La mujer del collar de terciopelo
7. agosto 2010
Página: Anterior 1 2 3 4 Ver Todas Siguiente
Allí, Hoffmann le contó a Werner todo lo que le había pasado desde el día en que había estado en la ópera y en
que había visto bailar a Arsène, hasta el momento en que había sido empujado por las dos mujeres fuera del tocador.
-Bueno -dijo Werner cuando Hoffmann hubo acabado.
-¿Cómo que bueno? -repitió éste, muy sorprendido de que su amigo no estuviera tan abatido como él.
-Me pregunto qué hay de desesperante en todo eso.
-Hay, ante todo, querido, que ahora sé que no se puede tener a esa mujer sino por dinero, y hay que he perdido
toda esperanza.
-Y ¿por qué has perdido toda esperanza? -Porque nunca tendré quinientos luises que arrojar a sus pies.
-Y ¿por qué no habrías de tenerlos? Yo los he tenido, he tenido cien luises, mil, dos mil luises. -Y ¿de dónde
quieres que los saque? -exclamó Hoffmann.
-Pues de El dorado de que te he hablado, de la fuente de Pactolo, querido, en el juego.
-¡En el juego! -dijo Hoffmann estremeciéndose-. Pero, ¿sabes que le juré a Antonia no jugar?
-Bah -dijo Werner riendo-, también le habías jurado serle fiel.
Hoffmann lanzó un largo suspiro, y apretó el medallón contra su corazón.
-¡En el juego, amigo mío! -continuó Werner-. Ahí tienes un banco. No es como el de Mannheim o el de
Hambourg, que amenaza con saltar por unos pocos miles de libras. Un millón, amigo mío, un millón, montones de
oro. Creo que ahí es donde se ha refugiado todo el numerario de Francia; nada de malos papeles, nada de esos
pobres asignados desmonetizados, que pierden las tres cuartas partes de su valor…, hermosos luises, hermosos
dobles luises, hermosos cuádruples. ¿Quieres verlo?
Y Werner sacó de su bolsillo un puñado de luises que mostró a Hoffmann, y cuyos rayos brotaron a través del
espejo de sus ojos hasta el fondo de su cerebro.
-¡Oh, no, no, nunca! -exclamó Hoffmann recordando a un tiempo la predicción del viejo oficial y el ruego de
Antonia; no jugaré nunca.
-Haces mal; con la suerte que tienes en el juego, harías saltar la banca.
-Y ¿Antonia, Antonia?
-¡Bah, querido amigo! ¿Quién le va a decir a Antonia que has jugado, que has ganado un millón? ¿Quién le dirá
que con veinticinco mil libras has realizado la fantasía de tu hermosa bailarina? Créeme, vuelve a Mannheim con
novecientas setenta y cinco mil libras, y Antonia no te preguntará ni dónde has conseguido tus cuarenta y ocho mil
quinientas libras de renta, ni lo que has hecho de las veinticinco mil libras que faltan.
Y, diciendo estas palabras, Werner se levantó. -¿Dónde vas? -le preguntó Hoffmann.
-Voy a ver a una amante que tengo, una dama de la Comedie-Française que me honra con sus bondades, y a la que
doy la mitad de mis beneficios. Yo soy poeta, amigo, y me dirijo a un teatro literario; tú eres músico, elige entre el
teatro cantante o el teatro de danza. Buena suerte en el juego, querido amigo, mis respetos a la señorita Arsène. No
olvides el número de la banca, es el ciento trece. Adiós.
-¡Oh -murmuró Hoffmann-, me lo habías dicho y no lo había olvidado!
Y dejó alejarse a su amigo Werner, sin pensar ya en pedirle la dirección, como no lo había hecho la primera vez
que se lo había encontrado.
Pero a pesar del alejamiento de Werner, Hoffmann no se quedó solo. Cada palabra de su amigo se había hecho,
por así decir, visible, palpable; estaba allí, brillante a sus ojos, murmurando en sus oídos.
En efecto, ¿dónde podía ir Hoffmann a sacar el oro, si no era a la fuente del oro? El único triunfo posible de un
deseo imposible ¿no estaba hallado? ¡Dios mío! Werner lo había dicho. ¿No era ya Hoffmann infiel en una parte de
su juramento? ¿Qué importaba, pues, serlo en la otra?
Luego, Werner lo había dicho, no eran veinticinco mil libras, cincuenta mil libras, cien mil libras lo que podía
ganar. Los horizontes materiales de los campos, de los bosques, del mar mismo tienen un límite: el horizonte del
tapiz verde no lo tiene.
El demonio del juego es como Satán: tiene el poder de arrastrar al jugador a la más alta montaña de la tierra, y de
mostrarle allí todos los reinos del mundo.
Luego, ¡qué felicidad, qué alegría, qué orgullo cuando Hoffmann entrase en casa de Arsène, en aquel mismo
gabinete del que había sido arrojado! ¡Con qué supremo desdén aplastaría a aquella mujer y a su terrible amante,
cuando, por toda respuesta a estas palabras: ¿Qué viene a hacer aquí?, dejara caer, cual nuevo Júpiter, una lluvia de
oro sobre la nueva Danae!
Y todo esto no era ya una alucinación de su espíritu, un sueño de su imaginación, todo eso era la realidad, era lo
posible. Las oportunidades eran iguales para ganar que para perder; mayores para ganar, porque, como se sabe,
Hoffmann era afortunado en el juego.
Oh, aquel número 113, aquel número 113, con su cifra ardiente, ¡cómo llamaba a Hoffmann, cómo le guiaba, faro
invernal, hacia aquel abismo en cuyo fondo aúlla el Vértigo rodando sobre una capa de oro!
Hoffmann luchó durante más de una hora contra la más ardiente de todas las pasiones. Luego, al cabo de una hora,
sintiendo que le era imposible resistir más tiempo, arrojó una pieza de quince sous sobre la mesa, haciendo regalo al
oficioso de la diferencia, y a todo correr, sin detenerse, llegó al muelle de las Flores, subió a su cuarto, cogió los
trescientos táleros que le quedaban, y, sin tomarse tiempo para reflexionar, saltó a un coche gritando:
-¡A1 Palais-Egalité!
XV. EL NÚMERO 113
El Palais-Royal, que en esa época se llamaba el Palais-Egalité, y que también se ha llamado el PalaisNational,
porque entre nosotros lo primero que hacen los revolucionarios es cambiar los nombres de las calles y de las plazas,
sin perjuicio de devolverlas a las restauraciones, el Palais-Royal, decíamos, porque bajo ese nombre nos es más
familiar, no era en aquella época lo que hoy es; pero, como pintoresco, como extraño, no le iba a la zaga, sobre todo
por la noche, sobre todo a la hora en que Hoffmann llegaba.
Su disposición difería poco de la que tiene ahora, a excepción de que lo que hoy se llama la galería de Orleáns
estaba cortada por una doble galería de armazón, galería que más tarde debía dejar paso a un paseo de seis filas de
columnas dóricas; a excepción que, en lugar de tilos, había castaños en el jardín, y que donde está la fuente había un
circo, vasto edificio tapizado de emparrados, bordeado de cuadros de jardín, y cuya cima estaba coronada de arbustos
y de flores.
No vayan a creer que aquel circo era lo que es el espectáculo al que hemos dado ese nombre. No, los acróbatas y
los malabaristas que se esforzaban en el del Palais-Egalité eran de un tipo muy distinto al de ese acróbata inglés, el
señor Price, que hacía algunos años había maravillado tanto a Francia, y que había dado nacimiento a los Mazurier y
a los Auriol.
El circo estaba ocupado en aquel tiempo por los Amigos de la Verdad, que daban allí representaciones y que
podían verse siempre que uno estuviera abonado al periódico La Bouche defer. Con el número matinal, uno era
admitido por la noche en ese lugar de delicias, y se oían los discursos de todos los federados, reunidos, decían, con
el loable propósito de proteger a los gobernantes y a los gobernados, imparcializar las leyes, e ir a buscar en todos
los rincones del mundo un amigo de la verdad, del país, del color y de la opinión que fuese; luego, la verdad
descubierta se enseñaba a los hombres.
Como ustedes ven, siempre ha habido en Francia gentes convencidas de que era a ellos a quienes correspondía
ilustrar a las masas y el resto de la humanidad no era más que población absurda.
¿Qué ha hecho, el viento que ha pasado, del nombre, de las ideas y de las vanidades de esas gentes? Sin embargo,
el Circo hacía su ruido en el PalaisEgalité, en medio del ruido general, y mezclaba su arte chillona al gran concierto
que todas las noches se despertaba en aquel jardín.
Porque, debemos decirlo, en esos tiempos de miseria, de exilio, de terrores y de proscripciones, el Palais-Royal se
había convertido en el centro donde la vida, comprimida todo el día en pasiones y luchas, iba a buscar por la noche
el sueño y a esforzarse por olvidar esa verdad a cuya búsqueda se habían puesto los miembros del Círculo Social y
los accionarios del Circo. Mientras todos los barrios de París estaban sombríos y desiertos, mientras las siniestras
patrullas hechas de los carceleros del día y de los verdugos del día siguiente, merodeaban como bestias salvajes buscando
una presa cualquiera, mientras, alrededor del hogar privado de un amigo o de un pariente muerto o emigrado,
los que se habían quedado en sus casas cuchicheando tristemente sus temores o sus dolores, el Palais-Royal
resplandecía como el dios del mal; encendía sus ciento ochenta arcos, mostraba sus joyas en las vitrinas de los
joyeros. Lanzaba, en fin, en medio de las carmañolas populares y a través de la miseria general de sus hijas perdidas,
que chorreaban diamantes, cubiertas de blanco y de rojo, vestidas, sólo lo necesario para estarlo, de terciopelo o de
seda, y paseando bajo los árboles y en las galerías su espléndido impudor. Había en aquel lujo de la prostitución una
última ironía contra el pasado, un último insulto contra la monarquía.
Exhibir a estas criaturas con aquellos trajes reales era tirar barro después de sangre al rostro de aquella
encantadora corte de mujeres tan lujosas, cuya reina había sido María Antonieta y que el huracán revolucionario
había arrastrado del Trianón a la plaza de la guillotina, como un hombre ebrio que fuera arrastrando por el barro el
vestido blanco de su prometida.
El lujo se había dejado a las mujeres más viles; la virtud debía caminar cubierta de harapos.
Ésa era una de las verdades halladas por el Círculo Social.
Y mientras tanto, aquel pueblo, que acababa de dar al mundo un impulso tan violento, aquel pueblo parisino, en el
que, por desgracia, el razonamiento no viene sino después del entusiasmo -lo que hace que nunca tenga suficiente
sangre fría más que para acordarse de las tonterías que ha hecho-, el pueblo, decimos, pobre, desnudo, no se daba
perfectamente cuenta de la filosofía de esta antítesis, y no era con desprecio, sino con envidia, como se codeaba con
aquellas reinas del barro, con aquellas horrendas majestades del vicio. Luego, cuando animados los sentidos por lo
que veía, cuando con la mirada ardiente quería echar la mano sobre aquellos cuerpos que pertenecían a todo el
mundo, se le pedía oro, y si no lo tenía se le rechazaba ignominiosamente. De este modo, por todas partes chocaba
con ese gran principio de igualdad proclamado por el hacha, escrito con la sangre, y sobre el que tenían derecho de
escupir riendo estas prostitutas del Palais-Royal.
En días como aquellos la sobreexcitación moral había llegado a tal grado que la realidad necesitaba estas extrañas
oposiciones. No era ya sobre el volcán, era en el volcán mismo donde se bailaba, y los pulmones, habituados a un
aire de azufre y de lava, ya no se habrían contentado con los tibios perfumes de otro tiempo.
Así se alzaba todas las noches el Palais-Royal, iluminando todo con su corona de fuego. Alcahuete de piedra,
gritaba por encima de la gran ciudad sombría:
-¡Aquí está la noche, llegad! En mí tengo todo, la fortuna, el amor, el juego y las mujeres. Vendo todo, incluso el
suicidio y el asesinato. Vosotros los que no habéis comido desde ayer, vosotros los que sufrís, los que lloráis, venid
a mí; veréis cómo somos ricos, veréis cómo reímos. ¿Tenéis una conciencia o una muchacha que vender? Venid.
Tendréis de oro llenos los ojos, de obscenidades llenos los oídos; caminaréis con pie firme en el vicio, en la
corrupción y en el olvido. Venid aquí esta noche, quizá mañana hayáis muerto.
Ésa era la gran razón. Había que vivir como se moría, deprisa.
E iban.
Enmedio de todo aquello, el lugar más frecuentado era, naturalmente, aquel donde se jugaba. Allí era donde se
encontraba con qué mantener lo demás.
De todos aquellos ardientes tragaluces, era el número 113 el que arrojaba la mayor luz con su linterna roja, ojo
inmenso de aquel cíclope ebrio que se llamaba el Palais-Egalité.
Si el infierno tiene un número, ése debe ser el número 113.
Allí todo estaba previsto.
En la planta baja había un restaurante; en el primer piso estaba el juego; el pecho del edificio encerraba el corazón,
era natural; en el segundo había suficiente para gastar la fuerza que el cuerpo había adquirido en la planta baja, y el
dinero que el bolsillo había ganado encima.
Lo repetimos, todo estaba previsto para que el dinero no saliese de la casa.
Y hacia esa casa era hacia donde corría Hoffmann, el poético amante de Antonia.
El 113 estaba donde está hoy, algunas tiendas más abajo de la casa Corcelet.
Apenas hubo saltado Hoffmann al pie de su vehículo y puso el pie en la galería del palacio, fue abordado por las
divinidades del lugar gracias a su traje de extranjero, que tanto en aquel tiempo como en nuestros días inspiraba más
confianza que el traje nacional.
Un país nunca es tan despreciado como por él mismo.
-¿Dónde está el número ciento trece? -preguntó Hoffmann a la mujer que le había cogido del brazo. -¡Ah! ¿Vas
ahí? -dijo la Aspasia con desdén-. Pues bien, pequeño, en esa linterna roja, pero trata de ganar dos luises y acuérdate
del ciento quince.
Hoffmann se hundió por la avenida indicada como Curtius en el abismo, y un minuto después estaba en el salón
del juego.
Allí se hacía el mismo ruido que en una venta pública.
Cierto que se vendían muchas cosas.
Los salones centelleaban de dorados, de lustros de flores y de mujeres más bellas, más suntuosas y más escotadas
que abajo.
El ruido que dominaba todos los demás era el ruido del oro. Allí era donde latía aquel corazón inmundo.
Hoffmann dejó a su derecha la sala donde se cortaba el treinta y el cuarenta, y pasó al salón de la ruleta.
Alrededor de una gran mesa verde estaban situados los jugadores, gentes todas reunidas para el mismo fin,
ninguno de los cuales tenía la misma fisonomía.
Había jóvenes, había viejos, había gentes que tenían los codos gastados sobre aquella mesa. Entre aquellos
hombres, había algunos que habían perdido a su padre la víspera, o por la mañana, o aquella tarde misma, y cuyos
pensamientos todos estaban volcados en la bola que giraba. En el jugador sólo hay un sentimiento que continúa
vivo, es el deseo, y este sentimiento se nutre y crece en detrimento de todos los demás. El señor de Bassompierre, al
que acababan de decir en el momento en que empezaba a bailar con María de Médicis: «Vuestra madre ha muerto»
y que respondía: «Mi madre sólo estará muerta cuando yo haya terminado de bailar», el señor de Bassompierre era
un hijo piadoso al lado de un jugador. Un jugador en estado de juego, a quien fueran a decirle lo mismo, no
respondería siquiera con la frase del marqués; ante todo porque sería tiempo perdido, y luego porque un jugador, si
es que tiene corazón, nunca tiene espíritu cuando juega.
Cuando no juega es lo mismo, piensa en jugar. El jugador tiene todas las virtudes de su vicio. Es sobrio, es
paciente, es infatigable. Un jugador que de pronto pudiera apartar, en provecho de una pasión honesta, de un gran
sentimiento, la energía increíble que pone al servicio del juego, instantáneamente se convertiría en uno de los
mayores hombres del mundo. Ni siquiera enmedio de la ejecución de sus mayores empresas, César, Aníbal o
Napoleón tuvieron una fuerza igual a la fuerza del jugador más oscuro. La ambición, el amor, los sentidos, el coraEste
documento ha sido descargado de
zón, el espíritu, el oído, el olfato, el tacto, todos los resortes vitales, en fin, del hombre, se reúnen en una sola palabra
y con un solo fin: jugar. Y no vayan a pensar que el jugador juega para ganar; comienza al principio por eso, pero
termina jugando por jugar, por ver cartas, por manipular el oro, por experimentar esas emociones extrañas que no
tienen comparación con ninguna de las restantes pasiones de la vida; que hacen que, ante la ganancia o la pérdida,
dos polos a los que el jugador va de uno a otro con la rapidez del viento, uno de los cuales quema como el fuego, y
el otro hiela como el hielo, que hacen, digamos, que su corazón salte en el pecho bajo el deseo o la realidad como un
caballo bajo la espuela, absorbe como una esponja todas las facultades del alma, las comprime, las retiene, y, jugada
la baza, las arroja bruscamente a su alrededor para volver a cogerlas con más fuerza.
Lo que la pasión del juego tiene más fuerte que todas las demás es que, al no poder ser saciada nunca, nunca
puede cansarse. Es una amante que siempre promete y que no se entrega jamás. Mata, pero no fatiga.
La pasión del juego es la historia del hombre. Para el jugador todo está muerto: familia, amigos, patria. Su
horizonte es la carta y la bola. Su patria es la silla donde se sienta, es el tapiz verde en el que se apoya. Que le
condenen a la parrilla como a San Lorenzo, y que le dejen jugar: apuesto a que no siente el fuego y que ni siquiera se
aparta.
El jugador es silencioso. La palabra no puede servirle de nada. Juega, gana, pierde; ya no es un hombre: es una
máquina. ¿Por qué iba a hablar?
El ruido que se hacía en los salones no procedía, pues, de los jugadores, sino de los croupiers que recogían el oro
y que gritaban con voz nasal:
-Hagan juego.
En este momento, Hoffmann no era ya un observador, la pasión le dominaba demasiado; en caso contrario habría
podido hacer una serie curiosa de estudios.
Se deslizó rápidamente enmedio de los jugadores y llegó junto al tapiz. Se encontró allí entre un hombre de pie,
vestido con una carmañola, y un viejo sentado que hacía cálculos con un lápiz sobre el papel.
Aquel viejo que había gastado su vida buscando una martingala, gastaba sus últimos días poniéndola en práctica,
y sus últimas monedas en verla fracasar. La martingala es inencontrable, como el alma.
Entre las cabezas de todos aquellos hombres, sentados y de pie, aparecían cabezas de mujeres que se apoyaban
sobre sus hombros, que chapoteaban en su oro y que, con habilidad sin igual y sin jugar, encontraban el medio de
ganar sobre el beneficio de unos y sobre la pérdida de los otros.
Al ver aquellos cubiletes llenos de oro y aquellas pirámides de dinero, hubiera costado creer que era tan grande la
miseria pública y que el oro costaba tan caro.
El hombre de carmañola lanzó un paquete de papeles sobre un número.
-Cincuenta libras -dijo para anunciar su juego. -¿Qué es eso? -preguntó el croupier, recogiendo los papeles con su
raqueta y cogiéndolos con la punta de los dedos.
-Son asignados -respondió el hombre.
-¿No tiene más dinero que éste? -dijo el croupier. -No, ciudadano.
-Entonces déjele el sitio a otro. -¿Por qué?
-Porque no cogemos eso. -Es moneda del gobierno.
-Mejor para el gobierno si la utiliza. Nosotros no la queremos.
Ah, bien -dijo el hombre recogiendo sus asignados-, bonito dinero que no se puede siquiera perder. Y se alejó
retorciendo sus asignados entre las manos.
-Hagan juego -gritó el croupier.
Hoffmann era jugador, ya lo sabemos; pero aquella vez no iba para jugar, iba para ganar dinero.
La fiebre que le quemaba hacía hervir su alma en su cuerpo como el agua en un vaso.
-Cien táleros al veintiséis -exclamó.
El croupier examinó la moneda alemana como había examinado los asignados.
-Vaya a cambiarlos -le dijo a Hoffmann-; sólo cogemos dinero francés.
Hoffmann bajó como un loco, entró en la tienda de un cambista que resultó ser alemán, y cambió sus trescientos
táleros por oro, es decir, por unos cuarenta luises.
Mientras tanto, la ruleta había hecho ya tres jugadas.
-¡Quince luises al veintiséis! -exclamó precipitándose hacia la mesa y aferrándose, con esa increíble superstición
de los jugadores, al número que había escogido por azar, y porque era aquel al que había querido jugar el hombre de
los asignados.
-¡No va más! -gritó el croupier. Giró la bola.
El vecino de Hoffmann recogió dos puñados de oro y los metió en el sombrero que tenía entre sus piernas, pero el
croupier recogió con su raqueta los quince luises de Hoffmann y muchos otros.
Había caído en el número 16.
Hoffmann sintió un sudor frío cubrirle la frente como una red de mallas de acero.
-¡Quince luises al veintiséis! -repitió.
Otras voces dijeron otros números, y la bola volvió a girar una vez más.
En esta ocasión todo fue para la banca. La bola había caído en el cero.
-¡Diez luises al veintiséis! -murmuró Hoffmann con voz estrangulada. Luego, recuperándose, dijo-: No, sólo
nueve -y volvió a coger una pieza de oro para quedarse con una última baza que jugar, una última esperanza.
Salió el 30.
El oro fue retirado del tapiz, como la marea salvaje durante el reflujo.
Hoffmann, cuyo corazón palpitaba y que, a través de los latidos de su cerebro, entreveía la cabeza burlona de
Arsène y el rostro triste de Antonia. Hoffmann, decimos, puso con mano crispada su último luis sobre el 26.
El juego se hizo enseguida. -¡No va más! -gritó el croupier.
Hoffmann siguió con mirada atenta la bola que giraba, como si hubiera sido su propia vida la que girase ante él.
De pronto se echó hacia atrás, ocultando la cabeza entre las dos manos.
No solamente había perdido, sino que ya no tenía ni un céntimo ni encima ni en su casa.
Una mujer que estaba allí, y que hubiera podido tener por veinte francos un minuto antes, lanzó un grito de alegría
salvaje y recogió un puñado de oro que acababa de ganar.
Hoffmann hubiera dado diez años de su vida por un luis de aquella mujer.
Con un movimiento más rápido que la reflexión, tanteó y hurgó en sus bolsillos como para no quedarse con
ninguna duda sobre la realidad.
Los bolsillos estaban vacíos, pero sintió algo redondo como un escudo sobre el pecho, y lo cogió bruscamente.
Era el medallón de Antonia, que había olvidado. -¡Estoy salvado! -gritó; y lanzó el medallón de oro como apuesta
sobre el número 26.
XVI. EL MEDALLÓN
El croupier cogió el medallón de oro y lo examinó: -Señor -le dijo a Hoffmann, porque en el número 113 todavía
se decía señor-; señor vaya a vender esto si quiere y juéguelo en dinero; porque le repito que nosotros sólo cogemos
oro o dinero amonedado.
Hoffmann cogió su medallón y sin decir una palabra abandonó la sala de juego.
Durante el tiempo que necesitó para bajar la escalera, muchos pensamientos, muchos consejos, muchos
presentimientos zumbaban a su alrededor; pero se hizo el sordo a todos aquellos rumores vagos y entró en la tienda
del cambista que hacía un momento acababa de darle luises por sus táleros.
El buen hombre leía, apoyado indolentemente en su amplio sillón de cuero, con las gafas puestas en la punta de su
nariz, iluminada por una lámpara baja de rayos apagados, a los que venía a unirse el reflejo amarillo de las piezas de
oro de sus palanganas de cobre, enmarcadas por un fino trenzado de alambre, adornado de cortinillas de seda verde y
por una puertecilla a la altura de la mesa, puerta que no dejaba pasar más que la mano.
Hoffmann nunca había admirado tanto el oro. Abría unos ojos maravillados, como si hubiera entrado en un rayo
de sol, y, sin embargo, venía de ver en el juego más oro del que veía allí; pero no era el mismo oro, filosóficamente
hablando. Entre el oro ruidoso, rápido, agitado del 113, y el oro tranquilo, grave, mudo del cambista, había la misma
diferencia que hay entre los charlatanes vacíos y sin ingenio y los pensadores llenos de meditación. No se puede
hacer nada bueno con el oro de la ruleta o de las cartas, no pertenece al que lo posee; pero el que lo posee le
pertenece. Procedente de una fuente corrompida, debe ir a un destino impuro. Tiene vida en él, pero mala vida, y
tiene prisa por irse como ha venido. No aconseja más que el vicio, y no hace el bien, cuando lo hace, sino a pesar
suyo; inspira deseos cuatro veces, veinte veces mayores que lo que vale, y, una vez poseído, parece que disminuye
su valor; en resumen, el dinero del juego, según se lo gane o se lo envidie, según se pierda o se recoja, tiene un valor
siempre ficticio. Unas veces un puñado de oro no representa nada, otras una sola pieza encierra la vida de un
hombre; mientras que el oro comercial, el oro del cambista, el oro como el que venía a buscar Hoffmann a la tienda
de su compatriota, vale realmente el precio que lleva en su cara; no sale de su nido de cobre más que a cambio de un
valor igual e incluso superior al suyo; no se prostituye al pasar, como una cortesana sin pudor, sin preferencia, sin
amor, de mano de uno a mano de otro; tiene la estima de sí mismo; una vez salido de la tienda del cambista, puede
corromperse, puede frecuentar la mala sociedad, lo que hacía tal vez antes de llegar allí, pero mientras esté allí es
respetable y debe ser considerado. Es la imagen de la necesidad y no del capricho. Se adquiere, no se gana; no es
arrojado bruscamente como simples fichas de mano del croupier. Es contado metódicamente pieza a pieza,
lentamente, por el cambista, y con todo el respeto que le es debido. Es silencioso, y ésa es su mayor elocuencia; por
eso Hoffmann, en cuya imaginación una comparación de este género no tardaba más de un minuto en pasar, se puso
a temblar ante la idea de que el cambista no quisiera darle un oro tan real a cambio de su medallón. Se creyó, pues,
forzado aunque fuera una pérdida de tiempo, a adoptar perífrasis y circunloquios para llegar a lo que quería, dado,
sobre todo, que no era un negocio lo que iba a proponer, sino un favor lo que iba a pedir al cambista.
-Señor -le dijo-, soy yo, el que hace un momento vino a cambiarle táleros por oro.
-Sí, señor, ya le reconozco -dijo el cambista. -¿Es usted alemán?
-Soy de Heidelberg. Ahí estudié yo. -¡Encantadora ciudad! -En efecto.
Mientras tanto, la sangre de Hoffmann hervía. Le parecía que cada minuto que daba a esta conversación trivial era
un año de vida lo que perdía.
Continuó, pues, con una sonrisa.
-He pensado que, a título de compatriota, podría hacerme un favor.
-¿Cuál? -preguntó el cambista, cuya cara se ensombreció al oír esta frase. El cambista no es más prestamista que
la hormiga.
-Que me preste tres luises por este medallón de oro.
Al mismo tiempo, Hoffmann pasaba el medallón al comerciante, que, poniéndolo en una balanza, lo pesó.
-¿No preferiría venderlo? -preguntó el cambista. -Oh, no -exclamó Hoffmann-, ya es demasiado empeñarlo; le
rogaría incluso, si me hace ese favor, que me guarde el medallón con el mayor cuidado, porque lo tengo en más que
a mi vida, y vendré a recogerlo mañana: se necesita una circunstancia como la que me encuentro para que lo
empeñe.
-Entonces voy a prestarle tres luises, señor.
Y el cambista, con toda la gravedad que creía deber a semejante acción, cogió tres luises y los puso ante
Hoffmann.
-¡Oh, gracias, señor, mil gracias! -exclamó el poeta, y cogiendo las tres piezas de oro desapareció.
El cambista prosiguió silenciosamente su lectura después de haber depositado el medallón en una esquina de su
cajón.
A este hombre no se le hubiera ocurrido nunca la idea de arriesgar su oro contra el oro del 113.
El jugador está tan cerca de ser sacrílego que Hoffmann, al lanzar su primera pieza de oro sobre el número 26,
porque no quería arriesgarlas más que una a una, que Hoffmann, decíamos, pronunció el nombre de Antonia.
Mientras la bola dio vueltas no hubo emociones; algo le decía que iba a ganar.
Salió el 26.
Hoffmann, resplandeciente, recogió treinta y seis luises.
Lo primero que hizo fue poner aparte, en el bolsillo del chaleco, tres luises, para estar seguro de poder recuperar el
medallón de su prometida, a cuyo nombre debía evidentemente aquella primera ganancia. Dejó treinta y tres luises
sobre el mismo número, y el mismo número salió.
Eran por tanto treinta y seis veces treinta y tres luises lo que ganaba, es decir, mil ciento ochenta luises, es decir,
más de veinticinco mil francos.
Entonces Hoffmann, hundiendo sus manos en el Pactolo sólido y cogiéndolo a puñados, jugó al azar, en un
deslumbramiento sin fin. A cada jugada que hacía, el montón de su ganancia crecía, semejante a una montaña que
surge de pronto del agua.
Había oro en sus bolsillos, en su traje, en su chaleco, en su sombrero, en sus manos, en la mesa, en todas partes. El
oro corría delante de él desde la mano de los croupiers como la sangre de una ancha herida. Se había convertido en
el Júpiter de todas las Danaes presentes, y el cajero de todos los jugadores sin fortuna.
Así perdió una veintena de miles de francos.
Por último, recogiendo todo el oro que tenía ante sí, cuando creyó tener bastante huyó, dejando llenos de
admiración y de envidia a todos los que se encontraban allí, y corrió en dirección de la casa de Arsène.
Era la una de la mañana; pero le importaba poco. Llegando con semejante suma, le parecía que podía llegar a
cualquier hora de la noche, y que siempre sería bien recibido.
Era para él una alegría cubrir con todo aquel oro aquel hermoso cuerpo que se había quitado los velos ante él y
que, de mármol ante su amor, se animaría ante su riqueza, como la estatua de Prometeo cuando hubiera encontrado
su alma verdadera.
Iba a entrar en casa de Arsène, a vaciar sus bolsillos hasta la última pieza y a decirle: Ahora, ámeme. Luego, al día
siguiente se marcharía, para escapar, si era posible, al recuerdo de aquel sueño febril e intenso.
Llamó a la puerta de Arsène como un amo que vuelve a su casa.
La puerta se abrió.
Hoffmann corrió hacia la escalinata. -¿Quién es? -gritó la voz del portero. Hoffmann no respondió.
-¿Dónde va, ciudadano? -repitió la misma voz, y una sombra vestida como lo están las sombras por la noche, salió
de su cubil y corrió tras Hoffmann.
En esa época a la gente le gustaba mucho saber quién salía y sobre todo quién entraba.
-Voy a casa de la señorita Arsène-respondió Hoffmann lanzando al portero tres o cuatro luises por los que una
hora antes habría dado su alma.
Aquella forma de expresarse agradó al oficioso. -La señorita Arsène no está aquí, señor -respondió, pensando con
razón que se debía sustituir la palabra ciudadano cuando tenía que habérselas con un hombre que tenía la mano tan
fácil. Un hombre que pregunta puede decir Ciudadano, pero un hombre que recibe no puede decir más que Señor. -
¡Cómo! -exclamó Hoffmann-, ¿qué ya no está aquí Arsène?
-No, señor.
-¿Quiere decir que no ha vuelto esta noche? -Quiero decir que ya no volverá. -¿Entonces dónde está?
-No sé nada.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -dijo Hoffmann, y se cogió la cabeza entre las manos como para contener su razón, a
punto de escapársele. Todo lo que le ocurría desde hacía algún tiempo era tan extraño que a cada instante decía:
«Voy a volverme loco de un momento a otro.»
-¿No sabe entonces la noticia? -continuó el portero. -¿Qué noticia?
-El señor Danton ha sido detenido. -¿Cuándo?
Ayer. Ha sido el señor Robespierre el que lo ha hecho. ¡Qué gran hombre el ciudadano Robespierre! -¿Y qué tiene
eso que ver?
-Pues que la señorita Arsène se ha visto obligada a escapar; porque, como amante de Danton, habría podido estar
comprometida en todo este asunto. -Tiene razón. Pero, ¿cómo se escapó?
-Como se escapa cuando se tiene miedo de que a uno le corten el cuello: echando a correr.
-Gracias, amigo, gracias -dijo Hoffmann y desapareció después de haber dejado todavía algunas monedas en la
mano del portero.
Cuando estuvo en la calle, Hoffmann se preguntó qué iba a ser de él, y para qué iba a servirle ahora todo aquel
oro; porque, como se supondrá, la idea de que podría encontrar a Arsène no se le ocurrió, como tampoco la idea de
volver a su casa y de descansar.
Se puso pues, también él, a caminar haciendo resonar el pavimento de las calles sombrías bajo el talón de sus
botas, y caminando completamente despierto en su sueño doloroso.
La noche era fría, los árboles estaban descarnados y temblaban al viento nocturno, como enfermos en delirio que
han abandonado su lecho y cuyos miembros enflaquecidos agita la fiebre.
La escarcha golpeaba el rostro de los transeúntes nocturnos, y apenas si de vez en cuando, en las casas que
confundían su masa con el cielo sombrío, una ventana iluminada agujereaba la sombra.
Sin embargo, aquel aire frío le hacía bien. Su alma se gastaba poco a poco en aquella carrera rápida, y, si podemos
expresarnos así, su efervescencia moral se volatilizaba. En un cuarto se hubiera ahogado; además, a fuerza de
caminar, tal vez encontrase a Arsène, ¿quién sabe? Al escapar tal vez ella había tomado el mismo camino que él al
salir de su casa.
De este modo recorrió el bulevar desierto, atravesó la calle Royale como si a falta de sus ojos que no miraban, sus
pies hubiera reconocido por sí mismos el lugar donde estaba; alzó la cabeza y se detuvo al ver que caminaba recto
hacia la plaza de la Revolución, hacia aquella plaza a donde había jurado no volver nunca.
Por más sombrío que estuviera el cielo, una silueta más sombría aún se destacaba en el horizonte negro como la
tinta. Era la silueta de la horrible máquina, cuya boca húmeda de sangre secaba el viento de la noche, y que dormía
esperando su fila cotidiana.
Era de día cuando Hoffmann no quería volver a ver esta plaza; era a causa de la sangre que corría por ella por lo
que no quería ir allí; pero por la noche no era lo mismo; para el poeta, en quien, a pesar de todo el instinto poético
velaba constantemente, había intereses por ver, en tocar con el dedo, en silencio y en la sombra, el siniestro cadalso
cuya imagen sangrante debía presentarse, a la hora que era, en muchos espíritus.
¡Qué más bello contraste, al salir de la sala ruidosa del juego, que aquella plaza desierta, y cuyo huésped eterno
era el cadalso después del espectáculo de la muerte, del abandono, de la insensibilidad!
Hoffmann caminaba, pues, hacia la guillotina como atraído por una fuerza magnética.
De pronto, y casi sin saber cómo lo había hecho, se encontró frente a ella.
El viento silbaba en las tabla.
Hoffmann cruzó las manos sobre el pecho y miró. Cuántas cosas debieron brotar en el espíritu de aquel hombre
que, con los bolsillos llenos de oro y esperando una noche de voluptuosidad, pasaba sólo esta noche frente a un
cadalso.
Enmedio de sus pensamientos le pareció que una queja humana se mezclaba a las lamentaciones del viento.
Echó la cabeza hacia adelante y prestó oído.
La queja se repitió procediendo no de lejos sino de abajo.
Hoffmann miró a su alrededor y no vio a nadie. Sin embargo, hasta él llegó un tercer gemido. -Se diría una voz de
mujer -murmuró-, y se diría
que esa voz sale de debajo del cadalso.
Entonces, agachándose para ver mejor, comenzó a dar la vuelta a la guillotina. Cuando pasaba ante la terrible
escalera, su pie chocó con algo; extendió las manos y tocó un ser acuclillado en los primeros escalones de aquella
escalera y completamente vestido de negro.
-¿Quién es usted, que pasa la noche junto al cadalso? -preguntó Hoffmann.
Y al mismo tiempo se arrodillaba para ver el rostro de aquella a quien hablaba.
Pero ella no se movía y con los codos apoyados en las rodillas descansaba la cabeza entre sus manos. A pesar del
frío de la noche, tenía los hombros casi completamente desnudos, y Hoffmann pudo ver una línea negra que rodeaba
su cuello blanco.
Aquella línea era un collar de terciopelo.
Arsène -exclamó.
-Sí, soy Arsène -murmuró con una voz extraña la mujer acuclillada, alzando la cabeza y mirando a Hoffmann.
XVII. UN HOTEL DE LA CALLE SAINT-HONORÉ
Hoffmann retrocedió espantado; a pesar de la voz, a pesar del rostro, todavía dudaba. Pero al levantar la cabeza
Arsène dejó caer sus manos sobre sus rodillas, y, liberando su cuello, sus manos dejaron ver el extraño broche de
diamantes que reunía los dos extremos del collar de terciopelo y que brillaba en la noche. Arsène, Arsène -repitió
Hoffmann.
Arsène se levantó.
-¿Qué hace aquí a esta hora.? -preguntó el joven-. ¡Cómo, vestida con este traje gris! ¡Cómo, con los hombros
desnudos!
-Le detuvieron ayer -dijo Arsène-; fueron para detenerme a mi casa, también escapé como estaba y esta noche,
encontrando mi cuarto demasiado pequeño y mi cama demasiado fría, salí y vine hasta aquí.
Estas palabras eran dichas con un acento singular, sin inflexiones, salían de una boca pálida que se abría y se
cerraba como un resorte; se hubiera dicho un autómata que hablaba.
-Pero no puede quedarse aquí -dijo Hoffmann. -¿Adónde iría? No quiero volver de donde he venido sino lo más
tarde posible; tenía demasiado frío.
-Entonces venga conmigo -exclamó Hoffmann. -¡Con usted! -dijo Arsène.
Y al joven le pareció que de aquel ojo triste caía sobre él, a la claridad de las estrellas, una mirada desdeñosa,
semejante a la que ya le había abrumado en el encantador gabinete de la calle de Hanovre. -Soy rico, tengo oro -
exclamó Hoffmann. La mirada de la bailarina lanzó un destello. -Vamos -dijo ella-, ¿pero dónde? -¡Dónde!
En efecto, ¿adónde iba a conducir Hoffmann a aquella mujer de lujo y de sensualidad una vez salida de los
palacios mágicos y de los jardines encantados
de laópera, que está habituada a pisar alfombras de Persia y a envolverse en cachemiras de la India? Desde luego
no sería a su pequeño cuarto de estudiante a donde podía conducirla; allí hubiera estado tan estrecha y con tanto frío
como en aquella morada desconocida de que hablaba hacía un instante y a la que parecía tener tanto miedo de
volver. -¿Dónde, en efecto? -preguntó Hoffmann-, no conozco París.
-Yo le guiaré -dijo Arsène. -Oh, sí, sí -exclamó Hoffmann. -Sígame -dijo la joven.
Y con aquel mismo paso rígido y automático que no tenía nada en común con aquella agilidad encantadora que
Hoffmann había admirado en la bailarina, se puso a caminar delante de él.
Al joven no se le ocurrió la idea de ofrecerle el brazo; la siguió.
Arsène tomó la calle Royale, que en esa época se llamaba calle de la Révolution, giró a la derecha, por la calle
Saint-Honoré, que se llamaba calle Honoré a secas, y deteniéndose ante la fachada de un magnífico hotel llamó.
Al punto se abrió la puerta.
El portero miró asombrado a Arsène.
-Hable -dijo ella al joven-, o no me dejarán entrar, y me veré obligada a volver a sentarme al pie de la guillotina.
Amigo mío -dijo vivamente Hoffmann situándose entre la joven y el conserje-, cuando cruzaba los Campos
Elíseos he oído una petición de socorro; he acudido a tiempo para impedir que la señora fuese asesinada, pero
demasiado tarde para impedir que fuera despojada. Deme rápidamente su mejor habitación; haga encender fuego y
que nos sirvan una buena cena. Aquí tiene un luis para usted.
Y lanzó un luis de oro sobre la mesa donde estaba puesta la lámpara, cuyos rayos todos parecieron concentrarse
sobre el rostro resplandeciente de Luis XV
Un luis era una gran cantidad en esa época; representaba novecientos veinticinco francos en asignados. El conserje
se quitó su gorro grasiento y llamó. Acudió a la campanilla del conserje un mozo.
-¡Pronto! ¡Pronto! Una habitación, la más hermosa del hotel, para el señor y la señora.
-Para el señor y la señora -continuó el mozo, sorprendido, dirigiendo alternativamente la mirada del traje más que
simple de Hoffmann al traje más que ligero de Arsène.
-Sí -dijo Hoffmann-, la mejor, la más hermosa; sobre todo, que esté bien caliente y tenga luz; aquí tiene un luis
para usted.
El mozo pareció sufrir la misma influencia que el conserje, se inclinó ante el luis y mostrando una gran escalera,
sólo iluminada a medias, debido a la hora avanzada de la noche, pero en cuyos escalones, por un lujo muy
extraordinario en aquella época, había una alfombra extendida.
-Suban -dijo- y esperen a la puerta del número tres.
Luego, desapareció corriendo.
En el primer peldaño de la escalera, Arsène se detuvo.
La ligera sílfide parecía experimentar una dificultad invencible para levantar el pie.
Se hubiera dicho que su ligero zapato de raso tenía suelas de plomo.
Hoffmann le ofreció el brazo.
Arsène apoyó su mano en el brazo que le presentaba el joven, y, aunque él no sintiera la presión de la muñeca de
la bailarina, sintió el frío que se comunicaba de aquel cuerpo al suyo.
Luego, con un esfuerzo violento, Arsène subió el primer escalón y luego los otros; pero cada escalón le arrancaba
un suspiro.
-¡Pobre mujer! -murmuró Hoffmann-; cómo ha debido sufrir.
-Sí, sí -respondió Arsène-, mucho… He sufrido mucho.
Llegaron a la puerta del número tres.
Pero casi al mismo tiempo que ellos, llegó el mozo trayendo un verdadero brasero; abrió la puerta de la habitación
y en un momento la chimenea tenía llamas y se encendieron las bujías.
-¿Debe tener usted hambre? preguntó Hoffmann. -No sé -respondió Arsène.
-Mozo, la mejor cena que haya -dijo Hoffmann. -Señor -observó el mozo-, ya no se dice mozo, sino oficial. De
todos modos, el señor paga tan bien que puede decir lo que quiera.
Luego, encantado, salió diciendo: -Tardo cinco minutos en traer la cena.
Una vez cerrada la puerta detrás del oficial, Hoffmann lanzó ávidamente los ojos sobre Arsène. Tenía tanta prisa
por acercarse al fuego que no se había tomado el tiempo necesario para acercar un sillón junto a la chimenea; se
había acuclillado únicamente en un rincón del lar, en la misma posición en que Hoffmann la había encontrado ante
la guillotina, y allí, con los codos sobre las rodillas, parecía ocupada en mantener con sus dos manos la cabeza sobre
sus hombros.
-¡Arsène, Arsène! –dijo el joven-, te dije que era rico, ¿verdad? Mira, verás que no te he mentido. Hoffmann
comenzó por dar la vuelta a su sombrero sobre la mesa; el sombrero estaba lleno de luises y de dobles luises, y
cayeron del sombrero al mármol con ese ruido del oro, tan notable y tan fácil de distinguir entre todos los ruidos.
Luego, después del sombrero, vació sus bolsillos, y uno tras otro sus bolsillos vomitaron el inmenso botín que
acababa de conseguir en el juego.
Un montón de oro móvil y resplandeciente se amontonó sobre la mesa.
Ante este ruido, Arsène pareció reanimarse; volvió la cabeza y la vista pareció acabar la resurrección iniciada por
el oído.
Se levantó, siempre rígida e inmóvil; pero sus labios pálidos sonreían, y sus ojos vidriosos se aclaraban, lanzaban
rayos que se cruzaban con los del oro.
-Oh -dijo ella-, ¿es tuyo todo esto? -No es mío, sino tuyo, Arsène. -Mío -dijo la bailarina.
Y hundió sus manos pálidas en el montón de metal.
Los brazos de la joven desaparecieron hasta el codo.
Entonces aquella mujer, cuya vida había sido el oro, pareció recobrar la vida al contacto con el oro. -¡Mío! -decía-.
¡Mío! -y pronunciaba estas palabras con un acento vibrante y metálico que se unía de manera increíble a los ruidos
de los luises.
Entraron dos mozos trayendo una mesa completamente servida que a punto estuvieron de dejar caer al ver aquel
montón de riquezas que inundaban las manos crispadas de la joven.
-Está bien -dijo Hoffmann-, traed vino de champaña y dejadnos.
Los mozos trajeron varias botellas de vino de Champagne y se retiraron.
Tras de ellos, Hoffmann fue a empujar la puerta que cerró echando el cerrojo.
Luego, con los ojos ardientes de deseo, volvió hacia Arsène, a la que encontró junto a la mesa; seguía sacando
vida no de aquella fuente de Juventud, sino de aquella fuente del Pactolo.
-¿Y bien? -le preguntó.
-Es hermoso el oro -dijo-; hacía mucho tiempo que no lo había tocado.
-Vamos, ven a cenar -dijo Hoffmann-, y luego te bañarás, Danae, te bañarás en el oro si quieres.
Y la llevó hacia la mesa. -Tengo frío -dijo ella.
Hoffmann miró a su alrededor; las ventanas y la cama estaban tapizadas de damasco rojo: arrancó una cortina de
la ventana y se la dio a Arsène.
Arsène se envolvió en la cortina, que pareció ceñirse por sí misma como los pliegues de un manto antiguo, y bajo
aquel paño rojo su cabeza pálida aumentó su carácter.
Hoffmann casi tenía miedo.
Se sentó a la mesa, se sirvió y bebió dos o tres vasos de vino de Champagne uno tras otro. Entonces le pareció que
a los ojos de Arsène subía una ligera coloración.
Le sirvió a su vez, y a su vez ella bebió. Luego quiso hacerla comer; pero ella se negó. Y como Hoffmann
insistiese, ella dijo:
-No podría tragar. -Entonces bebamos. Ella tendió su vaso. -Sí, bebamos.
Hoffmann tenía hambre y sed; comió y bebió. Sobre todo bebió; sentía que necesitaba osadía; no porque Arsène,
como en su casa, pareciese dispuesta a resistírsele, bien por la fuerza, bien por el desdén, sino porque algo helado
emanaba del cuerpo de la bella invitada.
A medida que él bebía, a sus ojos al menos, Arsène se animaba; sólo que, cuando, a su vez, Arsène vaciaba su
vaso, algunas gotas rojas rodaban de la parte inferior del collar de terciopelo sobre el pecho de la bailarina.
Hoffmann miraba sin comprender; luego, sintiendo algo terrible y misterioso allí, combatió sus escalofríos interiores
multiplicando los brindis que hacía a sus hermosos ojos, a su hermosa boca, a las hermosas manos de la bailarina.
Ella le acompañaba bebiendo, tanto como él y pareciendo animarse, no por el vino que bebía, sino por el vino que
bebía Hoffmann.
De pronto, del fuego rodó un tizón.
Hoffmann siguió con los ojos la dirección de la tea de llamas, que sólo se detuvo al encontrar el pie desnudo de
Arsène.
Para calentarse, sin duda, Arsène se había quitado sus medias y sus zapatos; su piececito, blanco como el mármol,
estaba puesto sobre el mármol del lar, blanco también como el pie con el que parecía no formar más que un solo
objeto.
Hoffmann lanzó un grito. -¡Arsène, Arsène, cuidado! -¿Por qué? -preguntó la bailarina. -Este tizón… ese tizón que
toca su pie. Y en efecto, cubría la mitad del pie de Arsène. -Quítelo -dijo ella tranquilamente.
Hoffmann se agachó, quitó el tizón y se dio cuenta, con espanto, que no era la brasa lo que había quemado el pie
de la joven, sino el pie de la joven lo que había apagado la brasa.
-Bebamos -dijo. -Bebamos -dijo Arsène. Y ella tendió su vaso. Vaciaron la segunda botella.
Sin embargo, Hoffmann sentía que la ebriedad del vino no le bastaba.
Vio un piano. -Bueno -exclamó.
Había comprendido el recurso que le ofrecía la ebriedad de la música.
Se lanzó hacia el piano.
Luego, bajo sus dedos nació naturalmente la melodía sobre la que Arsène bailaba aquel paso a tres en la ópera de
París, cuando la había visto por primera vez.
Pero a Hoffmann le parecía que las cuerdas del piano eran de acero. El instrumento sólo devolvía un ruido
semejante al de toda una orquesta.
-¡Ah -dijo Hoffmann-, sea enhorabuena! Acababa de encontrar en aquel ruido la embriaguez que buscaba; por su
parte, Arsène se levantó a los primeros acordes.
Como una red de fuego, aquellos acordes habían parecido envolver toda su persona.
Apartó lejos de ella la cortina de damasco rojo y, cosa extraña, igual que en el teatro se opera un cambio mágico,
sin que se sepa por qué medio, en ella se había operado un cambio, y en lugar de un vestido gris, en lugar de sus
hombros vacíos de adornos, reapareció con el traje de Flora, chorreante de flores, vaporosa de gasa, estremecedora
de voluptuosidad.
Hoffmann lanzó un grito; luego, duplicando la energía, pareció hacer brotar un vigor infernal de aquel pecho del
clavecín, resonante bajo sus fibras de acero.
Entonces el mismo milagro fue a turbar el espíritu de Hoffmann. Aquella mujer saltarina, que se había animado
gradualmente operaba sobre él una atracción irresistible. Había tomado por escenario todo el espacio que separaba el
piano de la alcoba, y, sobre el fondo rojo de la cortina, se destacaba como una aparición del infierno. Cada vez que
volvía desde el fondo hacia Hoffmann, Hoffmann se levantaba en su silla; cada vez que se alejaba hacia el fondo,
Hoffmann se sentía arrastrado por sus pasos. Finalmente, sin que Hoffmann comprendiera cómo se producía, el
movimiento cambió bajo sus dedos; no fue ya la melodía que había oído lo que tocaba, fue un vals; aquel vals era el
Deseo de Beethoven; había ido, como una expresión de su pensamiento, a colocarse bajo sus dedos. Por su lado
, Arsène había cambiado el compás; giró sobre sí misma al principio, luego, poco a poco, ampliando el giro que
trazaba, se acercó a Hoffmann. Hoffmann, jadeante, la sentía llegar, la sentía acercarse; comprendía que, en el
último círculo, ella llegaría a tocarle y que entonces le sería forzoso levantarse a su vez y tomar parte en aquel vals
ardiente. En él se producía al mismo tiempo deseo y espanto. Por último, Arsène, extendió la mano al pasar, y le
rozó con la punta de los dedos. Hoffmann dio un grito, saltó como si le hubiera tocado una chispa eléctrica y se
lanzó tras las huellas de la bailarina, se reunió con ella, la enlazó en sus brazos, continuando en su pensamiento la
melodía interrumpida en la realidad, oprimiendo contra su corazón aquel cuerpo que había recuperado su elasticidad,
aspirando las miradas de sus ojos, el aliento de su boca, devorando con sus aspiraciones aquel cuello, aquellos
hombros, aquellos brazos; girando, no ya en un aire respirable, sino en una atmósfera de llama que, penetrando hasta
el fondo del pecho de los dos valsadores, terminó por arrojarlos, jadeantes y en el desvanecimiento del delirio, sobre
la cama que los esperaba.
Cuando Hoffmann se despertó al día siguiente, acababa de comenzar una de esas luces macilentas de los inviernos
de París, y penetraba hasta la cama por la cortina arrancada de la ventana. Miró a su alrededor sin saber dónde
estaba, y sintió que una masa inerte pesaba sobre su brazo izquierdo. Se inclinó hacia el lado en que el
embotamiento ganaba su corazón, y reconoció, acostada a su lado, no ya a la hermosa bailarina de la ópera, sino a la
pálida joven de la plaza de la Révolution.
Entonces se acordó de todo, sacó de debajo de aquel cuerpo rígido su brazo helado y, viendo que aquel cuerpo
permanecía inmóvil, cogió un candelabro en el que aún ardían cinco bujías, y a la doble claridad del día y de las
bujías, se dio cuenta de que Arsène carecía de movimiento y estaba pálida y con los ojos cerrados.
Su primera idea fue que la fatiga había sido más fuerte que el amor, que el deseo y que la voluntad, y que la joven
se había desvanecido. Cogió su mano, y su mano estaba helada: buscó los latidos de su corazón, y su corazón no
latía.
Entonces una idea horrible cruzó por su mente; se colgó del cordón de una campanilla, que se rompió entre sus
manos; luego, lanzándose hacia la puerta, la abrió y se precipitó por los escalones gritando. -¡Ayuda! ¡Socorro!
Un hombrecito de negro subía precisamente en aquel momento la escalera que bajaba Hoffmann. Alzó la cabeza:
Hoffmann lanzó un grito. Acababa de reconocer al médico de la ópera.
-¡Ah, es usted, querido señor! -dijo el doctor reconociendo a Hoffmann a su vez-; ¿qué ocurre, por qué todo ese
ruido?
-¡Oh, venga, venga! -dijo Hoffmann sin tomarse la molestia de hacer el esfuerzo de explicar al médico lo que
esperaba de él, y esperando que la vista de Arsène inanimada explicara más al doctor que todas sus palabras-:
Venga.
Y le arrastró a la habitación.
Luego, empujándole hacia el lecho, mientras que con la otra mano cogía el candelabro que acercó al rostro de
Arsène, dijo:
-Mire, vea.
Pero en vez de parecer asustado, el hombrecito dijo:
-¡Ah! Ha sido usted el que ha rescatado el cuerpo para que no se pudriera en la fosa común… Muy bien, joven,
muy bien.
-Ese cuerpo… -murmuró Hoffmann-, rescatado… la fosa común. ¿Qué dice? ¡Dios mío!
-Digo que nuestra pobre Arsène, detenida ayer a las ocho de la mañana, fue juzgada ayer a las dos de la tarde y
ejecutada a las cuatro.
Hoffmann creyó que iba a volverse loco; cogió al doctor por el cuello.
-¡Ejecutada ayer a las cuatro! -exclamó estrangulándolo-. ¡Arsène ejecutada!
Y soltó una carcajada, pero una carcajada tan extraña, tan estridente, tan fuera de todas las modulaciones de la risa
humana que el doctor clavó sobre él unos ojos casi asustados.
-¿Lo duda? -preguntó.
-¡Cómo! -exclamó Hoffmann-. Claro que lo dudo. Porque he cenado, he valsado y he dormido esta noche con ella.
-Entonces es un caso extraño que consignaré en los anales de la medicina -dijo el doctor-, y usted firmará el acta,
¿verdad?
-Pero yo no puedo firmar porque le desmiento, porque le digo que es imposible, porque le digo que eso no ha sido
así.
-¡Ah, usted dice que no ha sido así! -continuó el doctor-; me dice eso a mí, el médico de prisiones; a mí, que hice
cuanto pude por salvarla y que no pude lograrlo; a mí, que le dije adiós al pie del cadalso. Usted me dice que no ha
sido así. ¡Espere!
Entonces el médico extendió el brazo, oprimió el pequeño resorte de diamante que servía de broche al collar de
terciopelo y tiró del terciopelo hacia sí.
Hoffmann lanzó un grito terrible. Al dejar de ser mantenida por el único lazo que la unía a los hombros, la cabeza
de la supliciada rodó de la cama al suelo y no se detuvo hasta el zapato de Hoffmann, como el tizón tampoco se
había detenido hasta el pie de Ársène.
El joven dio un salto hacia atrás y se precipitó por las escaleras aullando:
-¡Estoy loco!
La exclamación de Hoffmann no tenía nada de exagerado; ese débil tabique que, en el poeta que ejerce de forma
desmesurada sus facultades cerebrales, ese débil tabique, decíamos, que, separando la imaginación de la locura,
parece a veces presto a romperse, crujía en su cabeza con el ruido de una pared que se agrieta.
Pero en aquella época no se corría demasiado tiempo por las calles de París sin decir por qué se corría; los
parisinos se habían vuelto muy curiosos en el año de gracia de 1793, y siempre que un hombre pasaba corriendo
detenían al hombre para saber de quién corría o quién corría tras él.
Detuvieron a Hoffmann frente a la iglesia de la Asunción, que habían convertido en cuerpo de guardia, y le
condujeron ante el jefe del puesto.
Allí Hoffmann comprendió el peligro real que corría; unos le tomaban por un aristócrata que corría para ganar
cuanto antes la frontera; otros gritaban:
¡Al agente de Pitt y Cobbourg!; algunos decían: ¡Al tribunal revolucionario!, cosa que era menos divertida
todavía. A veces se volvía de las estupideces; del tribunal revolucionario nunca.
Entonces Hoffmann trató de explicar lo que le había pasado desde la víspera por la noche. Contó el juego, la
ganancia. Cómo había corrido por la calle de Hanovre con los bolsillos llenos de oro; cómo la mujer que buscaba no
estaba allí; cómo bajo el imperio de la pasión que lo quemaba, había corrido por las calles de París; cómo al pasar
por la plaza de la Révolution había encontrado a aquella mujer sentada al pie de la guillotina; cómo ella le había
llevado a un hotel de la calle Saint-Honoré, y cómo allí, después de una noche durante la que se habían sucedido
todas las embriagueces, había encontrado reposando entre sus brazos no sólo una mujer muerta, sino una mujer
decapitada.
Todo aquello era muy improbable; por eso el relato de Hoffmann obtuvo poco crédito; los más fanáticos de la
verdad gritaron: ¡mentira!; los más moderados: ¡locura!
En esto, uno de los asistentes dio esta opinión luminosa.
-¿Dice usted que ha pasado la noche en un hotel de la calle Saint-Honoré?
-Sí.
-¿Y que allí vació los bolsillos llenos de oro encima de una mesa?
-Sí.
-¿Que se acostó y cenó con la mujer cuya cabeza, al rodar a sus pies, ha causado en usted el gran espanto que le
dominaba cuando le hemos detenido?
-Sí.
-Bueno, busquemos el hotel; quizá no encontremos el oro, pero encontraremos a la mujer.
-Sí -gritó todo el mundo-, busquemos, busquemos, busquemos.
Hoffmann hubiera preferido no buscar; pero le fue forzoso obedecer a la inmensa voluntad resumida a su
alrededor con esa palabra de busquemos.
Salió, pues, de la iglesia y bajó la calle Saint-Honoré buscando.
No era mucha la distancia entre la iglesia de la Asunción y la calle Royale. Y, sin embargo, Hoffmann, por más
que buscó, al principio con negligencia, luego con más atención, y, por último, con voluntad de encontrar, no
encontró nada que le recordase el hotel en que había entrado la víspera, en que había pasado la noche, y de donde
acababa de salir. Como esos palacios mágicos que se desvanecen cuando el maquinista teatral no los necesita, el
hotel de la calle Saint-Honoré había desaparecido después de que se hubiera representado en él la escena infernal
que nosotros hemos tratado de describir.
Todo aquello no afectaba a los patanes que habían acompañado a Hoffmann y que querían una solución cualquiera
a su locura; y aquella solución no podía ser otra que el descubrimiento del cadáver de Arsène o la detención de
Hoffmann como sospechoso.
Pero como no se encontraba el cuerpo de Arsène, ya se discutía sobre la detención de Hoffmann cuando éste
divisó en la calle al hombrecito de negro y le llamó en su ayuda, invocando su testimonio sobre la verdad del relato
que acababa de hacer.
La voz de un médico siempre tiene gran autoridad sobre la multitud. Éste dijo su profesión, y le dejaron acercarse
a Hoffmann.
-¡Ay, pobre hombre! -dijo tomándole la mano so pretexto de tomarle el pulso, aunque, en realidad, para
aconsejarle, mediante una presión particular, que no le desmintiese-; pobre joven, se ha escapado.
-¿De dónde se ha escapado? ¿De quién? -exclamaron veinte voces al unísono.
-¿Escapado de dónde? -preguntó Hoffmann que no quería aceptar la vía de salvación que le ofrecía el doctor y que
consideraba una humillación.
-¡Pardiez! -dijo el médico-; se ha escapado del hospicio.
-¡Del hospicio! -exclamaron las mismas voces ¿De qué hospicio?
-¡Del hospicio de locos!
-¡Ah, doctor, doctor -exclamó Hoffmann-, basta de bromas!
-¡Pobre diablo! -dijo el doctor sin parecer escuchar a Hoffmann-; el pobre diablo habrá perdido en el cadalso a
alguna mujer que amaba.
-¡Oh, sí, sí -dijo Hoffmann-, la quería mucho, pero no tanto como a Antonia!
-¡Pobre muchacho! -dijeron varias mujeres que se encontraban allí y que comenzaron a compadecer a Hoffmann.
-Sí, desde esa época -siguió el doctor-, es presa de una terrible alucinación; cree jugar… cree ganar… Cuando ha
jugado y ha ganado, cree que puede poseer a la que ama; luego, con su oro corre por las calles; luego se encuentra a
una mujer al pie de la guillotina, luego la lleva a un palacio magnífico, en alguna espléndida hostería, donde pasa la
noche bebiendo, cantando, tocando música con ella; luego la encuentra muerta. ¿No es eso lo que ha contado?
-Sí, sí -gritó la multitud-, eso mismo.
-Pues bien, bien -dijo Hoffmann, con la mirada resplandeciente-, ¿dirá que no es cierto, doctor, usted que ha
abierto el broche de diamantes que cerraba el collar de terciopelo? ¡Oh, habría debido sospechar algo cuando vi el
vino de Champagne rezumar bajo el collar, cuando vi el tizón encendido rodar sobre su pie desnudo, y su pie
desnudo, su pie de muerta, en vez de quemarse con el tizón, apagarlo!
Ya lo ven, ya lo ven -dijo el doctor con la mirada llena de compasión y con una voz llena de lástima-; ya está
apoderándose de él la locura.
-¡Cómo que mi locura! -exclamó Hoffmann-. ¿Cómo se atreve usted a decir que no es cierto? ¿Se atreve a decir
que no he pasado la noche con Arsène a la que guillotinaron ayer? ¿Se atreve a decir que su collar de terciopelo no
era lo único que mantenía su cabeza sobre sus hombros? ¿Se atreve a decir que, cuando usted ha abierto el broche y
quitado el collar, no ha rodado la cabeza sobre la alfombra? ¡Vamos, doctor, vamos, usted sabe de sobra que digo la
verdad!
Amigos míos -dijo el doctor-, ¿ya están suficientemente convencidos, verdad?
-Sí, sí -gritaron las cien voces de la multitud. Los asistentes que no gritaban movían melancólicamente la cabeza
en señal de adhesión.
-Bien, entonces -dijo el doctor-, que venga un coche para que yo le lleve.
-¿Adónde? -exclamó Hoffmann-; ¿adónde quiere llevarme?
-¿Adónde? -dijo el doctor-, a la casa de locos, de la que usted se ha escapado, amigo mío.
-Déjeme hacer, pardiez, o no respondo de usted. Estas gentes creerán que se ha burlado de ellos, y le harán
pedazos.
Hoffmann lanzó un suspiro y dejó caer los brazos. -Ya le ven -dijo el doctor-, ahora es dulce como un cordero, ha
pasado la crisis… ¡Ay, amigo mío…! Y el doctor pareció calmar a Hoffmann con la mano, como se calma a un
caballo desbocado o a un perro rabioso.
Mientras tanto, habían parado un fiacre y lo habían traído.
-¡Suba deprisa! -dijo el médico a Hoffmann. Hoffmann obedeció; en aquella lucha se habían gastado todas sus
fuerzas.
-¡A Bicêtre! -dijo en voz alta el doctor subiendo detrás de Hoffmann.
Luego, en voz baja, preguntó al joven: -¿Dónde quiere bajarse?
-En el Palais-Egalité -articuló penosamente Hoffmann.
-En marcha, cochero -gritó el doctor. -¡Viva el doctor! -gritó la muchedumbre.
Le pasa siempre a la multitud cuando está bajo el imperio de una pasión: grita viva alguien o muera alguien.
En el Palais-Egalité el doctor hizo detenerse el fiacre.
Adiós, joven -le dijo el doctor a Hoffmann-, y si quiere hacerme caso, váyase a Alemania cuanto antes; no corren
buenos tiempos en Francia para los hombres que tienen una imaginación como la suya.
Y empujó fuera del fiacre a Hoffmann que, estupefacto aún por lo que acababa de ocurrirle, hubiera caído
directamente bajo una carreta que hacía el camino inverso al del fiacre, si un joven que pasaba no se hubiera
precipitado ni hubiera retenido a Hoffmann en sus brazos en el momento en que, por su parte, el carretero trataba de
detener los caballos. El fiacre siguió su camino.
Los dos jóvenes, el que había estado a punto de caer y el que lo había detenido, lanzaron al mismo tiempo un solo
grito:
-¡Hoffmann! -¡Werner!
Luego, viendo el estado de atonía en que se encontraba su amigo, Werner lo llevó al jardín del Palais-Royal.
Entonces el pensamiento de todo lo que había pasado volvió más nítido al recuerdo de Hoffmann, y se acordó del
medallón de Antonia dejado en prenda en la tienda del cambista alemán.
Inmediatamente lanzó un grito pensando que había vaciado todos sus bolsillos sobre la mesa de mármol del hotel.
Pero al mismo tiempo se acordó que, para desempeñarlo, había puesto aparte tres luises en el bolsillo del chaleco.
El bolsillo había conservado fielmente su depósito: los tres luises seguían estando allí.
Hoffmann escapó de los brazos de Werner gritándole: ¡Espérame!, y se lanzó en dirección a la tienda del
cambista.
A cada paso que daba le parecía avanzar, saliendo de un vapor espeso, y a través de una nube que iba aclarándose,
hacia una atmósfera pura y resplandeciente.
A la puerta del cambista se detuvo para respirar; la antigua visión, la visión de la noche casi había desaparecido.
Recuperó el aliento por un instante y entró.
El cambista estaba en su sitio, los platillos de cobre estaban en su sitio.
Al ruido que hizo Hoffmann al entrar el cambista alzó la cabeza.
Ah, ah -dijo-, es usted, mi joven compatriota; le confieso que no pensaba volver a verle.
-Espero que con eso no quiera decirme que ha dispuesto del medallón -exclamó Hoffmann.
-No, había prometido guardárselo, y aunque me hubieran dado veinticinco luises en vez de los tres que usted me
debe, el medallón no habría salido de mi tienda.
Aquí están los tres luises-dijo tímidamente Hoffmann-; pero le confieso que no tengo nada que ofrecerle por los
intereses.
-Por los intereses de una noche -dijo el cambista-; ¿tiene usted ganas de bromas? Los intereses de tres luises por
una noche y a un compatriota, nunca.
Y le devolvió el medallón.
-Gracias, señor -dijo Hoffmann-, y ahora -continuó con un suspiro-, voy a buscar dinero para volver a Mannheim.
-¿A Mannheim? -dijo el cambista-. ¿Es usted de Mannheim?
-No señor, no soy de Mannheim, pero vivo en Mannheim; mi prometida está en Mannheim; ella me espera y yo
vuelvo para casarme con ella.
-¡Vaya! -dijo el cambista.
Luego, cuando ya el joven había puesto la mano sobre el tirador de la puerta, le dijo:
-¿Conoce en Mannheim a un viejo amigo mío, un viejo músico?
-¿Llamado Gottlieb Murr? -exclamó Hoffmann. -¡Exacto! ¿Le conoce?
-¿Cómo que si le conozco? Ya lo creo, porque su hija es mi prometida.
-Antonia -exclamó a su vez el cambista. -Sí, Antonia -respondió Hoffmann.
-¿O sea, joven, que vuelve a Mannheim para casarse con Antonia?
-Desde luego.
-Quédese en París, porque haría usted un viaje inútil.
-Y eso, ¿por qué?
-Porque aquí tiene una carta de su padre, que me anuncia que hace ocho días, a las tres de la tarde, Antonia murió
súbitamente cuando tocaba el arpa.
Era exactamente el día en que Hoffmann había ido a casa de Arsène para hacer su retrato; era exactamente la hora
en que había puesto sus labios en su hombro desnudo.
Hoffmann pálido, tembloroso, anonadado, abrió el medallón para llevar la imagen de Antonia a sus labios, pero el
marfil se había vuelto tan blanco y tan puro como si estuviera virgen todavía del pincel del artista.
De Antonia no le quedaba nada a Hoffmann, dos veces infiel a su juramento, ni siquiera la imagen de aquella a la
que había jurado amor eterno.
Dos horas después, Hoffmann, acompañado de Werner y del buen cambista, montaba en el coche de Mannheim, a
donde llegó justo a tiempo para acompañar al cementerio al cuerpo de Gottlieb Murr, que había recomendado al
morir que lo enterrasen al lado de su querida Antonia.
FIN
Página: Anterior 1 2 3 4 Ver Todas Siguiente