David Copperfield
14. agosto 2010
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Después de hablar un momento con aquellos señores, cuya conversación hubiera
podido hacer creer que no había en el mundo nada tan importante como el supremo
bienestar de los prisioneros, ni nada que hacer en la tierra fuera de las rejas de una
prisión, empezamos nuestra visita de inspección. Era precisamente la hora de comer, y en
primer lugar nos condujeron a la gran cocina, donde se preparaba la comida de cada
prisionero, que se le llevaba a la celda con la regularidad y precisión de un reloj. Le dije
en voz baja a Traddles que me parecía un contraste muy chocante el de aquellas comidas
tan abundantes y tan cuidadas, y las comidas, no digo de los pobres, pero de los soldados
y marineros, de los campesinos; en fin, de la masa honrada y laboriosa de la nación, entre
los que no había ni un cinco por ciento que comieran la mitad de bien. Supe que el
«sistema» requería una alimentación fuerte; en una palabra, descubrí que sobre este
punto, como sobre todos los demás, el « sistema» quitaba todas las dudas y zanjaba todas
las dificultades.,Nadie parecía tener la menor idea de que pudiera haber otro sistema
mejor que el « sistema» ni que mereciese la pena discutirlo…
Mientras atravesábamos un magnífico corredor pregunté a míster Creakle y a sus
amigos cuáles eran las ventajas principales de aquel todopoderoso, de aquel incomparable
«sistema» . Supe que era el aislamiento completo de los prisioneros, gracias al cual un
hombre no podía saber nada del que estaba encerrado a su lado, y se encontraba reducido
a un estado de espíritu saludable, que le llevaba por fin al arrepentimiento y a la
contrición sincera.
Cuando hubimos visitado a algunos individuos en sus celdas y atravesado los
corredores a que daban estas; cuando nos explicaron la manera de ir a la capilla, y todo lo
demás, pensé que era muy probable que los prisioneros supieran unos de otros más de lo
que se creía, y que evidentemente habrían encontrado un buen medio de correspondencia.
Eso creo que ha sido demostrado después; pero sabiendo que semejante sospecha sería
rechazada como una abominable blasfemia contra el «sistema», esperé a examinar más de
cerca las huellas de aquella penitenciaría tan alabada.
Pero fui de nuevo asaltado por grandes dudas. Me encontré con que la penitenciaría
estaba trazada sobre un patrón uniforme, con los trajes y chalecos que se ven en los
escaparates de las sastrerías. Me encontré con que hacían ostentosas profesiones de fe,
muy semejantes unas a otras, en fondo y forma, lo que me pareció sospechoso. Y
encontré, sobre todo, que los que más hablaban eran los que despertaban mayor interés, y
que su amor propio, su vanidad, la necesidad que tenían de llamar la atención y de contar
sus historias, sentimientos estos bien demostrados por sus antecedentes, les hacían
pronunciar largas profesiones de fe, en las cuales se complacían.
Sin embargo, oí hablar tanto en el curso de nuestra visita de cierto número Veintisiete,
que estaba en olor de santidad, que decidí suspender mi juicio hasta haber visto al Veintisiete.
El Veintiocho le hacía la competencia, y era también, según me dijeron, un astro
muy brillante; pero, desgraciadamente para él, su mérito estaba ligeramente eclipsado por
el brillo extraordinario del Veintisiete. A fuerza de oír hablar del Veintisiete, de las
piadosas exhortaciones que dirigía a todos los que le rodeaban, de las hermosas cartas
que escribía constantemente a su madre, inquieta por no verle en buen camino, llegué a
estar impaciente por conocerle.
Tuve que dominar bastante tiempo mi impaciencia, pues reservaban el Veintisiete para
final. Por fin llegamos a la puerta de su celda, y allí míster Creakle, aplicando su ojo a un
agujerito de la pared, nos dijo, con la mayor admiración, que estaba leyendo un libro de
salmos.
Imnediatamente se precipitaron tantas cabezas para ver al número Veintisiete leer su
libro de salmos, que el agujerito se vio bloqueado. Para remediar aquel inconveniente y
para damos ocasión de hablar con el Veintisiete en toda su pureza, míster Creakle dio
orden de abrir la puerta de la celda y de invitar al Veintisiete a que saliera al corredor. Lo
hicieron así, y ¡cuál no sería la sorpresa de Traddles y la mía al descubrir que el número
Veintisiete era Uriah Heep!
Inmediatamente nos reconoció y nos dijo, saliendo de su celda, con sus antiguas
contorsiones:
-¿Cómo está usted, míster Copperfield? ¿Cómo está usted, míster Traddle?
Aquel reconocimiento causó entre los asistentes una sorpresa general, que no puedo
explicarme más que suponiendo que se maravillaban de que no fuera orgulloso y nos
hiciera el honor de reconocemos.
-Y bien, Veintisiete –dijo míster Creakle, admirándole con expresión sentimental-,
¿cómo se encuentra usted hoy?
-Soy muy humilde, caballero -respondió Uriah Heep.
-Lo es usted siempre, Veintisiete -dijo míster Creakle.
En esto, otro caballero le preguntó con expresión de profundo interés:
-¿Pero se encuentra usted completamente bien?
-Sí, caballero, gracias -dijo Uriah Heep, mirando de soslayo a su interlocutor-; estoy
aquí mucho mejor de lo que he estado en ninguna parte. Ahora reconozco mis locuras,
caballero, y eso es lo que hace que me encuentre tan bien en mi nuevo estado.
Muchos de los presentes estaban profundamente conmovidos. Uno de ellos se adelantó
hacia él y le preguntó, con extremada sensibilidad, qué le parecía la carne.
-Gracias, caballero -respondió Uriah Heep, mirando hacia donde había salido la
pregunta-; ayer estaba más dura de lo que hubiera deseado, pero mi deber es resignarme.
He hecho tonterías, caballeros –dijo Uriah, mirando a su alrededor con una sonrisa
indulgente-, y debo soportar las consecuencias sin quejarme.
Se elevó un murmullo combinado, donde se mezclaba por una parte la satisfacción de
ver al Veintisiete en un estado de espíritu tan celestial, y, por el otro, un sentimiento de
indignación contra el cocinero por haber dado motivo de queja. (Míster Creakle tomó
nota inmediatamente.) Veintisiete continuaba de pie entre nosotros, como si se diera
cuenta de que representaba el objeto curioso de un museo, de lo más interesante. Para
darnos a los neófitos el golpe de gracia y deslumbrarnos, redoblando a nuestros ojos
aquellas deslumbrantes maravillas, dieron orden de traemos también al Veintiocho.
Me había sorprendido ya tanto, que sólo sentí una especie de sorpresa resignada cuando
vi acercarse a Littimer leyendo un libro.
-Veintiocho –dijo un caballero con lentes que no había hablado todavía-. La semana
pasada se quejó usted del chocolate, amigo mío; ¿ha sido mejor esta semana?
—Gracias, caballero -dijo Littimer-; estaba mejor hecho. Si me atreviera a hacer una
observación, caballero, creo que la leche con que lo hacen no está completamente pura;
pero ya sé que en Londres se adultera mucho la leche, y es un artículo muy difícil de
procurarse al natural.
Me pareció que el caballero de los lentes hacía competencia, con su Veintiocho, al
Veintisiete de míster Creakle, pues cada uno de ellos se encargaba de hacer valer a su
protegido.
-¿Y cómo se encuentra usted, Veintiocho? –dijo el de los lentes.
-Muchas gracias, caballero -respondió Littimer-; reconozco mis locuras, caballero, y
siento mucho, cuando pienso en los pecados de mis antiguos compañeros; pero espero
que obtendrán perdón.
-¿Y es usted dichoso? -continuó el mismo caballero en tono animador.
-Muy agradecido, caballero; muy dichoso –dijo Littimer.
-¿Y hay algo que le preocupe? Dígalo francamente, Veintiocho.
-Caballero -dijo Littimer sin levantar la cabeza-, si mis ojos no me han engañado, hay
aquí un señor que me conoció hace tiempo. Puede serle útil a ese caballero el saber que
atribuyo todas mis locuras pasadas a haber llevado una vida frívola, al servicio de
jóvenes, y haberme dejado arrastrar por ellos a debilidades a las cuales no tuve la fuerza
de resistir. Espero que ese caballero, que es joven, aprovechará la advertencia y no se
ofenderá de la libertad que me tomo, pues es por su bien. Reconozco todas mis locuras
pasadas y espero que él también se arrepentirá de todas las faltas y pecados en que ha
tomado parte.
Observé que muchos de aquellos señores se tapaban la cara con las manos como si
meditaran en la iglesia.
-Eso le hace honor, Veintiocho; no esperaba menos de usted… ¿Tiene usted algo más
que decir?
-Caballero -dijo Littimer, levantando ligeramente, no los ojos, sino únicamente las
cejas-, había una joven de mala conducta a quien he tratado en vano de salvar. Ruego a
ese caballero, si le es posible, que informe a esa joven, de mi parte, de que la perdono y la
invito al arrepentimiento. Espero que tenga esa bondad.
-No dudo, caballero –continuó su interlocutor-, que el caballero a quien usted alude no
sienta muy vivamente, como lo hacemos todos, lo que usted acaba de decir de una
manera tan conmovedora. Pero no queremos detenerle más tiempo.
-Muchas gracias -dijo Littimer-. Caballeros, les deseo buenos días, y espero que
también ustedes y sus familias llegarán a reconocer sus pecados y a enmendarse.
El Veintiocho se retiró, después de lanzar una mirada de inteligencia a Uriah. Vi que no
eran desconocidos uno para el otro y que habían encontrado medio de entenderse.
Cuando se cerró la puerta de su celda se oyó murmurar en todo el grupo que era un preso
muy respetable, un caso magnífico.
-Ahora, Veintisiete -dijo míster Creakle, volviendo a entrar en escena con su campeón-,
¿hay algo que podamos hacer por usted? No tiene más que decirlo.
-Le pido humildemente, caballero -repuso Uriah, sacudiendo su cabeza odiosa—, la
autorización de escribir otra vez a mi madre.
-Le será acordada -dijo míster Creakle.
-Muchas gracias; me preocupa mucho mi madre. Temo que esté en peligro.
Alguien tuvo la imprudencia de preguntar qué peligro podía correr; pero un « ¡chis! »
escandalizado fue la respuesta general.
-Temo por su seguridad eterna, caballero -respondió Uriah, torciéndose hacia donde
había salido la voz-. Me gustaría encontrar a mi madre en el mismo estado de ánimo que
yo. Yo nunca hubiese llegado a este estado de espíritu si no hubiera venido aquí. Querría
que mi madre estuviera aquí. ¡Qué felicidad sería para todos que se pudiera traer aquí a
todo el mundo!
Aquello fue recibido con una satisfacción sin límites, la mayor satisfacción que habían
tenido nunca aquellos señores.
-Antes de venir aquí -dijo Uriah, lanzándonos una mirada de soslayo, como si hubiera
querido poder envenenar con una mirada al mundo exterior, a que pertenecíamos-, antes
de venir aquí he cometido faltas; pero, ahora puedo reconocerlo, hay mucho pecado en el
mundo; hay mucho pecado en mi madre; hay mucho pecado en todas partes, menos aquí.
-Está usted completamente cambiado -dijo míster Creakle.
-¡Oh Dios mío! Ya lo creo -gritó aquel esperanzado.
-¿Y usted no recaería si le pusieran en libertad? -preguntó otra persona.
-¡Oh Dios mío; no, caballero!
-Bien –dijo míster Creakle-; todo eso es muy satisfactorio. Antes se ha dirigido usted a
míster Copperfield, Veintisiete. ¿Tiene usted algo más que decirle?
-Usted me ha conocido mucho tiempo antes de mi entrada aquí y de mi gran cambio,
míster Copperfield -dijo Uriah mirándome con una mirada feroz, como nunca he visto
otra, ni aun en su rostro…- Usted me ha conocido en los tiempos en que, a pesar de todas
mis faltas, era humilde con los orgullosos y dulce con los violentos. Usted ha sido
violento una vez conmigo, míster Copperfield; usted me dio una bofetada, ya lo sabe
usted.
Cuadro de conmiseración general; me lanzan miradas indignadas.
-Pero yo le perdono, míster Copperfield -dijo Uriah, haciendo de su clemencia un
paralelo impío, que me parecería blasfemar el repetirlo-; yo perdono a todo el mundo. Yo
no conservo rencor a nadie. Le perdono de todo corazón, y espero que en el futuro
dominará usted mejor sus pasiones. Espero que míster Wickfield y mistress Wickfield se
arrepentirán, como todos los demás pecadores. Usted ha sido visitado por la aflicción, y
eso le aprovechará; pero todavía le hubiera aprovechado más el venir aquí. Míster
Wickfield y mistress Wickfield también hubieran hecho mejor viniendo aquí. Lo mejor
que puedo desearle, míster Copperfield, como a todos ustedes, caballeros, es que sean
detenidos y conducidos aquí. Cuando pienso en mis locuras pasadas y en mi estado
presente me doy cuenta de lo ventajoso que les sería esto. Y compadezco a todos los que
no están aquí.
Se deslizó en su celda, en medio de un coro de aprobaciones. Traddles y yo
descansamos cuando le vimos bajo llave.
Una consecuencia notable de todo aquel hermoso arrepentimiento fue que me dio ganas
de preguntar lo que habían hecho aquellos dos hombres para ser encarcelados. Era evidentemente
lo único que no estaban dispuestos a confesar. Y me dirigí a uno de los dos
guardianes que, por la expresión de su rostro, parecía saber muy bien a qué atenerse sobre
toda aquella comedia.
-¿Sabe usted -le dije, mientras seguíamos el corredor- cuál ha sido el último error del
número Veintisiete?
Me dijo que era un caso de banca.
-¿Un fraude a la banca de Inglaterra? -pregunté.
-Sí, caballero, un caso de fraude, falsificación y conspiración, entre él y otros; él era el
jefe de la banda. Se trataba de una suma enorme. Los condenaron a perpetua. Veintisiete
era el más hábil de la tropa y había sabido permanecer en la sombra. Sin embargo, no lo
consiguió del todo.
-¿Y el crimen del Veintiocho, lo sabe usted?
-Veintiocho -repuso el guardián, hablando en voz baja y por encima del hombro, sin
volver la cabeza, como si temiese que Creakle y sus acompañantes le oyesen hablar con
aquella culpable irreverencia de las dos criaturas inmaculadas-, Veintiocho, igualmente
condenado, entró al servicio de un joven a quien la víspera de su partida para el extranjero
robó doscientas cincuenta libras en dinero y en valores. Lo que me recuerda muy
particularmente su asunto fue que le detuvo una enana.
-¿Quién?
-Una mujercita, de la que he olvidado el nombre.
-¿No será Mowcher?
-Pues, sí; había escapado a todas las pesquisas, y se iba a América con una peluca y
patillas rubias (nunca he visto un disfraz semejante), cuando esa mujer, que se encontraba
en Southampton, se le tropezó en la calle, lo reconoció con su mirada perspicaz y corrió a
meterse entre sus piernas para hacerle caer, y le sujetó con fuerza.
-¡Excelente miss Mowcher! -exclamé.
-Ya lo creo que merece la pena decirlo, si la hubiera usted visto, como yo, de pie en el
banco de los testigos, el día del juicio -dijo mi amigo-. Cuando lo detuvo le hizo una gran
herida en la cara y la maltrató del modo más brutal; pero ella no le soltó hasta verle bajo
llave. Es más, le sujetaba con tal ahínco, que los agentes de policía tuvieron que
llevárselos juntos. Ella lo puso en evidencia. Recibió cumplidos de todo el Tribunal y la
llevaron a su casa en triunfo. Dijo delante del Tribunal que, conociéndole como le
conocía, le hubiese detenido aunque hubiera sido manca y él fuerte como Sansón. Y yo
creo que lo habría hecho como decía.
También era esta mi opinión, y me hacía estimar cada vez más a miss Mowcher.
Habíamos visto todo lo que había que ver. Habría sido en vano tratar de convencer a un
hombre como el «venerable» míster Creakle de que el Veintisiete y el Veintiocho eran
personas cuyo carácter no había cambiado en absoluto; que seguían siendo lo que habían
sido siempre: unos hipócritas que ni hechos de encargo para aquellas confesiones
públicas; que sabían tan bien como nosotros que todo aquello se cotizába por el lado de la
filantropía, y que se los tendría en cuenta en cuanto estuvieran lejos de su patria; en una
palabra, que era todo cálculo a impostura. Pero los dejamos allí con su «sistema» y
emprendimos el regreso, todavía aturdidos con lo que acabábamos de ver.
—Quizá sea mejor así, Traddles, « pues no hay corno hacerle correr a un mal caballo
para que reviente».
-Esperémoslo así -replicó Traddles.
CAPÍTULO XXII
UNA LUZ BRILLA EN MI CAMINO
Se acercaba la Navidad y ya hacía dos meses que había vuelto a casa. Había visto muy
a menudo a Agnes, y a pesar del placer que sentía oyéndome alabar públicamente, voz
poderosa para animar a redoblar los esfuerzos, la menor palabra de elogio salida de la
boca de Agnes valía para mí mil veces más que todo.
Iba a Canterbury por lo menos una vez a la semana, y a veces más, y me pasaba la tarde
con ella. Volvía por la noche, a caballo, pues había recaído en mi humor melancólico…
sobre todo cuando la dejaba… y me gustaba verme obligado a hacer ejercicio para escapar
a los recuerdos del pasado, que me perseguían en mis penosas vigilias y en mis sueños,
más penosos todavía. Pasaba, por lo tanto, a caballo la mayor parte de mis largas y tristes
noches, evocando durante el camino el mismo sentimiento doloroso que me había
preocupado en mi larga ausencia.
Mejor dicho, escuchaba como el eco de aquellos sentimientos. Los sentía yo mismo,
pero como desterrados lejos de mí; no tenía más remedio que aceptar el papel inevitable
que me había adjudicado a mí mismo. Cuando leía a Agnes las páginas que acababa de
escribir; cuando la veía escuchanne con tanta atención, echarse a reír o deshacerse en lágrimas;
cuando su voz cariñosa se mezclaba con tanto interés al mundo ideal en que yo
vivía, pensaba en lo que hubiera podido ser mi vida; pero lo pensaba, como antes,
después de haberme casado con Dora, sabiendo que ya era demasiado tarde.
Mis deberes con Agnes me obligaban a no turbar la ternura con que me quería, sin
hacerme culpable de un egoísmo miserable. Mi impotencia para reparar el daño; la
seguridad en que estaba, después de una madura reflexión, de que, habiendo estropeado
voluntariamente y por mí mismo mi destino, y habiendo obtenido la clase de cariño que
mi corazón impetuoso le había pedido, no me daba derecho a quejarme y sólo me
quedaba sufrir. Eso era todo lo que llenaba mi alma y mis pensamientos; pero la quería y
me consolaba al pensar que quizá llegaría un día en que podría confesarme con ella sin
remordimientos; un día muy lejano en que podría decirle:
«Agnes, mira cómo estaba cuando volví a tu lado, y ahora soy viejo, y no he podido
volver a querer a nadie desde entonces». En cuanto a ella, no demostraba el menor
cambio en sus sentimientos ni en su modo de tratarme. Era lo que había sido siempre para
mí, ni más ni menos.
Entre mi tía y yo este asunto parecía haber sido desechado de las conversaciones, no
porque nos hubiéramos propuesto evitarlo, sino porque, por una especie de compromiso
tácito, pensábamos cada uno por su lado, pero sin decir en alto nuestro pensamiento.
Cuando, siguiendo nuestra antigua costumbre, estábamos por la noche sentados al lado
del fuego, a veces nos quedábamos absortos en aquellos sueños; pero con toda
naturalidad, como si hubiéramos hablado de ello siempre sin reservas. Y, sin embargo,
guardábamos silencio. Yo creo que ella había leído en mi corazón y comprendía por qué
me condenaba al silencio.
Navidad se acercaba y Agnes nada me decía. Empezaba a temer que se hubiera dado
cuenta del estado de mi alma y que guardara su secreto por no hacerme sufrir. Si era así,
mi sacrificio había sido inútil y no había cumplido ni el menor de mis deberes con ella.
Por fin me decidí a zanjar la dificultad; si existía entre nuestra confianza semejante
barrera, había que romperla con mano enérgica.
Era un día de invierno, frío y oscuro. ¡Cuántas razones tengo para recordarlo! Había
caído algunas horas antes una nevada que, sin ser demasiado espesa, se había helado en el
suelo, cubriéndolo. A través de los cristales de mi ventana veía los efectos del viento, que
soplaba con violencia. Acababa de pensar en las ráfagas que debían de barrer en aquel
momento las soledades de nieve de Suiza, y sus montañas, inaccesibles a los hombres en
aquella estación, y me preguntaba qué era más solitario, si aquellas regiones aisladas o
aquel océano desierto.
-¿Sales hoy a caballo, Trot? -dijo mi tía entreabriendo la puerta.
-Sí -le dije-; voy a Canterbury. Es un día hermoso para montar.
-¡Ojalá tu caballo sea de la misma opinión -dijo mi tía-, pues está delante de la puerta,
con las orejas gachas y la cabeza inclinada, como si prefiriera la cuadra al paseo!
Yo creo que mi tía olvidaba que mi caballo atravesaba el césped, pero sin flaquear en su
severidad con los asnos.
-Ya se animará, no temas.
-En todo caso, el paseo le sentará bien a su amo –dijo mi tía, mirando los papeles
amontonados encima de la mesa-. ¡Ay, hijo mío!; trabajas demasiadas horas. Antes,
cuando leía un libro, nunca me hubiera figurado que le costaba tanto trabajo a su autor.
-A veces, leer cuesta trabajo -le contesté, Y el trabajo de autor no deja de tener
encantos, tía.
-¡Ah, sí! La ambición, el afán de gloria, la simpatía, y otras muchas cosas, supongo.
¡Bah! ¡Buen viaje!
-¿Sabes algo más -le dije, con tranquilidad, mientras se sentaba en mi sillón, después de
haberme dado un golpecito en la espalda-, sabes algo más sobre el enamoramiento de
Agnes, de que me hablaste?
Me miró fijamente antes de contestarme.
-Creo que sí, Trot.
Me miraba de frente, con una especie de duda, de compasión, de desconfianza en sí
misma, y viendo que yo trataba de demostrarle una alegría perfecta:
-Y lo que es más, Trot… -me dijo
-¡Y bien!
-Es que creo que va a casarse.
-¿Que Dios la bendiga! –dije alegremente.
-¡Que Dios la bendiga -dijo mi tía-, y a su marido también!
Me uní a sus deseos mientras le decía adiós; bajé rápidamente la escalera, me subí al
caballo y partí. «Razón de más -pensé- para adelantar la explicación.»
¡Cómo recuerdo aquel viaje triste y frío! Los trozos de hielo barridos por el viento
venían a golpearme el rostro; las herraduras de mi caballo llevaban el compás sobre el
suelo endurecido; la nieve, arrastrada por la brisa, se arremolinaba. Los caballos,
humeantes, se detenían en lo alto de las colinas, para resoplar, con sus carros cargados de
heno y sacudiendo sus cascabeles armoniosos. Los valles que se veían al pie de las
montañas se dibujaban en el horizonte negruzco como líneas inmensas trazadas con tiza
sobre una pizarra gigantesca.
Encontré a Agnes sola. Sus discípulas habían vuelto a sus casas. Leía al lado de la
chimenea. Dejó el libro al verme entrar y me acogió con su cordialidad acostumbrada;
tomó la labor y se sentó al lado de una de las ventanas.
Yo me senté a su lado y nos pusimos a hablar de lo que yo hacía, del tiempo que
necesitaba todavía para terminar mi obra, de lo que había hecho desde mi última visita.
Agnes estaba muy alegre; me dijo que pronto me haría demasiado famoso para que se me
pudiera hablar de semejantes cosas.
-Por eso verás que me aprovecho del presente -me dijo y que no dejo de hacer
preguntas mientras está permitido.
Miré su rostro, inclinado sobre la labor. Ella levantó los ojos y vio que la miraba.
-Parece que hoy estás preocupado, Trot -me dijo.
-Agnes, ¿puedo decirte por qué? He venido para decírtelo.
Dejó su labor, como acostumbraba a hacerlo cuando discutíamos seriamente, y me
dedicó toda su atención.
-Querida Agnes, ¿dudas de mi sinceridad contigo?
-No -respondió, mirándome sorprendida.
-¿Dudas de que pueda yo dejar de ser lo que he sido siempre para ti?
-No -respondió como la primera vez.
-¿Recuerdas lo que he tratado de decirte a mi vuelta, querida Agnes, de la deuda de
reconocimiento que tengo contigo y del cariño que me inspiras?
-Lo recuerdo muy bien –dijo con dulzura.
-Tienes un secreto, Agnes; permíteme que lo comparta contigo.
Bajó los ojos; temblaba.
-No podía ignorarlo siempre, Agnes, aunque te haya sabido antes por otros labios que
no son los tuyos (lo que me parece extraño); sé que hay alguien a quien has dado el tesoro
de tu amor. No me ocultes una cosa que toca tan de cerca a tu felicidad. ¡Si tienes
confianza en mí, trátame como amigo, como hermano, en esta ocasión sobre todo!
Me lanzó una mirada suplicante, casi de reproche; después, levantándose, atravesó
rápidamente la habitación, como si no supiera dónde ir, y ocultando la cara entre las
manos, se echó a llorar..
Sus lágrimas me conmovieron hasta el fondo del alma, pero despertaron en mí algo que
me dio valor. Sin que supiera cómo, se unían en mi espíritu a la dulce y triste sonrisa que
había quedado grabada en mi memoria, y me causaban una sensación de esperanza más
que de tristeza.
-Agnes, hermana mía, amiga mía, ¿qué he hecho?
-Déjame salir, Trotwood; no me encuentro bien; estoy fuera de mí; ya te contaré… en
otra ocasión… te escribiré. Ahora no; te lo ruego; ¡te lo suplico!
Yo trataba de recordar lo que me había dicho la tarde en que habíamos hablado de la
naturaleza de su afecto, que no necesitaba correspondencia, y me parecía que acababa de
atravesar todo un mundo en un momento.
-Agnes, no puedo soportar el verte así, y sobre todo por mi culpa. Amiga mía, tú, que
eres lo que más quiero en el mundo, si eres desgraciada, déjame que comparta tu pena; si
necesitas ayuda o consejo, déjame que trate de ayudarte; si tienes un peso en el corazón,
déjame que trate de dulcificártelo. ¿Por qué crees que soporto la vida, Agnes, sino por ti?
-¡Oh!, déjame ahora… estoy fuera de mí… En otra ocasión.
Sólo podía distinguir aquellas palabras entrecortadas.
¿Me equivocaba? ¿Me arrastraba mi amor propio a mi pesar? ¿O sería verdad que tenía
derecho para esperar, para soñar que percibía una felicidad en la que nunca me había atrevido
ni a pensar?
-Tengo que hablarte, no puedo dejarlo así. ¡Por amor de Dios, Agnes, no nos
engañemos el uno al otro después de tantos años, después de todo lo que ha pasado!
Quiero hablarte sinceramente. Si crees que puedo estar celoso de la felicidad que tú
puedes dar; si crees que no me resignaría a verte en manos de un protector más querido y
elegido por ti; que en mi aislamiento no vería con satisfacción tu felicidad, desecha ese
pensamiento, porque no es hacerme justicia. ¡De algo me ha servido el sufrir! Y no se han
desperdiciado tus lecciones. ¡No hay el menor egoísmo en mis sentimientos hacia ti,
Agnes!
Se había tranquilizado. Al cabo de un momento volvió hacia mí su rostro, pálido
todavía, y me dijo en voz baja, entrecortada por la emoción, pero muy clara:
-Le debo a tu amistad por mí, Trotwood, el declararte que te equivocas. No puedo
decirte más. Si he necesitado a veces apoyo y consuelo, nunca me han faltado. Si alguna
vez he sido desgraciada, mi pena pasó ya. Si he tenido que llevar una carga, se ha ido
haciendo ligera. Si tengo un secreto, no es nuevo… y no es lo que supones. No puedo ni
revelarlo ni compartirlo con nadie; debo guardarlo para mí sola.
-Agnes, espera todavía un momento.
Se alejó, pero la retuve. Pasé mi brazo alrededor de su talle. «Si alguna vez he sido
desgraciada… mi secreto no es nuevo.» Pensamientos y esperanzas desconocidas
asaltaron mi alma; los colores de mi vida cambiaban.
-Agnes, querida mía, tú, a quien respeto y honro… a quien amo tan tiernamente…
cuando he venido aquí hoy creía que nadie podría arrancarme semejante confesión. Creía
que mi secreto continuaría enterrado en el fondo de mi alma hasta el día de nuestra vejez.
Pero, Agnes, si veo en este momento la esperanza de que un día quizá me permitas que te
dé otro nombre, un nombre mil veces más dulce que el de hermana…
Lloraba; pero ya no eran las mismas lágrimas; brillaba en ellas mi esperanza.
-Agnes, tú, que has sido siempre mi guía y mi mayor apoyo. Si hubieras pensado un
poco más en ti misma y un poco menos en mí, cuando crecíamos juntos, creo que mi
imaginación vagabunda no se hubiese dejado arrastrar lejos de tu lado. Pero estabas tan
por encima de mí, me eras tan necesaria en mis penas y en mis alegrías de niño, que tomé
la costumbre de confiarme a ti, de apoyarme en ti para todo; y esta costumbre ha llegado
a ser en mí una segunda naturaleza, que tomó el lugar de mis primeros sentimientos, el de
la felicidad de quererte como te quiero.
Agnes seguía llorando; pero ya no eran lágrimas de tristeza: ¡eran lágrimas de alegría!
Y yo la tenía en mis brazos como no la había tenido nunca, como nunca había soñado en
tenerla.
-Cuando quería a Dora, Agnes y ya sabes si la quería tiernamente…
-Sí -exclamó con viveza-; y soy dichosa sabiéndolo.
-Cuando la quería, aun entonces mi amor habría sido incompleto sin tu simpatía. La
tenía, y por eso no me faltaba nada. Pero al perder a Dora, Agnes, ¿qué hubiera hecho sin
ti?
Y la estrechaba en mis brazos, contra mi corazón. Su cabeza descansaba, temblando, en
mi hombro; sus ojos, tan dulces, buscaban los míos, brillando de alegría a través de sus
lágrimas.
-Cuando me fui, Agnes, te quería. Desde lejos no he dejado de quererte… y de vuelta
aquí, te quiero.
Entonces traté de contarle la lucha que había tenido que sostener conmigo mismo y la
conclusión a que había llegado. Traté de revelarle toda mi alma. Traté de hacerle comprender
cómo había intentado conocerla más y conocerme a mí mismo; cómo me había
resignado a lo que había creído descubrir, y cómo aquel mismo día había venido a verla,
fiel a mi resolución. Si me quería lo bastante para casarse conmigo, ya sabía yo que no
era por mis méritos, pues el único que tenía era el haberla amado fielmente y el haber
sufrido mucho, y eso último era lo que me había decidido a confesárselo todo. ¡Oh
Agnes! En este momento vi brillar en sus ojos el alma de mi «mujer-niña», y me dijo: <
Está bien», y encontré en ella el más precioso recuerdo de la florecita que se había
deshojado en todo su esplendor.
-¡Soy tan dichosa, Trotwood! Mi corazón está tan lleno; pero tengo que decirte una
cosa.
-¿Qué, vida mía?
Puso con dulzura sus manos en mis hombros, y mirándome serenamente al rostro, me
dijo:
-¿No sabes lo que es?
-No me atrevo a pensarlo; dímelo tú, querida.
-¡Que te he querido toda mi vida!
¡Oh, qué dichosos éramos, qué dichosos éramos! Ya no llorábamos por nuestras penas
pasadas (las suyas eran mayores que las mías); llorábamos de alegría al vemos así, el uno
junto al otro, para no separamos nunca.
Estuvimos paseando por el campo en aquella tarde de invierno, y la naturaleza parecía
compartir la alegría tranquila de nuestras almas. Las estrellas brillaban por encima de nosotros,
y, con los ojos en el cielo, bendecíamos a Dios por habernos llevado a aquella
tranquila dicha.
De pie, juntos ante la ventana abierta, contemplábamos la luna, que brillaba. Agnes fijó
sus ojos tranquilos en ella; yo seguí su mirada. Un gran espacio se abría en tomo mío; me
parecía ver a lo lejos, por aquella carretera, un pobre chico, solo y abandonado, que ahora
podía decir, del corazón que latía contra el suyo: « ¡Es mío! ».
La hora de la comida se acercaba cuando aparecimos al día siguiente en casa de mi tía.
Peggotty me dijo que estaba en mi cuarto. Ponía su orgullo en tenerlo muy en orden y
preparado para recibirme. La encontramos leyendo, con los lentes puestos, al lado de la
chimenea.
-¡Dios mío! —dijo al vemos entrar—. ¿Qué me traes a casa?
-¡Es Agnes! -le dije.
Habíamos acordado empezar con mucha discreción, y mi tía se desconcertó al decir yo:
«Es Agnes»; me había lanzado una mirada llena de esperanza; pero viendo que estaba tan
tranquilo como de costumbre, se quitó las gafas, con desesperación, y se frotó
vigorosamente la punta de la nariz.
Sin embargo, acogió a Agnes con todo su corazón, y pronto bajamos a comer. Dos o
tres veces mi tía se puso las gafas para mirarme; pero se las quitaba enseguida, desconcertada,
y volvía a frotarse la nariz. Todo con gran disgusto de míster Dick, que sabía que
era mala señal.
-A propósito, tía -le dije después de comer-: he hablado con Agnes de lo que me habías
dicho.
-Entonces, Trot -dijo mi tía, poniéndose muy colorada-, has hecho muy mal; debías
haber cumplido tu promesa.
-No te enfadarás, tía, cuando sepas que Agnes no tiene ningún cariño que la haga
desgraciada.
-¡Qué absurdo! —dijo mi tía.
Y viéndola muy molesta pensé que mejor era terminar de una vez. Cogí la mano de
Agnes y fuimos los dos a arrodillarnos delante de su butaca. Mi tía nos miró, juntó las
manos y, por la primera y última vez de su vida, tuvo un ataque de nervios.
Peggotty acudió. En cuanto mi tía se repuso se arrojó a su cuello, la llamó vieja loca y
la abrazó. Después abrazó a míster Dick (que se consideró muy honrado y no menos sorprendido)
y se lo explicó todo. La alegría fue desbordante.
Nunca he podido descubrir si en su última conversación conmigo mi tía se permitió una
mentira piadosa, o si se había engañado sobre el estado de mi alma. Todo lo que me había
dicho, según me repetía, es que Agnes se iba a casar, y ahora yo sabía mejor que nadie si
era verdad.
Nuestra boda tuvo lugar quince días después. Traddles y Sofía, el doctor y mistress
Strong fueron los únicos invitados a nuestra tranquila unión. Los dejamos con el corazón
lleno de alegría, para irnos en coche. Tenía en mis brazos a la que había sido para mí el
manantial de todas las nobles emociones que había sentido, la que había sido el centro de
mi alma, el círculo de mi vida… ¡Mi mujer! Y mi cariño por ella estaba tallado en la roca.
-Esposo mío -dijo Agnes-; ahora que puedo darte este nombre, tengo todavía algo que
decirte.
-Dilo, amor mío.
-Es un recuerdo de la noche en que Dora murió.
-Ya sabes que te rogó que fueras a buscarme.
-Sí.
-Me dijo que me dejaba una cosa; y ¿sabes lo que era?
Creí adivinarlo, y estreché más fuerte contra mi corazón a la mujer que me amaba
desde hacía tanto tiempo.
-Me dijo que me hacía una última súplica y que me encargaba un último deber que
cumplir.
-¿Y era?
-Nada más que ocupara el sitio que ella dejaba vacío.
Y Agnes, apoyando su cabeza en mi pecho, lloraba, y yo lloraba con ella, aunque
éramos muy dichosos.
CAPÍTULO XXIII
UN VISITANTE
Llego al fin de lo que me había propuesto relatar; pero hay todavía un incidente en el
que mi recuerdo se detiene a menudo con gusto, y sin el cual faltaría algo.
Mi nombre y mi fortuna habían crecido, y mi felicidad doméstica era perfecta, llevaba
casado diez años. Una tarde de primavera estábamos sentados al lado del fuego, en nuestra
casa de Londres, Agnes y yo. Tres de nuestros niños jugaban en la habitación, cuando
vinieron a decirme que un desconocido quería venue.
Le habían preguntado si venía para negocios, y había contestado que no, que venía para
tener el gusto de verme, y que llegaba de un largo viaje. Mi criado decía que era un
hombre de edad y que tenía un aspecto colonial.
Aquella noticia me produjo cierta emoción; tenía algo misterioso que recordaba a los
niños el principio de una historia favorita que a su madre le gustaba contarles, y donde se
veía llegar, disfrazada así, bajo una capa, a un hada vieja y mala que detestaba a todo el
mundo. Uno de nuestros niños escondió la cabeza en las rodillas de su madre, para estar a
salvo de todo peligro, y la pequeña Agnes (la mayor de nuestros hijos) sentó a la muñeca
en su silla para que figurase en su lugar, y corrió a esconderse detrás de las cortinas de la
ventana, por donde dejaba asomar el bosque de bucles dorados de su cabecita rubia,
curiosa de ver lo que sucedería.
-Díganle que pase -dije yo.
Y vimos aparecer y detenerse en la sombra de la puerta a un anciano de aspecto
saludable y robusto, con cabellos grises. La pequeña Agnes, atraída por su aspecto
bondadoso, corrió a su encuentro; yo no había reconocido todavía bien sus rasgos,
cuando mi mujer, levantándose de pronto, me dijo con voz conmovida que era míster
Peggotty.
¡Era míster Peggotty! Estaba viejo; pero de esa vejez bermeja viva y vigorosa. Cuando
se calmó nuestra primera emoción y estuvo sentado, con los niños encima de las rodillas,
delante del fuego, cuya llama iluminaba su rostro, me pareció más fuerte, más robusto, y
hasta ¿lo diré? más guapo que nunca.
-Señorito Davy -dijo, y aquel nombre de otro tiempo, pronunciado en el tono de otro
tiempo, halagaba mi oído-. Señorito Davy, ¡es un hermoso día para mí este en que vuelvo
a verle con su excelente esposa!
-¡Sí, amigo mío; es verdaderamente un hermoso día! -exclamé.
-Y estos preciosos niños -dijo míster Peggotty- parecen florecillas. Señorito Davy, no
era usted mayor que el más pequeño de estos tres cuando le vi por primera vez. Emily era
lo mismo, y nuestro pobre muchacho también era un chiquillo.
-He cambiado mucho desde entonces -le dije, Pero dejemos a los niños que vayan a
acostarse, y como en toda Inglaterra no puede haber para usted por esta noche más albergue
que esta casa, dígame dónde puedo enviar a buscar su equipaje, y después,
mientras bebemos un vaso de aguardiente de Yarmouth, charlaremos de lo sucedido en
estos diez años.
-¿Ha venido usted solo? -preguntó Agnes.
-Sí, señora -dijo, besándole la mano-; he venido solo.
Se sentó a nuestro lado. No sabíamos cómo demostrarle nuestra alegría; y escuchando
aquella voz, que me era tan familiar, estaba a punto de creer que vivíamos todavía en los
tiempos en que emprendía su largo viaje en busca de su sobrina querida.
-Es un buen charco que atravesar para tan poco tiempo. Pero el agua nos conoce (sobre
todo cuando es salada), y los amigos son los amigos, ¡y ya estarnos reunidos! Casi me ha
salido en verso -dijo míster Peggotty, sorprendido de aquel descubrimiento–; pero ha
sido sin querer.
-¿Y piensa usted volver a recorrer toda esas millas muy pronto? -preguntó Agnes.
-Sí, señora -respondió-; se lo he prometido a Emily antes de partir. Pero, ¿saben
ustedes?, los años no me rejuvenecen, y si no hubiera venido ahora es probable que no lo
hubiese hecho nunca. Y tenía demasiadas ganas de verlos, señorito Davy, en su casa feliz,
antes de hacerme demasiado viejo.
Nos miraba como si no pudiera saciar sus ojos. Agnes le retiró de la frente, con alegría,-
los largos mechones de sus cabellos grises para que pudiera vemos mejor.
-Y ahora, cuéntenos usted -le dije- todo lo sucedido.
-No es muy largo, señorito Davy. No hemos hecho fortuna, pero hemos prosperado
bastante. Claro que hemos trabajado mucho; y al principio era una vida un poco dura. Sin
embargo, hemos prosperado. Hemos criado corderos, hemos cultivado la tierra, hemos
hecho un poco de todo, y hemos terminado por estar todo lo bien que podíamos desear.
Dios nos ha protegido siempre -dijo, inclinando respetuosamente la cabeza-, y hemos
tenido éxito; es decir, a la larga, no en el primer momento; si no era ayer, era hoy, y si no
era hoy, era mañana.
-¿Y Emily? —dijimos a la vez Agnes y yo.
-Emily, señora, desde nuestra partida no ha dicho ni una vez su oración de la noche, al
irse a acostar, allá en los bosques del otro lado del sol, sin pronunciar su nombre. Cuando
usted la dejó y perdimos de vista al señorito Davy, aquella famosa tarde en que partimos,
al principio estaba muy abatida, y estoy seguro de que si hubiera sabido entonces lo que
el señorito Davy tuvo la prudencia y la bondad de ocultarnos, no hubiese podido resistir
el golpe. Pero había a bordo buenas gentes, y había enfermos, y se dedicó a cuidarlos;
también había niños en quienes ocuparse, y eso la distraía; y haciendo el bien a su
alrededor, se lo hacía a sí misma.
-¿Y cuándo supo la desgracia? -le pregunté.
-Se la he ocultado aun después de saberlo yo –dijo míster Peggotty-. Vivíamos en un
lugar solitario, pero en medio de los árboles más hermosos y de rosales que subían hasta
nuestro tejado. Un día, mientras yo trabajaba en el campo, llegó un viajero inglés, de
nuestro Norfolk o Suffolk (no sé bien cuál de los dos), y, como es natural, le hicimos
entrar para darle de comer y de beber; lo recibimos lo mejor que pudimos. Es lo que
hacemos todos en la colonia. Llevaba consigo un periódico viejo, donde estaba el relato
de la tempestad. Así se enteró. Cuando volví por la noche vi que lo sabía.
Bajó la voz al decir aquello, y su rostro tomó la expresión de gravedad que tan bien le
conocía.
-¿Y eso la ha cambiado mucho?
-Sí; durante mucho tiempo, quizá aún ahora mismo. Pero creo que la soledad le ha
hecho mucho bien. Tiene mucho que hacer en la granja; tiene que cuidar las aves y muchas
cosas más. El trabajo le ha hecho bien. No sé -dijo pensativo-si ahora reconocería
usted a nuestra Emily, señorito Davy.
-¿Tanto ha cambiado?
-No lo sé; como la veo todos los días, no puedo saberlo; pero hay momentos en que me
parece que está tan delgada -dijo míster Peggotty mirando el fuego- y tan decaída, con
sus tristes ojos azules; tiene el aspecto delicado, y su linda cabecita, un poco inclinada, la
voz tranquila… casi tímida. ¡Así es mi Emily!
Le observábamos en silencio; él seguía mirando al fuego, pensativo.
-Unos creen que es un amor mal correspondido; otros, que su matrimonio ha sido roto
por la muerte. Nadie sabe lo que es. Hubiese podido casarse; no le han faltado ocasiones;
pero me ha dicho siempre: «No, tío; eso ha terminado para mí». Conmigo está alegre;
pero es muy reservada cuando hay extraños; y le gusta ir lejos, para dar una lección a un
niño, o cuidar un enfermo, o para hacer un regalo a alguna chica que se va a casar: pues
ella ha hecho muchas bodas, pero sin querer asistir nunca a ninguna. Quiere con ternura a
su tío; es paciente; todo el mundo la adora, jóvenes y viejos. Todos los que sufren la
buscan. ¡Esa es mi Emily!
Se pasó la mano por los ojos, con un suspiro, y levantó la cabeza.
-¿Y Martha, está todavía con usted? -pregunté.
-Martha se casó al segundo año, señorito Davy. Un muchacho, un joven labrador, que
pasaba por delante de casa al ir al mercado con las reses de su amo… el viaje es de quinientas
millas para ir y volver.. la pidió en matrimonio (las mujeres escasean por allí)
para ir a establecerse por su cuenta en los grandes bosques. Ella me pidió que le contara
su historia a aquel hombre, sin ocultarle nada. Yo lo hice; se casaron, y viven a
cuatrocientas millas de toda voz humana. No oyen más voz que la suya y la de los
pajaritos…
-¿Y mistress Gudmige? -le pregunté.
Hay que creer que habíamos tocado una cuerda sensible, pues míster Peggotty se echó a
reír y se frotó las piernas con las manos, de arriba abajo, como hacía antes en el viejo
barco cuando estaba de buen humor.
-Me creerán si quieren; pero también la han pedido en matrimonio. ¡Si el cocinero de
un barco, que ha ido a establecerse allí, señorito Davy, no ha pedido a mistress Gudmige
en matrimonio, que me ahorquen! ¿Qué más puedo decirles?
Nunca he visto a Agnes reír de tan buena gana. El entusiasmo súbito de míster Peggotty
la divertía de tal modo, que no podía contenerse, y cuanto más reía, más me hacía reír, y
más crecía el entusiasmo de míster Peggotty, y más se frotaba este las piernas.
-¿Y qué le ha contestado mistress Gudmige? -pregunté cuando recobré un poco de
serenidad.
-Pues bien; en lugar de contestarle: « Muchas gracias, se lo agradezco mucho, pero no
quiero cambiar de estado a mi edad», mistress Gudmige cogió una jarra llena de agua,
que tenía a su lado, y se la vació en la cabeza. El desgraciado cocinero empezó a pedir
socorro con todas sus fuerzas.
Y míster Peggotty se echó a reír, y nosotros con él.
-Pero debo decir, para hacer justicia a esa excelente criatura -prosiguió, enjugándose los
ojos, que le lloraban de tanto reír—, que ha cumplido todo lo prometido, y más todavía.
Es la mujer más amable, más fiel y más honrada que existe, señorito Davy. No se ha
quejado ni una sola vez de estar sola y abandonada, ni siquiera cuando hemos tenido que
trabajar tanto al desembarcar. En cuanto al «viejo», ya no piensa en él, se lo aseguro,
desde su salida de Inglaterra.
-Ahora –dije-, hablemos de míster Micawber. ¿Sabe usted que ha pagado todo lo que
debía aquí, hasta el pagaré de Traddles? ¿Lo recuerdas, mi querida Agnes? Por consecuencia,
debemos suponer que ha tenido éxito en sus empresas. Pero denos usted noticias
suyas.
Míster Peggotty metió, sonriendo, la mano en el bolsillo de su chaleco y, sacando un
paquete muy bien doblado, desplegó con el mayor cuidado un periódico chiquito, de aspecto
muy cómico.
-Tengo que decirle, señorito Davy, que hemos dejado el bosque y que ahora vivimos
cerca del puerto de Middlebay, donde hay lo que podríamos llamar una ciudad.
-¿Y míster Micawber, estuvo con ustedes en el bosque?
-Ya lo creo -dijo míster Peggotty-, y de muy buena gana. Nunca he visto nada
semejante. Le veo todavía, con su cabeza calva, inundada de sudor de tal modo, bajo un
sol ardiente, que me parecía que se iba a derretin Ahora es magistrado.
-¿Magistrado? -dije.
Míster Peggotty señaló con el dedo un párrafo del periódico, donde leí lo que sigue, del
Port Middlebay Times:
« El banquete ofrecido a nuestro eminente colono y conciudadano
Wilkins Micawber, magistrado del distrito de Port Middlebay, ha tenido
lugar ayer, en la gran sala del hotel, donde había una multitud ahogante.
Se calcula que no había menos de cuarenta y seis personas en la mesa, sin
contar a todos los que llenaban corredores y escaleras. La sociedad más
escogida de Middlebay se había dado cita para honrar a este hombre tan
notable, tan estimado y tan popular. El doctor Mell (de la Escuela Normal
de Salem House Port Middlebay) presidía el banquete; a su derecha estaba
sentado nuestro ilustre huésped. Cuando, después de quitar los manteles y
de ejecutar de una manera admirable nuestro himno nacional de Non
nobis, en el cual se ha distinguido principalmente la voz metálica del
célebre aficionado Wilkins Micawber, hijo, se ha brindado, según
costumbre de todo fiel ciudadano, entre las aclamaciones de la asamblea,
de asentimiento, el doctor Mell lo ha hecho por la salud de nuestro ilustre
huésped, ornato de nuestra ciudad: «¡Ojalá no nos abandone, si no es para
engrandecerse todavía mas, y ojalá su éxito entre nosotros sea tal que
resulte imposible elevarle más alto! ». Nada podrá describir el entusiasmo
con que fue recibido este brindis. Los aplausos crecían, rodando con
impetuosidad, como las olas en el océano. Por fin se consiguió el silencio,
y Wilkins Micawber se levantó para dar las gracias. No trataremos, dadas
las malas condiciones acústicas del local, de seguir a nuestro elocuente
conciudadano en los diferentes períodos de su respuesta, adornada con las
flores más elegantes de la oratoria. Nos bastará decir que era una obra
maestra de elocuencia, y que las lágrimas llenaron los ojos de todos los
asistentes cuando, aludiendo al principio de su feliz carrera, ha suplicado a
los jóvenes presentes entre el auditorio que nunca se dejasen arrastrar a
contraer compromisos pecuniarios que les fuera imposible cumplir. Se ha
vuelto a brindar por el doctor Mell y por mistress Micawber, que ha dado
las gracias, con un gracioso saludo, desde la gran puerta, donde una gran
cantidad de jóvenes bellezas estaban subidas en las sillas para admirar y
embellecer a la vez el conmovedor espectáculo. También se brindó por
mistress Pidger Begs (antes, miss Micawber), por mistress Mell, por Wilkins
Micawber, hijo (que ha hecho reír a toda la asamblea al pedir permiso
para expresar su agradecimiento con una canción mejor que con un
discurso), por la familia entera de míster Micawber (bien conocido en su
madre patria, es inútil nombrarla, por lo tanto), etc., etc. Al fin de la
sesión, las mesas desaparecieron como por encanto, para dejar sitio a los
aficionados al baile. Entre los discípulos de Terpsícore, que no han dejado
de bailar hasta que el sol les ha recordado la hora de retirarse, se ha podido
observar a Wilkins Micawber, hijo, y a la encantadora miss Helena, la
cuarta hija del doctor Mell.»
Leí con gusto el nombre del doctor Mell, y estaba encantado de descubrir en tan
brillante situación a míster Mell, el maestro, el antiguo sufrelotodo del funcionario de
Middlesex, cuando míster Peggotty me indicó otra página del mismo periódico, donde leí
«A DAVID COPPERFIELD
EL EMINENTE AUTOR
Mi querido amigo:
Han pasado muchos años desde que podía contemplar con mis ojos los rasgos,
ahora familiares a la imaginación, de una considerable porción del mundo civilizado.
Pero, amigo mío, aunque esté privado, por un concurso de circunstancias que no
dependen de mí, de la compañía del compañero de mi juventud, no he dejado de
seguirle con el pensamiento en el rápido impulso que ha tomado su vuelo. Nada
ha podido impedirme, ni aun el océano,
que nos separa tempestuoso
(BURNS.)
el que participara de las fiestas intelectuales que nos ha prodigado.
No puedo dejar salir de aquí a un hombre que estimamos y respetamos los dos,
mi querido amigo, sin aprovechar esta ocasión pública de darle las gracias en mi
nombre, y, no temo decirlo, en el de todos los habitantes de Port Middlebay, por
el placer de la ciudad de que es usted poderoso agente.
Adelante, amigo mío. Usted no es desconocido aquí; su talento es apreciado.
Aunque relegado en un país lejano, no hay que creernos por eso, como dicen
nuestros detractores, ni indiferentes ni melancólicos. ¡Adelante, amigo mío;
continúe su vuelo de águila! Los habitantes de Port Middlebay le seguirán a través
de las nubes, con delicia y con afán de instruirse.
Y entre los ojos que se levantarán hacia usted desde esta región del globo,
mientras tengan luz y vida,
estarán
los
pertenecientes a
WILKINS MICAWBER,
Magistrado.»
Recorriendo las otras páginas del periódico descubrí que míster Micawber era uno de
los corresponsales más activos y más estimados. Había otra carta suya relativa a la construcción
de un puente. Había también el anuncio de una nueva edición de la colección de
sus obras maestras epistolares, en un bonito volumen, considerablemente aumentado; y, o
mucho me equivoco, o el artículo de fondo era también de su mano.
Mientras míster Peggotty estuvo en Londres hablamos muchas veces de míster
Micawber; pero sólo estuvo un mes. Su hermana y mi tía vinieron a Londres para verle, y
Agnes y yo fuimos a decirle adiós, a bordo del navío, cuando se embarcó. Ya no
volveremos a decirle adiós en la tierra.
Pero antes de dejar Inglaterra, fue conmigo a Yarmouth para ver la lápida que yo había
hecho colocar en el cementerio, en recuerdo de Ham. Mientras que, a petición suya, copiaba
yo la corta inscripción que estaba grabada en ella, le vi inclinarse y coger de la
tumba un poco de musgo.
-Es para Emily -me dijo, guardándoselo en el pecho-; se lo he prometido, señorito
Davy.
CAPÍTULO XXIV
ÚLTIMA MIRADA RETROSPECTIVA
Y ahora que ha terminado mi historia, vuelvo por última vez mi vista atrás, antes de
cerrar estas páginas.
Me veo con Agnes a mi lado, continuando nuestro viaje por la vida. Nos rodean
nuestros hijos y amigos, y a veces, a lo largo del camino me parece oír voces que me son
queridas.
¿Cuáles serán los rostros que más me atraen entre esa multitud de voces? Aquí están, se
me acercan para contestar a mi pregunta.
Primero, mi tía, con sus gafas, un poco más gordas. Tiene ya más de ochenta años; pero
sigue tan tiesa como un huso, y aun en invierno anda sus seis millas a pie, de un tirón.
Con ella está siempre mi querida y vieja Peggotty, que también lleva gafas; y por la
noche se pone al lado de la lámpara, con la aguja en la mano, y no coge nunca la labor sin
poner encima de la mesa su pedacito de cera, su metro dentro de la casita y su caja de
labor, cuya tapa tiene pintada la catedral de Saint Paul.
Las mejillas y los brazos de Peggotty, antes tan duros, que en mi infancia me sorprendía
el que los pájaros no los picasen mejor que a las manzanas, se han empequeñecido; y sus
ojos, que oscurecían con su brillo todo el resto de la cara, se han empañado algo (aunque
brillan todavía). Sólo su dedo índice, tan áspero, es siempre el mismo, y cuando veo al
más pequeño de mis hijos agarrarse a él, tambaleándose, para it de mi tía a ella, recuerdo
nuestro gabinete de Bloonderstone y los tiempos en que apenas yo mismo sabía andar. Mi
tía, por fin, se ha consolado de su desilusión; es madrina de una verdadera Betsey
Trotwood de carne y hueso, y Dora (la que viene después) pretende que la tía la mime.
Hay algo que abulta mucho en el bolsillo de Peggotty. Es nada menos que el libro de
los cocodrilos; está en bastante mal estado; muchas hojas están arrancadas y vueltas a
sujetar con un alfiler; pero Peggotty se lo enseña todavía a los niños como una preciosa
reliquia. Nada me divierte tanto como ver en la segunda generación mi rostro de niño,
levantando hacia mí sus ojos maravillados con las historias de los cocodrilos. Eso me
hace acordarme de mi antiguo amigo Brooks de Shefield.
En medio de mis hijos, en un hermoso día de verano, veo a un anciano que lanza
cometas, y las sigue con la mirada, con una alegría que no se puede expresar. Me acoge
radiante y me hace una multitud de señas misteriosas:
-Trotwood, sabrás que cuando no tenga otra cosa que hacer acabaré la Memoria, y que
tu tía es la mujer más admirable del mundo.
¿Quién es esa señora que anda encorvada apoyándose en un bastón? Reconozco en su
rostro las huellas de una belleza altiva que ya pasó, y que trata de luchar todavía contra la
debilidad de su inteligencia extraviada. Está en un jardín. A su lado hay una mujer
brusca, sombría, ajada, con una cicatriz en los labios. Oigamos lo que dicen:
-Rosa, he olvidado el nombre de este caballero.
Rosa se inclina hacia ella y le anuncia a míster Copperfield.
-Me alegro mucho de verle, caballero, y siento mucho observar que está usted de luto.
Espero que el tiempo le traerá algún consuelo.
La persona que la acompaña la regaña por su distracción
-No está de luto; fíjese usted -y trata de sacarla de sus sueños.
-¿Ha visto usted a mi hijo, caballero? ¿Se han reconciliado ustedes?
Después, mirándome con fijeza, lanza un gemido y se lleva la mano a la frente;
exclama con voz terrible:
-¡Rosa, ven aquí; ha muerto!
Y Rosa, arrodillada delante de ella, le prodiga a la vez sus caricias y sus reproches; o
bien exclama, con amargura: «Yo le amaba más de lo que usted le amaba»; o se esfuerza
en hacerla dormir sobre su pecho, como a un niño enfermo. As ílas he dejado, y así las
encuentro siempre; así de año en año transcurre sus vidas.
Un barco vuelve de la India. ¿Quién es esa señora inglesa casada con un viejo creso
escocés? ¿Será, por casualidad, Julia Mills?
Sí; es Julia Mills, siempre esbelta, con un hombre negro que le entrega las cartas en un
platillo dorado, y una mulata vestida de blanco, con un pañuelo brillante en la cabeza, que
le sirve su Tiffin en su sala de estar. Pero Julia no escribe ya su diario, no canta ya el
funeral del amor; no hace más que pelearse sin cesar con su viejo creso escocés, una
especie de oso amarillo. Julia está sumergida en dinero hasta el cuello; nunca habla ni
sueña con otra cosa. Me gustaba más «en el desierto de Sahara».
Mejor dicho, ahora es cuando está en el desierto de Sahara. Pues Julia, aunque tiene una
casa preciosa, aunque tiene escogidas amistades y da todos los días magníficas comidas,
no ve a su alrededor retoños verdeantes ni el más pequeño capullo que prometa para un
día flores o fruto. Sólo ve lo que llama « su sociedad». Míster Jack Maldon, que desde lo
alto de su grandeza pone en ridículo la mano que le ha elevado y me habla del doctor
como de una antigualla muy divertida. ¡Ah, Julia! Si la sociedad sólo se compone para ti
de caballeros y damas semejantes; si el principio sobre el que reposa es ante todo una
indiferencia confesada por todo lo que puede avanzar o retrasar el progreso de la
humanidad, hubieses hecho mejor, yo creo, perdiéndote «en el desierto de Sahara»; al
menos habrías tenido la esperanza de salir de él.
Pero aquí está el buen doctor, nuestro anciano amigo; trabaja en su Diccionario (está en
la letra d). ¡Qué dichoso es entre su mujer y sus libros! También está con él el Veterano;
pero ha perdido poder y está muy lejos de tener la influencia de antes.
Y este otro hombre atareado, que trabaja en el Templo, con los cabellos (por lo menos
los que le quedan) más recalcitrantes que nunca, gracias al roce constante de su peluca de
abogado, es mi buen, mi antiguo amigo Traddles. Tiene la mesa cubierta de papeles, y le
digo, mirando a mi alrededor:
-Si Sofía fuera todavía tu escribiente, Traddles, tendría un trabajo terrible.
-Es verdad, mi querido Copperfield; pero ¡qué buenos días los de Holtorn Court!, ¿no
es cierto?
-Cuando ella lo aseguraba que un día serías juez, aunque no fuera aquella la opinión
más general.
-De todos modos, si eso llegara a suceder…
-Ya sabes que no has de tardar mucho.
-Pues bien, querido Copperfield, cuando sea juez traicionaré el secreto de Sofía, como
le he prometido.
Salimos del brazo; voy a comer a casa de Traddles, en familia. Es el cumpleaños de
Sofía, y en el camino Traddles me habla de su felicidad presente y pasada.
-He conseguido, mi querido Copperfield, todo lo que deseaba. En primer lugar, el
reverendo Horace ha sido elevado a un cargo donde tiene cuatrocientas cincuenta libras.
Además, nuestros dos hijos reciben una excelente educación y se distinguen en sus
estudios por su trabajo y su éxito. Hemos casado muy bien a tres hermanas de Sofía;
todavía hay otras tres, que viven con nosotros; las otras tres están con su padre desde la
muerte de mistress Crewler, y son felices como reinas.
-Excepto… –dije.
-Excepto la Belleza -dijo Traddles-, sí. Es una desgracia que se haya casado con tan
mala persona. Tenía cierto brillo que la sedujo; pero, después de todo, ahora que está en
casa y que nos hemos desembarazado de él, espero que recobre su alegría.
La casa de Traddles es una de aquellas que Sofía y él examinaban y hacían
mentalmente su distribución en sus paseos de la tarde. Es una casa grande; pero Traddles
guarda sus papeles en el tocador, con las botas. Sofía y él viven en la buhardilla para
dejar las habitaciones bonitas a la Belleza y a las otras hermanas. No hay nunca una
habitación de más en la casa, pues no sé cómo siempre, por una razón o por otra, hay una
infinidad de hermanitas a quienes alojar, y no ponemos el pie en una habitación sin que
se precipiten todas a un tiempo hacia la puerta, y ahoguen, por decirlo así, a Traddles con
sus besos. La pobre.Belleza está ya para siempre con ellos, viuda, con una niña. En honor
del cumpleaños de Sofía han ido a comer las tres hermanas casadas, con sus tres maridos;
además, el hermano de uno de los maridos, el primo de otro, y la hermana de otro, que
me parece muy dispuesta a casarse con el primo. A la cabecera está sentado Traddles
como un patriarca, bueno y sencillo como siempre. Frente a él, Sofía lo mira radiante, a
través de la mesa, con un servicio que brilla lo bastante para no confundirlo tomándolo
por metal inglés.
Y ahora ha llegado el momento de terminar mi tarea. Me cuesta trabajo arrancarme a
mis recuerdos; pero las figuras se borran y desaparecen. Sin embargo, hay una que brilla
como una luz celestial y que ilumina todos los demás objetos que me rodean,
dominándolos, y que permanece.
Vuelvo la cabeza y la veo a mi lado, con su belleza serena. Mi lámpara va a apagarse,
¡he trabajado hasta tan tarde esta noche!; pero la presencia querida, sin la que no soy
nada, me acompaña.
¡Oh Agnes, alma mía! ¡Ojalá tu rostro esté así presente cuando llegue el verdadero fin
de mi vida! ¡Quiera Dios que cuando la realidad se desvanezca ante mis ojos como sombras,
lo encuentre todavía a mi lado, señalándome el cielo!
FIN
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