El Tulipán Negro

6. agosto 2010

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XXXI
Haarlem
Haarlem, donde entramos hace tres días con Rosa y donde acabamos de entrar siguiendo al
prisionero, es una hermosa ciudad que se enorgullece con todo derecho de ser una de las más umbrías
de Holanda.
Mientras otras ponen todo su amor propio en destacar por sus arsenales y sus fábricas, por sus
almacenes y bazares, Haarlem cifraba toda su gloria en aventajar a todas las ciudades de los Estados
por sus bellos olmos frondosos, por sus álamos esbeltos, y, sobre todo, por sus paseos sombreados, por
encima de los cuales formaban bóveda la encina, el tilo y el castaño.
Haarlem, viendo que Leiden su vecina, y Ámsterdam su reina, tomaban, la una, el camino de
convertirse en una ciudad de ciencia, y la otra la de convertirse en una ciudad de comercio, Haarlem
había querido ser una ciudad agrícola o, más bien, hortícola.
En efecto, bien cerrada, bien aireada, bien calentada al sol, ofrecía a los jardineros garantías que
cualquier otra ciudad, con sus vientos del mar o sus soles de plano, no habrían sabido proporcionarlas.
Así pues, se había visto establecerse en Haarlem a todos aquellos espíritus tranquilos que poseían el
amor a la tierra y a sus bienes, como se había visto establecerse en Rótterdam y en Ámsterdam a todos
los espíritus inquietos y movidos, que poseían la afición a los viajes y al comercio, como se había visto
establecerse en La Haya a todos los políticos mundanos.
Hemos dicho que Leiden había sido la conquista de los sabios.
Haarlem adquirió, pues, el gusto por las cosas dulces: la música, la pintura, los vergeles, los paseos,
los bosques y los jardines.
Haarlem se volvió loca por las flores y, entre todas las flores, por los tulipanes.
Haarlem propuso premios en honor de los tulipanes, y llegamos así, con toda naturalidad, como se
ve a hablar del que la ciudad proponía, el 15 de mayo de 1673, en honor del gran tulipán negro sin
mancha y sin defecto, que debía proporcionar cien mil florines a su cultivador.
Habiendo manifestado Haarlem su especialidad, habiendo blasonado Haarlem de su gusto por las
flores en general y por los tulipanes en particular, en un tiempo en que todo se dedicaba a la guerra y a
las sediciones, habiendo tenido Haarlem la insigne alegría de ver florecer el ideal de los tulipanes,
Haarlem, la hermosa ciudad llena de bosques y de sol, de sombra y de luz, Haarlem había querido
hacer de esta ceremonia de la inauguración del premio una fiesta que perdurase eternamente en el
recuerdo de los hombres.
Y tenía a ello tanto más derecho por cuanto Holanda era el país de las fiestas; jamás naturaleza más
perezosa desplegó más ardor riente, cantante y danzante que la de los buenos republicanos de las Siete
Provincias con ocasión de las diversiones.
Observad, por ejemplo, los cuadros de los dos Teniers.
Es verdad que los perezosos son, de todos los hombres, los más resistentes al cansancio, no cuando
se ponen a trabajar, sino cuando se dedican con alegría al placer.
Haarlem se entregaba, pues, a una triple alegría, porque tenía que celebrar una triple solemnidad:
había sido descubierto el tulipán negro, el príncipe Guillermo de Orange asistía a la ceremonia, como
un verdadero holandés que era. Finalmente, constituía un honor para los Estados mostrar a los
franceses, a continuación de una guerra tan desastrosa como había sido la de 1672, que el suelo de la
república bátava era sólido hasta el punto de que se podía danzar en él con acompañamiento del cañón
de las flotas.
La Sociedad Hortícola de Haarlem se había mostrado digna de sí misma al otorgar cien mil florines
por una cebolla de tulipán. La ciudad no había querido quedarse atrás, y había votado una suma
semejante, que había sido entregada en manos de sus notables para festejar ese premio nacional.
Así pues, había en este domingo fijado para esta ceremonia, tal apresuramiento del gentío, tal
entusiasmo en los ciudadanos, que no se habría podido impedir, incluso con esa sonrisa solapada de
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los franceses, el admirar el carácter de estos buenos holandeses, dispuestos a gastar su dinero tan
pronto para construir un navío destinado a combatir al enemigo, es decir, a sostener el honor de la
nación, como para recompensar la invención de una nueva flor destinada a lucir un día, y destinada a
distraer durante ese día a las mujeres, a los niños, a los sabios y a los curiosos.
A la cabeza de los notables y del comité hortícola, brillaba el señor Van Systens, ataviado con sus
más ricos ropajes.
El digno hombre había realizado grandes esfuerzos para parecerse a su flor favorita por la elegancia
sobria y severa de sus vestidos, y apresurémonos a decir para su mayor gloria, que lo había conseguido
plenamente. Negro de azabache, terciopelo escabiosa5, seda pensamiento, tal era, con la ropa de una
blancura deslumbrante, el traje ceremonial del presidente, el cual caminaba a la cabeza de su comité
con un enorme ramo semejante al que llevaría, ciento veintiún años más tarde, el señor De
Robespierre, en la fiesta del Ser Supremo.
Sólo que, el bravo presidente, en lugar de aquel corazón hinchado de odio y de resentimientos
ambiciosos del tribuno francés, llevaba en el pecho una flor no menos inocente que la más inocente de
las que sostenía en la mano.
Se veían detrás de ese comité, matizado como un césped, perfumado como una primavera, los
cuerpos sabios de la ciudad, los magistrados, los militares, los nobles y los palurdos.
El pueblo, incluso con los señores republicanos de las Siete Provincias, no mantenía categorías en
este orden de marcha; hacía de valladar.
Éste era, por lo demás, el mejor de todos los sitios para ver… y para estar.
Éste era el lugar de las multitudes que esperan, filosofía de los Estados, que los trofeos hayan
desfilado, para saber lo que hay que decir, y algunas veces lo que hay que hacer.
Pero esta vez, no era cuestión, ni del triunfo de Pompeyo, ni del triunfo de César. Esta vez, no se
celebraba ni la derrota de Mitríades, ni la conquista de las Galias. La procesión era suave como el paso
de un rebaño de corderos sobre la tierra, inofensiva como el vuelo de una bandada de pájaros en el
aire.
Haarlem no tenía otros triunfadores que sus jardineros. Adorando las flores, Haarlem divinizaba al
florista.
Se veía en el centro del cortejo pacífico y perfumado, el tulipán negro, llevado sobre unas angarillas
cubiertas de terciopelo blanco con franjas de oro. Cuatro hombres portaban las andas y se veían
relevados por otros, así como en Roma eran relevados los que llevaban a la madre Cibeles, cuando
entró en la ciudad eterna, traída de la Etruria al son de la charanga y con las adoraciones sumisas de
todo un pueblo.
Esta exhibición del tulipán era un homenaje rendido por todo un pueblo sin cultura y sin gusto, al
gusto y a la cultura de los jefes célebres y piadosos que sabían verter la sangre sobre el pavimento
fangoso de la Buytenhoff, sin que por ello dejaran de inscribir más tarde los nombres de sus víctimas
sobre la piedra más hermosa del panteón holandés.
Estaba convencido que el príncipe estatúder distribuiría, naturalmente, él mismo el premio de los
cien mil florines, lo cual interesaba a todo el mundo en general, y que pronunciaría tal vez un discurso,
lo que interesaba en particular a sus amigos y a sus enemigos.
En efecto, en los discursos más indiferentes de los hombres políticos, los amigos o los enemigos de
esos hombres quieren ver siempre relucir en él, y creen siempre poder interpretar, por consiguiente, un
rayo de sus pensamientos.
Como si el sombrero del hombre político no fuera una pantalla destinada a interceptar toda luz.
En fin, ese gran día tan esperado del 15 de mayo de 1673 había llegado, y Haarlem entera, reforzada
por sus alrededores, estaba alineada a lo largo de los bellos árboles del bosque con la resolución bien
determinada de no aplaudir esta vez ni a los conquistadores de la guerra, ni a los de la ciencia, sino
5 Planta herbácea cuya raíz se empleó antiguamente en medicina
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simplemente a los de la Naturaleza, que acababan de forzar a esta inagotable madre al alumbramiento,
hasta entonces creído imposible, del tulipán negro.
Pero nada se conserva menos entre los pueblos que esta resolución de no aplaudir más que a tal o
cual cosa. Cuando una ciudad está en trance de aplaudir, es como cuando se halla en trance de silbar:
no se sabe nunca dónde se detendrá.
Aplaudió, pues, primero a Van Systens y a su ramo, aplaudió a sus corporaciones, se aplaudió ella
misma; y en fin, con toda justicia esta vez, confesémoslo, aplaudió las excelentes melodías que los
músicos de la ciudad prodigaban en cada alto.
Todos los ojos buscaban cerca de la heroína de la fiesta, que era la flor del tulipán negro, al héroe de
la fiesta que, naturalmente, era el autor de este tulipán.
Ese héroe, apareciendo a continuación del discurso que hemos visto elaborar con tanto cuidado al
bueno de Van Systens, ese héroe hubiera producido ciertamente más efecto que el mismo estatúder.
Mas, para nosotros, el interés de la jornada no estaba ni en ese venerable discurso de nuestro amigo
Van Systens, por elocuente que fuera, ni en los jóvenes aristócratas endomingados que mascaban sus
gruesas tortas, ni en los pobrecitos plebeyos, medio desnudos, que roían anguilas ahumadas,
semejantes a bastones de vainilla. El interés no residía tampoco en esas bellas holandesas, de tez rosa y
seno blanco, ni en los Mynheer grasientos y rechonchos que nunca habían abandonado sus casas, ni en
los delgados y jóvenes viajeros que venían de Ceilán o de Java, ni en el populacho alterado que
tragaba, a guisa de refresco, pepino confitado en salmuera. No, para nosotros, el interés de la situación,
el interés poderoso, el interés dramático no estaba ahí.
El interés residía en una figura radiante y animada que caminaba en medio de los miembros del
comité hortícola, el interés estaba en ese personaje florido en la cintura, peinado, alisado, vestido todo
de escarlata, color que hacía resaltar su pelo negro y su tez amarilla.
Ese triunfador radiante, excitado, ese héroe del día destinado al insigne honor de hacer olvidar el
discurso de Van Systens y la presencia del estatúder, era Isaac Boxtel, que veía marchar delante de él,
a su derecha, sobre un almohadón de terciopelo, el tulipán negro, su pretendido hijo, y a su izquierda,
en una gran bolsa, los cien mil florines en hermosas monedas de oro reluciente, brillante, y que se veía
obligado a bizquear hacia fuera para no perderlos un instante de vista.
De cuando en cuando, Boxtel apresuraba el paso para ir a frotar su codo con el de Van Systens.
Boxtel tomaba así un poco de su valor, para darse valor a sí mismo, como robó a Rosa su tulipán, para
conseguir su gloria y su fortuna.
Todavía un cuarto de hora de espera y el príncipe llegaría, el cortejo haría alto en la última estación,
el tulipán se colocaría en su trono, el príncipe, que cedería el paso a su rival en la adoración pública,
cogería una vitela6 magníficamente coloreada sobre la que estaría escrito el nombre del autor, y
proclamaría con voz alta e inteligible que había sido descubierta una maravilla; que Holanda, por
intermedio de él, Boxtel, había forzado a la Naturaleza a producir una flor negra, y que esa flor se
llamaría desde entonces en adelante Tulipa nigra Boxtellea.
De cuando en cuando, sin embargo, Boxtel separaba por un momento los ojos del tulipán y de la
bolsa y miraba tímidamente al gentío, porque temía por encima de todo percibir en ese gentío la pálida
figura de la bella frisona.
Sería un espectro, como se comprende, que turbaría su fiesta, ni más ni menos como el espectro de
Banquo turbó el festín de Macbeth.
Y, apresurémonos a decirlo, ese miserable que había franqueado un muro que no era su muro, que
había escalado una ventana para entrar en la casa de su vecino, que, con una falsa llave, había violado
la habitación de Rosa, ese hombre, que había robado finalmente la gloria de un hombre y la dote de
una mujer, ese hombre no se consideraba un ladrón.
6 Piel de vaca o ternera, preparada para pintar en ella
El Tulipán Negro
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Había velado tanto a este tulipán, lo había seguido tan ardientemente del cajón del secador de
Cornelius hasta el patíbulo de la Buytenhoff, del patíbulo de la Buytenhoff a la prisión de la fortaleza
de Loevestein, lo había visto tan bien nacer y crecer sobre la ventana de Rosa, había calentado tantas
veces el aire alrededor de él con su aliento, que nadie más que él era el autor; cualquiera que en este
momento le quitara el tulipán negro, se lo robaría.
Pero no vio a Rosa.
Resultó así que la alegría de Boxtel no fue turbada.
El cortejo se detuvo en el centro de una glorieta cuyos árboles magníficos estaban decorados con
guirnaldas e inscripciones; el cortejo se detuvo al son de una música brillante, y las jóvenes de
Haarlem aparecieron para escoltar al tulipán hasta el trono elevado que debía ocupar sobre el estrado,
al lado del sillón de oro de Su Alteza el estatúder.
Y el tulipán orgulloso, alzado sobre su pedestal, dominó enseguida la asamblea, que batió palmas a
hizo resonar los ecos de Haarlem con un inmenso aplauso.
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XXXII
El Último Ruego
En este solemne momento y cuando se dejaban oír esos aplausos, una carroza discurría por la ruta
que bordeaba el bosque, rodando lentamente a causa de los niños empujados fuera de la avenida de los
árboles por las prisas de los hombres y de las mujeres.
Esta carroza, polvorienta, fatigados los caballos, chirriando sobre sus ejes, encerraba al desgraciado
Van Baerle, a quien, por la portezuela abierta, comenzaba a ofrecérsele el espectáculo que, muy
imperfectamente sin duda, hemos intentado poner bajo los ojos de nuestros lectores.
Esta muchedumbre, ese ruido, ese reflejo de todos los esplendores humanos y naturales,
deslumbraba al prisionero como un rayo que hubiera entrado en su calabozo.
A pesar del poco interés que había puesto su compañero en responderle, cuando le había interrogado
sobre su propia suerte, se aventuró a interrogarle una última vez sobre qué significaba aquel bullicio,
que en un principio debía y podía creer le era totalmente extraño.
-Os lo ruego, ¿qué es todo esto, señor coronel? -preguntó al oficial encargado de escoltarle.
-Como podéis ver, señor -replicó aquél-, se trata de una fiesta.
-¡Ah! ¡Una fiesta! -exclamó Cornelius con ese tono lúgubremente indiferente de un hombre que no
disfruta de ninguna alegría en este mundo desde hace mucho tiempo.
Después, tras un instante de silencio y cuando el coche había rodado unas pocos metros más,
preguntó:
-¿La fiesta patronal de Haarlem? Porque veo muchas flores.
-Es, en efecto, una fiesta en la que las flores representan el papel principal, señor.
-¡Oh! ¡Los dulces aromas! ¡Los bellos colores! -exclamó Cornelius.
-Deteneos, que el señor lo vea -ordenó el oficial, con uno de esos gestos de dulce piedad que son
propios sólo de los militares, al soldado encargado del postillón.
-¡Oh! Gracias, señor, por vuestra cortesía -replicó melancólicamente Van Baerle-. Pero esto constituye
para mí una alegría más dolorosa que para los otros: ahorrádmela, os lo ruego.
-Como queráis; continuemos entonces. He ordenado que nos detuviéramos, porque pasáis por
amador de las flores, sobre todo, de aquellas por las que se celebra hoy la fiesta.
-¿Y por qué flores celebran hoy la fiesta, señor?
-Por los tulipanes.
-¡Por los tulipanes! -repitió Van Baerle-. ¿Hoy es la fiesta de los tulipanes?
-Sí, señor; pero ya que este espectáculo os resulta desagradable, continuemos.
Y el oficial se dispuso a dar la orden de continuar el camino.
Pero Cornelius le detuvo, pues una duda dolorosa acababa de cruzar su mente.
-Señor -preguntó con voz temblorosa-, ¿será hoy acaso cuando se otorga el premio?
-El premio del tulipán negro; sí.
Las mejillas de Cornelius se tiñeron de púrpura, un temblor corrió por todo su cuerpo y el sudor
perló su frente.
Luego, pensando que, ausentes él y su tulipán, la fiesta abortaría sin duda a falta de un hombre y de
una flor que coronar, dijo:
-Por desgracia, todas estas bravas gentes serán tan desdichadas como yo, porque no verán esta gran
solemnidad a la que son convidados, o por lo menos, la verán incompleta.
-¿Qué queréis decir, señor?
-Quiero decir que nunca -contestó Cornelius reclinándose en el fondo del coche-, excepto por alguien
a quien yo conozco, será hallado el tulipán negro.
-Entonces, señor -dijo el oficial-, ese alguien a quien vos conocéis lo ha hallado; porque eso es lo
que todo Haarlem contempla en este momento, la flor que vos consideráis como inhallable.
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-¡El tulipán negro! -exclamó Van Baerle asomando la mitad de su cuerpo por la portezuela-.
¿Dónde? ¿Dónde?
-Allá abajo, sobre el trono, ¿lo veis?
-¡Lo veo!
-¡Vamos, señor! -dijo el oficial-. Ahora hay que partir.
-¡Oh! Por piedad, por favor, señor -rogó Van Baerle-. No me llevéis. ¡Dejadme mirar todavía!
¡Cómo, eso que veo allá abajo es el tulipán negro, bien negro…! ¿Es posible? ¡Oh, señor! ¿Lo habéis
visto? Debe de tener manchas, debe de ser imperfecto, tal vez esté teñido de negro solamente: ¡oh!, si
yo estuviera allí sabría decíroslo, señor; dejadme bajar, dejádmelo ver de cerca, os lo ruego.
-¿Estáis loco, señor?
-Os lo suplico.
-Pero ¿olvidáis que estáis prisionero?
-Soy un prisionero, es verdad, pero soy un hombre de honor; y por mi honor, señor, no me escaparé,
no intentaré huir. ¡Dejadme solamente mirar la flor!
-Pero ¿mis órdenes, señor?
Y el oficial hizo un nuevo movimiento para ordenar al soldado que reemprendiera el camino.
Cornelius le detuvo una vez más.
-¡Oh! Sed paciente, sed generoso, toda mi vida descansa en un gesto de vuestra piedad. ¡Ay! Mi
vida, señor, no será probablemente muy larga ahora. ¡Ah! Vos no sabéis lo que yo sufro; vos no sabéis
todo lo que combate en mi cabeza y en mi corazón; porque en fin -continuó Cornelius con
desesperación-, si fuera mi tulipán, si fuera el que le han robado a Rosa, ¡oh, señor! Comprendéis bien
lo que es haber hallado el tulipán negro, haberlo visto un instante, haber reconocido que era perfecto,
que era a la vez una obra maestra del arte y de la Naturaleza y perderla, perderla para siempre. ¡Oh! Es
preciso que vaya a verlo. Me mataréis después si queréis, pero lo veré, lo veré.
-Callad, desdichado, y no os asoméis, porque aquí esta ya la escolta de Su Alteza el estatúder que
cruza la vuestra, y si el príncipe observa un escándalo, oye un ruido, ése sería vuestro fin y el mío.
Van Baerle, todavía más asustado por su compañero que por sí mismo, volvió a echarse en el
asiento, pero no pudo mantenerse allí ni medio minuto, y apenas acababan de pasar los veinte primeros
jinetes cuando se asomó de nuevo a la portezuela, gesticulando y suplicando al estatúder, precisamente
en el momento en que éste pasaba por su lado.
Guillermo, impasible y sencillo, como de costumbre, se dirigía a la plaza para cumplir con su deber
de presidente. Tenía en la mano su rollo de vitela que, en esta jornada de fiesta, se había convertido en
su bastón de mando.
Viendo a ese hombre que gesticulaba y suplicaba, reconociendo también quizá al oficial que
acompañaba a ese hombre, el príncipe estatúder dio la orden de detenerse.
En el mismo instante, sus caballos estremeciéndose bajo sus corvejones de acero, hicieron alto a seis
pasos de Van Baerle, encajado en su carroza.
-¿Qué es esto? -preguntó el príncipe al oficial que, a la primera orden del estatúder, había saltado del
coche y se acercaba respetuosamente a él.
-Monseñor -contestó-, es el prisionero de Estado que, por vuestra orden, a ido a buscar a Loevestein,
y que os lo traía a Haarlem, como Vuestra Alteza deseaba.
-¿Qué quiere?
-Pide con insistencia que se le permita detenerse un instante aquí.
-Para ver el tulipán negro, monseñor -gritó Van Baerle, juntando las manos- y luego, cuando lo haya
visto, cuando sepa lo que debo saber, moriré, si es preciso, pero al morir bendeciré a Vuestra Alteza
misericordiosa, intermediaria entre la divinidad y yo; a Vuestra Alteza que permitirá que mi obra haya
tenido un fin y su glorificación.
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Era, en efecto, un curioso espectáculo éste de los dos hombres, cada uno a la portezuela de su
carroza, rodeados de sus guardias; el uno poderoso, el otro miserable; el uno dispuesto a subir a su
trono, el otro creyéndose a punto de subir al patíbulo.
Guillermo había mirado fríamente a Cornelius y escuchado su vehemente ruego.
Entonces, dirigiéndose al oficial, dijo:
-Ese hombre ¿es el prisionero rebelde que ha querido matar a su carcelero en Loevestein?
Cornelius lanzó un suspiro y bajó la cabeza. Su dulce y honrado rostro enrojeció y palideció a la vez.
Estas palabras del príncipe omnipotente, omnisciente, esta infalibilidad divina que, por algún
mensajero secreto a invisible al resto de los hombres, conocía ya su crimen, le aseguraban no
solamente la severidad del castigo, sino también una negativa.
No intentó luchar, no intentó defenderse en absoluto: ofreció al príncipe ese espectáculo lindante a
una candorosa desesperación, muy inteligible y muy emocionante para un corazón tan grande y para
un espíritu tan amplio como el del que lo contemplaba.
-Permitid al prisionero que baje -dijo el estatúder- y que vaya a ver el tulipán negro, bien digno de
ser visto, por lo menos, una vez.
-¡Oh! -exclamó Cornelius a punto de desvanecerse de alegría y tambaleándose sobre el estribo de la
carroza-. ¡Oh, monseñor!
Y se sofocó; y sin el brazo del oficial que le prestó su apoyo, hubiera sido de rodillas y con la frente
en el polvo como el pobre Cornelius hubiera dado las gracias a Su Alteza.
Dado este permiso, el príncipe continuó su camino por el bosque, en medio de las aclamaciones más
entusiastas.
Llegó enseguida a su estrado, y el cañón tronó en las profundidades del horizonte.
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Conclusión
Van Baerle, conducido por cuatro guardias que se abrían camino por entre el gentío, atravesó
oblicuamente hacia el tulipán negro, al que devoraban sus miradas cada vez más próximas.
La vio por fin, la flor única que debía, bajo unas combinaciones desconocidas de calor, de frío, de
sombra y de luz, aparecer un día para desaparecer para siempre. La vio a seis pasos; saboreó sus
perfecciones y sus gracias; la vio detrás de las jóvenes que formaban una guardia de honor a esta reina
de la nobleza y de la pureza. Y, sin embargo, cuanto más se aseguraba por sus propios ojos de la
perfección de la flor, más sentía desgarrado su corazón. Buscaba a su alrededor para formular una
pregunta, una sola. Mas por todas partes veía rostros desconocidos; por todas partes la atención se
dirigía hacia el trono en el que acababa de sentarse el estatúder.
Guillermo, que acaparaba toda la atención, -se levantó, paseó una tranquila mirada sobre la
muchedumbre enajenada, y su ojo agudo se detuvo alternativamente en las tres extremidades de un
triángulo formado frente a él por tres intereses y por tres personajes muy distintos.
En uno de los ángulos, Boxtel, temblando de impaciencia y devorando con toda su atención al
príncipe, a los florines, al tulipán negro y a la asamblea.
En otro, con Cornelius jadeante, mudo, no teniendo mirada, vida, corazón, amor, más que para el
tulipán negro, su hijo.
Por último, en el tercero, de pie sobre una tarima entre las vírgenes de Haarlem, una bella frisona
vestida de fina lana roja bordada de plata y cubierta de encajes que caían en oleadas desde su casco de
oro.
Rosa, en fin, que se apoyaba desfallecida y con los ojos anegados, en el brazo de uno de los oficiales
de Guillermo.
El príncipe, entonces, viendo a todos sus auditores dispuestos, desenrolló lentamente la vitela y, con
voz tranquila, clara, aunque débil, pero de la que no se perdía ni una sílaba gracias al silencio religioso
que se abatió de repente sobre los cincuenta mil espectadores, encadenó su aliento a sus labios:
-Sabéis -dijo- con qué fin habéis sido reunidos aquí. Se ha prometido un premio de cien mil florines
a quien hallara el tulipán negro. ¡El tulipán negro! Y esta maravilla de Holanda está aquí expuesta ante
vuestros ojos; el tulipán negro ha sido hallado y con todas las condiciones exigidas por el programa de
la Sociedad Hortícola de Haarlem. La historia de su nacimiento y el nombre de su autor serán inscritos
en el libro de honor de la ciudad. Haced aproximarse a la persona que es propietaria del tulipán negro.
Y al pronunciar estas palabras, el príncipe, para juzgar el efecto que las mismas producirían, paseó
su clara mirada sobre los tres ángulos del triángulo.
Vio a Boxtel saltar de su grada.
Vio a Cornelius hacer un movimiento involuntario.
Vio finalmente al oficial encargado de velar por Rosa, conducirla o más bien empujarla delante de su
trono.
Un doble grito partió a la vez de la derecha y de la izquierda del príncipe.
Boxtel fulminado, Cornelius desatinado, habían gritado: ¡Rosa! ¡Rosa!
-Este tulipán es realmente vuestro, ¿verdad, muchacha? -preguntó el príncipe.
-¡Sí, monseñor! -balbuceó Rosa, a la que un murmullo universal venía a saludarla en su tierna
belleza.
« ¡Oh! -murmuró Cornelius-. Ella mentía, pues, cuando decía que le habían robado esta flor. ¡Oh!
¡Por esto era por lo que había abandonado Loevestein! ¡Olvidado, traicionado por ella, por ella a quien
creía mi mejor amiga!»
«¡Oh! -gimió Boxtel por su parte-. Estoy perdido! »
-Este tulipán -prosiguió el príncipe- llevará, pues, el nombre de su inventor, y será inscrito en el
catálogo de las flores con el título de Tulipa nigra Rosa Barloensis, a causa del nombre de Van Baerle,
que será de ahora en adelante el nombre de casada de esta joven.
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Y al mismo tiempo, Guillermo cogió la mano de Rosa y la puso en la mano de un hombre que
acababa de abalanzarse, pálido, aturdido, anonadado de alegría, al pie del trono, saludando
alternativamente a su príncipe, a su novia y a Dios que, desde el infinito del azur del cielo,
contemplaba sonriente el espectáculo de dos corazones felices.
Al mismo tiempo, también caía a los pies del presidente Van Systens, otro hombre, herido por una
emoción muy diferente.
Boxtel, aniquilado bajo las ruinas de sus esperanzas, acababa de perder el sentido. Lo levantaron,
reconocieron su pulso y su corazón; estaba muerto.
Este incidente no turbó gran cosa la fiesta, dado que ni el presidente ni el príncipe parecieron
preocuparse mucho de él.
Cornelius retrocedió espantado: en su ladrón, en su falso Jacob, acababa de reconocer al verdadero
Isaac Boxtel, su vecino, del que en la pureza de su alma, no había jamás sospechado ni por un solo
instante una acción tan malvada.
Fue por lo demás una gran suerte para Boxtel que Dios le hubiera enviado tan a punto ese ataque de
apoplejía fulminante, ya que ello le impidió ver por más tiempo cosas tan dolorosas para su orgullo y
su avaricia.
Luego, al son de las trompetas, la procesión reemprendió la marcha sin que nada hubiera cambiado
en su ceremonial, sino que Boxtel estaba muerto y que Cornelius y Rosa caminaban lado a lado y la
mano de uno en la mano de la otra. Cuando llegaron al Ayuntamiento, el príncipe, señalando con el
dedo la bolsa de los cien mil florines de oro a Cornelius, dijo:
-No se sabe claramente quién ha ganado este dinero, si vos o Rosa; porque si vos habéis hallado el
tulipán negro, ella lo ha criado y hecho florecer; así pues, no ofrecérselo a ella como dote sería injusto.
Por otra parte, éste es el regalo de la ciudad de Haarlem al tulipán.
Cornelius esperaba para saber dónde quería ir a parar el príncipe. Éste continuó:
-Doy a Rosa cien mil florines, que bien se los ha ganado y que podrá ofrecéroslos a vos; son el
precio de su amor, de su coraje y de su honestidad. En cuanto a vos, señor, gracias una vez más a
Rosa, que ha traído la prueba de vuestra inocencia -y diciendo estas palabras, el príncipe tendió a
Cornelius la famosa hoja de la Biblia sobre la que estaba escrita la Carta de Corneille de Witt, y que
había servido para envolver el tercer bulbo-, en cuanto a vos, digo, nos hemos dado cuenta de que
fuisteis encarcelado por un crimen que no habíais cometido. Con esto quiero deciros, no solamente que
sois libre, sino, además, que los bienes de un hombre inocente no pueden ser confiscados. Vuestros
bienes os serán, pues, devueltos. Señor Van Baerle, vos sois el ahijado de Corneille de Witt y amigo
de Jean. Permaneced digno del nombre que os ha confiado el uno en las fuentes del bautismo, y de la
amistad que el otro os había profesado. Conservad la tradición de los méritos de ambos, porque esos
señores De Witt, mal juzgados, mal castigados, en un momento de error popular, eran dos grandes
ciudadanos de los que Holanda se siente hoy orgullosa.
El príncipe, después de estas palabras que pronunció con voz emocionada, contra su costumbre, dio
sus dos manos a besar a los futuros esposos, que se arrodillaron a su lado.
Luego, lanzando un suspiro, exclamó:
-¡Ay! Vosotros sois realmente felices, ya que al soñar con la verdadera gloria de Holanda y, sobre
todo, con su verdadera dicha, no buscáis conquistarle más que nuevos colores de tulipanes.
Y lanzando una mirada hacia el horizonte, por donde quedaba Francia, como si hubiera visto nuevas
nubes amontonarse por aquel lado, subió de nuevo a su carroza y partió.
Cornelius, por su parte, salió el mismo día para Dordrecht con Rosa, quien, por medio de la vieja
Zug, a la que se expidió en calidad de embajador, hizo prevenir a su padre de todo lo que había
ocurrido.
Los que, gracias a la exposición que hemos hecho, conocen el carácter del viejo Gryphus,
comprenderán que se reconcilió difícilmente con su yerno. Conservaba en su corazón los garrotazos
El Tulipán Negro
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recibidos, los había contado por las magulladuras; mostraban, decía, cuarenta y uno; pero acabó por
rendirse, para no ser menos generoso, decía, que Su Alteza el estatúder.
Convertido en guardián de tulipanes, después de haber sido carcelero de hombres, fue el más celoso
carcelero de flores que se hubiera encontrado nunca en Flandes. Así, había que verlo, vigilando las
mariposas peligrosas, matando los ratones campestres y espantando las abejas demasiado hambrientas.
Cuando supo la historia de Boxtel y furioso por haber sido engañado por el falso Jacob, se dedicó a
demoler el observatorio elevado anteriormente por el envidioso detrás del sicomoro; porque el recinto
de Boxtel vendido en subasta, se incluyó en las platabandas de Cornelius, que aumentó su hacienda de
modo que pudiera defenderse de todos los telescopios de Dordrecht.
Rosa, cada vez más bella, fue aprendiendo cada vez más y al cabo de dos años de matrimonio, sabía
leer y escribir tan bien, que pudo encargarse sola de la educación de dos hermosos niños, que le habían
nacido en los meses de mayo de 1674 y 1675, como los tulipanes, y que le dieron mucho menos
trabajo que la famosa flor a la que debía el haberlos tenido. Y no hay que decir que uno era un
muchacho y el otro una chica, y que el primero recibió el nombre de Cornelius, y la segunda, el de
Rosa.
Van Baerle permaneció fiel a Rosa como a sus tulipanes; toda su vida se ocupó de la felicidad de su
mujer y del cultivo de las flores, cultivo gracias al cual halló un gran número de variedades que están
inscritas en el catálogo holandés. Los dos principales ornamentos de su salón estaban enmarcados en
marcos de oro, y eran las dos hojas de la Biblia de Corneille de Witt; sobre una, como se recuerda, su
padrino le había escrito que quemara la correspondencia del marqués de Louvois.
Sobre la otra, había legado a Rosa el bulbo del tulipán negro, a condición de que con su dote de cien
mil florines se casara con un guapo muchacho de veintiséis a veintiocho años, al que amara y que la
quisiera.
Condición que había sido escrupulosamente cumplida, aunque Cornelius no hubiera muerto y
justamente porque no había muerto.
Finalmente, para combatir a los envidiosos del porvenir, a los que la Providencia tal vez no hubiera
tenido el placer de desembarazarse de ellos como lo había hecho con Mynheer Isaac Boxtel, escribió
encima de su puerta esta frase que De Grotius había grabado el día de su huida, en el muro de su
prisión:
Se ha sufrido muchas veces lo bastante para tener el derecho de no decir jamás: soy demasiado
feliz.
FIN

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