El Tulipán Negro

6. agosto 2010

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-Id mañana al jardín; procurad, como la primera vez, que Jacob sepa que vais allí. Procurad, como la
primera vez, que os siga; haced el ademán de enterrar el bulbo, salid del jardín, pero mirad a través de
la puerta, y ved lo que hace.
-¡Bien! Pero ¿y después?
-¿Después? Según él actúe, actuaremos nosotros.
-¡Ah! -exclamó Rosa lanzando un suspiro-. Realmente, amáis mucho a vuestras cebollas, señor
Cornelius.
-El hecho es -dijo el prisionero con un suspiro que, desde que vuestro padre aplastó ese desgraciado
bulbo, me parece que una parte de mi vida se ha paralizado.
-¡Veamos! -indicó Rosa-. ¿Queréis intentar otra cosa todavía?
-¿Qué?
-¿Queréis aceptar la proposición de mi padre?
-¿Qué proposición?
-Os ha ofrecido cebollas de tulipanes por centenares.
-Es verdad.
-Aceptad dos o tres, y en medio de estas dos o tres cebollas, podéis criar el tercer bulbo.
-Sí, no estaría mal -aprobó Cornelius con el ceño fruncido- si vuestro padre estuviera solo; pero ese
otro, ese Jacob, que nos espía…
-¡Ah! Es cierto. Sin embargo, ¡reflexionad! Os priváis aquí, lo veo, de una gran distracción.
Y pronunció estas palabras con una sonrisa que no estaba enteramente exenta de ironía.
En efecto, Cornelius reflexionó un instante, y era fácil de comprender que luchaba contra un gran
deseo.
-¡Pues bien! ¡No! -exclamó estoicamente-. ¡No, esto sería una debilidad, una locura, una cobardía! Si
así entrego a todas las malvadas oportunidades de la cólera y de la envidia el último recurso que nos
queda, sería un hombre indigno de perdón. ¡No, Rosa, no! Mañana tomaremos una resolución respecto
a vuestro tulipán; lo cultivaréis según mis instrucciones; y en cuanto al tercer bulbo -suspiró
profundamente-, en cuanto al tercero, ¡guardadlo en vuestro armario! Guardadlo como el avaro guarda
su primera o su última moneda de oro, como la madre guarda a su hijo, como el herido guarda la última
gota de sangre de sus venas; ¡guardadlo, Rosa! ¡Algo me dice que en él está nuestra salvación,
que en él está nuestra riqueza! ¡Guardadlo! Y si el fuego del cielo cayera sobre Loevestein, juradme,
Rosa, que en lugar de vuestros anillos, de vuestras joyas, de este hermoso casco de oro que enmarca
tan bien vuestro rostro, juradme, Rosa, que os llevaríais este último bulbo que encierra mi tulipán
negro.
-Estad tranquilo, señor Cornelius -asintió Rosa con una dulce mezcla de tristeza y de solemnidad-.
Estad tranquilo, vuestros deseos son órdenes para mí.
-E incluso -continuó el joven enardeciéndose cada vez más-, si percibieseis que erais seguida, que se
espían vuestros pasos, que vuestras conversaciones despiertan las sospechas de vuestro padre o de ese
espantoso Jacob a quien detesto, ¡pues bien!, Rosa, sacrificadme enseguida, a mí que no vivo más que
para vos, que no tengo a nadie más que a vos en el mundo, sacrificadme… no me veáis más.
Rosa sintió oprimírsele el corazón en su pecho; las lágrimas brotaron de sus ojos.
-¡Ay! -exclamó.
-¿Qué? -preguntó Cornelius.
-Veo una cosa.
-¿Qué veis?
-Veo -dijo la joven estallando en sollozos-, veo que vos amáis tanto a los tulipanes, que no queda
lugar en vuestro corazón para otros afectos.
Y huyó.
Cornelius pasó una de las peores noches que jamás había pasado.
El Tulipán Negro
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Ahora, ¿cómo vamos a explicar este extraño carácter a los tulipaneros perfectos como los que
todavía existen en este mundo?
Lo confesamos para vergüenza de nuestro héroe y de la horticultura; de sus dos amores, el que
Cornelius sentía más inclinado a lamentar, era el de Rosa; y cuando hacia las tres de la madrugada se
durmió cansado de sus afanes, atormentado por los temores, lleno de remordimientos, el gran tulipán
negro cedió el primer lugar, en sus sueños, a los bellos ojos azules de la rubia frisona.
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XIX
La Mujer Y La Flor
Pero la pobre Rosa, encerrada en su habitación, no podía saber en qué o con quién soñaba Cornelius.
Por consiguiente, después de lo que él le había dicho, Rosa se sentía más inclinada a creer que
pensaba más en su tulipán que en ella, y, sin embargo, se engañaba.
Pero como nadie estaba allí para decirle que se engañaba, y las palabras imprudentes de Cornelius
habían caído sobre su alma como gotas de veneno, Rosa no soñaba, lloraba.
En efecto, como Rosa era una criatura de espíritu elevado, de sentir recto y profundo, se hacía
justicia a sí misma, no en cuanto a sus cualidades morales y físicas, sino en cuanto a su posición
social.
Cornelius era sabio, Cornelius era rico, o por lo menos lo había sido antes de la confiscación de sus
bienes; Cornelius pertenecía a aquella burguesía del comercio, más orgullosa de sus rótulos pintados
en las tiendas, convertidos en blasón, de lo que había estado jamás la nobleza de raza de sus escudos
hereditarios. Cornelius podía, pues, considerar a Rosa buena para una distracción, pero seguramente
cuando se tratara de empeñar el corazón, sería más bien a un tulipán, es decir, a la más noble y más
orgullosa de las flores a quien se lo empeñaría, que a Rosa, la humilde hija de un carcelero.
Comprendía, pues, esta preferencia que Cornelius concedía al tulipán negro sobre ella, pero no
estaba menos desesperada porque lo comprendiera.
Así pues, Rosa tomó una resolución durante aquella noche terrible, durante aquella noche de
insomnio. Esta resolución consistía en no volver nunca más al postigo.
Mas como sabía el ardiente deseo que sentía Cornelius por tener noticias de su tulipán, mas como no
quería exponerse a ver de nuevo a un hombre por el que sentía acrecentarse su piedad hasta el punto de
que después de haber pasado por la simpatía, esta piedad se encaminaba recta y a grandes pasos hacia
el amor; mas como no quería que ese hombre se desesperara, resolvió proseguir sola las lecciones de
lectura y escritura comenzadas, pues felizmente había llegado a un punto de su aprendizaje en que ya
no le hubiera sido necesario un maestro si ese maestro no se hubiese llamado Cornelius.
Rosa, pues, se puso a leer con encarnizamiento en la Biblia del pobre Corneille de Witt, en la
segunda página, convertida en primera después que la otra fue arrancada, donde estaba escrito el
testamento de Cornelius van Baerle.
«¡Ah! -murmuraba para sí releyendo este testamento que nunca terminaba sin que una lágrima, perla
de amor, rodara de sus ojos límpidos por sus pálidas mejillas-. ¡Ah! En ese tiempo creí, sin embargo,
por un instante que él me amaba.»
¡Pobre Rosa! Se equivocaba. Jamás el amor del prisionero había sido real hasta el momento, ya que,
como hemos dicho con vergüenza, en la lucha entre el gran tulipán negro y Rosa, era el gran tulipán
negro el que había sucumbido.
Pero Rosa, repitámoslo, ignoraba la derrota del gran tulipán negro.
Así pues, terminada su lectura, operación en la cual Rosa había realizado grandes progresos, cogía la
pluma y se dedicaba con encarnizamiento no menos loable a la obra bastante más difícil de la
escritura.
Pero en fin, como Rosa escribía ya casi legiblemente el día en que Cornelius había dejado hablar a
su corazón tan imprudentemente, no desesperó de realizar unos progresos bastante rápidos para dar
noticias de su tulipán al prisionero en ocho días lo más tarde.
No había olvidado ni una palabra de las recomendaciones que le había hecho Cornelius. Por otra
parte, Rosa no olvidaba nunca una palabra de lo que decía el joven, incluso cuando lo que le decía no
tomaba la apariencia de una recomendación.
Por su parte, él se despertó más enamorado que nunca. El tulipán estaba todavía luminoso y vivo en
su pensamiento; pero finalmente, no lo veía ya como un tesoro al que debiera sacrificarlo todo, incluso
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a Rosa; sino como una flor preciosa, una maravillosa combinación de la Naturaleza y del arte, que
Dios le concedía para el corpiño de su dueña.
Sin embargo, durante toda la jornada le persiguió una vaga inquietud. Se parecía a aquellos hombres
cuyo espíritu es lo bastante fuerte para olvidar momentáneamente que un gran peligro les amenaza por
la noche o al día siguiente. Una vez vencida la preocupación, viven una vida ordinaria. Solamente, de
cuando en cuando, ese peligro olvidado les muerde el corazón de repente con su agudo diente. Se
sobresaltan, se preguntan por qué se han sobresaltado, y luego, recordando lo que habían olvidado,
dicen con un suspiro:
-¡Oh, sí! ¡Es esto!
El esto de Cornelius era el temor de que Rosa no viniera aquella noche como de costumbre.
Y a medida que la tarde avanzaba, la preocupación se hacía más viva y más presente, hasta que al fin
esta preocupación se apoderó de todo el cuerpo de Cornelius, y no hubo nada más que viviera en él.
Así pues, saludó la oscuridad con un fuerte latido de su corazón; a medida que la oscuridad crecía,
las palabras que había dicho la víspera a Rosa, y que tanto habían afligido a la pobre chica, se hacían
más presentes en su mente; y se preguntaba cómo había podido decir a su consoladora que la
sacrificaba a su tulipán, es decir, a renunciar a verla si era preciso, cuando en él la vista de Rosa se
había convertido en una necesidad de su vida.
En la celda de Cornelius se oían sonar las horas del reloj de la fortaleza. Dieron las siete, las ocho,
luego las nueve. Nunca un timbre de bronce vibró más profundamente en el fondo de un corazón como
lo hizo el martillo al golpear por novena vez señalando esta hora.
Después, todo quedó en silencio. Cornelius apoyó la mano sobre su corazón para ahogar los latidos,
y escuchó.
El rumor del paso de Rosa, el roce de su ropa en los peldaños de la escalera, le eran tan familiares
que, desde el primer escalón subido por ella, se decía:
«¡Ah! Ya viene Rosa.»
Aquella noche, ningún ruido turbó el silencio del corredor; el reloj señaló las nueve y cuarto. Luego,
en dos sonidos diferentes, las nueve y media; después las nueve y tres cuartos; y finalmente, con su
voz grave anunció no sólo a los huéspedes de la fortaleza, sino también a los habitantes de Loevestein,
que eran las diez.
Aquella era la hora en la que Rosa abandonaba habitualmente a Cornelius. Había sonado la hora, y
Rosa no había venido todavía.
Así pues, sus presentimientos no le habían engañado: Rosa, irritada, se encerraba en su habitación y
le abandonaba.
-¡Oh! Realmente me he merecido lo que me sucede -dijo Cornelius en voz alta-. Ya no vendrá, y
hará bien; en su lugar, yo hubiera hecho lo mismo.
Mas a pesar de esto, Cornelius escuchaba, esperaba, y seguía esperando.
Escuchó y esperó hasta la medianoche, pero a medianoche dejó de esperar y, completamente vestido,
y con el corazón transido de dolor, se echó sobre el lecho.
La noche fue larga y triste, hasta la llegada del día; pero el día no trajo ninguna esperanza al
prisionero.
A las ocho de la mañana se abrió la puerta; pero Cornelius ni siquiera giró la cabeza; había oído el
paso pesado de Gryphus en el corredor, pero había percibido perfectamente que ese paso se
aproximaba solo.
Ni siquiera miró hacia el carcelero.
Y, sin embargo, hubiera querido interrogarle para pedirle noticias de Rosa. Estuvo a punto, por
extraña que esta demanda le hubiera parecido al padre de la joven, de hacerle esta pregunta. Esperaba,
en su egoísmo, que Gryphus le respondería que su hija estaba enferma.
A menos que hubiera algún suceso extraordinario, Rosa no venía nunca durante la jornada.
Cornelius, mientras duró el día, no esperaba, pues, nada en realidad. Sin embargo, en sus súbitos
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sobresaltos, en su oído tendido hacia la puerta, en su rápida mirada interrogando al postigo, se
comprendía que el prisionero tenía la sorda esperanza de que Rosa cometiera una alteración en sus
costumbres.
A la segunda visita de Gryphus, Cornelius, contra su costumbre, solicitó al viejo carcelero, con su
voz más dulce, noticias sobre su salud; pero Gryphus, lacónico como un espartano, se limitó a
responder:
-Va bien.
En la tercera visita, Cornelius varió la pregunta.
-¿No hay nadie enfermo en Loevestein? -preguntó.
-¡Nadie! -contestó Gryphus más lacónicamente todavía que la primera vez, cerrando la puerta en las
narices del prisionero.
Gryphus, mal acostumbrado a semejantes afabilidades por parte de Cornelius, había imaginado de
parte de su prisionero un comienzo de tentativa de corrupción.
Cornelius volvió a encontrarse solo; eran las siete de la tarde. Entonces se renovaron en un grado
más intenso que la víspera las angustias que hemos intentado describir.
Pero, como la víspera, las horas transcurrieron sin traer la dulce visión que alumbraría, a través del
postigo, el calabozo del pobre Cornelius, y que, al retirarse, dejaría allí la luz durante todo el tiempo de
su ausencia.
Van Baerle pasó la tarde en una verdadera desesperación. Al día siguiente, Gryphus le pareció más
feo, más brutal, más desesperante todavía que de costumbre: le había cruzado por la mente o más bien
por el corazón, la esperanza de que era él el que impedía venir a Rosa.
Le entraron unos deseos feroces de estrangular a Gryphus; pero con Gryphus estrangulado por
Cornelius, todas las leyes divinas y humanas impedirían a Rosa volver a ver jamás a Cornelius.
El carcelero escapó pues, sin imaginárselo, a uno de los más grandes peligros que hubiera corrido
jamás en su vida.
Llegó la noche, y la desesperación se tornó en melancolía; esta melancolía era tanto más sombría por
cuanto que, a pesar de Van Baerle, los recuerdos de su pobre tulipán se mezclaban al dolor que
experimentaba. Se había llegado justamente a aquella época del mes de abril en que los jardineros más
expertos indican como el momento preciso para la plantación de los tulipanes; había dicho a Rosa: «yo
os indicaré el día en que deberéis meter el bulbo en la tierra». Ese día debía fijarlo mañana para el
atardecer siguiente. El tiempo era bueno, la atmósfera, aunque todavía un poco húmeda, comenzaba a
estar atemperada por esos pálidos rayos del sol de abril que, llegando los primeros, parecen tan suaves,
a pesar de su palidez. Pensó que Rosa iba a dejar pasar el tiempo de la plantación. Si al dolor de no ver
a la joven se unía el de ver abortar el bulbo, por haber sido plantado demasiado tarde, ¡o incluso por no
haber sido plantado…!
Con estos dos dolores reunidos, había ciertamente para perder el apetito.
Que fue lo que sucedió al cuarto día.
Daba lástima ver a Cornelius, mudo de dolor y pálido de inanición, inclinarse fuera de la ventana
enrejada, con el peligro de no poder retirar su cabeza de los barrotes, para tratar de percibir a la
izquierda el pequeño jardín del que le había hablado Rosa, y cuyo parapeto confinaba, según le había
dicho, con el río, y todo ello con la esperanza de descubrir, bajo esos primeros rayos del sol de abril, a
la joven o al tulipán, sus dos amores desgraciados.
Por la tarde, Gryphus se llevó el desayuno y la comida de Cornelius; éste apenas los había tocado.
Al día siguiente, no los tocó en absoluto, y Gryphus descendió los comestibles destinados a esas dos
comidas, completamente intactos.
Cornelius no se había levantado en toda la jornada.
-Bueno -comentó Gryphus al descender después de la última visita-, creo que vamos a vernos
desembarazados del sabio.
Rosa se sobresaltó.
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-¡Bah! -exclamó Jacob-. ¿Por qué?
-Ya no bebe, ya no come, no se levanta… -explicó Gryphus-. Como el señor Grotius, saldrá de aquí
en un cofre, sólo que ese cofre será un ataúd.
Rosa se puso pálida como la muerte.
«¡Oh! -murmuró para sí-. Ya comprendo; está inquieto por su tulipán.»
Y levantándose completamente deprimida, entró en su habitación, donde cogió pluma y papel, y
durante toda la noche se ejercitó en trazar unas letras.
Al día siguiente, al levantarse para arrastrarse hasta la ventana, Cornelius percibió un papel que
habían deslizado por la noche bajo la puerta de su calabozo.
Se lanzó sobre el papel, lo abrió, y leyó, con una escritura que apenas pudo reconocer como
perteneciente a Rosa, de tanto como había mejorado durante aquella ausencia de siete días:
Estad tranquilo, vuestro tulipán se porta bien.
Aunque aquella pequeña frase de Rosa calmara una parte de los dolores de Cornelius, no fue por ello
menos sensible a la ironía. Así pues, era realmente eso, Rosa no estaba enferma en absoluto, Rosa
estaba herida; no era por la fuerza por lo que Rosa no venía, sino que había permanecido
voluntariamente alejada de Cornelius.
Así pues, Rosa libre, Rosa hallaba en su voluntad la fuerza de no venir a ver al que se moría de pena
por no haberla visto.
Cornelius tenía papel y un lápiz que le había traído Rosa. Comprendió que la joven esperaba una
respuesta, pero que no vendría a buscar esta respuesta hasta la noche. En consecuencia, escribió sobre
un papel parecido al que había recibido:
No es la inquietud que me causa el tulipán lo que me pone enfermo; es la pena que experimento por
no veros.
Luego, una vez que Gryphus hubo salido, y llegada la noche, deslizó el papel bajo la puerta y
escuchó.
Pero, por mucha atención que puso, no oyó ni el paso ni el rozamiento de la ropa de la hija del
carcelero.
No oyó más que una voz débil como un suspiro, y dulce como una caricia, que le lanzaba por el
postigo estas dos palabras:
-Hasta mañana.
Mañana… era el octavo día.
Durante ocho días, Cornelius y Rosa no se habían visto.
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XX
Lo Que Había Ocurrido Durante
Esos Ocho Días
Al día siguiente, en efecto a la hora habitual, Van Baerle oyó rascar en su postigo como tenía Rosa
por costumbre hacer durante los felices días de su amistad.
Imaginamos que Cornelius no se hallaba lejos de esta puerta a través de cuyo enrejado iba a volver a
ver, por fin, el encantador rostro desaparecido desde hacía tantos días.
Rosa, que esperaba con su lámpara en la mano, no pudo retener un estremecimiento cuando vio al
prisionero tan triste y pálido.
-¿Sufrís, señor Cornelius? -preguntó.
-Sí, señorita -respondió Cornelius-, sufro de espíritu y de cuerpo.
-Ya he visto, señor, que no coméis -dijo Rosa-. Mi padre me ha dicho que no os levantáis; por eso os
he escrito, para tranquilizaros sobre la suerte del precioso objeto de vuestras inquietudes.
-Y yo -replicó Cornelius- os he contestado. Creía, al veros venir, querida Rosa, que habíais recibido
mi carta.
-Es verdad, la he recibido.
-No daréis por excusa esta vez que no sabéis leer. No sólo leéis correctamente, sino que también
habéis aprovechado enormemente las lecciones de escritura.
-En efecto, no solamente he recibido, sino que también he leído vuestra nota. Por eso es por lo que
he venido, para ver si habría algún medio para devolveros la salud.
-¡Devolverme la salud! -exclamó Cornelius-. Entonces ¿tenéis alguna buena noticia que darme?
Y al hablar así, el joven clavaba en Rosa dos ojos brillantes de esperanza.
Sea que ella no comprendiera esa mirada, sea que no quisiera comprenderla, la joven respondió
gravemente:
-Solamente puedo hablaros de vuestro tulipán que es, como sé, la más grave preocupación que vos
tenéis.
Rosa pronunció estas pocas palabras con un acento helado que hizo sobresaltar a Cornelius.
El celoso tulipanero no comprendía todo lo que ocultaba, bajo el velo de la indiferencia, la pobre
niña siempre a la greña con su rival, el adorado tulipán negro.
-¡Ah! -murmuró Cornelius-. ¡Todavía, todavía! Rosa, no os he dicho, ¡Dios mío!, que no pienso más
que en vos, que era a vos sola a quien echaba de menos, vos sola quien me faltaba, vos sola quien, con
vuestra ausencia, me retiraba el aire, el día, el calor, la luz, la vida.
Rosa sonrió melancólicamente.
-¡Ah! -dijo-. Es que vuestro tulipán ha corrido un peligro muy grande.
Cornelius se sobresaltó a su pesar, y se dejó coger en la trampa si es que aquello lo era.
-¡Un peligro muy grande! -exclamó tembloroso-. Dios mío, ¿cuál?
Rosa le miró con una dulce compasión, sintiendo que lo que ella quería estaba por encima de las
fuerzas de aquel hombre, y que había que aceptar a éste con su debilidad.
-Sí -dijo-. Adivinasteis precisamente que el pretendiente amoroso, Jacob, no venía por mí.
-¿Y por quién venía, pues? -preguntó Cornelius con ansiedad.
-Por el tulipán.
-¡Oh! -exclamó Cornelius palideciendo ante esta noticia más de lo que había palidecido cuando
Rosa, equivocándose, le había anunciado quince días antes que Jacob acudía a la fortaleza por verla a
ella.
Rosa vio este terror, y Cornelius percibió por la expresión de su rostro que ella pensaba lo que
acabamos de decir.
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-¡Oh! Perdonadme, Rosa -se excusó-. Yo os conozco, sé la bondad y la honestidad de vuestro
corazón. A vos, Dios os ha dado el pensamiento, el juicio, la fuerza y el movimiento para defenderos,
pero a mi pobre tulipán amenazado, Dios no le ha dado nada de todo eso.
Rosa no respondió a esta excusa del prisionero y continuó:
-Desde el momento en que ese hombre, que me había seguido al jardín y al que había reconocido
como Jacob, os inquietaba, me inquietaba a mí mucho más todavía. Hice, pues, lo que me habíais
dicho, a la mañana siguiente del día en que os vi por última vez y en el que me dijisteis…
Cornelius la interrumpió.
-Perdón, una vez más, Rosa -exclamó-. Me equivoqué al deciros lo que os dije. Ya os he pedido mi
perdón por aquella fatal palabra. Os lo pido de nuevo. ¿Será, pues, siempre en vano?
-A la mañana siguiente a aquel día -prosiguió Rosa-, acordándome de lo que me habíais dicho… de
la trampa a emplear para asegurarme si era a mí o al tulipán a quien ese odioso hombre seguía…
-Sí, odioso… No es verdad -murmuró él- que vos odiéis realmente a ese hombre.
-Sí, le odio -afirmó Rosa- ¡porque es la causa de que esté sufriendo tanto desde hace ocho días!
-¡Ah! ¿Vos también habéis sufrido, entonces? Gracias por esta hermosa palabra, Rosa.
-A la mañana siguiente de aquel desgraciado día -continuó Rosa- bajé al jardín, y avancé hacia la
platabanda donde debía plantar el tulipán, siempre mirando detrás de mí si, esta vez como la otra, era
seguida.
-¿Y bien? -preguntó Cornelius.
-¡Pues bien! La misma sombra se deslizó entre la puerta y la muralla, y desapareció también detrás
de los saúcos.
-Simulasteis no verla, ¿verdad? -inquirió Cornelius, recordando con todo detalle el consejo que le
había dado a Rosa.
-Sí, y me incliné sobre la platabanda que excavé con una azada como si plantara el bulbo.
-¿Y él… él… durante ese tiempo?
-Yo veía brillar sus ojos ardientes como los de un tigre a través de las ramas de los árboles.
-¿Veis? ¿Veis? -exclamó Cornelius.
-Luego, acabado ese remedo de operación, me retiré.
-Pero detrás de la puerta del jardín solamente, ¿verdad? De forma que a través de las grietas o de la
cerradura de esa puerta pudierais ver lo que hacia él una vez vos hubieseis partido.
-Esperó un instante sin duda para asegurarse de que yo no volvería, luego salió a paso de lobo de su
escondrijo, se acercó a la platabanda dando un largo rodeo, llegó por fin a su meta, es decir, frente al
lugar donde la tierra aparecía recién removida, se detuvo con aire indiferente, miró hacia todos lados,
interrogó cada ángulo del jardín, interrogó cada ventana de las casas vecinas, interrogó la tierra, el
cielo, el aire, y creyendo que se hallaba realmente solo, fuera de la vista de todo el mundo, se precipitó
sobre la platabanda, hundió sus dos manos en la tierra blanda, recogió una porción que deshizo
suavemente entre sus manos para ver si el bulbo se encontraba allí, repitió tres veces el mismo manejo
y cada vez con una acción más ardiente, hasta que al fin, comenzando a comprender que podía haber
sido engañado con alguna superchería, calmó la agitación que le devoraba, cogió el rastrillo, igualó el
terreno para dejarlo en el mismo estado en que se hallaba antes de que lo hubiera registrado y,
completamente avergonzado, completamente corrido, cogió el camino de la puerta afectando el
aspecto inocente de un paseante ordinario.
-¡Oh, el miserable! -murmuró Cornelius, enjugando las gotas de sudor que perlaban su frente-. ¡Oh,
el miserable! Lo había adivinado. Pero entonces, Rosa, ¿qué habéis hecho con el bulbo? ¡Ay! Ya es un
poco tarde para plantarlo.
-El bulbo está en la tierra desde hace seis días.
-¿Dónde? ¿Cómo? -exclamó Cornelius-. ¡Oh, Dios mío! ¡Qué imprudencia! ¿Dónde está? ¿En qué
tierra se halla? ¿Está bien o mal expuesto? ¿No hay peligro de que ese espantoso Jacob nos lo robe?
-No hay peligro de que nos lo roben, a menos que Jacob fuerce la puerta de mi habitación.
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-¡Ah! Está con vos, está en vuestra habitación, Rosa -dijo Cornelius un poco tranquilizado-. Pero ¿en
qué tierra, en qué recipiente? No le haréis germinar en el agua como las buenas mujeres de Haarlem y
de Dordrecht que se empeñan en creer que el agua puede reemplazar a la tierra, como si el agua, que
está compuesta de treinta y tres partes de oxígeno y de sesenta y seis partes de hidrógeno, pudiera
reemplazar… Pero ¡qué es lo que os digo, Rosa!
-Sí, esto es un poco técnico para mí -respondió sonriendo, la joven-. Me contentaré, pues, con
responderos, para tranquilizaros, que vuestro bulbo no está en el agua.
-¡Ah! Respiro.
-Está en una buena vasija de mayólica, justo del ancho del recipiente donde habíais enterrado el
vuestro. Está en un terreno compuesto de tres cuartas partes de tierra ordinaria cogida del mejor lugar
del jardín, y de un cuarto de tierra de la calle. ¡Oh! ¡He oído decir tan a menudo a vos y a ese infame
de Jacob, como vos le llamáis, en qué tierra debe crecer el tulipán, que ya lo sé como el primer
jardinero de Haarlem!
-¡Ah! Ahora queda la exposición. ¿Qué exposición tiene, Rosa?
-Está al sol toda la jornada, los días en que luce. Pero cuando haya salido de la tierra, cuando el sol
sea más caliente, haré como vos hacíais aquí, querido señor Cornelius. Lo expondré en mi ventana al
levante desde las ocho de la mañana a las once, y en mi ventana al ponente, desde las tres de la tarde
hasta las cinco.
-¡Ah! ¡Eso es, eso es! -exclamó Cornelius-. Sois una jardinera perfecta, mi bella Rosa. Pero pienso
que el cultivo de mi tulipán va a tomaros todo vuestro tiempo.
-Sí, es verdad -concedió Rosa-, pero no importa; vuestro tulipán es mi hijo. Le dedico el tiempo que
dedicaría a mi niño, si fuera madre. Solamente convirtiéndome en su madre -añadió Rosa sonriendopuedo
dejar de considerarme su rival. ¿No os parece?
-¡Buena y querida Rosa! -murmuró Cornelius lanzando sobre la joven una mirada donde había más
de amante que de horticultor, y que consoló un poco a Rosa.
Luego, al cabo de un instante de silencio, durante el cual Cornelius había buscado por las aberturas
del enrejado la mano fugitiva de Rosa:
-Así pues -continuó Cornelius- ¿ya hace seis días que el bulbo está en la tierra?
-Seis días, sí, señor Cornelius -asintió la joven. -¿Y no aparece todavía?
-No, pero creo que mañana aparecerá.
-Mañana entonces, me daréis noticias de él al darme las vuestras, ¿verdad, Rosa? Me inquieto mucho
por el hijo, como vos decíais hace un momento; pero me intereso muy de otro modo por la madre.
-Mañana -dijo Rosa, desviando la vista de la de Cornelius-, no sé si podré.
-¿Eh? ¡Dios mío! -exclamó Cornelius-. ¿Por qué mañana no podréis?
-Señor Cornelius, tengo mil cosas que hacer.
-Mientras que yo, no tengo más que una -murmuró Cornelius.
-Sí -respondió Rosa-, amar vuestro tulipán.
-Amaros a vos, Rosa.
Rosa movió la cabeza.
Se hizo un nuevo silencio.
-En fin -continuó Van Baerle, interrumpiendo ese silencio- todo cambia en la Naturaleza: a las flores
de la primavera suceden otras flores, y vemos a las abejas, que acarician tiernamente a las violetas y a
los alhelíes, posarse con el mismo amor sobre las madreselvas, las rosas, los jazmines, los crisantemos
y los geranios.
-¿Qué quiere decir esto? -preguntó Rosa.
-Esto quiere decir, señorita, que vos habéis querido primero oír el relato de mis alegrías y de mis
penas; habéis acariciado la flor de nuestra mutua juventud; pero la mía se marchita en la sombra. El
jardín de las esperanzas y los placeres de un prisionero no tiene más que una estación. No ocurre como
en esos bellos jardines al aire libre y al sol. Una vez realizada la siega de mayo, una vez cosechado el
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botín, las abejas como vos, Rosa, las abejas de fino talle, de antenas de oro, de alas diáfanas, pasan por
entre los barrotes, desertan del frío, de la soledad, de la tristeza, para ir a buscar más lejos los perfumes
y las calientes exhalaciones. ¡La felicidad, en fin!
Rosa miraba a Cornelius con una sonrisa que éste no veía, tenía la vista levantada al cielo.
Continuó con un suspiro:
-Vos me habéis abandonado, señorita Rosa, para gozar de vuestras cuatro estaciones de placeres.
Habéis hecho bien; no me lamento. ¿Qué derecho tenía para exigir vuestra fidelidad?
-¡Mi fidelidad! -exclamó Rosa anegada en lágrimas, y sin tomarse el trabajo de ocultar por más tiempo
a Cornelius aquel rosario de perlas que rodaba por sus mejillas-. ¡Mi fidelidad! ¿No os he sido fiel?
-¡Ay! ¿Es serme fiel -preguntó Cornelius abandonarme, dejarme morir aquí?
-Pero, señor Cornelius -protestó Rosa-, ¿no he hecho por vos todo lo que podía para agradaros, no
me he ocupado de vuestro tulipán?
-¡Con amargura, Rosa! Me reprocháis la única alegría sin mancha que he tenido en este mundo.
-No os reprocho nada, señor Cornelius, sino la única pena profunda que he sentido desde el día en
que vinieron a decirme a la Buytenhoff que íbais a ser ajusticiado.
-Os desagrada, Rosa, mi dulce Rosa, os desagrada que yo ame a las flores.
-No me desagrada que vos las améis, solamente me entristece que las améis más de lo que me amáis
a mí misma.
-¡Ah! Querida, querida bienamada -exclamó Cornelius-, mirad cómo tiemblan mis manos, mirad
cuán pálida está mi frente, escuchad, escuchad cómo late mi corazón; ¡pues bien!, no es porque mi
tulipán negro me sonríe y me llama, no. Es porque vos me sonreís, es porque vos inclináis vuestra
frente hacia mí; es porque -no sé si esto es verdad-, es porque me parece que, aun rehusándolas,
vuestras manos aspiran a las mías y siento el calor de vuestras bellas mejillas tras el frío enrejado.
Rosa, amor mío, romped el bulbo del tulipán negro, destruid la esperanza de esta flor, apagad la dulce
luz de este sueño casto y encantador con el que me había habituado cada día. ¡Sea! Nada de flores de
ricos vestidos, de gracias elegantes, de caprichos divinos, despojadme de todo esto, flor celosa de otras
flores, despojadme de todo esto, pero no me quitéis vuestra voz, vuestro gesto, el rumor de vuestros
pasos por la pesada escalera, no me quitéis el fuego de vuestros ojos en el sombrío corredor, la certeza
de vuestro amor que acaricia perpetuamente mi corazón; amadme, Rosa, porque realmente yo siento
que os amo.
-Después del tulipán negro -suspiró la joven, cuyas manos tibias y acariciantes consentían por fin en
entregarse a través del enrejado a los labios de Cornelius.
-Antes que nada, Rosa…
-¿He de creeros?
-Como creéis en Dios.
-Sea, ¿no os compromete mucho el amarme?
-Muy poco, desgraciadamente, querida Rosa, pero os compromete a vos.
-¿A mí? -preguntó Rosa-. ¿Y a qué me compromete esto?
-En primer lugar, a no casaros.
Ella sonrió.
-¡Ah! Así es como sois los hombres -dijo-: tiranos. Adoráis a una belleza: no pensáis más que en
ella, no soñáis más que con ella. Sois condenados a muerte, y al marchar hacia el patíbulo le
consagráis vuestro último suspiro, y exigís de mí, pobre chica, exigís el sacrificio de mis sueños, de mi
ambición.
-Pero ¿de qué belleza me habláis, Rosa? -preguntó Cornelius buscando en sus recuerdos,
inútilmente, una mujer a la cual Rosa pudiera hacer alusión.
-Pues de la belleza negra, señor, de la belleza negra de talle flexible, de pies finos, de cabeza llena de
nobleza. Me refiero a vuestra flor, naturalmente.
Cornelius sonrió.
86
-Belleza imaginaria, mi buena Rosa, mientras que vos, sin contar a vuestro enamorado, o más bien a
mi enamorado Jacob, estáis rodeada de galanes que os hacen la corte. ¿Recordáis, Rosa, lo que me
habéis dicho de los estudiantes, de los oficiales, de los dependientes de La Haya? Pues bien, ¿no hay
en Loevestein dependientes, oficiales, estudiantes?
-¡Oh! Sí que los hay por cierto, y hasta demasiados -dijo Rosa.
-¿Que escriben?
-Que escriben.
Y Cornelius lanzó un suspiro al pensar que era a él, pobre prisionero, a quien Rosa debía el
privilegio de leer las notas que recibía.
-¡Pues sí! -prosiguió Rosa-. Pero me parece, señor Cornelius, que al leer las notas que me escriben,
al examinar los galanes que se me presentan, no hay más que seguir vuestras instrucciones.
-¿Cómo mis instrucciones?
-Sí, vuestras instrucciones. Olvidáis -continuo Rosa suspirando a su vez-, olvidáis el testamento escrito
por vos en la Biblia del señor Corneille de Witt. ¡Yo no lo olvido! Porque, ahora que sé leer, lo
releo todos los días, y más bien dos veces que una. ¡Pues bien! En ese testamento, me ordenáis amar y
casarme con un guapo joven de veintiséis a veintiocho años. Yo busco a ese joven, y como toda mi
jornada está consagrada a vuestro tulipán, es preciso que me dejéis la noche para hallarlo.
-¡Ah, Rosa! El testamento se hizo en previsión de mi muerte y, gracias al Cielo, estoy vivo. Por lo
tanto queda sin efecto, si así lo deseáis.
-¡Pues bien! Entonces, no buscaré a ese guapo joven de veintiséis a veintiocho años, y vendré a
veros.
-¡Ah! ¡Sí, Rosa, venid! ¡Venid!
-Mas con una condición.
-¡Está aceptada de antemano!
-Que durante tres días no hablemos del tulipán negro.
-No hablaremos nunca si lo exigís, Rosa.
-¡Oh! -exclamó la joven-. No hay que pedir lo imposible.
Y, como por descuido, aproximó su fresca mejilla tan cerca del enrejado que Cornelius pudo rozarla
con sus labios.
Rosa lanzó un pequeño grito lleno de amor, y desapareció.
El Tulipán Negro
87
XXI
El Segundo Bulbo
La noche fue buena y la jornada del día siguiente mejor todavía.
En los días precedentes, la prisión se había hecho pesada, sombría, deprimente; oprimía con todo su
peso al pobre prisionero. Sus muros eran negros, su aire era frío, los barrotes estaban dispuestos de
forma que apenas dejaban pasar la luz del día.
Pero cuando Cornelius despertó al nuevo día, un rayo de sol matinal jugaba en los barrotes, los
palomos hendían el aire con sus alas extendidas, mientras que otros se arrullaban amorosamente sobre
el tejadillo de la ventana todavía cerrada.
Cornelius corrió hacia aquella ventana y la abrió; le pareció que la vida, la alegría, casi la libertad,
entraban con ese rayo de sol en la sombría celda.
Es que el amor florecía y hacía florecer cada cosa a su alrededor; el amor, flor del cielo de otro
brillo, perfumaba de forma distinta a todas las flores de la Tierra.
Cuando Gryphus entró en la celda del prisionero en lugar de encontrarlo taciturno y acostado como
los otros días, lo halló de pie y cantando un aria de ópera.
-¡Eh! -exclamó aquél.
-¿Cómo estamos esta mañana?
Gryphus le miró con desdén.
-El perro, y el señor Jacob, y nuestra bella Rosa, ¿cómo están todos?
Gryphus rechinó los dientes.
-Aquí está vuestro desayuno -dijo.
-Gracias, amigo carcelero -contestó el prisionero-. Llegáis a tiempo porque tengo mucha hambre.
-¡Ah! ¿Tenéis hambre? -comentó Gryphus.
-Toma, ¿por qué no? -preguntó Van Baerle.
-Parece que la conspiración marcha -dijo Gryphus.
-¿Qué conspiración? -inquirió Van Baerle.
-¡Bueno! Sabemos lo que se dice, pero vigilaremos, señor sabio: estad tranquilo, vigilaremos.
-¡Vigilad, amigo Gryphus! -replicó Van Baerle-. ¡Vigilad! Mi conspiración, como mi persona, se
halla toda a vuestro servicio.
-Veremos esto a mediodía -aseguró Gryphus.
-A mediodía -repitió Cornelius-. ¿Qué querrá decir? Sea, esperemos al mediodía; a mediodía
veremos.
Era fácil para Cornelius esperar hasta mediodía. Cornelius esperaba hasta las nueve.
Mediodía llegó y se oyó en la escalera, no solamente el paso de Gryphus, sino los pasos de tres o
cuatro soldados que subían con él.
La puerta se abrió, Gryphus entró, introdujo a los hombres y cerró la puerta detrás de ellos.
-¡Aquí! Ahora, busquemos.
Buscaron en los bolsillos de Cornelius, entre su chaqueta y su chaleco, entre su chaleco y su camisa,
entre su camisa y su piel; no se halló nada.
Buscaron en las sábanas, en el colchón, en el jergón del lecho y no se halló nada.
Fue entonces cuando Cornelius se felicitó por no haber aceptado el tercer bulbo. Gryphus, en esta
pesquisa, lo hubiera encontrado ciertamente, por muy oculto que estuviese, y lo habría tratado como al
primero.
Por lo demás, jamás asistió un prisionero con un rostro más sereno a una pesquisa realizada en su
celda.
Gryphus se retiró con el lápiz y las tres o cuatro hojas de papel blanco que Rosa había dado a
Cornelius; éste fue el único trofeo de la expedición.
88
A las seis, Gryphus regresó, pero solo; Cornelius quiso calmarle, pero Gryphus gruñó, mostró el
colmillo que sobresalía en una comisura de la boca, y salió andando hacia atrás, como un hombre que
tiene miedo de que le ataquen.
Cornelius estalló en risas.
Lo cual hizo que Gryphus, que conocía los refranes, le gritara a través de la reja:
-Está bien, está bien; mejor reirá quien ría el último.
El que debía reír el último, aquella noche por lo menos, era Cornelius, porque Cornelius esperaba a
Rosa.
Rosa acudió a las nueve; pero acudió sin farol; Rosa no tenía ya necesidad de la luz, sabía leer.
Además, la luz podía denunciar a Rosa, espiada más que nunca por Jacob.
Por último, bajo la luz, se veía demasiado el rubor de Rosa cuando se ruborizaba.
¿De qué hablaron los dos jóvenes aquella noche? De las cosas de que hablan los enamorados en el
umbral de una puerta en Francia, de uno a otro lado de una celosía en España, de lo alto al pie de una
terraza en Oriente.
Hablaron de esas cosas que ponen alas a los pies de las horas, que añaden plumas a las alas del
tiempo.
Hablaron de todo, excepto del tulipán negro..
Luego, a las diez, como de costumbre, se separaron.
Cornelius era feliz, tan completamente feliz como puede serlo un tulipanero a quien no se le ha
hablado de su tulipán.
Encontraba a Rosa bonita como todos los amores de la Tierra; la hallaba buena, graciosa,
encantadora.
Mas ¿por qué Rosa prohibía que se hablara del tulipán?
Ésta era una gran falta que Rosa cometía.
Cornelius se dijo, suspirando, que la joven no era absolutamente perfecta.
Una parte de la noche la pasó meditando sobre esta imperfección. Lo que quiere decir que, mientras
estuvo despierto, pensó en Rosa.
Una vez dormido, soñó con ella.
Pero la Rosa de sus sueños era mucho más perfecta que la Rosa de la realidad. Aquélla no solamente
hablaba del tulipán, sino que, además, traía a Cornelius un magnífico tulipán negro nacido en un jarro
de China.
Cornelius se despertó temblando de alegría y murmurando: «Rosa, Rosa, te amo.»
Y como se hacía ya de día, Cornelius no juzgó oportuno volverse a dormir.
Conservó, pues, todo el día la idea que había tenido en su despertar.
¡Ah! Si Rosa le hubiera hablado del tulipán, Cornelius la hubiese preferido a la reina Semiramis, a la
reina Cleopatra, a la reina Isabel, a la reina Ana de Austria, es decir, a las más grandes o a las más
bellas reinas del mundo.
Pero Rosa había prohibido, bajo pena de no volver más, que se hablara del tulipán antes de tres
largos días.
Eran setenta y dos horas concedidas al amante, es verdad; pero eran setenta y dos horas restadas al
horticultor.
Cierto que de esas setenta y dos horas, ya habían transcurrido treinta y seis.
Las otras treinta y seis pasarían muy pronto, dieciocho horas esperando, dieciocho horas para
recordar.
Rosa volvió a la misma hora; Cornelius soportó heroicamente su penitencia. Hubiera sido un
pitagórico más distinguido que Cornelius, y con tal de que se le hubiese permitido pedir una vez por
día noticias de su tulipán, se habría quedado cinco años, según los estatutos de la Orden, sin hablar de
otra cosa.
El Tulipán Negro
89
Por lo demás, la bella visitante comprendía realmente que cuando se ordena por un lado, hay que
ceder por el otro. Rosa dejaba a Cornelius atraer sus dedos por el postigo; Rosa dejaba a Cornelius
besar sus cabellos a través del enrejado.
¡Pobre niña! Todas esas delicadezas del amor eran mucho más peligrosas para ella que hablar del
tulipán.
Lo comprendió al regresar a su habitación con el corazón palpitante, las mejillas ardientes, los labios
secos y los ojos húmedos.
Por eso al día siguiente por la noche, después de cambiar las primeras palabras, después de
prodigarse las primeras caricias, miró a Cornelius á través del enrejado, y en la oscuridad, dijo:
-¡Bien! ¡Ya se ha levantado!
-¡Se ha levantado! ¿Qué? ¿Quién? -inquirió Cornelius no atreviéndose a creer que la misma Rosa
abreviara la duración de su prueba.
-El tulipán -contestó la joven.
-¿Cómo? -exclamó Cornelius-. ¿Permitís, pues?
-¡Sí! -concedió Rosa en el tono de una madre cariñosa que permite una alegría a su hijo.
-¡Ah, Rosa! -se alborozó Cornelius alargando sus labios a través del enrejado, con la esperanza de
tocar una mejilla, una mano, la frente, cualquier cosa.
Tocó algo mejor que todo eso, tocó dos labios entreabiertos.
Rosa lanzó un pequeño grito.
Cornelius comprendió que debía apresurarse a continuar la conversación, sentía que ese contacto
inesperado había asustado mucho a Rosa.
-¿Se ha levantado muy derecho? -preguntó.
-Derecho como un huso de Frisia -dijo Rosa.
-¿Y está muy alto?
-Seis centímetros por lo menos.
-¡Oh! Rosa, tened mucho cuidado y veréis cómo crece de prisa.
-¿Puedo tener más cuidado? -explicó Rosa-. No pienso más que en él.
-¿Sólo en él, Rosa? Tened cuidado, soy yo el que voy a sentirme celoso a mi vez.
-Y vos sabéis ya que pensar en él es pensar en vos. No lo pierdo de vista. Lo veo desde mi lecho; al
despertarme es el primer objeto que miro, al dormirme es el último objeto que retengo en la mirada.
Durante el día me siento y trabajo a su lado, porque desde que se encuentra en mi habitación, no lo
abandono.
-Tenéis razón, Rosa, es vuestra dote, ¿sabéis?
-Sí, y gracias a ella podré casarme con un hombre joven de veintiséis a veintiocho años que me
guste.
-Callaos, malvada.
Y Cornelius consiguió coger los dedos de la joven, lo cual hizo, si no cambiar de conversación, por
lo menos que el silencio siguiera al diálogo.
Aquella noche, Cornelius fue el más feliz de los hombres. Rosa le dejó su mano cuanto quiso
retenerla, y le habló del tulipán a su entera satisfacción.
A partir de aquel momento, cada día trajo un progreso en el tulipán y en el amor de los dos jóvenes.
Una vez eran las hojas que se habían abierto, otra, era la misma flor que había cuajado. Ante esta
noticia la alegría de Cornelius fue grande, y sus preguntas se sucedieron con una rapidez que
testimoniaba su impaciencia.
-Cuajada -exclamó Cornelius-. ¡Ha cuajado!
-Ha cuajado -repitió Rosa.
Cornelius se tambaleó de alegría y se vio obligado a agarrarse al postigo.
-¡Ah! ¡Dios mío! -exclamó, y volviéndose a Rosa–. ¿Es regular el óvalo, está lleno el cilindro, están
bien verdes las puntas?
90
-El óvalo tiene casi tres centímetros y está afilado como una aguja, el cilindro hincha sus flancos, las
puntas están listas para abrirse.
Aquella noche, Cornelius durmió poco; era un momento supremo aquel en el que las puntas se
abrieran.
Dos días después, Rosa anunció que se habían entreabierto.
-Entreabiertas, Rosa -exclamó Cornelius-. ¡El involucro se ha entreabierto! Pero ¿entonces se ve, se
puede distinguir ya?
Y el prisionero se detuvo jadeante.
-Sí -respondió Rosa-; sí, se puede distinguir una línea de un color diferente, delgada como un
cabello.
-¿Y el color? -preguntó Cornelius temblando.
-¡Ah! -contestó Rosa-. Es muy oscuro.
-¿Pardo?
-¡Oh! Más oscuro.
-¡Más oscuro, buena Rosa, más oscuro! Gracias. Oscuro como el ébano, oscuro como…
-Oscuro como la tinta con la cual os he escrito.
Cornelius lanzó un grito de loca alegría.
-¡Oh! -exclamó juntando las manos-. ¡Oh! No hay un ángel que pueda compararse a vos, Rosa.
-¿De veras? -dijo Rosa sonriendo ante esta exaltación.
-Rosa, habéis trabajado tanto, habéis hecho tanto por mí; Rosa, mi tulipán va a florecer, y mi tulipán
florecerá negro, Rosa, Rosa, ¡sois lo más perfecto que Dios ha creado sobre la Tierra!
-¿Después del tulipán, sin embargo?
-¡Ah! Callaos, malvada. Callaos, por piedad, no echéis a perder mi alegría. Pero, decidme, Rosa, si el
tulipán ha llegado a ese punto, dentro de dos o tres días a más tardar florecerá.
-Mañana o pasado mañana, sí.
-¡Oh! Y yo no lo veré -exclamó Cornelius, echándose hacia atrás-. Y no lo besaré como una
maravilla de Dios a la que se debe adorar, como beso vuestras manos, Rosa, como beso vuestros
cabellos, como beso vuestras mejillas, cuando por azar se hallan al alcance del postigo.
Rosa acercó su mejilla, no por azar, sino voluntariamente; los labios del joven se pegaron a ella con
avidez.
-¡Vaya! Lo traeré si vos queréis -dijo Rosa, emocionada.
-¡Ah! ¡No! ¡No! Tan pronto como se abra, ponedlo bien a la sombra, Rosa, y en el mismo instante,
inmediatamente, enviad a Haarlem a prevenir al presidente de la Sociedad Hortícola que el gran
tulipán negro ha florecido. Haarlem está lejos, lo sé, pero con dinero hallaréis un mensajero. ¿Tenéis
dinero, Rosa?
Rosa sonrió.
-¡Oh, sí! -dijo.
-¿Bastante? -preguntó Cornelius.
-Trescientos florines.
-¡Oh! Si tenéis trescientos florines, no es un mensajero a quien tenéis que enviar, sino vos misma,
vos misma, Rosa, quien debe ir a Haarlem.
-Pero durante ese tiempo, la flor…
-¡Oh, la flor! Lleváosla, comprended que no debéis separaros de ella ni un instante.
-Pero, aunque no me separe de ella, me separaré de vos, Cornelius -dijo Rosa entristecida.
-¡Ah! Es verdad, mi dulce, mi querida Rosa. ¡Dios mío! ¡Qué malvados son los hombres! ¿Qué les
he hecho yo y por qué me han privado de la libertad? Tenéis razón, Rosa, yo no podría vivir sin vos.
¡Pues bien! Enviad alguien a Haarlem, eso es. ¡Por mi fe! El milagro es lo bastante grande como para
que el presidente se moleste; él mismo vendrá a Loevestein a buscar el tulipán.
Luego, deteniéndose de repente, fue con voz temblorosa que murmuró:
El Tulipán Negro
91
-¡Rosa! ¡Rosa! Si no fuese negro…
-¡Vaya! Eso lo sabréis mañana o pasado mañana por la noche.
-¡Esperar hasta la noche para saberlo, Rosa! Moriré de impaciencia. ¿No podríamos convenir una
señal?
-Lo haré mejor.
-¿Qué haréis?
-Si es por la noche cuando se abra, vendré para decíroslo yo misma. Si es por el día, pasaré por
delante de la celda y os deslizaré una nota, bien por debajo de la puerta, bien por el postigo, entre la
primera y la segunda inspección de mi padre.
-¡Oh, Rosa! ¡Eso es! Una palabra vuestra anunciándome esta noticia, será una doble felicidad.
-Son ya las diez -dijo Rosa-, es preciso que os abandone.
-¡Sí! ¡Sí! -exclamó Cornelius-. ¡Sí! ¡Marchaos, Rosa, marchaos!
Rosa se retiró cabizbaja.
Cornelius casi la había despedido.
Cierto que era para vigilar el tulipán negro.
92
XXII
La Floración
La noche transcurrió muy lenta y al mismo tiempo muy agitada para Cornelius. A cada instante le
parecía que la dulce voz de Rosa lo llamaba: se despertaba sobresaltado, iba a la puerta, acercaba su
rostro al postigo; no había nada en el postigo, el corredor estaba vacío.
Sin duda, Rosa velaba por su parte, pero más afortunada que él, velaba al tulipán. Tenía allí, bajo sus
ojos, a la noble flor, esta maravilla de las maravillas, no solamente todavía desconocida, sino creída
imposible.
¿Qué diría el mundo cuando supiera que se había logrado el tulipán negro, que existía, y que era
Cornelius van Baerle, el prisionero, quien lo había logrado?
¡Cómo Cornelius hubiera arrojado lejos de sí al hombre que hubiese venido a proponerle la libertad a
cambio de su tulipán!
El día llegó sin noticias. El tulipán no había florecido todavía.
La jornada transcurrió como la noche.
La noche vino y con la noche una Rosa alegre, ligera como un pájaro.
-¿Y bien? -preguntó Cornelius.
-¡Pues bien! Todo va de maravilla. ¡Esta noche sin falta florecerá vuestro tulipán!
-¿Y florecerá negro?
-Negro como el azabache.
-¿Sin una sola mancha de otro color?
-Sin una sola mancha.
-¡Bondad del Cielo! Rosa, he pasado la noche pensando primero en vos…
Rosa esbozó un gesto de incredulidad.
-Luego, en lo que teníamos que hacer.
-¿Y bien?
-Esto es lo que he decidido. Una vez el tulipán haya florecido, cuando se compruebe que es negro y
perfectamente negro, tenéis que encontrar un mensajero.
-Si no es más que esto, ya he encontrado un mensajero.
-¿Un mensajero seguro?
-Un mensajero del que respondo, uno de mis enamorados.
-¿No será Jacob, supongo?
-No, no temáis. Es el barquero de Loevestein, un muchacho despierto, de veinticinco a veintiséis
años.
-¡Diablo!
-Estad tranquilo -repitió Rosa riendo-. Todavía no tiene la edad, ya que vos mismo la habéis fijado
entre veintiséis y veintiocho años.
-En fin, ¿creéis poder contar con ese joven?
-Como conmigo. Se arrojaría de su barca al Waal o al Mosa, a mi elección, si se lo ordenara.
-¡Pues bien, Rosa! En diez horas ese muchacho puede estar en Haarlem; me daréis un lápiz y un
papel, mejor aún sería una pluma y tinta, y escribiré, o más bien, escribiréis vos. En mí, pobre
prisionero, tal vez verían, como ve vuestro padre, una conspiración en todo esto: Escribiréis al
presidente de la Sociedad Hortícola y, estoy seguro que el presidente vendrá.
-Pero, ¿y si tarda?
-Suponed que tarde un día, hasta dos; pero esto es imposible, un aficionado a los tulipanes como él
no tardará ni una hora, ni un minuto, ni un segundo en ponerse en camino para ver la octava maravilla
del mundo. Pero, como decía, tarde un día, tarde dos, el tulipán estará todavía en todo su esplendor.
Una vez visto el tulipán por el presidente, y todo quede dicho en el atestado dirigido por él, guardaréis
una copia de ese atestado, Rosa, y le confiaréis el tulipán. ¡Ah! Si hubiésemos podido llevarlo nosotros
El Tulipán Negro

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