David Copperfield

14. agosto 2010

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Charles Dickens

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DAVID COPPERFIELD

PREFACIO

Difícilmente podré alejarme lo bastante de este libro, todavía en las primeras emociones

de haberlo terminado, para considerarlo con la frialdad que un encabezamiento así requiere.

Mi interés está en él tan reciente y tan fuerte y mis sentimientos tan divididos

entre la alegría y la pena (alegría por haber dado fin a mi tarea, pena por separarme de

tantos compañeros), que corro el riesgo de aburrir al lector, a quien ya quiero, con

confidencias personales y emociones íntimas.

Además, todo lo que pudiera decir sobre esta historia, con cualquier propósito, ya he

tratado de decirlo en ella.

Y quizá interesa poco al lector el saber la tristeza con que se abandona la pluma al

terminar una labor creadora de dos años, ni la emoción que siente el autor al enviar a ese

mundo sombrío parte de sí mismo, cuando algunas de las criaturas de su imaginación se

separan de él para siempre.

A pesar de todo, no tengo nada más que decir aquí, a menos de confesar (lo que sería

todavía menos apropiado) que estoy seguro de que a nadie, al leer esta historia, podrá

parecerle más real de lo que a mí me ha parecido al escribirla.

Por lo tanto, en lugar de mirar al pasado miraré al porvenir. No puedo cerrar estos

volúmenes de un modo más agradable para mí que lanzando una mirada llena de

esperanza hacia los tiempos en que vuelvan a publicarse mis dos hojas verdes mensuales,

y dedicando un pensamiento agradecido al sol y a la lluvia que hayan caído sobre estas

páginas de DAVID COPPERFIELD, haciéndome feliz.

Londres, octubre de 1850.

HISTORIA DE LA VIDA Y HECHOS

DE DAVID COPPERFIELD

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

NAZCO

Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas

páginas. Para empezar mi historia desde el principio, diré que nací (según me han dicho y

yo lo creo) un viernes a las doce en punto de la noche. Y, cosa curiosa, el reloj empezó a

sonar y yo a gritar simultáneamente.

Teniendo en cuenta el día y la hora de nacimiento, la enfermera y algunas comadronas

del barrio (que tenían puesto un interés vital en mí bastantes meses antes de que pudiéramos

conocernos personalmente) declararon: primero, que estaba predestinado a ser

desgraciado en esta vida, y segundo, que gozaría del privilegio de ver fantasmas y espíritus.

Según ellas, estos dones eran inevitablemente otorgados a todo niño (de un sexo o de

otro) que tuviera la desgracia de nacer en viernes y a medianoche.

No hablaré ahora de la primera de las predicciones, pues esta historia demostrará si es

cierta o falsa. Respecto a la segunda, sólo haré constar que, a no ser que tuviera este don

en mi primera infancia, todavía lo estoy esperando. Y no es que me queje por haber sido

defraudado, pues si alguien está disfrutando de él por equivocación, le agradeceré que lo

conserve a su lado.

Nací envuelto en una membrana que se trató de vender, anunciándola en los periódicos,

al módico precio de quince guineas. No sé si los marineros en aquella época tendrían

poco dinero o si lo que tenían era poca fe y preferían cinturones de corcho; lo que sí sé es

que sólo se presentó un comprador, comerciante, que ofrecía por ella dos libras en plata y

el resto en jerez, negándose a pagar ni un céntimo más por la seguridad de no morir

ahogado. Como la adquisición de los vinos no interesaba a mi pobre madre, pues acababa

de vender los suyos, desistió de la venta, después de retirar los anuncios, que tuvo que

pagar. Diez años más tarde mi membrana fue sacada a sorteo en nuestra aldea, al precio

de media corona la papeleta y con la condición de que el agraciado con ella pagaría

además cinco chelines. Yo estuve presente en el sorteo, y recuerdo que me sentía

humillado y confuso de que dispusieran así de una parte de mi persona. Le tocó a una

señora que llevaba un gran bolso de mano, del que sacó de muy mala gana los estipulados

cinco chelines, todos en medios peniques, y además dio un penique de menos, no

sirviendo de nada el tiempo que se perdió en explicaciones y demostraciones aritméticas,

pues no lograron convencerla de ello. Y es un hecho, que todos recuerdan como

sorprendente, que la señora no murió ahogada, sino triunfalmente en su lecho a los

noventa y dos años de edad.

Tengo entendido que dicha señora, mientras tomaba el té, que era su ocupación

favorita, solía vanagloriarse de no haber estado encima del agua mas que una vez en su

vida, y eso pasando un puente, y que se indignaba mucho contra los marinos y demás

personas que tienen el atrevimiento de vagabundear por esos mundos. En vano se le

demostraba que muchas cosas buenas (el té entre ellas) se disfrutaban gracias a aquellas

aficiones refutables. Ella replicaba cada vez con mayor energía y confianza en la fuerza

de su razonamiento:

-No, no; nada de vagabundear.

Para no «vagabundear» yo tampoco, volveré al punto de mi nacimiento.

Nací en Bloonderstone, en Sooffolk, o « por ahí», como dicen en Escocia, y fui un niño

póstumo. Los ojos de mi padre se cerraron a la luz de este mundo seis meses antes de que

se abrieran los míos. Aún ahora supone algo extraño para mí el hecho de que nunca me

llegara a ver; y todavía más extraño es el oscuro recuerdo que conservo de mi primer

encuentro, siendo un niño, con la piedra blanca de su tumba en el cementerio; la

indefinible compasión que sentía al recordarle allí tendido y solo en la noche oscura,

mientras nuestra salita estaba caliente a iluminada por el fuego y las velas, y las puertas

de la casa estaban cuidadosa y cruelmente (me parecía entonces) cerradas.

Una tía de mi padre y, por consiguiente, tía abuela mía, de quien hablaré más adelante,

era el magnate de nuestra familia: miss Trotwood, o miss Betsey, como mi pobre madre

la llamaba siempre cuando se atrevía a nombrar a aquel formidable personaje (lo que

ocurría muy rara vez). Mi tía se había casado con un hombre más joven que ella y muy

elegante, aunque no en el sentido del dicho «es elegante lo que el elegante hace», pues se

sospechaba que pegaba a su mujer, y hasta llegó a contarse que una vez, discutiendo a

propósito de cuestiones económicas, estuvo a punto de tirarla por la ventana de un

segundo piso. Estas pruebas evidentes de incompatibilidad de caracteres indujeron a miss

Betsey a darle dinero para que se marchara y consintiera en una separación amistosa. Él

se marchó a la India con su capital, y allí, según una leyenda de familia, se le vio

montado en un elefante y acompañado de un Baboon, aunque yo creo que más bien sería

de un Baboo o de un Begum. Sea como fuere, diez años después, desde la India llegó a su

casa la noticia de su muerte. El efecto que esta noticia causó en mi tía nadie lo supo. A

raíz de la separación había vuelto a usar su nombre de soltera y, comprando una casita

muy alejada en la costa, se había establecido allí con su criada, como una solterona,

viviendo siempre recluida en un aislamiento inflexible.

Según creo, mi padre había sido el sobrino favorito de miss Betsey; pero mi tía se

ofendió mortalmente con su boda, bajo el pretexto de que mi madre era «una muñeca»,

pues, aunque no la había visto nunca, sabía que no tenía todavía veinte años. Miss Betsey

no quiso volver a ver a su sobrino. Mi padre tenía el doble de edad que mi madre cuando

se casaron, y era de constitución delicada. Un año después de su boda, y, como ya he

dicho, seis meses antes de mi nacimiento, murió.

Tal era el estado de las cosas en la tarde de aquel memorable (puede excusárseme el

llamarlo así) a importante viernes. No puedo vanagloriarme de haber sabido en aquella

época lo que estoy contando, ni de conservar ningún recuerdo (fundado en la evidencia

de mis propios sentidos) de lo que sigue.

Mi madre estaba sentada junto a la chimenea, mal de salud y muy abatida, y miraba el

fuego a través de sus lágrimas, pensando con tristeza en su propia vida y en el huerfanito

a quien sólo esperaba un mundo no muy contento de su llegada y algunos proféticos

paquetes de alfileres preparados de antemano en el cajón de una cómoda del primer piso.

Mi madre, repito, estaba sentada al lado del fuego, en una tarde clara y fría de marzo,

muy triste y deprimida, y temerosa de no salir con vida de la prueba que le esperaba,

cuando, levantando sus ojos para enjugarlos, vio por la ventana a una señora desconocida

que entraba en el jardín.

La segunda vez que la miró mi madre tuvo la certeza de que aquella señora era miss

Betsey. Los rayos del sol poniente iluminaban a la desconocida junto a la verja, y esta

tenía un paso tan firme, un aire tan decidido, que no podía ser otra.

Cuando estuvo delante de la casa dio otra prueba mayor de su identidad. Mi padre había

contado a menudo que la conducta de mi tía nunca era semejante a la del resto de los

mortales; y, en efecto, aquella señora, en lugar de dirigirse a la puerta y llamar a la

campanilla, se detuvo delante de la ventana y se puso a mirar por ella, apretando tanto la

nariz contra el cristal que mi madre solía decirme que se le había puesto en un momento

completamente blanca y aplastada.

Esta aparición impresionó de tal modo a mi madre que yo siempre he estado

convencido de que es a miss Betsey a quien tengo que agradecer el haber nacido en

viernes.

Mi madre se levantó precipitadamente y fue a esconderse en un rincón detrás de una

silla. Miss Betsey recorrió lentamente la habitación con su mirada, de un modo

inquisitivo y moviendo los ojos como los de las cabezas de sarracenos que hay en los

relojes de Dutch. Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como

quien está acostumbrada a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a abrir la puerta.

Mi madre obedeció.

-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose

en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi madre de

luto riguroso y en aquel estado.

-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.

-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que habrá oído usted hablar de ella?

Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar

suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.

-Pues aquí la tiene usted —dijo miss Betsey.

Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pasara, y se dirigieron a la

habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a

encender fuego en la sala.

Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos

para contenerse, prorrumpió en llanto.

-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!

Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.

-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss Betsey-, que quiero verla bien.

Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no

tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal

modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y magníficos), esparciéndose

alrededor de su rostro.

-Pero ¡Dios mío! –exclamó miss Betsey-. ¡Si es usted una niña!

Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la

cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad

temía era ser demasiado niña para verse ya viuda y madre, si es que vivía.

Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre le pareció sentir que miss Betsey

acariciaba sus cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y mirarla con aquella

tímida esperanza, vio que continuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda un poco

remangada, los pies en el guardafuegos y las manos cruzadas sobre las rodillas.

-En nombre de Dios –dijo de pronto mi tía-, ¿por qué llamarla Rookery?

-¿Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.

-¿Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si cualquiera de los dos hubierais tenido un

poco de sentido práctico la habríais llamado Cookery.

-Es el nombre que eligió míster Copperfield -respondió mi madre-. Cuando compró la

casa le gustaba pensar que habría cuervos en sus alrededores.

En ese momento, el viento del atardecer empezó a silbar entre los olmos viejos y altos

del jardín con tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no pudieron por menos que

mirar con inquietud hacia la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros corno

gigantes que quisieran confiarse algún terrible secreto, y después de permanecer

inclinados unos segundos se erguían violentamente, sacudiendo sus enormes brazos,

como si aquellas confidencias, intranquilizando a su conciencia, les hubieran arrebatado

para siempre el reposo.

Algunos nidos bastante viejos de cuervos se bamboleaban destrozados por la intemperie

en sus ramas más altas, como náufragos en un mar tormentoso.

-¿Y dónde están los pájaros? -preguntó miss Betsey.

-¿Los que …?

Mi madre estaba pensando en otra cosa.

-Los cuervos. ¿Qué ha sido de ellos? -preguntó mi tía.

-Desde que vivimos aquí no hemos visto ninguno -dijo mi madre-. Pensábamos…

Míster Copperfield creía… que esto era una gran rookery; pero los nidos son ya muy antiguos

y deben de estar abandonados hace mucho tiempo.

-¡Las cosas de David Copperfield! -exclamó miss Betsey-. ¡David Copperfield de la

cabeza a los pies! Llama a la casa Rookery, no habiendo un solo cuervo en los alrededores,

y cree que ha de haber forzosamente pájaros porque ve nidos.

-Míster Copperfield ha muerto -contestó mi madre-, y si se atreve usted a hablarme mal

de él…

Sospecho que mi pobre madre tuvo por un momento la intención de arrojarse sobre mi

tía; pero ni aun estando en mejor estado de salud y con suficiente entrenamiento hubiera

podido hacer frente a semejante adversario; así es que después de levantarse se volvió a

sentar humildemente y cayó desvanecida.

Cuando volvió en sí, o quizá cuando miss Betsey la hizo volver en sí, encontró a mi tía

de pie ante la ventana. La luz del atardecer se iba apagando y a no ser por el resplandor

del fuego no hubieran podido distinguirse una a otra.

-¡Bueno! -dijo miss Betsey volviéndose a sentar, como si sólo hubiera estado mirando

por casualidad el paisaje-. ¿Y cuándo espera usted…?

-Estoy temblando -balbució mi madre-. No se que me pasa; pero estoy segura de que

me muero.

-No, no, no -dijo miss Betsey-. Tome usted un poco de té.

-¡Oh Dios mío, Dios mío! ¿Pero cree usted que eso me aliviará algo? -exclamó mi

madre desesperadamente.

-Naturalmente que lo creo. Todo eso es nervioso… Pero ¿cómo llama usted a la chica?

-Todavía no sé si será niña -dijo mi madre con inocencia.

-¡Dios bendiga a esta criatura! -exclamó mi tía, ignorando que repetía la segunda frase

inscrita con alfileres en el acerico de la cómoda, pero aplicándosela a mi madre en lugar

de a mí-. No se trataba de eso. Me refería a su criada.

-Peggotty -dijo mi madre.

-¡Peggotty! -repitió miss Betsey, casi indignada-. ¿Querrá usted hacerme creer que un

ser humano ha recibido en una iglesia cristiana el nombre de Peggotty?

-Es su apellido -dijo mi madre con timidez-. Míster Copperfield la llamaba así porque

como tiene el mismo nombre de pila que yo…

-¡Aquí, Peggotty! -gritó miss Betsey abriendo la puerta- Traiga usted té; su señora no se

encuentra bien; conque ¡a no perder tiempo!

Habiendo dado esta orden con tanta energía como si su autoridad estuviese reconocida

en la casa desde toda la eternidad, volvió a cerrar la puerta y a sentarse, no sin antes haberse

cerciorado de que acudía Peggotty con una vela, toda desorientada, al sonido de

aquella voz extraña.

-¿Decía usted que quizá será niña? -dijo cuando estuvo de nuevo con los pies sobre el

guardafuego, la falda un poco remangada y las manos cruzadas encima de las rodillas-.

No hay duda, será una niña; tengo el presentimiento de que ha de serio. Ahora bien, hija

mía: desde el momento en que nazca esa niña…

-Quizá sea un niño -se tomó la libertad de interrumpir mi madre.

-¡Cuando le digo que tengo el presentimiento de que será niña! -insistió miss Betsey-.

No me contradiga. Desde el momento en que nazca esa niña quiero ser su amiga. Cuento

con ser su madrina y le ruego que le ponga de nombre Betsey Trotwood Copperfield. Y

en la vida de esa Betsey Trotwood no habrá equivocaciones. Pondremos todos los medios

para que nadie se burle de los afectos de la pobre niña. La educaremos muy bien,

evitando cuidadosamente que deposite su ingenua confianza en quien no lo merezca. Yo

cuidaré de ello.

A1 final de cada frase mi tía bajaba la cabeza, como si los recuerdos la persiguieran y el

no explayarse sobre ellos le costara grandes esfuerzos. Al menos así le pareció a mi

madre, que la observaba al débil resplandor del fuego, aunque en realidad estaba

demasiado asustada, demasiado intimidada y confusa para poder observar nada con

claridad ni saber qué decir.

-Y David, ¿era bueno con usted, hija mía? -preguntó miss Betsey después de un rato de

silencio, cuando sus movimientos de cabeza cesaron gradualmente-. ¿Erais felices?

-Éramos muy dichosos -dijo mi madre, Era tan bueno conmigo míster Copperfield.

-Supongo que la habrá destrozado -insistió miss Betsey.

-Considerando que ahora tengo que verme sola y abandonada en este mundo, me temo

que sí -sollozó mi madre.

-¡Bien! Pero no llore más –dijo mi tía-. No estabais compensados, hija mía. ¿Habrá

alguna pareja que lo esté? Por eso se lo preguntaba. Usted era huérfana, ¿no es así?

-Sí.

-¿Y era institutriz?

-Estaba al cuidado de los niños en una familia que míster Copperfield visitaba. Y era

muy bueno conmigo míster Copperfield: se preocupaba mucho de mí y me demostraba

un gran interés. Por último, me pidió en matrimonio; yo acepté, y nos casamos –dijo mi

madre con sencillez.

-¡Pobre niña! -murmuró miss Betsey, que continuaba mirando fijamente el fuego-. ¿Y

sabe usted hacer algo?

-No sé …. señora -balbució mi madre.

-¿Gobernar una casa, por ejemplo? -dijo miss Betsey.

-No mucho, me temo -respondió mi madre-. Mucho menos de lo que desearía. Pero

míster Copperfield me estaba enseñando…

-¡Para lo que él sabía! -dijo mi tía en un paréntesis.

-Y estoy segura de que hubiera adelantado mucho, pues estaba ansiosa de aprender, y él

era un maestro tan paciente… Sin la gran desgracia de su muerte…

Aquí mi madre empezó a sollozar de nuevo y no pudo seguir.

-Bien, bien –dijo miss Betsey.

-Yo llevaba mi libro de cuentas, y todas las noches hacíamos el balance juntos…

–continuó mi madre, sollozando desesperadamente.

-Bien, bien -exclamó mi tía—. No llore usted más.

-Y nunca tuvimos la menor discusión, excepto cuando le parecía que mis treses y mis

cincos se confundían o que alargaba demasiado el rabo de los sietes y los nueves -terminó

mi madre en una nueva explosión de llanto.

-Se pondrá usted enferma -dijo miss Betsey-, lo que no será muy beneficioso para usted

ni para mi ahijada. ¡Vamos, no vuelva a empezar!

Este argumento contribuyó bastante a tranquilizar a mi madre, aunque su malestar era

creciente. Hubo un silencio, interrumpido sólo por algunas exclamaciones sordas de mi

tía, que continuaba calentándose los pies en el guardafuegos.

-David se había asegurado una renta anual comprando papel del Estado, lo sé –dijo

poco a poco, A1 morir ¿ha hecho algo por usted?

-Míster Copperfield -constestó mi madre titubeandofue tan cariñoso y tan bueno

conmigo que aseguró parte de esa renta a mi nombre.

-¿Cuánto? -preguntó miss Betsey.

—Ciento cincuenta libras al año –dijo mi madre.

-¡Podía haberlo hecho peor! -dijo mi tía.

La palabra no podía ser más apropiada para el momento, pues mi madre se encontraba

cada vez peor, tanto que Peggotty, que entraba con el té y las velas, se dio cuenta de ello

al instante (como se hubiera dado cuenta mi tía de no estar a oscuras) y la condujo

apresuradamente a su habitación del piso de arriba. Inmediatamente envió a Ham

Peggotty -un sobrino suyo a quien tenía escondido en la casa hacía unos días para

utilizarle como mensajero especial en caso de urgencia- a buscar al médico y a la

comadrona.

Aquellas dos potencias aliadas se sorprendieron sobremanera cuando a su llegada

(pocos minutos después uno de otro) se encontraron con una señora desconocida y de aspecto

imponente, sentada ante el fuego, con la toca colgando del brazo izquierdo y

taponándose los oídos con algodón. Peggotty no sabía quién era y mi madre tampoco

decía nada; por lo tanto, era un verdadero misterio; y, cosa curiosa, el hecho de estar

sacando aquella cantidad de algodón de su bolso y metiéndoselo en los oídos no hacía

disminuir en nada lo imponente de su aspecto.

El doctor, después de subir al cuarto de mi madre y volver a bajar, pensando sin duda

que había grandes probabilidades de que aquella señora y él tuvieran que permanecer

sentados frente a frente durante varias horas, se propuso estar amable y cariñoso con ella.

Este hombre era el ser más afable de su sexo, el más pequeño y dulce. Se deslizaba de

medio lado por las habitaciones para ocupar el menor sitio posible, y andaba con tanta

suavidad como el fantasma de Hamlet, y quizá más despacio. Llevaba siempre la cabeza

inclinada hacia un lado, en parte por un modesto sentimiento de su humildad y en parte

por el deseo de agradar a todos. No necesito decir que era incapaz de dirigir un palabra

dura a nadie, ni a un perro, ni aun a un perro rabioso. Todo lo más le murmuraría

dulcemente una palabra, o media, o una sílaba, pues hablaba con la misma suavidad que

andaba y no sabía ser rígido ni impaciente.

Por lo tanto, míster Chillip, mirando amablemente a mi tía, con la cabeza siempre

inclinada y haciéndole un ligero saludo, dijo, aludiendo al algodón y tocándose la oreja

izquierda:

-¿Alguna molestia, señora?

-¿Qué? -replicó mi tía, sacándose el algodón del oído como si fuera un corcho.

A míster Chillip le alarmó bastante aquella brusquedad (según contó después a mi

madre), tanto que fue milagroso que conservara su presencia de ánimo. Insistió

dulcemente.

-¿Alguna molestia, señora?

-¡Qué necedad! -replicó mi tía, volviéndose a taponar el oído.

Después de esto, míster Chillip nada podía hacer y se sentó, y estuvo contemplando

tímidamente a mi tía, mientras ella miraba el fuego, hasta que volvieron a llamarle al

dormitorio de mi madre. Después de un cuarto de hora de ausencia volvió.

-¿Y bien? –dijo mi tía, sacándose el algodón del lado más cercano a míster Chillip.

-Muy bien, señora -respondió el doctor-. Vamos…. vamos… avanzando… despacito,

señora.

-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! –dijo mi tía, interrumpiéndole con desprecio.

Y volvió a taponarse el oído.

Verdaderamente (según contaba después míster Chillip) era para indignarse, y él estaba

casi indignado; claro que sólo hablando desde un punto de vista profesional, pero estaba

casi indignado. Sin embargo, volvió a sentarse y la estuvo mirando cerca de dos horas,

mientras ella continuaba contemplando el fuego. Por fin lo llamaron de nuevo. Cuando

después de esta ausencia apareció:

-¿Y bien? -dijo mi tía, quitándose el algodón del mismo lado.

-Muy bien, señora -respondió míster Chillip-. Vamos…, vamos avanzando despacito,

señora.

-¡Bah!, ¡bah!, ¡bah! -interrumpió mi tía con tal desprecio hacia el pobre míster Chillip,

que este ya no pudo soportarlo.

Aquello era para hacerle perder la cabeza, según dijo después, y prefirió ir a sentarse

solo en la oscuridad de la escalera y en una fuerte corriente de aire hasta que le llamasen

de nuevo.

Ham Peggotty, a quien se puede considerar como testigo digno de fe, pues iba a la

escuela nacional y era una verdadera fiera para el catecismo, contó al día siguiente que,

habiendo tenido la desgracia de entreabrir la puerta del gabinete una hora después de

aquello, miss Betsey, que recorría la habitación agitadísima, le descubrió al momento y se

lanzó sobre él, sin dejarle ya escapar. Y a pesar de todo el algodón que había metido en

sus oídos no debía de estar aislada por completo de los ruidos, pues cuando los pasos y

las voces aumentaban en el piso de arriba hacía recaer sobre su víctima el exceso de su

intranquilidad. Le tenía agarrado por el cuello y le obligaba a andar constantemente de

arriba abajo (sacudiéndole como si el chico hubiera tomado algún narcótico),

enmarañándole los cabellos, arrugándole el cuello de la camisa y taponándole con

algodón los oídos, confundiéndolos, sin duda, con los suyos propios. En fin, le dio toda

clase de tormentos y malos tratos. Todo esto fue en parte confirmado por su tía, que lo

vio a las doce y media, cuando acababa de soltarle, y afirmó que estaba tan rojo como yo

en aquel mismo momento.

El apacible míster Chillip no podía guardar rencor mucho tiempo a nadie, y menos en

aquellas circunstancias. Por lo tanto, en cuanto tuvo un momento libre se deslizó al gabinete

y le dijo a mi tía con su amable sonrisa:

-Y bien, señora; soy muy feliz al poder darle la enhorabuena.

-¿Por qué? –dijo secamente mi tía.

Míster Chillip se turbó de nuevo ante aquella extremada severidad, pero le hizo un

ligero saludo y trató de sonreírle para apaciguarla.

-¡Dios santo! Pero ¿qué le pasa a este hombre? -gritó mi tía con impaciencia-. ¿Es que

no puede hablar?

-Tranquilícese usted, mí querida señora –dijo el doctor con su voz melosa, No hay ya el

menor motivo de inquietud, tranquilícese usted.

Siempre he considerado como un milagro el que mi tía no le sacudiera hasta hacerlo

soltar lo que tenía que decir. Se limitó a escucharle; pero moviendo la cabeza de una

manera que le estremeció.

-Pues bien, señora -resumió míster Chillip tan pronto como pudo recobrar el valor-.

Estoy contento de poder felicitarla. Ahora todo ha terminado, señora, todo ha terminado.

Durante los cinco minutos, poco más o menos, que míster Chillip empleó en pronunciar

esta frase, mi tía lo contemplaba con curiosidad.

-Y ella ¿cómo está? –dijo cruzándose de brazos, con el sombrero siempre colgando de

uno de ellos.

-Bien, señora, y espero que pronto estará completamente restablecida -respondió míster

Chillip-. Está todo lo bien que puede esperarse de una madre tan joven y que se encuentra

en unas circunstancias tan tristes. Ahora no hay inconveniente en que usted la vea,

señora; puede que le haga bien.

-Pero ¿y ella? ¿Cómo está ella? -dijo bruscamente mi tía.

Míster Chillip inclinó todavía más la cabeza a un lado y miró a mi tía como un pajarillo

asustado.

-¿La niña, que cómo está? -insistió miss Betsey.

—Señora -respondió míster Chillip-, creía que lo sabía usted: es un niño.

Mi tía no dijo nada; pero cogiendo su cofia por las cintas la lanzó a la cabeza de míster

Chillip; después se la encasquetó en la suya descuidadamente y se marchó para siempre.

Se desvaneció como un hada descontenta, o como uno de esos seres sobrenaturales que la

superstición popular aseguraba que tendrían que aparecérseme. Y nunca más volvió.

No. Yo estaba en mi cunita; mi madre, en su lecho, y Betsey Trotwood Copperfield

había vuelto para siempre a la región de sueños y sombras, a la terrible región de donde

yo acababa de llegar. Y la luna que entraba por la ventana de nuestra habitación se

reflejaba también sobre la morada terrestre de todos los que nacían y sobre la sepultura en

que reposaban los restos mortales del que fue mi padre y sin el cual yo nunca hubiera

existido.

CAPÍTULO II

OBSERVO

Lo primero que veo de forma clara cuando quiero recordar la lejanía de mi primera

infancia es a mi madre, con sus largos cabellos y su aspecto juvenil, y a Peggotty, sin

edad definida, con unos ojos tan negros que parecen oscurecer todo su rostro, y con unas

mejillas y unos brazos tan duros y rojos que me sorprende que los pájaros no los

prefirieran a las manzanas.

Y siempre me parece recordarlas arrodilladas ante mí, frente a frente en el suelo,

mientras yo voy con paso inseguro de una a otra. Tengo un recuerdo en mi mente, que se

mezcla con los recuerdos actuales, del contacto del dedo que Peggotty me tendía para

ayudarme a andar: un dedo acribillado por la aguja y áspero como un rallador.

Esto tal vez sea sólo imaginación, pero yo creo que la memoria de la mayor parte de los

hombres puede conservar una impresión de la infancia más amplia de lo que

generalmente se supone; también creo que la capacidad de observación está

exageradamente desarrollada en muchos niños y además es muy exacta. Esto me hace

pensar que los hombres que destacan por dicha facultad es, con toda seguridad, porque no

la han perdido más que porque la hayan adquirido. La mejor prueba es que, por lo

general, esos hombres conservan cierta frescura y espontaneidad y una gran capacidad de

agradar, que también es herencia procedente de la infancia.

Podrá tachárseme de divagador por detenerme a decir estas cosas, pero ello me obliga a

hacer constar que todas estas conclusiones las saco en parte de mi propia experiencia.

Así, si alguien piensa que en esta narración me presento como un niño de observación

aguda, o como un hombre que conserva un intenso recuerdo de su infancia, puede estar

seguro de que tengo derecho a ambas características.

Como iba diciendo, al mirar hacia la vaguedad de mis años infantiles, lo primero que

recuerdo, emergiendo por sí mismo de la confusión de las cosas, es a mi madre y a Peggotty.

¿,Qué más recuerdo? Veamos.

También sale de la bruma nuestra casa, tan unida a mis primeros recuerdos. En el piso

bajo, la cocina de Peggotty, abierta al patio, donde en el centro hay un palomar vacío y en

un rincón una gran caseta de perro sin perro, y donde pululan una gran cantidad de pollos,

que a mí me parecen gigantescos y que corretean por allí de una manera feroz y

amenazadora. Hay un gallo que se sube a un palo y que cuando yo le observo desde la

ventana de la cocina parece mirarme con tanta atención que me hace estremecer: ¡es tan

arrogante! Hay también unas ocas que se dirigen a mí asomando sus largos cuellos por la

reja cuando me acerco. Por la noche sueño con ellas, como podría soñar un hombre que,

rodeado de fieras, se duerme pensando en los leones.

Un largo pasillo (¡qué enorme perspectiva conservo de él!) conduce desde la cocina de

Peggotty hasta la puerta de entrada. Una oscura despensa abre su puerta al pasillo, y ese

es un sitio por el que de noche hay que pasar corriendo, porque ¿quién sabe lo que puede

suceder entre todas aquellas ollas, tarros y cajas de té cuando no hay nadie allí, y sólo un

quinqué lo alumbra débilmente, dejando salir por la puerta entrabierta olor a jabón, a

velas y a café, todo mezclado? Después hay otras dos habitaciones: el gabinete, donde

pasamos todas las tardes mi madre, yo y Peggotty (pues Peggotty está siempre con

nosotros cuando no hay visita y ha terminado sus quehaceres), y la sala, donde

únicamente estamos los domingos. La sala es mucho mejor que el gabinete, pero no se

está en ella tan a gusto. Para mí hasta tiene un aspecto de tristeza, pues Peggotty me

contó (no sé cuándo, pero me parece que hace siglos) que allí habían sido los funerales de

mi padre, rodeado de los parientes y amigos, cubiertos todos con mantos negros. Además,

un domingo por la noche mi madre nos leyó también allí, a Peggotty y a mí, la resurrección

de Lázaro de entre los muertos. Aquello me sobrecogió de tal modo que después,

cuando ya estaba acostado, tuvieron que sacarme de la cama y enseñarme desde la

ventana de mi alcoba el cementerio, completamente tranquilo, con sus muertos

durmiendo en las tumbas bajo la pálida solemnidad de la luna.

No hay nada tan verde en ninguna parte como el musgo de aquel cementerio, nada tan

frondoso como sus árboles, nada tan tranquilo como sus tumbas. Cuando por la mañana

temprano me arrodillo en mi cuna, en mi cuartito, al lado de la habitación de mi madre, y

miro por la ventana y veo a los corderos que están allí paciendo, y veo la luz roja

reflejándose en el reloj de sol, pienso: «¡Qué alegre es el reloj de sol!», y me maravilla

que también hoy siga marcando el tiempo.

Y aquí está nuestro banco de la iglesia, con su alto respaldo al lado de una ventana, por

la que podemos ver nuestra casita. Peggotty no deja de mirarla ni un momento: se conoce

que le gusta cerciorarse de que no la han desvalijado ni hay fuego en ella. Pero aunque

los ojos de Peggotty vagabundean de un lado a otro, se ofende mucho si yo hago lo

mismo, y me hace señas de que me esté quieto y de que mire bien al sacerdote. Pero yo

no puedo estarle mirando siempre. Cuando no tiene puesta esa cosa blanca sí es muy

amigo mío, pero allí temo que le choque si le miro tan fijo, y pienso que a lo mejor

interrumpirá el oficio para preguntarme la causa de ello ¿Qué haré, Dios mío?

Bostezar es muy feo, pero ¿qué voy a hacer? Miro a mi madre y noto que hace como

que no me ve. Miro a otro chico que tengo cerca y empieza a hacerme muecas. Miro un

rayo de sol que entra por la puerta entreabierta del pórtico, pero allí también veo una

oveja extraviada (y no quiero decir un pecador, sino un cordero) que está a punto de

colarse en la iglesia. Y comprendo que si sigo mirándola terminaré por gritarle que se

marche, y ¿qué sería de mí entonces? Miro las monumentales inscripciones de las tumbas

y trato de pensar en el difunto míster Bodgers, miembro de esta parroquia, y en la pena

que habrá tenido mistress Bodgers a la muerte de su marido, después de una larga

enfermedad, para la cual la ciencia de los médicos ha sido ineficaz, y me pregunto si

habrán consultado también a míster Chillip en vano; y en ese caso, ¿cómo podrá venir y

estarlo recordando una vez por semana? Miro a míster Chillip, que está con su corbata de

domingo; después miro al púlpito y pienso en lo bien que se podría jugar allí. El púlpito

sería la fortaleza; otro chico subiría por la escalera al ataque, pero le arrojaríamos el

almohadón de terciopelo, con sus borlas y todo, a la cabeza. Poco a poco se me cierran

los ojos. Todavía oigo cantar al clérigo; hace mucho calor. Ya no oigo nada, hasta el

momento en que me caigo del banco con estrépito y Peggotty me saca de la iglesia más

muerto que vivo.

Y ahora veo la fachada de nuestra casa, con las ventanas de los dormitorios abiertas,

por las que penetra un aire embalsamado, y los viejos nidos de cuervos que se balancean

todavía en lo alto de las ramas. Y ahora estoy en el jardín, por la parte de atrás, delante

del patio donde está el palomar y la caseta del perro. Es un sitio lleno de mariposas, y lo

recuerdo cercado con una alta barrera que se cierra con una cadena: allí los frutos

maduran en los árboles más ricos y abundantes que en ninguna otra parte; y mientras mi

madre los recoge en su cesta, yo, detrás de ella, cojo furtivamente algunas grosellas,

haciendo como que no me muevo. Se levanta un gran viento y el verano huye de

nosotros. En las tardes de invierno jugamos en el gabinete. Cuando mi madre está

cansada se sienta en su butaca, se enrosca en los dedos sus largos bucles o contempla su

talle, y nadie sabe tan bien como yo lo que le gusta mirarse y lo contenta que está de ser

tan bella.

Esa es una de mis impresiones mas remotas; esa y la sensación de que los dos (mi

madre y yo) teníamos un poco de miedo de Peggotty, y nos sometíamos en casi todo a sus

órdenes; de aquí dimanaban siempre las primeras opiniones (si se pueden llamar así), a lo

que yo veía.

Una noche estábamos Peggotty y yo solos sentados junto al fuego. Yo había estado

leyéndole a Peggotty un libro acerca de los cocodrilos; pero debí de leer muy mal o a la

pobre mujer le interesaba muy poco aquello, pues recuerdo que la vaga impresión que le

quedó de mi lectura fue que se trataba de una especie de legumbres. Me había cansado de

leer y me caía de sueño; pero como tenía permiso (como una gran cosa) para permanecer

levantado hasta que volviera mi madre (que pasaba la velada en casa de unos vecinos)

como es natural, hubiera preferido morir en mi puesto antes que irme a la cama.

Había llegado a ese estado de sueño en que me parecía que Peggotty se inflaba y crecía

de un modo gigantesco. Me sostenía con los dedos los párpados para que no se me cerrasen

y la miraba con insistencia, mientras ella seguía trabajando; también miraba el

pedacito de cera que tenía para el hilo (¡qué viejo estaba y qué arrugado por todos lados!

y la casita donde vivía el metro, y la caja de labor, con su tapa de corredera que tenía

pintada una vista de la catedral de Saint Paul, con la cúpula color de rosa, y el dedal de

cobre puesto en su dedo, y a ella misma, que realmente me parecía encantadora.

Tenía tanto sueño que estaba convencido de que en el momento en que perdiera de vista

cualquiera de aquellas cosas ya no tendría remedio.

-Peggotty -dije de repente- ¿Has estado casada alguna vez?

-¡Dios mío, Davy! -replicó Peggotty-. ¿,Cómo se te ha ocurrido pensar en eso?

Me contestó tan sorprendida que casi me despabiló, y dejando de coser me miró con la

aguja todo lo estirada que le permitía el hilo.

-Pero ¿tú no has estado nunca casada, Peggotty? -le dije- Tú eres una mujer muy guapa,

¿no?

La encontraba de un estilo muy diferente al de mi madre; pero, dentro de otro género de

belleza, me parecía un ejemplar perfecto.

Había en el gabinete un taburete de terciopelo rojo, en el que mi madre había pintado

un ramillete; el fondo de aquel taburete y el cutis de Peggotty eran para mí una misma

cosa. El terciopelo del taburete era suave y el cutis de Peggotty, áspero; pero eso era lo de

menos.

-¿Yo guapa, Davy? -contestó Peggotty-. No, por Dios, querido. Pero ¿quién te ha

metido en la cabeza esas cosas?

-No lo sé. Y no puede uno casarse con más de una persona a la vez, ¿,verdad, Peggotty?

-Claro que no -dijo Peggotty muy rotundamente.

-Y si uno se casa con una persona y esa persona se muere, ¿entonces sí puede uno

casarse con otra? Di, Peggotty.

-Si se quiere, sí se puede, querido; eso es cuestión de gustos –dijo Peggotty.

-Pero ¿cuál es tu opinión, Peggotty?

Yo le preguntaba y la miraba con atención, porque me daba cuenta de que ella me

observaba con una curiosidad enorme.

-Mi opinión es -dijo Peggotty, dejando de mirarme y poniéndose a coser después de un

momento de vacilación que yo nunca he estado casada, ni pienso estarlo, Davy. Eso es

todo lo que sé sobre el asunto.

-Pero no te habrás enfadado conmigo, ¿verdad, Peggotty? –dije después de un minuto

de silencio.

De verdad creía que se había enfadado, me había contestado tan lacónicamente; pero

me equivocaba por completo, pues dejando a un lado su labor (que era una media suya) y

abriendo mucho los brazos cogió mi rizada cabecita y la estrechó con fuerza. Estoy

seguro de que fue con fuerza, porque, como estaba tan gordita, en cuanto hacía un

movimiento algo brusco los botones de su traje saltaban arrancados. Y recuerdo que en

aquella ocasión salieron dos disparados hasta el otro extremo de la habitación.

-Ahora léeme otro rato algo sobre los «crocrodilos» -me dijo Peggotty, que todavía no

había conseguido pronunciar bien la palabra-, pues no me he enterado ni de la mitad.

Yo no comprendía por qué la notaba tan rara, ni por qué tenía aquel afán en volver a

ocuparnos de los cocodrilos. Pero volvimos, en efecto, a los monstruos, con un nuevo interés

por mi parte, y tan pronto dejábamos sus huevos en la arena a pleno sol como

corríamos hacia ellos hostigándolos con insistentes vueltas a su alrededor, tan rápidas,

que ellos, a causa de su extraña forma, no podían seguir. Después los perseguíamos en el

agua como los indígenas, y les introducíamos largos pinchos por las fauces. En resumen,

que llegamos a sabernos de memoria todo lo relativo al cocodrilo, por lo menos yo. De

Peggotty no respondo, pues estaba tan distraída, que no hacía más que pincharse con la

aguja en la cara y en los brazos.

Habiendo agotado todo lo referente a los cocodrilos, íbamos a empezar con sus

semejantes, cuando sonó la campanilla del jardín. Fuimos a abrir; era mi madre. Me

pareció que estaba más bonita que nunca, y con ella llegaba un caballero de hermosas

patillas y cabello negros, a quien ya conocía por habernos acompañado a casa desde la

iglesia el domingo anterior.

Cuando mi madre se detuvo en la puerta para cogerme en sus brazos y besarme, el

caballero dijo que yo tenía más suerte que un rey (o algo parecido) pues me temo que mis

reflexiones ulteriores me ayuden en esto.

-¿Qué quiere decir? -pregunté por encima del hombro de mi madre.

El caballero me acarició la cabeza, pero no sé por qué no me gustaban ni él ni su voz

profunda, y tenía como celos de que su mano tocara la de mi madre mientras me

acariciaba. Le rechacé lo más fuerte que pude.

-¡Oh Davy! -me reprochó mi madre.

-¡Querido niño! -dijo el caballero, ¡No me sorprende su adoración!

Nunca había visto un color tan hermoso en el rostro de mi madre.

Me regañó dulcemente por mi brusquedad, y estrechándome entre sus brazos, daba las

gracias al caballero por haberse molestado en acompañarla. Mientras hablaba le tendió la

mano, y mientras se la estrechaba me miraba.

-Dame las buenas noches, hermoso -dijo el caballero, después de inclinarse (¡yo lo vi!)

a besar la mano de mi madre.

-¡Buenas noches! –dije.

-Ven aquí. Tenemos que ser los mejores amigos del mundo -insistió riendo-; dame la

mano.

Mi madre tenía entre las suyas mi mano derecha y yo le tendí la otra.

-¡Cómo! Esta es la mano izquierda, Davy -dijo él riendo.

Mi madre le tendió mi mano derecha; pero yo había resuelto no dársela, y no se la di.

Le alargué la otra, que él estrechó cordialmente, y diciendo que era un buen chico, se

marchó.

Un momento después le vi volverse en la puerta del jardín y lanzarnos una última

mirada (antes de que la puerta se cerrase) con sus ojos oscuros, de mal agüero.

Peggotty, que no había dicho una palabra ni movido un dedo, cerró instantáneamente

los cerrojos, y entramos todos en el gabinete. Mi madre, contra su costumbre, en lugar de

sentarse en la butaca junto al fuego, permaneció en el otro extremo de la habitación

canturreando para sí.

-Espero que haya pasado usted una velada agradable -dijo Peggotty, tiesa como un palo

en el centro de la habitación y con un palmatoria en la mano.

-Sí, Peggotty, muchas gracias -respondió mi madre con voz alegre-. He pasado una

velada muy agradable.

-Una persona nueva es siempre un cambio muy agradable -insistió Peggotty.

-Naturalmente, es un cambio muy agradable -contestó mi madre.

Peggotty continuó inmóvil en medio de la habitación, y mi madre reanudó su canto. Yo

me dormí, aunque no con un sueño profundo, pues me parcería oír sus voces, pero sin entender

lo que decían. Cuando me desperté de aquella desagradable modorra, me encontré

a Peggotty y a mamá hablando y llorando.

-No es una persona así la que le hubiera gustado a mister Copperfield -decía Peggotty-;

se lo repito y se lo juro.

-¡Dios mío! -exclamó mi madre-. ¿Quieres volverme loca? En mi vida he visto a nadie

ser tratado con tanta crueldad por sus criados. Además, hago una injusticia si me considero

una niña. ¿No he estado casada, Peggotty?

-Dios sabe que sí, señora -respondió Peggotty.

-¿Y cómo eres capaz, Peggotty -dijo mi madre-, cómo tienes corazón para hacerme tan

desgraciada, diciéndome cosas tan amargas, sabiendo que fuera de aquí no tengo a nadie

que me consuele?

-Razón de más -repuso Peggotty- para decirle que eso no le conviene. No, no puede ser.

De ninguna manera debe usted hacerlo. ¡No!

Pensé que Peggotty iba a lanzar la palmatoria al aire del énfasis con que la movía.

-¿Cómo puedes ofenderme así y hablar de una manera tan injusta? -gritó mi madre

llorando más que antes-. ¿Por qué te empeñas en considerarlo como cosa decidida,

Peggotty, cuando te repito una vez y otra que no ha pasado nada de la más corriente

cortesía? Hablas de admiración. ¿Y qué voy yo a hacerle? Si la gente es tan necia que la

siente, ¿tengo yo la culpa? ¿Puedo hacer yo algo, te pregunto? Tú querrías que me

afeitase la cabeza y me ennegreciera el rostro, o que me desfigurase con una quemadura,

un cuchillo o algo parecido. Estoy segura de que lo desearías, Peggotty; estoy segura de

que te daría una gran alegría.

Me pareció que Peggotty tomaba muy a pecho la reprimenda.

-Y mi niño, mi hijito querido -continuó mi madre, acercándose a la butaca en que yo

estaba tendido y acariciándome-, ¡mi pequeño Davy! ¡Pretender que no quiero a mi

mayor tesoro! El mejor compañero que haya existido jamás.

-Nadie ha insinuado semejante cosa —dijo Peggotty.

-Sí, Peggotty -replicó mi madre-; lo sabes muy bien. Es lo que has querido decirme con

tus malas palabras. No eres buena, puesto que sabes tan bien como yo que únicamente

por él no me he comprado el mes pasado una sombrilla nueva, a pesar de que la verde

está completamente destrozada y se va por momentos. Lo sabes, Peggotty, ¡no puedes

negarlo!

Y volviéndose cariñosamente hacia mí, apretando su mejilla contra la mía:

-¿Soy una mala madre para ti, Davy? ¿Soy una madre mala, egoísta y cruel? Di que lo

soy, hijo mío; di que sí, y Peggotty lo querrá; y el cariño de Peggotty vale mucho más que

el mío, Davy. Yo no te quiero nada, ¿verdad?

Entonces nos pusimos los tres a llorar. Creo que yo era el que lloraba más fuerte; pero

estoy seguro de que todos lo hacíamos con sinceridad. Yo estaba verdaderamente destrozado,

y temo que en los primeros arrebatos de mi indignada ternura llamé a Peggotty

bestia. Aquella excelente criatura estaba en la más profunda aflicción, lo recuerdo, y

estoy casi seguro de que en aquella ocasión su vestido debió de quedarse sin un solo

botón, pues saltaron por los aires cuando después de reconciliarse con mi madre se

arrodilló al lado del sillón para reconciliarse conmigo.

Nos fuimos a la cama muy deprimidos. Mis sollozos me desvelaron durante mucho

tiempo; y cuando un sollozo más fuerte me hizo incorporanne en la cama, me encontré a

mi madre sentada a los pies a inclinada hacia mí. Me arrojé en sus brazos y me dormí

profundamente.

No sé si fue al siguiente domingo cuando volví a ver al caballero aquel, o si pasó más

tiempo antes de que reapareciese; no puedo recordarlo, y no pretendo determinar fechas;

pero sé que volví a verlo en la iglesia y que después nos acompañó a casa. Además, entró

para ver un hermoso geranio que teníamos en la ventana del gabinete. No me pareció que

se fijaba mucho en el geranio; pero antes de marcharse le pidió a mi madre una flor. Mi

madre le dijo que cortara él mismo la que más le gustase; pero él se negó, no comprendí

por qué, y entonces mi madre, arrancando una florecita, se la dio. Él dijo que nunca,

nunca, se separaría de ella; y yo pensé que debía de ser muy tonto, puesto que no sabía

que al día siguiente estaría marchita.

Por aquella época, Peggotty empezó a estar menos con nosotros por las noches. Mi

madre la trataba con mucha deferencia (más que de costumbre me parecía a mí), y los

tres estábamos muy amigos, pero había algo distinto que nos hacía sentir violentos

cuando nos reuníamos. Algunas veces yo pensaba que a Peggotty no le gustaba que mi

madre luciera todos aquellos trajes tan bonitos que tenía guardados, ni que fuera tan a

menudo a casa de la misma vecina; pero no lograba comprender por qué.

Poco a poco llegué a acostumbrarme a ver al caballero de las patillas negras. Seguía sin

gustarme más que al principio y continuaba sintiendo los mismos celos, aunque sin más

razón para ello que una instintiva antipatía de niño y un vago sentimiento de que

Peggotty y yo debíamos bastar a mi madre sin ayuda de nadie; pero seguramente, de

haber sido mayor, no hubiera encontrado estas razones, ni siquiera nada semejante. Podía

observar pequeñas cosas; pero formar con ellas un todo era un trabajo que estaba por

encima de mis fuerzas.

Una mañana de otoño estaba yo con mi madre en el jardín, cuando míster Murdstone

(entonces ya sabía su nombre) pasó por allí a caballo. Se detuvo un momento a saludar a

mi madre, y dijo que iba a Lowestolf, donde tenía unos amigos, dueños de un yate, y me

propuso muy alegremente llevarme con él montado en la silla si me gustaba el paseo.

Era un día tan claro y alegre, y el caballo, mientras piafaba y relinchaba a la puerta del

jardín, parecía tan gozoso al pensar en el paseo, que sentí grandes deseos de acompañarlos.

Subí corriendo a que Peggotty me vistiera. Entre tanto, míster Murdstone desmontó, y

con las bridas del caballo debajo del brazo se puso a pasear lentamente por el otro lado

del seto, mientras mi madre le acompañaba, paseando también lentamente, por dentro del

jardín. Me reuní con Peggotty y los dos nos pusimos a mirar desde la ventana de mi

cuarto. Recuerdo muy bien lo cerca que parecían examinar el seto que había entre ellos

mientras andaban; y también que Peggotty, que estaba de muy buen humor, pasó en un

momento a todo lo contrario, y comenzó a peinarme de un modo violento.

Pronto estuvimos míster Murdstone y yo trotando a lo largo del verde seto por el lado

del camino. Me sostenía cómodamente con un brazo; pero yo no podía estarme tan quieto

como de costumbre, y no dejaba de pensar a cada momento en volver la cabeza para

mirarle. Míster Murdstone tenía una clase de ojos negros «vacíos». No encuentro otra

palabra para definir esos ojos que no son profundos, en los que no se puede sumergir la

mirada y que cuando se abstraen parece, por una peculiaridad de luz, que se desfiguran

por un momento como una máscara. Varias de las veces que le miré le encontré con

aquella expresión, y me preguntaba a mí mismo, con una especie de terror, en qué estaría

pensando tan abstraído.

Vistos así de cerca, su pelo y sus patillas me parecieron más negros y más

abundantes;.nunca hubiera creído que fueran así. La parte inferior de su rostro era

cuadrada; esto y la sombra de su barba, muy negra, que se afeitaba cuidadosamente todos

los días, me recordaba una figura de cera que habían recibido haría unos seis meses en

nuestra vecindad. Sus cejas, muy bien dibujadas, y el brillante colorido de su cutis (al

diablo su cutis y al diablo su memoria), me hacían pensar, a pesar de mis sentimientos,

que era un hombre muy guapo. No me extraña que mi pobre y querida madre pensara lo

mismo.

Llegamos a un hotel a orilla del mar, donde encontramos a dos caballeros fumando en

una habitación. Cada uno estaba tumbado lo menos en cuatro sillas, y tenían puestas unas

chaquetas muy amplias. En un rincón había un montón de abrigos, capas para embarcarse

y una bandera, todo empaquetado junto.

Cuando entramos, los dos se levantaron perezosamente y dijeron:

-¡Hola, Murdstone! ¡Creíamos que te habías muerto!

-Todavía no –dijo Murdstone.

-¿Y quién es este chico? -dijo, cogiéndome, uno de los caballeros.

-Es Davy —contestó Murdstone.

-Davy, ¿qué? –dijo el caballero-. ¿Jones?

-Copperfield -dijo Murdstone.

-¡Ah, vamos! ¡El estorbo de la seductora mistress Copperfield, la viudita bonita!

-exclamó el caballero.

-Quinion -dijo Murdstone-, tenga usted cuidado. Hay gente muy avispada.

-¿Quién? -preguntó el otro, riéndose.

Yo miré enseguida hacia arriba; tenía mucha curiosidad por saber de quién hablaban.

-Hablo de Brooks de Shefield -dijo míster Murdstone.

Me tranquilicé al saber que sólo se trataba de Brooks de Shefield, porque en el primer

momento había creído que hablaban de mí.

Debía de haber algo muy cómico en la fama de míster Brooks de Shefield, pues los

otros dos caballeros se echaron a reír al oírle nombrar, y a míster Murdstone también

pareció divertirle mucho. Después que hubieron reído un rato, el caballero a quien habían

llamado Quinion dijo:

-¿Y cuál es la opinión de Brooks de Shefield en lo que se refiere al asunto?

-No creo que Brooks entienda todavía mucho de ello -replicó míster Murdstone-; pero

en general no me parece favorable.

De nuevo hubo más risas, y míster Quinion dijo que iba a mandar traer una botella de

sherry para brindar por Brooks. Cuando trajeron el vino me dio también a mí un poco con

un bizcocho, y antes de que me lo bebiera, levantándome el vaso, dijo:

-¡A la confusión de Brooks de Shefield!

El brindis fue recibido con aplausos y grandes risas, lo que me hizo reír a mí también.

Entonces ellos rieron todavía más. En resumen, nos divertimos mucho.

Luego estuvimos paseando; después nos fuimos a sentar en la hierba, y más tarde lo

estuvimos mirando todo a través de un telescopio. Yo no podía ver nada cuando lo ponían

ante mis ojos, pero decía que veía muy bien. Después volvimos al hotel para almorzar.

Todo el tiempo que estuvimos en la calle los amigos de míster Murdstone fumaron sin

cesar, lo que, a juzgar por el olor de su ropa, debían de estar haciendo desde que habían

salido los trajes de casa del sastre. No debo olvidar que fuimos a visitar el yate. Allí ellos

tres bajaron a una cabina donde estuvieron mirando unos papeles. Yo los veía

completamente entregados a su trabajo cuando se me ocurría mirar por la claraboya

entreabierta. Durante aquel tiempo me dejaron con un hombre encantador, con

abundantes cabellos rojos y un sombrero pequeño y barnizado encima. También llevaba

una camisa o un jersey rayado, sobre la que se veía escrito en letras mayúsculas Alondra.

Yo pensé que sería su nombre, y que, como vivía en un barco y no tenía puerta donde

ponerlo, se lo ponía encima; pero cuando le llamé míster Alondra me dijo que aquel no

era su nombre, sino el del barco.

Durante todo el día pude observar que míster Murdstone estaba más serio y silencioso

que los otros dos caballeros, los cuales parecían muy alegres y despreocupados, bromeando

de continuo entre ellos, pero muy rara vez con él. También me pareció que era más

inteligente y más frío y que lo miraban con algo del mismo sentimiento que yo

experimentaba. Pude observar que una o dos veces, cuando míster Quinion hablaba,

miraba de reojo a míster Murdstone, como para cerciorarse de que no le estaba

desagradando; y en otra ocasión, cuando míster Pannidge (el otro caballero) estaba más

entusiasmado, Quinion le dio con el pie y le hizo señas con los ojos para que mirase a

míster Murdstone, que estaba sentado aparte y silencioso. No recuerdo que míster Murdstone

se riera en todo el día, excepto en el momento del brindis por Shefeld, y eso porque

había sido cosa suya.

Volvimos temprano a casa. Hacía una noche muy hermosa, y mi madre y él se pasearon

de nuevo a lo largo del seto, mientras yo iba a tomar el té. Cuando míster Murdstone se

marchó, mi madre me estuvo preguntando qué había hecho durante el día y lo que habían

dicho y hecho ellos. Yo le conté lo que habían comentado de ella, y ella, riendo, me dijo

que eran unos impertinentes y que decían tonterías; pero yo sabía que le gustaba. Lo sabía

con la misma certeza que lo sé ahora. Aproveché la ocasión para preguntarle si conocía a

míster Brooks de Shefield; pero me contestó que no, y que suponía que se trataría de

algún fabricante de cuchillos.

¿Cómo decir que su rostro (aun sabiendo que ha cambiado y que no existe) ha

desaparecido para siempre, cuando todavía en este momento le estoy viendo ante mí tan

claro como el de una persona a quien se reconocería en medio de la multitud? ¿Cómo

decir que su inocencia y de su belleza infantil, han desaparecido, cuando todavía siento su

aliento en mi mejilla, como lo sentí aquella noche? ¿Es posible que haya cambiado,

cuando mi imaginación me la trae todavía viva, y aquel verdadero cariño que sentía y que

sigo sintiendo, recuerda aún lo que más quería entonces?

Al referirme a ella la describo como era: cuando me fui aquella noche a la cama

después de charlar y cuando después vino ella a mi lecho a besarme, se arrodilló

alegremente al lado de mi camita y con la barbilla apoyada en sus manos y riendo me

dijo:

-¿Qué es lo que han dicho, Davy? Repítemelo; ¡no lo puedo creer!

-La seductora… -empecé.

Mi madre puso sus manos sobre mis labios para interrumpirme.

-No sería seductora -dijo riendo-. No puede haber sido seductora, Davy. ¡Estoy segura

de que no era eso!

-Sí era: «la seductora mistress Copperfield» -repetí con fuerza-. Y «la bonita» .

-No, no; tampoco era bonita; no era bonita -interrumpió mi madre, volviendo a poner

sus dedos sobre mis labios.

-Sí era, sí: « la bonita viudita».

-¡Qué locos! ¡Qué impertinentes! -exclamó mi madre riendo y cubriéndose el rostro con

las manos. ¡Qué hombres tan ridículos! Davy querido…

-¿Qué, mamá?

-No se lo digas a Peggotty; se enfadaría con ellos. Yo también estoy muy enfadada;

pero prefiero que Peggotty no lo sepa.

Yo se lo prometí, naturalmente: Nos besamos todavía muchas veces, y pronto caí en un

profundo sueño.

Ahora, desde la distancia, me parece como si hubiera sido al día siguiente cuando

Peggotty me hizo la extravagante y aventurada proposición que voy a relatar, aunque es

muy probable que fuese dos meses después.

Una noche estábamos (como siempre cuando mi madre había salido) sentados, en

compañía del metrito, del pedazo de cera, de la caja que tenía la catedral de Saint Paul en

la tapa y del libro del cocodrilo, cuando Peggotty, después de mirarme varias veces y

abrir la boca como si fuera a hablar, sin hacerlo (yo pensé sencillamente que bostezaba;

de no ser así me hubiera alarmado mucho), me dijo cariñosamente:

-Davy, ¿te gustaría venir conmigo a pasar quince días en casa de mi hermano, en

Yarmouth? ¿Te divertiría?

-¿Tu hermano es un hombre simpático, Peggotty? -pregunté con precaución.

-¡Oh! ¡Ya lo creo que es un hombre simpático! -exclamó Peggotty levantando las

manos-. Y además allí tendrás el mar, y los barcos, y los buques grandes, y los pescadores,

y la playa, y a Ham para jugar.

Peggotty se refería a su sobrino Ham, ya mencionado en el primer capítulo; pero

hablaba de él como de una parte de la gramática inglesa.

Aquel programa de delicias me cautivó, y contesté que ya lo creo que me divertiría;

pero ¿qué diría mi madre?

-Apuesto una guinea -dijo Peggotty mirándome intensamente- a que nos deja. Si

quieres, se lo pregunto en cuanto vuelva. ¡Ahí mismo!

-Pero, ¿qué hará ella mientras no estemos? -dije, apoyando mis codos pequeños en la

mesa como para dar más fuerza a mi pregunta-. ¡No va a quedarse sola!

Si lo que buscó Peggotty de pronto en la media era el roto que cosía, verdaderamente

debía de ser tan pequeño que no merecía la pena de repasarlo.

-Digo, Peggotty, que sabes muy bien que no podría vivir sola.

-¡Dios te bendiga! -exclamó al fin Peggotty, mirándome de nuevo-. ¿No lo sabes? Tu

madre va a pasar quince días con mistress Grayper. Y mistress Grayper va a tener en su

casa mucha gente.

¡Oh! Siendo así, estaba completamente dispuesto a ir. Esperé con la más viva

impaciencia a que mi madre volviera de casa de mistress Grayper (pues estaba en casa de

aquella misma vecina) para estar seguro de que nos dejaba llevar a cabo la gran idea. Sin

ni mucho menos sorprenderse, como yo esperaba, mi madre consintió enseguida en ello;

y todo quedó arreglado aquella misma noche: hasta lo que pagarían por mi alojamiento y

manutención durante la visita.

El día de nuestra partida llegó pronto. Lo habían fijado tan cercano, que llegó pronto

hasta para mí, que lo esperaba con febril impaciencia y que temía que un temblor de

tierra, una erupción volcánica o cualquier otra gran convulsión de la naturaleza viniera a

interponerse interrumpiendo la expedición. Debíamos ir en el coche de un carretero que

partía por la mañana después del desayuno. Hubiera dado dinero por haber podido

vestirme la noche anterior y dormir ya con sombrero y botas.

¡Con qué emoción recuerdo ahora, aunque parezca que lo digo como algo sin

importancia, la alegría con que abandoné mi feliz hogar, sin sospechar siquiera lo que

dejaba para siempre!

Me gusta recordar que, cuando el carro estaba a la puerta y mi madre me besaba, una

gran ternura por ella y por el viejo lugar que nunca había abandonado me hizo llorar. Y

me gusta saber que mi madre también lloraba y que yo sentía latir su corazón contra el

mío.

Me gusta recordar que cuando el carro empezó a alejarse, mi madre corrió tras él por el

camino, mandándole parar, para darme más besos, y me gusta saber la gravedad y el cariño

con que apretaba su cara contra la mía, y yo también.

Mi madre se quedó en la carretera, y cuando ya partimos, míster Murdstone apareció a

su lado. Me pareció que le reprochaba el estar tan conmovida. Yo los miraba a través de

los barrotes del carro, preocupado con la idea de por qué ese señor se metería en aquello.

Peggotty, que también estaba mirando, no parecía nada satisfecha; se lo noté en cuanto

le miré a la cara.

Durante algún tiempo permanecí mirando a Peggotty y pensando que si ella quisiera

abandonarme, como a los niños en los cuentos de hadas, yo sería capaz de volver a encontrar

el camino de casa guiándome sólo por los botones que, seguramente, se le irían

cayendo.

CAPÍTULO III

UN CAMBIO

Quiero suponer que el caballo del carretero era el más perezoso del mundo, pues

caminaba muy despacio y con la cabeza baja, como si le gustase hacer esperar a la gente

a quien llevaba los encargos. Y hasta me pareció que, de vez en cuando, se reía para sí al

pensar en ello. Sin embargo, el carretero me dijo que era tos porque había cogido un

constipado.

También él tenía la costumbre de llevar la cabeza baja, como su caballo, y mientras

conducía iba medio dormido, con un brazo encima de cada rodilla. Y digo «conducía»

aunque a mí me pareció que el carro hubiera podido ir a Yarmouth exactamente igual sin

él; era evidente que el caballo no lo necesitaba; y en cuanto a dar conversación, no tenía

ni idea; sólo silbaba.

Peggotty llevaba sobre sus rodillas una hermosa cesta de provisiones, que hubiera

podido durarnos hasta Londres aunque hubiéramos continuado el viaje con el mismo

medio de transporte. Comíamos y dormíamos. Peggotty siempre se dormía con la barbilla

apoyada en el asa de la cesta, postura de la que ni por un momento se cansaba; y yo

nunca hubiera podido creer, de no haberlo oído con mis propios oídos, que una mujer tan

débil roncase de aquel modo.

Dimos tantas vueltas por tantos caminos y estuvimos tanto tiempo descargando la

armadura de una cama en una posada y llamando en otros muchos sitios, que estaba ya

cansadísimo, y me puse muy contento cuando tuvimos a la vista Yarmouth.

Al pasear mi vista por aquella gran extensión a lo largo del río me pareció que estaba

todo muy esponjoso y empapado, y no acertaba a comprender cómo si el mundo es realmente

redondo (según mi libro de geografía) una parte de él puede ser tan sumamente

plana. Imaginando que Yarmouth podía estar situada en uno de los polos, ya era más

explicable. Conforme nos acercábamos veíamos extenderse cada vez más el horizonte

como una línea recta bajo el cielo. Le dije a Peggotty que alguna colina, o cosa

semejante, de vez en cuando, mejoraría mucho el paisaje, y que si la tierra estuviera un

poco más separada del mar y la ciudad menos sumergida en él, como un trozo de pan en

el caldo, sería mucho más bonito. Pero Peggotty me contestó, con más énfasis que de

costumbre, que había que tomar las cosas como eran, y que, por su parte, estaba orgullosa

de poder decir que era un «arenque» de Yarmouth.

Cuando salimos a la calle (que era completamente extraña y nueva para mí); cuando

sentí el olor del pescado, de la pez, de la estopa y de la brea, y vi a los pescadores

paseando y las carretas de un lado para otro, comprendí que había sido injusto con un

pueblo tan industrial; y se lo dije enseguida a Peggotty, que escuchó mis expresiones de

entusiasmo con gran complacencia y me contestó que era cosa reconocida (supongo que

por todos aquellos que habían tenido la suerte de nacer « arenques») que Yarmouth era,

por encima de todo, el sitio más hermoso del universo.

-Allí veo a mi Ham. ¡Pero si está desconocido de lo que ha crecido -gritó Peggotty.

En efecto, Ham estaba esperándonos a la puerta de la posada, y me preguntó por mi

salud como a un antiguo conocido. Al principio me daba cuenta de que no le conocía

tanto como él a mí, pues el haber estado en casa la noche de mi nacimiento le daba, como

es natural, gran ventaja. Sin embargo, empezamos a intimar desde el momento en que me

cogió a caballo sobre sus hombros para llevarme a casa. Ham era entonces un muchacho

grandón y fuerte, de seis pies de alto y bien proporcionado, con enormes espaldas redondas;

pero con una cara de expresión infantil y unos cabellos rubios y rizados que le

daban todo el aspecto de un cordero. Iba vestido con una chaqueta de lona y unos

pantalones tan tiesos, que se hubieran sostenido solos incluso sin piernas dentro.

Sombrero, en realidad, no se podía decir que llevaba, pues iba cubierto con una especie

de tejadillo algo embreado como un barco viejo.

Ham me llevaba a caballo encima de sus hombros, y con una de nuestras maletas

debajo del brazo; Peggotty llevaba la otra maleta. Pasamos por senderos cubiertos con

montones de viruta y de montañitas de arena; después cerca de una fábrica de gas, por

delante de cordelerías, arsenales de construcción y de demolición, arsenales de calafateo,

de herrerías en movimiento y de muchos sitios análogos. Y por fin llegamos ante la vaga

extensión que ya había visto a lo lejos. Entonces Ham dijo:

-Esta es nuestra casa, señorito Davy.

Miré en todas direcciones cuanto podía abarcar en aquel desierto, por encima del mar y

por la orilla; pero no conseguí descubrir ninguna casa; allí había una barcaza negra o algo

parecido a una barca viejísima, alta y seca en la arena, con un tubo de hierro asomando

como una chimenea, del que salía un humo tranquilo. Pero alrededor nada que pudiera

parecer una casa.

-¿No será eso? -dije- ¿Eso que parece una barca?

-Precisamente eso, señorito Davy -replicó Ham.

Si hubiera sido el palacio de Aladino con todas sus maravillas, creo que no me hubiera

seducido más la romántica idea de vivir en él. Tenía una puerta bellísima, abierta en un

lado, y tenía techo y ventanas pequeñas; pero su mayor encanto consistía en que era un

barco de verdad, que no cabía duda que había estado sobre las olas cientos de veces y que

no había sido hecho para servir de morada en tierra firme. Eso era lo que más me

cautivaba. Hecha para vivir en ella, quizá me hubiera parecido pequeña o incómoda o

demasiado aislada; pero no habiendo sido destinada a ese uso, resultaba una morada

perfecta.

Por dentro estaba limpia como los chorros del oro y lo más ordenada posible. Había una

mesa y un reloj de Dutch y una cómoda, y sobre la cómoda una bandeja de té, en la que

había pintada una señora con una sombrilla paseándose con un niño de aspecto marcial

que jugaba al aro. La bandeja estaba sostenida por una Biblia. Si la bandeja se hubiese

escurrido habría arrastrado en su caída gran cantidad de tazas, platillos, y una tetera que

estaban agrupados su alrededor. En las paredes había algunas láminas con marcos y

cristal: eran imágenes de la Sagrada Escritura. Después no he podido verlas en manos de

los vendedores ambulantes sin contemplar al mismo tiempo el interior completo de la

casa del hermano de Peggotty. Abrahán, de rojo, disponiéndose a sacrificar a Isaac, de

azul, y Daniel, de amarillo, dentro de un foso de leones, verdes, eran los más notables.

Sobre la repisita de la chimenea había un cuadro de la lúgubre Shara Jane, comprado en

Sunderland, que tenía una mujercita en relieve: un trabajo de arte, de composición y de

carpintería que yo consideraba como una de las cosas más deseables que podía ofrecer el

mundo. En las vigas del techo había varios ganchos, cuyo uso no adiviné entonces;

algunos baúles y cajones servían de asiento, aumentando así el número de sillas.

Todo esto lo vi, nada más franquear la puerta, de un primer vistazo, de acuerdo con mi

teoría de observación infantil. Después, Peggotty, abriendo una puertecita, me enseñó mi

habitación. Era la habitación más completa y deseable que he visto en mi vida. Estaba en

la popa del barco y tenía una ventanita, que era el sitio por donde antes pasaban el timón;

un espejito estaba colgado en la pared, precisamente a mi altura, con su marco de

conchas; también había un ramo de plantas marinas en un cacharro azul, encima de la

mesilla, y una cainita con el sitio suficiente para meterse en ella. Las paredes eran blancas

como la leche, y la colcha, hecha de retales, me cegaba con la brillantez de sus colores.

Una cosa que observé con interés en aquella deliciosa casita fue el olor a pescado; tan

penetrante, que cuando sacaba el pañuelo para sonarme olía como si hubiera servido para

envolver una langosta. Cuando confié este descubrimiento a Peggotty, me dijo que su

hermano se dedicaba a la venta de cangrejos y langostas, y, en efecto, después encontré

gran cantidad de ellos en un montón inmenso. No sabían estar un momento sin pinchar

todo lo que encontraban en un pequeño pilón de madera que había fuera de la casa, y en

el que también se metían los pucheros y cacerolas.

Fuimos recibidos por una mujer muy bien educada, que tenía un delantal blanco y a

quien yo había visto desde un cuarto de milla de distancia haciendo reverencias en la

puerta cuando llegaba montado en Ham. A su lado estaba la niña más encantadora del

mundo (así me lo pareció), con un collar de perlas azules alrededor del cuello, pero que

no me dejó besarla, cuando se lo propuse se alejó corriendo. Después que hubimos

comido de una manera opípara pescado cocido, mantequilla y patatas, con una chuleta

para mí, un hombre de largos cabellos y cara de buena persona entró en la casa. Como

llamó a Peggotty chavala y le dio un sonoro beso en la mejilla, no tuve la menor duda de

que era su hermano. En efecto, así me le presentaron: míster Peggotty, señor de la casa.

-Muy contento de verte -dijo míster Peggotty-; nos encontrará usted muy rudos,

señorito, pero siempre dispuestos a servirle.

Yo le di las gracias y le dije que estaba seguro de que sería feliz en un sitio tan

delicioso.

-¿Y cómo está su mamá? –dijo míster Peggotty-. ¿La ha dejado usted en buena salud?

Le contesté que, en efecto, estaba todo lo bien que podía desearse, y añadí que me había

dado muchos recuerdos para él, lo que era una mentira amable por mi parte.

-Le aseguro que se lo agradezco mucho -dijo míster Peggotty-. Muy bien, señorito; si

puede usted estarse quince días contento entre nosotros –dijo mirando a su hermana, a

Ham y a la pequeña Emily-, nosotros, muy orgullosos de su compañía.

Después de hacerme los honores de su casa de la manera más hospitalaria, míster

Peggotty fue a lavarse con agua caliente, haciendo notar que «el agua fría no era

suficiente para limpiarle». Pronto volvió con mucho mejor aspecto, pero tan colorado que

no pude por menos que pensar que su rostro era semejante a las langostas y cangrejos que

vendía, que entraban en el agua caliente muy negros y salían rojos.

Después del té, cuando la puerta estuvo ya cerrada y la habitación confortable (las

noches eran frías y brumosas entonces), me pareció que aquel era el retiro más delicioso

que la imaginación del hombre podía concebir. Oír el viento sobre el mar, saber que la

niebla invadía poco a poco aquella desolada planicie que nos rodeaba, y mirar al fuego, y

pensar que en los alrededores no había más casa que aquella y que, además, era un barco,

me parecía cosa de encantamiento.

La pequeña Emily ya había vencido su timidez y estaba sentada a mi lado en el más

bajo de los cajones, que era precisamente del ancho suficiente para nosotros dos y parecía

estar a propósito esperándonos en un rincón al lado del fuego.

Mistress Peggotty, con su delantal blanco, hacía media al otro lado del hogar. Peggotty

y su labor, con su Saint Paul y su pedazo de cera, se encontraban tan completamente a sus

anchas como si nunca hubieran conocido otra casa. Ham había estado dándome una

primera lección a cuatro patas con unas cartas mugrientas, y ahora trataba de recordar

cómo se decía la buenaventura, a iba dejando impresa la marca de su pulgar en cada una

de ellas. Míster Peggotty fumaba su pipa. Yo sentí que era un momento propicio para la

conversación y las confidencias:

-Mister Peggotty -dije.

-Señorito –dijo él.

-¿Ha puesto usted a su hijo el nombre de Ham porque vive usted en una especie de

arca?

Míster Peggotty pareció considerar mi pregunta como una idea profunda; pero me

contestó:

-Yo nunca le he puesto ningún nombre.

-¿Quién se lo ha puesto entonces? -dije haciendo a míster Peggotty la pregunta número

dos del catecismo.

-Su padre fue quien se lo puso -me contestó.

-¡Yo creía que era usted su padre!

-Mi hermano Joe era su padre –dijo.

-¿Y ha muerto, míster Peggotty? -insinué, después de una pausa respetuosa.

-Ahogado -dijo míster Peggotty.

Yo estaba muy sorprendido de que mister Peggotty no fuese el padre de Ham, y empecé

a temer si no estaría también equivocado sobre el parentesco de todos los demás. Tenía

tanta curiosidad por saberlo, que me decidí a seguir preguntando:

-Pero la pequeña Emily -dije mirándola-, ¿esa sí es su hija? ¿No es así, míster

Peggotty?

-No, señorito; mi cuñado Tom era su padre.

No pude resistirlo a insinué, después de otro silencio respetuoso:

-¿Ha muerto, míster Peggotty?

-Ahogado –dijo mister Peggotty.

Sentí la dificultad de continuar sobre el mismo asunto; pero me interesaba llegar al

fondo del asunto y dije:

-Entonces ¿no tiene usted ningún hijo, míster Peggotty?

-No, señorito -me contestó con una risa corta—, soy soltero.

-¡Soltero! -exclamé atónito- Entonces ¿quién es esa, míster Peggotty? -dije apuntando a

la mujer del delantal blanco, que estaba haciendo media.

-Esa es mistress Gudmige –dijo míster Peggotty.

-¿Gudmige, míster Peggotty?

Pero en aquel momento Peggotty (me refiero a mi Peggotty particular) empezó a

hacerme gestos tan expresivos para que no siguiera preguntando, que no tuve más

remedio que sentarme y mirar a toda la silenciosa compañía, hasta que llegó la hora de

acostamos. Entonces, en la intimidad de mi cuartito, Peggotty me explicó que Ham y

Emily eran un sobrino y una sobrina huérfanos a quienes mi huésped había adoptado en

diferentes épocas, cuando quedaron sin recursos, y que mistress Gudmige era la viuda de

un socio suyo que había muerto muy pobre.

-Él tampoco es más que un pobre hombre -dijo Peggotty-, pero tan bueno como el oro y

fuerte como el acero.

Estos eran sus símiles.

Y el único asunto, según me dijo, que le encolerizaba y sacaba de sus casillas era que se

hablase de su generosidad; y si cualquiera aludía a ello en la conversación daba con su

mano derecha un violento puñetazo en la mesa (tanto que en una ocasión la rompió) y

juraba con una horrible blasfemia que tomaría el portante y se lanzaría a nada bueno si

volvían a hablar de ello. Por muchas preguntas que hice nadie pudo darme la menor

explicación gramatical sobre aquella terrible frase «tomar el portante», que todos ellos

consideraban como si constituyese la más solemne imprecación.

Pensaba con cariño en la bondad de mi huésped mientras oía a las mujeres, que se

acostaban en otra cama como la mía en el extremo opuesto del barco, y a él y a Ham colgando

dos hamacas, donde dormían, en los ganchos que había visto en el techo; y en el

más eufórico estado de ánimo me iba quedando dormido. Conforme el sueño se

apoderaba de mí, oía al viento arrastrándose por el mar y por la llanura con tal fiereza,

que sentí un cobarde temor de la gran oscuridad creciente de la noche. Pero me convencí

a mí mismo de que después de todo estábamos en un barco, y que un hombre como

míster Peggotty no era grano de anís a bordo, en caso de que ocurriera algo.

Sin embargo, nada sucedió hasta que me desperté por la mañana. En cuanto el sol se

reflejó en el marco de conchas de mi espejo, salté de la cama y corrí con la pequeña

Emily a coger caracoles en la playa.

-¿Tú serás ya casi un marinero, supongo? -dije a Emily.

No es que supusiera nada; pero sentía que era un deber de galantería decirle algo; y

viendo en aquel momento reflejarse la blancura deslumbrante de una vela en sus ojos claros,

se me ocurrió aquello.

-No –dijo Emily, sacudiendo su cabecita—, me da mucho miedo el mar.

-¡Miedo! -dije con aire suficiente y mirando muy fijo al océano inmenso- A mí no me

da miedo.

-¡Ah!, pero es tan malo a veces -dijo Emily-. Yo le he visto ser muy cruel con algunos

de nuestros hombres. Yo he visto cómo hacía pedazos un barco tan grande como nuestra

casa.

-Espero que no fuera el barco en que…

-¿En el que mi padre murió ahogado? –dijo Emily. No, no era aquel. Yo no he visto

nunca aquel barco.

-¿Ni tampoco a él? -le pregunté.

Emily sacudió la cabecita.

-Que yo recuerde, no.

¡Qué coincidencia! Inmediatamente me puse a explicar cómo yo tampoco había visto

nunca a mi padre, y cómo mamá y yo habíamos vivido siempre solos en el estado de

mayor felicidad imaginable, y así vivíamos todavía, y así viviríamos siempre. También le

conté que la tumba de mi padre estaba en el cementerio, cerca de nuestra casa, a la

sombra de un árbol, y que yo iba allí a pasearme muchas mañanas para oír cantar a los

pájaros. Sin embargo, parece ser que había algunas diferencias entre la orfandad de Emily

y la mía. Ella había perdido a su madre antes que a su padre, y nadie sabía dónde estaba

la tumba de este último, aunque era de suponer que estaba en cualquier sitio de las

profundidades del mar.

-Y además –dijo Emily mientras buscaba conchas y piedras- tu padre era un caballero y

tu madre una señora; y mi padre era pescador y mi madre hija de un pescador, y mi tío

Dan también es pescador.

-¿Dan es míster Peggotty? –dije yo.

-El tío Dan -contestó Emily, señalando el barco-casa.

-Sí, a él me refiero. ¿,Debe de ser muy bueno, verdad?

-¿Bueno? -dijo Emily-. Si yo fuera señora, le daría una chaqueta azul cielo con botones

de diamantes, un pantalón con su espada, un chaleco de terciopelo rojo, un sombrero de

tres picos, un gran reloj de oro, una pipa de plata y una caja llena de dinero.

Yo no dudaba de que míster Peggotty fuera digno de todos aquellos tesoros; pero debo

confesar que me costaba trabajo imaginármelo cómodo en la indumentaria propuesta por

su agradecida sobrina y, principalmente, de lo que más dudaba era de la utilidad del

sombrero de tres picos. Sin embargo, guardé aquellos pensamientos para mí.

La pequeña Emily, mientras enumeraba aquellas maravillas, se había parado y miraba

al cielo como si le pareciera una visión gloriosa. De nuevo nos pusimos a buscar guijarros

y conchas.

-¿Te gustaría ser una dama? -le dije.

Emily me miró y se echó a reír, diciéndome que sí.

-Me gustaría mucho, porque entonces todos seríamos damas y caballeros: yo, mi tío,

Ham y mistress Gudmige. Y entonces no nos preocuparíamos cuando hubiese tormenta.

Quiero decir por nosotros mismos, pues estoy segura de que nos preocuparíamos mucho

por los pobres pescadores y los ayudaríamos con dinero cuando les sucediera algún percance.

Este cuadro me pareció tan hermoso, que lo encontré bastante probable, y expresé la

alegría que me causaba pensar en ello. La pequeña Emily tuvo entonces el valor de

decirme, tímidamente:

-Y ahora ¿no crees que te da miedo el mar?

En aquel momento el mar estaba lo bastante en calma como para no asustarme; pero no

dudo de que si hubiera visto una ola moderadamente grande avanzar hacia mí hubiese

huido ante el pavoroso recuerdo de todos aquellos parientes ahogados. Sin embargo, le

contesté: «No», y añadí: «Y tú tampoco me parece que le temas como dices», pues en

aquel momento andaba por el borde de una especie de antiguo rompeolas de madera, por

el que nos habíamos aventurado, y me daba miedo no se fuera a caer.

-No es esto lo que me asusta -dijo Emily-. Le temo cuando ruge, y tiemblo pensando en

el tío Dan y en Ham, y me parece oír sus gritos de socorro. Por eso es por lo que me

gustaría ser una dama. Pero de esto no me da ni pizca de miedo. ¡Mira!

Y de repente se escapó de mi lado y echó a correr por un madero que, saliendo del sitio

en que estábamos, dominaba el agua profunda desde bastante altura y sin la menor

protección.

El incidente está tan grabado en mi memoria, que si fuera pintor podría dibujarlo ahora

tan claramente como si fuese aquel día: la pequeña Emily corriendo hacia su muerte

(como entonces me pareció), con una mirada, que no olvidaré nunca, dirigida a lo lejos,

hacia el mar. Su figurita, ligera, valiente y ágil, volvió pronto sana y salva hacia mí, y yo

me reí de mis temores y del grito inútil que había dado, pues además no había nadie

cerca. Pero ha habido veces, muchas veces, cuando ya era un hombre, que he pensado

que era posible (entre las posibilidades de las cosas ocultas) que hubiera en la súbita

temeridad de la niña y en su mirada de desafío a la lejanía cierto instintivo placer por el

peligro, como una atracción hacia su padre, muerto allí, y a la idea de que su vida podía

terminar ese mismo día. Hubo un tiempo en que siempre, cuando lo recordaba, pensaba

que si la vida que esperaba a la niña me hubiera sido revelada en un momento, y de tal

modo que mi inteligencia infantil hubiera podido comprendería por completo, y si su

conservación hubiese dependido de un movimiento de mi mano, ¿debería haberío hecho?

Y durante cierto tiempo (no digo que haya durado mucho, pero sí que ha ocurrido) he

llegado a preguntarme si no habría sido mejor para ella que las aguas se hubiesen cerrado

sobre su cabeza ante mi vista, y siempre me he contestado: «Sí; más habría valido». Pero

esto es quizá prematuro. Lo he dicho demasiado pronto. Sin embargo, no importa: dicho

está.

Vagamos mucho tiempo cargándonos de cosas que nos parecían muy curiosas, y

volvimos a poner cuidadosamente en el agua algunas estrellas de mar (yo en aquel tiempo

no conocía lo bastante la especie para saber si nos lo agradeeerían o no), y por fin

emprendimos el camino a la morada de míster Peggotty. Nos detuvimos un momento

debajo del pilón de las langostas para cambiar un inocente beso y entramos a desayunar

resplandecientes de salud y de alegría.

-Como dos tortolitos -dijo míster Peggotty.

No hay que decir que estaba enamorado de la pequeña Emily. Estoy seguro de que la

amaba con mucha más sinceridad y ternura, con mucha mayor pureza y desinterés del

que pueda haber en el mejor amor durante el transcurso de la vida. Mi fantasía creaba

alrededor de aquella niña de ojos azules algo tan etéreo que hacía de ella un verdadero

ángel; tanto es así, que si en una mañana radiante la hubiera visto desplegar sus alas y

desaparecer volando ante mis ojos, no me habría parecido extraño ni imposible.

Acostumbrábamos a pasear cariñosamente horas y horas por la monótona llanura de

Yarmouth. Y los días discurrían por nosotros como si el tiempo tampoco pasara y,

convertido en niño, estuviera siempre dispuesto a jugar con nosotros. Yo le decía a Emily

que la adoraba, y que si ella no confesaba adorarme también me vería obligado a

atravesarme con una espada. Y ella me respondía que sí con cariño, y estoy seguro de que

era así.

En cuanto a pensar en la desigualdad de nuestras condiciones, o en nuestra juventud, o

en cualquier otra dificultad, no se nos ocurría nunca. No nos preocupábamos, porque no

se nos ocurría pensar en el futuro; no nos interesaba lo que pudiéramos hacer más

adelante, como tampoco lo que habíamos hecho anteriormente.

Mistress Gudmige y Peggotty no cesaban de admirarnos, y cuchicheaban por la noche,

cuando estábamos tiernamente sentados uno al lado del otro en nuestro cajoncito: «Dios

mío, ¿pero no es un encanto?». Míster Peggotty nos sonreía fumando su pipa, y Ham se

pasaba la noche haciendo gestos de satisfacción, sin decir nada. Yo supongo que

encontraban en nosotros la misma satisfacción que encontrarían en un juguete bonito o en

un modelo de bolsillo del Coliseo.

Pronto me pareció que mistress Gudmige no era siempre todo lo agradable que podía

esperarse, dadas las circunstancias de su residencia en aquella casa. Mistress Gudmige estaba

casi siempre de mal humor y se quejaba más de lo debido, para no incomodar a los

demás en un sitio tan chico. Lo sentí mucho por ella; pero había momentos en que habría

sido más agradable (yo creo) si mistress Gudmige hubiera tenido una habitación para ella

sola, donde retirarse a esperar a que renaciera su buen humor.

Míster Peggotty iba en algunas ocasiones a una taberna llamada «La Afición». Lo

descubrí porque la segunda o tercera noche después de nuestra llegada, antes de que él

volviera, mistress Gudmige miraba el reloj entre las ocho y las nueve, diciendo que

míster Peggotty estaba en la taberna y, lo que es más, que desde por la mañana sabía que

iría.

Había estado todo el día muy abatida, y por la tarde se había deshecho en llanto porque

salía humo de la lumbre.

-Soy una criatura sola y sin recursos -fueron las palabras de mistress Gudmige cuando

ocurrió aquella desgracia-, todo va contra mí.

-Eso pasa pronto –dijo Peggotty (me refiero de nuevo a nuestra Peggotty)-, y además,

como usted puede comprender, no es menos desagradable para nosotros que para usted.

-¡Yo lo siento más! –exclamó mistress Gudmige.

Era un día muy crudo y el viento cortaba de frío. Mistress Gudmige estaba en su rincón

de costumbre al lado del fuego, que a mí me parecía el más calentito y confortable, y su

silla era sin duda la más cómoda de todas. Pero aquel día nada le parecía bien. Se quejaba

constantemente del frío, diciendo que le producía un dolor en la espalda, que llamaba «

hormiguillo». Por último, empezó de nuevo a llorar, repitiendo que « era una criatura sola

y sin recursos, y que todo iba contra ella».

-Es verdad que hace mucho frío –dijo Peggotty-; pero todos lo sentimos igual.

-¡Yo lo siento más que nadie! -dijo mistress Gudmige.

Y lo mismo sucedió en la comida, aunque a ella se la servía inmediatamente después

que a mí, que se me daba preferencia como si fuera un invitado de distinción. El pescado

le pareció pequeño y las patatas se habían quemado un poco. Todos reconocimos que

aquello nos decepcionaba; pero ella dijo que lo sentía más que nadie; y se puso a llorar de

nuevo, haciendo aquella formal declaración con gran amargura.

Así, cuando míster Peggotty volvió a casa, a eso de las nueve, la desgraciada mistress

Gudmige hacía media en su rincón con el aspecto más miserable del mundo. Peggotty

trabajaba alegremente; Ham estaba arreglando un gran par de botas de agua, y yo y

Emily, sentados uno al lado del otro, leíamos en voz alta. Mistress Gudmige, desde que

tomamos el té, no había hecho más observación que lanzar un suspiro desolado, y

después no volvió a levantar los ojos.

-Bien, compañeros -dijo míster Peggotty sentándose-: ¿cómo vamos?

Todos le dijimos algo y le miramos, dándole la bienvenida, excepto mistress Gudmige,

que únicamente inclinó más su cabeza sobre la labor.

-¿Qué ha sucedido? -dijo míster Peggotty con una palmada-. ¡Vamos, valor, vieja

comadre!

Mistress Gudmige no parecía muy dispuesta a tener valor. Sacó un viejo pañuelo negro

de seda para enjugarse los ojos, no lo guardó, volvió a enjugárselos y de nuevo volvió a

dejarlo fuera preparado para otra ocasión.

-¿Qué pasa, mujer? -repitió míster Peggotty.

-Nada -respondió mistress Gudmige-. ¿Viene usted de «La Afición», Dan?

-Sí; esta noche le he hecho una visita –dijo míster Peggotty.

-Me apena mucho el obligarle a ir allí -dijo mistress Gudmige.

-¡Obligarme! Si no necesito que me obliguen -respondió míster Peggotty con una risa

franca-. Estoy siempre dispuesto a ir.

-Muy dispuesto –dijo mistress Gudmige, sacudiendo la cabeza y enjugándose los ojos

de nuevo, Sí, sí, muy dispuesto; es precisamente lo que me entristece, que sea por mi

culpa por lo que está usted tan dispuesto.

-¡Por su culpa! No es por su culpa -dijo míster Peggotty-, no lo crea.

-Sí, sí lo es –exclamó ella-. Yo sé lo que me digo. Yo sé que soy una criatura sola y sin

recursos, y que no solamente todo va contra mí, sino que yo contrarío a todo el mundo.

Sí, sí, yo siento más que los demás y lo demuestro más, ¡esa es mi desgracia!

Yo no podía por menos de pensar, mientras le oía todo aquello, que la desgracia se

extendía a algunos otros miembros de la familia además de a ella. Pero a míster Peggotty

no se le ocurrió hacer semejante observación, limitándose a contestarla con otro ruego

para que tuviera valor.

-Yo misma no sé lo que desearía ser; pero sé lo que soy. Mis desgracias me han

agriado. Las siento, y veo que me vuelven agria. Desearía no sentir, pero siento. Quisiera

poder ser dura de corazón; pero no puedo. Hago la casa insoportable, y no me sorprende.

Hoy mismo he estado todo el día molestando a su hermana y al señorito Davy.

Al oír esto me sentí conmovido y grité con gran turbación:

-¡No, no nos ha hecho usted nada, mistress Gudmige!

-Comprendo que no debía decirlo; pero preferiría ir al asilo y morir allí. Soy una

criatura sola y sin recursos, y es mucho mejor que no siga aquí fastidiando. Sí, las cosas

van contra mí, y yo también voy contra todo. Déjenme que vaya a llevar la contraria en el

asilo. Dan, lo mejor es que me vaya allí y le libre de esta pejiguera.

Mistress Gudmige se retiró con estas palabras y se metió en la cama. Cuando se hubo

marchado, míster Peggotty, que sólo había demostrado un sentimiento de profunda

simpatía, nos miró a todos, y moviendo la cabeza todavía con una marcada expresión del

mismo sentimiento, dijo en un murmullo:

-Es que ha estado pensando en el «viejo» .

Yo no comprendía bien quién era el viejo en quien suponían que tenía puesto el

pensamiento mistress Gudmige, hasta que Peggotty, al acostarme, me explicó que se

trataba del difunto míster Gudmige, y que su hermano siempre la compadecía muy

sinceramente en aquellas ocasiones y hasta se conmovía. Un rato después, cuando ya se

había acostado en su hamaca, le oí repetirle a Ham: «Pobrecilla, ha estado pensando en el

viejo». Y siempre que mistress Gudmige estuvo de aquel humor, durante nuestra estancia

allí (lo que sucedía muy a menudo), él repetía la misma disculpa, siempre con igual

conmiseración.

Así pasaron los quince días, sin más variación que las de las mareas, que alteraban las

horas de ir y venir de míster Peggotty, y también las ocupaciones de Ham. Este último,

cuando no tenía trabajo, se venía de paseo con nosotros y nos enseñaba los barcos y los

buques, y una o dos veces nos embarcó con él. No sé por qué a veces una ligera

impresión se asocia más particularmente con un sitio que otras, aunque creo que esto le

sucede a la mayoría de la gente; sobre todo me refiero a las asociaciones de la infancia.

Nunca he oído o leído el nombre de Yarmouth sin recordar al momento cierto domingo

por la mañana en la playa: las campanas sonaban en la iglesia; la pequeña Emily se

apoyaba en mi hombro; Ham lanzaba perezosamente piedras al agua; y el sol, a lo lejos,

en el mar, salía de la niebla como su propio espectro.

Por último llegó el día de volver a casa. Tenía valor para separarme de míster Peggotty

y de mistress Gudmige; pero la angustia de mi espíritu al dejar a la pequeña Emily era

agudísima. Fuimos del brazo hasta la posada donde paraba el carretero. Yo, en el camino,

le prometí escribirle (más adelante cumplí mi promesa con letras más grandes que las de

los anuncios que se ponen en los pisos para alquilar). A1 partir, nuestra emoción fue

enorme, y si alguna vez en mi vida he sentido hacerse el vacío en mi corazón, fue aquel

día.

Durante el tiempo de mi visita me había despreocupado de mi casa, y había pensado

poco o nada en ella. Pero tan pronto como estuve en camino, mi infantil conciencia

parecía reprochármelo, señalándome la ruta con el dedo, y cuanto más abatido estaba mi

espíritu, más sentía que aquél era mi refugio y mi madre la amiga que mas me consolaba.

Este sentimiento se apoderaba de mí cada vez con mayor fuerza a medida que

avanzábamos y que las cosas familiares salían a nuestro encuentro, y me sentía cada vez

más excitado por el deseo de encontrarme en sus brazos.

Peggotty, en lugar de unirse a mi alegría, trataba de calmarla (aunque muy tiernamente)

y parecía confusa y descontenta.

A pesar suyo, Blooderstone Rookery saldría a nuestro encuentro en cuanto quisiera el

caballo del carretero. Y ¡qué bien recuerdo cómo lo vi en aquella tarde fría y gris, con el

cielo nublado amenazando lluvia!

La puerta se abrió y yo miré, mitad riendo, mitad llorando, con la agitación de mi

alegría. Pero ¡no era mamá!; era una criada extraña.

-¡Cómo, Peggotty! -dije tristemente-. ¿Será que mamá no ha vuelto todavía a casa?

-Sí, sí, Davy -dijo Peggotty-; ha vuelto. Espera un momento y te… diré una cosa.

Entre su nerviosismo y su natural torpeza al bajarse del carro, Peggotty estaba haciendo

las contorsiones más extravagantes; pero yo estaba demasiado desconcertado para decirle

nada. Cuando bajó me cogió de la mano y, con gran sorpresa para mí, me metió en la

cocina y cerró la puerta.

-¡Peggotty! -dije completamente asustado—. ¿Qué sucede?

-No ocurre nada. ¡Dios lo bendiga, mi querido Davy! -contestó fingiendo alegría.

-Ha ocurrido algo, estoy seguro. ¿Dónde está mamá?

-¿Dónde está mamá, señorito Davy? -me imitó Peggotty.

-Sí. ¿Por qué no estaba en la puerta? ¿Por qué hemos entrado aquí? ¡Oh Peggotty!

Se me llenaban los ojos de lágrimas, y sentí como si fuera a caerme.

-¡Dios te bendiga, niño querido! –exclamó Peggotty sosteniéndome-. Pero ¿qué te

pasa? ¡Habla, pequeño!

-¿Se ha muerto también? ¡Oh! ¿Se ha muerto, Peggotty?

-No -gritó Peggotty con una energía de voz atronadora.

Y se sentó y empezó a jadear, diciendo que aquello había sido un golpe tremendo.

Le di un abrazo para disminuir el golpe, o para darle otro más directo, y después

permanecí en pie ante ella, mirándola ansiosamente.

-¿Sabes, querido? Debía habértelo dicho antes -dijo Peggotty-; pero no he encontrado

oportunidad. Debía haberlo hecho; pero no podía decidirme.

Estas fueron, exactamente, las palabras de Peggotty.

-Sigue, Peggotty -dije, todavía más asustado que antes.

-Señorito Davy -dijo Peggotty desanudando su cofia de un manotazo y hablando de una

manera entrecortada-. Pero ¿qué te pasa? Es sencillamente que tienes de nuevo un papá.

Temblé y me puse pálido. Algo (no sé qué ni cómo) unido con la tumba del cementerio

y la resurrección de los muertos pareció rozarme como un viento mortal.

-Otro nuevo -añadió Peggotty.

-¿Otro nuevo? -repetí yo.

Peggotty tosió un poco, como si se hubiera tragado algo demasiado duro, y

agarrándome de la manga dijo:

-Ven a verle.

-No lo quiero ver.

-Y a tu mamá -dijo Peggotty.

Ya no retrocedí, y fuimos directamente al salón, donde ella me dejó.

A un lado de la chimenea estaba sentada mi madre; al otro, míster Murdstone. Mi

madre dejó caer su labor y se levantó precipitadamente; pero me pareció que con timidez.

-Ahora, mi querida Clara -dijo míster Murdstone-, ¡acuérdate! ¡Hay que dominarse

siempre! ¡Dominarse! ¡Hola, muchacho! ¿Cómo estás?

Le di la mano. Después de un momento de duda fui y besé a mi madre; ella me besó y

me acarició dulcemente en el hombro. Después se volvió a sentar con su labor. Yo no

podía mirarla; tampoco podía mirarle a él. Estaba convencido de que nos observaba, y me

volví hacia la ventana y miré los arbustos, mojados en el frío. Tan pronto como pude

escapar me subí al piso de arriba. Mi antigua y querida alcoba no existía; tenía que

habitar mucho más lejos. Volví a bajar las escaleras, con la esperanza de encontrar algo

que no hubiera cambiado. Todo estaba distinto. Entré en el patio; pero al momento tuve

que salir huyendo, pues de la caseta de perro, antes abandonada, salió un perrazo (de

profundas fauces y pelo negro como él) que se lanzó con furia hacia mí, como para

morderme.

CAPÍTULO IV

CAIGO EN DESGRACIA

Si, incluso hoy, pudiera llamar como testigo a la habitación donde me habían trasladado

(¿quién dormirá allí ahora? Me gustaría saberlo), podría decir con qué tristeza en el

corazón entré en ella. Subí la escalera oyendo al perro, que seguía ladrándome desde el

patio. La habitación me pareció triste y extraña, tan triste como lo estaba yo. Sentado con

las manos cruzadas pensaba…, pensaba en las cosas más raras: en la forma de la

habitación, en las grietas del techo, en el papel de las paredes, en los defectos de los

cristales de la ventana, que hacían arrugas y joroba! en el paisaje; en el lavabo con sus

tres patas, que debía de tener aspecto de descontento o algo así, porque no sé por qué me

recordaba a mistress Gudmige los días en que estaba bajo la influencia del recuerdo del

«viejo» . No dejaba de llorar; pero, aparte de porque me sentía muy desgraciado y muerto

de frío, no sabía por qué lloraba. Por último, en mi desolación, empecé a darme cuenta de

que estaba apasionadamente enamorado de la pequeña Emily y de que me habían

separado de ella para traerme aquí, donde nadie parecía necesitarme. Esto era lo que más

me entristecía, y dándolo vueltas, terminé por hacerme un ovillo debajo de las mantas y

dormirme llorando.

Alguien me despertó diciendo: «Aquí está», y al mismo tiempo destapaban mi cabeza

ardiente. Mi madre y Peggotty me buscaban, y era una de ellas la que había hablado.

-Davy –dijo mi madre-, ¿qué te pasa?

Pensé que era muy extraño que me preguntara aquello, y contesté:

-Nada.

Y recuerdo que volví la cabeza, pues el temblor de mis labios le hubiera contestado con

mayor claridad.

-¡Davy -repitió mi madre-, Davy! ¡Hijo mío!

No hubiera podido pronunciar otras palabras que me emocionaran más en aquel

momento que decirme «hijo mío». Oculté mis lágrimas en la almohada, y la rechacé con

la mano cuando quiso atraerme a ella.

-Esta es la obra de tu crueldad, Peggotty -dijo mi madre-. Estoy segura de que tienes la

culpa, y me sorprende que tengas conciencia para poner a mi hijo contra mí o contra

cualquiera de los que yo quiero. ¿Qué quiere decir esto, Peggotty?

La pobre Peggotty, alzando sus ojos y sus manos al cielo, contestó con una especie de

oración de gracias que yo solía repetir después de comer:

-Que Dios la perdone, mistress Copperfield, por lo que ha dicho, y que nunca tenga que

arrepentirse de ello.

-Es para volverse loca -exclamó mi madre-. ¡Y en mi luna de miel, cuando mi más

cruel enemigo no sería capaz de arrebatarme ni un pedacito de paz y de felicidad! Davy,

eres un niño muy malo. Peggotty, eres un criatura salvaje. ¡Oh Dios mío! -gritaba mi

madre, volviéndose de uno a otro de nosotros en su irritación caprichosa—. ¡Qué triste es

la vida hasta cuando uno se cree con el mayor derecho para esperar que sea lo más

agradable posible!

Sentí que una mano me tocaba, y conocí que no era la suya ni la de Peggotty, y me

deslicé al suelo, al lado de la cama. Era míster Murdstone, que me cogía de un brazo, diciendo:

-¿Qué sucede? Clara, amor mío, ¿lo has olvidado? Firmeza, querida.

-Estoy muy triste, Edward -dijo mi madre-; me proponía ser buena; pero ¡estoy tan

desesperada …!

-Verdaderamente -contestó él-, no me gusta oírte decir eso tan pronto, Clara.

-Digo que es muy duro que me hagan sufrir ahora -insistió mi madre a punto de llorar-.

¿No te parece que es cruel?

Él la atrajo hacia sí, le murmuró algo al oído y la besó. Y yo supe para siempre, cuando

vi la cabeza de mi madre apoyada en su hombro y su brazo rodeándole el cuello, supe

perfectamente que la naturaleza flexible de mi madre se doblegaría como él quisiera. Lo

supe desde entonces, y así fue.

-Vete, amor mío –dijo míster Murdstone-. David y yo bajaremos juntos. Amiga mía

–dijo, volviéndose hacia Peggotty con cara amenazadora cuando salió mi madre, despidiéndose

de ella con una sonrisa-. ¿Sabe usted el nombre de su señora?

-Hace mucho tiempo que la sirvo, señor -contestó Peggotty-; debo saberlo.

-Es verdad -contestó él-; pero me parece que cuando subía las escaleras le oí a usted

dirigirse a ella por un nombre que no es el suyo. Ya sabe usted que ha tomado el mío.

¡Acuérdese!

Peggotty, lanzándome miradas inquietas, hizo una reverencia y salió sin replicar,

dándose cuenta de que era lo que él esperaba y de que no tenía excusa para continuar allí.

Cuando nos quedamos solos, míster Murdstone cerró la puerta y se sentó en una silla

ante mí, mirándome fijamente a los ojos. Yo sentía los míos clavados no menos intensamente

en los suyos. ¡Cómo lo recuerdo! Y sólo al recordar cómo estábamos así, cara a

cara, me parece oír de nuevo latir mi corazón.

-David -me dijo con sus labios (delgados de apretarse tanto uno con otro)-: si tengo que

domar a un caballo o a un perro obstinado, ¿qué crees que hago?

-No lo sé.

-Lo azoto.

Le había contestado débilmente, casi en un susurro; pero ahora en mi silencio sentía

que la respiración me faltaba por completo.

-Le hago ceder y pedir gracia. Pienso que he de dominarlo, y aunque le haga derramar

toda la sangre de sus venas lo conseguiré. ¿Qué es eso que tienes en la cara?

-Barro -dije.

Él sabía tan bien como yo que era la señal de mis lágrimas; pero aunque me hubiera

hecho la pregunta veinte veces, con veinte golpes cada vez, creo que mi corazón de niño

se hubiese roto antes que confesárselo.

-Para ser tan pequeño tienes mucha inteligencia -me dijo con su grave sonrisa habitual-,

y veo que me has entendido. Lávate la cara, caballerito, y baja conmigo.

Me señalaba el lavabo que a mí me recordaba a mistress Gudmige, y me hacía gestos de

que le obedeciera inmediatamente. Entonces lo dudaba un poco; ahora no tengo la menor

duda de que me habría dado una paliza sin el menor escrúpulo si no le hubiera obedecido.

-Clara, querida mía -dijo cuando, después de haber hecho lo que me ordenaba, me

condujo al gabinete sin soltarme del brazo-; espero que no vuelvan a atormentarte. Pronto

corregiremos este joven carácter.

Dios es testigo de que podían haberme corregido para toda la vida, y hasta quizá habría

sido otra persona distinta si en aquella ocasión me hubieran dicho una palabra de cariño:

una palabra de ánimo, de explicación, de piedad, para mi infantil ignorancia, de

bienvenida a la casa; tranquilizándome, convenciéndome de que aquella sería siempre mi

casa; así podían haberme hecho obedecer de corazón en lugar de asegurarse una

obediencia hipócrita; podían haberse ganado mi respeto en lugar de mi odio. Creo que a

mi madre la entristeció verme de pie en medio de la habitación, tan tímido y extraño, y

que cuando fui a sentarme me seguía con los ojos más tristes todavía, prefiriendo quizá el

antiguo atrevimiento de mis cameras infantiles. Pero la palabra no fue dicha, y el tiempo

oportuno para ello pasó.

Comimos los tres juntos. Él parecía muy enamorado de mi madre; pero no por eso le

juzgué mejor, y ella estaba enamoradísima de él. Comprendí, por lo que decían, que una

hermana mayor de míster Murdstone iba a venir a vivir con ellos y llegaría aquella misma

noche. No estoy seguro de si fue entonces o después cuando supe que, sin estar activamente

en ningún negocio, tenía parte, o cobraba una renta anual, en el beneficio de una

casa comercial de vinos de Londres, con la que su familia contaba siempre desde los

tiempos de su abuelo y en la que su hermana tenía un interés igual al suyo; pero lo

mencionó por casualidad.

Después de comer, cuando estábamos sentados ante la chimenea y yo meditaba el modo

de escaparme para ver a Peggotty, sin atreverme a hacerlo por temor a ofender al dueño

de la casa, se oyó el ruido de un coche que se paraba delante de la verja, y míster

Murdstone salió a recibir al visitante. Mi madre le siguió. Yo también fui detrás, tímidamente.

Al llegar a la puerta del salón, que estaba a oscuras, mamá se volvió, y

cogiéndome en sus brazos, como acostumbraba a hacerlo antes, me murmuró que amara a

mi nuevo padre y le obedeciera. Hizo esto apresurada y furtivamente, como si fuera un

pecado, pero con mucha ternura, y después, dejando colgar un brazo, conservó en su

mano la mía hasta que llegamos cerca de donde él estaba esperando. Allí mamá soltó mi

mano y se agarró a su brazo.

Miss Murdstone había llegado. Era una señora de aspecto sombrío, morena como su

hermano, a quien se parecía mucho, tanto en el rostro como en la voz; con las cejas muy

espesas y casi juntas sobre una gran nariz, como si, al serle imposible a su sexo el llevar

patillas a los lados, se las hubiera cambiado de lugar. Traía consigo dos baúles negros y

duros como ella, con sus iniciales dibujadas en la tapa por medio de clavos de cobre.

Cuando pagó al cochero sacó el dinero de un portamonedas de acero, que luego metió en

un saco que era una verdadera prisión, que colgaba de su brazo con una cadena, y

chasqueaba al cerrarse. En mi vida he visto una persona tan metálica como miss

Murdstone.

La llevaron al salón con muchos aspavientos de bienvenida, y ella, solemnemente,

saludó a mi madre como a una nueva y cercana parienta. Después, mirándome, dijo:

-¿Es este su hijo, cuñada mía?

Mi madre me presentó.

-Por lo general, no me gustan los niños -dijo miss Murdstone-. ¿Cómo estás,

muchacho?

Bajo aquellas palabras acogedoras, le contesté que estaba muy bien, y que esperaba que

a ella le sucediera igual; pero con tal indiferencia y poca gracia, que miss Murdstone me

juzgó en tres palabras:

-¡Qué mal educado!

Después de decir esto con mucha claridad, pidió que hicieran el favor de enseñarle su

cuarto, que se convirtió desde entonces para mí en lugar de temor y de odio, donde nunca

se veían abiertos los dos baúles negros, ni a medio cerrar (pues asomé la cabeza una o dos

veces cuando ella no estaba) y donde una serie de cadenas con cuentas de acero, con las

que miss Murdstone se embellecía, estaban por lo general colgadas alrededor del espejo

con mucho esmero.

Según pude observar, había venido para siempre y no tenía la menor intención de

marcharse.

A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi madre y se pasó todo el día poniendo

las cosas en «orden» y cambiando todas las antiguas costumbres. La primera cosa rara

que observé en ella fue que estaba constantemente preocupada con la sospecha de que las

criadas tenían escondido un hombre en la casa. Bajo la influencia de aquella convicción

inspeccionaba la carbonera a las horas más intempestivas, y casi nunca abría la puerta de

un ropero o de una alacena oscura sin volverla a cerrar precipitadamente, en la creencia

de que le había encontrado.

Aunque miss Murdstone no tenía nada de aéreo, era una verdadera alondra tratándose

de madrugar. Se levantaba (y yo creo que desde esa hora ya buscaba al hombre) antes que

nadie hubiese dado señales de vida en la casa. Peggotty opinaba que debía de dormir con

un ojo abierto; pero yo no lo creía, pues había intentado hacerlo y me convencí de que era

imposible.

La primera mañana después de su llegada llamó antes de que cantara el gallo, y cuando

mi madre bajó para el desayuno y se puso a hacer el té, miss Murdstone, dándole un

cariñoso picotazo en la mejilla (era su manera de besar), le dijo:

-Ahora, Clara, querida mía, yo he venido aquí, como sabes, para evitarte todas las

preocupaciones que pueda. Tú eres demasiado bonita y demasiado niña (mi madre

enrojeció, sonriendo, y no parecieron disgustarle aquellos adjetivos) para tener sobre ti

tantos deberes penosos que puedo resolver yo. Por lo tanto, si te parece bien, dame las

llaves, querida mía, y en lo sucesivo yo me ocuparé de todas esas cosas.

Desde aquel momento miss Murdstone no se separó de las llaves; durante el día las

llevaba en su saquito de acero, y por la noche las metía debajo de la almohada, y mi

madre no tuvo que volver a ocuparse de ellas más que yo lo hacia.

Sin embargo, no abandonó su autoridad sin una sombra de protesta. Una noche en que

miss Murdstone había estado explicando ciertos proyectos domésticos a su hermano, que

los aprobaba, mi madre, de pronto, empezó a llorar y dijo que por lo menos podían

haberle consultado.

-¡Clara! -dijo míster Murdstone severamente- ¡Clara! ¡Me sorprendes!

-¡Oh! Es muy cómodo decir que te sorprende, Edward –exclamó mi madre-, y está muy

bien hablar de firmeza; pero a ti tampoco te hubiera gustado.

«Firmeza», según pude observar, era la gran cualidad de que los hermanos Murdstone

presumían. No sé si en aquella época habría sabido expresar qué entendía yo si me hubieran

obligado a hacerlo; pero desde luego comprendía claramente que aquella palabra

quería decir tiranía, y expresaba el terco, arrogante y diabólico carácter de los dos. Su

credo, como puedo establecerlo ahora, era este: míster Murdstone tenía gran firmeza;

nadie a su alrededor era tan fume como míster Murdstone; nadie de los que le rodeaban

debía ser firme en absoluto, pues todos debían doblegarse ante su firmeza. Miss

Murdstone era una excepción; podía ser firme, pero sólo relativamente y en un grado

inferior y tributario. Mi madre era otra excepción; podía ser firme y debía serlo, pero

solamente sometiéndose a su firmeza y creyendo firmemente que no había otra firmeza

sobre la tierra.

-Es muy duro -decía mi madre- que en mi propia casa…

-¿Mi propia casa? -repitió míster Murdstone-. ¡Clara!

-Nuestra propia casa quiero decir -balbució mi madre con miedo evidente-. Espero que

sepas lo que quiero decir, Edward. Es muy duro que en tu propia casa yo no pueda decir

una palabra sobre los asuntos domésticos. Y antes de casarme lo hacía bien, estoy segura.

Hay quien puede atestiguarlo -dijo mi madre sollozando-. Pregúntale a Peggotty si no lo

hacía bien cuando nadie se metía en ello.

-Edward -dijo miss Murdstone-, déjame poner fin a esto. Me marcho mañana.

-Jane –dijo su hermano-, cállate. ¿Es que no conoces mi carácter mejor de lo que tus

palabras indican?

-Puedes estar segura -dijo mi madre, que perdía terreno, deshecha en lágrimas- que no

quiero que se marche nadie. Sería muy desgraciada si te fueses. No pido mucho. Soy

bastante razonable. Sólo quiero que se me consulte de vez en cuando. Estoy muy

agradecida a todos los que me ayudan, y sólo deseo que se me consulte, aunque no sea

más que por cortesía, de vez en cuando. Yo antes creía que me querías precisamente por

ser una chiquilla sin experiencia, Edward, me lo asegurabas; pero ahora parece que me

odias por ello. ¡Eres tan severo!

-Edward -dijo miss Murdstone de nuevo-, te pido que me dejes poner fin a todo esto.

Me voy mañana.

-Jane -tronó su hermano—, ¿te quieres callar? ¿Cómo te atreves?

Miss Murdstone sacó de su prisión de acero el pañuelo y lo puso delante de sus ojos.

-¡Clara! -continuo él mirando a mamá-. Me sorprendes, me dejas atónito. En efecto;

para mí era una satisfacción el pensar que me casaba con una persona sencilla y sin

experiencia, y que yo formaría su carácter infundiéndole algo de esa firmeza y decisión

de la cual estaba tan necesitada. Pero cuando a Jane, que ha sido tan buena que por cariño

a mí quiere ayudarme en esta empresa y para ello está casi haciendo el oficio de un ama

de llaves; cuando veo que, en lugar de agradecérselo, le correspondes de una manera tan

baja…

-Edward, te lo ruego, te lo suplico -exclamó mi madre-; no me acuses de ingrata. Estoy

segura de que no lo soy. Nadie ha dicho nunca que lo fuera. Tengo muchos defectos, pero

ese no. ¡Oh, no! Te lo aseguro, querido.

-Cuando Jane encuentra, como digo -prosiguió cuando mi madre dejó de hablar-, una

recompensa tan baja, aquellos sentimientos míos se entibian y alteran.

-¡No digas eso, amor mío! -imploró mi madre-. ¡Oh, no, Edward! No puedo soportar el

oírtelo. A pesar de todo, soy cariñosa, sé que soy cariñosa. Si no estuviera segura de que

lo soy, no lo diría. Pregúntale a Peggotty. Estoy segura que te dirá que soy muy cariñosa.

-No hay ninguna debilidad, Clara –dijo míster Murdstone a modo de réplica—, por

grande que sea, que resulte importante para mí. Tranquilízate.

-Te lo ruego, seamos amigos -dijo mi madre- Yo no podría vivir entre la frialdad o la

dureza. ¡Estoy tan triste! Tengo muchos defectos, lo sé, y es mucha tu bondad, Edward,

que con tu entereza trates de corregirme. Jane, no volveré a hacer objeciones a nada, me

desesperaría que quisieras dejarnos…

Aquello era ya demasiado.

-Jane –dijo míster Murdstone a su hermana-, es muy raro que entre nosotros se crucen

palabras duras como estas, y espero que así siga siendo; y no ha sido culpa mía si por rara

casualidad ha sucedido esta noche. He sido arrastrado a ello por los demás. Tampoco ha

sido tu culpa, pues también has sido arrastrada por los demás. Tratemos los dos de olvidarlo.

Y como esto -añadió después de aquellas magnánimas palabras- no es una escena

edificante para un niño, David, vete a la cama.

Difícilmente pude encontrar la puerta a través de las lágrimas que me cegaban. ¡Estaba

tan triste por la pena de mi madre! Por fin encontré el camino y subí a mi habitación a

oscuras, pues no tuve valor ni para dar las buenas noches a Peggotty al pedirle una vela.

Cuando ella subió, buscándome, una hora después, me despertó y me dijo que mi madre

se había acostado bastante indispuesta y que míster Murdstone y su hermana seguían

sentados en el gabinete.

A la mañana siguiente, cuando bajaba, algo más temprano que de costumbre, la voz de

mi madre me detuvo en la puerta del comedor. Grave y humildemente pedía perdón a

miss Murdstone, que se lo concedió, y la reconciliación fue perfecta, Desde aquel día no

he visto a mi madre dar ninguna opinion sobre nada sin consultar primero con miss

Murdstone, o por lo menos sin tantear por medios seguros cuál era su opinion. Y nunca

he visto a miss Murdstone, cuando se encolerizaba (tenía esa debilidad), hacer ademán de

sacar las llaves para devolvérselas a mi madre sin ver, al mismo tiempo, a mamá

atemorizada. El matiz sombrío que había en la sangre de los Murdstone ennegrecía

también su religión, que era austera y terrible. Después he pensado que aquello resumía

su carácter y era una consecuencia necesaria de la firmeza de míster Murdstone, que no

podía consentir que nadie se librase de los más severos castigos imaginables. Sea como

sea, recuerdo muy bien los tremendos rostros con que solían it a la iglesia y cómo había

cambiado también aquello. De nuevo llega a mi memoria el terrible domingo. Yo entro el

primero en nuestro antiguo banco, como un cautivo a quien condujesen al oficio de

condenados. Miss Murdstone me sigue con su traje de terciopelo negro, que parece hecho

de un paño mortuorio; después entra mi madre; después su marido. Ahora Peggotty no

está con nosotros, como en los buenos tiempos. Miss Murdstone murmura las respuestas

y acentúa todas la palabras terribles con una cruel devoción. Y cuando dice «miserables

pecadores» sus ojos oscuros recorren la iglesia como si se refiriera a todos los presentes.

Mi madre mueve tímidamente los labios entre los dos hermanos, cuyas oraciones suenan

en sus oídos como un trueno lejano. Yo me pregunto con temor si no será posible que

nuestro anciano clérigo esté equivocado y si no tendrán razón míster Murdstone y su

hermana, y todos los ángeles del cielo serán ángeles destructores. Si muevo un dedo o el

menor músculo de la cara, miss Murdstone me da tal golpe con su libro de oraciones, que

me hace daño en el costado.

Sí; me parece ver todo de nuevo. Nuestro regreso a casa, en que observo que algunos

vecinos nos miran a mi madre y a mí cuchicheando. Y mientras ellos tres van delante,

sigo aquellas miradas y pienso si será realmente verdad que el paso de mi madre es

menos ligero y que la alegría de su belleza ha desaparecido. También me pregunto si los

vecinos recordarán, como yo, los tiempos en que veníamos los dos juntos de la iglesia ….

y pensando estúpidamente en estas cosas me paso triste todo el día.

En varias ocasiones se había hablado de enviarme a un colegio. Míster Murdstone y su

hermana lo habían propuesto y, como es natural, mi madre había estado de acuerdo. Sin

embargo, no habían decidido nada todavía, y entre tanto me hacían estudiar en casa.

¿Llegaré a olvidar algún día aquellas lecciones? Nominalmente era mi madre quien las

presidía, pero en realidad eran míster Murdstone y su hermana, quienes estaban siempre

presentes y encontraban en ello ocasión favorable para dar a mi madre lecciones de

aquella mal llamada firmeza, que era el tormento de nuestras existencias. Yo creo que me

retenían en casa sólo con ese objeto. Antes de que vinieran ellos yo tenía bastante

facilidad para aprender y me gustaba hacerlo. Recuerdo vagamente cómo aprendí a leer

sentado en las rodillas de mamá. Todavía hoy, cuando miro las grandes letras negras de la

cartilla, la novedad complicada de sus formas, el fácil recuerdo de la O, de la Q y de la S,

parece presentarse ante mí como entonces, y ese recuerdo no suscita en mí ningún

sentimiento de repugnancia ni tristeza. Por el contrario, me parece haber paseado a lo

largo de un sendero de flores hasta llegar al libro del cocodrilo, y haber sido ayudado

todo el camino por el cariño y la dulce voz de mi madre. Pero aquellas solemnes

lecciones que siguieron las recuerdo como un golpe mortal dado.a in¡ tranquilidad, como

una tarea diaria, penosa y miserable. Aquellas lecciones eran muy largas, muy

numerosas, muy difíciles (algunas perfectamente ininteligibles para mí), y además me

tenían siempre asustado, me parece que casi tanto como a mi pobre madre.

Voy a ver si recuerdo lo que solía suceder por las mañanas. Después del desayuno me

dirijo al gabinete con mis libros, mis cuadernos y mi pizarra. Mi madre está esperándome

sentada en su escritorio; sin embargo, no está tan preparada a oírme como su marido,

sentado en la butaca al lado de la ventana y fingiendo que lee un libro, o como miss

Murdstone, sentada a su lado engarzando sus eternas cuentas de acero. La vista de estos

dos personajes ejerce tal influencia sobre mí, que empiezo a sentir que se me escapan las

palabras, después de que me había costado tanto trabajo metérmelas en la cabeza; se

escapan todas para it no sé dónde. Me gustaría saber dónde van una a una.

Le doy el primer libro a mi madre; quizá es una gramática, quizá una historia o una

geografía. A1 ponerlo en sus manos lanzo una última y desesperada mirada a la página, y

me lanzo como un alud para ver si me da tiempo a recitarlo mientras todavía lo recuerdo

fresco. A1 poco rato me salto una palabra. Míster Murdstone levanta la vista de su libro.

Me salto otra palabra. Miss Murdstone la levanta también. Enrojezco y me salto lo menos

doce palabras; después me quedo mudo. Me doy cuenta de que mi madre querría enseñarme

el libro si se atreviera; pero que no se atreve, y me dice con dulzura:

-¡Oh Davy, Davy!

-Ahora, Clara, hay que tener firmeza con el chico -dice míster Murdstone-. No digas

«Davy, Davy> ; es una niñería. ¿Se sabe la lección o no se la sabe?

-¡No se la sabe! -interrumpe miss Murdstone con voz terrible.

-Realmente, me temo que no la sabe bien -dice mi madre.

-Entonces, Clara -insiste miss Murdstone-, lo mejor que puedes hacer es obligarle a que

vuelva a estudiarla.

-Eso es lo que iba a hacer, querida Jane -dice mi madre-. Vamos, Davy; empiézala otra

vez y no seas torpe.

Obedezco a la primera cláusula del mandato y empiezo de nuevo; pero no consigo

obedecer la segunda, pues estoy cada vez más torpe. Me detengo mucho antes de llegar

donde la vez anterior, en un punto que sabía no hacía dos minutos, y me paro a pensar.

Pero no puedo pensar en la lección. Pienso en el número de metros de tul que habrá

empleado en su cofia miss Murdstone, o en lo que habrá costado el batín de su hermano,

o en algún otro problema igual de ridículo, que no me importa nada y del que nada puedo

sacar. Míster Murdstone hace un movimiento de impaciencia, que yo esperaba desde

hacía bastante rato. Miss Murdstone lo repite. Mi madre los mira con sumisión, cierra el

libro y lo deja a un lado, como tarea atrasada que habrá que repetir cuando haya

terminado las demás.

Los libros que hay que repetir van aumentando como una bola de nieve, y cuanto más

aumentan más torpe me vuelvo. El caso es tan desesperado, y me parece que quieren llenarme

la cabeza de tantas tonterías, que pierdo la esperanza de salir bien de ello y me

dejo llevar por la suerte.

La desesperación con que mamá y yo nos miramos a cada equivocación mía es

profundamente melancólica. Pero lo más horrible de esas desgraciadas lecciones es

cuando mi madre, creyendo que nadie la ve, trata de orientarme con el movimiento de sus

labios. Al momento miss Murdstone, que está espiando para no dejar pasar nada, dice con

voz de profunda agresividad:

-¡Clara!

Mi madre se estremece, se sonroja y sonríe débilmente. Míster Murdstone se levanta de

su silla, coge el libro y me lo tira a la cabeza o me pega con él en las orejas; después me

saca de la habitación agarrándome por los hombros.

Si, por casualidad, las lecciones no han estado tan mal todavía me falta lo peor, bajo la

forma de un problema feroz. El mismo míster Murdstone lo ha inventado para mí y lo expone

oralmente. Empieza: «Si voy a una tienda de quesos y compro cinco mil quesos de

Gloucester a cuatro peniques y medio cada uno …». Entre tanto yo veo la secreta alegría

de miss Murdstone y medito sobre los quesos sin el menor resultado, sin el menor rayo de

luz hasta la hora de almorzar, en que ya estoy como un mulato a fuerza de restregar en la

pizarra. Entonces miss Murdstone me da un pedazo de pan seco para ayudarme a resolver

el problema, y se me considera castigado para toda la tarde.

Desde la distancia que da el tiempo, me parece que mis lecciones terminaban por lo

general de esta manera… Y yo habría sabido hacerlo si no hubieran estado ellos delante;

pero su influencia sobre mí era como la fascinación de dos serpientes sobre un pajarillo.

Y aun cuando pasara la mañana con un crédito tolerable, sólo ganaba con ello la comida;

pues miss Murdstone no podía soportar el verme sin tarea y, en cuanto se percataba de

que no hacía nada, llamaba la atención de su hermano sobre mí diciendo: «Clara, querida

mía, no hay nada como el trabajo; pon algún ejercicio a tu hijo», lo que me proporcionaba

nueva tarea. En cuanto a jugar y divertirme como los demás niños, no me lo consentían;

su sombrío carácter les hacía ver a todos los chiquillos como una raza de pequeñas

víboras (a pesar de que había habido un niño entre los discípulos) y decían que se

corrompían unos a otros.

El resultado natural de un tratamiento semejante y continuado durante unos seis meses

o más fue el de hacerme gruñón, sombrío y taciturno. Mucho influía en ello el que cada

vez trataban de separanne más y más de mi madre. Estoy seguro de que me hubiera

embrutecido por completo de no ser por una circunstancia.

Voy a contarla. En una habitación pequeña del último piso, a la que yo tenía acceso por

estar justo al lado de la mía, había dejado mi padre una pequeña colección de libros de los

que nadie se había preocupado. De aquella bendita habitación salieron, como gloriosa

hueste, a hacerme compañía, Roderich Ramdom, Peregrine Pickle, Humphrey Clinker,

Tom Jones, El vicario de Wakefield, Don Quijote, Gil Blas y Robinson Crusoe. Gracias a

ellos se conservó despierta mi imaginación y mi esperanza en algo mejor que aquella vida

mía. Ni ellos, ni Las mil y una noches, ni los cuentos de hadas, podían hacerme daño,

pues lo que hubieran podido tener de nocivo para mí yo no lo comprendía. Ahora me

sorprende cómo encontraba tiempo, en medio de mis sombrías preocupaciones, para leer

aquello. Y es curioso cómo me consolaban siempre en mis pequeñas pruebas (que a mí

me parecían enormes) al identificarme con los caracteres favoritos de ellas y al poner a

míster Murdstone y a su hermana entre todos los personajes malos.

Lo menos durante una semana fui Tom Jones, un infantil Tom Jones inocente o

ingenuo. Durante un mes y pico estuve convencido de que era Roderich Ramdom; lo

creía, por completo. También me entusiasmaron los relatos de viajes y aventuras (no

recuerdo ahora cuáles) que había en aquella biblioteca, y durante días y días recuerdo

haber recorrido mis regiones armado con un trozo de horma de zapatos y creyéndome la

más perfecta encarnación del capitán Fulano, de la marina real inglesa, en peligro de ser

atacado por los salvajes y resuelto a vender cara su vida. El capitán nunca perdía su

dignidad aunque recibiera bofetones por culpa de la gramática latina. Yo sí la perdía;

pero el capitán era un capitán y un héroe a pesar de todas las gramáticas y de todas las

lenguas, fueran muertas o vivas.

Este era mi único y constante consuelo. Cuando pienso en ello veo siempre ante mi

espíritu una tarde de verano: los chicos jugaban en el cementerio, y yo, sentado en mi

cama, leía como si en ello me fuera la vida. Todas las casas de la vecindad, todas las

piedras de la iglesia y todos los rincones del cementerio, en mi espíritu se asociaban con

aquellos libros y representaban alguno de los sitios hechos célebres en ellos. Yo he visto

a Tom Pipes escalar al campanario de la iglesia, y he visto a Strap con su mochila al

hombro descansando sentado encima de la tapia, y sabía que el comodoro Trunnion

presidía un club con míster Pickle en la salita de la taberna de nuestra aldea.

El lector sabe ahora tan bien como yo todo lo que era al llegar a este punto de mi

infantil historia. Voy a reanudarla.

Aquella mañana, cuando llegué al gabinete con mis libros, encontré a mi madre con

rostro preocupado, a miss Murdstone con su aire de firmeza y a su hermano trenzando

algo alrededor de la contera de su bastón, un bastón flexible de junco, que cuando yo

entré empezó a cimbrear en el aire.

-Cuando te digo, Clara, que a mí me han azotado muchas veces.

-Es la pura verdad —dijo miss Murdstone.

-Ciertamente, mi querida Jane -balbució con timidez mi madre-; pero ¿crees que eso le

ha hecho a Edward mucho bien?

-¿Y tú crees que le ha hecho a Edward mucho mal, Clara? -preguntó míster Murdstone

gravemente.

-Esa es la cuestión –dijo su hermana.

A esto mi madre contestó: «Ciertamente, mi querida Jane», y no dijo más.

Sentí que estaba interesado personalmente en aquel diálogo, y traté de indagar en los

ojos de míster Murdstone, en el momento en que se fijaban en los míos.

-Ahora, Davy -me dijo, y vi de nuevo su mirada hipócrita-, tienes que prestar más

atención que nunca.

Hizo de nuevo vibrar el junco, y después, habiendo terminado sus preparativos, lo

colocó a su lado con una expresiva mirada y cogió un libro.

Era una buena manera de darme presencia de ánimo para empezar. Sentí que las

palabras de mi lección huían, no una por una, como otras veces, ni línea por línea, sino

por páginas enteras. Traté de atraparlas; pero parecía, si puedo expresarlo así, que se

habían puesto patines y se deslizaban a una velocidad vertiginosa.

Empezamos mal y seguimos peor. Aquel día había llegado casi con la seguridad de que

iba a destacar convencido de que estaba muy bien preparado; pero resultó que era una

equivocación mía. Libro tras libro fueron desfilando todos hacia el contingente de los que

había que volver a estudiar. Miss Murdstone no nos quitaba ojo, y cuando, por fin, llegamos

a los cinco mil quesos (recuerdo que aquel día me hicieron contar a golpes), mi

madre se echó a llorar.

-¡Clara! —dijo miss Murdstone con su voz de reproche.

-Creo que no me encuentro bien, querida Jane -dijo mi madre.

Le vi mirar solemnemente a su hermana, mientras se levantaba y decía cogiendo su

bastón:

-Es imposible, Jane, pedir a Clara que soporte con perfecta firmeza la pena y el

tormento que Davy le ha ocasionado hoy. Eso sería ya estoicismo. Clara va siendo cada

vez más fuerte; pero eso sería pedirle demasiado. David, vamos arriba juntos.

Cuando ya estábamos fuera de la habitación mi madre corrió tras de nosotros. Miss

Murdstone, dijo: «¡Clara! ¿Te has vuelto loca?», y la detuvo. Yo la vi detenerse

tapándose los oídos y escuché sus sollozos.

Murdstone me acompañó a mi habitación despacio y gravemente (estoy seguro de que

le deleitaba toda aquella formalidad de justicia ejecutiva), y cuando llegamos cogió de

pronto mi cabeza debajo de su brazo.

-¡Míster Murdstone, Dios mío! -le grité-. Se lo suplico, ¡no me pegue! Le aseguro que

hago lo posible por aprender; pero con usted y su hermana delante no puedo recitar.

¡Verdaderamente es que no puedo!

-¿Verdaderamente no puedes, David? Bien, ¡lo veremos!

Tenía mi cabeza sujeta como en un tubo; pero yo me retorcía a su alrededor rogándole

que no me pegase. Se detuvo un momento, pero sólo un momento, pues un instante después

me pegaba del modo más odioso. En el momento en que empezó a azotarme yo

acerqué la boca a la mano que me sujetaba y la mordí con fuerza. Todavía siento rechinar

mis dientes al pensarlo.

Entonces él me pegó como si hubiera querido matarme a golpes. A pesar del ruido que

hacíamos, oí correr en las escaleras y llorar. Sí; oí llorar a mamá y a Peggotty. Después se

marchó, cerrándome la puerta por fuera y dejándome tirado en el suelo, ardiendo de

fiebre, desgarrado y furioso.

¡Qué bien recuerdo, cuando empecé a tranquilizarme, la extraña quietud que parecía

reinar en la casa! ¡Qué bien recuerdo lo malo que empezaba a sentirme cuando la cólera y

el dolor fueron pasando!

Estuve escuchando largo rato; pero no se oía nada. Me levanté con trabajo del suelo y

me miré al espejo. Estaba tan rojo, hinchado y horrible, que casi me asusté. Me dolían los

huesos, y cada movimiento me hacía llorar; pero aquello no era nada al lado de mi

sentimiento de culpa. Estoy seguro de que me sentía más culpable que el más temible criminal.

Empezaba a oscurecer y cerré la ventana. Durante mucho rato había estado con la

cabeza apoyada en los cristales, llorando, durmiendo, escuchando y mirando hacia fuera.

De pronto oí el ruido de la llave y entró miss Murdstone con un poco de pan y carne y

una taza de leche. Lo puso todo encima de la mesa, sin decir nada, y mirándome con

ejemplar firmeza. Después se marchó, volviendo a cerrar la puerta tras de sí.

Era ya de noche, y yo continuaba sentado en el mismo sitio, con la esperanza de que

viniera alguna otra persona. Cuando me convencí de que ya aquella noche no volvería

nadie, me acosté, y en la cama empecé a meditar con temor en lo que sería de mí en lo

sucesivo. ¿Lo que había hecho era un crimen? ¿Me meterían en la cárcel? ¿No habría

peligro de que me ahorcasen?

No olvidaré nunca mi despertar a la mañana siguiente: el sentimiento de alegría y

descanso en el primer momento, y después la opresión de los recuerdos. Miss Murdstone

reapareció antes de que me hubiera levantado, y me dijo en pocas palabras que si quería

podía pasearme por el jardín durante media hora, pero nada más. Después se retiró, dejando

la puerta abierta para que disfrutara, si quería, del permiso.

Así continuaron las cosas durante los cinco días que duró mi cautiverio. Si hubiera

podido ver a mi madre sola, me habría arrojado de rodillas ante ella pidiéndole perdón;

pero sólo veía a miss Murdstone, pues, aunque para las oraciones de la tarde me sacaban

del cuarto, iba escoltado por ella y llegaba cuando ya todos estaban colocados. Después

me dejaban solo al lado de la puerta, como si fuera un criminal; y en cuanto terminaban,

mi carcelera me devolvía al encierro antes de que nadie se hubiera levantado. Pude

observar que mi madre estaba lo más lejos posible de mí y que además volvía la cabeza

hacia otro lado. Así es que nunca pude verla. Míster Murdstone llevaba la mano envuelta

en un pañuelo de hilo.

De lo largos que se me hicieron aquellos cinco días no sé ni dar idea. En mis recuerdos

los cuento como años. Los ratos que pasaba escuchando todos los incidentes de la casa

que podían llegar a mis oídos; el sonido de las campanillas, el abrir y cerrar de las

puertas, el murmullo de voces, los pasos en la escalera; las risas, los silbidos, la gente

cantando fuera, y todo me parecía horriblemente triste en medio de mi soledad y mi

desgracia. El incierto paso de las horas, principalmente por la noche, cuando me

despertaba creyendo que ya era la mañana y me percataba de que todavía no se habían

acostado en casa. Los sueños y pesadillas deprimentes. Por las mañanas, a mediodía y en

la hora de la siesta, cuando los chicos jugaban en el cementerio, los miraba desde muy

dentro de la habitación, avergonzado de que pudieran verme en la ventana y supieran que

estaba prisionero. La extraña sensación de no oírme nunca hablar. Los ligeros intervalos

de algo corno alegría que llegaba con las horas de la comida y se iba con ellas. Y una

tarde recuerdo la caída de la lluvia, con su olor a tierra fresca; caía entre la iglesia y yo,

cada vez más deprisa, hasta que llegó la noche y me pareció que me envolvía en sus

sombras con mis remordimientos. Todo esto se conserva tan grabado en mis recuerdos,

que juraría que habría durado años.

La última noche de mi encierro me desperté al oír mi nombre pronunciado en un soplo.

Me senté en la cama y extendí los brazos en la oscuridad, diciendo:

-¿Eres tú, Peggotty?

No obtuve contestación inmediata; pero enseguida volví a oír mi nombre en un tono tan

misterioso, que si no se me hubiera ocurrido que la voz salía de la cerradura me habría

dado un ataque.

Salté a la puerta y puse mis labios en la cerradura, murmurando:

-¿Eres tú, Peggotty?

-Sí, Davy querido –contestó ella-; pero trata de hacer menos ruido que un ratón, porque

si no el gato lo oirá.

Comprendí que se refería a miss Murdstone y me di cuenta de la urgencia del caso,

pues su habitación estaba pared por medio de la mía.

-¿Cómo está mamá, querida Peggotty? ¿Se ha enfadado mucho conmigo?

Pude oír que Peggotty lloraba dulcemente por su lado, como yo por el mío; después me

contestó:

-No; no mucho.

-¿Y qué van a hacer conmigo, Peggotty? ¿Lo sabes tú?

-Un colegio, cerca de Londres -fue la contestación de Peggotty.

Tuve que hacérselo repetir, pues me había olvidado de quitar la boca del ojo de la llave,

y sus palabras me cosquillearon, pero no entendí nada.

-¿Cuándo, Peggotty?

-Mañana.

-¡Ah! ¿Es por eso por lo que miss Murdstone ha sacado toda la ropa de mis cajones?

(Pues lo había hecho, aunque yo he olvidado mencionarlo.)

-Sí -dijo Peggotty-La maleta.

-¿Y no veré a mamá?

-Sí -dijo Peggotty-, por la mañana.

Y entonces Peggotty pegó su boca contra la cerradura y pronunció las siguientes

palabras, con tal emoción y gravedad, que nunca ninguna cerradura en el mundo habrá

oído otras semejantes. Y dejaba escapar cada fragmento de frase como una convulsive

explosión de sí misma:

-Davy querido: ya sabes que si últimamente no he estado tan unida a ti como de

costumbre no es que haya dejado de quererte sino todo lo contrario. Es que me parecía lo

mejor para ti y para otra persona. Davy querido, ¿me oyes? ¿Quieres oírme?

-Sí, sí, sí, sí, Peggotty -sollocé.

-¡Hijo mío! -dijo Peggotty con infinita compasión-. Lo que quiero decirte es que no

debes olvidarme nunca, pues yo nunca te olvidaré a ti y cuidaré mucho de tu madre,

Davy, como nunca te he cuidado a ti, y no la abandonaré. Puede llegar un día en que le

guste apoyar su pobre cabecita en el brazo de la estúpida y loca Peggotty. Y te escribiré,

querido mío, aunque no lo haga bien. Y yo, yo, yo.

Peggotty se puso a besar la cerradura, como no podía besarme a mí.

-¡Gracias, querida Peggotty, gracias, gracias! ¿Quieres prometerme también otra cosa,

Peggotty? ¿Quieres escribir a míster Peggotty, a la pequeña Emily y a mistress Gudmige

y a Ham, diciéndoles que no soy tan malo como podrían suponer, y que les envío todo mi

cariño, sobre todo a Emily? ¿Quieres hacerlo, por favor, Peggotty?

Me lo prometió con toda su alma, y ambos besamos la cerradura con mucho cariño. Yo

además la acaricié con la mano (lo recuerdo) como si hubiera sido su rostro honrado.

Desde aquella noche siento por Peggotty algo que no sabría definir. No era que

reemplazase a mi madre, eso nadie hubiera podido hacerlo; pero llenaba un vacío en mi

corazón que se cerró dejándola dentro, algo que no he vuelto a sentir nunca por nadie; un

afecto que podría ser cómico, pero que pienso que si se hubiera muerto no sé lo que

habría sido de mí, ni cómo hubiera salido de aquella tragedia.

Por la mañana, miss Murdstone apareció como de costumbre y me dio la noticia de mi

partida, lo que no me sorprendió, como ella suponía. También me informó de que cuando

estuviera vestido bajase al comedor a tomar el desayuno. Allí encontré a mi madre, muy

pálida y con los ojos rojos. Corrí a su brazos y le pedí perdón desde el fondo de mi alma.

-¡Oh Davy! -exclamó ella-. ¿Cómo has sido capaz de hacer daño a una persona a la que

yo quiero? Trata de ser mejor. Ruega a Dios que te cambie. Te perdono; pero soy desgraciada,

Davy, cuando pienso que tienes esas malas pasiones.

La habían convencido de que yo era muy malo, y eso la entristecía más que mi partida.

Lo sentí vivamente. Traté de tomar el desayuno; pero mis lágrimas caían en el pan con

manteca y rociaban el té. Vi que mi madre me miraba y después lanzaba una ojeada a

miss Murdstone, que estaba allí de plantón a nuestro lado; después miraba al suelo o a lo

lejos.

-¡La maleta del señorito, aquí! -dijo miss Murdstone cuando se oyó el rodar del carro

ante la verja.

Miré, buscando a Peggotty; pero no estaba. Tampoco apareció míster Murdstone. Mi

antiguo amigo el cochero me esperaba en la puerta. Metieron la maleta en el carro.

-¡Clara! -dijo miss Murdstone en su tono de reproche.

-Estoy dispuesta, Jane mía -contestó mi madre-. Adiós, Davy; si vas, es por tu bien.

¡Adiós, hijo mío! Volverás para las vacaciones. Te lo ruego, sé bueno.

-¡Clara! -repitió miss Murdstone.

-Vale, mi querida Jane —dijo mi madre, que me tenía en sus brazos-. Te perdono, hijo

mío, y ¡que Dios te bendiga!

-¡Clara! -repitió miss Murdstone, y fue tan buena, que me acompañó al carro.

Por el camino me dijo que esperaba que me arrepentiría antes de tener un mal fin.

Subí al coche, y el perezoso caballo lo arrastró.

CAPÍTULO V

ME ALEJAN DEL HOGAR

Habíamos andado como una media milla y mi pañuelo estaba completamente

empapado cuando el carro se paró bruscamente.

Miré para ver lo que pasaba, y con gran asombro vi a Peggotty surgiendo de un arbusto

y encaramándose en el carro. Me cogió en sus brazos y me estrechó contra el corsé con

tal fuerza, que casi me deshizo la nariz, aunque yo no me di cuenta de ello hasta después

de un rato, al ver que me dolía. Peggotty no pronunció palabra. Soltándome con uno de

los brazos, se lo hundió en el bolsillo hasta el codo y sacó unos paquetes llenos de dulces,

que introdujo en los míos, y puso entre mis manos una bolsa, todo sin desplegar los

labios. Después, dándome otro abrazo de despedida, bajó del carro y se marchó

corriendo; estoy seguro de que se fue sin un solo botón en la blusa. Yo cogí uno, entre

varios que habían caído a mi alrededor, y lo guardé durante mucho tiempo como un

tesoro.

El carretero me miró, como preguntándome si ya no volvería. Sacudí la cabeza y le dije

que creía que no.

-Entonces ¡en marcha! -le dijo a su caballo.

Y, efectivamente, este se puso en marcha.

Después de llorar cuanto me fue posible empecé a comprender que no conducía a nada

el llorar de aquel modo, principalmente porque ni Roderich Ramdom ni el capitán de la

marina real inglesa habían llorado nunca, ni aun en las situaciones más críticas. El

carretero, viéndome con aquella resolución—me propuso poner a secar el pañuelo en el

lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo, y el pañuelo me parecía ridículamente

pequeño colocado allí.

No tardé en examinar la bolsa. Era un portamonedas fuerte de cuero, que contenía tres

chelines muy brillantes, evidentemente pulidos con esmero por Peggotty para mi mayor

satisfacción; pero, su más precioso tesoro eran dos medias coronas, que encontré

envueltas en un papelito, en el que se leía, de letra de mi madre: «Para Davy, con mi

cariño».

Esto me conmovió de tal manera, que pedí a Barkis (el cochero se llamaba así) que

tuviera la bondad de devolverme mi pañuelo; pero me contestó que le parecía más

prudente que siguiera sin él, y comprendiendo que tenía razón, me sequé los ojos con la

manga y dejé de llorar.

Había dejado de llorar del todo; pero a consecuencia de mis emociones, todavía me

sacudía de vez en cuando un profundo sollozo.

Después de haber viajado así durante un rato pregunté a Barkis si iba a llevarme él todo

el camino.

-¿Todo el camino a dónde? -me preguntó.

-Allí -dije.

-¿Y dónde es allí? -insistió el hombre.

-Cerca de Londres –dije.

-Pero este caballo -me contestó, sacudiendo las riendas para que le mirase- estaría más

muerto que un cochinillo asado antes de la mitad del camino.

-¿Entonces no va usted más que a Yarmouth? -pregunté.

-Eso es -dijo Barkis-. Allí tendrás que tomar la diligencia, y la diligencia te llevará

hasta… donde vas.

Como esto era mucho hablar para él, pues ya observé en un capítulo precedente que era

hombre flemático y nada charlatán, le ofrecí un bizcocho en agradecimiento, y se lo

zampó de un bocado, exactamente como lo hubiera hecho un elefante, y en su rostro no

se observó más impresión de la que se hubiera observado en el del elefante.

-¿Es ella quien los ha hecho? -preguntó, inclinado, como siempre, hacia delante y con

un brazo sobre cada rodilla.

-¿Se refiere usted a Peggotty?

-Sí –contestó Barkis.

-Sí; en casa es ella quien hace los pasteles y toda la cocina.

-Según eso, ¿lo hace ella?

Y Barkis puso la boca como si fuera a silbar, pero no silbó. Se inclinó a mirar las orejas

de su caballo, como si viera en ellas algo nuevo, y así continuó durante mucho tiempo.

-¿Y amorcillos no habrá, supongo?

-¿Se refiere usted a los amorcillos de dulce, míster Barkis? -pregunté, creyendo que le

apetecían.

-Novios -dijo Barkis-. Noviazgos. ¿No habla nadie con ella?

-¿Con Peggotty?

-Sí.

-¡Oh, no! Nunca ha tenido novio.

-¿Nunca lo ha tenido?

Y de nuevo Barkis puso la boca como si fuera a silbar y no silbó, y volvió a la

contemplación de las orejas de su caballo.

-Según eso -dijo después de un largo rato de reflexión- ¿ella es quien hace todas las

tartas de manzana y toda la cocina?

Respondí que así era.

-Bien, pues voy a decirte una cosa -me dijo Barkis-. ¿Tú piensas escribirle?

-Sí que pienso -respondí.

-¡Ah! -dijo, volviéndose a mirarme lentamente—. ¡Bien! Si le escribes, ¿te importaría

decirle que Barkis está dispuesto?

-¿Que Barkis está dispuesto? -repetí con inocencia—. ¿Nada más?

-Sí –dijo lentamente-. Sí: «Barkis está dispuesto».

-Pero usted volverá mañana a Bloonderstone, míster Barkis -dije algo emocionado, al

pensar que yo, en cambio, estaría muy lejos-. ¿No podría decírselo usted mismo?

Rechazó aquella sugerencia con un movimiento de cabeza a insistió en su encargo,

diciendo con profunda gravedad: «Barkis está dispuesto». Ese era el mensaje. Yo estaba

decidido a transmitírselo; y aquella misma tarde, mientras esperaba a la diligencia en el

hotel de Yarmouth pedí papel y pluma y escribí a Peggotty:

«Mi querida Peggotty: He llegado aquí bien. "Barkis está dispuesto." Mis cariños a

mamá. Tu afectuoso, DAVY.

» P. D. Dice que quiere que sepas muy particularmente que "Barkis está dispuesto".»

Cuando le prometí cumplir su sugerencia, Barkis volvió a caer en profundo silencio, y

yo, sintiéndome agotado por todo lo sucedido en los últimos días, caí encima de un saco y

me quedé dormido.

Duró mi sueño hasta llegar a Yarmouth, que por cierto en el hotel en que nos detuvimos

me pareció un Yarmouth tan distinto al que yo recordaba, que perdí la esperanza que había

acariciado de encontrarme con alguien de la familia Peggotty. ¡Quién sabe! ¡Quizá

hasta con Emily!

La diligencia estaba ya en el patio, muy limpia y reluciente, pero sin los caballos, y al

verla así parecía increíble que pudiera llegar nunca hasta Londres. Pensaba en esto y me

preocupaba lo que sería de mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del patio,

marchándose después con su carro), y también meditaba en mi suerte futura cuando por

una ventana en la que había colgadas aves y algunos embutidos se asomó una señora y

dijo:

-¿Es ese el viajero procedente de Bloonderstone?

-Sí, señora -le dije.

-¿Cómo se llama usted? -insistió la señora.

-Copperfield.

-No, no es eso -replicó la señora-; la comida está encargada a otro nombre.

-¿Será a nombre de Murdstone? -le pregunté.

-Si se llama usted Murdstone, ¿por qué ha dicho otro nombre primero? -preguntó la

mujer.

Le expliqué lo que era, y ella entonces tocó una campanilla y ordenó:

-William, conduce a este caballero al comedor.

Al oír esto, un camarero que salía corriendo del lado opuesto del patio me miró y

pareció muy sorprendido al ver que sólo se trataba de mí.

El comedor era una habitación enorme, rodeada de mapas. Dudo que me hubiera

sentido más confuso si los mapas hubieran sido verdaderos países extranjeros donde

hubiera caído de improviso. Me parecía que era un atrevimiento enorme el de sentarme

allí, con la gorra en la mano, en el borde de la silla más cercana a la puerta. Y cuando el

camarero extendió un mantel para mí y puso el salero encima, sentí que me ponía rojo de

vergüenza.

Después trajo unas fuentes con chuletas y legumbres. Pero colocaba las cosas de un

modo tan brusco, que yo estaba asustado y con temor de haberle ofendido. Me tranquilicé

mucho cuando, poniendo una silla para mí delante de la mesa, me dijo cordialmente:

-Vamos, gigante, siéntate.

Le di las gracias y me senté; pero me parecía dificilísimo manejar el cuchillo y el

tenedor con algo de soltura y no mancharme con la salsa mientras él continuara enfrente

sin dejar de mirarme y haciéndome ruborizar de la manera más horrible cada vez que mis

ojos se encontraban con los suyos. Cuando me vio empezar la segunda chuleta me dijo:

-Le traigo media pinta de cerveza; ¿la quiere usted ahora?

Le di las gracias y le dije que sí.

Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la luz para enseñarme el hermoso color

que tenía.

-¡Pardiez! -dijo-, es buena cantidad.

-Sí es buena cantidad -le contesté con una sonrisa, pues estaba encantado de verle tan

amable. Tenía los ojos muy brillantes, las mejillas muy coloradas y los cabellos tiesos. Y

en aquel momento, con un puño en la cadera y en la otra mano el vaso lleno de cerveza,

tenía un aspecto de lo más campechano.

-Ayer llegó aquí un caballero -dijo-, un caballero muy grueso, que se llamaba

Topsawyer; quizá le conoce usted.

-No, no creo…

-Llevaba pantalones cortos, polainas y sombrero de ala ancha, un traje gris y tapabocas

-dijo el camarero.

-No –dije confuso-, no tengo ese gusto…

-Pues vino aquí -continuó el mozo mirando la luz a través del vaso- y pidió un vaso de

esta misma cerveza y se empeñó en beberla. Yo le dije que no debía hacerlo; pero se la

bebió y cayó muerto instantáneamente. Era demasiado fuerte para él. No debían volver a

servirla.

Me impresionó muchísimo aquel triste accidente, y dije que en vez de cerveza pensaba

tomar un poco de agua.

-Pero lo malo -dijo el camarero, mirando todavía la luz a través del líquido y

guiñándome un ojo- es que los amos se disgustan si se dejan las cosas después de pedidas.

Se ofenden. Lo que sí se puede hacer, si le parece bien, es que yo me la beba; estoy

acostumbrado, y la costumbre es todo. No creo que pueda hacerme daño, sobre todo si

echo bien la cabeza hacia atrás y la bebo deprisa. ¿Quiere usted?

Le contesté que lo agradecería; pero sólo en el caso de que pudiera hacerlo sin el menor

peligro; de no ser así, de ninguna manera. Cuando le vi echar la cabeza hacia atrás y beberla

deprisa, confieso que sentí un miedo horrible de verlo caer muerto como a míster

Topsawyer. Pero no le hizo daño; por el contrario, hasta me pareció que le sentaba bien.

-¿,Qué estábamos comiendo? -dijo después, metiendo un tenedor en mi plato- ¡Ah!

¿Chuletas?

-Sí, chuletas –dije.

-¡Dios me bendiga! -exclamó-. No sabía que fueran chuletas. Precisamente es lo único

para evitar los malos efectos de esta cerveza. ¡Cuánta suerte tenemos!

Con una mano me cogió una chuleta, con la otra, una patata, y lo comió con el mayor

apetito. Yo estaba radiante. Después cogió otra chuleta y otra patata; después otra patata

y otra chuleta. Cuando terminó, me trajo un pudding, y sentándose enfrente de mí rumió

algo entre dientes, como si estuviera pensando en otra cosa durante unos minutos.

-Qué, ¿cómo está ese bizcocho? –dijo de pronto.

-Es un pudding -le contesté.

-¡Pudding! -exclamó-. ¡Dios me bendiga! ¿De verdad es pudding? ¡Cómo! -dijo

mirándolo más de cerca—. ¿Pero no será un pudding de frutas?

-Sí, precisamente.

-Es que el pudding de frutas -dijo cogiendo una gran cuchara- es lo que más me gusta.

¿No es una suerte? Vamos, pequeño, ¡a ver cuál de los dos lo come más deprisa!

Como es natural, él era quien comía más deprisa. De vez en cuando me animaba para

que intentara adelantarle; pero no había competencia posible entre su cucharón de servir

y mi cucharilla de café, entre su agilidad y la mía, entre su apetito y el mío; tanto es así,

que desde el primer momento perdí las esperanzas de ganarle. Pienso que nunca he visto

a nadie saborear un pudding de aquel modo, y después de terminar, todavía se reía como

si lo estuviera saboreando.

Le encontré tan amable que me atreví a pedirle pluma, tinta y papel para escribir a

Peggotty. No sólo me lo trajo al momento, sino que estuvo mirando por cncima do mi

hombro mientras escribía la carta. Cuando terminé me preguntó que a qué escuela me

mandaban. Yo dije:

-A una cerca de Londres –que era lo que sabía.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó mirándome con compasión-. ¡Cuánto lo siento!

-¿Por qué? -le pregunté.

-Porque -dijo moviendo la cabeza- esa es la escuela donde han roto a un muchacho dos

costillas, a un niño. Tendría, vamos a ver.. ¿Cuántos años tienes?

Le dije que ocho y medio.

-¡Precisamente su edad! -dijo-. Ocho años y seis meses tenía cuando le rompieron la

primera costilla, y ocho años y ocho meses cuando le rompieron la segunda, y murió a

consecuencia de ello.

No pude disimular ante mí mismo ni ante el camarero la impresión que me hacía

aquella desgraciada coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Su contestación no

fue para animarme, pues consistió en estas terribles palabras:

-De una paliza.

El ruido de la diligencia en el patio fue una distracción oportuna, que me hizo preguntar

algo confuso y en un tono entre orgulloso y desafiante, si le debía algo.

-Un pliego de papel -me contestó—. ¿Has comprado alguna vez papel de cartas?

No recordaba haberlo comprado nunca.

-Es raro -dijo- a causa de los derechos. Tres peniques. Es la tarifa en esta región. Y no

creo que lo tenga nadie, excepto el camarero. La tinta no se cuenta; soy yo quien pierde

en ello.

-¿Y qué sería…. cuánto sería…, cuánto daré…, cuánto será razonable para pagar al

camarero? Dígame -balbucí enrojeciendo.

-Si no tuviera una familia y esta familia no estuviera ahora enferma -dijo el camarerono

aceptaría seis peniques. Si no tuviera que sostener a una madre anciana y a una

encantadora hermanita (al llegar aquí pareció muy conmovido), no aceptaría ni un cuarto

de penique. Si tuviera un buen sueldo y me trataran bien, sería yo el que de buena gana

ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de los desperdicios y duermo en la

carbonera… (Al llegar a esto el camarero se deshizo en lágrimas.)

Me conmovieron mucho sus desgracias y sentí que una propina menor de nueve

peniques demostraría un corazón muy duro. Así es que le di uno de mis relucientes

chelines. Lo recibió con muchas bendiciones, y un momento después lo hacía sonar con

la uña, para estar seguro de que no era malo.

Lo que me desconcertó bastante al ir a subirme al coche fue observar que todos

suponían que me había comido el almuerzo sin ayuda de nadie. Lo descubrí porque oí a

la señora de la ventana, que le decía al cochero: «George, cuida bien de ese niño, no vaya

a reventar». Y también al ver que todas las criadas de la casa se acercaban a

contemplarme como a un fenómeno.

Mi desgraciado amigo el camarero, que había recobrado todo su buen humor, no

parecía turbado lo más mínimo, y se unía a la admiración general sin la menor vergüenza.

Aun no teniendo la menor duda de él, esto podia haberme hecho dudar; pero creo que,

con la sencilla confianza de los niños y el natural respeto que se tiene a esa edad por los

que son mayores (cualidad que me entristece mucho ver que los niños pierden tan

prematuramente), no se me ocurrió sospechar de él ni aun entonces.

Sin embargo, debo confesar que me molestaba mucho ser el objeto de las bromas entre

el cochero y el conductor, y estar oyéndoles, sin poder protestar, decir cosas como que el

coche se inclinaba por el peso hacia donde yo estaba, y que sería mucho mejor para mí

viajar en furgón. La historia de mi supuesto apetito se extendió pronto entre los viajeros,

a los que también divirtió mucho, y me preguntaban si en la escuela iba a pagar como si

fuésemos dos hermanos o tres, y que si el contrato lo habían hecho en las mismas

condiciones que para los demás, y otras muchas cosas semejantes. Pero lo peor de todo

era que estaba convencido de que no me atrevería a comer nada cuando llegara la hora, y

que, después de haber comido poco, tendría que aguantar toda la noche el hambre, pues

en mi prisa había dejado olvidados los pasteles de Peggotty en el hotel. En efecto, mis

temores se confirmaron; pues cuando nos detuvimos para cenar, no tuve valor para tomar

nada, aunque tenía hambre, y me senté al lado de la chimenea, diciendo que no quería

nada. Esto no me libró de nuevas bromas, pues un caballero de voz ronca y rostro rojizo,

que había estado comiendo sandwiches todo el camino, excepto cuando bebía vino, dijo

que yo debía de ser como las boas, que en una comida tornan lo suficiente para unos

cuantos días; después de lo cual se sirvió un trozo enorme de carne cocida.

Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tarde y debíamos llegar a Londres a eso

de las ocho de la mañana si: Terminaba el verano y la noche era hermosa.

Cuando atravesábamos una aldea, yo trataba de figurarme cómo sería el interior de sus

casas y los que las habitaban; y cuando los chicos se encaramaban en el estribo de la diligencia,

pensaba si tendrían padres y si serían felices en sus casas. Como se ve, no dejaba

de pensar un momento, aunque lo que más me preocupaba era el sitio donde me dirigía,

horrible motivo de reflexión. A veces recuerdo que me ponía a pensar en mi casa y en

Peggotty, y trataba confusamente de recordar cómo sentía y qué clase de niño era antes

de haber mordido a míster Murdstone; pero no lo conseguía. Me parecía que aquello

databa de la más remota antigüedad.

La noche fue menos alegre que la tarde, porque hacía frío. A mí me colocaron entre dos

caballeros (el de la cara roja y otro), por precaución no me fuera a caer. Y aquellos dos

señores, a cada cabezada que daban al dormir casi me despachurraban. Algunas veces me

oprimían tanto, que no podía por menos de gritar: «¡Oh, por favor»!, lo que les molestaba

extraordinariamente.

Enfrente llevaba a una señora vieja, envuelta en una capa de piel, y que en la oscuridad

más parecía un almiar que una señora, de tal modo iba empaquetada. Dicha señora

llevaba consigo una cesta que durante mucho tiempo estuvo sin saber dónde ponerla,

hasta que se le ocurrió meterla debajo de mis piernas, que eran las más cortitas. Aquello

era un horrible tormento y me hacía desgraciado, pues no dejaba de rozarme un instante.

Al menor movimiento la loza que contenía la cesta chocaba contra alguna otra cosa, y

entonces la señora me daba un golpe terrible con el pie y me decía:

-¿Quieres estarte quieto? ¡Tan chico y tan inquieto!

Por último, empezó a amanecer, y entonces me pareció que mis compañeros dormían

más tranquilos, desapareciendo las dificultades con que luchaban durante la noche y que

habían encontrado expresión en los más horribles ronquidos y resoplidos concebibles.

Conforme el sol subía, su sueño era más ligero, y poco a poco se iban despertando.

Recuerdo cómo me sorprendió muchísimo la comedia de todos asegurando que no habían

dormido en absoluto, y la extraña indignación con que lo aseguraban. Todavía persiste en

mí el sentimiento de asombro de aquel día, pues he observado invariablemente que, de

todas las debilidades humanas, la que menos dispuesto se está a reconocer es la de haber

dormido yendo en coche.

Lo extraño que me pareció Londres cuando lo vi a distancia, el convencimiento que

tenía de que todas las aventuras de mis héroes favoritos se renovaban allí, y cómo me

parecía que la ciudad aquella estaba más llena de maravillas y de crímenes que todas las

ciudades, no terminaría nunca de contarlo. Fuimos acercándonos poco a poco, y por fin

llegamos al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia. He olvidado si aquello se

llamaba « El toro azul» o «El jabalí azul»; pero era algo azul, y lo que fuese estaba

pintado en la portezuela del coche.

El conductor me miró fijamente mientras bajaba y preguntó asomándose a la puerta de

las oficinas:

-Si hay alguien que pregunte por un muchacho llamado Murdstone, que viene de

Bloonderstone Sooffolk, que se acerque a reclamarle.

Nadie contestó.

-Intente usted diciendo Copperfield, ¿quiere hacer el favor? –dije bajando con temor

los ojos.

-Si hay alguien que busque a un muchacho inscrito con el nombre de Murdstone,

procedente de Bloonderstone Sooffolk, pero que responde al nombre de Copperfield, y

que debe esperar aquí a que le reclamen -dijo el conductor-, que venga. ¿No hay nadie?

No, no había nadie. Miré ansiosamente a mi alrededor; pero la pregunta no había

impresionado a ninguno de los presentes; sólo un hombre con polainas y tuerto sugirió la

idea de que lo mejor sería ponerme un collar y atarme en el establo como a un perro sin

dueño.

Pusieron una escala y bajé detrás de la señora que parecía un almiar, pues no me había

atrevido a moverme hasta que hubo quitado su cesta. Entre tanto, los viajeros ya habían

desocupado el coche; también habían sacado los equipajes, desenganchado los caballos, y

hasta la diligencia había sido conducida entre varios empleados fuera del camino, cuando

todavía no se había presentado nadie a reclamar al polvoriento niño que venía de

Bloonderstone.

Más solitario que Robinson Crusoe, pues aquel, por lo menos, no tenía a nadie que le

mirase mientras estaba solitario, entré en las oficinas de la diligencia, y por invitación de

un empleado pasé a sentarme detrás del mostrador, en la báscula de pesar los equipajes.

Mientras estaba allí mirando los montones de maletas y libros y percibiendo el olor de las

cuadras (que para siempre estará asociado en mi memoria con aquella mañana), una

procesión de los más terribles pensamientos empezó a desfilar por mi cerebro.

Suponiendo que nadie se presentase a buscarme, ¿cuánto tiempo me permitirían estar

allí? ¿Podría estar hasta que se me terminaran los siete chelines? ¿Dormiría por la noche

en uno de aquellos departamentos de madera con los equipajes? Y por las mañanas,

¿tendría que lavarme en la bomba del patio? ¿O tendría que marcharme todas las noches

y esperar a que fuese de día y abrieran la oficina para entrar, por si acaso me habían

reclamado? ¿Y si aquello sólo hubiera sido una invención de míster Murdstone para

deshacerse de mí? ¿Qué me ocurriría? Si al menos me dejaran permanecer allí hasta que

se me terminaran los chelines; lo que no podía esperar ni remotamente era que me

dejasen continuar cuando empezase a morirme de hambre. Sería muy molesto para los

empleados, y además se exponía «El yo no sé qué azul» a tener que pagarme el entierro.

Si intentara volver a mi casa, ¿conseguiría encontrar el camino? ¿Sería posible que

pudiera ir andando hasta tan lejos? Y además, ¿estaba seguro de que en casa quisieran

recibirme si volvía? Sólo estaba seguro de Peggotty. ¿Y si fuera a buscar a las

autoridades y me ofreciera como soldado o marino? Era un niño tan chico, que seguro no

querrían tomarme. Estos pensamientos y otros mil semejantes me tenían febril de miedo y

emoción. Y estaba en lo más fuerte de mi fiebre cuando se presentó un hombre,

cuchicheó con el empleado, y este, levantándome de la báscula, me presentó como si

fuera un paquete vendido, pagado y pesado.

Mientras salía de la oficina con mi mano en la de aquel señor, le lancé una mirada. Era

un joven pálido y delgado, de mejillas hundidas y barbilla negra como la de míster

Murdstone. Pero esa era la única semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus

cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un traje negro, también viejo y raído y que

le estaba corto, y llevaba un pañuelo blanco que no estaba muy limpio. No he supuesto

nunca, ni quiero suponerlo, que aquel pañuelo fuese la única prenda de ropa blanca que

llevase el joven; pero desde luego era lo único que se veía de ella.

-¿Es usted el nuevo alumno? -me preguntó.

-Sí, señor -dije.

Suponía que lo era, aunque no lo sabía.

-Yo soy un profesor de Salem House -me dijo.

Le saludé con miedo. Me avergonzaba aludir a una cosa tan vulgar como mi maleta

ante aquel profesor de Salem House; tanto, que hasta que no estuvimos a alguna distancia

no me atreví a decirlo. Ante mi humilde insinuación de que quizá después podría serme

útil, volvimos atrás, y dijo al empleado que tenía ya el mozo instrucciones para recogerla

a mediodía.

-Si hiciera usted el favor -dije cuando estuvimos, poco más o menos, a la distancia de

antes-. ¿,Es muy lejos?

-Por Blackheath -me dijo.

-¿Y eso está muy lejos, caballero? -pregunté tímido.

-Sí; es buena tirada; pero iremos en la diligencia. Habrá unas seis millas.

Estaba tan débil y cansado, que la idea de hacer otras seis millas sin restaurar mis

fuerzas me pareció imposible, y me atreví a decir que no había cenado aquella noche y

que si me permitía comprar algo de comer se lo agradecería. Se sorprendió bastante (le

veo todavía detenerse a mirarme), y después de unos segundos me dijo que sí; que él

tenía que visitar a una anciana que vivía allí cerca, y que lo mejor sería que comprase

algo de pan y cualquier otra cosa que me gustase y fuese sana y que en casa de la anciana

me lo comería. Además, allí podrían darme leche.

Entramos en una panadería, y después de proponer yo la compra de varios pasteles, que

él rechazó una a una, nos decidimos en favor de un apetitoso panecillito integral que

costó tres peniques. Además compramos un huevo y un trozo de tocino ahumado. Al

pagar me devolvieron tanta calderilla del segundo chelín, que Londres me pareció un sitio

muy barato. Con estas provisiones atravesamos, en medio de un ruido y un movimiento

horribles, un puente que debía de ser el puente de Londres (hasta creo que el profesor me

lo dijo, pero yo iba dormido), y llegamos a casa de la anciana, que vivía en un asilo,

como me figuré por su aspecto y supe por una inscripción que había sobre la piedra del

dintel, donde decía que había sido fundado para veinticinco ancianas pobres.

El profesor de Salem House abrió una de aquellas puertecitas negras, que eran todas

iguales y que tenía una ventanita de cristales a un lado y otra encima, y entramos en la

casita de una de aquellas pobres ancianas. Su dueña estaba atizando el fuego, sobre el que

había colocado un puchero. Al ver entrar a mi acompañante se dio un golpe con el

soplillo en las rodillas y dijo algo como «Mi Charles»; pero al verme a mí se levantó

frotándose las manos y haciendo una confusa reverencia.

-¿Podría usted hacer el favor de preparar el desayuno de este niño? –dijo el profesor.

-¿Que si puedo? ¡Ya lo creo! -dijo la anciana.

-¿Y cómo se encuentra hoy mistress Fibitson? -dijo ¡ni acompañante, mirando a otra

anciana que había sentada en una silla, muy cerca del fuego, y que parecía un montón de

harapos, que todavía ahora, cuando lo recuerdo, doy gracias a Dios de no haberme

sentado, por distracción, encima.

-No está muy bien la pobre -dijo la primera anciana-. Está en uno de sus peores días. Si

se apagase el fuego, se apagaba con él.

Y como la miraban, la miré también yo. Aunque en realidad era un día bastante

caluroso, la anciana no parecía poder pensar en nada que no fuese aquel fuego. Sentía

celos de la cacerola que había puesta encima, y tengo motivos para sospechar que la

odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues vi que cuando nadie la miraba me

amenazaba con el puño. El sol entraba por la ventanita; pero ella, sentada en su sillón, le

volvía la espalda y contemplaba el fuego como si quisiera conservarlo caliente en lugar

de calentarse ella. Cuando los preparativos de mi desayuno acabaron y quedó libre el

fuego, le dio tal alegría, que soltó una carcajada, y debo decir que su risa no era muy

melodiosa. Me senté ante mi panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Además, me

pusieron una taza de leche; me parecía un desayuno delicioso. Todavía estaba gozando de

ello, cuando la dueña de la casa dijo a mi profesor:

-¿Llevas ahí la flauta?

-Sí —contestó él.

-Pues anda, toca algo –dijo suplicante la anciana.

El profesor metió su mano en un bolsillo y sacó las tres piezas de una flauta, la armó y

empezó a tocar. Mi impresión ahora, después de tantos años, es que no puede haber en el

mundo nadie que toque peor. Sacaba los ruidos más disparatados que puedan producirse

por ningún medio natural o artificial. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, que lo

dudo; pero la impresión que aquella melodía me produjo fue: primero, hacerme pensar en

todas mis desdichas, hasta el punto de hacerme llorar; segundo, quitarme el apetito, y, por

último, producirme tal sueño, que no podía seguir con los ojos abiertos. Todavía se me

cierran si pienso en el efecto que me causó la música en aquella ocasión. Aún me parece

ver la habitación aquella, con su armario entreabierto en un rincón y las sillas con los

respaldos perpendiculares, y la pequeña y angulosa escalera que conducía a otra

habitacioncita, y las tres plumas de pavo real extendidas encima de la chimenea. Recuerdo

que en el primer momento me preocupó lo que el pavo pensaría si supiese para lo

que servían sus hermosas plumas; pero al fin todo se borra, inclino la cabeza y me

duermo. La flauta deja de oírse; en cambio se oyen las ruedas de la diligencia, y estoy de

viaje. La diligencia se detiene, me despierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el

profesor de Salem House está sentado, con las piernas cruzadas, tocándola tristemente,

mientras la dueña de la casa le escucha deleitada. Pero también esto desaparece, todo

desaparece; ya no hay flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Copperfield; sólo hay

un profundo sueño.

Y pensé que soñaba cuando, una vez de las que oía aquella horrible música, me pareció

ver a la anciana que se acercaba poquito a poco, en su estática admiración, se inclinaba

sobre el respaldo de la silla y dabs al músico un beso cariñoso, interrumpiendo la música

un momento. Estaba en ese estado, entre la vigilia y el sueño, pues cuando continuó (el

que se interrumpió la música es seguro) vi y oí a la misma anciana preguntar a mistress

Fibitson si no le parecía delicioso, refiriéndose a la flauta. A lo que mistress Fibitson reEste

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plicó: « ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! », y se inclinó hacia el fuego, al que estoy seguro que atribuía

todo el mérito de la música.

Me pareció que había pasado mucho tiempo cuando el profesor de Salem House,

desmontando su flauta, se guardó los pedazos en el bolsillo y partimos. Encontramos la

diligencia muy cerca de allí, y subimos en la imperial; pero yo tenía un sueño tan terrible,

que cuando nos paramos para coger más gente me metieron dentro, donde no iba nadie, y

pude dormir profundamente hasta que el coche llegó ante una gran pendiente, que tuvo

que subir al paso, entre dos hileras de árboles. Pronto se detuvo. Habíamos llegado a

nuestro destino.

A los pocos pasos el profesor y yo nos encontramos delante de Salem House. El

edificio estaba rodeado de una tapia muy alts de ladrillo y tenía un aspecto muy triste.

Encima de una puerta practicada en el muro se leía: «Salem House». Llamamos, y a

través de un ventanillo de la puerta nos contempló un rostro antipático, que pertenecía,

según vi cuando se abrió la puerta, a un hombre grueso con cuello de toro, una pierna de

palo, frente muy abultada y cabellos cortados al rape.

-El nuevo alumno –dijo el profesor.

El hombre de la pierna de palo me miró de arriba abajo; no tardó mucho en ello, ¡era

yo, tan pequeño! Después cerró la puerta, guardándose la llave en el bolsillo. Nos

dirigíamos a la casa, pasando por debajo de algunos grandes y sombríos árboles, cuando

llamó a mi guía:

-¡Eh!

Nos volvimos. Estaba parado ante su portería, con un par de botas en la mano.

-¡Oiga! El zapatero ha venido -dijo-cuando usted no estaba, míster Mell, y dice que

esas botas ya no se pueden volver a remendar; que no queda ni un átomo de la primera

piel, y que le asombra que pueda usted esperarlo.

Al decir esto, arrojó las botas tras de míster Mell, que volvió atrás para cogerlas y las

miró muy desconsoladamente mientras se acercaba a mí. Entonces observé por primera

vez que las botas que llevaba debían de haber trabajado mucho, y que hasta por un sitio

asomaba el calcetín.

Salem House era un edificio cuadrado, de ladrillo, con pabellones, de aspecto desnudo

y desolado. Todo a su alrededor estaba tan tranquilo, que pregunté a mi guía si era que

los niños estaban de paseo. Pareció sorprenderse de que yo no supiera que era época de

vacaciones. Todos los chicos estaban en sus casas. Míster Creakle, el director, estaba en

una playa con mistress Creakle y miss Creakle; y si yo estaba allí, era como castigo por

mi mala conducta. Todo esto me lo explicó a lo largo del camino.

La clase donde me llevó me pareció el lugar más triste que he visto en mi vida. Todavía

lo estoy viendo: una habitación larga, con tres hileras de pupitres y seis de bancos, y todo

alrededor perchas para sombreros y pizarras. Trozos de cuadernos y de ejercicios

ensucian el suelo. Algunas cajas de gusanos de seda ruedan por encima de los pupitres.

Dos desgraciadas ratas blancas, abandonadas por su dueño, recorren de arriba abajo un

castillo muy sucio hecho de cartón y de alambre, y sus ojillos rojos buscan por todas

partes algo que comer. Un pajarillo, dentro de una jaula tan chica como él, hace un ruido

monótono saltando desde el palito al suelo y del suelo al palito; pero no canta ni silba. En

la habitación reina un olor extraño a insano a cuero podrido, a manzanas guardadas y a

libros apolillados. Y no podría haber más tinta vertida por toda ella si al construir la casa

hubieran olvidado poner techo y hubiera estado lloviendo, nevando o granizando tinta

durante todas las estaciones del año.

Míster Mell me dejó solo mientras subía sus botas irreparables.

Yo avanzaba despacio por la habitación observándolo todo. De pronto, encima de un

pupitre me encontré con un cartel escrito en letra grande y que decía: «¡Cuidado con él!

¡Muerde! ».

Me encaramé inmediatamente encima del pupitre, convencido de que por lo menos

había un perro debajo. Pero por más que miraba con ojos asustados en todas direcciones,

no veía ni rastro. Estaba todavía así, cuando volvió míster Mell y me preguntó qué hacía

allí subido.

-Dispénseme; es que estaba buscando al perro.

-¿Al perro? –dijo él- ¿A qué perro?

-¿No es un perro?

-¿Que si no es un perro?

-Del que hay que tener cuidado porque muerde.

-No, Copperfield -me dijo gravemente-. No es un perro; es un niño. Tengo órdenes,

Copperfield, de poner ese cartel en su espalda. Siento mucho tener que empezar con usted

de este modo; pero no tengo otro remedio.

Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que estaba hecho a propósito para ello) en

la espalda como una mochila, y desde entonces tuve el consuelo de llevarlo a todas partes

conmigo.

Lo que yo sufrí con aquel letrero nadie lo puede imaginar. Tanto si era posible vérmelo

como si no, yo siempre creía que lo estaban leyendo, y no me tranquilizaba el volverme a

mirar, pues siempre seguía pareciéndome que alguien lo estaba viendo. El hombre de la

pierna de palo, con su crueldad, agravaba mis males. Era una autoridad allí, y si alguna

vez me veía apoyado en un árbol, o en la tapia, o en la fachada de la casa, se asomaba a

su puerta y me gritaba con voz estentórea:

-¡Eh! Míster Copperfield, enseñe su letrero si no quiere que se lo haga enseñar yo.

El patio de recreo estaba abierto, por la parte de atrás, a las dependencias de la casa, y

yo sabía que todas las criadas leían mi letrero, y el panadero, y el carbonero; en una palabra,

todo el mundo que iba por la mañana a la hora en que yo tenía orden de pasear por

allí; todos leían que había que tener cuidado conmigo, porque mordía. Y recuerdo que

positivamente empecé a tener miedo de mí mismo como de un niño salvaje que mordiese.

En aquel patio había una puerta muy vieja, donde los chicos acostumbraban a grabar

sus nombres, y que estaba cubierta por completo de inscripciones. En mi miedo a la

llegada de los otros niños, no podía leer aquellos nombres sin pensar en el tono con que

leerían: « ¡Cuidado con él! ¡Muerde! ». Había uno, un tal J. Steerforth, que grababa su

nombre muy a menudo y muy profundamente y a quien me figuraba leyéndolo a gritos y

después tirándome del pelo. Y había otro, un tal Tommy Traddles, de quien temía que se

acercara como distraído y después hiciera como que se asustaba de encontrarse a mi lado.

A otro, George Demple, me le figuraba leyéndolo cantando. Y me pasaba el tiempo

mirando aquella puerta (pequeña y temblorosa criatura) hasta que todos aquellos

propietarios de los nombres (eran cincuenta y cuatro, según me dijo míster Mell)

quisieran enviarme a Coventry por unanimidad, y gritaran cada uno a su manera:

«¡Cuidado con él! ¡Muerde!» .

Lo mismo me ocurría mirando los pupitres y los bancos; lo mismo con las camas del

dormitorio desierto, a las que miraba cuando estaba acostado. Todas las noches soñaba:

unas, que estaba con mi madre, como de costumbre; otras, que estaba en casa de míster

Peggotty, o viajando en la diligencia, o almorzando con mi desgraciado amigo el camarero,

y en todas aquellas circunstancias, la gente terminaba asustándose al darse cuenta de

que sólo llevaba la ligera camisa de dormir y el letrero.

La monotonía de mi vida y la constante aprensión de la reapertura de la escuela me

tenían en una insoportable aflicción. Todos los días tenía que hacer muchos deberes para

míster Mell; pero lo hacía bien, pues allí no estaban los dos hermanos Murdstone. Antes

y después de mi trabajo, me paseaba, vigilado, como ya he dicho, por el hombre de la

pierna de palo. ¡Cómo recuerdo la humedad de la tierra alrededor de la casa, las piedras

cubiertas de musgo en el patio, una fuente muy vieja y destrozada, y los descoloridos

troncos de algunos árboles raquíticos, que parecía que no podía haber en el mundo otros

que hubieran recibido más lluvia y menos sol! A la una comíamos míster Mell y yo en

una esquina del largo comedor, lleno de mesas desnudas. Después nos poníamos a

trabajar hasta la hora triste del té, que mister Mell tomaba en una taza azul y yo en una de

estaño. Todo el día y hasta las siete o las ocho de la noche míster Mell permanecía en su

pupitre trabajando sin descanso con plumas, tinta, papel y libros, haciendo las cuentas,

según supe después, del último semestre. Cuando, ya por la noche, dejaba su trabajo,

armaba la flauta y la tocaba con tanta energía, que yo tenía miedo de que de un soplido

fuera a entrar por el gran agujero del instrumento y después saliera por algún agujerillo

de las teclas.

Todavía me parece ver a mi pequeña personilla en la habitación apenas iluminada,

sentado, con la cabeza entre las manos y escuchando la dolorosa melodía de míster Mell

y estudiando. Me veo también con los libros cerrados a mi lado y oyendo a través de

aquella música los ruidos habituales de mi casa, o el soplar del viento en la llanura de

Yarmouth, y sintiéndome muy triste y muy solo. Me veo metiéndome en la cama, entre

todos aquellos lechos solitarios, y sentándome en ella a llorar de deseo por una palabra

cariñosa de Peggotty. Y luego, a la mañana, me veo bajando la escalera y mirando a

través de un tragaluz, que la ilumina, la campana de la escuela, suspendida en lo alto, con

la veleta encima, y pienso en cuándo sonará llamando a J. Steerforth y a todos los demás

al trabajo. Y, sin embargo, este no es mas que un temor secundario, pues lo que me

horroriza es el momento en que el hombre de la pierna de palo abra la puerta para dejar

pasar al terrible míster Creakle.

Y aunque creo que no soy un chico malo …. como sigo llevando el cartel en la

espalda…

Míster Mell nunca me hablaba mucho, pero no era malo conmigo. Creo que nos

hacíamos mutuamente compañía, aunque no nos habláramos. He olvidado mencionar que

él, algunas veces, hablaba solo; entonces rechinaba los dientes, apretaba los puños y se

tiraba de los pelos de una manera extraña; pero debía de ser costumbre, y aunque al

principio me asustaba mucho, pronto me habitué a ello.

CAPÍTULO VI

ENSANCHO MI CÍRCULO DE AMISTADES

Llevaba un mes, poco más o menos, haciendo esta vida, cuando el hombre de la pierna

de palo apareció, limpiándolo todo con una escoba y un cubo, lo que deduje eran

preparativos para el recibimiento de míster Creakle y sus alumnos. No me había

equivocado; y por fin llegó la escoba a la sala de estudio, arrojándonos a míster Mell y a

mí, que tuvimos que vivir durante aquellos días donde pudimos y como pudimos,

encontrándonos por todas partes con las criadas (que yo antes apenas había visto)

constantemente ocupadas en hacernos tragar polvo en tal cantidad que yo no dejaba de

estornudar, como si Salem House fuera una enorme tabaquera.

Un día míster Mell me anuncio que míster Creakle llegaba aquella noche. Y por la

tarde, después del té, le oí decir que ya había llegado. Un rato antes de la hora de

acostarme, el hombre de la pierna de palo se presentó a buscarme para conducirme ante

míster Creakle.

La parte de la casa dedicada a vivienda del señor director era mucho mejor y

confortable que la nuestra, y tenía un trozo de jardín que era como un edén al lado de

nuestro horrible patio de recreo, pues nuestro patio se parecía de tal modo a un desierto

en miniatura, que yo pensaba siempre que sólo un camello o un dromedario se sentirían

allí como en su casa. Me pareció de un atrevimiento inaudito el darme cuenta de que

hasta el pasillo tenía aspecto confortable, mientras me dirigía, temblando, a su presencia.

Estaba tan turbado, que al entrar apenas vi a mistress Creakle ni a su hija, que estaban en

la habitación. Sólo vi al director. Míster Creakle era un hombre muy grueso, que llevaba

un montón de diles en la cadena del reloj. Estaba sentado en un sillón, con un vaso y una

botella al lado.

-Así -dijo míster Creakle-, ¿este es el caballerito a quien tendremos que limar los

dientes? ¿A ver? Dé usted la vuelta.

El hombre de la pierna de palo me hizo girar para que pudieran contemplar mi letrero-,

y después de tenerme el tiempo suficiente para que lo leyeran, volvió a ponerme frente a

míster Creakle, y él se colocó a su lado. El rostro de míster Creakle era verdaderamente

feroz: los ojos, muy pequeños y hundidos en la cabeza; las venas de la frente, muy

hinchadas; la nariz, pequeña, y la barbilla, grande. Estaba calvo; sólo tenía unos cuantos

pelitos grises, que peinaba hacia arriba, uniéndolos en lo alto. Pero lo que más me impresionó

entonces fue que no tenía voz; hablaba como en un cuchicheo, y no sé si el

trabajo que le costaba hablar o la conciencia de su debilidad le hacía tener más expresión

de malo cuando hablaba, y quizá también eso fuese causa de que sus abultadas venas se

hincharan todavía más. Ahora no me extraña que al verlo de primeras fuera esta

peculiaridad la que más me chocase.

-Y bien -dijo míster Creakle-, ¿tiene usted algo que decirme del chico?

-Todavía no ha hecho nada -dijo el hombre de la pierna de palo—, no ha tenido

ocasión.

Me dio la impresión de que a míster Creakle le había defraudado, y que, en cambio, no

había defraudado a miss y a mistress Creakle (a quienes por primera vez lanzaba una

ojeada).

-Acérquese usted más -me dijo míster Creakle.

-Acérquese usted más –dijo el hombre de la pierna de palo, repitiendo su gesto.

-Tengo el honor de conocer bastante a su padrastro -cuchicheó míster Creakle

agarrándome de una oreja-: es un hombre muy digno, un hombre de carácter. Los dos nos

conocemos mucho… Pero tú no me conoces, ¿verdad? -repitió míster Creakle,

pellizcándome la oreja con feroz complacencia.

-Todavía no, señor -dije con verdadero pánico.

-¿Todavía no?, ¿eh? Pero pronto será.

-Pero pronto será -repitió el hombre de la pierna de palo.

Después he sabido que, por lo general, actuaba, con su voz de trueno, de intérprete de

míster Creakle para con sus alumnos.

Estaba muy asustado, y le dije que así lo suponía. Entre tanto, sentía que me ardía la

oreja, pues me la pellizcaba cada vez con más fuerza.

-Te voy a decir quién soy -cuchicheó míster Creakle, soltándome por fin, aunque no sin

antes retorcerme el pellizco, haciendo que se me saltaran las lágrimas-. Soy un tártaro.

-Un tártaro -dijo el hombre de la pierna de palo.

-Y si digo que haré una cosa, la hago, y si digo que ha de hacerse una cosa, también se

hace.

-Si digo que ha de hacerse una cosa, se hace -repitió como un eco el intérprete.

-Soy un carácter decidido -continuó míster Creakle-; eso soy. Cumplo con mi deber;

eso es lo único que hago. Y si mi carne y mi sangre se revelan contra mí (y miró a

mistress Creakle al decir esto), ya no son mi carne ni mi sangre y reniego de ellos.

Y dirigiéndose al hombre de la pierna de palo añadió:

-Aquel individuo, ¿no ha vuelto por aquí?

-No, señor -fue la contestación.

-No –dijo míster Creakle-, ya sabe él que más le vale así. Me conoce, y hace bien. Digo

que es mejor que no vuelva -repitió míster Creakle, dando un puñetazo encima de la mesa

y mirando a su mujer- Ese ya me conoce. Y ahora tú también vas a conocerme, amiguito;

puedes marcharte. ¡Llévatelo!

Estaba muy contento de poderme marchar, pues mistress Creakle y su hija se secaban

los ojos, y yo estaba sufriendo por ellas y por mí. Sin embargo, como tenía en el pensamiento

una petición que le quería hacer y que me interesaba muchísimo, no pude por

menos de expresarla, aunque asombrado de mi propia audacia.

-Señor, si usted quisiera…

Míster Creakle murmuró:

-¡Cómo! ¿Qué quiere decir esto?

Y me lanzó un mirada como si quisiera aniquilarme con ella.

-Señor, si usted quisiera… -balbucí-, si usted pudiera perdonarme… Estoy tan

arrepentido de lo que hice. Si pudieran quitarme este letrero antes de que lleguen mis

compañeros…

No sé si míster Creakle lo hacía por asustarme; pero saltó de la silla con cólera. Yo, al

verle así, eché a correr, sin esperar la escolta del hombre de la pierna de palo, y no paré

hasta llegar al dormitorio. Allí, al darme cuenta de que no me seguían, me desnudé y

acurruqué en la cama, donde estuve temblando durante un par de horas.

A la mañana siguiente llegó míster Sharp. Míster Sharp era el profesor de más

categoría, superior a míster Mell. Míster Mell comía con los niños, mientras que míster

Sharp comía y cenaba en la mesa del señor director. Era menudo, y me pareció de aspecto

delicado; tenía un nariz muy grande, y llevaba siempre la cabeza inclinada hacia un lado,

como si fuera demasiado pesada para él. Tenía el pelo abundante y rizado; pero, según

me dijo el primer niño que volvió, aquello era peluca (comprada de segunda mano, según

decía); también me dijo que todos los sábados por la tarde salía para que se la rizaran.

Todos aquellos datos me los dio Tommy Traddles. Fue el primero en volver, y se me

presentó diciendo que su nombre lo podía encontrar grabado en el rincón derecho de la

puerta, encima del cerrojo; entonces yo le dije: «¿Traddles?», y él me contestó: « El

mismo.» Después me estuvo preguntando muchas cosas más y sobre mi familia.

Fue una suerte muy grande para mí el que Traddles regresara el primero, pues le

divirtió tanto mi letrero, que me libró del problema de enseñarlo o de ocultarlo,

presentándome a todos los niños que llegaban, fueran grandes o chicos, en la siguiente

forma: «¡Eh! ¡Venid aquí y veréis qué comedia! » .

Felizmente también, la mayor parte de los niños volvían tristes y no estaban propicios a

divertirse a costa mía, como yo me esperaba.

Claro que algunos gesticularon a mi alrededor como salvajes, y que la mayoría no podía

resistir a la tentación de hacer como si me tomasen por un perro, y me acariciaban y

mimaban como si tuvieran miedo, diciendo: « ¡Abajo, chucho!» , y me llamaban Towser.

Esto, naturalmente, me molestaba mucho y me costaba lágrimas; pero en conjunto

fueron menos crueles de lo que me imaginaba.

Así y todo, no me consideraron formalmente admitido en la escuela hasta que hubo

llegado James Steerforth. Me condujeron ante aquel muchacho (que tenía fama de saber

mucho, y que era muy guapo y, por último, por lo menos seis años mayor que yo) como

ante un juez. Debajo de un cobertizo del patio de recreo él inquirió la causa y los detalles

de mi cruel castigo, y después tuvo la amabilidad de expresar su opinión diciendo que

aquello era < una famosa infamia», lo que le agradecí ya para siempre.

-¿Cuánto dinero tienes, pequeño Copperfield? -me dijo paseando conmigo después de

juzgar el asunto en aquel tono.

Le dije que siete chelines.

-Te convendría más que lo guardara yo –dijo, Eso si te parece bien.

Me apresuré a entregárselos, vaciando la bolsa de Peggotty en su mano.

-¿Y no te gustaría gastar en nada ahora? -me preguntó.

-No, gracias -repliqué.

-Si quieres, puedes -insistió Steerforth-; me lo dices a mí…

-No, gracias -repetí.

-Quizá te gustaría gastarte dos chelines en una botella de licor de grosella; podríamos

beberla poco a poco en el dormitorio -insistió Steerforth-. Creo que duermes en el mismo

que yo.

A mí nunca se me hubiera ocurrido una cosa semejante; pero dije que sí, que me

gustaba mucho.

-Muy bien –contestó Steerforth-, y estoy casi seguro de que también te gustaría gastar

otro chelín en bizcochos de almendra, ¿eh?

También dije que sí, que me gustaba mucho.

-Y otro chelín, o así, en dulces, y otro en frutas, ¿qué te parece? ¿Quieres, pequeño

Copperfield?

Sonreí porque él también sonreía; pero un poco confuso.

-Bien -dijo Steerforth-, haremos que dure lo más posible. Para ti, lo mejor es que esté

en mi poder, pues salgo cuando quiero y puedo pasar bien el contrabando. Al decir esto

se guardó el dinero y me dijo con mucho cariño que no me preocupase, que él tendría

cuidado de que todo saliera a pedir de boca.

Y cumplió su palabra: todo salió muy bien, si se puede decir eso de aquello que en el

fondo de mi alma me parecía mal. Sentía que no había hecho buen use de las medias coronas

de mi madre; sin embargo, conservé el papelito en que estaban envueltas (¡preciosa

economía!). Cuando estuvimos en el dormitorio, Steerforth sacó el producto íntegro de

los siete chelines y lo extendió encima de mi cama, diciendo:

-Aquí está, joven Copperfield; ¡es un banquete regio!

Sólo la idea de tener que hacer los honores del festín a mi edad y estando allí Steerforth

hacía temblar mi mano. Por lo tanto, le rogué que me hiciera el favor de presidir la mesa,

y mi petición fue secundada por los otros muchachos del mismo dormitorio.

Steerforth accedió, y sentándose encima de mi almohada, repartió los manjares con

perfecta equidad, debo reconocerlo. El licor de grosella lo fue dando uno a uno en una

copa rota que era propiedad suya. Yo estaba sentado a su derecha; los demás, agrupados a

nuestro alrededor, unos en las camas más próximas y otros en el suelo.

¡Cómo recuerdo aquella noche! Allí sentados, ¡cómo charlábamos en un susurro! Mejor

dicho, charlaban: yo escuchaba en silencio. La luna entraba en la habitación por la

ventana, dibujando otra pálida ventana en el suelo, y la mayoría de nosotros estábamos en

la oscuridad, excepto cuando Steerforth encendía un fósforo de su caja para buscar algo

en la mesa, y era un instante de luz azul sobre todos nosotros. Un misterioso sentimiento,

consecuencia de la oscuridad, del secreto del festín y del cuchichear de todos a mi alEste

documento ha sido descargado de

rededor, se apodera nuevamente de mí al recordarlo, y escucho lo que dicen con un

sentimiento vago de solemnidad y temor, sintiéndome dichoso de sentirlos al lado y asustándome,

aunque finjo reír, cuando Traddles dice que ve a un fantasma.

Les oí las cosas más diversas sobre toda la escuela y los que la habitaban. Oí decir que

míster Creakle tenía mucha razón al llamarse a sí mismo tártaro; que era el maestro más

cruel y severo, y que todos los días golpeaba a los niños a diestro y siniestro, lo mismo

que a un rebaño, y sin compasión; que no sabía nada, fuera de castigar, siendo más ignorante

(lo decía J. Steerforth) que el chico más obtuso de la escuela; que hacía muchos

años había sido comerciante en vinos en Boroug; que había emprendido el negocio de la

escuela después de hacer bancarrota en los vinos, y que si al fin había conseguido salir

adelante era gracias al dinero de mistress Creakle. Les oí todo esto y muchas cosas más

de este calibre, que yo no comprendía cómo habían sabido.

Supe también que el hombre de la pierna de palo se llamaba Tungay; que era bruto y

tozudo-, que había trabajado con Creakle en el negocio de vinos, y que si luego le había

conservado en este otro negocio era porque se había roto la pierna a su servicio, le había

ayudado en muchas cosas sucias y estaba enterado de todos sus secretos. Supe también

que, exceptuando a Creakle, Tungay consideraba a todos, profesores y discípulos, como

sus naturales enemigos, y que el único goce de su vida era hacer daño. Oí que mister

Creakle había tenido un hijo, a quien Tungay no quería; que el muchacho había ayudado

a su padre en la escuela, pero que habiéndole hecho en una ocasión observaciones sobre

la disciplina del colegio, tachándola de cruel, y habiendo protestado también, según se

suponía, del mal trato que daba a su madre, míster Creakle le había repudiado, y desde

entonces su mujer y su hija estaban siempre tristes.

Pero lo que más estupor me produjo de todo fue saber que existía en la escuela un

muchacho sobre el que míster Creakle no se había atrevido a poner aún la mano, y este

muchacho era Steerforth. Él mismo confirmó tal rumor cuando otros lo dijeron,

asegurando que le gustaría que se atreviera a hacerlo. Y al preguntarle un chico muy

pacífico (no era yo) qué haría si algún día le llegara a pegar, Steerforth encendió una

cerilla para dar mayor fuerza a su respuesta y dijo que como primera providencia le

tiraría a la cabeza el frasco de tinta que estaba siempre encima de la chimenea. Durante

unos segundos permanecimos en la oscuridad sin atrevemos a respirar siquiera.

Supe que a los dos profesores, míster Sharp y míster Mell, les daban una paga

miserable; y que cuando había carne caliente y fría en la mesa de míster Creakle habían

acordado que mister Sharp tenía que preferir siempre la fría. Esto fue también

corroborado por Steerforth, que era el único admitido a aquella mesa. Me enteré de que la

peluca de míster Sharp no le sentaba bien, y que más le valiera no presumir tanto, porque

su pelo rojo asomaba por debajo.

También oí decir que a un niño, hijo de un carbonero, le habían admitido a cambio de la

cuenta del carbón, por lo que le apodaban míster Cambio, nombre elegido del libro de

aritmética y alusivo al arreglo. Oí que la cerveza era un robo a los padres, y el pudding,

una imposición. Supe que todos los alumnos consideraban a la hija de Creakle como

enamorada de Steerforth. Y pensando, mientras estábamos en la oscuridad, en su dulce

voz, en su hermoso rostro, en sus modales elegantes y en sus cabellos rizados, estaba

convencido de que era verdad. También supe que mister Mell no era mala persona; pero

que no tenía dónde caerse muerto, y que su anciana madre debía de ser tan pobre como

Job. Al momento recordé mi desayuno en el asilo, y lo que me había parecido oír decir a

la anciana: «Mi Charles»; pero, gracias a Dios, no se lo dije a nadie porque estuve más

callado que en misa.

La mayoría de los compañeros se habían metido en la cama nada más terminar de

comer y beber; pero la charla aquella duró bastante tiempo, y nosotros habíamos

permanecido cuchicheando y escuchando sin desnudarnos del todo. Por fin también nos

acostamos.

-Muy buenas noches, pequeño Copperfield -dijo Steerforth-; yo cuidaré de ti.

-Es usted muy bueno -contesté agradecido-; se lo agradezco mucho.

-¿No tienes una hermana? -dijo Steerforth bostezando.

-No -contesté.

-¡Qué lástima! -dijo Steerforth-. Habría sido una linda chiquilla, pequeña y tímida, con

los ojos brillantes. Me habría gustado conocerla. Hasta mañana, Copperfield.

-Buenas noches, Steerforth.

Seguí pensando en él durante mucho rato, y recuerdo que me senté en la cama para

mirarle. Estaba dormido a la luz de la luna, con su hermoso rostro hacia mi lado y la

cabeza cómodamente reclinada en el brazo. Era un gran personaje a mis ojos, y esto era,

como es natural, lo que más me atraía. Los sombríos misterios de su porvenir no se

revelaban todavía en su rostro a la luz de la luna. Ni una sombra iba unida a sus pasos

mientras me paseaba en sueños con él por el jardín.

CAPÍTULO VII

MI PRIMER SEMESTRE EN SALEM HOUSE

Las clases empezaron en serio al día siguiente. Recuerdo cómo me impresionó el ruido

de las voces en la sala de estudio, trocada de pronto en un silencio de muerte cuando

míster Creakle entró, después del desayuno, y desde la puerta nos miró a todos como el

gigante de los cuentos de hadas contempla a sus cautivos.

Tungay entró con él, y a mí me pareció que no había motivo para gritar de aquel modo:

«¡Silencio!», pues estábamos todos petrificados, mudos é inmóviles.

-Se le vio a míster Creakle mover los labios y se oyó a Tungay.

-Muchachos: empezamos el curso; cuidado con lo que se hace, y tomad con afán

vuestros estudios, os lo aconsejo, porque yo también vengo decidido a tomar con afán los

castigos. Y no tendré piedad. Y os prometo que por mucho que os restreguéis después no

lograréis quitaros las huellas de mis golpes. Ahora ¡al trabajo todos!

Cuando terminó este terrible exordio y Tungay se marchó, mister Creakle se acercó a

mi pupitre y me dijo que si yo era célebre por morder, también él era una especialidad en

aquel arte. Y enseñándome su bastón, me preguntó qué me parecía aquel diente. ¿Era

bastante duro? ¿Era fuerte? ¿Tenía las puntas afiladas? ¿Mordía bien? ¿Mordía? Y a cada

pregunta me daba tal palo, que me hacía retorcerme. Aquella fue mi confirmación en

Salem House, según decía Steerforth; había sido confirmado pronto; igual de pronto

estuve deshecho en lágrimas.

Y no vaya a creerse que aquellas demostraciones de atención las recibía yo solo. Al

contrario, casi todos los niños (sobre todo los que eran pequeños) se veían favorecidos

con igual suerte cada vez que míster Creakle recorría la clase. La mitad del colegio ya

estaba retorciéndose antes de que empezasen las tareas del día, y ¡cuántos se retorcían y

gritaban antes de que el trabajo del día terminase! Realmente lo recuerdo asustado; pero

si contara mas detalles, no querrían creerme.

Pienso que no he visto en mi vida un hombre a quien gustase más su oficio que mister

Creakle. Se veía que gozaba pegándonos, como si satisficiera un apetito imperioso. Estoy

convencido de que no podía resistir el deseo de azotarnos; sobre todo los que éramos

gorditos ejercíamos una especie de fascinación sobre él, que no le dejaba descansar hasta

que nos marcaba para todo el día. Yo era gordito entonces, y lo he experimentado. Estoy

seguro de que ahora, cuando pienso en aquel hombre, la sangre hierve en mis venas con

la misma desinteresada indignación que sentiría si hubiera visto sus cosas sin haberlas

sufrido, y me indigna porque estoy convencido de que era un malvado sin ningún derecho

a cuidar del tesoro que se le confiaba, menos derecho que a see gran mariscal o general

en jefe… Es más, quizá en cualquiera de esos otros dos casos habría hecho infinitamente

menos daño.

Miserables, pequeñas víctimas de un ídolo sin piedad, ¡qué abyectos éramos! ¡Qué

comienzo en la vida (pienso ahora) el aprender a arrastrarse de aquel modo ante un hombre

así!

Todavía me parece estar sentado en mi pupitre y espiando sus ojos, observándolos

humildemente, mientras él raya el cuaderno de otra de sus víctimas a quien acaba de

cruzar las manos con la regla y que trata de aliviar sus heridas envolviéndoselas en el

pañuelo. Tengo mucho que hacer, y si observo sus ojos no es por holgazanería: es una

especie de atracción morbosa, un deseo imperioso de saber qué va a hacer, y si me tocará

el turno de sufrir o le tocará a otro. Delante de mí hay una fila de los más pequeños, que

también está pendiente de sus ojos con el mismo interés. Yo creo que él lo sabe; pero

finge no verlo, y gesticula de un modo terrorífico mientras raya el cuaderno; después nos

mira de soslayo, y todos nos inclinamos temblorosos sobre los libros; pero al momento

volvemos a fijar los ojos en él. Un desgraciado, culpable de haber hecho mal un ejercicio,

se acerca a su llamada, balbuciendo excusas y propósitos de hacerlo bien mañana. Míster

Creakle hace un chiste cuando le va a pegar. Todos se lo reírnos, ¡miserables perrillos!, se

lo reímos, con los rostros más blancos que la muerte y el corazón encogido de miedo.

Todavía me veo sentado en el pupitre en una calurosa tarde de verano. Un rumor sordo

me rodea, como si los chicos fueran moscones. Tengo una desagradable sensación de lo

que hemos comido (comimos hace una hora o dos) y me siento la cabeza pesada, como si

fuera de plomo. Daría el mundo entero por poderme dormir. Tengo los ojos fijos en

míster Creakle y abiertos como los de una lechuza. Cuando el sueño me vence

demasiado, sigo viéndole a través de una bruma, siempre rayando los cuadernos …. hasta

que suavemente llega detrás de mí y me hace tener una percepción más clara de su

existencia dándome un bastonazo en la espalda.

Estamos en el patio de recreo, y yo sigo con los ojos fascinados por él, aunque no

puedo verle. Allí está la ventana de la habitación donde debe de estar comiendo. Sé que

está allí y miro a la ventana. Si pasa por ella su sombra, al instante mi cara adopta una

expresión sumisa y resignada. ¡Y si nos mira a través del cristal, hasta los más traviesos

(exceptuando Steerforth), se interrumpen en medio de sus gritos para tomar una actitud

contemplativa! Un día, Traddles (el chico más desgraciado del colegio) rompió

accidentalmente el cristal con su pelota. Aún hoy me estremezco al recordar la tremenda

impresión del momento, cuando pensábamos que la pelota habría rebotado en la sagrada

cabeza de míster Creakle.

¡Pobre Traddles! Con su traje azul celeste, que le estaba pequeño y hacía que sus brazos

y piernas parecieran salchichas alemanas, era el más alegre y el más desgraciado del

colegio. Ni un día dejaban de pegarle, creo que ni un solo día, exceptuando un lunes, que

fue fiesta, y nada más le dio con la regla en las manos. Siempre estaba diciendo que iba a

escribir a su tío quejándose de ello; pero nunca lo hacía. Cuando le habían pegado tenía la

costumbre de inclinar la cabeza encima del pupitre durante unos minutos; después se

enderezaba alegre y empezaba a reírse, cubriendo la pizarra de esqueletos antes de que

sus ojos estuvieran secos. Al principio me extrañaba bastante el consuelo que encontraba

dibujando esqueletos, y durante cierto tiempo le consideré como una especie de asceta

que trataba de recordar por medio de aquel símbolo de mortalidad lo limitado de todas las

cosas, consolándole el pensar que tampoco los palos podían durar siempre. Después supe

que si lo hacía así era por ser más fácil, pues no tenía que ponerlos cara.

Traddles era un chico muy bueno y de gran corazón. Consideraba como un deber

sagrado para todos los niños el sostenerse unos a otros, y sufrió en muchas ocasiones por

este motivo. Una vez Steerforth se echó a reír en la iglesia, y el bedel, creyendo que había

sido Traddles, lo arrojó a la calle. Le veo todavía saliendo custodiado bajo las indignadas

miradas de los fieles. Nunca dijo quién había sido el verdadero culpable, aunque le

castigaron duramente y lo tuvieron preso tantas horas, que al salir del encierro traía un

cementerio completo de esqueletos dibujados en su diccionario de latín. En verdad sea

dicho que tuvo su compensación. Steerforth dijo de él que era un chico valiente, y a

nuestros ojos aquel elogio valía más que nada. Por mi parte, habría sido capaz de

soportarlo todo (aunque no era tan bravo como Traddles y además más pequeño) por una

recompensa semejante.

Una de las mayores felicidades de mi vida era ver a Steerforth dirigirse a la iglesia

delante de nosotros dando el brazo a miss Creakle.

Miss Creakle no me parecía tan bonita como Emily ni estaba enamorado de ella, no me

hubiera atrevido; pero la encontraba extraordinariamente atractiva, y en cuanto a gentileza,

me parecía que nadie podía comparársela. Cuando Steerforth, con sus pantalones

blancos, llevaba su sombrilla, me sentía orgulloso de ser amigo suyo y pensaba que miss

Creakle no podía por menos que adorarle. Míster Sharp y míster Mell eran dos personajes

muy importantes a mis ojos; pero Steerforth los eclipsaba como el sol eclipsa a las estrellas.

Steerforth continuaba protegiéndome y su amistad me ayudaba mucho, pues nadie se

atrevía a meterse con los que él protegía. No podía, ni lo intentó siquiera, defenderme de

míster Creakle, que era muy severo conmigo; pero cuando me había tratado con dureza,

Steerforth me decía que yo necesitaba algo de su valor; que él no hubiera consentido

nunca que le trataran mal, y aquello me animaba y me hacía quererle. Una ventaja saqué,

la única que yo sepa, de la severidad con que me trataba míster Creakle, pues pareciéndole

que mi letrero le estorbaba al pasar entre los bancos, cuando tenía ganas de pegarme,

me lo mandó quitar, y no lo volví a ver.

Una circunstancia fortuita aumentó más aún la intimidad entre Steerforth y yo, de una

manera que me causó mucho orgullo y satisfacción, aunque no dejaba de tener sus inconvenientes.

En una ocasión en que me hacía el honor de charlar conmigo en el patio de

recreo me atreví a hacerle observar que algo o alguien se parecía a algo o a alguien de

Peregrine Pickle. Él no me dijo nada entonces; pero cuando nos fuimos a la cama me

preguntó si tenía aquel libro.

Le contesté que no, y le expliqué cómo lo había leído, igual que los demás de que ya he

hablado.

-¿Y los recuerdas bien? -me preguntó Steerforth.

-¡Oh, sí, perfectamente! -repliqué- Tengo buena memoria, y creo que los recuerdo muy

bien todos.

-Entonces ¿quieres que hagamos una cosa, pequeño Copperfield? Me los vas a contar.

Yo no puedo dormirme tan temprano, y por lo general me despierto casi de madrugada.

Me irás contando uno después de otro y será lo mismo que Las mil y una noches.

La proposición me halagó de un modo extraordinario, y aquella misma noche la

pusimos en práctica. ¿Qué mutilaciones cometería yo con mis autores favoritos en el

curso de mi interpretación? No estoy en condiciones de decirlo, y además prefiero no

saberlo; pero tenía fe profunda en ellos, y, además, lo mejor que creo que tenía era el

modo sencillo y grave de contarlos. Con esas cualidades se va lejos.

El reverso de la medalla era que muchas noches tenía un sueño horrible o estaba triste y

sin ganas de reanudar la historia. En esas ocasiones era un trabajo duro; pero hubiera sido

incapaz de defraudar a Steerforth. También había días en que por la mañana me sentía

cansado y me habría gustado una hora más de sueño, y en aquellos momentos no era muy

agradable el ser despabilado igual que la sultana Sheerezade y forzado a contar durante

largo rato antes de que sonara la campana. Pero Steerforth estaba decidido, y como él me

explicaba mis problemas y todo aquello de mis deberes que yo no entendía, no perdía en

el cambio. Sin embargo, debo hacerme justicia: ni por un momento me movió el interés

ni el egoísmo, ni tampoco el temor. Admiraba a Steerforth y le amaba, y su aprobación lo

compensaba todo. Y el sentimiento aquel era tan precioso a mis ojos, que aun ahora, al

pensar en aquellas chiquilladas, me duele el corazón.

Steerforth era también muy considerado conmigo y me demostraba mucho interés;

sobre todo en una ocasión lo demostró de un modo inflexible. Sospecho que en aquella

ocasión debió de ser un poco de suplicio de Tántalo para el pobre Traddles y todos los

demás. La prometida carta de Peggotty (¡qué carta tan alegre y animadora era!) llegó en

las primeras semanas del semestre, y con ella un bizcocho perfectamente rodeado de

naranjas y con dos botellas de vellorita. Este tesoro, como es natural, me apresuré a

ponerlo a los pies de Steerforth, rogándole que lo distribuyese.

-Bueno; pero has de saber, pequeño Copperfield, que el vino lo guardaremos para

remojarte el gaznate cuando cuentes historias.

Enrojecí ante aquel interés, y, en mi modestia, le supliqué que no pensara semejante

cosa. Pero él insistió, diciendo que había observado que algunas veces me ponía ronco, y

que, por lo tanto, aquel vino se emplearía desde la primera hasta la última gota en lo que

había dicho. En consecuencia, lo guardó en su caja y echó un poco en un frasco, y me lo

administraba gota a gota por medio de un palito cuando le parecía que lo necesitaba. A

veces lo hacía exprimiendo en el vino jugo de naranja y echándole ginebra. No estoy muy

seguro de que el sabor mejorase con aquello ni de que resultara un licor muy estomacal

para tomar a las altas horas de la noche y de madrugada; pero yo lo bebía con

agradecimiento y era muy sensible a aquellas atenciones.

Me parece que tardé varios meses en contarle la historia de Peregrine Pickle, y más

tiempo todavía en las otras novelas. La institución nunca flaqueó por falta de una historia,

y el vino duró casi tanto como los relatos. ¡Pobre Traddles! No puedo pensar en él sin una

extraña predisposición a reír y a llorar. Por las noches coreaba las historias y afectaba

convulsiones de risa en los pasajes cómicos y un miedo mortal en los más peligrosos. A

veces casi me cortaba el hilo. Recuerdo que uno de sus grandes gestos era hacer como

que no podía por menos de castañetear los dientes cuando mencionaba a los alguaciles en

las aventuras de Gil Blas; y recuerdo que cuando Gil Blas se encuentra en Madrid con el

capitán de los ladrones, el desgraciado Traddles lanzó tales alaridos de terror, que lo oyó

mister Creakle y le dio una soberana paliza.

Yo tenía ya espontáneamente una imaginación romántica y soñadora, y se me

acentuaba cada día más con aquellas historias contadas en la oscuridad, por lo que dudo

de que aquella práctica me haya resultado beneficiosa; pero el verme mimado por todos,

como un juguete, en el dormitorio, y el darme cuenta de la importancia y el atractivo que

tenía entre los otros niños (a pesar de ser yo el más pequeño) me estimulaba mucho. En

una escuela regida con la crueldad de aquella, por grande que sea el mérito del que la preside

no hay cuidado de que se aprenda mucho. Nosotros, en general, éramos los

colegiales más ignorantes que pueden existir; estábamos demasiado atormentados y

preocupados para poder estudiar, pues nada se consigue hacer en una vida de perpetua

intranquilidad y tristeza. Sin embargo, a mí, mi pequeña vanidad, estimulada por

Steerforth, me hacía trabajar, y aunque no me salvaba de castigos, evitó, mientras estuve

allí, que me hundiera en la pereza general y me hizo asimilar de aquí y de allá algunas

briznas de conocimientos.

En esto me ayudaba mucho míster Mell. Me tenía cariño, lo recuerdo con

agradecimiento. Observaba con pena cómo Steerforth le trataba con un desprecio

sistemático, y no perdía ninguna ocasión de herirle ni de inducir a los demás a hacerlo.

Esto me preocupó durante mucho tiempo, porque yo ya le había contado (no hubiera

podido dejarle sin participar de un secreto, como de ninguna otra posesión material) lo de

las dos ancianas del hospicio que mister Mell había visitado, y temía que Steerforth se

aprovechara de ello para hacerle sufrir.

¡Qué poco podíamos imaginar míster Mell y yo, cuando estuve desayunando y

durmiendo, escuchando su flauta, las consecuencias que traería la visita al hospicio de mi

insignificante personilla! Tuvo las más inesperadas y graves consecuencias.

Sucedió que un día míster Creakle no salió de sus habitaciones por estar indispuesto;

esto, naturalmente, nos puso tan contentos, que armamos la mayor algarabía. La enorme

satisfacción que experimentábamos nos hacía muy difíciles de manejar, y aunque Tungay

apareció dos o tres veces con su pierna de palo y tomó nota con su voz estentórea de los

más revoltosos, no causó la menor impresión en los niños. Estaban tan seguros de que

hicieran lo que hicieran al día siguiente los castigaban, que preferían divertirse y

aprovechar el día.

Era sábado y, por consiguiente, medio día de fiesta; pero el tiempo no estaba para ir de

paseo, y para que el ruido en el patio no molestara a míster Creakle, se nos ordenó

continuar en clase por la tarde haciendo unos deberes más ligeros, que había preparados

para estas ocasiones. Era el día de la semana en que míster Sharp salía siempre a rizar su

peluca. Por lo tanto, fue míster Mell, a quien siempre tocaban las cosas más difíciles,

quien tuvo que quedarse a pelear con todos aquel día.

Si pudiera asociarse la imagen de un toro, de un oso o de algo semejante a la de míster

Mell, yo la compararía con alguno de aquellos animales acosados por un millar de perros,

aquella tarde, cuando el ruido era más fuerte. Lo recuerdo apoyando la cabeza en sus

delgadas manos, sentado en su pupitre, inclinado sobre un libro y esforzándose en proseguir

su cansada labor a través de aquel ruido que habría vuelto loco hasta al presidente de

la Cámara de los Comunes. Había chicos que se habían levantado de sus sitios y jugaban

a la gallina ciega en un rincón; los había que se reían, que cantaban, que hablaban, que

bailaban, que rugían; los había que patinaban; otros saltaban formando corro alrededor

del maestro y gesticulaban, le hacían burla por detrás y hasta delante de sus ojos,

parodiando su pobreza, sus botas, su traje, hasta a su madre; se burlaban de todo, hasta de

lo que más hubieran debido respetar.

-¡Silencio! -gritó de pronto míster Mell, levantándose y dando un golpe en el pupitre

con el libro- ¿Qué significa esto? No es posible tolerarlo. ¡Es para volverse loco! ¿Por

qué se portan así conmigo, señores?

El libro con que había dado en el pupitre era el mío, y como yo estaba de pie a su lado,

siguiendo su mirada vi a los chicos pararse sorprendidos de pronto, quizá algo asustados

y también un poco arrepentidos.

El pupitre de Steerforth era el mejor de la clase y estaba al final de la habitación, en el

lado opuesto al del maestro. En aquel momento estaba Steerforth recostado en la pared,

con las manos en los bolsillos, y cada vez que míster Mell le miraba adelantaba los labios

como para silbar.

-¡Silencio, míster Steerforth! -dijo míster Mell.

-Cállese usted primero! -replicó Steerforth, poniéndose muy rojo- ¿Con quién cree

usted que está hablando?

-¡Siéntese usted! -replicó míster Mell.

-¡Siéntese usted si quiere! –dijo Steerforth-, y métase donde le llamen.

Hubo cuchicheos y hasta algunos aplausos; pero míster Mell estaba tan pálido, que el

silencio se restableció inmediatamente, y un chico que se había puesto detrás de él a

imitar a su madre cambió de parecer a hizo como que había ido a preguntarle algo.

-Si piensa usted, Steerforth -continuó míster Mell que no sé la influencia que tiene aquí

sobre algunos espíritus (sin darse cuenta, supongo, puso la mano sobre mi cabeza) o que

no le he observado hace pocos minutos provocando a los pequeños para que me

insultasen de todas las maneras imaginables, se equivoca.

-No me tomo la molestia de pensar en usted -dijo Steerforth fríamente-; por lo tanto, no

puedo equivocarme.

-Y cuando abusa usted de su situación de favorito aquí para insultar a un caballero…

-¿A quién? ¿Dónde está? -dijo Steerforth.

En esto alguien gritó:

-¡Qué vergüenza, Steerforth; eso está muy mal!

Era Traddles, a quien míster Mell ordeno inmediatamente silencio.

-Cuando insulta usted así a alguien que es desgraciado y que nunca le ha hecho el

menor daño; a quien tendría usted muchas razones para respetar ya que tiene usted edad

suficiente, tanto como inteligencia, para comprender -dijo mister Mell con los labios cada

vez más temblorosos-; cuando hace usted eso, mister Steerforth, comete usted una

cobardía y una bajeza. Puede usted sentarse o continuar de pie, como guste. Copperfield,

continúe.

-Pequeño Copperfield –dijo Steerforth, avanzando hacia el centro de la habitación-,

espérate un momento. Tengo que decirle, míster Mell, de una vez para siempre, que

cuando se torna usted la libertad de llamarme cobarde o miserable o algo semejante, es

usted un mendigo desvergonzado. Usted sabe que siempre es un mendigo; pero cuando

hace eso es un mendigo desvergonzado.

No sé si Steerforth iba a pegar a míster Mell, o si mister Mell iba a pegar a Steerforth,

ni cuáles eran sus respectivas intenciones; pero de pronto vi que una rigidez mortal caía

sobre la clase entera, como si se hubieran vuelto todos de piedra, y encontré a míster

Creakle en medio de nosotros, con Tungay a su lado. Miss y mistress Creakle se

asomaban a la puerta con caras asustadas.

Míster Mell, con los codos encima del pupitre y el rostro entre las manos, continuaba en

silencio.

-Mister Mell -dijo míster Creakle, sacudiéndole un brazo, y su cuchicheo era ahora tan

claro que Tungay no juzgó necesario repetir sus palabras-. ¿Espero que no se habrá usted

olvidado?

-No, señor, no -contestó míster Mell levantando su rostro, sacudiendo la cabeza y

restregándose las manos con mucha agitación-; no, señor, no; me he acordado…, no,

mister Creakle; no me he olvidado… Yo… he recordado…. yo… desearía que usted me

recordase a mí un poco más, mister Creakle… Sería más generoso, más justo, y me

evitaría ciertas alusiones.

Mister Creakle, mirando duramente a mister Mell, apoyó su mano en el hombro de

Tungay, subió al estrado y se sentó en su mesa. Después de mirar mucho tiempo a mister

Mell desde su trono, mientras él seguía sacudiendo la cabeza y restregándose las manos,

en el mismo estado de agitación, mister Creakle se volvió hacia Steerforth y dijo:

-Steerforth, puesto que mister Mell no se digna explicarse, ¿quiere usted decirme qué

sucede?

Steerforth eludió durante unos minutos la pregunta, mirando con desprecio y cólera a su

contrario. Recuerdo que en aquel intervalo no pude por menos de pensar en lo noble y lo

hermoso del aspecto de Steerforth comparado con mister Mell.

-¡Bien! Veamos qué ha querido decir al hablar de favoritos -dijo por fin Steerforth.

-¿Favoritos? -repitió mister Creakle con las venas de la frente a punto de estallar-

¿Quién se ha atrevido a hablar de favoritos?

-Él -dijo Steerforth.

-¿Y qué entiende usted por eso, caballero? Haga el favor -pregunto mister Creakle

volviéndose furioso hacia el profesor.

-Me refería, mister Creakle -respondió en voz muy baja-, quería decir que ninguno de

los alumnos tenía derecho a abusar de su situación de favorito degradándome.

-¿Degradándole? -repitió mister Creakle-. ¡Dios mío! Pero bueno, mister no sé cuántos

(y aquí mister Creakle cruzó los brazos, con bastón y todo, sobre el pecho, y frunció tanto

las cejas, que sus ojillos eran casi invisibles), ¿quiere usted decirme si al hablar de

favoritos me demuestra el respeto que me debe? Que me debe -repitió mister Creakle

adelantando la cabeza y retirándola enseguida-, a mí, que soy el director de este

establecimiento, del que usted no es más que un empleado.

-En efecto, hice mal en decirlo; estoy dispuesto a reconocerlo –contestó míster Mell-; y

no lo habría hecho si no me hubieran empujado a ello.

Aquí Steerforth intervino.

-Me ha llamado cobarde y miserable, y entonces yo le he dicho que él era un mendigo.

Si no hubiera estado encolerizado no le habría llamado mendigo; pero lo he hecho, y

estoy dispuesto a soportar las consecuencias de ello.

Quizá sin darme cuenta de si aquello podría tener o no consecuencias para Steerforth,

me sentí orgulloso de aquellas nobles palabras, y en todos los niños produjo la misma

impresión, pues hubo un murmullo; pero nadie pronunció una palabra.

-Me sorprende, Steerforth, aunque su ingenuidad le hace honor, ¡le hace honor, es

evidente! Repito que me sorprende, Steerforth, que usted haya podido calificar así a un

profesor empleado y pagado en Salem House.

Steerforth soltó una carcajada.

-Eso no es contestar a mi observación, caballero -dijo míster Creakle-; espero más de

usted, Steerforth.

Si míster Mell me había parecido vulgar al lado de Steerforth, sería imposible decir lo

que me parecía míster Creakle.

—Que lo niegue –dijo Steerforth.

-¿Que niegue que es un mendigo, Steerforth? -exclamó míster Creakle-. ¿Acaso va

pidiendo por las calles?

-Si él no es un mendigo, lo es su pariente más cercana –dijo Steerforth-. Por lo tanto, es

lo mismo.

Me lanzó una mirada, y la mano de míster Mell me acarició cariñosamente el hombro.

Le miré con rubor en mi rostro y remordimiento en el corazón; pero los ojos de míster

Mell estaban fijos en Steerforth. Continuaba acariciándome con dulzura en el hombro;

pero le miraba a él.

-Puesto que espera usted de mí, míster Creakle, que me justifique -dijo Steerforth- y

que diga a lo que me refiero, lo que tengo que decir es que su madre vive de caridad en

un asilo.

Míster Mell seguía mirándole y seguía acariciándome con dulzura en el hombro. Me

pareció que se decía a sí mismo en un murmullo: «Sí; es lo que me temía».

Míster Creakle se volvió hacia el profesor con cara severa y una amabilidad forzada:

-Ahora, míster Mell, ya ha oído usted lo que dice este caballero. ¿Quiere tener la

bondad, haga el favor, de rectificar ante la escuela entera?

-Tiene razón, señor; no hay que rectificar -contestó míster Mell en medio de un

profundo silencio-; lo que ha dicho es verdad.

-Entonces tenga la bondad de declarar públicamente, se lo ruego -contestó míster

Creakle, poniendo la cabeza de lado y paseando la mirada sobre todos nosotros-, si he sabido

yo nunca semejante cosa antes de este momento.

-Directamente, creo que no -contestó míster Mell.

-¡Cómo! ¿No lo sabe usted? ¿Qué quiere decir eso?

-Supongo que nunca se ha figurado usted que mi posición era ni siquiera un poquito

desahogada -dijo el profesor-, puesto que sabe usted cuál ha sido siempre mi situación

aquí.

-Al oírle hablar de ese modo, temo -contestó míster Creakle con las venas más

hinchadas que nunca- que ha estado usted aquí en una situación falsa y ha tomado esto

por una escuela de caridad o algo semejante. Míster Mell, debemos separarnos cuanto

antes.

-No habrá mejor momento que ahora mismo –dijo míster Mell levantándose.

-¡Caballero! -exclamó míster Creakle.

-Me despido de usted, míster Creakle, y de todos ustedes -pronunció míster Mell

mirándonos a todos y acariciándome de nuevo el hombro-. James Steerforth, lo mejor que

puedo desearle es que algún día se avergüence de lo que ha hecho hoy. Por el momento,

prefiero que no sea mi amigo ni de nadie por quien yo me interese.

Una vez más apoyó su mano en mi hombro con dulzura y, después, cogiendo la flauta y

algunos libros de su pupitre y dejando la llave en él para su sucesor, salió de la escuela.

Míster Creakle hizo entonces una alocución por medio de Tungay, en que daba las

gracias a Steerforth por haber defendido (aunque quizá con demasiado calor) la

independencia y respetabilidad de Salem House; después le estrecho la mano, mientras

nosotros lanzábamos tres vivas. Yo no supe por qué; pero suponiendo que eran para

Steerforth, me uní a ellos con entusiasmo, aunque en el fondo me sentía triste. Al salir,

míster Creakle le pegó un bastonazo a Tommy Traddles porque estaba llorando en lugar

de adherirse a nuestros vivas, y después se volvió a su diván o a su cama; en fin, adonde

fuera.

Cuando nos quedamos solos estábamos todos muy desconcertados y no sabíamos qué

decir. Por mi parte, sentía mucho y me reprochaba, arrepentido, la parte que había tenido

en lo sucedido; pero no hubiera sido capaz de dejar ver mis lágrimas, por temor a que

Steerforth, que me estaba mirando, se pudiera enfadar o le pareciese poco respetuoso, teniendo

en cuenta nuestras respectivas edades y el sentimiento de admiración con que yo

le miraba. Steerforth estaba muy enfadado con Traddles, y decía que habían hecho muy

bien en pegarle.

El pobre Traddles, pasado ya su primer momento de desesperación, con la cabeza

encima del pupitre, se consolaba, como de costumbre, pintando un regimiento de esqueletos,

y dijo que le tenía sin cuidado lo que a él le pareciera, y que se habían portado muy

mal con míster Mell.

-¿Y quién se ha portado mal con él, señorita? -dijo Steerforth.

-Tú -dijo Traddles.

-¿Pues qué le he hecho? -insistió Steerforth.

-¿Cómo que qué le has hecho? -replicó Traddles-. Herir todos sus sentimientos y

hacerle perder la colocación que tenía.

-¡Sus sentimientos! -repitió Steerforth desdeñosamente-. Sus sentimientos se repondrán

pronto. ¿O es que crees que son como los tuyos, señorita Traddles? En cuanto a su

colocación, ¡era tan estupenda! ¿Pensáis que no voy a escribir a mi madre diciéndole que

le mande dinero?

Todos admiramos las nobles intenciones de Steerforth, cuya madre era una viuda rica y

dispuesta según decía él, a hacer todo lo que su hijo quisiera. Estábamos encantados de

ver cómo había puesto a Traddles en su puesto, y le exaltamos hasta las estrellas,

especialmente cuando nos dijo que se había decidido a hacerlo y lo había hecho

exclusivamente por nosotros y por nuestra causa, y que no había tenido en ello ni el

menor pensamiento de egoísmo.

Pero debo decir que aquella noche, mientras estaba contando mi novela en la oscuridad

del dormitorio, me parecía oír en mi oído tristemente la flauta de míster Mell; y cuando,

por último, Steerforth se durmió y yo me dejé caer en la cama, al pensar que quizá en

aquel momento aquella flauta estaría sonando dolorosamente, me sentí desgraciado por

completo.

Pronto lo olvidé todo, en mi constante admiración por Steerforth, que como interesado

y sin abrir un libro (a mí me parecía que los sabía todos de memoria) repasaba sus clases

mientras venía un nuevo profesor. El que vino salía de una escuela elemental, y antes de

entrar en funciones fue invitado a comer por míster Creakle un día, para serle presentado

a Steerforth. Steerforth lo aprobó y nos dijo que era un Brick, y aunque yo no entendía

exactamente lo que quería decir aquello, le respeté al momento, y no se me ocurrió dudar

de su saber, aunque nunca se tomó por mí el interés que se había tomado míster Mell.

Sólo hubo otro acontecimiento en aquel semestre de la vida escolar que me

impresionara de un modo persistente. Fue por varias razones.

Una tarde en que estábamos en la mayor confusión, y míster Creakle pegándonos sin

descansar, se asomó Tungay gritando con su terrible voz de trueno:

-Visita para Copperfield.

Cambió unas breves palabras con míster Creakle sobre la habitación a que los pasaría y

diciéndole quiénes eran. Entre tanto, yo estaba de pie y a punto de ponerme malo por la

sorpresa. Me dijeron que subiera a ponerme un cuello limpio antes de aparecer en el

salón. Obedecí estas órdenes en un estado de emoción distinta a todo lo que había sentido

hasta entonces, y al llegar a la puerta, pensando que quizá fuese mi madre (hasta aquel

momento sólo había pensado en miss o míster Murdstone), me detuve un momento

sollozando.

Al entrar no vi a nadie, pero sentí que estaban detrás de la puerta. Miré y con gran

sorpresa me encontré con míster Peggotty y con Ham, que se quitaban ante mí el

sombrero y se inclinaban para saludarme. No pude por menos de echarme a reír; pero era

más por la alegría de verlos que por sus reverencias.

Nos estrechamos las manos con gran cordialidad, y yo me reía, me reía, hasta que tuve

que sacar el pañuelo para secar mis lágrimas.

Míster Peggotty (recuerdo que no cerró la boca durante todo el tiempo que duró la

visita) pareció conmoverse cuando me vio llorar, y le hizo señas a Ham de que dijera

algo.

-Vamos, más alegría, señorito Davy –dijo Ham en su tono cariñoso-. Pero ¡cómo ha

crecido!

-¿He crecido? -dije enjugándome los ojos.

No sé por qué lloraba. Debía de ser la alegría de verlos.

-¿Que si ha crecido el señorito Davy? ¡Ya lo creo que ha crecido! -dijo Ham.

-¡Ya lo creo que ha crecido! -dijo míster Peggotty.

Empezaron a reírse de nuevo uno y otro, y los tres terminamos riendo hasta que estuve

a punto de volver a llorar.

-¿Y sabe usted cómo está mamá, míster Peggotty? -dije- ¿Y cómo mi querida Peggotty?

-Están divinamente -dijo míster Peggotty.

-¿Y la pequeña Emily y mistress Gudmige?

-Divinamente están -dijo míster Peggotty.

Hubo un silencio. Para romperlo, míster Peggotty sacó dos prodigiosas langostas y un

enorme cangrejo; además, una bolsa repleta de gambas, y lo fue amontonando en los

brazos de Ham.

-¿Sabe usted, señorito? Nos hemos tomado la libertad de traerle estas pequeñeces

acordándonos de lo que le gustaban cuando estuvo usted en Yarmouth. La vieja comadre

es quien las ha cocido. Sí, las ha cocido ella, mistress Gudmige -dijo míster Peggotty muy

despacio; parecía que se agarraba a aquel asunto, no encontrando otro a mano- Se lo

aseguro; las ha cocido ella.

Les dije cómo lo agradecía, y míster Peggotty, después de mirar a Ham, que no sabía

qué hacer con los crustáceos, y sin tener la menor intención de ayudarle, añadió:

-Hemos venido, con el viento y la marea a nuestro favor, en uno de los barcos desde

Yarmouth a Gravesen. Mi hermana me había escrito el nombre de este sitio, diciéndome

que si la casualidad me traía hacia Gravesen no dejara de ver al señorito Davy para darle

recuerdos y decirle que toda la familia está divinamente. Ve usted. Cuando volvamos,

Emily escribirá a mi hermana contándole que le hemos visto a usted y que le hemos

encontrado también divinamente. Resultará un gracioso tiovivo.

Tuve que reflexionar un rato antes de comprender lo que míster Peggotty quería decir

con su metáfora expresiva respecto a la vuelta que darían así las noticias. Le di las gracias

de todo corazón, y dije, consciente de que me ruborizaba, que suponía que la pequeña

Emily también habría crecido desde la época en que corríamos juntos por la playa.

-Está haciéndose una mujer; eso es lo que está haciéndose -dijo míster Peggotty-.

Pregúnteselo a él.

Me señalaba a Ham, que me hizo un alegre signo de afirmación por encima de la bolsa

de gambas.

-¡Y qué cara tan bonita tiene! -dijo míster Peggotty con la suya resplandeciente de

felicidad.

-¡Y es tan estudiosa! -dijo Ham.

-Pues ¿y la escritura? Negra como la tinta, y tan grande que podrá leerse desde

cualquier distancia.

Era un espectáculo encantador el entusiasmo de míster Peggotty por su pequeña

favorita.

Le veo todavía ante mí con su rostro radiante de cariño y de orgullo, para el que no

encuentro descripción. Sus honrados ojos se encienden y se animan, lanzando chispas. Su

ancho pecho respira con placer. Sus manos se juntan y estrechan en la emoción, y el

enorme brazo con que acciona ante mi vista de pigmeo me parece el martillo de una

fragua.

Ham estaba tan emocionado como él. Y creo que habrían seguido hablando mucho de

Emily si no se hubieran cortado con la inesperada aparición de Steerforth, quien al verme

en un rincón hablando con extraños detuvo la canción que tarareaba y dijo.

-No sabía que estuvieras aquí, pequeño Copperfield (no estaba en la sala de visitas), y

cruzó ante nosotros.

No estoy muy seguro de si era que estaba orgulloso de tener un amigo como Steerforth,

o si sólo deseaba explicarle cómo era que estaba con un amigo como míster Peggotty, el

caso es que le llamé y le dije con modestia (¡Dios mío qué presente tengo todo esto

después de tanto tiempo!):

-No te vayas, Steerforth, hazme el favor. Son dos pescadores de Yarmouth, muy buenas

gentes, parientes de mi niñera, que han venido de Gravesen a verme.

-¡Ah, ah! -dijo Steerforth acercándose- Encantado de verles. ¿Cómo están ustedes?

Tenía una soltura en los modales, una gracia espontánea y clara, que atraía. Todavía

recuerdo su manera de andar, su alegría, su dulce voz, su rostro y su figura, y sé que tenía

un poder de atracción que muy pocos poseen, que le hacía doblegar a todo lo que era más

débil, y que había muy pocos que se le resistieran. También a ellos les conquistó al momento,

y estuvieron dispuestos a abrir su corazón desde el primer instante.

-Haga usted el favor de decir en mi casa, míster Peggotty, cuando escriba, que míster

Steerforth es muy bueno conmigo y que no sé lo que habría sido de mí aquí sin él.

-¡Qué tontería! -dijo Steerforth-. ¡Haga el favor de no decir nada de eso!

-Y si míster Steerforth viniera alguna vez a Norfolk o Sooffolk mientras esté yo allí,

puede usted estar seguro, míster Peggotty, de que lo llevaré a Yarmouth a enseñarle su

casa. Nunca habrás visto nada semejante, Steerforth. Está hecha en un barco.

-¿Está hecha en un barco? -dijo Steerforth-. Entonces es la casa más a propósito para un

marino de pura raza.

-Eso es, señorito, eso es -exclamó Ham riendo-. Este caballero tiene mucha razón,

señorito Davy. De un marino de pura raza; eso es, eso es. ¡Ah! ¡Ah!

Míster Peggotty no estaba menos halagado que su sobrino; pero su modestia no le

permitía aceptar un cumplido personal de un modo tan ruidoso,

-Bien, señorito -dijo inclinándose y metiéndose las puntas de la corbata en el chaleco-;

se lo agradezco mucho. Yo nada más trato de cumplir mi deber en mi oficio, señorito.

-¿Qué más puede pedirse, míster Peggotty? -le contestó Steerforth. (Ya sabía su

nombre.)

-Estoy seguro de que usted hará lo mismo –dijo míster Peggotty moviendo la cabeza-

Y hará usted bien, muy bien. Estoy muy agradecido de su acogida; soy rudo, señorito,

pero soy franco; al menos me creo que lo soy, ¿comprende usted? Mi casa no tiene nada

que merezca la pena, señorito; pero está a su disposición si alguna vez se le ocurre ir a

verla con el señorito Davy. ¡Bueno! Estoy aquí como un caracol -dijo míster Peggotty,

refiriéndose a que tardaba en irse, pues lo había intentado después de cada frase sin conseguirlo-.

¡Vamos, les deseo que sigan con tan buena salud y que sean felices!

Ham se unió a sus votos y nos separamos con mucho cariño. Aquella noche estuve casi

a punto de hablarle a Steerforth de la pequeña Emily; pero era tan tímido, que no me

atrevía ni a nombrarla; además tuve miedo de que fuera a reírse. Recuerdo que me

preocupaba mucho y de un modo molesto lo que me habían dicho de que se estaba

haciendo una mujer; pero al fin decidí que era una tontería.

Transportamos aquellas «porquerías», como las había llamado modestamente míster

Peggotty, al dormitorio, sin que nadie lo viera, y tuvimos banquete aquella noche. Pero

Traddles no podía salir felizmente de nada. Tenía la desgracia de no poder soportar ni una

comida extraordinaria como otro cualquiera y se puso muy malo, tan malo, a consecuencia

de la langosta, que le hicieron beber cosas negras y tragar unas píldoras azules, lo que,

según Demple, cuyo padre era médico, habría sido suficiente para matar a un caballo.

Además, recibió una paliza y seis capítulos del Testamento griego por negarse en rotundo

a confesar la causa.

El resto del semestre confunde en mi memoria la monotonía diaria y triste de nuestras

vidas: la huida del verano; el frío de la mañana al saltar de la cama y el frío más frío todavía

de la noche cuando volvíamos a ella. Por la tarde la clase estaba mal alumbrada y

peor calentada, y por la mañana, igual que una nevera; la alternativa entre la carne de

vaca cocida y asada y del cordero cocido y del cordero asado; el pan con mantequilla; el

jaleo de libros y de pizarras rotas, de cuadernos manchados de lágrimas, de bastonazos,

de golpes dados con la regla, del corte de cabellos, de domingos lluviosos y de los

puddings agrios; el todo rodeado de una atmósfera sucia, impregnada de tinta.

Recuerdo cómo la lejanía de las vacaciones, después de parecer que había estado

detenida durante tanto tiempo, empezaba a acercarse a nosotros poco a poco. Y cómo de

contar por meses el tiempo que faltaba llegamos a contarlo por semanas y después ya por

días. El miedo que pasé pensando que quizá no fueran a buscarme, y después, cuando

supe por Steerforth que me habían llamado, el temor de romperme alguna pierna o que

ocurriera algo. Y ¡cómo iba cambiando de sitio el bendito día señalado! Después de ser

dentro de quince días, era a la otra semana; después, ya en esta misma; luego, pasado mañana;

luego, mañana, y, por fin, hoy, esta noche, subo a la diligencia de Yarmouth y ya

estoy camino de mi casa.

Dormí, con varias interrupciones, en el coche de Yarmouth, y tuve muchos sueños

incoherentes sobre aquellos recuerdos. Me despertaba a intervalos, y el musgo que veía al

asomarme no era ya el del patio de recreo de Salem House, y los golpes que oían mis

oídos no eran los de míster Creakle castigando al buen Traddles, sino los latigazos que el

cochero arreaba a los caballos.

CAPÍTULO VIII

MIS VACACIONES, Y EN ESPECIAL UNA TARDE DICHOSA

Al amanecer llegamos a la fonda en que el coche paraba (no era la misma en que había

almorzado a la ida y donde vivía mi amigo el camarero), y allí me condujeron a una

alcoba muy limpia, en cuya puerta se leía: «Dolphin». Tenía mucho frío, a pesar del té

caliente que acababan de darme ante la chimenea, y muy contento me acosté en la cama

de dolphin, me arrebujé en las sábanas y me quedé dormido.

Míster Barkis, el cochero de Bloonderstone, debía venir a recogerme a las nueve de la

mañana siguiente. Me levanté a las ocho algo cansado por haber dormido poco, y antes

de la hora ya le estaba esperando. Barkis me recibió exactamente como si acabara de

verme cinco minutos antes y solo nos hubiéramos separado para entrar yo al hotel a

cambiar un billete.

Tan pronto como estuvimos instalados en el carro mi maleta y yo, el caballo echó a

andar, a su paso de siempre.

-Tiene usted buen aspecto, míster Barkis -dije, pensando que le halagaría.

Barkis se restregó la mejilla con la manga y después la miró, esperando sin duda

encontrar algún rastro de su salud en ella; pero esa fue la única contestación que obtuvo

mi cumplido.

-Ya ejecuté su encargo, míster Barkis -dije-, escribiendo a Peggotty.

-¡Ah! -dijo Barkis.

Estaba de mal humor y respondía secamente.

-¿Es que no lo hice bien, míster Barkis? -pregunté después de un momento de duda.

-¡No! -dijo Barkis.

-¿No era aquel su encargo?

-Quizá usted hizo bien el encargo -contestó Barkis-;, pero no ha pasado de ahí.

No comprendiendo a qué se refería, repetí sus palabras, sólo que interrogando:

-¿No ha pasado de ahí, míster Barkis?

-¡Claro! –explicó, mirándome de lado-. ¡No me ha contestado!

-¡Ah! ¿Tenía que haberle contestado? -dije abriendo los ojos.

Aquello daba una luz nueva al asunto.

-Cuando un hombre le dice a una mujer «que está dispuesto» -dijo Barkis, volviéndose

muy despacio a mirarme- es como si se dijera que ese hombre espera una contestación.

-¿Y bien, míster Barkis?

-Pues bien -dijo, volviéndose a mirar las orejas del caballo-. ¡Este hombre está

esperando una contestación desde entonces!

-¿Y no le ha hablado usted, míster Barkis?

-No -gruñó Barkis mientras reflexionaba- No tenía por qué ir a hablarle. No le he dicho

nunca seis palabras ¿y voy a ir a contarle eso ahora?

-¿Quiere usted que me encargue yo de ello? -dije titubeando.

-Puede usted decirle, si quiere -prosiguió Barkis dirigiéndome otra mirada lenta-, que

Barkis está esperando una contestación. ¿Dice usted que se llama?

-¿Su nombre?

-Sí -dijo Barkis moviendo la cabeza.

-Peggotty.

-¿Nombre de pila o apellido? -preguntó Barkis.

-¡Oh!, no es su nombre de pila; su nombre es Clara.

-¿Es posible? -preguntó Barkis.

Y pareció encontrar abundante materia de reflexión en ello, pues permaneció inmóvil

meditando durante mucho tiempo.

-Bien -repuso por último-; le dice usted: «Peggotty: Barkis está esperando una

contestación». Ella quizá le diga: « ¿Contestación a qué?». Y usted le dice entonces: « A

lo que ya te he dicho». «¿A qué?», insistirá ella. «A lo de que Barkis está dispuesto», le

dice usted.

Esta extraordinaria y artificiosa sugerencia la acompañó Barkis con un codazo, que me

dolió bastante. Después siguió mirando a su caballo como siempre, sin hacer la menor

alusión al asunto hasta media hora después, que, sacando un trozo de tiza de su bolsillo,

escribió en el interior del carro: «Clara Peggotty», supongo que para no olvidarlo.

¡Oh, qué extraño sentimiento experimentaba al volver a mi casa, convencido de que ya

no era mi casa, y encontrando en todo lo que miraba el recuerdo de mi antigua felicidad,

que me parecía como un sueño que nunca podría volver a realizarse! Aquellos días en

que mi madre, yo y Peggotty éramos por completo y en todo el uno para el otro, cuando

nadie había venido todavía a ponerse por medio, ¡qué tristes aparecieron ante mí aquellos

recuerdos! Tanto, que no sabía si me alegraba de volver, y hubiera preferido seguir

viviendo lejos para olvidarlo todo al lado de Steerforth. Pero ya estaba allí, y enseguida

llegamos a casa, donde las ramas de los viejos olmos retorcían sus innumerables brazos a

los golpes del viento de invierno, columpiando los restos de los antiguos nidos de

cuervos.

Barkis depositó la maleta en el suelo ante la verja del jardín y se fue. Yo torné el

sendero de la casa, mirando a las ventanas con el temor de ver aparecer en alguna de ellas

a míster Murdstone o a su hermana. Nadie se asomó, y al llegar a la puerta, como yo

sabía el modo de abrirla desde fuera mientras era de día, entré sin que me oyeran, ligero y

tímido.

Dios sabe cómo se despertó mi infantil memoria al entrar en el vestíbulo y oír a mi

madre desde su gabinete cantando a media voz. Sentí que estaba en sus brazos como de

pequeñito. La canción era nueva para mí; sin embargo, me llenaba el corazón hasta los

bordes, como un amigo que vuelve después de larga ausencia. Por el tono pensativo y

serio con que mi madre tarareaba su canción me figuré que estaba sola y entré sin hacer

ruido. Estaba sentada delante de la chimenea, dando de mamar a un niño, de quien

estrechaba la manita contra su cuello. Sus ojos estaban fijos en el rostro del nene y lo

dormía cantándole. Había acertado, pues estaba sola.

La llamé, y ella se estremeció, lanzando un grito llamándome su Davy, su hijito

querido, y saliendo a mi encuentro se arrodilló en el suelo para besarme, estrechando mi

cabeza contra su pecho al lado de la cabecita dormida, y puso la manita del nene sobre

mis labios. Hubiera deseado morir; hubiera deseado morir con aquellos sentimientos en

mi corazón. En aquellos momentos estaba más cerca del cielo de lo que nunca he vuelto a

estarlo.

-Es tu hermanito -dijo mi madre acariciándome-. ¡Davy, niño mío, pobrecito!

Y me besaba más y más y me estrechaba en sus brazos. Así estábamos cuando llegó

Peggotty corriendo, y tirándose al suelo a nuestro lado estuvo como loca durante un

cuarto de hora.

No me esperaban tan pronto. Al parecer, Barkis había adelantado la hora de costumbre.

Míster Murdstone y su hermana habían ido a una visita en los alrededores y no volverían

antes de la noche. Nunca me hubiera esperado tanta felicidad. Nunca me hubiera parecido

posible volver a encontrarnos los tres solos, tranquilos, y en aquel momento me parecía

haber vuelto a los antiguos días.

Comimos juntos ante la chimenea. Peggotty nos quería servir; pero mamá no le dejó y

le hizo sentarse a nuestro lado. A mí me pusieron mi antiguo plato con su fondo oscuro,

en el que había pintado un barco con un marino bogando a toda vela. Peggotty lo había

tenido escondido durante mi ausencia, pues decía que ni por cien mil libras hubiera

querido que se rompiese. También me puso el vaso de cuando era pequeño, con mi

nombre grabado en él, mi tenedorcito y mi cuchillo, que no cortaba nada.

Mientras comíamos pensé que era la mejor ocasión para hablar a Peggotty de Barkis;

pero no había terminado de explicarle su encargo cuando empezó a reírse, tapándose la

cara con el delantal.

-Peggotty –dijo mi madre-, ¿qué te pasa?

Peggotty se reía cada vez más fuerte, apretándose el delantal contra la cara cuando mi

madre trataba de quitárselo, y parecía que había metido la cabeza en un saco.

-Pero ¿qué haces, tonta? -insistió mi madre riendo.

-¡Oh, el necio del hombre! -exclamó Peggotty-. ¿Pues no quiere casarse conmigo?

-Sería un buen partido para ti, Peggotty —dijo mamá.

-¡Oh, no lo sé! -dijo Peggotty-. No me hable usted de ellos. No le aceptaría aunque

fuera de oro. Ni a él ni a ningún otro.

-Entonces ¿por qué no se lo dices, ridícula? -preguntó mi madre.

-¿Decírselo? -replicó Peggotty, sacando la cara del delantal-. Pero si nunca me ha dicho

una palabra de ello. Me conoce, y sabe que si se atreviese a decirme cualquier cosa le

daría un bofetón.

Estaba roja, como nunca la había visto ni a ella ni a nadie, y volvió a taparse la cara

durante unos momentos, atacada otra vez por una risa violenta. Después de dos o tres de

aquellos ataques continuó comiendo.

Observé que mi madre, aunque se sonreía al mirar a Peggotty, se había quedado más

seria y pensativa. Desde el primer momento ya la había notado muy cambiada. Su rostro

era muy bello todavía, pero parecía preocupado y demasiado transparente. Sus manos

también, tan delgadas y pálidas, casi se clareaban. Pero sobre todo en lo que ahora me

parece que estaba más cambiada era en que parecía que estaba siempre inquieta y

asustada. Por último, dijo, acariciando afectuosamente la mano de su antigua criada:

-Peggotty, querida, ¿no pensarás casarte?

-¿Yo, señora? -preguntó Peggotty estupefacta, ¡Dios la bendiga! ¡No!

-Al menos no muy pronto -dijo mi madre con ternura.

-¡Nunca! -gritó Peggotty.

Mi madre, cogiéndole la mano, dijo:

-No me dejes, Peggotty; no te separes de mí. Quizá no sea para mucho tiempo, y ¿qué

sería de mí si no estuvieras tú?

-¿Dejarla yo, hija mía? -exclamó Peggotty-. No. Ni por todos los tesoros del mundo.

Pero ¿quién meterá esas cosas en esa cabecita?

Peggotty a veces le hablaba a mi madre como si fuera un niño.

Mi madre sólo contestó para darle las gracias, y Peggotty continuó a su modo:

-¿Yo dejarla? ¡Maldita la gana que tengo de ello! ¿Marcharse Peggotty de su lado? ¡Me

gustaría verlo! No, no -dijo Peggotty, sacudiendo su cabeza y cruzando los brazos-, no

hay cuidado, hija mía. No es que no haya personas que lo estén deseando; pero que se

fastidien. Yo sigo con usted hasta que sea un vejestorio inútil. Y cuando ya esté sorda y

demasiado vieja y demasiado ciega, y hasta incapaz de hablar por no tener un diente;

cuando ya no sirva en absoluto para nada, ni siquiera para que me regañen, entonces iré a

buscar a Davy y le diré si quiere recogerme.

-Y yo te recibiré muy contento, Peggotty: te recibiré lo mismo que a una reina.

-¡Dios bendiga tu buen corazón! -exclamó Peggotty-. ¡Estaba tan segura! -Y me besó,

anticipadamente agradecida a mi hospitalidad. Después volvió a taparse la cara con el

delantal y a reírse de Barkis; después, cogiendo al niño de la cuna, lo estuvo arreglando;

luego se llevó las cosas de la comida, y por fin volvió con otra cofia y su caja de labor,

con su metro y su pedazo de cera, todo lo mismo que en los antiguos días.

Estábamos sentados alrededor del fuego, y charlábamos alegremente. Yo les contaba la

crueldad de Míster Creakle, y me compadecían. Les decía lo bueno que era Steerforth,

cómo me protegía, y Peggotty me dijo que sería capaz de andar a pie unas millas por

verle. Cuando se despertó cogí al niño en mis brazos y le dormí cantando dulcemente.

Después me fui al lado de mi madre, y pasando mis brazos alrededor de su talle, como

me había gustado siempre tanto hacer, apoyé mi mejilla en su hombro, y una vez mas sus

hermosos cabellos cayeron sobre mí, «como las alas de un ángel»; me gusta pensar

cuando me acuerdo de ello. ¡Qué feliz era!

Mientras estábamos sentados así mirando el fuego y viendo las extrañas figuras que

formaban las llamas, casi me parecía que nunca había estado lejos, y que míster Murdstone

y su hermana eran figuras como aquellas, que se desvanecerían al apagar el fuego,

y que de todos mis recuerdos los únicos reales éramos mi madre, Peggotty y yo.

Peggotty, mientras hubo luz, remendaba una media, y después continuó con ella metida

en una mano, como si fuera un guante, y la aguja en la otra dispuesta a dar una puntada

cuando el fuego lanzase un resplandor. No puedo comprender de quién eran las medias

que Peggotty estaba remendando siempre, ni de dónde provenía aquella cantidad

inagotable de medias que coser. Desde mi más tierna infancia siempre la había visto con

aquella costura, y ni una vez con otra.

-Pienso -dijo Peggotty, a quien a veces preocupaban las cosas más inesperadas- qué

habrá sido de la tía de Davy.

-¡Dios mío, Peggotty! -contestó mi madre saliendo de su ensueño-. ¡Qué tonterías

dices!

-Sí; pero realmente me preocupa,

-¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante persona? -preguntó mi madre-, ¿No hay

en el mundo otras de quienes ocuparse?

-No sé por qué será -dijo Peggotty-; puede que sólo sea a causa de mi estupidez; pero

mi cabeza nunca puede escoger mis pensamientos. Van y vienen por ella como quieren, y

ahora he pensado qué habrá sido de ella.

-¡Qué absurda eres, Peggotty! Se diría que deseas otra visita suya.

-¡Dios nos libre! -gritó Peggotty.

-Entonces no hables de cosas tristes -dijo mamá-. Miss Betsey continuará encerrada en

su casita a la orilla del mar y no será probable que venga a molestarnos.

-No -murmuró Peggotty-, no es probable. Pero lo que pensaba era si en caso de morirse

dejaría algo a Davy.

-¡Dios me perdone, Peggotty; pero eres una mujer sin sentido! ¡Sabiendo lo que le

ofendió que naciera el pobre chico!

-Pensaba que quizá estaría dispuesta a perdonarle ahora -murmuró Peggotty.

-¿Por qué iba a estar dispuesta a perdonarle ahora? –dijo mi madre casi con dureza.

-¡Como tiene un hermano!… –dijo Peggotty.

Mi madre inmediatamente empezó a llorar diciendo que parecía mentira que Peggotty

se atreviera a decirle aquellas cosas.

-Como si el pobrecito inocente, en su cuna, te hubiera hecho algún daño a ti ni a nadie.

Eres una envidiosa-, mucho mejor harías casándote con míster Barkis y marchándote lejos.

¿Por qué no?

-Porque miss Murdstone se pondría demasiado contenta –dijo Peggotty.

-¡Qué mal carácter tienes, Peggotty! –contestó mi madre-. Tienes celos de miss

Murdstone, unos celos absurdos. Querrías ser tú quien guardara las llaves y manejara

todo, estoy segura. No me sorprendería. Cuando debes estar convencida de que si lo hace

es sólo por bondad y con las mejores intenciones del mundo. ¡Lo sabes, Peggotty, lo sabes

muy bien!

Peggotty murmuró algo como: «Estoy harta de buenas intenciones», y también algo

como: «Que ya resultaban demasiadas buenas intenciones».

-Ya sé a qué te refieres -dijo mi madre-; lo comprendo perfectamente, Peggotty, y sabes

que lo sé; no necesitas ponerte más roja que el fuego. Pero punto por punto. Y ahora el

punto es miss Murdstone, y no tienes escape. No le has oído decir una vez y otra vez que

la parece que soy demasiado niña y demasiado…

-Bonita -sugirió Peggotty.

-Bien -contestó mi madre medio riendo-; si es tan loca para pensar así, ¿acaso tengo yo

la culpa?

-Nadie la ha acusado a usted –dijo Peggotty.

-Claro que no -contestó mi madre, ¿No le has oído decir una vez y otra que ella lo único

que desea es evitarme trabajos, para los que le parece que no estoy hecha, y que realmente

yo misma no sé si sirvo para ellos? ¿No ves que se está en pie de la mañana a la

noche, yendo de un lado a otro, haciéndolo todo y mirando en todas partes, hasta en la

carbonera, todos los sitios nada agradables? Y viendo todo esto, ¿quieres insinuar que no

hay una especie de abnegación en ello?

-Yo no insinúo nada —dijo Peggotty.

-Sí lo haces, Peggotty -contestó mi madre-. Nunca haces otra cosa, excepto tu trabajo.

Siempre estás insinuando. Gozas con ello. Y cuando hablas de las buenas intenciones de

míster Murdstone…

-Nunca hablo de ellas -dijo Peggotty.

-No, Peggotty -contestó mama-; pero insinúas, que es lo que te decía precisamente

ahora. Es tu lado malo. Insinúas. Hace un momento te he dicho que te comprendía, y ya

lo ves. Cuando te refieres a las buenas intenciones de míster Murdstone, pretendiendo

despreciarlas (pues dentro de tu corazón realmente no lo sientes), estás tan convencida

como yo de lo buenas que son, en todo y para todo. Y si te parece que es algo severo con

cierta persona (tú comprendes, y Davy también que no hablo de nadie presente), es

únicamente porque está convencido de que es beneficioso para ella. Él, como es natural,

quiere mucho a esa persona por cariño a mí y obra únicamente por su bien. Él es más

capaz de juzgar que yo, pues demasiado sé que soy una criatura joven, débil y delicada,

mientras que él es un hombre firme, serio y grave. Y, además, que se toma -dijo mi

madre, con el rostro inundado de lágrimas afectuosas-, que se toma muchos trabajos por

mí. Yo debo estarle muy agradecida y someterme a él aun en mis pensamientos; y cuando

no lo hago, Peggotty, me lo reprocho, me condeno y hasta dudo de mi corazón, y no se ya

que hacer.

Peggotty, con la barba apoyada en el pie de la media, miraba al fuego en silencio.

-Vamos, Peggotty -dijo mi madre cambiando de tono-, no nos enfademos, no lo podría

soportar. Eres mi única amiga, ya lo sé; no tengo otra en el mundo. Y cuando te llamo

criatura ridícula o insoportable, o cualquier otra cosa por el estilo, sólo quiero decirte que

eres mi verdadera amiga, que siempre lo has sido, siempre, desde la noche en que míster

Copperfield me trajo por primera vez a esta casa y tú saliste a la verja a recibirme.

Peggotty no tardó en responder y ratificar el tratado de amistad dándome su más fuerte

abrazo. Pienso que ya entonces comprendía yo algo del verdadero sentido de aquella

conversación; pero ahora estoy seguro de que esa excelente criatura la había provocado y

sostenido únicamente para dar motivo a mi madre de consolarse contradiciéndola.

Si era ese su designio, fue eficaz, pues recuerdo que mi madre pareció más tranquila

durante el resto de la velada, y Peggotty la miraba menos.

Después de tomar el té, cuando se reanimó el fuego y se encendió la luz, leí a Peggotty

un capítulo del libro de los cocodrilos, en recuerdo de los antiguos tiempos. Peggotty

sacó el libro del bolsillo; no sé si lo tendría allí desde que me marché. Después estuvimos

hablando otra vez de Salem House, lo que me llevó a hablar también de Steerforth de

nuevo, tema para mí inagotable. Éramos muy dichosos, y aquella noche, la última en su

género y destinada a cerrar para siempre un capítulo de mi vida, nunca se borrará de mi

memoria.

Eran casi las diez cuando oímos el ruido de las ruedas del coche. Todos nos levantamos

precipitadamente, y mi madre nos dijo que, como era muy tarde y a míster y miss Murdstone

les gustaba que los niños se acostasen temprano, lo mejor era que me fuese a la

cama. La besé y subí con la luz a mi cuarto antes de que llegaran. Me parecía, en mi

infantil imaginación, mientras subía al cuarto en que había estado prisionero, que traían

consigo un soplo de aire helado, que se llevaba la felicidad y la intimidad de nuestro

cariño lo mismo que una pluma.

A la mañana siguiente estaba muy preocupado con la idea de bajar a desayunar, pues

desde el día de la ofensa mortal no había vuelto a ver a míster Murdstone. Sin embargo,

no tenía más remedio que hacerlo, y después de bajar dos o tres veces y volverme a meter

corriendo en mi alcoba, me decidí y entré en el comedor.

Míster Murdstone estaba de pie ante la chimenea y de espaldas a ella. Miss Murdstone

estaba haciendo el té. Él me miró fijamente al entrar, como si no me conociera.

Después de un momento de confusión y dudas me acerqué a él diciendo:

-Le pido a usted perdón; estoy muy triste de lo que hice, y espero que me perdone.

-Me alegro de que te disculpes, Davy -me dijo.

La mano que me tendía era la del mordisco, y no pude por menos de lanzar una mirada

a la marquita roja; pero no era tan roja como yo me puse al ver después la siniestra expresión

de su mirada.

-¿Cómo está usted? –dije a miss Murdstone.

-¡Ah, Dios mío! -suspiró ella, alargándome las pinzas del azúcar en lugar de sus dedos-.

¿Cuánto duran las vacaciones?

-Un mes, señora.

-¿A contar desde cuándo?

-Desde hoy mismo, señora.

-¡Ah! –exclamó miss Murdstone-, entonces ya es un día menos.

Marcó en un calendario el tiempo que duraban, y cada mañana tachaba un día

exactamente de la misma manera.

Lo hacía con tristeza hasta que llegaron a diez; desde entonces, el ver dos cifras le hizo

recobrar la esperanza, y al final estaba casi alegre.

Desde el primer momento tuve la desgracia de ponerla (a ella, que no estaba, por lo

general, sujeta a esas debilidades) en un estado de violenta consternación. La cosa fue

que entré en la habitación en que estaba con mi madre y el niño. El niño solamente tenía

unas semanas. Mi madre tenía el niño en sus rodillas, y yo le cogí con cariño en mis

brazos. De pronto miss Murdstone lanzó tal grito de espanto, que estuve a punto de

dejarlo caer al suelo.

-Jane, ¿qué tienes? –exclamó mi madre.

-¡Dios mío, Clara! ¿Pero no lo ves? -exclamó miss Murdstone.

-¿Qué es lo que ves, querida? -dijo mi madre-. ¿Dónde?

-¡Que lo ha cogido! ¡Que David tiene al niño!

Estaba lívida de horror; pero se reanimó para precipitarse sobre mí y arrancarme al niño

de los brazos. Después se puso mala, tan mala que tuvo que tomar una copa de brandy de

Jerez. Desde aquel momento me fue solemnemente prohibido por ella el tocar a mi

hermano bajo ningún pretexto; y mi pobre madre, que yo me daba cuenta no era de su

opinión, confirmó dulcemente la orden diciendo:

-Sin duda tienes razón, Jane.

En otra ocasión, estando los tres juntos, también el pobre nene, que me era tan querido

a causa de mi mamá, fue la inocente causa de la cólera de miss Murdstone. Mi madre

había estado mirando los ojos de su niño teniéndole en sus brazos, y después me llamó.

-Ven, Davy -y me miró a los ojos.

Vi que miss Murdstone dejaba la cuenta que engarzaba.

-Realmente -dijo mi madre con dulzura-, son exactamente iguales. Deben de ser los

míos; creo que son del color de los míos, porque son exactamente iguales.

-¿De quién estás hablando, Clara? -preguntó miss Murdstone.

-Jane -balbució mi madre un poco avergonzada de la dureza del tono con que le

preguntaba-. Encuentro que los ojos del nene y los de Davy son absolutamente iguales.

-¡Clara! -dijo miss Murdstone levantándose con cólera-. ¡Algunas veces parece que

estás loca!

-¡Mi querida Jane! -reprochó mi madre.

-Verdaderamente loca –dijo miss Murdstone-. Si no, ¿cómo se te iba a ocurrir el

comparar al niño de mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada. Son completamente

distintos, diferentes en todo, y espero que así seguirá siendo siempre. Me voy de aquí. No

quiero seguir oyéndote hacer semejantes comparaciones.

Y diciendo esto, salió majestuosamente, dando un portazo.

En una palabra, a miss Murdstone no le caía en gracia, mejor dicho, no le caía a nadie,

ni aun a mí mismo, pues los que me querían no podían demostrármelo, y los que no me

querían me lo demostraban tan claramente, que me hacían tener la dolorosa conciencia de

que era siempre torpe, antipático y necio.

Me daba cuenta de que ellos sentían el mismo malestar que me hacían sentir. Si entraba

en la habitación donde estaban hablando y mi madre parecía contenta, un velo de tristeza

cubría su rostro en cuanto me veía. Si míster Murdstone estaba de buen humor, se le

cambiaba. Si miss Murdstone estaba en el suyo, malo de costumbre, se le acrecentaba.

Yo me daba bastante cuenta de que mi madre era siempre la víctima y de que no se

atrevía ni a hablarme con cariño, por miedo a que ellos se ofendieran y después le

riñesen. Constantemente le preocupaba el miedo a ofenderlos o de que yo los ofendiera, y

en cuanto me movía sus miradas interrogaban con temor. En vista de ello, resolví

separarme de su camino en todo lo posible. ¡Y cuántas horas de invierno he oído sonar la

campana de la iglesia, sentado en mi triste habitación, envuelto en mi batín de casa,

inclinado sobre un libro!

Por la noche algunas veces iba a sentarme a la cocina con Peggotty. Allí estaba en mi

casa, sin miedos y riendo; ¡allí podía ser yo mismo! Pero ninguno de estos dos recursos

fue aprobado por los hermanos Murdstone. Al sombrío carácter que dominaba allí le

molestaba todo, y al parecer todavía creían que era yo necesario para la educación de mi

pobre madre y, por lo tanto, no quisieron consentir mi ausencia.

-David -me dijo un día míster Murdstone después de la comida, cuando yo me

marchaba como de costumbre-, me apena el observar que seas tan huraño.

-Huraño como un oso -dijo miss Murdstone.

Yo me detuve y bajé la cabeza.

-Y has de saber, David, que esa es una de las peores condiciones que puede tener nadie.

-Y este chico la tiene de lo más acentuado que he visto nunca -observó su hermana-; es

terco y voluntarioso. Supongo, querida Clara, que tú también lo habrás observado.

-Perdóname, Jane -dijo mi madre-; pero ¿estás segura (y me dispensarás lo que voy a

decirte), estás segura de que entiendes a Davy?

-Me avergonzaría de mí misma, Clara -repuso mi Murdstone-, si no comprendiera a

este niño, o a cualquier otro. No presumo de profundidad; pero creo que tengo sentido

común.

-Sin duda, mi querida Jane; tu inteligencia es grande.

-¡Oh no, querida! Te ruego que no digas eso, Clara- dijo miss Murdstone con cólera.

-Pero si estoy segura de ello -repuso mi madre-; todo el mundo lo sabe, y yo misma me

aprovecho de ella a todas horas; así que nadie puede estar más convencida, y cuando

estás delante sólo hablo con terror, te lo aseguro, mi querida Jane.

-Bien; supongamos que yo no entiendo al chico, Clara -repuso miss Murdstone,

arreglándose las cadenas que adornaban sus puños-. De acuerdo, si te parece, en que no lo

comprendo. Es demasiado profundo para mí; pero quizá la inteligencia penetrante de mi

hermano haya sido capaz de formarse alguna idea del carácter del niño, y creo que estaba

hablando de ello cuando nosotras, muy descortésmente, le hemos interrumpido.

-Creo, Clara -dijo mister Murdstone en voz baja grave-, que en este asunto puede haber

jueces mejor y más desapasionados que tú.

-Edward -replicó mi madre tímidamente-, tú en todas las cuestiones juzgas mejor que

yo, y tu hermana también; solamente decía…

-Solamente decías algo inútil a irrefexivo -repuso él-. Trata de no volver a hacerlo,

querida Clara, y de dominate mejor.

Los labios de mi madre se movieron como si contestaran «Sí, mi querido Edward»;

pero no llegaron a pronunciar palabra.

-Me apena, David, el observar -repitió mister Murdstone, volviéndose hacia mí- que

seas tan huraño. Yo no puedo consentir que un carácter así se desarrolle delante de mis

ojos sin hacer un esfuerzo para corregirlo. Trata, por lo tanto, de cambiar, si no quieres

que tratemos nosotros de cambiarte.

-Dispénseme usted, mister Murdstone; pero le aseguro que ni por un momento he

tenido la intención de ser, desde mi llegada, como usted dice.

-No te refugies en la mentira -me contestó tan irritado, que vi a mi madre extender

involuntariamente su mano como interponiéndose-. Tu mal humor te ha hecho retirarte a

tu habitación, y allí te has pasado horas enteras, cuando debías haber estado aquí. Ya

sabes de una vez para siempre, te lo ordeno, que tienes que estar aquí. Además, exijo que

seas obediente en todo. Ya me conoces, David; cuando quiero una cosa, esa cosa ha de

hacerse.

Miss Murdstone lanzó un suspiro de satisfacción.

-Y además exijo respeto y prontitud en obedecerme, y lo mismo respecto a mi hermana

y respecto a tu madre. No quiero que un chiquillo huya de nuestro lado como si hubiera

peste. Siéntate.

Me hablaba como a un perro, y yo le obedecía como un perro.

-Además, otra cosa -prosiguió-. He observado que te atraen las compañías vulgares. No

quiero que te juntes con los sirvientes. La cocina no mejorará en nada tus defectos. De la

mujer que te sostiene allí no digo nada; hasta tú, Clara -dijo dirigiéndose a mi madre en

voz más baja-,tienes una debilidad por ella, formada por antiguas costumbres e ideas que

todavía no has abandonado.

-¡La más incomprensible de las aberraciones!-exclamó miss Jane.

-Solamente digo -resumió él, dirigiéndose a mí de nuevo- que desapruebo tu afición a la

compañía de Peggotty y que debes desistir de ella. Ahora, David, creo que me has

comprendido y que sabes las consecuencias si no me obedeces al pie de la letra.

Lo sabía, ¡vaya si lo sabía!, mejor quizá de lo que él pensaba, sobre todo en lo que se

refería a mi madre, y le obedecí al pie de la letra. No volví a quedarme solo en mi

habitación, ni a buscar consuelo en Peggotty; permanecía sentado tristemente con ellos

un día tras otro, deseando que llegara la noche para irme a la cama.

¡Qué cruel tortura era para mí estar allí sentado en la misma actitud horas y horas, sin

atreverme a mover un brazo ni una pierna, para que miss Murdstone no pudiera quejarse,

como lo hacía con cualquier pretexto, de mi movilidad, y tampoco me atrevía a levantar

la vista, por temor de encontrarme con alguna mirada de desagrado o escudriñadora que

buscase en mis ojos nuevas causas de queja! ¡Qué intolerable aburrimiento era el estar

sentado escuchando el tictac del reloj y viendo cómo miss Murdstone engarzaba sus

cuentas de metal, pensando en si llegaría a casarse, y en ese caso la suerte de su

desdichado marido; dedicado a contar las molduras de la chimenea o a pasear la vista por

el techo o por los dibujos del papel de la pared!

¡Qué paseos he dado con la imaginación, solo en medio del frío, por caminos de barro,

llevando sobre mis hombros el gabinete entero, con miss Murdstone y todo, monstruosa

carga que me obligaban a llevar, horrible pesadilla de la que me era imposible despertar,

peso terrible que aplastaba mi inteligencia y me embrutecía!

¡Qué de comidas en un silencio embarazoso, siempre sintiendo que allí había un

cubierto de sobra, que era el mío; un apetito de más, que era el mío; un plato y una silla

de más, que eran los míos, y una persona que estorbaba, y que era yo!

¡Qué veladas, cuando traían luces y me obligaban a que hiciera algo! Yo no me atrevía

a coger algún libro divertido, y meditaba sobre algún indigesto tratado de aritmética, en el

que las tablas de pesos y medidas se transformaban en canciones como Rule Britannia o

Away Malancholy, y las lecciones se negaban a dejarse estudiar, y todo pasaba a través de

mi desdichada cabeza, entrándome por un oído y saliéndome por otro.

¡Qué de bostezos he dejado escapar a pesar de todo mi cuidado! ¡Qué estremecimientos

para arrojar el sueño que se apoderaba de mí! Si por casualidad se me ocurría decir algo,

nadie me contestaba. Era un cero a la izquierda, al que nadie hace caso, y que, sin

embargo, estorba a todo el mundo. Y con qué descanso oía a miss Murdstone enviarme a

la cama cuando daban las nueve.

Así pasaron mis vacaciones hasta que llegó la mañana de mi marcha y miss Murdstone

me dijo: «Hoy es el último día», y me dio la taza de té de despedida.

No me entristecía el marcharme. Había caído en un estado de embrutecimiento del que

sólo salía pensando en Steerforth, a pesar de que detrás de él veía a mister Creakle. De

nuevo Barkis apareció en la verja, y de nuevo miss Murdstone dijo con voz severa:

«¡Clara!», cuando mi madre se inclinaba a besarme.

La besé y también a mi hermanito. Y al besarlos sí que sentí tristeza; pero no por

marcharme; el abismo abierto entre nosotros continuaba y la separación era diaria. Y lo

que todavía vive en mi espíritu como si fuera ayer no es el abrazo que me dio, a pesar de

lo ferviente que era, sino lo que siguió al abrazo aquel.

Estaba ya en el carro, cuando le oí llamarme. Miré y estaba sola en medio del camino,

levantando a su niño en los brazos para que yo le viera. Hacía frío, pero era un frío helado,

y ni un solo cabello ni un pliegue de su ropa se movía, mientras que me miraba

intensamente, levantando en sus brazos al pequeño para que yo le viera.

¡Y así la perdí! Así la vi después en mis largos ensueños de colegial, silenciosa y

presente al lado de mi lecho, mirándome con la misma intensidad de entonces,

levantando a su nene para que yo le viera.

CAPÍTULO IX

UN CUMPLEAÑOS MEMORABLE

Paso en silencio todo lo sucedido en la escuela desde mi llegada hasta el día de mi

cumpleaños, que era en marzo. Lo único que recuerdo de entonces es que admirábamos a

Steerforth más que nunca. Pensaba salir ya del colegio a finales del semestre o antes, y

cada vez me parecía más espiritual y más independiente, y también más amable. Pero

aparte de esto, no me viene a la imaginación otra cosa.

El inmenso recuerdo que ha marcado aquella época parece haberlo absorbido todo para

subsistir único.

¡Me cuesta trabajo creer que hubiesen transcurrido dos meses entre mi vuelta a Salem

House y el día de mi cumpleaños! Si lo creo es porque lo sé; de otro modo estaría convencido

de que no había pasado apenas tiempo entre una cosa y otra.

Recuerdo perfectamente el día, con la niebla que rodeaba todo y la escarcha que cubría

los árboles, y siento mis cabellos húmedos pegarse a mis mejillas, y veo la perspectiva de

la clase, los faroles opacos alumbrando la mañana brumosa, y el humear del aliento de los

niños en el ambiente frío, mientras soplan sus dedos y golpean el suelo con los pies.

Fue después del desayuno. Acabábamos de subir del recreo cuando míster Sharp

apareció y me dijo:

-David Copperfield, le están esperando en el salón.

Pensé en algún regalo de Peggotty, y se me iluminó la cara al oír esta orden. Al salir de

la clase, algunos de los chicos me dijeron que no les olvidase para las golosinas. Y salí de

mi sitio presuroso.

-No se apresure, Davy -me dijo míster Sharp-. Tiene tiempo de sobra; no corra usted,

hijo mío.

Si lo hubiese pensado me habría sorprendido su tono cariñoso. Pero no me di cuenta

hasta mucho después. Me dirigí corriendo al salón. Encontré a míster Creakle sentado

ante su desayuno, con el bastón y un periódico en la mano, y a mistress Creakle con una

carta abierta. Pero carta de envío no había ninguna.

-David Copperfield -me dijo mistress Creakle, llevándome a un sofá y sentándose a mi

lado-: tengo que hablarle de algo muy personal; he de darle una noticia, hijo mío.

Míster Creakle, a quien miré, como era natural, bajó la cabeza y ahogó un suspiro con

un enorme pedazo de pan untado de manteca.

-Eres demasiado pequeño para saber cómo cambian las cosas todos los días, Davy -me

dijo mistress Creakle- y cómo aparecen y se van los seres. Pero todos tenemos que

aprenderlo, hijo mío: algunos, de muy jóvenes; otros, cuando son viejos, y otros, a todas

horas.

La miré gravemente.

-Cuando volviste aquí, después de las vacaciones –continuó mistress Creakle, después

de un momento de silencio-, ¿todos los de tu casa estaban bien? -y después de otra

pausa-: ¿Tu madre estaba bien?

Sin saber por qué temblé y continué mirándola gravemente, sin fuerzas para contestar

nada.

-Porque -continuó- siento mucho tenerte que decir que he recibido noticias en las que se

me informa que ahora está bastante mala.

Una especie de niebla se levantó entre mistress Creakle y yo, y su figura se movió en

ella un momento. Después sentí que lágrimas ardientes corrían por mi rostro, y volví a

verla bien.

-Está enferma de mucha gravedad -añadió.

Ya lo sabía todo.

-Ha muerto.

No era necesario decírmelo. Ya había lanzado un grito, y me sentía huérfano en el

mundo vacío.

Mistress Creakle fue muy buena conmigo. Me retuvo a su lado todo el día y me dejaba

solo algunos ratos; yo lloraba, y después me dormía de cansancio y me volvía a despertar

llorando. Cuando ya no podía llorar empecé a meditar; pero el peso de mi pena me

ahogaba y no tenía consuelo. Y eso que todavía no me daba cuenta totalmente de la

desgracia. Pensaba en nuestra casa cerrada y silenciosa. Pensaba en mi hermanito, de

quien mistress Creakle me había dicho que iba debilitándose desde hacía ya tiempo y

temían que también se muriese. Pensaba en el sepulcro de mi padre y en el cementerio,

tan cerca de casa, y veía a mi madre tendida allí, debajo de los árboles, que tan bien

conocía. Cuando me encontré solo me subí en una silla y me miré al espejo, para ver

cómo estaban de encarnados mis ojos y de triste mi rostro. Después, cuando hubieron

pasado algunas horas, pensaba si mis lágrimas se habrían terminado para siempre y ya no

lloraría cuando volviera a casa, pues me llamaban para asistir al funeral. Al mismo

tiempo pensaba que tenía que demostrar cierta dignidad ante mis compañeros, de acuerdo

con la importancia de mi pena.

Si algún niño ha sentido una pena sincera, era yo; sin embargo, recuerdo que la

importancia de mi desgracia me causaba cierta satisfacción mientras me paseaba por el

patio mientras los otros niños continuaban en clase. Cuando les veía asomarse

furtivamente a las ventanas, sentía una especie de orgullo, y andaba más despacio y más

triste, y cuando terminó la clase y se acercaron a hablarme estaba satisfecho de mí mismo

por no ser orgulloso con ellos y acogerlos exactamente como antes.

Debía partir al día siguiente por la noche; pero no en la diligencia, sino en un coche

llamado El Labrador», que estaba destinado principalmente para los campesinos que hacían

sólo pequeñas distancias. Aquella noche no contamos historias, y Traddles se

empeñó en dejarme su almohada. No sé qué bien pensaría hacerme con aquello, pues yo

tenía una; pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto un papel lleno de

esqueletos que me entregó al partir como consuelo de mis penas y para que contribuyera

a la paz de mi espíritu.

Dejé Salem House al día siguiente por la tarde. ¡Qué poco me imaginaba que era para

no volver nunca! Viajamos muy despacio por la noche y llegamos a Yarmouth a las

nueve o las diez de la mañana. Miré, buscando a Barkis; pero no le encontré. En su lugar

estaba un hombrecito grueso y de aspecto jovial, vestido de negro, con unos lacitos en las

rodillas de sus pantalones cortos, medias negras y sombrero de ala ancha. Se acercó a la

ventanilla del coche y dijo:

-¿Mister Copperfield?

-Sí, señor.

-¿Quiere usted hacer el favor de venirse conmigo –dijo abriendo la portezuela- y tendré

el gusto de llevarle a su casa?

Me agarré de su mano preguntándome quién sería, y llegamos por una calle estrecha

delante de una tienda en cuya fachada se leía: «Omer, tapicero, sastre, novedades, funeraria,

etc.». Era una tienda ahogada y pequeñita, llena de toda clase de vestidos, hechos y

sin hacer, con un escaparate repleto de sombreros y cofias. Pasamos a otra habitación que

había detrás de la tienda, donde se encontraban tres muchachas cosiendo ropa negra,

color del que estaba también cubierta la mesa; asimismo el suelo estaba lleno de trocitos

pequeños. Había un buen fuego en la habitación y olía mucho a crespón tostado. Yo no

conocía aquel olor hasta entonces; pero ahora lo reconocería siempre.

Las tres muchachas, que parecían trabajadoras y alegres, levantaron la cabeza para

mirarme y después siguieron su trabajo: cosían, cosían, cosían; al mismo tiempo, de un

taller que había al otro lado del patio llegaba un martillar monótono: rat-tat-tat, rat-tat-tat,

rat-tat-tat.

-Bien -dijo mi guía a una de las tres muchachas-. ¿Cómo va eso Minnie?

-Terminaremos a tiempo -replicó alegremente y sin levantar la vista-; descuide, papá.

Míster Omer se quitó el sombrero, se sentó y resopló. Estaba tan grueso, que se vio

obligado a resoplar muchas veces antes de poder decir:

-Está bien.

-Padre -dijo Minnie riéndose-, ¡está usted engordando como un cerdo!

-Tienes razón, querida. No comprendo el porqué —dijo reflexionando-; pero es así.

-Es que es usted un hombre muy tranquilo –dijo Minnie- y que toma las cosas con

calma.

-¿Y para qué tomarlas de otro modo, querida? -dijo míster Omer.

-No, naturalmente -replicó su hija—. Aquí todos somos alegres, gracias a Dios.

¿Verdad, papá?

-Así lo creo -dijo míster Omer-. Ahora que he descansado voy a tomar medida a este

niño. ¿Quiere hacer el favor de pasar a la tienda, míster Copperfield?

Precedí a míster Omer, quien después de enseñarme una pieza de tela, que me dijo era

extrafina y demasiado buena, no siendo para luto de parientes muy cercanos, me tomó

medida y lo escribió en un libro. Mientras escribía me hacía observar todos los objetos

que llenaban su tienda; fijarme en ciertas modas que acababan de llegar y en otras que

acababan de pasar.

-Estas cosas son las que nos hacen perder dinero -dijo míster Omer-; pero las modas

son como los hombres, llegan nadie sabe por qué, cuándo ni cómo, y se marchan lo

mismo; todo es igual en la vida, según mi opinión, si se mira desde un punto de vista.

Estaba demasiado triste para discutirle la cuestión; además, es posible que en cualquier

circunstancia hubiera estado fuera de mi alcance. Luego míster Omer me llevó al gabinete,

respirando con dificultad en el camino, y asomándose a una escalerita llamó:

-¡Traigan el té con pan y manteca!

Al cabo de un momento, durante el cual yo había estado mirando a mi alrededor y

pensando y escuchando el ruido de las agujas en la habitación y el del martillo al otro

lado del patio, apareció el té, que era para mí.

-Hace mucho tiempo que le conozco -me dijo Omer, después de mirarme unos minutos,

durante los cuales yo no había hecho honor al desayuno, pues los crespones negros me

quitaban el apetito- Hace mucho tiempo que te conozco, amiguito.

-¿De verdad?

-Toda la vida, puedo decirlo; antes que a ti ya conocía a tu padre; era un hombre que

medía cinco pies y nueve pulgadas, y su tumba tiene veinticinco pies de larga. (Rat-tattat,

rat-tat-tat, rat-tat-tat, se oía por el patio.) Su tumba tiene veinticinco pies de terreno, ni

una pulgada menos -dijo míster Omer alegremente- He olvidado si fue ella o él quien lo

quiso.

-¿Sabe usted cómo está mi hermanito, caballero? -pregunté.

Míster Omer sacudió la cabeza.

Rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat.

-Está en los brazos de su madre –dijo.

-¡Oh! ¿Ha muerto el pobrecito?

-No te entristezcas más de lo debido. Sí; el niño ha muerto.

Al oír esto, todas mis heridas se abrieron. Dejé el desayuno, que apenas había tocado, y

fui a ocultar mi cabeza encima de una mesa que había en un rincón. Minnie quitó al

momento lo que había allí encima, no lo fuera a manchar con mis lágrimas. Era una

muchacha buena y bonita, que me retiró el pelo de los ojos con dulzura; pero ¡estaba tan

alegre de haber terminado su trabajo a tiempo y yo estaba tan triste!

El ruido del martillo cesó, y un muchacho de aspecto simpático atravesó el patio y entró

en la habitación. Llevaba un martillo en la mano y la boca llena de clavitos, que tuvo que

sacarse para poder hablar.

-Y bien, Joram, ¿cómo va eso? -dijo míster Omer.

-Muy bien. Ya está terminado –dijo Joram.

Minnie se ruborizó un poco y las otras muchachas se sonrieron una a otra.

-Entonces has trabajado mucho. Anoche, mientras yo estaba en el Club, ¡hay que ver!

-dijo míster Omer guiñando un ojo.

-Sí -dijo Joram-; como me había prometido usted que si lo terminaba podríamos hacer

esa pequeña excursión juntos Minnie y yo… con usted.

-¡Oh! Creía que ibais a olvidarme -dijo míster Omer riendo.

-Como me había prometido eso –contestó el joven he hecho todo lo posible. ¿Quiere

venir a verlo y darme su opinión?

-Sí -dijo míster Omer levantándose-. Querido -dijo volviéndose hacia mí-, ¿te gustaría

ver ..?

-No, padre -interrumpió Minnie.

-Pensaba que podía gustarle, querida -dijo míster Omer-; pero quizá tienes razón.

No puedo decir por qué; pero sabía que lo que iban a ver era el féretro de mi querida

madre. Nunca había oído contar cómo se hacían, ni había visto uno; pero se me ocurrió

mientras oía los martillazos, y cuando entró el muchacho estoy seguro de que ya sabía lo

que estaba haciendo.

Cuanto terminaron el trabajo, las dos muchachas, cuyos nombres no había oído, se

cepillaron y arreglaron un poco y entraron en la tienda para ponerla en orden y esperar a

la parroquia. Minnie continuó allí doblando lo hecho y colocándolo en dos cestas. Lo

hacía arrodillada, murmurando entretanto una canción ligera. Joram, que sin duda era su

enamorado, entró de puntillas y le robó un beso sin preocuparse de mi presencia. Después

le dijo que su padre había ido a buscar el coche y que él iba a prepararse en un momento.

Se fue; ella se guardó el dedal y las tijeras en el bolsillo, prendió cuidadosamente en su

pecho una aguja enhebrada con hilo negro y se arregló con coquetería ante un espejito

que había detrás de la puerta, en el que vi reflejarse su rostro satisfecho.

Yo lo observaba todo sentado en una esquina de la mesa, con la cabeza apoyada en mis

manos, y mis pensamientos versaban sobre las cosas más dispares. El coche llegó pronto,

y lo primero que colocaron en él fue las dos cestas; después me metieron a mí, y ellos tres

me siguieron. Recuerdo que era una especie de carro como los que utilizan para llevar

pianos. Estaba pintado de un color oscuro y lo arrastraba un caballo negro con la cola

muy larga. Había sitio de sobra para todos nosotros.

Ahora me parece que nunca he experimentado un sentimiento más extraño en mi vida

(quizá es que ya soy viejo) que el que sentía entonces observando lo contenta que estaba

aquella gente después del trabajo que habían terminado. No estaba enfadado con ellos,

pero me producían una especie de miedo, como si fueran seres de otra casta que no

tuvieran nada en común conmigo. Estaban muy alegres. El anciano, sentado delante,

conducía, y los dos jóvenes, cuando él les hablaba, se inclinaba cada uno por un lado de

su alegre rostro prestándole mucha atención. También hubieran querido hablar conmigo;

pero yo continuaba de espaldas en mi rincón; me molestaba su alegría y su amor, aunque

no eran demasiado ruidosos, y casi me admiraba de que Dios no castigara su dureza de

corazón.

Cuando se detuvieron para dar pienso al caballo, también comieron y bebieron

alegremente ellos; yo no pude tocar nada de lo que me ofrecían, y cuando ya estuvimos

cerca de mi casa me bajé apresuradamente del coche por detrás, para no llegar en

semejante compañía ante aquellas ventanas que ahora me parecían ciegas como ojo,,,

cerrados y antes luminosos.

¿Cómo podía haber dudado de que me volvieran las lágrimas al mirar la ventana del

cuarto de mi madre, y a su lado aquella otra que en mejores tiempos había sido mía?

Antes de llegar a la puerta ya estaba en brazos de Peggotty. Su pena estalló al verme,

pero se dominó. Hablaba en un susurro, y andaba suavemente, como si temiera molestar a

los muertos. No se había acostado hacía mucho tiempo, y aún seguía en vela por las

noches, pues mientras estuviera su niña querida en la casa decía que no era capaz de

abandonarla.

Míster Murdstone ni siquiera se percató de mi llegada cuando entré en la habitación en

la que estaba sentado al lado del fuego, llorando en silencio. Miss Murdstone, muy

ocupada en su escritorio, que tenía cubierto de cartas y papeles, me tendió la punta de sus

dedos, preguntándome en tono glacial si me habían tomado medida para el luto.

-Sí -le dije.

-Y tu ropa -dijo-, ¿la has traído?

-Sí, señora; lo he traído todo.

Este fue el único consuelo que su firmeza me administró. Estoy seguro de que sentía un

verdadero placer en exhibir, en aquella ocasión, lo que ella llamaba su presencia de espíritu

y su firmeza y su fuerza de voluntad y su sentido común y todo el diabólico catálogo

de sus antipáticas cualidades. Estaba particularmente orgullosa de su disposición para los

negocios, y ahora lo demostraba reduciéndolo todo a pluma y tinta, y sin dejarse

conmover por nada. El resto del día, y desde la mañana a la noche de los que siguieron,

estuvo en su pupitre sin dejar de escribir con una pluma dura, hablando en el mismo tono

imperturbable a todo el mundo, y sin que un solo músculo de su cara se inmutara, una

suavidad en su tono de voz apareciera, ni un átomo de su indumento se desarreglara.

Su hermano a veces cogía un libro; pero estoy convencido de que no lo leía. Lo abría y

miraba las letras como si lo leyera; pero permanecía durante horas enteras sin volver una

hoja; después lo dejaba y se paseaba de arriba abajo por la habitación. Yo permanecía

sentado con las manos cruzadas, mirándole y contando sus pasos hora tras hora.

Muy rara vez hablaba a su hermana, y a mí nunca. Era lo único que se movía (él y el

reloj) en la absoluta inmovilidad de la casa.

En aquellos días, antes del funeral, vi muy poco a Peggotty, excepto cuando subía al

otro piso, que me la encontraba en la habitación donde mamá y su nene reposaban, y por

las noches, que venía a mi cuarto y se sentaba allí hasta que me dormía. Un día o dos

antes del funeral (presumo que era un día o dos antes, pero creo que los días se

confundían en mi memoria en aquella triste época, cuando nada marcaba el progreso del

tiempo) me hizo entrar con ella en la habitación en que estaba mi madre, y ahora sólo

recuerdo que bajo un lienzo blanco que cubría su lecho, de una blancura deslumbrante,

como todo lo que le rodeaba, parecía estar allí tendido y personificado el solemne

silencio que reinaba en la casa, y sé que cuando Peggotty quiso levantar suavemente

aquel lienzo yo grité: «¡Oh, no, no!», deteniendo su mano.

Si el entierro hubiera sido ayer, no lo recordaría mejor. El aspecto solemne del salón

cuando entré; lo brillante del fuego, el vino que brillaba en las jarras, la forma de los vasos,

de los platos; el dulce perfume del bizcocho, el olor de la ropa de miss Murdstone y

de nuestros trajes de luto.

Allí estaba míster Chillip y se acercó a hablarme.

-¿Cómo estás, Davy? -me dijo con bondad.

Yo no podía contestarle que muy bien y le alargué mi mano, que retuvo entre las suyas.

-¡Pobrecillo! -me dijo sonriendo dulcemente y con los ojos húmedos- Nuestros

amiguitos crecen a nuestro alrededor; pronto no los reconoceremos. ¿Verdad, señora?

-dijo dirigiéndose a miss Murdstone, que no le contestó.

-Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no es así, señora? -insistió míster Chillip.

Miss Murdstone sólo le contestó con un frío saludo, y míster Chillip, desconcertado, se

fue a un rincón, llevándome consigo y sin volver a desplegar los labios.

Observo esto porque lo observo todo; pero no me interesa lo más mínimo desde que he

vuelto a casa. Ahora las campanas empiezan a sonar, y míster Omer, con otros

empleados, empieza a prepararlo todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peggotty

me lo había contado) se llevaron a mi padre a aquella misma tumba, después de

prepararle en la misma habitación.

Somos pocos: nada más míster Murdstone, nuestro vecino Graypper, míster Chillip y

yo. Cuando llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con su carga en el jardín y

van delante de nosotros por el sendero, debajo de los árboles. Pasan la verja y entran en el

cementerio, donde tan a menudo he oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.

Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de todos los demás días y la luz de otro

color, de un color más triste, y hay allí un silencio solemne, que a mí me parece que lo

hemos traído de casa con el féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos, oigo la voz

del clérigo, resonando remota en el aire libre, que dice claramente: «Yo soy la

resurrección y la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada entre los curiosos veo a

la buena y fiel criada, la persona para mí más querida de todos los que quedan en la tierra

y a la que en mi infantil corazón estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho bien»

Hay muchos rostros conocidos entre la gente aquella, rostros que recordaba de la iglesia

cuando sicmpre miraba alrededor, rostros que habían sido los primeros en ver a mi madre

cuando llegó a la aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No me ocupo de ellos;

sólo pienso en mi pena, y, sin embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el fondo,

muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a su enamorado, que está cerca de mí.

Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se alza ante nosotros tan bonita como

siempre, no ha cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento con la idea de lo que ya

no existe, que toda mi pena no es nada en comparación a lo que siento ahora. Míster

Chillip me lleva, me habla y me hace beber un poco de agua, y cuando le pido permiso

para retirarme se despide de mí con dulzura de mujer.

Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera sucedido ayer. Sucesos de fecha más

reciente han huido de mi pensamiento, y he olvidado cosas que más tarde quizá

reaparecerán; pero esto continúa inmóvil ante mí como una gran roca en el océano.

Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quietud del momento (el día debía de ser

domingo, pero lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi lado, encima de mi cama,

y cogiendo mi mano, que de vez en cuando llevaba a sus labios y a veces acariciaba con

las suyas como hubiera podido hacer para consolar a mi hermanito, me contó a su manera

todo lo que tenía que contarme concerniente a los últimos sucesos.

-Desde hacía mucho tiempo no estaba nunca bien –dijo Peggotty-; su espíritu estaba

atormentado y no era feliz. Cuando nació su niño pensé que eso le curaría; pero, por el

contrario, estaba cada vez más triste. Antes del nacimiento de su hijo le gustaba quedarse

sola y llorar; pero después se acostumbró a cantarle, y lo hacía con una voz tan dulce, que

más de una vez, al escucharla. pensaba que era como una voz en el aire que subía hacia el

cielo. Cada vez se volvía más tímida y más asustadiza, y al final una palabra dura era

como un golpe para ella; pero conmigo siempre fue la misma. ¡Nunca cambió con su loca

Peggotty la dulce niña!

Aquí Peggotty se detuvo y acarició dulcemente mi mano durante un momento.

-La última vez que la he visto como en sus buenos tiempos fue la tarde de tu llegada,

hijo mío. El día de tu partida me dijo: «Nunca volveré a ver a mi niño querido; algo me lo

asegura, y es la verdad, lo sé». Hacía lo posible por sostenerse, y en muchas ocasiones,

cuando le reprochaban su aturdimiento y su carácter ligero, hacía como que lo creía; pero

ya hacía tiempo que aquello había pasado. Nunca le había dicho a su marido lo que me

había dicho a mí; le asustaba hablar de ello; por fin, una noche, una semana antes, le dijo:

«Querido, creo que me muero». « Ahora tengo el espíritu en reposo, Peggotty -me dijo al

acostarla aquella noche-. El pobre hombre se irá haciendo a la idea durante varios días y

después se le pasará pronto. Estoy tan cansada; si es sueño, siéntate a mi lado mientras

duermo, no me dejes. ¡Que Dios bendiga a mis dos niños y proteja y conserve a mi niño

sin padre! » Después ya no la abandoné un momento -siguió Peggotty-. Ella hablaba a

menudo con ellos dos, porque los quería: no podía vivir sin amar a los que la rodeaban;

pero cuando la dejaban sola siempre se volvía hacia mí, como si sólo encontrara reposo

donde Peggotty estaba, y nunca se dormía de otro modo. La última noche, por la tarde,

me besó y me dijo: « Si mi nene muriera también, Peggotty, te ruego que le pongas en

mis brazos y nos entierren juntos». Y es lo que se ha hecho, porque el pobre angelito sólo

vivió un día más que ella. « Que mi querido Davy nos acompañe al lugar de reposo

–dijo-, y dile que su madre, en el lecho de muerte, lo ha bendecido y no una vez, mil

veces.»

Otro silencio siguió -a esto, y de nuevo Peggotty acarició dulcemente mi mano.

-Estaba ya muy adelantada la noche -prosiguiócuando pidió de beber, y después me

dirigió una sonrisa tan dulce, ¡estaba tan hermosa!… Amanecía, y el sol se levantaba

cuando me dijo lo cariñoso y bueno que mister Copperfield había sido siempre para ella,

y tu paciente que era, y cómo le decía, cuando dudaba de sí misma, que un corazón

amante valía más que la sabiduría y que él era el hombre más feliz a su lado… « Peggotty,

querida mía -dijo después-, acércate más (estaba muy débil), pasa tu brazo por mi cuello

y vuélveme hacia ti; tu rostro parece que se aleja y quiero verlo cerca.» Hice lo que pedía,

y, ¡oh Davy!, se cumplía lo que yo había dicho una vez. Apoyó su dulce cabecita en el

brazo de esta necia Peggotty. Y murió como un niño que se duerme.

Así terminó el relato de Peggotty. Desde el momento en que supe la muerte de mi

madre, la idea de lo que había sido últimamente desapareció por completo para mí, y

desde aquel instante la recuerdo como la madre joven de mis primeros años, la que

enrollaba sus bucles en los dedos y bailaba conmigo por la noche en la sala. Lo que

Peggotty me contaba, en lugar de recordarme el último período, confirmaba en mi

espíritu la primera imagen; podrá ser extraño, pero es la verdad. En un instante había

vuelto a mis ojos su tranquila juventud, borrando todo el resto.

La madre que descansaba en la tumba era la madre de mis primeros años, y la criaturita

que tenía en sus brazos era yo como estaba en mi infancia, sólo que ahora me estrechaba

ya en ellos para siempre.

CAPÍTULO X

EMPIEZAN DESCUIDÁNDOME, Y LUEGO ME COLOCAN

El primer acto de autoridad de miss Murdstone cuando pasó el día solemne y se

abrieron de nuevo las ventanas fue decirle a Peggotty que en el plazo de un mes tenía que

marcharse. Por mucho que a Peggotty le hubiera molestado tener que soportarlos, estoy

seguro de que lo hubiera hecho por cariño hacia mí, prefiriendo aquella casa a la mejor

del mundo. Ella me lo contó, y los dos nos lamentamos de todo corazón.

Respecto a mí, ni decían una palabra ni daban el menor paso. Yo creo que su mayor

felicidad hubiera sido poderme despedir también con otro mes de plazo. Un día me atreví

a preguntar a miss Murdstone cuándo iba a volver a Salem House; pero me contestó muy

secamente que era probable que no volviera nunca. Mi porvenir me preocupaba mucho y

a Peggotty también.

Mi situación había cambiado por completo, y aunque me libraba de muchas molestias,

si hubiera sido capaz de apreciarlo seriamente me habría preocupado mucho sobre mi

porvenir. La tiranía que habían ejercido sobre mí había desaparecido por completo; lo

único que deseaban era no tenerme ante su vista; tan es así, que en varias ocasiones,

cuando acababa de sentarme con ellos, miss Murdstone, frunciendo el ceño, me hacía

señas para que me marchase. Ya no les preocupaba el que estuviera siempre con

Peggotty; con tal de que no los molestase les importaba poco dónde pudiera estar. Al

principio me asustaba la idea de que míster Murdstone volviera a tomar en su mano mis

lecciones o que su hermana, en su abnegación, se dedicara a ello; pero pronto me percaté

de que aquellos temores eran vanos y que todo se reduciría a verme abandonado.

No recuerdo si aquel descubrimiento me causó mucha pena. Estaba todavía en el dolor

de la muerte de mi madre y en un estado de ánimo en que todo me daba lo mismo. Lo que

sí recuerdo es que algunas veces pensaba en la posibilidad de que no se ocuparan de

instruirme, y pensaba que entonces sería un ser inútil, predestinado a pasarse la vida vaEste

documento ha sido descargado de

gando de una aldea a otra. También recuerdo que, pensando en aquello, me preguntaba si

no sería mejor marcharme como el héroe de una historia para buscar fortuna; pero estas

eran visiones transitorias, sueños que hacía despierto, sombras que veía débilmente

dibujadas o escritas en la pared de mi habitación y que después se desvanecían dejando la

pared vacía.

-Peggotty –dije una noche en tono pensativo, mientras me calentaba las manos en el

fuego de la cocina-, míster Murdstone me quiere cada vez menos; nunca me ha querido

mucho, Peggotty; pero ahora, si pudiera, le gustaría no volver a verme.

-Quizá sea a causa de su pena -dijo Peggotty, acariciándome los cabellos.

-No, Peggotty, estoy seguro. Yo también estoy triste. Si pudiera creer que era tristeza

no pensaría en ello; pero no es eso, no, no es eso.

-¿Y cómo sabes que no es eso? -dijo Peggotty después de un silencio.

-¡Oh!, la tristeza es otra cosa muy distinta. Ahora, por ejemplo, está triste sentado ante

la chimenea con su hermana; pero si entro yo, Peggotty, cambia completamente.

-¿Por qué? –dijo Peggotty.

-Porque se encoleriza -le contesté imitando involuntariamente su ceño- Si estuviera

solamente triste, no me miraría como me mira. Yo, que sólo estoy triste, tengo más ansia

que nunca de cariño.

Peggotty no dijo nada en un rato, y yo me calenté las manos también en silencio.

-Davy -dijo por último.

-¿Qué, Peggotty?

-He tratado, querido mío, he tratado por todos los medios de encontrar colocación aquí

en Bloonderstone; pero no la he encontrado, hijo mío.

-¿Y qué piensas hacer, Peggotty? -dije tristemente-. ¿Dónde piensas ir a buscar fortuna?

-Creo que me veré obligada a irme a Yarmouth para vivir allí.

-Podías ir un poco más lejos –dije, medio en broma-, y sería perderte para siempre.

Pero allí podré verte a menudo, mi querida Peggotty; aquello no es del todo el fin del

mundo.

-Al contrario, gracias a Dios. Mientras estés aquí, querido mío, yo vendré por lo menos

a verte una vez por semana.

Esta promesa me quitó un gran peso de encima; pero no era todo, pues Peggotty

continuó:

-Lo primero, Davy, voy a ir a casa de mi hermano a pasar quince días, el tiempo

necesario para tranquilizarme y reponerme un poco, y ahora estoy pensando que quizá lo

dejaran, como no lo necesitan mucho, venir allí conmigo.

Si algo podía no serme indiferente, exceptuando a Peggotty, y podía causarme una

alegría en aquellos momentos, era un proyecto así. La idea de verme rodeado, de nuevo,

por aquellos rostros honrados, alegres de mi llegada; de volver a sentir la dulzura y la

tranquilidad de las mañanas de domingo, cuando las campanas suenan, las piedras caen

en el agua y los barcos se dibujan en la bruma. El figurarme paseando en la playa con

Emily, contándole mis penas y buscando de nuevo conchas y caracoles. Todo esto

tranquilizaba mi corazón.

Un momento después me preocupó la idea de que quizá miss Murdstone no lo

consintiera; sin embargo, esta preocupación no duró mucho, pues en aquel momento

apareció ella misma, haciendo su ronda de noche, en la antecocina donde estábamos

hablando, y Peggotty abordó el asunto con un atrevimiento que me sobrecogió.

-El chico perderá el tiempo allí -dijo miss Murdstone mirando en una olla de

escabeche-, y la ociosidad es la madre de todos los vicios. Pero estoy segura de que aquí

lo perderá también; es mi opinión.

Peggotty estuvo a punto de contestarle mal; pero se contuvo por cariño a mí, y

permaneció silenciosa.

-¡Hem! -dijo miss Murdstone, con sus ojos fijos todavía en el escabeche-. Lo más

importante de todo, de la mayor importancia, es que a mi hermano no se le moleste y

pueda estar tranquilo. Supongo que lo mejor será decir que sí.

Le di las gracias sin hacer ninguna manifestación de alegría, no fuera eso a inducirle a

retirar su consentimiento. No pude por menos de pensar que había obrado con prudencia,

cuando vi la mirada que me lanzó por encima del tarro de escabeche. Parecía como si sus

ojos negros hubieran absorbido todo el vinagre que el escabeche contenía; pero el consentimiento

estaba dado y no fue negado, pues cuando cumplió el mes de Peggotty ya

estábamos dispuestos a partir.

Barkis entró en casa por las maletas de Peggotty. Yo nunca le había visto antes

atravesar la verja; pero en aquella ocasión entró en la casa, y al cargar con la pesada

maleta de Peggotty me lanzó una mirada en la que me pareció que me quería decir algo,

si era posible que pudiese expresar algo el rostro de Barkis.

Peggotty estaba naturalmente triste al dejar la que había sido su casa durante tantos

años y donde los dos grandes cariños de su vida, mi madre y yo, se habían formado. Se

había levantado muy temprano para ir al cementerio, y montó en el carro y se sentó en él

sin quitarse el pañuelo de los ojos.

Todo el tiempo que permaneció en esta actitud, Barkis no dio señales de vida; sentado

como de costumbre, parecía un muñeco. Pero cuando Peggotty miró a su alrededor y empezó

a hablarme, sacudió la cabeza y dejó oír varias veces un gruñido de satisfacción. No

pude comprender a qué se refería.

-Hace un día muy hermoso, míster Barkis –dije.

-No es malo -contestó Barkis, que por lo general era muy reservado y rara vez se

comprometía.

-Peggotty se ha tranquilizado ya del todo, míster Barkis-le dije para su satisfacción.

-¿De verdad? -dijo Barkis.

Después de reflexionar sobre ello, dijo con aire malicioso: -¿Está usted completamente

a gusto?

Peggotty se echó a reír, y contestó afirmativamente.

-¿Pero verdaderamente está usted segura? -gruñó Barkis acercándose a ella y dándole

un codazo-. ¿Está usted segura? ¿Verdaderamente a gusto? ¿Está usted segura? ¿Eh?

Y a cada una de aquellas preguntas Barkis se acercaba más a ella y le daba otro codazo.

Por último, se acercó tanto ya, que estábamos los tres amontonados en un rincón del

carro, y yo tan oprimido, que apenas podía respirar.

Peggotty le llamó la atención sobre mis sufrimientos, y Barkis se retiró un poquito;

después, poco a poco, se fue alejando más; pero no pude por menos de observar que a sus

ojos aquello era una forma maravillosa de expresar sus sentimientos de una manera clara

y agradable sin el inconveniente de la conversación. No tenía duda que estaba contento

de su proceder. Poco a poco se volvió otra vez hacia Peggotty, preguntando:

-¿Supongo que estará usted verdaderamente a gusto?

Y otra vez se acercó a nosotros, hasta que me faltó la respiración. Al poco rato le repitió

su pregunta con la misma maniobra, hasta que decidí ponerme de pie en cuanto le veía

acercarse con el pretexto de mirar el paisaje. Fue una gran idea.

Barkis se sintió tan amable, que se detuvo ante una taberna expresamente por nosotros

y nos convidó a cordero asado y cerveza. Y mientras Peggotty bebía él fue presa de un

nuevo acceso de galantería, y casi la atragantó del encontronazo. Pero conforme nos

acercábamos al fin de nuestro viaje, cada vez tenía más que hacer y menos tiempo para

galantear, y cuando pisamos el empedrado de Yarmouth nos preocupaban demasiado las

sacudidas para poder pensar en otra cosa.

Míster Peggotty y Ham nos esperaban en el sitio de siempre y nos recibieron con la

mayor cordialidad. Yo estreché la mano a Barkis, que tenía el sombrero en la coronilla, la

cara avergonzada y una confusión que parecía comunicarse a sus piernas.

Cada uno de los Peggotty cargó con una de las maletas, y ya nos marchábamos cuando

Barkis me hizo un signo misterioso con su mano para que me acercase.

-Digo -murmuró Barkis- que todo va bien.

Yo le miré a la cara y contesté en un tono que quiso ser profundo:

-¡Ah!

-No es eso todo. Va muy bien.

De nuevo le contesté:

-¡Ah!

-Ya sabía usted que Barkis desde luego estaba dispuesto. Era Barkis, Barkis solamente.

Hice un signo de afirmación.

-Todo va bien –dijo Barkis estrechándome la mano—. Soy su amigo; lo ha hecho usted

todo muy bien, y todo va bien.

En su deseo de explicarse con particular lucidez, Barkis se puso tan

extraordinariamente misterioso, que hubiera podido permanecer mirándole a la cara

durante una hora sin sacar más provecho que del cuadrante de un reloj parado. Pero

Peggotty me llamó, y me alejé.

Mientras andábamos, me preguntó lo que me había dicho Barkis, y yo le contesté «que

todo iba bien».

-¡Qué atrevimiento! –dijo Peggotty-. Pero me tiene sin cuidado. Davy querido, ¿qué te

parecería si pensara en casarme?

-¿Me seguirías queriendo igual? -dije después de un momento de reflexión.

Y con gran sorpresa de los que pasaban, y de su hermano y sobrino, que iban delante, la

buena mujer no pudo por menos de abrazarme asegurándome que su cariño era inalterable.

-Pero ¿qué te parecería? -insistió cuando estuvimos otra vez en camino.

-¿Si pensaras en casarte… con Barkis, Peggotty?

-Sí -dijo Peggotty.

-Pues me parecería una buena idea; porque, ¿sabes, Peggotty?, así tendrías siempre el

caballo y el carro para venir a verme, y podrías venir sin que te costase nada.

-¡Qué inteligencia la de este niño! -exclamó Peggotty-. Eso es precisamente lo que yo

estoy pensando desde hace un mes. Sí, precioso, y también pienso que así tendré más

libertad, y que trabajaré de mejor gana en mi casa que en la de cualquier otro, pues no sé

si me acostumbraría a servir a extraños, y así continuaré cerca de la tumba de mi niña

querida -dijo Peggotty a media voz-, y podré ir a verla cuando me dé la gana, y si me

muero me podrán enterrar cerca de ella.

Después de decir esto, guardamos un momento silencio los dos.

-Pero no quiero ni pensar en ello -dijo Peggotty con cariño- si contraría en lo más

mínimo a mi Davy. Aunque se hubieran publicado las amonestaciones treinta y tres veces

y ya tuviese el anillo de boda en el bolsillo…

-Mírame, Peggotty, y verás si no estoy realmente contento; es más, que lo deseo de

todo corazón.

-Bien, hijo mío -dijo Peggotty dándome otro abrazo-; no dejo de pensarlo noche y día, y

creo que voy por buen camino; pero todavía tengo que pensarlo mejor y consultarlo con

mi hermano; entre tanto, guardaremos el secreto, ¿eh, Davy?

-Barkis es un buen hombre -continuó Peggotty-, y sólo con que trate de cumplir con mi

deber estoy segura de que será mía la culpa si no nos encontramos «completamente a

gusto» -dijo Peggotty riendo de todo corazón.

Esta alusión a las palabras de Barkis era tan oportuna y nos divirtió tanto, que no

dejamos de reír y estuvimos de un humor excelente cuando llegamos ante la casa de

míster Peggotty.

Todo lo encontré igual, excepto que quizá me pareció un poco más pequeño. Mistress

Gudmige nos estaba esperando a la puerta, como si no se hubiera movido de allí nunca.

El interior tampoco había cambiado; hasta el cacharro azul con las plantas marinas seguía

en mi mesita. Di una vuelta a la casa y encontré las mismas langostas y cangrejos

amontonados como de costumbre, con el mismo deseo de pincharlo todo y en el mismo

rincón. Pero por más que busqué no encontraba a Emily. Por fin le pregunté a míster

Peggotty dónde podría estar.

-Está en la escuela-dijo enjugándose la frente al soltar la maleta de Peggotty-; pero

tiene que volver enseguida -añadió mirando el reloj-; dentro de veinte minutos, o lo más

media hora. Todos la echamos mucho de menos cuando no está, puedes estar seguro.

Mistress Gudmige suspiró.

-¡Alegría, vieja comadre! -gritó míster Peggotty.

-Yo lo siento más que nadie -dijo mistress Gudmige-; soy una pobre criatura sin

recursos, y ella es la única que no me contraría.

Mistress Gudmige, suspirando y moviendo la cabeza, se puso a avivar el fuego. Míster

Peggotty, mirándonos mientras no le veía, me dijo en voz baja, poniéndome la mano

delante de la boca: «Es el viejo»; de lo que deduje, con razón, que desde mi última visita

el humor de mistress Gudmige no había mejorado.

El sitio era, o por lo menos debía serlo, tan encantador como en aquella época; sin

embargo, no me impresionó tanto, y casi estaba desilusionado. Quizá fuera porque no

estaba en casa la pequeña Emily. Como me habían enseñado el camino por donde

volvería, eché a andar para salir a su encuentro.

Pronto vi aparecer a distancia una figurita, y al momento reconocí en ella a Emily.

Había crecido, pero era todavía muy pequeña. Cuando estuve cerca y vi sus ojos azules,

me parecieron más azules que nunca, y su rostro más resplandeciente, y toda su persona

más bonita y atractiva, y no sé por qué un sentimiento indefinible me obligó a hacer

como que no la conocía y pasar a su lado como si fuera mirando a lo lejos sin verla. Esto

me ha sucedido después más de una vez en la vida, si no me equivoco.

Emily no se preocupó; me había visto muy bien, pero en lugar de volverse y llamarme

echó a correr riendo. Yo tuve que correr detrás de ella; pero corría tanto, que fue ya cerca

de la casa donde la alcancé.

-¡Ah! ¿Eres tú? -dijo.

-Ya sabías que era yo, Emily.

-¿Y tú acaso no sabías que era yo?

Fui a besarle; pero ella se cubrió sus labios de cereza con las manos y dijo que ya no era

una niña, y entró corriendo en la casa, riéndose más fuerte que nunca.

Parecía divertirse haciéndome rabiar, y este cambio me extrañaba mucho en ella. La

mesa estaba puesta, y nuestro antiguo cajón continuaba en su sitio; pero ella, en lugar de

venir a sentarse a mi lado, se colocó junto a la gruñona mistress Gudmige, y cuando

míster Peggotty le preguntó el porqué, sacudió sus cabellos y sólo contestó riendo.

-Es una gatita -dijo míster Peggotty acariciándola con su manaza.

-Eso es, eso es –exclamó Ham-. Sí, señorito Davy.

Y se sentó mirándola y riéndose con una especie de admiración y deleite que le hacía

ponerse colorado.

A Emily la miraban todos, y míster Peggotty más que ninguno. De él hacía la niña lo

que quería solamente con acercar su carita a las fuertes patillas de su tío, al menos esta

era mi opinión cuando la veía hacerlo, y me parecía que hacía muy bien míster Peggotty

en ello. Era tan afectuosa y tan dulce, y tenía una manera de ser a la vez tímida y atrevida

que me cautivó más que nunca.

Además era muy compasiva, pues cuando estando sentados después del té mister

Peggotty, mientras fumaba su pipa, aludió a la pérdida que yo había sufrido, asomaron

lágrimas a sus ojos y me miró con tanto cariño, que se lo agradecí con toda el alma.

-¡Ah! -dijo mister Peggotty cogiendo los bucles de la niña y dejándolos caer uno a uno-.

También ella es huérfana, ¿ve usted, señorito?, y este también lo es, aunque no lo parece

-dijo dando un puñetazo en el pecho de Ham.

-Si yo tuviera de tutor a mister Peggotty -dije sacudiendo la cabeza-, creo que tampoco

me sentiría muy huérfano.

-Bien dicho, señorito Davy -grito Ham con entusiasmo-; bien dicho, ¡viva! Usted

tampoco lo sentiría, bien dicho, ¡viva! ¡viva! ¡viva!

Y devolvió el puñetazo a mister Peggotty. Emily se levantó y besó a su tío.

-¿Y cómo está su amigo, señorito? -me preguntó mister Peggotty.

-¿Steerforth? -pregunté.

-Ese es el nombre -exclamó mister Peggotty volviéndose a Ham-. Ya sabía yo que era

algo parecido.

¡ -Usted decía que era Roodderforth -observó Ham riendo.

-Bien -replicó mister Peggotty-, pues no andaba muy lejos. ¿Y qué ha sido de él?

-Cuando yo lo dejé estaba muy bien, mister Peggotty.

-¡Eso es un amigo! -dijo mister Peggotty sacudiendo su pipa—. ¡Eso es un amigo del

que se puede hablar! Porque, ¡Dios le bendiga!, el corazón se alegra al mirarle.

-Es muy guapo, ¿verdad?

Me entusiasmaba oyéndole cómo lo elogiaba.

-¿Guapo? -exclamó mister Peggotty-. ¡Ya lo creo!

Se para delante de uno como… como… yo no sé cómo; pero ¡es tan decidido!

-Sí, ese es precisamente su carácter. Bravo como un león, y la franqueza misma, míster

Peggotty.

-Y también supongo –dijo míster Peggotty mirándome a través del humo de su pipaque

en los estudios será el primero…

-Sí -dije yo con delicia-, lo sabe todo; es extraordinariamente inteligente.

-¡Eso es un amigo! -murmuró míster Peggotty sacudiendo gravemente la cabeza.

-Nada parece costarle trabajo; se sabe las lecciones con mirarlas, y en el cricket es el

mejor jugador que he visto. Le da a usted todos los peones que quiera en el juego de

damas, y, sin embargo, le ganará siempre.

Míster Peggotty sacudió de nuevo la cabeza como diciendo: «Ya lo creo que me

ganaría».

-¿Y su conversación? -proseguí-. En eso no tiene rival, y quisiera que le oyera usted

cantar, míster Peggotty.

Míster Peggotty movió de nuevo la cabeza, como si dijera: «No me cabe duda».

-Y además es un muchacho noble y generoso -dije arrastrado por mi tema favorito-; es

imposible expresar todo lo que merece. Nunca le agradeceré bastante la generosidad con

que me ha protegido, siendo yo tan inferior a él por mi edad y mis estudios.

Seguía entusiasmándome cada vez más, cuando mis ojos se posaron en la carita de

Emily, que estaba inclinada sobre la mesa, escuchando con la más profunda atención;

contenía el aliento, tenía rojas las mejillas y sus ojos azules brillaban como joyas. Parecía

escuchar con tan extraordinaria atención y estaba tan bonita, que me detuve sorprendido,

y al callarme yo todos la miraron y se echaron a reír.

-Emily es como yo –dijo Peggotty-; le gustaría verle.

Emily estaba confusa al ver que todos la miraban, y bajó la cabeza ruborizada, y

después nos miró a través de sus rizos, y al ver que seguíamos mirándola (estoy seguro de

que yo por lo menos le hubiera seguido mirando durante horas enteras), se escapó y

estuvo escondida hasta que casi fue la hora de acostarse.

Me acosté en mi antigua cama, en la popa del barco, y el viento vino a quejarse como

antaño. Pero ahora me parecía que se quejaba por los que ya no estaban, y en vez de

pensar que el mar podía subir por la noche y llevarse la barca, pensé que el mar había

subido tanto desde la última vez que oí aquellos ruidos, que había sepultado mi feliz y

tranquilo hogar. Recuerdo que cuando el ruido del viento y del mar fue disminuyendo

añadí una pequeña cláusula a mis rezos, pidiendo a Dios ser pronto un hombre para

casarme con Emily, y así me quedé dulcemente dormido.

Los días transcurrieron muy semejantes a los de hacía un año, excepto (y esto fue una

gran diferencia) que Emily y yo rara vez vagábamos ahora por la playa; ella tenía que hacer

sus deberes y labores y estaba ausente casi todo el día. Pero yo sentía que aun sin

estas razones no hubiéramos vuelto a nuestros antiguos paseos; incluso siendo, como era,

salvaje y llena de infantilidad, era también mas mujercita de lo que yo esperaba. Parecía

que se había alejado mucho de mí en poco más de un año. Me quería, pero riéndose y haciéndome

rabiar, y cuando salía a su encuentro, se me escapaba a casa por distinto

camino, y después me esperaba en la puerta, riéndose al verme volver desilusionado.

Los mejores ratos eran los que pasábamos cuando se sentaba a la puerta con la labor.

Yo me sentaba a sus pies, en los escalones de madera y leía en voz alta. Ahora me parece

que nunca he visto brillar el sol como en aquellas tardes; que nunca he visto una figurita

más luminosa que la suya, sentada a la puerta de la antigua barca; que nunca he admirado

un cielo más azul ni un agua como aquella, ni gloria semejante a la de aquellos barcos

que parecían navegar en el aire dorado.

La primera tarde del día en que llegamos, Barkis apareció del modo mas extraño y con

un paquete de naranjas atadas en un pañuelo. Como no hizo la menor alusión a ella,

supusimos que las había dejado olvidadas al marcharse, y Ham se apresuró a correr tras él

para devolvérselas; pero vino diciendo que eran para Peggotty. Después de esto volvió

todas las tardes a la misma hora y siempre con un paquetito, al que nunca aludía y solía

dejar detrás de la puerta. Estas ofrendas cariñosas eran de lo más extrañas y grotescas.

Entre ellas recuerdo dos cochinillos, un acerico enorme, media fanega de manzanas, un

par de pendientes de azabache, algunas cebollas, una caja de dominó, un canario (pájaro

y jaula) y un jamón.

El modo de cortejar de Barkis, tal como lo recuerdo, era de una originalidad

especialísima. Muy rara vez hablaba; se sentaba junto al fuego, en una actitud muy

parecida a la que tenía en su carro, y miraba fijamente a Peggotty, a quien tenía enfrente.

Una noche, inspirado por su amor, se abalanzó al pedacito de cera que ella usaba para el

hilo, se lo guardó en el bolsillo del chaleco y se lo llevó. Desde entonces, su mayor

deleite era hacerlo aparecer cuando Peggotty lo necesitaba, sacándolo del bolsillo en un

estado lamentable, pegajoso y medio derretido, y cuando ya lo había utilizado lo volvía a

guardar. Parecía divertirse muchísimo, y no sentía ninguna necesidad de hablar. Ni aun

cuando sacaba a Peggotty de paseo por la llanura debía sentir esa necesidad. Se

contentaba con preguntarle de vez en cuando si estaba completamente a gusto, y recuerdo

que algunas veces, después de que él se fuera, Peggotty se echaba el delantal por la cabeza

y se reía durante media hora. A todos nos divertía más o menos, excepto a la

desgraciada tristeza de mistress Gudmige, cuyo noviazgo había sido de una naturaleza tan

semejante, que le recordaba constantemente al «viejo».

Por último, cuando ya mi visita tocaba a su fin, se habló de que Peggotty y Barkis iban

a pasar un día de vacaciones juntos y que Emily y yo les acompañaríamos.

La víspera por la noche apenas pude dormir con la alegría de que iba a pasar un día

entero con la niña. Por la mañana nos preparamos con mucha anticipación, y mientras

estábamos desayunando, Barkis apareció en lontananza, guiando su carro hacia el objeto

de su amor.

Peggotty vestía, como siempre, un luto sencillo y limpio; pero Barkis estaba

deslumbrante con su chaqueta azul nueva, a la que el sastre había dado proporciones tan

cumplidas, que los puños le hubieran servido de guantes en el tiempo más frío; el cuello

era tan alto, que le empujaba los pelos del cogote hacia arriba. También los botones

relucientes eran del tamaño mayor, y completaban su indumentaria unos pantalones

grises y un chaleco de ante, con todo lo cual míster Barkis me parecía un fenómeno de

respetabilidad.

Cuando estábamos fuera alborotando, vi que mister Peggotty había preparado un zapato

viejo, que nos tenían que arrojar al marchamos, como mascota, y se lo ofreció a mistress

Gudmige con este propósito.

-Más vale que lo arroje cualquier otro, Dan -dijo mistress Gudmige-; yo soy una

criatura abandonada y sin recursos, y todo lo que me recuerda que hay criaturas que no

están abandonadas me contraría.

-¡Vamos, vieja comadre, cójalo y tírelo!

-No, Dan -contestó ella gimiendo–; si sintiera menos las cosas, podría hacerlo; usted no

siente como yo, Dan; las cosas no le contrarían, ni usted a ellas; es mejor que lo arroje

usted.

Pero aquí Peggotty, que había estado yendo de uno a otro apresuradamente, besando a

todo el mundo, gritó desde el carro, en el que ya nos habíamos instalado entre tanto

(Emily y yo sentados en dos sillitas uno al lado del otro), diciendo que era mistress

Gudmige la que debía hacerlo. Por último, se dejó conquistar; pero me entristece tener

que relatar que aguó un poco la alegría de nuestra partida, pues inmediatamente se

deshizo en lágrimas, y cayendo en los brazos de Ham, declaró que reconocía que sólo era

un estorbo y que mejor harían mandándola al asilo, lo que a mí me pareció una idea muy

razonable y que Ham debía haberle hecho aquel favor al momento.

Pero ya estábamos en camino para nuestra excursión. Lo primero que hicimos fue

pararnos delante de una iglesia, donde Barkis sujetó el caballo a la verja y entró con Peggotty,

dejándonos a Emily y a mí solos en el carro. Yo aproveché la ocasión para pasar el

brazo alrededor del talle de Emily y proponerle que, puesto que me iba a marchar tan

pronto, debíamos estar muy cariñosos y ser felices durante todo el día. Emily consintió, y

hasta me permitió que la besara. Esto me dio valor para decirle (lo recuerdo) que nunca

amaría a otra mujer y que estaba dispuesto a matar a todo el que pretendiera su amor.

¡Cómo se divirtió Emily a mi costa con aquello! ¡Con qué desmesurada presunción de

ser mucho mayor que yo me repetía, como una mujercita, que era «un tonto»! Pero

después se puso a reír de tal modo, que me hizo olvidar la pena que me había causado su

frase despectiva, ante el placer de verla reír así.

Barkis y Peggotty estuvieron mucho tiempo en la iglesia; pero por fin salieron y

reanudamos la excursión. A mitad del camino Barkis se volvió hacia mí y me dijo, con un

guiño expresivo (nunca hubiera creído que Barkis fuera capaz de hacer un guiño

semejante):

-¿Qué nombre había escrito yo en el carro?

—Clara Peggotty –contesté.

-¿Y qué nombre tendría que escribir ahora si hubiera tiza aquí?

–Otra vez Clara Peggotty -sugerí.

-Clara Peggotty Barkis -contestó, y soltó una carcajada que hizo estremecer el carro.

En una palabra, se habían casado, y con ese propósito habían entrado en la iglesia.

Peggotty había decidido que lo haría de un modo discreto, y el sacristán había sido el

único testigo de la boda. Se quedó muy confusa al oír a Barkis anunciamos su unión de

aquel modo tan brusco, y no dejaba de abrazarme para que no dudara de que su afecto no

había cambiado; pero pronto nos dijo que estaba muy contenta de haber zanjado ya el

asunto.

Nos detuvimos en una taberna del camino, donde nos esperaban, y la comida fue alegre

para todos. Aunque Peggotty hubiera llevado casada diez años no creo que pudiese estar

más a sus anchas y más igual que siempre; antes del té estuvo paseando con Emily y

conmigo, mientras Barkis se fumaba su pipa filosóficamente, dichoso, supongo, con la

contemplación de su felicidad. Aquello debió de abrirle el apetito pues, recuerdo que, a

pesar de haber hecho muy bien los honores a la comida, dando fin a dos pollos y

comiendo gran cantidad de cerdo, necesitó comer jamón cocido con el té y tomó un buen

pedazo sin ninguna emoción.

Después he pensado a menudo que fue aquella una boda inocente y fuera de lo

corriente. En cuanto anocheció volvimos a subir en el carro y nos encaminamos hacia

casa, mirando las estrellas y hablando de ellas. Yo era el «conferenciante» y abría ante

los ojos asombrados de Barkis extraños horizontes. Le conté todo lo que sabía, y él me

habría creído todo lo que se me hubiera ocurrido inventar, pues tenía la más profunda

admiración por mi inteligencia, y en aquella ocasión dijo a su mujer delante de mí que era

un joven « Roeshus», con lo que quería expresar que era un prodigio.

Cuando agotamos el tema de las estrellas, o mejor dicho cuando se agotaron las

facultades comprensivas de Barkis, Fmily y yo nos envolvimos en una manta, y así juntos

continuamos el viaje. ¡Ah! ¡Cómo la quería y qué felicidad pensaba que sería estar

casados y vivir juntos en un bosque sin crecer nunca más, sin saber nunca más, niños

siempre, andando de la mano a través de los campos y las flores, y por la noche recostar

nuestras cabezas juntas en un dulce sueño de pureza y de paz y siendo enterrados por los

pájaros cuando nos muriésemos! Este sueño fantástico brillaba con la luz de nuestra

inocencia, tan vago como las estrellas lejanas, y estaba en mi espíritu durante todo el

camino. Me alegra pensar que Peggotty tuviera, el día de su boda, a su lado dos

corazones tan ingenuos como el de Emily y el mío; me alegra pensar que los amores y las

gracias tomaran nuestra forma en su cortejo al hogar.

Serían las nueve cuando llegamos ante el viejo barco, y allí míster y mistress Barkis nos

dijeron adiós, marchándose a su casa. Entonces sentí por primera vez que había perdido a

Peggotty, y me habría ido a la cama con el corazón triste si el techo que me cobijaba no

hubiera sido el mismo que cubría a la pequeña Emily.

Míster Peggotty y Ham, comprendiendo mis sentimientos, nos esperaban a cenar con

sus hospitalarios rostros alegres, para espantar mi tristeza. La pequeña Emily vino a senEste

documento ha sido descargado de

tarse a mi lado en el cajón; fue la única vez que lo hizo en toda mi visita, como

coronación de aquel día dichoso.

Era noche de marea, y en cuanto nos fuimos a la cama, míster Peggotty y Ham salieron

a pescar. Yo me sentía muy orgulloso de ser, en la casa solitaria, el único protector de

mistress Gudmige y de Emily, y deseaba que un león o una serpiente o cualquier otro

monstruo apareciera decidido a atacamos para destruirlo y cubrirme de gloria. Pero a

ningún ser de aquella especie se le ocurrió pasear aquella noche por la playa de

Yarmouth, y lo suplí lo mejor que pude soñando con dragones hasta por la mañana.

Con la mañana llegó también Peggotty, que me llamó, como de costumbre, por la

ventana, corno si Barkis no hubiera sido más que otro sueño. Después del almuerzo me

llevó a ver su casa, que era muy bonita. De todos los muebles, el que más me gustó fue

un antiguo buró de madera oscura que estaba en la salita (la cocina hacía de comedor),

con una ingeniosa tapa que se abría, convirtiéndolo en un pupitre, donde estaba una

edición en cuarto de Los Mártires, de Fox, este precioso libro del que no recuerdo una

palabra; lo descubrí al momento, a inmediatamente me dediqué a leerlo. Y nunca he

visitado después aquella casa sin arrodillarme en una silla, abrir la tapa del buró, apoyar

mis brazos en el pupitre y ponerme de nuevo a devorarlo. Temo que lo que más me

sugestionaba eran los grabados; tenía muchos y representaban toda clase de horribles tormentos.

Pero Los Mártires y la casa de Peggotty han sido siempre inseparables en mi

pensamiento, y aún lo son ahora.

Me despedí de míster Peggotty, de Ham, de mistress Gudmige y de Emily aquel día, y

pasé la noche en casa de Peggotty, en una habitación abuhardillada, con el libro de los

cocodrilos puesto en un estante a la cabecera de la cama. Aquel cuarto era mío para

siempre, según dijo Peggotty, y toda la vida me esperaría igual.

-Joven o vieja, mi querido Davy, mientras viva y me cubra este techo, la encontrarás

igual que si esperásemos tu llegada de un momento a otro. La arreglaré todos los días,

como hacía siempre con tu cuarto de Bloonderstone, y aunque te marchases a China,

puedes estar seguro de que lo esperará igual mientras estés allí.

Yo sentía la sinceridad y constancia de mi antigua niñera con todo mi corazón y le daba

las gracias como podía, aunque no muy bien, pues me hablaba con los brazos alrededor

de mi cuello. Aquella mañana tenía que volver a casa con ella y Barkis en el carro. Me

dejaron en la verja con tristeza, y se me hacía tan extraño ver que el carro se llevaba a

Peggotty lejos, dejándome bajo los viejos olmos mirando hacia la casa, en la que no

quedaba nadie que me quisiera.

Entonces caí en un estado de abandono en el que no puedo pensar sin pena, en un

estado de aislamiento, lejos del menor sentimiento de amistad, apartado de los otros

chiquillos, apartado de toda compañía que no fueran mis tristes pensamientos (los que

todavía me parece que lanzan una sombra sobre este papel mientras escribo).

Qué hubiera dado yo porque me enviaran a cualquier escuela, por duros que hubieran

sido en ella, con tal de aprender algo de cualquier modo, en cualquier parte; pero ni esta

esperanza tenía; no me querían, y cruelmente, voluntariamente, con perseverancia, me

olvidaban. Creo que la fortuna de míster Murdstone estaba comprometida en aquellos

momentos; pero eso era lo de menos. No podía aguantarme, y me alejaba

deliberadamente, yo creo que para alejar al mismo tiempo la idea de que tenía deberes

que cumplir conmigo. Y así sucedió.

No era precisamente que me maltrataran; no me pegaban ni me negaban la comida;

pero no cesaban un momento en su mal proceder sistemático, sin el menor descanso: era

un abandono frío y sin cólera. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, seguía

abandonado. A veces pensaba, cuando reflexionaba sobre ello, qué habrían hecho si

hubiera enfermado. ¿Me habrían dejado abandonado en mi habitual soledad, o me habría

tendido alguien una mano de ayuda?

Cuando míster Murdstone y su hermana estaban en casa, comía con ellos; en su

ausencia, comía solo. Siempre estaba vagando por la casa o por las cercanías, sin que me

hicieran caso; lo único que me prohibían era hacer amistades, pensando quizá que podría

quejarme. Por esta razón, aunque míster Chillip me pedía a menudo que fuera a visitarle

(se había quedado viudo algunos años antes de una mujer joven y rubia, a quien siempre

recuerdo confundiéndose en mis pensamientos con una gatita gris de Angora), casi nunca

me permitían la alegría de pasar la tarde con él en su despacho, leyendo algún libro nuevo

para mí, rodeado del olor de farmacia que lo llenaba todo o machacando drogas en un

mortero bajo su dirección.

Por la misma razón, reforzada sin duda por la antipatía, muy rara vez me permitían

visitar a Peggotty. Fiel a su promesa, ella venía a verme a los alrededores una vez por

semana, y ninguna con las manos vacías; pero muchas y amargas eran las decepciones

que sufría cuando me negaban el permiso para ir a su casa. Algunas veces, sin embargo,

aunque de tarde en tarde, me permitían ir, y entonces observé que Barkis era un poco

roñoso, o, según la expresión de Peggotty, un poquito agarrado, y guardaba el dinero

debajo de la cama en una caja, en la que pretendía no tener más que ropa. En aquel cofre

guardaba sus riquezas con una tenacidad perseverante, y para obtener un poco de dinero

hacían falta grandes artificios. Así, Peggotty tenía que preparar un largo y convincente

discurso para sacarle el dinero todos los sábados.

Todo aquel tiempo era tan consciente de que, por mucho que prometiera, mi

inteligencia se atrofiaría a causa de mi abandono, que habría sido completamente

desgraciado de no tener mis antiguas novelas. Eran mi único consuelo; nos hacíamos

mutuamente compañía, y yo no me cansaba de releerlas.

Y ahora llegamos a una época de mi vida de la que nunca perderé la memoria y cuyo

recuerdo ha venido a menudo, a mi pesar, como una pesadilla, a entristecer mis tiempos

más dichosos.

Había salido una mañana a vagar pensativo, como siempre, en mi vida solitaria, cuando

al volver la esquina de un sendero, cerca de nuestra casa, me encontré a míster Murdstone

que paseaba con otro caballero. En mi confusión iba a pasar de largo, cuando aquel

caballero me gritó:

-¡Eh! ¡Brooks!

-No, David Copperfield.

-No me digas. Eres Brooks, Brooks de Shefield; ese es tu nombre.

Al oír aquellas palabras miré al desconocido con mayor atención. Su risa acabó de

convencerme de que le conocía: era míster Quinion, a quien fui a ver a Lowestof con

míster Murdstone antes… (pero poco me importa cuándo: no quiero recordarlo).

-¿Cómo estás y dónde te educas, Brooks? Me dijo míster Quinion.

Había puesto su mano sobre mi hombro y me hizo dar la vuelta para pasear con ellos.

Yo no sabía qué decir, y miré confuso hacia míster Murdstone.

-Ahora está en casa –dijo este último-, y no está educándose en ninguna parte. No sé

qué hacer con él; es difícil de manejar.

Aquella antigua mirada hipócrita se detuvo un momento en mí, y después sus ojos

oscuros se separaron de los míos con un fruncimiento de aversión.

-¡Hum! -dijo míster Quinion, mirándonos a los dos-. ¡Qué tiempo tan hermoso!

Siguió un silencio, y yo estaba pensando cómo desprender mi hombro de su mano para

marcharme, cuando dijo:

-Supongo que seguirás siendo un muchacho muy despierto, ¿eh, Brooks?

-Sí, inteligencia no le falta –dijo míster Murdstone con impaciencia-; pero harías mejor

dejándole marcharse; no te agradece que lo estés molestando.

Al oír esto, míster Quinion me soltó, y yo me dirigí a casa. Volviéndome a mirarlo al

entrar en el jardín, vi a míster Murdstone apoyado en la tapia del cementerio hablando

con su amigo. Los dos me miraban, y tuve la sensación de que hablaban de mí.

Míster Quinion durmió aquella noche en nuestra casa. A la mañana siguiente, después

del desayuno, coloqué mi silla, e iba a irme cuando míster Murdstone me llamó, se sentó

gravemente delante de una mesa y su hermana se puso en su pupitre. Míster Quinion, de

pie, con las manos en los bolsillos, miraba por la ventana; yo los miraba a todos.

-David -me dijo míster Murdstone-: cuando se es joven se está en el mundo para

trabajar y no para soñar ni haraganear.

—Como haces tú -añadió su hermana.

-Jane, déjame hablar, haz el favor. Digo, David, que la gente joven está en el mundo

para la acción y no para soñar ni para haraganear. Y con mayor motivo tratándose de un

muchacho de tu carácter, que necesita corregirse mucho y al que no se pude hacer mejor

servicio que obligarle a que se acostumbre a trabajar, que es lo único que puede doblegarle.

-Y que en el trabajo de nada sirve la terquedad; se les doblega lo que hace falta

-interrumpió su hermana.

Él le dirigió una mirada, mitad de reproche, mitad de aprobación, y continuó:

-Supongo que sabes, David, que yo no soy rico, y en todo caso lo sabes ahora. Has

recibido ya una educación costosa. Las pensiones son caras, y aun cuando no lo fueran,

no te enviaría a ninguna. Pienso que no sería beneficioso para ti. En el mundo has de

tener que luchar con la vida; por lo tanto, cuanto antes empieces, mejor.

Yo pensé que me parecía que ya había empezado a luchar en mi pobre camino, o por lo

menos se me ocurre ahora.

-¿Has oído hablar alguna vez de nuestra casa de comercio? –dijo míster Murdstone.

-¿La casa de comercio? -repetí.

-La casa de Murdstone y Grimby, en la venta de vinos -replicó.

Supongo que parecía dudar, pues continuó precipitadamente:

-¿No has oído hablar de la casa, o de los negocios, o de las bodegas, o de algo así?

-Me parece que sí he oído algo de negocios -dije, recordando que había oído vagamente

algo de sus recursos y los de su hermana, pero que no sabía cuándo.

-Eso es lo de menos -replicó- Míster Quinion es el director de ella.

Le miré con respeto, mientras él wguía asomado a la ventana.

-Míster Quinion dice que allí hay varios muchachos empleados y que no hay razón para

que tú no puedas ir en la mismas condiciones que ellos.

-En el caso -observó míster Quinion en voz baja dando media vuelta- de no tener otro

remedio, Murdstone.

Míster Murdstone, con gesto de impaciencia y malhumorado, continuó, sin hacer caso

de lo que le decían:

-Las condiciones son que ganarás lo bastante para comer y tener algún dinero en el

bolsillo. De tu alojamiento yo me ocuparé, igual que del lavado y planchado de tu ropa.

-Hasta llegar a una cantidad que me pareciese conveniente –dijo su hermana.

-También me ocuparé de tus vestidos -dijo míster Murdstone- puesto que todavía no

eres capaz de valerte por ti mismo. Así es que vas a ir a Londres, David, con mister

Quinion, a empezar una vida por tu propia cuenta.

-En una palabra: estás empleado -observó su hermana-, y trata de cumplir con tu deber.

Recuerdo que comprendía perfectamente que el objeto de lo propuesto era

desentenderse de mí; pero no recuerdo si la idea me gustó o me asustó. Mi impresión es

que estaba en un estado de confusión y oscilaba entre los dos puntos sin tocar ninguno.

Además tampoco tenía mucho tiempo para tratar de esclarecer mis pensamientos, pues

míster Quinion partía al día siguiente.

Vedme al día siguiente, con mi viejo sombrerito blanco rodeado de crespón negro por

mi madre, con una chaqueta negra y un pantalón de cuero que miss Murdstone consideraba

como la mejor armadura para las piernas en la lucha con el mundo que iba a

comenzar. ¡Vedme así ataviado con todo lo que tenía mío en la maleta, sentado (solo y

abandonado, como diría mistress Gudmige) en la silla de postas que llevaba a míster

Quinion a Yarmouth para tomar la diligencia de Londres! ¡Ved cómo nuestra casa y la

iglesia se van desvaneciendo en la distancia! ¡Cómo la tumba que está bajo los árboles se

oculta! ¡Cómo hasta el campanario desaparece al fin y el cielo está vacío!

CAPÍTULO XI

EMPIEZO A VIVIR POR MI CUENTA, Y NO ME GUSTA

Conozco el mundo lo bastante para haber perdido casi la facultad de sorprenderme

demasiado; sin embargo, aún ahora es motivo de sorpresa para mí el pensar cómo pude

ser abandonado de aquel modo a semejante edad. Un niño de excelentes facultades,

observador, ardiente, afectuoso, delicado de cuerpo y de espíritu …. parece inverosímil

que no hubiera nadie que interviniera en favor mío. Pero nadie hizo nada, y a los diez

años entré de obrero al servicio de la casa Murdstone y Grimby.

Los almacenes de Murdstone y Grimby estaban situados muy cerca del río en

Blackfriars. Ahora han mejorado y modernizado aquello; pero entonces era la última casa

de una calleja estrecha que iba a parar al río, con unos escalones al final que servían de

embarcadero. Era una casa vieja, que por un lado daba al agua cuando estaba la marea

alta y al fango cuando bajaba. Materialmente, estaba invadida por las ratas. Las

habitaciones cubiertas de molduras descoloridas por el humo y el polvo de más de cien

años, los escalones medio derrengados, los gritos y luchas de las ratas grises en las madrigueras,

el verdín y la suciedad de todo, lo conservo en mi espíritu, no como cosa de hace

muchos años, sino de ahora mismo. Todo lo veo igual que lo veía en la hora fatal en que

llegué aquel día con mi mano temblorosa en la de mister Quinion.

La casa Murdstone y Grimby se dedicaba a negocios muy distintos; pero una de sus

ramas de mayor importancia era el abastecer de vinos y licores a ciertas compañías de

barcos. He olvidado ahora cuáles eran, pero creo que tenían varios que iban a las Indias

Orientales y a las Occidentales, y sé que una gran cantidad de botellas vacías eran la

consecuencia de aquel tráfico, y que cierto número de hombres y muchachos estábamos

dedicados a examinarlas al trasluz, a tirar las que estaban agrietadas y a limpiar bien las

otras. Cuando ya no quedaban botellas vacías, había que poner etiquetas a las llenas,

cortar corchos para ellas, cerrarlas y meterlas en cajones. A este trabajo me dedicaron con

otros varios chicos.

Éramos tres o cuatro, contándome a mí. Me habían colocado en un rincón del almacén,

donde míster Quinion podía desde su despacho verme a través de una ventana. Allí, el

primer día que debía empezar la vida por mi propia cuenta me enviaron al mayor de mis

compañeros para enseñarme lo que debía hacer. Se llamaba Mick Walker; llevaba un

delantal rojo y un gorro de papel. Me contó que su padre era barquero y que se paseaba

con un traje de terciopelo negro al paso del cortejo del lord mayor. También me dijo que

teníamos otro compañero, a quien me presentó con el extraño nombre de Fécula de

patata. Más tarde descubrí que aquel no era su nombre; pero que se lo habían puesto a

causa de la semejanza del color pálido de su rostro con el de la patata. El padre de Fécula

era aguador, y unía a esta profesión la distinción de ser bombero en uno de los teatros

más grandes de la ciudad, donde otros parientes de Fécula, creo que su hermana, hacía de

enano en las pantomimas.

Ninguna palabra puede expresar la secreta agonía de mi alma al verme entre aquellos

compañeros, cuando los comparaba con los compañeros de mi dichosa infancia, sin contar

con Steerforth, Traddles y el resto de los chicos. Nada puede expresar lo que sentía

viendo desvanecidas todas mis esperanzas de ser algún día un hombre distinguido y culto.

El profundo sentimiento de mi abandono, la vergüenza de mi situación, la desesperación

de mi joven corazón al creer que día tras día todo lo que había aprendido y pensado y deseado

y todo lo que había excitado mi imaginación y mi inteligencia se borraría poco a

poco para no volver nunca. No puede describirse. Tan pronto como Mick Walker se iba,

yo mezclaba mis lágrimas con el agua de fregar las botellas, y sollozaba como si también

hubiera una grieta en mi pecho y estuviera en peligro de estallar.

El reloj del almacén marcaba las doce y media y todos se preparaban para irse a comer,

cuando míster Quinion dio un golpe en la ventana y me hizo seña de que pasara a verle.

Fui, y allí me encontré con un caballero de mediana edad, algo grueso, con americana

oscura y pantalón negro, sin más cabellos sobre su cabeza, que era enorme y presentaba

una superficie brillante, que los que pueda tener un huevo. Se volvió hacia mí. Su ropa

estaba muy raída, pero el cuello de su camisa era imponente. Llevaba una especie de

bastón adornado con dos bellotas y unas lentes pendían fuera de su americana; pero más

tarde descubrí que eran decorativas, pues no las utilizaba y no veía nada en absoluto si las

ponía delante de sus ojos.

-Este es –dijo míster Quinion señalándome.

-¿Este -dijo el desconocido con cierta condescendencia en la voz y cierta indescriptible

pretensión de estar haciendo algo muy distinguido, lo que me impresionó- es míster

Copperfield? ¿Sigue usted bien?

Le dije que estaba muy bien y que esperaba que él también lo estuviera. Estaba bastante

mal e incómodo, Dios lo sabe; pero no era natural en mí quejarme en aquella época de mi

vida. Así, dije que me encontraba bien y que esperaba que él también lo estuviera.

-Muy bien, muchas gracias -dijo el desconocido- He recibido un a carta de míster

Murdstone en la que me dice desearía recibiera en una habitación de mi casa que está

ahora desocupada, en una palabra, que está para alquilar -dijo con una sonrisa y en un

arranque de confianza- como alcoba, al joven principiante a quien tengo ahora el gusto…

Y el desconocido, levantando la mano, metió la barbilla en el cuello de su camisa.

-Es míster Micawber -me dijo míster Quinion.

-Así es –dijo el desconocido-; ése es mi nombre.

-Míster Micawber -dijo míster Quinion-; es conocido de míster Murdstone y recibe

comisiones para nosotros cuando puede. Ahora míster Murdstone le ha escrito sobre tu

alojamiento, y te recibirá en su casa.

-Mi dirección -dijo míster Micawber –es Windsor Terrace, City Road; en una palabra

-añadió con el mismo aire distinguido y en otro arranque de confianza-, vivo allí.

Le saludé.

-Bajo la impresión -dijo míster Micawber- de que quizá sus peregrinaciones por esta

metrópoli no han sido todavía muy extensa y de que pueda usted encontrar alguna

dificultad para penetrar en el arcano de la moderna Babilonia; en resumen -dijo míster

Micawber en un nuevo gesto de confianza-: como podría usted perderse, tendré mucho

gusto en venir esta noche a buscarle para enseñarle el camino más corto.

Le di las gracias de todo corazón por la amistosa molestia que se quería tomar por mí.

-¿A qué hora -dijo míster Micawber- podré …?

-A eso de las ocho –dijo míster Quinion.

-Estaré a era hora -dijo míster Micawber-. Le deseo muy buenos días, míster Quinion, y

no quiero entretenerle más.

Se puso el sombrero y salió con el bastón debajo del brazo, muy tieso y canturreando en

cuanto estuvo fuera de l almacén.

Míster Quinion me aconsejó entonces muy seriamente que trabajara todo lo más posible

en la casa, y me dijo que se me pagarían seis chelines por semana (no estoy seguro de si

eran seis o siete; mi inseguridad me hace creer que primero debieron de ser seis, y

después siete). Me pagó una semana por adelantado (creo que de su bolsillo particular),

de lo que di seis peniques a Fécula para que llevara aquella misma noche mi maleta a

Windsor Terrace; tan pequeña como era, pesaba demasiado para mis fuerzas. También

gasté otros seis peniques en mi almuerzo, que consistió en una empanada de came y un

trago de agua en una bomba de la vecindad, y pasé la hora que dejaban libre para las

comidas paseando por las calles.

Aquella noche, a la hora fijada, apareció mister Micawber. Me lavé la cara y las manos

para corresponder a su elegancia, y nos fuimos juntos hacia nuestra casa, como supongo

que la llamaré desde ahora. Mister Micawber, durance el camino, me hacía fijarme en los

nombres de las calles, en las fachadas de las casas y en las esquinas, para que pudiera

encontrar fácilmente el camino a la mañana siguiente.

Llegamos a su casa de Windsor Terrace (que me pareció tan mezquina como él y con

sus mismas pretensiones); me presentó a su señora, una mujer delgada y pálida, nada

joven ya, que estaba sentada en una habitación (el primer piso estaba ya sin muebles y

tenían echados los estores para engañar a los vecinos), dando de mamar a un niño. Este

niño era uno de los dos mellizos, y puedo asegurar que nunca en toda mi intimidad con la

familia vi a los dos mellizos fuera de los brazos de su madre al mismo tiempo. Uno de

ellos siempre tenía que mamar. También tenían otros dos niños, uno de cuatro años y una

niña, todo lo más, de tres. También había en la casa una muchacha muy morena que les

servía. Tenía costumbre de resoplar, y me informó antes de media hora de que era

huérfana y había salido del orfelinato de San Lucas para ir allí. Mi habitación estaba en el

último piso, en la parte de atrás; una habitación pequeña, cubierta de un papel que parecía

de obleas azules, y muy escasamente amueblada.

-Nunca hubiera pensado -dijo mistress Micawber, cuando subió con niño y todo a

enseñarme mi habitación, y sentándose para tomar aliento- antes de mi matrimonio,

cuando vivía con papá y mamá, que me vería en la necesidad de tomar un huésped. Pero

míster Micawber está pasando por circunstancias tan difíciles, que toda consideración de

otro género debe ser desechada.

Yo dije:

-Sí, señora.

-Las dificultades de míster Micawber -prosiguióson casi insuperables por ahora, y no sé

si conseguirá salir de ellas. Cuando yo vivía con papá y mamá no llegaba a comprender

lo que quería decir la palabra pobreza en el sentido en que ahora la empleo; pero la

experiencia es maestra, como acostumbraba a decir mi papá.

Por más que pienso no consigo recordar si me dijo que míster Micawber había sido

oficial de Marina, o si lo inventé yo; únicamente sé que ahora estoy convencido de que en

alguna época había pertenecido a la Marina, pero no sé por qué. En aquella época era

viajante de diferentes casas de comercio; pero me temo que aquello le daba muy poco o

casi nada.

-Si los acreedores de mi marido no quieren esperar -dijo mistress Micawber-, peor para

ellos. Para nosotros, cuanto antes terminen las cosas, mejor. No se puede sangrar a una

piedra, y nada podrán sacar en la actualidad de míster Micawber, aparte de los gastos que

eso les ocasionaría.

Nunca he podido comprender del todo si mi precoz independencia confundía a mistress

Micawber respecto de mi edad, o si era que estaba tan preocupada por el asunto que

habría hablado de él a los mellizos de no haber tenido otra persona a mano. Pero aquella

conversación con que empezó nuestra amistad fue el asunto de todas las que siguieron.

¡Pobre mistress Micawber! Decía que había intentado ganar dinero por todos los

medios, y no lo dudo. Sin ir más lejos, en la puerta de la calle había una gran placa en la

que se leía: «Pensión de mistress Micawber, fundada para señoritas»; pero nunca llegó a

estudiar allí ninguna señorita; ninguna pensó en ir ni lo intentó, y en la casa nunca hubo

que hacer preparativos para recibir a ninguna. Las únicas visitas que tenían (las he visto y

oído) eran las de los acreedores. Venían a todas horas, y algunos eran verdaderamente

feroces. Un hombre con la cara sucia (creo que el zapatero) solía ponerse en la escalera

en cuanto daban las siete de la mañana, y desde allí increpaba a míster Micawber.

-Vamos, que ahora está usted en casa. ¿Me pagará usted? ¡No se esconda, es una

cobardía! No haría yo una cosa semejante. Págueme; que me pague ahora mismo, ¿me

oye? ¡Vamos!

No recibiendo contestación a sus insultos, se encolerizaba y llegaba a llamarles

ladrones y rateros, y viendo que aquello tampoco producía efecto, salía a la calle y desde

allí gritaba hacia las ventanas del segundo piso, que era donde sabía que dormían los

Micawber. En aquellas ocasiones, míster Micawber, desesperado por la vergüenza, hasta

había llegado (según comprendí por los gritos de su mujer) a fingir que intentaba matarse

con una navaja de afeitar; pero media hora después se limpiaba las botas con cuidado y

salía a la calle tarareando con más elegancia que nunca.

Mistress Micawber era también de un carácter flexible; la he visto ponerse

verdaderamente mala a las tres porque habían venido a cobrar los impuestos, y después

comer a las cuatro chuletas de cordero empanadas, con un buen vaso de cerveza, todo

pagado empeñando dos cucharillas de té. Recuerdo que un día habían venido a embargar

la casa, y volviendo yo por casualidad a las seis, me la encontré en el suelo desvanecida

(con uno de los mellizos en sus brazos, como es natural, y los cabellos sueltos alrededor

de su rostro); pero nunca la he visto más alegre que aquella noche en la cocina, con sus

chuletas en la mano, contándome toda clase de historias sobre su papá y su mamá y la

gente que recibían en su casa.

En aquella casa y con aquella familia pasaba yo todos mis ratos de ocio. Para el

desayuno compraba un penique de pan y otro de leche, y también me procuraba otro

penique de pan y un pedazo de queso, que me servían de cena, cuando volvía por la

noche. Esto hacía una buena brecha en los seis o siete chelines, ya lo sé, y hay que tener

en cuenta que estaba en el almacén todo el día y tenía que durarme el dinero la semana

completa. Desde el domingo por la mañana hasta el sábado por la noche no recibía el

menor consejo, la menor palabra de ánimo, el menor consuelo ni la más mínima ayuda ni

cariño de nadie, puedo decirlo con la seguridad que espero ir al cielo.

Era tan pequeño y tenía tan poca experiencia (¿cómo hubiera podido ser de otra

manera?) para soportar la carga de mi existencia, que a menudo, yendo hacia el almacén

por las mañanas, no podía resistir la tentación de comprar en las pastelerías los dulces de

la víspera, que vendían a mitad de precio, y gastaba en aquello el dinero que llevaba para

mi comida, y después tenía que quedarme sin comer a mediodía, o tomar sólo un pedazo

de pudding. Recuerdo dos tiendas de pudding que frecuentaba alternativamente, según el

estado de mi bolsillo. Una estaba en un pasaje cerrado por la iglesia de Saint Martin (al

que daba la parte de atrás de la iglesia), que ahora es, completamente distinto. El pudding

de aquella tienda, hecho con pasas de Corinto, era de primera, pero muy caro: por dos

peniques daban un trozo más pequeño que por un penique cuando era de otro más vulgar.

Una buena tienda para este último estaba en el Strand, en un sitio que después han

reconstruido. Era un pudding algo pesado, con grandes pasas muy separadas unas de

otras; pero era alimenticio, y estaba caliente a la hora en que yo iba, y muchos días ésa

era toda mi comida. Cuando comía de un modo regular y abundante, compraba un

panecillo de un penique y tomaba un plato de carne de cuatro peniques en cualquier

restaurante o un plato de pan y queso y un vaso de cerveza en la taberna miserable que

había frente al almacén, llamada El León o El León y algo más que he olvidado. Una vez

recuerdo que saqué el pan de casa desde por la mañana, y envuelto en un papel como si

fuera un libro lo paseé debajo del brazo hasta un restaurante famoso por su carne guisada,

cerca de Drury Lane, y pedí media ración de aquel famoso plato. Lo extraño que debió

parecerle al camarero mi llegada, pobre criaturita cola, no lo sé; pero me parece que le

veo todavía frente a mí, mientras como, y llamando a otro mozo también para que me

mirara. Le di medio penique de propina, y ¡deseaba tanto que no me lo aceptara!

Creo que teníamos media hora para tomar el té. Cuando tenía dinero para ello tomaba

una taza de café con un panecillo untado de manteca, y cuando no tenía, acostumbraba a

irme a mirar el escaparate de una tienda donde vendían caza en Fleet Street, o llegaba al

mercado de Coven Garden y me paraba a mirar las piñas. También era muy aficionado a

it por el Adelphi, porque era un lugar misterioso, con sus oscuros arcos. Me veo alguna

noche saliendo de uno de aquellos arcos para entrar en alguna taberna de la orilla del río.

Había una explanada delante de él donde unos carboneros están bailando; me siento a

mirarlos en un banco, y reflexiono en qué pensarán epos al verme. Era tan niño y tan

pequeño, que con frecuencia, cuando entraba en el bar de una taberna por primera vez a

tomar un vaso de cerveza para refrescarme después de comer, casi no se atrevían a

servírmelo. Recuerdo que en una calurosa noche entré en una taberna y dije al dueño:

-¿Cuánto es un vaso de su mejor cerveza, de la mejor que tenga?

Era un día señalado, no recuerdo ahora cuál; pero debía de ser mi cumpleaños.

-Dos peniques y medio –dijo el dueño-; es el precio de la verdadera cerveza de primera

calidad.

-Entonces -dije yo sacando el dinero- deme un vaso de esa cerveza, y que tenga mucha

espuma.

El dueño del bar me miró de arriba abajo con una extraña sonrisa en su rostro, y en

lugar de darme la cerveza, volviéndose hacia dentro dijo algo a su mujer, que salió con su

labor en la mano y se puso a su lado a mirarme. Todavía no he olvidado el cuadro. El

dueño, en mangas de camisa, apoyándose en el mostrador como en una ventana; su mujer

mirando por encima de su hombro, y yo, bastante confuso, mirándoles desde el otro lado

del mostrador. Me hicieron muchísimas preguntas de cómo me llamaba, qué edad tenía,

dónde vivía, en qué trabajaba y cómo había llegado allí. A todo lo que yo, para no

comprometer a nadie, me temo que contesté muchas mentiras. Por fin me sirvieron la

cerveza, aunque sospecho que no era de la buena; y la mujer, abriendo la puertecita del

mostrador, me devolvió el dinero y me dio un beso con expresión entre admirada y

compasiva; pero de un modo femenino y bueno.

Sé que no exagero, ni aun inconsciente o involuntariamente, la escasez de mis recursos

y las dificultades de mi vida. Sé que si míster Quinion me daba alguna vez una propina la

gastaba en comer o en tomar el té. Sé que trabajaba desde por la mañana hasta la noche

entre hombres y niños de la clase más baja y hecho un desarrapado. Sé que vagaba por

aquellas calles con hambre y mal vestido. Y sé que sin la misericordia de Dios estaba tan

abandonado, que podía haberme convertido en un ladrón o hacerme un vagabundo.

A pesar de todo, era de los que mejor estaba en la casa Murdstone y Grimby, pues

míster Quinion hacía lo posible por tratarme mejor que a los demás, dentro de lo que

podía esperarse de un hombre indiferente, además muy ocupado, y tratándose de una

criatura tan abandonada. Yo no había contado a nadie por qué estaba allí, ni les había

dejado sospechar mi tristeza por aquella vida. Lo que yo sufría en secreto nadie lo supo.

Así mi amor propio sufría menos. Nadie sabía mis penas; por crueles que fueran, me

reservaba y hacía mi trabajo. Comprendí desde el primer momento que si no trabajaba

igual que los demás me expondría a sus burlas y desprecio. Y pronto fui por lo menos tan

hábil y tan activo como mis compañeros. Aunque tenía con ellos un trato familiar, mi

conducta y modales diferían bastante de los suyos, reteniéndolos a distancia. Tanto ellos

como los hombres, por lo general, hablaban de mí como de un señorito y me llamaban el

joven Sufolker. Uno de ellos, Gregory, que era el capataz de los embaladores, y otro,

llamado Tipp, que era cartero y llevaba una chaqueta roja, me llamaban algunas veces

David; pero creo que era en los momentos de mayor confianza y cuando yo me había

esforzado en serles agradable contándoles, al mismo tiempo que trabajaba, algunas

historias sacadas de mis antiguas lecturas, que cada vez se iban borrando más de mi

memoria. Fécula de patata se rebeló alguna vez porque me distinguían; pero Mick Walker

le hizo volver al orden.

No tenía ninguna esperanza de que me arrancaran de aquella vida horrible, que a mí me

parecía vergonzosa, y me sentía enormemente desgraciado. Nunca, ni por un momento,

estuve resignado; pero no se lo contaba ni a Peggotty, en parte por cariño a ella, en parte

por vergüenza. Nunca en ninguna carta (aunque se cruzaban bastantes entre nosotros) le

revelé la verdad.

Las dificultades económicas de los Micawber aumentaban la depresión de mi espíritu.

En el abandono en que estaba, había empezado a encariñarme con aquella gente, y

acostumbraba a hablar de sus asuntos con la señora, calculando sus medios y esperanzas,

y después me sentía agobiado por el peso de sus deudas. El sábado por la noche, que era

mi mejor día, principalmente porque era una gran cosa volver a casa paseando con seis o

siete chelines en el bolsillo y mirando los escaparates y pensando lo que podría comprar

con aquella suma, y también porque volvía más temprano.

Esos días mistress Micawber me hacía las más desgarradoras confidencias, y también el

domingo por la mañana mientras tomaba el té o el café que había comprado la noche

antes y guardaba en un tarro de dulce. No era raro que míster Micawber sollozara

violentamente al empezar una de aquellas conversaciones del sábado por la noche,

terminando con una canción. Le he visto muchas veces volver a casa a comer llorando a

lágrima viva y declarando que ya sólo le quedaba it a la cárcel, y después acostarse

calculando lo que costaría poner un mirador a las ventanas del primer piso en el caso de

que «surgiera algo», como era su expresión favorita. Y mistress Micawber era

exactamente igual.

Una curiosa igualdad en nuestra amistad, originada sin duda por nuestras respectivas

situaciones, se estableció entre aquella gente y yo, a pesar de la inverosímil diferencia de

nuestras edades. Sin embargo, no consentí nunca en aceptar la menor invitación a comer

con ellos (sabiendo el trabajo que les costaba pagar al panadero y al carbonero y que a

menudo no tenían bastante para ellos mismos), hasta que mistress Micawber se confió del

todo a mí. Y esto ocurrió una noche como sigue:

-Copperfield -me dijo mistress Micawber-, no quiero tratarle como a un extraño, y por

eso no dudo en decirle que las dificultades de míster Micawber se acercan a una crisis.

Al oír esto, sentí mucha pena y miré los ojos rojizos de mistress Micawber con la

mayor simpatía.

-Excepto un pedazo de queso de Holanda, que no es suficiente para las necesidades de

mi joven familia –dijo mistress Micawber-, realmente no hay ni una miga de nada en la

despensa. Estoy acostumbrada a hablar de la despensa de cuando vivía con papá y mamá,

y use la palabra inconscientemente. Ahora lo que quiero decir es que no hay nada que

comer en casa.

-¡Dios mío! -dije con gran emoción.

Tenía dos o tres chelines de mi dinero de la semana en el bolsillo, por lo que deduzco

que debíamos de estar a martes por la noche cuando tuvimos aquella conversación. Los

saqué prontamente, pidiéndole con toda la emoción de mi alma que no los rechazara;

pero ella, besándome y haciéndomelos guardar de nuevo en el bolsillo, me dijo que no

pensara en ello.

-No, mi querido Copperfield; eso está lejos de mi pensamiento. Pero tienes una

discreción muy por encima de tu edad y puedes hacerme un gran favor, si quieres; lo

aceptaré con reconocimiento.

Le rogué que me dijera de qué se trataba.

-Yo misma he llevado la plata a empeñar -dijo mistress Micawber-; seis cucharillas de

té, dos saleros y un par de pinzas para el azúcar; en diferentes ocasiones he sacado dinero

de ello, en secreto y con mis propias manos; pero ahora los mellizos me estorban mucho,

y el hacerlo me resulta muy triste cuando recuerdo los tiempos de papá y mamá. Todavía

quedan algunas cosas de las que se puede sacar partido. Los sentimientos de míster

Micawber nunca le han permitido mezclarse en estas cosas, y Cliket (este era el nombre

de la criada) tiene un espíritu vulgar y quizá se tomara demasiadas libertades si se

depositase en ella semejante confianza; por lo tanto, si yo pudiera pedirle a usted…

Comprendí a mistress Micawber y me puse a su disposición, y aquella misma noche

empecé por llevar lo más manejable, y todas las mañanas hacía una expedición semejante

antes de entrar en el almacén de Murdstone y Grimby.

Míster Micawber tenía unos cuantos libros en un armario, al que llamaba la librería, y

empecé por aquello. Llevé uno tras otro a un puesto de libros de City Road, cerca de

nuestra casa, en un sitio que estaba siempre lleno de puestos de pájaros y libros. El dueño

de aquel puesto vivía en una casucha al lado y solía emborracharse por la noche y tenía

violentas disputas con su mujer por la mañana. Más de una vez, cuando iba muy

temprano, le encontraba en la cama, con la frente partida o con un ojo morado, resultado

de sus excesos de la víspera (temo que debía de ser muy violento cuando había bebido), y

con su mano temblona trataba en vano de buscar uno por uno en todos los bolsillos de su

ropa, que estaba caída por el suelo, mientras su mujer, con un niño en los brazos y los zapatos

en chancleta, no le dejaba en paz. A veces había perdido su dinero y me decía que

volviera a otra hora; pero su mujer siempre tenía algo, que le había quitado durante la

borrachera, y terminaba la compra mientras bajábamos las escaleras.

En la casa de préstamos también empezaron a conocerme, y el cajero me tenía mucha

simpatía. Recuerdo que a menudo me hacía declinar un nombre o adjetivo latino o conjugar

un verbo mientras esperaba todas las transacciones. En todas aquellas ocasiones

mistress Micawber hacía después preparativos para una comida, y había un peculiar

encanto en ello, lo recuerdo muy bien.

Por último llegó la crisis de las dificultades de míster Micawber, y una mañana muy

temprano vinieron a buscarle y le llevaron a la prisión de Bench King’s, en el Borough.

Cuando lo llevaban me dijo que el angel de la guarda había desaparecido para él; y yo,

realmente, pensando que su corazón estaba destrozado, sentía igual. Pero después oí decir

que en la cárcel había estado jugando alegremente a los bolos antes de comer.

El primer domingo después de su encierro fui a verle y a comer con él. Tenía que

preguntar el camino en un sitio, y antes de llegar allí debía encontrar otro sitio, y un poco

antes vería un pórtico que tenía que atravesar y continuar en línea recta hasta que me

encontrase al carcelero. Lo hice todo, y cuando, por último, vi al carcelero, ¡pobre de mí!,

recordé que cuando Roderik Ramdom estaba en la prisión por deudas veía allí un hombre

que sólo iba vestido con un trozo viejo de tapiz; el carcelero se desvaneció ante mis

inquietos ojos y mi palpitante corazón.

Míster Micawber me estaba esperando cerca de la puerta, y una vez llegados a su

habitación, que estaba situada en el penúltimo piso, se echó a llorar. Me conjuró

solemnemente para que recordara su destino y para que no olvidara jamás que si un

hombre con veinte libras esterlinas de renta gasta diecinueve libras, diecinueve chelines y

seis peniques, podrá ser dichoso; pero que si gasta veintiuna libras, nunca se librará de la

miseria.

Después de esto me pidió prestado un chelín para comprar cerveza, y me dio un recibo

para que su señora me lo devolviera. Después se guardó el pañuelo en el bolsillo y recobró

su alegría.

Estábamos sentados ante una fogata; dos ladrillos atravesados a cada lado de le

chimenea impedían que se quemara demasiado carbón. Cuando otro deudor, que

compartía la habitación de Micawber, entró con el pedazo de cordero que íbamos a comer

entre los tres y pagar a escote, entonces me enviaron a otra habitación que estaba en el

piso de arriba, para que saludara al capitán Hopkins de parte de míster Micawber y le

dijera que yo era el amiguito de quien le había hablado y que si quería prestarme un

cuchillo o un tenedor.

El capitán Hopkins me prestó el cuchillo y el tenedor, encargándome sus saludos para

míster Micawber. En su celda había una señora muy sucia y dos muchachas, sus hijas, pálidas,

con los cabellos alborotados. Yo no pude por menos de pensar que más valía

pedirle a Hopkins su cuchillo que su peine. El capitán estaba en un estado deplorable;

llevaba un gabán muy viejo sin forro y unas patillas enormes. El colchón estaba hecho un

rollo en un rincón, y ¡qué platos, qué vasos y qué tazas tenía encima de una mesa!

Adiviné, Dios sabe cómo, que, aunque las dos muchachas desgreñadas eran sus hijas, la

señora sucia no estaba casada con el capitán Hopkins. En mi tímida visita no pasé de la

puerta ni estuve más de dos minutos; sin embargo, bajaba tan seguro de lo que acabo de

decir como de que llevaba un cuchillo y un tenedor en la mano.

Había, después de todo, algo bohemio y agradable en aquella comida. Devolví el

tenedor y el cuchillo al capitán Hopkins y regresé a casa para tranquilizar y dar cuenta de

mi visita a mistress Micawber. Se desmayó al verme, después de lo cual preparó dos

vasos de ponche para consolarnos mientras le contaba lo sucedido.

Yo no sé cómo consiguieron vender los muebles para alimentarse, ni sé quién se

encargó de aquella operación; en todo caso, yo no intervine en ella. Todo se lo llevaron

en un carro, a excepción de las camas y de alguna que otra silla y la mesa de cocina.

Campábamos con aquellos muebles en dos habitaciones de la casa vacía de Windsor

Terrace mistress Micawber, los niños, la huérfana y yo, y de allí no salíamos. No

recuerdo cuánto duró aquello; pero me parece que bastante tiempo. Por último, mistress

Micawber decidió trasladarse a la prisión, donde su marido tenía ahora una habitación

para él solo. Me encargaron de llevar la llave de la casa a su dueño, que por cierto me

pareció encantado de ello, y las camas se enviaron a Bench King’s, menos la mía. Alquilamos

para mí una habitacioncita en los alrededores de la prisión, lo que me alegró

mucho, pues ya me había acostumbrado a vivir con ellos a través de nuestras mutuas

penas. La huérfana también fue acomodada en un baratísimo alojamiento de las

cercanías. Mi habitación era un poco abuhardillada y nada cómoda; pero me creí en el

paraíso al tomar posesión de ella, pensando que la crisis de las dificultades de Micawber

había terminado.

Todo este tiempo seguía trabajando para Murdstone y Grimby en lo mismo de siempre,

con los mismos compañeros y con el mismo sentimiento de degradación inmerecida que

al principio. Pero, felizmente, no había hecho ninguna amistad, no hablaba con ninguno

de los niños a quien diariamente me encontraba al ir y venir al almacén o al vagar por las

calles a la hora de comer. Seguía llevando la misma vida triste y solitaria; pero mi pena

continuaba siempre encerrada en mí mismo. El único cambio del que tuve conciencia fue

que mi traje estaba cada día más viejo y usado, y que en parte estaba algo tranquilo

respecto a los Micawber, que vivían en la prisión más desahogados que hacía mucho

tiempo y que habían sido socorridos en su desgracia por parientes o amigos. Desayunaba

con ellos en virtud de un arreglo que hicimos y del que he olvidado los detalles. También

he olvidado a qué hora se abrían las puertas de la prisión para dejarme entrar; únicamente

sé que me levantaba a las seis de la mañana, y mientras esperaba a que abrieran las

puertas iba a sentarme en uno de los bancos del viejo puente de Londres, donde me

divertía mirando a la gente que pasaba o contemplando por encima de la balaustrada el

sol reflejado en el agua o iluminando las llamas doradas de lo alto del monumento. La

huérfana venía muchas veces a reunirse allí conmigo para oír las historias que yo le

inventaba de la torre de Londres, y puedo asegurar que yo mismo me convencía de lo que

contaba. Por la tarde volvía a la prisión y me paseaba en el patio con míster Micawber o

jugaba a las cartas con su señora, escuchando sus relatos sobre papá y mamá. Ignoro si

míster Murdstone supo cómo vivía entonces; yo no hablé nunca de ello en Murdstone y

Grimby.

Los asuntos de míster Micawber seguían, a pesar de la tregua, muy embrollados, a

causa de cierto documento del que oía hablar. Ahora supongo que sería algún arreglo

anterior con sus acreedores, aunque entonces comprendía tan poco de qué se trataba, que,

si no me equivoco, lo confundía con los pergaminos infernales de contratos con el demonio,

que, según decían, existían antiguamente en Alemania. Por fin, aquel documento

pareció desvanecerse no sé cómo, al menos había dejado de ser la piedra de toque, y

mistress Micawber me dijo que su familia había decidido que míster Micawber apelara,

para ser puesto en libertad, a la ley de deudores insolventes, y que podría verse libre antes

de seis semanas.

Entonces dijo míster Micawber, que estaba presente:

-No hay duda de que con la ayuda de Dios saldremos adelante y podremos vivir de una

manera completamente diferente, y…, y…, en una palabra, las cosas cambiarán.

Para estar preparado y aprovechar el porvenir, recuerdo que míster Micawber componía

una petición a la Cámara de los Comunes pidiendo que se hicieran mejoras en la ley que

regía las prisiones por deudas.

Recojo aquí este recuerdo porque me hace ver cómo unía yo las historias de mis

antiguos libros a la de mi vida presente, cogiendo a derecha a izquierda mis personajes

entre la gente que encontraba en la calle. Muchos rasgos del carácter que trazaré

involuntariamente al escribir mi vida se formaron desde entonces en mi alma.

En la prisión había un club, y míster Micawber, en su calidad de hombre bien educado,

era una gran autoridad en él. Míster Micawber había desarrollado ante el club la idea de

su petición, y todos la habían aprobado. En consecuencia, como Micawber estaba dotado

de un excelente corazón y de una actividad infatigable, cuando no se trataba de sus proEste

documento ha sido descargado de

pios asuntos, completamente feliz de trabajar en una empresa que no le sería de ninguna

utilidad, puso manos a la obra y redactó la petición, la copió en una hoja de papel que

extendió encima de la mesa, y después convocó al club entero y a todos los habitantes de

la prisión por si querían venir a depositar su firma en aquel documento.

Cuando oí anunciar la proximidad de aquella ceremonia sentí tales deseos de ver entrar

a todos uno detrás de otro, aunque los conocía ya a casi todos, que conseguí un permiso

de una hora en Murdstone y Grimby y me instalé en un rincón para asistir al espectáculo.

Los principales miembros del club, aquellos que habían podido entrar en la habitación sin

llenarla del todo, estaban delante de la mesa con míster Micawber. Mi antiguo amigo, el

capitán Hopkins, que se había lavado la cara en honor del acto, se había instalado solemnemente

al lado del documento para leérselo a los que no conocían su contenido. La

puerta se abrió por fin y comenzó el desfile. Entraba uno, y los otros esperaban en puerta

mientras aquel firmaba. El capitán Hopkins les preguntaba a todos: «¿Lo ha leído usted?

No. ¿Quiere usted oírlo?». Si el desgraciado hacía el menor signo de asentimiento, el

capitán Hopkins se lo leía todo, sin saltarse una letra, con su voz más sonora. El capitán

lo hubiera leído veinte mil veces seguidas si veinte mil personas hubieran deseado

escucharlo una después de otra. Recuerdo el énfasis con que pronunciaba frases como

esta: « Los representantes del pueblo, reunidos en Parlamento… Los autores de la petición

hacían ver humildemente a la honorable Cámara… Los desdichados súbditos de su

Graciosa Majestad» . Parecía que aquellas palabras eran en su boca una bebida deliciosa.

Míster Micawber, entre tanto, contemplaba con expresión de vanidad satisfecha los

barrotes de las ventanas de enfrente.

Mientras doy mi paseo diario desde Southwark a Blackfriars y vago a las horas de

comer por las oscuras calles, cuyas piedras quizá conservan todavía las huellas de mis

pasos de niño, me pregunto si llegaré a olvidarme de alguno de aquellos personajes que

cruzaban sin cesar por mi espíritu, uno a uno, al eco de la voz del capitán Hopkins. Y

cuando mis pensamientos, mirando atrás, vuelven a aquella lenta agonía de mi infancia,

me admira cómo muchas de las historias que yo inventaba sobre aquella gente flotan

todavía como una sombra fantástica sobre los hechos reales, siempre presentes en mi

memoria. Y cuando paso por el viejo camino no me sorprendo, sólo lo compadezco, si

veo andando delante de mí a un niño inocente y soñador que se crea un mundo

imaginario de su extraña experiencia y sórdido vivir.

CANTULO XII

COMO EL VIVIR POR MI CUENTA NO ME GUSTA

Y TOMO UNA GRAN RESOLUCIÓN

A su debido tiempo, la petición de míster Micawber fue atendida y se recibió orden de

ponerle en libertad, lo que me causo gran alegría. Sus acreedores no eran muy implacables,

y mistress Micawber me contó que hasta el zapatero había declarado en pleno

tribunal que no le tenía mala voluntad; pero que cuando le debían dinero le gustaba que

se lo pagasen, y añadió que pensaba que aquello era una cosa muy humana.

Desde el tribunal volvió míster Micawber a Bench King’s para ciertas formalidades que

había que terminar. El club le recibió con entusiasmo y organizó aquella noche un mitin

en su honor; entre tanto, mistress Micawber y yo lo celebramos en privado comiendo

cordero y rodeados de los niños dormidos,

-En esta ocasión le propongo, Copperfield -dijo mistress Micawber-, que tomemos un

poco más de ponche a la salud de papá y mamá; hacía ya tiempo que no lo tomábamos.

-¿Han muerto? -pregunté después de brindar.

-Mamá abandonó la tierra -dijo mistress Micawberantes de que empezaran las

dificultades de mi esposo, o al menos antes de que la cosa se pusiera seria. Mi papá ha vivido

lo bastante para rescatar muchas veces a míster Micawber, después de lo cual ha

muerto, siendo muy llorado por todos sus amigos.

Mistress Micawber sacudió la cabeza y vertió una lágrima de piedad filial sobre el

mellizo que estaba de turno.

Me pareció que no podría encontrar ocasión más favorable para preguntarle una cosa

del mayor interés para mí; por lo tanto le dije:

-Puedo preguntarle, señora, lo que piensan ustedes hacer ahora que míster Micawber ha

salido de sus dificultades y está en libertad. ¿Ha decidido usted algo?

-Mi familia —dijo mistress Micawber, que pronunciaba siempre estas dos palabras con

aire majestuoso, sin que yo haya podido descubrir jamás a quién se las aplicaba-, mi

familia piensa que míster Micawber debía salir de Londres y ejercer su talento en el

campo. Míster Micawber es un hombre de mucho talento, Copperfield.

Dije que estaba seguro de ello.

-De mucho talento -repitió mistress Micawber-; y mi familia mantiene que, con algo de

interés, a un hombre de su inteligencia se le podría dar cualquier cargo en la Administración

de Aduanas. Y como la influencia de mi familia es local, su deseo es que míster

Micawber se vaya a Plimouth. Creen indispensable que esté sobre el terreno.

-¿Para estar preparado? -pregunté.

-Precisamente -contestó ella-, para que esté preparado en el caso de que surgiera algo.

-¿Y usted también se irá?

Los sucesos del día, combinados con los mellizos o con el ponche, tenían a mistress

Micawber muy nerviosa, y me contestó con lágrimas en los ojos:

-Yo nunca abandonaré a mi esposo. Míster Micawber ha hecho mal ocultándome al

principio sus apuros; pero hay que reconocer que su carácter optimista le hacía creer

siempre que saldría de ellos sin que yo me enterase. El collar de perlas y las pulseras que

había heredado de mamá los hemos vendido en la mitad de su valor; los corales que papá

me dio al casarme también los hemos dado por nada. Pero nunca abandonaré a Micawber.

¡No -gritó cada vez más conmovida-, no lo consentiré jamás! ¡Es inútil que me lo

propongan!

Yo estaba muy confuso, pues parecía que mistress Micawber imaginaba que yo le

proponía semejante cosa, y la miré alarmado.

-Micawber tiene sus defectos. No niego que es muy poco precavido; no niego que me

ha engañado respecto a sus recursos y sus deudas -continuó, mirando fijamente a la

pared-; pero yo no le abandonaré nunca.

Mistress Micawber había levantado la voz poco a poco, y gritó de tal modo al decir

estas últimas palabras, que me asustó mucho y corrí a la habitación en que estaba el club

para llamar a su marido, que lo presidía sentado al final de una mesa muy larga, cantando

a voz en grito con todos los demás:

Gee up, Dobbin

Gee ho, Dobbin

Gee up, Dobbin

Gee up, and gee ho-o-o!

Le dije que mistress Micawber estaba en un estado muy alarmante. A1 oír esto se

deshizo en llanto y se vino conmigo con el chaleco todavía cubierto de las cabezas y

colas de gambas que había estado comiendo.

-¡Emma, ángel mío! -gritó, entrando en la habitación-. ¿Qué te pasa?

-¡Nunca te abandonaré, Micawber! –exclamó ella.

-¡Mi vida! -dijo él, cogiéndola en sus brazos-. Estoy completamente seguro de ello.

-Es el padre de mis hijos, el padre de mis mellizos, el esposo de mi alma -grito mistress

Micawber-. ¡Nunca, nunca le abandonaré!

Míster Micawber estaba tan profundamente afectado por aquella prueba de cariño

(como yo, que lloraba a lágrima viva), que la abrazó de un modo apasionado, rogándole

que le mirase y se tranquilizara. Pero cuanto más le pedía que le mirase más se fijaban

sus ojos en el vacío, y cuanto más le pedía que se tranquilizara menos tranquila estaba.

Por lo tanto, pronto se contagió Micawber y mezcló sus lágrimas con las de su mujer y

las mías. Por último me pidió que saliera con una silla a la escalera mientras él la

acostaba. Hubiera querido marcharme ya; pero Micawber no lo consintió, porque todavía

no había sonado la campana para la salida de los visitantes. Por lo tanto me senté en la

ventana de la escalera hasta que él llegó con otra silla a hacerme compañía.

-¿Cómo está su esposa? –dije.

-Muy abatida -dijo míster Micawber sacudiendo la cabeza-, es la reacción. ¡Ah! ¡Es que

ha sido un día terrible! Y ahora estamos solos en el mundo y sin el menor recurso.

Míster Micawber me estrechó la mano, gimió y después se echó a llorar. Yo estaba muy

conmovido y desconcertado, pues esperaba que estuvieran muy alegres en aquella ocasión

tan esperada. Pero pienso que los Micawber estaban tan acostumbrados a sus

antiguos apuros, que se sentían desconcertados al verse libres de ellos. Toda la

flexibilidad de su carácter había desaparecido, y nunca les había visto tan tristes como

aquella tarde. A1 oír la campana míster Micawber me acompañó hasta la verja y me dio

su bendición al despedirnos. Yo me sentía verdaderamente inquieto al dejarlo solo, tan

profundamente triste como estaba.

Pero a través de la confusión y abatimiento que nos había apresado de una manera tan

inesperada para mí, veía claramente que mister y mistress Micawber iban a abandonar

Londres y que la separación entre nosotros era inminente. Y fue al volver aquella tarde a

casa, y durante las horas sin sueño que siguieron, cuando concebí por primera vez, no sé

cómo, un pensamiento que pronto se convirtió en una firme resolución.

Me había unido tan íntimamente con los Micawber; me había implicado tanto en sus

desgracias, y estaba tan absolutamente desprovisto de amigos, que la perspectiva de

verme obligado de nuevo a buscar alojamiento para vivir entre extraños parecía volver a

arrojarme contra la corriente de esta vida, demasiado conocida ahora para ignorar lo que

me esperaba.

Todos los sentimientos delicados que esta existencia hería; toda la vergüenza y el

sufrimiento que despertaba en mí se me hicieron tan dolorosos, que, reflexionando, decidí

que aquella vida me era intolerable.

Yo no podía esperar otro medio para escapar a ella que por mi propio esfuerzo; lo sabía.

Rara vez oía hablar de miss Murdstone, y de su hermano, nunca. Pero dos o tres paquetes

de ropa nueva o arreglada habían sido enviados para mí a míster Quinion, acompañados

de un trozo de papel arrugado que decía: «M. M. espera que D. C. se aplique a cumplir

bien sus deberes», sin dejar entrever la menor esperanza de que algún día pudieran llegar

tiempos mejores.

Al día siguiente me convencí, mientras mi espíritu estaba todavía en la inquietud del

plan que había concebido, que mistress Micawber no había hablado sin motivo de la

probabilidad de su partida. Se alojaron en la casa en que yo vivía durante una semana, y

cuando expiró el plazo pensaban partir para Plimouth. El mismo míster Micawber fue al

almacén aquella tarde para anunciar a míster Quinion que su marcha le obligaba a

renunciar a mi compañía y para decirle de mí, según creo, todo el bien que merecía. En

vista de esto, mister Quinion llamó a Tipp el carretero, que estaba casado y tenía una

habitación para alquilar, y la tomó para mí. Debió de tener sus razones para creer que era

con nuestro mutuo consentimiento, aunque yo no dije nada; pero mi resolución estaba

tomada.

Pasé las veladas con míster y mistress Micawber durante el tiempo que nos quedaba

todavía por vivir bajo el mismo techo, y creo que nuestra amistad aumentaba a medida

que el momento de nuestra separación se aproximaba.

El último domingo me invitaron a comer y tomamos un trozo de cerdo fresco con salsa

picante y un pudding. Yo había comprado la víspera un caballo de madera pintado para

regalárselo al pequeño Wilkins Micawber y una muñeca para la pequeña Emma; también

di un chelín a la huérfana, que perdía su colocación.

Pasamos un día muy agradable, aunque todos estábamos conmovidos pensando en la

separación.

-Copperfield: nunca podré recordar las dificultades de Micawber sin pensar en usted.

Usted se ha portado siempre con nosotros de la manera más delicada y más de agradecer.

Usted no ha sido un huésped: ha sido un amigo.

-Querida mía -dijo su marido-: Copperfield time un corazón sensible a las desgracias de

los demás, una cabeza capaz de razonar y unas manos… En resumen: un talento incomparable

para sacar provecho de todo aquello de que se puede prescindir.

Expresé mi reconocimiento por aquel cumplido, y dije que estaba muy triste por tener

que separarme de ellos.

-Querido amigo –dijo mister Micawber-: yo soy mayor que usted y tengo alguna

experiencia en la vida y en… En una palabra: en dificultades de todas clases, para hablar

de un modo general. Por el momento, y hasta que surja algo (lo que espero siempre) no le

puedo ofrecer otra cosa que mis consejos; sin embargo, creo que valen la pena de ser escuchados,

sobre todo… En una palabra: porque yo nunca los he seguido… y que…

Aquí mister Micawber, que sonreía y me miraba con expresión radiante, se detuvo

frunciendo las cejas, y prosiguió:

-Y usted ve lo desgraciado que soy.

-Mi querido Micawber -exclamó su mujer.

-Digo -replicó mister Micawber, sin preocuparse de sí mismo y sonriendo de nuevo- lo

desgraciado que he sido. Mi consejo es este: < Nunca dejes para mañana lo que puedas

hacer hoy» . Demorar cualquier cosa es un robo hecho al tiempo. ¡Hay que aprenderlo!

-Era la máxima de mi pobre papá -dijo mistress Micawber.

-Querida mía -dijo él- tu papá era un hombre muy bueno, y Dios me libre de querer

rebajarlo; es más, hasta es probable… que…. en una palabra, jamás conoceremos a un

hombre de su edad que tenga los pantalones tan bien puestos y que sea capaz de leer una

letra tan pequeña sin anteojos; pero él aplicó esta máxima a nuestro matrimonio, querida

mía, con tal premura, que todavía no me he repuesto de aquel gasto precipitado.

Míster Micawber lanzó una ojeada a su señora y añadió:

-No es que me pese, al contrario, amor mío.

Después de lo cual guardó silencio durante un momento.

-Mi segundo consejo, Copperfield, ya lo conoce usted: renta anual de veinte libras,

gasto anual de diecinueve; resultado, felicidad. Renta anual de veinte libras, gasto anual

de veinte y media; resultado, miseria. La flor está marchita, la hoja cae, el ángel de la

guarda desaparece y…, en una palabra, se ha hundido usted para siempre, como yo.

Y para hacer su ejemplo más impresionante, míster Micawber se bebió un vaso de

ponche con gran alegría y satisfacción y silbó una cancioncilla del colegio.

Le aseguré que nunca perdería de vista aquellos preceptos, lo que era bastante inútil,

pues era evidente que me afectaba. A la mañana siguiente, muy temprano, me reuní con

la familia en las oficinas de la diligencia y les vi con tristeza colocarse en la imperial.

-Copperfield -dijo mistress Micawber-, ¡Dios le bendiga! Nunca podré olvidarle, y

aunque pudiera, no querría.

-Copperfield-dijo míster Micawber-, adiós; que la felicidad y la prosperidad le

acompañen. Si al cabo de los años pudiera creer que mi suerte desgraciada le ha servido

de lección, pensaré que no he ocupado en vano el lugar de otro hombre en la tierra. Y si

surgiera algo (siempre cuento con ello) sería extraordinariamente dichoso si pudiera ayudarle

en sus proyectos respecto del porvenir.

Pienso que mistress Micawber, que estaba sentada en la imperial con los niños,

mirándome mientras yo permanecía de pie en la carretera contemplándolos tristemente,

se percató de pronto de que en realidad era yo un niño muy pequeño y muy débil; lo creo

porque me hizo seña de que subiera a su lado con una expresión completamente nueva y

maternal en su rostro, me cogió en sus brazos y me besó como hubiera podido besar a su

hijo. Tuve el tiempo justo de bajar antes de que partiera la diligencia y apenas podía

distinguir a mis amigos entre los pañuelos que agitaban.

En un minuto todo desapareció. Nos quedamos en medio de la carretera la huérfana y

yo, mirándonos tristemente; luego, después de estrecharnos la mano, ella tomó el camino

del Hospicio de San Lucas y yo fui a empezar mi jornada en Murdstone y Grimby.

Pero no tenía intención de continuar aquella vida tan penosa. Estaba decidido a huir, a

ir de un modo o de otro a buscar en el campo a la única parienta que tenía en el mundo y

a contarle mi historia: a la tía Betsey.

Ya he hecho observar que no sabía cómo aquel proyecto desesperado había germinado

en mi espíritu; pero una vez en ello, ¡ni determinación fue tan inquebrantable como todas

las que he podido tomar después en mi vida. No estoy seguro de que mis esperanzas

fuesen muy vivas; pero estaba decidido a ejecutarlo. Cien veces desde la noche en que lo

había concebido había dado vueltas en mi espíritu a la historia de mi nacimiento, que

tanto me había gustado hacer contar a mi pobre madre, y que me sabía de memoria. Mi

tía hacía una aparición rápida y terrible; pero había en todo aquello una particularidad que

me gustaba recordar y que me daba algunas esperanzas. No podía olvidar que a mi madre

le había parecido sentirla acariciar suavemente sus cabellos, y aunque aquello podía ser

una idea sin ningún fundamento, yo me hacía un bonito cuadro del instante en que mi

terrible tía se había conmovido ante aquella belleza infantil que yo recordaba tan bien y

que me era tan querida, y aquel pequeño episodio aclaraba dulcemente todo el cuadro.

Quizá fuera aquel el germen que después de vivir en mi espíritu había engendrado

gradualmente mi determinación.

Como ni siquiera sabía dónde habitaba miss Betsey, escribí una larga carta a Peggotty

en la que le preguntaba de una manera casual si recordaba el lugar de su residencia, diciendo

que había oído hablar de una señora que vivía en un sitio, que nombré al azar, y

que sentía curiosidad por saber si no sería ella. También en aquella carta le decía que

tenía mucha necesidad de media guinea, y que si pudiera prestármela se lo agradecería

mucho, reservándome para decirle más adelante, al devolvérsela, lo que me había

obligado a pedirle aquella suma.

La contestación de Peggotty llegó pronto y fue, como de costumbre, llena de cariño y

abnegación. Incluía la media guinea (me asusta pensar todo lo que habría tenido que

trabajar y que ingeniarse para conseguir que saliera de la caja de Barkis), y me contaba

que miss Betsey vivía cerca de Dover; pero si era en Dover mismo, o en Hy the

Landgate, o en Folkestone, no podía decirlo. Uno de nuestros hombres me informó,

cuando le pregunté acerca de aquellos sitios, que estaban muy próximos unos de otros.

Me pareció que ya sabía bastante para mi objetivo, y resolví marcharme a fines de

semana.

Siendo una criaturita muy honrada y no queriendo enturbiar el recuerdo que dejaba en

Murdstone y Grimby, consideré como una obligación permanecer hasta el sábado por la

noche, y como me habían pagado una semana adelantada, me fui temprano, para no tener

que presentarme a la hora de cobrar en la caja. Por esta misma razón había pedido la media

guinea a Peggotty, para no encontrarme sin dinero para los gastos del viaje. Por lo

tanto, cuando llegó el sábado por la noche y nos reunimos todos para que nos pagasen,

Tipp el carretero pasó, como siempre, el primero al despacho. Yo estreché la mano de

Mick Walker, rogándole que cuando me llamaran entrase y le dijera a míster Quinion que

había ido a llevar mi maleta a casa de Tipp, dije adiós a Fécula de patata y me fui.

Mi maleta continuaba en mi antiguo alojamiento al otro lado del río. Había preparado,

para pegar en ella, una dirección escrita en el respaldo de una de las tarjetas de

expedición que pegábamos en las cajas: «Míster David enviará a buscarla a la oficina de

la diligencia de Dover». Tenía la tarjeta en el bolsillo y pensaba pegarla en cuanto

estuviera fuera de la casa. Mientras andaba miraba a mi alrededor, para ver si encontraba

a alguien que pudiera ayudarme a llevarla. En esto vi a un muchacho de piernas largas,

que llevaba un carrito enganchado a un burro y que estaba cerca del obelisco en el

camino de Blackfriars; al pasar me encontré con su mirada y me preguntó si le

reconocería bien si le volvía a ver, aludiendo sin duda a la fijeza con que le había

examinado. Me apresuré a asegurarle que no había sido por descortesía, sino que estaba

pensando si no quería encargarse de un trabajo.

-¿Qué trabajo? -preguntó el muchacho de las piernas lanzas.

-Llevar una maleta -contesté.

-¿Qué maleta? -insistió el joven.

Lo dije que la mía, que estaba allí, en aquella misma calle, y que deseaba que por seis

peniques me la llevaran a la diligencia de Dover.

-Vaya por los seis peniques -dijo el muchacho.

Y subiendo al instante en su carrito, que se componía de tres tablas puestas sobre las

ruedas, partió tan diligente en la dirección indicada, que me costaba trabajo seguir el paso

de su burro.

Tenía unos modales desconcertantes aquel muchacho y una manera muy molesta de

mascar una brizna de paja al hablar; pero el trato estaba hecho. Le hice subir a la

habitación que dejaba, cogió la maleta, la bajó y la puso en su carrito. Yo no quería

todavía poner la dirección, por temor a que alguien de la familia de mi propietario

adivinara mis designios; le rogué, por lo tanto, que se detuviera al llegar a la gran pared

de la prisión de Bench King. Apenas hube pronunciado estas palabras cuando partió

como si él, mi maleta, el carrito y el asno se hubieran vuelto locos. Yo perdía la respiración

a fuerza de correr y de llamarle, hasta que le alcancé en el sitio indicado.

Estaba rojo y excitado, y al sacar la tarjeta dejé caer de mi bolsillo la media guinea. Me

la metí en la boca para mayor seguridad, y aunque mis manos temblaban mucho,

conseguí, con gran satisfacción, colocar la tarjeta. De pronto recibí un violento golpe en

la barbilla, que me dio el chico de las piernas largas, y vi mi media guinea pasar de mi

boca a sus manos.

-Vamos -dijo el joven agarrándome por el cuello de la chaqueta con un horrible gesto-,

asunto de policía, ¿no es verdad? Y quieres huir, ¿no es así? ¡Ven, ven a la policía,

granuja! ¡Ven a la comisaría!

-Déme mi dinero, haga el favor -dije yo, muy asustado-, y déjeme en paz.

-Ven a la comisaría, y allí demostrarás que es tuya.

-Deme mi maleta y mi dinero, ¿quiere usted? -grité deshecho en lágrimas.

El joven todavía replicó: «Ven a la comisaría», arrastrándome con violencia al lado del

asno, como si hubiera alguna relación entre aquel animal y un magistrado.

Después, cambiando de pronto de opinión, saltó al carrito, se sentó encima de la maleta

y, diciendo que iba derecho a la comisaría, partió más deprisa que nunca. Corrí tras él

todo lo que pude; pero no tenía aliento para llamarle, ni me hubiera atrevido a hacerlo

aunque hubiera podido. En un cuarto de hora estuve veinte veces a punto de que me

atropellaran; tan pronto veía a mi ladrón como desaparecía a mis ojos; después volvía a

verle; después recibía un latigazo de cualquier carretero; después me insultaban, caía en

el barro, me levantaba, chocaba contra alguien, o me precipitaba contra un poste. Por fin,

sofocado por la camera y turbado por el miedo de ver que Londres entero se pusiera a

perseguirme, dejé al joven que se llevase mi maleta y mi dinero donde quisiera. Ahogado

y todavía llorando seguí, sin detenerme, el camino de Greenwich, que estaba en el

camino de Dover, según había oído decir, llevando hacia el retiro de mi tía Betsey una

parte de mis bienes casi tan pequeña como la que traía la noche en que mi nacimiento

tanto le enfureció.

CAPÍTULO XIII

EL RESULTADO DE MI RESOLUCIÓN

No sé nada; pero creo que pensaba seguir corriendo pasta Dover cuando renuncié a la

persecución del muchacho del carrito y tomé el camino de Greenwich. En todo caso, mis

ilusiones se desvanecieron pronto; me vi obligado a detenerme en la carretera de Kent,

cerca de una terraza que adornaba una fuente con una gran estatua en el centro. Allí me

senté en el umbral de una puerta, agotado por los esfuerzos que acababa de hacer, y tan

sofocado, que apenas si tenía fuerzas para llorar, pensando en mi maleta y en mi media

guinea. Se había hecho de noche, y mientras descansaba oí dar las diez en los relojes;

pero era verano y hacía calor. Cuando recobré alientos y me tranquilicé emprendí de

nuevo el camino de Greenwich. Ni por un momento se me ocurrió volverme atrás. No sé

si se me hubiera ocurrido en el caso de encontrarme un precipicio en medio del camino.

Pero la escasez de mis recursos (tenía tres medios peniques en el bolsillo y me pregunto

cómo estarían allí siendo sábado) no dejaba de preocuparme, a pesar de mi perseverancia.

Empezaba a figurarme un artículo en los periódicos anunciando que me habían

encontrado muerto bajo un árbol, y andaba tristemente, aunque todo lo más deprisa que

podían mis piernas, cuando pasé por delante de una puerta donde ponía que se compraban

trajes de hombre y de mujer y que pagaban bien los huesos y los trapos viejos. El dueño

de la tienda estaba sentado a la puerta en mangas de camisa, con la pipa en la boca; había

muchos trajes y pantalones suspendidos del techo, y todo aquello sólo estaba alumbrado

por dos candiles, de manera que parecía un hombre que hubiera colgado allí a sus

enemigos y se regocijara con su venganza.

La experiencia que había adquirido con mistress Micawber me sugirió, a la vista de

aquello, un medio de alejar algo el golpe fatal. Entré en una callejuela, me quité el

chaleco, lo doblé cuidadosamente y me presenté en la puerta de la tienda.

-¿Hace usted el favor? -le dije- Quiero vender esto en lo que valga.

El señor Dollby (al menos Dollby era el nombre que se leía encima de la puerta de la

tienda) cogió el chaleco, Puso la pipa en el montante de la puerta, por encima de su

cabeza, entró en la tienda seguido Por mí, avivó los candiles con sus dedos, extendió el

chaleco sobre el mostrador y lo miró. Después acercó la luz para verlo mejor, y por

último dijo:

-¿Cuánto pide usted por este chalequito?

-Mejor sabrá usted ponerle precio que yo -contesté con modestia.

-No puedo comprar y vender al mismo tiempo -dijo míster Dollby-; póngale usted

precio.

-Dieciocho peniques -insinué, después de muchas cavilaciones.

Míster Dollby lo dobló de nuevo y me lo devolvió.

-Sería robar a mi familia -me dijo- el ofrecer nueve peniques por él.

Esto era mirar el asunto desde un punto de vista desagradable, pues suponía en mí, que

era un extraño, la antipática pretensión de querer que míster Dollby robara a su familia en

provecho mío. Sin embargo, como no podía esperar, le dije que si quería tomaría los

nueve peniques. Míster Dollby, no sin gruñir bastante, me los dio. Le di las buenas

noches y salí de la tienda con aquella suma de más y el chaleco de menos; pero

abrochándome la chaqueta, ¡qué más daba!

En realidad estaba convencido de que la chaqueta tendría que seguir al chaleco y me

consideraría muy dichoso si llegaba a Dover aunque sólo fuera con el pantalón y la

camisa. Aquella perspectiva no me preocupaba tanto como se podría suponer. Salvo una

impresión general de que el camino era largo y de que el dueño del burro se había

portado cruelmente conmigo, creo que tenía un sentimiento demasiado claro de la

dificultad de mi empresa cuando volví a ponerme en camino con mis nueve peniques en

el bolsillo.

Se me había ocurrido una idea para pasar la noche. Mi plan era acostarme al lado de la

tapia de mi antigua escuela, en un rincón donde antes solía haber un almiar. Imaginaba

que me sería grato el tener a los chicos y la habitación donde acostumbraba a contar las

historias tan cerca de mí, aunque ellos no supieran nada y la habitación no me prestara su

abrigo.

Había hecho una dura jornada y estaba muy cansado cuando llegué, por fin, a la altura

de Blackhead. Me costó algún trabajo encontrar Salem House; pero al fin la encontré, y

hallé el almiar en el rincón, y me acosté en él después de dar la vuelta a la escuela y mirar

hacia las ventanas. Todo estaba oscuro y silencioso. Nunca olvidaré la sensación de

soledad del primer momento al acostarme en el suelo sin un techo sobre mi cabeza.

El sueño descendió sobre mí como sobre tantas otras criaturas sin hogar a quienes

ladran los perros, y soñé que dormía en mi antiguo lecho del colegio, hablando con mis

compañeros, y me desperté con el nombre de Steerforth en los labios y mirando

perdidamente las estrellas, que brillaban sobre mi cabeza. Cuando recordé dónde estaba a

aquellas horas tuve miedo, sin saber por qué. Me levanté y eché a andar; pero las estrellas

palidecían y una débil claridad en el cielo anunciaba el día; recobré el valor, y como

estaba muy cansado, me acosté y me dormí de nuevo, sintiendo durante mi sueño un frío

penetrante. Por fin, los rayos del sol y la campana matinal de la pensión, que llamaba a

los colegiales a sus estudios, me despertaron. Si hubiera creído que Steerforth podía estar

todavía allí habría vagado por los alrededores hasta conseguir verlo; pero sabía que hacía

mucho tiempo que se había marchado. Traddles quizá estuviera todavía, pero no estaba

muy seguro, y además no confiaba demasiado en su discreción ni en su habilidad para

contarle mi situación, a pesar de la buena opinión que tenía de sus sentimientos. Me alejé

mientras mis antiguos compañeros se levantaban y emprendí el camino por la larga

carretera polvorienta que me habían indicado, cuando formaba parte de los alumnos de

míster Creakle, como la de Dover en un tiempo en que no podía ni figurarme que nadie

pudiera verme un día viajando de ese modo por aquel camino.

¡Qué distinta esta mañana de domingo de las mañanas de domingo en Yarmouth!

Cuando llegó su hora oí sonar las campanas de las iglesias y me encontré con gentes que

se dirigían a ellas; también pasé por delante de una o dos iglesias mientras se celebraba el

culto: los cantos resonaban bajo la luz del sol, y un sacristán que estaba a la sombra del

pórtico enjugándose la frente me miro con enojo al verme pasar sin detenerme. La paz y

el reposo de los domingos reinaba en todas partes, excepto en mi corazón. Me parecía

que me acusaba y denunciaba a los fieles observadores de la ley del domingo por el polvo

que me cubría y por mis revueltos cabellos. Sin el recuerdo, siempre presente a mis ojos,

de mi madre en todo el esplendor de su belleza y de su juventud, sentada delante del

fuego y llorando, y mi tía enterneciéndose un momento sobre ella, no sé si habría tenido

valor para continuar mi camino. Pero aquella fantasía de mi imaginación andaba todo el

tiempo ante mis ojos y yo la seguía.

Aquel día anduve veintitrés millas por la carretera, aunque con dificultad, pues no

estaba acostumbrado a ello. Todavía me veo, a la caída de la tarde, atravesando el puente

de Rochester y comiéndome el pan que había reservado para la cena. Una o dos casitas

con el rótulo de «Alojamiento para viajeros» eran para mí una tentación; pero no me

atrevía a gastar los pocos peniques que me quedaban, y además me asustaban los rostros

sospechosos de los vagabundos que encontraba en ellas y pasaba de largo. Por lo tanto,

como la noche anterior, sólo pedí su abrigo al cielo, y llegué penosamente a Chathans,

que en las tinieblas de la noche era como un sueño de cal, de puentes levadizos, de barcos

sin palos anclados en un río de fango. Me deslicé por un sitio cubierto de musgo que daba

a una callejuela, y me acosté al lado de un cañón. El centinela que estaba de guardia

andaba de arriba abajo, y tranquilizado por su presencia, aunque él ni siquiera suponía la

mía, como tampoco la suponían la víspera mis compañeros, me dormí profundamente

hasta la mañana.

Muy cansado y con los pies doloridos me desperté aturdido por el sonar de los tambores

y por el ruido de los pasos de los soldados que parecían rodearme por todas partes. Sentí

que no podía it más lejos aquel día, si es que quería tener fuerzas para llegar al fin de mi

viaje. En consecuencia eché a andar por una calle estrecha, decidido a hacer de la venta

de mi chaqueta el asunto del día. Me la quité para irme acostumbrando a ir sin ella, y

poniéndomela debajo del brazo empecé mi ronda de inspección por todas las tiendas de

reventa.

El sitio era bien elegido para ello, pues las casas de compraventa eran muy numerosas y

sus dueños estaban a la puerta en espera de los clientes; pero la mayoría de los

escaparates ostentaban uno o dos trajes de oficial, con sus charreteras y todo, a

intimidado por aquel esplendor dudé mucho antes de atreverme a ofrecerle a nadie mi

chaqueta.

Aquella modestia atrajo mi atención hacia las tiendas donde se vendían los andrajos de

los marineros y hacia las del estilo de la de míster Dollby. Me habrían parecido demasiadas

pretensiones dirigirme a las de mayor categoría. Por fin descubrí una tiendecita

cuyo aspecto me pareció propicio; en el rincón de una callejuela que terminaba en un

campo de ortigas, rodeada de una valla cargada de trajes de marinero mezclados con

fusiles viejos, cunas de niños, sombreros de hule y cestos llenos de tal cantidad de llaves

mohosas, que la colección parecía lo bastante rica para abrir todas las puertas del mundo.

En aquella tienda, que era pequeña y baja y estaba casi a oscuras, pues sólo la

iluminaba una ventanita pequeña, casi tapada por los trapos colgados por delante, y

donde había que entrar bajando algunos escalones, penetré con el corazón palpitante. Mi

temor aumentó cuando un horrible viejo de barba gris salió precipitadamente de su antro

y me cogió de los cabellos. Era un viejo horrible, que olía mucho a ron y llevaba un

chaleco de franela muy sucio. Su lecho, cubierto con un trozo de tela desgarrada, estaba

colocado en el agujero que acababa de abandonar y que iluminaba otra ventanita, por la

que también se veía un campo de ortigas donde pastaba un burro cojo.

-¿Qué quieres? -gritó el hombre en un tono feroz y monótono-. ¡Ay mis ojos! ¡Ay!

¿Qué quieres? ¡Ay mis piernas! ¿Qué quieres? ¡Ay, goruu goruu!

Me asustaron de tal modo sus palabras, y sobre todo la última exclamación, que parecía

una especie de mugido desconocido, que no pude contestar nada. El viejo, que todavía no

había soltado mis cabellos, repuso:

-¡Ay! ¿Qué quieres? ¡Ay mis ojos! ¡Ay mis pulmones! ¿Qué quieres? ¡Ay, goruu

goruu!

Y lanzó aquel último grito con tal energía, que parecía que se le iban a saltar los ojos.

-Desearía saber -dije temblando- si querría usted comprarme una chaqueta.

-¡Veamos la chaqueta! -gritó el viejo- ¡Ay, tengo fuego en el corazón! ¡Veamos la

chaqueta! ¡Ay mis ojos y mis pulmones! ¡Veamos la chaqueta!

Por fin soltó mis cabellos, y con sus manos temblorosas, que parecían las garras de un

pájaro monstruoso, colocó en su nariz unos lentes que no favorecían mucho a sus

inflamados ojos.

¿Cuánto pides por esta chaqueta? -gritó después de examinarla-. ¡Ay, goruu goruu!

¿Cuánto pides por ella?

-Media corona -respondí, tranquilizándome un poco.

-¡Ay mis pulmones y mi estómago! No -gritó el viejo-. ¡Ay mis ojos! ¡No, no, no! ¡Dos

chelines, goruu, goruu!

Cada vez que lanzaba aquella exclamación parecía que se le iban a saltar los ojos, y

pronunciaba todas las palabras con el mismo sonsonete y como el viento, que a veces es

suave, a veces escala montañas o a veces vuelve a hacerse suave. No hay otra

comparación.

-Pues bien -dije, encantado de haber terminado la venta-, acepto los dos chelines.

-¡Ay mi estómago! -gritó el viejo arrojando la chaqueta a un estante- ¡Vete! ¡Ay mis

pulmones! ¡Sal de la tienda! ¡Ay mis ojos, goruu, goruu! No me pidas dinero. Mejor será

que hagamos un cambio.

En mi vida he pasado tanto miedo; pero le dije humildemente que necesitaba el dinero,

y que cualquier otra cosa me resultaba inútil. únicamente dije que esperaría fuera si así lo

deseaba, y que no tenía ninguna prisa. Salí de la tienda y me senté a la sombra, en un

rincón. El tiempo pasaba, el sol llegó hasta mí, luego se retiró, y yo seguía esperando mi

dinero.

Por el honor de la luz del sol quiero suponer que nunca ha habido otro loco ni borracho

semejante en el negocio de la compraventa. Aquel viejo era muy conocido en los alrededores

y tenía fama de haber vendido su alma al diablo. Lo supe pronto por las visitas que

recibía de todos los chiquillos de la vecindad, que hacían a cada instante irrupción en su

tienda, gritándole en nombre de Satanás que les diera su dinero. «No eres pobre, por

mucho que digas, demasiado lo sabes, Charley. Enséñanos tu oro; enséñanos el oro que el

diablo te ha dado a cambio de tu alma. Anda, ve a buscarlo al jergón, Charley, no tienes

más que descoserle y dárnoslo.»

Estos gritos, acompañados del ofrecimiento de un cuchillo para abrir el jergón, le

exasperaban a tal punto, que se pasaba el día sobre los chicos, que luchaban con él un

momento y después escapaban de sus manos. A veces, en su rabia, me tomaba por uno de

ellos y se lanzaba contra mí, gesticulando como si fuera a destrozarme; pero me reconocía

a tiempo y volvía a meterse en la tienda y a echarse en su lecho, lo que intuía por la

dirección de su voz. Allí rugía en su tono de costumbre la Muerte de Nelson, colocando

un ¡ay! delante de cada verso y sembrándolo de innumerables ¡goruu, goruu! Para colmo

de mis desgracias, los chicos de los alrededores, creyendo que pertenecía al

establecimiento, al ver la perseverancia con que permanecía a medio vestir sentado

delante de la puerta, me tiraban piedras insultándome.

Todavía hizo muchos esfuerzos aquel hombre para convencerme de que debíamos

hacer un cambio. Una vez apareció con una caña de pescar, otra con un violín; también

me ofreció sucesivamente un sombrero de tres picos y una flauta. Pero yo resistí a todas

aquellas tentaciones y continué delante de la puerta, desesperado, conjurándole con lágrimas

en los ojos para que me diera mi dinero o mi chaqueta. Por fin empezó a pagarme en

medios peniques y pasaron dos horas antes de que llegásemos a un chelín.

-¡Ay mis ojos! ¡Ay mis piernas! -empezó a gritar entonces, asomando su horrible rostro

fuera de la tienda, ¿Quieres conformarte con dos peniques más?

-No puedo -respondí-; me moriría de hambre.

-¡Ay mis pulmones y mi estómago! ¿Tres peniques?

-Si pudiera no estaría regateando por unos peniques -le dije-; pero necesito ese dinero.

-¡Ay, goruu, goruu!

Es imposible transcribir la expresión que dio a su exclamación oculto tras de la puerta,

sin asomar más que su maligno rostro.

-¿Quieres marcharte con cuatro peniques?

Estaba tan agotado, tan rendido, que acepté, cansado de aquella lucha; y cogiendo el

dinero de sus garras, un poco tembloroso, me alejé un momento antes de que acabara de

ponerse el sol, con más hambre y más sed que nunca. Pero pronto me repuse por

completo gracias a un gasto de tres peniques y, reanudando valerosamente mi camino,

anduve siete millas aquella tarde.

Me refugié para pasar la noche al lado de otro almiar y dormí profundamente, después

de haber lavado mis pies doloridos en un arroyo cercano y de haberlos envuelto en hojas

frescas. Cuando volví a ponerme en camino, al día siguiente por la mañana, vi extenderse

por todas partes ante mis ojos campos en flor y huertos. La estación estaba ya lo bastante

adelantada y los árboles estaban cubiertos de manzanas maduras y la recolección

empezaba en algunos sitios. La belleza del campo me sedujo infinitamente y decidí que

aquella noche me acostaría en medio de los campos, imaginándome que sería grata

compañía la larga perspectiva de ramas con sus hojas graciosamente enroscadas a su

alrededor.

Aquel día tuve varios encuentros que me inspiraron un terror cuyo recuerdo todavía

está vivo en mi imaginación. Entre las gentes que vagaban por la carretera vi muchos

desgraciados que me miraban ferozmente y que me llamaban cuando les había adelantado

diciéndome que me acercara a hablarles, y que cuando empezaba a correr huyendo me

tiraban piedras. Recuerdo sobre todo a un joven latonero ambulante lo recuerdo con su

mochila y su rejuela; le acompañaba una mujer, y me miró de un modo tan terrible y me

gritó de tal modo que me acercara, que me detuve y me volví a mirarle.

-Ven cuando se te llama -dijo el latonero- o te saco las tripas.

Pensé que era mejor acercarme. Cuando estuve cerca, mirándole para tratar de

apaciguarlo, observé que la mujer tenía un ojo amoratado.

-¿Dónde vas? -me dijo el latonero cogiéndome de la pechera de la camisa con su mano

negra.

-A Dover –dije.

-¿De dónde vienes? -insistió agarrándome más fuerte para estar bien seguro de que no

me escaparía.

-De Londres.

-¿Y qué piensas hacer? ¿No serás un raterillo?

-No.

-¡Ah! ¿No te quieres confesar? Vuelve a decir que no y te abro la cabeza.

Hizo con la mano que tenía libre ademán de pegarme y, después, me miró de pies a

cabeza.

-¿Llevas encima el precio de un vaso de cerveza? -preguntó el latonero- Si es así

dámelo pronto, antes de que yo te lo quite.

Seguramente habría cedido si en aquel momento no me hubiera encontrado con la

mirada de la mujer, que me hizo una seña imperceptible con la cabeza y movió los labios

como diciéndome: «No».

-Soy muy pobre –dije tratando de sonreír- y no llevo dinero. .

-Vamos, ¿qué significa eso? -dijo el latonero mirándome tan furioso que por un

momento creí que veía mi dinero a través del bolsillo.

-Señor… -balbucí.

-¿Qué quiere decir eso? -repuso él-. ¿Llevas la corbata de seda de mi hermano!

Quítatela, pronto.

Y me quitó la corbata de un tirón y se la arrojó a la mujer.

Ella se echó a reír como si lo tomara a broma, y arrojándomela de nuevo me hizo otra

seña con la cabeza, mientras sus labios formaban la palabra «vete». Antes de que pudiera

obedecerla el latonero me arrancó la corbata de las manos con tal brutalidad que me dejó

temblando como una hoja. La anudó alrededor de su cuello y después, volviéndose hacia

la mujer y jurando la tiró al suelo.

No olvidaré nunca lo que sentí al verla caer sobre las piedras de la carretera, donde

quedó tendida. Su cofia se había desprendido con la violencia del choque y sus cabellos

se mancharon de barro. Cuando estuve un poco más lejos, me volví a mirarlos y vi que

estaba sentada a un lado del camino, enjugándose con una punta del mantón la sangre que

corría por su rostro. El latonero continuaba andando.

Esta aventura me asustó de tal modo que, desde aquel momento. en cuanto me parecía

ver a lo lejos a cualquier vagabundo, volvía sobre mis pasos para esconderme y permanecía

quieto hasta perderle de vista. Esto se repetía con tal frecuencia que mi viaje se

retrasó seriamente. Pero en aquella dificultad, como en todas las demás de mi empresa,

me sentía sostenido y arrastrado por el cuadro que me había trazado de mi madre en su

juventud, antes de mi llegada a este mundo. Aquella idea me acompañaba en medio de

los campos cuando me acostaba para dormir y, al despertar, la encontraba delante de mí

caminando todo el día. Desde entonces su recuerdo está siempre asociado en mi

imaginación con el de la calle ancha de Canterbury, que parecía dormitar bajo los rayos

del sol, y con el espectáculo de las casas antiguas, de la catedral y de los cuervos que

volaban por sus torres. Cuando llegué, por fin, a los áridos arenales que rodean Dover,

esta imagen querida me devolvió la esperanza en medio de mi soledad y no me abandonó

hasta que conseguí el primer objetivo de mi viaje y pisé la ciudad, el sexto día después de

mi evasión. Pero entonces, cosa extraña, cuando me encontré con mis zapatos rotos, mis

ropas destrozadas, la cabeza desgreñada y polvorienta y la tez quemada por el sol, en el

lugar hacia el cual habían tendido todos mis deseos, la visión que me animaba se

desvaneció de pronto como un sueño y me encontré solo, desanimado y abatido.

En primer lugar pregunté a unos barqueros si alguno de ellos conocía a mi tía, pero

recibí muchas respuestas contradictorias. Uno me decía que vivía hacia el sur, cerca del

faro, y que se había chamuscado los bigotes; otro que vivía en la parte fangosa de más

allá del puerto y que sólo se la podía ver cuando estaba la marea baja; un tercero que

estaba encerrada en la cárcel de Maidstone por ladrona de niños; un cuarto, por último,

dijo que en la última galerna la había visto, montada en una escoba, camino de Calais.

Los cocheros, a quienes me dirigí después, no fueron menos complacientes ni más

respetuosos; en cuanto a los comerciantes, poco tranquilos por mi aspecto, me

respondían, sin escucharme, que no podían darme nada. Entonces me sentí mucho más

desgraciado y más abandonado que durante todo mi viaje. Ya no tenía nada de dinero ni

nada que vender; sentía hambre y sed, estaba agotado, y me veía más lejos de mi fin que

cuando estaba en Londres.

Se me fue la mañana en las pesquisas y estaba sentado en los escalones de una tienda

desalquilada, en el rincón de una calle, cerca de la plaza del Mercado, reflexionando en si

debería tomar el camino de los pueblos de los alrededores, de los cuales me había

hablado Peggotty, cuando de un coche de alquiler que pasaba se le cayó la manta al

caballo. La recogí y la buena cara del cochero me animó a preguntarle, al devolvérsela, si

sabría la dirección de miss Trotwood, aunque ya había hecho tantas veces sin éxito la

pregunta que casi expiró en mis labios.

-¿Trotwood? Yo conozco ese nombre. ¿Una señora vieja? -Sí, casi -respondí.

-¿Muy tiesa? –continuó, enderezándose-. ¿Qué lleva un bolso donde podía caber toda

la casa… y algo brusca, algo dura con la gente?

El corazón me dejó de latir al reconocer la exactitud evidente de la descripción.

-Pues bien; si subes por allí -y me señalaba con el látigo las alturas- y sigues derecho

hasta llegar a las casas que dan al mar, creo que tendrás noticias suyas. Pero mi opinión

es que no te dará gran cosa. Toma para ti un penique.

Acepté el regalo con agradecimiento y compré pan, que me comí mientras tomaba el

camino indicado. Anduve bastante tiempo antes de llegar a las casas que me había señalado;

pero por fin las vi. Entré en una tiendecita donde vendían toda clase de cosas,

preguntando si tendrían la bondad de decirme dónde vivía miss Trotwood. Me dirigí a un

hombre que estaba detrás del mostrador pesando arroz para una muchacha; pero fue la

muchacha quien contestó a mi pregunta, volviéndose con viveza.

-¡Mi señora! -dijo-. ¿Para qué la quieres?

-Necesito hablarle, si me hicieran el favor -dije. .

-¿Quieres decir pedirle limosna? -replicó ella.

-No, de verdad -dije.

Después, dándome cuenta de pronto que en realidad no tenía otro objeto, enrojecí hasta

las orejas y guardé silencio.

La criada de mi tía (por lo menos supuse que lo era por sus palabras) guardó el arroz en

su cesta y salió de la tienda diciéndome que podía seguirla si quería saber dónde vivía

miss Trotwood. No me lo hice repetir, aunque había llegado a tal grado de terror y de

consternación que no me sostenían las piernas. Seguí a la muchacha y pronto llegamos

ante una preciosa casita adornada con miradores y con un pequeño jardín lleno de flores

muy bien cuidadas que exhalaban un perfume delicioso.

-Esta es la casa –dijo la muchacha-. Ya lo sabes, y es todo lo que tengo que decirte.

Y se metió precipitadamente como para sacudirse toda la responsabilidad de mi visita.

Yo me quedé de pie al lado de la verja mirando tristemente hacia las ventanas. Por una de

ellas se veía una cortinilla de muselina entreabierta, un gran biombo verde, una mesita y

un butacón, que me sugirió la idea de que mi tía quizá en aquel momento estaba sentada

en él majestuosamente.

Mis zapatos habían llegado al estado más lamentable. La suela se había ido a pedazos, y

lo de encima estaba tan sumamente destrozado, que no parecían haber sido nunca

zapatos. El sombrero, que, entre paréntesis, me había servido de gorro de dormir, estaba

tan arrugado y abollado que hasta a una cazuela vieja y sin asas de un basurero la habría

avergonzado la comparación. Mi camisa y mi pantalón, sucios de sudor, de la hierba y la

tierra que me habían servido de lecho, eran unos pingajos y, mientras permanecía de pie

ante la puerta, pensaba que podía servir de espantapájaros. No me había vuelto a peinar

desde mi salida de Londres y mi rostro, mi cuello y mis manos, poco acostumbrados al

aire, estaban abrasados por el sol, y todo yo cubierto de polvo de arriba abajo, casi tan

blanco como si saliera de un horno de cal. En aquel estado y con plena conciencia de ello

estaba esperando para presentarme a mi temible tía y causarle la primera impresión.

Nada se movía en aquella ventana, por lo que supuse, al cabo de un momento, que no

estaría allí. Levanté la vista hacia las ventanas del piso de encima y vi asomado a un

caballero de rostro agradable y sonrosado, de cabellos grises, que me guiñaba un ojo de

un modo grotesco, haciéndome dos o tres veces gestos contradictorios con la cabeza. Tan

pronto me decía que sí como que no, y, por último, echándose a reír, desapareció.

Yo estaba muy desconcertado pero la conducta inesperada de aquel hombre terminó de

desconcertarme, y estaba a punto de escapar sin decir nada, para reflexionar en lo que

debía hacer, cuando de la casa salió una señora con un pañuelo atado por encima de su

cofia. Llevaba guantes de jardinera, un delantal con grandes bolsillos y un cuchillo

enorme. A1 momento reconocí en ella a mi tía, pues salía de la casa con el mismo paso

majestuoso que llevaba, y que mi pobre madre me había descrito, cuando la vio entrar en

nuestro jardín de Bloonderstone.

-¡Vete! -exclamó miss Betsey sacudiendo la cabeza y gesticulando de lejos con su

cuchillo-. ¡Vete! ¡No quiero chicos aquí!

Yo la miré temblando, con el corazón en los labios, mientras se dirigía con paso

decidido a un rincón del jardín, donde se inclinó a sacar de raíz una plantita. Entonces,

sin la menor esperanza, pero con el valor de la desesperación, me acerqué con suavidad a

ella y la toqué con la punta de un dedo.

-Señora, ¿si hiciera usted el favor? -empecé.

Ella se estremeció y levantó los ojos.

-Tía, ¿si hiciera usted el favor…?

-¿Eh? —dijo mi tía en un tono de sorpresa tal que en mi vida he oído nada semejante.

-Tía, ¿si hiciera usted el favor? Soy su sobrino.

-¡Oh Dios mío! —dijo mi tía, y se dejó caer sentada en el suelo del jardín.

-Soy David Copperfield, de Bloonderstone, en Sooffolk, donde estuvo usted la noche

de mi nacimiento y vio a mi querida madre. Soy muy desgraciado desde que ella ha

muerto. Me han abandonado; no se han ocupado de que estudie; me han abandonado a

mis propias fuerzas y me han dado un trabajo para el que no estoy hecho. Me he escapado

para venir a buscarla a usted y me han robado en el momento de mi evasión; he caminado

todo el tiempo sin acostarme en una cama desde mi partida.

Aquí el valor me abandonó de pronto y, levantando las manos para enseñarle mis

andrajo y todo lo que había sufrido, yo creo que vertí todas las lágrimas que tenía en el

corazón desde hacía ocho días.

Hasta aquel momento la fisonomía de mi tía sólo había expresado sorpresa. Sentada en

la arena me miraba a la cara; pero cuando me eché a llorar se levantó precipitadamente,

me agarró del cuello y me llevó a la casa. Lo primero que hizo fue abrir un gran armario,

coger varias botellas y verter parte de su contenido en mi boca. Supongo que las cogió al

azar y sin elegir, pues me dio anisete, salsa de anchoas y un preparado para la ensalada.

Después de administrarme estos remedios, como mi estado nervioso no me dejaba

contener los sollozos, me hizo echar en el sofá con un chal debajo de la cabeza y el

pañuelo que adomaba la suya bajo mis pies, para que no ensuciara la tela. Después se

sentó detrás del biombo verde del que ya he hablado, lo que me impedía ver su rostro. A

intervalos lanzaba exclamaciones de «¡Misericordia!», como cañonazos de desesperación.

Al cabo de un momento llamó:

-Janet -dijo mi tía cuando entró la criada-, sube a saludar de mi parte a míster Dick y

dile que querría hablarle.

Janet pareció un poco sorprendida de verme en el sofá como una estatua, pues no me

atrevía a moverme por temor a disgustar a mi tía; pero se fue a cumplir la orden. Entre

tanto mi tía se paseaba de arriba abajo por la habitación, con las manos en la espalda,

hasta que el señor que me había hecho gestos desde la ventana entró riéndose.

-Míster Dick -le dijo mi tía-, sobre todo nada de tonterías, pues nadie puede ser más

sensato que usted cuando le da la gana. Todos lo sabemos. Por lo tanto, nada de tonterías;

se lo ruego.

El se puso serio inmediatamente y me miró con una cara que yo interpreté como un

ruego para que no hablara del incidente de la ventana.

-Míster Dick -continuó mi tía-, usted me ha oído hablar de David Copperfield. No vaya

a hacer como que no se acuerda, pues sé tan bien como usted que sí.

-¿David Copperfield? –dijo míster Dick, que me parecía no tener recuerdos muy claros

sobre el asunto-. ¿David Copperfield? ¡Ah, sí, sin duda; David, es verdad!

-Pues bien -dijo mi tía-. Este es su hijo, que se parecería exactamente a él si no fuera

también exactamente el retrato de su madre.

-¿Su hijo? ¿El hijo de David? ¿Es posible?

-Sí -dijo mi tía-. Y acaba de dar un buen golpe; se ha escapado. ¡Ah! No habría sido su

hermana, Betsey Trotwood, quien se hubiera escapado.

Entre tanto sacudía la cabeza, convencida, llena de confianza en el carácter y la

conducta discreta de aquella niña que no había nacido.

-¡Ah! ¿Cree usted que ella no se hubiera escapado? –dijo míster Dick.

-¡Dios mío! ¿Es posible? –dijo mi tía-. ¿En qué está usted pensando? ¿Acaso no sé lo

que me digo? Habría vivido siempre con su madrina, y habríamos sido muy dichosas las

dos. ¿Dónde quiere usted que su hermana se hubiera escapado y por qué?

-No sé -dijo míster Dick.

-Pues bien -repuso mi tía, dulcificada por la respuesta-, ¿por qué se hace usted el tonto,

cuando es agudo como la lanceta de un cirujano? Ahora usted ve al pequeño David

Copperfield, y la pregunta que quería hacerle es esta: ¿Qué debo hacer?

-¿Lo que usted debe hacer? -dijo míster Dick con voz apagada, rascándose la frente,

¿Qué debe hacer?

-Sí —dijo mi tía mirándole seriamente y levantando el dedo-. ¡Atención, porque

necesito un consejo trascendental!

-Pues bien; si yo estuviera en su lugar -dijo míster Dick reflexionando y lanzándome

una mirada vaga- yo…(aquella mirada pareció proporcionarle una repentina inspiración, y

añadió vivamente): yo le daría un baño.

-Janet -dijo mi tía volviéndose con una sonrisa de triunfo que yo no comprendía

todavía-. Míster Dick siempre tiene razón; prepare el baño.

A pesar de lo que me interesaba la conversación no podía por menos, durante todo el

tiempo, observar a mi tía y a míster Dick y hasta a Janet, y acabar el examen de la habitación

en que me encontraba.

Mi tía era alta; sus rasgos eran pronunciados, sin ser desagradables; su rostro, su voz, su

aspecto y su modo de andar, todo indicaba una inflexibilidad de carácter que era suficiente

para explicarse el efecto que había causado sobre una criatura tan dulce como mi

madre. Pero debía de haber sido bastante guapa en su juventud a pesar de su expresión de

altanería y austeridad. Pronto observé que sus ojos eran vivos y brillantes; sus cabellos

grises formaban dos trenzas contenidas por una especie de cofia muy sencilla, que se

llevaba más entonces que ahora, con dos cintas que se anudaban en la barbilla; su traje

era de algodón y muy limpio, pero su sencillez indicaba que a mi tía le gustaba estar libre

en sus movimientos. Recuerdo que aquel traje me hacía el efecto de una amazona a la que

hubieran cortado la falda; llevaba un reloj de hombre, a juzgar por la forma y el tamaño,

colgado al cuello por una cadena, y los puños se parecían mucho a los de las camisas de

hombre.

Ya he dicho que míster Dick tenía los cabellos grises y el cutis fresco; llevaba la cabeza

muy inclinada, y no era por la edad; me recordaba la actitud de los alumnos de míster

Creackle cuando se acercaba a pegarles. Sus grandes ojos grises eran prominentes y

brillaban con una luz húmeda y extraña, lo que, unido a sus modales distraídos, su

sumisión hacia mi tía y su alegría de niño cuando ella le hacía algún cumplido, me hizo

pensar que debía de estar un poco chiflado, aunque me costaba trabajo explicarme cómo

vivía, en ese caso, con mi tía. Iba vestido como todo el mundo, con una chaqueta gris y

un pantalón blanco; llevaba un reloj en el bolsillo del chaleco, y dinero, que hasta hacía

sonar a veces como si estuviera orgulloso de ello.

Janet era una linda muchacha, de unos veinte años, perfectamente limpia y bien

arreglada. Aunque mis observaciones no se extendieron más allá entonces, ahora puedo

decir lo que sólo descubrí después, y es que formaba parte de una serie de protegidas que

mi tía había ido tomando a su servicio expresamente para educarlas en el horror al

matrimonio, lo que hacía que generalmente terminasen casándose con el repartidor del

pan.

La habitación estaba tan bien arreglada como mi tía y Janet. Dejando la pluma un

momento para reflexionar, he sentido de nuevo el aire del mar mezclado con el perfume

de las flores; he vuelto a ver los viejos muebles tan primorosamente cuidados: la silla, la

mesa y el biombo verde, que pertenecía exclusivamente a mi tía-, la tela que cubría la

tapicería, el gato, los dos canarios, la vieja porcelana, la ponchera llena de hojas de rosa

secas, el armario lleno de botellas y, en fin, lo que no estaba nada de acuerdo con el resto,

mi sucia persona, tendida en el sofá y observándolo todo.

Janet se había marchado a preparar el baño cuando mi tía, con gran terror por mi parte,

cambió de pronto de cara y se puso a gritar indignadísima con voz ahogada:

-Janet, ¡los burros!

Al oír esto Janet subió de la cocina como si hubiera fuego en la casa y se precipitó a un

pequeño prado que había delante del jardín y arrojó de allí a dos burros que habían tenido

el atrevimiento de meterse en él montados por dos señoras, mientras que mi tía, saliendo

también apresuradamente y cogiendo por la brida a un tercer animal, montado por un

niño, lo alejó de aquel lugar respetable dando un par de bofetones al desgraciado chico,

que era el encargado de conducir los burros y se había atrevido a profanar el lugar

consagrado.

Todavía ahora no sé si mi tía tenía derechos positivos sobre aquella praderita; pero en

su espíritu había resuelto que le pertenecía, y era suficiente. No se le podía hacer más

sensible ultraje que dejar que un burro pisase aquel césped inmaculado. Por absorta que

estuviera en cualquier ocupación; por interesante que fuera la conversación en que tomara

parte, un asno era suficiente para romper al instante el curso de sus ideas y se precipitaba

sobre él al momento.

Cubos de agua y regaderas estaban siempre preparados en un rincón para lanzarlos

sobre los asaltantes; y había palos escondidos detrás de la puerta para dar batidas de vez

en cuando. Era un estado de guerra permanente. Hasta creo que era una distracción

agradable para los chicos que conducían los burros, y hasta quizá los más inteligentes de

ellos, sabiendo lo que ocurría, les gustaba más (por la terquedad que forma el fondo de

los caracteres) pasar por aquel camino. únicamente sé que hubo tres asaltos mientras se

me preparaba el baño, y que en el último, el más temible de todos, vi a mi tía emprender

la lucha con un chico muy duro de mollera, de unos quince años, a quien golpeó la

cabeza dos o tres veces contra la verja del jardín antes de que pudiera comprender de qué

se trataba. Estas interrupciones me parecían tanto más absurdas porque en aquellos

momentos estaba precisamente dándome caldo con una cucharilla, convencida de que me

moría de hambre y no podía recibir el alimento más que a pequeñas dosis y, de vez en

cuando, en el momento en que yo tenía la boca abierta, dejaba la cuchara en el plato, gritando:

« Janet, ¡burros!», y salía corriendo a resistir el asalto.

El baño me reconfortó mucho. Había empezado a sentir dolores agudos en todos los

miembros a consecuencia de las noches a cielo raso, y estaba tan cansado, tan abatido,

que me costaba trabajo permanecer despierto. Después del baño, mi tía y Janet me

vistieron con una camisa y un pantalón de míster Dick y me envolvieron en dos o tres

grandes chales. Debía de parecer un envoltorio grotesco; en todo caso, tenía mucho calor.

Me sentía muy débil y muy adormilado; me tendí de nuevo en el sofá y me quedé

dormido.

Quizá sería mi sueño consecuencia natural de la imagen que había ocupado tanto

tiempo mi imaginación; pero me desperté con la sensación de que mi tía se había

inclinado hacia mí, me había apartado los cabellos de la frente y arreglado la almohada

que sostenía mi cabeza; después me estuvo contemplando largo rato. Las palabras

«¡pobre niño! » parecieron también resonar en mis oídos; pero no me atrevería a asegurar

que mi tía las había pronunciado, pues al despertarme estaba sentada al lado de la

ventana, mirando al mar, oculta tras su biombo mecánico, que podía volverse hacia donde

ella quería.

Nada más despertarme sirvieron la comida, que se componía de un pudding y de un

pollo asado. Me senté a la mesa con las piernas encogidas como un pájaro y moviendo

los brazos con dificultad; pero como había sido mi tía quien me había empaquetado de

aquel modo con sus propias manos, no me atreví a quejarme. Estaba muy preocupado por

saber lo que sería de mí; pero como ella comía en el más profundo silencio, limitándose a

mirarme con fijeza de vez en cuando y a suspirar «¡Misericordia!», no contribuía

demasiado a calmar mis inquietudes.

Cuando quitaron el mantel trajeron jerez, y mi tía me dio un vasito, y después envió a

buscar a míster Dick, que llegó enseguida. Cuando ella le rogó que escuchara mi historia,

haciéndomela contar gradualmente en respuesta a una serie de preguntas, él la escuchó

con su expresión más grave. Durante mi relato tuvo los ojos fijos en míster Dick, que sin

ello se habría dormido, y cuando trataba de sonreír mi tía le llamaba al orden frunciendo

las cejas.

-No puedo concebir cómo se le ocurrió a aquella pobre niña volverse a casar –dijo mi

tía cuando terminé.

-Quizá se había enamorado de su segundo marido -sugirió míster Dick.

-¡Amor! -dijo mi tía-. ¿Qué quiere usted decir? ¿Qué necesidad tenía de ello?

-Quizá -balbució míster Dick, después de pensar un poco-, quizá le gustaba.

-¡Vaya un gusto! -replicó mi tía- ¡Bonito gusto para la pobre niña el confiarse a una

mala persona, que no podría por menos de engañarla de un modo o de otro! ¿Qué es lo

que se proponía? ¡Me gustaría saberlo! Había tenido un marido, había encontrado en el

mundo a David Copperfield, a quien siempre, desde que nació, le habían entusiasmado

las muñecas de cera. Había tenido un niño. ¡Oh, era una buena pareja de chiquillos!

Cuando dio vida a este que está sentado aquí, aquel viernes por la noche, ¿qué más podría

desear?

Míster Dick sacudió misteriosamente su cabeza hacia mí, como si pensara que no había

nada que contestar a aquello.

-Ni siquiera ha podido tener una niña como otra persona cualquiera. ¿Y dónde está la

hermana de este niño, Betsey Trotwood? ¡Mira que no nacer! ¡Calle usted, por Dios!

Míster Dick parecía asustado.

-Y aquel mediquillo, con su cabeza de medio lado -continuó mi tía-, Jellys o algo así

era su nombre, ¿qué hacía allí? Todo lo que sabía era decirme como un lila, que es lo que

era: «¡Es un niño, un niño!» ¡Oh, qué imbecilidad la de toda aquella gente!

La dureza de su expresión turbó mucho a míster Dick, y a mí también, para ser franco.

-Y además, como si eso no fuera bastante, como si no hubiera perjudicado ya bastante a

la hermana de este niño, Betsey Trotwood -añadió mi tía-, se vuelve a casar, se casa con

un Murderer, con un hombre que se llamaba algo así, para perjudicar a su hijo. Tenía que

ser todo lo niña que era para no prever lo que ha ocurrido y que su niño llegaría un día en

que se vería errante por el mundo, como Caín, antes de crecer.

Míster Dick me miró fijamente para identificarme bajo aquel aspecto.

-Y además aquella mujer con nombre de pagano -dijo mi tía-, aquella Peggotty, que

también se casa, como si no hubiera visto claros los inconvenientes del matrimonio.

Nada, también a casarse, según cuenta este niño. Al menos tengo la esperanza -dijo mi tía

moviendo la cabeza- de que su marido será de la especie que tan a menudo se lee en los

periódicos y le dará buenas palizas.

Yo no podía soportar el oír tratar así a mi querida Peggotty, ni que le desearan

semejantes cosas, y le dije a mi tía que se equivocaba, y que Peggotty era la mejor amiga

del mundo, la criada más fiel y más abnegada, la más constante que podía encontrarse;

que me había querido siempre con ternura, y a mi madre también; que era la que la había

sostenido en sus últimos momentos y que había recibido su último beso. El recuerdo de

las dos personas que más me habían querido en el mundo me cortaba la voz, y me eché a

llorar, tratando de decir que la casa de Peggotty siempre estaba abierta para mí; que todo

lo suyo estaba a mi disposición, y que yo hubiera ido a refugiarme allí si no hubiera

temido causarle dificultades insuperables en su situación. No pude seguir, y oculté el

rostro entre las manos.

-¡Bien, bien! -dijo mi tía-. El niño tiene razón defendiendo a los que le han protegido.

Janet, ¡burros!

Creo que sin aquellos malditos asnos habríamos llegado a entendernos entonces. Mi tía

había apoyado su mano en mi hombro y, sintiéndome animado por aquella marca de

aprobación, estaba a punto de abrazarle y de implorar su protección cuando la

interrumpieron, y la confusión que le producía la lucha subsiguiente puso fin por el

momento a todo pensamiento más dulce. Miss Betsey declaró con indignación,

dirigiéndose a míster Dick, que había tomado una gran resolución y estaba decidida a

apelar a los tribunales y a llevar ante las autoridades a todos los dueños de burros de

Dover. Este acceso de asnofobia le duró hasta la hora del té.

Después del té nos quedamos cerca de la ventana con objeto (yo supongo, por la

expresión resuelta del rostro de mi tía) de ver de lejos a nuevos delincuentes. Cuando fue

de noche, Janet trajo las luces, echó las cortinas y puso encima de la mesa un juego de

damas.

-Ahora, míster Dick -dijo mi tía seriamente y levantando el dedo como la otra vez-,

tengo todavía una pregunta que hacerle. Mire a este niño…

-¿El hijo de David? –dijo míster Dick, confuso, prestando atención.

-Precisamente –dijo mi tía- ¿Qué haría usted ahora?

-¿Lo que haría del hijo de David? -repitió míster Dick.

-Sí -replicó mi tía-, del hijo de David.

-¡Oh! -dijo míster Dick-. Lo que yo haría… es meterle en la cama.

-¡Janet! -gritó mi tía, con la expresión de satisfacción triunfante que ya había visto

antes-. Míster Dick siempre tiene razón. Si la cama está preparada, vamos a acostarle.

Janet dijo que la cama ya estaba, y me hicieron subir cariñosamente, pero como si fuera

un prisionero. Mi tía iba a la cabeza, y Janet a la retaguardia. La única circunstancia que

me dio algunas esperanzas fue que, a la pregunta de mi tía a propósito de un olor a

quemado que reinaba en la escalera, Janet contestó que acababa de quemar mi ropa vieja

en la cocina. Sin embargo en mi habitación no había más ropa que la que yo llevaba

puesta y, cuando mi tía me dejó en mi cuarto (no sin prevenirme que la luz debía estar

apagada antes de cinco minutos), le oí cerrar la puerta con llave por fuera. Reflexionando,

me dije que quizá, como no me conocía, temí a que tuviera la costumbre de escaparme y

tomaba sus precauciones en previsión.

Mi habitación era muy bonita. Estaba situada en lo alto de la casa y daba al mar, que la

luna iluminaba entonces. Después de haber rezado y de haber apagado la vela recuerdo

que me quedé asomado a la ventana contemplando la luna sobre el agua como si fuera un

libro mágico donde pudiera leer mi destino, o también como si fuera a ver descender del

cielo, a lo largo de sus rayos luminosos, a mi madre con su niño en los brazos para

mirarme como el último día en que había visto su dulce rostro. Recuerdo también que el

sentimiento solemne que llenaba mi corazón cuando quité por fin los ojos de aquel

espectáculo cedió enseguida ante la sensación de agradecimiento y de tranquilidad que

me inspiraba la vista de aquel lecho rodeado de cortinas blancas. Recuerdo todavía el

bienestar con que me estiré entre aquellas sábanas, más limpias que la nieve. Pensaba en

todos los lugares solitarios en que había dormido y le pedí a Dios que me hiciera la gracia

de no volver a encontrarme sin asilo y de no olvidar nunca a los que no tienen un techo

donde cobijarse. Recuerdo que enseguida creí poco a poco descender al mundo de los

sueños por aquel haz de luz que reflejaba sobre el mar su brillo tan melancólico.

CAPÍTULO XIV

LO QUE MI TÍA DECIDE RESPECTO A MÍ

Al bajar por la mañana encontré a mi tía meditando profundamente delante del

desayuno. El agua desbordaba de la tetera y amenazaba inundar el mantel cuando mi

entrada le hizo salir de sus cavilaciones. Estaba seguro de haber sido el objeto de ellas, y

deseaba más ardientemente que nunca saber sus intenciones respecto a mí; sin embargo,

no me atrevía a expresar mi inquietud por temor a ofenderla.

Pero mis ojos no los podía dominar como mi lengua y se dirigían constantemente hacia

ella durante el desayuno. No podía mirarla un momento sin que sus miradas vinieran enseguida

a encontrarse con las mías; me contemplaba con aire pensativo y como si

estuviéramos muy lejos uno de otro en lugar de estar sentados ante la misma mesa.

Cuando terminamos de desayunar se apoyó con aire decidido en el respaldo de su silla,

frunció las cejas, cruzó los brazos y me contempló a su gusto con una fijeza y atención

que me confundían extraordinariamente. No había terminado todavía de desayunar y

trataba de ocultar mi confusión comiendo; pero mi cuchillo se enredaba entre los dientes

del tenedor, que a su vez chocaban con el cuchillo, y cortaba el jamón de una manera tan

enérgica que voló por el aire en lugar de tomar el camino de mi boca. Me atragantaba al

beber el té, que se empeñaba en ahogarme; por fin renuncié a seguir y me sentí enrojecer

bajo el examen escrutador de mi tía.

-¡Vamos! -dijo después de un silencio.

Levanté los ojos y sostuve con respeto sus miradas vivas y penetrantes.

-Le he escrito -dijo mi tía.

-¿A…?

-A tu padrastro -dijo-. Le he enviado una carta, la que tendrá que atender, sin lo cual

tendremos que vemos las caras; se lo prevengo.

-¿Sabe dónde estoy, tía mía? -pregunté con temor.

-Se lo he dicho –dijo mi tía moviendo la cabeza.

-¿Y piensa usted… volver a ponerme en sus manos? -pregunté balbuciendo.

-No lo sé –dijo-; ya veremos.

-¡Oh Dios mío! ¿Qué va a ser de mí -exclamé- si tengo que volver a casa de míster

Murdstone?

-No sé nada –dijo mi tía-, no sé nada en absoluto; ya veremos.

Estaba muy abatido; tenía apretado el corazón y el valor me abandonaba. Mi tía, sin

ocuparse de mí, sacó del armario un delantal de peto, se lo puso, limpió ella misma las

tazas, y después, cuando todo estuvo en orden y puesto en la bandeja, dobló el mantel,

colocó encima las tazas y llamó a Janet para que se lo llevara todo. Después se puso

guantes para quitar las migas con una escobita, hasta que no se vio en la alfombra ni un

átomo de polvo, después de lo cual limpió y arregló la habitación, que a mí me parecía

estaba ya en orden perfecto. Cuando terminó todos estos quehaceres a su gusto, se quitó

los guantes y el delantal, los dobló, los guardó en el rincón del armario de donde los

había sacado y fue a sentarse con su caja de labor al lado de la mesa, cerca de la ventana

abierta, y se puso a trabajar detrás del biombo verde, frente a la luz.

-¿Quieres subir -me dijo mientras enhebraba la aguja a dar los buenos días de mi parte a

míster Dick y decirle que me gustaría saber si su Memoria avanza?

Me levanté vivamente para cumplir su encargo.

—Supongo -dijo mi tía, mirándome tan atentamente como a la aguja que acababa de

enhebrar-, supongo que el nombre de Dick te parecerá algo corto.

-Es lo que pensaba ayer: que me parece algo corto -respondí.

-No vayas a creer que no tiene otro, que podría usar si quisiera -dijo mi tía con

dignidad-. Babley, míster Richard Babley, ese es su verdadero nombre.

Iba a decir, por un sentimiento de respeto a causa de mi juventud y por la familiaridad,

un tanto censurable, que me había tomado, que quizá sería mejor que le llamase por su

nombre entero; pero mi tía prosiguió:

-Pero no le llames en ningún caso así; no puede soportar su nombre; es una peculiaridad

suya, aunque no sé si a eso se le podrá llamar siquiera manía. Pero ha sufrido bastante por

culpa de personas que llevaban ese mismo nombre para que le repugne mortalmente,

Dios lo sabe. Dick es aquí su nombre, y en todas partes ya; es decir, si fuera alguna vez a

alguna parte, que no va. Así, ten cuidado, hijo mío, y no le llames nunca más que míster

Dick.

Prometí obedecer y subí a cumplir mi mensaje; y pensaba en el camino que si míster

Dick trabajaba en su Memoria desde hacía mucho tiempo con la asiduidad que ponía

cuando le vi aquella mañana por la puerta abierta al bajar a desayunar, la Memoria debía

de estar acabándose. Le encontré todavía absorto en la misma ocupación, con una larga

pluma en la mano y la cabeza casi pegando contra el papel. Estaba tan abstraído que tuve

tiempo de fijarme, antes de que se percatara de mi presencia, en una gran cometa que

había en un rincón, en numerosos paquetes de manuscritos en desorden, plumas

innumerables y, por encima de todo, una inmensa provisión de tinta (por lo menos una

docena de botellas de litro alineadas).

-¡Ah Febo! –dijo míster Dick depositando la pluma-, no sé cómo va el mundo; pero te

diré una cosa -añadió bajando la voz-: no querría que lo repitieras, pero…

Aquí me hizo signos de que me acercara, y hablándome al oído: «El mundo está loco,

loco de atar, hijo mío», dijo míster Dick cogiendo tabaco de una caja redonda que había

encima de la mesa y riendo de todo corazón.

Yo cumplí mi menaje sin aventurarme a decir mi parecer sobre aquella cuestión.

-Pues bien -dijo míster Dick como respuesta-; salúdala de mi parte y dile que… creo que

estoy en buen camino; creo verdaderamente estar en buen camino -dijo míster Dick

pasándose la mano por sus cabellos grises y lanzando una mirada inquieta a su

manuscrito-. ¿Has estado en el colegio?

-Sí, señor -respondí-; una temporada.

-¿Y recuerdas la fecha -dijo míster Dick mirándome fijamente y cogiendo su pluma- de

la muerte del rey Carlos I?

Dije que creía que era en 1649.

-Pues bien –dijo míster Dick rascándose la oreja con la pluma y mirándome con

expresión de duda-; eso es lo que dicen los libros; pero yo no comprendo cómo puede ser.

Si hace tanto tiempo, ¿cómo las gentes que le rodeaban han podido tener la torpeza de

meter en mi cabeza un poco de la confusión que había en la suya cuando se la cortaron?

Yo me quedé muy sorprendido de la pregunta; pero no pude darle ningún dato sobre el

asunto.

-Es muy extraño -dijo míster Dick lanzando una mirada de desaliento a sus papeles y

volviendo a pasarse las manos por los cabellos-, pero no consigo desembrollar la

cuestión. No lo veo claro. Pero poco importa, poco importa -dijo alegremente y más

animado-; tenemos tiempo. Saluda a tu tía, y que estoy en muy buen camino.

Me iba, cuando llamó mi atención hacia la cometa.

-¿Qué te parece esa cometa?

Respondí que me parecía muy bonita, y que debía de tener lo menos siete pies de alta.

-La he hecho yo. La lanzaremos uno de estos días tú y yo –dijo míster Dick-. ¿Ves?

Y me enseñaba que estaba hecha de un papel cubierto de una escritura fina y apretada,

pero tan clara, que al dirigir mis miradas sobre sus líneas me pareció ver dos o tres veces

alusiones a la cabeza del rey Carlos I.

-Hay mucho hilo bramante -dijo míster Dick-, y cuando sube muy alta lleva, como es

natural, lo escrito muy lejos. Es una manera de propagarlo, no sé dónde puede ir a parar;

depende de las circunstancias del viento y demás, y yo lo aprovecho.

Tenía un aspecto tan bueno, tan dulce y tan respetable, a pesar de su apariencia de

fuerza y de viveza, que no estaba yo muy seguro de que no fuera una broma para

divertirme, y me eché a reír. Él hizo otro tanto, y nos separamos como los mejores

amigos del mundo.

-Y bien, muchacho -me dijo mi tía cuando baje-. ¿Cómo está míster Dick?

Le respondí que la saludaba, y que la Memoria estaba en muy buen camino.

-¿Y qué piensas de míster Dick? -me preguntó mi tía.

Tenía ganas de eludir la cuestión, contestando que me parecía muy amable; pero mi tía

no se dejaba despistar así. Puso su labor sobre las rodillas y me dijo, cruzando las manos:

-Vamos; tu hermana Betsey Trotwood me habría dicho al momento lo que pensara de

cualquier persona. Haz todo lo posible por parecerte a tu hermana, y habla.

-¿No está míster Dick, no está …? Le hago esta pregunta porque no sé, no sé, tía, si no

tendrá la cabeza un poco mal -balbucí, dándome cuenta de que pisaba en falso.

-Nada de eso –dijo mi tía.

-¡Oh! -repuse con voz débil.

-Si hay alguien en el mundo que no esté mal de la cabeza, precisamente es míster Dick

–dijo mi tía con mucha decisión y energía.

Yo no podía hacer nada mejor que repetir:

-¡Oh!

-Han dicho que estaba loco -prosiguió mi tía—. Tengo un placer egoísta en recordar

que han dicho que estaba loco, pues sin ello nunca hubiera tenido la suerte de gozar de su

compañía y de sus consejos desde hace más de diez años; a decir verdad, desde que tu

hermana Betsey Trotwood me dejó defraudada.

-Hace tanto tiempo.

-Y bonita gente era la que tenía la audacia de llamarle loco -prosiguió mi tía- Míster

Dick era una especie de pariente lejano; pero no tengo necesidad de explicarte esto. Si no

hubiera sido por mí, su propio hermano le habría encerrado para toda la vida; eso es todo.

Me asusta pensar la hipocresía que había en mí cuando, viendo la indignación de mi tía

sobre aquel punto, traté de tomar un aire indignado como ella.

-¡Un orgulloso idiota! -dijo mi tía-; porque su hermano era un poco excéntrico, aunque

no es ni la mitad de excéntrico que la mayoría de la gente; no quería que le vieran en su

casa y pensaba enviarle a una casa de salud, aunque le había sido particularmente

recomendado por su difunto padre, quien le consideraba casi como un idiota. Y también

había que ver al hombre que pensaba así; él sí que estaba loco, estoy segura.

De nuevo, como mi tía parecía completamente convencida, yo traté de parecerlo

también.

-Entonces yo no lo consentí, y le hice una proposición; le dije: «Su hermano está

completamente cuerdo y es infinitamente más sensato que usted es ni lo será nunca, al

menos así lo espero; concédale una pequeña pensión y que se venga a vivir a mi casa. A

mí no me asusta; no soy vanidosa, y estoy dispuesta a cuidarle, y no le maltrataré, como

podrían hacerlo, sobre todo, en un manicomio». Después de innumerables dificultades

-continuó mi tía- lo conseguí, y está aquí desde entonces. Y es el mejor amigo, el hombre

más amable, la criatura con quien mejor se puede vivir en el mundo. En cuanto a los

consejos …. nadie sabe apreciar ni conocer el espíritu de este hombre como yo.

Mi tía se sacudió un poco el vestido, moviendo la cabeza, como si con aquellos dos

movimientos desafiara al mundo entero.

-Tenía una hermana que era su favorita -continuó—, una criatura muy buena y muy

cariñosa para él; pero hizo como todas las mujeres, y se casó, y el marido hizo lo que

hacen todos, y la hizo desgraciada. El efecto de su desgracia sobre míster Dick (y no es

locura), unido con el temor que le inspiraba su hermano y el sentimiento de la dureza con

que le trataban, fue tal que le dio una fiebre cerebral; fue antes de que se instalara en mi

casa; pero aquel recuerdo le resulta penoso todavía. ¿Te ha hablado del rey Carlos I?

-Sí, tía.

-¡Ah! –dijo frotándose la nariz, un poco contrariada-; es su manera alegórica de

expresarlo, pues lo une en su espíritu con una gran conmoción, lo que es bastante natural,

y es como una figura de la cual se sirve, una comparación, y ¿por qué no lo ha de hacer

así, si le parece bien?

Ciertamente, tía -dije.

-No es así como se expresa la gente por lo general, ni es ese el lenguaje que se emplea

en negocios, ya lo sé; por eso insisto para que no lo ponga en su Memoria.

-¿Es que… es una Memoria sobre su propia vida lo que escribe, tía?

-Sí, pequeño -respondió frotándose de nuevo la nariz-. Está haciendo una Memoria para

asuntos suyos, dirigida al lord Chambelan o al lord no sé cuántos; en fin, a uno de esos a

quienes se paga para que reciban Memorias. Supongo que la enviará uno de estos días;

todavía no ha conseguido redactarla sin mezclar en ella la alegoría; pero ¡qué más da!, así

se entretiene.

El caso es que después descubrí que míster Dick trataba desde hacía diez años de

impedir al rey Carlos I que apareciese en su Memoria, sin conseguirlo.

-Repito -dijo mi tía- que nadie conoce el espíritu de ese hombre como yo; es el más

cariñoso y fácil de llevar. ¿Que le gusta lanzar una cometa de vez en cuando? ¿Eso qué

significa? Franklin también soltaba cometas y era cuáquero o algo parecido, si no me

equivoco, y un cuáquero soltando cometas es mucho más ridículo que otro hombre

cualquiera.

Si hubiera podido suponer que mi tía me contaba aquellos detalles para mi educación

personal o por darme una prueba de confianza, me habría sentido muy halagado y habría

sacado pronósticos favorables de semejante favor. Pero no podía hacerme ilusiones; era

evidente para mí que si se metía en aquellas explicaciones era porque la cuestión se

presentaba, a pesar suyo, en su espíritu, y era a sí misma a quien se dirigía y no a mí,

aunque pareciera que me dedicaba su discurso, en ausencia de mejor interlocutor.

Al mismo tiempo debo decir que la generosidad con que defendía a míster Dick no

solamente me inspiraba muchas esperanzas egoístas, sino que también despertaba en mi

corazón cierto afecto hacia ella. Creo que empezaba a darme cuenta de que, a pesar de

todas sus excentricidades y extrañas fantasías, era una persona que merecía respeto y confianza.

Aunque estaba lo mismo de animada que la víspera contra los burros, y fuese

violenta su indignación cuando se precipitaba al jardín para defender el césped si veía que

un joven al pasar le ponía los ojos tiernos a Janet, sentada en su ventana (lo que era una

de las ofensas más grandes que se podía hacer a la dignidad de mi tía), me era imposible,

sin embargo, no sentir cada vez más respeto hacia ella y menos temor.

Esperaba con extraordinaria ansiedad la respuesta de míster Murdstone; pero hacía

grandes esfuerzos para disimularlo y por serles simpático a mi tía y a míster Dick. Tenía

que salir con este último a lanzar la gran cometa; pero como no tenía más trajes que el

indumento un poco extravagante con que me había adornado mi tía en el primer

momento, me veía obligado a permanecer en casa, excepto una hora después de

oscurecer, que mi tía me hacía dar un paseo para mi salud por delante del jardín antes de

meterme en la cama. Por último llegó la respuesta de míster Murdstone. Mi tía me informó,

con gran terror por mi parte, que iba a venir a hablarle en persona al día siguiente.

Al otro día todavía estaba con mi curioso indumento y contaba las horas tembloroso y

muy preocupado en lucha con mis esperanzas, que sentí debilitarse, y mis temores, que

podían conmigo, esperando a cada momento sentirme estremecer a la vista de su sombrío

rostro y muy impaciente porque no llegaba.

Mi tía estaba un poco más agresiva y severa que de costumbre; en ninguna otra cosa se

le notaba que se preparase a recibir al que tanto temor me inspiraba a mí. Trabajaba delante

de la ventana, y yo, sentado a su lado, reflexionaba en los resultados posibles a

imposibles de la visita de míster Murdstone. La tarde avanzaba y la comida había sido

retrasada indefinidamente; pero mi tía, impaciente ya, acababa de decir que la sirvieran,

cuando lanzó un grito de alarma a la vista de un burro. ¡Cuál no sería mi consternación al

ver a miss Murdstone, montada en él, atravesar con paso decidido el césped sagrado,

detenerse enfrente de la casa y mirar a su alrededor!

-¡Váyase usted; no tiene nada que hacer aquí! -gritaba mi tía sacudiendo su cabeza y su

puño por la ventana-. ¿Cómo se atreve usted? ¡Que se marche! ¡Oh, qué descaro!

Mi tía estaba tan exasperada por la frescura con que miss Murdstone miraba a su

alrededor, que creí que perdía el movimiento y se quedaba incapaz de salir al ataque

como de costumbre. Aproveché la oportunidad para informarle de quiénes eran aquella

señora y aquel caballero que se acercaban a ella, pues el camino era una pendiente y el

señor que se había quedado detrás era míster Murdstone en persona.

-¡Me tiene sin cuidado quiénes sean! -exclamó mi tía sacudiendo todavía la cabeza y

gesticulando desde la ventana todo lo contrario de una bienvenida- ¡Que no hubieran

contravenido mis órdenes! ¡No lo consentiré! ¡Que se marchen! Janet, ¡échalos, échalos!

Yo, oculto detrás de mi tía, vi una especie de combate. El burro, con sus cuatro patas

plantadas en el suelo, resistía a todo el mundo. Janet le tiraba de la brida para hacerle dar

la vuelta. Míster Murdstone trataba de hacerle avanzar; miss Murdstone pegaba a Janet

con su sombrilla, y muchos chiquillos acudían al ruido, gritando con todas sus fuerzas.

De pronto mi tía, reconociendo entre ellos al pequeño malhechor encargado de conducir

los asnos, que era uno de sus enemigos más encarnizados, aunque apenas tenía trece

años, se precipitó en el teatro del combate, le cogió y le arrastró al jardín, con la chaqueta

por encima de la cabeza y los talones arañando el suelo. Después llamó a Janet para que

fuera a llamar a la policía con el objeto de que le cogieran y juzgaran allí mismo, y lo

retuvo ante su vista. Pero esta escena dio fin a la comedia, pues el golfillo, que sabía

muchas tretas de las que mi tía no tenía ni idea, encontró pronto medio de escapar,

dejando las huellas de sus zapatones en los arriates y montándose en el burro triunfantemente.

Miss Murdstone había desmontado cuando terminó el combate y esperaba con su

hermano, al pie de los escalones, a que mi tía pudiera recibirlos. Un poco agitada todavía

por la lucha, mi tía pasó por su lado con gran dignidad y no se preocupó de su presencia

hasta que Janet los anunció.

-¿Debo marcharme, tía? -pregunté temblando.

-No, señor; ciertamente que no.

Y me empujó hacia un rincón a su lado. Después hizo una especie de valla con sillas,

como si fuera una prisión o una barra de justicia, y continué ocupando esta posición

durante toda la entrevista, y desde allí vi entrar a míster y a miss Murdstone en la

habitación.

-¡Oh! -dijo mi tía- En el primer momento no sabía a quiénes tenía el gusto de hacer

reproches; pero, ¿saben ustedes?, no le permito a nadie que pase con burros por esa praderita,

y no hago excepciones; no lo permito a nadie.

-Es una regla nada cómoda para los extraños -dijo miss Murdstone.

-Sí, ¿eh? –dijo mi tía.

Míster Murdstone pareció temer que se renovaran las hostilidades, y se interpuso,

empezando:

-¿Miss Trotwood?

-Usted dispense -observó mi tía con una mirada penetrante-. ¿Usted es míster

Murdstone, que se casó con la viuda de mi difunto sobrino David Copperfield de

Bloonderstone Rookery? Pero, ¿por qué Rookery? No lo sé.

-Yo soy -dijo míster Murdstone.

-Usted me dispensará si le digo, caballero -repuso mi tía-, que pienso que habría sido

mucho mejor y más oportuno que no se hubiera usted ocupado para nada de aquella

pobre niña.

-Soy de la opinión de miss Trotwood, -dijo miss Murdstone irguiéndose- ya que

considero, en efecto, a nuestra pobre Clara como una niña en todos los sentidos más

esenciales.

-Es una felicidad para usted y para mí, señora -dijo mi tía-, el que avanzamos por la

vida sin peligro de que nos hagan desgraciadas por nuestros atractivos personales y el que

nadie pueda decir de nosotras otro tanto.

-Sin duda -dijo miss Murdstone, aunque pienso que no muy dispuesta a convenir en ello

de buena gana-. Y ciertamente habría sido, como usted dice, mucho mejor para mi

hermano si nunca se hubiera metido en semejante matrimonio. Yo siempre he sido de esa

opinión.

-No cabe duda -dijo mi tía- Janet (llamó a la campanilla): mis saludos a míster Dick, y

que le ruego que baje.

Hasta que llegó, mi tía, más derecha que nunca, guardó silencio, mirando a la pared,

con el ceño fruncido. Cuando llegó, procedió a la ceremonia de la presentación:

-Míster Dick, un antiguo a íntimo amigo, con cuyo juicio cuento -dijo mi tía con

énfasis, y como avisando a mister Dick, que se mordía las uñas con aire atontado.

Míster Dick se sacó los dedos de la boca y permaneció de pie en medio del grupo con

mucha gravedad, dispuesto a demostrar la más profunda atención. Mi tía hizo un signo de

cabeza a míster Murdstone, que continuó:

-Miss Trotwood: al recibir su carta, consideré como un deber para mí y una

demostración de respeto hacia usted…

-Gracias –dijo mi tía, mirándole a la cara-; pero no se preocupe por mí.

-El venir a contestarle en persona, por mucha molestia que el viaje pudiera

ocasionarme, mejor que escribiendo. El desgraciado niño que ha huido lejos de sus

amigos y de sus ocupaciones…

-Y cuyo aspecto -dijo su hermana, llamando la atención general sobre mi vestimenta-,

es tan chocante y tan escandaloso…

-Jane -dijo su hermano-, ten la bondad de no interrumpirme. Este desgraciado niño,

miss Trotwood, ha sido en nuestra casa la causa de muchas contrariedades y disturbios

domésticos durante la vida de mi querida mujer, y también después. Tiene un carácter

sombrío y se rebela contra toda autoridad. En una palabra, es intratable. Mi hermana y yo

hemos tratado de corregirle sus vicios, pero sin resultado, y los dos hemos sentido, pues

tengo plena confianza en mi hermana, que era justo que recibiera usted de nuestros labios

esta declaración sincera, hecha sin rabia y sin cólera.

-Mi hermano no necesita mi testimonio para confirmar el suyo, y sólo pido permiso

para añadir que entre todos los niños del mundo no creo que haya otro peor.

-Es fuerte -dijo mi tía secamente.

-No es demasiado fuerte si se tienen en cuenta los hechos -insistió miss Murdstone.

-¡Ah! -dijo mi tía- ¿Y bien, caballero?

-Yo tengo mi opinión particular sobre la manera de educarle -repuso míster Murdstone,

cuya frente se oscurecía cada vez más a medida que mi tía le miraba con mayor fijeza-. Y

mis ideas están formadas en parte por lo que sé de su carácter y en parte por el

conocimiento de mis recursos. No tengo que responder a nadie más que a mí mismo; he

obrado, por lo tanto, de acuerdo con mis ideas, y no tengo nada que añadir. Me bastará

decir que había colocado al niño, bajo la vigilancia de uno de mis amigos, en un comercio

honroso. ¿Que esa situación no le conviene? ¿Que huye? ¿Que va como un vagabundo

por las carreteras y viene aquí en andrajos a dirigirse a usted, miss Trotwood? Yo deseo

poner ante su vista las consecuencias inevitables del apoyo que usted pudiera darle en

estas circunstancias.

-Empecemos por tratar la cuestión de la colocación honrosa. Si hubiera sido su propio

hijo, ¿le habría colocado usted de la misma manera?

-Si hubiera sido el hijo de mi hermano -dijo miss Murdstone, interviniendo en la

discusión-, su carácter habría sido completamente diferente.

-Si aquella pobre niña, su difunta madre, hubiera vivido, ¿le habrían cargado también

con esas honrosas ocupaciones? -insistió mi tía.

-Creo -dijo míster Murdstone con un movimiento de cabeza- que Clara no habría puesto

nunca resistencia a lo que mi hermana y yo hubiéramos decidido.

Miss Murdstone confirmó con un gruñido lo que su hermano acababa de decir.

-¡Hum! -dijo mi tía-. ¡Desgraciado niño!

Míster Dick hacía sonar su dinero en el bolsillo desde hacía mucho rato, se entregaba a

aquella ocupación con tal ahínco, que mi tía creyó necesario imponerle silencio con una

mirada antes de decir:

-¿Y la pensión de aquella pobre niña, se extinguió con ella?

-Se extinguió con ella -replicó míster Murdstone.

-¿Y su pequeña propiedad, la casita y el jardín, ese yo no sé qué de Rookery sin

cuervos, no ha sido legado a su hijo?

-Su primer marido se lo dejó sin condiciones -empezó a decir míster Murdstone,

cuando mi tía le interrumpió con impaciencia y cólera visibles:

-¡Dios mío, ya lo sé! ¡Le fue dejado sin condiciones! Conocía muy bien a David

Copperfield y sé que no era hombre que previera la menor dificultad aunque la hubiera

tenido ante los ojos. No hay duda que se lo dejó sin condiciones; pero al volver ella a

casarse, cuando tuvo la desgracia de casarse con usted; en una palabra -dijo mi tía, y para

hablar francamente-, nadie ha dicho entonces una palabra en favor de este niño.

-Mi pobre mujer amaba a su segundo marido, señora, y tenía plena confianza en él

—dijo mister Murdstone.

-Su mujer, caballero, era una pobre niña muy desgraciada, que no conocía el mundo

-respondió mi tía sacudiendo la cabeza—. Eso es lo que era. Y ahora veamos: ¿qué nos

tiene usted que decir?

-Únicamente esto, miss Trotwood -repuso él-. Estoy dispuesto a llevarme a David sin

condiciones, para hacer de él lo que me convenga. No he venido para hacer promesas ni

para comprometerme a nada. Usted quizá, miss Trotwood, tiene alguna intención en

animarle en su huida y en escuchar sus quejas. Sus modales (debo decirlo) no me parecen

muy conciliadores, y me lo hacen suponer. Le prevengo, por lo tanto, que si se interpone

usted en esta ocasión entre él y yo, es asunto terminado. Si interviene usted, miss

Trotwood, su intervención tiene que ser definitiva. No hablo en broma, y no hay que

jugar conmigo. Estoy dispuesto a llevármele por primera y última vez. ¿Está él dispuesto

a seguirme? Si no lo está, si usted me dice que no lo está, bajo cualquier pretexto que sea,

poco me importa; en ese caso mi puerta se le cierra para siempre y consideraré como

convenido que la suya le queda abierta.

Mi tía había escuchado este discurso con la máxima atención, más tiesa que nunca, con

las manos cruzadas encima de las rodillas y los ojos fijos en su interlocutor. Cuando hubo

terminado, miró a miss Murdstone sin cambiar de actitud, y dijo:

-¿Y usted, señorita, tiene algo que añadir?

-Verdaderamente, miss Trotwood, todo lo que pudiera decir ha sido tan bien expresado

por mi hermano, y todos los hechos que pudiera recordar han sido expuestos por él tan

claramente, que no tengo más que dar las gracias por su amabilidad, o mejor dicho por su

excesiva amabilidad -añadió miss Murdstone con una ironía que no turbó a mi tía más de

lo que hubiera desconcertado al cañón al lado del cual me había yo dormido en Chathan.

-Y el niño ¿qué dice? -repuso mi tía-. David, ¿estás dispuesto a partir?

Contesté que no, y le rogué que no consintiera en que me llevasen. Dije que míster y

miss Murdstone no me habían querido nunca; que nunca habían sido buenos para mí; que

sabía que habían hecho muy desgraciada a mi madre, que me amaba tanto, y que

Peggotty también lo sabía. Dije que había sufrido mucho, más de lo que se podía suponer

al considerar lo pequeño que era. Y rogaba y suplicaba a mi tía (no recuerdo las frases,

pero sé que estaba muy conmovido) que me protegiera y defendiera por amor a mi padre.

-Míster Dick -dijo mi tía—, ¿qué le parece a usted que haga con este niño?

Míster Dick reflexionó, dudó, y después, con expresión radiante, dijo:

-Haga que le tomen medida cuanto antes para un traje completo.

-Míster Dick -dijo mi tía con expresión de triunfo-, deme usted la mano. Su buen

sentido es de un valor inapreciable.

Después, habiendo estrechado vivamente la mano de míster Dick, me atrajo hacia sí,

diciendo a míster Murdstone:

-Puede usted marcharse cuando quiera; me quedo con el niño. Si fuera como ustedes

dicen, siempre estaría a tiempo de hacer lo que ustedes han hecho; pero no creo ni una

palabra de ello.

-Miss Trotwood -respondió míster Murdstone-, si fuera usted un hombre…

-¡Bah!, tonterías –dijo mi tía-; cállese usted.

-¡Qué exquisita educación! –exclamó miss Murdstone levantándose-. ¡Verdaderamente

es demasiado!

-¿Cree usted que no sé -dijo mi tía, haciéndose la sorda a lo que decía la hermana y

dirigiéndose al hermano con expresión de desdén-, cree usted que no sé la vida que ha

hecho llevar a aquella pobre niña, tan mal inspirada? ¿Cree usted que no sé qué día

nefasto fue para la dulce criatura aquel en que le conoció, sonriendo y poniéndole los ojos

tiernos? ¡Estoy segura! ¡Como si fuera usted capaz de decir una palabra cariñosa a un

niño!

-Nunca he oído lenguaje más elegante -dijo miss Murdstone.

-¿Cree usted que no comprendo su juego lo mismo que si lo viera -continuó mi tía—,

ahora que le veo y que le oigo, y que, a decir verdad, es todo menos un placer para mí?

¡Ah! Ciertamente no había nadie más dulce ni más sumiso que usted en aquella época. La

pobre inocente no había visto nunca un cordero semejante. ¡Era tan bueno! Adoraba a la

madre; tenía verdadera debilidad por el hijo; una verdadera ceguera. Sería para él un

segundo padre, y todo consistiría en vivir juntos en un paraíso de rosas, ¿no es así? ¡Vamos,

vamos, déjeme en paz! –dijo mi tía.

-En mi vida he visto una mujer semejante –exclamó miss Murdstone.

-Y cuando ya tuvo cogida a aquella pobre insensata –continuó mi tía—, y Dios me

perdone por llamar así a una criatura que ya está donde usted no tiene prisa por reunirse

con ella; como si todavía no les hubiera hecho usted bastante daño a ella y a los suyos, se

puso usted a educarla, ¿no es así? Empezó el trabajo de educarla y la enjauló como a un

pobre pajarillo para hacerle olvidar su vida pasada y enseñarle a cantar las notas de usted.

-Es locura o embriaguez –dijo miss Murdstone, desesperada de no poder atraer hacia sí

el torrente de invectivas de mi tía-, y sospecho que más bien es embriaguez.

Miss Betsey, sin prestar atención a la interrupción, continuó dirigiéndose a míster

Murdstone y sacudiendo un dedo:

-Sí, míster Murdstone. Usted se hizo el tirano de aquella inocente niña y le rompió el

corazón. Tenía un alma tierna, lo sé, lo sabía muchos años antes de que usted la

conociera, y usted supo escoger su parte débil para darle los golpes por los que ha

muerto. Esa es la verdad, le guste o no, haga usted lo que haga y le hayan servido los que

le hayan servido de instrumentos.

-Permítame preguntarle, miss Trotwood -dijo miss Murdstone-, a quién llama usted,

con una elección de expresiones a que no estoy acostumbrada, los instrumentos de mi

hermano.

Miss Betsey, persistiendo en una sordera inquebrantable, reanudó su discurso:

-Estaba a la vista, desde muchos años antes de que usted la conociera (y está por

encima de la razón humana) el comprender por qué ha entrado en los planes misteriosos

de la Providencia el que usted la conociera; era natural que aquella pobre criatura

volviera a casarse un día; pero yo esperaba que no le saliera tan mal. Era en la época en

que trajo al mundo a este niño, a este pobre niño, de quien usted se ha servido para

martirizarla, lo que es ahora un recuerdo tan desagradable, que le hace aborrecer su

presencia. Sí, sí; no necesita usted extremecerse –continuó mi tía-. Estoy convencida sin

necesidad de eso.

Míster Murdstone permanecía todo el tiempo de pie al lado de la puerta, mirándola

fijamente con la sonrisa en los labios, pero con las cejas fruncidas. Observé entonces que,

aunque continuaba sonriendo, había palidecido de pronto y parecía respirar con

dificultad.

-Que usted lo pase bien, caballero -dijo mi tía- Adiós. Buenos días, señorita -continuó

volviéndose bruscamente hacia la hermana-. Si vuelvo a verla alguna vez pasar en burro

por mi praderita, le aseguro, como que tiene usted cabeza encima de los hombros, que le

arranco el sombrero y lo pateo.

Sería necesario un pintor, y un pintor de talento excepcional, para dar idea del rostro de

mi tía al hacer aquella declaración inesperada, y del de miss Murdstone al oírla. Pero el

gesto no era menos elocuente que las palabras, en vista de lo cual miss Murdstone cogió

discretamente el brazo de su hermano y salió majestuosa de la casa. Mi tía, desde la

ventana, los miraba alejarse, dispuesta sin ninguna duda a poner al instante su amenaza

en ejecución en el caso de que el burro reapareciera.

No habiendo intentado ellos responder al desafío, el rostro de mi tía se dulcificó poco a

poco, tanto que me atreví a darle las gracias y a abrazarla, lo que hice con todo mi corazón

echando mis brazos alrededor de su cuello. Después di un apretón de manos a míster

Dick, que quiso repetir la ceremonia muchas veces seguidas, y que saludó el feliz término

del asunto con repetidas carcajadas.

-Usted se considerará a medias conmigo como tutor de este niño, míster Dick –dijo mi

tía.

-Estaré encantado de ser el tutor del hijo de David.

-Muy bien -dijo mi tía-; es cosa convenida. Pensaba en algo, míster Dick: ¿Podría

llamarle Trotwood?

-Ciertamente, ciertamente; llámele Trotwood -dijo míster Dick-. Trotwood, hijo de

David.

-¿Quiere usted decir Trotwood Copperfield? -preguntó mi tía.

-Sí, sin duda; Trotwood Copperfield -dijo, un poco avergonzado.

Mi tía estaba tan contenta con su idea, que ella misma marcó con tinta indeleble las

camisas que me compraron aquel mismo día, antes de que me pusiera ninguna; y se decidió

que el resto de mi ropa, que también encargó aquel mismo día, llevaría la misma

marca.

Y así empezó mi nueva vida, con nombre nuevo y todo nuevo. Ahora que mi

incertidumbre había pasado, me pareció durante varios días que vivía en un sueño. No se

me ocurrió pensar ni por un momento en la curiosa pareja de tutores que eran mi tía y

míster Dick. Nunca pensaba en mí de una manera clara. Las dos únicas cosas que veía

concisas en mi espíritu eran mi remota y antigua vida en Bloonderstone, que me parecía

que cada vez estaba más lejos, y la sensación de que una cortina había caído para siempre

sobre mi vida en la casa Murdstone y Grimby. Nadie ha levantado después esa cortina;

sólo yo ahora un momento y con mano tímida y temblorosa, para este relato, y la he

vuelto a dejar caer con alegría.

El recuerdo de aquella existencia está unido en mi espíritu a tal dolor, a tal sufrimiento

moral y a una desesperanza tan absoluta, que nunca he tenido valor de examinar cuánto

había durado mi suplicio. Si fue un año o más o menos, no lo sé. únicamente sé que fue y

dejó de ser, y que ahora lo he escrito para no volver nunca a recordarlo.

CAPÍTULO XV

VUELVO A EMPEZAR

Míster Dick y yo fuimos pronto los mejores amigos del mundo, y muy a menudo,

cuando había terminado su trabajo, salíamos juntos a soltar la cometa. Todos los días trabajaba

largo rato en la Memoria, que no progresaba lo más mínimo a pesar de aquel

trabajo constante, pues el rey Carlos I siempre aparecía en ella tarde o temprano y había

que volver a empezar. La paciencia y el valor con que soportaba aquellos desengaños

continuos; la idea vaga que tenía de que el rey Carlos I no tenía nada que ver en aquello;

los débiles esfuerzos con que intentaba arrojarle, y la tenacidad con que el monarca venía

a condenar su memoria al olvido, todo aquello me dejó una impresión profunda. No sé lo

que míster Dick pensaría hacer con la memoria en el caso de terminarla (creo que él no lo

sabía mejor que yo), ni dónde pensaba enviarla, ni cuáles serían los efectos del envío.

Pero, en realidad, no es necesario que se preocupase demasiado, pues si había algo cierto

bajo el Sol, era que aquella memoria no se terminaría nunca.

Era conmovedor verle con su cometa cuando había subido a mucha altura. Lo que me

había dicho en su habitación de las esperanzas que tenía sobre aquella manera de diseminar

los hechos expuestos en los papeles que la cubrían, y que no eran otros que las hojas

sacrificadas de alguna memoria fracasada, le preocupaba alguna vez dentro de casa; pero

una vez fuera ya no pensaba en ello. Sólo pensaba en ver volar a la cometa y en ir

soltando el bramante del ovillo que tenía en la mano. Nunca tenía el aspecto más sereno.

Yo a veces me decía, cuando estaba sentado a su lado por las tardes, sobre el musgo y

viéndole seguir con los ojos los movimientos de la cometa, que su espíritu salía entonces

de su confusión para elevarse con su juguete al cielo. Los progresos que hacía en la

amistad a intimidad de míster Dick no perjudicaban en nada a los que hacía con su amiga

miss Betsey, que se encariñó tanto conmigo, que en el transcurso de unas semanas acortó

mi nombre de adopción, transformándolo de Trotwood en Trot; y aún animó mis

esperanzas de que si seguía como había empezado podría igualarme en el rango de sus

afectos con mi hermana Betsey Trotwood.

-Trot -dijo mi tía una noche, cuando el juego de damas estuvo colocado, como siempre,

para ella y míster Dick-, no debemos olvidar tu educación.

Este era mi único motivo de ansiedad, y me sentí completamente dichoso al oírle hablar

de ello.

-¿Te gustaría ir a la escuela en Canterbury? -,dijo mi tía.

Le respondí que muchísimo, tanto más porque estaba cerca de ella.

-Bueno –dijo mi tía-; ¿te gustaría ir mañana?

Sin extrañarme ya de la general rapidez de las ideas de mi tía, no me sorprendió su

brusquedad y dije:

-Sí.

-Bueno -dijo mi tía de nuevo-. Janet, pedirás el caballo gris y el coche pequeño para

mañana a las diez de la mañana, y prepararás esta noche las cosas del señorito.

Estaba lleno de alegría al oír dar aquellas órdenes; pero me reproché mi egoísmo

cuando vi el efecto que habían causado en míster Dick. Le entristecía tanto la perspectiva

de nuestra separación y jugaba tan mal aquella noche, que mi tía, después de advertirle

varias veces dando en su caja con los nudillos, cerró el juego declarando que no quería

seguir jugando con él; pero al saber que yo vendría algunos sábados y que él podría ir a

verme algunos miércoles, recobró un poco de valor y juró fabricar para aquellas

ocasiones una cometa gigantesca, mucho más grande que aquella con que nos

divertíamos ahora. Al día siguiente había vuelto a caer en su abatimiento y trataba de

consolarse dándome todo lo que tenía de oro y plata; pero habiendo intervenido mi tía,

sus liberalidades se redujeron a cinco chelines; a fuerza de ruegos consiguió subirlos

hasta diez. Nos separamos de la manera más cariñosa a la puerta del jardín, y míster Dick

no se metió en casa hasta que nos perdió de vista.

Mi tía, perfectamente indiferente a la opinión pública, conducía con maestría el caballo

gris a través de Dover. Se sostenía derecha como un cochero de ceremonia, y seguía con

los ojos los menores movimientos del caballo, decidida a no dejarlo hacer su voluntad

bajo ningún pretexto. Cuando estuvimos en el campo le dejó un poco más de libertad, y

lanzando una mirada hacia un montón de almohadones, en los que yo iba hundido a su

lado, me preguntó si era feliz.

-Mucho, tía, gracias a usted -dije.

Me agradeció tanto la contestación que, como tenía las dos manos ocupadas, me

acarició la cabeza con el látigo.

-¿Y es una escuela muy concurrida, tía? -pregunté.

-No lo sé -dijo mi tía—. Lo primero vamos a casa de míster Wickfield.

-¿Es que tiene pensión? –dije.

-No, Trot; es un hombre de negocios.

No pedí más informes sobre míster Wickfield, y como tampoco me los dio mi tía, la

conversación rodó sobre otros asuntos, hasta el momento en que llegamos a Canterbury.

Era día de mercado, y a mi tía le costó mucho trabajo conducir el caballo gris a través de

las carretas, las cestas y los montones de legumbres. A veces faltaba el canto de un duro

para que no volcara un puesto, lo que nos valía discursos muy poco halagüeños por parte

de la gente que nos rodeaba; pero mi tía guiaba siempre con la tranquilidad más perfecta,

y creo que hubiera atravesado con la misma seguridad un país enemigo.

Por fin nos detuvimos delante de una casa antigua, que sobresalía en la alineación de la

calle. Las ventanas del primer piso eran salientes, y también las vigas avanzaban sus

cabezas talladas, de manera que por un momento me pregunté si la casa entera no tendría

la curiosidad de adelantarse así para ver lo que pasaba en la calle. Además, todo esto no

le impedía brillar con una limpieza exquisita. La vieja aldaba de la puerta, en medio de

las guirnaldas de flores y frutos tallados que la rodeaban, brillaba como un estrella. Los

escalones de piedra estaban tan limpios como si los acabaran de cubrir con lienzo blanco,

y todos los ángulos y rincones de las esculturas y adornos, los cristalitos de las ventanas,

todo estaba tan deslumbrante como la nieve que cae en las montañas.

Cuando el coche se detuvo a la puerta, miré hacia la casa y vi una figura cadavérica que

se asomó un momento a una ventana de una torrecilla en uno de los ángulos y después

desapareció. El pequeño arco de la puerta se abrió entonces, presentándose ante nosotros

el mismo rostro. Era completamente un cadáver, como ya me había parecido en la

ventana, aunque su rostro estaba cubierto de esas manchas que se ven a menudo en el

cutis de los pelirrojos y, en efecto, el personaje era pelirrojo. Debía de tener unos quince

años, me pareció; pero aparentaba ser mucho mayor. Llevaba los cabellos cortados al

rape; no tenía cejas ni pestañas; los ojos eran de un rojo pardo, tan desguarnecidos, tan

desnudos, que yo no me explicaba cómo podrían dormir tan descubiertos. Era cargado de

hombros, huesudo y anguloso. Vestía, con decencia, de negro, con una corbata blanca,

con el traje abrochado hasta el cuello, y unas manos tan largas y tan delgadas, una

verdadera mano de esqueleto, que atraía mi atención, mientras de pie, delante del caballo,

se acariciaba la barbilla y nos miraba.

-¿Está en casa míster Wickfield, Uriah Heep? -dijo mi tía.

-Sí; míster Wickfield está en casa, señora. Si quiere usted tomarse la molestia de pasar

-dijo, señalando con su mano descarnada la habitación que quería designarnos.

Bajamos del coche, dejando a Uriah Heep cuidando del caballo, y entramos en un salón

un poco bajo, de forma alargada, que daba a la calle. Por las ventanas vi a Uriah Heep

que soplaba en los ollares al caballo y después le cubría precipitadamente con su mano,

como si le hubiera hecho un maleficio. Frente a la vieja chimenea había colocados dos

retratos: uno, el de un hombre de cabellos grises, pero joven; las cejas eran negras y

miraba unos papeles atados con una cinta roja. El otro era el de una señora; la expresión

de su rostro era dulce y seria, y me miraba.

Creo que buscaba con los ojos un retrato de Uriah, cuando al fondo de la habitación se

abrió una puerta y entró un caballero que me hizo volverme a mirar el retrato para cerciorarme

de que no se había salido del marco; pero no: seguía quieto en su sitio, y cuando el

caballero estuvo más cerca de la luz vi que tenía más edad que cuando le habían

retratado.

-Miss Betsey Trotwood, haga usted el favor de pasar. Usted me dispensará; pero

cuando han llegado estaba ocupado. Ya conoce usted mi vida y sabe que sólo tengo un

interés en el mundo.

-Miss Betsey le dio las gracias y entramos en un despacho que estaba amueblado como

el de un hombre de negocios; lleno de papeles, de libros, de cajas de estaño. Daba al

jardín y estaba provisto de una caja de caudales fija en la pared, justo encima de la

chimenea; Canto es así, que me preguntaba cómo harían los deshollinadores para poder

pasar por detrás cuando necesitaran limpiarla.

-Y bien, miss Trotwood -dijo mister Wickfield, pues descubrí pronto que era el dueño

de la casa, que era abogado y que administraba las tierras de un rico propietario de los

alrededores- ¿Qué le trae a usted por aquí? En todo caso espero que no sea por nada

malo.

-No -replicó mi tía-; no vengo por asuntos legales.

-Tiene usted razón -dijo mister Wickfield-, más vale que nos veamos por otra cosa.

Ahora sus cabellos eran completamente blancos, aunque seguía teniendo las cejas

negras. Su rostro era muy agradable y hasta debía de haber sido muy guapo. Tenía un

color excesivo, que yo desde hacía mucho tiempo había aprendido, gracias a Peggotty, a

atribuir al vino, y a lo mismo atribuía el sonido de su voz y su corpulencia. Estaba muy

bien vestido, con traje azul, chaleco a rayas y pantalón de nanquín. Su camisa y su

corbata de batista eran tan blancas y tan final, que me recordaban, en mi errante

imaginación, al cuello de un cisne.

-Es mi sobrino –dijo mi tía.

-No sabia que tuviera usted un sobrino -dijo mister Wickfield.

-Es decir, mi sobrino nieto.

-Tampoco sabía que lo tuviera usted; se lo aseguro -añadió míster Wickfield.

-Lo he adoptado —dijo mi tía con un gesto que indicaba que le importaba muy poco lo

que sabía o dejaba de saber-, y lo he traído para meterlo en un colegio donde esté bien

cuidado y le enseñen bien. Quería que me dijera usted dónde podría encontrar ese

colegio, y que me diera todos los datos necesarios.

-Antes de aventurarme a aconsejarla, permítame. Ya sabe usted mi vieja pregunta para

todas las cosas: ¿Cuál es su verdadero objeto?

-¡El diablo lleve a este hombre! Siempre quiere buscar motivos ocultos cuando están a

la vista. Lo único que quiero es hacer a este niño feliz y que aprenda.

-Yo creo que debe haber algún otro motivo -dijo mister Wickfield moviendo la cabeza

y sonriendo con incredulidad.

-¿Otro motivo? -replicó mi tía-. Usted tiene la pretensión de obrar con transparencia en

todo. Supongo que no creerá usted que es la única persona que sigue directamente su

camino en el mundo

-Yo no tengo más que un objeto en la vida, miss Trotwood, y muchas personas lo

tienen por docenas y hasta por cientos. Yo sólo tengo uno; esa es la diferencia. Pero nos

hemos alejado de la cuestión. Usted me pregunta por el mejor colegio. Sea cual fuere su

motivo, ¿usted quiere el mejor?

Mi tía asintió.

-El mejor que tenemos -dijo míster Wickfield reflexionando-; su sobrino no puede ser

admitido en él por ahora más que como externo.

-Pero entre tanto podrá vivir en cualquier otra parte, supongo –dijo mi tía.

Míster Wickfield dijo que sí, y después de un momento de discusión le propuso visitar

la escuela para que pudiera juzgar ella misma. A la vuelta vería también las casas donde

le parecía que podría dejarme.

Mi tía aceptó la proposición, a íbamos a salir los tres cuando mister Wickfield se

detuvo para decirme:

-Pero quizá fuese mejor que nuestro amiguito no viniese.

Mi tía parecía dispuesta a no aceptar la proposición; pero, para facilitar las cosas, yo

dije que estaba dispuesto a esperarlos allí si les convenía, y volví al despacho, donde

mientras los esperaba tomé posesión de la silla que había ocupado ya a mi llegada.

Y sucedió que aquella silla estaba colocada frente a un pasillo estrecho que daba a la

habitacioncita redonda en cuya ventana había visto el pálido rostro de Uriah Heep.

Después de haber llevado el caballo a una cuadra cercana, Uriah Heep se había puesto a

escribir en un pupitre y copiaba un papel fijado en un cuadro de hierro y suspendido

encima del pupitre. Aunque estaba vuelto hacia mí, al principio creí que el papel que

copiaba y que se encontraba entre los dos le impedía verme; pero mirando con más

detenimiento vi pronto que sus ojos penetrantes aparecían de vez en cuando bajo el

manuscrito como dos soles rojos, y que me miraba furtivamente lo menos durante un

minuto, aunque seguía oyéndose su pluma correr a la misma velocidad de siempre. Traté

varias veces de escapar a sus miradas. Me subí a una silla para mirar un mapa en el otro

extremo de la habitación; me hundí en la lectura de un periódico, pero sus ojos me

atraían, y siempre que lanzaba una mirada sobre aquellos dos soles abrasados estaba

seguro de verlos levantarse o bajarse en el mismo instante.

Por fin, después de esperar mucho tiempo, volvieron mi tía y mister Wickfield. No

habían obtenido el resultado que esperaban, pues si las ventajas del colegio eran

incontestables, mi tía no aprobaba ninguna de las casas propuestas para que yo viviera.

-Es una lata –dijo mi tía- No sé qué hacer, Trot.

-En efecto; es molesto -dijo míster Wickfield-; pero yo sé lo que podía usted hacer.

-¿Qué? -dijo mi tía.

-Deje usted aquí a su sobrino por el momento. Es un niño tranquilo, que no me

molestará nada. La casa es buena para estudiar, tranquila como un convento, y casi tan

grande. ¡Déjelo aquí!

La proposición le gustaba a mi tía; pero dudaba en aceptar por delicadeza, y yo lo

mismo.

-Vamos, miss Trotwood -dijo míster Wickfield-; no hay otro modo de salvar la

dificultad. Y es solamente un arreglo temporal. Si no resulta bien, si nos molesta, tanto a

unos como a otros, siempre estamos a tiempo de separarnos, y entre tanto podremos

encontrar algo que convenga más. Por el momento, lo mejor es dejarlo aquí.

-Se lo agradezco mucho, y veo que él también lo agradece; pero…

-Vamos; ya sé lo que quiere decir -exclamó míster Wickfield-, y no quiero forzarla a

que acepte favores de mí; pagará usted la pensión si quiere; no pelearemos por el precio,

pero la pagará si usted quiere.

-Esta condición -dijo mi tía-, sin disminuir en nada mi reconocimiento, me deja más

tranquila y estaré encantada de dejarlo aquí.

-Entonces vamos a ver a la pequeña dueña de mi casa -dijo míster Wickfield.

Subimos por una vieja escalera, con una balaustrada tan ancha que se hubiera podido

andar por ella, y entramos en un viejo salón algo oscuro, iluminado por tres o cuatro de

las extrañas ventanas que había observado desde la calle. En los huecos había asientos de

madera, que parecían provenir de los mismos árboles de los que se habían hecho el suelo,

encerado, y las grandes vigas del techo. La habitación estaba muy bien amueblada, con

un piano y un deslumbrante mueble verde y rojo; había flores en los floreros y parecía

estar todo lleno de rincones, y en cada uno había algo: o una bonita mesa, o un costurero,

o una estantería, o una silla, o cualquier otra cosa; tanto que yo pensaba a cada instante

que no había en la habitación rincón más bonito que en el que yo estaba, y un momento

después descubría otro retiro más agradable todavía. El salón tenía el sello de quietud y

de exquisita limpieza que caracterizaba la casa exteriormente.

Míster Wickfield llamó a una puerta de cristales que había en un rincón, y una niña de

mi edad apareció al momento y le besó. En su carita reconocí inmediatamente la tranquila

y dulce expresión de la señora que había visto retratada en el piso de abajo. Me parecía

que era el retrato quien había crecido, haciéndose mujer, mientras que el original

continuaba siendo niña. Tenía el aspecto alegre y dichoso, lo que no impedía que su

rostro y sus modales respirasen una tranquilidad, una serenidad de alma, que no he

olvidado ni olvidaré jamás.

-He aquí la pequeña dueña de mi casa -dijo míster Wickfield-, mi hija Agnes. Cuando

oí el tono con que pronunciaba aquellas palabras y el modo como agarraba su mano,

comprendí que aquel era el motivo de su vida.

Llevaba un minúsculo cestito con las llaves y tenía todo el aspecto de una ama de casa

bastante seria y bastante entendida para gobernar la vieja morada. Escuchó con interés lo

que su padre le decía de mí, y cuando terminó propuso a mi tía que fuera con ella a ver

mi habitación. Fuimos todos juntos; ella nos guió a una habitación verdaderamente magnífica,

con sus vigas de nogal, como las demás, y sus cuadraditos de cristales, y la

hermosa balaustrada de la escalera llegaba hasta allí.

No puedo recordar dónde ni cuándo había visto en mi infancia vidrieras pintadas en una

iglesia, ni recuerdo los asuntos que representarían. Sé únicamente que cuando vi a la niña

llegar a lo alto de la vieja escalera y volverse para esperamos, bajo aquella luz velada,

pensé en las vidrieras que había visto hacía tiempo, y su brillo dulce y puro se asoció

desde entonces a mi espíritu con el recuerdo de Agnes Wickfield.

Mi tía estaba tan contenta como yo de las decisiones que acababa de tomar, y bajamos

juntos al salón, muy dichosos y muy agradecidos. Mi tía no quiso oír hablar de quedarse a

comer, por temor de no llegar antes de la noche a su casa con el famoso caballo gris, y

creo que míster Wickfield la conocía demasiado bien para tratar de disuadirla. De todos

modos, le hicieron tomar algo. Agnes volvió a su cuarto con su aya, y míster Wickfield a

su despacho, y nos dejaron solos para que pudiéramos despedimos tranquilos.

Me dijo que míster Wickfield se encargaría de arreglar todo lo que me concerniese y

que no me faltaría nada, y después añadió los mejores consejos y las palabras más afectuosas.

-Trot -dijo mi tía al terminar su discurso-, a ver si te haces honor a ti mismo, a mí y a

míster Dick, y ¡qué Dios te acompañe!

Yo estaba muy conmovido, y todo lo que pude hacer fue darle las gracias, encargándole

toda clase de cariños para míster Dick.

-No hagas nunca una bajeza; no mientas nunca; no seas cruel; evita estos tres vicios,

Trot, y siempre tendré esperanzas en ti.

Prometí lo mejor que pude que no abusaría de su bondad y que no olvidaría sus

recomendaciones.

-El caballo está a la puerta -dijo mi tía-; me voy; quédate aquí.

A estas palabras me abrazó precipitadamente y salió de la habitación, cerrando la puerta

tras de sí. Al principio me sorprendió esta brusca partida y temí haberla disgustado; pero

cuando la vi por la ventana subir al coche con tristeza y alejarse sin levantar los ojos

comprendí mejor lo que sentía, y no le hice ya aquella injusticia.

A las cinco se cenaba en casa de míster Wickfield. Había recobrado ánimos y sentía

apetito. Sólo había dos cubiertos; sin embargo, Agnes, que había esperado en el salón a

su padre, se sentó frente a él en la mesa; yo me extrañaba que él hubiera comido sin ella.

Después de comer volvimos a subir al salón, y en el rincón más cómodo Agnes preparó

para su padre un vaso y una botella de vino de Oporto. Yo creo que no habría encontrado

en su bebida favorita su perfume acostumbrado si se la hubieran servido otras manos.

Allí pasó dos horas bebiendo vino en bastante cantidad, mientras Agnes tocaba el

piano, trabajaba o charlaba con él y conmigo. Él estaba la mayor parte del tiempo alegre

y charlatán como nosotros; pero a veces la miraba y caía en un silencio soñador. Me

parecía que ella se daba cuenta enseguida, y trataba de arrancarle de sus meditaciones con

una pregunta o una caricia; entonces salía de su ensueño y bebía más vino.

Agnes hizo los honores del té; después pasó el tiempo hasta la hora de acostarnos. Su

padre la estrechó en sus brazos y la besó, y al marcharse pidió que llevasen las velas a su

despacho. Yo también subí a acostarme.

Por la tarde había salido un rato para echar una mirada a las antiguas casas y a la

hermosa catedral, preguntándome cómo habría podido atravesar aquella antigua ciudad

en mi viaje y pasar, sin saberlo, al lado de la casa donde debía vivir tan pronto. Al volver

vi a Uriah Heep que cerraba el bufete. Me sentía benevolente hacia todo el género

humano y le dirigí algunas palabras, y al despedirme le tendí la mano. Pero ¡qué mano

húmeda y fría tocó la mía! Me pareció sentir la mano de la muerte, y me froté después. la

mía con fuerza para calentarla y borrar la huella de la suya.

Fue tan desagradable que cuando entré en mi habitación todavía sentía su frío y

humedad en mi memoria. Asomándome a la ventana vi uno de los rostros tallados en las

cabezas de las vigas que me miraba de reojo, y me pareció que era Uriah Heep que había

subido allí de algún modo, y la cerré con prisa.

CAPÍTULO XVI

CAMBIO EN MÁS DE UN SENTIDO

Al día siguiente, después del desayuno, entré de nuevo en la vida de colegio. Míster

Wickfield me acompañó al escenario de mis futuros estudios. Era un edificio de piedra,

en el centro de un patio donde se respiraba un aire científico muy en armonía con los

cuervos y las cornejas que bajaban de las torres de la catedral para pasearse, con paso

majestuoso, por la hierba. Me presentaron a mi nuevo maestro, el doctor Strong.

El doctor Strong me pareció casi tan oxidado como la verja de hierro que rodeaba la

fachada y casi tan pesado como las grandes umas de piedra colocadas en la verja a intervalos

iguales en lo alto de sus pilares, como un juego de bolos gigantescos preparado

para que el Tiempo lo tirase. Estaba en la biblioteca; me refiero al doctor Strong. Llevaba

la ropa mal cepillada, los cabellos despeinados, largas polainas negras desabrochadas y

los zapatos abiertos como dos cavernas sobre la alfombra. Volvió hacia mí sus ojos

apagados, que me recordaron los de un caballo ciego al que había visto pacer y cojear

sobre las tumbas del cementerio de Bloonderstone. Me dijo que se alegraba mucho de

verme, y me tendió una mano, con la que yo no sabía qué hacer, porque ella tampoco

hacía nada.

Sentada trabajando no lejos del doctor había una linda muchacha, a quien llamaba

Annie, y supuse que sería su hija.

Me sacó de mis meditaciones cuando se arrodilló en el suelo para atar los zapatos del

doctor Strong y abrocharle las polainas, lo que hizo con prontitud y cariño. Cuando

terminó y nos dirigimos a la clase, me sorprendió mucho oír a míster Wickfield

despedirse de ella bajo el nombre de mistress Strong, y me preguntaba si no sería por

casualidad la mujer de algún hijo, cuando el mismo doctor disipó mis dudas.

-A propósito, Wickfield –dijo parándose en un pasillo, con una mano apoyada en mi

hombro-, ¿no ha encontrado usted todavía nada que pueda convenir al primo de mi

mujer?

-No -dijo míster Wickfield-, todavía no.

-Desearía que fuera lo más pronto posible, Wickfield -dijo el doctor Strong-, pues Jack

Maldon es pobre y está ocioso, y son dos cosas malas, que traen a veces resultados

peores. Y es lo que dice el doctor Wats -añadió mirándome y moviendo la cabeza al

mismo tiempo que hablaba-, que «Satanás encuentra siempre trabajo para las manos

ociosas».

-En verdad, doctor -replicó míster Wickfield-, que el doctor Wats habría podido decir

con la misma razón «que Satanás siempre encuentra algo que hacer para las manos

ocupadas». Las personas ocupadas también toman parte en el mal del mundo, puede

usted estar seguro, y si no, ¿qué es lo que han hecho desde hace un siglo o dos los que

más han trabajado en adquirir poder o dinero? ¿Cree usted que no han hecho también

bastante daño?

-Jack Maldon nunca trabajará demasiado para adquirir lo uno ni lo otro -dijo el doctor

Strong, restregándose la barbilla con aire pensativo.

-Es posible -dijo míster Wickfield-, y me recuerda usted nuestro asunto, y le pido

perdón por haberme alejado de él. No; todavía no he encontrado nada para Jack Maldon.

Creo -añadió titubeando- que adivino sus aspiraciones, y eso hace la cosa más difícil.

-Mis objetivos –dijo el doctor Strong- son colocar de un modo conveniente al primo de

Annie, que además es para ella un amigo de la infancia.

-Sí, ya sé -dijo míster Wickfield-: en Inglaterra o en el extranjero.

-Sí -dijo el doctor, evidentemente sorprendido de la afectación con que pronunciaba

aquellas palabras: «en Inglaterra o en el extranjero».

-Son sus propias palabras -dijo míster Wickfield-.« o en el extranjero».

-Sin duda -respondió el doctor-,sin duda; lo uno o lo otro.

-¿Lo uno o lo otro? ¿Le es indiferente? –preguntó míster Wickfield.

-Sí –contestó el doctor.

-¿Sí? -dijo el otro con sorpresa.

-Completamente indiferente.

-¿No tiene usted ningún motivo para preferir en el extranjero mejor que en Inglaterra?

-No -respondió el doctor.

-Me veo obligado a creerle, y no hay duda de que le creo-dijo míster Wickfield-. La

misión que usted me ha encargado es mucho más sencilla en ese caso de lo que había

creído. Confieso que tenía sobre ello ideas muy distintas.

El doctor Strong le miró con una sorpresa que terminó en una sonrisa, y aquella sonrisa

me animó mucho, pues respiraba bondad y dulzura que, unida a la sencillez que se encontraba

también en todos sus modales rompió el hielo formado por la edad y los largos

estudios. Aquella sencillez era lo mejor para atraer a un joven discípulo como yo. El

doctor andaba delante de nosotros con paso rápido y desigual, contestando «sí», « no» , «

perfectamente» y otras respuestas breves sobre el mismo asunto. Mientras nosotros le

seguíamos observé que míster Wickfield hablaba solo moviendo la cabeza con expresión

grave, creyendo que yo no le veía.

La clase era una gran sala, en la quietud de un rincón de la casa, desde donde se veía

por un lado media docena de las grandes urnas y por el otro un jardín retirado que

pertenecía al doctor Strong y en un lado del cual podían verse los melocotones puestos a

madurar al sol. También había grandes áloes en cajones encima del musgo, por fuera de

las ventanas, y las hojas tiesas de aquella planta, que parecían hechas de zinc pintado, han

quedado asociadas durante mucho tiempo en mi memoria como símbolo de silencio y

retiro. Veinticinco alumnos, poco más o menos, estaban estudiando en el momento de

nuestra llegada. Todo el mundo se levantó para dar los buenos días al doctor Strong, y

después se quedaron en pie al vernos a míster Wickfield y a mí.

-Un nuevo alumno, caballeros -dijo el doctor-: Trotwood Copperfield.

Un joven llamado Adams, que era el primero de la clase, salió de su sitio para darme la

bienvenida. Su corbata blanca le daba aspecto de joven ministro anglicano, lo que no le

impedía ser amable y de carácter alegre. Me señaló mi sitio y me presentó a los diferentes

maestros con tan buena voluntad que, de haber sido posible, me hubiese quitado toda la

timidez.

Pero me parecía que hacía tanto tiempo que no me encontraba entre chicos de mi edad,

excepto Mick Walker y Fécula de patata, que me sentía aislado como nunca. Tenía tal

conciencia de haber vivido escenas de las que ellos no tenían ni idea, y adquirido una

experiencia fuera de mi edad, aspecto y condición, que creo que casi me reprochaba

como una impostura el presentarme ante ellos como un colegial cualquiera. Había

perdido durante el tiempo, más o menos largo, de mi estancia en Murdstone y Grimby la

costumbre de los juegos y diversiones de los chicos de mi edad, y sabía que me

encontraría torpe y novato. Lo poco que había podido aprender anteriormente se había

borrado tan por completo de mi memoria por las preocupaciones sórdidas que agobiaban

mi espíritu día y noche, que cuando me examinaron para ver lo que sabía resultó que no

sabía nada, y me pusieron en la última clase. Pero por preocupado que estuviera de mi

torpeza en los ejercicios corporales y de mi ignorancia en estudios más serios, estaba

infinitamente más incómodo pensando en el abismo mil veces mayor que abría entre nosotros

mi experiencia de las cosas que ellos ignoraban y que, desgraciadamente, yo no

desconocía ya. Me preguntaba lo que podrían pensar si llegaran a saber que conocía

íntimamente la prisión de Bench King’s. Mis modales ¿no revelarían todo lo que había

hecho en la sociedad de los Micawber? ¿Aquellas ventas, aquellos préstamos y aquellas

comidas que eran su consecuencia? Quizá alguno de mis compañeros me había visto

atravesar Canterbury, cansado y andrajoso, y quizá me reconocería. ¿Qué dirían ellos,

que daban tan poco valor al dinero, si supieran cómo había contado yo mis medios

peniques para comprar todos los días la carne y la cerveza y los trozos de pudding

necesarios para mi subsistencia? ¿,Qué efecto produciría aquello sobre niños que no

conocían la vida de las calles de Londres, si llegaban a saber que yo había frecuentado los

peores barrios de la gran ciudad, por avergonzado que pudiera estar de ello? Mi espíritu

estaba tan impresionado con aquellas ideas el primer día que pasé en la escuela del doctor

Strong que estaba pendiente de mis miradas y mis movimientos, preocupado de que

alguno de mis camaradas pudiera acercárseme. En cuanto se terminó la clase hui a toda

prisa, por temor a comprometerme si respondía a sus avances amistosos.

Pero la influencia que reinaba en la antigua casa de míster Wickfield empezó a obrar

sobre mí en el momento en que llamé a la puerta con mis nuevos libros debajo del brazo,

y sentí que mis temores se disipaban. Al subir a mi habitación, tan ordenada, la sombra

seria y grave de la vieja escalera disipó mis dudas y mis temores y arrojó sobre mi pasado

una oscuridad propicia. Permanecí en mi habitación estudiando con ahínco hasta la hora

de cenar (salíamos de la escuela a las tres) y bajé con la esperanza de llegar a ser un niño

cualquiera.

Agnes estaba en el salón esperando a su padre, a quien retenía en su despacho un

asunto. Vino hacia mí con su sonrisa encantadora y me preguntó lo que me había

parecido la escuela. Yo respondí que pensaba que iba a estar muy bien en ella, pero que

todavía no me había acostumbrado.

-¿Tú no has ido nunca a la escuela? -le dije.

-Al contrario; todos los días estoy en ella.

-¡Ah!; pero ¿quieres decir aquí en tu casa?

-Papá no podría prescindir de mí -dijo sonriendo-, necesita a su lado al ama de casa.

-Te quiere mucho; estoy seguro.

Me indicó que sí y se acercó a la puerta para escuchar si subía, con objeto de salirle al

encuentro en la escalera. Pero como no oyó nada, volvió hacia mí.

-Mamá murió en el momento de nacer yo -me dijo con su habitual expresión dulce y

tranquila- Sólo conozco de ella su retrato, que está abajo. Ayer lo vi mirarlo. ¿,Sabías

quién era?

-Sí -le dije-; ¡se te parece tanto!

-También esa es la opinión de papá -dijo satisfecha-; pero… ahora sí que es papá.

Su tranquilo rostro se iluminó de alegría al salirle al encuentro, y entraron juntos

dándose la mano. Me recibió con cordialidad y me dijo que estaría muy bien con el

doctor Strong, que era el mejor de los hombres.

-Quizá haya gentes, no lo sé, que abusen de su bondad -dijo míster Wickfield-; no los

imites nunca, Trotwood; es el ser menos desconfiado que existe, y, sea cualidad o defecto,

es una cosa que siempre hay que tener en cuenta en el trato que se tenga con él.

Me pareció que hablaba como hombre contrariado o descontento de algo; pero no tuve

tiempo de darme mucha cuenta. Anunciaron la comida y bajamos a sentarnos a la mesa

en los mismos sitios que la víspera. Apenas acabábamos de empezar cuando Uriah Heep

asomó su cabeza roja y su mano descarnada por la puerta.

-Mister Maldon querría hablar unas palabras con el señor.

-¡Cómo! ¡Si no hace un instante que nos hemos separado! –dijo.

-Es verdad, señor; pero acaba de volver para decirle dos palabras.

Al mismo tiempo que tenía la puerta entreabierta, Uriah me había mirado y había

mirado a Agnes, a los platos, a las fuentes y a todo lo que la habitación contenía, aunque

no pareció mirar más que a su amo, sobre el cual se fijaban respetuosamente sus ojos

rojos.

-Dispénseme; es únicamente para decirle que reflexionando… -observó una voz detrás

de Uriah, al mismo tiempo que su cabeza era empujada y sustituida por la del nuevo

interlocutor-. Le ruego que me perdone la indiscreción; pero, puesto que no puedo elegir,

cuanto antes me marche, mejor. Mi prima Annie me había dicho, cuando habíamos

hablado de este asunto, que prefería tener a sus amigos lo más cerca posible mejor que

verlos desterrados; y el viejo doctor…

-¿El doctor Strong, quiere usted decir? -interrumpió gravemente míster Wickfield.

-El doctor Strong, naturalmente -repuso el otro-. Yo le llamo el viejo doctor; pero es lo

mismo, ¿sabe usted?

-No lo sé –dijo míster Wickfield.

-Pues bien; el doctor Strong -dijo el otro-, el doctor Strong parecía de la misma opinión,

creo yo; ahora, según lo que usted me propone, parece ser que ha cambiado de idea. En

ese caso, no tengo nada que decir, excepto que cuanto antes, mejor. De manera que, sólo

he vuelto para decirle que cuanto antes, mejor. Cuando hay que tirarse al agua de cabeza,

de nada sirve titubear.

-Si lo quiere usted así, mister Maldon, puede usted contar con ello –dijo míster

Wickfield.

—Gracias -dijo el otro muy agradecido-; a caballo regalado no se le mira el diente. Si

no fuera por eso me atrevería a decir que habría sido mejor que mi prima Annie hubiese

arreglado las cosas a su modo; Annie no habría tenido más que decírselo al viejo doctor…

-¿Se refiere usted a que mistress Strong no habría tenido más que decírselo a su marido,

no es así? -dijo míster Wickfield.

-Exactamente -replicó Maldon-. Con que ella le hubiera dicho que fueran las cosas de

otra manera, lo habrían sido como la cosa más natural.

-¿Y por qué como la cosa más natural, míster Maldon? -preguntó míster Wickfield, que

seguía comiendo tranquilamente.

-¡Ah! Porque Annie es una chiquilla encantadora, y el viejo doctor, el doctor Strong

quiero decir, no es precisamente un muchacho -dijo Jack Maldon riéndose-. No quiero

ofender a nadie, míster Wickfield; quiero únicamente decir que supongo que alguna

compensación es necesaria y razonable en esa clase de matrimonios.

-¿Compensaciones para la señora, caballero? -preguntó míster Wickfield con gravedad.

-Sí; para la señora, caballero -contestó Jack Maldon riendo.

Pero observando que mister Wickfield continuaba su comida con la misma tranquila

impasibilidad y que no había esperanzas de que se ablandara un solo músculo de su rostro,

añadió:

-Sin embargo, ya he dicho todo lo que tenía que decir, y pidiéndole de nuevo perdón

por ser inoportuno, me retiro. Naturalmente que seguiré sus consejos, considerando el

asunto como cosa tratada entre usted y yo solamente, y no haré referencia a ello en casa

del doctor.

-¿Ha comido usted? -preguntó míster Wickfield señalándole la mesa.

-Gracias; voy a comer con mi prima Annie –dijo Maldon-. Adiós.

Míster Wickfield, sin levantarse, lo miró pensativo mientras se marchaba. Maldon era

uno de esos muchachos superficiales, guapos, charlatanes y de aspecto confiado y atrevido.

Esta fue la primera vez que vi a Jack Maldon, a quien no esperaba conocer tan

pronto cuando oí al doctor hablar de él aquella mañana.

Cuando terminamos de comer subimos al salón, y todo sucedió exactamente como el

día anterior. Agnes puso los vasos y botellas en el mismo rincón y míster Wickfield se

sentó a beber y bebió bastante. Agnes tocó el piano para él y trabajó y charló y jugó

varias partidas al dominó conmigo. A su hora hizo el té; y después, cuando yo cogí mis

libros para repasarlos, ella también los miró para decirme lo que sabía de ellos (que era

mucho más de lo que yo creía) y me indicó la mejor manera de estudiar y de entenderlos.

La veo con sus modales modestos, tranquilos y ordenados, y oigo su hermosa voz serena,

mientras escuchaba sus palabras; la influencia beneficiosa que llegó a ejercer en todo

sobre mí más adelante empezaba ya a dejarse sentir. Amo a Emily, y no puedo decir que

amo a Agnes; es completamente distinto: pero siento que donde Agnes está, con ella

están la paz, la bondad y la verdad, y que la plácida luz de vidriera de iglesia que he visto

hace tiempo la ilumina siempre, y a mí también cuando estoy a su lado, y a todo lo que la

rodea.

Llegó la hora de acostarse. Acababa de dejarnos, y yo daba la mano a míster Wickfield

para despedimos, cuando me detuvo diciendo:

-¿Qué te gusta más, Trotwood, estar con nosotros o it a otro lado?

-Estar aquí -contesté presuroso.

-¿Estás seguro?

-¡Si usted puede; si le gusta!

-Pero temo que es un poco triste nuestra vida, muchacho -dijo.

-¿Por qué va a ser más triste para mí que para Agnes? No es nada triste.

-¿Que Agnes? -repitió acercándose despacio a la gran chimenea y apoyándose en ella-.

¿Que Agnes?

Aquella noche había bebido (me pareció) hasta tener los ojos inyectados. Ahora no

podía vérselos porque tenía la cabeza baja y los tapaba además con sus manos; pero hacía

un momento me lo había parecido.

-Ahora me pregunto si mi Agnes estará cansada de mí. Yo nunca podré cansarme de

ella; pero es tan diferente, tan completamente diferente…

Hablaba para sí sin dirigirse a mí, así es que permanecí inmóvil.

-Es una casa vieja y triste y una vida monótona. Pero necesito tenerla cerca de mí, lo

necesito. Sí; sólo la idea de que puedo morir y dejarla, o de que puede ella morir y dejarme,

viene como un espectro a amargar mis horas más felices, y solamente puedo

ahogarlo en…

No pronunció la palabra; pero se acercó lentamente al sitio en que había estado sentado

a hizo el gesto de servirse vino de la botella vacía; después la dejó y volvió a pasearse.

-Y si ese miserable pensamiento es tan punzante teniéndola a mi lado -prosiguió-, ¿que

sería si estuviera lejos? No, no, no; no puedo decidirme.

Volvió a apoyarse en la chimenea durante tanto tiempo, que yo no sabía qué decidir, si

marcharme, exponiéndome a interrumpirle, o continuar inmóvil como estaba hasta que

saliese de sus sueños. Por último se rehizo y buscó por la habitación hasta que me

encontraron sus ojos.

-¿Te quedas con nosotros, verdad, Trotwood? -dijo con su tono habitual, y como si

contestara a algo que yo acabara de decir—. Me alegro mucho; nos harás compañía a los

dos. Será un bien que te quedes; bien para mí, bien para Agnes, y quizá bien para todos.

-Para mí estoy seguro -dije-. ¡Estoy aquí tan contento!

-Eres un buen chico -dijo míster Wickfield-y puedes permanecer aquí todo el tiempo

que quieras.

Me estrechó la mano y me dio un golpe afectuoso en el hombro. Después me dijo que

por la noche, cuando tuviera algo que estudiar después de que Agnes se acostara, o si

quería leer por gusto, podía bajar a su estudio si él estaba allí y quería hacerlo.

Le di las gracias por su bondad, y como él se bajó enseguida y yo no estaba cansado

bajé también con un libro en la mano para disfrutar durante media hora del permiso.

Pero viendo luz en la habitación redonda y sintiéndome inmediatamente atraído por

Uriah Heep, que ejercía una especie de fascinación sobre mí, entré. Le encontré leyendo

un gran libro con tal atención, que su dedo huesudo seguía apuntando cada línea y

dejando una huella a todo lo largo de la página, como la de un caracol.

-Trabaja usted hasta muy tarde esta noche, Uriah-le dije.

-Sí, míster Copperfield –dijo Uriah, mientras yo cogía un taburete frente a él para

hablarle con más comodidad.

Observé que no sabía sonreír; únicamente abría la boca, y se le marcaban dos arrugas

duras a cada lado de las mejillas.

-No estoy trabajando para el bufete, míster Copperfield -dijo Uriah.

-¿En qué trabaja entonces? -pregunté.

-Estoy estudiando Derecho –dijo Uriah-. En este momento aprendo la práctica de Tidd.

¡Qué escritor este Tidd, míster Copperfield!

Mi taburete era un buen sitio de observación, y le contemplé mientras leía de nuevo

después de aquella calurosa exclamación y seguía otra vez las líneas con su dedo.

Observé también que las aletas de su nariz, que era delgada y puntiaguda, tenían un

singular poder de contracción y dilatación, y parecía guiñar con ellas en lugar de con los

ojos, que no decían nada en absoluto.

-¿Supongo que será usted un gran abogado? —dije después de mirarle durante un rato.

-¿Yo, míster Copperfield? -dijo Uriah-. ¡Oh, no! Yo soy una persona muy humilde.

Pensé que no debía ser aprensión mía lo que me había hecho sentir el contacto de sus

manos, pues continuamente las restregaba una con otra como para calentarlas, y las

secaba furtivamente con su pañuelo.

-Sé muy bien lo humilde de mi condición -dijo Uriah Heep con modestiacomparándome

con los demás. Mi madre es también una persona muy humilde; vivimos

en una casa modestísima, míster Copperfield; pero tenemos mucho que agradecer a Dios.

El oficio de mi padre era muy modesto: era sepulturero.

-¿Dónde está ahora? -pregunté.

-Ahora está en la gloria, míster Copperfield -dijo Uriah-. Pero ¡cuántas gracias no

hemos recibido! ¿No debo dar mil gracias a Dios por haber entrado con míster

Wickfield’?

Le pregunté a Uriah si estaba desde hacía mucho tiempo con él.

-Estoy aquí desde hace cuatro años, míster Copperfield -dijo Uriah cerrando el libro,

después de señalar cuidadosamente el sitio en que se interrumpía-. Entré aquí un año

después de la muerte de mi padre. Y también qué enorme gracia debo a la bondad de

míster Wickfield, que me permite estudiar gratuitamente cosas que hubieran estado por

encima de los humildes recursos de mi madre y míos.

-Entonces, ¿al terminar sus estudios de Derecho se hará usted procurador? -dije.

-Con la bendición de la Providencia, míster Copperfield -respondió Uriah.

-¡Quién sabe si no llegará usted a ser un día el socio de míster Wickfield -dije yo para

hacerme agradable- y entonces será Wickfield y Heep, o Heep, sucesor de Wickfield!

-¡Oh, no, míster Copperfield! -replicó Uriah sacudiendo la cabeza- Soy demasiado

humilde para eso.

Verdaderamente se parecía de una manera asombrosa a la cabeza tallada en el extremo

de la viga cerca de mi ventana mientras estaba así sentado en su humildad, mirándome de

lado con la boca abierta y las arrugas en las mejillas.

-Míster Wickfield es un hombre excelente, míster Copperfield –dijo Uriah ; pero si

usted le conoce desde hace mucho tiempo sabrá sobre él más de lo que yo pueda decirle.

Le repliqué que estaba convencido; pero que no hacía mucho tiempo que le conocía,

aunque era muy amigo de mi tía.

-¡Ah! En verdad, míster Copperfield, su tía es una mujer muy amable.

Cuando quería expresar entusiasmo se retorcía de la manera más extraña; nunca he

visto nada más feo. Así, olvidé por un momento los cumplidos que hacía de mi tía, para

fijarme en las sinuosidades de serpiente que imprimía a todo su cuerpo.

-Una señora muy amable, míster Copperfield -repuso-, y creo que tiene una gran

admiración por miss Agnes.

Respondí que sí, aunque no sabía nada. ¡Dios me perdone!

-Y espero que usted piensa como ella; ¿no es así?

-Todo el mundo debe estar de acuerdo en eso -respondí yo.

-¡Oh!, muchas gracias por esa observación, míster Copperfield -dijo Uriah Heep-. Eso

que dice usted es tan cierto; a pesar de mi humildad sé que es tan cierto. ¡Oh, gracias,

míster Copperfield!

Y se retorció en la exaltación de sus sentimientos. Después se levantó y empezó a

prepararse para marchar.

-Mi madre debe estar esperándome -dijo mirando un reloj opaco a insignificante que

sacó del bolsillo-, y debe de empezar a estar inquieta, pues dentro de nuestra humildad

nos queremos mucho. Si quisiera usted venir a vernos un día y tomar una taza de té en

nuestra pobre morada mi madre se sentiría tan orgullosa como yo de recibirle.

Respondí que iría con mucho gusto.

-Gracias, míster Copperfield -dijo Uriah poniendo su libro encima del estante-

¿Supongo que estará usted aquí bastante tiempo?

Le dije que suponía que viviría con míster Wickfield mientras estuviera en el colegio.

-¡Ah! -exclamó Uriah-. Entonces pienso que terminará usted entrando en los negocios,

míster Copperfield.

Yo dije que no tenía la menor intención de ello y que a nadie se le había ocurrido

pensar semejante cosa; pero Uriah se empeñaba en contestar a todas mis réplicas: «¡Oh,

sí, míster Copperfield; seguramente!», o bien: « ¡Oh, naturalmente, míster Copperfield;

estoy seguro de que será así!». Por último, cuando terminó sus preparativos, me preguntó

si le permitía apagar la luz, y al contestarle que sí, la apagó al instante, y después de

estrecharme la mano (que en la oscuridad me pareció un pez), entreabrió la puerta de la

calle, se deslizó fuera y la volvió a cerrar, dejándome que buscara mi camino a tientas, lo

que hice con mucho trabajo, después de tropezar contra su taburete. Por esto sin duda

estuve soñando con él la mitad de la noche. Entre otras cosas, le vi lanzar al mar la casa

de míster Peggotty para dedicarse a una expedición pirata bajo una bandera negra que

llevaba como divisa « La práctica de Tidd» y que nos arrastraba tras de sí bajo aquella

enseña diabólica a la pequeña Emily y a mí para ahogarnos en los mares españoles.

Al día siguiente, cuando fui a la escuela, me sentí menos tímido, y mucho menos al

otro, y así fui por grados hasta que me encontré completamente a mis anchas y feliz entre

mis nuevos compañeros.

Todavía era torpe en los juegos y estaba atrasado en ¡Os estudios; pero contaba con la

costumbre para conseguir lo primero, y pensaba trabajar mucho en lo segundo. En consecuencia,

me puse con ahínco a las dos cosas. En los juegos y en lo serio. Creo que

aproveché bastante, y en muy poco tiempo mi vida en Murdstone y Grimby me pareció

tan lejana que me costaba trabajo creer en ella, mientras que mi vida actual me era tan

familiar que me parecía que la llevaba hacía mucho tiempo.

La escuela del doctor Strong era inmejorable y se parecía tan poco a la de míster

Creakle como el bien y el mal. Estaba dirigida con un orden grave y decoroso y por un

buen sistema. En todas las cosas se apelaba al honor y a la buena fe de los alumnos, con

la intención confesada de contar con estas cualidades mientras no se diera motivo para lo

contrario. Esta confianza daba los mejores resultados. Todos sentíamos que tomábamos

parte en la buena marcha del establecimiento y que a nosotros tocaba mantener su

reputación y su honor. Así, todos nos encariñábamos vivamente con la casa y, por mi

parte, puedo responder que no he visto ni a uno de mis camaradas que no pensase como

yo.

Estudiábamos con todas nuestras fuerzas, para hacer honor al doctor, y en el recreo nos

divertíamos mucho y gozábamos de mucha libertad. Recuerdo que con todo aquello

hablaban muy bien de nosotros en la ciudad, y que nuestra conducta y modales rara vez

perjudicaban la reputación del doctor Strong o la de sus alumnos. Algunos de los

mayores, que vivían en casa del doctor, me informaron de ciertos detalles de su vida. No

hacía todavía un año que se había casado con la linda mujer que vi en su despacho. Por su

parte había sido un matrimonio de amor. La chica no tenía dinero, según decían nuestros

camaradas; pero, en cambio, poseía una cantidad enorme de parientes pobres, siempre

dispuestos a invadir la casa de su marido. Se atribuían los modales distraídos del doctor a

las pesquisas constantes a que se entregaba sobre las raíces griegas. En mi inocencia, o

mejor dicho en mi ignorancia, suponía que el doctor tenía una especie de manía botánica,

tanto más cuanto siempre iba mirando al suelo al andar. Fue bastante más tarde cuando

llegué a saber que se trataba de las raíces de las palabras, y que tenía intención de hacer

un nuevo diccionario. Adams, que era el primero de la clase y que tenía mucha

disposición para las matemáticas, había calculado el tiempo que tardaría el doctor en

hacer aquel diccionario; teniendo en cuenta su plan primitivo y los resultados obtenidos,

calculaba que para dar fin a aquella empresa necesitaría mil seiscientos cuarenta y nueve

años a partir del último aniversario del doctor, que había cumplido entonces los sesenta y

dos. Pero el doctor era el ídolo de los alumnos, y, en realidad, hubiese sido necesario que

el colegio hubiera estado compuesto por niños muy malos para que fuera de otro modo,

pues verdaderamente era el mejor de los hombres, lleno de una fe tan sencilla, que habría

podido conmover hasta los corazones de piedra de las grandes urnas alineadas a lo largo

de la verja cuando paseaba de arriba abajo en el patio, bajo las miradas de los cuervos y

de las comejas, que le seguían volviendo la cabeza con expresión de lástima, como si

supieran que estaban mucho más al corriente que él de los asuntos de este mundo. Si un

vagabundo, atraído por el crujir de sus zapatos, lograba acercársele lo bastante para

llamar su atención con un relato de miseria, podía estar seguro de obtener de su caridad lo

suficiente para vivir bien dos días. Sabían esto tan bien en la casa, que los maestros y los

discípulos de más edad saltaban muchas veces por la ventana para arrojar a los mendigos

antes de que el doctor pudiera percatarse de su presencia, y muchas veces hasta se había

hecho esto a unos pasos de él sin que se diera cuenta. Una vez fuera de sus dominios y

desprovisto de toda protección era como una oveja para los rateros. De buena gana se

habría quitado las polainas para darlas. A decir verdad, circulaba entre nosotros una

historia que se remontaba a no sé qué época y se fundaba en no sé qué autoridad, pero

que yo creo que era cierta. Se decía que un día de invierno, en que hacía mucho frío, el

doctor había dado sus polainas a una pobre mujer, que enseguida había suscitado el

escándalo de la vecindad paseando de puerta en puerta a su nene envuelto en aquellos

pañales improvisados, con gran sorpresa de todos, pues las polainas del doctor eran tan

conocidas en los alrededores como la catedral. La leyenda añadía que el único que no las

reconoció fue el doctor, que, viéndolas poco después en el escaparate de una tienda de

compraventa de mala fama, donde recibían toda clase de cosas a cambio de un vaso de

ginebra, se detuvo a examinarlas con aire de aprobación, como si observase en ellas algún

nuevo perfeccionamiento en su corte que les diera una ventaja señalada sobre las suyas.

Lo que era un encanto era ver al doctor con su mujercita. Tenía una manera afectuosa y

paternal de demostrarla su ternura, que sólo con eso se expresaba la bondad de aquel

hombre. A menudo los veía paseando por el jardín, por donde estaban los melocotones, y

a veces lo había observado de cerca en el despacho del doctor o en el salón. Ella parecía

cuidarle y quererle mucho, aunque su interés por el diccionario nunca me pareció

demasiado grande, a pesar de que los bolsillos y el sombrero del doctor estaban siempre

llenos de fragmentos de aquel trabajo y generalmente parecía que se lo explicaba a ella

mientras se paseaban.

Yo veía mucho a mistress Strong, pues se había aficionado a mí desde el día en que me

presentaron al doctor, y siempre continuó interesándose por mí con cariño. Quería mucho

a Agnes y venía a menudo a nuestra casa. Era curioso que con míster Wickfield estaba

siempre nerviosa, y parecía tenerle miedo. Cuando venía a vernos por la tarde, evitaba

siempre aceptar su brazo para volver a su casa, y me pedía a mí que la acompañara. A

veces, cuando atravesábamos alegremente el patio de la catedral sin esperar encontrar a

nadie, veíamos aparecer a Jack Maldon, que se sorprendía mucho de vemos.

La madre de mistress Strong me entusiasmaba. Se llamaba mistress Mackleham; pero

los chicos solían llamarla el Veterano, por la táctica con que hacía maniobrar contra el

doctor al numeroso batallón de sus parientes. Era una mujercita de ojos penetrantes, que

llevaba siempre, cuando iba muy vestida, una toca adornada con flores artificiales y dos

mariposas, también artificiales, que revoloteaban alrededor de las flores. Se decía entre

nosotros que aquella toca procedía, seguramente, de Francia y, en efecto, su origen debía

de ser de aquella ingeniosa nación; pero lo que sé con certeza es que aparecía por las

noches por todas partes por donde mistress Mackleham hacía su entrada, pues tenía un

cestito chino para llevarla de una casa a otra. Las mariposas tenían el don de revolotear

con sus alas temblorosas como las abejas laboriosas, aunque al doctor Strong sólo le

ocasionaba gastos.

Observaba al Veterano, y conste que no adopto el nombre por faltarle al respeto, con

toda comodidad una noche que se me hizo memorable por otro incidente que también voy

a relatar. El doctor daba aquella noche una reunión de despedida en honor de Jack

Maldon, que se marchaba a las Indias, donde iba como cadete en un regimiento o algo

parecido, habiendo terminado por fin aquel asunto míster Wickfield. Ese día era también

el cumpleaños del doctor. Hacíamos una fiesta y le habíamos hecho nuestro regalo por la

mañana. El número uno había pronunciado un discurso en nombre de todos los alumnos y

le habíamos vitoreado hasta quedar roncos, lo que le había emocionado haciéndole llorar.

Y ahora, por la noche, míster Wickfield, Agnes y yo veníamos a tomar el té en su

compañía.

-He olvidado, doctor -dijo la madre de mistress Strong cuando nos hubimos sentado-,

felicitarle en este día, como es de rigor, aunque en mi caso esto no es una fórmula; permítame

desearle muchas felicidades para este año y muchos que le sigan.

-Muchas gracias, señora -contestó el doctor.

-Muchos, muchos, muchos años de felicidad -dijo el Veterano-, no solamente por usted,

sino también por Annie, por Jack Maldon y por otras muchas personas.

-Me parece que fue ayer, Jack -continuó-, cuando eras una criaturita. Copperfield sería

mayor que tú cuando cortejabas a Annie detrás de las grosellas en el fondo del jardín.

-Mamá -dijo mistress Strong-, ya no te debe importar esto.

-Annie, no seas absurda -repuso su madre-. Si te ruborizas al oír estas cosas ahora, que

eres toda una señora casada, ¿cuándo vas a dejar de azorarte al oírlas?

-¡Vaya, Annie -exclamó Jack Maldon-, vamos!

-Sí, John; de hecho una señora madura, aunque no lo sea por la edad; porque ¿quién me

ha oído decir que una muchacha de veinte años sea madura por la edad? Tu prima es la

mujer del doctor y como tal la he descrito. Es mejor para ti, John, que tu prima sea la

mujer del doctor; has encontrado en él un buen amigo con influencia, que aún será mejor,

me atrevo a predecírtelo, si te lo mereces. No es falsa vanidad, pues dudo en admitir

francamente que hay algunos miembros de nuestra familia que necesitan un amigo. Tú

eras uno de ellos, antes de que la influencia de tu prima te lo hubiese procurado.

El doctor, en la bondad de su corazón, movió su mano como para quitarle importancia y

ahorrar a Jack Maldon que siguieran insistiendo. Pero mistress Mackleham se cambió a

una silla cerca del doctor, y dándole con el abanico en la manga dijo:

-No, realmente, mi querido doctor; debe usted dispensarme que me entrometa, porque

lo siento tan intensamente, que casi puede llamarse una monomanía. Es como una

obsesión. Usted ha sido una bendición para nuestra familia. Usted realmente es nuestra

providencia.

-Tonterías, tonterías -dijo el doctor.

-No, no; dispénseme usted -repuso el Veterano-. Sin nadie presente más que nuestro

querido a íntimo amigo míster Wickfield, no puedo consentir que me achiquen; voy a

tener que reclamar los privilegios de suegra si siguen ustedes así y reñirles. Soy

completamente franca; lo que diga es lo que dije cuando me sorprendió usted tanto la

primera vez; ¿se acuerda usted qué sorprendida estaba cuando pidió la mano de Annie?

No porque fuera nada extraordinario el hecho de la petición, sería ridículo decirlo, sino

porque usted conoció a su pobre padre y a ella cuando era un bebé de seis meses. No me

lo figuraba a usted bajo ese aspecto, ni como novio posible para nadie.

-¡Ay, ay! -dijo el doctor de buen humor-. Eso no importa.

-Pero a mí sí -dijo el Veterano dándole con el abanico en los labios-; me importa mucho

recordar estas cosas, que se me pueden discutir si me equivoco. Pues bien, entonces hablé

a Annie y le conté lo que había sucedido: «Querida mía, ha venido el doctor Strong, que

ha pedido tu mano». ¿Hice yo la menor presión? No; le dije: « Mira, Annie; dime la

verdad ahora mismo. ¿Está libre tu corazón?». «Mamá -me contestó llorando-, soy muy

joven -lo era realmente- y casi no sé si tengo corazón.» « Entonces, querida mía -le dije-,

puedes estar segura de que está libre. De todos modos, el doctor Strong está en una gran

inquietud y se le debe contestar. No se le puede tener esperando en ese estado.» « Mamá

-me dijo Annie, todavía llorando-, ¿será desgraciado sin mí? Si fuera a serlo, le respeto y

le estimo tanto, que creo que lo aceptaré.» Así fue decidido; y entonces, pero nada más

que entonces, le dije a Annie: « El doctor Strong no solamente será tu marido, sino que

representará también a tu padre, la cabeza de nuestra familia; representará la sabiduría, el

rango, y puede decirse también la fortuna de nuestra familia; en resumen, será nuestra

providencia». Usé esa palabra en aquella ocasión, y hoy la he vuelto a repetir. Si tengo

algún mérito, es la constancia.

Su hija permanecía silenciosa a inmóvil durante aquel discurso, con los ojos fijos en el

suelo; su primo, de pie a su lado y mirando también al suelo. Por fin dijo dulcemente, con

voz temblorosa:

-Mamá, espero que hayas terminado.

-Mi querida Annie -repuso el Veterano-, no he terminado aún. Como me preguntas,te

contesto, y no he terminado. Me quejo de que realmente eres un poco descastada con tu

familia, y como es inútil quejarme a ti, quiero quejarme a tu marido. Ahora, mi querido

doctor, mire a su tontuela mujer.

Al volver el doctor su bondadoso rostro con sonrisa de sencillez y dulzura hacia ella,

inclinó aún más la cabeza. Observé que míster Wickfield la miraba fijamente.

-Cuando el otro día le dije a esta antipática -prosiguió su madre moviendo la cabeza y

su abanico coquetonamente hacia ella- que había una necesidad en la familia que podría

contarle a usted; mejor dicho, que debía contársela, me dijo que hablar de ello era pedir

un favor, y que como usted era demasiado generoso para ella, pedir era tener, y que no lo

diría nunca.

-Annie, querida mía –dijo el doctor-, aquello estuvo mal, porque fue robarme una

alegría.

-Casi con las mismas palabras que yo se lo dije -exclamó su madre-. Desde ahora en

adelante, en cuanto sepa que hay algo que no lo va a decir por esa razón, estoy casi

segura, mi querido doctor, de que se lo diré yo misma.

-Me alegrará que lo haga -repuso el doctor.

-¿De verdad?

-Ciertamente.

-Bien; entonces lo haré –dijo el Veterano-; trato hecho.

Supongo que por haber conseguido lo que quería golpeó varias veces la mano del

doctor con su abanico, que había besado antes, y se volvió triunfante a su primer asiento.

Después llegó más gente. Entre otros, dos profesores con Adams, y la charla se hizo

general y, como es natural, versó sobre Jack Maldon, sobre su viaje, sobre el país donde

iba y sus diversos planes y proyectos. Partía aquella noche después de la cena en silla de

postas para Gravesen, donde el barco en que iba a hacer el viaje lo esperaba, y a menos

de que le dieran permiso, o a causa de la salud, partía para no sé cuántos años. Recuerdo

que fue generalmente reconocido que la India era un país calumniado, al que no había

nada que objetar más que un tigre o dos y un poco de calor excesivo durante gran parte

del día. Por mi parte, miraba a Jack Maldon como a un Simbad moderno y me lo figuraba

amigo íntimo de todos los rajás del Oriente, sentado fumando largas pipas de oro, que lo

menos tendrían una milla de largas si se hubieran podido desenvolver.

Yo sabía que mistress Strong cantaba muy bien, porque la había oído a menudo cuando

estaba sola; pero fuera porque le asustaba cantar delante de gente o porque aquella noche

no tenía buena voz, el caso es que no pudo cantar. Intentó un dúo con su primo Maldon,

pero no pasó del principio, y después, cuando intentó cantar sola, aunque empezó dulcemente,

se apagó su voz de pronto, dejándola confusa, con la cabeza inclinada encima de

las teclas.

El buen doctor dijo que estaba nerviosa, y para animarla propuso un juego general de

cartas, de lo que entendía tanto como de tocar el trombón; pero vi que el Veterano le

tomó bajo su custodia como compañero y le daba lecciones, diciéndole como primera

iniciación que le entregara todo el dinero que llevase en el bolsillo.

Fue un juego divertido, no siendo la menor diversión las equivocaciones del doctor, que

eran innumerables a pesar de la vigilancia de las mariposas y de su indignación. Mistress

Strong había renunciado a jugar, bajo el pretexto de no encontrarse muy bien, y su primo

Maldon también se excusó porque todavía tenía algunos paquetes por hacer. Cuando

volvió de hacerlos, se sentó a charlar con ella en el sofá. De vez en cuando Annie iba a

mirar las cartas del doctor y le aconsejaba una jugada. Estaba muy pálida, estaba muy páEste

documento ha sido descargado de

lida cuando se inclinaba hacia él, y me pareció que su dedo temblaba al señalar las cartas;

pero el doctor era completamente feliz con aquella atención y no se daba cuenta.

La cena no fue tan alegre; todos parecían sentir que una separación de aquella índole

era algo embarazoso, y cuanto más se acercaba el momento, más aumentaba la tensión.

Jack Maldon intentaba estar muy charlatán, pero no era espontáneo y lo estropeaba todo.

Y según me pareció también, lo empeoraba el Veterano recordando continuamente episodios

de la infancia de Maldon.

El doctor, convencido sin embargo (estoy seguro) de que había hecho felices a todos,

estaba muy contento y no se le ocurría sospechar que pudiera haber alguien que no estuviera

alegre.

-Annie querida -dijo mirando su reloj y llenando su vaso—, va a ser la hora de partida

de tu primo Jack y no debemos retenerle, pues ni el tiempo ni la marea esperan. Jack

Maldon, va usted a emprender un largo viaje a un país extranjero; muchos hombres lo

han hecho y muchos lo harán hasta el fin de los tiempos. Los vientos que usted va a

afrontar han conducido a cientos y miles de hombres a la fortuna y han vuelto a traer a

millares y millares felizmente a su patria.

-Es una cosa realmente conmovedora -dijo mistress Macklheam-, por cualquier lado

que se mire, el ver a un muchacho agradable, a quien se conoce desde la infancia, partir

para el otro extremo del mundo dejando todo lo que conoce detrás de sí y sin saber lo que

le espera. Un joven que hace un esfuerzo semejante merece una protección constante

–dijo mirando al doctor.

-El tiempo correrá deprisa para usted, Jack Maldon -prosiguió el doctor- y deprisa para

todos nosotros. Algunos difícilmente podemos esperar, siguiendo el curso natural de las

cosas, el poder felicitarle a su regreso; sin embargo, lo mejor es tener esperanza, y ese es

mi caso. No le cansaré con buenos consejos. Ha tenido usted durante mucho tiempo un

buen modelo delante con su prima Annie. Imítela todo lo más que pueda.

Mistress Macklheam se abanicaba moviendo la cabeza.

-Que siga usted bien, Maldon –dijo el doctor poniéndose de pie, con lo que todos nos

levantamos-. Le deseo un próspero viaje, una carrera brillante y un feliz regreso a su país.

Todos brindamos por él y todos le estrechamos la mano, después de lo cual se despidió

de las señoras y se precipitó a la puerta, donde fue recibido, al subir al coche, por una tremenda

descarga de vivas de los alumnos, que se habían reunido allí con aquel objeto.

Corrí para reunirme con ellos y llegué muy cerca del coche en el momento de arrancar,

y me causó una impresión muy fuerte, en medio del ruido y del polvo, ver a Jack Maldon

con el rostro agitado y algo color cereza entre sus manos.

Después de vitorear también al doctor y a su señora, los chicos se dispersaron, y yo

volví a entrar en la casa, donde encontré a todos formando corro alrededor del doctor,

discutiendo sobre la marcha de Jack Maldon, sobre su valor, sus emociones y todo lo

demás. En medio de todas aquellas observaciones, mistress Mackleham gritó:

-¿Dónde está Annie?

No estaba allí, y cuando la llamaron no contestó. Entonces todos salieron a un tiempo

del salón para ver qué pasaba, y nos la encontramos tendida en el suelo del vestíbulo. En

el primer momento fue muy grande la alarma; pero enseguida se dieron cuenta de que

sólo estaba desmayada y de que empezaba ya a volver en sí con los medios que en esos

casos se emplean. El doctor, levantándole la cabeza y apoyándola en sus rodillas, separó

los bucles de su frente y dijo mirando a su alrededor:

-¡Pobre Annie! ¡Es tan cariñosa, que la partida de su amigo de la infancia ha sido la

causa de esto! ¡Cómo lo siento! ¡Estoy muy disgustado!

Cuando Annie abrió los ojos y vio dónde estaba y que todos la rodeaban, se levantó a

inclinó la cabeza en el pecho del doctor, no sé si para apoyarse o para ocultarla, y todos

entramos de nuevo en el salón, dejándola con el doctor y con su madre. Pero, al parecer,

ella dijo que se encontraba mejor de lo que había estado durante todo el día y quiso

volver entre nosotros. La trajeron muy pálida y débil y la sentaron en el sofá.

-Annie, querida mía -dijo su madre arreglándole el traje-; mira, has perdido uno de tus

lazos. ¿Quiere alguien ser tan amable de buscarlo? Es una cinta de color cereza.

Era la que llevaba en el pecho. La buscaron, y yo también la busqué por todas partes,

estoy seguro; pero nadie consiguió encontrarla.

-¿No recuerdas si la tenías hace un momento, Annie? –dijo su madre.

Me sorprendió cómo, estando tan pálida, pudo ponerse de pronto roja como la grana al

contestar que sí la tenía hacía un momento; pero que no merecía la pena buscarla.

Seguimos buscándola sin resultado y, por último, insistió tanto en que no merecía la

pena, que las pesquisas se enfriaron. Cuando dijo que se encontraba completamente bien,

todos nos levantamos y dijimos adiós.

Volvíamos muy despacio míster Wickfield, Agnes y yo. Agnes y yo admirábamos la

luz de la luna; pero míster Wickfield no levantaba los ojos del suelo. Cuando por fin

llegamos delante de nuestra puerta, Agnes se dio cuenta de que había olvidado su bolsita

de labor. Encantado de poder prestarle algún servicio, volví corriendo a buscarla.

Entré en el comedor, que era donde se la había dejado; estaba oscuro y desierto, pero

una puerta de comunicación entre aquella habitación y el estudio del doctor, donde había

luz, estaba abierta, y me dirigí allí para decir lo que deseaba y pedir una vela.

El doctor estaba sentado en su butaca al lado de la chimenea y su mujer en un taburete a

sus pies. El doctor, con una sonrisa complaciente, leía en alta voz un manuscrito

explicación de su teoría sobre aquel interminable diccionario, y ella le miraba; pero con

una expresión que no le había visto nunca. Estaba tan bella y tan pálida, tan fija en su

abstracción, con una expresión tan completamente salvaje y como sonámbula, en un

sueño de horror de no sé qué. Sus ojos estaban completamente abiertos, y sus cabellos

castaños caían en dos espesos bucles sobre sus hombros y su blanco traje, desaliñado por

la falta de la cinta. Recuerdo perfectamente su aspecto, y todavía hoy no puedo decir lo

que expresaba, y me lo pregunto al recordarlo, trayéndolo de nuevo ante mi actual

experiencia. ¿Arrepentimiento?, ¿humillación?, ¿vergüenza?, ¿orgullo?, ¿amor?, ¿confianza?

Vi todo aquello y, dominándolo todo, vi aquel horror de no sabía qué.

Mi entrada diciendo lo que deseaba le hizo volver en sí y también cambió el curso de

las ideas del doctor, pues cuando volví a entrar a devolver la luz, que había cogido de la

mesa, le acariciaba la cabeza con ternura paternal, diciéndole que era un egoísta, que

abusaba de su bondad leyéndole aquello y que debía marcharse a la cama.

Pero ella le pidió con insistencia que la dejara estar con él, que la dejara convencerse de

que poseía toda su confianza (casi balbució estas palabras), y volviéndose hacia él, después

de mirarme a mí cuando salía de la habitación, le vi cruzar las manos sobre las

rodillas y mirarle con la misma expresión, aunque algo más tranquila, mientras él

reanudaba su lectura.

Aquello me impresionó hondamente y lo recordé mucho tiempo después, como tendré

ocasión de relatar cuando sea oportuno.

CAPÍTULO XVII

ALGUIEN QUE REAPARECE

No he vuelto a mencionar a Peggotty desde mi huida; pero, como es natural, le había

escrito una carta en cuanto estuve establecido en Dover, y después otra muy larga, conEste

documento ha sido descargado de

teniendo todos los detalles relatados aquí, en cuanto mi tía me tomó seriamente bajo su

protección. Al ingresar en la escuela del doctor Strong le escribí de nuevo detallándole mi

felicidad y mis proyectos, y no hubiera tenido ni la mitad de satisfacción gastándome el

dinero de míster Dick de la que tuve enviando a Peggotty su media guinea de oro. Hasta

entonces no le había contado el episodio del muchacho del burro.

A mis cartas contestaba Peggotty con la prontitud aunque no con la concisión de un

comerciante. Toda su capacidad de expresión (que no era muy grande por escrito) se

agotó con la redacción de todo lo que sentía respecto a mi huida. Cuatro páginas de

incoherentes frases llenas de interjecciones, sin más puntuación que los borrones, eran

insuficientes para su indignación. Pero aquellos borrones eran más expresivos a mis ojos

que la mejor literatura, pues demostraban que Peggotty había llorado al escribirme. ¿Qué

más podía desear?

Me di cuenta al momento de que la pobre mujer no podía sentir ninguna simpatía por

miss Betsey. Era demasiado pronto, después de tantos años de pensar de otro modo.

«Nunca llegamos a conocer a nadie -me escribía-, pues pensar que miss Betsey pueda

ser tan distinta de lo que siempre habíamos supuesto… ¡Qué lección!» Era evidente que

todavía le asustaba mi tía, y aunque me encargaba que le diera las gracias, lo hacía con

bastante timidez; era evidente que temía que volviera a escaparme, a juzgar por las repetidas

instancias de que no tenía más que pedirle el dinero necesario y meterme en la

diligencia de Yarmouth.

En su carta me daba una noticia que me impresionó mucho. Los muebles de nuestra

antigua casa habían sido vendidos por los hermanos Murdstone, que se habían marchado,

y la casa estaba cerrada, hasta que se vendiera o alquilara. Dios sabe que yo no había

tenido sitio en ella mientras ellos habían habitado allí; pero me entristeció pensar que

nuestra querida y vieja casa estaba abandonada, que las malas hierbas crecerían en ella y

que las hojas secas invadirían los senderos. Me imaginaba el viento del invierno silbando

alrededor, la lluvia fría cayendo sobre los cristales de las ventanas y la luna llenando de

fantasmas las paredes vacías y velando ella sola. Pensé en la tumba debajo de los árboles

y me pareció como si la casa también hubiera muerto y todo lo relacionaba con mis

padres desaparecidos.

No había más noticias en la carta de Peggotty aparte de que Barkis era un excelente

marido, según decía, aunque seguía un poquito agarrado; pero todos tenemos nuestros defectos,

y ella también estaba llena de ellos (yo estoy seguro de no haberle conocido

ninguno). Barkis me saludaba y me decía que mi habitacioncita siempre estaba dispuesta.

Míster Peggotty estaba bien, y Ham también, y mistress Gudmige seguía como siempre, y

Emily no había querido escribirme mandándome su cariño, pero decía que me lo enviara

Peggotty de su parte.

Todas estas noticias se las comunicaba yo a mi tía como buen sobrinito, evitando sólo

nombrar a Emily, pues instintivamente comprendía que a mi tía le haría poca gracia. Al

principio de mi ingreso a la escuela, miss Betsey fue en varias ocasiones a Canterbury a

verme, siempre a las horas más intempestivas, con la idea, supongo, de sorprenderme en

falta. Pero como siempre me encontraba estudiando y con muy buena fama, oyendo en

todas partes hablar de mis progresos, pronto interrumpió sus visitas. Yo la veía un sábado

cada tres o cuatro semanas, cuando iba a Dover a pasar un domingo, y a míster Dick lo

veía cada quince días, los miércoles. Llegaba en la diligencia a mediodía para quedarse

hasta la mañana siguiente.

En aquellas ocasiones míster Dick nunca viajaba sin su neceser completo de escritorio

conteniendo buena provisión de papel y su Memoria, pues se le había metido en la cabeza

que apremiaba el tiempo y que realmente había que terminarla cuanto antes.

Míster Dick era muy aficionado a las galletas, y mi tía, para hacerle los viajes aún más

agradables, me había dado instrucciones para abrirle crédito en una confitería; lo que se

hizo estipulando que no se le serviría más de un chelín en el curso de un día. Esto y la

referencia de que ella pagaba las pequeñas cuentas del hotel donde pasaba la noche me

hicieron sospechar que sólo le dejaba sonar el dinero en el bolsillo; pero gastarlo, nunca.

Más adelante descubrí que así era, o por lo menos que había un arreglo entre él y mi tía, a

quien tenía que dar cuenta de todo lo que gastase, y como él no tenía el menor interés en

engañarla y siempre estaba deseando complacerla, era muy moderado en sus gastos. En

este punto, como en tantos otros, míster Dick estaba convencido de que mi tía era la más

sabia y admirable de todas las mujeres, y me lo repetía a todas horas en el mayor secreto

y siempre en un murmullo.

-Trotwood -me dijo míster Dick un día con cierto aire de misterio, y después de

haberme hecho aquella confidencia-. ¿Quién es ese hombre que se oculta cerca de nuestra

casa para asustarla?

-¿Para asustar a mi tía?

Míster Dick asintió.

-Yo creí que nada podía asustarla -me dijo-, porque ella… (Aquí murmuró suavemente

…), no se lo digas a nadie, pero es la más sabia y la más admirable de todas las mujeres.

Después de decir esto dio un paso atrás para ver el efecto que aquella declaración me

producía.

-La primera vez que vino -continuó míster Dick- estaba… Veamos… mil seiscientos

cuarenta y nueve es la fecha de la ejecución del rey Carlos I. Creo que me dijiste mil seiscientos

cuarenta y nueve.

-Sí.

-No comprendo cómo puede ser -insistió míster Dick muy confuso y moviendo la

cabeza- No creo que pueda ser tan viejo.

-¿Fue en aquella fecha cuando apareció el hombre? -pregunté.

-Porque realmente -continuó míster Dick- no veo cómo pudo ser en aquel año,

Trotwood. ¿Has encontrado esa fecha en la historia?

-Sí, señor.

-¿Y la historia no mentirá nunca? ¿Tú qué crees? –dijo míster Dick con un rayo de

esperanza en los ojos.

-¡Oh, no, no! -repliqué de la manera más rotunda.

Era joven a ingenuo, y lo creía así.

-Entonces no puedo creerlo -repitió míster Dick-. En esto hay alguna confusión; sin

embargo, fue muy poco después de la equivocación (meter algo de la confusión de la

cabeza del rey Carlos en la mía) cuando llegó por primera vez aquel hombre. Estaba

paseándome con tu tía después del té, precisamente cuando anochecía, y él estaba allí, al

lado de la casa.

-¿Se paseaba? -pregunté.

-¿Que si se paseaba? -repitió míster Dick-. Déjame que recuerde un poquito. No, no; no

paseaba.

Para terminar antes, le pregunté:

-Entonces ¿qué hacía?

-Nada, porque no estaba allí —contestó míster Dick-. Hasta que se acercó a ella por

detrás y le murmuró algo al oído. Ella se volvió y se sintió indispuesta. Yo también me

había vuelto para mirarle; pero él se marchó. Pero lo más extraño es que ha continuado

oculto siempre, no sé si dentro de la tierra.

-¿Está oculto desde entonces? -pregunté.

-Es seguro que lo estaba -repuso míster Dick moviendo gravemente la cabeza-, pues no

habíamos vuelto a verle nunca hasta ayer por la noche. Estábamos paseando cuando se

acercó otra vez por detrás. Yo lo reconocí.

-¿Y mi tía volvió a asustarse?

-Se estremeció –continuó míster Dick imitando el movimiento y haciendo castañetear

sus dientes y se apoyó en la tapia y lloró-. Pero mira, Trotwood -y se acercó para hablarme

más bajo-. ¿Por qué le dio dinero a la luz de la luna?

—Quizá era un mendigo.

Míster Dick sacudió la cabeza, rechazando la idea, y después de repetir muchas veces y

con gran convicción: «No; no era un mendigo», me dijo que desde su ventana había visto

a mi tía, muy tarde ya, en la noche, dando dinero al hombre que estaba por fuera de la

verja a la luz de la luna. Y entonces el hombre había vuelto a esconderse debajo de la

tierra. Después de darle el dinero, mi tía volvió apresurada y furtiva hacia la casa, y a la

mañana siguiente todavía la notaba muy distinta de como estaba siempre, lo que

confundía mucho el espíritu de míster Dick.

Nunca creí, al menos al principio, que aquel desconocido fuera otra cosa que un

fenómeno de la imaginación de míster Dick; una de aquellas cosas como la del rey

Carlos, que tantas preocupaciones le causaba. Pero después, reflexionando algo, empecé

a temer si no habrían tratado, por medio de amenazas, de arrancar al pobre míster Dick de

la protección de mi tía, y si ella, fiel a la amabilidad que yo conocía en ella, se habría

visto obligada a comprar con dinero la paz y el reposo de su protegido. Como ya me

había encariñado mucho con míster Dick y me interesaba por su felicidad, durante mucho

tiempo, cuando llegaba el miércoles, estaba preocupado pensando en si le vería aparecer

en la imperial de la diligencia como de costumbre; pero siempre llegaba, con sus cabellos

grises y su cara sonriente y feliz. Nunca tuvo nada más que decirme de aquel hombre que

asustaba a mi tía.

Aquellos miércoles eran los días más felices en la vida de míster Dick, y tampoco eran

los menos felices de la mía. Pronto se hizo amigo de todos los chicos de la escuela, y

aunque nunca tomaba parte activa en los juegos, no tratándose de la cometa, demostraba

tanto interés como nosotros en todos. ¡Cuántas veces le he visto absorto en una partida de

bolos o de peón, mirándonos con interés profundo y perdiendo la respiración en los

momentos críticos! ¡Cuántas veces le he visto subido en un picacho para abarcar todo el

campo de acción y moviendo el sombrero por encima de sus cabellos grises, olvidado

hasta de la cabeza del rey Carlos! ¡Cuántas horas de verano le he visto pasar pendiente

del criquet! ¡Cuántos días de invierno le he visto, con la nariz azul por el frío y el viento,

mirándonos patinar y aplaudiendo en su entusiasmo con sus guantes de lana!

Era el favorito de todos, y su ingenio para las cosas pequeñas era trascendental. Sabía

pelar naranjas de formas tan distintas, que nosotros no teníamos ni idea. No desechaba

nada, convertía en peones de ajedrez los huesos de chuleta, hacía carros romanos con

cartas viejas, ruedas con un carrete y jaulas de pájaro con trocitos de alambre; pero lo

más admirable eran las casas que hacía con pajas o con hilos. Estábamos seguros de que

con sus manos sabría hacer todo lo que quisiéramos.

La fama de míster Dick no quedó confinada a los pequeños. Al cabo de pocos

miércoles el doctor Strong en persona me hizo algunas preguntas sobre él, y yo le

contesté todo lo que sabía por mi tía. Al doctor le interesó muchísimo y me pidió que en

la próxima visita se lo presentara. Después de cumplida esta ceremonia el doctor rogó a

míster Dick que siempre que no me encontrase en las oficinas de la diligencia fuera allí

directamente a esperar la hora de salida, y pronto míster Dick hizo costumbre de ello, y si

nos retrasábamos un poco, como sucedía a menudo, se paseaba por el patio esperándome.

Allí hizo amistad con la linda mujercita del doctor (pálida y triste desde hacía tiempo, se

le veía menos que antes y había perdido mucha de su alegría, pero no por eso estaba

menos bonita), y fue por grados tomando cada vez más confianza, hasta que terminó

entrando a esperarme en clase.

Se sentaba siempre en un rincón determinado y en un taburete determinado, que

bautizamos con el nombre de «Dick». Allí permanecía tiempo y tiempo, con la cabeza inclinada,

escuchándonos con profunda veneración por aquella cultura que él nunca había

podido adquirir.

Aquella veneración la extendía míster Dick al doctor, de quien pensaba que era el más

sutil filósofo de cualquier época. Pasó mucho tiempo antes de que se decidiera a hablarle

de otro modo que con la cabeza descubierta, y aun después, cuando el doctor se había

hecho muy amigo suyo y paseaban juntos por el patio, por el lado que los chicos llamábamos

el «paseo del doctor», míster Dick no podía por menos que quitarse el

sombrero de vez en cuando, para demostrar su respeto por tanta sabiduría. ¿Cómo

empezó el doctor a leerle fragmentos de su famoso diccionario mientras se paseaban? No

lo sé; quizá al principio pensaba que era lo mismo que leerlo solo. Sin embargo, también

se hizo costumbre, y míster Dick lo escuchaba con el rostro resplandeciente de orgullo y

de felicidad, y en el fondo de su corazón estaba convencido de que el diccionario era el

libro más delicioso del mundo.

Cuando pienso en aquellos paseos por delante de las ventanas de la clase; el doctor

leyendo con su sonrisa complaciente y acompañando en ocasiones su lectura de un grave

movimiento de cabeza, y míster Dick escuchando embelesado, mientras su pobre cerebro

vagaba, Dios sabe dónde, en alas de las palabras complicadas, pienso que era una de las

cosas más tranquilas y dulces que he visto en mi vida, y creo que si hubieran podido

pasear así siempre más hubiera valido. Hay muchas cosas que han hecho mucho ruido en

el mundo sin valer ni la mitad que aquello, a mis ojos.

Agnes fue una de las personas que antes se hizo amiga de míster Dick, y también

cuando íbamos a casa hizo amistad con Uriah Heep.

La amistad entre míster Dick y yo crecía por momentos, pero de un modo extraño, pues

míster Dick, que era nominalmente mi tutor y venía a verme como mi guardián, era quien

me consultaba siempre en sus pequeñas dudas y dificultades a invariablemente se guiaba

por mis consejos, no solamente sintiendo un gran respeto por mi natural inteligencia, sino

convencido de que había sacado mucho de mi tía.

Un jueves por la mañana, cuando volvía de acompañar a míster Dick desde el hotel a la

diligencia, antes de entrar en clase me encontré a Uriah Heep en la calle; hablamos y me

recordó mi promesa de tomar una tarde el té con ellos, y añadió con modestia:

-Aunque no espero que vaya usted, míster Copperfield; ¡somos una gente tan humilde!

Yo, en realidad, todavía no había visto claro si me gustaba Uriah o si me repugnaba;

todavía estaba en esas dudas cuando me lo encontré cara a cara en la calle. Pero sentí

como una afrenta el que me supusiera orgulloso, y le dije que únicamente había esperado

a que ellos me invitaran.

-¡Oh!, si es así, míster Copperfield -dijo Uriah-; si verdaderamente no es nuestra

humildad lo que le detiene, ¿quiere usted venir esta tarde? Pero si fuera nuestra modestia,

no le importe decírmelo, míster Copperfield, pues estamos tan convencidos de nuestra

situación…

Le respondí que hablaría de ello a míster Wickfield, y que si lo aprobaba, como estaba

seguro, iría con gusto. Así, a las seis de la tarde le anuncié que cuando él quisiera.

-Mi madre se sentirá muy orgullosa –dijo-; mejor dicho, así se sentiría si no fuera

pecado, míster Copperfield.

-Sin embargo, usted esta mañana ha supuesto que yo pecaba de eso mismo.

-No, no, querido míster Copperfield, créame, no. Tal pensamiento nunca se me ha

pasado por la imaginación. Nunca me hubiera parecido usted orgulloso por encontrarnos

demasiado humildes. ¡Somos tan poca cosa!

-¿Ha estudiado usted mucho Derecho últimamente? -pregunté por cambiar la

conversación.

-¡Oh míster Copperfield! Mis lecturas mal pueden llamarse estudios. Por la noche he

pasado a veces una hora o dos con el libro de Tidd.

-Presumo que será muy difícil.

-A veces sí me resulta algo duro -contestó Uriah-, pero no sé lo que podrá ser para una

persona en otras condiciones.

Después de tamborilear en su barbilla con dos dedos de su mano esquelética, añadió:

-Hay expresiones, ¿sabe usted, míster Copperfield?, palabras y términos latinos en el

libro de Tidd que confunden mucho a un lector de cultura tan modesta como la mía.

-¿Le gustaría a usted aprender latín? -le dije vivamente-. Yo podría enseñárselo a

medida que yo mismo lo estudio.

-¡Oh!, gracias míster Copperfield -respondió sacudiendo la cabeza- Es usted muy bueno

al ofrecerse, pero yo soy demasiado humilde para aceptar.

-¡Qué tontería, Uriah!

-Perdóneme, míster Copperfield; se lo agradezco infinitamente y sería para mí un placer

muy grande, se lo aseguro; pero soy demasiado humilde para ello. Hay ya bastante gente

deseando agobiarme con el reproche de mi inferior situación; no quiero herir sus ideas

estudiando. La instrucción no ha sido hecha para mí. En mi situación vale más no aspirar

a tanto. Si quiero avanzar en la vida tengo que hacerlo humildemente, míster Copperfield.

No había visto nunca su boca tan abierta ni las arrugas de sus mejillas tan profundas

como en el momento en que expuso aquel principio sacudiendo la cabeza y retorciéndose

con modestia.

-Creo que está usted equivocado, Uriah; y estoy seguro de poder enseñarle algunas

cosas si usted tuviera ganas de aprenderlas.

-No lo dudo, míster Copperfield -respondió-, estoy seguro; pero como usted no está en

una situación humilde quizá no sabe juzgar a los que lo estamos. Yo no quiero insultar

con mi instrucción a los que están por encima de mí; soy demasiado modesto para ello…

Pero hemos llegado a mi humilde morada, míster Copperfield.

Entramos directamente desde la calle en una habitación baja, decorada a la antigua,

donde encontramos a mistress Heep, el verdadero retrato de Uriah, salvo que más

menudo. Me recibió con la mayor humildad y me pidió perdón por besar a su hijo.

-Pero, ve usted -dijo-, por pobres que seamos, tenemos uno por otro un afecto que es

muy natural y no hace daño a nadie.

La habitación, medio gabinete, medio cocina, estaba muy decente. Los cacharros para

el té estaban preparados encima de la mesa, y el agua hervía en la lumbre. No sé por qué

se sentía que allí faltaba algo. Había una cómoda con un pupitre encima, donde Uriah leía

o escribía por las noches. También estaba su carpeta azul, llena de papeles, y una serie de

libros, a la cabeza de los cuales reconocí a Tidd. En un rincón había una alacena donde

tenían todo lo más indispensable. No recuerdo que los objetos en particular dieran la sensación

de miseria ni de economía; pero la habitación entera daba aquella impresión.

Quizá formaba parte de la humildad de mistress Heep su luto continuado; a pesar del

tiempo transcurrido desde la muerte de su marido, seguía con su luto de viuda. Puede que

hubiera alguna ligera modificación en la cofia, pero todo lo demás seguía tan severo

como el primer día de su viudez.

-Hoy es un día memorable para nosotros, mi querido Uriah —dijo mistress Heep

haciendo el té-, por la visita de míster Copperfield. Habría deseado que tu padre

continuara en el mundo aunque sólo hubiera sido para recibirle esta tarde con nosotros.

-Estaba seguro de que dirías eso, madre.

Yo estaba algo confuso con aquellos cumplidos; pero en el fondo me halagaba mucho

que me tratasen como a un huésped de importancia, y encontraba a mistress Heep muy

amable.

-Mi Uriah esperaba ese favor desde hace mucho tiempo –continuó mistress Heep-, pero

temía que la modestia de su situación fuera obstáculo para ello. Yo también lo temía,

pues somos, hemos sido y seremos siempre tan modestos…

-No veo razón para ello -repuse-, a menos que les guste.

—Gracias -repuso mistress Heep-, pero reconocemos nuestra situación y se lo

agradecemos más.

Mistress Heep fue acercándose a mí poco a poco, mientras Uriah se sentaba enfrente, y

empezaron a ofrecerme con mucho respeto los mejores bocados, aunque, a decir verdad,

no había nada muy delicado; pero tomé bien sus buenas intenciones y me sentía muy

conmovido por sus amabilidades. La conversación recayó primero sobre los tíos, y yo les

hablé, como es natural, de mi tía; después tocó el turno a los padres, y yo, naturalmente,

hablé de los míos; después, mistress Heep se puso a contar cosas de padrastros, y yo también

empecé a decir algo del mío; pero me acordé de que mi tía me aconsejaba siempre

que guardara silencio sobre aquello y me detuve. Lo mismo que un taponcillo chico no

habría podido resistir a un par de sacacorchos, o un dientecito de leche no habría podido

luchar contra dos dentistas, o una pelota entre dos raquetas, así estaba yo, incapaz de

escapar a los asaltos combinados de Uriah y de su madre. Hacían de mí lo que querían;

me obligaban a decir cosas de las que no tenía la menor intención de hablar, y me

ruborizo al confesar que lo consiguieron con tanta facilidad porque, en mi ingenuidad

infantil, me sentía muy halagado con aquellas conversaciones confidenciales y me

consideraba como el patrón de mis dos huéspedes respetuosos.

Se querían mucho entre sí, eso es cierto, y creo que aqueIlo también influía sobre mí.

Pero ¡había que ver la habilidad con que el hijo o la madre cogían el hilo del asunto que

el otro había insinuado! Cuando vieron que ya nada podrían sacarme sobre mí mismo

(pues respecto a mi vida en Murdstone y Grimby y mi viaje pennanecí mudo), dirigieron

la conversación sobre míster Wickfield y Agnes. Uriah lanzaba la pelota a su madre; su

madre la cogía y volvía a lanzársela a Uriah; él la retenía un momento y volvía a

lanzársela a mistress Heep. Aquel manejo terminó por turbarme tanto que ya no sabía qué

decir. Además, también la pelota cambiaba de naturaleza. Tan pronto se trataba de míster

Wickfield como de Agnes. Se aludía a las virtudes de míster Wickfield; después, a mi

admiración por Agnes; se hablaba un momento del bufete y de los negocios o la fortuna

de míster Wickfield, y un instante más tarde de lo que hacíamos después de la comida.

Luego trataron del vino que míster Wickfield bebía, de la razón que le hacía beber y de

que era una lástima que bebiese tanto. En fin, tan pronto de una cosa, tan pronto de otra, o

de todas a la vez, pareciendo que no hablaban de nada, sin hacer yo otra cosa que

animarlos a veces para evitar que se sintieran aplastados por su humildad y el honor de

mi visita, me percaté de que a cada instante dejaba escapar detalles que no tenía ninguna

necesidad de confiarles y veía el efecto en las finas aletas de la nariz de Uriah, que se

levantaban con delicia.

Empezaba a sentirme incómodo y a desear marcharme, cuando un caballero que pasaba

por delante de la puerta de la calle (que estaba abierta, pues hacía un calor pesado impropio

de la estación), volvió sobre sus pasos, miró y entró gritando:

-David Copperfield, ¿es posible?

¡Era míster Micawber! Míster Micawber, con sus lentes de adorno, su bastón, su

imponente cuello blanco, su aire de elegancia y su tono de condescendencia: no le faltaba

nada.

-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber tendiéndome la mano-, he aquí un

encuentro que podría servir de ejemplo para llenar el espíritu de un sentimiento profundo

por la inestabilidad a incertidumbre de las cosas humanas …; en una palabra, es un

encuentro extraordinario. Me paseaba por la calle, reflexionando en la posibilidad de que

surgiera algo, pues es un punto sobre el que tengo algunas esperanzas por el momento, y

he aquí que precisamente surge ante mí un amiguito que me es tan querido y cuyo

recuerdo se une al de la época más importante de mi vida; a la época que ha decidido mi

existencia, puedo decirlo. Copperfield, querido mío, ¿cómo está usted?

No sé, verdaderamente no lo sé, si estaba contento de haberme encontrado allí a míster

Micawber; pero me alegraba verlo y le estreché la mano con fuerza, preguntándole cómo

estaba su señora y los niños.

-Muchas gracias -me contestó con su peculiar moviniento de mano y metiéndose la

barbilla en el cuello de la camisa- Ella está ahora reponiéndose; los mellizos ya no se

alimentan de las fuentes de la naturaleza; en resumen -dijo míster Micawber en uno de

sus arranques de confianza-, los ha destetado, y ahora me acompaña en mis viajes. Estoy

seguro, Copperfield, de que estará encantada de reanudar la amistad con un muchacho

que ha sido en todos sentidos digno ministro del altar sagrado de la amistad.

Yo también le dije que me gustaría mucho verla.

-Es usted muy bueno -dijo míster Micawber.

Sonrió de nuevo, volvió a meter la barbilla en la corbata y miró a su alrededor.

-Puesto que no he encontrado a mi amigo Copperfield en la soledad -dijo sin dirigirse a

nadie en particular-, sino ocupado en restaurar sus fuerzas en compañía de una señora

viuda y de su joven vástago; en una palabra, de su hijo (esto fue dicho en un nuevo

arranque de confianza), quisiera tener el honor de serles presentado.

No podía evadirme de presentarle a Uriah Heep y a su madre, y cumplí aquel deber. A

consecuencia de la humildad de mis amigos, míster Micawber se vio obligado a sentarse

e hizo con la mano un movimiento de la mayor cortesía.

-Todo amigo de mi amigo Copperfield -dijo- tiene derechos sobre mí.

-No tenemos la audacia, caballero -dijo mistress Heep- de pretender tener la amistad de

míster Copperfield. únicamente él ha tenido la bondad de venir a tomar el té con

nosotros, y le estamos muy agradecidos del honor de su visita, como también a usted,

caballero, por su amabilidad.

-Es usted demasiado buena, señora -dijo míster Micawber saludándola- ¿Y qué hace

usted, Copperfield? ¿Continúa en el almacén de vinos?

Tenía muchas ganas de llevarme de allí a míster Micawber, y le respondí, cogiendo mi

sombrero y enrojeciendo mucho (estoy seguro), que era discípulo del doctor Strong.

-¡Discípulo! –dijo míster Micawber levantando las cejas-. Estoy encantado de lo que

me dice. Aunque un espíritu como el de mi amigo Copperfield, con su conocimiento de

los hombres y de las cosas, no necesita la instrucción que otro cualquiera necesitaría

–continuó, dirigiéndose a Uriah y a su madre-, eso no quita que precisamente fuera

imposible encontrar terreno más propicio y de una fertilidad oculta; en una palabra

-añadió sonriendo en un nuevo acceso de confianza-, es una inteligencia capaz de adquirir

una instrucción completa y clásica sin ninguna restricción.

Uriah, frotándose lentamente sus largas manos, hizo un movimiento para expresar que

compartía aquella opinión.

-¿Quiere usted que vayamos a ver a mistress Micawber? -dije con la esperanza de

llevármelo.

-Si es usted tan amable, Copperfield -replicó levantándose-. No tengo inconveniente en

decir ante nuestros amigos aquí presentes que he luchado desde hace muchos años con las

dificultades pecuniarias (estaba seguro de que diría algo de aquello, pues no dejaba nunca

de vanagloriarse de lo que llamaba sus dificultades); tan pronto he triunfado sobre ellas

como me han…, en una palabra, me han echado abajo. Ha habido momentos en que he

resistido de frente, y otros en que he cedido ante el número y en que le he dicho a

mistress Micawber en el lenguaje de Catón: «Platón, razonas maravillosamente; todo ha

terminado, no lucharé más». Pero en ninguna época de mi vida -continuó míster Micawber-

he disfrutado en más alto grado de satisfacciones íntimas como cuando he

podido verter mis penas (si es que puedo llamar así a las dificultades provenientes de

embargos y préstamos) en el pecho de mi amigo Copperfield.

Cuando míster Micawber terminó de honrarme con aquel discurso, añadió:

-Buenas noches, mistress Heep; soy su servidor.

Y salió conmigo del modo más elegante, haciendo sonar el empedrado bajo sus tacones

y tarareando una canción durante el camino.

La casa donde paraban los Micawber era pequeña, y la habitación que ocupaban

tampoco era grande. Estaba separada de la sala común por un tabique y olía mucho a

tabaco. También creo que debía de estar situada encima de la cocina, porque a través de

las rendijas del suelo subía un humo grasiento y maloliente que impregnaba las paredes.

Tampoco debía de estar lejos del bar, pues se oían ruidos de vasos y llegaba el olor de las

bebidas. Allí, tendida en un sofá colocado debajo de un grabado que representaba un

caballo de raza, estaba mistress Micawber, a quien su marido dijo al entrar.

-Querida mía, permíteme que te presente a un discípulo del doctor Strong.

Observé que, aunque míster Micawber se confundía mucho respecto a mi edad y

situación, siempre recordaba como una cosa agradable que era discípulo del doctor

Strong.

Mistress Micawber se sorprendió mucho, pero estaba encantada de verme. Yo también

estaba muy contento, y después de un cambio de cumplidos cariñosos, me senté en el

sofá a su lado.

-Querida mía -dijo Micawber-, si quieres contarle a Copperfield nuestra situación

actual, que le gustará conocer, yo iré entretanto a echar una ojeada al periódico para ver si

surge algo en los anuncios.

-Les creía a ustedes en Plimouth -dije cuando Micawber se marchó.

-Mi querido Copperfield-replicó ella-; en efecto, hemos estado allí.

-¿Para tomar posesión de un destino?

-Precisamente -dijo mistress Micawber- para tomar posesión de un destino; pero la

verdad es que en la Aduana no quieren un hombre de talento. La influencia local de mi

familia no podía sernos de ninguna utilidad para proporcionar un empleo en la provincia

a un hombre de las facultades de míster Micawber. No quieren un hombre así, pues sólo

habría servido para hacer más visible la deficiencia de los demás. Tampoco he de

ocultarle, mi querido Copperfield-continuó mistress Micawber-, que la rama de mi

familia establecida en Plimouth, al saber que yo acompañaba a mi marido, con el

pequeño Wilkis y su hermana y con los dos mellizos, no le recibieron con la cordialidad

que era de esperar en los momentos trágicos por los que atravesábamos. El caso es –dijo

mistress Micawber bajando la voz-, y esto entre nosotros, que la recepción que nos

hicieron fue un poco fría.

-¡Dios mío! –dije.

-Sí -continuó mistress Micawber-. Es triste considerar a la humanidad bajo ese aspecto,

Copperfield; pero la recepción que nos hicieron fue decididamente un poco fría. No hay

que dudarlo. El hecho es que mi familia de Plimouth se puso completamente en contra de

míster Micawber antes de una semana.

Yo le dije (y lo pienso) que debían avergonzarse de su conducta.

-He aquí lo que ha pasado -continuó mistress Micawber-. En semejantes circunstancias,

¿qué podía hacer un hombre del orgullo de mi marido? No había otro recurso que pedir a

aquella gente el dinero necesario para volver a Londres; el caso era volver, fuera como

fuera.

-¿Y entonces se volvieron ustedes?

-Sí; volvimos todos -respondió mistress Micawber-. Desde entonces he consultado con

otros miembros de mi familia sobre el partido que debía tomar míster Micawber, pues

sostengo que hay que tomar una resolución, Copperfield -insistió mistress Micawber,

como si yo le dijera lo contrario-. Es evidente que una familia compuesta de seis

personas, sin contar a la criada, no puede vivir del aire.

-Ciertamente, señora -dije.

-La opinión de las diversas personas de mi familia -continuó mistress Micawber- fue

que mi marido debía inmediatamente dedicar su atención al carbón.

-¿A qué, señora?

-A los carbones -repitió mistress Micawber-. Al comercio del carbón. Micawber,

después de tomar informes concienzudos, pensó que quizá habría esperanzas de éxito,

para un hombre de capacidad, en el negocio de carbones de Medway y decidió que lo

primero que había que hacer era visitar el Medway. Y con ese objeto hemos venido. Digo

hemos, míster Copperfield, porque yo nunca abandonaré a Micawber-añadió con

emoción.

Murmuré algunas palabras de admiración y aprobación.

-Hemos venido -repitió mistress Micawber- y hemos visto el Medway. Mi opinión

sobre la explotación del carbón por ese lado es que puede requerir talento, pero que sobre

todo requiere capital. Talento, míster Micawber tiene de sobra; pero capital, no. Según

creo, hemos visto la mayor parte del Medway, y esta ha sido mi opinión personal.

Después, como ya estábamos tan cerca de aquí, Micawber opinó que sería estar locos

marchamos sin ver la catedral; en primer lugar, porque no la habíamos visto nunca, y

merece la pena, y además, porque había muchas probabilidades de que surgiera algo en

una ciudad que tiene semejante catedral. Y estamos aquí ya hace tres días, y todavía no

ha surgido nada. Usted no se extrañará demasiado, mi querido Copperfield, si le digo que,

por el momento, esperamos dinero de Londres para pagar nuestros gastos en este hotel.

Hasta la llegada de esa suma -continuó mistress Micawber con mucha emoción-, estoy

privada de volver a mi casa (me refiero a nuestro alojamiento de Pentonville) para ver a

mi hijo, a mi hija y a mis dos mellizos.

Sentía la mayor simpatía por el matrimonio Micawber en aquellas circunstancias

difíciles, y así se lo dije a él, que volvía en aquel momento, añadiendo que sentía mucho

no tener bastante dinero para prestarles lo que necesitaban. La respuesta de míster

Micawber me demostró la inquietud de su espíritu, pues dijo estrechándome las manos:

-Copperfield, es usted un verdadero amigo; pero aun poniendo las cosas en lo peor,

ningún hombre puede decirse que está sin un amigo mientras tenga una navaja de afeitar.

Al oír aquella idea terrible, mistress Micawber se abrazó a su marido pidiéndole que se

tranquilizara. Él lloró; pero no tardó mucho en reponerse, pues un instante después

llamaba para encargar al mozo un plato de riñones y pudding para el desayuno del

siguiente día.

Cuando me despedí de ellos me instaron los dos tan vivamente para que fuera a comer

con ellos antes de su partida, que me fue imposible negarme. Pero como no sabía si

podría it al día siguiente, pues tenía mucho trabajo que preparar por la noche, quedamos

en que mister Micawber pasaría por la tarde por el colegio (estaba convencido de que los

fondos que esperaba de Londres le llegarían aquel día) para enterarse de si podia ir o no.

Así es que el viernes por la tarde vinieron a buscarme cuando estaba en clase, y encontré

a mister Micawber en el salón, y quedamos en que me esperasen a comer al día siguiente.

Cuando le pregunté si había recibido el dinero, me estrechó la mano y desapareció.

Aquella misma noche, estando asomado a mi ventana, me sorprendió y preocupó

bastante el verle pasar del brazo de Uriah Heep, que parecía agradecer con profunda

humildad el honor que le hacían, mientras míster Micawber se deleitaba extendiendo

sobre él una mano protectora. Pero todavía quedé más sorprendido cuando al llegar al

hotel al otro día a la hora indicada me enteré de que mister Micawber había estado en

casa de Uriah Heep tomando ponche con él y con su madre.

-Y le diré una cosa, mi querido Copperfield -me dijo míster Micawber-; su amigo Heep

será un buen abogado. Si le hubiera conocido en la época en que mis dificultades

terminaron en aquella crisis, todo lo que puedo decir es que estoy convencido de que mis

negocios con los acreedores habrían terminado mucho mejor de lo que terminaron.

No comprendía cómo habrían podido terminar de otro modo, puesto que mister

Micawber no había pagado nada; pero no quise preguntarlo. Tampoco me atreví a decir

que esperaba que no se hubiera sentido demasiado comunicativo con Uriah, ni a

preguntarle si habían hablado mucho de mí. Temía herirle; mejor dicho, temía herir a su

señora, que era muy susceptible. Pero aquella idea me preocupó mucho, y hasta después

he pensado en ella.

La comida fue soberbia. Un plato de pescado, carne asada, salchichas, una perdiz y un

pudding. Vino, cerveza, y al final mistress Micawber nos hizo con sus propias manos un

ponche caliente.

Míster Micawber estaba muy alegre. Muy rara vez le había visto de tan buen humor.

Bebía tanto ponche, que su rostro relucía como si le hubieran barnizado. Con tono alegremente

sentimental propuso beber a la prosperidad de la ciudad de Canterbury, declarando

que había sido muy dichoso en ella, igual que su señora, y que no olvidaría nunca las

horas agradables que había pasado aquí. Después brindó a mi salud; y luego los tres

estuvimos recordando nuestra antigua amistad y, entre otras cosas, la venta de todo

cuanto poseían.

Más tarde yo propuse beber a la salud de mistress Micawber, y dije con timidez: «Si

usted me lo permite, mistress Micawber, me gustaría beber a su salud ahora», con lo que

su marido se lanzó en un elogio pomposo de ella, declarando que había sido para él un

guía, un filósofo y un amigo, y aconsejándome que cuando estuviera en edad de casarme

buscase una mujer como aquella, si es que era posible encontrarla.

A medida que el ponche disminuía, míster Micawber se iba poniendo más alegre.

También mistress Micawber cedió a su influencia, y nos pusimos a cantar Auld Lang

Syne. Cuando llegamos a « Aquí está mi mano, hermano verdadero», los tres nos

agarramos las manos alrededor de la mesa, y cuando llegamos a lo de «tomar un recto

guía», aunque no teníamos idea de a qué podía referirse, estábamos realmente

conmovidos.

En una palabra, nunca he visto a nadie tan alegremente jovial como a míster Micawber

hasta el último momento aquella noche cuando me despedí cariñosamente de él y de su

amable esposa. Por lo tanto, no estaba preparado, a las siete de la mañana siguiente, para

recibir la siguiente carta, fechada a las nueve de la noche, un cuarto de hora después de

haberlos dejado yo:

Mi querido y joven amigo:

La suerte está echada; todo ha terminado. Ocultando las huellas de las

preocupaciones bajo una mascara de alegría, no le he informado a usted esta noche de

que ya no tenemos esperanzas de recibir el dinero. En estas circunstancias, humillantes

de sufrir, humillantes de contemplar y humillantes de relatar, he saldado las deudas

contraídas en este establecimiento firmando una letra pagadera a quince días fecha en

mi residencia de Pentonville, en Londres, y cuando llegue el momento no se podrá

pagar. Resultado, la ruina. La pólvora estalla y el árbol cae.

Deje al desgraciado que se dirige a usted, mi querido Copperfield, ser un ejemplo

para toda su vida. Con esta intención le escribo y con esta esperanza. Si pienso que al

menos puedo serie útil de este modo, será como una luz en la sombría existencia que

me queda, aunque, a decir verdad, en estos momentos la longevidad es

extraordinariamente problemática.

Estas son las últimas noticias, mi querido Copperfield, que recibirá del

miserable proscrito

WILKINS MICAWBER

Me impresionó tanto el contenido de aquella carta desgarradora, que corrí al momento

hacia el hotel, con intención de entrar, antes de ir al colegio, y tratar de calmar y consolar

a míster Micawber. Pero a la mitad del camino me encontré la diligencia de Londres. El

matrimonio Micawber iba sentado en la imperial. El parecía completamente tranquilo y

dichoso y sonreía escuchando a su mujer, mientras comía nueces que sacaba de una

bolsita de papel. También se veía asomar una botella por uno de los bolsillos. No me

veían, y juzgue que, pensándolo bien, era mucho mejor no llamar su atención. Con el

espíritu libre de un gran peso, me metí por una callejuela que llevaba directamente al

colegio, y en el fondo me sentí bastante satisfecho de su marcha, lo que no me impedía

quererlos como siempre.

CAPÍTULO XVIII

MIRADA RETROSPECTIVA

¡Mis días de colegial! ¡El silencioso deslizarse de mi existencia! ¡El oculto a insensible

progreso de mi vida; de la niñez a la juventud!

Dejadme que piense, mirando hacia atrás, en el agua que corre de aquel río que ahora es

sólo un cauce seco y con hojas. Quizá a lo largo de su curso podré encontrar aún huellas

que me recuerden su correr de antaño.

Y durante un momento volveré a ocupar mi sitio en la catedral, donde íbamos todos los

domingos por la mañana, después de reunirnos con tal fin en clase. El olor a tierra

húmeda, el aire frío, el sentimiento de que la puerta de la iglesia está cerrada al mundo, el

sonido del órgano bajo los arcos blancos de la nave central, son las alas que me sostienen

planeando sobre aquellos días lejanos, como si soñara medio despierto.

Ya no soy el último de la clase. En pocos meses he saltado sobre varias cabezas. Pero

Adams, el primero, me parece todavía una criatura extraordinaria y lejana, colocada en

alturas inaccesibles. Agnes dice que no, y yo digo que sí, insistiendo, porque ella no sabe

el talento, la sabiduría que posee Adams, que es quien ocupa ese lugar, al que Agnes

aspira verme llegar algún día. Adams no es mi amigo, ni mi protector, como Steerforth,

pero siento por él veneración y respeto; sobre todo me interesa pensar lo que hará cuando

salga del colegio, y pienso si habrá en el mundo alguien bastante presuntuoso que se

atreva a competir con él.

Pero… ¿a quién recuerdo ahora? A miss Shepherd, a quien amo.

Miss Shepherd es alumna de miss Nitingal, y yo adoro a miss Shepherd. Es una niña de

carita redonda y bucles rubios.

Las alumnas de miss Nitingal van también a la catedral los domingos, y yo no puedo

mirar a mi libro, pues a pesar mío tengo que estar mirando a miss Shepherd. Cuando el

coro canta, me parece oír a miss Shepherd. Introduzco en secreto el nombre de miss

Shepherd en los oficios, lo pongo en medio de la familia real. Y en casa, solo en mi

habitación, estoy a punto de gritar: «¡Oh miss Shepherd, miss Shepherd! », en un arrebato

de entusiasmo.

Durante cierto tiempo estoy en la mayor incertidumbre, sin saber los sentimientos de

ella; pero por fin la suerte me es propicia y nos encontramos en casa del profesor de baile.

Miss Shepherd baila conmigo. Toco su guante, y siento un estremecimiento que me sube

desde el puño a la punta de los pelos. No digo nada tierno a miss Shepherd, pero nos

comprendemos. Miss Shepherd y yo vivimos en la esperanza de estar un día unidos.

¿Por qué doy a hurtadillas a miss Shepherd doce nueces de Brasil? No expresan cariño;

son difíciles de envolver, formando un paquete poco regular; son muy duras y cuesta trabajo

cascarlas aun en la rendija de una puerta; además la almendra es aceitosa. Sin

embargo, me parece un regalo conveniente para ofrecer a miss Shepherd. También le

llevo bizcochos calientes y naranjas, muchísimas naranjas. Un día doy un beso a miss

Shepherd en el guardarropa. ¡Qué éxtasis! Y cuál es mi indignación al día siguiente

cuando oigo rumores de que miss Nitingal ha castigado a miss Shepherd por torcer los

pies hacia adentro.

Miss Shepherd es la preocupación y el sueño de mi vida. ¿Cómo es posible que haya

roto con ella? No lo sé. Sin embargo, es un hecho. Oigo contar bajito que miss Shepherd

se ha atrevido a decir que le fastidia que la mire tanto, y que ha confesado que le gusta

más Jones. ¡Jones! ¡Un muchacho que no vale la pena! El abismo se abre entre nosotros.

Por último, otro día que me encuentro, mientras paseo, con las alumnas de miss Nitingal,

miss Shepherd hace un gesto al pasar y se ríe con su compañera. Todo ha terminado. La

pasión de mi vida (como a mí me parece que ha durado una vida es como si así fuera) ha

pasado; mis Shepherd desaparece de los oficios, la familia real no vuelve a saber de ella.

Obtengo un puesto más adelantado en clase y nadie turba mi reposo. Ya no soy amable

con las alumnas de miss Nitingal, ni me gusta ninguna, aunque fueran dos veces más numerosas

y veinte veces más guapas. Considero las lecciones de baile como una molestia y

me pregunto por qué esas niñas no bailarán solas dejándonos en paz. Me hago fuerte en

versos latinos y olvido abrocharme las botas. El doctor Strong habla de mí públicamente

como de un muchacho de mucho porvenir. Míster Dick está loco de alegría, y mi tía me

envía una guinea en el primer correo.

La sombra de un chico de una camicería aparece ante mí como la cabeza armada en

Macheth. ¿Quién es ese muchacho? Es el terror de la juventud de Canterbury. Corren

rumores de que la médula de buey con que unge sus cabellos le da una fuerza

sobrenatural, y que podría luchar contra un hombre. Es un chico de cara ancha, con cuello

de toro, las mejillas rojas, mal espíritu y peor lengua. Y el principal empleo que hace de

ella es hablar mal de los alumnos del doctor Strong. Dijo públicamente que con una sola

mano y la otra atada a la espalda era capaz de dar una paliza a cualquiera y nombró a

varios (a mí entre otros). Esperaba en la calle a los más pequeños de nuestros compañeros

y los machacaba a puñetazos. Un día me desafió en voz alta al pasar por su lado, a

consecuencia de lo cual decidí que nos pegásemos.

En una noche de verano, en una verde hondonada, en el rincón de una tapia, nos

encontramos. Me acompañan unos cuantos compañeros elegidos; mi adversario ha

llegado con otros dos carniceros, un mozo de café y un deshollinador. Terminados los

preliminares, el carnicero y yo nos encontramos frente a frente. En un instante me hace

ver las estrellas asestándome un golpe en una ceja. Un minuto después ya no sé dónde

está la tapia ni dónde estoy yo, ni veo a nadie. Pierdo la noción de quién es el carnicero y

quién soy yo. Me parece que nos confundimos uno con otro, luchando cuerpo a cuerpo

sobre la hierba aplastada bajo nuestros pies. A veces veo a mi enemigo ensangrentado,

pero tranquilo; a veces no veo nada y me apoyo sin aliento contra la rodilla de uno de mis

compañeros. Otras veces me lanzo con furia contra el carnicero y me araño los puños con

su rostro, lo que no parece turbarle lo más mínimo. Por fin, me despierto con la cabeza

mal, como si saliera de un profundo sueño, y veo al carnicero que se aleja arreglándose la

blusa y recibiendo las felicitaciones de sus dos compañeros y del deshollinador y del

mozo de café, de lo que deduzco, muy justamente, que la victoria es suya.

Me llevan a casa en un estado deplorable, me aplican carne cruda encima de los ojos,

me frotan con vinagre y brandy. Mi labio superior se hincha poco a poco de una manera

desenfrenada. Durante tres o cuatro días no salgo de casa; no estoy nada guapo con la

pantalla verde encima de los ojos, y me aburriría mucho si Agnes no fuera para mí una

hermana. Simpatiza con mis infortunios, lee para mí en voz alta, y gracias a ella el tiempo

pasa rápida y dulcemente. Agnes es mi confidente y le cuento con todo detalle mi aventura

con el carnicero y todas las ofensas que me había hecho; ella opina que no podía por

menos que pegarme, aunque tiembla y se estremece al pensar en aquel terrible combate.

El tiempo pasa sin que yo me dé cuenta, pues Adams no está ya a la cabeza de la clase.

Hace ya mucho tiempo que salió del colegio, tanto que cuando vuelve a hacer una visita

al doctor Strong soy yo el único que queda de su época. Va a entrar en la Audiencia, y

piensa hacerse abogado y llevar peluca. Me sorprende que sea tan modesto; además, su

aspecto es mucho menos imponente de lo que yo creía y todavía no ha revolucionado el

mundo, como yo me esperaba, pues me parece que las cosas siguen lo mismo que antes

de que Adams entrara en una vida activa.

Aquí hay una laguna en la que los grandes guerreros de la historia y de la poesía

desfilan ante mí en ejércitos innumerables. Parece que no se acaban nunca. ¿Qué viene

después? Estoy a la cabeza de la clase y miro desde mi altura la larga fila de mis

camaradas, observando con un interés lleno de condescendencia a los que me recuerdan

lo que yo era a su edad. Además, me parece que ya no tengo nada que ver con aquel niño;

lo recuerdo como algo que se ha dejado en el camino de la vida, algo al lado de lo que se

ha pasado, y a veces pienso en él como si fuera un extraño.

¿Y la niña de mi llegada a casa de míster Wickfield, dónde está? También ha

desaparecido, y en su lugar una criatura que es exactamente el retrato de abajo y que no

es ya una niña dirige la casa; Agnes, mi querida hermana, como yo la llamo, mi guía, mi

amiga, el ángel bueno de todos los que viven bajo su influencia de paz y de virtud y de

modestia; Agnes es ahora una mujer.

¿Qué nuevo cambio se ha operado en mí? He crecido, mis rasgos se han acentuado y he

adquirido alguna instrucción durante los años transcurridos. Llevo un reloj de oro con cadena,

una sortija en el dedo meñique y una chaqueta larga. Abuso del cosmético, lo que,

unido con la sortija, es mala señal. ¿Estaré enamorado de nuevo? Sí; adoro a la mayor de

las hermanas Larkins.

La mayor de las hermanas Larkins no es ninguna niña. Es alta, morena, con los ojos

negros, y una hermosa figura de mujer. Miss Larkins, la mayor, no es ninguna chiquilla,

pues su hermana pequeña no lo es, y la mayor debe de tener tres o cuatro años más. Quizá

miss Larkins tenga unos treinta años. Y mi pasión por ella es desenfrenada.

Miss Larkins, la mayor, conoce a muchos oficiales, y es una cosa que me molesta

mucho el verla hablar con ellos en la calle, y verlos a ellos cruzar de acera para salirle al

encuentro cuando ven desde lejos su sobrero (le gustan los sombreros de colores muy

vivos) al lado del sombrero de su hermana. Ella se ríe, habla y parece divertirse mucho.

Yo paso todos mis ratos de ocio paseando con la esperanza de encontrarla, y si consigo

verla (tengo derecho a saludarla, pues conozco a su padre), ¡qué felicidad!

Verdaderamente merezco al menos un saludo de vez en cuando. Las torturas que soporto

por la noche, en el baile, pensando que miss Larkins bailará con los oficiales, necesitan

compensación, y cuento con ella si hay justicia en el mundo.

El amor me quita el apetito y me obliga a llevar constantemente una corbata nueva; no

estoy tranquilo más que cuando me pongo mis mejores trajes y limpio mis zapatos una y

otra vez. Así me parece que soy más digno de la mayor de las Larkins. Todo lo que le

pertenece o se relaciona con ella se me hace precioso. Míster Larkins, un caballero viejo,

brusco, con papada doble y uno de los ojos inmóviles en la cara, me parece el hombre

más interesante. Cuando no puedo encontrar a su hija voy a los sitios donde tengo

esperanzas de encontrarme con él. Le digo: «¿Cómo está usted, míster Larkins? ¿Y las

señoras, siguen bien?». Y mis palabras me parecen tan reveladoras, que me sonrojo.

Pienso continuamente en mi edad; tengo diecisiete años; pero aunque sean muy pocos

para miss Larkins, la mayor, ¡qué me importa! No tardaré en tener veintiuno. Al atardecer

me paseo por los alrededores de casa con míster Larkins, aunque me destroza el corazón

ver a los oficiales que entran en ella y oírles en el salón donde miss Larkins está tocando

el harpa. En varias ocasiones me he paseado por allí tristemente, cuando ya todos estaban

acostados y tratando de adivinar cuál será la habitación de la mayor de las Larkins (y

confundiéndola de fijo con la de su padre). A veces desearía que hubiera fuego en la casa

para atravesarla entre la gente inmóvil de terror y apoyando una escala en su ventana

salvarla en mis brazos. Después me gustaría volver a buscar algo que ella hubiera

olvidado y morir entre las llamas. Por lo general era muy desinteresado en mi amor y me

conformaba con expirar ante miss Larkins haciendo un gesto noble. Por lo general era

así; pero no siempre. A veces tenía pensamientos más alegres, y mientras me visto

(ocupación de dos horas) para un gran baile que van a dar los Larkins y por el que suspiro

hace semanas, dejo a mi espíritu libre, en sueños agradables, y me figuro que tengo el

valor de hacer una declaración a miss Larkins y me la represento reclinando su cabeza en

mi hombro y diciendo: «¡Oh míster Copperfield! ¿Puedo dar crédito a mis oídos?»; y me

figuro a míster Larkins esperándome a la mañana siguiente y diciéndome: « Querido

Copperfield, mi hija me lo ha contado todo, y su excesiva juventud no es un

inconveniente. ¡Aquí tenéis veinte mil libras y sed felices!». Me imagino a mi tía

cediendo y bendiciéndonos y a míster Dick y al doctor Strong presenciando la ceremonia

de nuestro matrimonio. Creo que no me falta sentido común ni modestia; lo creo

pensando en mi pasado; sin embargo, hacía aquellos planes.

Entro en la casa encantada, donde hay luces, charlas, músicas, flores y oficiales (los veo

con pena), y la mayor de las Larkins, radiante de belleza. Está vestida de azul y con flores

azules en sus cabellos (no me olvides), como si ella necesitara «no me olvides». Es la

primera fiesta de importancia a que he sido invitado y estoy muy cohibido, porque nadie

se ocupa de mí ni parece que tengan nada que decirme, excepto míster Larkins, que me

pregunta por mis compañeros de colegio. Podría haber evitado el hacerlo, pues no he ido

a su casa para que se me ignore.

Después de permanecer en la puerta durante cierto tiempo y recrear mis ojos con la

diosa de mi corazón, ella se acerca a mí, ¡ella!, la mayor de las Larkins y me pregunta

con amabilidad si no bailo.

-Con usted sí, miss Larkins.

-¿Con nadie más? -me pregunta ella.

-No tengo gusto en bailar con nadie más.

Miss Larkins ríe ruborizada (por lo menos a mí me lo parece) y dice:

-Este baile no puedo; el próximo lo bailaré con gusto.

Llega el momento.

-Creo que es un vals -dice miss Larkins titubeando un poco cuando me acerco a ella-

¿Sabe usted bailar el vals? Porque si no, el capitán Bailey…

Pero yo bailo el vals (y hasta me parece que muy bien) y me llevo a miss Larkins,

quitándosela al capitán Bailey y haciéndole desgraciado, no me cabe duda; pero no me

importa. ¡He sufrido tanto! Estoy bailando con la mayor de las Larkins… No sé dónde,

entre quién, ni cuánto tiempo; sólo sé que vuelo en el espacio, con un ángel azul, en estado

de delirio, hasta que me encuentro solo con ella sentado en un sofá. Ella admira la

flor (camelia rosa del Japón; precio, media corona) que llevo en el ojal. Se la entrego diciendo:

-Pido por ella un precio inestimable, miss Larkins.

-¿De verdad? ¿Qué pide usted? -me contesta miss Larkins.

-Una de sus flores, que será para mí mayor tesoro que el oro de un avaro.

-Es usted muy atrevido -dijo miss Larkins-,tome.

Me la dio con agrado. Yo la acerqué a mis labios, y después me la guardé en el pecho.

Miss Larkins, riendo, se agarró de mi brazo y me dijo:

-Ahora vuelva usted a llevarme al lado del capitán Bailey.

Estoy perdido en el recuerdo de la deliciosa entrevista y del vals, cuando la veo

dirigirse hacia mí, del brazo de un caballero de cierta edad que ha estado jugando toda la

noche al whist. Me dice:

-¡Oh! Aquí está mi atrevido amiguito. Míster Chestler desea conocerle, míster

Copperfield.

Noto enseguida que debe de ser un amigo de mucha confianza y me siento halagado.

-Admiro su buen gusto -dice míster Chestier-, le honra. No sé si le interesará a usted el

cultivo de tierras; pero poseo una finca muy grande, y si alguna vez le apetece acercarse

por allí, por Ashford, a visitarnos, tendremos mucho gusto en hospedarle en casa todo el

tiempo que quiera.

Doy a míster Chestier las gracias más efusivas y le estrecho las manos. Creo estar en un

sueño de felicidad, bailo otro vals con la mayor de las Larkins -¡dice que bailo tan bien!-

y vuelvo a casa en un estado de beatitud indescriptible. Toda la noche estoy bailando el

vals en mi imaginación, enlazando con mi brazo el tape azul de mi divinidad. Durante

varios días sigo perdido en extáticas reflexiones; pero no la veo en la calle ni en su casa.

Me consuela de ello el recuerdo sagrado de la flor marchita.

-Trotwood -me dice Agnes un día después de cenar-, ¿a que no lo figuras quién se casa

mañana? Alguien a quien admiras.

-¿Supongo que no serás tú, Agnes?

-Yo no -contesta levantando su rostro risueño de la música que estaba copiando- ¿Lo

has oído, papá? Es miss Larkins, la mayor.

-¿Con… con el capitán Bailey? -tengo apenas la fuerza de preguntar.

-No, con ningún capitán; con míster Chestler, que es un agricultor.

Durante una o dos semanas estoy abatido. Me quito la sortija, me pongo las peores

ropas, dejo de usar cosmético y lloro con frecuencia sobre la flor marchita que fue de

miss Larkins. Al cabo de aquel tiempo observo que me cansa ese género de vida, y

habiendo recibido otra provocación del carnicero, tiro la flor, le cito, nos pegamos y le

venzo con gloria. Esto y la reaparición de mi sortija y el use moderado del cosmético son

las últimas huellas que encuentro de mi llegada a los dieciocho años.

CAPÍTULO XIX

MIRO A MI ALREDEDOR Y HAGO UN DESCUBRIMIENTO

No sé si estaba alegre o triste cuando mis días de colegio terminaron y llegó el

momento de abandonar la casa del doctor Strong. ¡Había sido muy feliz allí! Tenía

verdadero cariño al doctor y, además, en aquel pequeño mundo se me consideraba como

una eminencia. Estas razones me hacían estar triste; pero otras bastantes más

insustanciales me alegraban. Vagas esperanzas de ser un hombre independiente; de la

importancia que se da a un hombre independiente; de las cosas maravillosas que podían

ser ejecutadas por aquel magnífico animal, y de los mágicos efectos que yo no podría por

menos de causar en sociedad; todo esto me seducía. Estas fantásticas consideraciones

tenían tanta fuerza en mi cerebro de chiquillo que me parece, según mi actual modo de

pensar, que dejé el colegio sin la pena debida, y aquella separación no causó en mí la

impresión que sí causaron otras. Trato en vano de recordar lo que sentí entonces y cuáles

fueron las circunstancias de mi partida; pero no ha dejado huella en mis recuerdos.

Supongo que el porvenir abierto ante mí me ofuscaba. Sé que mi experiencia juvenil

contaba entonces muy poco o nada, y que la vida me parecía un largo cuento de hadas

que iba a empezar a leer, y nada más.

Mi tía y yo sosteníamos frecuentes deliberaciones sobre la carrera que debía seguir.

Durante un año o más traté en vano de encontrar contestación satisfactoria a su insistente

pregunta:

-¿Qué te gustaría ser?

Por más que pensaba, no descubría ninguna afición especial por nada. Si me hubiera

sido posible tener por inspiración conocimientos de náutica creo que me habría gustado

tomar el mando de una valiente expedición que en un buen velero diera la vuelta al

mundo en un viaje triunfante de exploración; así me habría sentido satisfecho. Pero, falto

de aquella inspiración milagrosa, mis deseos se limitaban a dedicarme a algo que no le

resultara muy costoso a mi tía y a cumplir mi deber en lo que fuera.

Míster Dick asistía con toda regularidad a nuestros conciliábulos, con su expresión más

grave y reflexiva. Sólo en una ocasión se le ocurrió proponer una cosa (no sé cómo se le

ocurrió aquello); el caso es que propuso que me dedicase a calderero. Mi tía recibió tan

mal la proposición que al pobre mister Dick se le quitaron las gams de volver a meterse

en la conversación. Se limitaba a mirar atentamente a mi tía, interesándose por lo que ella

proponía y haciendo sonar su dinero en el bolsillo.

-Trot, voy a decirte una cosa, querido -me dijo una mañana miss Betsey. Era por

Navidad, y después de salir yo del colegio-. Puesto que todavía no hemos decidido la

cuestión principal y teniendo en cuenta que debemos hacer lo posible para no

equivocamos, creo que lo mejor sería pensarlo más detenidamente. Así, tú podrías

considerarlo desde un punto de vista nuevo, y no como un colegial.

-Lo haré tía.

-Se me ha ocurrido -prosiguió miss Betsey- que un ligero cambio, una mirada a la vida,

podía ayudarte a fijar tus ideas y a formar un juicio más sereno. Supongamos que hicieras

un pequeño viaje; por ejemplo, que fueras a tu antigua aldea y visitaras a aquella… a

aquella mujer extraña que tenía un nombre tan salvaje –dijo mi tía frotándose la nariz,

pues no había perdonado todavía a Peggotty que se llamara así.

-De todo lo que hubieras podido proponerme, tía, es lo que más me gusta –dije.

-Bien -repuso ella-; es una suerte, porque yo también lo deseo mucho. Además, es

natural y lógico que te guste, y estoy convencida de que todo lo que hagas, Trot, será

siempre natural y lógico.

-Así lo espero, tía.

-Tu hermana Betsey Trotwood -dijo mi tía- habría sido la muchacha más razonable del

mundo. Querrás ser digno de ella, ¿no es así?

-Espero ser digno de usted, tía, y eso me basta.

-Cada vez pienso más que es una suerte para tu pobre madre, tan niña, el haber dejado

el mundo -dijo mi tía mirándome con satisfacción-, pues ahora el orgullo de tener un hijo

así le habría trastornado el juicio si le quedara algo. (Mi tía siempre se excusaba de su

debilidad por mí achacándosela a mi pobre madre.) ¡Dios lo bendiga, Trot, cómo me la

recuerdas!

-¿Espero que sea de un modo agradable, tía? -dije.

-¡Se parece tanto a ella, Dick! –continuó miss Betsey con énfasis, Es enteramente igual

a ella en aquella tarde en que la conocí, antes de que nacieras, Trot. ¡Dios de mi corazón,

es exactamente igual, cuando me mira; sus mismos ojos!

-¿De verdad? –dijo mister Dick.

-Y también se parece a David -dijo mi tía con decisión.

-¿Se parece mucho a David? -dijo mister Dick.

-Pero lo que deseo sobre todo, Trot, es que llegues a ser (no me refiero al físico; de

físico estás muy bien) todo un hombre, un hombre enérgico, de voluntad propia, con

resolución -dijo mi tía sacudiendo su puño cerrado hacia mí-, con energía, con carácter,

Trot; con fuerza de voluntad, que no se deje influenciar (excepto por la buena razón) por

nada ni por nadie; ese es mi deseo; eso es lo que tu padre y tu madre necesitaban, y Dios

sabe que si hubieran sido así, mejor les habría ido.

Yo manifesté que esperaba llegar a ser lo que ella deseaba.

-Para que tengas ocasión de obrar un poco por tu cuenta, voy a enviarte solo a ese

pequeño viaje -dijo mi tía-. En el primer momento había pensado que mister Dick fuera

contigo; pero meditándolo bien, prefiero que se quede aquí cuidándome.

Mister Dick pareció por un momento algo desilusionado; pero el honor y la dignidad de

tenerse que quedar cuidando de la mujer más admirable del mundo hizo que volviera la

alegría a su rostro.

-Además -dijo mi tía—, tiene que dedicarse a la Memoria.

-¡Ah!, es cierto —dijo mister Dick con precipitación-. Estoy decidido, Trotwood, a

terminarla inmediatamente; time que terminarse inmediatamente, para enviarla, ya sabes;

y entonces -dijo mister Dick después de una larga pausa-,y entonces, al freír será el reír

….

A consecuencia de los cariñosos proyectos de mi tía, pronto me vi provisto de dinero y

tiernamente despedido para mi expedición. Al partir, mi tía me dio algunos consejos y

muchos besos, y me dijo que como su objetivo era que tuviese ocasión de ver mundo y de

pensar un poco, me recomendaba que me detuviera algunos días en Londres, si quería, al

it a Sooffolk o al volver; en una palabra, era completamente libre de hacer lo que quisiera

durante tres semanas o un mes, sin otras condiciones que las de reflexionar, ver mundo y

escribirle tres veces por semana teniéndola al corriente de mi vida.

En primer lugar me dirigí a Canterbury para decir adiós a Agnes y a míster Wickfield

(mi antigua habitación en aquella casa todavía me pertenecía). También quería

despedirme del buen doctor Strong. Agnes se puso muy contenta al verme y me dijo que

la casa no le parecía la misma desde que yo no estaba.

-Yo tampoco me reconozco desde que me he marchado -le dije-; me parece que he

perdido mi mano derecha, aunque es decir muy poco, pues en la mano no tengo el corazón

ni la cabeza. Todo el que te conoce te consulta y se deja guiar por ti, Agnes.

-Es porque todos los que me conocen me miman demasiado -me contestó sonriendo.

-No, Agnes; es que tú eres diferente a todos; tan buena, tan dulce, tan acogedora;

además, siempre tienes razón.

-Me estás hablando -me dijo con alegre sonrisa, mientras continuaba su trabajo- como

si fuera la mayor de las Larkins.

-Vamos; no está bien que abuses de mis confidencias -le respondí enrojeciendo al

recuerdo de mi ídolo de cintas azules-. Pero es que no podía por menos de confesarme a

ti, Agnes, y no perderé nunca esa costumbre si tengo penas, y si me enamoro, te lo diré

enseguida, si es que quieres oírlo, aun cuando sea que me enamore en serio.

-Pero si siempre te has enamorado en serio —dijo Agnes echándose a reír.

-¡Ah!, entonces era un niño, un colegial -dije también riendo, pero algo confuso-. Los

tiempos han cambiado, y temo que algún día tomaré ese asunto terriblemente en serio. Lo

que me extraña es que tú no hayas llegado a eso, Agnes.

Agnes, riendo, sacudió la cabeza.

-Ya sé que no, pues me lo habrías dicho, o por lo menos —dije viéndola enrojecer

ligeramente- me lo habrías dejado adivinar. Pero no conozco a nadie que sea digno de lo

cariño, Agnes; necesitaría conocer a un hombre de un carácter más elevado y dotado de

más mérito que todos los que lo han rodeado hasta ahora para dar mi consentimiento. De

aquí en adelante vigilaré a tus admiradores, y te prevengo que seré muy exigente con el

elegido.

Habíamos charlado hasta aquel momento en un tono de broma lleno de confianza,

aunque mezclado con cierta seriedad, resultado de la amistad íntima que nos había unido

desde la infancia; pero de pronto Agnes levantó los ojos y, cambiando de tono, me dijo:

-Trotwood, quiero decirte una cosa, y quizá no vuelva a tener, en mucho tiempo,

ocasión de preguntártela; es algo que nunca me decidiría a preguntar a otro. ¿Has

observado en papá un cambio progresivo?

Lo había observado y me había preguntado a mí mismo muchas veces si ella no se daba

cuenta. Mi rostro traicionaba sin duda lo que pensaba, pues bajó los ojos al momento y vi

que estaban llenos de lágrimas.

-Díme lo que ves –dijo en voz baja.

-Temo. ¿Puedo hablarte con toda franqueza, Agnes? Ya sabes el cariño que le tengo a

tu padre.

-Sí –dijo ella.

-Temo que se perjudique con esa costumbre, que ha ido aumentando por días desde mi

llegada a esta casa. Se ha vuelto muy nervioso, o al menos a mí me lo parece.

-Y no te equivocas -dijo Agnes moviendo la cabeza.

-Le tiemblan las manos, no habla claro y a veces sus ojos no se fijan. He observado que

en esos momentos, cuando no está en su estado normal, es casi siempre cuando le buscan

para algún asunto.

-Sí, Uriah –dijo Agnes.

-Y la idea de que no se encuentra en estado de ocuparse de ello, que no lo ha

comprendido bien o que no ha podido disimular su estado parece atormentarle de tal

modo, que al día siguiente todavía es peor, y peor al otro; y de eso proviene su

agotamiento y su aire asustado. Pero no te preocupes demasiado, Agnes, porque muy

pocas veces le he visto en ese estado. El otro día le encontré con la cabeza apoyada en su

pupitre y llorando como un niño.

Agnes apoyó suavemente su mano sobre mis labios, y un instante después se había

unido a su padre en la puerta del salón y se apoyaba en su hombro. Me miraban los dos, y

me conmovió profundamente la expresión del rostro de Agnes. Había en su mirada una

ternura tan profunda por su padre, tanto reconocimiento; me pedía de tal modo que fuera

indulgente para juzgarle y que no pensara mal; parecía a la vez tan orgullosa de él, tan

abnegada, tan compasiva y tan triste; me expresaba con tanta claridad que estaba segura

de mi simpatía, que todas las palabras del mundo no me habrían podido decir más ni

conmoverme más profundamente. Debíamos tomar el té en casa del doctor. Llegamos a

la hora de costumbre y lo encontramos en el estudio, al lado del fuego, con su esposa y su

suegra. El doctor, que parecía creer que yo partía para la China, me recibió como a un

huésped a quien se quiere hacer honor y pidió que pusieran un leño en la chimenea, para

ver a la luz de la llama el rostro de su antiguo alumno.

-Ya no veré muchos rostros nuevos en el lugar de Trotwood, mi querido Wickfield

–dijo el doctor calentándose las manos-; me vuelvo perezoso y quiero descansar. Dentro

de seis meses lo dejaré todo en otras manos y me dedicaré a una vida tranquila.

-Ya hace diez años que dice usted lo mismo, doctor –dijo míster Wickfield.

-Sí; pero ahora estoy decidido -contestó el doctor-. El primero de mis profesores me

sucederá. Esta vez es definitivo, y pronto tendrá usted que formalizar un contrato entre

nosotros con todas las cláusulas obligatorias que hacen parecer a dos hombres de honor

que se comprometen, dos pillos que desconfían el uno del otro.

-Y también tendré que tener cuidado para que no le engañen a usted –dijo míster

Wickfield-, lo que ocurriría infaliblemente si lo hiciera usted solo. Pues bien; estoy dispuesto,

y desearía que todos mis trabajos fuesen así.

-Y entonces, ya sólo me ocuparé del diccionario y de otro contrato… mi Annie.

Míster Wickfield la miró. Estaba sentada con Agnes al lado de la mesa de té y me

pareció que evitaba los ojos del anciano con una timidez desacostumbrada, que sólo

consiguió atraer más sobre ella su atención, como si se le hubiera ocurrido un

pensamiento secreto.

-Parece ser que ha llegado un correo de la India -dijo después de un momento de

silencio.

-Es verdad; lo olvidaba. Y hasta hemos recibido cartas de Jack Maldon.

-¡Ah! ¿De veras?

-Mi pobre Jack –dijo mistress Mackleham-. ¡Cuando pienso que está en ese clima

terrible, donde hay que vivir, según me han dicho, sobre un montón de arena abrasadora y

bajo un sol que ciega! Y él parecía fuerte; pero no lo era. El muchacho contaba con su

valor más que con su naturaleza, mi querido doctor, cuando con tantos ánimos emprendió

aquel viaje. Annie querida, estoy segura de que recuerdas perfectamente que tu primo no

ha sido nunca fuerte, lo que se llama robusto -dijo mistress Mackleham con énfasis y

mirándonos a todos- Lo sé desde los tiempos en que mi hija y él eran pequeños y se

paseaban del brazo todo el día.

Annie no contestó.

-Lo que usted dice me hace suponer que mister Maldon está enfermo -dijo míster

Wickfield.

-¿Enfermo? -replicó el Veterano- Amigo mío, está… toda clase de cosas…

-¿Excepto bien? -dijo mister Wickfield.

-Excepto bien, naturalmente -repuso el Veterano-, pues estoy segura de que ha cogido

insolaciones terribles, fiebres y todo lo que se pueda imaginar; en cuanto al hígado

-añadió con resignación-, se despidió de él desde el primer momento que se vio allí.

-¿Y es él quien les dice todo eso? -preguntó míster Wickfield.

-¿Decírnoslo él? Amigo mío -repuso mistress Mackleham sacudiendo su cabeza y su

abanico-, ¡qué poco le conoce usted cuando hace esa pregunta! ¿Decirlo él? No. Antes se

dejaría arrastrar de los talones por cuatro caballos salvajes que decirlo.

-¡Mamá! -dijo mistress Strong.

-Annie, querida mía -replicó su madre-. De una vez por todas te ruego que no me

interrumpas más, a no ser para darme la razón. Sabes tan bien como yo que te primo

antes se dejaría arrastrar por un número infinito de caballos salvajes (no sé por qué me

voy a limitar a cuatro, no debo limitarme a cuatro), ocho, dieciséis, treinta y dos, antes

que pronunciar una palabra que pueda desbaratar los planes del doctor.

-Los planes de Wickfield-dijo el doctor, restregándose la cara y mirando, arrepentido, a

su mujer-; es decir, el plan formado entre los dos. Yo sólo dije: «Cerca o lejos».

-Y yo dije: «Lejos» -añadió míster Wickfield gravemente-; y como tuve ocasión de

enviarle lejos, mía es la responsabilidad.

-¿Quién habla de responsabilidades? -dijo el Veterano-. Todo ha estado muy bien

hecho, mi querido Wickfield. Además, sabemos que todo ha sido con las mejores intenciones

del mundo; pero si ese pobre muchacho no puede vivir allí, ¡qué se le va a

hacer! Si no puede vivir, morirá antes que desbaratar los proyectos del doctor. Le

conozco muy bien -dijo mistress Mackleham moviendo el abanico con ademán de

tranquila y profética resignación-; estoy segura de que morirá antes que desbaratar los

planes del doctor.

-Pero, señora -dijo alegremente el doctor Strong-, yo no soy tan fanático en mis

proyectos que no pueda destruirlos o modificarlos. Si mister Maldon vuelve a Inglaterra a

causa de su mala salud, no le dejaremos que se vuelva a marchar y trataremos de

proporcionarle algo más ventajoso aquí.

Mistress Mackleham quedó tan sorprendida de la generosidad de estas palabras (que no

había previsto ni provocado), que no pudo más que decir al doctor que no esperaba

menos y que se lo agradecía muhcísimo; y repitió muchas veces su gesto favorito

besando la punta del abanico antes de acariciar con él la mano de su sublime amigo.

Después de lo cual regañó a su hija porque no era más expansiva cuando el doctor

colmaba de bondades a un antiguo compañero de infancia, y esto únicamente por cariño a

ella. Más tarde estuvo hablando de los méritos de muchos miembros de su familia que

sólo necesitaban a alguien que les pusiera el pie en el estribo.

Todo aquel tiempo su hija Annie no había desplegado los labios ni levantado los ojos.

Míster Wickfield no había dejado de mirarla y parecía no darse cuenta de que tal atención

por ella, muy evidente, sin embargo, pudiese extrañar a los demás, pues le preocupaba

tanto mistress Strong y los pensamientos que le sugería, que estaba completamente

absorto. Por último, preguntó qué era, en realidad, lo que Jack Maldon escribía sobre su

situación y a quién había dirigido sus cartas.

-He aquí -dijo mistress Mackleham cogiendo por encima de la cabeza del doctor una

carta de la chimenea-, he aquí lo que ese pobre muchacho dice al mismo doctor. ¿Dónde

está? ¡Ah, aquí! «Siento mucho verme obligado a decirle que mi salud se ha resentido

bastante y que temo verme en la necesidad de volver a Inglaterra por algún tiempo; es mi

única esperanza de curación.» Me parece que está bastante claro. ¡Pobre muchacho! Su

única esperanza de curación. Pero la carta a Annie es más explícita todavía. Annie,

enséñame otra vez esa carta.

-Ahora no, mamá –contestó ella en voz baja.

-Hija mía, en algunas cosas eres verdaderamente ridícula -replicó su madre- y

descastada con tu familia. Ni siquiera hubiéramos oído hablar de esa carta si yo no te la

pido. ¿Te parece eso tener confianza en el doctor, Annie? Me sorprendes; debías

conocerle mejor.

Mistress Strong sacó la carta de mala gana, y cuando la cogí para entregársela a su

madre vi que la mano de Annie temblaba.

-Ahora veamos –dijo mistress Mackleham poniéndose los lentes-. ¿Dónde está el

párrafo?… « El recuerdo de los tiempos pasados, mi muy querida Annie…», etc… ; no es

aquí. «El amable y viejo censor …» ¿Quién será? Querida Annie, tu primo Maldon

escribe de un modo ilegible; pero ¡qué estúpida soy! es el doctor, ¡naturalmente! ¡Oh!

¡Ya lo creo que es amable!

Aquí se detuvo para besar el abanico y dar con él al doctor, quien nos miraba a todos

con una sonrisa plácida y satisfecha.

-Ahora lo he encontrado: « No te sorprenderá saber, Annie (claro que no, sabiendo que

nunca ha sido realmente fuerte. ¿Qué decía yo hace un momento?) que he sufrido tanto

en este lugar lejano, que he decidido abandonarlo, suceda lo que suceda, con un permiso

de enfermo, si puedo, o dimitiendo totalmente si no lo consigo. Todo lo que he sufrido y

sufro aquí no es imaginable». Y sin la prontitud para actuar de la mejor de las criaturas

-dijo mistress Mackleham, repitiendo sus gestos telegráficos al doctor, y doblando la

carta- me sería imposible pensar en su regreso.

Míster Wickfield no dijo una palabra, aunque la anciana le miró esperando su

comentario; permaneció sentado, severamente silencioso, con los ojos fijos en el suelo.

Mucho después de abandonar aquel asunto para ocupamos de otros, todavía continuaba

así; únicamente, levantado sus ojos de vez en cuando, clavaba su mirada pensativa en el

doctor, en su mujer o en los dos.

El doctor era muy aficionado a la música y Agnes cantaba con mucha dulzura y

expresión. También Annie cantaba. Cantaron juntas, y después estuvieron tocando a

cuatro manos; fue un pequeño concierto. Pero observé dos cosas: en primer lugar, que,

aunque Annie se había repuesto por completo, era evidente que un abismo la separaba de

míster Wickfield, y en segundo lugar, que la intimidad de mistress Strong con Agnes

disgustaba a míster Wickfield, quien la vigilaba con inquietud. Debo confesar que el

recuerdo de cómo la había visto el día de la partida de Jack Maldon me volvió a la

imaginación con un significado que nunca le había atribuido y que me confundió. La

inocente belleza de su rostro no me pareció ya tan pura como entonces, y desconfiaba de

su gracia espontánea y del encanto de sus aptitudes. Y al contemplar a Agnes sentada a su

lado y al pensar en su candor a inocencia, me decía que quizás era aquella una amistad

muy desigual.

Sin embargo ellas gozaban tan vivamente, que su alegría hizo pasar la velada en un

instante. En el momento de la partida ocurrió un pequeño incidente, que recuerdo muy

bien. Se despedían una de otra y Agnes iba a besar a Annie, cuando míster Wickfield

pasó entre ellas como por casualidad y se llevó bruscamente a Agnes. Entonces volví a

ver en el rostro de mistress Strong la expresión que había observado la noche de la

partida de su primo, y me pareció estar todavía de pie ante la puerta del estudio del

doctor. Sí, así era como le había mirado aquella noche.

No puedo decir la impresión que aquella mirada me produjo ni por qué me resultó

imposible olvidarla; pero no pude, y después, cuando pensaba en ella, hubiera preferido

recordarla adornada, como antes, de inocente belleza. Su recuerdo me perseguía al volver

a casa. Me parecía que dejaba una nube sombría suspendida sobre la casa del doctor, y al

respeto que sentía por sus cabellos grises se le unía una gran compasión por aquel

corazón tan confiado con los que le engañaban y un profundo desprecio contra sus

pérfidos amigos. La sombra inminente de una gran tristeza y de una gran vergüenza,

aunque imprecisa todavía, proyectaba una mancha sobre el lugar tranquilo testigo del

trabajo y de los juegos de mi infancia y le marchitaba a mis ojos. Ya no me gustaba

pensar en los grandes áloes de largas hojas que florecían cada cien años solamente, ni en

el césped verde y unido, ni en las urnas de piedra del paseo del doctor, ni en el sonido de

las campanas de la catedral, que lo dominaban todo con sus armonías. Me parecía que el

tranquilo santuario de mi infancia había sido profanado en mi presencia y que habían

arrojado su paz y su honor a los vientos.

Con la mañana llegó mi despedida de aquella vieja casa que Agnes había llenado para

mí con su influencia, y esta preocupación fue suficiente para absorber mi espíritu. No

dudaba de que volvería muy pronto y que quizá muy a menudo ocuparía mi habitación de

siempre; pero había dejado de habitarla; los buenos tiempos habían pasado, y se me

apretaba el corazón al empaquetar las cows que me quedaban para enviarlas a Dover, y

no me preocupaba de que Uriah pudiera verlo, que se apresuraba tanto a mi servicio, que

me acuso de haber faltado a la caridad suponiendo que estaba muy satisfecho con mi

marcha.

Me separaba de Agnes y de su padre haciendo vanos esfuerzos para soportar aquella

pena como un hombre cuando subía a la diligencia de Londres. Estaba tan dispuesto a

olvidar y a perdonarlo todo mientras atravesaba la ciudad, que tuve ganas de saludar a mi

antiguo enemigo el carnicero y de echarle cuatro chelines para que bebiera a mi salud;

pero le encontré con un aspecto tan de carnicero recalcitrante y estaba tan feo con la

mella de un diente que yo le había roto en nuestro último combate, que me pareció más

oportuno no ocuparme de él.

Recuerdo que la principal preocupación de mi espíritu cuando nos pusimos en marcha

era parecerle lo más viejo posible al conductor, para lo cual trataba de sacar una voz

ronca. Mucho trabajo me costó conseguirlo; pero tenía gran interés en ello porque era un

medio seguro de no parecer niño.

-¿,Va usted a Londres? -me dijo el conductor.

-Sí, William -dije en tono condescendiente (le conocía algo)–, voy a Londres, y

después a Sooflulk.

-¿Va usted a cazar?

Sabía William, tan bien como yo, que en aquella época del año igual podría ir a la pesca

de la ballena; pero yo lo tomé por un cumplido.

-No sé -dije con indecisión- si tiraré algún tiro que otro.

-He oído decir que los pájaros son muy difíciles de alcanzar allí -dijo William.

-Sí; eso he oído -respondí.

-¿Es usted del condado de Sooffolk? -me preguntó.

-Sí -contesté dándome importancia-; de allí soy.

-Se dice que por esa parte los puddings de frutas son una cosa exquisita -dijo William.

Yo no sabía nada; pero comprendí que era necesario apoyar las instituciones de mi

región, y de ningún modo dejar ver que las desconocía. Así es que moví la cabeza con

malicia, como diciendo: «¡Ya lo creo!».

-¿Y los caballos? -dijo William-. ¡Ahí es nada! Una jaca de Sooffolk vale su peso en

oro. ¿No se ha dedicado usted nunca a la cría de caballos en Sooffolk?

-No -dije.

-Pues detrás de mí va un caballero que se ha dedicado a la cría caballar a gran escala.

El caballero en cuestión me miró de un modo terrible. Era bizco, tenía la barbilla

prominente; llevaba un sombrero claro de copa alta, un pantalón de terciopelo de

algodón, abrochado a los lados desde las caderas hasta las suelas de los zapatos, y

apoyaba la barbilla en el hombro del conductor, tan cerca de mí, que sentía su aliento en

mis cabellos. Cuando me volví para mirarle, lanzaba a los caballos una ojeada de

entendimiento.

-¿No es verdad? -dijo William.

-¿Si no es verdad qué? -dijo el caballero de detrás.

-Que se ha dedicado usted a la cría caballar en Sooffolk a gran escala.

-Ya lo creo -dijo el otro-, y no hay clase de perros ni caballos de los que no haya yo

sacado crías. Hay hombres que tenemos afición a los perros y a los caballos. Yo dejaría

de comer y de beber, les sacrificaría con gusto la casa, la mujer, los hijos, la instrucción,

el fumar y el dormir.

-¿No le parece que no es lo más propio para un hombre así el it detrás del conductor?

-me dijo William al oído, mientras arreglaba las riendas.

Saqué en consecuencia que deseaba que cambiáramos de sitio, y se lo propuse

enrojeciendo.

-Bien; si a usted le da lo mismo -dijo William- creo que será más correcto.

Siempre he considerado aquella concesión como mi primera falta en la vida. Después

de haber elegido mi asiento en las oficinas y de haber escrito al lado de mi nombre: «En

el pescante», y de haber dado media corona al tenedor de libros por que me lo reservara;

después de haberme puesto un gabán nuevo expresamente en honor de aquel eminente lugar;

después de presumir mucho de it en él y parecerme que hacía honor al coche;

después de todo eso, he aquí que a la primera insinuación me dejo suplantar por un

hombre desarrapado, que no tiene más mérito que el oler a cuadra y ser capaz de pasar

por encima de mí con la ligereza de una mosca mientras los caballos van casi al galope.

Tengo cierta inseguridad en mí mismo que me ha jugado muy malas pasadas en muchas

ocasiones, y aquel incidente, del cual fue teatro la imperial de la diligencia de

Canterbury, no era muy a propósito para disminuírmela. Fue en vano que tratase de

refugiarme en la voz cavernosa. Por mucho que hablaba desde el fondo del estómago,

sentía que estaba completamente vencido y que era deplorablemente joven.

Durante el viaje resultó muy interesante verme presumiendo sobre la diligencia, bien

vestido, bien educado y con la bolsa llena, reconociendo, al pasar, los lugares en los que

había dormido durante mi penoso viaje de niño. Mis pensamientos encontraban en

aquello amplio motivo de reflexión, y mirando pasar a los vagabundos y reconociendo

aquellas miradas, que recordaba tan bien, me parecía sentir todavía la mano del latonero

estrujándome la camisa. Al bajar por la estrecha calle de Chatham vi la callejuela en que

estaba la tienda del viejo monstruo que me había comprado la chaqueta, y adelanté

vivamente la cabeza para mirar el sitio en que había estado esperando tanto tiempo mi

dinero, primero a la sombra y luego al sol. Y ya casi en Londres, cuando pasé cerca de

Salem House, donde míster Creakle nos había azotado tan cruelmente, habría dado

cuanto poseía por poder bajarme, darle una buena paliza y poner en libertad a los

alumnos, pobres pajarillos enjaulados.

Llegamos al hotel de «La Cruz de Oro», en Charing Cross, situado en una calle cerrada.

El mozo me introdujo en el comedor, y una criada me enseñó una habitación pequeña que

olía a establo y que estaba tan herméticamente cerrada como una tumba. Yo sentía mi

gran juventud sobre la conciencia y me daba cuenta de que eso era la causa de que nadie

me respetase. La criada no hacía caso de lo que le decía, y el mozo se permitía, con

insolente familiaridad, darme consejos para ayudarme en mi inexperiencia.

-Ahora veamos -dijo el camarero de modo confidencial-; ¿qué es lo que quiere usted

comer? A los jovencitos como usted suelen gustarles las aves. ¿Quiere usted un pollo?

Le dije lo más majestuosamente que pude que me tenían sin cuidado los pollos.

-¿No lo quiere usted? -dijo el camarero-. Pues los jovencitos por lo general están hartos

de vaca y de cordero. ¿Qué le parecería una chuleta de carnero?

Asentí a aquello, porque tampoco se me ocurría otra cosa.

-¿Quiere usted patatas? -me preguntó el mozo con una sonrisa insinuante a inclinando

la cabeza hacia un lado-. En general, los jovencitos están hartos de patatas.

Le ordené con mi voz más profunda que me trajera una chuleta de carnero con patatas,

y que preguntara en las oficinas si no había alguna carta para Trotwood Copperfield. Sabía

muy bien que no podía haberla; pero pensé que aquello me haría parecer muy

hombre. Pronto volvió diciendo que no había nada (yo hice como que me sorprendía

mucho) y empezó a poner mi cubierto en una mesita al lado de la chimenea. Mientras se

dedicaba a aquella faena me preguntó qué quería beber y a mi respuesta de «media

botella de jerez», me temo, encontró una buena ocasión para componer la medida del

licor con los restos de varias botellas. Lo sospeché porque mientras leía el periódico le vi,

por encima de un tabiquillo muy bajo que formaba en la misma sala un departamento

para él, muy ocupado vertiendo el contenido de muchas botellas en una sola, como un

farmacéutico preparando una poción según la receta. Además, cuando probé el vino me

pareció que estaba algo insípido y que contenía más migas de pan inglés de lo que podía

esperarse en un vino extranjero. Sin embargo, tuve la debilidad de beberlo sin decir nada.

Después de cenar, encontrándome en un agradable estado de ánimo (de lo que saqué en

consecuencia que hay momentos en los que el envenenamiento no es tan desagradable

como dicen), decidí it al teatro. Escogí Coven Garden, y allí, en el fondo de un palco

central, asistí a la representación de Julio César y de una pantomima nueva. Cuando vi a

todos aquellos nobles romanos entrando y saliendo de escena para que yo me divirtiera,

en lugar de ser, como en el colegio, pretextos odiosos de una tarea ingrata, no puedo

expresar el placer maravilloso y nuevo que sentí. La realidad y la ficción que se

combinaban en el espectáculo, la influencia de la poesía, de las luces, de la música, de la

multitud, las mutaciones de escena, todo, en fin, dejó en mi espíritu una expresión tan

conmovedora y abrió ante mí tan ¡limitadas regiones de delicias, que al salir a la calle a

media noche, con una lluvia torrencial, me pareció que caía de las nubes después de

haber llevado durante más de un siglo la vida más romántica, para encontrarme con un

mundo miserable, lleno de fango, de faroles, de coches, de paraguas…

Había salido por una puerta diferente a la que había entrado, y por un momento

permanecí indeciso, sin moverme, como si fuera verdaderamente extraño a aquella tierra;

pero pronto me hicieron volver en mí los empujones, y tomé el camino del hotel dando

vueltas en mi espíritu a aquel hermoso sueño que todavía me parecía tener ante los ojos

mientras comía ostras y bebía cerveza.

Estaba tan lleno del recuerdo del espectáculo y del pasado, pues lo que había visto en el

teatro me hacía el efecto de una pantalla deslumbrante detrás de la cual veía reflejarse

toda mi vida anterior, que no se en qué momento me di cuenta de la presencia de un

guapo muchacho, vestido con cierta negligencia elegante, al que tenía muchos motivos

para recordar. Me percaté que estaba allí sin haberle visto entrar, y continué sentado en

mi rincón meditando.

Por fin me levanté para irme a la cama, con gran satisfacción del camarero, que tenía

ganas de dormir y debía de sentir calambres en las piernas, pues las estiraba, las encogía

y hacía todas las contorsiones que le permitía la estrechez de su cuchitril. Al ir hacia la

puerta pasé al lado del joven que acababa de entrar. Volví la cabeza, y después volví atrás

y le miré de nuevo. No me reconocía; pero yo le conocí al instante.

En otra ocasión quizá me habría faltado el valor para saludarle y lo hubiese dejado para

el día siguiente, desperdiciando así la ocasión de hablarle; pero en el estado de ánimo en

que me había puesto el teatro me pareció que la protección que siempre me había

prestado merecía toda mi gratitud, y el cariño tan espontáneo que siempre había sentido

por él resurgió al acercarme sintiéndome latir el corazón.

-¿Por qué no me hablas, Steerforth?

Me miró como miraba él siempre; pero vi que no me reconocía.

-Temo que no me recuerdas -dije.

-¡Dios mío! -exclamó de pronto-. ¡Si es el pequeño Copperfield!

Le cogí las dos manos, y no podía decidirme a soltarlas. Sin la tonta vergüenza y el

temor de disgustarle habría saltado a su cuello deshecho en lágrimas.

-Nunca, nunca he tenido una alegría más grande, mi querido Steerforth.

-Yo también estoy encantado -dijo estrechándome las manos con fuerza-; pero,

Copperfield, muchacho, no te emociones tanto.

Sin embargo, creo que le halagaba ver toda la emoción que aquel encuentro me

producía.

Me enjugué precipitadamente las lágrimas, que no había podido retener a pesar de

todos mis esfuerzos, y traté de reír; después nos sentamos uno al lado de otro.

-¿Y qué haces por aquí? -me dijo Steerforth dándome en el hombro.

-He llegado hoy en la diligencia de Canterbury. Me ha adoptado una tía que vive allí, y

acabo de terminar mi educación. ¿Y tú, cómo estás por aquí, Steerforth?

-Verás; es que soy lo que llaman un hombre de Oxford; es decir, que voy allí a

aburrirme de muerte periódicamente; pero ahora estoy en camino a casa de mi madre.

Estás hecho un guapo muchacho, Copperfield, con tu carita amable. Y ahora que te miro,

estás igual que siempre, no has cambiado nada.

-¡Oh!, yo sí que te he reconocido enseguida. Pero es que a ti es difícil olvidarte.

Se echó a reír, pasándose la mano por sus bucles espesos, y dijo alegremente:

-Pues sí; me encuentras en un viaje de obligación. Mi madre vive un poco alejada de

Londres, y allí voy; pero los caminos están tan malos y se aburre uno tanto en aquella

casa, que he interrumpido mi viaje esta noche. Sólo hace unas horas que estoy en

Londres, y he pasado el tiempo con desagrado o durmiendo en el teatro.

-Yo también vengo del teatro; he estado en Coven Garden. ¡Qué magnífico teatro,

Steerforth, y qué deliciosa noche he pasado en él!

Steerforth se reía con toda su alma.

-Mi querido y pequeño Davy –dijo dándome otra vez en el hombro-, eres una

verdadera florecilla. La margarita de los campos al salir el sol no está más fresca ni mas

pura que tú. Yo también he estado en Coven Garden y no he visto en mi vida nada mas

mezquino. ¡Mozo!

Llama, dirigiéndose al camarero, que había seguido con mucha atención, y a cierta

distancia, nuestro encuentro y que ahora se acercaba respetuoso.

-¿Dónde han puesto a mi amigo Copperfield? -le preguntó Steerforth.

-Perdón, señor.

-Digo que dónde va a dormir, cuál es su número. Ya me comprendes -añadió Steerforth.

-Sí, señor -dijo el mozo como disculpándose-. Por el momento, míster Copperfield está

en el número cuarenta y cuatro.

-¿Y en qué diablos está usted pensando -replicó Steerforth- para poner a míster

Copperfield en una habitación tan pequeña y encima del establo’?

-Creíamos, señor -contestó el camarero en tono de disculpa-, que míster Copperfield no

le daba importancia, Pero podemos ponerle en el setenta y dos, si prefieren ustedes; es al

lado de su habitación.

-Naturalmente que lo preferimos. ¡Haz el cambio al momento!

El camarero obedeció inmediatamente, y Steerforth, muy divertido porque me hubieran

dado el cuarenta y cuatro, se reía de nuevo y me daba en el hombro. Después me invitó a

desayunar con él a la mañana siguiente, a las diez. Estuve orgulloso de aceptar. Como era

ya muy tarde cogimos nuestros candelabros y subimos la escalera, despidiéndonos muy

cariñosamente. Me encontré con una habitación mucho mejor que la anterior y que no

olía a establo, con una inmensa cama de cuatro columnas situada en el centro, como un

pequeño castillo en medio de sus tierras, y allí, entre una cantidad de almohadas

suficientes para seis personas, caí pronto dormido beatíficamente y soñé con la antigua

Roma y con la amistad de Steerforth, hasta que a la mañana siguiente, muy temprano, el

rodar de las diligencias bajo el pórtico convirtió mi sueño en una tempestad.

CAPÍTULO XX

LA CASA DE STEERFORTH

Cuando la criada llamó a mi puerta al día siguiente a las ocho de la mañana,

diciéndome que allí dejaba el agua caliente para que me afeitara, pensé con pena que no

tenía nada que afeitarme, y enrojecí. La sospecha de que se reía bajito al hacerme aquel

ofrecimiento me persiguió mientras me arreglaba y me hizo parecer culpable (estoy

seguro) cuando me la encontré en la escalera al bajar a almorzar. Sentía tan vivamente mi

juventud que durante un momento no pude decidirme a pasar por su lado. Le oía barrer la

escalera y yo permanecía al lado de mi ventana mirando la estatua del rey Carlos, que no

tenía nada de real, rodeada como estaba de un dédalo de coches bajo la lluvia, y con una

niebla espesa; el camarero me sacó de mi indecisión advirtiéndome que Steerforth me

aguardaba.

Steerforth me esperaba en un gabinete reservado, adornado con cortinas rojas y un tapiz

turco. El fuego brillaba, y un abundante desayuno estaba servido en una mesita cubierta

con un mantel muy blanco. La habitación, el fuego, el desayuno y Steerforth, todo se

reflejaba alegremente en un espejito ovalado. Al principio estuve cohibido. Steerforth era

tan elegante, tan seguro de sí, tan superior a mí en todo, hasta en edad, que fue necesaria

toda la gracia protectora de sus modales para rehacerme. Lo consiguió, sin embargo, y yo

no me cansaba de admirar el cambio que se había operado para mí en «La Cruz de Oro»,

comparando mi triste estado de abandono del día anterior con la comida y el lujo que

ahora me rodeaba. En cuanto a la familiaridad del camarero, parecía no haber existido

nunca, y nos servía con la mayor humildad.

-Ahora, Copperfield -me dijo Steerforth cuando nos quedamos solos-, me gustaría saber

lo que haces, dónde vas y todo lo que te concierne. Me parece que eres algo mío.

Rebosante de alegría al ver que aún le interesaba así, le conté cómo me había propuesto

mi tía aquella pequeña expedición.

-Como no tienes ninguna prisa -dijo Steerforth-, vente conmigo a mi casa de Highgate a

pasar con nosotros algún día. Seguramente te gustará mi madre… está tan orgullosa de

mí, que se repite algo; pero esto es disculpable; y tú también estoy seguro de que le

gustarás a ella.

-Quisiera estar tan seguro como tú, que tienes la amabilidad de creerlo -contesté

sonriendo.

-Sí -dijo Steerforth-, todo aquel que me quiere la conquista; es ella la primera en

reconocerlo.

-Entonces me parece que voy a ser su favorito -dije.

-Muy bien -contestó Steerforth-; ven y pruébanoslo. Ahora podemos dedicar un par de

horas a que veas las curiosidades de Londres. No es poca cosa tener un muchacho como

tú a quien enseñárselas, Copperfield, y después tomaremos la diligencia para Highgate.

No podía creerlo; me parecía estar soñando, y temía despertar en la habitación número

cuarenta y cuatro. Después de escribir a mi tía contándole mi afortunado encuentro con

mi admirado compañero de colegio, y cómo había aceptado su invitación, tomamos un

coche y nos dedicamos a curiosearlo todo. Dimos una vuelta por el Museo, donde no

pude por menos de observar todo lo que sabía Steerforth sobre una infinita variedad de

asuntos y la poca importancia que daba a su cultura.

-Tendrás el mayor éxito en la Universidad si es que te lo has examinado ya y lo has

tenido, y tus amigos tendremos mucha razón para estar orgullosos de ti.

-¡Yo exámenes brillantes! -exclamó Steerforth-; no, florecilla de los campos, no; pero

¿supongo que no te importará que te llame así?

-Nada de eso -le dije.

-Eres muy buen chico, querida florecilla -dijo Steerforth riendo-. El caso es que no

tengo el menor deseo ni la menor intención de distinguirme de ese modo. He hecho suficiente

para lo que me propongo, y soy ya un hombre bastante aburrido sin necesidad de

eso.

-Pero la fama –empecé.

-Tú eres una florecilla romántica -continuó Steerforth riendo todavía más fuerte- Díme:

¿para qué voy a molestarme? ¿Para que unos cuantos pedantes se queden con la boca

abierta y levanten las manos al cielo? Para otros esas satisfacciones de la fama, y que les

aproveche.

Yo estaba avergonzado de haberme equivocado de aquel modo y traté de cambiar de

asunto. Afortunadamente, con Steerforth era fácil hacerlo, pues él pasaba siempre de un

asunto a otro con una gracia y naturalidad que le eran peculiares.

Después del paseo almorzamos y, a causa de lo corto de los días de invierno, oscurecía

ya cuando la diligencia nos dejó delante de una antigua casona de ladrillo en la cima de

Highgate, y una señora de cierta edad, pero todavía joven, con orgulloso empaque y

hermoso rostro, esperaba a la puerta la llegada de Steerforth y le estrechó en sus brazos

diciéndole: «Mi querido James». Steerforth me la presentó: era su madre, que me acogió

con amabilidad.

Era una casona a la antigua, agradable, tranquila y ordenada. Desde las ventanas de mi

habitación se veía todo Londres extenderse a lo lejos como un gran mar de niebla, que

algunas luces atravesaban. Sólo tuve tiempo, al vestirme, de lanzar una rápida ojeada a

los sólidos muebles y a los cuadros bordados (supongo que por la madre de Steerforth

cuando era muchacha). También había algunos retratos a pastel de señoras con cabellos

empolvados, que parecían ir y venir por la pared a causa de los reflejos de luz y sombra

que salían chisporroteando del fuego recién encendido.

Me llamaron para comer. En el comedor encontré otra señora, morena, menudita y

delgada, pero de aspecto poco simpático a pesar de que no era nada fea. Aquella señora

atrajo enseguida mi atención, quizá porque no me la esperaba, quizá porque me encontré

sentado frente a ella, quizá por hallar en ella algo que me chocaba. Tenía los cabellos

negros y los ojos oscuros, con mucha vida. Era delgada, y una cicatriz le cortaba el labio;

debía de ser una cicatriz muy antigua, más bien un costurón, pues el color no se diferenciaba

del resto de su cutis y debía de estar curada hacía muchos años. Aquella señal le

atravesaba toda la boca, hasta la barbilla; pero desde donde yo estaba se veía muy poco,

sólo se le notaba el labio superior un poco deformado.

Decidí en mi interior que debía de tener lo menos treinta años y que quería casarse;

estaba algo envejecida, aunque aún de buen ver, como una casa deshabitada durante

mucho tiempo que conserva todavía un buen aspecto. Su delgadez parecía ser el efecto de

algún fuego interior que se reflejaba en sus ojos ardientes.

Me fue presentada como miss Dartle, y los Steerforth la llamaban Rose. Vivía en la

casa y hacía mucho tiempo que acompañaba a mistress Steerforth. Me parecía que nunca

decía espontáneamente nada de lo que quería decir, sino que lo insinuaba consiguiendo

por este medio dar a todo mucha importancia. Por ejemplo: Cuando mistress Steerforth

dijo, más bien en broma, que temía que su hijo hubiera hecho una vida algo disipada en la

Universidad, miss Dartle contestó:

-¡Ah! ¿De verdad? Ya saben ustedes lo ignorante que soy, y que solo pregunto para

instruirme; pero ¿acaso no ocurre siempre así? Yo creí que esa vida era… ¿eh?

-La preparación para una carrera seria, ¿es eso lo que quieres decir, Rose? -preguntó

mistress Steerforth con frialdad.

-¡Oh, naturalmente! Esa es la realidad, mistress Steerforth; pero ¿no ocurre así? Me

gusta que me contradigan si me equivoco; pero yo creía… ¿realmente no es así?

-¿Realmente qué? –dijo mistress Steerforth.

-¡Ah! ¿Eso quiere decir que no? Me alegro mucho. Ahora ya lo sé. Esta es la ventaja de

preguntar. Y desde este momento nunca permitiré que delante de mí hablen de las

extravagancias y prodigalidades de esa vida de estudiante.

-Y hará usted muy bien -dijo mistress Steerforth-. Además, en este caso el preceptor de

mi hijo es un hombre de tal conciencia, que aunque no tuviera confianza en mi hijo la

tendría en él.

-¿En serio? -dijo miss Dartle-. Querida mía, ¿conque es un hombre realmente de

conciencia?

-Sí; estoy convencida -dijo mistress Steerforth.

-¡Cuánto me alegro! -exclamó miss Dartle-. ¡Qué tranquilidad que sea realmente un

hombre de conciencia! ¿Entonces no es …? Pero naturalmente que no, puesto que es un

hombre de conciencia. ¡Qué alegría me da poder tener desde ahora esa opinion de él! No

puede usted figurarse lo que ha subido en mi concepto desde que sé que es realmente un

hombre de conciencia.

Así insinuaba miss Dartle su opinion sobre todas las cosas y corregía todo lo que no

estaba conforme con sus ideas. A veces (no pude por menos de observarlo) tenía éxito de

aquel modo, aun contradiciendo a Steerforth. Antes de terminar la comida, mistress

Steerforth me hablaba de mi intención de ir a Sooffolk, y yo dije, al azar, que me gustaría

mucho si Steerforth quisiera acompañarme, y le expliqué que iba a ver a mi antigua

niñera y a la familia de míster Peggotty, recordándole que era el marinero que había

conocido en la escuela.

-¡Oh! ¿Aquel buen hombre –dijo Steerforth- que fue a verte con su hijo?

-No, con su sobrino -repliqué-; es su sobrino, a quien ha adoptado como hijo, y también

tiene una linda sobrinita, a la que también ha adoptado como hija. En una palabra, su

casa, o mejor dicho su barco, pues viven en un barco sobre la arena, está llena de gentes

que son objeto de su generosidad y bondad. Te encantaría ver ese interior.

-Sí -dijo Steerforth-; ya lo creo que me gustaría. Veremos si lo puedo arreglar, pues

merece la pena, aparte del gusto de viajar contigo, florecilla, para ver de cerca de esa

clase de gente y sentirme por unos momentos uno de ellos.

Mi corazón latía de esperanza y de alegría. Pero a propósito del tono con que Steerforth

había dicho: «esa clase de gente», miss Dartle, con sus penetrantes ojos fijos en mí, se

mezcló de nuevo en la conversación.

-Pero dígame, ¿realmente son así?

-¿Si son cómo? ¿Qué quieres decir? -preguntó Steerforth.

-Esa clase de gente. ¿Si son realmente animales, como brutos, seres de otra especie? Me

interesa mucho saberlo.

-En efecto; hay mucha distancia entre ellos y nosotros -dijo Steerforth con

indiferencia-. No hay que esperar de ellos una sensibilidad como la nuestra; su delicadeza

no se hiere con facilidad; pero son personas de gran virtud, así lo dicen, y yo no tengo por

qué ponerlo en duda. Aunque no son naturalezas refinadas, y deben estar contentos de

que sus sentimientos no sean más fáciles de herir que su piel áspera.

-¿De verdad? -dijo miss Dartle-. No sabes lo que me alegro de saberlo. ¡Es tan

consolador, es tan agradable saber que no sienten sus sufrimientos! A mí, a veces me

había preocupado esa clase de gente; pero ahora ya no volveré a pensar en ellos. Vivir y

aprender. Tenía mis dudas, lo confieso; pero ahora ya han desaparecido. Es que antes no

sabía; esta es la ventaja de las preguntas, ¿no es verdad?

Pensé que Steerforth había dicho aquello para hacer hablar a miss Dartle y esperaba que

me lo dijera cuando se fuera y nos quedáramos solos sentados ante el fuego. Pero

únicamente me preguntó qué pensaba de ella.

-Me ha parecido que es inteligente, ¿no? -pregunté.

-¡Inteligente! A todo saca punta -dijo Steerforth-. Lo afila todo como se ha afilado su

rostro y su figura en estos últimos años. Es cortante.

-¡Y qué cicatriz tan extraña tiene en los labios! –dije.

Steerforth palideció y nos callamos un momento.

-El caso –dijo- es que fue culpa mía.

-¿Algún accidente desgraciado?

-No; yo era un niño, y un día que me exasperaba le tiré un martillo. Como puedes ver,

era ya un angelito que prometía.

Sentí mucho haber tocado un punto tan penoso; pero ya no tenía remedio.

-Y que tiene la marca para toda la vida, como ves –dijo Steerforth-, hasta que descanse

en la tumba, si es que en la tumba puede descansar, que lo dudo. Es la huérfana de un

primo lejano de mi padre, y mi madre, que era viuda cuando el padre murió, se la trajo

para que le hiciese compañía. Miss Dartle posee un par de miles de libras, de las que

todos los años economiza la renta para añadirla al capital. Esa es la historia de miss Rosa

Dartle.

-¿Y tú la querrás como un hermano? -dije.

-¡Hum! -repuso Steerforth mirando al fuego- Hay hermanos que no se quieren mucho;

otros se quieren mal…; pero, sírvete, Copperfield; vamos a brindar por las florecillas del

campo, en honor tuyo, y por los lirios del valle, que no trabajan ni hilan, en honor mío;

mejor dicho, para vergüenza mía.

Una sonrisa burlona que erraba por sus labios desapareció al decir estas palabras, y

pareció recobrar toda su franqueza y gracia habituales.

Cuando volvimos por la tarde a tomar el té, no pude por menos de mirar con penoso

interés la cicatriz de miss Dartle; pronto observé que era la parte más sensible de su rostro,

y que cuando palidecía era lo primero que cambiaba y se ponía de un color plomizo.

Entonces se veía en toda su extensión como una raya de tinta invisible al acercarla al

fuego. Tuvieron un pequeño altercado ella y Steerforth mientras jugaban a los dados, y en

el momento en que se encolerizó vi aparecer la marca, como las misteriosas palabras

escritas en un muro.

No me extrañaba nada el entusiasmo de mistress Steerforth por su hijo. Parecía no ser

capaz de hablar ni de pensar en otra cosa. Me enseñó un retrato de cuando era niño, en un

medallón con unos buclecitos. Me enseñó otro de la época en que yo le había conocido, y

sobre su pecho llevaba otro actual. Todas las cartas que le había escrito su hijo las guardaba

en un secreter cercano al sillón en que se sentaba junto a la chimenea, y me quiso

leer algunas de ellas, y a mí me hubiera gustado mucho oírlas; pero Steerforth se

interpuso y no la dejó hacerlo.

-Es en el colegio de míster Creakle donde mi hijo y usted se conocieron, ¿verdad? -dijo

mistress Steerforth hablando conmigo, mientras su hijo y miss Dartle jugaban a los

dados-. Recuerdo; entonces me hablaba de un niño más pequeño que él a quien quería

mucho; pero su nombre, como puede usted suponer, se ha borrado de mi memoria.

-Era muy generoso y noble conmigo, se lo aseguro –dije-, y yo estaba muy necesitado

entonces de un amigo así. Habría sido muy desgraciado allí sin él.

-Es siempre generoso y noble –dijo mistress Steerforth con orgullo.

Asentí con todo mi corazón, Dios lo sabe. Ella también lo sabía, y su altanería se

humanizaba para mí, excepto cuando alababa a su hijo, que recobraba todo su orgullo.

-Aquel no era un buen colegio para mi hijo, ni mucho menos; pero había que tener en

cuenta circunstancias de mayor importancia aun que la elección de profesores. El espíritu

independiente de mi hijo hacía indispensable que estuviera a su lado un hombre que

reconociera su superioridad y se doblegara ante él. En míster Creakle encontramos al

hombre que nos hacía falta.

No me decía nada nuevo, pues conocía bien al individuo, y además aquello no me hacía

tener peor opinión de él. Encontraba muy disculpable que se hubiera dejado dominar por

el encanto irresistible de Steerforth.

-La gran capacidad de mi hijo aumentó allí gracias a un sentimiento de emulación

voluntaria y de orgullo consciente -continuó diciendo con entusiasmo la señora—. Contra

la tiranía se habría revelado; en cambio, como se sentía dueño y señor, quiso ser digno de

su situación. Aquello era muy suyo.

Respondí con toda mi alma que le reconocía muy bien en aquel rasgo.

-Y así fue, por su propia voluntad, y sin ninguna presión, el primero, como lo será

siempre que se proponga destacarse de los demás -prosiguió mistress Steerforth-. Mi hijo

me ha dicho, míster Copperfield, que usted le quería mucho y que ayer, al encontrarle, se

dio usted a conocer con lágrimas de alegría. Sería afectación en mí si pretendiera sorprendenne

de que mi hijo inspire semejantes emociones; pero no puedo permanecer

indiferente ante quien reconoce sus méritos, y estoy muy contenta de verle a usted aquí, y

puedo asegurarle que él también siente por usted una amistad nada vulgar, y que puede

contar desde luego con su protección.

Miss Dartle jugaba a los dados con el mismo ardor que ponía en todo. Tanto es así, que

si la primera vez la hubiera visto jugando, habría pensado que su delgadez y el brillo de

sus ojos eran consecuencia de aquella pasión más que de otra cualquiera. Sin embargo, o

estoy muy equivocado, o no perdía una palabra de la conversación, ni un matiz de la

alegría con que yo escuchaba a mistress Steerforth, sintiéndome halagado con su

confianza y creyéndome ya mucho más viejo que cuando salí de Canterbury. Hacia el fin

de la velada trajeron vasos y licores, y Steerforth, sentado delante de la chimenea, me

prometió pensar seriamente en acompañarme en mi viaje.

-No nos come prisa -decía—, tenemos una semana por delante.

Su madre, también muy hospitalaria, me repitió lo mismo. Mientras hablábamos,

Steerforth me llamó varias veces florecilla del campo, lo que atrajo de nuevo las

preguntas de miss Dartle.

-Pero ¿realmente, míster Copperfield -me preguntó-, es un mote? ¿Por qué le llama así?

¿Quizá… porque le parece usted muy joven a inocente? ¡Soy tan torpe para estas cosas!

Respondí, ruborizado, que, en efecto, debía de ser por eso.

-¡Ah! -dijo miss Dartle-. ¡Cómo me alegro de saberlo! Pregunto para instruirme, y estoy

encantada cuando sé algo nuevo. Steerforth piensa que es usted un inocente, y le hace su

amigo. ¡Es verdaderamente encantador!

Después de decir esto se retiró a acostarse, y también mistress Steerforth. Él y yo,

después de charlar como una media hora de Traddles y los demás compañeros de Salem

House, subimos juntos. La habitación de Steerforth estaba contigua a la mía, y entré un

momento a verla. Tenía aspecto de gran comodidad, llena de butacones, de cojines y de

taburetes bordados por la mano de su madre; no faltaba un detalle de lo que puede hacer a

una alcoba agradable. Por último, un hermoso retrato de su madre colgaba de la pared en

un cuadro, y miraba a su hijo querido como si hasta en su sueño necesitara verle.

En mi habitación encontré encendido el fuego, y las cortinas del lecho y de la ventana

echadas me dieron una impresión acogedora. Me senté en un sillón ante la chimenea para

pensar en mi felicidad, y estaba hundido en su contemplación desde hacía ya un rato

cuando mis ojos se encontraron con un retrato de miss Dartle que me miraba con sus

agudos ojos desde encima de la chimenea.

El parecido era extraordinario, tanto de rasgos como de expresión. El pintor había

suprimido la cicatriz; pero yo se la veía; allí estaba, apareciendo y desapareciendo; tan

pronto se veía sólo en el labio superior, como durante la comida, como se presentaba en

toda su extensión, como había observado cuando se apasionaba.

Me pregunté con impaciencia por qué no habrían puesto en cualquier otro sitio aquel

retrato en lugar de ponerlo en mi cuarto. Para dejar de verla me desnudé deprisa, apagué

la luz y me metí en la cama. Pero mientras me dormía no podía olvidar que estaba

mirándome. «¿Es realmente así? Deseo saberlo.» Y cuando me desperté a media noche,

me di cuenta de que estaba rendido de tanto preguntar a todo el mundo en sueños «si era

realmente así o no», sin comprender a qué me refería.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

LA PEQUEÑA EMILY

Había un criado en aquella casa, un hombre que, según comprendí, acompañaba a todas

partes a Steerforth y que había entrado a su servicio en la Universidad. Aquel hombre era

en apariencia un modelo de respetabilidad. Yo no recuerdo haber conocido en su

categoría a alguien más respetable. Era taciturno, andaba suavemente, muy tranquilo en

sus movimientos, deferente, observador, siempre a mano cuando se le necesitaba y nunca

cerca cuando podía molestar. A pesar de todo, su mayor virtud era su respetabilidad. No

era nada humilde y hasta parecía un poco altanero. Tenía la cabeza redonda y rapada,

hablaba con suavidad y tenía un modo especial de silbar las eses, pronunciándolas tan

claras que parecía que las usaba más a menudo que nadie; pero todas sus peculiaridades

contribuían a su respetabilidad. Si hubiese tenido una nariz desmesurada habría sabido

hacer que resultase respetable. Vivía rodeado de una atmósfera de dignidad y andaba con

pie firme por ella. Habría sido imposible sospechar de él nada malo. ¡Era tan respetable!

A nadie se le habría ocurrido ponerle de librea, tanta era su respetabilidad, ni obligarle a

desempeñar un trabajo inferior; habría sido un insulto a los sentimientos de un hombre

tan respetable. Y pude observar que las criadas de la casa tenían instintivamente

conciencia de ello y lo hacían todo, mientras él, por lo general, leía el periódico sentado

ante la chimenea.

Nunca he visto un hombre más dueño de sí. Pero esto, como todas sus demás

cualidades, no hacían más que aumentar su integridad. Hasta el detalle de que nadie

supiera su nombre de pila parecía formar parte de ella. Nadie podía objetar nada contra su

nombre: Littimer. Peter podía ser el nombre de un ahorcado, y Tom el de un deportado;

pero Littimer era perfectamente respetable. No sé si sería a causa de aquel conjunto

abstracto de honradez; pero yo me sentía extroardinariamente joven en presencia de aquel

hombre. Su edad no se podía adivinar, y aquello era un mérito más de su discreción, pues,

en su calma digna, igual podía tener cincuenta años que treinta.

A la mañana siguiente, antes de que yo me hubiese levantado, ya estaba Littimer en mi

habitación con el agua para afeitarme (aquel agua era como un reproche) y preparándome

la ropa. Cuando alcé las cortinas del lecho para mirarle, le vi a la misma temperatura de

respetabilidad de siempre: el viento del Este de enero no le afectaba, ni siquiera le

empañaba el aliento, y colocaba mis botas a derecha a izquierda en la primera posición

del baile y soplaba delicadamente mi chaqueta mientras la dejaba extendida como si fuera

un niño.

Le di los buenos días y le pregunté qué hora era. Él sacó de su bolsillo un reloj de lo

más respetable que he visto, y sosteniendo el resorte de la tapa con un dedo, lo miró

como si consultara a una ostra profética; lo volvió a cerrar y me dijo que, con mi permiso,

eran las ocho y media.

-Mister Steerforth tendría mucho gusto en saber cómo ha descansado usted, señorito.

-Gracias —dije-; muy bien. Y mister Steerforth ¿cómo sigue?

-Muchas gracias; mister Steerforth está pasablemente bien.

Otra de sus características era no usar superlativos. Un término medio tranquilo y frío

siempre.

-¿No hay nada más en que pueda tener el honor de servirle, señorito? La campana

suena a las nueve, y la familia desayuna a las nueve y media.

-Nada; muchas gracias.

-Gracias a usted, señorito, si me lo permite.

Y con esto y con una ligera inclinación de cabeza al pasar al lado de mi cama, como

disculpándose de haberme corregido, salió cerrando la puerta con la misma delicadeza

que si acabara de caer en un ligero sueño del que dependiera mi vida,

Todas las mañanas teníamos exactamente esta conversación, ni más ni menos, y

siempre invariablemente, a pesar de los progresos que hubiera podido hacer en mi propia

estima la víspera, creyéndome que avanzaba hacia una madurez próxima, por el

compañerismo de Steerforth, las confidencias de su madre o la conversación de miss

Dartle en presencia de aquel hombre respetable, me sentía, como nuestros pequeños

poetas cantan, «un chiquillo de nuevo».

Littimer nos proporcionó caballos, y Steerforth, que sabía de todo, me dio lecciones de

equitación. Nos proporcionó floretes, y Steerforth empezó a enseñarme a manejarlos.

Después nos trajo guantes de boxeo, y también Steerforth fue mi maestro. No me

importaba nada que Steerforth me encontrase novato en aquellas ciencias; pero no podia

soportar mi falta de habilidad delante del respetable Littimer. No tenía ninguna razón

para creer que él entendiese de aquellas artes; nunca me había dejado sospechar nada

semejante, ni con el menor guiño de sus respetables párpados; sin embargo, cuando

estaba con nosotros mientras practicábamos, yo me sentía el más torpe a inexperto de los

mortales. Si me refiero tan particularmente a este hombre es porque entonces me produjo

un efecto muy extraño, y además por lo que sucederá después.

La semana transcurrió de la manera más deliciosa. Pasó tan rápidamente como puede

suponerse, dado lo entusiasmado que yo estaba. Además, tuve muchas ocasiones de conocer

mejor a Steerforth y de admirarle en todos sus aspectos; tanto es así, que al final me

parecía que estaba con él desde hacía mucho tiempo. Me trataba de un modo cariñoso,

como si fuera un juguete, y a mí me parecía que era el modo más agradable que podía

haber adoptado; así me recordaba nuestra antigua amistad, y parecía la continuación

natural de ella; no le encontraba nada cambiado y estaba libre de todas las incomodidades

que hubiera sentido comparando mis méritos con los suyos y midiendo mis derechos

sobre su amistad bajo un nivel de igualdad; pero sobre todo era conmigo natural,

confiado y afectuoso como no lo era con nadie. Igual que en el colegio, me trataba de

muy distinta manera que a todos los demás, y yo creía que estaba más cerca de su

corazón que ningún otro.

Por fin se decidió a venir conmigo al campo y llegó el día de nuestra partida. Al

principio dudó mucho si llevarse a Littimer o no; pero prefirió dejarlo. La respetable

criatura, satisfecha con lo que decidieran, arregló nuestros portamantas en el cochecito

que debía conducirnos a Londres como si tuviera que desafiar el choque de muchas

generaciones, y recibió mi modesta gratificación con perfecta indiferencia.

Nos despedimos de mistress Steerforth y de miss Dartle con mucho agradecimiento por

mi parte y mucha bondad por la de la apasionada madre. Y la última cosa que vi fue los

ojos imperturbables de Littimer contemplándome, según me pareció, con la silenciosa

convicción de que yo era verdaderamente demasiado joven.

Lo que sentí volviendo bajo aquellos auspicios favorables a los antiguos sitios

familiares no trataré de describirlo. Nos dirigimos al Hotel de Postas. Yo estaba tan

preocupado, lo recuerdo, por el honor de Yarmouth, que cuando Steerforth dijo, mientras

atravesábamos sus calles húmedas y sombrías, que, por lo que podía ver, era un bonito

rincón, un poco alejado, pero curioso, me sentí muy complacido. Nos fuimos a la cama

nada más llegar (observé un par de zapatos y de polainas ante la puerta de mi antiguo

amigo el Dolphin cuando pasé por el corredor). A la mañana siguiente me levanté tarde.

Steerforth se hallaba muy animado; había estado en la playa antes de que yo me

despertase y había conocido, según me dijo, a la mitad de los pescadores del lugar. Hasta

me aseguró que había visto a lo lejos la casa de míster Peggotty con el humo saliendo por

la chimenea, y me contó que había estado a punto de presentarse como si fuera yo, desconocido

a causa de lo que había crecido.

-¿Cuándo piensas presentarme, Florecilla? -me dijo. Estoy a tu disposición, y puedes

arreglarlo como quieras.

-Pues pensaba que esta noche sería un buen momento, Steerforth, cuando estén ya todos

alrededor del fuego. Me gustaría que los vieras entonces, ¡es tan curioso!

-Así sea -replicó Steerforth-; esta noche.

-No les avisaremos, ¿sabes? -dije encantado-, y los cogeremos por sorpresa.

-¡Oh!, naturalmente -repuso Steerforth-; si no los cogemos por sorpresa no tiene gracia.

Hay que ver a los indígenas en su estado natural.

-Sin embargo, es «esa» clase de gente que mencionabas el otro día.

-¡Ah! ¿Recuerdas mis escaramuzas con Rosa? -exclamó con una rápida mirada- No

puedo sufrir a esa muchacha; casi me asusta; me parece un vampiro. Pero no pensemos

en ella. ¿Qué vas a hacer tú ahora? Supongo que irás a ver a tu niñera.

-Sí; claro está –dije-; debo ver a Peggotty lo primero de todo.

-Bien -replicó Steerforth mirando su reloj-; te dejo dos horas libres para llorar con ella.

¿Te parece bastante?

Le contesté riendo que, en efecto, creía que tendríamos bastante; pero que él tenía que

venir también, para darse cuenta de que su fama le había precedido y de que era allí un

personaje casi tan importante como yo.

-Iré donde tú quieras -dijo Steerforth- y haré lo que se te antoje. Dame la dirección y

dentro de dos horas me presentaré en el estado que más te agrade, sentimental o cómico.

Le di los datos más minuciosos para encontrar la casa de Barkis, cochero de

Bloonderstone, etc., y a salí yo solo. Hacía un aire penetrante y vivo; el suelo estaba seco;

el mar, crispado y claro; el sol difundía raudales de luz, ya que no de calor; y todo parecía

nuevo y lleno de vida. Yo mismo me sentía tan nuevo y lleno de vida en la alegría de

encontrame allí, que hubiese parado a los transeúntes para darles la mano.

Las calles me parecían estrechas, como es natural. Las calles que sólo se han visto en la

infancia siempre lo parecen cuando se vuelve después a ellas. Pero no había olvidado

nada, y me pareció que ninguna cosa había cambiado hasta que llegué a la tienda de

míster Omer. Allí donde antes se leía «Omer» ponía ahora «Omer y Joram»; pero la

inscripción de «Lutos, sastre, funerales, etc.» continuaba lo mismo.

Mis pasos se dirigieron tan naturalmente hacia la tienda después de haber leído aquellas

palabras, que crucé las calles y entré. En la planta baja había una mujer muy guapa

haciendo saltar a un niño chiquito en sus brazos, mientras otra diminuta criatura la

agarraba del delantal. No me costó trabajo reconocer en ellos a Minnie y a sus hijos. La

puerta de cristales del interior no estaba abierta; pero en el taller del otro lado del patio se

oía débilmente resonar el antiguo martilleo, como si nunca hubiera cesado.

-¿Está en casa mister Omer? -dije-. Desearía verle un momento.

-Sí señor, está en casa -dijo Minnie-; con este tiempo y su asma no puede salir. Joe,

llama a tu abuelo.

La pequeña personita que le tenía agarrada por el delantal lanzó tal grito, que su sonido

le asustó a él mismo y escondió la cabeza entre las faldas de su madre.

Al momento oí que se acercaba alguien resoplando con ruido, y pronto mister Omer,

con la respiración más corta que nunca, pero apenas envejecido, apareció ante mí.

-Servidor de usted -dijo-. ¿En qué puedo servirle?

-Estrechándome la mano, mister Omer, si usted gusta -dije tendiéndole la mía-. Fue

usted muy bondadoso conmigo en cierta ocasión, y me temo mucho que entonces no le

demostré que lo pensaba.

-¿De verdad? -replicó el anciano-. Me alegro de saberlo; pero no puedo recordar.. ¿Está

seguro de que era yo?

-Completamente.

-Se conoce que mi memoria se ha vuelto tan corta como mi aliento -dijo mister Omer,

mirándome y sacudiendo la cabeza-; por más que le miro no le recuerdo.

-¿No se acuerda usted de que vino a buscarme a la diligencia y me dio de desayunar en

su casa, y después fuimos juntos a Bloonderstone, usted, yo, mistress Joram y mister

Joram, que entonces no eran matrimonio?

-¿Cómo? ¡Dios me perdone! -exclamó mister Omer después de sufrir a causa de la

sorpresa un golpe de tos-. ¡No me lo diga usted! Minnie, querida mía, ¿lo recuerdas? Sí,

querida mía; se trataba de una señora…

-Mi madre –dije.

-Cier-ta-men-te -dijo mister Omer tocando mi chaqueta con su dedo-, y también había

una criaturita; eran dos a la vez, y el pequeño tenía que ir en el mismo féretro que la

madre. ¡Y era en Bloonderstone, naturalmente, Dios mío! ¿Y cómo está usted desde

entonces?

-Muy bien, gracias -le dije-, y espero que usted también lo esté.

-¡Oh!, no puedo quejarme -dijo míster Omer-. La respiración la tengo cada vez más

corta; pero eso es culpa de la edad. La tomo como viene y hago lo que puedo. Es lo mejor

que se puede hacen ¿No le parece?

Míster Omer tosió de nuevo a consecuencia de la risa y fue asistido por su hija, que

estaba a nuestro lado haciendo saltar al niño más pequeño sobre el mostrador.

-¡Dios mío! -dijo míster Omer-. Sí; ahora estoy seguro, dos personas. Pues en aquel

mismo viaje, ¿querrá usted creerlo?, se fijó la fecha de la boda de Minnie con Joram.

«Fije usted el día», decía Joram. «Sí, padre; fíjelo», decía Minnie. Y ahora somos socios,

mire; y aquí tiene usted al más pequeño.

Minnie rió, atusándose los cabellos sobre las sienes, mientras su padre ponía uno de sus

gruesos dedos en la manita del nene, que saltaba en el mostrador.

-Eran dos, naturalmente -insistió Omer, recordando-. ¡Precisamente! Pues Joram en este

momento está trabajando en uno gris con clavos de plata, que será como dos pulgadas

más corto que este -dijo señalando al niño que saltaba-. ¿Quiere usted tomar algo?

Di las gracias, diciendo que no.

-Oiga usted –dijo míster Omer-. La mujer del carretero Barkis (que es hermana del

pescador Peggotty) ¿tenía algo que ver con su familia? Estaba sirviendo allí, estoy seguro.

Mi contestación afirmativa le puso muy contento.

-Creo que pronto tendré la respiración más larga, puesto que también estoy recobrando

la memoria -dijo míster Omer-. ¡Bien, señor! Pues aquí tenemos a una muchacha,

parienta de Peggotty, ¡y que tiene una elegancia y un gusto para los trajes! Estoy seguro

de que ni una duquesa en toda Inglaterra le pondría peros.

-¿No será la pequeña Emily? –dije involuntariamente. -Emily es su nombre -dijo míster

Omer-, y, en efecto, es chiquita; pero, créame usted, tiene una cara tan linda, que la mitad

de las mujeres de la ciudad están locas de envidia.

-¡Qué tontería, padre! –exclamó Minnie.

-Querida mía, no digo que ese sea tu caso -dijo guiñándome-; lo que digo es que la

mitad de las mujeres de Yarmouth, ¡ya lo creo, y en cinco millas a la redonda!, están

locas de envidia.

-Si se hubiera quedado tranquila en donde le corresponde -dijo Minnie- no les habría

dado motivos de hablar y no hubiese podido hacerlo.

-¿Qué no habría podido hacer, querida mía? -replicó míster Omer-. ¡No poder hacerlo!

¿Es ese tu conocimiento de la vida? Como si existiese alguna mujer que no pudiese hacer

algo, sobre todo tratándose de otra mujer guapa.

Realmente, creí que todo había terminado, pues míster Omer, después de aquella

broma, tosía de tal manera y tardaba tanto en recobrar el aliento, que esperaba verle de un

momento a otro desaparecer detrás del mostrador y que sus pantalones negros con los

lacitos desteñidos en las rodillas se agitaran por última vez. Al fin, sin embargo, se puso

mejor, aunque todavía respiraba con tal dificultad y estaba tan agotado, que se vio

obligado a sentarse en una banqueta detrás del mostrador.

-¿Ve usted? -dijo enjugándose la frente y respirando con dificultad-. Emily no ha

querido hacer muchas amistades, no se ha molestado por conocer gente, ni tener amigas,

todavía menos novios. En consecuencia, la critican y dicen que Emily desea hacerse una

señora. Ahora mi opinión es que si corren estos rumores es porque ella, cuando era pequeña,

dijo muchas veces en la escuela que si fuera una señora haría tal y cual cosa por su

tío, ¿sabe usted?, y que le compraría tantas cosas bonitas.

-Le aseguro, míster Omer, que a mí también me lo dijo cuando los dos éramos niños

-contesté prontamente.

Míster Omer volvió la cabeza y sacudió la barbilla.

-Precisamente. Además, ella con cualquier cosa se viste mejor que otras con mucho

dinero; y eso no gusta. En realidad, puede llamársela caprichosa; hasta puede llegarse a

decir que lo es –dijo míster Omer-, y que ella misma no sabe lo que quiere, y nunca está

tranquila. Pero nada más se puede decir de ella, ¿no es verdad, Minnie?

-No, padre -dijo mistress Joram-; eso es todo.

-Así, cuando encontró una colocación –continuó míster Omer- para acompañar a una

señora anciana y difícil, no congeniaron y no pasó de ahí. Por último ha venido a esta

casa de aprendiza, pronto hará ya tres años, y es la mejor chica que se puede encontrar.

Trabaja como seis. Minnie, ¿no hace ahora ella el trabajo de seis obreras?

-Sí, padre —contestó Minnie-; que no se diga que no le hago justicia.

-Muy bien -dijo míster Omer-; así debe ser. Y así, caballerito -añadió después de unos

momentos de acariciarse la barbilla-, para que no me considere usted tan charlatán como

corto de aliento, creo que es todo lo que le puedo decir.

Como al hablar de Emily bajaban la voz, supuse que estaba cerca, y al preguntarlo,

míster Omer me indicó que sí, y me señaló hacia la puerta interior. Me apresuré a preguntar

si podía mirar y, al darme su permiso, miré a través de los cristales y la vi sentada

trabajando; la vi; y era la más preciosa criatura del mundo: pequeñita, con sus grandes

ojos azules, que habían penetrado en mi infantil corazón; estaba riéndose vuelta hacia

otro niño de Minnie, que jugaba a su lado, y había tal decisión en su rostro brillante,

mezclada con mucho de su antigua expresión caprichosa, que me pareció justificado todo

lo que había oído. Pero no había nada en su belleza, estoy seguro, que pudiera hacer

esperar otra cosa que bondad y felicidad y una vida tranquila y dichosa.

El martilleo del patio parecía como si no hubiese cesado nunca, y resonaba débilmente

durante todo el tiempo.

-¿Quiere usted entrar a hablarle? —dijo míster Omer-. Hágalo como si estuviera en su

casa.

Era demasiado tímido para hacerlo. Me asustaba que ella se azorase, y no me asustaba

menos mi propio azoramiento; pero me enteré de la hora a la que salía por la noche, con

objeto de hacer nuestra visita a tiempo; y despidiéndome de míster Omer, de su linda hija

y de los dos nenes, me fui en busca de mi querida y vieja Peggotty.

Allí estaba, en su cocinita, haciendo el almuerzo. En cuanto llamé a la puerta, me abrió

y me preguntó qué deseaba. La miré con una sonrisa; pero ella no me correspondió. No

habíamos dejado nunca de escribirnos; pero hacía siete años que no nos veíamos.

-¿Está míster Barkis en casa, señora? -dije fingiendo una voz ronca.

-Sí, señor; está en casa -contestó Peggotty-; pero está en cama con su reúma.

-¿Ahora ya no va a Bloonderstone? -pregunté.

-Cuando se ponga bueno, sí señor -me contestó.

-¿Y usted no va nunca allí, mistress Barkis?

Me miró más atentamente y observé un rápido movimiento de sus manos, como para

juntarse.

-Porque tenía que hacerle algunas preguntas sobre una casa de allí, que se llamaba…

¿Cómo era?… La Rookery -dije.

Peggotty dio un paso atrás y extendió las manos, asustada, como rechazándome.

-¡Peggotty! -grité.

Y ella exclamó:

-¡Mi niño, mi niño querido!

Y ambos nos deshicimos en lágrimas uno en brazos del otro.

Las extravagancias que hizo llorando y riendo abrazada a mí; lo orgullosa que estaba, lo

contenta; lo triste de que aquella de quien podía ser el orgullo y la alegría no estuviera ni

pudiera abrazarme, no tengo corazón para contarlo. Estaba tan conmovido, que no me

equivoco al creer que me mostré muy niño correspondiendo a todas sus emociones.

Nunca he reído y llorado en toda mi vida, puedo decirlo, ni aun con ella, más

francamente que aquella mañana.

-¡Barkis se va a poner más contento! -dijo Peggotty enjugándose los ojos con el

delantal; esto va a sentarle mejor que todas sus cataplasmas y sus fricciones. ¿Puedo ir a

decirle que estás aquí? Y subirás a verle, querido mío.

-Naturalmente.

Pero Peggotty no podía salir de la habitación, pues cada vez que se acercaba a la puerta

se volvía a mirarme y volvía de nuevo sobre sus pasos para llorar y reír sobre mi hombro.

Por último, para hacérselo más fácil, salí con ella y la esperé un momento mientras

preparaba un poco a Barkis para mi visita.

Barkis me recibió con verdadero entusiasmo. Como estaba demasiado reumático para

estrecharme la mano, me rogó que sacudiera la borla de su gorro de dormir, lo que hice

cordialmente. Cuando estuve sentado al lado de su cama me dijo que le parecía que

todavía me estaba llevando por la carretera de Bloonderstone y que aquello le hacía mucho

bien. Como estaba en la cama tapado hasta el cuello, sólo se le veía la cabeza, como

a los querubines, y hacía un efecto muy grotesco.

-¿Qué nombre había escrito yo en el carro, señorito? -me dijo Barkis con una lenta

sonrisa de reumático.

-¡Ah, Barkis; qué largas conversaciones tuvimos sobre el asunto!, ¿eh?

-Hacía mucho tiempo que «yo estaba dispuesto», ¿verdad, señorito? —dijo Barkis.

-Muchísimo tiempo -dije yo.

-Y no me arrepiento. ¿Recuerda usted cuando me contó una vez que era ella quien

hacía todos los puddings de manzana y toda la cocina?

-Sí, muy bien -respondí.

-Era verdad -dijo Barkis- era verdad -repitió sacudiendo su gorro de dormir, que era su

único medio de expresión-. Nada tan verdadero como aquello.

Barkis se volvió a mirarme, esperando que asintiera en sus reflexiones. Yo así lo hice.

-Nada más exacto -repitió Barkis-. Un hombre tan pobre como yo lo soy se da cuenta

de ello cuando está enfermo. Porque yo soy un hombre muy pobre.

-Lo siento mucho, Barkis.

-Muy, muy pobre –dijo Barkis.

Al llegar a aquel punto sacó despacio y débilmente su mano derecha de debajo de las

sábanas, y al cabo de muchos esfuerzos consiguió coger un bastón que estaba enganchado

a la cabecera. Después de dar algunos golpes con él, durante los cuales su rostro asumió

las más variadas expresiones de terror, Barkis alcanzó una caja, un extremo de la cual

había estado yo viendo todo el tiempo. Entonces su rostro se tranquilizó.

-Son trajes viejos -dijo Barkis.

-¡Ah! –dije yo.

-Me gustaría que fuese dinero -dije Barkis.

-Yo también lo desearía -le contesté.

-Pues no lo es -dijo Barkis abriendo los ojos todo lo que podía.

Le contesté que estaba convencido, y Barkis, volviendo los ojos con mayor dulzura

hacia su mujer, añadió:

-Es la mujer más buena y más trabajadora que existe, C. P. Barkis. Todo lo que pueda

decirse en elogio de C. P. Barkis lo merece, y más. Querida mía, hoy vas a hacer comida

para la compañía, algo muy bueno, tanto para comer como para beber, ¿no te parece?

Yo habría querido protestar contra aquella innecesaria demostración en mi honor; pero

viendo a Peggotty al otro lado de la cama, muy deseosa de que aceptase, guardé silencio.

-Debo de tener algún dinero por aquí en mi ropa -dijo Barkis-; pero estoy cansado. Si

me dejarais dormir un rato, creo que al despertarme lo encontraría.

Salimos de la habitación, y cuando estuvimos fuera, Peggotty me informó de que

Barkis era ahora un poco más «agarrado» que nunca, y que siempre se valía de aquella

estratagema cuando quería sacar algo de su cofre, y que sufría torturas inconcebibles para

arrastrarse fuera del lecho y buscar dinero en aquella maldita caja. En efecto; pronto le

oímos lanzar gemidos ahogados, pues aquellos movimientos hacían crujir todas sus

articulaciones doloridas; pero Peggotty, a pesar de sus miradas, que expresaban la mayor

compasión, me aseguró que aquel impulso de generosidad le haría mucho bien, y que

valía más dejarle. Le dejamos, por lo tanto, gemir solo hasta que volvió a meterse en la

cama, sufriendo, estoy seguro, un martirio. Entonces nos llamó, fingiendo que abría los

ojos después de un buen sueño, y dio a Peggotty una guinea, que sacó de debajo de la

almohada. La satisfacción de habemos engañado y de guardar un secreto impenetrable

sobre el contenido de su cofre parecía ser a sus ojos una compensación suficiente para

todas sus torturas.

Preparé a Peggotty para la llegada de Steerforth, que apareció pronto. Estoy persuadido

de que no había diferencia para ella, y consideraba las cosas que había hecho Steerforth

por mí como si las hubiera hecho por ella misma, y estaba dispuesta a recibirle con

gratitud y devoción; pero sus alegres modales, tan francos, su buen humor, su hermoso

rostro y el don natural que poseía para ponerse al alcance de todos aquellos a quienes

encontraba y para tocar precisamente (cuando quería molestarse en ello) la cuerda

sensible de cada uno, todo esto conquistó a Peggotty en un momento. Además, su modo

de tratarme a mí habría sido suficiente para subyugarla. Así, gracias a todas estas razones

combinadas, creo que en realidad sentía una especie de adoración por él cuando salimos

de su casa aquella noche.

Se quedó a comer con nosotros. Si dijera que consintió con gusto sólo expresaría a

medias la gracia y la alegría que puso al aceptar. Cuando entró en la habitación de Barkis

parecía que con él entraba el aire y la voz luminosa y refrescante, como si él fuera la

salud y el buen tiempo. Sin esfuerzo, sin ruido, espontáneamente, ponía en todo lo que

hacía una nota de bienestar que no puede describirse; parecía que no podia hacerlo de

otra manera ni mejor, y la gracia, el natural encanto de sus movimientos, todavía me

seducen hoy al recordarlo.

Reímos de todo corazón en la salita, donde encontré sobre el antigun pupitre el libro de

Los mártires, el cual no se había tocado desde mi partida. Hojeé de nuevo sus estampas

tan terribles y que ahora no me impresionaban nada. Cuando Peggotty habló de mi

habitación, diciéndome que estaba preparada y que esperaba que la ocupase, antes de que

hubiera podido lanzar una mirada de duda sobre Steerforth ya había él comprendido de lo

que se trataba.

-Naturalmente -dijo-; tú dormirás aquí todo el tiempo que estemos, y yo dormiré en el

hotel.

-Pero traerte tan lejos –contesté- para separamos me parece de malos compañeros,

Steerforth.

-¡Por Dios!, ¿no es este tu sitio natural? ¿Qué significan todos los «parece» en

comparación con esto?

Y quedamos en ello al momento.

Mantuvo todas sus deliciosas cualidades hasta el último momento, cuando a las ocho

nos fuimos hacia el barco de mister Peggotty. Y conforme pasaban las horas estaba más y

más brillante en sus facultades. Ya entonces pensaba yo, ahora no lo dudo, que la

conciencia de su éxito y su afán de agradar le inspiraban cada vez mayor delicadeza de

percepción y le hacían cada vez más sutil y natural. Si alguien me hubiese dicho entonces

que todo aquello era un brillante juego ejecutado en la excitación del momento para

distraer su espíritu en un deseo de probar su superioridad y con objeto de conquistar por

un momento lo que al siguiente abandonaría; digo que si alguien me hubiese dicho

semejante mentira aquella noche, no sé lo que habría sido capaz de hacerle en mi

indignación.

Aunque probablemente no habría hecho más que acrecentar (si es que era posible) el

romántico sentimiento de fidelidad y amistad con que caminaba a su lado, sobre la oscura

soledad de la playa, hacia el viejo barco. El viento gemía a nuestro alrededor todavía más

lúgubre que la noche en que me asomé por primera vez a la negrura de la puerta de míster

Peggotty.

-Es un sitio agradable y salvaje, Steerforth, ¿no te parece?

-Bastante desolado en la oscuridad, y el mar ruge como si quisiera tragarnos. ¿Es aquel

el barco, allá lejos, donde se ve una lucecita?

-Ese es -le dije.

-Pues es el mismo que he visto esta mañana -contestó-. He venido derecho a él por

instinto, supongo.

No hablamos más, pues nos acercábamos a la luz. Yo busqué suavemente la puerta, y

poniendo la mano en el picaporte y diciéndole a Steerforth que permaneciera a mi lado,

entré.

Habíamos oído murmullo de voces desde fuera, y en el momento de nuestra llegada

palmoteaban. Quedé muy sorprendido al ver que esto último procedía de la generalmente

desconsolada mistress Gudmige. Pero no era mistress Gudmige la única persona que

estaba en aquella desacostumbrada excitación. Míster Peggotty, con el rostro iluminado

de alegría y riendo con todas sus fuerzas, tenía abiertos los brazos como para que la

pequeña Emily se arrojara en ellos; Ham, con una expresión exultante de alegría y con

una especie de timidez que le sentaba muy bien, tenía cogida a Emily de la mano, como

si se la presentara a míster Peggotty, y Emily, roja y confusa, pero encantada de la alegría

de su tío, como lo expresaban sus ojos, iba a escapar de manos de Ham para refugiarse en

los brazos de míster Peggotty, cuando nos vio y se detuvo. Este era el cuadro que

sorprendimos al pasar del aire frío y húmedo de la noche a la cálida atmósfera de la

habitación, y mi primera mirada recayó sobre mistress Gudmige, que estaba en segundo

plano palmoteando como una loca.

El cuadro desapareció como un relámpago a nuestra entrada, tanto que se podía dudar

de que hubiera existido nunca.

Ya estaba yo en medio de la familia sorprendida, cara a cara con míster Peggotty y

tendiéndole la mano, cuando Ham exclamó:

-¡Es el señorito Davy, es el señorito Davy!

En un instante todos nos estrechamos las manos y nos preguntamos por la salud,

expresándonos lo contentos que estábamos de vemos y hablando todos a la vez. Míster

Peggotty estaba tan orgulloso y tan contento de vernos, que no sabía lo que decía ni

hacía; pero una y otra vez me estrechaba la mano a mí, después a Steerforth, después otra

vez a mí, después se enmarañaba los cabellos y reía con tanta alegría, que daba gusto

mirarle.

-¡Cómo! Dos caballeros, estos dos caballeros están bajo mi techo esta noche,

precisamente esta noche, la más feliz de todas las de mi vida -dijo míster Peggotty-. Una

cosa semejante no creo que haya sucedido nunca. Emily querida, ven aquí, ven aquí,

brujita. Este es el amigo del señorito Davy, querida; este es el caballero de quien has oído

hablar, Emily. Viene a verte desde muy lejos con el señorito Davy, en la noche más

dichosa de la vida de tu tío. Suceda lo que suceda, ¡viva el día de hoy!

Después de soltar esta arenga sin tomar aliento y con extraordinaria animación, míster

Peggotty puso sus enormes manos a cada lado del rostro de su sobrina y la besó una

docena de veces; después, con orgullo y cariño, apoyó la cabecita sobre su fuerte pecho y

le acarició los cabellos con dulzura de mujer. Por fin la dejó escapar (ella corrió a la

habitacioncita donde yo solía dormir), y mirándonos a todos sofocado en su exagerada

alegría:

-Sí, ¡dos caballeros como ustedes, caballeros de nacimiento y semejantes caballeros!

-dijo míster Peggotty…

-Eso es, eso es -exclamó Ham-; bien dicho. Eso es, señorito Davy, ¡dos caballeros de

nacimiento, eso es!

-Sí; dos caballeros como ustedes, dos verdaderos caballeros -repitió míster Peggotty-, si

no pueden excusarme por estar en este estado de ánimo, cuando se enteren de los motivos

me perdonarán. Emily, mi querida Emily sabe lo que voy a decir, y por eso se ha

escapado. ¿Quiere usted ser tan buena, mistress Gudmige, de ir a buscarla un momento?

Mistress Gudmige asintió con la cabeza y desapareció.

-Si esta no es -dijo míster Peggotty sentándose entre nosotros delante del fuego- la

noche más hermosa de mi vida soy un cangrejo, y hasta cocido. Esta pequeña Emily,

señorito –dijo a Steerforth bajando la voz-, la que ha visto usted aquí toda confusa hace

un momento…

Steerforth solamente hizo un signo con la cabeza, pero con una expresión tan

complacida y de interés, participando en los sentimientos de míster Peggotty, que este

último le contestó como si hubiera hablado.

-Eso es, así es ella; gracias, señorito.

-Ham hizo gestos en varias ocasiones como si él también quisiera decir lo mismo.

-Esta pequeña Emily nuestra -repitió míster Peggotty- ha sido en esta casa lo que yo

supongo (soy un hombre ignorante, pero este es mi parecer), lo que nadie más que una

criatura así, de ojos claros, puede ser en una casa. No es mi hija, nunca he tenido hijos;

pero no la podría querer más si lo fuera. ¿Me comprende usted? No sería posible.

-Lo comprendo perfectamente –dijo Steerforth.

-Lo sé, señorito -repuso míster Peggotty-, y le doy las gracias de nuevo. El señorito

Davy que puede recordar lo que era Emily, y usted puede juzgar por sí mismo lo que es

ahora-, pero ninguno de los dos pueden saber por completo lo que ha sido, es y será para

un cariño como el mío. Soy rudo, señor -dijo míster Peggotty-, soy rudo como un

puercoespín; pero nadie (de no ser una mujer) puede comprender lo que nuestra pequeña

Emily es para mí. Y, entre nosotros -dijo bajando todavía más la voz-, el nombre de esa

mujer no sería el de mistress Gudmige, aunque tiene un montón de cualidades.

Míster Peggotty se enmarañó de nuevo sus cabellos con las dos manos, como

preparándose a lo que todavía tenía que decir, y luego, apoyando cada una en una de sus

rodillas, prosiguió:

-Había cierta persona que conocía a nuestra Emily desde el tiempo en que su padre

murió ahogado y que la estaba viendo constantemente, de niña, de muchacha, de mujer.

No de muy buen ver, algo en mi estilo, rudo, muy marinero, pero un completo y honrado

muchacho, que tiene el corazón en su sitio.

Pensé que nunca había visto a Ham enseñar los dientes como lo hacía en aquel

momento, sonriendo en silencio frente a nosotros.

-Y he aquí que ese bendito marinero va y pierde su corazón por nuestra pequeña Emily

–dijo míster Peggotty con el rostro cada vez más resplandeciente- La sigue por todas

partes, se hace una especie de criado suyo, pierde exageradamente el apetito y, por

último, me explica lo que le pasa. Ahora bien; yo ¡qué más podía desear que ver a nuestra

Emily en buen camino de casarse! ¡Qué más podía desear que verla prometida a un

hombre honrado que pudiera tener el derecho de defenderla! Yo no sé el tiempo que me

queda por vivir, ni si tendré que morir pronto; pero sé que si una de estas noches me

cogiera un golpe de viento en los bancos de arena de Yarmouth y viera por última vez las

luces del pueblo por encima de las olas, me dejaría ir más tranquilo si podía decirme:

«Allí en tierra firme hay un hombre que será fiel a mi pequeña Emily, que Dios bendiga,

y con él nada tiene que temer de nadie mientras viva».

Míster Peggotty, con sencilla gravedad, movía su brazo derecho como si dijera adiós a

las luces de la ciudad por última vez, y después, cambiando una seña con Ham, cuya mirada

había encontrado, prosiguió:

-Bien. Yo le aconsejé que hablara con Emily. Es lo bastante grande, pero tan tímido

como un niño, y no se atrevía. Así es que hablé yo. « ¡Cómo! ¿Él? –exclamó Emily-. ¿Él,

a quien conozco desde hace tantos años y a quien quiero como a un hermano? ¡Oh, tío,

nunca podré casarme con él; es tan buen muchacho!» Yo le di un beso, y nada más le

dije: «Querida mía, haces muy bien hablando claro, y puedes elegir por ti misma; eres

libre como un pajarillo». Y busqué al chico y le dije: «Yo deseaba haberlo conseguido,

pero no ha sido así; sin embargo, podéis seguir viviendo como hasta ahora, y nada más te

digo que sigas con ella como siempre y te portes como un hombre». Él me contestó

estrechándome la mano: «Lo haré», y ha sido honrado y fuerte desde hace ya dos años, y

ha seguido siendo el mismo de siempre para todos.

El rostro de míster Peggotty había variado de expresión según los períodos de su

narración; ahora los resumía todos, radiante, dejando caer una mano sobre mi rodilla y

otra sobre la de Steerforth (después de haberlas humedecido y restregado para mayor

énfasis de la acción); y repartiendo después la siguiente arenga entre los dos, continuó:

-Y de pronto una noche (que muy bien puede ser esta) llega la pequeña Emily de su

trabajo y él con ella. No tiene nada de particular me dirán, ¡claro que no!, porque él cuida

de ella como un hermano, de noche y también de día, a todas horas. Pero el marinero la

coge de la mano al llegar y me grita alegremente: «¡Mira, aquí tienes a la que va a ser mi

mujercita!», y ella dice medio atrevida, medio avergonzada y medio riendo y medio

llorando: « Sí, tío, si te parece bien». ¿Si me parece bien? -dice míster Peggotty alzando

la cabeza en éxtasis ante la idea-. ¡Dios mío, si no deseaba otra cosa! « Si le parece bien,

ahora soy ya más razonable y lo he pensado, y seré todo lo mejor que pueda para él,

porque es un muchacho bueno y generoso.» Entonces mistress Gudmige se ha puesto a

palmotear igual que en el teatro, y ustedes han entrado; y eso es todo, ya lo saben ustedes

-dijo míster Peggotty-. Ustedes han entrado, y esto acaba de suceder ahora mismo, y aquí

está el hombre con quien se ha de casar en cuanto termine su aprendizaje.

Ham se bamboleó bajo el puñetazo que míster Peggotty le asestó, en su alegría, como

signo de confianza y de amistad; pero sintiéndose obligado a decirnos también algo, he

aquí lo que se puso a balbucir con mucho trabajo:

-No era ella mucho más grande que usted cuando vino aquí por primera vez, señorito

Davy…, cuando ya adivinaba yo lo que llegaría a ser.. La he visto crecer.. como una flor,

señores. Daría mi vida por ella… ¡Oh, estoy tan contento, tan contento, señorito Davy!

Ella es para mí, caballeros, más que …; es para mí todo lo que deseo y más que… más que

podría decir nunca. Yo…, yo la quiero de verdad. No hay caballero sobre la tierra, ni

tampoco en el mar… que pueda querer a su mujer más de lo que yo la quiero. Aunque

habrá muchos hombres como yo… que dirían mejor.. lo que desearan decir.

Yo estaba conmovido al ver a un hombretón como Ham temblando de la fuerza de lo

que sentía por la preciosa criaturilla que le había ganado el corazón. Me conmovía la sencillez

y la confianza depositada en nosotros por míster Peggotty y por el mismo Ham. Me

conmovía todo el relato. Si en mi emoción influían los recuerdos de mi infancia, no lo sé.

Si había ido allí con alguna vaga idea de seguir amando a la pequeña Emily, no lo sé.

Pero sé que estaba contento por todo aquello. Al principio era como una indescriptible

sensación de alegría, que la menor cosa habría podido cambiar en sufrimiento.

Por lo tanto, si hubiera dependido de mí el tocar con acierto la cuerda que vibraba en

todos los corazones, lo habría hecho de una manera bien pobre. Pero dependió de

Steerforth, y él lo hizo con tal acierto, que en pocos minutos todos estábamos tan

tranquilos y todo lo felices que era posible.

-Míster Peggotty -dijo-, es usted un hombre excelente y merece toda la felicidad de esta

noche. ¡Venga su mano! Ham, muchacho, te felicito; ¡venga también tu mano! Florecilla,

anima el fuego y hazlo brillar como merece el día. Míster Peggotty, si no decide usted a

su linda sobrina a que vuelva a su sitio, me voy. No querría causar ni por todo el oro de

las Indias un vacío en su reunión de esta noche, y ese vacío menos que ningún otro.

Míster Peggotty fue a mi antigua habitación a buscar a la pequeña Emily. Al principio

no quería venir, y Ham desapareció para ayudarle. Por fin la trajeron. Estaba muy

confusa y muy retraída; pero se repuso un poco al darse cuenta de los modales dulces y

respetuosos de Steerforth hacia ella, del acierto con que evitó todo aquello que podía

azorarle, la animación con que hablaba míster Peggotty de barcos, de marejadas, de

buques y de pesca. Su manera de referirse a mí en la época en que había visto a míster

Peggotty en Salem House; el placer que sentía al ver el barco y su carga; en fin, la gracia

y la naturalidad con las cuales nos atrajo a todos por grados en un círculo encantado,

donde hablábamos sin confusión y sin reserva.

Verdaderamente Emily dijo poco en toda la noche; pero miraba y escuchaba, y su rostro

se había animado, y estaba encantadora. Steerforth contó la historia de un terrible naufragio

(que se le vino a la memoria por su conversación con míster Peggotty) como si lo

tuviera presente ante sí, y los ojos de la pequeña Emily estaban fijos en él todo el tiempo

como si ella también lo viera. Después, como para reponernos de aquello, y con tanta

alegría como si la narración fuera tan nueva para él como para nosotros, nos contó una

aventura cómica que le había ocurrido; y la pequeña Emily reía, hasta que el barco resonó

con aquellos musicales sonidos y todos nosotros reímos (Steerforth también), en

irresistible simpatía, con una alegría tan franca y tan ingenua. Míster Peggotty cantó,

mejor dicho, rugió, «Cuando el viento de tormenta sopla, sopla, sopla», y Steerforth

mismo entonó después también una canción de marineros con tanta emoción, que parecía

que el verdadero viento gemía alrededor de la casa y murmuraba a través del silencio que

estaba allí escuchando.

En cuanto a mistress Gudmige, Steerforth la arrancó de la melancolía con un éxito

nunca obtenido por nadie (según me informó míster Peggotty) desde la muerte del «

viejo» . Le dejó tan poco tiempo para pensar en sus miserias, que al día siguiente dijo que

la debía de haber embrujado.

Pero no vaya a creerse que guardó el monopolio de la atención general y de la

conversación. Cuando la pequeña Emily recobró valor y me habló (todavía algo

avergonzada), a través del fuego, de nuestros antiguos paseos por la playa, cogiendo

conchas y caracoles; y cuando le pregunté si recordaba cómo la quería yo y, cuando

ambos, riendo, enrojecimos recordando los buenos viejos tiempos que tan lejanos nos

parecían, Steerforth estaba silencioso y atento y nos observaba pensativo. Emily estuvo

sentada toda la noche en nuestro antiguo cajón, en el rinconcito, al lado del fuego, con

Ham a su lado, donde yo acostumbraba a estar. No he logrado saber si era un resto de sus

caprichos de niña o el efecto de su timidez por nuestra presencia; pero observé que estuvo

toda la noche arrimada a la pared, sin acercarse a él ni una sola vez.

Según recuerdo, era más de media noche cuando nos despedimos. Nos habían dado

algunos dulces y pescado seco para cenar, y Steerforth había sacado de su bolsillo una

botella de ginebra holandesa, que fue vaciada por los hombres (ahora puedo ponerme

entre los hombres sin ruborizarme). Nos separamos alegremente, y mientras ellos se

amontonaban en la puerta para alumbrar nuestro camino el mayor tiempo posible, vi los

dulces ojos azules de la pequeña Emily mirándonos desde detrás de Ham y le oí que nos

decía con su dulce voz: «¡Tened cuidado!».

-¡Qué chiquilla tan encantadora!; es una verdadera belleza –dijo Steerforth cogiéndome

del brazo-. Es un sitio de lo más original y una gente de lo más curiosa; y las sensaciones

que se tienen con ellos son completamente nuevas.

-Y además, qué suerte hemos tenido -respondí- llegando en el momento de su alegría

ante la perspectiva de ese matrimonio. ¡Nunca he visto gente más maravillosa! ¡Qué

delicia verlos y tomar parte en su honrada alegría, como lo hemos hecho!

-Pero el muchacho es un lerdo al lado de la chiquilla, ¿no te parece? -dijo Steerforth.

Había estado tan cordial con él y con todos ellos, que sentí como un golpe ante aquella

inesperada y fría réplica. Pero volviéndome rápidamente hacia él y viendo una sonrisa en

sus ojos, contesté tranquilizado:

-¡Ah, Steerforth! Es muy tuyo el bromear a costa de los pobres y pelearte con miss

Dartle para ocultar tus verdaderas simpatías. Te conozco muy bien, y cuando veo lo

perfectamente que los comprendes, lo exquisitamente que tomas parte en la alegría de un

pobre pescador como míster Peggotty, o en el amor por mí de mi antigua niñera, sé que

no hay una alegría ni una tristeza ni una sola emoción de esta gente que te deje

indiferente, y te quiero y te admiro por ello, Steerforth, veinte veces más.

Él se detuvo, y mirándome a la cara dijo:

-Florecilla, creo que hablas con sinceridad y que eres bueno. ¡Ojalá todos fuéramos así!

Un momento después cantaba alegremente la canción de míster Peggotty, mientras

recorríamos a buen paso el camino de Yarmouth.

CAPÍTULO II

LUGARES ANTIGUOS Y GENTE NUEVA

Steerforth y yo permanecimos más de quince días en el campo. Estábamos bastante

tiempo reunidos (no necesito decirlo), pero a veces nos separábamos durante algunas horas.

Él era muy buen marinero; en cambio yo no lo era, y cuando Steerforth se iba en el

barco con míster Peggotty, lo que era su diversión favorita, yo, por lo general,

permanecía en tierra. Mi residencia en casa de Peggotty también me ataba algo, pues

sabiendo lo asiduamente que atendía a Barkis durante el día, no me gustaba hacerla

esperarme por la noche; mientras que Steerforth, como vivía en el hotel, no tenía que

consultar más que su propio humor. Así, llegué a saber que después de que yo estuviera

en la cama, armaba pequeñas cuchipandas con los pescadores y con míster Peggotty en la

taberna que se llamaba «La gustosa afición» y que se vestía de marinero para pasar la

noche en el mar a la luz de la luna, volviendo con la marea de la mañana. Ya sabía yo que

su naturaleza activa y su carácter impetuoso encontraban mucho placer en la fatiga

corporal y en las tormentas, como en todos los demás medios de excitación que podían

ofrecérsele; por lo tanto, no me extrañó nada saber aquellos entretenimientos.

Había también otra razón que nos separaba algunas veces y es que a mí, como es

natural, me interesaba mucho Bloonderstone y me gustaba ir a contemplar los lugares

testigos de mi infancia, mientras Steerforth, después de haberme acompañado una vez, no

tuvo ya ningún interés en volver; tanto es así, que tres o cuatro veces, en ocasiones que

recuerdo perfectamente, nos separamos después de desayunar muy temprano para

encontranos por la noche bastante tarde. Yo no tenía idea de cómo empleaba él aquel

tiempo; únicamente sabía que era muy popular en el pueblo y que encontraba cien

maneras de divertirse donde otro no habría encontrado ninguna.

Por mi parte, durante mis peregrinaciones solitarias sólo me ocupaba en recordar cada

paso del camino que había seguido tantas veces y en ir reconociendo los sitios donde

había vivido antes, sin cansarme nunca de volver a verlos. Erraba en medio de mis

recuerdos, como mi memoria lo había hecho tan a menudo, y detenía el paso (como había

detenido tantas veces mi pensamiento cuando estaba lejos de Bloonderstone) bajo el árbol

en que descansaban mis padres. Aquella tumba, que yo había mirado con tanta compasión

cuando mi padre dormía solo, y al lado de la cual había llorado al ver bajar a ella a

mi madre con su nene; aquella tumba, que el corazón fiel de Peggotty había cuidado después

con tanto cariño que la había convertido en un pequeño jardín, me atraía en mis

paseos durante horas enteras. Estaba en un rincón del cementerio, a unos pasos del pequeño

sendero, y yo podía leer los nombres en la piedra mientras escuchaba sonar las

horas en el reloj de la iglesia, recordándome una voz que ya había callado. Aquellos días

mis reflexiones se unían siempre a cuál sería mi porvenir en el mundo y a las cosas

magníficas que no dejaría de ejecutar. Era el estribillo que respondía en mi alma al eco de

mis pasos, y permanecía tan constante a estos pensamientos soñadores como si hubiera

venido a encontrarme en la casa a mi madre viva, para edificar a su lado mis castillos en

el aire.

Nuestra antigua morada había sufrido grandes cambios. Los viejos nidos, abandonados

hacía tanto tiempo por los cuervos, habían desaparecido por completo, y los árboles

habían sido podados de manera que era imposible reconocer sus formas. El jardín estaba

en muy mal estado y la mitad de las ventanas de la casa cerradas. La habitaba un pobre

loco y la gente se encargaba de cuidarle. El loco se pasaba la vida en la ventanita de mi

habitación, que daba al cementerio, y yo me preguntaba si sus pensamientos, en su

extravío, no encontrarían a veces las mismas ilusiones que había ocupado mi espíritu

cuando me levantaba de madrugada en verano y vestido únicamente con mi camisón

miraba por aquella ventanita para ver los corderos que pacían tranquilamente bajo los

primeros rayos del sol alegre.

Nuestros antiguos vecinos míster y mistress Graypper habían partido para Sudamérica,

y la lluvia, penetrando por el tejado de su casa desierta, había manchado de humedad los

muros exteriores. Míster Chillip se había vuelto a casar; su mujer era alta y delgada, con

la nariz aguileña, y tenían un niño muy delicado, con una enorme cabeza, cuyo peso no

podía soportar, y con dos ojos opacos y fijos, que parecían siempre preguntar por qué

había nacido.

Era con una singular mezcla de placer y de tristeza como vagaba por mi pueblo natal

hasta el momento en que el sol de invierno, empezando a bajar, me advertía de que ya era

tiempo de emprender el regreso. Pero cuando estaba de vuelta en el hotel y me

encontraba en la mesa con Steerforth, al lado de un fuego ardiente, pensaba con delicia en

mi paseo del día. Y este mismo sentimiento, aunque más atenuado, sentía cuando entraba

por la noche en mi habitación, tan limpia, y me decía, ojeando las páginas del libro de los

«cocodrilos» (siempre allí encima de una mesa), que era una felicidad tener un amigo

como Steerforth, una amiga como Peggotty y haber encontrado en la persona de mi

excelente y generosa tía un ser que sabía reemplazar tan bien a los que había perdido.

El camino más corto para volver a Yarmouth después de aquellos largos paseos era

cruzando el río. Desembarcaba en la arena que se extiende entre la ciudad y el mar y atravesaba

un espacio deshabitado, que me ahorraba una larga vuelta por la carretera. En mi

camino encontraba la casa de míster Peggotty, y siempre entraba un momento. Steerforth

me esperaba, por lo general, allí y nos dirigíamos juntos a través de la niebla hacia las

luces que brillaban en la ciudad. Una oscura noche, en que volvía más tarde que de

costumbre (aquel día había hecho mi última visita a Bloonderstone, pues nos

preparábamos para marchar) le encontré solo en casa de míster Peggotty, sentado pensativo

ante el fuego. Estaba tan intensamente sumergido en sus reflexiones que no se dio

cuenta de mi llegada. Esto, naturalmente, podía haber ocurrido aunque hubiera estado

menos absorto, pues los pasos se oían muy poco en la arena de fuera; pero mi entrada no

le distrajo. Me había acercado a él y le miraba; pero seguía sombrío y perdido en sus

meditaciones.

Se estremeció de tal modo cuando puse la mano sobre su hombro, que también me hizo

estremecer a mí.

-Caes sobre mí como un fantasma -me dijo con cólera.

-De alguna manera tenía que anunciarme -repliqué-. ¿Es que lo he hecho caer de las

estrellas?

-No -me contestó—, no.

-¿O subir de no sé dónde entonces? –dije sentándome a su lado.

-Miraba las figuras que hacía el fuego –contestó.

-Pero me las vas a estropear, y yo no podré ver nada -le dije, pues movía vivamente el

fuego con un trozo de madera encendida, y las chispas, huyendo por la pequeña

chimenea, se perdían en el aire.

-No habrías visto nada -replicó- Este es el momento del día que más detesto; no es de

noche ni de día. ¡Qué tarde vuelves hoy! ¿Dónde has estado?

-He ido a despedirme de mi paseo habitual.

-Y yo lo he estado esperando aquí -dijo Steerforth lanzando una mirada alrededor de la

habitación y pensando que toda la gente que encontramos tan dichosa la noche de nuestra

llegada podia (a juzgar por el presente aspecto desolado de la casa) dispersarse o morir o

verse amenazada de no sé qué desgracia- Davy, ¿por qué no ha querido Dios que tuviera

yo un padre a mi lado desde hace veinte años?

-Mi querido Steerforth, ¿qué te pasa?

-¡Querría con toda mi alma que me hubieran guiado mejor! ¡Querría con toda mi alma

ser capaz de ser más bueno! -exclamó.

Había una apasionada depresión en sus modales que me sorprendió por completo. Se

parecía tan poco a él mismo, que nunca hubiera podido imaginármelo.

-Sería mejor ser este pobre Peggotty o el cabezota de su sobrino –dijo levantándose y

apoyándose contra la chimenea, todavía mirando el fuego- mejor que ser lo que soy,

veinte veces más rico y más instruido, y no estar, en cambio, atormentado como lo estoy

desde pace más de media hora en esta barca del demonio…

Me sorprendía tanto aquel cambio, que al principio sólo le raba en silencio, mientras él

continuaba con la cabeza apoyada en la mano mirando sombríamente el fuego. Por último

le pedí, con toda la ansiedad que sentía, que me contase lo que le había sucedido que le

contrariaba tanto y que me dejara compartir con él su pena, si es que no podia aconseEste

documento ha sido descargado de

jarle. Antes de que hubiera terminado ya estaba riendo, al principio un poco forzado; pero

pronto con su franca alegría.

-No es nada, Florecilla, nada; te lo aseguro. Ya te dije en el hotel de Londres que a

veces era un compañero pesado para mí mismo. He tenido ahora una pesadilla; debe de

haber sido eso. Cuando me aburro, los cuentos de mi niñera me vienen a la memoria

desfigurados. Y creo que estaba convencido de que era yo el niño malo que nunca

obedece y al que se comen los leones. ¿Sabes? son de mayor efecto que los perros. Y lo

que las viejas llaman horror se me ha deslizado de la cabeza a los pies y me ha asustado a

mí mismo.

-Creo que nadie más podría asustarse -le dije.

-Quizás no; pero también yo tengo motivos para asustarme -contestó-. Bien, ya pasó, y

no me dejaré coger de nuevo, Davy; sin embargo, te lo repito, querido mío, hubiera sido

un bien para mí (y no sólo para mí) si yo hubiese tenido un padre que me aconsejara.

Su rostro era siempre muy expresivo; pero nunca le había visto exteriorizar un

sentimiento tan serio ni tan triste como cuando me dijo estas palabras con la mirada

todavía fija en el fuego.

-Pero ¡se acabó! -dijo haciendo como si sacudiera algo en el aire con la mano-. Ya ha

pasado todo y soy hombre de nuevo, como Macbeth. Y ahora a comer, si no he turbado el

festín con el más admirable desorden, Florecilla, también como Macbeth.

-Pero dime, ¿dónde se han ido todos?

-¡Dios sabrá! -dijo Steerforth-. Después de ir a la playa a esperarte me vine aquí

paseando y me encontré la casa desierta. Esto me hundió en pensamientos tristes, y tú me

has encontrado sumergido en ellos.

La llegada de mistress Gudmige con una cesta al brazo explicaba el abandono de la

casa. Había salido precipitadamente a comprar algo que faltaba antes del regreso de Peggotty,

que volvería con la marea, y había dejado la puerta abierta, por si Ham y Emily,

que debían volver temprano, llegaban en su ausencia. Steerforth, después de poner de

buen humor a mistress Gudmige con un alegre saludo y un abrazo de lo más cómico, se

agarró de mi brazo y me arrastró precipitadamente.

Había recobrado su buen humor al mismo tiempo que se lo había hecho recobrar a

mistress Gudmige, y de nuevo, con su alegría acostumbrada, estuvo vivo y hablador

mientras caminábamos.

-Y así -dijo alegremente-, ¿abandonamos mañana esta vida de filibusteros?

-Así lo convinimos -contesté- y tenemos reservados los asientos en la diligencia, ya lo

sabes.

-Sí; no hay más remedio -suspiró Steerforth-. Había olvidado que existiese otra cosa en

el mundo que no fuera balancearse sobre el mar en este pueblo. ¡Y es lástima que no sea

así!

-Mientras durase la novedad al menos -dije riéndome.

-Es posible -replicó-, aunque es una observación muy sarcástica para un amiguito

modelo de inocencia, como mi Florecilla. Bien, no lo niego, soy caprichoso, Davy. Sé

que lo soy; pero mientras el hierro está caliente sé aprovecharme y batirle con vigor. Te

aseguro que podría soportar un duro examen como piloto en estos mares.

-Míster Peggotty dice que eres asombroso -repliqué.

-Un fenómeno náutico ¿eh? -rió Steerforth.

-Estoy seguro, y tú sabes que es verdad, conociendo lo ardiente que eres cuando

persigues un objeto y lo fácilmente que lo haces maestro en cualquier cosa. Pero lo que

siempre me sorprende, Steerforth, es que te contentes con emplear de un modo tan

caprichoso tus facultades.

-¿Contentarme? -respondió alegremente-. No estoy nunca contento de nada, no siendo

de tu ingenuidad, mi querido Florecilla; en cuanto a mis caprichos, todavía no he

aprendido el arte de atarme a una de esas ruedas en que los ixionides, modernos dan

vueltas y vueltas. No he sabido hacer\ese aprendizaje, y me time sin cuidado. ¿Te he

dicho que he comprado un barco aquí?

-¡Qué especial eres, Steerforth! -exclamé deteniéndome, pues era la primera vez que me

había hablado de ello-. Cuando, a lo mejor, no se te volverá a ocurrir el venir a este

pueblo.

-No oo sé; me he encaprichado con el lugar. Además -continuó apresurando el paso-, he

comprado un barco que estaba a la venta: un clíper, según dice míster Peggotty, y míster

Peggotty lo capitaneará en mi ausencia.

-Ahora lo comprendo, Steerforth -dije radiante-. Afirmas que has comprado ese barco

para ti, cuando en realidad es en beneficio de míster Peggotty; habría debido adivinarlo,

conociéndote como te conozco. Mi querido Steerforth, ¿cómo decirte todo lo que pienso

de tu generosidad?

-¡Chsss! -contestó enrojeciendo-; cuanto menos digas, mejor.

-¡Cuando te decía que no hay ni una alegría ni una pena ni una sola emoción de estas

buenas gentes que te pueda ser indiferente!

-Sí, sí -respondió él-; ya me has dicho todo eso. No hablemos más de ello, ¡basta!

Temiendo enfadarle si insistía sobre un asunto que él trataba tan a la ligera, me contenté

con continuar pensándolo mientras andábamos cada vez más deprisa.

-Es necesario que pongan el barco en buen estado -dijo Steerforth-. Encargaré a

Littimer que cuide de ello para que lo hagan bien. ¿Te he dicho que ha llegado Littimer?

-No.

-Pues sí; ha llegado esta mañana con una carta de mi madre.

Nuestros ojos se encontraron y observé que estaba pálido hasta los labios; pero miraba

tranquilamente a los míos. Temí que algún altercado con su madre fuera la causa de la

disposición de ánimo en que le había encontrado en el hogar solitario de míster Peggotty

y le hice una ligera alusión.

-¡Oh no! -dijo moviendo la cabeza y riendo-. ¡Nada de eso! Como te decía, ha llegado

ese hombre.

-¿Está como siempre?

-Siempre el mismo-contestó Steerforth-, sereno, frío como el polo Norte. Se ocupará

del nuevo nombre que quiero hacer inscribir en el barco. Ahora se llama El petrel de la

tormenta; pero ¿qué le importa eso a míster Peggotty? Le he bautizado de nuevo.

-¿Con qué nombre?

La pequeña Emily.

Continuaba mirándome de frente, y creí que era para recordarme que no le gustaba que

me extasiara ante sus delicadezas con aquellas pobres gentes. No pude por menos que

dejar ver la alegría que sentía; pero sólo dije algunas palabras; la sonrisa reapareció en

sus labios; parecía que le habían quitado un peso de encima.

-Pero mira -dijo mirando hacia adelante-, aquí está la pequeña Emily en persona. Y el

muchacho ese con ella. Por mi alma que es un fiel caballero; no la abandona ni un

instante.

Ham era en aquella época constructor de barcos. Había cultivado su gusto natural por

aquel oficio y había llegado a ser un obrero muy hábil. Llevaba su traje de trabajo y, a pesar

de cierta rudeza, su aire de honradez y de viril franqueza hacían de él un protector

muy bien proporcionado para la preciosa criatura que llevaba a su lado. La lealtad de su

rostro, el orgullo y el cariño que le inspiraba Emily realzaban su buen aspecto, y yo me

decía, al verlos acercarse, que se compenetraban perfectamente en todos los sentidos.

Cuando los detuvimos para hablarles, ella soltó suavemente el brazo de su novio y

enrojeció tendiendo la mano a Steerforth y después a mí. Cuando volvieron a ponerse en

marcha después de haber cambiado algunas palabras con nosotros, Emily no cogió de

nuevo el brazo de Ham, y andaba sola, todavía tímida y confusa. Yo admiraba la gracia y

la delicadeza de sus movimientos y Steerforth parecía de la misma opinión mientras les

mirábamos alejarse en la claridad de la luna nueva.

De pronto una mujer joven pasó a nuestro lado: era evidente que los seguía. No la

habíamos oído acercarse; pero vi un momento su rostro delgado, y me pareció recordarla.

Iba ligeramente vestida y tenía el aire atrevido y la mirada perdida y un aspecto de

mísera vanidad; pero por el momento no parecía pensar en nada; sólo tenía una idea en la

cabeza: alcanzarlos. Como el horizonte se oscurecía a lo lejos no nos permitía ya

distinguir a Emily ni a su novio, y la mujer que los seguía desapareció también sin haber

ganado terreno sobre ellos. Después ya no vimos más que el mar y las nubes.

-Es un fantasma muy sombrío para seguir a esa muchacha -dijo Steerforth sin moverse-

¿Qué significa eso?

Hablaba en voz baja y con un acento que me pareció extraño.

-Le querrá pedir limosna -dije.

-Las mendigas no son raras aquí -dijo Steerforth-; pero es sorprendente que alguna haya

tomado esa forma esta noche.

-¿Por qué? -pregunté.

-Sencillamente -dijo después de un momento de silencio- porque precisamente estaba

yo pensando en algo semejante cuando ha aparecido; por eso me pregunto de dónde

diablos podrá haber salido.

-De la sombra que proyecta esta tapia, supongo -dije señalando un muro que seguía el

camino en el que acabamos de desembocar.

-En fin, ya ha desaparecido -respondió mirando por encima de su hombro-. ¡Ojalá la

desgracia desaparezca con ella! Vamos a comer.

Pero lanzó una nueva mirada por encima de su hombro hacia la línea del océano que

brillaba a lo lejos, y repitió muchas veces aquel movimiento. Todavía murmuró algunas

palabras entrecortadas durante el resto de nuestro camino, y no pareció olvidar el

incidente hasta que se encontró sentado en la mesa al lado de un buen fuego y a la

claridad de las velas.

Littimer nos esperaba y produjo sobre mí su efecto acostumbrado. Cuando le dije que

esperaba que mistress Steerforth y miss Dartle siguieran bien, me respondió en un tono

respetuoso (y naturalmente respetable) que me daba las gracias, que estaban bastante bien

y que me saludaban. No me dijo más y, sin embargo, me pareció que decía claramente:

«Es usted muy joven; es usted extraordinariamente joven».

Casi habíamos acabado de comer cuando dio un paso fuera del rincón desde donde

vigilaba nuestros movimientos, mejor dicho los míos, y dijo a Steerforth:

-Perdón, señorito; miss Mowcher está aquí.

-¿Quién? -preguntó Steerforth con sorpresa.

-Miss Mowcher, señorito.

-¡Vamos! ¿Y qué ha venido a hacer aquí? Y-dijo Steerforth.

-Parece ser, señor, que es de esta región. Me han dicho que todos los años da una vuelta

profesional por este lado. La he encontrado en la calle esta mañana, y me ha preguntado

si podría tener el honor de presentarse aquí después de comer el señorito.

-¿Conoces a la gigante en cuestión, Florecilla? -me preguntó Steerforth.

Tuve que confesar con cierta vergüenza, por tener que hacerlo ante Littimer, que no

conocía a miss Mowcher.

-Bien, pues vas a conocerla -dijo Steerforth-. Es una de las siete maravillas del mundo…

Cuando venga miss Mowcher, que pase.

Sentía cierta curiosidad por conocer a aquella señora, tanto más porque Steerforth

soltaba la carcajada cada vez que yo hablaba de ella y se negaba en rotundo a responder a

las preguntas que le dirigía. Permanecí, por lo tanto, en un estado de curiosa expectación.

Hacía media hora que habían quitado el mantel y estábamos con una botella de vino a

nuestro lado, cuando se abrió la puerta y, con su tranquilidad habitual, Littimer anunció:

-Miss Mowcher.

Miré hacia la puerta, pero no vi nada; volví a mirar, pensando cuánto tardaba miss

Mowcher en aparecer, cuando, con gran sorpresa, vi surgir al lado de un diván colocado

entre la puerta y yo a una enana de unos cuarenta o cuarenta y cinco años; tenía la cabeza

muy grande, los ojos grises, muy maliciosos, y los brazos tan cortos, que para acercar el

dedo con picardía a su nariz, mientras miraba a Steerforth, se vio obligada a bajar la

cabeza para acercar la nariz al dedo. Su papada era tan gruesa, que las cintas y la roseta

de su sombrero desaparecían debajo. No tenía cuello, no tenía talle, no tenía piernas, pues

aunque era del tamaño corriente hasta el sitio en que debía haberse encontrado el talle, y

aunque poseía pies como todo el mundo, era tan bajita que resultaba delante de una silla

lo que cualquier persona delante de una mesa. Depositó sobre la silla el bolso que

llevaba. Iba vestida de un modo algo descuidado, y su nariz parecía una prolongación de

su dedo o viceversa, a causa de la dificultad de que he hablado, y con la cabeza inclinada

a un lado y guiñando un ojo de la manera más maliciosa, empezó por fijar en Steerforth

sus ojillos penetrantes, después de lo cual dejó escapar un torrente de palabras.

-¡Cómo, linda flor! -empezó alegremente sacudiendo su gran cabeza hacia él-. ¿Está

usted aquí? ¡Oh, la mala persona! ¡Qué vergüenza! ¿Qué ha venido usted a hacer tan lejos

de su casa? Algo malo, estoy segura. ¡Ah, es usted una buena pieza! Y yo otra, ¿no es

así? ¡Ja, ja, ja! Habría usted apostado cien libras contra cinco guineas a que no me encontraba

aquí. Pues ya lo ve, estoy en todas partes. Aquí, allí, ¿y dónde no? Como la

media corona del escamoteador en el pañuelo de una señora. A propósito de pañuelos y

de señoras: su querida madre, ¡qué contenta estará de tener un hijo como usted!

En este pasaje de su discurso, miss Mowcher desanudó su sombrero, se echó las bridas

hacia atrás y, toda sofocada, se sentó en un taburete delante del fuego, de manera que la

mesa formaba una especie de dosel de caoba sobre su cabeza.

-¡Oh las estrellas del cielo con todos sus nombres! -continuó golpeando con una mano

cada una de sus rodillas y mirándome con malicia-. Estoy demasiado acostumbrada; eso

debe ser, Steerforth. Y después de subir unas cuantas escaleras me cuesta tanto trabajo

recobrar la respiración como si hubiera sacado un cubo de agua de un pozo. Vamos, que

si me viese usted asomada a una ventana creería que era una mujer hermosa ¿no?

-No pienso otra cosa cada vez que la veo -replicó Steerforth.

-Vamos, cállese, perro -gritó la pequeña criatura amenazándole con el pañuelo con que

se enjugaba el rostro-; ¡no sea usted impertinente! Pero le doy mi palabra de honor de que

la semana pasada, estando en casa de lady Mithers… ¡Esa sí que es una mujer! ¡Cómo se

conserva!… Pues mientras la esperaba entró míster Mithers en persona en la habitación

donde yo esperaba a su mujer. ¡Vaya un hombre! ¡Cómo se conserva también! Y su

peluca lo mismo, pues la tiene desde hace diez años; pues, como decía, míster Mithers se

deshizo tan locamente en cumplidos, que temí verme obligada a llamar a la campanilla.

¡Ja, ja, ja! Es un pícaro muy simpático; es una lástima que no tenga principios.

-¿Y que iba usted a hacer a casa de lady Mithers? -preguntó Steerforth.

-Eso ya serían chismes, querido hijito -contestó ella volviendo a poner el dedo en la

nariz con su guiño de ojos, como un duendecillo de inteligencia sobrenatural-. Eso no le

importa. Usted querría saber si impido que sus cabellos caigan, o si le quito las canas, o si

le cambio el color, o si le arreglo las cejas ¿no es así? Pues bien, querido mío; todo, todo

lo sabrá usted cuando yo se lo diga. ¿Sabe usted el nombre de mi bisabuelo?

-No -dijo Steerforth.

-Walker, querido mío -replicó miss Mowcher-, y descendía de una larga línea de

Walkers; así, yo heredo todos los estados de Hookey.

Nunca he visto nada comparable a los guiños de ojos de miss Mowcher de no ser el

aplomo de miss Mowcher. Tenía una manera especial de inclinar la cabeza hacia un lado

para escuchar cuando se le hablaba, levantando un ojo como las urracas, o cuando

esperaba una respuesta a sus observaciones. Yo estaba tan sorprendido que la miraba fijo,

olvidando completamente, mucho me temo, de las reglas más indispensables de la

educación.

Había conseguido acercarse la silla, y hundiendo su bracito en el bolso varias veces

sacó una cantidad de botellitas, de cepillos, de esponjas, de peines, de trozos de papel, de

tenacillas y de otros instrumentos, que iba amontonando fuera. Se detuvo en medio de su

ocupación para decir a Steerforth, con gran confusión mía:

-¿Quién es este señor?

-Míster Copperfield -dijo Steerforth-, que deseaba mucho conocerla.

-Pues la ocasión la pintan calva. Ya me parecía a mí que tenía ganas -dijo miss

Mowcher acercándose a mí riendo, con su bolso en la mano- El rostro como un

melocotón –dijo poniéndose de puntillas para llegar a mis mejillas-. Completamente

tentador. Me gustan mucho los melocotones. Tengo mucho gusto en conocerle, míster

Copperfield, se lo aseguro.

Le respondí que yo me felicitaba de haber tenido el honor de conocerla, y que el gusto

era recíproco.

-¡Oh, Dios mío, qué amabilidad! –exclamó miss Mowcher haciendo un pequeño

esfuerzo para cubrir su ancha cara con su manita-. ¡Qué de mentiras y de patrañas hay en

el mundo!

Esto nos lo decía a modo de confidencia a los dos, mientras la manita abandonaba el

rostro y el bracito desaparecía de nuevo por completo en el bolso.

-¿Qué quiere usted decir, miss Mowcher? -preguntó Steerforth.

-¡Ja, ja, ja! ¡Qué plaga de farsantes! ¿No es verdad, hijo mío? -replicó la mujercita

buscando en el bolso con un ojo en el aire y la cabeza de lado-. Miren ustedes -dijo sacando

un paquetito- «recortes de las uñas del príncipe ruso… Príncipe Alfabeto revuelto»,

como yo le llamo, porque su nombre tiene todas las letras del alfabeto mezcladas.

-El príncipe ruso es uno de sus clientes ¿no es así? -preguntó Steerforth.

-Ya lo creo, hijo mío -replicó miss Mowcher-; le corto las uñas dos veces por semana,

las de las manos y las de los pies.

-¿Y supongo que le pagará bien? -dijo Steerforth.

-Habla con la nariz, pero paga bien -dijo miss Mowcher-. Ninguno de vuestros

petimetres se le puede comparar; estaríais de acuerdo si vierais sus bigotes, rojos por naturaleza

y negros gracias al arte.

-Gracias al arte de usted, naturalmente -dijo Steerforth.

Miss Mowcher guiñó un ojo en signo de asentimiento.

-Se ha visto en la necesidad de enviarme a buscar; no podía por menos. El clima hace

daño al tinte, y aquello podía pasar en Rusia; pero aquí no. Usted no ha visto en todos los

días de su vida a un príncipe en el estado que yo le encontré, oxidado como un hierro

viejo.

-¿Y es a él a quien llamaba usted un farsante hace un momento? -preguntó Steerforth.

-¡Oh! Es usted un chico muy avispado -replicó miss Mowcher moviendo la cabeza-. He

dicho que todos en general somos unos farsantes, y le he enseñado como prueba las uñas

del príncipe. Y es que, ¿ven ustedes? Las uñas del príncipe me sirven más en las familias

que todos los talentos juntos. Las llevo siempre conmigo; son mi carta de recomendación.

Si miss Mowcher corta las uñas a un príncipe, no hay más que hablar, dicen a todos. Se

las doy a las jóvenes que, yo creo, las ponen en álbumes, ¡ja, ja, ja! Palabra de honor que

todo el edificio social (como dicen estos señores cuando hacen discursos parlamentarios)

no reposa más que sobre las uñas de príncipes -dijo aquella mujercita tratando de cruzar

los brazos y sacudiendo su gran cabeza.

Steerforth reía de todo corazón, y yo también. Miss Mowcher continuaba moviendo la

cabeza, que llevaba de lado, y mirando hacia arriba con un ojo mientras guiñaba el otro.

-Bien, bien -dijo golpeando sus rodillitas-; pero esto no son los negocios. Veamos,

Steerforth, una exploración en las regiones polares y terminamos.

Escogió dos o tres de sus ligeros instrumentos y un frasquito y preguntó, con gran

sorpresa mía, si la mesa era fuerte. Ante la respuesta afirmativa de Steerforth, acercó una

silla, me pidió que la ayudara, y se subió con bastante ligereza encima de la mesa, como

si fuera un escenario.

-Si alguno de ustedes me ha visto los tobillos -dijo una vez arriba- no necesito decir que

me ahorcaré.

-Yo no he visto nada -dijo Steerforth.

-Ni yo tampoco -dije.

-Pues bien; entonces -exclamó miss Mowcher- consiento en seguir viviendo. Ahora

venga usted a la prisión para ser ejecutado.

Steerforth, cediendo a sus instancias, se sentó de espaldas a la mesa, y volviendo hacia

mí su rostro sonriente, sometió su cabeza al examen de la enana, evidentemente sin otro

objeto que el de divertirnos. Era un curioso espectáculo ver a miss Mowcher inclinada

sobre él y examinando sus hermosos cabellos oscuros, con ayuda de una lupa que

acababa de sacar de su bolsillo.

-Vamos, ¡es usted un chico guapo! -dijo miss Mowcher después de un corto examen-;

pero si no fuera por mí estaría usted calvo como un monje antes de fin de año. Sólo le

pido un minuto más; voy a lavarle los cabellos con un agua que se los conservará diez

años.

Al mismo tiempo vertió el contenido del frasquito sobre un trocito de franela; después,

empapando en la misma preparación uno de los cepillitos, empezó a frotar la cabeza de

Steerforth con una actividad incomparable, y siempre hablando sin parar.

-¿Conoce usted a Carlos Pyegrave, el hijo del duque? -dijo mirando a Steerforth por

encima de su cabeza.

-Un poco -dijo Steerforth.

-¡Ese es un hombre! ¡Y esas son patillas! Si tuviera las piernas tan derechas, no tendría

igual. ¿Querrá usted creer que ha pretendido prescindir de mí? ¡Un oficial de la guardia!

-¡Loco! -dijo Steerforth.

-Lo parece; pero loco o no, lo ha intentado -replicó miss Mowcher-. ¿Y qué creerá

usted que ha hecho? Pues entra en una peluquería y pide una botella de agua de

Madagascar.

-¿Carlos?

-Carlos en persona; pero no tenían agua de Madagascar.

-¿Y qué es eso? ¿Algo de beber? -preguntó Steerforth.

-¿De beber? -replicó miss Mowcher, deteniéndose para darle una palmadita en la cara-.

Para arreglarse él solo los bigotes, ¿sabe? Había en la tienda una mujer de cierta edad, un

verdadero grifo que nunca había oído aquel nombre. «Perdone, caballero -dijo el grifo a

Carlos- ¿no será… no será colorete por casualidad?…» «¿Colorete? -dice Carlos al grifo-.

Y ¿qué quiere usted que haga yo con el colorete?…» «Perdón, caballero -dijo la mujer-;

nos piden ese artículo bajo nombres tan diferentes, que pensaba que quizá era uno más.»

He ahí, querido mío -continuó miss Mowcher frotando con todas sus fuerzas-; he ahí otra

prueba de todos esos farsantes de que hablaba hace un momento. Y no digo que no esté

yo mezclada en ello como cualquiera, quizá más, quizá menos; pero, hijo mío, ¿eso qué

tiene que ver?

-¿En qué dice usted que está mezclada, en el colorete? –dijo Steerforth.

-No tiene usted más que relacionar una cosa con otra, mi querido discípulo —dijo la

astuta miss Mowcher tocándose la punta de la nariz-; tuve acceso al secreto profesional

de todos los comercios y el producto le dará el resultado deseado. Y digo que también yo

voy un poco por ese camino, porque hay señoras que dicen que me llaman para un

bálsamo de los labios, otras me piden guantes, otras una camiseta y otras un abanico. Yo

le doy el nombre que ellas quieren y les proporciono el mismo artículo a todas; pero nos

guardamos tan bien el secreto y disimulamos de tal modo, que tanto se cuidarían de darse

el colorete delante de mí como delante de cualquier persona. ¿No tienen a veces el

descaro de decirme, con un dedo de colorete en la cara: «¿Cómo me encuentra usted,

miss Mowcher, no estoy un poco pálida?». ¡Ja, ja, ja! También esas son farsantes, ¿qué

les parece, amiguitos?

Nunca en mi vida he visto nada semejante a miss Mowcher de pie sobre la mesa riendo

de su gracia y frotando sin descanso el cráneo de Steerforth, mientras me guiñaba un ojo

mirándome por encima de su cabeza.

-¡Ah! Por esta tierra no me piden mucho ese artículo -dijo-, y me extraña, pues no he

visto ni una mujer bonita desde que estoy aquí, Steerforth.

-¿No? -dijo Steerforth.

-Ni la sombra de una -replicó miss Mowcher.

-Nosotros podríamos enseñarle una en carne y hueso -dijo Steerforth volviéndose hacia

mí-. ¿No es verdad, Florecilla?

-Ya lo creo -respondí.

-¡Hum! -dijo la diminuta criatura mirándome de un modo penetrante y lanzando

después una ojeada a Steerforth-. ¡Hum!

La primera exclamación parecía una pregunta dirigida a los dos; la segunda era

evidentemente dirigida a Steerforth.

No recibiendo ni de uno ni de otro la respuesta que sin duda esperaba, continuó

frotando con la cabeza inclinada y mirando al techo como si buscara allí la contestación y

esperase verla aparecer.

-¿Una hermana suya, míster Copperfield? -exclamó después de un momento de silencio

y conservando siempre la misma actitud- ¿Una hermana suya?

-No -dijo Steerforth, sin darme tiempo a contestar-; nada de eso. Al contrario, o mucho

me equivoco o míster Copperfield tenía gran admiración por ella.

-¡Cómo! ¿Ahora ya no la tiene? -replicó miss Mowcher-. ¿Es inconstante? ¡Qué

vergüenza! «Aspira cada flor y cambia cada hora… hasta que Polly a su pasión le

corresponde …» ¿Se llama Polly?

Aquel diablillo me lanzó la pregunta tan bruscamente y me miraba con tanta astucia,

que quedé desconcertado por completo.

-No, miss Mowcher; se llama Emily -le contesté.

-¡Hum! -exclamó exactamente en el tono de antes-. ¡Qué charlatana soy, míster

Copperfield!; pero no soy indiscreta.

Su tono y sus miradas expresaban algo que no me resultaba agradable tratándose de

aquel asunto; así es que dije, en tono más grave del que habíamos empleado hasta aquel

momento:

-Es tan virtuosa como bonita, y está prometida en matrimonio al hombre más excelente

y digno. Además, la estimo tanto por su buen sentido como la admiro por su belleza.

-¡Bien dicho! -exclamó Steerforth-. ¡Bravo, bravo, bravo! Ahora voy a saciar la

curiosidad de esta pequeña Fátima, Florecilla, para no dejarle nada por adivinar. En la actualidad,

miss Mowcher, esa muchacha es aprendiza en la casa de Omer y Joram,

«Modas, novedades, etc.» , de esta ciudad. ¿Se fija usted? Omer y Joram. La promesa de

matrimonio de la cual habla mi amigo está hecha entre ella y su primo; nombre de pila,

Ham; apellido, Peggotty; ocupación, constructor de barcos; también de esta ciudad. Vive

con un pariente; nombre de pila, no lo sé; apellido, Peggotty; ocupación, marinero;

también de esta ciudad. Es el hada más linda y encantadora del mundo; yo la admiro,

como mi amigo, extraordinariamente, y si no fuera por no disgustar a Copperfield, diría

que al casarse desmerece, que podía aspirar a mucho más; estoy seguro, y lo juro, ha

nacido para señora.

Miss Mowcher escuchaba estas palabras, que eran dichas despacio y claramente, con la

cabeza de medio lado y el ojo en el aire, como si todavía esperara la contestación.

Cuando Steerforth terminó de hablar, volvió a frotarle y a charlar con sorprendente

volubilidad.

-¡Oh! ¿Es eso todo? -exclamó cortándole las patillas con unas inquietas tijeritas que

hacía revolotear en todas direcciones alrededor de su cabeza-. ¡Muy bien, muy bien!

Igual que una novela. Y al final: «vivieron felices», ¿no es así? ¡Ah! ¿Cómo se dice en el

juego? « Amo a mi amor con E porque es Encantadora, la odio con E porque ha

Empeñado su palabra, la llevo a todo lo Exquisito y pienso proponerle una Evasión: Se

llama Emily y vive en el Este: ¡Ja, ja, ja! Míster Copperfield, ¿no le parezco un

mamarracho?

Mirándome fijamente con extravagante astucia y sin esperar respuesta, continuó sin

tomar aliento:

-¡Ya está! Si existe una mala persona peinada y arreglada a la perfección es usted,

Steerforth. Y si hay una mollera que me sepa yo de memoria es la suya, ¿me oye lo que le

digo, querido? Le entiendo perfectamente –dijo inclinándose hacia él-. Ahora puede

usted marcharse, como decimos en la corte, y si míster Copperfield quiere tomar su lugar…

-¿Qué dices, Florecilla? -preguntó Steerforth riendo y cediéndome la silla-. ¿Quieres

probar?

-Gracias, miss Mowcher; esta noche no.

-No diga que no -repuso la mujercita mirándome como experta-; un poquito más de

cejas.

-Gracias, en otra ocasión.

-Le hace falta una octava de pulgada más hacia la sien -dijo miss Mowcher-; es cosa de

pocos días.

-No, gracias; ahora no.

-¿Y no quiere usted un poco de tupé? -insistió-. ¿No? Déjeme, por lo menos, ahuecarle

un poco el pelo, y después pasaremos a las patillas, ¡vamos!

No pude por menos de enrojecer al negarme, pues sentía que acababa de tocar mi punto

flaco. Pero miss Mowcher, viendo que no estaba dispuesto a soportar las mejoras que su

arte podía causar en mi persona, y que me resistía por el momento a las seducciones del

frasquito que tenía en la mano preparado para mí, me dijo que no tardaríamos en

volvernos a ver, y me pidió que la ayudara a bajar de las alturas. Gracias a este socorro

bajó rápidamente y empezó a doblar su papada por encima de los cordones del sombrero.

-¿Le debo?… -dijo Steerforth.

-Cinco chelines, y es de balde, muchacho. ¿No es verdad que le parezco muy tribial,

míster Copperfield?

Respondí cortésmente: «Nada de eso» ; pero pensaba que lo era bastante, cuando un

momento después le vi lanzar al aire la moneda de cinco chelines, cogerla como un

escamoteador y deslizarla en su bolsillo dando un golpecito encima.

-Esta es la gaveta -dijo miss Mowcher; y acercándose a la silla volvió a meter en el

bolso todas las menudencias que había sacado-. Veamos -dijo-, ¿lo tengo ya todo? Me

parece que sí. No sería agradable encontrarse en la situación de Ned Biadwood, cuando le

llevaron a la iglesia para casarle y habían olvidado a la novia. ¡Ja, ja, ja! Es francamente

una mala persona el tal Ned; ¡pero tan gracioso! Ahora ya sé que les voy a destrozar el

corazón; pero no tengo más remedio que marcharme. Ya pueden hacer acopio de valor

para soportarlo. Adiós, míster Copperfield; cuídese mucho, Jockey de Norfolk. ¡Cuánto

he charlado! ¡Pero ustedes tienen la culpa, picaruelos! Bueno, les perdonaré. «Bob

swore» , como decía aquel inglés, por buenas noches, después de su primera lección de

francés, «Bob swore», duques míos.

Con su bolso colgando del brazo y sin dejar de charlar se adelantó, balanceándose,

hacia la puerta y se detuvo de pronto para preguntarnos si no queríamos un mechón de

sus cabellos. « Le debo parecer muy tribial, míster Copperfield» , dijo como comentario a

aquella proposición, y desapareció con el dedo apoyado en la nariz.

Steerforth reía de tan buena gana que no pude por menos de hacer otro tanto; de no ser

así, no sé si me habría reído. Después de aquella explosión de alegría, que duró un

momento, me dijo que miss Mowcher tenía una clientela muy numerosa y que se hacía

necesaria a muchísima gente de modos muy distintos. Había personas que la trataban con

ligereza, considerándola únicamente como una muestra de las extravagancias de la

naturaleza; pero tenía un espíritu tan fino y observador como el que más; y si tenía los

brazos cortos, no tenía la inteligencia menos larga. Añadió que había dicho la verdad al

vanagloriarse de estar a la vez en todas partes; pues de vez en cuando hacía excursiones

por provincias, donde siempre encontraba clientes nuevos, y terminaba por conocer a

todo el mundo. Le pregunté cuál era su carácter; si no eran todo equívocos en ella, y si su

simpatía se inclinaba por lo general a lo bueno; pero viendo que mis preguntas no le

interesaban, después de dos o tres tentativas renuncié a repetírselas. En cambio, me contó

una multitud de detalles sobre su habilidad y sus ganancias; me dijo que era una

especialista poniendo ventosas, y que me lo prevenía por si alguna vez necesitaba pedirle

ese servicio.

Miss Mowcher fue el principal tema de nuestra conversación durante la noche, y

cuando nos separamos todavía Steerforth se inclinó por la barandilla de la escalera

mientras yo bajaba para decirme: «Bob swore».

A1 llegar ante la casa de Barkis me sorprendió mucho el encontrar a Ham paseando de

arriba abajo, y todavía me sorprendió más el saber que la pequeña Emily estaba en casa

de su tía. Le pregunté, naturalmente, cómo no había entrado, en lugar de pasearse de

arriba abajo por la calle.

-¿Sabe usted, señorito Davy? -dijo titubeando-. Es porque Emily está hablando con una

persona.

-Mayor razón para que tú también estuvieras, Ham.

-Sí, señor; en general es verdad -replicó-; pero, ¿sabe usted, señorito Davy? -dijo

bajando la voz y en tono grave-. Es una joven, una muchacha que Emily conoció en otro

tiempo y a la que ahora no debía tratar.

Sus palabras fueron un rayo de luz que vino a aclarar mis dudas sobre la persona que

les seguía algunas horas antes.

-Es una pobre muchacha, señorito Davy, vilipendiada por todo el pueblo. No hay

muerto en el cementerio cuyo fantasma fuera capaz de hacer huir a la gente más que ella.

-¿No es la que os seguía esta noche por la playa?

-¿Nos seguía? -dijo Ham-. Es posible, señorito Davy; yo no sabía que estuviera aquí;

pero se ha acercado a la ventanita de Emily cuando ha visto luz, y ha dicho en voz baja:

«Emily, Emily, por amor de Dios, ten corazón de mujer conmigo. Yo era antes como tú»

. Y eran palabras muy solemnes, señorito Davy; ¿cómo negarse a oírlas?

-Tienes razón, Ham; y Emily ¿qué ha hecho?

-Emily le ha dicho: «Martha, ¿eres tú? ¿Es posible, Martha, que seas tú?». Pues habían

trabajado juntas durante mucho tiempo en casa de míster Omer.

-¡Ya la recuerdo! -exclamé, pues recordaba a una de las dos muchachas que había visto

la primera vez que estuve en casa de míster Omer. La recuerdo perfectamente.

-Martha Endell -dijo Ham-; tiene dos o tres años más que Emily; pero también han

estado en la escuela juntas.

-No he sabido nunca su nombre; dispensa que te haya interrumpido.

-La historia no es muy larga, señorito Davy -dijo Ham-. Esta es en pocas palabras:

«Emily, Emily, por amor de Dios, ten corazón de mujer conmigo, yo era antes como tú».

Quería hablar con Emily. Emily no podía hablar en casa, pues había vuelto su tío y, a

pesar de lo bueno y caritativo que es, no querría, no podría, señorito Davy, ver a esas dos

muchachas juntas, ni por todos los tesoros ocultos en el mar.

Ya lo sabía yo; no necesitaba que Ham me lo aclarase.

-Por lo tanto, Emily escribió con lápiz en un papelito y se lo dio por la ventana. «

Enseña esto -la decía- a mistress Barkis y ella te hará sentar al lado del fuego, por amor

mío, hasta que mi tío salga y yo pueda ir a hablarte.» Después me dijo lo que le acabo de

contar, pidiéndome que la trajera aquí. ¿Qué podía hacer yo? Emily no debía tratar a una

mujer como esa; pero, ¿cómo quiere usted que le niegue algo si me lo pide llorando?

Hundió la mano en el bolsillo de su gruesa chaqueta y sacó con mucho cuidado una

linda bolsita.

-Y si fuera capaz de negarle algo cuando llora, señorito Davy -dijo Ham extendiendo

cuidadosamente la bolsita en su mano callosa-, ¿cómo habría podido negarme a traerle

esto aquí, si sabía lo que quería hacer? ¡Una joyita como esta -dijo Ham mirando la bolsa,

pensativo-, y con tan poco dinero! ¡Emily, querida mía!

Le estreché la mano calurosamente cuando volvió a meter la bolsita en el bolsillo, pues

no sabía cómo expresarle toda mi simpatía, y continuamos paseando de arriba abajo en

silencio durante algunos minutos. La puerta se abrió entonces, y Peggotty hizo señas a

Ham para que entrara. Yo habría querido quedarme fuera; pero Peggotty volvió a

asomarse, rogándome que pasase. También me habría gustado evitar la habitación donde

estaban reunidos; pero era aquella cocinita limpia que ya he mencionado, cuya puerta

daba directamente a la calle, de modo que me encontré en medio del grupo antes de saber

dónde meterme.

La muchacha que había visto en la playa estaba allí, al lado del fuego, sentada en el

suelo, con la cabeza y los brazos apoyados en una silla, que Emily acababa de abandonar

y sobre la cual había tenido sin duda a la pobre abandonada apoyada sobre sus rodillas.

Apenas vi su rostro, pues tenía los cabellos sueltos como si se hubiera despeinado ella

misma. Sin embargo, pude ver que era joven y que tenía una voz hermosa. Peggotty había

llorado, y la pequeña Emily también. A nuestra llegada no pronunciaron ni una palabra, y

el tictac del viejo reloj holandés parecía diez veces más fuerte que de costumbre en aquel

profundo silencio.

Emily habló la primera.

-Martha querría ir a Londres, Ham.

-¿,Por qué a Londres? -respondió Ham.

Estaba de pie entre ellas y miraba a la joven postrada en tierra con una mezcla de

compasión y de disgusto por verla en compañía de la que amaba tanto. Siempre he

recordado aquella mirada.

Hablaban bajo, como si se tratara de una enferma; pero se entendía claramente todo,

aunque sus voces eran sólo un murmullo.

-Allí estaré mejor que aquí -dijo en voz alta Martha, que seguía en el suelo-. Nadie me

conoce; mientras que aquí todo el mundo sabe quién soy.

-¿Y qué va a hacer allí? -preguntó Ham.

Martha se levantó, le miró un momento de un modo sombrío; después, bajando la

cabeza de nuevo, se pasó el brazo derecho alrededor del cuello con una viva expresión de

dolor.

-Tratará de portarse bien -dijo la pequeña Emily-. No sabes todo lo que nos ha contado.

¿Verdad tía que no pueden saberlo?

Peggotty sacudió la cabeza con compasión.

-Sí; lo intentaré -dijo Martha- si ustedes me ayudan a marcharme. Peor que aquí no

podré ser. Quizá sea mejor. ¡Oh -dijo con un estremecimiento de terror-, arrancadme de

estas calles, donde todo el mundo me conoce desde la infancia!

Emily extendió la mano, y vi que Ham ponía en ella una bolsita. Ella la cogió, creyendo

que era su bolsa, y dio un paso; después, dándose cuenta de su error, volvió hacia él (que

se había retirado hacia mí) enseñándole lo que le acababa de dar.

-Es tuyo, Emily -le dijo-. Yo no tengo nada en el mundo que no sea tuyo, querida mía,

y para mí no hay placer más que en ti.

Los ojos de Emily volvieron a llenarse de lágrimas; después se acercó a Martha. No sé

lo que le dio. La vi inclinarse hacia ella y ponerle dinero en el delantal. Pronunció

algunas palabras en voz baja, preguntándole si sería suficiente. «Más que suficiente», dijo

la otra, y cogiéndole la mano se la besó.

Después, envolviéndose en su chal, ocultó el rostro en él y se acercó a la puerta

llorando ardientes lágrimas. Se detuvo un momento antes de salir, como si quisiera decir

algo; pero no dijo nada, y salió lanzando un gemido sordo y doloroso.

Cuando la puerta se cerró, la pequeña Emily nos miró a todos, después ocultó la cabeza

entre las manos y se puso a sollozar.

-Vamos, Emily -dijo Ham dándole con dulzura en el hombro-, vamos; no llores así.

-¡Oh! –exclamó ella con los ojos llenos de lágrimas-; no soy todo lo buena que debía

ser, Ham; no soy todo lo agradecida que debía.

-Sí que lo eres -dijo Ham-; estoy seguro.

-No -contestó la pequeña Emily sollozando y sacudiendo la cabeza-; no soy tan buena

como debiera, ni mucho menos, ¡ni mucho menos!

Y seguía llorando como si su corazón fuera a romperse.

-Abuso demasiado de tu amor, lo sé; te llevo la contraria; soy desigual contigo.

¡Cuando debía ser tan distinta! ¡No serías tú quien se portara así conmigo! ¿Por qué soy

mala entonces, cuando sólo debía pensar en demostrarte mi agradecimiento y en tratar de

hacerte dichoso?

-Me haces completamente dichoso -dijo Ham-. ¡Soy tan dichoso cuando te veo, querida

mía! Y también soy feliz todo el día pensando en ti.

-¡Ah! ¡Eso no es bastante! -exclamó ella-, pues eso proviene de tu bondad y no de la

mía. ¡Oh! Habrías podido ser mucho más feliz, Ham, queriendo a otra muchacha, a una

criatura más sensata y más digna de ti, a una mujer que fuera tuya por completo, y no

vana y caprichosa como yo.

-¡Pobre corazoncito! –dijo Ham en voz baja-. Martha la ha trastornado por completo.

-Te lo ruego, tía -balbució Emily-; ven aquí para que apoye mi cabeza en tu hombro.

Soy muy desgraciada esta noche, tía; me doy cuenta muy bien de que no soy todo lo

buena que debiera ser.

Peggotty se había apresurado a sentarse al lado del fuego. Emily, de rodillas a su lado,

con los brazos alrededor de su cuello, la miraba suplicante.

-¡Oh, te lo ruego, tía, ayúdame! ¡Ham, amigo mío, trata también de ayudarme tú!

¡Señorito Davy, por el recuerdo del tiempo pasado, ayúdeme también! Quiero ser mejor

de lo que soy. Quiero sentirme mil veces más agradecida. Querría recordar a todas horas

la felicidad de ser la mujer de un hombre tan bueno y de poder llevar una vida tranquila.

¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi corazón! ¡Ay de mi corazón!

Ocultó la cabeza en el pecho de mi antigua niñera y, cesando en sus súplicas que, en su

angustia, eran a la vez de mujer y de niña, como toda su persona, como el carácter mismo

de su belleza, continuó llorando en silencio, mientras Peggotty la tranquilizaba como a un

niño que llora.

Poco a poco se fue normalizando y pudimos consolarla hablándole al principio, dándole

valor después, para terminar con un poco de broma. Emily empezó por levantar la cabeza

y hablar también; después llegó a sonreír, y después a reír y, por fin, a sentirse un poco

avergonzada; entonces Peggotty arregló sus bucles revueltos y le enjugó los ojos por temor

a que su tío, al verla entrar, preguntase por qué había llorado su niña querida.

Aquella noche la vi hacer lo que no la había visto hacer nunca. La vi besar a su

prometido en la mejilla y, después, estrecharse contra aquel tronco robusto, como

buscando su más seguro apoyo. Cuando se alejaban, yo los miraba a la claridad de la

luna, comparando en mi espíritu esta partida con la de Martha, y vi que Emily le tenía

agarrado el brazo con las dos manos y seguía estrechamente unida a él.

CAPÍTULO III

CORROBORO LA OPINIÓN DE MÍSTER DICK

Y ME DECIDO POR UNA PROFESIÓN

A la mañana siguiente, cuando me desperté, pensé mucho en la pequeña Emily y en su

emoción de la noche anterior después de la partida de Martha. Me parecía que, al haber

sido testigo de aquellas debilidades y ternuras de familia, había entrado en una

confidencia sagrada y no tenía derecho a revelarla ni aun a Steerforth. Por ninguna

criatura del mundo experimentaba un sentimiento más dulce que el que me inspiraba la

preciosa criaturita que había sido la compañera de mis juegos y a quien había amado tan

tiernamente entonces, como estaba y estaré convencido hasta mi muerte. Me habría

parecido indigno de mí mismo, indigno de la aureola de nuestra pureza infantil, que yo

veía siempre alrededor de su cabeza, el repetir a los oídos de Steerforth lo que ella no

había podido callar en el momento en que un incidente inesperado la había forzado a

abrir su alma delante de mí. Tomé, pues, la decisión de guardar en el fondo del corazón

aquel secreto, que daba -según me parecía- una gracia nueva a su imagen.

Durante el desayuno me entregaron una carta de mi tía. Como trataba de una cuestión

sobre la que pensaba que los consejos de Steerforth valdrían tanto más que los de cualquiera

otro, decidí discutirlo con él durante nuestro viaje, radiante de poder consultarle.

Por el momento teníamos bastante con despedirnos de todos nuestros amigos. Barkis no

era el que menos sentía nuestra partida, y yo creo que de buena gana habría abierto de

nuevo su cofre y sacrificado otra moneda de oro si hubiéramos querido a ese precio

permanecer dos días más en Yarmouth. Peggotty y toda su familia estaban desesperados.

La casa entera de Omer y Joram salió a decimos adiós, y Steerforth se vio rodeado de tal

multitud de pescadores en el momento en que nuestras maletas tomaron el camino de la

diligencia, que si hubiéramos poseído el equipaje de un regimiento los mozos voluntarios

no habrían faltado para transportarlo. En una palabra, nos fuimos llevándonos el

sentimiento y el afecto de todos los conocidos y dejando tras de nosotros no sé cuántas

personas afligidas.

-¿Va usted a permanecer mucho tiempo aquí, Littimer? -le dije mientras esperaba a que

partiese la diligencia.

-No, señor -repuso-; probablemente no estaré mucho tiempo.

-Por el momento no lo sabe -dijo Steerforth en tono indiferente-; sólo sabe lo que tiene

que hacer, y lo hará.

-Estoy seguro -le respondí.

Littimer acercó la mano a su sombrero para darme las gracias por mi buena opinión, y

en aquel momento me pareció que yo no tenía más de ocho años. Nos saludó de nuevo

deseándonos un buen viaje, y le dejamos allí en medio de la calle, a aquel hombre

respetable y tan misterioso como una pirámide de Egipto.

Durante un rato permanecimos sin decir nada, pues Steerforth estaba sumido en un

silencio desacostumbrado, y yo me preguntaba cuándo volvería a ver todos aquellos

lugares testigos de mi infancia, y qué cambios tendríamos que sufrir en el intervalo ellos

y yo. Por fin, Steerforth, recobrando de pronto su alegría y animación -gracias a la

facultad que poseía de cambiar de tono a capricho-, me tiró de la manga.

-Y bien, ¿no me cuentas nada, Davy? ¿Qué decía esa carta de que me hablabas en el

desayuno?

-¡Oh! -dije sacándola del bolsillo-. Es de mi tía.

-¿Y te dice algo interesante?

-Me recuerda que he emprendido esta excursión con objeto de ver mundo y de

reflexionar.

-Y supongo que no habrás dejado de hacerlo.

-Me veo obligado a confesarte que, a decir verdad, no me he acordado mucho; es más,

tengo miedo de haberlo olvidado por completo.

-Pues bien; mira a tu alrededor ahora -dijo Steerforth- y repara tu negligencia. Mira

hacia la derecha, y verás un país llano y bastante pantanoso; mira hacia la izquierda, y

verás otro tanto, y hacia delante, y no hay diferencia, lo mismo que hacia atrás.

Me eché a reír diciéndole que no descubría profesión adecuada para mí en el paisaje, lo

que quizá era debido a su monotonía.

-¿Y qué dice tu tía del asunto? -preguntó Steerforth mirando la carta que tenía en la

mano, ¿Te sugiere alguna idea?

-Sí -respondí-. Me pregunta si me gustaría ser procurador del Tribunal de Doctores.

¿Qué te parece?

-No sé –dijo Steerforth con tranquilidad, Me parece que igual puedes hacerte

procurador que otra cosa cualquiera.

No pude por menos de reírme al oírle poner todas las profesiones al mismo nivel, y le

demostré mi sorpresa.

-¿Y qué es un procurador, Steerforth? -añadí.

-Es una especie de curial -replicó Steerforth- que actúa en el anticuado Tribunal de

Doctores, en un rincón abandonado cerca del cementerio de Saint Paul, donde vienen a

ser lo que los procuradores en los Tribunales de justicia. Es un funcionario cuya

existencia, según el curso natural de las cosas, debía haber desaparecido hace más de

doscientos años; pero voy a hacértelo comprender mejor explicándote lo que es el

Tribunal de Doctores. Es un lugar retirado, donde se aplica lo que se llama la ley

eclesiástica y donde se hacen toda clase de trampas con los antiguos monstruos de actas

del Parlamento, de los que la mitad del mundo ignora la existencia y el resto supone que

están ya en estado fósil desde los tiempos del rey Eduardo. Este Tribunal goza de un

antiguo monopolio para las causas relativas a testamentos, a contratos matrimoniales y a

las discusiones que surgen en las cuestiones de la Marina.

-Vamos, Steerforth -exclamé-, no querrás hacerme creer que hay la menor relación

entre los asuntos de la Iglesia y los de la Marina.

-No tengo esa pretensión, Florecilla; sólo quiero decirte que tanto una cosa como otra

se tratan y se juzgan por las mismas personas y en el mismo Tribunal. Vas un día, y les

oyes emplear todos los términos de marina del diccionario de Yung a propósito de «La

Nancy, que ha echado a pique a la Sarah Jane», o a propósito de « míster Peggotty y los

pescadores de Yarmouth, que durante una galerna han lanzado un áncora o un cable al

Nelson, de la India, en peligro», y si vuelves algunos días después estarán examinando

los testimonios en pro y en contra de un eclesiástico que se ha portado mal, y te darás

cuenta de que el juez del proceso marítimo es al mismo tiempo abogado de la causa

eclesiástica, y viceversa. Son como los actores, que hoy hacen de jueces y mañana no;

pasan de un papel a otro, cambiando sin cesar; pero siempre es un asunto muy lucrativo

el de esta comedia de sociedad representada ante un público extraordinariamente elegido.

-Pero los abogados y los procuradores, ¿no son la misma cosa? -pregunté confuso.

-No -replicó Steerforth-, porque los abogados son hombres que han tenido que

doctorarse en la Universidad; esa es la causa de que yo esté algo enterado. Los abogados

emplean a los procuradores; reciben en común buenos honorarios y se dan allí una vidita

muy agradable. En resumen, Davy, te aconsejo que no desprecies el Tribunal de Doctores.

Además, te diré, por si puede halagarte, que presumen de ejercer una profesión de lo

más distinguida.

Descontando la ligereza con que Steerforth trataba el asunto y reflexionando en la

antigua importancia que yo asociaba en mi espíritu con el viejo rinconcito cercano al cementerio

de Saint Paul, me sentí bastante dispuesto a aceptar la proposición de mi tía,

sobre la que me dejaba en absoluta libertad, diciéndome con toda franqueza que se le

había ocurrido yendo a ver últimamente a su procurador al Tribunal para arreglar su

testamento a mi favor.

-Eso sí que es digno de alabanza por parte de tu tía -dijo Steerforth cuando le

comuniqué aquella circunstancia- y merece alientos. Florecilla, mi opinion es que no

desdeñes su idea.

También fue lo que yo decidí. Le dije a Steerforth que mi tía me esperaba en Londres.

Había tomado habitaciones para una semana en un hotel muy tranquilo de los alrededores

de Lincoln’s Inn Fields, decidiéndose por aquella casa en vista de que tenía una escalera

de piedra y una puerta que daba al tejado; pues mi tía estaba convencida de que no había

precaución inútil en Londres, donde todas las casas debían incendiarse por la noche.

Terminamos el viaje insistiendo de vez en cuando sobre la cuestión del Tribunal de

Doctores y pensando en los tiempos lejanos en los que yo quería ser procurador;

perspectiva que Steerforth presentaba bajo una infinidad de aspectos a cual más

grotescos, que nos hacían llorar de risa. Cuando llegamos al término de nuestro viaje, él

se dirigió a su casa, prometiéndome una visita a los dos días, y yo me encaminé a

Lincoln’s Inn Fields, donde encontré a mi tía todavía levantada y esperándome para

cenar.

Si hubiera dado la vuelta al mundo desde que nos separamos, creo que no nos

habríamos sentido más dichosos al volvemos a ver. Mi tía lloraba de todo corazón

abrazándome, y me dijo, haciendo como que reía, que si mi pobre madre estuviera

todavía en el mundo no dudaba de que la pequeña inocente habría vertido lágrimas.

-Y ¿ha abandonado usted a míster Dick, tía -le pregunté-. ¡Cuánto lo siento! ¡Ah Janet!

¿Cómo está usted?

Mientras que Janet me hacía una reverencia y me preguntaba por mi salud, observé que

el rostro de mi tía se ensombrecía considerablemente.

-Yo también lo siento -dijo mi tía frotándose la nariz-, y no tengo un momento de

reposo desde que estoy aquí, Trot.

Antes de que pudiera preguntar la razón, me la dijo.

-Estoy convencida -dijo apoyando su mano encima de la mesa con una fuerza

melancólica-; estoy convencida de que el carácter de Dick no es bastante enérgico para

expulsar a los asnos. Decididamente, le falta energía. Debí dejar a Janet en su lugar;

habría estado más tranquila. Hoy mismo, estoy segura que si alguna vez ha pasado un

asno por mi césped ha sido esta tarde a las cuatro –continuo vivamente-, pues he sentido

un estremecimiento de la cabeza a los pies, y estoy segura de que era un asno.

Traté de consolarla, pero rechazaba todo consuelo.

-Estoy segura de que era un asno, y además ese asno inglés que montaba la hermana de

aquel Murderin el día que vino a casa (desde entonces, en efecto, mi tía no llamaba de

otro modo a miss Mourdstone), y si hay un asno en Dover cuya audacia me sea

insoportable -continuó dando un puñetazo en la mesa-, es ese animal.

Janet sugirió que quizá hacía mal mi tía preocupándose, pues creía que el burro en

cuestión estaba por el momento ocupado en transportar arena, lo que no le dejaría tiempo

para it a cometer delitos en su pradera. Pero mi tía no quería convencerse.

Nos sirvieron una buena cena, calentita, a pesar de lo lejos que estaba la cocina de las

habitaciones de mi tía, situada en el último piso. Si la había escogido así para mayor

seguridad de su dinero o por estar cerca de la puerta del tejado, no lo sé. La comida se

componía de pollo asado, rosbif y legumbres; todo excelente, y le hice honor. Mi tía, que

tenía sus prejuicios sobre los comestibles de Londres, no comía apenas.

-Apuesto cualquier cosa a que este pollo ha sido criado en una cueva, donde habrá

nacido -dijo mi tía-, y que no ha tomado el aire más que en el mercado después de

muerto. La carne supongo que será de buey, pero no estoy segura. Aquí no se encuentra

nada natural más que el lodo.

-¿Y no cree usted que este pollo pueda haber venido del campo, tía?

-Seguramente no -replicó mi tía- Para los comerciantes de Londres sería un disgusto

vender algo bajo su verdadero nombre.

No traté de contradecir aquella opinión, pero comí con buen apetito, lo que le satisfacía

plenamente. Cuando quitaron la mesa, Janet peinó a mi tía, la ayudó a ponerse su cofia de

dormir, que era más elegante que de costumbre (por si había fuego), según decía.

Después se remangó un poco la falda para calentarse los pies antes de acostarse, y yo le

preparé -siguiendo las reglas establecidas, de las que jamás, bajo ningún pretexto, había

que alejarse -un vaso de vino blanco caliente mezclado con agua, y le corté en tiras largas

y delgadas pan para tostar. Nos dejaron solos para terminar la velada. Mi tía estaba

sentada frente a mí y bebía su agua con vino, mojando una después de otra sus tostadas

antes de comérselas, y mirándome con ternura desde el fondo de los adornos de su cofia

de dormir.

-Y bien, Trot -me dijo-, ¿has pensado en mi proposición de hacerte procurador, o

todavía no has tenido tiempo?

-He pensado mucho, tía, y he hablado mucho de ello con Steerforth. Me encanta la idea.

-Vamos -dijo mi tía-, me alegro mucho.

-Sólo veo una dificultad, tía.

-¿Cuál, Trot?

-Quería preguntarle si mi admisión en el Tribunal de Doctores, que según creo se

compone de un número muy limitado de miembros, no será exageradamente cara.

-Sí es muy caro. Para que te hagas una idea son mil libras justas.

-¿Ve usted, tía? Eso es lo que me preocupaba -dije acercándome a ella- ¡Es una suma

considerable! Ha gastado usted ya mucho en mi educación, y ha sido en todo igual de

generosa. Nada puede dar idea de su bondad conmigo. Pero seguramente hay carreras a

las que me podría dedicar, sin gastar apenas, por decirlo así, y teniendo al mismo tiempo

esperanzas de éxito por medio del trabajo y la perseverancia. ¿Está usted segura de que

no sería mejor intentarlo? ¿Está usted segura de poder hacer todavía ese sacrificio y de

que no sería mejor evitarlo? Solamente le pido que lo piense.

Mi tía terminó sus tostadas, mirándome a la cara, y después depositó su vaso sobre la

chimenea, y apoyando sus manos cruzadas sobre la falda me contestó lo siguiente:

-Trot, hijo mío; yo tengo un solo objetivo en la vida, y es hacer de ti un hombre bueno,

sensible y dichoso. A ello me dedico, lo mismo que Dick. Yo querría que algunas personas

oyeran las conversaciones de Dick sobre ese asunto. Su sagacidad es sorprendente;

nadie conoce los recursos de la inteligencia de ese hombre más que yo.

Se detuvo un momento, y cogiendo mi mano entre las suyas, continuó:

-Es en vano, Trot, recordar el pasado, a menos que influya algo en el presente. Yo

quizás podía haberme portado mejor con tu pobre padre. Quizá podía haber sido mejor

amiga de aquella pobre niña que era tu madre, aun después de haberme defraudado con tu

hermana Betsey Trotwood. Cuando llegaste a mí, pobre chiquillo errante, cubierto de

polvo y agotado, quizá lo pensé así. Desde entonces hasta ahora, Trot, tú has sido para mí

un motivo de orgullo, satisfacciones, cariño. Nadie más que tú tiene derecho sobre mi

fortuna, es decir… (aquí, con gran sorpresa mía, dudó y pareció confusa…) no; nadie más

tiene derecho sobre mi fortuna, pues tú eres mi hijo adoptivo. Únicamente te pido que

también seas tú para mí un hijo cariñoso y que soportes mis extravagancias y caprichos;

de ese modo harás más por esta pobre vieja -cuya juventud no ha sido lo feliz que hubiera

debido ser- de lo que ella haya podido hacer por ti.

Era la primera vez que oía a mi tía referirse a su vida pasada. Y había tanta nobleza en

el tono tranquilo con que lo hacía y en no explayarse, que aumentaba mi respeto y cariño

por ella, si es que eso era posible.

-Ahora ya estamos de acuerdo, Trot -dijo mi tía-, y no necesitamos volver a hablar de

ello. Dame un beso, y mañana, después de almorzar, iremos al Tribunal de Doctores.

Todavía permanecimos largo rato charlando delante del fuego antes de acostarnos. Me

retiré a una habitación contigua a la de mi tía, quien no me dejó dormir en toda la noche

llamando a mi puerta en cuanto le preocupaba el ruido distante de coches y carros, para

preguntarme si no oía a las bombas de incendios. Cuando amanecía consiguió dormir

mejor y me permitió a mí hacerlo también.

A eso de las doce nos dirigimos a las Oficinas de los señores Spenlow y Jorkins. Mi tía,

que también pensaba que en Londres todo hombre que veía era un ratero, me dio su

portamonedas para que se lo llevara, y vi que llevaba en él diez guineas y algo de plata.

Nos detuvimos ante la tienda de juguetes de Fleet Street para mirar los gigantes de

Saint Dunstan tocando las campanas (habíamos calculado el tiempo para llegar a verlos a

las doce en punto), y después nos dirigimos a Ludgate Hill y al cementerio de Saint Paul.

Cuando llegábamos al primero de estos sitios observé que mi tía aceleraba el paso y

parecía asustada.

Al mismo tiempo me di cuenta de que un hombre de mal aspecto, que se había parado

para mirarnos al pasar un momento antes, nos seguía tan de cerca que rozaba el traje de

mi tía.

-¡Trot, mi querido Trot! -exclamó mi tía en un murmullo de terror y apretándome el

brazo-. ¡No sé qué hacer!

-No se asuste, tía; no merece la pena que se asuste. Entre en una tienda, y yo me

encargo de ese individuo.

-No no, hijo mío -repuso ella-, no le hables por nada del mundo. Te lo pido, te lo

ordeno.

-Por Dios, tía -dije yo-, si no es más que un mendigo descarado.

-Tú no sabes lo que es -replicó mi tía-. Tú no sabes quién es. ¡No sabes lo que tu dices!

Mientras sucedía esto nos habíamos detenido en un portal, y el hombre se había

detenido también.

-¡No le mires! -dijo mi tía, pues yo volvía la cabeza con indignación-. Búscame un

coche, hijo mío, y espérame en el cementerio de Saint Paul.

-¿Esperarla? -repetí.

-Sí -insistió mi tía- Yo ahora tengo que irme; tengo que irme con él.

-¿Con quién, tía? ¿Con ese hombre?

-No estoy loca, y te digo que debo hacerlo. Búscame un coche.

A pesar de lo sorprendido que estaba, me daba cuenta de que no tenía derecho a

negarme a lo que tan perentoriamente me ordenaba. Di con precipitación varios pasos y

llamé a un coche que pasaba. Apenas había bajado el estribo, cuando mi tía ya estaba

dentro y el hombre la siguió. Ella me hizo seña con la mano de que me alejara, con tal

seriedad, que, a pesar de mi confusión, me alejé de ellos al momento. Mientras lo hacía la

oí decir al cochero: «A cualquier sitio, siga adelante». Un momento después el coche

pasaba por mi lado.

Lo que mister Dick me había contado y que yo había supuesto serían fantasías de las

suyas me vino a la memoria. No cabía duda; aquél era el hombre de quien me había hablado

tan misteriosamente, aunque la naturaleza de sus derechos sobre mi tía no los podia

imaginar. Después de esperar media hora en el cementerio, vi llegar el coche. El cochero

paró delante de mí. Mi tía estaba sola.

Todavía no se había repuesto lo bastante de su emoción para presentarse donde nos

dirigíamos; así es que me hizo subir con ella al coche, ordenando al conductor que diera

una vuelta despacio. Únicamente me dijo:

-Hijo mío, no me preguntes nunca nada ni hagas referencia a esto.

Un momento después había recobrado todo su aplomo y me dijo que ya estaba repuesta

por completo y podíamos despedir el coche. Al pagar al cochero vi que todas las guineas

habían desaparecido y que sólo quedaba la plata.

Se entra en el edificio del Tribunal de Doctores por un arco pequeño y bajo. Apenas

habíamos dado algunos pasos por su recinto cuando el ruido de la ciudad se apagaba ya

en la lejanía, como por encanto; los patios oscuros y tristes, las galerías estrechas, nos

llevaron pronto a las oficinas de Spenlow y Jorkins, que recibían la luz Genital. En el

vestíbulo de aquel templo, en el que los peregrinos podían penetrar sin cumplir la

ceremonia de llamar a la puerta, había dos o tres escribientes trabajando. Uno de ellos, un

hombrecito seco, que estaba sentado solo en un rincón, llevaba peluca y parecía estar

hecho de pan moreno, se levantó para recibir a mi tía y nos introdujo en el despacho de

mister Spenlow.

-Mister Spenlow está en el Tribunal, señora -dijo el hombrecito-; pero voy a mandar a

buscarle al momento.

Nos quedamos solos, y aproveché la oportunidad para mirarlo todo. La habitación

estaba amueblada a la antigua, y todo estaba lleno de polvo; el tapete verde de la mesa

había perdido el color y estaba arrugado y pálido como un mendigo viejo. La tenían llena

de una cantidad enorme de carpetas. En el dorso de unas ponía: «Alegaciones» ; en otra,

con gran sorpresa mía, lei: «Libelos»; unos eran para el Tribunal del Consistorio; otros,

para el de los Arcos, y otros, para el de Prerrogativas. También los había para el del

Almirantazgo y para la Cámara de Diputados. Y yo pensaba cuántos Tribunales serían

entre todos, y cuánto tiempo haría falta para entenderlos. Había también gruesos

volúmenes manuscritos de «Declaraciones» , sólidamente encuadernados y atados juntos

por series enormes. Una serie para cada causa, como si cada causa fuera una historia en

diez o veinte volúmenes. Todo aquello debía de ocasionar muchos gastos, y me dio una

agradable idea de lo que ganarían los procuradores. Paseaba mi vista con creciente

complacencia por todos aquellos objetos y otros semejantes, cuando se oyeron pasos

rápidos en la habitación de al lado, y mister Spenlow, con traje negro guarnecido de

pieles blancas, entró rápidamente, quitándose el sombrero.

Era un hombre pequeño y rubio, con unas botas de un brillo irreprochable, una corbata

blanca y un cuello muy duro. Llevaba el traje abrochado hasta la barbilla, muy ceñido el

talle, y parecía que debía de haberle costado mucho trabajo el rizado de las patillas, que

también era impecable. Su cadena de reloj era tan maciza, que se me ocurrió pensar que

para sacarla del bolsillo necesitaría un brazo de oro tan robusto como los que se ven en

las muestras de los batidores de oro. Estaba tan compuesto y tan estirado, que apenas

podía moverse, viéndose obligado, cuando miraba los papeles de su pupitre -después de

sentado en su silla-, a mover todo el cuerpo de un lado a otro como una marioneta.

Fui presentado al momento por mi tía, y me recibió cortésmente. Me dijo:

-¿Así es, míster Copperfield, que desea usted entrar en nuestra profesión? El otro día,

cuando tuve el gusto de ver a miss Trotwood (con otra inclinación de su cuerpo, actuando

nuevamente como una marioneta) le hablé casualmente de que había aquí una vacante.

Miss Trotwood fue lo bastante buena para decirme que tenía un sobrino a quien no sabía

a qué dedicar. Este sobrino tengo ahora el placer de… (otra inclinación).

Hice un saludo de agradecimiento, y dije que mi tía me había hablado de aquella

vacante y que, como me parecía que había de gustarme mucho, había aceptado

inmediatamente la proposición. Sin embargo, no podía comprometerme formalmente sin

conocer mejor el asunto, y, aunque no fuese más que por asegurarme, me gustaría tener la

ocasión de probar para ver si me gustaba como creía antes de comprometerme

irrevocablemente.

-¡Oh, sin duda, sin duda! -dijo míster Spenlow-. Nosotros, en esta casa, siempre

proponemos un mes de prueba. Y yo, por mi parte, tendría mucho gusto en proponerle

dos o tres, o un plazo indefinido; pero como tengo un socio, míster Jorkins…

-Y la prima, caballero -repuse-, ¿es de mil libras?

-La prima, incluido su registro, es de mil libras -dijo míster Spenlow-. Como ya le he

dicho a miss Trotwood, no obro por consideraciones mercenarias; creo que habrá pocos

hombres más desinteresados que yo; pero míster Jorkins tiene sus opiniones sobre estos

asuntos, y yo estoy obligado a respetarlas. En una palabra, míster Jorkins opina que mil

libras no es mucho.

-Supongo, caballero -dije todavía, deseoso de salvar el dinero de mi tía-, que cuando un

empleado se haga muy útil y esté completamente al corriente de su profesión (no pude

por menos de enrojecer, parecía que aquello era elogiarme a mí mismo), supongo que

entonces quizá sea costumbre conceder algún…

Míster Spenlow, con un gran esfuerzo, consiguió sacar su cabeza del cuello de la

camisa lo bastante para sacudirla y contestarme anticipándose a la palabra «sueldo», que

yo iba a decir.

-No. No sé lo que yo haría tocante a este punto, míster Copperfield, si estuviera solo;

pero míster Jorkins es inconmovible.

Yo estaba muy asustado pensando en aquel terrible Jorkins. Más adelante descubrí que

era un hombre dulce, algo aburrido y cuyo puesto en la asociación consistía en permanecer

en segunda línea y en prestar su nombre para que le presentaran como el más

endurecido y cruel de los hombres. Si alguno de los empleados quería aumento de sueldo,

míster Jorkins no quería oír hablar de semejante proposición; si algún cliente tardaba en

arreglar su cuenta, míster Jorkins estaba decidido a hacérsela pagar, y por penoso que

pudiera ser y fuera aquello para los sentimientos de míster Spenlow, míster Jorkins hacía

su gravamen. El corazón y la mano del buen ángel de Spenlow siempre habrían estado

abiertos sin aquel demonio de Jorkins, que le retenía. Conforme he sido más viejo creo

haber entendido que otras muchas casas de comercio se rigen por el principio de Spenlow

Jorkins.

Quedamos de acuerdo en que empezaría mi mes de ensayo tan pronto como quisiera, y

que mi tía no necesitaba seguir en Londres ni volver cuando expirase el plazo, pues era

fácil enviarle a firmar el contrato necesario. Después de arreglar eso, míster Spenlow se

ofreció a enseñarme el edificio para que conociera los lugares. Como lo estaba deseando,

acepté y salimos dejando a mi tía, que no tenía ganas -según dijo- de aventurarse por allí,

pues, si no me equivoco, tomaba todos los Tribunales judiciales por otros tantos

depósitos de pólvora, siempre a punto de estallar. Míster Spenlow me condujo por un

patio adoquinado y rodeado de casas de ladrillo de aspecto imponente que tenían inscritas

encima de sus puertas los nombres de los doctores; eran, al parecer, la morada oficial de

los abogados de los cuales me había hablado Steerforth. De allí entramos, a la izquierda,

en una gran sala, bastante triste, que me parecía una capilla. El fondo de aquella

habitación estaba separado del resto por una balaustrada y allí, a cada lado de un estrado

en forma de herradura, vi, instalados en cómodas sillas, a numerosos caballeros

revestidos de rojo y con pelucas grises: eran los doctores en cuestión. En el centro de la

herradura había un anciano sentado en un estrado que parecía un púlpito. Si hubiera visto

a aquel señor en una jaula le habría tornado por un búho; pero supe que era el juez

presidente. En el espacio libre del interior de la herradura, a nivel del suelo, se veían

muchos personajes del mismo rango que mister Spenlow, vestidos como él, con trajes

negros guarnecidos de piel blanca; estaban sentados alrededor de una gran mesa verde.

Sus cuellos eran por lo general muy tiesos, y su aspecto también me lo pareció; pero no

tardé en darme cuenta de que respecto a eso no les hacía justicia, pues dos o tres de ellos

tuvieron que levantarse para responder a las preguntas del dignatario que les presidía, y

no recuerdo haber visto nadie más humilde en mi vida. El público estaba representado

por un chico con una bufanda y un hombre de raído indumento que mordisqueaba a

hurtadillas un mendrugo de pan que sacaba de su bolsillo y se calentaba al lado de la estufa

que había en el centro de la sala. La tranquila languidez de aquel lugar no era

interrumpida más que por el chisporroteo del fuego y por la voz de uno de los doctores,

que vagaba con pasos lentos a través de toda una biblioteca de testimonios, y se detenía

de vez en cuando en las pequeñas hosterías de discusiones incidentales que se encontraba

al paso. En resumen, nunca me había encontrado en una reunión de familia tan pacífica,

tan soñolienta, tan anticuada y tan amodorrante, y sentí que el efecto que debía producir

en todos los que tomaban parte en ella debía de ser el de un fuerte narcótico, excepto,

quizá, en el demandante.

Satisfecho de la tranquilidad profunda de aquel retiro, declaré a míster Spenlow que ya

había visto bastante por aqueIla vez y nos reunimos con mi tía, con la cual pronto dejé las

regiones del Tribunal de Doctores. ¡Ah! ¡Qué joven me sentí al salir de allí, cuando vi las

señas que se hacían los empleados señalándome unos a otros con sus plumas!

Llegamos a Lincoln’s Inn Fields sin nuevas aventuras, excepto el encuentro con un asno

enganchado al carrito de un vendedor, que trajo a la memoria de mi tía dolorosos recuerdos.

Una vez seguros en casa tuvimos todavía una larga conversación sobre mis

proyectos de porvenir, y como sabía que ella tenía ganas de volver a su casa y que, entre

el fuego, los comestibles y los ladrones, no pasaba agradablemente ni media hora en

Londres, le pedí que no se preocupara por mí y que me dejara desenvolverme solo.

-No creas que estoy en Londres desde hace ocho días sin haberme ocupado de tu

alojamiento; hay un cuarto amueblado para alquilar en Adelphi que creo puede

convenirte por completo.

Después de este corto prefacio, sacó del bolsillo un anuncio cuidadosamente recortado

de un periódico, en el que decía que se alquilaba en Buckingham Street Adelphi un bonito

piso de soltero, amueblado y con vistas al río, muy bien decorado y propio para

residencia de un joven. Se podía tomar posesión de él enseguida. Precio, moderado; se

alquilaba por meses.

-Es precisamente lo que necesito, tía –dije enrojeciendo de placer ante la sola idea de

tener una casa para mí solo.

-Entonces -dijo mi tía volviendo a ponerse el sombrero, que se acababa de quitar-,

vamos a verlo.

Salimos. El anuncio decía que había que dirigirse a mistress Crupp, y llamamos a la

campanilla de la puerta de servicio suponiendo comunicaría con las habitaciones de

aquella señora. Sólo después de llamar varias veces conseguimos persuadir a mistress

Crupp de que se pusiera en comunicación con nosotros. Era una señora gruesa, con una

falda de franela de volantes debajo de un traje de nanquín.

-Deseamos ver las habitaciones que alquila usted, señora –dijo mi tía.

-¿Para este caballero? –dijo mistress Crupp buscando en su bolsillo las llaves.

-Sí; para mi sobrino –dijo mi tía.

-Me parece que va a ser precisamente lo que necesita –dijo mistress Crupp.

Subimos las escaleras; estaba situado en lo más alto de la casa (punto muy importante

para mi tía, pues facilitaba la salida en caso de fuego) y consistía en una habitacioncita

oscura como vestíbulo, donde difícilmente podía verse algo; en una antesala

completamente oscura, donde no se veía nada en absoluto; en un gabinete y una alcoba.

Los muebles estaban bastante viejos, pero para mí eran buenos, y el río pasaba por debajo

de las ventanas.

Mientras yo lo miraba todo entusiasmado, mi tía y mistress Crupp se retiraron a la

antesala para discutir las condiciones.

Yo me senté en el sofá del gabinete, no atreviéndome a creer que una residencia tan

formal pudiera ser para mí. Después de un singular combate de bastante duración,

aparecieron, y vi con alegría en la fisonomía de ambas que era cosa hecha.

-¿Son los muebles del último huésped? -preguntó mi tía.

-Sí señora -dijo mistress Crupp.

-¿Y qué ha sido de él? -preguntó mi tía.

Mistress Crupp fue presa de un golpe de tos violentísimo, en medio del cual contestó

con dificultad:

-Cayó enfermo aquí, señora, y… ¡ugh! ¡ugh! ¡ugh! ha muerto.

-¡Ah! ¿Y de qué murió? -preguntó mi tía.

-Pues señora, ha muerto de tanto beber –dijo mistress Crupp en tono confidencial- y de

humo.

-¿De humo? ¿No será a causa de las chimeneas? -dijo mi tía.

-No señora -repuso mistress Crupp-. Cigarros y pipas.

-Por lo menos no es contagioso, Trot –observó mi tía volviéndose hacia mí.

-No, por cierto –dije yo.

En resumen, mi tía, viendo lo encantado que yo estaba con el piso, lo alquiló por un

mes, con derecho de conservarlo un año después del primer mes de prueba.

Mistress Crupp tenía que ocuparse de mi ropa y de la cocina; todas las demás

necesidades de la vida estaban ya en el piso, y aquella señora se comprometió

formalmente a sentir por mí la ternura de una madre.

Debía entrar en posesión de la casa dos días después, y mistress Crupp daba gracias al

cielo por haber encontrado alguien a quien prodigar sus cuidados.

Al volver al hotel, mi tía me dijo que contaba con la vida que iba a llevar para darme

firmeza y confianza en mí mismo, que era lo único que me faltaba. Al día siguiente me

repitió el mismo consejo muchas veces mientras nos ocupábamos de que nos enviaran mi

ropa y mis libros, que estaban todavía en casa de míster Wickfield. Escribí una larga carta

a Agnes pidiéndoselos y al mismo tiempo le contaba mis últimas vacaciones. Mi tía, que

debía partir al día siguiente, se encargó de mi carta. Para no prolongar estos detalles,

añadiré únicamente que mi tía me proveyó de todas las necesidades que podía tener y

satisfacer en aquel mes de ensayo; que Steerforth, con gran desilusión nuestra, no

apareció antes de su marcha; y que no la dejé hasta verla instalada y segura en la

diligencia de Dover con Janet a su lado y gozando de antemano de las victorias que iba a

obtener sobre los asnos errantes. Y después de la partida de la diligencia tomé el camino

de Adelphi, recordando los tiempos en que erraba por sus arcos subterráneos y pensando

en los felices cambios que me habían traído a la superficie.

CAPÍTULO IV

MI PRIMER EXCESO

Era una cosa deliciosa el tener aquel distinguido castillo para mí solo y sentirme,

cuando cerraba la puerta, como Robinson Crusoe cuando, después de encerrarse en sus

fortificaciones, retiraba la escala tras de sí. Era una cosa deliciosa el pasear por la ciudad

con la llave de mi casa en el bolsillo y saber que podía invitar a quien me pareciese,

completamente seguro de que no molestaba a nadie, de no ser a mí mismo. Era una cosa

deliciosa el salir y entrar cuando me parecía, sin tener que dar cuentas a nadie, y el tocar

la campanilla para que mistress Crupp subiera, toda sofocada, de las profundidades de la

tierra cuando la necesitaba (y cuando le daba la gana subir). Todo esto, digo, me parecía

la cosa más encantadora; pero, debo decirlo también, había veces en que me parecía

triste.

Por las mañanas era delicioso, y sobre todo en las mañanas hermosas. Con la luz del día

me parecía aquella una vida joven, libre y agradable, y todavía más libre y mas joven si

hacía sol; pero al declinar la tarde la vida parecía bajar también. Yo no sé en qué

consistiría; pero perdía mucho de su belleza a la luz de las velas. Entonces deseaba

alguien con quien hablar, echaba de menos a Agnes. Encontraba un enorme vacío en la

falta de la tranquila sonrisa de mi confidente. Mistress Crupp parecía que estaba muy

lejos. Pensaba en mi predecesor, que había muerto de beber y fumar, y deseaba que

hubiese sido lo bastante consecuente como para seguir viviendo en lugar de fastidiarme

con su muerte.

Después de dos días con sus noches me parecía como si hubiese vivido allí un año, y

todavía no era ni una hora más viejo, y seguía tan atormentado como siempre por mi juventud.

Steerforth no aparecía, haciéndome temer que estaría enfermo, por lo que al tercer día

abandoné el Tribunal de Doctores más temprano para tomar el camino de Hyghgate.

Mistress Steerforth me recibió con mucha bondad y me dijo que su hijo había ido con un

amigo de Oxford a visitar a otro amigo de los dos que vivía cerca de Saint Albans, pero

que le esperaban al día siguiente. Le quería tanto, que me sentí celoso de sus amigos de

Oxford.

Me instó para que me quedara a comer; acepté, y creo que no hablamos más que de él

en todo el día. Yo le contaba sus éxitos de Yarmouth, felicitándome de lo buen

compañero que había sido para mí. Miss Dartle no escatimó las insinuaciones ni las

preguntas misteriosas; pero se tomaba el mayor interés por todos nuestros hechos y

gestos, y repetía tan a menudo: «¿de verdad?»… «¿es posible?», que me hizo contar todo

lo que ella quería saber. No había cambiado nada desde el día en que la conocí; sin

embargo, la reunión con aquellas dos señoras me pareció tan agradable, encontré tanta

amabilidad en ellas, que vi el momento en que me iba a enamorar un poco de miss Dartle.

No pude por menos que pensar muchas veces durante la velada, y sobre todo al volver a

casa por la noche, que sería una compañera encantadora para llevarme a Buckinghan

Street.

Al día siguiente por la mañana estaba a punto de tomar mi café antes de it al Tribunal

de Doctores (y puedo observar aquí que estaba pensando lo extraordinaria que era la

cantidad de café que mistress Crupp compraba y lo claro que me lo hacía), cuando

Steerforth en persona entró, causándome la mayor alegría.

-Mi querido Steerforth -exclamé-, empezaba a creer que no iba a volver a verte nunca.

-Me arrebataron a la fuerza al día siguiente de mi llegada a casa… Pero dime, Florecilla,

¡estás instalado aquí como un viejo solterón!

Le enseñé toda la casa, sin olvidar la despensa, con cierto orgullo, y no fue parco en

alabanzas.

-¿Sabes lo que te digo, muchacho? -añadió- Que voy a hacer de la tuya mi casa de la

ciudad, a menos que me pongas de patitas en la calle.

¡Qué agradable de oír era aquello! Le dije que si esperaba eso podía esperar hasta el día

del Juicio.

-Pero vas a tomar algo -añadí, alargando la mano hacia la campanilla-. Mistress Crupp

te hará café, y yo te asaré unas tajadas de magro en un hornito de Dutch que tengo aquí.

-No, no –dijo Steerforth-; no llames; no puedo, tengo que almorzar con uno de esos

muchachos que está en el Hotel Piazza, en Covent Garden.

-Pero ¿vendrás a comer? -le dije.

-Por mi vida que no puedo. No hay nada que pudiera gustarme más; pero estoy

comprometido con esos dos muchachos, y mañana por la mañana partimos los tres juntos.

-Entonces tráelos también a ellos a comer aquí -repuse-. ¿Crees que no querrán venir?

-¡Oh! Ya lo creo que querrán, en cuanto se lo diga -dijo Steerforth-; pero es mejor que

vengas tú a comer con nosotros a cualquier parte.

No quise consentir en ello de ninguna manera, pues se me había metido en la cabeza

que debía celebrar la inauguración de mi casa, y me parecía que no podía encontrar mejor

oportunidad. Estaba más orgulloso que nunca de mis habitaciones, después de la

aprobación de Steerforth, y ardía en deseos de demostrarle todos sus recursos. Por lo

tanto, le hice prometerme formalmente, en nombre de sus dos amigos, que vendrían, y

fijamos la hora de la comida para las seis.

Cuando se marchó llamé a mistress Crupp y le anuncié mi atrevido proyecto. Mistress

Crupp me dijo, en primer lugar, que, naturalmente, no esperaría que ella nos sirviera la

mesa, pero que conocía un joven muy hábil, que quizá consintiera en servir por cinco

chelines y una pequeña gratificación además. Le respondí que, en efecto, necesitábamos a

aquel hombre. Después mistress Crupp añadió que era evidente que ella no podía estar en

dos sitios a la vez (lo que me pareció razonable) y que una muchacha, instalada en la

despensa con una luz, era indispensable para lavar sin parar los platos. Le pregunté cuál

podía ser el coste de los servicios de aquella muchacha. Mistress Crupp suponía que

dieciocho peniques no me arruinarían. Yo también lo suponía así, y fue otro punto

decidido. Entonces mistress Crupp dijo:

-Bueno; ahora vamos a ocuparnos del menú.

El albañil que había construido la chimenea de la cocina de mistress Crupp había sido

muy poco precavido y la había hecho de tal modo que no se podían guisar en ella más

que chuletas y patatas.

En cuanto a una cazuela para el pescado, mistress Crupp dijo que no tenía más que ir a

mirar su batería de cocina: no podía decirme más; ¡si quería, no tenía más que ir a verla!

Como no me habría servido de nada el ir a verla, me negué diciendo:

-Nos podemos pasar sin pescado.

Pero mistress Crupp protestó:

-No diga usted eso; ahora hay ostras, y no hay mas remedio que ponerlas.

-¡Vaya por las ostras!

Mistress Crupp me dijo entonces que su opinión era hacer el menú del modo que sigue:

Un par de pollos asados …. que se traerían del mesón. Un plato de carne con legumbres

…. del mesón; dos cosas ligeras, como una empanada caliente y una fuente de riñones…,

del mesón, y una tarta (si yo quería) y un helado…, del mesón. Esto la dejaría en completa

libertad para concentrar su atención en las patatas y para servir a punto, como deseaba, el

queso y el apio.

Acepté lo decidido por mistress Crupp, y yo mismo di el encargo en el mesón. Después,

bajando por el Strand, observé en el escaparate de una carnicería un bloque de una

sustancia dura que parecía mármol, pero que se llamaba « falsa tortuga»; entré y compré

un trozo de ella, que después he tenido razones para creer que era suficiente para quince

personas. Esto, mistress Crupp, al cabo de muchas dificultades, consintió en calentarlo;

pero disminuyó tanto al hacerse líquido, que nos pareció, como decía Steerforth, bastante

escasito para nosotros cuatro. Terminados estos preparativos felizmente compré un

postrecito en el mercado de Covent Garden a hice un encargo bastante considerable en

una tienda de vinos de la vecindad. Cuando volví a casa por la tarde y vi las botellas

alineadas en escuadra en el suelo de la despensa, me parecieron tantas (aunque se habían

perdido dos, con gran descontento de mistress Crupp) que me asusté.

Uno de los amigos de Steerforth se llamaba Grainger, y el otro, Markhan. Eran ambos

muy alegres y joviales; Grainger, algo mayor que Steerforth; Markhan parecía más joven,

no representaba más de veinte años. Observé que este último hablaba siempre de sí

mismo como de «un hombre», y no empleaba casi nunca la primera persona del singular.

-Uno podría vivir aquí muy bien, míster Copperfield -dijo Markhan refiriéndose a sí

mismo.

-No está mal situada -contesté-, y las habitaciones son realmente cómodas.

-Espero que los dos traigáis apetito -dijo Steerforth.

-Por mi honor -replicó Markhan- debe de ser la ciudad te que abre de este modo el

apetito; se tiene hambre todo el día, aunque se esté comiendo continuamente.

Sintiéndome algo intimidado y demasiado joven para presidir, hice a Steerforth ponerse

a la cabecera de la mesa, cuando subieron la comida, y yo me senté frente a él. Todo

estaba muy bueno; no economizamos el vino, y Steerforth estuvo tan brillante para hacer

que la cosa resultara bien, que nuestras risas no tenían descanso, y fue una verdadera

fiesta. Yo, durante la comida, no estuve todo lo agradable que habría deseado; pero mi

silla estaba frente a la puerta y me distraía viendo que el joven «hábil» salía de la habitación

muy a menudo, y un momento después se proyectaba su sombra en la pared de la

antesala con una botella en la boca. También la muchacha me ocasionó alguna inquietud;

no tanto porque se descuidara en el fregado de los platos, sino porque los rompía. Se

conoce que era muy curiosa, y en lugar de encerrarse (como se le había indicado expresamente)

en la despensa, estaba asomándose constantemente a vernos, y creyéndose

siempre descubierta, salía corriendo por encima de los platos que iba dejando limpios en

el suelo, y aquellas retiradas eran desastrosas.

Esto, sin embargo, eran pequeñeces, que olvidé fácilmente cuando, después de limpiar

el mantel, trajeron el postre; en aquel momento de la fiesta nos dimos cuenta de que el

joven « hábil» había perdido el use de la palabra. Y dándole en secreto el consejo de que

fuera a buscar a mistress Crupp y de que se llevara consigo a la muchacha, me abandoné

por completo a la alegría.

Empecé por sentirme extrañamente alegre y de buen humor; toda clase de cosas medio

olvidadas me vinieron a la imaginación, y hablé de ellas con una verbosidad desacostumbrada.

Reí con toda mi alma de mis propios chistes y de los de los demás; llamé a

Steerforth al orden porque no hacía circular el vino, y me comprometí a ir a Oxford;

anuncié que pensaba dar una comida exactamente como aquella una vez por semana, y

tomé tanto tabaco de la tabaquera de Grainger, que me vi obligado a retirarme a la

antesala para estornudar a mi gusto durante diez minutos.

Continuaba haciendo circular el vino cada vez más deprisa, descorchando botellas

continuamente y antes de que fuera necesario. Propuse brindar a la salud de Steerforth.

Dije que era mi más querido amigo, el protector de mi infancia y el compañero de mi

juventud. Dije que estaba encantado de poder brindar por su salud; dije que tenía con él

más obligaciones de las que podría nunca cumplir, y que sentía una admiración que no

podría expresar, y terminé diciendo:

-A la salud de Steerforth, y que Dios le bendiga. ¡Viva!

Bebimos tres veces tres vasos, y después otra vez, y después otra para terminar. Al dar

la vuelta a la mesa para it a estrecharle la mano, rompí mi vaso y le dije (en dos palabras):

-Steerforth, tú eres la estrella que guías mi existencia.

Seguimos bebiendo, y de pronto me di cuenta de que alguien estaba a la mitad de una

canción: era Markhan, que cantaba «cuando el corazón de un hombre está deprimido por

las preocupaciones » . Cuando terminó de cantar, les propuso brindar por « la mujer». No

me gustó y no quise consentirlo; le dije que no era respetuoso el brindis propuesto, y que

en mi casa yo no permitía que se brindara y bebiera si no era «por las señoras». Estuve

muy arrogante con él, principalmente porque me pareció que Steerforth y Grainger se

reían de mí (o de él, o de los dos). Él me contestó que un hombre no se dejaba dar

lecciones. Yo le dije que, en efecto, así debía ser. Él repuso que un hombre no se dejaba

insultar, y yo le contesté que tenía razón, y que nunca bajo mi techo podría temer

semejante cosa, pues allí los lares eran sagrados y las leyes de la hospitalidad

omnipotentes. Grainger contestó que no era claudicación para la dignidad de su honor el

reconocer que yo era un muchacho encantador. Al momento propuse beber a su salud.

Alguien fumaba, y todos nos pusimos a fumar; yo también, a pesar de lo que me

repugnaba. Steerforth había pronunciado un discurso en mi honor, durante el cual me

había conmovido casi hasta llorar. Le respondí expresando el deseo de que la presente

sociedad comiera conmigo al día siguiente, y al otro, y todos los demás, a las cinco, con

objeto de gozar de su compañía y de su conversación toda la velada. Me sentí obligado a

un brindis individual, y propuse beber a la salud de mi tía «miss Betsey Trotwood, el

honor de su sexo».

Después, alguien se inclinaba por la ventana de mi alcoba y apoyaba su frente ardorosa

contra las piedras de la balaustrada, recibiendo el viento en el rostro: era yo. Me dirigía a

mí mismo, llamándome Copperfield y me decía: « ¿Por qué has fumado? Ya sabes que no

puedes hacerlo». Después alguien que no está muy seguro sobre sus piernas se mira al

espejo. También soy yo. Me encuentro muy pálido; con la mirada vaga y los cabellos

(sólo los cabellos) que parecen borrachos.

Alguien me dice: «Vamos al teatro, Copperfield». Ya no veo la alcoba, sólo veo la

mesa cubierta de vasos; la lámpara; Grainger a mi derecha, Markhan a mi izquierda, y

Steerforth enfrente, todos sentados como en una niebla lejana. « ¿Al teatro? ¡Sin duda!

¡Eso es! ¡Vamos! Dispensadme si salgo el último para apagar la luz; no sea que cause un

incendio.»

Sin duda a causa de alguna confusión en la oscuridad, la puerta había desaparecido y yo

la buscaba en las cortinas de la ventana, cuando Steerforth, riendo, me agarró de un brazo

y me sacó fuera. Bajamos las escaleras uno tras otro. Cerca del final, alguien se cayó y

rodó hasta el portal. Alguien dijo que había sido Copperfield. Yo estaba indignado de

aquella falsa noticia, hasta el momento en que, encontrándome en el suelo, empecé a

creer que quizá tenía algún fundamento aquella suposición.

Era una noche de niebla espesa, con grandes aureolas alrededor de los faroles de la

calle. Oí decir vagamente que llovía; pero a mí me parecía que helaba. Steerforth me

sacudió un poco debajo de un farol, me puso el sombrero, que alguien había sacado de no

sé dónde ni cómo, pues antes no lo tenía, y me preguntó: « ¿Cómo lo encuentras,

Copperfield?», y yo le respondí: « Mejor que nunca».

Un hombre embutido en una taquilla apareció tras la niebla y recibió dinero de alguien,

al mismo tiempo que preguntaba si habían pagado por mí; pareció dudar (a lo que puedo

recordar de aquel instante rápido como un relámpago) si dejarme entrar o no, y un

momento después estábamos sentados en lo alto de un teatro asfixiante. Nos asomamos al

patio de butacas, que parecía echar humo; la gente amontonada allí se confundía a mis

ojos. Había también un gran escenario, que parecía muy limpio y muy brillante cuando se

venía de la calle, y además había gente que se paseaba y hablaba en él de algo, pero de

una manera confusa. Había mucha luz, música, señoras en los palcos, y no sé qué más.

Me parecía que todo el edificio tomaba una lección de natación al ver las oscilaciones

extrañas con que todo se me escapaba cuando trataba de fijar la vista.

Ante la proposición de alguien, decidimos bajar a los primeros palcos, donde estaban

las señoras. Vi a un señor vestido de etiqueta echado en un diván con los gemelos en la

mano, y me vi también a mí mismo de pie ante un espejo.

Me introdujeron en un palco, donde me di cuenta de que hablaba mientras me sentaba,

y que a mi alrededor gritaban: «¡Silencio!» a alguien; vi que las señoras me lanzaban

miradas de indignación y… ¿qué?… ¡Sí!… Agnes, sentada delante de mí en el mismo

palco, al lado de un señor y de una señora que yo no conocía. Ahora veo su rostro

seguramente mucho mejor que cuando lo vi entonces, volverse hacia mí con una

expresión inolvidable de asombro y pena.

-¡Agnes! -dije temblando-. ¡Dios mío, Agnes!

-¡Chsss!, te lo ruego -me respondió sin que yo pudiera comprender por qué- Molestas a

la gente; mira a la escena.

Traté, según me ordenaban, de ver y oír algo de lo que sucedía; pero fue inútil. La miré

de nuevo y la vi ocultarse en un rincón y apoyar la frente en su mano enguantada.

-Agnes -le dije-, me parece que no estás bien.

-Sí, sí; no te preocupes por mí, Trotwood -replicó ella-; escúchame: ¿te vas a marchar

pronto?

-¿Si me marcho pronto? -repetí.

-Sí.

Tuve la estúpida intención de contestar que la esperaría para darle el brazo en las

escaleras, y supongo que debí decirle algo, pues después de mirarme atentamente un momento

pareció comprender y replicó en voz baja:

-Sé que harás lo que te pida, si te digo que me interesa mucho. Vete ahora mismo,

Trotwood, por cariño a mí; ruega a tus amigos que te acompañen a tu casa.

Su presencia había producido ya bastante efecto sobre mí para que me sintiera

avergonzado a pesar de mi cólera, y con un corto «buesches» (que quería decir buenas

noches) me levanté y salí. Steerforth me siguió, y me pareció que no había dado más que

un paso desde la puerta del palco a la de mi habitación, donde me encontré solo con él.

Me ayudó a desnudarme, mientras yo le decía, alternativamente, que Agnes era mi

hermana y que le rogaba que me trajera el sacacorchos para abrir otra botella.

Alguien pasó la noche en mi cama diciendo y haciendo sin cesar las mismas cosas, en

un sueño febril; la cama parecía un mar agitado, que no se calmaba nunca. Después,

cuando poco a poco fui encontrándome a mí mismo, empecé a sentirme la garganta seca,

la piel ardorosa, y me parecía que mi lengua era el fondo de un puchero vacío que se

estuviese calentando a fuego lento y que las palmas de mis manos eran dos planchas de

metal ardiendo que ni el hielo podrían refrescar.

¡Qué agonía de espanto, qué remordimiento, qué vergüenza sentí cuando recobré

conciencia al día siguiente! ¡Qué horror pensar las mil tonterías que habría cometido sin

darme cuenta y que ya no podría reparar nunca! ¡El recuerdo de aquella inolvidable

mirada de Agnes; la imposibilidad en que me encontraba de tener una explicación con

ella, puesto que ni siquiera sabía (era un animal) ni por qué había venido a Londres ni

dónde paraba; el asco que me causaba la vista de la habitación en que había tenido lugar

el festín; el olor del tabaco; los vasos todavía sucios; el dolor de cabeza que tenía, que me

impedía salir y casi levantarme! ¡Qué día!

Y ¡qué noche cuando, sentado al lado del fuego, saboreando lentamente una taza de

caldo de cordero cubierta de grasa, pensaba que tomaba el mismo camino que mi predecesor

y que le sucedería en su triste suerte igual que en su habitación! ¡Tenía muchas

ganas de irme corriendo a Dover con mi tía para hacer confesión general!

¡Qué noche cuando mistress Crupp vino a llevarse la taza de caldo y me trajo, en un

plato, un riñón, un solo riñón, como único resto (según decía) del festín de la víspera.

Estuve a punto de caer sobre su seno de nanquín y de exclamar en mi arrepentimiento

sincero: «¡Oh mistress Crupp, mistress Crupp; no me hable de los restos, que soy muy

desgraciado!».

Lo que únicamente me detuvo en aquel impulso del corazón fue que no estaba muy

seguro de que mistress Crupp fuera precisamente la mujer en quien poder depositar la

confianza.

CAPÍTULO V

EL ANGEL BUENO Y EL ANGEL MALO

A la mañana siguiente de aquel deplorable día de dolor de cabeza, de mareos y de

arrepentimiento, iba a salir, sin acordarme ya bien de la fecha del festín, como si un

escuadrón de titanes hubiera lanzado la antevíspera en un pasado de muchos meses,

cuando vi a un muchacho que subía con una carta en la mano. No se daba mucha prisa

para ejecutar su misión; pero cuando me vio mirarle desde lo alto de la escalera por

encima de la barandilla echó a correr y llegó a mi lado tan sofocado como si llevara

muchas horas sin parar.

-¿Míster T. Copperfield? -dijo tocándose el sombrero.

Estaba tan emocionado por la convicción de que aquella carta era de Agnes, que apenas

podía contestar que era yo. Terminé, sin embargo, por decide que yo era míster T. Copperfield,

y no puso ninguna dificultad en creerme.

-Aquí está la carta, y espero contestación.

Lo dejé en el descansillo de la escalera y cerré la puerta al volver a entrar en casa;

estaba tan conmovido, que me vi obligado a dejar la carta encima de la mesa al lado del

desayuno para familiarizarme un poco con la letra antes de decidirme a romper el sobre.

A1 leerla vi que era una carta muy cariñosa y que no hacía ninguna alusión al estado en

que me había encontrado la antevíspera en el teatro. Decía únicamente:

«Mi querido Trotwood:

»Estoy en casa del apoderado de papá, míster Waterbrook, en Ely-place,

Holborn. ¿Puedes venir a verme hoy? Estaré a la hora que me digas.

»Siempre tu afectuosa,

AGNES.»

Tardé tanto en escribir una respuesta que me satisficiera algo, que no sé lo que el

muchacho creería. Estoy seguro de que hice lo menos media docena de borradores: Uno

empezaba: «¿Cómo puedo esperar, mi querida Agnes, borrar nunca de tu memoria la

impresión de asco…». Al llegar ahí no estaba satisfecho y la rompí. Otra empezaba: «Ya

Shakespeare hizo la observación, mi querida Agnes, de lo extraño que era que un hombre

pueda meter a su propio enemigo en su boca…» . Pero ese hombre indefinido me recordó

a Markhan, y no continué. Traté de hacer hasta poesía. Empecé una de seis sílabas: «¡Oh,

no recordemos!» …; pero aquello se parecía al « 15 de noviembre», y me pareció un

absurdo. Después de muchas tentativas escribí:

«Mi querida Agnes:

Tu carta es como tú. ¿Qué más puedo decir en su favor? Iré a las cuatro.

Con mucho cariño y arrepentimiento,

T. C.»

Con esta misiva (que tan pronto como estuvo fuera de mis manos deseé recobrarla)

partió, por último, el muchacho.

Si el día fuera la mitad de penoso para cualquiera de los profesionales empleados en el

Tribunal de Doctores que lo fue para mí, creo sinceramente que expiarían con crueldad la

parte que les toca de aquel viejo y rancio queso eclesiástico. Dejé la oficina a las tres y

media; algunos minutos después vagaba por los alrededores de la casa de míster

Waterbrook. Sin embargo, la hora fijada para mi cita había pasado hacía un cuarto de

hora, según el reloj de Saint Andrew Hilborn, antes de que yo hubiera reunido el valor

suficiente para llamar a la campanilla particular, a la izquierda de la puerta de míster

Waterbrook.

Los negocios profesionales de míster Waterbrook se hacían en el piso bajo, y los de un

orden más elevado (que eran muchos), en el primer piso. Me hicieron entrar en un bonito

salón, un poco ahogado, donde encontré a Agnes haciendo punto.

Tenía una expresión tan serena y tan buena y me recordó tan vivamente los días de

fresca y dulce inocencia que había pasado en Canterbury, en contraste con el miserable

espectáculo de borrachera y vicio que le había presentado yo la antevíspera que,

dejándome llevar de mi arrepentimiento y de mi vergüenza, me porté como un niño. Sí;

tengo que confesarlo: me deshice en lágrimas, y todavía ahora no sé si al fin y al cabo fue

lo mejor que podía haber hecho, o si me puse en ridículo.

-Si hubiera sido cualquier otra persona la que me hubiese visto en aquel estado, Agnes

-le dije, evitando mirarla-, no estaría ni la mitad de afligido; pero que fueras tú,

¡precisamente tú! ¡Ah! ¡Habría preferido morirme!

Ella puso un instante su mano sobre mi brazo, y a aquel contacto me sentí consolado y

animado y no pude por menos de llevar aquella mano a mis labios y besarla con agradecimiento.

-Siéntate y no te desesperes -dijo Agnes en tono cariñoso-. No te desesperes, Trotwood;

si no puedes tener en mí completa confianza, ¿en quién vas a tenerla?

-¡Ah, Agnes! -contesté-. ¡Eres mi ángel bueno!

Ella sonrió casi con tristeza, y movió la cabeza.

-Sí, Agnes, mi ángel bueno, siempre mi ángel bueno.

-Si fuera eso verdad, Trotwood -repuso-,hay una cosa que le gustaría mucho a mi

corazón.

La miré interrogando; pero figurándome lo que iba a decir.

-Me gustaría prevenirte contra tu ángel malo -me dijo mirándome con fijeza.

-Mi querida Agnes -empecé-, si te refieres a Steerforth…

-Precisamente, Trotwood -me contestó.

-Entonces, Agnes, te equivocas mucho. ¿Él ser mi ángel malo, ni el de nadie?

Steerforth es para mí un guía, un apoyo, un amigo. Mi querida Agnes, sería una injusticia

indigna de tu carácter benévolo juzgarle por el estado en que me has visto la otra noche.

-No le juzgo por el estado en que te vi la otra noche -replicó tranquilamente.

-Entonces ¿por qué?

-Por muchas cosas que son bagatelas en sí mismas, pero que en conjunto tienen gran

importancia. Le juzgo en parte, Trotwood, por lo que tú mismo me has contado de él, y

por tu carácter, y por la influencia que ejerce sobre ti.

Había siempre algo en la dulzura de su voz que parecía hacer vibrar en mí una cuerda

que sólo respondía a aquel sonido. Era una voz de un tono grave siempre; pero cuando

estaba emocionada, como ahora, tenía algo que me conmovía. Sentado y mirándola

mientras bajaba los ojos hacia su labor, me parecía estarle todavía oyendo; y Steerforth, a

pesar de toda mi admiración, se oscurecía ante aquel sonido.

-Es mucho atrevimiento en mí -dijo Agnes mirándome de nuevo-, que vivo tan retirada

y sé tan poco del mundo, darte un consejo tan decidido, y hasta tener una opinión tan

definida; pero sé de lo que conviene, Trotwood; sé que es consecuencia del recuerdo de

nuestra infancia común y del sincero interés que me inspira todo lo que te concierne. Eso

me hace atrevida. Estoy segura de no equivocarme en lo que lo digo; estoy segura. Me

parece que es otra persona, y no yo, quien te habla cuando te aseguro que es un amigo

peligroso para ti.

Yo seguía mirándola y seguía escuchándola después de que hubiera terminado de

hablar, y la imagen de Steerforth, aunque grabada todavía en mi corazón, se cubrió de

nuevo con una nube sombría.

-No soy tan insensata que pretenda -dijo Agnes volviendo a su tono de costumbre- que

puedas cambiar de pronto de sentimientos ni de convicción, sobre todo tratándose de un

sentimiento que nace de tu naturaleza confiada. Además, no es cosa que debas hacer a la

ligera. Únicamente te pido, Trotwood, que, si te acuerdas alguna vez de mí… quiero decir

-continuó con una dulce sonrisa, pues le iba a interrumpir y sabía muy bien por qué-,

quiero decir que todas las veces que te acuerdes de mí te acuerdes también del consejo

que te he dado. ¿Me perdonarás por todo esto?

-Te perdonaré, Agnes, cuando hagas justicia a Steerforth y te parezca tan bien como a

mí.

-¿Y antes no? -dijo Agnes.

Vi pasar una sombra por su cara cuando nombré a Steerforth; pero pronto me devolvió

su sonrisa, y recobramos la confianza de siempre.

-Y tú, Agnes, ¿cuándo me perdonarás aquella noche?

-Cuando no la recuerdes –dijo Agnes.

Quería así apartar el recuerdo; pero yo estaba demasiado preocupado para consentirlo, a

insistí en contarle cómo había llegado a rebajarme de aquel modo, y desarrollé ante ella la

cadena de circunstancias, de las que el teatro sólo había sido, por decirlo así, el último

eslabón. Fue un gran descanso para mí, y al mismo tiempo me daba ocasión para extenderme

elogiando todo lo que debía a Steerforth y los cuidados que se había tomado por

mí cuando yo no era capaz de cuidarme de mí mismo.

-No olvides -dijo Agnes, cambiando tranquilamente de conversación cuando terminéque

te has comprometido a contarme, no solamente tus penas, sino también tus pasiones.

¿Quién ha sucedido a miss Larkins, Trotwood?

-Nadie, Agnes.

-Alguien, Trotwood -dijo Agnes riendo y amenazándome con un dedo.

-No, Agnes; palabra de honor. En realidad, en casa de mistress Steerforth hay una

señora que tiene mucho espíritu y con la cual me gusta charlar: miss Dartle…; pero no la

quiero.

Agnes se echó a reír de su ocurrencia y me dijo que si continuaba siendo mi confidente

iba a escribir un pequeño diario de mis enamoramientos violentos, con la fecha de su

nacimiento y de su fin, como las tablas de reinos en la historia de Inglaterra. Después de

esto me preguntó si había visto a Uriah.

-¿Uriah Heep? No. ¿Está en Londres?

-Viene todos los días aquí a las Oficinas del piso bajo -replicó Agnes-. Estaba ya en

Londres ocho días antes que yo. Temo que sea para algún asunto desagradable, Trotwood.

-¿Algún asunto que te preocupa? Agnes, ¿de qué se trata?

Agnes dejó su labor y me contestó, cruzando las manos y mirándome de un modo

pensativo con sus hermosos ojos dulces:

-Creo que va a entrar como asociado de mi padre.

-¿Quién? ¿Uriah? ¿Habrá conseguido el miserable, con sus bajezas, deslizarse hasta un

puesto semejante? -exclamé con indignación-. ¿Y no has tratado de impedirlo, Agnes?

Piensa en las relaciones que tendrán que seguir. Hay que hablar; no se le puede dejar a tu

padre dar un paso tan imprudente; hay que impedirlo, Agnes, mientras sea posible.

Agnes me miraba, y volvió la cabeza, sonriendo débilmente, al ver mi excitación.

Después respondió:

-¿Recuerdas nuestra última conversación a propósito de papá? Fue poco tiempo

después, dos o tres días quizá, cuando me dejó vislumbrar por primera vez lo que te digo

ahora. Era muy triste verle luchar contra su deseo de hacerme creer que era un asunto de

su libre elección y el trabajo que le costaba ocultarme que se veía obligado a ello. Estuve

muy triste.

-¡Obligado, Agnes! ¿Qué es lo que le obliga?

-Uriah -respondió después de titubear un momentose las ha arreglado para hacerse el

indispensable. Es listo y está alerta. Ha adivinado las debilidades de mi padre, las ha

animado y se ha aprovechado de ellas; en fin, si quieres que te diga todo lo que pienso,

Trotwood, papá le tiene miedo.

Vi claramente que habría podido decirme más; que sabía o adivinaba más; pero no

quise causarle la tristeza de interrogarla; pues sabía que si callaba era por cariño a su

padre; sabía que desde hacía mucho tiempo las cosas tomaban aquel camino; sí,

reflexionando, no podía disimular que hacía mucho tiempo que aquello se preparaba, y

guardé silencio.

-Su influencia sobre papá es muy grande -dijo Agnes-; le demuestra mucha humildad y

agradecimiento; quizá sea verdad …; así lo espero; pero, en realidad, se ha colocado en

una situación que le da mucha fuerza, y temo que se aprovechará de ella sin compasión.

Dije, indignado, que era un canalla, y por el momento aquello me calmó.

-En el momento de que hablo, cuando mi padre me hizo esa confidencia -prosiguió

Agnes-, Uriah le había dicho que tenía que dejarle; que lo sentía; que era una cosa que le

causaba mucha pena, pero que le hacían muy buenas ofertas. Papá estaba más abatido y

agobiado por las preocupaciones que nunca, y parece ser que le tranquiliza mucho ese

expediente de asociación, aunque al mismo tiempo está como herido y humillado.

-¿Y cómo recibiste tú la noticia, Agnes?

-Espero haber hecho lo que debía, Trotwood. Estaba segura de que era necesario para la

tranquilidad de papá que se llevara a cabo ese sacrificio; por lo tanto, le he rogado que lo

haga: le he dicho que sería un peso mucho menor para él… ¡ojalá haya dicho la verdad!…

y que eso nos proporcionaría más ocasiones que nunca de estar juntos. ¡Oh, Trotwood!

-exclamó Agnes cubriéndose el rostro con las manos para ocultar sus lágrimas-. Casi me

parecía que obraba como enemiga de mi padre más que como una hija cariñosa, pues

estoy convencida de que los cambios que hemos observado en él sólo provienen de su

abnegación por mí. Sé que se ha estrechado el círculo de sus deberes y de sus afectos,

sólo para concentrarlos en mí. Sé todas las privaciones que se ha impuesto por mí, y que

todas las preocupaciones que han ensombrecido su vida y enervado sus fuerzas y su

energía han sido por concentrar todos sus pensamientos en mí sola. ¡Ah, si pudiera

repararlo todo! ¡Si pudiera llegar a levantarle, lo mismo que he sido la causa inocente de

su declive!

Nunca había visto llorar a Agnes. Había visto lágrimas en sus ojos cada vez que yo

llevaba un premio nuevo del colegio; también las había visto la última vez que hablamos

de su padre; y la había visto ocultar su dulce rostro cuando nos habíamos separado, pero

nunca había sido testigo de una pena semejante. Estaba tan triste que no sabía decirle más

que niñerías como esta: «Te lo ruego, Agnes, te lo ruego; no llores, hermana mía».

Pero Agnes era demasiado superior a mí por su carácter y constancia (lo sé ahora,

aunque entonces no sé si me daba cuenta) para necesitar mucho tiempo mis ruegos. La

serenidad angelical de sus modales, que la ha marcado en mis recuerdos con sello tan

distinto al de todas las demás criaturas, reapareció pronto, como cuando una nube se

borra en un cielo sereno.

-Probablemente no continuaremos solos mucho tiempo -dijo Agnes-, y puesto que

ahora tengo ocasión, permíteme que te pida, Trotwood, que estés amable con Uriah. No

lo rechaces. No le quieras mal, como sé que estás dispuesto a hacerlo habitualmente,

porque vuestros caracteres no simpatizan. Quizá no le hacemos justicia, pues no sabemos

nada positivo de él; en todo caso, piensa siempre en papá y en mí.

Agnes no tuvo tiempo de decirme más, pues la puerta se abrió y mistress Waterbrook,

una señora muy grande, o que Ilevaba un traje muy grande, no lo sé, pues no podía darme

cuenta de dónde terminaba el traje y empezaba la señora, entró. Tenía el vago recuerdo

de haberla visto en el teatro como si hubiera pasado ante mí en una linterna mágica mal

alumbrada; pero ella parecía acordarse perfectamente de mí, y todavía sospechaba que

seguía embriagado.

Descubriendo, sin embargo, poco a poco que estaba sereno, y creo también que

dándose cuenta de que era un joven bien educado, mistress Waterbrook se comportó conmigo

de buenas maneras y empezó a preguntarme si paseaba mucho por los parques;

después, si frecuentaba la sociedad. Ante mi respuesta negativa a las dos preguntas, noté

que empezaba a perder interés para ella; sin embargo, puso muy buena voluntad en

disimularlo, y me invitó a comer al día siguiente. Yo acepté la invitación y me despedí de

ella. Al salir pregunté por Uriah en las oficinas; no estaba, y dejé mi tarjeta.

Cuando al día siguiente llegué a la hora de comer y la puerta de la calle se abrió, me

encontré sumergido en un baño de vapor, perfumado de olor de cordero, que me hizo

adivinar que no iba a ser yo el único invitado. Además, reconocí al muchacho que me

había llevado la carta, ahora revestido de librea y puesto a la entrada de la escalera para

ayudar al criado a anunciarnos. Observé que hacía lo posible para fingir que no me

conocía, cuando me preguntó mi nombre confidencialmente; pero me había reconocido

muy bien, y los dos estábamos violentos: ¡cosas de la conciencia!

Conocí a míster Waterbrook, un caballero de mediana edad, con el cuello muy corto y

el de la camisa muy ancho; no le faltaba más que tener la nariz negra para ser todo el retrato

de un perro de presa. Me dijo que tenía una gran satisfacción en conocerme, y en

cuanto me hube puesto a los pies de mistress Waterbrook, me presentó con mucha

ceremonia a una señora imponente, vestida con un traje de terciopelo negro, con una gran

toca también de terciopelo negro en la cabeza: en una palabra, la tomé por una parienta

próxima de Hamlet, su tía por ejemplo.

Se llamaba mistress Spiker; su marido también estaba allí, y tenía un aspecto tan

glacial, que sus cabellos me parecían que no eran grises, sino que estaban cubiertos de

escarcha. Todos demostraban la mayor deferencia a la pareja Spiker. Agnes me dijo que

la causa provenía de que míster Henry Spiker era el abogado de alguien o de algo, no sé

qué, que tenía alguna relación con «la Tesorería».

Encontré a Uriah Heep vestido de negro en medio de la gente. Me dijo lleno de

humildad, cuando le estreché la mano, que estaba orgulloso de que me ocupara de él y

que realmente se sentía muy agradecido por mi amabilidad. Yo habría preferido menos

emoción, pues, en el exceso de su agradecimiento, no hizo más que rondar toda la noche

a mi alrededor, y cada vez que me dirigía a Agnes estaba seguro de ver en un rincón sus

ojos vidriosos y su rostro cadavérico que nos espiaba como un espectro.

Los otros invitados me parecieron estar helados como el vino. Uno de ellos, sin

embargo, atrajo mi atención aún antes de que fuéramos presentados. Había oído anunciar

a míster Traddles; mis pensamientos se volvieron inmediatamente hacia Salem-House.

¿Será Tomy, pensaba, aquel que dibujaba tantos esqueletos?

Esperé la entrada de míster Traddles con renovado interés. Y vi a un joven tranquilo, de

aspecto grave y modales modestos, con los cabellos tiesos de un modo grotesco y los ojos

grises demasiado abiertos; desapareció tan pronto en un rincón oscuro que me costó

trabajo examinarlo. Por último, pude verle mejor, y, o mis ojos se engañaban mucho, o

era mi antiguo y desgraciado Tomy.

Me acerqué a míster Waterbrook para decirle que me parecía tener el gusto de

encontrar en su casa a un antiguo compañero.

-¿De verdad? -dijo míster Waterbrook, sorprendido-. Es usted demasiado joven para

haber ido al colegio con míster Henry Spiker.

-¡Oh! No me refiero a él -respondí, Hablo de un caballero que se llama Traddles.

-¡Ah, sí, sí! -dijo mi anfitrión con mucho menos interés-. Es posible.

-Si es realmente la misma persona –dije mirando hacia Traddles-, hemos estado juntos

en un colegio que se llamaba Salem-House; era un excelente muchacho.

-¡Oh, sí! Traddles es un buen muchacho -aprobó mi anfitrión, moviendo la cabeza con

condescendencia-, Traddles es muy buen muchacho.

-En realidad, es una coincidencia muy curiosa.

-Tanto más porque está aquí por casualidad; ha sido invitado hoy por la mañana porque

había un sitio de más en la mesa a consecuencia de la indisposición del padre de míster

Spiker. Es un hombre muy bien educado el padre de míster Spiker, míster Copperfield.

Murmuré algunas palabras de asentimiento muy caluroso y verdaderamente meritorias

por parte de un hombre que, como yo, nunca había oído hablar de él; y después pregunté

cuál era la profesión de míster Traddles.

-Traddles -dijo míster Waterbrook- estudia para el foro; es muy buen muchacho,

incapaz de hacer daño a nadie, de no ser a sí mismo.

-¿Y qué daño puede hacerse a sí mismo? -pregunté, contrariado por aquella noticia.

-Ya sabe usted -repuso míster Waterbrook haciendo un gesto y jugando con la cadena

de su reloj con un aire de superioridad casi impertinente, No creo que llegue nunca a

nada. Estoy seguro, por ejemplo, de que nunca reunirá quinientas libras. Traddles me ha

sido recomendado por uno de mis amigos de la profesión. ¡Ah, sí, sí! Ya lo creo que tiene

talento para estudiar una causa y exponer claramente una cuestión por escrito; pero eso es

todo. Yo tengo el gusto de cederle de vez en cuando algún asunto que para él no deja de

tener importancia… ¡Ah, sí, sí!

Me chocaba mucho el aplomo con que mister Waterbrook pronunciaba de vez en

cuando la expresión «sí, sí». El énfasis que ponía en ella era extraño: daba la impresión

de un hombre que había nacido, no, como se dice vulgarmente, con una cucharilla de

plata, sino con una escala, y que había subido uno tras otro todos los escalones de la vida,

hasta que había podido lanzar desde lo alto de la fortaleza una mirada de filósofo y de

superioridad sobre el pueblo que estaba en las trincheras.

Continuaba reflexionando sobre este asunto cuando anunciaron la comida. Míster

Waterbrook ofreció su brazo a la tía de Hamlet; mister Henry Spiker, el suyo a mistress

Waterbrook; Agnes, a quien yo tenía deseos de reclamar, fue confiada a un señor

sonriente que tenía las piernas muy delgadas. Uriah, Traddles y yo, en nuestra categoría

de juventud, bajamos los últimos sin ninguna ceremonia. De la contrariedad de no haber

dado el brazo a Agnes me compensó el encontrar ocasión en la escalera de reanudar la

amistad con Traddles, que se alegró mucho de verme, mientras Uriah se retorcía a nuestro

lado con una humildad y una satisfacción tan indiscretas, que yo tenía ganas de tirarle por

el hueco de la escalera.

Traddles y yo, en la mesa, acabamos cada uno en un rincón opuesto; él estaba perdido

en el brillo deslumbrante de un traje de terciopelo rojo, y yo en el luto de la tía de HamEste

documento ha sido descargado de

let. La comida fue muy larga y la conversación giró por completo sobre la aristocracia de

nacimiento, sobre lo que se llama « la sangre». Mistress Waterbrook nos repitió varias

veces que ella, si tenía alguna debilidad, era por « la sangre».

En varias ocasiones pensé que habríamos estado mucho mejor siendo menos amables.

Éramos tan exageradamente amables, que el círculo de la conversación resultaba muy limitado.

Entre los invitados había un mister y mistress Gulpidge que tenían algo que ver

(míster Gulpidge por lo menos), aunque no directamente, con los asuntos legales de la

Banca; y entre la Banca y la Tesorería estábamos tan exclusivistas como la circular de la

Cámara que no sabe salir de ahí. Para añadir atractivo a la cosa, la tía de Hamlet tenía el

defecto de su familia, y se dedicaba constantemente a soliloquios sin ilación sobre todos

los asuntos a que se aludía. A decir verdad, eran muy poco numerosos; pero como

siempre recaían sobre «la sangre», tenía un campo casi tan vasto para sus especulaciones

abstractas como su sobrino.

Parecíamos una partida de ogros; tan sangriento era el tono de la conversación.

-Confieso que soy de la opinión de mistress Waterbrook -dijo míster Waterbrook

levantando el vaso de vino hasta los ojos- Hay muchas cosas que están bien en su estilo,

pero a mí denme « la sangre».

-¡Ohl No hay nada -observó la tía de Hamlet- tan satisfactorio, nada que se acerque más

al bello ideal… de toda esta clase de cosas, hablando en general. Hay algunos espíritus

vulgares (no muchos, me gusta creer, pero algunos) que prefieren postrarse ante lo que

podríamos llamar ídolos, positivamente ídolos. Ante grandes servicios recibidos o

grandes inteligencias. Pero eso son puntos intangibles; « la sangre» no lo es. Si vemos

sangre en una nariz, la reconocemos; la vemos en una barbilla, y decimos: « Ahí está, eso

es sangre» ; es una cosa positiva, se puede tocar, y no admite dudas.

El caballero sonriente de las piernas delgadas que había dado el brazo a Agnes planteó

la cuestión de una manera todavía más rotunda, según me pareció.

-¿Saben ustedes? –dijo aquel señor mirando a su alrededor con una sonrisa imbécil- «

La sangre» es una cosa que no podemos deshacer; existe quieran o no. Hay jóvenes,

¿saben ustedes?, que pueden estar algo por debajo de su rango por su educación y sus

modales, y que hacen tonterías, ¿saben ustedes?, y que se comprometen a sí mismos y a

los demás, y todo esto …; pero es delicioso reflexionar que hay «sangre» en ellos, ¿saben

ustedes? Por mi parte, preferiría que me tirase al suelo un hombre de «sangre» a que me

levantara uno que no lo fuese.

Esta declaración, que resumía admirablemente la esencia de la cuestión, tuvo mucho

éxito y atrajo la atención de todos sobre el orador, hasta el momento de retirarse las

señoras. Observé entonces que mister Gulpidge y míster Henry Spiker, que hasta

entonces se habían mantenido recíprocamente a distancia, formaron una línea defensiva

contra nosotros y cambiaron a través de la mesa un diálogo misterioso.

-Ese asunto de la primera fianza de cuatro mil quinientas libras no ha seguido el curso

que se esperaba, Gulpidge -dijo míster Henry Spiker.

-¿Se refiere usted al D. de A.? -dijo míster Spiker.

-Al C. de B. -dijo míster Gulpidge.

Míster Spiker frunció las cejas y pareció muy impresionado.

-Cuando le fue presentada la cuestión a lord… no necesito nombrarle… -dijo míster

Gulpidge, interrumpiéndose.

-Comprendo -dijo míster Spiker-, N.

Míster Gulpidge hizo un signo misterioso.

-Cuando se la presentaron, su contestación fue: «O dinero o no hay libertad».

-¡Dios mío! -exclamó míster Spiker.

-«O dinero o no hay libertad» -repitió míster Gulpidge con fuerza-. El presunto

heredero… ¿me entiende usted?

-«K» -dijo míster Spiker con una mirada de complicidad.

-K… entonces se negó positivamente a firmar. Le esperaron en Newmarker con ese

objeto; pero él se negó a ello.

Míster Spiker estaba tan interesado, que parecía de piedra.

-Por el momento así han quedado las cosas -dijo mister Gulpidge echándose hacia atrás

en la silla-. Nuestro amigo Waterbrook me perdonará que me explique en términos

generales; pero es a causa de la magnitud de los intereses que intervienen.

Mister Waterbrook se sentía demasiado orgulloso (según me pareció) de que se trataran

en su mesa, aunque sólo fuera por alusión, semejantes intereses y semejantes nombres, y

tomó una expresión de gran inteligencia, aunque estoy seguro de que no había

comprendido más que yo sobre el asunto que se estaba tratando. Además, aprobó en

grado sumo la discreción que se observaba. Mister Spiker, después de haber recibido de

su amigo mister Gulpidge una confidencia tan importante, deseaba, como es natural,

corresponderle. Así, el diálogo precedente fue seguido de otro muy semejante, sólo que

esta vez le tocaba a mister Gulpidge demostrar sorpresa. Después empezó él de nuevo, y

mister Spiker se sorprendió a su vez, y así se siguieron turnando. Durante todo este

tiempo los demás estábamos oprimidos por el interés tremendo que envolvía la

conversación, y nuestro anfitrión nos miraba con orgullo, como a víctimas de un

saludable respeto y admiración.

Por lo tanto, me puse muy contento cuando pude subir con Agnes y, después de charlar

con ella en un rincón, la presenté a Traddles, que era tímido, pero simpático, y tan buena

persona como siempre. Traddles se vio obligado a dejarnos temprano, pues partía a la

mañana siguiente (para estar ausente un mes), de manera que no pude hablar con él todo

lo que habría querido; pero nos prometimos, cambiando nuestras direcciones,

proporcionarnos el gusto de vernos en cuanto él estuviera de vuelta en Londres. Se interesó

mucho cuando supo que yo había encontrado a Steerforth y habló de él con tal

entusiasmo, que le hice repetir delante de Agnes lo que pensaba; pero Agnes se contentó

con mirarme y mover un poco la cabeza cuando estuvo segura de que sólo la veía yo.

Como estaba rodeada de gentes con las que no me parecía que podia estar muy a sus

anchas casi me alegré cuando le oí decir que sólo podía continuar en Londres pocos días,

a pesar de mi pena por perderla. La idea de aquella separación próxima me animó a

quedarme hasta el fin de la velada. Charlando con ella y oyendo su voz, que me

recordaba toda la felicidad de mi vida en la vieja y grave casa que ella embellecía, habría

podido continuar toda la noche; pero no habiendo excusa para permanecer allí cuando

empezaron a apagar las luces, me vi obligado a marcharme, aunque muy en contra de mi

voluntad. Entonces me di cuenta más que nunca de que era mi ángel bueno, y si al pensar

en su dulce rostro y plácida sonrisa me parecían que eran los de un ángel que brillaba

sobre mí, espero que me lo perdonará.

He dicho que todo el mundo se había retirado; pero debía haber exceptuado a Uriah, a

quien no he incluido en esa denominación y que no se había alejado de nosotros en toda

la noche. Bajó tras de mí las escaleras y salió poniéndose muy despacio en sus dedos de

esqueleto los dedos todavía más largos de sus guantes, que precían de un gran Guy

Fawkes.

No me apetecía nada la compañía de Uriah; pero, recordando la súplica de Agnes, le

pregunté si quería acompañarme a casa y tomar conmigo una taza de café.

-¡Oh!, ¿de verdad?, señorito Copperfield; dispénseme, míster Copperfield -me

contestó-; pero el llamarle del otro modo me viene tan naturalmente…; no querría de ningún

modo molestarle haciéndole llevar a su casa a una persona tan humilde como yo.

-No me molesta nada -contesté-. ¿Quiere usted venir?

-Tendré muchísimo gusto -contestó Uriah retorciéndose.

-Bien, entonces vamos -dije yo.

No podía por menos de estar con él algo brusco; pero no parecía darse cuenta.

Tomamos el camino más corto, sin hablar gran cosa en el trayecto, pues él llevó su

humildad hasta el extremo de tardar en ponerse los guantes todo el camino.

La escalera estaba oscura, y le agarré de la mano para evitar que se diera un golpe; me

parecía que había agarrado a un sapo, tan fría y húmeda la tenía; tanto, que estuve a punto

de soltarla y huir. Agnes y la hospitalidad prevalecieron, sin embargo, y le conduje ante

mi chimenea. Cuando encendí la luz cayó en arrebatos de admiración ante mis

habitaciones; y cuando hice el café en un sencillo cacharro de estaño, que a mistress

Crupp le gustaba muy particularmente para aquel use (quizá porque no estaba hecho para

eso, sino para calentar el agua de afeitarse, y quizá porque había una cafetera de gran

precio oxidándose en la despensa), manifestó tal emoción, que tuve gams de vertérsela en

la cabeza para escaldarle.

-¡Oh!, de verdad, señorito Copperfield…, quiero decir mister Copperfield -dijo Uriah-,

verle sirviéndome es lo que menos me habría podido figurar nunca. Pero de un lado y de

otro me suceden tantas cosas que nunca habría podido esperarme, dado lo humilde de mi

situación, que me parece que las bendiciones llueven sobre mi cabeza. Quizá ha oído

usted hablar de un cambio en mi porvenir, señorito Copperfield, ¡perdón!, quería decir

mister Copperfield.

Al verle sentado en mi sofá, con sus largas piernas juntas sosteniendo la taza, con el

sombrero y los guantes en el suelo, a su lado, y moviendo suavemente el azúcar; al verle

con sus ojos de un rojo vivo, que parecían tener quemadas las pestañas, y las aletas de su

nariz dilatándose y cerrándose como siempre cada vez que respiraba, y las ondulaciones

de serpiente que corrían a lo largo de su cuerpo desde la barbilla hasta las botas, pensé

que me era soberanamente antipático. Sentía verdadero malestar al verle en mi casa, y

como era joven todavía, no tenía la costumbre de ocultar lo que sentía vivamente.

-Digo que habrá oído usted hablar con seguridad de un cambio en mi porvenir, señorito

Copperfield, quería decir mister Copperfield -repitió Uriah.

–Sí, he oído hablar.

-¡Ah! -respondió con tranquilidad-. Ya me figuraba yo que miss Agnes lo sabía; me

alegro mucho de saber que miss Agnes esté enterada. Gracias, señorito… míster Copperfield.

Tuve que contenerme para no tirarle a la cabeza mi calzador, que estaba allí al lado

delante de la chimenea, para castigarle por haberme sonsacado un dato concerniente a

Agnes, por insignificante que fuera; pero me contenté con beberme el café.

-¡Qué buen profeta fue usted, míster Copperfield! -prosiguió Uriah-. Sí, amigo mío,

¡qué buen profeta ha sido usted! ¿No se acuerda cuando me dijo por primera vez que

quizá llegara a ser asociado en los negocios de míster Wickfield y que entonces se

llamaría Wickfield y Heep? Usted quizá no lo recuerde; pero cuando una persona es humilde,

señorito Copperfield, conserva esos recuerdos como tesoros.

-Recuerdo haber hablado de ello -dije-, aunque, en realidad, no me parecía nada

probable entonces.

-¿Y quién habría podido creerlo probable, míster Copperfield? -dijo Uriah con

entusiasmo-. No sería yo. Recuerdo haberle dicho yo mismo en aquella ocasión que mi

situación era demasiado humilde; y le decía verdaderamente lo que sentía.

Miraba al fuego con una mueca de poseído, y yo le miraba a él.

-Pero los individuos más humildes, señorito Copperfield, pueden servir de instrumento

para hacer el bien. Yo, por ejemplo, me considero muy dichoso por haber podido servir

de instrumento a la felicidad de míster Wickfield y espero poderle ser más útil todavía.

¡Qué hombre tan excelente, míster Copperfield; pero cuántas imprudencias ha cometido!

-Me apena mucho lo que me dice -le contesté, y no pude por menos de añadir

significativamente-: me apena en todos los sentidos.

-Ciertamente, míster Copperfield -replicó Uriah-, en todos los sentidos. Y sobre todo a

causa de miss Agnes. Usted no se acordará de su elocuente expresión, míster Copperfield;

pero yo la recuerdo muy bien, cuando me dijo usted un día que todo el mundo

debía de admirarla, y cómo le di yo las gracias por ello. Pero usted lo ha olvidado, no me

cabe duda, míster Copperfield.

-No -dije secamente.

-¡Oh, cómo me alegro –exclamó Uriah- cuando pienso que es usted el primero que

encendió una chispa de ambición en mi humilde persona, y que no lo ha olvidado! ¡Oh!

¿Me permite usted pedirle otra taza de café?

Había algo en el énfasis que había puesto al recordar «las chispas» que yo había

encendido, algo en la mirada que me había lanzado al hablar de ello, que me hizo

estremecer como si le hubiera visto de pronto el pensamiento al descubierto. Vuelto a la

realidad por la pregunta que me hacía en un tono tan diferente, hice los honores del

puchero de estaño, pero con una mano tan temblorosa, con un sentimiento tan repentino

de mi impotencia para luchar contra él, y con tanta inquietud por lo que podría llegar a

suceder, que estaba seguro de que se daba cuenta.

No decía nada; movía su café y bebía un traguito; después se acariciaba la barbilla con

su mano descarnada, miraba al fuego, lanzaba una ojeada a la habitación, me hacía una

mueca que quería ser una sonrisa, se retorcía de nuevo en su deferencia servil, movía y

bebía el café de nuevo, y me dejaba que fuera yo quien reanudase la conversación.

-Así -le dije por último-, míster Wickfield, que vale más que quinientos como usted… o

como yo (ni por mi vida creo que habría podido dejar de interrumpir aquella parte de la

frase con un gesto de impaciencia), ¿ha cometido imprudencias, míster Heep?

-¡Oh! Muchísimas imprudencias, señorito Copperfield -repuso Uriah suspirando con

modestia-, muchísimas, muchísima. Pero haga el favor de llamarme Uriah; ¡que sea como

en otros tiempos.

-Bien, Uriah -dije pronunciando el nombre con alguna dificultad.

-Gracias -contestó él con calor-, muchas gracias, señorito Copperfield. Me parece sentir

la brisa y oír las campanas como en los días de mi juventud cuando le oigo llamarme

Uriah. Pero ¡perdón! ¿Qué estaba yo diciendo?

-Hablaba usted de míster Wickfield.

-¡Ah, sí, es verdad! -contestó-. ¡Grandes imprudencias, míster Copperfield! Es un

asunto al que no haría alusión delante de otra persona que no fuera usted. Y hasta con

usted sólo puedo hacer una ligera alusión. Si cualquiera que no fuera yo hubiera estado en

mi lugar desde hace unos años, en este momento tendría a míster Wickfield (¡oh, y es un

hombre de valor, sin embargo, míster Copperfield!) le tendría en sus manos. «En sus

manos» -dijo Uriah muy despacio y apretando sus manos de tal modo que la mesa y la

habitación temblaron.

Si hubiera sido condenado a verle apretar con su horrible pie la cabeza de míster

Wickfield creo que no habría podido odiarle más.

-Sí, sí, querido míster Copperfield-dijo en un tono que formaba el contraste más

chocante con la presión de su mano-, no hay duda. Habría sido su ruina, su deshonor; no

sé qué habría sido, y míster Wickfield no lo ignora. Yo soy el humilde instrumento

destinado a servirle humildemente y él me ha elevado a una situación que yo no me

habría atrevido a esperar nunca. ¡Cuánto tengo que agradecerle!

Su rostro estaba vuelto hacia mí, pero no me miraba; quitó su mano de la mesa y frotó

lentamente, con aire pensativo, su mandíbula descarnada, como si se afeitase.

Recuerdo la indignación que sentía al ver la expresión de aquel rostro astuto, que a la

luz rója de la llama se preparaba a decir alguna cosa más.

-Míster Copperfield -me dijo–, ¿no le estaré entreteniendo?

-No es usted quien me entretiene; me acuesto siempre tarde.

-Gracias, míster Copperfield. He subido algunos grados en mi humilde situación desde

los tiempos en que usted me conoció, es verdad; pero sigo lo mismo de humilde. Y espero

serlo siempre. ¿No dudará usted de mi humildad si le hago una pequeña confidencia,

míster Copperfield?

-¡Oh, no! -dije con esfuerzo.

-Gracias.

Sacó su pañuelo del bolsillo y empezó a restregarse las palmas de las manos.

-Miss Agnes, míster Copperfield…

-¿Sí, Uriah?

-¡Oh, qué alegría oírle llamarme Uriah espontáneamente! -exclamó dando un salto casi

convulsivo-. ¿La ha encontrado usted muy bella esta noche, míster Copperfield?

-La he encontrado, como siempre, superior en todos los conceptos a cuantos la

rodeaban.

-¡Oh, gracias! Es la verdad; muchas gracias por ello.

-Nada de eso -respondí con altanería-; no hay motivo para que me dé usted las gracias.

-Es que, míster Copperfield, la confidencia que voy a tomarme la libertad de hacerle se

refiere a ella. Por humilde que yo sea (y frotaba sus manos más enérgicamente,

mirándolas de cerca, y déspués mirando el fuego); por humilde que sea mi madre; por

modesto que sea nuestro pobre hogar, no tengo inconveniente en confiarle mi secreto.

Míster Copperfield, siempre he sentido ternura por usted desde el momento en que tuve

la alegría de verle por primera vez en el coche. La imagen de miss Agnes habita en mi

corazón desde hace muchos años. ¡Oh, míster Copperfield, si supiera usted el afecto tan

puro que me inspira! ¡Besaría las huellas de sus pasos!

Creo que tuve por un momento la loca idea de coger de la chimenea las tenazas

candentes y de correr tras de él; pero volvió a salir de mi cabeza como la bala del rifle;

sin embargo, la imagen de Agnes ultrajada por la innóble audacia de los pensamientos de

aquel animal rojo permanecía en mi pensamiento todo el tiempo mientras le miraba,

sentado retorciéndose como si su alma hiciera daño a su cuerpo, y me daba vértigo. Me

parecía que se agrandaba y se hinchaba ante mis ojos y que la habitación resonaba con los

ecos de su voz; y el extraño sentimiento (que quizá no es extraño a todos) de que aquello

había sucedido ya antes en un tiempo indefinido y que sabía de antemano lo que iba a

decirme, se apoderó de mí.

Me di cuenta a tiempo de que su rostro respiraba la confianza en el poder que tenía

entre las manos, y aquella observación contribuyó más que todo lo demás, más que todos

los esfuerzos que hubiera podido hacer, a recordarme la súplica de Agnes en toda su

fuerza, y le pregunté, con una apariencia de tranquilidad que no me habría creído capaz

un momento antes, si había comunicado sus sentimientos a Agnes.

-¡Oh no, míster Copperfield! -me contestó-. ¡Dios mío, no; no he hablado de esto a

nadie más que a usted! Usted comprenderá que empiezo a salir apenas de la humildad de

mi situación, y fundo en parte mi esperanza en los servicios que me verá hacer a su padre,

pues espero serle muy útil, míster Copperfield. Ella verá cómo le facilito las cosas a ese

buen hombre para mantenerle en el buen camino. Ama tanto a su padre, míster

Copperfield (¡y qué bella cualidad en una muchacha!), que espero que quizá llegue; por

afecto a él, a tener alguna bondad conmigo.

Sondeaba la profundidad de su proyecto y comprendía por qué me lo confiaba.

-Si usted tuviera la bondad de guardarme el secreto, míster Copperfield -prosiguió- y

sobre todo de no ir en contra mía, se lo agradecería como un favor enorme. Usted no

querría causarme molestias. Estoy convencido de la bondad de su corazón; pero como me

ha conocido usted en una situación tan humilde (en la más humilde de las situaciones

debiera decir, pues todavía es muy humilde), podría, sin querer, perjudicarme un poco

respecto de mi Agnes. La llamo mía ¿sabe usted, míster Copperfield? porque hay una

canción que dice: La llamaré mía… Y espero hacerlo pronto.

¡Querida Agnes! Ella, para quien no conocía yo a nadie digno de su corazón, tan

amante y tan bueno, ¿era posible que estuviera destinada a ser la mujer de semejante ser?

-Por el momento no hay que apresurarse, ¿sabe usted, míster Copperfield? -continuo

Uriah, mientras yo le veía retorcerse ante mí con aquellos pensamientos-. Mi Agnes es

muy joven todavía, y mi madre y yo tenemos mucho camino que recorrer y muchas

determinaciones que tomar antes de que eso sea por completo conveniente. Por lo tanto,

habrá tiempo para familiarizarla con mis esperanzas a medida que se presenten las

ocasiones. ¡Oh y cómo le agradezco su confianza! ¡Oh!, no sabe usted, no puede saber

toda la tranquilidad que siento al pensar que comprende usted nuestra situación y que no

querna perjudicanne con la familia llevándome la contraria.

Me cogió la mano, sin que yo me atreviera a negársela, y después de estrecharla en su

«pata húmeda» miró el pálido cuadrante de un reloj.

-¡Dios mío! -dijo-, más de la una. El tiempo pasa tan deprisa en las confidencias entre

antiguos amigos, míster Copperfield, que es casi la una y media.

Le respondí que creía que era más tarde, no porque lo creyera realmente, sino porque

estaba harto y ya no sabía lo que decía.

-Dios mío -dijo reflexionando-; en la casa en que paro, una especie de hotel particular,

cerca de New River, estará todo el mundo en la cama hace dos horas, míster Copperfield.

-Siento mucho no tener aquí más que una sola cama, y que…

-¡Oh!; no hable siquiera de la cama, míster Copperfield -respondió en tono suplicante

levantando una de sus piernas-. Pero ¿,tendría usted inconveniente en dejarme acostar en

el suelo delante de la chimenea?

-Si es así -contesté-, tome mi cama y yo me acostaré delante del fuego.

Su negativa a aceptar mi ofrecimiento fue casi tan escandalosa, en el exceso de su

sorpresa y de su humildad, como para penetrar en los oídos de mistress Crupp, que

dormía en una habitación lejana, situada al nivel de la calle, y arrullada en su sueño

probablemente por el tictac de un reloj implacable, al cual apelaba siempre cuando

teníamos alguna discusión sobre cuestiones de puntualidad y que atrasaba tres cuartos de

hora, aunque siempre lo ponía bien por la mañana y guiándose de las autoridades más

competentes.

Ninguno de los argumentos que se me ocurrían en mi turbación causaba efecto sobre su

modestia; por lo tanto, renuncié a persuadirle de que aceptase mi lecho; pero me vi

obligado a improvisarle, lo mejor que pude, una cama cerca del fuego. El colchón del

diván (exageradamente corto para aquel cadáver), los almohadones del diván, una colcha,

el tapete de la mesa, un mantel limpio y un grueso gabán, todo esto componía un lecho,

del que me estaba plenamente agradecido. Yo le presté un gorro de dormir, que se encasquetó

al momento y con el que estaba tan horrible que nunca he podido ponérmelo yo

después. Por último, le dejé descansar en paz.

¡Nunca olvidaré aquella noche! ¡Nunca olvidaré la de vueltas que di en mi cama; la de

veces que me desperté pensando en Agnes y en aquella criatura odiosa; la de veces que

me preguntaba lo que podría y debería hacer; todo para llegar siempre a la conclusión de

que lo mejor para la tranquilidad de Agnes era no hacer nada y guardar para mí lo que

había sabido. Si me dormía un momento, la imagen de Agnes, con sus ojos tan dulces, y

la de su padre mirándola tiernamente, se presentaban ante mí suplicándome que les

ayudase y llenándome de vagos temores. Cada vez que me despertaba la idea de que

Uriah durmiera en la habitación de al lado me oprimía como una pesadilla y me hacía

sentir sobre el corazón como un peso de plomo, como si tuviera de huésped al demonio.

Las tenazas candentes también me venían a la memoria en mis sueños sin poder

desecharlas. Mientras estaba medio dormido y medio despierto me parecía que continuaban

todavía rojas y que acababa de cogerlas para atravesarle con ellas el cuerpo. Esta idea

me perseguía de tal modo que, aunque sabía que no tenía ninguna solidez, me deslizaba

en la habitación de al lado para tener la seguridad de que estaba allí, en efecto, tendido,

con las piernas extendidas hasta el otro extremo de la habitación, y roncando. Debía estar

constipado, y dormía con la boca abierta como un hurón; en fin, era, en realidad,

muchísimo más horrible de lo que mi imaginación enferma se figuraba, y mi asco mismo

hacía que me atrajera y me obligaba a volver poco más o menos cada media hora para

mirarle. Así, aquella larga noche me pareció más lenta y más sombría que ninguna, y el

cielo, cargado de nubes, se obstinaba en no dejar aparecer ninguna señal del día.

Cuando por la mañana temprano le vi bajar las escaleras (pues gracias al cielo no quiso

quedarse a desayunar) me pareció como si la noche se marchara con él. Y al salir para el

Tribunal de Doctores encargué a mistress Crupp muy particularmente que dejara las

ventanas de par en par abiertas para que mi gabinete se airease bien y se purificara de su

presencia.

CAPÍTULO VI

CAIGO CAUTIVO

No volví a ver a Uriah Heep hasta el día de la partida de Agnes. Había ido a las oficinas

de la diligencia para decirle adiós, y me encontré con que también él se volvía a Canterbury

en la misma diligencia que ella. Sentía como una pequeña satisfacción al ver su

chaqueta raída, demasiado corta de talle, estrecha y mal hecha, en unión de su paraguas,

que parecía una tienda de campaña, plantados en el borde del asiento, en la parte trasera

de la imperial, mientras que Agnes, como es natural, tenía su asiento en el interior; pero

bien me merecía aquella pequeña revancha, aunque sólo fuera por el trabajo que me

costaba estar amable con él mientras Agnes podía vemos. En la portezuela de la

diligencia, lo mismo que en la comida de mistress Waterbrook, rondaba a nuestro alrededor

sin cansarse, como un gran vampiro, devorando cada palabra que yo decía a Agnes

o que ella me decía a mí.

En el estado de confusión en que me había dejado su confidencia de aquella noche

había reflexionado mucho sobre las palabras que Agnes había empleado al hablar de la

asociación: «Espero haber hecho lo que debía. Sabía que era necesario para la

tranquilidad de papá que se llevara a cabo el sacrificio, y le he animado a consumarlo».

Desde entonces me perseguía el presentimiento de que cedería a todo lo que quisieran y

sacaría fuerzas para ejecutar cualquier sacrificio por cariño a su padre. Conocía su afecto

por él, conocía su abnegación espontánea. Le había oído decir a ella misma que se creía

la causa inocente de los errores de míster Wickfield, y que tenía contraído por ello una

deuda que deseaba ardientemente pagar. Y no me consolaba el darme cuenta de la

diferencia existente entre ella y el miserable personaje, con su chaqueta marrón, pues

sentía que el mayor peligro estribaba precisamente en aquella diferencia, en la pureza y la

abnegación del alma de Agnes y la bajeza sórdida de la de Uriah. Él también lo sabía, y

sin duda lo tenía en cuenta en sus cálculos hipócritas.

Sin embargo, estaba tan convencido de que ni aun la perspectiva lejana de semejante

sacrificio sería lo bastante para destruir la felicidad de Agnes, y estaba tan seguro, al

verla, de que no sospechaba todavía que aquella sombra no había caído sobre ella aún,

que lo mismo pensaba en enfadarme con ella como en advertirle del peligro que la

amenazaba. Nos separamos, por lo tanto, sin la menor explicación; ella me hacía gestos y

me sonreía desde la ventanilla de la diligencia para decirme adiós, mientras yo veía sobre

la imperial a su genio del mal que se retorcía de gusto, como si ya la tuviera entre sus

garras triunfantes.

Durante mucho tiempo aquella última mirada con que los despedí no cesó de

perseguirme. Cuando Agnes me escribió anunciándome su feliz llegada, su carta me

encontró tan desesperado con aquel recuerdo como en el momento de su partida. Todas

las veces que pensaba en ello estaba seguro de que aquella visión reaparecería redoblando

mis tormentos. No dejaba de soñar una sola noche. Aquel pensamiento era como una

parte de mi vida, tan inseparable de mi ser como mi cabeza de mi cuerpo.

Y tenía tiempo para torturarme a mi gusto, pues Steerforth estaba en Oxford, según me

escribió, y yo, cuando no estaba en el Tribunal de Doctores, estaba casi siempre solo.

Creo que empezaba ya a sentir cierta desconfianza de Steerforth. Contestaba a sus cartas

de la manera más afectuosa; pero me parecía que al fin y al cabo no estaba descontento

de que no pudiera venir a Londres por el momento. A decir verdad, supongo que, al no

ser combatida la influencia de Agnes con la presencia de Steerforth, aquella influencia

obraba sobre mí con tanta más potencia porque Agnes era la causa de mis

preocupaciones.

Sin embargo, los días y las semanas transcurrieron. Ya había entrado de hecho en casa

de míster Spenlow y Jorkins. Mi tía me daba noventa libras esterlinas al año, pagaba mi

alojamiento y otros muchos gastos. Había alquilado mis habitaciones por un año, y

aunque todavía las encontraba tristes por la tarde y se me hacían largas las veladas, había

terminado por acostumbrarme a una especie de melancolía continua y por resignarme al

café de mistress Crupp, y hasta a tragarlo no a tazas, sino a cubos, según recuerdo en

aquel período de mi existencia. En aquella época fue cuando hice poco más o menos tres

descubrimientos: primero, que mistress Crupp era muy propensa a una indisposición

extraordinaria, que ella llamaba «espasmos», generalmente acompañados de inflamación

en las fosas nasales, y que exigía como tratamiento un consumo perpetuo de menta;

segundo, que debía de haber algo extraño en la temperatura de mi despensa, pues se

rompían todas las botellas de aguardiente; y, por último, descubrí que estaba muy solo en

el mundo, y me sentía profundamente inclinado a recordarlo en fragmentos de

versificación inglesa.

El día de mi incorporación definitiva con míster Spenlow y Jorkins lo celebré invitando

a los empleados de las oficinas a sándwiches y jerez y yendo por la noche yo solo al teatro.

Fui a ver El extranjero, pensando que no desmerecía mi dignidad de pertenecer al

Tribunal de Doctores el verla, y volví en tal estado, que no me reconocí en el espejo.

Míster Spenlow me dijo que habría tenido mucho gusto en invitarme a pasar la velada en

su casa de Norwood, en celebración de las relaciones que se establecían entre nosotros;

pero que su casa estaba algo en desorden porque esperaba de un momento a otro la

llegada de su hija, que había terminado su educación en París. Añadió, sin embargo, que

cuando Ilegara su hija esperaba tener el gusto de recibirme. Yo sabía, en efecto, que era

viudo, con una hija única, y le, expresé mi agradecimiento.

Míster Spenlow cumplió fielmente su palabra, y quince días después me recordó su

promesa, diciéndome que si quería hacerle el honor de ir a Norwood el sábado siguiente y

quedarme hasta el lunes me lo agradecería mucho. Yo respondí, naturalmente, que estaba

dispuesto a complacerle, y quedó convenido que me llevaría y me traería en su coche.

Cuando llegó aquel día, hasta mi equipaje era un objeto de veneración para los

empleados subalternos, los cuales pensaban en la casa de Norwood como en un misterio

sagrado. Uno de ellos me dijo que había oído contar que el servicio de mesa de míster

Spenlow era exclusivamente de plata y porcelana de China y, además, que se bebía

champán durante toda la comida como se bebe cerveza en otras partes. El viejo abogado

de la peluca, que se llamaba míster Tiffey, había estado muchas veces en Norwood en el

transcurso de su carrera y había podido entrar hasta el comedor, que describía como una

habitación de lo más suntuosa, tanto más porque había bebido en ella jerez de la

Compañía de las Indias, de una calidad tan especial que causaba sorpresa.

El Tribunal de Doctores se ocupaba aquel día de un asunto atrasado: condenar a un

panadero que se había negado a pagar el impuesto de adoquinado, y como la causa era

dos veces más larga que Robinson Crusoe (según un cálculo que hice), aquello terminó

algo tarde. Condenamos al panadero a mes y medio de prisión y a pagar daños y perjuicios;

después de esto, el procurador del panadero, el juez y los abogados de ambas

partes, que eran todos parientes, se fueron juntos hacia la ciudad, y míster Spenlow y yo

nos fuimos en su faetón.

Era un coche muy elegante; los caballos levantaban la cabeza y movían las patas como

si supieran que pertenecían al Tribunal de Doctores.

Había mucha competencia entre los doctores sobre cualquier cosa, y teníamos algunos

coches muy cuidados, aunque yo siempre había considerado y consideraré que en mi

época el gran artículo de competencia era el almidón de los cuellos, pues los

procuradores hacían tal consumo de él que no creo que la naturaleza humana pudiera

soportar más.

Por el camino íbamos muy contentos y míster Spenlow me dio algunos consejos

relativos a mi profesión. Decía que era la profesión más distinguida del mundo y que no

debía confundirse con el oficio de abogado, pues eran cosas completamente distintas,

infinitamente más exclusiva, menos mecánica y de más provecho la de procurador.

Tratábamos las cosas mucho más cómodamente allí que en ninguna parte, y esto hacía de

nosotros una clase aparte, privilegiada. Me dijo que no podía por menos de reconocer el

hecho desagradable de que casi siempre nos utilizaban los abogados; pero me dio a

entender que eran una raza inferior de hombres, universalmente mirados de arriba abajo

por todos los procuradores que se respetaban.

Pregunté a míster Spenlow qué negocios profesionales le parecían los mejores, y me

dijo que una buena causa de testamento, donde se trate de un pequeño estado de treinta o

cuarenta mil libras, era quizá lo mejor de todo. En un caso así, decía, no solamente hay a

cada momento una buena cosecha de ganancias, por vía de argumentación, sino que además

los papeles se van amontonando con los testimonios, los interrogatorios, los

contrainterrogatorios (y no hay que decir nada si apelan primero a los delegados y

después a los lores, pues como tienen asegurado el pago con el valor de la propiedad,

ambas partes siguen con valor hacia adelante sin preocuparse del gasto). Después se

lanzó a elogiar al Tribunal. Decía que lo más digno de admirar en él era su concentración.

Era el mejor organizado del mundo; se tenía todo a mano. Por ejemplo: llevaban una

causa de divorcio, o una causa de restitución al Consistorio. Muy bien. Se intentaba en el

Consistorio, y se hacía como un juego en familia y con toda tranquilidad. Supongamos

que no quedasen satisfechos con el Consistorio. ¿Qué se hace? Pues se lleva a los Arcos.

¿Y qué es el Tribunal de los Arcos? Pues el mismo Tribunal, en la misma habitación, con

el mismo foro y los mismos consejeros, pero con otro juez; pero el del Consistorio puede

it allí cuando le conviene como abogado. Bien; allí vuelve a empezar el juego. ¿Todavía

no se está satisfecho? Muy bien. ¿Qué se hace entonces? Pues lo pueden llevar a los

delegados. ¿Y quiénes son los delegados? Pues verá usted. Los delegados eclesiásticos

son los abogados sin causas, que han visto el juego de los dos Tribunales, que han visto

dar las cartas, echarlas y cortarlas; que han hablado con todos los jugadores, y que

después de esto se presentan como jueces completamente extraños al asunto para

arreglarlo todo a la mayor satisfacción general. Los descontentos podrán hablar de la

corrupción del Tribunal, de la insuficiencia del Tribunal, de la necesidad de reformas en

el Tribunal; pero así y todo -terminó solemnemente míster Spenlow-, cuando el precio del

trigo por áridos está alto, el Tribunal tiene más trabajo, y si un hombre sincero se pone la

mano en el corazón, no podrá por menos de decir al mundo entero: «Si llega a tocarse al

Tribunal de Doctores, se acabó el país».

Yo le escuchaba con atención, aunque debo confesar que tenía mis dudas respecto a que

la nación tuviera tanto que agradecerles como míster Spenlow decía. Sin embargo, acepté

respetuosamente sus opiniones. En cuanto a la gestión del precio del trigo, sentía

modestamente que aquello estaba por encima de mi inteligencia. Todavía ahora no he

podido comprenderlo, y muchas veces después, a través de mi vida, ha surgido para

aniquilarme.

Todavía no sé lo que aquello tendría que ver conmigo ni con qué derecho se mezclaba

en mis cosas; pero en cuanto mi antiguo conocido el « árido» aparecía en escena, podía

dar el asunto por perdido.

Pero esto es una digresión; yo no era hombre para tocar el Tribunal de Doctores ni para

revolucionar el país; humildemente expresé, con mi silencio, que asentía a todo cuanto

había dicho mi superior en edad y conocimientos y nos pusimos a hablar de El extranjero,

del drama en general y del tronco de caballos que nos arrastraba, hasta que llegamos ante

la puerta de míster Spenlow.

La casa de míster Spenlow tenía un bonito jardín, y aunque no era buena época para

verlo, estaba tan cuidado, que me entusiasmó totalmente. Era un sitio delicioso, con el

césped, los árboles y aquella perspectiva de senderos que se perdían en la oscuridad de

los arcos, cubiertos sin duda de flores y plantas trepadoras en la primavera. «Por aquí

paseará miss Spenlow», pensé.

Entramos en la casa, que estaba alegremente iluminada, y me encontré en un vestíbulo

lleno de sombreros, gabanes, guantes, fustas y bastones.

-¿Dónde está miss Dora? -dijo míster Spenlow al criado.

« Dora, pensé, ¡qué nombre tan bonito! »

Entramos en una habitación (contigua al comedor en que el antiguo empleado había

bebido jerez de la Compañía de las Indias) y oí que decían:

-Míster Copperfield: mi hija Dora y la amiga de confianza de mi hija.

No tenía duda; era la voz de míster Spenlow; pero yo no me daba cuenta, y además me

tenía sin cuidado. Todo había terminado; mi destino estaba cumplido. Estaba cautivo y

esclavo. Amaba a Dora Spenlow con locura.

Me pareció una criatura sobrehumana, un hada, una sílfide, no sé qué, algo que nunca

había visto y que todos deseamos siempre. Desaparecí en un abismo de amor, sin detenerme

en el borde, sin mirar adelante ni atrás; me lancé de cabeza antes de haber podido

decirle una palabra.

-Ya conocía a míster Copperfield -me dijo otra voz muy conocida, cuando me inclinaba

murmurando algo.

La que hablaba no era Dora, no; era su amiga de confianza, miss Murdstone.

No me sorprendí demasiado; había perdido la facultad de sorprenderme. ¡No había nada

en la tierra ni en el mundo material que mereciese sorprenderme fuera de Dora Spenlow!

Dije: «¿Cómo está usted, mis Murdstone? Espero que siga usted bien». Ella me contestó:

«Muy bien». Y yo dije: «¿Cómo está míster Murdstone?». Y me contestó: «Mi hermano

está en perfecta salud, muchas gracias».

Míster Spenlow, que se había sorprendido al ver que nos conocíamos mutuamente, dijo:

-Me alegro mucho, Copperfield, de ver que usted y miss Murdstone se conocen de

antes.

-Míster Copperfield y yo -dijo miss Murdstone con severa compostura- nos conocemos

desde los días de su infancia. Las circunstancias nos han separado después, y yo no lo

habría reconocido.

Yo contesté que la habría reconocido en cualquier parte, y era verdad.

-Mis Murdstone ha tenido la bondad -me dijo míster Spenlow- de aceptar el oficio, si

puedo llamarlo así, de amiga de confianza de mi hija Dora. Mi hija tiene la desgracia de

haber perdido a su madre, y miss Murdstone se dedica a acompañarla y protegerla.

Pensé que miss Murdstone, como esas pistolas de bolsillo que llaman « protectoras»,

estaba más hecha para atacar que para defender; pero aquella idea no hizo más que atravesar

rápidamente por mi espíritu, como todas las que no se relacionaban con Dora, a

quien no dejaba de mirar; y me pareció ver en sus gestos monísimos, un poco tercos y caprichosos,

que no estaba muy dispuesta a poner su confianza en aquella compañera y

protectora. Pero sonó una campana, y míster Spenlow dijo que era la primera llamada

para la comida, y me condujo a mi habitación por si quería arreglarme.

La idea de vestirme, de hacer algo, de moverme siquiera, en aquel estado de amor,

habría sido ridícula. No pude más que sentarme ante el fuego, con la llave del maletín en

la mano, y pensar en lo encantadora, en lo chiquilla, en los ojos brillantes que tenía la

deliciosa Dora. ¡Qué figura, qué rostro, qué gracia la de sus movimientos!

La campana sonó tan pronto, que apenas tuve tiempo de ponerme de cualquier modo el

traje. ¡Yo, que hubiera querido poner especial cuidado en semejantes circunstancias! En

el comedor había algunas personas, y Dora hablaba con un caballero de cabellos blancos.

A pesar de la blancura de sus cabellos y de sus biznietos, él mismo confesaba que era

bisabuelo, estaba horriblemente celoso de él.

¡Qué estado de espíritu aquel en que estaba sumergido! ¡Sentía celos de todo el mundo!

No podía soportar la idea de que nadie conociese a míster Spenlow mejor que yo. Era una

tortura para mí el oír hablar de sucesos en los que yo no había tomado parte. A un señor

completamente calvo, de cabeza reluciente y muy amable, se le ocurrió preguntarme, a

través de la mesa, si era la primera vez que veía el jardín. En mi cólera feroz y salvaje, no

sé lo que habría hecho.

A los demás invitados no los recuerdo; sólo recuerdo a Dora. No tengo idea de lo que

comimos; sólo vi a Dora. Creo verdaderamente que me alimenté de Dora, pues rechacé

media docena de platos sin tocarlos. Estaba sentado a su lado, y le hablaba; ella tenía la

voz más dulce, la risa mas alegre, los movimientos más encantadores y más seductores

que hayan esclavizado nunca a un pobre muchacho loco. En ella todo era diminuto, y eso

me parecía que la hacía todavía más preciosa.

Cuando dejó el comedor con miss Murdstone (no había allí más señoras), caí en un

dulce ensueño, turbado sólo por la viva inquietud de que miss Murdstone le hablase mal

de mí. El señor amable y calvo me contó una larga historia de horticultura, según creo.

Me pareció que le oía repetir muchas veces «mi jardinero», y hacía como que le prestaba

la mayor atención; pero en realidad erraba durante aquel tiempo por el jardín del Edén

con Dora. Mis temores de ser perjudicado ante ella se reanudaron, cuando volvimos al

salón, al ver el rostro sombrío de miss Murdstone. Pero me tranquilicé de una manera

inesperada.

-David Copperfield -dijo miss Murdstone haciéndome una seña para que me acercara

con ella a una ventana-, ¡una palabra!

Me encontré frente a miss Murdstone.

-David Copperfield -me dijo miss Murdstone-, no tengo necesidad de extenderme sobre

nuestras circunstancias familiares; el asunto no es tentador.

-Muy lejos de ello, señorita -repliqué.

-Muy lejos de ello -repitió miss Murdstone-. No tengo ningún deseo de recordar

querellas pasadas ni injurias olvidadas. He sido insultada por una persona, una mujer,

siento decirlo por el honor del sexo, y como no podría hablar de ella sin desprecio y sin

asco, prefiero no mencionarla.

Estuve a punto de acalorarme defendiendo a mi tía. Pero me contuve y le dije que, en

efecto, sería más delicado el no, aludir a ello, y añadí que no consentiría oír hablar de mi

tía más que con respeto, y de no ser así, tomaría su defensa.

Miss Murdstone cerró los ojos, inclinó la cabeza con desdén y, después, volviendo a

abrirlos lentamente, repuso:

-David Copperfield, no trataré de ocultarle que la opinion que tengo de usted es muy

desfavorable desde su infancia. Quizá me he equivocado, o usted ha dejado de justificar

esa opinion; por el momento, no se trata de eso. Formo parte de una familia notable, así

lo creo, por su firmeza, y no soy persona a quien cambie las circunstancias. Puedo tener

mi opinión sobre usted, como usted puede tenerla sobre mí.

Incliné la cabeza a mi vez.

-Pero no es necesario –dijo miss Murdstone- que hagamos aquí gala de esas opiniones.

En las circunstancias actuales vale más para todos que no sea así. Puesto que las

casualidades de la vida nos han acercado de nuevo y que otras ocasiones semejantes

pueden presentarse, soy de la opinion de que nos tratemos uno a otro como simples

conocidos. Nuestro parentesco lejano es razón suficiente para explicar esa clase de

relaciones, y es inútil ponernos en evidencia. ¿Es usted de la misma opinión?

-Miss Murdstone -repliqué-, opino que mister Murdstone y usted se han portado

conmigo cruelmente y que han tratado a mi madre con mucha dureza; conservaré esta

opinion mientras viva. Pero comparto plenamente lo que me propone.

Miss Murdstone cerró de nuevo los ojos a inclinó otra vez la cabeza; después, tocando

el reverso de mi mano con sus dedos rígidos y helados, se alejó arreglando las cadenitas

que llevaba en los brazos y en el cuello; las mismas, y en el mismo estado exactamente,

que la última vez que la había visto. Entonces, pensando en el carácter de miss

Murdstone, recordé las cadenas que ponen en las puertas de las prisiones para anunciar a

todo transeúnte lo que debe esperarse encontrar dentro.

Todo lo que sé del resto de la velada es que oí a la soberana de mi corazón cantar

maravillosas baladas francesas cuyos significados eran, por lo general, que en todo momento

había que bailar ¡tralalá, tralalá! Se acompañaba de un instrumento mágico, que

parecía una guitarra. Yo estaba sumergido en un delirio de bienaventuranzas. Rechacé

todo refresco. El ponche en particular me repugnaba. Cuando miss Murdstone se acercó

para llevársela, me sonrió y me tendió su encantadora mano. Yo lancé por casualidad una

mirada a un espejo, y vi que tenía todo el aspecto de un imbécil, de un idiota. Volví a mi

habitación en completo estado de imbecilidad, y me levanté al día siguiente sumergido

todavía en el mismo éxtasis.

Hacía un día hermoso, y como me había levantado muy temprano, pensé que podría

pasearme por una de aquellas avenidas alimentando mi pasión con su recuerdo. Al atravesar

el vestíbulo me encontré a su perrito; se llamaba Jip, diminutivo de Gipsy. Me

acerqué a él con ternura, pues mi amor se extendía hasta él; pero me enseñó los dientes y

se refugió debajo de una silla, gruñendo, sin permitirme la menor familiaridad.

El jardín estaba fresco y solitario; yo me paseaba pensando en la felicidad que sentiría

si llegara alguna vez a ser novio de aquella maravillosa criatura. En cuanto al matrimonio,

o a la fortuna, creo que estaba tan alejado de todo pensamiento de aquel género

como en los tiempos en que amaba a la pequeña Emily. Llegar a poder llamarla Dora, a

escribirle, a amarla, a adorarla, a creer que ella no me olvidaba, aunque estuviera rodeada

de otros amigos, era para mí el máximo de la ambición humana. No hay duda de que yo

era entonces un pobre muchacho ridículo y sentimental; pero aquellos sentimientos

demostraban tal pureza de corazón que me impiden despreciar absolutamente su

recuerdo, por risible que me parezca hoy.

Me paseaba hacía poco rato, cuando a la vuelta de un sendero me encontré con Dora.

Todavía enrojezco de pies a cabeza al recordarlo y la pluma me tiembla entre los dedos.

-Sale… usted muy temprano, miss Spenlow -le dije.

-¡Oh! Me aburro en casa; miss Murdstone es tan absurda. Tiene las ideas más extrañas

sobre la necesidad de que la atmósfera esté bien purificada antes de que yo salga.

¡Purificada! (Aquí se echó a reír con la risa más melodiosa.) Los domingos por la mañana

no estudio, y algo tengo que hacer. Anoche le dije a papá que estaba decidida a salir.

Además, es el momento más hermoso del día, ¿no cree usted?

Emprendí el vuelo aturdidamente y le dije, o mejor dicho balbucí, que el tiempo me

parecía magnífico en aquel momento; pero que hacía un instante me parecía muy triste.

-¿Es un cumplido –dijo Dora-, o es que el tiempo ha cambiado en realidad?

Contesté, balbuciendo más que nunca, que no era un cumplido, sino la verdad, aunque

no había observado el menor cambio en el tiempo; me refería únicamente al que se había

producido en mis sentimientos, añadí tímidamente, para terminar la explicación.

Nunca he visto bucles semejantes a los que entonces sacudió Dora para ocultar su

rubor; pero no es extraño que no los hubiera visto, pues no había bucles semejantes en el

mundo. En cuanto al sombrero de paja con cintas azules que coronaba aquellos bucles,

¡qué tesoro tan inestimable para colgar en mi habitación de Buckinghan-Street, si lo

hubiera tenido en mi poder!

-¿Llega usted de París? -le dije.

-Sí -respondió-. ¿Ha estado usted allí alguna vez?

-No.

-¿Irá usted pronto? ¡Le gustará tanto!

Mi fisonomía expresó un profundo sufrimiento. No podía resignarme a pensar que

esperaba verme marchar a París, que suponía que podría tener siquiera la idea de ir.

¡Mucho me importaba a mí París y Francia entera! Me sería imposible, en las

circunstancias actuales, abandonar Inglaterra ni por todos los tesoros del mundo. Nada

podría decidirme. En resumen, dije tanto, que ella empezaba de nuevo a esconder la cara

tras los bucles, cuando a lo largo del sendero llegó corriendo el perrito, para descanso

nuestro.

Estaba horriblemente celoso de mí, y se obstinaba en ladrarme entre las piernas. Ella lo

cogió en brazos ¡oh Dios mío! y le acarició, sin que dejara de ladrar.

No quería que yo le tocara, y entonces ella le pegó; mis sufrimientos aumentaban al ver

los golpecitos que le daba en el hocico para castigarle, mientras él guiñaba los ojos y le

lamía las manos, al mismo tiempo que continuaba gruñendo entre dientes en voz baja.

Por fin se tranquilizó (¡ya lo creo, con aquella barbillita con hoyuelos apoyada en su

hocico!) y tomamos el camino de la terraza.

-No time usted demasiada amistad con miss Murdstone, ¿verdad? -dijo Dora- ¡Querido

mío! (Estas dos últimas palabras se dirigían al perro. ¡Oh si hubiese sido a mí!)

-No -repliqué yo-; ninguna.

-Es muy fastidiosa -añadió haciendo un gestito-. Yo no sé en qué ha estado pensando

papá para traerme de compañera a una persona tan insoportable. ¡No parece sino que

necesita una que la protejan! ¡No seré yo! ,lip es mucho mejor protector que miss

Murdstone. ¿No es verdad, Jip, amor mío?

Él se contentó con cerrar los ojos descuidadamente, mientras ella besaba su cabecita.

-Papá le llama mi amiga de confianza; pero eso no es cierto, ¿verdad, Jip? No tenemos

la intención de dar nuestra confianza a personas tan gruñonas, ¿,no es verdad, Jip? Tenemos

la intención de ponerla en quien nos dé la gana, y de buscarnos solos nuestros

amigos, sin que nos los vayan a descubrir, ¿no es verdad, Jip?

Jip, en respuesta, hizo un ruido que se parecía bastante al de un puchero que hirviese.

En cuanto a mí, cada palabra era un anillo que añadían a mi cadena.

-Es muy duro que porque no tengamos madre nos veamos obligados a arrastrar a una

mujer vieja, fastidiosa, antipática, como miss Murdstone, tras de nosotros, ¿no es verdad,

Jip? Pero no te preocupes, Jip, no le daremos nuestra confianza, y disfrutaremos todo lo

que podamos a pesar suyo, y le haremos rabiar; es todo lo que podemos hacer por ella,

¿no es verdad, Jip?

Si aquel diálogo hubiera durado dos minutos más, creo que habría terminado por caer

de rodillas en la arena, a riesgo de arañármelas y de que, además, me despidieran. Pero,

afortunadamente, la terraza estaba cerca y llegamos al mismo tiempo que terminaba de

hablar.

Estaba llena de geranios, y quedamos en contemplación ante las flores. Dora saltaba sin

cesar para admirar una planta, y después otra; y yo me detenía para admirar las que ella

admiraba. Dora, al mismo tiempo que se reía, levantaba al perro en sus brazos, con un

gesto infantil, para que oliese las flores; si no estábamos los tres en el paraíso yo por mi

parte lo estaba. El perfume de una hoja de geranio me da todavía ahora una emoción

mitad cómica mitad seria, que cambia al instante la luz de mis ideas. Veo enseguida el

sombrero de paja con las cintas azules sobre un bosque de bucles, y un perrito negro

levantado por dos preciosos y finos brazos, para hacerle respirar el perfume de las flores

y de las hojas.

Miss Murdstone nos buscaba. Nos encontró y presentó su mejilla absurda a Dora para

que besara sus arrugas, llenas de polvo de arroz; después cogió el brazo de su amiga de

confianza y nos dirigimos a desayunar, como si fuéramos al entierro de un soldado.

Yo no sé el número de tazas de té que acepté porque era Dora quien lo había hecho;

pero recuerdo perfectamente que consumí tantas que debían haberme destruido para

siempre el sistema nervioso, si hubiera tenido nervios en aquella época. Un poco más

tarde fuimos a la iglesia. Miss Murdstone se puso entre los dos; pero yo oía cantar a

Dora, y no veía a nadie más. Hubo sermón (naturalmente sobre Dora …) y me temo que

eso fue todo lo que saqué en limpio del servicio divino.

El día pasó tranquilamente. No vino nadie; después paseamos, comimos en familia y

pasamos la velada mirando libros y grabados. Pero miss Murdstone, con una homilía en

la mano y los ojos fijos en nosotros, montaba la guardia de vigilancia. ¡Ah! Míster

Spenlow no sospechaba, cuando estaba sentado frente a mí después de comer, el ardor

con que yo le estrechaba, en mi imaginación, entre mis brazos, como el más tierno de los

yernos. No sospechaba, cuando me despedí de él por la noche, que acababa de dar su

consentimiento a mi noviazgo con Dora, y que yo reclamaba, en agradecimiento, todas

las bendiciones del cielo para él.

Al día siguiente partimos temprano, pues había una causa de salvamento en la Cámara

del Almirantazgo que exigía un conocimiento bastante exacto de toda la ciencia de la

navegación. Ahora bien, como en esa materia no estábamos muy duchos en el Tribunal,

el juez había rogado a dos viejos, Trinit y Martersn, que tuvieran la caridad de ir en su

ayuda. Dora estaba ya en la mesa haciéndonos el té, y tuve el triste placer de saludarla

desde lo alto del faetón, mientras ella estaba en el dintel de la puerta con Jip en sus

brazos.

No intentaré inútiles esfuerzos para describir lo que la Cámara del Almirantazgo me

pareció aquel día, ni la confusión de mi espíritu sobre el asunto que se trataba en ella; no

diré cómo leía el nombre de Dora escrito sobre la rama de plata puesta encima de la mesa

como emblema de nuestra alta jurisdicción, ni lo que sentí cuando míster Spenlow se

volvió a su casa sin mí. (Había abrigado la esperanza insensata de que quizá me llevaría.)

Me parecía que era un marinero abandonado por su buque en una isla desierta. Si aquel

viejo Tribunal pudiera despertarse de su amodorramiento y presentar en una forma visible

todos los hermosos sueños que hice allí sobre Dora, acudiría a ella para dar testimonio de

la verdad de mis palabras.

No hablo de los sueños de aquel día únicamente, sino de todos los que me persiguieron

día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Cuando iba al Tribunal, no iba más que

para pensar en Dora. Si alguna vez pensaba en las causas que se veían ante mí, era para

preguntarme, cuando se trataba de asuntos matrimoniales, cómo podría ser que las gentes

casadas no fueran dichosas, pues pensaba en Dora. Si se trataba de herencias, pensaba en

todo lo que habría hecho, si aquel dinero lo heredara yo, para conseguir a Dora. Durante

la primera semana de mi pasión compre cuatro chalecos magníficos, no para mi propia

satisfacción, no era vanidoso, sino por Dora. Me acostumbré a llevar botas muy ajustadas

por la calle, y de entonces provienen todos los callos que después he tenido. Si las botas

que llevaba entonces pudieran comparecer para compararlas con el tamaño natural de mis

pies, probarían de la manera más conmovedora el estado de mi corazón.

Y, sin embargo, inválido voluntario en honor de Dora, hacía todos los días muchas

leguas a pie con la esperanza de verla. No solamente pronto fui tan conocido como el

cartero en la carretera de Norwood, sino que tampoco descuidaba las calles de Londres.

Erraba por los alrededores de las tiendas de modas y de los bazares como un aparecido;

me paseaba arriba y abajo por el parque; me rendía. A veces, después de mucho tiempo y

en raras ocasiones, la percibía. A veces la veía agitar su guante a la portezuela de un

coche, o me la encontraba a pie y daba algunos pasos con ella y con miss Murdstone, y le

hablaba. En este último caso después me sentía siempre muy desgraciado por no haberle

dicho nada de lo que más me preocupaba, de no haberle dado a entender toda la grandeza

de mi afecto, en el temor de que ella ni siquiera pensara en mí. Pueden figurarse cómo

suspiraba por una nueva invitación de míster Spenlow. Pero no; era constantemente

defraudado: no recibí ninguna.

Era necesario que mistress Crupp fuera una mujer dotada de gran intuición, pues mi

enamoramiento sólo databa de algunas semanas, y ni siquiera había tenido todavía valor,

al escribir a Agnes, de explicarle más claramente pues sólo le había dicho que estuve en

casa de míster Spenlow, cuya familia se reducía a una sola hija; era necesario, repito, que

mistress Crupp fuera una mujer de gran intuición, pues desde el primer momento

descubrió mi secreto. Una noche, que yo estaba sumergido en un profundo abatimiento,

subió para preguntarme si no podría darle, para aliviarle de sus « espasmos» , una

cucharada de tintura de cardamomo mezclada con ruibarbo y con cinco gotas de esencia

de clavo, que era el mejor remedio para su enfermedad. Si no tenía aquel licor a mano

podía reemplazarlo con un poco de aguardiente, que, aunque no le resultaba muy

agradable, según decía, de no ser la tintura de cardamomo era lo mejor. Como yo no

había oído nunca hablar de lo primero y tenía siempre una botella de lo segundo en mi

armario, di un vaso a mistress Crupp, que empezó a beberlo en mi presencia, para

probarme que no era mujer que hiciese mal uso de ello.

-Vamos, valor, señorito -me dijo mistress Crupp-; no puedo soportar el verle así; yo

también soy madre.

No comprendía bien cómo podría yo aplicarme aquel «yo también», lo que no me

impidió sonreír a mistress Crupp con toda la benevolencia de que soy capaz.

-Vamos, señorito -insistió mistress Crupp-, le pido que me perdone; pero sé de lo que se

trata, señorito. Se trata de una señorita.

-Mistress Crupp -respondí yo, enrojecido.

-¡Que Dios le bendiga! No se deje abatir, señorito -dijo mistress Crupp con un gesto

animador, ¡Tenga valor, señorito! Si esta no le sonríe, no faltarán otras. Es usted un joven

con el que se está deseando sonreír, señorito Copperfull; debe usted aprender lo que vale.

Mistress Crupp siempre me llamaba Copperfull; en primer lugar, sin duda, porque no

era mi nombre, y en segundo, en recuerdo de algún día de bautizo.

-¿Qué es lo que le hace suponer que se trata de una señorita, mistress Crupp?

-Míster Copperfull –dijo mistress Crupp en tono conmovido-, ¡yo también soy madre!

Durante un momento mistress Crupp no pudo hacer otra cosa que tener apoyada la

mano sobre su seno de nanquín y tomar fuerzas preventivas contra la vuelta de su

enfermedad, sorbiendo su medicina. Por fin me dijo:

-Cuando su querida tía alquiló para usted estas habitaciones, míster Copperfull, yo me

dije: « Por fin he encontrado a alguien a quien querer; ¡bendito sea Dios!; por fin he

encontrado alguien a quien querer». Esas fueron mis palabras… Usted no come apenas, ni

bebe…

-¿Y es en eso en lo que funda sus suposiciones, mistress Crupp? -pregunté.

-Señorito -dijo mistress Crupp en un tono casi severo-, he cuidado la casa de muchos

jóvenes. Un joven podrá arreglarse mucho, o no arreglarse bastante. Puede peinarse con

cuidado, o no hacerse siquiera la raya. Puede llevar botas demasiado grandes o

demasiado pequeñas; eso depende del carácter; pero sea cual sea en el extremo que se

lance, en uno a otro caso siempre hay una señorita por medio.

Mistress Crupp sacudió la cabeza con aire tan decidido, que yo no sabía qué cara poner.

-El caballero que ha muerto aquí antes que usted viniese –dijo mistress Crupp-, pues

bien, se había enamorado… de una criada, y al momento hizo estrechar todos sus

chalecos, para que no se notara lo hinchado que estaba por la bebida.

-Mistress Crupp -le dije-, le ruego que no compare a la jovencita de que se trata con una

criada ni con ninguna otra criatura de esa especie; hágame el favor.

-Míster Copperfull -contestó mistress Crupp-, yo también soy madre, y no lo haré. Le

pido perdón por mi indiscreción. No me gusta mezclarme en lo que no me incumbe. Pero

usted es joven, míster Copperfull, y mi opinión es que tenga usted valor, que no se deje

abatir y que se estime en lo que vale. Si usted pudiera dedicarse a algo –dijo mistress

Crupp-, por ejemplo, a jugar a los bolos, es una diversión, le distraería y le sentaría bien.

A estas palabras mistress Crupp me hizo una reverencia majestuosa, a manera de

gracias por mi medicina, y se retiró fingiendo cuidar mucho de no verter el aguardiente,

que ya había desaparecido por completo. Viéndola alejarse en la oscuridad, se me ocurrió

que mistress Crupp se había tomado una singular libertad dándome consejos; pero, por

otro lado, no me disgustaba. Era una lección para saber guardar mejor mis secretos en el

futuro.

CAPÍTULO VII

TOMMY TRADDLES

Quizá fue a consecuencia del consejo de mistress Crupp, o quizá también sin mayor

razón que la de recordar algunas partidas que había jugado con Traddles, por lo que al día

siguiente se me ocurrió ir en busca de mi antigun camarada. El tiempo que debía pasar

fuera de Londres había transcurrido, y habitaba en una callejuela cercana a la Escuela de

Veterinaria, en Camden Town, barrio principalmente habitado, según me dijo uno de

nuestros empleados, que vivía cerca, por jóvenes estudiantes de la Escuela, que

compraban burros vivos para hacer con ellos experimentos en sus habitaciones

particulares. Me hice dar por aquel mismo empleado algunos datos sobre la situación de

ese retiro académico, y a mediodía me encaminé en busca de mi antigun camarada.

La calle en cuestión dejaba bastante que desear, y me habría gustado mayor comodidad

para mi amigo Traddles. Parecía que sus habitantes eran demasiado propensos a lanzar en

medio de la calle todo lo que les estorbaba; de manera que no solamente estaba llena de

fango y basura, sino que además reinaba el mayor desorden y estaba llena de hojas de

coles. Y aquel día no era eso todo, pues además de las verduras había una zapatilla vieja,

una cacerola sin fondo, un sombrero negro y un paraguas, todo en mayor o menor estado

de descomposición, según pude apreciar mientras buscaba el número deseado.

El aspecto general del lugar me recordó vivamente los tiempos en que yo vivía con los

Micawber. Cierto aspecto indefinible de elegancia venida a menos, que se observaba en

la casa que yo buscaba, diferenciándola de las otras (aunque todas estaban construidas

sobre el mismo patrón y parecían esos intentos primitivos de colegial torpe que aprende a

dibujar casas), me recordaba todavía más a mis antiguos huéspedes. El diálogo a que

asistí al llegar a la puerta, que acababan de abrir al lechero, no hizo más que avivar mis

recuerdos.

-Veamos -decía el lechero a una criada muy jovencita-, ¿han pensado ya en mi cuenta?

-¡Oh! El señor dice que se ocupará de ella enseguida -respondió.

-Porque… -repuso el lechero continuando como si no hubiera recibido respuesta y

hablando más bien, según me pareció (por el tono y las miradas furiosas que lanzaba

hacia el interior), para que le escuchase alguien que estaba dentro de la casa, que para la

criadita- porque hace ya tanto tiempo que esta cuenta va corriendo, que empiezo a creer

que va a seguir corriendo siempre, y luego va a ser difícil atraparla. ¡Y puede usted

comprender que eso no lo puedo consentir! -gritó cada vez más alto, atravesando con su

tono penetrante toda la casa desde el corredor

Sus modales eran una anomalía nada de acuerdo con su tranquilo oficio de lechero. Su

cólera habría resultado excesiva en un carnicero y hasta en un vendedor de aguardiente.

La voz de la criadita se debilitó; pero me pareció, por el movimiento de sus labios, que

murmuraba de nuevo que iban a ocuparse enseguida de la cuenta.

-Escucha lo que voy a decirte -repuso el lechero fijando los ojos en ella por primera vez

y cogiéndola de la barbilla-: ¿te gusta la leche?

-Sí, mucho -replicó.

-Pues bien -continuó el lechero-; mañana no la traeré, ¿me oyes? Mañana no traeré ni

una gota.

La chica pareció tranquilizada al saber que, por lo menos, hoy sí la tendrían. El lechero,

después de hacer un gesto siniestro, le soltó la barbilla, y abriendo su cacharra de la peor

gana del mundo llenó la de la familia. Después se marchó gruñendo y se puso a vocear en

la calle la leche en tono furioso.

-¿Vive aquí míster Traddles? -pregunté.

Una voz misteriosa respondió «sí» desde el fondo del corredor. Entonces la criadita

repitió: «Sí.»

-¿Está en casa?

La voz misteriosa respondió de nuevo afirmativamente, y la criada hizo eco. Entonces

entré y, por las indicaciones de la muchacha, subí, seguido, según me pareció, por un ojo

misterioso, que pertenecía sin duda a la voz misteriosa, y procedente de una habitación de

la parte de atrás de la casa.

Encontré a Traddles esperándome en el descansillo de la escalera. La casa no tenía más

que un piso, y la habitación en que me introdujo, con gran cordialidad, estaba situada en

la parte de delante. Estaba muy limpia, aunque pobremente amueblada. Vi que esa era

toda su vivienda, pues tenía un lecho-diván, y los cepillos y betunes estaban escondidos

entre los libros, detrás de un diccionario, sobre el estante más alto. Tenía la mesa cubierta

de papeles; estaba vestido con un traje muy viejo, y trabajaba con toda su alma. Yo no

miraba nada; pero lo vi todo a la primera ojeada, antes de sentarme: hasta una iglesia

pintada en el tintero de porcelana. Era también una facultad de observación que había

aprendido a ejercitar en los tiempos de los Micawber. Diferentes arreglos ingeniosos de

su invención, para disimular la cómoda o para esconder las botas, el espejo de afeitarse,

etc., me recordaban con una exactitud completamente peculiar las costumbres de

Traddles en los tiempos en que gastaba el tiempo en tonterías, o cuando se consolaba de

sus penas con las famosas obras de arte de las cuales he hablado más de una vez.

En un rincón de la habitación vi algo que estaba cuidadosamente cubierto con un gran

paño blanco, sin poder adivinar lo que era.

-Traddles -le dije estrechándole por segunda vez la mano cuando estuve sentado-, estoy

encantado de verte.

-Yo sí que estoy encantado, Copperfield -replicó-. ¡Oh, sí! ¡Muy contento! El día que

nos encontramos en casa de míster Waterbrook estaba radiante, y estaba seguro de que te

ocurría lo mismo. Por eso te di la dirección de mi casa, en lugar de darte la de mi bufete.

-¡Oh! ¿Tienes bufete? -dije.

-Es decir, la cuarta parte de un bufete y de un pasillo, y también la cuarta parte de un

empleado -repuso Traddles-. Nos hemos reunido cuatro para alquilar un estudio, y que

parezca que tenemos asuntos, y al empleado también le pagamos entre los cuatro. Me

cuesta media corona por semana.

«Su antigua sencillez y buen humor, y también algo de su antigua mala suerte» pensaba

yo al verle sonreírse mientras me daba estas explicaciones.

-Te aseguro que no es por orgullo, Copperfield, me comprenderás –dijo Traddles-, por

lo que no doy, por lo general, las señas de mi casa; es solamente porque no a todos podría

gustarles venir aquí. En cuanto a mí, tengo bastante que hacer con tratar de salir a flote en

el mundo, y sería ridículo que me preocupara otra cosa.

-¿Te piensas dedicar a la abogacía, según me ha dicho míster Waterbrook? -le dije.

-Sí, sí –dijo Traddles restregándose despacio las manos una con otra-; me preparo para

eso. El caso es que empiezo ahora a estudiar, aunque algo tarde, hace ya algún tiempo

que estoy inscrito, pero el pago de esas cien libras es un gran pellizco. ¡Un gran pellizco!

–dijo Traddles con un gesto como si le sacaran un diente.

-¿Sabes en lo que no puedo por menos de pensar, Traddles, mientras estoy aquí sentado

mirándote? -le pregunté.

-No -me dijo. -En el traje azul celeste que llevabas entonces.

-¡Dios mío, es verdad! -exclamó Traddles riendo-. Un poco estrecho en los brazos y en

las piernas. ¡Dios mío! ¡Ya lo creo! Aquellos eran tiempos felices, ¿no te parece?

-Pienso que nuestro maestro podía habernos hecho más dichosos sin perjudicamos a

ninguno, y se lo habría agradecido -repuse.

-Quizá podía; pero, amigo, nos divertíamos mucho. ¿Te acuerdas de las noches del

dormitorio? ¿Y los banquetes que acostumbrábamos a tener? ¿Y cuando tú nos contabas

historias? ¡Ja, ja, ja! ¿Y te acuerdas cómo me pegaron por llorar cuando se fue míster

Mell? ¡El viejo Creakle! Me gustaría también volverle a ver

-Era un bruto contigo, Traddles –dije con indignación, pues su buen humor me ponía

furioso, como si le hubiera estado viendo pegar la víspera.

-¿De verdad lo piensas? ¿Realmente? Quizá lo era; pero hace tanto tiempo. ¡Viejo

Creakle!

-¿Era un tío el que se ocupaba de ti entonces? –dije.

-Sí -dijo Traddles-. Aquel a quien siempre iba yo a escribir y nunca lo hacía. ¡Ja, ja, ja!

Sí; entonces tenía un tío. Murió poco después de salir yo del colegio.

-¿De verdad?

-Sí. Era ¿cómo se dirá? un comerciante de telas retirado, y había hecho de mí su

heredero. Pero dejé de gustarle al crecer.

-¿De verdad fue así? -dije.

No podía comprender que hablara con tanta tranquilidad de semejante asunto.

-¡Oh sí, querido Copperfield, ha sido así! -replicó Traddles-. Fue una desgracia; pero no

le gusté en absoluto. Dijo que no era yo lo que se había esperado, y se casó con su ama de

llaves.

-¿Y tú qué hiciste? -pregunté.

-Yo no hice nada de particular -dijo Traddles-. Seguí viviendo con ellos, esperando

poder salir al mundo; pero a mi tío se le subió la gota al estómago y murió. Entonces ella

se casó con un joven, y yo me quedé sin posición.

-¿Pero no te dejó nada, Traddles, después de todo?

-¡Oh sí, querido, sí! -dijo Traddles-. Me dejó cincuenta libras. Como nunca me habían

dedicado a ninguna profesión, al principio no sabía qué hacer. Sin embargo, empecé, con

la ayuda del hijo de un profesional, que había estado en Salem House: Yawler, con su

nariz torcida, ¿no le recuerdas?

-No. No debía de estar cuando yo. En mi época todas las narices estaban derechas.

-Lo mismo da –dijo Traddles-. Empecé, por mediación suya, a copiar escrituras

legales. Pero esto no me reportaba mucho; entonces empecé a redactar y a hacer toda

clase de trabajos para ellos. Trabajo mucho, tanto más porque lo hago deprisa. Bien.

Entonces se me metió en la cabeza estudiar yo también leyes, y así desapareció el final de

mis cincuenta libras. Yawler me recomendó a uno o dos bufetes, entre ellos el de míster

Waterbrook; hice algún negociejo que otro. También he tenido la suerte de conocer a un

editor que trabaja en la publicación de una enciclopedia, y me ha dado trabajo. En este

momento trabajaba para él, y no soy mal compilador, Copperfield -dijo Traddles

continuando en el mismo tono de alegre confidencia-; pero no tengo la menor

imaginación, ni un átomo. Yo creo que no se puede encontrar un muchacho con menos

originalidad que yo.

Como Traddles parecía esperar que yo asintiera a aquello como cosa sabida, asentí; y él

continuó con la misma alegre paciencia (no encuentro mejor expresión) de antes:

-Y así, poco a poco, y viviendo con modestia, por fin he conseguido reunir las cien

libras, y gracias a Dios las he pagado, aunque el trabajo haya sido… haya sido verdaderamente…

-Traddles hizo de nuevo un gesto como si le arrancaran otra muela…- algo duro.

Vivo de todo esto, y espero llegar pronto a escribir en un periódico. Por el momento sería

mi bastón de mariscal. Pero, ahora que me fijo, Copperfield, has cambiado tan poco y

estoy tan contento de volver a ver tu cara de bueno, que no quiero ocultarte nada. Has de

saber que tengo novia. (¡Novia! ¡Oh Dora!)

-Es la hija de un pastor del Devonshire: son diez hermanos. Sí -añadió viéndome lanzar

una mirada involuntaria hacia el tintero–; esa es la iglesia: se da la vuelta por aquí y se

sale por esta verja (me lo iba señalando con el dedo); y aquí donde pongo la pluma está el

presbiterio, frente a la iglesia. ¿Te das cuenta?

Sólo un poco más tarde comprendí todo el gusto con que me daba aquellos detalles;

pues en aquel momento, en mi egoísmo, seguía en mi cabeza un piano figurado de la casa

y del jardín de mister Spenlow.

-¡Es una chica tan buena! -dijo Traddles-. Time algún año más que yo; pero ¡es una

chica tan buena! ¿No te lo dije la otra vez que te vi cuando me fui de Londres? Es que iba

a verla. Voy a pie al ir y al venir; pero ¡qué viaje tan delicioso! Probablemente

seguiremos de novios mucho tiempo; pero nuestro lema es «Paciencia y esperanza». Y es

lo que nos repetimos siempre: «Paciencia y esperanza». Y me esperará, querido

Copperfield; me esperará hasta los sesenta años y mas si es necesario.

Traddles se levantó y puso la mano con expresión de triunfo encima del paño blanco

que ya he mencionado.

-Sin embargo -dijo-, eso no quita que nos estemos ocupando ya de nuestra casa; no, no.

Al contrario, ya hemos empezado. Iremos poco a poco; pero ya hemos empezado. Mira

-dijo tirando del paño con mucho orgullo y cuidado-, mira las dos cosas que hemos

comprado ya para la casa: este florero y esta repisa; eila misma los ha comprado. Esto en

la ventana de un salón –dijo Traddles retrocediendo un poco para mirar mejor- y con una

planta en el florero y… ¡ya está! En cuanto a esta mesita con tablero de mármol (tiene dos

pies y dos pulgadas de circunferencia), yo soy quien la ha comprado. Se necesita un sitio

donde dejar un libro, o bien viene alguien a veros, a ti o a tu mujer, y busca un sitio

donde dejar su taza de té; pues, ¡aquí está! -repuso Traddles-. Es un mueble muy bien

trabajado, y sólido como una roca.

Le alabé las dos cosas, y Traddles volvió a colocar el paño con el mismo cuidado que lo

había levantado.

-No es todavía mucho mobiliario -dijo Traddles-; pero siempre es algo. Los manteles,

las sábanas y todo eso es lo que más me desanima, Copperfield, y la batería de cocina, las

cacerolas, los asadores; es todo tan indispensable, y es caro, sube mucho. Pero «Paciencia

y esperanza», y además, si supieras, ¡es tan… tan buena chica!

-Estoy seguro -le dije.

-Entre tanto –dijo Traddles volviéndose a sentar, y este es el fin de todos estos

pesadísimos detalles personales-, hago lo que puedo. No gano mucho dinero, pero gasto

poco. En general como con los habitantes del piso bajo, que son muy amables. Míster y

mistress Micawber conocen bien la vida, y son compañeros agradables.

-Querido Traddles, ¿qué me dices?

Traddles me miró como si a su vez no supiera lo que yo decía.

-¡Mister y mistress Micawber! ¡Son íntimos amigos míos!

Precisamente en aquel momento sonó en la puerta de la calle un doble golpe, en el que

reconocí, a causa de mi larga experiencia de Windsor Terrace, la mano de míster

Micawber; sólo él podía llamar así. Por lo tanto, cualquier duda que hubiera podido

quedarme en el espíritu sobre la identidad de mis antiguos amigos se desvaneció, y rogué

a Traddles que pidiera al dueño que subiera. Traddles se asomó a la escalera para llamar a

míster Micawber, que apareció un momento después. No había cambiado; su pantalón

ceñido, su bastón, el cuello de la camisa y su monóculo eran siempre los mismos, y entró

en la habitación de Traddles con cierto aire de juventud y de elegancia.

-Le pido perdón, míster Traddles –dijo míster Micawber con la misma inflexión de voz

de siempre y cesando bruscamente de canturrear-: no sabía que iba a encontrar en su

santuario a un caballero extraño a la casa.

Míster Micawber me hizo un ligero saludo y se tiró del cuello de la camisa.

-¿Cómo está usted, míster Micawber? -le dije.

-Caballero -dijo míster Micawber-, es usted muy amable. Estoy in statu quo.

-¿Y mistress Micawber? -proseguí.

-Caballero -dijo míster Micawber-, también está, gracias a Dios, in statu quo.

-¿Y los niños, míster Micawber?

-Caballero -dijo míster Micawber-, tengo la alegría de poderle contestar que están en el

mejor estado de salud.

Durante todo aquel tiempo, míster Micawber no me había reconocido lo más mínimo,

aunque estábamos frente a frente. Pero ahora, viendo mi sonrisa, examinó mis rasgos con

mayor atención, retrocedió y exclamó:

-¿Es posible? ¿Es a Copperfield a quien tengo el gusto de volver a ver?

Y me estrechó las dos manos con la mayor efusión.

-¡Dios mío, míster Traddles –dijo míster Micawber-, pensar que encuentro en su

compañía al amigo de mi juventud, al compañero de días más jóvenes! ¡Querida mía!

-llamó por la escalera míster Micawber, mientras Traddles parecía, con razón, no poco

sorprendido de aquellas expresiones-. Hay aquí un caballero, en la habitación de míster

Traddles, que desea tener el gusto de ser presentado a ti, amor mío.

Míster Micawber reapareció inmediatamente y me estrechó las manos de nuevo.

-¿Y cómo está nuestro querido amigo el doctor, Copperfield –dijo mister Micawber-, y

todos los conocidos de Canterbury?

-Sólo he tenido buenas noticias de ellos –dije.

-¡Cómo me alegro! -dijo míster Micawber-. Fue en Canterbury donde nos encontramos

por última vez. A la sombra de aquel edificio religioso, para servirme del estilo figurado

inmortalizado por Chance; de ese edificio que ha sido en otras épocas la meta de

peregrinación de tantos viajeros de los lugares más …; en una palabra –dijo míster Micawber-,

al lado de la catedral.

-Es verdad -le dije.

Míster Micawber continuaba hablando con la mayor volubilidad; pero me parecía

observar en su rostro que escuchaba con interés ciertos ruidos que provenían de la habitación

de al lado, como si mistress Micawber se lavara las manos y abriera y cerrara

precipitadamente cajones que no eran fáciles de abrir.

-Nos encuentra usted, Copperfield -dijo míster Micawber mirando a Traddles de reojo-,

establecidos por el momento en una situación modesta y sin pretensiones; pero usted sabe

que en el curso de mi carrera he tenido que atravesar tremendas dificultades y muchos

obstáculos que vencer. Usted no ignora que ha habido momentos de mi vida en que me

he visto obligado a hacer un alto en espera de que algunos sucesos previstos salieran

bien; y, en fin, que algunas veces he tenido que retroceder para conseguir lo que espero

llamar sin presunción dar mejor el salto. Por el momento estoy en una de esas épocas

decisivas en la vida de un hombre. Retrocedo para saltar mejor, y tengo motivos para

esperar que no tardaré en terminar con un salto enérgico.

Le expresaba toda mi satisfacción por aquellas noticias, cuando entró mistress

Micawber. Un poco más descuidada todavía de indumento que en el pasado, o quizá

consistiera en que había perdido la costumbre de verla; sin embargo, se había preparado

para ver gente, y hasta se había puesto un par de guantes oscuros.

-Querida mía -dijo mister Micawber acercándola a mí-; aquí está un caballero que se

llama Copperfield y que querría renovar la amistad contigo.

Habría sido preferible, por lo visto, preparar aquella sorpresa, pues mistress Micawber,

que estaba en un estado de salud precario, se conmovió tanto, que mister Micawber tuvo

que correr en busca de agua a la bomba del patio y llenar un cacharro para bañarle las

sienes. Se repuso pronto, sin embargo, y manifestó un verdadero placer al verme.

Estuvimos charlando todos juntos todavía cerca de media hora, y le pregunté por los

mellizos, «que estaban enormes», me dijo; en cuanto al señorito y a la señorita Micawber,

me los describió como «verdaderos gigantes» ; pero no los vi en aquella ocasión.

Mister Micawber quería convencerme de que me quedase a comer, y yo no habría

hecho ninguna objeción si no me hubiera parecido leer en los ojos de mistress Micawber

un poco de inquietud calculando la cantidad de fiambre que tendría en la despensa.

Declaré que estaba comprometido en otra parte, y observando que el espíritu de mistress

Micawber parecía libertado de un gran peso, resistí a todas las insistencias de su esposo.

Pero les dije a Traddles y a mister y mistress Micawber que antes de decidirme a

dejarlos era necesario que me fijaran el día que les convenía venir a comer a mi casa. Las

ocupaciones que encadenaban a Traddles nos obligaron a fijar una fecha bastante lejana;

pero por fin se eligió una tarde que convenía a todo el mundo, y me despedí de ellos.

Mister Micawber, bajo pretexto de enseñarme un camino más corto que aquel por el

que había ido, me acompañó hasta un rincón de la calle, con intención, añadió, de decir

algunas palabras en confianza a su antigun amigo.

-Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber-, no tengo necesidad de repetirle

que para nosotros, en las circunstancias actuales, es un gran consuelo tener bajo nuestro

techo un alma como la que resplandece, si puedo expresarme así, en su amigo Traddles.

Con la lavandera que vende galletas, que es nuestra vecina más cercana, y un guardia que

vive en la casa de enfrente, puede usted comprender que la amistad de míster Traddles es

una gran dulzura para mistress Micawber y para mí. Por el momento estoy dedicado,

míster Copperfield, a comisionista de trigos, lo que no está muy remunerado; en otros

términos, no se saca nada de ello y los apuros pecuniarios de una naturaleza transitoria

han sido la consecuencia. Sin embargo, me complace el poderle decir que tengo en perspectiva

la esperanza de que surja algo (perdóneme que no le diga de qué naturaleza, no

soy libre de confiar ese secreto), algo que espero me permitirá salir a flote como su amigo

Traddles, por el cual me intereso verdaderamente. Usted quizá no se sorprenderá de saber

que mistress Micawber está en un estado de salud que hace sospechar que los lazos del

afecto que…; en una palabra, que se aumente la tropa infantil. La familia de mistress

Micawber ha expresado su descontento por este estado de cosas. Todo lo que puedo

decirle es que no comprendo qué tienen ellos que ver con eso y que rechazo esa manifestación

de sus sentimientos con asco y con desprecio.

Míster Micawber me estrechó de nuevo la mano y me dejó.

CAPÍTULO VIII

MÍSTER MICAWBER LANZA SU GUANTE

Hasta que llegó el día de recibir a mis antiguos amigos viví principalmente de Dora y

de café. En el estado de enamoramiento en que me hallaba, mi apetito languidecía; pero

yo me alegraba de ello, pues me parecía que habría sido un acto de perfidia hacia Dora el

haber podido comer de un modo natural. La cantidad de ejercicio que hacía no daba en

este caso los resultados de costumbre, pues las decepciones contrarrestaban los efectos

del aire libre. Tengo también mis Judas (fundadas en la aguda experiencia adquirida en

aquel período de mi vida) de si el goce del alimento animal podrá experimentarlo una

criatura humana que esté siempre atormentada por las botas estrechas. Y pienso que quizá

las extremidades requieren estar libres antes de que el estómago pueda actuar con vigor.

Con ocasión del pequeño convite, no repetí los extraordinarios preparativos de la otra

vez. Únicamente preparé un par de lenguados, una piema de cordero y una empanada de

ave. Mistress Crupp se rebeló a mi primera protesta, respecto a que guisara el pescado y

el cordero, y dijo con acento de dignidad ofendida:

-No, no señor; usted no me pedirá semejante cosa, pues creo que me conoce usted lo

bastante para saber que no soy capaz de hacer lo que va en contra de mis sentimientos.

Pero por fin hicimos un pacto; y mistress Crupp consintió en condimentar aquello con

la condición de que después comería yo fuera de casa durante quince días.

Haré observar aquí que la tiranía de mistress Crupp me causaba sufrimientos indecibles.

Nunca he tenido tanto miedo a nadie. Nos pasábamos la vida haciendo pactos, y si yo

titubeaba en algún caso, al instante se apoderaba de ella aquella enfermedad

extraordinaria que estaba emboscada en un rincón de su temperamento, dispuesta a

agarrarse al menor pretexto para poner su vida en peligro. Si llamaba con impaciencia

después de media docena de campanillazos modestos y sin efecto, cuando aparecía (que

no era siempre) era con cara de reproche; caía ahogándose en una silla al lado de la

puerta, apoyaba la mano sobre su seno de nanquín y se sentía tan indispuesta, que yo me

consideraba muy dichoso desembarazándome de ella a costa de mi aguardiente o de

cualquier otro sacrificio. Si me parecía mal que no me hubiera hecho la cama a las cinco

de la tarde (lo que persisto en considerar como una mala costumbre), un gesto de su mano

hacia la región del nanquín, expresión de sensibilidad herida, me ponía al instante en la

necesidad de balbucir excusas. En una palabra: estaba dispuesto a todas las concesiones

que el honor no reprobase antes que ofender a mistress Crupp. Era el terror de mi vida.

Tomé una asistenta para el día de la comida, en lugar de aquel joven «hábil» , contra el

que había concebido algunos prejuicios desde que le encontré un domingo por la mañana

en el Strand engalanado con un chaleco que se parecía extraordinariamente a uno de los

míos que me había desaparecido aquel día. En cuanto a la « muchacha», se le dijo que se

limitara a llevar los platos y marcharse al momento de la antesala a la escalera, donde no

se le oiría resoplar como tenía costumbre. Además era el medio de evitar que pudiera

pisotear los platos en su retirada precipitada.

Preparé los ingredientes necesarios para hacer ponche, del que contaba con confiar la

composición a míster Micawber; me procuré una botella de agua de 1avanda, dos velas,

un papel de alfileres mezclados y un acerico, que puse en mi tocador para la toilette de

mistress Micawber. Y después de poner yo mismo la mesa, esperé con calma el efecto de

mis preparativos.

A la hora fijada llegaron mis tres invitados juntos. El cuello de la camisa de míster

Micawber era más grande que de costumbre, y había puesto una cinta nueva a su

monóculo. Mistress Micawber había envuelto su cofia en un papel gris, formando un

paquete que llevaba Traddles, el cual daba el brazo a mistress Micawber. Todos quedaron

encantados de mi casa. Cuando conduje a mistress Micawber delante de mi tocador y vio

los preparativos que había hecho en honor suyo, quedó tan entusiasmada que llamó a

míster Micawber.

-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber-, esto es un verdadero lujo. Es una

prodigalidad que me recuerda los tiempos en que vivía en el celibato y cuando mistress

Micawber no había sido solicitada todavía para depositar su fe en el altar de Himeneo.

-Quiere decir solicitada por él, míster Copperfield -dijo mistress Micawber en tono

picaresco-; no puede hablar de otros.

-Querida mía -repuso Micawber con brusca seriedad-, no tengo ningún deseo de hablar

de otras personas. Sé demasiado bien que en los designios impenetrables del Fatum me

estabas destinada; que estabas reservada a un hombre destinado a llegar a ser, después de

largos combates, la víctima de dificultades pecuniarias complicadas. Comprendo tu

alusión, amiga mía. La siento, pero te la perdono.

-¡Micawber! -exclamó mistress Micawber llorando-. ¿He merecido que me trates así?

¡Yo que nunca te he abandonado, que no te abandonaré jamás!

-Amor mío -dijo su esposo muy conmovido-, perdóname, y nuestro antiguo amigo

Copperfield también me perdonará, estoy seguro, una susceptibilidad momentánea, causada

por las heridas que acaba de abrir una colisión reciente con un esbirro del Poder (en

otras palabras, con un miserable perteneciente al servicio de las aguas), y espero que perdonarán,

sin condenarlos, estos excesos.

Después de esto, míster Micawber abrazó a mistress Micawber, me estrechó la mano, y

yo deduje, de la alusión que acababa de hacer, que le habían cortado el agua aquella mañana

por no haber pagado la cuenta a la compañía.

Para alejar sus pensamientos de aquel asunto melancólico, le dije que contaba con él

para hacer el ponche, y le enseñé los limones. Su abatimiento, por no decir su desesperación,

desapareció al momento. Yo no he visto jamás a un hombre gozar del perfume de la

corteza del limón, del azúcar, del olor del ron y del vapor del agua caliente como míster

Micawber aquel día. Daba gusto ver su rostro resplandeciente en medio de la nube

formada por aquellas evaporaciones delicadas mientras que mezclaba, que movía y que

probaba; parecía que, en lugar de preparar el ponche, estaba ocupándose en hacer una

fortuna considerable, que debía enriquecer a su familia de generación en generación. En

cuanto a mistress Micawber, yo no sé si fue el efecto de la cofia, o del agua de lavanda, o

de los alfileres, o del fuego, o de las luces; pero salió de mi habitación encantadora

(comparándola, claro está, a como había llegado), y sobre todo alegre como un pájaro.

Supongo, nunca me he atrevido a preguntarlo, pero supongo que después de haber frito

los lenguados mistress Crupp se sintió mala, pues la comida se interrumpió ahí. El

cordero llegó encarnado por el interior y muy pálido por fuera, sin contar con que estaba

cubierto de una sustancia extraña y polvorienta, que parecía demostrar que había caído en

las cenizas de la cocina. Quizá la salsa hubiera podido damos algún dato, pero no la tenía;

«la muchacha» la había derramado por la escalera, donde formaba una larga huella, que,

sea dicho de pasada, siguió allí mientras quiso sin que nadie la molestara. La empanada

de ave no tenía mala cara; pero era una empanada falaz; el interior se parecía a esas cabezas,

desesperantes para el frenólogo, llenas de jorobas y eminencias bajo las cuales no

hay nada de particular. En una palabra, el banquete fue un fiasco, y yo me habría sentido

muy desgraciado (de mi poco éxito quiero decir, pues lo era siempre pensando en Dora)

si no hubiera estado animado por el buen humor de mis huéspedes y por una idea luminosa

de míster Micawber.

-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber-, ocurren accidentes en las casas mejor

cuidadas; pero en las que no son gobemadas por esa influencia soberana que santifica y

realza el… la…; en una palabra, por la influencia de la mujer, revestida del santo carácter

de esposa, pueden esperarse de seguro, y hay que soportarlos con filosofía. Si usted me lo

permite, le haré observar que hay pocos alimentos mejores en su género que un asado

picante con especias, y yo creo que repartiéndonos el trabajo podemos hacerlo en un

momento si la muchacha nos proporciona unas parrillas. Así podremos reparar fácilmente

la desgracia.

En la despensa había unas parrillas sobre las cuales asaba todas las mañanas mi ración

de tocino; las trajeron al momento y pusimos en ejecución la idea de míster Micawber. La

división del trabajo que se le había ocurrido se hizo así: Traddles cortaba el cordero en

lonchas; míster Micawber, que tenía mucho talento para todas las cosas de aquel género,

las cubría de mostaza, de sal y de pimienta; yo las ponía sobre la parrilla y les daba

vueltas con un tenedor; después las quitaba, bajo la dirección de míster Micawber,

mientras que mistress Micawber hacía hervir y movía constantemente la salsa con setas

en una escudilla. Cuando tuvimos bastantes lonchas para empezar caímos sobre ellas con

las mangas todavía remangadas y una nueva serie de lonchas ante el fuego, dividiendo

nuestra atención entre el cordero en servicio activo en nuestros platos y el que se asaba

todavía. La novedad de aquellas operaciones culinarias, su excelencia, la actividad que

exigían, la necesidad de levantarse a cada momento para mirar lo que estaba en el fuego y

volverse a sentar para devorarlo a medida que salía de la parrilla, caliente a hirviendo;

nuestros rostros animados por el ardor interior y el del fuego, todo aquello nos divertía

tanto, que en medio de nuestras risas locas y de nuestros éxtasis gastronómicos, pronto no

quedó del cordero más que los huesos; mi apetito había reaparecido de una manera

maravillosa. Me avergüenza decirlo; pero de verdad creo que olvidé a Dora por un momento,

un momentito nada más, y estoy convencido de que míster y mistress Micawber

no habrían encontrado la fiesta más alegre aunque hubieran vendido una cama para

pagarla. Traddles reía, comía y trabajaba con el mismo afán, y todos hacíamos lo mismo.

Nunca he visto un éxito más completo.

Estábamos en el colmo de la felicidad y trabajábamos cada uno en nuestro

departamento respectivo para poner la última tanda en un estado de perfección que

coronase la fiesta, cuando me percaté de que había entrado un extraño en la habitación; y

mis ojos encontraron los del grave Littimer, que permanecía ante mí con el sombrero en

la mano.

-¿Qué ocurre? -pregunté involuntariamente.

-Usted me dispense, señorito; me habían dicho que pasara. ¿No está aquí mi señor?

-No.

-¿Usted no le ha visto?

-No. ¿Es que no estaba usted con él?

-Por el momento no, señor.

-¿Le ha dicho a usted que le encontraría aquí?

-No precisamente; pero vendrá mañana si no ha venido hoy.

-¿Viene de Oxford?

-Si el señor quisiera hacer el favor de sentarse, yo le pediría permiso para reemplazarle

por el momento.

Diciendo esto, cogió el tenedor sin que yo hiciera ninguna resistencia y se inclinó sobre

la parrilla como si concentrara toda su atención en aquella operación delicada.

La llegada de Steerforth no nos habría molestado mucho; pero al momento nos

sentimos completamente humillados y desanimados con la presencia de su respetable servidor.

Míster Micawber se dejó caer en una silla y se puso a canturrear para demostrar

que estaba completamente a sus anchas. El mango del tenedor, que había ocultado precipitadamente

en su chaleco, asomaba como si acabara de darse una puñalada. Mistress

Micawber se calzó sus guantes oscuros y tomó un aire de languidez elegante. Traddles se

restregó con sus manos grasientas los cabellos, que se erizaron completamente, y miró al

mantel, confuso. En cuanto a mí, ya no era más que un bebé en mi propia mesa y apenas

me atrevía a lanzar una mirada sobre aquel respetable fenómeno, que llegaba no sabía de

dónde para poner mi casa en orden.

Entre tanto, él retiró el cordero de la parrilla y ofreció gravemente a todo el mundo. Se

aceptó, pero todos habíamos perdido el apetito, y no hicimos más que fingir que comíamos.

Al vernos rechazar nuestros platos, los quitó sin ruido y puso el queso en la mesa.

Cuando terminamos, lo quitó al momento, amontonó los platos, dándoselos a la criada,

nos puso vasos pequeños, sirvió el vino y por sí mismo echó de la habitación a la criada.

Todo esto fue ejecutado a la perfección y sin que levantara siquiera los ojos, únicamente

ocupado, al parecer, en lo que hacía. Pero cuando se volvía de espaldas a mí me parecía

que sus codos expresaban altamente su firme convicción de que yo era extraordinariamente

joven.

-¿Quiere usted que haga algo más, señor?

-Le doy las gracias. Pero usted va a comer también.

-No, señor, muchas gracias.

-¿Míster Steerforth viene de Oxford?

-¡Perdón, señor!

-Pregunto si míster Steerforth viene de Oxford.

-Creo que estará aquí mañana, señorito; creía que iba a encontrarle hoy aquí. Pero sin

duda soy yo quien se ha equivocado.

-Si le ve usted antes que yo…

-Perdón, señorito; pero no pienso verle antes que usted.

-En el caso de que le viera usted, le dice que siento mucho que no haya venido hoy,

porque hubiera encontrado a uno de sus antiguos compañeros.

-¿De verdad? -y repartió su saludo entre Traddles y yo, a quien miró.

Tomaba sin ruido el camino de la puerta cuando, haciendo un esfuerzo desesperado

para decirle algo en un tono sencillo y natural, lo que todavía no había conseguido, le

dije:

-¡Eh, Littimer!

-¡Señorito!

-¿Permaneció usted mucho tiempo en Yarmouth aquella vez?

-No mucho, señor.

-¿Ha visto usted acabar el barco?

-Sí señor; me quedé para ver acabar el barco.

-Ya lo sé (levantó los ojos hacia mí respetuosamente). ¿Míster Steerforth no lo habrá

visto todavía?

-No puedo decirle, señor. Creo…. pero realmente no puedo decirle …; deseo buenas

noches al señor.

Incluyó a todos los asistentes en el saludo que siguió a estas palabras, y desapareció.

Mis huéspedes parecieron respirar más libremente después de su partida, y en cuanto a

mí, me sentí de lo más descansado, pues, además de la reserva que me inspiraba siempre

y de la extraña convicción en que estaba de que mis aptitudes se paralizaban delante de

aquel hombre, mi conciencia estaba turbada ante la idea de que ahora yo desconfiaba de

su señor y no podía reprimir cierto temor de que se hubiera dado cuenta. ¿Cómo era que,

teniendo tan pocas cosas que ocultar, temblaba de que aquel hombre llegara a descubrir

mi secreto?

Míster Micawber me sacó de aquellas reflexiones, a las cuales se unía cierto temor,

mezclado con remordimientos, de ver aparecer a Steerforth en persona, haciendo los

mayores elogios de Littimer, ausente, como de un respetable muchacho y un excelente

criado. Hay que hacer observar que míster Micawber había aceptado su parte del saludo

que hizo Littimer, y que lo había recibido con una condescendencia infinita.

-Ahora al ponche, mi querido Copperfield –dijo míster Micawber probándolo-, pues el

ponche es como el viento y la marea, que no espera a nadie. ¡Ah! Está precisamente en su

punto. Amor mío, ¿quieres darme tu opinión?

Mistress Micawber declaró que estaba excelente.

-Entonces beberé -dijo míster Micawber-, si mi amigo Copperfield quiere permitirme

esta libertad, beberé en memoria de los tiempos en que mi amigo Copperfield y yo

éramos más jóvenes y en los que luchábamos uno al lado de otro contra el mundo para

seguir cada uno nuestro camino. Ahora puedo decir de mí mismo y de mi amigo Copperfield

las palabras que hemos cantado tantas veces juntos:

Hemos recorrido los campos buscando el oro

en sentido figurado «en varias ocasiones». No sé exactamente -dijo míster Micawber con

su antigua voz engolada y con su antiguo indescriptible aire de decir algo elegante-, lo

que ese «oro» podrá ser; pero no me cabe duda de que Copperfield y yo lo habríamos

recogido a menudo si hubiera sido posible.

Míster Micawber, al hablar así, bebió un trago. Y todos hicimos lo mismo. Traddles

estaba evidentemente sorprendidísimo y se preguntaba en qué época lejana podía míster

Micawber haberme tenido de compañero en aquella gran lucha con el mundo en que

habíamos combatido uno al lado del otro.

-¡Ah! –dijo míster Micawber aclarándose la garganta y doblemente calentado por el

ponche y por el fuego- Querida mía, ¿otro vasito?

Mistress Micawber dijo que sólo quería una gota; pero no quisimos oír hablar de ello, y

se le llenó el vaso.

-Como estamos aquí entre nosotros, míster Copperfield –dijo mistress Micawber

bebiendo su ponche a traguitos-, y puesto que míster Traddles es de la casa, querría saber

su opinión sobre el porvenir de míster Micawber. El comercio de granos –continuó con

seriedad- puede ser un comercio distinguido, pero no es productivo. Las comisiones que

dan dos chelines y nueve peniques en cuatro días no pueden, por modesta que sea nuestra

ambición, ser consideradas como un buen negocio.

Todos estuvimos de acuerdo en que era verdad.

-Por lo tanto –continuó mistress Micawber, que presumía de espíritu positivo y de

corregir con su buen sentido la imaginación un poco volandera de su esposo-, me hago

esta pregunta: Si con los granos no puede contarse, ¿hacia dónde tirar? ¿Al carbón?

Tampoco. Ya pusimos la atención en él, siguiendo el consejo de mi familia, y sólo

encontramos decepciones.

Míster Micawber, con las dos manos en los bolsillos, se hundía en su sillón y nos

miraba de reojo, moviendo la cabeza como para decir que era imposible exponer más

claramente la situación.

-Los artículos trigo y carbón -dijo mistress Micawber con una seriedad de discusión

cada vez más acentuada- están, por lo tanto, descontados, míster Copperfield; yo, como

es natural, miro a mi alrededor y pienso: ¿Cuál será la situación en que un hombre de las

aptitudes de Micawber tendrá más probabilidades de éxito? Excluyo en primer lugar todo

lo que sean comisiones; las comisiones no son cosa segura, y estoy convencida de que

una cosa segura es lo que mejor conviene al carácter de Micawber.

Traddles y yo expresamos con un murmullo que aquella apreciación del carácter de

míster Micawber era muy acertada y le hacía el mayor honor.

-No le ocultaré, mi querido míster Copperfield -continuó mistress Micawber-, que

desde hace mucho tiempo pienso que el negocio de elaboración de cervezas sería una

cosa muy adecuada para Micawber. ¡No hay más que ver Barclay y Perkins, o Truman,

Hambury y Buxton! Es una vasta escala en la que Micawber (lo sé porque lo conozco)

puede destacarse, y las ganancias, según he oído decir, son enormes. Pero como no hay

medio de que Micawber pueda penetrar en esos establecimientos, pues hasta se niegan a

contestar a las cartas en que ofrece sus servicios para ocupar los puestos más inferiores,

¿para qué pensar en ello? Yo puedo tener la convicción de que mister Micawber…

-¡Hem! Realmente, querida mía -interrumpió mister Micawber.

-Amor mío, cállate –dijo mistress Micawber poniendo su guante marrón sobre el brazo

de su marido-. Yo, mister Copperfield, puedo tener personalmente la convicción de que

las aptitudes de Micawber estarían esencialmente adaptadas en una casa de banca; puedo

asegurar que si tuviera dinero colocado en cualquier casa de banca, el aspecto de Micawber

como representante de la casa me inspiraría absoluta confianza y, por lo tanto,

podría contribuir a extender las relaciones de la banca. Pero si todas las casas de banca se

niegan a abrir esa carrera al talento de Micawber y desechan con desprecio el

ofrecimiento de sus servicios, ¿para que insistir sobre la idea? En cuanto a fundar una

casa de banca, puedo decir que hay miembros de mi familia que si quisieran poner su

dinero entre las manos de Micawber habrían podido crearle un establecimiento de ese

género. Pero si no les da la gana poner ese dinero entre las manos de Micawber, ¿de qué

me sirve pensar en ello? Por lo tanto, no hemos adelantado nada.

Yo sacudí la cabeza y dije:

-Ni un ápice.

Traddles también la sacudió y repitió:

-Ni un ápice.

-¿Qué deduzco de todo esto? -continuó mistress Micawber con el mismo tono de estar

exponiendo un caso claramente-. ¿Cuál es la conclusión, mister Copperfield, a que he

llegado irremisiblemente? No sé si estaré equivocada; pero mi conclusión es que a pesar

de todo tenemos que vivir.

-De ninguna manera -respondí-. No está usted equivocada.

Y Traddles repitió:

-De ninguna manera.

Después añadí yo solo, gravemente:

-Hay que vivir o morir.

-Precisamente -contestó mistress Micawber-; eso es precisamente. Y en nuestro caso,

mi querido Copperfield, no podemos vivir, a no ser que las circunstancias actuales cambien

por completo. Estoy convencida, y se lo he hecho observar muchas veces a

Micawber desde hace tiempo, que las cosas no surgen solas. Hasta cierto punto hay que

ayudarlas un poco a surgir. Puedo equivocarme, pero esa es mi opinión.

Traddles y yo aplaudimos.

-Muy bien -dijo mistress Micawber-. Ahora, ¿qué es lo que yo aconsejo? Tenemos a

Micawber con múltiples facultades y mucho talento…

-Realmente, amor mío -dijo míster Micawber.

-Te lo ruego, querido, déjame acabar. Aquí está Micawber con gran variedad de

facultades y mucho talento; hasta podría añadir que con genio, pero podría decirse que

soy parcial por ser su mujer..

Traddles y yo murmuramos:

-No.

-Y aquí está Micawber sin posición ni empleo. ¿De quién es la responsabilidad?

Evidentemente de la sociedad. Por eso yo querría divulgar un hecho tan vergonzoso, para

obligar a la sociedad a ser justa. Me parece, mi querido Copperfield –dijo mistress

Micawber con energía-, que lo mejor que puede hacer Micawber es lanzar su guante a la

sociedad y decir positivamente: «Veamos quién lo recoge. ¿Hay alguno que se

presente?».

Me aventuré a preguntar a mistress Micawber cómo podría hacer eso.

-Poniendo un anuncio en todos los periódicos -dijo mistress Micawber-. Me parece que

Micawber se debe a sí mismo, a su familia y hasta a la sociedad, que le ha descuidado

durante tanto tiempo, el poner un anuncio en todos los periódicos y describir claramente

su persona y sus conocimientos diciendo: «Y ahora a ustedes toca el emplearme de una

manera lucrativa: dirigidse a W. M., lista de correos Camden Town».

-Esta idea de mistress Micawber, mi querido Copperfield –dijo míster Micawber

acercando a los dos lados de la barbilla las puntas del cuello de su camisa y mirándome

de reojo-, en realidad es el salto maravilloso a que yo aludía la última vez que tuve el

gusto de verle.

-La inserción de los anuncios resulta cara -me aventuré a decir, titubeando.

-Precisamente -dijo mistress Micawber, siempre en su tono lógico-. Tiene usted mucha

razón, mi querido Copperfield. La misma observación le hice yo a Micawber. Pero esa es

precisamente la razón por la que creo que Micawber se debe a sí mismo, como ya he

dicho, a su familia y a la sociedad, el pedir un préstamo sobre un pagaré.

Míster Micawber se apoyó en el respaldo de su silla, jugueteó un poco con su monóculo

y miró al techo; pero me pareció que al mismo tiempo observaba a Traddles, que miraba

el fuego.

-Si ningún miembro de mi familia tiene sentimientos bastante humanos para negociar

ese pagaré …. creo que se puede expresar mejor lo que quiero decir..

Míster Micawber, con los ojos fijos en el techo, sugirió: «Deducir».

-… Para deducir ese pagaré -continuó mistress Micawber-, entonces mi opinión es que

Micawber haría bien yendo a la City y llevándolo a Money Market para sacar lo que

pueda. Si los individuos de Money Market obligan a Micawber a un sacrificio grande, eso

ya es cosa suya y de sus conciencias. Pero no quita para que me parezca una imposición

segura. Por lo tanto, animo a Micawber, mi querido Copperfield, para que lo mire, como

yo, como una imposición segura y para que esté dispuesto a cualquier sacrificio.

No sé por qué me figuré que mistress Micawber daba con aquello una prueba de

desinterés y que sólo le guiaba su abnegación por su marido, y murmuré algo sobre ello,

que Traddles repitió mirando el fuego.

-No quiero -prosiguió mistress Micawber terminando su ponche y echándose sobre los

hombros el chal, antes de retirarse a mi alcoba para hacer sus preparativos de marcha-, no

quiero prolongar estas observaciones sobre los asuntos pecuniarios de Micawber, al lado

de su fuego, mi querido Copperfield, y en presencia de míster Traddles, que no es, en

verdad, amigo nuestro desde hace tanto tiempo como usted, pero al que ya consideramos

como uno de los nuestros; sin embargo, no he podido por menos de ponerles al corriente

de la conducta que aconsejo a Micawber. Siento que ha llegado para él el momento de

obrar por sí mismo y de reivindicar sus derechos, y me parece que es el mejor medio. Sé

que no soy más que una mujer, y el juicio de los hombres es considerado, en general,

como más competente en semejantes materias; pero no puedo olvidar que cuando vivía

con papá y mamá, papá solía decir: «Emma es delicada, pero su opinión sobre cualquier

asunto no es inferior a la de nadie». Papá era demasiado parcial, ya lo sé; pero era un gran

observador de los caracteres, y mi deber y mi razón me prohíben dudar de ello.

A estas palabras, mistress Micawber, resistiendo a todos los ruegos, se negó a asistir a

la terminación del ponche y se retiró a mi alcoba, y, en realidad, yo pensaba que era una

mujer noble, y que debía haber nacido matrona romana, para ejecutar toda clase de actos

heroicos en tiempos de revoluciones políticas.

En la impresión del momento felicité a míster Micawber por la posesión de aquel

tesoro. Traddles también. Míster Micawber nos tendió la mano a los dos, después se

cubrió el rostro con el pañuelo, que al parecer no sabía estuviera tan sucio de tabaco, y

volvió a su ponche en el mayor estado de hilaridad.

Estuvo elocuentísimo. Nos dio a entender que en nuestros hijos volvemos a vivir y que

bajo el peso de las dificultades pecuniarias todo aumento de familia era doblemente bien

venido. Insinuó que mistress Micawber había tenido últimamente algunas dudas sobre

aquel punto; pero que él las había disipado tranquilizándola. En cuanto a su familia, todos

eran indignos de ella, y lo que pensaran le era completamente indiferente; se podían ir al

(cito su propia expresión…) al diablo.

Míster Micawber se lanzó después en un elogio pomposo de Traddles. Dijo que el

carácter de Traddles era una reunión de virtudes sólidas a las cuales él (míster Micawber)

no podía pretender sin duda, pero que no podía por menos de admirar, gracias a Dios.

Hizo una alusión conmovedora a la joven desconocida a quien Traddles había honrado

con su afecto y que también honraba y enriquecía a Traddles con el suyo. Después míster

Micawber brindó a su salud, y yo también. Traddles nos dio las gracias a los dos con una

sencillez y una franqueza que a mí me parecieron encantadoras, diciendo:

-Se lo agradezco mucho, de verdad. ¡Si supieran ustedes lo buena chica que es!

Un momento después, míster Micawber aludió con mucha delicadeza y precauciones al

estado de mi corazón. Sólo una afirmación rotunda de lo contrario le forzaría a renunciar

a la convicción de que su amigo Copperfield amaba y era amado.

Después de un momento de malestar y de emoción, después de negarlo y de

ruborizarme, balbucí, con mi vaso en la mano: « Pues bien, a la salud de D…», lo que

encantó y excitó tanto a míster Micawber, que corrió con un vaso de ponche a mi alcoba

para que su esposa pudiera beber a la salud de D…, lo que hizo con entusiasmo y gritando

con voz aguda: « ¡Bravo, bravo, mi querido Copperfield; estoy encantada, bravo!», y

daba golpes en la pared a manera de aplausos.

La conversación tomó después un sesgo más mundano. Míster Micawber nos dijo que

Camden Town le parecía muy incómodo y que lo primero que pensaba hacer cuando hubiera

conseguido algo con los anuncios era cambiar de casa.

Hablaba de una casa en el extremo occidental de Oxford Street, que daba sobre Hyde

Park y en la que tenía puestos los ojos hacía tiempo, pero a la que de momento no

podrían ir porque se necesitaba mucho dinero. Era probable que durante cierto tiempo

tuvieran que contentarse con el piso alto de una casa encima de alguna tienda respetable,

en Picaddilly por ejemplo; la situación sería cómoda para mistress Micawber, y haciendo

un balcón o levantando un piso o, en fin, con cualquier arreglo de ese estilo sería posible

alojarse allí de una manera cómoda y conveniente durante algunos años, y ocurriera lo

que ocurriera y fuera lo que fuera su casa, podíamos contar -añadió- con que siempre

habría una habitación para Traddles y un cubierto para mí. Le expresamos nuestro

agradecimiento por sus bondades, y él nos pidió que le dispensáramos por haberse

lanzado en aquellos detalles económicos. Era un estado de ánimo muy natural y que

había que excusar a un hombre en vísperas de entrar en una vida nueva.

Mistress Micawber en aquel momento golpeó de nuevo en la pared para saber si el té

estaba preparado, interrumpiendo así nuestra conversación amistosa. Nos sirvió el té de la

manera más amable, y siempre que me acercaba a ella para llevarle las tazas o para hacer

circular las pastas me preguntaba bajo si D… era rubia o morena, si era alta o baja, o

algún detalle de ese género, y me parece que aquello no me disgustaba. Después del té

discutimos una enormidad de cuestiones, y mistress Micawber tuvo la bondad de

cantarnos, con su fina vocecita (que, recuerdo, antes me parecía de lo más agradable), sus

baladas favoritas de El sargento blanco y El pequeño Tafflin. Míster Micawber nos dijo

que cuando le había oído cantar El sargento blanco la primera vez que la había visto en

casa de su padre, le había atraído ya en el más alto grado; pero que cuando llegó a El

pequeño Tafflin se había jurado a sí mismo conquistar a aquella mujer o morir.

Serían las diez y media cuando mistress Micawber se levantó para envolver su cofia en

el papel gris y ponerse el sombrero. Míster Micawber aprovechó el momento en que

Traddles se ponía el gabán para deslizarme una carta en la mano, rogándome que la

leyera cuando tuviera tiempo. Yo a mi vez aproveché el momento en que sostenía la luz

por encima de la barandilla de la escalera para alumbrarlos, y que míster Micawber

bajaba el primero, conduciendo del brazo a su mujer, para retener a Traddles, que les

seguía ya con la cofia de la señora en la mano.

-Traddles -le dije-, míster Micawber no tiene malas intenciones, el pobre hombre; pero

si yo estuviera en tu lugar, no le prestaría nada.

-Mi querido Copperfield -dijo Traddles, sonriendo-, no tengo nada que poder prestar

-Tienes tu nombre.

-¡Ah! ¿Crees que eso es algo que se puede prestar? –dijo Traddles pensativo.

-¡Naturalmente!

-¡Oh! -dijo Traddles-. Sí, seguramente. Te lo agradezco mucho, Copperfield; pero me

temo que se lo he prestado ya.

-¿Para esa imposición tan segura? -pregunté.

-No -dijo Traddles-; para eso no. Es la primera vez que oigo hablar de ello. Y pensaba

que quizá me propusiera firmarlo al volver a casa. Es para otra cosa.

-Pero supongo que no habrá ningún peligro.

-Supongo que no -dijo Traddles-; no lo creo, porque el otro día me aseguró que estaba

solucionado. Es la expresión de míster Micawber: solucionado.

Míster Micawber levantó los ojos en aquel momento, y sólo pude repetir mis

recomendaciones al pobre Traddles, que bajó dándome las gracias. Pero al ver el aspecto

de buen humor con que llevaba la cofia y daba el brazo a mistress Micawber tuve mucho

miedo no se fuera a entregar atado de pies y manos en Money Market.

Volví a sentarme ante la chimenea y reflexionaba, medio en serio medio en broma,

sobre el carácter de míster Micawber y sobre nuestra antigua amistad, cuando oí que

alguien subía rápidamente. Pensé que sería Traddles, que volvía a por algo olvidado por

mistress Micawber; pero a medida que se acercaban los pasos los reconocí mejor; el

corazón me latió y la sangre me subió al rostro. Era Steerforth.

No olvidaba nunca a Agnes; ella no abandonaba el santuario de mis pensamientos (si

puedo decirlo así), donde la había colocado desde el primer día. Pero cuando Steerforth

entró y se paró ante mí, tendiéndome la mano, la nube oscura que le envolvía en mi

pensamiento se desgarró para hacer sitio a una luz brillante, y me sentí avergonzado y

confuso por haber dudado de un amigo tan querido. Mi afecto por Agnes no se resentía;

pensaba siempre en ella como en el ángel bienhechor de mi vida; mis reproches sólo se

dirigían a mí mismo; me turbaba la idea de que había sido injusto con él, y habría querido

expiarlo, si hubiera sabido cómo hacerlo.

-Pues bien, Florecilla, amigo mío, ¿te has vuelto mudo? -dijo Steerforth con alegría,

estrechándome la mano del modo más cordial-. ¿Es que te sorprendo en medio de otro

festín? ¡Qué sibarita eres! En verdad, voy creyendo que los estudiantes del Tribunal de

Doctores son los jóvenes más disipados de Londres; y nos tenéis a distancia a nosotros,

jóvenes inocentes de Oxford.

Paseaba alegremente su mirada alrededor de la habitación; fue a sentarse en el diván

frente a mí, en el lugar que mistress Micawber acababa de dejar, y se puso a mover el

fuego.

-En el primer momento estaba tan sorprendido -le dije dándole la bienvenida con toda

la cordialidad de que era capaz-, que no podía ni saludarte, Steerforth.

-Pues bien; mi vista consuela a los ojos enfermos, como decían los escoceses -replicó

Steerforth-, y la tuya produce el mismo efecto; ahora que estás en pleno florecimiento,

Florecilla, ¿cómo estás, Bacanal mía?

-Muy bien -contesté-; pero nada de bacanal esta noche, aunque confieso que han

comido aquí tres personas.

-Acabo de encontrármelos en la calle, elogiándote en voz alta. ¿Quién es el que lleva

pantalón ceñido?

En pocas palabras le hice, lo mejor que pude, el retrato de míster Micawber, y reía de

todo corazón, declarando que era digno de conocerse, y que no prescindiría de ser

presentado a él.

-Pero el otro, el otro, ¿a que no adivinas quién es?

-¡Dios sabrá; pero no yo! ¿Supongo que no será nadie antipático? Me ha parecido que

tenía un aspecto muy aburrido.

-¡Traddles! -le dije en tono de triunfo. „

-¿Quién? -preguntó Steerforth con despreocupación.

-¿No te acuerdas de Traddles? Traddles, que se acostaba en el mismo dormitorio que

nosotros en Salem House.

-¡Ah! ¿Aquel? -dijo Steerforth dando con las tenazas sobre el carbón-. ¿Y sigue tan

simple como antes? ¿De dónde le has desenterrado?

Hice de Traddles un elogio de lo más pomposo, pues me daba cuenta de que Steerforth

le desdeñaba. Pero él, dejando a un lado aquel asunto con un movimiento de cabeza y una

sonrisa, se limitó a decir que tampoco le disgustaría ver a nuestro antiguo compañero, que

había sido siempre muy chusco; y después me preguntó si podía darle algo de comer.

Durante los intervalos de aquel corto diálogo, que sostenía con vivacidad febril, rompía

los carbones con las tenazas y parecía contrariado. Observé que continuaba lo mismo

mientras yo sacaba del armario los restos de la empanada de ave y alguna que otra cosa

del festín.

-¡Pero ha sido una comida regia, Florecilla! –exclamó saliendo de pronto de su ensueño

y sentándose al lado de la mesa-. Y voy a hacerle el honor, pues vengo de Yarmouth.

-Creía que estabas en Oxford -repliqué.

-No -dijo Steerforth-; vengo de estar haciendo de marinero, que es mejor.

-Littimer ha venido a preguntar si te había visto, y por sus palabras he creído que

estabas en Oxford, aunque, en realidad, no me ha dicho nada.

-Littimer es más loco de lo que yo creía, puesto que se ha tomado la molestia de

buscarme -dijo Steerforth vertiéndose alegremente vino en un vaso y bebiendo a mi saEste

documento ha sido descargado de

lud-. En cuanto a lograr adivinar lo que piensa, serías más hábil que todos nosotros,

Florecilla, si lo consiguieras.

-Tienes razón -le dije acercando mi silla a la mesa-. Según eso, ¿has estado en

Yarmouth, Steerforth? -añadí, en mi impaciencia de saber noticias de nuestros amigos-. Y

¿has estado mucho tiempo?

-No -replicó-; no ha sido más que una escapada de unos ocho días.

-¿Y cómo están todos allí? ¿La pequeña Emily no se ha casado todavía?

-No, todavía no; la boda es dentro de no sé cuántas semanas o meses; no sé bien. No les

he visto mucho. A propósito, tengo una carta para ti -añadió depositando su cuchillo y su

tenedor, que manejaba con apetito y buscando en sus bolsillos.

-¿De quién?

-De tu vieja niñera -replicó sacando algunos papeles del bolsillo de su chaleco- «J.

Steerforth, esq.» No es esto; paciencia, ya lo encontraré. El viejo… no se como se llama…

está enfermo. Debe de ser a propósito de eso por lo que te escribe.

-¿Te refieres a Barkis?

-Sí -respondió, buscando siempre en sus bolsillos y examinando lo que había en ellos-

Todo ha terminado para el pobre Barkis, me temo. He visto al boticario o lo que sea, no

sé, que te trajo al mundo, que me ha dado los mayores detalles; pero, en resumen, su

opinión es que el carretero no tardará en hacer su último viaje. Mete la mano en el

bolsillo de mi gabán, que está encima de esa silla, a ver si encuentras la carta. ¿Está ahí?

-Aquí está –dije.

-¡Ah! Vale.

La carta era de Peggotty; era corta y algo menos legible que de costumbre. Me contaba

el estado desesperado de su marido y aludía a que se había vuelto algo más agarrado que

antes, lo que sentía, sobre todo porque no podía darle todos los cuidados que querría. No

decía una palabra de sus trabajos ni de sus vigilias; pero no escaseaba los elogios a su

marido. Y todo lo decía con una ternura sencilla, honrada y natural, que yo sabía lo

sincera que era; y la carta terminaba con estas palabras: «Mis respetos a mi niño

querido». Y el niño querido era yo.

Mientras descifraba aquella epístola, Steerforth continuaba comiendo y bebiendo.

-Es una pena -dijo cuando hube terminado-; pero el sol se pone todos los días y mueren

seres cada minuto. No hay que atormentarse, por lo tanto, mucho por una cosa que es el

lote común de todo el mundo. Si nos detenemos cada vez que oímos dar con el pie en

alguna puerta a esa viajera que nunca se detiene, no haríamos mucho ruido en el mundo.

¡No! ¡Adelante! Por los malos caminos si no hay otros, por los buenos si se puede; pero

¡adelante! Saltemos por encima de todos los obstáculos para llegar a la meta.

-¿A qué meta?

-A aquella por la que se ha puesto uno en camino -replicó-, y ¡adelante!

Recuerdo que cuando se interrumpió para mirarme con el vaso en la mano y su

hermoso rostro un poco inclinado hacia atrás, observé por primera vez que, aunque estaba

tostado y la frescura del viento del mar había animado su tez, sus rasgos llevaban las

huellas del ardor apasionado que le era habitual cuando se lanzaba perdidamente en algún

nuevo capricho. Por un momento tuve la idea de reprocharle la energía desesperada con

que perseguía el objeto que deseaba; por ejemplo, aquella manía de luchar con la mar

bravía y de desafiar las tormentas; pero el primer asunto de nuestra conversación me

volvió a la memoria, y le dije:

-Veamos, Steerforth. Si eres lo bastante dueño de ti para escucharme un momento te

diré…

-El espíritu que me posee es un espíritu poderoso y hará lo que tú quieras –contestó

levantándose de la mesa para volver a sentarse al lado del fuego.

-Pues bien. Voy a decirte, Steerforth, que quiero ir a ver a mi antigua niñera; no porque

pueda serle de ninguna utilidad, ni ayudarla en nada; pero me quiere tanto, que mi visita

le dará el mismo gusto que si pudiera ayudarla en algo. Se sentirá dichosa y será un

consuelo y un socorro para ella. Y no es hacer ningún sacrificio por una amiga tan fiel.

¿No irías tú a pasar allí un día si estuvieras en mi lugar?

Estaba pensativo, y reflexionó un instante antes de contestarme en voz baja:

-Sí; debes ir; eso siempre es bueno.

-Como llegas de allí, supongo que será inútil pedirte que me acompañes.

-Completamente inútil -replicó-. Esta misma noche voy a Highgate. No he visto a mi

madre desde hace mucho tiempo, y me remuerde la conciencia. Pues es mucho ser amado

como ella ama a su hijo pródigo. ¡Bah! ¡Qué locura!

Supongo que piensas irte mañana –dijo apoyando sus manos en mis hombros y

reteniéndome a distancia.

-Sí.

-Pues bien; espera solamente a pasado mañana. Quería rogarte que pasaras algunos días

con nosotros; había venido expresamente a invitarte, y te escapas a Yarmouth.

-Te aconsejo que no hables de las personas que se escapan, Steerforth, cuando tú partes

como un loco para cualquier expedición desconocida.

Me miró un momento sin hablarme, y después repuso teniéndome siempre agarrado de

los hombros y sacudiéndome:

-Vamos, decídete para pasado mañana y pasas el día de mañana con nosotros. ¡Quién

sabe cuándo nos volveremos a ver! Vamos, pasado mañana. Te necesito para evitarme un

cara a cara con Rosa Dartle y para separamos.

-¿Temes que os querríais demasiado si no estuviera yo allí? -le pregunté.

-Sí, o que nos odiáramos -dijo Steerforth riendo—; una cosa a otra. Vamos, ¿quedamos

en eso? ¿Pasado mañana?

-Bueno, pasado mañana -le dije.

Se puso su gabán, encendió su puro y se dispuso a irse hacia su casa a pie. Viendo que

aquella era su intención, yo también me puse el gabán (pero sin encender el puro, había

tenido bastante con una vez) y le acompañé hasta la carretera, que no estaba alegre

aquella noche. Fue muy animado todo el camino, y cuando nos separamos yo le veía

andar con un paso tan ligero y tan firme, que recordé lo que me había dicho: «Saltemos

por encima de todos los obstáculos para conseguir nuestro objetivo», y me puse a desear,

por primera vez en mi vida, que el objetivo que perseguía fuera digno de él.

Había vuelto a mi habitación y me desnudaba, cuando la carta de míster Micawber se

cayó al suelo. Hizo bien, pues la había olvidado. Rompí el sello y leí lo que sigue. La

carta estaba fechada hora y media antes de la comida. No sé si he dicho que siempre que

míster Micawber se encontraba en una situación desesperada empleaba una especie de

fraseología legal, que parecía considerar como una manera de liquidar sus asuntos.

«Caballero… pues no me atrevo a decir mi querido Copperfield:

Es necesario que sepa usted que el firmante es un hombre ahogado. Quizá usted

podrá observar hoy que haga débiles esfuerzos para evitarle un descubrimiento

prematuro de su desgraciada posición; pero toda esperanza se ha desvanecido del

horizonte y el firmante está hundido.

La presente comunicación está escrita en presencia (no puedo decir en compañía)

de un individuo sumido en un estado cercano a la borrachera y que es dependiente

de un prestamista. Este individuo está en posesión de estos lugares por no haber

pagado el alquiler. El inventario que ha hecho comprende no solamente todas las

propiedades personales de todo género pertenecientes al firmante, inquilino por

años de esta morada, sino también todos los efectos y propiedades de míster

Thomas Traddles, huésped y miembro de la honorable Sociedad de Inner Temple.

Si una sola gota de amargura podía faltar a la copa, ya desbordante, que se ofrece

ahora (como dice un escritor inmortal) a los labios del firmante se encontraría en el

hecho doloroso de que un pagaré garantizado en favor del firmante, por el antes

mencionado míster Thomas Traddles, por la suma de veintitrés libras, cuatro

chelines y nueve peniques y medio ha cumplido y no ha sido pagada. También se

encontraría en el hecho igualmente doloroso de que las responsabilidades vivas que

pesan sobre el firmante serán aumentadas, según el curso de la naturaleza, por una

nueva a inocente víctima, cuya llegada será (en números redondos) a la expiración

de un período que no excede de seis meses desde la presente fecha.

Después de estos detalles, será un oprobio que añadir a las cenizas y al polvo que

cubren para siempre

la

cabeza

de

WILKINS MICAWBER.»

¡Pobre Traddles! Por entonces conocía lo bastante a míster Micawber para estar seguro

de que se levantaría de aquel golpe; pero aquella noche turbó mi tranquilidad el recuerdo

de Traddles y de la hija del pastor de Devonshire, con diez hermanos y ¡tan buena chica!,

como decía Traddles, y dispuesta a esperarle (elogio funesto) aunque fueran sesenta años,

o más, si hacía falta.

CAPÍULO IX

VEO DE NUEVO A STEERFORTH EN SU CASA

Aquella mañana le dije a míster Spenlow que quería permiso para ausentarme por poco

tiempo; y como no recibía sueldo ninguno, y, por lo tanto, no tenía nada que temer del

implacable Jorkins, no hubo dificultad para ello. Aproveché la oportunidad, aunque la

voz se me ahogaba y se me nublaba la vista, para decir que esperaba que miss Spenlow

estuviera bien; a lo que me contestó, sin más emoción que si. se tratara de cualquier otro

ser humano, que me lo agradecía mucho, y que estaba muy bien.

Los empleados destinados a la aristocrática orden de procuradores eran tratados con

muchas consideraciones, lo que hacía que tuviéramos la mayor libertad. Pero como no

quería llegar a Highgate antes de la una o las dos, y como aquella mañana teníamos una

causa en el tribunal, estuve allí un par de horas pasando el tiempo muy agradablemente

con míster Spenlow. Era una causa divertida, y mientras me dirigía a Highgate en la

imperial de la diligencia fui pensando en el Tribunal de Doctores y en lo que míster

Spenlow decía sobre que si se tocaba el Tribunal se acababa la nación.

Mistress Steerforth se alegró mucho de verme, y también Rose Dartle. A mí me

sorprendió agradablemente el encontrar que Littimer no estaba allí y que éramos

atendidos por una modesta doncella con cintas azules en la cofia, que era mucho más

agradable de mirar y mucho menos desconcertante cuando, por casualidad, se encontraba

uno sus ojos, que aquel respetable hombre. Pero lo que observé particularmente antes de

llevar media hora en la casa fue la constante y atenta mirada que miss Dartle clavaba en

mí y la manera con que parecía comparar mi rostro con el de Steerforth y el de Steerforth

con el mío, como si esperase pillamos en mentira a alguno de los dos. Siempre que la

miraba estaba seguro de encontrar sus ojos ardientes y sombríos con aquella mirada fija y

penetrante en mi rostro, para pasar de pronto al de Steerforth, o tratando de mirarnos a los

dos a un tiempo. Y lejos de renunciar a aquella vigilancia cuando vio que yo lo había

notado, me pareció que, por el contrario, su mirada se hacía más penetrante y su atención

más marcada. A pesar de que me sentía inocente de todos los pecados que pudieran

suponérseme, no dejaba de huir de aquellos ojos extraños, de los que no podía soportar el

brillo ansioso.

Durante todo el día parecía no estar más que ella en toda la casa. Si charlaba con

Steerforth en su habitación, oía el ruido del roce de su traje en la galería. Si hacíamos

algún ejercicio en el césped de la parte de atrás de la casa veía aparecer su rostro en todas

las ventanas sucesivamente, como un fuego fatuo, hasta que elegía una ventana más

cómoda para vernos mejor. Una vez, mientras nos paseábamos los cuatro, después de la

comida, me cogió del brazo y lo estrechó en su mano delgada como en una tenaza, para

acapararme dejando a Steerforth y a su madre pasear unos cuantos pasos más delante; y

cuando ya no pudieron oírnos me dijo:

-Ha pasado usted mucho tiempo sin venir aquí. ¿Su profesión es realmente tan atractiva

a interesante que absorba tan por completo su atención? Lo pregunto porque siempre me

gusta aprender, porque soy muy ignorante. ¿Es realmente así?

Le repliqué que me gustaba bastante; pero que no me ocupaba todo mi tiempo.

-¡Oh, cómo me alegro de saberlo! porque me gusta que me corrijan cuando me

equivoco -dijo Rose Dartle-. ¿Quizá quiere usted decir que es un poco árido?

-Sí -repliqué-; quizá es un poco árido.

-¡Oh! Y por eso necesita usted reposo, cambio, excitaciones y todo eso; ¿verdad? Pero

no es un poco… ¿eh?… para él; no me refiero a usted.

Una rápida mirada que lanzó hacia donde se estaban paseando cogidos del brazo

Steerforth y su madre me demostró a quién se refería; pero fue cosa perdida pues no comprendí

nada, y estoy seguro de que se me notaba.

-No parece… no digo que sea… pero me gustaría saber… ¿no está muy preocupado? ¿No

es más remiso que de costumbre en sus visitas a su madre, que lo quiere ciegamente, eh?

-dijo con otra mirada rápida, lanzada a ellos, y una a mí, en la que parecía querer leer el

fondo de mis pensamientos.

-Miss Dartle -le respondí-, no crea usted, le ruego…

-¿Yo creer? ¡Oh querido mío! Pero no vaya usted a creer que yo creo algo. No soy

suspicaz. Solamente hago una pregunta. No tengo ninguna opinión. Querría formarme

una opinión por lo que usted me dijera. Pero, según eso, no es así. ¡Bien! Me alegro

mucho de saberlo.

-No; no es cierto -le dije un poco confuso- que sea yo responsable de las ausencias de

Steerforth, pues yo mismo no lo sabía. De sus palabras deduzco que ha estado más

tiempo que de costumbre sin venir a ver a su madre; pero yo tampoco le había vuelto a

ver hasta ayer por la noche desde hacía muchísimo tiempo.

-¿Es cierto?

-Completamente cierto, miss Dartle.

Mientras me miraba de frente la vi palidecer, y la cicatriz de la antigua herida se

destacó profundamente sobre el labio desfigurado, prolongándose sobre el otro y bajando

oblicuamente hacia la barbilla. Me pareció que había algo verdaderamente temible en

aquello y en el brillo de sus ojos, cuando me dijo mirándome con fijeza:

-Entonces ¿qué hace?

Repetí sus palabra más para mí mismo que para ser oído por ella, tanto me sorprendía.

-Entonces ¿qué hace? -repitió con un ardor que parecía consumirla como el fuego- ¿A

qué se dedica ese hombre que no me mira nunca sin que lea en sus ojos una falsedad

impenetrable? Si usted es honrado y fiel, yo no le pido que traicione a su amigo;

solamente le pido que me diga si es la cólera, o el odio, o el orgullo, o la intranquilidad de

su naturaleza, o algún extraño capricho, o el amor, lo que lo posee…

-Miss Dartle -respondí-, ¿qué quiere usted que yo le diga, cuando no sé nada más de

Steerforth de lo que sabía cuando vine aquí por primera vez? Ni adivino nada. Creo

firmemente que no le sucede nada. No comprendo siquiera lo que me quiere usted decir.

Mientras me miraba todavía fijamente, un estremecimiento convulsivo, que yo no podía

separar de la idea de sufrimiento, apareció en la cruel cicatriz. Y el extremo de su labio se

levantó con aquella expresión de desdén o de piedad. Se tapó la boca con la mano

apresuradamente (una mano tan fina y delicada que cuando yo le había visto extenderla

ante su rostro para preservarlo del fuego, la había comparado en mi imaginación con la

más fina porcelana) y me dijo con viveza en un acento conmovido y apasionado: «Le

prometo guardar secreto de esto»; después no añadió ni una palabra más.

Mistress Steerforth no se había sentido nunca más dichosa de la compañía de su hijo

que aquel día, pues precisamente Steerforth nunca había estado mas cariñoso y deferente

con ella. A mí me interesaba vivamente verlos juntos, no sólo a causa de su afecto mutuo,

sino también a causa del parecido sorprendente que existía entre ellos, pues la única

diferencia era que la altivez y la ardiente impetuosidad del hijo, por la diferencia de edad

y de sexo, se convertían en la madre en una dignidad llena de gracia. Más de una vez

había pensado yo que era una felicidad tal que nunca hubiera provocado entre ellos una

causa seria de disgusto, pues aquellas dos naturalezas, o mejor dicho aquellos dos matices

de la misma naturaleza, habrían sido más difíciles de reconciliar que los caracteres más

opuestos. Debo confesar que esta idea no se me había ocurrido a mí, ni es fruto de mi

imaginación, pues se la debía a Rose Dartle.

Estábamos comiendo cuando nos preguntó:

-¡Oh!, dígame, se lo ruego, a ver si me aclara una duda que me ha preocupado toda la

tarde y que desearía saber.

-¿Qué es lo que querrías saber, Rose? -preguntó mistress Steerforth. No seas tan

misteriosa, te lo ruego.

-¡Misteriosa! -exclamó-. ¡Oh! ¿De verdad? ¿Me encuentra usted misteriosa?

-¿No me paso la vida pidiéndote -dijo mistress Steerforth- que te expliques

abiertamente y con naturalidad?

-¡Ah! ¿Entonces es que no soy natural? -replicó-. Pues bien; le ruego que tenga un poco

de indulgencia, pues si hago preguntas es sólo por instruirme. Nunca se conoce uno bien

a sí mismo.

-Es una costumbre que se ha convertido en ti en una segunda naturaleza -dijo mistress

Steerforth, sin dar el menor signo de descontento-; pero yo recuerdo, y tú también debes

recordar, que en otros tiempos eras muy distinta, Rose, menos disimulada, más confiada.

-¡Oh! Realmente tiene usted razón; pero las malas costumbres se hacen inveteradas.

¡De verdad! ¡Menos disimulo y más confianza! ¿Cómo habré cambiado poco a poco?, es

lo que me pregunto. Es muy extraordinario; pero es igual, lo esencial es que vuelva a ser

como antes.

-Sí que me gustaría-dijo mistress Steerforth, sonriendo.

-¡Oh! Lo conseguiré, ¡se lo aseguro! -respondió ella-. Aprenderé la franqueza,

veamos… ¿de quién?… ¿De James?

-No podrías aprenderla en mejor escuela, Rose -dijo mistress Steerforth vivamente,

pues todo lo que Rose Dartle decía tenía un matiz de ironía que aparecía a través de su

sencillez afectada-. En cuanto a eso, estoy bien segura -dijo con un ardor

desacostumbrado-. Si hay algo en el mundo de lo que estoy segura, sabes que es de eso.

Me pareció que mistress Steerforth se arrepentía de su pequeño impulso, pues añadió

enseguida con bondad:

-Y bien, querida Rose; con todo esto no nos has dicho el motivo de tus preocupaciones.

-¿El motivo de mis preocupaciones? -replicó con una frialdad impacientante-. ¡Oh! Me

preguntaba únicamente si personas cuya constitución moral se parece… ¿es esa la

expresión?

-Es una expresión como otra -dijo Steerforth.

-¡Gracias!… Si personas cuya constitución moral se asemeja se encontrarían más en

peligro que otras en el caso de que una causa seria de división surgiera entre ellas, y les

separaría un resentimiento más profundo y duradero.

-Sí, seguramente -dijo Steerforth.

-¿De verdad? -replicó ella-. Pero veamos, por ejemplo… se pueden suponer las cosas

más absurdas… Suponiendo que tú tuvieras con tu madre una querella seria…

-Mi querida Rose -dijo mistress Steerforth riendo alegremente-, debías haber inventado

cualquier otra suposición. Gracias a Dios, James y yo sabemos demasiado bien lo que nos

debemos el uno al otro.

-¡Oh! -dijo miss Dartle bajando la cabeza con aire pensativo-. Sin duda; eso es

suficiente. Pre… ci… sa… mente. Pues bien; me alegro mucho de haber hecho esa

pregunta; al menos tengo la tranquilidad de estar ahora segura de que saben ustedes

demasiado bien lo que se deben el uno al otro para que nada pudiera suceder jamás.

Muchas gracias.

No quiero omitir una pequeña circunstancia relativa a miss Dartle, pues más tarde tuve

razones para recordarla, cuando el irreparable pasado me fue explicado. Todo el día, y

sobre todo a partir de aquel momento, Steerforth desplegó sus cualidades, con la

naturalidad que no le abandonaba nunca, para atraer a aquella singular criatura, hacerle

que gozara de su compañía y a que fuera amable con él. No me sorprendió tampoco ver a

miss Dartle luchar al principio contra su seducción, pues sabía que estaba llena de prejuicios

y de terquedad. Vi sus modales y su fisonomía cambiar poco a poco; vi que le

miraba con una admiración creciente; vi que hacía esfuerzos cada vez más débiles, pero

siempre con cólera, como si se reprochara su debilidad para resistir a la fascinación que

ejercía sobre ella; por fin vi sus miradas irritadas dulcificarse, su sonrisa aflojarse, y el

terror que me había inspirado todo el día se desvaneció. Sentados al lado del fuego,

estábamos todos charlando y riendo juntos, con una naturalidad de niños.

No sé si fue porque era tarde o porque Steerforth no quería perder el terreno que había

ganado, el caso es que no permanecimos en el comedor más de cinco minutos después de

su marcha.

-Toca el arpa -dijo Steerforth en voz baja al acercamos a la puerta del salón-; creo que

hace lo menos tres años que nadie la ha oído más que mi madre.

Dijo aquellas palabras con una sonrisa extraña, que desapareció enseguida, y entramos

en el salón. Estaba sola.

-No te levantes –dijo Steerforth deteniéndola-. Vamos, mi querida Rose, ¡sé amable

una vez y cántanos una canción irlandesa!

-¡Mucho te importan las canciones irlandesas! -replicó ella.

–Ciertamente -dijo Steerforth-, mucho: son las que prefiero. Además, a Florecilla le

gusta la música con toda su alma. Cántanos una canción irlandesa, Rose, y yo me sentaré

aquí a escucharte como en otros tiempos.

Sin tocarla a ella ni a la silla en que estaba sentada se sentó al lado del arpa. Ella

permaneció de pie durante un momento, haciendo con la mano movimientos como si tocara,

pero sin hacer resonar las cuerdas. Por fin se sentó, atrajo hacia sí el arpa con un

movimiento rápido y se puso a cantar acompañándose.

No sé si era el instrumento o la voz lo que daba a aquel canto un carácter sobrenatural,

que no sé describir. La expresión era desgarradora. Parecía como si aquella canción no se

hubiera escrito nunca ni puesto en música; parecía más bien escapar de la pasión

contenida y que asomaba con una expresión imperfecta en los sonidos de su voz, y

después volvía a ocultarse en la sombra cuando se hacía el silencio. Yo permanecí mudo

mientras ella se apoyaba de nuevo en el arpa y hacía vibrar los dedos de la mano derecha

sin sacar ningún sonido.

Al cabo de un momento, he aquí lo que me arrancó de mi ensueño: Steerforth se había

levantado y se había acercado a ella, pasándole alegremente el brazo alrededor del talle.

-Vamos, Rose; de ahora en adelante vamos a querernos mucho.

Pero entonces ella le había pegado, y rechazándolo con el furor de un gato salvaje, se

había escapado de la habitación.

-¿Qué le ocurre a Rose? -dijo mistress Steerforth, que entraba.

-Ha sido buena como los ángeles durante un momento, madre -dijo Steerforth-, y ahora

de repente se lanza al otro extremo.

-Debías tener cuidado de no encolerizarla, James. Recuerda que su carácter está agriado

y que no conviene tentarla.

Rose no volvió ni se habló de ella hasta el momento en que yo entré con Steerforth en

su habitación para despedirme de él. Entonces se puso a burlarse y me preguntó si había

conocido nunca a una criatura tan violenta y tan incomprensible.

Yo le expresé mi sorpresa, y le pregunté si no adivinaba lo que habría podido ofenderla

tan vivamente y tan de repente.

-¡Dios lo sabe! -dijo Steerforth-. Cualquier cosa quizás, o quizás nada. Ya te he dicho

que a todo lo saca punta, hasta su persona, por afilar afila la hoja, y es una hoja fina, ten

cuidado, ten cuidado; no hay que acercarse sin precaución. Siempre hay peligro. ¡Buenas

noches!

-¡Buenas noches, querido Steerforth! Mañana me marcharé antes de que te despiertes.

¡Buenas noches!

No me dejaba marchar, y continuaba de pie delante de mí, con las manos apoyadas en

mis hombros, como había hecho en mi habitación.

-Florecilla -me dijo con una sonrisa—, aunque ese no sea el nombre que te han dado tu

padrino y tu madrina, es con el que más me gusta nombrarte. Yo querría, ¡oh, sí!, yo

querría que tú también me pudieras llamar así.

-Pero ¿quién me lo impide si quisiera hacerlo?

-Florecilla, si algún suceso llegara a separamos, piensa siempre en mí con indulgencia,

amigo mío. Vamos, prométeme que pensarás en mí con indulgencia si las circunstancias

llegan a separamos.

-¿Qué estás diciendo de indulgencia, Steerforth? -le dije-. Mi cariño y mi ternura por ti

serán siempre los mismos y no tienen nada que perdonarte.

Me sentí tan arrepentido de haber sido injusto con él ni aun con pensamientos

pasajeros, que estuve a punto de confesárselo. Sin la repugnancia que me causaba el

traicionar la confianza de Agnes, y en el temor que sentía de no poder tocar aquel asunto

sin comprometerla, le hubiera confesado todo antes de oírle decir: «¡Dios lo bendiga,

Florecilla, y buenas noches!». En mi duda, no le dije nada; le estreché la mano y nos

separamos.

Me levanté al despuntar el día, y después de vestirme sin ruido entreabrí su puerta.

Dormía profundamente, tranquilamente, con la cabeza apoyada en el brazo, como tantas

veces le había visto dormir en el colegio.

Llegó un tiempo, y no tardó mucho en llegar, en que me preguntaba cómo no habría

turbado nada su reposo mientras yo le miraba. Pero dormía (me gusta pensar en él así de

nuevo) como le había visto dormir tan a menudo en el colegio; y así en aquella hora

silenciosa le dejé.

Para nunca más (¡oh, Steerforth, Dios lo perdone!) volver a tocar tu mano con un

sentimiento de amor y de amistad. ¡Nunca, nunca más!

CAPÍTULO X

UNA DESGRACIA

Llegué por la noche a Yarmouth y me dirigí a la posada. Sabía que la habitación

reservada por Peggotty, «mi habitación», sería ocupada pronto por otro, si es que el

terrible «visitante» a quien todos los vivos tienen que dejar el sitio no había llegado ya a

la casa. Me dirigí, por lo tanto, a la posada para comer y alquilar un cuarto.

Eran las diez de la noche cuando salí. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, y el

pueblo estaba triste. Cuando llegué ante la casa de Omer y Joram las ventanas estaban

cerradas, pero la puerta de la tienda estaba abierta todavía. Como veía a lo lejos a míster

Omer, que fumaba su pipa cerca de la puerta de la trastienda, entré y pregunté cómo estaba.

-Por mi alma, ¿es usted? –dijo míster Omer-. ¿Cómo está usted? Siéntese. ¿Supongo

que el humo no le molestará.

-Nada de eso; al contrario, me gusta… en la pipa de otro.

-¿En la suya no? –dijo míster Omer riendo-. Tanto mejor, caballero; es mala costumbre

para los jóvenes. Siéntese. Yo si fumo es a causa del asma.

Míster Omer había adelantado una silla para mí, y se volvió a sentar sin aliento,

aspirando el humo de su pipa como si esperase encontrar en ella el soplo necesario a su

existencia.

-Estoy muy preocupado con las malas noticias que me han dado de Barkis- le dije.

Míster Omer me miró con aire grave, sacudiendo la cabeza.

-¿Sabe usted cómo está ahora? -pregunté.

-Esa es precisamente la pregunta que le hubiera hecho -dijo míster Omer-, si no hubiera

sido por un sentimiento de delicadeza. Es una de las cosas molestas de nuestro oficio.

Cuando hay algún enfermo, no podemos preguntar cómo sigue.

Era una dificultad que no había previsto; había temido, al entrar, oír el antiguo martillo.

Sin embargo, puesto que míster Omer había tocado aquella cuerda, yo no podía por

menos de aprobar su delicadeza.

-Sí, sí; ¿comprende usted? -dijo míster Omer con un movimiento de cabeza-. No nos

atrevemos. Sería un golpe del que muchos no se repondrían si oían decir: «Omer y Joram

le saludan y desean saber cómo se encuentra usted», hoy por la mañana, hoy por la tarde,

según la ocasión.

Asentí con la cabeza, y Omer tomando aliento con ayuda de su pipa, continuó:

-Es una de las cosas del oficio que nos impiden tener muchas atenciones que de buena

gana tendríamos a veces -dijo míster Omer-. Vea usted, por ejemplo: hace cuarenta años

que conozco a Barkis. Si no he salido a hablarle toda las veces que pasaba por aquí, no he

salido ninguna; pues bien, ahora no puedo ir a preguntar cómo sigue.

Convine con míster Omer que era muy desagradable.

-Y que no estoy yo menos cerca de ello que otro, míreme. La respiración me faltará uno

de estos días y no es probable que esté muy interesado en la situación en que estoy. Digo

que no es probable, tratándose de un hombre que sabe que cualquier día puede faltarle la

respiración, y más todavía si ese hombre es abuelo —lijo míster Omer.

-No es nada probable -dije.

-Tampoco es que me queje de mi oficio -dijo míster Omer-. Todo tiene sus pros y sus

contras; eso ya se sabe: todo lo que yo pediría es que se educara a la gente de manera que

tuviera el espíritu un poco más fuerte.

Míster Omer fumó un instante en silencio con aire de bondad y complacencia; después

dijo volviendo a su primer asunto:

-Estamos obligados a contentamos con saber las noticias de Barkis por Emily. Ella sabe

nuestra verdadera intención y no tiene más escrúpulos ni sospechas que si fuéramos

corderitos. Minnie y Joram acaban de ir a casa de Barkis, donde ella va también en

cuanto termina su trabajo, para ayudar un poco a su tía. Han ido a saber del pobre

hombre; si quiere usted esperar su vuelta, traerán noticias. ¿Quiere usted tomar algo? ¿Un

ponche con ron? ¿Quiere usted tomarlo conmigo, pues es lo que bebo siempre mientras

fumo? -dijo míster Omer cogiendo su vaso-. Dicen que es bueno para la garganta y que

facilita esta desgraciada respiración. Pero, ¿sabe usted? -continuó con voz ronca-, no es el

conducto lo que está en mal estado. Es lo que yo le digo siempre a Minnie: «Dame el

soplo, hija mía, y yo me encargaré de encontrarle paso, querida».

Verdaderamente tenía el aliento tan corto que asustaba el verle reír. Cuando recobró la

palabra le di las gracias por el ponche que me había ofrecido, y que rechacé diciendo que

acababa de comer; pero añadí que, puesto que tenía la amabilidad de invitarme, esperaría

la vuelta de su yerno y de su hija; después le pedí noticias de la pequeña Emily.

-A decir verdad -dijo míster Omer dejando su pipa para poder frotarse la barbilla-, yo

cstrré más tranquilo cuando se haya casado.

-¿Por qué? -pregunté.

-Porque está inquieta -dijo míster Omer-. No es que no esté tan bonita como antes; al

contrario, más bonita que nunca; ni es que trabaje menos; al contrario, valía por seis

obreras y sigue valiéndolo; pero ella quiere alegría. ¿Comprende usted lo que quiero

decir? -continuó míster Omer fumando un poco y restregándose después la barbilla-. Lo

que se entiende en general por la expresión: «Vamos, ¡fuerte, valiente!, ¡un buen golpe de

remo!, ¡otro buen golpe!, ¡hurra! » . A esto es a lo que me refiero que, en general, le falta

a Emily.

El rostro y los ademanes de míster Omer eran tan expresivos, que pude, en conciencia,

hacerle un gesto expresando que le comprendía. Mi vivacidad de comprensión pareció

gustarle, y siguió:

-Ahora bien; yo considero que la principal causa de esto es el estado transitorio en que

está. He hablado a menudo de esto con su tío y con su novio por las noches, después del

trabajo, y considero que es la principal causa de su inquietud. Usted recordará siempre

-prosiguió míster Omer- que Emily es una criaturita extraordinariamente afectuosa. El

proverbio dice que no se puede hacer una bolsa de seda con la oreja de una trucha. Yo no

sé nada; pero creo que, en efecto, sí se puede; la cosa es tener tiempo. Y usted sabe que

ha hecho de ese viejo barco una morada que vale más que un palacio de piedra y mármol.

-Estoy seguro –dije.

-El ver a esa linda chiquilla acercarse a su tío, ver cómo cada día está más unida a él, es

conmovedor. Y cuando sucede así es porque hay lucha, y ¿para qué prolongarla

inútilmente?

Yo escuchaba atento al buen anciano, aprobando de todo corazón cuanto decía.

-Y por eso les he dicho –continuó míster Omer en tono de bondad y condescendencia-:

«No consideréis el aprendizaje de Emily como un compromiso; podéis hacer lo que

queráis. Sus servicios me han producido más de lo que me esperaba; Omer y Joram

pueden borrar el resto del tiempo convenido, y estará la niña libre el día que les convenga

a ustedes. Si después ella quiere arreglarse con nosotros para hacernos algún trabajo en su

casa, muy bien; si no le conviene, también muy bien». De todas maneras, no nos perjudica,

pues sabe usted –dijo míster Omer tocándome con su pipa- no hay cuidado de que

un hombre tan corto de resuello como yo, y que además tiene nietos, vaya a oprimir a un

hermoso pajarito de ojos azules como ella.

-No, no; no hay cuidado; ya lo sabemos -dije.

-No, no; tiene usted razón -dijo míster Omer-. Pues bien; su primo… ¿ya sabe usted que

es su primo con quien se va a casar?

-¡Oh, sí! -repliqué-. Le conozco muy bien.

-Naturalmente -repuso míster Omer-; su primo, que está en buena posición y que tiene

mucho trabajo, y después de haberme dado las gracias cordialmente (y debo decir que su

conducta en este asunto me ha dado la mejor opinión de él), su primo ha alquilado una

casita, la más confortable que pueda imaginarse. Esa casita está amueblada de arriba

abajo y arreglada como si fuera de muñecas; y creo que si el pobre Barkis no se hubiera

puesto tan malo, a estas horas estarían casados; pero eso lo ha retrasado.

-Y Emily, míster Omer -pregunté-, ¿está ahora más tranquila?

-Pues ¿sabe usted? -repuso acariciándose la papada-. Como es natural, no puede

esperarse que se tranquilice estando a punto de cambiar y de separarse, y todo eso. La

muerte de Barkis no lo retrasaría demasiado, pero sí su estado crónico de enfermedad. En

todo caso, es una situación equívoca, como puede usted ver

-Sí, lo veo.

-En consecuencia, Emily está un poco preocupada, y hasta inquieta, quizá más que

nunca. Parece amar cada vez más a su tío y sentir más vivamente el separarse de todos

nosotros. Si le digo una palabra bondadosa se le saltan las lágrimas, y si usted la viera

con la niña de Minnie, no podría olvidarlo jamás. Es extraordinario -dijo míster Omer reflexionando-

lo que quiero a esa niña.

La ocasión me pareció propicia para preguntarle a míster Omer, antes de que volvieran

Minnie y su yerno a interrumpimos, si sabía algo de Martha.

-¡Ah! -dijo sacudiendo la cabeza con abatimiento, Nada bueno. Es una historia triste

por cualquier lado que se mire. Nunca he creído que esa muchacha esté corrompida; no lo

diría delante de mi hija Minnie; se enfadaría; pero yo no lo he creído nunca.

Míster Omer percibió los pasos de su hija, que yo no había sentido todavía, y me tocó

con la pipa, guiñándome un ojo como advertencia. Casi enseguida entró Minnie con su

marido.

Traían la noticia de que Barkis estaba cada vez peor; que había perdido el

conocimiento, y que míster Chillip había dicho tristemente en la cocina, al marcharse no

hacía cinco minutos, que toda la escuela de Medicina, la de Cirugía y la de Farmacia

reunidas no podrían salvarle. En primer lugar, los médicos y cirujanos no podían ya nada,

había dicho míster Chillip, y todo lo que los farmacéuticos pudieran hacer sería

envenenarle.

Al oír esta noticia y saber que mister Peggotty estaba en casa de su hermana decidí irme

enseguida. Di las buenas noches a míster Omer y a míster y mistress Joram y tomé el camino

de casa de Peggotty con una seria simpatía por Barkis, que lo transformaba

completamente a mis ojos.

Llamé dulcemente a la puerta y míster Peggotty vino a abrirme. El verme no los

sorprendió tanto como yo esperaba. Lo mismo observé en Peggotty cuando apareció, y es

una cosa que he recordado después muy a menudo, pensando que en la espera de aquel

terrible desenlace cualquier otro cambio o sorpresa no significaban nada.

Estreché la mano a míster Peggotty y entré en la cocina mientras él cerraba suavemente

la puerta. La pequeña Emily, con la cabeza entre las manos, estaba sentada delante del

fuego. Ham estaba de pie a su lado.

Hablábamos bajo y escuchábamos de vez en cuando los ruidos de la habitación de

encima. Durante mi última visita no había pensado en ello; pero ahora ¡qué extraño se me

hacía no ver a Barkis en la cocina!

-Ha sido usted muy bueno viniendo, señorito Davy -me dijo míster Peggotty.

-¡Oh, sí, muy bueno! –dijo Ham.

-Emily -dijo míster Peggotty-, mira, querida, aquí está el señorito Davy. Vamos, ¡valor,

hija mía! ¿No dices nada al señorito Davy?

Emily temblaba con todos sus miembros. Todavía la veo. Su mano estaba helada

cuando la toqué; todavía la siento. No hizo más movimiento que retirarla; después se

deslizó de su silla y, acercándose dulcemente a su tío, se inclinó sobre su pecho sin decir

nada, temblando siempre.

-Tiene un corazoncito tan bueno –dijo míster Peggotty acariciando sus lindos cabellos

con su mano callosa-, que no puede soportar esta pena. Es muy natural: los jóvenes, señorito

Davy, no están acostumbrados a esta clase de pruebas y tienen la timidez de este

pajarillo; ¡es natural!

Emily se estrechó contra su pecho sin decir una palabra ni levantar la cabeza.

-Es tarde, hija mía, y Ham te espera para llevarte a casa. Anda, vete con él; ¡también él

tiene un corazón de oro! ¿Qué, Emily? ¿Qué dices, cariño mío?

El sonido de su voz no llegó a mis oídos; pero él bajó la cabeza como escuchando, y

después dijo:

-¿Quieres quedarte con tu tío? ¡Vamos, de ninguna manera! ¿Quedarte con tu tío,

chiquilla, cuando el que va a ser tu marido dentro de unos días está aquí para llevarte a

casa? Vamos; nadie lo creería al ver a esta chiquilla al lado de un viejo gruñón como yo

-dijo míster Peggotty mirándonos a los dos con un orgullo infinito-; pero el mar no

contiene más sal que el corazón de la pequeña Emily contiene de ternura para su tío;

¡locuela!

-Emily tiene razón, señorito Davy -dijo Ham-; y puesto que Emily lo desea y está un

poco inquieta y asustada, la dejaré aquí hasta mañana por la mañana. Pero permítanme

que me quede también.

-No, no -dijo míster Peggotty-; no puede ser; ya es casi como si estuvieras casado, y no

puedo perder un día de trabajo, ni tampoco velar esta noche y trabajar mañana. Vuélvete

a casa. ¿Es que temes que no te cuidemos bien a Emily?

Ham cedió a aquellas razones y cogió su sombrero para marcharse. Hasta en el

momento en que la besó (y yo no le veía nunca acercarse a ella sin pensar que la

naturaleza le había dado un corazón de caballero), Emily parecía apretarse más contra su

tío, tratando de evitar a su novio. Cerré la puerta tras de él, para no turbar el silencio que

reinaba en la casa, y al volverme vi que mister Peggotty todavía estaba hablando a su

sobrina.

-Ahora -le decía- voy a subir a decir a tu tía que el señorito Davy está aquí; eso la

consolará. Siéntate al lado del fuego entre tanto, querida mía, y caliéntate las manos, que

las tienes como el hielo. Pero ¿qué te pasa para tener tanto miedo y temblar de ese modo?

¿Qué? ¿Que quieres subir conmigo? Bueno, ven. Si a su tío le arrojaran de casa y le

obligaran a acostarse en un dique -dijo míster Peggotty con el mismo orgullo de un

momento antes-, creo verdaderamente que querrías acompañarle, pero pronto me va a suplantar

otro, ¿no es verdad, Emily?

Al subir un momento después, cuando pasé por el lado de la puerta de mi

habitacioncita, que estaba sumida en la oscuridad, me pareció que Emily yacía tendida en

el suelo; pero aun ahora no sé si era ella o si fue una ilusión de las sombras que

confundían todo a mis ojos en las tinieblas de mi habitación.

Tuve tiempo de reflexionar, mirando el fuego de la cocina, en el terror que inspiraba la

muerte a la pequeña y linda Emily, y pensé que esa sería, unido a las otras razones que

me había dado míster Omer, la causa del cambio que se había operado en ella. Tuve

tiempo, antes de que apareciera Peggotty, de pensar con más indulgencia en aquella

debilidad, mientras contaba los latidos del péndulo del reloj, percibiendo cada vez más la

solemnidad del silencio que reinaba a mi alrededor. Peggotty me estrechó en sus brazos y

me dio las gracias mil veces por haber venido a consolarla en su tristeza (fueron sus

propias palabras), y me rogó que subiera con ella, diciéndome, entre sollozos, que Barkis

me apreciaba mucho; que había hablado mucho de mí antes de perder el conocimiento, y

que en el caso en que lo recobrara estaba segura de que mi presencia le alegraría si es que

todavía podia alegrarse con algo en el mundo.

Pero esto era cosa absurda, según me pareció cuando le vi. Estaba acostado con la

cabeza y los hombros fuera del lecho, en una posición muy incómoda, medio apoyado en

el cofre que le había costado tantas preocupaciones. Supe que cuando ya no había sido

capaz de arrastrarse fuera del lecho para abrirlo, ni de asegurarse de que estaba allí por

medio del bastón, como yo le había visto hacer, lo había hecho colocar encima de una

silla al lado de su cama, donde lo tenía entre sus brazos noche y día. En aquel momento

se apoyaba en él; el tiempo y la vida se le escapaban; pero conservaba su cofre, y las

últimas palabras que había pronunciado para desechar sospechas eran: «Trajes viejos».

-Barkis, amigo mío -dijo Peggotty con un tono que trataba de hacer alegre inclinándose

hacia él, mientras su hermano y yo permanecíamos a los pies de la cama-, aquí está mi

querido niño Davy, que fue quien sirvió de intermediario en nuestro matrimonio, con el

que enviabas tus mensajes, ¡ya lo sabes! ¿Quieres hablar al señorito Davy?

Continuaba mudo y sin conocimiento, como el cofre, que era lo único que daba algo de

expresión a su fisonomía, por el cuidado celoso con que lo estrechaba.

-Se va con la marea -me dijo míster Peggotty tapándose la boca con la mano.

Mis ojos estaban húmedos y los de míster Peggotty también. Repetí en voz baja:

-¿Con la marea?

-En las costas –dijo mister Peggotty- siempre se muere con la marea baja, y, por el

contrario, siempre se viene al mundo con la marea alta, y no se es totalmente del mundo

más que en plena marea. Pues bien; él se irá con la marea. Esta baja a las tres y media y

no volverá a subir hasta media hora después. Si dura hasta que el mar empiece a subir no

entregará su espíritu mientras estemos en plena marea, y esperará para marcharse a la

próxima marea baja.

Continuábamos allí mirándole. El tiempo transcurría; las horas pasaban. No puedo decir

qué misterioso influjo ejercía mi presencia sobre él; pero cuando empezó a murmurar

algunas palabras en su delirio hablaba de llevarme a la pensión.

-Vuelve en sí -dijo Peggotty.

Míster Peggotty me tocó en el brazo, diciéndome bajo, en tono convencido y

respetuoso:

-La marea baja, y se va.

-Barkis, amigo mío -exclamó Peggotty.

-C. P. Barkis –exclamó él con voz débil-: ¡la mejor mujer que hay en el mundo!

-Mira; aquí está Davy -dijo Peggotty, pues abría los ojos.

Iba a preguntarle si me reconocía, cuando hizo un esfuerzo para extender su brazo, y

me dijo claramente, con una dulce sonrisa:

-¡Barkis está dispuesto!

Y el mar bajaba, y se fue con la marea.

CAPÍTULO XI

UNA PÉRDIDA MAYOR

No había dificultad para mí en ceder a los ruegos de Peggotty, que me pedía que

permaneciera en Yarmouth hasta que los restos del pobre carretero hubieran hecho por

última vez el viaje de Bloonderstone. Había comprado desde hacía mucho tiempo, de sus

economías, un rinconcito de tierra en nuestro antiguo cementerio, cerca de la tumba de

«su querida niña», como llamaba siempre a mi madre, y allí reposarían sus restos.

Cuando lo pienso ahora me parece que no podía ser más dichoso de lo que lo era

entonces acompañando a Peggotty y haciendo por ella lo poco que podía. Pero temo

haber sentido una satisfacción todavía mayor (satisfacción personal y profesional) al

examinar el testamento de Barkis y al apreciar su contenido.

Reclamo el honor de haber sugerido la idea de que el testamento estaría en el cofre.

Después de algunas pesquisas, apareció en el fondo de una bolsa, en compañia de un

poco de paja, de un antiguo reloj de oro con cadena y dijes, que Barkis había llevado el

día de su boda y que nunca se le había visto ni antes ni después; de una pipa de plata que

parecía una pierna; de una caja que parecía un limón, llena de tacitas y platitos que Barkis

supongo habría comprado cuando yo era niño para regalármelo y que después no había

tenido el valor suficiente para desprenderse de ello; y, por último, encontramos ochenta y

siete monedas de oro, en guineas y medias guineas; doscientas diez libras en billetes de

banco muy nuevos, algunas acciones del Banco de Inglaterra y una herradura vieja, un

chelín falso, un trozo de alcanfor y una concha de ostra. Como el último objeto era

evidente que había sido frotado y mostraba los colores del prisma, estoy muy inclinado a

creer que Barkis tenía una idea general sobre las perlas que nunca había llegado a

resolver ni a definirse.

Durante años y años Barkis había llevado siempre consigo el cofre en todos sus viajes,

y para despistar mejor a quien pudiera espiarle había pensado en escribir con mucho

cuidado sobre la tapa, en caracteres que se habían ido borrando con el tiempo, la

dirección de «Míster Blackboy: que lo conserve Barkis hasta que sea reclamado».

Pronto me di cuenta de que no había perdido el tiempo economizando durante tantos

años. Su fortuna en dinero sumaba cerca de tres mil libras esterlinas. Legaba el usufructo

de mil a míster Peggotty durante toda su vida; a su muerte, el capital debía ser repartido,

a partes iguales, entre Peggotty, la pequeña Emily y yo, o aquel de nosotros que sobreviviera.

Dejaba a Peggotty todo lo demás, nombrándola heredera universal y única

ejecutora de sus últimas voluntades expresadas en el testamento.

Estaba yo orgulloso como un procurador cuando leí todo el testamento con la mayor

ceremonia, explicando su contenido a todas las partes interesadas; empezaba a creer que

el Tribunal tenía más importancia de la que yo había supuesto. Examiné el testamento

con la mayor atención y declaré que estaba perfectamente en regla sobre todos los puntos,

a hice una o dos anotaciones con lápiz al margen, muy sorprendido de saber tanto.

Pasé la semana que precedió al entierro haciendo este examen un poco abstracto y

levanté inventario de la fortuna que le tocaba a Peggotty, poniendo en orden todos los

asuntos. En una palabra, fui su consejero y su oráculo para todo. No volví a ver a Emily

en este intervalo; pero me dijeron que pensaba casarse discretamente quince días después.

No seguí el entierro de modo formal. Me refiero a que no me revestí de manto negro ni

de largo crespón, para asustar a los pájaros, sino que me fui a pie, temprano, a Bloonderstone,

y ya me encontraba en el cementerio cuando llegó el féretro, seguido únicamente

de Peggotty y de su hermano. El loco nos miraba desde mi ventana; el niño de míster

Chillip movía su gran cabeza dando vueltas a sus ojos redondos para mirar al pastor por

encima del hombro de su niñera; míster Omer soplaba en segunda línea, y no había nadie

más, y todo se hizo tranquilamente. Nosotros nos paseamos por el cementerio durante

una hora después de terminar la ceremonia y cogimos algunas hojas tiernas, apenas

entreabiertas, del árbol que daba sombra a la tumba de mi madre.

Aquí el miedo se apodera de mí; una nube sombría se extiende por encima del pueblo,

que veo a lo lejos al dirigir hacia allí mis pasos solitarios. Tengo miedo de acercarme.

¿Cómo podré soportar el recuerdo de lo que nos ocurrió durante aquella noche

memorable, de lo que voy a tratar de recordar, si es que puedo dominar mi emoción?

Pero el contarlo no aumentará el daño; por lo tanto, ¿qué adelantaría con detener aquí

mi pluma temblorosa? Lo hecho, hecho está, y nada podría deshacerlo, nada puede cambiar

la menor cosa.

Peggotty debía venirse conmigo a Londres al día siguiente para las cuestiones del

testamento. La pequeña Emily había pasado el día en casa de míster Omer, y debíamos

reunirnos todos por la noche en el viejo barco. Ham debía recoger a Emily a la hora de

costumbre; yo volvería a pie paseándome. El hermano y la hermana harían el viaje de

vuelta como el de ida, y pasaríamos la velada al lado del fuego.

Nos separamos en la barrera donde un Straps imaginario había reposado con el saco de

Roderick Random en tiempos pasados; y en lugar de volver directamente, di algunos

pasos por la carretera de Lowestoft; después volví sobre mis pasos y tomé el camino de

Yarmouth. Me detuve para comer en un café muy bueno, situado a unas dos millas

del.Ferry’s del que he hablado; el día acababa, y llegué a la orilla al atardecer. Llovía

mucho; el viento era fuerte, pero la luna aparecía de vez en cuando a través de las nubes,

y la oscuridad no era completa.

Pronto estuve a la vista de la casa de míster Peggotty y distinguí la luz que brillaba en

la ventana. Ya estoy pateando en la arena húmeda antes de llegar a la puerta. Ya he

entrado.

Todo tenía su aspecto agradable y cómodo. Míster Peggotty fumaba su pipa de la

noche, y los preparativos de la cena seguían su curso; el fuego ardía alegremente; habían

quitado las cenizas. La caja en que se sentaba la pequeña Emily la esperaba en el rincón

de costumbre. Peggotty estaba sentada en el lugar que ocupaba antes de casarse, y si no

fuera por su traje de viuda hubiera podido creerse que no lo había abandonado nunca.

Había resucitado su caja de labor, con la catedral de Saint Paul en la tapa. El metro dentro

de su chocita y el pedazo de cera seguían en su puesto como el primer día. Mistress

Gudmige gruñía un poco en su rincón, como de costumbre, lo que hacía más fuerte la

ilusión.

-Llega usted el primero, señorito Davy -dijo míster Peggotty radiante-. Quítese ese traje

si está mojado, señorito.

-Gracias, míster Peggotty -le dije dándole mi gabán para que lo colgara-, el traje está

completamente seco.

-Es verdad –dijo míster Peggotty palpándome los hombros-, completamente seco;

siéntese aquí, señorito; no tengo necesidad de decirle que es usted bien venido, pero es

igual de todos modos: lo es usted; se lo digo de todo corazón.

-Gracias, míster Peggotty; ya lo sé. Y tú, Peggotty, ¿cómo estás? -le dije dándole un

beso.

-¡Ja, ja, ja! —dijo míster Peggotty riéndose y sentándose a nuestro lado, mientras se

frotaba las manos como hombre a quien no disgusta encontrar una distracción honrada a

sus penas recientes; y con toda la cordial franqueza habitual en él-. Es lo que le digo

siempre a mi hermana: no hay una mujer en el mundo, señorito, que pueda tener el

espíritu más tranquilo que ella. Ha cumplido con su deber para con el difunto, y él lo

sabía, pues también ha cumplido su deber para con ella como ella lo había cumplido para

con él; y… y todo ha sucedido bien.

Mistress Gudmige gruñó.

-Vamos, ¡valor, hermosa comadre! -dijo míster Peggotty; pero sacudió la cabeza

mirándonos de reojo, para darnos a entender que los últimos sucesos eran oportunos para

recordarle al «viejo»-. No se deje abatir. ¡Valor! Un pequeño esfuerzo, y ya verá usted

cómo después todo va bien.

-Para mí no, Dan -contesto mistress Gudmige-; lo único bueno que me puede ocurrir es

quedarme sola y aislada.

-No, no -dijo míster Peggotty en tono consolador.

-Sí, sí, Dan –dijo mistress Gudmige-. Yo no soy persona para vivir con gentes que han

heredado. He sido demasiado desgraciada, y haríais bien desembarazándoos de mí.

-¿Y cómo iba a poder gastarme el dinero sin ti? -dijo míster Peggotty en tono de seria

queja-. ¿Qué estás diciendo? ¿Acaso no lo necesito más que nunca?

-Ya sabía yo que antes no me necesitaban -exclamó mistress Gudmige con el acento

más lamentable-, y ahora ya no se ocultan para decirlo. ¿Cómo podía yo hacerme ilusiones

de que me necesitaban, una pobre mujer aislada y desolada y que no hace más que

dar la mala suerte?

Míster Peggotty parecía recriminarse a sí mismo por haber dicho algo que pudiera tener

un sentido tan cruel; pero Peggotty le impidió contestar tirándole de la manga y moviendo

la cabeza. Después de haber mirado un momento a mistress Gudmige, con

profunda ansiedad miró el reloj, se levantó, avivó el fuego de la vela y la puso en la

ventana.

-Aquí-dijo míster Peggotty con aire satisfecho-, aquí estamos, mistress Gudmige.

Mistress Gudmige lanzó un débil gemido.

-¡Ya tenemos la luz como de costumbre! ¿Me pregunta usted lo que estoy haciendo,

señorito? Es para nuestra pequeña Emily. ¿Sabe usted? El camino está oscuro, y no resulta

muy alegre en la oscuridad; por ello cuando estoy en casa a la hora de su regreso

pongo la luz en la ventana, y así sirve para dos cosas: en primer lugar –dijo míster

Peggotty inclinándose hacia mí con alegría-, Emily piensa: «Allí está la casa»; y también:

« Mi tío está ya», pues si yo no estoy, tampoco está la luz.

-¡Eres un niño! –dijo Peggotty, muy entusiasmada con aquello.

-Bien -dijo míster Peggotty, con las piernas un poco separadas y paseando sus manos

por encima, con expresión de profunda alegría y mirando alternativamente al fuego y a

nosotros-. No sé si lo seré; al menos a la vista no.

-No del todo -observó Peggotty.

-No -dijo míster Peggotty riendo-, a la vista no; pero, reflexionándolo bien, me tiene sin

cuidado, ¿saben ustedes?

Voy a decirles: Cuando miro a mi alrededor en esta linda casita de nuestra Emily… me

siento…, me siento… -dijo míster Peggotty en un impulso de entusiasmo—. ¡No puedo

decir más!; me parece que los objetos más insignificantes son, por decirlo así, una parte

de ella misma; los cojo, los muevo y los toco con la misma delicadeza que si fueran

nuestra Emily; lo mismo me ocurre con sus sombreritos y con todas sus cosas. No podría

ver que se tratara mal cualquier objeto que le perteneciese, por nada del mundo. He aquí

cómo soy un niño, si queréis bajo la forma de un gran erizo de mar -dijo míster Peggotty

abandonando su seriedad para lanzar una sonora carcajada.

Peggotty y yo también reímos, pero no tan alto.

-Supongo que esto debe de provenir –continuó mister Peggotty con el rostro radiante y

frotándose siempre las piernas- de haber jugado tanto con ella haciendo como que éramos

turcos y franceses y toda clase de extranjeros, y hasta leones y ballenas, y qué sé yo

cuántas cosas, cuando no me llegaba a las rodillas. De eso debe de provenir. ¿Veis muy

bien esta vela, no? -dijo míster Peggotty, que continuaba riendo mientras nos la

enseñaba-. Pues bien: estoy seguro de que cuando se haya casado y marchado la seguiré

poniendo ahí igual que ahora. Estoy seguro de que cuando esté aquí por la noche (¿y

dónde iría a vivir, os pregunto, sea cual sea la fortuna que me llegue?), cuando ella no

esté aquí o no esté yo en su casa, pondré la luz en la ventana y me sentaré al lado del

fuego haciendo como que la estoy esperando como ahora. Así soy un niño -dijo míster

Peggotty con una nueva carcajada- bajo la forma de un erizo de mar. ¿Veis? En este

momento, mientras veo brillar la luz, me digo: «Emily la ve, ya estará cerca». Y por eso

os parezco un niño bajo la forma de un erizo de mar. Después de todo, no me equivoco

-continuó míster Peggotty, interrumpiéndose en medio de su carcajada y palmoteando-,

porque aquí está.

Pero no; era Ham, que venía solo. La lluvia debía de haber arreciado mucho desde que

yo había entrado, pues Ham llevaba un gran sombrero de hule encajado hasta los ojos.

-¿Dónde está Emily? –dijo míster Peggotty.

Ham hizo un movimiento de cabeza como indicando que estaba en la puerta. Míster

Peggotty quitó la luz de la ventana, la despabiló, la volvió a poner encima de la mesa y se

puso a atizar el fuego, mientras Ham, que no se había movido, me dijo:

-Señorito Davy, ¿quiere usted venir fuera conmigo un momento para ver lo que Emily y

yo tenemos que enseñarle?

Salimos. Al pasar a su lado por la puerta vi, con tanta sorpresa como susto, que estaba

pálido como la muerte. Me empujó con precipitación fuera y volvió a cerrar la puerta trás

de nosotros. Sólo estábamos los dos.

-Ham, ¿qué sucede?

-¡Señorito Davy! ¡Ay! ¡Su pobre corazón roto! ¡Cómo lloraba amargamente!

Yo estaba como petrificado a la vista de aquel dolor; no sabía qué pensar ni qué temer;

no sabía más que mirarle.

-Ham, amigo mío; ¡en nombre del cielo, dime lo que ha ocurrido!

-Mi amor, señorito Davy; el orgullo y la esperanza de mi vida, por quien hubiera

querido morir, por quien todavía querría morir, ¡se ha marchado!

-¿Se ha marchado?

-Emily ha huido, y piense cómo ha huido, cuando yo le pido a la bondad de Dios y a su

misericordia que la mate (a ella, a quien quiero por encima de todo) antes que dejarla

perderse y deshonrarse.

El recuerdo de la mirada que dirigió al cielo, cargado de nubes; del temblor de sus

manos juntas, de la angustia que expresaba toda su persona, todavía ahora está unido en

mi espíritu al de la vasta soledad de la playa. En la oscuridad de la noche, él era el único

personaje de la escena.

-Usted es un sabio -dijo con precipitación- y sabrá lo mejor que puede hacerse. ¿,Cómo

anunciárselo a su tío, señorito Davy?

Vi moverse la puerta, a instintivamente hice un movimiento para sujetar el picaporte

desde el exterior, para ganar algún momento. Pero era demasiado tarde. Míster Peggotty

asomó la cabeza, y no olvidaré nunca el cambio que se produjo en su expresión al vernos;

no, aunque viviera quinientos años no lo olvidaría.

Recuerdo un gemido y un grito. Las mujeres le rodean, y estamos todos de pie en la

habitación, yo teniendo en la mano un papel que Ham me acaba de entregar. Míster Peggotty,

con el chaleco entreabierto, los cabellos en desorden, el rostro y los labios muy

pálidos, la sangre, que debió salir de su boca, brillando en su pecho, me mira fijamente.

-Lea usted, señorito -dice lentamente, en voz baja y temblorosa-; haga el favor, para

que trate de comprender.

En medio de un silencio de muerte leí una carta, medio borrada por las lágrimas, que

decía:

«Cuando recibas esta carta, tú que me amas infinitamente, más de lo que

he merecido nunca, incluso cuando mi corazón era inocente, estaré ya muy

lejos.

-Estaré lejos -repitió míster Peggotty lentamente-. Espere. Emily estará lejos, ¿y qué

más?

» Cuando deje mi querido hogar, ¡oh mi querido hogar!, por la mañana

-la carta estaba fechada la víspera por la noche- será para no volver nunca,

a menos que me traiga después de haber hecho de mí una señora.

Encontraréis esta carta la noche del día de mi marcha, muchas horas

después, en el momento en que esperéis verme. ¡Oh, si supierais cómo

tengo el corazón destrozado! Si tú, Ham, sobre todo; tú, con quien tan mal

me porto y que no podrás nunca perdonarme, ¡si supieras lo que sufro!

Pero soy demasiado culpable para hablarte de mí. ¡Oh, sí!, consuélate con

el pensamiento de que soy culpable. ¡Oh! Y, por piedad, dile a mi tío que

no le he amado nunca ni la mitad que ahora. No recordéis toda la bondad y

el afecto que me habéis demostrado; no recuerdes que debíamos casarnos;

trata de convencerte de que llevo muerta desde que era pequeñita y de que

estoy enterrada en cualquier parte. Que el cielo, del que no soy digna de

implorar la piedad para mí, la tenga al menos para mi tío. Dile que nunca

le he querido ni la mitad que ahora. Consuélale. Ama a alguna buena

muchacha que sea para mi tío lo que yo era antes, que sea digna de ti y que

te sea fiel; bastante tenéis con mi vergüenza para desesperaros. ¡Que Dios

os bendiga a todos! Le rogaré a menudo por todos, de rodillas. Si no me

trae hecha una señora, aunque no pueda rezar por mí misma rezaré por

todos vosotros. Mi mayor ternura, para mi tío. Mis lágrimas y mi

agradecimiento, para mi tío.»

Era todo.

Míster Peggotty continuó largo tiempo mirándome después de haber terminado. Por fin

me aventuré a cogerle una mano y a rogarle lo mejor que pude que tratara de recobrar el

ánimo.

-¡Gracias, señorito, gracias! -me respondía sin moverse.

Ham le habló y míster Peggotty no fue impasible a su dolor, pues le estrechó la mano

con todas sus fuerzas; pero eso era todo: continuaba en la misma actitud, y nadie se

atrevía a molestarle.

Por fin, lentamente, separó los ojos de mi rostro, como si saliera de un sueño, y los

paseó alrededor de la habitación; después dijo en voz baja:

-¿Quién es él? Quiero saber su nombre.

Ham me miró, y yo me sentí al momento anonadado por un golpe que me hizo

retroceder.

-¿Sospechas de alguien? -dijo míster Peggotty-. ¿De quién?

-Señorito Davy –dijo Ham en tono suplicante-, salga usted un momento y déjeme que

le diga lo que le tengo que decir. Usted no puede oírlo.

Sentí de nuevo el mismo golpe, y me dejé caer en una silla; traté de pronunciar una

respuesta, pero mi lengua estaba helada y mis ojos turbados.

-Quiero saber su nombre -repetía míster Peggotty.

-Desde hace algún tiempo -murmuró Ham- hay un criado que ha venido algunas veces

a rondar por aquí. Y también un caballero; se entendían.

Míster Peggotty continuaba inmóvil; pero miró a Ham.

-Al criado -continuó Ham- le han visto ayer tarde con…, con nuestra pobre niña. Estaba

oculto en las cercanías desde hacía lo menos ocho días. Creían que se había marchado;

pero solamente estaba oculto. ¡No se quede aquí, señorito Davy, no se quede!

Sentí que Peggotty me pasaba el brazo alrededor del cuello para arrastrarme; pero no

hubiera podido moverme aunque la casa se me cayera encima.

-Esta mañana, casi antes de amanecer, se ha visto un coche desconocido con caballos

de postas por la carretera de Norwich -continuó Ham-. El criado fue allí, volvió aquí y

volvió allá. La última vez Emily iba con él. El otro estaba en el coche. ¡Es él!

-¡En nombre del cielo -dijo míster Peggotty retrocediendo y extendiendo la mano para

rechazar un pensamiento que temía confesarse a sí mismo-, no me digas que se llama

Steerforth!

-Señorito Davy -exclamó Ham con la voz rota-, no es culpa de usted… y estoy muy

lejos de acusarle; pero… su nombre es Steerforth, y ¡es un miserable!

Míster Peggotty no lanzó un grito, no vertió una lágrima, no hizo un movimiento; pero

al cabo de un rato pareció que se despertaba de pronto y se puso a descolgar un grueso

capote, que estaba suspendido en un rincón del techo.

-Ayudadme un poco; estoy destrozado y no consigo hacer nada. Ayudadme un poco.

¡Bien! -añadió cuando se le hubo ayudado- Ahora dadme mi sombrero.

Ham le preguntó dónde iba.

-Voy a buscar a mi sobrina, voy a buscar a mi Emily. Y antes voy a hundir el barco ese

donde he debido ahogarle; sí, tan verdad como estoy vivo que lo habría hecho si hubiera

podido sospechar lo que meditaba. Cuando estaba sentado frente a mí -dijo como un loco,

extendiendo el puño cerrado-; cuando estaba sentado frente a mí, que me parta un rayo si

no le hubiera ahogado y si no hubiera estado convencido de que obraba bien. ¡Voy a

buscar a mi sobrina!

-¿Dónde? -exclamó Ham poniéndose delante de la puerta.

-¿Qué importa dónde? Voy a buscar a mi sobrina por el mundo. Voy a buscar a mi

pobre niña en su vergüenza y a traerla conmigo. Que no me detengan. ¡Digo que voy a

buscar a mi sobrina!

-No, no –exclamo mistress Gudmige, que vino a interponerse entre ellos en un acceso

de dolor-; no, no, Daniel. En el estado en que estás, no. Irás a buscarla pronto, mi pobre

Dan, es muy justo; pero ahora no. Siéntate y perdóname el haberte atormentado tanto,

Dan… (¿qué son mis penas al lado de esta?) y hablemos de los tiempos en que ella se

quedó huérfana y Ham huérfano; cuando yo era una pobre viuda y tú me habías recogido.

Esto calmará tu pobre corazón, Daniel -dijo apoyando su cabeza en el hombro de míster

Peggotty-, y soportarás mejor tu dolor, pues ya conoces la promesa, Daniel: «Lo que

hayas hecho por el menor de tus hermanos será como si me lo hubieras hecho a mí

mismo», y esto no podrá por menos que cumplirse bajo este techo que nos ha servido de

abrigo durante tantos años, ¡tantos años!

Parecía que se había vuelto insensible, y cuando le oí llorar, en lugar de ponerme de

rodillas, como tenía ganas de hacer para pedirles perdón por el dolor que les había

causado y para maldecir a Steerforth, hice más: di a mi corazón oprimido el mismo

desahogo, y lloré con ellos.

CAPÍTULO XII

EL PRINCIPIO DE UN LARGO VIAJE

Supongo que lo que es natural en mí es natural en todo el mundo, y por eso no temo

decir que nunca he querido más a Steerforth que en el momento en que los lazos que nos

unían se habían roto. En la amarga angustia que me causaba el descubrimiento de su

crimen recordaba más claramente que nunca sus brillantes cualidades; apreciaba más

vivamente todo lo que había bueno en él; hacía más completa justicia a todas las

facultades que hubieran podido hacer de él un hombre de una naturaleza noble y

excepcional; lo veía todo más claro que en la época más ardiente de mi abnegación

pasada; me resultaba imposible no sentir profundamente la parte involuntaria que había

tenido en la mancha que caía sobre aquella familia honrada, y, sin embargo, creo que si

me hubiera encontrado frente a frente con él no habría tenido fuerzas para dirigirle ni un

solo reproche. Le hubiese amado tanto todavía, aunque mis ojos estuvieran abiertos;

hubiese conservado un recuerdo tan tierno de mi afecto por él, que me temo habría sido

débil como un niño que no sabe más que llorar y olvidar; pero claro que no se me ocurrió

pensar en una reconciliación entre nosotros. Fue un pensamiento que no abrigué jamás.

Sentía, como él mismo lo había sentido, que todo había terminado entre él y yo. Nunca he

sabido qué recuerdo había conservado de mí; quizá no era más que un recuerdo ligero,

fácil de desechar; pero yo, yo lo recordaba como a un amigo muy querido que me hubiera

arrebatado la muerte.

Sí, Steerforth; desde que has desaparecido de la escena de este pobre relato, no digo que

mi dolor no presentará involuntariamente testimonio contra ti ante el trono del Juicio Final;

pero no temas que mi cólera ni mis reproches acusadores lo persigan por sí mismos.

La noticía de lo que acababa de ocurrir se extendió pronto por el pueblo, y al pasar por

las calles al día siguiente por la mañana oía a los habitantes hablar de ello delante de sus

puertas. Había muchas gentes que se mostraban muy severas con ella; otras, con él; pero

sólo había una opinion respecto a su padre adoptivo o a su novio. Todo el mundo, de

todas condiciones, demostraba por su dolor un respeto lleno de cuidados y delicadezas.

Los marineros permanecieron alejados cuando los vieron andar lentamente por la playa

muy de madrugada, y formaron grupos donde sólo se hablaba de ellos para

compadecerlos.

Los encontré en la playa a la orilla del mar, y me habría sido fácil observar que no

habían pegado ojo, aunque Peggotty no me hubiera dicho que la mañana les había

sorprendido sentados todavía donde los había dejado la víspera. Parecían agotados, y me

pareció que aquella sola noche había inclinado la cabeza de míster Peggotty más que

todos los años transcurridos desde que yo le conocía. Pero los dos estaban graves y

tranquilos como el mismo mar que se extendía ante nosotros sin una ola, bajo un cielo

sombrío, aunque el oleaje duro demostrase claramente que respiraba dentro de su reposo

y aunque una banda de luz que iluminaba el horizonte hiciera adivinar detrás la

presencia,del sol, invisible todavía tras de las nubes.

-Hemos hablado mucho, señorito -me dijo míster Peggotty, después de que dimos los

tres reunidos algunas vueltas por la arena, en silencio-, de lo que debíamos y no debíamos

hacer. Pero ahora ya está decidido.

Lancé por casualidad una mirada a Ham. En aquel momento miraba el resplandor que

iluminaba al mar en la lejanía, y aunque su rostro no estaba animado por la cólera y, a lo

que recuerdo, sólo podía leer una expresión resuelta y sombría, se me ocurrió el terrible

pensamiento de que si encontraba alguna vez a Steerforth lo mataría.

-Mi deber aquí está cumplido, señorito -dijo míster Peggotty-, y voy a buscar a mi… -

Después se detuvo y añadió con voz más segura:

-Voy a buscarla; es mi única misión desde ahora,

Sacudió la cabeza cuando le pregunté dónde la buscaría, y me preguntó si me marchaba

a Londres al día siguiente. Le dije que si no me había marchado ya era por temor de

desperdiciar la ocasión si podía ayudarle en algo; pero que estaba dispuesto a partir

cuando él quisiera.

-Mañana me iré con usted, señorito -dijo-, si le parece bien.

Dimos de nuevo algunos paseos en silencio.

-Ham continuará trabajando aquí -añadió después de un momento-. Se irá a vivir a casa

de mi hermana. En cuanto al viejo barco…

-¿Es que abandonará usted el viejo barco, míster Peggotty? -pregunté con dulzura.

-Mi sitio no está ya allí, señorito Davy; y si alguna vez ha naufragado un barco desde

que las tinieblas existen sobre la superficie del abismo, es este. Pero no, señorito, no; yo

no quiero abandonarlo, ni mucho menos.

Andamos otro rato en silencio, y después continuó:

-Lo que deseo, señorito, es que esté siempre, día y noche, invierno como verano, tal

como ella lo ha conocido siempre desde la primera vez que lo vio. Si alguna vez sus

pasos errantes se dirigen hacia aquí, no quiero que su antigua morada parezca rechazarla;

al contrario, quiero que la invite a acercarse a la vieja ventana, como un aparecido, para

mirar, a través del viento y la lluvia, su rinconcito al lado del fuego. Entonces, señorito

Davy, quizá viendo a mistress Gudmige sola tenga valor y se deslice dentro temblando;

quizá se deje acostar en su antigua camita y repose su cabeza fatigada allí donde antes se

dormía tan alegremente.

No pude contestar, a pesar de todos mis esfuerzos.

-Todas las noches -continuó míster Peggotty-, a la caída de la tarde, la luz se pondrá

como de costumbre en la ventana, con el fin de que si algún día llega a verla crea que se

oye llamar con dulzura: «Vuelve, hija mí; vuelve». Y si alguna vez llaman a la puerta de

tu tía por la noche, Ham, sobre todo si llaman suavemente, no vayas a abrir tú. ¡Que sea a

mi hermana y no a ti a quien vea primero la pobre niña!

Dio algunos pasos y anduvo delante de nosotros unos momentos. Durante aquel

intervalo lancé de nuevo una mirada a Ham, y viendo la misma expresión en su rostro,

con la mirada siempre fija en el resplandor lejano, le toqué en el brazo. Le llamé dos

veces por su nombre como si hubiera querido despertar a un hombre dormido, sin que me

hiciera caso. Cuando por fin le pregunté en qué pensaba, me respondió:

-En lo que tengo delante de mí, señorito Davy, y en lo de más allá.

-¿En la vida que se abre ante ti, quieres decir?

Me había señalado vagamente el mar.

-Sí, señorito Davy; no sé bien lo que es, pero me parece… que es de allá abajo de donde

vendrá el fin.

Y me miró como un hombre que se despierta; pero con la misma resolución.

-¿El fin de qué? -pregunté, sintiendo renacer mis temores.

-No lo sé -dijo con aire pensativo-; recordaba que era aquí donde había empezado todo,

y… naturalmente, pensaba que aquí es donde debe terminar. Pero no hablemos más,

señorito Davy -añadió, respondiendo, según pareció, a mi mirada-; no tenga miedo; estoy

tan inquieto, me parece, que no sé…

Y, en efecto, no sabía dónde estaba, y su espíritu vagaba en la mayor confusión.

Míster Peggotty se detuvo para damos tiempo a que le alcanzáramos y no continuamos;

pero el recuerdo de mis primeros temores me volvió más de una vez hasta el día en que el

inexorable fin llegó en el momento fijado.

Nos habíamos acercado sin damos cuenta al barco. Entramos. Mistress Gudmige, en

lugar de lamentarse en su rincón de costumbre, estaba muy ocupada preparando el

desayuno. Acercó una silla a míster Peggotty, le cogió el sombrero y habló con tal

dulzura y buen sentido, que no la reconocía.

-Vamos, Daniel, buen hombre –decía-, hay que comer y beber para conservar las

fuerzas; si no no podrás hacer nada. Vamos, un esfuerzo, y valor, querido, y si lo molesto

con mi charla, me lo dices y termino.

Cuando nos hubo servido a todos se retiró al lado de la ventana para repasar las camisas

y demás trapos de míster Peggotty, que dobló después con cuidado para encerrarlos en un

viejo saco de hule como los que llevan los marineros. Durante aquel tiempo continuaba

hablando con la misma dulzura.

-Siempre, en todas las estaciones del año -decía mistress Gudmige-, continuaré aquí, y

todo seguirá como deseas. No soy muy instruida, pero te escribiré de vez en cuando,

cuando te hayas marchado, y enviaré mis cartas al señorito Davy. Quizá tú también me

escribas alguna vez, Dan, para decirme cómo te encuentras mientras viajas solo en tus

tristes pesquisas.

-Temo que tu vayas a encontrar muy aislada —dijo míster Peggotty.

-No, no, Daniel; no hay cuidado; no te preocupes por mí. ¿Te parece poco

entretenimiento tener todas las cosas en orden -mistress Gudmige se refería a la casapara

tu regreso y para el de todos los que puedan volver, Dan? Cuando haga buen tiempo

me sentaré a la puerta, como hacía siempre. Y si alguien vuelve, podrá ver desde lejos a

la vieja viuda, a la fiel guardiana del hogar.

¡Qué cambio había dado mistress Gudmige en tan poco tiempo! Era otra persona. Tan

abnegada, tan comprensiva, consciente de lo que era bueno decir y de lo que convenía

callar; pensando tan poco en sí misma y tan preocupada con la pena de los que la

rodeaban, que yo la miraba con una especie de veneración. ¡Cuánto trabajo aquel día!

Había en la playa muchísimas cosas que convenía guardar en el cobertizo: velas, redes,

remos, cuerdas, palos, cazuelas para las langostas, sacos de arena para el lastre, etc. Y

aunque la ayuda no faltó, pues no hubo en la playa un par de manos que no estuvieran

dispuestas a trabajar con toda su alma para míster Peggotty, y demasiado dichosas de

poder ayudarle en algo, sin embargo, mistress Gudmige continuó todo el día arrastrando

fardos muy por encima de sus fuerzas, y corriendo de acá para allá ocupada en una

multitud de cosas inútiles. Y nada de sus lamentaciones de costumbre sobre sus

desgracias; parecía haberlas olvidado por completo. Estuvo todo el día serena y tranquila,

a pesar de su viva y buena simpatía, lo que no era de lo menos sorprendente en el cambio

que se había operado en ella. Ni un momento de mal humor. Ni una sola vez pude

observar que su voz temblase o que cayera una lágrima de sus ojos; únicamente por la

noche, a la caída de la tarde, cuando se quedó sola con míster Peggotty, que se durmió

agotado, se deshizo en lágrimas y trató en vano de retener sus sollozos. Después, llevándome

hacia la puerta, me dijo:

-¡Que Dios le bendiga, señorito Davy! ¡Sea usted siempre tan buen amigo para el pobre

hombre!

Después salió a lavarse los ojos antes de volver a sentarse a su lado, para que al

despertar la encontrara tranquilamente trabajando. En una palabra, cuando los dejé por la

noche era ella el apoyo y el sostén de míster Peggotty en su tristeza, y yo no me cansaba

de pensar en la lección que mistress Gudmige me había dado y en el nuevo aspecto del

corazón humano que me acababa de descubrir.

Serían las nueve y media cuando, paseándome tristemente por el pueblo, me detuve a la

puerta de míster Omer. Minnie me dijo que a su padre le había afligido tanto lo ocurrido,

que había estado todo el día triste y se había acostado sin fumar su pipa.

-¡Es una muchacha perdida, un mal corazón -dijo mistress Joram-; nunca ha valido

nada, ¡nunca!

-No diga usted eso -repliqué-, porque no lo siente.

-Sí que lo siento -dijo mistress Joram con cólera.

-No, no -le dije yo.

Mistress Joram bajó la cabeza tratando de conservar su expresión dura y severa, pero no

pudo triunfar sobre su emoción y se echó a llorar. Yo era joven, es verdad; pero aquella

simpatía me dio muy buena opinión de ella, y me pareció que, en su calidad de mujer y

madre irreprochable, aquello era todavía más de apreciar.

-¿Qué será de ella? -decía Minnie sollozando-. ¿Dónde irá? ¡Dios mío! ¿Qué será de

ella? ¡Oh! ¿Cómo ha podido ser tan cruel consigo misma y con Ham?

Yo recordaba los tiempos en que Minnie era una linda muchachita, y me gustaba ver

que también ella los recordaba con tanta emoción.

-Mi pequeña Minnie –dijo mistress Joram- se acaba de dormir ahora mismo. Hasta en

sueños solloza por Emily. Todo el día ha estado llamándola y preguntándome a cada

momento si Emily era mala. ¿Qué le voy a contestar? La última noche que Emily ha

pasado aquí se quitó la cinta de su cuello y se la puso a la nena; después puso su cabeza

en la almohada, al lado de la de Minnie, hasta que se durmió profundamente. Ahora la

cinta continúa alrededor del cuello de mi pequeña Minnie. Quizá no debía consentirlo;

pero ¿qué quiere usted que haga? Emily es muy mala; pero ¡se querían tanto! Además, la

niña no tiene conocimiento.

Mistress Joram estaba tan triste, que su marido salió de su habitación para consolarla.

Los dejé juntos y emprendí el camino hacia casa de Peggotty, quizá más melancólico que

nunca.

Aquella excelente criatura (me refiero a Peggotty), sin pensar en su cansancio ni en sus

preocupaciones recientes, ni en tantas noches que había pasado sin dormir, se había

quedado en casa de su hermano para no abandonarle hasta el momento de su partida, y en

la casa no había conmigo más que una mujer vieja, que se encargaba de la limpieza hacía

unas semanas, cuando Peggotty no pudo ya ocuparse. Como yo no tenía ninguna

necesidad de sus servicios, la mandé acostarse, con gran satisfacción suya, y me senté

delante del fuego de la cocina, para reflexionar un poco sobre todo lo que había ocurrido.

Confundía los últimos sucesos con la muerte de Barkis, y veía al mar, que se retiraba a

lo lejos; recordaba la mirada extraña que Ham había fijado en el horizonte, cuando fui sacado

de mis sueños por un golpe dado en la puerta. La puerta tenía aldaba; pero el ruido

no era de la aldaba: era una mano la que había llamado, y muy abajo, como si fuera un

niño el que quería que le abrieran.

Me apresuré más que si hubiera sido un lacayo oyendo un aldabonazo en casa de un

personaje de distinción; abrí, y en el primer momento, con gran sorpresa, no vi más que

un inmenso paraguas, que parecía andar solo; pero pronto descubrí bajo su sombra a miss

Mowcher.

No hubiese estado muy dispuesto a recibir bien a aquella criatura si en el momento de

retirar su paraguas, que no conseguía cerrar, hubiera encontrado en su rostro aquella

expresión grotesca que tanta impresión me causó en nuestro primer encuentro. Pero

cuando me miró fue con una expresión tan grave, que le quité el paraguas (cuyo volumen

hubiera sido incómodo hasta para el gigante irlandés), mientras ella extendía sus manos

con una expresión de dolor tan viva que sentí hasta simpatía por ella.

-Miss Mowcher -dije después de haber mirado a derecha a izquierda en la calle desierta

sin saber lo que buscaba-, ¿cómo está usted aquí? ¿Qué le pasa a usted?

Me hizo señas con su corto brazo derecho de que cerrara el paraguas, y entrando con

precipitación pasó a la cocina. Cerré la puerta y la seguí con el paraguas en la mano,

encontrándola ya sentada en un rincón, balanceándose hacia adelante y hacia atrás y

apretándose las rodillas con las manos como una persona que sufre.

Un poco inquieto por aquella visita inoportuna y por ser único espectador de aquellas

extrañas gesticulaciones, exclamé de nuevo:

-Miss Mowcher, ¿qué le ocurre a usted? ¿Está usted enferma?

-Hijo mío -replicó miss Mowcher apretando sus manos contra su corazón-, estoy

enferma, muy enferma, cuando pienso en lo que ha ocurrido y en que hubiese podido

saberlo, impedirlo quizá, si no hubiera estado tan loca y aturdida como estoy.

Y su gran sombrero, tan poco apropiado a su estatura de enana, se balanceaba siguiendo

los movimientos de su cuerpecito y haciendo bailar al unísono tras de ella, en la pared, la

sombra de un sombrero gigantesco.

-Estoy muy sorprendido -empecé a decir- de verla tan seriamente preocupada… -Pero

me interrumpió:

-Sí, siempre me ocurre lo mismo. Todos los seres privilegiados que tienen la suerte de

llegar a su pleno desarrollo se sorprenden de encontrar sentimientos en una pobre enana

como yo. No soy para ellos más que un juguete, con el que se divierten, para tirarme a la

basura cuando se cansan; se imaginan que no tengo más sensibilidad que un caballo de

cartón o un soldado de plomo. Sí, sí; eso me ocurre siempre; no es cosa nueva.

-Yo no puedo hablar más que de mí; pero le aseguro que no soy de ese modo. Quizá no

hubiera debido sorprenderme de verla a usted en ese estado, puesto que no la conozco

apenas. Dispénseme; se lo he dicho sin intención.

-¿Qué quiere usted que haga? -replicó la mujercita, en pie, y levantando los brazos para

que la viera mejor-. Vea usted: mi padre era como yo; mi madre, lo mismo; mi hermano,

también, a igualmente mi hermana. Trabajo para mi hermano y mi hermana desde hace

muchos años… sin descanso, míster Copperfield, todo el día. Hay que vivir. Yo no hago

daño a nadie. Si hay personas lo bastante crueles para burlarse de mí, ¿qué quiere usted

que haga yo? Tengo que hacer lo mismo que ellos; y por eso he llegado a reírme de mí

misma, de los que se ríen de mí y de todo. Se lo pregunto: ¿quién tiene la culpa? Por lo

menos yo no la tengo.

No, no; veía muy bien que no era la culpa de miss Mowcher.

-Si hubiera dejado sospechar a su pérfido amigo que no por ser enana dejaba de tener

un corazón como el de cualquier otro -continuó, moviendo la cabeza con expresión de

reproche-, ¿cree usted que me habría demostrado nunca el menor interés? Si la pequeña

Mowcher (no tiene la culpa de ser como es, pues no se ha hecho a sí misma, caballero) se

hubiera dirigido a él o a cualquiera de sus semejantes en nombre de sus desgracias, ¿cree

usted que habrían escuchado siquiera su vocecita? Sin embargo, la pequeña Mowcher

necesitaba vivir, aunque hubiera sido la más tonta y la más gruñona de los pigmeos; pero

no hubiese conseguido nada, ¡oh, no! Se habría agotado pidiendo un pedazo de pan, y la

hubiesen dejado morir de hambre; y, sin embargo, ¡no puede alimentarse del aire!

Miss Mowcher se sentó de nuevo, sacó su pañuelo y se enjugó los ojos.

-¡Vamos! Si tiene usted el corazón bueno, como creo, más bien me debía felicitar por

haber tenido el valor, dentro de lo que soy, de soportarlo todo alegremente. Yo misma me

felicito de poder hacer mi poquito de camino en el mundo sin deber nada a nadie y sin

tener que dar por el pan que me lanzan al pasar, por tontería o vanidad, más que algunas

bufonadas a cambio. Y si no me paso la vida lamentándome por lo que me falta, mejor

para mí; con eso no hago daño a nadie. Y si os tengo que servir de juguete a vosotros los

gigantes, al menos tratad con dulzura al juguete.

Miss Mowcher volvió a guardarse el pañuelo en el bolsillo, y mirándome intensamente

prosiguió:

-Le he visto hace un momento en la calle. Como supondrá usted, yo no puedo andar tan

deprisa como usted, con mis piernas cortas y mi débil aliento, y no he podido alcanzarle;

pero adivinaba dónde se dirigía usted y lo he seguido. Ya he venido hoy una vez aquí;

pero la buena mujer no estaba en casa.

-¿Es que la conoce usted? -le pregunté.

-He oído hablar de ella -replicó- en casa de Omer y Joram. Esta mañana, a las siete,

estaba allí. ¿Recuerda usted lo que Steerforth me dijo de esa desgraciada niña el día en

que los vi a los dos en el hotel?

El gran sombrero que llevaba en la cabeza miss Mowcher y el más grande todavía que

se reflejaba en la pared empezaron a columpiarse de nuevo cuando me hizo esta pregunta.

Le contesté que lo recordaba muy bien y que había pensado muchas veces en ello

durante el día.

-¡Que el padre de la mentira le confunda -dijo la enanita levantando un dedo ante sus

ojos llameantes- y que confunda diez veces más a su miserable criado! Y yo convencida

de que era usted el que tenía por ella una pasión desde hacía muchos años.

-¿Yo? -repetí.

-¡Qué niño es usted y qué mala suerte tan ciega! -exclamó miss Mowcher torciéndose

las manos con impaciencia-. ¿Por qué la elogiaba usted tanto, ruborizado y confuso?

No podía negar que decía la verdad, aunque había interpretado mal mi emoción.

-¿Cómo iba yo a adivinarlo? -dijo miss Mowcher sacando de nuevo su pañuelo y

golpeando con el pie cada vez que se enjugaba los ojos con las dos manos-. Yo me daba

cuenta de que Steerforth le atormentaba a usted y le mimaba al mismo tiempo, y que

usted era como cera blanda entre sus manos. Y no hacía un momento que había dejado la

habitación, cuando su criado me dijo que el joven inocente (así le llamaba; usted puede

llamarle el viejo canalla sin perjudicarle) estaba loco por la chica y la chica por él; que su

señor estaba decidido a que las cosas no tuvieran malas consecuencias, más por afecto a

usted que por ella, y que con ese objeto estaban en Yarmouth. ¿Cómo no creerle? Había

visto que Steerforth le mimaba a usted y le halagaba haciendo el elogio de la muchacha.

Usted fue quien habló de ella el primero. Usted confesó que hacía tiempo la había amado.

Tenía calor y frío, enrojecía y palidecía cuando yo hablaba de ella. ¿Qué quiere usted que

pensara sino que era usted un pequeño libertino en ciernes, a quien no faltaba más que la

experiencia, y que entre las manos en que había caído la experiencia no le faltaría mucho

tiempo si no se encargaba de dirigirla por el buen camino, como era su capricho? ¡Oh, oh,

oh! Es que tenían miedo de que descubriese la verdad -exclamó miss Mowcher

levantándose para trotar de arriba abajo por la cocina y levantando al cielo sus dos

bracitos desesperadamente-; sabían que soy bastante viva, pues lo necesito para salir

adelante en el mundo, y se pusieron de acuerdo para engañarme; y me hicieron dar a

aquella desgraciada una carta, el origen, me temo mucho, de sus relaciones con Littimer,

que se quedó aquí expresamente para ello.

Quedé confundido ante la revelación de tanta perfidia, y miré a miss Mowcher, que

seguía paseándose. Cuando estuvo rendida se volvió a sentar y se enjugó el rostro con el

pañuelo, sacudió la cabeza y no hizo más movimiento ni interrumpió el silencio.

-Mis viajes por provincias me han llevado ayer noche a Norwitch, míster Copperfield

-añadió por fin-. Lo que por casualidad he sabido del secreto que había envuelto su

llegada y su partida me extrañó al saber que usted no formaba parte de ella, y me hizo

sospechar algo. Y ayer noche tomé la diligencia de Yarmouth en el momento en que pasaba

por Norwitch, y he llegado aquí esta mañana, demasiado tarde, ¡ay!, ¡demasiado

tarde!

La pobre miss Mowcher se estremecía a fuerza de llorar y de desesperarse; después se

volvió hacia el fuego para calentar sus piececitos mojados entre las cenizas, y se quedó

allí como una gran muñeca, con los ojos fijos en el fuego.

Yo estaba sentado en una silla al otro lado de la chimenea, sumido en mis tristes

reflexiones y mirando tan pronto al fuego como a ella.

-Tengo que marcharme -dijo, por último, levantándose-, es tarde. ¿Usted no desconfiará

de mí?

Al encontrar su mirada penetrante, más penetrante que nunca, cuando me dirigió

aquella pregunta, no pude responder con un «no» franco del todo.

-Vamos -dijo aceptando la mano que le ofrecía para pasar por encima del guardafuegos

y mirándome suplicante-, sabe usted muy bien que si fuera una mujer de estatura

corriente no desconfiaría.

Comprendí que tenía mucha razón, y me avergonce un poco de mí mismo.

-Es usted muy joven -me dijo- Escuche usted un consejo, aunque sea de una criatura

como yo, que no levanta tres pies del suelo. Trate, amigo mío, de no confundir las deformidades

físicas con las morales, a menos que tenga razones para ello.

Cuando se vio libre del guardafuegos y yo de mis sospechas, le dije que no dudaba de

que me había explicado fielmente sus sentimientos, y que los dos habíamos sido instrumentos

ciegos en aquellas pérfidas manos. Miss Mowcher me dio las gracias, añadiendo

que era un buen muchacho.

-Ahora, fíjese -dijo en el momento de llegar a la puerta, volviéndose a mirarme con el

dedo levantado y expresión maliciosa- Tengo razones para suponer, por lo que he oído

decir (pues siempre tengo el oído pronto; debo utilizar las facultades que poseo), que han

partido para el extranjero. Pero si vuelven, o alguno de los dos vuelve estando yo viva,

tengo más facilidades que otro para saberlo, pues ando siempre de un lado para otro; todo

lo que yo sepa lo sabrá usted, y si puedo alguna vez ser útil de cualquier modo a esa

pobre niña, lo haré con toda mi alma, si Dios quiere. En cuanto a Littimer, más le valdría

tener un perro dogo tras de sus huellas que a la pequeña Mowcher.

No pude por menos de dar fe interiormente a aquella promesa cuando vi la expresión de

su mirada.

-Sólo le pido que tenga en mí la misma confianza que tendría en una mujer de estatura

corriente, ni más ni menos -dijo la criaturita cogiéndome, suplicante, la mano-. Si usted

vuelve a verme de un modo diferente a como me ve ahora; si me ve enloquecer, como me

ha visto la primera vez, fíjese en la gente que me rodea. Recuerde que soy una pobre

criatura sin socorro y sin defensa. Figúrese usted a miss Mowcher volviendo a su casa por

la noche, reuniéndose con su hermano, que es como ella, y con su hermana, que también

lo es, después de terminar su jornada de trabajo, y quizá entonces sea usted más

indulgente conmigo y no se sorprenda de mi pena ni de mi gravedad. ¡Buenas noches!

Estreché la mano de miss Mowcher con una opinión muy diferente de la que me había

inspirado hasta entonces, y sostuve la puerta para que saliera. No era poco el abrir el

enorme paraguas y ponerlo en equilibrio en su mano; sin embargo lo conseguí, y la vi

bajar por la calle á través de la lluvia sin que nada indicase que había una persona debajo

del paraguas, excepto cuando el agua que rebosaba de algunos canalones descargaba

sobre él y le hacía inclinarse a un lado; entonces aparecía miss Mowcher en peligro,

haciendo violentos esfuerzos para enderezarle.

Después de salir una o dos veces para socorrerla, pero sin resultado, pues algunos pasos

más lejos el paraguas empezaba otra vez a saltar ante mí como un gran pájaro antes de

que le alcanzara, entré a acostarme y me dormí hasta la mañana.

Míster Peggotty y mi niñera vinieron a buscarme muy temprano, y nos dirigimos a las

oficinas de la diligencia, donde mistress Gudmige nos esperaba con Ham para decirnos

adiós.

-Señorito Davy -me dijo Ham en voz baja y aparte, mientras míster Peggotty ponía su

saco al lado del equipaje-; su vida está completamente destrozada; no sabe dónde va; no

sabe lo que le espera; empieza un viaje que le va a llevar de aquí para allá hasta el fin de

su vida (puede usted contar con ello), si es que no encuentra lo que busca. ¡Sé que será

usted siempre un amigo para él, señorito Davy!

-Puedes estar seguro -le dije estrechando afectuosamente su mano.

-¡Gracias, gracias! Todavía una palabra. Yo me gano bien la vida, ¿sabe usted, señorito

Davy? Es más; ahora no sabré en qué gastar lo que gano, ya no necesito más que lo justo

para vivir. Si usted pudiera gastarlo por él, señorito, trabajaría de mejor gana. Aunque, en

cuanto a eso -continuó en tono firme y dulce-, puede usted estar seguro de que no dejaré

de trabajar como un hombre y que lo haré lo mejor que pueda.

Le dije que estaba convencido de ello, y no le oculté mi esperanza de que llegara un

tiempo en que renunciaría a la vida solitaria a que por momentos se creía condenado para

siempre.

-No, señorito -dijo moviendo la cabeza-. Todo eso ha pasado para mí. Nunca nadie

podrá llenar el vacío que ha dejado. Y no olvide que aquí siempre habrá dinero de más,

señorito Davy.

Le prometí tenerlo en cuenta, al mismo tiempo que le recordaba que míster Peggotty

tenía ya una renta, modesta, es verdad, pero segura, gracias al legado de su cuñado. Después

nos despedimos uno del otro. No puedo dejar sin recordar su valor sencillo y

conmovedor y su pena tan honda.

En cuanto a mistress Gudmige, si tuviera que describir las carreras que dio por la calle

al lado de la diligencia sin ver otra cosa, a través de las lágrimas que trataba de retener,

más que a míster Peggotty sentado en la imperial, lo que la hacía tropezar contra todos

los que iban en dirección contraria, me vería obligado a lanzarme en una empresa muy

difícil. Prefiero dejarla por fin sentada en los escalones de una panadería, sin aliento, con

el sombrero que ya no tenía forma y uno de los zapatos esperándola en medio de la calle,

a una distancia considerable.

Al llegar al término de nuestro viaje, la primera ocupación fue buscar a Peggotty un

alojamiento donde su hermano pudiera tener una cama; y tuvimos la suerte de encontrar

enseguida uno muy limpio y barato, encima de la tienda de un vendedor de velas, y

separado de mi casa solamente por dos calles. Después de apalabrar la habitación compré

carne y fiambre en una tienda y llevé a mis compañeros de viaje a tomar el té a mi casa,

exponiéndome, siento decirlo, a no obtener la aprobación de mistress Crupp, sino muy al

contrario. Sin embargo, debo mencionar aquí, para que se conozcan bien las cualidades

contradictorias de aquella estimable dama, que le sorprendió mucho ver a Peggotty

remangarse su traje de viuda, diez minutos después de llegar, para ponerse a limpiar mi

alcoba. Mistress Crupp miraba esta usurpación de su cargo como una libertad que se

tomaba, y ella no consentía nunca que nadie se tomara libertades con ella.

Míster Peggotty me había comunicado en el camino a Londres un proyecto que no me

sorprendió. Tenía la intención de ver a mistress Steerforth en primer lugar. Yo me sentía

obligado a ayudarle en aquella empresa y a servir de mediador entre ellos, por lo que, con

objeto de cuidar lo más posible de la sensibilidad de la madre, le escribí aquella misma

noche. Le explicaba, lo más suavemente que podía, el daño que se le había hecho a míster

Peggotty y el derecho que también yo tenía por mi parte para quejarme de aquel

desgraciado suceso. Le decía que era un hombre de clase inferior, pero de carácter dulce

y elevado, y que me atrevía a esperar que no se negara a verle en la desgracia que le agobiaba.

Le pedía que nos recibiera a las dos de la tarde, y envié yo mismo la carta, con la

primera diligencia de la mañana.

A la hora fijada estábamos delante de la puerta…, la puerta de aquella casa en que había

sido tan dichoso algunos días antes y donde había entregado con tanta alegría toda mi

confianza y todo mi corazón; aquella puerta que desde ahora me estaba cerrada y que no

miraba yo más que como una ruina desolada.

Littimer no estaba. La muchacha que le había reemplazado, con gran satisfacción mía,

desde mi última visita, fue la que nos abrió y nos condujo a la sala. Mistress Steerforth

estaba allí. Rose Dartle, en el momento que entramos, dejó la silla que ocupaba y fue a

colocarse de pie detrás del sillón de mistress Steerforth.

Al momento me di cuenta, por el rostro de la madre, de que estaba enterada por su

mismo hijo de lo que había hecho. Estaba muy pálida, y sus facciones tenían la huella de

una emoción demasiado profunda para poderla atribuir únicamente a mi carta, sobre todo

teniendo en cuenta las dudas que le hubiera hecho abrigar su ternura.

En aquel momento la encontré más parecida que nunca a su hijo, y vi, más con mi

corazón que con mis ojos, que mi compañero no estaba menos sorprendido que yo del

parecido.

Sentada muy derecha en su butaca, con aire majestuoso, imperturbable, impasible,

parecía que nada en el mundo sería capaz de turbarla. Miró con orgullo a míster Peggotty,

pero él no la miraba con menos entereza. Los ojos penetrantes de Rose Dartle nos

abrazaban a todos. Durante un momento el silencio fue completo. Mistress Steerforth

hizo un signo a míster Peggotty para que se sentara.

-No me parecería natural, señora -dijo en voz baja-, sentarme en esta casa; prefiero

continuar de pie.

Nuevo silencio, que ella rompió diciendo:

-Sé lo que le trae aquí y lo lamento profundamente. ¿Qué desea usted de mí? ¿Qué

quiere usted que haga?

Míster Peggotty, sosteniendo el sombrero debajo del brazo, buscó en su pecho la carta

de su sobrina, la sacó, la desdobló y se la entregó.

-Haga usted el favor de leer eso, señora; ¡lo ha escrito mi sobrina!

Ella lo leyó con la misma impasible gravedad. No pude percibir en sus rasgos la menor

huella de emoción. Después devolvió la carta.

-«A no ser que me traiga después de haber hecho de mí una señora» -dijo míster

Peggotty siguiendo con el dedo las palabras- Vengo a saber si cumplirá su promesa.

-No -replicó ella.

-¿Por qué no? -preguntó míster Peggotty.

-Porque es imposible; sería una deshonra para mi hijo; no puede usted ignorar que está

muy por debajo de él.

-Levántenla hasta ustedes -dijo míster Peggotty.

-Es ignorante y sin educación.

-Quizá sí, quizá no; pero no lo creo, señora -dijo míster Peggotty-; sin embargo, como

no soy juez en esas cosas, enséñenla lo que no sepa.

-Puesto que me obliga usted a hablar con mayor claridad (y siento tener que hacerlo),

su familia es demasiado humilde para que una cosa semejante sea verosímil, aunque no

hubiera ningún otro obstáculo.

-Escúcheme usted, señora -dijo míster Peggotty lentamente y muy serio-; usted sabe

cómo se quiere a un hijo; yo también. Si fuera hija mía no la podría querer más. Pero

usted no sabe lo que es perder un hijo y yo sí lo sé. Todas las riquezas del mundo, si

fueran mías, no me costarían nada para rescatarla. Arránquela al deshonor, y yo le doy mi

palabra de que no tendrá que temer el oprobio de verse unida a mi familia. Ninguno de

los que han vivido con ella y la han considerado como su tesoro durante tantos años

volverá a ver nunca su lindo rostro. Renunciaremos a ella, nos contentaremos con

recordarla, como si estuviera muy lejos, bajo otro cielo; nos contentaremos con confiarla

a su marido y a sus hijos, quizá, y esperaremos para volver a verla en el momento en que

todos seremos iguales ante Dios.

La sencilla elocuencia de sus palabras no dejó de producir efecto. Mistress Steerforth

persistía en su actitud altanera, pero su tono se había dulcificado un poco al contestarle:

-No justifico nada. No acuso a nadie, y siento tener que repetir que no es posible. Un

matrimonio así destruiría sin esperanza el porvenir de mi hijo. Eso no puede ser y no

será; esté usted seguro. Si hay alguna otra compensación…

-Estoy viendo un rostro que me recuerda por su parecido al que he visto frente a mí

-interrumpió míster Peggotty, con mirada firme y brillante- en mi casa, al lado de mi

fuego, en mi barco, en todas partes, con sonrisa de amigo, en el momento en que

meditaba una traición tan negra, que casi me vuelvo loco cuando lo recuerdo. Si el rostro

que se parece a aquel no se pone rojo como el fuego ante la idea de ofrecerme dinero a

cambio de la pérdida y la ruina de mi niña, es que no vale más que el otro; quizá vale

todavía menos, puesto que es el de una mujer.

Mistress Steerforth cambió de actitud al momento. Enrojeció de cólera y dijo con

altanería, apretando el brazo de su sillón:

-¿Y usted qué compensación me ofrece por el abismo que ha abierto entre nosotros?

¿Qué es su cariño comparado con el mío? ¿Qué es su separación al lado de la nuestra?

Miss Dartle la tocó suavemente a inclinó la cabeza para hablarla en voz baja; pero ella

no la escuchó.

-No, Rose; ni una palabra. ¡Quiero que este hombre me oiga hasta el final! Mi hijo, que

ha sido el único objeto de mi vida, a quien estaban consagrados todos mis pensamientos,

a quien no he negado un solo capricho desde su infancia, con el que he vivido una

existencia común desde su nacimiento, ¡enamorarse en un instante de una miserable

muchacha y abandonarme! ¡Recompensarme de mi confianza con una decepción

sistemática por amor a esa chica y dejarme por ella! ¡Sacrificar a ese odioso capricho el

derecho que tiene su madre a su respeto, a su afecto, a su obediencia, a su gratitud; los

derechos que cada día y cada hora de su vida debían haberle sido sagrados! ¿No es

también ese un daño irreparable?

De nuevo Rose Dartle trató de tranquilizarla, pero fue en vano.

-Te lo repito, Rose, ¡cállate! Si ¡ni hijo es capaz de exponerlo todo por el capricho más

frívolo, yo también puedo hacerlo por un motivo más digno de mí. ¡Que vaya donde

quiera con los recursos que mi amor le ha proporcionado! ¿Cree que me dominará con

una ausencia larga? ¡Conoce muy poco a su madre si cuenta con ello! ¡Que renuncie al

momento a ese capricho y será bienvenido! Si no renuncia al instante, que no intente

volver a acercarse a mí, ni vivo ni moribundo, mientras pueda levantar la mano para

oponerme, hasta que se olvide de ella para siempre y venga humildemente a pedirme

perdón. ¡Ese es mi derecho! ¡Ese es el abismo que han abierto entre nosotros! Y digan,

¿no es un daño irreparable? –dijo mirando a su visitante con la misma expresión altanera

de los primeros momentos.

Oyendo y viendo a la madre mientras pronunciaba aquellas palabras me parecía oír y

ver a su hijo responderle con un desafío. Encontraba en ella todo lo que había en él de

terquedad y obstinación. Todo lo que había podido apreciar por mí mismo de la energía

mal dirigida de Steerforth me hacía comprender mejor el carácter de su madre. Veía

claramente que sus almas, en su violencia salvaje, iban al unísono.

Mistress Steerforth me dijo entonces que le parecía una pérdida de tiempo seguir

hablando y que deseaba poner fin a la entrevista. Se levantó con dignidad para dejar la

habitación, pero míster Peggotty dijo que era inútil.

-No tema usted que le estorbe, señora; no tengo nada más que decir -añadió dando un

paso hacia la puerta-. He venido aquí sin esperanzas y sin esperanzas me voy. He hecho

lo que creía que debía hacer; pero no esperaba nada de mi visita. Esta casa maldita ha

hecho demasiado daño a los míos para que pueda razonablemente esperar algo.

Y salimos, dejándola de pie al lado de su butaca, como si estuviera posando para un

retrato de noble actitud, con un bello rostro.

Para salir teníamos que atravesar una galería de cristales que servía de vestíbulo; una

parra la cubría por completo con sus hojas; hacía un tiempo hermoso, y las puertas que

daban al jardín estaban abiertas. Rose Dartle entró por allí sin ruido, en el momento en

que pasábamos, y se dirigió a mí.

-Ha tenido usted una idea feliz -dijo- con traer a este hombre aquí.

Nunca hubiera creído que ni aun en aquel rostro se pudiera encontrar una expresión de

rabia y de desprecio como la que oscurecía sus rasgos y resplandecía en sus ojos negros.

La cicatriz del martillo estaba, como siempre en esos accesos, muy acusada. El temblor

nervioso que yo había observado ya la agitaba todavía, y trataba de ocultarlo.

-¡Qué bien ha escogido usted a su hombre para traerle aquí y servirle de campeón!, ¿no

es verdad? ¡Qué amigo fiel!

-Miss Dartle -repuse-, seguramente no es usted tan injusta como para acusarme a mí en

este momento.

-¿Para qué viene usted a separar a estas dos criaturas insensatas? -replicó ella-. ¿No ve

usted que están locos los dos de terquedad y orgullo?

-¿Es culpa mía acaso? -repliqué.

-Sí; es su culpa. ¿Por qué ha traído usted ese hombre aquí?

-Es un hombre al que han hecho mucho daño, mis Dartle -respondí-; quizá no lo sabe

usted.

-Sé que James Steerforth -dijo apretando la mano contra su pecho, como para impedir

que estallara la tormenta que reinaba en él- tiene un corazón pérfido y corrompido; sé que

es un traidor. Pero ¿qué necesidad tengo de preocuparme ni de saber lo que concierne a

este hombre ni a su miserable sobrina?

-Miss Dartle -repliqué-, envenena usted la llaga, y demasiado profunda es ya.

Solamente le repito, al dejarla, que no le hace justicia.

-No hago ninguna injusticia; uno de tantos miserables sin honor; en cuanto a ella,

querría que la azotaran.

Míster Peggotty pasó sin decir una palabra y salió.

-¡Oh! Es vergonzoso, miss Dartle; es vergonzoso -le dije con indignación-. ¿,Cómo

tiene usted corazón para pisotear así a un hombre destrozado por un dolor tan poco merecido?

-Querría pisotearlos a todos -replicó-. Querría ver su casa destruida de arriba abajo.

Querría que marcaran a su sobrina el rostro con un hierro candente, que la cubrieran de

harapos y la arrojaran a la calle para morir de hambre. Si tuviera el poder de juzgarla, he

aquí lo que mandaría que le hicieran; no, no; he aquí lo que le haría yo misma. ¡La odio,

la odio! Si pudiera echarle en cara su situación infame, iría al fin del mundo para hacerlo.

Si pudiera perseguirla hasta la tumba, lo haría. Si a la hora de su muerte hubiera una palabra

que pudiera consolarla y no hubiera nadie en el mundo que la supiera más que yo,

moriría antes que decírsela.

Toda la vehemencia de aquellas palabras sólo puede dar una idea muy imperfecta de la

pasión que la poseía y que brillaba en toda su persona, aunque había bajado la voz en

lugar de elevarla. Ninguna descripción podría expresar el recuerdo que he conservado de

ella en aquella embriaguez de furor. He visto la cólera bajo muchas formas, pero nunca la

he visto bajo aquella.

Cuando alcancé a míster Peggotty bajaba la colina lentamente, con aire pensativo. Me

dijo que, teniendo ya el corazón tranquilo de lo que había querido intentar en Londres,

tenía la intención de emprender aquella misma noche sus viajes. Le pregunté adónde

pensaba ir, y únicamente me respondió:

-Voy a buscar a mi sobrina, míster Davy.

Llegamos a su alojamiento, encima de la tienda de velas, y allí pude repetir a Peggotty

lo que me había dicho. Ella, a su vez, me dijo que lo mismo le había dicho a ella por la

mañana. No sabía más que yo dónde iría; pero pensaba que debía de tener algún proyecto

en la cabeza.

No quise dejarle en aquellas circunstancias, y comimos los tres reunidos una empanada

de buey, que era uno de los platos maravillosos que hacían honor al talento de Peggotty, y

cuyo perfume incomparable estaba todavía realzado (lo recuerdo divinamente) por un

olor compuesto de té, de café, de mantequilla, de tocino, de queso, de pan tierno, de madera

quemada, de velas y de salsa de setas que subía de la tienda sin cesar. Después de

comer nos sentamos al lado de la ventana durante cosa de una hora, sin hablar apenas;

después míster Peggotty se levantó, cogió su saco de hule y su cantimplora y los puso

encima de la mesa.

Aceptó como anticipo de su herencia una pequeña suma, que su hermana le dio en

dinero contante; apenas lo necesario para vivir un mes me pareció. Prometió escribirme si

llegaba a saber algo, y después, pasando la correa de su saco por su hombro, cogió su

sombrero y su bastón y nos dijo a los dos: «Hasta la vista».

-¡Que Dios lo bendiga, mi querida vieja! -dijo abrazando a Peggotty-. Y a usted

también, míster Davy -añadió estrechándome la mano, Voy a buscarla por el mundo. Si

volviera mientras yo no esté aquí (pero, ¡ay!, no es nada probable), o si yo la trajera, mi

intención es irme a vivir con ella donde nadie pueda dirigirle el menor reproche; si me sucediera

alguna desgracia, acordaos que las últimas palabras que he dicho para ella son: «

Que dejo a mi querida niña todo mi cariño inquebrantable y mi perdón».

Dijo esto en tono solemne, con la cabeza desnuda; después, volviendo a ponerse el

sombrero, se alejó. Le seguimos hasta la puerta. La tarde era cálida y había mucho polvo.

El sol poniente lanzaba raudales de luz sobre la calle, y el ruido constante de pasos se

había ensordecido un momento en la gran calle a que desembocaba nuestra callejuela.

Dio vuelta a la esquina de la calleja sombría, entró en la luz deslumbrante y desapareció.

Rara vez veía llegar aquella hora de la tarde, rara vez al despertarme de noche y ver la

luna y las estrellas, o si escuchaba caer la lluvia o soplar el viento, dejaba de pensar en el

pobre peregrino, que iba solo por los caminos, y recordaba sus palabras:

«Voy a buscarla por el mundo. Si me ocurriera una desgracia, acordaos de que las

últimas palabras que he dicho para ella son: "Dejo a mi niña querida todo mi cariño

inquebrantable y mi perdón".»

CAPÍTULO XIII

FELICIDAD

Durante todo aquel tiempo había seguido amando a Dora más que nunca. Su recuerdo

me servía de refugio en mis contrariedades y mis penas, y hasta me consolaba de la pérdida

de mi amigo. Cuanta más compasión tenía de mí mismo más piedad sentía por los

demás y más buscaba el consuelo en la imagen de Dora. Cuanto más lleno me parecía el

mundo de decepciones y de penas, más se levantaba la estreIla de Dora, pura y brillante,

por encima de él. No creo que tuviera una idea muy clara de la patria donde Dora había

nacido, ni del sitio encumbrado que ocupaba en la escala de arcángeles y serafines; pero

sé que hubiera rechazado con indignación y desprecio el pensamiento de que pudiera ser

una criatura humana como todas las demás señoritas.

Sí; puedo expresarme así; estaba absorto en Dora, pues no sólo estaba enamorado de

ella hasta perder la cabeza, sino que era un amor que penetraba todo mi ser. Se hubiera

podido sacar de mí (es una comparación) el amor suficiente para ahogar en él a un

hombre, y todavía hubiera quedado bastante para inundar mi existencia entera.

Lo primero que hice por mi propia cuenta al volver a Londres fue ir por la noche a

pasearme a Norwood, donde, según los términos de un respetable enigma que me

propusieron en la infancia, «di la vuelta a la casa sin tocar nunca la casa». Creo que este

difícil problema se aplica a la luna. Sea como sea, yo, el esclavo fanático de Dora, di

vueltas alrededor de la casa y del jardín durante dos horas, mirando a través de las

rendijas de las empalizadas y llegando con esfuerzos sobrehumanos a pasar la barbilla

por encima de los clavos clavos oxidados que guarnecían la parte altar enviando besos a

las luces que aparecían en las ventanas, haciendo a la noche súplicas románticas para que

tomara en su mano la defensa de mi Dora… no sé bien contra quién: sería contra un

incendio; quizá contra los ratones, que le daban mucho miedo.

Mi amor me preocupaba de tal modo y me parecía tan natural confiarle todo a Peggotty

cuando la volví a encontrar a mi lado por la noche con todos sus antiguos enseres de costura,

pasando revista a mi guardarropa, que después de muchos circunloquios le

comuniqué mi secreto. Peggotty se interesó mucho por ello; pero no conseguí que

considerase la cuestión desde el mismo punto de vista que yo. Tenía prejuicios

atrevidísimos en mi favor, y no podía comprender mis dudas y mi abatimiento.

-La joven podía darse por muy satisfecha con tener semejante adorador -decía-, y en

cuanto a su papá, ¿qué mas podía apetecer aquel señor que se lo dijeran’?

Observé, sin embargo, que el traje de procurador y el cuello almidonado de míster

Spenlow le imponían un poco, inspirándole algún respeto por el hombre en el que yo veía

todos los días y cada vez más una criatura etérea que me parecía despedir rayos de luz

mientras estaba sentado en el Tribunal, en medio de sus carpetas, como un faro destinado

a iluminar un océano de papeles. Recuerdo también otra cosa que me pasaba mientras

estaba sentado entre los señores del Tribunal. Pensaba que todos aquellos viejos jueces y

doctores no se preocuparían siquiera de Dora si la conocieran, y que no se volverían locos

de alegría si les propusiera casarse con ella; que Dora podría, cantando y tocando aquella

guitarra mágica, empujarme a mí a la locura sin conmover siquiera ni hacer salir de su

paso ni a uno de aquellos seres.

Los despreciaba a todos sin excepción, ¡a todos! Me parecían unos viejos helados de

corazón y me inspiraban una repulsión personal. El Tribunal me parecía tan desprovisto

de poesía y de sentimiento como un gallinero.

Había tomado en mi mano con cierto orgullo el manejo de los asuntos de Peggotty;

había probado la identidad del testamento; lo había arreglado todo en la oficina de

delegados, y hasta lo había llevado al banco; en fin, la cosa estaba en buen camino. Daba

alguna variedad a los asuntos legales yendo a ver con Peggotty las figuras de cera de

Fleet Street (supongo que se habrán fundido desde hace veinte años que no las he visto) y

visitando la exposición de miss Linvood, que ha quedado en mi recuerdo como un

mausoleo de crochet, propicio a los exámenes de conciencia y al arrepentimiento, y, en

fin, recorriendo la torre de Londres y subiendo hasta lo alto del cimborrio de Saint Paul.

Estas curiosidades procuraron a Peggotty alguna distracción de la que podía gozar en sus

actuales circunstancias. Sin embargo, hay que confesar que la catedral de Saint Paul,

gracias al cariño que tenía a su caja de labor, le pareció bastante digna de rivalizar con la

pintura de su tapa, aunque la comparación, desde algunos puntos de vista, resultara en

ventaja de aquella pequeña obra de arte; al menos esa era la opinión de Peggotty.

Los asuntos de Peggotty estaban en lo que acostumbrábamos llamar el Tribunal de

Negocios ordinarios, clase de negocios, entre paréntesis, muy fáciles y lucrativos, y

cuando terminaron la conduje al estudio para arreglar su cuenta. Míster Spenlow había

salido un momento. Según me dijo el viejo Tifey, había ido a acompañar a un caballero

que venía a prestar juramento para una dispensa de amonestación; pero como yo sabía

que volvería enseguida, pues nuestro despacho estaba al lado del vicario general, le dije a

Peggotty que esperase.

En el Tribunal, cuando se trataba de examinar un testamento, hacíamos un poco el

papel de empresarios de pompas fúnebres, y teníamos, por regla general, la costumbre de

componernos una expresión más o menos sentimental cuando tratábamos con clientes de

luto. Por este mismo principio estábamos siempre alegres cuando se trataba de clientes

que iban a casarse. Previne a Peggotty que iba a encontrar a míster Spenlow bastante

repuesto de la impresión que le había causado la muerte de Barkis y, en efecto, cuando

entró parecía que entraba el novio.

Pero ni a Peggotty ni a mí nos divirtió mirarle cuando vimos que le acompañaba míster

Murdstone. Había cambiado muy poco. Sus cabellos eran tan abundantes y tan negros

como antes, y su mirada no inspiraba más confianza que en el pasado.

-¡Ah! Míster Copperfield, ¿creo que ya conoce usted a este caballero?

Saludé fríamente a míster Murdstone. Peggotty se limitó a dejar ver que le reconocía.

En el primer momento pareció un poco desconcertado al encontrarnos juntos; pero pronto

supo qué hacer y se acercó a mí.

-¿Supongo que está usted bien?

-No creo que pueda interesarle, caballero; pero si quiere usted saberlo, sí.

Nos miramos un momento; después se dirigió a Peggotty.

-Y de usted -dijo- siento saber que ha perdido a su marido.

-No es la primera pérdida de mi vida, míster Murdstone -dijo Peggotty temblando de la

cabeza a los pies-. Únicamente me consuela que esta vez no puedo acusar a nadie; nadie

tiene que reprochárselo.

-¡Ah! -dijo- Es un gran consuelo. ¿Ha cumplido usted con su deber?

-Gracias a Dios no he amargado la vida a nadie, míster Murdstone, ni he hecho morir

de miedo y de pena a una criatura llena de bondad y de dulzura.

Míster Murdstone la miró con expresión sombría y como de remordimiento durante un

minuto; después dijo, volviéndose hacia mí, pero mirándome a los pies, en lugar de mirarme

al rostro:

-No es nada probable que nos volvamos a encontrar en mucho tiempo, lo cual debe ser

motivo de satisfacción para los dos, sin duda, pues encuentros como este no pueden ser

agradables nunca, y no espero que usted, que siempre se ha rebelado contra mi autoridad

legítima cuando la empleaba para su bien, pueda ahora demostrarme la menor buena voluntad.

Hay entre nosotros una antipatía…

-Muy antigua –dije interrumpiéndole.

Sonrió y me lanzó la mirada más venenosa que podían lanzar sus ojos negros.

-Sí; todavía estaba usted en la cuna cuando ya alentaba en su pecho –dijo-; y ello

envenenó bastante la vida de su pobre madre; tiene usted razón. Espero, sin embargo, que

con el tiempo mejore usted y se corrija.

Así terminó nuestro diálogo, en voz baja, en un rincón. Después de esto entró en el

despacho de míster Spenlow, diciendo en voz alta, con su tono más dulce:

-Los hombres de su profesión, míster Spenlow, están acostumbrados a las disensiones

de familia y sabe lo amargas y complicadas que son siempre.

Después pagó su dispensa, la recibió de míster Spenlow cuidadosamente doblada, y

después de estrecharse la mano y de hacer por parte del procurador votos por su felicidad

y la de su futura esposa, abandonó las oficinas.

Quizá me hubiera costado más trabajo guardar silencio después de sus últimas palabras

si no hubiera estado preocupado tratando de convencer a Peggotty (que se había encolerizado

a causa mía) de que no estábamos en un lugar propicio a las recriminaciones y

rogándole que se contuviera. Estaba en tal estado de exasperación, que me creí bien

librado cuando vi que terminaba con uno de sus tiernos achuchones. Lo debía sin duda a

aquella escena, que acababa de despertar en ella el recuerdo de las antiguas injurias, y

sostuve lo mejor que pude el ataque, en presencia de míster Spenlow y de todos sus

empleados.

Míster Spenlow no parecía saber cuál era el lazo que existía entre míster Murdstone y

yo, lo que me complacía. pues no podía soportar ni el tener que reconocerlo yo mismo,

recordando, como recordaba, la historia de mi pobre madre. Míster Spenlow parecía

creer, si es que creía algo, que se trataba de diferentes opiniones políticas; que mi tía

estaba a la cabeza del partido del Estado en nuestra familia, y que había algún otro

partido de oposición, dirigido por otra persona; al menos esa fue la conclusión que saqué

de lo que decía mientras esperábamos la cuenta de Peggotty que redactaba míster Tifey.

-Miss Trotwood -me dijo- es muy firme y no está dispuesta a ceder a la oposición, yo

creo. Admiro mucho su carácter y le felicito, Copperfield, de estar en el lado bueno. Las

querellas de familia son muy de sentir, pero son muy corrientes, y el caso es estar del

lado bueno.

Con aquello quería decir, supongo, del lado del dinero.

-Según creo, hace un matrimonio bastante conveniente -dijo míster Spenlow.

Le dije que no sabía nada.

-¿De verdad? -dijo- Pues por algunas palabras que míster Murdstone ha dejado escapar,

como ocurre siempre en casos semejantes, y por lo que miss Murdstone me ha dado a

entender, me parece que se trata de un matrimonio bastante conveniente para él.

-¿Quiere usted decir que ella tiene dinero? -pregunté.

-Sí -dijo míster Spenlow-; parece ser que dinero, y también belleza; al menos eso dicen.

-¿De verdad? ¿Y es joven su nueva mujer?

-Acaba de cumplir su mayoría de edad -dijo míster Spenlow-, y hace tan poco tiempo,

que yo creo que no esperaban más que a eso.

-¡Dios tenga compasión de ella! -exclamó Peggotty tan bruscamente y en un tono tan

inesperado, que nos quedamos un poco desconcertados hasta el momento en que Tifey

llegó con la cuenta.

Apareció pronto y tendió el papel a míster Spenlow para que lo verificase. Míster

Spenlow metió la barbilla en la corbata, y después, frotándosela dulcemente, releyó todos

los artículos de un cabo al otro, como hombre que quería rebajar algo; pero, ¡qué quiere

usted!, era culpa del diablo de míster Jorkins; después volvió a dar el papel a Tifey con

un suspiro.

-Sí -dijo-, está en regla, perfectamente en regla. Hubiera deseado reducir los gastos

estrictamente a nuestros desembolsos; pero ya sabe usted que es una de las contrariedades

penosas de mi vida de negocios el no tener la libertad de obrar según mis propios deseos.

Tengo un asociado, míster Jorkins.

Como al hablar así lo hacía con tan dulce melancolía, que casi equivalía a haber hecho

nuestros negocios gratis, le di las gracias en nombre de Peggotty y entregué el dinero a

Tifey. Peggotty volvió a su casa y míster Spenlow y yo nos dirigimos al Tribunal, donde

se presentaba una causa de divorcio en nombre de una pequeña ley muy ingeniosa, que

creo se ha abolido después, pero gracias a la cual he visto anular muchos matrimonios.

Era esta. El marido, cuyo nombre era Thomas Benjamin, había sacado la autorización

para la publicación de las amonestaciones bajo el nombre de Thomas únicamente,

suprimiendo el Benjamin por si acaso no encontraba la situación todo lo agradable que

esperaba. Ahora bien: no encontrando la situación muy agradable, o quizá un poco

cansado de su mujer, el pobre hombre se presentó ante el Tribunal, por mediación de un

amigo, después de un año o dos de matrimonio, y declaró que su nombre era Thomas

Benjamin y que, por lo tanto, él no se había casado nunca, lo que el Tribunal confirmó,

para su gran satisfacción.

Debo decir que tenía algunas dudas sobre la justicia absoluta de aquel procedimiento,

que no justificaba el «árido de trigo» que tapaba todas las anomalías.

Pero míster Spenlow discutió la cuestión conmigo.

-Vea usted el mundo: en él hay bien y mal; vea la legislación eclesiástica: en ella hay

bien y mal; pero todo esto forma parte de un sistema. Muy bien. Eso es.

No tuve valor para sugerir al padre de Dora que quizá no nos resultaría imposible el

hacer algunos cambios beneficiosos en el mundo si, levantándose temprano, se

remangara resuelto a ponerse con valor a ello; pero sí le confesé que me parecía que

podrían introducirse algunos cambios beneficiosos en el Tribunal.

Míster Spenlow me respondió que me aconsejaba que desechara de mi espíritu

semejante pensamiento, que no era digno de mi carácter caballeresco; pero que le gustaría

saber de qué mejoras creía yo susceptible al sistema del Tribunal.

El matrimonio de nuestro hombre estaba anulado; era un asunto concluido; estábamos

fuera de la sala y pasábamos por delante del Tribunal de Prerrogativas; entrando, por lo

tanto, en la institución que estaba más cerca de nosotros, le pregunté si el Tribunal de

Prerrogativas no era una institución muy singularmente administrada.

Míster Spenlow me preguntó que bajo qué aspecto.

Yo repliqué, con todo el respeto que debía a su experiencia (pero me temo que sobre

todo con el respeto que debía al padre de Dora), que quizá era un poco absurdo que los

registradores de aquel Tribunal, que contenía todos los testamentos originales de todas las

personas que habían dispuesto desde hacía tres siglos de alguna propiedad asentada en el

inmenso distrito de Canterbury, se encontrasen colocados en un edificio que no había

sido construido con ese objeto; que había sido alquilado por los registradores bajo su

responsabilidad privada; que no era seguro; que ni siquiera estaba al abrigo de un fuego,

y que estaba tan atestado de los documentos importantes que contenía que era todo él, de

arriba abajo, una prueba de las sórdidas especulaciones de los registradores, que recibían

sumas enormes por el registro de todos aquellos testamentos y se limitaban a meterlos

donde podían, sin otro objeto que desembarazarse de ellos con el menor gasto posible.

También añadí que quizá no era razonable que los registradores, que percibían al año

sueldos que ascendían a ocho o nueve mil libras, sin hablar de los pagos extraordinarios,

no estuvieran obligados a gastarse parte de este dinero en procurarse un lugar seguro

donde depositar aquellos documentos preciosos que todo el mundo, en todas las clases de

la sociedad, estaba obligado, quieras que no, a confiarles. Dije que quizá era algo injusto

que todos los grandes empleos de aquella administración fuesen magníficas sinecuras,

mientras que los desgraciados empleados que trabajaban sin descanso en la habitación

sombría y triste de arriba fuesen los hombres peor pagados y menos considerados de

Londres, en premio a los importantes servicios que prestaban. ¿Y no era también un poco

inconveniente que el archivero en jefe, cuyo deber era procurar al público, que llenaba

constantemente las oficinas de la administración, locales convenientes, estuviera, en

virtud de este empleo, en posesión de una enorme sinecura, lo que no le impedía ocupar

al mismo tiempo un puesto en la Iglesia y poseer muchos beneficios, ser canónico en la

catedral, etc., mientras el público soportaba molestias infinitas, de las que teníamos una

muestra todas las mañanas cuando los asuntos abundaban en las oficinas? En fin, me

parecía que aquella administración del Tribunal de Prerrogativas del distrito de Canterbury

era una máquina tan podrida y un absurdo tan peligroso, que si no se le hubiera

metido en un rincón del cementerio de Saint Paul (que no conoce apenas nadie), toda

aquella organización hubiera tenido que cambiarse de arriba abajo desde hacía mucho

tiempo.

Míster Spenlow sonrió al ver cómo me excitaba, a pesar de mi reserva habitual en

aquella cuestión; y después discutió conmigo este punto como los demás. «¿Qué era

aquello después de todo? -me dijo-. Pues una simple cuestión de opiniones. Si al público

le parecía que los testamentos estaban seguros, y admitía que la administración no podía

cumplir mejor con sus deberes, ¿quién sufría con ello? Nadie. ¿A quién beneficiaba? A

todos los que poseían las sinecuras. Muy bien. Las ventajas, por lo tanto, eran mayores

que los inconvenientes; quizá no era una organización perfecta, no hay nada perfecto en

este mundo; pero bajo la administración del Tribunal de Prerrogativas el país se había

cubierto de gloria. Si se metiera el hacha en la administración de Prerrogativas, el país

dejaría de cubrirse de gloria. Veía como el rasgo distintivo de un espíritu sensato y

elevado el tomar las cosas como se encontraban, y no cabía duda que la organización

actual de las Prerrogativas duraría tanto tiempo como nosotros.»

Yo me rendí a su opinion, aunque tuviera, por mi cuenta, muchas dudas sobre ello. Sin

embargo, él tenía razón, pues no solamente el Tribunal de Prerrogativas continúa existiendo,

sino que existió una grave denuncia presentada de muy mala gana al Parlamento,

hace dieciocho años, donde todas mis objeciones estaban desarrolladas en detalle y en

una época en que se anunciaba que sería imposible amontonar los testamentos del distrito

de Canterbury en el local actual durante más de dos años y medio, a partir de aquel momento.

Yo no sé lo que se ha hecho después; no sé si se habrán perdido muchos, o si los

venden de vez en cuando a las tiendas como papel; pero estoy tranquilo porque el mío no

está allí y espero que no lo esté en mucho tiempo.

Si he relatado toda nuestra conversación en este dichoso capítulo no podrá decírseme

que no era su lugar apropiado. Charlábamos paseándonos de arriba abajo míster Spenlow

y yo antes de pasar a asuntos más generales. Por fin me dijo que el cumpleaños de Dora

era dentro de una semana, y que me agradecería mucho que me uniera a ellos para una

excursion que iban a organizar. Al momento perdí la razón, y al día siguiente mi locura

no tenía límites cuando recibí una cartita con estas palabras: «Recomendado al cuidado

de papá para recordar a míster Copperfield la excúrsión». Pasé los días que me separaban

de aquel gran suceso en un estado cercano a la idiotez.

Creo que debí de cometer todos los absurdos posibles como preparación para aquel día

afortunado. Me ruborizo al pensar en la corbata que compré; en cuanto a mis botas, eran

dignas de figurar en una colección de instrumentos de tortura. Me procuré, y envié la

víspera por la noche, por medio del ómnibus de Norwood, una cestita de provisiones que

casi equivalía, a mi parecer, a una declaración. Contenía, entre otras cosas, almendras

envueltas en las divisas más tiernas que pude encontrar en la confitería. A las seis de la

mañana estaba en el mercado de Covent Garden para comprar un ramo de flores a Dora.

A las diez montaba a caballo. Había alquilado un bonito caballo gris para aquella ocasión,

y tomé al trote el camino de Norwood con el ramo de flores en el sombrero para que se

conservara fresco.

Supongo que cuando vi a Dora en el jardín a hice como que no la veía, pasando por

delante de la casa y haciendo como que la buscaba con cuidado, fui culpable de dos pequeñas

locuras que otros muchos jóvenes habrán cometido igual en mi situación; tan

naturales me parecen. Pero cuando hube encontrado la casa; cuando me apeé a la puerta;

cuando atravesé el césped con las crueles botas para acercarme a Dora, que estaba

sentada en un banco a la sombra de un lilo, ¡qué espectáculo ofrecía en medio de las

mariposas con su sombrero blanco y su traje azul cielo!

Con ella había otra muchacha, que a su lado parecía muchísimo más vieja: tendría

veinte años. Se llamaba miss Mills, y Dora la llamaba Julia. Era la amiga íntima de Dora.

¡Dichosa miss Mills!

Jip estaba allí y se empeñaba en ladrarme. Cuando la ofrecí mi ramo, Jip rechinó los

dientes de envidia. Tenía razón. ¡Oh, sí! Si tenía la menor idea del ardor con que amaba a

su dueña tenía razón.

-¡Oh, muchas gracias, míster Copperfield! ¡Qué flores tan bonitas! -dijo Dora.

Había tenido la intención de decirle que yo también las había encontrado encantadoras

antes de verlas a su lado, y estudiaba desde tres millas antes de llegar la mejor manera de

soltar la frase, pero no lo conseguí: estaba demasiado seductora y perdí toda presencia de

espíritu y toda facultad de palabra cuando le vi acercar el ramo a los lindos hoyuelos de

su barbilla, y caí en éxtasis. Todavía me sorprende el no haberle dicho:

-Máteme, miss Mills, por piedad; ¡quiero morir aquí!

Después Dora alargó mis flores a Jip para que las oliera, y Jip se puso a gruñir y no

quiso olerlas. Entonces Dora las acercó a su hocico para obligarle, y Jip cogió una rama

de geranio entre sus dientes y la destrozó como si oliera una bandada de gatos

imaginarios. Dora le pegaba haciendo mohínes y diciendo: « ¡Mis pobres flores! ¡Mis

hermosas flores! » , con un tono tan simpático, me pareció, como si fuera a mí a quien Jip

hubiera mordido. ¡Ya lo hubiera querido!

-Se alegrará usted mucho de saber, míster Copperfield -dijo Dora-, que la fastidiosa

miss Murdstone no está aquí. Ha ido a la boda de su hermano, y se quedará allí por lo

menos tres semanas. ¿No es un encanto?

Le dije que, en efecto, debía de estar encantada, y que todo lo que le encantaba a ella

me encantaba a mí. Miss Mills nos escuchaba sonriendo con una superioridad de benevolencia

y simpatía.

-Es la persona más desagradable que conozco -dijo Dora-: no puedes figurarte qué

gruñona es y qué mal genio tiene.

-¡Oh!, ya lo creo que puedo, querida mía -dijo Julia.

-Es verdad. «Tú» puede que sí -respondió Dora cogiendo la mano de Julia entre las

suyas-. Perdóname no haberte exceptuado enseguida.

De aquello deduje que miss Mills había sufrido las vicisitudes de la vida y que era a eso

a lo que podía atribuirse sus maneras llenas de gravedad benigna, que ya me habían chocado.

En el transcurso del día supe que no me había equivocado; mis Mills había tenido

la desgracia de enamorarse mal, y se decía que se había retirado del mundo después de

aquella terrible experiencia de las cosas humanas; pero que se tomaba siempre cierto

interés por las esperanzas y afectos de los jóvenes que no habían tenido todavía

desengaños.

En esto míster Spenlow salió de la casa, y Dora se adelantó a él diciendo:

-¡Mira, papá, qué flores tan hermosas!

Y miss Mills sonrió con aire pensativo, como diciendo:

-¡Pobres flores de un día, gozad de vuestra existencia pasajera bajo el sol brillante de la

mañana de la vida!

Y todos abandonamos el césped para subir al coche, que ya estaba enganchado.

Nunca volveré a hacer una excursión semejante; nunca la he hecho después. Iban los

tres en el faetón. Su cesta de provisiones, la mía y la caja de la guitarra también iban. El

faetón era descubierto, y yo seguía el coche; Dora iba en la parte de delante, frente a mí.

Llevaba mi ramo a su lado, encima del asiento, y no permitía a Jip que se subiera allí por

miedo de que aplastara mis flores. De cuando en cuando las cogía para respirar su

perfume; entonces nuestros ojos se encontraban, y yo me pregunto cómo no salté por

encima de la cabeza de mi bonito caballo gris para caer en el coche.

Había polvo; creo que hasta mucho polvo. Tengo el vago recuerdo de que míster

Spenlow me aconsejó que no caracoleara en el torbellino de polvo que dejaba el faetón;

pero yo no me daba cuenta. Yo no veía más que a Dora a través de una nube de amor y de

belleza; no podía ver otra cosa. Mister Spenlow se levantaba algunas veces y me

preguntaba qué me parecía el paisaje. Yo le respondía que era un sitio encantador, y es

probable que lo fuera; pero yo sólo veía a Dora. El sol llevaba a Dora en sus rayos; los

pájaros gorjeaban sus alabanzas. El viento del mediodía soplaba el nombre de Dora.

Todas las flores salvajes, hasta el último capullo, eran otras tantas Doras. Mi consuelo era

que miss Mills me comprendía. Miss Mills era la única que podía entrar del todo en mis

sentimientos.

No sé cuánto tiempo duró el trayecto, ni sé tampoco dónde fuimos. Quizá fue cerca de

Guilford. Quizá algún mago de Las mil y una noshes había creado aquel lugar para un

solo día y lo destruyó después de nuestra partida. Era una pradera de musgo verde y fino,

en una colina. Había grandes árboles, algo de bruma, y tan lejos como podía extenderse la

mirada, un bonito paisaje.

Me contrarió mucho encontrar allí gente que nos esperaba, y mis celos hasta de las

mujeres no tenían límites. En cuanto a los seres de mi sexo, un impostor tres o cuatro

años mayor que yo y con patillas rojas, que le daban un aplomo intolerable, era sobre

todo mi enemigo mortal.

Todo el mundo abrió las cestas y se dispusieron a preparar la comida. Patillas rojas dijo

que él sabía hacer la ensalada; no lo creo, pero así se atrajo la atención del público. Las

muchachas se pusieron a lavar las lechugas y a cortarlas bajo su dirección; Dora estaba

entre aquellas. Yo sentí que el Destino me había dado aquel hombre por rival y que uno

de los dos tenía que sucumbir.

Patillas rojas hizo la ensalada, y todavía me pregunto como pudieron comerla. En

cuanto a mí, nada en el mundo me hubiera decidido a probarla. Después él mismo se

nombró encargado del vino, y construyó una celda, para guardarlo, en el hueco de un

árbol. ¡Vaya una cosa ingeniosa! Al poco tiempo le vi, con los tres cuartos de una

langosta en su plato, sentado y comiendo a los pies de Dora.

Ya no tengo más que una idea imprecisa de lo que ocurrió después de que aquel

espectáculo se presentó a mi vista. Estaba muy alegre, no digo que no, pero era una

alegría falsa. Me consagré a una muchachita vestida de rosa, con ojos chiquitos, y le hice

la corte desesperadamente. Ella recibió mis atenciones con agrado; pero no sé si era

completamente por mí o porque tenía vistas ulteriores sobre Patillas rojas. Se bebió a la

salud de Dora. Yo afecté interrumpir mi conversación para beber también, y después la

reanudé enseguida. Encontré los ojos de Dora al saludarla, y me pareció que me miraban

suplicantes; pero aquella mirada me llegaba por encima de la cabeza de Patillas rojas, y

fui inflexible.

La jovencita de rosa tenía una madre de verde que nos separó; yo creo que con una mira

política. Además hubo revolución general mientras se quitaban los restos de la comida, y

yo lo aproveché para meterme solo entre los árboles, animado por una mezcla de cólera y

de remordimientos. Me preguntaba si fingiría alguna indisposición para huir… a cualquier

parte… sobre mi bonito caballo gris, cuando me encontré a Dora con miss Mills.

-Míster Copperfield -dijo miss Mills-, ¿está usted triste?

-Usted dispense; pero no estoy nada triste.

-Y tú, Dora –dijo miss Mills-, también estás triste;

-¡Oh Dios mío, no!

-Míster Copperfield, y tú, Dora –dijo miss Mills con una expresión casi venerable-, ¡ya

es bastante! No consintáis que un equívoco insignificante marchite las flores

primaverales, que una vez marchitas no pueden volver a florecer. Me hace hablar así mi

experiencia del pasado –continuó miss Mills-, de un pasado irrevocable. Los manantiales

que brotan al sol no deben ser tapados por capricho; el oasis del Sahara no debe ser

suprimido a la ligera.

Yo no sabía lo que hacía, pues tenía la cabeza ardiendo; pero cogí la manita de Dora y

la besé; ella me dejó. Después besé la mano de miss Mills; y me pareció que subíamos los

tres juntos al séptimo cielo.

Ya no volvimos a bajar. Nos quedamos toda la tarde paseando entre los árboles con el

bracito tembloroso de Dora reposando en el mío, y Dios sabe que, aunque fuera una

locura, nuestra felicidad hubiera sido el poder volvemos inmortales de pronto con aquella

locura en el corazón, para errar eternamente así entre los árboles.

Demasiado pronto, ¡ay!, oímos a los demás que reían y charlaban llamando a Dora.

Entonces reaparecimos, y rogaron a Dora que cantase. Patillas rojas quiso it por la caja de

la guitarra; pero Dora dijo que yo sólo sabía dónde estaba. Así es que Patillas rojas estaba

derrotado, y yo fui quien encontró la caja, yo quien la abrió, yo quien sacó la guitarra, yo

quien se sentó a su lado, yo quien sostuvo su pañuelo y sus guantes y yo quien se

embriagó en el sonido de su dulce voz mientras ella cantaba para el que amaba. Los

demás podían aplaudir si querían; pero nada tenían que ver en su romanza.

Estaba borracho de alegría y me parecía que era demasiado dichoso para que pudiera

ser verdad; temía despertarme en Buckinghan Street y oír a mistress Crupp hacer ruido

con las tazas mientras preparaba el desayuno. Pero no, ¡era Dora que cantaba! Después

también cantaron otras; miss Mills también, y cantó una queja sobre los ecos dormidos de

la caverna de la memoria, como si tuviera cien años, y llegó la tarde. Tomamos el té,

haciendo hervir el agua en una hoguera al modo gitano, y yo era más dichoso que nunca.

Todavía me sentí más dichoso cuando nos separamos de Patillas rojas y cada uno tomó

su camino, mientras que yo partía con ella en medio de la calma de la tarde, de la luz

moribunda y de los dukes perfumes que se elevaban a nuestro alrededor. Míster Spenlow

iba un poco dormido gracias al champán. ¡Bendito sea el sol que ha madurado la uva, la

uva que ha hecho el vino! ¡Bendito el comerciante que lo ha vendido! Y como dormía

profundamente en un rincón del coche, yo iba a un lado hablando con Dora. Dora

admiraba mi caballo y lo acariciaba (¡oh qué mano tan bonita resultaba sobre la piel del

animal!), y su chal no se sostenía bien, y me veía obligado a arreglárselo a cada

momento. Creo que el mismo Jip empezaba a darse cuenta de lo que pasaba y a

comprender que había que resignarse y hacer las paces conmigo.

Aquella penetrante miss Mills, aquella encantadora reclusa que había agotado la

existencia, aquel pequeño patriarca de veinte años apenas, que había terminado con el

mundo y que no hubiera querido por nada despertar los ecos adormecidos en las cavernas

de la memoria, ¡qué buena fue para mí!

-Míster Copperfield -me dijo-, venga por este lado del coche un momento, si es que

puede dedicármelo. Necesito hablarle.

Y en mi bonito caballo gris, con la mano en la portezuela, me incliné a escuchar a miss

Mills.

-Dora va a venir a verme. Pasado mañana se viene conmigo y con mi padre a mi casa.

Si quisiera usted venir a vernos, estoy segura de que papá tendría mucho gusto en recibirle.

¿Qué podía hacer sino pedir todas las bendiciones del mundo sobre la cabeza de miss

Mills, y sobre todo confiar su dirección al rincón más seguro de mi memoria? ¿Qué podía

hacer sino decir a miss Mills, con palabras ardientes y miradas reconocidas, todo lo que

le agradecía sus bondades y qué precio infinito daba a su amistad?

Después miss Mills me despidió benignamente: «Vuelva con Dora». Y volví; y Dora se

inclinó fuera del coche para charlar conmigo; y fuimos hablando todo el resto del camino;

y yo hacía andar tan cerca de la rueda a mi caballo gris, que se desolló toda la pierna

derecha, tanto que su propietario me dijo al día siguiente que le debía sesenta y cinco

chelines por el daño, lo que pagué sin regatear, encontrando que era barato para una

alegría tan grande. Durante el camino miss Mills miraba a la luna, recitando en voz baja

versos y recordando, supongo, los tiempos lejanos en que la tierra y ella no se habían

divorciado por completo.

Norwood estaba demasiado cerca, y llegamos muy pronto. Míster Spenlow se despertó

un momento antes de llegar a su casa y me dijo:

-Entre usted a descansar, Copperfield.

Acepté, y nos sirvieron sándwiches, vino y agua. En la habitación, iluminada, Dora me

parecía tan encantadora ruborizándose, que no podía arrancarme de su presencia y continuaba

allí mirándola fijamente como en un sueño, cuando los ronquidos de míster

Spenlow me indicaron que era hora de retirarme. Me fui, y por el camino sentía todavía la

mano de Dora sobre la mía; recordaba mil y mil veces cada incidente y cada palabra, y,

por fin, me encontré en mi cama tan embriagado de alegría como el más loco de los

jovenes insensatos a quien el amor haya perdido la cabeza.

Al despertarme a la mañana siguiente estaba decidido a declararle mi pasión a Dora

para saber mi suerte. Mi felicidad o mi desgracia: esa era ahora la cuestión. Para mí no

había otra en el mundo, y a aquello sólo Dora podía contestar. Pasé tres días

desesperándome y torturándome, inventando las explicaciones menos animadas que se

podían dar a todo lo ocurrido entre Dora y yo. Por fin, muy vestido para las

circunstancias, me dirigí a casa de miss Mills con una declaración en los labios.

Es inútil decir la de veces que subí la calle para volverla a bajar; la de veces que di la

vuelta al lugar, dándome cuenta de que yo era mucho más que la luna, la palabra del

antiguo enigma, antes de decidirme a subir las escaleras de la casa y a llamar a la puerta.

Cuando por fin llamé, mientras esperaba que me abrieran tuve por un momento la idea de

preguntar si no vivía allí míster Balckboy (imitando al pobre Barkis) y disculparme y

huir. Sin embargo, no lo hice.

Míster Mills no estaba en casa; ya me lo esperaba, ¿para qué le necesitábamos?, y miss

Mills sí estaba en casa, y yo no necesitaba más.

Me hicieron entrar en una habitación del primer piso, donde encontré a miss Mills y a

Dora; también estaba Jip. Miss Mills copiaba música (recuerdo que era una romanza

nueva, titulada De profundis amoris) y Dora pintaba flores. ¡Juzgad de mis sentimientos

cuando reconocí mis flores, el ramo del mercado de Covent Garden! No puedo decir que

se pareciera mucho, ni que yo hubiera visto nunca flores como aquellas; pero reconocí la

intención en el papel que las envolvía, que, ese sí, estaba copiado con mucha exactitud.

Miss Mills estaba encantada de verme; sentía infinitamente que su papá hubiera salido,

aunque me pareció que soportamos su ausencia con bastante resignación. Miss Mills

sostuvo la conversación durante un momento; después, pasando su pluma por el De

profundis amoris, se levantó y se fue.

Yo empezaba a creer que dejaría la cosa para el día siguiente.

-Supongo que su pobre caballo no estaría muy cansado la otra noche cuando volvió

usted -me dijo Dora levantando sus hermosos ojos-; fue una excursión muy larga para él.

Empecé a creer que sería aquella misma tarde.

-Sí; fue una excursión muy larga para él, pues el pobre animal no tenía nada que le

sostuviera durante el viaje.

-¿No le habían dado de comer? ¡Pobre animal!

Empecé a creer que lo dejaría para el día siguiente.

-¡Perdone! Le habían dado de comer; pero quiero decir que no gozaba tanto como yo de

la inefable felicidad de estar a su lado.

Dora bajó la cabeza sobre su cuaderno y dijo al cabo de un momento (durante aquel

tiempo yo estaba en un estado febril y sintiendo mis piernas tiesas como palos):

-Durante parte del día no parecía sentir usted esa felicidad tan vivamente.

Vi que la suerte estaba echada y que había que terminar allí mismo.

-Parecía interesarle muy poco esa felicidad –continuó Dora con un ligero movimiento

de cejas y moviendo la cabeza- mientras estaba usted sentado al lado de miss Kitt.

Debo hacer observar que miss Kitt era la muchacha vestida de rosa, de ojos pequeñitos.

-Además, no sé por qué tenía que haberle importado -dijo Dora-, ni por qué dice usted

que era una felicidad. Pero probablemente no piensa usted todo lo que dice. Y es usted

muy libre de hacer lo que le parezca. ¡Jip, malo; ven aquí!

No sé lo que hice; pero todo fue dicho en un momento. Corté el paso a Jip, cogí a Dora

en mis brazos. Estaba lleno de elocuencia; no necesitaba buscar las palabras; le dije a

Dora todo lo que la amaba; le dije que me moriría sin ella; le dije que la idolatraba. Jip

ladraba con furia todo el tiempo.

Cuando Dora bajó la cabeza y se puso a llorar temblando, mi elocuencia no conoció

límites. Le dije que no tenía más que decir una palabra y estaba dispuesto a morir por

ella; que a ningún precio quería la vida sin el amor de Dora; que no quería ni podía

soportarla. La amaba desde el primer día, y había pensado en ella en todos los minutos

del día y de la noche. En el momento mismo en que estaba hablando la amaba con locura,

la amaría siempre con locura. Antes que yo había habido amantes y los habría después;

pero nunca ninguno podría ni querría amar como yo amaba a Dora.

Cuantas más locuras decía, más ladraba Jip. Él y yo parecía que estábamos a ver cuál

de los dos se mostraba más insensato. Y poco a poco Dora y yo resultamos sentados en el

diván tranquilamente, con Jip sobre las rodillas de su dueña, mirándome tranquilizado.

Mi espíritu estaba libre de su peso: era completamente dichoso; Dora y yo estábamos prometidos.

Supongo que teníamos alguna idea de que aquello debía terminar en matrimonio. Lo

pienso, porque Dora declaró que no nos casaríamos sin el consentimiento de su padre;

pero en nuestra alegría infantil creo que no mirábamos adelante ni atrás; el presente, en su

ignorancia inocente, nos bastaba. Debíamos guardar nuestro compromiso secreto, y ni

siquiera se me ocurrió la idea de que pudiera haber en aquel procedimiento algo que no

fuera correcto.

Miss Mills estaba más pensativa que de costumbre cuando Dora, que había ido a

buscarla, la trajo, supongo que sería porque lo que acababa de suceder despertaba los

ecos dormidos en las cavernas de la memoria. Sin embargo, nos dio su bendición y nos

prometió una amistad eterna, y nos habló en general, como era natural, con una voz que

salía del claustro profético.

¡Qué niñadas! ¡Qué tiempo de locuras, de ilusiones y de felicidad!

Cuando tomé la medida del dedo de Dora para hacerle un anillo compuesto de « no me

olvides», el joyero a quien lo encargué adivinó de lo que se trataba y se echó a reír mientras

tomaba nota de mi encargo, y me preguntó todo lo que le convino para aquella joyita

adornada de piedras azules, que se une de tal modo todavía en mi memoria al recuerdo de

la mano de Dora, que ayer, al ver un anillo semejante en el dedo de mi hija, he sentido mi

corazón estremecerse de dolor por un momento.

Cuando me paseaba exaltado por mi secreto y mi importancia, pareciéndome que el

honor de amar a Dora y de ser amado por ella me elevaba tan por encima de los que no

estaban admitidos a aquella felicidad y que se arrastraban por la tierra como si yo hubiera

volado.

Cuando nos citábamos en el jardín de la plaza y charlábamos en el pabellón

polvoriento, donde éramos tan dichosos que todavía ahora amo los gorriones de Londres

por la sola razón de que veo los colores del arco iris en sus plumas de humo.

Cuando tuvimos nuestra primera gran discusión, ocho días después de empezar nuestro

noviazgo, y Dora me devolvió el anillo encerrado en una carta triangular con esta terrible

frase: «Nuestro amor empezó con la locura y termina con la desesperación», y al leer

aquello yo me arrancaba los cabellos y pensaba que todo había terminado.

Cuando al oscurecer volé a casa de miss Mills y la vi, a hurtadillas, en una antecocina,

donde había una lixiviadora, y le supliqué que intercediera con Dora y que nos salvara de

nuestra locura.

Cuando miss Mills consintió en encargarse y volvió con Dora exhortándonos desde lo

alto de su juventud rota para que hiciéramos concesiones mutual, con objeto de evitar el

desierto de Sahara.

Cuando nos echamos a llorar y nos reconciliamos para gozar de nuevo de una felicidad

tan viva en aquella antecocina con la lixiviadora, que por lo menos nos parecía el templo

del Amor, y cuando arreglamos un sistema de correspondencia que debía pasar por

manos de miss Mills, y que suponía por lo menos una carta diaria por ambas partes.

¡Cuántas niñerías! ¡Qué tiempos de felicidad, de ilusiones y de locuras! De todas las

épocas de mi vida que el tiempo tiene en su mano no hay ninguna cuyo recuerdo traiga a

mil labios tantas sonrisas y a mi corazón tanta ternura.

CAPÍTULO XIV

MI TÍA ME SORPRENDE

En cuanto fuimos novios Dora y yo, escribí a Agnes. Le escribí una carta muy larga, en

la que trataba de hacerle comprender lo dichoso que era y lo que valía Dora. Le suplicaba

que no considerase aquello como una pasión frívola, que podría ceder su lugar a otra, ni

que lo comparase lo más mínimo a las fantasías de niño sobre las que acostumbraba a

bromear. Le aseguraba que mi amor era un abismo de una profundidad insondable, y

expresaba mi convicción de que nunca se había visto nada semejante.

No sé cómo fue; pero mientras escribía a Agnes, en una hermosa tarde, al lado de mi

ventana abierta, con el recuerdo, presente en mis pensamientos, de sus ojos serenos y

limpios y de su dulce rostro, sentí una extraña dulzura que calmaba el estado febril en que

vivía desde hacía algún tiempo y que se mezclaba en mi felicidad misma haciéndome

llorar. Recuerdo que apoyé mi cabeza en la mano cuando estaba la carta a medio escribir

y que me puse a soñar pensando que Agnes era naturalmente uno de los elementos

necesarios en mi hogar. Me parecía que en el retiro de aquella casa, que su presencia

hacía para mí sagrada, seríamos Dora y yo más dichosos que en cualquier otro lado. Me

parecía que en el amor, en la alegría y en la pena, la esperanza o la decepción en todas

sus emociones, mi corazón se volvía naturalmente hacia ella como hacia su refugio y su

mejor amiga.

No le hablé de Steerforth; nada más le dije que había tenido muchas penas en Yarmouth

a consecuencia de la pérdida de Emily, y que había sufrido doblemente a causa de las

circunstancias que la habían acompañado. Ella con su intuición adivinaría la verdad, y

sabía que no me hablaría nunca de ello la primera.

Recibí a vuelta de correo contestación a mi carta. Al leerla me parecía oírla hablar;

creía que su dulce voz resonaba en mis oídos. ¿Qué más puedo decir?

Durante mis frecuentes ausencias Traddles había venido a verme dos o tres veces.

Había encontrado a Peggotty: ella no había dejado de decirle, como a todo el que quería

oírla, que era mi antigua niñera, y él había tenido la bondad de quedarse un momento

para hablar de mí con ella. Al menos eso me había dicho Peggotty. Pero yo temo que la

conversación no fuera toda de su parte y de una duración desmesurada, pues era muy

difícil atajar a la buena mujer (que Dios bendiga) cuando había empezado a hablar de mí.

Esto me recuerda no solamente que estaba esperando a Traddles un día que él me había

fijado, sino que mistress Crupp había renunciado a todas las particularidades de su oficio

(excepto el salario), mientras Peggotty no dejara de presentarse en mi casa. Mistress

Crupp, después de haberse permitido muchas conversaciones sobre la cuenta de Peggotty,

en alta voz, en la escalera, con algún espíritu familiar que sin duda se le aparecía (pues, a

la vista, estaba completamente sola en aquellos monólogos), decidió dirigirme una carta

en la que me desarrollaba sus ideas. Empezaba con una aclaración de aplicación

universal, y que se repetía en todos los sucesos de su vida, a saber: que «ella también era

madre»; después me decía que había visto días mejores, pero que en todas las épocas de

su existencia había tenido una antipatía invencible por los espías, los indiscretos y los

chismosos. No citaba nombres; decía que yo podría adivinar a quién se referían aquellos

títulos; pero ella había sentido siempre el más profundo desprecio por los espías, los

indiscretos y los chismosos, particularmente cuando esos defectos se encontraban en una

persona que llevaba el luto de viuda (esto subrayado). Si a un caballero le convenía ser

víctima de los espías, de los indiscretos y de los chismosos (siempre sin citar nombres),

era muy dueño. Tenía derecho a hacer lo que me conviniera; pero ella, mistress Crupp, lo

único que pedía era que no la pusieran en contacto con semejantes personas. Por esta

causa deseaba ser dispensada de todo servicio en las habitaciones del segundo hasta que

las cosas hubieran recobrado su antiguo curso, lo que era muy de desear. Añadía que su

cuaderno se encontraría todos lo sábados por la mañana en la mesa del desayuno, y que

pedía el pago inmediato con el objeto caritativo de evitar confusiones y dificultades a

«todas las partes interesadas».

Después de esto mistress Crupp se limitó a poner trampas en la escalera, especialmente

con pucheros, para ver si Peggotty se rompía la cabeza. Aquel estado de sitio me resultaba

un poco cansado; pero tenía demasiado miedo a mistress Crupp para decidirme a

salir de él.

-¡Mi querido Copperfield-exclamó Traddles apareciendo puntualmente a pesar de todos

aquellos obstáculos-, ¿cómo estás?

-¡Mi querido Traddles! -le dije- Estoy encantado de verte por fin, y siento no haber

estado en casa las otras veces; pero he tenido tanto que hacer…

-Sí, sí -dijo Traddles-; es natural. ¿La « tuya» vive en Londres supongo?

-¿De quién hablas?

-De ella, dispénsame; de miss D…, ya sabes -dijo Traddles enrojeciendo por un exceso

de delicadeza- Vive en Londres, ¿no es así?

-¡Oh, sí; cerca de Londres!

-La mía… quizá recuerdas -dijo Traddles en tono grave- que vive en Devonshire… Son

diez hijos… Así es que yo no estoy tan ocupado como tú en ese asunto.

-Me pregunto -le dije- cómo puedes soportar el verla tan de tarde en tarde.

-¡Ah! -dijo Traddles pensativo- Yo también me lo pregunto. Supongo, Copperfield, que

es porque no tengo más remedio.

-Ya comprendo que esa debe de ser la razón -repliqué sonriendo y ruborizándome un

poco-; pero también es que tienes mucho valor y paciencia, Traddles.

-¿Tú lo crees? -dijo Traddles reflexionando- ¿Esa sensación te transmito, Copperfield?

No lo creía. Pero es tan buena chica, que es muy posible que me haya transmitido alguna

de las cualidades que posee. Ahora que me lo haces observar, Copperfield, no me

extrañaría nada. Te aseguro que se pasa la vida olvidándose de sí misma para pensar en

los otros nueve.

-¿Es la mayor? -pregunté.

-¡Oh, no! -dijo Traddles-. La mayor es una belleza.

Supongo que se dio cuenta de que no pude por menos de sonreír de la tontería de su

respuesta, y puso su expresión ingenua y sonriente.

-Claro está que eso no quiere decir que mi Sofía… Es bonito nombre, ¿verdad,

Copperfield?

-Muy bonito -dije.

-Pues no quiere decir que mi Sofía no sea también encantadora a mis ojos, y que no le

haga a todo el mundo el mejor efecto; pero cuando digo que la mayor es una belleza

quiero decir, verdaderamente… (hizo el gesto de reunir pubes alrededor de sí con las dos

manos) magnífica; te lo aseguro –dijo Traddles con energía.

-¿De verdad? –dije.

-¡Oh!, te lo aseguro -dijo Traddles-; una cosa verdaderamente extraordinaria. Y, como

es natural, está hecha para brillar en el mundo y que la admiren, aunque no tiene ocasión

a causa de su poca fortuna. Por eso a veces es un poco irritable, un poco exigente.

Felizmente, Sofía la pone de buen humor.

-¿Sofía es la más pequeña? -pregunté.

-¡Oh, no! -dijo Traddles acariciándose la barbilla-. Las dos más pequeñas tienen nueve

y diez años. Sofía las educa.

-¿Es la segunda por casualidad? -me atreví a preguntar.

-No -dijo Traddles-; Sarah es la segunda; Sarah tiene algo en la espina dorsal;

¡pobrecilla! Los médicos dicen que se curará; pero entre tanto tiene que estar siempre

acostada boca arriba. Sofía la cuida. Sofía es la cuarta.

-Y la madre ¿vive? -pregunté.

-¡Oh, sí! -dijo Traddles-. Y es verdaderamente una mujer superior; pero la humedad del

clima no la conviene; y… el caso es que no puede moverse.

-¡Qué desgracia!

-Sí, es muy triste -repuso Traddles-. Pero desde el punto de vista de los quehaceres de

la casa es menos incómodo de lo que podría suponerse, porque Sofía la reemplaza. Sirve

de madre a su madre tanto como a los otros nueve.

Yo sentía la mayor admiración por las virtudes de aquella muchacha, y con objeto de

hacer lo posible para que no abusaran de la buena voluntad de Traddles en detrimento de

su porvenir común, le pregunté noticias de míster Micawber.

-Está muy bien, gracias, Copperfield –dijo Traddles-; pero de momento no vivo en su

casa.

-¿No?

-No. A decir verdad -repuso Traddles hablando muy bajo-, ahora ha tomado el nombre

de Mortimer, a causa de sus dificultades temporales; y sólo sale con gafas. Ha habido un

embargo. Mistress Micawber estaba en un estado tan horrible, que yo, verdaderamente,

no he podido por menos de firmar el segundo pagaré de que hablamos. Y puedes figurarte,

Copperfield, mi alegría al ver que aquello devolvía la alegría a mistress Micawber.

-¡Hum! -hice.

-Aunque su felicidad no ha durado mucho -añadió Traddles-, pues, desgraciadamente,

al cabo de ocho días ha habido un nuevo embargo. Entonces nos hemos dispersado. Yo

desde entonces vivo en una habitación amueblada y los Mortimer viven absolutamente

retirados. Espero que no me tacharás de egoísta, Copperfield, si no puedo por menos de

sentir que el comprador de los muebles se haya apoderado de mi mesita redonda con

tablero de mármol, y del florero y el estante de Sofía.

-¡Qué crueldad! -exclamé con indignación.

-Eso me ha parecido… un poco duro -dijo Traddles con su gesto peculiar cuando

empleaba aquella frase-. Además, no digo esto acusando a nadie; pero el caso es,

Copperfield, que no he podido rescatar esos objetos en el momento del embargo;

primero, porque el comerciante, dándose cuenta de lo que me interesaba, pedía un precio

altísimo, y además, porque… no tenía dinero. Pero desde entonces no he perdido de vista

la tienda –dijo Traddles, pareciendo gozar con delicia de aquel misterio-. Está en lo alto

de TottenhamCourt-Road y, por fin, hoy los he visto en el escaparate. Únicamente he

mirado al pasar desde la otra acera, porque si el comerciante me ve pedirá un precio …;

pero he pensado que, puesto que tenía dinero, no te importaría que tu buena niñera

viniera conmigo a la tienda. Yo le enseñaré los objetos desde una esquina, y ella podrá

comprármelos lo más barato posible, como si fueran para ella.

La alegría con que Traddles me desarrolló su plan y el placer que sentía al verse tan

astuto están grabados en mi memoria, y es uno de los recuerdos más claros.

Le dije que Peggotty se encantaría de poder hacerle aquel pequeño favor y que

podríamos entre los tres resolver el asunto; pero con una condición. Esta condición era

que tomaría una determinación solemne de no volver a prestar nada a míster Micawber,

ni el nombre ni nada.

-Mi querido Copperfield -me dijo Traddles-, es cosa hecha; no únicamente porque me

doy cuenta de que he obrado con precipitación, sino porque es una verdadera injusticia

hacia Sofía, y me la reprocho. He dado mi palabra, y no hay nada que temer; pero

también te la doy de todo corazón. He firmado ese desgraciado pagaré. No dudo de que

míster Micawber, si hubiera podido lo hubiese pagado él; pero no podía. Debo decirte

una cosa que me gusta mucho en míster Micawber, Copperfield, y es con respecto al

segundo pagaré, que todavía no ha vencido. Ya no me dice que lo ha pagado, sino que lo

pagará.

Verdaderamente me parece que su proceder es muy honrado y muy delicado.

Me repugnaba el destruir la confianza de mi amigo, y le hice un signo de asentimiento.

Después de un momento de conversación tomamos el camino de la tienda de velas para

recoger a Peggotty, pues Traddles se había negado a pasar la tarde conmigo, en primer

lugar porque sentía la mayor inquietud por sus propiedades, no fuera a ser que cualquier

otra persona las comprase antes de hacerlo él, y además porque era la tarde que dedicaba

siempre a escribir a la mejor muchacha del mundo.

No olvidaré nunca la mirada que lanzó desde la esquina de la calle hacia

Tottenham-Court-Road, mientras Peggotty regateaba aquellos objetos preciosos, ni su

agitación cuando volvió lentamente hacia nosotros después de haber ofrecido inútilmente

su precio, hasta que el comerciante la volvió a llamar y retrocedió. Por fin consiguió los

objetos de Traddles en un precio bastante moderado; y Traddles estaba loco de alegría.

-Estoy agradecidísimo -dijo Traddles, al saber que le enviarían todo a su casa aquella

misma tarde-. Pero si se atreviera le pediría todavía un favor. Espero que no te parecerá

mi deseo demasiado absurdo, Copperfield.

-De verdad que no -respondí de antemano.

-Entonces -dijo Traddles dirigiéndose a Peggotty-, si tuviera usted la bondad de traenne

el florero enseguida. Me gustaría llevarlo yo mismo, por ser de Sofía, Copperfield.

Peggotty fue a buscar el florero de muy buena voluntad. Él le dio las gracias

calurosamente, y le vimos subir por Tottenham-Court-Road con el florero apretado

tiernamente en sus brazos y una expresión de júbilo que nunca he visto a nadie.

Enseguida emprendimos el camino de mi casa. Como los escaparates poseían para

Peggotty encantos que no les he visto desplegar jamás sobre nadie en el mismo grado,

andaba lentamente, divirtiéndome viéndoselos mirar y esperándola siempre que le

convenía detenerse. Tardamos bastante antes de llegar a Adelphy.

Mientras subíamos la escalera le hice observar que las trampas de mistress Crupp

habían desaparecido de repente y que se veían huellas recientes de pasos. Los dos nos

sorprendimos mucho al seguir subiendo y ver abierta la primera puerta, que yo había

dejado cerrada al salir, y oyendo voces en mi casa.

Nos miramos con asombro, sin saber qué pensar, y entramos en el gabinete. ¡Cuál sería

mi sorpresa al encontrarme con las personas que menos me hubiera imaginado: mi tía y

mister Dick! Mi tía estaba sentada sobre un montón de maletas, la jaula de los pájaros

ante ella y el gato sobre sus rodillas, como un Robinson Crusoe femenino, bebiendo una

taza de té. Mister Dick se apoyaba pensativo en una gran cometa semejante a las que

habíamos lanzado juntos tan a menudo, y estaba rodeado de otra carga de maletas.

-Mi querida tía -exclamé-, ¡qué placer tan inesperado!

Nos abrazamos tiernamente. Estreché con cordialidad la mano a mister Dick, y mistress

Crupp, que estaba haciendo el té y prodigando sus atenciones a mi tía, dijo con viveza

que ya sabía ella la alegría de mister Copperfield al ver a sus queridos parientes.

-Vamos, vamos -dijo mi tía a Peggotty, que temblaba en su terrible presencia-, ¿cómo

está usted?

-¿Te acuerdas de mi tía, Peggotty? -le dije.

-¡En nombre del cielo, hijo mío –exclamó mi tía-, no llames a esa mujer con ese

nombre salvaje! Puesto que al casarse se ha desembarazado de él, que era lo mejor que

podia hacer, ¿por qué no concederle al menos las ventajas del cambio? ¿Cómo se llama

usted ahora, P…? –dijo mi tía, usando esta abreviatura para evitar el nombre que tanto la

nuolestaba.

-Barkis, señora -dijo Peggotty haciendo una reverencia. -Vamos; eso es más humano

–dijo mi tía-; ese nombre no tiene el aire pagano del otro, que hay que reparar con el

bautismo de un misionero. ¿Cómo está usted, Barkis? ¿Supongo que está usted bien?

Animada por aquellas graciosas palabras y por la prisa de mi tía a tenderle la mano,

Barkis se adelantó para tomarla con una reverencia de gracias.

-Hemos envejecido desde aquellos tiempos -dijo mi tía-. No nos hemos visto más que

una vez. Buen trabajo hicimos aquel día. Trot, hijo mío, dame otra taza de té.

Serví a mi tía el brebaje que me pedía, siempre tan tiesa como de costumbre, y me

aventuré a hacerle observar que no era un asiento muy cómodo una maleta.

-Déjeme que le acerque el diván o el sillón, tía; está usted muy mal ahí.

-Gracias, Trot -replicó-; prefiero estar sentada encima de mis trastos.

Y mirando a mistress Crupp a la cara le dijo:

-No se tome el trabajo de esperar, señora.

-¿Quiere usted que ponga un poco más de té en la tetera, señora? -dijo mistress Crupp.

-No, gracias -replicó mi tía.

-¿Quiere usted permitirme que traiga un poco más de manteca, señora, o un huevo

fresco, o que le ase un trozo de tocino? ¿No puedo hacer nada más por su querida tía,

míster Copperfield?

-Nada, señora; lo haré yo sola, muchas gracias.

Mistress Crupp, que sonreía sin cesar para demostrar una gran dulzura de carácter, y

que ponía siempre la cabeza de medio lado para simular una gran debilidad de

constitución, y que se frotaba a cada momento las manos para manifestar su deseo de ser

útil a todos los que lo merecían, terminó por salir de la habitación con la cabeza de medio

lado, frotándose las manos y sonriendo.

-Dick –dijo mi tía—, ya sabe lo que le he dicho de los cortesanos y los adoradores de la

fortuna.

Míster Dick respondió afirmativamente, pero un poco asustado y como si hubiera

olvidado lo que debía recordar tan bien.

-Pues bien; mistress Crupp es de ellos -dijo mi tía-. Barkis: ¿quiere usted hacer el favor

de cuidarse del té y de darme otra taza? No quería tomarla de manos de esa intrigante.

Conocía lo bastante a mi tía para saber que tenía algo importante que decirme y que su

llegada tenía más importancia de lo que un extraño hubiera podido suponer. Observé que

sus miradas estaban constantemente fijas en mí cuando se creía que yo no la veía, y que

estaba en un estado de indecisión y de inquietud interior mal disimulado por la calma y la

rectitud que conservaba exteriormente. Empezaba a temer haber hecho algo que pudiera

ofenderla, y mi conciencia me dijo bajito que todavía no le había hablado de Dora. ¿No

sería aquello por casualidad?

Como sabía que no hablaría hasta que le diera la gana, me senté a su lado y me puse a

hablar con los pájaros y a jugar con el gato, como si estuviera muy tranquilo; pero no lo

estaba nada, y mi inquietud aumentó al ver que míster Dick, apoyado en su gran cometa

detrás de mi tía, aprovechaba todas las ocasiones en que no nos observaban para hacerme

señas misteriosas, señalándome a mi tía.

-Trot -me dijo por fin cuando terminó su té y después de haberse enjugado los labios y

arreglado cuidadosamente los pliegues de la falda—… ¡No necesita usted marcharse,

Barkis! Trot, ¿tienes ya más confianza en ti mismo?

-Creo que sí, tía.

-Pero, ¿estás bien seguro?

- Creo que sí, tía.

-Entonces, hijo mío -me dijo mirándome fijamente-,¿sabes por qué tengo tanto interés

en estar sentada encima de mi equipaje?

Sacudí la cabeza, como hombre que echa su lengua a los perros.

-Porque es todo lo que me queda; porque estoy arruinada, hijo mío.

Si la casa hubiera caído al río con todos nosotros dentro creo que el golpe no hubiera

sido más violento para mí.

-Dick lo sabe –dijo tranquilamente mi tía poniéndome una mano en el hombro-; estoy

arruinada, mi querido Trot. Todo lo que me queda en el mundo está aquí, excepto la casita,

que he dejado a Janet el cuidado de alquilar. Barkis, hay que buscar a este caballero

un sitio donde pasar la noche. Con objeto de evitar el gasto, quizá podríamos arreglar

aquí algo para mí, no importa cómo. Es para esta noche solamente; ya hablaremos de ello

más despacio.

Me sacó de mi sorpresa y de la pena que sentía por ella …. por ella, estoy seguro, el

verla caer en mis brazos, exclamando que sólo lo sentía por mí; pero un minuto le bastó

para dominar su emoción, y me dijo, con más aire de triunfo que de abatimiento.

-Hay que soportar con valor las contrariedades, sin dejarnos asustar, hijo mío; hay que

sostener el papel hasta el fin. Hay que desafiar a la desgracia hasta el fin, Trot.

CAPÍTULO XV

DEPRESIÓN

Cuando recobré mi presencia de ánimo, que en el primer momento me había

abandonado por completo bajo el golpe de la noticia de mi tía, propuse a míster Dick que

viniera a la tienda de velas a tomar posesión de la cama que míster Peggotty había dejado

vacía hacía poco. La tienda de velas se encontraba en el mercado de Hungerford, que

entonces no se parecía nada a lo que es ahora, y tenía delante de la puerta un pórtico bajo,

compuesto de columnas de madera, que se parecía bastante al que se veía antes en la

portada de la casa del hombrecito y la mujercita de los antiguos barómetros. Aquella obra

de arte de la arquitectura le gustó infinitamente a míster Dick, y el honor de habitar

encima de aquellas columnas yo creo que le hubiera consolado de muchas molestias; pero

como en realidad no había más objeción que hacer al alojamiento que la variedad de

perfumes de que he hablado, y quizá también la falta de espacio en la habitación, quedó

encantado de su alojamiento. Mistress Crupp le había declarado con indignación que no

había sitio ni para hacer bailar a un gato; pero, como me decía muy justamente míster

Dick sentándose a los pies de la cama y acariciando una de sus piernas:

-Usted sabe muy bien, Trotwood, que yo no necesito hacer bailar a ningún gato, que

nunca he hecho bailar a ningún gato; por lo tanto, ¿a mí qué me importa?

Traté de descubrir si míster Dick tenía algún conocimiento de las causas de aquel gran

y repentino cambio en los intereses de mi tía; pero, como me esperaba, no sabía nada.

Todo lo que podía decirme es que mi tía le había apostrofado así la antevíspera:

«Veamos, Dick, ¿es usted verdaderamente todo lo filósofo que yo creo?». «Sí», había

respondido él. Entonces mi tía le había dicho: «Dick, estoy arruinada», y él había

exclamado: «¡Oh! ¿De verdad?». Después mi tía le había elogiado mucho, lo que le había

causado mucha alegría, y habían venido a buscarme comiendo sándwiches y bebiendo

cerveza en el camino.

Míster Dick estaba tan radiante a los pies de su cama acariciándose la pierna mientras

me decía todo esto, con los ojos muy abiertos y una sonrisa de sorpresa, que siento decir

que me impacienté y que llegué a explicarle que quizá no sabía lo que la palabra ruina

traía tras de sí de desesperación, de necesidad, de hambre; pero pronto fui cruelmente

castigado por mi dureza al verle ponerse pálido y alargársele el rostro y correr lágrimas

por sus mejillas, mientras me lanzaba una mirada tan desesperada, que hubiera ablandado

un corazón infinitamente más duro que el mío. Me costó mucho más trabajo animarle de

lo que me había costado abatirle, y comprendí enseguida que debía de haber adivinado

desde el primer momento que si él había demostrado tanta confianza es porque tenía una

fe inquebrantable en mi tía, en su sabiduría maravillosa y en los recursos infinitos de mis

facultades intelectuales, pues creo que me creía capaz de luchar victoriosamente contra

todos los infortunios que no fueran la muerte.

-¿Qué podemos hacer, Trot? -dijo míster Dick-. Está la Memoria…

-Ciertamente está la Memoria -le dije-; pero de momento la única cosa que podemos

hacer, míster Dick, es serenamos y que mi tía no vea que nos preocupan sus asuntos.

Estuvo de acuerdo conmigo al momento y me suplicó que, en el caso en que le viera

apartarse un paso del buen camino, que le atrajera a él por alguno de los medios ingeniosos

que yo siempre tenía a mano. Pero siento decir que le había asustado demasiado para

que pudiera ocultar su temor. Toda la noche estuvo mirando sin cesar a mi tía con una expresión

de la más penosa inquietud, como si se esperase verla adelgazar de repente.

Cuando se daba cuenta hacía esfuerzos inauditos para no mover la cabeza; pero por muy

inmóvil que la tuviera volvía los ojos, lo que era casi peor. Le vi mirar durante la comida

el panecillo que había encima de la mesa como si no quedara más que aquello entre

nosotros y el hambre. Y cuando mi tía insistió para que comiera como de costumbre, me

di cuenta de que se guardaba en el bolsillo pedazos de pan y de queso, sin duda para

proporcionarse con aquellas economías el medio de volvemos a la vida cuando

estuviéramos extenuados por el hambre.

Mi tía, por el contrario, estaba tranquila y podía servimos de ejemplo a todos, a mí el

primero. Estaba amable con Peggotty, excepto cuando la llamaba así por distracción, y

parecía encontrarse completamente a sus anchas a pesar de su conocida repugnancia por

Londres. Ella se acostaría en mi cama y yo en el gabinete, sirviéndole de cuerpo de

guardia. Insistió mucho sobre las ventajas de estar tan cerca del río, para caso de

incendio, y yo creo que verdaderamente le producía satisfacción aquella circunstancia.

-No, Trot; no, hijo mío -me dijo mi tía cuando me vio hacer los preparativos para

componer su brebaje de la noche.

-¿No lo quiere usted, tía?

-Vino no, hijo mío; cerveza.

-Pero tengo vino, y lo que usted toma siempre es vino.

-Guarda el vino para el caso en que haya algún enfermo -me dijo-; no hay que

malgastarlo. Trot, dame cerveza; media botella.

Creí que míster Dick iba a desmayarse. Mi tía persistía en su negativa, y tuve que salir

para buscar yo mismo la cerveza. Como se hacía tarde, míster Dick y Peggotty aprovecharon

la ocasión para tomar juntos el camino de la tienda de velas. Me despedí del pobre

hombre en la esquina, y se alejó con su gran cometa a la espalda y llevando en su rostro

la verdadera imagen de la miseria humana.

A mi regreso encontré a mi tía paseándose de arriba abajo por la habitación y plegando

con sus dedos los adornos de su cofia de dormir. Le calenté la cerveza y tosté el pan

según los principios establecidos, y cuando la bebida estuvo preparada, mi tía también lo

estaba con la cofia en la cabeza, la falda un poco remangada y las manos sobre las

rodillas.

-Querido mío -me dijo después de tomar una cucharadita del líquido-, es mucho mejor

que el vino, y además menos bilioso.

Supongo que no debía de parecer muy convencido, pues añadió:

-Ta, ta, ta, hijo mío; si no nos sucede nada peor que beber cerveza, no nos podremos

quejar.

-Le aseguro, tía, que no se trata de mí; estoy muy lejos de decir lo contrario.

-Pues bien; entonces, ¿por qué no es esa tu opinión?

-Porque usted y yo somos diferentes -contesté.

-Vamos, Trot, qué locura -replicó ella.

Mi tía continuó con una satisfacción tranquila y nada afectada, lo aseguro, bebiendo su

cerveza caliente a cucharaditas y mojando los picatostes.

-Trot -me dijo-, por lo general no me gustan las caras nuevas; pero tu Barkis no me

disgusta, ¿sabes?

-Si me hubieran dado cien libras, tía, no me hubiera alegrado tanto; y soy feliz viendo

que la aprecia usted.

-Es un mundo muy extraordinario este en que vivimos -repuso mi tía frotándose la

nariz-; no puedo explicarme dónde ha ido esta mujer a buscar un nombre semejante.

Dime si no sería mucho más fácil nacer Jackson o cualquier cosa menos eso.

-Quizá ella misma piense eso, tía; pero no es suya la culpa.

-Claro que no -contestó mi tía, un poco contrariada por tener que confesarlo-; pero no

por eso es menos desesperante. En fin, ahora se llama Barkis, y es un consuelo. Barkis te

quiere con todo su corazón, Trot.

-No hay nada en el mundo que no estuviera dispuesta a hacer para demostrármelo.

-Nada, es verdad, lo creo -dijo mi tía-. ¿Querrás creer que la pobre loca estaba hace un

momento pidiéndome con las manos juntas que aceptara parte de su dinero, porque tenía

demasiado? ¡Será idiota!

Las lágrimas de mi tía caían en su cerveza.

-Nunca he visto a nadie tan ridículo -añadió-. Desde el primer momento que la vi al

lado de tu madrecita adiviné que debía de ser la criatura más ridícula del mundo; pero

tiene buenas cualidades.

Mi tía hizo como que se reía, y aprovechó la ocasión para llevar la mano a sus ojos;

después siguió comiendo sus tostadas y hablando al mismo tiempo.

-¡Ay! ¡Misericordia! –dijo mi tía suspirando- Sé todo lo que ha pasado, Trot. He tenido

una larga conversación con Barkis mientras tú habías salido con Dick. Sé todo lo que ha

pasado. Por mi parte, no comprendo lo que esas miserables chicas tienen en la cabeza; y

me pregunto cómo no prefieren ir a rompérsela contra… contra una chimenea –dijo mi tía

mirando a la mía, que fue probablemente la que le sugirió la idea.

-¡Pobre Emily! –dije.

-¡Oh! No digas pobre Emily -replicó mi tía-; hubiera debido pensar en toda la pena que

causaba. Dame un beso, Trot; siento mucho que tan joven tengas ya una experiencia tan

triste en tu vida.

En el momento en que me inclinaba hacia ella, dejó su vaso en mis rodillas, para

detenerme, y dijo:

-¡Oh! ¡Trot, Trot! ¿Te figuras que estás enamorado, no?

-¿Cómo que me figuro, tía? –exclamé enrojeciendo. La adoro con toda mi alma.

-¿A Dora? ¿De verdad? -replicó mi tía—. Y estoy segura de que te parece esa criaturita

muy seductora.

-Querida tía -le contesté-, nadie puede hacerse idea de lo que es.

-¡Ah! ¿No es demasiado tonta? –dijo mi tía.

-¿Tonta, tía mía?

Creo seriamente que nunca se me había ocurrido preguntarme si lo era o no. Aquella

suposición me ofendió, naturalmente, pero me sorprendió como una idea completamente

nueva.

-Según eso ¿no será un poco frívola? -dijo mi tía.

-¿Frívola, tía? -Me limité a repetir aquella pregunta atrevida con el mismo sentimiento

que había repetido la primera.

-¡Está bien, está bien! –dijo mi tía-. Quería únicamente saberlo; no hablo mal de ella.

¡Pobres chicos! Y os creéis hechos el uno para el otro y os véis ya atravesando una vida

llena de dulzuras y de confites, como las dos figuritas de azúcar que adoman la tarta de la

recién casada en una comida de bodas, ¿no es verdad, Trot?

Hablaba con tal bondad y dulzura, casi de broma, que me conmovió.

-Ya sé que somos muy jóvenes y sin experiencia, tía -contesté-, y que no diremos y

haremos cosas nada razonables; pero estoy seguro de que nos queremos de verdad. Si

creyera que Dora podía querer a otro o dejar de quererme, o que yo pudiera amar a otra

mujer o dejar de quererla, no sé lo que haría…, creo que me volvería loco.

-¡Ah, Trot! -dijo mi tía sacudiendo la cabeza y sonriendo tristemente-. ¡Ciego, ciego,

ciego! Alguien que yo conozco, Trot -añadió mi tía después de un momento de silencio-,

a pesar de su dulzura de carácter posee una viveza de afectos que me recuerda a un bebé.

Ese alguien debe buscar un apoyo fiel y seguro, que pueda sostenerle y ayudarle; un

carácter serio, sincero, constante.

-¡Si supiera usted la constancia y la sinceridad de Dora, tía mía! –exclamé.

-¡Ay, Trot! -repitió ella-. ¡Ciego, ciego! -y sin saber por qué me pareció vagamente que

perdía en aquel momento algo, alguna promesa de felicidad que se escapaba y escondía a

mis ojos tras una nube.

-Sin embargo –dijo mi tía–, no quiero desesperar ni hacer desgraciados a estos dos

niños; así, aunque sea una pasión de niño y niña, y aunque esas pasiones muy a menudo…,

fíjate bien, no digo siempre, pero muy a menudo, no conducen a nada, sin

embargo, no lo tomaremos a broma, hablaremos seriamente y esperaremos que termine

bien cualquier día. Tenemos tiempo.

No era una perspectiva muy consoladora para un amante apasionado, pero estaba

encantado de que mi tía conociera el secreto. Recordando que debía de estar cansada, le

agradecí tiernamente aquella prueba de su afecto, y después de despedirme de ella con

ternura, mi tía y su cofia de dormir fueron a tomar posesión de mi alcoba.

¡Qué desgraciado fui aquella noche en mi cama! Mis pensamientos no podían apartarse

del efecto que haría en míster Spenlow la noticia de mi pobreza, pues ya no era lo que

creía ser cuando había pedido la mano de Dora, y además me decía que honradamente

debía decir a Dora mi situación y devolverle su palabra si lo quería así. Me preguntaba

cómo me las arreglaría para vivir durante todo el tiempo que tenía que pasar con míster

Spenlow sin ganar nada; me preguntaba cómo podría sostener a mi tía, y me rompía la

cabeza sin encontrar solución satisfactoria; además, me decía que pronto no tendría nada

de dinero en el bolsillo; que tendría que llevar trajes raídos, renunciar a los bonitos

caballos grises, a los regalitos que tanto me gustaba llevar a Dora; en fin, a todo lo que

era serle agradable. Sabía que era egoísmo y que era una cosa indigna pensar en mis

propias desgracias, y me lo reprochaba amargamente; pero quería demasiado a Dora para

que pudiera ser de otro modo. Sabia que era un miserable no preocupándome más por mi

tía que por mí mismo; pero mi egoísmo y Dora eran inseparables, y no podía dejar a Dora

de lado por el amor de ninguna otra criatura humana. ¡Ah! ¡Qué desgraciado fui aquella

noche!

Mi noche estuvo agitada por mil sueños penosos sobre mi pobreza; pero me parecía que

soñaba sin haberme dormido de antemano. Tan pronto me veía vestido de harapos y obligando

a Dora a it a vender cerillas a medio penique la caja, como me encontraba en la

oficina vestido con la camisa de dormir y un par de botas, y míster Spenlow me

reprochaba la ligereza del traje en que me presentaba a sus clientes; después comía

ávidamente las migas que dejaba caer el viejo Tifey al comer su bizcocho de todos los

días en el momento en que el reloj de Saint Paul daba la una; después hacía una multitud

de esfuerzos inútiles para obtener la autorización oficial necesaria para mi matrimonio

con Dora, sin tener para pagarla más que uno de los guantes de Uriah Heep, que el

Tribunal rechazaba por unanimidad; por fin, no sabiendo demasiado dónde estaba, me

revolvía sin cesar, como un barco en peligro, en un océano de mantas y sábanas.

Mi tía tampoco descansaba; yo la sentía pasearse de arriba abajo. Dos o tres veces en el

curso de la noche apareció en mi habitación como un alma en pena, vestida con un largo

camisón de franela, que la hacía parecer de seis pies de estatura, y se acercaba al divan en

que yo estaba acostado. La primera vez di un salto de terror ante la noticia de que tenía

motivos para creer por la luz que se veía en el cielo que la abadía de Westminster estaba

ardiendo. Quiso saber si las llamas no llegarían a Buckingham Street en el caso de que

cambiara el viento. Cuando reapareció más tarde no me moví; pero se sentó a mi lado,

diciendo en voz baja: «¡Pobre muchacho! », y me sentí todavía más desgraciado al ver lo

poco que se preocupaba de sí misma para pensar en mí, mientras que yo estaba

egoístamente absorto en mis preocupaciones.

Me costaba trabajo pensar que una noche que a mí me parecía tan larga pudiera parecer

corta a nadie. Y me puse a imaginar un baile en que los invitados pasaran la noche bailando;

después todo aquello se convirtió en un sueño, y oía a los músicos siempre

tocando la misma pieza, mientras veía a Dora bailar siempre lo mismo, sin fijarse en mí.

El hombre que había estado tocando el arpa toda la noche trataba en vano de guardar su

instrumento en un gorro de algodón de medida corriente en el momento en que me

desperté, o mejor dicho, en el momento en que renuncié a tratar de dormirme al ver que

el sol brillaba en mi ventana.

Había entonces en una de las calles que desembocan en el Strand unos antiguos baños

romanos (quizá están todavía), donde tenía la costumbre de ir a sumergirme en agua fría.

Me vestí lo más silenciosamente que pude y, dejando a Peggotty el encargo de ocuparse

de mi tía, fui a precipitarme en el agua de cabeza, y después tomé el camino de

Hampstead. Esperaba que aquel tratamiento enérgico me refrescara un poco el espíritu, y

creo que realmente me sentó muy bien, pues no tardé en decidir que lo primero que tenía

que hacer era ver si conseguía rescindir mi contrato con míster Spenlow y recobrar la

cantidad entregada. Almorcé en Hampstead y después tomé el camino del Tribunal, a

través de las carreteras, todavía húmedas de rocío, en medio del dulce perfume de las

flores que crecían en los jardines del camino o que pasaban en cestas sobre las cabezas de

los jardineros; yo sólo pensaba en intentar aquel primer esfuerzo para hacer frente al

cambio de nuestra situación.

Llegué tan temprano a la oficina que tuve tiempo de pasearme durante una hora por los

patios antes de que el viejo Tifey, que era siempre el primero en estar en su puesto, apareciera

con la llave. Entonces me senté en un rincón a la sombra, mirando el reflejo del

sol sobre los tubos de la chimenea de enfrente y pensando en Dora, cuando míster Spenlow

entró, reposado y dispuesto.

-¿Cómo está usted Copperfield? -me dijo-. ¡Qué mañana tan hermosa!

-Una mañana encantadora -respondí-. ¿Podría decirle a usted una palabra antes de que

entrara en el Tribunal?

-Sí -dijo-; venga usted a mi despacho.

Le seguí al despacho, donde empezó por ponerse su traje mirándose en un espejito

colgado detrás de la puerta de un armario.

-Siento mucho decirle -empecé- que he recibido muy malas noticias de mi tía.

-¿De verdad? ¡Cómo lo siento! Pero ¿no será un ataque de parálisis, espero?

-No se trata de su salud -repliqué- Es que ha tenido grandes pérdidas; mejor dicho, que

no le queda absolutamente nada.

-¡Me sor …pren…de usted, Copperfield! –exclamó mister Spenlow.

Moví la cabeza.

-Su situación ha cambiado de tal modo, que quería pedirle si no sería posible…

sacrificando parte de la suma pagada para mi admisión aquí, claro (no había meditado

aquel ofrecimiento generoso; pero lo improvisé al ver la expresión de espanto que se

pintó en su fisonomía).— si no sería posible anular el contrato que hicimos.

Nadie se puede imaginar lo que me costó hacer aquella proposición. Era pedir como

una gracia que me separaran de Dora.

-¿Anular nuestro contrato, Copperfield, anularlo?

Le expliqué con cierta firmeza que acudía a todos los expedientes porque no sabía

cómo subsistir si no ganaba dinero; que no temía nada por el porvenir, y apoyé mucho en

ello para hacerle ver que sería un yerno digno de atención, pero que por el momento me

veía en la necesidad de trabajar.

-Siento mucho lo que me dice usted, Copperfield -respondió míster Spenlow-; lo siento

muchísimo. No hay costumbre de anular un contrato por semejantes razones. No es modo

de proceder en los negocios. Sería un mal precedente…; sin embargo…

-Es usted muy bueno -murmuré, en espera de alguna concesión.

-Nada de eso; no se equivoque –continuó míster Spenlow-; iba a decirle que si tuviera

las manos libres, si no tuviera un asociado, míster Jorkins…

Mis esperanzas se desvanecieron al momento; sin embargo, hice todavía un esfuerzo.

-¿Y cree usted que si me dirigiera a míster Jorkins…?

Míster Spenlow movió la cabeza con abatimiento.

-Dios me libre, Copperfield –dijo-, de ser injusto con nadie, y menos con míster

Jorkins. Pero conozco a mi asociado, Copperfield. Míster Jorkins no es hombre que acoja

bien una proposición tan insólita. Míster Jorkins sólo conoce las tradiciones recibidas, y

no sale de ellas. ¡Usted le conoce!

Yo no le conocía. Nada más sabía que mister Jorkins había sido anteriormente director

de todo y que ahora vivía solo en una casa muy cerca de Montagu-Square, que le hacía

horriblemente falta revocar; que llegaba a la oficina muy tarde y se iba muy temprano;

que nunca parecía que le consultaran sobre nada; que tenía un gabinete sombrío para él

solo en el primer piso, en el que nunca se hacía ningún negocio, y que tenía sobre su

pupitre una carpeta vieja de papel secante, amarilla por el tiempo, pero sin una mancha de

tinta, y que se decía que estaba allí desde hacía veinte años.

-¿Tendría usted inconveniente en que hablara del asunto a míster Jorkins? -le pregunté.

-Ninguno -dijo míster Spenlow-; pero tengo experiencia sobre el carácter de míster

Jorkins, Copperfield. Querría que fuese de otra manera y me alegraría mucho poder hacer

lo que usted desea. No tengo ningún inconveniente en que hable usted a míster Jorkins si

cree que merece la pena,

Aprovechándome de su permiso, que acompañó de un apretón de manos, continué en

mi rincón, pensado en Dora y mirando al sol, que abandonaba los tubos de las chimeneas

para iluminar la pared de la casa de enfrente, hasta la llegada de míster Jorkins. Entonces

subí a su gabinete, y en mi vida he visto un hombre más sorprendido de recibir una visita.

-Entre usted, míster Copperfield; pase usted.

Entré, me senté y le expuse mi situación poco más o menos como se la había expuesto a

míster Spenlow. Míster Jorkins no era tan terrible como podía uno sospechar. Era un

hombre grueso, de sesenta años, de expresión dulce y benévola, que tomaba tal cantidad

de tabaco, que entre nosotros se decía que aquel estimulante era su principal alimento,

puesto que después no le quedaba sitio en todo su cuerpo para ninguna otra cosa.

-¿Supongo que habrá usted hablado de ello a míster Spenlow? -dijo míster Jorkins

después de haberme escuchado hasta el fin con algo de impaciencia.

-Sí, señor; es él quien me ha sugerido su nombre.

-¿Le ha dicho que yo pondría inconvenientes? -preguntó míster Jorkins.

Tuve que admitir que a míster Spenlow le parecía muy verosímil.

-Lo siento mucho, míster Copperfield -dijo míster Jorkins muy confuso-, pero no puedo

hacer nada por usted. El caso es… Pero tengo una cita en el banco. Si usted me permite.

Y diciendo esto se levantó precipitadamente, a iba a abandonar la habitación, cuando

me atreví a decirle que temía que no hubiera medio de arreglar el asunto.

-No -dijo míster Jorkins deteniéndose en la puerta para mover la cabeza-; hay

inconvenientes, ¿sabe usted?

Continuó hablando muy deprisa. Después salió.

-Comprenda usted, míster Copperfield -dijo volviendo a entrar muy inquieto-, que si

míster Spenlow ve inconvenientes…

-Personalmente no, señor.

-¡Oh, personalmente! -repitió míster Jorkins con impaciencia-. Le aseguro que tiene

inconvenientes, míster Copperfield, insuperables. Lo que usted desea es imposible… Pero

tengo una cita en el banco…

Y se escapó corriendo. Según he sabido después, pasó tres días sin reaparecer por su

despacho.

Estaba decidido a mover tierra y cielo si era necesario. Esperé, por lo tanto, el regreso

de míster Spenlow para contarle mi entrevista con su asociado, dándole a entender que

tenía algunas esperanzas de que fuera posible dulcificar al inflexible Jorkins si se

proponía hacerlo.

-Copperfield -me contestó míster Spenlow con una sonrisa sagaz-, usted no conoce a mi

asociado míster Jorkins desde hace tanto tiempo como yo. Nada más lejos de mi espíritu

que suponer a Jorkins capaz de hipocresía; pero Jorkins tiene una manera de presentar sus

objeciones que muy a menudo engaña a las gentes. No, Copperfield; créame -dijo

moviendo la cabeza-; no hay manera de conmover a míster Jorkins.

Yo empezaba a no saber demasiado cuál de los dos, si míster Spenlow o míster Jorkins,

era realmente el asociado de quien provenían los inconvenientes; pero veía con claridad

que en uno o en otro había una fuerza invencible y que no había que contar, ni mucho

menos, con el reembolso de las mil libras de mi tía. Dejé las oficinas en un estado de depresión

que no recuerdo sin remordimientos, pues sé que era el egoísmo (el egoísmo de

los dos, Dora) el que lo formaba, y me volví a casa.

Trataba de familiarizar mi espíritu con lo peor que pudiera suceder a intentaba imaginar

las determinaciones que tendríamos que tomar si el porvenir se nos presentaba bajo los

colores más sombríos, cuando un coche que me seguía se detuvo a mi lado, haciéndome

levantar los ojos. Por la portezuela me tendían una mano blanca, y vi la sonrisa del rostro

que nunca había visto sin experimentar un sentimiento de reposo y de felicidad desde el

día que lo había contemplado en la antigua escalera de madera y que había asociado en

mi espíritu su belleza serena con el suave colorido de la vidriera de la iglesia.

-¡Agnes! -exclamé con alegría-. ¡Oh mi querida Agnes, qué alegría verte a ti mejor que

a ninguna otra criatura humana!

-¿De verdad? -dijo en tono cordial.

-¡Tengo tanta necesidad de hablar contigo! -le dije-. El corazón se me tranquiliza sólo

con mirarte. Si hubiera tenido una varita mágica, tú eres la persona que hubiera deseado

ver.

-Vamos -dijo Agnes.

-¡Ah! Dora quizá primero -confesé enrojeciendo.

-Ya lo creo que Dora primero -dijo Agnes riendo.

-Pero tú la segunda -le dije-. ¿Dónde ibas?

Iba a mi casa para ver a mi tía, y se alegró mucho de salir del coche, que olía a cuadra;

demasiada cuenta me di, pues había metido la cabeza por la portezuela todo el tiempo

mientras charlaba. Despedimos al cochero, se agarró de mi brazo y echamos a andar

juntos. Ella era la personificación de la Esperanza; ya no me sentía el mismo con Agnes a

mi lado.

Mi tía le había escrito una de esas extrañas y cómicas cartitas que no eran mucho más

grandes que un billete de banco. Rara vez llevaba más lejos su verbo epistolar. Era para

anunciarle que había tenido pérdidas a consecuencia de las cuales dejaba definitivamente

Dover; pero que ya había tomado una decisión y que estaba demasiado bien para que

nadie se preocupara por ella, y Agnes había venido a Londres para ver a mi tía, que la

quería y a quien quería mucho desde hacía años, es decir, desde el momento en que yo

me establecí en casa de míster Wickfield. No estaba sola, según me dijo. Había venido

con su padre y con Uriah Heep.

-¿Son ya asociados? -pregunté-. ¡Que el Cielo le confunda!

-Sí -dijo Agnes-; tenían algunos negocios aquí, y he aprovechado la ocasión para venir

yo también a Londres. No hay que creer que sea por mi parte una visita completamente

desinteresada y amistosa, Trotwood, pues… temo tener prejuicios injustos…; pero no me

gusta dejar a papá solo con él.

-¿Sigue ejerciendo la misma influencia sobre míster Wickfield, Agnes?

Agnes movió tristemente la cabeza.

-Ha cambiado todo tanto en nuestra casa, que ya no reconocerías nuestra querida y vieja

morada. Ahora viven con nosotros.

-¿Quién? -pregunté.

-Uriah y su madre. Él ocupa tu antigua habitación -dijo Agnes mirándome a la cara.

-¡Lástima no estar encargado de proporcionarle los sueños! ¡No seguiría durmiendo allí

mucho tiempo!

-Yo continúo en mi antigua habitacioncita -dijo Agnes-;aquella en que aprendía mis

lecciones. ¡Cómo pasa el tiempo! ¿Te acuerdas? La habitación pequeña que daba al

salón.

-¿Que si me acuerdo, Agnes? Es en la que te vi por primera vez; estabas de pie en

aquella puerta, con la cestita de las llaves colgada.

-Precisamente –dijo Agnes sonriendo-. Me gusta que lo recuerdes tan bien. ¡Qué

felices éramos entonces! Sí; he conservado aquella habitación para mí; pero no siempre

puedo librarme de mistress Heep, ¿sabes?, pues a veces tengo que hacerle compañía,

cuando me gustaría más estar sola. Pero es la única queja que tengo contra ella. Algunas

veces me cansa con tanto elogiar a su hijo. ¿Pero qué hay más natural en una madre? Es

muy buen hijo.

Miraba a Agnes mientras que me hablaba así, sin descubrir en su rostro la menor

sospecha de las intenciones de Uriah. Sus hermosos ojos, tan dulces y tan seguros al

mismo tiempo, sostenían mi mirada con su franqueza de costumbre y sin la menor

alteración en el rostro.

-El mayor inconveniente de su presencia en casa -dijo Agnes- es que no puedo estar con

papá todo el tiempo que quisiera, pues Uriah está constantemente entre nosotros. No

puedo velar por él, si es que no es una expresión demasiado atrevida, tan de cerca como

me gustaría. Pero si emplean con él la mentira o la traición, espero que mi cariño termine

por triunfar. Espero que el verdadero afecto de una hija vigilante y abnegada sea más

fuerte que todos los peligros del mundo.

Aquella sonrisa luminosa, que no he visto nunca en ningún otro rostro, desapareció en

el momento en que yo admiraba su dulzura y en que recordaba la felicidad que antes tenía

viéndolo, y me preguntó con un cambio marcado en la fisonomía, mientras nos

acercábamos a la calle en que estaba mi casa, si yo sabía cómo había perdido su fortuna

mi tía. Ante mi respuesta negativa, Agnes se quedó pensativa, y me pareció sentir temblar

el brazo que se apoyaba en el mío.

Encontramos a mi tía sola y un poco inquieta. Había surgido entre ella y mistress Crupp

una discusión sobre una cuestión abstracta (la conveniencia de residir el bello sexo en

unas habitaciones de soltero), y mi tía, sin preocuparse de los espasmos de mistress

Crupp, había cortado la discusión declarando a aquella señora que olía a coñac, que me

robaba y que se marchara al momento. Mistress Crupp, considerando aquellas dos

expresiones como injuriosas, había anunciado su intención de apelar al jurado inglés,

refiriéndose, a lo que colegí, a nuestras libertades nacionales.

Sin embargo, mi tía había tenido tiempo de reponerse mientras Peggotty había salido

para enseñarle a míster Dick los guardias a caballo. Además, encantada de ver a Agnes,

no pensaba ya en su disputa no siendo para envanecerse de la manera como había salido

de ella. Así es que nos recibió de muy buen humor. Cuando Agnes hubo dejado su sombrero

encima de la mesa y se sentó a su lado, no pude por menos que pensar, viendo su

frente radiante y sus ojos serenos, que aquel parecía el lugar donde debía siempre estar;

que mi tía tenía en ella, a pesar de su juventud a inexperiencia, una confianza absoluta.

¡Ah! ¡Tenía mucha razón en contar con su fuerza, con su afecto sencillo, con su abnegación

y fidelidad!

Nos pusimos a hablar de los negocios de mi tía, a la cual conté lo que había intentado

inútilmente aquella mañana.

-No era juicioso, Trot; pero la intención era buena. Eres un buen chico, generoso; pero

más bien creo que debía decir un hombre, y estoy orgullosa de ti, amigo mío. No hay

nada que decir hasta ahora. Ahora, Trot y Agnes, miremos de frente la situación de

Betsey Trotwood y veamos en qué está.

Via Agnes palidecer mirando atentamente a mi tía, y mi tía no miraba menos

atentamente a Agnes mientras acariciaba a su gato.

-Betsey Trotwood -dijo mi tía-, que nunca había dado cuentas a nadie de sus asuntos de

dinero (no hablo de tu hermana, Trot, sino de mí), tenía una fortunita. Poco importa saber

lo que tenía; pero era bastante para vivir; quizá algo más, pues había ahorrado para

aumentar el capital. Betsey tuvo su dinero en papel del Estado durante cierto tiempo; pero

después, aconsejada por su apoderado, lo colocó en el Banco Hipotecario. Aquello iba

muy bien y daba una renta considerable. ¿No os parece que cuando hablo de Betsey estoy

contando la historia de un barco de guerra? Como aquello terminó y devolvieron su

dinero a Betsey, se vio obligada a pensar de nuevo en qué lo colocaba, y creyéndose más

hábil que su hombre de negocios, que no estaba tan listo como antes (me refiero a tu

padre, Agnes), se le metió en la cabeza administrarse sola su fortuna. Llevó, como suele

decirse, sus cerdos al mercado; pero no fue buena vendedora. En primer lugar, perdió en

las minas; después, en las empresas particulares en que se trataba de ir a buscar en el mar

los tesoros perdidos, o alguna otra locura del mismo género -continuó, a manera de

explicación y frotándose la nariz-; después volvió a perder en las minas y, por fin, lo

perdió todo en un banco. Yo no sé lo que valían las acciones de aquel banco durante

cierto tiempo -dijo mi tía-; creo que el cien por cien; pero el banco estaba en el otro

extremo del mundo, y se ha desvanecido en el espacio según creo. En todo caso, ha

quebrado, y no pagará nunca ni medio penique. Ahora bien: como todos los medios

peniques de Betsey estaban allí, se han terminado. Lo mejor que se puede hacer es no

volver a hablar de ello.

Mi tía terminó aquel relato sumario y filosófico mirando con cierto aire de triunfo a

Agnes, que poco a poco recobraba su color natural.

-¿Es esa toda la historia, querida miss Trotwood? -preguntó Agnes.

-Me parece que es suficiente, hija mía -dijo mi tía—. Si tuviera más dinero que perder,

quizá no fuera todo, pues Betsey hubiera encontrado el medio de enviarlo a reunirse con

el otro, y de dar un nuevo capítulo a la historia, no lo dudo; pero como no había más

dinero, aquí termina.

Agnes había escuchado al principio sin respirar. Palidecía y se ruborizaba todavía; pero

se había librado de un gran peso. Yo sospechaba por qué. Sin duda había tenido miedo de

que su desgraciado padre tuviera algo que ver en aquel cambio de fortuna. Mi tía cogió

entre sus manos las suyas y se echó a reír.

-¿Que si es todo? -repitió mi tía-. ¡Claro que sí! Al menos que no añada, como al fin de

un cuento: «Y desde entonces vivió siempre dichosa». Quizá puedan decir eso de Betsey

uno de estos días. Ahora, Agnes, dime tú que tienes buena cabeza; tú también, desde

algunos puntos de vista, Trot, aunque no siempre se te pueda hacer ese elogio.

Y mi tía, sacudiendo la cabeza con su energía habitual, prosiguió:

-¿Qué haremos? Mi casa viene a dar unas setenta libras al año, y con eso creo que

podemos contar de una manera positiva. Pero es todo lo que poseemos –dijo mi tía, que

era (con perdón) como ciertos caballos que se detienen bruscamente en el momento en

que parece que iban a salir al galope.

-Además -dijo después de un momento de silencioestá Dick, que tiene mil libras al año;

pero hay que decir que eso hay que reservarlo para sus gastos personales. Preferiría no

conservarlo a mi lado, a pesar de que sé que soy la única persona que le aprecia, antes

que conservarlo de no ser con la condición de gastar su dinero en él únicamente hasta el

último céntimo. ¿Qué podemos hacer Trot y yo para salir del apuro con nuestros

recursos? ¿Qué te parece, Agnes?

-Me parece, tía -dije adelantándome a la respuesta de Agnes-, que debo hacer algo.

-Alistarte como soldado, ¿no es así?, o entrar en la marina –contestó mi tía alarmada-.

No quiero oír hablar de ello. Has de ser procurador; no quiero cabezas rotas en la familia,

caballero.

Iba a explicarle que tampoco yo tenía interés en introducir en la familia aquel

procedimiento simplificado de salir del apuro, cuando Agnes me preguntó si tenía

alquilada la casa por mucho tiempo.

-Tocas en la llaga, querida -dijo mi tía-; tenemos esta casa encima para seis meses, a

menos de poderla subarrendar, lo que no creo. El último huésped murió aquí, y creo que

de cada seis se morirían cinco, aunque sólo fuera de vivir bajo el mismo techo que esa

mujer vestida de nanquín con su falda de franela. Tengo algo de dinero contante, y creo,

con vosotros, que lo mejor que podemos hacer es terminar aquí el plazo, alquilando cerca

una alcoba para Dick.

Me pareció un deber decir algo sobre las molestias que tendría que soportar mi tía

viviendo en un estado constante de guerra y emboscadas con mistress Crupp; pero

respondió a aquella objeción de una manera perentoria declarando que a la primera señal

de hostilidades estaba dispuesta a asustar de tal modo a mistress Crupp, que le iba a durar

el temblor hasta el fin de su vida.

-Pensaba, Trot –dijo Agnes, dudando-, que si tuvieras tiempo…

-Tengo mucho tiempo, Agnes; desde las cuatro o las cinco estoy siempre libre, y por la

mañana temprano también. De una manera o de otra -dije, dándome cuenta de que me

ruborizaba al recordar las horas que había paseado de un lado para otro por la ciudad y en

la carretera de Norwood-, tengo más tiempo del que me hace falta.

-Pienso que si no te gustaría —dijo Agnes acercándose a mí y hablándome en voz baja

y con un acento tan dulce y tan consolador que todavía me parece oírla-, si no te gustaría

un empleo de secretario.

-¿Por qué no me había de gustar, mi querida Agnes?

-Es que el doctor Strong -repuso Agnes por fin- ha puesto por obra su proyecto de

retirarse y ha venido a establecerse a Londres, y sé que le ha dicho a papá si no podría

proporcionarle un secretario. ¿No te parece que más le gustará tener a su lado a su

antiguo discípulo mejor que a otro cualquiera?

-Querida Agnes -exclamé-, ¿qué sería de mí sin ti? Eres siempre mi ángel bueno; ya te

lo he dicho: siempre pienso en ti como en mi ángel bueno.

Agnes me respondió alegremente que con un ángel bueno (se refería a Dora) tenía

bastante, y que no hacían falta más; me recordó que el doctor tenía costumbre de trabajar

muy temprano por la mañana y por la noche, y que probablemente las horas de que yo

podía disponer le convendrían maravillosamente.

Si me consideraba dichoso al pensar que iba a ganarme la vida, no lo estaba menos ante

la idea de que trabajaría con mi antiguo maestro; y siguiendo al momento el consejo de

Agnes me senté para escribir al doctor una carta en la que le expresaba mi deseo,

pídiéndole permiso para presentarme en su casa al día siguiente a las diez de la mañana.

Dirigí mi epístola a Highgate, pues vivía en aquellos lugares tan llenos de recuerdos para

mí, y yo mismo fui a echarla al correo sin perder ni un minuto.

Por todas partes donde pasaba Agnes dejaba tras de sí alguna huella preciosa del bien

que hacía sin ruido al pasar. Cuando volví, la jaula de los pájaros de mi tía estaba suspendida

exactamente, como si llevara allí mucho tiempo, en la ventana del gabinete; mi

sillón puesto, como el infinitamente mejor de mi tía, al lado de la ventana abierta, y el

biombo verde que había traído consigo estaba ya colocado delante de la ventana. No tenía

necesidad de preguntar quién había hecho todo aquello. Sólo con ver que las cosas parecían

haberse hecho solas se adivinaba que Agnes se había tomado aquel cuidado. ¿A qué

otra se le hubiera ocurrido coger mis libros, en desorden por encima de la mesa, y disponerlos

en el orden que yo los tenía antes en el tiempo de mis estudios? Aunque hubiera

creído que Agnes estaba a cien leguas la hubiera reconocido enseguida; no necesitaba

verla poniéndolo todo en su sitio y sonriendo del desorden que había en mi casa.

Mi tía puso toda su buena voluntad en hablar bien del Támesis, que verdaderamente

hacía un efecto hermoso a la luz del sol, aunque no pudiera compararse con el mar que

veía en Dover; pero conservaba un odio inexorable al humo de Londres, que lo

empolvaba todo, decía. Felizmente, esto cambió por completo gracias al cuidado

minucioso con que Peggotty hacía la guerra a aquel hollín maldito en todos los rincones.

Únicamente no podía por menos de pensar, mirándola, que Peggotty misma hacía mucho

ruido y poco trabajo en comparación con Agnes, que hacía tantas cosas sin el menor

aparato. Pensaba en ello cuando llamaron a la puerta.

-Debe de ser papá -dijo Agnes poniéndose pálida-, me ha prometido venir.

Abrí la puerta y vi entrar no solamente a míster Wickfield, sino también a Uriah Heep.

Hacía ya algún tiempo que no había visto a míster Wickfield, y esperaba encontrarle muy

cambiado, por lo que Agnes me había dicho; sin embargo, quedé dolorosamente

sorprendido al verle.

No era tanto porque había envejecido mucho, aunque siempre iba vestido con la misma

pulcritud escrupulosa; tampoco era por el cutis arrebatado, que daba idea de no muy

buena salud, ni tampoco porque sus manos se agitaban con un movimiento nervioso. Yo

sabía la causa mejor que nadie, por haberla visto obrar durante muchos años; no era que

hubiera perdido la elegancia de sus modales ni la belleza de sus rasgos, siempre igual; lo

que sobre todo me chocaba es que con todos aquellos testimonios evidentes de distinción

natural pudiera sufrir la dominación desvergonzada de aquella personificación de la

bajeza: de Uriah Heep. El cambio en sus relaciones respectivas, de dominación por parte

de Uriah y dependencia por la de Wickfield, era el espectáculo más penoso que se pueda

imaginar. Si hubiera visto a un mono conduciendo a un hombre atado a lazo no me habría

sentido más humillado por el hombre.

Además, él era completamente consciente de ello. Cuando entró se detuvo con la

cabeza baja, como si se diera cuenta. Fue cosa de un momento, pues Agnes le dijo con

dulzura: «Papá, aquí tienes a miss Trotwood y a Trotwood, que no has visto hace tanto

tiempo»; y entonces se acercó, alargó la mano a mi tía con confusión y estrechó las mías

más cordialmente. Durante aquel momento de turbación vi una sonrisa maligna en los

labios de Uriah. Agnes creo que también la vio, pues hizo un movimiento para apartarse

de él.

En cuanto a mi tía, ¿le vio o no le vio? Hubiera desafiado a todas las ciencias de los

fisonomistas para que lo adivinaran sin su permiso. No creo que haya habido nunca otra

persona dotada de un rostro más impenetrable que ella cuando quería. Su cara no

expresaba más de lo que lo hubiera hecho una pared sus pensamientos, secretos hasta el

momento en que rompió el silencio con el tono brusco que le era habitual.

-Y bien, Wickfield –dijo mi tía (él la miró por primera vez)-. He estado contándole a su

hija lo bien que he utilizado mi dinero, porque no podía ya confiárselo a usted desde que

no está tan listo en los negocios. Hemos consultado con ella, y, bien considerado,

saldremos del aprieto. Agnes sola vale por los dos asociados, a mi parecer.

-Si se me permite hacer una humilde observación -dijo Uriah Heep retorciéndose-,

estoy completamente de acuerdo con miss Betsey Trotwood y me consideraría feliz

teniendo también a miss Agnes por asociada.

—Conténtese usted con ser el asociado -repuso mi tía-; me parece que eso debe

bastarle. ¿Cómo está usted, caballero?

En respuesta a aquella pregunta, que le fue dirigida en el tono más seco, míster Heep,

sacudiendo incómodo la carpeta que llevaba, replicó que estaba bien, y dio las gracias a

mi tía, diciéndole que esperaba que ella también se encontrara bien.

-Y usted…, debo decir, míster Copperfield -continuó Uriah-, espero que esté bien. Me

alegro mucho de verle, míster Copperfield, hasta en las circunstancias actuales (y, en

efecto, las circunstancias actuales parecían ser bastante de su gusto). No son todo lo que

sus amigos podrían desear para usted, míster Copperfield; pero no es el dinero el que

hace al hombre; es… yo, verdaderamente, no estoy en condiciones de explicarlo con mis

pobre medios -dijo Uriah haciendo un gesto de oficiosidad-; pero no es el dinero…

Y me estrechó la mano, no como de costumbre, sino permaneciendo a cierta distancia,

como si tuviera miedo, y levantando y bajando mi mano como una bomba.

-¿Y qué dice usted de nuestra salud, Copperfield?… ¡Perdón!, míster Copperfield

-repuso Uriah-. ¿No le encuentra usted buena cara a míster Wickfield? Los años pasan

inadvertidos en casa, míster Copperfield; si no fuera porque elevan a los humildes, es

decir, a mi madre y a mí, y que aumentan la belleza y las gracias de un modo

especialísimo en miss Agnes.

Después de aquel cumplido se retorció de un modo tan intolerable, que mi tía, que le

estaba mirando, perdió la paciencia.

-¡Que el diablo le lleve! -dijo bruscamente, ¿Qué le pasa? ¡Nada de movimientos

nerviosos, caballero!

-Usted me dispense, miss Trotwood; ya sé que es usted muy nerviosa.

-Déjenos en paz -dijo mi tía, a quien no había apaciguado aquella impertinencia-; le

ruego que se calle. Ha de saber usted que no soy nada nerviosa. Si es usted una anguila,

pase; pero si es usted un hombre, contenga un poco sus movimientos, caballero. ¡Vive

Dios -continuó en un arranque de indignación-, no tengo ganas de marearme viéndole

retorcerse como una culebra o como un sacacorchos!

Míster Heep, como puede suponerse, estaba algo confuso con aquella explosión, que

fue reforzada por la expresión indignada con que mi tía retiró su silla, sacudiendo la

cabeza como si fuera a lanzarse sobre él para morderle. Pero me dijo aparte con voz

dulce:

-Ya sé, míster Copperfield, que miss Trotwood, con todas sus excelentes cualidades, es

muy viva de genio. He tenido el gusto de conocerla antes que usted, en los tiempos en

que era todavía un pobre escribiente, y es natural que las actuales circunstancias no la

hayan dulcificado. Me sorprende, por el contrario, que no sea peor. Había venido aquí

para decirle que si le podíamos servir en algo mi madre y yo, o Wickfield y Heep,

estaríamos encantados. ¿No me excedo? -preguntó con una sonrisa horrible a su asociado.

-Uriah Heep -dijo míster Wickfield con voz forzada y monótona- es muy activo en los

negocios, Trotwood. Y lo que dice lo apruebo plenamente. Ya sabes que me intereso por

ti desde hace mucho tiempo; pero, aparte de esto, lo que dice lo apruebo plenamente.

-¡Oh, qué recompensa! -dijo Uriah levantando una de sus piernas, exponiéndose a

atraerse una nueva brusquedad de mi tía-. ¡Qué feliz me hace esa confianza absoluta!

Pero es verdad que espero conseguir librarle bastante del peso de los negocios, míster

Copperfield.

-Uriah Heep es un gran descanso para mí -dijo míster Wickfield con la misma voz

sorda y triste- y me libra de un gran peso, Trotwood, al tenerle de socio.

Estaba convencido de que era aquel horrible zorro rojo el que le hacía decir todo

aquello, para justificar lo que me había dicho la noche en que había envenenado mi

tranquilidad. Al mismo tiempo vi la sonrisa falsa y siniestra sobre sus rasgos mientras

que me miraba fijamente.

-¿No nos dejarás, papá? -dijo Agnes en tono suplicante-. ¿No quieres volver a pie con

Trotwood y conmigo?

Creo que hubiera mirado a Uriah antes de responder si aquel digno personaje no se

hubiera anticipado.

-Tengo una cita de negocios -dijo Uriah-, y lo siento, porque me hubiera gustado

permanecer con ustedes. Pero les dejo mi asociado para representar a la casa. Miss

Agnes, ¡su humilde servidor! Le deseo buenas noches, míster Copperfield, y presento mis

humildes respetos a miss Betsey Trotwood.

Al decir esto nos dejó, enviándonos besos con su gran mano de esqueleto y con una

sonrisa de sátiro.

Todavía continuamos una hora o dos charlando de los buenos tiempos de Canterbury.

Míster Wickfield, solo con Agnes, recobró pronto su alegría, aunque siempre presa de un

abatimiento del que no podía librarse. Terminó, sin embargo, por animarse, y le gustaba

oírnos recordar los pequeños sucesos de nuestra vida pasada, de los que se acordaba muy

bien. Nos dijo que todavía le parecía estar en aquellos tiempos al volver a encontrarse

solo con Agnes y conmigo, y que le gustaría que nada hubiera cambiado. Estoy seguro de

que viendo el rostro sereno de su hija y sintiendo la mano que apoyaba en su brazo sentía

un bienestar infinito.

Mi tía, que había estado casi todo el tiempo ocupada con Peggotty en la habitación de al

lado, no quiso acompañarnos al hotel; pero insistió en que los acompañara yo, y obedecí.

Comimos juntos. Después de comer, Agnes se sentó a su lado, como siempre, y le sirvió

el vino. Tomó lo que le dio y nada más, como un niño; y nos quedamos los tres sentados

al lado de la ventana mientras fue de día. Cuando llegó la noche él se echó en un diván;

Agnes arregló los almohadones y permaneció inclinada sobre él un momento. Cuando

volvió al lado de la ventana, la oscuridad no era todavía suficiente para que no viese yo

brillar lágrimas en sus ojos.

Pido al cielo no olvidar jamás el amor constante y fiel de mi querida Agnes en aquella

época de mi vida, pues si lo olvidase sería señal de que estaba cerca de mi fin, y es el momento

en que más querría acordarme de ella. Llenó mi corazón de tan buenas

resoluciones, me fortificó tanto en mi debilidad y supo dirigir tan bien con su ejemplo, no

sé cómo, pues era demasiado dulce y demasiado modesta para darme muchos consejos, el

ardor sin objeto de mis vagos proyectos, que si hice algo bien y si no he hecho algo mal,

en conciencia creo que se lo debo a ella.

Y ¡cómo me habló de Dora mientras estuvimos sentados al lado de la ventana en la

oscuridad! ¡Cómo escuchó mis elogios, añadiendo a ellos los suyos! ¡Cómo lanzó sobre

la pequeña hada que me había embrujado los rayos de su luz pura, que la hacía parecer

todavía más inocente y más preciosa a mis ojos! Agnes, hermana de mi adolescencia, ¡si

hubiera sabido entonces lo que supe después!

Cuando bajé había un mendigo en la calle, y en el momento en que me volvía hacia la

ventana pensando en la mirada serena y pura de mi amiga, en sus ojos angelicales, me

hizo estremecer, murmurando como un eco de la mañana:

« ¡Ciego!, ¡ciego!, ¡ciego!».

CAPÍTULO XVI

ENTUSIASMO

El día siguiente lo empecé yendo de nuevo a sumergirme en los baños romanos;

después tomé el camino de Highgate. Había salido de mi depresión; ya no me asustaban

los trajes raídos ni suspiraba por los bonitos caballos grises. Toda mi manera de ver

nuestra desgracia había cambiado. Lo que tenía que hacer era probar a mi tía que sus

bondades pasadas no habían sido prodigadas a un ser ingrato a insensible. Lo que tenía

que hacer era aprovechar ahora el penoso aprendizaje de mi infancia y ponerme al trabajo

con valor y voluntad. Lo que tenía que hacer era tomar resueltamente el hacha del leñador

en la mano para abrirme un camino a través del bosque de las dificultades en que me

encontraba perdido, derribando ante mí los árboles encantados que me separaban todavía

de Dora; andaba a grandes pasos, como si fuera un medio de llegar antes a mi objetivo.

Cuando me vi en el camino de Highgate, tan familiar, y que hoy recorría con

pensamientos tan diferentes de mis antiguas ideas de diversión, me pareció que un

cambio completo se había operado en mi vida; pero no me desanimaba. Nuevas

esperanzas, un fin nuevo me habían aparecido al mismo tiempo que aquella vida nueva.

El trabajo era grande; pero la recompensa no tenía precio. Dora era la recompensa, y

había que conquistar a Dora.

Era tal mi entusiasmo, que sentía que el traje no estuviera ya un poco raído; se me hacía

largo el tiempo para empezar a derribar los árboles en el bosque de las dificultades, y deseaba

que fuera con esfuerzo para probar mis fuerzas. Me dieron ganas de pedirle a un

viejecillo que picaba piedra en el camino que me prestara un momento su martillo y me

permitiera empezar así a abrirme un camino en el granito para llegar hasta Dora. Me

movía tanto, estaba tan sin aliento y tenía tanto calor, que me parecía que había ganado

ya no sé cuánto dinero. En aquel estado entré en una casita desalquilada y la examiné

escrupulosamente, sintiendo que era necesario hacerme hombre práctico. Era

precisamente lo que nos hacía falta a Dora y a mí. Tenía un jardincito delante para que

Jip pudiera correr a su gusto y ladrar a los que pasasen, a través de la empalizada, y una

habitación arriba para mi tía.

Salí de allí con más calor que nunca y reanudé a un paso tan precipitado el camino

hacia Highgate, que llegué con una hora de anticipación; además, aunque no hubiera ido

tan pronto me hubiera visto obligado a pasearme un rato para tranquilizarme antes de

estar algo presentable. Mi primer objetivo cuando me serené un poco fue buscar la casa

del doctor. Estaba completamente al otro extremo del pueblo en donde vivía mistress

Steerforth. Cuando estuve seguro de ello volví, por una atracción irresistible, hacia una

callejuela que pasaba por el lado de la casa de mistress Steerforth y la estuve mirando por

encima de la tapia del jardín. Las ventanas de la habitación de Steerforth estaban

cerradas; las puertas de la terraza estaban abiertas, y Rose Dartle, con la cabeza desnuda,

paseaba de arriba abajo con paso brusco y precipitado por un paseo de grava a lo largo

del prado. Me pareció una fiera que repite el mismo camino hasta el final de la cadena

que arrastra royéndose el corazón.

Abandoné despacio mi puesto de observación, sintiendo haberme acercado, y después

me paseé hasta las diez lejos de allí. La iglesia, coronada de un campanario esbelto, que

ahora se ve en la cumbre de la colina, no estaba allí en aquella época para indicarme la

hora. En la plaza había una casa antigua de ladrillo rojo, que servía de escuela.

Verdaderamente una casa hermosa. ¡Debía dar gusto it a aquella escuela!

Al acercarme a la morada del doctor, un bonito hotel algo antiguo y donde debía de

haber gastado mucho dinero, a juzgar por las reparaciones y mejoras, que parecían

todavía recientes, le vi paseándose en el jardín con sus polainas, corno siempre, y parecía

que no hubiera dejado nunca de pasearse desde los tiempos en que yo era su alumno.

También estaba rodeado de sus antiguos compañeros, pues no faltaban a su alrededor

grandes árboles, y vi en el césped dos o tres cuervos que le miraban como si hubieran

recibido carta de sus camaradas de Canterbury hablándole de él y le vigilasen de cerca

con aquel motivo.

Sabía que sería trabajo perdido tratar de atraer su atención a aquella distancia, y me

tomé la libertad de abrir la empalizada y salir a su encuentro para aparecer frente a él en

el momento en que diera la vuelta. En efecto, cuando se volvió y se acercó a mí me miró

con aire pensativo durante un momento, evidentemente sin verme; después su fisonomía

benévola expresó la mayor satisfacción y me agarró las dos manos.

-¡Cómo, mi querido Copperfield; pero si está usted hecho un hombre! ¿Está usted bien?

Estoy encantado de verle. Pero ¡cómo ha ganado, mi querido Copperfield! ¿Verdaderamente…

es posible?

Le pregunté por él y por mistress Strong.

-Muy bien -dijo el doctor-. Annie está muy bien. Y le encantará verle. Siempre fue

usted su favorito. Todavía ayer por la noche me decía, cuando le enseñé su carta. Y .. sí,

ciertamente…, ¿usted se acordará de Jack Maldon, Copperfield?

-Perfectamente.

-Ya me lo figuraba -dijo el doctor-, que no le habría olvidado; también está bien.

-¿Ha vuelto? -pregunté.

-¿De las Indias? -dijo el doctor-. Sí. Jack Maldon no ha podido soportar el clima, amigo

mío. Mistress Marklenham. ¿Se acuerda usted de mistress Marklenham?

-Sí; recuerdo muy bien al Veterano como si fuera ayer.

-Pues bien, mistress Marklenham estaba muy preocupada por él, la pobre, y le hicimos

volver, y le hemos comprado un destino, que le conviene mucho más.

Conocía lo bastante a Jack Maldon para sospechar que estaría en un sitio donde no

tendría mucho trabajo y le pagarían bien.

El doctor continuó, siempre con la mano apoyada en mi hombro y mirándome con

expresión animadora:

-Ahora, mi querido Copperfield, hablemos de su proposición. Me ha gustado mucho y

me conviene por completo; pero ¿cree que no encontrará nada mejor que hacer? Tuvo

usted muchos éxitos en la escuela, y tiene facultades que pueden llevarle lejos. Los

cimientos son buenos y se puede levantar cualquier edificio. ¿No sería una pena

consagrar lo mejor de su vida a una ocupación como la que yo puedo ofrecerle?

Con mucho afán insistí al doctor, y con muchas flores retóricas, me temo, para que

aceptase mi demanda, recordándole que además tenía mi profesión.

-Sí, sí -dijo el doctor-; es verdad. Siendo así es muy distinto, puesto que tiene usted una

carrera y estudia para salir adelante; pero, amigo mío, ¿qué son setenta libras al año?

-Pues otro tanto de lo que tenemos, doctor Strong.

-¿De verdad? -dijo el doctor-. ¡Quién lo hubiera creído! No es que quiera decir que el

sueldo será estrictamente las setenta libras, pues siempre he tenido la intención de hacer

además un regalo al amigo que ocupara este puesto. Ciertamente —dijo el doctor

continuando su paseo de arriba abajo, con la mano en mi hombro—, siempre he contado

con un regalo anual.

-Mi querido maestro -le dije sencillamente y sin frases aquella vez-, nunca se lo podré

agradecer bastante.

-No, no -dijo el doctor-, perdón.

-Si quiere usted aceptar mis servicios durante el tiempo que tengo libre, es decir, por la

mañana y por la noche, y si cree usted que eso vale setenta libras al año, no sabe el favor

que me hace.

-¿De verdad -dijo el doctor con ingenuidad-, tan poca cosa le puede causar tanta

alegría? Pero tiene usted que prometerme que el día que encuentre usted otra cosa mejor

la aceptará, ¿no es así? ¿Me da usted su palabra? -dijo el doctor en el tono en que en la

escuela apelaba a nuestro honor cuando éramos muchachos.

-Le doy mi palabra -le respondí también como hacíamos en clase.

-En ese caso, asunto concluido -dijo el doctor dándome un golpe en la espalda y

apoyándose de nuevo mientras paseaba.

-Y todavía estaré más contento -le dije tratando de halagarle inocentemente- porque

espero… ocuparme del diccionario.

El doctor se detuvo, me dio otro golpe en el hombro, sonriendo, y exclamó triunfante

(daba gusto verle), como si yo fuera un pozo de sagacidad humana:

-Lo ha adivinado usted, amigo mío. Se trata del diccionario.

¿Cómo hubiera podido tratarse de otra cosa? Sus bolsillos estaban llenos de epos, igual

que su cabeza. El diccionario le salía por todos los poros. Me dijo después que había

renunciado al colegio porque su trabajo avanzaba de una manera muy rápida, y las horas

que más le convenían eran las que yo le proponía, teniendo en cuenta que tenía la

costumbre de pasearse hacia el mediodía para meditar a su gusto. Por el momento sus

papeles estaban en desorden, gracias a mister Jack Maldon, que le había ofrecido

últimamente sus servicios como secretario y que no tenía costumbre de aquel trabajo;

pero pronto pondríamos todo en orden y seguiríamos adelante. Más tarde, cuando nos

pusimos manos a la obra, encontré que el desbarajuste de mister Jack era más difícil de

arreglar de lo que suponía, pues no se había limitado a numerosas equivocaciones;

además había dibujado tantos soldados y cabezas de mujeres sobre los manuscritos del

doctor, que a veces me encontraba en un laberinto de oscuridad.

El doctor estaba encantado con la perspectiva de tenerme de colaborador en su famosa

obra, y fue convenido que empezaríamos al día siguiente a las siete de la mañana. Debíamos

trabajar dos horas todas las mañanas y dos o tres horas por las noches, excepto el

sábado, que tendría libre. Naturalmente, también descansaba el domingo; por lo tanto, las

condiciones no me parecieron muy duras.

Después de arreglar así las cosas a nuestra mutua satisfacción, el doctor me llevó a la

casa para presentarme a mistress Strong, a quien encontramos en el despacho de su marido

limpiando el polvo de los libros (libertad que no permitía a nadie más que a ella con

sus preciosos favoritos).

Habían retrasado el desayuno por mí, y nos pusimos todos a la mesa. Acabábamos de

sentamos cuando adiviné por el rostro de mistress Strong que llegaba alguien, aun antes

de que se hubiera oído el menor ruido que anunciara una visita. Un señor a caballo llegó a

la verja, hizo entrar a su caballo de la brida en el patio, como si estuviera en su casa; le

ató a una anilla y entró en el comedor con la fusta en la mano. Era míster Jack Maldon, y

encontré que no había ganado nada en su viaje a las Indias. Es verdad que estaba muy

intransigente contra todos los jóvenes que no derribaban los árboles en el bosque de las

dificultades, y hay que tenerlo en cuenta en aquellas impresiones poco benévolas.

-Míster Jack -dijo el doctor-, le presentó a Copperfield.

Míster Jack Maldon me estrechó la mano un poco fríamente, según me pareció, y con

un aire de protección lánguida que me chocó bastante. En realidad su aire de languidez

era curioso de ver en todo momento, excepto, sin embargo, cuando se dirigía a su prima

Annie.

-¿Ha desayunado usted, míster Jack? -preguntó el doctor.

-No desayuno casi nunca -replicó apoyando la cabeza en el respaldo del sillón—. Me

aburre.

-¿Hay alguna noticia hoy? -preguntó el doctor.

-Nada -repuso Maldon-. Algunas historias de gentes que se mueren de hambre en

Escocia y están descontentos. Pero siempre hay personas que se mueren de hambre y no

están contentas.

El doctor le dijo con gravedad, para cambiar la conversación:

-¿Entonces no hay ninguna noticia? Pues bien. No hacer noticias es haberlas buenas,

como se dice.

-En los periódicos hay una historia muy larga a propósito de un crimen; pero todos los

días hay asesinatos; no lo he leído.

En aquel tiempo todavía no se miraba la indiferencia afectada por todo lo de la

humanidad como una gran prueba de elegancia, como se ha hecho más tarde. Después he

visto esas máximas muy de moda, y se las he visto practicar con tal éxito a muchos

caballeros y señoras que, dado el interés que se tomaban por el género humano, más les

valía hater nacido ranas. Quizá la impresión que me causó entonces Maldon no fue tan

viva porque era nueva; pero sé que aquello no contribuía a realzarle en mi estimación ni

en mi confianza.

-Venía a saber si Annie quería ir esta noche a la ópera –dijo Maldon volviéndose hacia

eila-. Es la última representación de la temporada que merezca la pena y hay una cantante

que no puede dejar de oír. Es una mujer que canta de una manera arrebatadora, sin contar

con que es de una fealdad deliciosa.

Después de esto recayó en su languidez.

El doctor, siempre encantado de lo que pudiera gustar a su mujer, se volvió hacia ella y

le dijo:

-Debes ir, Annie; debes ir.

-No, te lo ruego -contestó-; prefiero quedarme en casa; prefiero quedarme en casa.

Y sin mirar a su primo me dirigió la palabra pidiéndome noticias de Agnes,

preguntándome si no vendría a verla; si no sería probable que fuera aquel mismo día, y

tan molesta que yo me preguntaba cómo podría ser que el doctor, ocupado en aquel

momento en untar manteca a su pan tostado, no viera una cosa que saltaba a la vista.

Pero no veía nada. Le dijo riendo que era joven y que debía divertirse, en lugar de

aburrise con un vejestorio como él. Además, le dijo que contaba con que ella le cantara

después el repertorio de la nueva cantante y ¿cómo se las arreglaría si no había ido a

oírla? El doctor insistió en arreglar la velada para que ella se divirtiera, y Jack Maldon

quedó en volver a Highgate. Después de decidirlo él se volvió a su sinecura, supongo;

pero se fue a caballo y sin apresurarse.

Al día siguiente tenía mucha curiosidad por saber si había ido a la ópera. No había ido;

había enviado recado a Londres para disculparse con su primo, y había ido a visitar a

Agnes. Había convencido al doctor de que la acompañara, y habían vuelto a pie por el

campo, según me contó él mismo, en una tarde magnífica. Pensé que quizá no hubiera

faltado al espectáculo si Agnes no hubiera estado en Londres, pues Agnes era muy capaz

de ejercer también sobre ella una influencia bienhechora.

No se podía decir que fuera muy feliz; pero parecía estar satisfecha, o su fisonomía

engañaba mucho. Yo la miraba a menudo, pues estaba sentada al lado de la ventana

mientras trabajábamos y nos preparó el desayuno, que tomamos sin dejar de trabajar.

Cuando me fui a las nueve, estaba arrodillada a los pies del doctor, poniéndole los

zapatos y las polainas. Las hojas de algunas plantas trepadoras que crecían al lado de la

ventana ensombrecían su rostro, y yo pensaba por el camino, mientras me dirigía al

Tribunal, en aquella noche en que la había visto mirar a su marido mientras leía.

Tenía mucho que hacer. Me levantaba a las cinco de la mañana y no volvía hasta las

nueve o las diez de la noche. Pero me causaba un placer infinito encontrarme a la cabeza

de tanto trabajo, y nunca andaba despacio; me parecía que cuanto más me cansaba más

esfuerzos hacía para merecer a Dora. Ella todavía no me había visto en aquella nueva fase

de mi carácter, porque como ya vendría muy pronto a casa de miss Mills, yo había

retrasado hasta aquel momento todo lo que tenía que decirle, limitándome a poner en las

cartas (que pasaban todas por manos de miss Mills) que tenía muchas cosas que contarle.

Entre tanto había reducido mi consumo de loción para la cara, había renunciado

totalmente al jabón perfumado y al agua de colonia y había vendido con una pérdida

enorme tres chalecos que me parecieron demasiado elegantes para una vida tan austera

como la mía.

Pero todavía no estaba satisfecho; ardía en deseos de hacer más cosas, y fui a ver a

Traddles, que habitaba por el momento en la parte trasera de una casa en Castle Street

Holborn. Llevé conmigo a míster Dick, que ya me había acompañado dos veces a

Highgate y que había recobrado su amistad con el doctor.

Llevé a míster Dick porque era tan sensible al cambio de fortuna de mi tía y estaba tan

profundamente convencido de que no había esclavo ni forzado que trabajase tanto como

yo, que perdía el apetito y el buen humor en su desesperación de no poder hacer nada.

Como es natural, se sentía más incapaz que nunca de acabar su Memoria, y cuanto más

trabajaba en ella más venía a importunarle la desgraciada cabeza del rey Carlos.

Temiendo que su estado se agravara si no conseguíamos con cualquier engaño hacerle

creer que nos era muy útil, o si no le encontrábamos, lo que hubiera sido mejor, un medio

de ocuparle verdaderamente, tomé la decisión de pedir a Traddles si podría ayudarnos.

Antes de ir a verle le había relatado por carta detalladamente lo que había ocurrido, y en

contestación había recibido una carta excelente, donde me expresaba toda su simpatía y

toda su amistad.

Le encontramos sumido en su trabajo, con su tintero y sus papeles, ante el florero y el

estante, que estaban en un rincón de la habitación para recrear sus ojos y animar su valor.

Nos acogió del modo más cordial, y en menos de un momento Dick y él fueron amigos

íntimos. Míster Dick llegó a decir que estaba seguro de haberle conocido antes, y

nosotros dijimos que era muy posible.

La primera cuestión que yo había propuesto a Traddles era esta: Yo había oído decir

que muchos de los hombres distinguidos más tarde en distintas carreras habían empezado

haciendo resúmenes de los debates del Parlamento. Traddles me había hablado de los

periódicos como de una de sus esperanzas. Partiendo de esos dos datos, yo le decía a

Traddles en mi carta que deseaba saber cómo podría llegar a dar cuenta de las discusiones

de las Cámaras. Traddles me respondió entonces que, según sus informes, la condición

práctica necesaria para esta ocupación, excepto quizá en casos muy raros, para garantizar

la exactitud de lo que se dice, era el conocimiento completo del arte misterioso de la

taquigrafía, que ofrecía en sí misma las mismas dificultades que si se tratara de estudiar

seis lenguas y ni aun con mucha perseverancia se conseguía en muchos años. Traddles

pensaba, naturalmente, que esto dejaba de lado la cuestión; pero yo no veía en ello mas

que unos cuantos grandes árboles que derribar para llegar hasta Dora, y al instante decidí

abrirme un camino a través de ellos con el hacha en la mano.

-Te lo agradezco mucho, mi querido Traddles; voy a empezar mañana.

Traddles me miró sorprendido, lo que era natural, pues no sabía todavía a qué grado de

entusiasmo había llegado yo.

-Compraré un libro que trate a fondo esa ciencia -le dije- y trabajaré en el Tribunal,

pues allí tengo poco que hacer, y tomaré en taquigrafía los discursos para ejercitarme.

Traddles, amigo mío, lo conseguiré.

-Nunca -dijo Traddles abriendo los ojos cuanto podia- me hubiera figurado que tuvieras

tanta decisión, Copperfield.

Y no sé cómo hubiera podido tener la menor idea, pues para mí era todavía un misterio.

Cambié la conversación y puse a míster Dick sobre el tapete.

-¿Sabe usted? -dijo míster Dick-. Yo querría poder servir para cualquier cosa, míster

Traddles; para tocar el tambor aunque fuera, o para soplar en algo.

¡Pobre hombre! En el fondo de mi corazón creo que hubiera preferido, en efecto,

cualquier ocupación de esa clase. Pero Traddles, que no hubiera sonreído por nada del

mundo, contestó gravemente:

-Pero tiene usted una escritura muy buena, caballero. Copperfield me lo ha dicho.

-Muy buena -dije yo.

En realidad, la claridad de su escritura era admirable.

-¿No cree usted que podría copiar actas si yo se las proporcionara?

Míster Dick me miró con expresión de duda: «¿Qué le parece a usted, Trotwood?».

Yo moví la cabeza. Míster Dick movió la suya y suspiró.

-Explíquele usted lo que me ocurre con la Memoria –dijo míster Dick.

Le expliqué a Traddles que era muy difícil impedir al rey Carlos I que se mezclara en

los manuscritos de míster Dick, quien durante aquel tiempo se chupaba el dedo, mirando

a Traddles con la expresión más respetuosa y más seria.

-Pero usted sabe que las actas de que hablo están ya redactadas y terminadas -dijo

Traddles después de un momento de reflexión—. Míster Dick no tendrá nada que hacer

en ellas. ¿No sería esto distinto, Copperfield? En todo caso, yo creo que podría probar.

Sobre esto fundamos buenas esperanzas después de un momento de conferencia secreta

entre Traddles y yo, mientras míster Dick nos miraba con inquietud desde su silla. En

resumen, formamos un plan en virtud del cual se puso al trabajo al día siguiente con el

mayor éxito.

Pusimos encima de una mesa, al lado de la ventana de Buckingham Street, el trabajo

que Traddles había proporcionado; había que hacer no sé cuántas copias de un

documento cualquiera relativo a un derecho de paso. Sobre otra mesa extendimos el

último proyecto de Memoria a medio hacer. Dimos instrucciones a míster Dick para

copiar exactamente lo que tenía delante de él, sin apartarse lo más mínimo del original, y

si sentía la necesidad de hacer la más ligera alusión al rey Carlos I debía volar al instante

hacia la Memoria. Le exhortamos para que siguiera con resolución este plan de conducta,

y dejamos a mi tía para que le vigilara. Después nos contó que en el primer momento

estaba como un timbalero entre los dos tambores y que dividía sin cesar su atención entre

las dos mesas; pero habiéndole parecido después que aquello le confundía y le cansaba,

había terminado por ponerse sencillamente a copiar el papel que tenía ante la vista,

dejando la Memoria para otra ocasión. En una palabra, aunque tuvimos mucho cuidado

para que no trabajara más de lo razonable, y aunque no se había puesto a trabajar al

principio de la semana, para el sábado había ganado diez chelines y nueve peniques, y no

olvidaré nunca sus idas y venidas a todas las tiendas de la vecindad para cambiar su

tesoro en monedas de seis peniques, que trajo después a mi tía en una bandeja, donde las

había colocado en forma de corazón; sus ojos estaban llenos de lágrimas de alegría y de

orgullo. Desde el momento en que se vio ocupado de una manera útil, parecía un hombre

que se siente bajo un encanto propicio, y si hubo una criatura dichosa aquella noche en el

mundo fue el ser agradecido que miraba a mi tía como a la mujer más notable y a mí

como al muchacho más extraordinario que hubiera en la tierra-.

-Ya no hay peligro de que muera de hambre, Trotwood -me dijo míster Dick dándome

un apretón de manos en un rincón-; yo me encargo de todas sus necesidades, caballero.

Y movía en el aire sus diez dedos triunfantes, como si hubieran estado otros tantos

bancos a su disposición.

No sé quién estaba más contento, si Traddles o yo.

-Verdaderamente -me dijo de pronto sacando una carta del bolsillo-, ésto me ha hecho

olvidar completamente a míster Micawber.

La carta estaba dirigida a mí (míster Micawber no desperdiciaba nunca la ocasión de

escribir una carta) y ponía: «Confiada a los buenos cuidados de T. Traddles, esq. du

Temple».

«Mi querido Copperfield:

– No le sorprenderá mucho saber que me ha surgido una buena cosa, pues,

si lo recuerda, le había prevenido hace ya algún tiempo que esperaba sin cesar

algo análogo.

Voy a establecerme en una ciudad de provincias de nuestra isla afortunada.

La sociedad de este lugar puede ser descrita como una mezcla feliz de los elementos

agrícolas y eclesiásticos, y estaré en relaciones directas con una de las

profesiones más sabias. Mistress Micawber y nuestra progenie me siguen.

Nuestras cenizas se encontrarán probablemente depositadas un día en el

cementerio dependiente de un venerable santuario que ha llevado la

reputación del lugar de que hablo desde la China al Perú, si puedo expresarme

así.

A1 decir adiós a la moderna Babilonia hemos tenido que soportar muchas

vicisitudes y ¡con qué valor! mistress Micawber y yo sabemos que abandonamos

quizá para muchos años, quizá para siempre, a una persona que está

unida a los recuerdos más potentes del altar de nuestros dioses domésticos.

Si la víspera de nuestra partida quiere usted acompañar a nuestro común

amigo míster Thomas Traddles a nuestra residencia actual para cambiar los

votos naturales en semejantes casos, hará el mayor honor

a

un

hombre

siempre

fiel

WILKINS MICAWBER.»

Me alegré mucho de saber que mister Micawber había por fin sacudido su cilicio y

encontrado de verdad algo. Supe por Traddles que la invitación era para aquella misma

noche, y antes de que fuera más tarde expresé mi intención de asistir. Tomamos juntos el

camino de la casa que mister Micawber ocupaba bajo el nombre de míster Mortimer, y

que estaba situada en lo alto de Grayls Inn Road.

Los recursos del mobiliario alquilado a míster Micawber eran tan limitados, que

encontramos a los mellizos, que tendrían unos ocho o nueve años, dormidos en una

cama-armario en el salón, donde míster Micawber nos esperaba con una jarra llena del

famoso brebaje que le gustaba hacen Tuve el gusto en aquella ocasión de volver a ver al

hijo mayor, muchacho de doce o trece años, que prometía mucho si no hubiera estado ya

sujeto a esa agitación convulsiva de todos los miembros que no es un fenómeno sin

ejemplo en los chicos de su edad. También vi a su hermanita miss Micawber, en quien «

su madre resucitaba su juventud pasada», como el Fénix, según nos dijo míster

Micawber.

-Mi querido Copperfield -me dijo-, míster Traddles y usted nos encuentran a punto de

emigrar y excusarán las pequeñas incomodidades que resultan de la situación.

Lanzando una mirada a mi alrededor antes de dar una respuesta conveniente, vi que el

ajuar de la familia estaba ya embalado y que su volumen no era para asustar. Felicité a

mistress Micawber por el cambio de su situación.

-Mi querido Copperfield -me dijo mistress Micawber-, sé todo el interés que usted se

toma por nuestros asuntos. Mi familia puede mirar este alejamiento como un destierro, si

así le parece; pero yo soy mujer y madre y no abandonaré nunca a míster Micawber.

Traddles, al corazón del cual interrogaban los ojos de mistress Micawber, asintió con

tono aquiescente.

-Al menos es mi manera de considerar el compromiso que he contraído, mi querido

Copperfield, el día que pronuncié aquellas palabras irrevocables: «Yo, Emma, tomo por

esposo a Wilkins» . La víspera de aquel gran acto leí de cabo a rabo, a la luz de una vela,

todo el oficio del matrimonio y saqué la conclusión de que no abandonaría nunca a míster

Micawber. Por lo tanto, podré equivocarme en la manera de interpretar el sentido de

aquella piadosa ceremonia, pero no le abandonaré nunca.

-Querida mía -dijo míster Micawber con alguna impaciencia-, ¿quién ha hablado jamás

de eso?

-Sé, mi querido míster Copperfield -repuso mistress Micawber-, que ahora tendré que

poner mi tienda entre los extraños; sé que los diferentes miembros de mi familia, a los

que mister Micawber ha escrito en los términos más corteses para anunciarles esto, ni

siquiera han contestado a su comunicación. A decir verdad, quizá sea superstición por mi

parte; pero creo que mister Micawber está predestinado a no recibir respuesta de la

mayoría de las cartas que escribe. Supongo, por el silencio de mi familia, que ve

inconvenientes en la resolución que he tomado; pero yo no me dejaré apartar del camino

del deber ni por papá y mamá si vivieran todavía, míster Copperfield.

Expresé mi opinión de que aquello era ir por el buen camino.

-Me dirán que es sacrificarse el it a encerrarse en un pueblo casi eclesiástico. Pero,

míster Copperfield, ¿por qué no he de sacrificarme si veo que un hombre dotado de las

facultades que posee míster Micawber consume un sacrificio más grande todavía?

-¡Oh! ¿Van ustedes a vivir en una ciudad eclesiástica? -pregunté.

Míster Micawber, que acababa de servirnos a todos el ponche, contestó:

-A Canterbury. El caso es, mi querido Copperfield, que estoy unido por un contrato a

nuestro amigo Heep para ayudarle y servirle en calidad de… empleado de confianza.

Miré con asombro a míster Micawber, que gozaba mucho con mi sorpresa.

-Debo decirle -repuso con aire solemne- que las costumbres prácticas y los prudentes

consejos de mistress Micawber han contribuido mucho a este resultado. El guante de que

mistress Micawber le habló hace tiempo ha sido lanzado a la sociedad bajo la forma de

un anuncio, y nuestro amigo Heep lo ha recogido, resultando de ello un agradecimiento

mutuo. Quiero hablar con todo el respeto posible de nuestro amigo Heep, bondad notable.

Mi amigo Heep -continuó míster Micawber- no ha fijado el sueldo en una suma muy

considerable; pero me ha hecho muchos favores para librarme de las dificultades

pecuniarias que pesaban sobre mí, contando de antemano con mis servicios, y tiene razón;

yo pondré mi honor en hacerle serios servicios. La inteligencia y la habilidad que

pueda poseer -dijo mister Micawber con expresión de modesto orgullo y en su antiguo

tono de elegancia- las consagraré por completo al servicio de mi amigo Heep. Ya tengo

algún conocimiento del Derecho, pues he tenido que sostener por mi cuenta muchos procesos

civiles, y voy a dedicarme inmediatamente a estudiar los comentarios de uno de los

más eminentes jurisconsultos ingleses. Creo que es inútil añadir que me refiero al juez de

paz Blackstone.

Aquellas observaciones fueron interrumpidas a menudo por mistress Micawber

regañando a su hijo mayor porque estaba sentado sobre los talones o porque se sostenía la

cabeza con las dos manos, como si tuviera miedo a perderla, o bien porque daba

puntapiés a Traddles por debajo de la mesa; otras veces ponía un pie encima de otro, o

separaba las piernas a distancias absurdas, o se tumbaba en la mesa, metiendo los pelos

en los vasos; en fin, que manifestaba la inquietud de todos sus miembros con una

multitud de movimientos incompatibles con los intereses generales de la sociedad,

enfadándose además por las observaciones que su madre le hacía. Durante aquel tiempo

yo pensaba qué significaría la revelación de mister Micawber, de la que no me había

repuesto todavía hasta que mistress Micawber reanudó el hilo de su discurso reclamando

toda mi atención.

-Lo que yo pido sobre todo a Micawber es que evite, aunque se sacrifique a esta rama

secundaria del Derecho, que evite el quedarse sin medios de poder elevarse un día hasta

la cumbre. Estoy convencida que mister Micawber, dedicándose a una profesión que dé

libre camera a la fertilidad de sus recursos y a su facilidad de elocución, no podrá por

menos de distinguirse. Veamos, mister Traddles: si se tratara, por ejemplo, de llegar a ser

un día juez o canciller -añadió con expresión profunda-, ¿no se colocará uno

completamente fuera de esos puestos importantes aceptando un empleo como ese que

mister Micawber acaba de aceptar?

-Querida mía -dijo también Micawber mirando a Traddles con interrogación-, tenemos

delante de nosotros tiempo para reflexionar sobre ello.

-¡No, Micawber! -replicó ella-. Tu equivocación en la vida es no mirar nunca lo

bastante al porvenir. Estás obligado, aunque sólo sea por un sentimiento de justicia hacia

tu familia y hacia ti mismo, a abrazar con la mirada los puntos más alejados del horizonte

a que pueden llevarte tus facultades.

Mister Micawber tosió y bebió su ponche muy satisfecho, y continuó mirando a

Traddles como si esperase su opinión.

-Usted sabe la verdadera situación, mistress Micawber -dijo Traddles, revelándole

suavemente la verdad-; quiero decir el caso en toda su desnudez más prosaica…

-Precisamente, mi querido mister Traddles -dijo mistress Micawber-, deseo ser lo más

prosaica posible en un asunto de esta importancia.

-Es que –dijo Traddles- esta rama de la carrera, aun cuando mister Micawber fuera

abogado en toda regla…

-Precisamente -replicó mistress Micawber-. Wilkins, no te pongas bizco; después ya no

sabrás mirar derecho.

-Esta parte de la carrera no tiene nada que ver con la magistratura. únicamente los

abogados pueden pretender esos puestos importantes, y míster Micawber no puede ser

abogado sin haber estudiado cinco años en alguna escuela de Derecho.

-¿Le he comprendido bien? -dijo mistress Micawber con su expresión más comprensiva

y más amable-. ¿Dice usted, mi querido míster Traddles, que a la expiración de ese plazo

míster Micawber podría entonces ser juez o canciller?

-En rigor sí «podría» -repuso Traddles remarcando la última palabra.

-Gracias –dijo mistress Micawber-; es todo lo que quería saber. Si esa es la situación y

si mister Micawber no renuncia a ningún privilegio encargándose de esos deberes, se

acabaron mis inquietudes. Me dirán ustedes que hablo como una mujer -dijo mistress

Micawber-; pero siempre he creído que míster Micawber poseía lo que papá llamaba

espíritu judicial, y me parece que ahora entra en una carrera donde sus facultades podrán

desarrollarse y elevarle a un puesto importante.

No dudo de que mister Micawber no se viera ya con los ojos del espíritu judicial

sentado en la silla del tribunal. Se pasó la mano con satisfacción por su cabeza calva y

dijo con una resignación orgullosa:

-No anticipemos los secretos de la fortuna, querida. Si estoy destinado a llevar peluca,

estoy dispuesto, exteriormente al menos -añadió haciendo alusión a su calvicie-, a recibir

esa distinción. No siento haber perdido mis cabellos, y quién sabe si no los he perdido

con un objeto determinado. Mi intención, mi querido Copperfield, es educar a mi hijo

para la Iglesia, y, lo confieso, es sobre todo por él por lo que me gustaría llegar a la

grandeza.

-¿Por la Iglesia? -pregunté maquinalmente, pues seguía pensando en Uriah Heep.

-Sí -dijo mister Micawber-;tiene una hermosa voz, y empezará en los coros. Nuestra

residencia en Canterbury y las relaciones que ya poseemos nos permitirán sin duda

aprovechar las vacantes que se presenten entre los cantores de la catedral.

Mirando de nuevo a su hijo me pareció que tenía cierta expresión que hacía que

pareciese que le salía la voz de las cejas, lo que se afirmó al oírle cantar (le dieron a

escoger entre cantar o irse a la cama, y cantó) The wood-Pecker tapping. Después de

muchos cumplidos sobre la ejecución del trozo se volvió a la conversación general, y

como yo estaba demasiado preocupado con mis intentos desesperados para callarme el

cambio de mi situación, les conté todo a los Micawber. No puedo expresar lo encantados

que se quedaron al saber los apuros de mi tía y cómo aquello redobló su cordialidad y la

naturalidad de sus modales.

Cuando habíamos llegado casi al fondo de la jarra me dirigí a Traddles y le recordé que

no podíamos separarnos sin desear a nuestros amigos una salud perfecta y mucha felicidad

y éxito en su nueva carrera. Rogué a mister Micawber que llenara los vasos, y brindé

a su salud con todos los requisitos; estreché la mano de, míster Micawber a través de la

mesa, besé a mistress Micawber en conmemoración de aquella gran solemnidad. Traddles

me imitó en cuanto a lo primero; pero no se creyó bastante íntimo en la casa para seguir

más lejos.

-Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber levantándose, con los dedos

pulgares en los bolsillos del chaleco-, compañero de mi juventud, si me está permitida

esta expresión, y usted, mi estimado amigo Traddles, si puedo llamarle así, permítanme,

en nombre de mistress Micawber y en el mío y en el de nuestros hijos, darles las gracias

por sus buenos deseos en los términos más calurosos y espontáneos. Podia esperarse que

en vísperas de una emigración que abre ante nosotros una existencia completamente

nueva (míster Micawber hablaba como si fuera a establecerse a quinientas mil millas de

Londres) deseara dirigir algunas palabras de despedida a dos amigos como los presentes;

pero ya he dicho todo lo que tenía que decir. Sea cual fuere la situación social a que

pueda llegar siguiendo la profesión sabia de que voy a ser un miembro indigno, trataré de

no desmerecer y de hacer honor a mistress Micawber. Bajo el peso de las dificultades

pecuniarias temporales, provenientes de compromisos contraídos con intención de

responder a ellos inmediatamente, pero de los que no he podido librarme a consecuencia

de circunstancias diversas, me he visto en la necesidad de ponerme un traje que repugna a

mis instintos naturales, quiero decir gafas, y de tomar posesión de un nombre sobre el que

no puedo establecer ninguna pretensión legítima. Todo lo que puedo decir de ello es que

las nubes han desaparecido del horizonte sombrío y que el ángel de la guarda reina de

nuevo sobre la cumbre de las montañas. El lunes a las cuatro, a la llegada de la diligencia

a Canterbury, mi pie hollará su tierra natal y mi nombre será ¡Micawber!

Míster Micawber volvió a sentarse después de aquellas observaciones y bebió dos

vasos seguidos de ponche con la mayor gravedad; después añadió en tono solemne:

-Me queda todavía algo que hacer antes de separamos; me queda cumplir un acto de

justicia. Mi amigo míster Thomas Traddles, en dos ocasiones diferentes ha puesto su

firma, si puedo emplear esta expresión vulgar, en pagarés para mi uso. En la primera

ocasión míster Thomas Traddles ha sido… debo decir que ha sido cogido en el lazo. El

término del segundo todavía no ha llegado. El primero ascendía a (en esto míster

Micawber examinó cuidadosamente sus papeles), creo que ascendía a veintitrés libras,

cuatro chelines y nueve peniques y medio; el segundo, según mis notas, era de dieciocho

libras, seis chelines y dos peniques; estas dos sumas hacen un conjunto total de cuarenta y

una libras, diez chelines y once peniques y medio, si mis cálculos son exactos. ¿Mi amigo

Copperfield quiere tener la bondad de comprobar la suma?

Lo hice, y encontré la cuenta exacta.

-Sería un peso insoportable para mí -dijo míster Micawber- dejar esta metrópoli y a mi

amigo míster Thomas Traddles sin pagar la parte pecuniaria de mis obligaciones con él.

He preparado, y lo tengo en la mano, un documento que responde a mis deseos sobre este

punto. Pido permiso a mi amigo míster Traddles para entregarle mi pagaré por la suma de

cuarenta y una libras, diez chelines y once peniques y medio, y hecho esto recobro toda

mi dignidad moral y siento que puedo andar con la cabeza levantada ante mis semejantes.

Después de haber soltado este prefacio con viva emoción, míster Micawber puso su

pagaré entre las manos de Traddles y le aseguró sus buenos deseos para todas las

circunstancias de su vida. Estoy persuadido de que no solamente esta transacción hacía en

míster Micawber el mismo efecto que si hubiera pagado el dinero, sino que Traddles

mismo no se dio bien cuenta de la diferencia hasta que tuvo tiempo para pensarlo.

Fortificado por aquel acto de virtud, míster Micawber andaba con la cabeza tan alta

delante de sus semejantes, los hombres, que su pecho parecía haberse ensanchado una

mitad más cuando nos alumbraba para bajar la escalera. Nos separamos muy

cordialmente y, después de acompañar a Traddles hasta su puerta y mientras volvía solo a

casa, entre otros pensamientos extraños y contradictorios que me vinieron a la

imaginación, pensé que probablemente era a causa del recuerdo de compasión por mi

infancia abandonada por lo que míster Micawber, con todas sus excentricidades, no me

había pedido nunca dinero. Seguramente no hubiera tenido valor para negárselo, y no me

cabe duda, dicho sea en honor suyo, que él lo sabía tan bien como yo.

CAPÍTULO XVII

UN POCO DE AGUA FRÍA

Mi nueva vida duraba ya más de una semana y estaba más fuerte que nunca en aquellas

terribles resoluciones prácticas que consideraba como exigidas imperiosamente por las

circunstancias. Continuaba andando muy deprisa, con una vaga idea de que seguía mi

camino. Me aplicaba a gastar mis fuerzas todo lo que podía en el ardor con que cumplía

todo lo emprendido. Era, en una palabra, una verdadera víctima de mí mismo. Llegué

incluso a preguntarme si no debería hacerme vegetariano, con la vaga idea de que

volviéndome un animal herbívoro sería un sacrificio más que ofrecer en el altar de Dora.

Hasta entonces mi pequeña Dora ignoraba por completo mis esfuerzos desesperados y

no sabía lo que mis cartas hubieran podido confusamente dejarla percibir. Pero llegó el

sábado. Era el día que debía visitar a miss Mills, y yo también debía ir allí a tomar el té

cuando míster Mills se hubiera marchado a su Círculo para jugar al whist, suceso de que

me advertía la aparición de una jaula de pájaro en la ventana de en medio del salón.

Entonces estábamos establecidos del todo en Buckinghan Street. Míster Dick

continuaba sus copias con una alegría sin igual. Mi tía había conseguido una victoria

señalada sobre mistress Crupp tirando por la ventana la primera cazuela que encontró

emboscada en la escalera y protegiendo su persona a la llegada y a la salida con una

asistenta que había tomado para la limpieza. Estas medidas de rigor habían causado tal

impresión en mistress Crupp, que se había retirado a su cocina, convencida de que mi tía

estaba rabiosa. A mi tía, a quien la opinión de mistress Crupp, como la del mundo entero,

tenía completamente sin cuidado, le divertía confir mar aquella idea, y mistress Crupp,

antes tan valiente, pront perdió todo su valor; tanto, que para evitar encontrarse con mí tía

en la escalera trataba de eclipsar su voluminosa persona detrás de las puertas o

esconderse en los rincones oscu ros, dejando, sin embargo, aparecer, sin darse cuenta,

uno dos volantes de la falda de franela. Miss Betsey encontrab tal satisfacción en

asustarla, que yo creo que se divertía su biendo y bajando expresamente la escalera con el

sombrer plantado con descaro en lo alto de la cabeza, siempre que tenía esperanzas de

encontrar a mistress Crupp en su camino.

Mi tía, con sus costumbre de orden y su espíritu inven tivo, introdujo tantas mejoras en

nuestros arreglos interiores que se hubiera dicho que habíamos heredado en lugar d

arruinamos. Entre otras cosas convirtió la despensa en u tocador para mi uso, y me

compró una cama de madera que se convertía en biblioteca durante el día. Era el objeto

de s solicitud, y mi pobre madre misma no me hubiera podid querer más ni preocuparse

más por hacerme dichoso.

Peggotty había considerado como un gran favor el privilegio de participar en todos

aquellos trabajos, y aunque conservaba hacia mi tía algo de su antiguo terror, había

recibid de ella últimamente tantas pruebas de confianza y estima ción, que eran las

mejores amigas del mundo. Pero había lle gado el momento (hablo del sábado, en que yo

tenía que tomar el té en casa de miss Mills) en que tenía que volver su casa para cuidar de

Ham.

-Adiós, Barkis -dijo mi tía-. Cuídese mucho. Nunc hubiera creído que pudiera sentir

tanto verla marchar.

Acompañé a Peggotty a las oficinas de la diligencia y dejé en el coche. Lloraba al

despedirse y confió a su hermano a mi amistad, como había hecho Ham. No habíamos

vuelto a oír hablar de él desde la tarde que se marchó.

-Y ahora, mi querido Davy -dijo Peggotty-, si durante tu aprendizaje necesitas dinero

para tus gastos, o si el plazo expira, querido niño, y necesitas algo para establecerte, en

uno a otro caso, o en los dos, ¿quién tendría más derecho para prestártelo que la vieja

niñera de mi pobre niña?

No estaba poseído por una pasión de independencia tan salvaje que no quisiera al

menos agradecer sus ofrecimientos generosos, asegurándole que si pedía alguna vez

dinero a alguien sería a ella a quien me dirigiría, y creo que, de no haberle pedido en el

momento una gran suma, aquella seguridad era lo que más podía complacerla.

-Y además, querido –dijo Peggotty bajito-, dile a tu lindo angelito que me hubiera

gustado conocerla aunque sólo hubiera sido un minuto; dile también que antes de casarse

con mi niño vendré a arreglaros la casa, si me lo permitís.

Le prometí que nadie la tocaría más que ella, y quedó tan encantada, que se marchó

radiante.

Me cansé aquel día en el Tribunal más que de costumbre por una multitud de

procedimientos para que se me hiciera el tiempo menos largo, y por la tarde, a la hora

fijada, fui a la calle en que vivía miss Mills. Míster Mills era un hombre terrible para

dormir siempre después de comer y no había salido todavía. La jaula no estaba en la

ventana.

Me hizo esperar tanto tiempo, que empecé a desear, a modo de consuelo, que los

jugadores de whist que hacían la partida le pusieran multa para enseñarle a no retrasarse.

Por fin salió y vi a mi pequeña Dora colgar ella misma la jaula y dar un paso en el balcón

para ver si estaba yo allí. A1 verme se entró corriendo, mientras Jip ladraba con todas sus

fuerzas contra un enorme perro que estaba en la calle y que le hubiera podido tragar como

una píldora.

Dora salió a la puerta del salón para recibirme; Jip llegó también, gruñendo,

convencido de que yo era un bandido, y entramos los tres en la habitación con ternura y

muy dichosos. Pero pronto lancé yo la desesperación en medio de nuestra alegría (¡ay!

fue sin querer; pero estaba tan preocupado por mi asunto) preguntando a Dora sin

preámbulos si podría decidirse a querer a un mendigo.

¡Mi querida y pequeña Dora! ¡Pensad en su terror! La idea que aquella palabra

despertaba en su espíritu era la de un rostro lleno de arrugas, con un gorro de algodón,

con acompañamiento de muletas, de una pierna de palo y de un perro con una cestita en

la boca. Así es que me miró toda asustada y con la sorpresa más cómica del mundo.

-¿Cómo puedes hacerme esa pregunta tan loca? –dijo haciendo una mueca-. ¡Querer a

un mendigo!

-Dora, amor mío -le dije-. Yo soy un mendigo.

-¿Cómo puedes ser tan loco para venir a contarme semejantes cosas? —dijo, dándome

un golpecito en la mano-. Voy a decirle a Jip que te muerda.

Su infantilidad era lo que más me gustaba del mundo; pero tenía que explicarme, y

repetí en tono solemne:

-Dora, vida mía, amor mío, ¡tu David se ha arruinado!

-Te aseguro que le diré a Jip que te muerda si continúas con tus locuras -repuso Dora

sacudiendo sus bucles.

Pero me vio tan serio, que dejó de sacudir sus bucles, puso su manita temblorosa en mi

hombro, me miró primero confusa y con temor, y después se echó a llorar. ¡Era una cosa

terrible! Caí de rodillas al lado del diván, acariciándola y rogándole que no me desgarrara

el corazón; pero durante un rato mi pobre Dora sólo sabía repetir:

-¡Dios mío, Dios mío! Tengo miedo. ¿Dónde está Julia? Llévame con Julia, y vete, te lo

ruego.

Yo no sabía lo que era de mí.

Por fin, a fuerza de ruegos y de protestas, convencí a Dora de que me mirase. Parecía

muy asustada; pero poco a poco, con mis caricias, conseguí que me mirase tiernamente, y

apoyó su suave mejillita contra la mía. Entonces, teniéndola abrazada, le dije que la

quería con todo mi corazón, pero que, en conciencia, me creía obligado a ofrecerle si

quería romper nuestro compromiso, porque me había quedado muy pobre; que nunca me

consolaría ni podría soportar la idea de perderla; que yo no temía la pobreza si ella

tampoco la temía; que mi corazón y mis brazos sacarían las fuerzas de mi amor por ella;

que ya trabajaba con un valor de que solo los amantes son capaces; que había empezado a

entrar en la vida práctica y a pensar en el porvenir-, que una miga de pan ganada con el

sudor de nuestra frente era más dulce al corazón que un festín debido a una herencia; y

muchas más cosas bonitas como aquella, pronunciadas con una elocuencia apasionada

que me sorprendió a mí mismo, aunque me había preparado para aquel momento desde

que mi tía me sorprendió con su llegada imprevista.

-¿Tu corazón es siempre mío, Dora, querida mía? -le dije con entusiasmo, sabiendo que

me pertenecía, pues se estrechaba contra mí.

-¡Oh, sí, completamente tuyo; pero no seas tan terrible!

-¿Yo terrible, pobre Dora?

-No me hables de volverme pobre y de trabajar como un negro -me dijo abrazándome-;

te lo ruego, te lo ruego.

-Amor mío -le dije-, una miga de pan… ganada con el sudor…

-Sí, sí; pero no quiero oír hablar de migas de pan. .Jip necesita todos los días su chuleta

de cordero a mediodía; si no se morirá.

Yo estaba seducido por su encanto infantil, y le expliqué tiernamente que Jip tendría su

chuleta de cordero con toda la regularidad acostumbrada. Le describí nuestra vida

modesta, independiente, gracias a mi trabajo; le hablé de la casita que había visto en

Highgate, con la habitación en el primer piso para mi tía.

-¿Soy todavía muy terrible, Dora? -le dije con ternura.

-¡Oh, no, no! -exclamó Dora- Pero espero que tu tía esté mucho tiempo en su

habitación, y además que no sea una vieja gruñona.

Si me hubiera sido posible amar a Dora más, lo hubiera hecho entonces. Sin embargo,

me daba cuenta de que no servía para mucho en el caso actual. Mi nuevo ardor se

enfriaba viendo que era tan difícil comunicárselo. Hice un nuevo esfuerzo. Cuando se

hubo repuesto por completo y cogió a Jip sobre sus rodillas para arrollar sus orejas

alrededor de sus dedos, yo recobré mi gravedad.

-Querida mía, ¿puedo decirte una palabra?

-¡Oh!, te lo ruego, no hablemos de la vida práctica -me dijo en tono suave-; ¡si supieras

el miedo que me da!

-Pero, vida mía, no hay nada que pueda asustarte en todo esto. Yo querría hacerte ver

las cosas de otro modo. Por el contrario, querría que esto te inspirase valor.

-¡Es precisamente lo que me asusta! –exclamó Dora.

-No, querida mía; con perseverancia y fuerza de voluntad se soportan cosas mucho

peores.

-Pero yo no tengo ninguna fuerza -dijo Dora sacudiendo sus bucles-. ¿No es verdad,

Jip? ¡Vamos, besa a Jip y sé cariñoso!

Era imposible negarme a besar a Jip cuando me lo tendía expresamente, redondeando

ella también para besarle su boquita rosa, dirigiendo la operación, que debía cumplirse,

con una precision matemática, en medio de la nariz del animalito. Hice lo que quería, y

después reclamé la recompensa por mi obediencia; y Dora consiguió durante bastante

tiempo hacer que fracasara mi gravedad.

-Pero, Dora, amor mío -le dije recobrando mi solemnidad-, ¡todavía tengo algo que

decirte!

Hasta el juez del Tribunal de Prerrogativas se hubiera enamorado al verla juntar sus

manitas y tendérmelas suplicante para que no la asustara.

-Pero si no quiero asustarte, amor mío -repetía yo-; únicamente, Dora, querida mía, si

quisieras pensar sin temor, si quisieras pensar alguna vez, para darte valor, en que eres la

novia de un hombre pobre.

-No, no; te lo ruego; ¡es demasiado terrible!

-Nada de eso, chiquilla -le dije alegremente-; si quisieras nada más pensarlo alguna vez

y ocuparte de vez en cuando de las cosas de la casa de tu papá, para tratar de acostumbrarte…;

las cuentas, por ejemplo…

Mi pobre Dora acogió aquella idea con un grito que parecía un sollozo.

-… Eso llegará un día en que te será muy útil. Y si me prometieras leer… un librito de

cocina que yo te mande, sería una cosa bonísima para ti y para mí. Pues nuestro camino

en la vida va a ser duro en el primer momento, Dora -le dije, animándome-, y a nosotros

toca el mejorarlo. Tenemos que luchar para conseguirlo, y necesitamos valor. Tenemos

muchos obstáculos que afrontar y hay que afrontarlos sin temor, aplastarlos bajo nuestros

pies.

Seguí hablando con el puño cerrado y con resolución; pero era inútil llegar más lejos;

había dicho bastante, y había conseguido… volver a asustarla.

-¡Oh! ¿Dónde está Julia Mills? Llévame con Julia Mills, y vete; ¡haz el favor!

En una palabra, estaba medio loco y recorría el salón en todas las direcciones.

Aquella vez creí que la había matado. Le eché agua por la cara. Caí de rodillas, me

arranqué los pelos, me acusaba de ser un animal, un bruto sin conciencia y sin piedad. Le

pedí perdón. Le suplicaba que abriera los ojos. Destrocé la caja de labor de miss Mills

para encontrar un frasco de sales, y, en mi desesperación, tomé el alfiletero de marfil

creyendo que era, y vertí todas las agujas en la cara de Dora. Amenacé con el puño a Jip,

que estaba tan desesperado como yo, y me entregué a todas las extravagancias

imaginables. Hacía mucho tiempo que había perdido la cabeza cuando miss Mills entró

en la habitación.

-¿Qué ocurre? ¿Qué te han hecho? -exclamó miss Mills acudiendo en. socorro de su

amiga.

Yo contesté: «Yo tengo la culpa, miss Mills; yo soy el criminal, y una multitud de cosas

del mismo estilo. Después, volviendo la cabeza para librarla de la luz, la oculté contra los

almohadones del diván.

Miss Mills creyó al principio que era una pelea y que nos habíamos perdido en el

desierto de Sahara; pero no estuvo mucho tiempo en la incertidumbre, pues mi pequeña y

querida Dora exclamó, abrazándola, que yo era un pobre obrero; después se echó a llorar

por mí, preguntándome si quería aceptarle todo el dinero que tenía ahorrado, y terminó

por echarse en brazos de miss Mills sollozando, como si su corazoncito fuera a romperse.

Felizmente, miss Mills parecía haber nacido para ser nuestra bendición. Se enteró en

pocas palabras de la situación, consoló a Dora, la convenció poco a poco de que yo no era

un obrero. Por la manera de contar las cosas creo que Dora había supuesto que me había

hecho marinero y que me pasaba el día balanceándome sobre una plancha. Miss Mills,

mejor enterada, terminó por restablecer la paz entre nosotros. Cuando todo volvió a estar

en orden, Dora subió a lavarse los ojos con agua de rosas y miss Mills pidió el té. Entre

tanto, yo declaré a aquella señorita que siempre sería su amigo y que mi corazón cesaría

de latir antes que olvidar su simpatía.

Le desarrollé entonces el plan que había tratado de hacer comprender con tan poco

éxito a Dora. Miss Mills me contestó, según sus principios generales, que la cabaña de la

alegría valía más que el palacio del frío esplendor, y que donde había amor lo había todo.

Yo dije a miss Mills que era verdad y que nadie lo sabía mejor que yo, que amaba a

Dora como ningún mortal había amado antes que yo. Pero ante la melancólica

observación de miss Mills de que sería dichoso para algunos corazones el no haber

amado tanto como yo, le dije que mi observación se refería al sexo masculino

únicamente.

Después le pregunté a miss Mills si, en efecto, no tendría alguna ventaja práctica la

proposición que había querido hacer respecto a las cuentas, al cuidado de la casa y a los

libros de cocina.

Después de un momento de reflexión, he aquí lo que miss Mills me contestó:

-Míster Copperfield, quiero ser franca con usted. Los sufrimientos y las pruebas

morales suplen a los años en ciertas naturalezas, y voy a hablarle tan francamente como

una madre abadesa. No; su proposición no le conviene a nuestra Dora. Nuestra querida

Dora es la niña mimada de la Naturaleza. Es una criatura de luz, de alegría y de felicidad.

No le puedo ocultar que si eso pudiera ser estaría muy bien, sin duda; pero…

Miss Mills movió la cabeza.

Aquella muda concesión de miss Mills me animó a preguntárle si en el caso de que se

presentara la ocasión de atraer la atención de Dora hacia las condiciones de ese género

necesarias a la vida práctica si tendría la bondad de aprovecharlas. Miss Mills consintió

con tan buena voluntad, que le pedí también si no querría encargarse del libro de cocina y

hacerme el inmenso favor de entregárselo a Dora sin asustarla demasiado. Miss Mills se

encargó de la tarea pero se veía que no esperaba gran cosa.

Dora reapareció. Estaba tan seductora, que me pregunté si verdaderamente había

derecho de ocuparse en detalles tan vulgares. Y además, me amaba tanto, estaba tan

encantadora, sobre todo cuando hacía a Jip tenerse en dos patas para pedirle su tostada y

ella hacía como que le iba a quemar la nariz con la tetera porque se negaba a obedecerla,

que terminé considerándome como un monstruo que hubiera venido a asustar al hada en

su bosque, cuando pensaba en cómo le había hecho sufrir y en las lágrimas que había

derramado.

Después del té Dora cogió la guitarra y cantó sus canciones francesas sobre la

imposibilidad absoluta de dejar de bailar, tralalá, tralalalá, y pensé más que nunca que era

un monstruo.

Sólo hubo una nube en nuestra alegría: un momento antes de retirarme miss Mills

aludió por casualidad al día siguiente por la mañana, y yo tuve la desgracia de decir que

tenía que trabajar y que me levantaba a las cinco. No sé si Dora pensó que era sereno en

algún establecimiento particular; pero aquella noticia causó una gran impresión en su

espíritu, y dejó de tocar y de cantar.

Todavía pensaba en ello cuando le dije adiós, y me dijo con su aire mimoso, como

podía habérselo dicho, según me pareció, a su muñeca.

-¡Malo! No te levantes a las cinco; eso no tiene sentido común.

-Tengo que trabajar, querida.

-Pues no trabajes; ¿para qué?

Era imposible decir de otra manera queriendo a aquel lindo rostro, sorprendido, que

había que trabajar para vivir.

-¡Oh, qué ridiculez! -exclamó Dora.

-¿Y cómo viviremos si no, Dora?

-¡Cómo! ¡No importa cómo! –dijo Dora.

Estaba convencida de que había solucionado la cuestión y me dio un beso de triunfo,

que brotaba tan espontáneamente de su corazón inocente, que por todo el oro del mundo

no hubiera querido discutirle la respuesta, pues la amaba y continuaba amándola con toda

mi alma, con todas mis fuerzas.

Pero al mismo tiempo que trabajaba mucho, que batía el hierro mientras estaba caliente,

aquello no me impedía que a veces, por la noche, cuando me encontraba frente a mi tía

reflexionando en el susto que había dado a Dora, me preguntase qué haría para pasar a

través del bosque de las dificultades con una guitarra en la mano; y a fuerza de pensar en

ello me parecía que mis cabellos se volvían blancos.

CAPÍTULO XVIII

DISOLUCIÓN DE SOCIEDAD

Me apresaré a poner inmediatamente en ejecución el plan que había formado relativo a

los debates parlamentarios. Era uno de los hierros de mi forja que había que golpear

mientras estuviera caliente, y me puse a ello con una perseverancia que me atrevo a

admirar. Compré un célebre tratado sobre el arte de la taquigrafía (que me costó diez

chelines) y me sumergí en un océano de dificultades, y al cabo de algunas semanas casi

me habían vuelto loco todos los cambios que podia tener uno de esos acentos que

colocados de una manera significaban una cosa y otra en tal otra posición; los caprichos

maravillosos figurados por círculos indescifrables; las consecuencias enormes de un

signo tan grande como una pata de mosca; los terribles efectos de una curva mal

colocada, y no me preocupaban únicamente durante mis horas de estudio: me perseguían

hasta durante mis horas de sueño. Cuando por fin llegué a orientarme más o menos a

tientas, en medio de aquel laberinto y a dominar casi el alfabeto, que por sí solo era todo

un templo de jeroglíficos egipcios, fui asaltado por una procesión de nuevos horrores,

llamados signos arbitrarios. Nunca he visto signos tan despóticos; por ejemplo, querían

absolutamente que una línea más fina que una tela de araña significara espera, y que una

especie de candil romano se tradujera por perjudicial. A medida que conseguía meterme

en la cabeza todo aquello me daba cuenta de que se me había olvidado el principio. Lo

volvía a aprender, y entonces olvidaba lo demás. Si trataba de recordarlo, era alguna otra

parte del sistema la que se me escapaba.

En una palabra, era desolador; es decir, me habría parecido desolador si no hubiera sido

por el recuerdo de Dora, que me animaba. ¡Dora, áncora fiel de mi barca, agitada por la

tempestad! Cada adelanto en el sistema me parecía una encina nudosa que había

derribado en el bosque de las dificultades, y me proponía derribarlas una tras otra con un

redoblamiento de energía; tanto, que al cabo de cuatro meses me creí en estado de

intentar una prueba con uno de nuestros oradores del Tribunal. Nunca olvidaré que mi

orador se había ya vuelto a sentar antes de que yo hubiera empezado siquiera y que mi

lápiz se retorcía encima del papel como si tuviera convulsiones.

Aquello no podía ser; era evidente que había aspirado a demasiado; había que

conformarse con menos. Corrí a ver a Traddles para que me aconsejara, y me propuso

dictarme discursos despacio, deteniéndose de vez en cuando para facilitarme la cosa.

Acepté su ofrecimiento con la mayor gratitud, y todas las noches, durante mucho tiempo,

tuvimos en Buckingham Street una especie de Parlamento privado cuando volvía de casa

del doctor.

Me gustaría ver en algún sitio un Parlamento semejante. Mi tía y míster Dick

representaban el Gobierno o la oposición (según las circunstancias), y Traddles, con

ayuda del Orador de Enfielfi o de un tomo de Los debates parlamentarios, los aplastaba

con las más tremendas invectivas. De pie al lado de la mesa, con una mano encima del

libro, para no perder la página, el brazo derecho levantado por encima de su cabeza,

Traddles representaba alternativamente a míster Pitt, a mister Fox, a mister Sheridan, a

mister Burke, a lord Castlereadh, al vizconde Sidmouth, o a míster Canning, y

entregándose a la cólera más violenta acusaba a mi tía y a mister Dick de inmoralidad y

de corrupción. Yo, sentado cerca, con mi cuaderno de notas en la mano, hacía volar mi

pluma, queriendo seguirle en su declamación. La inconstancia y la ligereza de Traddles

no podrían ser sobrepasadas por ningún político del mundo. En ocho días había abrazado

todas las ideas y había enarbolado veinte banderas. Mi tía, inmóvil como un canciller del

Exchequer, lanzaba a veces una interrupción: «Muy bien» o «No» a «¡Oh!» cuando el

texto parecía exigirlo, y míster Dick (verdadero ejemplo del gentilhombre campesino) le

servía inmediatamente de eco. Pero míster Dick fue acusado durante su carrera

parlamentaria de cosas tan odiosas y le predijeron para el porvenir consecuencias tan

terribles, que terminó por asustarse. Yo creo que hasta acabó por persuadirse de que

efectivamente había hecho algo que debía acarrear la ruina de la Constitución de la Gran

Bretaña y la decadencia inevitable del país.

Muy a menudo continuábamos nuestros debates hasta que el reloj daba las doce y las

velas se habían quemado hasta el final. El resultado de tanto trabajo fue que terminé por

seguir bastante bien a Traddles. No faltaba más que una cosa a mi triunfo, y era saber leer

después lo que ponía en mis notas; pero no tenía ni la menor idea. Una vez escritas, lejos

de poder restablecer el sentido, era como si hubiera copiado inscripciones chinas de las

cajas de té o las letras de oro que se pueden leer en los enormes frascos rojos de las

farmacias.

No tenía otra cosa que hacer que volver a ponerme valientemente a la tarea. Era duro,

pero empecé, a pesar de mi fastidio, a recorrer de nuevo laboriosa y metódicamente el

camino que ya había andado, marchando a pasos de tortuga, deteniéndome para examinar

minuciosamente el menor signo, y haciendo esfuerzos desesperados para descifrar

aquellos caracteres pérfidos en cualquier parte que los encontrase. Era muy exacto en mi

oficina, muy exacto con el doctor; en fin, trabajaba como un verdadero caballo de alquiler.

Un día que me dirigía al Tribunal de Doctores, como de costumbre, me encontré en el

umbral de la puerta a míster Spenlow muy serio y hablando solo. Como se quejaba a menudo

de dolores de cabeza y tenía el cuello muy corto y los cuellos de las camisas muy

tiesos, en el primer momento creí que le habría atacado un poco al cerebro; pero pronto

me tranquilicé sobre aquel punto.

En lugar de contestarme a mi «Buenos días, caballero» con su amabilidad

acostumbrada, me miró de un modo altanero y ceremonioso y me indicó fríamente que le

siguiera a cierto café que en aquel tiempo daba al Tribunal por el pequeño arco al lado

del cementerio de Saint Paul. Yo le obedecí muy turbado; me sentía cubierto de un sudor

frío, como si todos mis temores fueran a parar a la piel. Andaba delante de mí, pues el

sitio era muy estrecho, y la manera de llevar la cabeza no me presagiaba nada bueno.

Sospeché que había descubierto mis sentimientos por mi querida pequeña Dora.

Si no lo hubiera adivinado mientras le seguía hacia el café de que he hablado no habría

podido dudar mucho tiempo de lo que se trataba cuando, después de subir a una

habitación del primer piso, me encontré con miss Murdstone, apoyada en una especie de

mostrador, donde estaban alineadas varias garrafas conteniendo limones y dos de esas

cajas extraordinarias completamente llenas de hendeduras donde antiguamente se

clavaban los cuchillos y los tenedores, pero que, felizmente para la Humanidad, ahora

están obsoletas.

Miss Murdstone me tendió sus uñas glaciales y se volvió a sentar con la expresión más

austera. Míster Spenlow cerró la puerta, me indicó que me sentara y se puso de pie

delante de la chimenea.

-Tenga la bondad, miss Murdstone –dijo míster Spenlow-, de enseñar a míster

Copperfield lo que lleva usted en el portamonedas.

Creo verdaderamente que era el mismo bolso con cierre de acero que le conocía desde

mi infancia. Con los labios tan apretados como el cierre, miss Murdstone empujó el resorte,

entreabrió un poco la boca al mismo tiempo y sacó de su bolso mi última carta a

Dora, toda llena de las expresiones más tiernas de afecto.

-Creo que es su letra, míster Copperfield –dijo míster Spenlow.

Tenía la frente ardiendo, y la voz que sonaba en mis oídos no se parecía siquiera a la

mía cuando respondí:

-Sí, señor.

-Si no me equivoco -dijo míster Spenlow mientras miss Murdstone sacaba de su bolso

un paquete de cartas atado con una preciosa cintita azul-, ¿estas cartas también son de su

mano, míster Copperfield?

Cogí el paquete con un sentimiento de desolación; y viendo con una ojeada en el

encabezamiento de las páginas: «Mi adorada Dora, mi ángel querido, mi querida

pequeña», enrojecí profundamente y bajé la cabeza.

-No, gracias -me dijo fríamente míster Spenlow, pues le alargaba maquinalmente el

paquete de cartas-. No quiero privarle de ellas. Miss Murdstone, tenga la bondad de

continuar.

Aquella amable criatura, después de reflexionar un momento con los ojos fijos en la

alfombra, contó lo siguiente muy secamente:

-Debo confesar que desde hace algún tiempo tenía mis sospechas respecto a miss

Spenlow en lo concerniente a míster Copperfield, y no perdía de vista a miss Spenlow ni

a David Copperfield. La primera vez que se vieron, la impresión que saqué ya no fue

agradable. La depravación del corazón humano es tal…

-Le agradeceré, señora -interrumpió míster Spenlow-, que se limite a relatar los hechos.

Miss Murdstone bajó los ojos, movió la cabeza como para protestar contra aquella

interrupción inconveniente, y después repuso, con aire de dignidad ofendida:

-Puesto que debo limitarme a relatar los hechos, lo haré con la mayor brevedad posible.

Decía, caballero, que desde hacía algún tiempo tenía mis sospechas sobre miss Spenlow y

sobre David Copperfield. He tratado a menudo, pero en vano, de encontrar la prueba

decisiva. Es lo que me ha impedido confiárselo al padre de miss Spenlow (y lo miró con

severidad). Sabía que en semejantes casos se está muy poco dispuesto a creer con

benevolencia a los que cumplen fielmente su deber.

Míster Spenlow parecía aplastado por la noble severidad del tono de miss Murdstone a

hizo con la mano un gesto conciliador.

-A mi regreso a Norwood después de haberme ausentado para el matrimonio de mi

hermano -prosiguió mi Murdstone en tono desdeñoso-, creí observar que la conducta de

miss Spenlow, igualmente de regreso de una visita su amiga miss Mills, que su conducta,

repito, daba más fundamento a mis sospechas, y la vigilé más de cerca.

Mi pobre, mi querida Dorita, ¡qué lejos estaba de sospechar que aquellos ojos de

dragón estaban fijos en ella!

-Sin embargo -prosiguió miss Murdstone-, únicamente ayer por la noche adquirí la

prueba decisiva. Yo opinaba que miss Spenlow recibía demasiadas cartas de su amiga

miss Mills; pero como era con el pleno consentimiento de su padre (una nueva mirada

muy amarga a míster Spenlow), yo no tenía nada que decir. Puesto que no se me permite

aludir a la depravación natural del corazón humano al menos se me permitirá hablar de

una confianza excesiva mal colocada.

-Está bien -murmuró míster Spenlow como apología

-Ayer por la tarde -repuso miss Murdstone- acabábamos de tornar el té, cuando observé

que el perrito corría, saltaba y gruñía en el salón, mordiendo algo. Le dije a mi Spenlow:

«Dora, ¿qué es ese papel que tiene el perro en boca?». Miss Spenlow palpó

inmediatamente su cinturó lanzó un grito y corrió hacia el perro. Yo la detuve diciendo

«Dora, querida mía, permíteme… ». « ¡Oh, Jip, miserable perrillo, tú eres el autor de tanto

infortunio! »

-Miss Spenlow –continuó miss Murdstone- trató corromperme a fuerza de besos, de

cestitas de labor, de alhajitas, de regalos de todas clases. Yo no le hice caso. El perro

corrió a refugiarse debajo del diván, y me costó mucho trabajo hacerle salir con ayuda de

las tenazas. Una vez fuera seguía con la carta en la boca, y cuando traté de arrancársela,

con peligro de que me mordiera, tenía el papel tan apretado entre los dientes, que todo lo

que pude hacer fue levantar al perro en el aire detrás de aquel precioso documento. Sin

embargo, terminé por apoderarme de él. Después de haberlo leído le dije a miss Spenlow

que debía de tener en su poder otras cartas de la misma naturaleza, y por fin obtuve de

ella el paquete que está ahora entre las manos de David Copperfield.

Se calló, y después de haber cerrado su bolso, cerró la boca, como una persona resuelta

a dejarse despedazar antes que doblegarse.

-Acaba usted de oír a miss Murdstone -dijo míster Spenlow volviéndose hacia mí-.

Deseo saber, míster Copperfield, si tiene usted algo que decir.

El cuadro presente ante mí del hermoso tesoro de mi corazón llorando y sollozando

toda la noche; la idea de que estaba sola, asustada, desgraciada, o de que había suplicado

en vano a aquella mujer de piedra que la perdonara, y ofreciéndole en vano sus besos, sus

estudios de labor y sus joyas, y, en fin, que todo aquello era por mi culpa, me hacía

perder la poca dignidad que hubiera podido demostrar, y temblaba de tal modo de

emoción que dudo si conseguí ocultarlo.

-No tengo nada que decir, caballero, a no ser que soy el único culpable… Dora…

-Miss Spenlow, si hace el favor -repuso su padre con majestad…

-… ha sido arrastrada por mí -continué, sin repetir después de míster Spenlow aquel

nombre frío y ceremonioso para prometerme ocultarle nuestro afecto, y lo siento amargamente.

-Ha hecho usted muy mal, caballero -me dijo míster Spenlow paseándose de arriba

abajo por el tapiz y gesticulando con todo el cuerpo, en lugar de mover únicamente la

cabeza, a causa de la tiesura combinada de su corbata y de su espina dorsal-. Ha cometido

usted un acto fraudulento e inmoral, míster Copperfield. Cuando yo recibo en mi casa a

un «caballero», tenga diecinueve, veinte a ochenta años, le recibo con plena confianza. Si

abusa de mi confianza, comete un acto innoble, míster Copperfield.

-Demasiado lo veo ahora, caballero; puede usted estar seguro; pero antes no me lo

parecía. En realidad, míster Spenlow, con toda la sinceridad de mi corazón, antes no me

lo parecía, ¡la quiero de tal modo, míster Spenlow…!

-Vamos, ¡qué tontería! -dijo míster Spenlow enrojeciendo-. ¿Va ahora a decirme en mi

cara lo que quiere a mi hija, míster Copperfield?

-Pero, caballero, ¿cómo podría disculparme si no fuera así? -respondí en tono humilde.

-¿Y cómo puede usted defender su conducta siendo así? -dijo míster Spenlow

deteniéndose bruscamente- ¿Ha reflexionado usted en su edad y en la edad de mi hija,

míster Copperfield? ¿Sabe usted lo que ha hecho destruyendo la confianza que debía

existir entre mi hija y yo? ¿Ha pensado usted en la posición que mi hija ocupa en el

mundo, en los proyectos que puedo yo haber formado para su porvenir, en las intenciones

que pueda expresar en su favor en mi testamento? ¿Ha pensado usted en todo esto, míster

Copperfield?

-Muy poco, caballero, lo siento -respondí en tono humilde y triste-; pero le ruego que

crea que no ha desconocido mi propia situación en el mundo. Cuando le he hablado el

otro día ya estábamos prometidos.

-Le ruego que no pronuncie esa palabra delante de mí, míster Copperfield.

Y, en medio de mi desesperación, no pude por menos observar que era completamente

polichinela por el modo con que se golpeaba las manos una contra otra con la mayor

energía.

La inmóvil miss Murdstone dejó oír una risita seca y desdeñosa.

-Cuando le he explicado el cambio de mi situación, caballero -repuse queriendo

cambiar la palabra que le había molestado-, había ya, por mi culpa, un secreto entre miss

Spenlow y yo. Desde que me situación ha cambiado he luchado, he luchado todo lo

posible por mejorar, y estoy seguro de conseguirlo un día. ¿Quiere usted darme tiempo?

¡Somos tan jóvenes los dos, caballero!

-Tiene usted razón -dijo míster Spenlow bajando muchas veces la cabeza y frunciendo

las cejas-,son ustedes muy jóvenes. Todo esto no son más que tonterías, que tienen que

terminar. Coja usted esas cartas y quémelas. Devuélvame las de miss Spenlow, y yo las

quemaré por mi parte. Y como en el futuro tendremos que vernos aquí y en el Tribunal,

es cosa convenida que no volveremos a hablar de ello. Veamos, míster Copperfield; no le

falta a usted inteligencia, y comprenderá que es la única cosa razonable que puede hacer.

No, yo no podía ser de aquella opinión. Lo sentía mucho; pero había una consideración

que era más fuerte que la razón. El amor pasa por encima de todo, y yo quería a Dora con

locura, y ella a mí también. No se lo dije precisamente en esos términos; pero se lo di a

entender, y estaba muy decidido. No me importaba saber si estaría haciendo en todo

aquello un papel ridículo, pero estaba bien decidido.

-Muy bien, míster Copperfield -dijo míster Spenlow-, utilizaré mi influencia con mi

hija.

Miss Murdstone dejó oír un sonido expresivo, una larga aspiración, que no era un

suspiro ni un gemido, pero que participaba de las dos cosas, como para hacer comprender

a míster Spenlow que por ahí debía haber empezado.

-Utilizaré toda mi influencia con mi hija -dijo Spenlow envalentonado por aquella

aprobación-. ¿Se niega usted a coger esas cartas, míster Copperfield?

Yo había puesto el paquete encima de la mesa.

Sí me negaba, y esperaba que me dispensara; pero me resultaba imposible recibir

aquellas cartas de las manos de miss Murdstone.

-¿Ni de las mías? -dijo míster Spenlow.

-Tampoco -respondí con el más profundo respeto.

-Muy bien –dijo míster Spenlow.

Hubo un momento de silencio. Yo no sabía si debía continuar allí o marcharme. Por fin

me dirigí tranquilamente hacia la puerta, con intención de decirle que creía responder a

sus sentimientos retirándome; pero me detuvo para decirme con expresión grave,

hundiendo las manos en los bolsillos de su gabán, aunque apenas si las podía hacer

entrar:

-¿Usted probablemente sabe, míster Copperfield, que no estoy absolutamente

desprovisto de bienes materiales y que mi hija es mi pariente más cercana y querida?

Le respondí con precipitación que esperaba que si un amor apasionado me había hecho

cometer un error, no me supondría por ello un alma vil a interesada.

-No me refiero a eso -dijo míster Spenlow-. Más valdría, por usted y por nosotros,

míster Copperfield, que fuera usted un poco más interesado, quiero decir más prudente y

menos fácil de arrastrar a las locuras de la juventud; pero, se lo repito desde otro punto de

vista, usted sabe que tengo algo que dejar a mi hija.

Respondí que lo suponía.

-¿Y no creerá usted que en presencia de los ejemplos que se ven aquí todos los días en

este Tribunal de la extraña negligencia de los hombres para sus decisiones testamentarias,

pues es quizá el caso en que se encuentran más extrañas revelaciones de la ligereza

humana, no creerá que no he tomado ya mis medidas?

Incliné la cabeza en señal de asentimiento.

-No consentiré -dijo míster Spenlow balanceándose alternativamente en la punta de los

pies y en los talones, mientras movía lentamente la cabeza como para dar más fuerza a

sus piadosas observaciones-, no consentiré que las disposiciones que he creído deber

tomar respecto a mi hija sean modificadas en nada por una locura de juventud, pues es

una verdadera locura; digamos la palabra, una tontería. Dentro de algún tiempo eso

pesará menos que una pluma. Pero será posible, sin embargo…, podría suceder… que si

esta tontería no fuese abandonada por completo me viera obligado, en un momento de

ansiedad, a tomar mis precauciones para anular las consecuencias de un matrimonio imprudente.

Espero, míster Copperfield, que usted no me obligará a abrir ni por un cuarto de

hora esta página cerrada en el libro de la vida ni a desarreglar ni por un cuarto de hora

graves asuntos que están en regla desde hace mucho tiempo.

Había en todas sus maneras una serenidad, una tranquilidad, una calma que me

afectaban profundamente. Estaba tan tranquilo y tan resignado después de haber puesto

en orden sus asuntos y arreglado sus últimas disposiciones como si fueran un papel de

música, que se veía que él mismo no podía pensar en ello sin conmoverse. Hasta creo

haber visto subir desde el fondo de su sensibilidad, a este pensamiento, algunas lágrimas

involuntarias a sus ojos.

Pero ¿qué hacer? Yo no podía faltar a Dora ni a mi propio corazón. Me dijo que me

daba una semana para reflexionar. ¿Podía yo contestar que no quería reflexionar durante

una semana? Pero también ¿no debía yo estar convencido de que todas las semanas del

mundo no cambiarían en nada la violencia de mi amor?

-Hará usted bien hablando de ello con miss Trotwood o con alguna otra persona que

conozca la vida -me dijo mister Spenlow enderezando su corbata-. Le doy a usted una

semana, míster Copperfield.

Me sometí y me retiré dando a mi fisonomía una expresión de abatimiento desesperado,

que demostraba no podía cambiar nada mi inquebrantable constancia. Las cejas de miss

Murdstone me acompañaron hasta la puerta; digo sus cejas mejor que sus ojos, porque

ocupaban mucho más sitio en su rostro. Tenía exactamente la misma cara de antes,

cuando en nuestro saloncito de Bloonderstone recitaba mis lecciones en su presencia.

Con un poco de buena voluntad hubiera podido creer que el peso que me oprimía el

corazón era todavía aquel abominable alfabeto con sus viñetas ovaladas, que yo

comparaba en mi infancia a los cristales de los lentes.

Cuando llegué a la oficina oculté el rostro entre las manos, y allí, delante de mi pupitre,

sentado en mi rincón, sin ver al viejo Tiffey ni a mis otros camaradas, me puse a reflexionar

en el terremoto que acababa de tener lugar bajo mis pies; y en la amargura de mi

alma maldecía a Jip, y estaba tan preocupado por Dora, que todavía me pregunto cómo

no cogí el sombrero para dirigirme como un loco hacia Norwood. La idea de que la

harían sufrir, de que la harían llorar y de que yo no estaba allí para consolarla se me hizo

tan odiosa, que me puse a escribir una carta insensata a míster Spenlow, donde le

suplicaba que no hiciera pesar sobre ella las consecuencias de mi cruel destino. Le

suplicaba que evitara los sufrimientos a aquella dulce naturaleza; que no rompiera una

flor tan frágil. En resumen, si no recuerdo mal, le hablaba como si en lugar de ser el

padre de Dora fuera un ogro. La cerré y la coloqué encima de su pupitre antes de que

volviera. Cuando entró, le vi por la puerta entreabierta de su despacho coger la carta y

abrirla.

Aquella mañana no me habló de ella; pero por la tarde, antes de marcharse, me llamó y

me dijo que no necesitaba preocuparme por la felicidad de su hija. Le había dicho sencillamente

que era una tontería, y no pensaba volverle a hablar de ello. Se creía un padre

indulgente (y tenía razón) y no tenía ninguna necesidad de preocuparme por aquello.

-Podría usted obligarme con su locura o su obstinación, míster Copperfield -añadió-, a

alejar durante algún tiempo a mi hija de mi lado; pero tengo de usted mejor opinión.

Espero que dentro de unos días sea más razonable. En cuanto a miss Murdstone (pues

había hablado de ella en mi carta), respeto la vigilancia de esa señora y se la agradezco;

pero le he recomendado expresamente que evite ese asunto. La única cosa que deseo,

míster Copperfield, es no volver a ocuparme de él. Lo único que tiene usted que hacer es

olvidarlo.

¡Lo único que tenía que hacer! En una carta que escribí a miss Mills subrayaba esta

palabra con amargura. ¡Lo único que tenía que hacer, decía con sombrío sarcasmo, era

olvidar a Dora! ¡Aquello era lo único! ¡Como si no fuera nada! Suplicaba a miss Mills

que me recibiera aquella misma tarde. Si no podía consentirlo, le pedía que me recibiera a

hurtadillas en la habitación de detrás, donde se planchaba. Le decía que mi razón

peligraba y que ella era la única que podía hacerme volver en sí. Terminaba, en mi

locura, por decirme suyo para siempre, con mi firma al final. Releyendo mi carta antes de

confiársela a un muchacho, no pude por menos de encontrarle mucho parecido con el

estilo de míster Micawber.

A pesar de todo, la envié. Y por la tarde me dirigí hacia casa de miss Mills y paseé en

todos los sentidos la calle hasta que una criada vino a avisarme que la siguiera por un

camino disimulado. Después he tenido razones para creer que no había ningún motivo

para que no entrara por la puerta principal, y hasta para que me recibiera en el salón, si no

fuera porque a miss Mills le gustaba todo lo que tenía aspecto de misterio.

Una vez en la antecocina, me abandoné a mi desesperación. Si había ido con la

intención de ponerme en ridículo, estoy seguro de haberlo conseguido. Miss Mills había

recibido de Dora cuatro letras escritas deprisa, donde le decía que todo se había

descubierto. Añadía: «¡Oh, ven conmigo, Julia; te lo suplico! ». Pero miss Mills no había

podido todavía ir a verla, ante el temor de que su visita no fuera del gusto de las

autoridades superiores; estábamos todos como viajeros perdidos en el desierto de Sahara.

Miss Mills tenía una prodigiosa volubilidad y se complacía en ella. Yo no podía por

menos de darme cuenta, mientras mezclaba sus lágrimas con las mías, que nuestras aflicciones

eran para ella una diversión. Las mimaba, si puedo decirlo así, para su propio bien.

Me hacía observar que un abismo inmenso se acababa de abrir entre Dora y yo y que sólo

el amor podía atravesarlo con su arco iris. El amor existía para sufrir en este bajo mundo;

esto había sido siempre y continuaría siendo. « ¡No importa -añadía-. Los corazones no se

dejan encadenar largo tiempo por esas telas de araña; sabrán romperlas, y el amor será

vengado! »

Todo esto no era muy consolador; pero miss Mills no quería animar esperanzas

engañosas. Me dejó más desconsolado de lo que había ido, lo que no me impidió decirle

(y, lo que es más fuerte, lo pensaba) que le estaba profundamente agradecido y que estaba

convencido de que era verdaderamente nuestra amiga. Decidió que al día siguiente por la

mañana iría a ver a Dora y que intentaría algún medio de asegurarle, fuera por una

palabra o por una mirada, todo mi afecto y toda mi desesperación. Nos separamos

destrozados de dolor. ¡Qué contenta debía de estar miss Mills!

Al llegar a casa de mi tía se lo conté todo, y a pesar de todo lo que me dijo me acosté

desesperado, me levanté desesperado y salí desesperado.

Era sábado por la mañana; me dirigí inmediatamente a mi oficina, y me sorprendió

mucho al llegar ver a los empleados de caja delante de la puerta y charlando entre sí.

Algunos transeúntes miraban por las ventanas, que estaban todas cerradas. Yo avivé el

paso y, sorprendido de lo que veía, entré presuroso.

Los empleados estaban en su puesto, pero nadie trabajaba. El viejo Tiffey estaba

sentado, quizá por primera vez en su vida, en la silla de uno de sus colegas, y ni siquiera

había colgado su sombrero.

-¡Qué horrible desgracia, míster Copperfield! -me dijo en el momento en que entraba.

-¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? -exclamé.

-¿No lo sabe usted? –exclamó Tiffey, y todo el mundo me rodeó.

-No –dije mirándolos a todos uno después de otro.

-Míster Spenlow… -dijo Tiffey.

-¿Y bien?

-¡Ha muerto!

Creí que la tierra se abría bajo mis pies; temblé; uno de los empleados me sostuvo en

sus brazos. Me hicieron sentarme, desataron la corbata, me dieron un vaso de agua. No

tengo idea del tiempo que duró todo aquello.

-¿Muerto? -repetí.

-Ayer comió en Londres y condujo él mismo el faetón -dijo Tiffey-. Había enviado al

lacayo en la diligencia, como hacía algunas veces, ¿sabe usted?

-¿Y bien?

-El faetón llegó vacío. Los caballos se detuvieron a la puerta de la cuadra. El

palafrenero acudió con una linterna. Y no había nadie en el coche.

-¿Es que se habían desbocado los caballos?

-No; no estaban calientes ni más fatigados que de costumbre. Las bridas estaban rotas y

era evidente que se habían arrastrado por el suelo. Toda la casa se revolvió al momento;

tres criados recorrieron el camino, y le encontraron a una milla de la casa.

-A más de una milla, míster Tiffey -insinuó un joven empleado.

-¿Cree usted? Quizá tenga usted razón –dijo Tiffey-, a más de una milla, no lejos de la

iglesia. Estaba tendido boca abajo. Una parte de su cuerpo yacía en la carretera, y el resto

en la cuneta. Nadie sabe si le ha dado un ataque que le ha hecho caer del coche, o si se ha

bajado porque se sentía indispuesto; ni siquiera se sabe si estaba completamente muerto

cuando le han encontrado; lo que es seguro es que estaba completamente insensible.

Quizá respiraba todavía; pero no pronunció una sola palabra. Han acudido médicos en

cuanto se ha podido; pero todo ha sido inútil.

¡Cómo describir mi estado de ánimo ante aquella noticia! Todo el mundo comprenderá

mi turbación al enterarme de aquel suceso, y tan súbito, cuya víctima era precisamente el

hombre con quien acababa de tener una discusión. Aquel vacío repentino que dejaba en

su despacho, ocupado todavía la víspera, donde su silla y su mesa parecían esperarlo;

aqueIlas líneas trazadas de su mano y dejadas encima del pupitre como últimas huellas

del espectro desaparecido; la imposibilidad de separarlo en nuestro pensamiento del lugar

en que estábamos, hasta el punto de que cuando la puerta se abría esperábamos verle

entrar; el silencio triste y el vacío de las oficinas; la insaciable avidez de nuestras gentes

para hablar, y la de las gentes de fuera, que no hacían más que entrar y salir todo el día

para enterarse de nuevos detalles. ¡Qué espectáculo desolador! Pero lo que no sabré

describir es cómo en los pliegues ocultos de mi corazón sentía una secreta envidia de la

muerte; cómo le reprochaba el dejarme en segundo plano en los pensamientos de Dora;

cómo el humor injusto y tiránico que me poseía me hacía celoso hasta de su pena; cómo

sufría al pensar que otros la podrían consolar, que lloraría lejos de mí; en fin, cómo estaba

dominado por un deseo avaro y egoísta de separarla del mundo entero en mi provecho,

para ser yo solo todo para ella, en aquel momento tan mal escogido para no pensar más

que en mí.

En la confusión de aquel estado de ánimo (espero no haber sido el único que lo ha

sentido así y que otros podrán comprenderlo) fui aquella misma tarde a Norwood. Supe

por un criado que miss Mills había llegado; le escribí una carta haciendo poner la

dirección a mi tía. Deploraba de todo corazón la muerte tan inesperada de míster

Spenlow, y al escribirla vertía lágrimas. Le suplicaba que dijera a Dora, si estaba en

estado de oírla, que me había tratado con bondad, con una benevolencia infinita, y que el

nombre de su hija lo había pronunciado con la mayor ternura, sin la sombra de un

reproche. Sé que también aquello era puro egoísmo por nú parte. Era un medio de hacer

llegar mi nombre a ella; pero yo trataba de convencerme de que era un acto de justicia hacia

su memoria. Y quizá lo creía.

Mi tía recibió al día siguiente algunas líneas en respuesta; estaba dirigida a ella, pero la

carta era para mí. Dora estaba agobiada de dolor, y cuando su amiga le había preguntado

si seguía amándome, había exclamado llorando, pues lloraba sin interrupción: «¡Oh, mi

querido papá, mi pobre papá! »; pero no había dicho que no, lo que me causó el mayor

placer.

Míster Jorkins vino a las oficinas algunos días después. Había permanecido en

Norwood desde el suceso. Tiffey y él estuvieron encerrados juntos durante algún tiempo;

después Tiffey abrió la puerta y me hizo seña de que entrara.

-¡Oh míster Copperfield! –dijo míster Jorkins-. Míster Tiffey y yo vamos a examinar el

pupitre, los cajones y todos los papeles del difunto, para poner el sello sobre sus papeles

personales y buscar su testamento. No encontrarnos huellas en ninguna parte. ¿Quiere

tener la bondad de ayudarnos?

Desde el suceso estaba muy preocupado, pensando en qué situación se quedaría mi

Dora, quién sería su tutor, etc., y la proposición de míster Jorkins me daba ocasión de

disipar mis dudas. Nos pusimos todos a ello. Míster Jorkins abría los pupitres y los

cajones, y nosotros sacábamos todos los papeles. Pusimos a un lado los de la oficina y a

otro los que eran personales del difunto, que no eran numerosos. Todo se hizo con la

mayor gravedad; y cuando nos encontrábamos un sello o un guardapuntas, o una sortija o

cualquier otro objeto menudo de use personal, bajábamos instintivamente la voz.

Habíamos sellado ya muchos paquetes, y continuábamos, en medio del silencio y del

polvo, cuando míster Jorkins me dijo, sirviéndose exactamente de los términos en que su

asociado, míster Spenlow, nos había hablado de él:

-Míster Spenlow no era hombre que se dejara fácilmente desviar de las tradiciones y de

los caminos ya hechos. Usted lo conocía. ¡Pues bien! Yo creo que no ha hecho

testamento.

-¡Oh, estoy seguro de lo contrario! –dije.

Los dos se detuvieron para mirarme.

-El día que le vi por última vez -repuse- me dijo que había hecho un testamento y que

tenía ordenados sus asuntos desde hace mucho tiempo.

Míster Jorkins y el viejo Tiffey movieron la cabeza de común acuerdo.

-Eso no promete nada bueno -dijo Tiffey.

-Nada bueno -dijo míster Jorkins.

-Sin embargo, no dudarán ustedes –dije.

-Mi querido míster Copperfield -me dijo Tiffey, y puso la mano encima de mi brazo,

mientras cerraba los ojos y movía la cabeza-, si llevara usted tanto tiempo como yo en

este estudio sabría usted que no hay asunto sobre el cual los hombres sean menos

previsores y en el que se les debe creer menos por sus palabras.

-Pero si en realidad esas son sus propias expresiones -repliqué, insistiendo.

-Entonces es decisivo -repuso Tiffey-. Mi opinión entonces es… que no hay testamento.

Esto me pareció al principio la cosa más extraña del mundo; pero el caso es que no

había testamento. Los papeles no proporcionaban el menor indicio de que hubiera podido

haber nunca ninguno; no se encontró el menor proyecto ni el menor memorándum que

anunciara que hubiese tenido nunca la intención de hacerlo. Lo que casi me sorprendió

tanto es que sus negocios estaban en el mayor desorden. No se podía uno dar cuenta ni de

lo que debía, ni de lo que había pagado, ni de lo que poseía. Es muy probable que desde

hacía años él mismo no tuviera ni la menor idea. Poco a poco se descubrió que, empujado

por el deseo de brillar entre los procuradores del Tribunal de Doctores, había gastado más

de lo que ganaba en el estudio, que no era demasiado, y que había hecho una brecha

importante en sus recursos personales, que probablemente tampoco habían sido nunca

muy considerables. El mobiliario de Norwood se puso a la venta, se alquiló la casa, y

Tiffey me dijo, sin saber todo el interés que yo tomaba en ello, que una vez pagadas las

deudas y deducida la parte de sus asociados en el estudio él no daría por todo el resto ni

mil libras. Todo esto lo supe después de seis semanas. Había estado sufriendo todo aquel

tiempo, y estaba a punto de poner fin a mi vida cada vez que miss Mills me decía que mi

pobre Dorita no contestaba cuando le hablaban de mí más que gritando: «¡Oh mi pobre

papá, mi querido papá! ». Me dijo también que Dora no tenía más parientes que dos tías,

hermanas de míster Spenlow, solteras, y que vivían en Putney. Desde hacía muchos años

tenían muy rara comunicación con su hermano. Sin embargo, no se habían peleado

nunca; pero míster Spenlow no las invitó más que a tomar el té el día del bautizo de Dora,

en lugar de invitarlas a comer, como ellas tenían la pretensión, y le habían contestado por

escrito que, por el interés de ambas partes, creían más prudente no moverse de su casa.

Desde aquel día su hermano y ellas habían vivido cada uno por su lado.

Aquellas dos damas salieron, sin embargo, de su retiro para ir a proponer a Dora que se

fuera a vivir con ellas en Putney. Dora se arrojó a sus cuellos llorando y sonriendo: «¡Oh,

sí, tías; os lo ruego; llevadme a Putney con Julia Mills y Jip!». Y se volvieron todas

juntas poco después del entierro.

Yo no sé cómo encontré tiempo para ir a rondar alrededor de Putney; pero el caso es

que, de una manera o de otra, me escapaba muy a menudo por sus alrededores. Miss

Mills, para mejor llenar todos los deberes de la amistad, escribía un diario de lo que

sucedía cada día. Muchas veces salía a mi encuentro en el campo para leérmelo, o

prestármelo cuando no tenía tiempo de leérmelo. ¡Con qué felicidad recorría yo los

diversos artículos de aquel registro concienzudo! He aquí una muestra:

«Lunes.- Mi querida Dora continúa muy abatida.- Violento dolor de cabeza- Llamo su

atención sobre la belleza del pelo de Jip- D. Acaricia a J.-Asociación de ideas que abren

las esclusas del dolor.- Torrente de lágrimas.- (Las lágrimas ¿no son el rocío del

corazón?- J. M.)

»Martes.- Dora, débil a inquieta- Bella en su palidez (misma observación para el

lunes..J. M.). D., J. M. y J. salen en coche- J. saca la nariz fuera de la portezuela y ladra

violentamente contra un barrendero.- Una ligera sonrisa aparece en los labios de D.- (He

aquí los débiles anillos de que se compone la cadena de la vida.- J. M.)

»Miércoles.- D., alegre en comparación de los días precedentes.- Le he cantado una

melodía conmovedora: Las campanas de la tarde, que no la ha tranquilizado, ni mucho

menos- D., conmovida hasta el summum.- La he encontrado más tarde llorando en su

habitación; le he recitado versos donde la comparaba con una joven gacela- Resultado

mediocre.- Alusión a la imagen de la paciencia sobre una tumba- (Pregunta: ¿,Por qué

sobre una tumba?- J. M.)

»Jueves.- D. bastante mejor.- Mejor noche- Ligero matiz rosado en las mejillas.- Me he

decidido a pronunciar el nombre de D. C.- Este nombre lo vuelvo a insinuar con

precaución durante el paseo- D., inmediatamente trastornada. «¡Oh querida Julia, oh! He

sido una niña desobediente.»- La tranquilizo con mis caricias.- Hago un cuadro ideal de

D. C. a las puertas de la muerte.- D., de nuevo trastornada. «¡Oh, qué hacer, qué hacer!

¡Llévame a alguna parte!» – Gran alarma.- Desvanecimiento de D.- Vaso de agua traído

de un café.- (Comparación poética. Una muestra extravagante sobre la puerta del café. La

vida humana también es abigarrada, ¡ay!-J. M.)

Viernes.- Día lleno de sucesos.- Un hombre se ha presentado en la cocina con un saco

azul; ha pedido las botas de una señora dejadas para arreglar. La cocinera responde que

no ha recibido órdenes. El hombre insiste. La cocinera se retira para preguntar lo que hay

de ello. Deja al hombre solo con Jip. A la vuelta de la cocinera el hombre insiste todavía;

después se retira. J. ha desaparecido; D. está desesperada. Se ha avisado a la policía. El

hombre tiene la nariz curva y las piernas torcidas como las balaustradas de un puente. Se

busca por todas partes. J. no aparece.- D. llora amargamente, está inconsolable- Nueva

alusión a una joven gacela, a propósito, pero sin efecto.- Por la tarde un muchacho

desconocido se presenta. Le hacen entrar al salón. Tiene la nariz grande, pero las piernas

derechas. Pide una guinea por un perro que ha encontrado. Se niega a explicarse más

claramente. D. le da la guinea; lleva a la cocinera a una casita donde se encuentra el perro

atado al pie de un mesa.- Alegría de D., que baila alrededor de J. mientras come.-AniEste

documento ha sido descargado de

mada por este dichoso cambio, hablo de D. C. cuando estamos en el primer piso.- D.

vuelve a ponerse a sollozar: « ¡Oh, no, no; no debo pensar más que en mi papá! ».-

Abraza a J. y se duerme llorando.- (¿No debe confiar D. C. en las vastas alas del

tiempo?-J. M.)»

Miss Mills y su diario eran entonces mi único consuelo. En mi pena, el único recurso

era verla (ella acababa de estar con Dora) y encontrar la inicial de Dora en cada línea de

aquellas páginas llenas de simpatía, aumentando así mi dolor. Me parecía que hasta

entonces había vivido en un castillo de naipes que acababa de derribarse, dejándonos a

miss Mills y a mí en medio de sus ruinas. Me parecía que un horrible mago había rodeado

a la divinidad de mi corazón de un círculo mágico, y que las alas del tiempo, aquellas alas

que llevan tan lejos a tantas criaturas humanas, podrían únicamente ayudarme a

franquearlo.

CAPÍTULO XIX

WICKFIELD Y HEEP

Mi tía supongo que empezó a preocuparse seriamente por mi abatimiento prolongado, a

ideó enviarme a Dover con el pretexto de ver si todo iba bien en su casita, que había

alquilado, y con objeto de renovar el alquiler con el inquilino actual. Janet había entrado

al servicio de mistress Strong, donde la veía todos los días. Había estado indecisa, al dejar

Dover, respecto a si confirmaría o denegaría de una vez el renunciamiento desdeñoso por

el sexo masculino que había sido el fundamento de su educación. Se trataba de casarse

con un piloto. Pero no quiso exponerse, menos, sin embargo, en honor del principio en sí

mismo que porque el piloto no la acabara de gustar.

Aunque me costaba trabajo dejar a miss Mills, me parecieron bastante bien las

intenciones de mi tía; aquello me proporcionaría el placer de pasar unas cuantas horas

tranquilas al lado de Agnes. Consulté al doctor para saber si podría ausentarme tres días,

y me aconsejó que estuviera más tiempo fuera; pero me interesaba demasiado mi trabajo

para tomarme unas vacaciones muy largas. Por fin me decidí a partir.

En cuanto a mi oficina del Tribunal de Doctores, no tenía por qué preocuparme del

trabajo. A decir verdad, no estábamos en olor de santidad entre los procuradores de

primer vuelo; es más, habíamos caído casi en una situación equívoca. Los negocios en

tiempos de míster Jorkins, antes de míster Spenlow, no habían sido muy brillantes.

Después el difundo socio los había animado renovando con una infusión de sangre joven

la vieja rutina del estudio y les había dado algo de brillo con su tren de vida; pero aquello

no reposaba sobre bases bastante sólidas para que la muerte repentina de su principal

director no lo quebrantara. Los negocios disminuyeron sensiblemente. Míster Jorkins, a

pesar de la reputación que tenía entre nosotros, era un hombre débil e incapaz, y su

reputación, de puertas a fuera, no era lo bastante fuerte. Desde la muerte de míster

Spenlow yo estaba colocado a su lado, y cada vez que le veía tomar tabaco e interrumpir

el trabajo sentía más las mil libras de mi tía.

Y no era este el mayor mal. Había en el Tribunal de Doctores una cantidad de

desocupados que, sin ser procuradores, se apoderaban de gran parte de los negocios, para

hacerlos ejecutar enseguida por verdaderos procuradores, dispuestos a prestar sus

nombres a cambio de una parte del dinero. Como necesitábamos negocios a toda costa,

nosotros nos asociamos a aquella noble corporación y tratamos de atraerlos. Lo que

pedían sobre todo, por ser lo que más producía, eran las autorizaciones de matrimonio o

las actas probatorias para validez de testamento; pero todos querían obtenerlos, y la

competencia era tanta, que se ponían de plantón a la entrada de las galerías que conducían

al Tribunal enviados encargados de atraerse a los despachos respectivos a todas las

personas de luto y a todos los jóvenes inexpertos. Estas instrucciones eran tan fielmente

ejecutadas, que dos veces, a pesar de lo conocido que era, fui « raptado» para el estudio

de nuestro más temible rival. Los intereses contrarios de aquellos reclutadores modernos

solían terminar en combates cuerpo a cuerpo, y nuestro principal agente, que había

empezado por el comercio de vinos al por menor, dio en el mismo Tribunal el

escandaloso espectáculo, durante algunos días, de tener un ojo negro. Estos virtuosos

personajes no tenían el menor escrúpulo, cuando ofrecían la mano para que bajara del

coche a alguna anciana señora de luto, de matar de golpe al procurador por quien

preguntaba, presentando a su patrón como legítimo sucesor del difunto y llevando en

triunfo a la anciana, a veces todavía conmovida por la noticia que acababan de darle. Así

me llevaron a mí muchos prisioneros. En cuanto a las autorizaciones de matrimonio, la

competencia era tan formidable, que un pobre señor tímido que venía con ese objeto

hacia nosotros no tenía mejor cosa que hacer que abandonarse al primer agente que se le

presentase si no quería ser causa de guerra y presa del vencedor. Uno de estos empleados

en esta especialidad no abandonaba nunca su sombrero cuando estaba sentado, con objeto

de estar siempre dispuesto a lanzarse sobre las víctimas que apareciesen en el horizonte.

Aquel sistema de persecución todavía está en vigor, según creo. La última vez que yo fui

a «Doctors Commons» , un hombre muy educado, revestido de un delantal blanco, me

saltó encima bruscamente, murmurando a mi oído las palabras sacramentales: « ¿Una

autorización de matrimonio?», y con gran trabajo le impedí que me llevara en brazos al

estudio de un procurador.

Pero después de estas digresiones pasemos a Dover.

Encontré todo en un estado muy satisfactorio y pude halagar la pasión de mi tía

contándole que su inquilino había heredado sus antipatías y hacía una guerra encarnizada

a los asnos. Pasé una noche en Dover para arreglar algunos asuntillos, y al día siguiente

muy temprano me dirigí a Canterbury. Estábamos en invierno; el tiempo fresco y el

viento fuerte reanimaron un poco mi espíritu.

Erraba lentamente a través de las antiguas calles de Canterbury con una alegría

tranquila, que me serenaba el corazón. Volví a ver las muestras de las tiendas, los

nombres, las caras conocidas. Me parecía que hacía tanto tiempo que había estado en el

colegio en aquella ciudad, que no hubiera podido comprender cómo había cambiado tan

poco, si no hubiera pensado en lo poco que también había cambiado yo. Lo que es

extraño es que la influencia dulce y tranquila que ejercía sobre mí el pensamiento de

Agnes parecía extenderse sobre el lugar en que habitaba. Encontraba en todo una serenidad,

una apariencia tan tranquila y pensativa en las torres de la venerable catedral como

en los viejos cuervos, cuyos gritos lúgubres parecían dar a los edificios antiguos una sensación

de soledad mayor de lo que hubiera podido hacerlo un silencio absoluto; también

la había en las puertas en ruinas, antes decoradas con estatuas y hoy reducidas a polvo.

Tanto en los peregrinos respetuosos que les rendían homenaje, como en los nichos

silenciosos donde la hiedra centenaria trepaba hasta el tejado a lo largo de los muros de

las casas viejas; y como el paisaje campestre, todo parecía llevar en sí, como Agnes, el

espíritu de tranquila inocencia, bálsamo soberano para un alma inquieta.

Llegado a la puerta de míster Wickfield me encontré a míster Micawber, que dejaba

correr su pluma con la mayor actividad en la habitacioncita del primer piso, donde antes

solía estar Uriah Heep. Estaba todo vestido de negro y su maciza persona llenaba por

completo el pequeño despacho donde trabajaba.

Míster Micawber parecía a la vez encantado y confuso de verme. Quería llevarme

inmediatamente a ver a Uriah; pero yo me negué.

-Conozco esta casa de antigua fecha -le dije- y sabré encontrar mi camino. ¡Y bien!

¿Qué dice usted del Derecho, míster Micawber?

-Mi querido Copperfield -me respondió-, para un hombre dotado de una imaginación

trascendental, los estudios del Derecho tienen un lado muy malo; le ahogan en los

detalles. Hasta en nuestra correspondencia de negocios –dijo míster Micawber lanzando

una mirada sobre las cartas que escribía-, el espíritu no tiene la libertad de tomar la

expresión sublime que le satisfaría. A pesar de eso, es un gran trabajo, ¡un gran trabajo!

Me dijo enseguida que era inquilino en la antigua casa de Uriah Heep, y que mistress

Micawber estaría encantada de recibirme una vez más bajo su techo.

-Es una casa humilde -dijo míster Micawber-, para servirme de la expresión favorita de

mi amigo Heep; pero quizá nos sirva de estribo para elevarnos a otras más ambiciosas.

Le pregunté si estaba satisfecho del trato de su amigo Heep. Empezó por cerciorarse de

si la puerta estaba bien cerrada, y después me respondió en voz baja:

-Mi querido Copperfield, cuando se está bajo el golpe de las dificultades pecuniarias se

pone uno bis a bis con la mayor parte de la gente en una situación muy violenta, y lo que

no mejora nada esta situación es el que las dificultades pecuniarias obliguen a pedir el

sueldo antes de su término legal. Todo lo que puedo decirle es que mi amigo Heep responde

a llamadas a las que no quiero hacer más amplia alusión de una manera que hace

igualmente honor a su cabeza y a su corazón.

-¡Nunca le hubiera visto tan pródigo de su dinero! -observé.

-¡Perdón! -dijo Micawber con reserva-. Hablo por experiencia.

-Estoy encantado de que la experiencia le haya resultado tan bien -le respondí.

-Es usted muy bueno, mi querido Copperfield -dijo míster Micawber; y se puso a

tararear una canción.

-¿Ve usted a menudo a míster Wickfield? -le pregunté para cambiar la conversación.

-No muy a menudo –dijo míster Micawber con aire de desprecio-; míster Wickfield

seguramente tiene las mejores intenciones; pero…, pero… No sirve ya para nada.

-Temo que su asociado haga todo lo posible para ello.

-Mi querido Copperfield -repuso míster Micawber después de ejecutar muchas

evoluciones sobre su escabel-, permítame que le haga una observación. Yo estoy como

persona de confianza, ocupo un puesto de confianza y mis funciones no me permiten

discutir ciertos asuntos, ni siquiera con mistress Micawber (ella, que ha sido tanto tiempo

la compañera en las vicisitudes de mi vida y que es una mujer de una inteligencia

notable). Me tomaré, por lo tanto, la libertad de hacerle observar que en nuestro trato

amistoso, que espero no será turbado nunca, deseo hacer dos partes: A un lado -dijo

míster Micawber trazando una línea encima de su pupitre-, a un lado colocaremos todo

aquello a que puede llegar la inteligencia humana con una sola y pequeña excepción, es

decir, los asuntos de míster Wickfield y Heep y todo lo que a ellos se refiere. Tengo la

seguridad de que no ofendo al compañero de mi juventud haciendo a su juicio claro y

discreto semejante proposición.

Veía muy bien que míster Micawber había cambiado mucho; parecía que sus nuevos

deberes le imponían una reserva penosa; sin embargo, yo no tenía derecho para sentirme

ofendido. Pareció más tranquilo y me tendió la mano.

-Estoy encantado de miss Wickfield, Copperfield, se lo juro –dijo míster Micawber-.

Es una criatura encantadora, llena de encantos, de gracia y de virtudes. Por mi honor -dijo

míster Micawber haciendo el saludo más galante, como para enviar un beso-, rindo

homenaje a miss Wickfield.

-Estoy encantado -le dije.

-Si usted no me hubiera asegurado, mi querido Copperfield, el día en que tuvimos el

gusto de pasar la tarde con usted, que la D era su letra preferida, hubiera estado convencido

de que era la A.

Hay momentos, todo el mundo pasa por ellos, en que lo que decimos o hacemos

creemos haberlo hecho y dicho ya en una época muy lejana y lo recordamos como si

hubiéramos estado hace siglos rodeados de las mismas personas, de los mismos objetos,

de los mismos incidentes; y sabemos perfectamente de antemano lo que nos van a decir

después, como si nos volviese la memoria de pronto. Nunca había experimentado más

vivamente aquel sentimiento misterioso que antes de oír las palabras de míster Micawber.

Le dejé pronto, rogándole que transmitiera mis recuerdos a su familia. Él volvió a coger

la pluma y se frotó la frente como para reanudar su trabajo. Me daba cuenta de que había

algo en sus nuevas funciones que enfriaban nuestra intimidad.

No había nadie en el viejo salón; pero mistress Heep había dejado las huellas de su

paso. Abrí la puerta de la habitación de Agnes. Estaba sentada al lado del fuego y escribía

ante su pupitre de madera tallada.

Levantó la cabeza para ver quién era. Y qué placer para mí observar la alegría que

expresó al verme aquel rostro reflexivo, y ser recibido con tanto cariño y bondad.

-¡Ah! -le dije cuando nos sentamos uno al lado de otro- ¡Cuánta falta me has hecho,

Agnes, desde hace cierto tiempo!

-¿De verdad? -me respondió- Pues no hace tanto que nos hemos separado.

Moví la cabeza.

-No sé en qué consiste, Agnes; pero es evidente que me falta alguna facultad que

necesito. Me habías acostumbrado de tal modo a pensar por mí en los buenos tiempos;

venía con tanta naturalidad a inspirarme en tus consejos y a buscar tu ayuda, que

verdaderamente temo haber perdido el use de una facultad de la que no tenía necesidad a

tu lado.

-¿Y cuál es? —dijo alegremente Agnes.

-No sé qué nombre darle -respondí-, pues creo que soy formal y perseverante.

-Estoy segura –dijo Agnes.

-Y paciente, Agnes -repuse titubeando.

-Sí –dijo Agnes, riendo-; bastante paciente.

-Y, sin embargo, soy algunas veces tan desgraciado y estoy tan inquieto, tan indeciso,

tan incapaz de tomar una decisión, que evidentemente me falta, ¿cómo diríamos?…, me

falta un punto de apoyo.

-Puede que sí -dijo Agnes.

-Mira -repuse-; no tienes más que verte a ti misma. Vienes a Londres, me dejo guiar por

ti: al momento encuentro un objeto y una dirección. Se me escapa ese objeto, y vengo

aquí: pues enseguida soy otro hombre. Las circunstancias que me afligían no han

cambiado desde que he entrado en esta habitación; sin embargo, he sufrido ya una influencia

que me transforma, que me hace mejor. ¿Qué es eso, Agnes? ¿Cuál es tu

secreto?

Tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en el fuego.

-Es siempre la misma historia -le dije- No te rías porque te diga ahora, para las grandes

cosas, las mismas palabras que antes para las pequeñas. Mis antiguas penas eran

chiquilladas, y hoy son cosas serias; pero todas las veces que he abandonado a mi

hermana adoptiva…

Agnes levantó la cabeza, ¡qué rostro celestial!, y me tendió su mano. Yo la besé.

-Todas las veces, Agnes, que no has estado a mi lado para empezar las cosas con tu

aprobación, me he perdido y me he metido en una multitud de dificultades. Cuando por

fin he venido a buscarte (como he hecho siempre) he encontrado al mismo tiempo la paz

y la felicidad. Hoy todavía he vuelto al hogar, pobre viajero fatigado, y no puedes

figurarte la dulzura, el reposo que saboreo a tu lado.

Sentía tan profundamente lo que decía y estaba tan verdaderamente conmovido, que me

faltaba la voz; oculté la cabeza entre mis manos y eché a llorar. No escribo aquí más que

la verdad. No pensaba en las contradicciones ni en las consecuencias que había en mi

corazón, como en el de la mayoría de los hombres; no se me ocurría pensar que podía

haber obrado de otro modo y mejor de lo que había hecho hasta entonces. Ni que había

sido una equivocación el cerrar voluntariamente los oídos al grito de mi conciencia, no;

todo lo que sabía es que era de buena fe cuando le decía con tanto fervor que a su lado

encontraba el reposo y la paz.

Ella calmó pronto aquel impulso de sensibilidad con la expresión de su dulce y fraternal

afecto, con sus ojillos brillantes, con su voz llena de ternura y con la calma encantadora

que siempre me había hecho considerar su morada como un lugar bendito. Animó mi

valor y me hizo, naturalmente, contarle todo lo que había sucedido desde nuestra última

entrevista.

-Y no tengo nada más que decirte, Agnes -añadí cuando terminé mi confidencia-, si no

es que cuento contigo.

-Pero no es conmigo con quien tienes que contar, Trotwood -repuso Agnes con una

dulce sonrisa-; es con otra.

-¿Con Dora? –dije yo.

-¡Naturalmente!

-Pero, Agnes, ¿no te he dicho -respondí algo confuso- que es difícil, no digo el contar

con Dora, pues es la rectitud y la firmeza mismas, pero, en fin, que es difícil, no sé cómo

expresarme, Agnes…? Es tímida, se turba, se asusta fácilmente. Algún tiempo antes de la

muerte de su padre creí que debía hablarle… Pero si tienes la paciencia de escucharme, te

lo contaré todo.

En consecuencia, le conté a Agnes lo que le había dicho a Dora de mi pobreza, del libro

de cocina, de las cuentas, etc.

-¡Oh Trotwood! -repuso ella con una sonrisa-, eres siempre el mismo. Tenías razón al

querer salir adelante en el mundo; pero ¿para qué hacer las cosas tan bruscamente con

una niña tímida, amante y sin experiencia? ¡Pobre Dora!

Nunca voz humana podía hablar con más bondad y dulzura que la suya al darme

aquella respuesta. Me parecía que la veía coger con amor a Dora en sus brazos para

besarla tiernamente; me parecía que me reprochaba tácitamente con su generosa

protección el haberme apresurado demasiado a turbar su corazoncito; me parecía que veía

a Dora, con toda su gracia ingenua, acariciar a Agnes, darle las gracias y apelar

dulcemente a su justicia para hacerse una auxiliar contra mí sin dejar de amarme con toda

la fuerza de su inocencia infantil.

¡Qué agradecido estaba a Agnes! ¡Cómo la admiraba! Las veía a las dos en una

encantadora perspectiva, unidas íntimamente, más encantadoras todavía una al lado de

otra.

-¿Qué debo hacer, Agnes? -le pregunté después de haber contemplado el fuego-. ¿Qué

me aconsejas que haga?

-Creo -dijo Agnes- que lo más correcto sería que escribieras a esas señoras. ¿Crees que

los secretos merecen la pena?

-No, puesto que tú no lo crees -le dije.

-Yo soy mal juez en esas materias -respondió Agnes con un modesto titubeo-; pero me

parece …. en una palabra, me parece que no sería digno de ti… recurrir a medios

clandestinos.

-Tienes demasiada buena opinión de mí, Agnes, me temo.

-No sería digno de tu franqueza habitual -replicó-. Yo escribiría a esas dos señoras; les

contaría todo lo más sencilla y francamente que me fuera posible y les pediría permiso

para it alguna vez a su casa. Como eres joven y todavía no tienes una posición en el

mundo, creo que harías bien en decirles que te someterás con gusto a todas las condiciones

que te quieran imponer. Les rogaría que no rechazaran mi petición sin hablar de

ella a Dora, cuando les pareciera oportuno. No me presentaría demasiado ardiente -dijo

Agnes con dulzura- ni demasiado exigente; tendría fe en mi fidelidad, en mi constancia y

en Dora.

-¡Pero si cuando le hablan de ello se asusta! ¿Y si vuelve a echarse a llorar sin querer

hablar de mí?

-¿Es posible? -preguntó Agnes con el más afectuoso interés.

-¡Ya lo creo! ¡Se asusta como un pajarito! ¿Y si a las señoritas Spenlow no les parece

correcto que me dirija a ellas? (Las solteronas son a veces tan extravagantes …)

-No creo, Trotwood -dijo Agnes levantando con dulzura los ojos hacia mí-, que debas

preocuparte demasiado por eso. Según mi opinión, vale más preguntarse si está bien

hecho, y si está bien, no titubear.

No dudé más tiempo; me sentía el corazón más ligero, aunque con el peso profundo de

la tremenda importancia de mi tarea, y me propuse dedicar la tarde a escribir la carta.

Agnes me cedió su pupitre para que hiciera el borrador; pero antes bajé a ver a míster

Wickfield y a Uriah Heep.

Encontré a Uriah instalado en un nuevo despacho, que exhalaba un olor a cal fresca. Lo

había construido en el jardín. Nunca he visto un rostro tan innoble entre una cantidad tan

grande de libros y papeles. Me recibió con su servilidad de costumbre, haciendo como

que no había sabido por mister Micawber mi llegada, de lo que me atreví a dudar. Me

condujo al gabinete de míster Wickfield, o mejor dicho a la sombra de su antiguo

despacho, pues lo habían despojado de una multitud de comodidades en provecho del

nuevo asociado. Míster Wickfield y yo nos saludamos mutuamente, mientras Uriah

permanecía de pie delante del fuego frotándose la barbilla con su mano huesuda.

-¿Vivirá usted con nosotros, Trotwood, todo el tiempo que piense pasar en Canterbury?

-dijo míster Wickfield, no sin lanzar a Uriah una mirada con que parecía pedir su aprobación.

-¿Tiene usted sitio para mí? -le pregunté.

-Yo estoy dispuesto, Copperfield; debía decir míster, pero el tratamiento de camarada

se me viene a la boca —dijo Uriah-; estoy dispuesto a devolverle su antigua habitación si

ello le resulta agradable.

-No, no -dijo míster Wickfield-; ¿para qué se va usted a molestar? Hay otra habitación,

hay otra habitación.

-¡Oh! -repuso Uriah haciendo un gesto bastante feo-; pero si es que yo estaré encantado.

Por fin declaré que aceptaría la otra habitación y que si no me iría a hospedar fuera; en

vista de ello se decidieron por la otra habitación. Me despedí de ellos y volví a subir.

Esperaba encontrar arriba a Agnes sola, como antes; pero mistress Heep le había pedido

permiso para ir a sentarse con ella al lado de la chimenea, con el pretexto de que la

habitación de Agnes estaba mejor situada. En el salón o en el comedor sufría

horriblemente de su reúma. Yo con gusto y sin el menor remordimiento la hubiera

expuesto a toda la furia del viento en el campanario de la catedral; pero había que hacer

virtud de necesidad y le di los buenos días en tono amistoso.

-Le doy las gracias humildemente, caballero –dijo mistress Heep cuando le hube

preguntado por su salud-; estoy así así; no tengo por qué envanecerme. Si pudiera ver a

mi Uriah bien establecido, no pediría nada más, se lo aseguro. ¿Cómo ha encontrado

usted a mi Uriah, caballero?

Le había encontrado tan horrible como de costumbre, y contesté que no le había

encontrado cambiado.

-¡Ah! ¿No le encuentra usted cambiado? -dijo mistress Heep-. Le pido humildemente

permiso para no ser de su opinión. ¿No le encuentra usted más delgado?

-Más que de costumbre, no -respondí.

-¿De verdad? -dijo mistress Heep-. Es porque usted no le ve con los ojos de una madre.

Los ojos de una madre me parecieron muy malos ojos para el resto de la humanidad

cuando los dirigía hacia mí, por muy tiernos que fueran para su hijo. Creo que ella y su

hijo se pertenecían exclusivamente el uno al otro.

Los ojos de mistress Heep, después de mirarme a mí, se fijaron en Agnes.

-Y usted, miss Wickfield, ¿no encuentra que ha cambiado mucho? -preguntó mistress

Heep.

-No -dijo Agnes continuando tranquilamente su trabajo-. Se preocupa usted demasiado;

está muy bien.

Mistress Heep resopló con toda su fuerza y continuó su labor.

No abandonó ni un momento ni a nosotros ni a su labor de punto. Yo había llegado a

las doce y todavía faltaban muchas horas para la comida; pero no se movió. Estaba

sentada a un lado de la chimenea y yo estaba en el pupitre frente al hogar, y Agnes al otro

lado, no lejos de mí. Cada vez que levantaba la vista mientras escribía lentamente mi

carta, veía delante de mí el rostro pensativo de Agnes, que me inspiraba valor con su

dulce y angelical expresión; pero sentía al mismo tiempo los malos ojos que me miraban

para clavarse después en Agnes y volver enseguida a mí, bajándose después hacia la

media. No estoy muy versado en el arte de hacer media para poder decir lo que fabricaba;

pero sentada allí al lado del fuego, moviendo sus largas agujas, mistress Heep me parecía

una bruja momentáneamente detenida en sus malos designios por el ángel sentado frente

a ella; pero dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad para agarrar a su presa en sus

odiosas redes.

Durante la comida continuó vigilándonos con la misma mirada. Después de la comida

su hijo tomó su lugar, y una vez solos para los postres míster Wickfield, él y yo, se puso a

observarme de reojo, haciendo al mismo tiempo las más odiosas contorsiones. En el salón

volvimos a encontrar a su madre, fiel a su punto y a su vigilancia. Mientras Agnes cantó

y tocó el piano, la madre estaba instalada a su lado. En una ocasión pidió a Agnes que

cantara una balada que a su Uriah le gustaba con locura (durante aquel tiempo el dicho

Uriah bostezaba en su sillón y después le dijo que estaba entusiasmado). No abría nunca

la boca sin pronunciar el nombre de su hijo. Era evidente que se trataba de una consigna

que le habían dado.

Aquello duró hasta la hora de acostarse. Me sentía tan poco a mis anchas a fuerza de

ver a la madre y al hijo oscureciendo aquella morada con su horrible presencia, como dos

grandes murciélagos, que hubiera preferido permanecer toda la noche con el punto y lo

demás, mejor que it a acostarme. Apenas cerré los ojos. Al día siguiente, nueva repetición

del punto de media y de la vigilancia, que duró todo el día.

No pude lograr ni diez minutos para hablar a Agnes: apenas si tuve tiempo para

enseñarle mi carta. Le propuse que saliera conmigo de paseo; pero mistress Heep repitió

tantas veces que se encontraba muy mal, que Agnes tuvo la bondad de quedarse para

hacerle compañía. Por la tarde salí solo para reflexionar en lo que debía hacer, pues no

sabía si tenía derecho para callar durante más tiempo a Agnes lo que Uriah Heep me

había dicho en Londres, pues empezaba a inquietarme extraordinariamente.

No había salido todavía del pueblo, por la carretera de Ramsgate, que estaba muy

hermosa para pasear, cuando me oí llamar en la oscuridad por alguien que venía tras de

mí. Era imposible confundir aquella chaqueta raída y aquel modo de andar desgarbado.

Me detuve a esperar a Uriah Heep.

-¿Y bien? -le dije.

-¡Qué deprisa anda usted! –dijo-. Tengo las piernas bastante largas; pero usted les da

bastante trabajo.

-¿Dónde va usted?

-Vengo a hacerle compañía, Copperfield, si quiere usted permitírselo a un antiguo

camarada.

Y al decir esto, con un movimiento que podía tomarse por una burla se puso a andar a

mi lado.

-¡Uriah! -le dije lo más cortésmente que pude, después de un momento de silencio.

-¡Míster Copperfield! -me respondió.

-Si quiere que le diga la verdad (no se ofenda), he salido porque estaba un poco cansado

de estar tanto tiempo en compañía.

Me miró de reojo y me dijo con un horrible gesto:

-¿Se refiere usted a mi madre?

-Naturalmente.

-¡Ah, vamos! ¿Sabe usted? Somos tan humildes -repuso-; y como reconocemos nuestra

humilde condición. estamos obligados a vigilar a los que no son humildes coma nosotros

para que no nos pisoteen. En amor todas las estratagemas son buenas, Copperfield.

Y frotándose suavemente la barbilla con sus dos enormes manos, dejó oír un gruñido

suave. Nunca había visto una criatura humana que se pareciera tanto a un mandril

maligno.

-Porque usted -dijo, continuando acariciándose el rostro y moviendo la cabeza- es un

rival peligroso, Copperfield, y siempre lo ha sido; reconózcalo.

-¡Cómo! ¿Es por este motivo por lo que monta usted la guardia en tomo a miss

Wickfield y por lo que le quita toda libertad en su propia casa? -le dije.

-¡Oh míster Copperfield!; esas son palabras muy duras -replicó.

-Puede usted tomar mis palabras como le parezca; pero sabe usted mejor que yo lo que

quiero decirle, Uriah.

-¡Oh, no!; tiene usted que explicármelo, porque no lo comprendo.

-¿Supone usted -le dije esforzándome, a causa de Agnes, en permanecer tranquilo-,

supone usted que miss Wickfield es para mí otra cosa que una hermana tiernamente

amada?

-Vamos, Copperfield; no estoy obligado a contestar a esa pregunta. Quizá sí, quizá no.

Nunca he visto nada comparable a la innoble expresión de aquel rostro, a aquellos ojos

desguarnecidos, sin la sombra de una pestaña.

-Vamos, venga; por el amor de miss Wickfield…

-¡Mi Agnes! -exclamó en una contorsión angulosa y repugnante-. ¡Tenga la bondad de

llamarla Agnes, míster Copperfield!

-Por el amor de Agnes Wickfield, que Dios bendiga…

-Le doy las gracias por ese deseo, míster Copperfield.

-Voy a decirle lo que en cualquier otra circunstancia antes se me hubiera ocurrido

decírselo a… Jack Ketch.

-¿A quién, caballero? –dijo Uriah alargando el cuello y abrigando su oreja con la mano

para oír mejor.

-Al verdugo -repuse-; es decir, a la última persona en quien se puede pensar… -y, sin

embargo, hay que ser franco, era el rostro de Uriah el que me había sugerido aquella

alusión-. Tengo novia. ¿Espero que eso le dejará satisfecho?

-¿Palabra de honor? -preguntó Uriah.

Iba a repetir mis palabras, con cierta indignación, cuando se apoderó de mi mano y la

estrechó con fuerza.

-¡Oh míster Copperfield! Si me hubiera usted demostrado esta confianza cuando le

revelé el estado de mi corazón, el día en que tanto le molesté durmiendo en su gabinete,

nunca se me hubiera ocurrido dudar de usted. Puesto que es así, voy a despedir

inmediatamente a mi madre, demasiado dichoso de poder darle esa prueba de confianza.

Usted espero que dispensará las precauciones inspiradas por el afecto. ¡Qué lástima,

míster Copperfield, que no se dignara usted devolverme confidencia por confidencia! Sin

embargo, le he proporcionado muchas ocasiones. Pero usted nunca ha tenido por mí toda

la benevolencia que yo hubiera deseado. ¡Oh no! Seguramente no me ha querido nunca

como yo le quiero.

Mientras decía esto me estrechaba la mano entre sus dedos húmedos y viscosos. En

vano me esforzaba en soltarme; pasó mi brazo por debajo de la manga de su gabán, color

chocolate, y me vi obligado a acompañarle.

-¿Volvemos a casa? -dijo Uriah tomando el camino de la ciudad.

La luna empezaba a iluminar las ventanas con sus rayos plateados.

-Antes de dejar de hablar de esto -le dije, después de un largo silencio- tiene usted que

saber que a mis ojos Agnes Wickfield está tan por encima de usted y tan lejos de todas

sus pretensiones como la luna que nos ilumina.

-Es tan tranquila, ¿no es verdad? -dijo Uriah-. Pero confiese usted que nunca me ha

querido como yo a usted. Me encontraba usted demasiado humilde, estoy seguro.

-No me gusta que se haga tanta profesión de humildad ni de otra cosa -respondí.

-¡Ah! -dijo Uriah con el rostro más pálido y terroso todavía que de costumbre-; estaba

seguro. Pero usted no sabe, míster Copperfield, hasta qué punto conviene la humildad a

una persona en mi situación. Mi padre y yo fuimos educados en una escuela de caridad;

mi madre también ha sido educada en un establecimiento de la misma naturaleza De la

noche a la mañana nos enseñaban a ser humildes, y nada más. Debíamos ser humildes

con estos, humildes con aquellos. Ahora teníamos que quitamos la gorra; allí teníamos

que hacer una reverencia y no olvidar nunca nuestra situación, siempre rebajarnos delante

de nuestros superiores ¡Dios sabe cuántos superiores teníamos! Si mi padre ha ganado la

medalla de instructor ha sido a fuerza de humildad, y yo lo mismo. Si mi padre ha llegado

a sacristán ha sido a fuerza de humildad. Tenía fama entre la gente bien educada de saber

estar en su sitio, y por eso todos estaban dispuestos a empujarle. «Sé humilde, Uriah, me

decía mi padre, y te abrirás camino. Nos han rebajado a ti como a mí en la escuela, y es lo

que mejor resultado da. Sé humilde decía, y llegarás.» Y realmente parece que tenía

razón.

Por primera vez sabía que aquella odiosa comedia de humildad era hereditaria en la

familia Heep; había visto la cosecha, pero no se me había ocurrido pensar en la siembra.

-No era más alto que esto -decía Uriah- cuando aprendí a apreciar la humildad y a

aprovecharla. Comía mis humildes patatas con buen apetito. No he querido llevar

demasiado lejos mis humildes estudios, y me he dicho: «Sé terco». Usted me ofreció

enseñarme latín; pero no soy tan tonto. Mi padre me decía siempre: «A las gentes les

gusta dominar; baja la cabeza y déjales hacer». En este momento, por ejemplo, yo soy

muy humilde, míster Copperfield; pero eso no impide que haya conseguido ya algún

poder.

Todo lo que me decía (lo leía en su rostro a la claridad de la luna) era sencillamente

para hacerme comprender que estaba decidido a servirse del poder aquel. Yo no había

dudado nunca de su bajeza, su astucia y su malicia; pero únicamente entonces empecé a

comprender todo lo que la larga violencia de su juventud había amontonado en venganza

sin piedad en aquel alma vil y baja.

Lo que hubo de más satisfactorio en aquel relato repugnante que me acababa de hacer

es que me soltó el brazo para poder volver a agarrarse la barbilla con las dos manos. Una

vez separado de él estaba decidido a seguir en aquella posición. Andábamos a cierta

distancia uno del otro, cambiando únicamente algunas palabras.

No sé lo que le había puesto contento, si era lo que yo le había comunicado o el relato

que él me había hecho de su pasado; pero estaba mucho más animado que de costumbre.

En la comida habló mucho; preguntó a su madre (a la que había relevado de su guardia

cuando volvimos de nuestro paseo) si no era hora de que él se casara; y en una ocasión

lanzó tal mirada sobre Agnes, que hubiera dado todo lo que tengo por poder aplastarle.

Cuando después de la comida nos quedamos solos míster Wickfield, él y yo, Uriah se

lanzó más todavía. Había bebido muy poco vino; por lo tanto, no era eso lo que podia

excitarle; debía de ser la embriaguez de su triunfo insolente y el deseo de demostrarlo en

mi presencia.

La víspera ya había observado que trataba de hacer beber a míster Wickfield; pero

Agnes me había lanzado tal mirada al dejar la habitación, que al cabo de cinco minutos

propuse ir a reunimos con ella al salón. Estaba a punto de hacer otro tanto cuando Urialh

se me adelantó.

-Vemos muy rara vez a nuestro visitante de hoy -dijo dirigiéndose a míster Wickfield,

sentado al otro lado de la mesa (qué contraste entre las dos cabeceras)-, y si usted no tiene

inconveniente podríamos beber uno o dos vasos de vino a su salud. ¡Míster Copperfield,

bebo a su salud y por su prosperidad!

Me vi obligado a tocar, por fórmula, la mano que me tendía a través de la mesa;

después cogí, con una emoción muy diferente, la mano de su pobre víctima.

-Vamos, mi querido socio -dijo Uriah-, permítame que le dé el ejemplo bebiendo

también a la salud de algún amigo de Copperfield.

Pasé rápidamente sobre los diversos brindis propuestos por mister Wickfield: a mi tía, a

míster Dick, al Tribunal de Doctores, a Uriah. Cada vez se bebía dos veces su vaso, aunque

se daba cuenta de su debilidad, y luchaba vanamente contra aquella miserable pasión.

¡Pobre hombre! ¡Cómo sufría con la conducta de Uriah y, sin embargo, cómo trataba de

agradarle! Heep, triunfante, se retorcía de gusto, hacía gala del vencido, del que

desplegaba la vergüenza a mis ojos. Yo tenía el corazón oprimido; ahora todavía mi

mano se niega a escribirlo.

-Vamos, mi querido socio; yo también voy a proponer otro brindis; pero pido

humildemente que nos den vasos grandes. ¡Bebamos por la más divina de su sexo!

El padre de Agnes tenía las manos sobre su vaso vacío. Lo dejó en la mesa, y sus ojos

se fijaron en el retrato de su hija; después se llevó la mano a la frente y se dejó caer en un

sillón.

-Sé que soy un personaje demasiado humilde para atrevenne a brindar a su salud

-repuso Uriah-; pero la admiro; mejor dicho, ¡la adoro!

¡Qué angustia la del padre, que apretaba convulsivamente su cabeza gris entre las

manos para contener su sufrimiento interior mil veces más cruel de contemplar que todos

los dolores físicos que pudiera sufrir nunca!

-Agnes -dijo Uriah, sin fijarse en el estado de míster Wickfield, o sin querer fijarse-,

Agnes Wickfield, puedo decirlo, es la más divina de las mujeres. Es más, puedo hablar

libremente entre amigos; se puede estar orgulloso de ser su padre; ¡pero ser su marido…!

Dios no permita que vuelva a oír jamás un grito como el que lanzó míster Wickfield

levantándose bruscamente.

-¿Qué ocurre? -dijo Uriah, que se puso pálido como la muerte-. ¡Ah, vamos! Debe de

ser un ataque de locura, ¿no, míster Wickfield? ¡Tengo tanto derecho como cualquier otro

a decir que un día su Agnes será mi Agnes! Es más; creo que tengo más derecho que

nadie.

Pasé mi brazo alrededor del cuello de míster Wickfield y le rogué, por todo lo que pude

imaginar, que se tranquilizara; pero sobre todo se lo rogué en nombre de su afecto por

Agnes. Estaba fuera de sí y se arrancaba los cabellos, se golpeaba la frente y trataba de

rechazarme lejos de sí, sin contestar una sola palabra, sin ver nada, sin saber, ¡ay!, en su

desesperación ciega, lo que quería, con la mirada fija y extraviada. ¡Qué espectáculo tan

terrible!

Le supliqué, en mi dolor, que no se abandonara a aquella angustia y que me escuchara.

Le suplicaba que pensara en Agnes, en Agnes y en mí; que recordara cómo Agnes y yo

habíamos crecido juntos; ella, a quien yo quería y respetaba; ella, que era su orgullo y su

alegría. Me esforzaba en poner a su hija ante sus ojos; le reprochaba el no tener bastante

firmeza para evitarle el que se enterase de semejante escena. No sé si mis palabras

surtieron algún efecto, o si la violencia de su cólera terminó por gastarse; pero poco a

poco se tranquilizó y empezó a mirarme, primero sin pensar, después con un rayo de

razón, y por fin me dijo: «Ya lo sé, Trotwood; mi hija querida y tú…, ya lo sé; pero él,

¡mírale!».

Me enseñaba a Uriah, pálido y tembloroso en un rincón. Evidentemente se había

precipitado, y esperaba una cosa muy distinta.

-Mira a mi verdugo -repuso míster Wickfield-; al hombre que me ha hecho perder poco

a poco mi nombre, mi reputación, mi tranquilidad, la felicidad de mi hogar.

-Decid más bien el que le ha conservado su nombre, su reputación, su tranquilidad y la

felicidad de su hogar -dijo Uriah, tratando de arreglar las cosas con una expresión de

enfado y desconcierto-. No se enfade, míster Wickf¡eld, si he llegado más lejos de lo que

esperaba; retrocederé ¡ya lo creo! Y después de todo, ¿dónde está el daño?

-Ya sabía yo que tenía un objetivo en la vida –dijo míster Wickfield- y creía que estaba

unido a mí por motivos de intereses; pero… ¡oh, lo que es este hombre!

-Haría usted bien obligándole a callar, Copperfield, si puede -exclamó Uriah volviendo

hacia mí sus manos huesudas-. Va a decir, fíjese bien, va a decir cosas que después

sentirá haber dicho y que usted mismo sentirá haber oído.

-Lo diré todo -exclamó míster Wickfield con acento desesperado-. Puesto que estoy en

tus manos ¿por qué no he de ponerme en las del mundo entero?

-Tenga cuidado, se lo repito -repuso Uriah dirigiéndose a mí-; si no le hace callar es que

no es usted su amigo. ¿Pregunta usted por qué no se pondrá en manos del mundo entero?

Míster Wickfield, porque tiene usted una hija. Usted y yo sabemos lo que sabemos, ¿no

es cierto? No despertemos al perro que duerme. No soy yo quien cometerá esa imprudencia.

Puede usted ver que soy lo más humilde posible, y le digo que si he ido

demasiado lejos lo siento. ¿Qué más quiere usted, caballero?

-¡Oh, Trotwood, Trotwood -exclamó míster Wickfield retorciéndose las manos-. ¡He

caído tan bajo desde que lo vi por primera vez en esta casa! Estaba ya en esta pendiente

fatal; pero, ¡ay!, ¡cuánto camino! ¡Qué triste camino he recorrido desde entonces! Me ha

perdido mi debilidad. ¡Ah! ¡Si hubiera tenido la fuerza de recordar menos, o al menos de

olvidar! El recuerdo doloroso de lo que había perdido al perder a la madre de mi hija se

ha vuelto una enfermedad; mi amor por mi hija, llevado hasta el olvido de todo lo demás,

me ha dado el último golpe. Una vez con esta enfermedad incurable he infectado a mi vez

cuanto he tocado. He causado la desgracia de lo que más quiero. ¡Tú sabes si la quiero!

He creído posible amar a una criatura del mundo excluyendo a todas las demás. He creído

posible llorar a una que había dejado el mundo sin llorar con los que lloran. Así he

perdido mi vida. Me he devorado el corazón en una tristeza cobarde, y él se venga

devorándome a su vez. He sido sórdido en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en el

modo en que he escapado del lado oscuro del dolor y del afecto. Y ahora sólo soy una

ruina. ¡Oh, mira, mira mi miseria! ¡Huye de mí! ¡ódiame!

Cayó en una silla y se puso a sollozar. Ya no le sostenía la exaltación de su pena. Uriah

salió de su rincón.

-No sé todo lo que habré podido hacer en mi locura –dijo míster Wickfield extendiendo

la mano como para suplicarme que no le condenase todavía-; pero él lo sabe; él, que ha

estado siempre a mi lado para apuntarme lo que debía hacer. Ya ves la cadena que me ha

puesto al cuello; le encuentras instalado en mi casa; le encuentras metido en todos mis

asuntos. Ya le has oído hace un momento. ¿Qué más puedo decirte?

-No tiene usted necesidad de decir más, y mejor hubiera hecho usted no diciendo nada

-repuso Uriah, en tono a la vez arrogante y servil-. No se hubiera puesto usted en ese

estado si no hubiera bebido tanto; ya se arrepentirá usted mañana, caballero. Si yo

también he dicho algo más de lo que debía, ¡vaya una cosa! Ha podido usted ver que no

me he obstinado.

La puerta se abrió y Agnes entró suavemente, pálida como una muerta; pasó su brazo

alrededor del cuello de su padre y le dijo con firmeza: «¡Papá, no te encuentras bien,

vente conmigo! ».

Él dejó caer la cabeza en el hombro de su hija, como si estuviera agobiado de

vergüenza, y salieron juntos. Los ojos de Agnes se encontraron con los míos, y vi que

sabía todo lo que había pasado.

-No creía yo que iba a tomar la cosa así, míster Copperfield -dijo Uriah-; pero esto no

es nada; mañana nos habremos reconciliado. Es por su bien. Yo deseo humildemente su

bien.

No le contesté una palabra y subí a la tranquila habitación donde Agnes había venido

tan a menudo a sentarse a mi lado mientras yo trabajaba. Allí permanecí hasta bastante

tarde, sin que nadie viniera a hacerme compañía. Cogí un libro y traté de leer; esperé a

que dieran las doce en los relojes, y leía todavía, sin saber lo que leía, cuando Agnes me

tocó suavemente en el hombro.

-¿Te vas mañana temprano, Trotwood? Vengo a decirte adiós.

Había llorado; pero su rostro estaba ya bello y tranquilo.

-¡Que Dios te bendiga! -me dijo tendiéndome la mano.

-Mi querida Agnes -respondí-; veo que no quieres que te hable esta noche de ello-, pero

¿no podríamos hacer nada?

-Confiar en Dios -contestó.

-¿No puedo hacer nada, yo que vengo a aburrirte con mis pobres penas?

-Tú haces las mías menos amargas, mi querido Trotwood.

-Agnes, querida mía; es una gran pretensión por mi parte el pensar darte un consejo, yo

que tengo tan poco de lo que tú posees tanto: bondad, valor, nobleza; pero ya sabes

cuánto te quiero y todo lo que te debo. Agnes, ¿no te sacrificarás nunca a un deber mal

comprendido?

Retrocedió un paso y dejó mi mano. Nunca la había visto tan inquieta.

-Dime que no has tenido semejante pensamiento, querida Agnes; tú que eres para mí

más que una hermana, piensa en lo que vale un corazón como el tuyo, un amor como el

tuyo.

¡Ah! ¡Cuántas veces he vuelto a ver después aquel dulce rostro y aquella mirada de un

instante, aquella mirada donde no había sorpresa ni reproche ni resentimiento! ¡Cuántas

veces he visto después la encantadora sonrisa con que me dijo que estaba segura de ella

misma y que no había nada que temer; después me llamó su hermano y desapareció!

Todavía era de noche cuando al día siguiente subí a la diligencia en la puerta de la

posada. El día comenzaba a despuntar, a íbamos a partir, cuando en el momento en que

mi pensamiento se volvía hacia Agnes vi la cabeza de Uriah que se encaramaba a mi

lado.

-Copperfield -me dijo en voz baja agarrándose al coche-, he pensado que le gustaría

saber antes de su partida que todo está arreglado. Ya he estado en su habitación y está

dulce como un cordero. ¿Ve usted? A pesar de lo humilde que soy le sirvo de algo; y

cuando no está bebido lo comprende. ¡Qué hombre tan amable después de todo! ¿No es

verdad, míster Copperfield?

Me esforcé y le dije que me alegraba mucho de que se hubiera disculpado.

-¡Oh!, de verdad -dijo Uriah-. ¿Qué importa pedir excusas? ¡Cuando se es humilde es

tan fácil! A propósito: ¿supongo, míster Copperfield -añadió con una ligera contorsión-,

que le habrá ocurrido alguna vez el coger una pera antes de que estuviera madura?

-Es probable -respondí.

-Es lo que hice yo ayer noche -dijo Uriah-; pero la pera madurará; no hay más que estar

al cuidado. Puedo esperar.

Y agobiándome con sus saludos, se bajó en el momento en que el conductor subía al

pescante. Según creo, iba comiendo algo para evitar el frío de la mañana; al menos, por el

movimiento de su boca se hubiera dicho que la pera estaba ya madura y que la saboreaba

haciendo chasquear los labios.

CAPÍTULO XX

EL VAGABUNDO

Aquella noche tuvimos una conversación muy seria en Buckingham Street sobre los

sucesos que he detallado en el último capítulo. Mi tía se tomaba el mayor interés y estuvo

paseando de arriba abajo por la habitación, con los brazos cruzados, durante más de dos

horas. Siempre que tenía algún disgusto ejecutaba una proeza semejante, y se podia saber

la importancia de su disgusto por lo que duraba el paseo. En aquella ocasión estaba tan

afectada, que necesitó abrir la puerta de la alcoba para tener más sitio, y recorría las dos

habitaciones de un extremo a otro, mientras mister Dick y yo, sentados inmóviles al lado

del fuego, la veíamos pasar por nuestro lado una vez y otra, con la regularidad de un

péndulo de reloj.

Cuando mister Dick nos dejó solos a mi tía y a mí, para irse a la cama, yo me puse a

escribir mi carta a las dos señoras. Entre tanto, mi tía, cansada de su paseo, se había sentado

ante la chimenea, con la falda un poco remangada, como de costumbre; pero en

lugar de poner el vaso sobre sus rodillas, lo dejó encima de la chimenea y se quedó con el

codo derecho apoyado en la mano izquierda y la barbilla en la mano derecha, mirándome

pensativa. Siempre que yo levantaba los ojos estaba seguro de encontrar los suyos.

-Te quiero más que nunca, hijo mío -me dijo-; pero estoy preocupada y triste.

Estaba demasiado preocupado con mi carta, y no me fijé, hasta después de que se

hubiera acostado, de que había dejado intacta encima de la chimenea su «poción de la

noche», como ella la llamaba. Cuando hice este descubrimiento, llamé a su puerta, y con

más cariño que de costumbre me dijo:

-No he tenido ganas de tomarlo esta noche, Trot -y movió la cabeza y se encerró de

nuevo.

A la mañana siguiente leyó mi carta para las tías de Dora, y la aprobó.

La eché al correo. Ya no tenía nada que hacer más que esperar con paciencia la

contestación. Hacía una semana que estaba en aquel estado de expectación.

Una noche volvía de casa del doctor Strong.

Había sido un día muy crudo, con un viento norte que cortaba la cara. El viento había

desaparecido al anochecer y empezaba a nevar; caían gruesos copos, que cubrían ya todo

el suelo, y los ruidos se habían apagado como si las calles estuvieran cubiertas de pluma.

El camino más corto para volver a casa (y naturalmente el que tomé en semejante

noche) fue el de la travesía de San Martín. La iglesia que da nombre a la calle está ahora

aislada; pero antes sólo tenía espacio libre por la parte de delante, y la calleja torcía hacia

el Strand. Cuando pasaba por delante del pórtico vi en la rinconada el rostro de una

mujer. Me miró, cruzó la calle y desapareció. Yo la conocía, la había visto en alguna

parte; pero no recordaba dónde. Algo que interesaba a mi corazón se asociaba con ella;

pero como iba pensando en otra cosa cuando me la encontré, sólo tuve una idea confusa.

En los escalones de la iglesia había un hombre poniendo algo sobre la nieve y

arreglándolo después; le vi al mismo tiempo que a la mujer. No había salido de mi

sorpresa cuando el hombre se volvió y se encontro conmigo: estaba cara a cara con míster

Peggotty.

Entonces recordé quién era la mujer. Era Martha, a quien Emily había dado dinero la

noche aquella en la cocina. Martha Endell, al lado de la cual él no hubiera querido ver a

su querida sobrina según me dijo Ham, ni por todos los tesoros ocultos en el mar.

Nos estrechamos la mano cordialmente; al principio ninguno de los dos podíamos decir

una palabra.

-Míster Davy, ¡cómo me alegro de verle! ¡Qué feliz encuentro!

-Muy feliz, querido y viejo amigo -le dije.

-Había estado pensando ir a verle esta noche -repuso-; pero al saber que su tía está

viviendo con usted (pues he estado por el lado de Yarmouth) he temido que fuera

demasiado tarde, y pensaba ir por la mañana temprano, antes de volver a marcharme.

-¿Otra vez? —dije.

-Sí señor -replicó moviendo la cabeza con resignación-; me marcho mañana.

-¿Y dónde va usted ahora? -pregunté.

-¡Pchs! -replicó, sacudiendo la nieve de sus largos cabellos-. Voy por ahí…

En aquella época el establecimiento de La Cruz de Oro (tan memorable para mí en

relación con su desgracia) tenía una puerta cerca de donde estábamos parados. Le señalé

la verja, me agarré de su brazo, y nos dirigimos allí. Dos o tres de las salas del café daban

al patio, y viendo una completamente vacía y con buen fuego, nos dirigimos a ella.

Cuando le vi a la luz observé que tenía los cabellos largos y revueltos y el rostro

quemado por el sol; las arrugas de su rostro eran más profundas, y tenía todo el aspecto

de haber vagado a través de los climas más distintos; pero todavía parecía muy fuerte y

decidido a cumplir su propósito sin que nada pudiera cansarle. Se sacudió la nieve que

cubría su ellas casi como si fueran los niños de Emily. ¡Oh mi querida pequeña Emily!

Se puso a sollozar en un repentino acceso de desesperación. Yo pasaba temblando mi

mano por encima de la suya, con la que intentaba taparse el rostro.

-Gracias -me dijo-, no se preocupe usted.

Al cabo de un momento se descubrió los ojos y continuó su relato.

-A menudo por la mañana me acompañaban un momento por el camino, y cuando nos

separábamos y yo les decía en mi lengua: «Muchas gracias, que Dios os bendiga», ellas

siempre parecían comprenderme y me respondían con cariño. Por fin llegué a la costa. No

era difícil para un marino como yo ganar su pasaje hasta Italia. Cuando llegué allí seguí

errando de un lado a otro. Todo el mundo era bueno conmigo, y quizá hubiera viajado de

ciudad en ciudad o a través de los campos si no hubiera oído decir que la habían visto en

las montañas de Suiza. Alguien que conocía al criado los había visto a los tres; hasta me

dijeron cómo viajaban y dónde estaban. Anduve día y noche, míster Davy, para encontrar

aquellas montañas. Cuanto más avanzaba más parecían alejarse ellas. Pero las alcancé y

las atravesé. Cuando llegué al lugar de que me habían hablado empecé a preguntarme: ¿Y

qué vas a hacer cuando la veas?

El rostro que nos escuchaba, insensible al rigor de la noche, se bajaba, y vi a aquella

mujer de rodillas delante de la puerta, con las manos juntas como para rezar,

suplicándome que no la despidiera.

-Nunca he dudado de ella -dijo míster Peggotty-, nunca, ni un minuto. Sólo con que

hubiera podido hacerle ver mi rostro, hacerle oír mi voz, recordarle la casa de que había

huido, su infancia, sabía que, aunque hubiera llegado a princesa de sangre real, caería a

mis pies. Lo sabía. ¡Cuántas veces en mi sueño la he oído gritar: « Tío, tío mío querido!»

y la he visto caer como muerta ante mí. ¡Cuántas veces en mi sueño la he levantado

diciéndole muy bajito: «Emily, querida mía; vengo a perdonarte y a llevarte conmigo! ».

Se detuvo, movió la cabeza, y después añadió con un suspiro:

-Él, él no es nada para mí. Emily lo era todo. Compré un traje de campesina para ella;

sabía que una vez que la hubiera recobrado vendría conmigo por las carreteras rocosas;

que iría donde yo quisiera, y que no me abandonaría jamás, no, jamás. Todo lo que quería

era hacerle poner aquel traje y pisotear los que llevara, cogerla, como antes, en mis

brazos y volver a nuestra casa, deteniéndonos a veces en el camino para que descansaran

sus pies enfermos y su corazón, más enfermo todavía. Respecto a él, creo que ni siquiera

le hubiera mirado. ¿Para qué? Pero todo esto no debía ser, mister Davy, no, todavía no.

Llegué demasiado tarde: habían partido. Ni siquiera pude saber dónde iban. Unos decían

que por aquí, otros que por allá, y he viajado por aquí y por allá; pero no la he

encontrado. Entonces he vuelto.

-¿Hace mucho tiempo? -pregunté.

-Pocos días solamente. Vi a lo lejos mi viejo barco y la luz que brillaba en la ventana,

acercándome vi a la vieja mistress Gudmige sentada Bola al lado del fuego. Le grité: «

No tengas miedo; es Daniel», y entré. Nunca hubiera creído que pudiera sorprenderme

tanto verme en mi viejo barco.

Sacó cuidadosamente de un bolsillo de su chaleco un paquete de papeles que contenía

dos o tres camas y las puso encima de la mesa.

-Esta primera carta ha llegado -dijo separándola de las otras- a los ocho días escasos de

mi partida. Había dentro, a mi nombre, un billete de banco de cincuenta libras. Lo habían

echado una noche por debajo de la puerta. Había tratado de desfigurar la letra, pero

conmigo no le valía.

Volvió a plegar con cuidado el billete y lo dejó encima de la mesa.

-Esta otra carta, dirigida a mistress Gudmige, ha llegado hace dos o tres meses.

Después de haberla contemplado un momento me la entregó, añadiendo en voz baja:

«Tenga la bondad de leerla».

Leí lo siguiente:

« ¡Oh, qué pensará usted cuando vea esta carta y sepa que es mi mano

culpable la que traza estas líneas! Pero trate, trate, no por amor mío, sino

por amor a mi tío, trate de dulcificar un momento su corazón hacia mí.

Trate, se lo ruego, de tener piedad de una desgraciada, y escríbame en un

pedacito de papel si está bien y lo que ha dicho de mí antes de que haya

sido prohibido pronunciar mi nombre entre ustedes. Dígame si por la

noche, a la hora en que yo volvía siempre, piensa todavía en la que amaba

tanto. ¡Oh, mi corazón se rompe cuando pienso en todo esto! Caigo de

rodillas y le suplico que no sea conmigo todo lo severa que merezco…; sé

que lo merezco; pero sea usted buena y transigente; escribame una palabra

y envíemela. No me llame ya « mi pequeña», no me den ya más el hombre

que he deshonrado; pero tenga piedad de mi angustia y sea lo bastante

misericordiosa para hablarme un poco de mi tío, puesto que jamás, jamás

en este mundo le volverán a ver mis ojos.

Querida mistress Gudmige: si no tiene usted compasión de mí, pues

tiene derecho a ello, ¡oh!, entonces pregúntele a aquel para el que soy más

culpable, a aquel de quien debía ser la mujer, si debe usted negarse a mi

ruego. Si es lo bastante generoso para aconsejarle lo contrario (y yo creo

que lo hará, pues es todo bondad a indulgencia), entonces, entonces únicamente

dígale que cuando oigo por la noche la brisa me parece que acaba

de pasar por su lado y el de mi tío y que sube a Dios para llevarle el mal

que hayan dicho de mí. Decidles que si muriera mañana (¡oh, cómo

querría morir si me sintiera preparada!) mis últimas palabras serían para

bendecirle a él y a mi tío y mi última oración por su felicidad.»

También en esta carta había dinero: cinco libras. Míster Peggotty había dejado intacta

aquella suma, lo mismo que la otra, y volvió a doblar también el billete. Había también

instrucciones detalladas sobre la manera de hacerle llegar una respuesta; se veía que

varias personas habían intervenido para disimular mejor el sitio en que estaba oculta; sin

embargo, parecía bastante probable que hubiera escrito desde el sitio donde le habían

dicho a míster Peggotty que la habían visto.

-¿Y qué le han contestado?

-Como mistress Gudmige no está muy fuerte en escritura, Ham se ha encargado de

contestar por ella. Le han dicho que yo había salido en busca suya y lo que dije al

despedirme.

-¿Y eso es otra carta?

-No; es dinero -dijo míster Peggotty desplegando a medias diez libras-; como puede

usted ver, hay escrito por dentro del envoltorio: « De parte de una amiga verdadera» .

Pero la primera carta la habían echado por debajo de la puerta y esa ha venido por correo

anteayer. Voy a buscar a Emily en la ciudad que pone en el sello.

Me lo enseñó. Era una ciudad a orillas del Rhin. Había encontrado en Yarmouth

algunos comerciantes extranjeros que conocían aquel país, y le habían dibujado una

especie de mapa para que comprendiera mejor las cosas. Lo puso encima de la mesa y me

señaló su camino con una mano, mientras apoyaba la barbilla en la otra.

Le pregunté cómo estaba Ham. Sacudió la cabeza.

-Trabaja mucho -me dijo-. Su nombre es ya conocido y respetado en todo el país; todo

lo que puede ser un hombre en este mundo. Todos están dispuestos a ayudarle, y lo

comprenderá usted, porque ¡es tan bueno con todo el mundo! Nunca se le ha oído

quejarse. Entre nosotros, mi hermana cree que ha sido un golpe muy fuerte para él.

-¡Pobre muchacho! Yo también lo creo.

-Míster Davy -repuso míster Peggotty en voz baja y en tono solemne-, Ham ahora

desprecia la vida. Siempre que se necesita un hombre para afrontar algún peligro en el

mar, allí está él; siempre que hay un puesto peligroso que cubrir, allá va el primero. Y,

sin embargo, es dulce como un niño; no hay ni un niño en todo Yarmouth que no le

conozca.

Reunió las cartas con expresión pensativa, las dobló lentamente y volvió a meterse el

paquetito en el bolsillo. Ya no había nadie en la puerta. La nieve continuaba cayendo; eso

era todo.

-Y bien -me dijo mirando su saco-, puesto que le he visto esta noche, míster Davy, y

eso me ha consolado, partiré mañana temprano. Ya ha visto usted lo que tengo aquí -y

ponía la mano encima del paquetito-; lo que me preocupa es que pueda ocurrirme una

desgracia antes de haber devuelto este dinero. Si me muriera y este dinero se perdiera o

me lo robaran y él pudiera creer que lo he guardado, creo que el otro mundo no podría

retenerme; sí; verdaderamente creo que volvería.

Se levantó, y yo me levanté también, y nos estrechamos de nuevo la mano.

-Andaría diez mil millas, andaría hasta el día en que cayera muerto de cansancio, por

poderle tirar este dinero a la cara. Sólo cuando pueda hacerlo y recobre a mi Emily estaré

contento. Si no la encuentro, quizá un día sabrá que su tío, que la quería tanto, no ha

cesado de buscarla más que cuando ha dejado de vivir; y si la conozco bien, no hará falta

más para atraerla al antiguo hogar.

Cuando salimos a la frialdad de la noche vi huir delante de nosotros a la figura

misteriosa. Retuve un momento a míster Peggotty para darla tiempo a que desapareciera.

Me dijo que iba a pasar la noche en una posada en el camino de Dover, donde

encontraría buena habitación. Yo le acompañé hasta el puente de Westminster. Después

nos separamos. Me pareció que todo en la naturaleza guardaba un silencio religioso por

respeto hacia el piadoso peregrino que volvía a emprender lentamente su marcha solitaria

a través de la nieve.

Volví al patio de la posada buscando con los ojos a aquella cuyo rostro me había

impresionado tan profundamente; pero no estaba. La nieve había borrado la huella de

nuestros pasos, y sólo se veían los que yo acababa de imprimir, y era tan fuerte la nevada,

que también empezaban a desaparecer. Solamente daba tiempo a volver la cabeza para

mirarlos por encima de mi hombro.

TERCERA PARTE

CAPÍTULO PRIMERO

LAS TÍAS DE DORA

Por fin recibí contestación de las dos ancianas. Saludaban a míster Copperfield y le

informaban de haber leído con la mayor atención su carta, «teniendo en cuenta el interés

de ambas partes». Aquella frase me alarmó bastante, no sólo porque sabía que la habían

empleado en la ocasión del disgusto de familia antes mencionado, sino porque siempre he

observado que las frases convencionales son una especie de fuegos de artificio, de los que

al empezar no se puede prever la variedad de formas ni de colores que los hacen cambiar

en absoluto de su forma primitiva. Mistres Spenlow añadían que era difícil dar por escrito

una opinión sobre el asunto de que trataba míster Copperfield; pero que si míster Copperfield

les hacía el honor de visitarlas en un día que señalaban de antemano, acompañado,

si le parecía bien, de un amigo de confianza, tendrían mucho gusto en discutir con él el

asunto.

Ante semejante favor, míster Copperfield contestó inmediatamente a misses Spenlow

que las saludaba respetuosamente y que tendría el honor de visitarlas el día designado, en

compañía, como le indicaban, de su amigo míster Thomas Traddles, del Templo Inner.

Una vez enviada aquella carta, míster Copperfield cayó en un estado de agitación

nerviosa que duró hasta el día indicado.

Lo que aumentaba mucho mi inquietud era no poder, en una crisis tan importante,

recurrir a los inestimables servicios de miss Mills. Pero míster Mills, que se dedicaba a

llevarme la contraria (al menos a mí me lo parecía, lo que es lo mismo), míster Mills,

repito, había decidido marcharse a la India. Y díganme ustedes: ¿para qué se iba a la

India si no era para fastidiarme? Claro que podrán contestarme: ¿Y por qué no a la India

mejor que a otra parte cualquiera, sobre todo si se tiene en cuenta que la India le podia

interesar más porque comerciaba con ella? Yo no estaba muy enterado de sobre qué

comerciaba; pero tengo idea de que se trataba de chales de tisú de oro y colmillos de

elefante. Había estado en Calcuta en su juventud, y quería volver allí a establecerse como

asociado residente. Pero todo aquello me era indiferente; lo importante era que al partir se

llevaba a Julia y que Julia se había tenido que it al campo a despedirse de su familia; su

casa estaba en venta o en alquiler, y el mobiliario (con lixiviadora y todo) se subastaba.

Era, por lo tanto, un nuevo terremoto bajo mis pies antes de que estuviera repuesto del

anterior.

Me preocupaba mucho el pensar cómo me vestiría el día solemne; pues por un lado

quería ir lo mejor posible y por otro temía que cualquier detalle de mi ropa pudiera

perjudicar mi reputación de seriedad a los ojos de misses Spenlow. Intenté un feliz

término medio, que mi tía aprobó, y mister Dick, para asegurar el éxito de nuestra

empresa, arrojó un zapato tras de nosotros mientras bajábamos la escalera.

A pesar del cariño y el afecto que sentía por Traddles no pude por menos desear en

aquella ocasión tan delicada que nunca hubiera tenido la costumbre de peinarse con

cepillo, pues sus cabellos tiesos le daban una expresión como asustada; hasta podría decir

que parecía una escoba de crin, y mis aprensiones me hacían temer que aquello nos fuera

fatal.

En el camino me tomé la libertad de decírselo y de insinuarle que tratara de

aplastárselos un poco…

-Me querido Copperfield –dijo Traddles quitándose el sombrero y alisándose los

cabellos en todas las direcciones-, nada podría serme más agradable; pero no quieren.

-¿No quieren quedarse aplastados?

-No -dijo Traddles-, nada puede convencerlos. Aunque me pusiera encima de la cabeza

un peso de cincuenta libras y fuera con él hasta Putney no lo conseguiría: volverían a

ponerse de puma en cuanto quitase- el peso. No puedes hacerte idea de su terquedad,

Copperfield. Parezco un puercoespín constantemente encolerizado.

Debo confesar que me quedé un poco desconcertado, aunque al mismo tiempo me

encantaba su sencillez. Le dije todo lo que estimaba su buen carácter y que pensaba que

toda la terquedad se le había ido a los cabellos y que por eso a él no te quedaba ni rastro.

-¡Oh! -repuso Traddles riéndose-. Es ya antigua la historia de mis desgraciados

cabellos. La mujer de mi tío no los podia resistir; decía que la exasperaban. Y también me

han perjudicado mucho al principio, cuando me enamoré de Sofia. ¡Oh, sí, mucho!

-¿No le gustaban tus cabellos?

-A ella sí -repuso Traddles-; pero su hermana mayor (la que es una belleza) no los

podia tomar en serio. ¡Y todas las hermanas se han reído con ganas de ellos!

-¡Qué agradable!

-¡Oh, sí! -repuso Traddles con perfecta inocencia-. Es una diversión para nosotros.

Dicen que Sofia tiene un mechón de mis cabellos en su cajón, y que para tenerlos

aplastados se ve obligada a meterlos en un libro con broches. ¡Nos reímos mucho, ya lo

creo!

-A propósito, mi querido Traddles, tu experiencia podrá serme muy útil. Cuando te

comprometiste con la muchacha de que me hablas, ¿tuviste que hacer a la familia una

proposición formal? Por ejemplo: ¿has tenido que cumplir la ceremonia por que vamos a

pasar hoy nosotros? -añadí nerviosamente.

-¿Sabes? –dijo Traddles poniéndose serio-. Mi caso ha sido muy complicado,

Copperfield, y que me ha hecho sufrir mucho. Sofía es tan útil en su casa, que no podían

hacerse a la idea de que se casara. Hasta habían decidido entre ellos que no se casaría

nunca, y la llamaban siempre la «solterona». Así es que cuando empecé a hablar a

mistress Crewler, con todas las precauciones imaginables…

-¿La mamá?

-Sí. El padre es el reverendo Horace Crewler, de quien ya te he hablado. Cuando

empecé a hablar a mistress Crewler, a pesar de todas mis precauciones para prepararla,

lanzó un grito y se desvaneció. Tuve que esperar meses antes de poder abordar el mismo

asunto.

-¿Pero por fin lo hiciste?

-Fue el reverendo Horace quien lo hizo –dijo Traddles-, que es el hombre más

excelente y ejemplar en todos sentidos. Le hizo ver que, como cristiana, debía aceptar

aquel sacrificio, tanto más porque no lo era, y desechar todo sentimiento contrario a la

caridad conmigo. Yo, te doy mi palabra de honor, Copperfield, me daba horror a mí

mismo; me parecía un pájaro de presa que había caído sobre aquella familia.

-¿Espero que las hermanas estuvieran a tu favor, Traddles?

-No del todo, pues cuando mistress Crewler ya se había hecho un poco a la idea

tuvimos que anunciárselo a Sarah. ¿Recuerdas lo que te he dicho de Sarah? Es la que

tiene algo en la espina dorsal.

-¡Ah, sí, perfectamente!

-Pues Sarah cruzó las manos, mirándome con angustia; después cerró los ojos y se puso

verde; su cuerpo estaba tieso como un palo, y durante dos días no pudo comer más que

agua con pan, a cucharaditas.

-¿Debe de ser una chica insoportable, Traddles?

-Perdona, Copperfield; pero es una chica encantadora. ¡únicamente tiene tanta

sensibilidad! Todas son lo mismo. Sofía me dijo después que no podía figurarme los

remordimientos que tenía, mientras cuidaba a Sarah. Y estoy seguro de que debió de

sufrir mucho, Copperfield; lo juzgo por mí, pues yo me consideraba como un verdadero

criminal. Cuando Sarah se restableció hubo que anunciárselo a las otras ocho, y en todas

se produjo el efecto más conmovedor. Las dos pequeñas, a quienes Sofía educa,

empiezan ahora a no odiarme tanto.

-¿Pero habrán terminado por hacerse a la idea?

-Sí…, sí; al menos creo que están resignadas -dijo Traddles en tono de duda—. A decir

verdad, evitamos hablar de ello, y lo que las consuela mucho es la incertidumbre de mi

porvenir y mis escasos medios. Pero si nos casamos será una escena deplorable y más

parecerá un funeral que una boda; además me odiarán a muerte por habérsela arrebatado.

Su rostro tenía una expresión ingenua, seria y cómica a la vez, cuyo recuerdo quizá me

impresiona ahora más que entonces, pues estaba en un estado tal de ansiedad a inquietud,

que era incapaz de fijarme en nada. A medida que nos acercábamos a la casa de misses

Spenlow me sentía más intranquilo respecto a mi aspecto externo y a mi presencia de

ánimo; tanto es así, que Traddles me propuso, para animarme, beber algo que me

repusiera un poco: un vaso de cerveza, por ejemplo. Me condujo a un café cercano, y al

salir de allí me dirigí con paso tembloroso hacia la puerta de aquellas mujeres.

Tuve como una vaga sensación de que habíamos llegado cuando vi a una doncella que

nos abría la puerta. Me pareció que entraba tambaleándome en un vestíbulo donde había

un barómetro y que daba a un saloncito en el primer piso. El salón se abría sobre un

bonito y pequeño jardín. Después creo que me senté en un diván, que Traddles se quitó el

sombrero, y que sus cabellos se enderezaron, haciéndole parecer una de esas figuritas con

sorpresa que salen de una caja cuando se levanta la tapa. Creo haber oído el tic tac de un

viejo reloj rococó que adornaba la chimenea, y traté de poner mi corazón al unísono; pero

¡latía demasiado! Creo que buscaba con los ojos algo que me recordase a Dora; pero no

vi nada. Creo también que oí ladrar a Jip a lo lejos, y que al momento ahogaron sus

ladridos, y, en fin, estuve a punto de lanzar a Traddles a la chimenea al hacer una

reverencia, muy confuso, a dos diminutas señoras vestidas de negro que parecían dos

miniaturas del difunto míster Spenlow.

-Siéntese, se lo ruego -dijo una de las dos señoras.

Cuando dejé de empujar a Traddles y conseguí sentarme, por fin, en una silla (primero

me había sentado encima de un gato), recobré el suficiente aplomo para darme cuenta de

que mister Spenlow debía de ser seguramente el más joven de la familia: debía de haber

seis a ocho años de diferencia entre las dos hermanas. La más joven parecía ser la que llevaba

la voz cantante, pues tenía mi carta en la mano (con qué temor la reconocí) y la

consultaba de vez en cuando con sus lentes. Las dos hermanas iban vestidas igual; pero la

más joven llevaba algo que le daba un aire más coquetón; no sé si alguna puntilla más en

el cuello, o un broche, o un brazalete, pero algo así, que le daba un aspecto más juvenil.

Las dos eran tiesas, tranquilas y acompasadas. La que no tenía mi carta llevaba los brazos

cruzados sobre el pecho, como un ídolo.

-¿Mister Copperfield, supongo? -dijo la que tenía mi carta en la mano dirigiéndose a

Traddles.

Era un modo de empezar terrible. ¡Traddles teniendo que explicar que mister

Copperfield era yo, y yo teniendo que reclamar mi personalidad, mientras ellas a su vez

se veían obligadas a deshacerse de la opinión preconcebida de que Traddles era míster

Copperfield! ¡Una situación deliciosa! Además oírnos claramente los ladridos de Jip y

que de nuevo le hacían callar.

-¡Mister Copperfield! -dijo la hermana que tenía la carta.

No sé lo que hice; probablemente saludé; después presté la atención más sostenida a lo

que me dijo la otra hermana.

-Como mi hermana Lavinia es más competente que yo en semejantes materias, ella le

dirá lo que nos parece más oportuno, teniendo en cuenta el interés de ambas partes.

Más adelante supe que miss Lavinia era una autoridad en los asuntos del corazón

porque hacía mucho tiempo había existido un tal míster Pidger que jugaba al whist y que,

según creían, había estado enamorado de ella. Mi opinión es que aquello era una

suposición completamente gratuita y que mister Pidger había sido inocente de semejante

sentimiento; el caso es que nunca lo había demostrado. Pero miss Lavinia y miss Clarissa

creían como artículo de fe que le hubiera declarado su pasión si la muerte no se le hubiera

llevado en la flor de la edad (a los sesenta años), a consecuencia del abuso del alcohol,

corregido con poca oportunidad con el abuso de las aguas de Bath. Y hasta sospechaban

las dos hermanas que su secreto amor era la causa de su muerte. Debo decir que en el

retrato que conservaban de él tenía una nariz roja que no hubiera hecho sospechar

semejante cosa.

-No haremos historia del pasado -dijo miss Lavinia-; la muerte de nuestro pobre

hermano Francis lo ha borrado todo.

-No nos tratábamos mucho con nuestro hermano -dijo miss Clarissa-; pero no había

ninguna querella entre nosotros; Francis seguía su camino y nosotras el nuestro, porque

nos pareció que era lo mejor que se podía hacer en interés de ambas partes, y era verdad.

Las dos hermanas se inclinaban del mismo modo hacia adelante para hablar; después

sacudían la cabeza y se erguían cuando habían terminado. Miss Clarissa no movía nunca

los brazos. Tocaba encima de ellos con sus dedos marchas y minuetos, pero sus brazos

permanecían inmóviles.

-La posición de nuestra sobrina, al menos la posición que se le suponía, ha cambiado

mucho desde la muerte de nuestro hermano Francis. Por lo tanto, debemos creer -dijo

miss Lavinia- que la opinión de nuestro hermano sobre la posición de su hija ya no tiene

la misma importancia. No tenemos motivos para dudar, míster Copperfield, de que usted

tenga una reputación honorable y un carácter excelente, ni de que quiera usted a nuestra

sobrina, o al menos de que lo cree usted firmemente.

Respondí, como hacía siempre, sin dejar escapar la ocasión, que nunca se había amado

a nadie como yo amaba a Dora. Traddles vino en mi ayuda con un murmullo de afirmación.

Miss Lavinia iba a hacer alguna observación, cuando miss Clarissa, que parecía

perseguida por la necesidad de aludir a su hermano Francis, tomó la palabra.

Si la madre de Dora nos hubiera dicho, el día que se casó con nuestro hermano Francis,

que no había sitio para nosotras en su mesa, hubiera sido mejor para ambas partes.

-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, quizá sería mejor no ocuparse de eso.

-Hermana Lavinia –dijo miss Clarissa-, esto se refiere al asunto. Yo no me atrevería a

mezclarme en la parte del asunto que te corresponde, pues sólo tú eres competente para

tratarla. Pero en esta otra parte del asunto me reservo mi voz y mi opinión, y hubiera

valido más, en interés de ambas partes, que la mamá de Dora nos hubiera expresado claramente

sus intenciones el día en que se casó con nuestro hermano Francis. Hubiéramos

sabido a qué atenernos y le hubiéramos dicho: «Que no se molestase en invitarnos nunca

a nada». Así no hubiera habido equívocos.

Cuando miss Clarissa terminó de sacudir la cabeza, miss Lavinia tomó la palabra,

consultando mi carta a través de sus lentes. Las dos hermanas tenían los ojitos pequeños,

redondos y brillantes; parecían ojos de pájaro. En general tenían mucho de pajaritos. En

su tono breve, pronto y brusco y en la limpieza y cuidado de su ropa había algo que hacía

recordar a los canarios.

Miss Lavinia tomó la palabra:

-¿Usted nos pide a mi hermana y a mí, míster Copperfield, autorización para venir a

visitarnos como novio de nuestra sobrina?

-Si le ha convenido a nuestro hermano Francis -dijo miss Clarissa estallando de nuevo

(si es que se puede llamar estallar a una interrupción hecha con la mayor tranquilidad)-; si

ha querido rodearse de la atmósfera del Tribunal de Doctores, ¿teníamos acaso nosotras

el derecho ni el deseo de oponernos? No, de verdad. Nunca hemos tratado de imponemos

a nadie. Pero, ¿por qué no decirlo?, mi hermano Francis y su mujer eran muy dueños de

elegir sus amistades, como mi hermana Clarissa y yo de elegir las nuestras. ¡Tenemos

edad para poder hacerlo, me parece!

Como aquello parecía dirigirse a Traddles y a mí, nos creímos obligados a contestar

algo. Traddles habló demasiado bajo y no se le entendió; yo creo que dije que aquello

hacía mucho honor a todos; pero no sé lo que quería decir con aquello.

-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa después de desahogarse-, continúa.

Miss Lavinia continuó:

-Míster Copperfield, mi hermana Clarissa y yo hemos reflexionado mucho sobre su

carta, y antes de reflexionar hemos empezado por enseñársela a nuestra sobrina y por

discutirla con ella. No dudamos de que usted está convencido de quererla mucho.

-¡Sí creo quererla! ¡Señoras! ¡!Oh!…

Iba a extasiarme; pero miss Clarissa me lanzó tal mirada (exactamente la de un canario)

como para rogarme que no interrumpiera al oráculo, que me callé pidiendo que me dispensaran.

-El afecto -dijo miss Lavinia mirando a su hermana como pidiéndole una aprobación,

que miss Clarissa no dejaba de darle al fin de cada frase con un ligero movimiento-, el

afecto, verdad, el respeto, la abnegación, ¡cuesta tanto trabajo expresarlo! Su voz es débil.

Modesto y reservado, el amor se oculta y espera, espera siempre. Es como un fruto que

espera estar maduro. A veces pasa la vida mientras él continúa madurando en la sombra.

Naturalmente, yo entonces no comprendí que era una alusión a los presuntos

sufrimientos del desgraciado Pidger; únicamente me daba cuenta, al ver la gravedad con

que miss Clarissa movía la cabeza, de que había un gran sentido encerrado en aquellas

palabras.

-Las inclinaciones ligeras (pues no podría compararlas con los sentimientos profundos

de que hablo) -continuó miss Lavinia-, las inclinaciones ligeras de los jovencitos no son,

al lado de eso, más de lo que el polvo es al lado de la roca. Y es tan difícil saber si tienen

un fundamento sólido, que mi hermana Clarissa y yo verdaderamente no sabíamos qué

hacer, míster Copperfield y usted, caballero…

-Traddles –dijo mi amigo viendo que le miraban.

-Usted me dispense, ¿Traddles del Templo Inner, según creo? -dijo miss Clarissa

volviendo a mirar la carta.

-Sí -dijo Traddles poniéndose rojo.

No era que me hubieran animado positivamente; pero me parecía observar que las dos

hermanitas, y sobre todo miss Lavinia, se complacían con aquella cuestión de interés

doméstico y que trataban de sacar el mayor partido posible de ella y de hacerlo durar

cuanto pudieran, lo que me daba buenas esperanzas. Me parecía que a miss Lavinia le

entusiasmaba la idea de manejar a dos jóvenes enamorados como Dora y yo, y que a su

hermana casi le complacía tanto el verla manejarnos, permitiéndose de vez en cuando

disertar sobre la parte de la cuestión que se había reservado. Esto me animó a declarar

con el mayor calor que amaba a Dora más de lo que podía expresarse ni creerse; que

todos mis amigos sabían cómo la amaba; que mi tía, Agnes, Traddles, todos los que me

conocían sabían cómo me había vuelto de formal aquel amor. Acudí al testimonio de

Traddles. Y Traddles se lanzó en un verdadero debate parlamentario, viniendo

noblemente en mi ayuda; es evidente que sus palabras sencillas y sensatas produjeron una

impresión favorable.

-Si me permiten decirlo, tengo alguna experiencia en esta materia –dijo Traddles-, pues

estoy prometido a una joven (la mayor de diez hermanas, en Devonshire); y es más, no

hay ninguna probabilidad de que podamos realizar nuestras esperanzas en mucho tiempo.

-Entonces estará usted de acuerdo con lo que yo he dicho -replicó miss Lavinia (a quien

evidentemente inspiró desde aquel momento un interés nuevo)- sobre el afecto, modesto

y silencioso, que sabe esperar, esperar siempre.

-Por completo, señora -dijo Traddles.

Miss Clarissa miró a miss Lavinia con un movimiento de cabeza lleno de gravedad.

Miss Lavinia miró a miss Clarissa con una expresión sentimental y lanzando un ligero

suspiro.

-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa-, toma mi frasco de sales.

Miss Lavinia se reconfortó con las sales de su hermana y después continuó, con voz

más débil, mientras Traddles y yo la mirábamos solícitos.

-Hemos tenido muchas dudas mi hermana y yo, míster Traddles, sobre lo que

convendría hacer respecto al afecto, o al menos al afecto supuesto, de dos niños como su

amigo Copperfield y nuestra sobrina.

-La hija de nuestro hermano Francis -hizo observar miss Clarissa-. Si la mujer de

nuestro hermano Francis hubiera juzgado conveniente (aunque tenía derecho para obrar

como quisiera) el invitar a la familia a comer a su casa, hoy conoceríamos mejor a la hija

de nuestro hermano Francis. Hermana Lavinia, continúa.

Miss Lavinia dio la vuelta a mi carta para mirar la dirección, y después recorrió con sus

lentes algunas notas bien alineadas que había escrito allí.

-Nos parece prudente, míster Traddles –dijo-, el juzgar por nosotras mismas la

profundidad de estos sentimientos. De momento no sabemos ni podemos saber cómo son

realmente, y todo lo que creemos poder hacer es autorizar a míster Copperfield para que

venga a vernos.

-¡Nunca podré olvidar su bondad! -exclamé entusiasmado, con el corazón libre de un

gran peso.

-Pero por ahora -repuso miss Lavinia- deseamos que estas visitas sean para nosotras,

míster Traddles. No queremos sancionar ningún compromiso serio entre míster Copperfield

y nuestra sobrina antes de haber tenido la ocasión…

-Antes de que tú hayas tenido la ocasión, hermana Lavinia -dijo miss Clarissa.

-Está bien –dijo miss Lavinia con un suspiro–; antes de haber tenido yo ocasión de

juzgar.

-Copperfield -dijo Traddles volviéndose hacia mí-, te darás cuenta de que no podría

decirse nada más razonable y más sensato.

-No, de verdad –exclamé-, y lo agradezco muchísimo.

-En el estado actual de las cosas -dijo miss Lavinia, que recurrió de nuevo a sus notas-,

y una vez decidido en el plan que autorizamos las visitas de míster Copperfield, le

pedimos que nos dé su palabra de honor de que no tendrá con nuestra sobrina ninguna

comunicación de ninguna especie sin prevenirnos antes, y que no formará ningún

proyecto respecto a nuestra sobrina sin comentárnoslo de antemano…

-Sin comentártelo, hermana Lavinia-interrumpió miss Clarissa.

-Está bien, Clarissa -respondió miss Lavinia en tono resignado-, a mí personalmente… y

sin haber obtenido nuestra aprobación. Hacemos de ello una condición expresa y absoluta,

que no debe ser atropellada bajo ningún pretexto. Hemos rogado a míster

Copperfield que viniera hoy acompañado de una persona de confianza -se volvió hacia

Traddles, al que saludó- con objeto de que no pueda haber dudas ni equívocos sobre este

punto. Míster Copperfield, si usted o míster Traddles tiene el menor escrúpulo para hacer

esa promesa, le ruego que se tome el tiempo que quiera para reflexionar.

En mi entusiasmo, exclamé que no tenía necesidad de reflexionar ni un solo instante.

Juré solemnemente y, en el tono más apasionado, apelé al testimonio de Traddles y declaré

de antemano que sería el más perverso de los hombres si faltaba en la menor cosa a

aquella promesa.

-Espere -dijo miss Lavinia levantando la mano-; antes de tener el gusto de recibirlos

habíamos resuelto dejarlos solos un cuarto de hora para que reflexionaran sobre este

punto. Permítannos que nos retiremos.

En vano repetí que no necesitaba reflexionar; ellas insistieron en retirarse durante un

cuarto de hora. Los dos pajaritos se fueron saltando con dignidad y nos quedamos solos:

yo, transportado a las regiones más deliciosas, y Traddles sin dejar de felicitarme. Al

cabo de un cuarto de hora, ni más ni menos, reaparecieron, siempre con la misma

dignidad. A su salida, el roce de sus trajes había hecho un ligero ruido, como si

estuvieran hechos de hojas secas, y cuando volvieron se oyó el mismo rumor.

Prometí de nuevo observar fielmente la prescripción.

-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, el resto es cosa tuya.

Miss Clarissa dejó por primera vez de tener los brazos cruzados, para coger sus notas y

mirarlas.

-Tendremos mucho gusto –dijo miss Clarissa- en que míster Copperfield venga a

comer con nosotros todos los domingos, si le parece bien. Nuestra hora es las tres.

Yo saludé.

-Y en el transcurso de la semana -continuó miss Clarissa- estaremos encantadas si

míster Copperfield viene a tomar el té con nosotras. Nuestra hora es las seis y media.

Saludé de nuevo.

-Dos veces por semana es la regla; más a menudo, no.

Saludé de nuevo.

-Miss Trotwood, a quien míster Copperfield menciona en su carta –dijo miss Clarissa-,

quizá venga a vernos. Cuando las visitas son útiles en interés de ambas partes estamos

encantadas de recibirlas y de devolverlas. Pero cuando en interés de las diferentes partes

vale más que no se hagan (como nos ha ocurrido con mi hermano Francis y su familia),

entonces es completamente distinto.

Aseguré que mi tía estaría encantada de conocerlas, aunque debo confesar que no

estaba muy seguro de que estuvieran siempre en buena armonía. Como ya estaban todas

las condiciones bien claras, expresé con calor mi agradecimiento, y cogiendo la mano

primero a miss Clarissa y después a miss Lavinia las llevé a mis labios.

Miss Lavinia se levantó entonces, y rogando a míster Traddles que nos esperase un

momento, me rogó que la siguiera. Obedecí temblando y me condujo a otra habitación.

Allí encontré a mi adorada Dora al lado de la puerta, con la cara contra la pared, y a Jip

encerrado en el aparador, con la cabeza envuelta en una servilleta.

¡Oh qué bonita estaba con su traje de luto! ¡Cómo lloraba y qué trabajo me costó

sacarla de su rincón! ¡Y qué dichosos nos sentimos cuando se decidió! ¡Qué alegría sacar

a Jip de su encierro y encontramos los tres reunidos!

-Mi querida Dora, ¡ahora eres mía para siempre!

-Déjame –dijo Dora en tono suplicante-, te lo ruego.

-¿No eres ya mía para siempre?

-Sí, ya lo creo -exclamó Dora- ¡Pero tengo tanto miedo!

-¿Miedo, querida mía?

-Sí, no me gusta -dijo Dora- ¿Por qué no se va?

-¿Pero quién, tesoro mío?

-Tu amigo -dijo Dora- ¿A él qué le importa? ¡Qué estúpido es!

-Amor mío (nunca la he visto más seductora en sus movimientos infantiles), ¡si es el

mejor muchacho del mundo!

-¡Pero no necesitamos para nada a un buen muchacho! -dijo con un mohín.

-Querida mía -repliqué-, pronto le conocerás y le querrás mucho. Mi tía también va a

venir a verte, y estoy seguro de que la querrás con todo tu corazón.

-¡Oh, no; no la traigas! -dijo Dora dándome un besito muy asustada y juntando las

manos-. ¡Sé que es una viejecilla mala! No me la traigas, mi querido Doady. (Era un diminutivo

cariñoso de David.)

El predicarle no hubiera servido de nada, y me eché a reír, contemplándola con amor.

¡Qué felicidad! Me enseñó lo bien que sabía Jip estarse en un rincón en dos patas; es verdad

que permanecía lo que dura un relámpago y volvía a caer. En fin, no sé el tiempo que

hubiera podido pasar así, sin acordarme lo más mínimo de Traddles, si miss Lavinia no

hubiera venido a buscarme. Miss Lavinia adoraba a Dora (me dijo que Dora era su vivo

retrato de cuando era joven. ¡Cómo debía haber cambiado!) y la trataba como un juguete.

Quise convencer a Dora de que saliera a ver a Traddles; pero en cuanto se lo propuse

corrió a encerrarse en su habitación; por lo tanto, fui sin ella a reunirme con Traddles, y

nos marchamos juntos.

-No podía haberte salido mejor -dijo Traddles-, y estas dos señoras son muy amables.

No me extrañaría nada que te casaras muchos años antes que yo, Copperfield.

-¿Tu Sofía toca algún instrumento, Traddles? -pregunté con orgullo en mi corazón.

-El piano lo sabe tocar lo bastante para enseñar a sus hermanitas –dijo Traddles.

-¿Y canta?

-Algunas veces canta baladas para divertir a las otras cuando no están de buen humor

-dijo Traddles-; pero nada extraordinario.

-¿Y no canta acompañándose de la guitarra?

-¡No, Dios mío!

-¿Y pinta? .

-No -dijo Traddles.

Le prometí que oiría cantar a Dora y que le enseñaría las flores que pintaba. Me dijo

que le encantaría, y volvimos del brazo muy felices. Yo le animaba a que me hablara de

Sofía, y lo hacía con tanta ternura y confianza en ella, que me conmovía. La comparaba

con Dora en el fondo de mi corazón, con gran satisfacción para mi amor propio; pero

reconociendo que sería una excelente mujer para Traddles.

Como es natural, le conté inmediatamente a mi tía el dichoso resultado de nuestra

charla y la puse al corriente de todos los detalles. Se sentía feliz al verme tan dichoso, y

me prometió ir cuanto antes a ver a las tías de Dora. Pero aquella noche, mientras yo

escribía a Agnes, se estuvo paseando tanto rato de arriba abajo por la habitación, que

estuve a punto de creer que pensaba seguir así hasta la mañana siguiente.

Mi carta a Agnes, llena de afecto y reconocimiento, le detallaba todos los buenos

resultados de los consejos que me había dado. Me contestó a vuelta de correo con una

carta llena de confianza, razonable y contenta; desde aquel día siempre me demostró la

misma alegría.

Tenía más trabajo que nunca; pero aunque Putney estaba lejos de Highgate, donde tenía

que ir todos los días, iba todo lo que podía. Como no me era posible ir a casa de Dora a la

hora del té, obtuve por medio de miss Lavinia el permiso para ir todos los sábados

después de comer, sin que eso impidiera mi visita del domingo. Por lo tanto, cada semana

terminaba con dos días dichosos, y los demás se pasaban dulcemente en espera de

aquellos.

Me tranquilizó mucho que mi tía y las tías de Dora se entendieron mutuamente mucho

mejor de lo que yo había esperado. Mi tía hizo su visita pocos días después de la charla, y

unos días más tarde las tías de Dora se la devolvieron en toda regla y con gran ceremonia.

Aquellas visitas se renovaron, pero de un modo más amistoso, cada tres semanas. Mi tía

revolucionaba todas las ideas de las tías de Dora con su desdén por los coches de alquiler,

que no utilizaba nunca, prefiriendo ir a pie hasta Putney, y por su modo despreocupado

de juzgar los prejuicios de la civilización, llegando a horas intempestivas, un momento

después del desayuno, o un momento antes del té, o porque se ponía el sombrero del

modo más extraño, con el pretexto de que le resultaba más cómodo. Pero pronto se

acostumbraron las tías de Dora a considerar a mi tía como una persona extravagante, algo

hombruna, pero dotada de gran inteligencia; y aunque mi tía expresaba a veces sobre

ciertos convencional ismos sociales opiniones heréticas, que aturdían a las tías de Dora,

sin embargo, me quería demasiado para no sacrificar por la tranquilidad general algunas

de sus singularidades.

El único miembro de nuestra pequeña sociedad que se negó positivamente a adaptarse a

las circunstancias fue Jip. No podía ver a mi tía sin meterse debajo de una silla, rechinando

los dientes y gruñendo sin descanso. De vez en cuando dejaba oír un aullido

lamentable, como si le pusiera verdaderamente nervioso. Se intentó por todos los medios,

acariciándole, regañándole, pegándole, llevándole a Buckingham Street, donde se lanzó

inmediatamente contra los dos gatos; pero no se logró que soportara la presencia de mi

tía. A veces creíamos que había terminado por vencer su antipatía y llegaba a estar

amable un momento; pero pronto encogía su naricilla y aullaba tan fuerte, que había que

meterle en el aparador para que no pudiera verla. Por fin Dora decidió tener preparado un

paño donde envolverle para meterle en el aparador en el momento en que llegaba mi tía.

Una cosa me inquietaba mucho, aun en medio de aquella vida tan dulce, y era que Dora

parecía pasar a los ojos de todo el mundo por un juguete encantador. Mi tía, con la que se

había familiarizado poco a poco, la llamaba su «Capullito», y miss Lavinia no sabía qué

hacer más que cuidarla, hacerle los bucles, adornarla y la tratarla como a una niña

mimada. Todo lo que miss Lavinia hacía lo hacía también por su parte su hermana. Y

aquello me parecía singular, pues todo el mundo, hasta cierto punto, parecía tratar a Dora

casi como Dora trataba a Jip.

Un día que estábamos solos (pues miss Lavinia, al poco tiempo, nos dejaba pasear

solos) me decidí a hablarle de ello, y le dije que me gustaría que convenciese a todos de

que la trataran de otro modo.

-Porque, querida mía, ya no eres una niña.

-Vamos -dijo Dora-, ¿es que vas a volverte gruñón?

-¿Gruñón, amor mío?

-A mí me parece que todos son muy buenos para mí -dijo Dora-, y soy muy dichosa.

-Está muy bien; pero, querida mía, no serías menos dichosa si te trataran como persona

razonable.

Dora me lanzó una mirada de reproche. ¡Qué mirada tan encantadora! Y se puso a

sollozar, diciendo que «puesto que no la quería, no sabía por qué había deseado tanto ser

su novio, y que puesto que no podía soportarla, lo mejor que podía hacer era

marcharme».

¡Qué otra cosa podía hacer sino besar sus hermosos ojos, llenos de lágrimas, y repetirle

que la quería!

-¡Ser así conmigo, que te quiero tanto! -dijo Dora-. ¡No debías de ser así de cruel

conmigo, Doady!

-¿Cruel, amor mío? ¡Como si yo pudiera ser cruel contigo! -Entonces no me regañes

-dijo Dora con aquel mohín que hacía de su boca un capullo- y seré buena.

Un instante después estaba encantado al ver que ella misma me pedía el libro de cocina

de que le había hablado una vez, y que deseaba te enseñara a llevar las cuentas, como

también le había prometido. A la próxima visita le llevé el libro, muy bien encuadernado,

para que lo encontrara más simpático, y mientras nos paseábamos por el campo le enseñé

también un antiguo cuaderno de cuentas de mi tía, y le di un carné y un lápiz muy bonito,

con su caja de minas de plomo, para que fuera ensayándose en las cuentas.

Pero el libro de cocina le daba dolor de cabeza y las cifras te hicieron llorar. No querían

sumarse, según decía, por lo que las borró todas, y dibujó en su lugar en el cuadernito ramos

de fores y el retrato de Jip y el mío.

Después traté de darle algunos consejos, en nuestros paseos del sábado, sobre las cosas

de la casa. Por ejemplo: si pasábamos por delante de la carnicería le decía:

-Veamos, pequeña: si estuviéramos casados y tuvieras que comprar una pierna de

cordero para nuestro almuerzo, ¿sabrías comprarla?

El lindo rostro de Dora se alargaba, y adelantaba los labios como si prefiriera cerrar los

míos con uno de sus besos.

-¿Sabrías comprarla, pequeña? -repetía yo, inflexible.

Dora reflexionaba un momento y después me contestaba triunfante:

-Pero el carnicero ya sabría vendérmela, ¿qué más da? ¡Oh Doady, qué tonto eres!

En otra ocasión le preguntaba a Dora, mirando el libro de cocina, lo que haría si

estuviéramos casados y yo le pidiera para comer uno de aquellos ricos asados a la

irlandesa. Y ella me respondió que le diría a la cocinera: « Haga usted un asado».

Después palmoteó y se agarró de mi brazo riendo, más encantadora que nunca.

En consecuencia, el libro de cocina sólo sirvió para ponerlo en un rincón y que Jip se

subiera en dos patas encima. Pero Dora estuvo tan contenta el día que consiguió que Jip

permaneciera allí un momento con el lápiz entre los dientes, que no me arrepentí de

haberlo comprado.

Volvimos a la guitarra, a los ramos de flores, a las canciones sobre el placer de bailar

siempre, tralalá, y toda la semana se pasaba en regocijos. De vez en cuando, me hubiera

gustado poder insinuar a miss Lavinia que trataba, demasiado, como un juguete a mi

querida Dora; pero terminé por confesarme que también a veces yo caía en falta y la

trataba como los demás, aunque no era muy a menudo.

CAPÍTULO II

UNA DESGRACIA

Comprendo que no debía ser yo quien contara, aunque este manuscrito sólo sea para

mí, el ardor con que traté de progresar en mi trabajo para corresponder a las esperanzas

de Dora y a la confianza de sus tías. Únicamente añadiré a lo que ya he dicho que mi

perseverancia en aquella época y la paciente energía que empezaba a formar el fondo de

mi carácter son las cualidades a que sobre todo he debido más adelante la felicidad del

éxito. He tenido mucha suerte en los asuntos de esta vida; muchas personas han trabajado

más que yo sin tanto resultado; pero creo que nunca hubiera podido hacer lo que he hecho

sin las costumbres de puntualidad y orden que empezaba a contraer y sobre todo sin la

facultad que adquirí de concentrar toda la atención en un solo objeto, sin preocuparme

por lo que tendría que hacer quizá al momento siguiente. ¡Dios sabe que no lo escribo

para vanagloriarme! Verdaderamente habría que ser un santo para no sentir, al repasar la

vida como lo hago aquí página a página, muchas facultades descuidadas y muchas

ocasiones favorables desperdiciadas, muchos errores y muchas faltas. Es probable que,

como cualquier otro, haya aprovechado mal los dones recibidos. Lo que quiero decir

sencillamente es que desde entonces todo lo que he tenido que hacer en este mundo he

tratado de hacerlo bien; que me he dedicado por completo a lo que he emprendido, y que

tanto en las cosas pequeñas como en las grandes he perseguido siempre seriamente mi

objetivo. No creo que sea posible, ni aun a aquellos que tienen familias numerosas, conEste

documento ha sido descargado de

seguir el éxito si no unen a su talento natural cualidades sencillas, sólidas, laboriosas, y

sobre todo una legítima confianza en sí mismos. No hay nada en el mundo como «querer

». Facultades excepcionales y ocasiones propicias forman, por decirlo así, los dos

escalones de la escala que hay que subir; pero, ante todo, es necesario que los barrotes

sean de una madera dura resistente; nada podrá reemplazar, para conseguir el éxito, a una

voluntad seria y sincera. En lugar de tocar las cosas con la punta del dedo, yo me

entregaba en cuerpo y alma, y fuera cual fuera mi obra, nunca intentaba despreciarla.

Estas son reglas con las que me ha ido bien.

No quiero repetir aquí todo el reconocimiento que debo a Agnes en la práctica de estos

preceptos. Mi relato me arrastra hacia ella lo mismo que mi reconocimiento y mi amor.

Vino Agnes a hacer al doctor una visita de quince días. Míster Wickfield era un antiguo

amigo de aquel hombre excelente, que deseaba verle para tratar de hacerle algún bien.

Agnes le había hablado de su padre en su última visita a Londres, y aquel viaje era el

resultado de su conversación. Agnes acompañaba a míster Wickfield. No me sorprendió

saber que había prometido a mistress Heep encontrarle alojamiento en las cercanías, pues

su reúma exigía, según ella, un cambio de aire, y estaría encantada de encontrarse en tan

buena compañía. Tampoco me sorprendió ver al día siguiente a Uriah, que llegaba, como

un buen hijo, para instalar a su respetable madre.

-¿Ve usted, míster Copperfield? –dijo, imponiéndome su compañía, mientras me

paseaba por el jardín del doctor-. Cuando se ama se está siempre un poco celoso, o por lo

menos se desea poder vigilar al objeto amado.

-¿Y de quién está usted celoso ahora? -le dije.

-Gracias a usted, míster Copperfield -repuso-, de nadie en particular, por lo menos, de

ningún hombre.

-¿Entonces será por casualidad de una mujer?

Me lanzó una mirada de soslayo con sus siniestros ojos encarnados y se echó a reír.

-Verdaderamente, señorito Copperfield –dijo-, usted… (debía decir míster Copperfield;

pero me perdonará esta costumbre inveterada), es usted tan hábil, que me saca todo lo

que quiere. Pues bien, no titubeo en decírselo (y puso sobre mí su mano pegajosa): nunca

he sido el niño mimado de las mujeres y nunca he gustado a mistress Strong.

Sus ojos se ponían verdes mientras me miraba con su infernal astucia.

-¿Qué quiere usted decir? -le pregunté.

-Aunque soy procurador, míster Copperfield -repuso con una risita seca-, por el

momento quiero decir exactamente lo que digo.

-¿Y qué quiere decir su mirada? –continué con calma.

-Mi mirada; pero, querido Copperfield, ¡qué exigencias! ¿Mi mirada?

-Sí, sí, su mirada.

Pareció encantado, y reía con todas las ganas que podia. Después de rascarse la barbilla

repuso lentamente, con los ojos bajos:

-Cuando yo no era más que un empleadillo me despreciaba. Siempre quería que Agnes

fuera a su casa, y también le quería a usted, míster Copperfield. Pero yo estaba muy por

debajo de ella para que se fijara en mí.

-Y bien —dije-, aunque así fuera.

-Y por debajo de él también -prosiguió Uriah muy claramente y en tono reflexivo,

mientras continuaba rascándose la barbilla.

-Debía conocer usted lo bastante al doctor para saber que, con su espíritu distraído, no

pensaba en usted más que cuando le tenía delante de los ojos.

Me miró de nuevo de soslayo, alargando su delgado rostro para rascarse con más

comodidad, y me respondió:

-¡Oh, querido, no me refiero al doctor; pobre hombre! Hablo de mister Maldon.

Se me apretó el corazón. Todas mis dudas, todas mis aprensiones sobre aquel asunto,

toda la paz y la felicidad de la vida del doctor, aquella mezcla de inocencia y de compromiso

que no había podido desvelar; vi en un momento que estaba a merced de aquel

miserable.

-Nunca entraba en el despacho sin mandarme salir y empujarme fuera -continuó Uriahun

lindo caballero. Yo era dulce y humilde como lo soy siempre. Pero eso no impide que

en aquel tiempo no me gustara aquello, como tampoco me gusta ahora.

Cesó de rascarse la barbilla y se puso a chuparse las mejillas de tal modo, que debían

tocarse en el interior, mientras continuaba mirándome con la misma mirada oblicua y

falsa.

-Es lo que se llama una mujer bonita –continuó cuando su rostro recobró la forma

natural-, y comprendo que no mire con buenos ojos a un hombre como yo. Por eso estoy

seguro de que enseguida hubiera dado a mi Agnes el deseo de aspirar a más; pero si no

soy del gusto de las señoras, mister Copperfield, eso no impide que tenga ojos y que vea.

En general, nosotros, con nuestra humildad, tenemos ojos y sabemos servirnos de ellos.

Traté de goner una expresión despreocupada; pero adivinaba en su rostro que no le

engañaba.

-No quiero dejarme pegar, Copperfield –continuó, frunciendo con expresión diabólica

el sitio en que deberían encontrarse sus cejas rojas si las hubiera tenido-, y haré lo posible

para poner término a esta amistad. No la apruebo, y no temo confesarle que mi naturaleza

no es la de un marido cómodo, y quiero alejar a los intrusos. No tengo ganas de

exponerme a que conspiren contra mí.

-Como usted está siempre conspirando, se figura que todo el mundo hace lo mismo -le

dije.

-Es posible, míster Copperfield -respondió–; pero yo tengo un objetivo, como solía

decir mi asociado, y haré todo lo posible por conseguirlo. Por mucha que sea mi

humildad, no me dejo pisar. No quiero que nadie se interponga en mi camino. Y

realmente les haré volver la espalda, míster Copperfield.

-No le comprendo –dije.

-¿De verdad? -respondió con uno de sus estremecimientos habituales-. Me sorprende

mucho, míster Copperfield. ¿Usted, de tan rápida comprensión? Otra vez trataré de ser

más explícito. Pero ¿no es precisamente míster Maldon el que llega por allí a caballo? Me

parece que llama en la verja.

-Sí; parece que es él -respondí con toda la indiferencia que pude.

Uriah se detuvo bruscamente, metió las manos entre sus rodillas y se dobló en dos a

fuerza de reír. Era una risa silenciosa; no se le oía. Yo estaba tan indignado por su

conducta odiosa, y sobre todo por sus últimas palabras, que le volví la espalda sin más

ceremonia, dejándole que riera a su gusto en el jardín, donde parecía un espantapájaros

para los gorriones.

No fue aquella tarde, sino dos días después, un sábado, lo recuerdo muy bien, cuando

llevé a Agnes a que viese a Dora. Había arreglado de antemano la visita con miss Lavima

y habían invitado a Agnes a que tomara el té.

Estaba al mismo tiempo orgulloso a inquieto; orgulloso de mi querida y pequeña Dora;

inquieto por ver si le gustaría a Agnes. Durante todo el camino de Putney (Agnes iba en

el ómnibus y yo en la imperial) traté de imaginarme a Dora bajo uno de sus aspectos

encantadores que yo conocía tan bien, y tan pronto pensaba que me gustaría encontrarla

exactamente como en tal momento, como pensaba que quizá sería mejor como en tal otro.

Tenía fiebre.

De todos modos tenía la seguridad de que estaría muy bonita; pero sucedió que nunca

me había parecido tan encantadora. No estaba en el salón cuando presenté a Agnes a sus

dos tías; había huido por timidez. Pero ahora ya sabía dónde había que it a buscarla, y la

encontré tapándose los oídos con las manos y la cabeza apoyada contra la misma pared

del primer día.

En el primer momento me dijo que no quería ir; después me pidió que le concediera

cinco minutos de mi reloj y, por fin, se agarró de mi brazo; su lindo rostro estaba cubierto

de un modesto rubor: nunca había estado tan bonita; pero cuando entramos en el salón se

puso completamente pálida, lo que la ponía cien veces más bonita todavía.

Dora temía mucho a Agnes, pues decía que era «tan inteligente». Pero cuando la vio

mirándola con sus ojos a la vez serios y alegres, tan pensativos y tan buenos, lanzó un

ligero grito de sorpresa, se lanzó en los brazos de Agnes y apoyó dulcemente su mejilla

inocente contra la de aquella.

Nunca había sido tan feliz; nunca había estado tan contento como cuando las vi sentarse

una al lado de otra. ¡Qué bueno ver a mi querida Dora mirando con afecto los ojos cariñosos

de Agnes! ¡Qué alegría ver la ternura incomparable con que Agnes la miraba!

Miss Lavinia y miss Clarissa participaban de mi alegría a su manera. Nunca había visto

un té tan alegre. Miss Clarissa lo presidía; yo cortaba y hacía circular el pudding, helado,

con pasas de Corinto. A las dos hermanas les gustaba, como a los pájaros, picotear los

granos y el azúcar. Miss Lavinia nos miraba con benévola protección, como si nuestro

amor y nuestra felicidad fueran obra suya, y todos estábamos contentos unos de otros.

La dulce serenidad de Agnes había conquistado a todos. Parecía haber venido a

completar nuestro feliz círculo. ¡Con qué tranquilo interés se ocupaba de todo lo que

interesaba a Dora! ¡Cómo había sabido hacerse enseguida amiga de.lip! ¡Con qué amable

alegría bromeaba con Dora, que no se atrevía a venir a sentarse a mi lado! ¡Con qué

gracia modesta y sencilla arrancaba a Dora, encantada, una multitud de pequeñas

confidencias que la hacían enrojecer hasta el blanco de los ojos!

-¡Estoy tan contenta de que me quieras! -dijo Dora cuando terminamos de tomar el té-.

No estaba muy segura, y ahora que Julia Mills se ha marchado, todavía necesito más que

me quieran.

Recuerdo que había olvidado mencionar el hecho importante de que miss Mills se había

embarcado para la India y que Dora y yo habíamos ido a visitarla a bordo del barco en el

puerto de Gravesend. Nos habían dado para merendar jengibre, guayaba y otras golosinas

del mismo género, y habíamos dejado a miss Mills deshecha en lágrimas, sentada a bordo

con un grueso cuaderno debajo del brazo, donde se proponía escribir todos los días, y

guardar cuidadosamente bajo llave, las reflexiones que le inspirase el espectáculo del

océano.

Agnes dijo que temía no haber hecho de ella un retrato demasiado agradable; pero Dora

le aseguró enseguida lo contrario.

-¡Oh, no! –dijo sacudiendo sus bucles- Al contrario, sus alabanzas no terminaban y

tiene tanto en cuenta tu opinión, que yo casi la temía.

-Mi opinión no puede añadir ni quitar nada de su afecto por ciertas personas -dijo

Agnes sonriendo.

-¡Oh!, repítemelo enseguida -repuso Dora con su voz más acariciadora.

Nos divertimos mucho viendo que Dora quería a toda costa que la quisieran.

Después, para vengarse, me dijo tonterías, declarando que no me quería nada, y con

aquellas chiquilladas la tarde nos pareció muy corta. El ómnibus iba a pasar y había que

marcharse. Estaba solo ante el fuego, cuando Dora entró despacito para besarme antes de

mi partida, según su costumbre.

-Doady, ¿no crees que si hubiera tenido una amiga así desde hace mucho tiempo -me

dijo con los ojos brillantes y su manita jugando con uno de mis botones- qu iza seria más

inteligente de lo que soy?

-Querida mía -le dije-, ¡qué locura!

-¿Crees que es una tontería? -repuso Dora sin mirarme-. ¿Estás seguro?

-Completamente seguro.

-He olvidado -continuó Dora dando vueltas a mi botón- cuál es tu grado de parentesco

con Agnes, ¡malo!

-No es parienta mía; pero nos hemos educado juntos, como hermano y hermana.

-No comprendo cómo has podido enamorarte de mí -dijo Dora dedicándose a otro

botón de mi chaqueta.

-¡Quizá porque no es posible verte sin quererte, Dora!

-¿Pero, y si no me hubieras visto nunca? –dijo Dora pasando a otro botón.

-¿Y suponiendo que no hubiéramos nacido? -dije alegremente.

Me preguntaba en qué pensaría mientras admiraba en silencio la mano dulce que pasaba

revista sucesivamente a todos los botones de mi chaqueta, los bucles ondulantes que

caían sobre mi hombro y las largas pestañas que cubrían sus ojos bajos. Por fin los

levantó hacia mí, irguiéndose en la punta de los pies para darme, con expresión más

pensativa que de costumbre, su precioso besito, una vez, dos, tres; después salió de la

habitación.

Todo el mundo volvió cinco minutos después. Dora había recobrado su alegría habitual.

Estaba decidida a hacer ejecutar a Jip todos sus ejercicios antes de la llegada del

ómnibus. Aquello fue muy largo, no por la variedad de ejercicios, sino por la mala

voluntad de Jip, y cuando el coche llegó ante la puerta todavía no habíamos visto más

que la mitad. Agnes y Dora se despidieron apresuradamente, pero con mucha ternura, y

quedaron en que Dora escribiría a Agnes (a condición de que no le parecieran sus cartas

demasiado tontas) y que Agnes le contestaría. A la puerta del coche se despidieron de

nuevo, y todavía otra vez después, cuando Dora, a pesar de miss Lavinia, que la detenía,

corrió a la portezuela del coche para recordar a Agnes su promesa y hacer revolotear ante

mí una vez más sus encantadores bucles.

El coche nos dejaba cerca de Covent Garden, y desde allí teníamos que tomar otro para

llegar a Highgate. Yo esperaba con impaciencia el momento de estar solo con Agnes para

saber lo que le había parecido Dora. ¡Oh, qué de elogios me hizo! ¡Con qué ternura y

bondad me felicitó por haber conquistado el corazón dé aquella encantadora criatura, que

había desplegado ante ella toda su gracia inocente! ¡Con qué seriedad me recordó, sin

darle importancia, la responsabilidad que pesaba sobre mí!

Nunca, nunca había querido a Dora tan profunda ni tan sinceramente como aquel día.

Cuando nos bajamos del coche y entramos en el tranquilo sendero que conducía a casa

del doctor le dije a Agnes que a ella le debía mi felicidad.

-Cuando estabas sentada a su lado -le dije- me parecías también su ángel guardián,

igual que el mío, Agnes.

-Un pobre ángel -repuso ella-, pero fiel.

La dulzura de su voz me llegó al corazón y le contesté con naturalidad:

-Me parece que has recobrado toda esa serenidad que sólo es tuya, Agnes, y eso me

hace esperar que seáis más dichosos en tu casa.

-Soy muy dichosa en mi interior, pues tengo el corazón tranquilo y alegre.

Yo miraba su dulce rostro a la luz de las estrellas, ¡y me parecía tan noble!

-En casa todo sigue igual -continuó Agnes después de un momento de silencio.

-Yo no querría aludir de nuevo …. no querría atormentarte, Agnes; pero no puedo por

menos de preguntarte…, ya sabes de lo que hablamos la última vez que nos vimos.

-No, no hay nada nuevo -me contestó.

-¡He pensado tanto en ello!

-Piensa menos. Recuerda que yo tengo plena confianza en el afecto sencillo y fiel; no

temas nada por mí, Trotwood -añadió al cabo de un momento-; no haré nunca lo que

temes que haga.

En los momentos de tranquila reflexión nunca lo había temido, y, sin embargo, fue para

mí un descanso inexplicable recibir la seguridad de aquella boca cándida y sincera. Se lo

dije vivamente.

-Ahora ya -le dije- no podemos estar seguros de poder hablar a solas otra vez.

¿Tardarás mucho en volver a Londres cuando te marches, mi querida Agnes?

-Probablemente sí -respondió-. Creo que para mi padre vale más que permanezcamos

en nuestra casa. Así es que no nos veremos a menudo durante mucho tiempo; pero escribiré

a Dora, y por ella sabré noticias tuyas.

Llegamos al patio de la casa del doctor. Empezaba a ser tarde. En la habitación de

mistress Strong brillaba una luz. Agnes me la señaló y me deseó las buenas noches.

-No te preocupes -me dijo al estrecharme la manopensando en nuestras inquietudes.

Nada me hace tan dichosa como tu felicidad. Si alguna vez puedes ayudarme, ten la

seguridad de que te lo pediré. ¡Que Dios siga bendiciéndote!

Su sonrisa era tan tierna y su voz tan alegre, que todavía me parecía ver y oír a su lado a

mi pequeña Dora. Permanecí un momento en la puerta con los ojos fijos en las estrellas y

el corazón lleno de amor y agradecimiento; después eché a andar lentamente. Había

alquilado una habitación cerca de allí a iba a atravesar la verja, cuando, volviendo

casualmente la cabeza, vi luz en el despacho del doctor, y me entró el remordimiento de

que quizá había trabajado en el diccionario sin mi ayuda. Quise saberlo y darle las buenas

noches, si estaba todavía entre sus libros, y atravesando suavemente el vestíbulo entré en

su despacho.

La primera persona a quien vi a la débil luz de la lámpara fue a Uriah. Me sorprendió

mucho. Estaba de pie al lado de la mesa del doctor, con una de sus manos de esqueleto

cubriéndose la boca. El doctor, sentado en su sillón, tenía la cabeza oculta entre las

manos. Míster Wickfield, con expresión cruelmente preocupada y afligida, se inclinaba

hacia adelante, sin atreverse apenas a tocar el brazo de su amigo.

Por un momento pensé que el doctor se había puesto enfermo. Me acerqué a él

apresuradamente; pero encontrándome con la mirada de Uriah, comprendí al momento de

lo que se trataba. Quise retirarme; mas el doctor hizo un gesto para detenerme, y me

quedé.

-De todos modos -dijo Uriah retorciéndose de un modo horrible- haríamos bien

cerrando la puerta: no hay necesidad de que se entere todo el mundo.

Al mismo tiempo se acercó a la puerta de puntillas y la cerró con cuidado. Después

volvió al sitio que ocupaba. Había en su voz y en todos sus movimientos un celo, una

compasión hipócrita que me resultaban más intolerables que el mayor cinismo.

-Me ha parecido mi deber, míster Copperfield -dijo Uriah-, poner en conocimiento del

doctor Strong aquello de que ya hemos hablado usted y yo el día en que usted no acabó

de comprenderme por completo.

Le lancé una mirada sin contestarle y me acerqué a mi anciano maestro, murmurándole

algunas palabras de consuelo y de ánimo. Él puso su mano en mi hombro, como acostumbraba

a hacerlo cuando era yo un chiquillo; pero no levantó su cabeza gris.

-Como no me comprendió usted, míster Copperfield -repuso Uriah en el mismo tono

oficioso-, me tomaré la libertad de decir humildemente aquí, donde estamos entre

amigos, que he llamado la atención del doctor Strong sobre la conducta de mistress

Strong. Ha sido muy a pesar mío, se lo aseguro, Copperfield, si me encuentro mezclado

en una cosa tan desagradable; pero el caso es que siempre se encuentra uno mezclado en

lo que más desearía evitar. He aquí lo que quería decir, caballero, el día en que usted no

me comprendió.

No sé cómo pude resistir la tentación de estrangularle.

-Yo no debí explicarme bien ni usted tampoco -continuó-. Naturalmente, no teníamos

muchos deseos de extendernos sobre semejante asunto. Sin embargo, por fin me he

decidido a hablar con claridad y le he dicho al doctor Strong que… ¿Decía usted algo,

caballero?

Esto último se dirigía al doctor, que había dejado oír un gemido. Ningún corazón

hubiera podido por lo menos conmoverse, excepto el de Uriah.

-Decía al doctor Strong -prosiguió- que todo el mundo podía ver que entre míster

Maldon y su encantadora prima había demasiada intimidad. Y en realidad ha llegado el

momento (puesto que nos encontramos mezclados en cosas que no debían ser) de que el

doctor Strong sepa lo que estaba ya claro como el día para todo el mundo antes de la

partida de míster Maldon para la India: que míster Maldon no ha vuelto por otra cosa, y

que por eso mismo se pasa aquí la vida. Cuando usted ha entrado, caballero, rogaba a

míster Wickfield, mi asociado, que dijera, bajo su palabra de honor, al doctor Strong si

desde hace mucho tiempo no pensaba lo mismo. Míster Wickfield, ¿quiere usted tener la

bondad de decírnoslo? ¿Sí o no, caballero? ¡Vamos, asociado!

-¡Por amor de Dios, amigo mío –dijo míster Wickfield poniendo de nuevo su mano

indecisa sobre el brazo del doctor-, no dé demasiada importancia a las sospechas que yo

haya podido abrigar!

-¡Ah! -exclamó Uriah sacudiendo la cabeza-. ¡Qué triste confirmación a mis palabras!

¡Un amigo tan antiguo! Pero, Copperfield, ¡yo no era todavía más que un empleadillo en

su despacho cuando ya le veía yo, no una vez, sino veinte, muy disgustado (con razón, en

su calidad de padre, y no seré yo quien le critique) al ver a miss Agnes mezclada en cosas

que no debían ser!

-Mi querido Strong -dijo míster Wickfield con voz temblorosa-, amigo mío, no necesito

decirte que siempre he tenido el defecto de buscar en todo el mundo un móvil dominante

y de juzgar todos los actos de los hombres con esa medida estrecha. Quizá es eso lo que

también me ha engañado en estas circunstancias, haciéndome tener dudas temerarias.

-¿Ha tenido usted dudas, Wickfield? ¿Ha tenido usted dudas? —dijo el doctor sin

levantar la cabeza.

-Hable usted, Wickfield –dijo Uriah.

-Sí; las he tenido alguna vez –dijo míster Wickfield-; pero …. ¡que Dios me perdone!,

creía que usted también las tenía.

-No, no, no -respondió el doctor en tono patético.

-Creí -continuó Wickfield- que cuando deseaba usted enviar a Maldon al extranjero era

con objeto de conseguir una separación deseable.

-No, no, no -respondió el doctor-;era para dar gusto a Annie, buscando un porvenir a su

compañero de infancia. Nada más.

-Ya lo he visto después -contestó míster Wickfield- y no podía dudarlo; pero creía ….

recuerde usted, se lo repito, que siempre he tenido la desgracia de juzgar desde un punto

de vista demasiado estrecho …. creía que en un caso donde había una diferencia tan

grande de edad…

-Así es como hay que considerar la cosa, ¿no es verdad, míster Copperfield? -observó

Uriah con una hipócrita a insolente piedad.

-No me parecía imposible que una persona tan joven y tan bella pudiera, a pesar de todo

su respeto por usted, haberse dejado llevar, al casarse, por consideraciones exclusivamente

mundanas. No pensaba en otra multitud de razones y sentimientos que podían

haberla decidido. ¡Por amor de Dios, no olvide eso!

-¡Qué interpretación caritativa! -exclamó Uriah moviendo la cabeza.

-Es que yo sólo lo consideraba desde mi punto de vista -continuó míster Wickfield-. Por

todo lo que le es querido, amigo mío, le suplico que reflexione por sí mismo; me veo

obligado a confesarle que no puedo por menos…

-No; es imposible, míster Wickfield. Una vez que ha llegado usted ahí…

-Me veo obligado a confesar -dijo míster Wickfield mirando a su asociado con

expresión lastimosa y desolada- que he dudado de ella, que he creído que faltaba a sus

deberes con usted, y si es necesario decirlo todo, a veces me ha preocupado mucho la

idea de que Agnes le tenía cariño al ver lo que veía, o al menos lo que creía ver mi

imaginación. Nunca se lo he dicho a nadie. Me hubiera guardado muy bien de insinuar

siquiera la idea. Y por terrible que le resulte a usted oírlo -terminó míster Wickfield,

vencido por la emoción-, si supiera lo que me duele decírselo tendría lástima de mí.

El doctor, en su gran bondad, te tendió la mano. Míster Wickfield la retuvo un

momento entre las suyas y bajó tristemente la cabeza.

-Lo que es seguro -dijo Uriah, que durante aquel tiempo se retorcía en silencio como

una anguila- es que para todo el mundo es un asunto muy penoso. Pero puesto que hemos

llegado tan lejos, me tomaré la libertad de hacer observar que Copperfield también se

había percatado.

Me volví hacia él preguntándole cómo se atrevía a mezclarme en ello.

-¡Oh!; es muy suyo, Copperfield; reconocemos toda su bondad; pero usted sabe que la

otra tarde, cuando le he hablado de ello, me ha comprendido enseguida. Lo sabe usted,

Copperfield, no lo niegue. Si lo niega usted, es con las mejores intenciones del mundo;

pero no lo niegue; Copperfield.

Vi detenerse un momento en mi rostro la duke mirada del buen anciano y me di cuenta

de que leería muy claramente en mis ojos la confesión de mis sospechas y de mis dudas.

Era inútil decir lo contrario; no podia hacer nada, no podia contradecirme a mí mismo.

Todo el mundo se había callado. El doctor recorrió dos o tres veces la habitación;

después se acercó al sitio donde estaba su butaca, y apoyándose en el respaldo y

enjugándose de vez en cuando las lágrimas, nos dijo, con una rectitud y sencillez que le

hacían mucho más honor que si hubiera tratado de ocultar su emoción:

-Tengo mucho que reprocharme. Creo sinceramente que tengo mucho que reprocharme.

He expuesto a la persona que más quiero a dificultades y sospechas de que sin mí no hubiera

sido nunca objeto.

Uriah Heep dejó oír una especie de relincho. Supongo que era para expresar su

simpatía.

-Sin mí nunca hubiera estado mi Annie expuesta a semejantes sospechas. Soy viejo,

caballeros, lo saben ustedes, y esta noche siento que ya no tengo lazos que me aten a la

vida. Pero por mi vida respondo, sí, por mi vida, de la felicidad y del honor de la querida

mujer que ha sido el objeto de esta conversación.

No creo que entre los más nobles caballeros ni entre los tipos más bellos y románticos

inventados por la imaginación de los pintores pudiera encontrarse un anciano capaz de

hablar con una dignidad más conmovedova que el buen doctor.

-Pero -continuo- si antes he podido hacerme ilusiones sobre ello, ahora no puedo

disimular que yo soy el único culpable de que haya caído Annie en los peligros de un matrimonio

imprudente y funesto. No tengo la costumbre de observar lo que pasa a mi

alrededor, y me veo obligado a creer que las observaciones de personas distintas en edad

y posición, cuando todas han creído ver lo mismo, valen, naturalmente, más que mi ciega

confianza.

Yo había admirado a menudo, ya lo he dicho, el cariño con que trataba a su joven

esposa; pero a mis ojos nada podia ser más conmovedor que la ternura respetuosa con

que hablaba de eila en aquellas circunstancias, la noble seguridad con que arrojaba lejos

de sí la más ligera duda sobre su fidelidad.

-Me he casado con esa mujer -continuó el doctor cuando casi era una niña, antes de que

su carácter estuviera formado siquiera. Yo había contribuido a su educación. Conocía

mucho a su padre y también a ella. Le había enseñado todo lo posible, por cariño a sus

grandes dotes. Si la he hecho daño, como creo, abusando sin darme cuenta de su agradecimiento

y de su afecto, le pido que me perdone desde el tondo de mi corazón.

Recorrió de nuevo la habitación y después volvió al mismo lugar; su mano temblorosa

oprimía el sillón; su voz vibraba con una emoción contenida.

-Me consideraba respecto a ella como un refugio contra los peligros de la vida; me

figuraba que a pesar de la desigualdad de nuestras edades podría vivir tranquila y dichosa

a mi lado. Pero no crean que he dejado de pensar en que un día la dejaría fibre, todavía

bella y joven. únicamente esperaba que para entonces la dejaría con un criterio más

formado para hacer su elección. Sí, señores, esta es la verdad, ¡por mi honor!

Su honrado rostro se animaba y rejuvenecía bajo la inspiración de tanta nobleza y

generosidad. Había en cada una de sus palabras una fuerza y una grandeza que sólo la

altura de aquellos sentimientos podía dar.

-Mi vida con ella ha sido muy dichosa. Hasta esta tarde, había bendecido

constantemente el día en que había cometido con ella, sin darme cuenta, una injusticia tan

grande.

So voz temblaba cada vez más. Se detuvo un momento, y después prosiguió:

-Una vez despierto de mi sueño (he sido siempre un pobre soñador, de una manera o de

otra, toda mi vida), comprendo que quizá sea natural que piense con sentimiento en su

antiguo amigo, en su camarada de la infancia. Quizá sea demasiado verdad que piensa en

él con algo de tristeza, que piensa en lo que hubiera podido ser si yo nó me hubiera interpuesto.

Durante esta hora dolorosa que acabo de pasar con ustedes he recordado y

comprendido muchas cosas en las que no me había fijado antes. Pero, caballeros,

recuerden que ni una palabra ni un soplo de duda debe manchar el nombre de esta mujen

Por un instante su mirada se encendió y su voz se aseguró. Después se calló de nuevo, y

por último prosiguió:

-Sólo me queda soportar con la mayor resignación que pueda el sentimiento de

desgracia de que soy culpable. Ella es quien debía acusarme, y no yo a ella. Mi deber

ahora es protegerla contra todo juicio temerario, juicio cruel del que ni mis amigos han

estado libres. Cuanto más lejos vivamos del mundo más fácil me resultará esto. Y cuando

llegue el día (que Dios, con su gran misericordia, hará que no tarde demasiado) en que la

muerte la deje libre, cerraré los ojos después de haber contemplado su querido rostro con

una confianza y un amor sin límites. Entonces la dejaré sin tristeza libre para que viva

más dichosa.

Las lágrimas me impedían verle; tanta bondad, tanta sencillez y fortaleza me

conmovían hasta el fondo del corazón. Se dirigía hacia la puerta cuando añadió:

-Caballeros, les he enseñado mi corazón. Estoy seguro de que lo respetarán. Lo que

hemos hablado esta noche no debe repetirse nunca. Wickfield, amigo mío, dame el brazo

para subir.

Míster Wickfield acudió presuroso, y salieron lentamente sin cambiar una sola palabra.

Uriah los seguía con los ojos.

-Y bien, míster Copperfield -dijo volviéndose hacia mí con benevolencia-. La cosa no

ha resultado del todo como yo esperaba, pues el viejo sabio (¡qué hombre tan excelente!)

es más ciego que un murciélago; pero, lo mismo da: a esta familia ya la he echado fuera

del carro.

El sonido de su voz me hizo sentir tal acceso de rabia, que nunca lo he tenido igual

antes ni después.

-¡Miserable! -exclamé- ¿Por qué pretende usted mezclarme en sus intrigas? ¿Cómo se

ha atrevido hace un momento a acudir a mi testimonio? ¡Vil embustero! ¡Como si

hubiéramos discutido juntos semejante cuestión!

Estábamos uno frente a otro. Leía claramente en su rostro su secreto triunfo; sabía que

me había obligado a oírle únicamente para desesperarme y que me había tendido expresamente

un lazo. Era ya demasiado. Su flaca mejilla estaba a mi alcance, y le di tal

bofetada, que mis dedos se estremecieron como si los hubiera metido en el fuego.

Él cogió la mano que le había golpeado, y permanecimos mucho rato mirándonos en

silencio, lo bastante para que las huellas blancas que mis dedos habían impreso en su

mejilla se transformaran en rojo violeta.

-Copperfield –dijo, por fin, con voz ahogada-, ¿se ha vuelto usted loco?

-¡Déjeme en paz! -dije arrancando mi mano de la suya- Déjeme en paz, perro; no le

conozco.

-Verdaderamente -dijo poniéndose la mano sobre la mejilla dolorida-, por mucho que

haga usted no podría por menos de reconocerme. ¿Sabe que es usted muy ingrato?

-Le he demostrado ya muchas veces todo lo que le desprecio, y acabo de probárselo

más claramente que nunca. ¿Por qué temer tratarle como se merece por miedo a que

perjudique a los que le rodean? ¿No les hace ya todo el daño que puede?

Comprendió perfectamente esta alusión a los motivos que hasta entonces me habían

obligado a moderarme. Pero creo que no hubiera llegado a hablarle así ni a castigarle con

mi propia mano si no hubiera recibido aquella misma noche la seguridad de Agnes de que

nunca sería suya.

Hubo de nuevo un largo silencio. Mientras me miraba, sus ojos parecían tomar los

matices más repugnantes.

-Copperfield -me dijo separando la mano de su mejilla-,siempre me ha hecho usted la

contra. Sé que en casa de míster Wickfield siempre estaba usted en contra mía.,

-Puede usted creer lo que le parezca -le dije con cólera-. Si no es verdad, peor para

usted.

-Y, sin embargo, yo siempre le he querido, Copperfield -añadió.

No me digné a responderle y cogí mi sombrero para salir de la habitación; pero él vino

a interponerse ante la puerta.

-Copperfield -me dijo-, para querellarse hay que ser dos, y yo no quiero ser uno de

-ellos.

-¡Váyase al diablo!

-¡No diga eso! -contestó-. ¡Después lo sentirá! ¿Cómo puede ponerse tan por debajo de

mí demostrándome un carácter tan malo? Pero le perdono.

-¡Me perdona! -repetí con desdén.

-Sí, y no puede usted impedírmelo -respondió Uriah-. ¡Cuando pienso que me ha

atacado usted a mí, que siempre he sido para usted un amigo verdadero! Pero cuando uno

no quiere dos no regañan, y yo no quiero. Quiero ser su amigo a pesar suyo. Ahora ya

sabe usted mis sentimientos y lo que debe esperar de ellos.

Estábamos obligados a bajar la voz para no turbar el silencio de la casa a aquella hora

avanzada, y su voz era humilde; pero la mía no, y la necesidad de contenerme no me

ayuda nada a mejorar de humor; sin embargo, mi cólera empezaba a calmarse. Le dije

sencillamente que esperaba de él lo que había esperado siempre y que nunca me había

engañado. Después abrí la puerta por encima de su hombro, como si hubiera querido

aplastarlo contra la pared, y salí de la casa. Pero él también dormía fuera, en las

habitaciones de su madre, y no había dado cien pasos cuando le oí andar detrás de mí.

-Sabe usted muy bien, Copperfield -me dijo inclinándose hacia mí, pues yo ni siquiera

volví la cabeza-, sabe usted muy bien que se ha puesto en mala situación.

Era verdad, y eso me irritaba todavía más.

-Por mucho que haga, nunca será una acción honrosa, y usted no me puede impedir que

le perdone. No pienso hablar de ello a mi madre ni a nadie en el mundo. Estoy decidido a

perdonarle; pero me sorprende que haya podido levantar usted la mano contra una

persona a quien sabe tan humilde.

Me parecía que yo era casi tan despreciable como él. Me conocía mejor que yo mismo.

Si se hubiera quejado amargamente o si hubiera tratado de exasperarme, me hubiera

tranquilizado y justificado a mis propios ojos; pero me quemaba a fuego lento, y estuve

así en el asador más de la mitad de la noche.

Al día siguiente, cuando salí, la campana llamaba a la iglesia; Uriah se paseaba de

arriba abajo con su madre. Me habló como si no hubiera sucedido nada, y no tuve más remedio

que contestarle. Le había pegado tan fuerte que, según creo, tenía un buen dolor de

muelas. El caso es que llevaba el rostro envuelto en un pañuelo de seda negra y el

sombrero encaramado encima, lo que no le embellecía mucho que digamos. Al día

siguiente por la mañana supe que había tenido que it a Londres a sacarse una muela.

Espero que fuese una de las mayores.

El doctor nos había mandado decir que no se encontraba bien, y permaneció solo

durante la mayor parte del tiempo que duró nuestra estancia. Hacía ya una semana que

habían partido Agnes y su padre cuando reanudamos nuestro trabajo de costumbre. La

víspera del día en que volvimos a ponernos manos a la obra, el doctor me entregó él

mismo una cartita sin cerrar, donde me suplicaba, en los términos más afectuosos, que

nunca hiciera la menor alusión a la conversación que había tenido lugar unos días antes.

Yo se lo había contado a mi tía, pero a nadie más. Era una cuestión que no podía discutir

con Agnes; y ella seguramente no tenía ni la más ligera sospecha de lo que había

sucedido.

Mistress Strong tampoco sospechaba nada, estoy convencido. Muchas semanas

transcurrieron antes de que yo viera en ella el menor cambio. Fue viniendo lentamente,

como una nube cuando no hace viento. En primer lugar pareció sorprenderse de la tierna

compasión con que el doctor le hablaba y del deseo que expresó de que viniera su madre

a acompañarla, para romper así un poco la monotonía de su vida. A menudo, cuando

estábamos trabajando y ella se sentaba a nuestro lado, la veía detener su mirada en el

doctor con aquella expresión inolvidable. Y algunas veces la veía levantarse y salir de la

habitación con los ojos llenos de lágrimas. Poco a poco una sombra de tristeza se

extendió sobre su bello rostro, y aquella tristeza aumentaba cada día. Mistress Markleham

se había instalado en casa; pero hablaba tanto, que no tenía tiempo de observar nada.

A medida que Annie cambiaba (ella, que era antes como un rayo de sol en casa del

doctor) el doctor parecía cada vez más viejo y más grave; pero la dulzura de su carácter,

la tranquila bondad de sus modales y su cariñosa solicitud con ella habían aumentado, si

es que era posible. Una vez, la mañana del día de cumpleaños de su mujer, acercándose a

la ventana donde ella estaba sentada mientras trabajábamos (antes tenía siempre la

costumbre de ponerse allí; pero ahora, cuando lo hacía, era con una timidez a indecisión

que me apretaba el corazón), cogió la cabeza de Annie con las dos manos, la besó y se

alejó rápidamente para ocultar su emoción. La vi quedarse inmóvil como una estatua en

el sitio en que la había dejado; después, cruzando las manos, bajó la cabeza y se puso a

llorar con angustia.

Algunos días más tarde me parecía que deseaba hablarme en los momentos en que

estábamos solos; pero nunca me dijo una palabra. El doctor inventaba siempre alguna

nueva diversión para alejarla de casa, y su madre, a quien le gustaba mucho divertirse,

mejor dicho, era lo único que le gustaba en el mundo, se unía a él de todo corazón y no

escatimaba los elogios a su yerno. En cuanto a Annie, se dejaba llevar donde querían, con

expresión triste y abatida; pero no parecía disfrutar con nada.

Yo no sabía qué pensar. Mi tía, tampoco, y estoy seguro de que aquella incertidumbre

la hizo andar más de treinta leguas en su habitación. Lo más extraño es que la única persona

a quien parecía tranquilizar un poco aquella pena interior y misteriosa era míster

Dick.

Me hubiera sido completamente imposible, y quizá también a él mismo, el explicar lo

que pensaba de todo aquello; pero, como ya he dicho al contar mi vida de colegial, su veneración

por el doctor no tenía límites; y hay en un afecto verdadero, aunque sea por

parte de un animal, un instinto sublime y delicado que supera a la inteligencia más

elevada. Míster Dick tenía lo que podríamos llamar inteligencia del corazón, y con ella

percibía algunos rayos de la verdad.

Había recobrado la costumbre, en sus horas de descanso, de recorrer el jardincillo con

el doctor, lo mismo que años antes recorría con él la larga avenida del jardín de Canterbury.

Pero cuando las cosas llegaron a aquel estado, no sólo dedicó sus horas de descanso

completas a los paseos, sino que hasta las aumentó levantándose más temprano. Antes

nunca se consideraba tan dichoso como cuando el doctor le leía su maravillosa obra, el

diccionario; ahora era verdaderamente desgraciado hasta que el doctor no lo sacaba de su

bolsillo para reanudar la lectura. Mientras el doctor y yo trabajábamos había tomado la

costumbre de pasearse con mistress Strong, le ayudaba a cuidar sus flores predilectas y a

limpiar sus macizos. Estoy seguro de que no cruzaban más de doce palabras por hora;

pero su sereno interés, su afectuosa mirada, encontraban un eco dispuesto en los dos corazones;

cada uno de ellos sabía que el otro quería a míster Dick y que él los quería a los

dos; y así llegó a ser lo que nadie podia ser…: un motivo de unión entre ellos.

Cuando lo recuerdo y lo veo con su rostro inteligente, pero impenetrable, arriba y abajo

al lado del doctor, radiante, oyendo las palabras incomprensibles del diccionario, o llevándole

a Annie inmensas regaderas, o a cuatro patas y con guantes fabulosos para

limpiar, con una paciencia de ángel, las plantitas microscópicas, haciendo comprender

delicadamente a mistress Strong con cada uno de sus actos el deseo de serie agradable,

con una bondad que ningún filósofo hubiera podido igualar; haciendo salir por cada

agujerito de su regadera su simpatía, su fidelidad y su afecto; cuando pienso que en

aquellos momentos su alma estaba entregada a la pena de sus amigos y no se extraviaba

en sus antiguas locuras, y que no introdujo ni una sola vez en el jardín al desgraciado rey

Carlos; que no desfalleció un momento en su buena voluntad agradecida; que no olvidaba

ni un momento que allí debía de haber un equívoco que reparar, me siento casi

avergonzado de haber podido creer que no tenía siempre toda la razón, sobre todo si

pienso en el use que yo hacía de la mía, yo, que presumo de no haberla perdido.

-¡Nadie más que yo sabe lo que vale este hombre, Trot! -me decía con orgullo mi tía

cuando hablábamos de él-. ¡Dick se distinguirá algún día!

Es necesario que antes de terminar este capítulo pase a otro asunto. Mientras el doctor

tenía todavía a sus huéspedes en su casa, pude observar que el cartero traía todos los días

dos o tres cartas a Uriah Heep, que permaneció en Highgate tanto tiempo como los

demás, bajo pretexto de que era época de vacaciones; cartas de negocios firmadas por

mister Micawber, que había adoptado la redondilla para los negocios. Y yo había

deducido con gusto, por aquellos indicios, que a míster Micawber le iba bien; por lo

tanto, me sorprendió mucho recibir un día la carta siguiente, de su amable esposa:

«Canterbury, lunes por la noche.

Le sorprenderá mucho, mi querido Copperfield, recibir esta carta. Quizá

le sorprenda todavía más su contenido, y quizá más todavía la súplica de

secreto absoluto que le dirijo; pero, en mi doble calidad de esposa y

madre, tengo necesidad de desahogar mi corazón, y como no quiero

consultar a mi familia (siempre poco favorable a míster Micawber), no

conozco a nadie a quien poder dirigirme con mayor confianza que a mi

amigo y antiguo huésped.

Quizá sepa usted, mi querido míster Copperfield, que había existido

siempre una completa confianza entre míster Micawber y yo (a quien no

abandonaré jamás). No digo que mister Micawber no haya firmado a veces

una letra sin consultarme ni me haya engañado sobre la fecha de su

cumplimiento. Es posible; pero, en general, míster Micawber no ha tenido

nada oculto para el jirón de su afecto (hablo de su mujer), y siempre a la

hora de nuestro reposo ha recapitulado ante ella los sucesos de la jornada.

Puede usted figurarse, mi querido míster Copperfield, toda la amargura

de mi corazón cuando le diga que mister Micawber ha cambiado por

completo. Se hace el reservado, el discreto. Su vida es un misterio para la

compañera de sus alegrías y de sus penas (es también a su mujer a quien

me refiero), y puedo asegurarle que estoy tan poco al corriente de lo que

hace durante el día en su oficina como de la existencia de ese hombre

milagroso del que se cuenta a los niños que vivía de chupar las paredes. Es

más, de ese se sabe que es una fábula popular, mientras que lo que yo

cuento de míster Micawber es demasiado verdad, desgraciadamente.

Y no es eso todo: míster Micawber está triste, severo; vive alejado de

nuestro hijo mayor, de nuestra hija; ya no habla con orgullo de los

mellizos, y hasta lanza una mirada glacial sobre el inocente extraño que ha

venido últimamente a aumentar el círculo de familia. Sólo obtengo de él, a

costa de las mayores dificultades, los recursos pecuniarios indispensables

para mis gastos, muy reducidos, se lo aseguro; sin cesar me amenaza con

hacerse despedir (es su expresión) y rechaza con barbarie el darme la

menor explicación de una conducta que me desespera.

Es muy duro de soportar; mi corazón se rompe. Si usted quisiera darme

su opinión añadiría un agradecimiento más a todos los que ya le debo.

Usted conoce mis débiles recursos; dígame cómo puedo emplearlos en una

situación tan equívoca. Mis niños me encargan mil ternuras; el pequeño

extraño, que tiene la felicidad, ¡ay!, de ignorarlo todavía todo, le sonríe, y

yo, mi querido míster Copperfield, soy

Su afligida amiga,

EMMA MICAWBER.»

Yo no me creía con derecho para dar a una mujer tan llena de experiencia como

mistress Micawber otro consejo que el de tratar de reconquistar la confianza de mister

Micawber a fuerza de paciencia y de bondad (estoy seguro que no dejaría de hacerlo); sin

embargo, aquella carta me dio que pensar.

CAPÍTULO III

OTRA MIRADA RETROSPECTIVA

Dejadme detenerme de nuevo en un momento tan memorable de mi vida. Dejadme

detenerme para ver desfilar ante mí, en una procesión fantástica, la sombra de lo que fui,

escoltado por los fantasmas de los días que pasaron.

Las semanas, los meses, las estaciones transcurren, y ya no me aparecen más que como

un día de verano y una tarde de invierno. Tan pronto el prado que piso con Dora está todo

en flor y es un tapiz estrellado de oro, como estarnos en una bruma árida, envuelta bajo

montes de nieve. Tan pronto el río que corre a lo largo de nuestro paseo de domingo deslumbra

con los rayos del sol de verano, como se estremece bajo el soplo del viento de

invierno y se endurece al contacto de los bosques de hielo que invaden su curso, y se

lama y se precipita al mar más deprisa que podría hacerlo ningún otro río del mundo.

En la casa de las dos ancianas no ha cambiado nada. El reloj hace tictac encima de la

chimenea y el barómetro está colgado en el vestíbulo. Ni el reloj ni el barómetro van bien

nunca; pero la fe nos salva.

¡Llego a mi mayoría de edad! ¡Tengo veintiún años! Pero es esa una dignidad que está

al alcance de todo el mundo. Veamos antes lo que he hecho por mí mismo. He apresado

el ante salvaje que llaman taquigrafía y saco de ello bastante dinero; hasta he adquirido

una gran reputación en esa especialidad y pertenezco a los dote taquígrafos que recogen

los debates del Parlamento para un periódico de la mañana. Todas las noches tomo nota

de predicciones que no se cumplirán nunca; de profesiones de fe a las que nadie es fiel;

de explicaciones que no tienen otro objeto que engañar al público.

Ya sólo veo fuego. Gran Bretaña, esa desgraciada virgen que se pone en tantas salsas,

la veo siempre ante mí como un ave guisada bien desplumada y bien cocida, atravesada

de parte a parte con los hierros y atada con un cordón rojo. Por todo esto soy un

incrédulo, y nadie podrá convertirme.

Mi buen amigo Traddles ha intentado el mismo trabajo; pero no sirve para él. Y toma

su fracaso con el mejor humor del mundo, diciéndome que siempre ha tenido la cabeza

dura. Los editores de mi periódico lo emplean a veces para recoger hechos, que dan

después a otros para que sean reescritos de un modo más hábil. Entra en el foro, y a

fuerza de paciencia y de trabajo llega a reunir las cien libras esterlinas para ofrecerlas a

un procurador cuyo estudio frecuenta. Y se consume buena cantidad de vino de Oporto el

día de su entrada. Creo que los estudiantes del Templo se premiaron bien a su costa aquel

día.

He hecho otra tentativa: he intentado el oficio de escritor. He enviado mi primer ensayo

a una revista, que lo ha publicado. Esto me ha dado valor y he publicado algunos otros

trabajos, que ya empiezan a darme dinero. En todo mis negocios marchan bien, y si

cuento lo que gano con los dedos de mi mano, paso del tercero, deteniéndome a la mitad

del cuarto. Trescientas cincuenta libras esterlinas no son grano de anís.

Hemos abandonado Buckingham Street para instalarnos en una linda casa cercana a la

que me gustaba tanto. Mi tía ha vendido su casa de Dover; pero no piensa vivir con nosoEste

documento ha sido descargado de

tros; quiere instalarse en una casa de la vecindad más modesta que la nuestra. ¿Qué

quiere decir esto? ¿Se tratará de mi matrimonio? ¡Sí, seguro!

¡Sí! ¡Me caso con Dora! Miss Lavinia y miss Clarissa han dado su consentimiento, y no

he visto en mi vida canarios más inquietos que ellas. Miss Lavinia es la encargada del

trousseau de mi querida pequeña Dora, y no para de abrir una multitud de paquetes

grises. Hay en la casa a todas horas una costurera que siempre está con el pecho

atravesado por una aguja, come y duerme en la casa, y verdaderamente creo que estará

con el dedal puesto hasta para comer, beber y dormir. Tienen a mi pequeña Dora como un

verdadero maniquí. Siempre la están llamando para probarse algo. Por la tarde no

podemos estar juntos cinco minutos sin que alguna mujer inoportuna venga a llamar a la

puerta:

-Miss Dora, ¿podría usted hacer el favor de subir un momento?

Miss Clarissa y mi tía se dedican a recorrer todas las tiendas de Londres para nuestro

mobiliario, y después nos llevan a verlo. Pero mejor sería que lo eligieran solas, sin obligarnos

a Dora y a mí a que lo inspeccionemos, pues al it a ver las cacerolas para la

cocina, Dora ve un pabelloncito chino para Jip, con sus campanitas en lo lato, y prefiere

comprarlo. Después Jip no consigue acostumbrarse a su nueva residencia, pues no puede

entrar ni salir en ella sin que las campanitas suenen, lo que le asusta de un modo horrible.

Peggotty llega también para ayudar, y enseguida pone manos a la obra. Frota todo lo

frotable hasta que lo ve relucir, quieras que no, como su frente lustrosa. Y de vez en

cuando me encuentro a su hermano vagando solo por las noches a través de las calles

sombrías, deteniéndose a mirar todas las mujeres que pawn. Nunca le hablo cuando me le

encuentro a esas horas, porque sé demasiado, cuando le veo grave y solitario, lo que

busca y lo que teme encontrar.

¿Por qué Traddles se da tanta importancia esta mañana al venir a buscarme al Tribunal

de Doctores, donde voy todavía alguna vez cuando tengo tiempo? Es que mis sueños van

a realizarse; hoy voy a sacar mi licencia de matrimonio.

Nunca un documento tan pequeño ha representado tantas cosas, y Traddles lo

contempla encima de mi pupitre con admiración y con espanto. Los nombres están

dulcemente mezclados: David Copperfield y Dora Spenlow; y en un rincón, el timbre de

aquella paternal institución que se interesa con tanta benevolencia en las ceremonias de la

vida humana, y el arzobispo de Canterbury que nos da su bendición, también impresa, al

precio más barato posible.

Pero todo esto es un sueño para mí, un sueño agitado, dichoso, rápido. No puedo creer

que sea verdad; sin embargo, me parece que todos los que encuentro en la calle deben

darse cuenta de que me caso pasado mañana. El delegado del arzobispo me reconoce

cuando voy a prestar juramento y me trata con tanta familiaridad como si hubiera entre

nosotros algún lazo de masonería. Traddles no me hace ninguna falta; sin embargo, me

acompaña a todas partes como mi sombra.

-Espero, amigo mío -le dije a Traddles-, que la próxima vez vengas aquí por tu propia

cuenta, y que sea muy pronto.

-Gracias por tus buenos deseos, mi querido Copperfield -respondió-; yo también lo

espero. Y por lo menos es una satisfacción el saber que me esperará todo lo que sea

necesario y que es la criatura más encantadora del mundo.

-¿A qué hora vas a esperarla en la diligencia esta tarde?

-Alas siete -dijo Traddles mirando su viejo reloj de plata, aquel reloj al que en la

pensión había quitado una rueda para hacer un molino-. Miss Wickfield llega casi a la

misma hora, ¿no?

-Un poco más tarde: a las ocho y media.

-Te aseguro, querido mío -me dijo Traddles-, que estoy casi tan contento como si me

fuera a casar yo, y además no sé cómo darte las gracias por la bondad con que has asociado

personalmente a Sofía a esta fiesta invitándola a ser dama de honor con miss

Wickfield. ¡Te lo agradezco más!…

Le escucho y le estrecho la mano. Charlamos, nos paseamos y comemos. Pero yo no

creo una palabra de nada; estoy seguro de que es un sueño.

Sofía llega a casa de las tías de Dora a la hora fijada. Tiene un rostro encantador; no es

una belleza, pero es extraordinariamente atractiva; nunca he visto una persona más

natural, más franca, más atrayente. Traddles nos la presenta con orgullo, y durante diez

minutos se restriega las manos delante del reloj, con los cabellos erizados en su cabeza de

lobo, mientras le felicito por su elección.

También Agnes ha llegado de Canterbury, y volvemos a ver entre nosotros su bello y

dulce rostro. Agnes siente mucha simpatía por Traddles, y me da gusto verlos encontrarse

y observar cómo Traddles está orgulloso de presentársela a la chica más encantadora del

mundo.

Pero sigo sin creer una palabra de todo esto. ¡Siempre un sueño! Pasamos una velada

deliciosa; somos dichosos; no me falta más que creer en ello. Ya no sé dónde estoy; no

puedo contener mi alegría. Me encuentro en una especie de somnolencia nebulosa, como

si me hubiera levantado muy temprano hace quince días y no hubiera vuelto a acostarme.

No puedo recordar si hace mucho tiempo que era ayer. Me parece que hace ya meses y

que he dado la vuelta al mundo con una licencia de matrimonio en el bolsillo.

Al día siguiente, cuando vamos todos juntos a ver la casa, la nuestra, la de Dora y mía,

no sé hacerme a la idea de que yo soy el propietario. Me parece que estoy con permiso de

alguien, y espero al verdadero dueño de la casa, que aparecerá dentro de un momento

diciéndome que tiene mucho gusto en recibirme. ¡Una casa tan bonita! ¡Todo tan alegre y

tan nuevo! Las flores del tapiz parece que se abren, y las hojas del papel parece que

acaban de brotar en las ramas. ¡Y las coronas de muselina blanca y los muebles rosa! ¡Y

el sombrero de jardín de Dora, con lazos azules, ya colgado en la percha! ¡Tenía uno

exactamente igual cuando la vi por primera vez! La guitarra está ya colocada en su sitio,

en un rincón, y todo el mundo tropieza con la pagoda de Jip, que es demasiado grande

para la casa.

Otra velada dichosa, un sueño más, como todo. Me deslizo en el comedor antes de

marcharme, como siempre. Dora no está. Supongo que estará ahora también probándose

algo. Miss Lavinia asoma la cabeza por la puerta y me anuncia con misterio que no

tardará mucho. Sin embargo, tarda; por fin oigo el ruido de una falda en la puerta; llaman.

Digo: «Entre». Vuelven a llamar. Voy a abrir la puerta, sorprendido de que no entren, y

veo dos ojos muy brillantes y una carita ruborosa: es Dora. Miss Lavinia le ha puesto el

traje de novia, con cofia y todo, para que yo lo vea. Estrecho a mi mujercita contra mi

corazón, y miss Lavinia lanza un grito porque lo arrugo. Y Dora ríe y llora a la vez al

verme tan contento; pero cada vez creo menos en todo.

-¿Te parece bonito, mi querido Doady? -me dice Dora.

-¿Bonito? ¡Ya lo creo que me parece bonito!

-¿Y estás seguro de quererme mucho? -dice Dora.

Esta pregunta pone en tal peligro la cofia, que miss Lavinia lanza otro gritito y me

advierte que Dora está allí únicamente para que la mire; pero que bajo ningún pretexto

puedo tocarla. Dora permanece ante mí encantadora y confusa, mientras la admiro.

Después se quita la cofia (¡qué natural y qué bien está sin ella!) y se escapa; luego vuelve

saltando con su traje de todos los días y le pregunta a Jip si tengo yo una mujercita guapa

y si perdona a su amita el que se case, y por última vez en su vida de muchacha se arrodilla

para hacerle sostenerse en dos patas encima del libro de cocina.

Me voy a acostar, más incrédulo que nunca, en una habitación que tengo allí cerca. Y al

día siguiente, muy temprano, me levanto para it a Highgate a buscar a mi tía.

Nunca la he visto así. Con un traje de seda gris y con un sombrero blanco. Está

soberbia. La ha vestido Janet, y está allí mirándome. Peggotty está ya preparada para la

iglesia y cuenta con verlo todo desde lo alto de las tribunas. Míster Dick, que hará las

veces de padre de Dora y me la dará por mujer al pie del altar, se ha hecho rizar el

cabello. Traddles, que ha venido a buscarme, me deslumbra por la brillante mezcla de

color crema y azul cielo; míster Dick y él me hacen el efecto de estar enguantados de la

cabeza a los pies.

Sin duda, veo así las cosas porque sé que son siempre así; pero no deja de parecerme un

sueño, y todo lo que veo no tiene nada de real. Sin embargo, mientras nos dirigimos a la

iglesia, en calesa descubierta, este matrimonio fantástico es lo bastante real para llenarme

de una especie de compasión por los desgraciados que no se casan como yo, y que siguen

barriendo delante de sus tiendas o yendo hacia su trabajo habitual.

Mi tía, durante todo el camino, tiene mi mano entre las suyas. Cuando nos detenemos a

cierta distancia de la iglesia para que baje Peggotty, que ha venido en el pescante, me

abraza muy fuerte.

-¡Que Dios te bendiga, Trot! No podría querer más a mi propio hijo, y hoy por la

mañana estoy recordando mucho a tu madre, la pobrecilla.

-Y yo también, y todo lo que te debo, querida tía.

-¡Bah!, ¡bah! -dijo mi tía.

Y en el exceso de su cariño tendió la mano a Traddles; Traddles se la tendió a míster

Dick, que me la tendió a mí, y yo a mi vez a Traddles; por fin, ya estamos en la puerta de

la iglesia.

La iglesia está muy tranquila; pero para tranquilizarme a mí sería necesaria una

máquina de fuerte presión; estoy demasiado emocionado. Todo lo demás me parece un

sueño más o menos incoherente.

Y sigo soñando que entran con Dora; que la mujer de los bancos nos alinea delante del

altar como un sargento; sueño que me pregunto por qué esas mujeres serán siempre tan

agrias. El buen humor será un peligro tan grande para el sentimiento religioso que serán

necesarias esas copas de hiel y de vinagre en el camino del paraíso.

Sueño que el pastor y su ayudante aparecen, que algunos marineros y otras personas

vienen a vagar por allí, que tengo tras de mí a un marino viejo que perfuma toda la iglesia

con un fuerte olor a ron, que empiezan el servicio con una voz profunda y que todos

estamos muy atentos.

Que miss Lavinia, que hace de dama de honor suplementaria, es la primera que se echa

a llorar, haciendo homenaje con sus sollozos, según pienso, a la memoria de míster Pidger;

que miss Clarissa le acerca a la nariz su frasco de sales; que Agnes cuida de Dora;

que mi tía hace todo lo que puede para tener un aspecto imponente, mientras las lágrimas

corren a lo largo de sus mejillas; que mi pequeña Dora tiembla con todos sus miembros y

que se le oye murmurar muy débilmente sus respuestas.

Que nos arrodillamos uno al lado del otro; que Dora tiembla un poco menos, pero que

no suelta la mano de Agnes; que el oficio continúa severo y tranquilo; que cuando ha

terminado nos miramos a través de nuestras lágrimas y sonrisas; que en la sacristía mi

querida mujercita solloza, llamando a su querido papá, a su pobre papá.

Que pronto se repone y firmamos en el gran libro uno después de otro; que voy a buscar

a Peggotty a las tribunas para que venga también a firmar, y que me abraza en un rincón,

diciéndome que también vio casarse a mi pobre madre; que todo ha terminado, y que nos

marchamos.

Que salgo de la iglesia radiante de alegría, dando el brazo a mi encantadora esposa; que

veo a través de una nube los rostros amigos, el coro, las tumbas y los bancos, el órgano y

las vidrieras de la iglesia, y que a todo esto viene a mezclarse el recuerdo de la iglesia

donde iba con mi madre cuando era niño, ¡ay!, hace ya tanto tiempo.

Que oigo decir bajito a los curiosos, al vernos pasar: «¡Vaya una parejita joven!».

«¡Qué casadita tan linda!» Que todos estamos contentos y eufóricos mientras volvemos a

Putney; que Sofía nos cuenta cómo ha estado a punto de ponerse mala cuando han pedido

a Traddles la licencia que yo le había confiado, pues estaba convencida de que la habría

perdido o se la habrían robado del bolsillo; que Agnes reía con todo su corazón, y que

Dora la quiere tanto, que no puede separarse de ella y la tiene cogida de la mano.

Que hay preparado un almuerzo apetitoso con una multitud de cosas bonitas y buenas,

que como sin darme cuenta de a qué saben (es natural cuando se sueña); que sólo como y

bebo matrimonio, pues no creo en la realidad de los comestibles más que en la de lo

demás.

Que suelto un discurso en el género de los sueños, sin tener la menor idea de lo que

quiero decir, y hasta estoy convencido de que no he dicho nada; que somos sencilla y

naturalmente todo lo dichosos que se puede ser, en sueños, claro está; que Jip come del

pastel de bodas, lo que al cabo de un rato no le sienta muy bien.

Que la silla de postas nos espera; que Dora va a cambiar de traje; que mi tía y miss

Clarissa se quedan con nosotros; que nos paseamos por el jardín; que mi tía, en el

almuerzo, ha hecho un verdadero discurso sobre las tías de Dora, y que está encantada y

hasta un poco orgullosa de su hazaña.

Que Dora está dispuesta; que miss Lavinia revolotea a su alrededor con sentimiento de

perder el encantador juguete que le ha proporcionado durante algún tiempo una ocupación

tan agradable; que, con gran sorpresa, Dora descubre a cada momento que se le

olvidan una cantidad de pequeñas cosas, y que todo el mundo corre de un lado a otro para

buscárselas.

Que rodean a Dora y ella empieza a despedirse; que parecen todas reunidas una cesta de

flores con sus cintas nuevas y sus colores alegres; que casi ahogan a mi querida esposa en

medio de todas aquellas flores que la abrazan, y que, al fin, viene a lanzarse en mis

brazos celosos riendo y llorando a la vez.

Que yo quiero llevar a Jip, que nos tiene que acompañar, y que Dora dice que no, que

tiene que ser ella quien lo lleve, sin lo cual creerá que ya no le quiere porque está casada,

lo que le rompería el corazón; que salimos del brazo; que Dora se vuelve para decir: «¡Si

alguna vez he sido antipática o ingrata con vosotros, no lo recordéis, os los ruego! », y

que se echa a llorar.

Que dice adiós con la manita, y que por enésima vez vamos a partir; que se detiene de

nuevo, se vuelve y corre hacia Agnes, pues quiere darle sus últimos besos y dirigirle su

última despedida.

Por fin estamos en el coche uno al lado del otro. Ya hemos partido. Salgo de un sueño;

ahora ya creo en ello. Sí; es mi querida, mi querida mujercita la que está a mi lado, ¡y la

quiero tanto!

-¿Eres dichoso ahora, malo -me dice Dora-, y estás seguro de que no te arrepentirás?

Me he retirado a un lado para ver desfilar ante mí los fantasmas de aquellos días que

pasaron. Ahora que han desaparecido, reanudo el viaje de mi vida.

CAPÍTULO IV

NUESTRA CASA

Me parecía una cosa extraña una vez pasada la luna de mil y cuando nos quedamos

solos en nuestra casita Dora y yo, libres ya de la deliciosa ocupación del amor.

¡Me parecía tan extraordinario el tener siempre a Dora a mi lado; me parecía tan

extraño no tener que salir de casa para it a verla, no tener que preocuparme por su causa

ni que escribirle, no tener que devanarme los sesos para encontrar ocasión de estar solo

con ella! A veces, por la noche, cuando dejaba un momento mi trabajo y la veía sentada

frente a mí, me apoyaba en el respaldo de mi silla y empezaba a pensar en lo raro que era

que estuviéramos allí solos, juntos, como si fuera la cosa más natural el que ya nadie

tuviera que mezclarse en nuestros asuntos; que toda la novela de nuestro noviazgo estaría

pronto lejana; que ya no teníamos más que tratar de hacernos felices mutuamente,

gustarnos toda la vida.

Cuando había en la Cámara de los Comunes algún debate que me retrasaba, me parecía

tan extraordinario, al tomar el camino de casa, pensar que Dora me esperaba; me parecía

tan maravilloso verla sentarse con dulzura a mi lado para hacerme compañía mientras

comía. Y saber que se cogía todo el pelo con papelitos, es más, vérselos poner todas las

noches, ¿no era una cosa extraordinaria?

Creo que dos pajarillos hubieran sabido tanto como nosotros sobre cómo llevar una

casa, ¡mi pequeña Dora y yo! Teníamos una criada y, como es natural, ella lo manejaba

todo. Todavía estoy convencido interionnente de que debía de ser alguna hija disfrazada

de mistress Crupp. ¡Cómo nos amargaba la vida Mary Anne!

Se llamaba Paragon. Cuando la tomamos a nuestro servicio nos aseguraron que aquel

nombre sólo expresaba débilmente todas sus cualidades; era el parangón de todas las virtudes.

Tenía un certificado escrito más grande que un cartel, y a dar crédito a aquel

documento sabía hacer todo lo del mundo, y todavía más. Era una mujer en la fuerza de

la edad, de fisonomía repulsiva. Tenía un primo en el regimiento de la Guardia, de tan

largas piernas, que parecía ser la sombra de algún otro visto al sol a las doce del día. Su

traje era tan pequeño para él como él era grande para nuestra casita, y la hacía parecer

diez veces más pequeña de lo que era en realidad. Además, los tabiques eran sencillos, y

siempre que pasaba la tarde en casa lo sabíamos por una especie de gruñido continuo que

oíamos en la cocina.

Nos habían garantizado que nuestro tesoro era sobrio y honrado. Por lo tanto, supongo

que tendría un ataque de nervios el día que la encontré tirada delante del fogón y que sería

el trapero el que no se había apresurado a devolver las cucharillas de té que nos

faltaban.

Además le teníamos un miedo horrible. Sentíamos nuestra inexperiencia y no

estábamos en estado de salir adelante; diría que estábamos a su merced si la palabra

merced no diera la sensación de indulgencia, pues era una mujer sin piedad. Ella fue la

causa de la primera disputa que tuve con Dora.

-Querida mía -le dije un día-, ¿crees que Mary Anne entiende el reloj?

-¿Por qué, Doady? -me preguntó Dora levantando inocentemente la cabeza.

-Amor mío, porque son las cinco, y debíamos comer a las cuatro.

Dora miró al reloj con un airecito de inquietud a insinuó que creía que aquel reloj se

adelantaba.

-Al contrario, querida -le dije mirando mi reloj-, se retrasa unos minutos.

Mi mujercita vino a sentarse encima de mis rodillas para tratar de contentarme y me

hizo una rays con el lápiz en medio de la nariz: era encantador, pero aquello no me daba

de comer.

-¿No crees, vida mía, que debías decirle algo a Mary Anne?

-¡Oh, no!; te lo ruego, Doady -exclamó Dora..

-¿Por qué no, amor mío? -le pregunté con dulzura.

-¡Oh!, porque yo sólo soy una tontuela, y ella lo sabe muy bien.

Como aquellos sentimientos me parecían incompatibles con la necesidad de regañar a

Mary Anne, fruncí las cejas.

-¡Oh, qué arruga tan horrible en la frente, malo! -dijo Dora, todavía sentada en mis

rodillas.

Y señaló aquellas odiosas arrugas con su lápiz, que llevaba a sus labios rosas para que

marcara más negro; después hacía como que trabajaba tan seriamente en mi frente, con

una expresión tan cómica, que me eché a reír, a pesar de todos mis esfuerzos.

-¡Así me gusta, eres un buen muchacho! -dijo Dora-. Estás mucho más guapo cuando te

ríes.

-Pero, amor mío…

-¡Oh, no, no, te lo ruego! -exclamó Dora abrazándome-. No hagas el Barba Azul, no

pongas esa expresión seria.

-Pero, mi querida mujercita -le dije-sin embargo, es necesario ponerse serio alguna vez.

Ven a sentarte en esta silla a mi lado. Dame el lápiz. Vamos a hablar de un modo

razonable. ¿Sabes, querida mía (¡qué manita tan dulce para tener entre las mías y qué

precioso anillo para ver en el dedo de mi recién casada!), sabes, querida: te parece muy

agradable verse obligado a marcharse sin comer? Vamos, ¿qué piensas?

-No -respondió débilmente Dora.

-Pero, querida mía, ¡cómo tiemblas!

-Porque sé que vas a regañarme -exclamó Dora en un tono lamentable.

-Querida mía, sólo voy a tratar de hablarte de un modo razonable.

-¡Oh!, pero eso es peor que regañar-exclamó Dora, desesperada-. Yo no me he casado

para que me hablen razonablemente. Si quieres razonar con una pobre cosita como yo,

hubieras debido avisármelo. ¡Eres malo!

Traté de calmarla; pero se ocultó el rostro, y sacudía de vez en cuando sus bucles

diciendo: «¡Oh, eres malo!». Yo no sabía qué hacer; me puse a recorrer la habitación, y

después me acerqué a ella.

-¡Dora, querida mía!

-No, no me quieres, y estoy segura de que te arrepientes de haberte casado; si no, no me

hablarías así.

Aquel reproche me pareció tan inconsecuente, que tuve valor para decirle:

-Vamos, Dora mía, no seas niña; estás diciendo cosas que no tienen sentido.

Seguramente recordarás que ayer me tuve que marchar a medio comer, y que la víspera el

cordero me hizo daño porque estaba crudo y lo tuve que tomar corriendo; hoy no puedo

comer, en absoluto, y no digo nada del tiempo que hemos esperado el desayuno; y

después, el agua para el té ni siquiera hervía. No es que te haga reproches, querida mía;

pero todo eso no es muy agradable.

-¡Oh, qué malo, qué malo eres! ¿Cómo puedes decirme que soy una mujer

desagradable?

-Querida Dora, ¡sabes que nunca he dicho eso!

-Has dicho que todo esto no era muy agradable.

-He dicho que la manera con que llevábamos la casa no era agradable.

-¡Pues es lo mismo! –exclamó Dora.

Y evidentemente lo creía, pues lloraba con amargura.

Di de nuevo algunos pasos por la habitación, lleno de amor por mi linda mujercita y

dispuesto a romperme la cabeza contra las puertas, tantos remordimientos sentía. Me

volví a sentar y le dije:

-No te acuso, Dora; los dos tenemos mucho que aprender. únicamente quería

demostrarte que es necesario, verdaderamente necesario (estaba decidido a no ceder en

aquel punto), que te acostumbres a vigilar a Mary Anne y también un poco a obrar por ti

misma, en interés tuyo y mío.

-Estoy verdaderamente sorprendida de tu ingratitud -dijo Dora sollozando-. Sabes muy

bien que el otro día dijiste que te gustaría tomar un poco de pescado, y fui yo misma muy

lejos para encargarlo y darte una sorpresa.

-Y fue muy amable por tu parte, querida mía, y te lo he agradecido tanto, que me he

librado muy bien de decirte que habías hecho muy mal comprando un salmón, porque es

demasiado grande para dos personas y porque había costado una libra y seis chelines, y

que es demasiado caro para nosotros.

-Pues te gustó mucho –dijo Dora llorando todavía-, y estabas tan contento que me

llamaste tu ratita.

-Y te lo volveré a llamar cien veces, amor mío –contesté.

Pero había herido su corazoncito, y no había manera de consolarla. Lloraba tanto y

tenía el corazón tan apretado, que me parecía que le había dicho algo horrible que le

había causado mucha pena. Tuve que marcharme corriendo, y volví muy tarde, y durante

toda la noche estuve agobiado por los remordimientos. Tenía la conciencia inquieta como

un asesino, y estaba perseguido por el sentimiento vago de un crimen enorme del que

fuera culpable.

Eran más de las dos de la mañana cuando volví, y encontré en mi casa a mi tía

esperándome.

-¿Ha ocurrido algo, tía? -le pregunté con inquietud.

-No, Trot -respondió-. Siéntate, siéntate. únicamente mi Capullito estaba un poco triste,

y me he quedado para hacerle compañía; eso es todo.

Apoyé la cabeza en mis manos y permanecí con los ojos fijos en el fuego; me sentía

más triste y más abatido de lo que hubiera podido creer; tan pronto, casi en el momento

en que acababan de cumplirse mis más dulces sueños. Por último encontré los ojos de mi

tía fijos en mí. Parecía preocupada; pero su rostro se serenó enseguida.

-Te aseguro, tía -le dije-, que toda la noche me he sentido desgraciado pensando que

Dora tenía pena. Pero mi única intención era hablarle dulce y tiernamente de nuestros

asuntos.

Mi tía movió la cabeza animándome.

-Hay que tener paciencia, Trot –dijo.

-Sí, y Dios sabe que no quiero ser exigente, tía.

-No, no –dijo mi tía-; mi Capullito es muy delicado y es necesario que el viento sople

dulcemente sobre ella.

Di las gracias en el fondo del corazón a mi buena tía por su ternura con mi mujer, y

estoy seguro de que se dio cuenta.

-¿No crees, tía -le dije después de haber contemplado de nuevo el fuego-, que tú podrías

dar de vez en cuando algún consejo a Dora? Eso nos sería muy útil.

-Trot -repuso mi tía con emoción-, no; no me pidas eso nunca.

Hablaba en un tono tan serio que levanté los ojos con sorpresa.

-¿Sabes, hijo mío? -prosiguió-. Cuando miro mi vida pasada y veo en la tumba personas

con las que hubiera podido vivir en mejores relaciones… Si he juzgado severamente los

errores de otro en cuestiones de matrimonio es quizá porque tenía tristes razones para

juzgarlo así por mi cuenta. No hablemos de ello. He sido durante muchos años una vieja

gruñona a insoportable; todavía lo soy y lo seré siempre. Pero nosotros nos hemos hecho

mutuamente bien, Trot; al menos tú me lo has hecho a mí, y no quiero que ahora nos

pueda separar nada.

-¿Qué nos va a separar? -exclamé.

-Hijo mío, hijo mío –dijo mi tía estirándose el traje con la mano-, no hay que ser

profeta para darse cuenta de lo fácil que sería y de lo desgraciada que podría yo hacer a

mi Capullito si me mezclara en vuestros asuntos; deseo que me quiera y que sea alegre

como una mariposa. Acuérdate de tu madre y de su segundo matrimonio, y no me hagas

una proposición que me trae a la memoria, para ella y para mí, crueles recuerdos.

Comprendí enseguida que mi tía tenía razón, y no comprendí menós toda la extensión

de sus escrúpulos generosos con mi querida esposa.

-Estás muy al principio, Trot -continuó-, y Roma no se construyó en un día ni en un

año. Has elegido tú mismo con toda libertad -aquí me pareció que una nube se extendía

un momento sobre su rostro- y has escogido una criatura encantadora y que te quiere

mucho. Ella es tu deber, y también será tu felicidad, no lo dudo, pues no quiero que

parezca que te estoy sermoneando; será tu deber y tu felicidad el apreciarla tal como la

has escogido, por las cualidades que tiene y no por las que no tiene. Trata de desarrollar

en ella las que le faltan. Y si no lo consigues, hijo mío -y mi tía se frotó la nariz-, tendrás

que acostumbrarte a pasarte sin ellas. Pero recuerda que vuestro porvenir es un asunto

completamente vuestro. Nadie puede ayudaros; tenéis que ayudaros solos. Es el

matrimonio, Trot, y que Dios os bendiga a uno y a otro, pues sois como dos bebés

perdidos en medio de los bosques.

Mi tía me dijo todo esto en tono alegre, y terminó su bendición con un beso.

-Ahora -dijo- enciende la linterna y acompáñame hasta mi nido por el sendero del

jardín -pues las dos casas comunicaban por allí-. Y dale a Capullito todo el cariño de

Betsey Trotwood, y, suceda lo que suceda, Trot, que no vuelva a pasársete por la

imaginación hacer de Betsey un espantapájaros, pues la he visto muy a menudo en el

espejo para estar segura de que ya lo es bastante por naturaleza y bastante antipática sin

eso.

Entonces mi tía se anudó el pañuelo alrededor de la cabeza, como tenía costumbre, y la

escolté hasta su casa. Cuando se detuvo en el jardín para alumbrarme a la vuelta con su

linterna pude observar que me miraba de nuevo con preocupación; pero no le di

importancia; estaba demasiado ocupado reflexionando sobre lo que me había dicho,

demasiado impresionado, por primera vez, por la idea de que teníamos que hacemos

nosotros solos nuestro porvenir, Dora y yo, y que nadie podría ayudarnos.

Dora descendió dulcemente en camisón a mi encuentro, ahora que estaba solo. Se echó

a llorar en mi hombro y me dijo que había sido muy duro con ella y que ella también había

sido muy mala. Yo le dije, poco más o menos, lo mismo, y todo terminó. Decidimos

que aquella pelea sería la última y que nunca más, nunca más, sucedería, aunque

viviéramos cien años.

¡Qué horror de criadas! De nuevo fueron el origen del disgusto que tuvimos después. El

primo de Mary Anne desertó y se ocultó en nuestra carbonera; de allí le sacó, con gran

sorpresa nuestra, un piquete de compañeros, que le esposaron y se lo llevaron, dejando

nuestro jardín cubierto de oprobio. Esto me dio valor para deshacerme de Mary Anne,

quien se resignó tan dulcemente, que me sorprendió; pero pronto descubrí dónde habían

ido a parar nuestras cucharillas, y además me revelaron que tenía la costumbre de pedir

dinero prestado a mi nombre a nuestros tenderos sin nuestra autorización.

Momentáneamente fue reemplazada por mistress Kidgerbury, una vieja de Kentishtown,

que asistía, pero que era demasiado débil para hacer nada; después encontramos otro

tesoro, de un carácter encantador; pero, desgraciadamente, aquel tesoro no hacía más que

rodar las escaleras con las fuentes en las manos o lanzarse de cabeza en el salón con todo

el servicio de té, como quien se mete en un baño. Los desastres cometidos por aquella

desgraciada nos obligaron a despedirla; fue seguida, con numerosos intermedios de

mistress Kidgerbury, por toda una serie de seres incapaces. Por fin caímos sobre una

chica de muy buen aspecto, que se fue a la feria de Greenwich con el sombrero de Dora.

Después ya sólo recuerdo una multitud de fracasos sucesivos.

Parecíamos destinados a que todo el mundo nos engañara. En cuanto aparecíamos en

una tienda nos ofrecían la mercancía averiada. Si comprábamos una langosta estaba llena

de agua; la carne estaba pasada; nuestros panecillos sólo tenían miga. Con objeto de

estudiar el principio de la cocción de un rosbif para que esté en su punto, tuve yo mismo

que acudir al libro de cocina; pero debíamos ser víctimas de una extraña fatalidad, pues

nunca conseguíamos el justo medio entre la carne sangrando y la carne quemada.

Estaba convencido de que todos aquellos desastres nos costaban mucho más caro que si

hubiéramos ejecutado una serie de triunfos, y estudiando nuestras cuentas veía que

habíamos gastado manteca suficiente para embadurnar el piso bajo de nuestra casa. ¡Qué

consumo! Yo no se si seria que las contribuciones indirectas habían hecho aquel año

encarecer la mostaza; pero al paso que íbamos, iba a ser necesario, para que nosotros

tuviéramos mostaza suficiente, que muchas familias se privaran de ella, cediéndonos su

parte. Y lo más sorprendente de todo aquello es que en casa nunca se encontraba.

También nos sucedió que la lavandera empeñó nuestra ropa, y vino después en un

estado de embriaguez, arrepentida, a implorar nuestro perdón; pero supongo que estas cosas

le habrán ocurrido a todo el mundo. También tuvimos que soportar un fuego que se

armó en la chimenea; pero todo esto son desgracias corrientes. Lo que nos era personal

era la cuestión de las criadas. Una de ellas tenía pasión por los licores fuertes, lo que

aumentaba nuestra cuenta de cerveza y de licores en el café que nos los suministraban.

Encontramos en la cuenta artículos inexplicables, como: «Un cuarto de litro de ron

(mistress C.) y medio cuarto de ginebra (mistress C.); un vaso de ron y de menta

(mistress C.).» Los paréntesis se referían siempre a Dora, que pasaba, según supimos

después, por haber ingerido todos aquellos licores.

Una de nuestras primeras hazañas fue dar de comer a Traddles. Le encontré una

mañana y le dije que viniera a vemos por la tarde. Él consintió, y escribí dos letras a Dora

diciéndole que llevaría a nuestro amigo. Era un día muy hermoso, y en el camino

charlarnos todo el tiempo de mi felicidad. Traddles estaba convencido, y me decía que el

día en que él supiera que Sofía le esperaba por la tarde en una casita como la nuestra no

faltaría nada a su dicha.

Yo no podía desear una mujercita más encantadora que la que se sentó aquella tarde

frente a mí; pero lo que sí hubiera deseado es que la habitación fuese un poco menos

pequeña. Yo no sé en qué consistía, pero, aunque no éramos más que los dos, nunca había

sitio, y, sin embargo, la habitación era bastante grande para que nuestros muebles se

perdieran en ella. Sospecho que era porque nada tenía sitio fijo, excepto la pagoda de Jip,

que siempre impedía el paso. Aquella tarde Traddles estaba tan encerrado entre la

pagoda, la caja de la guitara, el caballete de Dora y mi mesa, que yo temía no tuviera

bastante sitio para manejar su cuchillo y su tenedor; pero él protestaba con su buen humor

habitual diciendo: «Tengo un océano de sitio, Copperfield; un océano, te lo aseguro».

También había otra cosa que me hubiera gustado impedir; me hubiera gustado que no

se animara la presencia de Jip encima del mantel durante la comida. Me hubiese parecido

molesto que estuviera allí aunque no hubiera tenido la mala costumbre de meter la pata

en la sal y en la manteca. Aquella vez yo no sé si es que se creía especialmente encargado

de dar caza a Traddles; pero no cesó de ladrarle y de saltar encima de su plato, poniendo

en aquellas maniobras tal obstinación, que no podía hablarse de otra cosa.

Pero como yo sabía lo tierno que tenía Dora el corazón y lo sensible que era en lo que

se refiere a su favorito, no hice ninguna objeción; ni siquiera me permití una alusión a los

platos que Jip destrozaba en el suelo, ni a la falta de simetría en el arreglo de los

cacharros, que parecían estar como habían caído; tampoco quise hacer observar que

Traddles estaba bloqueado por platos de verdura y por jarras. Únicamente no podía por

menos de preguntarme a mí mismo, mientras contemplaba el aspecto del cordero que iba

a partir, cómo sería que nuestros corderos tenían siempre unas formas tan extraordinarias

como si nuestro carnicero nos sirviera corderos contrahechos; pero me guardé para mí

aquellas reflexiones.

-Amor mío -le dije a Dora-, ¿qué tienes en ese plato?

No podía comprender por qué Dora estaba haciendo desde hacía un momento aquellos

mohines, como si quisiera besarme.

-Son ostras, amigo mío -me dijo tímidamente.

-¿Y se te ha ocurrido a ti? –dije encantado.

-Sí, Doady -dijo Dora.

-¡Qué buena idea! –exclamé dejando el gran cuchillo y el tenedor de partir el cordero-.

No hay nada que le guste tanto a Traddles.

-Sí, sí, Doady –dijo Dora-. He comprado un barrilito entero, y el hombre me ha dicho

que eran muy buenas. Pero…. pero temo que les ocurra algo extraordinario.

Y Dora sacudió la cabeza, saltándosele las lágrimas.

-Sólo están abiertas a medias -le dije-; quita la concha de encima, querida.

-No quiere marcharse de ningún modo -dijo Dora, que lo intentaba con todas sus

fuerzas, con expresión desolada.

-¿Sabes, Copperfield? —dijo Traddles examinando alegremente el plato-. Yo creo que

es porque… estas ostras son perfectas…, pero no las han abierto nunca.

En efecto, no las habían abierto nunca; y nosotros no teníamos cuchillo para ostras;

además no hubiéramos sabido utilizarlo; por lo tanto, miramos las ostras mientras nos comíamos

el cordero; al menos nos comimos todo lo que estaba cocido. Si se lo hubiera

permitido, creo que Traddles, pasando al estado salvaje, se hubiera hecho canibal y alimentado

de carne casi cruda para demostrar lo satisfecho que estaba de la comida; pero

yo estaba decidido a no consentirle que se inmolara así en el altar de la amistad, y en lugar

de aquello comimos un trozo de jamón; afortunadamente había jamón curado en la

despensa.

Mi pobre mujercita estaba tan desesperada al pensar que aquello me iba a contrariar, y

fue tan grande su alegría cuando vio que no ocurría nada, que olvidé enseguida mi

fastidio al momento. La tarde pasó muy bien. Dora estaba sentada a mi lado con su brazo

apoyado en mi sillón, mientras Traddles y yo discutíamos sobre la calidad de mi vino, y a

cada instante se inclinaba hacia mí para darme las gracias por no haber sido gruñón ni

malo. Después nos hizo el té, y yo estaba tan encantado viéndoselo hacer, como si hiciera

las comiditas de la muñeca, que no me hice el difícil sobre la calidad dudosa del brebaje.

Después Traddles y yo estuvimos un rato jugando a las cartas, mientras Dora cantaba

acompañándose con la guitarra, y me pareció que nuestro matrimonio sólo era un

hermoso sueño y que todavía estábamos en la primera tarde en que había oído su dulce

voz.

Cuando Traddles se fue lo acompañé hasta la puerta, y después volví al salón; mi mujer

vino a poner su silla al ladito de la mía.

-¡Estoy tan triste! ¿Quieres enseñarme a hacer algo, Doady?

-Pero en primer lugar tendría que aprenderlo yo, Dora -le dije yo-; no sé más que tú,

pequeña.

-¡Oh, pero tú puedes aprenderlo! -repuso-. ¡Tú tienes tanto talento!

-¡Qué locura, ratita!

-Yo hubiera debido -añadió después de un largo silencio-, yo hubiera debido ir a

establecerme al campo y pasar un año con Agnes.

Tenía las manos juntas, apoyadas en mi hombro; reclinó también la cabeza, y me

miraba dulcemente con sus grandes ojos azules.

-¿Por qué? -pregunté.

-Creo que su trato me hubiera beneficiado y que con ella hubiera podido aprender

muchas cosas.

-Todo llega a su tiempo, amor mío. Desde hace muchos años Agnes ha tenido que

cuidar a su padre: hasta cuando sólo era una niña pequeña, ya era la Agnes que tú

conoces.

-¿Quieres llamarme como yo lo diga? -preguntó Dora sin moverse.

-¿Cómo? -le dije sonriendo.

-Es un nombre estúpido –dijo sacudiendo sus bucles-. Pero lo mismo da; llámame tu «

mujer-niña» .

Pregunté riendo a mi «mujer-niña» que por qué quería que la llamase así, y me

respondió sin moverse; sólo mi brazo, pasado alrededor de su cintura, me acercaba

todavía más sus hermosos ojos azules.

-Pero ¡qué tonto eres! No te pido que me llames siempre así en lugar de Dora;

únicamente quiero que cuando pienses en mí te digas que soy tu « mujer-niña» . Cuando

tengas ganas de enfadarte conmigo no tienes más que pensar: « ¡Bah, es mi "mujer-niña"!

». Cuando te ponga la cabeza loca, vuélvete a decir: «¿Pero no sabía yo hace mucho

tiempo que nunca sería más que una "mujer-niña"?». Cuando no sea para ti todo lo que

querría ser, y que no lo seré quizá nunca, piensa siempre: «Esto no impide que esta

tontuela de "mujer-niña" me quiera mucho». Pues es la verdad, Doady; ¡te quiero tanto!

Yo no había contestado en serio; hasta entonces tampoco se me había ocurrido que

hablara ella seriamente. Pero se quedó tan contenta con lo que le contesté, que sus ojos no

estaban secos todavía cuando ya estaba riendo. Y pronto vi a mi «mujer-niña» sentada en

el suelo al lado de la pagoda china haciendo sonar todas las campanitas, unas después de

otras, para castigarle, por su mala conducta, a Jip; pero él continuaba perezosamente

tendido en el suelo de su nicho mirándola de reojo como para decirle: « Haz todo lo que

quieras; no conseguirás que me mueva con todas tus cosas; soy demasiado perezoso y no

me molesto por tan poco».

Aquella llamada de Dora me causó una profunda impresión. Vuelvo a aquellos tiempos

lejanos, y me imagino a aquella dulce criatura, a quien amaba tanto, y la invoco para que

salga una vez más de la sombra del pasado, para que vuelva hacia mí su rostro

encantador, y puedo asegurar que su pequeño discurso resuena sin cesar en mi corazón;

quizá no haya sacado de él el mayor partido posible: era joven y sin experiencia; pero

nunca su inocente súplica ha venido en vano a llamar a mis oídos.

Dora me dijo unos días después que iba a hacerse una excelente ama de casa. En

consecuencia, sacó del cajón su bloc, afiló el lápiz, compró un enorme libro de cuentas,

volvió a pegar cuidadosamente todas las hojas del libro de cocina, que Jip había roto, a

hizo un esfuerzo desesperado para «ser buena», como ella decía. Pero los números

continuaban con el defecto de siempre: no querían dejarse sumar. Cuando había llenado

ya dos o tres columnas de su libro de cuentas, lo que no sucedía sin trabajo, Jip iba a

pasearse sobre la página, emborronándolo todo con su cola, y además Dora se empapaba

de tinta sus lindos deditos; esto era lo más claro de todo.

Algunas tardes, cuando había vuelto y estaba trabajando (pues escribía mucho y

empezaba a ser reconocido como escritor), dejaba la pluma y observaba a mi

«mujer-niña», que trataba de «ser buena» . En primer lugar ponía encima de la mesa su

inmenso libro de cuentas y lanzaba un profundo suspiro; después lo abría en el sitio

emborronado por Jip la tarde anterior y llamaba a Jip para enseñarle las huellas de su

crimen: era la señal de una diversión en favor de Jip. Le ponía tinta en la punta de la nariz

como castigo. Después ella decía a Jip que se echara encima de la mesa « como un león»

(era una de sus hazañas, aunque a mis ojos la analogía no era extraordinaria). Si estaba de

buen humor, Jip obedecía. Entonces ella cogía una pluma y empezaba a escribir; pero

había un pelo en la pluma; cogía otra y empezaba a escribir, pero aquella hacía borrones;

cogía la tercera y empezaba de nuevo, diciendo en voz baja: « ¡Oh!, esta mete ruido y va

a distraer a Doady! ». En una palabra, terminaba por desistir y volvía a colocar el libro de

cuentas en su sitio, después de hacer como que lo lanzaba a la cabeza del león.

Otras veces, cuando se sentía de humor más serio, cogía su bloc y una cestita llena de

cuentas y otros documentos, que parecían más que nada los papelitos con que recogía sus

bucles por la noche, y trataba de sacar algún resultado de ellas. Las comparaba muy

seriamente, escribía cifras, las borraba, contaba en todos sentidos los dedos de su mano

izquierda, y después de esto tenía una expresión tan contrariada, tan desanimada, tan

triste que me daba pena ver ensombrecerse así, por darme gusto, aquella carita

encantadora, y me acercaba a ella con dulzura, diciéndole:

-¿Qué te ocurre, Dora?

Me miraba desolada, contestando:

-Son estas cuentas tan antipáticas, que no quieren salir bien; me duele la cabeza; se

empeñan en no hacer lo que yo quiero.

Entonces yo le decía:

-Vamos a probar juntos; voy a enseñarte, Dora mía.

Y empezaba una demostración práctica; Dora me escuchaba durante cinco minutos con

la más profunda atención; después de lo cual empezaba a sentirse horriblemente cansada

y trataba de divertirse enrollando mis cabellos alrededor de sus dedos o bajándome el

cuello de la camisa para ver si me sentaba bien. Si quería reprimir su alegría y continuar

mis razonamientos ponía una expresión tan triste y tan desconsolada, que yo recordaba al

verla, como un reproche, su alegría natural el día en que la conocí, y dejaba caer el lápiz,

repitiéndome que era una «mujer-niña» , y le suplicaba que cogiera la guitarra.

Tenía mucho trabajo y muchas preocupaciones; pero todo lo guardaba para mí solo.

Estoy ahora muy lejos de creer que obrara bien así; pero lo hacía por ternura para mi

«mujer-niña». Examino mi corazón y veo que, sin la menor reserva, confío a estas

páginas mis más secretos pensamientos. Sentía que me faltaba algo; pero aquello no

llegaba a alterar la felicidad de mi vida. Cuando me paseaba solo, con un sol hermoso, y

pensaba en los días de verano en que la tierra entera parecía llena de mi joven pasión,

sentía que mis sueños no se habían realizado del todo; pero creía que aquello era una

sombra disminuida por la dulce gloria del pasado. A veces pensaba que me hubiera

gustado encontrar en mi mujer un consejero más seguro, más razonable y con más

firmeza de carácter; hubiera deseado que pudiera sostenerme y ayudarme, que poseyera

el poder de llenar los vacíos que sentía en mí; pero también pensaba que semejante

felicidad no es de este mundo y que no debía ni podía existir.

Por la edad era todavía un muchacho más que un marido, y no había conocido, para

formarme con su saludable influencia, más penas que las que se han podido leer en este

relato. Si me equivocaba, lo que podía ocurrirme muy a menudo, eran mi amor y mi poca

experiencia lo que me extraviaban. Digo la pura verdad. ¿De qué me serviría ahora el

disimulo?

Por lo tanto, sobre mí recaían todas las dificultades y preocupaciones de nuestra vida;

ella no tomaba su parte. Nuestra casa seguía en el mismo desbarajuste que al principio;

únicamente yo me había acostumbrado, y al menos tenía la alegría de ver que Dora no

estaba casi nunca triste. Había recobrado toda su alegría infantil; me quería con todo su

corazón y se divertía como antes, es decir, como una niña.

Cuando los debates del Parlamento habían sido muy cansados (sólo hablo de su

duración, pues en cuanto a su calidad siempre lo eran) y volvía muy tarde, Dora nunca se

acostaba antes de que yo volviera, y bajaba a recibirme. Cuando no tenía que ocuparme

del trabajo que me había costado tanta labor de taquigrafía y podía escribir por mi cuenta,

venía a sentarse tranquilamente a mi lado, por tarde que fuera, y permanecía tan

silenciosa que yo a veces la creía dormida. Pero, en general, cuando levantaba la cabeza

veía sus ojos azules fijos en mí con la atención tranquila de que ya he hablado.

-Este pobre chico, ¡lo cansado que debe de estar! -dijo una noche, en el momento en

que cerraba mi pupitre.

-Esta pobre chiquilla, ¡lo cansada que debe de estar! -respondí yo-.Yo soy el que debo

decírtelo, Dora. Otro día te acuestas, querida mía. Es demasiado tarde para ti.

-¡Oh, no! No me mandes acostar -dijo Dora en tono suplicante-. Te lo ruego, no hagas

eso.

-¡Dora!

Con gran sorpresa mía estaba llorando en mi hombro.

-¿No te encuentras bien, pequeña mía? ¿No eres dichosa?

-Sí; muy bien y muy dichosa -dijo Dora-. Pero prométeme que me dejarás quedarme a

tu lado viéndote escribir

-Bonita cosa para verla esos preciosos ojos, ¡y a media noche! -respondí.

-¿De verdad? ¿De verdad te parecen preciosos? -repuso Dora riendo-. ¡Qué contenta

estoy de que sean preciosos!

-¡Vanidosilla! -le dije.

Pero no, no era vanidad; era una alegría ingenua al sentirse admirada por mí. Ya lo

sabía antes de que me lo dijera.

-Pues si te parece que son bonitos tienes que decirme que me dejarás siempre verte

escribir –dijo Dora-. ¿Te parecen bonitos?

-¡Muy bonitos!

-Entonces me dejas que te mire escribir

-Temo que eso no los embellezca mucho, Dora.

-Sí, ya lo creo. Porque has de saber, señor sabio, que eso te impedirá olvidarme

mientras estás sumergido en tus meditaciones silenciosas. ¿Te enfadarías si te dijera una

cosa muy necia, todavía más necia que de costumbre?

-Veamos esa maravilla.

-Déjame que vaya dándote las plumas a medida que las necesites -me dijo Dora-. Tengo

ganas de poder ayudarte en algo durante esas horas en que tanto trabajas. ¿Me dejas que

las coja para dártelas?

El recuerdo de su alegría cuando le dije que sí, hace que se me salten las lágrimas.

Cuando al día siguiente me puse a escribir, ella se había instalado al lado mío con un gran

paquete de plumas, y así fue siempre. El gusto con que se asociaba de aquel modo a mi

trabajo y su alegría cada vez que necesitaba una pluma, lo que me sucedía sin cesar, me

dio la idea de proporcionarle una satisfacción mayor todavía, y de vez en cuando hacía

como que la necesitaba para copiarme una o dos páginas de mi manuscrito. Entonces se

ponía radiante. Había que verla prepararse para aquella gran empresa, ponerse el delantal,

coger trapos de la cocina para limpiar la pluma, y lo que tardaba, y las veces que leía las

páginas a Jip, como si pudiera comprenderlo; y después firmaba su página, como si la

obra hubiera quedado incompleta sin el nombre del copista, y me la traía, muy alegre de

haber acabado su deber, echándome los brazos al cuello. ¡Recuerdo encantador para mí,

aunque los demás no vean en ello más que niñerías!

Poco tiempo después tomó posesión de las llaves, que paseaba por toda la casa en un

cestito atado a su cintura. En general, los armarios a que pertenecían no estaban cerrados,

y las haves terminaron por no servir más que para divertir a Jip; pero Dora estaba

contenta, y eso era suficiente para mí. Estaba convencida de que aquella determinación

debía de producir el mejor efecto, y estábamos contentos como dos niños que juegan a las

casas de muñecas para divertirse.

Y así pasaba nuestra vida; Dora demostraba casi tanta ternura a mi tía como a mí, y le

hablaba a menudo de los tiempos en que pensaba en ella como en «una vieja gruñona».

Nunca se había preocupado tanto mi tía por nadie. Hacía la come a Jip, que no le

correspondía; oía tocar todos los días la guitarra a Dora, a ella que no le gustaba la

música; no nombraba nunca a nuestra serie de «incapaces», y, sin embargo, la tentación

debía ser muy grande para ella; hacía a pie caminatas enormes para traer a Dora toda

clase de cosillas de que tenía gana, y cada vez que llegaba por el jardín y Dora no estaba

abajo se la oía decir en la escalera, con una voz que resonaba alegremente en toda la casa:

-Pero ¿dónde está Capullito?

CAPÍTULO V

MÍSTER DICK CUMPLE LA PROFECÍA DE MI TÍA

Hacía ya algún tiempo que había dejado de trabajar con el doctor. Vivíamos muy cerca

de él, y le veía a menudo, y hasta dos o tres veces habíamos ido a comer y a tomar el té a

su casa. El Veterano vivía ya de hecho con él; era siempre la misma, con sus mariposas

inmortales revoloteando alrededor de su cofia.

Como a tantas otras madres que he conocido en mi vida, a mistress Markleham le

gustaba mucho más divertirse que a su hija. Necesitaba divertirse, y como un hábil

«veterano» que era, quería hacer creer, al consultar sus propias inclinaciones, que se

sacrificaba por su hija. Esta excelente madre estaba, por lo tanto, muy dispuesta a

favorecer los deseos del doctor, que quería que Annie se divirtiese, y no dejaba de alabar

la discreción de su yerno.

No dudo de que hacía sangrar la llaga del doctor sin saberlo; y sin poner en ello más

que cierta cantidad de egoísmo y de frivolidad, que se encuentra a veces hasta en

personas de edad madura, le confirmaba, yo creo, en la idea de que era imponente para la

juventud de su mujer y de que no podia hater entre ellos simpatía natural, a fuerza de felicitarle

porque trataba de endulzar a Annie el peso de la vida.

-Amigo mío -le decía un día en mi presencia-, usted sabe muy bien, sin duda, que es un

poco triste para Annie el estar encerrada siempre aquí.

El doctor movió la cabeza con benevolencia.

-Cuando tenga la edad de su madre -prosiguió mistress Markleham, moviendo su

abanico- será otra cosa. A mí ya podrían meterme en una celda; con tal de estar bien

acompañada, no desearía nunca salir; pero ¿sabe usted?, yo no soy Annie, y Annie no es

su madre.

-Ya, ya –dijo el doctor.

-Usted es el hombre mejor del mundo. No; dispénseme usted -continuo, viendo que el

doctor le hacía un signo negativo-; debo decirlo delante de usted como lo digo siempre

por detrás: es usted el hombre mejor del mundo; pero, naturalmente, usted no puede, ¿no

es verdad?, tener los mismos gustos y preocupaciones que Annie.

-¡No! –dijo el doctor con voz triste.

-Es completamente natural -repuso El Veterano-. Vea usted, por ejemplo, su

diccionario. ¿Hay algo más útil que un diccionario, más indispensable? ¡El sentido de las

palabras! Sin el doctor Johnson y hombres así, ¡quién sabe si en estos momentos no

daríamos a una aguja de zurcir el nombre de un palo de escoba! Pero no podemos pedirle

a Annie que se interese por un diccionario cuando ni siquiera está terminado, ¿no es

cierto?

El doctor sacudió la cabeza.

-Y por eso apruebo tanto sus atenciones delicadas –dijo mistress Markleham, dándole

en el hombro un golpecito con el abanico—. Eso prueba que usted no es como tantos

ancianos que querrían encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes. Usted ha

estudiado el carácter de Annie y lo ha comprendido. Y eso es lo que me parece

encantador.

El doctor Strong parecía, a pesar de su calma y paciencia habitual, soportar con trabajo

todos aquellos cumplidos.

-Y ya sabe, mi querido doctor –continuo El Veterano, dándole muchos golpecitos

amistosos-, que puede usted disponer de mí en todo momento. Sepa que estoy enteramente

a su disposición. Estoy dispuesta a ir con Annie a los teatros, a los conciertos, a las

exposiciones, a todas partes; y ya verá usted cómo ni siquiera me quejo de cansancio. ¡El

deber, mi querido doctor, el deber ante todo!

Cumplía su palabra. Era de esas personas que pueden soportar una cantidad enorme de

diversiones sin cansarse. Cada vez que leía el periódico (y lo leía todos los días durante

dos horas, sentada en un cómodo sillón) descubría que había que ver algo que divertiría

mucho a Annie. En vano protestaba Annie, que estaba cansada de todo aquello; su madre

le contestaba invariablemente:

-Mi querida Annie, lo creía más razonable, y debo decirte, amor mío, que es agradecer

muy mal la bondad del doctor Strong.

Este reproche se lo dirigía por lo general en presencia del doctor, y me parecía que

aquello era lo que principalmente decidía a Annie a acceder, y se resignaba casi siempre a

it a donde la quería llevar El Veterano.

Muy rara vez las acompañaba míster Maldon. Algunas veces animaban a mi tía para

que se uniera a ellas; otras veces era únicamente a Dora. Antes hubiera dudado en dejarla;

pero recordando lo que había sucedido aquella noche en el gabinete del doctor, ya no

tenía la misma desconfianza. Creía que el doctor tenía razón, y no sospechaba más que él.

Algunas veces mi tía se rascaba la nariz cuando estábamos solos, y me decía que no lo

comprendía, pero que querría verlos más dichosos, y que no creía que su marcial amiga

(así llamaba siempre al Veterano) contribuyera a arreglar las cosas. Decía también que el

primer acto de sensatez de nuestra marcial amiga debía ser el arrancar todas las mariposas

de su cofia y regalárselas a algún deshollinador para que se disfrazara en Carnaval.

Pero sobre todo mi tía contaba con míster Dick. «Era evidente que aquel hombre tenía

una idea -decía-; y si pudiera, aunque solo fuera por algunos días, encerrarla en un rincón

de su cerebro, lo que era para él la mayor dificultad, llegaría a distinguirse de una manera

extraordinaria. »

Ignorante de aquella predicción, míster Dick continuaba siempre en la misma posición,

bis a bis del doctor y de mistress Strong. Parecía no avanzar ni retroceder una pulgada,

inmóvil en su base, como un edificio sólido; y confieso que, en efecto, me hubiera

sorprendido tanto verla avanzar un peso como ver andar una casa.

Pero una noche, algunos meses después de mi matrimonio, mister Dick entreabrió la

puerta de nuestro salón; yo estaba solo, trabajando (Dora y mi tía habían ido a tomar el té

a casa de los dos pajaritos), y me dijo, con una tos significativa:

-Temo que te moleste charlar un rato conmigo, Trotwood.

-De ninguna manera, mister Dick, hágame el favor de entrar.

-Trotwood -me dijo, apoyándose el dedo en la nariz, después de estrecharme la mano-,

antes de sentarme querria hacerte una observación. ¿Conoces a tu tía?

-Un poco –contesté.

-¡Es la mujer más extraordinaria del mundo, caballero!

Y después de decir esta frase, que lanzó como una bale de cañón, míster Dick se sentó,

con una expresión más grave que de costumbre, y me miró.

-Ahora, hijo mío -añadió-, voy a hacerte una pregunta.

-Puede usted hacerme todas las que quiera.

-¿Qué piensas de mí, caballero? -me preguntó cruzando los brazos.

-Que es usted mi antiguo y buen amigo.

-Gracias, Trotwood -respondió mister Dick riendo y estrechándome la mano con una

alegría expansive-. Pero no es eso lo que quiero decir, hijo mío –continuó en tono más

serio- ¿Qué piensas de mí desde este punto de vista? (y se tocaba la frente).

Yo no sabía cómo contestar; pero vino en mi ayuda.

-Que tengo la inteligencia débil, ¿no es eso? Y -Pero… -le dije en tono indeciso- quizá

un poco.

-¡Precisamente! -exclamó mister Dick, que parecía encantado de mi respuesta-. Y es

que, ¿sabes, Trotwood?, cuando quitaron un poco del desorden que había en la cabeza

de… ya sabes de quién… pare meterlo ya sabes dónde… sucedió…

Y mister Dick hizo muchas veces con las manos el molinete, y después golpeó una con

otra, y volvió al ejercicio del molinete pare expresar una gran confusión. Esto es lo que

me hen hecho; esto es.

Yo le hice un gesto de aprobación, que él me devolvió.

-En una palabra, hijo mío -dijo mister Dick bajando la voz de pronto-, que soy un poco

simple.

Iba a negarlo, pero me detuvo.

-Sí, sí. Ella pretende que no. No quiere que se lo digan; pero es así. Lo sé. Si no la

hubiera tenido de amiga desde hace tantos años, me hubieran encerrado y llevaría la vida

más triste. Pero sabré corresponderla, no temas. Nunca gasto lo que gano haciendo las

copias. Lo meto en una hucha. He hecho mi testamento; ¡y se lo dejo todo! Será rica…

noble.

Mister Dick sacó el pañuelo del bolsillo y se enjugó los ojos. Pero lo volvió a doblar

cuidadosamente y volvió a guardárselo, y pareció que al mismo tiempo hacía desaparecer

a mi tía.

-Tú eres muy instruido, Trotwood -dijo mister Dick-, tú eres muy instruido. Tú sabes lo

sabio que es el doctor; tú sabes el honor que me ha hecho siempre. La ciencia no le ha

vuelto orgulloso. Es humilde, humilde y lleno de transigencia hasta para el pobre Dick,

que tiene una inteligencia tan limitada y que es tan ignorante. He hecho subir su nombre

en un pedacito de papel, a lo largo de la cuerda de la cometa, y ha llegado hasta el cielo,

entre las golondrinas. La cometa ha estado encantada de recibirle, y el cielo se ha

iluminado más.

Yo le encantaba diciéndole con efusión que el doctor merecía todo nuestro respeto y

toda nuestra estima.

-Y su mujer es como una estrella -dijo míster Dick-, una estrella brillante; yo la he visto

en todo su esplendor, caballero. Pero (se acercó y me puso una mano en la rodilla) hay

nubes, caballero, hay nubes.

Yo respondí a la solicitud que expresaba su fisonomía dando a la mía la misma

expresión y moviendo la cabeza.

-¡Y qué nubes! –dijo míster Dick.

Me miraba con una expresión tan preocupada, y parecía tan deseoso de saber o que

serían aquellas nubes, que me tomé el trabajo de contestarle lentamente y claramente,

como si se lo explicara a un niño:

-Hay entre ellos un desgraciado motivo de división -respondí-, alguna triste causa de

desunión. Es un secreto. Quizá es la consecuencia inevitable de la diferencia de edad que

existe entre ellos. Quizá es la cosa más insignificante del mundo.

Míster Dick acompañaba cada una de mis frases con un movimiento de atención.

Cuando terminé, se detuvo, y continuó reflexionando, con los ojos fijos en mí y la mano

en mis rodillas.

-Pero ¿el doctor no está enfadado con ella, Trotwood? –dijo al cabo de un momento.

-No; la quiere con ternura.

-Entonces ya sé lo que es, hijo mío -dijo míster Dick.

En un acceso repentino de alegría me golpeó las rodillas y se echó hacia atrás en su

silla, con las cejas muy levantadas. Le creí completamente loco. Pero pronto recobró su

gravedad, a inclinándose hacia adelante, me dijo, después de haber sacado su pañuelo,

con expresión respetuosa, como si realmente representara a mi tía:

-Es la mujer más extraordinaria del mundo, Trotwood. ¿Cómo no habrá hecho nada

para que renazca el orden en esta casa?

-Es un asunto demasiado delicado y demasiado difícil para que pueda nadie mezclarse

en él -dije.

-Y tú, que eres tan instruido -continuó míster Dick, tocándome con la punta del dedo-,

¿por qué no has hecho nada?

-Por la misma razón -respondí.

-Entonces estoy en ello, hijo mío -repuso míster Dick.

Y se enderezó ante mí todavía más triunfante, moviendo la cabeza y dándose golpes en

el pecho. Parecía que había jurado arrancarse el alma del cuerpo.

-Un pobre hombre, ligeramente tocado -continuó mister Dick-, un idiota, una

inteligencia débil, hablo de mí, ¿sabes?, puede hacer lo que no pueden intentar siquiera

las personas más distinguidas del mundo. Yo los reconciliaré, hijo mío; trataré de ello, y

no me guardarán rencor. No podré parecerles indiscreto. Les tiene sin cuidado lo que yo

puedo decir; aunque me equivocase, no soy más que Dick. ¿Y quién se fija en Dick? Dick

no es nadie. ¡Bah!

Y sopló con desprecio hacia su insignificante personalidad, como si lanzara una paja al

viento.

Felizmente, avanzaba en sus explicaciones, cuando oímos detenerse el coche a la puerta

del jardín. Dora y mi tía volvían.

-Ni una palabra, muchacho -continuó en voz baja-; deja toda la responsabilidad a Dick,

a este infeliz de Dick…, ¡al loco de Dick! Ya hace algún tiempo que lo pensaba; ahora es

el momento. Después de lo que me has dicho, estoy seguro; es eso. Todo va bien.

Míster Dick no pronunció ni una palabra más sobre aquel asunto; pero durante media

hora me hizo signos telegráficos, de los que mi tía no sabía qué pensar, para pedirme que

guardara el más profundo secreto.

Con gran sorpresa mía, no volví a oír hablar de nada durante tres semanas, y, sin

embargo, me tomaba un verdadero interés por el resultado de sus esfuerzos; percibía un

extraño resplandor de buen sentido en la conclusión a que había llegado; en cuanto a su

buen corazón, nunca había dudado de él. Pero terminé por creer que, como era

inconstante y ligero, había olvidado o desistido de su proyecto.

Una noche que Dora no tenía ganas de salir, mi tía y yo nos fuimos a la casa del doctor.

Era en otoño, y no había debates en el Parlamento que me estropearan la fresca brisa de la

tarde y el olor de las hojas secas, iguales a las que yo pisoteaba hacía tanto tiempo en

nuestro jardincito de Bloonderstone, el viento, al gemir, parecía traerme también una

vaga tristeza, como entonces.

Empezaba a ser de noche cuando llegarnos a casa del doctor. Mistress Strong dejaba el

jardín en que mister Dick vagaba todavía, ayudando al jardinero en algunas cosas. El doctor

tenía una visita en su despacho; pero mistress Strong nos dijo que pronto quedaría

libre, y nos rogó que le esperásemos. La seguimos al salón y nos sentamos en la

oscuridad, al lado de la ventana. Nos tratábamos sin ningún cumplido. Vivíamos

libremente juntos, como antiguos amigos y buenos vecinos.

Estábamos así desde hacía un momento, cuando mistress Markleham, que siempre tenía

que complicarlo todo, entró bruscamente, con su periódico en la mano, diciendo con voz

entrecortada:

-Por Dios, Annie, ¿por qué no me has dicho que había alguien en el despacho?

-Pero, mamá -repuso ella tranquilamente-, no podía adivinar que querías saberlo.

-¡Que quería saberlo! –dijo mistress Markleham dejándose caer en el diván-. En mi

vida me he llevado un susto semejante.

-Según eso, ¿has entrado en el despacho, mamá? -preguntó Annie.

-¿Que si he entrado en el despacho, querida mía? -repuso con nueva energía—. ¡Ya lo

creo! Y he caído sobre este excelente hombre. ¡Juzgue usted mi emoción, miss Trotwood,

y usted también, míster David! Precisamente en el momento en que estaba haciendo

testamento.

Su hija se volvió vivamente.

-Precisamente en el momento, mi querida Annie, en que estaba haciendo testamento,

redactando sus últimas voluntades -repitió mistress Markleham extendiendo el periódico

sobre sus rodillas, como una servilleta-. ¡Qué previsión y qué cariño! Tengo que contarles

cómo ha sucedido. De verdad, sí debo contarlo, aunque sólo sea para hacer justicia a este

encanto de hombre, pues es un verdadero encanto este doctor. Quizá sabe usted, miss

Trotwood, que en esta casa tienen la costumbre de no encender las luces hasta que materialmente

se ha destrozado una los ojos leyendo el periódico, y también que únicamente

en el despacho del doctor se encuentra una butaca donde poder leerlo con comodidad. Por

eso iba al despacho del doctor, donde había visto luz. Abro la puerta, y al lado del

querido doctor veo a dos señores vestidos de negro, evidentemente procuradores, los tres

de pie delante de la mesa. El querido doctor tenía la pluma en la mano. «Es únicamente

para expresar…», decía. Annie, amor mío, escucha bien… «Es únicamente para expresar

toda la confianza que tengo en mistress Strong por lo que le dejo mi fortuna entera, sin

condiciones.» Uno de los señores repetía: «Toda su fortuna, sin condiciones». Yo,

conmovida, como pueden ustedes suponer que lo está una madre en semejantes

circunstancias, grito: « ¡Dios mío, perdonadme! ». Y, a punto de caerme en la puerta,

corro por el pasillo que da a la antecocina.

Mistress Strong abrió el balcón y se asomó a él; allí estuvo apoyada contra la

balaustrada.

-¿No les parece un espectáculo edificante, miss Trotwood, y usted, míster Copperfield

-continuó mistress Markleham-, el ver a un hombre de la edad del doctor Strong con la

fuerza de voluntad necesaria para hacer una cosa así? Esto prueba la razón que yo tenía.

Cuando el doctor Strong me hizo una visita de las más halagadoras y me pidió la mano de

Annie, yo dije a mi hija: «No dudo, hija mía, que el doctor Strong te asegurará el porvenir

todavía más de lo que ahora dice y promete».

En aquel momento se oyó llamar, y los visitantes salieron del despacho del doctor.

-Probablemente ha terminado -dijo El Veterano después de escuchar, El buen hombre

ha firmado, sellado y entregado el testamento, y tiene la conciencia tranquila, tiene

derecho. ¡Qué hombre! Annie, amor mío, voy a leer el periódico al despacho, pues no sé

prescindir de las noticias del día. Miss Trotwood, y usted, míster David, vengan a ver al

doctor, se lo ruego.

Vi a míster Dick de pie, en la sombra, cerrando su cortaplumas, cuando seguimos a

mistress Strong al despacho, y a mi tía, que se rascaba violentamente la nariz, como para

distraer un poco su furor contra nuestra marcial amiga; pero lo que no sabría decir, lo he

olvidado sin duda, es quién fue el que entró primero en el despacho, ni cómo mistress

Markleham estaba ya instalada en su sillón. Tampoco podría decir cómo fue que mi tía y

yo nos encontramos al lado de la puerta: quizá sus ojos fueron más listos que los míos y

me retuvo expresamente; no sabría decirlo. Pero lo que sí sé es que vimos al doctor antes

de que nos viera; estaba en medio de los libros grandes, que tanto amaba, con la cabeza

tranquilamente apoyada en la mano. En el mismo instante vimos entrar a mistress Strong,

pálida y temblorosa. Míster Dick la sostenía. Ella puso una mano encima del brazo del

doctor, que levantó la cabeza distraídamente. Entonces Annie cayó de rodillas a sus pies,

con las manos juntas, suplicante, fijando en él una mirada que no olvidaré nunca. Al ver

aquello, mistress Mark1eham dejó caer el periódico, con una expresión de asombro tal,

que se hubiera podido coger su rostro para ponerle en la proa, a la cabeza, de un navío

llamado La Sorpresa.

En cuanto a la dulzura que demostró el doctor en su extrañeza, y a la dignidad de su

mujer en su actitud suplicante; en cuanto a la emoción de míster Dick y a la seriedad con

que mi tía se repetía a sí misma: « ¡Este hombre, y dicen que está loco! » (pues triunfaba

en aquel momento de la posición miserable de que le había sacado), me parece que lo

estoy viendo y no que lo recuerdo en el momento en que lo estoy contando.

-Doctor -dijo mister Dick-, pero ¿qué es esto? ¡Mire usted a sus pies!

-¡Annie! -exclamó el doctor-. Levántate, querida mía.

-No -dijo ella-, y suplico a todos que no salgan de la habitación. Esposo mío, padre

mío, rompamos por fin este largo silencio. Sepamos por fin uno y otro lo que nos separa.

Mistress Markleham había recobrado el use de la palabra, y, llena de orgullo por su hija

y de indignación maternal, exclamó:

-Annie, levántate al momento y no avergüences a todos tus amigos humillándote así, si

no quieres que me vuelva loca.

-Mamá -contestó Annie-, haz el favor de no interrumpirme. Me dirijo a mi marido; para

mí sólo él está aquí; es todo para mí.

-¿Es decir -exclamó mistress Markleham-, que yo no soy nada? ¡Esta chica ha perdido

la cabeza! Haced el favor de traerme un vaso de agua.

Estaba demasiado ocupado con el doctor y su mujer para atender a aquel ruego, y como

nadie le prestó la menor atención, mistress Mark1eham se vio obligada a continuar suspirando,

a abanicarse y a abrir mucho los ojos.

-Annie –dijo el doctor, cogiéndola dulcemente en sus brazos-, querida mía; si ha

sucedido en nuestra vida un cambio inevitable, tú no tienes la culpa. Yo sólo la tengo. Mi

afecto, mi admiración, mi respeto no han cambiado para ti. Deseo hacerte dichosa. Te

amo y te estimo. Levántate, Annie, ¡te lo ruego!

Pero ella no se levantó. Le miró un momento, y después, apretándose todavía más

contra él, puso su brazo en las rodillas de su marido y, apoyando encima la cabeza, dijo:

-Si tengo aquí un amigo que pueda decir una palabra sobre esto, por mi marido o por

mí; si tengo un amigo que pueda decir una sospecha que mi corazón me ha murmurado a

veces; si tengo aquí un amigo que respete a mi marido y que me quiera; si este amigo

sabe algo que pueda sernos una ayuda, le suplico que hable.

Hubo un profundo silencio. Después de unos instantes de penosa indecisión, me decidí

por fm.

-Mistress Strong, yo sé algo que el doctor Strong me había suplicado que callara, y he

guardado silencio hasta ahora. Pero creo que ha llegado el momento en que sería una

falsa delicadeza el continuar ocultándolo; su súplica me libra de la promesa.

Volvió sus ojos hacia mí y vi que hacía bien. No hubiera podido resistir aquella mirada

suplicante, aun cuando mi confianza no hubiese sido inquebrantable.

-Nuestra tranquilidad futura –dijo ella- está quizá en sus manos. Tengo la certeza de

que no se callará nada, y sé de antemano que ni usted ni nadie en el mundo podrá decir

nunca lo más mínimo que perjudique al noble corazón de mi marido. Diga lo que diga,

que me concierna, hable valientemente. Yo también después hablaré delante de él a mi

vez, como tendré que hacerlo ante Dios.

Sin pedirle al doctor su autorización, me puse a contar lo que había ocurrido una noche

en aquel mismo despacho, permitiéndome únicamente dulcificar un poco las groseras

frases de Uriah Heep. Imposible describir los ojos asustados de mistress Markleham

durante todo mi relato ni las interjecciones agudas que se le escapaban.

Cuando hube terminado, Annie permaneció todavía un momento silenciosa, con la

cabeza baja, como ya la he descrito; después cogió la mano del doctor, quien no había

cambiado de actitud desde que habíamos entrado en la habitación; la estrechó contra su

corazón y la besó. Míster Dick levantó a Annie con dulzura, y ella continuó apoyada en él

y con los ojos fijos en su marido.

-Voy a poner al desnudo ante vosotros -dijo con voz modesta, sumisa y tierna- todo lo

que ha llenado mi corazón desde que me casé. No podría vivir en paz, ahora que lo sé

todo, si quedara la menor oscuridad sobre este punto.

-No, Annie -dijo el doctor con dulzura-; nunca he dudado de ti, hija mía; no es

necesario, querida mía; de verdad no es necesario.

-Es necesario que abra mi corazón ante ti, que eres la verdad, la generosidad misma;

ante ti, que lo he amado y respetado siempre, cada vez más, desde que lo he conocido.

Dios lo sabe.

-En realidad -dijo mistress Markleham-, si tengo toda mi razón…

-Pero no tienes ni sombra de ella, ¡vieja local —murmuró mi tía con indignación.

- … debe permitírseme decir que es inútil entrar en todos esos detalles.

-Mi marido es el único que puede ser juez –dijo Annie sin cesar un instante de mirar al

doctor-, y él quiere oírme. Mamá, si digo algo que te moleste, perdónamelo. Yo también

he sufrido mucho, y largo tiempo.

-¡Palabra de honor! -murmuró mistress Markleham.

-Cuando yo era muy joven -dijo Annie-, pequeñita, sólo una niña, las primeras nociones

sobre todas las cosas me las dio un amigo y maestro muy paciente. El amigo de mi padre,

que había muerto, me ha sido siempre querido. No recuerdo haber aprendido nada sin que

se mezcle en ello su recuerdo. Él es quien ha puesto en mi alma sus primeros tesoros, los

grabó con su sello; enseñada por otros, creo que hubiera recibido una influencia menos

saludable.

-No habla de su madre para nada -murmuró mistress Markleham.

-No, mamá; pero a él le pongo en su lugar. Es necesario, A medida que crecía, él

continuaba siendo el mismo para mí. Yo estaba orgullosa del interés que me demostraba,

y le tenía un afecto profundo y sincero. Le consideraba como un padre, como un guía,

cuyos elogios me eran más preciosos que cualquier otro elogio del mundo, como a

alguien a quien me hubiera confiado aunque hubiera dudado del mundo entero. Tú sabes,

mamá, lo joven a inexperta que era cuando de pronto me lo presentaste como marido.

-Eso ya te he dicho más de cincuenta veces a todos los que están aquí –dijo mistress

Markleham.

(-Entonces, ¡por amor de Dios!, cállese y no hable más -murmuró mi tía.)

-Era para mí un cambio tan grande y una pérdida tan grande, según me parecía -dijo

Annie, continuando en el mismo tono-, que en el primer momento me sentí inquieta y

desgraciada. Era una chiquilla todavía, y creo que me entristeció pensar en el cambio que

traería el matrimonio a la naturaleza de los sentimientos que le había profesado hasta

entonces. Pero puesto que nada podía ya dejarle a mis ojos tal como le había conocido

cuando sólo era su discípula, me sentí orgullosa de qué me creyera digna de él, y nos

casamos.

-En la iglesia de San Alphage Canterbury -observó mistress Markleham.

(-Que el diablo se lleve a esa mujer -dijo mi tía—. ¿Es que no quiere callarse?)

-No pensé ni un momento –continuó Annie, enrojeciendo- en los bienes materiales que

mi marido poseía. A mi joven corazón no le preocupaban semejantes cosas. Mamá,

perdóname si lo digo que tú fuiste la primera que me hiciste comprender que en el mundo

podría haber personas bastante injustas hacia él y hacia mí para permitirse esa cruel

sospecha.

-¿Yo? -exclamó mistress Markleham.

(-¡Ah! Ya lo creo que ha sido usted –observó mi tía-; y esta vez, por mucho juego que

des al abanico, no te puedes negar, marcial amiga.)

-Esta fue la primera tristeza en mi nueva vida –dijo Annie-. Fue la primera de mis

penas; pero últimamente han sido tan numerosas, que no podría contarlas; pero no por la

razón que tú supones, amigo mío, pues en mi corazón no hay ni un pensamiento, ni un

recuerdo, ni una esperanza que no esté unida a ti.

Levantó los ojos, juntó las manos, y yo pensé que parecía el espíritu de la belleza y de

la verdad. El doctor la contempló fijamente en silencio, y Annie sostuvo su mirada.

-No le reprocho a mamá que te haya pedido nunca nada para sí misma; sus intenciones

han sido siempre irreprochables, ya lo sé; pero no puedo decir lo que he sufrido al ver las

llamadas indirectas que te hacía en mi nombre, el tráfico que se hacía de mi nombre

respecto a ti, cuando he sido testigo de tu generosidad y de la pena que sentía míster

Wickfield, que se interesaba tanto por tus asuntos. ¡Cómo decirte lo que sentí la primera

vez que me vi expuesta a la odiosa sospecha de haberte vendido mi amor, a ti, el hombre

que más estimaba en el mundo! Y todo esto me ha ahogado bajo el peso de una

vergüenza inmerecida, de la que te infligía tu parte. ¡Oh, no! Nadie puede saber lo que he

sufrido; mamá, menos que nadie. Piensa en lo que es tener siempre sobre el corazón ese

temor, esa angustia, y saber en conciencia que el día de mi matrimonio no había hecho

más que coronar el amor y el honor de mi vida.

-¡Y esto es lo que se gana –exclamó mistress Markleham llorando- sacrificándose por

los hijos! ¡Querría ser turca!

(-¡Ah! Y entonces quisiera Dios que te hubieras quedado en tu país natal –dijo mi tía.)

-Entonces fue cuando mamá se preocupó tanto de mi primo Maldon. Yo había tenido

-dijo en voz baja, pero sin el menor titubeo- mucha amistad con él. En nuestra infancia

éramos pequeños enamorados. Si las circunstancias no lo hubieran arreglado de otro

modo, quizá hubiera terminado por persuadirme de que realmente le quería, y quizá me

hubiera casado con él, para desgracia mía. No hay matrimonio peor proporcionado que

aquel en que hay tan poca semejanza de ideas y de carácter.

Yo reflexioné sobre aquellas palabras mientras continuaba escuchando atentamente,

como si les encontrara un interés particular, o alguna aplicación secreta que no pudiera

adivinar todavía: «No hay matrimonio peor proporcionado que aquel en que hay tan poca

semejanza de ideas y de carácter».

-No tenemos nada común -dijo Annie-; hace mucho tiempo que lo he visto. Y aunque

no tuviera más razones para amar a mi marido que el reconocimiento, le daría las gracias

con toda mi alma por haberme salvado del primer impulso de un corazón indisciplinado

que iba a extraviarse.

Permanecía inmóvil ante el doctor; su voz vibraba con una emoción que me hizo

estremecer, al mismo tiempo que continuaba completamente firme y tranquila, como

antes.

—Cuando él solicitaba cosas de tu generosidad, que tú le concedías tan generosamente

a causa mía, yo sufría por el aspecto interesado que daban a mi ternura; encontraba que

hubiera sido más honroso para él hacer sólo su camera, y pensaba que si yo hubiera

estado en su lugar, nada me hubiera parecido duro con tal de tener éxito. Pero, en fin, le

perdonaba todavía antes de la noche en que nos dijo adiós, al partir para la India. Aquella

noche tuve la prueba de que era un ingrato y un pérfido; también me di cuenta de que

míster Wickfield me observaba con desconfianza, y por primera vez me percaté de la

cruel sospecha que había venido a ensombrecer mi vida.

-¿Una sospecha, Annie? –dijo el doctor-. ¡No, no, no!

-En tu corazón no existía, amigo mío, ya lo sé. Y aquella noche fui a buscarte para

verter a tus pies aquella copa de tristeza y de vergüenza, para decirte que habías tenido

bajo tu techo un hombre de mi sangre, a quien habías colmado de beneficios por amor

mío, y que ese hombre se había atrevido a decirme cosas que nunca debía haber dejado

oír, aunque yo hubiera sido, como él creía, un ser débil a interesado; pero mi corazón se

negó a manchar tus oídos con tal infamia; mis labios se negaron a contártela, entonces y

después.

Mistress Markleham se desplomó en su sillón, con un sordo gemido, y se ocultó detrás

de su abanico.

-No he vuelto a cambiar una palabra con él desde aquel día, más que en tu presencia y

cuando era necesario para evitar una explicación. Han pasado años desde que él ha sabido

por mí cuál era aquí su situación. El cuidado que tú ponías en hacerle ascender, la alegría

con que me lo anunciabas cuando lo habías conseguido, toda tu bondad con él, eran para

mí mayor causa de dolor, y cada vez se me hacía mi secreto más pesado.

Se dejó caer dulcemente a los pies del doctor, aunque él se esforzaba en impedírselo; y

con los ojos llenos de lágrimas continuó:

-No hables; déjame todavía decirte otra cosa. Que haya tenido razón o no, creo que si

volviera a empezar volvería a hacerlo. No puedes comprender lo que era quererte y saber

que antiguos recuerdos podían hacerte creer lo contrario; saber que me habían podido

suponer infiel y estar rodeada de apariencias que confirmaban semejante sospecha. Yo

era muy joven y no tenía a nadie que me aconsejara; entre mamá y yo siempre ha habido

un abismo respecto a ti. Si me he encerrado en mí misma, si he ocultado el insulto que me

habían hecho, es porque lo respetaba con toda mi alma, porque deseaba ardientemente

que tú también pudieses respetarme.

-¡Annie, corazón mío! -dijo el doctor-. ¡Hija mía querida!

-¡Una palabra, todavía una palabra! Yo me decía a menudo que tú hubieras podido

casarte con una mujer que no lo hubiera causado tantos disgustos y preocupaciones, una

mujer que hubiera sabido estar más en su sitio, en tu hogar; pensaba que hubiese hecho

mucho mejor continuando siendo tu discípula, casi tu hija; pensaba que no estaba a la

altura de tu bondad ni de tu ciencia. Todo esto me hacía guardar silencio; pero era porque

te respetaba, porque esperaba que un día también tú podrías respetarme.

-Ese día llegó hace mucho tiempo, Annie, y no terminará nunca.

-Todavía una palabra. Había resuelto llevar yo sola mi carga, no revelar nunca a nadie

la indignidad de aquel para quien tan bueno eras. Sólo una palabra más, ¡oh, el mejor de

los amigos! Hoy he sabido la causa del cambio que había observado en ti y por el que

tanto he sufrido; tan pronto lo atribuía a mis antiguos temores como estaba a punto de

comprender la verdad; en fin, una casualidad me ha revelado esta noche toda la grandeza

de tu confianza en mí, aun cuando estabas tan equivocado. No creo que todo mi amor ni

todo mi respeto puedan jamás hacerme digna de esa confianza inestimable; pero al menos

puedo levantar los ojos sobre el noble rostro del que he venerado como un padre, amado

como un marido, respetado desde mi infancia como un amigo, y declarar solemnemente

que nunca, ni en los pensamientos más ligeros, te he faltado; que nunca he variado en el

amor y la fidelidad que te debo.

Había echado los brazos alrededor del cuello del doctor; la cabeza del anciano reposaba

en la de su mujer; sus cabellos grises se mezclaban con las trenzas oscuras de Annie.

-Estréchame bien contra tu corazón, esposo mío; no me alejes nunca de ti; no pienses,

no digas que hay demasiada distancia entre nosotros; lo único que nos separa son mis imperfecciones;

cada día estoy más convencida y cada día también te quiero más. ¡Oh,

recógeme en tu corazón, esposo mío, pues mi amor está tallado en la roca y durará eternamente!

Hubo un largo silencio. Mi tía se levantó con gravedad, se acercó lentamente a míster

Dick y le besó en las dos mejillas. Esto fue muy oportuno para él, pues iba a comprometerse;

estaba viendo el momento en que, en el exceso de su alegría ante aquella escena,

iba a saltar a la pata coja o a pie juntillas.

-Eres un hombre muy notable, Dick -le dijo mi tía, en tono muy decidido de

aprobación-, y no finjas nunca lo contrario, pues te conozco bien.

Después mi tía le agarró de una manga, me hizo una seña y nos deslizamos suavemente

fuera de la habitación.

-He aquí lo que tranquilizará a nuestra marcial amiga -dijo mi tía-, y esto me va a

proporcionar una buena noche, aunque no tuviera además otros motivos de satisfacción.

-Estaba completamente trastornada, mucho me temo -dijo míster Dick en tono de gran

conmiseración.

-¡Cómo! ¿Has visto alguna vez a un cocodrilo trastornado`? -exclamó mi tía.

-No creo haber visto nunca un cocodrilo –contestó con dulzura míster Dick.

-No hubiera sucedido nada sin ese viejo animal -dijo mi tía en tono conmovido- ¡Si las

madres pudieran al menos dejar en paz a sus hijas cuando ya están casadas, en lugar de

hacer tanto ruido con su pretendida ternura! Parece que el único auxilio que pueden

prestar a las desgraciadas muchachas que han traído al mundo (y Dios sabe si las desgraciadas

han demostrado nunca ganas de venir) es el hacerlas volver a marcharse cuanto

antes a fuerza de atormentarlas; pero ¿en qué piensas, Trot?

Pensaba en todo lo que acababa de oír. Algunas de las frases que había empleado

mistress Strong me volvían sin cesar a la imaginación. «No hay matrimonio más

desacertado que aquel en que hay tan pocas semejanzas de ideas y de carácter…» . « El

primer movimiento de un corazón indisciplinado …» «Mi amor está tallado en la roca …»

Pero llegaba a casa, y las hojas secas sonaban bajo mis pies, y el viento de otoño silbaba.

CAPÍTULO VI

INTELIGENCIA

Si creo a mi memoria, bastante insegura en cuestión de fechas, hacía un año que me

había casado, cuando una tarde, que volvía solo a casa, pensando en el libro que escribía

(pues mi éxito había seguido el progreso de mi aplicación, y ya estaba embarcado en mi

primer trabajo de ficción), detuve el paso al pasar por delante de la casa de mistress

Steerforth. Esto me había ya ocurrido muchas veces desde que vivía en la vecindad,

aunque cuando podía elegía siempre otro camino. Aquello me obligaba a dar un gran

rodeo, y terminé por pasar por allí muy a menudo.

Nunca había hecho más que mirar rápidamente a la casa. Ninguna de las habitaciones

principales daba a la calle, y las ventanas estrechas, anticuadas, no resultaban muy

alegres de mirar, tan cerradas. Había un caminito cubierto que cruzaba un patio

embaldosado que llegaba a la puerta de entrada y a una ventana en arco de la escalera,

muy en armonía con lo demás, que, aunque era la única que no estaba cerrada con

persianas, no dejaba de resultar tan triste y abandonada como las otras. No recuerdo haber

visto nunca una luz en la casa. Si hubiera pasado por allí como cualquier otro indiferente,

hubiera creído que el dueño había muerto sin dejar hijos; y si hubiera tenido la felicidad

de que me interesase aquel lugar y lo hubiera visto siempre en su inmovilidad, mi

imaginación es probable que hubiera forjado sobre ella las más ingeniosas suposiciones.

A pesar de todo, trataba de pensar en ello lo menos posible; pero mi espíritu no podía

pasar por allí, como mi cuerpo, sin detenerse, y no podía substraerme a los pensamientos

que me asaltaban. Aquella tarde en particular, mientras proseguía mi camino, evocaba sin

querer las sombras de mis recuerdos de infancia, sueños más recientes, esperanzas vagas,

penas demasiado reales y demasiado profundas; había en mi alma una mezcla de realidad

y de imaginación que se confundía con el plan del asunto en que acababa de estar

pensando, dando a mis ideas un aspecto singularmente novelesco. Meditaba tristemente

mientras andaba, cuando una voz cercana me hizo estremecer de pronto.

Era voz de mujer, y reconocí la de la doncella de mistress Steerforth, aquella que

llevaba una cofia con cintas azules. Las cintas habían desaparecido, probablemente para

estar más en armonía con el aspecto lamentable de la casa, y no tenía más que un lazo o

dos, de un marrón modesto.

-¿Quiere usted tener la bondad, caballero, de venir a hablar con miss Dartle?

-¿Miss Dartle me llama?

-Esta tarde no, caballero; pero es lo mismo. Miss Dartle le ha visto a usted pasar hace

uno o dos días, y me ha dicho que me sentara en la escalera a trabajar y le rogara que entrase

a hablarle la primera vez que le viera.

La seguí, y en el camino le pregunté cómo se encontraba mistress Steerforth. Me

contestó que estaba siempre indispuesta y que salía muy poco de su habitación.

Cuando llegamos a la casa me condujeron al jardín, donde encontré a miss Dartle. Me

adelanté solo hacia ella. Estaba sentada en un banco, al final de una especie de terraza,

desde donde se veía Londres. La tarde era oscura, y sólo una claridad rojiza iluminaba el

horizonte; y la gran ciudad, que se percibía a lo lejos gracias a aquella claridad siniestra,

me pareció muy apropiada con el recuerdo de aquella mujer ardiente y altanera.

Me vio acercarme y se levantó para recibirme. La encontré todavía más pálida y más

delgada que en nuestra última entrevista; sus ojos brillaban más y su cicatriz era más

visible.

Nuestro encuentro no fue cordial. La última vez que nos habíamos visto nos habíamos

separado después de una escena bastante violenta, y había en toda su persona un aire de

desdén que no se tomaba el trabajo de disimular.

-Me dicen que desea usted hablarme, miss Dartle -le dije, deteniéndome a su lado, con

la mano apoyada en el respaldo del banco.

-Sí -dijo ella-; haga usted el favor de decirme si han encontrado a esa muchacha.

-No.

-Sin embargo, ¡se ha escapado!

Veía sus labios delgados contraerse al hablarme, como si la ahogaran los deseos de

llenar a Emily de reproches.

-¿Escapado? -repetí yo.

-Sí, le ha dejado -dijo riendo-; si no la han encontrado ahora, quizá no la encuentren

nunca. Quizá haya muerto.

Jamás he visto en ningún rostro semejante expresión de crueldad triunfante.

-La muerte es quizá la mayor felicidad que le pueda desear una mujer -le dije-; me

alegra ver que el tiempo la ha hecho tan indulgente, miss Dartle.

No se dignó a contestarme, y se volvió hacia mí, con una sonrisa de desprecio.

-Los amigos de esa excelente y virtuosa persona son amigos de usted. Usted es su

campeón y defiende sus derechos. ¿Quiere usted que le diga todo lo que se sabe de ella?

-Sí -respondí.

Se levantó con una sonrisa de maldad y gritó:

-¡Venga usted aquí! -como si llamara a algún animal inmundo-. Espero que no se

permitirá usted ningún acto de venganza en este lugar, míster Copperfield -dijo mientras

continuaba mirándome con la misma expresión.

Yo me incliné sin comprender lo que quería decir, y ella repitió por segunda vez:

«Venga usted aquí». Entonces vi aparecer al respetable Littimer, que, siempre tan

respetuoso, me hizo un profundo saludo y se colocó detrás de ella. Miss Dartle se tendió

en el banco y me miró con una expresión triunfante y de malicia, en la que había, sin

embargo, algo extraño, algo de gracia femenina, un atractivo singular: tenía el aspecto de

esas crueles princesas que sólo se encuentran en los cuentos de hadas.

-Y ahora -le dijo en tono imperioso, sin mirarle siquiera y pasándose la mano por la

cicatriz, en aquel instante quizá con más placer que pena —diga usted a míster Copperfield

todo lo que sabe de la huida.

-Míster James y yo, señora…

-No se dirija usted a mí –dijo, frunciendo las cejas.

-Míster James y yo, caballero…

-Ni a mí; se lo ruego -le dije.

Littimer, sin parecer desconcertarse lo más mínimo, se inclinó ligeramente para

demostrar que todo lo que nos agradara le era igualmente agradable, y prosiguió:

-Míster James y yo hemos viajado con esa joven desde el día en que ella abandonó

Yarmouth bajo la protección de míster James. Hemos estado en una multitud de lugares y

hemos visto muchos países; hemos visitado Suiza, Francia, Italia; en fin, estuvimos en

todas partes.

Fijó los ojos en el respaldo del banco, como si fuera a él a quien se dirigía, y paseó por

él suavemente sus dedos, como si tocara un piano mudo.

-Míster James quería mucho a aquella jovencita, y durante mucho tiempo ha llevado la

vida más regular que yo le he visto hacer desde que estoy a su servicio. La joven hizo

muchos progresos; hablaba ya los idiomas de los países por donde nos establecíamos; ya

no era la campesinita de antes; he observado que la admiraban mucho por todas partes.

Miss Dartle se llevó la mano al costado. La vi lanzarle una mirada y sonreír a medias.

-De verdad, la admiraban mucho. Quizá su modo de vestir, quizá el efecto del sol y del

aire libre en su cutis, quizá las atenciones de que era objeto; que fuera esto o aquello, la

cuestión es que poseía un encanto que atraía la atención general.

Se detuvo un momento; los ojos de miss Dartle vagaban sin reposo de un punto a otro

del horizonte, y se mordía convulsivamente los labios.

Littimer unió las manos, se puso en equilibrio en una sola pierna y con los ojos bajos

adelantó su respetable cabeza; después continuó:

-La muchacha vivió así durante cierto tiempo, con un poco de depresión de vez en

cuando, hasta que al fin empezó a cansar a míster James con sus gemidos y sus escenas

repetidas. Ya no iba todo tan bien: míster James empezó a desarreglarse como antes.

Cuanto más se alejaba él, más se entristecía ella, y puedo asegurar que no me sentía a

gusto entre los dos. Sin embargo, se reconciliaron muchas veces, y verdaderamente esto

ha durado más tiempo de lo que podía esperarse.

Miss Dartle fijó en mí sus miradas con la misma expresión victoriosa. Littimer tosió

una o dos veces para aclararse la voz, cambió de pierna y prosiguió:

-Por fin, después de muchos reproches y lágrimas de la muchacha, míster James partió

una mañana (estábamos en una casa de huéspedes, en las cercanías de Nápoles, porque a

ella le gustaba mucho el mar), y bajo pretexto de que tenía que marcharse para bastante

tiempo, me encargó que le anunciara que, en el interés de todo el mundo, se… -aquí

Littimer tosió de nuevo- se marchaba. Pero míster James, debo decirlo, se comportó del

modo más caballeroso, pues propuso a la muchacha que se casara con un hombre muy

respetable, que estaba dispuesto a pasar la esponja por el pasado, y que valía tanto como

cualquier otro al que hubiera pretendido por buen camino, pues ella era de una familia

muy vulgar.

Cambió de nuevo de pierna y se pasó la lengua por los labios. Yo estaba convencido de

que era a él a quien el canalla se refería, y veía que miss Dartle participaba de mi opinión.

-Fui igualmente encargado de aquella comunicación; yo no pedía más que hacer todo lo

posible para sacar a míster James de su apuro y reconciliarle con su buena madre, a quien

tanto ha hecho sufrir-, he aquí por qué me encargué de aquello. La violencia de la

muchacha cuando supo su partida sobrepasó todo lo que podía esperarse. Estaba como

loca, y si no se hubiera empleado la fuerza, se habría apuñalado o tirado al mar, o se

habría destrozado la cabeza contra las paredes.

Miss Dartle se movía en el banco, con expresión de alegría, como si quisiera saborear

mejor las palabras de que se servía el miserable.

-Pero sobre todo cuando llegué al segundo punto -dijo Littimer con cierta turbación- es

cuando la muchacha se mostró tal como era. Se podría creer que por lo menos hubiera

comprendido toda la generosa bondad de la intención; pero nunca he visto furor

semejante. Su conducta excede todo lo que se pudiera expresar. Un palo, una piedra,

hubieran demostrado más agradecimiento, más corazón, más paciencia, más razón. Si no

hubiera estado preparado, estoy seguro de que hubiera atentado contra mi vida.

-¡La estimo todavía más! –dije con indignación.

Littimer inclinó la cabeza, como para decir: «¿Verdaderamente? ¡Pero es usted tan

joven! ». Después continuó su relato:

-En una palabra: me vi obligado durante cierto tiempo a no dejarle a su alcance ninguno

de los objetos con que hubiera podido hacerse daño o hacer daño a los demás y a tenerla

encerrada. Pero, a pesar de todo, una noche rompió los cristales de una ventana que yo

mismo había cerrado con clavos, se dejó caer por una parra, y no he vuelto a oír hablar de

ella.

-¡Puede haber muerto! –dijo miss Dartle con una sonrisa, como si hubiera querido

empujar con el pie el cadáver de la desgraciada muchacha.

-Quizá se haya ahogado, señorita -repuso Littimer, demasiado dichoso de poder

dirigirse a alguien-. Es muy posible. O bien la habrán ayudado los pescadores, o sus

mujeres. Le gustaban mucho las malas compañías, miss Dartle, e iba a sentarse al lado de

los barcos, en la playa, para charlar con los pescadores. La he visto hacerlo durante días

enteros, cuando míster James estaba ausente. Y un día míster James se enfadó mucho

cuando supo que había dicho a los niños que ella también era hija de un pescador y que

de pequeña, en su país, corría, como ellos, descalza por la playa.

¡Oh., Emily! ¡Pobre muchacha! ¡Qué cuadro se presentó a mi imaginación! La veía

sentada en la orilla lejana, en medio de los niños, que le recordaban los días de su

inocencia; escuchando aquellas vocecitas que le hablaban de amor maternal, de las puras

y dulces alegrías que habría conocido si hubiera sido la mujer de un honrado marinero, o

bien prestando oído a la voz solemne del océano, que le murmuraría eternamente:

«Nunca más».

-Cuando ya era evidente que no podía hacer nada, miss Dartle…

-Le he dicho que no me hable -respondió miss Dartle con una dureza despreciativa.

-Es porque usted me había hablado, señorita -respondió-. Le pido perdón. Sé muy bien

que mi deber es obedecer.

-En ese caso, cumpla con su deber; termine la historia y márchese.

-Cuando fue evidente —continuó, en el tono más respetable y haciendo un profundo

saludo- que no se la encontraba en ninguna parte, fui a unirme a míster James al sitio en

que habíamos convenido que le escribiría y le informé de lo que había sucedido. Nos

peleamos, y me pareció mi deber dejarle. Podía soportar, y había soportado, muchas

cosas; pero míster James había llevado sus insultos hasta pegarme: era demasiado.

Sabiendo el desgraciado resentimiento que existía entre él y su madre, y la angustia en

que esta última debía de estar, me tomé la libertad de volver a Inglaterra para contarle…

-No le escuche usted; le he pagado para esto -me dijo miss Dartle.

-Precisamente, señorita… para contarle lo que sabía. No creo -dijo Littimer después de

un momento de reflexióntener nada más que decir Por el momento estoy sin empleo, y

me gustaría encontrar en alguna parte una situación respetable.

Miss Dartle me miró como preguntándome si no tenía ninguna pregunta que hacer… Se

me había ocurrido una, y dije:

-Querría preguntar a… este individuo (me fue imposible pronunciar una palabra más

cortés) si no se ha interceptado una carta escrita a esa desgraciada muchacha por su

familia, o si supone que la ha recibido.

Permaneció tranquilo y silencioso, con los ojos fijos en el suelo y la punta de los dedos

de su mano izquierda delicadamente arqueados sobre la punta de los dedos de su mano

derecha.

Miss Dartle volvió hacia él la cabeza, con aire desdeñoso.

-Dispénseme usted, señorita; pero, a pesar de toda mi obediencia por usted, conozco mi

posición, aunque no sea más que un criado. Míster Copperfield y usted, señorita, no son

lo mismo. Si míster Copperfield desea saber algo de mí, me tomo la libertad de recordarle

que si quiere una respuesta puede dirigirme a mí sus preguntas. Tengo que mantener mi

dignidad.

Hice un violento esfuerzo sobre mi desprecio, y, volviéndome hacia él, le dije:

-¿Ha oído usted mi pregunta? Si quiere, es a usted a quien la dirijo. ¿Qué me contesta?

-Caballero -repuso, uniendo y separando alternativamente la punta de sus dedos-, no

puedo contestar a la ligera. Traicionar la confianza de míster James para con su madre o

para con usted es muy distinto. No era probable que míster James quisiera facilitar una

correspondencia que propiciara redoblar la depresión y los reproches de la señorita; pero,

caballero, deseo no ir más lejos.

-¿Es eso todo? -me preguntó miss Dartle.

Contesté que no tenía nada más que añadir.

-Únicamente -dije, viéndole alejarse- comprendo el papel que ha representado este

miserable en todo este culpable asunto, y voy a contárselo al hombre que ha servido a

Emily de padres desde la infancia. Por lo tanto, sí tengo un consejo que dar a ese tipo: es

que no aparezca mucho en público.

Al oírme hablar, se había detenido con su calma habitual.

-Gracias, señor; pero permítame que le diga que en este país no hay esclavos ni amos, y

que nadie tiene derecho a tomarse la justicia por su mano; y si acaso se llega a hacer, no

creo que se lleve la mejor parte. Es para decirle, caballero, que iré donde me parezca.

Me saludó cortésmente, hizo otro tanto con miss Dartle y salió por el mismo sendero

que había venido. Miss Dartle y yo nos miramos un momento sin decir palabra; parecía

continuar en la misma disposición de espíritu que cuando había hecho aparecer a aquel

hombre ante mí.

-Además dice -observó, apretando lentamente los labios- que su señor viaja por las

costas de España y que probablemente continuará mucho tiempo sus excursiones marítimas.

Pero eso no le interesa a usted. Hay entre estas dos naturalezas orgullosas, entre

esta madre y este hijo, un abismo más profundo que nunca y que no podrá llenarse, pues

son de la misma raza; el tiempo los vuelve más obstinados a imperiosos. Pero eso

tampoco le interesa. He aquí lo que quería decir. Ese demonio al que usted hace un ángel;

esa criatura vil que él ha sacado del lodo (y volvió hacia mí sus ojos negros, llenos de

pasión), quizá viva todavía. A esas criaturas les dura la vida. Si no ha muerto, usted

seguramente tendrá interés en encontrar a esa perla preciosa para encerrarla en un

estuche. También nosotros lo deseamos, para que él no pueda volver a ser su presa. Así

es que tenemos el mismo interés. Por eso, como quisiera encontrarla para hacerle todo el

daño a que puede ser sensible una criatura tan despreciable, le he hecho que viniera a

escuchar lo que ha oído.

Vi, por el cambio de su fisonomía, que alguien se acercaba por detrás de mí. Era

mistress Steerforth, que me tendió la mano, más fríamente que de costumbre, y con una

expresión todavía más solemne que antes. Sin embargo, me di cuenta, no sin emoción, de

que no podía olvidar mi antiguo cariño por su hijo. Había cambiado mucho; su arrogante

estatura se había encorvado; profundas arrugas se marcaban en su bello rostro, y sus

cabellos estaban casi blancos; sin embargo, todavía estaba bella, y reconocí en ella los

ojos brillantes y el aire imponente que producían mi admiración en mis sueños infantiles

del colegio.

-¿Míster Copperfield lo sabe todo, Rose?

-Sí.

-¿Ha visto a Littimer?

-Sí, y ya le he dicho por qué había usted expresado ese deseo.

-Eres una buena chica. Desde que no le he visto he tenido alguna relación con su

antiguo amigo, caballero -dijo dirigiéndose a mí-; pero no ha aceptado todavía sus deberes

para conmigo. En esto no tengo otro objetivo que el que Rose le ha dado a conocer, y

si al mismo tiempo se pueden consolar las penas del buen hombre que usted me trajo

aquí, pues no le quiero mal, lo que ya es bastante de mi parte, y salvar a mi hijo del

peligro de volver a caer en los lazos de esa intrigante.

Se irguió y se sentó, mirando ante ella, a lo lejos, muy a lo lejos.

-Señora -le dije en tono respetuoso-, la comprendo. Y le aseguro que no deseo atribuirle

otros motivos; pero debo decirle, yo que he conocido desde la infancia a esa desgraciada

familia, que se equivoca usted si se figura que esa pobre muchacha, indignamente tratada,

no ha sido engañada cruelmente y que no preferiría hoy morir que aceptar ni un vaso de

agua de la mano de su hijo. ¡Se equivoca usted por completo!

-¡Chis, Rose, chis! -dijo mistress Steerforth al ver que su compañera iba a replicar-. Es

inútil; no hablemos más. ¡He oído decir que se había casado usted!

Respondí que, en efecto, me había casado hacía un año.

-¡Y que tiene usted éxito! Vivo tan lejos del mundo, que no me entero de nada; pero he

oído decir que empieza usted a ser célebre.

-He tenido mucha suerte, y mi nombre empieza a conocerse.

-¿Y no tiene usted madre? -dijo con voz más dulce.

-No.

-¡Es una lástima! Hubiera estado orgullosa de usted. Adiós.

Cogí la mano que me tendía con una dignidad mezclada de dureza; estaba tan tranquila

de rostro como si su alma estuviera en reposo. Su orgullo era lo bastante fuerte para imponer

silencio hasta a los latidos de su corazón y para extender sobre su rostro el velo de

insensibilidad mentirosa a través del cual miraba, desde la silla en que estaba sentado

ante ella, a lo lejos, muy a lo lejos.

Al alejarme de ellas, a lo largo de la terraza, no pude por menos que volverme para ver

a aquellas dos mujeres, cuyos ojos estaban fijos en el horizonte, cada vez más sombrío a

su alrededor. Aquí y allí se veían brillar algunas luces, en la ciudad lejana; una claridad

rojiza iluminaba todavía el oriente con sus reflejos; pero del valle subía una niebla que se

extendía como el mar en las tinieblas, para envolver en sus pliegues aquellas dos estatuas

vivas que acababa de dejar. No lo puedo pensar sin terror, pues cuando volví a verlas un

mar furioso se había verdaderamente abierto bajo sus pies.

Reflexionando sobre lo que acababa de oír, pensé que se lo debía contar a míster

Peggotty. Al día siguiente fui a Londres para verle. Erraba sin cesar de una ciudad a otra,

preocupado únicamente por la misma idea; pero en Londres es donde más estaba.

¡Cuántas veces le he visto, en medio de las sombras de la noche, atravesar las calles para

descubrir, entre las raras sombras que parecían buscar fortuna a aquellas horas

descompasadas, lo que tanto temía encontrar!

Había alquilado una habitación encima de la tiendecita de velas, en Hungerford Market,

de que ya he hablado. De allí fue de donde salió la primera vez, cuando emprendió su peregrinación

piadosa. Fui a buscarle. Me dijeron que no había salido todavía, y le encontré

en su habitación.

Estaba sentado al lado de una ventana, donde cultivaba algunas ílores. La habitación

estaba limpia y bien arreglada. En una ojeada vi que todo estaba preparado para recibirla,

y que nunca salía sin pensar que quizá la traería aquella noche. No me había oído llamar a

la puerta, y no levantó los ojos hasta que puse la mano en su hombro.

-¡Señorito Davy! ¡Gracias, muchas gracias por su visita! Siéntese y sea bienvenido.

-Míster Peggotty -le dije, cogiendo la silla que me ofrecía-, yo no querría darle

demasiadas esperanzas; pero me he enterado de algo.

-¿Sobre Emily?

Se tapó la boca con la mano, con una agitación febril, y, fijando los ojos en mí,

palideció mortalmente.

-Esto no me puede dar ningún indicio sobre el lugar en que se encuentra; pero el caso es

que ya no está con él.

Se sentó sin dejar de mirarme, y escuchó en el más profundo silencio todo lo que tenía

que contarle. No olvidaré nunca la dignidad de aquel rostro grave y paciente; me escuchaba

con los ojos bajos y la cabeza entre las manos; permaneció todo el tiempo inmóvil,

sin interrumpirme ni una sola vez. Parecía que no hubiera en todo ello más que una

figura, que él perseguía a través de mi relato, y dejaba pasar todas las demás como

sombras vulgares, de las que no se preocupaba.

Cuando hube terminado se tapó un momento la cara con las manos, en el mismo

silencio. Yo me volví hacia la ventana, como para mirar las flores.

-¿Qué piensa usted, señorito Davy? -me preguntó por fin.

-Creo que vive -respondí.

-No sé; quizá el primer choque ha sido demasiado fuerte, y en la angustia de su alma…

ese mar azul de que tanto hablaba; ¡quizá pensaba en él desde hacía tanto tiempo porque

tenía que ser su tumba!

Hablaba en voz baja y conmovida, mientras paseaba por la habitación.

-Y, sin embargo, señorito Davy -añadió-, yo estaba seguro de que vivía; día y noche, al

pensarlo, estaba seguro de que la encontraría; esto me ha dado tanta fuerza, tanta

confianza, que no creo haberme equivocado. No, no; Emily vive.

Puso con firmeza la mano encima de la mesa, y su rostro tostado tomó una expresión de

resolución indecible.

-Mi Emily vive, señorito -dijo en tono enérgico-. Yo no sé de dónde proviene, ni en qué

consiste; pero hay algo que me dice que vive.

Parecía casi inspirado al decir esto. Esperé un momento a que estuviera preparado para

escucharme; después traté de sugerirle una idea que se me había ocurrido la víspera por la

noche.

-Amigo mío -le dije.

-Gracias, señorito, gracias -y estrechó mis manos entre las suyas.

-Si viniera a Londres, lo que es probable, pues en ninguna parte puede estar segura de

ocultarse con la facilidad que aquí, en esta gran ciudad… ¿Y qué podrá hacer sino

ocultarse a los ojos de todos, de no volver con usted?…

-A casa no volvería -dijo, sacudiendo tristemente la cabeza-. Si se hubiera marchado

contenta, puede que hubiese vuelto; pero así, no.

-Si viniera a Londres, yo creo que hay una persona que tendría más facilidad de

encontrarla que cualquier otra. ¿Se acuerda usted?… Escúcheme con firmeza, piense en

su gran fin. ¿Se acuerda usted de Martha?

-¿Nuestra paisana?

No necesitaba respuesta; no había más que mirarle.

-¿Sabe usted que está en Londres?

-La he visto por las calles -me contestó estremeciéndose.

-Pero lo que usted no sabe es que Emily estuvo llena de bondad con ella, ayudada por

Ham, mucho tiempo antes de que abandonara su casa. Usted tampoco sabe que la noche

en que yo le encontré, y en que estuvimos charlando en aquella habitación, allá abajo,

Martha estaba escuchando en la puerta.

-Señorito Davy -respondió con sorpresa-, ¿la noche que nevaba tanto?

-Sí. Luego no he vuelto a verla. Después de dejarle a usted traté de buscarla; pero se

había marchado. No quería hablarle a usted de ella; hoy mismo, si lo hago, es con repugnancia;

pero es que creo que es a ella a quien se debe dirigir usted. ¿Me comprende?

-Comprendo demasiado -respondió. Nos hablábamos en voz baja.

-¿Usted dice que la ha visto? ¿Cree usted que podría volver a encontrarla? Pues yo sólo

podría encontrarla por casualidad.

-Creo, señorito Davy, que sé dónde se la puede buscar.

-Es de noche. Puesto que estamos juntos, ¿quiere usted que tratemos de encontrarla?

Consintió en ello y se preparó a acompañarme. Haciendo como que no me fijaba en lo

que hacía, vi el cuidado con que arreglaba la pequeña habitación. Preparó una vela y puso

cerillas encima de la mesa. Preparó la cama, sacó de un cajón un traje que yo recordaba

haberle visto puesto a Emily, lo dobló cuidadosamente, con alguna otra ropa de mujer,

unió a ello un sombrero y lo puso todo encima de una silla. Pero no hizo la menor alusión

a aquellos preparativos, y yo también guardé silencio. Sin duda hacía mucho tiempo que

aquel traje esperaba cada noche a Emily.

-Antes, señorito Davy -me dijo mientras bajaba la escalera-, yo miraba a esa muchacha,

a esa Martha, como el fango de los zapatos de mi Emily. ¡Que Dios me perdone; pero

hoy ya no es lo mismo!

Mientras andábamos le hablé de Ham; era un modo de obligarle a charlar, y al mismo

tiempo deseaba saber algo de aquel pobre muchacho. Me repitió, casi en los mismos términos

que la vez anterior, que Ham era siempre el mismo, que abusaba de su vida sin

cuidarse de ella; pero que no se quejaba nunca, y que se hacía querer por todo el mundo.

Le pregunté si sabía las disposiciones de Ham respecto al autor de tanto infortunio. ¿No

habría algo que temer por aquel lado?

-¿Qué ocurriría, por ejemplo, si Ham se encontrara por casualidad con Steerforth?

-No lo sé, señorito. He pensado en ello a menudo; pero no sé qué decir.

Yo le recordé la mañana en que habíamos paseado los tres por la playa, al día siguiente

de la partida de Emily.

-¿Se acuerda usted -le dije- de la manera como miraba el mar y como murmuraba entre

dientes: «Ya veremos cómo termina todo esto»?

-Sí, lo recuerdo.

-¿Qué cree usted que quería decir?

-Señorito Davy -me contestó-, me lo he preguntado muchas veces y nunca he

encontrado respuesta satisfactoria. Lo más curioso es que, a pesar de toda su dulzura,

creo que nunca me atreveré a preguntárselo; nunca me ha dicho la menor palabra fuera

del respeto más profundo, y no me parece probable que quiera empezar ahora; pero no es

un agua tranquila donde duermen semejantes pensamientos: es un agua muy profunda, y

no puedo ver lo que hay en el fondo.

-Tiene usted razón, y eso es lo que me inquieta a veces.

-A mí también, señorito Davy -replicó-, y me preocupa todavía más que sus aficiones

aventureras. Sin embargo, todo proviene del mismo manantial. No puedo decir a qué

extremo llegaría en semejante caso; pero quiero creer que esos dos hombres no volverán

a encontrarse nunca.

Atravesábamos Temple Bar, en la City. Ya no hablábamos; andaba a mi lado absorto en

un solo pensamiento, en una preocupación constante, que le hubiera hecho encontrar la

soledad en medio de la multitud más ruidosa. Estábamos cerca del puente de Blackfriars

cuando volvió la cabeza para enseñarme con la mirada a una mujer que iba sola por la

otra acera. Enseguida reconocí a la que buscábamos.

Atravesamos la calle, a íbamos a abordarla, cuando se me ocurrió que quizá estaría más

dispuesta a dejarnos ver su simpatía por la pobre muchacha si le hablábamos en un sitio

más tranquilo y alejado de la multitud. Por lo tanto, aconsejé a mi compañero que la

siguiéramos sin hablarle; además, sin darme yo mismo cuenta, deseaba saber adónde iba.

Consintió, y la seguimos de lejos, sin perderla de vista un momento, pero también sin

acercarnos demasiado; ella a cada momento miraba a un lado y a otro. Una vez se detuvo

para escuchar una banda de música. Nosotros también nos detuvimos.

Continuaba andando, y nosotros siguiéndola. Era evidente que se dirigía a un lugar

determinado; aquella circunstancia, unida al cuidado que ponía en seguir las calles más

populosas, y quizá una especie de fascinación extraña que me producía aquella misteriosa

persecución, me confirmaron cada vez más en mi resolución de no abordarla. Por fin

entró en una calle sombría y triste; allí no había gente ni ruido. Dije a míster Peggotty:

-Ahora podemos hablarle.

Y apretando el paso la seguimos más de cerca.

CAPÍTULO VII

MARTHA

Habíamos entrado en el barrio de Westminster. Como habíamos encontrado a Martha

llevando dirección opuesta a la nuestra, habíamos tenido que volver atrás para seguirla, y

fue ya cerca de la abadía de Westminster cuando abandonó las calles ruidosas y

frecuentadas. Andaba tan deprisa que, una vez fuera de la gente que atravesaba el puente

en todas las direcciones, no conseguimos alcanzarla hasta una estrecha callejuela, a lo

largo de la orilla por Millbanck. En aquel momento atravesaba la calzada como para

evitar a los que la seguían y, sin perder siquiera tiempo en mirar tras de sí, aceleró el

paso.

El río me apareció a través de un sombrío pasaje, donde estaban algunos carros, y al ver

aquello cambié de idea. Toqué el brazo de mi compañero, y en lugar de atravesar la calle,

como había hecho Martha, continuamos por la misma acera, ocultándonos lo más posible,

a la sombra de las casas, pero siempre siguiéndola muy de cerca.

Existía entonces, y existe todavía hoy, al final de aquella calle, un pequeño cobertizo en

ruinas. Está colocado precisamente donde termina la calle y donde la carretera empieza a

extenderse, entre el río y un alineamiento de casas. En cuanto llegó allí y vio el río se

detuvo como si hubiera llegado al punto de su destino; después se puso a bajar

lentamente a lo largo del río, sin dejar de mirar un solo instante.

En el primer momento había creído que se dirigía a alguna casa, y hasta había esperado

vagamente que encontráramos algo que nos pudiera ayudar sobre las huellas de la que

buscábamos. Pero al ver el agua verdosa a través de la callejuela tuve el secreto

presentimiento de que no iría más lejos.

Todo lo que nos rodeaba era triste, solitario y sombrío aquella noche. No había aceras

ni casas en el camino monótono que rodeaba la vasta extensión de la prisión. Un estancamiento

de agua depositaba su fango a los pies de aquel inmenso edificio. Hierbas

medio podridas cubrían aquel terreno. Por un lado, las casas en ruinas, mal empezadas y

que nunca se habían terminado; por otro, un amontonamiento de cosas de hierro

informes: ruedas, tubos, hornos, áncoras y no sé cuántas cosas más, como avergonzadas

de sí mismas, que parecían vanamente tratar de ocultarse bajo el polvo y el fango de que

estaban cubiertas. En la orilla opuesta, el resplandor deslumbrante y el ruido de las fábricas

parecían complacerse en turbar el reposo de la noche; pero el espeso humo que

vomitaban sus gruesas chimeneas no se conmovía y continuaba elevándose en una

columna incesante. Se decía que allí, en los tiempos de mucha peste, habían cavado una

fosa para arrojar los muertos; y aquella creencia había extendido por las cercanías una

influencia fatal; parecía que la peste hubiera terminado por descomponerse en aquella

forma nueva y que se hubiera combinado con la espuma del río, manchado por su

contacto, formando aquel barrizal inmundo.

Allí era donde, sin duda creyéndose formada del mismo barro, y creyéndose el desecho

de la naturaleza, reclamada por aquella cloaca, la muchacha que habíamos seguido en su

carrera permanecía sola y triste mirando al agua.

Había algunas barcas aquí y allá, en el fango de la orilla, y escondiéndonos tras de ellas

pudimos deslizamos a su lado sin ser vistos. Hice señas a míster Peggotty de que

permaneciera donde estaba, y me dirigí yo solo a ella. Me acercaba temblando, pues al

verla terminar. tan bruscamente su rápida carrera, y al observarla allí, de pie, bajo la

sombra del puente cavernoso, siempre absorta en el espectáculo de aquella agua ruidosa,

no podía reprimir un secreto temor.

Yo creo que se hablaba a sí misma. La vi quitarse el chal y envolverse en él las manos

con la agitación nerviosa de una sonámbula. Jamás olvidaré que en toda su persona había

una agitación salvaje que me tuvo en angustia mortal, con el temor de verla hundirse ante

mis ojos, hasta el momento en que sentí que tenía su brazo apresado en mi mano.

En el mismo instante exclamé: « ¡Martha!» . Ella lanzó un grito de terror y trató de

escapar; solo no hubiera tenido la fuerza para retenerla; pero un brazo más vigoroso que

el mío la cogió. Y cuando ella, levantando los ojos, vio quién era, ya no hizo el menor

esfuerzo para desasirse antes de caer a nuestros pies. La transportamos fuera del agua, en

un sitio donde había algunas piedras grandes, y la hicimos sentarse; no cesaba de llorar y

de gemir, con la cabeza oculta entre las manos.

-¡El río! ¡El río! –exclamaba apasionadamente.

-Chis, chis -le dije-; tranquilícese.

Pero ella repetía siempre las mismas palabras, clamando: « ¡El río! ».

-Es como yo, lo sé -decía-, y le pertenezco. Es la única compañía que merezco ya.

Como yo, desciende de un lugar campestre y tranquilo, donde sus aguas corrían

inocentes; ahora corre turbia, entre calles sombrías, y se va, como mi vida, hacia un

inmenso océano agitado sin cesar. Debo irme con él.

Nunca he oído una voz ni unas palabras tan llenas de desesperación.

-No puedo resistirlo-, no puedo dejar de pensarlo sin cesar. Me persigue noche y día. Es

la única cosa en el mundo digna de mí y de que soy digna. ¡Oh, qué horrible río!

Al mirar el rostro de mi compañero pensé que en él hubiera adivinado toda la historia

de su sobrina, si no la hubiera sabido de antemano, al ver la expresión con que observaba

a Martha sin decir una palabra ni moverse. Nunca he visto, ni en la realidad ni en pintura,

el horror y la compasión mezclados de una manera más conmovedora. Temblaba como

una hoja, y su mano estaba fría como el mármol. Su mirada me alarmó.

-Está en un arrebato de locura -murmuré al oído de míster Peggotty-; dentro de un

momento hablará de otro modo.

No sé lo que querría contestarme; movió los labios y creyó sin duda haberme hablado;

pero no había hecho más que señalarla, extendiendo la mano.

Estallaba de nuevo en sollozos, con la cabeza oculta entre las piedras, como una imagen

lamentable de vergüenza y de ruina. Convencido de que debíamos dejarla el tiempo necesario

para tranquilizarse antes de dirigirle la palabra, detuve a míster Peggotty, que la

quería levantar, y esperamos en silencio a que se fuera serenando.

-Martha -le dije entonces, inclinándome para levantarla, pues parecía que quería

alejarse, y, en su debilidad, iba a caer de nuevo al suelo- Martha, ¿sabe usted quién está

aquí conmigo?

-Sí -me dijo débilmente.

-¿Sabe usted que la hemos seguido mucho rato esta noche?

Sacudió la cabeza, sin mirarnos, y continuaba humildemente inclinada, con su

sombrero y su chal en una mano, mientras con la otra se apretaba convulsivamente la

frente.

-¿Está usted lo bastante tranquila -le dije- para hablar conmigo de un asunto que le

interesó tan vivamente (Dios quiera que lo recuerde usted) una noche en que nevaba?

Volvió a sollozar, diciéndome que me daba las gracias por no haberla arrojado aquel

día de la puerta.

-No quiero decir nada para justificarme -repuso al cabo de un momento-; soy culpable,

soy una perdida, no tengo la menor esperanza. Pero dígale, caballero (y se alejaba de

míster Peggotty), si tiene usted alguna compasión de mí, dígale que yo no he sido la

causa de su desgracia.

-Nunca ha pensado nadie semejante cosa -repuse con emoción.

-Si no me equivoco, es usted quien estaba en la cocina la noche que ella se compadeció

de mí y que fue tan buena conmigo, pues ella no me rechazaba como los demás, y me

socorría. ¿Era usted, caballero?

-Sí -respondí.

-Hace mucho tiempo que estaría en el río -repuso, lanzando al agua una terrible mirada

-si tuviera que reprocharme el haberle hecho nunca el menor daño. Desde la primera

noche de este invierno me hubiese hecho justicia si no me hubiera sentido inocente de su

desgracia.

-Se sabe demasiado la causa de su huida -le dije- y estamos seguros de que usted es

completamente inocente.

-¡Oh! Si no hubiera tenido tan mal corazón -repuso la pobre muchacha, con un

sentimiento angustioso- hubiese debido cambiar con sus consejos. ¡Fue tan buena para

mí! Siempre me hablaba con prudencia y dulzura. ¿Cómo sería posible creer que tuviera

ganas de hacerla como yo, conociéndome como me conozco? ¡Yo, que he perdido todo lo

que podía ligarme a la vida; yo, que mi mayor pena era pensar que con mi conducta me

veía separada de ella para siempre!

Míster Peggotty, que permanecía con los ojos bajos y la mano derecha apoyada en el

borde de una barca, se tapó el rostro con la otra mano.

-Y cuando supe por uno del lugar lo que había ocurrido -exclamó Martha-, mi mayor

angustia fue el pensar que recordarían lo buena que había sido conmigo, y que dirían que

yo la había pervertido. Pero Dios sabe que, por el contrario, hubiese dado mi vida para

devolverle su honor y su nombre.

La pobre muchacha, poco acostumbrada a dominarse, se abandonaba a toda la agonía

de su dolor y de su remordimiento.

-Hubiese dado mi vida. No, hubiese hecho más todavía: hubiese vivido; hubiese vivido

envejecida y abandonada en estas calles miserables; hubiese vagado en las tinieblas; hubiese

visto amanecer el día sobre las murallas blanqueadas; hubiese recordado que, hacía

tiempo, ese mismo sol brillaba en mi habitación y me despertaba joven, y… hubiese

hecho eso por salvarla.

Se dejó caer de nuevo en medio de las piedras, y, cogiéndolas con las dos manos, en su

angustia, parecía querer romperlas. A cada instante cambiaba de postura; tan pronto extendía

sus brazos delgados como los retorcía delante de su cara para ocultarse un poco a

la luz, que la avergonzaba; tan pronto inclinaba la cabeza hacia el suelo, como si fuera

demasiado pesada para ella, bajo el peso de tantos recuerdos dolorosos.

–Qué quiere usted que haga? -dijo por último, luchando con su desesperación—.

¿Cómo podré continuar viviendo así, llevando sobre mí mi propia maldición, yo que no

soy más que una vergüenza viva para todo lo que se me acerca? –

De pronto se volvió hacia mi compañero:

-¡Pisotéeme, máteme! Cuando ella era su orgullo hubiese creído usted que le hacía daño

con tropezarme con ella en la calle. ¿Pero para qué? Usted no me creería… ¿Y por qué

había usted de creer ni una sola de las palabras que salen de la boca de una miserable

como yo? Usted enrojecería de vergüenza aun ahora, si ella cambiase una palabra

conmigo. No me quejo. No digo que seamos iguales; sé muy bien que hay una grande…

muy grande distancia entre nosotras. Digo únicamente, al sentir todo el peso de mi

crimen y de mi miseria, que la quiero con todo mi corazón, y que la quiero. Recháceme,

como todo el mundo me rechaza; máteme por haberla buscado y conocido, criminal como

soy, pero no piense eso de mí.

Mientras le dirigía aquellas súplicas, él la miraba con el alma angustiada. Cuando

guardó silencio la levantó con dulzura.

-Martha -dijo-, ¡Dios me guarde de juzgarla! ¡Dios me libre a mí, más que a cualquier

otro en el mundo! No puedes figurarte cómo he cambiado. ¡En fin!

Se detuvo un momento y después prosiguió:

-¿No comprendes por qué míster Copperfield y yo queremos hablarte? ¿No sabes lo que

queremos? Escucha.

Su influencia sobre ella fue completa. Permaneció ante él sin moverse, como si temiera

encontrarse con su mirada, y su dolor exaltado se volvió mudo.

-Puesto que oyó usted lo que hablábamos míster Davy y yo el día en que nevaba tanto,

sabe que yo he estado (¡ay!, ¿y dónde no habré estado?) buscando por todas partes, muy

lejos, a mi querida sobrina. Mi querida sobrina -repitió con firmeza-, porque ahora es

para mí más querida que nunca, Martha.

Se tapó los ojos con las manos, pero siguió tranquila.

-He oído contar a Emily —continuó míster Peggottyque usted se quedó huérfana siendo

muy pequeñita y que ningún amigo reemplazó a sus padres. Quizá si hubiera usted tenido

un amigo, por rudo y bruto que hubiera sido, habría terminado por quererle, y quizá

habría usted llegado a ser para él lo que mi sobrina es para mí.

Martha temblaba en silencio; míster Peggotty la envolvió cuidadosamente en su chal,

que había dejado caer

-Estoy convencido de que si me volviera a ver me seguiría hasta el fin del mundo; pero

también sé que huirá al fin del mundo para evitarme. No tiene derecho para dudar de mi

cariño, y no duda; no, no duda -repitió con una tranquila certidumbre de la verdad de sus

palabras-; pero existe la vergüenza entre nosotros, y eso es lo que nos separa.

Era evidente, por la manera firme y clara con que hablaba, que había estudiado a fondo

cada detalle de aquella cuestión, que lo era todo para él.

-A míster Davy y a mí nos parece probable -continuó- que algún día dirija hacia

Londres su pobre peregrinación solitaria. Creemos míster Davy y yo, y todos nosotros,

que usted es inocente como el recién nacido de su desgracia. Decía usted que había sido

buena y dulce con usted. ¡Que Dios la bendiga; ya lo sé! Sé que siempre ha sido buena

con todo el mundo. Usted, que le está agradecida y que la quiere, ayúdenos a encontrarla,

¡y que el Cielo la recompense!

Por primera vez levantó rápidamente sus ojos hacia él, como si no pudiera dar crédito a

sus oídos.

-¿Se fiaría usted de mí? -preguntó con sorpresa y en voz baja.

-De todo corazón –dijo míster Peggotty.

-¿Y me permite usted que le hable si llego a encontrarla? ¿Que le ofrezca un asilo, si es

que lo tengo, para compartirlo con ella? ¿Y que después venga, sin decírselo, a buscarla

para llevarla a su lado? -preguntó vivamente.

Los dos al mismo tiempo contestamos: «Sí».

Martha levantó los ojos al cielo y declaró solemnemente que se consagraba ardiente y

fielmente a aquel objetivo, que no lo abandonaría ni se distraería de ello mientras hubiera

la menor esperanza. Puso al cielo de testigo de que si flaqueaba en su obra consentía en

verse más miserable y más desesperada, si era posible, de lo que lo había estado aquella

noche, al borde de aquel río, y que renunciaba para siempre a implorar el socorro de Dios

ni de los hombres.

Hablaba en voz baja, sin mirarnos, como si se dirigiera al cielo, que estaba por encima

de nosotros; después fijó de nuevo los ojos en el agua sombría…

Creímos necesario decirle cuanto sabíamos, y yo se lo conté todo. Ella escuchaba con la

mayor atención, y su cara cambiaba a cada momento; pero en todas sus expresiones se

leía el mismo designio. A veces sus ojos se llenaban de lágrimas, pero las reprimía al

momento. Parecía como si su exaltación pasada hubiera dado lugar a una calma profunda.

Cuando dejé de hablar me preguntó dónde podría it a buscarnos si se presentaba la

ocasión. Un débil farol iluminaba la carretera, y escribí nuestras dos direcciones en una

hoja de mi agenda, y se la entregué. Martha se la guardó en el pecho. Después le pregunté

dónde vivía. Guardó silencio, y al cabo de un momento me dijo que no vivía mucho

tiempo seguido en el mismo sitio; quizá valía más no saberlo.

El señor Peggotty me sugirió en voz baja una idea que ya se me había ocurrido a mí.

Saqué mi bolsa; pero me fue imposible convencerla de que aceptara nada, ni obtener de

ella la promesa de que consentiría más adelante. Yo le dije que, para un hombre de su

condición, míster Peggotty no era pobre, y que no podíamos resolvemos a verla

emprender semejante empresa solamente con sus recursos. Fue inquebrantable, y míster

Peggotty tampoco tuvo más éxito que yo; le dio las gracias con reconocimiento, pero sin

cambiar de resolución.

-Encontraré trabajo -dijo-; lo intentaré.

-Acepte por lo menos entre tanto nuestra ayuda -le dije yo.

-No puedo hacer por dinero lo que les he prometido -respondió-; aunque tuviera que

morirme de hambre no podría aceptarlo. Darme dinero sería como retirarme la confianza,

quitarme el objetivo a que quiero dedicarme, privarme de la única cosa en el mundo que

puede impedirme el tirarme al río.

-En nombre del gran Juez, ante quien apareceremos todos un día, desecha esa terrible

idea. Todos podemos hacer el bien en este mundo únicamente con querer hacerlo.

Martha temblaba, y su rostro estaba todavía más pálido cuando contestó:

—Quizá han recibido ustedes del cielo la misión de salvar a una criatura miserable. No

me atrevo a creerlo; no merezco esa gracia. Si consiguiera hacer un poco de bien, quizá

empezaría a esperar; pero hasta ahora mi conducta ha sido mala. Por primera vez desde

hace mucho tiempo deseo vivir para consagrarme a la obra que ustedes me han

encargado. No sé nada más, y nada más puedo decir.

Trató de retener las lágrimas, que corrían de nuevo por su rostro, y alargando hacia

míster Peggotty su mano temblorosa, le tocó como si poseyera alguna virtud bienhechora;

después se alejó por la calle solitaria. Había estado enferma: se veía en su rostro pálido y

delgado, en sus ojos hundidos, que revelaban grandes sufrimientos y crueles privaciones.

La seguimos de lejos hasta estar de vuelta en los barrios populosos. Yo tenía una

confianza tan absoluta en ella, que insinué a míster Peggotty que quizá sería mejor no

seguirla más tiempo; podría creer que queríamos vigilarla. Fue de mi opinión, y dejando a

Martha que siguiera su camino, nos dirigimos hacia Highgate. Me acompañó todavía un

rato, y cuando nos separarnos, rogando a Dios que bendijera aquel nuevo esfuerzo, había

en su voz una tierna compasión muy comprensible.

Era media noche cuando llegué a casa. Iba a entrar, escuchando las campanadas de

Saint Paul, que llegaban en medio del ruido de los relojes de la ciudad, cuando observé

con sorpresa que la puerta del jardín de mi tía estaba abierta y que se veía una débil luz

delante de la casa.

Pensé si sería presa de uno de sus antiguos terrores y estaría observando a lo lejos los

progresos de algún incendio imaginario, y me acerqué para hablarle. ¡Cuál no sería mi

asombro al ver un hombre en su jardín!

Tenía en las manos una botella y un vaso y se dedicaba a beber. Me detuve en medio de

los árboles y, a la luz de la luna, que aparecía a través de las nubes, reconocí al hombre

que había encontrado una vez, yendo con mi tía, en las calles de Londres, después de

haber creído durante mucho tiempo que era un ser fantástico, una alucinación del pobre

cerebro de míster Dick.

Comía y bebía con buen apetito, y al mismo tiempo observaba con curiosidad la casa,

como si fuera la primera vez que la viese. Se inclinó para dejar la botella en el suelo; después

miró a su alrededor con inquietud, corno un hombre que tiene prisa por marcharse.

La luz de la casa se oscureció un momento cuando mi tía pasó por delante. Parecía muy

conmovida, y oí que le ponía dinero en la mano.

-¿Qué quieres que haga con esto? -preguntó el hombre.

-No puedo darte más -respondió mi tía.

-Entonces no me voy, toma; ¡esto no lo quiero!

-¡Malvado! -repuso mi tía con viva emoción, ¿Cómo puedes tratarme así? Pero soy

demasiado buena preguntándotelo. ¡Sabes mi debilidad! Si quisiera desembarazarme para

siempre de tus visitas no tendría más que abandonarte a la suerte que mereces.

-Pues bien, ¿por qué no me abandonas a la suerte que merezco?

-¿Y eres tú quien me hace esa pregunta? -repuso mi tía—. Se necesita tener poco

corazón.

Permaneció un momento sonando el dinero en la mano y. gruñendo, sacudiendo la

cabeza con descontento. Por fin dijo:

-¿Es esto todo lo que quieres darme?

-Es todo lo que puedo darte -dijo mi tía-. Ya sabes que tuve muchas pérdidas; soy

mucho más pobre de lo que era antes, ya te lo he dicho. Ahora que ya tienes lo que buscabas,

¿por qué me atormentas quedándote aquí y demostrándome cómo te has vuelto?

-Me he vuelto muy miserable –dijo-, y vivo como un búho.

-Me has despojado de cuanto poseía –dijo mi tía-, y durante muchos años me has

endurecido el corazón. Me has tratado de la manera más pérfida, más ingrata y más cruel.

Vamos, arrepiéntete; no añadas nuevos pecados a los que ya tienes.

-Sí, todo eso está muy bien, es muy bonito, a fe mía. ¡En fin, puesto que tengo que

conformarme por el momento!…

A pesar suyo pareció avergonzado por las lágrimas de mi tía, y salió con sigilo del

jardín. Yo avancé rápidamente, como si acabara de llegar, y al encontrarnos nos

dirigimos una mirada poco amistosa.

-Tía –dije vivamente-, ¿otra vez este hombre viene a asustarte? Déjame que le hable.

¿Quién es?

-Hijo mío –dijo, agarrándome del brazo-, entra y no me hables en diez minutos.

Nos sentamos en su salón. Ella se ocultó detrás de su antiguo biombo verde, que estaba

sujeto en el respaldo de una silla, y durante un cuarto de hora, poco más o menos, la vi

enjugarse a cada momento los ojos. Después se levantó y vino a sentarse a mi lado.

-Trot -me dijo con serenidad-, es mi marido.

-¿Tu marido? ¡Si yo creía que había muerto!

-Ha muerto para mí -respondió mi tía-; pero vive.

Yo estaba mudo de asombro.

-Betsey Trotwood no tiene aspecto de dejarse seducir por una tierna pasión -dijo con

tranquilidad-; pero hubo un tiempo, Trot, en que había puesto en ese hombre su confianza

entera; un tiempo, Trot, en que le amaba sinceramente, en que no hubiera retrocedido

ante ningún sacrificio, por afecto a él. Y él la ha recompensado comiéndose su fortuna y

rompiéndole el corazón. Entonces Betsey ha enterrado de una vez para siempre toda su

sensibilidad, en una tumba que ella misma ha cavado y vuelto a cerrar.

-¡Mi querida, mi buena tía!

-He sido generosa con él -continuó, poniendo su mano encima de las mías-. Lo puedo

decir ahora, Trot: he sido generosa con él. Él había sido tan cruel conmigo, que hubiera

podido obtener una separación muy provechosa para mis intereses; pero no he querido.

Ha disipado en un segundo cuanto le había dado, y ha ido cayendo cada día más bajo. No

sé si hasta se ha casado con otra mujer. Se ha hecho un aventurero, un jugador, un

tunante. Le acabas de ver tal como está ahora; pero era un hombre excelente cuando yo

me casé con él –dijo mi tía, cuya voz contenía todavía algo de su admiración pasada-, y

como era una pobre loca, le creía la encarnación del honor.

Me estrechó la mano y movió la cabeza.

-Ahora ya no es nada para mí, Trot; menos que nada. Pero mejor que verle castigar por

sus faltas (lo que le ocurriría infaliblemente si viviera en este país) le doy de vez en

cuando más de lo que puedo, a condición de que se aleje. Estaba loca cuando me casé con

él, y aún soy tan incorregible, que no querría ver maltratado al hombre sobre el que pude

hacerme en aquel tiempo tan absurdas ilusiones, pues creía en él, Trot, con toda mi alma.

Mi tía lanzó un suspiro y se sacudió suavemente la falda.

-Ahora, querido -me dijo-, ya lo sabes todo, desde el principio hasta el fin, y no

necesitamos volver a hablar de ello; y por descontado a nadie dirás una palabra. Es mi

locura, la historia de mi locura, y debemos guardarla entre nosotros.

CAPÍTULO VIII

SUCESO DOMÉSTICO

Trabajaba activamente en mi libro, sin interrumpir mis ocupaciones de taquígrafo, y

cuando lo publiqué obtuvo un gran éxito. Yo no me dejaba aturdir por las alabanzas que

sonaban en mis oídos, y, sin embargo, gozaba vivamente, y estoy seguro de que pensaba

de mi obra mejor que todo el mundo. He observado a menudo que los que tienen razones

legítimas de estimar su talento no lo demuestran a los ojos de los demás, con objeto de

que crean en él. Por esto yo continuaba modesto, por respeto a mí mismo, y cuanto más

me elogiaban, más trataba de merecerlo.

Mi intención no es contar en este relato (por lo demás completo) de mi vida la historia

de los libros que he publicado. Ellos hablan por sí mismos y les dejo ese cuidado; sólo

hago alusión de pasada porque sirven para conocer en parte el desarrollo de mi carrera.

Tenía entonces algunas razones para creer que la naturaleza, ayudada por las

circunstancias, me había destinado a ser escritor, y me dediqué con firmeza a mi

vocación. Sin aquella confianza seguramente hubiese renunciado, para dar algún otro

objetivo a mi energía, y hubiese tratado de descubrir lo que la naturaleza y las

circunstancias podían realmente hacer de mí, para dedicarme a ello exclusivamente.

Había tenido tanto éxito desde hacía algún tiempo en mis ensayos literarios, que creí

poder razonablemente, después de un nuevo éxito, escapar por fin al aburrimiento de los

terribles debates del Parlamento. Una noche, por lo tanto, ¡qué feliz noche!, enterré bien

hondas aquellas transcripciones musicales de trombones parlamentarios. Desde aquel día

ni siquiera he querido volver a oírles; bastante es verme todavía perseguido, cuando leo el

periódico, por ese runruneo eterno y monótono.

En el momento de que hablo hacía, poco más o menos, un año y medio que nos

habíamos casado. Después de diferentes pruebas, habíamos terminado por decir que no

merecía la pena dirigir nuestra casa. Se dirigía sola, con la ayuda de un muchacho, cuya

principal ocupación era pelearse con la cocinera, y en ese punto era un perfecto

Whitington; la única diferencia es que no había gato, ni la menor esperanza de llegar

nunca a alcalde, como él.

Vivía en medio de una lluvia continua de cacerolas. Su vida era un combate. Se le oía

gritar «¡socorro!» en las ocasiones más molestas; por ejemplo, cuando teníamos gente a

comer, o algunos amigos por la noche; o bien, salía rugiendo de la cocina, y caía bajo el

peso de una parte de nuestros utensilios, que su enemiga le tiraba. Deseábamos desembarazarnos

de él; pero nos quería mucho y no podía dejamos. Lloraba sin cesar, y cuando se

trataba de separarnos de él, lanzaba tales gemidos, que nos veíamos obligados a conservarle

a nuestro lado. No tenía madre, y por toda familia tenía una hermana que se había

embarcado para América iel día que él entró a nuestro servicio; le teníamos, por lo tanto,

encima, como un pequeño idiota a quien la familia se ve obligada a mantener. Sentía muy

vivamente su desgracia y se enjugaba constantemente los ojos con la manga de su chaqueta,

cuando no estaba ocupado sonándose en una esquinita de su pañuelo, que por nada

del mundo se hubiera atrevido a sacar entero del bolsillo, por economía y por discreción.

Aquel diablo de muchacho, que habíamos tenido la desgracia, en un momento nefasto,

de tomar a nuestro servicio por el precio de seis libras al año, era para mí un objeto

continuo de preocupaciones. Le observaba, le veía crecer, pues, ya se sabe, la mala hierba

…. y pensaba con angustia en la época en que tuviera barba; después, en la época en que

estaría calvo. No veía la menor esperanza de deshacerme de él, y pensando en el

porvenir, pensaba en lo que nos estorbaría cuando fuera viejo.

No me esperaba lo más mínimo el procedimiento que utilizó el infeliz para sacarme del

apuro. Robó el reloj de Dora, que, naturalmente, no estaba nunca en su sitio, como todo

lo que nos pertenecía; lo vendió, y gastó el dinero (¡pobre idiota!) en pasearse sin cesar

en la imperial del ómnibus de Londres a Ubridge. Iba a emprender su viaje número

quince cuando un policía le detuvo. No se le encontraron encima más que cuatro chelines

y una flauta, comprada de segunda mano y que no sonaba.

Aquel descubrimiento y sus consecuencias no me hubiesen sorprendido tan

desagradablemente si no se hubiera arrepentido. Pero lo estaba, y de una manera muy

particular…, no en grande…, por decirlo así, sino en detalle. Por ejemplo, al día siguiente,

cuando me vi obligado a declarar contra él, hizo ciertas declaraciones concernientes a una

cesta de botellas de vino que creíamos llena y que ya sólo contenía dos botellas vacías.

Esperábamos que ya sería lo último, que habría descargado su conciencia y que no

tendría nada que contamos sobre la cocinera; pero dos o tres días después tuvo nuevos remordimientos

de conciencia, que le obligaron a confesar que la cocinera tenía una niña,

que venía todos los días muy temprano a llevarse nuestro pan, y que también a él le

habían sobornado para que proveyera de carbón al lechero. Después de cierto tiempo fui

informado por las autoridades de que salió en una dirección penitencial muy distinta, y se

puso a confesar al camarero del café cercano, que pensaba robar en casa. Detuvieron al

camarero. Yo estaba tan confuso del papel de víctima por que me hacía pasar con

aquellas torturas repetidas, que le hubiese dado todo el dinero que me hubiera pedido

porque se callase, o hubiera ofrecido con gusto una suma redonda porque le permitieran

escapar. Y lo peor es que no tenía ni idea de lo que me molestaba; y, por el contrario,

creía que cada nuevo descubrimiento era una reparación. ¡Dios me perdone! Pero no me

sorprendería que se creyera que multiplicaba así sus derechos a mi agradecimiento.

Por fin tomé la decisión de ser yo quien se escapase siempre que veía un enviado de la

policía encargado de transmitirme alguna nueva revelación, y viví, por decirlo así, de

ocultis hasta que aquel desgraciado muchacho fue juzgado y condenado a la deportación.

Pero ni aun así podía permanecer tranquilo, y nos escribía constantemente. Pidió

porfiadamente ver a Dora antes de marcharse; Dora consintió, fue y se desvaneció al ver

la reja de la prisión cerrarse tras de ella. En una palabra, fui un desgraciado hasta el

momento de su partida; por fin fue expatriado y supe que se había hecho pastor, allá

lejos, en el campo, no sé dónde. Me faltan conocimientos geográficos.

Todo aquello me hizo reflexionar seriamente y me presentó nuestros errores bajo un

aspecto nuevo; no pude por menos de decírselo a Dora una noche, a pesar de mi ternura

por ella.

-Amor mío -le dije-, me resulta muy penoso pensar que la mala administración de

nuestra casa no solamente nos perjudica a nosotros (ya nos habíamos acostumbrado), sino

también a los demás.

-Hace mucho tiempo que no me decías nada; no vayas otra vez a ser gruñón -me

contestó Dora.

-No; es en serio, Dora; déjame que te explique lo que quiero decir.

-No tengo ganas de saberlo.

-Pero tienes que saberlo, amor mío; suelta a Jip.

Dora puso la nariz de Jip encima de la mía, diciendo «¡Boh!», para tratar de hacerme

reír; pero viendo que no lo conseguía, envió al perro a su pagoda y se sentó delante de mí,

con las manos juntas y la cara resignada.

-El caso es, hija mía -continué-, que nuestra enfermedad se contagia; se la pegamos a

todo el que nos rodea.

Hubiese continuado en aquel estilo figurado si el rostro de Dora no me hubiera

advertido que esperaba que le propusiera alguna nueva vacuna o algún otro remedio

médico para curar aquella enfermedad contagiosa que padecíamos. Por lo tanto me decidí

a decirle sencillamente:

-No sólo, querida mía, perdemos dinero y comodidad por nuestro descuido; no

solamente nuestro carácter también sufre a veces, sino que tenemos la grave

responsabilidad de estropear a todos los que entran a nuestro servicio o que tienen que

ver con nosotros. Empiezo a temer que no esté toda la culpa en un lado sólo, y que si

todos esos individuos se estropean, sea porque tampoco nosotros vamos muy bien.

-¡Oh, qué acusación! —exclamó Dora, abriendo mucho los ojos- ¡Cómo! ¿Quieres

decir que me has visto alguna vez robar relojes de oro? ¡Oh!

—Querida mía -contesté-, no digamos tonterías. ¿Quién te habla de relojes?

-Tú -repuso Dora-, tu sabes muy bien. Has dicho que yo tampoco voy bien, y me has

comparado con él.

-¿Con quién? -pregunté

-Con nuestro criado -dijo sollozando- ¡Oh, qué malo eres! ¡Comparar a una mujer que

lo quiere con ternura con un muchacho a quien acaban de deportar! ¿Por qué no me

dijiste lo que pensabas de mí antes de casamos? ¿Por qué no me previniste de que lo

parecía peor que un chico a quien acaban de deportar? ¡Oh, qué horrible opinión tienes de

mí, Dios mío!

-Vamos, Dora, amor mío -repuse, tratando de quitarle dulcemente el pañuelo con que

ocultaba los ojos-, no solamente lo que dices es ridículo, sino que está mal. En primer

lugar no es verdad.

-Eso es. Siempre le habías acusado de decir mentiras (cada vez lloraba más), y ya dices

lo mismo de mí. ¡Oh! ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de mí?

-Querida mía, te suplico muy en serio que seas más razonable y que escuches lo que

tengo que decirte. Querida Dora, si no cumplimos nuestros deberes con los que nos sirven,

no aprenderán nunca sus deberes con nosotros. Tengo miedo de que les demos

ocasiones de obrar mal. Aunque fuéramos por gusto tan descuidados (y no es así); aunque

nos resultara hasta agradable (y no es nada de eso), estoy convencido de que no tenemos

derecho para obrar así. Corrompemos verdaderamente a los demás. En conciencia estamos

obligados a fijarnos un poco. Yo no puedo por menos de pensar en ello, Dora. Es

un pensamiento que no sabría desechar y que me atormenta mucho. Eso es todo, querida.

¡Ven aquí, no seas niña!

Pero Dora no consintió en mucho tiempo que le levantara el pañuelo. Continuaba

sollozando, y murmurando que, puesto que estaba tan atormentado, hubiese debido no casarme.

¿Por qué no le había dicho, aunque hubiera sido la víspera de la boda, que iba a

estar demasiado atormentado, y que era mejor renunciar a ello? Puesto que no podía

resistirla, ¿por qué no la enviaba con sus tías a Putney, o con Julia Mills a la India? Julia

estaría encantada de verla y no la compararía con un criado deportado; nunca le había

hecho una injuria semejante. En una palabra, Dora estaba tan afligida, y su pena me

entristecía tanto, que sentí que era inútil repetir mis sermones, por dulzura que pusiera en

ellos, y que había que probar de otra manera.

Pero ¿qué podía hacer? ¿Tratar de «formar su espíritu»? Son lugares comunes que

prometen, y resolví formar el espíritu de Dora.

Me puse a la tarea inmediatamente. Cuando veía a Dora hacer la niña y tenía muchas

ganas de participar de su humor, trataba de estar grave… y sólo conseguía desconcertarla

y desconcertarme yo. Le hablaba de las cosas que me preocupaban ya en aquella época,

le leía a Shakespeare, y entonces la cansaba hasta más no poder. Trataba de insinuarle,

como por casualidad, algunas nociones útiles o algunas opiniones sensatas, y en cuanto

terminaba se apresuraba a escaparse, como si la hubiera tenido presa. Por mucho que

hacía para estar natural cuando quería «formar el espíritu» de mi mujercita, veía que

adivinaba siempre dónde quería it a parar y que temblaba de antemano. Era evidente que

miraba a Shakespeare como un fastidio terrible. Decididamente, no se formaba deprisa.

Empleé a Traddles en aquella gran empresa, sin prevenirle, y siempre que nos venía a

ver ensayaba sobre él mis máquinas de guerra para la edificación de Dora por vía indirecta.

Agobiaba a Traddles con una multitud de excelentes máximas; pero toda mi

sabiduría no obtenía más resultado que entristecer a Dora; siempre tenía miedo de que le

tocara la vez. Hacía el papel de un maestro de escuela o de una bruja; me había

convertido en la araña de aquella mosca de Dora, siempre dispuesto a lanzarme sobre ella

desde el fondo de mi tela; la veía muy bien en su infinita turbación.

Sin embargo, perseveré durante meses enteros, esperando siempre que llegara un

momento en que se estableciera entre nosotros una simpatía perfecta y en que hubiera por

fin « formado su espíritu» a mi entero placer. Por último, creí darme cuenta de que, a

pesar de toda mi resolución, y aunque me había vuelto un erizo, un verdadero

puercoespín, no había adelantado nada, y pensé que quizá el espíritu de Dora estaba

formado del todo ya.

Reflexionando sobre ello, me pareció tan verosímil, que abandoné mi proyecto, que no

había respondido lo más mínimo a mis esperanzas, y decidí contentarme para siempre

con tener una « mujer-niña» , en lugar de tratar de cambiarla sin éxito. Yo mismo estaba

cansado de mi prudencia y de mi razón solitarias, y sufría al ver la violencia habitual a

que había condenado a mi querida esposa. Un día le compré unos bonitos pendientes, y

un collar para Jip, y volví a casa decidido a ser agradable.

Dora se quedó encantada con los regalitos y me abrazó con ternura; pero había entre

nosotros una sombra, y, por ligera que fuese, yo no quería que subsistiera; me había decidido

a cargar yo solo con todos los fastidios de la vida.

Me senté en el sofá, al lado de mi mujer, y le puse sus pendientes; después le dije que

desde hacía algún tiempo no éramos tan buenos amigos, y que era culpa mía; que lo reconocía

sinceramente. Y era la verdad.

-El caso es, Dora mía, que trataba de ser razonable.

-Y también hacerme razonable a mí, ¿no es verdad, Davy?

Le hice un signo afirmativo, mientras ella levantaba hacia mí sus hermosos ojos, y besé

sus labios entreabiertos.

-Es inútil —dijo Dora, sacudiendo la cabeza para mover los pendientes-; ya sabes lo

que soy y has olvidado el nombre que quería que me dieras desde el principio. Si no puedes

resignarte a ello creo que no me querrás nunca. ¿Estás seguro de que no piensas

alguna vez que… quizá… te hubiera valido más …?

-¿Valido más qué, querida mía? -pues se había callado.

-Nada -dijo Dora.

-¿Nada? -repetí.

Me rodeó el cuello con los brazos, riéndose y tratándose a sí misma de tontuela, como

de costumbre, y escondió la cabeza en mi hombro, en medio de un verdadero bosque de

bucles que me costó un trabajo infinito separar para mirarle la cara.

-¿Quieres decir que hubiera sido mejor no hacer nada para tratar de «formar el espíritu»

de mi querida mujer? -dije, riendo yo también de mi feliz invención- ¿No era esa tu

pregunta? ¡Sí, yo creo que sí!

-¡Cómo! ¿Era eso lo que tratabas de hacer? -exclamó Dora-. ¡Oh qué malo!

-Pero ya no volveré a hacerlo, pues la quiero tal como es.

-¿De verdad? ¿De verdad? -me preguntó, apretándose contra mí.

-¿Para qué voy a tratar de cambiar lo que me es tan querido desde hace tanto tiempo?

Nunca estás mejor que cuando eres tú misma, mi querida Dora; por lo tanto, no

volveremos a hacer pruebas temerarias; recobremos nuestras antiguas costumbres para

ser dichosos.

-¿Para ser dichosos? -repuso Dora-. ¡Oh, síl, todo el día. ¿Y me prometes no enfadarte

si las cosas van algo trastomadas?

-No, no; trataremos de hacerlo lo mejor posible.

-Y no volverás a decirme que estropeamos a los que nos rodean –dijo con mimo-, ¿no

es verdad? ¡Está tan mal!

-No, no -dije.

-Más vale todavía que sea estúpida que desagradable, ¿no es verdad? -dijo Dora.

-Más vale ser sencillamente Dora que cualquiera del mundo.

-¡El mundo! ¡Oh mi Davy, el mundo es muy grande!

Y sacudiendo alegremente la cabeza, volvió hacia mí sus ojos encantados, se echó a

reír, me abrazó y saltó para alcanzar a Jip y probarle su nuevo collar.

Así terminó mi último intento de cambiar a Dora. Había sido una equivocación el

intentar cambiarla: no podía soportar mi formalidad solitaria, no podía olvidar cómo me

había pedido que la llamara mi < mujer-niña». En el futuro, pensaba, trataría de mejorar

lo más posible las cosas, pero sin ruido; esto no era muy fácil: estaba siempre expuesto a

volver a mi papel de araña que espía desde el fondo de su tela.

Y ninguna sombra debía volverse a poner entre nosotros; ya sólo debían pesar sobre mi

corazón. ¡Van a ver ustedes cómo!

El sentimiento penoso que había concebido hacía tiempo se extendió desde entonces

sobre mi vida entera, más profundo quizá que en el pasado, pero más vago que nunca,

como el acento quejoso de una música triste que oyera vibrar en medio de la noche.

Amaba tiernamente a mi mujer y era dichoso; pero la felicidad que gozaba no era la que

había yo soñado: siempre me faltaba algo.

Decidido a cumplir la promesa que me había hecho a mí mismo de poner en este papel

el relato fiel de mi vida, me examino cuidadosamente, sinceramente, para poner a la vista

todos los secretos de mi corazón. Lo que me faltaba lo miraba todavía y lo había mirado

siempre como un sueño de mi imaginación, un sueño que no podía realizarse. Sufría

como sufren, poco más o menos, todos los hombres al sentir que era una quimera

imposible. Pero a pesar de todo no podía por menos de decirme que más hubiese valido

que mi mujer me ayudara más, que participara de todos mis pensamientos, en lugar de

dejarme a mí solo todo el peso. Hubiese podido hacerlo y no lo hacía. Eso estaba

obligado a reconocerlo.

Dudaba entre dos conclusiones que no podían conciliarse: o bien lo que sentía era

general, inevitable, o bien era una cosa particular mía, de la que me hubiese podido librar.

Cuando pensaba en aquellos castillos en el aire, en aquellos sueños de mi juventud, que

no podían realizarse, reprochaba a la edad madura ser menos rica en felicidad que la

adolescencia, y entonces aquellos días de felicidad al lado de Agnes, en su vieja casa, se

levantaban ante mí como espectros del tiempo pasado, que podrían resucitar quizá en otro

mundo, pero que yo no podía esperar revivir aquí abajo.

A veces otro pensamiento me atravesaba el espíritu: ¿Qué hubiese sucedido si Dora y

yo no nos hubiéramos conocido nunca? Pero Dora estaba tan mezclada en mi vida, que

era una idea fugitiva, que pronto volaba lejos, como el hilo de la Virgen, que flota y

desaparece en el aire.

La quería siempre. Los sentimientos que describo aquí dormitaban en el fondo de mi

corazón; apenas tenía consciencia de ellos. No creo que tuvieran ninguna influencia sobre

mis palabras ni sobre mis acciones. Yo llevaba el peso de todas nuestras pequeñas

preocupaciones, de nuestros proyectos; Dora seguía dándome las plumas, y los dos

sentíamos que las cosas así estaban repartidas lo mejor que podían estarlo. Me quería y

estaba orgullosa de mí; y cuando Agnes le escribía que mis antiguos amigos se

regocijaban con mis éxitos, cuando le decía que al leerme le parecía oír mi voz, Dora

tenía lágrimas de alegría en los ojos, me llamaba su querido, su ilustre, su viejo marido.

«El primer movimiento de un corazór. :rdisciplinado.» Aquellas palabras de mistress

Strong me volvían sin cesar al espíritu, las tenía siempre presentes. Por la noche las

encontraba al despertarme; en mis sueños las leía escritas en las paredes de la casa. Pues

ahora sabía que mi corazón no había conocido disciplina cuando se había enamorado de

Dora, y que hoy mismo, si estuviera mejor disciplinado, no hubiese sentido, después de

nuestro matrimonio, los sentimientos de que hacía secreta experiencia.

« No hay matrimonio más desacertado que aquel en que no hay comunión de ideas ni

de carácter.» Tampoco había olvidado aquellas palabras. Había tratado de moldear a Dora

a mi carácter, y no lo había conseguido. No me quedaba más remedio que hacerme yo al

carácter de Dora, compartir con ella lo que pudiera y contentarme, llevando el resto sobre

mis hombros. Esa era la disciplina a que tenía que someter mi corazón. Gracias a aquellas

resoluciones, mi segundo año de matrimonio fue mucho más dichoso que el primero, y,

lo que valía más todavía, la vida de Dora era un rayo de sol.

Pero al transcurrir aquel año había disminuido la fuerza de Dora. Yo había esperado

que manos más delicadas que las mías vinieran a ayudarme a modelar su alma y que la

sonrisa de un nene hiciera de mi «mujer-niña» una mujer. ¡Vana esperanza! El pequeño

espíritu que debía bendecir nuestra casa se estremeció un momento en la puerta de su

prisión y después voló al cielo, sin conocer siquiera su cautiverio.

-Cuando pueda empezar a correr como antes, tía -decía Dora-, haré salir a Jip; se está

volviendo muy pesado y muy perezoso.

-Sospecho, querida -dijo mi tía, que trabajaba tranquilamente al lado de mi mujer-, que

tiene una enfermedad más grave que la pereza: es la edad, Dora.

-¡Cree usted que es viejo! ¡Oh qué cosa tan extraña, que Jip sea viejo!

-Es una enfermedad a la que estamos expuestos todos, pequeña, a medida que

avanzamos en la vida. Yo me resiento de ella más que nunca, te lo aseguro.

-Pero Jip -dijo Dora mirándole con compasión-, ¿el pequeño Jip también? ¡Pobrecito

mío!

-Yo creo que todavía vivirá mucho tiempo, Capullito -dijo mi tía, besando a Dora, que

se había inclinado sobre el borde del sofá para mirar a Jip. (El pobre animal respondía a

sus caricias sosteniéndose en las patas traseras, y se esforzaba, a pesar de su asma, en

subirse encima de su ama.)

-Este invierno haré forrar de franela su caseta, y estoy segura de que para la primavera

próxima estará mejor que nunca, como las flores.

¡Horroroso animalito! -exclamó mi tía- Si estuviera dotado de tantas vidas como los

gatos, y a punto de perderlas todas, creo que verdaderamente utilizaría su último suspiro

para ladrar contra mí.

Dora le había ayudado a subirse al sofá, desde donde parecía desafiar a mi tía, con tal

furia, que no quería estarse quieto y no dejaba de ladrar de medio lado. Cuanto más lo

miraba mi tía, más la provocaba él, sin duda porque hacía poco que se había puesto

anteojos, y Jip, por razones conocidas sólo por él, consideraba aquello como un insulto

personal.

A fuerza de persuasión Dora había conseguido hacerle echarse a su lado y, cuando ya

estaba tranquilo, acariciaba con dulzura sus largas orejas, repitiendo con aire pensativo:

«Tú también, mi pequeño Jip; ¡pobrecito!».

-Todavía está bastante bien -dijo alegremente mi tía-: la vivacidad de sus antipatías

demuestra que no ha perdido fuerzas; tiene muchos años ante sí, te lo aseguro; pero si

quieres un perro que corra tanto como tú, Capullito, Jip ha vivido ya demasiado para ese

oficio. Yo te regalaré otro.

-Gracias, tía -dijo débilmente Dora-; pero no lo hagas, te lo ruego.

-¿No? –dijo mi tía quitándose las gafas.

-No quiero más perro que Jip -dijo Dora- Sería demasiada crueldad. Además, nunca

podría querer a otro perro como quiero a Jip; no me conocería desde mi boda, no sería el

que ladraba cuando llegaba Davy a nuestra casa. ¡Temo mucho, tía, que no podría querer

a otro perro como a Jip!

-Tienes razón -dijo mi tía, acariciando a Dora en la mejilla-, tienes razón.

-No se enfada conmigo, ¿verdad? -dijo Dora.

-Pero ¡vaya una tontería! –exclamó mi tía, mirándola con ternura-. ¿Cómo puedes

suponer que me enfade?

-¡Oh, no! No lo creo -respondió Dora-; únicamente estoy un poco cansada, y eso es lo

que me pone tan tonta. Siempre soy una tontuela; pero el hablar de Jip me ha puesto

todavía más tonta. Me ha conocido toda mi vida; sabe todo lo que me ha sucedido, ¿no es

verdad, Jip?

Jip se apretaba contra su ama, lamiéndole lánguidamente la mano.

-Todavía no eres bastante viejo para abandonar a tu ama, ¿verdad, Jip? -dijo Dora-.

Todavía nos haremos compañía durante algún tiempo.

¡Mi pequeña Dora! Cuando bajó a la mesa al domingo siguiente y estuvo tan

encantadora con Traddles, que comía con nosotros todos los domingos, pensamos que al

cabo de unos días volvería a correr por todas partes como antes. Nos decían: «Esperen

todavía algunos días», y después: «Esperen algunos días más»; pero no se ponía a correr,

ni siquiera a andar. Estaba muy bonita y muy alegre; pero sus piececitos, que antes

danzaban tan alegres alrededor de Jip, seguían débiles a inmóviles.

Tomé la costumbre de bajarla en brazos todas las mañanas y de volver a subirla lo

mismo todas las noches. Pasaba sus brazos alrededor de mi cuello y reía a lo largo del camino

como si hubiera sido una apuesta. Jip nos precedía ladrando y se detenía sofocado

en el descansillo para ver si llegábamos. Mi tía, la mejor y más alegre de las enfermeras,

nos seguía con todo un cargamento de chales y de almohadas. Míster Dick no hubiese

cedido a nadie el derecho de abrir la marcha con una luz en la mano. Traddles se quedaba

al pie de la escalera, recibiendo todos los mensajes locos que le encargaba Dora para la

muchacha más encantadora del mundo. Parecía una alegre procesión, y mi «mujer-niña»

era la más alegre de todos.

Pero a veces, cuando la cogía en mis brazos y la sentía cada vez más ligera, un vago

sentimiento de tristeza se apoderaba de mí; me parecía que iba hacia un país glacial desconocido,

y aquella idea ensombrecía mi vida. Trataba de ahogar aquel pensamiento; me

lo ocultaba a mí mismo; pero una noche, después de oír gritar a mi tía: « ¡Buenas noches,

Capullito!» , me quedé solo ante mi pupitre, y lloré, pensando: « ¡Oh qué nombre fatal!

¡Si fuera a secarse en su tallo, como las flores! ».

CAPÍTULO IX

ME VEO ENVUELTO EN UN MISTERIO

Una mañana recibí por correo la siguiente carta, fechada en Canterbury, y que me

habían dirigido a Doctors’ Commons. La leí con sorpresa:

« Muy señor mío y querido amigo:

Circunstancias que no han dependido de mi voluntad han enfriado desde hace

tiempo una intimidad que siempre me ha causado las más dulces emociones.

Todavía hoy, cuando me es posible en los raros instantes que me deja libre mi

profesión, contemplo las escenas del pasado con los colores brillantes del prisma

de la memoria y las considero con felicidad. Nunca me atrevería, mi querido

amigo, ahora que su talento le ha elevado a un puesto tan distinguido, a dar a mi

compañero de la juventud el nombre familiar de Copperfield. Me basta saber que

ese nombre a que tengo el honor de hacer alusión quedará eternamente rodeado de

afecto y estima en los archivos de nuestra casa (quiero hablar de los archivos

concernientes a nuestros antiguos huéspedes, conservados cuidadosamente por

mistress Micawber).

No me corresponde a mí, que por una serie de errores personales y una

combinación fortuita de sucesos nefastos me encuentro en la situación de una

barca que ha naufragado (si me está permitido emplear esta comparación náutica);

no me corresponde a mí, repito, dirigirle cumplidos ni felicitaciones. Dejo este

gusto a manos más puras y más dignas.

Si sus importantes ocupaciones (no me atrevo a esperarlo) le permiten recorrer

estas líneas imperfectas, seguramente se preguntará usted con qué objeto escribo

la presente carta. Permítame que le diga que comprendo toda la justeza de esa

pregunta y que voy a demostrárselo, declarándole en primer lugar que no tiene

nada que ver con asuntos económicos.

Sin aludir directamente al talento que yo pueda tener para dirigir el rayo o la

llama vengadora contra quienquiera que sea, puedo permitirme observar de

pasada que mis más brillantes esperanzas están destruidas, que mi paz está

destrozada y que todas mis alegrías se han agotado; que mi corazón no sé dónde

está, y que ya no puedo llevar la cabeza alta ante mis semejantes. La copa de

amargura desborda, el gusano trabaja y pronto habrá roído a su víctima. Cuanto

antes será mejor. Pero no quiero alejarme de mi asunto.

Estando en la más penosa situación de ánimo, demasiado desgraciado para que

la influencia de mistress Micawber pueda dulcificar mi sufrimiento, aunque la

ejerce en su triple calidad de mujer, de esposa y de madre, tengo la intención de

huir durante unos instantes y emplear cuarenta y ocho horas en visitar, en la

capital, los lugares que fueron teatro de mi alegría. Entre los puertos tranquilos en

que he conocido la paz de mi alma, me dirigiré, naturalmente, a la prisión de

King’s Bench. Y habré conseguido el objeto de mi comunicación epistolar si le

anuncio que estaré (D. m.) al lado exterior del muro de esta prisión pasado mañana

a las siete de la tarde.

No me atrevo a pedir a mi antiguo amigo míster Copperfield, ni a mi antiguo

amigo míster Thomas Traddles, si es que vive todavía, que se dignen venir a

encontrarme para reanudar (en lo posible) nuestras relaciones de los buenos

tiempos. Me limito a lanzar al viento esta indicación: la hora y el lugar antes

dichos, donde podrán encontrarse los vestigios ruinosos que todavía

quedan

de

una

torre

derrumbada.

WILKINS MICAWBER.

P. S.-Quizá sea prudente añadir que no he dicho a mistress Micawber el secreto

de mis intenciones.»

Releí muchas veces aquella carta. A pesar de que recordaba el estilo pomposo de las

composiciones de míster Micawber, y cómo le había gustado siempre escribir cartas interminables

aprovechando todas las ocasiones posibles e imposibles, me parecía que

debía de haber en el fondo de aquel galimatías algo de importancia. Dejé la carta para reflexionar;

después la volví a leer, y estaba embebido en su tercera lectura cuando llegó

Traddles.

-Querido -le dije-, ¡qué oportunidad la tuya viniendo! Vas a ayudarme con tu juicio

reflexivo. He recibido, mi querido Traddles, la carta más extravagante de míster Micawber.

-¿De verdad! ¡Vamos! Pues yo he recibido una de mistress Micawber.

Y Traddles, sofocado por el camino, con los cabellos erizados como si acabara de

encontrarse un aparecido, me tendió su carta y cogió la mía. Yo le miraba leer, y vi que

sonreía al llegar a «lanzar el rayo o dirigir la llama vengadora».

-¡Dios mío, Copperfield! -exclamó.

Después me dediqué a la lectura de la epístola de mistress Micawber. Era esta:

«Presento todos mis respetos a mistress Thomas Traddles, y si acaso guarda

algún recuerdo de una persona que tuvo la felicidad de estar relacionada con él,

me atrevo a pedirle que me consagre unos instantes. Le aseguro, míster Thomas

Traddles, que no abusaría de su bondad si no estuviera a punto de perder la razón.

Es muy doloroso para mí el confesar que es la frialdad de míster Micawber para

con su mujer y sus hijos (¡él, tan tierno siempre!) la que me obliga a dirigirme hoy

a míster Traddles solicitando su ayuda. Míster Traddles no puede hacerse idea del

cambio que se ha operado en la conducta de míster Micawber, de su

extravagancia y de su violencia. Esto ha ido creciendo y ha llegado a ser una

verdadera aberración. Puedo asegurar a míster Traddles que no pasa día sin que

tenga que soportar algún paroxismo de ese género. Míster Traddles no necesitará

que yo me extienda sobre mi dolor cuando le diga que oigo continuamente a

míster Micawber afirmar que se ha vendido al diablo. El misterio y el secreto son

desde hace mucho tiempo su carácter habitual, en lugar de su antigua a ilimitada

confianza. A la más insignificante provocación; por ejemplo, si yo le pregunto:

«¿Qué quieres comer?», me declara que va a pedir la separación de cuerpos y de

bienes. Ayer por la tarde, porque le pidieron sus hijos dos peniques para

caramelos de limón, amenazó con un cuchillo de ostras a los dos mellizos.

Suplico a míster Traddles que me perdone todos estos detalles, que únicamente

pueden darle una muy ligera idea de mi horrible situación.

¿Puedo ahora confiar a míster Traddles el objeto de mi carta? ¿Me permite que

me abandone a su amistad? ¡Oh, sí! Conozco muy bien su corazón.

Los ojos del afecto ven claro, sobre todo en nosotras las mujeres. Míster

Micawber va a Londres. Aunque ha tratado de ocultarse, mientras escribía la

dirección en la maleta oscura que ha conocido nuestros días dichosos, la mirada

de águila de la ansiedad ha sabido leer la última sílaba: «dres». La diligencia para

en La Cruz de Oro. ¿Puedo pedir a míster Traddles que haga por ver a mi esposo,

que se extravía, y por atraerle al buen camino? ¿Puedo pedir a míster Traddles

que ayude a una familia desesperada? ¡Oh, no! ¡Esto sería demasiado!

Si míster Copperfield, en su gloria, se acuerda todavía de una persona tan

insignificante como yo, ¿querría míster Traddles transmitirle mis saludos y mis

súplicas? En todo caso, le ruego que mire esta carta como exclusivamente

particular y que no haga alusión a ella, bajo ningún pretexto, en presencia de

míster Micawber.

Si míster Traddles se digna contestarme (lo que me parece muy poco probable)

una carta dirigida a M. E., lista de Correos, Canterbury, tendrá bajo esta dirección

consecuencias menos dolorosas, que bajo cualquier otra, para la que ha tenido el

honor de ser con la más profunda desesperación

su muy respetuosa y suplicante amiga,

EMMA MICAWBER.»

-¿Qué te parece esta carta? -me dijo Traddles mirándome.

-Y tú ¿qué piensas de la otra? -le dije, pues la leía con expresión ansiosa.

-Creo, Copperfield, que estas dos camas reunidas son más significativas de lo que son

en general las epístolas de míster y de mistress Micawber; pero no acabo de comprender

lo que quieren decir. No dudo de que las han escrito con la mejor fe del mundo. ¡Pobre

mujer! -dijo mirando la carta de mistress Micawber, mientras comparábamos las dos

misivas-. De todos modos, hay que tener compasión de ella y escribirle diciendo que no

dejaremos de ver a míster Micawber.

Consentí con tanto gusto porque me reprochaba el haber considerado con demasiada

ligereza la primera carta de aquella pobre mujer. Entonces me había hecho reflexionar;

pero estaba preocupado con mis propios asuntos, conocía bien a los individuos y poco a

poco había terminado por olvidarlos. El recuerdo de los Micawber me preocupaba a

menudo; pero era sobre todo preguntándome cuáles serían los «compromisos pecuniarios

» que estaban a punto de contraer en Canterbury, y para recordar la confusión

con que mister Micawber me había recibido al poco tiempo de ser el empleado de Uriah

Heep.

Escribí una carta consoladora a mistress Micawber, en nombre de los dos, y la

firmamos también los dos. Salimos para echarla al correo, y en el camino nos dedicamos

Traddles y yo a hacer una multitud de suposiciones que sería inútil repetir aquí. Pedimos

consejo a mi tía; pero el único resultado positivo de la charla fue que no dejaríamos de ir

a la cita fijada por mister Micawber.

En efecto, llegamos al lugar convenido con un cuarto de hora de anticipación; míster

Micawber estaba ya allí. Estaba de pie, con los brazos cruzados y apoyado en la pared;

miraba de un modo sentimental las puntas de hierro que coronaban la tapia, como si

fueran las ramas enlazadas de los árboles que le habían abrigado los días de su juventud.

Cuando estuvimos a su lado nos pareció menos suelto y elegante que en el pasado.

Aquel día no se había puesto el traje negro; llevaba su antigua chaqueta y su pantalón ceñido;

pero ya no lo llevaba con la misma gracia de entonces.

A medida que hablábamos recobraba algo de sus antiguos modales; pero su lente no

pendía con la misma elegancia, y el cuello de su camisa estaba menos cuidado.

-Caballeros -dijo míster Micawber cuando cambiamos los primeros saludos-, son

ustedes verdaderos amigos, los amigos de la adversidad. Permítanme que les pida algunos

detalles sobre la salud física de mistress Copperfield, in esse, y de mistress Traddles, in

posse; suponiendo que mister Traddles no se haya unido todavía a la razón de su cariño

para compartir el bien y el mal de la casa.

Le contestamos como era de esperar. Después, señalándonos con el dedo la pared,

había ya empezado a componer su discurso con «Les aseguro, caballeros …», cuando me

atreví a oponerme a que nos tratara con tanta ceremonia, y a rogarle que nos considerara

como antiguos amigos.

-Mi querido Copperfield -repuso estrechándome la mano-, su cordialidad me aturde.

Recibiendo con tanta bondad este fragmento ruinoso de un templo al que antes se

consideraba como hombre, si puedo expresarme así, da usted pruebas de sentimientos que

honran nuestra común naturaleza. Estaba a punto de decir que volvía a ver hoy el lugar

tranquilo donde han transcurrido algunos de los años más bellos de mi existencia.

-Gracias a mistress Micawber, estoy convencido -contesté-. ¿Y cómo sigue?

-Gracias -repuso míster Micawber, cuyo rostro se había ensombrecido-; está regular.

Vea usted -continuó mister Micawber, inclinando la cabeza-, vea usted el King’s Bench,

el lugar donde por primera vez durante muchos años la dolorosa carga de compromisos

pecuniarios no ha sido proclamada cada día por voces inoportunas que se negasen a

dejarme salir; donde no había a la puerta aldaba que permitiera a los acreedores llamar;

donde no exigían ningún servicio personal, y donde aquellos que os detenían en la prisión

tenían que esperar en la puerta. Caballeros —dijo mister Micawber-, cuando la sombra de

esos picos de hierro que adornan el muro de ladrillo llegaba a reflejarse en la arena de la

pared, he visto a mis hijos jugar, siguiendo con sus pies el laberinto complicado del suelo,

tratando de evitar los puntos negros. Todas las piedras de este edificio me son familiares.

Si no puedo ocultarles mi debilidad, dispénsenme.

-Todos hemos hecho carrera en el mundo desde aquellos tiempos, míster Micawber -le

dije.

-Míster Copperfield -me respondió con amargura-, cuando yo habitaba este retiro podía

mirar de frente a mis prójimos y podía destruirlos si llegaban a ofenderme. Ya no estoy a

ese nivel de igualdad con mis semejantes.

Míster Micawber se alejó con abatimiento, y cogiendo el brazo de Traddles por un lado,

mientras con el otro se apoyaba en el mío, continuó así:

-Hay en el camino que lleva a la tumba límites que nunca se querría haber franqueado,

si no se pensara que semejante deseo era impío. Eso es para mí el King’s Bench en mi

vida abigarrada.

-Está usted muy triste, míster Micawber -dijo Traddles.

-Sí, señor -respondió míster Micawber.

-Espero que no sea porque se haya asqueado usted del Derecho, pues yo soy ahogado,

como usted sabe.

Míster Micawber no contestó una palabra.

-¿Cómo está nuestro amigo Heep, míster Micawber? -le pregunté, después de un

momento de silencio.

-Mi querido Copperfield -respondió míster Micawber, que en el primer momento

pareció presa de una violenta emoción, y después se puso muy pálido-, si llama usted su

amigo al que me emplea, lo siento; si le llama usted mi amigo, le contestaré con una risa

sardónica. Sea cual fuere el nombre que usted dé a ese caballero, le pido permiso para

responderle sencillamente que, cualquiera que sea su estado de salud, parece una zorra,

por no decir un diablo. Me permitirá usted que no me extienda más, como individuo,

sobre un asunto que como hombre público me ha arrastrado casi al borde del abismo.

Le expresé mi sentimiento por haber abordado inocentemente un tema de conversación

que parecía conmoverle tan vivamente.

-¿Puedo preguntarle, sin correr el mismo peligro, cómo están mis queridos amigos

míster y miss Wickfield?

-Miss Wickfield -dijo míster Micawber, y su rostro enrojeció violentamente-, miss

Wickfield es lo que ha sido siempre: un modelo, un ejemplo deslumbrante. Mi querido

Copperfield, es la única estrella que brilla en medio de una noche profunda. Mi respeto

por esa señorita, mi admiración por su virtud, mi cariño a su persona… tanta bondad,

tanta ternura, tanta fidelidad… ¡Llévenme a un sitio solitario -dijo al fin-, porque no soy

dueño de mí!

Le condujimos a una estrecha callejuela, se apoyó contra la pared y sacó su pañuelo. Si

yo le miraba con la seriedad que Traddles, nuestra compañía no era lo más apropiado

para devolverle el valor.

-Estoy condenado -dijo míster Micawber sollozando, pero sin olvidar al sollozar algo

de su elegancia pasada-, estoy condenado, caballeros, a sufrir, a causa de todos los Buenos

sentimientos que encierra la naturaleza humana. El homenaje que acabo de hacer a

miss Wickfield me traspasa el corazón. Más vale que me dejen vagar por el mundo; les

repito que los gusanos no tardarán en arreglar cuentas conmigo.

Sin responder a aquella invocación, esperamos a que se volviera a guardar el pañuelo

en el bolsillo, estirado el cuello de la camisa y silbado una canción, con el aire más despreocupado

para engañar a los que pasaban y que hubieran podido fijarse en sus lágrimas.

Entonces le dije, muy decidido a no perderle de vista (para no perder tampoco lo que

queríamos saber), que estaría encantado de presentarle a mi tía, si quería acompañarnos

hasta Highgate, donde podíamos ofrecerle una cama.

-Nos hará usted un vasito de su excelente ponche, mister Micawber -le dije-, y además

los recuerdos agradables le harán olvidar sus actuales preocupaciones.

-O si usted encuentra algún descanso confiando a sus amigos las causas de su angustia,

míster Micawber, estamos dispuestos a escucharle -añadió prudentemente Traddles.

-Caballeros -respondió míster Micawber-, hagan de mí lo que quieran; soy una paja que

lleva el océano furioso; estoy empujado en todas las direcciones por los elefantes.

Ustedes perdonen, quería decir por los elementos.

Reanudamos la marcha, del brazo; tomamos el ómnibus, llegando sin dificultad a

Highgate. Yo estaba muy confuso y no sabía qué hacer ni qué decir; a Traddles le ocurría

lo mismo. Míster Micawber estaba sombrío. De vez en cuando hacía un esfuerzo para

reponerse, y silbaba una cancioncilla; pero pronto volvía a caer en profunda melancolía, y

cuanto más abatido estaba, más se retorcía el sombrero y más se estiraba el cuello de la

camisa.

Nos dirigimos a casa de mi tía, mejor que a la mía, porque Dora no estaba bien. Mi tía

acogió a míster Micawber con graciosa cordialidad. Míster Micawber le besó la mano, se

retiró a un rincón de la ventana, y sacando el pañuelo del bolsillo se dedicó a una lucha

interior contra sí mismo.

Míster Dick estaba en casa. Era naturalmente compasivo con todo el que sufría, y sabía

descubrirlo tan pronto, que en cinco minutos lo menos estrechó media docena de veces la

mano a míster Micawber. Este afecto, que no esperaba por parte de un extraño, conmovió

de tal modo a mister. Micawber, que repetía a cada instante: «Mi querido señor, es demasiado

». Y míster Dick, animado por el éxito, volvía a la carga con nuevo ardor.

-La bondad de este caballero, señora -dijo míster Micawber al oído de mi tía—, si usted

me permite que saque una comparación florida del vocabulario de nuestros juegos nacionales,

un poco vulgares, me traspasa; semejante recibimiento es una prueba muy

sensible para un hombre que lucha, como yo, contra un montón de preocupaciones y

dificultades.

-Mi amigo míster Dick -repuso mi tía con orgullo- no es un hombre vulgar.

-Estoy convencido, señora -dijo míster Micawber-. Caballero -continuó, pues míster

Dick le estrechaba de nuevo las manos-, agradezco vivamente su bondad.

-¿Cómo está usted? -dijo míster Dick en tono afectuoso.

-Regular, caballero -respondió, suspirando, míster Micawber.

-No hay que dejarse abatir -dijo míster Dick-; por el contrario, trate de alegrarse como

pueda.

Aquellas palabras amistosas conmovieron profundamente a míster Micawber, y míster

Dick le estrechó otra vez la mano entre las suyas.

-Tengo la suerte de encontrar a veces, en el panorama tan variado de la existencia

humana, un oasis en mi camino; pero nunca lo he visto de tal verdor ni tan refrescante

como el que ahora se ofrece ante mis ojos.

En otro momento me hubiera hecho reír la comparación; pero estábamos todos

demasiado preocupados a inquietos, y yo seguía con tanta ansiedad las incertidumbres de

míster Micawber, dudando entre el deseo manifiesto de hacernos una revelación y la

disposición de no revelar nada, que tenía verdaderamente fiebre. Traddles, sentado en el

borde de la silla, con los ojos muy abiertos y los pelos más tiesos que nunca, miraba

alternativamente al suelo y a míster Micawber, sin decir una palabra. Mi tía, mientras

trataba con mucha discreción de comprender a su nuevo huésped, conservaba más

presencia de ánimo que ninguno de nosotros, pues charlaba con él y le hacía charlar

quisiera o no.

-Es usted un antiguo amigo de mi sobrino, míster Micawber –dijo mi tía-, y siento no

haber tenido el gusto de conocerle antes.

-Señora -dijo míster Micawber-, yo también hubiera sido muy dichoso conociéndola

antes, pues no he sido siempre el miserable náufrago que ahora contempla usted.

-¿Espero que mistress Micawber y toda su familia se encuentren bien, caballero?

-preguntó mi tía.

Míster Micawber saludó.

-Están todo lo bien que pueden estar unos desgraciados proscritos, señora -dijo en tono

desesperado.

-¡Oh Dios mío, caballero! -exclamó mi tía con su brusquedad habitual-. ¿Qué me dice

usted?

-La existencia de mi familia-repuso Micawber- pende de un hilo. El que me emplea…

En esto Micawber se detuvo, con gran disgusto mío, y empezó a hablar de los limones,

que yo había hecho traer a la mesa con los demás ingredientes que necesitaba para el

ponche.

-El que le emplea, decía usted… -repuso míster Dick, empujándole suavemente con el

codo.

-Muchas gracias, caballero -respondió Micawber-, por recordarme lo que quería decir.

Pues bien, señora, aquel que me emplea, míster Heep, un día me hizo el honor de decirme

que si no cobrara el sueldo del empleo que tengo a su lado no sería probablemente más

que un desgraciado saltimbanqui, y que recorrería los pueblos tragándome sables y devorando

llamas. Y es muy posible, en efecto, que mis hijos se vean en la necesidad de

ganarse la vida haciendo contorsiones, mientras mistress Micawber toca el organillo para

acompañar a esas desdichadas criaturas en sus atroces ejercicios.

Míster Micawber blandió su cuchillo con aire distraído, pero expresivo, como si

quisiera decir que, felizmente, él ya no estaría allí para verlo; después se puso a mondar

los limones, con expresión de angustia.

Mi tía le miraba atentamente, con el codo apoyado en la mesita. A pesar de mi

repugnancia para obtener de él por sorpresa las confidencias que no parecía muy

dispuesto a hacernos, quería aprovechar la ocasión para hacerlo hablar, pero no había

medio. Estaba demasiado ocupado echando la corteza del limón en el agua hirviendo. Yo

me daba cuenta de que estábamos en una crisis, y no se hizo esperar. De pronto lanzó

lejos de sí todos sus utensilios, se levantó bruscamente y, sacando el pañuelo, se deshizo

en lágrimas.

-Mi querido Copperfield -me dijo, enjugándose los ojos-, esta ocupación requiere más

tranquilidad y respeto de sí mismo. Hoy no soy capaz de encargarme de ella. No hay

duda.

-Míster Micawber -le dije-, ¿qué es lo que le ocurre? Hable, se lo ruego; aquí todos

somos amigos.

-¡Amigos! Caballero -repitió míster Micawber, y el secreto que había contenido hasta

entonces a duras penas se le escapó de pronto-, ¡Dios mío!, precisámente porque me veo

rodeado de amigos estoy en este estado. ¿Lo que ocurre, lo que pasa, señores?

Preguntadme más bien lo que no me pasa. Hay maldad, hay bajeza, hay desilusión,

fraude, conspiraciones, y el nombre de todo ese conjunto de atrocidades es… ¡Heep!

Mi tía golpeó las manos y todos nos estremecimos como poseídos.

-No, no, basta de combates; basta de luchas conmigo mismo -dijo míster Micawber

gesticulando violentamente con el pañuelo, extendiendo los dos brazos ante sí de vez en

cuando, rítmicamente, como si nadara en un océano de dificultades sobrehumanas-; no

podría seguir más tiempo con esta vida; soy demasiado miserable. Me han arrebatado

todo lo que hace soportable la existencia; me han condenado a la incomunicación del tabú

mientras he estado al servicio de ese canalla. Que me devuelvan a mi mujer y a mis hijos;

que vuelvan a poner a Micawber en el lugar del desgraciado que anda hoy dentro de mis

botas, y que me digan mañana que me trague un sable, y lo haré. ¡Ya veréis con qué

apetito!

Nunca había visto un hombre tan exaltado. Trataba de tranquilizarle y de sacarle

palabras más sensatas; pero él subía como la espuma, sin querer escucharme siquiera.

-¡No estrecharé la mano de nadie -continuó, ahogando un sollozo y resoplando como un

hombre que se ahoga hasta que haya hecho trizas a esa detestable… serpiente de Heep!

¡No aceptaré de nadie hospitalidad hasta que haya decidido ir al monte Vesubio a que

haga salir sus llamas… sobre ese miserable bandido de… Heep! ¡No podré tragar el…

menor refresco… bajo este techo…, sobre todo, ponche… antes de haber arrancado los

ojos… al ladrón, al embustero Heep! ¡No quiero vera nadie… no quiero decir nada… yo…

no quiero habitar en ninguna parte… hasta que haya reducido… a polvo impalpable a ese

inmortal hipócrita, a ese eterno perjuro de Heep!

Yo empezaba a temer que míster Micawber se muriese de repente. Pronunciaba todas

aquellas frases entrecortadas y con voz ahogada; y cuando se acercaba al nombre de Heep

redoblaba la prisa y el ardor, y su acento apasionado tenía algo que asustaba; pero cuando

volvió a dejarse caer sobre la silla, fuera de sí, mirándonos con ojos extraviados, con las

mejillas violetas, la respiración cortada y la frente llena de sudor, parecía estar en el

último extremo. Me acerqué a él para ayudarle; pero me apartó con un signo, y prosiguió:

-¡No, Copperfield!… ¡Nada de amistad entre nosotros… hasta que miss Wickfield…

haya obtenido una reparación… de los perjuicios que le ha causado ese taimado canalla de

Heep! -Estoy seguro de que no hubiese tenido fuerzas para pronunciar tres palabras si no

hubiera dicho al final el nombre odioso que le devolvía valor…- Que se guarde un secreto

inviolable… Nada de excepciones… de hoy a una semana a la hora del desayuno… que

todos los presentes… incluida la tía… y este excelente caballero… se encuentren reunidos

en el hotel de Canterbury… Nos encontrarán a mistress Micawber y a mí… Cantaremos a

coro, en recuerdo de los hermosos tiempos pasados, y… ¡desenmascararé a ese horrible

bandido de Heep! No tengo nada más que decir.. nada más que oír… ¡Me voy

inmediatamente… pues la compañía me pesa… sobre las huellas del traidor, del canalla,

del bandido de Heep!

Y después de esta última repetición de la palabra mágica que le había sostenido hasta el

fin, después de haber agotado las fuerzas que le quedaban, míster Micawber se precipitó

fuera de la casa, dejándonos en tal estado de inquietud, de espera y de sorpresa, que no

estábamos menos palpitantes que él. Pero ni aun entonces pudo resistir a su pasión epistolar,

pues todavía estábamos en el paroxismo de la excitación y de la sorpresa, cuando nos

entregaron la carta siguiente, que acababa de escribir en un café de los alrededores:

«Muy secreta y confidencial.

Muy querido amigo:

Le ruego me haga el favor de transmitir a su excelente tía todas mis excusas por

la inquietud que he dejado aparecer delante de ella. La explosión de un volcán

largo tiempo contenido ha sido la consecuencia de una lucha interior que no

sabría describir. Ustedes la adivinarán.

Espero haberles hecho comprender, sin embargo, que de hoy en una semana

cuento con ustedes en el café de Canterbury, allí donde hace tiempo tuvimos el

honor, mistress Micawber y yo, de unir nuestras voces a la suya para repetir los

acentos del hombre inmortal, alimentado y educado a la otra orilla del Tweed.

Una vez cumplido este deber y este acto de reparación, lo único que puede

darme valor para mirar al prójimo de frente, desapareceré para siempre, y sólo pediré

ser depositado en ese lugar de asilo universal donde duermen los oscuros

antepasados. Con esta sencilla inscripción:

WILKINS MICAWBER.»

CANTULO X

EL SUEÑO DE MÍSTER PEGGOTTY

LLEGA A REALIZARSE

Habían transcurrido algunos meses desde que tuvo lugar nuestra entrevista con Martha

a orillas del Támesis. Yo no la había vuelto a ver; pero ella había tenido en varias

ocasiones comunicación con míster Peggotty. Su celo era inútil, y no encontrábamos en

nada de lo que nos decía datos que nos pusieran sobre la pista de Emily. Confieso que

empezaba a dudar de poder encontrarla y que cada día estaba más convencido de que

había muerto.

Por lo que yo podía apreciar, míster Peggotty seguía con la misma convicción, y su

corazón no tenía nada oculto para mí. No titubeaba ni un momento; no sentía quebrantada

su seguridad solemne de que terminaría por encontrarla. Su paciencia era infatigable, y

aunque a veces yo temblaba ante la idea de que su desesperación fuese funesta si un día

llegaba a convencerse de lo contrario, no podía por menos de estimar y respetar cada día

más aquella fe sólida que nacía de su corazón puro y elevado.

No era de los que se duermen en una esperanza y en una confianza inactivas. Toda su

vida había sido una vida de acción y de energía. Sabía que en todo había que cumplir

fielmente el deber y no confiarse en los demás. Yo le he visto salir por la noche, a pie,

para Yarmouth, por tcmor de que olvidasen encender la vela que iluminaba el barco. Le

he visto, si por casualidad leía en algún periódico algo que pudiera relacionarse con su

Emily, coger el bastón de viajero y emprender una nueva peregrinación de treinta o

cuarenta leguas. Cuando le hube contado lo que sabía por medio de miss Dartle, se fue a

Nápoles por mar. Todos aquellos viajes eran muy penosos, pues economizaba lo que

podía por amor a Emily. Pero nunca le oí quejarse; nunca le oí confesar que estuviera

cansado o deprimido.

Dora lo había visto muchas veces después de casada conmigo y le quería mucho. Le

veo todavía de pie, al lado del sofá en que ella descansa; tiene la gorra en la mano; mi

«mujer-niña» levanta hacia él sus grandes ojos azules, con una especie de sorpresa

tímida. A menudo, por la noche, cuando tenía que hablarme, lo llevaba a fumar su pipa en

el jardín; charlábamos paseando, y entonces yo recordaba su casa abandonada y todo lo

que había querido a aquel viejo barco que representaba a mis ojos de niño un espectáculo

tan sorprendente por la noche, cuando el fuego ardía alegremente y el viento gemía a

nuestro alrededor.

Un día me dijo que la víspera había encontrado a Martha cerca de su casa y que le había

dicho que no abandonara bajo ningún pretexto Londres antes de volver a verla.

-¿Y no le ha dicho por qué?

-Se lo he preguntado, señorito Davy -me contestó-; pero Martha habla muy poco, y en

cuanto se lo he preguntado se ha marchado.

-¿Y le ha dicho cuándo volverá?

-No, señorito Davy -repuso, pasándose la mano por la frente, con gravedad- Se lo he

preguntado; pero me ha dicho que no me lo podía decir.

Yo había resuelto desde hacía mucho tiempo no animar aquellas esperanzas, que

pendían de un hilo; por lo tanto, no hice el menor comentario; sólo añadí que

seguramente la volvería a ver pronto. Y guardé para mí solo las demás reflexiones,

aunque tampoco daba demasiada importancia a las palabras de Martha.

Quince días después paseaba una tarde solo por el jardín. Recuerdo perfectamente

aquella tarde. Era al día siguiente de la visita de míster Micawber. Había llovido todo el

día; el aire estaba húmedo; las hojas parecían pesar en las ramas, cargadas de lluvia; el

cielo esta todavía oscuro, pero los pájaros empezaban a cantar alegremente. A medida

que el crepúsculo avanzaba se iban callando por grados; todo estaba silencioso a mi

alrededor; ni un soplo de viento movía los árboles; no oía más que el ruido de las gotas de

agua, que corrían lentamente por las ramas verdes mientras paseaba de arriba abajo en el

jardín.

Había allí, al lado de nuestra casa, un pequeño cobertizo, desde donde se veía el

camino. Miraba hacia aquel lado, pensando en una multitud de cosas, cuando vi una

persona que parecía llamarme.

-¡Martha! -dije, acercándome a ella.

-¿Puede usted venir conmigo? -me preguntó con voz conmovida-. He estado en casa de

él y no le he encontrado. He escrito en un trozo de papel el sitio donde tiene que buscarme,

y lo he puesto encima de su mesa. Me han dicho que no tardará en volver. Tengo

muchas noticias. ¿Puede usted venir enseguida?

Le respondí abriendo la verja para seguirla. Me hizo un gesto con la mano, como para

pedirme paciencia y silencio, y se dirigió hacia Londres. En el polvo que cubría sus ropas

se veía que había venido a pie y a toda prisa.

Le pregunté si íbamos a Londres, y me hizo un gesto de que sí. Detuve un coche que

pasaba, y subimos los dos en él. Cuando le pregunté la dirección, me respondió: «Hacia

Golden Square, y deprisa».

Después se hundió en un rincón, ocultándose la cara con una mano temblorosa y

pidiéndome que guardara silencio, como si no pudiera soportar el sonido de una voz.

Estaba turbado y confuso entre la esperanza y el temor. La miraba para obtener alguna

explicación; pero era evidente que no quería dármela, y yo tampoco quería romper el

silencio. Avanzábamos sin pronunciar palabra. A veces ella miraba la portezuela, como si

le pareciese que íbamos demasiado despacio, aunque en realidad el coche iba a buen

paso; pero continuaba callándose.

Nos detuvimos en el sitio que había indicado, y dije al cochero que esperase, pensando

que quizá volviéramos a necesitarle. Martha me cogió del brazo y me arrastró rápidamente

hacia una de esas calles sombrías que antes servían de morada a familias nobles,

pero donde ahora se alquilan por separado habitaciones a un precio módico. Entró en una

de aquellas grandes casas y, soltándome el brazo, me hizo seña de que la siguiera por la

escalera, que servía a muchísimos huéspedes y ponía toda una multitud de habitantes en

la calle.

La casa estaba llena de gente. Mientras subíamos la escalera, las puertas se abrían a

nuestro paso; otras personas se nos cruzaban a cada instante. Antes de entrar ya había

visto yo mujeres y niños asomando sus cabezas a las ventanas, entre tiestos de flores;

probablemente habíamos excitado su curiosidad, pues eran los mismos que abrían las

puertas para vemos pasar. La escalera era alta y ancha, con una balaustrada de madera

maciza y tallada; por encima de las puertas se veían cornisas adornadas de flores y frutas;

las ventanas eran grandes; pero todos aquellos restos de antiguas grandezas estaban en

ruinas. El tiempo, la humedad y la podredumbre habían atacado el suelo, que temblaba

bajo nuestros pasos. Habían tratado de infiltrar algo de sangre nueva en aquel cuerpo

viejo, y, en algunos sitios, hermosas esculturas habían sido reparadas con material mucho

más ordinario; pero aquello era como el matrimonio de un viejo noble arruinado con una

pobre hija del pueblo: ninguna de las partes parecía resolverse a aquella unión tan

desigual. Se habían tapado muchas de las ventanas de la escalera, y las que quedaban

apenas tenían vidrieras, y a través de las maderas apolilladas, que parecían aspirar el mal

olor sin devolverlo nunca, veía otras casas en el mismo estado, y un patio interior y oscuro

que parecía ser el basurero del viejo castillo.

Subimos casi al último piso de la casa. Dos o tres veces me pareció ver en la oscuridad

los pliegues de un traje de mujer; alguien nos precedía. Llegábamos al último piso

cuando vi a aquella persona detenerse delante de una puerta y entrar.

-¿Qué quiere decir esto? -murmuró Martha-. Entra en mi habitación y yo no la conozco.

Yo sí la conocía. Con gran sorpresa había visto los rasgos de miss Dartle.

Hice comprender en pocas palabras a Martha que era una señora a quien yo había

conocido, y apenas había terminado de hablar, cuando oímos su voz en la habitación;

pero desde donde estábamos no podíamos oír lo que decía. Martha me miraba con

sorpresa. Después me hizo terminar de subir, y empujando una puertecita sin cerradura,

que había al lado de la de su cuarto, me metió en una habitacioncita vacía, del tamaño de

un armario. Había entre aquel rincón y su alcoba una puerta que comunicaba. Estaba

entreabierta. Nos acercamos. Habíamos andado tan deprisa, que yo apenas podía respirar.

Martha me puso dulcemente su mano sobre los labios. Yo, desde donde estaba, podía ver

el rincón de una habitación bastante grande, donde había una cama; sobre las paredes,

algunas malas litografías de barcos. No veía a miss Dartle ni a la persona a quien se

dirigía. Mi compañera debía de verlas todavía menos que yo.

Durante un instante reinó un profundo silencio. Martha continuaba con una mano

encima de mis labios y levantaba la otra al inclinarse para escuchar.

-Poco me importa que no esté aquí; no la conozco. Es a usted a quien vengo a ver -dijo

Rosa Dartle, con altanería.

-¿A mí? -respondió una voz dulce.

-Sí -repuso miss Dartle-; he venido para mirarla. ¿Cómo no se avergüenza usted de ese

rostro que ha hecho tanto daño?

El odio implacable y resuelto que animaba su voz, la fría amargura y la rabia contenida

de su tono, me la hacían tan presente como si hubiera estado frente a ella. Veía, sin

verlos, aquellos ojos negros que despedían llamas; aquel rostro desfigurado por la cólera.

Veía la cicatriz blancuzca atravesar sus labios, temblar y estremecerse mientras hablaba.

-He venido a ver -continuó- a la que ha vuelto loco a James Steerforth; la muchacha

que ha huido con él, escandalizando a toda su ciudad natal; a la atrevida, a la hábil, a la

pérfida querida de un hombre como James Steerforth. ¡Quiero saber cómo es semejante

criatura!

Se oyó ruido, como si la desgraciada a quien agobiaba con sus insultos intentara

escaparse. Miss Dartle le impidió el paso. Después continuó, con los dientes apretados y

golpeando el suelo con el pie:

-¡Estése quieta, o la desenmascaro delante de todos los habitantes de esta casa y de esta

calle! Si trata usted de escaparse, la detendré, aunque tenga que agarrarla de los cabellos

y levantar contra usted las piedras de la casa.

Un murmullo de terror fue la única respuesta que me llegó; después hubo un momento

de silencio. No sabía qué hacer. Deseaba ardientemente poner término a la entrevista

aquella, pero no me atrevía a presentarme; sólo míster Peggotty tenía el derecho de verla

y de reclamarla. ¡Cuándo llegaría!

-¡Por fin la veo! -continuó Rosa, con una risa de desprecio-. Nunca hubiese creído que

Steerforth se dejase seducir por esa falsa modestia y esa expresión ingenua.

-¡Oh, por amor de Dios! —exclamó Emily-. Sea usted quien sea, si sabe mi triste

historia, ¡por amor de Dios, tenga piedad de mí, si quiere que la tengan de usted!

-¿Si quiero que tengan piedad de mí? -respondió miss Dartle en tono feroz-. ¿Y qué hay

de común entre nosotras, dígame?

-Al menos, nuestro sexo -dijo Emily deshaciéndose en lágrimas.

-¿Y ese es un lazo tan fuerte cuando lo invoca una criatura tan infame como usted, que

si pudiera tener en el corazón otra cosa que no fuese desprecio y odio, la cólera me haría

olvidar que es usted mujer? ¡Nuestro sexo! ¡Sí que hace usted honor a nuestro sexo!

-Comprendo que es un reproche muy merecido -exclamó Emily-; pero ¡es terrible! ¡Oh

señora, piense usted en todo lo que he sufrido y en las circunstancias de mi caída! ¡Oh

Martha, vuelve! ¡Oh, cuándo encontraré el abrigo de mi hogar!

Miss Dartle se sentó en una silla al lado de la puerta; tenía los ojos fijos en el suelo,

como si Emily se arrastrara a sus pies. Ahora podía ver sus labios apretados y sus ojos

cruelmente fijos en un solo punto: en la embriaguez de su triunfo.

-Escuche lo que voy a decirle, y guárdese sus hipocresías y habilidades. No me

conmoverá con sus lágrimas, como no me conquistará con sus sonrisas, esclava despreciada.

-¡Oh, tenga piedad de mí! ¡Demuéstreme algo de compasión, o voy a morir loca!

-¡Sólo sería un débil castigo de sus crímenes! -dijo Rosa Dartle-. ¿Sabe usted lo que ha

hecho? ¿Se atreve usted a invocar el hogar, cuando usted lo ha pisoteado?

-¡Oh! -exclamó Emily-. ¡No ha pasado un día ni una noche sin que lo pensara! -Y la vi

caer de rodillas, con la cabeza hacia atrás, su pálido rostro levantado al cielo y las manos

juntas, con angustia; sus largos cabellos se habían soltado- ¡No ha pasado un solo instante

sin que haya pensado en mi querida casa, en los días que pasaron cuando la abandoné

para siempre! ¡Oh, tío mío, tío mío; si hubieras podido saber el dolor que me causaba el

recuerdo punzante de tu ternura cuando me alejé del buen camino, no me hubieses

demostrado tanto amor, habrías hablado, por lo menos, una vez con dureza a tu Emily, y

eso le hubiese servido de consuelo! Pero no, no hay consuelo para mí en el mundo. ¡Han

sido todos demasiado buenos conmigo!

Cayó con la cara contra el suelo, esforzándose en tocar el borde de la falda de su tirano,

que permanecía inmóvil ante ella.

Rosa Dartle la miraba fríamente; una estatua no hubiera sido más inflexible. Apretaba

con fuerza los labios, como si necesitara contenerse para no pisotear a la encantadora

criatura que estaba tirada con tanta humildad ante ella. La veía distinta; parecía necesitar

toda su energfa para contenerse. ¿Cuándo llegaría míster Peggotty?

-¡He ahí la ridícula vanidad que tienen esos gusanos! -dijo cuando se calmó un poco el

furor que le impedía hablar-. ¡Su casa, su hogar! ¿Y piensa usted que hago a esas gentes

el honor de pensar ni de creer que ha hecho usted el menor daño a semejante hogar que

no se pueda pagar largamente con dinero? ¡Su familia! ¡Sólo era usted para ella un objeto

con que negociar, como lo demás; algo que vender y comprar!

-¡Oh, no! -exclamó Emily-. Dígame todo lo que quiera; pero no haga caer mi vergüenza

(demasiado pesa ya sobre ellos) sobre personas que son tan respetables como usted. Si

verdaderamente es usted una señora, hónrelos al menos a ellos, aunque no tenga piedad

de mí.

-Hablo -dijo miss Dartle, sin dignarse escuchar aquella súplica y retirando su falda,

como si Emily la hubiera manchado al tocarla-, hablo de la casa de él, la casa en que yo

habito. ¡He ahí –dijo con una risa sarcástica, mirando a su pobre víctima-, he ahí una

bonita causa de división entre una madre y un hijo! ¡He ahí a la que ha llevado la desesperación

a una casa donde no la hubieran querido ni para fregar la vajilla! ¡La que ha

llevado la cólera, los reproches, las recriminaciones! ¡Vil criatura, que han recogido a la

orilla del agua, para divertirse durante una hora y rechazarla después con el pie hacia el

fango donde había nacido!

-¡No, no! -exclamó Emily juntando las manos- La primera vez que él se encontró en mi

camino (¡Ah! ¡Si Dios hubiera querido que sólo me hubiera encontrado el día que me

llevaran a enterrar!) yo había sido educada en ideas tan severas y tan virtuosas como

usted o cualquier otra mujer; yo iba a casarme con el mejor de los hombres. Si usted vive

a su lado, si le conoce, sabe quizá la influencia que puede ejercer sobre una pobre

muchacha, débil y trivial como yo. No me defiendo; pero lo que sé, y él lo sabe también,

o al menos lo que sabrá a la hora de su muerte, cuando su alma se turbe, es que ha

utilizado todo su poder para engañarme y que yo creía en él, confiaba en él y lo amaba.

Rosa Dartle saltó en la silla y retrocedió un paso para pegarla, con tal expresión de

maldad y de rabia, que estuve a punto de lanzarme entre las dos. El golpe se perdió en el

vacío. Ella continuó de pie, temblando de furor, palpitante de pies a cabeza, como una

verdadera furia. No, no había visto nunca, no podré volver a ver rabia semejante.

-¿Usted le quiere? ¿Usted? -exclamó, apretando el puño como si hubiera querido tener

en él un arma para herir al objeto de su odio.

Yo no podía ya ver a Emily, y no se oyó ninguna respuesta.

-¿Y eso me lo dice usted a mí -añadió- con su boca depravada? ¡Ah! ¡Cómo me

gustaría que azotaran a estas perdidas! ¡Oh! Si dependiera de mí las haría azotar hasta la

muerte.

Y lo hubiese hecho, estoy seguro. Mientras duró aquella mirada no le hubiera confiado

la menor arma de tortura.

Después, muy poco a poco, fue echándose a reír, pero con una risa cortante y señalando

a Emily con el dedo, como a un objeto de vergüenza a ignominia para Dios y para los

hombres.

-¡Le quiere! ¡Dice que le quiere! ¡Y querrá hacerme creer que él se ha preocupado

nunca lo más mínimo de ella! ¡Ah, ah! ¡Qué embusteras son esta clase de mujeres!

Su burla era todavía mayor que su rabia y que su crueldad; era peor que todo: no se

desataba de una vez, sino por momentos, exponiéndose a que su pecho estallara; pero

contenía su rabia para torturar mejor a su víctima.

-He venido aquí, como le decía hace un momento, manantial de amor puro, para ver

cómo era usted. Tenía curiosidad; ya la he satisfecho. Quería también aconsejarle que

volviera pronto a su casa, a ocultarse entre su excelente familia, que la espera, y a quien

su dinero consolará de todo. Y cuando se lo hayan gastado, no tendrá más que buscar un

nuevo sustituto para creer en él, confiarse a él y amarle. Yo creía encontrar un juguete

roto, que ya había dejado de servir; una joya falsa estropeada por el use y tirada a un

rincón. Pero puesto que me encuentro con oro fino, con una verdadera dama, una

inocente a quien se ha engañado, pero que tiene todavía un corazón nuevo, lleno de amor

y de sinceridad, pues verdaderamente lo parece usted y está muy en armonía con su

historia, todavía tengo algo más que decir. Escúcheme, y sepa que lo que voy a decirle lo

haré. ¿Me oye usted, hada espiritual? Lo que digo lo hago.

Por un momento no pudo reprimir su rabia; pero fue sólo un instante, un espasmo que

terminó en una sonrisa.

-Vaya usted a ocultarse, si no a su antigua casa, a otra parte; ocúltese lo más lejos

posible. Vaya a vivir en la oscuridad, o mejor todavía, vaya a morir en cualquier rincón.

Me sorprende que no haya encontrado todavía medio de calmar ese tierno corazón, que

no quiere romperse. Y, sin embargo, hay medios para ello, y me parece que no es difícil

encontrarlos.

Se interrumpió un momento, mientras Emily sollozaba. La escuchó como si aquello

fuera para ella una música.

-Quizá soy una criatura extraña -prosiguió Rosa Dartle-; pero no puedo respirar

libremente en el mismo aire que usted; me parece que está corrompido. Tengo que purificarlo,

que purgarlo de su presencia. Si está usted todavía aquí mañana, su historia y su

conducta se sabrán por todos los que habitan esta casa. He sabido que hay aquí mujeres

honradas. Sería lástima que no pudieran apreciar un tesoro como usted. Si una vez fuera

de aquí vuelve a buscar refugio en esta ciudad, en cualquier otra condición que en la de

mujer perdida (puede estar tranquila, esa no le impediré que la tome), iré a hacerle el

mismo servicio por todas partes por donde pase. Estoy segura de conseguirlo con la

ayuda de cierto caballero que ha solicitado su bella mano no hace mucho tiempo.

¿Pero míster Peggotty no llegaría nunca? ¿Cuánto tiempo habría de soportar todavía

aquello? ¿Cuánto tiempo estaba yo seguro de contenerme?

-¡Oh, Dios mío! -exclamó la desgraciada Emily, en un tono que hubiese conmovido el

corazón más duro.

Rosa Dartle seguía sonriendo.

-¿Qué quiere usted que haga?

-¿Lo que quiero que haga? ¿No puede usted vivir dichosa con sus recuerdos? ¡Puede

usted pasarse la vida recordando la ternura de James Steerforth! Quería que se casara

usted con un criado, ¿no es así? Y también puede usted pensar en el buen hombre que

aceptaba el ofrecimiento de su amo; y si todos estos pensamientos, si el recuerdo de su

virtud y del puesto honroso que le han hecho adquirir no son suficientes para llenar su

corazón, puede casarse con ese excelente hombre y aprovecharse de su condescendencia.

Y si esto no es todavía bastante para satisfacerla, ¡mátese usted! No faltarían ríos ni

montones de basura buenos para morir en ellos cuando se tienen esas penas ¡Busque

usted uno para desde allí volar al cielo!

Oí pasos. Estaba seguro de que era él. ¡Bendito sea Dios!

Rosa se acercó lentamente a la puerta y desapareció a mi vista.

-Pero acuérdese que estoy decidida, y tengo mis razones para ello (y mi odio personal),

a perseguirla por todas partes, a menos de que huya lejos de aquí o de que arroje esa máscara

de inocencia que quiere tomar. Eso es lo que tenía que decirle, y lo que digo lo haré.

Los pasos se acercaban, ya estaban en la puerta, y se precipitaban en la habitación.

-¡Tío!

Un grito terrible siguió a aquellas palabras. Esperé un momento antes de entrar y le vi

sosteniendo en sus brazos a Emily desvanecida. Un instante contempló su rostro; después

se inclinó para besarla, ¡oh, con qué ternura!, y le cubrió la cabeza con un pañuelo.

-Señorito Davy -dijo en voz baja y trémula cuando hubo cubierto el rostro de la

muchacha-, doy gracias a nuestro Padre celestial porque mi sueño se ha realizado; le doy

las gracias con todo mi corazón porque me ha guiado hasta encontrar a mi querida niña.

Al decir estas palabras la cogió en sus brazos, mientras ella continuaba con el rostro

velado. Inclinando la cabeza y estrechando contra la suya la mejilla de su sobrina querida

bajó lentamente las escaleras con ella inconsciente.

CAPÍTULO XI

EL PRINCIPIO DE UN VIAJE MÁS LARGO

Era todavía muy de mañana, al día siguiente, mientras me paseaba por el jardín de mi

tía (la cual realizaba ahora muy poco ejercicio, teniendo que atender tanto a mi querida

Dora), cuando me dijeron que míster Peggotty deseaba hablarme.

Vino al jardín, saliéndome al encuentro, y se descubrió al ver a mi tía, a la que

profesaba un profundo respeto. Le había estado contando todo lo que había ocurrido la

víspera. Sin decir una palabra, se adelantó hacia él cordialmente, le estrechó la mano y le

dio un golpecito afectuoso en el brazo.

Aquello fue tan expresivo, que no tuvo necesidad de explicarse; míster Peggotty la

entendió perfectamente.

-Ahora, Trot, voy a entrar -dijo mi tía- para ver lo que hace Capullito, pues es su hora

de levantarse.

-¡Espero que no sea porque estoy yo aquí, señora! –dijo míster Peggotty-. Y a menos

que mi entendimiento haya tomado las de Villariego -míster Peggotty quería decir

Villadiego-, me parece que es por mí por lo que usted se marcha.

-Tendrá usted algo que decirle a mi sobrino -contestó mi tía-, y estarán más a gusto sin

mí.

-Señora -respondió míster Peggotty-, si fuera usted tan amable que quisiera quedarse…

a no ser que le aturda mi charla…

-¿De verdad? -dijo mi tía con afecto- Entonces me quedo.

Dio su brazo a míster Peggotty y se dirigió con él a un cenador cubierto de hojas, que

había al final del jardín, donde se sentó en un banco, y yo me senté a su lado. Había también

sitio para míster Peggotty; pero prefirió quedar de pie, apoyando su mano en una

mesita rústica. Mientras estaba contemplando su gorra, antes de empezar, no pude por

menos que observar el carácter enérgico que expresaba aquella mano nervuda, que

armonizaba tan bien con su cabello gris acerado.

-Ayer tarde llevé a mi niña -empezó míster Peggotty, levantando los ojos hacia

nosotros- a mi casa, donde la había estado esperando hacía tanto tiempo y que tenía

preparada para ella. Pasaron varias horas antes de que volviera en sí, y después se

arrodilló a mis pies como para rezar y me contó cómo había sucedido todo. Créanme

ustedes, cuando oí su voz, que había sonado alegre en casa, y la vi humillada en el polvo

sobre el que nuestro Redentor escribía con su mano bendita, tuve una sensación de

tristeza horrible ante aquellas muestras de su agradecimiento.

Se pasó la manga por los ojos, sin saber lo que hacía, y continuó, con la voz más clara:

-Pero no me duró mucho. ¡Por fin la había encontrado! Sólo pensaba que la había

encontrado, y pronto olvidé todo lo demás; no sé ni para qué se lo he contado. Hacía un

momento no pensaba decir nada acerca de mí; pero ha salido tan naturalmente, se me ha

escapado sin poderlo evitarlo…

-Es usted un alma generosa –dijo mi tía-, y tendrá algún día su recompensa.

Míster Peggotty, en cuya cara jugueteaban las sombras de las hojas, inclinó la cabeza,

con sorpresa, como para agradecer el cumplido a mi tía, y luego continuó su discurso

donde lo había interrumpido.

-Cuando mi Emily se marchó -dijo en tono momentáneamente colérico- de la casa en

que estaba prisionera por la serpiente de cascabel que el señorito Davy conoce muy bien

-lo que me había contado era exacto: ¡que Dios confunda a ese traidor!- era de noche. Era

una noche oscura y estrellada. Estaba como loca, y corrió a lo largo de la playa, creyendo

que el viejo barco estaría allí, gritándonos que nos ocultáramos porque iba a pasar ella. Al

oír sus propios gritos creía oír llorar a otra persona, y se cortaba los pies corriendo entre

las rocas, sin preocuparse, como si ella también fuese de piedra. Cuanto más corría, más

le ardían los ojos y le zumbaban los oídos. Súbitamente, o por lo menos así le pareció a

ella, rompió el día, húmedo y tormentoso, y se encontró echada al pie de un montón de

piedras, al lado de una mujer que le hablaba, preguntándole, en el lenguaje del país, qué

le había sucedido.

Míster Peggotty parecía ver lo que contaba como si pasara ante él mientras hablaba; lo

relataba muy vivamente y con una precision que no puedo expresar. Al escribirlo yo

ahora, largo tiempo después, apenas puedo creer que no presenciara tales escenas; tal es

la impresión de realidad que estos relatos de míster Peggotty me daban.

-Cuando los ojos de Emily se fueron despejando -continuó míster Peggotty- reconoció a

aquella mujer como una de las que con frecuencia había tratado en la playa. Pues aunque

había corrido mucho durante la noche, como ya he dicho, conocía muy bien aquella

comarca, en muchas millas de extensión, por haber paseado parte a pie, parte en barco y

en coche. Aquella mujer no tenía hijos, era recién casada; pero parecía que iba a tener

pronto uno. ¡Dios quiera que sea para ella una felicidad y un apoyo toda su vida! ¡Dios

haga que la ame y respete en la vejez y que sea para ella un ángel aquí y en la otra vida!

-Amén —dijo mi tía.

-Al principio estaba intimidada y amedrentada, y solía sentarse un poco lejos, hilando o

haciendo no sé qué otra labor, mientras Emily hablaba con los niños. Pero Emily se fijó

en ella y fue a hablarle, y como a la joven le gustaban mucho los chiquillos, pronto se

hicieron muy amigos; tanto, que cuando Emily pasaba por allí le daba siempre flores. Y

esta fue la mujer que le preguntó lo que le sucedía, y, al decírselo Emily, se la llevó a su

casa. Sí, es cierto; se la llevó a su casa –dijo míster Peggotty tapándose la cara.

Desde que Emily se había marchado nada le había conmovido tanto como aquel acto de

bondad. Mi tía y yo no quisimos distraerle.

-Era una casa pequeña, como ustedes pueden suponerse -prosiguió-; pero encontró sitio

para Emily. Su marido estaba en el mar, y ella guardó el secreto y consiguió que sus

vecinos (los pocos que había alrededor) se lo guardaran también. Emily estaba muy mala,

con fiebre; y lo que me pareció muy extraño (pueda ser que no lo sea para los entendidos)

es que se le olvidó por completo la lengua del país y no podía hablar más que en la suya

propia, que nadie entendía. Ella se acuerda, como de un sueño, de que estaba echada allí,

hablando siempre en su idioma y creyendo siempre que el viejo barco estaba muy cerca,

en la bahía, y pedía a imploraba que fueran a decimos que se estaba muriendo y que le

mandáramos una misiva de perdón, aunque sólo fuera una palabra. A cada momento se

figuraba que el individuo que he nombrado antes estaba debajo de su ventana o que entraba

en su cuarto para raptarla, y rogaba a la buena mujer que no le permitiesen que se la

llevara; pero al mismo tiempo sabía que no la comprendían, y tenía miedo. Parecía que le

ardía la cabeza y le zumbaban los oídos; no conocía ni el hoy, ni el ayer, ni el mañana, y,

sin embargo, todo lo que había pasado en su vida y lo que podría pasar, y todo lo que no

había pasado nunca y nunca pasaría, acudía en tropel a su imaginación, y en medio de

aquella terrible angustia reía y cantaba. El tiempo que duró no lo sé, pues luego se

durmió, y en vez de salir reconfortada de aquel sueño, se despertó débil como un niño

chiquito.

Aquí se interrumpió como para descansar de los horrores que describía. Después de un

momento de silencio continuó su historia.

-Era un hermoso atardecer cuando se despertó, y tan tranquilo, que el único ruido que

se oía era el murmullo de aquel mar azul, sin olas, sobre la playa. Al principio creyó que

estaba en su casa, en una mañana de domingo; pero los viñedos que vio por la ventana y

las colinas que se veían en el horizonte no eran de su país y la desengañaron. Después

entró su amiga y se acercó a la cama, y entonces comprendió que el viejo barco no estaba

allí cerca, en la bahía, sino muy lejos, y se acordó de dónde estaba, y por qué, y

prorrumpió en sollozos sobre el pecho de su amiga. Espero que ahora reposará allí su

niño, alegrándola con sus lindos ojitos.

No podía hablar de aquella buena amiga de Emily sin llorar. Era inútil. De nuevo se

puso a llorar y a bendecirla.

-Le hizo mucho bien a mi Emily -dijo con una emoción tan grande que yo mismo

compartía su pena; en cuanto a mi tía, lloraba de todo corazón-. Eso hizo mucho bien a

mi Emily y empezó a mejorar. Pero como la lengua del país se le había olvidado por

completo, tenía que entenderse por señas. Y así fue mejorando poco a poco y

aprendiendo los nombres de las cosas usuales (nombres que le parecía no haber oído

nunca en su vida), hasta que una noche, estando en la ventana, viendo jugar a una niña en

la playa, de pronto la chiquilla, extendiendo la mano, le dijo: «¡Hija de pescador, mira

una concha! ». Porque sabrán ustedes que la solían llamar « señorita» , como era la

costumbre del país, hasta que ella les enseñó a que la llamaran « Hija de pescador». Y

aquella niña, de repente, le dijo: « ¡Hija de pescador, mira esta concha»; y entonces

Emily la entendió y le contestó, anegándose en lágrimas; y desde aquel momento recordó

la lengua del país.

-Cuando Emily recobró sus fuerzas -continuó míster Peggotty, después de un intervalo

de silencio- decidió dejar a aquella buena mujer y volver a su país. El marido había

vuelto ya, y los dos la embarcaron en un barco de carga de Leghorn para que fuera a

Francia. Tenía algún dinero; pero no quisieron aceptar nada por lo que habían hecho. Me

alegro de ello, a pesar de que eran tan pobres. Lo que hicieron está depositado allí donde

los gusanos de la roña no puedan roerlo y donde los ladrones no pueden robarlo, señorito

Davy, y ese tesoro vale más que todos los tesoros del mundo. Emily llegó a Francia y se

puso a servir en un hotel a las señoras que se detenían en el puerto. Pero allí llegó un día

la serpiente. ¡Que no se me acerque nunca, porque no sé lo que haría!.. Tan pronto como

se percató (él no la había visto) se volvió a apoderar de ella el miedo y huyó. Vino a

Inglaterra y desembarcó en Dover.

» No sé bien cuándo empezó a desfallecer -dijo míster Peggotty-; pero durante el

camino pensó volver a casa. Y tan pronto como llegó a Inglaterra se dirigió hacia Yarmouth;

pero luego, temiendo que no la hubiéramos perdonado, o que le apuntarían con el

dedo; temiendo que alguno de nosotros hubiera muerto ya; temiendo muchas otras cosas,

se volvió a mitad de camino. "Tío, tío -me ha dicho después-, lo que temía más era no

sentirme digna de cumplir lo que mi pobre corazón deseaba ardientemente." Me volvía

con el corazón lleno de deseos de arrastrarme hasta la puerta, y besarla en la noche, y

apoyar mi cabeza pecadora y que me encontraran a la mañana siguiente muerta en sus

peldaños.

» Y vino a Londres -siguió míster Peggotty, bajando la voz hasta hacerla un murmullo-

Ella, que no había visto nunca Londres, vino a Londres, sola, sin dinero, joven… guapa…

Había apenas llegado cuando, en su desesperación, creyó que había encontrado una

amiga: una mujer decente que vino a ofrecerle trabajo de costura; era en lo que ella había

trabajado antes. Le dio una habitación para pasar la noche y le prometió enterarse a la

mañana siguiente de todo lo que pudiera interesarle. Cuando mi hija querida —dijo con

un estremecimiento de pies a cabeza- estaba al borde del abismo, Martha, fiel a su

promesa, llegó para salvarla.»

No pude reprimir un grito de alegría.

-Señorito Davy -dijo, apretándome la mano en la suya rugosa-, usted fue el primero que

me habló de ella. Gracias, señorito. Era formal. La amarga experiencia le enseñó dónde

tenía que vigilar y lo que tenía que hacer. Lo cumplió, y que Dios la bendiga. Llegó

apresurada y pálida, mientras Emily dormía. Le dijo: « Aléjate de este antro y sígueme».

Los que pertenecían a la casa quisieron detenerlas; pero era lo mismo que si hubieran

intentado detener el mar. « ¡Alejaos de mí –dijo-; soy el fantasma que vengo a arrancarla

del sepulcro que tiene abierto a sus pies!». Le dijo a Emily que me había visto y que sabía

que la quería y que la había perdonado. La envolvió rápidamente en sus vestidos y la cogió,

desmayada y temblorosa, en sus brazos. No hacía ningún caso de lo que le decían,

como si no hubiese tenido oídos. Pasó por entre ellos, sosteniendo a mi hija y sin pensar

más que en ella, y la sacó sana y salva de aquel antro en medio de la noche.

»Cuidó a mi Emily -prosiguió míster Peggotty, que había soltado mi mano y colocado

la suya en su pecho oprimido-, cuidó a mi Emily con afán, y por ella corrió de un lado a

otro hasta la tarde siguiente. Luego fue a buscarme, y luego a buscarle a usted, señorito

Davy. No dijo a Emily para qué había salido, por temor a que le faltara valor y se escondiera.

No sé cómo esa mujer cruel supo que estaba allí. Quizá el individuo de que tanto

he hablado las vio entrar, o quizá (lo que me parece más probable) lo había sabido por

aquella mujen Pero ¡qué importa, si he encontrado a mi sobrina!

»Toda la noche —continuó míster Peggotty- hemos estado juntos Emily y yo. No me ha

dicho gran cosa, a causa de sus lágrimas; apenas si he podido ver la faz querida de la que

ha crecido en mi hogar. Pero toda la noche he sentido sus brazos alrededor de mi cuello;

su cabeza ha reposado en mi hombro, y ahora sabemos que podemos tener mutua y eterna

confianza.»

Cesó de hablar, y apoyó su mano en la mesa, con una energía capaz de dominar leones.

-Para mí fue como un rayo de luz, Trot –dijo mi tía secándose los ojos-, cuando pensé

ser madrina de tu hermana Betsey Trotwood, la cual luego no me lo agradeció. Pero

ahora ya nada me daría tanto gusto como ser la madrina del hijo de esa buena mujer.

Míster Peggotty asintió, comprendiendo los sentimientos de mi tía; pero no se atrevió a

pronunciar de nuevo el nombre de quien mi tía hacía el elogio.

Nos quedamos todos silenciosos, absortos en nuestras reflexiones (mi tía secándose los

ojos, y tan pronto sollozando convulsivamente como riéndose y llamándose loca), hasta

que hablé yo.

-¿Ha tomado usted una decisión para el futuro, amigo mío? -le dije-. Aunque es una

tontería preguntárselo.

-Sí, señorito Davy -contestó-, y se la he comunicado a Emily. Hay grandes países lejos

de aquí. Nuestra vida futura está más allá del mar.

-Van a emigrar, tía –dije.

-Sí -dijo míster Peggotty, con una sonrisa, llena de esperanza-. En Austral ¡a nada

podrán reprochar a mi querida niña, y allá empezaremos una vida nueva.

Le pregunté si había decidido la fecha de la marcha.

-He ido esta mañana temprano a los Docks -dijo para enterarme de la salida de barcos.

Dentro de seis semanas o dos meses habrá uno; lo he visto esta mañana, he estado a

bordo y tomaremos pasaje en él.

-¿Solos? -pregunté.

-¡Ah! ¡Ya ve usted, señorito Davy, mi hermana le quiere tanto a usted y a los suyos,

que está acostumbrada a pensar únicamente en esta tierra! Por lo tanto, no me parecería

bien hacerle ir, además tiene que cuidar de una persona a la que no debemos olvidar.

-¡Pobre Ham! -dije yo.

-Mi hermana, ya ve usted señora, cuida de su casa, y él la quiere mucho. -Míster

Peggotty dio esta explicación para que se enterase mejor mi tía-. Le habla y está con ella

con toda confianza. Delante de otra persona no sería capaz de despegar los labios. ¡Pobre

chico! –dijo míster Peggotty moviendo la cabeza- Le quedaba tan poca cosa, que no es

justo quitárselo.

-¿Y mistress Gudmige? -pregunté.

-¡Ah! -dijo míster Peggotty con una mirada perpleja, que se disipaba a medida que iba

hablando- Les diré a ustedes. Mistress Gudmige me ha dado mucho que pensar. Ya ven

ustedes. Cuando mistress Gudmige se pone a pensar en sus antiguos recuerdos no hay

quien pare a su lado, y no resulta una compañía agradable. Entre usted y yo, señorito

Davy, y usted, señora, cuando mistress Gudmige se pone mañosa, la persona que no la

haya conocido antes puede creer que es muy gruñona. Yo, como la conozco de siempre

-dijo míster Peggotty- y sé todos sus méritos, por eso la comprendo; pero no le pasa lo

mismo a todo el mundo, como es natural.

Mi tía y yo asentimos.

-Puede ser que mi hermana -dijo míster Peggotty-, no estoy seguro, pero puede ser que

a veces encuentre a mistress Gudmige un tanto molesta; así, pues, no es mi intención que

mistress Gudmige viva siempre con ellos, sino encontrarle un sitio donde se las arregle

como pueda. Para cuyo fin -continuó míster Peggotty- tengo intención de dejarle antes de

marcharme una pequeña renta que le permita vivir a su gusto. Es la más fiel de todas las

mujeres. Naturalmente, no se puede esperar que a su edad, y estando tan sola y triste

como lo está la pobre vieja, se embarque para venir a vivir entre bosques y salvajes de un

nuevo y lejano país. Así es que eso es lo que pienso hacer con ella.

No se olvidaba de nadie y se acordaba de las necesidades y súplicas de todos, menos de

las suyas.

-Emily se quedará conmigo –continuó-. A la pobre infeliz buena falta le hace reposo y

descanso hasta que llegue el día del viaje. Trabajará en hacerse ropa, que le hace mucha

falta, y espero que los disgustos que ha tenido le parecerán más lejanos de lo que son en

realidad encontrándose al lado de su tío.

Mi tía confirmó aquella esperanza con un movimiento de cabeza, lo que causó gran

satisfacción a míster Peggotty.

-Hay todavía una cosa, señorito Davy -dijo, metiendo la mano en el bolsillo de su

chaleco y sacando gravemente de él un paquetito de papeles que había visto

anteriormente y que desenrolló encima de la mesa-. He aquí estos billetes de banco (50

libras y 10 chelines). A estos quiero añadir el dinero que ella ha gastado. Le he

preguntado a cuánto ascendía (sin decirle el porqué) y lo he sumado. No soy muy

experto. ¿Quiere usted tener la bondad de decirme si está bien?

Me alargó humildemente un pedazo de papel, observándome mientras examinaba la

suma. Estaba muy bien.

-Gracias –dijo al devolvérselo- Este dinero, si no ve usted inconveniente, señorito

Davy, lo pondré antes de marcharme en un sobre a la dirección de él, y todo ello a las señas

de su madre. Se lo diré con las mismas palabras que a usted se lo he dicho, y como

me habré marchado no podrá devolvérmelo.

Le dije que me parecía que hacía bien obrando de aquel modo, pues estaba plenamente

convencido que así sería desde el momento en que a él le parecía justo.

-Le he dicho a usted antes que había una cosa más -prosiguió con sonrisa grave cuando

hubo arreglado y guardado en su bolsillo el paquetito de papeles-; pero hay dos. No

estaba muy seguro esta mañana, cuando he salido, si podría ir yo mismo a comunicarle a

Ham todo lo sucedido. Así que le he escrito una carta mientras he estado fuera, y la he

puesto en el correo, contándole cómo había pasado todo y diciéndole que iría a verle

mañana para desahogar mi corazón de todas las cosas que no tenía necesidad de reservar,

y que además así me despediría ya de Yarmouth.

-¿Y quiere usted que le acompañe? -dije yo, viendo que dejaba algo sin decir.

-¡Si pudiera usted hacerme ese favor, señorito Davy! -contestó- Sé que el verle a usted

le sentará muy bien.

Como mi pequeña Dora estaba de buen humor y deseaba que fuera, según me lo dijo al

hablar después con ella, me preparé inmediatamente a acompañarle según su deseo. En

consecuencia, a la mañana siguiente estábamos en la diligencia de Yarmouth y viajando

otra vez a través de aquella vieja tierra.

Al cruzar por la noche las conocidas calles (míster Peggotty, a pesar de todas mis

amonestaciones, se empeñaba en llevar mi maleta) eché una ojeada en la tienda de Omer

y Joram, y vi allí a mi viejo amigo Omer fumando su pipa. Me molestaba estar presente

en la primera entrevista de míster Peggotty con su hermana y Ham y me disculpé con

mister Omer para quedarme rezagado.

-¿Cómo está usted, míster Omer, después de tanto tiempo? —dije al entrar.

Dispersó el humo de su pipa para verme mejor y pronto me reconoció, con sumo gusto.

-Me debía levantar para agradecer el honor de esta visita –dijo-; pero mis miembros

están casi imposibilitados y tienen que arrastrarme en mi butaca. Excepto las piernas y la

respiración, todo lo demás está de lo mejor; me agrada decirlo.

Le di la enhorabuena por su buen aspecto y su buen humor, y me fijé entonces en que

su butacón tenía ruedas.

-Es una idea ingeniosa, ¿verdad? -dijo siguiendo la dirección de mi mirada y frotando la

madera con el codo-, Rueda tan ligeramente como si fuera una pluma, y es tan segura

como una diligencia. Mi pequeña Minnie (mi nieta, ya sabe usted, la hija de Minnie) se

apoya contra el respaldo, le da un empujón, y así vamos más contentos y alegres que todas

las cosas. Y además, ¿sabe usted?, es la silla más cómoda para fumar en pipa.

Nunca he visto una persona igual para acomodarse y divertirse con cualquier cosa como

el viejo de míster Omer. Estaba tan radiante como si su sillón, su asma y sus piernas

imposibilitadas fueran las diversas ramas de un gran invento para disfrutar más con su

pipa.

-Le aseguro a usted que veo más gente, desde que estoy en esta silla, -dijo mister Omerque

la que veía antes. Se sorprendería usted de la cantidad de personas que vienen aquí a

echar una parrafada. De verdad se asombraría. Y desde que ocupo esta silla encuentro

que los periódicos traen diez veces más noticias que las que traían antes. En cuanto a la

lectura en general, ¡no sabe usted todo lo que leo! Eso es lo que me conforta, ¿sabe

usted? Si hubieran sido mis ojos, ¿qué hubiese hecho?… O si llegan a ser mis oídos, ¿qué

habría sido de mí? Pero siendo las piernas, ¡qué importa! No servían nada más que para

agitar mi respiración cuando las usaba. Y ahora, cuando quiero salir a la cane o quiero it a

la playa, no tengo más que llamar a Dick, el aprendiz más joven de casa de Joram, y voy

en mi carruaje propio como un lord mayor de Londres.

Casi se ahogaba de risa.

-¡Dios mío! -dijo mister Omer volviendo a coger su pipa—. Hay que tomar las cosas

como vienen; eso es lo que tenemos que hacer en esta vida. Joram está haciendo buenos

negocios. ¡Excelentes negocios!

-Me alegra saberlo –dije.

-Estaba seguro -dijo Omer-, y Joram y Minnie siguen como dos tórtolos. ¡Qué más

puede desear un hombre! Y ante todo esto ¡qué importan las piernas!

El profundo desprecio que le inspiraban sus piernas era una de las cosas más graciosas

que vi jamás.

-Y mientras a mí me ha dado por leer, a usted le ha dado por escribir, ¿eh? -dijo mister

Omer examinándome con admiración-. ¡Qué hermosa obra ha escrito usted! ¡Qué exEste

documento ha sido descargado de

presión hay en ella! ¡La he leído toda, sin saltarme ni una palabra! Y en cuanto a

quedarme dormido, ¡nada de eso!

Expresé mi satisfacción riéndome; pero tengo que confesar que aquella asociación de

ideas me pareció muy significativa.

-Le doy a usted mi palabra de honor -dijo mister Omer- de que cuando dejo el libro

sobre la mesa y miro por fuera los tres tomos, uno, dos, tres, me siento muy orgulloso de

pensar que tuve el honor de conocer íntimamente a su familia. Y, querido mío, ya hace

tiempo de esto, ¿verdad? Allí, en Bloonderstone, donde hacíamos juntos tan bonitas

excursiones. ¡Lo que son las cosas!

Cambié de asunto hablando de Emily. Después de asegurarle que no olvidaba cómo se

había interesado siempre por ella, y con cuánta bondad la había tratado, le conté de una

manera general cómo la habían vuelto a encontrar, con la ayuda de Martha, lo cual sabía

que agradaría al viejo. Me escuchó con gran atención y dijo con sentimiento cuando hube

terminado:

-Me alegro mucho. Es la mejor noticia que me han dado desde hace tiempo. ¡Ay Dios

mío, Dios mío! ¿Y qué va a ser de esa buena de Martha?

-Toca usted un punto en el cual he estado pensando desde ayer -dije-, pero sobre el que

no puedo darle todavía ninguna información, míster Omer. Míster Peggotty no ha hecho

ninguna alusión, y me parece más delicado no preguntárselo. Estoy seguro de que no se

le ha olvidado. No se le olvida nada que sea desinteresado y bueno.

-Porque, ¿sabe usted? -dijo míster Omer siguiendo el párrafo que había interrumpido-,

me gustaría tomar parte en lo que se hiciera. Apúnteme para cualquier cosa que considere

usted justa y avísemelo. Nunca se me ha ocurrido pensar que la chica fuera mala, y me

alegro de ver que no me he equivocado. También se alegrará mi hija Minnie. Las mujeres

jóvenes son a veces criaturas contradictorias en muchos casos (su madre era igual); pero

sus corazones son buenos y tiernos. Eso se nota en Minnie cuando habla de Martha. ¿Por

qué se comporta de esa manera al hablar de Martha? No pretendo demostrárselo; pero no

es todo apariencia; al contrario, haría cualquier cosa en privado por serle útil. Así que no

deje de escribirme para lo que usted crea justo; me hará usted ese favor, y envíeme una

líneas para que sepa dónde debo dirigir mi dádiva. ¡Dios mío! -dijo Omer-. Cuando un

hombre llega a esta edad en que los dos extremos de la vida se tocan; cuando se ve uno

obligado, por muy robusto que haya sido, de hacerse transportar por una segunda mano

en una especie de carrito, se considera uno dichoso, pudiendo ser útil a cualquiera. ¡Se

tiene tanta necesidad de los demás! Y no hablo de mí mismo -dijo míster Omer-, porque

pienso que todos bajamos la cuesta, sea cualquiera la edad que tengamos; el tiempo no se

queda nunca impasible. Así que hagamos el bien y alegrémonos de ello. Esta es mi

opinion.

Sacudió la ceniza de su pipa en un recipiente dispuesto en el respaldo de su sillón.

-Ahí está el primo de Emily, el que debía haberse casado con ella -dijo míster Omer

frotándose débilmente las manos-, el mejor chico de Yarmouth. Vendrá esta noche a

charlar conmigo o a leerme durante una o dos horas. A eso llamo yo bondad, y toda su

vida no es más que bondad.

-Voy a verle ahora -dije.

-¿Va usted? -dijo míster Omer-. Dígale que me encuentro bien y que le mando mis

recuerdos. Minnie y Joram están en un baile. Estarían tan orgullosos como yo de verle a

usted si estuvieran en casa. Minnie no sale casi nada, ya ve usted, a causa de su padre,

como ella dice. Así es que juré hoy que si no se iba me acostaría a las seis. Por lo cual

-dijo míster Omer, agitándose en su sillón a fuerza de reír por el éxito de su estratagemaella

y Joram están en el baile.

Le estreché la mano y le deseé las buenas noches.

-Un minuto -dijo míster Omer-. Si se marchara usted sin ver a mi pequeño elefante se

perdería usted uno de los mejores espectáculos. ¡Nunca habrá visto nada parecido!

¡Minnie!

Una vocecita musical contestó desde arriba: «Voy, abuelo»; y una monísima chiquilla,

con larga, sedosa y rizada cabellera, entró corriendo en la tienda.

-Este es mi elefantito -dijo míster Omer acariciando a la niña-. Pura raza siamesa,

caballero. ¡Vamos elefantito!

El elefantito dejó la puerta del gabinete abierta, de manera que pude ver que en aquellos

últimos tiempos lo habían convertido en el dormitorio de míster Omer, pues ya no le

podían subir con facilidad; después apoyó su linda frente y dejó caer sus hennosos rizos

contra el respaldo del sillón de míster Omer.

-El elefante embiste cuando se dirige hacia un objeto -dijo míster Omer guiñándome un

ojo-. ¡A la una, elefante, a las dos y a las tres!..

A esta señal, el pequeño elefante, con una agilidad que era maravillosa en un animal tan

pequeño, dio la vuelta entera al sillón de míster Omer, lo empujó y lo metió dentro del

gabinete, sin tocar la puerta. Míster Omer, indescriptiblemente regocijado por esta

maniobra, me miraba, al pasar, como si fuera una salida triunfante de los esfuerzos de su

vida.

Después de haber dado una vuelta por la ciudad fui a casa de Ham. Peggotty se había

trasladado allí para estar mejor y había alquilado la suya al sucesor en los negocios de

Barkis, que le había pagado muy bien el traspaso, quedándose con el carro y el caballo.

Me parece que era el mismo caballo lento que Barkis solía conducir.

Los encontré en una cocina muy limpia, acompañados de mistress Gudmige, a quien

había sacado del viejo barco el mismo míster Peggotty. Dudo que cualquier otro hubiera

podido inducirla a abandonar su puesto. Indudablemente les había contado ya todo.

Peggotty y mistress Gudmige se secaban los ojos con el delantal, y Ham acababa de salir

para dar una vuelta por la playa. Volvió enseguida y pareció muy contento de verme.

Creo que todos estaban más a gusto de verme a mí allí. Hablamos con una fingida alegría

de lo rico que míster Peggotty se iba a hacer en el nuevo país y de las maravillas que nos

describiría en sus cartas. No mencionamos a Emily; pero más de una vez hicimos alusión

a ella. Ham era el más sereno de toda la reunión.

Pero Peggotty me dijo, cuando me fue alumbrando hasta un cuartito donde el libro de

los cocodrilos me aguardaba encima de una mesa, que Ham era siempre el mismo. Ella

creía (me lo dijo llorando) que estaba desconsoladísimo, aunque estaba tan lleno de

ánimo como de dulzura y hacía un trabajo más duro y mejor que todos los constructores

de barcos en una yarda a la redonda. A veces, me dijo, había tardes en que hablaban de

Emily; pero siempre la mencionaba como niña, nunca como mujer.

Me pareció leer en la cara del joven que quería hablarme a solas, y decidió encontrarme

en su camino a la tarde siguiente cuando volviera del trabajo. Habiendo resuelto esto, me

quedé dormido. Aquella noche, por primera vez desde hacía mucho tiempo, apagaron la

luz que iluminaba la ventana; míster Peggotty se balanceó en su vieja hamaca, y el viento

gemía como otras veces alrededor de su cabeza.

Todo el día siguiente estuvo ocupado en arreglar su bote de pesca y las redes, en

empaquetar y mandar a Londres todos los pequeños efectos domésticos que creía

necesarios y en deshacerse de lo demás o regalárselo a mistress Gudmige. Esta estuvo

con él todo el día. Como tenía un triste deseo de volver a ver el antiguo lugar antes de que

lo cerraran, les propuse ir allí por la tarde; pero lo arreglé de modo para poder estar antes

con Ham.

Era fácil encontrarlo, pues sabía dónde trabajaba; me lo encontré en un sitio solitario

del arena, que yo sabía que tenía que atravesar, y volví con él para que tuviera ocasión de

hablarme si realmente quería hacerlo. No me engañó la expresión de su cara. No

habíamos andado apenas cuando dijo sin mirarme:

-Señorito Davy, ¿la ha visto usted?

-Sólo un momento, mientras estaba desvanecida -le respondí suavemente.

Anduvimos un poco más y dijo:

-Señorito Davy, ¿cree usted que la volverá a ver?

-Quizá sea demasiado doloroso para ella -dije.

-Ya lo había pensado -añadió-; es probable, sí, señor; es probable.

-Pero, Ham -le dije dulcemente-, si hay algo que yo pueda escribirle de tu parte, en el

caso de que no se lo pueda decir; si hay algo que quieras hacerle saber, lo consideraré

como un deber sagrado.

-Lo sé, y se lo agradezco muchísimo. En efecto, hay algo que yo quisiera que le dijeran

o le escribieran.

-¿Qué es?

Anduvimos un rato en silencio y continuó:

-No se trata de decirle que la perdono; de eso no hay por qué hablar. Lo que quiero es

pedirle que me perdone a mí por haberle impuesto mi cariño. Muchas veces pienso que si

no me hubiera prometido su mano hubiese tenido la bastante confianza, por amistad, para

contarme lo que luchaba interiormente, y me habría consultado, y quizá hubiese podido

salvarla.

Le estreché la mano.

-¿Es eso todo?

-Aún hay algo -añadió-, si es que puedo decirlo.

Seguimos andando un poco antes de que volviera a hablar.

No es que llorase durante las pausas, que expresaré por puntos. Solamente se

concentraba en sí mismo para hablar con mayor sencillez.

-La amaba (y amo su memoria) muy profundamente para hacerle creer que soy

dichoso… Yo no podría ser dichoso más que olvidándola, y no creo que pueda soportar

que le dijeran semejante cosa. Pero si usted que es tan discreto, señorito Davy, pudiera

pensar algo para hacerla creer que no estoy enfadado… que la sigo queriendo… y que la

compadezco…; algo para hacerla creer que no estoy hastiado de mi vida… y que, por el

contrario, espero verla un día, sin reproches, allí donde los malos dejan descansar a los

buenos y se encuentra el reposo… Algo que pudiera tranquilizar su pena sin hacerla creer

que yo pueda llegar nunca a casarme, ni que otra pueda ocupar jamás el lugar que ella

ocupaba… Yo le pediría… le dijese que no dejo de rogar por ella, que tan querida me era…

Estreché de nuevo su mano de hombre y le dije que me encargaba de hacer lo mejor

posible o que él quería.

-Muchas gracias, señorito -respondió-. Ha sido muy amable por su parte al venir a

buscarme, como también al acompañar a mi tío hasta aquí. Señorito Davy, sé muy bien

que no le volveré a ver, aunque mi tía quiere it a Londres, antes de que partan, para

despedirlos. Estoy seguro; no lo decimos, pero así sera, y más vale que así sea. Cuando la

vea por última vez (la última), ¿querrá darle las gracias del huérfano para el que fue más

que un padre?

También le prometí cumplir esto fielmente.

-Muchas gracias una vez más –dijo, dándome cordialmente la mano-; ya sé dónde va

usted. ¡Adiós!

Agitando las manos, como para explicarme que no podía entrar en aquel sitio, dio

media vuelta.

Al seguirle con la vista, cruzando aquel desierto a la luz de la luna, le vi volver la cara

hacia una faja de luz plateada, que brillaba en el mar, y pasar mirándola hasta que no fue

más que una sombra en la distancia.

La puerta de la casa-barco estaba abierta cuando me acerqué, y al entrar la encontré

vacía de mobiliario, salvo un viejo cofre sobre el que estaba sentada mistress Gudmige,

con una cesta en las rodillas y mirando a míster Peggotty. Este apoyaba un codo en la

chimenea, mirando algunas brasas mortecinas; pero levantó la cabeza al entrar yo y habló

de un modo jovial.

-¡Ah! ¿Viene usted a despedimos, como prometió? -dijo levantando la vela-. Está esto

muy desnudo, ¿verdad?

-Efectivamente, han aprovechado ustedes el tiempo -respondí.

-Sí; no hemos estado ociosos. Mistress Gudmige ha trabajado como un… no sé como

quién ha trabajado mistress Gudmige -dijo míster Peggotty mirándola, sin haber podido

encontrar un símil satisfactorio.

Mistress Gudmige, inclinada sobre su cesta, no hizo ninguna observación.

-Ahí tiene usted el mismo cofre sobre el que se sentaba usted al lado de Emily -dijo

míster Peggotty en un murmullo-. Lo voy a llevar conmigo a última hora; y ahí está su

cuartito, señorito Davy, tan vacío que no puede estar más.

El viento, aunque flojo, sonaba solemnemente, rodeando la casa desierta de un

murmullo de tristeza.

Todo había desaparecido, incluso el espejito con marco de conchas. Me acordé de

cuando me acosté allí mientras se hizo el primer cambio grande en mi casa. Pensé en la

criatura de ojos azules que me había encantado. Pensé en Steerforth, y una loca y

deliciosa ilusión me hizo creer que estaba allí mismo y que se le podría encontrar en

cuanto quisiera,

-Pasará tiempo -dijo míster Peggotty en voz baja hasta que el barco tenga nuevos

inquilinos. Lo miran como cosa maldita.

-¿Pertenece a alguien de la vecindad? -pregunté.

-A un constructor de mástiles del pueblo -dijo míster Peggotty-. Voy a darle la llave

esta noche.

Miramos en el otro cuartito y volvimos al lado de mistress Gudmige, que continuaba

sentada en el cofre. Míster Peggotty puso la luz en la chimenea y le rogó que se levantara

para sacar el cofre antes de que se apagara la vela.

-Daniel –dijo de repente mistress Gudmige, dejando el cesto y colgándose de su brazo-,

mi querido Daniel, las palabras de despedida que se me ocurren es que no quiero separarme

de vosotros. No me dejéis aquí. ¡Por Dios, no me dejéis!

Míster Peggotty, asustado, miraba a mistress Gudmige, y luego a mí, y después de mí a

mistress Gudmige, como si despertase de un sueño.

-No me dejéis, querido Daniel, no me dejéis -repetía mistress Gudmige con fervor-.

Llévame contigo, Daniel, llévame con Emily. Seré vuestra criada fiel y leal. Si hay

esclavos en la tierra donde vais, seré yo una de vuestras esclavas, y muy dichosa de serlo;

pero no me dejéis, Daniel, por favor.

-Amiga mía -dijo míster Peggotty moviendo la cabeza-, no sabe usted lo largo que es el

viaje y lo penosa que será allí la vida.

-Sí, ya lo sé, Daniel, me lo figuro -gritaba mistress Gudmige-; pero mis últimas

palabras bajo este techo son que me volveré a esta casa y aquí me moriré si no me lleváis

con vosotros. Sé labrar, Daniel, puedo trabajar; puedo vivir una vida penosa, y puedo ser

cariñosa y paciente más de lo que te figuras, Daniel. Si quisieras probar. No tocaré tu

renta aunque me esté muriendo de necesidad, Daniel Peggotty; pero iré contigo y con

Emily aunque me llevéis al fin del mundo. Sé muy bien lo que es. Sé que pensáis que soy

tacituma y gruñona; pero, querido mío, ya no soy como antes. No en balde he estado aquí

pensando y meditando en vuestras desgracias. Señorito Davy, ¡háblele usted por mí! Conozco

sus costumbres y las de Emily, y sé sus penas, y podré consolarlos algunas veces y

trabajar siempre por ellos. Daniel, querido Daniel, ¡déjame it contigo!

Y mistress Gudmige cogía su mano y la besaba con una familiaridad cariñosa y

afectuosa, en un arrebato de devoción y gratitud que bien se lo merecía.

Sacamos el cofre, apagamos la vela, cerrarnos por fuera la puerta y abandonamos el

barco, que quedó como un espectro negro en la noche tormentosa. Al día siguiente,

cuando volvíamos a Londres en la baca de la diligencia, mistress Gudmige y su cesta

estaban instaladas en el asiento trasero, y mistress Gudmige se sentía tan dichosa…

CAPÍTULO XII

ASISTO A UNA EXPLOSION

Cuando llegó la víspera del día para el cual míster Micawber nos había dado una cita

tan misteriosa, consultamos mi tía y yo la manera de proceder, pues mi tía no tenía ganas

de separarse de Dora. ¡Oh con qué facilidad transportaba ya a Dora en mis brazos de un

lado a otro!

A pesar del deseo expresado por míster Micawber, estábamos decididos a que mi tía se

quedara en casa y que le representara míster Dick. En una palabra, lo teníamos ya

decidido así, cuando Dora nos lo trastornó de nuevo, declarando que nunca se perdonaría

a sí misma ni a la mala persona de su marido, si mi tía, bajo cualquier pretexto, se

quedaba allí.

-No le dirigiré la palabra -dijo Dora a mi tía sacudiendo los rizos-. Estaré insoportable.

Haré que Jip le esté ladrando todo el día. Si no va usted, me convenceré de que es una

vieja gruñona.

-¡Bah, bah, Capullito! -dijo mi tía riéndose-. ¡Ya sabes que no puedes hacer nada sin

mí!..

-Sí que puedo -contestó Dora-. Y no me hace usted ninguna falta. Durante todo el día

no sube ni baja una vez por verme. Nunca se sienta a mi lado, ni me cuenta cuentos de

Doady, de cómo tenía los zapatos rotos y cómo estaba cubierto de polvo el pobrecito.

Nunca hace usted nada por darme gusto, ¿verdad?

Dora se apresuró a besar a mi tía, y dijo:

-Sí, sí que lo hace; lo digo en broma. (Por temor de que mi tía tomara la cosa en serio.)

-Pero, tía -continuó Dora en tono mimoso-, escúcheme usted bien. Tiene usted que ir; le

atormentaré hasta que haga lo que yo quiero, y le haré pasar muy malos ratos a ese chico

si no la convence. Me pondré insoportable, y Jip lo mismo. Y si no se va, no la dejaré un

momento tranquila, para que le pese el no haberse marchado. Además -dijo Dora

echándose el pelo hacia atrás y mirándonos con inquietud-, ¿por qué no han de ir ustedes?

¿Es que estoy muy enferma? ¿Verdad?

-¡ Vaya una pregunta! –exclamó mi tía.

-¡Qué idea! –dije yo.

-Sí; ya sé que soy una tontuela -dijo Dora mirándonos fijamente a uno y a otro y

ofreciéndonos sus labios para que la besáramos, mientras se tendía en la cama-. Bueno; si

es así, tenéis que marcharos los dos, y si no, no les creeré, y eso me hará llorar.

Vi en la expresión de mi tía que empezaba a ceder, y Dora también lo vio y se puso

muy contenta.

-Volverán con tantas cosas que contarme, que me hará falta lo menos una semana para

comprenderlas -dijo Dora-. Porque ya sé que no lo entenderé en mucho tiempo si hay

negocios en ello. Y seguramente habrá algún negocio. Y si además hay algo que sumar,

no sé cómo me las voy a arreglar; y este malo estará todo el tiempo fastidiando. Así,

pues, se marcharán ustedes, ¿verdad? No estarán fuera más que una noche, y entre tanto

Jip me cuidará. Doady me subirá antes de que se marchen, y no bajaré hasta que vuelvan.

Llevarán a Agnes una carta mía llena de reproches porque no viene a vernos.

Sin más comentarios decidimos que nos marcharíamos los dos y que Dora era una

impostora infantil que fingía estar muy mala para que la mimasen. Estaba muy contenta,

y mi tía, míster Dick, Traddles y yo nos fuimos aquella noche a Canterbury, en la

diligencia de Dover.

En el hotel en que míster Micawber nos rogó que le esperásemos, y al que llegamos a

media noche, después de algunas molestias; encontré una carta suya diciéndome que

aparecería a la mañana siguiente, a las nueve y media en punto. Después de eso fuimos

todos, tiritando, a esa hora intempestiva, a acostarnos en nuestras respectivas camas,

pasando a través de estrechos pasillos que olían como si durante años enteros hubieran

estado metidos en una disolución de sopa y estiércol.

A la mañana siguiente, muy temprano, vagaba yo por aquellas viejas calles tranquilas,

confundido otra vez con las sombras de los claustros venerables y de las iglesias. Los

cuervos seguían planeando sobre las torres de la catedral, y las torres mismas, que

dominaban toda la rica región de los contornos, con sus graciosos arroyos, parecían

hendir el aire matinal como si nada hubiera cambiado en la tierra. Sin embargo, las

campanas al sonar me decían tristemente el cambio de todas las cows de este mundo, y

me recordaban su propia vejez y la juventud de mi querida Dora; me contaban la vida de

todos los que habían pasado cerca de ellas, que jamás envejecieron, que vivieron,

amaron, murieron mientras que el sonido plañidero resonaba en la armadura enmohecida

del Príncipe Negro, para perderse después en el espacio, como un círculo que se forma y

desaparece en la superficie de las aguas.

Miré la vieja casa desde la esquina de la calle sin atreverme a acercarme, por no

perjudicar involuntariamente, si acaso era observado, el motivo por el que había venido.

El sol de la mañana doraba con sus rayos el tejado y las ventanas, y sus resplandores

conmovían mi corazón.

Me paseé por los contornos durante una hora o dos, y regresé por la calle principal, que

en el intervalo había sacudido su último sueño. Entre los que abrían las tiendas vi a mi

antiguo enemigo, el carnicero, que ahora parecía un personaje importante, meciendo a un

niño.

Al sentarnos a desayunar estábamos todos muy inquietos e impacientes. A medida que

se acercaban las nueve y media, nuestra agitación esperando a míster Micawber iba creciendo.

Al fin, sin hacer caso del desayuno, el cual, excepto para míster Dick, había sido

desde el primer momento una pura fórmula, mi tía empezó a pasearse de un lado a otro de

la habitación. Traddles se sentó en un sofá, haciendo como que leía el periódico, pero con

los ojos fijos en el techo; y yo miraba por la ventana para avisar la llegada de míster Micawber.

No tuve que esperar mucho, pues a la primera campanada de la media apareció

en la calle.

-¡Aquí está! –dije- ¡Y no trae su traje negro!

Mi tía se ató las cintas de su cofia (había bajado a desayunar con ella) y se puso su chal,

como preparándose para cualquier asunto que requiriese toda su energía. Traddles se

abrochó con resolución la chaqueta. Míster Dick, aturdido con aquellos formidables

preparativos, pero juzgando necesario imitarlos, se encasquetó el sombrero hasta las

orejas, con las dos manos, con toda la energía que pudo, a instantáneamente se lo volvió a

quitar para saludar a míster Micawber.

-Señores y señora -dijo míster Micawber-, ¡buenos días! Mi querido señor -dijo a míster

Dick, que le estrechaba la mano violentamente-, es usted extraordinariamente amable.

-¿,Ha desayunado usted? -dijo míster Dick-. Tome usted algo.

-Por nada del mundo, amigo mío –exclamó míster Micawber impidiéndole que tocara

el timbre-; el apetito y yo, míster Dixon, hace tiempo que somos extraños el uno al otro.

Míster Dixon estaba tan contento con su nuevo nombre, y le parecía tan amable que

míster Micawber se lo hubiera dado, que volvió a estrecharle la mano y a reírse como un

chiquillo.

-Dick -dijo mi tía-, ten cuidado.

Dick se recobró enrojeciendo.

-Ahora, caballero -dijo mi tía a míster Micawber, mientras se ponía los guantes-,

estamos dispuestos para ir al Vesubio o a cualquier otro sitio en cuanto usted guste.

-Señora —contestó míster Micawber-, creo que efectivamente asistirá usted pronto a

una explosión. Míster Traddles, creo que tengo su permiso para mencionar aquí que usted

y yo hemos tenido algunas confidencias.

-Es indudablemente un hecho, Copperfield -dijo Traddles, al cual yo miraba

sorprendido- Míster Micawber me ha consultado sobre lo que pensaba hacer, y yo le he

dado mi opinión lo mejor que he podido.

-A menos de equivocarme, míster Traddles -siguió diciendo míster Micawber-, lo que

tengo intención de descubrir es muy importante.

-Extremadamente -dijo Traddles.

-Quizá en esas circunstancias, señora y señores -dijo míster Micawber-, me harán

ustedes el favor de someterse por un momento a la dirección de un hombre que, aunque

indigno de considerarse de otra manera que como una frágil barca naufragada sobre la

playa de la vida humana, es todavía un hombre como ustedes, aunque aplastado por

errores individuales y por una total combinación de circunstancias que le han obligado a

cambiar su forma primitiva.

-Tenemos plena confianza en usted, míster Micawber -dije yo-, y haremos lo que usted

quiera.

-Míster Copperfield -contestó míster Micawber-, no está, por ahora, mal colocada su

confianza. Les ruego me permitan adelantarme cinco minutos, y luego recibiré a todos los

presentes, que deben preguntar por miss Wickfield, en la oficina de Wickfield-Heep, de

la cual soy empleado.

Mi tía y yo miramos a Traddles, que hacía una señal de asentimiento.

-No tengo nada más que decir por ahora -añadió míster Micawber.

Y, con gran sorpresa mía, nos saludó a todos ceremoniosamente y desapareció. Sus

modales eran muy extraños y su cara estaba extraordinariamente pálida. Traddles fue el

único que sonrió, moviendo la cabeza, con su pelo más tieso que nunca, al mirarle yo

pidiéndole una explicación; como último recurso saqué mi reloj y estuve contando cinco

minutos. Mi tía, con su reloj en mano, hizo lo propio. Cuando transcurrió el tiempo

fijado, Traddles le dio el brazo, y nos dirigimos todos juntos a la vieja mansión, sin decir

una sola palabra por el camino.

Encontramos a míster Micawber en el pupitre de su despacho, en la planta baja de la

torre, escribiendo, o haciendo como que escribía, con la mayor actividad. La larga regla

de oficinista atravesaba su chaleco, y no muy bien disimulada, pues un palmo o más del

instrumento se dejaba ver como una nueva especie de chorrera.

Como me pareció que yo era el que debía hablar, dije en voz alta:

-¿Cómo está usted, míster Micawber?

-Míster Copperfield -dijo míster Micawber gravemente-, ¿supongo que se encuentra

usted bien?

-¿Está miss Wickfield en casa? –dije yo.

-Míster Wickfield está en la cama, algo indispuesto, con una fiebre reumática -contestó

él-; pero estoy seguro de que miss Wickfield se alegrará mucho de ver a sus antiguos

amigos. ¿Quieren ustedes pasar, señores?

Nos precedió al comedor (la primera habitación que había pisado cuando entré por

primera vez en aquella casa), y empujando la puerta de lo que antes era el despacho de

míster Wickfield, dijo con voz sonora:

-¡Miss Trotwood, míster David Copperfield, míster Thomas Traddles y míster Dixon!

No había visto a Uriah Heep desde el día en que le pegué. Evidentemente nuestra visita

le chocaba casi tanto como nos extrañaba a nosotros mismos. No frunció el entrecejo,

porque no tenía cejas; pero nos miró con tal ceño, que parecía que tenía los ojos cerrados,

mientras la precipitación con que llevaba su mano cartilaginosa a la barbilla mostraba

miedo y sorpresa. Esto fue cosa de un segundo, en el momento de entrar en su cuarto,

cuando le vislumbré por encima del hombro de mi tía. Inmediatamente después se puso

tan humilde y servil como siempre.

-¡Realmente -dijo- es un placer inesperado, una suerte, tener tantos amigos a un tiempo

alrededor de uno!.. Míster Copperfield, espero que esté usted bien… Y, si humildemente

puedo expresarme así, ¿seguirá siendo tan amable con sus amigos? mistress Copperfield,

espero que siga mejorando… Le aseguro que hemos estado muy inquietos por las malas

noticias que hemos tenido de su salud.

Me sentía avergonzado dejándole estrechar mi mano; pero no sabía qué hacer.

-Las cosas han variado mucho, miss Trotwood, desde que yo no era más que un

humilde empleado y cuidaba de su poney, ¿no le parece? –dijo Uriah con su sonrisa

enfermiza-. Pero yo no he cambiado, miss Trotwood.

-A decir verdad, caballero –contestó mi tía-, y si puede ser una satisfacción para usted,

encuentro que ha cumplido usted todo lo que prometía en su juventud.

-Gracias por su buena opinión, miss Trotwood -dijo Uriah con sus artificiosas y burdas

maneras de costumbre-. Micawber, avise usted a miss Agnes y a mi madre. Mi madre

estará encantada de verlos a todos ustedes -dijo Uriah ofreciéndonos sillas.

-¿No está usted ocupado, míster Heep? –dijo Traddles, cuyos ojos encontraron su

mirada astuta, que nos examinaba.

-No, míster Traddles -replicó Uriah volviendo a ocupar su asiento oficial, apretando la

una contra la otra sus huesudas manos entre sus huesudas rodillas-. No tanto corno yo

quisiera, pues jueces tiburones y sanguijuelas no se conforman fácilmente, ¿sabe usted?

Esto no quiere decir que míster Micawber y yo no tengamos que hacer suficiente, pues

míster Wickfield apenas si puede ocuparse ya de ningún trabajo. Pero es para nosotros un

gusto, así como un deber, el trabajar para él. ¿No ha tratado usted a míster Wickfield,

creo, míster Traddles? Me parece que yo mismo sólo he tenido el honor de verle a usted

una vez.

-No; no he tratado íntimamente a míster Wickfield-contestó Traddles-; de ser así quizá

hubiese tenido ocasión de visitarle a usted hace ya tiempo, míster Heep.

Había algo en el tono de esta contestación que hizo a Uriah mirar al que hablaba con

una expresión siniestra y suspicaz; pero viendo la cara bonachona de Traddles, sus modales

sencillos, y sus cabellos erizados, siguió hablando con una sacudida en todo su

cuerpo, pero especialmente en su garganta.

-Lo siento mucho, míster Traddles. Le hubiese usted admirado tanto como le

admiramos todos; sus pequeños defectos habrían servido para que le apreciara más. Pero

si quiere usted oír el elogio de mi asociado, diríjase a Copperfield. Está muy enterado de

todo lo concerniente a esta familia, si es que todavía no le ha oído nunca.

No tuve tiempo de declinar el elogio (aun cuando hubiera estado dispuesto a hacerlo)

porque Agnes entraba en aquel momento, escudada por míster Micawber. Me pareció que

no estaba tan tranquila como de costumbre; era evidente que había pasado mucha

ansiedad y fatiga; pero esto hacía resaltar más su serena belleza y su brillante amabilidad.

Vi que Uriah la observaba mientras nos saludaba, y me pareció un espíritu maligno

acechando a un hada buena. Entre tanto, míster Micawber hizo una seña discreta a

Traddles, al cual no le observaba nadie más que yo, y salió.

-No tiene usted necesidad de esperar -dijo Uriah.

Míster Micawber, con la mano puesta sobre la regla, seguía de pie delante de la puerta,

contemplando a uno de los que estábamos allí; y ese individuo era, sin duda alguna, su

patrón.

-¿Qué aguarda usted? -dijo Uriah-. Micawber, ¿no me ha oído usted decirle que se

marche?

-Sí –dijo míster Micawber sin moverse.

-Entonces, ¿por qué espera usted? –dijo Uriah.

-Porque… me da la gana -contestó en un estallido míster Micawber.

Las mejillas de Uriah perdieron el color, sólo sus párpados estaban enrojecidos. Miró

atentamente a míster Micawber, con la respiración entrecortada.

-No es usted más que un hombre intratable, como todo el mundo sabe -dijo con una

sonrisa forzada-, y me temo que me obligue a que le despache. Salga usted. Luego hablaremos.

-Si hay en el mundo algún bribón -dijo míster Micawber estallando con la mayor

vehemencia- con el cual he hablado ya demasiado, ese bribón es… Heep…

Uriah se echó hacia atrás como si le hubieran dado un golpe. Mirándonos lentamente,

con la expresión más sombría y malvada que su cara podía expresar, dijo en voz baja:

-¡Oh! ¡Esto es una conspiración! Se han citado ustedes aquí. Se entienden ustedes con

mi empleado, ¿no es cierto, Copperfield? Pero tengan ustedes cuidado, porque no les ha

de salir bien. Ya nos conocemos ustedes y yo. No existe cariño entre nosotros. Desde que

vino usted aquí no ha sido más que un intrigante, y ahora envidia usted mi posición; pero

les advierto que no conspiren contra mí, porque yo sabré defenderme. Micawber, salga

usted. Le hablaré en seguida.

-Míster Micawber -dije yo-, se ha efectuado un cambio rápido en este individuo en

algunos aspectos; entre otros el muy extraordinario de decir la verdad sobre un punto, lo

cual me demuestra que se halla rodeado de enemigos. ¡Trátele como se merece!

-Son ustedes gente muy amable -dijo Uriah, siempre en el mismo tono, secándose con

su mano flaca y larga unas gotas de sudor que resbalaban por su frente- que viene a

comprar a un empleado, la verdadera escoria de la sociedad (como usted mismo lo era,

Copperfield, antes de que nadie tuviera compasión de usted) y a pagarle para que me

calumnie. Miss Trotwood, mejor haría usted interrumpiendo esto antes de que haga yo

detener a su marido, que sería en menos tiempo del que usted desea. ¡Para algo me he

enterado de su historia privada, mi buena señora! Y usted, miss Wickfield, si tiene algún

cariño a su padre, mejor haría no uniéndose con esta gentuza, si no quiere usted que lo

arruine. Y ahora venga. Le tengo a usted bajo mis garras, Micawber; piénselo usted bien

antes de obrar, si no quiere que le aplaste. Le recomiendo que se aleje mientras pueda.

Pero, ¿dónde está mi madre? -dijo de repente, notando con alarma la ausencia de

Traddles y tirando con fuerza de la campanilla-. ¡Bonito modo de comportarse en casa

extraña!

-Míster Heep, está aquí –dijo Traddles volviendo con la digna madre de tan digno hijo-

Me he tomado la libertad de presentarme a ella yo mismo.

-¿Y quién es usted para presentarse? -preguntó Uriah-. ¿Qué es lo que quiere usted

aquí?

-Soy el agente y amigo de míster Wickfield, caballero -dijo Traddles con tono

tranquilo, como de hombre de negocios-, y tengo en mi bolsillo plenos poderes para

actuar como procurador en su nombre en cualquier circunstancia.

-Ese viejo asno habrá bebido hasta perder el sentido -dijo Uriah, que cada vez iba

poniéndose más feo-, y le habrán sonsacado ese acta por medios fraudulentos.

-Ya sabemos que le han sonsacado bastantes cosas por medios fraudulentos -contestó

Traddles tranquilamente-. Y usted también lo sabe, míster Heep. Pero si usted quiere

vamos a dejar este asunto para que lo trate míster Micawber.

-¡Ury! -empezó mistress Heep con inquietud.

-Detén tu lengua, madre; contestó él: «cuanto menos se habla, menos se yerra».

-¡Pero Ury!

-¿Quieres callarte, madre? ¡Déjame hablar!

A pesar de que sabía desde hace mucho que su servilismo era falso y que todo en él era

mentira y simulación, no tenía ni idea de su hipocresía hasta que vi cómo se quitaba la careta.

La rapidez con que se desprendió de ella cuando vio que era inútil; la malicia, la

insolencia y el rencor que demostró; el placer que experimentaba aún en aquel momento

por el daño cometido, me llenó de sorpresa a pesar de que por intuición creía ya

detestarlo. No digo nada de la mirada que me lanzó mientras estaba de pie, mirándonos a

unos después de otros, pues hacía tiempo que sabía que me odiaba y me acordaba de las

marcas que mi mano le dejaron en la cara. Pero cuando sus ojos se fijaron en Agnes

tenían una expresión de rabia que me hizo temblar; se veía que sentía cómo se le

escapaba: ya no podía satisfacer su odiosa pasión, que le había hecho esperar el poseer

una mujer cuyas virtudes era incapaz de apreciar. ¿Cómo podía ser posible que ella

hubiera vivido ni una hora en compañía de semejante hombre?

Después de rascarse la barbilla y de miramos, con los ojos llenos de odio, a través de

sus flacos dedos, se volvió hacia mí y me dijo en tono medio burlón, medio insolente:

-¿Le parece a usted bonito, míster Copperfield, usted, que siempre ha estado orgulloso

de su honor y de todo lo demás, el venir a espiarme y sobornar a mi empleado? Si hubiera

sido yo, no tendría nada de extraño, porque no me tildo de caballero (aunque nunca he

vagado por las calles, como usted lo hacía, según cuenta Micawber); pero siendo usted,

¿no le da vergüenza hacerlo? ¿No supone usted lo que yo puedo hacer a cambio? Hacerle

perseguir por complot, etcétera, etcétera. Muy bien. Ya veremos. Y usted, caballero, no

sé cómo iba usted a hacer unas preguntas a Micawber. Aquí tiene a su interlocutor. ¿Por

qué no le hace usted hablar? Por lo que veo, se sabe la lección de memoria.

Viendo que lo que decía no me causaba ningún efecto, ni a ninguno de nosotros, se

sentó en el borde de la mesa, con las manos en los bolsillos y las piernas cruzadas, y

esperó con expresión resuelta los acontecimientos.

Míster Micawber, cuyo ímpetu me costó trabajo dominar, y que ya había varias veces

pronunciado la primera sílaba de la palabra « bribón» , sin que yo se la dejase terminar,

estalló al fin, sacó del chaleco la larga regla (probablemente destinada a servirle de arma

defensiva) y del bolsillo un documento voluminoso, plegado en forma de carta. Abrió

aquel paquete con expresión dramática, lo contempló con admiración, como si estuviese

encantado de su talento de autor, y empezó a leer lo que sigue:

«Querida miss Trotwood y señores: »

-¡Válgame Dios! –exclamó mi tía en voz baja- Si se tratara de un recurso en gracia por

un crimen capital gastaría toda una resma de papel en su petición.

Míster Micawber, sin oírla, continuó:

«Aparezco ante ustedes para denunciar al mayor sinvergüenza que ha existido -míster

Micawber, sin levantar la vista de la carta, apuntó con la regla, como si fuese la cachiporra

de un aparecido, a Uriah Heep-, y les pido consideraciones para mí. Víctima desde

mi cuna de deficiencias pecuniarias, a las cuales me ha sido imposible responder siempre,

he sido el juguete de las más tristes circunstancias. Ignominia, desesperación y locura han

sido, juntas o por separado, las compañeras de mi triste vida.»

La satisfacción con que míster Micawber se describía a sí mismo como una presa de

aquellas viles calumnias se podrá únicamente igualar con el énfasis con que leía su carta

y la clase de homenaje que le rendía con un movimiento de cabeza cuando creía llegar a

una frase enérgica.

« En una acumulación de ignominia, miseria, desesperación y locura, entré en esta

oficina (o, como dirían nuestros vecinos los galos, en este bureau), cuya firma nominal es

Wickfield y Heep; pero, en realidad, dirigida por Heep únicamente. Heep y solamente

Heep es el gran resorte de esta máquina. Heep y solamente Heep es el falsificador y el

chantajista.»

Uriah, más azul que blanco a estas palabras, se abalanzó sobre la carta como para

hacerla pedazos. Míster Micawber, por un milagro de destreza o de suerte, cogió al vuelo

sus dedos con la regla y le inutilizó la mano derecha. Él se agarró el puño como si se lo

hubieran roto. El golpe sonó como si hubiera caído sobre madera.

-¡Que el diablo lo lleve! —dijo Uriah retorciéndose de dolor-. ¡Ya me las pagarás!

-Intente usted acercarse otra vez… infame Heep -exclamó míster Micawber-, y si su

cabeza es humana, la hago astillas. ¡Acérquese! ¡Acérquese!

Creo que nunca he visto cosa más ridícula (me daba perfecta cuenta aun entonces) que

míster Micawber haciendo molinetes con la regla y gritando «¡acérquese!», mientras que

Traddles y yo le empujábamos a un rincón, de donde trataba de salir en cuanto podía,

haciendo unos esfuerzos sobrehumanos.

Su enemigo, murmurando para sí, después de frotarse la mano dolorida, sacó

lentamente el pañuelo y se la vendó; luego la apoyó en la otra mano y se sentó encima de

la mesa, con aire taciturno y mirando al suelo.

Cuando míster Micawber se apaciguó lo suficiente prosiguió la lectura de la carta:

«Los honorarios, en consideración de los cuales entré al servicio de Heep -continuó,

parándose siempre antes de esta palabra para proferirla con más vigor-, no habían sido

fijados, aparte del jornal de veintidós chelines y seis peniques por semana. El resto fue

dejado al contingente de mis facultades profesionales o, dicho de otra manera más expresiva,

a la bajeza de mi naturaleza, a los apetitos de mis deseos, a la pobreza de mi familia,

y, en general, al parecido moral o, mejor dicho, inmoral entre Heep y yo. No necesito

decir que pronto me fue necesario solicitar de Heep adelantos pecuniarios para ayudar a

las necesidades de mistress Micawber y de nuestra desdichada y creciente familia. ¿Debo

decir que esas necesidades habían sido previstas por Heep? ¿Que esos adelantos eran

asegurados por letras y otros reconocimientos semejantes, dadas las instituciones legales

de este país? ¿Y que de ese modo me cogió en la telaraña que había tejido para mi

admisión?»

La satisfacción que sentía míster Micawber por sus facultades epistolares al describir

este estado de cosas desagradables parecía aligerar la tristeza y ansiedad que la realidad le

causaba. Continuó leyendo:

«Entonces fue cuando Heep empezó a favorecerme con las confidencias necesarias para

que le ayudara en las combinaciones infernales. Entonces fue cuando empecé (para expresarme

como Shakespeare) a decaer, a languidecer y desfallecer. Me utilizaba

constantemente para cooperar en falsificaciones de negocios y para engañar a un

individuo, al cual le designaré como míster W. Se le engañaba por todos los medios

imaginables. Entre tanto, el ladrón de Heep demostraba una amistad y gratitud infinitas al

engañado caballero. Esto estaba bastante mal; pero, como observa el filósofo danés, con

esa universal oportunidad que distingue el ilustre ornato de la Era de Elisabeth, « lo malo

siempre queda atrás».

Míster Micawber se quedó tan entusiasmado con aquella cita feliz, que, bajo pretexto

de haberse perdido, se obsequió y nos obsequió con una segunda lectura del párrafo:

« No es mi intención -continuó leyendo- el entrar en una lista detallada en la presente

epístola (aunque ya está anotado en otro lugar) de los diferentes fraudes de menor cuantía

que afectan al individuo a quien he designado con el nombre de míster W. y que he

consentido tácitamente. Mi objetivo cuando dejé de discutir conmigo mismo la dolorosa

alternativa en que me encontraba de aceptar o no sus honorarios, de comer o morirme, de

vivir o dejar de existir, fue aprovecharme de toda oportunidad para descubrir y exponer

todas las fechorías cometidas por Heep en detrimento de ese desgraciado señor.

Estimulado por una silenciosa voz interior y por la no menos conmovedora voz exterior

que nombraré como miss W., me metí en una labor no muy fácil de investigación

clandestina, prolongada ahora, a mi entender, sobre un período pasado de doce meses.»

Leyó este párrafo como si hubiera sido un acta del Parlamento, y pareció

agradablemente refrescado por el sonido de sus palabras.

«Mis cargos contra Heep -dijo mirando a Uriah y colocando la regla en una posición

conveniente debajo del brazo izquierdo, para caso de necesidad- son los siguientes.»

Todos contuvimos la respiración, y me parece que Uriah más que los demás.

« Primero —dijo míster Micawber-: Cuando las facultades intelectuales y la memoria

de míster W. se tomaron, por causas que no es necesario mencionar, débiles y confusas,

Heep, con toda intención, embrolló y complicó las transacciones oficiales. Cuando míster

W se encontraba incapacitado para los negocios, Heep le obligaba a que se ocupara de

ellos. Consiguió la firma de míster W para documentos de gran importancia, haciéndole

ver que no tenían ninguna. Indujo a míster W a darle poder para emplear una suma

importante, ascendiendo a doce mil quinientas catorce libras, dos chelines y nueve

peniques, en unos pretextados negocios a su cargo y unas deficiencias que estaban ya

liquidadas.

»En todo ello hizo aparecer intenciones que no habían existido nunca. Empleó el

procedimiento de poner todos los actos poco honorables a cargo de míster W, y luego,

con la menor delicadeza, se aprovechó de ello para torturar y obligar a míster W a cederle

en todo. »

-Tendrá usted que demostrar todo eso, Micawber -dijo Uriah, sacudiendo la cabeza con

aire amenazador-; a todos les llegará su hora.

-Míster Traddles, pregunte usted a Heep quién ha vivido en esta casa además de él -dijo

míster Micawber interrumpiendo su lectura—. ¿Quiere usted?

-Un tonto, y sigue viviendo todavía -dijo Uriah desdeñosamente.

-Pregunte usted a Heep si por casualidad no ha tenido cierto memorándum en esta casa

—dijo Micawber-. ¿Quiere usted?

Vi cómo Uriah cesó de repente de rascarse la barbilla.

-O si no, pregúntele usted -dijo Micawber- si no ha quemado uno en esta casa. Si dice

que sí y le pregunta usted dónde están las cenizas, diríjase usted a Wilkins Micawber, y

entonces oirá algo que no le agradará mucho.

El tono triunfante con que dijo míster Micawber estas palabras tuvo un efecto poderoso

para alarmar a la madre, que gritó agitadamente:

-¡Ury, Ury! ¡Sé humilde y trata de arreglar el asunto, hijo mío!

-Madre -replicó él-, ¿quiere usted callarse? Está usted asustada y no sabe lo que se dice.

¡Humilde! -repitió, mirándome con maldad-. ¡He humillado a muchos durante mucho

tiempo, a pesar de «mi humildad» !

Míster Micawber, metiendo lentamente su barbilla en la corbata, continuó leyendo su

composición:

«Segundo: Heep, en muchas ocasiones, según me he informado, sabido y creído …»

-¡Vaya unas pruebas! -dijo Uriah tranquilizándose-. Madre, esté usted tranquila.

-Ya pensaremos en encontrar dentro de muy poco algunas que valgan y que le

aniquilen, caballero –contestó míster Micawber.

« Segundo: Heep, en muchas ocasiones, según me he informado, sabido y creído, ha

falsificado, en diversos escritos, libros y documentos, la firma de míster W., y particularmente

en una circunstancia que puedo atestiguar. Por ejemplo, del modo siguiente, a

saber.»

De nuevo míster Micawber saboreó este amontonamiento de palabras, cosa que

generalmente le era muy peculiar. Lo he observado en el transcurso de mi vida en

muchos hombres. Me parece que es una regla general. Tomando por ejemplo un asunto

puramente legal, los declarantes parecen regocijarse muchísimo cuando logran reunir

unas cuantas palabras rimbombantes para expresar una idea, y dicen, por ejemplo, que

odian, aborrecen y abjuran, etc., etc. Los antiguos anatemas estaban basados en el mismo

principio. Hablamos de la tiranía de las palabras, pero también nos gusta tiranizarlas, nos

gusta tener una colección de palabras superfluas para recurrir a ellas en las grandes

ocasiones; nos parece que causan efecto y que suenan bien. Así como en las grandes

ocasiones somos muy meticulosos en la elección de criados, con tal de que sean

suficientemente numerosos y vistosos, así, en este sentido, la justeza de las palabras es

una cuestión secundaria con tal de que haya gran cantidad de ellas y de mucho efecto.

Y del mismo modo que las gentes se crean disgustos por presentar un gran número de

figurantes, como los esclavos, que cuando son demasiado numerosos se levantan contra

sus amos, así podría citar yo una nación que se ha acarreado grandes disgustos, y que se

los acarreara aun mayores, por conservar un repertorio demasiado rico en vocabulario nacional.

Míster Micawber continuó su lectura, poco menos que lamiéndose los labios:

« Por ejemplo, del modo siguiente, a saber: estando míster W. muy enfermo, y siendo

lo más probable que su muerte trajera algunos descubrimientos propios para destruir la

influencia de Heep sobre la familia W (a menos que el amor filial de su hija nos

impidiera hacer una investigación en los negocios de su padre), yo, Wilkins Micawber,

abajo firmante, afirmo que el susodicho Heep juzgó prudente tener un documento de

míster W, en el que se establecía que las sumas antes mencionadas habían sido

adelantadas por Heep a míster W para salvarle a este de la deshonra, aunque realmente la

suma no fue nunca adelantada por él y había sido liquidada hacía tiempo. Este

documento, firmado por míster W y atestiguado por Wilkins Micawber, era combinación

de Heep. Tengo en mi poder su agenda, con algunas imitaciones de la firma de míster W.,

un poco borradas por el fuego, pero todavía legibles. Y yo jamás he atestiguado ese documento.

Es más, tengo el mismo documento en mi poder. »

Uriah Heep, sobresaltado, sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió cierto cajón;

pero, cambiando repentinamente de idea, se volvió hacia nosotros, sin mirar dentro.

«Y tengo el documento -leyó de nuevo míster Micawber, mirándonos como si fuera el

texto de un sermón- en mi poder; es decir, lo tenía esta mañana temprano, cuando he

escrito esto; pero desde entonces lo he transmitido a míster Traddles.»

-Es completamente cierto -asintió Traddles.

-¡Ury, Ury! -gritó la madre-. Sé humilde y arréglate con estos señores. Yo sé que mi

hijo será humilde, caballeros, si le dan ustedes tiempo para que lo piense. Míster Copperfield,

estoy segura de que usted sabe que ha sido siempre muy humilde.

Era curioso ver cómo la madre usaba las antiguas artimañas, después de que el hijo las

había abandonado como inútiles.

-Madre -dijo él mordiendo con impaciencia el pañuelo en que tenía envuelta la mano-

Mejor harías cogiendo un fusil y descargándolo contra mí.

-Pero yo lo quiero, Uriah -exclamó mistress Heep; y no dudo de que así fuera, por muy

extraño que esto pueda parecer, pues eran tal para cual-, y no puedo soportar el oírte

provocar a esos señores y ponerte todavía más en peligro. enseguida he dicho a los

señores, cuando me han dicho arriba que todo se había descubierto, que yo respondía de

que tú serías humilde y que cederías. ¡Oh, señores; miren cuán humilde soy y no hagan

caso de él!

-Pero ¡madre; ahí está Copperfield –contestó furioso, apuntándome con su flaco dedo;

todo su odio lo dirigía contra mí, como si fuera yo el promotor del descubrimiento, y no

le desengañé-, ahí está Copperfield, que te hubiera dado cien libras por decir menos de

todo lo que estás soltando.

-¡No lo puedo remediar, Ury! -gritó su madre-. No puedo verte correr un peligro así

llevando la cabeza tan alta.

Es mucho mejor que seas humilde, como siempre lo has sido.

Uriah permaneció un momento mordiendo su pañuelo, y luego me dijo, mirándome con

ceño:

-¿Qué más tienen ustedes que añadir, si es que hay algo más? ¿Qué quieren ustedes de

mí?

Míster Micawber empezó nuevamente con su carta, contento de representar un papel de

que estaba altamente satisfecho:

«Tercero y último: Estoy ahora en condición de demostrar, por los libros falsos de Heep

y por el memorándum auténtico de Heep, que durante muchos años Heep se ha aprovechado

de las debilidades y defectos de míster W. Para llegar a sus infames propósitos.

Con este fin ha sabido también aprovechar las virtudes, los sentimientos de honor y de

afecto paternal del infortunado míster W Todo esto lo demostraré gracias al cuaderno

quemado en parte (que al principio no entendí, cuando mistress Micawber lo descubrió

accidentalmente en nuestro domicilio, en el fondo de un cofre destinado a contener las

cenizas que se consumían en nuestro hogar doméstico). Durante muchos años míster W

ha sido engañado y robado, de todas las maneras imaginables, por el avaro, el falso, el

pérfido Heep. El fin principal de Heep, después de su pasión por el lucro, era tener un

poder absoluto sobre míster y miss W.. (no diré nada acerca de sus intenciones ulteriores

sobre esta). Su última acción, acaecida hace algunos meses, fue inducir a míster W a

abandonar su parte de la asociación y vender el mobiliario de su casa con la condición de

que recibiría de Heep, exacta y fielmente, una renta vitalicia, pagadera cada tres meses.

Estos enredos empezaban con las cuentas falsas sobre el estado financiero de míster W.,

en un período en que se había lanzado a especulaciones aventuradas y no podía tener

entremanos el dinero de que era moral y legalmente responsable; continuaban con

pretendidos préstamos de dinero a interés enorme, efectuados en realidad por Heep, y

seguían, por último, con una serie de trampas, siempre crecientes, hasta que míster W

creyó que había quebrado su fortuna, sus esperanzas terrestres, su honor, y ya no vio más

salvación posible que el monstruo en forma humana que había sabido hacerse el

indispensable y le había conducido a la ruina (míster Micawbér gustaba de emplear la

expresión «monstruo de figura humana», que le parecía nueva y original). Puedo probar

esto y muchas otras cosas más. »

Murmuré unas palabras al oído de Agnes, quien lloraba de gozo y de pena a mi lado, y

hubo un movimiento entre nosotros, como si míster Micawber hubiera terminado. Dijo

con un tono grave: «Perdónenme ustedes», y siguió, con una mezcla de decaimiento y de

intensa alegría, la peroración de su carta:

« Ya he terminado. Ahora sólo me queda demostrar palpablemente estas acusaciones y

desaparecer con mi desgraciada familia de este lugar, en el cual parece que estamos de

más y somos una carga para todos.

Esto se hará pronto. Podemos figuramos que nuestro hijito será el primero en morirse

de inanición, por ser el miembro más frágil de nuestro círculo, y que nuestros mellizos le

seguirán. ¡Que así sea! En cuanto a mí, mi estancia en Canterbury ha hecho ya mucho; la

prisión por deudas y la miseria harán pronto lo demás.

Confío que el feliz resultado de una investigación larga y laboriosa, ejecutada entre

incesantes trabajos y dolorosos temores desde el amanecer hasta el atardecer y durante las

sombras de la noche, bajo la mirada vigilante de un individuo que es superfluo llamarle

demonio, y las angustias que me causaba la situación de mis infortunados herederos,

derramará sobre mi fúnebre hogar unas gotas de misericordia. Que me hagan únicamente

justicia y que digan de mí, como de ese eminente héroe naval, al cual no tengo la pretensión

de compararme, que lo que he hecho lo he hecho a despecho de intereses egoístas y

mercenarios. Por Inglaterra, por el hogar y por la Belleza. Queda suyo afectísimo, etc.,

Muy afectado, pero con una viva satisfacción, mister Micawber dobló su carta y se la

entregó a mi tía con un saludo, como si fuera un documento que le agradase guardar.

Había allí, como ya lo había notado en mi primera visita, una caja de caudales, de

hierro. Tenía la have puesta. De repente, una sospecha pareció apoderarse de Uriah; echó

una mirada sobre mister Micawber, se abalanzó a la caja y abrió con estrépito las puertas.

Estaba vacía.

-¿Dónde están los libros? -gritó con una expresión espantosa-. ¡Algún ladrón ha robado

los libros!

Mister Micawber se dio un golpecito con la regla.

-Yo he sido. Me ha entregado la llave como de costumbre, un poco más temprano que

otras veces, y la he abierto.

-No esté usted inquieto -dijo Traddles-; han llegado a mi poder. Tendré cuidado de ellos

bajo la autoridad que represento.

-¿Es que admite usted cosas robadas? -gritó Uriah.

-En estas circunstancias, sí — contestó Traddles.

Cuál sería mi asombro cuando vi a mi tía, que había estado muy tranquila y atenta, dar

un salto hacia Uriah Heep y agarrarle del cuello con las dos manos.

-¿Sabe usted lo que necesito? -dijo mi tía.

-Una camisa de fuerza -dijo él.

-No; mi fortuna -contestó mi tía-. Agnes, querida mía, mientras he creído que era tu

padre el que la había perdido, no he dicho ni una sílaba (ni al mismo Trot) de que la había

depositado aquí. Pero ahora que sé que es este individuo el responsable, quiero que me la

devuelvan. ¡Trot, ven y quítasela!

No sé si mi tía creía en aquel momento que su fortuna estaba en la corbata de Uriah

Heep; pero lo parecía, por el modo como le empujaba. Me apresuré a ponerme entre ellos

y a asegurarle que tendríamos cuidado de que devolviera todo lo que había adquirido

indebidamente. Esto y unos momentos de reflexión la apaciguaron; pero no estaba nada

desconcertada por lo que acababa de hacer (no podría decir otro tanto de su gorro) y

volvió a sentarse tranquilamente.

Durante los últimos minutos, mistress Heep había estado vociferando a su hijo que se

humillara, y fue arrastrándose sobre las rodillas hacia cada uno de nosotros, haciéndonos

las promesas más extravagantes. Su hijo la sentó en la silla, permaneciendo de pie a su

lado con aire descontento, sosteniéndole el brazo con su mano, pero sin brutalidad, y me

dijo, con una mirada feroz:

-¿Qué quiere usted que se haga?

-Ya le diré yo lo que hay que hacer -dijo Traddles.

-¿Es que no tiene lengua Copperfield? -murmuró Uriah-. Haría cualquier cosa por usted

si pudiera usted decirme sin mentir que se la habían cortado.

-Mister Uriah va a humillarse -exclamó su madre-. ¡No hagan ustedes caso de lo que

diga, buenos señores!

-Lo que hay que hacer es esto -dijo Traddles-: Primero me va usted a devolver aquí

mismo el acta por la cual mister Wickfield le abandonaba sus bienes.

-¿Y si no la tuviere? -interrumpió él.

-La tiene usted -dijo Traddles-; así que no tenemos que hacer esa suposición.

No puedo dejar de decir que esta era la primera ocasión en la cual hice verdadera

justicia al entendimiento claro y al sentido común práctico y paciente de mi condiscípulo.

-Así, pues –dijo Traddles-, tiene usted que prepararse a devolver por fuerza todo lo que

su rapacidad ha acaparado, hasta el último céntimo. Todos los libros y papeles de la sociedad

quedarán en nuestro poder; todos los libros y todos sus documentos; todas las

cuentas y recibos de ambas clases; en una palabra, todo lo que hay aquí.

-¿De verdad? No estoy dispuesto a ello -dijo Uriah-. Me hace falta tiempo para

pensarlo.

-Sí —dijo Traddles-; pero entre tanto, y hasta que todo se arregle a nuestro gusto,

tenemos que apoderarnos de todas estas cosas, y le rogamos (o si es necesario le obligamos)

a quedarse en su cuarto, sin comunicarse con nadie.

-No lo haré –dijo Uriah con un juramento.

-La cárcel de Maidstone es un sitio más seguro de arresto –observó Traddles-, y aunque

la ley tardará más en arreglar las cosas y no las arreglará tan completamente como usted

puede hacerlo, no hay duda que ha de castigarle a usted. ¡Querido: esto lo sabe usted tan

bien como yo! Copperfield, ¿quiere usted ir a Guildhall y traer dos guardias?

Aquí mistress Heep estalló otra vez, y llorando y arrastrándose de rodillas se dirigió a

Agnes para rogarle que la ayudara, diciendo que su hijo era muy humilde, y que todo era

verdad, y que si no hacía lo que nosotros queríamos lo haría ella, y otras muchas cosas

por el estilo. Estaba casi frenética de miedo por su querido hijo. En cuanto a él, al preguntarse

lo que hubiese podido hacer si hubiera sido más valiente, sería lo mismo que

preguntarse qué podría hacer un perro con la audacia de un tigre. Era un cobarde de pies a

cabeza, y en este momento, más que en ningún otro de su vida miserable, mostraba su

baja naturaleza por su desesperación y su aspecto sombrío.

-Espere -me gruñó, y se secó con su mano sudorosa—. Madre, cállate; dales ese papel;

ve y tráelo.

-¿Quiere usted hacer el favor de ayudarla, míster Dick? –dijo Traddles.

Orgulloso de esta misión, cuya importancia comprendía, míster Dick la acompañó

como un perro acompaña al rebaño. Pero mistress Heep le dio algún quehacer, pues no

solamente volvió con el papel, sino también con la caja que lo contenía y donde

encontramos una libreta y algunos otros papeles que utilizamos más tarde.

-Bien -dijo Traddles cuando lo hubo traído- Ahora, míster Heep, puede usted retirarse a

pensar; pero haciendo el favor de observar detenidamente que le declaro, en nombre de

todos los presentes, que no hay nada más que una sola cosa que hacer: esto es, lo que he

explicado anteriormente, y hay que ejecutarlo sin dilación.

Uriah, sin levantar los ojos del suelo, atravesó bruscamente el cuarto, con su mano

puesta en la barbilla; y parándose en la puerta, dijo:

-Copperfield, siempre le he odiado. Ha sido usted siempre un hombre de suerte;

siempre ha estado usted contra mí.

-Como ya le dije en otra ocasión –contesté yo-, usted ha sido el que ha estado en contra

de todo el mundo, por su astucia y su codicia. En lo sucesivo, piense que no ha habido

todavía en el mundo codicia y astucia que no se extralimitasen, aun en contra de sus

propios intereses. Esto es tan cierto como la muerte.

-O quizá tan cierto como lo que nos enseñaban en el colegio (en el mismo colegio

donde he aprendido a ser tan humilde). De nueve a once nos decían que el trabajo era una

lata; de once a una, que era una bendición, un encanto, una dignidad, y qué sé yo cuántas

cosas más, ¿eh? -dijo con una mirada de desprecio- Predica usted cosas tan consecuentes

como ellos lo hacían. La humildad vale más que todo eso; es un sistema excelente. Me

parece que sin ella no hubiese arrollado tan fácilmente a mi señor socio. ¡Y tú, Micawber,

animal, ya me las pagarás!

Míster Micawber le miró con desprecio olímpico hasta que abandonó el cuarto; luego

se volvió hacia mí y me propuso darme el gusto de presenciar cómo se volvía a establecer

la confianza entre mistress Micawber y él. Después de lo cual invitó al resto de la

compañía a que contemplaran un espectáculo tan conmovedor.

-El velo que largo tiempo nos había separado a mistress Micawber y a mí ha caído al

fin –dijo míster Micawber-. Mis hijos y el autor de sus días pueden una vez más ponerse

en contacto, en los mismos términos de antes.

Como todos le estábamos muy agradecidos y todos deseábamos demostrárselo, tanto

como nos lo podía permitir la precipitación y desorden de nuestro espíritu, todos hubiésemos

aceptado su ofrecimiento si Agnes no hubiera tenido que volver al lado de su padre,

al cual no le habían hecho entrever más que una pequeña esperanza. Hacía falta, además,

que alguno se ocupara de hacer guardia a Uriah. Traddles se quedó con esa misión, en la

cual lo relevaría míster Dick, y míster Dick, mi tía y yo acompañamos a míster Micawber.

Al separarme precipitadamente de mi querida Agnes, a la cual debía tanto, y

pensando en los peligros de que la habíamos salvado quizá aquella mañana, a pesar de su

resolución, me sentía lleno de agradecimiento hacia las desventuras de mi juventud, que

me habían hecho conocer a míster Micawber.

Su casa no estaba lejos, y como la puerta de la sala daba a la calle, entró con su

precipitación acostumbrada y enseguida nos encontramos todos en el seno de la familia.

Míster Micawber, exclamando: «¡Emma, vida mía!» , se precipitó en los brazos de

mistress Micawber. Mistress Micawber lanzó un grito y estrechó a su marido contra su

corazón. Miss Micawber, que estaba acunando al inocente extraño, del cual me hablaba

mistress Micawber en su última carta, estaba visiblemente emocionada. El pequeñito

saltó de alegría. Los mellizos manifestaron su júbilo por varias demostraciones

inconvenientes a inocentes. Míster Micawber, cuyo humor parecía agriado por

decepciones prematuras, y cuya cara era algo adusta, cediendo a sus mejores sentimientos,

lloriqueó.

-Emma -dijo míster Micawber-, la nube que cubría mi alma se ha desvanecido; la

confianza mutua que existía entre nosotros vuelve otra vez para no interrumpirse jamás.

Ahora, ¡bienvenida seas, miseria! –exclamó míster Micawber derramando lágrimas-.

¡Bienvenidos seáis, pobreza, hambre, harapos, tempestad y mendicidad! ¡La confianza

recíproca nos sostendrá hasta el fin!

Hablando de esta manera, míster Micawber hizo sentar a su mujer y abrazó a toda la

familia, continuando con entusiasmo la bienvenida a una serie de calamidades que no me

parecían muy deseables, y después los invitó a todos a cantar en coro por las calles de

Canterbury, ya que no les quedaba otro recurso para vivir.

Pero habiéndose desmayado mistress Micawber por la fuerza de las emociones, lo

primero que había que hacer antes de completar el coro era volverla en sí. De esto se

encargaron mi tía y míster Micawber. Después le presentaron a mi tía, y mistress

Micawber me reconoció.

-Dispénseme usted, mi querido Copperfield -dijo la pobre señora dándome la mano-;

pero no estoy fuerte, y el ver desaparecer de pronto todas las incomprensiones entre

míster Micawber y yo ha sido una emoción demasiado fuerte.

-¿Es esta toda la familia, señora? -dijo mi tía.

-No tengo más por ahora -contestó mistress Micawber.

-¡Dios mío! No quería decir eso –dijo mi tía-. Quería decir si todos estos chicos eran de

usted.

-Señora, todos estos son míos, es la cuenta exacta.

-Y este joven -dijo mi tía con aire pensativo-, ¿qué hace?

-Cuando vine aquí era mi esperanza -dijo míster Micawber- hacerle entrar a Wilkins en

la Iglesia o, para expresar mi idea con más exactitud, en el coro. Pero no había plaza

vacante de tenor en este venerable edificio, que es la gloria de esta ciudad, y… en una

palabra, se ha acostumbrado a cantar en cafés y lugares públicos, en vez de ejercitarse en

los edificios sagrados.

-Pero es con buena intención -dijo tiernamente mistress Micawber.

-Estoy segura, amor mío –contestó míster Micawber-, que lo hace con la mejor

intención del mundo; pero hasta ahora no ves demasiado para qué le ha servido.

El aspecto negativo le volvió a míster Micawber, y preguntó, un poco enfadado, qué

querían que hiciese. Si creían que podía improvisarse un carpintero, o un herrero, sin

aprendizaje. Eso era lo mismo que pedirle que volara sin ser pájaro. Si querían que

abriera una botica en la calle de al lado, o si querían que se presentara en la Audiencia y

que se proclamase él mismo abogado. ¿O querían que cantase en la ópera y obtuviera

éxito a fuerza de violencia? ¿Qué querían que hiciera, si no le habían enseñado nada?

Mi tía reflexionó un momento, y dijo luego:

-Míster Micawber, me sorprende que no haya usted pensado nunca en emigrar.

-Señora -contestó míster Micawber-, ha sido el sueño dorado de mi juventud y la

aspiración feliz de mi edad madura. (Estoy plenamente convencido de que jamás había

pensado semejante cosa.)

-¡Ay! -dijo mi tía, lanzándome una mirada-, ¡qué cosa más buena sería para ustedes y

su familia, míster y mistress Micawber, que emigraran ahora!

-Sí; pero… ¿y el capital, señora? -exclamó míster Micawber tétricamente.

-Esta es la principal, y puedo decir la única, dificultad, mi querido míster Copperfield

-asintió su mujer.

-¿Capital? -exclamó mi tía-. ¡Pero nos están haciendo y nos han hecho ya un gran

servicio, y puedo decir que seguramente saldrían todavía muchas cosas de este fuego!

¿Qué mejor cosa podríamos hacer por ustedes que procurarles el capital para ese

objetivo?…

-No lo recibiría como donativo –dijo míster Micawber con fuego y animación-; pero si

pudieran adelantarme una suma suficiente, al cinco por ciento de interés anual, bajo mi

responsabilidad personal, podría reembolsarlo poco a poco; por ejemplo, en una fecha de

doce, dieciocho o veinticuatro meses, para darme tiempo.

-¿Si se pudiera? Sí que se puede, y se hará -dijo mi tía—, si a ustedes les conviene.

Piénsenlo bien ahora los dos. David tiene amigos que marcharán dentro de poco a Australia.

Si ustedes se deciden a irse, ¿por qué no aprovechar el mismo barco? Podían ayudarse

mutuamente. Piénsenlo bien, míster y mistress Micawber; piénsenlo con tiempo.

-Una sola pregunta quisiera hacer, mi querida señora -dijo mistress Micawber-: ¿Es

sano el clima?

-Es el mejor clima del mundo –contestó mi tía.

-Muy bien -dijo mistress Micawber-. Entonces mi pregunta es la siguiente: ¿Son las

circunstancias de ese país tales que un hombre como míster Micawber pudiera elevarse

en la escala social? No quiero decir que por ahora aspire a ser gobernador o algo por el

estilo; pero ¿encontraría él un campo de acción amplio para el desenvolvimiento de sus

facultades?

-¡En ningún sitio lo encontraría más amplio! -dijo mi tía-; para un hombre que sabe

comportarse y es trabajador.

-«Para un hombre que sabe comportarse y es trabajador» -repitió lentamente mistress

Micawber-. Muy bien. Es evidente que Australia es la esfera de acción adecuada a míster

Micawber.

-Estoy convencido, mi querida señora –dijo míster Micawber-, que es, en las

circunstancias actuales, el único país propio para mí y para mi familia, y que algo

extraordinario nos está reservado en esa costa desconocida. No hay distancia,

relativamente; y aunque conviene pensar en su proposición, le aseguro que es sólo

cuestión de forma.

No olvidaré nunca cómo en un momento se transformó en un hombre temerario,

ardiente y lleno de locas esperanzas; y cómo al instante mistress Micawber empezó a

hablar de las costumbres del canguro. Jamás pensaré en era cane de Canterbury, en día de

feria, sin recordar el aire resuelto con que andaba a nuestro lado, adoptando ya los

modales bruscos y despreocupados de un colono de aquellas tierras y mirando a las reses

que pastaban como si ya fuera un labrador australiano.

CAPÍTULO XIII

OTRA MIRADA RETROSPECTIVA

Aún me detendré otra vez a mirarte, ¡oh, mi «mujer-niña»! Veo delante de mí, entre el

tropel de gentes que se agitan en mi memoria, una figura tranquila y quieta que me dice,

con su amor inocente y con su infantil belleza: «Detente a pensar en mí; vuélvete a mirar

al "Capullito" que va a marchitarse».

Me vuelvo, y todo lo demás se bona y desaparece. Estoy otra vez con Dora, en nuestra

casa. No sé cuánto tiempo lleva enferma. Me he acostumbrado de tal modo a compadecerla,

que no puedo calcular el tiempo. No es que hayan pasado muchos mews ni muchas

semanas; pero para mí ha sido una época muy triste y muy larga.

Ya no me dicen: «Espera todavía unos cuantos días más». He empezado a temer que

puede no llegar a brillar el día en que vuelva a ver a mi mujercita corriendo al sol, con su

viejo amigo Jip.

Se ha vuelto muy viejo de repente el pobre Jip. Puede que la eche de menos; tenía algo

de su ama, que le animaba, rejuveneciéndole; ya no ve apenas, y se arrastra débilmente.

A mi tía le entristece que no le gruña ya cuando se acerca a la cama de Dora, donde él

está tumbado; ahora se acerca, y suavemente le lame las manor.

Dora, acostada, nor sonríe con su encantadora carita, y no deja escapar ni una palabra

de queja ni de desagrado. Dice que somos muy buenos con ella; que su querido niño y enfermero

se agota por mimarla; que lo sabe muy bien; que mi tía no duerme, y que, sin

embargo, siempre está dispuesta, activa y servicial. Algunas veces sus dos tías vienen a

verla, y entonces charlamos del día de nuestra body y de todo aquel tiempo feliz.

¡Qué extraño reposo en mi existencia de entonces, tanto interior como exteriormente,

mientras estoy sentado en la habitación, ordenada y tranquila, con los ojos azules de mi

«mujer-niña» vueltos hacia mí, y sus deditos jugando alrededor de mi mano! Muchas y

muchas horas he pasado así; pero de todo aquel tiempo hay tres episodios que todavía

tengo presenter en la imaginación.

Es por la mañana, y Dora, a quien las manor de mi tía acaban de arreglar, me enseña

cómo sus preciosos cabellos se rizan todavía sobre la almohada, y lo largos y brillantes

que son, y cómo le gusta tenerlos flojos en su redecilla.

–No es que esté orgullosa de ellos ahora, burlón -me dice al verme sonreír-, sino que

me acuerdo de que a ti te parecían preciosos, y cuando empecé a pensar en ti me miraba

al espejo y me figuraba que te gustaría mucho que te diera un rizo. ¡Oh cuántas tonterías

hiciste, Doady, cuando te lo di!

-Fue el día que estabas pintando las flores que te había dado yo, Dora, y cuando te dije

todo lo enamorado que estaba.

-¡Ah! Pero yo no guise decírtelo entonces, Doady. ¡Cómo llore, creyendo que de veras

me querías! Cuando pueda correr como antes, Doady, iremos a ver los sitios donde hacíamos

una pareja tan tonta, ¿verdad? Y pasearemos por los paseos viejos. Y no nor

olvidaremos del pobre papá.

-Sí; pasaremos unos días muy felices. Pero date prisa para ponerte buena, querida.

-Sí; muy pronto me curaré, ¿lo sabes? Estoy ya mucho mejor.

Es por la tarde; estoy sentado en la misma silla, junto a la misma cama, con la misma

carita vuelta hacia mí. Hemos estado callados, y una sonrisa vaga por sus labios. Ya he

dejado de subir y bajar de un piso a otro mi ligera carga. Está acostada arriba todo el día.

-¡Doady!

-¡Dora querida!

-¿Te parecerá muy disparatado que después de haberme contado hace tan poco que

mister Wickfield no está bueno, quiera yo que venga Agnes? Porque, si supieras, ¡tengo

tantas, tantas, ganas de verla!

-Le escribiré, querida mía.

-¿De verdad?

-enseguida.

-¡Qué bueno eres, Doady; abrázame! No es un capricho. No es un deseo tonto. Es que

necesito verla.

-Estoy seguro de ello, y con sólo decírselo vendrá seguramente.

-¿Estás muy solo ahora cuando bajas al despacho? -murmura Dora, echándome los

brazos al cuello.

-¿Cómo podría ser de otro modo, cariño mío, cuando veo tu silla vacía?

-¡Mi silla vacía! -dice, estrechándose contra mí todavía más-. ¿De verdad me echas de

menos, Doady? -repite, mirándome y sonriéndome con alegría, ¡A mí, a una personita

tonta y estúpida!

-¿Quién hay en el mundo a quien pudiera echar de menos como a ti?

-¡Oh, Doady! ¡Estoy tan contenta y tan… tan triste! -dice, abrazándome más fuerte y

envolviéndome con sus dos brazos.

Se ríe, llora, se tranquiliza y por fin se pone del todo contenta.

-Del todo -dice-; sólo que tienes que mandarle mi cariño a Agnes y decirle que quiero

verla; y que ya no desearé nada más.

-Excepto curarte, Dora.

-¡Ah Doady! Algunas veces pienso (ya sabes que siempre he sido una cosa tan tonta)

que eso no sucederá jamás.

-¡No digas eso, Dora! ¡No lo pienses, querida mía!

-Si puedo, no lo pensaré, Doady. Pero soy muy feliz, a pesar de que mi querido Doady

está tan solo frente a la silla vacía de su «mujer-niña».

Es de noche y sigo con ella; Agnes ha llegado, y ha estado con nosotros toda la mañana

y la tarde. Ella, mi tía y yo hemos estado con Dora desde por la mañana. No hemos charlado

mucho; pero Dora ha estado muy contenta y alegre. Ahora estamos solos.

Sé que mi mujercita-niña me abandonará muy pronto. Me lo han dicho; no me han

contado nada nuevo; lo sabía; pero estoy muy lejos de haber convencido a mi corazón de

esta triste verdad. No lo puedo dominar. Me he escondido hoy varias veces para llorar a

solas. Me he acordado del que lloraba antes de la separación entre la vida y la muerte. He

pensado en toda esta historia de compasión y de gracia. He intentado resignarme y

consolarme; pero lo que no puedo creer es que el fin tiene que llegar pronto. Tengo su

mano en la mía; tengo su corazón en el mío; veo su cariño hacia mí, vivo, con toda su

fuerza. No puedo borrar una débil, pálida, desvanecida esperanza de que viva.

-Voy a hablarte, Doady. Te voy a decir una cosa que estaba pensando decirte desde

hace mucho tiempo. No te importa, ¿verdad? -me dice con mirada cariñosa.

-¿Importarme, querida mía?

-Porque yo no sé lo que puedes pensar o lo que habrás pensado algunas veces. Quizá

hayas pensado muchas veces lo mismo. Doady querido, temo haber sido demasiado chiquilla.

Apoyo mi cabeza junto a la suya, en su almohada. Ella me mira dentro de los ojos y me

habla muy suavemente. Poco a poco, mientras sigue hablando, me voy dando cuenta, con

el corazón dolorido, de que habla en pasado.

-Temo, querido, haber sido demasiado chiquilla; no quiero decir sólo por los años, sino

en experiencia, ideas, en todo. Era una criaturita tan tonta, que quizá habría sido mejor

que sólo nos hubiéramos querido como niño y niña que se quieren y se olvidan. He

empezado a pensar que no era digna de ser una mujer casada.

Intenté aguantar mis lágrimas para contestarle.

-¡Oh Dora querida mía! ¡Tan digna como yo de ser marido!

-No sé -dice, sacudiendo sus tirabuzones como antiguamente-. Puede ser. Pero si yo

hubiera sido mejor, puede que lo hubiese hecho serio a ti también. Además, tú eres muy

inteligente, y yo nunca lo he sido.

-Hemos sido muy felices, mi dulce Dora.

-He sido muy feliz; pero cuando hubieran pasado unos años, mi pobre Doady se

hubiese aburrido de su «mujer-niña». Cada vez habría sido ella menos su compañera, y él

se hubiese dado más cuenta de lo que faltaba en su hogar. Ella no habría adelantado nada.

Es mejor que sea lo que es.

-¡Oh Dora querida, querida Dora; no me hables así! ¡Cada palabra tuya me parece un

reproche!

-No, ni una sílaba -me contesta besándome-. ¡Oh, querido mío!, nunca los has

merecido, y te quiero demasiado para dirigirte una sola palabra de reproche, de veras. Era

el único mérito que tenía, excepto el ser bonita, o que tú me creyeras bonita. ¿Estás muy

solo abajo, Doady?

-¡Mucho, mucho!

-No llores. ¿Está mi silla allí?

-En su sitio de siempre.

-¡Oh cómo llora mi pobre Doady! ¡Huch! ¡Huch! Ahora prométeme una cosa. Quiero

hablar con Agnes. Cuando bajes, díselo y mándamela; y mientras le hablo no dejes entrar

a nadie, ni tan siquiera a la tía; quiero hablar con Agnes a solas.

Le prometo que enseguida subirá Agnes; pero no puedo dejarla, de pena que tengo.

-He dicho que es mejor que sea lo que ha de ser -murmura mientras me estrecha en sus

brazos- ¡Oh Doady!, des~ pués de unos años no hubieses podido creer más que ahora a tu

pobre «mujer-niña», y después de unos años te habría impacientado tanto y desilusionado

tanto, que no hubieses podido quererla ni la mitad. Sé que era demasiado chiquilla y

tonta. ¡Es mejor que sea lo que ha de ser!

Agnes está abajo cuando entro en la sala y le doy el recado. Desaparece, dejándome

solo con Jip.

Su caseta está junto al fuego, y él está tumbado dentro, en su cama de franela,

intentando dormir. La luna, brillante, está muy clara y muy alta. Mientras miro la noche,

mis lágrimas corren y mi indisciplinado corazón sufre.

Estoy junto al fuego, pensando con remordimiento en todos los secretos sentimientos

que he alimentado desde mi boda. Pienso en todas las cosas pequeñas que ha habido entre

Dora y yo, y veo que tienen razón los que dicen que las cosas pequeñas hacen la suma de

la vida. Para siempre, levantándose del mar de mis recuerdos, está la imagen de mi

querida niña como la conocí al principio, agraciada por mi amor joven y por el suyo y

rica de todos los encantos que llenaban aquel amor. « ¿Habría sido mejor que nos

hubiéramos querido como un niño y una niña que se quieren y se olvidan?»

¡Corazón indisciplinado, contesta!

No sé cómo pasa el tiempo, hasta que me hace volver a la realidad el viejo compañero

de mi «mujercita-niña». Está muy intranquilo, se arrastra fuera de su caseta, me mira y va

hacia la puerta, y llora para que le deje subir.

-No, Jip. ¡Esta noche no!

Vuelve hacia mí muy despacito, me lame las manos, levanta sus húmedos ojos hacia mi

cara.

-¡Oh Jip; puede que ya nunca más!

Se echa a mis pies, se estira como para dormirse y con un gemido se queda muerto.

-¡Oh Agnes! ¡Mira! ¡Mira! ¡Ven!

¡Pero esa cara tan llena de compasión, de dolor; esa lluvia de lágrimas, ese horrible

llamamiento, esa mano solemnemente levantada hacia el cielo!

-¿Agnes?

Se acabó. La oscuridad llega a mis ojos, y durante algún tiempo todo se borra de mi

memoria.

CAPÍTULO XIV

LAS OPERACIONES DE MÍSTER MICAWBER

No voy ahora a describir mi estado de ánimo bajo el peso de aquella desgracia. Pensaba

que el porvenir no existía para mí; que la energía y la acción se me habían terminado, y

que no podría encontrar mejor refugio que la tumba. Digo que llegué a pensar en todo

esto; pero no fue en el primer momento de mi pena. Aquellas ideas fueron germinando

poco a poco en mí. Si los acontecimientos que voy a narrar ahora no me hubieran

envuelto desde el primer instante, distrayendo mi aflicción, y más tarde aumentándola, es

posible (aunque no lo creo probable) que hubiese caído enseguida en aquel estado. Pero

hubo un intervalo antes de que me diera cuenta bien de toda mi desgracia; un intervalo

durante el cual hasta supuse que sus más agudos sufrimientos habían pasado ya y en el

que pude consolar mi memoria, descansándola en todo lo más hermoso a inocente de la

tiema historia que se me había cerrado para siempre.

Todavía hoy no sé cuándo se habló por primera vez de que yo debía ir al continente, ni

cómo llegamos a estar todos de acuerdo en que debía buscar el restablecimiento de mi

calma en el cambio y los viajes. El espíritu de Agnes dominaba de tal modo todo lo que

pensamos, dijimos a hicimos en aquella época de tristeza, que puedo achacar el proyecto

a su influencia. Pero aquella influencia era tan serena, que Ya no sé más.

Y ahora pienso que mi modo de asociarla en la infancia con la vidriera de la iglesia era

como una visión profética de lo que iba a ser para mí en la desgracia que debía agobiarme

un día. En efecto; desde el momento inolvidable en que se presentó ante mí, con la mano

levantada, su presencia fue como la de una santa en mi solitaria morada: y cuando el

ángel de la muerte entró en ella, mi «mujer-niña» se durmió con una sonrisa sobre su

pecho. Me lo contaron cuando ya pude soportar el oírlo.

De mi inconsciencia desperté para ver sus lágrimas de compasión, para oír sus palabras

de esperanza y de paz, para ver su dulce rostro inclinado, como desde una región más

pura y más cercana al cielo, sobre mi indisciplinado corazón, dulcificando sus dolores.

Pero voy a proseguir mi relato.

Iba a marcharme para el continente. Esto parecía cosa decidida desde el primer

momento. La tierra cubría ya los restos mortales de mi mujercita, y sólo esperaba por lo

que míster Micawber llamaba la «pulverización final de Heep» y «la marcha de los

emigrantes».

Volvimos a Canterbury, llamados por Traddles (el más cariñoso y mejor de los amigos

en mi desgracia), mi tía, Agnes y yo, y nos citamos todos en casa de míster Micawber;

allí y en casa de míster Wickfield había estado trabajando sin cesar mi amigo desde

nuestra reunión « explosiva» . Cuando la pobre mistress Micawber me vio entrar de luto,

lo sintió muy sinceramente. Había mucha bondad en el corazón de mistress Micawber

que no le había sido arrancada en el transcurso de los años.

-Muy bien, míster y mistress Micawber -saludó mi tía en cuanto nos sentamos-. ¿Hacen

ustedes el favor de decirme si han pensado bien en mi proposición de emigrar’?

-Querida señora -contestó míster Micawber-, quizá no pueda expresar mejor la

conclusión a la que mistress Micawber, su humilde servidora, y puedo añadir nuestros

hijos, hemos junta y separadamente llegado, sino, adoptando el lenguaje de un ilustre

poeta, contestando que nuestro bote está en la playa y nuestra barca está en el mar.

-Eso está muy bien -dijo mi tía-. Auguro toda clase de cosas buenas por esta decisión

tan sensata.

-Señora, nos honra usted mucho -afirmó. Y enseguida, consultando el memorándum,

dijo: -Respecto a la ayuda pecuniaria que nos permita lanzar nuestra frágil canoa sobre el

océano de las empresas, he vuelto a considerar detenidamente este punto importante del

negocio, y me atrevo a proponer mis notas de mano, hechas (no necesito decirlo) en papel

timbrado, como lo requieren varios actos del Parlamento relativos a estas garantías.

Ofrezco el reembolso a dieciocho, veinticuatro y treinta meses. La proposición que

primeramente expuse era doce, dieciocho y veinticuatro meses; pero temí no tener tiempo

suficiente para reunir la cantidad necesaria. Podría suceder -dijo míster Micawber, mirando

alrededor de la habitación, como si representara varios cientos de áreas de tierra

cultivada- que al primer vencimiento no hubiéramos tenido éxito en nuestra cosecha, o no

la hubiéramos recogido aún. Creo que la labor es difícil en esa parte de nuestras

posesiones coloniales, donde nos será forzoso luchar contra la tierra inculta.

-Arréglelo usted como quiera -dijo mi tía.

-Señora -contestó él-, mistress Micawber y yo estamos profundamente agradecidos por

la consideración y bondad de nuestros amigos y patronos. Lo que deseo es poder ser

exactamente puntual y un perfecto negociante. Volviendo, como estamos a punto de

volver, una hoja completamente nueva, y retrocediendo, como estamos ahora en el acto

de retroceder, hacia una primavera de tranquilidad no común, es importante para mi

sentido de la dignidad, además de ser un ejemplo para mi hijo, que estos arreglos se hagan

entre nosotros como de hombre a hombre.

No sé qué sentido prestaría míster Micawber a esta última frase; no creo que ninguno

de los que la emplearon se lo haya dado nunca; pero a él le gustó mucho y la repitió, con

una tos expresiva: «como de hombre a hombre» .

-Propongo -continuó míster Micawber- pagarés; están muy en uso en el mundo

comercial, y creo que debemos su origen a los judíos, que me parece han tenido mucho

que ver con ello desde entonces, y los propongo porque son negociables. Pero si una letra

o cualquier otra garantía es preferida, me sentiré dichoso conformándome a lo que

ustedes decidan sobre ello, « como de hombre a hombre».

Mi tía observó que en el caso en que estaban las dos partes, de convenir en cualquiera

cosa que fuera, estaba segura de que no habría dificultades para resolver aquel punto.

Míster Micawber fue de su misma opinión.

-En cuanto a nuestras preparaciones domésticas, señora -dijo míster Micawber con

alguna vanidad-, para hacer frente al destino a que debemos consagramos, pido permiso

para referirlas. Mi hija mayor va todas las mañanas, a las cinco, a un establecimiento

cercano para adquirir el talento (si se puede llamar así) de ordeñar vacas. Mis hijos más

pequeños tienen instrucciones para que observen, tan de cerca como las circunstancias se

lo permitan, las costumbres de los cerdos y aves de corral que hay en los barrios más

pobres de esta ciudad; persiguiendo este objetivo, los han traído a casa en dos ocasiones a

punto de ser atropellados. Yo mismo he prestado alguna atención, durante la semana

pasada, al arte de fabricar pan; y mi hijo Wilkins se ha dedicado a conducir, con un

cayado, el ganado, cuando se lo permiten los zafios que lo cuidan. Los ayudaba

voluntariamente; pero siento decir que no era muy a menudo, porque generalmente le

insultaban con palabrotas, para que desistiera.

-Muy bien, muy bien -dijo mi tía para animar-. No dudo que mistress Micawber

también habrá tenido algo que hacer…

-Querida señora -contestó mistress Micawber con su expresión atareada-, le confieso

que no me he dedicado activamente a nada que se relacione directamente con el cultivo y

el almacenaje, a pesar de estar enterada de que ello ha de reclamar mi atención en playas

extrañas. Todas las oportunidades que he podido restar a mis quehaceres domésticos las

he consagrado a una correspondencia algo extensa con mi familia; porque me parece a

mí, mi querido míster Copperfield -dijo mistress Micawber, que siempre se volvía hacia

mí (supongo que por su antigua costumbre de pronunciar mi nombre al empezar sus

discursos)-, que ha llegado el momento de enterrar el pasado en el olvido, y que mi familia

debe dar a míster Micawber la mano, y míster Micawber dársela a mi familia. Ya es

hora de que el león se acueste con el cordero y de que mi familia se reconcilie con míster

Micawber.

Dije que pensaba lo mismo.

-Ese es, por lo menos, el modo como yo considero el asunto. Mi querido míster

Copperfield -continuo mistress Micawber-, cuando vivía en mi casa con mi papá y mi

mamá, mi papá tenía la costumbre de consultarme cuando se discutía cualquier punto en

nuestro estrecho círculo: «¿Desde qué aspecto ves tú el asunto, Emma mía?». Ya sé que

papá era demasiado parcial-, sin embargo, respecto a la frialdad que ha existido siempre

entre míster Micawber y mi familia, me he formado necesariamente una opinion, por

falsa que sea.

-Sin duda. Claro que la tiene usted que habérsela formado, señora -dijo mi tía.

-Precisamente -asintió mistress Micawber-. Sin embargo, puedo estar equivocada en

mis conclusiones; es muy probable que lo esté; pero mi impresión individual es que el

abismo que hay entre mi familia y míster Micawber puede haberse abierto por el temor,

por parte de mi familia, de que míster Micawber necesitara algún auxilio pecuniario. No

puedo por menos de pensar -dijo mistress Micawber con expresión de profunda

sagacidad- que hay miembros de mi familia que han temido que míster Micawber les

pidiera el nombre para algo. Y no me refiero para el caso de bautizar a nuestros hijos,

sino para inscribirlo en letras de cambio y negociarlo en la Banca.

La mirada penetrante con que mistress Micawber enunció aquel descubrimiento, como

si nadie hubiera pensado en ello, pareció extrañar mucho a mi tía, quien contestó de repente:

-Bien, señora; en el fondo, no me chocaría que tuviera usted razón.

-Como míster Micawber está en vísperas de soltar las cadenas que le han atado durante

tanto tiempo -continuo mistress Micawber- y de empezar una nueva carrera, en una tierra

donde hay campo abierto para sus habilidades (lo que, en mi opinion, es muy importante,

porque las habilidades de míster Micawber requieren mucho espacio), me parece a mí

que mi familia debía señalar esta ocasión adelantándose la primera. Lo que yo desearía es

ver reunidos a míster Micawber y a mi familia en una fiesta dada y costeada por mi

familia; donde, al proponer algún miembro importante de mi familia un brindis a la salud

de míster Micawber, míster Micawber pudiera tener ocasión de desarrollar sus puntos de

vista.

-Querida mía -dijo míster Micawber con cierta pasión-, quizá sea mejor que yo declare

ahorra mismo aquí que si desarrollara mis puntos de vista ante esta reunion, probablemente

los encontrarían ofensivos, porque mi impresión es que todos los miembros

de tu familia son, en general, unos impertinentes snobs, y en detalle, unos bribones sin

paliativo.

-Micawber -dijo mistress Micawber, sacudiendo la cabeza-, nunca les has comprendido,

y ellos nunca lo han comprendido a ti.

Míster Micawber tosió.

-Nunca lo han comprendido -dijo su mujer-. Puede que sean incapaces de ello. Si es así,

esa es su desgracia, y soy muy dueña de compadecerlos.

-Siento mucho, mi querida Emma -dijo, con mayor lentitud míster Micawber-, el

haberme traicionado en expresiones que puedan, aunque sea remotamente, tener la

apariencia de ofensivas. Todo lo que digo es que puedo irme al continente sin que tu

familia se adelante a favorecerme; en resumen, con una última sacudida de sus hombros;

y que prefiero dejar Inglaterra con el ímpetu que poseo, que deberles la menor ayuda. Eso

no quita, querida mía, que si llegaran a contestar a tus comunicaciones (lo que nuestra

experiencia hace muy improbable), lejos de mí está el ser una barrera para tus deseos.

Habiendo arreglado este asunto amigablemente, míster Micawber dio su brazo a

mistress Micawber, y mirando al montón de libros y papeles que había encima de la

mesa, ante Traddles, dijo que nos dejaban solos, lo que ceremoniosamente llevaron a

cabo.

-Mi querido Copperfield –dijo Traddles, apoyándose en su silla, cuando se fueron, y

mirándome con tanto carmo que se le enrojecieron los ojos y el pelo se le puso de mil

formas raras-, no me disculpo por molestarte con negocios, porque sé que lo interesan

profundamente y que hasta podrán distraerte. Y espero, amigo mío, que no estés cansado.

-Estoy completamente repuesto -le dije después de una pausa-. Tenemos que pensar en

mi tía antes que en nadie. ¡Ya sabes todo lo que ha hecho!

-¡Claro, claro! -contestó Traddles-. ¿Quién puede olvidarlo?

-Pero no es eso todo -dije-. Durante estos últimos días le atormentaban preocupaciones

nuevas, y ha ido y vuelto a Londres todos los días. Varias veces ha salido temprano y no

ha vuelto hasta el anochecer. Anoche, Traddles, sabiendo que tenía que hacer este viaje y

todo, era casi media noche cuando volvió a casa. Ya sabes hasta qué punto es considerada

con los demás, y por eso no quiere decirme lo que ha ocurrido ni lo que le hace sufrir.

Mi tía, muy pálida y con arrugas profundas en su frente, permanecía inmóvil

escuchándome; algunas lágrimas extraviadas corrían por sus mejillas, y puso su mano en

la mía.

-No es nada, Trot; no es nada. Ya ha terminado todo, y lo sabrás un día de estos. Ahora,

Agnes, querida mía, vamos a dedicamos a estos asuntos.

-Tengo que hacer justicia a míster Micawber -empezó Traddles- diciendo que, aunque

parece que para sí mismo no ha conseguido trabajar con éxito, es el hombre más incansable

cuando trabaja para los demás. Nunca he visto cosa semejante. Si siempre ha

hecho lo mismo, a mi juicio, es como si tuviera ya doscientos años. El calor con que lo ha

hecho todo y el modo impetuoso con que ha estado excavando noche y día entre papeles

y libros, sin contar el inmenso número de cartas suyas que han venido a esta casa desde la

de míster Wickfield; y a veces hasta de un lado a otro de la mesa en que estábamos

sentados, cuando le hubiera sido más cómodo hablar, es extraordinario.

-¿Cartas? –exclamó mi tía-. ¡Yo creo que sueña con cartas!

-También míster Dick —dijo Traddles- ha hecho maravillas. Tan pronto como le

descargamos de observar a Uriah Heep, cosa que hizo con un celo que nunca vi excedido,

empezó a dedicarse a míster Wickfield; y realmente, su ansia de ser útil en nuestras

investigaciones, y su verdadera utilidad en extraer y copiar, y traer y llevar, han sido un

estímulo para nosotros.

-Dick es un hombre muy notable -exclamó mi tía-; yo siempre lo he dicho. Trot, tú lo

sabes.

-Me alegra mucho decirle, miss Wickfield -continuó Traddles, con una delicadeza y

seriedad conmovedoras-, que, en su ausencia, míster Wickfield ha mejorado considerablemente.

Libertado del peso que le agobiaba desde hacía tanto tiempo, y de los

horribles temores bajo los que ha vivido, ahora no es el mismo de antes. A veces hasta

recobraba su fuerza mental para concentrar su memoria y atención en algunos puntos del

asunto; y ha podido ayudamos a esclarecer algunas cosas que sin su ayuda habrían sido

muy difíciles, si no imposibles, de desenredar. Pero quiero llegar cuanto antes al

resultado, en lugar de charlar de todas las circunstancias que he observado, pues si no, no

acabaría nunca.

Su sencillez dejaba traslucir que decía todo aquello para ponernos contentos y preparar

a Agnes a oír nombrar a su padre en cosas más confidenciales; pero no por eso era menos

agradable su naturalidad.

-Ahora vamos a ver -continuó Traddles mirando entre los papeles de la mesa-. Después

de saber con lo que contamos, y de haber contado en primer lugar con una cantidad

grande de confusión involuntaria, y en segundo con una confusión y falsificación

voluntarias, queda demostrado que míster Wickfield puede cerrar ahora su negocio y su

notaría sin ningún déficit ni desfalco.

-¡Oh, gracias, Dios mío! –exclamó Agnes con fervor.

-Pero -dijo Traddles- lo que quedaría entonces para subvenir a sus necesidades (y al

decir esto supongo la casa ya vendida) sería tan exiguo, que probablemente no excedería

a unos cientos de libras. Por lo tanto, miss Wickfield, convendría reflexionar si no se

podría conservar la notaría abierta. Sus amigos podrían aconsejarle, ya sabe usted, ahora

que está libre. Usted misma, miss Wickfield, Copperfield, yo.

-Ya lo he pensado, Trotwood -dijo Agnes mirándome-, y siento que no debe ser, y que

no será, aunque me lo aconseje un amigo a quien agradezco y debo tanto.

-No diré que te he aconsejado -observó Traddles-. Me parecía bien sugerirlo nada más.

-Me alegra el oírselo decir –contestó Agnes con tranquilidad-; esto me hace esperar,

casi me da la seguridad de que opinamos del mismo modo. Querido míster Traddles y

querido Trotwood, papá libre y con honra, ¡qué más puedo desear! Siempre he aspirado,

de poder ser, a disminuir los embrollos en que se había metido, a devolverle un poco de

los cuidados y cariños que le debo, y dedicarle mi vida. Esta ha sido durante muchos años

mi mejor esperanza. Tener la responsabilidad de nuestro porvenir sobre mí será mi

segunda gran alegría después de librarle de toda preocupación y responsabilidad.

-¿Has pensado cómo, Agnes?

-Muchas veces. No tengo miedo, querido Trotwood. Estoy segura del éxito. Tanta gente

me conoce aquí y me aprecia, que estoy segura. No dudes de mí. Nuestras necesidades no

son muchas. Si alquilo nuestra querida y vieja casa, y pongo una escuela, seré útil y feliz.

El fervor tranquilo de su alegre voz me trajo a la memoria tan vivamente la querida

casa vieja primero, y luego mi hogar solitario, que mi corazón estaba demasiado lleno

para poder hablar. Traddles hizo como que estaba muy ocupado, buscando entre los

papeles durante un rato.

-Ahora, miss Trotwood -dijo Traddles-, esa propiedad es suya.

-¡Bueno! Lo que tengo que decir es que si desapareció puedo sobrellevarlo, y que si aun

existe, me alegraré mucho de recobrarla.

-En su origen creo que eran ocho mil libras -dijo Traddles.

-Eso era —contestó mi tía.

-No he conseguido encontrar más de cinco -dijo Traddles, perplejo.

-¿Miles quiere usted decir -inquirió mi tía con compostura nada vulgar-, libras?

-Cinco mil libras -dijo Traddles.

-Eso es lo que quedaba –contestó mi tía-. Yo misma vendí tres mil; pagué mil por tus

cosas, Trot querido, y llevo conmigo las otras dos mil. Cuando perdí lo demás me pareció

prudente no hablar de esta cantidad y guardarla en secreto para algún día de apuro.

Quería ver cómo saldrías de la prueba, Trot; saliste de ella noblemente, con

perseverancia, abnegación, confiando en ti mismo. ¡Lo mismo se ha portado Dick! ¡No

me hablen, porque tengo los nervios alterados!

Nadie lo hubiera creído viéndola tan tiesa, sentada, con los brazos cruzados; pero es

que se dominaba maravillosamente.

-Pues no saben lo que me alegro decirles -exclamó Traddles radiante de alegría- que

hemos recobrado todo el dinero.

-Que nadie me dé la enhorabuena –exclamó mi tía—. ¿Y cómo es eso, caballero?

-¿Usted creía que míster Wickfield lo había malversado? –dijo Traddles.

-Claro que lo creía -dijo mi tía-, y por eso me lo callaba. Agnes, ni una palabra.

-Y se vendió –dijo Traddles-, ¡vaya si se vendió!, en virtud de un poder suyo que él

tenía; pero no necesito decir por quién fue vendido o bajo qué firma. Luego el vendedor

lo fingió a míster Wickfield (y probó con números el muy canalla) que él mismo se había

apoderado del dinero (dándole instrucciones generales, decía) para ocultar otros deficits y

deudas. Míster Wickfield, desamparado, fue tan débil en sus manos, que llegó a pagarle a

usted varias cantidades de intereses de un capital que sabía que no existía, haciéndose así,

desgraciadamente, cómplice del fraude.

-Y por fin cargó con toda la culpa -añadió mi tía—, y me escribió una carta loca,

culpándose de robo y maldades que nadie puede imaginar. Entonces fui a visitarle una

mañana temprano, pedí una vela, quemé la carta y le dije que si alguna vez podía

justificarse ante mí y ante sí mismo, que lo hiciera, y que si no podía, se callara por amor

a su hija. Si alguien me habla, me marcho ahora mismo.

Todos nos quedamos silenciosos; Agnes se tapaba la cara.

-Bien, amigo mío –dijo mi tía después de una pausa-, ¿y por fin le ha vuelto usted a

sacar el dinero?

-El hecho es –contestó Traddles- que míster Micawber le había cercado de tal modo,

que tenía siempre preparados argumentos nuevos por si alguno fallaba, y no se nos pudo

escapar. Una de las circunstancias más notables es que no creo que se apoderara de la

cantidad por satisfacer su avaricia desordenada, sino más bien por el odio que sentía contra

Copperfield. Me lo dijo claramente. Dijo que hubiese gastado otro tanto por hacer

daño a Copperfield.

-¡Ah! -exclamó mi tía frunciendo su entrecejo y mirando hacia Agnes-. ¿Y qué ha sido

de él?

-No lo sé -dijo Traddles-. Se marchó de aquí con su madre, que no había cesado de

clamar, descubrirse y amenazarnos. Se marcharon en una de las diligencias de la noche, y

ya no he vuelto a saber de él, excepto que su odio hacia mí al despedimos fue inmenso.

Se considera poco más o menos tan deudor contra mí como contra míster Micawber, lo

que considero (como se lo dije) un cumplido.

-¿Supones que tendrá algún dinero, Traddles? -pregunté.

-Creo que sí, querido –contestó, sacudiendo muy serio la cabeza- Estoy seguro de que,

de un modo o de otro, se ha metido en el bolsillo buenas cantidades. Pero, Copperfield,

creo que si pudieras observar a ese hombre en el transcurso de su vida, verías que el

dinero no le impedirá que sea dañino. Es tan profundamente hipócrita, que cualquier fin

que persiga tiene que perseguirlo por caminos torcidos. Es su única compensación, por lo

que se domina exteriormente. Como siempre se arrastra para conseguir cualquier fin pequeño,

siempre le parece monstruoso cualquier obstáculo que halle en su camino; en

consecuencia, odiará y sospechará de todo el mundo que se coloque, del modo más inocente,

entre él y su objetivo. Así, los caminos tortuosos se volverán más torcidos en

cualquier momento y por cualquier razón o por ninguna. No hay más que fijarse en su

historia de aquí -dijo Traddles- para saberlo.

-Es un monstruo de mezquindad -dijo mi tía.

-Realmente, no sé -observó Traddles pensativo-. Cualquiera puede ser un monstruo de

mezquindad proponiéndoselo.

-Y ahora, respecto a míster Micawber… –dijo mi tía.

-Bien -dijo Traddles alegremente-. Debo una vez más alabar a míster Micawber, pues si

no hubiera sido por su paciencia y perseverancia durante todo este tiempo nunca hubiese

conseguido nada que mereciese la pena; y creo que debemos considerar que mister

Micawber ha hecho el bien por amor a la justicia, si consideramos las condiciones que

podía haberle propuesto a Uriah Heep por su silencio.

-Lo mismo pienso yo –dije.

-Y usted ¿qué le daría? -insistió mi tía.

-¡Oh! Antes de tratar de esto —dijo Traddles, un poco desconcertado- temo haber

omitido (como no podía exponer todo a un tiempo) dos puntos al hacer este arreglo ilegal

(porque es perfectamente ilegal desde el principio hasta el fin) de un negocio difícil. Las

letras y demás que mister Micawber le dio por los adelantos a Uriah…

-Bien. Hay que pagarlos -dijo mi tía.

-Sí; pero no sé cuándo se podrán encontrar, no sé dónde estarán -contestó Traddles

abriendo los ojos-; y les advierto que desde ahora hasta su marcha se verá arrestado

constantemente y puesto en la prisión por deudas.

-Pues habrá que ponerlo en libertad cada vez y pagar lo que sea -dijo mi tía-. ¿A cuánto

asciende el total?

-Mister Micawber tiene apuntadas en un libro, con el mayor orden, todas las

operaciones (las llama operaciones) -comentó Traddles sonriendo-, y la suma total

asciende a ciento tres libras y cinco chelines.

-¿Y qué le daríamos además, incluyendo esa suma? -dijo mi tía- Agnes, querida mía, tú

y yo hablaremos después de repartírnoslo. ¿Cuánto le daremos? ¿Quinientas libras?

A esto Traddles y yo contestamos a un tiempo. Los dos recomendábamos una pequeña

cantidad en dinero, y el pago, sin condiciones, de las reclamaciones de Uriah según

fueran viniendo. Propusimos que se pagara a la familia el pasaje y los gastos y que se les

diera cien libras, y también que se debía atender con seriedad a los arreglos de míster

Micawber para el pago de los adelantos, ya que el suponerse bajo una responsabilidad así

podia ser beneficioso para él. A esto añadí la idea de dar explicaciones de su carácter a

historia a mister Peggotty, en quien yo sabía que se podía confiar, y dejar a su discreción

el poderle adelantar otras cien libras. Luego propusimos interesar a míster Micawber por

mister Peggotty, contando a aquel parte de la historia de este, lo que yo creyera justo y

conveniente, a intentar que cada uno de ellos ayudara al otro para su beneficio común.

Todos estábamos de acuerdo en ello, y también los interesados lo hicieron poco después,

con una muy buena voluntad y en perfecta armonía.

Viendo que Traddles volvía a mirar con ansiedad a mi tía, le recordé el segundo y

último punto que había prometido.

-Tú y tu tía me disculparéis, Copperfield, si toco, como temo, un asunto doloroso –dijo

Traddles vacilando–; pero creo necesario recordároslo. El día de la memorable denuncia

de míster Micawber, Uriah Heep hizo una alusión amenazadora al marido de tu tía.

Mi tía, manteniéndose en su tiesa postura y aparente serenidad, asintió con la cabeza.

-Quizá -observó Traddles- fuera sólo una impertinencia voluntaria.

-No -contestó mi tía.

-¿Existía, perdóneme, de verdad esa persona y estaba en su poder? -insinuó Traddles.

-Sí, amigo mío –dijo mi tía.

A Traddles se le alargó la cara perceptiblemente y explicó que no había podido tocar

aquel asunto; que había compartido la suerte de las habilidades de míster Micawber al no

ser comprendido en cuantos términos había usado; que ya no teníamos ninguna autoridad

sobre Uriah Heep, y que si nos podía hacer a cualquiera de nosotros algún daño o causarnos

alguna molestia, nos lo haría seguramente.

Mi tía permaneció inmóvil hasta que otra vez algunas lágrimas rebeldes rodaron por sus

mejillas.

-Tiene usted razón –dijo, Estaba bien pensado el aludir a ello.

-¿Podernos Copperfield o yo hacer algo? -preguntó Traddles suavemente.

-Nada -dijo mi tía-. Muchísimas gracias, Trot, querido mío. ¡Era una amenaza vana!

¡Que vuelvan míster y mistress Micawber, y que ninguno de vosotros me hable!

Al decir esto se arregló su traje y se sentó, con su porte erguido, mirando hacia la

puerta.

-Bien, míster y mistress Micawber –dijo mi tía cuando entraron-. Hemos estado

discutiendo su emigración, y les pedimos mil perdones por haberlos tenido fuera durante

tanto rato; y ahora les diré las condiciones que les proponemos.

Les explicó todo, para satisfacción indudable de toda la familia; y como los niños

estaban presentes, se despertaron en míster Micawber sus costumbres puntillosas en

cuestiones de deudas, y no pudimos disuadirle de salir corriendo, con alegría, a comprar

pólizas para sus pagarés. Pero su alegría recibió un gran golpe. A los cinco minutos

volvió, custodiado por un oficial del sheriff, informándonos, con un diluvio de lágrimas,

de que todo se había perdido. Nosotros, que estábamos preparados a esto, que era,

naturalmente, un procedimiento de Uriah Heep, pagamos enseguida, y al momento ya

estaba míster Micawber, sentado ante la mesa, llenando el papel sellado con esa

expresión de perfecta alegría que sólo esta ocupación y el hacer ponche podían prestar a

su reluciente cara. Era graciosísimo verle trabajar en sus pólizas con la delicadeza de un

artista, retocándolas como si fueran estampas, mirándolas de lado y recogiendo en su

cuaderno de bolsilo apuntes de fechas y cantidades y contemplándolas al terminar, muy

convencido de su precioso valor.

-Ahora, lo mejor que puede usted hacer, caballero, si me penmite aconsejarle —dijo mi

tía después de observarle en silencio-, es renunciar para siempre a esta clase de

ocupaciones.

-Señora -contestó míster Micawber-, mi intención es consultar este voto en la página

virgen del futuro. Mistress Micawber lo atestiguará. Confío —dijo míster Micawber solemnemente-

en que mi hijo Wilkins se acordará siempre de que es infinitamente mejor

poner el puño en el fuego que usarlo para manejar las serpientes que han envenenado la

sangre y la vida de su desgraciado padre.

Profundamente afectado y transformado en un momento en la imagen de la

desesperación, míster Micawber miraba a las serpientes con una cara de aborrecimiento

horroroso (en el que no se dejaba traslucir su no muy antigua admiración); después dobló

el papel y se lo metió en el bolsillo. Esto terminó los asuntos de la tarde. Estábamos

cansados y tristes, y mi tía y yo teníamos que volver a Londres al día siguiente. Se había

decidido que los Micawber nos seguirían después de efectuar la venta de sus cosas a

algún corredor-, que los negocios de míster Wickfield debían llegar a un arreglo con la

prisa conveniente y bajo la dirección de Traddles, y que mientras estos negocios estaban

pendientes Agnes vendría también con nosotros a Londres. Pasamos la noche en la casa

vieja, que, libre de la presencia de los Heeps, parecía curada de una enfermedad. Dormí

en mi antigua habitación como un náufrago aventurero que vuelve a su hogar.

Al día siguiente volvimos a casa de mi tía (no a la mía), y cuando estábamos sentados

solos, como antiguamente, antes de acostamos, me dijo:

-Trot, ¿quieres de veras saber lo que últimamente me ha preocupado?

-Ya lo creo, tía. Si ha habido algún tiempo en que he querido compartir tus penas y tus

ansiedades, es ahora.

-Bastantes penas has tenido ya, niño -me contestó cariñosamente-,sin necesidad de

aumentarlas con las mías. No había más motivo que este para que te las ocultara.

-Lo sé -dije-; pero, cuéntamelas ahora.

-¿Quieres acompañarme mañana? Saldremos en coche -me dijo mi tía.

-¡Claro que sí!

-¡A las nueve! –dijo ella-. Y entonces te lo contaré, hijo mío.

A la mañana siguiente, a las nueve, salimos en el coche y nos dirigimos a Londres.

Paseamos en coche entre calles mucho rato hasta que llegamos a una en que están los

grandes hospitales. Junto al edificio había un coche fúnebre sencillo. El cochero

reconoció a mi tía, y obedeciendo a una seña que por la ventanilla le hizo mi tía, echó a

andar despacio. Nosotros le seguíamos.

-¿Lo comprendes ahora, Trot? -dijo mi tía-. ¡Se fue!

-¿Murió en el hospital?

-Sí.

Estaba inmóvil a mi lado; pero otra vez volví a ver las lágrimas rebeldes correr por sus

mejillas.

-Primero volvió a verme -dijo mi tía—. Llevaba bastante tiempo enfermo; era un

hombre destrozado, roto, estos últimos años. Cuando supo el estado en que estaba pidió

que me llamaran. Estaba arrepentido, muy arrepentido.

-¡Y tú fuiste, tía; lo sé!

. -Fui. Y estuve con él varias veces.

-¿Y se murió la noche anterior a nuestro viaje a Canterbury? -le dije.

Mi tía afirmó con la cabeza.

-Nadie le puede hacer daño ahora -dijo-. Era una amenaza vana.

Salimos de la ciudad, y llegamos al cementerio de Homsey.

-Mejor aquí que entre calles -dijo mi tía—. Aquí nació.

Bajamos, y seguimos al féretro sencillo a un rincón que recuerdo muy bien, donde

leyeron las oraciones del ritual y le cubrieron de tierra.

-Hoy hace treinta y seis años, querido mío –dijo mi tía cuando volvíamos al coche-,

que me casé. ¡Dios nos perdone a todos!

Nos sentamos en silencio, y así seguimos mucho rato, con su mano en la mía. Por fin se

echó a llorar y dijo:

-Era un hombre muy guapo cuando me casé con él, Trot. ¡Ahora había cambiado tanto!

Después del alivio de las lágrimas, se serenó pronto y hasta estuvo alegre.

-Estoy mal de los nervios -me dijo-; por eso me he dejado llevar por mi pena. ¡Que

Dios nos perdone a todos!

Volvimos a su casa de Highgate, donde encontramos la siguiente carta, de míster

Micawber, que había llegado en el correo de la mañana:

«Canterbury.

Mi querida señora, y Copperfield: La tierra prometida que brillaba hace poco en

el horizonte está otra vez envuelta en niebla impenetrable y desaparece para

siempre a los ojos de un infeliz que va a la deriva y cuya sentencia está sellada.

Una nueva orden ha sido dada (en el Tribunal Supremo de Su Majestad, en

King’s Bench Westminster) sobre la causa de Heep y Micawber, y el demandado

de esta causa es la presa del sheriff, que tiene legal jurisdicción en esta bailía.

Ahora es el día, y ahora es la hora;

ved el frente de la batalla más bajo,

ved acercarse el poder de Eduardo el vanidoso.

¡Cadenas y esclavitud!

Por consiguiente, y para un fin rápido (porque la tortura mental sólo se puede

soportar hasta cierto punto, al que siento que he llegado) mi carrera durará poco.

¡Los bendigo, los bendigo! Algún viajero futuro, que visite por curiosidad, y

espero que también por simpatía, el sitio que dedican en esta ciudad a los

deudores, confío en que reflexionará cuando vea en sus muros, inscritas con un

clavo mohoso,

Las oscuras iniciales

W M.

P S. -Vuelvo a abrir esta carta para decirles que nuestro común amigo míster Thomas

Traddles (que aún no nos ha dejado y que sigue muy bien) ha pagado la deuda y costes en

nombre de la noble miss Trotwood, y que yo mismo y mi familia estamos en la cúspide

de la felicidad humana. »

CAPÍTULO XV

LA TEMPESTAD

Me acerco ahora a un suceso de mi vida, tan horrible, tan inolvidable, tan ligado a todo

lo que llevo relatado en estas páginas, que desde el principio de mi narración lo he visto

irse levantando como una torre gigantesca en la llanura, y dar sontbra anticipada hasta a

los menores incidentes de mi niñez.

Muchos años después de ocurrido todavía soñaba con ello. Me impresionó tan

vivamente, que aún ahora me parece que atruena mi tranquila habitación, en noches de

calma, y sueno con ello, aunque cada vez con intervalos inseguros y más largos. Lo

asocio en mi memoria con el viento tormentoso y con la playa, tan íntimamente, que no

puedo oírlos mencionar sin acordarme de ello.

Lo vi tan claramente como intentaré describirlo. No necesito hacer memoria; lo tengo

presente como si lo viera, como si volviera a suceder de nuevo ante mí.

Como se acercaba la fecha de la salida del barco, mi buena y vieja Peggotty vino a

Londres a verme y a despedirse. Era nuestra primera entrevista después de mi desgracia,

y la pobre tenía el corazón destrozado. Estuve constantemente a su lado, con su hermano

y con los Micawber (pues estaban casi siempre reunidos), pero nunca vi a Emily.

Una tarde, muy próxima ya su marcha, estando yo solo con Peggotty, y su hermano,

nuestra conversación recayó sobre Ham. Peggotty nos contó la ternura con que se había

despedido de ella y la tranquila virilidad, cada vez mayor, con que se había portado

últimamente cuando a ella le parecía más puesto a prueba. Era un asunto sobre el que

nunca se cansaba de hablar, y nuestro interés al oír los muchos ejemplos que podía

relatar, pues estaba constantemente a su lado, igualaba al que ella tenía por contárnoslos.

Mi tía y yo habíamos abandonado las dos casas de Highgate; yo, porque me marchaba

fuera, y ella, porque volvía a su casa de Dover; y teníamos una habitación provisional en

Covent Garden. Cuando volvía hacia casa después de aquella conversación,

reflexionando sobre lo que había pasado entre Ham y yo la última vez que estuve en

Yarmouth, dudé entre mi primer proyecto de dejar una carta para Emily, a su tío, cuando

me despidiera de él a bordo, o si sería mejor escribirla en aquel mismo momento.

Pensaba que ella podía desear, después de recibida mi carta, mandar conmigo algunas

palabras de despedida a su desgraciado enamorado, y en ese caso yo debía proporcionarle

la ocasión.

Así es que antes de acostarme le escribí. Le decía que había estado con él y que me

había pedido que le dijera lo que ya he escrito, en su lugar correspondiente, en estas

páginas. Todo se lo contaba fielmente. Aunque hubiera tenido derecho para hacerlo, no

veía la necesidad de aumentarlo. Su bondad profunda y su constante fidelidad no las

podían adornar ni yo ni ningún otro hombre. Dejé la carta fuera, para que se la llevaran a

la mañana siguiente, con unas letras para míster Peggotty, en las que le rogaba entregara

la carta a Emily, y me metí en la cama, al amanecer

Estaba entonces más débil de lo que yo creía; y no pudiendo conciliar el sueño sino

hasta que el sol estuvo muy alto, seguí en la cama hasta muy tarde. Me despertó la

presencia silenciosa de mi tía al lado de mi cama. La presentía en mi sueño, como

supongo que todos presentimos estas cosas.

-Trot, querido mío -me dijo cuando abrí los ojos-. No me podía decidir a molestarte.

Pero míster Peggotty está aquí. ¿Le digo que suba?

Le contesté que sí y apareció enseguida.

-Señorito Davy —dijo después de darme la mano-, le he dado su carta a Emily, y ella

ha escrito esta y me ha pedido que le diga a usted que la lea, y que si no ve ningún mal en

ello, tenga la bondad de entregársela a Ham.

-¿La ha leído usted? -le dije.

Asintió tristemente. Abrí la carta y leí lo que sigue:

«He recibido tu mensaje. ¡Oh! ¿Qué podría yo escribir para agradecer tu

inmensa bondad conmigo?

He puesto esas palabras junto a mi corazón. Las guardaré hasta que me muera.

Son como espinas agudas, pero que reconfortan. He rezado sobre ellas; ¡he rezado

tanto! Cuando veo tu que eres tú y lo que es el tío, pienso en lo que debe ser Dios,

y me atrevo a llorar ante Él.

Adiós para siempre. Ahora, amigo mío, adiós para siempre en este mundo. En el

otro, si Dios me perdona, podré despertarme como un niño a ir hacia ti.

Gracias, y bendito seas otra vez, ¡adiós!»

Estaba emborronada con lágrimas.

-¿Puedo decir a Emily que, como no ve usted ningún mal en ello, tendrá la bondad de

encargarse de ella, señorito Davy? –dijo míster Peggotty cuando terminé de leerla.

-Naturalmente –dije-; pero estoy pensando…

-¿Qué, señorito Davy?

-Estoy pensando -dije- que voy a volver a Yarmouth. Hay tiempo de sobra para ir y

volver antes de que salga el barco. No hago más que acordarme de él en su soledad. Así,

le pongo ahora en las manos esta carta, y usted puede decirle que la ha recibido; será una

buena acción para los dos. Estoy intranquilo; el movimiento me distraerá. Iré esta misma

noche.

A pesar de que trató de disuadirme, vi que era de mi opinión, y si hubiera necesitado

que afirmaran mi intención, lo hubiese conseguido. Le encargué que fuera a la oficina de

la diligencia y tomase un asiento en el pescante, para mí. Al anochecer salí por la

carretera que había recorrido bajo tantas vicisitudes.

-¿No cree usted -pregunté al cochero en cuanto salimos de Londres- que el cielo está

muy extraño? No me acuerdo haberlo visto nunca así.

-Ni yo -contestó-. Eso es viento, señor. Habrá desgracias en el mar, me parece…

Estaba el cielo en una sombría confusión, manchado aquí y allí de un color parecido al

del humo de un combustible como fuel; las nubes, que, volando, se amontonaban en las

montañas más altas, fingían alturas mayores en las nubes, y bajo ellas una profundidad

que llegaba a lo más hondo de la tierra; la luna salvaje parecía tirarse de cabeza desde la

altura como si en aquel disturbio terrible de las leyes de la naturaleza hubiera perdido su

camino y tuviera miedo. Había hecho aire durante todo el día; pero entonces empezó a

arreciar, con un ruido horrible. Aumentaba por momentos, y el cielo también estaba cada

vez más cargado.

Según avanzaba la noche, las nubes se cerraban y se extendían densas sobre el cielo, ya

muy oscuro, y el viento soplaba cada vez con más fuerza. Los caballos apenas si podían

seguir. Muchas veces, en la oscuridad de la noche (era a fines de septiembre, cuando las

noches son largas), los que iban a la cabeza se volvían o se paraban, y temíamos que el

coche fuera derribado por el viento.

Ráfagas de lluvia llegaron antes que la tormenta, azotándonos como si fueran

chaparrones de acero; y en aquellos momentos no había ni árboles ni muros donde

guarecerse, y nos vimos forzados a detenernos, en la imposibilidad de continuar la lucha.

Cuando amaneció, el viento seguía arreciando. Yo había estado en Yarmouth cuando

los marinos decían que «soplaban los cañones»; pero nunca había visto nada semejante ni

que se le acercara. Llegamos a Ipswich tardísimo, habiendo tenido que luchar por cada

pulgada de terreno que ganábamos, desde diez millas fuera de Londres, y encontramos en

la plaza un grupo de gente que se había levantado de la cama por miedo a que se

derrumbasen las chimeneas. Algunas de estas gentes se reunieron en el patio de la posada

mientras cambiábamos de caballos, y nos contaron que el viento había arrancado grandes

láminas de plomo de la torre de una iglesia, y que habían caído en una cane cercana,

cerrando el paso por completo. Otros contaban que unos aldeanos que venían de pueblos

cercanos habían visto árboles grandes arrancados de raíz y cuyas ramas cubrían los

caminos y el campo. Pero la tormenta no amainaba, sino que cada vez era más fuerte.

Según íbamos avanzando hacia el mar, de donde venía el viento, su fuerza era cada vez

más terrible. Mucho antes de ver el mar nos mojamos con su agua salada y con su

espuma. El agua había invadido kilómetros y kilómetros del terreno llano que rodea

Yarmouth, y cada arroyuelo se salía de su cauce y se unía a otros un poco mayores.

Cuando llegamos a ver el mar, las olas en el horizonte, vistas de vez en cuando sobre los

abismos que se ahondaban, parecían las torres y las construcciones de otra costa cercana.

Cuando por fin llegamos a la ciudad, la gente salía a las puertas de las casas, con los

cabellos erizados por el viento, y se maravillaba de que la diligencia hubiera podido

llegar con semejante noche.

Bajé en la posada vieja, y enseguida, dando tropezones por la calle, que estaba

sembrada de arena y algas y volanderos copos de espuma, temiendo que me cayeran

encima tejas o pizarras, y agarrándome a la gente que encontraba, me fui a ver el mar. Al

llegar a la playa vi no sólo a los marineros, sino a medio pueblo, que estaba allí,

refugiado detrás de unas construcciones; algunos, desafiando la furia de la tormenta,

miraban mar adentro; pero al momento tenían que volver a guarecerse haciendo

verdaderos zigzag para que el viento no los empujara.

Uniéndome a aquellos grupos vi mujeres que se asustaban y lloraban porque sus

maridos estaban en la pesca del arenque y de ostras, y pensaban, con razón, que los botes

podían haberse ido a pique antes de encontrar puerto. Entre la gente había marinos viejos,

curtidos en su oficio, que sacudían la cabeza mirando al mar y al cielo, y hablándome

entre dientes; amos de barcos, excitados y violentos; hasta lobos de mar preocupados

mirando con ansiedad desde sus cobijos y fijando en el horizonte sus anteojos como si

observaran las maniobras de un enemigo.

Cuando ya no me confundió ni el ruido horroroso de la tormenta, ni las piedras y la

arena que volaban, y me fui acostumbrando al viento cegador, pude mirar al mar, que estaba

grandioso. Cuando se levantaban las enormes montañas de agua para derrumbarse

desde lo más alto, parecía que la más pequeña podría tragarse la ciudad entera. Las olas,

al retroceder con un ronco rugido, socavaban profundas cavernas en la arena, como si se

propusieran minar la tierra para su destrucción. Y cuando, coronadas de espuma, se

rompían antes de llegar a la orilla, cada fragmento parecía poseído por toda su cólera y se

precipitaba a componer otro nuevo monstruo. Colinas ondulantes se transformaban en

valles; de valles ondulantes (con alguna gaviota posada entre ellos) surgían colinas;

enormes masas de agua hacían retemblar la playa con su horroroso zumbido; cada ola,

tan pronto como estaba hecha, tumultuosamente cambiaba de sitio y de forma, para tomar

al lugar y la forma de otra a la que vencía; la otra costa, imaginada en el horizonte, con

sus grandes torres y construcciones, subía y bajaba sin cesar; las nubes bailaban

vertiginosas danzas; me parecía que presenciaba una rebelión de la naturaleza.

Al no encontrar a Ham entre las gentes que había reunido aquel vendaval memorable

(porque aún lo recuerdan por allí como el viento más fuerte que soplara nunca en la

costa) me fui a su casa. Estaba cerrada, y como nadie contestó a mi llamada, me fui por

los caminos de detrás al astillero donde trabajaba. Allí me dijeron que se había ido a

Lowestoft para hacer algunas reparaciones que habían requerido su talento, pero que

volvería a la mañana siguiente.

Volví a la posada, y después de lavarme y arreglarme traté de dormir; pero era en vano.

Eran las cinco de la tarde. No había estado sentado ni cinco minutos junto al fuego,

cuando el camarero que vino a atizarlo (una disculpa para charlar) me dijo que dos barcos

carboneros se habían ido a pique con toda su gente a unas pocas millas, y que otros

barcos estaban luchando contra el temporal en gran peligro de estrellarse contra las rocas.

«Que Dios los perdone -dijo—, si tenemos otra noche como la última. »

Estaba muy deprimido, muy solo, y me turbaba la idea de que Ham no estuviera en su

casa. Los últimos sucesos me habían afectado seriamente, sin que yo supiera hasta qué

punto, y el haber estado expuesto a la tormenta durante tanto tiempo me había atontado la

cabeza. Estaban tan embrolladas mis ideas, que había perdido la norma del tiempo y la

distancia. De modo que no me hubiera sorprendido nada encontrarme por aquellas calles

con personas que yo sabía que tenían que estar en Londres. Había en mi mente un vacío

extraño respecto a estas ideas; pero mi memoria estaba muy ocupada con los recuerdos

claros y vivos que este lugar despertaba en mí.

Estando en aquel estado, sin ningún esfuerzo de voluntad, combiné lo que me acababa

de contar el camarero con mis extraños temores acerca de Ham. Me temía su vuelta de

Lowestoft por mar, y su naufragio. Esta idea creció en mí de tal manera que resolví

volver al astillero antes de comer y preguntar al botero si creía que había alguna

probabilidad de que Ham volviera por mar, y, si me dejaba alguna duda, obligarle a venir

por tierra yendo a buscarle.

Ordené aprisa la comida y volví al astillero con toda oportunidad, porque el botero, con

una lintema en la mano, estaba cerrando la entrada. Casi se rio cuando le hice mi

pregunta, y me contestó que no había miedo de que ningún hombre en sus cabales saliera

a la mar con semejante galerna, y menos que nadie Ham Peggotty, que había nacido para

marino.

Tranquilizado con esto y casi avergonzado de haberlo preguntado, volví a la posada. Si

un vendaval como aquel podía aumentar, creo que entonces estaba aumentando. El

rechinar de ventanas y puertas, el aullido del viento dentro de las chimeneas, el aparente

temblor de la casa misma que me cobijaba y el prodigioso tumulto del mar eran más

tremendos que por la mañana. Además, había que añadir la oscuridad, que invadía todo

con nuevos terrores, reales a imaginarios.

No podía comer, no podía estar sentado, no podía prestar una atención continuada a

nada. Algo dentro de mí, contestando débilmente a la tormenta exterior, revolvía lo más

profundo de mi memoria, confundiéndola. Sin embargo, en el atropello de mis

pensamientos, que corrían, como salvajes, al compás del mar, la tormenta y mi

preocupación por Ham me angustiaban de un modo latente.

Se llevaron la comida sin que casi la probara. Intenté refrescarme con un vaso o dos de

vino; pero fue inútil. Me amodorré junto al fuego, sin perder del todo la consciencia ni de

los ruidos de fuera ni de donde me encontraba. Pronto se oscurecieron por un nuevo a

indefinible horror, y cuando desperté (o mejor dicho, cuando sacudí la modorra que me

sujetaba en mi silla) todo mi ser temblaba de un miedo sin objeto a inexplicable.

Me paseé de arriba abajo; intenté leer un periódico viejo; escuché los ruidos horribles

de fuera; me entretuve viendo escenas, casas y cosas en el fuego. Por fin, el tranquilo

tictac de un reloj que había en la pared me atormentó de tal modo que resolví irme a la

cama.

Me tranquilizó un poco el oír decir que algunos de los criados de la posada habían

decidido no acostarse aquella noche.

Me fui a la cama excesivamente cansado y aburrido; pero en el momento que me acosté

todas estas sensaciones desaparecieron como por encanto, y estaba perfectamente despierto

y con todos los sentidos aguzados.

Horas y horas estuve oyendo al viento y al agua, imaginándome que oía gritos en el

mar; tan pronto disparaban cañonazos como oía derrumbarse las caws de la ciudad. Me

levanté varias veces y miré fuera; pero nada podía ver, excepto el reflejo de la vela que

había dejado encendida, y mi propia cara hosca, que me miraba reflejándose en lo negro

del cristal de la ventana.

Por último, mi nerviosidad llegó a tal punto, que me vestí precipitadamente y bajé. En

la gran cocina, donde distinguía las ristras de ajos y los jamones colgando de las vigas,

los que estaban de guardia se habían reunido en varias actitudes alrededor de una mesa

que habían corrido a propósito hacia la puerta. Una muchachita muy bonita, que tenía los

ojos tapados con el delantal y los ojos fijos en la puerta, se puso a chillar cuando entré,

creyendo que era un espíritu; pero los demás, que tenían más sangre fría, se alegraron de

que me uniera a su compañía. Uno de ellos, refiriéndose a lo que habían estado

discutiendo, me preguntó que si creía que las almas de la tripulación de los carboneros

que se habían ido a pique estarían en la tormenta.

Estuve allí unas dos horas.

Una vez abrí la puerta del patio y miré a la calle, vacía. Las algas, la arena y los copos

de espuma seguían arrastrándose, y tuve que pedir ayuda para conseguir cerrar la puerta

contra el viento.

Cuando por fin volví a mi cuarto oscuro y solitario estaba tan cansado que me metí en

la cama y me quedé profundamente dormido. Sentí como si me cayera de una alta torre a

un precipicio, y aunque soñé que estaba en sitios muy distintos y veía otras escenas, en

mi sueño oía soplar al vendaval. Por fin perdí este pequeño lazo que me unía con la

realidad y soñé que estaba con dos amigos míos muy queridos, pero que no sé quienes

eran, en el sitio de una ciudad rodeada de cañonazos.

El ruido del cañón era tan fuerte a incesante, que no podía oír una cosa que estaba

deseando oír, hasta que, haciendo un gran esfuerzo, me desperté. Estábamos en pleno día,

entre ocho y nueve de la mañana; la tormenta atronaba en lugar de las baterías, y alguien

me llamaba dando golpes en la puerta.

-¿Qué pasa? -grité.

-¡Un naufragio muy cerca!

Salté de la cama y pregunté:

-¿Qué naufragio?

-Una goleta española o portuguesa, cargada con fruta y vinos. Dése prisa si quiere

verlo. Creo que está cerca de la playa y que se hará pedazos muy pronto.

La voz excitada se alejaba alborotando por la escalera; me vestí lo más aprisa que pude

y corn a la calle.

Un público numeroso estaba allí antes de que yo llegara, todos corriendo en la misma

dirección a la playa. Corrí yo también, adelantando a muchos, y pronto llegué frente al

mar enfurecido.

Puede que el viento hubiera amainado un poco, pero tan poco como si en el cañoneo

con que yo soñaba, que era de cientos de cañones, hubieran callado una media docena de

ellos. Pero el mar, que tenía sumada toda la agitación de la noche, estaba infinitamente

más terrible que cuando yo lo había dejado de ver. Parecía como si se hubiera hinchado, y

la altura donde llegaban las olas, y cómo se rompían sin cesar, aumentando de un modo

espantoso.

Entre la dificultad de oír nada que no fuera viento y olas, y la inenarrable confusión de

las gentes, y mis primeros esfuerzos para mantenerme contra el huracán, estaba tan aturdido

que miré al mar para ver el naufragio, y no vi más que las crestas de espuma de las

enormes olas.

Un marinero a medio vestir, que estaba a mi lado, me apuntaba hacia la izquierda con

su brazo desnudo (que tenía el tatuaje de una flecha en esa misma dirección). Entonces;

¡cielo santo!, lo vi muy cerca, casi encima de nosotros.

Tenía la goleta uno de los palos rotos a unos seis a ocho pies del puente, tumbado por

encima de uno de los lados, enredado en un laberinto de cuerdas y velas; y toda esta

ruina, con el balanceo y el cabeceo del barco, que eran de una violencia inconcebible,

golpeaba el flanco del barco como si quisiera destrozarlo. Como que estaban haciendo

esfuerzos aún entonces para cortarlos, y al volverse la goleta, con el balance, hacía

nosotros vi claramente a su tripulación, que trabajaba a hachazos, especialmente un

muchacho muy activo, con el pelo muy largo y rizado, que sobresalía entre todos los

demás.

Pero en aquel momento un grito enorme, que se oyó por encima del ruido de la

tormenta, salió de la playa; el mar había barrido el puente, llevándose hombres, maderas,

toneles, tablones, armaduras y montones de esas bagatelas dentro de sus olas bullientes.

El otro palo seguía en pie, con los trapos de su rasgada vela y un tremendo enredo de

cordajes que le golpeaban en todos los sentidos. «La ha cabeceado por primera vez», me

dijo roncamente al oído el marinero que estaba a mi lado; pero se alzó y volvió a

cabecear. Me pareció que añadía que se estaba hundiendo, como era de suponer, porque

los golpes de mar y el balanceo eran tan tremendos que ninguna obra humana podría

soportarlos durante mucho tiempo. Mientras hablaba se oyó otro grito de compasión, que

salía de la playa; cuatro hombres salieron a flote con los restos del barco, trepando por los

aparejos del último mástil que quedaba; iba el primero el activo muchacho de cabellos

rizados.

Había una campana a bordo; y mientras la goleta, como una criatura que se hubiera

vuelto loca, furiosa cabeceaba y se bamboleaba, enseñándonos tan pronto la quilla como

el puente desierto, la campana parecía tocar a muerte. Volvió a desaparecer y volvió a

alzarse. Faltaban otros dos hombres. La angustia de las gentes de la playa aumentó. Los

hombres gemían y se apretaban las manos; las mujeres gritaban volviendo la cabeza.

Algunos corrían de arriba abajo en la playa, pidiendo socorro, cuando no se podía

socorrer. Yo me encontraba entre ellos, implorando como loco, a un grupo de marineros

que conocía, que no dejasen perecer a aquellas dos criaturas delante de nuestros ojos.

Ellos me explicaban con mucha agitación (no sé cómo, pues lo poco que oía no estaba

casi en disposición de entenderlo) que el bote salvavidas había intentado con valentía

socorrerlos hacía una hora, pero que no pudo hacer nada; y como ningún hombre estaba

tan desesperado como para arriesgarse a llegar nadando con una cuerda y establecer una

comunicación con la playa, nada quedaba por intentar. Entonces noté que se armaba un

revuelo entre la gente, y vi adelantarse a Ham, abriéndose paso por entre los grupos.

Corrí hacia él (puede que a repetir mi demanda de socorro); pero aunque estaba muy

aturdido por un espectáculo tan terrible y tan nuevo para mí, la determinación pintada en

su rostro y en su mirada fija en el mar (exactamente la misma mirada que tenía la mañana

después de la fuga de Emily) me hicieron comprender el peligro que corría. Le sujeté con

los dos brazos, implorando a los hombres con quienes había estado hablando que no le

escucharan, que no cometieran un asesinato, que no le dejaran moverse de la playa.

Otro grito se elevó de entre la multitud, y al mirar a los restos de la goleta vimos que la

vela cruel, a fuerza de golpes, había arrancado al hombre que estaba más bajo, de los dos

que quedaban, y envolvía de nuevo la figura activa que quedaba ya sola en el mástil.

Contra aquel espectáculo y contra la determinación de un hombre tranquilo,

acostumbrado a imponerse a la mitad de la gente allí reunida, todo era inútil; lo mismo

podía amenazar al viento.

-Señorito Davy -me dijo apretándome las dos manos-, si mi día ha llegado, es que ha

llegado, y si no, pronto nos veremos. ¡Que Dios le bendiga y nos bendiga a todos!

¡Compañeros, preparadme, porque voy a salir!

Me arrastraron suavemente a alguna distancia, donde la gente me rodeó para no

dejarme marchar, argumentándome que, puesto que se había propuesto socorrerle, lo

haría con o sin ayuda de nadie, y que ya no hacía más que dificultar las precauciones que

estaban tomando para su seguridad. No sé lo que les dije ni lo que me contestaron; pero

vi hombres que trajinaban en la playa, y otros que corrían con las cuerdas de un

cabrestante cercano, y se metían en un círculo de gentes que me lo escondían. Luego lo

vi, en pie, solo, vestido con su traje de mar: con una cuerda en la mano o arrollada a la

muñeca, otra alrededor de la cintura, que él mismo iba soltando al andar y en el extremo

varios de los hombres más fuertes la sujetaban.

La goleta se hundía delante de nuestros ojos. Vi que se abría por el centro y que la vida

del hombre sujeto al mástil pendía de un hilo nada más; pero él se agarraba fuertemente.

Tenía puesto un extraño gorro rojo (no de mejor color que el de los marineros), y

mientras las pocas tablas que le separaban del abismo se balanceaban y se doblaban, y la

campana se anticipaba a tocar a muerto, todos le vimos hacemos señas con su gorro, y yo

creí que me volvía loco, porque aquel gesto me trajo a la memoria el recuerdo de un

amigo que me fue muy querido.

Ham, en pie, miraba al mar, solo, con el silencio de la respiración contenida; detrás de

él, y ante él, la tormenta. Por fin, aprovechando una gran ola que se retiraba, miró a los

que sujetaban la cuerda, para que la largasen, y se precipitó en el agua; en un momento se

puso a luchar fieramente, subiendo con las colinas, bajando con los valles, perdido en la

espuma y arrastrado a tierra por la resaca. Pronto le arriaron con la cuerda.

Se había herido. Desde donde estaba le vi la cara ensangrentada; pero él no se fijaba en

semejante cosa. Me pareció que daba algunas órdenes para que le dejaran los movimientos

más libres (o por lo menos así lo juzgué yo al ver cómo accionaba) y otra vez volvió a

lanzarse al agua.

Ahora se acercaba a la goleta, subiendo con las colinas, cayendo a los valles, perdido

bajo la ruda espuma, traído hacia la playa, llevado hacia el barco, en una lucha muy dura

y muy valiente. La distancia no era nada, pero la fuerza del mar y del viento hacían la

contienda mortal. Por fin se acercó a la goleta. Estaba tan cerca ya, que con una de sus

brazadas vigorosas hubiera podido llegar y agarrarse; pero una montaña de agua verde

altísima se abalanzó sobre él y el barco desapareció.

Vi algunos fragmentos arremolinados, como si sólo un tonel se hubiera roto al ser

rodado para cargarlo en algún barco. La consternación se pintaba en todos los

semblantes. Lo sacaron del agua y lo trajeron hasta mis mismos pies insensible, muerto.

Se lo llevaron a la casa más cercana, y como ya nadie me prohibía que me acercase a él,

me quedé probando todos los medios posibles para hacerle volver en sí; pero aquella ola

terrible le había dado un golpe mortal, y su generoso corazón se había parado para

siempre.

Cuando, después de haberlo intentado todo y perdida la última esperanza, estaba

sentado junto a la cama, un pescador que me conocía desde que Emily y yo éramos niños,

murmuró mi nombre desde la puerta.

-Señorito Davy -me dijo, temblándole los labios y con lágrimas en su cara curtida, que

entonces estaba de color ceniza-, ¿quiere usted venir conmigo?

El antiguo recuerdo que había vuelto a mi memoria estaba en su mirada. Me apoyé en

el brazo que me tendía para sostenerme y le pregunté lleno de terror:

-¿Ha traído el mar algún cadáver a la playa?

-Sí -me contestó.

-¿Le conozco yo? -le pregunté entonces.

No me contestó; pero me llevó a la playa, y en la parte donde ella y yo, cuando niños,

buscábamos conchas (en la parte donde había algunos fragmentos del viejo barco, que

había sido destrozado la noche anterior por el vendaval, entre las ruinas del hogar que

había deshonrado) le vi a «él», con la cabeza descansando encima de su brazo, como le

había visto tantas veces dormir en el colegio.

CAPITULO XVI

LA NUEVA Y LA ANTIGUA HERIDA

No había necesidad; ¡oh, Steerforth!, de que me dijeras, el día que hablamos por última

vez, aquel día que yo nunca hubiera creído que era el de nuestra despedida; no necesitabas

decirme: «Piensa de mí lo mejor que puedas» ; lo había hecho siempre, y no era la

vista de semejante espectáculo la que podia hacerme cambiar.

Trajeron una parihuela, le tendieron encima, la cubrieron con una bandera y lo llevaron

al pueblo. Todos los hombres que cumplían aquel triste deber le habían conocido, habían

navegado con él, le habían visto alegre y valiente. Lo transportaron, entre el ruido de las

olas y de los gritos tumultuosos que se oían a su paso, hasta la cabaña donde el otro

cuerpo descansaba ya.

Pero después de depositar la carga en el dintel, se miraron y se volvieron hacia mí,

hablando en voz baja. Y comprendí que sentían que no podia colocárseles uno al lado de

otro, en el mismo lugar de reposo.

Entramos en el pueblo para llevarle al hotel. Tan pronto como pude reflexionar envié a

buscar a Joram para rogarle que me proporcionara un coche fúnebre donde llevarle a

Londres aquella misma noche. Sabiendo que era yo el único que podia tomarme aquel

cuidado y cumplir el doloroso deber de anunciar a su madre la horrible noticia, quería

cumplir aquel enojoso deber fielmente.

Preferí viajar de noche, para así escapar a la curiosidad del pueblo en el momento de la

partida. Pero a pesar de que era casi media noche cuando salí del hotel en mi silla de postas,

seguido por mi carga, había mucha gente esperándome. Por las calles, y hasta a cierta

distancia por la carretera, me seguían grupos numerosos; después ya sólo vi la noche oscura,

el campo tranquilo y las cenizas de una amistad que había hecho las delicias de mi

infancia.

En un hermoso día de otoño, a eso de mediodía, cuando el suelo está ya perfumado por

las hojas secas, y mientras las que quedan en los árboles son numerosas todavía, con sus

matices amarillo, rojo y violeta, a través de las cuales brillaba el sol, llegué a Highgate.

Terminaba la última milla a pie, reflexionando en el camino en lo que debería hacer y

dejando tras de mí el coche, que me había seguido toda la noche.

Cuando llegué delante de la casa, la encontré tal como la había dejado. Todas las

persianas estaban echadas; ni un signo de vida en el patio adoquinado, con su galería cubierta,

que conducía a aquella puerta hacía tanto tiempo inútil. El viento se había

apaciguado y todo estaba silencioso a inmóvil.

Al principio no tenía valor para llamar a la puerta, y cuando me decidí me pareció que

hasta la campanilla, con su ruido lamentable, debía anunciar el triste mensaje de que era

portador. La joven criada vino a abrirme, mirándome con expresión inquieta. Mientras

me hacía pasar ante ella me dijo:

-Perdón, señorito, ¿está usted enfermo?

-No; es que estoy preocupado y cansado.

-¿Ha sucedido algo, caballero? ¿Míster James…?

-¡Chis! -le dije-. Sí; ha sucedido algo, y tengo que anunciárselo a mistress Steerforth.

¿Está en casa?

La muchacha respondió con inquietud que su señora no salía casi nunca, ni aun en

coche; que estaba siempre en su habitación y no veía a nadie, pero que me recibiría.

También me dijo que miss Dartle estaba con su señora.

-¿Qué quiere usted que les diga?

Le recomendé que no las asustara; que no hiciera más que entregar mi tarjeta y decir

que estaba esperando abajo. Después entré en el salón y me senté en una butaca. El salón

había perdido su aspecto animado, y los postigos de las ventanas estaban medio cerrados.

El arpa no se había tocado desde hacía mucho tiempo. El retrato de Steerforth niño seguía

allí. A su lado, el escritorio donde la madre guardaba las cartas de su hijo. ¿Las releía

alguna vez? ¿Las volvería a leer?

La casa estaba tan tranquila, que oí en la escalera los pasos de la doncella. Venía a

decirme que mistress Steerforth estaba demasiado delicada para bajar, pero que si quería

dispensarla y molestarme en subir, tendría mucho gusto en verme. En un instante estuve a

su lado.

Estaba en la habitación de Steerforth, y no en la suya. Comprendí que la ocupaba en

recuerdo de él, y que por la misma razón había dejado allí, en su sitio habitual, una multitud

de objetos de los que estaba rodeada, recuerdos vivos de los gustos y habilidades de

su hijo. Al darme los buenos días murmuró que había abandonado su habitación porque,

en su estado de salud, no le resultaba cómoda, y tomó una expresión imponente, que

parecía rechazar toda sospecha de la verdad.

Rose Dartle estaba, como siempre, al lado de su sillón. En el momento en que fijó sus

ojos en mí me di cuenta de que comprendía que llevaba malas noticias. La cicatriz

apareció al instante. Retrocedió un paso, como para escapar a la vista de mistress

Steerforth, y me espió con una mirada penetrante y obstinada, que ya no me abandonó.

-Siento mucho que esté usted de luto, caballero -me dijo mistress Steerforth.

-He tenido la desgracia de perder a mi mujer -le dije.

-Es usted muy joven para haber experimentado ya una pena tan grande, y lo siento, lo

siento mucho. Espero que el tiempo le traiga algún consuelo.

-Espero -dije mirándola- que el tiempo nos traiga a todos consuelo… Querida mistress

Steerforth, es una esperanza que hay que alimentar siempre, aun en medio de las más

dolorosas pruebas.

La gravedad de mis palabras y las lágrimas que llenaban mis ojos la alarmaron. Sus

ideas parecieron de pronto detenerse y tomar otro curso.

Traté de dominar mi emoción y pronunciar con dulzura el nombre de su hijo; pero mi

voz temblaba. Ella se lo repitió dos o tres veces a sí misma en voz baja. Después, volviéndose

hacia mí, me preguntó con una tranquilidad afectada:

-¿Está enfermo mi hijo?

-Sí; muy enfermo.

-¿Le ha visto usted?

-Le he visto.

-¿Y se han reconciliado ustedes?

No podía decir que sí, ni podía decir que no. Ella volvió ligeramente la cabeza hacia el

sitio en que creía encontrar a Rose Dartle, y yo aproveché el momento para decir a Rose,

con el movimiento de los labios: «¡ Ha muerto! ».

Para que mistress Steerforth no la mirase y leyera en el rostro conmovido de Rose la

verdad, para la que no estaba preparada, me apresuré a buscar su mirada; pues había visto

a Rose levantar los brazos al cielo, con violenta expresión de horror y desesperación, y

después cubrirse la cara con las manos, angustiada.

La hermosa señora (tan parecida, tan parecida a él) fijó en mí una mirada y se llevó la

mano a la frente. Le supliqué que se tranquilizara y que se preparase a oír lo que tenía

que decirle; mejor hubiera hecho rogándole que llorase, pues estaba como una estatua de

piedra.

-La última vez que vine aquí -balbució miss Dartle me dijo que navegaba de un lado a

otro. La noche de hace dos días ha sido terrible en el mar. Si estaba en el mar aquella

noche, y cerca de alguna costa peligrosa, como dicen; si el barco que han visto era el

que…

-Rose -dijo mistress Steerforth-, venga aquí.

Rose se acercó de mala gana, sin simpatía. Sus ojos brillaban y lanzaban llamas; dejó

oír una risa que asustaba.

-Por fin –dijo- se ha apaciguado su orgullo, mujer insensata, ahora que le ha dado

satisfacción… con su muerte. ¿Me oye? ¡Con su muerte!…

Mistress Steerforth había caído insensible en su sillón, dejando oír un largo gemido y

fijando en ella sus ojos muy abiertos.

-Sí –exclamó Rose, golpeándose con violencia el pecho-; míreme, llore y gima y

míreme. ¡Mira! -dijo tocando con el dedo su cicatriz-. ¡Mire la obra maestra de su hijo

muerto!

Los gemidos que lanzaba de vez en cuando la pobre madre me llegaban al corazón.

Siempre igual, siempre inarticulados y ahogados, siempre acompañados de un débil

movimiento de cabeza, pero sin ninguna alteración en los rasgos, saliendo de unos

dientes apretados, como si las mandíbulas se hubieran cerrado con llave y el rostro se

hubiera helado por el dolor.

-¿Recuerda usted el día en que hizo esto? -continuó Rose-. ¿Recuerda usted el día en

que, demasiado fiel a la sangre que usted le ha puesto en las venas, en un arrebato de

orgullo demasiado acariciado por su madre, me hizo esto y me desfiguró para toda la

vida? ¡Míreme! ¡Toda la vida tendré la huella de su antipatía! ¡Ya puede llorar y gemir

sobre su obra!

-Miss Dartle -dije en tono suplicante-, ¡en nombre del cielo!…

—Quiero hablar -dijo, mirándome con sus ojos luminosos-. ¡Cállese! ¡Le digo que me

mire, orgullosa madre de un hijo pérfido y orgulloso! Llore, pues usted le has criado,

llora, pues usted le has corrompido; llore sobre él por usted y por mí.

Se estrechaba convulsivamente las manos; la pasión parecía consumir a fuego lento a

aquella criatura diminuta.

-¿Y es usted quien no ha podido perdonarle su espíritu voluntario? –exclamó-. ¿Usted

quien se ha ofendido por su carácter altanero, usted, que lo combatía (con los cabellos

blancos ya) con las mismas armas que le había dado el día de su nacimiento? ¿Es usted

quien, después de haberle educado desde la infancia para que fuera lo que ha llegado a

ser, ha querido ahogar en germen lo que había cultivado? ¡Ahora está usted bien pagada

por el trabajo que se ha tomado durante tantos años!

-¡Oh, miss Dartle, qué vergüenza, qué crueldad!

-Le repito que quiero hablar con ella. Nada en el mundo podrá impedírmelo mientras

permanezca aquí. ¿Acaso he guardado silencio durante años enteros para no decir nada

ahora? Le he querido como nunca le ha querido usted -dijo, mirándola con ferocidad-. Yo

hubiera podido amarle sin pedirle que me correspondiera. Si hubiera sido su mujer, habría

sabido hacerme la esclava de sus caprichos por una sola palabra de amor, aunque

fuese una vez al año. Sí, ¿quién lo sabe mejor que yo? Pero usted era exigente, orgullosa,

insensible, egoísta. Mi amor hubiera sido abnegado… hubiera pisoteado sus miserables

rencores.

Con los ojos ardientes de cólera, simulaba el gesto de aplastar con el pie.

-Mire usted -dijo volviendo a golpearse la cicatriz-. Cuando tuvo ya edad de

comprender lo que había hecho, lo vio y se arrepintió. He sabido cantar para darle gusto,

charlar con él, demostrarle el ardor con que me interesaba por todo lo que hacía; he

podido, con mi perseverancia, llegar a ser lo bastante instruida para agradarle, pues he

tratado de agradarle y lo he conseguido. Cuando su corazón era todavía joven y fiel, me

ha amado, sí, me ha amado. ¡Cuántas veces, cuando acababa de humillarla a usted con

una palabra de desprecio, me ha estrechado a mí contra su corazón!

Hablaba con un orgullo insultante, frenético, pero también con un recuerdo ardiente y

apasionado, de un amor cuyas cenizas dormidas dejaban escapar alguna llama de fuego

más dulce.

-Después he tenido la humillación… hubiera debido esperármelo, si no me hubiera

fascinado con sus ardores de niño…, después he sido para él un juguete, una muñeca, que

servía de pasatiempo a su ocio; la cogía y la dejaba, para divertirse, según el inconstante

humor del momento. Cuando se ha cansado de mí, yo también me he cansado. Cuando ya

no ha pensado en mí, yo no he tratado de recobrar mi poder sobre él; tampoco me hubiese

casado con él aunque me hubieran obligado a ello. Nos hemos separado uno de otro sin

una palabra. Usted quizá lo ha visto, y no le ha disgustado. Desde aquel día sólo he sido

para ustedes dos un mueble insensible, que no tenía ojos ni oídos, ni sentimientos ni recuerdos.

¡Ah! ¿Llora usted? ¿Llora por lo que ha hecho de él? No llore por su amor. Ya le

digo que hubo un tiempo en que yo le amé más de lo que usted le ha amado nunca…

Lanzó una mirada de cólera sobre aquella figura inmóvil, cuyos ojos no parpadeaban, y

no se conmovía con los gemidos repetidos de la madre, que parecían salir de la boca de

una pintura.

-Miss Dartle -le dije-, ¿es posible que tenga el corazón tan duro como para no

compadecer a esta madre afligida…?

-¿Y a mí quién me compadecerá? -repuso con amargura-. Ella ha sembrado lo que

recoge hoy.

-Y si los defectos de su hijo… -empecé.

-¡Los defectos! –exclamó con lágrimas apasionadas-. ¿Quién se atreve a juzgarle mal?

Valía mil veces más que todos los amigos con quienes se encontraba.

-Nadie le ha querido más que yo; nadie conserva de él un recuerdo como el mío. Lo que

quería decir es que, aunque no tuviera usted compasión de su madre; que aun cuando los

defectos del hijo, pues usted tampoco lo ha cuidado mucho…

-Es falso -exclamó, arrancándose sus cabellos negros…-, yo le quería.

-Aun cuando -proseguí- sus defectos no pudieran ser en este momento arrojados de su

recuerdo, al menos debía usted considerar a esta pobre mujer como si no la conociera, y

socorrerla.

Mistress Steerforth no se había movido, no había hecho un gesto. Estaba inmóvil, fría,

con la mirada fija, y continuaba gimiendo de vez en cuando, con un ligero movimiento de

cabeza; pero no daba ninguna otra señal de vida. De pronto, miss Dartle se arrodilló a su

lado y empezó a aflojarle la ropa.

-¡Maldito sea! -dijo, mirándome con una expresión mezclada de rabia y de dolor-.

¡Maldita sea la hora en que vino usted por primera vez aquí! ¡Maldito sea! ¡Váyase!

Después de salir volví a entrar para llamar y avisar a los criados. Tenía en sus brazos la

figura insensible de mistress Steerforth, la abrazaba llorando, la llamaba, la estrechaba

contra su pecho como si hubiera sido su hijo. Y cada vez redoblaba la ternura para atraer

a la vida aquel ser inanimado. Ya no temí dejarlas solas. Volví a bajar sin ruido y avisé a

toda la casa al salir.

Volví por la tarde. Acostamos al hijo en un lecho, en la habitación de su madre. Me

dijeron que ella seguía lo mismo. Miss Dartle no la abandonaba. Los médicos también

estaban a su lado. Habían intentado todos los remedios, pero continuaba en el mismo

estado, siempre como una estatua, dejando oír sólo de vez en cuando el gemido

monótono.

Recorrí aquella casa funesta; cerré todas las ventanas, terminando por las de la

habitación donde «él» descansaba. Levanté su mano helada y la puse sobre mi corazón.

El mundo entero me parecía muerte y silencio, sólo interrumpido por el gemido doloroso

de la madre.

CAPÍTULO XVII

LOS EMIGRANTES

Todavía tenía una cosa más que hacer antes de ceder al choque de aquellas emociones,

y era ocultar, a los que iban a partir, lo que había sucedido, y dejarles emprender el viaje

en una feliz ignorancia. Para esto no había tiempo que perder.

Cogí a míster Micawber aparte aquella noche y le confié el cuidado de impedir que

aquella terrible noticia llegara a míster Peggotty. Se encargó con gusto de ello y me

prometió interceptar todos los periódicos, que sin aquella precaución pudieran

revelárselo.

-Antes de llegar a él -dijo míster Micawber, golpeándose el pecho- sería necesario que

esa triste historia pasara por encima de mi cadáver.

Míster Micawber, desde que trataba de adaptarse a su nuevo estado de sociedad, había

tomado aires de cazador aventurero, si no precisamente en contra de las leyes, al menos a

la defensiva. Hubiera podido tomársele por un hijo del desierto, acostumbrado desde

hacía mucho tiempo a vivir fuera de los confines de la civilización y a punto de volver a

sus desiertos nativos. Se había provisto, entre otras cosas, de un traje completo de hule, y

de un sombrero de paja, de copa muy baja y untado por fuera de alquitrán. Con aquel

traje grosero, y un telescopio común de marinero debajo del brazo, dirigiendo a cada

instante al cielo una mirada de entendido, como si esperase mal tiempo, tenía un aspecto

mucho más náutico que míster Peggotty. Si puedo expresarme así, había preparado para

la acción a toda su familia. Encontré a mistress Micawber con el sombrero más

hermético, más cerrado y más discreto, sólidamente atado bajo la barbilla, y cubierta con

un chal que la empaquetaba como me habían empaquetado a mí en casa de mi tía el día

en que había ido a verla por primera vez. Mistress Micawber, por lo que pude ver,

también se había preparado para hacer frente al mal tiempo, aunque no había nada

superfluo en su vestimenta. A Micawber hijo apenas si se le veía, perdido bajo el traje de

marinero más peludo que he visto en mi vida. En cuanto a los niños, los habían

embalado, como conservas, en estuches impermeables. Míster Micawber y su hijo mayor

tenían las mangas subidas para demostrar que estaban dispuestos a echar una mano en

cualquier parte o a subir al puente y cantar en coro al subir el ancla KYeo… yeo… yeo», a

la voz de mando.

Con este aparejo los encontramos reunidos por la noche, bajo la escalera de madera,

que llamaban entonces «Hungerford Stairs». Vigilaban la salida de una barca que llevaba

parte de su equipaje. Yo había contado a Traddles el cruel suceso, que le había

conmovido dolorosamente; pero se daba cuenta como yo de que convenía guardar el

secreto, y venía a ayudarme en este último servicio. Allí mismo fue donde me llevé a

míster Micawber a solas y obtuve de él aquella promesa.

La familia Micawber se alojaba en un sucio tabernucho, completamente al pie de «

Hungerford Stairs», cuyas habitaciones, de tabiques de madera, avanzaban sobre el río.

La familia de emigrantes excitaba bastante la curiosidad en el barrio, y estuvimos

encantados de poder refugiamos en su habitación. Era precisamente una de esas

habitaciones de madera, por debajo de las cuales sube la marea. Mi tía y Agnes estaban

allí, muy ocupadas, confeccionando algunos vestidos suplementarios para los niños.

Peggotty las ayudaba; tenía delante de sí su vieja caja de labor, con su metro y el pedacito

de cera, que había atravesado sano y salvo tantas vicisitudes.

Me costó mucho trabajo eludir sus preguntas, y todavía más el insinuar en voz baja, y

sin ser observado, a míster Peggotty, que acababa de entrar, que había entregado la carta

y que todo iba bien. Pero por fin lo conseguí, y los pobres eran dichosos. Yo no debía de

estar muy alegre; pero había sufrido bastante personalmente para que a nadie pudiera extrañarle.

-¿Y cuándo se pone el barco a la vela, míster Micawber? -preguntó mi tía.

Míster Micawber juzgo necesario prepárar poco a poco a mi tía o a su mujer para lo que

iba a decirles, y les dijo que sería antes de lo que se esperaba la víspera.

-¡El barco lo habrá avisado, supongo! –dijo mi tía.

-Sí, señora -respondió.

-Y bien –dijo mi tía-, ¿se echa a la mar?

-Señora -respondió él-, estoy informado de que tenemos que estar a bordo mañana, a las

siete de la mañana.

-¿Eh? -dijo mi tía-. ¡Qué pronto! ¿Es eso cierto, míster Peggotty!

-Sí, señora; el barco bajará el río con la próxima marea. Si el señorito Davy y mi

hermana vienen a Gravesen con nosotros, mañana a mediodía nos despediremos.

-Puede usted estar seguro -le dije.

-Hasta entonces, y hasta el momento en que estemos en el mar -dijo míster Micawber

lanzándome una mirada de inteligencia-, míster Peggotty y yo vigilaremos juntos nuestros

equipajes. Emma, amor mío -continuó míster Micawber, tosiendo con la majestad de

costumbre para aclararse la voz-, mi amigo míster Thomas Traddles tiene la bondad de

proponerme en voz baja que le permita encargar todos los ingredientes necesarios para la

composición de cierta bebida, que se asocia naturalmente en nuestros corazones, al rosbif

de la vieja Inglaterra; quiero decir.. ponche. En otras circunstancias yo no me atrevería a

pedir a miss Trotwood y a miss Wickfield… pero…

-Todo lo que puedo decir —contestó mi tía- es que, en cuanto a mí, beberé a su salud y

a su éxito con el mayor gusto, míster Micawber.

-Y yo también -dijo Agnes sonriendo.

Míster Micawber bajó inmediatamente al mostrador y volvió cargado con una olla

humeante. No pude por menos de observar que pelaba los limones con un cuchillo que

tenía, como conviene a un plantador consumado, de lo menos un pie de largo, y que lo

limpiaba con ostentación sanguinaria en la manga de su traje. Mistress Micawber y los

dos hijos mayores estaban también provistos de aquellos formidables instrumentos; en

cuanto a los más pequeños, les habían atado a cada uno, a lo largo del cuerpo, una

cuchara de madera, pendiente de un fuerte cordón. También, para gustar de antemano la

vida de a bordo o de su existencia futura en medio de los bosques, míster Micawber se

complació en ofrecer el ponche a mistress Micawber y a su hija en horribles tacitas de

estaño, en lugar de emplear los vasos que llenaban una mesa. En cuanto a él, nunca había

estado más encantado que aquella noche, bebiendo en su pinta de estaño y volviendo a

guardarla cuidadosamente en el bolsillo al fin de la velada.

-Abandonamos -dijo míster Micawber- el lujo de nuestra antigua patria- y parecía

renunciar a él con la más viva satisfacción, Los ciudadanos de los bosques no pueden

esperar encontrar allí los refinamientos de esta tierra de libertad.

En esto, un chico vino a decir que esperaban abajo a míster Micawber.

-Tengo el presentimiento -dijo mistress Micawber, dejando encima de la mesa su tacita

de estaño- de que debe de ser algún miembro de mi familia.

-Si es así, querida -observó míster Micawber, con su viveza habitual, cuando se trataba

aquel asunto—, como el miembro de tu familia, sea el que sea, hombre o mujer, nos ha

hecho esperar durante mucho tiempo, quizá no le moleste ahora esperar a que yo esté

dispuesto a recibirle.

-Micawber -dijo su mujer en voz baja-, en un momento como este…

-¡No habría generosidad –dijo míster Micawber levantándose-en vengarse de las

ofensas! Emma, reconozco mis culpas.

-Y además no eres tú quien ha sufrido por ello, sino mi familia. Si mi familia se da

cuenta por fin del bien de que se ha privado voluntariamente; si quiere tendernos ahora la

mano de amigos, ¡no la rechacemos!

-Querida mía, que así sea.

-Si no lo haces por ellos, Micawber, hazlo por mí

-Emma -respondió él-, yo no sabría resistir a semejante llamamiento. No puedo

prometerte que saltaré al cuello de los de tu familia; pero el miembro de ella que me

espera abajo no verá enfriarse su ardor por una acogida glacial.

Míster Micawber desapareció y tardaba en volver. Mistress Micawber tenía aprensión

de que hubiera surgido alguna discusión entre él y el miembro de su familia. Por fin, el

mismo chico reapareció, y me presentó una carta escrita con lápiz, con el encabezamiento

oficial: «Heep contra Micawber».

Por aquel documento supe que míster Micawber, al verse detenido de nuevo, había

caído en la más violenta desesperación; me rogaba que le enviase con el muchacho su

cuchillo y su trozo de estaño, que podrían serle útiles en la prisión durante los cortos

momentos que le quedaban de vida. Me pedía también, como última prueba de amistad,

que llevara a su familia al Hospicio de Caridad de la Parroquia y que olvidara que había

existido nunca una criatura con su nombre.

Como es natural, le contesté apresurándome a bajar con el chico para pagar su deuda.

Le encontré sentado en un rincón, mirando con expresión siniestra al agente de policía

que le había detenido. Una vez en libertad, me abrazó con la mayor ternura y se apresuró

a inscribir aquello en su libreta, con algunas notas, donde tuvo buen cuidado, lo recuerdo,

de añadir medio penique, que yo había omitido, por olvido, en el total.

Aquel memorable cuaderno le recordó precisamente otra transacción, como él lo

llamaba. Cuando subimos dijo que su ausencia había sido causada por circunstancias

independientes de su voluntad; después sacó de su bolsillo una gran hoja de papel,

cuidadosamente doblada y cubierta con una larga suma. A la primera ojeada me di cuenta

de que nunca había visto nada tan monstruoso en ningún cuademo de aritmética. Era,

según parece, un cálculo de intereses compuestos sobre lo que él llamaba « el total

principal de cuarenta y una libras, diez chelines, once peniques y medio», para épocas

diferentes. Después de haber estudiado cuidadosamente sus recursos y comparado las

cifras, había llegado a determinar la suma que representaba el todo, interés y principal,

por dos años, quince meses y catorce días, desde esa fecha. Había preparado con su mejor

escritura una nota que entregó a Traddles, dando miles de gracias por encargarse de su

deuda íntegra, como debe hacerse de hombre a hombre.

-Sigo teniendo el presentimiento –dijo míster Micawber moviendo la cabeza con

expresión pensativa- de que encontraremos a nuestra familia a bordo antes de nuestra

partida definitiva.

Míster Micawber, evidentemente, tenía otro presentimiento sobre el mismo asunto;

pero lo metió en su taza de estaño, y se lo tragó todo.

-Si durante el viaje tiene usted alguna ocasión de escribir a Inglaterra, mistress

Micawber -dijo mi tía—, no deje de damos noticias suyas.

-Mi querida miss Trotwood -respondió ella-, seré demasiado dichosa pensando que hay

alguien a quien le interesa saber de nosotros, y no dejaré de escribirle. Míster Copperfield,

que es desde hace tanto tiempo nuestro amigo, espero que no tenga

inconveniente en recibir de vez en cuando algún recuerdo de una persona que le ha

conocido antes de que los mellizos fueran conscientes de su existencia.

Respondí que tendría mucho gusto en tener noticias suyas siempre que tuviera ocasión

de escribirnos.

-Las facilidades no nos faltaran, gracias a Dios -dijo míster Micawber-. El océano ya es

sólo una gran flota, y seguramente encontraremos más de un barco durante la travesía. Es

una diversión este viaje -continuó, cogiendo su telescopio-, una verdadera diversión. La

distancia es imaginaria.

Cuando lo recuerdo no puedo por menos que sonreír. Aquello era muy de míster

Micawber… Antes, cuando iba de Londres a Canterbury, hablaba corno de un viaje al fin

del mundo, y ahora que dejaba Inglaterra para ir a Australia, le parecía que partía para

atravesar la Mancha.

-Durante el viaje probaré a hacerles tener paciencia desgranando mi rosario, y confío

que durante las largas veladas no les molestará oír las melodías de mi hijo Wilkins,

alrededor del fuego. Cuando mistress Micawber tenga ya el pie seguro y no se maree

(perdón por la expresión), ella también les cantará su cancioncita. A cada instante

veremos pasar a nuestro lado tiburones y delfines; a babor como a estribor descubriremos

todo el tiempo cosas llenas de interés. En una palabra -dijo míster Micawber con su

antigua elegancia-, es probable que tengamos a nuestro alrededor tantos motivos de

distracción, que cuando oigamos gritar «¡Tierra!» desde lo alto del gran mástil, nos

quedemos muy sorprendidos.

Y blandió victoriosamente su tacita de estaño, como si ya hubiera efectuado el viaje y

acabara de sufrir un examen de primera clase ante las autoridades marítimas más competentes.

-En cuanto a mí, yo espero sobre todo, mi querido míster Copperfield –dijo mistress

Micawber-, que un día revivamos en nuestra antigua patria la persona de algún miembro

de nuestra familia. No frunzas el ceño, Micawber; no me refiero ahora a mi familia, sino

a los hijos de nuestros hijos. Por vigorosa que pueda ser la rama trasplantada, yo no podré

olvidar el árbol de donde ha salido; y cuando nuestra raza haya llegado a la grandeza y a

la fortuna, confieso que me gustaría que esa fortuna viniera a las arcas de la Gran

Bretaña.

-Querida mía -dijo míster Micawber-, que la Gran Bretaña busque su suerte donde

pueda; yo me veo obligado a decir que, como ella no ha hecho nunca gran cosa por mí,

no me preocupa mucho su suerte.

-Micawber -continuó mistress Micawber-, haces mal. Cuando se parte para un país

lejano, no es para debilitar, sino para fortalecer los lazos que le unen a uno con Albión.

-Los lazos en cuestión, querida mía -repuso míster Micawber-, no me han cargado, lo

repito, de obligaciones personales, para que yo tema lo más mínimo formar otros.

-Micawber -insistió mistress Micawber-, insisto en que estás equivocado; tú mismo no

sabes de lo que eres capaz, Micawber; y por eso yo cuento con fortalecer, aun alejándote

de tu patria, los lazos que lo unen con Albión.

Míster Micawber se sentó en su butaca, con las cejas ligeramente fruncidas; parecía no

admitir más que a medias las ideas de mistress Micawber a medida que las enunciaba,

aunque estuviera profundamente marcado por la perspectiva que abrían ante él.

-Mi querido míster Copperfield –dijo mistress Micawber-, deseo que míster Micawber

comprenda su situación. Me parece extraordinariamente importante que, desde el

momento de nuestro embarque, míster Micawber comprenda su situación. Usted me

conoce lo bastante, míster Copperfield, para saber que yo no tengo la viveza de carácter

de míster Micawber. Yo soy, si se me permite decirlo, una mujer eminentemente práctica.

Sé que vamos a emprender un largo viaje; sé que tendremos que sufrir muchas

dificultades y privaciones; es una verdad demasiado clara. Pero también sé lo que es

míster Micawber; sé mejor que él de todo lo que es capaz. Y por eso considero como de

mucha importancia el que míster Micawber comprenda su situación.

-Querida mía —contestó él-, permíteme que te haga observar que me resulta imposible

darme cuenta de mi situación en el momento actual.

-No soy de esa opinión, Micawber –contestó ella-; al menos, no lo soy por completo.

Mi querido míster Copperfield, la situación de míster Micawber no es como la de todo el

mundo: míster Micawber se va a un país lejano precisamente para hacerse conocer y

apreciar por primera vez en su vida. Yo quiero que míster Micawber se ponga a la proa

del barco y diga con voz segura: «Vengo a conquistar este país. ¿Tenéis honores? ¿Tenéis

riquezas? ¿Tenéis empleos espléndidamente retribuidos? ¡Que me los traigan! ¡Sois

míos!».

Míster Micawber nos lanzó una mirada que quería decir: «Verdaderamente hay mucho

sentido en lo que está diciendo».

-En resumen -dijo mistress Micawber en tono decisivo-, quiero que míster Micawber

sea el César de su fortuna. Así es como yo considero la verdadera situación de míster

Micawber, mi querido míster Copperfield. Deseo que desde el primer día de viaje míster

Micawber se ponga en la proa del barco, diciendo: «¡Basta de retrasos, basta de desEste

documento ha sido descargado de

conciertos, basta de apuros! Eso pasaba en nuestra antigua patria; pero esta es nuestra

patria nueva y me debe una reparación; ¡que nos la dé! ».

Míster Micawber cruzó los brazos con resolución, como si ya estuviera de pie,

dominando la figura que adorna la proa del navío.

-Y si comprende su situación, ¿no tengo razones para decir que fortificará el lazo que le

une con la Gran Bretaña en lugar de debilitarle? ¿Habrá quien pretenda que no llegue

hasta la madre patria la influencia del hombre importante cuyo astro se levantará en otro

hemisferio? ¿Tendré la debilidad de creer que, una vez en posesión del cetro de la fortuna

y del genio en Australia, míster Micawber no será nada en Inglaterra? Yo sólo soy una

mujer; pero sería indigna de mí misma y de papá si tuviera que reprocharme esta absurda

debilidad.

En su profunda convicción de que no había nada que contestar a aquellos argumentos,

mistress Micawber había dado a su tono una elevación moral que yo no le había conocido

antes.

-Y por eso deseo más todavía que podamos volver un día a habitar en la tierra natal.

Míster Micawber llegará a tener (no puedo por menos de creerlo muy probable), míster

Micawber llegará a tener un gran nombre en la historia, y entonces será el momento de

que reaparezca glorioso en el país que le ha visto nacer y que no había sabido apreciar sus

grandes facultades.

-Amor mío -repuso míster Micawber-, no puede por menos que conmoverme tu afecto,

y estoy siempre dispuesto a acatar tu buen juicio. ¡Será lo que tenga que ser! ¡Dios me

libre de querer arrebatar a mi tierra natal la menor parte de las riquezas que podrán un día

acumularse en nuestros descendientes!

-Está bien -dijo mi tía, volviéndose hacia míster Peggotty-; bebo a la salud de todos.

¡Que toda clase de bendiciones y de éxitos los acompañen!

Míster Peggotty soltó a los dos niños, que tenía sobre sus rodillas, y se unió a míster y

mistress Micawber para brindar a nuestra salud; después, los Micawber y él se

estrecharon cordialmente la mano, y al ver la sonrisa que iluminaba el rostro brillante de

míster Peggotty, pensé que él sí que sabría vivir, tener un buen nombre y hacerse querer

por todas, partes donde fuera.

Los niños también tuvieron permiso para meter sus cucharas de palo en la taza de

míster Micawber y unirse al brindis general; después de esto, mi tía y Agnes se levantaron

y se despidieron de los emigrantes. Fue un momento doloroso. Todo el mundo

lloraba; los niños se agarraban a la falda de Agnes, y dejamos al pobre míster Micawber

en un arrebato de violenta desesperación, llorando y sollozando, a la luz de una sola vela,

cuya claridad, vista desde el Támesis, debía de dar a la habitación el aspecto de una pobre

casa.

Al día siguiente por la mañana fui a asegurarme de que habían partido. Habían subido a

la chalupa a las cinco de la mañana, y al ver la pobre casa donde sólo los había visto una

vez, y encontrarle un aspecto triste y desierto, porque se habían ido, comprendí el vacío

que dejan semejantes despedidas.

Por la tarde de aquel día nos dirigimos a Gravesen Peggotty y yo. Encontramos el

barco, rodeado de una multitud de barcas, en medio del río… El viento era bueno; la

bandera de partida flotaba en lo alto del mástil. Alquilé inmediatamente una barca y

subimos a bordo, a través del laberinto confuso del navío.

Míster Peggotty nos esperaba en el puente. Me dijo que míster Micawber acababa de

ser detenido de nuevo (y por última vez) a petición de Heep, y que, según mis instrucciones,

había pagado el total de la deuda, que yo le entregué al momento. Después nos hizo

bajar al entrepuente, y allí se disiparon los temores que yo había podido concebir de que

llegara a saber lo ocurrido en Yarmouth. Míster Micawber se acercó a él, le agarró del

brazo amistosamente y me dijo en voz baja que desde la antevíspera no le había dejado ni

un momento.

Era para mí un espectáculo tan extraño, la oscuridad me parecía tan grande y el espacio

tan angosto. que en el primer momento no me daba cuenta de nada; sin embargo, poco a

poco mis ojos se acostumbraron a aquellas tinieblas, y me creí en el centro de un cuadro

de Ostade. En medio de las vigas y cuerdas del barco se veían las hamacas, las maletas,

los baúles, los barriles, que componían el equipaje de los emigrantes; algunas linternas

iluminaban la escena; más lejos, la pálida luz del día entraba por una escotilla o una

manga de viento. Grupos muy diferentes se apiñaban; hacían nuevas amistades, se

despedían de las antiguas, se hablaba, se reía, se lloraba, se comía, se bebía; algunos

estaban ya instalados en el pedazo de suelo que les correspondía, y se ocupaban en

arreglar sus efectos, colocando a los niños en taburetes o sillitas; otros, no sabiendo

dónde meterse, vagaban de un lado para otro desolados. Había niños que sólo conocían la

vida hacía una semana o dos, y viejos encorvados que parecían no tener más que una

semana o dos de vida por delante. Labradores que llevaban en sus botas tierra del suelo

natal, y herreros cuya piel iba a dar al nuevo mundo una muestra del humo de Inglaterra;

en el poco espacio del entrepuente habían encontrado medio de amontonarse muestras de

todas las edades y estados.

Lanzando una mirada a mú alrededor, me pareció ver, sentada al lado de uno de los

pequeños Micawber, una mujer cuyo aspecto me recordaba a Emily. Otra mujer se

inclinó hacia ella, abrazándola, y después se alejó rápidamente a través de la multitud,

dejándome un vago recuerdo de Agnes. Pero en medio de la confusión general y del

desorden de mis pensamientos, la perdí de vista, y ya sólo vi una cosa: que daban la señal

de dejar el puente a todos los que no partían; que mi buena Peggotty lloraba a mi lado, y

que mistress Gudmige se ocupaba activamente en arreglar las cosas de míster Peggotty,

con la ayuda de una joven vestida de negro, que me volvía la espalda.

-¿Tiene usted algo más que decirme, señorito Davy? -me preguntó míster Peggotty-.

¿No tiene ninguna pregunta que hacerme mientras estamos aquí todavía?

-Una sola -le dije- ¿Martha?…

Tocó el brazo de la joven que había visto a su lado. Se volvió, y era Martha.

-¡Que Dios le bendiga! ¡Es usted el hombre más bueno de la tierra! ¿Se va con ustedes?

Ella me contestó por él deshaciéndose en lágrimas. No pude decir una palabra; pero

estreché la mano de mister Peggotty; y si alguna vez he estimado y querido a un hombre

en el mundo, ha sido a él.

Los que no partían abandonaban el navío. Yo tenía todavía que cumplir mi deber más

penoso. Le dije lo que me había encargado que le repitiera, en el momento de su partida,

el noble corazón que había dejado de latir. Se conmovió profundamente. Pero cuando, a

su vez, me encargó sus afectos y sentimientos para el que ya no podia oírles, estaba yo

más conmovido que él.

Había llegado el momento. Le abracé, cogí del brazo a mi antigua niñera, que lloraba, y

subimos al puente. Me despedí de la pobre mistress Micawber, que continuaba esperando

a su familia con inquietud, y sus últimas palabras fueron para decirme que no

abandonaría nunca a mister Micawber.

Volvimos a bajar a nuestra barca, y a cierta distancia nos, detuvimos para ver al barco

tomar su impulso. El sol se ponía. El navío flotaba entre nosotros y el cielo rojizo; se veía

el menor de sus cables y cuerdas en aquel fondo deslumbrante. Resultaba tan hello, tan

triste, y al mismo tiempo tan alentador, el ver al glorioso barco, inmóvil todavía sobre el

agua débilmente agitada, con todo su cargamento, con todos sus pasajeros reunidos en

multitud en el puente, silenciosos, con las cabezas desnudas. Nunca había visto nada

semejante.

El silencio sólo duró un momento. El viento levantaba las velas; el barco empezó a

moverse; resonaron tres ¡hurras!, salidas de todas las barcas, y, repetidas a bordo, fueron

de eco en eco a morir en la orilla. El corazón se desfallecía a la vista de los pañuelos y de

los sombreros que se movían en señal de adiós, y entonces fue cuando la vi.

La vi, al lado de su tío, todavía temblorosa, estrechándose contra él. Y él nos la

enseñaba. Nos vio, y me envió con la mano un último adiós. ¡Adiós, pobre Emily, bella y

frágil planta arrastrada por la tormenta! ¡Agárrate a él con toda la confianza que lo deje tu

corazón roto, pues él te agarra a ti con toda la fuerza de su inmenso amor!…

Entre los matices sonrosados del cielo, Emily, apoyada en su tío, y él sosteniéndola en

su brazo, pasaron majestuosamente y desaparecieron. Cuando llegamos a la orilla, la noche

había caído sobre las colinas de Kent… y también, tenebrosa, sobre mí.

CAPÍTULO XVIII

AUSENCIA

Fue una noche muy larga y muy tenebrosa, turbada por tantas esperanzas perdidas, por

tantos recuerdos queridos, por tantos errores, por tantas penas.

Dejé Inglaterra sin comprender bien todavía la fuerza del golpe que había sufrido. Dejé

todo lo que me era querido, y me fui. Creía que todo terminaría así. Como cuando un soldado

acaba de recibir un balazo mortal, y todavía no se da cuenta siquiera de que está

herido, yo, solo con mi corazón indisciplinado, tampoco me daba cuenta de la profunda

herida contra la que tenía que luchar.

Por fin fui percatándome, pero poco a poco, lentamente. El sentimiento de desolación

que llevaba al alejarme se hacía a cada instante más profundo. Al principio sólo era un

sentimiento vago y penoso de tristeza y de soledad; pero después fue transformándose

por grados imperceptibles en una pena sin esperanzas por todo lo que había perdido:

amor, amistad, interés; por todo lo que el amor había roto en mis manos: la primera fe, el

primer afecto, el sueño entero de mi vida. Ya no me quedaba nada más que un vasto

desierto, que se extendía a mi alrededor irrompible, hacia el horizonte oscuro.

Si mi dolor era egoísta, yo no me daba cuenta. Lloraba por mi «mujer-niña», arrebatada

tan joven. Lloraba por el que hubiera podido ganar la amistad y la admiración de todos,

igual que había sabido ganarse la mía. Lloraba por el pobre corazón roto que había

encontrado descanso en el mar enfurecido, y por los restos diseminados de aquella casa

donde había oído sonar el viento de la noche cuando yo era niño.

No veía ninguna esperanza de salida a la tristeza, acumulada donde había caído. Iba de

un lado a otro llevando mi pena conmigo. Sentía todo el peso de aquel fardo que me

doblaba, y mi corazón pensaba que nunca podría verse libre de él.

En aquellos momentos de depresión creía que iba a morir. A veces pensaba que por lo

menos quería morir al lado de los míos, y volvía hacia atrás, para estar más cerca. Otras

veces continuaba mi camino a iba de pueblo en pueblo, persiguiendo no sé qué ante mí y

queriendo dejar detrás tampoco sé el qué.

Me sería imposible describir una a una todas las fases de tristeza por las que pasé en mi

desesperación. Hay sueños de esos que no podrían describirse más que de una manera

vaga e imperfecta, y cuando trato de recordar aquella época de mi vida, me parece que es

un sueño de esos, que me viene a la memoria. Veo de pasada ciudades desconocidas,

palacios, catedrales, templos, cuadros, castillos y tumbas; calles fantásticas, todos los

viejos monumentos de la historia y de la imaginación. Pero no los veo, los sueño,

llevando siempre mi penosa carga y dándome cuenta apenas de los objetos que pasan y

desaparecen. No ver nada, no oír nada, únicamente absorto en mi dolor, esa fue la noche

que cayó sobre mi corazón indisciplinado. Pero salgamos de ello, como yo terminé por

salir, a Dios gracias… Ya es hora de sacudir este largo y triste sueño.

Durante muchos meses viaje así, con una nube oscura en el espíritu. Razones

misteriosas parecían impedirme tomar el camino de mi casa y animarme a proseguir mi

peregrinación. Tan pronto iba de un sitio a otro, sin detenerme en ninguna parte, como

permanecía mucho tiempo en el mismo lugar, sin saber por qué. No tenía sentido. Mi

espíritu no encontraba sostén en ninguna parte.

Estaba en Suiza; había salido de Italia atravesando los Alpes, y erraba con un guía por

los senderos apartados de las montañas. No sé si aquellas soledades majestuosas hablaban

a mi corazón; pero había algo maravilloso y sublime para mí en aquellas alturas

prodigiosas, en aquellos precipicios horribles, en aquellos torrentes que rugían, en

aquellos caos de nieve y de hielo… Fue lo único de que me di cuenta.

Una tarde, antes de la puesta de sol, bajaba al fondo de un valle, donde pensaba pasar la

noche. A medida que seguía el sendero alrededor de la montaña desde donde acababa de

ver al sol muy por encima de mí, creí sentir el placer de lo bello y el instinto de una

felicidad tranquila despertarse en mí bajo la dulce influencia de aquella paz y reanimar en

mi corazón una llama de aquellas emociones desde hacía tanto tiempo olvidadas.

Recuerdo que me detuve con una especie de tristeza en el alma, que ya no se parecía al

agotamiento de la desesperación. Recuerdo que estuve a punto de creer que podía

operarse en mí algún cambio feliz.

Bajé al valle en el momento en que el sol doraba las cimas, cubiertas de nieve, que iban

a ocultarle como una nube eterna. La base de las montañas que formaban la garganta

donde se encontraba el pueblo era de fresca vegetación, y por encima de aquel alegre

verdor crecían los sombríos bosques de pinos, que cortaban la nieve, sosteniendo las

avalanchas. Más arriba se veían las rocas grisáceas, los senderos, los hielos, y pequeños

oasis de pastos, que se perdían en la nieve que coronaba la cima de los montes. Aquí y

allí, en las laderas, se veían puntos en la nieve, y cada punto era una casa. Todos aquellos

hoteles solitarios, aplastados por la grandeza sublime de las cimas gigantescas que los

dominaban, parecían de juguete. Lo mismo ocurría con el pueblo, agrupado en el valle,

con su puente de madera sobre el arroyo, que caía en cascada y corría con ruido en medio

de los árboles. A lo lejos, en la calma de la tarde, se oía una especie de canto: eran las

voces de los pastores; y viendo una nube, deslumbrante con el fuego del sol, que se

ponía, casi me pareció que salían de ella los acentos de aquella música serena que no es

de la tierra. De pronto, en medio de aquella grandeza imponente, la voz, la gran voz de la

naturaleza me habló. Dócil a su influencia secreta, apoyé en el musgo mi cabeza fatigada

y lloré, pero como no había llorado desde la muerte de Dora.

Algunos momentos antes había encontrado un paquete de cartas que me esperaban, y

había salido del pueblo para leerlas mientras me preparaban la comida. Otros paquetes se

habían perdido, y no había recibido nada hacía mucho tiempo. Aparte de alguna línea

diciendo que estaba bien y que había llegado aquí o allá, yo no había tenido fuerzas para

escribir ni una sola carta desde mi partida.

Tenía el paquete en las manos y lo abrí. La letra era de Agnes.

Era dichosa, como nos había asegurado, al sentirse útil. Y tenía éxito sin esfuerzo,

como había esperado. Era todo lo que me hablaba de ella. Después hablaba de mí.

No me daba consejos, no me hablaba de mis deberes; me decía únicamente, con su

fervor acostumbrado, que tenía confianza en mí. Me decía que sabía que con mi carácter

no dejaría de sacar una lección saludable de la pena que me había tocado. Que sabía que

las pruebas y el dolor no harían más que elevar y fortificar mi alma. Estaba segura de que

ahora daría a mis trabajos un fin más noble y más firme. Se alegraba de la fama que ya

tenía mi nombre, y esperaba con impaciencia los éxitos que todavía lo ilustrarían, pues

estaba segura de que continuaría trabajando. Sabía que a mi corazón, como a todos los

corazones buenos y elevados, la aflicción les da fuerzas. Del mismo modo que las

desgracias de mi infancia habían hecho de mí lo que ya era, las desgracias mayores,

agudizando mi valor, me harían todavía mejor para que pudiera transmitir a los demás, en

mis libros, todo lo que yo había aprendido. Me encomendaba a Dios, que había acogido

en su reposo a mi inocente tesoro; me repetía que me quería siempre como una hermana y

que su pensamiento me seguía por todas partes, orgullosa de lo que había hecho e

infinitamente más orgullosa todavía de lo que estaba destinado a hacer.

Guardé la carta en mi pecho, y pensé en lo que era una hora antes. Cuando escuchaba

las voces lejanas, y veía las nubes de la tarde tomar un tinte más sombrío, y todos los

matices del valle borrarse, la nieve dorada de las cumbres se confundía con el cielo pálido

de la noche, y sentí la noche de mi alma pasar, y desvanecerse con aquellas sombras y

aquellas tinieblas. El amor que sentía por ella no tenía nombre; más querida para mí de lo

que lo había sido nunca…

Releí muchas veces su carta, y le escribí antes de acostarme. Le dije que había

necesitado mucho su ayuda; que sin ella no sería ni hubiera sido nunca lo que me decía,

pero que ella me daba la ambición de serlo y el valor de intentarlo.

Lo intenté, en efecto. Faltaban tres meses para que hiciera un año de mi desgracia.

Decidí no tomar ninguna resolución antes de que expirase aquel plazo, y, en cambio,

tratar de responder a la estimación de Agnes. Aquel tiempo lo pasé todo en el valle en

que estaba y en sus alrededores.

Transcurridos los tres meses decidí permanecer todavía durante cierto tiempo lejos de

mi país, y establecerme por de pronto en Suiza, que se me había hecho querida por el recuerdo

de aquella tarde. Después volví a tomar la pluma y a ponerme al trabajo.

Seguía humildemente los consejos de Agnes; interrogaba a la naturaleza, a quien nunca

se la interroga en vano; ya no rechazaba lejos de mí los afectos humanos. Pronto tuve casi

tantos amigos en el valle como los había tenido en Yarmouth, y cuando los dejé, en el

otoño, para ir a Ginebra, y cuando volví a encontrarlos en la primavera, su sentimiento y

su acogida me llegaban al corazón, como si me lo dijeran en mi lengua.

Trabajé mucho y con paciencia. Me ponía temprano y me quitaba tarde. Escribí una

historia triste, con un asunto no muy alejado de mi desgracia, y la envié a Traddles, que

gestionó su publicación, de una manera muy ventajosa para mis intereses; y el ruido de

mi reputación creciente llegó hasta mí con los viajeros que encontraba en mi camino.

Después de haberme distraído y descansado un poco, volví a ponerme al trabajo con mi

antiguo ardor sobre un nuevo asunto de ficción. A medida que avanzaba en aquella tarea

me apasionaba más y ponía en ella toda mi energía. Era mi tercer trabajo de ficción.

Había escrito, poco más o menos, la mitad cuando en un intervalo de reposo pensé en

volver a Inglaterra.

Desde hacía mucho tiempo, sin perjudicar a mi trabajo paciente, me había dedicado a

ejercicios robustos. Mi salud, gravemente alterada cuando dejé Inglaterra, se había restablecido

por completo. Había visto mucho, había viajado mucho, y creo que había

aprendido algo en mis viajes.

Ahora ya he contado todo lo que me parecía necesario decir sobre esta larga ausencia…

Sin embargo, he hecho una reserva. La he hecho; pero no porque tuviera intención de

callar ni uno solo de mis pensamientos, pues, ya lo he dicho, estas son mis memorias;

pero he querido guardar para el fm este secreto envuelto en el fondo de mi alma. Ahora

llego a él.

No consigo entrar por completo en este misterio de mi propio corazón, y, por lo tanto,

no puedo decir en qué momento empecé a pensar que hubiera podido hacer a Agnes el

objeto de mis primeras y más queridas esperanzas. No puedo decir en qué época de mi

pena empecé a pensar que en mi despreocupada juventud había arrojado lejos de mí el

tesoro de su amor. Quizás había cogido algún murmullo de este lejano pensamiento cada

vez que había tenido la desgracia de sentir la pérdida o la necesidad de ese algo que no

debía nunca realizarse y que faltaba a mi felicidad. Pero era un pensamiento que no había

querido acoger, cuando se había presentado, más que como un sentimiento mezclado de

reproches para mí mismo, cuando la muerte de Dora me dejo triste y solo en el mundo.

Si en aquella época hubiera estado yo cerca de Agnes, quizá, en mi debilidad, hubiese

traicionado aquel sentimiento íntimo. Y ese fue al principio el temor vago que me

empujaba lejos de mi país. No me hubiera resignado a perder la menor parte de su afecto

de hermana, y mi secreto, una vez escapado, hubiera puesto entre nosotros una barrera

hasta entonces desconocida.

Yo no podía olvidar la clase de afecto que ella tenía ahora por mí y que era obra mía;

pues si ella me había querido de otro modo, y a veces pensaba que quizá fuera así, yo la

había rechazado. Cuando éramos niños me había acostumbrado a considerarla como una

quimera, y había dado todo mi amor a otra mujer. No había hecho lo que hubiese podido

hacer; y si Agnes hoy era para mí lo que era, una hermana y no una amante, yo lo había

querido, y su noble corazón había hecho lo demás.

Al principio del cambio que gradualmente se operaba en mí, cuando ya empezaba a

reconocerme y observarme, pensaba que quizá algún día, después de una larga espera,

podría reparar las fuerzas del pasado; que podría tener la felicidad indecible de casarme

con ella. Pero, al transcurrir, el tiempo se llevaba aquella lejana esperanza. Si me había

amado, ¿no debía ser todavía más sagrada para mí recordando que había recibido todas

mis confidencias? ¿No se había sacrificado para llegar a ser mi hermana y mi amiga? Y

si, por el contrario, nunca me había amado, ¿podría esperar que me quisiera ahora? ¡Me

había sentido siempre tan débil en comparación con su constancia y su valor! Y ahora lo

sentía todavía más, Y aunque antes hubiera sido digno de ella, ya había pasado aquel

tiempo. La había dejado huir lejos de mí, y me merecía el castigo de perderla.

Sufrí mucho en aquella lucha; mi corazón estaba lleno de tristeza y de remordimientos,

y, sin embargo, sentía que el honor y el deber me obligaban a no it a ofrecer a una persona

tan querida mis esperanzas desvanecidas, después de que por un capricho frívolo las

había llevado a otro lado cuando estaban en toda su frescura y juventud. No trataba de

ocultarme que la quería, que la quería para siempre; pero me repetía que era demasiado

tarde para poder cambiar en nada nuestras relaciones mutuas.

Había reflexionado mucho en lo que me decía mi Dora, cuando me hablaba en sus

últimos momentos, de lo que nos hubiese ocurrido si hubiéramos tenido que pasar más

tiempo juntos; había comprendido que a veces las cosas que no suceden producen sobre

nosotros tanto efecto como las que suceden en realidad. Aquel porvenir de que ella se

asustaba por mí era ahora una realidad que el cielo me enviaba para castigarme, como lo

hubiese hecho antes o después, aun al lado suyo, si la muerte no nos hubiera separado

antes. Traté de pensar en todos los resultados felices que hubiera producido en mí la

influencia de Agnes para ser más animoso y menos egoísta, más atento a velar sobre mis

defectos y a corregir mis errores. Y así, a fuerza que pensar en lo que hubiera podido ser,

llegué a la convicción sincera de que aquello no sería nunca.

Esta era la arena movediza de mis pensamientos, las perplejidades y dudas en que pasé

los tres años transcurridos desde mi partida hasta el día en que emprendí mi regreso a la

patria. Sí; hacía tres años que el barco cargado de emigrantes se había echado a la mar, y

tres años después, a la misma hora, en el mismo sitio, a la puesta de sol, estaba yo de pie

en el puente del barco que me traía a Inglaterra, con los ojos fijos en el agua matizada de

rosa, donde había visto reflejarse la imagen de aquel barco.

Tres años. Es mucho tiempo en un sentido, aunque sea corto en otro. Y mi país me

resultaba muy querido, y Agnes también… pero no era mía… nunca sería mía… Eso

hubiese podido ser; pero ya había pasado el tiempo…

CAPÍTULO XIX

REGRESO

Desembarqué en Londres, en una tarde fría de otoño. Estaba oscuro y lluvioso, y en un

momento vi más niebla y barro que los que había visto en un año. Por no encontrar coche,

fui a pie desde Custom House hasta el Monument; y mirando las fachadas de las

casas y las hinchadas goteras, que eran como viejas amigas mías, no podía por menos que

pensar que eran unas amigas algo sucias.

He notado a menudo (y supongo que a mucha gente le habrá ocurrido otro tanto) que el

marcharse uno de un sitio que le es familiar parece ser la señal para que ocurran en él muchos

cambios. Mirando por la ventanilla del coche observé que una vieja casa de

Fish-Street Hill, que seguramente no había visto, desde hacía un siglo, pintores,

carpinteros ni albañiles, la habían derribado durante mi ausencia, y que una calle cercana,

célebre por su insalubridad y mal estado, había sido dragada y ensanchada. ¡Casi

esperaba encontrarme la catedral de Saint Paul envejecida!

También estaba preparado para encontrar cambios de fortuna en mis amigos. Hacía

tiempo que mi tía había vuelto a establecerse en Dover, y Traddles había empezado a

tener, poco tiempo después de mi marcha, cierto nombre como abogado. Ahora ocupaba

unas habitaciones en Gray’s Inn, y me había dicho en sus últimas cartas que tenía ciertas

esperanzas de unirse en breve a la chica más encantadora del mundo.

Me esperaban en casa antes de Navidad; pero no creían que volviera tan pronto. Los

había engañado a propósito, para tener el gusto de sorprenderlos. Y, sin embargo, era tan

injusto, que sentía un escalofrío de disgusto al no verme esperado por nadie, y rodaba

solo y silencioso entre las sombrías calles.

Las tiendas tan conocidas, con sus alegres luces, me animaron algo, y cuando me apeé

en la puerta del café de Gray’s Inn recobré mi buen humor. Al principio recordé aquellos

tiempos tan diferentes, cuando dejé Golden Cross, y los cambios que habían acaecido

desde entonces; pero aquello era natural.

-¿Sabe usted dónde vive míster Traddles? -le pregunté al camarero, mientras me

calentaba en la chimenea del café.

-Holtom Court, señor, número dos.

-¿Creo que míster Traddles empieza a tener una fama cada vez mayor entre los

abogados? -dije.

-Es posible -contestó el camarero-; pero yo no estoy enterado.

Este camarero, de edad madura y flaco, pidió ayuda a otro de más autoridad (hombre

fuerte, con gran papada, vestido de calzón corto negro), que se levantaba de un sitio que

parecía un banco de sacristía, en el fondo del café, donde estaba en compañía de la caja,

del libro de direcciones y de otros libros y papeles.

-Míster Traddles -dijo el camarero flaco-, número dos en la Court.

El majestuoso camarero le hizo seña con la mano de que podía retirarse, y se volvió

gravemente hacia mí.

-Preguntaba -dije yo- si míster Traddles, que vive en el número dos, en Court, no tiene

una fama cada vez mayor entre los abogados.

-Nunca he oído su nombre -dijo el camarero, con una hermosa voz de bajo.

Me sentí humillado, por Traddles.

-Será muy joven seguramente -dijo el portentoso camarero fijando sus ojos severamente

en mí-. ¿Cuánto tiempo hace que ejerce?

-No más de tres años –dije yo.

El camarero, que yo suponía que hacía cuarenta años que vivía en su banco de sacristía,

no podía interesarse por un asunto tan insignificante, y me preguntó qué quería para

comer.

Me sentía en Inglaterra otra vez, y estaba realmente triste por lo que había oído de

Traddles. No tenía suerte. Pedí con timidez un poco de pescado y un bistec, y me quedé

de pie delante del fuego, meditando sobre la oscuridad de mi pobre amigo.

Seguía al camarero con mis ojos, y no podía dejar de pensar que el jardín en que había

florecido aquella planta era un sitio difícil para crecen Tenía un aire tan tieso, tan antiguo,

tan ceremonioso, tan solemne. Miré alrededor de la habitación, cuyo suelo habían

cubierto de arena, sin duda del mismo modo que se hacía cuando el camarero mayor era

un niño, si alguna vez lo fue, lo cual me parecía dudoso. Y miré a las mesas relucientes,

en las que me veía reflejado en el mismo fondo de la antigua caoba; y a las lámparas, sin

una sola raja en sus colgajos tan limpios; y a los confortables cortinajes verdes, con sus

pulimentadas anillas de cobre, cerrando cuidadosamente cada departamento; y a las dos

grandes chimeneas de carbón que ardían resplandecientes; y a las filas de jarras

jactanciosas, como demostrando que en la cueva no costaba trabajo encontrar viejas

barricas poseedoras de buen vino de Oporto; y me decía que, en Inglaterra, tanto la fama

como el foro eran muy difíciles de ser tomados por asalto. Subí a mi dormitorio para

mudar mis ropas húmedas, y la espaciosa habitación de viejo entarimado (que recuerdo

que estaba encima del paseo de arcos que daba a Inn), y la apacible inmensidad del lecho

de cuatro columnas, y la indomable gravedad de los ventrudos cajones, todo, parecía

cernirse austeramente sobre la fortuna de Traddles o de cualquier aventurada juventud.

Bajé otra vez a comer, y la misma solemnidad de la comida y el ordenado silencio del

establecimiento, vacío de clientes, pues no habían terminado aún las vacaciones, parecía

condenar con elocuencia la audacia de Traddles y de sus pequeñas esperanzas, que

todavía tendrían que esperar lo menos veinte años.

No había visto nada parecido desde que me fui, y mis esperanzas por mi amigo se

desvanecieron.

El camarero mayor se había cansado de mí, y se puso a las órdenes de un viejo

caballero de altas polairias, para el cual pareció surgir de la bodega una botella especial

de Oporto, pues él no había dado ninguna orden. El camarero segundo me confirmó, en

un susurro, que aquel señor estaba retirado de los negocios, que vivía en el Square y que

tenía una gran fortuna, que esperaban dejaría a una hija de su lavandera; se murmuraba

también que tenía en su oficina un servicio de plata muy estropeado por el desuso,

aunque jamás ojos humanos vieron en su casa más que una cuchara y un tenedor

desparejados.

Entonces pensé que Traddles estaba perdido y que no había esperanza para él. Sin

embargo, como tenía muchas ganas de ver a mi viejo y querido amigo, despaché mi

comida de manera nada apropiada, para confirmar la opinión del camarero mayor, y me

apresuré a salir por la puerta trasera. Pronto llegué al número dos de Court. Una

inscripción en la puerta de entrada me informó de que míster Traddles ocupaba varias

habitaciones en el último piso. Subí la escalera. Una escalera destartalada, débilmente

iluminada en cada descansillo por un quinqué ahumado, que se moría en una jaula de

cristal sucio.

En mi ascensión precipitada me pareció oír el sonido agradable de una risa, y no la risa

de un procurador o abogado, ni de un estudiante de procurador ni de abogado, sino la risa

de dos o tres alegres muchachas. Al paranne a escuchar puse el pie en un agujero donde

la Honorable Sociedad de Gray’s Inn había olvidado poner madera, y me caí, con bastante

estrépito; al levantarme había cesado el ruido.

El resto de mi ascensión la hice con más cuidado; y mi corazón palpitaba con fuerza,

cuando encontré abierta una puerta exterior en que se leía: «Míster Traddles». Llamé. Se

oyó un gran alboroto en el interior, pero nada más. Llamé otra vez.

Un chico de mirada viva, medio recadero y medio empleado, que estaba muy sofocado,

pero que me miró como para desafiarme legalmente con arrogancia, se presentó:

-¿Está míster Traddles en casa? –dije yo.

-Sí, señor; pero está ocupado.

-Deseo verle.

Después de un momento de inspección, el chiquillo de mirada viva decidió dejarme

entrar, y abriendo más la puerta, me introdujo primero en un pequeño vestíbulo y después

en un gabinete, donde me encontré en presencia de mi viejo amigo (igualmente

sofocado), sentado delanté de una mesa a inclinado sobre unos papeles.

-¡Cielos! -exclamó Traddles levantando los ojos, ¡Si es Copperfiedl!

Y se precipitó en mis brazos, donde le estreché fuertemente.

-¿Va todo bien, mi querido Traddles?

-Todo va bien, mi queridísimo Copperfield, y sólo tengo buenas noticias que darle.

Los dos llorábamos de placer.

-Mi querido amigo -dijo Traddles mesándose los cabellos en su excitación, cosa

completamente innecesaria-; mi queridísimo Copperfield, ¡cuánto tiempo que no lo había

visto! Y bien, amigo mío, ¡cuánto me alegra verte! ¡Qué moreno estás! ¡Qué feliz soy! Te

juro por mi honor y por mi vida que nunca me he regocijado tanto, mi querido Copperfield,

¡nunca!, ¡nunca!

Por mi parte, tampoco podía expresar mi emoción. Al principio era incapaz de hablar.

-¡Mi querido Copperfield, que ha adquirido una fama tan grande! -continuó Traddles-.

¡Mi glorioso Copperfield! ¡Cielo santo! Pero ¿cuándo has venido? ¿De dónde sales?

¿Qué has estado haciendo?

Sin esperar contestación a nada de lo que decía, Traddles, que me había instalado en un

butacón, avivaba el fuego con una mano y me tiraba de la corbata con la otra, creyendo,

sin duda, que era el abrigo. Sin soltar la tenaza, me abrazaba, y yo le abrazaba también; y

ambos, riéndonos y secándonos los ojos, nos sentamos y nos estrechamos las manos por

encima de la chimenea.

-¡Pensar -dijo Traddles- que estaba tan cercana tu vuelta y que no has asistido a la

ceremonia!

-¿A qué ceremonia, mi querido Traddles?

-Pero ¡cómo! –dijo Traddles abriendo los ojos, segun su costumbre-, ¿no has recibido

mi última carta?

-Desde luego que no, si se refería a una ceremonia.

-¡Cómo, mi querido Copperfield! –dijo Traddles agarrándose el pelo con las dos manos

y apoyándolas luego en mis rodillas-. ¡Me he casado!

-¡Casado! –exclamé alegremente.

-Dios me bendiga, sí –dijo Traddles-. El reverendo Horace me casó con Sofía, en

Devonshire. Pero, chico, ¡si la tienes ahí detrás de la cortina de la ventana! ¡Mira!

Con gran sorpresa mía, «la chica más encantadora del mundo» salió de su escondite,

riéndose y enrojeciendo. La más deliciosa, amable, dichosa; la más resplandeciente novia

que jamás vio el mundo, según creo que le dije a Traddles. La besé como un antiguo

amigo, y le deseé felicidades con todo mi corazón.

-¡Dios mío! -dijo Traddles-. ¡Qué reunión más encantadora! Estás morenísimo, querido

Copperfield. ¡Bendito sea Dios, qué contento estoy!

-Y yo también –dije.

-Lo mismo digo -exclamó Sofía enrojeciendo y riendo.

-Somos todo lo felices que se puede ser -dijo Traddles-. Hasta las chicas son dichosas;

por cierto que me olvidaba de ellas.

-¿Olvidado? -dije.

-Sí; las chicas –dijo Traddles-, las hermanas de Sofía. Están con nosotros; han venido a

dar una vuelta por Londres. El hecho es que cuando… ¿Eras tú el que dabas traspiés por

las escaleras, Copperfield?

-Sí, yo era -dije riendo.

-Pues entonces, cuando ibas dando tumbos por las escaleras -dijo Traddles-, yo estaba

jugando con las chicas; especifiquemos: jugábamos al escondite. Pero como esto no se

debe hacer en Westminster Hall, pues no parecería correcto si lo viera un cliente, se

marcharon, y ahora, sin duda, están escuchando –dijo Traddles, echando una mirada a la

puerta de otro cuarto.

-Siento mucho -dije riéndome de nuevo- el haber ocasionado esa dispersión.

-Ni una palabra -añadió Traddles encantado-; si las hubieras visto escaparse y volver

otra vez, después de que llamaste, a coger las peinetas, que se les habían caído del pelo, y

marcharse como locas, no hubieses dicho eso. Querida mía, ¿quieres ir a buscarlas?

Sofía salió corriendo, y oímos que en el cuarto contiguo la recibían con risotadas.

-Verdaderamente musical, ¿no te parece, mi querido Copperfield? -dijo Traddles-. Es

muy agradable de oír. Ilumina por completo estas habitaciones, ¿sabes? Para un

desdichado bachiller, que ha vivido solo toda su vida, es verdaderamente delicioso; es

encantador. ¡Pobres chicas! Han tenido una pérdida tan grande con Sofía, la cual, te lo

aseguro Copperfield, es y será siempre la muchacha más encantadora; y me alegro mucho

más de lo que puedo expresar al verlas de tan buen humor. La compañía de muchachas es

una cosa deliciosa, Copperfield. No es propio de la profesión; pero es realmente

delicioso.

Viendo que tartamudeaba, y comprendiendo que, en la bondad de su corazón, temía

haberme ocasionado alguna pena con lo que había dicho, me apresuré a tranquilizarle con

una sinceridad que evidentemente le alivió y le agradó mucho.

-Pero, a decir verdad –dijo Traddles-, nuestros arreglos domésticos están por completo

en desacuerdo, mi querido Copperfield. Hasta la estancia de Sofía aquí está en desacuerdo

con el decoro de la profesión; pero no tenemos otro domicilio. Nos hemos

embarcado en un bote y estamos dispuestos a no quejamos. Y Sofía es una extraordinaria

administradora. Te asombraría ver cómo ha instalado a estas chicas. Apenas si yo mismo

sé cómo lo ha hecho.

-¿Y cuántas tienes aquí? -pregunté.

-La mayor, la Belleza, está –dijo Traddles en tono confidencial-; Carolina y Sarah

están, ¿sabes?, aquella que lo decía que tenía algo en la espina dorsal; está muchísimo

mejor; y las dos más jóvenes, que Sofía educó, también están con nosotros. ¡Ah!, también

Luisa está aquí.

-¿De verdad? –exclamé.

-Sí –dijo Traddles-. Ahora bien; toda la casa (quiero decir las habitaciones) no son más

que tres; pero Sofía las ha arreglado, las ha instalado del modo más maravilloso, y

duermen lo más cómodamente posible. Tres en ese cuarto –dijo Traddles señalando- y

tres en este otro.

No pude por menos que lanzar una mirada a mi alrededor buscando dónde podrían

acomodarse míster y mistress Traddles. Traddles me comprendió.

-Como acabo de decirte, estamos dispuestos a no quejarnos de nada -dijo Traddles-, y

así, la semana pasada improvisamos una cama aquí, en el suelo. Pero hay un cuartito

debajo del tejado, un cuarto muy mono una vez que se ha llegado a él, que la misma Sofía

ha acondicionado para darme una sorpresa y que es ahora nuestro dormitorio. Es como un

cuchitril de gitanos, pero tiene unas vistas muy hermosas.

-Por fin, mi querido Traddles, estás casado -dije’. ¡Cómo me regocija!

-Gracias, gracias, Copperfield –dijo Traddles, mientras nos estrechábamos una vez más

la mano-; soy tan feliz como no se puede ser más. Aquí tienes a tu antiguo amigo, ya ves

-me dijo Traddles mostrándome con aire triunfante el florero y el velador-, y ahí tienes la

mesa de mármol; todos los demás muebles son sencillos y útiles, como puedes ver. Y en

cuanto a plata, no tenemos ni siquiera una cucharilla.

-¡Ya irá ganándose todo! –dije alegremente.

-Eso es –contestó Traddles-: hay que ganarlo.

-Cucharillas para mover el té no nos faltan; pero son de metal inglés.

-Así la plata brillará más cuando la tengáis –dije.

-Eso mismo decimos nosotros –exclamó Traddles-. Ya ves, mi querido Copperfield

-prosiguió hablándome otra vez en tono confidencial-; después de aquel proceso en el

Tribunal de Doctores, que fue muy provechoso para mi carrera, fui a Devonshire y tuve

algunas serias conversaciones en privado con el reverendo Horace. Me apoyaba en el

hecho de que Sofía, que, como aseguro, Copperfield, es la muchacha más encantadora…

-Estoy convencido de ello -interrumpí.

-Lo es, ya lo creo -repitió Traddles-. Pero temo haberme alejado del asunto. Creo que te

estaba hablando del reverendo Horace.

-Has dicho que lo apoyabas en el hecho…

-¡Ah, sí! En el hecho de que Sofía y yo habíamos estado en relaciones mucho tiempo y

en que, en una palabra, Sofía, con el permiso de sus padres, estaba muy contenta de casarse

conmigo –dijo Traddles con su franca sonrisa de siempre-. Esto es, dispuesta a

casarse con el metal inglés corriente. Muy bien. Entonces propuse al reverendo Horace

(que es un hombre excelente, Copperfield, y merecía ser obispo, o, por lo menos, debiera

tener lo suficiente para vivir sin verse en apuros) que si podía reunir doscientas cincuenta

libras en un año, con la esperanza para el año siguiente de hacer alguna cosa más, y

además amueblar un sitio pequeño como este, nos uniera a Sofía y a mí. Me tomé la

libertad de demostrarle que habíamos sido pacientes durante muchos años y que la

circunstancia de que Sofía era extraordinariamente útil en su casa no tenía que ser una razón

para que sus queridos padres se opusieran a que su hija se estableciera en la vida.

¿Comprendes?

-Claro que no debían oponerse -dije.

-Me alegro de que pienses así, Copperfield -prosiguió Traddles-; porque sin hacer el

menor reproche al reverendo Horace, yo creo que padres, hermanos y demás son a veces

muy egoístas en estos casos. También hice notar que mi mayor deseo era ser útil a la

familia, y que si tenía éxito en el mundo y, por desgracia, le ocurriera alguna cosa (me

refiero al reverendo Horace)…

-Ya entiendo -dije.

-O a mistress Crewler… mis deseos eran ser un padre para sus hijas. Me contestó de un

modo admirable, halagando mucho mis sentimientos, y me prometió obtener el

consentimiento de mistress Crewler para este arreglo, Les costó mucho trabajo

convencerla. Le subía desde las piernas hasta el pecho y de ahí a la cabeza…

-¿Qué es lo que le subía? -pregunté.

-La pena —contestó Traddles seriamente-. Sus sentimientos en general. Como ya te

dije en cierta ocasión, es una mujer muy superior; pero ha perdido el use de sus

miembros. Cualquier cosa que le preocupe le ataca generalmente a las piernas; pero en

esta ocasión le subió al pecho y luego a la cabeza; de manera que se le alteró todo el

sistema de un modo muy alarmante. Sin embargo, consiguieron curarla, colmándola de

atenciones cariñosas, y nos casamos hace seis semanas. No puedes figurarte, Copperfield,

qué monstruo me sentí cuando vi llorar y desmayarse a toda la familia. Mistress Crewler

me pudo ver antes de partir; no me perdonaba el haberle arrebatado a su hija; pero como

es una buena persona, por fin se le ha pasado. He tenido de ella una carta encantadora

esta mañana.

-Y, en resumidas cuentas, mi querido amigo —dije-, te sientes tan dichoso como

merecías serlo.

-¡Oh! En eso eres muy parcial -dijo Traddles riéndose-; pero, en realidad, no me

cambio por nadie. Trabajo mucho y leo Derecho sin saciarme. Me levanto a las cinco

todas las mañanas, y no me cuesta trabajo. Durante el día tengo escondidas a las chicas, y

por las noches nos divertimos juntos. Te aseguro que me da mucha pena que se marchen

el jueves, que es la víspera del primer día de Michaelmas Term. Pero aquí están las

muchachas –dijo Traddles, dejando el tono confidencial y hablando alto-. Míster

Copperfield: miss Crewler, miss Sarah, miss Louisa, Margaret, Lucy. Parecían un ramo

de rosas, tan frescas y tan sanas estaban.

Eran todas muy monas, y miss Caroline, muy guapa; pero en la mirada brillante de

Sofía había una expresión tan tierna, tan alegre y tan serena, que valía más que todo y que

me aseguraba que mi amigo había elegido bien. Nos sentamos alrededor de la chimenea,

mientras el chico, de aire travieso, cuya sofocación adivinaba yo ahora que había sido

ocasionada por el arreglo precipitado de los papeles, se apresuraba a quitarlos de encima

de la mesa para reemplazarlos por el té. Después de esto, se retiró, cerrando la puerta de

un portazo. Mistress Traddles, cuyos ojos brillaban de contenta, después de hacer el té se

puso tranquilamente a tostar el pan, sentada en un rincón, al lado de la chimenea.

Mientras se dedicaba a aquella operación me dijo que había visto a Agnes. «Tom» la

había llevado a Kent, a una boda, y allí había visto también a mi tía; las dos estaban muy

bien y no hablaron más que de mí.

Me dijo que «Tom» me había tenido presente en sus pensamientos todo el tiempo que

estuve fuera. «Tom» era una autoridad en todo. «Tom» era evidentemente el ídolo de su

vida, y ninguna conmoción podría hacerle vacilar en su pedestal, siempre creyendo en él

y reverenciándole con toda la fe de su corazón, sucediera lo que sucediera.

La deferencia que ambos, ella y Traddles, profesaban a la Belleza me gustaba mucho.

No creo que fuera muy razonable; pero me parecía encantadora y una parte esencial de su

carácten Si en algún momento Traddles echaba de menos las cucharillas de plata, no me

cabe duda que era al ofrecer el té a la Belleza. Si su dulce mujercita se vanagloriaba de

algo, era únicamente de ser hermana de la Belleza. Las más leves indicaciones y

caprichos eran considerados por Traddles y su mujer como cosas naturales y legítimas. Si

ella hubiera nacido reina de las abejas, y ellos fueran abejas obreras, no hubiesen podido

estar más satisfechos.

Pero su abnegación me encantaba. El mejor elogio que podía hacerse de ellos era el

orgullo que tenían por aquellas muchachas y la sumisión a todas sus fantasías. Si alguna

vez se dirigían a él, llamándole querido, era para rogarle que les trajera algo o les llevara

algo, les levantara algo, les bajara algo, les buscara algo, les cogiera algo, y era

interpelado así por una a otra de sus cuñadas lo menos doce veces en una hora. Del

mismo modo, no sabían hacer nada sin Sofía. Si el pelo de alguna se desarreglaba, nadie

más que Sofía podía arreglarlo. Si alguna había olvidado la tonadilla de alguna canción,

nadie más que Sofía la encontraba. Si otra quería recordar el nombre de una plaza en

Devonshire, únicamente ella lo sabía. Si se quería escribir alguna noticia a casa, sólo se

confiaba en Sofía, para que te escribiera por la mañana, antes de desayunar. Si a alguna

se le soltaba un punto en la media, nadie más que Sofía era capaz de corregir el defecto.

Eran por completo las amas de la casa, y Sofía y Traddles les servían. No sé cuántos

chiquillos hubiera podido cuidar Sofía en aquel tiempo; pero tenía fama de saber toda

clase de canciones de niños, y las cantaba por docenas, apropiadas a su vocecita clara,

una después de otra (a petición de cada hermana, que quería tener la suya, sin olvidar a la

Belleza, que no se quedaba atrás). Yo estaba entusiasmado. Lo mejor de todo era que, en

medio de sus exigencias todas las hermanas tenían gran ternura y respeto por Sofía y

Traddles.

Al despedirme, y cuando Traddles me acompañó hasta el café, estoy seguro de que

nunca vi una cabellera tan rebelde (ni ninguna otra menos rebelde) ir de mano en mano

para recibir semejante chaparrón de besos.

Era una escena en la que pensaba con gusto aun después de mucho rato de haberles

dado las buenas noches. Un millar de rosas que hubieran florecido en aquellas

habitaciones de la deslucida Gray’s Inn no hubiesen resplandecido ni la mitad. La idea de

aquellas muchachas de Devonshire entre aquellos viejos jurisconsultos y en aquellos

graves estudios de procuradores, preparando el té y las tostadas y cantando las canciones

de niños en aquella atmósfera sucia de grasilla y pergamino, de lacre, de obleas

polvorientas, de botellas de tinta, de papel sellado, de procesos, escritos, declaraciones y

recibos, me parecía una cosa tan fantástica como si hubiera soñado que la fabulosa

familia del sultán era admitida en la lista de abogados, con el pájaro que habla, el árbol

que canta y el agua dorada en Gray’s Inn Hall. Sin embargo, noté que después de

haberme despedido de Traddles, de vuelta en el café, se había operado un gran cambio en

mi desaliento acerca de él. Empecé a pensar que saldría adelante, a pesar de todos los

camareros-jefes de Inglaterra.

Sentado en una silla delante de una de las chimeneas del café, para pensar en ellos más

a gusto, caí gradualmente desde las consideraciones de su felicidad en la contemplación

del rastro que iban dejando los carbones ardientes, y pensado, al verlos despedazarse y

cambiar, en las principales vicisitudes y separaciones que habían sucedido desde que yo

había dejado Inglaterra, hacía tres años, y pensaba también en los muchos fuegos de leña

que había percibido y que, al consumirse en ardientes cenizas y confundirse en plumado

montón sobre la tierra, me parecían la imagen de mis esperanzas muertas.

Ahora podía pensar en el pasado gravemente, pero sin amargura, y podía contemplar el

futuro con ánimo sereno. El hogar ya no existía para mí. A la mujer a quien yo podía

haber inspirado un amor profundo, le había enseñado a quererme como una hermana. Se

casaría y tendría nuevos derechos en su ternura, y, cumpliéndolos, no sabría nunca el

amor que por ella había crecido en su corazón. Era justo que pagase con mi tristeza mi

temeraria pasión. Recogía lo que había sembrado.

Pensaba en todo esto, preguntándome si mi corazón podría soportarlo y continuar

tranquilo en el lugar que ocupaba en el suyo y que ella ocupaba en mí, cuando me di

cuenta de que mis ojos se fijaban en una figura que parecía haber surgido del fuego, en

asociación con mis antiguos recuerdos.

El pequeño míster Chillip, el doctor a cuyos buenos servicios fui deudor en el primer

capítulo de esta historia, estaba sentado, leyendo un periódico, en el rincón opuesto de la

chimenea. Se le notaba visiblemente envejecido por los años; pero como era un hombre

blando, apacible y sereno, los Ilevaba tan bien, que en aquel momento me pareció que

estaba igual que cuando esperaba en nuestro saloncito mi nacimiento.

Míster Chillip había dejado Bloonderstone hacía seis o siete años y desde entonces no

le había vuelto a ver. Estaba sentado plácidamente, leyendo el periódico, con su cabecita

inclinada hacia un lado, y un vaso de jerez caliente al lado del codo. Parecía tan

conciliador en sus modales, que daba la impresión de presentar sus excusas al periódico

por tomarse la libertad de leerlo.

Me adelanté hacia donde estaba y le dije:

-¿Cómo está usted, míster Chillip?

Pareció asustarle aquella inesperada interpelación por parte de un extraño, y contestó

suavemente, según su costumbre:

-Muchas gracias, caballero, es usted muy amable. Se lo agradezco mucho. Y espero que

esté usted bien…

-¿No se acuerda usted de mí? -le dije.

-Pues verá usted, caballero -me contestó míster Chillip, sonriendo amablemente y

moviendo la cabeza mientras me observaba-. Hay algo en su expresión y su presencia que

me parece familiar; pero, en realidad, no puedo dar con su nombre.

-Y, a pesar de todo, lo sabe usted mucho antes de que yo mismo lo supiera —contesté.

-¿De verdad, caballero? -dijo míster Chillip-. ¿Es posible entonces que tuviera yo el

honor de asistirle cuando …?

-Sí –contesté.

-Pues entonces -exclamó míster Chillip-, no hay duda que ha cambiado mucho desde

entonces.

-Probablemente –dije.

-Pues bien -observó míster Chillip-; espero que usted me disculpe si me veo obligado a

preguntarle, por favor, su nombre.

Al decirle cómo me llamaba se emocionó visiblemente. Me estrechó las manos (lo cual

para él era un proceder violento, pues acostumbraba deslizar tímidamente, a unas dos

pulgadas de su cadera, uno o dos dedos, y parecía desconcertado cuando alguien le

agarraba con fuerza). Aun ahora metió la mano en el bolsillo de su abrigo tan pronto

como le fue posible soltarla, y pareció tranquilizarse cuando vio que estaba sana y salva.

-Querido mío –exclamó, observándome, con su cabeza inclinada hacia un lado-. ¿Y es

usted míster Copperfield de verdad? ¡Bueno! Creo que le hubiera reconocido mirándole

más detenidamente. Hay un gran parecido entre usted y su pobre padre.

-No tuve la dicha de conocerle -observé.

-Es verdad, caballero -dijo míster Chillip en tono muy suave-. Y es deplorable bajo

todos los sentidos. Pues aun en nuestro recuerdo no ignoramos su fama -dijo míster

Chillip, moviendo suavemente su cabecita-. Debe de tener usted una gran excitación aquí

dentro -dijo míster Chillip señalándose la frente con el índice-. Y será una ocupación muy

fatigosa, ¿verdad?

-¿Dónde vive usted ahora? -le pregunté, sentándome a su lado.

-Estoy establecido a algunas millas de Bury Saint-Edmund -dijo mister Chillip-.

Mistress Chillip heredó de su padre una pequeña finca en los alrededores, nos instalamos

allí, donde (le agradará saberlo) nos va bastante bien. Mi hijo es ya un gran personaje

-dijo míster Chillip, sacudiendo un poquito su cabecita-. Su madre ha tenido que soltar

dos pliegues a su ropa la semana pasada. ¡Así pasa el tiempo, como puede usted ver!

Al hacer aquella reflexión, el hombrecillo se llevó la copa vacía a los labios. Le propuse

que se la llenaran de nuevo, haciéndole compañía mientras la terminaba.

-Muy bien -contestó despacito, como siempre-, es más de lo que estoy acostumbrado;

pero no puedo privarme del placer que me ocasiona su conversación. Me parece que fue

ayer el día que tuve el honor de asistirle en el sarampión. Salió usted perfectamente de

aquella enfermedad.

Le agradecí el elogio y pedí otro vaso, que trajeron enseguida.

-Esto es un exceso -dijo míster Chillip moviéndolo–; pero no puedo resistir a una

ocasión tan extraordinaria. ¿No tiene usted familia?

Sacudí de un lado a otro la cabeza.

-Sabía que había usted tenido una pérdida hace algún tiempo –dijo míster Chillip-; me

lo dijo la hermana de su padrastro. Un carácter muy decidido, ¿verdad?

-Sí, bastante decidido -dije-. ¿Dónde la vio usted, míster Chillip?

-¿No está usted enterado —contestó míster Chillip con su plácida sonrisa- de que su

padrastro es otra vez uno de mis vecinos?

-No sabía nada –dije.

-Pues lo es -dijo míster Chillip-. Se casó con una señorita de aquellos contornos que

poseía una pequeña fortuna la pobre infeliz. ¿Y cómo se siente? ¿No siente usted fatiga?

-preguntó míster Chillip mirándome con atención.

No cóntesté a esta pregunta, y volví a los Murdstone.

-Ya sabía que se había casado de nuevo. ¿Asiste usted a la familia? -pregunté.

-Normalmente no; pero me han llamado algunas veces -contestó-. Los órganos

frenológicos de la firmeza están poderosamente desarrollados en míster Murdstone y su

hermana.

Contesté con una mirada tan expresiva, que míster Chillip, envalentonado con ella y

con la segunda copa, movió varias veces la cabeza y exclamó, en tono pensativo:

-¡Ay querido! Nos acordamos de otros tiempos, míster Copperfield.

-¿Y el hermano y la hermana siguen el mismo estilo de vida? –dije.

-Verá usted -contestó míster Chillip-. Un médico no debía tener oídos y ojos nada más

que para su profesión. Pero, sin embargo, tengo que decirle que son muy severos, lo

mismo para esta vida que para la otra.

-Espero que en la otra sepan arreglarse sin su ayuda –repliqué-. ¿Qué es lo que hace

ahora?

Míster Chillip agitó la cabeza, revolvió la bebida y echó un traguito.

-Era una mujer encantadora –observó en tono plañidero.

-¿La presente mistress Murdstone?

-Una mujer encantadora de verdad –dijo míster Chillip-. Estoy seguro de que era tan

amable como es posible serlo. La opinión de mistress Chillip es que ha cambiado

completamente de humor desde que se ha casado, y que está casi loca de melancolía. Hay

que convenir que las señoras -observó míster Chillip temerosamente- tienen un gran

espíritu de observación.

-Supongo que habrán querido someterla o romperla en su detestable molde, ¿que el

Cielo la ayude!, y lo habrán conseguido –dije.

-Verá usted. Al principio había violentos altercados, se lo aseguro -dijo míster Chillip-;

pero ahora no es más que una sombra. Me atrevería, señor, a decirle con confianza que,

desde que la hermana vino en ayuda del hermano, los dos le han reducido casi a un estado

de imbecilidad.

Le dije que lo creía fácilmente.

-No vacilo en decir –continuó míster Chillip, tomando un nuevo traguito de su bebida-,

entre usted y yo, que su pobre madre murió a causa de ello, y que la tiranía, el humor

sombrío y las persecuciones han hecho de mistress Murdstone casi un ser idiota. Antes de

casarse era una mujer muy alegre; pero su austeridad la ha destrozado. Ahora la tratan

más como si fueran sus guardianes que marido y cuñada. Esta era la observación que me

hizo mistress Chillip no hace aún una semana. Y le aseguro a usted que las señoras son

muy observadoras. La misma mistress Chillip es una gran observadora.

-Yes que sigue teniendo la pretensión de dar a este carácter sombrío (me avergüenza

usar tal palabra para esta idea) el nombre de religión.

-No se anticipe usted -dijo míster Chillip, cuyos párpados iban tomándose cada vez más

rojos con el estímulo inacostumbrado de que sacaba su valor-. Una de las observaciones

más acertadas de mistress Chillip, una observación que me ha electrizado -siguió

diciendo despacio-, es que míster Murdstone se eleva sobre un pedestal y se llama a sí

mismo Naturaleza Divina. Cuando mistress Chillip me dijo esto me hubiera podido usted

tirar al suelo sólo con el contacto de una pluma. ¡Las señoras son muy observadoras!

-Instintivamente —dije yo.

-Me alegro encontrar tal respaldo a mi opinión -replicó-. No me ocurre a menudo el dar

opiniones que no sean profesionales, se lo aseguro. Míster Murdstone echa discursos en

público algunas veces, y se dice, en una palabra, lo dice mistress Chillip: que cuanto más

tirano ha sido más feroces son sus doctrinas.

—Creo que mistress Chillip tiene mucha razón –dije.

-Mistress Chillip llega a decir —continuó diciendo el más suave de los hombres, con

mucha animación- que lo que el pueblo llama equivocadamente su religión es un pretexto

para sus malos humores y arrogancias; y ¿sabe usted -continuó, inclinando suavemente la

cabeza hacia un lado- que no encuentro autoridad para míster y mistress Murdstone en el

Nuevo Testamento?

-Yo tampoco la he encontrado nunca -dije.

—Entre tanto -dijo míster Chillip-, nadie los puede ver; y como se otorgan la autoridad

de condenar a la gente que los detesta, tenemos un buen número de condenados entre

nuestros vecinos. Sin embargo, como dice mistress Chillip, sufren un continuo castigo.

Padecen el suplicio de Prometeo, de devorar su propio corazón, y el propio corazón es

mal alimento. Y ahora, caballero, si usted me permite insistir sobre su estado, no se excite

usted demasiado.

No me costó trabajo, dada la excitación de míster Chillip por la influencia de la poción,

distraer su atención de este tópico y llevarle a sus propios asuntos, sobre los cuales fue

muy locuaz durante otra media hora, dándome a entender, entre otras cosas, que si estaba

en aquel momento en el café de Gray’s Inn era para declarar ante una comisión investigadora

tocante al estado de un paciente que había enfermado del cerebro por abuso de

bebidas alcohólicas.

-Le aseguro a usted -dijo- que en estas ocasiones me pongo extremadamente nervioso.

No puedo soportar que se me engañe. Esto me deshace. ¿Sabe usted que me hizo falta

tiempo para reponerme de aquella alarmante señora, la noche de su nacimiento, míster

Copperfield?

Le dije que iba a ver a mi tía, el dragón de aquella noche, a la mañana siguiente, y que

hubiese podido ver que era una de las mujeres más cariñosas y más excelentes si hubiera

llegado a conocerla con más intimidad. La mera posibilidad de volverla a ver parecía

aterrarle. Contestó con una pálida sonrisa: «¿De verdad? ¿Realmente?»; a

inmediatamente pidió una vela y se fue a la cama, como si no se encontrara seguro en

ningún sitio. No subió precisamente dando tumbos; pero me parece que su plácido pulso

debía de dar dos o tres pulsaciones más por minuto que la noche aquella en que mi tía, en

el paroxismo de su desencanto, le pegó con su cofia.

Extraordinariamente cansado me acosté, y al día siguiente me metí en la diligencia de

Dover, y llegué sano y salvo al salón de mi tía, en el momento en que preparaba el té

(ahora tenía lentes), y fui recibido, con los brazos abiertos, por ella, por míster Dick y por

mi querida vieja Peggotty, que hacía las veces de ama de llaves. Mi tía se divirtió mucho

cuando empecé a contarle mi entrevista con míster Chillip y el recuerdo tan terrible que

conservaba de ella. Ella y Peggotty dijeron muchas cosas del segundo marido de mi

pobre madre, y de la «asesina» de su hermana. Ningún castigo ni tormento hubiera

obligado a mi tía a llamarla por su nombre de pila o a designarla de otra manera.

CAPÍTULO XX

AGNES

Cuando nos dejaron solos, mi tía y yo estuvimos charlando hasta muy entrada la noche.

Me contó que todas las cartas de los emigrantes respiraban esperanza y alegría; que

míster Micawber había enviado ya muchas veces pequeñas sumas de dinero para saldar

sus deudas, « como debe hacerse de hombre a hombre; que Janet había vuelto al servicio

de mi tía al establecerse esta de nuevo en Dover, y que, por último, había renunciado a su

antipatía por el sexo masculino, casándose con un rico tabernero, y habiendo confirmado

mi tía aquel gran principio ayudando y asistiendo a la novia y hasta honrando la

ceremonia con su presencia. He aquí alguno de los puntos sobre los que versó nuestra

conversación, aunque ya me había hablado de ello en sus cartas, con más o menos

detalles. Míster Dick tampoco fue olvidado. Mi tía me dijo que se dedicaba a copiar todo

lo que le caía en las manos, y que con aquel trabajo había conseguido que el rey Carlos I

se mantuviera a una distancia respetuosa; que estaba muy contenta de verle libre y

satisfecho, y que, en fin (conclusión que no era nueva), sólo ella sabía todo lo que valía.

-Y ahora, Trot -me dijo, acariciándome la mano mientras estábamos sentados al lado

del fuego, siguiendo nuestra antigua costumbre-, ¿cuándo vas a it a Canterbury?

-Buscaré un caballo a iré mañana por la mañana, a menos de que quieras venir

conmigo.

-No -dijo mi tía en tono breve-; pienso quedarme aquí.

-En ese caso iré a caballo. No hubiese atravesado hoy Canterbury sin detenerme si

hubiera sido para ver a otra persona que no fueras tú.

En el fondo estaba encantada; pero me contestó: «¡Bah, Trot! Mis viejos huesos

hubieran podido esperar hasta mañana». Y volvió a acariciarme la mano mientras yo

miraba al fuego, soñando.

Soñando. No podía saberme tan cerca de Agnes sin sentir en toda su fuerza los

sentimientos que me habían preocupado tanto tiempo. Quizá ahora estaban dulcificados

por el pensamiento de que aquella lección me estaba merecida por no haberlo previsto

cuando tenía todo el porvenir ante mí; pero no por eso dejaba de sentirlo. Todavía oía yo

la voz de mi tía repetirme lo que ahora comprendía mejor: « ¡Oh Trot! ¡Ciego!, ¡ciego!,

¡ciego!».

Guardamos silencio durante unos minutos. Cuando levanté los ojos vi que me

observaba atentamente. Quizá había seguido el hilo de mis pensamientos, menos difícil

de seguir ahora que cuando mi espíritu se obstinaba en mi ceguera.

-Quizá te parezca que a su padre se le han blanqueado mucho los cabellos; pero en lo

demás está mucho mejor: es un hombre nuevo. Ya no aplica su medida limitada a todas

las alegrías y a todas las penas de la vida humana. Créeme, hijo mío; es necesario que

todos los sentimientos se hayan empequeñecido mucho en un hombre para que se pueda

medir con semejante medida.

-Es cierto -le respondí.

-En cuanto a ella, la encontrarás —dijo mi tía- tan bella y tan buena, tan tierna y tan

desinteresada como siempre. Si supiera un elogio mayor, Trot, no dudaría en dárselo.

Y, en efecto, no había mejor elogio para ella, ni más amargo reproche para mí. ¡Oh!

¿Por qué fatalidad me había extraviado de aquel modo?

-Si enseña a las niñas que la rodean a ser como ella —continuó mi tía, y sus ojos se

llenaron de lágrimas-, Dios sabe que será una vida bien empleada. «Dichosa de ser útil»,

como decía ella. ¿Y cómo podría ser de otra manera?

-Tiene Agnes algún- -pensaba alto, más bien que hablaba.

-¿Algún qué? –dijo vivamente mi tía.

-Algún enamorado -dije.

-Por docenas –exclamó mi tía, con una especie de orgullo indignado-. Hubiera podido

casarse veinte veces, amigo mío, desde que te has marchado.

-No lo dudo -dije-; pero ¿ha encontrado un hombre digno de ella? Pues de no ser así,

ella no le querría.

Mi tía permaneció silenciosa un momento, con la barbilla apoyada en la mano.

Después, levantando lentamente los ojos:

-Sospecho —dijo- que está enamorada de uno, Trot.

-¿Y es correspondida? -pregunté.

-Trot -repuso gravemente mi tía-, no tengo derecho para decirte más. Ella no se ha

confiado nunca a mí, y sólo son suposiciones mías.

Me miraba atentamente, con inquietud (hasta la vi temblar), y me di cuenta, más que

nunca, de que seguía mis íntirnos pensamientos. Hice una llamada a todas las resoluciones

que había tomado durante tantos días y noches de lucha -on mi corazón.

-Si es así -proseguí—, creo que lo será…

-No digo que lo sea -dijo bruscamente mi tía-; no debes fiarte de mis sospechas. Al

contrario, has de guardar secreto. A lo mejor es una idea mía, y no tengo derecho a decir

nada.

-Si fuera así -continué-, Agnes me lo dirá algún día. Una hermana, a la que he

demostrado tanta confianza, tía, no me negará la suya.

Mi tía separó su mirada de mí, tan lentamente como la había fijado, y, pensativa, se

tapó la cara con una mano. Poco a poco puso la otra mano encima de mi hombro, y

permanecimos así, uno al lado de otro, pensando en el pasado, sin cambiar una palabra

hasta el momento de acostarnos.

Al día siguiente, temprano, salí para el lugar donde había pasado el tiempo lejano de

mis estudios. No puedo decir que me sintiera completamente dichoso con la esperanza de

ganar una batalla conmigo mismo, ni con la perspectiva de ver pronto su rostro querido.

Pronto recorrí, en efecto, aquel camino, que conocía tan bien, y atravesé aquellas calles

tranquilas, donde cada piedra me era tan familiar corno un libro de clase a un colegial.

Fui a pie hasta la vieja casa; después me alejé; tenía el corazón demasiado lleno para

decidirme a entrar. Volví, y vi al pasar la ventana baja de la torrecilla donde Uriah Heep

y después míster Micawber trabajaban: ahora era un saloncito; ya no había oficinas. Y la

casa tenía el mismo aspecto limpio y cuidado que cuando la había visto por primera vez.

Rogué a la criada que vino a abrirme que dijera a mistress Wickfield que un caballero

deseaba verla de parte de un amigo que volvía del extranjero. Me hizo subir por la vieja

escalera, advirtiéndome que tuviera cuidado con los escalones (los conocía yo mejor que

ella), y entré en el salón. Nada había cambiado. Los libros que leíamos juntos Agnes y yo

estaban en el mismo sitio; volví a ver en el mismo rincón el pupitre en que tantas veces

había trabajado. Todos los pequeños cambios que los Heep habían introducido en la casa

habían sido deshechos. Todo estaba lo mismo que en los tiempos felices.

Me asomé a una ventana, y miraba las casas de la otra acera recordando cuántas veces

las había contemplado los días de lluvia, cuando vine a estudiar a Canterbury, y todas las

suposiciones que me divertía hacer sobre la gente que se asomaba a sus ventanas, y la

curiosidad con que los seguía subiendo y bajando las escaleras, mientras la lluvia golpeaba

el empedrado. Recordaba que compadecía con toda mi alma a los que llegaban a pie,

por la noche, en la oscuridad, empapados y arrastrando las piernas, con su envoltorio al

hombro, en la punta de un palo. Todos aquellos recuerdos estaban todavía tan frescos en

mi memoria; sentía el mismo olor de la tierra húmeda y de hojas mojadas; hasta me parecía

el mismo viento que me había desesperado durante mi penoso viaje.

El ruido de la puertecita que se abría en el zócalo de madera tallada me hizo estremecer.

Me volví. La bella y serena mirada de Agnes encontró la mía. Se detuvo, poniéndose la

mano en el pecho; yo la cogí en mis brazos.

-Agnes, querida mía, ¡he llegado demasiado de improviso!

-No, no; ¡estoy tan contenta de verte, Trotwood!

-Querida Agnes; yo sí que soy dichoso volviéndote a ver

La estrechaba contra mi corazón, y durante un momento nos miramos en silencio.

Después nos sentamos uno al lado del otro, y vi en su rostro angelical la expresión de

alegría y de afecto con que soñaba día y noche desde hacía años.

Estaba tan ingenua, tan bella, tan buena; le debía tanto y la quería tanto, que no podía

expresar lo que sentía. Traté de bendecirla, traté de darle las gracias, traté de decirle

(como lo había hecho a menudo en mis cartas) toda la influencia que ejercía sobre mí;

pero mis esfuerzos eran vanos. Mi alegría y mi amor parecían mudos.

Con su dulce tranquilidad calmó mi inquietud; me recordó el momento de nuestra

separación; me habló de Emily, a quien había ido a ver en secreto muchas veces; me

habló, de una manera conmovedora, de la tumba de Dora. Con el instinto siempre justo

que le daba su noble corazón tocó tan dulce y delicadamente las cuerdas dolorosas de mi

memoria, que ni una de ellas dejó de responder a su llamamiento armonioso, y yo

prestaba oído a aquella triste y lejana melodía, sin que me hicieran sufrir los recuerdos

que despertaba en mi alma. ¿Cómo hubiera podido sufrir, cuando todo lo dominaba ella,

como las alas del ángel bueno de mi vida?

-¿Y tú, Agnes? -dije por fin-. Háblame de ti. No me has dicho todavía nada de lo que

haces.

-¿Y qué podría decirte? -repuso con su radiante sonrisa-. Mi padre está bien. Nos

encuentras muy tranquilos en nuestra vieja casa, que nos ha sido devuelta; nuestras inquietudes

se han disipado; sabiendo eso, Trotwood, lo sabes todo.

-¿Todo, Agnes? –dije.

Me miró no sin un poco de sorpresa y de emoción.

-¿No hay nada más, hermana mía? -dije.

Palideció; después enrojeció y palideció de nuevo. Me pareció que sonreía con serena

tristeza, y movió la cabeza.

Había intentado hacerle hablar del asunto de que me había hablado mi tía, pues, por

dolorosa que fuera para mí aquella confidencia, quería someter mi corazón y cumplir con

mi deber hacia Agnes. Pero al ver que se turbaba no insistí.

-¿Tienes mucho que hacer, querida Agnes?

-¿Con mis discípulas? –dijo levantando la cabeza; ya había recobrado su serenidad

habitual.

-Sí. ¿Te darán mucho trabajo, no?

-Es un trabajo tan dulce -repuso-, que sería casi ingrata si le diera ese nombre.

-Nada de lo que es bueno lo parece difícil -repliqué.

Palideció de nuevo, y otra vez, al bajar la cabeza, vi la triste sonrisa.

-¿Te esperarás para ver a mi padre –dijo alegremente-, y pasarás el día con nosotros?

¿Quizá hasta quieras dormir en tu antigua habitación? La seguimos llamando tuya.

Aquello era imposible, porque había prometido a mi tía volver por la noche; pero me

gustaría mucho pasar el día con ellos.

-Ahora tengo que hacer –dijo Agnes-. Te dejo con tus antiguos libros y nuestra antigua

música.

-Si hasta me parecen las antiguas flores –dije mirando a mi alrededor-; o, por lo menos,

las mismas que te gustaban antes.

-Es que me gusta -repuso Agnes sonriendo- conservarlo todo durante tu ausencia, lo

mismo que cuando éramos niños. ¡Éramos tan felices entonces!

-Sí. ¡Dios lo sabe! –dije.

-Y todo lo que me recuerda a mi hermano –dijo Agnes volviendo hacia mí sus ojos

cariñosos- me hace compañía. Hasta esta miniatura de cestito -dijo, enseñándome el que

llevaba a la cintura, lleno de llaves- me parece, cuando lo oigo sonar, que me canta una

canción de nuestra juventud.

Sonrió y salió por la puerta, que había abierto al entrar.

Estaba decidido: conservaría con cuidado religioso aquel afecto de hermana. Era todo

lo que me quedaba, y era un tesoro. Si quebrantaba aquella confianza queriendo

desnaturalizarla, la perdería para siempre y ya no podría renacer. Tomé la firme

resolución de no exponerme; cuanto más la amaba, más interés tenía en no traicionarme

ni un momento.

Me dediqué a pasear por las calles, y volví a ver a mi antiguo enemigo, el carnicero

(ahora comisario, con el bastón colgado en su tienda). Fui a ver el sitio donde habíamos

combatido, y allí estuve recordando a miss Shepherd, y a la mayor miss Larkins, y todas

mis pasiones, amores y odios de aquella época. Lo único que había sobrevivido era

Agnes, mi estrella siempre brillante y cada vez más alta en el cielo.

Cuando volví, míster Wickfield estaba ya en casa; había alquilado, a unas dos millas de

la ciudad, un jardín, donde iba a trabajar casi todos los días, y le encontré tal como mi tía

me le había descrito. Comimos con cinco o seis niñas, discípulas de Agnes. Míster

Wickfield ya no era más que la sombra del retrato que había en la pared.

La tranquilidad y la paz que reinaban en aquella apacible morada, y de las que guardaba

un recuerdo tan profundo, habían renacido. Cuando terminó la comida, míster Wickfield

no tomó vino, subimos todos. Agnes y sus discípulas se pusieron a cantar, a jugar y a

trabajar juntas. Después del té las niñas nos dejaron y nos quedamos los tres solos

hablando del pasado.

-Tengo muchos asuntos de los que arrepentirme, Trotwood -dijo míster Wickfield,

moviendo su cabeza blanca-; lo sabes muy bien; pero así y todo, aunque estuviera en mi

mano, no me gustaría borrar tu recuerdo.

Lo creía, pues Agnes estaba a su lado.

-No me gustaría, pues sería destruir al mismo tiempo el de la paciencia, la abnegación,

la fidelidad, el amor de mi hija, y eso no lo quiero olvidar, no; ni aun para llegar a olvidarme

de mí mismo.

-Le comprendo -le dije con dulzura-. Siempre he pensado en ello… siempre… con

veneración.

-Pero nadie sabe, ni siquiera tú -añadió-, todo lo que ha hecho, todo lo que ha

soportado, todo lo que ha sufrido mi Agnes.

Agnes puso su mano sobre el brazo de su padre, como para detenerle, y estaba pálida,

muy pálida.

-Vamos, vamos –dijo con un suspiro, rechazando evidentemente el recuerdo de una

pena que su hija había tenido que soportar, que quizá soportaba todavía (pensé en lo que

me había dicho mi tía). Trotwood, nunca te he hablado de su madre. ¿Te ha hablado

alguien de ella?

-No, señor.

-No hay mucho que decir… aunque sufrió muchísimo. Se casó contra la voluntad de su

padre, que renegó de ella. Antes de que naciera mi Agnes le suplicó que la perdonase. Era

un hombre muy duro, y su madre había muerto hacía mucho tiempo. La rechazó, y

destrozó su corazón.

Agnes se apoyó en el hombro de su padre y le pasó un brazo alrededor del cuello.

-Era un corazón dulce y tierno –dijo-, y lo hizo pedazos. Yo sabía cómo era de frágil y

delicada. Nadie podía saberlo como yo. Me amaba mucho, pero nunca fue dichosa. Sufría

siempre por aquel golpe doloroso, y cuando su padre la rechazó por última vez, estaba

enferma, débil… empeoró y murió. Me dejó con Agnes, que sólo tenía entonces quince

días, y con los cabellos grises que me has visto desde el primer día que viniste aquí.

Abrazó a su hija.

-Mi cariño por mi hija era un amor lleno de tristeza, pues mi alma estaba enferma. Pero

¿para qué seguirte hablando de mí? Es de su madre de quien quería hablarte, Trotwood.

No necesito decirte lo que he sido ni lo que soy, lo adivinas, lo sé. En cuanto a Agnes, no

necesito decirte lo que es, siempre he encontrado en ella algo de la triste historia de su

pobre madre; por eso lo he hablado esta noche, ahora que estamos reunidos de nuevo,

después de tantos cambios. Ya te lo he dicho todo.

Bajó la cabeza. Agnes inclinó hacia él la suya de ángel, que tomó con sus caricias

filiales un carácter más patético todavía después de aquel relato. Una escena tan

conmovedora venía a propósito para fijar de un modo muy especial en mi memoria el

recuerdo de aquella tarde, la primera de nuestra reunión.

Agnes se levantó y, acercándose suavemente al piano, se puso a tocar una de las cosas

que tocaba antes y que habíamos escuchado tantas veces en aquel mismo sitio.

-¿Tienes intención de seguir viajando? -me preguntó, mientras yo estaba de pie a su

lado.

-¿Qué opina mi hermana?

-Espero que no.

-Entonces no pienso hacerlo, Agnes.

-Puesto que me consultas, Trotwood, lo diré que tu reputación creciente y tus éxitos

deben animarte a seguir, y aunque yo pudiera pasarme sin mi hermano –continuó, fijando

sus ojos en mí-, quizá el éxito lo reclame.

-Lo que soy es obra tuya, Agnes, y tú debes juzgarlo.

-¿Mi obra, Trotwood?

-Sí, Agnes, mi querida muchacha -le dije, inclinándome hacia ella-; he querido decirte

hoy, al volverte a ver, algo que tengo en el corazón desde la muerte de Dora. ¿Recuerdas

que fuiste a buscarme al gabinete y me enseñaste el cielo, Agnes?

-¡Oh, Trotwood! -repuso ella, con los ojos llenos de lágrimas, ¡Era tan amante, tan

ingenua, tan joven! ¡Nunca podré olvidarla!

-Tal corno te apareciste entonces, hermana mía, eso has sido siempre para mí. Lo he

pensado muchas veces desde aquel día. Siempre me has enseñado el cielo, Agnes; siemEste

documento ha sido descargado de

pre me has conducido hacia un fin mejor; siempre me has guiado hacia un mundo más

elevado.

Ella movió la cabeza en silencio; a través de sus lágrimas volví a ver la dulce y triste

sonrisa.

-Y te estoy tan agradecido, Agnes, tan agradecido eternamente, que no sé nombrar el

afecto que me inspiras. Quiero que sepas, y sin embargo no sé cómo decírtelo, que toda

mi vida creeré en ti, y me dejaré guiar por ti, como lo he hecho en medio de las tinieblas,

que ya pasaron. Suceda lo que suceda, a pesar de los nuevos lazos que puedas formar y

de los cambios que puedan ocurrir entre nosotros, yo te seguiré siempre con los ojos,

creeré en ti y te querré como hoy y como siempre. Seguirás siendo mi consuelo y mi

apoyo. Hasta el día de mi muerte, hermana mía, lo veré siempre ante mí señalándome el

cielo.

Agnes puso su mano en la mía, y me dijo que estaba orgullosa de mí y de lo que le

decía, pero que no merecía aquellas alabanzas. Después continuó tocando dulcemente,

pero sin dejar de mirarme.

-¿Sabes, Agnes? Lo que he sabido esta tarde por tu padre responde maravillosamente al

sentimiento que me habías inspirado cuando te conocí, cuando sólo era un colegial.

-Sabías que no tenía madre -contestó con una sonrisa- y eso te predisponía a quererme

un poco.

-No era eso sólo, Agnes. Sentía, casi tanto como si hubiera sabido esa historia, que

había en la atmósfera que nos rodeaba algo dulce y tierno que no podía explicarme; algo

que en otra me hubiera parecido tristeza (y ahora sé que tenía razón), pero que en ti no

me lo parecía.

Agnes tocaba algunas notas y seguía mirándome.

-¿No te ríes de las ideas que acariciaba entonces? ¿Esas ideas locas, Agnes?

-No.

-Y si eo dijera que aun entonces comprendía que podrías amar fielmente, a pesar de

toda decepción, amar hasta tu última hora, ¿no te reirías tampoco de ese sueño?

-¡Oh no, no!

Por un instante su rostro tomó una expresión de tristeza, que me hizo estremecer; pero

un momento después seguía tocando dulcemente y mirándome con su serena y dulce sonrisa.

Mientras volvía por la noche a Dover, perseguido por el viento, como por un recuerdo

inflexible, pensaba en ella y temía que no fuera dichosa. Yo no era feliz; pero había conseguido

hasta entonces encerrar en mí mismo al pasado; y pensando en ello mientras

miraba el cielo, pensaba en la morada eterna donde podría un día quererla con un amor

desconocido para la tierra y decirle la lucha que se había librado en mi corazón…

CAPiTULO XXI

VOY A VER A DOS INTERESANTES PRESIDIARIOS

Provisionalmente (por lo menos hasta que terminara mi libro, y tenía trabajo para varios

meses) me instalé en Dover, en casa de mi tía, y allí, sentado al lado de aquella ventana

desde donde había contemplado la luna reflejada en el mar, la primera noche, cuando

llegué buscando un refugio, proseguí tranquilamente mi tarea.

Fiel a mi proyecto de no aludir a mis obras más que cuando se mezclan por casualidad

con la historia de mi vida, no diré las esperanzas, las alegrías, las ansiedades y los

triunfos de mi vida de escritor. Ya he dicho que me dedicaba al trabajo con todo el ardor

de mi alma, y que ponía en él toda mi energía. Si mis libros tienen algún valor, ¿qué

necesito añadir? Y si mi trabajo no vale nada, lo demás tampoco interesa a nadie.

A veces iba a Londres para perderme en aquel torbellino vivo del mundo o para

consultar a Traddles sobre algún asunto. Durante mi ausencia había manejado mi fortuna

con el juicio más sólido, y gracias a él estaba en la mayor prosperidad. Como mi fama

creciente empezaba a atraerme una multitud de cartas de personas que yo no conocía,

cartas a veces muy insignificantes, a las que no sabía qué contestar, convine con Traddles

en escribir mi nombre en su puerta; allí los carteros, infatigables, llevaban montones de

cartas dirigidas a mí, y yo de vez en cuando me sumergía en ellas como un secretario de

estado, sólo que sin sueldo.

En mi correspondencia encontraba a veces un ofrecimiento de agradecer; por ejemplo,

alguno de los individuos que vagaban por Doctors’s Commons me proponían practicar

bajo mi nombre (sólo con que comprara el cargo de procurador) y darme el tanto por

ciento de los beneficios. Pero yo declinaba aquellos ofrecimientos; había allí demasiadas

cosas de aquel estilo, y persuadido como estaba de que aquello era muy malo, no quería

contribuir a empeorarlo todavía más.

Las hermanas de Sofía se habían vuelto a Devonshire cuando mi nombre apareció en la

puerta de Traddles. El muchacho avispado era el encargado de abrirla, y lo hacía con cara

de no conocer ni de vista a Sofía, quien, confinada en una habitación del interior, podía,

levantando los ojos de su labor, echar una mirada hacia un rinconcito del jardín, con su

bomba y todo.

Siempre la encontraba allí, encantadora y dulce, tarareando una canción de Devonshire,

cuando no oía pasos desconocidos, y teniendo quieto, con sus cantos melodiosos, al

criado en la antesala oficial.

Al principio yo no comprendía por qué encontraba tan a menudo a Sofía escribiendo en

un gran libro, ni por qué en cuanto me veía se apresuraba a meterlo en el cajón de su

mesa. Pero pronto me fue revelado el secreto. Un día, Traddles (que acababa de entrar,

con una lluvia tremenda) sacó un papel de su pupitre y me preguntó qué me parecía

aquella letra.

-¡Oh, no, Tom! –exclamó Sofía, que estaba calentando las zapatillas de su marido.

-¿Por qué no, querida? -repuso Tom radiante-. ¿Qué te parece esta letra, Copperfield?

-Es magnífica; una escritura completamente de negocios. Creo que no he visto nunca

una mano más firme.

-¿Verdad que no parece letra de mujer? -dijo Traddles. -¿De mujer? De ninguna

manera.

Traddles, encantado de mi equivocación, se echó a reír, y me dijo que era la letra de

Sofía; que Sofía le había dicho que muy pronto necesitaría un escribiente, y que ella

quería hacer aquel oficio; que había conseguido aquella letra a fuerza de copiar un

modelo, y que ahora copiaba no sé cuántas páginas por hora. Sofía estaba muy confusa de

que me lo contase.

-Cuando Tom sea juez no lo irá contando así a todo el mundo.

Pero Tom no pensaba así, y, por el contrario, declaraba que siempre estaría igual de

orgulloso, fueran las que fuesen las circunstancias.

-¡Qué mujer tan encantadora tienes, mi querido Traddles! -le dije cuando ella se

marchó, riendo.

-Mi querido Copperfield -dijo Traddles-, es, sin excepción, la muchacha más

encantadora del mundo. ¡Si supieras cómo lo lleva todo, con qué exactitud, con qué

habilidad, con qué economía, con qué orden y buen humor!

-Tienes mucha razón para elogiarla -repuse-. Eres un mortal dichoso. Y estáis hechos

para comunicaros uno a otro la felicidad que cada uno lleva dentro.

-Es cierto que somos las personas más felices del mundo -repuso Traddles-; es una cosa

que no puedo negar. Mira, Copperfield, cuando la veo levantarse con la luz, para ponerlo

todo en orden; ir a hacer la compra, sin preocuparse nunca del tiempo, aun antes de que

los empleados lleguen a la oficina; hacerme no sé cómo las comidas más sabrosas con los

manjares más vulgares; hacerme puddings y pastas; volver a poner cada cosa en su sitio,

y, siempre tan limpia y arreglada; esperarme por la noche, por tarde que sea, y siempre de

buen humor, siempre dispuesta a animarme, y todo esto para darme gusto, no,

verdaderamente es algo que no acabo de creer, Copperfield.

Contemplaba con ternura hasta las zapatillas que le había calentado, al meter sus pies

en ellas.

-No puedo creerlo -repetía-. Y si supieras cuántas diversiones tenemos. No son caras,

pero son admirables. Cuando estamos por la noche en casa y cerramos la puerta, después

de haber echado las cortinas… que ha hecho ella… ¿dónde podríamos estar mejor?

Cuando hace buen tiempo y vamos a pasearnos por las calles, tenemos también mil diversiones.

Miramos los escaparates de las joyerías, y yo le enseño la serpiente con ojos de

diamantes que le regalaría si pudiera; y ella me enseña el reloj de oro que me compraría

si pudiese; después escogemos las cucharas y los tenedores, y los cuchillos y las pinzas

para el azúcar, que más nos gustarían si tuviéramos medios, y, en realidad, nos vamos tan

contentos como si nos los hubiéramos comprado. Otras veces vamos a pasear por las

calles principales y vemos una casa que se alquila, y pensamos si nos convendría para

cuando yo sea juez. Y ya nos la imaginamos. Esta habitación será para nosotros; esta otra,

para una de las hermanas, etc., etc., hasta que decidimos si nos conviene o no. Algunas

veces también vamos al teatro cuando es a mitad de precio y nos divertimos en grande.

Sofía, al principio, cree todo lo que oye en la escena, y yo también. Y a la vuelta, a veces

compramos algo en la tienda,,o algún cangrejo en la pescadería, y volvemos y hacemos

una cena espléndida, mientras charlamos de lo que acabamos de ver. Y bien, Copperfield,

¿no es verdad que si fuera lord canciller no podríamos hacer eso nunca?

-Llegues a lo que llegues, mi querido Traddles -pensaba yo-, todo lo que hagas será

bueno. A propósito -le dije en voz alta-, ¿supongo que ya no dibujarás esqueletos?

-No -respondió Traddles riendo y enrojeciendo-, bueno, no me atrevería a asegurarlo,

mi querido Copperfield, pues el otro día estaba con una pluma en la mano y se me ocurrió

pensar si habría conservado mi antiguo talento, y temo que haya un esqueleto con

peluca… en el pupitre del Tribunal.

Nos reímos con ganas. Después Traddles se puso a decir con indulgencia: « ¡Ese viejo

Creakle! ».

-He recibido una carta de ese viejo… canalla -le dije, pues nunca me había sentido

menos dispuesto a perdonarle la costumbre de pegar a Traddles como cuando veía a

Traddles dispuesto a perdonarle a él.

-¿De Creakle, el director del colegio? –exclamó Traddles-. ¡Oh, no es posible!

-Entre las personas a quienes atrae mi fama reciente -le dije lanzando una mirada a mis

cartas- y que descubren de pronto que siempre me han querido mucho, se encuentra él.

Ya no es director de colegio, Traddles. Se ha retirado, y es director de la prisión de

Middlesex.

Gozaba de antemano pensando en la sorpresa de Traddles; pero no demostró ninguna.

-¿Cómo supones que puede haber llegado a director de la prisión de Middlesex?

-continué.

-¡Oh, amigo mío! -respondió Traddles-. Es una cuestión a la que sería muy difícil

contestar. Quizá ha votado a alguien, o prestado dinero a alguien, o comprado algo a alguien

que conocía a alguien y que ha obtenido el nombramiento.

-Sea como sea, lo es -dije-, y me ha escrito que tendría mucho gusto en enseñarme en

pleno vigor el único verdadero «sistema» de disciplina para las prisiones; el único medio

infalible de obtener un arrepentimiento sólido y verdadero. Ya sabes, lo último en

sistemas penitenciarios: confinamientos solitarios. ¿Qué te parece?

-¿El sistema? -me preguntó Traddles con gravedad.

-No. ¿Crees que debo aceptar su ofrecimiento y anunciarle que iremos los dos?

-No tengo inconveniente -dijo Traddles.

-Entonces voy a escribirle avisándole. ¿Recuerdas (sin hablar del modo como lo

trataba) que ese mismo Creakle había arrojado a sus hijos de su casa, y recuerdas la vida

que hacía llevar a su mujer y a su hija?

-Perfectamente -dijo Traddles.

-Pues bien; si leyeras su carta, verías que es el más tierno de los hombres para los

condenados cargados con todos los crímenes. Únicamente no estoy muy seguro de que

esa ternura de corazón se extienda a las demás criaturas humanas.

Traddles se encogió de hombros sin ninguna sorpresa. Yo tampoco estaba sorprendido;

había visto en acción demasiadas parodias de aquella clase. Fijamos el día de nuestra visita

y escribí aquella misma tarde a Creakle.

El día señalado, que creo que fue el siguiente, nos dirigimos Traddles y yo a la prisión

donde míster Creakle ejercía su autoridad. Era un inmenso edificio, cuya construcción había

costado mucho dinero. Conforme nos acercábamos a la puerta, no podía por menos

que pensar en el revuelo que habría armado en el país el ingenuo que hubiera propuesto

que se gastara la mitad de la suma para construir una escuela industrial para los pobres o

un asilo para ancianos dignos de protección.

Nos llevaron a un despacho que hubiera podido servir de cimiento para una Torre de

Babel, tan sólidamente estaba construido. Allí nos presentaron al antiguo director de

nuestra pensión, en medio de un grupo que se componía de dos o tres de aquellos

infatigables funcionarios, sus colegas, y de algunos visitantes. Me recibió como un

hombre que hubiera formado mi espíritu y mi corazón y que me hubiera amado

tiernamente. Cuando le presenté a Traddles, míster Creakle declaró, aunque con menos

énfasis, que también había sido el guía, el amigo, el maestro de Traddles. Nuestro

venerable pedagogo había envejecido mucho, lo que no le favorecía. Su rostro seguía tan

malvado, sus ojos tan pequeños, y todavía un poco más hundidos; sus raros cabellos

grises, con los que siempre le recordaba, habían desaparecido casi en absoluto, y las

abultadas venas de su cráneo calvo eran muy desagradables de ver.

Después de hablar un momento con aquellos señores, cuya conversación hubiera

podido hacer creer que no había en el mundo nada tan importante como el supremo

bienestar de los prisioneros, ni nada que hacer en la tierra fuera de las rejas de una

prisión, empezamos nuestra visita de inspección. Era precisamente la hora de comer, y en

primer lugar nos condujeron a la gran cocina, donde se preparaba la comida de cada

prisionero, que se le llevaba a la celda con la regularidad y precisión de un reloj. Le dije

en voz baja a Traddles que me parecía un contraste muy chocante el de aquellas comidas

tan abundantes y tan cuidadas, y las comidas, no digo de los pobres, pero de los soldados

y marineros, de los campesinos; en fin, de la masa honrada y laboriosa de la nación, entre

los que no había ni un cinco por ciento que comieran la mitad de bien. Supe que el

«sistema» requería una alimentación fuerte; en una palabra, descubrí que sobre este

punto, como sobre todos los demás, el « sistema» quitaba todas las dudas y zanjaba todas

las dificultades.,Nadie parecía tener la menor idea de que pudiera haber otro sistema

mejor que el « sistema» ni que mereciese la pena discutirlo…

Mientras atravesábamos un magnífico corredor pregunté a míster Creakle y a sus

amigos cuáles eran las ventajas principales de aquel todopoderoso, de aquel incomparable

«sistema» . Supe que era el aislamiento completo de los prisioneros, gracias al cual un

hombre no podía saber nada del que estaba encerrado a su lado, y se encontraba reducido

a un estado de espíritu saludable, que le llevaba por fin al arrepentimiento y a la

contrición sincera.

Cuando hubimos visitado a algunos individuos en sus celdas y atravesado los

corredores a que daban estas; cuando nos explicaron la manera de ir a la capilla, y todo lo

demás, pensé que era muy probable que los prisioneros supieran unos de otros más de lo

que se creía, y que evidentemente habrían encontrado un buen medio de correspondencia.

Eso creo que ha sido demostrado después; pero sabiendo que semejante sospecha sería

rechazada como una abominable blasfemia contra el «sistema», esperé a examinar más de

cerca las huellas de aquella penitenciaría tan alabada.

Pero fui de nuevo asaltado por grandes dudas. Me encontré con que la penitenciaría

estaba trazada sobre un patrón uniforme, con los trajes y chalecos que se ven en los

escaparates de las sastrerías. Me encontré con que hacían ostentosas profesiones de fe,

muy semejantes unas a otras, en fondo y forma, lo que me pareció sospechoso. Y

encontré, sobre todo, que los que más hablaban eran los que despertaban mayor interés, y

que su amor propio, su vanidad, la necesidad que tenían de llamar la atención y de contar

sus historias, sentimientos estos bien demostrados por sus antecedentes, les hacían

pronunciar largas profesiones de fe, en las cuales se complacían.

Sin embargo, oí hablar tanto en el curso de nuestra visita de cierto número Veintisiete,

que estaba en olor de santidad, que decidí suspender mi juicio hasta haber visto al Veintisiete.

El Veintiocho le hacía la competencia, y era también, según me dijeron, un astro

muy brillante; pero, desgraciadamente para él, su mérito estaba ligeramente eclipsado por

el brillo extraordinario del Veintisiete. A fuerza de oír hablar del Veintisiete, de las

piadosas exhortaciones que dirigía a todos los que le rodeaban, de las hermosas cartas

que escribía constantemente a su madre, inquieta por no verle en buen camino, llegué a

estar impaciente por conocerle.

Tuve que dominar bastante tiempo mi impaciencia, pues reservaban el Veintisiete para

final. Por fin llegamos a la puerta de su celda, y allí míster Creakle, aplicando su ojo a un

agujerito de la pared, nos dijo, con la mayor admiración, que estaba leyendo un libro de

salmos.

Imnediatamente se precipitaron tantas cabezas para ver al número Veintisiete leer su

libro de salmos, que el agujerito se vio bloqueado. Para remediar aquel inconveniente y

para damos ocasión de hablar con el Veintisiete en toda su pureza, míster Creakle dio

orden de abrir la puerta de la celda y de invitar al Veintisiete a que saliera al corredor. Lo

hicieron así, y ¡cuál no sería la sorpresa de Traddles y la mía al descubrir que el número

Veintisiete era Uriah Heep!

Inmediatamente nos reconoció y nos dijo, saliendo de su celda, con sus antiguas

contorsiones:

-¿Cómo está usted, míster Copperfield? ¿Cómo está usted, míster Traddle?

Aquel reconocimiento causó entre los asistentes una sorpresa general, que no puedo

explicarme más que suponiendo que se maravillaban de que no fuera orgulloso y nos

hiciera el honor de reconocemos.

-Y bien, Veintisiete –dijo míster Creakle, admirándole con expresión sentimental-,

¿cómo se encuentra usted hoy?

-Soy muy humilde, caballero -respondió Uriah Heep.

-Lo es usted siempre, Veintisiete -dijo míster Creakle.

En esto, otro caballero le preguntó con expresión de profundo interés:

-¿Pero se encuentra usted completamente bien?

-Sí, caballero, gracias -dijo Uriah Heep, mirando de soslayo a su interlocutor-; estoy

aquí mucho mejor de lo que he estado en ninguna parte. Ahora reconozco mis locuras,

caballero, y eso es lo que hace que me encuentre tan bien en mi nuevo estado.

Muchos de los presentes estaban profundamente conmovidos. Uno de ellos se adelantó

hacia él y le preguntó, con extremada sensibilidad, qué le parecía la carne.

-Gracias, caballero -respondió Uriah Heep, mirando hacia donde había salido la

pregunta-; ayer estaba más dura de lo que hubiera deseado, pero mi deber es resignarme.

He hecho tonterías, caballeros –dijo Uriah, mirando a su alrededor con una sonrisa

indulgente-, y debo soportar las consecuencias sin quejarme.

Se elevó un murmullo combinado, donde se mezclaba por una parte la satisfacción de

ver al Veintisiete en un estado de espíritu tan celestial, y, por el otro, un sentimiento de

indignación contra el cocinero por haber dado motivo de queja. (Míster Creakle tomó

nota inmediatamente.) Veintisiete continuaba de pie entre nosotros, como si se diera

cuenta de que representaba el objeto curioso de un museo, de lo más interesante. Para

darnos a los neófitos el golpe de gracia y deslumbrarnos, redoblando a nuestros ojos

aquellas deslumbrantes maravillas, dieron orden de traemos también al Veintiocho.

Me había sorprendido ya tanto, que sólo sentí una especie de sorpresa resignada cuando

vi acercarse a Littimer leyendo un libro.

-Veintiocho –dijo un caballero con lentes que no había hablado todavía-. La semana

pasada se quejó usted del chocolate, amigo mío; ¿ha sido mejor esta semana?

—Gracias, caballero -dijo Littimer-; estaba mejor hecho. Si me atreviera a hacer una

observación, caballero, creo que la leche con que lo hacen no está completamente pura;

pero ya sé que en Londres se adultera mucho la leche, y es un artículo muy difícil de

procurarse al natural.

Me pareció que el caballero de los lentes hacía competencia, con su Veintiocho, al

Veintisiete de míster Creakle, pues cada uno de ellos se encargaba de hacer valer a su

protegido.

-¿Y cómo se encuentra usted, Veintiocho? –dijo el de los lentes.

-Muchas gracias, caballero -respondió Littimer-; reconozco mis locuras, caballero, y

siento mucho, cuando pienso en los pecados de mis antiguos compañeros; pero espero

que obtendrán perdón.

-¿Y es usted dichoso? -continuó el mismo caballero en tono animador.

-Muy agradecido, caballero; muy dichoso –dijo Littimer.

-¿Y hay algo que le preocupe? Dígalo francamente, Veintiocho.

-Caballero -dijo Littimer sin levantar la cabeza-, si mis ojos no me han engañado, hay

aquí un señor que me conoció hace tiempo. Puede serle útil a ese caballero el saber que

atribuyo todas mis locuras pasadas a haber llevado una vida frívola, al servicio de

jóvenes, y haberme dejado arrastrar por ellos a debilidades a las cuales no tuve la fuerza

de resistir. Espero que ese caballero, que es joven, aprovechará la advertencia y no se

ofenderá de la libertad que me tomo, pues es por su bien. Reconozco todas mis locuras

pasadas y espero que él también se arrepentirá de todas las faltas y pecados en que ha

tomado parte.

Observé que muchos de aquellos señores se tapaban la cara con las manos como si

meditaran en la iglesia.

-Eso le hace honor, Veintiocho; no esperaba menos de usted… ¿Tiene usted algo más

que decir?

-Caballero -dijo Littimer, levantando ligeramente, no los ojos, sino únicamente las

cejas-, había una joven de mala conducta a quien he tratado en vano de salvar. Ruego a

ese caballero, si le es posible, que informe a esa joven, de mi parte, de que la perdono y la

invito al arrepentimiento. Espero que tenga esa bondad.

-No dudo, caballero –continuó su interlocutor-, que el caballero a quien usted alude no

sienta muy vivamente, como lo hacemos todos, lo que usted acaba de decir de una

manera tan conmovedora. Pero no queremos detenerle más tiempo.

-Muchas gracias -dijo Littimer-. Caballeros, les deseo buenos días, y espero que

también ustedes y sus familias llegarán a reconocer sus pecados y a enmendarse.

El Veintiocho se retiró, después de lanzar una mirada de inteligencia a Uriah. Vi que no

eran desconocidos uno para el otro y que habían encontrado medio de entenderse.

Cuando se cerró la puerta de su celda se oyó murmurar en todo el grupo que era un preso

muy respetable, un caso magnífico.

-Ahora, Veintisiete -dijo míster Creakle, volviendo a entrar en escena con su campeón-,

¿hay algo que podamos hacer por usted? No tiene más que decirlo.

-Le pido humildemente, caballero -repuso Uriah, sacudiendo su cabeza odiosa—, la

autorización de escribir otra vez a mi madre.

-Le será acordada -dijo míster Creakle.

-Muchas gracias; me preocupa mucho mi madre. Temo que esté en peligro.

Alguien tuvo la imprudencia de preguntar qué peligro podía correr; pero un « ¡chis! »

escandalizado fue la respuesta general.

-Temo por su seguridad eterna, caballero -respondió Uriah, torciéndose hacia donde

había salido la voz-. Me gustaría encontrar a mi madre en el mismo estado de ánimo que

yo. Yo nunca hubiese llegado a este estado de espíritu si no hubiera venido aquí. Querría

que mi madre estuviera aquí. ¡Qué felicidad sería para todos que se pudiera traer aquí a

todo el mundo!

Aquello fue recibido con una satisfacción sin límites, la mayor satisfacción que habían

tenido nunca aquellos señores.

-Antes de venir aquí -dijo Uriah, lanzándonos una mirada de soslayo, como si hubiera

querido poder envenenar con una mirada al mundo exterior, a que pertenecíamos-, antes

de venir aquí he cometido faltas; pero, ahora puedo reconocerlo, hay mucho pecado en el

mundo; hay mucho pecado en mi madre; hay mucho pecado en todas partes, menos aquí.

-Está usted completamente cambiado -dijo míster Creakle.

-¡Oh Dios mío! Ya lo creo -gritó aquel esperanzado.

-¿Y usted no recaería si le pusieran en libertad? -preguntó otra persona.

-¡Oh Dios mío; no, caballero!

-Bien –dijo míster Creakle-; todo eso es muy satisfactorio. Antes se ha dirigido usted a

míster Copperfield, Veintisiete. ¿Tiene usted algo más que decirle?

-Usted me ha conocido mucho tiempo antes de mi entrada aquí y de mi gran cambio,

míster Copperfield -dijo Uriah mirándome con una mirada feroz, como nunca he visto

otra, ni aun en su rostro…- Usted me ha conocido en los tiempos en que, a pesar de todas

mis faltas, era humilde con los orgullosos y dulce con los violentos. Usted ha sido

violento una vez conmigo, míster Copperfield; usted me dio una bofetada, ya lo sabe

usted.

Cuadro de conmiseración general; me lanzan miradas indignadas.

-Pero yo le perdono, míster Copperfield -dijo Uriah, haciendo de su clemencia un

paralelo impío, que me parecería blasfemar el repetirlo-; yo perdono a todo el mundo. Yo

no conservo rencor a nadie. Le perdono de todo corazón, y espero que en el futuro

dominará usted mejor sus pasiones. Espero que míster Wickfield y mistress Wickfield se

arrepentirán, como todos los demás pecadores. Usted ha sido visitado por la aflicción, y

eso le aprovechará; pero todavía le hubiera aprovechado más el venir aquí. Míster

Wickfield y mistress Wickfield también hubieran hecho mejor viniendo aquí. Lo mejor

que puedo desearle, míster Copperfield, como a todos ustedes, caballeros, es que sean

detenidos y conducidos aquí. Cuando pienso en mis locuras pasadas y en mi estado

presente me doy cuenta de lo ventajoso que les sería esto. Y compadezco a todos los que

no están aquí.

Se deslizó en su celda, en medio de un coro de aprobaciones. Traddles y yo

descansamos cuando le vimos bajo llave.

Una consecuencia notable de todo aquel hermoso arrepentimiento fue que me dio ganas

de preguntar lo que habían hecho aquellos dos hombres para ser encarcelados. Era evidentemente

lo único que no estaban dispuestos a confesar. Y me dirigí a uno de los dos

guardianes que, por la expresión de su rostro, parecía saber muy bien a qué atenerse sobre

toda aquella comedia.

-¿Sabe usted -le dije, mientras seguíamos el corredor- cuál ha sido el último error del

número Veintisiete?

Me dijo que era un caso de banca.

-¿Un fraude a la banca de Inglaterra? -pregunté.

-Sí, caballero, un caso de fraude, falsificación y conspiración, entre él y otros; él era el

jefe de la banda. Se trataba de una suma enorme. Los condenaron a perpetua. Veintisiete

era el más hábil de la tropa y había sabido permanecer en la sombra. Sin embargo, no lo

consiguió del todo.

-¿Y el crimen del Veintiocho, lo sabe usted?

-Veintiocho -repuso el guardián, hablando en voz baja y por encima del hombro, sin

volver la cabeza, como si temiese que Creakle y sus acompañantes le oyesen hablar con

aquella culpable irreverencia de las dos criaturas inmaculadas-, Veintiocho, igualmente

condenado, entró al servicio de un joven a quien la víspera de su partida para el extranjero

robó doscientas cincuenta libras en dinero y en valores. Lo que me recuerda muy

particularmente su asunto fue que le detuvo una enana.

-¿Quién?

-Una mujercita, de la que he olvidado el nombre.

-¿No será Mowcher?

-Pues, sí; había escapado a todas las pesquisas, y se iba a América con una peluca y

patillas rubias (nunca he visto un disfraz semejante), cuando esa mujer, que se encontraba

en Southampton, se le tropezó en la calle, lo reconoció con su mirada perspicaz y corrió a

meterse entre sus piernas para hacerle caer, y le sujetó con fuerza.

-¡Excelente miss Mowcher! -exclamé.

-Ya lo creo que merece la pena decirlo, si la hubiera usted visto, como yo, de pie en el

banco de los testigos, el día del juicio -dijo mi amigo-. Cuando lo detuvo le hizo una gran

herida en la cara y la maltrató del modo más brutal; pero ella no le soltó hasta verle bajo

llave. Es más, le sujetaba con tal ahínco, que los agentes de policía tuvieron que

llevárselos juntos. Ella lo puso en evidencia. Recibió cumplidos de todo el Tribunal y la

llevaron a su casa en triunfo. Dijo delante del Tribunal que, conociéndole como le

conocía, le hubiese detenido aunque hubiera sido manca y él fuerte como Sansón. Y yo

creo que lo habría hecho como decía.

También era esta mi opinión, y me hacía estimar cada vez más a miss Mowcher.

Habíamos visto todo lo que había que ver. Habría sido en vano tratar de convencer a un

hombre como el «venerable» míster Creakle de que el Veintisiete y el Veintiocho eran

personas cuyo carácter no había cambiado en absoluto; que seguían siendo lo que habían

sido siempre: unos hipócritas que ni hechos de encargo para aquellas confesiones

públicas; que sabían tan bien como nosotros que todo aquello se cotizába por el lado de la

filantropía, y que se los tendría en cuenta en cuanto estuvieran lejos de su patria; en una

palabra, que era todo cálculo a impostura. Pero los dejamos allí con su «sistema» y

emprendimos el regreso, todavía aturdidos con lo que acabábamos de ver.

—Quizá sea mejor así, Traddles, « pues no hay corno hacerle correr a un mal caballo

para que reviente».

-Esperémoslo así -replicó Traddles.

CAPÍTULO XXII

UNA LUZ BRILLA EN MI CAMINO

Se acercaba la Navidad y ya hacía dos meses que había vuelto a casa. Había visto muy

a menudo a Agnes, y a pesar del placer que sentía oyéndome alabar públicamente, voz

poderosa para animar a redoblar los esfuerzos, la menor palabra de elogio salida de la

boca de Agnes valía para mí mil veces más que todo.

Iba a Canterbury por lo menos una vez a la semana, y a veces más, y me pasaba la tarde

con ella. Volvía por la noche, a caballo, pues había recaído en mi humor melancólico…

sobre todo cuando la dejaba… y me gustaba verme obligado a hacer ejercicio para escapar

a los recuerdos del pasado, que me perseguían en mis penosas vigilias y en mis sueños,

más penosos todavía. Pasaba, por lo tanto, a caballo la mayor parte de mis largas y tristes

noches, evocando durante el camino el mismo sentimiento doloroso que me había

preocupado en mi larga ausencia.

Mejor dicho, escuchaba como el eco de aquellos sentimientos. Los sentía yo mismo,

pero como desterrados lejos de mí; no tenía más remedio que aceptar el papel inevitable

que me había adjudicado a mí mismo. Cuando leía a Agnes las páginas que acababa de

escribir; cuando la veía escuchanne con tanta atención, echarse a reír o deshacerse en lágrimas;

cuando su voz cariñosa se mezclaba con tanto interés al mundo ideal en que yo

vivía, pensaba en lo que hubiera podido ser mi vida; pero lo pensaba, como antes,

después de haberme casado con Dora, sabiendo que ya era demasiado tarde.

Mis deberes con Agnes me obligaban a no turbar la ternura con que me quería, sin

hacerme culpable de un egoísmo miserable. Mi impotencia para reparar el daño; la

seguridad en que estaba, después de una madura reflexión, de que, habiendo estropeado

voluntariamente y por mí mismo mi destino, y habiendo obtenido la clase de cariño que

mi corazón impetuoso le había pedido, no me daba derecho a quejarme y sólo me

quedaba sufrir. Eso era todo lo que llenaba mi alma y mis pensamientos; pero la quería y

me consolaba al pensar que quizá llegaría un día en que podría confesarme con ella sin

remordimientos; un día muy lejano en que podría decirle:

«Agnes, mira cómo estaba cuando volví a tu lado, y ahora soy viejo, y no he podido

volver a querer a nadie desde entonces». En cuanto a ella, no demostraba el menor

cambio en sus sentimientos ni en su modo de tratarme. Era lo que había sido siempre para

mí, ni más ni menos.

Entre mi tía y yo este asunto parecía haber sido desechado de las conversaciones, no

porque nos hubiéramos propuesto evitarlo, sino porque, por una especie de compromiso

tácito, pensábamos cada uno por su lado, pero sin decir en alto nuestro pensamiento.

Cuando, siguiendo nuestra antigua costumbre, estábamos por la noche sentados al lado

del fuego, a veces nos quedábamos absortos en aquellos sueños; pero con toda

naturalidad, como si hubiéramos hablado de ello siempre sin reservas. Y, sin embargo,

guardábamos silencio. Yo creo que ella había leído en mi corazón y comprendía por qué

me condenaba al silencio.

Navidad se acercaba y Agnes nada me decía. Empezaba a temer que se hubiera dado

cuenta del estado de mi alma y que guardara su secreto por no hacerme sufrir. Si era así,

mi sacrificio había sido inútil y no había cumplido ni el menor de mis deberes con ella.

Por fin me decidí a zanjar la dificultad; si existía entre nuestra confianza semejante

barrera, había que romperla con mano enérgica.

Era un día de invierno, frío y oscuro. ¡Cuántas razones tengo para recordarlo! Había

caído algunas horas antes una nevada que, sin ser demasiado espesa, se había helado en el

suelo, cubriéndolo. A través de los cristales de mi ventana veía los efectos del viento, que

soplaba con violencia. Acababa de pensar en las ráfagas que debían de barrer en aquel

momento las soledades de nieve de Suiza, y sus montañas, inaccesibles a los hombres en

aquella estación, y me preguntaba qué era más solitario, si aquellas regiones aisladas o

aquel océano desierto.

-¿Sales hoy a caballo, Trot? -dijo mi tía entreabriendo la puerta.

-Sí -le dije-; voy a Canterbury. Es un día hermoso para montar.

-¡Ojalá tu caballo sea de la misma opinión -dijo mi tía-, pues está delante de la puerta,

con las orejas gachas y la cabeza inclinada, como si prefiriera la cuadra al paseo!

Yo creo que mi tía olvidaba que mi caballo atravesaba el césped, pero sin flaquear en su

severidad con los asnos.

-Ya se animará, no temas.

-En todo caso, el paseo le sentará bien a su amo –dijo mi tía, mirando los papeles

amontonados encima de la mesa-. ¡Ay, hijo mío!; trabajas demasiadas horas. Antes,

cuando leía un libro, nunca me hubiera figurado que le costaba tanto trabajo a su autor.

-A veces, leer cuesta trabajo -le contesté, Y el trabajo de autor no deja de tener

encantos, tía.

-¡Ah, sí! La ambición, el afán de gloria, la simpatía, y otras muchas cosas, supongo.

¡Bah! ¡Buen viaje!

-¿Sabes algo más -le dije, con tranquilidad, mientras se sentaba en mi sillón, después de

haberme dado un golpecito en la espalda-, sabes algo más sobre el enamoramiento de

Agnes, de que me hablaste?

Me miró fijamente antes de contestarme.

-Creo que sí, Trot.

Me miraba de frente, con una especie de duda, de compasión, de desconfianza en sí

misma, y viendo que yo trataba de demostrarle una alegría perfecta:

-Y lo que es más, Trot… -me dijo

-¡Y bien!

-Es que creo que va a casarse.

-¿Que Dios la bendiga! –dije alegremente.

-¡Que Dios la bendiga -dijo mi tía-, y a su marido también!

Me uní a sus deseos mientras le decía adiós; bajé rápidamente la escalera, me subí al

caballo y partí. «Razón de más -pensé- para adelantar la explicación.»

¡Cómo recuerdo aquel viaje triste y frío! Los trozos de hielo barridos por el viento

venían a golpearme el rostro; las herraduras de mi caballo llevaban el compás sobre el

suelo endurecido; la nieve, arrastrada por la brisa, se arremolinaba. Los caballos,

humeantes, se detenían en lo alto de las colinas, para resoplar, con sus carros cargados de

heno y sacudiendo sus cascabeles armoniosos. Los valles que se veían al pie de las

montañas se dibujaban en el horizonte negruzco como líneas inmensas trazadas con tiza

sobre una pizarra gigantesca.

Encontré a Agnes sola. Sus discípulas habían vuelto a sus casas. Leía al lado de la

chimenea. Dejó el libro al verme entrar y me acogió con su cordialidad acostumbrada;

tomó la labor y se sentó al lado de una de las ventanas.

Yo me senté a su lado y nos pusimos a hablar de lo que yo hacía, del tiempo que

necesitaba todavía para terminar mi obra, de lo que había hecho desde mi última visita.

Agnes estaba muy alegre; me dijo que pronto me haría demasiado famoso para que se me

pudiera hablar de semejantes cosas.

-Por eso verás que me aprovecho del presente -me dijo y que no dejo de hacer

preguntas mientras está permitido.

Miré su rostro, inclinado sobre la labor. Ella levantó los ojos y vio que la miraba.

-Parece que hoy estás preocupado, Trot -me dijo.

-Agnes, ¿puedo decirte por qué? He venido para decírtelo.

Dejó su labor, como acostumbraba a hacerlo cuando discutíamos seriamente, y me

dedicó toda su atención.

-Querida Agnes, ¿dudas de mi sinceridad contigo?

-No -respondió, mirándome sorprendida.

-¿Dudas de que pueda yo dejar de ser lo que he sido siempre para ti?

-No -respondió como la primera vez.

-¿Recuerdas lo que he tratado de decirte a mi vuelta, querida Agnes, de la deuda de

reconocimiento que tengo contigo y del cariño que me inspiras?

-Lo recuerdo muy bien –dijo con dulzura.

-Tienes un secreto, Agnes; permíteme que lo comparta contigo.

Bajó los ojos; temblaba.

-No podía ignorarlo siempre, Agnes, aunque te haya sabido antes por otros labios que

no son los tuyos (lo que me parece extraño); sé que hay alguien a quien has dado el tesoro

de tu amor. No me ocultes una cosa que toca tan de cerca a tu felicidad. ¡Si tienes

confianza en mí, trátame como amigo, como hermano, en esta ocasión sobre todo!

Me lanzó una mirada suplicante, casi de reproche; después, levantándose, atravesó

rápidamente la habitación, como si no supiera dónde ir, y ocultando la cara entre las

manos, se echó a llorar..

Sus lágrimas me conmovieron hasta el fondo del alma, pero despertaron en mí algo que

me dio valor. Sin que supiera cómo, se unían en mi espíritu a la dulce y triste sonrisa que

había quedado grabada en mi memoria, y me causaban una sensación de esperanza más

que de tristeza.

-Agnes, hermana mía, amiga mía, ¿qué he hecho?

-Déjame salir, Trotwood; no me encuentro bien; estoy fuera de mí; ya te contaré… en

otra ocasión… te escribiré. Ahora no; te lo ruego; ¡te lo suplico!

Yo trataba de recordar lo que me había dicho la tarde en que habíamos hablado de la

naturaleza de su afecto, que no necesitaba correspondencia, y me parecía que acababa de

atravesar todo un mundo en un momento.

-Agnes, no puedo soportar el verte así, y sobre todo por mi culpa. Amiga mía, tú, que

eres lo que más quiero en el mundo, si eres desgraciada, déjame que comparta tu pena; si

necesitas ayuda o consejo, déjame que trate de ayudarte; si tienes un peso en el corazón,

déjame que trate de dulcificártelo. ¿Por qué crees que soporto la vida, Agnes, sino por ti?

-¡Oh!, déjame ahora… estoy fuera de mí… En otra ocasión.

Sólo podía distinguir aquellas palabras entrecortadas.

¿Me equivocaba? ¿Me arrastraba mi amor propio a mi pesar? ¿O sería verdad que tenía

derecho para esperar, para soñar que percibía una felicidad en la que nunca me había atrevido

ni a pensar?

-Tengo que hablarte, no puedo dejarlo así. ¡Por amor de Dios, Agnes, no nos

engañemos el uno al otro después de tantos años, después de todo lo que ha pasado!

Quiero hablarte sinceramente. Si crees que puedo estar celoso de la felicidad que tú

puedes dar; si crees que no me resignaría a verte en manos de un protector más querido y

elegido por ti; que en mi aislamiento no vería con satisfacción tu felicidad, desecha ese

pensamiento, porque no es hacerme justicia. ¡De algo me ha servido el sufrir! Y no se han

desperdiciado tus lecciones. ¡No hay el menor egoísmo en mis sentimientos hacia ti,

Agnes!

Se había tranquilizado. Al cabo de un momento volvió hacia mí su rostro, pálido

todavía, y me dijo en voz baja, entrecortada por la emoción, pero muy clara:

-Le debo a tu amistad por mí, Trotwood, el declararte que te equivocas. No puedo

decirte más. Si he necesitado a veces apoyo y consuelo, nunca me han faltado. Si alguna

vez he sido desgraciada, mi pena pasó ya. Si he tenido que llevar una carga, se ha ido

haciendo ligera. Si tengo un secreto, no es nuevo… y no es lo que supones. No puedo ni

revelarlo ni compartirlo con nadie; debo guardarlo para mí sola.

-Agnes, espera todavía un momento.

Se alejó, pero la retuve. Pasé mi brazo alrededor de su talle. «Si alguna vez he sido

desgraciada… mi secreto no es nuevo.» Pensamientos y esperanzas desconocidas

asaltaron mi alma; los colores de mi vida cambiaban.

-Agnes, querida mía, tú, a quien respeto y honro… a quien amo tan tiernamente…

cuando he venido aquí hoy creía que nadie podría arrancarme semejante confesión. Creía

que mi secreto continuaría enterrado en el fondo de mi alma hasta el día de nuestra vejez.

Pero, Agnes, si veo en este momento la esperanza de que un día quizá me permitas que te

dé otro nombre, un nombre mil veces más dulce que el de hermana…

Lloraba; pero ya no eran las mismas lágrimas; brillaba en ellas mi esperanza.

-Agnes, tú, que has sido siempre mi guía y mi mayor apoyo. Si hubieras pensado un

poco más en ti misma y un poco menos en mí, cuando crecíamos juntos, creo que mi

imaginación vagabunda no se hubiese dejado arrastrar lejos de tu lado. Pero estabas tan

por encima de mí, me eras tan necesaria en mis penas y en mis alegrías de niño, que tomé

la costumbre de confiarme a ti, de apoyarme en ti para todo; y esta costumbre ha llegado

a ser en mí una segunda naturaleza, que tomó el lugar de mis primeros sentimientos, el de

la felicidad de quererte como te quiero.

Agnes seguía llorando; pero ya no eran lágrimas de tristeza: ¡eran lágrimas de alegría!

Y yo la tenía en mis brazos como no la había tenido nunca, como nunca había soñado en

tenerla.

-Cuando quería a Dora, Agnes y ya sabes si la quería tiernamente…

-Sí -exclamó con viveza-; y soy dichosa sabiéndolo.

-Cuando la quería, aun entonces mi amor habría sido incompleto sin tu simpatía. La

tenía, y por eso no me faltaba nada. Pero al perder a Dora, Agnes, ¿qué hubiera hecho sin

ti?

Y la estrechaba en mis brazos, contra mi corazón. Su cabeza descansaba, temblando, en

mi hombro; sus ojos, tan dulces, buscaban los míos, brillando de alegría a través de sus

lágrimas.

-Cuando me fui, Agnes, te quería. Desde lejos no he dejado de quererte… y de vuelta

aquí, te quiero.

Entonces traté de contarle la lucha que había tenido que sostener conmigo mismo y la

conclusión a que había llegado. Traté de revelarle toda mi alma. Traté de hacerle comprender

cómo había intentado conocerla más y conocerme a mí mismo; cómo me había

resignado a lo que había creído descubrir, y cómo aquel mismo día había venido a verla,

fiel a mi resolución. Si me quería lo bastante para casarse conmigo, ya sabía yo que no

era por mis méritos, pues el único que tenía era el haberla amado fielmente y el haber

sufrido mucho, y eso último era lo que me había decidido a confesárselo todo. ¡Oh

Agnes! En este momento vi brillar en sus ojos el alma de mi «mujer-niña», y me dijo: <

Está bien», y encontré en ella el más precioso recuerdo de la florecita que se había

deshojado en todo su esplendor.

-¡Soy tan dichosa, Trotwood! Mi corazón está tan lleno; pero tengo que decirte una

cosa.

-¿Qué, vida mía?

Puso con dulzura sus manos en mis hombros, y mirándome serenamente al rostro, me

dijo:

-¿No sabes lo que es?

-No me atrevo a pensarlo; dímelo tú, querida.

-¡Que te he querido toda mi vida!

¡Oh, qué dichosos éramos, qué dichosos éramos! Ya no llorábamos por nuestras penas

pasadas (las suyas eran mayores que las mías); llorábamos de alegría al vemos así, el uno

junto al otro, para no separamos nunca.

Estuvimos paseando por el campo en aquella tarde de invierno, y la naturaleza parecía

compartir la alegría tranquila de nuestras almas. Las estrellas brillaban por encima de nosotros,

y, con los ojos en el cielo, bendecíamos a Dios por habernos llevado a aquella

tranquila dicha.

De pie, juntos ante la ventana abierta, contemplábamos la luna, que brillaba. Agnes fijó

sus ojos tranquilos en ella; yo seguí su mirada. Un gran espacio se abría en tomo mío; me

parecía ver a lo lejos, por aquella carretera, un pobre chico, solo y abandonado, que ahora

podía decir, del corazón que latía contra el suyo: « ¡Es mío! ».

La hora de la comida se acercaba cuando aparecimos al día siguiente en casa de mi tía.

Peggotty me dijo que estaba en mi cuarto. Ponía su orgullo en tenerlo muy en orden y

preparado para recibirme. La encontramos leyendo, con los lentes puestos, al lado de la

chimenea.

-¡Dios mío! —dijo al vemos entrar—. ¿Qué me traes a casa?

-¡Es Agnes! -le dije.

Habíamos acordado empezar con mucha discreción, y mi tía se desconcertó al decir yo:

«Es Agnes»; me había lanzado una mirada llena de esperanza; pero viendo que estaba tan

tranquilo como de costumbre, se quitó las gafas, con desesperación, y se frotó

vigorosamente la punta de la nariz.

Sin embargo, acogió a Agnes con todo su corazón, y pronto bajamos a comer. Dos o

tres veces mi tía se puso las gafas para mirarme; pero se las quitaba enseguida, desconcertada,

y volvía a frotarse la nariz. Todo con gran disgusto de míster Dick, que sabía que

era mala señal.

-A propósito, tía -le dije después de comer-: he hablado con Agnes de lo que me habías

dicho.

-Entonces, Trot -dijo mi tía, poniéndose muy colorada-, has hecho muy mal; debías

haber cumplido tu promesa.

-No te enfadarás, tía, cuando sepas que Agnes no tiene ningún cariño que la haga

desgraciada.

-¡Qué absurdo! —dijo mi tía.

Y viéndola muy molesta pensé que mejor era terminar de una vez. Cogí la mano de

Agnes y fuimos los dos a arrodillarnos delante de su butaca. Mi tía nos miró, juntó las

manos y, por la primera y última vez de su vida, tuvo un ataque de nervios.

Peggotty acudió. En cuanto mi tía se repuso se arrojó a su cuello, la llamó vieja loca y

la abrazó. Después abrazó a míster Dick (que se consideró muy honrado y no menos sorprendido)

y se lo explicó todo. La alegría fue desbordante.

Nunca he podido descubrir si en su última conversación conmigo mi tía se permitió una

mentira piadosa, o si se había engañado sobre el estado de mi alma. Todo lo que me había

dicho, según me repetía, es que Agnes se iba a casar, y ahora yo sabía mejor que nadie si

era verdad.

Nuestra boda tuvo lugar quince días después. Traddles y Sofía, el doctor y mistress

Strong fueron los únicos invitados a nuestra tranquila unión. Los dejamos con el corazón

lleno de alegría, para irnos en coche. Tenía en mis brazos a la que había sido para mí el

manantial de todas las nobles emociones que había sentido, la que había sido el centro de

mi alma, el círculo de mi vida… ¡Mi mujer! Y mi cariño por ella estaba tallado en la roca.

-Esposo mío -dijo Agnes-; ahora que puedo darte este nombre, tengo todavía algo que

decirte.

-Dilo, amor mío.

-Es un recuerdo de la noche en que Dora murió.

-Ya sabes que te rogó que fueras a buscarme.

-Sí.

-Me dijo que me dejaba una cosa; y ¿sabes lo que era?

Creí adivinarlo, y estreché más fuerte contra mi corazón a la mujer que me amaba

desde hacía tanto tiempo.

-Me dijo que me hacía una última súplica y que me encargaba un último deber que

cumplir.

-¿Y era?

-Nada más que ocupara el sitio que ella dejaba vacío.

Y Agnes, apoyando su cabeza en mi pecho, lloraba, y yo lloraba con ella, aunque

éramos muy dichosos.

CAPÍTULO XXIII

UN VISITANTE

Llego al fin de lo que me había propuesto relatar; pero hay todavía un incidente en el

que mi recuerdo se detiene a menudo con gusto, y sin el cual faltaría algo.

Mi nombre y mi fortuna habían crecido, y mi felicidad doméstica era perfecta, llevaba

casado diez años. Una tarde de primavera estábamos sentados al lado del fuego, en nuestra

casa de Londres, Agnes y yo. Tres de nuestros niños jugaban en la habitación, cuando

vinieron a decirme que un desconocido quería venue.

Le habían preguntado si venía para negocios, y había contestado que no, que venía para

tener el gusto de verme, y que llegaba de un largo viaje. Mi criado decía que era un

hombre de edad y que tenía un aspecto colonial.

Aquella noticia me produjo cierta emoción; tenía algo misterioso que recordaba a los

niños el principio de una historia favorita que a su madre le gustaba contarles, y donde se

veía llegar, disfrazada así, bajo una capa, a un hada vieja y mala que detestaba a todo el

mundo. Uno de nuestros niños escondió la cabeza en las rodillas de su madre, para estar a

salvo de todo peligro, y la pequeña Agnes (la mayor de nuestros hijos) sentó a la muñeca

en su silla para que figurase en su lugar, y corrió a esconderse detrás de las cortinas de la

ventana, por donde dejaba asomar el bosque de bucles dorados de su cabecita rubia,

curiosa de ver lo que sucedería.

-Díganle que pase -dije yo.

Y vimos aparecer y detenerse en la sombra de la puerta a un anciano de aspecto

saludable y robusto, con cabellos grises. La pequeña Agnes, atraída por su aspecto

bondadoso, corrió a su encuentro; yo no había reconocido todavía bien sus rasgos,

cuando mi mujer, levantándose de pronto, me dijo con voz conmovida que era míster

Peggotty.

¡Era míster Peggotty! Estaba viejo; pero de esa vejez bermeja viva y vigorosa. Cuando

se calmó nuestra primera emoción y estuvo sentado, con los niños encima de las rodillas,

delante del fuego, cuya llama iluminaba su rostro, me pareció más fuerte, más robusto, y

hasta ¿lo diré? más guapo que nunca.

-Señorito Davy -dijo, y aquel nombre de otro tiempo, pronunciado en el tono de otro

tiempo, halagaba mi oído-. Señorito Davy, ¡es un hermoso día para mí este en que vuelvo

a verle con su excelente esposa!

-¡Sí, amigo mío; es verdaderamente un hermoso día! -exclamé.

-Y estos preciosos niños -dijo míster Peggotty- parecen florecillas. Señorito Davy, no

era usted mayor que el más pequeño de estos tres cuando le vi por primera vez. Emily era

lo mismo, y nuestro pobre muchacho también era un chiquillo.

-He cambiado mucho desde entonces -le dije, Pero dejemos a los niños que vayan a

acostarse, y como en toda Inglaterra no puede haber para usted por esta noche más albergue

que esta casa, dígame dónde puedo enviar a buscar su equipaje, y después,

mientras bebemos un vaso de aguardiente de Yarmouth, charlaremos de lo sucedido en

estos diez años.

-¿Ha venido usted solo? -preguntó Agnes.

-Sí, señora -dijo, besándole la mano-; he venido solo.

Se sentó a nuestro lado. No sabíamos cómo demostrarle nuestra alegría; y escuchando

aquella voz, que me era tan familiar, estaba a punto de creer que vivíamos todavía en los

tiempos en que emprendía su largo viaje en busca de su sobrina querida.

-Es un buen charco que atravesar para tan poco tiempo. Pero el agua nos conoce (sobre

todo cuando es salada), y los amigos son los amigos, ¡y ya estarnos reunidos! Casi me ha

salido en verso -dijo míster Peggotty, sorprendido de aquel descubrimiento–; pero ha

sido sin querer.

-¿Y piensa usted volver a recorrer toda esas millas muy pronto? -preguntó Agnes.

-Sí, señora -respondió-; se lo he prometido a Emily antes de partir. Pero, ¿saben

ustedes?, los años no me rejuvenecen, y si no hubiera venido ahora es probable que no lo

hubiese hecho nunca. Y tenía demasiadas ganas de verlos, señorito Davy, en su casa feliz,

antes de hacerme demasiado viejo.

Nos miraba como si no pudiera saciar sus ojos. Agnes le retiró de la frente, con alegría,-

los largos mechones de sus cabellos grises para que pudiera vemos mejor.

-Y ahora, cuéntenos usted -le dije- todo lo sucedido.

-No es muy largo, señorito Davy. No hemos hecho fortuna, pero hemos prosperado

bastante. Claro que hemos trabajado mucho; y al principio era una vida un poco dura. Sin

embargo, hemos prosperado. Hemos criado corderos, hemos cultivado la tierra, hemos

hecho un poco de todo, y hemos terminado por estar todo lo bien que podíamos desear.

Dios nos ha protegido siempre -dijo, inclinando respetuosamente la cabeza-, y hemos

tenido éxito; es decir, a la larga, no en el primer momento; si no era ayer, era hoy, y si no

era hoy, era mañana.

-¿Y Emily? —dijimos a la vez Agnes y yo.

-Emily, señora, desde nuestra partida no ha dicho ni una vez su oración de la noche, al

irse a acostar, allá en los bosques del otro lado del sol, sin pronunciar su nombre. Cuando

usted la dejó y perdimos de vista al señorito Davy, aquella famosa tarde en que partimos,

al principio estaba muy abatida, y estoy seguro de que si hubiera sabido entonces lo que

el señorito Davy tuvo la prudencia y la bondad de ocultarnos, no hubiese podido resistir

el golpe. Pero había a bordo buenas gentes, y había enfermos, y se dedicó a cuidarlos;

también había niños en quienes ocuparse, y eso la distraía; y haciendo el bien a su

alrededor, se lo hacía a sí misma.

-¿Y cuándo supo la desgracia? -le pregunté.

-Se la he ocultado aun después de saberlo yo –dijo míster Peggotty-. Vivíamos en un

lugar solitario, pero en medio de los árboles más hermosos y de rosales que subían hasta

nuestro tejado. Un día, mientras yo trabajaba en el campo, llegó un viajero inglés, de

nuestro Norfolk o Suffolk (no sé bien cuál de los dos), y, como es natural, le hicimos

entrar para darle de comer y de beber; lo recibimos lo mejor que pudimos. Es lo que

hacemos todos en la colonia. Llevaba consigo un periódico viejo, donde estaba el relato

de la tempestad. Así se enteró. Cuando volví por la noche vi que lo sabía.

Bajó la voz al decir aquello, y su rostro tomó la expresión de gravedad que tan bien le

conocía.

-¿Y eso la ha cambiado mucho?

-Sí; durante mucho tiempo, quizá aún ahora mismo. Pero creo que la soledad le ha

hecho mucho bien. Tiene mucho que hacer en la granja; tiene que cuidar las aves y muchas

cosas más. El trabajo le ha hecho bien. No sé -dijo pensativo-si ahora reconocería

usted a nuestra Emily, señorito Davy.

-¿Tanto ha cambiado?

-No lo sé; como la veo todos los días, no puedo saberlo; pero hay momentos en que me

parece que está tan delgada -dijo míster Peggotty mirando el fuego- y tan decaída, con

sus tristes ojos azules; tiene el aspecto delicado, y su linda cabecita, un poco inclinada, la

voz tranquila… casi tímida. ¡Así es mi Emily!

Le observábamos en silencio; él seguía mirando al fuego, pensativo.

-Unos creen que es un amor mal correspondido; otros, que su matrimonio ha sido roto

por la muerte. Nadie sabe lo que es. Hubiese podido casarse; no le han faltado ocasiones;

pero me ha dicho siempre: «No, tío; eso ha terminado para mí». Conmigo está alegre;

pero es muy reservada cuando hay extraños; y le gusta ir lejos, para dar una lección a un

niño, o cuidar un enfermo, o para hacer un regalo a alguna chica que se va a casar: pues

ella ha hecho muchas bodas, pero sin querer asistir nunca a ninguna. Quiere con ternura a

su tío; es paciente; todo el mundo la adora, jóvenes y viejos. Todos los que sufren la

buscan. ¡Esa es mi Emily!

Se pasó la mano por los ojos, con un suspiro, y levantó la cabeza.

-¿Y Martha, está todavía con usted? -pregunté.

-Martha se casó al segundo año, señorito Davy. Un muchacho, un joven labrador, que

pasaba por delante de casa al ir al mercado con las reses de su amo… el viaje es de quinientas

millas para ir y volver.. la pidió en matrimonio (las mujeres escasean por allí)

para ir a establecerse por su cuenta en los grandes bosques. Ella me pidió que le contara

su historia a aquel hombre, sin ocultarle nada. Yo lo hice; se casaron, y viven a

cuatrocientas millas de toda voz humana. No oyen más voz que la suya y la de los

pajaritos…

-¿Y mistress Gudmige? -le pregunté.

Hay que creer que habíamos tocado una cuerda sensible, pues míster Peggotty se echó a

reír y se frotó las piernas con las manos, de arriba abajo, como hacía antes en el viejo

barco cuando estaba de buen humor.

-Me creerán si quieren; pero también la han pedido en matrimonio. ¡Si el cocinero de

un barco, que ha ido a establecerse allí, señorito Davy, no ha pedido a mistress Gudmige

en matrimonio, que me ahorquen! ¿Qué más puedo decirles?

Nunca he visto a Agnes reír de tan buena gana. El entusiasmo súbito de míster Peggotty

la divertía de tal modo, que no podía contenerse, y cuanto más reía, más me hacía reír, y

más crecía el entusiasmo de míster Peggotty, y más se frotaba este las piernas.

-¿Y qué le ha contestado mistress Gudmige? -pregunté cuando recobré un poco de

serenidad.

-Pues bien; en lugar de contestarle: « Muchas gracias, se lo agradezco mucho, pero no

quiero cambiar de estado a mi edad», mistress Gudmige cogió una jarra llena de agua,

que tenía a su lado, y se la vació en la cabeza. El desgraciado cocinero empezó a pedir

socorro con todas sus fuerzas.

Y míster Peggotty se echó a reír, y nosotros con él.

-Pero debo decir, para hacer justicia a esa excelente criatura -prosiguió, enjugándose los

ojos, que le lloraban de tanto reír—, que ha cumplido todo lo prometido, y más todavía.

Es la mujer más amable, más fiel y más honrada que existe, señorito Davy. No se ha

quejado ni una sola vez de estar sola y abandonada, ni siquiera cuando hemos tenido que

trabajar tanto al desembarcar. En cuanto al «viejo», ya no piensa en él, se lo aseguro,

desde su salida de Inglaterra.

-Ahora –dije-, hablemos de míster Micawber. ¿Sabe usted que ha pagado todo lo que

debía aquí, hasta el pagaré de Traddles? ¿Lo recuerdas, mi querida Agnes? Por consecuencia,

debemos suponer que ha tenido éxito en sus empresas. Pero denos usted noticias

suyas.

Míster Peggotty metió, sonriendo, la mano en el bolsillo de su chaleco y, sacando un

paquete muy bien doblado, desplegó con el mayor cuidado un periódico chiquito, de aspecto

muy cómico.

-Tengo que decirle, señorito Davy, que hemos dejado el bosque y que ahora vivimos

cerca del puerto de Middlebay, donde hay lo que podríamos llamar una ciudad.

-¿Y míster Micawber, estuvo con ustedes en el bosque?

-Ya lo creo -dijo míster Peggotty-, y de muy buena gana. Nunca he visto nada

semejante. Le veo todavía, con su cabeza calva, inundada de sudor de tal modo, bajo un

sol ardiente, que me parecía que se iba a derretin Ahora es magistrado.

-¿Magistrado? -dije.

Míster Peggotty señaló con el dedo un párrafo del periódico, donde leí lo que sigue, del

Port Middlebay Times:

« El banquete ofrecido a nuestro eminente colono y conciudadano

Wilkins Micawber, magistrado del distrito de Port Middlebay, ha tenido

lugar ayer, en la gran sala del hotel, donde había una multitud ahogante.

Se calcula que no había menos de cuarenta y seis personas en la mesa, sin

contar a todos los que llenaban corredores y escaleras. La sociedad más

escogida de Middlebay se había dado cita para honrar a este hombre tan

notable, tan estimado y tan popular. El doctor Mell (de la Escuela Normal

de Salem House Port Middlebay) presidía el banquete; a su derecha estaba

sentado nuestro ilustre huésped. Cuando, después de quitar los manteles y

de ejecutar de una manera admirable nuestro himno nacional de Non

nobis, en el cual se ha distinguido principalmente la voz metálica del

célebre aficionado Wilkins Micawber, hijo, se ha brindado, según

costumbre de todo fiel ciudadano, entre las aclamaciones de la asamblea,

de asentimiento, el doctor Mell lo ha hecho por la salud de nuestro ilustre

huésped, ornato de nuestra ciudad: «¡Ojalá no nos abandone, si no es para

engrandecerse todavía mas, y ojalá su éxito entre nosotros sea tal que

resulte imposible elevarle más alto! ». Nada podrá describir el entusiasmo

con que fue recibido este brindis. Los aplausos crecían, rodando con

impetuosidad, como las olas en el océano. Por fin se consiguió el silencio,

y Wilkins Micawber se levantó para dar las gracias. No trataremos, dadas

las malas condiciones acústicas del local, de seguir a nuestro elocuente

conciudadano en los diferentes períodos de su respuesta, adornada con las

flores más elegantes de la oratoria. Nos bastará decir que era una obra

maestra de elocuencia, y que las lágrimas llenaron los ojos de todos los

asistentes cuando, aludiendo al principio de su feliz carrera, ha suplicado a

los jóvenes presentes entre el auditorio que nunca se dejasen arrastrar a

contraer compromisos pecuniarios que les fuera imposible cumplir. Se ha

vuelto a brindar por el doctor Mell y por mistress Micawber, que ha dado

las gracias, con un gracioso saludo, desde la gran puerta, donde una gran

cantidad de jóvenes bellezas estaban subidas en las sillas para admirar y

embellecer a la vez el conmovedor espectáculo. También se brindó por

mistress Pidger Begs (antes, miss Micawber), por mistress Mell, por Wilkins

Micawber, hijo (que ha hecho reír a toda la asamblea al pedir permiso

para expresar su agradecimiento con una canción mejor que con un

discurso), por la familia entera de míster Micawber (bien conocido en su

madre patria, es inútil nombrarla, por lo tanto), etc., etc. Al fin de la

sesión, las mesas desaparecieron como por encanto, para dejar sitio a los

aficionados al baile. Entre los discípulos de Terpsícore, que no han dejado

de bailar hasta que el sol les ha recordado la hora de retirarse, se ha podido

observar a Wilkins Micawber, hijo, y a la encantadora miss Helena, la

cuarta hija del doctor Mell.»

Leí con gusto el nombre del doctor Mell, y estaba encantado de descubrir en tan

brillante situación a míster Mell, el maestro, el antiguo sufrelotodo del funcionario de

Middlesex, cuando míster Peggotty me indicó otra página del mismo periódico, donde leí

«A DAVID COPPERFIELD

EL EMINENTE AUTOR

Mi querido amigo:

Han pasado muchos años desde que podía contemplar con mis ojos los rasgos,

ahora familiares a la imaginación, de una considerable porción del mundo civilizado.

Pero, amigo mío, aunque esté privado, por un concurso de circunstancias que no

dependen de mí, de la compañía del compañero de mi juventud, no he dejado de

seguirle con el pensamiento en el rápido impulso que ha tomado su vuelo. Nada

ha podido impedirme, ni aun el océano,

que nos separa tempestuoso

(BURNS.)

el que participara de las fiestas intelectuales que nos ha prodigado.

No puedo dejar salir de aquí a un hombre que estimamos y respetamos los dos,

mi querido amigo, sin aprovechar esta ocasión pública de darle las gracias en mi

nombre, y, no temo decirlo, en el de todos los habitantes de Port Middlebay, por

el placer de la ciudad de que es usted poderoso agente.

Adelante, amigo mío. Usted no es desconocido aquí; su talento es apreciado.

Aunque relegado en un país lejano, no hay que creernos por eso, como dicen

nuestros detractores, ni indiferentes ni melancólicos. ¡Adelante, amigo mío;

continúe su vuelo de águila! Los habitantes de Port Middlebay le seguirán a través

de las nubes, con delicia y con afán de instruirse.

Y entre los ojos que se levantarán hacia usted desde esta región del globo,

mientras tengan luz y vida,

estarán

los

pertenecientes a

WILKINS MICAWBER,

Magistrado.»

Recorriendo las otras páginas del periódico descubrí que míster Micawber era uno de

los corresponsales más activos y más estimados. Había otra carta suya relativa a la construcción

de un puente. Había también el anuncio de una nueva edición de la colección de

sus obras maestras epistolares, en un bonito volumen, considerablemente aumentado; y, o

mucho me equivoco, o el artículo de fondo era también de su mano.

Mientras míster Peggotty estuvo en Londres hablamos muchas veces de míster

Micawber; pero sólo estuvo un mes. Su hermana y mi tía vinieron a Londres para verle, y

Agnes y yo fuimos a decirle adiós, a bordo del navío, cuando se embarcó. Ya no

volveremos a decirle adiós en la tierra.

Pero antes de dejar Inglaterra, fue conmigo a Yarmouth para ver la lápida que yo había

hecho colocar en el cementerio, en recuerdo de Ham. Mientras que, a petición suya, copiaba

yo la corta inscripción que estaba grabada en ella, le vi inclinarse y coger de la

tumba un poco de musgo.

-Es para Emily -me dijo, guardándoselo en el pecho-; se lo he prometido, señorito

Davy.

CAPÍTULO XXIV

ÚLTIMA MIRADA RETROSPECTIVA

Y ahora que ha terminado mi historia, vuelvo por última vez mi vista atrás, antes de

cerrar estas páginas.

Me veo con Agnes a mi lado, continuando nuestro viaje por la vida. Nos rodean

nuestros hijos y amigos, y a veces, a lo largo del camino me parece oír voces que me son

queridas.

¿Cuáles serán los rostros que más me atraen entre esa multitud de voces? Aquí están, se

me acercan para contestar a mi pregunta.

Primero, mi tía, con sus gafas, un poco más gordas. Tiene ya más de ochenta años; pero

sigue tan tiesa como un huso, y aun en invierno anda sus seis millas a pie, de un tirón.

Con ella está siempre mi querida y vieja Peggotty, que también lleva gafas; y por la

noche se pone al lado de la lámpara, con la aguja en la mano, y no coge nunca la labor sin

poner encima de la mesa su pedacito de cera, su metro dentro de la casita y su caja de

labor, cuya tapa tiene pintada la catedral de Saint Paul.

Las mejillas y los brazos de Peggotty, antes tan duros, que en mi infancia me sorprendía

el que los pájaros no los picasen mejor que a las manzanas, se han empequeñecido; y sus

ojos, que oscurecían con su brillo todo el resto de la cara, se han empañado algo (aunque

brillan todavía). Sólo su dedo índice, tan áspero, es siempre el mismo, y cuando veo al

más pequeño de mis hijos agarrarse a él, tambaleándose, para it de mi tía a ella, recuerdo

nuestro gabinete de Bloonderstone y los tiempos en que apenas yo mismo sabía andar. Mi

tía, por fin, se ha consolado de su desilusión; es madrina de una verdadera Betsey

Trotwood de carne y hueso, y Dora (la que viene después) pretende que la tía la mime.

Hay algo que abulta mucho en el bolsillo de Peggotty. Es nada menos que el libro de

los cocodrilos; está en bastante mal estado; muchas hojas están arrancadas y vueltas a

sujetar con un alfiler; pero Peggotty se lo enseña todavía a los niños como una preciosa

reliquia. Nada me divierte tanto como ver en la segunda generación mi rostro de niño,

levantando hacia mí sus ojos maravillados con las historias de los cocodrilos. Eso me

hace acordarme de mi antiguo amigo Brooks de Shefield.

En medio de mis hijos, en un hermoso día de verano, veo a un anciano que lanza

cometas, y las sigue con la mirada, con una alegría que no se puede expresar. Me acoge

radiante y me hace una multitud de señas misteriosas:

-Trotwood, sabrás que cuando no tenga otra cosa que hacer acabaré la Memoria, y que

tu tía es la mujer más admirable del mundo.

¿Quién es esa señora que anda encorvada apoyándose en un bastón? Reconozco en su

rostro las huellas de una belleza altiva que ya pasó, y que trata de luchar todavía contra la

debilidad de su inteligencia extraviada. Está en un jardín. A su lado hay una mujer

brusca, sombría, ajada, con una cicatriz en los labios. Oigamos lo que dicen:

-Rosa, he olvidado el nombre de este caballero.

Rosa se inclina hacia ella y le anuncia a míster Copperfield.

-Me alegro mucho de verle, caballero, y siento mucho observar que está usted de luto.

Espero que el tiempo le traerá algún consuelo.

La persona que la acompaña la regaña por su distracción

-No está de luto; fíjese usted -y trata de sacarla de sus sueños.

-¿Ha visto usted a mi hijo, caballero? ¿Se han reconciliado ustedes?

Después, mirándome con fijeza, lanza un gemido y se lleva la mano a la frente;

exclama con voz terrible:

-¡Rosa, ven aquí; ha muerto!

Y Rosa, arrodillada delante de ella, le prodiga a la vez sus caricias y sus reproches; o

bien exclama, con amargura: «Yo le amaba más de lo que usted le amaba»; o se esfuerza

en hacerla dormir sobre su pecho, como a un niño enfermo. As ílas he dejado, y así las

encuentro siempre; así de año en año transcurre sus vidas.

Un barco vuelve de la India. ¿Quién es esa señora inglesa casada con un viejo creso

escocés? ¿Será, por casualidad, Julia Mills?

Sí; es Julia Mills, siempre esbelta, con un hombre negro que le entrega las cartas en un

platillo dorado, y una mulata vestida de blanco, con un pañuelo brillante en la cabeza, que

le sirve su Tiffin en su sala de estar. Pero Julia no escribe ya su diario, no canta ya el

funeral del amor; no hace más que pelearse sin cesar con su viejo creso escocés, una

especie de oso amarillo. Julia está sumergida en dinero hasta el cuello; nunca habla ni

sueña con otra cosa. Me gustaba más «en el desierto de Sahara».

Mejor dicho, ahora es cuando está en el desierto de Sahara. Pues Julia, aunque tiene una

casa preciosa, aunque tiene escogidas amistades y da todos los días magníficas comidas,

no ve a su alrededor retoños verdeantes ni el más pequeño capullo que prometa para un

día flores o fruto. Sólo ve lo que llama « su sociedad». Míster Jack Maldon, que desde lo

alto de su grandeza pone en ridículo la mano que le ha elevado y me habla del doctor

como de una antigualla muy divertida. ¡Ah, Julia! Si la sociedad sólo se compone para ti

de caballeros y damas semejantes; si el principio sobre el que reposa es ante todo una

indiferencia confesada por todo lo que puede avanzar o retrasar el progreso de la

humanidad, hubieses hecho mejor, yo creo, perdiéndote «en el desierto de Sahara»; al

menos habrías tenido la esperanza de salir de él.

Pero aquí está el buen doctor, nuestro anciano amigo; trabaja en su Diccionario (está en

la letra d). ¡Qué dichoso es entre su mujer y sus libros! También está con él el Veterano;

pero ha perdido poder y está muy lejos de tener la influencia de antes.

Y este otro hombre atareado, que trabaja en el Templo, con los cabellos (por lo menos

los que le quedan) más recalcitrantes que nunca, gracias al roce constante de su peluca de

abogado, es mi buen, mi antiguo amigo Traddles. Tiene la mesa cubierta de papeles, y le

digo, mirando a mi alrededor:

-Si Sofía fuera todavía tu escribiente, Traddles, tendría un trabajo terrible.

-Es verdad, mi querido Copperfield; pero ¡qué buenos días los de Holtorn Court!, ¿no

es cierto?

-Cuando ella lo aseguraba que un día serías juez, aunque no fuera aquella la opinión

más general.

-De todos modos, si eso llegara a suceder…

-Ya sabes que no has de tardar mucho.

-Pues bien, querido Copperfield, cuando sea juez traicionaré el secreto de Sofía, como

le he prometido.

Salimos del brazo; voy a comer a casa de Traddles, en familia. Es el cumpleaños de

Sofía, y en el camino Traddles me habla de su felicidad presente y pasada.

-He conseguido, mi querido Copperfield, todo lo que deseaba. En primer lugar, el

reverendo Horace ha sido elevado a un cargo donde tiene cuatrocientas cincuenta libras.

Además, nuestros dos hijos reciben una excelente educación y se distinguen en sus

estudios por su trabajo y su éxito. Hemos casado muy bien a tres hermanas de Sofía;

todavía hay otras tres, que viven con nosotros; las otras tres están con su padre desde la

muerte de mistress Crewler, y son felices como reinas.

-Excepto… –dije.

-Excepto la Belleza -dijo Traddles-, sí. Es una desgracia que se haya casado con tan

mala persona. Tenía cierto brillo que la sedujo; pero, después de todo, ahora que está en

casa y que nos hemos desembarazado de él, espero que recobre su alegría.

La casa de Traddles es una de aquellas que Sofía y él examinaban y hacían

mentalmente su distribución en sus paseos de la tarde. Es una casa grande; pero Traddles

guarda sus papeles en el tocador, con las botas. Sofía y él viven en la buhardilla para

dejar las habitaciones bonitas a la Belleza y a las otras hermanas. No hay nunca una

habitación de más en la casa, pues no sé cómo siempre, por una razón o por otra, hay una

infinidad de hermanitas a quienes alojar, y no ponemos el pie en una habitación sin que

se precipiten todas a un tiempo hacia la puerta, y ahoguen, por decirlo así, a Traddles con

sus besos. La pobre.Belleza está ya para siempre con ellos, viuda, con una niña. En honor

del cumpleaños de Sofía han ido a comer las tres hermanas casadas, con sus tres maridos;

además, el hermano de uno de los maridos, el primo de otro, y la hermana de otro, que

me parece muy dispuesta a casarse con el primo. A la cabecera está sentado Traddles

como un patriarca, bueno y sencillo como siempre. Frente a él, Sofía lo mira radiante, a

través de la mesa, con un servicio que brilla lo bastante para no confundirlo tomándolo

por metal inglés.

Y ahora ha llegado el momento de terminar mi tarea. Me cuesta trabajo arrancarme a

mis recuerdos; pero las figuras se borran y desaparecen. Sin embargo, hay una que brilla

como una luz celestial y que ilumina todos los demás objetos que me rodean,

dominándolos, y que permanece.

Vuelvo la cabeza y la veo a mi lado, con su belleza serena. Mi lámpara va a apagarse,

¡he trabajado hasta tan tarde esta noche!; pero la presencia querida, sin la que no soy

nada, me acompaña.

¡Oh Agnes, alma mía! ¡Ojalá tu rostro esté así presente cuando llegue el verdadero fin

de mi vida! ¡Quiera Dios que cuando la realidad se desvanezca ante mis ojos como sombras,

lo encuentre todavía a mi lado, señalándome el cielo!

FIN

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