Cumbres Borrascosas
7. agosto 2010
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mayor parte de ellos los retengo en la memoria, y de eso sí que no podéis privarme.
Hareton, sonrojandose cuando su prima reveló el robo de sus riquezas literarias, desmintió enérgicamente
sus acusaciones.
-Quizá el señor Hareton siente deseos de emular su saber, señora -dije yo, acudiendo en socorro del
joven- y se prepara a ser un sabio dentro de algunos años mediante la lectura.
-¡Sí, y que mientras me embrutezca yo! -alegó Catalina-. Es verdad, a veces le oigo cuando intenta deletrear
¡y dice cada tontería! ¿Por qué no repites aquel disparate que dijiste ayer? Me di cuenta de cuando
apelabas al diccionario para comprender de lo que se trataba aquella palabra, y te oí renegar y maldecir
cuando no comprendiste nada.
Noté que el joven pensaba que era injusto burlarse de su ignorancia y a la vez de sus intentos de
rectificarla. Yo compartí su sentimiento, y recordando lo que me contara la señora Dean sobre el primer
intento de Hareton para disipar las brumas en que le habían educado, comenté:
-Todos hemos tenido que empezar alguna vez, señora, y todos hemos tropezado en el umbral del saber.
Si entonces nuestros maestros se hubiesen burlado de nosotros, aún seguiríamos dando tropezones.
-Yo no me propongo limitar su derecho a instruirse -repuso ella-, pero él no tiene derecho a apoderarse
de lo que me pertenece, y a profanarlo con sus errores y sus disparates de pronunciación. Mis libros de
verso y de prosa eran sagrados para mí porque me recordaban muchas cosas, y me es odioso verlos
mancillados cuando los repite. Además, ha elegido para aprender mis obras favoritas, como si lo hiciera a
propósito para molestarme…
Por unos instantes, el pecho de Hareton se agitó en silencio. Estaba colérico y mortificado y le costó
mucho dominarse. Yo me puse en pie y me asomé a la puerta. Él salió de la habitación y a los pocos
minutos volvió cargado con seis u ocho libros. Se los echó a Cati en el regazo y dijo:
-Ahí los tienes. No quiero volver a verlos más, ni a leerlos, ni a ocuparme para nada de lo que dicen.
-Ya no los quiero -contestó ella-. Me harían recordarte y los odiaría.
Sin embargo, abrió uno, que mostraba haber sido manoseado muchas veces, y comenzó a leer un pasaje
con la pronunciación lenta y dificultosa de alguien que estuviera aprendiendo a leer. Después se echó a reír.
-¡Escuchen! -dijo después. Y comenzó a recitar de la misma manera los versos de una antigua balada.
Él no pudo aguantar más. Oí -y no me sentí inclinado a censurarle del todo- un bofetón que hizo callar la
provocativa lengua de la muchacha. Ella había hecho todo lo posible para exasperar los incultos pero
susceptibles sentimientos de amor propio de su primo, y a éste no se le ocurrió otro argumento que aquel
tan contundente para saldar la cuenta. Después él cogió los libros y los arrojó al fuego. Me di cuenta de que
este sacrificio que hacía en aras de su rencor le era muy penoso. Supuse que mientras los veía quemarse
recordaba el placer que su lectura le había producido, y también pensé en el entusiasmo con que había
empezado secretamente a estudiar. Él se había limitado a trabajar y hacer una vida vegetativa hasta que
Cati se cruzó en su camino. El desdén que ella le demostraba y la esperanza de que algún día le felicitase
habían sido los móviles de su afán de aprender, y he aquí que, por el contrario, ella premiaba sus esfuerzos
con mofas.
-¡Mira para lo que valen a un bruto como tú! -gimio Catalina chupándose el labio lastimado y asistiendo
al incendio con indignados ojos.
-Más te vale callar -repuso él furiosamente.
Y se dirigió muy agitado hacia la puerta. Me aparté para dejarle pasar, pero en el mismo umbral se
tropezó con el señor Heathcliff, que llegaba en aquel momento, y que le preguntó, poniéndole una mano en
el hombro:
.¿Qué te pasa, muchacho?
-Nada -contestó el joven.
Y se alejó para devorar a solas su pena.
Heathcliff le miró, y murmuró sin notar que yo estaba allí al lado:
-Sería extraordinario que yo me rectificase. Pero cada vez que me propongo ver en su cara el rostro de su
padre veo el de ella. Me es insoportable mirarle.
Bajó la vista, y entró. Estaba pensativo. Noté en su rostro una expresion de inquietud que las otras veces
no observara, y me parecio más flaco. Su nuera, al verle entrar, había huido a la cocina.
-Me alegro de que ya pueda salir de casa, señor Lockwood -dijo Heathcliff respondiendo a mi saludo-,
aunque hasta cierto punto sea por egoísmo, ya que no me sería fácil encontrar otro inquilino como usted en
esta soledad. No crea que no me he preguntado algunas veces cómo se le ha ocurrido venir aquí.
-Sospecho que por un capricho tonto, como es un capricho tonto el que ahora me estimula a marcharme
-contesté-. Me vuelvo a Londres la semana próxima y debo avisarle que no me propongo renovar el
contrato de la «Granja de los Tordos» cuando venza. No pienso volver a vivir más allí.
-¿Se ha cansado usted de aislarse del mundo? Bueno, pero si espera usted que le condone los alquileres
de los meses que faltan, pierde usted el tiempo. No renuncio a mis derechos nunca.
-No he venido a pedirle que renuncie a nada -respondí, molesto. Y, sacando la cartera del bolsillo, agregué-:
Si quiere, liquidaremos ahora mismo.
-No es necesario -respondió con frialdad-. Seguramente usted dejará objetos suficientes a cubrir su débito,
en el supuesto de que no vuelva usted. No me corre prisa. Tome asiento y quédese a comer con
nosotros. ¡Cati! Sirve la mesa.
Cati llegó con los cubiertos.
La comida -con Heathcliff, melancólico Y huraño, a un lado y Hareton, silencioso, a otro- transcurrió
muy poco alegremente. Me despedí en cuanto pude. Me hubiese gustado salir por la puerta de atrás para ver
otra vez a Cati y para molestar al viejo José, pero no pude hacer lo que me proponía, porque mi huésped
mandó a Hareton que me trajese el caballo y él mismo me acompañó hasta la salida.
«¡Qué tristemente viven en esta casa! -medité mientras bajaba por el camino-. ¡Y qué hermoso y
romántico cuento de hadas hubiese sido para la señora Linton Heathcliff el que nos hubiésemos enamorado,
como su buena aya quería, y hubiésemos marchado juntos a la turbulenta ciudad! »
CAPÍTULO XXXII
En setiembre de hace un año, un conocido me invitó a hacer estragos con él en los cazaderos que poseía
en el Norte y, de camino, pasé, sin esperarlo, a poca distancia de Gimmerton. El mozo de cuadra de la
posada en que me había parado para que mis caballos bebiesen, dijo, al ver un carro cargado de avena
recién cortada.
-Ése viene de Gimmerton. Siempre siegan tres semanas después que en los demás sitios.
-¿Gimmerton? -dije.
El recuerdo de mi residencia en aquel lugar casi se había borrado en mi memoria.
-¡Ah, ya! -agregué . ¿Está lejos de aquí?
-Unas catorce millas de mal camino -me contestó el mozo.
Sentí un repentino deseo de visitar la «Granja de los Tordos». No era mediodía aún y pensé que pasaría
la noche bajo el techo de la que todavía era mi casa, tan bien por lo menos como en una posada. Y, de paso,
podía arreglar mis cuentas con el dueño, lo que me evitaría más adelante hacer un viaje con aquel objeto.
Así que, tras descansar un rato, encargué a mi criado que averiguase el camino de la aldea, y, no sin fatigar
mucho a nuestras caballerías, llegamos finalmente a Gimmerton al cabo de tres horas.
Dejé al criado en el pueblo y me dirigí a través del valle. La parda iglesia me pareció aún más parda, y el
desolado cementerio más desolado aún. Una oveja mordía el exiguo césped que cubría las tumbas. El aire,
demasiado caluroso, no me impidió gozar del bello panorama. Si no hubiese estado la estación tan
adelantada, creo que me hubiese sentido tentado a quedarme una temporada allí.
En invierno no había nada más sombrío, pero en verano nada más agradable que aquellos bosques
escondidos entre los montes y aquellas extensiones cubiertas de matorrales.
Llegué a la «Granja» antes de ponerse el sol y llamé a la puerta. Pero sus habitantes estaban en la parte
trasera, a juzgar por la ligera humareda que salía de la chimenea de la cocina, y no me oyeron. Entonces
entré en el patio. En la puerta una niña de nueve o diez años se entretenía haciendo calceta y una vieja
fumaba en una pipa.
-¿Está la señora Dean? -pregunté a la anciana.
-¿La señora Dean? Vive en las «Cumbres».
-¿Es usted la guardiana de la casa?
-Sí -contestó.
-Pues yo soy Lockwood, el inquilino de la casa. Quiero pasar aquí la noche. ¿Hay alguna habitación preparada?
-¡El inquilino! exclamó estupefacta—. ¿Cómo no nos avisó de su llegada? En toda la casa, señor, no hay
siquiera un cuarto en condiciones.
Se quitó la pipa de la boca y se lanzó dentro. La niña la siguió y yo la imité. Pude comprobar que la
anciana no había faltado a la verdad, y, además, que mi presencia la había desconcertado. Procuré calmarla
diciéndole que iría a dar un paseo, y que entretanto me arreglase una alcoba para dormir y un rincón en la
sala para cenar. No era preciso andar con limpiezas ni barridos. Me bastaban un buen fuego y unas sábanas
limpias. Ella mostró el deseo de hacer cuanto pudiera, y si bien en el curso de sus trabajos metió la escoba
en la lumbre confundiéndola col el hurgón y cometió varias equivocaciones, no obstante me marché en la
confianza de que al volver encontraría donde instalarme. El objetivo de mi paseo era «Cumbres Borrascosas
», pero antes de salir del patio se me ocurrió una idea que me hizo pararme.
-¿Están todos bien en las «Cumbres»? -pregunté a la anciana.
-Que yo sepa, sí -me contestó en tanto que salía llevando en la mano un cacharro lleno de ceniza.
Me hubiese agradado preguntarle el motivo de que la señora Dean no estuviera ya en la «Granja», pero
comprendiendo que no era oportuno interrumpirla en sus faenas, me volví y me fui lentamente. A mi
espalda, brillaba aún el sol y ante mí se levantaba la luna. Salí del parque y escalé el pedregoso sendero que
conducía a la casa de Heathcliff. Cuando llegué a ella, del día sólo quedaba, en poniente, una leve luz
ambarina. Pero una espléndida luna permitía divisar cada piedra del camino y cada brizna de hierba. No
tuve que llamar a la verja; cedió al empujarla. Pensé que esto siempre era una mejora. Y aún aprecié otra:
una fragancia de madreselvas que inundaba el aire.
Puertas y ventanas estaban abiertas. Como es frecuente ver en aquellas regiones, un gran fuego brillaba
en la chimenea, a pesar del calor. El salón de «Cumbres Borrascosas» es tan grande, que queda sitio de
sobra para poder separarse del.hogar. Las personas que había allí estaban sentadas junto a las ventanas.
Antes de penetrar, las vi y las oí hablar, y me fijé en ellas con un sentimiento de curiosidad que, a medida
que fui avanzando, se convirtió en envidia.
-Contrario -dijo una voz que sonaba argentina como una campanilla—. ¡Van tres veces, torpón! No te lo
volveré a repetir. ¡Acuérdate, o te tiro de los pelos!
-Contrario -pronunció otra voz, que procuraba suavizar su robusto tono-. Ahora dame un beso en
recompensa de haberlo dicho bien.
-No, no te lo daré hasta que no lo pronuncies perfectamente.
Volvieron a reanudar su lectura. Era un hombre joven, correctamente vestido, que estaba sentado a la
mesa y tenía un libro delante. Sus hermosas facciones brillaban de satisfacción, y sus ojos abandonaron con
frecuencia la página para fijarse en una blanca y pequeña mano que se apoyaba en su hombro y le asestaba
un cariñoso golpecito cada vez que su poseedora descubría faltas de atención. La dueña de la mano estaba
de pie detrás del joven, y a veces sus cabellos rubios se mezclaban con los castaños de su compañero. Y su
cara… Pero era una suerte que él no pudiese verle la cara, porque no hubiera podido conservar la serenidad.
En cambio, yo sí la veía, y me mordí los labios de despecho pensando en la ocasión que había
desperdiciado de hacer algo más que limitarme a mirar aquella prodigiosa belleza.
Concluida la lección, en la que no faltaron algunos tropezones más, el alumno reclamó el premio
ofrecido y lo recibió en forma de cinco besos que tuvo la generosidad de devolver. A continuación se
acercaron a la puerta y por lo que hablaban saqué en limpio que iban a pasear por los pantanos. Pensé que
el corazón de Hareton Earnshaw, por muy silenciosa que permaneciera su boca, me desearía los más
crueles tormentos de las profundidades infernales si en aquel instante me presentara yo ante ellos, y me
apresuré a refugiarme en la cocina. Allí, sentada a la puerta, distinguí a mi antigua amiga Elena Dean,
cosiendo y cantando una canción frecuentemente interrumpida por agrias palabras que salían del interior y
cuyo tono destemplado distaba mucho de sonar con armonía.
-Aunque fuera así, valía más oírles jurar de la mañana a la noche que escucharte a ti -dijo aquella voz en
respuesta a algún comentario de Elena ignorado para mí-. ¡Clama al cielo que no pueda uno leer la Santa
Biblia sin que inmediatamente comiences tú a cantar las alabanzas del demonio y las vergonzosas maldades
mundanas! ¡Oh, las dos estáis pervertidas y haréis que ese pobre muchacho pierda su almal ¡Está
hechizadol -añadió gruñendo- ¡Oh, Señor! ¡Júzgalas tú, ya que no hay ley ni justicia en este pais!
-Sí; no debe haberla cuando no estamos retorciéndonos entre las llamas del suplicio, ¿eh? Cállate, vejete,
y lee tu Biblia sin ocuparte de mí. Voy a cantar ahora Las bodas del hada Anita, que es bailable.
Y la señora Dean iba a empezar cuando yo me adelanté.
Me reconoció al punto, y se levantó enseguida, gritando:
-¡Oh, señor, bienvenido sea! ¿Cómo es que ha venido usted sin avisar? La «Granja de. los Tordos» está
cerrada. Debió usted advertirnos de que venía.
Ya he dado órdenes allí y podré arreglarme durante el poco tiempo que pienso estar -contesté-. Me marcho
mañana. ¿Cómo la encuentro aquí ahora, señora Dean? Explíquemelo.
-Zillah se despidió y el señor Heathcliff me hizo venir cuando usted se fue a Londres. Pase… ¿Ha venido
usted a pie desde Gimmerton?
-Vengo de la «Granja» -repuse- y quisiera aprovechar la oportunidad para liquidar con su amo, ya que no
es fácil que se presente ocasión más propicia para los dos.
-¿Liquidar? -preguntó Elena mientras me acompañaba al salón-.¿Qué hay que liquidar, señor?
-¡El alquiler!
-Entonces tendrá usted que entenderse con la señora, o, mejor dicho, conmigo, porque ella todavía no
sabe llevar bien sus cosas y soy yo quien me ocupo de todo.
La miré asombrado.
-Veo que usted no sabe que Heathcliff ha muerto -añadió.
-¿Que ha muerto? ¿Cuándo?
-Hace tres meses. Siéntese, déme el sombrero, y se lo contaré todo. ¿No ha comido usted aún, verdad?
-Ya he mandado en la «Granja» que preparen cena
Siéntese usted también. No se me había ocurrido que aquel hombre hubiera muerto. ¿Cómo fue? Los
muchachos no volverán pronto…
-Sí; tardarán. Siempre les estoy reprendiendo, pero tardan más cada vez. Bien, por lo menos tome usted
un vaso de cerveza. Está usted muy fatigado.
Y se fue. Oí cómo José le reprochaba el tener amigos a su edad y el hacerles beber a costa de las bodegas
del amo, lo que le parecía tan escandaloso, que se sentía avergonzado de no haber muerto antes de asistir a
ello.
CAPÍTULO XXXIII
A los quince días de irse usted -empezó la señora Dean- me llamaron para que fuese a «Cumbres Borrascosas
», lo que hice con el mayor placer pensando en Cati. Al verla quedé asustada y disgustadísima: tal era
el cambio que aprecié en ella desde que la viera por última vez. El señor Heathcliff no detalló los motivos
por los que me hacía ir. Se limitó a decirme que me reservase la salita para su nuera y para mi, ya que de
sobra tenía con verla una o dos veces diarias. A ella esto le gustó. Yo comencé a pasarle ocultamente libros
y cosas que tenía en la «Granja» y le agradaban, y esperábamos pasarlo bastante bien. Pero no tardamos en
desengañarnos. Cati se volvió muy pronto melancólica y se irritaba por cualquier niñería. No le permitían
salir del jardín y esto aumentaba su disgusto, sobre todo a medida que iba entrando la primavera. Además,
yo tenía que atender a las cosas de la casa, y ella tenía que quedarse sola en su cuarto. Yo no hacía caso de
todo eso, pero como Hareton tenía muchas veces que irse a la cocina cuando el amo quería estar solo en el
salón, ella principió a cambiar de modo de ser respecto a él. Siempre estaba hablándole, zahiriéndole,
criticando la vida que llevaba.
-¿Verdad, Elena -dijo en una ocasión-, que hace la misma vida de un perro o de una caballería? Trabaja,
come y duerme sin preocuparse de más. ¡Qué vacía debe de tener la cabeza y qué oscuro el espíritu!
¿Sueñas alguna vez, Hareton? ¿Qué piensas? ¿Por qué no hablas?
Y miró a Hareton, pero él no se dignó contestarle ni mirarla siquiera.
-Puede que ahora esté soñando -continuó Cati-. Ha hecho un movimiento como los que hace Juno.
-El señorito Hareton acabará pidiendo al amo que la envíe a usted arriba si no se porta usted bien con él
-le dije.
Hareton no sólo había hecho un movimiento, sino que hasta había cerrado amenazadoramente los puños.
-Ya sé por qué Hareton no habla nunca cuando yo estoy en la cocina -siguió ella-. Tiene miedo de que
me mofe. Una vez empezó él solo a aprender a leer, y porque me reí de él echó los libros al fuego. ¿Qué te
parece, Elena?
-¿Cree usted que hizo bien, señorita? -repuse.
-Puede que no me portase bien -contestó ella-, pero yo no creía que él fuera tan tonto. Hareton, ¿quieres
un libro?
Y le entregó uno que ella había estado leyendo, pero él lo tiró al suelo, amenazándola con romperle la
cabeza si no le dejaba en paz.
-Bueno: me voy a acostar -dijo ella-. Lo dejo en el cajón de la mesa.
Y se fue, después de advertirme por lo bajo que estuviese atenta para ver si Hareton cogía el libro. Pero
con gran enojo de Cati, no lo cogió. Ella estaba disgustada de la pereza de Hareton, y también de haber sido
culpable de paralizar su deseo de aprender. Se aplicaba, pues, a remediar el mal. Mientras yo planchaba o
hacía cualquier cosa, Cati solía leer en voz alta algún libro interesante. Si Hareton estaba presente,
acostumbraba a interrumpir la lectura en los pasajes de más emoción. Luego dejaba el libro allí mismo,
pero él se mantenía terco como una mula, y no picaba el anzuelo. Los días lluviosos se sentaba al lado de
José, y los dos permanecían quietos como estatuas al lado del fuego. Si la tarde era buena, Hareton salía a
cazar, y Cati bostezaba, suspiraba y se empeñaba en hacerme hablar. Y luego, cuando lo conseguía, se
marchaba al patio o al jardín, y acababa en llanto.
Heathcliff se hundía en su misantropía cada vez más, y casi no permitía a Hareton que apareciese por la
sala. El muchacho sufrió a primeros de marzo un percance que le relegó a vivir casi de continuo en la
cocina. Andando por el monte se le disparó la escopeta y la carga le hirió en un brazo. Cuando llegó a casa
había perdido mucha sangre. Hasta que estuvo curado tuvo que permanecer en la cocina casi
continuamente. A Cati le agradó que estuviera allí. Me incitaba constantemente a hacer algo abajo, para
tener motivos de bajar ella.
El lunes de Pascua José fue a llevar ganado a la feria de Gimmerton. Pasé la tarde en la cocina repasando
ropa. Hareton estaba sentado junto al fuego, tan sombrío como de costumbre, y la señorita se divertía en
echar el aliento a los cristales de las ventanas y trazar figuras con el dedo. De vez en cuando canturreaba o
hacía alguna exclamación, o bien miraba a su primo que seguía inmóvil, fumando, mirando al fuego. Dije a
Cati que me tapaba la luz, y entonces ella se acercó a la chimenea. Al principio no me fijé en nada, pero
luego oí que decía:
-¿Sabes Hareton que me gustaría que fueras mi primo si no te mostraras tan rudo y tan enfadado?
Hareton calló.
-¿Me oyes, Hareton? ¡Hareton, Hareton! -siguió ella.
-¡Quítate de en medio! -dijo él, hoscamente.
-Venga esa pipa -respondió la joven.
Y antes de que él pudiera reparar en nada, se la arrancó de la boca y la echó al fuego. Él la insultó
groseramente y cogió otra pipa.
-Espera -exclamó Cati- Quiero hablarte y no puedo hacerlo viéndote esas nubes ante la cara.
-¡Déjame y vete al diablo! -repuso él.
-No quiero -insistió ella-. No sé cómo hacer para que me hables. Cuando te llamo tonto no pretendo
insultarte ni quiero dar a entender que te desprecie. Anda, Hareton, atiéndeme, eres mi primo.
-No quiero tener nada que ver contigo, ni con tu soberbia, ni con tus condenadas burlas -replicó el joven-.
¡Antes me iré al infierno de cabeza que volver a mirarte! ¡Quítate de ahí!
Catalina arrugó las cejas y se sentó junto a la ventana, mordiéndose los labios y tarareando para dominar
sus deseos de echarse a llorar.
-Debía usted hacer las paces con su prima, señorito Hareton -le aconsejé-, puesto que ella está
arrepentida de haberle provocado. Si fuesen ustedes amigos, ella le convertiría en un hombre distinto.
-¡Sí, sí! -contestó-. Me odia y no me considera digno ni de limpiarle los zapatos. Aunque me dieran una
corona no me expondría más a ser motivo de burla para ella por intentar agradarla.
-Yo no te odio -dijo Cati-. Eres tú el que me odia a mí. ¡Me odias tanto o más que el señor Heathcliff!
-Eres una embustera -aseguró Hareton-. ¡Después de haberle incomodado tantas veces por defenderte! Y
eso, a pesar de que me hacías enfadar y te burlabas de mí… Si sigues molestándome, iré a decirle que he
tenido que marcharme de aquí por culpa tuya.
-Yo no sabía que me defendieras -contestó ella, secándose los ojos-; me sentía desgraciada y los odiaba a
todos. Pero ahora te lo agradezco y te pido perdón. ¿Qué más quieres que haga?
Se aproximó al fuego y le alargó la mano. Hareton se puso sombrío como una nube de tormenta, apretó
los puños y miró a tierra. Pero ella comprendió que aquello no era odio sino testarudez y, después de un
instante de indecisión, se inclinó hacia él y le besó en la mejilla.
Enseguida, creyendo que no lo había visto, se volvió a la ventana. Yo moví la cabeza en señal de
reproche, y ella murmuró:
-¿Qué iba a hacer, Elena? No quería mirarme ni darme la mano, y no he sabido probarle de otro modo
que le aprecio y que deseo que seamos buenos amigos.
Hareton tuvo la cara baja varios minutos, y cuando la volvió a levantar no sabía dónde poner los ojos.
Catalina empaquetó en papel blanco un bonito libro, lo ató con una cinta, escribió en el envoltorio las
palabras «Al señor Hareton Earnshaw», y me encargó que yo entregase el regalo al destinatario.
-Si lo acepta -me dijo-, indícale que iré yo a enseñarle a leerlo bien, y si lo rechaza adviértele que me iré
a mi cuarto.
Yo hice todo lo que me decía. Hareton no abrió los dedos para coger el libro, pero no lo rechazó
tampoco, asi que se lo puse sobre las rodillas y volví a mis ocupaciones. Cati se apoyó de codos sobre la
mesa. Sonó de pronto el crujido del papel, que Hareton quitaba del libro, y ella entonces se levantó y fue a
sentarse junto a su primo. Él se estremeció y se le encendió el rostro. La acritud y la aspereza huyeron de
él. Al principio no supo pronunciar ni una palabra mientras ella le interpelaba:
-Anda, Hareton, dime que me perdonas. Me harás muy dichosa si lo dices.
El murmuró algo que yo no pude oír.
-¿Entonces seremos amigos? -agregó Cati.
-No -dijo él-, porque cuanto más me conozcas más te avergonzarás de mí.
-¿Así que te niegas a ser amigo mío? -continuó ella sonriendo tiernamente y acercandose más al
muchacho.
Ya no oí lo demás que se decían, pero al mirarles distinguí dos rostros tan contentos inclinados sobre el
mismo libro, que comprendí que a partir de aquel momento se había hecho la paz entre los dos adversarios.
El libro que miraban tenía grabados muy bonitos, y ello y su personal situación tuvo la virtud de hacerles
permanecer embelesados hasta que llegó José. El pobre hombre se escandalizó al ver a Cati y a Hareton
sentados juntos, y a ella apoyando su mano en el hombro de su primo. Tan asombrado quedó, que ni
siquiera supo exteriorizar su sorpresa, sino con profundos suspiros que lanzaba mientras abría su Biblia
sobre la mesa y amontonaba sobre ella los sucios billetes de banco que eran el producto de sus
transacciones en la feria. Finalmente, llamó a Hareton.
-Toma ese dinero, muchacho, y llévaselo al amo -dijo-. Ya no podremos seguir aquí. Tendremos que
buscarnos otro sitio donde estar.
-Vámonos, Catalina -dije yo a mi vez-; ya he acabado de planchar.
-Todavía no son las ocho -respondió la joven levantándose a su pesar—. Voy a dejar ese libro en la
chimenea y mañana traeré más, Hareton.
-Cuantos libros traiga usted, los llevaré al salón -intervino José- y milagro será que vuelva usted a verlos.
Así que haga lo que le parezca.
Catalina le amenazó con que los libros de José responderían de los daños que pudieran sufrir los suyos,
se rió al pasar al lado de Hareton y subió a su cuarto con el corazón menos oprimido que hasta entonces. La
intimidad entre los muchachos se desarrolló rápidamente, aunque con algunos eclipses. El buen deseo no
era suficiente para civilizar a Hareton y tampoco la señorita era un modelo de paciencia, pero como los dos
tendían a lo mismo, ya que uno amaba y deseaba apreciar, y el otro se sentía amado y deseaba que le
apreciasen, los resultados no se hicieron esperar.
Como usted ve, señor Lockwood, no era tan difícil conquistar el corazón de Cati. Pero ahora celebro que
no lo intentara usted. El enlace de los dos muchachos coronará todos mis anhelos. El día de su boda no
envidiaré a nadie. Seré la mujer más feliz de Inglaterra.
CAPÍTULO XXXIV
Llegó el otro martes, Earnshaw estaba aún imposibilitado de trabajar. Me hice cargo enseguida de que en
lo sucesivo no me sería fácil retener a la señorita a mi lado como hasta entonces. Ella bajó antes que yo y
salió al jardín donde había divisado a su primo. Al ir a llamarles para desayunar, vi que le había persuadido
a arrancar varias matas de grosellas, y que estaban trabajando en plantar en el.espacio resultante varias
semillas de flores traídas de la «Granja». Quedé espantada de la devastación que en menos de media hora
se había producido. A Cati se le había ocurrido plantar flores precisamente en el sitio que ocupaban los
groselleros negros a los que José quería más que a las niñas de sus ojos.
-¡Oh! -exclamé-. En cuanto José vea esto se lo dirá al señor. ¡Y no sé cómo va usted a disculparse! Vamos
a tener una buena rociada, se lo aseguro. No creía que tuviera usted tan poco seso, señorito Hareton,
como para hacer ese desastre porque la señorita se lo haya dicho.
-Me había olvidado que eran de José -repuso Earnshaw desconcertado-. Le diré que fue cosa mía.
Solíamos comer con el señor Heathcliff, y yo ocupaba el lugar del ama de casa, repartiendo la comida y
preparando el té. Cati acostumbraba a sentarse a mi lado, pero aquel día se sentó junto a Hareton. No era
más discreta en sus demostraciones de afecto que antes lo fuera en las de hostilidad.
-Procure no mirar ni hablar mucho a su primo -le aconsejé al entrar-. Es seguro que ello ofendería al
señor Heathcliff y le indignaría contra los dos.
-Haré lo que me dices -repuso.
Pero al cabo de un momento empezó a dar a Hareton con el codo y a echarle florecitas en el plato de la
sopa.
Él no osaba hablarle, ni casi mirarla, pero ella le provocaba hasta el punto de que el muchacho estuvo dos
veces a punto de soltar la risa. Yo arrugué el entrecejo. Ella miró al amo, que al parecer estaba absorto en
sus propios pensamientos, como de costumbre. Se puso seria, pero al cabo de un momento empezó otra vez
a hacer niñerías y esta vez Hareton no pudo contener una ahogada carcajada. El señor Heathcliff dio un
respingo y nos miró. Cati le miró a su vez con el aire rencoroso y provocativo que él odiaba tanto.
-Da gracias a que estás lejos de mi alcance -dijo él-. ¿Qué demonio te aconseja mirarme con esos infernales
ojos? Bájalos y procura no recordarme que existes. Creí que te había quitado ya las ganas de reírte.
-He sido yo -murmuró Hareton.
-¿Eh? -preguntó el amo.
Hareton bajó los ojos y guardó silencio. Heathcliff, después de contemplarle un instante, volvió a quedar
taciturno y se sumio en su comida y en sus meditaciones. Terminábamos ya y los jóvenes se habían
levantado discretamente, lo que disipó mi temor a nuevas complicaciones, cuando José se presentó en la
puerta. Le temblaban los labios y le ardían los ojos. Comprendí que había descubierto el atentado cometido
contra sus preciados arbustos. Empezó a hablar moviendo las mandíbulas como una vaca al rumiar, lo que
hacía difícil de entender sus palabras:
-Quiero cobrar mi sueldo y marcharme. Había soñado morir en la casa en que he servido sesenta años, y
me proponía, para estar tranquilo, subir todas mis cosas al desván y cederles la cocina a ellos. Mucho me
costaba abandonarles mi puesto a la lumbre, pero lo podía soportar. Mas ahora también me arrebatan el
jardín, y eso, amo, es superior a mis fuerzas. Hinque usted la cabeza bajo el yugo si le parece bien, pero yo
no tengo esa costumbre, y un viejo no se habitúa con facilidad a nuevas cargas. Prefiero ganarme el pan
partiendo piedras en los caminos.
-¡Silencio, idiota! -interrumpió Heathchff-. ¿Qué te ha hecho? Yo no quiero saber nada de tus peleas con
Elena. Por mí, que te tire a la carbonera, si le parece.
-No se trata de Elena -dijo José-. No me iría por Elena, a pesar de que es una malvada. Gracias a Dios, no
puede contaminar el alma de los demás. No es tan bonita como para hacer caer a nadie en tentación. Se
trata de esa desgraciada mozuela, que ha embrujado a nuestro muchacho hasta el extremo de que no sólo ha
olvidado cuanto he hecho por él, sino que ha llevado su ingratitud hasta arrancar una fila entera de las
mejores plantas de grosella que yo había plantado en el jardín.
Y comenzó a lamentarse de Earnshaw y de su ingrata condición.
-Este imbécil debe estar bebido -dijo Heathcliff-. ¿De qué te acusa, Hareton?
-¿Ha tenido usted alguna buena noticia, señor Heathcliff? -le pregunté-. Me parece encontrarle muy
animado.
-No sé de dónde me van a llegar buenas noticias -respondió- A lo único que me siento animado es a
comer. Y al parecer hoy no se come aquí.
-He quitado dos o tres groselleros -repuso el joven, pero volveré a colocarlos.
Cati puso su lengua a contribución.
-Queríamos plantar flores allí -afirmó- y yo tuve la culpa, porque fui quien se lo dijo a Hareton.
-¿Y quién demonios te dio permiso para semejante cosa? Y a ti, Hareton, ¿quién te mandó obedecerla?
Él callaba, pero ella continuó:
-Bien puede usted cederme unas yardas del jardín para plantar flores después de que me ha quitado todas
mis tierras…
-¿Tus tierras, desvergonzada? ¿Cuándo has tenido tierras tú?
-Y mi dinero -remachó ella, pagando la mirada de odio de Heathcliff con otra igual, mientras
mordisqueaba un trozo de pan que le había sobrado de la comida.
El amo quedó un momento confuso, pero enseguida se levantó y la miró con odio.
-Vale más que se siente usted -dijo ella-. Hareton me defenderá si intenta usted pegarme.
-Si Hareton no te echa fuera del salón ahora mismo, le apalearé hasta enviarle al infierno -barbotó Heathcliff-.
¡Condenada bruja! ¿Conque quieres rebelarte contra mí? Échala, Hareton. ¿No me oyes? ¡Elena,
como esta moza aparezca ante mi vista otra vez, la mato!
Hareton, en voz baja, trataba de persuadirla a que se fuera.
-Llévala a rastras -ordenó ferozmente Heathcliff—. Nada de charla.
Y se acercó dispuesto a hacerlo él en persona.
-No le obedeceré nunca más, canalla-dijo Catalina-. Y Hareton no tardará en aborrecerle tanto como yo.
-Cállate -dijo el joven-. No le hables así.
-¿Vas a dejar que me pegue? -preguntó ella.
-¡Vámonos! -respondió el joven.
Pero Heathcliff la había alcanzado ya.
-Ahora márchate tú -intimó a Earnshaw-. ¡Maldita bruja! ¡Esto es demasiado! Haré -que se arrepienta de
una vez.
La había agarrado por el cabello. Hareton trató de separarle de ella y le rogó que no la maltratase. Los
ojos de Heathcliff despedían centellas. Ya iba yo a auxiliar a Catalina cuando, de pronto, él le soltó el
cabello, la cogió por el brazo y la miró fijamente. Luego le tapó los ojos con la mano, procuró dominarse y
dijo a Catalina:
-Ten mucho cuidado en no enfurecerme, porque te aseguro que un día te mato. Vete con Elena, estáte con
ella y dile a ella todas las desvergüenzas que se te antojen. ¡Y si Hareton Earnshaw te presta oídos, ya le
haré que se vaya a ganarse el pan donde le parezca bien! ¡Tú harás de él un perdido y un pordiosero!
¡Llévatela de aquí, Elena! ¡Fuera todos!
Me llevé a la señorita que, contenta de haberse librado de la tormenta, no se resistió. Hareton se fue
detrás de nosotras y el señor Heathcliff se quedó a solas. Yo había aconsejado a Cati que comiera en su
cuarto, pero cuando Heathcliff vio que el sitio de la joven estaba vacío me mandó llamarla. El no habló con
nadie, comió muy poco y se fue enseguida diciendo que no volvería hasta el oscurecer.
Los dos primos se instalaron, en ausencia del amo, en el salón, y oí a Hareton reprochar a su prima la
actitud que había adoptado con Heathcliff. Le dijo que no quería oírla tratarle así, que él le defendería
aunque fuese el diablo en persona, y que si ella quería injuriar a alguien, preferiría que le injuriase a él
mismo, como antiguamente. Cati comenzó a molestarse, pero él le tapó la boca preguntándole si a ella le
gustaría oír hablar mal de su padre. Ella comprendió entonces que Hareton estaba unido a Heathcliff por las
cadenas de la costumbre y que seria cruel intentar romperlas. Así que a partir de aquello se mostró
bondadosa y no creo desde entonces haberle oído murmurar ni una sílaba contra Heathcliff en presencia de
su primo.
Después de este incidente, la intimidad de los jóvenes aumentó, y continuaron sus tareas como profesora
y discípulo. Cuando yo acababa de trabajar, entraba para verles, y el tiempo se me iba mirándoles
embobada. De Cati estaba orgullosa hacía mucho tiempo, y ahora empezaba a esperar que también él me
procuraría muchas satisfacciones, ya que los quería a ambos casi como si fuesen hijos míos. El buen
carácter de Hareton se libraba rápidamente de las sombras que la ignorancia y el rebajamiento en que le
criaran habían acumulado sobre él, y los sinceros elogios que le dirigía Cati estimulaban más aún su aplicación.
A medida que interiormente se animaba, lo hacía también su rostro y sus facciones se dignificaban.
Ya no se parecía al zafio rapaz a quien encontré el día en que fui a buscar a la señorita al risco de
Penninston.
Mientras yo reflexionaba sobre estas cosas, y ellos seguían entregados a su ocupación, volvió Heathcliff.
Entró de improviso, y tuvo tiempo para examinarnos a su sabor antes de que nosotros nos diéramos cuenta
de que había llegado. Yo pensé que era imposible contemplar un cuadro más apacible, y que hubiera sido
una diabólica indignidad reprenderles. Los rojos destellos de la lumbre iluminaban sus cabezas inclinadas
con pueril avidez, pues aunque ella contaba ya dieciocho años y él veintitrés, ambos tenían aún mucho que
aprender.
Ambos levantaron a la vez la vista y se encontraron con la del señor Heathcliff. No sé si ha notado usted
lo semejantes que ambos tienen los ojos.- son idénticos a los de Catalina Earnshaw. Cati no se parece a su
madre más que en esto, y si acaso en la anchura de la frente y en ciertos detalles de la nariz que, sin que ella
se lo proponga, la hacen parecer altanera. Hareton se parece aún más a Catalina Earnshaw. Siempre lo
habíamos notado, pero en aquella época, en que sus sentidos y sus facultades mentales se habían
despertado, la semejanza se acentuaba aún más. Acaso ese parecido desarmara a Heathcliff`. Se acercó a la
lumbre y al mirar al joven su agitación cambió de sentido. Le cogió el libro que tenía en la mano y después
de examinarlo se lo devolvió. Hizo señal a Cati de que se fuese, y Hareton salió con ella. Yo iba a seguirles,
mas Heathcliff me retuvo.
-¡Qué desenlace tan mezquino! ¿No es cierto? -me dijo después de reflexionar un poco sobre la escena
que había presenciado-. Es una consecuencia bastante absurda de mis violentos esfuerzos. Después de que
me proveo de herramientas suficientes para echar abajo las dos casas, y me entrego a unos trabajos casi
hercúleos, resulta que me falta la voluntad para consumar mi obra. He vencido a mis antiguos enemigos y
ahora puedo, si quiero, redondear mi venganza en sus descendientes. Pero, ¿para qué? No me interesa ya ni
quiero molestarme en levantar siquiera la mano contra ellos. Pero no te figures que me propongo
deslumbraros ahora con un gesto magnánimo. ¡Nada de eso! Lo que pasa es que he perdido el gusto de
destruirles, y me siento con muy pocas ganas de destruir. Estoy a punto de sufrir un cambio, Elena, y la
sombra de esa transformación me envuelve ya. La vida corriente no me atrae, y casi no me ocupo de comer
ni beber. Esos muchachos son las únicas cosas que presentan una apariencia material ante mis ojos, y una
apariencia que me causa un dolor de agonía. En ella no quisiera ni pensar: sólo el verla me vuelve loco. Él
me produce otra sensacion, y, no obstante, no quisiera volverle a ver. Si pretendo explicarte los recuerdos
que él me produce, puede que me creyeras demente. Pero mi pensamiento está siempre tan oculto dentro de
mi mismo, que siento la tentación de transmitirlo a alguien. No cuentes a nadie nada de lo que te estoy
hablando. Hace cinco minutos, Hareton me parecía, más que un ser humano, el símbolo de mi juventud. Si
llego a hablarle, hubiera parecido que mis palabras eran insensatas. Su parecido con Catalina me la
recordaba de un modo terrible. Ahora que no es eso lo que mas me impresiona en él, porque todo me
recuerda a Catalina sin necesidad de Hareton. Si miro al suelo, creo ver las facciones de ella grabadas en las
baldosas. En los árboles y en las nubes, en todas las cosas durante el día y llenando el aire durante la noche,
veo su imagen. ¡Creo verla en las más vulgares facciones de cada hombre y cada mujer, y hasta en mi
propio rostro! El mundo es para mi una horrenda colección de recuerdos diciéndome que ella vivió y que la
he perdido. Y es más: Hareton me parecía el fantasma de mi amor, la encarnación de mis salvajes esfuerzos
para conservar mi derecho a él. ¡Y mi degradación, y mi orgullo, y mi felicidad, y mis sufrimientos! En fin,
es una locura hablarte de estas cosas. Pero así comprenderás por qué no quiero estar con ellos. A pesar de
mi repugnancia hacia la soledad, su compañía no me conviene. Al revés, contribuye a agravar las torturas
constantes que me persiguen. Por otra parte, todo se combina para que vea con indiferencia la intimidad de
los dos. Ya no puedo ocuparme de ellos.
-¿A qué cambio se refería usted, señor Heathcliff? -le dije, alarmada.
Pero no me parecía que corriese riesgo alguno. Rebosaba salud y vigor, y su razón no me preocupaba, ya
que desde muy niño había sido aficionado a lo misterioso y se complacía en hablar de cosas fantásticas.
Podía estar más o menos monomaníaco, a propósito de su amor perdido, pero en todo lo demás razonaba
tan bien como yo.
-No puedo saber de qué se trata hasta que llegue -me contestó-. Por ahora sólo lo intuyo.
-¿Presiente usted una enfermedad? -pregunté.
-No, Elena.
-Tiene usted miedo a morirse?
-No tengo miedo de morir, ni presiento la muerte, ni espero morirme. ¿A santo de qué me moriría? Tengo
buena salud y mis costumbres son muy ordenadas. Lógicamente, debo permanecer en este mundo, y
permaneceré hasta que no quede ni un pelo en mi cabeza. ¡Mas, con todo, no puedo seguir en esta
situación! ¡A cada momento necesito recordarme a mí mismo que he de respirar, que ha de seguir
palpitándome el corazón … ! Me pasa una cosa así como si tuviese que forzar a un muelle muy duro a que
se mantuviese en la posición en que debe estar. He de violentarme para hacer el más pequeño acto que no
se relacione con el pensamiento continuo que me devora, y he de violentarme para fijarme en cualquier
cosa, animada o inanimada, que no se refiere a la unica cosa que llena el mundo para mí. Sólo experimento
un anhelo y todo mi ser y todas mis facultades se concentran en él. Durante tanto tiempo y de tal modo lo
he deseado, que estoy seguro de conseguirlo pronto, ya que ha devorado toda mi existencia. Y el deseo de
que su realización se anticipe me ahoga. ¡Vaya! Lo que te he dicho no me ha aliviado, pero te explicará
muchas cosas de mi modo de ser. ¡Dios mio, qué horrible lucha, y qué ganas tengo de que se acabe!
Se dio a pasear por la habitación, murmurando para sí cosas horrorosas. Llegué a sospechar que, como
José aseguraba, la conciencia había convertido en un infierno su vida. Y estaba preocupada por el fin que
todo aquello podría tener. Él no solía mostrar una actitud semejante, pero era indudable que no mentía
cuando afirmaba que aquél era su estado de ánimo habitual. Viéndole ordinariamente, nadie se lo hubiera
figurado. Usted, señor Lockwood, no se lo figuró cuando hizo conocimiento con él. Y en la época a que
ahora me refiero era igual, aunque más amigo aún de la soledad y quizániás taciturno cuando estaba al lado
de alguna persona.
CAPÍTULO XXXV
Cortos días después, el señor Heathcliff empezó a prescindir de comer con nosotros, aunque no llegó a
excluir del todo a Hareton y a Cati de su compañía. Optaba generalmente por ausentarse él y al parecer le
bastaba con comer una vez al día.
Una noche, cuando toda la familia estaba acostada, le oí bajar la escalera y salir. A la mañana siguiente
no había regresado aún. Estábamos en abril. El tiempo era tibio y hermoso. La lluvia y el sol habían dado
verdor a la hierba y los manzanos que hay junto a la tapia del mediodía estaban en flor. Cati, después de
desayunar, se empeñó en que yo cogiese una silla y fuese a hacer labor bajo los abetos. Después persuadió
a Hareton, que ya estaba curado, para que cavase y arreglase un poco las flores, que al fin habían trasladado
a aquel sitio para calmar a José. Yo miraba plácidamente el cielo azul y aspiraba el aroma del aire
primaveral. De pronto, la señorita, que había ido hasta la entrada del parque a recoger semillas para su plantación,
volvió diciendo que había visto llegar al señor Heathcliff.
-Y además me ha hablado -agregó, asombrada.
-¿Qué te ha dicho? -preguntó Hareton.
-Que me fuera corriendo. Pero me lo dijo de un modo tan raro y tenía un aspecto tan poco corriente, que
no pude por menos de detenerme un momento para mirarle.
-¿Pues qué le pasaba?
-Estaba muy excitado, jovial, hasta casi risueño… ¡Bueno, esto muy poco!
-Sin duda le sientan bien los paseos nocturnos -dije yo, tan pasmada como ella. Y como ver al amo alegre
no era un espectáculo ordinario, me las ingenié para buscar un pretexto y entrar. Heathcliff estaba ante la
puerta, en pie, pálido y tembloroso. Pero sus ojos irradiaban un extraño placer que cambiaba
completamente su semblante.
-¿Le sirvo el desayuno? -pregunté-. Después de andar por ahí toda la noche, debe usted estar hambriento.
Me hubiese agradado preguntarle adónde había ido, pero no me atreví a hacerlo directamente.
-No tengo hambre -contestó, volviendo la cabeza.
Hablaba con indiferencia, como si adivinase que yo deseaba conocer el motivo de su buen humor. Yo
pensé que tal vez aquel momento fuera oportuno para hacerle algunas reflexiones.
-No creo que haga usted bien en salir -le amonesté- a la hora de estar en la cama, sobre todo ahora que el
aire es muy húmedo. Va a coger un resfriamiento o unas calenturas. ¡A lo mejor lo ha cogido ya!
-Puedo soportar lo que sea -me contestó- y me alegrará mucho si así consigo estar solo. Anda, entra y no
me molestes.
Pasé y pude apreciar que respiraba muy dificultosamente.
«Sí -pensé-. Se ha puesto enfermo. ¡Cualquiera sabe lo que habrá estado haciendo!»
Al mediodía comió con nosotros. Le di un plato rebosante, y pareció dispuesto a hacerle los honores
después de su largo ayuno.
-No tengo enfriamiento ni fiebre, Elena -dijo, refiéndose a mis palabras de por la mañana- y veras cómo
como..
Cogió el tenedor y el cuchillo y cuando iba a probar del plato cambió de actitud como si hubiera perdido
el apetito súbitamente. Soltó los cubiertos, miró por la ventana ansiosamente y se fue. Mientras comíamos
anduvo dando vueltas por el jardín. Hareton propuso ir él a preguntarle por qué se había marchado,
temeroso de que le hubiésemos disgustado con alguna cosa.
-¿Viene? -interrogó Cati a su primo cuando éste regresaba.
-No -repuso Hareton-, pero no está enfadado. Al contrario: me parece muy contento. Se incomodó
porque le llamé dos veces, y me mandó que volviese contigo. Parecía muy sorprendido de que a mí no me
bastase con tu compañía.
Yo coloqué su plato al lado de la lumbre para que no se enfriase. Heathcliff volvió dos horas más tarde.
No se había calmado. Bajo sus negras cejas se notaba la misma anormal expresión de alegría, la misma cara
pálida y la misma sonrisa extraña en sus dientes entreabiertos. El cuerpo le temblaba, pero no como cuando
se tiembla de frío o de decaimiento, sino como cuando uno está excitado. Parecía una cuerda de guitarra
demasiado tensa.
-Tome, tome la comida -repuse-. ¿Por qué no come?
-No la quiero todavía -dijo-. Elena, haz el favor de decir a Hareton y a la muchacha que no vengan por
acá. Quiero estar solo.
-¿Le han dado algún motivo para que los destierre? -pregunté-. Vamos, señor Heathcliff, dígame qué le
pasa. ¿Dónde estuvo usted anoche? No se lo pregunto por curiosidad. Pero…
-Me lo preguntas por una curiosidad estúpida -respondió-, pero a pesar de eso te contestaré. Esta noche
he estado a las puertas del infierno. Hoy, en cambio, estoy a las puertas del paraíso. Sólo tres pies me
separan de él. Y ahora márchate. No verás nada que te asuste, si dejas de espiarme.
Barrí el salón y limpié la mesa, y me marché completamente desconcertada.
Heathcliff no salió del salón en toda la tarde y nadie interrumpió su soledad. A las ocho, aunque no me
había llamado, creí conveniente llevarle luz y la comida. Le vi acodado en el antepecho de una ventana,
pero no miraba hacia afuera, sino hacia el interior. Del fuego sólo restaban cenizas. El aire suave y húmedo
de la tarde había invadido la habitación, y en la calma del crepúsculo podía escucharse incluso el choque de
la corriente contra las piedras.
Yo dejé escapar una exclamación de disgusto al ver el fuego apagado y comencé a cerrar ventanas, hasta
que llegué a aquella en que él estaba apoyado.
-¿La cierro? -pregunté, notando que no se movía.
Mientras le hablaba, la luz de la bujía iluminó su rostro. Y su expresión me causó un terror indescriptible.
Con sus negros ojos, su palidez de fantasma y su horrible sonrisa, me pareció un espíritu del otro mundo.
Asustada, solté la vela, y quedamos en tinieblas.
-Ciérrala -dijo él con su voz acostumbrada-. ¡Qué torpe eres! ¿Por qué sostenías la vela horizontalmente?
Trae otra.
Salí, loca de horror, y dije a José:
-El amo dice que le lleves una luz y le enciendas el fuego.
No osaba volver a entrar. José entró en el salón, llevando una palada de brasas y una bujía, pero salió
enseguida, trayendo de paso la comida del amo, y nos dijo que éste se iba a acostar y que hasta el día
siguiente no comería nada.
Oímos a Heathcliff subir la escalera, mas no se fue a su habitacion, sino a aquella donde está la cama con
tabiques de madera. Como la ventana de su cuarto es bastante ancha, se me figuró que acaso quería salir
por ella sin que lo averiguáramos.
«¿Será un duende o un vampiro?», me pregunté.
Yo había leído cosas acerca de esos demonios encarnados. Pero al recordar que yo misma le había
cuidado cuando era niño, cómo había asistido a su desarrollo hasta que llegó a la juventud y cómo había
seguido paso a paso casi toda su vida, reconocí que era absurdo dejarme llevar por tales impresiones.
«Sí, pero ¿de dónde procedía aquella criatura que un buen hombre recogió para su propio mal?», repetía
dentro de mí la superstición. Y yo, medio dormida ya, me debatía en un laberinto de suposiciones,
buscando alguna definición que concretase lo que era Heathcliff. En suenos evoque toda su vida, y al final
me figuré que asistía a su muerte y a su sepelio, de todo lo cual no recuerdo otra cosa sino que me veía muy
preocupada para saber qué inscripción habíamos de poner en su tumba, y hasta hablé sobre ello con el
sepulturero, concluyendo todo con poner únicamente «Heathcliff», ya que no tenía apellido conocido. Y, en
verdad, esto sucedió así en la realidad, como verá usted si entra en el cementerio.
Con la aurora, recuperé el sentido común. Me levanté y fui a ver si en el jardín había huellas de pasos,
pero no vi nada.
«Se habrá quedado en casa», pensé.
Preparé el desayuno y aconsejé a Hareton y a Cati que ellos lo tomaran primero. Optaron por desayunar
en el jardín, bajo los árboles, y les llevé allí una mesa.
Cuando entré otra vez en la casa, hallé al amo hablando con José sobre asuntos de la finca. Le dio claras
y precisas instrucciones sobre lo que trataban, pero noté que hablaba muy deprisa y daba otras muestras de
excitación. José salió y Heathcliff se sentó en su sitio habitual. Le llevé una taza de café. La aproximó hacia
sí, apoyó los brazos en la mesa y se puso a mirar a la pared de enfrente examinándola de arriba abajo con
tal concentración, que hasta suspendió la respiración durante unos segundos.
-Coma –exclamé, poniéndole en la mano un pedazo de pan-. Coma y tome el café antes de que se enfríe.
Lo tiene usted delante hace una hora…
No pareció fijarse en mí. Sonrió de un modo tan horrible, que yo hubiera preferido verle rechinar los
dientes antes que sonreír de aquella manera.
-¡Señor Heathcliff! -grité-. Me mira usted como si estuviera contemplando una visión del otro mundo,
¡por amor de Dios!
-Y tú habla más bajo, por amor de Dios también -contestó-. Mira alrededor y dime si estamos solos.
-Desde luego -contesté-, desde luego que sí.
Sin embargo, miré como si lo dudara. Él separó con un manotazo la taza y apoyó los codos sobre la
mesa.
Reparé entonces en que no concentraba la vista en la pared, sino como a unas dos yardas de distancia.
Viere lo que viere, ello le hacía a la vez estremecerse de placer y de dolor, o por lo menos lo parecía, a
juzgar por la expresión de su cara. Lo que creía ver no permanecía inmóvil, ya que los ojos de Heathcliff
cambiaban constantemente de dirección. Yo traté de convencerle de que comiese, pero inútilmente.
Cuando, a veces, atendiendo a mis ruegos, tendía la mano hacia un trozo de pan, sus dedos se crispaban
antes de alcanzarlo, y enseguida se olvidaba de ello.
Me senté y procuré distraerle de su obsesión. Al fin se levantó y me dijo que yo le impedía comer en paz.
Agregó que en lo sucesivo le dejara el servicio en la mesa y me fuera. Y después de pronunciar estas
palabras salió al jardín, bajó lentamente por el sendero y desapareció.
Transcurrieron las horas angustiosamente para mí, y otra vez llegó la noche. Me acosté muy tarde y no
pude dormirme. El volvió después de las doce, pero se encerró en la habitación de abajo en lugar de irse a
su alcoba. Escuché un rato y, al cabo, me vestí, salí de mi alcoba y bajé.
Percibí los pasos del señor Heathcliff, que paseaba lentamente. De vez en cuando respiraba hondamente,
de un modo tan angustioso, que pareció gemir. También le oí murmurar algunas palabras, entre las cuales
distinguí claramente el nombre de Catalina acompañado de alguna otra expresión de amor o de pena.
Parecía que hablaba con alguien con palabras que saliesen del fondo de su alma. No me atreví a entrar en la
habitación, pero para distraer su atención empecé a revolver el fuego de la habitación. Él me oyó antes de
lo que yo esperaba. Salió y dijo:
-¿Es ya de día, Elena? Trae luz.
-Están dando las cuatro -contesté-. Si necesita bujía para subir, puede encenderla aquí, en la lumbre.
-No subo -respondió-. Prepara fuego y lo necesario en este cuarto.
-Tengo que encender bien las ascuas antes de traerlas -dije, mientras tomaba una silla y empuñaba el
fuelle.
Heathcliff paseaba de un lado a otro de la habitación y parecía casi completamente absorto en sí mismo.
Los suspiros entrecortaban su respiración.
-Cuando amanezca tengo que mandar a buscar a Green -me dijo-. Quiero hacerle unas consultas sobre
cosas legales ahora que todavía estoy en pleno juicio. Aún no tengo redactado mi testamento y no sé qué
haré con mis bienes. Siento mucho no poder hacerlos desaparecer de la faz de la tierra.
-No diga eso, señor Heathcliff -respondí- y déjese de testamentos. Aún le quedará tiempo para arrepentirse
de las muchas injusticias que ha cometido usted. Nunca creía posible que sus nervios se alterasen tanto
como lo están ahora. Y es que lleva usted tres días haciendo una vida que no la hubiera resistido ni un titán.
Coma algo y descanse. Mírese al espejo y verá que necesita una y otra cosa. Tiene usted chupadas las
mejillas y los ojos inyectados en sangre. Está muerto de hambre y de sueño…
-No creas que no como ni duermo porque depende de mí. No lo hago adrede. En cuanto pueda, comeré y
dormiré. Pero pedírmelo ahora es como pedir a un náufrago que no nade cuando está a una braza de la
orilla. Primero llegaré a ella, y ya descansaré luego. Bueno, no pensemos en el señor Green. Y respecto a
mis injusticias, como no he cometido ninguna, de ninguna tengo que arrepentirme. Soy demasiado feliz y,
sin embargo, aún no lo soy tanto como quisiera serio. La felicidad de mi alma destruye mi cuerpo y, no
obstante, no le basta con lo que tiene…
-¡Extraña felicidad es la suya, señor! -comenté-. Si usted quisiera oírme sin enfadarse, le daría un consejo
que le permitiría sentirse más dichoso.
-¿Qué consejo? Dámelo.
-Ya sabe, señor Heathcliff, que desde los trece años ha vivido usted una vida impía. Seguramente desde
entonces no ha cogido usted una Biblia. Debe usted haber olvidado las enseñanzas cristianas y quizá no le
sobrará volverlas a reparar. ¿Qué habría de malo en llamar a un sacerdote para que le recordase las
enseñanzas de Cristo y le hiciese comprender cuánto se ha separado usted de ellas y lo mal dispuesto que
está su espíritu para salvarse, a menos que no se arrepienta antes de morir?
-Más que ofenderme, te agradezco que me hables de eso, Elena, porque así me recuerdas que tengo que
darte instrucciones sobre mi entierro. Mandarás que me sepulten al atardecer. Tú y Hareton podéis
acompañarme, si os parece bien, y no te olvides de hacer que el sepulturero obedezca las instrucciones que
le di. No hace falta que acuda cura alguno ni que se recen responsos. ¡Te aseguro que yo he alcanzado ya
mi cielo, y si algún otro hay, no me interesa ni en lo más mínimo!
-¿Y si por obstinarse en no tomar alimento se muriese, y por esa causa no le quisieran enterrar en tierra
sagrada? ¿Qué le sucedería?
-No se dará este caso -contestó-, pero, si ocurre, ocúpate de que me entierren allí en secreto. Y si no lo
haces así, ya te demostraré de un modo palpable que los muertos no se disuelven del todo.
Al oír que se levantaban los demás, se fue a su cuarto y yo respiré, aliviada. Pero, por la tarde, después de
que salieron Hareton y José, me fue a buscar a la cocina y me pidió que me sentase a su lado. Necesitaba
compañía, al parecer. Yo le contesté que su aspecto y su conversación me asustaban, y que ni mi voluntad
ni mi estado de nervios me permitían hacerle compañía.
-Ya veo que me tienes por un demonio -dijo, riendo tétricamente-. Me consideras demasiado horrible
para vivir en una casa normal. -Y, volviéndose a Cati, que se escondió detrás de mí al acercarse él, añadió
medio en broma-: Y tú, ¿no quieres venir conmigo? No, claro. Para ti debó ser peor que el demonio. Pero
allí dentro hay alguien que no me rehusará su companía…
No pidió a nadie más que estuviese con él. Al oscurecer se fue a su cuarto. Toda la noche le oimos
quejarse y hablar solo. Hareton quería entrar, pero yo le mandé a buscar al señor Kenneth. Cuando éste
vino, encontramos que la puerta del amo estaba cerrada por dentro. Heathcliff nos mandó a paseo, aseguró
que se encontraba mejor y ordenó que le dejásemos en paz. Así pues, el médico se marchó.
La noche siguiente fue muy lluviosa. Estuvo diluviando hasta el amanecer. Cuando salí al jardín, a la
aurora, vi que la ventana del cuarto de la cama de tablas, donde estaba Heathcliff, se hallaba abierta y la
lluvia entraba por ella a torrentes.
«Si estuviese en la cama -reflexioné- se hubiera calado. Debe haberse levantado o salido. ¡Ea, voy a
verlo!»
Busqué otra llave que servía para abrir la puerta de la habitación y entré. Como no vi a nadie en el cuarto,
separé los paneles corredizos del lecho de tablas. Heathcliff estaba en él, tendido de espaldas. Tenía en los
labios una vaga sonrisa, y sus ojos miraban fijamente de un modo agudo y feroz. El corazón se me heló; no
podía creer que Heathcliff estuviese muerto. Mas su cabeza y su cuerpo, así como las sábanas, estaban
chorreando y él no se movía. Los postigos de la ventana, movidos por el viento, se agitaban de un lado a
otro y le habían lastimado una mano que tenía apoyada en el alféizar. Sin embargo, no sangraba. Cuando le
toqué no dudé más. Estaba muerto, rígido…
Cerré la ventana, separé de la frente de Heathcliff su largo cabello y traté de cerrarle los párpados para
ocultar aquella terrible mirada, pero no lo conseguí. Sus ojos parecían burlarse de mí, y sus dientes,
brillando entre los labios entreabiertos, también. Asustada, llamé a José. Éste alborotó y gruñó, y se negó a
hacer nada con el cadáver.
-¡El diablo se ha llevado su alma! -gritó-. ¡Y por lo que dependa de mí, también cargará con sus restos!
¡Grandísimo malvado! Está enseñando los dientes a la muerte…
Y quiso imitar su lúgubre sonrisa para mofarse de él. Creí que hasta iba a bailar de alegría alrededor del
lecho. Sin embargo, recobró su compostura, e hincándose de rodillas y levantando las manos al cielo dio
gracias a Dios de que el amo legítimo y la antigua estirpe recuperasen al fin los derechos que les eran
propios.
Quedé abrumada, evocando con tristeza los antiguos tiempos. El pobre Hareton fue el que más se
disgustó de todos nosotros. Toda la noche veló junto al cadáver llorando con desconsuelo. Apretaba la
mano del muerto, besaba su áspero y sarcástico rostro, que sólo él se atrevía a mirar, y mostraba el dolor
real que brota siempre de los pechos nobles aunque sean duros como el acero mejor templado.
El doctor Kenneth se halló muy apurado para diagnosticar las causas de la muerte. No le hablé de que el
amo había pasado sin comer los cuatro últimos días, para evitar que ello nos produjera complicaciones. Por
mi parte, estoy segura de que aquello fue efecto y no causa de su rara enfermedad.
Se enterró como había ordenado, no sin que el vecindario se escandalizase. Hareton, yo, el sepulturero y
los seis hombres que transportaban el ataúd, compusimos todo el cortejo fúnebre. Los seis hombres se
marcharon después de que se bajó el ataúd a la fosa, pero nosotros nos quedamos aún. Hareton, lloroso,
cubrió la tumba de verde hierba. Creo que ahora su sepulcro está tan florido como los otros dos que se
hallan junto a él, y espero que su ocupante descanse en paz. Pero si preguntara usted a los campesinos le
contarían que el fantasma de Heathcliff se pasea por los contornos. Hay quien asegura haberle visto junto a
la iglesia y en los pantanos, y hasta dentro de esta casa. Eso son habladurías, diría usted, y yo opino lo
mismo. Y, no obstante, ese viejo que ve usted junto al fuego, en la cocina, jura que, desde que murió
Heathcliff, les ve a él y a Catalina Earnshaw, todas las noches de lluvia, siempre que mira por las ventanas
de su habitación. Y a mí me sucedió una cosa muy rara hace alrededor de un mes. Había ido a la «Granja»
una oscura noche que amenazaba tempestad, y al volver a las «Cumbres» encontré a un muchacho que
conducía una oveja y dos corderos. Lloraba desconsoladamente, y me figuré que los corderos eran rebeldes
y no se dejaban llevar.
-¿Qué te pasa? -le pregunté.
-Ahí abajo están Heathcliff y una mujer -balbució- y no me atrevo a pasar, porque quieren atraparme.
Yo no vi nada, pero ni él ni las ovejas quisieron seguir su camino, y entonces le dije que siguiera otro.
Seguramente iba pensando, mientras andaba a campo traviesa, en las tonterías que habría oído contar e
imaginaría ver el fantasma. Pero el caso es que ahora no me gusta salir de noche, ni me agrada quedarme
sola en esta casa tan sombría. No lo puedo remediar. Así que tendré una gran alegría en que los primos se
vayan a la «Granja.»
¿Así que se instalan en la «Granja»?
-En cuanto se casen, y piensan hacerlo el día de año nuevo.
-¿Quién se queda a vivir aquí?
-José, y quizá un mozo para acompañarle. Se arreglarán en la cocina y cerraremos el resto de la casa.
-A disposición de los espectros que quieran habitar en ella, ¿no?
-No, señor Lockwood -contestó Elena moviendo la cabeza-. Yo creo que los muertos reposan en sus
tumbas, pero, sin embargo, no se debe hablar de ellos con esa frivolidad.
Rechinó la puerta del jardín. Los paseantes volvían a casa.
Al verlos pararse en la puerta para mirar una vez más la luna -o más exactamente, para mirarse el uno al
otro a la luz lunar-, sentí otra vez un irresistible impulso de marcharme. Así que, deslizando un pequeño
obsequio en la mano de la señora Dean, y desoyendo sus protestas por la brusquedad con que me marchaba,
salí por la cocina mientras los novios abrían la puerta del salón. Esta manera de partir hubiera confirmado
las opiniones de José sobre los que suponía escarceos amorosos de su compañera de servicio, a no haberle
dado una garantía de mi honorable respetabilidad el sonido de una moneda de oro que arrojé a sus pies.
Al alejarme, di un rodeo para pasar al lado de la iglesia. Observé cuánto había avanzado en siete meses la
progresiva ruina del edificio. Más de una ventana ostentaba negros agujeros en lugar de cristales, y aquí y
allá sobresalían pizarras sobre el alero, desgastado por las lluvias del otoño.
A poco, vi las tres lápidas sepulcrales, colocadas en un terraplén, cerca del páramo. La del centro estaba
amarillenta y cubierta de matojos, la de Linton tan sólo ornada por el musgo y la hierba que crecían a su
pie, y la de Heathcliff completamente desnuda.
Yo me detuve allí, cara al cielo sereno. Y siguiendo con los ojos el vuelo de las libélulas entre las plantas
silvestres y las campanillas, y oyendo el rumor de la suave brisa entre el césped, me admiré de que alguien
pudiera atribuir inquietos sueños a los que descansaban en tan quietas tumbas.
FIN
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en verdad es un libro hermoso,me encanta es uno de mis preferido yo lo tube hace mucho, y creo que me lo se de memoria