David Copperfield

14. agosto 2010

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-¡Micawber! -exclamó mistress Micawber llorando-. ¿He merecido que me trates así?

¡Yo que nunca te he abandonado, que no te abandonaré jamás!

-Amor mío -dijo su esposo muy conmovido-, perdóname, y nuestro antiguo amigo

Copperfield también me perdonará, estoy seguro, una susceptibilidad momentánea, causada

por las heridas que acaba de abrir una colisión reciente con un esbirro del Poder (en

otras palabras, con un miserable perteneciente al servicio de las aguas), y espero que perdonarán,

sin condenarlos, estos excesos.

Después de esto, míster Micawber abrazó a mistress Micawber, me estrechó la mano, y

yo deduje, de la alusión que acababa de hacer, que le habían cortado el agua aquella mañana

por no haber pagado la cuenta a la compañía.

Para alejar sus pensamientos de aquel asunto melancólico, le dije que contaba con él

para hacer el ponche, y le enseñé los limones. Su abatimiento, por no decir su desesperación,

desapareció al momento. Yo no he visto jamás a un hombre gozar del perfume de la

corteza del limón, del azúcar, del olor del ron y del vapor del agua caliente como míster

Micawber aquel día. Daba gusto ver su rostro resplandeciente en medio de la nube

formada por aquellas evaporaciones delicadas mientras que mezclaba, que movía y que

probaba; parecía que, en lugar de preparar el ponche, estaba ocupándose en hacer una

fortuna considerable, que debía enriquecer a su familia de generación en generación. En

cuanto a mistress Micawber, yo no sé si fue el efecto de la cofia, o del agua de lavanda, o

de los alfileres, o del fuego, o de las luces; pero salió de mi habitación encantadora

(comparándola, claro está, a como había llegado), y sobre todo alegre como un pájaro.

Supongo, nunca me he atrevido a preguntarlo, pero supongo que después de haber frito

los lenguados mistress Crupp se sintió mala, pues la comida se interrumpió ahí. El

cordero llegó encarnado por el interior y muy pálido por fuera, sin contar con que estaba

cubierto de una sustancia extraña y polvorienta, que parecía demostrar que había caído en

las cenizas de la cocina. Quizá la salsa hubiera podido damos algún dato, pero no la tenía;

«la muchacha» la había derramado por la escalera, donde formaba una larga huella, que,

sea dicho de pasada, siguió allí mientras quiso sin que nadie la molestara. La empanada

de ave no tenía mala cara; pero era una empanada falaz; el interior se parecía a esas cabezas,

desesperantes para el frenólogo, llenas de jorobas y eminencias bajo las cuales no

hay nada de particular. En una palabra, el banquete fue un fiasco, y yo me habría sentido

muy desgraciado (de mi poco éxito quiero decir, pues lo era siempre pensando en Dora)

si no hubiera estado animado por el buen humor de mis huéspedes y por una idea luminosa

de míster Micawber.

-Mi querido Copperfield -dijo míster Micawber-, ocurren accidentes en las casas mejor

cuidadas; pero en las que no son gobemadas por esa influencia soberana que santifica y

realza el… la…; en una palabra, por la influencia de la mujer, revestida del santo carácter

de esposa, pueden esperarse de seguro, y hay que soportarlos con filosofía. Si usted me lo

permite, le haré observar que hay pocos alimentos mejores en su género que un asado

picante con especias, y yo creo que repartiéndonos el trabajo podemos hacerlo en un

momento si la muchacha nos proporciona unas parrillas. Así podremos reparar fácilmente

la desgracia.

En la despensa había unas parrillas sobre las cuales asaba todas las mañanas mi ración

de tocino; las trajeron al momento y pusimos en ejecución la idea de míster Micawber. La

división del trabajo que se le había ocurrido se hizo así: Traddles cortaba el cordero en

lonchas; míster Micawber, que tenía mucho talento para todas las cosas de aquel género,

las cubría de mostaza, de sal y de pimienta; yo las ponía sobre la parrilla y les daba

vueltas con un tenedor; después las quitaba, bajo la dirección de míster Micawber,

mientras que mistress Micawber hacía hervir y movía constantemente la salsa con setas

en una escudilla. Cuando tuvimos bastantes lonchas para empezar caímos sobre ellas con

las mangas todavía remangadas y una nueva serie de lonchas ante el fuego, dividiendo

nuestra atención entre el cordero en servicio activo en nuestros platos y el que se asaba

todavía. La novedad de aquellas operaciones culinarias, su excelencia, la actividad que

exigían, la necesidad de levantarse a cada momento para mirar lo que estaba en el fuego y

volverse a sentar para devorarlo a medida que salía de la parrilla, caliente a hirviendo;

nuestros rostros animados por el ardor interior y el del fuego, todo aquello nos divertía

tanto, que en medio de nuestras risas locas y de nuestros éxtasis gastronómicos, pronto no

quedó del cordero más que los huesos; mi apetito había reaparecido de una manera

maravillosa. Me avergüenza decirlo; pero de verdad creo que olvidé a Dora por un momento,

un momentito nada más, y estoy convencido de que míster y mistress Micawber

no habrían encontrado la fiesta más alegre aunque hubieran vendido una cama para

pagarla. Traddles reía, comía y trabajaba con el mismo afán, y todos hacíamos lo mismo.

Nunca he visto un éxito más completo.

Estábamos en el colmo de la felicidad y trabajábamos cada uno en nuestro

departamento respectivo para poner la última tanda en un estado de perfección que

coronase la fiesta, cuando me percaté de que había entrado un extraño en la habitación; y

mis ojos encontraron los del grave Littimer, que permanecía ante mí con el sombrero en

la mano.

-¿Qué ocurre? -pregunté involuntariamente.

-Usted me dispense, señorito; me habían dicho que pasara. ¿No está aquí mi señor?

-No.

-¿Usted no le ha visto?

-No. ¿Es que no estaba usted con él?

-Por el momento no, señor.

-¿Le ha dicho a usted que le encontraría aquí?

-No precisamente; pero vendrá mañana si no ha venido hoy.

-¿Viene de Oxford?

-Si el señor quisiera hacer el favor de sentarse, yo le pediría permiso para reemplazarle

por el momento.

Diciendo esto, cogió el tenedor sin que yo hiciera ninguna resistencia y se inclinó sobre

la parrilla como si concentrara toda su atención en aquella operación delicada.

La llegada de Steerforth no nos habría molestado mucho; pero al momento nos

sentimos completamente humillados y desanimados con la presencia de su respetable servidor.

Míster Micawber se dejó caer en una silla y se puso a canturrear para demostrar

que estaba completamente a sus anchas. El mango del tenedor, que había ocultado precipitadamente

en su chaleco, asomaba como si acabara de darse una puñalada. Mistress

Micawber se calzó sus guantes oscuros y tomó un aire de languidez elegante. Traddles se

restregó con sus manos grasientas los cabellos, que se erizaron completamente, y miró al

mantel, confuso. En cuanto a mí, ya no era más que un bebé en mi propia mesa y apenas

me atrevía a lanzar una mirada sobre aquel respetable fenómeno, que llegaba no sabía de

dónde para poner mi casa en orden.

Entre tanto, él retiró el cordero de la parrilla y ofreció gravemente a todo el mundo. Se

aceptó, pero todos habíamos perdido el apetito, y no hicimos más que fingir que comíamos.

Al vernos rechazar nuestros platos, los quitó sin ruido y puso el queso en la mesa.

Cuando terminamos, lo quitó al momento, amontonó los platos, dándoselos a la criada,

nos puso vasos pequeños, sirvió el vino y por sí mismo echó de la habitación a la criada.

Todo esto fue ejecutado a la perfección y sin que levantara siquiera los ojos, únicamente

ocupado, al parecer, en lo que hacía. Pero cuando se volvía de espaldas a mí me parecía

que sus codos expresaban altamente su firme convicción de que yo era extraordinariamente

joven.

-¿Quiere usted que haga algo más, señor?

-Le doy las gracias. Pero usted va a comer también.

-No, señor, muchas gracias.

-¿Míster Steerforth viene de Oxford?

-¡Perdón, señor!

-Pregunto si míster Steerforth viene de Oxford.

-Creo que estará aquí mañana, señorito; creía que iba a encontrarle hoy aquí. Pero sin

duda soy yo quien se ha equivocado.

-Si le ve usted antes que yo…

-Perdón, señorito; pero no pienso verle antes que usted.

-En el caso de que le viera usted, le dice que siento mucho que no haya venido hoy,

porque hubiera encontrado a uno de sus antiguos compañeros.

-¿De verdad? -y repartió su saludo entre Traddles y yo, a quien miró.

Tomaba sin ruido el camino de la puerta cuando, haciendo un esfuerzo desesperado

para decirle algo en un tono sencillo y natural, lo que todavía no había conseguido, le

dije:

-¡Eh, Littimer!

-¡Señorito!

-¿Permaneció usted mucho tiempo en Yarmouth aquella vez?

-No mucho, señor.

-¿Ha visto usted acabar el barco?

-Sí señor; me quedé para ver acabar el barco.

-Ya lo sé (levantó los ojos hacia mí respetuosamente). ¿Míster Steerforth no lo habrá

visto todavía?

-No puedo decirle, señor. Creo…. pero realmente no puedo decirle …; deseo buenas

noches al señor.

Incluyó a todos los asistentes en el saludo que siguió a estas palabras, y desapareció.

Mis huéspedes parecieron respirar más libremente después de su partida, y en cuanto a

mí, me sentí de lo más descansado, pues, además de la reserva que me inspiraba siempre

y de la extraña convicción en que estaba de que mis aptitudes se paralizaban delante de

aquel hombre, mi conciencia estaba turbada ante la idea de que ahora yo desconfiaba de

su señor y no podía reprimir cierto temor de que se hubiera dado cuenta. ¿Cómo era que,

teniendo tan pocas cosas que ocultar, temblaba de que aquel hombre llegara a descubrir

mi secreto?

Míster Micawber me sacó de aquellas reflexiones, a las cuales se unía cierto temor,

mezclado con remordimientos, de ver aparecer a Steerforth en persona, haciendo los

mayores elogios de Littimer, ausente, como de un respetable muchacho y un excelente

criado. Hay que hacer observar que míster Micawber había aceptado su parte del saludo

que hizo Littimer, y que lo había recibido con una condescendencia infinita.

-Ahora al ponche, mi querido Copperfield –dijo míster Micawber probándolo-, pues el

ponche es como el viento y la marea, que no espera a nadie. ¡Ah! Está precisamente en su

punto. Amor mío, ¿quieres darme tu opinión?

Mistress Micawber declaró que estaba excelente.

-Entonces beberé -dijo míster Micawber-, si mi amigo Copperfield quiere permitirme

esta libertad, beberé en memoria de los tiempos en que mi amigo Copperfield y yo

éramos más jóvenes y en los que luchábamos uno al lado de otro contra el mundo para

seguir cada uno nuestro camino. Ahora puedo decir de mí mismo y de mi amigo Copperfield

las palabras que hemos cantado tantas veces juntos:

Hemos recorrido los campos buscando el oro

en sentido figurado «en varias ocasiones». No sé exactamente -dijo míster Micawber con

su antigua voz engolada y con su antiguo indescriptible aire de decir algo elegante-, lo

que ese «oro» podrá ser; pero no me cabe duda de que Copperfield y yo lo habríamos

recogido a menudo si hubiera sido posible.

Míster Micawber, al hablar así, bebió un trago. Y todos hicimos lo mismo. Traddles

estaba evidentemente sorprendidísimo y se preguntaba en qué época lejana podía míster

Micawber haberme tenido de compañero en aquella gran lucha con el mundo en que

habíamos combatido uno al lado del otro.

-¡Ah! –dijo míster Micawber aclarándose la garganta y doblemente calentado por el

ponche y por el fuego- Querida mía, ¿otro vasito?

Mistress Micawber dijo que sólo quería una gota; pero no quisimos oír hablar de ello, y

se le llenó el vaso.

-Como estamos aquí entre nosotros, míster Copperfield –dijo mistress Micawber

bebiendo su ponche a traguitos-, y puesto que míster Traddles es de la casa, querría saber

su opinión sobre el porvenir de míster Micawber. El comercio de granos –continuó con

seriedad- puede ser un comercio distinguido, pero no es productivo. Las comisiones que

dan dos chelines y nueve peniques en cuatro días no pueden, por modesta que sea nuestra

ambición, ser consideradas como un buen negocio.

Todos estuvimos de acuerdo en que era verdad.

-Por lo tanto –continuó mistress Micawber, que presumía de espíritu positivo y de

corregir con su buen sentido la imaginación un poco volandera de su esposo-, me hago

esta pregunta: Si con los granos no puede contarse, ¿hacia dónde tirar? ¿Al carbón?

Tampoco. Ya pusimos la atención en él, siguiendo el consejo de mi familia, y sólo

encontramos decepciones.

Míster Micawber, con las dos manos en los bolsillos, se hundía en su sillón y nos

miraba de reojo, moviendo la cabeza como para decir que era imposible exponer más

claramente la situación.

-Los artículos trigo y carbón -dijo mistress Micawber con una seriedad de discusión

cada vez más acentuada- están, por lo tanto, descontados, míster Copperfield; yo, como

es natural, miro a mi alrededor y pienso: ¿Cuál será la situación en que un hombre de las

aptitudes de Micawber tendrá más probabilidades de éxito? Excluyo en primer lugar todo

lo que sean comisiones; las comisiones no son cosa segura, y estoy convencida de que

una cosa segura es lo que mejor conviene al carácter de Micawber.

Traddles y yo expresamos con un murmullo que aquella apreciación del carácter de

míster Micawber era muy acertada y le hacía el mayor honor.

-No le ocultaré, mi querido míster Copperfield -continuó mistress Micawber-, que

desde hace mucho tiempo pienso que el negocio de elaboración de cervezas sería una

cosa muy adecuada para Micawber. ¡No hay más que ver Barclay y Perkins, o Truman,

Hambury y Buxton! Es una vasta escala en la que Micawber (lo sé porque lo conozco)

puede destacarse, y las ganancias, según he oído decir, son enormes. Pero como no hay

medio de que Micawber pueda penetrar en esos establecimientos, pues hasta se niegan a

contestar a las cartas en que ofrece sus servicios para ocupar los puestos más inferiores,

¿para qué pensar en ello? Yo puedo tener la convicción de que mister Micawber…

-¡Hem! Realmente, querida mía -interrumpió mister Micawber.

-Amor mío, cállate –dijo mistress Micawber poniendo su guante marrón sobre el brazo

de su marido-. Yo, mister Copperfield, puedo tener personalmente la convicción de que

las aptitudes de Micawber estarían esencialmente adaptadas en una casa de banca; puedo

asegurar que si tuviera dinero colocado en cualquier casa de banca, el aspecto de Micawber

como representante de la casa me inspiraría absoluta confianza y, por lo tanto,

podría contribuir a extender las relaciones de la banca. Pero si todas las casas de banca se

niegan a abrir esa carrera al talento de Micawber y desechan con desprecio el

ofrecimiento de sus servicios, ¿para que insistir sobre la idea? En cuanto a fundar una

casa de banca, puedo decir que hay miembros de mi familia que si quisieran poner su

dinero entre las manos de Micawber habrían podido crearle un establecimiento de ese

género. Pero si no les da la gana poner ese dinero entre las manos de Micawber, ¿de qué

me sirve pensar en ello? Por lo tanto, no hemos adelantado nada.

Yo sacudí la cabeza y dije:

-Ni un ápice.

Traddles también la sacudió y repitió:

-Ni un ápice.

-¿Qué deduzco de todo esto? -continuó mistress Micawber con el mismo tono de estar

exponiendo un caso claramente-. ¿Cuál es la conclusión, mister Copperfield, a que he

llegado irremisiblemente? No sé si estaré equivocada; pero mi conclusión es que a pesar

de todo tenemos que vivir.

-De ninguna manera -respondí-. No está usted equivocada.

Y Traddles repitió:

-De ninguna manera.

Después añadí yo solo, gravemente:

-Hay que vivir o morir.

-Precisamente -contestó mistress Micawber-; eso es precisamente. Y en nuestro caso,

mi querido Copperfield, no podemos vivir, a no ser que las circunstancias actuales cambien

por completo. Estoy convencida, y se lo he hecho observar muchas veces a

Micawber desde hace tiempo, que las cosas no surgen solas. Hasta cierto punto hay que

ayudarlas un poco a surgir. Puedo equivocarme, pero esa es mi opinión.

Traddles y yo aplaudimos.

-Muy bien -dijo mistress Micawber-. Ahora, ¿qué es lo que yo aconsejo? Tenemos a

Micawber con múltiples facultades y mucho talento…

-Realmente, amor mío -dijo míster Micawber.

-Te lo ruego, querido, déjame acabar. Aquí está Micawber con gran variedad de

facultades y mucho talento; hasta podría añadir que con genio, pero podría decirse que

soy parcial por ser su mujer..

Traddles y yo murmuramos:

-No.

-Y aquí está Micawber sin posición ni empleo. ¿De quién es la responsabilidad?

Evidentemente de la sociedad. Por eso yo querría divulgar un hecho tan vergonzoso, para

obligar a la sociedad a ser justa. Me parece, mi querido Copperfield –dijo mistress

Micawber con energía-, que lo mejor que puede hacer Micawber es lanzar su guante a la

sociedad y decir positivamente: «Veamos quién lo recoge. ¿Hay alguno que se

presente?».

Me aventuré a preguntar a mistress Micawber cómo podría hacer eso.

-Poniendo un anuncio en todos los periódicos -dijo mistress Micawber-. Me parece que

Micawber se debe a sí mismo, a su familia y hasta a la sociedad, que le ha descuidado

durante tanto tiempo, el poner un anuncio en todos los periódicos y describir claramente

su persona y sus conocimientos diciendo: «Y ahora a ustedes toca el emplearme de una

manera lucrativa: dirigidse a W. M., lista de correos Camden Town».

-Esta idea de mistress Micawber, mi querido Copperfield –dijo míster Micawber

acercando a los dos lados de la barbilla las puntas del cuello de su camisa y mirándome

de reojo-, en realidad es el salto maravilloso a que yo aludía la última vez que tuve el

gusto de verle.

-La inserción de los anuncios resulta cara -me aventuré a decir, titubeando.

-Precisamente -dijo mistress Micawber, siempre en su tono lógico-. Tiene usted mucha

razón, mi querido Copperfield. La misma observación le hice yo a Micawber. Pero esa es

precisamente la razón por la que creo que Micawber se debe a sí mismo, como ya he

dicho, a su familia y a la sociedad, el pedir un préstamo sobre un pagaré.

Míster Micawber se apoyó en el respaldo de su silla, jugueteó un poco con su monóculo

y miró al techo; pero me pareció que al mismo tiempo observaba a Traddles, que miraba

el fuego.

-Si ningún miembro de mi familia tiene sentimientos bastante humanos para negociar

ese pagaré …. creo que se puede expresar mejor lo que quiero decir..

Míster Micawber, con los ojos fijos en el techo, sugirió: «Deducir».

-… Para deducir ese pagaré -continuó mistress Micawber-, entonces mi opinión es que

Micawber haría bien yendo a la City y llevándolo a Money Market para sacar lo que

pueda. Si los individuos de Money Market obligan a Micawber a un sacrificio grande, eso

ya es cosa suya y de sus conciencias. Pero no quita para que me parezca una imposición

segura. Por lo tanto, animo a Micawber, mi querido Copperfield, para que lo mire, como

yo, como una imposición segura y para que esté dispuesto a cualquier sacrificio.

No sé por qué me figuré que mistress Micawber daba con aquello una prueba de

desinterés y que sólo le guiaba su abnegación por su marido, y murmuré algo sobre ello,

que Traddles repitió mirando el fuego.

-No quiero -prosiguió mistress Micawber terminando su ponche y echándose sobre los

hombros el chal, antes de retirarse a mi alcoba para hacer sus preparativos de marcha-, no

quiero prolongar estas observaciones sobre los asuntos pecuniarios de Micawber, al lado

de su fuego, mi querido Copperfield, y en presencia de míster Traddles, que no es, en

verdad, amigo nuestro desde hace tanto tiempo como usted, pero al que ya consideramos

como uno de los nuestros; sin embargo, no he podido por menos de ponerles al corriente

de la conducta que aconsejo a Micawber. Siento que ha llegado para él el momento de

obrar por sí mismo y de reivindicar sus derechos, y me parece que es el mejor medio. Sé

que no soy más que una mujer, y el juicio de los hombres es considerado, en general,

como más competente en semejantes materias; pero no puedo olvidar que cuando vivía

con papá y mamá, papá solía decir: «Emma es delicada, pero su opinión sobre cualquier

asunto no es inferior a la de nadie». Papá era demasiado parcial, ya lo sé; pero era un gran

observador de los caracteres, y mi deber y mi razón me prohíben dudar de ello.

A estas palabras, mistress Micawber, resistiendo a todos los ruegos, se negó a asistir a

la terminación del ponche y se retiró a mi alcoba, y, en realidad, yo pensaba que era una

mujer noble, y que debía haber nacido matrona romana, para ejecutar toda clase de actos

heroicos en tiempos de revoluciones políticas.

En la impresión del momento felicité a míster Micawber por la posesión de aquel

tesoro. Traddles también. Míster Micawber nos tendió la mano a los dos, después se

cubrió el rostro con el pañuelo, que al parecer no sabía estuviera tan sucio de tabaco, y

volvió a su ponche en el mayor estado de hilaridad.

Estuvo elocuentísimo. Nos dio a entender que en nuestros hijos volvemos a vivir y que

bajo el peso de las dificultades pecuniarias todo aumento de familia era doblemente bien

venido. Insinuó que mistress Micawber había tenido últimamente algunas dudas sobre

aquel punto; pero que él las había disipado tranquilizándola. En cuanto a su familia, todos

eran indignos de ella, y lo que pensaran le era completamente indiferente; se podían ir al

(cito su propia expresión…) al diablo.

Míster Micawber se lanzó después en un elogio pomposo de Traddles. Dijo que el

carácter de Traddles era una reunión de virtudes sólidas a las cuales él (míster Micawber)

no podía pretender sin duda, pero que no podía por menos de admirar, gracias a Dios.

Hizo una alusión conmovedora a la joven desconocida a quien Traddles había honrado

con su afecto y que también honraba y enriquecía a Traddles con el suyo. Después míster

Micawber brindó a su salud, y yo también. Traddles nos dio las gracias a los dos con una

sencillez y una franqueza que a mí me parecieron encantadoras, diciendo:

-Se lo agradezco mucho, de verdad. ¡Si supieran ustedes lo buena chica que es!

Un momento después, míster Micawber aludió con mucha delicadeza y precauciones al

estado de mi corazón. Sólo una afirmación rotunda de lo contrario le forzaría a renunciar

a la convicción de que su amigo Copperfield amaba y era amado.

Después de un momento de malestar y de emoción, después de negarlo y de

ruborizarme, balbucí, con mi vaso en la mano: « Pues bien, a la salud de D…», lo que

encantó y excitó tanto a míster Micawber, que corrió con un vaso de ponche a mi alcoba

para que su esposa pudiera beber a la salud de D…, lo que hizo con entusiasmo y gritando

con voz aguda: « ¡Bravo, bravo, mi querido Copperfield; estoy encantada, bravo!», y

daba golpes en la pared a manera de aplausos.

La conversación tomó después un sesgo más mundano. Míster Micawber nos dijo que

Camden Town le parecía muy incómodo y que lo primero que pensaba hacer cuando hubiera

conseguido algo con los anuncios era cambiar de casa.

Hablaba de una casa en el extremo occidental de Oxford Street, que daba sobre Hyde

Park y en la que tenía puestos los ojos hacía tiempo, pero a la que de momento no

podrían ir porque se necesitaba mucho dinero. Era probable que durante cierto tiempo

tuvieran que contentarse con el piso alto de una casa encima de alguna tienda respetable,

en Picaddilly por ejemplo; la situación sería cómoda para mistress Micawber, y haciendo

un balcón o levantando un piso o, en fin, con cualquier arreglo de ese estilo sería posible

alojarse allí de una manera cómoda y conveniente durante algunos años, y ocurriera lo

que ocurriera y fuera lo que fuera su casa, podíamos contar -añadió- con que siempre

habría una habitación para Traddles y un cubierto para mí. Le expresamos nuestro

agradecimiento por sus bondades, y él nos pidió que le dispensáramos por haberse

lanzado en aquellos detalles económicos. Era un estado de ánimo muy natural y que

había que excusar a un hombre en vísperas de entrar en una vida nueva.

Mistress Micawber en aquel momento golpeó de nuevo en la pared para saber si el té

estaba preparado, interrumpiendo así nuestra conversación amistosa. Nos sirvió el té de la

manera más amable, y siempre que me acercaba a ella para llevarle las tazas o para hacer

circular las pastas me preguntaba bajo si D… era rubia o morena, si era alta o baja, o

algún detalle de ese género, y me parece que aquello no me disgustaba. Después del té

discutimos una enormidad de cuestiones, y mistress Micawber tuvo la bondad de

cantarnos, con su fina vocecita (que, recuerdo, antes me parecía de lo más agradable), sus

baladas favoritas de El sargento blanco y El pequeño Tafflin. Míster Micawber nos dijo

que cuando le había oído cantar El sargento blanco la primera vez que la había visto en

casa de su padre, le había atraído ya en el más alto grado; pero que cuando llegó a El

pequeño Tafflin se había jurado a sí mismo conquistar a aquella mujer o morir.

Serían las diez y media cuando mistress Micawber se levantó para envolver su cofia en

el papel gris y ponerse el sombrero. Míster Micawber aprovechó el momento en que

Traddles se ponía el gabán para deslizarme una carta en la mano, rogándome que la

leyera cuando tuviera tiempo. Yo a mi vez aproveché el momento en que sostenía la luz

por encima de la barandilla de la escalera para alumbrarlos, y que míster Micawber

bajaba el primero, conduciendo del brazo a su mujer, para retener a Traddles, que les

seguía ya con la cofia de la señora en la mano.

-Traddles -le dije-, míster Micawber no tiene malas intenciones, el pobre hombre; pero

si yo estuviera en tu lugar, no le prestaría nada.

-Mi querido Copperfield -dijo Traddles, sonriendo-, no tengo nada que poder prestar

-Tienes tu nombre.

-¡Ah! ¿Crees que eso es algo que se puede prestar? –dijo Traddles pensativo.

-¡Naturalmente!

-¡Oh! -dijo Traddles-. Sí, seguramente. Te lo agradezco mucho, Copperfield; pero me

temo que se lo he prestado ya.

-¿Para esa imposición tan segura? -pregunté.

-No -dijo Traddles-; para eso no. Es la primera vez que oigo hablar de ello. Y pensaba

que quizá me propusiera firmarlo al volver a casa. Es para otra cosa.

-Pero supongo que no habrá ningún peligro.

-Supongo que no -dijo Traddles-; no lo creo, porque el otro día me aseguró que estaba

solucionado. Es la expresión de míster Micawber: solucionado.

Míster Micawber levantó los ojos en aquel momento, y sólo pude repetir mis

recomendaciones al pobre Traddles, que bajó dándome las gracias. Pero al ver el aspecto

de buen humor con que llevaba la cofia y daba el brazo a mistress Micawber tuve mucho

miedo no se fuera a entregar atado de pies y manos en Money Market.

Volví a sentarme ante la chimenea y reflexionaba, medio en serio medio en broma,

sobre el carácter de míster Micawber y sobre nuestra antigua amistad, cuando oí que

alguien subía rápidamente. Pensé que sería Traddles, que volvía a por algo olvidado por

mistress Micawber; pero a medida que se acercaban los pasos los reconocí mejor; el

corazón me latió y la sangre me subió al rostro. Era Steerforth.

No olvidaba nunca a Agnes; ella no abandonaba el santuario de mis pensamientos (si

puedo decirlo así), donde la había colocado desde el primer día. Pero cuando Steerforth

entró y se paró ante mí, tendiéndome la mano, la nube oscura que le envolvía en mi

pensamiento se desgarró para hacer sitio a una luz brillante, y me sentí avergonzado y

confuso por haber dudado de un amigo tan querido. Mi afecto por Agnes no se resentía;

pensaba siempre en ella como en el ángel bienhechor de mi vida; mis reproches sólo se

dirigían a mí mismo; me turbaba la idea de que había sido injusto con él, y habría querido

expiarlo, si hubiera sabido cómo hacerlo.

-Pues bien, Florecilla, amigo mío, ¿te has vuelto mudo? -dijo Steerforth con alegría,

estrechándome la mano del modo más cordial-. ¿Es que te sorprendo en medio de otro

festín? ¡Qué sibarita eres! En verdad, voy creyendo que los estudiantes del Tribunal de

Doctores son los jóvenes más disipados de Londres; y nos tenéis a distancia a nosotros,

jóvenes inocentes de Oxford.

Paseaba alegremente su mirada alrededor de la habitación; fue a sentarse en el diván

frente a mí, en el lugar que mistress Micawber acababa de dejar, y se puso a mover el

fuego.

-En el primer momento estaba tan sorprendido -le dije dándole la bienvenida con toda

la cordialidad de que era capaz-, que no podía ni saludarte, Steerforth.

-Pues bien; mi vista consuela a los ojos enfermos, como decían los escoceses -replicó

Steerforth-, y la tuya produce el mismo efecto; ahora que estás en pleno florecimiento,

Florecilla, ¿cómo estás, Bacanal mía?

-Muy bien -contesté-; pero nada de bacanal esta noche, aunque confieso que han

comido aquí tres personas.

-Acabo de encontrármelos en la calle, elogiándote en voz alta. ¿Quién es el que lleva

pantalón ceñido?

En pocas palabras le hice, lo mejor que pude, el retrato de míster Micawber, y reía de

todo corazón, declarando que era digno de conocerse, y que no prescindiría de ser

presentado a él.

-Pero el otro, el otro, ¿a que no adivinas quién es?

-¡Dios sabrá; pero no yo! ¿Supongo que no será nadie antipático? Me ha parecido que

tenía un aspecto muy aburrido.

-¡Traddles! -le dije en tono de triunfo. „

-¿Quién? -preguntó Steerforth con despreocupación.

-¿No te acuerdas de Traddles? Traddles, que se acostaba en el mismo dormitorio que

nosotros en Salem House.

-¡Ah! ¿Aquel? -dijo Steerforth dando con las tenazas sobre el carbón-. ¿Y sigue tan

simple como antes? ¿De dónde le has desenterrado?

Hice de Traddles un elogio de lo más pomposo, pues me daba cuenta de que Steerforth

le desdeñaba. Pero él, dejando a un lado aquel asunto con un movimiento de cabeza y una

sonrisa, se limitó a decir que tampoco le disgustaría ver a nuestro antiguo compañero, que

había sido siempre muy chusco; y después me preguntó si podía darle algo de comer.

Durante los intervalos de aquel corto diálogo, que sostenía con vivacidad febril, rompía

los carbones con las tenazas y parecía contrariado. Observé que continuaba lo mismo

mientras yo sacaba del armario los restos de la empanada de ave y alguna que otra cosa

del festín.

-¡Pero ha sido una comida regia, Florecilla! –exclamó saliendo de pronto de su ensueño

y sentándose al lado de la mesa-. Y voy a hacerle el honor, pues vengo de Yarmouth.

-Creía que estabas en Oxford -repliqué.

-No -dijo Steerforth-; vengo de estar haciendo de marinero, que es mejor.

-Littimer ha venido a preguntar si te había visto, y por sus palabras he creído que

estabas en Oxford, aunque, en realidad, no me ha dicho nada.

-Littimer es más loco de lo que yo creía, puesto que se ha tomado la molestia de

buscarme -dijo Steerforth vertiéndose alegremente vino en un vaso y bebiendo a mi saEste

documento ha sido descargado de

lud-. En cuanto a lograr adivinar lo que piensa, serías más hábil que todos nosotros,

Florecilla, si lo consiguieras.

-Tienes razón -le dije acercando mi silla a la mesa-. Según eso, ¿has estado en

Yarmouth, Steerforth? -añadí, en mi impaciencia de saber noticias de nuestros amigos-. Y

¿has estado mucho tiempo?

-No -replicó-; no ha sido más que una escapada de unos ocho días.

-¿Y cómo están todos allí? ¿La pequeña Emily no se ha casado todavía?

-No, todavía no; la boda es dentro de no sé cuántas semanas o meses; no sé bien. No les

he visto mucho. A propósito, tengo una carta para ti -añadió depositando su cuchillo y su

tenedor, que manejaba con apetito y buscando en sus bolsillos.

-¿De quién?

-De tu vieja niñera -replicó sacando algunos papeles del bolsillo de su chaleco- «J.

Steerforth, esq.» No es esto; paciencia, ya lo encontraré. El viejo… no se como se llama…

está enfermo. Debe de ser a propósito de eso por lo que te escribe.

-¿Te refieres a Barkis?

-Sí -respondió, buscando siempre en sus bolsillos y examinando lo que había en ellos-

Todo ha terminado para el pobre Barkis, me temo. He visto al boticario o lo que sea, no

sé, que te trajo al mundo, que me ha dado los mayores detalles; pero, en resumen, su

opinión es que el carretero no tardará en hacer su último viaje. Mete la mano en el

bolsillo de mi gabán, que está encima de esa silla, a ver si encuentras la carta. ¿Está ahí?

-Aquí está –dije.

-¡Ah! Vale.

La carta era de Peggotty; era corta y algo menos legible que de costumbre. Me contaba

el estado desesperado de su marido y aludía a que se había vuelto algo más agarrado que

antes, lo que sentía, sobre todo porque no podía darle todos los cuidados que querría. No

decía una palabra de sus trabajos ni de sus vigilias; pero no escaseaba los elogios a su

marido. Y todo lo decía con una ternura sencilla, honrada y natural, que yo sabía lo

sincera que era; y la carta terminaba con estas palabras: «Mis respetos a mi niño

querido». Y el niño querido era yo.

Mientras descifraba aquella epístola, Steerforth continuaba comiendo y bebiendo.

-Es una pena -dijo cuando hube terminado-; pero el sol se pone todos los días y mueren

seres cada minuto. No hay que atormentarse, por lo tanto, mucho por una cosa que es el

lote común de todo el mundo. Si nos detenemos cada vez que oímos dar con el pie en

alguna puerta a esa viajera que nunca se detiene, no haríamos mucho ruido en el mundo.

¡No! ¡Adelante! Por los malos caminos si no hay otros, por los buenos si se puede; pero

¡adelante! Saltemos por encima de todos los obstáculos para llegar a la meta.

-¿A qué meta?

-A aquella por la que se ha puesto uno en camino -replicó-, y ¡adelante!

Recuerdo que cuando se interrumpió para mirarme con el vaso en la mano y su

hermoso rostro un poco inclinado hacia atrás, observé por primera vez que, aunque estaba

tostado y la frescura del viento del mar había animado su tez, sus rasgos llevaban las

huellas del ardor apasionado que le era habitual cuando se lanzaba perdidamente en algún

nuevo capricho. Por un momento tuve la idea de reprocharle la energía desesperada con

que perseguía el objeto que deseaba; por ejemplo, aquella manía de luchar con la mar

bravía y de desafiar las tormentas; pero el primer asunto de nuestra conversación me

volvió a la memoria, y le dije:

-Veamos, Steerforth. Si eres lo bastante dueño de ti para escucharme un momento te

diré…

-El espíritu que me posee es un espíritu poderoso y hará lo que tú quieras –contestó

levantándose de la mesa para volver a sentarse al lado del fuego.

-Pues bien. Voy a decirte, Steerforth, que quiero ir a ver a mi antigua niñera; no porque

pueda serle de ninguna utilidad, ni ayudarla en nada; pero me quiere tanto, que mi visita

le dará el mismo gusto que si pudiera ayudarla en algo. Se sentirá dichosa y será un

consuelo y un socorro para ella. Y no es hacer ningún sacrificio por una amiga tan fiel.

¿No irías tú a pasar allí un día si estuvieras en mi lugar?

Estaba pensativo, y reflexionó un instante antes de contestarme en voz baja:

-Sí; debes ir; eso siempre es bueno.

-Como llegas de allí, supongo que será inútil pedirte que me acompañes.

-Completamente inútil -replicó-. Esta misma noche voy a Highgate. No he visto a mi

madre desde hace mucho tiempo, y me remuerde la conciencia. Pues es mucho ser amado

como ella ama a su hijo pródigo. ¡Bah! ¡Qué locura!

Supongo que piensas irte mañana –dijo apoyando sus manos en mis hombros y

reteniéndome a distancia.

-Sí.

-Pues bien; espera solamente a pasado mañana. Quería rogarte que pasaras algunos días

con nosotros; había venido expresamente a invitarte, y te escapas a Yarmouth.

-Te aconsejo que no hables de las personas que se escapan, Steerforth, cuando tú partes

como un loco para cualquier expedición desconocida.

Me miró un momento sin hablarme, y después repuso teniéndome siempre agarrado de

los hombros y sacudiéndome:

-Vamos, decídete para pasado mañana y pasas el día de mañana con nosotros. ¡Quién

sabe cuándo nos volveremos a ver! Vamos, pasado mañana. Te necesito para evitarme un

cara a cara con Rosa Dartle y para separamos.

-¿Temes que os querríais demasiado si no estuviera yo allí? -le pregunté.

-Sí, o que nos odiáramos -dijo Steerforth riendo—; una cosa a otra. Vamos, ¿quedamos

en eso? ¿Pasado mañana?

-Bueno, pasado mañana -le dije.

Se puso su gabán, encendió su puro y se dispuso a irse hacia su casa a pie. Viendo que

aquella era su intención, yo también me puse el gabán (pero sin encender el puro, había

tenido bastante con una vez) y le acompañé hasta la carretera, que no estaba alegre

aquella noche. Fue muy animado todo el camino, y cuando nos separamos yo le veía

andar con un paso tan ligero y tan firme, que recordé lo que me había dicho: «Saltemos

por encima de todos los obstáculos para conseguir nuestro objetivo», y me puse a desear,

por primera vez en mi vida, que el objetivo que perseguía fuera digno de él.

Había vuelto a mi habitación y me desnudaba, cuando la carta de míster Micawber se

cayó al suelo. Hizo bien, pues la había olvidado. Rompí el sello y leí lo que sigue. La

carta estaba fechada hora y media antes de la comida. No sé si he dicho que siempre que

míster Micawber se encontraba en una situación desesperada empleaba una especie de

fraseología legal, que parecía considerar como una manera de liquidar sus asuntos.

«Caballero… pues no me atrevo a decir mi querido Copperfield:

Es necesario que sepa usted que el firmante es un hombre ahogado. Quizá usted

podrá observar hoy que haga débiles esfuerzos para evitarle un descubrimiento

prematuro de su desgraciada posición; pero toda esperanza se ha desvanecido del

horizonte y el firmante está hundido.

La presente comunicación está escrita en presencia (no puedo decir en compañía)

de un individuo sumido en un estado cercano a la borrachera y que es dependiente

de un prestamista. Este individuo está en posesión de estos lugares por no haber

pagado el alquiler. El inventario que ha hecho comprende no solamente todas las

propiedades personales de todo género pertenecientes al firmante, inquilino por

años de esta morada, sino también todos los efectos y propiedades de míster

Thomas Traddles, huésped y miembro de la honorable Sociedad de Inner Temple.

Si una sola gota de amargura podía faltar a la copa, ya desbordante, que se ofrece

ahora (como dice un escritor inmortal) a los labios del firmante se encontraría en el

hecho doloroso de que un pagaré garantizado en favor del firmante, por el antes

mencionado míster Thomas Traddles, por la suma de veintitrés libras, cuatro

chelines y nueve peniques y medio ha cumplido y no ha sido pagada. También se

encontraría en el hecho igualmente doloroso de que las responsabilidades vivas que

pesan sobre el firmante serán aumentadas, según el curso de la naturaleza, por una

nueva a inocente víctima, cuya llegada será (en números redondos) a la expiración

de un período que no excede de seis meses desde la presente fecha.

Después de estos detalles, será un oprobio que añadir a las cenizas y al polvo que

cubren para siempre

la

cabeza

de

WILKINS MICAWBER.»

¡Pobre Traddles! Por entonces conocía lo bastante a míster Micawber para estar seguro

de que se levantaría de aquel golpe; pero aquella noche turbó mi tranquilidad el recuerdo

de Traddles y de la hija del pastor de Devonshire, con diez hermanos y ¡tan buena chica!,

como decía Traddles, y dispuesta a esperarle (elogio funesto) aunque fueran sesenta años,

o más, si hacía falta.

CAPÍULO IX

VEO DE NUEVO A STEERFORTH EN SU CASA

Aquella mañana le dije a míster Spenlow que quería permiso para ausentarme por poco

tiempo; y como no recibía sueldo ninguno, y, por lo tanto, no tenía nada que temer del

implacable Jorkins, no hubo dificultad para ello. Aproveché la oportunidad, aunque la

voz se me ahogaba y se me nublaba la vista, para decir que esperaba que miss Spenlow

estuviera bien; a lo que me contestó, sin más emoción que si. se tratara de cualquier otro

ser humano, que me lo agradecía mucho, y que estaba muy bien.

Los empleados destinados a la aristocrática orden de procuradores eran tratados con

muchas consideraciones, lo que hacía que tuviéramos la mayor libertad. Pero como no

quería llegar a Highgate antes de la una o las dos, y como aquella mañana teníamos una

causa en el tribunal, estuve allí un par de horas pasando el tiempo muy agradablemente

con míster Spenlow. Era una causa divertida, y mientras me dirigía a Highgate en la

imperial de la diligencia fui pensando en el Tribunal de Doctores y en lo que míster

Spenlow decía sobre que si se tocaba el Tribunal se acababa la nación.

Mistress Steerforth se alegró mucho de verme, y también Rose Dartle. A mí me

sorprendió agradablemente el encontrar que Littimer no estaba allí y que éramos

atendidos por una modesta doncella con cintas azules en la cofia, que era mucho más

agradable de mirar y mucho menos desconcertante cuando, por casualidad, se encontraba

uno sus ojos, que aquel respetable hombre. Pero lo que observé particularmente antes de

llevar media hora en la casa fue la constante y atenta mirada que miss Dartle clavaba en

mí y la manera con que parecía comparar mi rostro con el de Steerforth y el de Steerforth

con el mío, como si esperase pillamos en mentira a alguno de los dos. Siempre que la

miraba estaba seguro de encontrar sus ojos ardientes y sombríos con aquella mirada fija y

penetrante en mi rostro, para pasar de pronto al de Steerforth, o tratando de mirarnos a los

dos a un tiempo. Y lejos de renunciar a aquella vigilancia cuando vio que yo lo había

notado, me pareció que, por el contrario, su mirada se hacía más penetrante y su atención

más marcada. A pesar de que me sentía inocente de todos los pecados que pudieran

suponérseme, no dejaba de huir de aquellos ojos extraños, de los que no podía soportar el

brillo ansioso.

Durante todo el día parecía no estar más que ella en toda la casa. Si charlaba con

Steerforth en su habitación, oía el ruido del roce de su traje en la galería. Si hacíamos

algún ejercicio en el césped de la parte de atrás de la casa veía aparecer su rostro en todas

las ventanas sucesivamente, como un fuego fatuo, hasta que elegía una ventana más

cómoda para vernos mejor. Una vez, mientras nos paseábamos los cuatro, después de la

comida, me cogió del brazo y lo estrechó en su mano delgada como en una tenaza, para

acapararme dejando a Steerforth y a su madre pasear unos cuantos pasos más delante; y

cuando ya no pudieron oírnos me dijo:

-Ha pasado usted mucho tiempo sin venir aquí. ¿Su profesión es realmente tan atractiva

a interesante que absorba tan por completo su atención? Lo pregunto porque siempre me

gusta aprender, porque soy muy ignorante. ¿Es realmente así?

Le repliqué que me gustaba bastante; pero que no me ocupaba todo mi tiempo.

-¡Oh, cómo me alegro de saberlo! porque me gusta que me corrijan cuando me

equivoco -dijo Rose Dartle-. ¿Quizá quiere usted decir que es un poco árido?

-Sí -repliqué-; quizá es un poco árido.

-¡Oh! Y por eso necesita usted reposo, cambio, excitaciones y todo eso; ¿verdad? Pero

no es un poco… ¿eh?… para él; no me refiero a usted.

Una rápida mirada que lanzó hacia donde se estaban paseando cogidos del brazo

Steerforth y su madre me demostró a quién se refería; pero fue cosa perdida pues no comprendí

nada, y estoy seguro de que se me notaba.

-No parece… no digo que sea… pero me gustaría saber… ¿no está muy preocupado? ¿No

es más remiso que de costumbre en sus visitas a su madre, que lo quiere ciegamente, eh?

-dijo con otra mirada rápida, lanzada a ellos, y una a mí, en la que parecía querer leer el

fondo de mis pensamientos.

-Miss Dartle -le respondí-, no crea usted, le ruego…

-¿Yo creer? ¡Oh querido mío! Pero no vaya usted a creer que yo creo algo. No soy

suspicaz. Solamente hago una pregunta. No tengo ninguna opinión. Querría formarme

una opinión por lo que usted me dijera. Pero, según eso, no es así. ¡Bien! Me alegro

mucho de saberlo.

-No; no es cierto -le dije un poco confuso- que sea yo responsable de las ausencias de

Steerforth, pues yo mismo no lo sabía. De sus palabras deduzco que ha estado más

tiempo que de costumbre sin venir a ver a su madre; pero yo tampoco le había vuelto a

ver hasta ayer por la noche desde hacía muchísimo tiempo.

-¿Es cierto?

-Completamente cierto, miss Dartle.

Mientras me miraba de frente la vi palidecer, y la cicatriz de la antigua herida se

destacó profundamente sobre el labio desfigurado, prolongándose sobre el otro y bajando

oblicuamente hacia la barbilla. Me pareció que había algo verdaderamente temible en

aquello y en el brillo de sus ojos, cuando me dijo mirándome con fijeza:

-Entonces ¿qué hace?

Repetí sus palabra más para mí mismo que para ser oído por ella, tanto me sorprendía.

-Entonces ¿qué hace? -repitió con un ardor que parecía consumirla como el fuego- ¿A

qué se dedica ese hombre que no me mira nunca sin que lea en sus ojos una falsedad

impenetrable? Si usted es honrado y fiel, yo no le pido que traicione a su amigo;

solamente le pido que me diga si es la cólera, o el odio, o el orgullo, o la intranquilidad de

su naturaleza, o algún extraño capricho, o el amor, lo que lo posee…

-Miss Dartle -respondí-, ¿qué quiere usted que yo le diga, cuando no sé nada más de

Steerforth de lo que sabía cuando vine aquí por primera vez? Ni adivino nada. Creo

firmemente que no le sucede nada. No comprendo siquiera lo que me quiere usted decir.

Mientras me miraba todavía fijamente, un estremecimiento convulsivo, que yo no podía

separar de la idea de sufrimiento, apareció en la cruel cicatriz. Y el extremo de su labio se

levantó con aquella expresión de desdén o de piedad. Se tapó la boca con la mano

apresuradamente (una mano tan fina y delicada que cuando yo le había visto extenderla

ante su rostro para preservarlo del fuego, la había comparado en mi imaginación con la

más fina porcelana) y me dijo con viveza en un acento conmovido y apasionado: «Le

prometo guardar secreto de esto»; después no añadió ni una palabra más.

Mistress Steerforth no se había sentido nunca más dichosa de la compañía de su hijo

que aquel día, pues precisamente Steerforth nunca había estado mas cariñoso y deferente

con ella. A mí me interesaba vivamente verlos juntos, no sólo a causa de su afecto mutuo,

sino también a causa del parecido sorprendente que existía entre ellos, pues la única

diferencia era que la altivez y la ardiente impetuosidad del hijo, por la diferencia de edad

y de sexo, se convertían en la madre en una dignidad llena de gracia. Más de una vez

había pensado yo que era una felicidad tal que nunca hubiera provocado entre ellos una

causa seria de disgusto, pues aquellas dos naturalezas, o mejor dicho aquellos dos matices

de la misma naturaleza, habrían sido más difíciles de reconciliar que los caracteres más

opuestos. Debo confesar que esta idea no se me había ocurrido a mí, ni es fruto de mi

imaginación, pues se la debía a Rose Dartle.

Estábamos comiendo cuando nos preguntó:

-¡Oh!, dígame, se lo ruego, a ver si me aclara una duda que me ha preocupado toda la

tarde y que desearía saber.

-¿Qué es lo que querrías saber, Rose? -preguntó mistress Steerforth. No seas tan

misteriosa, te lo ruego.

-¡Misteriosa! -exclamó-. ¡Oh! ¿De verdad? ¿Me encuentra usted misteriosa?

-¿No me paso la vida pidiéndote -dijo mistress Steerforth- que te expliques

abiertamente y con naturalidad?

-¡Ah! ¿Entonces es que no soy natural? -replicó-. Pues bien; le ruego que tenga un poco

de indulgencia, pues si hago preguntas es sólo por instruirme. Nunca se conoce uno bien

a sí mismo.

-Es una costumbre que se ha convertido en ti en una segunda naturaleza -dijo mistress

Steerforth, sin dar el menor signo de descontento-; pero yo recuerdo, y tú también debes

recordar, que en otros tiempos eras muy distinta, Rose, menos disimulada, más confiada.

-¡Oh! Realmente tiene usted razón; pero las malas costumbres se hacen inveteradas.

¡De verdad! ¡Menos disimulo y más confianza! ¿Cómo habré cambiado poco a poco?, es

lo que me pregunto. Es muy extraordinario; pero es igual, lo esencial es que vuelva a ser

como antes.

-Sí que me gustaría-dijo mistress Steerforth, sonriendo.

-¡Oh! Lo conseguiré, ¡se lo aseguro! -respondió ella-. Aprenderé la franqueza,

veamos… ¿de quién?… ¿De James?

-No podrías aprenderla en mejor escuela, Rose -dijo mistress Steerforth vivamente,

pues todo lo que Rose Dartle decía tenía un matiz de ironía que aparecía a través de su

sencillez afectada-. En cuanto a eso, estoy bien segura -dijo con un ardor

desacostumbrado-. Si hay algo en el mundo de lo que estoy segura, sabes que es de eso.

Me pareció que mistress Steerforth se arrepentía de su pequeño impulso, pues añadió

enseguida con bondad:

-Y bien, querida Rose; con todo esto no nos has dicho el motivo de tus preocupaciones.

-¿El motivo de mis preocupaciones? -replicó con una frialdad impacientante-. ¡Oh! Me

preguntaba únicamente si personas cuya constitución moral se parece… ¿es esa la

expresión?

-Es una expresión como otra -dijo Steerforth.

-¡Gracias!… Si personas cuya constitución moral se asemeja se encontrarían más en

peligro que otras en el caso de que una causa seria de división surgiera entre ellas, y les

separaría un resentimiento más profundo y duradero.

-Sí, seguramente -dijo Steerforth.

-¿De verdad? -replicó ella-. Pero veamos, por ejemplo… se pueden suponer las cosas

más absurdas… Suponiendo que tú tuvieras con tu madre una querella seria…

-Mi querida Rose -dijo mistress Steerforth riendo alegremente-, debías haber inventado

cualquier otra suposición. Gracias a Dios, James y yo sabemos demasiado bien lo que nos

debemos el uno al otro.

-¡Oh! -dijo miss Dartle bajando la cabeza con aire pensativo-. Sin duda; eso es

suficiente. Pre… ci… sa… mente. Pues bien; me alegro mucho de haber hecho esa

pregunta; al menos tengo la tranquilidad de estar ahora segura de que saben ustedes

demasiado bien lo que se deben el uno al otro para que nada pudiera suceder jamás.

Muchas gracias.

No quiero omitir una pequeña circunstancia relativa a miss Dartle, pues más tarde tuve

razones para recordarla, cuando el irreparable pasado me fue explicado. Todo el día, y

sobre todo a partir de aquel momento, Steerforth desplegó sus cualidades, con la

naturalidad que no le abandonaba nunca, para atraer a aquella singular criatura, hacerle

que gozara de su compañía y a que fuera amable con él. No me sorprendió tampoco ver a

miss Dartle luchar al principio contra su seducción, pues sabía que estaba llena de prejuicios

y de terquedad. Vi sus modales y su fisonomía cambiar poco a poco; vi que le

miraba con una admiración creciente; vi que hacía esfuerzos cada vez más débiles, pero

siempre con cólera, como si se reprochara su debilidad para resistir a la fascinación que

ejercía sobre ella; por fin vi sus miradas irritadas dulcificarse, su sonrisa aflojarse, y el

terror que me había inspirado todo el día se desvaneció. Sentados al lado del fuego,

estábamos todos charlando y riendo juntos, con una naturalidad de niños.

No sé si fue porque era tarde o porque Steerforth no quería perder el terreno que había

ganado, el caso es que no permanecimos en el comedor más de cinco minutos después de

su marcha.

-Toca el arpa -dijo Steerforth en voz baja al acercamos a la puerta del salón-; creo que

hace lo menos tres años que nadie la ha oído más que mi madre.

Dijo aquellas palabras con una sonrisa extraña, que desapareció enseguida, y entramos

en el salón. Estaba sola.

-No te levantes –dijo Steerforth deteniéndola-. Vamos, mi querida Rose, ¡sé amable

una vez y cántanos una canción irlandesa!

-¡Mucho te importan las canciones irlandesas! -replicó ella.

–Ciertamente -dijo Steerforth-, mucho: son las que prefiero. Además, a Florecilla le

gusta la música con toda su alma. Cántanos una canción irlandesa, Rose, y yo me sentaré

aquí a escucharte como en otros tiempos.

Sin tocarla a ella ni a la silla en que estaba sentada se sentó al lado del arpa. Ella

permaneció de pie durante un momento, haciendo con la mano movimientos como si tocara,

pero sin hacer resonar las cuerdas. Por fin se sentó, atrajo hacia sí el arpa con un

movimiento rápido y se puso a cantar acompañándose.

No sé si era el instrumento o la voz lo que daba a aquel canto un carácter sobrenatural,

que no sé describir. La expresión era desgarradora. Parecía como si aquella canción no se

hubiera escrito nunca ni puesto en música; parecía más bien escapar de la pasión

contenida y que asomaba con una expresión imperfecta en los sonidos de su voz, y

después volvía a ocultarse en la sombra cuando se hacía el silencio. Yo permanecí mudo

mientras ella se apoyaba de nuevo en el arpa y hacía vibrar los dedos de la mano derecha

sin sacar ningún sonido.

Al cabo de un momento, he aquí lo que me arrancó de mi ensueño: Steerforth se había

levantado y se había acercado a ella, pasándole alegremente el brazo alrededor del talle.

-Vamos, Rose; de ahora en adelante vamos a querernos mucho.

Pero entonces ella le había pegado, y rechazándolo con el furor de un gato salvaje, se

había escapado de la habitación.

-¿Qué le ocurre a Rose? -dijo mistress Steerforth, que entraba.

-Ha sido buena como los ángeles durante un momento, madre -dijo Steerforth-, y ahora

de repente se lanza al otro extremo.

-Debías tener cuidado de no encolerizarla, James. Recuerda que su carácter está agriado

y que no conviene tentarla.

Rose no volvió ni se habló de ella hasta el momento en que yo entré con Steerforth en

su habitación para despedirme de él. Entonces se puso a burlarse y me preguntó si había

conocido nunca a una criatura tan violenta y tan incomprensible.

Yo le expresé mi sorpresa, y le pregunté si no adivinaba lo que habría podido ofenderla

tan vivamente y tan de repente.

-¡Dios lo sabe! -dijo Steerforth-. Cualquier cosa quizás, o quizás nada. Ya te he dicho

que a todo lo saca punta, hasta su persona, por afilar afila la hoja, y es una hoja fina, ten

cuidado, ten cuidado; no hay que acercarse sin precaución. Siempre hay peligro. ¡Buenas

noches!

-¡Buenas noches, querido Steerforth! Mañana me marcharé antes de que te despiertes.

¡Buenas noches!

No me dejaba marchar, y continuaba de pie delante de mí, con las manos apoyadas en

mis hombros, como había hecho en mi habitación.

-Florecilla -me dijo con una sonrisa—, aunque ese no sea el nombre que te han dado tu

padrino y tu madrina, es con el que más me gusta nombrarte. Yo querría, ¡oh, sí!, yo

querría que tú también me pudieras llamar así.

-Pero ¿quién me lo impide si quisiera hacerlo?

-Florecilla, si algún suceso llegara a separamos, piensa siempre en mí con indulgencia,

amigo mío. Vamos, prométeme que pensarás en mí con indulgencia si las circunstancias

llegan a separamos.

-¿Qué estás diciendo de indulgencia, Steerforth? -le dije-. Mi cariño y mi ternura por ti

serán siempre los mismos y no tienen nada que perdonarte.

Me sentí tan arrepentido de haber sido injusto con él ni aun con pensamientos

pasajeros, que estuve a punto de confesárselo. Sin la repugnancia que me causaba el

traicionar la confianza de Agnes, y en el temor que sentía de no poder tocar aquel asunto

sin comprometerla, le hubiera confesado todo antes de oírle decir: «¡Dios lo bendiga,

Florecilla, y buenas noches!». En mi duda, no le dije nada; le estreché la mano y nos

separamos.

Me levanté al despuntar el día, y después de vestirme sin ruido entreabrí su puerta.

Dormía profundamente, tranquilamente, con la cabeza apoyada en el brazo, como tantas

veces le había visto dormir en el colegio.

Llegó un tiempo, y no tardó mucho en llegar, en que me preguntaba cómo no habría

turbado nada su reposo mientras yo le miraba. Pero dormía (me gusta pensar en él así de

nuevo) como le había visto dormir tan a menudo en el colegio; y así en aquella hora

silenciosa le dejé.

Para nunca más (¡oh, Steerforth, Dios lo perdone!) volver a tocar tu mano con un

sentimiento de amor y de amistad. ¡Nunca, nunca más!

CAPÍTULO X

UNA DESGRACIA

Llegué por la noche a Yarmouth y me dirigí a la posada. Sabía que la habitación

reservada por Peggotty, «mi habitación», sería ocupada pronto por otro, si es que el

terrible «visitante» a quien todos los vivos tienen que dejar el sitio no había llegado ya a

la casa. Me dirigí, por lo tanto, a la posada para comer y alquilar un cuarto.

Eran las diez de la noche cuando salí. La mayoría de las tiendas estaban cerradas, y el

pueblo estaba triste. Cuando llegué ante la casa de Omer y Joram las ventanas estaban

cerradas, pero la puerta de la tienda estaba abierta todavía. Como veía a lo lejos a míster

Omer, que fumaba su pipa cerca de la puerta de la trastienda, entré y pregunté cómo estaba.

-Por mi alma, ¿es usted? –dijo míster Omer-. ¿Cómo está usted? Siéntese. ¿Supongo

que el humo no le molestará.

-Nada de eso; al contrario, me gusta… en la pipa de otro.

-¿En la suya no? –dijo míster Omer riendo-. Tanto mejor, caballero; es mala costumbre

para los jóvenes. Siéntese. Yo si fumo es a causa del asma.

Míster Omer había adelantado una silla para mí, y se volvió a sentar sin aliento,

aspirando el humo de su pipa como si esperase encontrar en ella el soplo necesario a su

existencia.

-Estoy muy preocupado con las malas noticias que me han dado de Barkis- le dije.

Míster Omer me miró con aire grave, sacudiendo la cabeza.

-¿Sabe usted cómo está ahora? -pregunté.

-Esa es precisamente la pregunta que le hubiera hecho -dijo míster Omer-, si no hubiera

sido por un sentimiento de delicadeza. Es una de las cosas molestas de nuestro oficio.

Cuando hay algún enfermo, no podemos preguntar cómo sigue.

Era una dificultad que no había previsto; había temido, al entrar, oír el antiguo martillo.

Sin embargo, puesto que míster Omer había tocado aquella cuerda, yo no podía por

menos de aprobar su delicadeza.

-Sí, sí; ¿comprende usted? -dijo míster Omer con un movimiento de cabeza-. No nos

atrevemos. Sería un golpe del que muchos no se repondrían si oían decir: «Omer y Joram

le saludan y desean saber cómo se encuentra usted», hoy por la mañana, hoy por la tarde,

según la ocasión.

Asentí con la cabeza, y Omer tomando aliento con ayuda de su pipa, continuó:

-Es una de las cosas del oficio que nos impiden tener muchas atenciones que de buena

gana tendríamos a veces -dijo míster Omer-. Vea usted, por ejemplo: hace cuarenta años

que conozco a Barkis. Si no he salido a hablarle toda las veces que pasaba por aquí, no he

salido ninguna; pues bien, ahora no puedo ir a preguntar cómo sigue.

Convine con míster Omer que era muy desagradable.

-Y que no estoy yo menos cerca de ello que otro, míreme. La respiración me faltará uno

de estos días y no es probable que esté muy interesado en la situación en que estoy. Digo

que no es probable, tratándose de un hombre que sabe que cualquier día puede faltarle la

respiración, y más todavía si ese hombre es abuelo —lijo míster Omer.

-No es nada probable -dije.

-Tampoco es que me queje de mi oficio -dijo míster Omer-. Todo tiene sus pros y sus

contras; eso ya se sabe: todo lo que yo pediría es que se educara a la gente de manera que

tuviera el espíritu un poco más fuerte.

Míster Omer fumó un instante en silencio con aire de bondad y complacencia; después

dijo volviendo a su primer asunto:

-Estamos obligados a contentamos con saber las noticias de Barkis por Emily. Ella sabe

nuestra verdadera intención y no tiene más escrúpulos ni sospechas que si fuéramos

corderitos. Minnie y Joram acaban de ir a casa de Barkis, donde ella va también en

cuanto termina su trabajo, para ayudar un poco a su tía. Han ido a saber del pobre

hombre; si quiere usted esperar su vuelta, traerán noticias. ¿Quiere usted tomar algo? ¿Un

ponche con ron? ¿Quiere usted tomarlo conmigo, pues es lo que bebo siempre mientras

fumo? -dijo míster Omer cogiendo su vaso-. Dicen que es bueno para la garganta y que

facilita esta desgraciada respiración. Pero, ¿sabe usted? -continuó con voz ronca-, no es el

conducto lo que está en mal estado. Es lo que yo le digo siempre a Minnie: «Dame el

soplo, hija mía, y yo me encargaré de encontrarle paso, querida».

Verdaderamente tenía el aliento tan corto que asustaba el verle reír. Cuando recobró la

palabra le di las gracias por el ponche que me había ofrecido, y que rechacé diciendo que

acababa de comer; pero añadí que, puesto que tenía la amabilidad de invitarme, esperaría

la vuelta de su yerno y de su hija; después le pedí noticias de la pequeña Emily.

-A decir verdad -dijo míster Omer dejando su pipa para poder frotarse la barbilla-, yo

cstrré más tranquilo cuando se haya casado.

-¿Por qué? -pregunté.

-Porque está inquieta -dijo míster Omer-. No es que no esté tan bonita como antes; al

contrario, más bonita que nunca; ni es que trabaje menos; al contrario, valía por seis

obreras y sigue valiéndolo; pero ella quiere alegría. ¿Comprende usted lo que quiero

decir? -continuó míster Omer fumando un poco y restregándose después la barbilla-. Lo

que se entiende en general por la expresión: «Vamos, ¡fuerte, valiente!, ¡un buen golpe de

remo!, ¡otro buen golpe!, ¡hurra! » . A esto es a lo que me refiero que, en general, le falta

a Emily.

El rostro y los ademanes de míster Omer eran tan expresivos, que pude, en conciencia,

hacerle un gesto expresando que le comprendía. Mi vivacidad de comprensión pareció

gustarle, y siguió:

-Ahora bien; yo considero que la principal causa de esto es el estado transitorio en que

está. He hablado a menudo de esto con su tío y con su novio por las noches, después del

trabajo, y considero que es la principal causa de su inquietud. Usted recordará siempre

-prosiguió míster Omer- que Emily es una criaturita extraordinariamente afectuosa. El

proverbio dice que no se puede hacer una bolsa de seda con la oreja de una trucha. Yo no

sé nada; pero creo que, en efecto, sí se puede; la cosa es tener tiempo. Y usted sabe que

ha hecho de ese viejo barco una morada que vale más que un palacio de piedra y mármol.

-Estoy seguro –dije.

-El ver a esa linda chiquilla acercarse a su tío, ver cómo cada día está más unida a él, es

conmovedor. Y cuando sucede así es porque hay lucha, y ¿para qué prolongarla

inútilmente?

Yo escuchaba atento al buen anciano, aprobando de todo corazón cuanto decía.

-Y por eso les he dicho –continuó míster Omer en tono de bondad y condescendencia-:

«No consideréis el aprendizaje de Emily como un compromiso; podéis hacer lo que

queráis. Sus servicios me han producido más de lo que me esperaba; Omer y Joram

pueden borrar el resto del tiempo convenido, y estará la niña libre el día que les convenga

a ustedes. Si después ella quiere arreglarse con nosotros para hacernos algún trabajo en su

casa, muy bien; si no le conviene, también muy bien». De todas maneras, no nos perjudica,

pues sabe usted –dijo míster Omer tocándome con su pipa- no hay cuidado de que

un hombre tan corto de resuello como yo, y que además tiene nietos, vaya a oprimir a un

hermoso pajarito de ojos azules como ella.

-No, no; no hay cuidado; ya lo sabemos -dije.

-No, no; tiene usted razón -dijo míster Omer-. Pues bien; su primo… ¿ya sabe usted que

es su primo con quien se va a casar?

-¡Oh, sí! -repliqué-. Le conozco muy bien.

-Naturalmente -repuso míster Omer-; su primo, que está en buena posición y que tiene

mucho trabajo, y después de haberme dado las gracias cordialmente (y debo decir que su

conducta en este asunto me ha dado la mejor opinión de él), su primo ha alquilado una

casita, la más confortable que pueda imaginarse. Esa casita está amueblada de arriba

abajo y arreglada como si fuera de muñecas; y creo que si el pobre Barkis no se hubiera

puesto tan malo, a estas horas estarían casados; pero eso lo ha retrasado.

-Y Emily, míster Omer -pregunté-, ¿está ahora más tranquila?

-Pues ¿sabe usted? -repuso acariciándose la papada-. Como es natural, no puede

esperarse que se tranquilice estando a punto de cambiar y de separarse, y todo eso. La

muerte de Barkis no lo retrasaría demasiado, pero sí su estado crónico de enfermedad. En

todo caso, es una situación equívoca, como puede usted ver

-Sí, lo veo.

-En consecuencia, Emily está un poco preocupada, y hasta inquieta, quizá más que

nunca. Parece amar cada vez más a su tío y sentir más vivamente el separarse de todos

nosotros. Si le digo una palabra bondadosa se le saltan las lágrimas, y si usted la viera

con la niña de Minnie, no podría olvidarlo jamás. Es extraordinario -dijo míster Omer reflexionando-

lo que quiero a esa niña.

La ocasión me pareció propicia para preguntarle a míster Omer, antes de que volvieran

Minnie y su yerno a interrumpimos, si sabía algo de Martha.

-¡Ah! -dijo sacudiendo la cabeza con abatimiento, Nada bueno. Es una historia triste

por cualquier lado que se mire. Nunca he creído que esa muchacha esté corrompida; no lo

diría delante de mi hija Minnie; se enfadaría; pero yo no lo he creído nunca.

Míster Omer percibió los pasos de su hija, que yo no había sentido todavía, y me tocó

con la pipa, guiñándome un ojo como advertencia. Casi enseguida entró Minnie con su

marido.

Traían la noticia de que Barkis estaba cada vez peor; que había perdido el

conocimiento, y que míster Chillip había dicho tristemente en la cocina, al marcharse no

hacía cinco minutos, que toda la escuela de Medicina, la de Cirugía y la de Farmacia

reunidas no podrían salvarle. En primer lugar, los médicos y cirujanos no podían ya nada,

había dicho míster Chillip, y todo lo que los farmacéuticos pudieran hacer sería

envenenarle.

Al oír esta noticia y saber que mister Peggotty estaba en casa de su hermana decidí irme

enseguida. Di las buenas noches a míster Omer y a míster y mistress Joram y tomé el camino

de casa de Peggotty con una seria simpatía por Barkis, que lo transformaba

completamente a mis ojos.

Llamé dulcemente a la puerta y míster Peggotty vino a abrirme. El verme no los

sorprendió tanto como yo esperaba. Lo mismo observé en Peggotty cuando apareció, y es

una cosa que he recordado después muy a menudo, pensando que en la espera de aquel

terrible desenlace cualquier otro cambio o sorpresa no significaban nada.

Estreché la mano a míster Peggotty y entré en la cocina mientras él cerraba suavemente

la puerta. La pequeña Emily, con la cabeza entre las manos, estaba sentada delante del

fuego. Ham estaba de pie a su lado.

Hablábamos bajo y escuchábamos de vez en cuando los ruidos de la habitación de

encima. Durante mi última visita no había pensado en ello; pero ahora ¡qué extraño se me

hacía no ver a Barkis en la cocina!

-Ha sido usted muy bueno viniendo, señorito Davy -me dijo míster Peggotty.

-¡Oh, sí, muy bueno! –dijo Ham.

-Emily -dijo míster Peggotty-, mira, querida, aquí está el señorito Davy. Vamos, ¡valor,

hija mía! ¿No dices nada al señorito Davy?

Emily temblaba con todos sus miembros. Todavía la veo. Su mano estaba helada

cuando la toqué; todavía la siento. No hizo más movimiento que retirarla; después se

deslizó de su silla y, acercándose dulcemente a su tío, se inclinó sobre su pecho sin decir

nada, temblando siempre.

-Tiene un corazoncito tan bueno –dijo míster Peggotty acariciando sus lindos cabellos

con su mano callosa-, que no puede soportar esta pena. Es muy natural: los jóvenes, señorito

Davy, no están acostumbrados a esta clase de pruebas y tienen la timidez de este

pajarillo; ¡es natural!

Emily se estrechó contra su pecho sin decir una palabra ni levantar la cabeza.

-Es tarde, hija mía, y Ham te espera para llevarte a casa. Anda, vete con él; ¡también él

tiene un corazón de oro! ¿Qué, Emily? ¿Qué dices, cariño mío?

El sonido de su voz no llegó a mis oídos; pero él bajó la cabeza como escuchando, y

después dijo:

-¿Quieres quedarte con tu tío? ¡Vamos, de ninguna manera! ¿Quedarte con tu tío,

chiquilla, cuando el que va a ser tu marido dentro de unos días está aquí para llevarte a

casa? Vamos; nadie lo creería al ver a esta chiquilla al lado de un viejo gruñón como yo

-dijo míster Peggotty mirándonos a los dos con un orgullo infinito-; pero el mar no

contiene más sal que el corazón de la pequeña Emily contiene de ternura para su tío;

¡locuela!

-Emily tiene razón, señorito Davy -dijo Ham-; y puesto que Emily lo desea y está un

poco inquieta y asustada, la dejaré aquí hasta mañana por la mañana. Pero permítanme

que me quede también.

-No, no -dijo míster Peggotty-; no puede ser; ya es casi como si estuvieras casado, y no

puedo perder un día de trabajo, ni tampoco velar esta noche y trabajar mañana. Vuélvete

a casa. ¿Es que temes que no te cuidemos bien a Emily?

Ham cedió a aquellas razones y cogió su sombrero para marcharse. Hasta en el

momento en que la besó (y yo no le veía nunca acercarse a ella sin pensar que la

naturaleza le había dado un corazón de caballero), Emily parecía apretarse más contra su

tío, tratando de evitar a su novio. Cerré la puerta tras de él, para no turbar el silencio que

reinaba en la casa, y al volverme vi que mister Peggotty todavía estaba hablando a su

sobrina.

-Ahora -le decía- voy a subir a decir a tu tía que el señorito Davy está aquí; eso la

consolará. Siéntate al lado del fuego entre tanto, querida mía, y caliéntate las manos, que

las tienes como el hielo. Pero ¿qué te pasa para tener tanto miedo y temblar de ese modo?

¿Qué? ¿Que quieres subir conmigo? Bueno, ven. Si a su tío le arrojaran de casa y le

obligaran a acostarse en un dique -dijo míster Peggotty con el mismo orgullo de un

momento antes-, creo verdaderamente que querrías acompañarle, pero pronto me va a suplantar

otro, ¿no es verdad, Emily?

Al subir un momento después, cuando pasé por el lado de la puerta de mi

habitacioncita, que estaba sumida en la oscuridad, me pareció que Emily yacía tendida en

el suelo; pero aun ahora no sé si era ella o si fue una ilusión de las sombras que

confundían todo a mis ojos en las tinieblas de mi habitación.

Tuve tiempo de reflexionar, mirando el fuego de la cocina, en el terror que inspiraba la

muerte a la pequeña y linda Emily, y pensé que esa sería, unido a las otras razones que

me había dado míster Omer, la causa del cambio que se había operado en ella. Tuve

tiempo, antes de que apareciera Peggotty, de pensar con más indulgencia en aquella

debilidad, mientras contaba los latidos del péndulo del reloj, percibiendo cada vez más la

solemnidad del silencio que reinaba a mi alrededor. Peggotty me estrechó en sus brazos y

me dio las gracias mil veces por haber venido a consolarla en su tristeza (fueron sus

propias palabras), y me rogó que subiera con ella, diciéndome, entre sollozos, que Barkis

me apreciaba mucho; que había hablado mucho de mí antes de perder el conocimiento, y

que en el caso en que lo recobrara estaba segura de que mi presencia le alegraría si es que

todavía podia alegrarse con algo en el mundo.

Pero esto era cosa absurda, según me pareció cuando le vi. Estaba acostado con la

cabeza y los hombros fuera del lecho, en una posición muy incómoda, medio apoyado en

el cofre que le había costado tantas preocupaciones. Supe que cuando ya no había sido

capaz de arrastrarse fuera del lecho para abrirlo, ni de asegurarse de que estaba allí por

medio del bastón, como yo le había visto hacer, lo había hecho colocar encima de una

silla al lado de su cama, donde lo tenía entre sus brazos noche y día. En aquel momento

se apoyaba en él; el tiempo y la vida se le escapaban; pero conservaba su cofre, y las

últimas palabras que había pronunciado para desechar sospechas eran: «Trajes viejos».

-Barkis, amigo mío -dijo Peggotty con un tono que trataba de hacer alegre inclinándose

hacia él, mientras su hermano y yo permanecíamos a los pies de la cama-, aquí está mi

querido niño Davy, que fue quien sirvió de intermediario en nuestro matrimonio, con el

que enviabas tus mensajes, ¡ya lo sabes! ¿Quieres hablar al señorito Davy?

Continuaba mudo y sin conocimiento, como el cofre, que era lo único que daba algo de

expresión a su fisonomía, por el cuidado celoso con que lo estrechaba.

-Se va con la marea -me dijo míster Peggotty tapándose la boca con la mano.

Mis ojos estaban húmedos y los de míster Peggotty también. Repetí en voz baja:

-¿Con la marea?

-En las costas –dijo mister Peggotty- siempre se muere con la marea baja, y, por el

contrario, siempre se viene al mundo con la marea alta, y no se es totalmente del mundo

más que en plena marea. Pues bien; él se irá con la marea. Esta baja a las tres y media y

no volverá a subir hasta media hora después. Si dura hasta que el mar empiece a subir no

entregará su espíritu mientras estemos en plena marea, y esperará para marcharse a la

próxima marea baja.

Continuábamos allí mirándole. El tiempo transcurría; las horas pasaban. No puedo decir

qué misterioso influjo ejercía mi presencia sobre él; pero cuando empezó a murmurar

algunas palabras en su delirio hablaba de llevarme a la pensión.

-Vuelve en sí -dijo Peggotty.

Míster Peggotty me tocó en el brazo, diciéndome bajo, en tono convencido y

respetuoso:

-La marea baja, y se va.

-Barkis, amigo mío -exclamó Peggotty.

-C. P. Barkis –exclamó él con voz débil-: ¡la mejor mujer que hay en el mundo!

-Mira; aquí está Davy -dijo Peggotty, pues abría los ojos.

Iba a preguntarle si me reconocía, cuando hizo un esfuerzo para extender su brazo, y

me dijo claramente, con una dulce sonrisa:

-¡Barkis está dispuesto!

Y el mar bajaba, y se fue con la marea.

CAPÍTULO XI

UNA PÉRDIDA MAYOR

No había dificultad para mí en ceder a los ruegos de Peggotty, que me pedía que

permaneciera en Yarmouth hasta que los restos del pobre carretero hubieran hecho por

última vez el viaje de Bloonderstone. Había comprado desde hacía mucho tiempo, de sus

economías, un rinconcito de tierra en nuestro antiguo cementerio, cerca de la tumba de

«su querida niña», como llamaba siempre a mi madre, y allí reposarían sus restos.

Cuando lo pienso ahora me parece que no podía ser más dichoso de lo que lo era

entonces acompañando a Peggotty y haciendo por ella lo poco que podía. Pero temo

haber sentido una satisfacción todavía mayor (satisfacción personal y profesional) al

examinar el testamento de Barkis y al apreciar su contenido.

Reclamo el honor de haber sugerido la idea de que el testamento estaría en el cofre.

Después de algunas pesquisas, apareció en el fondo de una bolsa, en compañia de un

poco de paja, de un antiguo reloj de oro con cadena y dijes, que Barkis había llevado el

día de su boda y que nunca se le había visto ni antes ni después; de una pipa de plata que

parecía una pierna; de una caja que parecía un limón, llena de tacitas y platitos que Barkis

supongo habría comprado cuando yo era niño para regalármelo y que después no había

tenido el valor suficiente para desprenderse de ello; y, por último, encontramos ochenta y

siete monedas de oro, en guineas y medias guineas; doscientas diez libras en billetes de

banco muy nuevos, algunas acciones del Banco de Inglaterra y una herradura vieja, un

chelín falso, un trozo de alcanfor y una concha de ostra. Como el último objeto era

evidente que había sido frotado y mostraba los colores del prisma, estoy muy inclinado a

creer que Barkis tenía una idea general sobre las perlas que nunca había llegado a

resolver ni a definirse.

Durante años y años Barkis había llevado siempre consigo el cofre en todos sus viajes,

y para despistar mejor a quien pudiera espiarle había pensado en escribir con mucho

cuidado sobre la tapa, en caracteres que se habían ido borrando con el tiempo, la

dirección de «Míster Blackboy: que lo conserve Barkis hasta que sea reclamado».

Pronto me di cuenta de que no había perdido el tiempo economizando durante tantos

años. Su fortuna en dinero sumaba cerca de tres mil libras esterlinas. Legaba el usufructo

de mil a míster Peggotty durante toda su vida; a su muerte, el capital debía ser repartido,

a partes iguales, entre Peggotty, la pequeña Emily y yo, o aquel de nosotros que sobreviviera.

Dejaba a Peggotty todo lo demás, nombrándola heredera universal y única

ejecutora de sus últimas voluntades expresadas en el testamento.

Estaba yo orgulloso como un procurador cuando leí todo el testamento con la mayor

ceremonia, explicando su contenido a todas las partes interesadas; empezaba a creer que

el Tribunal tenía más importancia de la que yo había supuesto. Examiné el testamento

con la mayor atención y declaré que estaba perfectamente en regla sobre todos los puntos,

a hice una o dos anotaciones con lápiz al margen, muy sorprendido de saber tanto.

Pasé la semana que precedió al entierro haciendo este examen un poco abstracto y

levanté inventario de la fortuna que le tocaba a Peggotty, poniendo en orden todos los

asuntos. En una palabra, fui su consejero y su oráculo para todo. No volví a ver a Emily

en este intervalo; pero me dijeron que pensaba casarse discretamente quince días después.

No seguí el entierro de modo formal. Me refiero a que no me revestí de manto negro ni

de largo crespón, para asustar a los pájaros, sino que me fui a pie, temprano, a Bloonderstone,

y ya me encontraba en el cementerio cuando llegó el féretro, seguido únicamente

de Peggotty y de su hermano. El loco nos miraba desde mi ventana; el niño de míster

Chillip movía su gran cabeza dando vueltas a sus ojos redondos para mirar al pastor por

encima del hombro de su niñera; míster Omer soplaba en segunda línea, y no había nadie

más, y todo se hizo tranquilamente. Nosotros nos paseamos por el cementerio durante

una hora después de terminar la ceremonia y cogimos algunas hojas tiernas, apenas

entreabiertas, del árbol que daba sombra a la tumba de mi madre.

Aquí el miedo se apodera de mí; una nube sombría se extiende por encima del pueblo,

que veo a lo lejos al dirigir hacia allí mis pasos solitarios. Tengo miedo de acercarme.

¿Cómo podré soportar el recuerdo de lo que nos ocurrió durante aquella noche

memorable, de lo que voy a tratar de recordar, si es que puedo dominar mi emoción?

Pero el contarlo no aumentará el daño; por lo tanto, ¿qué adelantaría con detener aquí

mi pluma temblorosa? Lo hecho, hecho está, y nada podría deshacerlo, nada puede cambiar

la menor cosa.

Peggotty debía venirse conmigo a Londres al día siguiente para las cuestiones del

testamento. La pequeña Emily había pasado el día en casa de míster Omer, y debíamos

reunirnos todos por la noche en el viejo barco. Ham debía recoger a Emily a la hora de

costumbre; yo volvería a pie paseándome. El hermano y la hermana harían el viaje de

vuelta como el de ida, y pasaríamos la velada al lado del fuego.

Nos separamos en la barrera donde un Straps imaginario había reposado con el saco de

Roderick Random en tiempos pasados; y en lugar de volver directamente, di algunos

pasos por la carretera de Lowestoft; después volví sobre mis pasos y tomé el camino de

Yarmouth. Me detuve para comer en un café muy bueno, situado a unas dos millas

del.Ferry’s del que he hablado; el día acababa, y llegué a la orilla al atardecer. Llovía

mucho; el viento era fuerte, pero la luna aparecía de vez en cuando a través de las nubes,

y la oscuridad no era completa.

Pronto estuve a la vista de la casa de míster Peggotty y distinguí la luz que brillaba en

la ventana. Ya estoy pateando en la arena húmeda antes de llegar a la puerta. Ya he

entrado.

Todo tenía su aspecto agradable y cómodo. Míster Peggotty fumaba su pipa de la

noche, y los preparativos de la cena seguían su curso; el fuego ardía alegremente; habían

quitado las cenizas. La caja en que se sentaba la pequeña Emily la esperaba en el rincón

de costumbre. Peggotty estaba sentada en el lugar que ocupaba antes de casarse, y si no

fuera por su traje de viuda hubiera podido creerse que no lo había abandonado nunca.

Había resucitado su caja de labor, con la catedral de Saint Paul en la tapa. El metro dentro

de su chocita y el pedazo de cera seguían en su puesto como el primer día. Mistress

Gudmige gruñía un poco en su rincón, como de costumbre, lo que hacía más fuerte la

ilusión.

-Llega usted el primero, señorito Davy -dijo míster Peggotty radiante-. Quítese ese traje

si está mojado, señorito.

-Gracias, míster Peggotty -le dije dándole mi gabán para que lo colgara-, el traje está

completamente seco.

-Es verdad –dijo míster Peggotty palpándome los hombros-, completamente seco;

siéntese aquí, señorito; no tengo necesidad de decirle que es usted bien venido, pero es

igual de todos modos: lo es usted; se lo digo de todo corazón.

-Gracias, míster Peggotty; ya lo sé. Y tú, Peggotty, ¿cómo estás? -le dije dándole un

beso.

-¡Ja, ja, ja! —dijo míster Peggotty riéndose y sentándose a nuestro lado, mientras se

frotaba las manos como hombre a quien no disgusta encontrar una distracción honrada a

sus penas recientes; y con toda la cordial franqueza habitual en él-. Es lo que le digo

siempre a mi hermana: no hay una mujer en el mundo, señorito, que pueda tener el

espíritu más tranquilo que ella. Ha cumplido con su deber para con el difunto, y él lo

sabía, pues también ha cumplido su deber para con ella como ella lo había cumplido para

con él; y… y todo ha sucedido bien.

Mistress Gudmige gruñó.

-Vamos, ¡valor, hermosa comadre! -dijo míster Peggotty; pero sacudió la cabeza

mirándonos de reojo, para darnos a entender que los últimos sucesos eran oportunos para

recordarle al «viejo»-. No se deje abatir. ¡Valor! Un pequeño esfuerzo, y ya verá usted

cómo después todo va bien.

-Para mí no, Dan -contesto mistress Gudmige-; lo único bueno que me puede ocurrir es

quedarme sola y aislada.

-No, no -dijo míster Peggotty en tono consolador.

-Sí, sí, Dan –dijo mistress Gudmige-. Yo no soy persona para vivir con gentes que han

heredado. He sido demasiado desgraciada, y haríais bien desembarazándoos de mí.

-¿Y cómo iba a poder gastarme el dinero sin ti? -dijo míster Peggotty en tono de seria

queja-. ¿Qué estás diciendo? ¿Acaso no lo necesito más que nunca?

-Ya sabía yo que antes no me necesitaban -exclamó mistress Gudmige con el acento

más lamentable-, y ahora ya no se ocultan para decirlo. ¿Cómo podía yo hacerme ilusiones

de que me necesitaban, una pobre mujer aislada y desolada y que no hace más que

dar la mala suerte?

Míster Peggotty parecía recriminarse a sí mismo por haber dicho algo que pudiera tener

un sentido tan cruel; pero Peggotty le impidió contestar tirándole de la manga y moviendo

la cabeza. Después de haber mirado un momento a mistress Gudmige, con

profunda ansiedad miró el reloj, se levantó, avivó el fuego de la vela y la puso en la

ventana.

-Aquí-dijo míster Peggotty con aire satisfecho-, aquí estamos, mistress Gudmige.

Mistress Gudmige lanzó un débil gemido.

-¡Ya tenemos la luz como de costumbre! ¿Me pregunta usted lo que estoy haciendo,

señorito? Es para nuestra pequeña Emily. ¿Sabe usted? El camino está oscuro, y no resulta

muy alegre en la oscuridad; por ello cuando estoy en casa a la hora de su regreso

pongo la luz en la ventana, y así sirve para dos cosas: en primer lugar –dijo míster

Peggotty inclinándose hacia mí con alegría-, Emily piensa: «Allí está la casa»; y también:

« Mi tío está ya», pues si yo no estoy, tampoco está la luz.

-¡Eres un niño! –dijo Peggotty, muy entusiasmada con aquello.

-Bien -dijo míster Peggotty, con las piernas un poco separadas y paseando sus manos

por encima, con expresión de profunda alegría y mirando alternativamente al fuego y a

nosotros-. No sé si lo seré; al menos a la vista no.

-No del todo -observó Peggotty.

-No -dijo míster Peggotty riendo-, a la vista no; pero, reflexionándolo bien, me tiene sin

cuidado, ¿saben ustedes?

Voy a decirles: Cuando miro a mi alrededor en esta linda casita de nuestra Emily… me

siento…, me siento… -dijo míster Peggotty en un impulso de entusiasmo—. ¡No puedo

decir más!; me parece que los objetos más insignificantes son, por decirlo así, una parte

de ella misma; los cojo, los muevo y los toco con la misma delicadeza que si fueran

nuestra Emily; lo mismo me ocurre con sus sombreritos y con todas sus cosas. No podría

ver que se tratara mal cualquier objeto que le perteneciese, por nada del mundo. He aquí

cómo soy un niño, si queréis bajo la forma de un gran erizo de mar -dijo míster Peggotty

abandonando su seriedad para lanzar una sonora carcajada.

Peggotty y yo también reímos, pero no tan alto.

-Supongo que esto debe de provenir –continuó mister Peggotty con el rostro radiante y

frotándose siempre las piernas- de haber jugado tanto con ella haciendo como que éramos

turcos y franceses y toda clase de extranjeros, y hasta leones y ballenas, y qué sé yo

cuántas cosas, cuando no me llegaba a las rodillas. De eso debe de provenir. ¿Veis muy

bien esta vela, no? -dijo míster Peggotty, que continuaba riendo mientras nos la

enseñaba-. Pues bien: estoy seguro de que cuando se haya casado y marchado la seguiré

poniendo ahí igual que ahora. Estoy seguro de que cuando esté aquí por la noche (¿y

dónde iría a vivir, os pregunto, sea cual sea la fortuna que me llegue?), cuando ella no

esté aquí o no esté yo en su casa, pondré la luz en la ventana y me sentaré al lado del

fuego haciendo como que la estoy esperando como ahora. Así soy un niño -dijo míster

Peggotty con una nueva carcajada- bajo la forma de un erizo de mar. ¿Veis? En este

momento, mientras veo brillar la luz, me digo: «Emily la ve, ya estará cerca». Y por eso

os parezco un niño bajo la forma de un erizo de mar. Después de todo, no me equivoco

-continuó míster Peggotty, interrumpiéndose en medio de su carcajada y palmoteando-,

porque aquí está.

Pero no; era Ham, que venía solo. La lluvia debía de haber arreciado mucho desde que

yo había entrado, pues Ham llevaba un gran sombrero de hule encajado hasta los ojos.

-¿Dónde está Emily? –dijo míster Peggotty.

Ham hizo un movimiento de cabeza como indicando que estaba en la puerta. Míster

Peggotty quitó la luz de la ventana, la despabiló, la volvió a poner encima de la mesa y se

puso a atizar el fuego, mientras Ham, que no se había movido, me dijo:

-Señorito Davy, ¿quiere usted venir fuera conmigo un momento para ver lo que Emily y

yo tenemos que enseñarle?

Salimos. Al pasar a su lado por la puerta vi, con tanta sorpresa como susto, que estaba

pálido como la muerte. Me empujó con precipitación fuera y volvió a cerrar la puerta trás

de nosotros. Sólo estábamos los dos.

-Ham, ¿qué sucede?

-¡Señorito Davy! ¡Ay! ¡Su pobre corazón roto! ¡Cómo lloraba amargamente!

Yo estaba como petrificado a la vista de aquel dolor; no sabía qué pensar ni qué temer;

no sabía más que mirarle.

-Ham, amigo mío; ¡en nombre del cielo, dime lo que ha ocurrido!

-Mi amor, señorito Davy; el orgullo y la esperanza de mi vida, por quien hubiera

querido morir, por quien todavía querría morir, ¡se ha marchado!

-¿Se ha marchado?

-Emily ha huido, y piense cómo ha huido, cuando yo le pido a la bondad de Dios y a su

misericordia que la mate (a ella, a quien quiero por encima de todo) antes que dejarla

perderse y deshonrarse.

El recuerdo de la mirada que dirigió al cielo, cargado de nubes; del temblor de sus

manos juntas, de la angustia que expresaba toda su persona, todavía ahora está unido en

mi espíritu al de la vasta soledad de la playa. En la oscuridad de la noche, él era el único

personaje de la escena.

-Usted es un sabio -dijo con precipitación- y sabrá lo mejor que puede hacerse. ¿,Cómo

anunciárselo a su tío, señorito Davy?

Vi moverse la puerta, a instintivamente hice un movimiento para sujetar el picaporte

desde el exterior, para ganar algún momento. Pero era demasiado tarde. Míster Peggotty

asomó la cabeza, y no olvidaré nunca el cambio que se produjo en su expresión al vernos;

no, aunque viviera quinientos años no lo olvidaría.

Recuerdo un gemido y un grito. Las mujeres le rodean, y estamos todos de pie en la

habitación, yo teniendo en la mano un papel que Ham me acaba de entregar. Míster Peggotty,

con el chaleco entreabierto, los cabellos en desorden, el rostro y los labios muy

pálidos, la sangre, que debió salir de su boca, brillando en su pecho, me mira fijamente.

-Lea usted, señorito -dice lentamente, en voz baja y temblorosa-; haga el favor, para

que trate de comprender.

En medio de un silencio de muerte leí una carta, medio borrada por las lágrimas, que

decía:

«Cuando recibas esta carta, tú que me amas infinitamente, más de lo que

he merecido nunca, incluso cuando mi corazón era inocente, estaré ya muy

lejos.

-Estaré lejos -repitió míster Peggotty lentamente-. Espere. Emily estará lejos, ¿y qué

más?

» Cuando deje mi querido hogar, ¡oh mi querido hogar!, por la mañana

-la carta estaba fechada la víspera por la noche- será para no volver nunca,

a menos que me traiga después de haber hecho de mí una señora.

Encontraréis esta carta la noche del día de mi marcha, muchas horas

después, en el momento en que esperéis verme. ¡Oh, si supierais cómo

tengo el corazón destrozado! Si tú, Ham, sobre todo; tú, con quien tan mal

me porto y que no podrás nunca perdonarme, ¡si supieras lo que sufro!

Pero soy demasiado culpable para hablarte de mí. ¡Oh, sí!, consuélate con

el pensamiento de que soy culpable. ¡Oh! Y, por piedad, dile a mi tío que

no le he amado nunca ni la mitad que ahora. No recordéis toda la bondad y

el afecto que me habéis demostrado; no recuerdes que debíamos casarnos;

trata de convencerte de que llevo muerta desde que era pequeñita y de que

estoy enterrada en cualquier parte. Que el cielo, del que no soy digna de

implorar la piedad para mí, la tenga al menos para mi tío. Dile que nunca

le he querido ni la mitad que ahora. Consuélale. Ama a alguna buena

muchacha que sea para mi tío lo que yo era antes, que sea digna de ti y que

te sea fiel; bastante tenéis con mi vergüenza para desesperaros. ¡Que Dios

os bendiga a todos! Le rogaré a menudo por todos, de rodillas. Si no me

trae hecha una señora, aunque no pueda rezar por mí misma rezaré por

todos vosotros. Mi mayor ternura, para mi tío. Mis lágrimas y mi

agradecimiento, para mi tío.»

Era todo.

Míster Peggotty continuó largo tiempo mirándome después de haber terminado. Por fin

me aventuré a cogerle una mano y a rogarle lo mejor que pude que tratara de recobrar el

ánimo.

-¡Gracias, señorito, gracias! -me respondía sin moverse.

Ham le habló y míster Peggotty no fue impasible a su dolor, pues le estrechó la mano

con todas sus fuerzas; pero eso era todo: continuaba en la misma actitud, y nadie se

atrevía a molestarle.

Por fin, lentamente, separó los ojos de mi rostro, como si saliera de un sueño, y los

paseó alrededor de la habitación; después dijo en voz baja:

-¿Quién es él? Quiero saber su nombre.

Ham me miró, y yo me sentí al momento anonadado por un golpe que me hizo

retroceder.

-¿Sospechas de alguien? -dijo míster Peggotty-. ¿De quién?

-Señorito Davy –dijo Ham en tono suplicante-, salga usted un momento y déjeme que

le diga lo que le tengo que decir. Usted no puede oírlo.

Sentí de nuevo el mismo golpe, y me dejé caer en una silla; traté de pronunciar una

respuesta, pero mi lengua estaba helada y mis ojos turbados.

-Quiero saber su nombre -repetía míster Peggotty.

-Desde hace algún tiempo -murmuró Ham- hay un criado que ha venido algunas veces

a rondar por aquí. Y también un caballero; se entendían.

Míster Peggotty continuaba inmóvil; pero miró a Ham.

-Al criado -continuó Ham- le han visto ayer tarde con…, con nuestra pobre niña. Estaba

oculto en las cercanías desde hacía lo menos ocho días. Creían que se había marchado;

pero solamente estaba oculto. ¡No se quede aquí, señorito Davy, no se quede!

Sentí que Peggotty me pasaba el brazo alrededor del cuello para arrastrarme; pero no

hubiera podido moverme aunque la casa se me cayera encima.

-Esta mañana, casi antes de amanecer, se ha visto un coche desconocido con caballos

de postas por la carretera de Norwich -continuó Ham-. El criado fue allí, volvió aquí y

volvió allá. La última vez Emily iba con él. El otro estaba en el coche. ¡Es él!

-¡En nombre del cielo -dijo míster Peggotty retrocediendo y extendiendo la mano para

rechazar un pensamiento que temía confesarse a sí mismo-, no me digas que se llama

Steerforth!

-Señorito Davy -exclamó Ham con la voz rota-, no es culpa de usted… y estoy muy

lejos de acusarle; pero… su nombre es Steerforth, y ¡es un miserable!

Míster Peggotty no lanzó un grito, no vertió una lágrima, no hizo un movimiento; pero

al cabo de un rato pareció que se despertaba de pronto y se puso a descolgar un grueso

capote, que estaba suspendido en un rincón del techo.

-Ayudadme un poco; estoy destrozado y no consigo hacer nada. Ayudadme un poco.

¡Bien! -añadió cuando se le hubo ayudado- Ahora dadme mi sombrero.

Ham le preguntó dónde iba.

-Voy a buscar a mi sobrina, voy a buscar a mi Emily. Y antes voy a hundir el barco ese

donde he debido ahogarle; sí, tan verdad como estoy vivo que lo habría hecho si hubiera

podido sospechar lo que meditaba. Cuando estaba sentado frente a mí -dijo como un loco,

extendiendo el puño cerrado-; cuando estaba sentado frente a mí, que me parta un rayo si

no le hubiera ahogado y si no hubiera estado convencido de que obraba bien. ¡Voy a

buscar a mi sobrina!

-¿Dónde? -exclamó Ham poniéndose delante de la puerta.

-¿Qué importa dónde? Voy a buscar a mi sobrina por el mundo. Voy a buscar a mi

pobre niña en su vergüenza y a traerla conmigo. Que no me detengan. ¡Digo que voy a

buscar a mi sobrina!

-No, no –exclamo mistress Gudmige, que vino a interponerse entre ellos en un acceso

de dolor-; no, no, Daniel. En el estado en que estás, no. Irás a buscarla pronto, mi pobre

Dan, es muy justo; pero ahora no. Siéntate y perdóname el haberte atormentado tanto,

Dan… (¿qué son mis penas al lado de esta?) y hablemos de los tiempos en que ella se

quedó huérfana y Ham huérfano; cuando yo era una pobre viuda y tú me habías recogido.

Esto calmará tu pobre corazón, Daniel -dijo apoyando su cabeza en el hombro de míster

Peggotty-, y soportarás mejor tu dolor, pues ya conoces la promesa, Daniel: «Lo que

hayas hecho por el menor de tus hermanos será como si me lo hubieras hecho a mí

mismo», y esto no podrá por menos que cumplirse bajo este techo que nos ha servido de

abrigo durante tantos años, ¡tantos años!

Parecía que se había vuelto insensible, y cuando le oí llorar, en lugar de ponerme de

rodillas, como tenía ganas de hacer para pedirles perdón por el dolor que les había

causado y para maldecir a Steerforth, hice más: di a mi corazón oprimido el mismo

desahogo, y lloré con ellos.

CAPÍTULO XII

EL PRINCIPIO DE UN LARGO VIAJE

Supongo que lo que es natural en mí es natural en todo el mundo, y por eso no temo

decir que nunca he querido más a Steerforth que en el momento en que los lazos que nos

unían se habían roto. En la amarga angustia que me causaba el descubrimiento de su

crimen recordaba más claramente que nunca sus brillantes cualidades; apreciaba más

vivamente todo lo que había bueno en él; hacía más completa justicia a todas las

facultades que hubieran podido hacer de él un hombre de una naturaleza noble y

excepcional; lo veía todo más claro que en la época más ardiente de mi abnegación

pasada; me resultaba imposible no sentir profundamente la parte involuntaria que había

tenido en la mancha que caía sobre aquella familia honrada, y, sin embargo, creo que si

me hubiera encontrado frente a frente con él no habría tenido fuerzas para dirigirle ni un

solo reproche. Le hubiese amado tanto todavía, aunque mis ojos estuvieran abiertos;

hubiese conservado un recuerdo tan tierno de mi afecto por él, que me temo habría sido

débil como un niño que no sabe más que llorar y olvidar; pero claro que no se me ocurrió

pensar en una reconciliación entre nosotros. Fue un pensamiento que no abrigué jamás.

Sentía, como él mismo lo había sentido, que todo había terminado entre él y yo. Nunca he

sabido qué recuerdo había conservado de mí; quizá no era más que un recuerdo ligero,

fácil de desechar; pero yo, yo lo recordaba como a un amigo muy querido que me hubiera

arrebatado la muerte.

Sí, Steerforth; desde que has desaparecido de la escena de este pobre relato, no digo que

mi dolor no presentará involuntariamente testimonio contra ti ante el trono del Juicio Final;

pero no temas que mi cólera ni mis reproches acusadores lo persigan por sí mismos.

La noticía de lo que acababa de ocurrir se extendió pronto por el pueblo, y al pasar por

las calles al día siguiente por la mañana oía a los habitantes hablar de ello delante de sus

puertas. Había muchas gentes que se mostraban muy severas con ella; otras, con él; pero

sólo había una opinion respecto a su padre adoptivo o a su novio. Todo el mundo, de

todas condiciones, demostraba por su dolor un respeto lleno de cuidados y delicadezas.

Los marineros permanecieron alejados cuando los vieron andar lentamente por la playa

muy de madrugada, y formaron grupos donde sólo se hablaba de ellos para

compadecerlos.

Los encontré en la playa a la orilla del mar, y me habría sido fácil observar que no

habían pegado ojo, aunque Peggotty no me hubiera dicho que la mañana les había

sorprendido sentados todavía donde los había dejado la víspera. Parecían agotados, y me

pareció que aquella sola noche había inclinado la cabeza de míster Peggotty más que

todos los años transcurridos desde que yo le conocía. Pero los dos estaban graves y

tranquilos como el mismo mar que se extendía ante nosotros sin una ola, bajo un cielo

sombrío, aunque el oleaje duro demostrase claramente que respiraba dentro de su reposo

y aunque una banda de luz que iluminaba el horizonte hiciera adivinar detrás la

presencia,del sol, invisible todavía tras de las nubes.

-Hemos hablado mucho, señorito -me dijo míster Peggotty, después de que dimos los

tres reunidos algunas vueltas por la arena, en silencio-, de lo que debíamos y no debíamos

hacer. Pero ahora ya está decidido.

Lancé por casualidad una mirada a Ham. En aquel momento miraba el resplandor que

iluminaba al mar en la lejanía, y aunque su rostro no estaba animado por la cólera y, a lo

que recuerdo, sólo podía leer una expresión resuelta y sombría, se me ocurrió el terrible

pensamiento de que si encontraba alguna vez a Steerforth lo mataría.

-Mi deber aquí está cumplido, señorito -dijo míster Peggotty-, y voy a buscar a mi… -

Después se detuvo y añadió con voz más segura:

-Voy a buscarla; es mi única misión desde ahora,

Sacudió la cabeza cuando le pregunté dónde la buscaría, y me preguntó si me marchaba

a Londres al día siguiente. Le dije que si no me había marchado ya era por temor de

desperdiciar la ocasión si podía ayudarle en algo; pero que estaba dispuesto a partir

cuando él quisiera.

-Mañana me iré con usted, señorito -dijo-, si le parece bien.

Dimos de nuevo algunos paseos en silencio.

-Ham continuará trabajando aquí -añadió después de un momento-. Se irá a vivir a casa

de mi hermana. En cuanto al viejo barco…

-¿Es que abandonará usted el viejo barco, míster Peggotty? -pregunté con dulzura.

-Mi sitio no está ya allí, señorito Davy; y si alguna vez ha naufragado un barco desde

que las tinieblas existen sobre la superficie del abismo, es este. Pero no, señorito, no; yo

no quiero abandonarlo, ni mucho menos.

Andamos otro rato en silencio, y después continuó:

-Lo que deseo, señorito, es que esté siempre, día y noche, invierno como verano, tal

como ella lo ha conocido siempre desde la primera vez que lo vio. Si alguna vez sus

pasos errantes se dirigen hacia aquí, no quiero que su antigua morada parezca rechazarla;

al contrario, quiero que la invite a acercarse a la vieja ventana, como un aparecido, para

mirar, a través del viento y la lluvia, su rinconcito al lado del fuego. Entonces, señorito

Davy, quizá viendo a mistress Gudmige sola tenga valor y se deslice dentro temblando;

quizá se deje acostar en su antigua camita y repose su cabeza fatigada allí donde antes se

dormía tan alegremente.

No pude contestar, a pesar de todos mis esfuerzos.

-Todas las noches -continuó míster Peggotty-, a la caída de la tarde, la luz se pondrá

como de costumbre en la ventana, con el fin de que si algún día llega a verla crea que se

oye llamar con dulzura: «Vuelve, hija mí; vuelve». Y si alguna vez llaman a la puerta de

tu tía por la noche, Ham, sobre todo si llaman suavemente, no vayas a abrir tú. ¡Que sea a

mi hermana y no a ti a quien vea primero la pobre niña!

Dio algunos pasos y anduvo delante de nosotros unos momentos. Durante aquel

intervalo lancé de nuevo una mirada a Ham, y viendo la misma expresión en su rostro,

con la mirada siempre fija en el resplandor lejano, le toqué en el brazo. Le llamé dos

veces por su nombre como si hubiera querido despertar a un hombre dormido, sin que me

hiciera caso. Cuando por fin le pregunté en qué pensaba, me respondió:

-En lo que tengo delante de mí, señorito Davy, y en lo de más allá.

-¿En la vida que se abre ante ti, quieres decir?

Me había señalado vagamente el mar.

-Sí, señorito Davy; no sé bien lo que es, pero me parece… que es de allá abajo de donde

vendrá el fin.

Y me miró como un hombre que se despierta; pero con la misma resolución.

-¿El fin de qué? -pregunté, sintiendo renacer mis temores.

-No lo sé -dijo con aire pensativo-; recordaba que era aquí donde había empezado todo,

y… naturalmente, pensaba que aquí es donde debe terminar. Pero no hablemos más,

señorito Davy -añadió, respondiendo, según pareció, a mi mirada-; no tenga miedo; estoy

tan inquieto, me parece, que no sé…

Y, en efecto, no sabía dónde estaba, y su espíritu vagaba en la mayor confusión.

Míster Peggotty se detuvo para damos tiempo a que le alcanzáramos y no continuamos;

pero el recuerdo de mis primeros temores me volvió más de una vez hasta el día en que el

inexorable fin llegó en el momento fijado.

Nos habíamos acercado sin damos cuenta al barco. Entramos. Mistress Gudmige, en

lugar de lamentarse en su rincón de costumbre, estaba muy ocupada preparando el

desayuno. Acercó una silla a míster Peggotty, le cogió el sombrero y habló con tal

dulzura y buen sentido, que no la reconocía.

-Vamos, Daniel, buen hombre –decía-, hay que comer y beber para conservar las

fuerzas; si no no podrás hacer nada. Vamos, un esfuerzo, y valor, querido, y si lo molesto

con mi charla, me lo dices y termino.

Cuando nos hubo servido a todos se retiró al lado de la ventana para repasar las camisas

y demás trapos de míster Peggotty, que dobló después con cuidado para encerrarlos en un

viejo saco de hule como los que llevan los marineros. Durante aquel tiempo continuaba

hablando con la misma dulzura.

-Siempre, en todas las estaciones del año -decía mistress Gudmige-, continuaré aquí, y

todo seguirá como deseas. No soy muy instruida, pero te escribiré de vez en cuando,

cuando te hayas marchado, y enviaré mis cartas al señorito Davy. Quizá tú también me

escribas alguna vez, Dan, para decirme cómo te encuentras mientras viajas solo en tus

tristes pesquisas.

-Temo que tu vayas a encontrar muy aislada —dijo míster Peggotty.

-No, no, Daniel; no hay cuidado; no te preocupes por mí. ¿Te parece poco

entretenimiento tener todas las cosas en orden -mistress Gudmige se refería a la casapara

tu regreso y para el de todos los que puedan volver, Dan? Cuando haga buen tiempo

me sentaré a la puerta, como hacía siempre. Y si alguien vuelve, podrá ver desde lejos a

la vieja viuda, a la fiel guardiana del hogar.

¡Qué cambio había dado mistress Gudmige en tan poco tiempo! Era otra persona. Tan

abnegada, tan comprensiva, consciente de lo que era bueno decir y de lo que convenía

callar; pensando tan poco en sí misma y tan preocupada con la pena de los que la

rodeaban, que yo la miraba con una especie de veneración. ¡Cuánto trabajo aquel día!

Había en la playa muchísimas cosas que convenía guardar en el cobertizo: velas, redes,

remos, cuerdas, palos, cazuelas para las langostas, sacos de arena para el lastre, etc. Y

aunque la ayuda no faltó, pues no hubo en la playa un par de manos que no estuvieran

dispuestas a trabajar con toda su alma para míster Peggotty, y demasiado dichosas de

poder ayudarle en algo, sin embargo, mistress Gudmige continuó todo el día arrastrando

fardos muy por encima de sus fuerzas, y corriendo de acá para allá ocupada en una

multitud de cosas inútiles. Y nada de sus lamentaciones de costumbre sobre sus

desgracias; parecía haberlas olvidado por completo. Estuvo todo el día serena y tranquila,

a pesar de su viva y buena simpatía, lo que no era de lo menos sorprendente en el cambio

que se había operado en ella. Ni un momento de mal humor. Ni una sola vez pude

observar que su voz temblase o que cayera una lágrima de sus ojos; únicamente por la

noche, a la caída de la tarde, cuando se quedó sola con míster Peggotty, que se durmió

agotado, se deshizo en lágrimas y trató en vano de retener sus sollozos. Después, llevándome

hacia la puerta, me dijo:

-¡Que Dios le bendiga, señorito Davy! ¡Sea usted siempre tan buen amigo para el pobre

hombre!

Después salió a lavarse los ojos antes de volver a sentarse a su lado, para que al

despertar la encontrara tranquilamente trabajando. En una palabra, cuando los dejé por la

noche era ella el apoyo y el sostén de míster Peggotty en su tristeza, y yo no me cansaba

de pensar en la lección que mistress Gudmige me había dado y en el nuevo aspecto del

corazón humano que me acababa de descubrir.

Serían las nueve y media cuando, paseándome tristemente por el pueblo, me detuve a la

puerta de míster Omer. Minnie me dijo que a su padre le había afligido tanto lo ocurrido,

que había estado todo el día triste y se había acostado sin fumar su pipa.

-¡Es una muchacha perdida, un mal corazón -dijo mistress Joram-; nunca ha valido

nada, ¡nunca!

-No diga usted eso -repliqué-, porque no lo siente.

-Sí que lo siento -dijo mistress Joram con cólera.

-No, no -le dije yo.

Mistress Joram bajó la cabeza tratando de conservar su expresión dura y severa, pero no

pudo triunfar sobre su emoción y se echó a llorar. Yo era joven, es verdad; pero aquella

simpatía me dio muy buena opinión de ella, y me pareció que, en su calidad de mujer y

madre irreprochable, aquello era todavía más de apreciar.

-¿Qué será de ella? -decía Minnie sollozando-. ¿Dónde irá? ¡Dios mío! ¿Qué será de

ella? ¡Oh! ¿Cómo ha podido ser tan cruel consigo misma y con Ham?

Yo recordaba los tiempos en que Minnie era una linda muchachita, y me gustaba ver

que también ella los recordaba con tanta emoción.

-Mi pequeña Minnie –dijo mistress Joram- se acaba de dormir ahora mismo. Hasta en

sueños solloza por Emily. Todo el día ha estado llamándola y preguntándome a cada

momento si Emily era mala. ¿Qué le voy a contestar? La última noche que Emily ha

pasado aquí se quitó la cinta de su cuello y se la puso a la nena; después puso su cabeza

en la almohada, al lado de la de Minnie, hasta que se durmió profundamente. Ahora la

cinta continúa alrededor del cuello de mi pequeña Minnie. Quizá no debía consentirlo;

pero ¿qué quiere usted que haga? Emily es muy mala; pero ¡se querían tanto! Además, la

niña no tiene conocimiento.

Mistress Joram estaba tan triste, que su marido salió de su habitación para consolarla.

Los dejé juntos y emprendí el camino hacia casa de Peggotty, quizá más melancólico que

nunca.

Aquella excelente criatura (me refiero a Peggotty), sin pensar en su cansancio ni en sus

preocupaciones recientes, ni en tantas noches que había pasado sin dormir, se había

quedado en casa de su hermano para no abandonarle hasta el momento de su partida, y en

la casa no había conmigo más que una mujer vieja, que se encargaba de la limpieza hacía

unas semanas, cuando Peggotty no pudo ya ocuparse. Como yo no tenía ninguna

necesidad de sus servicios, la mandé acostarse, con gran satisfacción suya, y me senté

delante del fuego de la cocina, para reflexionar un poco sobre todo lo que había ocurrido.

Confundía los últimos sucesos con la muerte de Barkis, y veía al mar, que se retiraba a

lo lejos; recordaba la mirada extraña que Ham había fijado en el horizonte, cuando fui sacado

de mis sueños por un golpe dado en la puerta. La puerta tenía aldaba; pero el ruido

no era de la aldaba: era una mano la que había llamado, y muy abajo, como si fuera un

niño el que quería que le abrieran.

Me apresuré más que si hubiera sido un lacayo oyendo un aldabonazo en casa de un

personaje de distinción; abrí, y en el primer momento, con gran sorpresa, no vi más que

un inmenso paraguas, que parecía andar solo; pero pronto descubrí bajo su sombra a miss

Mowcher.

No hubiese estado muy dispuesto a recibir bien a aquella criatura si en el momento de

retirar su paraguas, que no conseguía cerrar, hubiera encontrado en su rostro aquella

expresión grotesca que tanta impresión me causó en nuestro primer encuentro. Pero

cuando me miró fue con una expresión tan grave, que le quité el paraguas (cuyo volumen

hubiera sido incómodo hasta para el gigante irlandés), mientras ella extendía sus manos

con una expresión de dolor tan viva que sentí hasta simpatía por ella.

-Miss Mowcher -dije después de haber mirado a derecha a izquierda en la calle desierta

sin saber lo que buscaba-, ¿cómo está usted aquí? ¿Qué le pasa a usted?

Me hizo señas con su corto brazo derecho de que cerrara el paraguas, y entrando con

precipitación pasó a la cocina. Cerré la puerta y la seguí con el paraguas en la mano,

encontrándola ya sentada en un rincón, balanceándose hacia adelante y hacia atrás y

apretándose las rodillas con las manos como una persona que sufre.

Un poco inquieto por aquella visita inoportuna y por ser único espectador de aquellas

extrañas gesticulaciones, exclamé de nuevo:

-Miss Mowcher, ¿qué le ocurre a usted? ¿Está usted enferma?

-Hijo mío -replicó miss Mowcher apretando sus manos contra su corazón-, estoy

enferma, muy enferma, cuando pienso en lo que ha ocurrido y en que hubiese podido

saberlo, impedirlo quizá, si no hubiera estado tan loca y aturdida como estoy.

Y su gran sombrero, tan poco apropiado a su estatura de enana, se balanceaba siguiendo

los movimientos de su cuerpecito y haciendo bailar al unísono tras de ella, en la pared, la

sombra de un sombrero gigantesco.

-Estoy muy sorprendido -empecé a decir- de verla tan seriamente preocupada… -Pero

me interrumpió:

-Sí, siempre me ocurre lo mismo. Todos los seres privilegiados que tienen la suerte de

llegar a su pleno desarrollo se sorprenden de encontrar sentimientos en una pobre enana

como yo. No soy para ellos más que un juguete, con el que se divierten, para tirarme a la

basura cuando se cansan; se imaginan que no tengo más sensibilidad que un caballo de

cartón o un soldado de plomo. Sí, sí; eso me ocurre siempre; no es cosa nueva.

-Yo no puedo hablar más que de mí; pero le aseguro que no soy de ese modo. Quizá no

hubiera debido sorprenderme de verla a usted en ese estado, puesto que no la conozco

apenas. Dispénseme; se lo he dicho sin intención.

-¿Qué quiere usted que haga? -replicó la mujercita, en pie, y levantando los brazos para

que la viera mejor-. Vea usted: mi padre era como yo; mi madre, lo mismo; mi hermano,

también, a igualmente mi hermana. Trabajo para mi hermano y mi hermana desde hace

muchos años… sin descanso, míster Copperfield, todo el día. Hay que vivir. Yo no hago

daño a nadie. Si hay personas lo bastante crueles para burlarse de mí, ¿qué quiere usted

que haga yo? Tengo que hacer lo mismo que ellos; y por eso he llegado a reírme de mí

misma, de los que se ríen de mí y de todo. Se lo pregunto: ¿quién tiene la culpa? Por lo

menos yo no la tengo.

No, no; veía muy bien que no era la culpa de miss Mowcher.

-Si hubiera dejado sospechar a su pérfido amigo que no por ser enana dejaba de tener

un corazón como el de cualquier otro -continuó, moviendo la cabeza con expresión de

reproche-, ¿cree usted que me habría demostrado nunca el menor interés? Si la pequeña

Mowcher (no tiene la culpa de ser como es, pues no se ha hecho a sí misma, caballero) se

hubiera dirigido a él o a cualquiera de sus semejantes en nombre de sus desgracias, ¿cree

usted que habrían escuchado siquiera su vocecita? Sin embargo, la pequeña Mowcher

necesitaba vivir, aunque hubiera sido la más tonta y la más gruñona de los pigmeos; pero

no hubiese conseguido nada, ¡oh, no! Se habría agotado pidiendo un pedazo de pan, y la

hubiesen dejado morir de hambre; y, sin embargo, ¡no puede alimentarse del aire!

Miss Mowcher se sentó de nuevo, sacó su pañuelo y se enjugó los ojos.

-¡Vamos! Si tiene usted el corazón bueno, como creo, más bien me debía felicitar por

haber tenido el valor, dentro de lo que soy, de soportarlo todo alegremente. Yo misma me

felicito de poder hacer mi poquito de camino en el mundo sin deber nada a nadie y sin

tener que dar por el pan que me lanzan al pasar, por tontería o vanidad, más que algunas

bufonadas a cambio. Y si no me paso la vida lamentándome por lo que me falta, mejor

para mí; con eso no hago daño a nadie. Y si os tengo que servir de juguete a vosotros los

gigantes, al menos tratad con dulzura al juguete.

Miss Mowcher volvió a guardarse el pañuelo en el bolsillo, y mirándome intensamente

prosiguió:

-Le he visto hace un momento en la calle. Como supondrá usted, yo no puedo andar tan

deprisa como usted, con mis piernas cortas y mi débil aliento, y no he podido alcanzarle;

pero adivinaba dónde se dirigía usted y lo he seguido. Ya he venido hoy una vez aquí;

pero la buena mujer no estaba en casa.

-¿Es que la conoce usted? -le pregunté.

-He oído hablar de ella -replicó- en casa de Omer y Joram. Esta mañana, a las siete,

estaba allí. ¿Recuerda usted lo que Steerforth me dijo de esa desgraciada niña el día en

que los vi a los dos en el hotel?

El gran sombrero que llevaba en la cabeza miss Mowcher y el más grande todavía que

se reflejaba en la pared empezaron a columpiarse de nuevo cuando me hizo esta pregunta.

Le contesté que lo recordaba muy bien y que había pensado muchas veces en ello

durante el día.

-¡Que el padre de la mentira le confunda -dijo la enanita levantando un dedo ante sus

ojos llameantes- y que confunda diez veces más a su miserable criado! Y yo convencida

de que era usted el que tenía por ella una pasión desde hacía muchos años.

-¿Yo? -repetí.

-¡Qué niño es usted y qué mala suerte tan ciega! -exclamó miss Mowcher torciéndose

las manos con impaciencia-. ¿Por qué la elogiaba usted tanto, ruborizado y confuso?

No podía negar que decía la verdad, aunque había interpretado mal mi emoción.

-¿Cómo iba yo a adivinarlo? -dijo miss Mowcher sacando de nuevo su pañuelo y

golpeando con el pie cada vez que se enjugaba los ojos con las dos manos-. Yo me daba

cuenta de que Steerforth le atormentaba a usted y le mimaba al mismo tiempo, y que

usted era como cera blanda entre sus manos. Y no hacía un momento que había dejado la

habitación, cuando su criado me dijo que el joven inocente (así le llamaba; usted puede

llamarle el viejo canalla sin perjudicarle) estaba loco por la chica y la chica por él; que su

señor estaba decidido a que las cosas no tuvieran malas consecuencias, más por afecto a

usted que por ella, y que con ese objeto estaban en Yarmouth. ¿Cómo no creerle? Había

visto que Steerforth le mimaba a usted y le halagaba haciendo el elogio de la muchacha.

Usted fue quien habló de ella el primero. Usted confesó que hacía tiempo la había amado.

Tenía calor y frío, enrojecía y palidecía cuando yo hablaba de ella. ¿Qué quiere usted que

pensara sino que era usted un pequeño libertino en ciernes, a quien no faltaba más que la

experiencia, y que entre las manos en que había caído la experiencia no le faltaría mucho

tiempo si no se encargaba de dirigirla por el buen camino, como era su capricho? ¡Oh, oh,

oh! Es que tenían miedo de que descubriese la verdad -exclamó miss Mowcher

levantándose para trotar de arriba abajo por la cocina y levantando al cielo sus dos

bracitos desesperadamente-; sabían que soy bastante viva, pues lo necesito para salir

adelante en el mundo, y se pusieron de acuerdo para engañarme; y me hicieron dar a

aquella desgraciada una carta, el origen, me temo mucho, de sus relaciones con Littimer,

que se quedó aquí expresamente para ello.

Quedé confundido ante la revelación de tanta perfidia, y miré a miss Mowcher, que

seguía paseándose. Cuando estuvo rendida se volvió a sentar y se enjugó el rostro con el

pañuelo, sacudió la cabeza y no hizo más movimiento ni interrumpió el silencio.

-Mis viajes por provincias me han llevado ayer noche a Norwitch, míster Copperfield

-añadió por fin-. Lo que por casualidad he sabido del secreto que había envuelto su

llegada y su partida me extrañó al saber que usted no formaba parte de ella, y me hizo

sospechar algo. Y ayer noche tomé la diligencia de Yarmouth en el momento en que pasaba

por Norwitch, y he llegado aquí esta mañana, demasiado tarde, ¡ay!, ¡demasiado

tarde!

La pobre miss Mowcher se estremecía a fuerza de llorar y de desesperarse; después se

volvió hacia el fuego para calentar sus piececitos mojados entre las cenizas, y se quedó

allí como una gran muñeca, con los ojos fijos en el fuego.

Yo estaba sentado en una silla al otro lado de la chimenea, sumido en mis tristes

reflexiones y mirando tan pronto al fuego como a ella.

-Tengo que marcharme -dijo, por último, levantándose-, es tarde. ¿Usted no desconfiará

de mí?

Al encontrar su mirada penetrante, más penetrante que nunca, cuando me dirigió

aquella pregunta, no pude responder con un «no» franco del todo.

-Vamos -dijo aceptando la mano que le ofrecía para pasar por encima del guardafuegos

y mirándome suplicante-, sabe usted muy bien que si fuera una mujer de estatura

corriente no desconfiaría.

Comprendí que tenía mucha razón, y me avergonce un poco de mí mismo.

-Es usted muy joven -me dijo- Escuche usted un consejo, aunque sea de una criatura

como yo, que no levanta tres pies del suelo. Trate, amigo mío, de no confundir las deformidades

físicas con las morales, a menos que tenga razones para ello.

Cuando se vio libre del guardafuegos y yo de mis sospechas, le dije que no dudaba de

que me había explicado fielmente sus sentimientos, y que los dos habíamos sido instrumentos

ciegos en aquellas pérfidas manos. Miss Mowcher me dio las gracias, añadiendo

que era un buen muchacho.

-Ahora, fíjese -dijo en el momento de llegar a la puerta, volviéndose a mirarme con el

dedo levantado y expresión maliciosa- Tengo razones para suponer, por lo que he oído

decir (pues siempre tengo el oído pronto; debo utilizar las facultades que poseo), que han

partido para el extranjero. Pero si vuelven, o alguno de los dos vuelve estando yo viva,

tengo más facilidades que otro para saberlo, pues ando siempre de un lado para otro; todo

lo que yo sepa lo sabrá usted, y si puedo alguna vez ser útil de cualquier modo a esa

pobre niña, lo haré con toda mi alma, si Dios quiere. En cuanto a Littimer, más le valdría

tener un perro dogo tras de sus huellas que a la pequeña Mowcher.

No pude por menos de dar fe interiormente a aquella promesa cuando vi la expresión de

su mirada.

-Sólo le pido que tenga en mí la misma confianza que tendría en una mujer de estatura

corriente, ni más ni menos -dijo la criaturita cogiéndome, suplicante, la mano-. Si usted

vuelve a verme de un modo diferente a como me ve ahora; si me ve enloquecer, como me

ha visto la primera vez, fíjese en la gente que me rodea. Recuerde que soy una pobre

criatura sin socorro y sin defensa. Figúrese usted a miss Mowcher volviendo a su casa por

la noche, reuniéndose con su hermano, que es como ella, y con su hermana, que también

lo es, después de terminar su jornada de trabajo, y quizá entonces sea usted más

indulgente conmigo y no se sorprenda de mi pena ni de mi gravedad. ¡Buenas noches!

Estreché la mano de miss Mowcher con una opinión muy diferente de la que me había

inspirado hasta entonces, y sostuve la puerta para que saliera. No era poco el abrir el

enorme paraguas y ponerlo en equilibrio en su mano; sin embargo lo conseguí, y la vi

bajar por la calle á través de la lluvia sin que nada indicase que había una persona debajo

del paraguas, excepto cuando el agua que rebosaba de algunos canalones descargaba

sobre él y le hacía inclinarse a un lado; entonces aparecía miss Mowcher en peligro,

haciendo violentos esfuerzos para enderezarle.

Después de salir una o dos veces para socorrerla, pero sin resultado, pues algunos pasos

más lejos el paraguas empezaba otra vez a saltar ante mí como un gran pájaro antes de

que le alcanzara, entré a acostarme y me dormí hasta la mañana.

Míster Peggotty y mi niñera vinieron a buscarme muy temprano, y nos dirigimos a las

oficinas de la diligencia, donde mistress Gudmige nos esperaba con Ham para decirnos

adiós.

-Señorito Davy -me dijo Ham en voz baja y aparte, mientras míster Peggotty ponía su

saco al lado del equipaje-; su vida está completamente destrozada; no sabe dónde va; no

sabe lo que le espera; empieza un viaje que le va a llevar de aquí para allá hasta el fin de

su vida (puede usted contar con ello), si es que no encuentra lo que busca. ¡Sé que será

usted siempre un amigo para él, señorito Davy!

-Puedes estar seguro -le dije estrechando afectuosamente su mano.

-¡Gracias, gracias! Todavía una palabra. Yo me gano bien la vida, ¿sabe usted, señorito

Davy? Es más; ahora no sabré en qué gastar lo que gano, ya no necesito más que lo justo

para vivir. Si usted pudiera gastarlo por él, señorito, trabajaría de mejor gana. Aunque, en

cuanto a eso -continuó en tono firme y dulce-, puede usted estar seguro de que no dejaré

de trabajar como un hombre y que lo haré lo mejor que pueda.

Le dije que estaba convencido de ello, y no le oculté mi esperanza de que llegara un

tiempo en que renunciaría a la vida solitaria a que por momentos se creía condenado para

siempre.

-No, señorito -dijo moviendo la cabeza-. Todo eso ha pasado para mí. Nunca nadie

podrá llenar el vacío que ha dejado. Y no olvide que aquí siempre habrá dinero de más,

señorito Davy.

Le prometí tenerlo en cuenta, al mismo tiempo que le recordaba que míster Peggotty

tenía ya una renta, modesta, es verdad, pero segura, gracias al legado de su cuñado. Después

nos despedimos uno del otro. No puedo dejar sin recordar su valor sencillo y

conmovedor y su pena tan honda.

En cuanto a mistress Gudmige, si tuviera que describir las carreras que dio por la calle

al lado de la diligencia sin ver otra cosa, a través de las lágrimas que trataba de retener,

más que a míster Peggotty sentado en la imperial, lo que la hacía tropezar contra todos

los que iban en dirección contraria, me vería obligado a lanzarme en una empresa muy

difícil. Prefiero dejarla por fin sentada en los escalones de una panadería, sin aliento, con

el sombrero que ya no tenía forma y uno de los zapatos esperándola en medio de la calle,

a una distancia considerable.

Al llegar al término de nuestro viaje, la primera ocupación fue buscar a Peggotty un

alojamiento donde su hermano pudiera tener una cama; y tuvimos la suerte de encontrar

enseguida uno muy limpio y barato, encima de la tienda de un vendedor de velas, y

separado de mi casa solamente por dos calles. Después de apalabrar la habitación compré

carne y fiambre en una tienda y llevé a mis compañeros de viaje a tomar el té a mi casa,

exponiéndome, siento decirlo, a no obtener la aprobación de mistress Crupp, sino muy al

contrario. Sin embargo, debo mencionar aquí, para que se conozcan bien las cualidades

contradictorias de aquella estimable dama, que le sorprendió mucho ver a Peggotty

remangarse su traje de viuda, diez minutos después de llegar, para ponerse a limpiar mi

alcoba. Mistress Crupp miraba esta usurpación de su cargo como una libertad que se

tomaba, y ella no consentía nunca que nadie se tomara libertades con ella.

Míster Peggotty me había comunicado en el camino a Londres un proyecto que no me

sorprendió. Tenía la intención de ver a mistress Steerforth en primer lugar. Yo me sentía

obligado a ayudarle en aquella empresa y a servir de mediador entre ellos, por lo que, con

objeto de cuidar lo más posible de la sensibilidad de la madre, le escribí aquella misma

noche. Le explicaba, lo más suavemente que podía, el daño que se le había hecho a míster

Peggotty y el derecho que también yo tenía por mi parte para quejarme de aquel

desgraciado suceso. Le decía que era un hombre de clase inferior, pero de carácter dulce

y elevado, y que me atrevía a esperar que no se negara a verle en la desgracia que le agobiaba.

Le pedía que nos recibiera a las dos de la tarde, y envié yo mismo la carta, con la

primera diligencia de la mañana.

A la hora fijada estábamos delante de la puerta…, la puerta de aquella casa en que había

sido tan dichoso algunos días antes y donde había entregado con tanta alegría toda mi

confianza y todo mi corazón; aquella puerta que desde ahora me estaba cerrada y que no

miraba yo más que como una ruina desolada.

Littimer no estaba. La muchacha que le había reemplazado, con gran satisfacción mía,

desde mi última visita, fue la que nos abrió y nos condujo a la sala. Mistress Steerforth

estaba allí. Rose Dartle, en el momento que entramos, dejó la silla que ocupaba y fue a

colocarse de pie detrás del sillón de mistress Steerforth.

Al momento me di cuenta, por el rostro de la madre, de que estaba enterada por su

mismo hijo de lo que había hecho. Estaba muy pálida, y sus facciones tenían la huella de

una emoción demasiado profunda para poderla atribuir únicamente a mi carta, sobre todo

teniendo en cuenta las dudas que le hubiera hecho abrigar su ternura.

En aquel momento la encontré más parecida que nunca a su hijo, y vi, más con mi

corazón que con mis ojos, que mi compañero no estaba menos sorprendido que yo del

parecido.

Sentada muy derecha en su butaca, con aire majestuoso, imperturbable, impasible,

parecía que nada en el mundo sería capaz de turbarla. Miró con orgullo a míster Peggotty,

pero él no la miraba con menos entereza. Los ojos penetrantes de Rose Dartle nos

abrazaban a todos. Durante un momento el silencio fue completo. Mistress Steerforth

hizo un signo a míster Peggotty para que se sentara.

-No me parecería natural, señora -dijo en voz baja-, sentarme en esta casa; prefiero

continuar de pie.

Nuevo silencio, que ella rompió diciendo:

-Sé lo que le trae aquí y lo lamento profundamente. ¿Qué desea usted de mí? ¿Qué

quiere usted que haga?

Míster Peggotty, sosteniendo el sombrero debajo del brazo, buscó en su pecho la carta

de su sobrina, la sacó, la desdobló y se la entregó.

-Haga usted el favor de leer eso, señora; ¡lo ha escrito mi sobrina!

Ella lo leyó con la misma impasible gravedad. No pude percibir en sus rasgos la menor

huella de emoción. Después devolvió la carta.

-«A no ser que me traiga después de haber hecho de mí una señora» -dijo míster

Peggotty siguiendo con el dedo las palabras- Vengo a saber si cumplirá su promesa.

-No -replicó ella.

-¿Por qué no? -preguntó míster Peggotty.

-Porque es imposible; sería una deshonra para mi hijo; no puede usted ignorar que está

muy por debajo de él.

-Levántenla hasta ustedes -dijo míster Peggotty.

-Es ignorante y sin educación.

-Quizá sí, quizá no; pero no lo creo, señora -dijo míster Peggotty-; sin embargo, como

no soy juez en esas cosas, enséñenla lo que no sepa.

-Puesto que me obliga usted a hablar con mayor claridad (y siento tener que hacerlo),

su familia es demasiado humilde para que una cosa semejante sea verosímil, aunque no

hubiera ningún otro obstáculo.

-Escúcheme usted, señora -dijo míster Peggotty lentamente y muy serio-; usted sabe

cómo se quiere a un hijo; yo también. Si fuera hija mía no la podría querer más. Pero

usted no sabe lo que es perder un hijo y yo sí lo sé. Todas las riquezas del mundo, si

fueran mías, no me costarían nada para rescatarla. Arránquela al deshonor, y yo le doy mi

palabra de que no tendrá que temer el oprobio de verse unida a mi familia. Ninguno de

los que han vivido con ella y la han considerado como su tesoro durante tantos años

volverá a ver nunca su lindo rostro. Renunciaremos a ella, nos contentaremos con

recordarla, como si estuviera muy lejos, bajo otro cielo; nos contentaremos con confiarla

a su marido y a sus hijos, quizá, y esperaremos para volver a verla en el momento en que

todos seremos iguales ante Dios.

La sencilla elocuencia de sus palabras no dejó de producir efecto. Mistress Steerforth

persistía en su actitud altanera, pero su tono se había dulcificado un poco al contestarle:

-No justifico nada. No acuso a nadie, y siento tener que repetir que no es posible. Un

matrimonio así destruiría sin esperanza el porvenir de mi hijo. Eso no puede ser y no

será; esté usted seguro. Si hay alguna otra compensación…

-Estoy viendo un rostro que me recuerda por su parecido al que he visto frente a mí

-interrumpió míster Peggotty, con mirada firme y brillante- en mi casa, al lado de mi

fuego, en mi barco, en todas partes, con sonrisa de amigo, en el momento en que

meditaba una traición tan negra, que casi me vuelvo loco cuando lo recuerdo. Si el rostro

que se parece a aquel no se pone rojo como el fuego ante la idea de ofrecerme dinero a

cambio de la pérdida y la ruina de mi niña, es que no vale más que el otro; quizá vale

todavía menos, puesto que es el de una mujer.

Mistress Steerforth cambió de actitud al momento. Enrojeció de cólera y dijo con

altanería, apretando el brazo de su sillón:

-¿Y usted qué compensación me ofrece por el abismo que ha abierto entre nosotros?

¿Qué es su cariño comparado con el mío? ¿Qué es su separación al lado de la nuestra?

Miss Dartle la tocó suavemente a inclinó la cabeza para hablarla en voz baja; pero ella

no la escuchó.

-No, Rose; ni una palabra. ¡Quiero que este hombre me oiga hasta el final! Mi hijo, que

ha sido el único objeto de mi vida, a quien estaban consagrados todos mis pensamientos,

a quien no he negado un solo capricho desde su infancia, con el que he vivido una

existencia común desde su nacimiento, ¡enamorarse en un instante de una miserable

muchacha y abandonarme! ¡Recompensarme de mi confianza con una decepción

sistemática por amor a esa chica y dejarme por ella! ¡Sacrificar a ese odioso capricho el

derecho que tiene su madre a su respeto, a su afecto, a su obediencia, a su gratitud; los

derechos que cada día y cada hora de su vida debían haberle sido sagrados! ¿No es

también ese un daño irreparable?

De nuevo Rose Dartle trató de tranquilizarla, pero fue en vano.

-Te lo repito, Rose, ¡cállate! Si ¡ni hijo es capaz de exponerlo todo por el capricho más

frívolo, yo también puedo hacerlo por un motivo más digno de mí. ¡Que vaya donde

quiera con los recursos que mi amor le ha proporcionado! ¿Cree que me dominará con

una ausencia larga? ¡Conoce muy poco a su madre si cuenta con ello! ¡Que renuncie al

momento a ese capricho y será bienvenido! Si no renuncia al instante, que no intente

volver a acercarse a mí, ni vivo ni moribundo, mientras pueda levantar la mano para

oponerme, hasta que se olvide de ella para siempre y venga humildemente a pedirme

perdón. ¡Ese es mi derecho! ¡Ese es el abismo que han abierto entre nosotros! Y digan,

¿no es un daño irreparable? –dijo mirando a su visitante con la misma expresión altanera

de los primeros momentos.

Oyendo y viendo a la madre mientras pronunciaba aquellas palabras me parecía oír y

ver a su hijo responderle con un desafío. Encontraba en ella todo lo que había en él de

terquedad y obstinación. Todo lo que había podido apreciar por mí mismo de la energía

mal dirigida de Steerforth me hacía comprender mejor el carácter de su madre. Veía

claramente que sus almas, en su violencia salvaje, iban al unísono.

Mistress Steerforth me dijo entonces que le parecía una pérdida de tiempo seguir

hablando y que deseaba poner fin a la entrevista. Se levantó con dignidad para dejar la

habitación, pero míster Peggotty dijo que era inútil.

-No tema usted que le estorbe, señora; no tengo nada más que decir -añadió dando un

paso hacia la puerta-. He venido aquí sin esperanzas y sin esperanzas me voy. He hecho

lo que creía que debía hacer; pero no esperaba nada de mi visita. Esta casa maldita ha

hecho demasiado daño a los míos para que pueda razonablemente esperar algo.

Y salimos, dejándola de pie al lado de su butaca, como si estuviera posando para un

retrato de noble actitud, con un bello rostro.

Para salir teníamos que atravesar una galería de cristales que servía de vestíbulo; una

parra la cubría por completo con sus hojas; hacía un tiempo hermoso, y las puertas que

daban al jardín estaban abiertas. Rose Dartle entró por allí sin ruido, en el momento en

que pasábamos, y se dirigió a mí.

-Ha tenido usted una idea feliz -dijo- con traer a este hombre aquí.

Nunca hubiera creído que ni aun en aquel rostro se pudiera encontrar una expresión de

rabia y de desprecio como la que oscurecía sus rasgos y resplandecía en sus ojos negros.

La cicatriz del martillo estaba, como siempre en esos accesos, muy acusada. El temblor

nervioso que yo había observado ya la agitaba todavía, y trataba de ocultarlo.

-¡Qué bien ha escogido usted a su hombre para traerle aquí y servirle de campeón!, ¿no

es verdad? ¡Qué amigo fiel!

-Miss Dartle -repuse-, seguramente no es usted tan injusta como para acusarme a mí en

este momento.

-¿Para qué viene usted a separar a estas dos criaturas insensatas? -replicó ella-. ¿No ve

usted que están locos los dos de terquedad y orgullo?

-¿Es culpa mía acaso? -repliqué.

-Sí; es su culpa. ¿Por qué ha traído usted ese hombre aquí?

-Es un hombre al que han hecho mucho daño, mis Dartle -respondí-; quizá no lo sabe

usted.

-Sé que James Steerforth -dijo apretando la mano contra su pecho, como para impedir

que estallara la tormenta que reinaba en él- tiene un corazón pérfido y corrompido; sé que

es un traidor. Pero ¿qué necesidad tengo de preocuparme ni de saber lo que concierne a

este hombre ni a su miserable sobrina?

-Miss Dartle -repliqué-, envenena usted la llaga, y demasiado profunda es ya.

Solamente le repito, al dejarla, que no le hace justicia.

-No hago ninguna injusticia; uno de tantos miserables sin honor; en cuanto a ella,

querría que la azotaran.

Míster Peggotty pasó sin decir una palabra y salió.

-¡Oh! Es vergonzoso, miss Dartle; es vergonzoso -le dije con indignación-. ¿,Cómo

tiene usted corazón para pisotear así a un hombre destrozado por un dolor tan poco merecido?

-Querría pisotearlos a todos -replicó-. Querría ver su casa destruida de arriba abajo.

Querría que marcaran a su sobrina el rostro con un hierro candente, que la cubrieran de

harapos y la arrojaran a la calle para morir de hambre. Si tuviera el poder de juzgarla, he

aquí lo que mandaría que le hicieran; no, no; he aquí lo que le haría yo misma. ¡La odio,

la odio! Si pudiera echarle en cara su situación infame, iría al fin del mundo para hacerlo.

Si pudiera perseguirla hasta la tumba, lo haría. Si a la hora de su muerte hubiera una palabra

que pudiera consolarla y no hubiera nadie en el mundo que la supiera más que yo,

moriría antes que decírsela.

Toda la vehemencia de aquellas palabras sólo puede dar una idea muy imperfecta de la

pasión que la poseía y que brillaba en toda su persona, aunque había bajado la voz en

lugar de elevarla. Ninguna descripción podría expresar el recuerdo que he conservado de

ella en aquella embriaguez de furor. He visto la cólera bajo muchas formas, pero nunca la

he visto bajo aquella.

Cuando alcancé a míster Peggotty bajaba la colina lentamente, con aire pensativo. Me

dijo que, teniendo ya el corazón tranquilo de lo que había querido intentar en Londres,

tenía la intención de emprender aquella misma noche sus viajes. Le pregunté adónde

pensaba ir, y únicamente me respondió:

-Voy a buscar a mi sobrina, míster Davy.

Llegamos a su alojamiento, encima de la tienda de velas, y allí pude repetir a Peggotty

lo que me había dicho. Ella, a su vez, me dijo que lo mismo le había dicho a ella por la

mañana. No sabía más que yo dónde iría; pero pensaba que debía de tener algún proyecto

en la cabeza.

No quise dejarle en aquellas circunstancias, y comimos los tres reunidos una empanada

de buey, que era uno de los platos maravillosos que hacían honor al talento de Peggotty, y

cuyo perfume incomparable estaba todavía realzado (lo recuerdo divinamente) por un

olor compuesto de té, de café, de mantequilla, de tocino, de queso, de pan tierno, de madera

quemada, de velas y de salsa de setas que subía de la tienda sin cesar. Después de

comer nos sentamos al lado de la ventana durante cosa de una hora, sin hablar apenas;

después míster Peggotty se levantó, cogió su saco de hule y su cantimplora y los puso

encima de la mesa.

Aceptó como anticipo de su herencia una pequeña suma, que su hermana le dio en

dinero contante; apenas lo necesario para vivir un mes me pareció. Prometió escribirme si

llegaba a saber algo, y después, pasando la correa de su saco por su hombro, cogió su

sombrero y su bastón y nos dijo a los dos: «Hasta la vista».

-¡Que Dios lo bendiga, mi querida vieja! -dijo abrazando a Peggotty-. Y a usted

también, míster Davy -añadió estrechándome la mano, Voy a buscarla por el mundo. Si

volviera mientras yo no esté aquí (pero, ¡ay!, no es nada probable), o si yo la trajera, mi

intención es irme a vivir con ella donde nadie pueda dirigirle el menor reproche; si me sucediera

alguna desgracia, acordaos que las últimas palabras que he dicho para ella son: «

Que dejo a mi querida niña todo mi cariño inquebrantable y mi perdón».

Dijo esto en tono solemne, con la cabeza desnuda; después, volviendo a ponerse el

sombrero, se alejó. Le seguimos hasta la puerta. La tarde era cálida y había mucho polvo.

El sol poniente lanzaba raudales de luz sobre la calle, y el ruido constante de pasos se

había ensordecido un momento en la gran calle a que desembocaba nuestra callejuela.

Dio vuelta a la esquina de la calleja sombría, entró en la luz deslumbrante y desapareció.

Rara vez veía llegar aquella hora de la tarde, rara vez al despertarme de noche y ver la

luna y las estrellas, o si escuchaba caer la lluvia o soplar el viento, dejaba de pensar en el

pobre peregrino, que iba solo por los caminos, y recordaba sus palabras:

«Voy a buscarla por el mundo. Si me ocurriera una desgracia, acordaos de que las

últimas palabras que he dicho para ella son: "Dejo a mi niña querida todo mi cariño

inquebrantable y mi perdón".»

CAPÍTULO XIII

FELICIDAD

Durante todo aquel tiempo había seguido amando a Dora más que nunca. Su recuerdo

me servía de refugio en mis contrariedades y mis penas, y hasta me consolaba de la pérdida

de mi amigo. Cuanta más compasión tenía de mí mismo más piedad sentía por los

demás y más buscaba el consuelo en la imagen de Dora. Cuanto más lleno me parecía el

mundo de decepciones y de penas, más se levantaba la estreIla de Dora, pura y brillante,

por encima de él. No creo que tuviera una idea muy clara de la patria donde Dora había

nacido, ni del sitio encumbrado que ocupaba en la escala de arcángeles y serafines; pero

sé que hubiera rechazado con indignación y desprecio el pensamiento de que pudiera ser

una criatura humana como todas las demás señoritas.

Sí; puedo expresarme así; estaba absorto en Dora, pues no sólo estaba enamorado de

ella hasta perder la cabeza, sino que era un amor que penetraba todo mi ser. Se hubiera

podido sacar de mí (es una comparación) el amor suficiente para ahogar en él a un

hombre, y todavía hubiera quedado bastante para inundar mi existencia entera.

Lo primero que hice por mi propia cuenta al volver a Londres fue ir por la noche a

pasearme a Norwood, donde, según los términos de un respetable enigma que me

propusieron en la infancia, «di la vuelta a la casa sin tocar nunca la casa». Creo que este

difícil problema se aplica a la luna. Sea como sea, yo, el esclavo fanático de Dora, di

vueltas alrededor de la casa y del jardín durante dos horas, mirando a través de las

rendijas de las empalizadas y llegando con esfuerzos sobrehumanos a pasar la barbilla

por encima de los clavos clavos oxidados que guarnecían la parte altar enviando besos a

las luces que aparecían en las ventanas, haciendo a la noche súplicas románticas para que

tomara en su mano la defensa de mi Dora… no sé bien contra quién: sería contra un

incendio; quizá contra los ratones, que le daban mucho miedo.

Mi amor me preocupaba de tal modo y me parecía tan natural confiarle todo a Peggotty

cuando la volví a encontrar a mi lado por la noche con todos sus antiguos enseres de costura,

pasando revista a mi guardarropa, que después de muchos circunloquios le

comuniqué mi secreto. Peggotty se interesó mucho por ello; pero no conseguí que

considerase la cuestión desde el mismo punto de vista que yo. Tenía prejuicios

atrevidísimos en mi favor, y no podía comprender mis dudas y mi abatimiento.

-La joven podía darse por muy satisfecha con tener semejante adorador -decía-, y en

cuanto a su papá, ¿qué mas podía apetecer aquel señor que se lo dijeran’?

Observé, sin embargo, que el traje de procurador y el cuello almidonado de míster

Spenlow le imponían un poco, inspirándole algún respeto por el hombre en el que yo veía

todos los días y cada vez más una criatura etérea que me parecía despedir rayos de luz

mientras estaba sentado en el Tribunal, en medio de sus carpetas, como un faro destinado

a iluminar un océano de papeles. Recuerdo también otra cosa que me pasaba mientras

estaba sentado entre los señores del Tribunal. Pensaba que todos aquellos viejos jueces y

doctores no se preocuparían siquiera de Dora si la conocieran, y que no se volverían locos

de alegría si les propusiera casarse con ella; que Dora podría, cantando y tocando aquella

guitarra mágica, empujarme a mí a la locura sin conmover siquiera ni hacer salir de su

paso ni a uno de aquellos seres.

Los despreciaba a todos sin excepción, ¡a todos! Me parecían unos viejos helados de

corazón y me inspiraban una repulsión personal. El Tribunal me parecía tan desprovisto

de poesía y de sentimiento como un gallinero.

Había tomado en mi mano con cierto orgullo el manejo de los asuntos de Peggotty;

había probado la identidad del testamento; lo había arreglado todo en la oficina de

delegados, y hasta lo había llevado al banco; en fin, la cosa estaba en buen camino. Daba

alguna variedad a los asuntos legales yendo a ver con Peggotty las figuras de cera de

Fleet Street (supongo que se habrán fundido desde hace veinte años que no las he visto) y

visitando la exposición de miss Linvood, que ha quedado en mi recuerdo como un

mausoleo de crochet, propicio a los exámenes de conciencia y al arrepentimiento, y, en

fin, recorriendo la torre de Londres y subiendo hasta lo alto del cimborrio de Saint Paul.

Estas curiosidades procuraron a Peggotty alguna distracción de la que podía gozar en sus

actuales circunstancias. Sin embargo, hay que confesar que la catedral de Saint Paul,

gracias al cariño que tenía a su caja de labor, le pareció bastante digna de rivalizar con la

pintura de su tapa, aunque la comparación, desde algunos puntos de vista, resultara en

ventaja de aquella pequeña obra de arte; al menos esa era la opinión de Peggotty.

Los asuntos de Peggotty estaban en lo que acostumbrábamos llamar el Tribunal de

Negocios ordinarios, clase de negocios, entre paréntesis, muy fáciles y lucrativos, y

cuando terminaron la conduje al estudio para arreglar su cuenta. Míster Spenlow había

salido un momento. Según me dijo el viejo Tifey, había ido a acompañar a un caballero

que venía a prestar juramento para una dispensa de amonestación; pero como yo sabía

que volvería enseguida, pues nuestro despacho estaba al lado del vicario general, le dije a

Peggotty que esperase.

En el Tribunal, cuando se trataba de examinar un testamento, hacíamos un poco el

papel de empresarios de pompas fúnebres, y teníamos, por regla general, la costumbre de

componernos una expresión más o menos sentimental cuando tratábamos con clientes de

luto. Por este mismo principio estábamos siempre alegres cuando se trataba de clientes

que iban a casarse. Previne a Peggotty que iba a encontrar a míster Spenlow bastante

repuesto de la impresión que le había causado la muerte de Barkis y, en efecto, cuando

entró parecía que entraba el novio.

Pero ni a Peggotty ni a mí nos divirtió mirarle cuando vimos que le acompañaba míster

Murdstone. Había cambiado muy poco. Sus cabellos eran tan abundantes y tan negros

como antes, y su mirada no inspiraba más confianza que en el pasado.

-¡Ah! Míster Copperfield, ¿creo que ya conoce usted a este caballero?

Saludé fríamente a míster Murdstone. Peggotty se limitó a dejar ver que le reconocía.

En el primer momento pareció un poco desconcertado al encontrarnos juntos; pero pronto

supo qué hacer y se acercó a mí.

-¿Supongo que está usted bien?

-No creo que pueda interesarle, caballero; pero si quiere usted saberlo, sí.

Nos miramos un momento; después se dirigió a Peggotty.

-Y de usted -dijo- siento saber que ha perdido a su marido.

-No es la primera pérdida de mi vida, míster Murdstone -dijo Peggotty temblando de la

cabeza a los pies-. Únicamente me consuela que esta vez no puedo acusar a nadie; nadie

tiene que reprochárselo.

-¡Ah! -dijo- Es un gran consuelo. ¿Ha cumplido usted con su deber?

-Gracias a Dios no he amargado la vida a nadie, míster Murdstone, ni he hecho morir

de miedo y de pena a una criatura llena de bondad y de dulzura.

Míster Murdstone la miró con expresión sombría y como de remordimiento durante un

minuto; después dijo, volviéndose hacia mí, pero mirándome a los pies, en lugar de mirarme

al rostro:

-No es nada probable que nos volvamos a encontrar en mucho tiempo, lo cual debe ser

motivo de satisfacción para los dos, sin duda, pues encuentros como este no pueden ser

agradables nunca, y no espero que usted, que siempre se ha rebelado contra mi autoridad

legítima cuando la empleaba para su bien, pueda ahora demostrarme la menor buena voluntad.

Hay entre nosotros una antipatía…

-Muy antigua –dije interrumpiéndole.

Sonrió y me lanzó la mirada más venenosa que podían lanzar sus ojos negros.

-Sí; todavía estaba usted en la cuna cuando ya alentaba en su pecho –dijo-; y ello

envenenó bastante la vida de su pobre madre; tiene usted razón. Espero, sin embargo, que

con el tiempo mejore usted y se corrija.

Así terminó nuestro diálogo, en voz baja, en un rincón. Después de esto entró en el

despacho de míster Spenlow, diciendo en voz alta, con su tono más dulce:

-Los hombres de su profesión, míster Spenlow, están acostumbrados a las disensiones

de familia y sabe lo amargas y complicadas que son siempre.

Después pagó su dispensa, la recibió de míster Spenlow cuidadosamente doblada, y

después de estrecharse la mano y de hacer por parte del procurador votos por su felicidad

y la de su futura esposa, abandonó las oficinas.

Quizá me hubiera costado más trabajo guardar silencio después de sus últimas palabras

si no hubiera estado preocupado tratando de convencer a Peggotty (que se había encolerizado

a causa mía) de que no estábamos en un lugar propicio a las recriminaciones y

rogándole que se contuviera. Estaba en tal estado de exasperación, que me creí bien

librado cuando vi que terminaba con uno de sus tiernos achuchones. Lo debía sin duda a

aquella escena, que acababa de despertar en ella el recuerdo de las antiguas injurias, y

sostuve lo mejor que pude el ataque, en presencia de míster Spenlow y de todos sus

empleados.

Míster Spenlow no parecía saber cuál era el lazo que existía entre míster Murdstone y

yo, lo que me complacía. pues no podía soportar ni el tener que reconocerlo yo mismo,

recordando, como recordaba, la historia de mi pobre madre. Míster Spenlow parecía

creer, si es que creía algo, que se trataba de diferentes opiniones políticas; que mi tía

estaba a la cabeza del partido del Estado en nuestra familia, y que había algún otro

partido de oposición, dirigido por otra persona; al menos esa fue la conclusión que saqué

de lo que decía mientras esperábamos la cuenta de Peggotty que redactaba míster Tifey.

-Miss Trotwood -me dijo- es muy firme y no está dispuesta a ceder a la oposición, yo

creo. Admiro mucho su carácter y le felicito, Copperfield, de estar en el lado bueno. Las

querellas de familia son muy de sentir, pero son muy corrientes, y el caso es estar del

lado bueno.

Con aquello quería decir, supongo, del lado del dinero.

-Según creo, hace un matrimonio bastante conveniente -dijo míster Spenlow.

Le dije que no sabía nada.

-¿De verdad? -dijo- Pues por algunas palabras que míster Murdstone ha dejado escapar,

como ocurre siempre en casos semejantes, y por lo que miss Murdstone me ha dado a

entender, me parece que se trata de un matrimonio bastante conveniente para él.

-¿Quiere usted decir que ella tiene dinero? -pregunté.

-Sí -dijo míster Spenlow-; parece ser que dinero, y también belleza; al menos eso dicen.

-¿De verdad? ¿Y es joven su nueva mujer?

-Acaba de cumplir su mayoría de edad -dijo míster Spenlow-, y hace tan poco tiempo,

que yo creo que no esperaban más que a eso.

-¡Dios tenga compasión de ella! -exclamó Peggotty tan bruscamente y en un tono tan

inesperado, que nos quedamos un poco desconcertados hasta el momento en que Tifey

llegó con la cuenta.

Apareció pronto y tendió el papel a míster Spenlow para que lo verificase. Míster

Spenlow metió la barbilla en la corbata, y después, frotándosela dulcemente, releyó todos

los artículos de un cabo al otro, como hombre que quería rebajar algo; pero, ¡qué quiere

usted!, era culpa del diablo de míster Jorkins; después volvió a dar el papel a Tifey con

un suspiro.

-Sí -dijo-, está en regla, perfectamente en regla. Hubiera deseado reducir los gastos

estrictamente a nuestros desembolsos; pero ya sabe usted que es una de las contrariedades

penosas de mi vida de negocios el no tener la libertad de obrar según mis propios deseos.

Tengo un asociado, míster Jorkins.

Como al hablar así lo hacía con tan dulce melancolía, que casi equivalía a haber hecho

nuestros negocios gratis, le di las gracias en nombre de Peggotty y entregué el dinero a

Tifey. Peggotty volvió a su casa y míster Spenlow y yo nos dirigimos al Tribunal, donde

se presentaba una causa de divorcio en nombre de una pequeña ley muy ingeniosa, que

creo se ha abolido después, pero gracias a la cual he visto anular muchos matrimonios.

Era esta. El marido, cuyo nombre era Thomas Benjamin, había sacado la autorización

para la publicación de las amonestaciones bajo el nombre de Thomas únicamente,

suprimiendo el Benjamin por si acaso no encontraba la situación todo lo agradable que

esperaba. Ahora bien: no encontrando la situación muy agradable, o quizá un poco

cansado de su mujer, el pobre hombre se presentó ante el Tribunal, por mediación de un

amigo, después de un año o dos de matrimonio, y declaró que su nombre era Thomas

Benjamin y que, por lo tanto, él no se había casado nunca, lo que el Tribunal confirmó,

para su gran satisfacción.

Debo decir que tenía algunas dudas sobre la justicia absoluta de aquel procedimiento,

que no justificaba el «árido de trigo» que tapaba todas las anomalías.

Pero míster Spenlow discutió la cuestión conmigo.

-Vea usted el mundo: en él hay bien y mal; vea la legislación eclesiástica: en ella hay

bien y mal; pero todo esto forma parte de un sistema. Muy bien. Eso es.

No tuve valor para sugerir al padre de Dora que quizá no nos resultaría imposible el

hacer algunos cambios beneficiosos en el mundo si, levantándose temprano, se

remangara resuelto a ponerse con valor a ello; pero sí le confesé que me parecía que

podrían introducirse algunos cambios beneficiosos en el Tribunal.

Míster Spenlow me respondió que me aconsejaba que desechara de mi espíritu

semejante pensamiento, que no era digno de mi carácter caballeresco; pero que le gustaría

saber de qué mejoras creía yo susceptible al sistema del Tribunal.

El matrimonio de nuestro hombre estaba anulado; era un asunto concluido; estábamos

fuera de la sala y pasábamos por delante del Tribunal de Prerrogativas; entrando, por lo

tanto, en la institución que estaba más cerca de nosotros, le pregunté si el Tribunal de

Prerrogativas no era una institución muy singularmente administrada.

Míster Spenlow me preguntó que bajo qué aspecto.

Yo repliqué, con todo el respeto que debía a su experiencia (pero me temo que sobre

todo con el respeto que debía al padre de Dora), que quizá era un poco absurdo que los

registradores de aquel Tribunal, que contenía todos los testamentos originales de todas las

personas que habían dispuesto desde hacía tres siglos de alguna propiedad asentada en el

inmenso distrito de Canterbury, se encontrasen colocados en un edificio que no había

sido construido con ese objeto; que había sido alquilado por los registradores bajo su

responsabilidad privada; que no era seguro; que ni siquiera estaba al abrigo de un fuego,

y que estaba tan atestado de los documentos importantes que contenía que era todo él, de

arriba abajo, una prueba de las sórdidas especulaciones de los registradores, que recibían

sumas enormes por el registro de todos aquellos testamentos y se limitaban a meterlos

donde podían, sin otro objeto que desembarazarse de ellos con el menor gasto posible.

También añadí que quizá no era razonable que los registradores, que percibían al año

sueldos que ascendían a ocho o nueve mil libras, sin hablar de los pagos extraordinarios,

no estuvieran obligados a gastarse parte de este dinero en procurarse un lugar seguro

donde depositar aquellos documentos preciosos que todo el mundo, en todas las clases de

la sociedad, estaba obligado, quieras que no, a confiarles. Dije que quizá era algo injusto

que todos los grandes empleos de aquella administración fuesen magníficas sinecuras,

mientras que los desgraciados empleados que trabajaban sin descanso en la habitación

sombría y triste de arriba fuesen los hombres peor pagados y menos considerados de

Londres, en premio a los importantes servicios que prestaban. ¿Y no era también un poco

inconveniente que el archivero en jefe, cuyo deber era procurar al público, que llenaba

constantemente las oficinas de la administración, locales convenientes, estuviera, en

virtud de este empleo, en posesión de una enorme sinecura, lo que no le impedía ocupar

al mismo tiempo un puesto en la Iglesia y poseer muchos beneficios, ser canónico en la

catedral, etc., mientras el público soportaba molestias infinitas, de las que teníamos una

muestra todas las mañanas cuando los asuntos abundaban en las oficinas? En fin, me

parecía que aquella administración del Tribunal de Prerrogativas del distrito de Canterbury

era una máquina tan podrida y un absurdo tan peligroso, que si no se le hubiera

metido en un rincón del cementerio de Saint Paul (que no conoce apenas nadie), toda

aquella organización hubiera tenido que cambiarse de arriba abajo desde hacía mucho

tiempo.

Míster Spenlow sonrió al ver cómo me excitaba, a pesar de mi reserva habitual en

aquella cuestión; y después discutió conmigo este punto como los demás. «¿Qué era

aquello después de todo? -me dijo-. Pues una simple cuestión de opiniones. Si al público

le parecía que los testamentos estaban seguros, y admitía que la administración no podía

cumplir mejor con sus deberes, ¿quién sufría con ello? Nadie. ¿A quién beneficiaba? A

todos los que poseían las sinecuras. Muy bien. Las ventajas, por lo tanto, eran mayores

que los inconvenientes; quizá no era una organización perfecta, no hay nada perfecto en

este mundo; pero bajo la administración del Tribunal de Prerrogativas el país se había

cubierto de gloria. Si se metiera el hacha en la administración de Prerrogativas, el país

dejaría de cubrirse de gloria. Veía como el rasgo distintivo de un espíritu sensato y

elevado el tomar las cosas como se encontraban, y no cabía duda que la organización

actual de las Prerrogativas duraría tanto tiempo como nosotros.»

Yo me rendí a su opinion, aunque tuviera, por mi cuenta, muchas dudas sobre ello. Sin

embargo, él tenía razón, pues no solamente el Tribunal de Prerrogativas continúa existiendo,

sino que existió una grave denuncia presentada de muy mala gana al Parlamento,

hace dieciocho años, donde todas mis objeciones estaban desarrolladas en detalle y en

una época en que se anunciaba que sería imposible amontonar los testamentos del distrito

de Canterbury en el local actual durante más de dos años y medio, a partir de aquel momento.

Yo no sé lo que se ha hecho después; no sé si se habrán perdido muchos, o si los

venden de vez en cuando a las tiendas como papel; pero estoy tranquilo porque el mío no

está allí y espero que no lo esté en mucho tiempo.

Si he relatado toda nuestra conversación en este dichoso capítulo no podrá decírseme

que no era su lugar apropiado. Charlábamos paseándonos de arriba abajo míster Spenlow

y yo antes de pasar a asuntos más generales. Por fin me dijo que el cumpleaños de Dora

era dentro de una semana, y que me agradecería mucho que me uniera a ellos para una

excursion que iban a organizar. Al momento perdí la razón, y al día siguiente mi locura

no tenía límites cuando recibí una cartita con estas palabras: «Recomendado al cuidado

de papá para recordar a míster Copperfield la excúrsión». Pasé los días que me separaban

de aquel gran suceso en un estado cercano a la idiotez.

Creo que debí de cometer todos los absurdos posibles como preparación para aquel día

afortunado. Me ruborizo al pensar en la corbata que compré; en cuanto a mis botas, eran

dignas de figurar en una colección de instrumentos de tortura. Me procuré, y envié la

víspera por la noche, por medio del ómnibus de Norwood, una cestita de provisiones que

casi equivalía, a mi parecer, a una declaración. Contenía, entre otras cosas, almendras

envueltas en las divisas más tiernas que pude encontrar en la confitería. A las seis de la

mañana estaba en el mercado de Covent Garden para comprar un ramo de flores a Dora.

A las diez montaba a caballo. Había alquilado un bonito caballo gris para aquella ocasión,

y tomé al trote el camino de Norwood con el ramo de flores en el sombrero para que se

conservara fresco.

Supongo que cuando vi a Dora en el jardín a hice como que no la veía, pasando por

delante de la casa y haciendo como que la buscaba con cuidado, fui culpable de dos pequeñas

locuras que otros muchos jóvenes habrán cometido igual en mi situación; tan

naturales me parecen. Pero cuando hube encontrado la casa; cuando me apeé a la puerta;

cuando atravesé el césped con las crueles botas para acercarme a Dora, que estaba

sentada en un banco a la sombra de un lilo, ¡qué espectáculo ofrecía en medio de las

mariposas con su sombrero blanco y su traje azul cielo!

Con ella había otra muchacha, que a su lado parecía muchísimo más vieja: tendría

veinte años. Se llamaba miss Mills, y Dora la llamaba Julia. Era la amiga íntima de Dora.

¡Dichosa miss Mills!

Jip estaba allí y se empeñaba en ladrarme. Cuando la ofrecí mi ramo, Jip rechinó los

dientes de envidia. Tenía razón. ¡Oh, sí! Si tenía la menor idea del ardor con que amaba a

su dueña tenía razón.

-¡Oh, muchas gracias, míster Copperfield! ¡Qué flores tan bonitas! -dijo Dora.

Había tenido la intención de decirle que yo también las había encontrado encantadoras

antes de verlas a su lado, y estudiaba desde tres millas antes de llegar la mejor manera de

soltar la frase, pero no lo conseguí: estaba demasiado seductora y perdí toda presencia de

espíritu y toda facultad de palabra cuando le vi acercar el ramo a los lindos hoyuelos de

su barbilla, y caí en éxtasis. Todavía me sorprende el no haberle dicho:

-Máteme, miss Mills, por piedad; ¡quiero morir aquí!

Después Dora alargó mis flores a Jip para que las oliera, y Jip se puso a gruñir y no

quiso olerlas. Entonces Dora las acercó a su hocico para obligarle, y Jip cogió una rama

de geranio entre sus dientes y la destrozó como si oliera una bandada de gatos

imaginarios. Dora le pegaba haciendo mohínes y diciendo: « ¡Mis pobres flores! ¡Mis

hermosas flores! » , con un tono tan simpático, me pareció, como si fuera a mí a quien Jip

hubiera mordido. ¡Ya lo hubiera querido!

-Se alegrará usted mucho de saber, míster Copperfield -dijo Dora-, que la fastidiosa

miss Murdstone no está aquí. Ha ido a la boda de su hermano, y se quedará allí por lo

menos tres semanas. ¿No es un encanto?

Le dije que, en efecto, debía de estar encantada, y que todo lo que le encantaba a ella

me encantaba a mí. Miss Mills nos escuchaba sonriendo con una superioridad de benevolencia

y simpatía.

-Es la persona más desagradable que conozco -dijo Dora-: no puedes figurarte qué

gruñona es y qué mal genio tiene.

-¡Oh!, ya lo creo que puedo, querida mía -dijo Julia.

-Es verdad. «Tú» puede que sí -respondió Dora cogiendo la mano de Julia entre las

suyas-. Perdóname no haberte exceptuado enseguida.

De aquello deduje que miss Mills había sufrido las vicisitudes de la vida y que era a eso

a lo que podía atribuirse sus maneras llenas de gravedad benigna, que ya me habían chocado.

En el transcurso del día supe que no me había equivocado; mis Mills había tenido

la desgracia de enamorarse mal, y se decía que se había retirado del mundo después de

aquella terrible experiencia de las cosas humanas; pero que se tomaba siempre cierto

interés por las esperanzas y afectos de los jóvenes que no habían tenido todavía

desengaños.

En esto míster Spenlow salió de la casa, y Dora se adelantó a él diciendo:

-¡Mira, papá, qué flores tan hermosas!

Y miss Mills sonrió con aire pensativo, como diciendo:

-¡Pobres flores de un día, gozad de vuestra existencia pasajera bajo el sol brillante de la

mañana de la vida!

Y todos abandonamos el césped para subir al coche, que ya estaba enganchado.

Nunca volveré a hacer una excursión semejante; nunca la he hecho después. Iban los

tres en el faetón. Su cesta de provisiones, la mía y la caja de la guitarra también iban. El

faetón era descubierto, y yo seguía el coche; Dora iba en la parte de delante, frente a mí.

Llevaba mi ramo a su lado, encima del asiento, y no permitía a Jip que se subiera allí por

miedo de que aplastara mis flores. De cuando en cuando las cogía para respirar su

perfume; entonces nuestros ojos se encontraban, y yo me pregunto cómo no salté por

encima de la cabeza de mi bonito caballo gris para caer en el coche.

Había polvo; creo que hasta mucho polvo. Tengo el vago recuerdo de que míster

Spenlow me aconsejó que no caracoleara en el torbellino de polvo que dejaba el faetón;

pero yo no me daba cuenta. Yo no veía más que a Dora a través de una nube de amor y de

belleza; no podía ver otra cosa. Mister Spenlow se levantaba algunas veces y me

preguntaba qué me parecía el paisaje. Yo le respondía que era un sitio encantador, y es

probable que lo fuera; pero yo sólo veía a Dora. El sol llevaba a Dora en sus rayos; los

pájaros gorjeaban sus alabanzas. El viento del mediodía soplaba el nombre de Dora.

Todas las flores salvajes, hasta el último capullo, eran otras tantas Doras. Mi consuelo era

que miss Mills me comprendía. Miss Mills era la única que podía entrar del todo en mis

sentimientos.

No sé cuánto tiempo duró el trayecto, ni sé tampoco dónde fuimos. Quizá fue cerca de

Guilford. Quizá algún mago de Las mil y una noshes había creado aquel lugar para un

solo día y lo destruyó después de nuestra partida. Era una pradera de musgo verde y fino,

en una colina. Había grandes árboles, algo de bruma, y tan lejos como podía extenderse la

mirada, un bonito paisaje.

Me contrarió mucho encontrar allí gente que nos esperaba, y mis celos hasta de las

mujeres no tenían límites. En cuanto a los seres de mi sexo, un impostor tres o cuatro

años mayor que yo y con patillas rojas, que le daban un aplomo intolerable, era sobre

todo mi enemigo mortal.

Todo el mundo abrió las cestas y se dispusieron a preparar la comida. Patillas rojas dijo

que él sabía hacer la ensalada; no lo creo, pero así se atrajo la atención del público. Las

muchachas se pusieron a lavar las lechugas y a cortarlas bajo su dirección; Dora estaba

entre aquellas. Yo sentí que el Destino me había dado aquel hombre por rival y que uno

de los dos tenía que sucumbir.

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