El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Primera Parte
5. enero 2011
Miguel Cervantes
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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha – Primera Parte
PRÓLOGO
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este
libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo
y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir
al orden de naturaleza; que en ella cada cosa engendra su semejante.
Y así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío,
sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos
varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se
engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde
todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la
amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las
fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las musas más
estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen
de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin
gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para
que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las
cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco
padre, soy padrastro de Don Quijote, no quiero irme con la corriente
del uso, ni suplicarte, casi con las lágrimas en los ojos, como otros
hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi
hijo vieres; pues ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu
cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde
eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente
se dice: que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y
hace libre de todo respecto y obligación; y así, puedes decir de la historia
todo aquello que te pareciere, sin temor que te calunien por el mal ni te
premien por el bien que dijeres della.
Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha
4. enero 2011
Cervantes, Miguel
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Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de
la Mancha
Prólogo al lector
¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector
ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas,
riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote; digo de aquel
que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en
verdad que no te he dar este contento; que, puesto que los agravios despiertan
la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción
esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del
atrevido, pero no me pasa por el pensamiento: castíguele su pecado, con
su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo que no he podido dejar de sentir
es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano
haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera
nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los
siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas
no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo menos,
en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más
bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de
manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera
antes haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de
mis heridas sin haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en
el rostro y en los pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la
honra, y al de desear la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe
con las canas, sino con el entendimiento, el cual suele mejorarse con
los años.