El Conde de Montecristo
6. agosto 2010
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-No se me conducirá allí para dejarme preso -prosiguió Dantés-, porque el castillo de If es una prisión
de Estado donde entran sólo los grandes criminales políticos. ¿Hay allí quizá jueces o magistrado?
-Yo supongo -dijo el gendarme- que no hay sino murallas de piedra, gobernador, carceleros y
guarnición. Ea, ea, amiguito, no os hagáis el sorprendido, que no parece sino que me agradecéis con
burlas mi complacencia.
Dantés apretó la mano del gendarme.
-¿Sospecháis que me llevan a encerrar al castillo de If?
-Es probable, camarada; pero no sé a qué viene el apretarme tanto la mano.
-¿Sin más formalidades? ¿Sin más averiguaciones?
-Las formalidades están cumplidas, y las averiguaciones hechas.
-¿De modo que a pesar de la promesa del señor de Villefort…?
-Ignoro si el señor de Villefort os ha prometido algo -dijo el gendarme-, pero sé que vamos al castillo
de If. ¡Eh! ¿Qué hacéis? ¡Camaradas, a mí!
Rápido como el rayo, Dantés había querido arrojarse al mar; pero los ojos infatigables y peritos del
gendarme lo habían adivinado, y cuatro brazos vigorosos le sujetaron cuando ya sus pies iban a abandonar
el suelo de la barca, después de lo cual volvió a caer en el fondo de ésta, rugiendo de cólera.
-¡Muy bien! -exclamó el gendarme poniéndole sobre el pecho una rodilla-. ¡Muy bien! ¡Así cumplís
vuestras palabras de marino! ¡Quién se fía de moscas muertas! Ahora, amiguito, si os movéis tan siquiera,
os soplo una bala en el cráneo. Falté a la primera parte de mi consigna, pero os juro que no faltaré a la
segunda.
Y Dantés sintió, en efecto, apoyado en su sien el cañón del mosquetón.
De momento estuvo tentado de hacer el movimiento que se le prohibía para acabar de una vez con
aquella serie de inesperadas desgracias; pero por lo mismo que eran inesperadas, no pudo creerlas duraderas,
y con esto, y con recordar las promesas de Villefort, y con parecerle indigna, preciso es decirlo,
aquella muerte a manos de un gendarme en el fondo de una lancha, volvió a su sitio primero, sollozando
de ira y retorciéndose las manos con furor.
Casi en el mismo instante hizo temblar el barco un choque violentísimo. Saltó uno de los remeros a la
roca en que acababa de tocar la proa; crujió una maroma enroscándose en una polea, y pudo comprender
Edmundo que había llegado al término del viaje y amarraban el bote.
En efecto, sus guardias, que le sujetaban a la vez por los brazos y por el cuello, obligáronle a levantarse
y a saltar a tierra, impeliéndole hacia los escalones que conducían a la ciudadela, mientras que el
municipal los seguía detrás con la bayoneta calada.
Ya no hizo Dantés vanas resistencias. Su lentitud en el andar más le producía la inercia que la
resistencia, y daba traspiés como un borracho. Veía escalonarse soldados por el camino; conoció que
subía una escalera que le obligaba a alzar los pies, y que entraba por una puerta, y que esta puerta se
cerraba detrás de él; pero todo maquinalmente, como a través de una nube, sin distinguir nada con
claridad. Ya ni siquiera veía el mar, esa fuente de dolores para los presos, que contemplan su espacio
afligidos por no poderlo salvar.
En un momento que hicieron alto, procuró Edmundo recogerse en sí mismo, y darse cuenta de su
situación. Miró en derredor, y vio que se encontraba en un patio cuadrado de altísimas paredes; oíase a lo
lejos el paso acompasado de los centinelas, y tal vez cuando pasaban al resplandor proyectado en los
muros por dos o tres luces que había dentro del castillo, veía brillar el cañón de sus fusiles.
Aguardaron allí como por espacio de diez minutos. Seguros de que ya no podría escapárseles, los
gendarmes habían abandonado a Dantés. Parecía que esperasen órdenes, órdenes que al fin llegaron.
-¿Dónde está el preso? -preguntó una voz.
-Aquí -respondieron los gendarmes.
-Que venga conmigo, voy a llevarle a su departamento.
-Id -dijeron los gendarmes a Dantés.
Siguió el preso a su guía, que, en efecto, le condujo a una sala casi subterránea, cuyas paredes negras y
húmedas parecía que sudasen lágrimas. Una especie de lámpara, de fétida grasa en vez de aceite, ardía
sobre un banco iluminando aquella mansión horrible. Con su luz pudo reconocer Dantés a su conductor,
carcelero subalterno, mal vestido y de mala facha.
-He aquí vuestro cuarto para esta noche -le dijo- Es ya tarde y el señor gobernador está acostado.
Cuando mañana se levante, según las órdenes que tenga, acaso os mudarán de domicilio. Mientras tanto,
aquí tenéis pan, agua en ese cántaro, y paja allí en un rincón. Es cuanto puede un preso desear. Buenas
noches.
Y antes de que Dantés hubiera pensado en contestar, antes que reparase dónde ponía el pan el carcelero,
antes que comprendiese dónde estaba el cántaro ni en qué rincón la paja, había el carcelero cogido la
lamparilla, y cerrando la puerta, le había robado aquella mezquina luz, que como la de un relámpago hizo
distinguir al preso las grasientas paredes de su calabozo.
Por consiguiente, encontróse solo, en silencio y oscuridad, mudo y triste como aquellas paredes cuyo
frío glacial helaba el sudor de su frente.
Cuando el primer albor de la aurora envió a aquel antro un poco de claridad, volvió el carcelero con
orden de dejarle en el mismo calabozo. Dantés ni siquiera había mudado de sitio, cual si una mano de
hierro le hubiese clavado en él la víspera. Inmóvil y con la cabeza baja, notábasele una alteración
solamente: casi cubiertos los ojos por una hinchazón producida por la humedad.
Así había pasado toda la noche: de pie, sin dormir un solo instante.
Acercósele el carcelero, y aún dio en torno suyo algunas vueltas: pero parecía que Dantés no le veía. Al
fin le dio un golpecito en la espalda, que le hizo estremecer.
-¿Habéis dormido? -le preguntó el carcelero.
-No lo sé -respondió Dantés.
El carcelero le miró sorprendido.
-¿Tenéis hambre? -prosiguió.
-No lo sé -respondió de nuevo Dantés.
-¿Queréis algo?
-Quisiera ver al gobernador.
El carcelero se encogió de hombros y se marchó.
Siguióle Dantés con la vista, extendiendo los brazos a la puerta entreabierta, pero ésta se cerró de
repente.
Entonces su pecho se desgarró, por decirlo así, en un interminable sollozo. Corrieron a torrentes las
lágrimas que hinchaban sus pupilas; púsose de hinojos con la frente pegada al suelo, y a rezar por largo
rato, repasando en su imaginación toda su vida pasada, y preguntándose qué crimen había cometido en
aquella vida tan corta aún para merecer tan duro castigo, y así pasó todo el día.
Algunos bocados de pan y algunas gotas de agua fueron todo su alimento. Ora se sentaba absorto en sus
meditaciones, ora giraba en torno de su cuarto como una fiera enjaulada.
Una idea le atormentaba sobre todas. Durante la travesía, ignorando su destino, permaneció tranquilo a
inmóvil, cuando pudo muchas veces arrojarse al mar, donde gracias a que era gran nadador y buzo de los
más célebres de Marsella, hubiera escapado por debajo del agua a la persecución de los gendarmes, y
ganada la costa, huido a una isla desierta, con la esperanza de que algún navío genovés o catalán le
llevase a Italia o a España. Desde allí escribiría a Mercedes que viniera a reunirse con él. Ni por asomo le
inquietaba la miseria en ninguna parte del mundo a que fuese, pues los buenos marinos en todas son raros,
sin contar que hablaba el italiano como un toscano, y el español como un castellano viejo. De este modo,
pues, habría vivido libre y feliz con Mercedes y con su padre, que también se les juntaría, mientras en la
presente situación, encerrado en el castillo de If, sin esperanzas, ni aun el consuelo tendría de saber de su
padre y de Mercedes. ¡Y todo por haberse fiado de las palabras de Villefort! Motivo era para perder el
juicio.
A la misma hora de la mañana siguiente volvió el carcelero.
-¿Seréis ya más razonable? -le preguntó.
Dantés no le respondía.
-Vamos, valor -prosiguió aquél-. ¿Deseáis algo que yo pueda proporcionaros? Decidlo.
-Deseo ver al gobernador.
-¡Ea!, ya os dije que es imposible -repuso el carcelero con impaciencia.
-¿Por qué?
-Porque el reglamento no lo permite a los presos.
-¿Qué es lo que les permite, entonces?
-Que coman mejor, si lo pagan, que salgan a pasear y tal vez lean.
-Ni quiero leer, ni pasear, ni comer mejor. Sólo quiero ver al gobernador.
-Si me fastidiáis repitiéndome lo mismo -prosiguió el carcelero-, no os traeré de comer.
-Pues me moriré de hambre, no me importa -dijo Dantés.
El acento de estas palabras dio a entender al carcelero que no sería el morir desagradable a Edmundo; y
como por cada preso tenía diez cuartos diarios sobre poco más o menos, calculando el déficit que su falta
le ocasionaría, respondió en tono más dulce:
-Escuchad: ese deseo es imposible; desechadlo, porque no hay ejemplo de que haya bajado una sola vez
el gobernador al calabozo de un preso; pero si os portáis cuerdamente se os concederá pasear, con lo que
acaso algún día veáis al gobernador, y entonces podréis hablar con él.
-Pero ¿cuánto tiempo -dijo Edmundo- tendré que esperar a que se presente esa ocasión?
-¡Diantre! -respondió el carcelero-: Un mes, tres meses, medio año o quizás un año entero.
-Eso es mucho -exclamó Dantés-. Quiero verle en seguida.
-No seáis terco; no os empeñéis en ese imposible, o antes de quince días os habréis vuelto loco.
-¿Lo creéis así? -dijo Dantés.
-Sí, loco; así es como empieza la locura. Aquí tenemos un ejemplar. Con el tema de ofrecer un millón
al gobernador si le ponía en libertad, ha perdido el seso un abate que antes que vinierais ocupaba este
calabozo.
-¿Y cuánto tiempo hace que salió de aquí?
-Dos años.
-¿En libertad?
-No, se le ha trasladado al subterráneo.
-Escucha -dijo Dantés-; yo no soy abate ni loco, que por desdicha tengo aún completo mi juicio…; voy
a hacerte una proposición.
-¿Cuál?
-No voy a ofrecerte un millón, porque no podría dártelo, pero sí cien escudos, como quieras el primer
día que vayas a Marsella llegar a los Catalanes con una carta mía, para una joven que se llama Mercedes…
¿Qué digo carta? Cuatro letras.
-Si se descubriera que había llevado esas cuatro letras, perdería mi destino, que vale mil libras anuales,
sin contar las propinas y la comida. ¿No será imbecilidad que yo aventure mil libras por trescientas?
-Pues oye, y tenlo presente -dijo Edmundo-. Si te niegas a avisar al gobernador de que deseo hablarle;
si te niegas a llevar mi carta a Mercedes, o siquiera a notificarle que estoy preso aquí, te esperaré el día
menos pensado detrás de la puerta, y cuando entres te romperé el alma con ese banco.
-¡Amenazas a mí! -exclamó el carcelero retrocediendo y poniéndose en guardia-. Por lo visto se os
trastorna el juicio. Como vos principió el abate: dentro de tres días estaréis como él, loco de atar. Por
fortuna hay subterráneos en el castillo de If.
Dantés cogió el banco y lo hizo girar en ademán amenazador.
-¡Está bien! ¡Está bien! -dijo el carcelero-; vos lo habéis querido. Voy a prevenir al gobernador.
-¡Enhorabuena! -respondió Dantés colocando el banco en su sitio, y sentándose con la cabeza baja y la
mirada vaga, como si realmente se hubiera vuelto loco.
Salió el carcelero, y un momento después volvió con cuatro soldados y un cabo.
-De orden del gobernador -les dijo-, llevad a este hombre a los calabozos del piso bajo.
-¿Al subterráneo? -preguntó el cabo.
-Al subterráneo: los locos deben estar con los locos.
Los cuatro soldados se apoderaron de Dantés, que los seguía sin ofrecer resistencia.
Bajaron quince escalones, y se abrió la puerta de un subterráneo, en el que entró murmurando:
-Tienen razón: los locos, con los locos.
La puerta se cerró y Dantés caminó hacia delante hasta tropezar con la pared: entonces se acurrucó
inmóvil en un ángulo, mientras sus ojos, acostumbrados a la oscuridad, comenzaban a distinguir los
objetos.
El carcelero tenía razón. Poco le faltaba a Dantés para perder el juicio.
Capítulo noveno
La noche de bodas
Como hemos dicho, Villefort tomó el camino de la plaza del GrandCours, y de la casa de la marquesa
de Saint-Meran, donde encontró a los convidados tomando café en el salón, después de los postres.
Renata le aguardaba con una impaciencia de que participaban todos, por lo que la acogida que tuvo fue
una exclamación general.
-¡Hola, señor corta-cabezas, columna del Estado, moderno Bruto realista! -exclamó uno de los
presentes-; ¿qué hay de nuevo?
-¿Nos amenaza quizás otro régimen del Terror? -preguntó otro.
-¿Ha salido de su caverna el ogro de Córcega? -añadió un tercero.
-Señora marquesa -dijo Villefort acercándose a su futura suegra-,vengo a suplicaros que me perdonéis.
La necesidad me obliga a dejaros… ¿Tendré el honor, señor marqués, de hablaros un instante en secreto?
-¿Tan grave es el asunto…? -murmuró la marquesa al notar la nube que ensombrecía el rostro de
Villefort.
-Tan grave que me obliga a despedirme de vos para una corta ausencia. ¡Mirad si será grave! -añadió
volviéndose a Renata.
-¿Vais a partir? -exclamó Renata, sin poder ocultar la emoción que le causaba esta noticia inesperada.
-¡Ay, señorita!, es necesario- respondió Villefort.
-¿Adónde vais? -preguntó la marquesa.
-Es un secreto, señora; sin embargo, si alguno de estos señores tiene algo que mandar para París, sepa
que un amigo mío, que está a sus órdenes, partirá esta misma noche.
Todos se miraron unos a otros.
-¿No me habéis pedido una entrevista? -preguntó el marqués.
-Sí, pasemos, si os place, a vuestro gabinete.
El marqués cogió del brazo a Villefort y salió con él.
-Vamos, hablad, ¿qué es lo que ocurre? -exclamó el marqués cuando llegaron al gabinete.
-Cosas que creo de alta importancia, y que exigen que me traslade a París inmediatamente. Ante todo,
marqués, y perdonadme lo indiscreto de la pregunta que os hago, ¿tenéis papel del Estado?
-Tengo en papel toda mi fortuna. Unos seiscientos o setecientos mil francos.
-Pues vendedlo, vendedlo en seguida, o de lo contrario os vais a ver arruinado.
-¿Cómo queréis que desde aquí lo venda?
-¿Verdad que tenéis un corresponsal banquero?
-Sí.
-Dadme una carta para él, encargándole que venda esos créditos sin perder tiempo. Quizá llegaré tarde.
-¡Diablo! -exclamó el marqués-; entonces no perdamos ni un minuto.
Y sentándose a la mesa se puso a escribir a su banquero una carta, encargándole que vendiera a
cualquier precio.
-Ahora que tengo esta carta -dijo Villefort guardándola cuidadosamente en su camera-, necesito otra.
-¿Para quién?
-Para el rey.
-¿Para el rey?
-Sí.
-Pero yo no me atrevo a escribir directamente a Su Majestad.
-Tampoco os la pido a vos, sino que os encargo que se la pidáis al señor de Salvieux. Es necesario que
me dé una carta que me ayude a llegar hasta el rey sin las formalidades y etiquetas que me harían perder
un tiempo precioso.
-Pero ¿no podría serviros el guardasellos de intermediario? Tiene entrada en las Tullerías a todas horas.
-Sí, mas no quiero partir con otro el mérito de la nueva de que soy portador. ¿Comprendéis? El
guardasellos se lo apropiaría todo, hasta mi parte en los beneficios. Baste, marqués, con esto que digo. Mi
fortuna está asegurada si llego antes que nadie a las Tullerías, porque voy a prestar al rey un servicio que
jamás podrá olvidar.
-En ese caso, amigo mío, id a hacer vuestros preparativos, mientras hago yo que Salvieux escriba esa
carta.
-No perdáis tiempo. Dentro de un cuarto de hora tengo que estar en la silla de postas.
-Haced parar el carruaje en la puerta.
-Me disculparéis, ¿no es verdad?, con la señora marquesa y con Renata, a quien dejo en ocasión tan
grata con el más profundo sentimiento.
-En mi gabinete las encontraréis a la hora de vuestra partida.
-Gracias mil veces. No olvidéis la carta.
El marqués llamó y poco después se presentó un lacayo.
-Decid al conde de Salvieux que le espero aquí. Ya podéis iros -continuó el marqués dirigiéndose a
Villefort.
-Bueno; al instante estoy de regreso.
Y Villefort salió de la estancia apresuradamente; pero ocurriósele al llegar a la calle que un sustituto del
procurador del rey podría ocasionar la alarma de un pueblo con que se le viese andar muy de prisa.
Volvió, pues, a su paso ordinario, que era en verdad, digno de un juez.
Junto a la puerta de su casa parecióle distinguir una cosa como un fantasma blanco que le esperaba
inmóvil.
Era la linda catalana, que al no tener noticias de Edmundo, iba a enterarse por sí misma de la causa del
arresto de su amante.
Al acercarse Villefort salióle al paso, destacándose de la pared en que se apoyaba. Como Dantés le
había hablado ya de su novia, nada tuvo que hacer Mercedes para que la reconociera. Villefort, sorprendido
de la belleza y dignidad de aquella mujer, y cuando le preguntó el paradero de su amado, le pareció
que él era el acusado y ella el juez.
-El hombre de quien habláis -dijo Villefort- es un gran criminal, y en nada puedo favorecerle, señorita.
Mercedes lanzó un gemido, y detuvo a Villefort al ver que éste intentaba proseguir su camino.
-Pero decidme al. menos dónde está, para que pueda siquiera informarme de si vive aún o ha muerto.
-Ni lo sé, ni eso me atañe a mí -respondió Villefort.
Y molestado por aquellos ojos penetrantes y aquel ademán de súplica, rechazó Villefort a Mercedes, y
entró en su casa cerrando apresuradamente la puerta y dejando a la joven entregada al dolor y a la
desesperación.
Pero el dolor no se deja rechazar tan fácilmente. Parecido a la flecha mortal de que habla Virgilio, el
hombre herido por él lo lleva siempre consigo.
Aunque había cerrado la puerta, al llegar Villefort a su gabinete sintió que sus piernas flaqueaban, y
lanzando, más que un suspiro, un sollozo, dejóse caer en un sillón.
Entonces brotó en el fondo de aquel pecho enfermo el primer germen de una úlcera mortal. Aquel
hombre sacrificado a su ambición, aquel inocente que pagaba culpas de su propio padre, apareciósele
pálido y amenazador, acompañado de su novia, pálida como él, y seguido del remordimiento, no del
remordimiento que hace enloquecer al que lo sufre como en los antiguos sistemas fatalistas, sino de ese
sordo y doloroso golpear sobre el corazón, que a veces nos hiere como el recuerdo de un crimen casi
olvidado, herida cuyos dolores ahondan la llaga que nos conduce a la muerte.
El alma de Villefort todavía vaciló un instante. Había pronunciado muchas sentencias de muerte sin
otra emoción que la de la lucha moral del juez con los reos; y aquellos reos ajusticiados gracias a su terrible
elocuencia, que convenció al jurado y a los jueces, no puso en su frente una sola arruga, porque
aquellos hombres eran criminales, por lo menos en la opinión del sustituto. Mas ahora variaba la cuestión;
acababa de aplicar la reclusión perpetua a un inocente que iba a ser feliz, arrebatándole la felicidad y
además la libertad; ya no era juez, era verdugo. Y al pensar en esto empezaba a sentir ese sordo golpear
que hemos descrito, desconocido de él hasta entonces; oído en el fondo de su corazón, llenando su mente
de quimeras. De este modo un dolor instintivo y violento notifica a los que sufren que no deben sin
temblar poner el dedo en sus llagas antes que se cicatricen.
Pero la de Villefort era de esas que no se cicatrizan nunca, o que se cierran aparentemente para volver a
abrirse más enconadas y dolorosas.
Si en esta situación la dulce voz de Renata le hubiera recomendado clemencia; si entrara la bella
Mercedes a decirle: “En nombre de Dios que nos ve y nos juzga, devolvedme a mi prometido” ¡Oh!, sí,
aquella voluntad doblegada al cálculo hubiese cedido, y sin duda con sus manos frías, a riesgo de perderlo
todo, hubiera firmado inmediatamente la orden de poner a Dantés en libertad; sin embargo, ninguna voz
le habló al oído, ni se abrió la puerta sino para el criado que vino a anunciarle que los caballos estaban ya
enganchados a la silla de posta.
El sustituto se levantó, o mejor dicho, saltó de la silla como aquel que triunfa de una lucha secreta, y
corriendo a su bufete puso en sus bolsillos todo el oro que encerraban sus cajones. Luego dio por la estancia
dos o tres vueltas con las manos en la frente, articulando palabras sin sentido, hasta que los pasos
del ayuda de cámara que venía a ponerle la capa, le sacaron de su éxtasis, y lanzándose al carruaje ordenó
lacónicamente que parara en la calle de Grand-Cours, en casa del marqués de Saint-Meran.
El infortunado Dantés estaba condenado.
Como le había prometido el señor de Saint-Meran, Renata y la marquesa estaban en su gabinete. Al ver
a la joven tembló el sustituto: porque pensaba que le pediría de nuevo la libertad del preso; pero, ¡ay!, que
es forzoso decirlo para afrenta de nuestro egoísmo, la linda joven sólo pensaba en una cosa: en el viaje
que Villefort iba a emprender.
Le amaba, y Villefort iba a partir en el mismo instante en que habían de enlazarse para siempre, y sin
anunciar cuándo volvería. En vez de compadecer a Edmundo, Renata maldijo al hombre que con su
crimen la separaba de su amado.
¿Qué era entretanto de Mercedes?
La pobre había encontrado a Fernando en la esquina de la calle de la Logia, a Fernando, que había
seguido sus huellas, y volviendo a los Catalanes se arrojó en su lecho moribunda y desesperada. De
rodillas y acariciando una de sus heladas manos, que Mercedes no pensaba en retirar, Fernando la cubría
de ardientes besos, ni siquiera sentidos de ella.
Así transcurrió la noche. Cuando no tuvo aceite se apagó la lámpara; pero Mercedes no advirtió la
oscuridad, como no había advertido la luz. Hasta la aurora vino sin que ella la advirtiese.
El dolor había puesto en sus ojos una venda que no la dejaba ver más que a Edmundo.
-¡Ah! ¿Estáis aquí? -exclamó al fin volviéndose a Fernando.
-Desde ayer no os he abandonado un momento -respondió éste lanzando un suspiro.
El señor Morrel, por su parte, no se había desanimado: supo que Dantés, después de su interrogatorio,
fue conducido a una prisión, y entonces corrió a casa de todos sus amigos, y con todas aquellas personas
de Marsella que gozaban de alguna influencia; pero ya corría el rumor de que Dantés había sido preso por
agente bonapartista, y como en esa época hasta los visionarios tenían por insensatez cualquier tentativa de
Napoleón para recobrar su trono, el buen Morrel, acogido con frialdad de todos, regresó a su casa
desesperado, aunque confesando que el lance era crítico, y que nadie podría disminuir su gravedad.
Caderousse también se había inquietado mucho por su parte. En lugar de revolver el mundo como
Morrel, en vez de hacer algo por Edmundo, encerróse con dos botellas en su cuarto, a intentó ahogar su
inquietud por medio de la embriaguez.
Pero en la situación moral en que se hallaba era poco dos botellas para hacerle perder el juicio. Lo
perdió, sin embargo, lo suficiente para impedirle que fuese a buscar más vino, y demasiado poco para
borrar sus recuerdos; con lo que, puesta la cabeza entre las manos sobre la mesa coja, y al lado de sus dos
botellas, se quedó como si dijéramos entre dos luces, viendo danzar a la de su candil aquellos espectros de
que ha henchido Hoffman sus libros empapados en ron.
Danglars era el único que no estaba inquieto ni atormentado, sino más bien alegre, por haberse vengado
de un enemigo, asegurando en El Faraón su empleo que temía perder. Danglars era uno de esos hombres
calculistas que nacen con una pluma detrás de la oreja y un tintero por corazón. Para él todas las cosas del
mundo eran sumas o restas, y un número de más importancia que un hombre, cuando el número podía
aumentar la suma que el hombre podía disminuir.
Danglars se había acostado a la hora de costumbre y durmió tranquilamente.
Después de recibir Villefort la carta del señor Salvieux, y besado a Renata en las dos mejillas y en la
mano a la marquesa de Saint-Meran, y de despedirse del marqués con un apretón de manos, corría la
posta por el camino de Aix.
El padre de Dantés se moría de dolor y de inquietud.
En cuanto a Edmundo, ya sabemos cuál era su suerte.
Capítulo diez
El gabinete de las Tullerías
Dejemos entretanto a Villefort camino de París, gracias a ir derramando dinero, y atravesando los dos o
tres salones que le preceden, penetremos en aquel gabinetito ovalado de las Tullerías, famoso por haber
sido la estancia favorita de Napoleón, de Luis XVIII y de Luis Felipe.
Sentado a una mesa, que procedía de Hartwel, y que por una de esas manías comunes a los altos
personajes tenía en particular estimación, el rey Luis XVIII escuchaba distraído a un hombre de cincuenta
a cincuenta y dos años, cabello cano y continente aristocrático y pulcro.
Sin dejar de escucharle iba haciendo anotaciones en el margen de un volumen de Horacio, de. la
edición de Griphins, que aunque incorrecta es la más estimada, y que se prestaba mucho a las sagaces
observaciones filosóficas del rey.
-¿Decíais, pues, caballero…? -murmuró el rey.
-Que estoy muy inquieto, señor.
-¿De veras? ¿Habéis visto acaso en sueños siete vacas gordas y siete flacas?
-No, señor, pues esto anunciaría solamente siete años de abundancia y otros siete de hambre, que con
un rey tan previsor como Vuestra Majestad no se deben de temer.
-Pues ¿qué otros cuidados os apenan, mi querido Blacas?
-Creo, señor, y lo creo fundamentalmente, que se va formando una tempestad hacia el lado del
Mediodía.
-Y bien, mí querido conde -respondió Luis XVIII-; os creo mal informado, y sé positivamente que hace
muy buen tiempo allá abajo.
Aunque hombre de talento, Luis XVIII gustaba a veces de burlarse.
-Señor -dijo el señor de Blacas-, aunque no fuese sino para tranquilizar a un fiel servidor, ¿no podría
Vuestra Majestad enviar al Languedoc, a la Provenza y al Delfinado hombres fíeles que informaran sobre
la situación política de aquellas tres provincias.
-Canimus surdis -respondió el rey, prosiguiendo en sus notas a Horacio.
-Señor -repuso el cortesano, sonriéndose para dar a entender que comprendía el hemistiquio del poeta
de Venusa-; señor, Vuestra Majestad puede confiar en el espíritu público reinante en Francia; pero yo
creo tener también mis razones para temer alguna tentativa desesperada.
-¿De quién?
-De Bonaparte, o por lo menos, de sus partidarios.
-Mí querido Blacas -dijo el rey-, vuestros temores no me dejan trabajar.
-Y vos, señor, con vivir tan tranquilo, me quitáis el sueño.
-Esperad, esperad. Se me ocurre una excelente nota acerca de aquello del Pastor cum traheret. Ya
continuaréis luego.
Hobo un momento de silencio, durante el cual Luis XVIII escribió con una letra todo lo microscópica
que pudo, una nota nueva al margen de su Horacio, y dijo luego, levantándose con la satisfacción del que
se imagina haber concebido una idea, cuando no ha hecho sino comentar las de otro:
-Proseguid, querido conde, proseguid.
-Señor -dijo Blacas, que por un momento abrigó la esperanza de explotar a Villefort en su favor-,
obligado me veo a deciros que no son simples rumores lo que sin fundamento me inquieta. Un hombre
merecedor de mi confianza, un hombre de saber, a quien he dado el encargo de vigilar el Mediodía (el
conde vaciló al pronunciar estas palabras), llega en posta en este mismo instante a decirme: «El rey está
amenazado de un gran peligro.» Por eso he venido a advertiros, señor.
-Mala ducis avi domum -continuó anotando Luis XVIII.
-¿Me ordena Vuestra Majestad que no insista en eso otra vez?
-No, mi querido conde, pero alargad la mano.
-¿Cuál?
-La que queráis…, ahí a la izquierda…
-¿Aquí, señor?
-Dígoos que a la izquierda y buscáis a la derecha… guise decir a mi izquierda. Hallaréis ahí un informe
del ministro de policía con fecha de ayer. Pero, ¡calla!, aquí aparece en persona el señor Dandré… ¿No
habéis dicho que era el señor Dandré? –exclamó Luis XVIII dirigiéndose al ujier, que en efecto acababa
de anunciar al ministro de la policía.
-Sí, señor, el barón de Dandré-repuso el ujier.
-Justamente -repuso Luis XVIII con imperceptible sonrisa-. Entrad, barón, entrad, y decid al duque lo
que sepáis más reáente del señor de Bonaparte. No disimuléis la gravedad de la situación, si la tiene, sea
lo que fuere… Veamos: ¿es en efecto la isla de Elba un volcán pronto a vomitar sobre nosotros las llamas
de la guerra: bella, horrida bella?
El señor Dandré pavoneóse con gracia, apoyando las manos en el respaldo de un sillón, y contestó:
-¿Se ha dignado Vuestra Majestad pasar los ojos por mi informe de ayer?
-Sí, sí, pero decídselo al conde, decidle lo que reza este informe, que no puede encontrar. Explicadle lo
que hace el usurpador en su isla.
-Señor -dijo el barón al conde-, todos los vasallos de Su Majestad deben de regocijarse con las noticias
que tenemos de la isla de Elba. Bonaparte…
Y el señor Dandré fijó los ojos en Luis XVIII, que, ocupado en escribir una nota, no levantó la cabeza.
-Bonaparte -continuó el barón- se aburre mucho, y pasa los días de sol a sol viendo trabajar a los
mineros de Porto-Longonne.
-Y se rasca para distraerse -añadió el monarca.
-¿Se rascal -preguntó el conde-; ¿qué quiere decir Vuestra Majestad?
-¿Olvidáis, mi querido conde, que ese coloso, ese héroe, ese semidiós sufre de una enfermedad cutánea
que le consume?
-Y hay más, señor conde -continuó el ministro de policía-: estamos casi seguros de que dentro de poco
tiempo estará loco,
-¿Loco?
-De remate: su cabeza se debilita. Tan pronto llora a mares como ríe a carcajadas. Otras veces se pasa
las horas muertas arrojando al agua piedrecitas, y al verlas rebotar en la superficie se queda tan satisfecho
como si hubiera ganado otro Marengo a otro Austerlitz. No me negaréis que éstos son síntomas de locura.
-O de sobrado juicio, señor barón -dijo Luis XVIII riendo-; arrojando piedrecitas a la mar se solazaban
los grandes capitanes del tiempo antiguo. Leed si no en Plutarco la vida de Escipión el Africano.
A la vista de estos dos hombres tan tranquilos, el señor de Blacas vaciló unos instantes; porque
Villefort no había querido decirle todo lo que sabía, sino lo que bastaba a alarmarle, para no perder todo
el valor de su secreto.
-Vamos, vamos, Dandré –dijo Luis XVIII-, Blacas aún no está convencido. Contadle la conversión del
usurpador.
El ministro de policía se inclinó.
-¿Conversión del usurpador? -murmuró el conde mirando al rey y a Dandré-. ¿El usurpador se ha
convertido?
-Del todo, querido conde.
-Pero ¿a qué?
-A los buenos principios. Vamos, explicádselo, barón.
-Escuchad, pues… -dijo el ministro con mucha gravedad-. Hace unos días, ha pasado Napoleón una
revista, en que dos o tres de sus viejos gruñones, como él los llama, manifestaron deseos de volver a
Francia, en lo que consintió exhortándoles a servir a su buen rey. Tales fueron sus propias palabras, señor
conde, lo sé de buena tinta.
-Y ahora, Blacas, ¿qué diréis? -exclamó el triunfante monarca dejando de compulsar el volumen que
tenía abierto delante de él.
-Digo, señor, que o el ministro de policía o yo nos equivocamos; peso como es imposible que el
equivocado sea él, que tiene el cargo de velar por Vuestra Majestad, es más probable que yo lo sea. No
obstante, señor, yo en lugar vuestro interrogaría por mí mismo a la persona que aludo; y por mi parte
insistiré en que siga Vuestra Majestad este consejo.
-Enhorabuena, conde. Presentádmelo y lo recibiré; pero con las armas en la mano. Señor ministro,
¿tenéis algún parte de fecha más moderna que éste, que es del 20 de febrero y estamos a 3 de marzo?
-No, señor; pero lo estaba esperando de un momento a otro, cuando salí esta mañana, y es posible que
haya llegado durante mi ausencia.
-Id, pues, a la prefectura, y si no ha llegado…, ejem…, ejem… -dijo riendo Luis XVIII-, inventad uno.
¿Sería la primera vez…? ¿Eh?
-¡Oh, señor! –dijo el ministro-, a Dios gracias, nada hay que inventar en cuanto a eso; porque todos los
días nos llueven denuncias, y muy detalladas, de infelices que creen hacer un servicio y esperan que se les
pague. La mayor parte ven visiones; pero esperan que la casualidad las convierta hoy o mañana en
realidad.
-Está bien, id, y tened en cuenta que os espero -dijo el rey Luis XVIII.
-No haré sino it y volver. Antes de diez minutos estoy de vuelta.
-Yo, señor, voy en busca de mi mensajero -dijo el señor de Blacag.
-Aguardad, aguardad un instante -respondió Luis XVIII-. A decir verdad, conde, debo cambiaros las
armas del escudo: pondréis desde ahora un águila volando con una presa entre sus garras que pugna en
vano por escapársele, y esta divisa: Tenax.
-Ya escucho, señor-dijo impaciente el señor de Blacas.
-Quería consultaros sobre este pasaje: Molli fugies anhelitu..., ya sabéis…, se trata del ciervo que huye
del lobo. ¿No sois cazador, y de lobos? Entonces, ¿qué os parece el molli anhelitu?
-¡Admirable, señor!, pero mi hombre es como el ciervo de que habláis. En tres días escasos ha recorrido
doscientas veinte leguas, en silla de posta.
-Buena tontería, cuando el telégrafo sin cansarse nada gasta tres o cuatro horas solamente.
-¡Ah, señor!, qué mal pagáis a ese pobre joven, que viene tan apresurado a dar a Vuestra Majestad un
aviso útil. Aunque no sea sino por el señor de Salvieux que me lo recomienda, os ruego que le recibáis
bien.
-¿El señor de Salvieux, el chambelán de mi hermano?
-El mismo.
-Está efectivamente en Marsella.
-Desde allí me ha escrito,
-¿Os habla también de esa conspiración?
-No; pero me recomienda al señor de Villefort, encargándome que le traiga a la presencia de Vuestra
Majestad.
-¡El señor de Villefort! -exclamó el rey-. ¿Ese mensajero es el señor de Villefort?
-Sí, señor.
-¿Y es el que viene de Marsella?
-En persona.
-¿Por qué no me dijisteis su nombre desde un principio? -exclamó el rey, cuyo semblante reflejó de
repente cierto aire de inquietud.
-Creía que os era desconocido.
-No, no, Blacas; es un hombre de talento, de miras elevadas y sobre todo ambicioso. Me parece que vos
conocéis de nombre a su padre.
-¿A su padre?
-Sí, a Noirtier.
-¿Noirtier, el girondino? ¿Noirtier, el senador?
-Exacto.
-¡Y Vuestra Majestad emplea al hijo de semejante hombre!
-Blacas, amigo mío, vos no sabéis vivir. ¿No os dije que Villefort es ambicioso? Por medrar sacrificará
hasta a su padre.
-Conque ¿le traigo?
-En seguida, en seguida… ¿Dónde está?
-Debe de esperarme abajo, en su carruaje.
-Id a buscarle.
-Voy en seguida.
El conde salió de la cámara con la rapidez de un joven, porque su sincero realismo le prestaba el ardor
propio de los veinte años, y se
quedó Luis XVIII solo, volviendo a hojear el libro entreabierto y murmurando:
Justum et tenacem propositi virum.
Con la misma rapidez volvió el señor de Blacas; pero en la antecámara se vio obligado a invocar la
autoridad del rey, porque el traje empolvado y no conforme a la etiqueta de Villefort alarmó al señor de
Brezé, que no comprendía cómo un hombre pudiera atreverse a presentarse al rey de aquella manera.
Pero el conde allanó todos los obstáculos con esta sola frase: Por orden de Su Majestad; y a pesar de
cuantas reflexiones hizo el maestro de ceremonias, penetró Villefort en la cámara regia.
El rey se hallaba sentado donde le dejara Blacas, por lo que al abrir la puerta Villefort hallóse frente a
frente del monarca. En el primer momento, el joven magistrado se detuvo, titubeando.
-Entrad, señor de Villefort -le dijo el rey-, entrad.
Saludó el sustituto adelantándose algunos pasos y esperando que le interrogaran.
-Señor de Villefort -continuó Luis XVIII-, asegura el señor de Blacas que tenéis que hacernos
importantes revèlaciones.
-Señor, el conde tiene razón, y espero que Vuestra Majestad se la dará también por su parte.
-Pero, ante todo, decidme, ¿es en vuestra opinión el mal tan grave como me lo quieren hacer creer?
-Señor, yo lo creo gravísimo, pero no irreparable, merced a mis precauciones. Así lo espero.
-Hablad, hablad todo lo que queráis, caballero -dijo el rey, que empezaba a contagiarse del temor del
señor Blacas y del que revelaba también la voz de Villefort-; hablad y, sobre todo, comenzad por el
principio, porque me gusta el orden en todas las cosas.
-Señor -dijo Villefort-, haré a Vuestra Majestad una relación muy fiel del asunto; pero suplicándole de
paso que disculpe la oscuridad que acaso ponga en mis palabras mi presente turbación.
Una mirada del rey después de este exordio insinuante, aseguró a Villefort de que se le escuchaba con
benevolencia.
-Señor -continuó-, he venido a París con toda la celeridad posible, a anunciar a Vuestra Majestad que
en el ejercicio de mis funciones he descubierto, no una de esas conspiraciones vulgares a insignificantes,
como las que se urden todos los días, así por el ejército como por las gentes del pueblo, sino una
verdadera conspiración que amenaza nada menos que al trono de Vuestra Majestad. Señor, el usurpador
se ocupa en armar tres navíos: medita un proyecto, insensato quizá, pero por esto mismo, terrible. En
estos momentos debe de
haber salido de la isla de Elba, ignoro en qué dirección, pero seguramente intentará un desembarco en
Nápoles, en las costas de Toscana, o quizás en nuestro mismo suelo. Vuestra Majestad no ignora que el
soberano de la isla de Elba mantiene aún relaciones con Italia y con Francia.
-Sí, lo sé, caballero -dijo el rey muy conmovido-, y hace poco nos avisaron de que en la calle de
Santiago se efectuaban reuniones bonapartistas. Pero continuad, os lo ruego. ¿Cómo obtuvisteis esas
noticias?
-Son el resultado de un interrogatorio que hice a un hombre de Marsella a quien de mucho tiempo atrás
vigilaba. Le hice prender el mismo día de mi marcha. Aquel hombre, marino revoltoso, y bonapartista
acérrimo, ha ido a la isla de Elba secretamente, donde el gran mariscal le encargó una misión verbal para
cierto bonapartista de París, cuyo nombre no he podido arrancarle: esta misión se reducía a encargar al
bonapartista que preparase los ánimos a una restauración (tened presente, señor, que copio el
interrogatorio), restauración que no puede menos de estar próxima.
-¿Y qué ha sido de ese hombre? -preguntó Luis XVIII.
-Está preso, señor.
-Así, pues, ¿os parece tan grave el asunto?
-Tan grave, señor, que la primera noticia me sorprendió en una fiesta de familia, el día de mi boda, y lo
he abandonado todo en el mismo momento para venir a demostrar a Vuestra Majestad mis temores y mi
adhesión.
-Es cierto -dijo Luis XVIII-. ¿No existía un proyecto de matrimonio entre vos y la señorita de
Saint-Meran?
-Hija de uno de los más fieles servidores de Vuestra Majestad.
-Sí, sí; pero volvamos a ese complot, señor de Villefort.
-Temo que sea más que un complot, una conspiración.
-Una conspiración en estos tiempos -repuso sonriendo Luis XVIII-, es cosa muy fácil de proyectar,
pero difícil de llevar a cabo, porque restablecidos como quien dice ayer en el trono de nuestros abuelos,
estamos amaestrados por el presente, por el pasado y para el porvenir. De diez meses a esta parte redoblan
mis ministros su vigilancia en el litoral del Mediterráneo. Si desembarcara Napoleón en Nápoles, antes de
que llegase a Piombino, se levantarían en masa los pueblos coaligados; si desembarca en Toscana, aquel
país es su enemigo; si en Francia, ¿quién le seguiría?: un puñado de hombres, y fácilmente le haríamos
desistir de su intento, mayormente cuando tanto le aborrece el pueblo. Tranquilizaos pues, caballero; mas
no por eso estéis menos seguro de nuestra real gratitud.
-Aquí está el señor barón de Dandré -exclamó en esto el conde de Blacas.
En efecto, en este mismo instante asomaba en la puerta el ministro de policía, pálido y tembloroso: sus
miradas vacilaban como si estuviese a punto de desmayarse.
Villefort dio un paso para salir; pero le retuvo un apretón de manos del señor de Blacas.
Capítulo once
El ogro de Córcega
Al contemplar aquel rostro tan alterado, el rey Luis XVIII rechazó violentamente la mesa a que estaba
sentado.
-¿Qué tenéis, señor barón? -exclamó-. ¡Estáis turbado y vacilante! ¿Tiene alguna relación eso con lo
que decía el conde de Blacas, y lo que acaba de confirmarme el señor de Villefort?
Por su parte el conde de Blacas se acercó también al barón; pero el miedo del cortesano impedía el
triunfo del orgullo del hombre. En efecto, en aquella sazón era más ventajoso para él verse humillado por
el ministro de policía, que humillarle en cosa de tanto interés.
-Señor… -balbució el barón.
-Acabad -dijo Luis XVIII.
Cediendo entonces el ministro de policía a un impulso de desesperación, corrió a postrarse a los pies
del rey, que dio un paso hacia atrás frunciendo las cejas.
-¿No hablaréis? -dijo.
-¡Oh, señor! ¡Qué espantosa desgracia! ¿No soy digno de lástima? Jamás me consolaré.
-Caballero -dijo Luis XVIII-, os mando que habléis.
-Pues bien, señor, el usurpador ha salido de la isla de Elba el 26 de febrero, y ha desembarcado el 1 de
marzo.
-¿Dónde? -preguntó el rey vivamente.
-En Francia, señor, en un puertecillo cercano a Antibes, en el golfo Juan.
-¡Cómo! El usurpador ha desembarcado en Francia, cerca de Antibes, en el golfo Juan, a doscientas
cincuenta leguas de París el día 1 de marzo, y hasta hoy, 3, no sabéis esta noticia… ¡Eso es imposible,
caballero! Os han informado mal o estáis loco.
-¡Ay, señor! Ojalá fuera como decís.
Hizo Luis XVIII un inexplicable gesto de cólera y de espanto, levantándose de repente como si este
golpe imprevisto le hiriese a la par en el corazón y en el rostro.
-¡En Francia! -exdamó-. ¡El usurpador en Francia!, pero ¿no se vigilaba a ese hombre? ¿Quién sabe si
estarían de acuerdo con él?
-¡Oh, señor! –exclamó el conde de Blacas-, a una persona como el barón de Dandré no se le puede
acusar de traición. Todos estábamos ciegos, alcanzando también nuestra ceguera al ministro de policía.
Este es todo su crimen.
-Pero… -dijo Villefort, y repuso al momento reportándose-. Perdón, señor, perdón, mi celo me hace
audaz. Dígnese Vuestra Majestad excusarme.
-Hablad, caballero, hablad libremente -contestó el rey Luis XVIII-. Ya que nos habéis prevenido del
mal, ayudadnos a buscarle el remedio.
-Todo el mundo, señor, aborrece a Bonaparte en el Mediodía; paréceme que si osa penetrar en su
territorio, fácilmente se logrará que la Provenza y el Languedoc se subleven contra él.
-Sin duda -dijo el ministro-; pero viene por Gap y Sisteron.
-¡Viene! -exclamó Luis XVIII-. ¿Viene a París?
El silencio del ministro equivalía a una confesión.
-¿Y creéis, caballero, que podamos sublevar el Delfinado como la Provenza? -preguntó el rey a
Villefort.
-Lamento infinito, señor, decir a Vuestra Majestad una verdad cruel; pero las opiniones del Delfinado
son muy diferentes de las de la Provenza y el Languedoc. Los montañeses, señor, son bonapartistas.
-Vamos -murmuró Luis XVIII-, bien sabe lo que se hace. ¿Y cuántos hombres tiene?
-Señor, me es imposible decirlo a Vuestra Majestad porque lo ignoro-dijo el ministro de policía.
-¡No lo sabéis! ¿No os habéis informado de esta circunstancia? En verdad que no es importante -añadió
el rey con una sonrisa irónica.
-No pude informarme, señor. El despacho anunciaba solamente el desembarco y el camino que trae el
usurpador.
-¿Por qué medio habéis recibido ese despacho?
El ministro bajó la cabeza, y el bochorno se pintaba en su semblante.
-Por el telégrafo, señor -dijo Dandré.
Luis XVIII dio un paso hacia atrás cruzándose de brazos, como Napoleón hubiera hecho, y dijo pálido
de cólera:
-¡Conque una coalición de siete ejércitos ha derrocado a ese hombre, conque un milagro de Dios me ha
restituido el trono de mis padres tras veintitrés años de exilio, conque he estudiado, sondeado y analizado
en ese destierro los hombres y las cosas de esta Francia, mi tierra de promisión, para que, al llegar al goce
de mis anhelos, el mismo poder de que dispongo se escape de mis manos para aniquilarme!
-Señor, es la fatalidad… -murmuró el ministro, aplastado por aquellas abrumadoras palabras.
-¿De modo que es verdad lo que murmuraban nuestros enemigos? ¿Nada hemos aprendido? ¿Nada
hemos olvidado? Si me vendiesen como a él le vendieron, me consolaría; pero estar rodeado de personas
encumbradas por mí, que deben velar por mí, con más cuidado que por ellas mismas, porque mi fortuna
es su fortuna, porque no eran nada antes que yo subiese al trono, porque nada serán si yo caigo, y caer, y
por torpeza, y por incapacidad. ¡Ah! ¡Cuánta razón tenéis, señor mío, la fatalidad… !
El ministro se inclinaba bajo el peso de tan terrible anatema; Blacas se limpiaba la frente cubierta de
sudor, y Villefort, viendo crecer su importancia, estaba satisfecho en su fuero interno.
-¡Caer…! -prosiguió Luis XVIII, que de una sola mirada sondeó el abismo que amenazaba tragar su
trono-. ¡Caer! ¡Y saber por el telégrafo la noticia! ¡Oh!, mejor quisiera subir al cadalso de mi hermano
Luis XVI, que bajar así las escaleras de las Tullerías, expuesto de ese modo al ridículo… ¿Sabéis,
caballero, lo que el ridículo puede en Francia? No lo sabéis, aunque debíais de saberlo.
-Señor, ¡señor! -murmuró el ministro-, ¡por piedad!
-Acercaos, señor de Villefort -continuó el rey encarándose con el joven, que de pie y un tanto retirado
observaba el desarrollo de esta conversación, en que se trataba el destino de un reino-, acercaos y decid a
este caballero que pudo saber antes lo que no supo.
-Señor, era materialmente imposible adivinar proyectos que el usurpador ocultaba a todo el mundo.
-¡Materialmente imposible! ¡Gran palabra! Desgraciadamente hay palabras tan grandes como grandes
hombres: ya conozco a ellas y a ellos. ¡Imposible a un ministro que cuenta con una administración, con
oficinas, con agentes, con gendarmes, con espías, con un millón y quinientos mil francos de fondos
secretos, imposible saber lo que pasa a sesenta leguas de las costas de Francia! Pues oíd: este caballero no
contaba con ninguno de tales recursos; este caballero, simple magistrado, sabía más que vos con toda
vuestra policía, y hubiese salvado mi corona a tener como vos el derecho de dirigir un telégrafo.
El ministro miró con una expresión de despecho a Villefort, que inclinó la cabeza con la modestia del
triunfo.
No lo digo por vos, Blacas -continuó Luis XVIII-, pues si bien nada habéis descubierto, tuvisteis al
menos la cordura de sospechar, y sospechar con perseverancia. Otro hombre, acaso hubiera tenido por
intrascendente la revelación del señor Villefort, o por hija de una innoble ambición.
Estas palabras aludían a las que el ministro de policía pronunció tan sobre seguro una hora antes.
Villefort comprendió perfectamente al rey. Otro en su lugar acaso se desvaneciera con el humo de la
alabanza; pero temió, crearse un enemigo mortal en el ministro de policía, aunque lo tuviese por hombre
perdido sin remedio. En efecto, aquel ministro que en la plenitud de su poder no supo adivinar el secreto
de Napoleón, podía en sus últimos instantes de vida política descubrir el de Villefort, solamente con
interrogar a Dantés. Por esto, en vez de cebarse en el caído le alargó la mano.
-Señor -dijo–, la rapidez de este suceso debe probar a Vuestra Majestad que sólo Dios podía impedirlo.
Lo que Vuestra Majestad achaca en mí a una perspicacia notable, es hijo del acaso pura y simplemente.
Lo he aprovechado como un servidor fiel, y nada más. No me concedáis mérito mayor que el que tengo,
para no veros obligado a recobrar la primera opinión que formasteis de mí.
El ministro de policía, agradecido, dirigió al joven una elocuente mirada, con lo que conoció Villefort
que había logrado su deseo, es decir, que sin perder la gratitud del rey, acababa de ganar un amigo con
quien podía contar siempre.
-Está bien -dijo Luis XVIII.
Y añadió luego, volviéndose al ministro de policía y al señor de Blacas:
-Podéis retiraros, señores. Lo que hay que hacer ahora atañe al ministro de la Guerra.
-Afortunadamente -dijo el señor de Blacas-, podemos contar con la marina, Vuestra Majestad sabe cuán
adicta es a su gobierno, según todos los informes.
-No me habléis, conde, de informes, que ya sé la confianza que puedo poner en ellos. Y a propósito de
informes, señor barón, ¿habéis sabido algo nuevo sobre el asunto de la calle de Santiago?
-¡El asunto de la calle de Santiago! -exclamó el sustituto sin poder reprimir una exclamación.
Pero en seguida repuso:
-Perdón, señor, si mi adhesión a Vuestra Majestad hace que me olvide, no del respeto que le debo, que
ése está grabado profundamente, en mi corazón, sino de la etiqueta de palacio.
-Decid y haced lo que queráis, caballero -respondió el rey Luis XVIII-; en esta ocasión habéis
adquirido el derecho de interrogar.
-Señor -respondió el ministro de policía-, venía justamente ahora a comunicar a Vuestra Majestad las
últimas noticias que he adquirido sobre el asunto que nos ocupa. La muerte del general Quesnel nos va a
dar el hilo de un gran complot.
El nombre del general Quesnel hizo estremecer a Villefort.
-En efecto, señor -prosiguió el ministro de policía-, todo induce a creer que esta muerte no ha sido
suicidio, como al principio creía todo el mundo, sino asesinato. Cuando desapareció, salía, al parecer, el
general Quesnel de un club bonapartista. Un hombre desconocido le fue a buscar aquella misma mañana,
citándole en la calle de Santiago: desgraciadamente el ayuda de cámara del general, que le estaba
peinando al entrar el desconocido en el gabinete, aunque recuerda bien que la calle era la de Santiago, no
se acuerda del número de la casa.
A medida que el ministro daba estos pormenores al rey, Vinefort, como pendiente de sus labios,
mudaba instantáneamente de color.
El monarca se volvió hacia él.
-¿No suponéis como yo, señor de Villefort, que el general, a quien se tenía justamente por adicto al
usurpador, pero que en el fondo era todo mío, haya muerto víctima de una venganza bonapartista?
-Es probable, señor -respondió Villefort-; pero ¿no se conocen más detalles?
-Hemos dado con el hombre de la cita, y se le sigue la pista.
-¡Se le sigue la pista! -repitió el sustituto.
-Sí; el ayuda de cámara dio sus señas. Es un hombre de cincuenta a cincuenta y dos años; moreno, ojos
negros, cejas espesas y bigote. Lleva un levitón azul abotonado, y en un ojal la insignia de oficial de la
Legión de Honor. Ayer la policía siguió a un individuo exactamente igual en todo a ese sujeto; pero le
perdió de vista en la esquina de la calle de Coq-Heron.
Villefort tuvo que apoyarse en el respaldo de un sillón, porque a medida que el ministro hablaba,
negábanse sus piernas a sostenerle; pero cuando supo que el desconocido había escapado al agente que le
seguía, respiró a sus anchas.
-Buscad a ese hombre, caballero -dijo el rey al ministro de policía-, porque si es verdad, como todo
hace suponer, que el general Quesnel que tan útil nos hubiera sido en estas circunstancias, ha caído bajo
el puñal de un asesino, bonapartistas o no, quiero que los criminales sean castigados como se merecen.
Villefort necesitó de toda su sangre fría para no dejar traslucir los terrores que le inspiraban estas
palabras del rey.
-¡Cosa extraña! -prosiguió el rey, como bromeando-; la policía cree haberlo dicho todo cuando dice: se
ha cometido un asesinato; y haberlo hecho todo cuando añade: he encontrado la pista de los culpables.
-Señor, confío en que Vuestra Majestad quede completamente satisfecho esta vez.
-Ya veremos. No quiero deteneros más, barón; iréis a descansar, señor de Villefort, que debéis hallaros
muy fatigado del viaje. ¿Os alojáis en casa de vuestro padre?
Villefort se turbó visiblemente.
-No, señor -dijo-. Me hospedo en el hotel de Madrid, situado en la calle de Tournon.
-Pero supongo que le habréis visto.
-Señor, en cuanto llegué fui a buscar al conde de Blacas.
-Pero ¿le veréis?
-Ni siquiera trataré de hacerlo.
-¡Ah!, es justo -dijo el rey sonriéndose como para probar que todas sus preguntas encerraban
intención-; olvidábame de que estáis algo reñido con el señor Noirtier, nuevo sacrificio a la causa real,
que debo recompensaros.
-La bondad con que me trata Vuestra Majestad es ya recompensa tan sobre todos mis desos, que nada
más tengo que pedir al rey.
-No importa, caballero, os tendremos presente, descuidad: entretanto, esta cruz…
Y quitándose el rey la cruz de la Legión de Honor que solía llevar en el pecho cerca de la cruz de San
Luis, y por encima de las placas de la orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y de San Lázaro, se la
dio a Villefort, que repuso:
-Señor, Vuestra Majestad se equivoca: esta cruz es de oficial.
-Tomadla, a fe mía, sea la que fuere -dijo el rey-, que no tengo tiempo para pedir otra. Blacas, haced
que extiendan el diploma al señor de Villefort.
Los ojos de éste se humedecieron con una lágrima de orgullosa alegría; tomó la cruz y la besó.
-¿Qué órdenes -dijo- tiene Vuestra Majestad que darme en este momento?
-Descansad el tiempo que os haga falta, y tened presente que si en París no podéis servirme en nada, en
Marsella puede ser muy al contrario.
-Señor -respondió inclinándose Villefort-, dentro de una hora habré salido de París.
-Marchad, caballero -dijo el rey-, y si yo os olvidase, que los reyes son desmemoriados, no temáis el
hacer por recordaros… Señor barón, ordenad que busquen al ministro de la Guerra. Blacas, quedaos.
-¡Ah, señor! -dijo al magistrado el ministro de policía, cuando salieron de palacio-. ¡Entráis con buen
pie: vuestra fortuna es cosa hecha!
-¿Durará mucho? -murmuró el magistrado saludando al ministro, cuya fortuna se deshacía, y buscando
con los ojos un coche para volver a su casa.
A una seña de Villefort se acercó un fiacre, a cuyo conductor dio las señas de su casa, lanzándose al
fondo en seguida, donde se entregó a sus sueños ambiciosos.
Diez minutos más tarde, el magistrado estaba ya en su casa, y mandó a par que le sirviesen el almuerzo
y que preparasen los caballos para dentro de dos horas.
Iba ya a sentarse a la mesa, cuando sonó fuertemente la campanilla, como agitada por una mano
vigorosa. El ayuda de cámara fue a abrir, y Villefort pudo oír que pronunciaban su nombre.
-¿Quién puede saber que estoy en París? -murmuró.
En este momento entró el ayuda de cámara.
-¿Y bien? -le dijo Villefort-. ¿Quién ha llamado? ¿Quién pregunta por mí?
-Una persona que no quiere decir su nombre.
-¡Una persona que no quiere decir su nombre! ¿Y qué quiere?
-Desea hablaros.
-¿A mí?
-Sí, señor.
-¿Ha dado mis señas? ¿Sabe quién soy yo?
-Indudablemente.
-¿Qué trazas tiene?
-Es un hombre de unos cincuenta años.
-¿Alto? ¿Bajo?
-De la estatura del señor, sobre poco más o menos.
-¿Blanco o moreno?
-Muy moreno; de cabellos, ojos y cejas negros.
-¿Y cómo va vestido? -preguntó vivamente el magistrado.
-Un levitón azul, abotonado hasta arriba, con la roseta de la Legión de Honor.
-¡Él es! -murmuró Villefort palideciendo.
-¡Diantre! -dijo asomando en la puerta el hombre que hemos descrito ya dos veces-. ¡Diantre! ¡Qué
conducta tan extraña! ¿Así hacen en Marsella esperar los hijos a sus padres en la antecámara?
-¡Padre mío…! -exclamó el sustituto-, no me engañé…, sospechaba que fueseis vos.
-Si lo sospechabas -contestó el recién llegado dejando el bastón en un rincón y el sombrero en una silla-
, permíteme entonces, querido Gerardo, hacerte ver que has obrado mal haciéndome esperar.
-Dejadnos, Germán -dijo Villefort.
El criado se retiró, y veíase que le sorprendía lo ocurrido.
Capítulo doce
Padre a hijo
El señor Noirtier, porque, en efecto, era él quien acababa de llegar, siguió con la vista al criado hasta
que cerró la puerta, y luego, sin duda receloso de que se quedase a escuchar en la antecámara, la volvió a
abrir por su propia mano. No fue inútil esta precaución, y la presteza con que salía Germán de la
antecámara dio a entender que no estaba puro del pecado que perdió a nuestro primer padre. El señor
Noirtier se tomó entonces el trabajo de cerrar por sí mismo la puerta de la antecámara, y echando el
cerrojo a la de la alcoba, acercóse, tendiéndole la mano, a Villefort, que aún no había dominado la
sorpresa que le causaban aquellas operaciones.
-¿Sabes, querido Gerardo -le dijo mirándole de una manera indefinible-, sabes que me parece que no lo
alegras mucho de verme?
-Padre mío -respondió Villefort-, me alegro con toda el alma; pero no esperaba vuestra visita y me ha
sorprendido.
-Mas ahora que caigo en ello -respondió el señor Noirtier-, que yo os podría decir otro tanto. Me
anunciáis desde Marsella vuestra boda para el 28 de febrero, ¡y estáis en Paris el 3 de marzo!
-No os quejéis, padre mío, de mi estancia en París -dijo Gerardo acercándose al señor Noirtier-. He
venido por vos, y mi viaje puede salvaros.
-¿De veras? -dijo el señor Noirtier acomodándose en un sillón-; ¿de veras? Contadme eso, señor
magistrado, que debe de ser cosa curiosa.
-¿Habéis oído hablar, padre mío, de cierto club bonapartista de la calle de Santiago?
-¿Número 53? ¡Ya lo creo! Como que soy su vicepresidente.
-Vuestra sangre fría me hace temblar, padre.
-¿Qué quieres? Quien ha sido proscrito por la Montaña, quien ha huido de París en un carro de heno,
quien ha corrido por las Landas de Burdeos perseguido por los sabuesos de Robespierre, se acostumbra a
todo en esta vida. Sigue. ¿Qué ha pasado en ese club de la calle de Santiago?
-Lo que ha pasado es que han citado a él al general Quesnel, y éste, que salió a las nueve de la noche de
su casa, ha sido hallado muerto en el Sena.
-¿Y quién os contó esa historia?
-El mismo rey, señor.
-Pues a cambio de ella voy a daros una noticia -prosiguió Noirtier.
-Supongo que ya sé de qué se trata.
-¡Ah! ¿Sabéis el desembarco de Su Majestad el emperador?
-¡Silencio, padre! Os lo suplico por vos y por mí. Ya sabía yo esa noticia, y aún antes que vos, porque
hace tres días que bebo los vientos desde Marsella a París, rabioso por no poder apartar de mi imaginación
esa idea que me la trastorna.
-¡Hace tres días! ¿Estáis loco? Hace tres días no se había embarcado todavía el emperador.
-No importa. Yo sabía su intento.
-¿Cómo?
-Por una carta que os dirigían a vos desde la isla de Elba.
-¿A mí?
-A vos: la he sorprendido, así como al mensajero. Si aquella carta hubiera caído en otras manos, quizás
estaríais fusilado a estas horas, padre mío.
El señor Noirtier se echó a reír.
-No parece -dijo- sino que la restauración haya aprendido del imperio el modo de dar remate pronto a
los asuntos. ¡Fusilado! ¿Adónde vamos a parar? ¿Y qué es de esa carta? Os conozco bastante bien para
temer que hayáis dejado de destruirla.
-La quemé, temeroso de que hubiese en el mundo un solo fragmento; porque aquella carta era vuestra
perdición.
-Y la pérdida de vuestra carrera -repuso fríamente Noirtier-. Ya lo comprendo todo; pero no hay por
qué temer, pues me protegéis por vuestro interés.
-Más que eso aún: os salvo.
-¡Vaya, vaya! El interés dramático sube de punto. Explicaos.
-Volvamos a hablar del club de la calle de Santiago.
-Parece que el tal club ocupa mucho a la policía. Si lo buscasen mejor ya darían con él.
Ya han dado con la pista.
-Esa es la frase sacramental. Cuando la policía no ve más allá de sus narices en un asunto, asegura que
ha dado con la pista; y con esto espera el gobierno tranquilamente a que venga a decirle con las orejas
gachas: he perdido la pista.
-Sí, pero encontró un cadáver. El general ha sido muerto: en todas partes del mundo se llama eso un
asesinato.
-¿Un asesinato decís? ¿Quién prueba que el general ha sido víctima de un asesinato? Todos los días se
encuentran en el Sena cadáveres de desesperados o de personas que no saben nadar.
-Sabéis muy bien, padre mío, que el general no se ha suicidado, así como que en el mes de enero nadie
se baña. No, no, no os engañéis a vos mismo. Su muerte está bien calificada de asesinato.
-¿Y quién la califica así?
-El propio rey.
-¿El rey? Lo tenía por filósofo: ¿cómo cree que en política haya asesinatos? En política, querido mío, y
vos lo sabéis tan bien como yo, no hay hombres, sino ideas; no sentimientos, sino intereses; en política no
se mata a un hombre, sino se allana un obstáculo. ¿Queréis que os diga cómo ha acaecido lo del general
Quesnel? Pues voy a decíroslo. Creíamos poder contar con él, y aun nos lo habían recomendado de la isla
de Elba. Uno de nosotros fue a su casa a invitarle para que asistiera a una reunión de amigos en la calle de
Santiago. Accede a ello, se le descubre el plan, la fuga de la isla de Elba, el desembarco, todo en fin; y
cuando lo sabe, cuando ya nada le queda por saber, nos declara que es realista. Entonces nos miramos
unos a otros; le hacemos jurar, pero jura de tan mala gana que parecía como si tentase a Dios… Pues oye,
a pesar de esto, se le deja salir en libertad, en libertad absoluta… Si no ha vuelto a su casa…, ¿qué sé yo?
Habrá errado el camino, porque él se separó de nosotros sano y salvo. ¡Asesinato decís! Me sorprende en
verdad, Villefort, que vos, sustituto del procurador del rey, baséis una acusación en tan malas pruebas.
¿Me ha ocurrido nunca a mí, cuando cumpliendo vuestro deber de realista cortáis la cabeza a uno de los
míos, me ha ocurrido nunca el iros a decir: habéis cometido un asesinato? No, sino que os he dicho: bien,
muy bien; mañana tomaremos el desquite.
-Pero tened en cuenta, padre mío, que cuando nosotros la tomemos será terrible.
-No os comprendo.
-¿Vos contáis con la vuelta del usurpador?
-Confieso que sí.
-Pues os engañáis. No avanzará diez leguas al corazón de Francia, sin verse perseguido y acosado como
un animal feroz.
.-Mi querido amigo, el emperador está ahora camino de Grenoble; el día 10 ó 12 llegará a Lyon, y el 20
ó 25, a París.
-Los pueblos van a sublevarse en masa.
-En su favor.
-Sólo trae algunos hombres y se enviarán ejércitos numerosos contra él.
-Que le escoltarán el día de su entrada en la capital. En verdad, querido Gerardo, que sois un niño
todavía, pues os creéis bien informado porque el telégrafo dice con tres días de atraso: “El usurpador ha
desembarcado en Cannes con algunos hombres. Ya se le persigue”. Sin embargo, ignoráis lo que hace y la
posición que ocupa. Ya se le persigue, es el non plus de vuestras noticias. Si son ciertas se le perseguirá
hasta París sin quemar un cartucho.
-Grenoble y Lyon son dos ciudades fieles que le opondrán una barrera infranqueable.
-Grenoble le abrirá sus puertas con entusiasmo, y Lyon le saldrá al encuentro en masa. Creedme:
estamos tan bien informados como vosotros, y nuestra policía vale tanto como la vuestra… ¿Queréis que
os lo pruebe? Intentabais ocultarme vuestra llegada y sin embargo la he sabido a la media hora. A nadie
sino al cochero disteis las señas de vuestra casa, y no obstante yo las sé, pues que llego precisamente
cuando os ibais a sentar a la mesa. A propósito, pedid otro cubierto y almorzaremos juntos.
-En efecto -respondió Villefort mirando a su padre con asombro-; en efecto estáis bien informado.
-Es muy natural. Vosotros estáis en el poder, no disponéis de otros recursos que los que procura el oro,
mientras nosotros, que esperamos el poder, disponemos de los que proporciona la adhesión.
-¿La adhesión? -repuso riendo Villefort.
-Sí, la adhesión, que así en términos decorosos se llama a la ambición que espera.
Y esto diciendo Noirtier alargó la mano al cordón de la campanilla para llamar al criado, viendo que su
hijo no le llamaba; pero éste le detuvo, diciéndole:
-Esperad, padre mío, oíd una palabra.
-Decidla.
-A pesar de su torpeza, la policía realista sabe una cosa terrible.
-¿Cuál?
-Las señas del hombre que se presentó en casa del general Quesnel la mañana del día en que
desapareció.
-¡Ah! ¿Conque sabe eso? ¡Miren la policía! ¿Y cuáles son sus señas?
-Tez morena, cabellos, ojos y patillas negros, levitón azul abotonado hasta la barba, roseta de oficial de
la Legión de Honor, sombrero de alas anchas y bastón de junco.
-¡Vaya! ¿Conque se sabe eso? -dijo Noirtier-. ¿Y por qué no le ha echado la mano?
-Porque ayer le perdió de vista en la esquina de la calle de CoqHeron.
-¡Cuando yo os digo que es estúpida la policía!
-Sí, pero de un momento a otro puede dar con él.
-Sí, si no estuviese sobre aviso -dijo Noirtier mirando a su alrededor con la mayor calma-; pero como lo
está, va a cambiar de rostro y de traje.
Y levantándose al decirlo, se quitó el levitón y la corbata, tomó del neceser de su hijo, que estaba sobre
una mesa, una navaja de afeitar, se enjabonó la cara, y con mano firme quitóse aquellas patillas negras
que tanto le comprometían.
Su hijo le miraba con un terror que tenía algo de admiración.
Cortadas las patillas, peinóse Noirtier de modo diferente, cambió su corbata negra por otra de color que
había en una maleta abierta, su gabán azul cerrado, por otro de su hijo de color claro, observó ante el
espejo si le caería bien el sombrero de alas estrechas de Villefort, y dejando el bastón de junco en el
rincón de la chimenea donde lo había puesto agitó en su nerviosa mano un ligerísimo junco del cual
Villefort se servía para presentarse y andar con desenvoltura, que era una de sus principales cualidades
distintivas.
-¿Y ahora crees que me reconocerá la policía? -preguntó volviéndose hacia su estupefacto hijo.
-No, señor -balbució el sustituto-. A lo menos, así lo espero.
-Encomiendo a la prudencia -prosiguió Noirtier- estos trastos que dejo aquí.
-¡Oh! Id tranquilo, padre mío -respondió Villefort.
-Ya lo creo. Oye: empiezo a comprender que en efecto puedes haberme salvado la vida; pero, anda, que
muy pronto te lo pagaré.
Villefort inclinó la cabeza.
-Creo que os engañáis, padre mío.
-¿Volverás a ver al rey?
-¿Quieres pasar a sus ojos por profeta?
-Los profetas de desgracias no son en la corte bien recibidos, padre.
-Pero a la corta o a la larga se les hace justicia. En el caso de una segunda restauración pasarás por un
gran hombre.
-¿Y qué he de decir al rey?
–«Señor, os engañan acerca del espíritu reinante en Francia, y en las ciudades y en el ejército. El que
en París llamáis el ogro de Córcega, el que se llama todavía en Nevers el usurpador, se llama ya en Lyón
Bonaparte, y el emperador en Grenoble. Os lo imagináis fugitivo, acosado, y en realidad vuela como el
águila de sus banderas. Sus soldados, que creéis muertos de hambre y de fatiga, dispuestos a desertar,
multiplícanse como los copos de nieve en torno del alud que cae. Partid, señor, abandonad Francia a su
verdadero dueño, al que no la ha comprado, sino conquistado; partid, señor, y no porque estéis en peligro,
que él es bastante poderoso para no tocaros el pelo de la ropa; sino porque sería una mengua para un nieto
de San Luis, deber la vida al hombre de Arcolea, de Marengo de Austerlitz.» Dile esto, Gerardo…, o
mejor será que no le digas nada. Disimula tu viaje a todo el mundo; no te vanaglories de lo que has
venido a hacer, ni de lo que hiciste en París; si has bebido los vientos a la venida, devóralos a la vuelta,
entra en tu casa de modo que nadie lo sospeche y en particular sé desde ahora humilde, inofensivo, astuto;
porque te juro que obraremos como aquel que conoce a sus enemigos y es fuerte de suyo. Andad, andad,
mi querido Gerardo, que con obedecer las órdenes paternales, o mejor dicho, si queréis, con atender a los
consejos de un amigo, os sostendremos en vuestro destino. Así podréis -añadió Noirtier sonriendo-,
salvarme por segunda vez si la rueda de la fortuna política vuelve a levantaros y a bajarme a mí. Adiós,
mi querido Gerardo: en el primer viaje que hagáis, venid a parar en mi casa.
Y con esto se marchó tranquilo, como no había dejado de estarlo un solo momento durante esta
conversación, mientras que Villefort, pálido y agitado, corrió a la ventana, desde donde le pudo ver pasar
impasible entre dos o tres hombres de mala traza, que emboscados detrás de la esquina, y en los portales,
esperaban quizás al de las patillas negras, el gabán azul y el sombrero de alas anchas, para echarle el
guante.
Villefort permaneció de pie y lleno de ansiedad, hasta que, viéndole desaparecer en la encrucijada de
Bussy, se precipitó sobre el malhadado traje, ocultó en el fondo de su maleta el levitón azul y la corbata
negra, aplastó el sombrero escondiéndolo debajo de un armario, hizo pedazos el bastón arrojándolos al
fuego, y poniéndose la gorra de viaje llamó al ayuda de cámara, vedándole con un gesto las mil preguntas
que éste ansiaba hacer; pagóle la cuenta y se precipitó al carruaje que ya le estaba aguardando. En Lyón
supo que Bonaparte acababa de entrar en Grenoble, y participando de la agitación que reinaba en los
pueblos del tránsito llegó a Marsella henchida el alma con las angustias con que la ambición y los
primeros medros suelen envenenarla.
Capítulo trece
Los cien días
El señor Noirtier resultó un profeta verídico. Tal cual los auguró pasaron los sucesos. Todo el mundo
conoce lo de la vuelta de la isla de Elba, suceso extraño, milagroso, que no tiene ejemplo en lo pasado ni
tendrá imitadores en lo porvenir probablemente.
Luis XVIII no trató parar golpe tan duro sino con mucha parsimonia. Su desconfianza de los hombres
le hacía desconfiar de los acontecimientos. El realismo, o mejor dicho, la monarquía restaurada por él
vaciló en sus cimientos mal afirmados aún; un solo gesto del emperador acabó de demoler el caduco
edificio, mezcla heterogénea de preocupaciones y de nuevas ideas. Villefort no alcanzó de su rey sino
aquella gratitud inútil a la sazón y hasta peligrosa, y aquella cruz de la Legión de Honor, que tuvo la
prudencia de no enseñar a nadie, aunque el señor de Blacas le envió el diploma a vuelta de correo,
cumpliendo la orden de Su Majestad.
Napoleón hubiera destituido a Villefort, de no protegerle Noirtier, que gozaba de mucha influencia en
la corte de los Cien Días, tanto por los peligros que había corrido, como por los servicios que había
prestado. El girondino del 93, el senador de 1806, protegió pues a su protector de la víspera; tal como se
lo había prometido.
Durante la resurrección del imperio, resurrección que hasta a los menos avisados se alcanzaba poco
duradera, se limitó Villefort a ahogar el terrible secreto que Dantés había estado en trance de divulgar.
El procurador del rey fue destituido de su cargo por sospechas de tibieza en sus opiniones
bonapartistas. Sin embargo, restablecido apenas el imperio, es decir, apenas habitó Napoleón en las
Tullerías que acababa de abandonar Luis XVIII, apenas lanzó sus numerosas y diferentes órdenes desde
aquel gabinete que conocemos, donde encontró abierta aún y casi llena sobre la mesa de nogal la caja de
tabaco del rey Luis XVIII, Marsella, a pesar del vigor de sus magistrados, empezó a dejar traslucir en su
seno las chispas de la guerra civil, nunca apagadas enteramente en el Mediodía. Muy poco faltó para que
las represalias fuesen algo más que cencerradas a los realistas metidos en su concha, los cuales se vieron
obligados a no poder salir de su casa, porque en las calles los perseguían cruelmente si se dejaban ver.
Por un cambio natural, el naviero, que como dijimos pertenecía al partido del pueblo, llegó a ser en esta
ocasión, si no muy poderoso, porque Morrel era prudente y algo tímido, como aquel que con su laborioso
trabajo va amasando lentamente una fortuna, por lo menos, alentado por los bonapartistas furibundos que
criticaban su moderación, hallóse, repetimos, bastante fuerte para levantar la voz y hacer una
reclamación, que como ya se adivinará, fue en favor de Dantés.
Villefort continuaba siendo sustituto, a pesar de la caída del procurador: su boda, aunque resuelta,
habíase aplazado para mejores tiempos. Si el emperador se afianzaba en el trono, necesitaba Gerardo de
otra alianza, que su padre buscaría y ajustaría; pero como una segunda restauración devolviese Francia al
rey Luis XVIII, crecería la influencia del marqués de Saint-Meran, y la suya propia, con lo que llegara a
ser la proyectada unión más ventajosa que nunca.
El sustituto del procurador del rey era el primer magistrado de Marsella, cuando una mañana se abrió la
puerta de su despacho y le anunciaron al señor Morrel.
Otro cualquiera se hubiera alarmado con el solo anuncio de semejante visita; pero el sustituto era un
hombre superior, que tenía, si no la práctica, el instinto de todas las cosas. Hizo aguardar al señor Morrel
en la antecámara, tal como había hecho en otro tiempo, y no porque estuviera ocupado con alguien, sino
porque es costumbre que se haga antesala al sustituto del procurador del rey. Hasta después de un cuarto
de hora, pasado en leer tres o cuatro periódicos de diferentes colores políticos, no dio orden de que
entrase el naviero, que esperaba encontrar a Villefort abatido, y le halló como seis semanas antes, firme,
grave, y con esa ceremoniosa política que es la más alta de todas las barreras que separan al hombre
vulgar del hombre encumbrado.
Había entrado en el despacho de Villefort convencido de que el magistrado iba a temblar a su vista, y
como sucedió al revés, él fue quien se vio tembloroso y conmovido ante aquel personaje interrogador, que
le esperaba con el codo apoyado en la mesa y la barba en la palma de la mano.
El señor Morrel se detuvo a la puerta. Miróle Villefort como si le costase trabajo reconocerle, y después
de una larga pausa, durante la cual no hacía el digno naviero sino darle vueltas y más vueltas a su
sombrero entre las manos, el sustituto dijo:
-Si no me engaño…, sois… el señor Morrel.
-Sí, señor; el mismo-respondió Morrel.
-Acercaos, pues -prosiguió el juez, haciéndole con la mano un signo protector-; acercaos y decidme a
qué debo el honor de esta visita.
-¿No lo sospecháis, caballero? -le preguntó el señor Morrel.
-No, ni remotamente; aunque eso no impide que esté dispuesto a serviros en cuanto de mí dependa.
-Todo depende de vos -repuso el naviero.
-Explicaos, pues.
-Señor -prosiguió Morrel animándose a medida que iba hablando y conociendo así lo fuerte de su
posición, como la justicia de su causa-; señor, ya recordaréis que pocos días antes de saberse el desembarco
de Su Majestad el emperador, vine a recomendar a vuestra indulgencia a un desdichado joven,
segundo de mi barco, a quien se acusaba, como seguramente recordaréis, se acusaba de mantener relaciones
en la isla de Elba. Aquellas relaciones, entonces criminales, son hoy títulos de favor. Entonces
servíais a Luis XVIII y le castigasteis, caballero…, fue vuestro deber. Hoy servís a Napoleón, debéis
protegerle, porque también es vuestro deber. Vengo a preguntaros qué ha sido de aquel joven.
Villefort hizo un violento esfuerzo para decir:
-¿Cuál es su nombre? Tened la bondad de decírmelo.
-Edmundo Dantés.
De seguro Villefort hubiera preferido batirse en duelo a veinticinco pasos, que oír pronunciar este
nombre así a boca de jarro; pero ni pestañeó.
«Con esto -dijo para sí-, nadie me podrá acusar de haber hecho una cuestión personal de la prisión de
ese hombre.»
-¿Dantés? -repitió-: ¿Decís Edmundo Dantés?
-Sí, señor.
Abrió entonces Villefort un grueso libro que yacía en un cajón de su mesa, y después de hojearlo mil y
mil veces, se volvió a decir al naviero, con el aire más natural del mundo:
-¿Estáis bien seguro de no engañaros?
Si Morrel hubiese sido un hombre más versado en estas materias, le chocara que el sustituto del
procurador del rey se dignase responderle en cosas ajenas de todo en todo a su jurisdicción. Entonces se
hubiera preguntado por qué no le hacía Villefort recurrir al registro general de cárceles, a los
gobernadores de las prisiones, o al prefecto del departamento.
Pero Morrel, que había esperado encontrar a Villefort temeroso, creía hallarle condescendiente. El
sustituto lo había comprendido.
-No, caballero, no me equivoco -respondió Morrel-. Conozco hace diez años a ese joven, y hace cuatro
que le tengo a mi servicio. Hace seis semanas, ¿no os acordáis?, vine a rogaros que fuerais con él
clemente, así como hoy vengo a rogaros que seáis justo. ¡Harto mal me recibisteis entonces, y aún me
contestasteis peor; que los realistas entonces trataban a la baqueta a los bonapartistas!
-¡Caballero! -respondió Villefort parando el golpe con su acostumbrada sangre fría-, yo era entonces
realista porque creía ver en los Borbones no solamente los herederos legítimos del trono, sino los electos
del pueblo; pero las jornadas milagrosas de que hemos sido testigos pruébanme que me engañaba. El
genio de Bonaparte sale vencedor. El monarca legítimo es el monarca amado.
-Enhorabuena -exclamó Morrel con su natural franqueza-; me da gusto oíros hablar así, y ya pronostico
buenas cosas al pobre Edmundo.
-Aguardad -repuso Villefort hojeando otro registro-: ya caigo…, ¿no es un marino que se iba a casar con
una catalana? Sí…, sí…, ya recuerdo. Era un asunto muy grave.
-¿Cómo?
-¿No sabéis que desde mi casa se le llevó a las prisiones del Palacio de Justicia?
-Sí; ¿y bien?
-Di cuenta a París, enviando los papeles que le hallé…, ¿qué queréis? Mi deber lo exigía. Ocho días
después de su prisión me arrebataron al reo.
-¿Os lo arrebataron? -exclamó Morrel-; ¿y qué han hecho con él?
-¡Oh, tranquilizaos! Seguramente habrá sido transportado a Fenestrelles, a Pignerol o a las islas de
Santa Margarita…, lo que se llama deportación en lenguaje jurídico, y el día menos pensado le veréis
volver a tomar el mando de su buque.
-Que venga cuando quiera, le reservo su puesto. Pero ¿cómo no ha venido ya? Paréceme que el primer
cuidado de la policía debió de ser poner en libertad a los presos de la justicia realista.
-Mi querido señor Morrel, ésa es una acusación temeraria -respondió Villefort-. Para todo hay una
fórmula legal. La orden de prisión vino de arriba y de arriba ha de venir la de ponerle en libertad.
Ahora bien, como apenas hace quince días de la vuelta de Napoleón, todavía no es tarde.
-Pero habrá algún medio de activar el asunto, ahora que nosotros mandamos, ¿verdad? Tengo amigos y
alguna influencia: puedo lograr que se eche tierra a la sentencia.
-No ha sido sentencia.
-Pues que le borren del registro general de cárceles.
-En materia de política tampoco hay registros. Muchas veces importa a los gobiernos que un hombre
desaparezca sin dejar rastro alguno. Las anotaciones del registro general podrían servir de hilo conductor
al que le buscara.
-Eso sucedería quizás en tiempo de los Borbones; pero ahora…
-En todos tiempos sucede lo mismo, mi querido señor Morrel. Los gobiernos se suceden unos a otros
imitándose siempre. La máquina penitenciaria inventada por Luis XIV sigue hoy en uso, y es muy
parecida a la Bastilla. El emperador ha sido más severo al reglamentar sus prisiones que el gran rey
mismo, y el número de los presos que no constan en el registro general de cárceles es incalculable.
Tanta benevolencia hubiese borrado hasta las sospechas más evidentes, que Morrel no tenía por otra
parte.
-Pero, en fin, señor de Villefort -le dijo-, ¿qué os parece que haga para apresurar la vuelta del pobre
Dantés?
-Una sola cosa: haced una solicitud al ministro de Justicia.
-¡Oh!, caballero, ya sabemos el destino de las solicitudes; el ministro recibe doscientas cada día y no
lee cuatro.
-Sí -respondió Villefort-, pero leería una dirigida por mi conducto, recomendada al margen por mí, y
remitida directamente por mí.
-¿De modo que os encargaríais de que llegara a sus manos esa solicitud?
-Con mucho gusto. Dantés podía ser entonces culpable; pero ahora es inocente, y es mi deber el
devolverle la libertad, como entonces lo fue quitársela.
Villefort evitaba así una requisitoria, aunque poco probable, posible; requisitoria que sin remedio le
perdería.
-¿Cómo se escribe al ministro?
-Sentaos ahí, señor Morrel -dijo Villefort levantándose y cediéndole su asiento-. Voy a dictaros.
-¿Tendríais tanta bondad?
-Desde luego. No perdamos tiempo, que ya hemos perdido demasiado.
-Sí, caballero. Pensemos en que el pobre muchacho aguarda, sufre y quizá se desespera.
Villefort tembló al recuerdo de aquel desgraciado que le maldeciría desde el fondo de su prisión; pero
había ya avanzado mucho para retroceder. Dantés debía desaparecer ante su ambición.
-Dictad -dijo el naviero sentado en la silla de Villefort y con la pluma en la mano.
Villefort dictó entonces una instancia, en la que exageraba el patriotismo de Dantés, sus servicios a la
causa bonapartista, y pintándole, en fin, como uno de los agentes más activos de la vuelta de Napoleón.
Era evidente que a tal solicitud el ministro haría al punto justicia, si ya no la había hecho.
Terminada la solicitud, Villefort la volvió a leer en voz alta.
-Así está bien -dijo- Ahora confiad en mí.
-¿Y partirá pronto esta solicitud, caballero?
-Hoy mismo.
-¿Recomendada por vos?
-La mejor recomendación que yo podría ponerle es certificar que es cierto cuanto decís en la solicitud.
Y sentándose a su vez, escribió Villefort al margen su certificado.
-Y ahora ¿qué hay que hacer, caballero? -le preguntó el armador.
-Esperar -repuso Villefort- yo me encargo de todo.
Esta seguridad volvió las esperanzas a Morrel; de modo que cuando dejó al sustituto le había ganado
enteramente. El naviero fue en seguida a anunciar al padre de Edmundo que no tardaría en volver a ver a
su hijo.
En cuanto a Villefort, guardó cuidadosamente aquella solicitud que para salvar en lo presente a Dantés
le comprometía tanto en lo futuro, caso de que sucediese una cosa que ya los sucesos y el aspecto de
Europa dejaban entrever: otra restauración.
Por lo tanto, Edmundo continuó en la cárcel. Aletargado en su calabozo no oyó el rumor espantoso de
la caída del trono de Luis XVIII, ni el más espantoso aún de la del trono del emperador.
Sin embargo, el sustituto lo había observado todo con ojo avizor. Durante esta corta aparición imperial
llamada los Cien Días, Morrel había vuelto a la carga insistiendo siempre por la libertad de Dantés; pero
Villefort le había tranquilizado con promesas y esperanzas. AI fin llegó el día de Waterloo.
Morrel había hecho por su joven amigo cuanto humanamente le había sido posible. Ensayar nuevos
medios durante la segunda restauración hubiese sido comprometerse en vano.
Luis XVIII volvió a subir al trono. Villefort, para quien Marsella estaba llena de recuerdos que eran
para él otros tantos remordimientos, solicitó y obtuvo la plaza de procurador del rey en Tolosa.
Quince días después de su instalación en esta ciudad se verificó su matrimonio con la señorita Renata
de Saint-Meran, cuyo padre tenía más influencia que nunca.
Y con esto Dantés permaneció preso, así durante los Cien Días como después de Waterloo, y olvidado,
si no de los hombres, de Dios a lo menos.
Danglars comprendió toda la extensión del golpe con que había perdido a Dantés, al ver volver a
Francia a Napoleón. Su denuncia acertó por casualidad, y como aquellos hombres que tienen cierta
aptitud para el crimen y un mediano arte de saber vivir, llamó a esta rara casualidad decreto de la
Providencia.
Pero cuando Napoleón volvió a París, y al resonar su voz imperiosa y potente, Danglars tuvo miedo, ya
que esperaba a cada instante ver aparecer a Dantés, a su víctima, enterado de todo, y amenazador y
terrible en la venganza. Manifestó entonces al señor Morrel su deseo de abandonar la vida marítima,
logrando que el naviero le recomendase a un comerciante español, a cuyo servicio entró a fin de marzo, es
decir, diez o doce días después de la vuelta de Napoleón a las Tullerías.
Partió, pues, para Madrid, y ninguno de sus amigos volvió a saber de su paradero.
Fernando no comprendió nada de lo sucedido. Dantés estaba ausente. Con esto se contentaba.
¿Qué le había sucedido?
No trató de averiguarlo; sólo con el respiro que le dejaba su ausencia se ingenió como pudo, ora para
engañar a Mercedes sobre las causas de la desaparición de Edmundo, ora para meditar planes de emigración
y robo. Quizás, y eran estos momentos los más tristes de su vida, se sentaba a la punta del cabo
Pharo, desde donde se distinguen a la par Marsella y los Catalanes, contemplándolos triste e inmóvil
como un ave de rapiña, y soñando a cada instante ver venir a su rival vivo y erguido, y para él también
nuncio de terribles venganzas. Para entonces estaba tomada su decisión: mataba a Edmundo de un tiro, y
después se suicidaba; pero esto se lo decía a sí mismo para disculpar su asesinato.
Fernando se engañaba a sí mismo. Nunca se hubiera él suicidado, porque tenía esperanzas aún.
En medio de estos tristes y dolorosos acontecimientos, el imperio llamó a sus banderas la última quinta,
y todos cuantos podían empuñar las armas se lanzaron fuera del territorio francés a la voz del emperador.
Fernando fue de éstos; abandonó a Mercedes y su cabaña con doble dolor, pues temía que en su ausencia
volviese su rival y se casase con la que adoraba. Si alguna vez debió Fernando matarse fue al abandonar a
su amada Mercedes. Sus atenciones con ella, la compasión que demostraba a su desdicha, el cuidado con
que adivinaba sus menores deseos, habían producido el efecto que producen siempre las apariencias de
adhesión en los corazones generosos. Mercedes había querido mucho a Fernando como amigo; y su
amistad creció con el agradecimiento.
-Hermano mío -le dijo atando a la espalda del catalán la mochila del quinto- hermano mío, mi único
amigo, no lo dejes matar, no me dejes sola en este mundo en que lloro, y en el que estaré enteramente
abandonada si tú me faltas.
Estas palabras, dichas por despedida, fueron para Fernando un rayo de esperanza. Si Dantés no
regresaba, quizá Mercedes llegaría a ser suya.
Esta se quedó, pues, enteramente sola en aquella tierra árida, que nunca se lo había parecido tanto, con
el mar inmenso por único horizonte. Bañada en lágrimas, como aquella loca cuya doliente vida cuenta el
pueblo, veíasela de continuo errante en torno a los Catalanes; ora quedándose muda a inmóvil como una
estatua bajo el ardiente sol del Mediodía, para contemplar a Marsella; ora sentándose a la orilla del mar,
como si escuchara sus gemidos, eternos como su dolor, y preguntándose al propio tiempo a sí misma si no
le fuera mejor que esperar sin esperanza, inclinarse hacia delante y dejarse caer por su propio peso en
aquel abismo que la tragaría. Mas no fue valor lo que le faltó, sino que vino en su ayuda la religión a
salvarla del suicidio.
Caderousse fue, como Fernando, llamado por la patria; pero tenía ocho años más y era casado, con lo
que se le destinó a las costas. El viejo Dantés, a quien sólo la esperanza sostenía, la perdió con la caída
del imperio, y cinco meses más tarde, día por día de la ausencia de su hijo, y a la misma hora en que
Edmundo fue preso, expiró en brazos de Mercedes. El señor Morrel cubrió todos los gastos del entierro y
las mezquinas deudas que el pobre viejo había contraído durante su enfermedad. Esto, más que
filantropía, era valor, porque el país estaba en llamas, y socorrer, aunque moribundo, al padre de un
bonapartista tan peligroso como Dantés, podía ser tomado por un verdadero crimen político.
Capítulo catorce
El preso furioso y el preso loco
Al cabo de un año aproximadamente después de la vuelta de Luis XVIII, el inspector general de
cárceles efectuó una visita a las del reino.
Desde su calabozo, Dantés percibía el rumor de los preparativos que se hacían en el castillo, y no por el
alboroto que ocasionaban, aunque no era grande, sino porque los presos oyen en el silencio de la noche
hasta la araña que teje su tela, hasta la caída periódica de la gota de agua que tarda una hora en filtrarse
por el techo de su calabozo, y adivinó que algo nuevo sucedía en el mundo de los vivos: hacía tanto
tiempo que le habían encerrado en una tumba, que podía muy bien tenerse por muerto.
En efecto, el inspector iba visitando una tras otra las prisiones, calabozos y subterráneos. A muchos
presos interrogaba, particularmente a aquellos cuya dulzura o estupidez los hacía recomendables a la
benevolencia de la administración: sus preguntas se redujeron a cómo estaban alimentados y qué
reclamaciones tenían que hacer a su autoridad. Todos convinieron unánimemente en que la comida era
detestable, y pedían la libertad. El inspector les preguntó entonces si tenían otra cosa que decirle. Su
respuesta fue un ademán de cabeza. ¿Qué otra cosa que la libertad pueden pedir los presos?
El inspector se volvió sonriendo, y dijo al gobernador del castillo:
-No sé para qué nos obligan a estas visitas inútiles. Quien ve a un preso los ve a todos. ¡Siempre lo
mismo! Todos están mal alimentados y son inocentes por añadidura. ¿Hay algunos más?
-Sí, tenemos los peligrosos y los dementes, que están en los subterráneos.
-Vamos -dijo el inspector con aire de aburrimiento-. Cumplamos nuestra obligación en regla. Bajemos
a los subterráneos.
-Aguardad por lo menos a que vayan a buscar dos hombres -respondió el gobernador- que los presos,
sea por hastío de la vida, sea para hacerse condenar a muerte, intentan tal vez crímenes desesperados, y
podríais ser víctima de alguno.
-Tomad, pues, precauciones -dijo el inspector.
En efecto, enviaron a buscar dos soldados, y comenzaron a bajar una escalera, tan empinada, tan infecta
y tan húmeda, que el olfato y la respiración se lastimaban a la par.
-¡Oh! ¿Quién diablos habita este calabozo? -dijo el inspector a la mitad del camino.
-Un conspirador de los más temibles: nos lo han recomendado particularmente como hombre capaz de
cualquier cosa.
-¿Está solo?
-Sí.
-¿Y cuánto tiempo hace?
-Un año, con corta diferencia.
-¿Y desde su entrada en el castillo está en el subterráneo?
-No, señor, sino desde que quiso matar al llavero encargado de traerle la comida.
-¿Ha querido matar al llavero?
-Sí, señor: a ese mismo que nos viene alumbrando. ¿No es cierto, Antonio? -le preguntó el gobernador.
-Como lo oye, señor -respondió el llavero.
-¿Está loco este hombre?
-Peor que loco, es el diablo.
-¿Queréis que demos cuenta a la superioridad? -preguntó el inspector al gobernador.
-Es inútil. Bastante castigado está. Ya raya en la locura, y según la experiencia que nuestras
observaciones nos dan, dentro de un año estará completamente loco.
-Mejor para él -dijo el inspector-, pues sufrirá menos.
Como se ve, era este inspector un hombre muy humano, y digno del filantrópico empleo que gozaba.
-Tenéis razón, caballero -repuso el gobernador- y vuestra reflexión da a entender que habéis estudiado
la materia a fondo. En otro subterráneo que está separado de éste unos veinte pies y al cual se desciende
por otra escalera, tenemos un viejo abate, jefe del partido de Italia in illo tempore, preso aquí desde 1811.
Desde fines de 1813 se le ha trastornado la cabeza, y ya nadie le podría reconocer físicamente. Antes
lloraba, ahora ríe; antes enflaquecía, ahora engorda. ¿Queréis verle antes que a éste? Su locura es
divertida y os aseguro que no os entristecerá.
-A uno y otro veré -respondió el inspector-. Hagamos las cosas como se deben hacer.
Era ésta la primera vez que el inspector hacía una visita de cárceles, por lo que deseaba dar a sus jefes
buena idea de sí.
-Entremos, pues, en éste -dijo.
-Bien -respondió el gobernador, haciendo una seña al llavero, el cual abrió la puerta.
A1 rechinar de las macizas cerraduras; al rumor de los pesados cerrojos, Dantés, que estaba acurrucado
en un rincón del calabozo recreándose deleitosamente en el exiguo rayo de luz que penetraba por un
tragaluz con gruesísimos barrotes, Dantés, repetimos, levantó la cabeza. Viendo a un desconocido
alumbrado por dos llaveros que llevaban antorchas encendidas, custodiado por dos soldados y respetado
por el gobernador de tal manera que le hablaba con el sombrero en la mano, comprendió Dantés el objeto
de su visita, y viendo en fin que se le presentaba coyuntura de hablar a una autoridad superior, saltó hacia
él con las manos en actitud de súplica. Los soldados calaron bayoneta, temiendo que el preso se dirigiese
al inspector con malas intenciones; éste retrocedió un paso, asustado. Dantés comprendió que le habían
pintado a sus ojos como un hombre temible. Procuró entonces poner en su mirada cuanto de humildad y
mansedumbre hay en el corazón humano, y con una elocuencia piadosa que admiró a todos los
circunstantes trató de conmover al recién llegado. Escuchó hasta el fin el inspector el discurso de Dantés,
y volviéndose al gobernador le dijo en voz baja:
-Ya va haciéndose humano, y los sentimientos dulces empiezan a dominarle. Observad cómo el temor
obra en él su efecto; retrocedió ante las bayonetas, y el loco no retrocede ante peligro alguno. Sobre este
síntoma he hecho ya en Charentón observaciones muy curiosas. Después, volviéndose al preso:
-En resumen-le dijo-, ¿qué pedís?
-Pido que me digan el crimen que he cometido; que se me nombren jueces; que se me juzgue; que se
me fusile si soy culpable, pero que me pongan en libertad si soy inocente.
-¿Coméis bien? -le preguntó el inspector.
-Sí, yo lo creo…, no lo sé; pero eso importa poco. Lo que debe importar, no solamente a mí, pobre
preso, sino a todos los que se ocupan en hacer justicia, y sobre todo al rey que nos manda, es que el
inocente no sea víctima de una delación infame, y no muera entre cerrojos maldiciendo a sus verdugos.
-¡Qué humilde estáis hoy! -le dijo el gobernador-. No siempre sucede lo mismo, de otra manera
hablabais el día que quisisteis asesinar a vuestro guardián.
-Es verdad, señor -respondió Dantés-, y por ello pido humildemente perdón a este hombre, que ha sido
siempre bondadoso conmigo. Pero ¿qué queréis? Yo estaba loco, yo estaba furioso.
-¿Y ahora, ya no lo estáis?
-No, señor; porque la prisión me doma, me anonada. ¡Hace tanto tiempo que estoy aquí!
-¡Mucho tiempo! ¿En qué época os detuvieron? -le preguntó el inspector.
-El 28 de febrero de 1815, a las dos de la tarde.
El inspector se puso a calcular.
-Estamos a 30 de julio de 1816; no hace más que diecisiete meses que estáis preso.
-¿No hace más? -repuso Dantés-. ¿Os parecen pocos diecisiete meses? ¡Ah!, señor, ignoráis lo que son
diecisiete meses de cárcel; diecisiete años, diecisiete siglos, sobre todo para un hombre como yo, que
estaba próximo a ser feliz; para un hombre que vela abierta una carrera honrosa, y que todo lo pierde en
aquel mismo instante, que del día más claro y hermoso pasa a la noche más profunda, que ve su carrera
destruida, que no sabe si le ama aún la mujer que antes le amaba, que ignora en fin si su anciano padre
está muerto o vivo. Diecisiete meses de cárcel para un hombre acostumbrado al aire del mar, a la
independencia del marino, al espacio, a la inmensidad, a lo infinito; caballero, diecisiete meses de cárcel
es el mayor castigo que pueden merecer los crímenes más horribles del vocabulario humano.
Compadeceos de mí, caballero, y pedid para mí no indulgencia, sino rigor, no indulto, sino justicia.
Justicia, señor, yo no pido más que justicia. ¿Quién se la niega a un preso?
-Está bien, ya veremos -dijo el inspector.
Y volviéndose hacia su acompañante añadió:
-En verdad me da lástima este pobre diablo. Luego me enseñaréis en el libro de registro su partida.
-Con mucho gusto -respondió el gobernador-, pero creo que hallaréis notas tremendas contra él.
-Caballero -prosiguió Edmundo-, bien sé que vos no podéis hacerme salir de aquí por vuestra propia
decisión, pero podéis transmitir mi súplica a la autoridad, provocar una requisitoria, hacer en fin que se
me juzgue. ¡Justicia es todo lo que pido! Sepa yo al menos de qué crimen se me acusa, y a qué castigo se
me sentencia. La incertidumbre es el peor de todos los suplicios.
-Contadme, pues, detalles del asunto -dijo el inspector.
-Señor -exclamó Dantés-, por vuestra voz comprendo que estáis conmovido. ¡Señor! ¡Decidme que
tenga esperanza!
-No puedo decíroslo -respondió el inspector-, sino solamente prometeros examinar vuestra causa.
-¡Oh! Entonces, caballero, estoy libre, ¡me he salvado!
-¿Quién os mandó detener? -preguntó el inspector.
-El señor de Villefort -respondió Edmundo Dantés-. Vedle y entendeos con él.
-Desde hace un año que el señor de Villefort no está en Marsella, sino en Tolosa.
-¡Ah! , no me extraña -balbució Dantés-. ¡He perdido a mi único protector!
-¿Tenía el señor de Villefort algún motivo para estar resentido con vos?
-Ninguno, señor; antes al contrario, fue muy bondadoso conmigo.
-¿Podré fiarme de las notas que haya dejado escritas sobre vos, o que me proporcione él mismo?
-Sí, señor.
-Pues bien: tened esperanza.
Dantés cayó de rodillas levantando las manos al cielo, y recomendándole en una oración aquel hombre
que había bajado a su calabozo como el Salvador a sacar almas del infierno. La puerta se volvió a cerrar,
pero la esperanza que acompañaba al inspector se quedó encerrada en el calabozo de Dantés.
-¿Queréis ver ahora el libro de registro -dijo el gobernador-, o bajamos antes al calabozo del abate?
-Acabemos la visita -respondió el inspector-. Si volviese a salir al aire libre quizá no tendría valor para
acabarla.
-Este preso no es por el estilo del otro, que su locura entristece menos que la razón de su vecino.
-¿Cuál es su locura?
-¡Oh!, muy extraña. Se cree poseedor de un tesoro inmenso. El primer año ofreció al gobierno un
millón si le ponía en libertad; el segundo año le ofreció dos millones; el tercero, tres, y así progresivamente.
Ahora está en el quinto año: es probable que os pida una entrevista, y os ofrezca cinco millones.
-Manía rara es, en efecto -dijo el inspector-. ¿Y cómo se llama ese millonario?
-El abate Faria.
-Número 27 -dijo el inspector.
-Aquí es. Abrid, Antonio.
El llavero obedeció, con lo que pudo el inspector pasear su mirada curiosa por el calabozo del abate
loco, que así solían llamar a aquel preso.
En mitad de la estancia, dentro de un círculo trazado en el suelo con un pedazo de yeso de la pared,
veíase agazapado un hombre casi desnudo, tan roto estaba su traje. Ocupábase en aquellos momentos en
hacer dentro del círculo líneas geométricas muy bien trazadas, y parecía tan preocupado con su problema
como Arquímedes cuando le mató el soldado de Marcelo. Ni siquiera pestañeó al rumor de la puerta que
se abría, ni dio muestra alguna de sorpresa cuando el resplandor de las antorchas iluminó con desusado
brillo el húmedo suelo en que trabajaba. Volvióse entonces y vio con gran sorpresa la numerosa comitiva
que acababa de entrar en su calabozo.
Acto continuo se puso en pie y cogió un cobertor que yacía a los pies de su miserable lecho para
envolverse y recibir con mayor decencia a los recién venidos.
-¿Qué es lo que pedís? -le dijo el inspector sin alterar la fórmula.
-¿Yo, caballero…?, no pido nada -respondió el abate como admirado.
-Sin duda no me comprendéis -dijo el inspector-. Yo soy un delegado del gobierno para visitar las
cárceles y atender las reclamaciones de los presos.
-¡Oh!, entonces es otra cosa, caballero -exclamó vivamente el abate- Espero que vamos a entendernos.
-¿Lo veis? -dijo el gobernador por lo bajo- El principio, ¿no os indica que va a parar a lo que yo os
decía?
-Caballero -prosiguió el preso-, yo soy el abate Faria, natural de Roma. A los veinte años era secretario
del cardenal Rospigliossi. Sin saber por qué, me detuvieron a principios de 1811, y desde entonces
suplico vanamente mi libertad a las autoridades italianas y francesas.
-¿Y por qué a las francesas? -le preguntó el gobernador.
-Porque me prendieron en Piombino, y supongo que, como Milán y Florencia, Piombino será
actualmente capital de un departamento francés.
El inspector y el gobernador se miraron sonriendo.
-¿Sabéis, amigo mío -le dijo el inspector-, que no son muy frescas vuestras noticias de Italia?
-Datan del día en que fui preso, caballero -repuso el abate Faria- y como Su Majestad el emperador
había creado el reino de Roma para el hijo que el cielo acababa de darle, supongo que, siguiendo el curso
de sus conquistas, haya realizado el sueño de Maquiavelo y de César Borgia, que era hacer de Italia entera
un solo y único reino.
-Caballero -dijo el inspector-, la Providencia, por fortuna, ha modificado ese gigantesco plan de que
parecéis partidario tan ardiente.
-Ese es el único medio de hacer de Italia un Estado fuerte, independiente y feliz -respondió el abate.
-Puede ser -repuso el inspector-; pero yo no he venido a estudiar un curso de política ultramontana, sino
a preguntaros, como ya lo hice, si tenéis algo que reclamar sobre vuestra habitación, trato y comida.
-La comida es igual a la de todas las cárceles, quiero decir, malísima -respondió el abate- la habitación
ya lo veis, húmeda a insalubre, aunque muy buena para calabozo. Pero no tratemos de eso sino de
revelaciones de la más alta importancia que tengo que hacer al gobierno.
-Ya va a su negocio -dijo en voz baja el gobernador al inspector.
-Me felicito, pues, de veros -prosiguió el abate-, aunque me habéis interrumpido un cálculo excelente
que a no fallarme cambiaría quizás el sistema de Newton. ¿Podéis concederme una entrevista secreta?
-¿Eh? ¿Qué decía yo? -dijo el gobernador al inspector.
-Bien conocéis a vuestra gente -respondió este último sonriéndose, y volviéndose a Faria le dijo:
-Caballero, lo que me pedís es imposible.
-Sin embargo, ¿y si se tratase, caballero -repuso el abate-, de hacer ganar al gobierno una suma enorme,
una suma de cinco millones?
-A fe mía que hasta la cantidad adivinasteis -dijo el inspector volviéndose otra vez hacia el gobernador.
-Vamos -prosiguió el abate, conociendo que el inspector iba a marcharse-, no hay necesidad de que
estemos absolutamente solos. El señor gobernador puede asistir a nuestra entrevista.
-Amigo mío -dijo el gobernador-, sabemos por desgracia de antemano lo que queréis decirnos. De
vuestros tesoros, ¿no es verdad?
Miró Faria a este hombre burlón con ojos en que un observador desinteresado hubiera leído la razón y
la verdad.
-Sin duda alguna -le respondió-. ¿De qué queréis que yo os hable, sino de mis tesoros?
-Señor inspector -repuso el gobernador-, puedo contaros esa historia tan bien como el abate, porque
hace cuatro o cinco años que no me habla de otra cosa.
-Eso demuestra, señor gobernador -dijo Faria-, que sois como aquellos de que habla la Escritura, que
tienen ojos y no ven, oídos y no oyen.
-Amigo -añadió el inspector-, el gobierno es rico, y a Dios gracias no necesita de vuestro dinero.
Guardadlo, pues, para cuando salgáis de vuestro encierro.
Dilatáronse los ojos del abate, y asiendo de la mano al inspector, le dijo:
-Pero, ¿y si no salgo nunca? ¿Y si contra toda justicia permanezco siempre en este calabozo? ¿Y si
muero sin haber legado a nadie mi secreto? ¡El tesoro se perderá! ¿No es preferible que lo poseamos el
gobierno y yo? Daré hasta seis millones, caballero, sí, le daré hasta seis millones, y me contentaré con el
resto si se me pone en libertad.
-A fe mía -dijo a media voz el inspector-, habla con tal acento de convicción, que se le creería a no
saber que está loco.
-No estoy loco, caballero, digo la verdad -repuso Faria, que con ese oído finísimo de los presos no
perdió una sola palabra-. El tesoro de que hablo existe ciertamente, y me comprometo a firmar con vos un
tratado por el cual me llevaréis adonde yo designe, se cavará en la tierra, y si yo miento, si no se
encuentra nada, si estoy loco como decís, consentiré en volver al calabozo, y en permanecer toda mi vida,
y en esperar la muerte sin volver a pedir nada ni a vos ni a nadie.
El gobernador se echó a reír.
-¿Y está muy lejos el lugar de vuestro tesoro?
-A cien leguas de aquí, sobre poco más o menos.
-No está mal imaginado -dijo el gobernador-. Si todos los presos se divirtiesen en pasear a sus guardias
por un espacio de cien leguas, y si los guardias consintiesen en tales paseos, sería un magnífico motivo
para que los presos tomaran las de Villadiego a la primera ocasión, que no dejaría de presentarse,
ciertamente, en tan larga correría.
-Es un ardid muy gastado -dijo el inspector-. Ni siquiera tiene el mérito de la invención.
Después, volviéndose al abate, le dijo:
-Ya os he preguntado si os dan bien de comer.
-Caballero -respondió Faria-, juradme por Cristo nuestro Señor que me pondréis en libertad si no
miento, y os diré dónde está el tesoro.
-¿Os dan buen alimento? -repitió el inspector.
-Nada aventuráis, caballero, y no será un truco para escaparme, pero consiento en permanecer aquí
mientras vos vayáis…
-¿No contestáis a mi pregunta? -repuso impaciente el inspector.
-¡Ni vos a mi solicitud! -respondió el abate-. ¡Maldito seáis como los insensatos que no han querido
creerme! ¿No queréis mi oro? Para mí será. ¿Me negáis la libertad? Dios me la dará. Idos. Ya nada tengo
que decir.
Y el abate tiró el cobertor sobre la cama, recogió su pedazo de yeso, y fue a sentarse en medio de su
círculo, donde continuó trazando sus figuras.
-¿Qué hace? -decía el inspector al irse.
-Cuenta sus tesoros -le contestó el gobernador.
Faria respondió a este sarcasmo con una mirada sublime de desprecio.
Salieron y el llavero cerró la puerta.
-¿Si habrá poseído, en efecto, algún tesoro? -decía el inspector subiendo la escalera.
-O habrá soñado que lo poseía, y despertó demente -repuso el gobernador.
-Si realmente fuera tan rico, no estaría preso -añadió el inspector con la sencillez del hombre
corrompido.
Así concluyó para el abate Faria esta aventura. Siguió preso sin que lograse con la visita otra cosa que
afirmar su fama de loco.
Caligula o Nerón, aquellos célebres rebuscadores de tesoros, que se dieron de cabezadas por todo lo
imposible, hubiesen atendido a este pobre hombre, le hubiesen concedido el aire que deseaba, el espacio
que en tanto tenía, la libertad que tan cara quería pagar; pero los reyes de ahora, encerrados en los límites
de lo probable, no tienen la audacia de la voluntad, temen el oído que escucha las órdenes que ellos
mismos dan, el ojo que ve sus acciones; no sienten en sí lo superior de la esencia divina, son hombres
coronados, en una palabra. En otro tiempo se creían o a lo menos se decían hijos de Júpiter, y
conservaban algo del ser de su padre; que no se plagian fácilmente las cosas de ultra-nubes. Ahora los
reyes se hacen muy a menudo vulgares. Sin embargo, como ha repugnado siempre al gobierno despótico
que se vean a la luz pública los efectos de la prisión y de la tortura; como hay pocos ejemplos de que una
víctima de la inquisición haya podido pasear por el mundo sus huesos triturados y sus sangrientas llagas,
así la locura, esta úlcera causada por el fango de los calabozos, se esconde casi siempre cuidadosamente
en el sitio en que ha nacido, o si sale de él es para enterrarse en un hospital sombrío, donde el médico no
puede distinguir ni al hombre ni al pensamiento entre las informes ruinas que el carcelero le entrega.
Vuelto loco en la prisión el abate Faria, por su misma locura, estaba condenado a no salir nunca de ella.
En cuanto a Dantés, el inspector le cumplió su palabra, examinando el libro de registro cuando volvió a
los aposentos del gobernador. Así decía la nota referente a él:
Edmundo Dantés: Bonapartista acérrimo. Ha tomado una parte muy activa en la vuelta de Napoleón.
Téngase muy vigilado y con el mayor secreto. Esta nota era de otra letra y de otra tinta que las demás del
registro, lo que prueba que no ha sido anotada de la prisión de Edmundo. La acusación era bastante
positiva para dudar de ella. El inspector escribió, pues, debajo:
«Nada se puede hacer por él.»
Esta visita había hecho revivir a Dantés. Desde su entrada en el calabozo se había olvidado de contar
los días; pero el inspector le había dado una fecha nueva, y no la olvidó esta vez, sino que arrancando de
la pared un pedazo de yeso escribió en el muro: «30 de julio de 1816.» Desde este momento señaló con
una raya cada día que pasaba para poder calcular el tiempo.
Transcurrieron días, semanas y meses, y Dantés seguía confiado. Empezó por fijar para su salida de la
cárcel un término de quince días, pues suponiendo que el inspector no tuviese en su asunto sino la mitad
del interés que él mismo tenía, le bastaba con ese plazo. Transcurrido también éste, pensó que era absurdo
creer que el inspector se ocupase en tal cosa antes de su regreso a París, y como su vuelta era imposible
sin terminar la visita, que debía durar lo menos un mes o dos, alargó Edmundo su plazo hasta tres meses.
Pasados éstos hizo otro cálculo, prolongándolos hasta seis; pero cuando éstos pasaron también, halló que
juntos los primeros días con los meses había esperado diez y medio.
Durante dicho tiempo en nada había mudado su situación; ninguna nueva de consuelo había tenido, y
seguía como siempre mudo su carcelero. Dantés empezó a dudar de sus sentidos, a creer que lo que
tomaba por un recuerdo no era sino una visión de su fantasía, y que aquel ángel consolador solamente
había bajado a su calabozo en alas de un sueño.
Al cabo de un año trasladaron al gobernador del castillo, obteniendo el antiguo el mando de la fortaleza
de Ham, a la que se llevó muchos de sus dependientes, entre ellos el carcelero de Edmundo. Llegó el
nuevo gobernador, y como le costase mucho trabajo recordar los nombres de los presos, se los hizo
representar por números. Este horrible hotel tenía unas cincuenta habitaciones, cuyos números respectivos
tomaron sus habitantes. ¡El desgraciado marino dejó de llamarse Edmundo Dantés, conociéndose tan sólo
por el número 34!
Capítulo quince
El número 34 y el número 27
Dantés pasó por todos los grados de desventura que experimentan los presos olvidados en el fondo de
sus calabozos. Comenzó por recurrir al orgullo, que es una consecuencia de la esperanza y un íntimo
convencimiento de la propia inocencia; después dudó de su inocencia, lo que no dejaba de justificar un
tanto las suposiciones de locura del gobernador, y por último cayó del pedestal de su orgullo, y no para
implorar a Dios, sino a los hombres. Dios es el último recurso. El desgraciado que debería comenzar por
él, no llega a implorarle sino después de haber agotado todas sus esperanzas.
Pidió, pues, que le sacasen de su calabozo para ponerle en otro, aunque fuese más negro y más oscuro.
Un cambio, aunque perdiendo, era siempre un cambio, y le proporcionaría por algún tiempo distracción.
Pidió asimismo que le concediesen el pasear, y el tomar el aire, y libros a instrumentos. Nada le fue
concedido; pero no por eso dejó de pedir, pues se había acostumbrado a hablar con su carcelero, que era
más mudo que el anterior si es posible. Hablar con un hombre, aunque no le respondiese, había llegado a
parecerle una gran felicidad. Hablaba para escuchar su propia voz, pues cierta vez que ensayó en hablar a
solas, su voz le dio miedo.
Muchas veces, cuando estaba en libertad, se había horrorizado Dantés al recuerdo de esas cárceles
comunes de las poblaciones, donde los vagabundos están mezclados con los bandoleros y con los asesinos,
que con innoble placer contraen horribles lazos, haciendo de la vida de la cárcel una orgía
espantosa. Pues, a pesar de todo, llegó incluso a sentir deseos de encontrarse en uno de estos antros, por
ver otras caras que la de aquel carcelero impasible y mudo; llegó a echar de menos el presidio con su
infamante traje, su cadena asida al pie, y la marca en la espalda. Los presidiarios al menos viven en
sociedad con sus semejantes, respiran el aire libre y ven el cielo: los presidiarios deben ser muy dichosos.
Un día suplicó a su guardián que pidiese para él un compañero, aunque fuese el abate loco de que había
oído hablar. Bajo la corteza de un carcelero, por más que sea muy ruda, queda siempre algo de
humanidad, y éste, a pesar de que nunca lo había demostrado ostensiblemente, en lo íntimo de su alma
compadeció muchas veces a aquel desgraciado joven, sujeto a tan dura cautividad, por lo que transmitió
al gobernador la solicitud del número 34; pero el gobernador, prudentísimo como si fuera un hombre
político, se figuró que Dantés quería insurreccionar a los presos, fraguar una conspiración, contar con
algún amigo para alguna tentativa; y le negó lo que pedía.
Habiendo agotado todos los recursos humanos, y no encontrando remedio de ninguna clase para sus
males, fue cuando se dirigió a Dios. Vinieron entonces a vivificar su alma todos esos pensamientos piadosos
que baten sus alas sobre los desgraciados. Recordó las oraciones que le enseñaba su madre,
hallándoles una significación entonces de él desconocida, porque las oraciones para el hombre que es
dichoso son a veces palabras vacías de sentido, hasta que el dolor viene a explicar al infortunio ese
lenguaje sublime con que nos habla Dios.
Oró, pues, mas no con fervor sino con rabia. Rezando en alta voz no le asustaban sus palabras: caía en
una especie de éxtasis; a cada palabra que pronunciaba se le aparecía Dios; sacaba lecciones de todos los
hechos de su vida humilde y oscura, atribuyéndolos a Dios, imponiéndose deberes para el porvenir, y al
final de cada rezo intercalaba ese deseo egoísta que los hombres dirigen a sus semejantes más a menudo
que a Dios:
«… Y perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores… »
Y esto le puso sombrío, y un velo cubrió sus ojos. Dantés era un hombre sencillo y sin educación. Lo
pasado permanecía para él envuelto en ese misterio que la ciencia desvanece. En la soledad de un
calabozo, en el desierto de su imaginación, no le era posible resucitar los tiempos pasados, reanimar los
pueblos muertos, restaurar las antiguas ciudades, que el pensamiento poetiza y agiganta, y que pasan
delante de los ojos alumbradas por el fuego del cielo, como los cuadros babilónicos de Martin. Dantés no
conocía más que su pasado, tan breve; su presente, tan sombrío, y su futuro tan dudoso. ¡A la luz de los
diecinueve años ver la oscuridad de una noche eterna! Como ninguna distracción le entretenía, su espíritu
enérgico, a cuyas aspiraciones bastara solamente el tender su vuelo a través de las edades, se veía
obligado a ceñirse a su calabozo como un águila encerrada en una jaula. Entonces se aferraba, por decirlo
así, a una idea, a la de su ventura, desvanecida sin causa aparente por una fatalidad inconcebible;
aferrábase, pues, a este pensamiento, le daba mil vueltas examinándolo bajo todas sus fases, devorándolo
como el implacable Ugolino devora el cráneo del arzobispo Roger en el Infierno del Dante. Edmundo,
que sólo tenía una fe pasajera en el poder, la perdió como la pierden otros después del triunfo, con la
única diferencia de que él no había sabido aprovecharla.
La rabia sucedió al ascetismo. Tales blasfemias decía Edmundo, que el carcelero retrocedía espantado:
se daba golpes contra las paredes, y con cuanto tenía a la mano, principalmente en sí mismo se vengaba
de las contrariedades que le hacía sufrir un grano de arena, una paja o una ráfaga de viento. Entonces
aquella carta acusadora que él había visto, que él había tocado, que le enseñó Villefort, volvía a clavársele
en el magín y cada línea brillaba en la pared como el Mane Thécel Pharés, de Baltasar. Decía para sí que
era el odio de los hombres, no la venganza de Dios el que lo hundió en aquella sima; entregaba aquellos
hombres desconocidos a todos los suplicios que inventaba su exaltada imaginación, y aún le parecían
dulces los más tremendos, y sobre todo livianos para ellos, porque tras el suplicio viene la muerte, y la
muerte es, si no el reposo, la insensibilidad, que se le parece mucho.
A fuerza de repetirse a sí mismo, a propósito de sus enemigos, que la calma es la muerte, y el que desea
castigar con crueldad necesita de otros recursos que no son los de la muerte, cayó en el horrible
ensimismamiento que ocasiona la idea del suicidio. ¡Pobre de aquel a quien detienen en la pendiente de la
desgracia estas tristes ideas! ¡Son como uno de esos mares muertos que reflejan el purísimo azul del cielo;
pero que si el nadador se arroja a ellos, siente hundirse sus pies en un suelo fangoso, que le atrae, le aspira
y le traga! En esta situación, sin auxilio divino, no hay remedio para él, y cada esfuerzo que hace le hunde
más, y le arrastra más y más a la muerte.
Esta agonía moral es, sin embargo, menos terrible que el dolor que la precede y el castigo que acaso la
sigue; es una especie de consuelo vertiginoso, que nos muestra la profundidad del abismo, pero que
también en su fondo nos muestra la nada. Edmundo se consoló, pues, un tanto con esta idea. Todos sus
dolores, todos sus sufrimientos, con su lúgubre cortejo de fantasmas, huyeron hacia aquel rincón del caEste
documento ha sido descargado de
labozo, donde parecía que el ángel de la muerte pudiese fijar su silenciosa planta. Contempló ya con
tranquilidad su vida pasada, con terror su vida futura, y eligió ese término medio que le ofrecía un asilo.
-Tal vez en mis lejanas correrías, cuando yo era aún hombre, y cuando este hombre libre y potente daba
a otros hombres órdenes que eran ejecutadas en el acto, tal vez (decía para sí) he visto nublarse el cielo,
bramar las olas y encresparse, nacer la tempestad en un extremo del espacio, y como un águila gigantesca
venir llenando con sus alas los dos horizontes. Quizá conocía ya entonces que mi barco era un refugio
despreciable, puesto que parecía temblar y estremecerse, ligero como una pluma en la mano de un
gigante. Después el terrible mugido de las olas, la vista de los escollos me anunciaban la muerte, y la
muerte me espantaba, y hacía inauditos esfuerzos para librarme de ella, y reunía en un punto todas las
energías del hombre y toda la inteligencia del marino para luchar con Dios. Y esto, porque yo entonces
era feliz; porque volver a la vida era para mí volver a la felicidad; porque aquella muerte yo no la había
llamado ni la había elegido; porque el sueño, en fin, me parecía intolerable en aquel lecho de algas y de
légamo…, era que me indignaba a mí, criatura, imagen de Dios, el servir de pasto a los albatros o a los
tiburones. Pero hoy ya es otra cosa: he perdido cuanto me encariñaba con la existencia; hoy la muerte me
sonríe como una nodriza al niño que va a amamantar; hoy muero como se me antoja; muero cansado,
como dormía en aquellas noches de desesperación y rabia después de haber dado tres mil vueltas en mi
camarote; es decir, treinta mil pasos; es decir, diez leguas sobre poco más o menos.
En cuanto esta idea germinó en la imaginación del joven, púsose un tanto más alegre, más risueño, se
conformó más con su pan negro y con su dura cama, comió menos, dejó de dormir, y comenzó a parecerle
soportable aquel resto de existencia, que podría dejar cuando quisiese, como se deja un vestido viejo.
Dos maneras tenía de morir; una era sencilla: atar su pañuelo a un hierro de la ventana y ahorcarse; otra
era dejarse morir de hambre, sin que su carcelero se diera cuenta de ello. La primera repugnaba mucho a
Dantés, porque recordaba a los piratas que mueren ahorcados en las vergas de los navíos que los apresan:
tenía pues a la horca por un suplicio infamante y no quería aplicárselo a sí mismo, por lo que adoptó el
segundo medio, empezando desde aquel día a ponerlo en práctica.
Cerca de cuatro años habían transcurrido en las alternativas que hemos referido. A fines del segundo
dejó de contar los días, y había vuelto a esa ignorancia del tiempo, de que le sacara en otra época el
inspector.
Habiendo dicho Dantés «quiero morir», y habiendo elegido hasta la muerte que se daría, lo calculó bien
todo, y por temor de arrepentirse hizo juramento consigo mismo de morir de aquella manera. «Cuando me
traigan las provisiones las tiraré por la ventana -decíase-, y aparentaré que las he comido.»
Hízolo como se lo había prometido. Dos veces cada día tiraba su comida por la ventanilla con reja, que
apenas le dejaba ver el cielo, primeramente con alegría, después con reflexión, y por último con pesar.
Para fortalecerse en tan horrible lucha, necesitaba recordarse a cada instante el juramento que se había
hecho. Aquella comida que otras veces le repugnaba, gracias al aguijón del hambre, le parecía tentadora a
la vista, exquisita al olfato, y más de una vez pasó horas enteras con la cazuela en las manos
contemplando fijamente iba a cesar para él, hízole figurarse que Dios se compadecía al fin de aquella
carne nauseabunda, aquel pescado podrido, y aquel pan negro sus sufrimientos. Dominaban aún en él los
postreros instintos de la vida. Su calabozo de sus amigos, alguno de esos seres amados, en quien tantas
veces le parecía entonces menos sombrío, y su situación menos desesperada. pensó, siempre que pensaba,
no se ocuparía de él en aquellos momentos. Todavía era joven, puesto que debía contar veinticinco o
veintiséis años, y le quedaban con corta diferencia cincuenta que vivir, o sea el doble de lo que había
vivido. Pero no, sin duda Edmundo se engañaba; aquello no era más que una de esas visiones fantásticas
que se forjan a las puertas de lamentos, y no trataría de disminuir la distancia que los separaba?
Durante este tiempo, ¡cuántos acontecimientos podrían abrir las murallas del castillo de If, y romper las
puertas, y volverle a la libertad! Entonces aproximaba a su boca aquella comida que, Tántalo voluntario,
apartaba al punto con mano firme, pues con el recuerdo de su juramento, esta generosa naturaleza temía
despreciarse a sí mismo si lo quebrantaba. Riguroso a implacable consigo mismo, gastó, pues, el asomo
de existencia que le quedaba, llegando un día en que no tuvo fuerzas para levantarse a arrojar la comida.
Al día siguiente ya no veía, y oía con mucha dificultad. El carcelero creyó que estaba enfermo de
gravedad, y Edmundo confió ya en su muerte próxima. Así pasó todo el día. Cierto aturdimiento vago y
un si es no es agradable, empezaba a apoderarse de él.
Ya se habían adormecido las convulsiones nerviosas de su estómago; se habían calmado los ardores de
su sed. Al cerrar los ojos veía una multitud de resplandores brillantes, como esos fuegos fatuos que
oscilan por la noche a flor de los terrenos fangosos: era el crepúsculo de ese ignoto país que se llama la
muerte.
De repente, a las nueve de aquella misma noche, oyó en la pared en que se apoyaba su cama un ruido
sordo y lento. Venían tantos animales inmundos a hacer ruido por aquel lado, que poco a poco se había
acostumbrado Dantés a no despertar siquiera de sus sueños por cosa tan común allí; pero esta vez, ya que
la abstinencia tuviese exaltados sus sentidos, ya que fuese el ruido, en efecto, extraordinario, o ya porque
en los momentos supremos todo tiene importancia, Edmundo levantó la cabeza para oír mejor. Era una
especie de frotamiento acompasado, que parecía provenir, o de unas enormes uñas o de unos dientes
fortísimos, o en fin, de un instrumento que chocara con la piedra. Aunque debilitada, en la imaginación
del joven bulló al punto esta idea falaz, fija constantemente en la de todo preso: ¡La libertad! La ocasión
en que escuchaba aquel ruido, justamente cuando todo ruido muere. El ruido seguía oyéndose, sin
embargo, y duró hasta tres horas sobre por más o menos, terminando en una especie de roce, como al
arrastrar una cosa.
Horas más tarde se repitió más fuerte y más cercano. Empezaba Edmundo a interesarse en aquel trabajo
que le hacía compañía, cuando entró el carcelero.
Habían pasado ocho días desde que decidió morir, y cuatro desde que empezó a poner en práctica su
proyecto, y en todo este tiempo no había Edmundo dirigido la palabra a aquel hombre, ni respondido a las
que él le dirigía preguntándole por su enfermedad, sino que por el contrario, siempre se volvía del otro
lado cuando el carcelero le contemplaba atentamente. Mas hoy podía el carcelero oír aquel sordo ruido y
alarmarse, y destruir acaso aquel yo no sé qué de esperanza, cuya idea deleitaba los últimos momentos de
Dantés.
El carcelero le traía el almuerzo y Edmundo se incorporó en su cama, y ahuecando la voz se puso a
hablar de todas las cosas posibles, de la mala calidad de su alimento, del frío que reinaba en el calabozo,
maldiciendo y gruñendo, para tener el derecho de gritar más fuertemente, y agotando la paciencia del
carcelero, que precisamente aquel día había pedido para el preso enfermo caldo y pan tierno, y le llevaba
ambas cosas. Por fortuna creyó que Dantés deliraba, y salió del calabozo, poniendo el almuerzo en la
mesilla coja donde lo solía dejar. Libre entonces Edmundo, volvió a escuchar con deleite. El ruido era ya
tan claro que el joven lo escuchaba sin trabajo alguno.
-¡No hay dada! -exclamó para sí-; puesto que, a pesar de la luz del día prosigue este ruido, lo ocasiona
algún desdichado preso para escaparse. ¡Oh! ¡Si yo estuviera con él, cómo le ayudaría!
De pronto, una nube sombría pasó eclipsando esta aurora de esperanza por aquella mente, sólo
habituada a la desgracia, y que no podía sin macho trabajo volver a concebir la felicidad. Era, pues, la
idea de que quizás aquel rumor lo ocasionaban algunos albañiles que se ocupasen por orden del
gobernador, en arreglar el calabozo inmediato.
Fácil era cerciorarse; pero ¿cómo se atrevía a preguntarlo? Nada más fácil, repetimos, que esperar la
llegada del carcelero, hacerle darse cuenta del ruido, y observar la impresión que le causaba; pero con esta
nimia satisfacción de su curiosidad, ¿no podría arriesgar intereses muy altos? Por desgracia, la cabeza de
Edmundo, como una campana vacía, estaba aturdida, y tan débil, que su cerebro, flotante como un vapor,
no podía condensarse para concebir una idea. No vio más que un medio para dar fuerza a su reflexión y
lucidez a su juicio; volvió los ojos hacia el caldo, humeante aún, que el carcelero acababa de poner sobre
la mesa, y levantándose como pudo tomó la taza y bebió de un sorbo, sintiendo al punto un indecible
bienestar. Y tuvo fuerzas para contenerse, aunque había ya cogido el pan para comerlo; pero el recuerdo
de que muchos náufragos, extenuados de hambre, habían muerto por comer mucho de repente, hízole
dejar el pan sobre la mesa y volver a acostarse. Edmundo ya no quería morir.
Pronto sintió penetrar la luz en su cerebro. Sus ideas vagas e incomprensibles empezaban a reflejarse en
ese espejo maravilloso cuya lucidez distingue al hombre del animal. Pudo, pues, pensar, fortificando su
pensamiento con el raciocinio.
-Puedo hacer una prueba -dijo entonces para sí-, pero sin comprometer a nadie. Si el ruido procede de
un albañil, en cuanto yo golpee la pared, cesará, porque él intentará saber quién llama y por qué llama;
pero como será su trabajo no solamente lícito sino obligatorio, al punto lo proseguirá. Si, por lo contrario,
es un preso, el ruido que yo haga debe sobresaltarle, y temiendo ser descubierto abandonará su trabajo
hasta la noche cuando todos duerman en el castillo.
Acto seguido volvió a levantarse Edmundo, y esta vez, ni sus piernas vacilaban ni sus ojos se
desvanecían. Dirigióse a un rincón del calabozo, arrancó una piedra, que con la humedad iba ya
desprendiéndose, y con ella dio tres golpes en la pared, donde parecía sentirse más cercano el ruido. Al
primer golpe, el ruido cesó como por ensalmo. Púsose a escuchar Edmundo con toda su alma, y pasó una
hora, y pasaron dos, sin que el ruido prosiguiese. Del otro lado de la pared respondía a sus golpes un
silencio absoluto. Lleno de esperanza, comió algunos bocados de pan, bebió unos sorbos de agua, y
gracias a la poderosa constitución de que le dotara la naturaleza, hallóse poco más o menos como antes.
Llegó la noche y no se oyó el ruido.
-¡Es un preso! -exclamó Dantés con indecible júbilo.
Desde entonces su cabeza fue un volcán, y se hizo su vida violenta a fuerza de ser activa. Pasó la noche
sin que él cerrara los ojos ni se oyera el más leve ruido. Con el alba llegó el carcelero a traer las
provisiones. Edmundo había agotado las del día anterior, y agotó también las nuevas, escuchando
incesantemente aquel ruido que no continuaba, temiendo que no volviese a repetirse, andando al día diez
o doce leguas en su calabozo, asiéndose a la reja de hierro de la ventanilla para recobrar la elasticidad de
sus miembros, y disponiéndose, en fin, a luchar cuerpo a cuerpo con el porvenir, al igual que los
gladiadores, que ejercitaban su cuerpo y lo frotaban con aceite antes de bajar a la arena. En los intervalos
de esta febril actividad, escuchaba por si volvía el ruido, impacientándose con la prudencia de aquel
preso, que no adivinaba que quien le había interrumpido en sus tareas de libertad era otro preso que
deseaba recobrarla tanto como él.
Transcurrieron tres días… setenta y dos horas mortales contadas minuto por minuto. A1 fin una noche,
cuando el carcelero acababa de hacerle su última visita, tenía Edmundo por centésima vez pegado el oído
a la pared, y le pareció que un rumor imperceptible vibraba sordamente en su cabeza, puesta en contacto
con la pared. Apartóse un poco para refrescar su cerebro exaltado, dio algunas vueltas por la habitación, y
volvió a colocarse en el mismo sitio. No había duda: algo pasaba en el otro lado. El preso había reconocido
lo arriesgado de su empresa y la proseguía de otro modo. Sin duda había sustituido el cincel por la
palanca. Animado por este descubrimiento, Edmundo decidió ayudar a aquel obrero infatigable.
Empezando por apartar su cama, pues detrás de ella creía que sonaba el rumor, buscó con los ojos un
objeto que le sirviese para rascar la pared y arrancar una piedra de sus húmedos cimientos. No tenía
cuchillo ni instrumento cortante alguno, sino sólo los barrotes de la reja, y como más de una vez se había
convencido de que era imposible arrancarlos, ni siquiera lo intentó. Todos sus muebles reducíanse a la
cama, una silla, una mesa, un jarro y un cántaro. La cama tenía los pies de hierro; pero los tenía unidos a
las tablas con tornillos. Para poder arrancarlos necesitaba de un destornillador.
Sólo le quedaba un recurso: romper el cántaro, y emprender su tarea con uno de los pedazos que
tuviesen forma puntiaguda. Dicho y hecho: dejó caer el cántaro al suelo, con lo que se hizo mil pedazos.
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