El Conde de Montecristo
6. agosto 2010
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incisiva. Este hombre me ha dado miedo muchas veces, y un día entre otros que presenciábamos juntos
una ejecución, creí que iba a ponerme malo, más bien de verle y oírle hablar fríamente sobre todos los
suplicios de la tierra, que de ver al verdugo cumplir su oficio y oír los gritos del condenado.
-¿No os condujo a las ruinas del Coliseo para ver correr la sangre, Morcef? -preguntó Beauchamp.
-Y después de haber deliberado, ¿no os ha hecho firmar algún pergamino de color de fuego, por el cual
le cedáis vuestra alma como Esaú su derecho de primogenitura? -dijo Debray.
-¡Burlaos, burlaos lo que queráis, señores!
-dijo Morcef un poco amoscado-. Cuando os miro a vosotros, bellos parisienses, habitantes del
Boulevard de Gante, paseantes del bosque de Boulogne, y me acuerdo de ese hombre, me parece que no
somos de la misma especie.
-¡Yo me lisonjeo de ello! -dijo Beauchamp.
-Siempre será -añadió Chateau Renaud- vuestro conde de Montecristo un hombre galante en sus ratos
de ocio, prescindiendo de esos pequeños arreglos con los bandidos italianos.
-¡Ya no hay bandidos italianos! -dijo Debray.
-¡Ni vampiros! -añadió Beauchamp.
-Ni conde de Montecristo -respondió Debray-. Aguardad, querido Alberto, que son las diez y media.
-Confesad que habéis tenido una pesadilla, y vamos a almorzar -dijo Beauchamp.
Pero aún no se había extinguido la vibración del reloj, cuando se abrió la puerta y Germán anunció:
-¡Su excelencia, el conde de Montecristo!
Todos los presentes, a pesar suyo, hicieron un gesto que denotaba la preocupación que la relación de
Morcef había dejado en sus almas. Alberto mismo no pudo contener una emoción súbita. No se había
oído ni carruaje en la calle, ni pasos en la antesala. La puerta misma se había abierto sin hacer ruido.
El conde apareció en el dintel, vestido con la mayor sencillez, pero el elegante más exquisito no
hubiese encontrado nada que reprender en su traje. Todo era de un gusto delicado, todo salía de las manos
de los más elegantes proveedores; vestidos, sombrero y ropa blanca.
Apenas aparentaba treinta y cinco años de edad, y lo que admiró a todos fue su extrema semejanza con
el retrato que de él había trazado Debray.
El conde se adelantó sonriendo y se dirigió en derechura a Alberto, quien saliéndole al encuentro, le
ofreció la mano con prontitud.
-La puntualidad -dijo el conde de Montecristo- es la política de los reyes, según ha dicho, creo, uno de
vuestros soberanos. Pero cualquiera que sea su buena voluntad, no es siempre la de los viajeros. Sin
embargo, espero, mi querido vizconde, que me disculparéis en favor de mis buenos deseos, los dos o tres
segundos que he tardado a la cita. Quinientas leguas no se recorren sin algún contratiempo, particularmente
en Francia, donde está prohibido, según parece, dar prisa a los postillones.
-Señor conde -respondió Alberto-, estaba anunciando vuestra visita a algunos amigos míos, que he
reunido hoy contando con la promesa que tuvisteis a bien hacerme, y que tengo el honor de presentaros.
Son los señores, Conde de Chateau Renaud, cuya nobleza proviene de los Doce Pares, y cuyos
antepasados ocuparon un puesto en la Mesa Redonda; el señor Luciano Debray, secretario particular del
Ministro del Interior; Beauchamp, enérgico periodista, terror del gobierno francés. No habréis jamás oído
hablar de él en Italia, donde no permiten la entrada de su periódico; en fin, el señor Maximiliano Morrel,
capitán de spahis.
Al oír este nombre, el conde, que hasta entonces había saludado cortésmente, pero con una frialdad y
una impasibilidad inglesa, dio, a pesar suyo, un paso hacia adelante, y un leve tabor tiñó por breves
instantes sus pálidas mejillas.
-¿El señor lleva el uniforme de los nuevos vencedores franceses? -dijo él-; es un bonito uniforme.
No habría podido decirse cuál era el sentimiento que daba a la voz del conde una vibración tan
profunda, y que hacía brillar, a pesar suyo, su mirada tan expresiva cuando no había motivo para ello.
-¿No habéis visto jamás a nuestros africanos, caballero? -dijo Alberto.
-Nunca -replicó el conde, repuesto ya por completo de su sorpresa.
-Pues bien, bajo ese uniforme late un corazón de los más valientes y nobles del ejército.
-¡Oh! , señor conde -interrumpió Morrel.
-Dejadme hablar, capitán… Además -continuó Alberto-, acabamos de enterarnos de una acción tan
heroica que, aunque lo haya visto hoy por la primera vez, reclamo de él el favor de presentárosle como
amigo mío.
Aún se hubiera podido notar en estas palabras en el conde de Montecristo, esa mirada fija, ese tabor
fugitivo, y el ligero temblor del párpado que denotaba la emoción que sentía.
-¡Ah!, el señor tiene un corazón noble -dijo el conde-, ¡tanto mejor!
Esta especie de exclamación, que respondía al pensamiento del conde, más bien que a lo que acababa
de decir Alberto, sorprendió a todo el mundo, y sobre todo a Morrel, que miró a Montecristo con
admiración. Pero al mismo tiempo, el acento era tan suave, que por extraña que fuese esta exclamación,
no había medio de incomodarse por ella.
-¿Por qué había de dudar? -dijo Beauchamp a Chateau Renaud.
-En verdad -respondió éste, quien con su trato de mundo y su mirada aristocrática había penetrado en
Montecristo todo lo que se podía penetrar en él-, en verdad, que Alberto no nos ha engañado, y que es un
personaje singular el conde, ¿qué decís vos, Morrel?
-Por mi vida -dijo éste-, tiene la mirada franca y la voz simpática, de manera que me agrada a pesar de
la extraña reflexión que acaba de hacerme.
-Señores -dijo Alberto-, Germán me anuncia que estamos servidos. Mi querido conde, permitidme
indicaros el camino.
Pasaron silenciosamente al comedor. Cada uno ocupó su sitio.
-Señores -dijo el conde sentándose-, permitidme que os haga una confesión, que será mi disculpa por
todas las faltas que pueda cometer: soy extranjero, pero hasta tal extremo, que es la vez prímera que
vengo a París. Las costumbres francesas me son particularmente desconocidas, y no he practicado
bastante hasta ahora, sino las costumbres orientales, las más contrarias a las buenas tradiciones parisienses.
Os suplico, pues, que me excuséis si encontráis en mí algo de turco, de napolitano o de árabe.
Dicho esto, señores, almorcemos.
-Por lo que ha dicho -murmuró Beauchamp-; es, desde luego, un gran señor.
-Un gran señor extranjero -añadió Debray.
-Un gran señor de todos los países, señor Debray -dijo Chateau Renaud.
Como hemos dicho, el conde era un convidado bastante sobrio. Alberto se lo hizo observar,
atestiguando el temor que desde el principio tuvo de que la vida parisiense no agradase al viajero en su
parte más material, pero al mismo tiempo más necesaria.
-Querido conde -dijo-, temo que la cocina de la calle de Helder no os agrade tanto como la de la plaza
de España. Hubiera debido preguntaros vuestro gusto, y haceros preparar algunos platos que os
agradasen.
-Si me conocieseis mejor -respondió sonriéndose el conde-, no os preocuparíais por un cuidado casi
humillante para un viajero como yo, que ha pasado sucesivamente con los macarrones en Nápoles, la
polenta en Milán, la olla podrida en Valencia, el arroz cocido en Constantinopla, el karri en la India y los
nidos de golondrinas en China. No hay cocina para un cosmopolita como yo. Como de todo y en todas
partes, únicamente que como poco, y hoy que os quejáis de mi sobriedad, estoy en uno de mis días de
apetito, porque desde ayer por la mañana no había comido.
-¡Cómo! ¿Desde ayer por la mañana? -exclamaron los convidados-, ¿no habéis comido desde hace
veinticuatro horas?
-No -respondió Montecristo-, tuve que desviarme de mi ruta y tomar algunos informes en las cercanías
de Nimes, de manera que me retrasé un poco y no he querido detenerme.
-¿Y habéis comido en vuestro carruaje? -preguntó Morcef.
-No, he dormido, como me ocurre cuando me aburro, sin valor para distraerme, o cuando siento hambre
sin tener ganas de comer.
-¿Pero mandáis en vuestro sueño, señor? -preguntó Morrel.
-Casi.
-¿Tenéis receta para ello?
-Una receta infalible.
-He aquí lo que sería bueno para nosotros, los africanos, que no siempre tenemos qué comer y rara vez
qué beber -dijo Morrel.
-Sí -dijo Montecristo-, desgraciadamente mi receta, excelente para un hombre como yo, que lleva una
vida excepcional, sería muy peligrosa aplicada a un ejército que no se despertaría cuando se tuviese
necesidad de él.
-¿Y se puede saber cuál es la receta? -preguntó Debray.
-¡Oh! Dios mío, sí —dijo Montecristo-, no hago secreto de ello, es una mezcla de un excelente opio que
he ido a buscar yo mismo a Cantón, para estar seguro de obtenerlo puro, y del mejor hachís que se
cosecha en Oriente, es decir, entre el Tigris y el Eufrates. Se reúnen estos dos ingredientes en
proporciones iguales y se hace una especie de píldoras, que se tragan cuando hay necesidad. Diez minutos
más tarde producen el efecto. Preguntad al barón Franz d’Epinay, pues creo que él lo ha probado un día.
-Sí -respondió Morcef-, me ha dicho algunas palabras sobre ello, y ha guardado al mismo tiempo un
recuerdo muy agradable.
-Pero -dijo Beauchamp, quien en su calidad de periodista era muy incrédulo-, ¿lleváis esas drogas con
vos?
-Constantemente -respondió Montecristo.
-¿Sería indiscreción el pediros ver esas preciosas píldoras? -exclamó Beauchamp, creyendo poner al
conde en un aprieto.
-No, señor -respondió el conde, y sacó de su bolsillo una maravillosa cajita incrustada en una sola
esmeralda, y cerrada por una rosca de oro, que desatornillándose, daba paso a una bolita de color verdoso
y del tamaño de un guisante. Esta bola tenía un color ocre y olor penetrante. Había cuatro o cinco iguales
en la esmeralda, y podía contener hasta una docena.
La cajita fue pasando de mano en mano por todos los invitados, más para examinar esta admirable
esmeralda que para ver o analizar las píldoras.
-¿Es vuestro cocinero quien os prepara este manjar? -inquirió Beauchamp.
-No, no, señor -dijo Montecristo-, yo no entrego mis goces reales como éste a merced de manos
indignas. Soy bastante buen químico, y preparo las píldoras yo mismo.
-Es una esmeralda admirable, y la más gruesa que he visto jamás, aunque mi madre tiene algunas joyas
de familia bastante notables -dijo Chateau Renaud.
-Tenía tres iguales -respondió Montecristo-, he dado una al Gran Señor, que la ha hecho engarzar en su
espada; otra a nuestro Santo Padre el Papa, que la hizo incrustar en su mitra, frente a otra esmeralda casi
parecida, pero menos hermosa, sin embargo, que había sido regalada a su predecesor por el emperador
Napoleón. He guardado la tercera para mí, y la he hecho ahuecar, lo que le ha quitado la mitad de su
valor, pero es más cómoda para el use a que he querido destinarla.
Todos contemplaban a Montecristo con admiración. Hablaba con tanta sencillez, que era evidente que
decía la verdad o que estaba loco; sin embargo, la esmeralda que había quedado entre sus manos hacía
que se inclinasen hacia la primera suposición.
-¿Y qué os dieron esos dos hombres a cambio de tan magnífico regalo? -preguntó Debray.
-El Gran Señor, la libertad de una mujer -respondió el conde-; nuestro Santo Padre el Papa, la vida de
un hombre. De suerte que, una vez en mi vida, he sido tan poderoso como si Dios me hubiese hecho nacer
en las gradas de un trono.
-Y es a Pepino a quien habéis libertado, ¿no es verdad? -exclamó Morcef-. ¿Es en él en quien habéis
hecho aplicación de vuestro derecho de gracia?
-Tal vez -dijo Montecristo sonriendo.
-Señor conde, no podéis formaros una idea del placer que experimento al oíros hablar así -dijo Morcef-.
Os había anunciado a mis amigos como un hombre fabuloso, como un mago de las Mil y una noches,
como un nigromántico de la Edad Media; pero los parisienses son tan sutiles y materiales, que toman por
capricho de la imaginación las verdades más indiscutibles, cuando estas verdades no entran en todas las
condiciones de su existencia cotidiana. Por ejemplo, aquí tenéis a Debray y Beauchamp, que leen, todos
los días, que han sorprendido y han robado en el boulevard a un miembro del Jockey Club que se retiraba
tarde, que han asesinado a cuatro personas en la calle de Saint-Denis, o en el arrabal de Saint-Germain;
que han apresado diez, quince o veinte ladrones, sea en un café del boulevard del Temple, o en San
Julián; que disputan la existencia de los bandidos de Marennes del campo de Roma, o de las lagunas
Pontinas. Decidles, pues, vos mismo, os lo suplico, señor conde, que he sido raptado por esos bandidos, y
que sin vuestra generosa intercesión esperaría hoy probablemente la resurrección eterna en las
catacumbas de San Sebastián, en lugar de darles una comida en mi casita de la calle de Helder.
-¡Bah! -dijo Montecristo-, me habíais prometido no hablarme nunca de ese asunto.
-No soy yo, señor conde -exclamó Morcef-, es algún otro a quien habéis hecho el mismo servicio que a
mí y al que confundiréis conmigo.
-Os ruego que hablemos de otra cosa -dijo el conde de MonteCristo-, porque si continuáis hablando de
esta circunstancia, puede ser que me digáis, no solamente un poco de lo que sé, sino algo de lo que
ignoro. Pero me parece -añadió sonriendo-, que habéis representado en todo este asunto un papel bastante
importante para saber tan bien como yo lo que ha pasado.
-¿Queréis prometerme, si digo todo lo que sé -dijo Morcef-, decirme luego lo que vos sepáis?
El conde respondió:
-De acuerdo.
-Pues bien -replicó Morcef-, aunque padezca mi amor propio, he de decir que me creí durante tres días
objeto de las atenciones de una máscara, a quien yo juzgué alguna descendiente de las Julias o de las
Popeas, entretanto que era pura y sencillamente objeto de las coqueterías de una contadina, y observad
que digo contadina por no decir aldeana. Lo que sé es que, como un inocente, más inocente aún que de
quien yo hablaba ahora, tomé por esta aldeana a un joven bandido de quince a dieciséis años, imberbe, de
talle delicado, quien en el momento en que quería propasarme hasta depositar un beso en sus castos
hombros, me puso una pistola en el pecho, y con la ayuda de siete a ocho de sus compañeros, me
condujeron, o mejor dicho, me arrastraron, al fondo de las catacumbas de San Sebastián, donde encontré
al jefe de los bandidos, por cierto, tan instruido que leía los Comentarios del César, y que se dignó
interrumpir su lectura para decirme, que si al día siguiente a las seis de la mañana no entregaba cuatro mil
escudos, al día siguiente a las seis y cuarto habría dejado de existir. La carta obra en poder de Franz,
firmada por mí, con una postdata de Luigi Vampa. Si dudáis de ello, escribo a Franz, el cual hará legalizar
las firmas. Hasta aquí, todo lo que sé. Lo que yo no sé ahora es cómo fuisteis, señor conde, a infundir
tanto respeto a los
bandidos de Roma, que respetan tan pocas cosas. Os confieso que Franz y yo nos quedamos
sorprendidos.
-Es muy sencillo -respondió el conde-, yo conocía al famoso Vampa hacía más de diez años. Muy
joven, cuando era pastor, un día que le di una moneda de oro por haberme enseñado ml camino, me dio,
para no deberme nada, un puñal tallado por él y que habréis visto en mi colección de armas. Más tarde,
sea que hubiese olvidado este cambio de regalos o que no me hubiese reconocido, intentó robarme, pero
fui yo, al contrario, quien le apresé a él y a una docena de los suyos. Podía entregarle a la justicia romana,
que es ejecutiva, y que lo hubiera sido aún más con ellos, pero no hice nada. Lo solté con sus
compañeros.
-Pero con la condición de que no robarían ya más -dijo el periodista riendo-. Veo con placer que han
cumplido escrupulosamente su palabra.
-No, señor -respondió Montecristo-, con la simple condición de que me respetaría a mí y a los míos. Lo
que voy a deciros se os antojará extraño a vosotros, señores socialistas, progresistas, humanitaristas, y es
que yo no me ocupo nunca de mi prójimo, no procuro nunca proteger a la sociedad que no me protege, y
diré aún más, que no se ocupa generalmente de mí, sino para perjudicarme, y retirándoles mi estimación y
guardando la neutralidad frente a ellos, es aún la sociedad y mi prójimo quienes me deben
agradecimiento.
-¡Sea en buena hora! -exclamó Chateau Renaud-. He aquí el primer hombre intrépido a quien he oído
predicar leal y francamente el egoísmo, es hermoso esto: ¡Bravo, señor conde!
-Por lo menos es franco -dijo Morrel-, pero estoy seguro que el señor conde no se habrá arrepentido de
haber faltado alguna vez a los principios que, sin embargo, acaba de exponernos de una manera tan
absoluta.
-¿Cómo que he faltado a esos principios? -inquirió Montecristo, que de vez en cuando no podía dejar de
mirar a Maximiliano con tanta atención que ya dos o tres veces el atrevido joven había bajado los ojos
delante de la mirada fija y penetrante del conde.
-Me parece -respondió Morrel-, que libertando al señor de Morcef, a quien no conocíais, servíais a
vuestro prójimo y a la sociedad.
-De la cual constituye su ornato más preciado -dijo gravemente Beauchamp, vaciando de un solo sorbo
un vaso de champán.
-Señor conde -exclamó Morcef-, estáis cogido, a pesar de ser uno de los más sólidos argumentadores
que conozco, y se os va a demostrar que, lejos de ser un egoísta, sois, al contrario, un filántropo.
¡Ah, señor conde! Vos os llamáis oriental, levantino, malayo, indio, chino, salvaje, os llamáis
Montecristo por vuestro nombre de familia, Simbad el Marino por vuestro nombre de pila y al poner el
pie en París, poseéis por instinto el mayor mérito o el mayor defecto de nuestros excéntricos parisienses,
es decir, que usurpáis los vicios que no tenéis, y que ocultáis las virtudes que os adornan.
-Mi querido vizconde -repuso Montecristo-, no veo en todo lo que he dicho o hecho, una sola palabra
que me valga por vuestra parte y la de estos señores el pretendido elogio que acabo de recibir. Vos no sois
un extraño para mí, porque os conocía, os había cedido dos habitaciones, dado de almorzar, prestado uno
de mis carruajes, porque habíamos visto pasar las máscaras juntos en la calle del Corso, y porque
habíamos presenciado desde una ventana de la plaza del Popolo aquella ejecución que os causó tan fuerte
impresión. Ahora bien, pregunto a estos señores, ¿podía yo dejar a mi huésped en manos de esos infames
bandidos, como vos los llamáis? Además, vos lo sabéis, el salvador tenía una segunda intención, que era
servirme de vos para introducirme en los salones de París cuando viniese a visitar Francia. Algún tiempo
habéis podido considerar esta resolución como un proyecto vago y fugitivo, pero hoy, bien lo veis, es una
realidad, a la cual es menester someteros, so pena de faltar a vuestra palabra.
-Y he de cumplirla -dijo Morcef-, pero temo que quedéis descontento, mi querido conde. Vos que estáis
acostumbrado a los grandes parajes, a los acontecimientos pintorescos, a los horizontes fantásticos.
Nosotros no conocemos el menor episodio del género de aquellos a que os ha acostumbrado vuestra vida
aventurera. Nuestro Chimborazo es Montmartre, nuestro Himalaya es el Mont-Valerien, nuestro gran
desierto es la llanura de Grenelle, en que hay algún que otro pozo para que las caravanas encuentren agua.
Entre nosotros hay ladrones, pero de esos ladrones que temen más a un muchacho del pueblo que a un
gran señor; en fin, Francia es un país tan prosaico, y París una ciudad tan civilizada, que no encontraréis
en nuestros ochenta y cinco departamentos, digo ochenta y cinco, porque exceptúo Córcega, no hallaréis
en nuestros ochenta y cinco departamentos la menor montaña en que no haya un telégrafo y la menor
gruta, por lóbrega que sea, en que un comisario de policía no haya hecho poner el gas. Sólo un servicio
puedo prestaros, mi querido conde, y es presentaros por todas partes, o haceros presentar por mis amigos,
pero vos no tenéis necesidad de nadie para eso, con vuestro nombre, vuestra fortuna y vuestro talento
(Montecristo se inclinó con una sonrisa ligeramente irónica), os podéis presentar sin necesidad de nadie, y
seréis bien recibido de todo el mundo. En realidad, únicamente puedo serviros en una cosa: si alguna de
las costumbres de la vida Parisiense, alguna experiencia, algún conocimiento de nuestros bazares pueden
recomendarme a vos, me pongo a vuestra disposición para buscaros una casa de las mejores. No me
atrevo a proponeros que compartáis conmigo mi habitación, tal como hice yo en Roma con la vuestra, yo
que no profeso el egoísmo, pero que soy egoísta por excelencia, no podría tolerar en mí cuarto ni una
sombra, a no ser la de una mujer.
-¡Ah!, ésa es una reserva conyugal. En efecto, en Roma me dijisteis algo acerca de un casamiento…,
debo felicitaros por vuestra próxima felicidad.
-La cosa sigue en proyecto, señor conde.
-Y quien dice proyecto -dijo Debray-, quiere decir inseguridad.
-¡No! ¡No! -dijo Morcef-, mi padre está empeñado, y yo espero antes de poco presentaros, si no a mi
mujer, por lo menos a mi futura esposa, la señorita Eugenia Danglars.
-¡Eugenia Danglars! -respondió el conde de Montecristo–, aguardad, ¿no es su padre el barón
Danglars?
-Sí -respondió Alberto-, pero barón de nuevo cuño.
-¡Oh, qué importa! -respondió Montecristo-, si ha prestado al Estado servicios que le hayan merecido
esa distinción.
-¡Oh! , enormes -dijo Beauchamps-. Aunque liberal en el alma, completó en 1829 un empréstito de seis
millones para el rey Carlos X, que le ha hecho barón y caballero de la Legión de Honor, de modo que
lleva su cinta, no en el bolsillo del chaleco, como pudiera creerse, sino en el ojal del frac.
-¡Ah! -dijo Alberto riendo-, Beauchamp, Beauchamp, guardad eso para el Corsario y el Charivari, pero
delante de mí, no habléis así de mifuturo suegro.
Luego dijo, volviéndose hacia Montecristo.
-¡Pero hace poco habéis pronunciado su nombre como si conocierais al barón!
No le conocía -respondió el conde de Montecristo-, pero no tardaré en conocerle, puesto que tengo un
crédito abierto sobre él por la casa de Richard y Blount de Londres, Arstein y Estelus, de Viena,
y Thompson y French, de Roma.
Y al pronunciar estas palabras, Montecristo miró de reojo a Maximiliano.
Si el extranjero había esperado que sus palabras produjeran algún efecto en Maximiliano Morrel, no se
había engañado. Maximiliano se estremeció como si hubiese recibido una conmoción eléctrica.
-Thompson y French -dijo-, ¿conocéis esa casa, caballero?
-Son mis banqueros en la capital del mundo cristiano -respondió el conde-, ¿puedo serviros de algo
respecto a esos señores?
-¡Oh!, señor conde, podríais ayudarnos en unas pesquisas que hasta ahora han sido infructuosas. Esa
casa prestó hace tiempo un gran servicio a la nuestra, y no sé por qué siempre negó que lo hubiera hecho.
-Estoy a vuestras órdenes, caballero -respondió Montecristo inclinándose.
-Pero -dijo Alberto-, nos hemos apartado de la conversación que teníamos respecto a Danglars. Se
trataba de buscar una buena habitación al conde de Montecristo. Veamos, señores, pensemos, ¿dónde
alojaremos a este nuevo habitante de París?
-En el barrio de Saint-Germain -dijo Chateau Renaud-, este caballero encontrará allí una casa
encantadora entre patio y jardín.
-¡Bah! -dijo Debray-, no conocéis más que vuestro triste barrio de Saint-Germain; no le escuchéis,
señor conde; buscad casa en la Chaussée d’Antin, éste es el verdadero centro de París.
-En el Boulevard de la Opera -dijo Beauchamp-, en el piso principal, una casa con dos balcones. El
señor conde hará llevar a ella almohadones de terciopelo bordados de plata, y fumando en pipa o tragando
sus píldoras, verá desfilar ante sus ojos a toda la capital.
-Y vos, Morrel, ¿no tenéis idea? ¿No proponéis nada? -dijo Chateau Renaud.
-Claro que sí -dijo sonriendo el joven-, al contrario, tengo una, pero esperaba que el señor conde
siguiese algunas de las brillantes proposiciones que acaban de hacerle. Ahora, como no ha respondido,
creo poder ofrecerle una habitación en una casa encantadora, a la Pompadour, que mi hermana alquiló
hace un año en la calle de Meslay. -¿Tenéis una hermana? -preguntó Montecristo.
-Sí, señor; una excelente hermana, por cierto. -¿Casada? -Pronto hará nueve años. -¿Dichosa? -preguntó
de nuevo el conde.
-Tan dichosa como puede serlo una criatura humana -respondió Maximiliano-. Se ha casado con el
hombre que amaba, el cual nos ha sido fiel en nuestra mala fortuna: Manuel Merbant.
Montecristo se sonrió de un modo imperceptible.
-Vivo allí mientras estoy aquí -continuó Maximiliano-, y estoy con mi cuñado Manuel a la disposición
del señor conde, para todo lo que precise.
-Un momento -exclamó Alberto antes que Montecristo hubiese podido responder-, cuidado con lo que
hacéis, señor Morrel, vais a hacer entrar a un viajero, a Simbad el Marino, en la vida de familia. Vais a
convertir en patriarca a un hombre que ha venido para ver París.
-¡Oh!, no -respondió Morrel sonriendo-, mi hermana tiene veinticinco años, mi cuñado treinta, son
jóvenes, alegres y dichosos; por otra parte, el señor conde estará en su casa y no encontrará a sus
huéspedes síno cuando quiera bajar a verlos.
-Gracias, señor, muchas gracias -dijo Montecristo-. Me encantaría que me presentaseis a vuestra
hermana y cuñado, si gustáis hacerme este honor; pero no he aceptado la oferta de ninguno de estos
señores porque tengo ya mi habitación preparada.
-¡Cómo! -exclamó Morcef-, vais a ir a una fonda, eso no sería propio de vuestra categoría.
-¿Tan mal estaba en Roma? -preguntó Montecristo.
-Qué diantre, en Roma -dijo Morcef- gastasteis cincuenta mil piastras para haceros amueblar una
habitación, pero presumo que no estáis dispuesto a repetir todos los días un gasto semejante.
-No es eso lo que me ha detenido -respondió Montecristo-, pero estaba resuelto a tener una casa en
París, una casa mía, se entiende. Envié de antemano a mi criado, y ya ha debido habérmela mmprado y
amueblado.
-Pero ese criado no conoce París -exclamó Beauchamp.
-Es la primera vez, como yo, que viene a Francia, caballero; es negro y no habla —dijo Montecristo.
-¿Entonces es A1í? -preguntó Alberto en medio de la sorpresa general.
-Sí, señor, es A1í, mi nubio, mi mudo, el que habéis visto en Roma, según creo.
-Sí, me acuerdo perfectamente -,dijo Morcef.
-¿Pero cómo habéis encargado a un nubio que os comprara una casa en París, y a un mudo hacerla
amueblar? Harán las cosas al revés.
-Desengañaos, estoy seguro de que todas las cosas las ha hecho a gusto mío, porque bien sabéis que mi
gusto no es el de todos los demás. Ha llegado hace ocho días, habrá recorrido toda la ciudad con ese
instinto que podría tener un buen perro cazador. Conoce mis caprichos, mis necesidades, todo lo habrá
organizado a mi placer. Sabía que yo había de llegar hoy a las diez, me esperaba desde las nueve en la
barrera de Fontainebleau, me entregó este papel. En él están escritas las señas de mi casa, mirad, Teed -y
Montecristo entregó un papel a Alberto.
-Campos Elíseos, número 30 -leyó Morcef.
-¡Ah! ¡Eso sí que es original! -no pudo menos de exclamar Beauchamp.
-¡Cómo! ¿Aún no sabéis dónde está vuestra casa? -preguntó Debray.
-No -dijo Montecristo-, ya os he dicho que quería llegar puntual a la cita. Me he vestido en mi carruaje
y me he apeado a la puerta del vizconde.
Los jóvenes se miraron. No sabían si era una comedia representada por el conde de Montecristo, pero
todo cuanto salía de su boca tenía un carácter tan original, tan sencillo, que no se podía suponer que
estuviera mintiendo. ¿Y por qué había de mentir?
-Preciso será contentarnos -dijo Beauchamp- con prestar a1 señor conde todos los servicios que estén
en nuestra mano; yo, como periodista, le ofrezco la entrada en todos los teatros de París.
-Muy agradecido, caballero -dijo sonriéndose Montecristo-, pero es el caso que mi mayordomo ha
recibido ya la orden de abonarme a todos ellos.
-¿Y vuestro mayordomo es también algún mudo? -preguntó Debray.
-No, señor, es un compatriota vuestro, si es que un corso puede ser compatriota de alguien, pero vos le
conocéis, señor de Morcef.
-¿Sería tal vez aquel valeroso Bertuccio, tan hábil para alquilar balcones?
-El mismo. Y le visteis el día en que tuve el honor de almorzar en vuestra compañía. Es todo un
hombre, tiene un poco de soldado, de contrabandista, en fin, de todo cuanto se puede ser. Y no juraría que
no haya tenido algún altercado con la policía…, una fruslería, por no sé qué cuchilladas de nada.
-¿Y habéis escogido a ese honrado ciudadano para ser vuestro mayordomo? ¿Cuánto os roba cada año?
-Menos que cualquier otro, estoy seguro -contestó el conde-; pero hace mi negocio, para él no hay nada
imposible, y por eso le tengo a mi servicio.
-Entonces -dijo Chateau Renaud-, ya tenéis la casa puesta, poseéis un palacio en los Campos Elíseos,
criados, mayordomo, no os falta sino una esposa.
Alberto se sonrió, pensaba en la hermosa griega que había visto en el palco del conde en el teatro Valle
y en el teatro Argentino.
-Tengo algo mejor —dijo Montecristo-, tengo una esclava. Vosotros alabáis a vuestras señoras del
teatro de la Opera, del Vaudeville, del de Varietés, mas yo he comprado la mía en Constantinopla, me ha
costado bastante cara, pero ya no tengo necesidad de preocuparme de nada.
-Sin embargo, ¿olvidáis -dijo riendo Debray-, que somos, como dijo el rey Carlos, francos de nombre,
francos de naturaleza, y que en poniendo el pie en tierra de Francia, el esclavo es ya libre?
-¿Y quién se lo ha de decir? -preguntó el conde.
-El primero que llegue.
-Sólo habla romaico.
-¡Ah!, eso es otra cosa.
-¿Pero la veremos al menos? -preguntó Beauchamp-; teniendo un mudo, tendréis también eunucos.
-¡No, a fe mía! -dijo Montecristo-, no llevo el orientalismo hasta tal punto. Todos los que me rodean
pueden dejarme, y no tienen necesidad de mí ni de nadie. He ahí la razón, quizá, de por qué no me
abandonan.
Al cabo de mucho rato, pasado en los postres y en fumar, Debray dijo levantándose:
-Son las dos y media, vuestro convite ha sido delicioso, mas no hay compañía, por buena que sea, que
no sea preciso dejar, y aún algunas veces, por otra peor; es necesario que vuelva a mi ministerio. Hablaré
del conde al ministro, será menester que sepamos quién es.
-Andad con cuidado -dijo Morcef-, los más atrevidos han renunciado a hacerlo.
-¡Bah!, tenemos tres millones para nuestra policía. Es verdad que casi siempre se gastan antes, pero no
importa. Siempre quedan unos cincuenta mil francos.
-¿Y cuando sepáis quién es, me lo comunicaréis?
-Os lo prometo. Adiós, Alberto. Señores, servidor vuestro.
Y al salir Debray exclamó muy alto en la antesala:
-Daos prisa.
-¡Bien! -dijo Beauchamp a Alberto-, no iré a la Cámara, pero tengo que ofrecer a mis lectores algo
mejor que un discurso de Danglars.
-Hacedme un favor, Beauchamp; ni una palabra, os lo suplico, no me quitéis el mérito de presentarle y
de explicarle. ¿No es cierto que es curioso?
-Es mucho mejor que eso -respondió Chateau Renaud-, es realmente uno de los hombres más
extraordinarios que he visto en mi vida. ¿Venís, Morrel?
-Aguardad, voy a dar una tarjeta al conde, que me ha prometido hacerme una visita, calle Meslay,
número 14.
-Estad seguro de que no faltaré -dijo el conde inclinándose.
Y Maximiliano Morrel salió con el barón de Chateau Renaud, dejando solos a Montecristo y Morcef.
Capítulo segundo
La presentación
Cuando Alberto se encontró a solas y frente a frente con MonteCristo, le dijo:
-Señor conde, permitidme que empiece mi nuevo oficio de cicerone haciéndoos una descripción de una
habitación del joven acostumbrado a los palacios de Italia; esto os servirá para saber en cuántos pies
cuadrados puede vivir un joven que no pasa de ser de los más mal alojados. A medida que vayamos
pasando de una pieza a otra, iremos abriendo las ventanas para que podáis respirar.
Montecristo conocía ya el comedor y el salón del piso bajo. Alberto le condujo a su estudio, éste era su
cuarto predilecto.
Montecristo era digno apreciador de todas las cosas que Alberto había acumulado en esta estancia;
antiguos cofres, porcelanas del Japón, alfombras de Oriente, juguetes de Venecia, armas de todos los
países del mundo, todo le era familiar, y a la primera ojeada conocía el siglo, el país y el origen. Morcef
había creído ser el que explicase, y él era el que estudiaba bajo la dirección del conde un curso completo
de arqueología, de mineralogía y de historia natural. Alberto hizo entrar a su huésped en el salón. Las
paredes estaban cubiertas de cuadros de pintores modernos, paisajes de Drupé con sus bellos arroyos, sus
árboles desgajados, sus vacas paciendo y sus encantadores cielos. Tenía también jinetes árabes de
Delacroix con largos albornoces blancos, cinturones brillantes y con armas damasquinas, y cuyos caballos
muerden el bocado con rabia, mientras que los hombres se desgarran con mazas de hierro; las aguadas de
Boulanger representando toda Nuestra Señora de París, con aquel vigor que hace del pintor el émulo del
poeta. Telas de Díaz que hace a las flores más hermosas de lo que son en la realidad, el sol más brillante
de lo que es. Dibujos de Decamo con un colorido como el de Salvatore Rosa, pero más poético; pasteles
de Giraud y de Muller representando niños con cabezas de ángeles, mujeres de facciones virginales,
bocetos arrancados del álbum del viaje a Oriente de Dacorats, que fueron trazados
en algunos segundos sobre la silla de algún camello o sobre la cúpula de una mezquita, en fin, todo lo que
el arte moderno puede dar en cambio y en indemnización del arte perdido con los siglos precedentes.
Alberto esperó mostrar por lo menos esta vez alguna cosa nueva al extraño viajero, pero con gran
admiración, éste, sin tener necesidad de buscar las firmas, en que algunas, por otra parte, no estaban
representadas sino por iniciales, aplicó en seguida el nombre de cada autor a su obra, de manera que era
fácil ver que no solamente cada uno de estos nombres le era conocido, sino que cada uno de estos talentos
habían sido apreciados y estudiados por él.
Del salón pasaron al dormitorio, que era a la vez un modelo de elegancia y de gusto severo; un solo
retrato, pero firmado por Leopoldo Rober, resplandecía en su marco de oro mate.
Este retrato atrajo al principio las miradas del conde de Montecristo, porque dio tres pasos rápidos en la
habitación, y se paró de repente delante de él.
Era el de una joven de veinticinco o veintiséis años, de tez morena, de mirada de fuego, velada bajo
unos hermosos párpados. Llevaba el traje pintoresco de las pescadoras catalanas con su corpiño
encarnado y negro, y sus agujas de oro enlazadas en los cabellos. Miraba al mar, y su elegante contorno
se destacaba sobre el doble azul de las olas y del cielo.
La habitación estaba sumida en la penumbra, sin lo cual Alberto hubiese podido ver la lívida palidez,
que se extendía sobre las mejillas del conde y sorprender el temblor nervioso que sacudió sus hombros y
su pecho. Hubo un instante de silencio, durante el cual Montecristo permaneció con la mirada
obstinadamente clavada en esta pintura.
-Tenéis ahí una hermosa querida, vizconde -dijo Montecristo con una voz perfectamente segura-. Y ese
traje de baile sin duda le sienta a las mil maravillas.
-¡Ah!, señor -dijo Alberto-, he aquí un error que no me perdonaría si al lado de este retrato hubieseis
visto algún otro. Vos no conocéis a mi madre, caballero. Es a ella a quien veis en ese lienzo; se hizo
retratar así hace seis a ocho años. Ese traje es de capricho, a lo que parece. La condesa mandó hacer este
retrato durante una ausencia del conde. Sin duda quería prepararle para su vuelta una agradable sorpresa.
Pero, cosa rara, ese retrato desagradó a mi padre, y el valor de la pintura, que es como ya veis una de las
mejores de Leopoldo Rober, no pudo vencer su antipatía por el cuadro. La verdad, aquí para nosotros, mi
querido conde, es que el señor Morcef es uno de los pares más asiduos del Luxemburgo, pero un amante
del arte de los más medianos; en cambio, mi madre pinta de un modo bastante notable, y estimando
demasiado una obra semejante para separarse de ella, me la ha dado, para que en mi cuarto esté menos
expuesta a desagradar al señor de Morcef que en el suyo, donde veréis el retrato pintado por Gros.
Perdonadme si os hablo de una manera tan familiar, pero como voy a tener el honor de conduciros a la
habitación del conde, os digo esto para que no se os escape elogiar este retrato delante de él. Fuera de
esto, posee una funesta influencia, porque es muy raro que mi madre venga a mi cuarto sin mirarle, y más
raro aún que le mire sin llorar. La nube que levantó la aparición de esta pintura en el palacio, es la única
que ha habido entre el conde y la condesa, quienes aunque casados hace más de veinte años, están aún
unidos como el primer día.
El conde lanzó una rápida mirada sobre Alberto, como para buscar una intención oculta en estas
palabras, pero era evidente que el joven lo había dicho con toda la sencillez de su alma.
-Ahora -dijo Alberto-, que habéis visto todas mis riquezas, señor conde, permitidme ofrecéroslas, por
indignas que sean; consideraos aquí como en vuestra casa, y para mayor franqueza aún, dignaos
acompañarme al cuarto del señor Morcef, a quien escribí desde Roma el servicio que me prestasteis y a
quien anuncié la visita que me habíais prometido, y puedo decirlo, el conde y la condesa esperaban con
impaciencia que les fuese permitido daros las gracias. Estáis un poco cansado de estas cosas, lo sé, señor
conde, y las escenas de familia no tienen mucho atractivo para Simbad el Marino, ¡habréis visto muchas
escenas! Sin embargo, aceptad la que os propongo, como iniciativa de la vida parisiense, vida de política,
de visitas y de presentaciones.
Montecristo se inclinó sin responder, aceptaba la proposición sin entusiasmo y sin pesar, como una de
esas conveniencias de sociedad de que todo hombre de educación se hace un deber. Alberto llamó a su
criado y le mandó que avisara a los señores de Morcef de la próxima llegada del conde de Montecristo.
Alberto le siguió con el conde.
A1 llegar a la antesala, veíase encima de la puerta que daba acceso al salón un escudo que por sus ricos
adornos y su armonía indicaba la importancia que el propietario daba a aquel aposento.
Montecristo se detuvo delante del blasón, que examinó detenidamente.
-Campo azul y siete merletas de oro puestas en fila. ¿Sin duda será éste el escudo de vuestra familia,
caballero? -inquirió-. Excepto el conocimiento de las piezas que me permite descifrarlo, soy un ignorante
en cuanto a heráldica. Yo, conde de casualidad, fabricado por la Toscana, ayudado por una encomienda
de San Esteban, y que hubiera pasado siendo gran señor, si no me hubiesen repetido que cuando se viaja
mucho es totalmente imprescindible. Porque, al fin, siempre es preciso, aunque no sea más que para
cuando los aduaneros os registran, tener algo en la portezuela de vuestro carruaje. Excusadme, pues, si os
hago tal pregunta.
-De ningún modo es indiscreta -dijo Morcef con la sencillez de la convicción-, y lo habéis adivinado,
son nuestras armas, es decir, las de la familia de mi padre, pero como veis, están unidas a otro escudo con
una torre de oro, que es de la familia de mi madre. Por parte de las mujeres soy español, pero la casa de
Morcef es francesa, y según he oído decir, una de las más antiguas del Mediodía de Francia.
-Sí -repuso el conde de Montecristo-, lo indican las aves. Casi todos los peregrinos armados que
intentaron o que hicieron la conquista de Tierra Santa tomaron por armas cruces, señal de la misión que
iban a cumplir; o aves de paso, símbolo del largo viaje que iban a emprender, y que esperaban acabar con
las alas de la fe. Uno de vuestros abuelos paternos debió de tomar parte en una de las cruzadas, y
suponiendo que no sea más que la de San Luis, ya esto os remonta al siglo XI, lo cual no deja de ser
interesante.
-Es muy posible –dijo Morcef-, mi padre tiene en el gabinete un árbol genealógico que nos explicará
todo esto. Pero ahora no pensemos en ello y sin embargo os diré, señor conde, y esto entra en mis
obligaciones de cicerone, que empiezan a ocuparse mucho de estas cosas en estos tiempos de gobierno
popular.
-¡Pues bien!, vuestro gobierno debió elegir algo mejor que esos dos carteles que he visto en vuestros
monumentos, y que no tienen ningún sentido heráldico. En cuanto a vos, vizconde, sois más feliz que
vuestro gobierno, porque vuestras armas son verdaderamente hermosas y hablan a la fantasía. Sí, eso es,
sois a un tiempo de Provenza y de España, lo cual está explicado, si el retrato que me habéis mostrado es
semejante por su hermoso color moreno que tanto admiraba yo en el rostro de la noble catalana.
Preciso hubiera sido ser otro Edipo o la misma Esfinge para adivinar la ironía que dio el conde a estas
palabras, llenas en apariencia de la mayor cortesía. Morcef le dio las gracias con una sonrisa y pasando
delante del conde para mostrarle el camino, abrió la puerta que estaba debajo de sus armas, y que, como
hemos dicho, comunicaba con el salón. En el lugar principal de este salón veíase asimismo un retrato, era
el de un hombre de treinta y ocho años, vestido con uniforme de oficial general, con sus dos charreteras,
señal de los grados superiores, la cinta de la Legión de Honor alrededor del cuello, lo cual indicaba que
era comendador, y en el pecho, al lado derecho, la placa de gran oficial de la Orden del Salvador, y a la
izquierda la de la gran cruz de Carlos III, lo cual indicaba que la persona representada por este retrato
hizo la guerra a Grecia y a España, o lo que viene a ser lo mismo, había cumplido alguna misión
diplomática en ambos países.
Montecristo se hallaba ocupado en examinar este retrato con no menos atención que había examinado
el otro, cuando se abrió una puerta lateral y vio al conde de Morcef en persona.
Era un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, pero que aparentaba cincuenta por lo menos, cuyo
bigote y cejas negras contrastaban con unos cabellos casi blancos, enteramente cortados según la moda
militar. Iba vestido de paisano, y llevaba en su ojal una cinta, cuyos diferentes colores recordaban las
diversas órdenes de que estaba condecorado. Este hombre entró con paso digno y presuroso. Montecristo
le vio venir sin dar un paso, hubiérase dicho que sus pies estaban clavados en el suelo, como sus ojos lo
estaban en el rostro del conde de Morcef.
-Padre -dijo el joven-, tengo el honor de presentaros al señor conde de Montecristo, el generoso amigo
que he tenido el honor de encontrar en las difíciles circunstancias que ya conocéis.
-Tengo un gran placer en ver a este caballero -dijo el conde de Morcef sonriéndose-. Salvando usted la
vida al único heredero, ha prestado a nuestra casa un servicio que avivará eternamente nuestro
reconocimiento.
Y al pronunciar estas palabras el conde de Morcef señalaba un sillón al de Montecristo, mientras él se
sentaba frente a la ventana. En cuanto a Montecristo, mientras tomaba el sillón señalado por el conde de
Morcef, se colocó de modo que permaneciese oculto en las sombras de las grandes colgaduras de
terciopelo y pudiera leer en las facciones del conde una historia de secretos dolorosos, escritos en cada
una de sus arrugas, esculpidas antes de tiempo.
-La señora condesa -dijo Morcef- se hallaba en el tocador cuando el vizconde la mandó avisar la visita
que iba a tener el honor de recibir, va a bajar y dentro de diez minutos estará en el salón.
-Mucho honor es para mí -dijo Montecristo- el entrar, recién llegado a París, en relaciones con un
hombre, cuyo nombre iguala a la reputación, y con quien la fortuna nunca se ha mostrado adversa, pero
¿no tienen todavía en las llanuras del Misisipí o en las montañas del Atlas, algún bastón de mariscal que
ofreceros?
-¡Oh! -repuso sonrojándose Morcef-, abandoné el servicio, caballero. Nombrado par en tiempo de la
Restauración, estaba en la primera campaña y servía a las órdenes del mariscal Bourmont; podía, pues,
aspirar a un mando superior, y quién sabe lo que habría ocurrido si la rama mayor hubiese permanecido
en el trono. Pero la revolución de julio era, al parecer, demasiado gloriosa para ser ingrata, y lo fue, sin
embargo, para todo servicio que no databa del periodo imperial, porque cuando como yo, se han ganado
las charreteras en los campos de batalla, no se sabe maniobrar sobre el resbaladizo terreno de los salones.
He abandonado la espada para entrar en la política, me dedico a la industria, estudio las artes útiles.
Durante los veinte años que yo había permanecido en el servicio, lo había deseado mucho, pero me faltó
tiempo.
-Tales ideas son las que conservan la superioridad de vuestra nación sobre los otros países, caballero
-respondió Montecristo-; un noble perteneciente a una gran casa, con una brillante fortuna, habéis
consentido en ganar los primeros grados como oscuro soldado, esto es algo rarísimo. Después general, par
de Francia, comendador de la Legión de Honor, consentís en volver a empezar una segunda carrera, sin
otra esperanza que la de ser algún día útil a vuestros semejantes… ¡Ah caballero, es hermoso, diré más,
sublime!
Alberto miraba y escuchaba a Montecristo con asombro. No estaba acostumbrado a verle elevarse a
tales grados de entusiasmo.
-¡Ay! -continuó el extranjero, sin duda para desvanecer la imperceptible nube que estas palabras
acababan de producir en la frente de Morcef-, nosotros no hacemos lo mismo en Italia, obramos según
nuestra cuna y clase, y siempre que podamos obraremos así durante toda nuestra vida.
-Pero, caballero -repuso el conde Morcef-, para un hombre de vuestro mérito, Italia no es una patria, y
Francia os abre sus brazos, venid a ella. Francia no será ‘quizás ingrata para todo el mundo, trata mal a sus
hijos, pero generalmente recibe bien a los extranjeros.
-¡Ah!, padre mío -dijo Alberto sonriéndose-, bien se ve que no conocéis al señor conde de Montecristo.
No aspira a los hombres, y sólo se preocupa de lo que le puede facilitar un pasaporte.
-Esa es, en mi opinión, la expresión más exacta que jamás he oído -respondió el extranjero.
-Vos habéis sido dueño de vuestro porvenir -respondió el conde de Morcef con un suspiro-, y habéis
elegido el camino de las flores.
-Así es, caballero -respondió Montecristo con una de esas sonrisas que jamás podrá copiar un pintor, y
en vano tratará de analizar un fisiólogo.
-Si no hubiese temido fatigar al señor conde -repuso el general, encantado de los modales de
Montecristo-, le habría conducido a la Cámara; hoy hay una sesión curiosa para el que no conozca a nuestros
senadores modernos.
-Os quedaré muy agradecido, caballero, si queréis renovarme esa oferta en otra ocasión, pero hoy me
han lisonjeado con la esperanza de ser presentado a la señora condesa, y esperaré.
-¡Ah!, ahí está mi madre –exclamó el vizconde.
En efecto, Montecristo, volviéndose vivamente vio a la señora de Morcef en la puerta del salón opuesta
a la otra por donde había entrado su marido. Pálida a inmóvil, dejó caer, cuando Montecristo se volvió
hacia ella, su brazo, que, no se sabe por qué, se había apoyado sobre el dorado quicio de la puerta; estaba
allí hacía algunos segundos, y había oído las últimas palabras pronunciadas por el extranjero.
Este se levantó y saludó cortésmente a la condesa, que se inclinó a su vez, muda y ceremoniosa.
-¡Ah! ¡Dios mío!, señora -preguntó el conde-. ¿Qué os sucede? ¿Os hace mal el calor de este salón?
-¿Sufrís, madre mía? -exclamó el vizconde, lanzándose al encuentro de Mercedes.
Ambos fueron recompensados con una sonrisa.
-No -dijo-, pero he experimentado alguna emoción al ver por vez primera a la persona sin cuya
intervención en este momento estaríamos sumergidos en lágrimas y desesperación. Caballero -prosiguió
la condesa adelantándose con la majestad de una reina-, os debo la vida de mi hijo, y por este beneficio os
bendigo. Ahora os agradezco el placer que me causáis procurándome una ocasión de daros las gracias
como os he bendecido, es decir, con todo mi corazón.
El conde se inclinó de nuevo, pero más profundamente que la primera vez; estaba aún más pálido que
Mercedes.
-Señora -dijo el conde-, y vos me recompensáis con demasiada generosidad por una acción muy
sencilla, salvar a un hombre, ahorrar tormentos a un padre y a una madre, esto no es siquiera una buena
obra, es sólo un acto de humanidad.
A tales palabras pronunciadas con una cortesía y una dulzura delicadas, la señora de Morcef respondió
con un acento profundo:
-Mucha felicidad es para mi hijo, caballero, el teneros por amigo, y doy gracias a Dios que lo ha
dispuesto todo así.
Y Mercedes levantó al cielo sus bellos ojos con una gratitud tan infinita que el conde creyó ver temblar
en ellos algunas lágrimas.
El señor Morcef se acercó a su esposa.
-Señora -dijo-, ya he dado mis excusas al señor conde por verme obligado a dejarle, y os suplico que
vos se las renovéis. La sesión se abre a las dos, son las tres, y debo hablar en ella.
-Descuidad, yo procuraré hacer olvidar vuestra ausencia a nuestro huésped -repuso la condesa-; señor
conde –continuó ella, volviéndose hacia Montecristo-, ¿nos haréis el honor de pasar el día con nosotros?
-Gracias, señora, y agradezco infinito vuestro ofrecimiento, pero me he apeado esta mañana a vuestra
puerta desde el camino. Ignoro cómo estoy instalado en París. Esta es una inquietud ligera, lo sé, pero sin
embargo, natural.
-¿Al menos, tendremos otra vez este placer, nos lo prometéis? -preguntó la condesa.
Montecristo se inclinó sin responder, aunque esta inclinación podía pasar por un asentimiento.
-Entonces no os detengo, caballero -dijo la condesa-, porque no quiero que mi reconocimiento sea
indiscreción.
-Querido conde -dijo Alberto-, si queréis, voy a pagaros en París vuestro amable favor de Roma, y
poner mi coupé a vuestra disposición hasta que tengáis tiempo de arreglar vuestros carruajes.
-Un millón de gracias por vuestra bondad, vizconde -dijo Montecristo-, pero presumo que el señor
Bertuccio habrá empleado las cuatro horas y media que acabo de dejarle y que hallaré en la puerta un
carruaje preparado.
Alberto estaba acostumbrado a los modales del conde; sabía que iba como Nerón en busca de lo
imposible y no se asombraba de nada, pero quería juzgar por sí mismo de qué modo habían sido
ejecutadas las órdenes, y le acompañó hasta la puerta de su casa.
Montecristo no se había equivocado. Apenas se presentó en la antesala, un lacayo, el mismo que en
Roma fue a llevar la carta de los dos jóvenes, y a anunciarles su visita, se había lanzado fuera del peristilo,
de suerte que al llegar al pie de la escalera, el ilustre viajero halló efectivamente su carruaje
esperándole.
Era un coupé, acabado de salir de los talleres de Keller, y un tiro por el que Drake había rehusado la
víspera dieciocho mil reales.
-Caballero -dijo el conde a Alberto-, no os propongo que me acompañéis a mi casa, pues no podría
mostraros más que una casa improvisada. Concededme un solo día, y entonces os invitaré a ella. Estaré
más seguro de no faltar a las leyes de la hospitalidad.
-Si pedís un día, estoy tranquilo, no será entonces una casa la que me mostréis, será un palacio. Desde
luego, tenéis algún genio a vuestra disposición.
-Creedlo así -dijo Montecristo poniendo el pie en el estribo, forrado de terciopelo, de su espléndido
carruaje-, esto me pondrá bien con las damas.
Y entró en su carruaje, que partió rápidamente, pero no tanto que no viera el movimiento imperceptible
que hizo temblar la colgadura del salón donde había dejado a Mercedes. Cuando Alberto entró en el
aposento de su madre, vio a la condesa hundida en un gran sillón de terciopelo, sumido en la penumbra
todo el cuarto, apenas pudo distinguir Alberto las facciones de su madre, pero parecióle que su voz estaba
alterada. También distinguió entre los perfumes de las rosas y de los heliotropos del florero, el olor acre
de las sales de vinagre sobre una de las copas cinceladas de la chimenea. Efectivamente, el pomo de la
condesa atrajo la inquieta atención del joven.
-¿Sufrís, madre mía? –exclamó entrando-. ¿Os habéis puesto mala durante mi ausencia?
-¿Yo?, no, Alberto. Pero ya comprenderéis que estas rosas y estas flores exhalan durante estos primeros
calores, a los cuales no estoy acostumbrada, tan intenso perfume…
-Entonces, madre mía -dijo Morcef, tirando del cordón de la campanilla-, es preciso llevarlas a vuestra
antesala. Estáis indispuesta; cuando entrasteis estabais ya muy pálida.
-¿Que estaba pálida decís, Alberto?
-Con una palidez que os sienta a las mil maravillas, madre mfa, pero que no por eso nos ha asustado
menos a tni padre y a mí.
-¿Os ha hablado de ello vuestro padre? -preguntó vivamente Mercedes.
-No, señora; pero a vos, recordadlo, os hizo esta observación.
-No lo recuerdo -dijo la condesa.
Un criado entró; acudía al ruido de la campanilla.
-Llevad esas ílores a la antesala o al gabinete de tocador -dijo el vizconde-, hacen mal a la señora
condesa.
El criado obedeció.
Hubo un momento de silencio, que duró todo el tiempo necesario para dar cumplimiento a esta orden.
-¿Qué nombre es ese de Montecristo? -preguntó la condesa, así que el criado hubo llevado el último
vaso de flores-. ¿Es algún nombre de familia, de tierra, un simple título?
-Me parece, madre mía, que es un título y nada más. El conde ha
comprado una isla en el archipiélago toscano, y ha fundado un pequeño reino, según él decía esta
mañana. Ya sabéis que eso se suele hacer por San Esteban de Florencia, por San Jorge Constantino de
parma y aun por la Orden de Malta. Aparte de ello, no tiene ninguna pretensión de nobleza, y se llama
conde de casualidad, aunque la opinión general en Roma es que el conde es un gran señor.
-Sus maneras son excelentes -repuso la condesa-, por lo menos según lo que he podido juzgar en los
breves instantes que ha permanecido aquí.
-¡Oh!, perfectas, madre mía. Tan perfectas, que sobrepujan en mucho a todo lo más aristocrático que yo
he conocido en las tres noblezas principales, es decir, en la nobleza inglesa, la española y la alemana.
La condesa reflexionó un momento, después replicó:
-¿Habéis visto, mi querido Alberto…, es una pregunta de madre lo que os dirijo…, habéis visto al señor
de Montecristo en su interior? Tenéis perspicacia, tenéis mundo, más de lo que ordinariamente se tiene a
vuestra edad, ¿creéis que el conde sea lo que aparenta en realidad?
-¿Y qué os parece?
-Vos lo habéis dicho hace un instante, un gran señor.
-Os he dicho, madre mía, que le tenía por tal.
-Pero vos, ¿qué opináis, Alberto?
-Yo no tengo opinión fija acerca de él, lo creo maltés.
-No os pregunto sobre su origen, os pregunto sobre su persona.
-¡Ah!, sobre su persona, eso es otra cosa. He visto tantas cosas extrañas en él, que si queréis que os diga
lo que pienso, os responderé que le miraría como a uno de los personajes de Byron, a quienes la desgracia
ha marcado con un sello fatal. Algún Manfredo, algún Lara, algún Werner, como uno de esos restos, en
fin, de alguna familia antigua que, desheredados de su fortuna paterna, han encontrado una por la fuerza
de su genio aventurero, que les ha hecho superiores a las leyes de la sociedad.
-¿Qué estáis diciendo. .. ?
-Digo que Montecristo es una isla en medio del Mediterráneo, sin habitantes, sin guarnición, guarida de
contrabandistas de todas las naciones, de piratas de todos los países. ¿Quién sabe si estos dignos
industriales pagarán a su señor un derecho de asilo?
-Es posible -dijo la condesa pensativa.
-Pero no importa -replicó el joven-, contrabandista o no, convendréis, madre mía, puesto que le habéis
visto, en que el señor conde de Montecristo es un hombre notable, en que causará sensación en los
salones de París y, escuchad, esta mañana en mi cuarto inició su entrada en el mundo dejando
estupefactos a todos los que allí estaban, incluso a Chateau Renaud.
-¿Y qué edad podrá tener el conde? -inquirió Mercedes, dando visiblemente gran importancia a esta
pregunta.
-Tiene de treinta y cinco a treinta y seis años, madre mía.
-Tan joven es imposible -dijo Mercedes, respondiendo al mismo tiempo a lo que le decía Alberto, y a lo
que le decía su pensamiento.
-No obstante, es verdad, tres o cuatro veces me ha dicho, y seguramente sin premeditación, en tal época
yo tenía cinco años, en otra tenía diez, en aquella doce. Yo, que por mi curiosidad estaba alerta siempre
que hablaba de estos detalles, reunía las fechas, y jamás le cogí en falta. La edad de este hombre singular,
que no tiene edad, es treinta y cinco años todo lo más. Recordad, madre mía, cuán viva es su mirada, cuán
negros sus cabellos, y su frente, aunque pálida, no tiene una arruga. Es una naturaleza no solamente
vigorosa, sino joven.
La condesa bajó la cabeza, como agobiada por amargos pensamientos.
-¿Y ese hombre es un amigo verdadero? mecimiento nervioso.
-Yo así lo creo.
-¿Y vos… le apreciáis también?
-Me resulta simpático, diga lo que quiera Franz d’Epinay, que quería hacerle pasar a mis ojos por un
hombre venido del otro mundo.
La condesa hizo un movimiento de terror.
-Alberto -dijo con voz alterada-, siempre os he encargado que tengáis mucho cuidado con las personas
recién conocidas. Ahora sois hombre y me podríais dar consejos; sin embargo, sed prudente, Alberto.
-Pero sería necesario, querida madre, para poder aprovechar el consejo, saber de qué tengo que
desconfiar. El conde no juega nunca, no bebe más que agua, dorada con una gota de vino de España; el
conde se ha anunciado rico y en efecto lo es, ¿qué queréis, pues, que tema del conde?
-Tenéis razón -dijo la condesa-, y mis temores son infundados tratándose de un hombre que os ha
salvado la vida. A propósito, ¿le ha recibido bien vuestro padre? Es importante que estemos más que
amables con el conde. El señor de Morcef está ocupado a veces, sus negocios le disgustan y podría ser
que sin querer…
-Mi padre ha estado perfecto, señora -interrumpió Alberto- diré más: ha parecido infinitamente
lisonjeado por dos o tres cumplidos que le ha dirigido tan a propósito el conde, como si le hubiera
conocido hace treinta años. Cada una de estas flechas lisonjeras han debido agradar a mi padre -añadió
Morcef riendo-, de suerte que se han separado siendo los mejores amigos del mundo y el señor de Morcef
quería llevarle a la Cámara para hacer que oyese su discurso.
La condesa no respondió. Se hallaba absorta en una meditación tan profunda que sus ojos se habían
cerrado poco a poco. El joven, en pie delante de ella, la miraba con ese amor filial más tierno y afectuoso
en los hijos cuyas madres son aún hermosas, y después de haber visto cerrarse sus ojos, la escuchó
respirar un instante en su dulce inmovilidad, y creyéndola dormida se alejó de puntillas, abriendo sigilosamente
la puerta del aposento.
-Este diablo de hombre -murmuró moviendo la cabeza-, yo ya había predicho que haría sensación en el
mundo; mido su efecto por un termómetro infalible. Mi madre ha puesto mucho la atención en él, de
consiguiente debe ser notable.
Y descendió a las caballerizas, no sin cierto despecho secreto, de que sin malicia alguna, el conde de
Montecristo había logrado tener un tiro de caballos mejor que el suyo, el cual desmerecería mucho en la
opinión de los entendidos.
-Decididamente -dijo-, los hombres no son iguales, es preciso suplicar a mi padre que aclare este teorema
en la Cámara Alta.
Capítulo tercero
El señor Bertuccio
Entretanto, el conde había llegado a su casa. Seis minutos había tardado en ello, suficientes para que
fuese visto de más de veinte jóvenes que, conociendo el precio del tiro de caballos que ellos no habían
podido comprar, habían puesto sus cabalgaduras al galope para poder ver al opulento señor que usaba
caballos de diez mil francos cada uno.
La casa elegida por Alí, y que debía servir de residencia a MonteCristo, estaba situada a la derecha
subiendo por los Campos Elíseos, colocada entre un patio y jardín; una plazoleta de árboles muy espesos
que se elevaban en medio del patio, cubrían una parte de la fachada, alrededor de esta plazoleta se
extendían como dos brazos, dos alamedas que conducían desde la reja a los carruajes a una doble escalera,
sosteniendo en cada escalón un jarrón de porcelana lleno de flores. Esta casa aislada en mitad de un
ancho espacio tenía además de la entrada principal otra entrada que caía a las calles de Pont-Ruén.
Antes de que el cochero hubiese llamado al portero, la reja maciza giró sobre sus goznes. Habían visto
venir al conde, y en París como en Roma, como en todas partes, se le servía con la rapidez del relámpago.
El cochero entró, pues, describió el semicírculo, y la reja estaba ya cerrada cuando las ruedas rechinaban
aún sobre la arena de la calle de árboles.
El carruaje se paró a la izquierda de la escalera. Dos hombres se presentaron en la portezuela, uno era
Alí, que se sonrió con alegría al ver a su señor, y que fue pagado con una agradecida mirada de
Montecristo.
El otro saludó humildemente y presentó su brazo al conde para ayudarle a bajar del carruaje.
-Gracias, señor Bertuccio -dijo el conde saltando ágilmente del carruaje-. ¿Y el notario?
-Está en el saloncito, excelencia -respondió Bertuccio.
-¿Y las tarjetas que os he mandado grabar en cuanto supieseis el número de la casa?
-Ya está hecho, señor conde; he estado en casa del mejor grabador del Palacio Real, que grabó la
plancha delante de mí. La primera que tiraron fue llevada en seguida a casa del señor barón Danglars,
diputado, calle de la Chaussée-d’Antin, número 7; las otras están sobre la chimenea de la alcoba de su
excelencia.
-Bien, ¿qué hora es?
-Las cuatro.
Montecristo entregó sus guantes, su sombrero y su bastón al mismo lacayo francés que se había lanzado
fuera de la antesala del conde de Morcef para llamar al carruaje. Luego pasó al saloncito conducido por
Bertuccio, que le mostró el camino.
-Vaya una pobreza de mármoles en esta antesala; espero que los cambien inmediatamente.
Bertuccio se inclinó.
El notario esperaba en el salón, tal como había dicho el mayordomo.
Era un hombre de fisonomía honrada y pacífica.
-¿Sois el notario encargado de vender la casa de campo que yo quiero comprar? -preguntó Montecristo.
-Sí, señor conde -respondió el notario.
-¿Está preparada el acta de venta?
-Sí, señor conde.
-¿La habéis traído?
-Aquí la tenéis.
-Muy bien. ¿Dónde está la casa que compro? -dijo el conde dirigiéndose a Bertuccio y al notario.
El mayordomo hizo un gesto que significaba: No sé.
El notario miró a Montecristo sorprendido.
-¡Cómo! -dijo-. ¿No sabe el señor conde dónde está la casa que compra?
-No.
-¿No tiene el señor conde la menor idea de su situación?
-¿Y cómo había de saberlo? Acabo de llegar de Cádiz esta mañana, jamás he estado en París, ésta es la
primera vez que pongo el pie en Francia.
-Entonces, la cosa cambia -respondió el notario-. La casa que el señor conde compra está situada en
Auteuil.
A estas palabras, Bertuccio palideció visiblemente.
-¿Y dónde está Auteuil? -preguntó Montecristo.
-A dos pasos de aquí, señor conde -respondió el notario-, un poco después de Passy, en una situación
magnífica en medio del bosque de Bolonia.
-¡Tan cerca! -dijo Montecristo-. Pero eso no es cameo. ¿Como diablos me habéis ido a escoger una casa
a las puertas de París, señor Bertuccio?
-¡Yo! -exclamó el mayordomo turbado-, no, seguramente no es a mí a quien el señor conde encargó que
le eligiese una casa. Procure recordar el señor conde, busque en su memoria, reúna sus ideas.
-¡Ah!, es verdad -dijo Montecristo-, ahora recuerdo que he leído este anuncio en un periódico, y me he
dejado seducir por este título: Casa de campo.
-Aún es tiempo -dijo vivamente Bertuccio-, y si vuestra excelencia quiere que busque otra, la
encontraré mucho mejor, en Enghien, en Fontenay-aux-Roces, o en Belle-Vue.
-No, no -dijo Montecristo con tono despectivo-, puesto que ya tengo ésta, la conservaré.
-Y hacéis bien -dijo vivamente el notario, temiendo perder sus ganancias-, es una propiedad muy
hermosa: aguas cristalinas y abundantes, bosques espesos, habitaciones cómodas, aunque descuidadas
hace tiempo, sin contar con los muebles que, aunque un poco antiguos, tienen valor, sobre todo hoy día en
que sólo se buscan las cosas antiguas. Perdonad, pero creo que el señor conde tendrá el gusto de la época.
-Hablad, hablad -dijo Montecristo-, ¿es cosa conveniente?
-¡Ah!, señor, mucho mejor: es magnífica.
-Entonces no hay que desperdiciar esta ocasión -dijo MonteCristo-; el contrato, señor notario.
Y firmó rápidamente, después de haber echado una ojeada hacia el sitio donde estaban indicados los
nombres de los propietarios y la situación de la casa.
-Bertuccio -dijo-, entregad cincuenta y seis mil francos a este caballero.
El mayordomo salió con paso no muy seguro, y volvió con un fajo de billetes de banco que el notario
contó como un hombre poco acostumbrado a recibir el dinero con tanta puntualidad.
-Y ahora -preguntó el conde-, ¿están cumplidas todas las formalidades?
-Todas, señor conde.
-¿Tenéis las llaves?
-Las tiene el portero que guarda la casa, pero aquí tenéis la orden que le he dado de instalaros en
vuestra nueva propiedad.
-Muy bien.
Y Montecristo hizo al notario un movimiento que quería decir: «Ya no tengo necesidad de vos. Podéis
retiraros.»
-Pero -exclamó el honrado notario-, el señor conde se ha engañado, me parece. Comprendido todo, no
son más que cincuenta y cinco mil francos.
-¿Y vuestros honorarios?
-Están incluidos en esta suma, señor conde.
-¿Pero no habéis venido de Auteuil aquí?
-¡Oh!, ¡claro está!
-Pues bien, preciso es pagaros vuestra molestia -dijo el conde. Y le despidió con una mirada.
El notario salió lentamente, haciendo una reverencia hasta el suelo, a cada paso que daba. Era la
primera vez, desde el día que empezó la carrera, que encontraba semejante cliente.
-Acompañad a este caballero -dijo el conde a Bertuccio.
Y el mayordomo salió detrás del notario.
Tan pronto como el conde estuvo solo, sacó de su bolsillo una cartera con cerradura, que abrió con una
llavecita que llevaba al cuello, y de la que no se separaba nunca.
Tras de haber examinado un momento los papeles que contenía, su vista se detuvo en una hoja en la
que había varias notas. Comparó éstas con el acta de venta que había puesto sobre la mesa y quedóse
reflexionando un momento.
-Auteuil, calle de La Fontaine, número 30, esto es -dijo- Ahora, ¿deberé arrancar esa confesión por el
terror religioso o por el terror físico? Dentro de una hora lo sabré todo.
-¡Bertuccio! -exclamó dando un golpe con una especie de martillo sobre un timbre, que produjo un
sonido agudo y sonoro-. ¡Bertuccio!
El mayordomo acudió en seguida.
-Señor Bertuccio -dijo el conde-, ¿no me habíais dicho otras veces que habíais viajado por Francia?
-Por ciertas partes de Francia, sí, excelencia.
-¿Sin duda conoceréis los alrededores de París?
-No, excelencia, no -respondió el mayordomo con cierto temblor nervioso, que Montecristo, experto en
cuanto a emociones, atribuyó con razón a viva inquietud.
-Siento que no hayáis visitado los alrededores de París -le dijo-, porque quiero visitar esta tarde mi
nueva propiedad, y viniendo conmigo hubierais podido darme útiles informes.
-¡A Auteuil! -exclamó Bertuccio, cuya tez tostada se volvió casi lívida-. ¡Yo ir a Auteuil!
-¿Y qué tiene eso de particular? Cuando yo viva allí será preciso que vengáis conmigo, puesto que
formáis parte de la casa.
Bertuccio bajó la cabeza ante la imperiosa mirada de su señor, y permaneció inmóvil sin responder.
-¡Ah! ¿Qué os sucede? ¿Vais a hacerme llamar por segunda vez para el carruaje? -dijo Montecristo con
el tono en que Luis XIV pronunció aquella frase: « ¡He tenido que esperar! »
Bertuccio se lanzó a la antesala, y gritó con voz ronca:
-Los caballos de su excelencia.
Montecristo escribió dos o tres esquelas; cuando hubo cerrado la última, volvió a presentarse el
mayordomo.
-El carruaje de su excelencia está a la puerta -dijo.
-Pues bien, tomad vuestros guantes y vuestro sombrero -dijo Montecristo.
-¿Pues qué? ¿Debo ir con el señor conde? -exclamó Bertuccio exasperado.
-Sin duda, es preciso que deis vuestras órdenes, puesto que quiero habitar aquella casa.
No era posible replicar; así, pues, el mayordomo, sin pronunciar una palabra, siguió a su señor, que
subió al carruaje haciéndole seña de que le siguiese.
El mayordomo se sentó respetuosamente sobre la banqueta delantera.
Capítulo cuarto
La casa de Auteuil
Al bajar la escalera, Montecristo había observado que Bertuccio se había persignado a la manera de los
corsos, es decir, cortando el aire en forma de cruz con el pulgar, y que al tomar asiento en el carruaje
había murmurado una breve oración. Cualquier otro que fuera un hombre curioso hubiese tenido
compasión de la singular repugnancia manifestada por el digno intendente para el paseo premeditado
extramuros por el conde, pero según parece, éste era demasiado curioso para poder dispensar a Bertuccio
de tal viaje.
En veinte minutos estuvieron en Auteuil. La emoción del mayordomo iba en aumento. Al entrar en el
pueblo, Bertuccio, arrimado a un rincón del coche, comenzó a examinar con una emoción febril todas las
casas por delante de las cuales pasaban.
-Pararéis en la calle de La Fontaine, número 28 -dijo el conde, fijando despiadadamente su mirada
sobre el mayordomo, al cual daba esta orden.
La frente de Bertuccio estaba bañada en sudor, y sin embargo obedeció a inclinándose fuera del
carruaje, gritó al cochero:
-Calle de La Fontaine, número 28.
Este número 28 estaba situado en un extremo del pueblo. Durante el viaje había ido oscureciendo,
como si se hiciera de noche, o más bien una nube negra, cargada de electricidad, daba a estas tinieblas la
apariencia y solemnidad de un episodio dramático. El carruaje se detuvo, y el lacayo se precipitó a la
portezuela para abrirla.
-Y bien -dijo el conde-, ¿no os apeáis, señor Bertuccio? ¿Os quedáis dentro? ¿En qué diablos pensáis
hoy?
Bertuccio se precipitó por la portezuela, y presentó su hombro al conde, quien se apoyó esta vez y bajó
uno a uno los tres escalones del estribo.
-Id a llamar -dijo el conde-, y anunciadme.
Bertuccio llamó, la puerta se abrió y apareció el portero.
-¿Quién es? -preguntó.
-Es vuestro nuevo amo -y presentó al portero el billete de reconocimiento, entregado por el notario.
-¿Luego se ha vendido la casa? -preguntó el portero-, ¿y es este caballero quien viene a habitarla?
-Sí, amigo mío -dijo el conde-, y procuraré hacer todo lo posible por que quedéis contento de vuestro
nuevo amo.
-¡Oh!, caballero -dijo el portero-; al otro propietario le veíamos
rara vez. Hace más de cinco años que no ha venido, y bien ha hecho en vender una casa que no le
servía de nada.
-¿Y cómo se llamaba vuestro antiguo amo? -preguntó MonteCristo.
-¡El señor marqués de Saint-Meran! -respondió el portero.
-¡El marqués de Saint-Meran! -repitió Montecristo-. Me parece que este nombre no me es desconocido
-dijo el conde-. El marqués de Saint-Meran…
Y pareció reunir sus ideas.
-Un miembro de la antigua nobleza -continuó el conserje-. Un fiel servidor de los Borbones; tenía una
hija única que casó con el señor de Villefort, que ha sido procurador del rey en Nimes y después en
Versalles.
Montecristo dirigió una mirada a Bertuccio, al que encontró más lívido que la pared contra la cual se
apoyaba para no caer.
-¿Y ese señor no ha muerto? -preguntó Montecristo-, me parece haberlo oído decir.
-Sí, señor, hace veintiún años, y desde este tiempo no hemos vuelto a ver ni tres veces al pobre
marqués.
-Gracias, muchas gracias –dijo Montecristo, juzgando por la postración del mayordomo que ya no
podía tirar de aquella cuerda sin temor de romperla-. Dadme una luz.
-¿Os he de acompañar?
-No, es inútil. Bertuccio me alumbrará.
Y el conde acompañó estas palabras con el sonido de dos piezas de oro que hicieron deshacerse al
conserje en bendiciones y suspiros.
-¡Ah, caballero! -dijo el conserje después de haber buscado inútilmente sobre la chimenea-, es que aquí
no tengo bujías.
-Tomad una de las linternas del carruaje, Bertuccio, y mostradme las habitaciones -dijo el conde.
El mayordomo obedeció sin hacer ninguna observación, pero era fácil ver en el temblor de la mano que
sostenía la linterna cuánto le costaba obedecer.
Recorrieron un piso bajo bastante grande, un piso principal compuesto de un salón, un cuarto de baño y
dos alcobas. Por una de estas alcobas se iba a una escalera de caracol que conducía al jardín.
-¡Aquí hay una escalera! -dijo el conde-. Esto es bastante cómodo. Alumbradme, señor Bertuccio,
pasad adelante y veamos adónde nos lleva esta escalera.
-Señor -dijo Bertuccio-,conduce al jardín.
-¿Y cómo lo sabéis?
-Es decir, esto es lo que yo creo…
-Bien, vamos a cerciorarnos de ello.
Bertuccio lanzó un suspiro y pasó delante.
La escalera desembocaba efectivamente en el jardín.
En la puerta exterior se paró el mayordomo.
-Vamos, señor Bertuccio -dijo el conde.
Pero éste estaba anonadado, casi sin conocimiento. Sus ojos buscaban a su alrededor como las huellas
de algo terrible, y con las manos crispadas parecía apartar de su memoria recuerdos espantosos.
-¿Qué es eso? -insistió el conde.
-No, no -exclamó Bertuccio colocando la linterna en el ángulo de la pared interior-. No, señor, no iré
más lejos, es imposible.
-¿Qué decís? -articuló la irresistible voz de Montecristo.
-¿Pero no véis, señor -exclamó el mayordomo-, que no es cosa normal que teniendo una casa que
comprar en París, la compréis justamente en Auteuil, y haya de ser el número 28 de la calle de La Fontaine?
¡Ah! ¿Por qué no os lo he contado todo, señor? Tal vez no hubierais exigido que viniese. Yo
esperaba que sería otra la casa del señor conde. ¡Como si no hubiese otra casa en Auteuil que la del
asesinato!
-¡Oh! ¡Oh! -~xclamó Montecristo parándose de repente-. ¡Qué palabra acabáis de pronunciar! ¡Diablo
de hombre! ¡Corso maldecido! ¡Siempre misterios o supersticiones! Vamos, tomad esa linterna y
visitemos el jardín, conmigo espero que no tengáis miedo.
Bertuccio recogió la linterna y obedeció. La puerta, al abrirse, descubrió un cielo opaco, en el que la
luna pugnaba en vano contra un mar de nubes que la cubrían con sus olas sombrías que iluminaban un
instante, y que iban a perderse en seguida, más sombrías aún, en las profundidades del firmamento.
El mayordomo Bertuccio quiso tomar un sendero de la izquierda.
-No, no, por allí no -dijo Montecristo-, ¿a qué seguir por las calles de árboles? Aquí se distingue una
plazoleta, sigamos de frente.
Bertuccio se enjugó el sudor que corría por su frente, pero obedeció. Sin embargo, continuaba
inclinándose a la izquierda. MonteCristo seguía la derecha, y así que hubo llegado junto a unos cuantos
árboles corpulentos y añosos, se detuvo.
El mayordomo no pudo ya contenerse por más tiempo.
-Alejaos, señor -exclamó-, alejaos, os lo suplico. Estáis justamente en el lugar.. .
-¿En qué lugar?
-En el lugar donde cayó.
-Querido señor Bertuccio -dijo Montecristo riendo-, volved en vos, os lo ruego, aquí no estamos en
Sarténe o en Corte. Esto no
es un bosque, sino un jardín inglés, y no sé por qué tenéis tanta repugnancia en seguirlo.
-¡Señor! ¡No os quedéis ahí… !
-Creo que os volvéis loco, maese Bertuccio -dijo fríamente el conde-; si es así, avisadme, porque os
haré encerrar en una jaula antes de que suceda una desgracia.
-¡Ay!, excelencia -dijo Bertuccio moviendo la cabeza y cruzando las manos con una actitud que hiciera
reír al conde si reflexiones de mayor importancia no le ocupasen en este momento y no le hubiesen hecho
prestar atención a las menores palabras de su mayordomo-. ¡Ay, excelencia, la desgracia ha ocurrido…!
-Señor Bertuccio -dijo el conde-, me agrada el ver retorceros los brazos y abrir unos ojos de condenado,
y siempre he notado que sólo hacen tantas contorsiones los que tienen algún secreto. Yo sabía que erais
corso, sabía que erais taciturno, y algunas veces hablabais entre dientes de alguna historia de venganxa, y
esto ocurre solamente en Italia, porque estas cosas están de moda en aquel país, pero en Francia el
asesinato es de muy mal gusto, hay gendarmes que se ocupan de él, jueces que lo condenan y cadalsos
que se ocupan de vengarlo.
Bertuccio cruzó las manos, y como al ejecutar estas diferentes evoluciones no había dejado su linterna,
la luz iluminó su rostro desencajado.
Montecristo le examinó con la misma mirada con que había examinado en Roma el suplicio de Andrés;
luego, con un tono que hizo estremecer al pobre mayordomo, dijo:
-Luego mintió el abate Busoni, cuando después de su viaje a Francia en 1829 os envió a mí con una
carta en la que me recomendaba vuestras buenas prendas. ¡Y bien!, voy a escribir al abate, le haré
responsable de su protegido y sin duda sabré toda la historia de su asesinato. Solamente os advierto, señor
Bertuccio, que cuando habito en un país estoy acostumbrado a conformarme con sus leyes, y que no tengo
ganas de andar con problemas y enredos con la justicia de Francia.
-¡Oh!, no hagáis eso, excelencia; os he servido fielmente, ¿no es verdad? -exclamó Bertuccio
desesperado-, siempre he sido hombre honrado, y he hecho todo el bien que he podido.
-No digo lo contrario -replicó el conde-, pero ¿por qué diablos estáis tan agitado? Esa es mala señal;
una conciencia pura no gone las mejillas tan pálidas…
-Pero, señor conde -dijo vacilando Bertuccio-, ¿no me habéis dicho vos mismo que el abate Busoni, que
oyó mi confesión en las prisiones de Nimes, os había advertido al enviarme a vuestra casa, que tenía una
acción sola que reprenderme?
-Sí, pero como os dirigía a mí diciéndome que seríais un mayordomo excelente, creí que vuestro único
delito había sido el robo.
-¡Oh!, señor conde –exclamó Bertuccio, con desprecio.
-Porque como erais corso no pudisteis resistir a la tentación de hacer una piel, como suele decirse en
nuestro país, cuando al contrario, se le deshace una.
-¡Pues bien!, sí, excelencia; sí, mi buen señor, es cierto -exclamó Bertuccio, arrojándose a los pies del
conde-; sí, es una venganza, lo juro, sólo una venganza.
-Comprendo, pero lo que no comprendo es que esta casa sea justamente la que os galvanice hasta tal
punto.
-Pero, señor, es muy natural -replicó Bertuccio-, puesto que la venganza fue ejecutada en esta misma
casa.
-¡Cómo! ¿Esta casa?
-¡Oh!, excelencia, aún no era vuestra…
-¿Pero de quién era? El portero nos ha dicho que del marqués de Saint-Meran. ¿Pero por qué diablos
teníais que vengaros del marqués de Saint-Meran?
-¡Oh!, no era de él, señor, era de otro.
-Vaya un encuentro extraño –dijo Montecristo, pareciendo ceder a sus reflexiones-, que os halléis por
casualidad, sin preparación alguna, en una casa donde ha pasado lo que os causa tan espantosos
remordimientos.
-Señor -dijo el mayordomo-, todo esto es debido a la fatalidad, estoy seguro. Primeró compráis una
casa justamente en Auteuil, esta casa es la misma donde yo cometí el asesinato. Bajáis al jardín,
justamente por una escalera por donde él bajó. Os detenéis justamente en el lugar donde él recibió el
golpe. A dos pasos, debajo de ese plátano, estaba la fosa donde acababa de enterrar al niño. Todo eso no
es casualidad, esto es la Providencia.
-Pues bien. Veamos, señor corso, supongamos que sea la Providencia, yo supongo siempre lo que
quiero, además, a los espíritus débiles es preciso concederles todo lo que deseen. Vamos, reunid vuestras
ideas y contadme eso.
-Solamente lo he contado una vez, señor, y fue al abate Busoni. Tales cosas -añadió Bertuccio
moviendo la cabeza-, no se dicen más que bajo el sello de la confesión.
-Entonces, mi querido Bertuccio -dijo el conde-, os agradará que os envíe a vuestro confesor. Con él os
haréis cartujo o bernardo, y hablaréis de vuestros secretos. Pero yo tengo miedo de un hombre
que se asusta de semejantes fantasmas, no me gusta que mis servidores tengan miedo de pasearse por la
noche en mi jardín; después, lo confieso, me haría muy poca gracia la visita de algún comisario de
policía, porque, sabedlo, maese Bertuccio, en Italia no se paga la justicia si no se calla, pero en Francia no
se la paga, al contrario, sino cuando habla. ¡Diantre!, os creía un poco más corso, un gran contrabandista,
un hábil mayordomo, pero veo que tenéis otras cuerdas en vuestro arco. ¡Señor Bertuccio, quedáis
despedido!
-¡Oh! ¡Señor, señor! -exclamó el mayordomo aterrado ante esta amenaza-. ¡Oh!, si no se necesita más
que eso para quedar a vuestro servicio, hablaré, lo diré todo, y si me separo de vos, será para ir al cadalso!
-Eso es diferente -dijo Montecristo-, pero si queréis mentir, reflexionadlo, más vale que no me digáis
nada.
-¡No, señor!, os lo juro por la salvación de mi alma, os lo diré todo, porque el abate Busoni no ha
sabido más que una parte de mi secreto, pero primero, os lo suplico, apartaos de ese plátano; mirad,1a
luna va a salir, y ahí colocado como estáis, envuelto en esa capa que me oculta vuestro cuerpo que se
asemeja al del señor Villefort…
-¡Cómo! -exclamó Montecristo-, es al señor de Villefort…
-¿Le conocía acaso vuestra excelencia?
-¿El antiguo procurador de Nimes?
-Sí.
-¿Que se casó con la hija del marqués de Saint-Meran?
-Eso es.
-¡Y que tenía la reputación del magistrado más honrado, más severo, más rígido…!
-Pues bien, señor -exclamó Bertuccio-, ese hombre de una reputación tan sólida a intachable. ..
-¡Continuad!
-¡Era un infame!
-¡Bah! -dijo Montecristo-, eso es imposible.
-Es la pura verdad.
-¿Sí…? -dijo Montecristo-, ¿y tenéis pruebas de ello?
-Tenía una, por lo menos.
-¿Y la habéis perdido? ¡Sois bien torpe!
-Sí, pero buscándola bien, podremos encontrarla.
-¡Bien! ¡Bien!, ahora contadme eso, señor Bertuccio, porque os digo que realmente me va interesando
todo este asunto.
Y el conde, tarareando un aria de Lucia, se fue a sentar en un banco, mientras que Bertuccio le seguía,
reuniendo sus ideas.
Bertuccio permaneció en pie delante del conde.
Capítulo quinto
La vendetta
-¿Por dónde quiere el señor conde que empiece a contar los sucesos? -preguntó Bertuccio.
-Por donde queráis -dijo Montecristo-, pues no sé absolutamente nada de todo ello.
-Sin embargo, yo creía que el abate Busoni había contado a vuestra excelencia
-Sí, algunos detalles, sin duda, pero han pasado siete a ocho añosy lo he olvidado todo.
-Entonces puedo, sin temor de fastidiar a vuestra excelencia
-Hablad, señor Bertuccio, hablad; de algún modo he de pasar la noche.
-Los sucesos se remontan a 1815.
-¡Ah! ¡Ah! -dijo Montecristo-, no es ayer mismo, que digamos.
-No, señor, y sin embargo, los menores detalles los tengo tan presentes como si hubiesen sucedido ayer.
Yo tenía una hermana y un hermano mayor, que estaba al servicio del emperador. Era teniente de un
regimiento compuesto enteramente de corsos. Este hermano era mi único amigo. Habíamos quedado
huérfanos, yo a los cinco años y él a los dieciocho. Me había criado como a un hijo. En 1814, en tiempo
de los borbones, se había casado. El emperador salió de la islade Elba, y mi hermano continuó a su
servicio y, herido ligeramente en Waterloo, se retiró con el ejército detrás del Loira.
-Pero esa historia de los Cien Días que me contáis, señor Bertuccio, la he oído ya, si no me equivoco.
-Perdonad, excelencia, pero estos primeros detalles son necesarios, y me habéis prometido tener
paciencia.
-¡Proseguid!, ¡proseguid!, cumpliré mi palabra.
-Un día recibimos una carta. Debo deciros que habitábamos en la pequeña aldea de Rogliano, en la
extremidad del cabo Corso. Esta carta era de mi hermano. Nos decía que el ejército estaba licenciado, y
que volvía por Chateau-Roux, Clermond-Ferrand, Le Puy y Nimes. Si tenía algún dinero me suplicaba
que lo mandase a Nimes en casa de un fondista conocido nuestro, con el cual tenía yo algunas relaciones.
-De contrabando -respondió Montecristo.
-¡Pero, por Dios, señor conde! ¡Uno ha de ganarse la vida!
-Ciertamente; continuad, pues.
-Yo amaba tiernamente a mi hermano, ya os lo he dicho, excelencia; así, decidí no enviarle el dinero,
sino llevárselo yo mismo. Poseía mil francos, dejé quinientos a Assunta, que era mi cuñada, tomé los
quinientos restantes y me puse en camino para Nimes. Era cosa fácil, tenía mi barca un cargamento que
hacer en el mar, todo secundaba mi proyecto. Pero hecho el cargamento, sopló viento contrario, de modo
que estuvimos cuatro o cinco días sin poder entrar en el Ródano. Por fin lo conseguimos, llegamos hasta
Arlés, dejé el barco entre Bellegarde y Beaucaire y me dirigí a Nimes.
-Y llegasteis, ¿no es así?
-Sí, señor, dispensadme, pero como ve vuestra excelencia, no digo más que las cosas absolutamente
necesarias. Fuera de esto, era el momemo en que tenían lugar los famosos asesinatos del Mediodía. Había
allí dos o tres bandidos llamados Trestaillón, Truphemy y Graffan, que degollaban por las calles a todos
los presuntos bonapartistas. Sin duda, el señor conde habrá oído hablar de estos asesinatos.
-Vagamente, estaba muy lejos de Francia en esa época. Continuad.
-Al entrar en Nimes, se caminaba pisando sangre. A cada Paso se encontraban cadáveres, los asesinos
organizados por bandas. Ante esta carnicería me entró miedo, no por mí; yo, simple pescador corso, no
tenía gran cosa que temer, al contrario, aquel tiempo era bueno para nosotros, los contrabandistas, pero
por mi hermano, por mi hermano, que era soldado del Imperio, que volvía del ejército del Loira con su
uniforme y sus charreteras, y que por consiguiente tenía que temerlo todo. Corrí a la casa de nuestro
fondista; mis presentimientos no me habían engañado. Mi hermano había llegado a Nimes y a la puerta
misma del que iba a pedir hospitalidad, había sido asesinado. Pregunté a todo el mundo acerca de los
asesinos, pero nadie se atrevía a decirme sus nombres, tan temidos eran. Pensé entonces en la justicia
francesa, de que me habían hablado tanto, que no teme nada, y me presenté en casa del procurador del
rey.
-Y ese procurador del rey ¿se llamaba Villefort? -preguntó el conde de Montecristo.
-Sí, excelencia. Venía de Marsella, en donde había sido sustituto. Su celo le había valido el ascenso.
Decían que fue uno de los primeros que anunció al Gobierno el desembarco en la isla de Elba.
-Pero -interrogó Montecristo-, ¿vos os presentasteis en su casa?
-Señor -le dije yo-, mi hermano fue asesinado ayer en las calles de Nimes, yo no sé por quién, pero es
vuestra obligación saberlo.
Vos sois aquí el jefe de la justicia, y a la justicia toca vengar a los que no ha sabido defender.
»-¿Y qué era vuestro hermano? -preguntó el procurador del rey.
»-Teniente del batallón corso.
»-Entonces, un soldado del usurpador, ¿no es eso?
»-Un soldado de los ejércitos franceses.
»-¡Y bien! -replicó-, se ha servido de la espada y ha perecido por la espada.
»–Os equivocáis; ha perecido por el puñal.
» ¿Qué queréis que haga? -respondió el magistrado.
»-Ya os lo he dicho, quiero que le venguéis.
»-¿Y de quién?
»-De sus asesinos.
»-¿Acaso los conozco yo?
»-Mandad que los busquen.
»-¿Para qué? Vuestro hermano habrá tenido alguna querella, y se habrá batido en duelo. Todos esos
antiguos soldados cometen excesos; nuestras gentes del Mediodía no quieren ni a los soldados ni a los
excesos.
»-Señor -respondí yo-, no os suplico por mí. Yo lloraría o me vengaría, eso sería todo, pero mi pobre
hermano tenía una mujer, si me sucediese la misma desgracia a mí también, esta pobre criatura moriría de
hambre, porque se mantenía sólo con el trabajo de mi hermano. Obtened para ella una pequeña pensión
del gobierno.
»-Todas las revoluciones tienen sus catástrofes -respondió el señor de Villefort-, vuestro hermano ha
sido víctima de ésta. Es una desgracia, pero el gobierno no debe nada a vuestra familia por esto. Si
tuviésemos que juzgar todas las venganzas que los partidarios del usurpador han ejercido contra los
partidarios del rey, cuando a su vez disponían del poder, puede ser que vuestro hermano hubiese sido hoy
condenado a muerte. Lo que ha ocurrido es cosa muy natural, porque es la ley de las represalias.
» ¡Cómo, señor! -exclamé yo-, ¡es posible que me habléis así vos, un magistrado…!
»-Todos estos corsos son unos locos -respondió el señor de Villefort-, y creen aún que su compatriota
es emperador. Os engañáis, amigo mío, debisteis decirme esto hace dos meses. Hoy es demasiado tarde.
Idos, pues, y si no queréis, yo os haré marchar.
»Yo le miré un instante para ver si una nueva súplica podría alcanzar algo de aquel hombre, pero aquel
hombre era de piedra. Me aproximé a él.
»-Y bien -le dije a media voz-, puesto que vos conocéis tan
bien a los corsos, debéis saber cómo cumplen su palabra. Vos creéis que han hecho bien en matar a mi
hermano, que era bonapartista, porque vos sois realista, ¡pues bien!, yo que también soy bonapartista, os
declaro una cosa, y es que os he de matar. A contar desde este momento, os declaro la vendetta; así, pues,
sabedlo, y guardaos mejor, porque la primera vez que nos encontremos cara a cara habrá llegado vuestra
última hora.
»Y antes de que hubiese vuelto de su sorpresa, abrí la puerta y me marché.
-¡Ah, ah! -dijo Montecristo-,con vuestra humilde figura decir esas cosas, señor Bertuccio, ¡y a un
procurador del rey! ¿Y sabía él al menos lo que quiere decir esa declaración?
-Tan bien lo sabía, que desde aquel momento no salió ya solo y se encerró en su casa, haciéndome
buscar por todas partes. Por fortuna, estaba tan oculto que no pudo encontrarme. Entonces se apoderó de
él el temor, y tuvo miedo de permanecer en Nimes. Solicitó un cambio de residencia y como era, en
efecto, un hombre influyente, fue nombrado para Versalles, pero vos lo sabéis, no existen las distancias
para un corso que ha jurado vengarse de su enemigo, y su carruaje, por bien conducido que fuese, no me
ha llevado nunca más de media jornada de ventaja, a pesar de que le seguía a pie.
»Lo importante no era matarle, cien veces había encontrado ya ocasión, pero era menester matarle, sin
ser descubierto, y sobre todo sin ser detenido. Por otra parte, yo no me pertenecía a mí mismo, tenía que
proteger y mantener a mi cuñada. Durante tres meses espié al señor de Villefort, durante tres meses no dio
un paso, un movimiento, un paseo, que mi mirada no le siguiese donde iba. Al fin, descubrí que venía
misteriosamente a Auteuil; le seguí aún, y le vi penetrar en esta casa en que estamos ahora. Solamente
que en lugar de entrar como todo el mundo, por la puerta de la calle, venía, unas veces a caballo, y otras
en carruaje, dejaba el carruaje o el caballo en la posada, y entraba por esta puertecilla que veis allí.
Montecristo hizo con la cabeza un gesto que probaba que en medio de la oscuridad distinguía en efecto
la entrada indicada por Bertuccio.
-Yo, que no tenía nada que hacer en Versalles, fijé mi residencia en Auteuil a hice mis indagaciones. Si
quería, aquí es donde infaliblemente debía encontrarle. La casa pertenecía, como ha dicho el portero a
vuestra excelencia, al señor de Saint-Meran, suegro de Villefort. El señor de Meran vivía en Marsella, por
consiguiente esta casa no le servía de nada; así, pues, decían que acababa de alquilarla a una joven viuda a
quien conocían bajo el nombre de la baronesa.
»En efecto, una noche, mientras yo estaba mirando por encima de la tapia, vi una mujer joven y
hermosa que se paseaba sola por el jardín y miraba con frecuencia a la puertecita, y comprendí que esa
noche esperaba a Villefort. Cuando estuvo bastante cerca de mí para que, a pesar de la oscuridad, pudiese
distinguir sus facciones, vi a una mujer de dieciocho a diecinueve años, alta y rubia. Como sólo llevaba
un peinador y nada ceñía su cintura, noté que estaba encinta y que su embarazo parecía muy avanzado.
Momentos después abrieron la puertecita. Un hombre entró, la joven corrió precipitadamente a su
encuentro, ambos se arrojaron en brazos uno de otro, besáronse tiernamente y entraron juntos en la casa.
Este hombre era el señor de Villefort. Yo juzgué que al salir, sobre todo si salía de noche, habría de
atravesar el jardín.
-Y -preguntó el conde- ¿habéis sabido después el nombre de esa mujer?
-No, excelencia.
-Continuad.
-Aquella noche -replicó Bertuccio- podía muy bien matarle si hubiera conocido mejor el jardín. Temí
no herirle bien, y no poder huir si alguien acudía a sus gritos. Lo dejé para la próxima cita, y para que no
se me escapase alquilé un cuartito frente a la tapia del jardín.
»Tres días después, hacia las siete de la noche, vi salir de la casa un criado a caballo que tomó a galope
el camino que conducía al de Sevres y presumí que iba a Versalles. No me engañaba. Tres horas después
el hombre volvió cubierto de polvo, su misión estaba terminada. Diez minutos después, otro hombre a
pie, envuelto en una capa, abría la puertecita del jardín, que se volvió a cerrar detrás de él.
»Bajé apresuradamente. Aunque no hubiese visto el rostro de Villefort, le reconocí por los latidos de mi
corazón. Atravesé la calle, me arrimé a un poste colocado junto a la tapia, y con ayuda del cual había
mirado otra vez al jardín.
»Ahora no me contenté con mirar. Saqué mi cuchillo del bolsillo, me aseguré que la punta estaba bien
afilada, y salté por encima de la tapia.
»Mi primer cuidado fue correr a la puerta, había dejado la llave dentro, tomando la precaución de dar
dos vueltas a la cerradura.
»Nada impediría la fuga por este lado. Me puse a estudiar el lugar. El jardín formaba un cuadrilátero,
un prado de fino musgo se extendía en medio. En los ángulos de este prado había algunos árboles de
follaje espeso y cubierto de flores de otoño.
Para dirigirse de la casa a la puertecita, el señor de Villefort tenía que pasar junto a uno de estos
árboles.
»Era a fines de septiembre. El viento soplaba con fuerza, el resplandor de la pálida Tuna, velada a cada
instante por densas pubes, iluminaba la arena de las calles de árboles que conducían a la casa, pero no
podía atravesar la oscuridad de esos árboles espesos, en los que un hombre podia permanecer oculto sin
terror de ser visto.
»Me oculté en uno de ellos, junto al cual debía pasar Villefort. Apenas estaba allí, cuando en medio de
las ráfagas de viento que encorvaban los árboles sobre mi frente, creí percibir unos gemidos. Pero ya
sabéis, o más bien no sabéis, señor conde, que el que espera el momento de cometer un asesinato cree
siempre oír gritos en el aire. Dos horas pasaron, durante las cuales, repetidas veces creí oír los mismos
gemidos.
»Al fin dieron las dote de la noche.
»Al dar la última campanada, lúgubre y retumbante, percibí un débil resplandor que iluminaba las
ventanas de la escalera secreta, por la que hemos descendido hace poco.
»La puerta se abrió y el hombre de la capa volvió a aparecer.
»Era el momento terrible, pero hacía demasiado tiempo que estaba preparado, para que pudiese vacilar;
así pues, saqué mi cuchillo y esperé.
»E1 hombre de la capa se dirigió hacia donde yo me hallaba, pero a medida que avanzaba, creí notar
que llevaba un arena en la mano derecha. Tuve miedo, no de una lucha, sino de fracasar en mi intento.
Así que estuvo a solo unos pasos de mí, conocí que lo que yo había tornado por arena no era otra cosa que
un azadón.
No había tenido tiempo aún de adivinar qué objeto tenía en la mano el señor de Villefort un azadón,
cuando se detuvo al lado del árbol arrojó en derredor una mirada y se puso a cavar un hoyo. Entonces
noté que debajo de la capa llevaba algo que colocó sobre el césped para tener mayor libertad de
movimientos.
»La curiosidad me detuvo y quise ver lo que iba a hacer Villefort, y permanecí inmóvil, sin aliento,
esperando el resultado.
»Luego se me ocurrió una idea, que se confirmó al ver al procurador del rey sacar de debajo de su capa
un cofrecito de dos pies de largo y seis a ocho pulgadas de ancho.
»Le dejé colocar el cofre en el hoyo, sobre el cual echó tierra, después apoyó sus pies sobre esta tierra
fresca para hacer desaparecer las huellas de la obra nocturna. Me lancé sobre él y le hundí mi cuchillo en
el pecho, diciéndole:
»-¡Soy Juan Bertuccio!. Ya ves que mi venganza es más completa de lo que yo esperaba.
»Ignoro si oyó estas palabras, no lo creo, pues cayó sin dar un grito. Yo sentí su sangre saltar humeante
y ardiente sobre mis manos y sobre mi rostro, pero estaba ebrio, deliraba. En lugar de quemarme la sangre
me refrescaba. En un segundo desenterré el cofre con ayuda del azadón, y para que no viesen que lo había
desenterrado, volví a llenar el agujero, arrojé el azadón por encima de la tapia y me lancé por la puerta,
que cerré por fuera, llevándome la llave.
-Bueno -repuso el conde-, fue un asesinato y un robo.
-No, excelencia -respondió Bertuccio-, fue una venganza seguida de una restitución.
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