La Dama de las Camelias

7. agosto 2010

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Cuando se marchó, me quedé espantado al ver la soledad en que me dejaba. Dos horas después de su

marcha aún estaba sentado en la cama que ella acababa de abandonar, mirando el almohadón que.

conservaba los pliegues de su forma y preguntándome qué sería de mí entre mi amor y mis celos.

A las cinco, sin saber lo que iba a hacer allí, me dirigí a la calle de Antin.

Me abrió Nanine.

La señora no puede recibirlo ––me dijo, confusa.

––¿Por qué?

––Porque el señor conde de N… está aquí y ha dicho que no deje entrar a nadie. .

––Es natural ––balbucí––, lo había olvidado.

Volví a mi casa como un borracho, y ¿sabe lo que hice durante el minuto de delirio celoso que bastó para

la acción vergonzosa que iba a cometer? ¿Sabe lo que hice? Me dije que aquella mujer estaba burlándose

de mí, me la imaginaba en su tete-à-tête inviolable con el conde, repitiendo las mismas palabras que me

había dicho por la noche, y, cogiendo un billete de quinientos francos, se lo envié con estas palabras.

«Se ha ido usted tan de prisa esta mañana, que olvidé pagarle.

Ahí tiene el precio de su noche.»

Luego, cuando hube enviado la cartá, salí como para sustraerme a los remordimientos instantáneos de

aquella infamia.

Fui a casa de Olympe, a quien encontré probándose vestidos, y que, en cuanto estuvimos solos, me cantó

obscenidades para distraerme.

Era ella el tipo perfecto de cortesana sin vergüenza, sin corazón y sin entendimiento, al menos para mí,

pues quizá algún hombre había soñado con ella como yo con Marguerite.

Me pidió dinero, se lo di y, libre entonces de irme, volví a mi casa.

Marguerite no me había contestado.

Es inútil que le diga en qué estado de agitación pasé el día siguiente.

A las leis y media un recadero trajo un sobre que contenía mi carts y el billete de quinientos &ancos: ni

una palabra más.

––¿Quién le ha entregado esto? ––Iije a aquel hombre.

––Una señora que ha subido con su doncella en el correo de Boulogne y que me ha encargado que no la

trajera hasta que el coche estuviera fuera del patio.

Corrí a casa de Marguerite..

––La señora se ha ido a Inglaterra hoy a las leis ––me respondió el portero.

Nada me retenía ya en París, ni odio ni amor. Estaba agotado por todas aquellas conmociones. Un amigo

mío iba a hacer un viaje a Oriente; fui a decir a mi padre que deseaba acompañarlo; mi padre me dio camas

de crédito y recómendaciones, y ocho o diez días después me embarqué en Marsella.

Fue en Alejandría, por medio de un agregado de la embajada a quien había visto alguna vez en casa de

Marguerite, donde me enteré de la enfermedad de la pobre chits.

Le escribí entonces la carts cuya contestación conoce usted, y que recibí en Toulon.

Sali en seguida, y el resto ya lo sabe usted.

Ahora ya no le queda más que leer las pocas hojas que Julie Duprat me ha enviado y que son el

complemento indispensable de lo que acabo de contarle.

XXV

Armand, cansado por este extenso relato interrumpido menudo por sus lágrimas, se llevó las dos manos a

la frente cerró los ojos, ya fuera para pensar o ya para intentar dormir, después de darme las páginas

escritas de puño y letra de Marguerite.

Unos instantes después una respiración un poco más rápida me indicaba que Armand dormía, pero con

ese sueño ligero que el menor ruido hace desaparecer.

Esto es lo que leí, y lo transcribo sin añadir ni quitar ninguna sílaba:

Hoy estamos a 15 de diciembre. Hace tres o cuatro días que no me siento bien. Esta mañana me he

quedado en la cama; el tiempo está sombrío, yo estoy triste; no tengo a nadie junto a mí y pienso en usted,

Armand. Y usted, ¿dónde está usted en el momento en que escribo estas líneas? Me han dicho que lgos de

París, muy lejos, y quizá ya haya ? olvidado a Marguerite. En fin, sea feliz, usted, a quien debo los únicos

momentos alegres de mi vida.

No pude resistir el deseo de darle una explicación de mi conducta, y le escribí una carta; pero, escrita

por una chica como yo, tal carta puede ëparecer una mentira, a no ser que la muerte la santifique con su

autoridad y que en vez de ser una carta sea una confesión.

Hoy esto; enferma; puedo morir de esta enfermedad, pues siempre he tenido el presentimiento de que

moriría joven. Mi madre murió enferma del pecho, y mi forma de vivir hasta el presente no ha podido sino

empeorar esa afección, la única herencia que me dejó; pero no quiero morir sin que sepa usted a qué

atenerse respecto a mí, si es que, cuando regrese, aún se preocupa por la pobre chica a quien tanto quería

antes de marcharse.

He aquí lo que contenía aquella carta, que me sentiría feliz de volver a escribir para darme una nueva

prueba de mi justificación:

Recordará usted, Armand, cómo la llegada de su padre nos sorprendió en Bougival; se acordará del

terror involuntario que aquella llegada me causó, de la escena que tuvo lugar entre usted y él y que usted

me contó por la noche.

Al día siguiente, mientras estaba usted en París esperando a su padre, que no volvía, se presentó un

hombre en mi casa y me entregó una carta del señor Duval.

Aquella carta, que adjunto a ésta, me rogaba en los términos más solemnes que lo alejara a usted al día

siguiente con cualquier pretexto y que recibiera a su padre; tenía que hablar conmigo y me recomendaba

sobre todo que no le d#era a usted nada de su petición.

Ya sabe con qué insistencia le aconsjé a su vuelta que fuera otra ver a París al día siguiente.

Hacía una hora que se había marchado usted cuando se presentó su padre. Excuso decirle la impresión

que me causó su rostro severo. Su padre estaba imbuido de las vigas teorías, que quieren que toda

cortesana sed un ser sin corazón, sin razón, una especie de máquina de coger oro, siempre dispuesta, como

las máquinas de hierro, a triturar la mano que le tiende al go y a desgarrar sin piedad, sin discernimiento,

al que la hace vivir y actuar.

Su padre me escribió una carta muy correcta para que yo accediera a recibirlo; no se presentó en

absoluto como había escrito. Hubo en sus primeras palabras la suficiente altanería, impertinencia a

incluso amena.Zas para que yo le hiciera comprender que estaba en mi casa y que no tenía por qué darle

cuenta de mi vida, a no ser por el sincero afecto que sentía por su hijo.

El señor Duval se calmó un poco, y con todo se puso a decirme que no podía sufrir por más tiempo que

su h o se arruinará por mí; que yo era hermosa, cierto, pero que por hermosa que fuese no debía servirme

de mi hermosura para echar a perder el porvenir de un joven con gastos como los que yo tenía.

A eso no había más que una cosa que responder, ¿verdad?, y era enseñar las pruebas de que desde que

era su amante no me había costado ningún sacrificio serle fiel sin pedirle más dinero del que pudiera

darme. Le enseñé las papeletas del Monte de Piedad, los recibos de las personas a quienes había vendido

los objetos que no pude empeñar y participé a su padre mi decisión de deshacerme de mi mobiliario para

pagar mis deudas y para vivir con usted sin serle una carga demasiado pesada. Le conté nuestra feliciáad,

la revelación que usted me había hecho de una vida más tranquila y más dichosa, y acabó por rendirse a la

evidencia y tenderme la mano, pidiéndome perdón por su forma de presentarse al principio.

Luego me dijo:

––Entonces, señora, no será con reprensiones ni amenaZas, sino con súplicas, como intentaré obtener de

usted un sacrificio más grande que todos los que ha hecho hasta ahora por mi hijo.

Me eché a temblar ante aquel preámbulo.

Su padre se acercó a mí, me cogió las dos manos y continuó en tono afectuoso:

––Hija mía, no me tome a mal lo que voy a decirle; comprenda solamente que la vida tiene a veces

necesidades crueles para el corazón, pero a las que hay que someterse. Es usted buena, y hay en su alma

generosidades desconocidas de muchas mujéres que quizá la desprecian y no valen lo que usted. Pero

piense que al lado de la amante está la familia; que más allá del amor están los deberes; que a la edad de

las pasiones sucede la edad en que el hombre, para ser respetado, necesita estar sólidamente asentado en

una posición seria. Mi hijo no tiene fortuna, y sin embargo está dispuesto a cederle la herencia de su

madre. Si él aceptara el sacrificio que está usted a punto de hacer, sería para él un motivo de honor y

dignidad el hacerle a usted a cambio esa cesión que la pondría para siempre al abrigo de una adversidad

completa. Pero él no puede aceptar ese sacrificio, porque el mundo, que no la conoce, atribuiría a ese

consentimiento una causa desleal que no debe alcanZar al nombre que llevamos. No mirarían si Armand la

ama ni si usted lo ama a él, si ese doble amor es una felicidad para él y una rehabilitación para usted; no

verían más que una coca: que Armand Duval ha permitido que una entretenida, y perdóneme, hija mía, lo

que me veo obligado a decirle, vendiera para él todo lo que poseía. Luego llegaría el día de los reproches

y las lamentaciones, puede estar segura, para usted como para los demás, y arrastrarían los dos una

cadena que no podrían romper. &ué harían entonces? Usted habría perdido su juventud, el porvenir de mi

h o estaría destruido, y yo, su padre, sólo tendría de uno de mis h os la recompensa que espero de los dos.

»Es usted joven y hermosa, la vida la consolará; es usted noble, y el recuerdo de una buena acción la

redimirá de muchas cocas pasadas. Desde hace seis meses que la conoce, Armand me ha olvidado. Le he

escrito cuatro veces, y no ha pensado ni una vez en contestarme. ¡Hubiera podido morirme sin que lo

supiera!

»Cualquiera que sea su decisión de vivir de un modo distinto a como ha vivido hasta ahora, Armand,

que la ama, no se resignará a la reclusión a que la condenará su modesta posición y que no está hecha

para su belleza. ¡Quién sabe lo que haría entonces! Sé que ha jugado; sé también que no le ha dicho nada

a usted; pero, en un momento de embriagueZ, hubiera podido perder una parte de lo que yo he ido

reuniendo desde hace muchos años para la dote de mi hüa, para él y para la tranquilidad de mi vejez. Lo

que pudo ocurrir puede ocurrir todavía.

»Además, ¿está usted segura de que no la atraerá de nuevo la vida que dejaría por él? ¿Está segura,

usted que lo ha amado, de no amar a otro? Y, en fin, ¿no sufrirá usted con las trabas que su relación

pondrá a la vida de su amante, de las gue quizá no pueda consolarlo, si, con la edad, a los sueños de amor

suceden ideas de ambición? Reflexione sobre todo esto, señora; usted ama a Armand; demuéstreselo con el

único medio que aún le gueda de demostrárselo: sacrificando su amor por el futuro de él. Todavía no ha

ocurrido ninguna desgracia, pero ocurrárá, y quizá mayor de lo que preveo. Armand puede ponerse celoso

de algún hombre que la haya amado; puede provocarlo, puede batirse, puede morir en fin, y piense en lo

que sufriría usted ante este padre que le pediría cuentas de la vida de su hijo.

»En fin, hija mía, sépalo todo, pues no se lo he dicho todo; sepa, pues, lo que me traía a París. Acabo de

decirle que tengo una hija, joven, guapa, pura como un ángel. También ella ama y quiere hacer de ese

amor el sueño de su vida. Le escribí todo esto a Armand, pero estaba tan ocupado con usted, que. no me

contestó. Bueno, pues mi h& va a casarse. Se casa con el hombre que ama y entra en una familia

honorable que quiere que todo sea honorable en la mía. La familia del hombre que será mi yerno se ha

enterado de la vida que Armand lleva en París y ha manifestado que retirará su palabra si Armand sigue

viviendo así. En sus manos está el futuro de una niña que no la ha hecho nada y que tien derecho a contar

con el futuro.

»¿Puede ustéd y se siente con fuerzas para destrozarlo? En nombre de su amor y de su arrepentimiento,

Marguerite, concédame la felicidad de mi hija.

Yo lloraba silenciosamente, amigo mío, ante todas aquellas reflexiones que yo me había hecho con tanta

frecuencia y que, en boca de su padre, adquirían una realidad más seria aún. Me decía todo lo que su

padre no se atrevía a decirme y que tuvo en la punta de la lengua veinte veces: que al fin y al cabo yo no

era más que una entretenida y que cualquier razón que diera a nuestra relación tendría siempre el aspecto

de cálculo; que mi vida pasada no me daba ningún derecho a soñar con semejante futuro y que aceptaba

responsabilidades que por mis costumbres y mi reputación no ––ofrecían ninguna garantía. En fin, yo lo

amaba a usted, Armand. La manera paternal de hablarme del señor Duval, los castos sentimientos que

evocaba en mí, la estima de aquel anciano leal que iba a conquistar, la suya, gue estaba segura de tener

más tarde, todo ello despertó en mi corazón nobles pensamientos que me realzaban a mis propios

impulsaban a hablar de santas vanidades, desconocidas hasta entonces. Cuando pensaba que algún día

aquel anciano, que me imploraba por el futuro de su h o, diría a su h& que añadiera mi nombre a sus

oraciones, como el nombre de una misteriosa amiga, me transformaba y me sentía orgullosa de mí misma.

La exaltación del momento exageraba qui.Zá la verdad de aquellas impresiones; pero eso era lo que yo

experimentaba, amigo, y aquellos nuevos sentimientos hacáan callar los cons jos que me Baba el recuerdo

de los días felices pasados con usted.

––Está bien, señor dije a su padre, enjugando mis lágrimas––. ¿Cree usted que amo a su hijo?

––Sí me dijo el señor Duval.

––¿Con un amor desinteresado?

––Sí.

––¿Cree que había hecho de ese amor la esperanza, el sueño y el perdón de mi vida?

––Firmemente.

––Pues bien, señor, béseme una vez como besaría a su hija, y le juro que ese beso, el único realmente

casto que habré recibido, me hará fuerte contra mi amor, y que antes de ocho días su hijo volverá con

usted, quizá desgraciado por algún tiempo, pero curado para siempre.

––Es usted una noble muchacha ––replicó su padre, besándome en la frente, e intenta algo que Dios le

tendrá en cuenta, pero mucho me temo que no obtendrá nada de mi hijo.

––¡Oh!, esté tranquilo, señor: me odiará.

Hacía falta levantar entre nosotros una barrera infranqueable para el uno como para el otro.

Escribí a Prudence que aceptaba las proposiciones del señor corule de N…, y que fuera a decirle que

cenaría con ella y con él. Cerré la carta y, sin decirle lo que encerraba, rogué a su padre que la enviara a

su destáno en llegarrdo a París. No obstante me preguntó gué contenía.

––Es la felicidad de su hijo le respondí.

Su padre me besó una vez más. Sentí en mi frente dos lágrimas de agradecimiento, que fueron como el

bautismo de mis faltas de otro tiempo y, en el momento en que acababa de consentir en entregarme a otro

hombre, irradiaba de orgullo al pensar en lo gue redimía por medio de aquella nueva falta.

Era muy natural, Armand; usted me había dicho que su padre era e, hombre más honrado que se podía

encontrar.

El señor Duval subió al coche y se fue.

Sin embargo soy mujer y, cuando volví a verlo a usted, no pude menoj de llorar, pero no flaqueé.

¿He hecho bien? Eso es lo que me pregunto hoy que he caído enferma en un lecho que quizá sólo muerta

dejaré.

Usted fue testigo de lo que yo experimentaba a medida que se acercaba la hora de nuestra separación

inevitable; su padre ya no estaba allí para apoyarme, y hubo un momento en qxe estuve muy cerca de

confesárselo todo, de tan espantada como estaba ante la idea de que ustea iba a odiarme y despreciarme.

Quizá no lo crea, Armand, pero rogaba a Dios que me diera fuerza, y la prueba de que aceptó mi

sacrificio es que me dio la fuerza que le imploraba.

¡Aún necesité ayuda en aquella cena, pues no quería saber lo que iba A hacer, de tanto como temía que

me faltase valor! .

¿Quién me hubiera dicho a mí, Marguerite Gautier, que llegaría a sufrir tanto ante la sola idea de tener

un nuevo amante?

Bebí para olvidar y, cuando me desperté al día siguiente, estaba en la cama del conde.

Esta es toda la verdad, amigo: ju.Zgue usted y perdóneme, como ya le he perdonado todo el daño que me

hizo desde aquel día.

XXVI

Lo que siguió a aquella noche fatal lo sabe usted tan bien como yo, pero lo que no sabe, lo que no puede

sospechar es lo que he sufrido desde nuestra separación.

Me enteré de que su padre se lo había llevado consigo, pero me figuraba que no podría vivir mucho

tiempo lejos de mí, y, el día en que me encontré con usted en los Campos Elíseos, me emocioné, pero no me

sorprendí.

Comenzó entonces aquella serie de días, cada uno de los cuales me traía un nuevo insulto suyo, insulto

que recibía casi con alegría, pues, aparte de que era la prueba de que me seguía queriendo, me parecía

que cuanto más me persiguiera más me engrandecería a sus ojos el día en que supiera la verdad.

No se extrañe de este martirio gozoso, Armand:: el amor que usted sintió por mí abrió mi cora,––ón a

nobles entusiasmos.

Sin embargo no fui tan fuerte en seguida.

Entre la realización del sacrificio que hice por usted y su vuelta pasó un tiempo bastante largo, durante

el cual necesité recurrir a medios físicos para no volverme loca y para aturdirme en la vida a que me

había lanzado. ¿No le düo Prudence que iba a todas las fiestas, a todos los bailes, a todas las orgías?

Tenía una especie de esperanza de matarme rápidamente a fuerza de excesos, y creo que esa esperanza

no tardará en realizarse. Mi salud se alteró necesariamente cada ve,–– más, y el día en que envié a la

señora Duvernoy a pedirle clemencia estaba agotada de cuerpo y de alma.

No le recordaré, Armand, de qué forma recompensó usted la última prueba de amor que le di, y por

medio de qué ultraje arrojó de París a la mujer que, moribunda, no pudo resistirse a su voz cuando le

pidió una noche de amor, y que, como una insensata, cregó por un instante que podría volver a unir el

pasado y el presente. Tenía usted derecho a hacer lo que hizo, Armand: ¡no siempre me han pagado mis

noches tan caras!

¡Entonces lo abandoné todo! Olympe me reemplazó al lado del señor de N…, y me han dicho que se

encargó de comunicarle el motivo de mi marcha. El conde de G… estaba en Londres. Es uno de esos

hombres que, no dando a los amores que tiepen con las chicas como yo más que la importancia justa para

que sea un pasatiempo agradable, siguen siendo amigos de las mujeres que tuvieron, y no tienen odio, pues

nunca tuvieron celos; en fin, es uno de esos grandes señores que sólo nos abren un lado de su cora.Zón,

pero nos abren los dos lados de su bolsa. En seguida pensé en él. Fui a buscarlo. Me recibió de maravilla,

pero era allí amante de una mujer del Bran mundo y tenía miedo de comprometerse I¡gándose a mí. Me

presentó a sus amigos, que me ofrecieron una cena, tras la cual me fui con uno de ellos.

¿Qué quería usted que hiciera, amigo mío?

¿Matarme? Hubiera sido cargar su vida, que debe ser fell.Z, con un remordimiento inútil; y además, ¿a

qué matarse cuando está uno tan cerca de morir?

Pasé al estado de cuerpo sin alma, de cosa sin pensamiento; viví durante algún tiempo con aquella vida

automática; luego volví a Paris y pregunté por usted; me enteré entonces de que se había ido a un largo

viaje. , Ya nada me sostenía. Mi existencia volvió a convertirse en lo que era doss años antes de que lo

conociera. Intenté atraerme al duque, pero habáa herido harto rudamente a aquel hombre, y los ancianos

no son pacientes, sin duda porque se dap cuenta de que no son eternos. La enfermedad se apoderaba de mí

de día en día, estaba pálida, estaba triste, estaba más delgada todavía. Los hombres que compran el amor

examinan la mercancía antes de tomarla. Había en Paris mujeres con mejor salud y más carnes que yo; me

olvidaron un poco. Este ha sido el pasado hasta ayer.

Ahora estoy enferma de verdad. He escrito al duque pidiéndole dinero, pues no lo tengo, y los

acreedores hen vuelto y me traen sus facturas con un encarnizamiento despiadado. ¿Me contestará el

duque? ¡Si estuviera usted en Paris, Armand! Vendría a verme y sus visitas me consolarían.

20 de diciembre,

Hace un tiempo horrible, nieva, estoy sola en casa. Llevo tres días con tanta fiebre, que no he podido

escribirle una palabra. Nada nuevo amigo mío; todos los días espero vagamente una carta suya, pero no

llega y sin dada no llegará nunca. Sólo los hombres tiepen fuer:Za suficiente para no perdonar. El duque

no me ha contestado.

Prudence ha vuelto a empe.Zar con sus viajes al Monte de Piedad.

No dijo de escupir sangre. ¡Oh, le daría pena verme! Tiene usted la gran suerte de estar bajo un

cielo cálido y no tener como yo todo un invierno de hielo pesando sobre su pecho. Hoy me he levantado un

poco y, tras las cortinas de mi ventana, he mirado pasar esa vida de Paris con la que ahora sí que creo

haber roto definitivamente. Algunos rostros conocidos han pasado por la calle, rápidos, alegres,

despreocupados. Ni uno ha levantado los ojos hacia mis ventanas. No obstante, han venido algunos

jóvenes y han dejado su nombre. Ya estuve enferma otra vez, y usted, sin conocerme, sin haber obtenido de

mí más que una impertinencia el día en que lo vi por primera vez, usted vino a preguntar por mí todas las

mañanas. Aquí me time enferma otra vez. Hemos pasado seis meses juntos. He sentido por usted todo el

amor que el cora.zón de una mujer puede encerrar y ofrecer, y usted está lejos, me maldice y no me llega

ni una palabra suya de consuelo. Pero estoy segura de que sólo el azar es el causante de este abandono,

pues, si estuviera usted en Paris, no se apartaría de la cabecera de mi cama ni saldría de mi habitación.

25 de diciembre.

Todos los dies el médico me prohábe escribir. En efecto, mis recuerdos no hacen más que aumentar mi

fiebre, pero aver recibí una carte que me hizo macho bien, no tanto por la ayuda material que me aportaba

cuanto por los sentimientos que expresaba. Así que hoy puedo escribirle. La carta era de su padre y mire

lo que decía:

«Señora:

Acabo de enterarme de que está usted enferma. Si estuviera en Parás, iría

personalmente a saber cómo se encuentra; si mi hijo estuviera aquí, le diría que fuera a

preguntar por usted; pero yo no puedo salir de C…, y Armand está a seiscientas o

setecientas leguas de aquí; así pues, permítame, señora, que le escriba simplemente

diciéndole cuánto me apena su enfermedad, y créame que hago sinceros votos por su

pronto restablecimiento.

El señor H…, un buen amigo mío, irá a su casa: le ruego que lo reciba. Le he dado un

encargo, cuyo resultado espero con impaciencia.

Reciba, señora, mis mejores sentimientos.»

Esta es la carta que recibí. Su padre tiene un cora.zón noble; ámelo, amigo mío, pues hay pocos

hombres en el mundo tan dignos de ser amados. Este papel firmado con su nombre me ha sentado mejor

que todas las recetas de nuestro ilustre médico.

Esta mañana ha venido el señor H… Parecía. muy incómodo con la delicada misión que le había

encargado el señor Duval. Venía sencillamente a traerme mil escudos de parte de su padre. Al principio no

he querido cogerlos, pero el señor H… me ha dicho que ese rechazo ofendería al señor Duval, que le había

autorizado a darme ahora esa cantidad y a enviarme todo lo que necesitara en adelante. He aceptado ese

favor que, viniendo de su padre, no puede ser una limosna. Si ya he muerto cuando vuelva usted, enséñele

a su padre lo que acabo de escribir para él y dígale que, al trazar estas líneas, la pobre chica a la que se

ha dignado escribir esta consoladora carta derramaba lágrimas de agradecimiento y rogaba a Dios por él.

4 de enero

Acabo de pasar una serie de días muy dolorosos. No sabía que e cuerpo pudiera hacernos sufrir tanto.

¡Oh, mi vida pasada! Hoy estoy pagándola dos veces.

Me han velado todas las noches. Ya no podía respirar. El delirio y la tos se repartían el resto de mi

pobre existencia.

El comedor está lleno de bombones, de regalos de toda clase que m han traído mis amigos. Entre ellos

hay alguno sin dada que espera qué más tarde seré su amante. Si vieran lo que la enfermedad ha hecho

conmigo, huirían espantados.

Prudence da el aguinaldo con los que yo recibo.

Es la época de las heladas, y el doctor me ha dicho que podría salir de aquí a unos días si continúa el

buen tiempo.

8 de enero.

Ayer salí en mi coche. Hacía un tiempo magnífico. Los Campos Elíseos estaban llenos de gente. Parecía

la primera sonrisa de la primavera. A mi alrededor todo tenía un aire de fiesta. Nunca sospeché que en un

rayo de sol pudiera haber tanta alegría, dulzura y consuelo como encontré ayer.

Me he encontrado con casi todas las personas que conozco, siempre alegres, siempre dedicadas a sus

placercs. ¡Cuánta gente feliz que no sabe que lo es! Olympe ha pasado en un elegante coche que le ha

regalado el señor de N… Ha intentado insultarme con la mirada. No sabe cuán lejos estoy de todas eras

vanidades. Un buen muchacho que conozco desde hace mucho tiempo me ha preguntado si quería cenar

con él y con un amigo suyo, que tiene muchos deseos, según decía, de conocerme.

He sonreído tristemente y le he tendido mi mano ardiente de fiebre.

Nunca he visto un rostro tan asombrado.

He vuelto a las cuatro y he cenado con bastante apetito.

Esta salida me ha sentado bien.

¡Si me curase!

¿Cómo es que el aspecto de la vida y de la felicidad de los demás hace que le entren deseos de vivir al

que el día anterior, en la soledad de su alma y en la sombra de su habitación de enfermo, deseaba morir

rápidamente?

10 de enero.

La esperanza de recobrar la salud no era más que un sueño. Aquí estoy, otra vez en la cama, con el

cuerpo cubierto de emplastos que me queman. ¡Vete a ofrecer este cuerpo, que tan caro pagaban en otro

tiempo, y ya verás lo que darían hoy!

Es preciso que hayamos hecho mucho mal antes de nacer o que vayamos a gozar de una felicidad muy

grande después de la muerte, para que Dios permita que en esta vida se den todas las torturas de la

expiación y todos los dolores de la prueba.

12 de enero

Sigo sufriendo.

Ayer me envió dinero el conde de N…, y no lo acepté. No quiero nada de ese hombre. El es el causante

de que no esté usted a mi lado.

¡Oh! ¿Dónde están nuestros hermosos días de Bougival?

Si salgo viva de esta habitación, será para ir en peregrinación a la casa en que vivimos juntos; pero sólo

saldré muerta.

¿Quién sabe si podré escribirle mañana?

25 de enero

Llevo once noches sin dormir, ahogándome y creyendo a cada instante que me voy a morir. El médico ha

ordenado que no me dejen tocar una pluma. Julie Duprat, que me vela, aún me ha permitido que le escriba

estas pocas líneas. ¿Es que no va a volver usted antes de que muera? ¿Ha terminado todo eternamente

entre nosotros? Me parece que, si usted viniera, me curaría. ¿Para qué curarme?

28 de enero.

Esta mañana me ha despertado un gran ruido. Julie, que dormía en mi habitación, se ha precipitado al

comedor. He oído voces de hombres contra las que la suya luchaba en vano. Ha vuelto llorando.

Venían a embargar. Le he dicho que les dejara hacer lo que ellos llaman justicia. El alguacil ha entrado

en mi habitación sin quitarse el sombrero. Ha abierto los cajones, ha tomado nota de todo lo que ha visto,

y no ha parecido darse cuenta de que había una moribunda en la cama que, afortunadamente, la caridad

de la ley me deja.

Al marcharse ha consentido en decirme que podía interponer recurso antes de nueve días, ¡pero ha

dejado un vigilante! Dios mío, ¿qué va a ser de mí? Esta escena me ha puesto más enferma aún. Prudence

quería pedir dinero al amigo de su padre, pero me he opuesto.

He recibido su carta esta mañana. La necesitaba. ¿Le llegará a tiempo mi contestación? ¿Volverá a

verme? Es éste un día feliz que me hace olvidar todos los que he pasado desde hace seis semanas. Me

parece que estoy mejor, a pesar del sentimiento de tristeza bajo cuya impresión le he contestado.

Al fin y al cabo no vamos a ser siempre desgraciados.

¡Cuando pienso que puede ocurrir que no me muera, que venga usted, que vuelva a ver la primavera,

que me ame todavía y que volvamos a empezar nuestra vida del año pasado!

¡Qué loca estoy! Apenas si puedo sostener la pluma con que le escribo este insensato sueño de mi

corazón.

Pase lo que pase, yo lo quería de verdad, Armand, y habría muerto ya hace mucho tiempo si no me

asistiera el recuerdo de ese amor y una especie de vaga esperanza de volver a verlo a mi lado.

4 de febrero.

Ha vuelto el conde de G… Su amante lo ha engañado. Está muy triste, la quería mucho. Ha venido a

contármelo todo. Al pobre muchacho le va bastante mal en sus negocios, lo que no le ha impedido pagar al

alguacil y despedir al vigilante.

Le he hablado de usted y me ha prometido hablarle de mí. ¡Cómo olvidaba yo en esos momentos que

había sido su amante y cómo intentaba él también hacérmelo olvidar! Tiene buen cocaón.

El duque mandó a preguntar por mí ayer y ha venido esta mañana. No sé qué le puede hacer vivir aún a

ese anciano. Se ha quedado tres horas conmigo y no me habrá dicho veinte palabras. Dos gruesas

lágrimas han caído de sus ojos cuando me ha visto tan pálida. Sin duda le hacía llorar el recuerdo de la

muerte de su hija. La habrá visto morir dos veces. Tiene la espalda encorvada, su cabeza se inclina hacia

el suelo, le cuelga el labio, su mirada está apagada. La edad y el dolor cargan su doble peso sobre su

cuerpo agotado. No me ha hecho un reproche. Incluso se diría que se alegraba secretamente de los

estragos que ha causado en mí la enfermedad. Parecía orgulloso de estar de pie, cuando yo, joven aún,

estaba aplastada por el sufrimiento.

Ha vuelto el mal tiempo. Nadie viene a verme. Julie vela a mi lado todo lo que puede. Prudence, a quien

ya no puedo dar tanto dinero como otras veces, comienza a pretextar asuntos para alejarse.

Ahora que estoy al borde de la muerte, a pesar de lo que me dicen los médicos, pues tengo varios, lo que

prueba que la enfermedad se agrava, casi siento haber escuchado a su padre; de haber sabido que no

quitaría más que un año a su porvenir, no habría resistido al deseo de pasarlo con usted, y al menos

moriría teniendo la mano de un amigo. Claro que, si hubiéramos vivido juntos ese año, no habría muerto

tan pronto.

¡Hágase la voluntad de Dios!

5 de febrero

¡Oh, Armand, venga, venga, sufro horriblemente! ¡Dios mío, voy a morir! Ayer estaba tan triste, que

quise pasar fuera de mi casa la noche, que prometía ser tan larga como la del día anterior. El duque vino

por la mañana. Me parece que la vista de ese anciano olvidado por la muerte me hace morir más de prisa.

A pesar de la fiebre ardiente que me abrasaba, pedí que me vistieran y me llevaran al Vaudeville. Julie

me puso colorete, porque si no habría parecido un cadáver. Fui al palco donde le di nuestra primera cita;

todo el tiempo tuve los ojos clavados en la butaca que ocupaba usted aquel día, y que ayer ocupaba un

paleto que reía ruidosamente de todas las estupideces que decían los actores. Me llevaron a casa medio

muerta. He estado tosiendo y escupiendo sangre toda la noche. Hoy no puedo hablar y apenas si puedo

mover los brazos. ¡Dios mío, Dios mío, voy a morir! Lo esperaba, pero no puedo hacerme a la idea de

tener que sufrir más de lo que sufro, y si…

A partir de esta palabra los pocos caracteres que Marguerite había intentado trazar resultaban fegibles, y

fue Julie Duprat quien continuó.

18 de febrero.

Señor Armand:

Desde el día en que Marguerite se empeñó en ir al teatro, cada vez se puso peor. Perdió la voz por

completo y luego el uso de los miembros. Es imposible decir lo que sufre nuestra pobre amiga. No estoy

acostumbrada a esta clase de emociones, y tengo continuos temores.

¡Cuánto me gustaría que estuviese usted a nuestro lado! Delira casi siempre, pero, delirante o lúcida,

siempre pronuncia su nombre en cuanto llega a poder decir una palabra.

El médico me ha dicho que no durará mucho. Desde que se ha puesto tan mala, el viejo duque no ha

vuelto.

Ha dicho al doctor que este espectáculo le dolía demasiado.

La señora Duvernoy no se porta bien. Esa mujer, que creía que iba. sacar más dinero de Marguerite, a

cuyas expensas vivía casi completamente, ha adquirido compromisos que no puede mantener y, al ver que

su vecina ya no le sirve de nada, ni siquiera viene a verla. Todo el mundo la abandona. El señor de G…,

acosado par sus deudas, se ha vista obligado a volverse a Londres. Al marcharse nos ha enviado algún

dinero; ha hecho lo que ha podído, pero han venido otra vez a embargar, y los acreedores están esperando

a que se muera para realizar la subasta.

He intentado agotar mis últimos recursos para impedir todos esto embargos, pero el alguacil me ha

dicho que era inútil, y que aún quedaban, otros juicios pendientes de ejecución. Puesto que va a morir,

más vale abandonarlo todo que salvarlo para su familia, a quien ella no ha querido ver y que nunca la

quiso. No puede usted imaginarse en medio de qué miseria dorada se muere la pobre chica. Ayer no

teníamos absolutamente nada de dinero. Cubiertos, joyas, cachemiras, todo está empeñado; el resto está

vendido o embargado. Marguerite aún tiene conciencia de lo que pasa a su alrededor, y sufre en su

cuerpo, en su espíritu y en su corazón. Gruesas lágrimas corren par sus mejillas, tan enflaquecidas y tan

pálidas, que, si usted pudiera verla, no reconocería el rostro de la que tanto lo amó. Me ha hecho prometer

que le escriba cuando ella ya no pueda, y estoy escribiéndole delante de ella. Dirige sus ojos hacia mí,

pero no me ve: su mirada está ya velada par la muerte cercana; sin embargo sonríe, y estoy segura de que

todo su pensamiento y toda su alma están puestos en usted

Cada vez que alguien abre la puerta sus ojos se iluminan y siempre cree que va a entrar usted; luego,

cuando ve que no es usted, su rostro recobra su dolorida expresión, queda bañado en un sudor frío, y sus

pómulos se tiñen de púrpura.

19 de febrero, dote de la noche.

¡Qué triste dáa el de hay, mi pobre señdr Armand! Esta mañana Marguerite se ahogaba, el

médico le ha hecho una sangria, y ha recobrado un poco la voz. El doctor le ha aconsejado que vea a un

sacerdote. Ella ha dicho que bueno, y él mismo ha ido a buscar a un cura de Saint-Roch.

Entre tanto Marguerite me ha llamado al lado de su cama, me ha rogado que abriera el armario, luego

me ha señalado un gorro, un camisón cubierto de encajes, y me ha dicho con voz debilitada:

––Voy a morir después de confesarme; vísteme entonces con estas cosas: es una coquetería de

moribunda.

Luego me ha besado llorando y ha añadido:

––Puedo hablar, pero me ahogo mucho cuando hablo. ¡Me ahogo! ¡Aire!

Deshecha en lágrimas, abrí la ventana, y unos instantes después entró el sacerdote.

Fui a su encuentro.

Cuando supo dónde estaba, pareció temer que iba a ser mal recibido.

Entre sin miedo, padre ––le he dicho.

Ha estado poco tiempo en la habitación de la enferma, y ha salido diciéndome:

Ha vivido coma una pecadora, pero morirá coma una cristiana.

Unos instantes después ha vuelto acompañado de un monaguillo que llevaba un crucifijo, y de un

sacristán que iba delante tocando la campanilla, para anunciar que Dios venía a casa de la moribunda.

Han entrado los tres en este dormitorio, donde en otro tiempo resonaron tantas palabras extrañas, y que

en aquella hora sólo era un tabernáculo sagrado.

He caído de rodillas. No sé cuánto tiempo durará la impresión que me ha producido este espectáculo,

pero creo que, hasta que yo llegue al mismo momento, no habrá cosa humana que pueda impresionarme

tanto.

El sacerdote ungió con los cantos óleos los pies, las manos y la frente de la moribunda, recitó una breve

oración, y Marguerite se encontró preparada para ir al cielo, donde irá sin duda, si Dios ha visto las

pruebas de su vida y la santidad de su muerte.

Desde entonces no ha dicho una palabra ni ha hecho un movimiento. Veinte veces la hubiera creído

muerta, de no haber oído el esfuerzo de su respiración.

20 de febrero, cinco de la tarde.

Todo ha terminado.

Marguerite ha entrado en agonía esta noche alrededor de las dos. Nunca un mártir ha sufrido

semejantes tormentos, a juzgar por los gritos que daba. Dos o tres veces se ha incorporado del todo sobre

su lecho, como quisiera agarrar la vida que se remontaba hacia Dios.

Dos o tres veces también ha pronunciado el nombre de usted, luego se ha callado y ha vuelto a caer

agotada en la cama. Lágrimas silenciosas brotaban de sus ojos, y ha muerto.

Me he acercado entonces a ella, la he llamado y, como no respondía, le he cerrado los ojos y la he

besado en la frente.

¡Pobre querida Marguerite! Me hubiera gustado ser una santa, para que ese beso lo encomendara a

Dios.

Luego la he vestido como me había pedido que lo hiciera, he ido a buscar un sacerdote a Saint-Koch, he

encendido dos velas por ella y he rezado durante una hora en la iglesia.

He dado a los pobres dinero que era de ella.

No entiendo mueho de religión, pero pienso que Dios reconocerá que mis lágrimas eran verdaderas, mi

oración fervorosa, mi limosna sincera, y que tendrá piedad de ella, que, habiendo muerto joven y bella, no

me ha tenido más que a mí para cerrarle los ojos y amortajarla.

22 de febrero.

Hoy ha sido el entierro. Han venido a la iglesia muchas amigas de Marguerite. Algunas lloraban

sinceramente. Cuando el cortejo ha tomado el camino de Montmartre, sólo dos hombres iban detrás: el

conde de G…, que ha venido expresamente de Londres, y el duque, que andaba sostenido por dos criados.

Le escribo todos estos detalles desde su casa, en medio de mis lágrimas y ante la lámpara que arde

tristemente al lado de una cena que no toco como puede usted imaginar, pero que Nanine ha mandado

hacer, pues llevo sin probar bocado más de veinticuatro horas.

Mi vida no podrá conservar durante mucho tiempo estas triste impresiones, pues mi vida no me

pertenece más de lo que pertenecía la suya a Marguerite; por eso le doy todos estos detalles en los mismo,

lugares donde han sucedido, por temor a no poder contárselos con toda su triste exactitud, si pasa mucho

tiempo entre ellos y su regreso.

XXVII

––¿Lo ha leído? me dijo Armand cuando terminé la lectura del manuscrito.

––Comprendo lo que ha debido de sufrir usted, amigo mío, si todo lo que he leído es cierto.

––Mi padre me lo ha confirmado en una carta.

Charlamos aún un rato sobre el triste destino que acababa de cumplirse, y volví a mi casa a descansar un

poco.

Armand, siempre triste, pero un poco aliviado por el relato de esta historia; se restableció rápidamente; y

fuimos juntos a visitar a Prudence y a Julie Duprat.

Prudence acababa de quebrar. Nos dijo que era Marguerite la causante; que, durante su enfermedad, le

había prestado mucho dinero, por el que había firmado pagarés que luego no pudo pagar, pues Marguerite

se murió sin devolvérselo y sin haberle dado recibos con los que hubiera podido presentarse como

acreedora.

Con ayuda de esa fábula, que la señora Duvernoy contaba por todas partes para justificar sus malos

negocios, le sacó un billete de mil francos a Armand, que no lo creyó, pero que prefirió dar a entender que

lo creía, de tanto respeto como tenía por todo lo que estaba relacionado con su amante.

Luego llegamos a casa de Julie Duprat, que nos contó los tristes acontecimientos de que había sido

testigo, derramando lágrimas sinceras ante el recuerdo de su amiga.

Finalmente fuimos a la tumba de Marguerite, sobre la que los primeros rayos del sol de abril hacían

brotar las primeras hojas.

Le quedaba a Armand por cumplir el último deber: ir a reunirse con su padre. Quiso también que lo

acompañase.

Llegamos a C…, donde vi que el señor Duval era tal como me lo había imaginado por el retrato que de él

me hizo su hijo: alto, digno, afable.

Acogió a Armand con lágrimas de felicidad y me estrecho afectuosamente la mano. Pronto me di cuenta

de que el sentimiento paternal dominaba en el recaudador sobre todos lo demás.

Su hija, llamada Blanche, tenía esa transparencia de los ojos la mirada, esa serenidad de la boca que

demuestran que el alma sólo concibe santos pensamientos y los labios sólo dicen palabra piadosas. La casta

joven sonreía ante el regreso de su hermano sin saber que lejos de ella una cortesana había sacrificado su

felicidad ante la sola invocación de su nombre.

Me quedé algún tiempo con aquella venturosa familia dedicada por entero al que les traía la

convalecencia de su corazón.

Volví a París, donde escribí esta historia tal como me la contaron. No tiene más que un mérito, que quizá

le será discutido: el de ser verdadera.

No saco de este relato la conclusión de que todas las chica como Marguerite son capaces de hacer lo que

ella hizo, ni mucho menos; pero tuve conocimiento de que una de ellas había experimentado en su vida un

amor serio, por el que sufrió y por el que murió, y he contado al lector lo que sabía. Era un deber.

No soy apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble dondequiera que la oiga implorar.

La historia de Marguerite es una excepción, lo repito; pero, si hubiera sido algo habitual, no habría

merecido la pena escribirla

FIN

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1 Comentario en 'La Dama de las Camelias'

  1. Merari Dijo 8. agosto 2010 : 11:07 PM:

    Querido Admin del Rincón, gracias, me ha sorprendido ver tantos buenos libros que yo leí hace muchos años, y que me encanta volver a leer, no sé que voy hacer con el Señor tiempo, pero tengo que leer, no encuentro las palabras suficiente para agradecer lo que haces por nosotros, estoy agradecida.
    Besos y abrazos

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