Madame Bovery
6. agosto 2010
Página: Anterior 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Ver Todas Siguiente
espantosa del desgraciado que surgía de las tinieblas eternas como un espanto.
ill souffla bien fort ce jour-là.
Et le jupon court s’envola!(4)
4. Sopló un viento muy fuerte aquel día y la falda corta se echó a volar.
Una convulsión la derrumbó de nuevo sobre el colchón. Todos se acercaron. Ya había
dejado de existir.
CAPÍTULO IX
Siempre hay detrás de la muerte de alguien como una estupefacción que se desprende,
tan difícil es comprender esta llegada inesperada de la nada y resignarse a creerlo. Pero
cuando se dio cuenta de su inmovilidad, Carlos se echó sobre ella gritando:
-¡Adiós!, ¡adiós!
Homais y Canivet le sacaron fuera de la habitación.
-¡Tranquilícese!
-Sí -decía debatiéndose-, seré razonable, no haré daño. Pero déjenme. ¡Quiero verla!,
¡es mi mujer!
Y lloraba.
-Llore -dijo el farmacéutico-, dé rienda suelta a la naturaleza, eso le aliviará.
Carlos, sintiéndose más débil que un niño, se dejó llevar abajo, a la sala, y el señor
Homais pronto se volvió a su casa.
En la plaza fue abordado por el ciego, quien habiendo llegado a Yonville con la
esperanza de la pomada antiflogística, preguntaba a cada transeúnte dónde vivía el
boticario,
-¡Vamos, hombre!, ¡como si no tuviera otra cosa que hacer! Ten paciencia, vuelve más
tarde.
Y entró precipitadamente en la farmacia.
Tenía que escribir dos cartas, preparar una poción calmante para Bovary, inventar una
mentira que pudiese ocultar el envenenamiento y preparar un artículo para El Fanal, sin
contar las personas que le esperaban para recibir noticias; y, cuando los yonvillenses
escucharon el relato del arsénico que había tomado por azúcar, al hacer una crema de
vainilla, Homais volvió de nuevo a casa de Bovary.
Lo encontró solo (el señor Canivet acababa de marcharse), sentado en el sillón, cerca de
la ventana y contemplando con una mirada idiota los adoquines de la calle.
-Ahora -dijo el farmacéutico- usted mismo tendría que fijar la hora de la ceremonia.
-¿Por qué?, ¿qué ceremonia?
Después con voz balbuciente y asustada:
-¡Oh!, no, ¿verdad?, no, quiero conservarla.
Homais, para disimular, tomó una jarra del aparador para regar los geranios.
-¡Ah!, gracias -dijo Carlos-, ¡qué bueno es usted!
Y no acabó su frase, abrumado por el aluvión de recuerdos que este gesto del
farmacéutico le evocaba.
Entonces, para distraerle, Homais creyó conveniente hablar un poco de horticultura; las
plantas necesitaban humedad. Carlos bajó la cabeza en señal de aprobación.
-Además, ahora van a volver los días buenos.
-¡Ah! -dijo Bovary.
El boticario, agotadas sus ideas, se puso a separar suavemente los visillos de la vidriera.
-¡Mire!, a11í va el señor Tuvache.
Carlos repitió como una máquina.
-Allí va el señor Tuvache.
Homais no se atrevió a hablarle otra vez de los preparativos fúnebres; fue el eclesiástico
quien vino a11í a resolverlo.
Carlos se encerró en su gabinete, tomó una pluma, y, después de haber sollozado algún
tiempo, escribió.
«Quiero que la entierren con su traje de boda, con unos zapatos blancos, una corona. Le
extenderán el pelo sobre los hombros; tres ataúdes, uno de roble, uno de caoba, uno de
plomo. Que nadie me diga nada, tendré valor. Le pondrán por encima de todo una gran
pieza de terciopelo verde. Esta es mi voluntad. Que se cumpla.»
Aquellos señores se extrañaron mucho de las ideas novelescas de Bovary, y enseguida
el farmacéutico fue a decirle:
-Ese terciopelo me parece una redundancia. Además, el gasto…
-¿Y a usted qué le importa? —exclamó Carlos-. ¡Déjeme en paz!, ¡usted no la quería!
¡Márchese!
El eclesiástico lo tomó por el brazo para hacerle dar un paseo por la huerta. Hablaba
sobre la vanidad de las cosas terrestres. Dios era muy grande, muy bueno; debíamos
someternos sin rechistar a sus decretos, incluso darle gracias.
Carlos prorrumpió en blasfemias.
-¡Detesto al Dios de ustedes!
-El espíritu de rebelión no le ha dejado todavía -suspiró el eclesiástico.
Bovary estaba lejos. Caminaba a grandes pasos, a lo largo de la pared, cerca del
espaldar, y rechinaba los dientes, levantaba al cielo miradas de maldición, pero ni una
sola hoja se movió.
Caía una fría lluvia, Carlos, que tenía e1 pecho descubierto, comenzó a tiritar; entró a
sentarse en la cocina.
A las seis se oyó un ruido de chatarra en la plaza: era «La Golondrina» que llegaba; y
Carlos permaneció con la frente pegada a los cristales viendo bajar a los viajeros unos
detrás de otros. Felicidad le extendió un colchón en el salón, Carlos se echó encima y se
quedó dormido.
Aunque filósofo, el señor Homais respetaba a los muertos. Por eso, sin guardar rencor
al pobre Carlos, volvió por la nothe a velar el cadáver, llevando consigo tres libros y un
portafolios para tomar notas.
El señor Bournisien se encontraba a11í, y dos grandes cirios ardían en la cabecera de la
cama, que habían sacado fuera de la alcoba.
El boticario, a quien pesaba el silencio, no tardó en formular algunas quejas sobre
aquella infortunada mujer joven, y el sacerdote respondió que ahora sólo quedaba rezar
por ella.
-Sin embargo -replicó Homais-, una de dos: o ha muerto en estado de gracia, como dice
la Iglesia, y entonces no tiene ninguna necesidad de nuestras oraciones, o bien ha muerto
impenitente, esta es, yo creo, la expresión eclesiástica, y entonces . .
Bournisien le interrumpió, replicando en un tono desabrido, que no dejaba de ser
necesario el rezar.
-Pero -objetó el farmacéutico- ya que Dios conoce todas nuestras necesidades, ¿para
qué puede servir la oración?
-¡Cómo! -dijo el eclesiástico-, ¡la oración! ¿Luego usted no es cristiano?
-¡Perdón! -dijo Homais-. Admiro el cristianismo. Primero liberó a los esclavos,
introdujo en el mundo una moral…
-¡No se trata de eso! Todos los textos…
-¡Oh!, ¡oh!, en cuanto a los textos, abra la historia; se sabe que han sido falsificados por
los jesuitas.
Entró Carlos, y, acercándose a la cama, corrió lentamente las coronas:
Emma tenía la cabeza inclinada sobre el hombro derecho. La comisura de su boca, que
seguía abierta, hacía como un agujero negro en la parte baja de la cara; los dos pulgares
permanecían doblados hacia la palma de las manos; una especie de polvo blanco le
salpicaba las cejas, y sus ojos comenzaban a desaparecer en una palidez viscosa que
semejaba una tela delgada, como si las arañas hubiesen tejido a11í encima.
La sábana se hundía desde los senos hasta las rodillas, volviendo después a levantarse
en la punta de los pies; y a Carlos le parecía que masas infinitas, que un peso enorme
pesaba sobre ella.
El reloj de la iglesia dio las dos. Se oía el gran murmullo del río que corría en las
tinieblas al pie de la terraza. El señor Bournisien de vez en cuando se sonaba
ruidosamente y Homais hacía rechinar su pluma sobre el papel.
-Vamos, mi buen amigo -dijo-, retírese, este espectáculo le desgarra.
Una vez que salió Carlos, el farmacéutico y el cura reanudaron sus discusiones.
-¡Lea a Voltaire! -decía uno-; lea a D’Holbach, lea la Enciclopedia.
-Lea las Cartas de algunos judíos portugueses(1) -decía el otro-; lea la Razón del
cristianismo, por Nicolás, antiguo magistrado.
1. Obra del abate Antoine Guénée, publicada en 1769, y en la que refuta los ataques de Voltaire contra la
Biblia.
Se acaloraban, estaban rojos, hablaban a un tiempo, sin escucharse; Bournisien se
escandalizaba de semejante audacia; Homais se maravillaba de semejante tontería; y no
les faltaba mucho para insultarse cuando, de pronto, reapareció Carlos. Una fascinación
le atraía. Subía continuamente la escalera.
Se ponía enfrente de Emma para verla mejor, y se perdía en esta contemplación, que ya
no era dolorosa a fuerza de ser profunda.
Recordaba historias de catalepsia, los milagros del magnetismo, y se decía que,
queriéndolo con fuerza, quizás llegara a resucitarla. Incluso una vez se inclinó hacia ella,
y dijo muy bajo: «¡Emma! ¡Emma!» Su aliento, fuertemente impulsado, hizo temblar la
llama de los cirios contra la pared.
Al amanecer llegó la señora Bovary madre; Carlos, al abrazarla, se desbordó de nuevo
en llanto. Ella trató, como ya lo había hecho el farmacéutico, de hacerle algunas
observaciones sobre los gastos del entierro. Carlos se excitó tanto que su madre se calló,
a incluso le encargó que fuese inmediatamente a la ciudad para comprar lo que hacía
falta.
Carlos se quedó solo toda la tarde: habían llevado a Berta a casa de la señora Homais;
Felicidad seguía arriba, en la habitación, con la tía Lefrançois.
Por la tarde recibió visitas. Se levantaba, estrechaba las manos sin poder hablar,
después se sentaban unos junto a los otros formando un gran semicírculo delante de la
chimenea. Con la cabeza baja y las piernas cruzadas, balanceaba una de ellas dando un
suspiro de vez en cuando.
Y todos se aburrían enormemente, pero nadie se decidía a marcharse.
Cuando Homais volvió a las nueve (no se veía más que a él en la plaza desde hacía dos
días), venía cargado de una provisión de alcanfor, de benjuí y de hierbas aromáticas.
Llevaba también un recipiente lleno de cloro para alejar los miasmas.
En aquel momento, la criada, la señora Lefrançois y la señora Bovary madre daban
vueltas alrededor de Emma terminando de vestirla, y bajaron el largo velo rígido que le
tapó hasta sus zapatos de raso.
Felicidad sollozaba:
-¡Ah!, ¡mi pobre ama!, ¡mi pobre ama!
-¡Mírela -decía suspirando la mesonera-, qué preciosa está todavía! Se diría que va a
levantarse inmediatamente.
Después se inclinaron para ponerle la corona.
Hubo que levantarle un poco la cabeza, y entonces un chorro de líquido negro salió de
su boca como un vómito.
-¡Ah! ¡Dios mío!, ¡el vestido, tened cuidado! -exclamó la señora Lefrançois-.
¡Ayúdenos! -le decía al farmacéutico-. ¿Acaso tiene miedo?
-¿Miedo yo? -replicó encogiéndose de hombros-. ¡Pues sí! ¡He visto a tantos en el
Hospital cuando estudiaba farmacia! ¡Hacíamos ponche en el anfiteatro de las
disecciones! La nada no espanta a un filósofo; a incluso, lo digo muchas veces, tengo la
intención de legar mi cuerpo a los hospitales para que sirva después a la ciencia.
Al llegar el cura preguntó cómo estaba el señor, y a la respuesta del boticario, replicó.
-¡El golpe, como comprende, está todavía muy reciente!
Entonces Homais le felicitó por no estar expuesto, como todo el mundo, a perder una
compañía querida; de donde se siguió una discusión sobre el celibato de los sacerdotes.
-Porque -decía el farmacéutico- ¡no es natural que un hombre se arregle sin mujeres!, se
han visto crímenes…
-Pero ¡caramba! —exclamó el eclesiástico-, ¿cómo quiere usted que un individuo
casado sea capaz de guardar, por ejemplo, el secreto de la confesión?
Homais atacó la confesión, Bournisien la defendió, se extendió sobre las restituciones
que hacía operar. Citó diferentes anécdotas de ladrones que de pronto se habían vuelto
honrados, militares que habiéndose acercado al tribunal de la penitencia habían notado
que se les caían las vendas de los ojos. Había en Friburgo un ministro…
Su compañero dormía. Después, como se ahogaba un poco en la atmósfera demasiado
pesada de la habitación, abrió la ventana to cual despertó al farmacéutico.
-Vamos, ¡un polvito de rapé! -le dijo-. Tómelo, le despabilará.
En algún lugar, a lo lejos, se oían unos alaridos ininterrumpidos.
-¿Oye usted ladrar un perro? -dijo el farmacéutico.
-Se dice que olfatean a los muertos -respondió-. Es como las abejas: escapan de la
colmena cuando muere una persona.
Homais no hizo ninguna observación sobre estos prejuicios, pues se había dormido.
El señor Bournisien, más robusto, continuó algún tiempo moviendo los labios muy
despacio; después, insensiblemente, inclinó la cabeza, dejó caer su gordo libro negro y
empezó a roncar.
Estaban uno enfrente del otro, con el vientre hacia fuera, la cara abotargada, el aire
ceñudo, coincidiendo después de tanto desacuerdo en la misma debilidad humana; y no se
movían más que el cadáver que estaba a su lado, que parecía dormir.
Cuando Carlos volvió a entrar, no los despertó. Era la última vez. Venía a decirle adiós.
Las hierbas aromáticas seguían humeando, y unos remolinos de vapor azulado se
confundían en el horde de la ventana con la niebla que entraba.
Había algunas estrellas y la noche estaba templada.
La cera de los cirios caía en gruesas lágrimas sobre las sábanas. Carlos miraba cómo
ardían, cansándose los ojos contra el resplandor de su llama amarilla.
Temblaban unos reflejos en el vestido de raso, blanco como un claro de luna. Emma
desaparecía debajo, y a Carlos le parecía que, esparciéndose fuera de sí misma, se perdía
confusamente en las cosas que la rodeaban, en el silencio, en la noche, en el viento que
pasaba, en los olores húmedos que subían.
Después, de pronto, la veía en el jardín de Tostes, en el banco, junto al seto de espinos,
en el umbral de su casa, en el patio de Les Bertaux. Seguía oyendo la risa de los chicos
alegres que bailaban bajo los manzanos; la habitación estaba llena del perfume de su
cabellera y su vestido le temblaba en los brazos con un chisporroteo; y era el mismo,
aquel vestido.
Estuvo mucho tiempo así recordando todas las felicidades desaparecidas: su actitud, sus
gestos, el timbre de su voz. Después de una desesperación venía otra, y siempre,
inagotablemente, cómo las olas de una marea que se desborda.
Sintió una terrible curiosidad: despacio, con la punta de los dedos, palpitante, le levantó
el velo. Pero lanzó un grito de horror que despertó a los que dormían. Lo llevaron abajo, a
la sala.
Después vino Felicidad a decir que el señor quería un mechón de pelo de la señora.
-¡Córtelo! -replicó el boticario.
Y como ella no se atrevía, se adelantó él mismo, con las tijeras en la mano. Temblaba
tanto, que picó la piel de las sienes en varios sitios. Por fin, venciendo la emoción,
Homais dio dos o tres grandes tijeretazos al azar, lo cual dejó marcas blancas en aquella
hermosa cabellera negra.
El farmacéutico y el cura volvieron a sumergirse en sus ocupaciones, no sin dormir de
vez en cuando, de to cual se acusaban recíprocamente cada vez que volvían a despertar.
Entonces el señor Bournisien rociaba la habitación con agua bendita y Homais echaba un
poco de cloro en el suelo.
Felicidad había tenido la precaución de poner para ellos, sobre la cómoda, una botella
de aguardiente, un queso y un gran bizcocho. Por eso el boticario, que no podía más,
suspiró hacia las cuatro de la mañana:
-¡La verdad es que de buena gana me tomaría algo!
El eclesiástico no se hizo rogar; salió para ir a decir misa, volvió, después comieron y
bebieron, bromeando un poco, sin saber por qué, animados por esa alegría vaga que nos
invade después de sesiones de tristeza; y a la última copa, el cura dijo al farmacéutico,
dándole palmadas en el hombro:
-¡Acabaremos por entendernos!
Abajo, en el vestíbulo, encontraron a los carpinteros que llegaban. Entonces Carlos,
durante dos horas, tuvo que soportar el suplicio del martillo que resonaba sobre las tablas.
Después la depositaron en su ataúd de roble que metieron en los otros dos; pero como el
ataúd era demasiado ancho, hubo que rellenar los intersticios con la lana de un colchón.
Por fin, una vez cepilladas, clavadas y soldadas las tres tapas, la expusieron delante de la
puerta; se abrió de par en par la casa y empezó el desfile de los vecinos de Yonville.
Llegó el padre de Emma. Se desmayó en la plaza al ver el paño negro.
CAPÍTULO X
No había recibido la carta del farmacéutico hasta treinta y seis horas después del
acontecimiento; y en atención a su sensibilidad, el señor Homais la había redactado de tal
manera que era imposible saber a qué atenerse.
El buen hombre cayó al principio como en un ataque de apoplejía. Después pensó que
ella no había muerto. Pero podía estarlo… Por fin se puso la blusa, cogió el sombrero,
sujetó una espuela a la bota y salió a galope tendido, y a todo to largo de la carretera el tío
Rouault, jadeante, se consumía de angustia. Una vez, incluso, se vio obligado a bajar. Ya
no veía, oía voces a su alrededor, tenía la sensación de volverse loco.
Se hizo de día. Vio tres gallinas negras que dormían en un árbol; se estremeció
espantado por este presagio. Entonces prometió a la Santísima Virgen tres casullas para la
iglesia y que iría descalzo desde el cementerio de Les Bertaux hasta la capilla de
Vassonville.
Entró en Maromme llamando desde lejos a la gente de la posada, derribó la puerta de
un empujón, dio un salto sobre el saco de avena, echó en el pesebre una botella de sidra
dulce, volvió a montar en su caballo que sacaba chispas con sus cuatro herraduras.
Se decía a sí mismo que sin duda la salvarían; los médicos descubrirían un remedio,
estaba seguro. Recordó todas las curaciones milagrosas que le habían contado.
Después se le apareció muerta. Estaba allí, tendida sobre la espalda, en medio de la
carretera. Tiraba de las riendas y la alucinación desaparecía.
En Quincampoix, para animarse, tomó tres cafés uno detrás de otro.
Pensó que se habían equivocado de nombre al escribirle. Buscó la carta en el bolsillo, la
palpó, pero no se atrevió a abrirla.
Llegó a suponer que quizás era una «broma», una venganza de alguien, una ocurrencia
de algún juerguista, y, por otra parte, si su hija hubiera muerto ¿se sabría? ¡Pues no!, el
campo no tenía nada de extraordinario: el cielo estaba azul, los árboles se balanceaban,
pasó un rebaño de corderos. Vio el pueblo, le vieron galopar deprisa inclinado sobre el
caballo, al que daba grandes latigazos y cuyas cinchas goteaban sangre.
Cuando volvió en sí, cayó envuelto en llanto en brazos de Bovary:
-¡Mi hija! ¡Emma!, ¡mi niña!, ¡explíqueme!
Y Carlos respondió sollozando:
-¡No sé, no sé!, ¡es una maldición!
El boticario los separó.
-Estos horribles detalles son inútiles. Ya informaré al señor. Está llegando gente. Un
poco de dignidad, ¡caramba!, un poco de resignación.
Bovary quiso parecer fuerte y repitió varias veces:
-iSí!…, ¡valor!
-Bueno -exclamó el buen hombre-, lo tendré, ¡rayos y truenos! Voy a acompañarla
hasta el fin.
Doblaba la campana. Todo estaba dispuesto. Hubo que ponerse en marcha.
Y sentados en una silla del coro, uno al lado del otro, vieron pasar y volver a pasar
delante de ellos continuamente a los tres chantres que salmodiaban. El serpentón soplaba
a pleno pulmón. El señor Bournisien, revestido de ornamentos fúnebres, cantaba con voz
aguda; se inclinaba ante el sagrario, elevaba las manos, extendía los brazos. Lestiboudis
circulaba por la iglesia con su varilla de ballena; cerca del facistol reposaba el ataúd entre
cuatro filas de cirios. A Carlos le daban ganas de levantarse para apagarlos.
Trataba, sin embargo, de animarse a la devoción, de elevarse en la esperanza de una
vida futura en donde la volvería a ver. Imaginaba que ella había salido de viaje, muy
lejos, desde hacía tiempo. Pero cuando pensaba que estaba a11í abajo y que todo había
terminado, que la llevaban a la tierra, se apoderaba de él una rabia feroz, negra,
desesperada. A veces creía no sentir nada más, y saboreaba este alivio de su dolor
reprochándose al mismo tiempo ser un miserable.
Se oyó sobre las losas como el ruido seco de una barra de hierro que las golpeaba
rítmicamente. Venía del fondo y se paró en seco en una nave lateral de la iglesia. Un
hombre con gruesa chaqueta oscura se arrodilló penosamente. Era Hipólito, el mozo del
«Lion de d’Or». Se había puesto su pierna nueva.
Uno de los chantres vino a dar la vuelta a la nave para hacer la colecta y las grandes
monedas sonaban, unas detrás de otras, en la bandeja de plata.
-¡Dense prisa! ¡Estoy que ya no puedo más! exclamó Bovary al tiempo que echaba
encolerizado una moneda de cinco francos.
El eclesiástico le dio las gracias con una larga reverencia. Cantaban, se arrodillaban, se
volvían a levantar, aquello no terminaba. Recordó que una vez, en los primeros tiempos
de su matrimonio, habían asistido juntos a misa y se habían puesto en el otro lado, a la
derecha, contra la pared. La campana empezó de nuevo, hubo un gran movimiento de
sillas. Los portadores pasaron las tres varas bajo el féretro y salieron de la iglesia.
Entonces apareció Justino en el umbral de la farmacia. De pronto se volvió a meter
dentro, pálido, vacilante.
La gente se asomaba a las ventanas para ver pasar el cortejo. Carlos, en cabeza, iba muy
erguido. Parecía sereno y saludaba con un gesto a los que, saliendo de las callejuelas o de
las puertas, se incorporaban a la muchedumbre.
Los seis hombres, tres de cada lado, caminaban a paso corto y algo jadeantes. Los
sacerdotes, los chantres y los dos niños de coro recitaban el De profundis, y sus voces se
esparcían por el campo subiendo y bajando con ondulaciones. A veces desaparecían en
los recodos del sendero, pero la gran cruz de plata seguía irguiéndose entre los árboles.
Seguían las mujeres, tapadas con negros mantones con la capucha bajada; llevaban en
la mano un gran cirio ardiendo, y Carlos se sentía desfallecer en aquella continua
repetición de oraciones y de antorchas bajo esos olores empalagosos de cera y de sotana.
Soplaba una brisa fresca, verdeaban los centenos y las colzas, unas gotitas de rocío
temblaban al borde del camino sobre los setos de espinos. Toda suerte de ruidos alegres
llenaba el horizonte: el crujido lejano de una carreta a lo largo de las roderas, el grito de
un gallo que se repetía o el galope de un potro que se veía desaparecer bajo los manzanos.
El cielo claro estaba salpicado de nubes rosadas; la luz azulada de las velas refejaba sobre
las chozas cubiertas de lirios; Carlos, al pasar, reconocía los corrales. Se acordaba de
mañanas como ésta, en que, después de haber visitado a un enfermo, salía de la casa y
volvía hacia Emma.
El paño negro, sembrado de lentejuelas blancas, se levantaba de vez en cuando
descubriendo el féretro. Los portadores, cansados, acortaban el paso, y el féretro
avanzaba en continuas sacudidas, cabeceando como una chalupa a merced de las olas.
Llegaron al cementerio.
Los portadores siguieron hasta el fondo, a un lugar en el césped donde estaba cavada la
fosa.
Formaron círculo en torno a ella; y mientras que el sacerdoto hablaba, la tierra roja,
echada sobre los bordes, corría por las esquinas, sin ruido, continuamente.
Después, una vez dispuestas las cuatro cuerdas, empujaron el féretro encima.
Él la vio bajar, bajar lentamente.
Por fin se oyó un choque, las cuerdas volvieron a subir chirriando. Entonces el señor
Bournisien tomó la pala que le ofrecía Lestiboudis; con su mano izquierda echó con
fuerza una gran paletada de tierra, mientras que con la derecha asperjía la sepultura; y la
madera del ataúd, golpeada por los guijarros, hizo ese ruido formidable que nos parece
ser el de la resonancia de la eternidad.
El eclesiástico pasó el hisopo a su vecino. Era el señor Homais. Lo sacudió gravemente,
y se lo pasó a su vez a Carlos, quien se hundió hasta las rodillas en tierra, y la echaba a
puñados mientras exclamaba: «Adiós.» Le enviaba besos; se arrastraba hacia la fosa para
sepultarse con ella.
Se lo llevaron; y no tardó en apaciguarse, experimentando quizás, como todos los
demás, la vaga satisfacción de haber terminado.
El tío Rouault, al volver, se puso tranquilamente a fumar una pipa, lo cual Homais, en
su fuero interno, juzgó poco adecuado. Observó igualmente que el señor Binet se había
abstenido de aparecer, que Tuvache se «había largado» después de la misa, y que
Teodoro, el criado del notario, llevaba un traje azul, «como si no se pudiera encontrar un
traje negro, ya que es la costumbre, ¡qué diablo!». Y para comunicar sus observaciones,
iba de corro en corro. Todos lamentaban la muerte de Emma, y sobre todo Lheureux, que
no había faltado al entierro.
-¡Pobre señora!, ¡qué dolor para su marido!
El boticario decía:
-Sepan ustedes que, si no fuera por mí, podría haber atentado contra su propia vida.
-¡Una persona tan buena! ¡Y decir que todavía la vi el sábado pasado en mi tienda!
-No he tenido tiempo -dijo Homais- de preparar unas palabras que hubiera pronunciado
sobre su tumba.
De regreso, en casa, Carlos se cambió de ropa, y el tío Rouault volvió a ponerse la
blusa azul. Estaba nueva, y como durante el viaje se había secado muchas veces los ojos
con las mangas, había desteñido en su cara; y la huella de las lágrimas hacía unas líneas
en la capa de polvo que la ensuciaba.
La señora Bovary madre estaba con ellos. Los tres estaban callados. Por fin, el buen
hombre suspiró.
-¿Se acuerda, amigo mío, que fui a Tostes una vez, cuando usted acababa de perder a su
primera difunta? En aquel tiempo le consolaba. Encontraba algo que decirle; pero ahora…
Después, con un largo gemido que le levantó todo el pecho:
-¡Ah!, para mí se acabó todo. ¡Ya ve usted! He visto morir a mi mujer…, después a mi
hijo…, y ahora, hoy, a mi hija.
Quiso volverse enseguida a Les Bertaux diciendo que no podría dormir en aquella casa.
Ni siquiera quiso ver a su nieta.
-¡No!, ¡no!, sería una despedida demasiado dolorosa. Pero le dará muchos besos.
¡Adiós!, ¡usted es un buen muchacho! Y, además, jamás olvidaré esto -dijo golpeándose
el muslo-; no se preocupe, seguirá recibiendo su pavo.
Pero cuando llegó al alto de la cuesta volvió su mirada como antaño la había vuelto en
el camino de San Víctor, al separarse de ella. Las ventanas del pueblo estaban todas
resplandecientes bajo los rayos oblicuos del sol que se ponía en la pradera. Se puso la
mano ante los ojos y percibió en el horizonte un cercado de tapias donde había unos
bosquecillos de árboles negros diseminados entre piedras blancas, después continuó su
camino a trote corto, pues su caballo cojeaba.
Aquella noche Carlos y su madre, a pesar del cansancio, se quedaron mucho tiempo
hablando juntos. Hablaron de los días pasados y del porvenir. Ella vendría a vivir a
Yonville, regiría la casa, ya no se separarían. Estuvo hábil y cariñosa, alegrándose
interiormente de recuperar un afecto que se le escapaba desde hacía tantos años. Dieron
las doce. El pueblo, como de costumbre, estaba en silencio, y Carlos, despierto, seguía
pensando en ella.
Rodolfo, que para distraerse había pateado el bosque todo el día, dormía tranquilamente
en su castillo, y León, a11á lejos, dormía igualmente.
Había otro que a aquella hora no dormía.
Sobre la fosa, entre los abetos, un muchacho lloraba arrodillado, y su pecho, deshecho
en sollozos, jadeaba en la sombra bajo el agobio de una pena inmensa más dulce que la
luna y más insondable que la noche. De pronto crujió la verja. Era Lestiboudis; venía a
buscar su azadón que había olvidado poco antes. Reconoció a Justino que escalaba la
tapia, y entonces supo a qué atenerse sobre el sinvergüenza que le robaba las patatas.
CAPTULO XI
A día siguiente, Carlos mandó que le trajeran a la niña. La niña le preguntó por su
mamá. Le dijeron que estaba ausente, que le traería juguetes. Berta volvió a hablar de ella
varias veces; después, con el tiempo, se fue olvidando. La alegría de esta niña
desconsolaba a Bovary, quien, además, tenía que soportar los intolerables consuelos del
farmacéutico.
Pronto volvieron los problemas de dinero, pues el señor Lheureux azuzó de nuevo a su
amigo Vinçart, y Carlos se empeñó en sumas exorbitantes; porque jamás quiso dar
permiso para vender el menor de los objetos que le había pertenecido. Su madre se
desesperó por esto. Carlos se indignó más que ella. Había cambiado por completo. La
madre abandonó la casa.
Entonces todo el mundo empezó a aprovecharse. La señorita Lempereur reclamó seis
meses de lecciones, aunque Emma jamás había tomado ni una sola, a pesar de aquella
factura pagada que había mostrado a Bovary: era un acuerdo entre ellas dos; el que
alquilaba libros reclamó tres años de suscripción; la tía Rolet reclamó el porte de una
veintena de cartas, y como Carlos pedía explicaciones, ella tuvo que decirle:
-¡Ah!, ¡yo no sé nada!, eran cosas suyas.
A cada deuda que pagaba, Carlos creía haber terminado, pero continuamente aparecían
otras.
Reclamó a sus pacientes el pago de visitas atrasadas. Le enseñaron las cartas que su
mujer había enviado. Entonces hubo que pedir disculpas.
Felicidad llevaba ahora los vestidos de la señora; no todos, pues Carlos había guardado
algunos, a iba a verlos a su tocador, donde se encerraba; ambas eran más o menos de la
misma estatura; a menudo, Carlos, viéndola por detrás, era presa de una ilusión y
exclamaba:
-¡Oh!, ¡quédate!, ¡quédate!
Pero por Pentecostés, Felicidad desapareció de Yonville, raptada por Teodoro, y
llevándose todo lo que quedaba del guardarropa.
Fue por entonces cuando la señora viuda Dupuis tuvo el honor de participarle «el
casamiento del señor León Dupuis, notario de Yvetot, con la señorita Leocadia Leboeuf,
de Bondeville». En la felicitación que le envió Carlos escribió esta frase:
«¡Cuánto se habría alegrado mi pobre mujer!»
Un día en que, deambulando por casa sin ningún objeto, había subido al desván, notó
bajo su pantufla una bolita de papel fino. Abrió y leyó: «¡Ánimo, Emma!, ¡ánimo! No
quiero hacer la desgracia de su existencia.» Era la carta de Rodolfo, caída al suelo entre
cajas, que había quedado allí y que el viento de la buhardilla acababa de empujar hacia la
puerta. Y Carlos se quedó inmóvil y con la boca abierta en el mismo sitio en que antes,
aun más pálida que él, Emma, desesperada, había querido morir. Por fin, descubrió una R
pequeña al final de la segunda página. ¿Qué era esto? Recordó las asiduidades de
Rodolfo, su desaparición repentina y el aire forzado que había mostrado al volver a verla
después dos o tres veces. Pero el tono respetuoso de la carta le ilusionó.
«Quizás se han amado platónicamente -se dijo.»
Además, Carlos no era de esos que penetran hasta el fondo de las cosas; retrocedió ante
las pruebas, y sus celos inciertos se perdieron en la inmensidad de su pena.
Han debido de adorarla, pensó. Todos los hombres, sin duda alguna, la desearon. Le
pareció por esto más hermosa; y concibió un deseo permanente, furioso, que inflamaba su
desesperación y que no tenía límites, porque ahora era irrealizable.
Para agradarle, como si siguiese viviendo, adoptó sus predilecciones, sus ideas; se
compró unas botas de charol, empezó a ponerse corbatas blancas. Ponía cosmético en sus
bigotes, firmó como ella pagarés. Emma lo corrompía desde el otro lado de la tumba.
Tuvo que vender la cubertería de plata pieza a pieza, después vendió los muebles del
salón. Todas las habitaciones se desamueblaron; pero su habitación, la de Emma, quedó
como antaño. Después de la cena, Carlos subía a11í. Empujaba hacia la chimenea la mesa
redonda y acercaba su sillón. Se sentaba enfrente. Ardía una vela en uno de los
candelabros dorados. Berta, al lado de su padre, coloreaba imágenes.
El pobre hombre sufría al verla mal vestida, con sus botas sin cordones y la sisa de sus
blusas rota hasta las caderas, pues la asistenta apenas se preocupaba de ella. Pero la niña
era tan dulce, tan simpática, y su cabecita se inclinaba tan graciosamente dejando caer
sobre sus mejillas rosadas su abundante cabellera rubia, que un deleite infinito le invadía,
placer todo mezclado de amargura como esos vinos mal elaborados que huelen a resina.
Carlos le arreglaba sus juguetes, le hacía muñecos de cartón o recosía el vientre roto de
sus muñecas. Y cuando sus ojos tropezaban con la caja de la costura, con una cinta que
arrastraba o incluso con un alfiler que había quedado en una ranura de la mesa, se
quedaba pensativo, y parecía tan triste, que la niña se entristecía con él.
Ahora nadie venía a verlos, pues Justino se había fugado a Rouen, donde se empleó en
una tienda de ultramarinos, y los hijos del boticario visitaban cada vez menos a la niña,
sin que el señor Homais se preocupase, teniendo en cuenta la diferen’cia de sus
condiciones sociales, por prolongar la intimidad.
El ciego, a quien no había podido curar con su pomada, había vuelto a la cuesta del
Bois-Guillaume, donde contaba a los viajeros el vano intento del farmacéutico, a tal
punto que Homais, cuando iba a la ciudad, se escondía detrás de las cortinas de «La
Golondrina» para evitar encontrarle. Lo detestaba, y por interés de su propia reputación,
queriendo deshacerse de él a todo trance, puso en marcha un plan sercreto, que revelaba
la profundidad de su inteligencia y la perfidia de su vanidad. Durante seis meses
consecutivos se pudo leer en el Fanal de Rouen sueltos de este género:
«Todas las personas que se dirigen hacia las fértiles tierras de la Picardía habrán
observado sin duda, en la cuesta del Bois-Guillaume, a un desgraciado afectado de una
horrible llaga en la cara. Importuna, acosa y hasta cobra un verdadero impuesto a los
viajeros. ¿Acaso estamos todavía en aquellos monstruosos tiempos de la Edad Media, en
los que se permitía a los vagabundos exhibir por nuestras plazas públicas la lepra y las
escrófulas que habían traído de la cruzada?»
O bien:
«A pesar de las leyes contra el vagabundeo, las proximidades de nuestras grandes
ciudades continúan infestadas de bandas de mendigos. Algunos circulan aisladamente y,
quizás, no son los menos peligrosos. ¿En qué piensan nuestros ediles?»
Después Homais inventaba anécdotas:
«Ayer, en la cuesta del Bois-Guillaume, un caballo espantadizo…» Y seguía el relato de
un accidente ocasionado por la presencia del ciego. La campaña resultó tan bien que
encarcelaron al ciego. Pero lo soltaron. Volvió a empezar, y Homais también recomenzó.
Era una lucha. Venció Homais, pues su enemigo fue condenado a una reclusión perpetua
en un asilo.
Este éxito lo envalentonó, y desde entonces no hubo en el distrito un perro aplastado,
un granero incendiado, una mujer golpeada, de lo que no diese inmediato conocimiento al
público, siempre guiándose por el amor al progreso y el odio a los sacerdotes. Establecía
comparaciones entre las escuelas primarias y los hermanos de San Juan de Dios, en
detrimento de estos últimos, recordaba la noche de San Bartolomé a propósito de una
asignación de cien francos hecha a la iglesia, y denunciaba abusos, tenía salidas de tono.
Era su estilo. Homais minaba; se hacía peligroso.
Sin embargo, se ahogaba en los estrechos límites del periodismo, y pronto sintió
necesidad del libro, de la obra literaria. Entonces compuso una Estadistica general del
cantón de Yonville, seguida de observaciones climatológicas; y la estadística le llevó a la
filosofía. Se preocupó de las grandes cuestiones: problema social, moralización de las
clases pobres, piscicultura, caucho, ferrocarriles, etc. Llegó a avergonzarse de ser
burgués. Se daba aires de artista, fumaba. Se compró dos estatuitas chic Pompadour para
decorar su salón.
No salía de la farmacia; al contrario, se mantenía al corriente de los descubrimientos.
Seguía el gran movimiento de los chocolates. Fue el primero que trajo al Sena Inferior
cho-ca y revalencia. Se entusiasmó por las cadenas hidroeléctricas Pulvermacher(1); él
mismo llevaba una, y por la noche, cuando se quitaba su chaleco de franela, la señora
Homais quedaba totalmente deslumbrada ante la dorada espiral bajo la cual desaparecía
su marido y sentía redoblar sus ardores por aquel hombre más amarrado que un escita y
deslumbrante como un mago.
1. Era una cadena de cobre y zinc inventada por Pulvermaches, cuyo principio era la utilización de la pila
de Volta para fines médicos.
Tuvo bellas ideas a propósito de la tumba de Emma. Primeramente propuso una
columna truncada con un ropaje, después una pirámide, después un templo de Vesta, una
especie de rotonda…, o bien «un montón de ruinas». Y en todos los proyectos, Homais se
aferraba a la idea del sauce llorón, al que consideraba como símbolo obligado de la
tristeza.
Carlos y él hicieron juntos un viaje a Rouen para ver sepulturas en un taller de
marmolista, acompañados de un artista pintor, un tal Vaufrylard, amigo de Bridoux, y
que pasó todo el tiempo contando chistes. Por fin, después de examinar un centenar de
dibujos, pedir presupuesto y de hacer un segundo viaje a Rouen, Carlos se decidió por un
mausoleo que debía llevar sobre sus dos caras principales «un genio sosteniendo una
antorcha apagada».
En cuanto a la inscripción, Homais no encontraba nada tan bonito como: Sta, Viator(2),
y no pasaba de ahí; se devanaba los sesos, repetía continuamente: Sta, Viator… Por fin,
descubrió: amabilem conjugem calcas!; que fue adoptada.
2. Sta, Viator: amabilem conjugem calcas: Detente, viajero: estás pisando a una amante esposa.
Una cosa extraña es que Bovary, sin dejar de pensar en Emma continuamente, la
olvidaba; y se desesperaba al sentir que esta imagen se le escapaba de la memoria en
medio de los esfuerzos que hacía para retenerla. Cada noche, sin embargo, soñaba con
ella; era siempre el mismo sueño: se acercaba a ella, pero cuando iba a abrazarla, se le
caía deshecha en podredumbre entre sus brazos.
Lo vieron durante una semana entrar por la tarde en la iglesia. El señor Bournisien le
hizo incluso dos o tres visitas, después lo abandonó. Por otra parte, el cura volvía a la
intolerancia, al fanatismo, decía Homais; anatematizaba el espíritu del siglo, y no se
olvidaba, cada quince días, en el sermón, de contar la agonía de Voltaire, el cual murió
devorando sus excrementos, como sabe todo el mundo.
A pesar de la estrechez en que vivía Bovary, estaba lejos de poder amortizar sus
antiguas deudas. Lheureux se negó a renovar ningún pagaré. El embargo se hizo
inminente. Entonces recurrió a su madre, que consintió en dejarle hipotecar sus bienes,
pero haciendo muchos reproches a Emma, y le pidió, en correspondencia a su sacrificio,
un chal salvado de las devastaciones de Felicidad. Carlos se lo negó. Se enfadaron.
La madre dio los primeros pasos para la reconciliación proponiéndole llevarse consigo
a la niña, que le ayudaría en la casa. Carlos aceptó. Pero en el momento de partir no tuvo
fuerzas para dejarla. Entonces fue la ruptura definitiva, completa.
A medida que sus amistades desaparecían, se estrechaban más los lazos de amor con su
hija. Sin embargo, la niña le preocupaba, pues a veces tosía y tenía placas rojas en los pómulos.
Frente a él se mostraba, floreciente y risueña, la familia del farmacéutico, a la que todo
sonreía en la vida. Napoleón ayudaba a su padre en el laboratorio, Atalía le bordaba un
gorro griego, Irma recortaba redondeles de papel para tapar las confituras, y Franklin
recitaba de un tirón la tabla de Pitágoras. Era el más feliz de los padres, el más afortunado
de los hombres.
¡Error!, una ambición sorda le roía: Homais deseaba la cruz(3). No le faltaban títulos,
se decía:
Primero, haberse destacado por una entrega sin límites cuando el cólera. Segundo,
haber publicado y por mi cuenta diferentes obras de utilidad pública, tales como… (y
recordaba su memoria titulada De la sidra, de su fabricación y de sus efectos además,
observaciones sobre el pulgón lamígero, enviadas a la Academia; su volumen de
estadística y hasta su tesis de farmacéutico); sin contar que soy miembro de varias
sociedades científicas (lo era de una sola).
3 La cruz de la Legión de Honor Orden nacional creada por Napoleón en 1802 para premiar los servicios
civiles y militares prestados a la nación.
-¡Por fin -exclamaba haciendo una pirueta-, aunque sólo fuera por haberme distinguido
en los incendios!
Entonces Homais se inclinó hacia el poder. Hizo secretamente al señor prefecto varios
servicios en las elecciones. Finalmente, se vendió, se prostituyó. Incluso dirigió al
soberano una petición en que le suplicaba que le hiciera justicia; le llamaba nuestro buen
rey y lo comparaba a Enrique IV.
Y cada mañana el boticario se precipitaba sobre el periódico para descubrir en él su
nombramiento, pero éste no aparecía. Por fin, no aguantando más, hizo dibujar en su
jardín un césped figurando la estrella del honor, con dos pequeños rodetes de hierba que
partían de la cima para imitar la cinta. Se paseaba alrededor con los brazos cruzados,
meditando sobre la ineptitud del gobierno y la ingratitud de los hombres.
Por respeto, o por una especie de sensualidad que le hacía proceder con lentitud en sus
investigaciones, Carlos no había abierto todavía el compartimento secreto de un despacho
de palisandro que Emma utilizaba habitualmente. Pero un día se sentó delante, giró la
llave y pulsó el muelle. Todas las cartas de León estaban a11í. ¡Ya no había duda esta
vez! Devoró hasta la última, buscó por todos los rincones, en todos los muebles, por
todos los cajones, detrás de las paredes, sollozando, gritando, perdido, loco. Descubrió
una caja, la deshizo de una patada. El retrato de Rodolfo le saltó en plena cara, en medio
de las cartas de amor revueltas.
La gente se extrañó de su desánimo. Ya no salía, no recibía a nadie, incluso se negaba a
visitar a sus enfermos. Entonces pensaron que se encerraba para beber.
Pero a veces algún curioso se subía por encima del seto de la huerta y veía con
estupefacción a aquel hombre de barba larga, suciamente vestido, huraño y llorando
fuertemente mientras paseaba solo.
Por la tarde, en verano, tomaba consigo a su hijita y la llevaba al cementerio.
Regresaban de noche cerrada, cuando no quedaba en la plaza más luz que la de la
buhardilla de Binet.
Sin embargo, la voluptuosidad de su dolor era incompleta porque no tenía alrededor de
él a nadie con quien compartirla; y hacía visitas a la tía Lefrançois para poder hablar de
ella. Pero la posadera le escuchaba a medias, pues, como él, estaba apenada, ya que el
señor Lheureux acababa de abrir las «Favorites du Commerce», a Hivert, que gozaba de
gran reputación como recadero, exigía un aumento de sueldo y amenazaba con pasarse ua
la competencia». Un día en que Carlos había ido a la feria de Argueil para vender su
caballo, su último recurso, encontró a Rodolfo.
A1 verse palidecieron. Rodolfo, que sólo había enviado su tarjeta, balbució
primeramente algunas excusas, después se animó a incluso llegó al descaro (hacía mucho
calor, era el mes de agosto) de invitarle a tomar una botella de cerveza en la taberna.
Sentado frente a él, masticaba su cigarro sin dejar de charlar, y Carlos se perdía en
ensoñaciones ante aquella cara que ella había amado. Le parecía volver a ver algo de ella.
Era una maravilla. Habría querido ser aquel hombre.
El otro continuaba hablando de cultivos, ganado, abonos, tapando con frases banales
todos los intersticios por donde pudiera deslizarse alguna alusión. Carlos no le escuchaba;
Rodolfo se daba cuenta, y seguía en la movilidad de su cara el paso de los recuerdos.
Aquel rostro se iba enrojeciendo poco a poco, las aletas de la nariz latían de prisa, los
labios temblaban; hubo incluso un instante en que Carlos, lleno de un furor sombrío,
clavó sus ojos en Rodolfo quien, en una especie de espanto, se quedó callado. Pero pronto
reapareció en su cara el mismo cansancio fúnebre.
-No le guardo rencor -dijo.
Rodolfo se había quedado mudo. Y Carlos, sujetando la cabeza con sus dos manos,
replicó con una voz apagada y con el acento resignado de los dolores infinitos.
Incluso añadió una gran frase, la única que jamás había dicho:
-¡Es culpa de la fatalidad!
Rodolfo, que había sido el agente de aquella fatalidad, reconoció un buenazo en aquel
hombre en tal situación, incluso cómico y un poco vil.
A1 día siguiente, Carlos fue a sentarse en el banco, en el cenador. A través del
emparrado se filtraban unos rayos de sol, las hojas de viña dibujaban sus sombras sobre la
arena, el jazmín perfumaba el aire, el cielo estaba azul, zumbaban las cantáridas alrededor
de los lirios en flor, y Carlos se ahogaba como un adolescente bajo los vagos efluvios
amorosos que llenaban su corazón apenado.
A las siete, la pequeña Berta, que no lo había visto en toda la tarde, fue a buscarlo para
cenar.
Tenía la cabeza vuelta hacia la pared, los ojos cerrados, la boca abierta, y sostenía en
sus manos un largo mechón de cabellos negros.
-¡Papá, ven! -le dijo la niña.
Y creyendo que quería jugar, lo empujó suavemente. Cayó al suelo. Estaba muerto.
Treinta y seis horas después, a petición del boticario, acudió el señor Canivet. Lo abrió
y no encontró nada.
Cuando se vendió todo, quedaron doce francos setenta y cinco céntimos que sirvieron
para pagar el viaje de la señorita Bovary a casa de su abuela. La buena mujer murió el
mismo año; como el tío Rouault estaba paralítico, fue una tía la que se encargó de la
huérfana. Es pobre y la envía, para ganarse la vida, a una hilatura de algodón.
Desde la muerte de Bovary se han sucedido tres médicos en Yonville sin poder salir
adelante, hasta tal punto el señor Homais les hizo la vida imposible. Hoy tiene una
clientela enorme; la autoridad le considera y la opinión pública le protege. Acaban de
concederle la cruz de honor.
FIN
Página: Anterior 1 2 3 4 5 6 7 8 9 Ver Todas Siguiente