Felipe. Divulgóse el grandísimo
aparato de guerra que se hacía. Todo lo cual me incitó y conmovió el
ánimo y el deseo de verme en la jornada que se esperaba; y, aunque tenía
barruntos, y casi promesas ciertas, de que en la primera ocasión que se
ofreciese sería promovido a capitán, lo quise dejar todo y venirme, como
me vine, a Italia. Y quiso mi buena suerte que el señor don Juan de Austria
acababa de llegar a Génova, que pasaba a Nápoles a juntarse con la
armada de Venecia, como después lo hizo en Mecina.
»Digo, en fin, que yo me hallé en aquella felicísima jornada, ya hecho
capitán de infantería, a cuyo honroso cargo me subió mi buena suerte,
más que mis merecimientos. Y aquel día, que fue para la cristiandad tan
dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del
error en que estaban, creyendo que los turcos eran invencibles por la
mar: en aquel día, digo, donde quedó el orgullo y soberbia otomana quebrantada,
entre tantos venturosos como allí hubo (porque más ventura
tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores
quedaron), yo solo fui el desdichado, pues, en cambio de que pudiera esperar,
si fuera en los romanos siglos, alguna naval corona, me vi aquella
noche que siguió a tan famoso día con cadenas a los pies y esposas a las
manos.
»Y fue desta suerte: que, habiendo el Uchalí, rey de Argel, atrevido y
venturoso cosario, embestido y rendido la capitana de Malta, que solos
tres caballeros quedaron vivos en ella, y éstos malheridos, acudió la
330
capitana de Juan Andrea a socorrella, en la cual yo iba con mi compañía;
y, haciendo lo que debía en ocasión semejante, salté en la galera contraria,
la cual, desviándose de la que la había embestido, estorbó que mis soldados
me siguiesen, y así, me hallé solo entre mis enemigos, a quien no
pude resistir, por ser tantos; en fin, me rindieron lleno de heridas. Y, como
ya habréis, señores, oído decir que el Uchalí se salvó con toda su escuadra,
vine yo a quedar cautivo en su poder, y solo fui el triste entre tantos
alegres y el cautivo entre tantos libres; porque fueron quince mil cristianos
los que aquel día alcanzaron la deseada libertad, que todos venían
al remo en la turquesca armada.
»Lleváronme a Costantinopla, donde el Gran Turco Selim hizo general
de la mar a mi amo, porque había hecho su deber en la batalla, habiendo
llevado por muestra de su valor el estandarte de la religión de Malta. Halléme
el segundo año, que fue el de setenta y dos, en Navarino, bogando
en la capitana de los tres fanales. Vi y noté la ocasión que allí se perdió
de no coger en el puerto toda el armada turquesca, porque todos los leventes
y jenízaros que en ella venían tuvieron por cierto que les habían
de embestir dentro del mesmo puerto, y tenían a punto su ropa y pasamaques,
que son sus zapatos, para huirse luego por tierra, sin esperar ser
combatidos: tanto era el miedo que habían cobrado a nuestra armada.
Pero el cielo lo ordenó de otra manera, no por culpa ni descuido del general
que a los nuestros regía, sino por los pecados de la cristiandad, y
porque quiere y permite Dios que tengamos siempre verdugos que nos
castiguen.
»En efeto, el Uchalí se recogió a Modón, que es una isla que está junto
a Navarino, y, echando la gente en tierra, fortificó la boca del puerto, y
estúvose quedo hasta que el señor don Juan se volvió. En este viaje se tomó
la galera que se llamaba La Presa, de quien era capitán un hijo de aquel
famoso cosario Barbarroja. Tomóla la capitana de Nápoles, llamada
La Loba, regida por aquel rayo de la guerra, por el padre de los soldados,
por aquel venturoso y jamás vencido capitán don Álvaro de Bazán, marqués
de Santa Cruz. Y no quiero dejar de decir lo que sucedió en la presa
de La Presa.
Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos,
que, así como los que venían al remo vieron que la galera Loba les iba
entrando y que los alcanzaba, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron
de su capitán, que estaba sobre el estanterol gritando que bogasen
apriesa, y pasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados,
que a poco más que pasó del árbol ya había pasado su ánima al
331
infierno: tal era, como he dicho, la crueldad con que los trataba y el odio
que ellos le tenían.
»Volvimos a Constantinopla, y el año siguiente, que fue el de setenta y
tres, se supo en ella cómo el señor don Juan había ganado a Túnez, y quitado
aquel reino a los turcos y puesto en posesión dél a Muley Hamet,
cortando las esperanzas que de volver a reinar en él tenía Muley Hamida,
el moro más cruel y más valiente que tuvo el mundo. Sintió mucho
esta pérdida el Gran Turco, y, usando de la sagacidad que todos los de
su casa tienen, hizo paz con venecianos, que mucho más que él la deseaban;
y el año siguiente de setenta y cuatro acometió a la Goleta y al fuerte
que junto a Túnez había dejado medio levantado el señor don Juan. En
todos estos trances andaba yo al remo, sin esperanza de libertad alguna;
a lo menos, no esperaba tenerla por rescate, porque tenía determinado de
no escribir las nuevas de mi desgracia a mi padre.
»Perdióse, en fin, la Goleta; perdióse el fuerte, sobre las cuales plazas
hubo de soldados turcos, pagados, setenta y cinco mil, y de moros, y alárabes
de toda la Africa, más de cuatrocientos mil, acompañado este tan
gran número de gente con tantas municiones y pertrechos de guerra, y
con tantos gastadores, que con las manos y a puñados de tierra pudieran
cubrir la Goleta y el fuerte. Perdióse primero la Goleta, tenida hasta entonces
por inexpugnable; y no se perdió por culpa de sus defensores, los
cuales hicieron en su defensa todo aquello que debían y podían, sino
porque la experiencia mostró la facilidad con que se podían levantar trincheas
en aquella desierta arena, porque a dos palmos se hallaba agua, y
los turcos no la hallaron a dos varas; y así, con muchos sacos de arena levantaron
las trincheas tan altas que sobrepujaban las murallas de la fuerza;
y, tirándoles a caballero, ninguno podía parar, ni asistir a la defensa.
Fue común opinión que no se habían de encerrar los nuestros en la Goleta,
sino esperar en campaña al desembarcadero; y los que esto dicen hablan
de lejos y con poca experiencia de casos semejantes, porque si en la
Goleta y en el fuerte apenas había siete mil soldados, ¿cómo podía tan
poco número, aunque más esforzados fuesen, salir a la campaña y quedar
en las fuerzas, contra tanto como era el de los enemigos?; y ¿cómo es
posible dejar de perderse fuerza que no es socorrida, y más cuando la
cercan enemigos muchos y porfiados, y en su mesma tierra? Pero a muchos
les pareció, y así me pareció a mí, que fue particular gracia y merced
que el cielo hizo a España en permitir que se asolase aquella oficina y
capa de maldades, y aquella gomia o esponja y polilla de la infinidad de
dineros que allí sin provecho se gastaban, sin servir de otra cosa que de
conservar la memoria de haberla ganado la felicísima del invictísimo
332
Carlos Quinto; como si fuera menester para hacerla eterna, como lo es y
será, que aquellas piedras la sustentaran.
»Perdióse también el fuerte; pero fuéronle ganando los turcos palmo a
palmo, porque los soldados que lo defendían pelearon tan valerosa y
fuertemente, que pasaron de veinte y cinco mil enemigos los que mataron
en veinte y dos asaltos generales que les dieron. Ninguno cautivaron
sano de trecientos que quedaron vivos, señal cierta y clara de su esfuerzo
y valor, y de lo bien que se habían defendido y guardado sus plazas. Rindióse
a partido un pequeño fuerte o torre que estaba en mitad del estaño,
a cargo de don Juan Zanoguera, caballero valenciano y famoso soldado.
Cautivaron a don Pedro Puertocarrero, general de la Goleta, el cual hizo
cuanto fue posible por defender su fuerza; y sintió tanto el haberla perdido
que de pesar murió en el camino de Constantinopla, donde le llevaban
cautivo.
Cautivaron ansimesmo al general del fuerte, que se llamaba Gabrio
Cervellón, caballero milanés, grande ingeniero y valentísimo soldado.
Murieron en estas dos fuerzas muchas personas de cuenta, de las cuales
fue una Pagán de Oria, caballero del hábito de San Juan, de condición
generoso, como lo mostró la summa liberalidad que usó con su hermano,
el famoso Juan de Andrea de Oria; y lo que más hizo lastimosa su muerte
fue haber muerto a manos de unos alárabes de quien se fió, viendo ya
perdido el fuerte, que se ofrecieron de llevarle en hábito de moro a Tabarca,
que es un portezuelo o casa que en aquellas riberas tienen los ginoveses
que se ejercitan en la pesquería del coral; los cuales alárabes le
cortaron la cabeza y se la trujeron al general de la armada turquesca, el
cual cumplió con ellos nuestro refrán castellano: "Que aunque la traición
aplace, el traidor se aborrece"; y así, se dice que mandó el general ahorcar
a los que le trujeron el presente, porque no se le habían traído vivo.
»Entre los cristianos que en el fuerte se perdieron, fue uno llamado
don Pedro de Aguilar, natural no sé de qué lugar del Andalucía, el cual
había sido alférez en el fuerte, soldado de mucha cuenta y de raro entendimiento:
especialmente tenía particular gracia en lo que llaman poesía.
Dígolo porque su suerte le trujo a mi galera y a mi banco, y a ser esclavo
de mi mesmo patrón; y, antes que nos partiésemos de aquel puerto, hizo
este caballero dos sonetos, a manera de epitafios, el uno a la Goleta y el
otro al fuerte. Y en verdad que los tengo de decir, porque los sé de memoria
y creo que antes causarán gusto que pesadumbre.»
En el punto que el cautivo nombró a don Pedro de Aguilar, don Fernando
miró a sus camaradas, y todos tres se sonrieron; y, cuando llegó a
decir de los sonetos, dijo el uno:
333
-Antes que vuestra merced pase adelante, le suplico me diga qué se hizo
ese don Pedro de Aguilar que ha dicho.
-Lo que sé es -respondió el cautivo- que, al cabo de dos años que estuvo
en Constantinopla, se huyó en traje de arnaúte con un griego espía, y
no sé si vino en libertad, puesto que creo que sí, porque de allí a un año
vi yo al griego en Constantinopla, y no le pude preguntar el suceso de
aquel viaje.
-Pues lo fue -respondió el caballero-, porque ese don Pedro es mi hermano,
y está ahora en nuestro lugar, bueno y rico, casado y con tres
hijos.
-Gracias sean dadas a Dios -dijo el cautivo- por tantas mercedes como
le hizo; porque no hay en la tierra, conforme mi parecer, contento que se
iguale a alcanzar la libertad perdida.
-Y más -replicó el caballero-, que yo sé los sonetos que mi hermano
hizo.
-Dígalos, pues, vuestra merced -dijo el cautivo-, que los sabrá decir
mejor que yo.
-Que me place -respondió el caballero-; y el de la Goleta decía así:
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Capítulo 40
Donde se prosigue la historia del cautivo
Soneto
Almas dichosas que del mortal velo
libres y esentas, por el bien que obrastes,
desde la baja tierra os levantastes
a lo más alto y lo mejor del cielo,
y, ardiendo en ira y en honroso celo,
de los cuerpos la fuerza ejercitastes,
que en propia y sangre ajena colorastes
el mar vecino y arenoso suelo;
primero que el valor faltó la vida
en los cansados brazos, que, muriendo,
con ser vencidos, llevan la vitoria.
Y esta vuestra mortal, triste caída
entre el muro y el hierro, os va adquiriendo
fama que el mundo os da, y el cielo gloria.
-Desa mesma manera le sé yo -dijo el cautivo.
-Pues el del fuerte, si mal no me acuerdo -dijo el caballero-, dice
así:
Soneto
De entre esta tierra estéril, derribada,
destos terrones por el suelo echados,
las almas santas de tres mil soldados
subieron vivas a mejor morada,
335
siendo primero, en vano, ejercitada
la fuerza de sus brazos esforzados,
hasta que, al fin, de pocos y cansados,
dieron la vida al filo de la espada.
Y éste es el suelo que continuo ha sido
de mil memorias lamentables lleno
en los pasados siglos y presentes.
Mas no más justas de su duro seno
habrán al claro cielo almas subido,
ni aun él sostuvo cuerpos tan valientes.
No parecieron mal los sonetos, y el cautivo se alegró con las nuevas que
de su camarada le dieron; y, prosiguiendo su cuento, dijo:
-«Rendidos, pues, la Goleta y el fuerte, los turcos dieron orden en desmantelar
la Goleta, porque el fuerte quedó tal, que no hubo qué poner
por tierra, y para hacerlo con más brevedad y menos trabajo, la minaron
por tres partes; pero con ninguna se pudo volar lo que parecía menos
fuerte, que eran las murallas viejas; y todo aquello que había quedado en
pie de la fortificación nueva que había hecho el Fratín, con mucha facilidad
vino a tierra. En resolución, la armada volvió a Constantinopla, triunfante
y vencedora: y de allí a pocos meses murió mi amo el Uchalí, al
cual llamaban Uchalí Fartax, que quiere decir, en lengua turquesca, el renegado
tiñoso, porque lo era; y es costumbre entre los turcos ponerse
nombres de alguna falta que tengan, o de alguna virtud que en ellos haya.
Y esto es porque no hay entre ellos sino cuatro apellidos de linajes,
que decienden de la casa Otomana, y los demás, como tengo dicho, toman
nombre y apellido ya de las tachas del cuerpo y ya de las virtudes
del ánimo. Y este Tiñoso bogó el remo, siendo esclavo del Gran Señor,
catorce años, y a más de los treinta y cuatro de sus edad renegó, de despecho
de que un turco, estando al remo, le dio un bofetón, y por poderse
vengar dejó su fe; y fue tanto su valor que, sin subir por los torpes medios
y caminos que los más privados del Gran Turco suben, vino a ser rey
de Argel, y después, a ser general de la mar, que es el tercero cargo que
hay en aquel señorío. Era calabrés de nación, y moralmente fue un hombre
de bien, y trataba con mucha humanidad a sus cautivos, que llegó a
tener tres mil, los cuales, después de su muerte, se repartieron, como él
336
lo dejó en su testamento, entre el Gran Señor (que también es hijo heredero
de cuantos mueren, y entra a la parte con los más hijos que deja el
difunto) y entre sus renegados; y yo cupe a un renegado veneciano que,
siendo grumete de una nave, le cautivó el Uchalí, y le quiso tanto, que
fue uno de los más regalados garzones suyos, y él vino a ser el más cruel
renegado que jamás se ha visto. Llamábase Azán Agá, y llegó a ser muy
rico, y a ser rey de Argel; con el cual yo vine de Constantinopla, algo
contento, por estar tan cerca de España, no porque pensase escribir a nadie
el desdichado suceso mío, sino por ver si me era más favorable la
suerte en Argel que en Constantinopla, donde ya había probado mil maneras
de huirme, y ninguna tuvo sazón ni ventura; y pensaba en Argel
buscar otros medios de alcanzar lo que tanto deseaba, porque jamás me
desamparó la esperanza de tener libertad; y cuando en lo que fabricaba,
pensaba y ponía por obra no correspondía el suceso a la intención, luego,
sin abandonarme, fingía y buscaba otra esperanza que me sustentase,
aunque fuese débil y flaca.
»Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los
turcos llaman baño, donde encierran los cautivos cristianos, así los que
son del rey como de algunos particulares; y los que llaman del almacén,
que es como decir cautivos del concejo, que sirven a la ciudad en las
obras públicas que hace y en otros oficios, y estos tales cautivos tienen
muy dificultosa su libertad, que, como son del común y no tienen amo
particular, no hay con quien tratar su rescate, aunque le tengan. En estos
baños, como tengo dicho, suelen llevar a sus cautivos algunos particulares
del pueblo, principalmente cuando son de rescate, porque allí los tienen
holgados y seguros hasta que venga su rescate. También los cautivos
del rey que son de rescate no salen al trabajo con la demás chusma, si no
es cuando se tarda su rescate; que entonces, por hacerles que escriban
por él con más ahínco, les hacen trabajar y ir por leña con los demás, que
es un no pequeño trabajo.
»Yo, pues, era uno de los de rescate; que, como se supo que era capitán,
puesto que dije mi poca posibilidad y falta de hacienda, no aprovechó
nada para que no me pusiesen en el número de los caballeros y gente
de rescate.
Pusiéronme una cadena, más por señal de rescate que por guardarme
con ella; y así, pasaba la vida en aquel baño, con otros muchos caballeros
y gente principal, señalados y tenidos por de rescate. Y, aunque la hambre
y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna
cosa nos fatigaba tanto como oír y ver, a cada paso, las jamás vistas ni oídas
crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba
337
el suyo, empalaba a éste, desorejaba aquél; y esto, por tan poca ocasión, y
tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo, y
por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano.
Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el
cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas
gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo,
ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas
que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió
él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera
ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros
y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.
»Digo, pues, que encima del patio de nuestra prisión caían las ventanas
de la casa de un moro rico y principal, las cuales, como de ordinario
son las de los moros, más eran agujeros que ventanas, y aun éstas se cubrían
con celosías muy espesas y apretadas. Acaeció, pues, que un día,
estando en un terrado de nuestra prisión con otros tres compañeros, haciendo
pruebas de saltar con las cadenas, por entretener el tiempo, estando
solos, porque todos los demás cristianos habían salido a trabajar, alcé
acaso los ojos y vi que por aquellas cerradas ventanillas que he dicho parecía
una caña, y al remate della puesto un lienzo atado, y la caña se estaba
blandeando y moviéndose, casi como si hiciera señas que llegásemos
a tomarla. Miramos en ello, y uno de los que conmigo estaban fue a ponerse
debajo de la caña, por ver si la soltaban, o lo que hacían; pero, así
como llegó, alzaron la caña y la movieron a los dos lados, como si dijeran
no con la cabeza. Volvióse el cristiano, y tornáronla a bajar y hacer los
mesmos movimientos que primero. Fue otro de mis compañeros, y sucedióle
lo mesmo que al primero.
Finalmente, fue el tercero y avínole lo que al primero y al segundo.
Viendo yo esto, no quise dejar de probar la suerte, y, así como llegué a
ponerme debajo de la caña, la dejaron caer, y dio a mis pies dentro del
baño. Acudí luego a desatar el lienzo, en el cual vi un nudo, y dentro dél
venían diez cianíis, que son unas monedas de oro bajo que usan los moros,
que cada una vale diez reales de los nuestros. Si me holgué con el
hallazgo, no hay para qué decirlo, pues fue tanto el contento como la admiración
de pensar de donde podía venirnos aquel bien, especialmente a
mí, pues las muestras de no haber querido soltar la caña sino a mí claro
decían que a mí se hacía la merced. Tomé mi buen dinero, quebré la caña,
volvíme al terradillo, miré la ventana, y vi que por ella salía una muy
blanca mano, que la abrían y cerraban muy apriesa. Con esto entendimos,
o imaginamos, que alguna mujer que en aquella casa vivía nos
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debía de haber hecho aquel beneficio; y, en señal de que lo agradecíamos,
hecimos zalemas a uso de moros, inclinando la cabeza, doblando el
cuerpo y poniendo los brazos sobre el pecho. De allí a poco sacaron por
la mesma ventana una pequeña cruz hecha de cañas, y luego la volvieron
a entrar. Esta señal nos confirmó en que alguna cristiana debía de estar
cautiva en aquella casa, y era la que el bien nos hacía; pero la blancura de
la mano, y las ajorcas que en ella vimos, nos deshizo este pensamiento,
puesto que imaginamos que debía de ser cristiana renegada, a quien de
ordinario suelen tomar por legítimas mujeres sus mesmos amos, y aun lo
tienen a ventura, porque las estiman en más que las de su nación.
»En todos nuestros discursos dimos muy lejos de la verdad del caso; y
así, todo nuestro entretenimiento desde allí adelante era mirar y tener
por norte a la ventana donde nos había aparecido la estrella de la caña;
pero bien se pasaron quince días en que no la vimos, ni la mano tampoco,
ni otra señal alguna. Y, aunque en este tiempo procuramos con toda
solicitud saber quién en aquella casa vivía, y si había en ella alguna cristiana
renegada, jamás hubo quien nos dijese otra cosa, sino que allí vivía
un moro principal y rico, llamado Agi Morato, alcaide que había sido de
La Pata, que es oficio entre ellos de mucha calidad. Mas, cuando más
descuidados estábamos de que por allí habían de llover más cianíis, vimos
a deshora parecer la caña, y otro lienzo en ella, con otro nudo más
crecido; y esto fue a tiempo que estaba el baño, como la vez pasada, solo
y sin gente.
Hecimos la acostumbrada prueba, yendo cada uno primero que yo, de
los mismos tres que estábamos, pero a ninguno se rindió la caña sino a
mí, porque, en llegando yo, la dejaron caer. Desaté el nudo, y hallé cuarenta
escudos de oro españoles y un papel escrito en arábigo, y al cabo
de lo escrito hecha una grande cruz. Besé la cruz, tomé los escudos, volvíme
al terrado, hecimos todos nuestras zalemas, tornó a parecer la mano,
hice señas que leería el papel, cerraron la ventana. Quedamos todos
confusos y alegres con lo sucedido; y, como ninguno de nosotros no entendía
el arábigo, era grande el deseo que teníamos de entender lo que el
papel contenía, y mayor la dificultad de buscar quien lo leyese.
»En fin, yo me determiné de fiarme de un renegado, natural de Murcia,
que se había dado por grande amigo mío, y puesto prendas entre los
dos, que le obligaban a guardar el secreto que le encargase; porque suelen
algunos renegados, cuando tienen intención de volverse a tierra de
cristianos, traer consigo algunas firmas de cautivos principales, en que
dan fe, en la forma que pueden, como el tal renegado es hombre de bien,
y que siempre ha hecho bien a cristianos, y que lleva deseo de huirse en
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la primera ocasión que se le ofrezca. Algunos hay que procuran estas fees
con buena intención, otros se sirven dellas acaso y de industria: que,
viniendo a robar a tierra de cristianos, si a dicha se pierden o los cautivan,
sacan sus firmas y dicen que por aquellos papeles se verá el propósito
con que venían, el cual era de quedarse en tierra de cristianos, y que
por eso venían en corso con los demás turcos. Con esto se escapan de aquel
primer ímpetu, y se reconcilian con la Iglesia, sin que se les haga daño;
y, cuando veen la suya, se vuelven a Berbería a ser lo que antes eran.
Otros hay que usan destos papeles, y los procuran, con buen intento, y se
quedan en tierra de cristianos.
»Pues uno de los renegados que he dicho era este mi amigo, el cual tenía
firmas de todas nuestras camaradas, donde le acreditábamos cuanto
era posible; y si los moros le hallaran estos papeles, le quemaran vivo.
Supe que sabía muy bien arábigo, y no solamente hablarlo, sino escribirlo;
pero, antes que del todo me declarase con él, le dije que me leyese aquel
papel, que acaso me había hallado en un agujero de mi rancho.
Abrióle, y estuvo un buen espacio mirándole y construyéndole, murmurando
entre los dientes.
Preguntéle si lo entendía; díjome que muy bien, y, que si quería que
me lo declarase palabra por palabra, que le diese tinta y pluma, porque
mejor lo hiciese. Dímosle luego lo que pedía, y él poco a poco lo fue traduciendo;
y, en acabando, dijo: Todo lo que va aquí en romance, sin faltar letra,
es lo que contiene este papel morisco; y hase de advertir que adonde dice Lela
Marién quiere decir Nuestra Señora la Virgen María.
»Leímos el papel, y decía así:
Cuando yo era niña, tenía mi padre una esclava, la cual en mi lengua
me mostró la zalá cristianesca, y me dijo muchas cosas de Lela Marién.
La cristiana murió, y yo sé que no fue al fuego, sino con Alá, porque después
la vi dos veces, y me dijo que me fuese a tierra de cristianos a ver a
Lela Marién, que me quería mucho. No sé yo cómo vaya: muchos cristianos
he visto por esta ventana, y ninguno me ha parecido caballero sino
tú. Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros que llevar
conmigo: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido,
si quisieres, y si no quisieres, no se me dará nada, que Lela Marién
me dará con quien me case.
Yo escribí esto; mira a quién lo das a leer: no te fíes de ningún moro,
porque son todos marfuces. Desto tengo mucha pena: que quisiera que
no te descubrieras a nadie, porque si mi padre lo sabe, me echará luego
en un pozo, y me cubrirá de piedras. En la caña pondré un hilo: ata allí la
respuesta; y si no tienes quien te escriba arábigo, dímelo por señas, que
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Lela Marién hará que te entienda. Ella y Alá te guarden, y esa cruz que
yo beso muchas veces; que así me lo mandó la cautiva.
»Mirad, señores, si era razón que las razones deste papel nos admirasen
y alegrasen. Y así, lo uno y lo otro fue de manera que el renegado entendió
que no acaso se había hallado aquel papel, sino que realmente a
alguno de nosotros se había escrito; y así, nos rogó que si era verdad lo
que sospechaba, que nos fiásemos dél y se lo dijésemos, que él aventuraría
su vida por nuestra libertad. Y, diciendo esto, sacó del pecho un crucifijo
de metal, y con muchas lágrimas juró por el Dios que aquella imagen
representaba, en quien él, aunque pecador y malo, bien y fielmente
creía, de guardarnos lealtad y secreto en todo cuanto quisiésemos descubrirle,
porque le parecía, y casi adevinaba que, por medio de aquella que
aquel papel había escrito, había él y todos nosotros de tener libertad, y
verse él en lo que tanto deseaba, que era reducirse al gremio de la Santa
Iglesia, su madre, de quien como miembro podrido estaba dividido y
apartado por su ignorancia y pecado.
»Con tantas lágrimas y con muestras de tanto arrepentimiento dijo esto
el renegado, que todos de un mesmo parecer consentimos, y venimos
en declararle la verdad del caso; y así, le dimos cuenta de todo, sin encubrirle
nada. Mostrámosle la ventanilla por donde parecía la caña, y él
marcó desde allí la casa, y quedó de tener especial y gran cuidado de informarse
quién en ella vivía. Acordamos, ansimesmo, que sería bien responder
al billete de la mora; y, como teníamos quien lo supiese hacer,
luego al momento el renegado escribió las razones que yo le fui notando,
que puntualmente fueron las que diré, porque de todos los puntos sustanciales
que en este suceso me acontecieron, ninguno se me ha ido de la
memoria, ni aun se me irá en tanto que tuviere vida.
»En efeto, lo que a la mora se le respondió fue esto:
El verdadero Alá te guarde, señora mía, y aquella bendita Marién, que
es la verdadera madre de Dios y es la que te ha puesto en corazón que te
vayas a tierra de cristianos, porque te quiere bien. Ruégale tú que se sirva
de darte a entender cómo podrás poner por obra lo que te manda, que
ella es tan buena que sí hará. De mi parte y de la de todos estos cristianos
que están conmigo, te ofrezco de hacer por ti todo lo que pudiéremos,
hasta morir. No dejes de escribirme y avisarme lo que pensares hacer,
que yo te responderé siempre; que el grande Alá nos ha dado un cristiano
cautivo que sabe hablar y escribir tu lengua tan bien como lo verás
por este papel. Así que, sin tener miedo, nos puedes avisar de todo lo
que quisieres. A lo que dices que si fueres a tierra de cristianos, que has
de ser mi mujer, yo te lo prometo como buen cristiano; y sabe que los
341
cristianos cumplen lo que prometen mejor que los moros. Alá y Marién,
su madre, sean en tu guarda, señora mía.
»Escrito y cerrado este papel, aguardé dos días a que estuviese el baño
solo, como solía, y luego salí al paso acostumbrado del terradillo, por ver
si la caña parecía, que no tardó mucho en asomar. Así como la vi, aunque
no podía ver quién la ponía, mostré el papel, como dando a entender que
pusiesen el hilo, pero ya venía puesto en la caña, al cual até el papel, y de
allí a poco tornó a parecer nuestra estrella, con la blanca bandera de paz
del atadillo. Dejáronla caer, y alcé yo, y hallé en el paño, en toda suerte
de moneda de plata y de oro, más de cincuenta escudos, los cuales cincuenta
veces más doblaron nuestro contento y confirmaron la esperanza
de tener libertad.
»Aquella misma noche volvió nuestro renegado, y nos dijo que había
sabido que en aquella casa vivía el mesmo moro que a nosotros nos habían
dicho que se llamaba Agi Morato, riquísimo por todo estremo, el cual
tenía una sola hija, heredera de toda su hacienda, y que era común opinión
en toda la ciudad ser la más hermosa mujer de la Berbería; y que
muchos de los virreyes que allí venían la habían pedido por mujer, y que
ella nunca se había querido casar; y que también supo que tuvo una cristiana
cautiva, que ya se había muerto; todo lo cual concertaba con lo que
venía en el papel.
Entramos luego en consejo con el renegado, en qué orden se tendría
para sacar a la mora y venirnos todos a tierra de cristianos, y, en fin, se
acordó por entonces que esperásemos el aviso segundo de Zoraida, que
así se llamaba la que ahora quiere llamarse María; porque bien vimos
que ella, y no otra alguna era la que había de dar medio a todas aquellas
dificultades.
Después que quedamos en esto, dijo el renegado que no tuviésemos
pena, que él perdería la vida o nos pondría en libertad.
»Cuatro días estuvo el baño con gente, que fue ocasión que cuatro días
tardase en parecer la caña; al cabo de los cuales, en la acostumbrada soledad
del baño, pareció con el lienzo tan preñado, que un felicísimo parto
prometía. Inclinóse a mí la caña y el lienzo, hallé en él otro papel y cien
escudos de oro, sin otra moneda alguna. Estaba allí el renegado, dímosle
a leer el papel dentro de nuestro rancho, el cual dijo que así decía:
Yo no sé, mi señor, cómo dar orden que nos vamos a España, ni Lela
Marién me lo ha dicho, aunque yo se lo he preguntado. Lo que se podrá
hacer es que yo os daré por esta ventana muchísimos dineros de oro: rescataos
vos con ellos y vuestros amigos, y vaya uno en tierra de cristianos,
y compre allá una barca y vuelva por los demás; y a mí me hallarán en el
342
jardín de mi padre, que está a la puerta de Babazón, junto a la marina,
donde tengo de estar todo este verano con mi padre y con mis criados.
De allí, de noche, me podréis sacar sin miedo y llevarme a la barca; y mira
que has de ser mi marido, porque si no, yo pediré a Marién que te castigue.
Si no te fías de nadie que vaya por la barca, rescátate tú y ve, que
yo sé que volverás mejor que otro, pues eres caballero y cristiano. Procura
saber el jardín, y cuando te pasees por ahí sabré que está solo el baño,
y te daré mucho dinero. Alá te guarde, señor mío.
»Esto decía y contenía el segundo papel. Lo cual visto por todos, cada
uno se ofreció a querer ser el rescatado, y prometió de ir y volver con toda
puntualidad, y también yo me ofrecí a lo mismo; a todo lo cual se
opuso el renegado, diciendo que en ninguna manera consentiría que ninguno
saliese de libertad hasta que fuesen todos juntos, porque la experiencia
le había mostrado cuán mal cumplían los libres las palabras que
daban en el cautiverio; porque muchas veces habían usado de aquel remedio
algunos principales cautivos, rescatando a uno que fuese a Valencia,
o Mallorca, con dineros para poder armar una barca y volver por los
que le habían rescatado, y nunca habían vuelto; porque la libertad alcanzada
y el temor de no volver a perderla les borraba de la memoria todas
las obligaciones del mundo. Y, en confirmación de la verdad que nos decía,
nos contó brevemente un caso que casi en aquella mesma sazón había
acaecido a unos caballeros cristianos, el más estraño que jamás sucedió
en aquellas partes, donde a cada paso suceden cosas de grande espanto
y de admiración.
»En efecto, él vino a decir que lo que se podía y debía hacer era que el
dinero que se había de dar para rescatar al cristiano, que se le diese a él
para comprar allí en Argel una barca, con achaque de hacerse mercader y
tratante en Tetuán y en aquella costa; y que, siendo él señor de la barca,
fácilmente se daría traza para sacarlos del baño y embarcarlos a todos.
Cuanto más, que si la mora, como ella decía, daba dineros para rescatarlos
a todos, que, estando libres, era facilísima cosa aun embarcarse en
la mitad del día; y que la dificultad que se ofrecía mayor era que los moros
no consienten que renegado alguno compre ni tenga barca, si no es
bajel grande para ir en corso, porque se temen que el que compra barca,
principalmente si es español, no la quiere sino para irse a tierra de cristianos;
pero que él facilitaría este inconveniente con hacer que un moro
tagarino fuese a la parte con él en la compañía de la barca y en la ganancia
de las mercancías, y con esta sombra él vendría a ser señor de la barca,
con que daba por acabado todo lo demás.
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»Y, puesto que a mí y a mis camaradas nos había parecido mejor lo de
enviar por la barca a Mallorca, como la mora decía, no osamos contradecirle,
temerosos que, si no hacíamos lo que él decía, nos había de descubrir
y poner a peligro de perder las vidas, si descubriese el trato de Zoraida,
por cuya vida diéramos todos las nuestras. Y así, determinamos de
ponernos en las manos de Dios y en las del renegado, y en aquel mismo
punto se le respondió a Zoraida, diciéndole que haríamos todo cuanto
nos aconsejaba, porque lo había advertido tan bien como si Lela Marién
se lo hubiera dicho, y que en ella sola estaba dilatar aquel negocio, o ponello
luego por obra.
Ofrecímele de nuevo de ser su esposo, y, con esto, otro día que acaeció
a estar solo el baño, en diversas veces, con la caña y el paño, nos dio dos
mil escudos de oro, y un papel donde decía que el primer jumá, que es el
viernes, se iba al jardín de su padre, y que antes que se fuese nos daría
más dinero, y que si aquello no bastase, que se lo avisásemos, que nos
daría cuanto le pidiésemos: que su padre tenía tantos, que no lo echaría
menos, cuanto más, que ella tenía la llaves de todo.
»Dimos luego quinientos escudos al renegado para comprar la barca;
con ochocientos me rescaté yo, dando el dinero a un mercader valenciano
que a la sazón se hallaba en Argel, el cual me rescató del rey, tomándome
sobre su palabra, dándola de que con el primer bajel que viniese
de Valencia pagaría mi rescate; porque si luego diera el dinero, fuera dar
sospechas al rey que había muchos días que mi rescate estaba en Argel, y
que el mercader, por sus granjerías, lo había callado. Finalmente, mi amo
era tan caviloso que en ninguna manera me atreví a que luego se desembolsase
el dinero. El jueves antes del viernes que la hermosa Zoraida se
había de ir al jardín, nos dio otros mil escudos y nos avisó de su partida,
rogándome que, si me rescatase, supiese luego el jardín de su padre, y
que en todo caso buscase ocasión de ir allá y verla. Respondíle en breves
palabras que así lo haría, y que tuviese cuidado de encomendarnos a Lela
Marién, con todas aquellas oraciones que la cautiva le había enseñado.
»Hecho esto, dieron orden en que los tres compañeros nuestros se rescatasen,
por facilitar la salida del baño, y porque, viéndome a mí rescatado,
y a ellos no, pues había dinero, no se alborotasen y les persuadiese el
diablo que hiciesen alguna cosa en perjuicio de Zoraida; que, puesto que
el ser ellos quien eran me podía asegurar deste temor, con todo eso, no
quise poner el negocio en aventura, y así, los hice rescatar por la misma
orden que yo me rescaté, entregando todo el dinero al mercader, para
que, con certeza y seguridad, pudiese hacer la fianza; al cual nunca descubrimos
nuestro trato y secreto, por el peligro que había.
344
Capítulo 41
Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
»No se pasaron quince días, cuando ya nuestro renegado tenía comprada
una muy buena barca, capaz de más de treinta personas: y, para asegurar
su hecho y dalle color, quiso hacer, como hizo, un viaje a un lugar que se
llamaba Sargel, que está treinta leguas de Argel hacia la parte de Orán,
en el cual hay mucha contratación de higos pasos. Dos o tres veces hizo
este viaje, en compañía del tagarino que había dicho. Tagarinos llaman
en Berbería a los moros de Aragón, y a los de Granada, mudéjares; y en
el reino de Fez llaman a los mudéjares elches, los cuales son la gente de
quien aquel rey más se sirve en la guerra.
»Digo, pues, que cada vez que pasaba con su barca daba fondo en una
caleta que estaba no dos tiros de ballesta del jardín donde Zoraida esperaba;
y allí, muy de propósito, se ponía el renegado con los morillos que
bogaban el remo, o ya a hacer la zalá, o a como por ensayarse de burlas a
lo que pensaba hacer de veras; y así, se iba al jardín de Zoraida y le pedía
fruta, y su padre se la daba sin conocelle; y, aunque él quisiera hablar a
Zoraida, como él después me dijo, y decille que él era el que por orden
mía le había de llevar a tierra de cristianos, que estuviese contenta y segura,
nunca le fue posible, porque las moras no se dejan ver de ningún
moro ni turco, si no es que su marido o su padre se lo manden. De cristianos
cautivos se dejan tratar y comunicar, aun más de aquello que sería
razonable; y a mí me hubiera pesado que él la hubiera hablado, que quizá
la alborotara, viendo que su negocio andaba en boca de renegados.
Pero Dios, que lo ordenaba de otra manera, no dio lugar al buen deseo
que nuestro renegado tenía; el cual, viendo cuán seguramente iba y venía
a Sargel, y que daba fondo cuando y como y adonde quería, y que el
tagarino, su compañero, no tenía más voluntad de lo que la suya ordenaba,
y que yo estaba ya rescatado, y que sólo faltaba buscar algunos cristianos
que bogasen el remo, me dijo que mirase yo cuáles quería traer
conmigo, fuera de los rescatados, y que los tuviese hablados para el primer
viernes, donde tenía determinado que fuese nuestra partida. Viendo
345
esto, hablé a doce españoles, todos valientes hombres del remo, y de aquellos
que más libremente podían salir de la ciudad; y no fue poco hallar
tantos en aquella coyuntura, porque estaban veinte bajeles en corso, y se
habían llevado toda la gente de remo, y éstos no se hallaran, si no fuera
que su amo se quedó aquel verano sin ir en corso, a acabar una galeota
que tenía en astillero. A los cuales no les dije otra cosa, sino que el primer
viernes en la tarde se saliesen uno a uno, disimuladamente, y se fuesen la
vuelta del jardín de Agi Morato, y que allí me aguardasen hasta que yo
fuese. A cada uno di este aviso de por sí, con orden que, aunque allí viesen
a otros cristianos, no les dijesen sino que yo les había mandado esperar
en aquel lugar.
»Hecha esta diligencia, me faltaba hacer otra, que era la que más me
convenía: y era la de avisar a Zoraida en el punto que estaban los negocios,
para que estuviese apercebida y sobre aviso, que no se sobresaltase si
de improviso la asaltásemos antes del tiempo que ella podía imaginar
que la barca de cristianos podía volver. Y así, determiné de ir al jardín y
ver si podría hablarla; y, con ocasión de coger algunas yerbas, un día, antes
de mi partida, fui allá, y la primera persona con quién encontré fue
con su padre, el cual me dijo, en lengua que en toda la Berbería, y aun en
Costantinopla, se halla entre cautivos y moros, que ni es morisca, ni castellana,
ni de otra nación alguna, sino una mezcla de todas las lenguas
con la cual todos nos entendemos; digo, pues, que en esta manera de lenguaje
me preguntó que qué buscaba en aquel su jardín, y de quién era.
Respondíle que era esclavo de Arnaúte Mamí (y esto, porque sabía yo
por muy cierto que era un grandísimo amigo suyo), y que buscaba de todas
yerbas, para hacer ensalada. Preguntóme, por el consiguiente, si era
hombre de rescate o no, y que cuánto pedía mi amo por mí. Estando en
todas estas preguntas y respuestas, salió de la casa del jardín la bella Zoraida,
la cual ya había mucho que me había visto; y, como las moras en
ninguna manera hacen melindre de mostrarse a los cristianos, ni tampoco
se esquivan, como ya he dicho, no se le dio nada de venir adonde su
padre conmigo estaba; antes, luego cuando su padre vio que venía, y de
espacio, la llamó y mandó que llegase.
»Demasiada cosa sería decir yo agora la mucha hermosura, la gentileza,
el gallardo y rico adorno con que mi querida Zoraida se mostró a mis
ojos: sólo diré que más perlas pendían de su hermosísimo cuello, orejas y
cabellos, que cabellos tenía en la cabeza. En las gargantas de los sus pies,
que descubiertas, a su usanza, traía, traía dos carcajes (que así se llamaban
las manillas o ajorcas de los pies en morisco) de purísimo oro, con
tantos diamantes engastados, que ella me dijo después que su padre los
346
estimaba en diez mil doblas, y las que traía en las muñecas de las manos
valían otro tanto. Las perlas eran en gran cantidad y muy buenas, porque
la mayor gala y bizarría de las moras es adornarse de ricas perlas y aljófar,
y así, hay más perlas y aljófar entre moros que entre todas las demás
naciones; y el padre de Zoraida tenía fama de tener muchas y de las mejores
que en Argel había, y de tener asimismo más de docientos mil escudos
españoles, de todo lo cual era señora esta que ahora lo es mía. Si con
todo este adorno podía venir entonces hermosa, o no, por las reliquias
que le han quedado en tantos trabajos se podrá conjeturar cuál debía de
ser en las prosperidades. Porque ya se sabe que la hermosura de algunas
mujeres tiene días y sazones, y requiere accidentes para diminuirse o
acrecentarse; y es natural cosa que las pasiones del ánimo la levanten o
abajen, puesto que las más veces la destruyen.
»Digo, en fin, que entonces llegó en todo estremo aderezada y en todo
estremo hermosa, o, a lo menos, a mí me pareció serlo la más que hasta
entonces había visto; y con esto, viendo las obligaciones en que me había
puesto, me parecía que tenía delante de mí una deidad del cielo, venida a
la tierra para mi gusto y para mi remedio. Así como ella llegó, le dijo su
padre en su lengua como yo era cautivo de su amigo Arnaúte Mamí, y
que venía a buscar ensalada. Ella tomó la mano, y en aquella mezcla de
lenguas que tengo dicho me preguntó si era caballero y qué era la causa
que no me rescataba. Yo le respondí que ya estaba rescatado, y que en el
precio podía echar de ver en lo que mi amo me estimaba, pues había dado
por mí mil y quinientos zoltanís. A lo cual ella respondió: En verdad
que si tú fueras de mi padre, que yo hiciera que no te diera él por otros dos tantos,
porque vosotros, cristianos, siempre mentís en cuanto decís, y os hacéis pobres
por engañar a los moros. Bien podría ser eso, señora -le respondí-, mas en
verdad que yo la he tratado con mi amo, y la trato y la trataré con cuantas personas
hay en el mundo. Y ¿cuándo te vas?, dijo Zoraida.
Mañana, creo yo -dije-, porque está aquí un bajel de Francia que se hace mañana
a la vela, y pienso irme en él. ¿No es mejor -replicó Zoraida-, esperar a que
vengan bajeles de España, y irte con ellos, que no con los de Francia, que no son
vuestros amigos? No -respondí yo-, aunque si como hay nuevas que viene ya un
bajel de España, es verdad, todavía yo le aguardaré, puesto que es más cierto el
partirme mañana; porque el deseo que tengo de verme en mi tierra, y con las personas
que bien quiero, es tanto que no me dejará esperar otra comodidad, si se
tarda, por mejor que sea.
Debes de ser, sin duda, casado en tu tierra -dijo Zoraida-, y por eso deseas ir a
verte con tu mujer. No soy -respondí yo- casado, mas tengo dada la palabra de
casarme en llegando allá. Y ¿es hermosa la dama a quien se la diste?, dijo
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Zoraida. Tan hermosa es -respondí yo- que para encarecella y decirte la verdad,
te parece a ti mucho. Desto se riyó muy de veras su padre, y dijo: Gualá,
cristiano, que debe de ser muy hermosa si se parece a mi hija, que es la más hermosa
de todo este reino. Si no, mírala bien, y verás cómo te digo verdad. Servíanos
de intérprete a las más de estas palabras y razones el padre de Zoraida,
como más ladino; que, aunque ella hablaba la bastarda lengua que,
como he dicho, allí se usa, más declaraba su intención por señas que por
palabras.
»Estando en estas y otras muchas razones, llegó un moro corriendo, y
dijo, a grandes voces, que por las bardas o paredes del jardín habían saltado
cuatro turcos, y andaban cogiendo la fruta, aunque no estaba
madura.
Sobresaltóse el viejo, y lo mesmo hizo Zoraida, porque es común y casi
natural el miedo que los moros a los turcos tienen, especialmente a los
soldados, los cuales son tan insolentes y tienen tanto imperio sobre los
moros que a ellos están sujetos, que los tratan peor que si fuesen esclavos
suyos. Digo, pues, que dijo su padre a Zoraida: Hija, retírate a la casa y enciérrate,
en tanto que yo voy a hablar a estos canes; y tú, cristiano, busca tus
yerbas, y vete en buen hora, y llévete Alá con bien a tu tierra. Yo me incliné, y
él se fue a buscar los turcos, dejándome solo con Zoraida, que comenzó a
dar muestras de irse donde su padre la había mandado. Pero, apenas él
se encubrió con los árboles del jardín, cuando ella, volviéndose a mí, llenos
los ojos de lágrimas, me dijo: Ámexi, cristiano, ámexi; que quiere decir:
"¿Vaste, cristiano, vaste?" Yo la respondí: Señora, sí, pero no en ninguna
manera sin ti: el primero jumá me aguarda, y no te sobresaltes cuando nos veas;
que sin duda alguna iremos a tierra de cristianos.
»Yo le dije esto de manera que ella me entendió muy bien a todas las
razones que entrambos pasamos; y, echándome un brazo al cuello, con
desmayados pasos comenzó a caminar hacia la casa; y quiso la suerte,
que pudiera ser muy mala si el cielo no lo ordenara de otra manera, que,
yendo los dos de la manera y postura que os he contado, con un brazo al
cuello, su padre, que ya volvía de hacer ir a los turcos, nos vio de la suerte
y manera que íbamos, y nosotros vimos que él nos había visto; pero
Zoraida, advertida y discreta, no quiso quitar el brazo de mi cuello, antes
se llegó más a mí y puso su cabeza sobre mi pecho, doblando un poco las
rodillas, dando claras señales y muestras que se desmayaba, y yo, ansimismo,
di a entender que la sostenía contra mi voluntad. Su padre llegó
corriendo adonde estábamos, y, viendo a su hija de aquella manera, le
preguntó que qué tenía; pero, como ella no le respondiese, dijo su padre:
Sin duda alguna que con el sobresalto de la entrada de estos canes se ha
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desmayado. Y, quitándola del mío, la arrimó a su pecho; y ella, dando un
suspiro y aún no enjutos los ojos de lágrimas, volvió a decir: Ámexi, cristiano,
ámexi: "Vete, cristiano, vete". A lo que su padre respondió:
No importa, hija, que el cristiano se vaya, que ningún mal te ha hecho, y los
turcos ya son idos. No te sobresalte cosa alguna, pues ninguna hay que pueda
darte pesadumbre, pues, como ya te he dicho, los turcos, a mi ruego, se volvieron
por donde entraron. Ellos, señor, la sobresaltaron, como has dicho -dije yo a su
padre-; mas, pues ella dice que yo me vaya, no la quiero dar pesadumbre: quédate
en paz, y, con tu licencia, volveré, si fuere menester, por yerbas a este jardín;
que, según dice mi amo, en ninguno las hay mejores para ensalada que en él. Todas
las que quisieres podrás volver -respondió Agi Morato-, que mi hija no dice
esto porque tú ni ninguno de los cristianos la enojaban, sino que, por decir que
los turcos se fuesen, dijo que tú te fueses, o porque ya era hora que buscases tus
yerbas.
»Con esto, me despedí al punto de entrambos; y ella, arrancándosele el
alma, al parecer, se fue con su padre; y yo, con achaque de buscar las
yerbas, rodeé muy bien y a mi placer todo el jardín: miré bien las entradas
y salidas, y la fortaleza de la casa, y la comodidad que se podía ofrecer
para facilitar todo nuestro negocio. Hecho esto, me vine y di cuenta
de cuanto había pasado al renegado y a mis compañeros; y ya no veía la
hora de verme gozar sin sobresalto del bien que en la hermosa y bella
Zoraida la suerte me ofrecía.
»En fin, el tiempo se pasó, y se llegó el día y plazo de nosotros tan deseado;
y, siguiendo todos el orden y parecer que, con discreta consideración
y largo discurso, muchas veces habíamos dado, tuvimos el buen suceso
que deseábamos; porque el viernes que se siguió al día que yo con
Zoraida hablé en el jardín, nuestro renegado, al anochecer, dio fondo con
la barca casi frontero de donde la hermosísima Zoraida estaba. Ya los
cristianos que habían de bogar el remo estaban prevenidos y escondidos
por diversas partes de todos aquellos alrededores. Todos estaban suspensos
y alborozados, aguardándome, deseosos ya de embestir con el
bajel que a los ojos tenían; porque ellos no sabían el concierto del renegado,
sino que pensaban que a fuerza de brazos habían de haber y ganar la
libertad, quitando la vida a los moros que dentro de la barca estaban.
»Sucedió, pues, que, así como yo me mostré y mis compañeros, todos
los demás escondidos que nos vieron se vinieron llegando a nosotros. Esto
era ya a tiempo que la ciudad estaba ya cerrada, y por toda aquella
campaña ninguna persona parecía. Como estuvimos juntos, dudamos si
sería mejor ir primero por Zoraida, o rendir primero a los moros bagarinos
que bogaban el remo en la barca. Y, estando en esta duda, llegó a
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nosotros nuestro renegado diciéndonos que en qué nos deteníamos, que
ya era hora, y que todos sus moros estaban descuidados, y los más dellos
durmiendo. Dijímosle en lo que reparábamos, y él dijo que lo que más
importaba era rendir primero el bajel, que se podía hacer con grandísima
facilidad y sin peligro alguno, y que luego podíamos ir por Zoraida. Pareciónos
bien a todos lo que decía, y así, sin detenernos más, haciendo él
la guía, llegamos al bajel, y, saltando él dentro primero, metió mano a un
alfanje, y dijo en morisco:
Ninguno de vosotros se mueva de aquí, si no quiere que le cueste la vida. Ya,
a este tiempo, habían entrado dentro casi todos los cristianos. Los moros,
que eran de poco ánimo, viendo hablar de aquella manera a su arráez,
quedáronse espantados, y sin ninguno de todos ellos echar mano a las
armas, que pocas o casi ningunas tenían, se dejaron, sin hablar alguna
palabra, maniatar de los cristianos, los cuales con mucha presteza lo hicieron,
amenazando a los moros que si alzaban por alguna vía o manera
la voz, que luego al punto los pasarían todos a cuchillo.
»Hecho ya esto, quedándose en guardia dellos la mitad de los nuestros,
los que quedábamos, haciéndonos asimismo el renegado la guía,
fuimos al jardín de Agi Morato, y quiso la buena suerte que, llegando a
abrir la puerta, se abrió con tanta facilidad como si cerrada no estuviera;
y así, con gran quietud y silencio, llegamos a la casa sin ser sentidos de
nadie. Estaba la bellísima Zoraida aguardándonos a una ventana, y, así
como sintió gente, preguntó con voz baja si éramos nizarani, como si dijera
o preguntara si éramos cristianos. Yo le respondí que sí, y que bajase.
Cuando ella me conoció, no se detuvo un punto, porque, sin responderme
palabra, bajó en un instante, abrió la puerta y mostróse a todos
tan hermosa y ricamente vestida que no lo acierto a encarecer. Luego que
yo la vi, le tomé una mano y la comencé a besar, y el renegado hizo lo
mismo, y mis dos camaradas; y los demás, que el caso no sabían, hicieron
lo que vieron que nosotros hacíamos, que no parecía sino que le dábamos
las gracias y la reconocíamos por señora de nuestra libertad. El renegado
le dijo en lengua morisca si estaba su padre en el jardín. Ella respondió
que sí y que dormía. Pues será menester despertalle -replicó el renegado-,
y llevárnosle con nosotros, y todo aquello que tiene de valor este hermoso
jardín. No -dijo ella-, a mi padre no se ha de tocar en ningún modo, y en esta casa
no hay otra cosa que lo que yo llevo, que es tanto, que bien habrá para que todos
quedéis ricos y contentos; y esperaros un poco y lo veréis. Y, diciendo esto,
se volvió a entrar, diciendo que muy presto volvería; que nos estuviésemos
quedos, sin hacer ningún ruido. Preguntéle al renegado lo que con
ella había pasado, el cual me lo contó, a quien yo dije que en ninguna
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cosa se había de hacer más de lo que Zoraida quisiese; la cual ya que volvía
cargada con un cofrecillo lleno de escudos de oro, tantos, que apenas
lo podía sustentar, quiso la mala suerte que su padre despertase en el ínterin
y sintiese el ruido que andaba en el jardín; y, asomándose a la ventana,
luego conoció que todos los que en él estaban eran cristianos; y,
dando muchas, grandes y desaforadas voces, comenzó a decir en arábigo:
¡Cristianos, cristianos! ¡Ladrones, ladrones!; por los cuales gritos nos vimos
todos puestos en grandísima y temerosa confusión.
Pero el renegado, viendo el peligro en que estábamos, y lo mucho que
le importaba salir con aquella empresa antes de ser sentido, con grandísima
presteza, subió donde Agi Morato estaba, y juntamente con él fueron
algunos de nosotros; que yo no osé desamparar a la Zoraida, que como
desmayada se había dejado caer en mis brazos. En resolución, los que subieron
se dieron tan buena maña que en un momento bajaron con Agi
Morato, trayéndole atadas las manos y puesto un pañizuelo en la boca,
que no le dejaba hablar palabra, amenazándole que el hablarla le había
de costar la vida. Cuando su hija le vio, se cubrió los ojos por no verle, y
su padre quedó espantado, ignorando cuán de su voluntad se había
puesto en nuestras manos. Mas, entonces siendo más necesarios los pies,
con diligencia y presteza nos pusimos en la barca; que ya los que en ella
habían quedado nos esperaban, temerosos de algún mal suceso nuestro.
»Apenas serían dos horas pasadas de la noche, cuando ya estábamos
todos en la barca, en la cual se le quitó al padre de Zoraida la atadura de
las manos y el paño de la boca; pero tornóle a decir el renegado que no
hablase palabra, que le quitarían la vida. Él, como vio allí a su hija, comenzó
a suspirar ternísimamente, y más cuando vio que yo estrechamente
la tenía abrazada, y que ella sin defender, quejarse ni esquivarse,
se estaba queda; pero, con todo esto, callaba, porque no pusiesen en efeto
las muchas amenazas que el renegado le hacía. Viéndose, pues, Zoraida
ya en la barca, y que queríamos dar los remos al agua, y viendo allí a su
padre y a los demás moros que atados estaban, le dijo al renegado que
me dijese le hiciese merced de soltar a aquellos moros y de dar libertad a
su padre, porque antes se arrojaría en la mar que ver delante de sus ojos
y por causa suya llevar cautivo a un padre que tanto la había querido. El
renegado me lo dijo; y yo respondí que era muy contento; pero él respondió
que no convenía, a causa que, si allí los dejaban apellidarían luego
la tierra y alborotarían la ciudad, y serían causa que saliesen a buscallos
con algunas fragatas ligeras, y les tomasen la tierra y la mar, de manera
que no pudiésemos escaparnos; que lo que se podría hacer era darles
libertad en llegando a la primera tierra de cristianos. En este parecer
351
venimos todos, y Zoraida, a quien se le dio cuenta, con las causas que
nos movían a no hacer luego lo que quería, también se satisfizo; y luego,
con regocijado silencio y alegre diligencia, cada uno de nuestros valientes
remeros tomó su remo, y comenzamos, encomendándonos a Dios de
todo corazón, a navegar la vuelta de las islas de Mallorca, que es la tierra
de cristianos más cerca.
»Pero, a causa de soplar un poco el viento tramontana y estar la mar
algo picada, no fue posible seguir la derrota de Mallorca, y fuenos forzoso
dejarnos ir tierra a tierra la vuelta de Orán, no sin mucha pesadumbre
nuestra, por no ser descubiertos del lugar de Sargel, que en aquella costa
cae sesenta millas de Argel. Y, asimismo, temíamos encontrar por aquel
paraje alguna galeota de las que de ordinario vienen con mercancía de
Tetuán, aunque cada uno por sí, y todos juntos, presumíamos de que, si
se encontraba galeota de mercancía, como no fuese de las que andan en
corso, que no sólo no nos perderíamos, mas que tomaríamos bajel donde
con más seguridad pudiésemos acabar nuestro viaje. Iba Zoraida, en tanto
que se navegaba, puesta la cabeza entre mis manos, por no ver a su
padre, y sentía yo que iba llamando a Lela Marién que nos ayudase.
»Bien habríamos navegado treinta millas, cuando nos amaneció, como
tres tiros de arcabuz desviados de tierra, toda la cual vimos desierta y sin
nadie que nos descubriese; pero, con todo eso, nos fuimos a fuerza de
brazos entrando un poco en la mar, que ya estaba algo más sosegada; y,
habiendo entrado casi dos leguas, diose orden que se bogase a cuarteles
en tanto que comíamos algo, que iba bien proveída la barca, puesto que
los que bogaban dijeron que no era aquél tiempo de tomar reposo alguno,
que les diesen de comer los que no bogaban, que ellos no querían soltar
los remos de las manos en manera alguna. Hízose ansí, y en esto comenzó
a soplar un viento largo, que nos obligó a hacer luego vela y a dejar
el remo, y enderezar a Orán, por no ser posible poder hacer otro viaje.
Todo se hizo con muchísima presteza; y así, a la vela, navegamos por
más de ocho millas por hora, sin llevar otro temor alguno sino el de encontrar
con bajel que de corso fuese.
»Dimos de comer a los moros bagarinos, y el renegado les consoló diciéndoles
como no iban cautivos, que en la primera ocasión les darían libertad.
Lo mismo se le dijo al padre de Zoraida, el cual respondió:
Cualquiera otra cosa pudiera yo esperar y creer de vuestra liberalidad y buen
término, ¡oh cristianos!, mas el darme libertad, no me tengáis por tan simple que
lo imagine; que nunca os pusistes vosotros al peligro de quitármela para volverla
tan liberalmente, especialmente sabiendo quién soy yo, y el interese que se os
puede seguir de dármela; el cual interese, si le queréis poner nombre, desde aquí
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os ofrezco todo aquello que quisiéredes por mí y por esa desdichada hija mía, o si
no, por ella sola, que es la mayor y la mejor parte de mi alma. En diciendo esto,
comenzó a llorar tan amargamente que a todos nos movió a compasión,
y forzó a Zoraida que le mirase; la cual, viéndole llorar, así se enterneció
que se levantó de mis pies y fue a abrazar a su padre, y, juntando su rostro
con el suyo, comenzaron los dos tan tierno llanto que muchos de los
que allí íbamos le acompañamos en él. Pero, cuando su padre la vio
adornada de fiesta y con tantas joyas sobre sí, le dijo en su lengua: ¿Qué
es esto, hija, que ayer al anochecer, antes que nos sucediese esta terrible desgracia
en que nos vemos, te vi con tus ordinarios y caseros vestidos, y agora, sin que
hayas tenido tiempo de vestirte y sin haberte dado alguna nueva alegre de solenizalle
con adornarte y pulirte, te veo compuesta con los mejores vestidos que yo
supe y pude darte cuando nos fue la ventura más favorable?
Respóndeme a esto, que me tiene más suspenso y admirado que la
misma desgracia en que me hallo.
»Todo lo que el moro decía a su hija nos lo declaraba el renegado, y
ella no le respondía palabra. Pero, cuando él vio a un lado de la barca el
cofrecillo donde ella solía tener sus joyas, el cual sabía él bien que le había
dejado en Argel, y no traídole al jardín, quedó más confuso, y preguntóle
que cómo aquel cofre había venido a nuestras manos, y qué era
lo que venía dentro. A lo cual el renegado, sin aguardar que Zoraida le
respondiese, le respondió: No te canses, señor, en preguntar a Zoraida, tu hija,
tantas cosas, porque con una que yo te responda te satisfaré a todas; y así, quiero
que sepas que ella es cristiana, y es la que ha sido la lima de nuestras cadenas
y la libertad de nuestro cautiverio; ella va aquí de su voluntad, tan contenta,
a lo que yo imagino, de verse en este estado, como el que sale de las tinieblas a la
luz, de la muerte a la vida y de la pena a la gloria. ¿Es verdad lo que éste dice,
hija?, dijo el moro. Así es, respondió Zoraida. ¿Que, en efeto -replicó el viejo-,
tú eres cristiana, y la que ha puesto a su padre en poder de sus enemigos? A
lo cual respondió Zoraida: La que es cristiana yo soy, pero no la que te ha
puesto en este punto, porque nunca mi deseo se estendió a dejarte ni a hacerte
mal, sino a hacerme a mí bien. Y ¿qué bien es el que te has hecho, hija? Eso -respondió
ella- pregúntaselo tú a Lela Marién, que ella te lo sabrá decir mejor que
no yo.
»Apenas hubo oído esto el moro, cuando, con una increíble presteza,
se arrojó de cabeza en la mar, donde sin ninguna duda se ahogara, si el
vestido largo y embarazoso que traía no le entretuviera un poco sobre el
agua. Dio voces Zoraida que le sacasen, y así, acudimos luego todos, y,
asiéndole de la almalafa, le sacamos medio ahogado y sin sentido, de que
recibió tanta pena Zoraida que, como si fuera ya muerto, hacía sobre él
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un tierno y doloroso llanto. Volvímosle boca abajo, volvió mucha agua,
tornó en sí al cabo de dos horas, en las cuales, habiéndose trocado el
viento, nos convino volver hacia tierra, y hacer fuerza de remos, por no
embestir en ella; mas quiso nuestra buena suerte que llegamos a una cala
que se hace al lado de un pequeño promontorio o cabo que de los moros
es llamado el de La Cava Rumía, que en nuestra lengua quiere decir La
mala mujer cristiana; y es tradición entre los moros que en aquel lugar
está enterrada la Cava, por quien se perdió España, porque cava en su
lengua quiere decir mujer mala, y rumía, cristiana; y aun tienen por mal
agüero llegar allí a dar fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque
nunca le dan sin ella; puesto que para nosotros no fue abrigo de mala
mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio, según andaba alterada la
mar.
»Pusimos nuestras centinelas en tierra, y no dejamos jamás los remos
de la mano; comimos de lo que el renegado había proveído, y rogamos a
Dios y a Nuestra Señora, de todo nuestro corazón, que nos ayudase y favoreciese
para que felicemente diésemos fin a tan dichoso principio. Diose
orden, a suplicación de Zoraida, como echásemos en tierra a su padre
y a todos los demás moros que allí atados venían, porque no le bastaba el
ánimo, ni lo podían sufrir sus blandas entrañas, ver delante de sus ojos
atado a su padre y aquellos de su tierra presos. Prometímosle de hacerlo
así al tiempo de la partida, pues no corría peligro el dejallos en aquel lugar,
que era despoblado. No fueron tan vanas nuestras oraciones que no
fuesen oídas del cielo; que, en nuestro favor, luego volvió el viento, tranquilo
el mar, convidándonos a que tornásemos alegres a proseguir nuestro
comenzado viaje.
»Viendo esto, desatamos a los moros, y uno a uno los pusimos en tierra,
de lo que ellos se quedaron admirados; pero, llegando a desembarcar
al padre de Zoraida, que ya estaba en todo su acuerdo, dijo: ¿Por qué pensáis,
cristianos, que esta mala hembra huelga de que me deis libertad? ¿Pensáis
que es por piedad que de mí tiene? No, por cierto, sino que lo hace por el estorbo
que le dará mi presencia cuando quiera poner en ejecución sus malos deseos; ni
penséis que la ha movido a mudar religión entender ella que la vuestra a la nuestra
se aventaja, sino el saber que en vuestra tierra se usa la deshonestidad más libremente
que en la nuestra. Y, volviéndose a Zoraida, teniéndole yo y otro
cristiano de entrambos brazos asido, porque algún desatino no hiciese, le
dijo: ¡Oh infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿Adónde vas, ciega y desatinada,
en poder destos perros, naturales enemigos nuestros? ¡Maldita sea la hora
en que yo te engendré, y malditos sean los regalos y deleites en que te he criado!
Pero, viendo yo que llevaba término de no acabar tan presto, di
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priesa a ponelle en tierra, y desde allí, a voces, prosiguió en sus maldiciones
y lamentos, rogando a Mahoma rogase a Alá que nos destruyese,
confundiese y acabase; y cuando, por habernos hecho a la vela, no podimos
oír sus palabras, vimos sus obras, que eran arrancarse las barbas,
mesarse los cabellos y arrastrarse por el suelo; mas una vez esforzó la
voz de tal manera que podimos entender que decía: ¡Vuelve, amada hija,

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