El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Primera Parte
5. enero 2011
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con tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se
consolase, no haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habían
dejado a su hija con la joya que, si una vez se pierde, no deja
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esperanza de que jamás se cobre. El mismo día que pareció Leandra la
despareció su padre de nuestros ojos, y la llevó a encerrar en un monesterio
de una villa que está aquí cerca, esperando que el tiempo gaste alguna
parte de la mala opinión en que su hija se puso. Los pocos años de
Leandra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos con aquellos que
no les iba algún interés en que ella fuese mala o buena; pero los que conocían
su discreción y mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia
su pecado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres,
que, por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta.
»Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos
sin tener cosa que mirar que contento le diese; los míos en tinieblas, sin
luz que a ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra,
crecía nuestra tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos
las galas del soldado y abominábamos del poco recato del padre de
Leandra.
Finalmente, Anselmo y yo nos concertamos de dejar el aldea y venirnos
a este valle, donde él, apacentando una gran cantidad de ovejas suyas
proprias, y yo un numeroso rebaño de cabras, también mías, pasamos
la vida entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones, o cantando
juntos alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando
solos y a solas comunicando con el cielo nuestras querellas.
»A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se
han venido a estos ásperos montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y
son tantos, que parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia,
según está colmo de pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde
no se oiga el nombre de la hermosa Leandra. Éste la maldice y la llama
antojadiza, varia y deshonesta; aquél la condena por fácil y ligera; tal
la absuelve y perdona, y tal la justicia y vitupera; uno celebra su hermosura,
otro reniega de su condición, y, en fin, todos la deshonran, y todos
la adoran, y de todos se estiende a tanto la locura, que hay quien se queje
de desdén sin haberla jamás hablado, y aun quien se lamente y sienta la
rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a nadie; porque, como
ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay hueco
de peña, ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada
de algún pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el
nombre de Leandra dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan
los montes, Leandra murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos
suspensos y encantados, esperando sin esperanza y temiendo sin saber
de qué tememos. Entre estos disparatados, el que muestra que menos y
más juicio tiene es mi competidor Anselmo, el cual, teniendo tantas otras
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cosas de que quejarse, sólo se queja de ausencia; y al son de un rabel, que
admirablemente toca, con versos donde muestra su buen entendimiento,
cantando se queja. Yo sigo otro camino más fácil, y a mi parecer el más
acertado, que es decir mal de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia,
de su doble trato, de sus promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente,
del poco discurso que tienen en saber colocar sus pensamientos e
intenciones que tienen.» Y ésta fue la ocasión, señores, de las palabras y
razones que dije a esta cabra cuando aquí llegué; que por ser hembra la
tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi apero. Ésta es la historia
que prometí contaros; si he sido en el contarla prolijo, no seré en serviros
corto: cerca de aquí tengo mi majada, y en ella tengo fresca leche y muy
sabrosísimo queso, con otras varias y sazonadas frutas, no menos a la
vista que al gusto agradables.
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Capítulo 52
De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero,
con la rara aventura de los deceplinantes, a quien dio
felice fin a costa de su sudor
General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le
habían; especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad
notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústico cabrero
cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había dicho
muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados. Todos se
ofrecieron a Eugenio; pero el que más se mostró liberal en esto fue don
Quijote, que le dijo:
-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino
porque vos la tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin
duda alguna, debe de estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la
abadesa y de cuantos quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras
manos, para que hiciérades della a toda vuestra voluntad y talante, guardando,
pero, las leyes de la caballería, que mandan que a ninguna doncella
se le sea fecho desaguisado alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro
Señor que no ha de poder tanto la fuerza de un encantador malicioso,
que no pueda más la de otro encantador mejor intencionado, y para entonces
os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi profesión, que
no es otra si no es favorecer a los desvalidos y menesterosos.
Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,
admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:
-Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?
-¿Quién ha de ser -respondió el barbero- sino el famoso don Quijote de
la Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de
las doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?
-Eso me semeja -respondió el cabrero- a lo que se lee en los libros de
caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra
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merced dice; puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o
que este gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.
-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-; y vos sois
el vacío y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la
muy hideputa puta que os parió.
Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio
con él al cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó las narices;
mas el cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras le
maltrataban, sin tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a todos
aquellos que comiendo estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole del
cuello con entrambas manos, no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no
llegara en aquel punto, y le asiera por las espaldas y diera con él encima
de la mesa, quebrando platos, rompiendo tazas y derramando y esparciendo
cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio libre, acudió a subirse
sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro, molido a coces de
Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para hacer
alguna sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura;
mas el barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don
Quijote, sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro
del pobre caballero llovía tanta sangre como del suyo.
Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de
gozo, zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en
pendencia están trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no
se podía desasir de un criado del canónigo, que le estorbaba que a su
amo no ayudase.
En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes
que se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo
volver los rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más
se alborotó de oírle fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero,
harto contra su voluntad y más que medianamente molido, le dijo:
-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido
valor y fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas,
no más de por una hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que
a nuestros oídos llega me parece que a alguna nueva aventura me llama.
El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego,
y don Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son
se oía, y vio a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos
de blanco, a modo de diciplinantes.
Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra,
y por todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones,
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rogativas y diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia
y les lloviese; y para este efecto la gente de una aldea que allí junto
estaba venía en procesión a una devota ermita que en un recuesto de
aquel valle había.
Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle
por la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó
que era cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante,
el acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una
imagen que traían cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban
por fuerza aquellos follones y descomedidos malandrines; y, como
esto le cayó en las mientes, con gran ligereza arremetió a Rocinante,
que paciendo andaba, quitándole del arzón el freno y el adarga, y en un
punto le enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada, subió sobre Rocinante
y embrazó su adarga, y dijo en alta voz a todos los que presentes
estaban:
-Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el
mundo caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora
digo que veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva,
si se han de estimar los caballeros andantes.
Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no
las tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta
verdadera historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con
los diciplinantes, bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle;
mas no les fue posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho
le daba, diciendo:
-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho,
que le incitan a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que
aquélla es procesión de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre
la peana es la imagen benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor,
lo que hace, que por esta vez se puede decir que no es lo que sabe.
Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los
ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunque
la oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la procesión,
y paró a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco,
y, con turbada y ronca voz, dijo:
-Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended
y escuchad lo que deciros quiero.
Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y
uno de los cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña
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catadura de don Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias
de risa que notó y descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:
-Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van
estos hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nos
detengamos a oír cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras
se diga.
-En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta: que luego al punto dejéis
libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras
muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado
le habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes
agravios, no consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la
deseada libertad que merece.
En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía
de ser algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa
fue poner pólvora a la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra,
sacando la espada, arremetió a las andas. Uno de aquellos que las
llevaban, dejando la carga a sus compañeros, salió al encuentro de don
Quijote, enarbolando una horquilla o bastón con que sustentaba las andas
en tanto que descansaba; y, recibiendo en ella una gran cuchillada
que le tiró don Quijote, con que se la hizo dos partes, con el último tercio,
que le quedó en la mano, dio tal golpe a don Quijote encima de un hombro,
por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el adarga contra
villana fuerza, que el pobre don Quijote vino al suelo muy mal parado.
Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio
voces a su moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero
encantado, que no había hecho mal a nadie en todos los días de su
vida.
Mas, lo que detuvo al villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver
que don Quijote no bullía pie ni mano; y así, creyendo que le había
muerto, con priesa se alzó la túnica a la cinta, y dio a huir por la campaña
como un gamo.
Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él
estaba; y más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con
ellos los cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, y hiciéronse
todos un remolino alrededor de la imagen; y, alzados los capirotes,
empuñando las diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban el
asalto con determinación de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a
sus acometedores; pero la fortuna lo hizo mejor que se pensaba, porque
Sancho no hizo otra cosa que arrojarse sobre el cuerpo de su señor,
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haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto del mundo, creyendo
que estaba muerto.
El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo conocimiento
puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones.
El primer cura dio al segundo, en dos razones, cuenta de quién era don
Quijote, y así él como toda la turba de los diciplinantes fueron a ver si estaba
muerto el pobre caballero, y oyeron que Sancho Panza, con lágrimas
en los ojos, decía:
-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera
de tus tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de
toda la Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará
lleno de malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas
fechorías!
¡Oh liberal sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de
servicio me tenías dada la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde
con los soberbios y arrogante con los humildes, acometedor de peligros,
sufridor de afrentas, enamorado sin causa, imitador de los buenos,
azote de los malos, enemigo de los ruines, en fin, caballero andante,
que es todo lo que decir se puede!
Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer
palabra que dijo fue:
-El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias
que éstas está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro
encantado, que ya no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque
tengo todo este hombro hecho pedazos.
-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, y volvamos
a mi aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí
daremos orden de hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.
-Bien dices, Sancho -respondió don Quijote-, y será gran prudencia dejar
pasar el mal influjo de las estrellas que agora corre.
El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer
lo que decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades
de Sancho Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía.
La procesión volvió a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se
despidió de todos; los cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura
les pagó lo que se les debía. El canónigo pidió al cura le avisase el suceso
de don Quijote, si sanaba de su locura o si proseguía en ella, y con esto
tomó licencia para seguir su viaje. En fin, todos se dividieron y apartaron,
quedando solos el cura y barbero, don Quijote y Panza, y el bueno
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de Rocinante, que a todo lo que había visto estaba con tanta paciencia como
su amo.
El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de
heno, y con su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y
a cabo de seis días llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron
en la mitad del día, que acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la
plaza, por mitad de la cual atravesó el carro de don Quijote. Acudieron
todos a ver lo que en el carro venía, y, cuando conocieron a su compatriota,
quedaron maravillados, y un muchacho acudió corriendo a dar las
nuevas a su ama y a su sobrina de que su tío y su señor venía flaco y
amarillo, y tendido sobre un montón de heno y sobre un carro de bueyes.
Cosa de lástima fue oír los gritos que las dos buenas señoras alzaron, las
bofetadas que se dieron, las maldiciones que de nuevo echaron a los malditos
libros de caballerías; todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a
don Quijote por sus puertas.
A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho
Panza, que ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero,
y, así como vio a Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía
bueno el asno. Sancho respondió que venía mejor que su amo.
-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha hecho;
pero contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?,
¿qué saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?
-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras cosas
de más momento y consideración.
-Deso recibo yo mucho gusto -respondió la mujer-; mostradme esas cosas
de más consideración y más momento, amigo mío, que las quiero
ver, para que se me alegre este corazón, que tan triste y descontento ha
estado en todos los siglos de vuestra ausencia.
-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta,
que, siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar
aventuras, vos me veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no
de las de por ahí, sino la mejor que pueda hallarse.
-Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas,
decidme: ¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?
-No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo lo
verás, mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tus
vasallos.
-¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? -respondió
Juana Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran
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parientes, sino porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido
de sus maridos.
-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa
más gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero
andante buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que
se hallan no salen tan a gusto como el hombre querría, porque de ciento
que se encuentran, las noventa y nueve suelen salir aviesas y torcidas.
Sélo yo de expiriencia, porque de algunas he salido manteado, y de otras
molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar los sucesos atravesando
montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando
en ventas a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el
maravedí.
Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su
mujer, en tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le
desnudaron, y le tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos
atravesados, y no acababa de entender en qué parte estaba. El cura encargó
a la sobrina tuviese gran cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen
alerta de que otra vez no se les escapase, contando lo que había sido menester
para traelle a su casa. Aquí alzaron las dos de nuevo los gritos al
cielo; allí se renovaron las maldiciones de los libros de caballerías, allí pidieron
al cielo que confundiese en el centro del abismo a los autores de
tantas mentiras y disparates. Finalmente, ellas quedaron confusas y temerosas
de que se habían de ver sin su amo y tío en el mesmo punto que
tuviese alguna mejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.
Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha
buscado los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido
hallar noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama
ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera
vez que salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas
justas que en aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas
de su valor y buen entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo
alcanzar cosa alguna, ni la alcanzara ni supiera si la buena suerte no le
deparara un antiguo médico que tenía en su poder una caja de plomo,
que, según él dijo, se había hallado en los cimientos derribados de una
antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se habían hallado unos
pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos castellanos, que
contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura de
Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho
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Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios
y elogios de su vida y costumbres.
Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone
el fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide
a los que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir
y buscar todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le
den el mesmo crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías,
que tan validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien
pagado y satisfecho, y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas,
a lo menos de tanta invención y pasatiempo.
Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló
en la caja de plomo eran éstas:
LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,
LUGAR DE LA MANCHA,
EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA,
HOC SCRIPSERUNT:
EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
El calvatrueno que adornó a la Mancha
de más despojos que Jasón decreta;
el jüicio que tuvo la veleta
aguda donde fuera mejor ancha,
el brazo que su fuerza tanto ensancha,
que llegó del Catay hasta Gaeta,
la musa más horrenda y más discreta
que grabó versos en la broncínea plancha,
el que a cola dejó los Amadises,
y en muy poquito a Galaores tuvo,
estribando en su amor y bizarría,
el que hizo callar los Belianises,
aquel que en Rocinante errando anduvo,
yace debajo desta losa fría.
DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
In laudem Dulcineae del Toboso
Soneto
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Esta que veis de rostro amondongado,
alta de pechos y ademán brioso,
es Dulcinea, reina del Toboso,
de quien fue el gran Quijote aficionado.
Pisó por ella el uno y otro lado
de la gran Sierra Negra, y el famoso
campo de Montïel, hasta el herboso
llano de Aranjüez, a pie y cansado.
Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,
que esta manchega dama, y este invito
andante caballero, en tiernos años,
ella dejó, muriendo, de ser bella;
y él, aunque queda en mármores escrito,
no pudo huir de amor, iras y engaños.
DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA
ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE
LA MANCHA
Soneto
En el soberbio trono diamantino
que con sangrientas plantas huella Marte,
frenético, el Manchego su estandarte
tremola con esfuerzo peregrino.
Cuelga las armas y el acero fino
con que destroza, asuela, raja y parte:
¡nuevas proezas!, pero inventa el arte
un nuevo estilo al nuevo paladino.
Y si de su Amadís se precia Gaula,
por cuyos bravos descendientes Grecia
triunfó mil veces y su fama ensancha,
hoy a Quijote le corona el aula
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do Belona preside, y dél se precia,
más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.
Nunca sus glorias el olvido mancha,
pues hasta Rocinante, en ser gallardo,
excede a Brilladoro y a Bayardo.
DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA
Soneto
DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE
Epitafio
Aquí yace el caballero,
bien molido y mal andante,
a quien llevó Rocinante
por uno y otro sendero.
Sancho Panza el majadero
yace también junto a él,
escudero el más fiel
que vio el trato de escudero.
DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO
Epitafio
Reposa aquí Dulcinea;
y, aunque de carnes rolliza,
la volvió en polvo y ceniza
la muerte espantable y fea.
Fue de castiza ralea,
y tuvo asomos de dama;
del gran Quijote fue llama,
y fue gloria de su aldea.
Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar carcomida
la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas
los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias
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y mucho trabajo, y que tiene intención de sacarlos a luz, con esperanza
de la tercera salida de don Quijote.
Forsi altro canterà con miglior plectio.
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