El Conde de Montecristo
6. agosto 2010
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El carruaje prosiguió la marcha.
-En la primera parada -dijo para sí Danglars- me detendré.
Danglars experimentó aún un resto de bienestar que había gozado la víspera, y que le proporcionó tan
buena noche. Estaba muellemente extendido en una buena calesa inglesa de dos resortes, y se sentía
llevado al galope por dos buenos caballos. La parada era de siete leguas, lo sabía. ¿Qué hacer cuando se
es banquero, y se ha hecho con fortuna bancarrota?
Dedicó diez minutos a pensar en su mujer, que quedaba en París, otros diez en su hija, que recorría el
mundo en compañía de la señorita de Armilly. Otros diez minutos en sus acreedores y en la manera como
emplearía el dinero. Después, no teniendo en qué pensar, cerró los ojos y se quedó dormido.
Sin embargo, sacudido por un movimiento fuerte del carruaje, Danglars abrió un momento los ojos.
Entonces se sintió llevado con la misma celeridad a través de la misma campiña de Roma, toda sembrada
de acueductos rotos, que parecían gigantes de granito petrificados. Pero en una noche fría, sombría,
lluviosa, era mejor para un hombre medio dormido permanecer en el fondo de la silla con los ojos
cerrados, que asomar la cabeza a la ventanilla para preguntar dónde estaba a un postillón que no sábía
responder otra cosa que: non capisco!
Danglars continuó durmiendo, pensando que ya tendría tiempo de levantarse al llegar a la parada.
El carruaje se detuvo. Danglars pensó que llegaba por fin al término deseado. Abrió los ojos, miró a
través del vidrio, creyendo hallarse en medio de alguna ciudad, o por lo menos aldea, pero no vio más que
una casucha aislada y tres o cuatro hombres yendo y viniendo como sombras.
El banquero esperó un momento a que el postillón, que había acabado su parada, viniese a reclamarle el
coste de la posta. Creía poder aprovechar esta ocasión para pedir algunas noticias a su nuevo conductor,
pero se cambiaron los tiros sin que nadie pidiese nada al viajero. Danglars quedó asombrado, abrió la
portezuela, pero le rechazó bien pronto una mano vigorosa y la silla empezó a rodar.
El barón se levantó estupefacto.
-¡Eh! -dijo al postillón-. ¡eh!, mio caro!
Palabras italianas de una romanza que Danglars había retenido cuando su hija cantaba dúos con el
príncipe Cavalcanti.
Pero mio caro no respondió.
Danglars se contentó entonces con bajar el cristal.
-¡Eh!, amigo ¿dónde vamos? -dijo sacando la cabeza.
-Dentro la testa! -exclamó una voz grave a imperiosa, acompa.ñada de un grito de amenaza.
Danglars comprendió que dentro la testa quería decir: meted la cabeza. Hacía, como puede verse,
rápidos progresos en el italiano.
Obedeció, no sin inquietud, y como esta inquietud subía de punto a cada minuto que transcurría, al cabo
de algunos instantes su espíritu, en lugar del vacío que dijimos cuando se puso en camino, y que le
produjo el sueño, tenía pensamientos más propios unos y otros para despertar el interés del viajero, y
sobre todo de un viajero en la situación de Danglars. Sus ojos adquirieron en las tinieblas el brillo que les
confieren en el primer momento las emociones fuertes, y que se apaga al fin por haberse excitado
demasiado. Antes de tener miedo se ve claro. Mientras se tiene, se ve doble, después de haberle tenido se
ve turbio.
Danglars vio un hombre envuelto en una capa que galopaba junto a la portezuela de la derecha.
-Algún gendarme -dijo-. ¿Habré sido denunciado por los telégrafos franceses a las autoridades
pontificias?
Resolvió salir de esta ansiedad.
-¿Adónde me lleváis? -dijo.
-Dentro la testa! -repitió la misma voz con el propio acento de amenaza.
Danglars se volvió a la portezuela de la izquierda. Otro hombre a caballo galopaba al mismo lado.
-Evidentemente -se dijo Danglars con el sudor en el rostro-, he caído en una trampa.
Y se arrojó al fondo de la calesa, esta vez no para dormir, sino para soñar.
Poco después apareció la luna en el cielo.
Desde el fondo de la calesa echó una ojeada a la campiña. Volvió a ver entonces los grandes
acueductos, fantasmas de piedra que había notado al pasar, solamente que en vez de verlos a la derecha,
los tenía ahora a la izquierda. Creyó que habían dado media vuelta al carruaje, y que se le llevaba a Roma.
-¡Oh, desdichado de mí! -exclamó-, se habrá conseguido mi extradición.
El carruaje continuó corriendo con admirable velocidad. Pasó una hora terrible, porque a cada nuevo
indicio que se le ofrecía al paso, el fugitivo reconocía, a no dudarlo, que se le volvía atrás. En fin, no
volvió a ver la masa sombría contra la cual le pareció que el carruaje iba a estrellarse. Pero el carruaje se
ladeó, bordeando la masa sombría, que no era otra cosa que la cintura de muralla que envuelve a Roma.
-¡Oh!, ¡oh! -murmuró Danglars-, no entramos en la ciudad. Luego no es la justicia la que me detiene.
¡Gxan Dios!, otra idea, será posible…
Sus cabellos se erizaron. Acordóse entonces de las interesantes historias de los bandidos romanos, tan
poco creídas en París, y que Alberto de Morcef contaba a la señora Danglars y a Eugenia, cuando se
trataba de que el joven vizconde fuera yerno de una y marido de otra.
-¡Ladrones tal vez! -murmuró.
De repente, el carruaje rodó sobre alguna cosa más dura que el suelo de un camino enarenado. Danglars
aventuró una mirada a los dos lados del camino. Distinguió unos monumentos de una forma extraña, y su
pensamiento preocupado con la relación de Morcef, que al presente se le representaba en todos sus
pormenores, este pensamiento le dijo que debía estar sobre la vía Apia.
A la izquierda del carruaje, en un espacio del valle, distinguíanse unas ruinas de forma circular. Eran
las termas de Caracalla.
A una palabra del hombre que galopaba a la derecha del carruaje, éste se detuvo. Al mismo tiempo se
abrió la portezuela de la izquierda.
-¡Scendi! -dijo una voz.
Danglars se apeó inmediatamente. No hablaba todavía el italiano, pero lo entendía ya. Más muerto que
vivo, el barón miró en torno suyo. Cuatro hombres le rodeaban, sin contar el postillón.
-Di quá —dijo uno de ellos bajando por un pequeño sendero que conducía de la vía Apia al medio de
las anfractuosidades de la campiña de Roma.
Danglars siguió a su guía, sin oponer resistencia, y no tuvo necesidad de volverse para saber que era
seguido por otros tres hombres. Sin embargo, parecióle que éstos se quedaban como de centinela a
distancias iguales.
Después de diez minutos de marcha aproximadamente, durante los cuales Danglars no cambió una sola
palabra con su guía, se halló entre un cerro y un matorral. Tres hombres en pie y mudos formaban un
triángulo de que él era el centro.
Quiso hablar. Su lengua se le trabó.
-Avanti -dijo la misma voz con acento breve a imperativo.
Esta vez el banquero comprendió de dos modos, por la palabra y por el gesto, porque el hombre que
marchaba detrás le empujó tan rudamente hacia adelante que casi tropezó con su guía.
Este guía era nuestro amigo Pepino, que se deslizó por los matorrales en medio de una sinuosidad que
sólo los lagartos podían tener por un camino expedito.
Pepino se detuvo ante una roca coronada de una espesa mata. Esta roca, entreabierta, abrió paso al
joven, que desapareció como desaparece el diablo en algunos de nuestros sortilegios. La voz y el gesto del
que siguió a Danglars obligaron al banquero a hacer otro tanto. No cabía la menor duda. El quebrado
banquero francés tenía que habérselas con bandidos romanos.
Danglars obró como un hombre colocado entre dos males terribles y cuyo valor es excitado por el
mismo miedo. A pesar de su vientre, que le dificultaba el atravesar las anfractuosidades de la campiña de
Roma, se colocó tras de Pepino, y dejándose resbalar con los ojos cerrados, cayó a sus pies. Al tocar la
tierra volvió a abrir los ojos. El camino era largo, pero oscuro. Pepino, poco cuidadoso de ocultarse,
estando ahora en su casa, hizo lumbre y encendió una luz. Otros dos hombres bajaron tras de Danglars,
formando la retaguardia, y empujando al banquero cuando éste se detenía casualmente, le hicieron tomar
una pendiente suave por medio de una encrucijada de siniestra apariencia.
En efecto, las paredes de murallas, formando nichos sobrepuestos unos a otros, parecían en medio de
piedras blancas, abrir los ojos negros y profundos que se observan en las calaveras. Un centinela hizo
sonar con su mano los arreos de su carabina.
-¿Quién vive? -dijo.
-¡Amigos! ¡Amigos! -contestó Pepino-. ¿Dónde está el capitán?
-Allí -dijo el centinela, señalando por detrás de su espalda una gran cavidad abierta en la roca y cuya
luz se reflejaba en la entrada por sus ovaladas aberturas.
-Buena presa, capitán, buena presa-dijo Pepino en italiano.
Y cogiendo a Danglars por el cuello de la levita le condujo hacia una entrada, semejante a una puerta, y
por la cual se penetraba al punto donde el capitán parecía haber hecho su alojamiento.
-¿Es éste el hombre? -inquirió el capitán mientras leía con la mayor atención la Vída de Alejandro, por
Plutarco.
-El mismo, capitán, el mismo.
-Muy bien, mostrádmelo.
A esta orden imperativa, Pepino acercó tan bruscamente la luz al rostro de Danglars, que éste retrocedió
vivamente para no quemarse las cejas.
Su rostro trastornado ofrecía todos los síntomas de un terror indescriptible.
-Este hombre está cansado -dijo el capitán-, llévesele a la cama.
-¡Oh! -murmuró el banquero-, esa cama es probablemente uno de los nichos de la muralla, ese sueño es
la muerte que va a darme uno de los puñales que veo resplandecer.
En efecto, en las profundidades lóbregas de aquella cavidad inmensa veíanse agitarse sobre hierbas
secas y pieles de lobo, los compañeros del hombre a quien Alberto de Morcef había hallado leyendo los
Comentarios de César, y a quien Danglars encontraba leyendo la Vida de Alejandro.
El banquero lanzó un sordo gemido y siguió a su guía. No profirió súplica ni queja alguna. No tenía
fuerza, ni voluntad, ni poder, ni sentimiento; dejábase llevar.
Emprendió la marcha, y comprendiendo que tenía una escalera ante sí, levantó maquinalmente los pies
cuatro o cinco veces. Entonces se abrió ante él una puerta baja. Inclinóse instintivamente para no
romperse la frente, y se halló en una cavidad abierta en la roca viva.
Era regularmente formada, aunque sin muebles. Seca, aunque situada bajo la tierra, a una profundidad
inconmensurable.
Una cama de hierba seca, cubierta de pieles de cabra, estaba no hecha, sino tendida en un rincón del
cuarto.
Danglars, al verla, creyó hallar un símbolo inequívoco de su salvación.
-¡Oh! Dios sea loado -murmuró-, es una cama verdadera.
Por segunda vez en el término de una hora invocaba el nombre de Dios. No le había sucedido otro tanto
en diez años.
-Ecco -dijo el guía.
Y metiendo a Danglars en el cuarto, cerró la puerta tras de sí. Sonó un cerrojo; el banquero se hallaba
prisionero. Además, aunque no hubiera habido cerrojo, sólo san Pedro y teniendo por guía un ángel del
cielo, pudiera pasar por medio de la guarnición que ocupaba las catacumbas de San Sebastián, y que
acampaba con un jefe en quien nuestros lectores habrán desde luego reconocido al famoso Luigi Vampa.
Danglars había también reconocido al bandido cuya existencia no quiso creer cuando Morcef trató de
naturalizarlo en Francia. No sólo le había reconocido a él, sino también la celda en donde Morcef estuvo
encerrado, y que según todas las probabilidades era el alojamiento de los extranjeros.
Estos recuerdos, campo de cierto deleite en medio de todo para Danglars, le devolvieron la
tranquilidad. No habiéndole dado muerte en el primer momento los bandidos, no deberían tener intención
de matarle.
Habíasele detenido para robarle, y como no tenía más que unos luises, se le pediría rescate.
Acordóse de que Morcef había tenido que aprontar unos cuatro mil escudos, y como él mismo se creía
de una apariencia de mayor importancia que Morcef, calculó que se le exigiría doble suma.
Ocho mil escudos equivalían a cuarenta y ocho mil libras. Le quedarían aún unos cinco millones
cincuenta mil francos. Con esto se salía del paso en cualquier parte.
Así, pues, quedó casi seguro de salir del paso, teniendo en cuenta que no había ejemplo de que se
hubiese tasado nunca un hombre en cinco millones cincuenta mil libras. Danglars se echó en la cama, en
donde después de dar algunas vueltas a un lado y a otro, se durmió con la tranquilidad del héroe cuya
historia Luigi Vampa estaba leyendo. De todo sueño, si no es del que temía Danglars, se despierta. Danglars
se despertó. Para un parisiense habituado a cortinajes de seda, a paredes adamascadas, al perfume
que sale de las maderas delicadas de la chimenea y se extiende y baja de los techos de raso, despertar en
una gruta de piedra debe de ser un momento poco apacible. Al tocar las cortinas de piel de cabra,
Danglars debía creer que se hallaba entre lapones o cosa parecida. En tales circunstancias, un segundo
basta para convertir la mayor de las dudas en palpable certeza.
-Sí -murmuró-; estoy en poder de los bandidos de que habló Alberto de Morcef.
Su primer movimiento fue respirar para asegurarse de que no estaba herido. Era un medio que había
aprendido en Don Quijote, único libro no que había leído, sino que conservaba alguna cosa en la memoria.
-No -dijo-, no me han matado ni herido, pero ¿me habrán robado acaso?
Y metió la mano en los bolsillos. Estaban intactos. Los cien luises que se había reservado para hacer el
viaje de Roma a Venecia se hallaban en el bolsillo de su pantalón, y la cartera con la letra de cinco
millones cincuenta mil francos estaba en el bolsillo de la levita.
-¡Qué bandidos tan raros -se dijo-, que me han dejado mi bolsa y mi cartera! Como pensé ayer al
acostarme, van a ponerme a rescate. ¡Veamos!, ¡conservo también el reloj! Veamos la hora que es.
El reloj de Danglars, obra de Breguet, al que había cuidado de dar cuerda la víspera de su viaje,
señalaba las cinco y media de la mañana. Sin él, Danglars hubiera ignorado completamente la hora que
era, penetrando ya la luz del día en el aposento.
¿Sería preciso exigir una explicación de los bandidos? ¿Convendría esperar pacientemente a que se la
diesen? En tal alternativa, lo último era más prudente. Danglars esperó. Esperó hasta el mediodía. Durante
todo este tiempo un centinela había velado a su puerta. A las ocho de la mañana fue relevado.
Apoderóse de Danglars el deseo de ver quién le custodiaba.
Había notado que los rayos, no del día, sino de una lámpara, se filtraban por las hendiduras mal unidas
de la puerta. Acercóse a una de ellas en el momento mismo en que el bandido echaba algunos tragos de
aguardiente, los cuales, debido al pellejo que lo contenía, esparcían un olor repugnante para Danglars.
-¡Puf! -exclamó retrocediendo hasta el fondo de la habitación.
A mediodía, el hombre del aguardiente fue reemplazado por otro funcionario. Danglars tuvo la
curiosidad de ver a su nuevo guardián, y se acercó otra vez a la hendidura. Era un bandido de complexión
atlética, un Goliat de grandes ojos, labios gruesos, nariz aplastada. Su cabellera roja pendía por las
espaldas en mechas retorcidas, como culebras.
-¡Oh!, ¡oh! -dijo Danglars-, éste parece más bien un ogro que una criatura humana. En todo caso soy
perro viejo, soy duro de mascar.
Como se ve, Danglars no había perdido todavía el buen humor. En el mismo instante, como para
probarle que no era un ogro, su guardián se sentó frente a la puerta del cuarto, y sacó de su zurrón pan
negro, cebolla y queso, y se puso in continenti a devorarlos.
-¡Que me lleve el diablo! -dijo Danglars, echando a través de las hendiduras de la puerta una mirada a
1a comida del bandido-, el diablo me lleve si comprendo cómo pueden comerse semejantes porquerías.
Y fue a sentarse sobre las pieles, recordando en ellas el olor de aguardiente del primer centinela. Sin
embargo, la situación de Danglars era crítica, y los secretos de la naturaleza son incomprensibles. Hay en
ellos harta elocuencia en ciertas invitaciones materiales que dirigen las más groseras sustancias a los
estómagos vacíos.
Danglars sintió de pronto que el suyo lo estaba en este momento, y así vio al hombre menos feo, al pan
menos duro, al queso más fresco. En fin, las cebollas crudas, sucia alimentación del salvaje, le recordaron
ciertas salsas Robert, y cierta ropa vieja que su cocinero preparaba de una manera superior cuando
Danglars le decía: «Señor Deniseau, hágame para hoy un buen platito de canalla.»
Se levantó y fue a llamar a la puerta. El bandido levantó la cabeza. Al ver Danglars que le había oído,
volvió a llamar.
-Che cosa? -preguntó el bandido.
-¡Hola, amigo! -dijo Danglars, dando con los dedos contra la puerta-, ¡me parece que será tiempo que
se piense en darme de comer también a mí!
Pero sea que no comprendiese, sea que no tuviese órdenes relativas a la comida de Danglars, el gigante
continuó comiendo. Danglars sintió humillado su orgullo, y no queriendo meterse con semejante bruto, se
echó sobre las pieles sin decir nada más.
Transcurrieron cuatro horas. El gigante fue reemplazado por otro bandido. Danglars, que sentía fuertes
movimientos de estómago, se levantó despacio, aplicó en seguida el ojo a las hendiduras de la puerta y
reconoció la figura inteligente de su guía. Era, efectivamente, Pepino, que se preparaba a entrar de
guardia del mejor modo posible, sentándose frente a la puerta, y colocando entre ambas piernas una
cazuela que contenía, calientes y olorosos, guisantes fritos con tocino. Cerca de estos guisantes, Pepino
colocó un canastillo de racimos de Velletri, y una botella de vino de Orvieto. Seguramente Pepino era
inteligente. Viendo estos preparativos gastronómicos, el hambre atormentaba a Danglars.
-¡Ah!, ¡ah! -dijo-, veamos si éste es más tratable que el otro. -Y tocó pausadamente la puerta.
-Allá van -dijo en mal francés el bandido, que, frecuentando la casa del señor Pastrini, había acabado
por aprender aquella lengua hasta en sus modismos.
Y abrió en efecto.
Danglars le reconoció por el que le había gritado de una manera harto furiosa: “Meted la cabeza”. Pero
no era aquella hora para recriminaciones, y adoptó, por el contrario, el ademán más agradable, y con
graciosa sonrisa:
-Perdonad -le dijo-, pero ¿no se me dará de comer a mí también?
-¡Cómo, pues! -exclamó Pepino-. ¿Vuestra excelencia tendrá hambre acaso?
-¡Acaso! ¡Es magnífico! -murmuró Danglars-, hace veinticuatro horas justas que no como. Sí, señor
-añadió, levantando la voz-, tengo hambre, sobrada hambre.
-¿Y vuestra excelencia quiere comer?
-Al instante, si es posible.
-Nada más fácil -dijo Pepino-, aquí se proporciona todo, pagando, por supuesto, como se hace entre
buenos cristianos.
-¡Ni que decir tiene! -exclamó Danglars-, aunque en realidad, las gentes que detienen y aprisionan
deberían al menos alimentar a los prisioneros.
-¡Ah!, excelencia-repuso Pepino-, eso ya no se estila.
-No es mala la razón -siguió Danglars, contando ganar a su guardián con su amabilidad-, yo me
satisfago con ella. Veamos qué es lo que se me sirve de comer.
-En seguida, excelencia, ¿qué deseáis?
Y Pepino puso su escudilla en el suelo, de tal manera que el vapor subía directamente a las narices del
banquero.
-Mandadme -dijo.
-¿Hay cocina aquí? -preguntó Danglars.
-¿Que si hay cocina? ¡Cocina perfecta!
-¿Y cocineros?
-¡Excelentes!
-¡Y bien!, un pollo, un pescado, un ave, cualquier cosa, con tal que yo coma.
-Como desee vuestra excelencia. Pediremos un pollo, ¿no es verdad?
-Sí, un pollo.
Pepino, levantándose y asomándose a la puerta, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
-¡Un pollo para su excelencia!
La voz de Pepino resonaba aún por las bóvedas, cuando se presentó un joven, hermoso, esbelto, y
medio desnudo como los antiguos pescadores, llevando en un plato de plata un pollo delicadamente colocado.
-Se creería uno en el Café de Paiís -murmuró Danglars.
-¡Helo aquí, excelencia! -dijo Pepino, cogiendo el pollo de manos del joven bandido, y colocándolo en
una mesa carcomida, que con un asiento y la cama de pieles, formaba todo el ajuar de la celda.
Danglars pidió un cuchillo y un tenedor.
-¡Helo aquí, excelencia! -dijo Pepino, ofreciéndole un cuchillo pequeño de punta roma y un tenedor de
madera. Danglars tomó el cuchillo en una mano y el tenedor en la otra, y se puso a trinchar el ave.
-Dispensad, excelencia -dijo Pepino, pasando una mano por la espalda del banquero-, aquí se paga
antes de comer, para el caso de quedar luego descontentos.
-¡Ah!, ¡ah! -dijo para sí Danglars-, esto no es como en París. Me van a desollar probablemente, pero
hagamos las cosas en grande, veamos, he oído hablar del buen trato de la vida de Italia; un pollo debe de
valer doce sueldos en Roma. Tened -dijo en voz alta, y dio un luís a Pepino.
-Un momento, vuestra excelencia -dijo Pepino levantándose-, un momento, vuestra excelencia me
queda a deber aún alguna cosa.
-¡Cuando yo decía que habrían de desollarme! -murmuró Danglars. Luego, resuelto a sacar partido de
todo:- Veamos lo que se os debe por esa ave hética -prosiguió.
-Vuestra excelencia ha dado un luís a cuenta.
-¿Un luís a cuenta de un pollo?
-Claro está, a cuenta.
-Bien…, ¡veamos!, ¡veamos!
-No son más que cuatro mil novecientos noventa y nueve luises lo que me debe vuestra excelencia.
Danglars abrió espantado los ojos al oír tan pesada broma.
-¡Ah, bribón! -murmuró-, ¡bribón, por vida mía!
Y quiso ponerse a trinchar el pollo, pero Pepino le detuvo la mano derecha con la izquierda, y extendió
además la otra mano, diciendo:
-¡Vamos!
-¿Qué? ¿No os reís? -dijo Danglars.
-Aquí no reímos nunca, excelencia -contestó Pepino, serio como un cuáquero.
-¿Cien mil francos este pollo?
-Excelencia, es increíble el trabajo que cuesta criar aves en estas malditas grutas.
-¡Vamos!, ¡vamos! -dijo Danglars-, encuentro esto muy chistoso, muy divertido en verdad. Pero como
tengo hambre, dejadme comer. Tomad, he aquí otro luís para vos, amigo mío.
-Entonces no faltan más que cuatro mil novecientos noventa y ocho luises -dijo Pepino conservando la
misma sangre fría-, con paciencia todo se consigue.
-¡Oh!, lo que es eso -dijo Danglars, indignado de tan perseverante burla-, lo que es eso, jamás. Idos al
diablo, vos no sabéis quién soy yo.
Pepino hizo una señal, el criado echó las dos manos y llevóse en seguida el pollo. Danglars se tendió en
la cama de piel de lobo, Pepino cerró la puerta y se puso a comer los guisantes con tocino.
Danglars no podía ver lo que hacía Pepino, pero el ruido de sus dientes no debía dejarle duda acerca de
lo que estaba haciendo. Era evidente que comía, y que comía toscamente como un hombre mal criado.
-¡Avestruz! -dijo Danglars.
Pepino hizo que no oía nada, y sin volver la cabeza continuó comiendo con admirable calma. El
estómago de Danglars encontrábase en tal estado que no creía él mismo poder llegar a llenarlo nunca. Sin
embargo, tuvo paciencia por espacio de hora y media, que en realidad se le antojó un siglo. Levantóse y
fue de nuevo a la puerta.
-Vamos -siguió-, no me hagáis desfallecer más tiempo, y decidme al fin qué es lo que se quiere de mí.
-Decid más bien, excelencia, lo que queréis de nosotros… Dad vuestras órdenes y las ejecutaremos.
-Abridme primero.
Pepino abrió.
-¡Yo quiero-dijo Danglars-, por Dios! ¡Quiero comer!
-¿Tenéis hambre?
-De sobra lo sabéis.
-¿Qué quiere comer vuestra excelencia?
-Un pedazo de pan seco, puesto que los pollos están a tal precio en estas malditas cuevas.
-¡Pan!, sea-dijo Pepino-. ¡Eh!, pan-gritó.
El criado trajo un pedazo de pan.
-¡Helo aquí! -dijo Pepino.
-¿Qué vale? -preguntó Danglars.
-Cuatro mil novecientos noventa y ocho luises, estando ya otros dos pagados por anticipado.
-¡Cómo! ¡Un pan cien mil francos!
-Cien mil francos -dijo Pepino.
-¡Y no me pedíais más que cien mil francos por un pollo!
-No servimos por lista, sino a precio fijo. Cómase poco o mucho, pídanse diez platos o uno solo, el
coste es absolutamente igual.
-¡Una nueva burla! Querido amigo, os declaro que esto es absurdo, que esto es estúpido. Decid más
bien que al fin queréis que me muera de hambre, y es más sencillo.
-No, excelencia, vos sois quien queréis suicidaros. Pagad y comed, creedme.
-¿Conque he de pagar tres veces, bruto? -dijo Danglars exasperado-. ¿Crees que se llevan así cien mil
francos?
-Tenéis cinco millones cincuenta mil francos en vuestro bolsillo, excelencia -dijo Pepino-, que
equivalen a cincuenta pollos y medio.
Danglars se estremeció. Cayóle la venda de los ojos. Continuaba la misma broma, pero por fin acababa
de comprenderla. Es fácil conocer que no la encontraba tan sencilla como antes.
-Veamos -dijo-, veamos. ¿Dando esos cien mil francos, quedaréis satisfecho al menos, y podré comer a
mi placer?
-Sin duda -dijo Pepino.
-Pero ¿cómo darlos? -dijo el banquero respirando más libremente.
-Nada más fácil. Tenéis un crédito abierto en casa de Thonmson y French, calle de Banchi, en Roma.
Dadme un bono de cuatro mil novecientos noventa y ocho luises contra estos señores. Nuestro banquero
los recogerá.
Danglars quiso al menos asumir el aire de generoso. Tomó la pluma y el papel que le presentaba
Pepino, escribió la letra y firmó.
-Tened -dijo-, vuestro bono al portador.
-Y vos, el pollo.
Danglars trinchó el ave suspirando. Parecíale flaca para una suma tan crecida.
En cuanto a Pepino, leyó atentamente el papel, lo metió en el bolsillo y prosiguió comiendo sus
guisantes con tocino.
Al día siguiente Danglars volvió a tener hambre. El aire de aquella caverna despertaba a más no poder
el apetito. El prisionero creyó que en todo aquel día no tendría que hacer nuevos gastos. Como hombre
económico había ocultado la mitad del pollo y un pedazo de pan en un rincón del cuarto. Pero después de
comer tuvo sed. No había contado con ello. Luchó contra la sed hasta el momento en que sintió la lengua
reseca pegársele al paladar. Entonces llamó, no pudiendo resistir más tiempo el fuego que le consumía. El
centinela abrió la puerta; era una cara distinta. Pensó que mejor le sería entenderse con su antiguo
conocido y llamó a Pepino.
-Aquí me tenéis, excelencia -dijo el bandido presentándose con tal presteza que le pareció de buen
agüero a Danglars-, ¿qué queréis?
-Beber -contestó el prisionero.
-Excelencia -dijo Pepino-, ya sabéis que el vino no tiene precio en las cercanías de Roma.
-Dadme agua entonces -dijo Danglars, pensando salir del paso.
-¡Oh!, excelencia, el agua escasea aún más que el vino. ¡Hay tanta sequía!
-Vamos -dijo Danglars-, ¡volvéis a empezar, a lo que parece!
Y sonriéndose como en aire de broma, el desgraciado sentía humedecidas las sienes con el sudor.
-Vamos, vamos, amigo -dijo Danglars viendo que Pepino permanecía impasible-, os pido un vaso de
vino, ¿me lo negaréis?
-Os he dicho, excelencia -respondió gravemente Pepino-, que no vendemos al por menor.
-¡Y bien! , entonces dadme una botella.
-¿De cuál?
-Del menos caro.
-Todos son del mismo precio.
-¿Y cuál es?
-Veinticinco mil francos la botella.
-Decid -exclamó Danglars, con indescriptible amargura-, decid que queréis robarme y es más sencillo
que hacerlo así paso a paso.
-Es posible -dijo Pepino- que tal sea la intención del señor.
-¿Qué señor?
-Aquel a quien se os presentó anteayer.
-¿Dónde está?
-Aquí.
-Haced que lo vea.
-Es fácil.
Poco después, Luigi Vampa se hallaba ante Danglars.
-¿Me llamáis? -preguntó al prisionero.
-¿Sois el jefe de los que me han traído aquí?
-Sí, excelencia, ¿y qué?
-¿Qué queréis de mí por rescate? Decid.
-Nada más que los cinco millones que lleváis encima.
El banquero sintió oprimido el corazón con un pasmo terrible.
-No tengo más que eso en el mundo, resto de una inmensa fortuna. Si me lo quitáis, quitadme la vida.
-Tenemos prohibido derramar vuestra sangre, excelencia.
-¿Y quién os lo ha prohibido?
-El que manda en nosotros.
-¿Obedecéis a alguien?
-Sí, a un jefe.
-Creía que el jefe erais vos.
-Soy jefe de estos hombres, pero otro lo es mío.
-¿Y ese jefe obedece a alguien?
-Sí.
-¿A quién?
-A Dios.
Danglars permaneció un momento pensativo.
-No os comprendo -dijo.
-Es posible.
-¿Y es ese jefe el que os ha dicho que me tratéis de tal modo?
-Sí.
-¿Con qué objeto?
-Lo ignoro.
-Pero ¿desaparecerá mi bolsa?
-Es probable.
-Vamos -dijo Danglars-, ¿queréis un millón?
-No.
-¿Dos millones?
-No.
-¿Tres millones…?, ¿cuatro…?, veamos, ¿cuatro? Os lo doy a condición de que me pongáis en libertad.
-¿Por qué nos ofrecéis cuatro millones por lo que vale cinco? -dijo Vampa-, eso es una usura, señor
banquero, o no entiendo una palabra.
-¡Tomadlo todo! ¡Tomadlo todo!, os digo -exclamó Danglars-, o matadme.
-Vamos, vamos, calmaos, excelencia, os vais a alterar la sangre, y eso os dará apetito para comer un
millón por día, ¡sed más económico, demonio!
-¿Y cuando no tenga más dinero que daros? -exclamó Danglars exasperado.
-Entonces tendréis hambre.
-¿Tendré hambre? -dijo Danglars palideciendo.
-Probablemente -respondió Vampa con sorna.
-¿Decís que no queréis matarme?
-No.
-¿Y queréis dejarme morir de hambre?
-Sí, que no es lo mismo.
-¡Y bien, miserables! -exclamó Danglars-, haré fracasar vuestros infames planes. Morir por morir
prefiero acabar de una vez. Hacedme sufrir, torturadme, matadme, pero no conseguiréis mi firma.
-Como queráis, excelencia -dijo Vampa. Y salió.
Danglars se arrojó rabiando sobre las pieles de lobo.
¿Quiénes eran esos hombres? ¿Quién era ese jefe visible? ¿Quién era el jefe invisible? ¿Qué proyectos
les animaban contra él?, y cuando todo el mundo podía rescatarse, ¿por qué no podía él hacerlo?
¡Oh! , seguramente que la muerte, una muerte pronta y violenta, era un buen medio de burlar a los
enemigos encarnizados que parecían perseguir contra él una incomprensible venganza.
-¡Sí, pero morir!
Acaso por primera vez en su larga carrera, Danglars pensaba en la muerte con el deseo y el temor a la
vez de morir, pero había llegado el momento para él de detener la vista en el espectro implacable que va
en pos de toda criatura, y a cada pulsación del corazón le dice: ¡Morirás!
Danglars parecía una bestia feroz, acosada por la montería, desesperada después, y que a fuerza de su
desesperación, consigue finalmente evadirse. Pensó en la fuga, pero los muros eran la roca viva, y a la
única salida de la cueva se hallaba un hombre leyendo, por detrás del cual veíanse pasar y repasar
sombras armadas de fusiles.
Duróle dos días la resolución de no firmar, después de los cuales pidió de comer y ofreció un millón.
Tomáronselo y le sirvieron una suculenta comida.
Desde entonces la vida del desgraciado prisionero fue una tortura perpetua. Había sufrido tanto que no
quería exponerse a sufrir más, y cedía a todas las exigencias. Al cabo de cuatro días, una tarde que había
comido como en los tiempos de su mejor fortuna, echó sus cuentas y notó que era tanto lo gastado que no
le restaban más que cincuenta mil francos.
Entonces sufrió una reacción extraña. Acabando de perder cinco millones, trató de salvar los cincuenta
mil francos que le quedaban; antes que entregarlos, se propuso una vida de privaciones y llegó a entrever
momentos de esperanza que rayaban en locura. Teniendo olvidado a Dios después de mucho tiempo,
comenzó a creer que había obrado milagros, que la caverna podía hundirse, que los carabineros
pontificios podían descubrir aquel odioso encierro y salvarle. Pensó en los cincuenta mil francos que le
restaban, que eran una suma suficiente para preservarle del hambre, y rogó a Dios se los conservara, y
orando lloró.
Tres días transcurrieron de este modo, durante los cuales el nombre de Dios estuvo constantemente, si
no en su corazón, en sus labios. A intervalos tenía instantes de delirio, durante los cuales creía ver desde
las ventanas en una pobre choza un anciano agonizando en el lecho. Este viejo también moría de hambre.
El cuarto día no era un hombre, era casi un cadáver. Había recogido hasta las últimas migajas de sus
comidas, y comenzaba a devorar la estera que cubría el piso de la cueva.
Suplicó entonces a Pepino, como a un ángel guardián, le diese algún alimento, y le ofreció mil francos
por un pedazo de pan. Pepino no contestó.
El quinto día se arrastró hasta la entrada de la celda.
-¿No sois cristiano? -dijo incorporándose sobre las rodillas-, ¿queréis asesinar a un hombre que es
hermano vuestro ante Dios? ¡Oh!, ¡mis amigos de otro tiempo, mis amigos de otro tiempo! -murmuraba.
Y cayó con la frente en el suelo.
Luego, levantándose, gritó con una especie de desesperación:
-¡El jefe!, ¡el jefe!
-Heme aquí -dijo Vampa, apareciendo de repente-, ¿qué queréis otra vez?
-Tomad el oro que me queda -balbució Danglars entregándole la cartera-, y dejadme vivir aquí, en esta
caverna. No pido la libertad, sólo pido la vida.
-¿Entonces, sufrís mucho? -preguntó Vampa.
-¡Oh!, sí; sufro, sufro cruelmente.
-Hay, sin embargo, hombres que han sufrido más que vos.
-No lo creo.
-Sí; ¡por mi vida!, murieron de hambre.
El banquero acordóse entonces del anciano que, durante sus horas de alucinamiento, veía a través de las
ventanas de la pobre cabaña llorar en el lecho. Golpeóse la frente contra el suelo, dando un gemido.
-Sí -dijo-, es verdad. Hay quienes han sufrido más que yo, pero al menos eran mártires.
-¿Es que al fin os arrepentís? -dijo una voz sombría y solemne, que hizo erizarse los cabellos en la
cabeza de Danglars.
Su mirada débil trató de distinguir los objetos, y vio detrás del bandido un hombre envuelto en una
capa, y oculto tras una pilastra de piedra.
-¿De qué tengo que arrepentirme? -balbució Danglars.
-Del mal que me habéis hecho -dijo la misma voz.
-¡Oh, sí; me arrepiento, me arrepiento! -exclamó el banquero. Y se golpeó el pecho con el puño
desfallecido.
-Entonces os perdono -dijo el hombre soltando la capa y dando algunos pasos para colocarse ante la
luz.
-¡El conde de Montecristo! -dijo Danglars, más pálido de terror, que lo que estaba un momento antes de
hambre y de miseria.
-Os engañáis, no soy el conde de Montecristo.
-¿Quién sois, entonces?
-Soy el que habéis vendido, entregado, deshonrado, cuya mujer amada habéis prostituído, al que habéis
pisoteado para poder encumbraros y alzaros con una gran fortuna, cuyo padre habéis hecho morir de
hambre, a quien condenasteis a morir del mismo modo, y que, sin embargo, os perdona, porque tiene
asimismo necesidad de ser perdonado: soy ¡Edmundo Dantés!
Danglars lanzó un grito y cayó de rodillas.
-¡Levantaos! -dijo el conde-, tenéis salvada la vida. No han tenido igual suerte vuestros dos cómplices.
Uno está loco, otro muerto. Quedaos con los cincuenta mil francos que os restan, os los doy. En cuanto a
los cinco millones robados a los hospicios, les han sido ya restituidos por una mano desconocida. Ahora
comed y bebed. Esta noche os doy hospedaje.
Después, el conde se volvió y dijo:
-Vampa, cuando ese hombre esté satisfecho, que se vaya libremente.
Danglars permaneció prosternado mientras el conde se alejaba; cuando levantó la cabeza, solamente vio
una especie de sombra que desapareció por el corredor y ante la cual se inclinaban los bandidos.
Según había dispuesto el conde, Danglars se vio servido por Vampa, quien mandó traerle el mejor vino
y los más exquisitos manjares de Italia, y después, haciéndole montar en su silla de posta, le dejó en el
camino, arrimado a un árbol. Así permaneció sin saber dónde se hallaba. Entonces vio que estaba cerca de
un arroyo, y como tenía sed, se arrastró hasta él. Al bajarse para beber, vio en el espejo de las aguas que
sus cabellos se habían vuelto blancos.
Capítulo diecinueve
El 5 de octubre
Serían las seis de la tarde. Un horizonte de color de ópalo, matizado con los dorados rayos de un
hermoso sol de otoño, se destacaba sobre la mar azulada.
El calor del día había ido atenuándose poco a poco, y empezaba a sentirse la ligera brisa que parece la
respiración de la naturaleza exhalándose después de la abrasadora siesta del mediodía; soplo delicioso que
refresca las costas del Mediterráneo y lleva de ribera en ribera el perfume de los árboles, mezclado con el
acre olor del mar.
Sobre la superficie del lago que se extiende desde Gibraltar a los Dardanelos, y de Túnez a Venecia,
una embarcación ligera, de forma elegante, se deslizaba a través de los primeros vapores de la noche. Su
movimiento era el del cisne que abre sus alas al viento surcando las aguas. Avanzaba rápido y gracioso a
la vez, dejando en pos de sí un surco fosforescente.
Lentamente, el sol, cuyos últimos rayos hemos saludado, desapareció por el horizonte occidental, pero
como para secundar los sueños brillantes de la mitología, sus fuegos indecisos, reapareciendo en la cima
de cada ola, parecían revelar que el dios de la luz acababa de ocultarse en el seno de Anfítrite, quien
procuraba en vano guardar a su amante entre los pliegues de su azulado manto.
El barco avanzaba velozmente, aunque al parecer, apenas hacía viento para sacudir los rizados bucles
de una joven. En pie sobre la proa, un hombre alto, de tez bronceada, ojos dilatados, veía acercarse hacia
él la tierra bajo la forma de una masa sombría en forma de cono, y saliendo del medio de las olas como un
ancho sombrero catalán.
-¿Está ahí la isla de Montecristo? -preguntó con una voz grave, impregnada de profunda tristeza, el
viajero a cuyas órdenes parecía estar en aquel momento la embarcación.
-Sí, excelencia -respondió el patrón-; ya llegamos.
-¡Llegamos! -murmuró el viajero con un acento indefinible de melancolía.
Luego añadió en voz baja:
-Sí; éste será el puerto.
Y se sumergió en sus meditaciones, que se revelaban con una sonrisa más triste aún que lo hubiesen
sido las mismas lágrimas.
Unos minutos más tarde se distinguió en tierra una llama, que se apagó al instante, y el estampido de un
arma de fuego llegó hasta el barco.
-Excelencia -dijo el patrón-, he ahí la señal, ¿queréis responder vos mismo?
-¿Qué señal? -preguntó.
El patrón extendió la mano hacia la isla, desde cuyas orillas ascendía una larga y blanquecina columna
de humo, que se iba extendiendo sensiblemente en la atmósfera.
-¡Ah!, sí -dijo, como saliendo de un sueño-, dadme…
El patrón le entregó una carabina cargada. El viajero la tomó, apuntó hacia arriba y la disparó al aire.
Diez minutos después se amainaba la vela, y se echaba el ancla a quinientos pasos del puerto.
El bote estaba ya en el mar con cuatro remeros y el photo. El viajero bajó, y en vez de sentarse en la
popa guarnecida para él de un tapiz azul, se mantuvo en pie con los brazos cruzados.
Los remeros esperaban con los remos medio levantados, como aves que ponen a secar las alas.
-¡Avante! -dijo el viajero.
Los ocho remos cayeron al mar de un solo golpe, y sin hacer saltar una chispa de agua. Después la
barca, cediendo al impulso, se deslizó rápidamente.
En seguida entró en una pequeña ensenada, formada por una abertura natural. La barca tocó en un
fondo de arena fina.
-Excelencia -dijo el piloto-, subid a espaldas de dos de nuestros hombres, que os llevarán a tierra.
El joven respondió a esta invitación con un gesto de completa indiferencia. Sacó las piernas de la barca
y se dejó deslizar en el agua, que le llegó hasta la cintura.
-¡Ah, excelencia! -murmuró el piloto-, habéis hecho mal, y el señor os censurará por ello.
El joven continuó marchando hacia la ribera, detrás de dos marineros que habían encontrado el mejor
fondo.
A los treinta pasos llegaron a tierra. El joven sacudió los pies y comenzó a buscar el camino que se le
indicaba en medio de las tinieblas de la noche. En el momento en que volvía la cabeza, sintió una mano
sobre el hombro y una voz que le hizo estremecer.
-Buenas noches, Maximiliano -le dijo la voz-, veo que sois puntual, gracias.
-¡Vos, conde! -exclamó el joven con un movimiento, expresión más que de otra cosa de alegría, y
estrechando entre sus dos manos la de Montecristo.
-Sí, ya lo veis, tan puntual como vos, pero estáis no sé cómo, caro amigo. Es preciso transformaros,
como diría Calipso a Telémaco. Venid, pues. Hay por aquí una habitación preparada para vos, y en la cual
olvidaréis las fatigas y el frío.
Montecristo vio que Morrel se volvía, y esperó.
El joven, en efecto, veía con sorpresa que ni una sola palabra le habían dicho sus conductores, a los
cuales no había pagado, y sin embargo, partían. Oíanse ya los movimientos de los remos del bote que
volvía hacia la embarcación.
-¡Ah, sí! -dijo el conde-, ¿buscáis a vuestros marineros?
-Sin duda, nada les he dado y no obstante han partido.
-No penséis en eso, Maximiliano -dijo sonriéndose Montecristo-, tengo un contrato con la marina para
que el acceso de mi isla quede libre de todo gasto de viaje. Soy su abonado, como se dice en los países
civilizados.
Morrel miró al conde con admiración.
-Conde -le dijo-, no sois el mismo aquí que en París.
-¿Cómo es eso?
-Sí; aquí os reís.
La frente de Montecristo se ensombreció.
-Tenéis razón en recordármelo, Maximiliano -dijo-, volveros a ver es una ventura para mí, y olvidaba
que toda ventura es pasajera.
-¡Oh!, no, no, conde -exclamó Morrel volviendo a asir las manos de su amigo-, reíd, por el contrario;
sed dichoso y probadme con vuestra indiferencia que la vida no es mala sino para los que sufren.
¡Oh!, sois benéfico, bueno, grande, amigo mío, y para darme valor afectáis esa alegría.
-Os equivocáis, Morrel -dijo el conde-, es que en efecto soy feliz.
-Vamos, os olvidáis de mí, ¡tanto mejor!
-¿Cómo?
-Sí, porque ya lo sabéis amigo. Como el gladiador cuando entraba en el circo decía al emperador, os
digo: «El que va a morir lo saluda. »
-¿No estáis consolado? -preguntó Montecristo, con una expresión particular.
-¡Oh! -dijo Morrel, con una mirada llena de amargura-, ¿suponéis acaso que puedo estarlo?
-Escuchad -prosiguió el conde-, comprendéis bien el sentido de mis palabras, ¿no es verdad,
Maximiliano? No me tenéis por un hombre vulgar, por una urraca que pronuncia frases vagas y vacías de
sentido. Al preguntaros si estáis consolado, os hablo como hombre para quien el corazón humano no tiene
secretos. Y bien, Morrel, bajemos juntos al fondo de vuestro corazón y sondeémosle. ¿Siente aún la
fogosa impaciencia del dolor que hace estremecer el cuerpo, como se estremece el león picado por el
mosquito? ¿O sufre esa sed devoradora que no se acaba hasta el sepulcro? ¿O la idealidad del recuerdo ya
irrealizable que lanza al vivo en pos de la muerte? ¿O tan sólo la postración del valor agotado, el tedio
que apaga los rayos de esperanza que quisieran lucir de nuevo? ¿O la pérdida de la memoria junto con la
impotencia para el llanto? ¡Oh!, querido amigo, si esto es así, si no podéis llorar, si creéis muerto vuestro
corazón embotado, si no encontráis fuerza más que en Dios, miradas más que para el cielo, amigo,
dejemos a un lado las palabras harto mezquinas para la comprensión de nuestra alma. Maximiliano, estáis
consolado, dejad, pues de lamentaros.
-Conde -dijo Morrel con una voz dulce y firme al mismo tiempo-, conde, escuchadme, como se escucha
al hombre que habla con el dedo extendido hacia la tierra, con los ojos levantados al cielo. He venido
cerca de vos para expirar en brazos de un amigo. Hay, es cierto, personas a quienes amo. Amo a mi
hermana Julia, a su esposo Manuel, mss necesito que se abran unos brazos fuertes y se me estreche en
ellos en mis últimos instantes. Mi hermana se desharía en lágrimas y se acongojaría. La vería sufrir, y ¡he
sufrido yo tanto! Manuel me arrancaría el armx de las manos y atronaría la casa con sus destemplados
gritos. Vos, conde, cuya palabra me esclaviza, que sois más que hombre, a quien llamaría dios si no
fueseis mortal. Vos, vos meconduciréis dulcemente y con ternura, ¿no es verdad?, hasta las puertas de la
muerte.
-Amigo -repuso el conde-, me queda aún una duda: ¿tendréis tan poca fuerza que empeñéis vuestro
orgullo en exhalar vuestro dolor?
-No; mirad, soy sincero -dijo Morrel tendiendo la mano al conde-, y mi pulso no late más ni menos
débil que de costumbre. No; me siento al término del camino. No, no procederé más allá. Me habéis
hablado de aguardar, de esperar, ¿sabéis lo que habéis hecho, desventurado sabio? ¡He esperado un mes,
es decir, que he sufrido un mes! He esperado, ¡el hombre es pobre y miserable criatura! He esperado, ¿y
qué? No lo sé, ¡algo desconocido, absurdo, insensato!, un milagro…, ¿cuál? Dios sólo puede decirlo, que
ha envuelto nuestra razón con la locura que se llama esperanza. Sí; he estado esperando. Sí; he esperado,
conde, y en un cuarto de hora que hace que hablamos esta vez, me habéis, sin saber, partido, torturado el
corazón cien veces, porque cada una de vuestras palabras me prueban que no hay esperanza para mí. ¡Oh,
conde, cuán dulce y voluptuoso sería el descanso de la muerte!
Estas últimas palabras fueron pronunciadas por Morrel con una explosión de alegría que hizo
estremecer al conde.
-Amigo mío -continuó Morrel, viendo que el conde callaba-, me designasteis el 5 de octubre como
término del plazo definitivamente convenido… ; amigo mío, hoy es el 5 de octubre. ..
Y sacó el reloj.
-Son las nueve; todavía me quedan tres horas de vida.
-Sea -respondió el conde-, venid.
Morrel siguió maquinalmente al conde, y estaban ya en la gruta, sin que Maximiliano se hubiese dado
cuenta de ello. Vio alfombras bajo sus pies, y abierta una puerta de donde se exhalaban delicados
perfumes. Una luz resplandeciente hirió sus ojos. Morrel se detuvo dudoso sin seguir adelante.
Desconfiaba de las delicias mágicas que le rodeaban. Montecristo le atrajo dulcemente.
-¿Será preciso -dijo-, que empleemos las tres horas que nos restan, como los antiguos romanos, que,
condenados por Nerón, su emperador y heredero, se sentaban a la mesa coronados de flores y aspiraban la
muerte con el perfume de los heliotropos y de las rosas?
-Como gustéis -respondió Morrel-, la muerte es siempre la muerte, es decir, el reposo, es decir, la
ausencia de la vida, y por consiguiente del dolor.
Sentóse, y Montecristo enfrente de él.
Estaban en el maravilloso comedor que hemos descrito, y en donde estatuas de mármol sostenían en la
cabeza canastillos siempre llenos de flores y de frutas. Morrel lo había mirado todo vagamente,
probablemente sin ver nada.
-Hablemos -dijo, mirando finalmente al conde.
-¡Hablad! -le respondió éste.
-Conde -repuso Morrel-, sois el compendio de todos los conocimientos humanos, y me parecéis bajado
de un mundo más adelantado y sabio que el nuestro.
-Hay algo de cierto en eso -dijo el conde, con la sonrisa melancólica que confería a su rostro destellos
de inefable bondad-, he bajado de un planeta que llaman el dolor.
-Creo todo lo que me decís, sin tratar de investigar su sentido, conde; y la causa de ello es porque me
habéis dicho que viva y he vivido, porque me habéis dicho que espere y he esperado. Osaré preguntaros
como si hubieseis muerto alguna vez: ¿Conde, es eso un mal?
Montecristo miraba a Morrel con una inefable expresión de ternura.
-Sí -dijo-, sí, sin duda; eso es un mal si rompéis brutalmente la capa mortal que os reclama
obstinadamente la vida. Si desgarráis vuestra carne con la imperceptible punta de un puñal, si abrís con
una bala siempre insegura vuestra cabeza, sensible al más leve dolor, ciertamente que sufriréis, y dejaréis
odiosamente la vida, hallándola en medio de una agonía desesperada, mejor que un reposo a tanta costa
comprado.
-Sí, lo comprendo -dijo Morrel-; la muerte, como la vida, tiene secretos de dolor y de voluptuosidad.
Todo estriba en conocerlos.
-Exacto, Maximiliano. Acabáis de decir una gran verdad. La muerte es según el cuidado que tomamos
de ponernos bien o mal con ella: o una amiga que nos mece dulcemente como una nodriza, o una enemiga
que nos arranca con violencia el alma del cuerpo. Un día, cuando el mundo haya vivido un millar de años
más, y se haya hecho dueño de todas las fuerzas destructoras de la naturaleza para aprovecharlas en el
bienestar general de la humanidad, cuando el hombre conozca, como decíais no ha mucho, los secretos de
la muerte, será ésta tan dulce y voluptuosa como el sueño en los brazos de la mujer querida.
-Y si quisierais morir, conde, ¿sabríais hacerlo de ese modo?
-Sí.
Morrel le tendió la mano.
-Comprendo ahora -dijo- por qué me habéis citado aquí, en esta isla perdida en medio del Océano, en
este palacio subterráneo,
sepulcro que envidiaría Faraón. Es porque me queréis, ¿no es así, conde?, ¿es que me queréis lo
suficiente, para procurarme una de esas muertes de que me habláis, una muerte sin agonía, una muerte
que me permita desahogarme pronunciando el nombre de Valentina, y estrechándoos la mano?
-Sí; habéis adivinado, Morrel -dijo el conde con sencillez-, y así es como lo comprendo.
-Gracias, la idea de que mañana no sufriré más resulta consoladora para mi angustiado corazón.
-¿No dejáis a nadie? -preguntó Montecristo.
-¡No! -respondió Morrel.
-¿Ni siquiera a mí? -repuso el conde con emoción profunda.
Morrel quedó suspenso. Sus claros ojos se nublaron de pronto, y brillaron luego con vívida llama,
brotando de ellos una lágrima que rodó abriendo un surco plateado en su mejilla.
-¡Cómo! -dijo el conde-, ¡os queda un recuerdo en la tierra y morís…!
-¡Oh!, por favor -exclamó Morrel con voz apagada-, ¡ni una palabra más, conde, no prolonguéis mi
suplicio!
Montecristo creyó que Morrel iba a entrar en delirio.
Esta creencia de un instante resucitó en él la horrible duda sepultada ya una vez en el castillo de If.
Pensó devolver este hombre a la ventura, mirando tal restitución como un peso echado en la balanza
para compensación del mal que pudiera haber derramado.
«Ahora -pensó el conde-, si yo me equivocase, si este hombre no fuera tan desgraciado que mereciese
la ventura, ¡ay!, ¡qué sería de mí que no puedo olvidar el mal sino representándome el bien! »
-Escuchad, Morrel -dijo-, vuestro dolor es inmenso, me doy cuenta, pero, sin embargo, creéis en Dios,
y no querréis arriesgar la salvación del alma.
Morrel se sonrió con tristeza.
-Conde -dijo-, sabéis que no entro fríamente en los espacios de la poesía; pero, os lo juro, mi alma no es
mía.
-Escuchad, Morrel -dijo el conde-, no tengo pariente alguno en el mundo, ya lo sabéis. Me he
acostumbrado a miraros como hijo, ¡y bien!, por salvar a mi hijo, sacrificaría mi vida, cuanto más mi fortuna.
-¿Qué queréis decir?
-Quiero decir, Morrel, que atentáis a vuestra vida porque no conocéis todos los goces que ofrece una
gran fortuna. Morrel, poseo cerca de cien millones, os los doy. Con tal fortuna podéis esperar todo lo que
os propongáis. ¿Sois ambicioso?, todas las carreras os serán abiertas. Revolved el mundo, cambiad su faz,
entregaos a prácticas insensatas, sed criminal si es preciso, pero vivid.
-Conde, cuento con vuestra palabra -respondió fríamente Morrel, y añadió, sacando el reloj-,son las
nueve y media.
-¡Morrel! ¿Insistís?, ¿a mi vista?, ¿en mi casa?
-Dejadme marchar, entonces –dijo Maximiliano, profundamente sombrío-, o creeré que no me amáis
sino por vos.
Y se puso en pie.
-Está bien -dijo el conde, cuyo rostro pareció iluminarse-, lo queréis, Morrel, y sois inflexible. ¡Sí!, sois
profundamente desgraciado, y lo habéis dicho, sólo puede remediaros un milagro. Sentaos y esperad,
Morrel.
Morrel obedeció. Montecristo se levantó a su vez y fue a buscar a un armario cuidadosamente cerrado,
y cuya llave llevaba suspendida de una cadena de oro, un cofrecito de plata primorosamente cincelado,
cuyos ángulos representaban cuatro figuras combadas, parecidas a esas cariátides de formas ideales,
figuras de mujer, símbolos de ángeles que aspiran al cielo. Colocó el cofre encima de la mesa. Luego,
abriéndolo, sacó una cajita de oro, cuya tapa se levantaba apretando un resorte secreto.
Esta caja contenía una sustancia untuosa medio sólida, cuyo color era indefinible, a causa del reflejo del
oro bruñido, de los zafiros, rubíes y esmeraldas que la guarnecían, mezcla de azul, de púrpura y oro. El
conde tomó entonces una pequeña cantidad de esta sustancia con una cuchara de plata sobredorada, y la
ofreció a Morrel, mirándole fijamente largo tiempo. Pudo verse entonces que esta sustancia era de un
color verdoso.
-He aquí lo que me habéis pedido -dijo-. He aquí lo que os he prometido.
-Viviendo aún -dijo el joven, al tomar la cuchara de manos del conde-, os doy las gracias desde el
fondo de mi corazón.
El conde cogió otra cuchara y la metió también en la caja de oro.
-¿Qué vais a hacer, amigo? -inquirió Morrel, deteniéndole la mano.
-A fe mía, Morrel -le dijo sonriéndose-, creo, y Dios me lo perdone, que estoy tan cansado de la vida
como vos, y puesto que la ocasión se presenta…
-¡Alto! -exclamó el joven-. ¡Vos que amáis, que sois amado, que tenéis fe y esperanza! ¡Oh, no hagáis
lo que yo voy a hacer! ¡En vos sería un crimen! ¡Adiós, mi noble y generoso amigo, adiós! Voy a decir a
Valentina todo lo que habéis hecho por mí.
Y lentamente, sin otro movimiento que el de una contracción de la mano izquierda que tendía a
Montecristo, Morrel tomó o más bien saboreó la misteriosa sustancia que le había ofrecido el conde.
En este momento quedaron ambos silenciosos. Alí, también callado y atento, les dio tabaco, sirvió el
café y desapareció.
Poco a poco, las lámparas palidecieron en las manos de las estatuas de mármol que las sostenían, y el
perfume de los pebeteros pareció menos penetrante a Morrel. Sentado frente a él, el conde le miraba
desde el fondo de la sombra, y Morrel no veía brillar más que los ojos de Montecristo.
Apoderóse del joven un dolor inmenso. Sentía caerse el servicio de café de las manos. Los objetos iban
perdiendo insensiblemente su forma y sus colores. Sus ojos turbados veían abrirse como puertas y cortinas
en las paredes.
-Amigo -dijo-, conozco que me muero. Gracias.
Realizó un esfuerzo por tenderle por segunda vez la mano, pero sin fuerza se dejó caer sobre él.
Entonces le pareció que Montecristo se sonreía, no con la risa extraña a impresionante que le había
dejado entrever muchas veces los misterios de su alma profunda, sino con la compasiva bondad que
tienen los padres para con sus hijos extraviados. Al mismo tiempo el conde crecía a sus ojos. Su estatura,
casi doble, se dibujaba sobre las pinturas rojas; había echado hacia atrás sus negros cabellos y se
presentaba alto a imponente como uno de esos ángeles que amenazarán a los pecadores el día del juicio
eterno.
Morrel, abatido, desconcertado, se tendió en un sofá. Advertíase entorpecimiento en la circulación de la
sangre, ya algo azulada. Su cabeza experimentaba un trastorno en las ideas.
Tendido, enervado, anhelante, Morrel no sentía en sí nada de vivo más que un sueño. Parecía entrar
decididamente en el vago delirio que precede al estado desconocido que llamamos muerte. Trató de
tender nuevamente al conde la mano, pero carecía ya de movimiento. Quería decirle ya un adiós supremo,
y su lengua se agitó sordamente en su garganta, como la losa al cerrar el sepulcro.
Sus ojos, llenos de languidez, se cerraron a pesar suyo; sin embargo, en derredor de sus párpados se
agitaba una imagen que reconoció a pesar de la oscuridad en que se creía envuelto. Era el conde que acababa
de abrir una puerta. De pronto, una claridad inmensa resplandeció en la cámara contigua, o más bien
en un palacio encantado, inundando la sala donde Morrel se abandonaba a una dulce agonía.
Entonces vio aparecer a la puerta de la cámara, en el límite de ambas estancias, una mujer de
maravillosa belleza. Pálida y sonriéndose dulcemente, parecía un ángel de misericordia, conjurando al
ángel de las venganzas.
«¿Será el cielo que se abre para mí? -pensó el moribundo-; este ángel se parece al que he perdido.»
Montecristo señaló con el dedo a la joven el sofá donde estaba Morrel. La joven dirigióse hacia él con
las manos juntas y la sonrisa en los labios.
-¡Valentina! ¡Valentina! -exclamó Morrel desde el tondo de su alma.
Pero su boca no articuló sonido alguno, y como si todas sus fuerzas se concentrasen en esta emoción
interior, dio un suspiro y cerró los ojos. Valentina se precipitó sobre él. Los labios de Morrel hicieron
todavía un movimiento.
-Os llama -dijo el conde- desde el fondo de su sueño aquel a quien habíais confiado vuestro destino y la
muerte ha querido separaros. Pero esto ha sido por vuestro bien. Yo he vencido la muerte. Valentina, en
lo sucesivo no debéis separaros más sobre la tierra, puesto que para encontraros se precipitaba en .el
sepulcro. Sin mí moriríais los dos. Os devuelvo el uno al otro. ¡Así Dios me tenga en cuenta las dos
existencias que ahora salvo!
Valentina asió la mano de Montecristo y en un irresistible impulso de alegría la llevó a sus labios.
-¡Oh, perdonadme! -dijo el conde-. ¡Oh, repetidme, sin cansaros de repetírmelo! ¡Repetidme que os he
hecho dichosa! No sabéis cuánta necesidad tengo de la seguridad de vuestras palabras.
-¡Oh, sí, sí, os lo agradezco con toda mi alma! -dijo Valentina-, y si dudáis de mis palabras, ¡ay!,
preguntádselo a Haydée, a mi querida hermana Haydée, que después de nuestra partida de Francia me ha
hecho esperar resignada, hablándome de vos, el venturoso día que hoy luce para mí.
-¿Conque amáis a Haydée? -preguntó Montecristo con una emoción que en vano se esforzaba en
disimular.
-¡Oh!, con toda mi alma.
-Escuchad entonces, Valentina -dijo el conde-; tengo una gracia que pediros.
-¡A mí, gran Dios! ¿Seré tan dichosa?
-Sí; habéis llamado a Haydée vuestra hermana; séalo en efecto. Valentina, dadle todo lo que creáis
deberme a mí. Protegedla, Morrel y vos, porque -la voz del conde pareció ahogarse en su garganta- en
adelante quedará sola en el mundo…
-¡Sola en el mundo! -repitió una voz detrás del conde-, ¿y por qué?
Montecristo se volvió.
Haydée estaba en pie, pálida y helada, mirando al conde con expresión de profundo estupor.
-Porque mañana, hija mía, estarás libre -respondió el conde-, porque recobrarás en el mundo el puesto
que lo es debido, porque no quiero que mi destino oscurezca el tuyo. ¡Hija de príncipe, lo devuelvo las
riquezas y el nombre de lo padre!
Haydée palideció, abrió las manos diáfanas como hace la virgen que se encomienda a Dios y con una
voz trémula por las lágrimas:
-¿Veo, señor, que me abandonas? -dijo.
-¡Haydée! Haydée! Eres joven, eres bella, olvídate hasta de mi nombre y sé dichosa.
-Perfectamente -dijo Haydée-; tus órdenes serán cumplidas. Olvidaré hasta lo nombre y seré dichosa.
Y dio un paso atrás para retirarse.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó Valentina, sosteniendo con su espalda la cabeza inmóvil de Morrel-, ¿no veis
su palidez, no comprendéis lo que sufre?
Haydée le dijo con una expresión desgarradora:
-¿Por qué quieres, hermana mía, que me comprenda? Es mi señor, soy su esclava; tiene derecho a no
ver, a no comprender nada.
El conde tembló a los acentos de esta voz que hizo vibrar hasta las fibras más secretes de su corazón.
Sus ojos se encontraron con los de la joven y no pudieron resistir su resplandor.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -dijo-, ¿será verdad lo que me habíais dejado sospechar? Haydée, ¿serías
dichosa en no abandonarme?
-Soy joven -respondió con dulzura-; amo la vida que me ha hecho siempre tan venturosa, y sentiría
morir.
-Lo cual quiere decir que si yo lo dejo, Haydée…
-¡Moriré, señor, sí!
-¿Conque me amas?
-¡Oh, Valentina, pregunta si le amo! ¡Valentina, dile tú si amas a Maximiliano!
Montecristo sintió desahogado el pecho y dilatado el corazón. Abrió los brazos: gaydée se lanzó en
ellos dando un grito.
-¡Oh, sí, lo amo! -dijo-, lo amo como se ama a un padre, a un hermano, a un esposo! ¡Te amo como se
ama a Dios, porque eres para mí el más bello, el mejor y el más grande de los seres creados!
-¡Sea como tú quieres, ángel querido! -dijo el conde-, Dios, que me levantó contra enemigos y me dio
la victoria; Dios, lo veo bien, no quiere que sea el arrepentimiento el término de mis triunfos. Yo quería
castigarme; Dios quiere perdonarme. Ama, pues, ¡Haydée! ¿Quién sabe? Tu amor acaso logre hacerme
olvidar lo que es necesario que olvide.
-¿Y qué dices tú, señor? -preguntó la joven.
-Digo que una palabra tuya, Haydée, me ha enseñado más que veinte años de lenta experiencia. ¡No
tengo más que a ti en el mundo, Haydée; por ti vuelvo a la vida; por ti puedo sufrir, por ti puedo ser
dichoso!
-¿Lo oyes, Valentina? -exclamó Haydée-; dice que por mí puede sufrir, ¡por mí, que por él daría la
vida!
El conde quedó un instante pensativo.
-¿Habré entrevisto la verdad? -dijo-. ¡Oh! ¡Dios mío! No importa: recompensa o castigo, acepto este
destino. Ven, Haydée, ven…
Y estrechando con su brazo el talle de la joven, apretó la mano a Valentina, y desapareció.
Transcurrió aproximadamente una hora, durante la cual, muda, anhelante, con los ojos fijos,
permaneció Valentina al lado de Morrel. Al cabo sintió que palpitaba su corazón; que un soplo
imperceptible abrió sus labios y advirtió el estremecimiento que anunciaba la vuelta a la vida en todo el
cuerpo del joven. Al fin, abriéronse sus ojos, pero fijos primero, recobró luego la vista clara, real y, con la
vista, la sensibilidad; con la sensibilidad el dolor.
-¡Oh! -exclamó con el acento de la desesperación-, vivo aún; ¡el conde me ha engañado!
Y su mano se tendió sobre la mesa y cogió un cuchillo.
-Amigo -dijo Valentina con su adorable sonrisa-, despierta ya y mira hacia mí.
Morrel dio un gran grito, y delirante, lleno de dudas, desvanecido como por una visión celeste, cayó
sobre las rodillas.
Al siguiente día, al despuntar la aurora, Morrel y Valentina se paseaban por la costa cogidos del brazo.
La joven le contaba cómo Montecristo se había presentado en su cámara, revelándoselo todo, cómo le
había hecho comprender el crimen y, finalmente, la salvó milagrosamente del sepulcro, al propio tiempo
que la hacía creer que estaba muerta.
Hallando abierta la puerta de la gruta, salieron a dar un paseo. Lucían aún en el cielo las últimas
estrellas de la noche. Morrel percibió entre las sombras de un grupo de rocas un hombre que esperaba una
señal para acercarse a ellos y se lo mostró a Valentina.
-¡Es Jacobo -dijo-, el capitán!
Y le llamó con una seña.
-¿Tenéis algo que decirnos? -le preguntó Morrel.
-Tengo que entregaros esta carta de parte del conde.
-¡Del conde! -murmuraron a la vez los dos jóvenes.
-Sí, leed.
Morrel la abrió y leyó:
Mi querido Maximiliano: Hay una falúa anclada para vos. Jacobo os llevará a Uorna, donde el señor
Noirtier espera a su hija para bendecirla antes de que os acompañe al altar. Todo cuanto hay en esta
gruta, amigo mío, mi casa de los Campos Elíseos y mi castillo de Treport, son el regalo de boda que hace
Edmundo Dantés al hijo de su patrón Morrel. La señorita de Villefort aceptará la mitad, pues le suplico
dé a los pobres de París toda la fortuna que adquiera de su padre, loco, y de su hermanó, fallecido en
septiembre último con su madrastra.
Decid al ángel que va a velar por vuestra vida, Morrel, que ruegue alguna vez por un hombre que,
semejante a Satanás, se creyó un instante igual a Dios, y ha reconocido con toda la humildad de un cristiano,
que sólo en manos de la Providencia está el poder supremo y la sabiduría infinita. Sus oraciones
endulzarán quizás el remordimiento que lleva en el fondo de su corazón.
En cuanto a vos, Morrel, he aquí el secreto de mi conducta. No hay ventura ni desgracia en el mundo,
sino la comparación de un estado con otro, he ahí todo.
Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso
haber querido morir, amigo mío, para saber cuán buena y hermosa es la vida.
Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día en que
Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras:
¡Confiar y esperar!
Vuestro amigo,
Edmundo Dantés, Conde de Montecristo.
Durante la lectura de esta carta, que le revelaba la locura de su padre y la muerte de su hermano,
Valentina palideció; un suspiro doloroso se exhaló de su pecho y lágrimas que no eran menos amargas
por ser silenciosas, rodaron de sus mejillas. La ventura le costaba bien cara.
Morrel miró a su alrededor con inquietud.
-Pero -dijo- el conde exagera ciertamente su generosidad. Valentina se contentará con mi modesta
fortuna. ¿Dónde está el conde, amigo? Conducidme a él.
Jacobo extendió la mano y señaló en dirección al horizonte.
-¡Cómo! ¿Qué queréis decir? -preguntó Valentina-. ¿Dónde está el conde? ¿Dónde está Haydée?
-Mirad -dijo Jacobo.
Los ojos de los dos jóvenes se fijaron en la línea indicada por el marino, y sobre ella, en el horizonte
que separa el cielo del mar, distinguieron una vela blanca, grande como el ala de la gaviota.
-¡Partió! -exclamó Morrel-, ¡partió! ¡Adiós, amigo mío! ¡Adiós, padre mío!
-¡Partió! -murmuró Valentina-. ¡Adiós, amiga mía! ¡Adiós, hermana mía!
-¡Quién sabe si algún día le volveremos a ver! -dijo Morrel, enjugándose una lágrima.
-Cariño -repuso Valentina-, ¿no acaba de decirnos que la sabiduría humana se encierra toda ella en
estas dos palabras?:
¡Confiar y esperar!
FIN
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