El Conde de Montecristo
6. agosto 2010
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Estaban dando las doce, y el gran patio estaba solitario. El portero velaba aún, o por lo menos estaba
levantado.
Eugenia se acercó poco a poco y vio al suizo que dormía en su cuarto, tendido en un sillón. Volvióse a
Luisa, tomó el pequeño baúl que habían dejado un instante en el suelo, y las dos siguieron la sombra del
muro y se dirigieron al arco de entrada.
Eugenia hizo ocultar a Luisa en el ángulo de la puerta, de modo que el conserje, si se despertaba no
viese más que una persona. Luego, colocándose ella en el sitio que daba de lleno el farol que alumbraba la
entrada:
-La puerta -dijo con su bella voz de contralto, tocando al vidrio.
El conserje se levantó y dio algunos pasos para reconocer al que salía, como Eugenia había previsto, y
viendo un joven que golpeaba impaciente su pantalón con el bastón, abrió al momento.
Luisa se escabulló como una culebra por la puerta entreabierta y saltó fuera. Luego salió Eugenia,
tranquila en apariencia, aunque es
probable que su corazón latiese con más violencia que de costumbre.
Pasaba un mandadero y le cargaron con el baúl, le indicaron el sitio adonde debía dirigirse, calle de la
Victoria, número 3, y marcharon tras aquel hombre cuya compañía daba ánimo a Luisa. Eugenia era tan
fuerte como Judit o Dalila.
Llegaron al número indicado y Eugenia dio orden al mandadero de que dejase el baúl en el suelo.
Pagóle, retiróse aquél, y entonces llamó a una ventanilla. Vivía en el cuarto una costurera que estaba
avisada de antemano y no se había acostado todavía.
-Señorita -dijo Eugenia-, haced sacar por el portero mi silla de posta y enviadle a buscar caballos.
Dadle esos cinco francos por su trabajo.
-De veras lo admiro respeto.
La costurera miraba asombrada, pero como le dieron veinte luises no hizo observación alguna.
Al cuarto de hora volvió el conserje con el postillón y los caballos, que éste enganchó, mientras aquél
colocaba el baúl en la parte trasera.
-He aquí el pasaporte -dijo el postillón-, ¿qué camino tomamos, mi joven señor?
-El de Fontaineblau -respondió Eugenia con una voz casi masculina.
-¿Qué dices? -preguntó Luisa.
-Le doy unas señas falsas -respondió Eugenia-. Esa mujer a quien damos veinte luises puede vendernos
por cuarenta. Al llegar al Boulevard, tomaremos otra dirección.
Y la joven subió al carruaje casi sin tocar el estribo.
-Siempre tienes razón -dijo la maestra de canto, colocándose junto a su amiga.
Al cuarto de hora el postillón, puesto ya en el camino que debían seguir, pasaba la barrera de San
Martín, haciendo resbalar su látigo.
-¡Ah! -dijo Luisa respirando-, ya estamos fuera de París.
-Sí, querida mía, el rapto es bello y bien consumado -respondió Eugenia.
-Sí, pero sin violencia.
-Lo haré valer como circunstancia atenuante.
Estás palabras se perdieron en medio del estrépito de las ruedas sobre el camino de La Villete.
El barón Danglars ya no tenía hija.
-Dijo Luisa-, y casi diría que me inspiras
Capítulo diez
La fonda de la Campana y la Botella
Dejemos de momento a la señorita de Danglars y su amiga, camino de Bruselas, y volvamos al pobre
Cavalcanti, tan desgraciadamente detenido al empezar su fortuna.
A pesar de sus pocos años, era un joven listo a inteligente, y así es que a los primeros rumores que
penetraron en el salón, le vimos ir ganando gradualmente la puerta. Olvidamos una circunstancia que no
debe omitirse, y es que en uno de los salones que atravesó Cavalcanti estaban los regalos de la novia:
diamantes, chales de Cachemira, encajes de Valenciennes, velos ingleses, y en fin, todos aquellos objetos
que sólo el nombrarlos basta para hacer saltar de alegría a una joven.
Ahora bien, al pasar por aquel cuarto, y esto prueba que Cavalcanti era no solamente un joven diestro a
inteligente, sino también previsor, se apoderó del mejor aderezo. Reconfortado con aquel viático, se sintió
la mitad más ligero para saltar por una ventana y escaparse de entre las manos, de los gendarmes.
Alto, bien formado como un gladiador antiguo, y musculoso como un espartano, Cavalcanti corrió un
cuarto de hora sin saber adónde iba, y con el solo fin de alejarse del sitio en que faltó muy poco para que
le prendiesen. Salió de la calle de Mont-Blanc, y por el instinto que los ladrones tienen a las barreras,
como la liebre a su madriguera, se halló sin saber cómo al extremo de la calle de Lafayette.
Allí se detuvo jadeante. Estaba completamente solo, tenía a su izquierda el campanario de San Lázaro y
a su derecha París en toda su profundidad.
-¿Estoy perdido? -se preguntó a sí mismo-. No, si mi actividad es superior a la de mis enemigos.
Vio que subía por el arrabal Poissonnière un cabriolé de alquiler, cuyo cochero, fumando su pipa,
parecía querer ganar la extremidad del arrabal San Dionisio, donde debía sin duda parar ordinariamente.
-¡Eh! ¡Amigo! -le gritó Benedetto.
-¿Qué hay, señor? -preguntó el cochero.
-¿Vuestro caballo está muy cansado?
-¿Cansado? ¡Bah! Si no ha hecho nada en todo el santo día. Cuatro miserables viajes, y un franco para
beber, siete francos en total, y debo llevar diez al patrón.
-¿Queréis agregar a esos siete francos otros veinte que veis aquí?
-Con mucho gusto. Veinte francos no son de despreciar; ¿qué he de hacer para ello? Veamos.
-Una cosa muy fácil, si vuestro caballo no está cansado.
-Os aseguro que irá como el viento; basta que me digáis por dónde debo marchar.
-Por el camino de Louvres.
-¡Ah! ¡Ah! ¡PaU de ratafía!
-Exacto. Se trata solamente de alcanzar a uno de mis amigos, con el que debo cazar mañana en la
Chapelle-en-Serva; debía esperarme aquí a las once y media con su cabriolé. Son las doce, se habrá
marchado solo, cansado de esperar.
-Es probable.
-Y bien, ¿queréis ver si lo alcanzamos?
-¿Cómo no?
-Pero si no lo alcanzamos hasta Bourget, os daré veinte francos; si tenéis que ir a Louvres, treinta.
-¿Y si lo alcanzamos?
–Cuarenta -dijo Cavalcanti, que había reflexionado un instante y comprendió que con prometer no
arriesgaba nada.
-Está bien -dijo el cochero-, subid y adelante. Porrrrruuuu…
Cavalcanti montó en el cabriolé, atravesaron a la carrera el arrabal San Dionisio, costearon el de San
Martín, pasaron la barrera y tomaron el camino de la interminable Villete.
No se preocupaba de alcanzar al quimérico amigo, pero, con todo, Cavalcanti se informaba al paso ya
de los viajeros, ya de las ventas que estaban aún abiertas; preguntaba por un cabriolé verde tirado por un
caballo castaño oscuro, y como en el camino de los Países Bajos circulaban siempre millares de cabriolés
y las nueve décimas partes son verdes, llovían señales a cada paso. Acababan de verlo pasar, sólo llevaría
de ventaja quinientos pasos, doscientos, ciento solamente. Finalmente, lo alcanzaban, pasaban delante, y
veían que no era él.
Una vez le tocó también que pasaran delante de él, pero fue una magnífica silla de posta tirada por
cuatro caballos a galope.
-¡Ah! -dijo entre sí Cavalcanti-, ¡si yo tuviera esa silla, sus buenos caballos, y sobre todo, el pasaporte
que ha sido preciso sacar para viajar de ese modo! -y lanzó un profundo suspiro.
En ella iban las señoritas Danglars y Armilly.
-Vamos, vamos -dijo Cavalcanti-, no podemos tardar en alcanzarle.
Y el pobre caballo volvió a emprender el trote veloz que había traído desde la barrera y llegó a Louvres
lleno de espuma.
-Está visto -dijo Cavalcanti- que no alcanzaré a mi amigo y mataré vuestro caballo. Así, es mejor que
me detenga aquí. Ahí tenéis vuestros treinta francos, yo me voy a acostar a la fonda del Caballo Rojo, y
en la primera diligencia en que halle un asiento lo tomaré. Buenas noches, amigo mío.
Y poniendo seis piezas de cinco francos en la mano del cochero saltó con presteza del carruaje.
El auriga metió su dinero en el bolsillo y tomó alegremente, al paso, el camino de París.
Cavalcanti hizo como que iba a la fonda del Caballo Rojo. Paróse un instante a la puerta, y cuando ya el
ruido del carruaje no se oía emprendió el camino, y con paso bastante acelerado anduvo aún dos leguas.
Paróse al fin y calculó que debía estar ya muy cerca de la Chapelle-en-Serval, adonde había dicho que
iba…
No se detuvo por cansancio, sino porque convenía tomar una resolución, adoptar un plan. Subir en
diligencia era imposible; tomar la posta, todavía más. Para viajar, de uno a otro modo, es preciso un
pasaporte. Tampoco era posible quedarse en el departamento del Oise, es decir, en uno de los más
descubiertos y vigilados de Francia, sobre todo a un hombre como Cavalcanti, tan experimentado en
materia criminal.
Sentóse al borde de una cuneta, dejó caer la cabeza entre sus manos y reflexionó; a los diez minutos se
levantó: había tomado ya su resolución.
Llenó de polvo un lado de su paletó, que tuvo tiempo de descolgar de la antecámara, y abotonárselo por
encima de su traje de baile, y entrando en la Chapelle-en-Serval, fue a llamar resueltamente a la puerta de
la única posada que hay en la región. Abrióle el posadero.
-Amigo -dijo Cavalcanti-, iba de Morfontaine a Sculis, y mi caballo, que es asombradizo, emprendió la
fuga, arrojándome a diez pasos; me precisa llegar esta noche a Compiègne, so pena de causar sumo
cuidado a mi familia; ¿tenéis un caballo que alquilarme?
Bueno o malo, un posadero dispone siempre de un caballo. El de la Chapelle-en-Serval llamó al mozo
de cuadra, y le dijo que ensillara el Blanco; despertó a su hijo, chico de siete años, que debía montar en
grupa y volver a traer el cuadrúpedo.
Cavalcanti dio veinte francos al posadero, y al sacarlos del bolsillo dejó caer una tarjeta; era la de uno
de sus amigos del café de París, de suerte que el posadero, cuando Cavalcanti se marchó y recogió la
tarjeta que vio en el suelo, se convenció de que había alquilado
su caballo al señor conde de Mauleón, calle de Santo Domingo, 25. Era el nombre que había
visto en la tarjeta.
El Blanco no iba ligero, pero llevaba un paso igual y constante. En tres horas y media anduvo
Cavalcanti las nueve leguas que le separaban de Compiègne. Daban las cuatro en el reloj del Ayuntamiento
cuando llegó a la plaza adonde paran las diligencias.
Hay en Compiègne una fonda excelente que no olvidan los que en ella se han alojado una vez.
Cavalcanti, que había hecho alto allí en una de sus correrías por los alrededores de París, se acordó de la
fonda de la Campana y la Botella. Orientóse y vio a la luz de un reverbero la muestra indicadora, y
habiendo despedido al chico, al que dio cuanta moneda menuda tenía, llamó a la puerta, pensando con
razón que aún disponía de tres o cuatro horas, y que lo mejor que podía hacer era prepararse con un buen
sueño y una buena cena para las fatigas del viaje.
Abrióle un camarero.
-Amigo -le dijo Cavalcanti-, vengo de Saint-Jean-du-Bois, donde he comido. Creía tomar la diligencia
que pasa a medianoche, me he desorientado como un imbécil, y hace cuatro horas que me paseo a la
ventura. Dadme uno de esos lindos cuartos que dan al patio y subidme un pollo frito y una botella de
Burdeos.
El camarero no sospechó nada. Cavalcanti hablaba con la mayor tranquilidad. Tenía el cigarro en la
boca y las manos en los bolsillos del paletó. Su vestido era elegante y calzaba botas de charol. Parecía un
vecino que llegaba un poco tarde.
Mientras el mozo preparaba el cuarto, se levantó el ama. El joven la recibió con su más lisonjera
sonrisa, y le preguntó si no podría darle el número tres, que había ocupado ya otra vez en su último viaje a
Compiègne. Desgraciadamente el número tres lo ocupaba un joven que viajaba con su hermana.
Cavalcanti pareció desesperado, pero se consoló cuando el ama le dijo que el número siete, que le
preparaban, tenía absolutamente las mismas condiciones que el número tres, y calentándose los pies y
hablando de las últimas carreras de caballos de Chantilly, esperó a que le avisasen que el cuarto estaba
preparado.
No sin razón había hablado Cavalcanti de los lindos cuartos que daban al patio de entrada. Este, con su
triple orden de galerías, que le hacen parecer un teatro, con sus jazmines y sus clemátides, que suben
enredadas en las delgadas columnas como una decoración natural, es una de las entradas de fonda más
encantadoras que existen en el mundo.
El pollo estaba tierno, el vino era añejo, y en la chimenea ardía un buen fuego. Cavalcanti se quedó
sorprendido al ver que cenaba con tan buen apetito, como si nada le hubiese sucedido. Acostóse
inmediatamente, y se durmió con aquel sueño que el hombre tiene siempre a los veinte años, aun cuando
tenga remordimientos.
Nos vemos precisados a confesar que Cavalcanti podía haber tenido remordimientos, pero no los tenía.
He aquí el plan que le había dado la mayor parte de su seguridad.
Levantarse tan pronto como amaneciese. Salir de la fonda después de haber pagado rigurosamente su
cuenta, internarse en el bosque; comprar, bajo el pretexto de hacer estudios de pintura, la hospitalidad de
un campesino, procurarse un traje de leñador y un hacha, despojarse del traje del elegante para vestir el
del obrero; luego, con las manos llenas de tierra, oscurecidos los cabellos con un peine de plomo, y
ennegrecido el rostro con una receta que le habían dado sus compañeros, ir de bosque en bosque hasta la
frontera más cercana, caminando de noche y durmiendo de día, sin acercarse a lugares habitados más que
de vez en cuando para comprar un pan.
Cuando hubiere pasado la frontera, reduciría a dinero sus diamantes, y juntando su importe a unos diez
billetes de banco que llevaba siempre consigo para caso de apuro, se hallaba aún con cincuenta mil libras,
lo que según su filosofía, no era malo del todo.
Contaba además con el interés que Danglars tenía en echar tierra a aquel asunto. Por estas razones y por
el cansancio, Cavalcanti se durmió en un momento.
Para despertarse temprano, dejó abierta la ventana, pasó el cerrojo de la puerta y dejó abierto sobre la
mesa de noche un cuchillo de aguda punta y excelente temple que llevaba siempre consigo.
Serían las siete cuando un brillante rayo de sol hirió su rostro, despertándose al mismo tiempo.
En todo cerebro bien organizado, la idea dominante, y siempre hay una, es la primera que se presenta al
despertarse, como es también la última que se tiene al dormirse. Cavalcanti no había aún abierto bien los
ojos cuando ya conoció que había dormido más tiempo del que debía. Saltó de la cama y se dirigió a la
ventana.
Un gendarme cruzaba por el patio.
El gendarme es el objeto que más llama la atención hasta del hombre que no tiene que temer, pero para
una conciencia intranquila, y con motivo para estarlo, el pajizo, azul y blanco de que se compone su
uniforme, toman unas tintas espantosas.
-¿Por qué un gendarme? -se preguntó Cavalcanti.
En seguida se respondió a sí mismo con aquella lógica que el lector ha debido ya observar en él:
=Un gendarme nada tiene que deba espantar en una fonda. No nos espantemos, pues, pero vistámonos.
Y el joven se vistió con una rapidez que no había perdido con la costumbre de servirse del ayuda de
cámara, durante el tiempo que como un gran señor vivía en París.
-Bueno -dijo Cavalcanti vistiéndose-, esperaré, y cuando se marche me iré.
Diciendo estas palabras, acababa de vestirse, se acercó a la ventana y levantó la cortina de muselina.
No sólo no se había marchado el primer gendarme, sino que el joven vio un segundo uniforme azul,
pajizo y blanco, al pie de la escalera, única por donde él podía bajar, mientras que otro tercero, a caballo y
con la carabina en la mano, estaba de centinela en la puerta de entrada, única por la que podía salir.
Este tercer gendarme era muy significativo, pues delante de él había formado un semicírculo por una
turba de curiosos que sitiaban la puerta de la fonda.
«Me buscan a mí -pensó Cavalcanti-, ¡diablo! »
La palidez se apoderó de su frente, miró en derredor con ansiedad. Su cuarto, como todos los de aquel
piso, no tenía más salida que la galería exterior, que estaba precisamente a la vista de todos.
«Estoy perdido», fue su segundo pensamiento.
Efectivamente, para un hombre en la situación de Cavalcanti, la prisión significa el jurado, el juicio, la
muerte; pero la muerte sin misericordia y sin dilación.
Durante un momento oprimió su cabeza entre sus manos, y poco le faltó para enloquecer de miedo;
pero en seguida, en medio de aquella multitud de ideas contrarias, se dejó ver una, llena de esperanza.
Dejóse ver una triste sonrisa sobre sus cárdenos labios. Miró nuevamente a su alrededor, y vio sobre
una mesa los objetos que necesitaba, pluma, tinta y papel.
Con mano bastante segura trazó las siguientes líneas:
No tengo dinero para pagar, peso joy hombre de bien, y dejo empeñado mi alfiler, que vale diez veces
más que el gasto que he hecho: He salido al ser de día, porque me daba vergüenza hacer esta declaración
personalmente al ama.
Quitóse el alfiler de la corbata y lo puso sobre el papel. Luego, en lugar de dejar corridos los cerrojos,
los abrió, y aun dejó la puerta entornada como si hubiese salido del cuarto olvidándose de cerrar. EnEste
documento ha sido descargado de
caramóse a la chimenea como hombre acostumbrado a esta suerte de acrobacias, borró las pisadas con
anticipación y se preparó a escalar el cañón que le ofrecía el único medio de salvación en que esperaba.
Tuvo el tiempo preciso para esconderse, pues el primer gendarme subía la escalera, acompañado del
comisario de policía, sostenido por el segundo, que estaba al pie de ella, al que a su vez sostenía el colocado
en tercera línea a la puerta de la fonda.
Veamos ahora a qué circunstancia debía Cavalcanti aquella visita que con tanto trabajo trataba de
evitar.
Al despuntar el día el telégrafo había empezado a funcionar en todas direcciones, y cada localidad,
prevenida instantáneamente, había despertado a las autoridades y lanzado la fuerza pública en busca del
asesino de Caderousse.
Compiègne, residencia real, pueblo de caza, ciudad de guarnición, está ampliamente provista de
autoridades y gendarmes. Las visitas habían empezado tan pronto como llegó la orden telegráfica, y siendo
la fonda de la Campana y la Botella la primera de la ciudad, naturalmente fue la primera que visitaron.
Además, según el parte dado por el centinela que había estado de guardia en la casa del Ayuntamiento,
que está junto a la fonda, constaba que muchos viajeros habían llegado durante la noche.
El centinela que había sido relevado a las seis de la mañana recordaba que en el momento en que
acababan de dejarle en su puesto, es decir a las cuatro y algunos minutos, había visto un hombre montado
en un caballo blanco, con un chico a la grupa, que se apeó en la plaza, despachó al chico y llamó a la
fonda de la Campana, en la que se quedó. Sospechaban, pues, de aquel joven que llegó tan tarde, y éste
era precisamente Cavalcanti.
Con tales antecedentes, el comisario de policía y el gendarme, que era un sargento, se dirigieron al
cuarto de Cavalcanti. La puerta estaba entreabierta.
-¡Vaya! -dijo el sargento, perro viejo y acostumbrado a todos los ardides del oficio-, mal indicio da una
puerta abierta. Hubiera preferido verla con tres cerrojos.
En efecto, el alfiler y la carta, dejados por Cavalcanti encima de la mesa, confirmaron, o mejor dicho,
apoyaron esta triste verdad. El sujeto había huido.
Merced a las precauciones que tomó, no se conocían sus pisadas en las cenizas, pero como era una
salida, en aquellas circunstancias debía ser objeto de una seria investigación.
El sargento hizo traer un manojo de sarmientos y paja, llenó la chimenea y la encendió. El fuego hizo
crujir los ladrillos, una espesa columna de humo se levantó hacia el cielo, igual a la que sale de un volcán,
pero no vio caer al que buscaba, contrariamente a lo que había pensado.
Es que Cavalcanti, que desde su infancia había estado en lucha con la sociedad, valía tanto como un
gendarme, aunque éste hubiese llegado al respetable grado de sargento. Y previendo lo que había de
suceder, había salido al tejado y se escondió junto al cañón.
Durante un instante conservó la esperanza de escapar, porque oyó al sargento llamar a los gendarmes y
gritarles: «No está.» Pero estirando un poco el cuello vio que los gendarmes en lugar de retirarse como
era natural a semejante anuncio, vio, decimos, que por el contrario redoblaban su atención.
Miró a su alrededor, vio a su derecha la casa del Ayuntamiento, edificio colosal, desde cuyas
claraboyas se distinguía perfectamente el tejado, como desde una elevada montaña se divisa el valle.
Comprendió que muy pronto iba a ver asomarse por alguna de las claraboyas la cabeza del sargento. Si
le descubrían, estaba perdido; una caza sobre el tejado no le ofrecía favorables perspectivas. Resolvió,
pues, bajar, no por el mismo camino por el que había venido, sino por otro parecido.
Buscó una chimenea que no humease, dirigióse a ella andando a gatas, y se deslizó por ella sin haber
sido visto por nadie.
En el mismo instante, una ventanilla de la casa del Ayuntamiento se abría, y por ella asomaba la cabeza
del sargento de gendarmería. Permaneció inmóvil un momento como uno de los relieves de piedra que
adornan el edificio, y dando en seguida un gran suspiro, desapareció.
-¿Y bien? -le preguntaron los dos gendarmes.
-Hijos míos -respondió el sargento-, preciso es que el tunante se haya marchado esta mañana muy
temprano. Vamos a enviar al camino de Villers-Coterete y de Nogon para registrar el bosque, y le hallaremos
indudablemente.
Apenas había pronunciado aquellas palabras el honrado funcionario, cuando un grito, acompañado del
agudo sonido de una campanilla tirada con fuerza, dejóse oír en el patio de la fonda.
-¡Oh! , ¡oh! ¿Qué es eso? -preguntó el sargento.
-He ahí un viajero que lleva mucha prisa -añadió el amo- ¿En qué número llaman?
-En el tres.
-Corre, muchacho, pronto.
En aquel momento, los gritos y los campanillazos redoblaron, y el mozo echó a correr.
-No -dijo el sargento deteniendo al criado-, el que llama necesita sin duda algo más que un criado.
Vamos a mandarle un gendarme. ¿Quién se aloja en el número tres?
-Un joven que llegó anoche con su hermana en una silla de posta y pidió un cuarto con dos camas.
La campanilla resonó por tercera vez, como si la agitase una persona llena de angustia.
-Venid conmigo, señor comisario -gritó el sargento-, seguidme, y acelerad el paso.
-Un momento -dijo el amo-, en el cuarto número tres hay dos escaleras, una interior y otra exterior.
-Bueno -dijo el sargento-, yo tomaré la interior, es mi departamento. ¿Están cargadas las carabinas?
-Sí, sargento.
-Pues bien, vigilad vosotros la exterior, y si quiere huir, haced fuego. Es un gran criminal, según dice el
telégrafo.
El sargento, seguido del comisario, desapareció por la escalera interior, acompañado del rumor que sus
revelaciones sobre Cavalcanti habían hecho nacer en la multitud de ociosos que presenciaban aquella
escena.
He aquí lo que había sucedido:
Cavalcanti había bajado diestramente hasta dos tercios de la chimenea; pero al llegar allí le falló un pie,
y a pesar del apoyo de sus manos, bajó más rápido, y sobre todo con más ruido del que hubiera querido;
nada hubiese importado esto si el cuarto no estuviera ocupado como estaba.
Dos mujeres dormían en una cama, y el ruido las despertó. Sus miradas se fijaron en el sitio en que
habían oído el ruido, y por el hueco de la chimenea vieron aparecer un hombre.
Una de las dos, la rubia fue la que dio aquel terrible grito que se oyó en toda la casa; mientras que la
otra, que era pelinegra, corrió al cordón de la campanilla, y dio la alarma tirando de ella con toda su
fuerza.
Cavalcanti jugaba la partida con desgracia.
-¡Por piedad! -decía pálido, fuera de sí, sin ver a las personas a las que estaba hablando-, ¡por piedad!
¡No llaméis! ¡Salvadme!, no quiero haceros daño.
-¡Cavalcanti, el asesino! -gritó una de las dos mujeres.
-¡Eugenia, señorita Danglars! -dijo Cavalcanti, pasando del miedo al estupor.
-¡Socorro! ¡Socorro! -gritaba la señorita de Armilly, cogiendo el cordón de la campanilla de manos de
Eugenia, y tirando con más fuerza que antes.
-¡Salvadme, me persiguen! ¡Por piedad! ¡No me entreguéis!
-Es tarde, ya suben -respondió Eugenia.
-Pues bien, ocultadme en cualquier parte. Diréis que tuvisteis miedo sin motivo. Haréis desaparecer las
sospechas, y me salvaréis la vida.
Las dos jóvenes, arrimadas la una a la otra y tapándose completamente con las colchas, permanecieron
mudas ante aquella voz que les suplicaba. Mil ideas contrarias y la mayor repugnancia se leía en sus ojos.
-Pues bien, sea -dijo Eugenia-, tomad el camino por el cual habéis venido, y nada diremos. ¡Marchaos,
desgraciado!
-¡Aquí está! ¡Aquí está! -gritó una voz casi ya junto a la puerta-, ¡aquí está!, ya le veo.
En efecto, mirando el sargento por el ojo de la cerradura, había visto a Cavalcanti en pie y suplicando.
Un fuerte culatazo hizo saltar la cerradura; otros dos los cerrojos, y cayó la puerta al suelo.
Cavalcanti corrió a la otra puerta que daba a la galería, y la abrió para precipitarse por ella. Los dos
gendarmes que estaban allí se prepararon para hacer fuego.
Cavalcanti se detuvo, en pie, pálido, con el cuerpo un poco echado hacia atrás, y con su inútil cuchillo
en la mano.
-Huid -le dijo la señorita de Armilly, en cuyo corazón empezaba a entrar la piedad a medida que se
retiraba el miedo-. Huid, pues, si podéis.
-¡Oh!, mataos -dijo Eugenia con un tono semejante al que usaban las vestales al mandar en el circo al
gladiador que concluyese con su enemigo vencido.
Cavalcanti tembló, miró a la joven con una sonrisa de desprecio, que demostraba que su corrupción le
impedía conocer la sublime ferocidad del honor.
-¿Matarme? -dijo, arrojando su cuchillo-, ¿y por qué?
-¿Pues no habéis dicho -replicóle Eugenia- que os condenarán a muerte y que os ejecutarán
inmediatamente como al último de los criminales?
-¡Bah! -respondió Cavalcanti cruzando los brazos-, de algo servirán los amigos.
El sargento se dirigió a él sable en mano.
-Vamos, vamos -dijo Cavalcanti-, guardad ese sable, buen hombre, no hay necesidad de tanto ruido; me
rindo.
Y alargó las manos a las esposas.
Las jóvenes miraban con terror aquella espantosa metamorfosis que se efectuaba ante su vista. El
hombre de mundo, despojándose de su traje y volviendo a ser el hombre de presidio.
Cavalcanti se volvió hacia ellas y con la sonrisa de la imprudencia les dijo:
-¿Queréis algo para vuestro padre, señorita Eugenia? Porque según todas las probabilidades vuelvo a
París.
Eugenia ocultó su rostro entre sus manos.
-¡Oh! ¡Oh!, no hay por qué avergonzarse. No tiene nada de particular que hayáis tomado la posta para
correr tras de mí. ¿No era yo casi vuestro marido?
Después de su burla, Cavalcanti salió, dejando a las dos fugitivas entregadas a la vergüenza y a los
chismes de la gente.
Una hora después, vestidas ambas con su traje de señora, subían a la silla de posta.
Habían cerrado la puerta de la fonda para librarlas de las primeras miradas, pero con todo fue necesario
pasar por medio de dos hileras de curiosos que murmuraban.
-¡Oh! ¿Por qué el mundo no es un desierto? -dijo Eugenia bajando las persianas de la silla para que no
la viesen.
Al día siguiente se apeaban en la fonda de Flandes, en Bruselas.
Desde el día anterior, Cavalcanti se hallaba en la cárcel de la Conserjería.
Hemos visto la tranquilidad con que las señoritas de Danglars y de Armilly habían hecho su
transformación y emprendido su fuga. Debieron esta tranquilidad a que cada cual estaba bastante ocupado
en sus asuntos para no mezclarse en los de los demás.
Dejaremos al banquero, con la frente bañada de sudor, alinear, a la vista de la bancarrota, las inmensas
columnas de su pasivo, y seguiremos a la baronesa, que después de haber permanecido un instante
aterrada con la violencia del golpe que la hiriera, había ido en busca de su consejero ordinario, Luciano
Debray.
Contaba la baronesa con que aquel matrimonio la libraría de una tutela que con una muchacha del
carácter de Eugenia no dejaba de ser incómoda, porque en la especie de contrato tácito que sostiene los
lazos de la jerarquía social, la madre no es verdaderamente dueña de su hija, sino con la condición de ser
continuamente para ella un ejemplo de moralidad y un tipo de perfección.
Ahora bien, la señora Danglars temía la perspicacia de Eugenia y los consejos de Luisa de Armilly.
Había observado ciertas miradas desdeñosas lanzadas por su hija a Debray, las que parecían significar que
su hija conocía todo el misterio de sus relaciones amorosas y Pecuniarias con el secretario íntimo,
mientras que una interpretación más sagaz y más profunda hubiese, por el contrario, demostrado a la
baronesa que Eugenia la detestaba, no porque era la piedra de escándalo de la casa paterna, sino porque la
colocaba en la categoría de los bípedos que Platón no llama hombres, y Diógenes designa con la denominación
de animales de dos pies y sin plumas.
La señora Danglars, a su modo de ver, y desgraciadamente todos en el mundo tenemos nuestro modo
de ver que nos impide conocer el de los demás, la señora Danglars, decimos, lamentaba infinitamente que
el matrimonio de Eugenia se hubiese desbaratado; no porque fuese o dejase de ser conveniente, sino
porque la privaba de su entera libertad.
Corrió, pues, como hemos dicho, a casa de Debray, que después de haber asistido como todo París a la
firma del contrarto y al escándalo que hubo en ella, se retiró a su club, donde con algunos amigos hablaba
del suceso que era tema de todas las conversaciones en las tres cuartas partes de la ciudad eminentemente
chismosa, llamada la capital del mundo.
Cuando la señora Danglars, vestida de negro y cubierta con un velo, subía la escalera que conducía a la
habitación de Debray, a pesar de haberle dicho el conserje que no estaba, se ocupaba él en rechazar las
insinuaciones de un amigo que procuraba demostrarle que después del suceso escandaloso que se había
producido, era su deber, como amigo íntimo de la casa, casarse con Eugenia y sus dos millones.
Debray se defendía como hombre que quiere ser vencido, porque aquella idea se había presentado
muchas veces a su imaginación. Mas como conocía a Eugenia, y sabía su carácter independiente y
altanero, tomaba de vez en cuando una actitud defensiva diciendo que aquella unión era imposible,
dejándose con todo dominar interiormente por aquella mala idea que, según todos los moralistas,
preocupa incesantemente al hombre más puro y honrado, velando en el fondo de su alma cual tras la cruz
el diablo.
El té, el juego y la conversación, interesante como se ve, pues se discutían graves intereses, duraron
hasta la una de la madrugada.
Entretanto, la señora Danglars, introducida por el criado de Luciano en su habitación, esperaba con el
velo echado sobre el rostro y con el corazón palpitante, en el pequeño salón verde, entre dos grandes
floreros que ella misma le envió por la mañana, y que Debray había arreglado tan cuidadosamente que
hizo que la pobre mujer le perdonara su ausencia.
A las once y cuarenta minutos la señora Danglars, cansada de esperar inútilmente, montó en un carruaje
y se hizo conducir a su casa. Las mujeres de cierto rango tienen de común con las grisetas, que no
vuelven jamás después de medianoche, cuando van a alguna aventura. La baronesa entró en su casa con la
misma precaución con que Eugenia había salido de ella. Subió pronto y con el corazón oprimido la
escalera de su cuarto, contiguo, como se sabe, al de Eugenia. Temía dar lugar a comentarios, y creía
firmemente la pobre mujer, respetable al menos en este punto, en la inocencia de su hija y en su fidelidad
al hogar paterno.
Cuando llegó a su cuarto, escuchó a la puerta de Eugenia, y no oyendo ruido, quiso entrar, pero estaba
corrido el pestillo. Creyó que Eugenia, fatigada de las terribles emociones de la tarde, se había acostado y
dormía. Llamó a la camarera y le preguntó:
-La señorita -respondió ésta- ha entrado en su cuarto con la señorita Luisa, han tomado el té juntas, y
me han despedido en seguida, diciéndome que no me necesitaban.
La camarera había estado desde entonces en la repostería, y creía a las dos jóvenes acostadas.
La señora Danglars se retiró sin la menor sospecha, pero tranquila en cuanto a las personas, su espíritu
se fijó en el hecho mismo. A medida que sus ideas eran más claras, las proporciones de la escena del
contrato se engrandecían. Era ya algo más que un escándalo, era no una vergüenza, y sí una ignominia.
A pesar suyo, la baronesa recordó que no había tenido piedad de la pobre Mercedes, que tanto sufrió
con lo ocurrido a su marido y a su hijo.
-Eugenia -dijo- está perdida y nosotros también. El suceso, tal cual va a contarse, nos cubre de oprobio,
porque en una sociedad como la nuestra ciertos ridículos son llagas vivas, sangrantes a incurables. ¡Qué
dicha que Dios haya dado a Eugenia ese carácter extravagante que tantas veces me ha hecho temblar!
Y elevó al cielo una mirada de gratitud hacia aquella Providencia misteriosa que lo dispone todo, según
los sucesos que deben tener lugar, y hace que un defecto o un vicio sirvan a veces para nuestra dicha.
Luego, su imaginación tomó un rápido vuelo, y se detuvo en Cavalcanti.
Ese era un miserable, un ladrón, un asesino, y con todo, sus maneras indicaban una mediana educación,
si no completa. Cavalcanti había hecho su aparición en el mundo con las apariencias de una gran fortuna
y el apoyo de hombres ilustres.
¿Cómo orientarse en aquel inmenso dédalo? ¿A quién dirigirse para salir de aquella situación?
Debray, a quien había ido a buscar en el primer impulso de la mujer que ama y quiere ser socorrida y
ayudada por el hombre a quien dio su corazón y muchas veces le pierde, Debray no podía darle más que
un consejo; debía, pues, dirigirse a persona más poderosa.
Pensó en Villefort. Este era quien había hecho prender a Cavalcanti y quien sin piedad había venido a
turbar la paz en el seno de su familia como si hubiera sido una familia extraña.
Mas, pensándolo bien, no era un hombre sin piedad el procurador del rey; era un magistrado esclavo de
sus deberes, un amigo leal y firme, que brutalmente, pero con mano segura, había dado el golpe de
escalpelo en la parte enferma; no era un verdugo, era un cirujano que había visto perder ante el mundo el
honor de los Danglars por la ignominia del joven que había presentado al mundo como su yerno.
Puesto que Villefort, amigo de la familia Danglars, obraba así, era de suponer que el banquero nada
sabía de antemano, y era inocente, no teniendo participación alguna en los manejos de Cavalcanti. Reflexionándolo
bien, la conducta del procurador del rey se explicaba ventajosamente.
Pero hasta allí debía llegar su inflexibilidad. Se propuso ir a verle al día siguiente y obtener de él, si no
que faltase a sus deberes de magistrado, al menos que tuviera la mayor indulgencia posible.
La baronesa invocaría el tiempo pasado, rejuvenecería sus recuerdos; suplicaría en nombre de un
tiempo culpable, pero dichoso. El señor de Villefort atajaría el asunto, o por lo menos, y para eso le
bastaba volver los ojos a otra parte, dejaría escapar a Cavalcanti, y no perseguiría al criminal sino en
contumacia. Entonces durmióse más tranquilizada.
El día siguiente a las nueve se levantó, y sin llamar a su camarera, y sin dar señal de que existía en el
mundo, se vistió con la misma sencillez que el día anterior, bajó la escalera, salió de casa, marchó hasta la
calle de Provenza, tomó allí un carruaje de alquiler y se dirigió a casa de Villefort.
Desde hacía un mes, aquella casa maldita presentaba el aspecto lúgubre de un lazareto, en el que se
hubiese declarado la peste. Una parte de las habitaciones estaban cerradas por dentro y por fuera, las
ventanas encajadas de continuo, sólo se abrían para dejar entrar un poco el aire. Veíase entonces asomarse
a ellas la figura de un lacayo, y en seguida se cerraban como la losa que cae sobre el sepulcro. Los
vecinos se preguntaban: ¿Veremos salir hoy otro cadáver de la casa del procurador del rey?
Un temblor se apoderó de la señora Danglars al contemplar aquella casa desolada. Bajó del coche,
acercóse a la puerta, que estaba cerrada, y llamó.
Cuando con lúgubre sonido resonó la campanilla por tres veces, apareció el conserje, entreabriendo la
puerta lo suficiente sólo para ver quién llamaba.
Vio una señora elegantemente vestida, perteneciente, por lo visto, a la alta sociedad, y sin embargo, la
puerta permaneció cerrada.
-Abrid -dijo la baronesa.
-Ante todo, señora, ¿quién sois? -inquirió el conserje.
-¿Quién soy? Bien me conocéis.
-No conocemos ya a nadie, señora.
-Pero ¿estáis loco? -dijo la baronesa.
-¿De parte de quién venís?
-¡Oh!, eso ya es demasiado.
-Señora, es orden expresa, excusadme. ¿Vuestro nombre?
-La baronesa de Danglars, a quien habéis visto veinte veces.
-¡Es posible, señora! Ahora, ¿qué queréis?
-¡Oh! ¡Qué cosa tan rara!, me quejaré al señor de Villefort de la impertinencia de sus criados.
-Señora, no es impertinencia, es precaución. Nadie entrará aquí sin una orden del doctor d’Avrigny, o
sin haber hablado al señor de Villefort.
-Pues bien, precisamente quiero ver para un asunto al procurador del rey.
-¿Es urgente?
-Bien debéis conocerlo, cuando no he vuelto a tomar el coche, pero concluyamos; he aquí una tarjeta,
llevadla a vuestro amo.
-La señora aguardará mi vuelta.
-Sí, id.
El portero cerró, dejando a la señora Danglars en la calle.
Verdad es que no esperó mucho tiempo; un momento después se abrió la puerta lo suficiente solamente
para que entrase la baronesa, cerrándose inmediatamente.
Una vez hubieron llegado al patio, el conserje, sin perder de vista la puerta un momento, sacó del
bolsillo un pito y lo tocó.
Presentóse a la entrada el ayuda de cámara del señor Villefort.
-La señora excusará a ese buen hombre -dijo presentándose a la baronesa-, pero sus órdenes con
categóricas, y el señor de Villefort me encarga decir a la señora que le ha sido imposible obrar de otro
modo.
Había en el patio un proveedor introducido del mismo modo, y cuyas mercancías examinaban.
La baronesa subió. Sentíase profundamente impresionada al ver aquella tristeza, y conducida por el
ayuda de cámara llegó al despacho del magistrado sin que su guía la perdiese de vista un solo instante.
Por mucho que preocupase a la señora Danglars el motivo que la conducía, empezó por quejarse de la
recepción que le hacían los criados, pero Villefort levantó su cabeza inclinada por el dolor, con tan triste
sonrisa, que las quejas expiraron en los labios de la baronesa.
-Excusad a mis criados de un terror que no puede constituir delito; de sospechosos, se han vuelto
suspicaces.
La señora Danglars había oído hablar varias veces del terror que causaba el magistrado; pero si no lo
hubiese visto, jamás hubiera podido creer que llegase hasta aquel extremo.
-¿Vos también -le dijo- sois desgraciado?
-Sí -respondió el magistrado.
-¿Me compadeceréis, entonces?
-Sí, señora, sinceramente.
-¿Y comprendéis el motivo de mi visita?
-¿Vais a hablarme de lo que os ha sucedido?
-Sí; una gran desgracia.
-Es decir, un desengaño.
-¡Un desengaño! -exclamó la baronesa.
-Desgraciadamente, señora, he llegado a no llamar desgracias más que a las irreparables.
-¿Y creéis que se olvidará?
-Todo se olvida -respondió Villefort-; mañana se casará vuestra hija; dentro de ocho días, si no mañana.
Y en cuanto al futuro que ha perdido Eugenia, no creo que lo echéis mucho de menos.
Admirada de aquella calma casi burlona, la señora Danglars miró a Villefort.
-¿He venido a ver a un amigo? -le preguntó con un tono lleno de dolorosa dignidad.
-Sabéis que sí -respondió Villefort, cuyas pálidas mejillas se cubrieron de un vivo rubor al dar aquella
seguridad que hacía alusión a otros sucesos muy distintos de los que los ocupaban en el momento.
-Pues bien, entonces sed más afectuoso, mi querido Villefort, y al verme tan desdichada, no me digáis
que debo estar contenta.
Villefort se inclinó.
-Cuando oigo hablar de desgracias, señora, hace tres meses que he adquirido el vicio, si queréis, de
hacer una comparación egoísta con las mías, y al lado de ellas la vuestra no es nada. Ahí tenéis por qué
vuestra posición me parece envidiable. ¿Decíais, señora?
-Venía a saber de vos, amigo mío, ¿en qué estado se halla el asunto de ese impostor?
-¡Impostor! -repitió Villefort-, estáis resuelta a disminuir ciertas cosas y exagerar otras. ¡Impostor el
señor Cavalcanti, o mejor Benedetto! Os engañáis, señora, el señor Benedetto es un hermoso ejemplar de
asesino.
-No niego la rectitud de vuestra enmienda, pero mientras más severo seáis con ese desgraciado, más
haréis contra nosotros. Olvidadle un momento, y en lugar de seguirle, dejadle huir.
-Llegáis tarde, señora, ya están dadas las órdenes.
-Y si lo prenden… ¿Creéis que lo prenderán?
-Así lo espero.
-Si lo prenden, considerar esto, entonces: siempre he oído decir que las prisiones no se desocupan; pues
bien, dejadle en ella.
El procurador del rey hizo un signo negativo.
-Por lo menos, hasta que esté casada mi hija -añadió la baronesa.
-Imposible, señora, la justicia tiene sus trámites.
-¿Los tiene también para mí? -dijo la baronesa medio seria, medio risueña.
-Para todos -respondió Villefort-, y para mí como para los demás.
-¡Ah! -exclamó la baronesa, sin añadir con palabras el pensamiento que encerraba esta exclamación.
Villefort se puso a contemplarla con aquella mirada con que solía sondear el pensamiento de sus
interlocutores.
-Ya; comprendo lo que queréis decir -le dijo-, aludís a esos terribles rumores esparcidos por ahí, de que
todas esas muertes que hace tres meses me visten de negro, que esa muerte de que Valentina ha escapado
como por milagro, no son naturales, ¿no es eso lo que queréis decir?
-No pensaba en eso -dijo vivamente la señora Danglars.
-¡Sí!, pensabais, señora, y con razón, porque no podía ser de otra manera, y decíais para vos misma:
«Tú, que persigues el crimen, responde: ¿por qué hay a lo alrededor crímenes que permanecen impunes?»
Eso es lo que os decíais, ¿no es así, señora?
-Verdad es, lo confieso.
-Ahora voy a contestaros.
Villefort acercó su sillón a la silla de la señora Danglars, y luego, apoyando ambas manos en su pupitre,
y tomando una entonación más sorda que de costumbre, añadió:
-Hay crímenes que quedan impunes, porque se desconoce a los criminales, y porque se teme herir en
una cabeza inocente, en vez de herir en una cabeza culpable; pero cuando sean conocidos esos criminales
-Villefort extendió la mano hacia un crucifijo de gran tamaño colocado delante del pupitre-, cuando esos
criminales sean conocidos -repitió-, por Dios vivo, señora, morirán, sean quienes fueren. Ahora, pues,
después del juramento que acabo de hacer, y que cumpliré, ¡atreveos, señora, a pedirme gracia para ese
miserable!
-¿Y estáis seguro de que sea tan culpable como se dice? -preguntó la señora Danglars.
-Escuchad, escuchad su registro. Benedetto, condenado primero a cinco años de presidio por
falsificador a la edad de dieciséis años: el mozo prometía, según veis. Luego prófugo, después asesino.
-Pero ¿quién es ese desgraciado?
-¿Quién lo sabe? Un vagabundo, un corso.
-¿Y nadie se ha presentado a reclamar por él?
-Nadie, no se conoce a sus padres.
-Pero ¿ese hombre que había venido de Luques?
-Otro tal; su cómplice quizá.
La baronesa cruzó las manos.
-¡Villefort! -exclamó con el tono más dulce y cariñoso.
-¡Por Dios, señora! -respondió el procurador del rey con una firmeza que no carecía de sequedad-, ¡por
Dios! jamás me pidáis gracia para un criminal. ¿Qué soy yo?: la ley. ¿Y tiene ojos la ley para ver vuestra
tristeza? ¿Tiene oídos la ley para oír vuestra dulce voz? ¿Tiene memoria la ley para comprender con
delicadeza vuestro pensamiento? No, señora, la ley manda, y cuando manda la ley, hiere en seguida. Me
diréis que yo soy un ser viviente, y no un código, un hombre, y no un libro; pero miradme, mirad, señora,
a mi alrededor: ¿me han tratado a mí los hombres como hermano? ¿Me han tenido consideración? ¿Me
han perdonado? ¿Ha pedido nadie gracia para Villefort, ni se le ha concedido a nadie esa gracia?
» No, no; lastimado, siempre lastimado. Todavía insistís vos, que sois ahora una sirena más bien que
una mujer, en mirarme con esa mirada encantadora y expresiva que me recuerda que debo avergonzarme.
Entonces, sea; sí, ¡avergonzarme de lo que vos sabéis, y tal vez de otra cosa más! Pero al fin, después de
que yo he sido culpable, y acaso más culpable que otros, desde que yo he sacudido los vestidos del
prójimo para buscar detrás de ellos la llaga, y siempre he encontrado, siempre con gozo, con alegría, ese
sello de la debilidad o de la perversidad humana. ¡Cada hombre culpable que hallaba y cada criminal que
yo castigaba, me parecía una demostración viva, una nueva prueba de que no era yo una repugnante
excepción! ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡todo el mundo es malo, señora; demostrémoslo, y castiguemos al malo!
Villefort dijo estas últimas palabras con una rabia nerviosa que confería a su lenguaje una feroz
elocuencia.
-¿Pero decís -continuó la señora Danglars intentando el último esfuerzo-, decís que ese joven es
vagabundo, huérfano y desamparado?
-Sí, y tanto peor, o mejor dicho, tanto mejor; la Providencia lo ha permitido así para que nadie llore por
él.
-Es encarnizarse contra el débil, señor procurador del rey.
-El débil que asesina.,
-Su deshonor repercute sobre mi casa.
-¿No tengo yo la muerte en la mía?
-¡Oh! -dijo la baronesa-, no tenéis piedad para los demás; pues bien, no la tendrán de vos.
-¡Así sea! -dijo Villefort levantando al cielo su rostro amenazador.
-Dejad la causa de ese desgraciado para los jurados venideros; eso nos dará seis meses para que lo
olviden.
-No -dijo Villefort-; todavía me quedan cinco días; la instrucción está terminada; me sobra tiempo.
Además, conocéis, señora, que yo también necesito olvidar; pues bien, cuando trabajo noche y día, hay
momentos en que nada recuerdo, y soy dichoso como los muertos, pero aún vale más esto que sufrir.
-Si se ha fugado, dejadle huir; la inercia es una clemencia fácil.
-Os he dicho que era demasiado tarde, que al ser de día funcionó el telégrafo, y…
-Señor -dijo el ayuda de cámara entrando-, un soldado trae este despacho del ministro del Interior.
Villefort tomó la carta y la abrió.
-Preso, le han apresado en Compiègne. Esto ha terminado.
-Adiós -dijo la señora Danglars levantándose.
-Adiós, señora -respondió el procurador del rey, acompañándola hasta la puerta.
Luego, volviendo a su despacho, añadió:
-Vamos; tenía un delito de falsificación, tres robos, dos incendios; me faltaba un asesinato, y hele aquí;
la sesión será interesante.
Como había dicho el procurador del rey a la señora Danglars, Valentina no estaba aún restablecida;
quebrantada por la fatiga, se hallaba en cama, y en ella, y por la señora de Villefort, supo los sucesos que
acabamos de contar, es decir, la huida de Eugenia y la prisión de Cavalcanti o Benedetto y la acusación de
asesinato intentada contra él. Pero Valentina se hallaba en un estado tan débil, que no le causó aquélla
noticia el efecto que hubiera producido en ella en su estado
habitual. En efecto, algunas ideas vagas, algunos fantasmas fugitivos se presentaron al cerebro de la
enferma, o pasaron ante su vista, pero bien pronto se borraron, dejando tomar toda su fuerza a las
sensaciones personales.
Durante el día, Valentina se mantenía en la realidad por la presencia del señor Noirtier que se hacía
conducir al cuarto de su nieta, y permanecía en él protegiendo a Valentina con su paternal mirada.
Después, cuando regresaba del tribunal, era Villefort quien pasaba una hora entre su padre y su hija. A las
seis se retiraba el señor de Villefort a su despacho, a las ocho llegaba el señor d’Avrigny, quien preparaba
por sí mismo la poción nocturna para la joven. En seguida se llevaban a Noirtier. Una enfermera escogida
por el médico reemplazaba a los demás, y no se retiraba hasta las diez o las once, hora en que Valentina
quedaba ya dormida. Al bajar, daba las llaves del cuarto al señor Villefort, de suerte que no podía nadie
entrar en la habitación de la enferma sin atravesar por la habitación de la señora de Villefort y por el
cuarto del pequeño Eduardo.
Todas las mañanas iba Morrel a la habitación de Noirtier para saber de Valentina, y, ¡cosa
extraordinaria!, cada día parecía menos inquieto. Primeramente, porque Valentina, aunque en medio de
una grande exaltación, estaba cada día mejor; y después, ¿no le había dicho Montecristo cuando fue a
verle que si dentro de dos horas Valentina no había muerto, se salvaría? Valentina vivía, y ya habían
transcurrido cuatro días.
La exaltación nerviosa a que hemos hecho alusión perseguía a Valentina hasta durante el sueño, o más
bien en el estado de somnolencia que sucedía a la vigilia. Entonces, en medio del silencio de la noche, y a
la débil luz de la lámpara de alabastro puesta sobre la chimenea, veía pasar esas sombras que pueblan el
cuarto de los enfermos y que sacude con sus alas la fiebre. Tan pronto se le aparecía su madrastra que la
amenazaba, como Morrel que le tendía sus brazos. Veía otras veces extraños a su vida habitual, como el
conde de Montecristo. Hasta los muebles parecían animados y errantes; duraba aquel estado hasta las dos
o las tres de la madrugada, y entonces un sueño de plomo se apoderaba de la joven y duraba hasta que era
de día.
La noche del día en que supo Valentina la fuga de Eugenia y la prisi6n de Benedetto, y en que después
de mezclarse a las sensaciones de su existencia, empezaban a borrarse de su imaginación aquellos
sucesos, retirados ya Villefort, Noirtier y d’Avrigny, dando las once en San Felipe de Roul, y que
habiendo colocado la enfermera cerca de la cama la poción preparada por el doctor y cerrado la puerta, se
retiró a la antecámara, a juzgar por los lúgubres comentarios que en ella se oían desde hacía tres meses,
una escena inesperada tenía lugar en aquella habitación tan cuidadosamente cerrada.
Hacía diez minutos poco más o menos que se había retirado la enfermera. Valentina, atacada de aquella
fiebre que se presentaba todas las noches, dejaba que su imaginación, que no podía dominar, continuase
aquel trabajo monótono, ímprobo a implacable de un cerebro que reproduce incesantemente los mismos
pensamientos o crea las mismas imágenes. Mil y mil rayos de luz, todos llenos de significaciones
extrañas, se escapaban de la lámpara, cuando de repente a su reflejo incierto, creyó ver Valentina que su
bliblioteca, colocada al lado de la chimenea en un rincón de la pared, se abría poco a poco sin que los
goznes hiciesen el menor ruido.
En cualquier otra ocasión Valentina hubiese tirado de la campanilla, pidiendo ayuda, pero de nada se
admiraba en su actual situación. Sabía que todas aquellas visiones que la rodeaban eran hijas de su delirio,
y esta convicción se afianzó en ella, porque por la mañana no se veía traza alguna de aquellos fantasmas
de la noche que desaparecían con la aurora.
Detrás de la puerta apareció una figura humana.
Valentina, merced a su fiebre, estaba demasiado familiarizada con aquellos fantasmas para espantarse
de ellos; abrió solamente los ojos esperando ver a Morrel.
La figura continuó avanzando hacia su cama, detúvose, y pareció escuchar con una atención profunda.
Un rayo de luz dio entonces de lleno en el rostro de la nocturna visita.
-No es él-dijo Valentina
Esperaba, convencida de que soñaba, que aquel hombre, como sucede en los sueños, desapareciese o se
cambiase en otro.
Solamente tocó su pulso, y sintiéndolo latir con violencia, recordó que el mejor medio para hacer
desaparecer aquellas visiones importunas era beber: la frescura de la bebida, compuesta con el fin de
calmar las agitaciones de Valentina, que se había quejado de ellas al doctor, haciendo disminuir la
calentura, renovaba las sensaciones del cerebro, y después de haber bebido se sentía durante un rato más
sosegada.
Extendió el brazo con el fin de coger el vaso que estaba junto a la cama, y en aquel instante y con
bastante viveza la aparición dio dos pasos hacia la cama, y llegó tan cerca de la joven, que le pareció oír
su respiración, y creyó sentir la presión de su mano.
Esta vez la ilusión, o mejor dicho la realidad, sobrepujaba a cuanto Valentina había experimentado
hasta entonces. Sintió que estaba despierta y viva, vio que gozaba de toda su razón y se echó a temblar.
La presión que Valentina había sentido tenía por objeto detenerle el brazo, y ella lo retiró lentamente.
Entonces aquella figura, de la que no podía apartar su vista, y que más bien parecía protegerla que
amenazarla, tomó el vaso, se acercó a la lámpara y examinó el contenido, como si hubiese querido juzgar
su colorido y transparencia.
Pero aquella primera prueba no fue suficiente. Aquel hombre o fantasma, porque caminaba de un modo
que sus pasos no resonaban en la alfombra, tomó una cucharada de la poción y la tragó.
Valentina contemplaba lo que ocurría ante sus ojos con una sensación indefinible. Creía que todo
aquello iba a desaparecer para dar lugar a otra escena, pero el hombre, en lugar de desvanecerse como una
sombra, se acercó a ella y alargándole la mano con el vaso le dijo con una voz en la que vibraba la
emoción:
-Ahora, bebed.
Valentina tembló. Era la primera vez que una de sus visiones le hablaba de aquel modo. Abrió la boca
para dar un grito. El hombre puso un dedo sobre sus labios.
-¡El conde de Montecristo! -murmuró Valentina.
Al miedo que se pintó en los ojos de la joven, al temblor de sus manos y al movimiento que hizo para
ocultarse entre las sábanas, se reconocía la última lucha de la duda contra la convicción. Con todo, la
presencia de Montecristo en su cuarto a semejante hora, su entrada misteriosa, fantasmagórica a
inexplicable, a través de un muro, parecía imposible a la quebrantada razón de Valentina.
-No llaméis a nadie, ni os espantéis -le dijo el conde-, no tengáis el menor recelo ni la más pequeña
inquietud en el fondo de vuestro corazón. El hombre que veis delante de vos, porque esta vez tenéis
razón, Valentina, y no es una ilusión, es el padre más tierno y el más respetuoso amigo que podáis desear.
Valentina no respondió. Tenía un miedo tan grande a aquella voz que le revelaba la presencia real del
que hablaba, que temió asociar a ella la suya, pero su mirada espantada quería decir: «Si vuestras intenciones
son puras, ¿por qué estáis aquí?»
El conde, con su maravillosa sagacidad, comprendió cuanto sucedía en el corazón de la joven.
-Escuchadme -le dijo-, o mejor, miradme: ¿veis mis ojos enrojecidos y mi cara más pálida aún que de
costumbre? Es porque desde hace cuatro noches no he podido dormir un instante. Hace cuatro noches que
velo sobre vos, que os protejo y os conservo a nuestro amigo Maximiliano.
La sangre coloreó rápidamente las mejillas de la enferma, porque el nombre que acababa de pronunciar
el conde desvanecía el resto de desconfianza que le había inspirado.
-¡Maximiliano… ! -repitió Valentina; tan dulce le era pronunciar aquel nombre-. ¡Maximiliano! ¿Os lo
ha contado todo?
-Todo: me ha dicho que vuestra vida era la suya, y le he prometido que viviríais.
-¿Le habéis prometido que viviría?
-Sí.
-En efecto, señor, acabáis de hablar de vigilancia y protección. ¿Sois médico, acaso?
-Sí, y el mejor que el cielo pudiera enviaros en este momento, creedme.
-¿Decís que habéis velado? -preguntó Valentina, inquieta-. ¿Adónde? Yo no os he visto.
Montecristo señaló la biblioteca.
-He estado escondido tras esa puerta que da a la casa inmediata que he alquilado.
Valentina, por un movimiento de púdico orgullo, apartó sus ojos con terror.
-Caballero -dijo-, lo que habéis hecho es de una demencia sin ejemplo, y la protección que me
concedéis se asemeja mucho a un insulto.
-Valentina -dijo—, durante esta larga vigilia, esto es lo único que he visto: qué personas venían a
vuestro cuarto, qué alimentos os preparaban, qué bebidas os he dado, y cuando éstas me parecían
peligrosas, entraba, como acabo de entrar, vaciaba vuestro vaso, y sustituía el veneno por una poción
bienhechora, que en lugar de la muerte que os habían preparado, hacía circular la vida en vuestras venas.
-¡El veneno! ¡La muerte! -dijo Valentina, creyéndose de nuevo bajo el poder de alguna fiebre
alucinadora-. ¿Qué estáis diciendo, caballero?
-Silencio, hija mía -dijo Montecristo, volviendo a poner un dedo sobre sus labios-; he dicho el veneno,
sí, he dicho la muerte, y repito, la muerte; pero ante todo, debed esto -y el conde sacó de su bolsillo un
fresco de cristal que contenía un licor rojo, del que vertió algunas gotas en el vaso-, y cuando hayáis
bebido esto no toméis nada más en toda la noche.
La joven alargó la mano; pero apenas tocó el vaso, cuando volvió a retirar la mano llena de miedo.
Montecristo tomó el vaso, bebió un poco y lo presentó a Valentina, que tragó sonriendo el licor que
contenía.
-¡Oh!, sí -dijo-; reconozco el gusto de mis bebidas nocturnas,
de aquella agua que refrescaba un poco mi pecho y calmaba mi cerebro. Gracias, señor, gracias.
-Considerad cómo habéis vivido hace cuatro noches, Valentina -dijo el conde.
»Yo, en cambio, ¿cómo vivía? ¡Ah!, ¡qué horas tan crueles me habéis hecho pasar! ¡Qué tormentos no
he sufrido al ver verter en vuestro vaso el mortífero veneno, temblando siempre de que tuvieseis tiempo
para beberlo antes que yo pudiese derramarlo en la chimenea!
-Decís, señor -respondió Valentina en el colmo del terror-, ¿que habéis sufrido mil martirios viendo
derramar en mi vaso un mortífero veneno? Pero si lo habéis visto, ¿también debisteis ver quién lo
derramaba?
-Sí.
Valentina se incorporó en la cama, y echando sobre su pálido pecho la batista bordada, mojada aún con
el sudor del delirio, al que se mezclaba ahora el del terror, repitió:
-¿Lo habéis visto?
-Sí -repitió el conde.
-Lo que me decís, señor, es horroroso; queréis hacerme creer en algo infernal. ¡Cómo! ¡En la casa de
mi padre! ¡En mi cuarto! ¡En el lecho del dolor continúan asesinándome! ¡Oh!, retiraos, tentáis mi
conciencia; blasfemáis de la bondad divina. Es imposible, no puede ser.
-¿Sois la primera a quien ha herido esa mano, Valentina? ¿No habéis visto caer junto a vos al señor y la
señora de Saint-Merán y a Barrois? ¿No hubiera sucedido lo mismo al señor Noirtier sin el método que
sigue hace tres años? En él la costumbre del veneno le ha protegido contra el veneno.
-¡Ay! ¡Dios mío! -dijo Valentina-, ahora comprendo por qué mi abuelo exigía de mí hace un mes que
tomase de todas sus bebidas.
-Y tenían un sabor amargo como el de la cáscara de naranja medio seca, ¿es verdad?
-Sí, Dios mío, sí.
-¡Oh!, todo lo explica eso -dijo Montecristo-, él sabe que aquí envenenan y quizá quién: ha querido
preservaros a vos, su hija amada, contra la mortal sustancia, y ésta ha venido a estrellarse contra ese
principio de costumbre. Ved por lo que vivís aún, cosa que me admiraba habiéndoos envenenado hace
cuatro días con un veneno que por lo general no tiene remedio.
-Pero ¿quién es el asesino?
-Dejadme que os pregunte: ¿No habéis visto entrar a nadie de noche en vuestro cuarto?
-Sí; muchas veces he creído ver pasar como unas sombras, acercarse, retirarse, y finalmente
desaparecer; pero creía que eran visiones de mi calentura, y hace un instante, cuando entrasteis, creía estar
soñando o delirando.
-Así, ¿no conocéis a la persona que atenta contra vuestra vida?
-No. ¿Por qué desea mi muerte?
-Vais a conocerla entonces -dijo Montecristo aplicando el oído.
-¿Cómo? -preguntó Valentina, mirando con terror a su alrededor.
-Porque esta noche no tenéis fiebre ni delirio, estáis bien despierta, son las doce, y es la hora de los
asesinos.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -dijo Valentina enjugando el sudor que inundaba su frente.
En efecto, las doce daban lenta y tristemente. Podía decirse que cada golpe del martinete sobre el
bronce daba en el corazón de la joven.
-Valentina -continuó el conde-, llamad todas vuestras fuerzas en vuestro socorro, comprimid vuestro
corazón en vuestro pecho, detened vuestra voz en vuestra garganta, fingid que dormís, y veréis.
Valentina tomó la mano del conde.
-Me parece que oigo ruido -le dijo-, retiraos.
-Adiós. Hasta más ver -le dijo el conde.
Luego, con una sonrisa tan triste y paternal que llenó de gratitud el corazón de la joven, se dirigió el
conde a la puerta de la biblioteca; pero volviéndose antes de cerrarla, dijo:
-No hagáis un gesto, no digáis una palabra, que os crea dormida; si no, os mataría antes que tuviese
tiempo para socorreros.
El conde desapareció en seguida, cerrando la puerta tras de sí.
Valentina se quedó sola. Otros dos relojes más atrasados que el de San Felipe de Roul dieron aún las
doce a repetidos intervalos, y aparte el lejano ruido de tal o cual carruaje, todo quedó de nuevo sumido en
silencio.
Toda la atención de Valentina se fijó en el reloj de su cuarto, cuya aguja marcaba hasta los segundos.
Empezó a contarlos, y notó que eran dobles, doblemente más lentos que los latidos de su corazón.
Y con todo, dudaba aún. La inocente no podía figurarse que nadie desease su muerte. ¿Por qué? ¿Con
qué fin? ¿Qué mal había hecho que pudiese suscitarle un enemigo?
No había que temer que se durmiese. Una sola idea, una idea terrible la tenía despierta. Existía una
persona en el mundo que había intentado asesinarla y lo intentaría aún. Si esta vez aquella persona,
cansada de ver la ineficacia del veneno, recurría, como lo había insinuado Montecristo, al hierro: ¡si
habría llegado su último momento!, ¡si no debía ver más a Morrel!
Ante aquella idea, que la cubrió a la vez de una palidez lívida y de un sudor helado, le faltó poco para
coger el cordón de la campanilla y pedir socorro. Pero le pareció que por entre la cerradura de la biblioteca
veía el ojo del conde, que velaba sobre su porvenir, y que cuando pensaba en ello le causaba tal
vergüenza, que se preguntaba a sí misma si su gratitud llegaría a borrar el penoso efecto que producía la
indiscreta amistad del conde.
Veinte minutos, veinte eternidades pasaron de este modo, y otros diez en seguida; finalmente, el reloj
dio las doce y media. En aquel momento, un ruido casi imperceptible de la uña que rascaba la puerta de la
biblioteca, le dio a entender que el conde velaba, y le recomendaba que velase.
En efecto, por la parte opuesta, es decir, hacia el cuarto de Eduardo, le pareció que oía pisadas; prestó
oído atento reteniendo su respiración. Levantóse el pestillo y se abrió la puerta.
Valentina, que se había incorporado sobre el corazón, apenas tuvo tiempo para volverse a acostar y
ocultar sus brazos.
Temblando, agitada y con el corazón oprimido, esperó.
Acercóse una persona a la cama y entreabrió las cortinas.
Valentina hizo un esfuerzo, y dejó oír el murmullo acompasado de la respiración que anuncia un sueño
tranquilo.
-Valentina -dijo muy bajo una voz.
La joven tembló hasta el fondo de su corazón, pero no respondió.
-Valentina -repitió la misma voz.
El mismo silencio. Valentina había prometido no despertarse.
Todo volvió a quedar inmóvil. Solamente Valentina oyó el ruido casi imperceptible de un licor que caía
en el vaso que acababan de vaciar.
Atrevióse entonces a entreabrir sus párpados, poniendo sobre ellos su brazo. Vio a una mujer con un
peinador blanco que vaciaba en su vaso un licor preparado de antemano que tenía en un frasco.
Durante aquel breve instante, Valentina detuvo su respiración e hizo algún pequeño movimiento,
porque la mujer se detuvo inquieta, y se puso de bruces sobre su lecho para ver si dormía. Era la esposa
del procurador del rey.
Valentina, al reconocer a su madrastra, tembló de tal modo que debió comunicar algún movimiento a su
cama. La señora de Villefort desapareció en seguida a lo largo de la pared, y allí, escondida en la
colgadura de la cama, muda y atenta, espiaba el menor movimiento de Valentina.
Esta se acordó de las terribles palabras de Montecristo. Parecióle que en una mano tenía el frasco y en
la otra un largo y afilado cuchillo.
Haciendo entonces un extraordinario esfuerzo, Valentina procuró cerrar los ojos, pero aquella
operación tan sencilla del más temeroso de nuestros sentidos, aquella operación tan común, era en aquel
mo. mento imposible. Tales eran los esfuerzos de la ávida curiosidad para rechazar aquellos párpados y
observar lo que ocurría en realidad.
Sin embargo, asegurada por el ruido acompasado de la respiración de Valentina, de que ésta dormía, la
señora de Villefort extendió de nuevo el brazo, y medio oculta por las cortinas, acabó de vaciar el
contenido del frasco en el vaso de la enferma.
Retiróse en seguida, sin que el menor ruido advirtiese a ésta de que se había marchado. Vio desaparecer
el brazo, nada más, aquel brazo fresco y torneado de una mujer de veinticinco años, joven y bella, y que
derramaba la muerte.
Es imposible describir lo que Valentina sufrió durante el minuto y medio que permaneció en su cuarto
la señora de Villefort.
El ruido de la uña que rascaba a la puerta sacó a la joven de aquel estado de abatimiento. Levantó con
trabajo la cabeza; la puerta siempre silenciosa se abrió de nuevo, y apareció por segunda vez el conde de
Montecristo.
-¿Y bien? -preguntó el conde-, ¿todavía dudáis?
-¡Oh! ¡Dios mío! -murmuró la joven.
-¿La habéis visto?
-¡Desdichada!
-¿La habéis conocido?
Valentina lanzó un gemido.
-Sí -dijo-, pero no puedo creerlo.
-¿Entonces, preferís morir y hacer que muera también Maximiliano… ?
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -repitió la joven fuera de sí-, ¿pero no podría yo salir de casa? ¿Salvarme?
-Valentina, la mano que os persigue os alcanzará en todas partes, a fuerza de oro seducirán a vuestros
criados, y la muerte se os aparecerá disfrazada bajo todos aspectos. En el agua que bebiereis, en la fuente
y en la fruta que cogiereis del árbol.
-Sin embargo, ¿no me habéis dicho que la precaución de mi abuelo me preservó del veneno?
-Contra un veneno, y no empleado en fuerte dosis. Cambiarán de veneno o aumentarán la dosis.
Tomó el vaso y lo acercó a sus labios.
-Mirad -dijo-, ya lo han hecho: ya no es la brucina: es con un simple narcótico con lo que os envenenan.
Reconozco el sabor del alcohol en que lo han disuelto. Si hubieseis bebido lo que la señora de Villefort ha
echado en vuestro vaso, Valentina, ¡estabais perdida!
-¡Pero Dios mío! -dijo la joven-, ¿por qué me persigue así?
-¡Cómo! ¿Sois tan ingenua, tan dulce, tan buena, creéis tan poco en el mal, que no lo habéis
comprendido, Valentina?
-No -dijo la joven-, jamás he hecho mal a nadie.
-Pero sois rica, Valentina, tenéis doscientas mil libras de renta, y se las quitáis al hijo de esa mujer.
-¿Y cómo es eso? Mi fortuna no es la suya, proviene de mis abuelos maternos.
-Sin duda, y he ahí por qué el señor y la señora de Saint-Merán han muerto; para que los heredaseis
vos; he ahí por qué el día que el señor de Noirtier os constituyó su heredera, fue condenado a muerte: ved
por qué vos debéis morir, Valentina, para que vuestro padre herede de vos, y vuestro hermano, siendo hijo
único, herede a vuestro padre.
-¡Eduardo!, pobre niño. ¿Y por él se cometen tantos crímenes?
-¡Ah!, veo que comprendéis al fin.
-¡Ay! ¡Dios mío!, con tal que todo esto no caiga sobre él.
-Sois un ángel, Valentina.
-¿Pero han renunciado a matar a mi abuelo?
-Han pensado que muerta vos, si no invalidan el testamento, la fortuna era de vuestro hermano; y han
reflexionado que el crimen al fin era inútil y doblemente peligroso al cometerlo.
-¡Y de la cabeza de una mujer ha salido semejante combinación! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
-¿Os acordáis de Perusa, de la fonda de postas, del hombre con capa oscura a quien vuestra madrastra
preguntaba sobre el agua tofana? Pues desde entonces meditaba este infernal proyecto.
-¡Oh!, señor -dijo la joven-, veo bien que si es así, estoy condenada a morir.
-No, Valentina, no, porque he previsto todos los complots; porque nuestra enemiga está vencida, puesto
que se la conoce. No, Valentina, viviréis para amar y ser amada; viviréis para ser feliz y para hacer feliz a
un noble corazón, pero para vivir, Valentina, es preciso que tengáis en mí ilimitada confianza.
-Mandad, señor, ¿qué debo hacer?
-Es necesario que toméis ciegamente lo que yo os dé.
-¡Oh!, Dios es testigo -dijo Valentina-, de que si estuviese sola preferiría dejarme morir.
-No os confiaréis a nadie, ni aun a vuestro padre. No, y sin embargo, vuestro padre, hombre
acostumbrado a las acusaciones criminales, debe sospechar que todas estas muertes no son naturales. El
era el que debía velar sobre vos y encontrarse en el sitio que yo estoy ocupando. E1 debía haber vaciado
ya ese vaso y levantándose contra el asesino. Espectro contra espectro -añadió muy bajo.
-Señor -dijo Valentina-, haré cuanto sea preciso para vivir, porque hay dos seres en el mundo que me
aman más que la vida, y morirían si yo muriese: ¡mi abuelo, y Maximiliano!
-Velaré sobre ellos como sobre vos.
-Pues bien, señor, disponed de mí -dijo Valentina, y añadió muy bajo:- ¡Dios mío! ¿Qué va a
sucederme?
-Suceda lo que suceda, Valentina, no tengáis miedo. Si sufrís, si perdéis la vista, el oído, el tacto, no
temáis. Si os despertáis sin saber donde estáis, no tengáis miedo, aunque os halléis en un sepulcro o encerrada
en una caja mortuoria. Recordad en seguida y decid: En este instante, un amigo, un padre, un
hombre que quiere mi felicidad y la de Maximiliano, vela sobre mí.
-¡Desdichada! ¡A qué terrible extremo es preciso llegar!
-¡Valentina! ¿Preferís denunciar a vuestra madrastra?
-Preferiría morir cien veces, ¡oh!, sí, morir.
-No; no moriréis, y sea lo que quiera lo que os suceda, no os quejaréis, esperaréis: ¿me lo prometéis,
Valentina?
-Pensaré en Maximiliano.
-Sois mi hija querida, Valentina; solamente yo puedo salvaros, y os salvaré.
En el colmo del terror, Valentina juntó las manos, porque conoció que había llegado el momento de
pedir a Dios valor. Incorporóse para orar, pronunciando palabras inconexas, y olvidándose de que sus largas
espaldas no tenían más velo que sus largos cabellos y que se veía latir su corazón bajo el delicado
encaje de su bata de noche.
El conde apoyó ligeramente su mano en el brazo de la joven, estiró hasta taparle el cuello la colcha de
terciopelo, y con una sonrisa paternal le dijo:
-Hija mía, creed en mis promesas y en mi afecto, como creéis en Dios, en su bondad y en el amor de
Maximiliano.
Valentina fijó en él una mirada de gratitud, y se prestó a todo, dócil como una niña.
El conde sacó del bolsillo del chaleco una cajita de esmeralda, levantó la tapa de oro, y puso en la mano
de Valentina una pastilla del tamaño de un garbanzo.
La joven la ,tomó con la otra mano, y miró atentamente al conde.
Había en la fisonomía de aquel intrépido protector un reflejo de la majestad y el poder divino. Era
evidente que Valentina le estaba interrogando con su mirada.
-Sí -dijo él.
Valentina llevó la pastilla a sus labios y la tragó.
-Y ahora, hasta que nos veamos, hija mía. Voy a descansar, porque ya os he salvado.
-Id -dijo Valentina-, ocurra lo que ocurra, os prometo no tener miedo.
Montecristo tuvo sus ojos fijos en la joven, que se dormía poco a poco, vencida por el poder del
narcótico que el conde acababa de darle.
Tomó entonces el vaso, vació las tres cuartas partes en la chimenea, para que creyesen que la enferma
había bebido lo que faltaba, volvió a ponerlo sobre la mesa de noche, y se dirigió a la puerta de la biblioteca,
no sin antes dar una mirada a Valentina, que se dormía con la confianza y el candor de un ángel
acostado a los pies del Señor.
La lámpara continuaba ardiendo sobre la chimenea del cuarto, apurando las últimas gotas de aceite que
flotaban aún sobre el agua; ya un círculo rojo coloreaba el alabastro del globo y ya la llama más viva
dejaba escapar aquellos últimos reflejos que en los seres inanimados son las últimas convulsiones de la
agonía, que tantas veces se han comparado a las de las pobres criaturas humanas; una claridad siniestra
teñía con un triste reflejo opaco la colgadura blanca y las sábanas de la cama de la joven.
El ruido de la calle había cesado, y el silencio interior de la casa era completo.
Abrióse la puerta del cuarto de Eduardo y apareció una cabeza que ya conocemos y que se reflejó en el
espejo de enfrente. Era la señora de Villefort que volvía para ver el efecto de la bebida.
Detúvose a la entrada, y escuchó el chisporroteo de la lámpara que se apagaba, ruido sólo perceptible
en aquella estancia que se hubiera creído desierta; avanzó después poco a poco hasta la mesa de noche
para ver si el vaso de Valentina estaba vacío; estaba aún con la cuarta parte de la bebida, como hemos
dicho.
Lo tomó y fue a vaciarlo en las cenizas, que procuró remover bien para facilitar la absorción del licor;
limpió en seguida cuidadosamente el cristal y lo enjugó con su mismo pañuelo, colocándolo sobre la mesa
de noche.
Cualquiera que hubiese podido observar el interior de la cámara, habría visto las dudas que tenía la
señora de Villefort para fijar su vista en la enferma y acercarse a la cama.
La enferma no respiraba ya; sus dientes entreabiertos no dejaban escapar el pequeño átomo que revela
la vida. Todo movimiento había cesado en sus blanquecinos labios. Sus ojos, anegados en un vapor
violeta que parecía haber penetrado bajo la piel, presentaban como un punto blanco en el sitio en que el
glóbulo hacía resaltar el párpado, y sus largas cejas negras parecían puestas sobre una figura de cera.
La señora de Villefort contempló aquel rostro tan elocuente en su inmovilidad. Más animada entonces,
levantó la colcha y puso la mano sobre el corazón de la joven. No latía, y el movimiento que sentía bajo
su mano era la circulación de la propia sangre; retiró la mano con un ligero temblor.
El brazo de Valentina pendía fuera de su lecho. De una perfección completa, aquel brazo se veía un
poco crispado, como igualmente los dedos que se apoyaban sobre la caoba; las uñas estaban azuladas
hacia su nacimiento.
La envenenadora, que nada tenía ya que hacer en aquella habitación, se retiró con tanta precaución que
veíase claramente que temía que el ruido de sus pasos se dejara sentir sobre la alfombra; pero retirándose
tenía aún la colgadura levantada en aquel espectáculo de la muerte, que tiene una irresistible atracción
mientras la muerte es la inmovilidad y no la corrupción.
Los minutos pasaban, y la señora de Villefort no podía, al parecer, dejar aquella colgadura que tenía
suspendida como una mortaja. Sobre la cabeza de Valentina pagaba su tributo a la meditación; la meditación
del crimen debe ser el remordimiento.
En aquel instante aumentaron los chisporroteos de la lámpara.
La señora de Villefort al oír aquel ruido tembló y dejó caer la colgadura. Apagóse la lámpara y quedó la
habitación en la oscuridad más profunda. En medio de ella dio el reloj las cuatro y media.
La envenenadora, espantada, buscó a tientas la puerta y entró en su cuarto con el sudor y la angustia en
la frente.
La oscuridad continuó aún durante dos horas.
Poco a poco fue penetrando la claridad en la habitación, pero sin que pudiera permitir aún reconocer los
objetos; aumentó y dióles entonces forma sensible.
En la escalera resonó la tos de la enfermera, que entró en el cuarto de Valentina con una taza en la
mano.
La primera mirada de un padre o de un amante hubiera sido decisiva. Valentina había muerto. Para
aquella mercenaria, Valentina dormía.
-Bueno -dijo acercándose a la mesa de noche-, ha bebido una parte de la poción, el vaso está vacío en
sus dos terceras partes.
Fue a la chimenea, encendió fuego, se instaló en un sillón, y aunque salía del lecho, aprovechóse del
sueño de Valentina para dormir otras dos horas.
El reloj, que daba las ocho, la despertó.
Extrañada del obstinado sueño en que permanecía la joven, espantada de aquel brazo que colgaba fuera
de la cama y que permanecía siempre en la misma postura, se acercó a la cama, y entonces notó que sus
labios estaban fríos y helado su pecho.
Trató de levantar el brazo y ponerlo junto al cuerpo, pero el brazo no obedeció; tan tieso estaba ya que
no le quedó duda a la enfermera. Dio un espantoso grito y corrió a la puerta.
-¡Auxilio! -gritaba-. ¡Auxilio!
-¡Cómo! ¿Auxilio? -respondió desde abajo la voz de d’Avrigny.
Era la hora en que el doctor tenía costumbre de venir.
-¡Cómo! ¿Auxilio? -gritaba Villefort saliendo precipitadamente de su despacho-. Doctor, ¿habéis oído
gritos de socorro?
-Sí, sí, subamos -respondió d’Avrigny-; es en el cuarto de Valentina.
Pero antes de que el padre y el doctor Regasen, los criados que estaban en el mismo piso, en los
corredores o aposentos inmediatos, entraron todos, y viendo a Valentina pálida a inmóvil sobre su lecho,
levantaron sus manos al cielo y temblaron como azogados.
-Llamad a la señora de Villefort, despertadla -gritaba el procurador del rey desde la puerta, sin atreverse
a entrar.
Pero los criados, en lugar de responder, miraban al doctor, que había entrado y corrido hacia Valentina,
a la que sostenía en sus brazos.
-¡Aun ésta! -murmuró, dejándola caer-. ¡Dios mío! ¡Dios mío. .. ! ¿Cuándo os daréis por satisfecho?
Villefort entró en el cuarto.
-¡Qué decís! ¡Dios mío! -dijo, levantando las manos al cielo-. ¡Doctor!, ¡doctor!
-Digo que vuestra hija ha muerto -repuso el médico con voz solemne y terrible en su solemnidad.
El procurador del rey cayó cual si le hubiesen quebrado las piernas y su cabeza se posó sobre el lecho
de Valentina.
A las palabras del doctor, al grito del padre, los criados huyeron despavoridos, profiriendo sordas
imprecaciones. Oyéronse en las escaleras y corredores sus precipitados pasos. En seguida un gran movimiento
en el patio extinguióse al poco tiempo. Todos habían abandonado la casa maldita.
En aquel instante, la señora de Villefort, con un peinador a medio ningún sonido. Vaciló y se sostuvo
contra la puerta. Señaló en seguida a la puerta.
-Sí, sí -continuó el anciano.
Maximiliano se lanzó a la escalera, cuyos escalones subió de dos en dos, mientras le parecía que el
anciano le decía con los ojos:
-Más de prisa, más de prisa.
Un minuto le bastó para atravesar varias habitaciones solitarias como el resto de la casa, y llegar hasta
la de Valentina.
No tuvo necesidad de abrir la puerta, pues estaba abierta de par en par.
Un suspiro fue lo primero que oyó. Vio una figura arrodillada y medio oculta entre la blanca colgadura.
El temor y el espanto le clavaron junto a la puerta.
Entonces fue cuando oyó una voz que decía: ¡Valentina ha muerto!, y otra que repetía como un eco:
-¡Muerta! ¡Muerta!
El señor de Villefort levantóse casi avergonzado de haber sido sorprendido en aquel exceso de dolor.
La terrible posición que ocupaba hacía veinticinco años había llegado a hacer de él más o menos un
hombre. Su mirada, un instante incierta, se fijó en Morrel.
-¿Quién sois -le dijo-, que olvidáis que no se entra así en una casa en que habita la muerte? ¡Salid,
caballero, salid!
Pero Morrel permaneció inmóvil, incapaz de apartar los ojos del espantoso espectáculo que presentaba
aquella cama en desorden y de la pálida mujer que estaba acostada en ella.
-¡Salid! ¿No oís? -gritaba Villefort, mientras d’Avrigny se adelantaba por su parte para hacer que
Morrel se marchase.
Este miraba con aire espantado aquel cadáver, aquellos dos hombres y toda la habitación. Pareció
titubear un instante, abrió la boca, y finalmente, no hallando qué responder, a pesar de la multitud de
ideas que se agolpaban en su cerebro, volvió atrás cogiéndose los cabellos de tal suerte que Villefort y
d’Avrigny, distraídos un momento de su preocupación, le siguieron con la vista y se miraron el uno al otro
como diciendo:
-¡Está loco!
Pero no habían transcurrido aún cinco minutos cuando oyeron ruido en la escalera, y vieron a Morrel,
que con fuerza sobrenatural traía en brazos el sillón de Noirtier avanzando hacia la cama de Valentina. El
rostro de aquel anciano, en el que la inteligencia desplegaba todos sus recursos, cuyos ojos reunían todo el
poder del alma para suplir a las demás facultades; la aparición de aquel pálido semblante y de aquella
ardiente mirada fue aterradora para Villefort.
-¡Ved lo que han hecho! -gritó Morrel teniendo aún una mano apoyada en el respaldo del sillón que
acababa de aproximar al lecho, y la otra extendida hacia la cama de Valentina-. ¡Ved, padre mío, ved!
Villefort retrocedió espantado y miró a aquel joven que le era casi desconocido y que llamaba padre a
Noirtier.
En aquel momento, el alma del anciano pasó toda a sus ojos, que inmediatamente se llenaron del rojo
de la sangre. Después se le hincharon las venas del cuello, una tinta azulada como la que invade la piel
del epiléptico cubrió sus mejillas y sus sienes.
A aquella violenta explosión interior de todo su ser sólo le faltaba un grito.
Este salió, por decirlo así, de todos los poros, horrible en su mutismo, desgarrador en su silencio.
D’Avrigny se precipitó hacia el anciano y le hizo aspirar un violento revulsivo.
-¡Señor! -dijo entonces Morrel tomando la mano inerte del paralítico–, me preguntan quién soy y con
qué derecho estoy aquí. ¡Oh!, decidlo, vos, que lo sabéis -y los sollozos ahogaron la voz del joven.
La respiración intensa y jadeante del anciano levantaba su pecho. Al verle parecía sufrir una de aquellas
convulsiones que preceden a la agonía.
Al fin, sus ojos se llenaron de lágrimas, más feliz en esto que el joven, que sollozaba sin poder llorar.
No pudiendo inclinar la cabeza, cerró los ojos.
-Decid -continuó Morrel con voz ahogada-, ¡decid que yo era su prometido! ¡Decid que ella era mi
noble amiga! ¡Mi único amor sobre la tierra! ¡Decid, decid, decid… que ese cadáver me pertenece!
Y el joven, dando el terrible espectáculo de una gran energía que de pronto se desploma, cayó
pesadamente de rodillas ante aquel lecho que sus crispados dedos apretaron con fuerza.
Aquel dolor era tan agudo que d’Avrigny se volvió para ocultar su emoción, y Villefort, sin pedir
ninguna explicación, atraído por el magnetismo que nos impele hacia aquellos que aman a los que lloramos,
alargó la mano al joven.
Pero Morrel nada veía. Había cogido la helada mano de Valentina, y no pudiendo llorar mordía la
colcha dando rugidos.
Durante algún tiempo no se oyeron en aquella habitación más que suspiros, lágrimas, imprecaciones y
oraciones.
Y sin embargo, un ruido dominaba a los demás. El de la tarda y ronca respiración de Noirtier, en quien
cada aspiración parecía que iba a romper dentro de su pecho los resortes de la vida.
En fin, Villefort, más dueño de sí que los demás, después de haber cedido durante algún tiempo su
lugar a Maximiliano, tomó la palabra.
-Caballero -le dijo-, ¿amabais a Valentina, decís? ¿Erais su prometido? Ignoraba este amor, no tenía
noticia de semejante compromiso, y con todo, yo, su padre, os lo perdono, porque veo que vuestro dolor
es grande, real y verdadero. Además, el mío es muy grande para que quede en mi corazón lugar para otro
sentimiento. Sin embargo, como veis, el ángel que esperabais ha abandonado la tierra, y nada tiene que
hacer ya de las adoraciones de los hombres, la que a esta hora adora ella misma al Señor. Decid, pues,
adiós a esos tristes restos. Tomad por última vez esa mano que esperabais, y separaos de ella para
siempre. Valentina sólo necesita ya al sacerdote que la ha de bendecir.
-Os equivocáis, señor -dijo Morrel, quedándose con una rodilla en tierra, y atravesado el corazón con
un dolor más agudo que cuantos había sentido-, os equivocáis. Valentina, muerta como ha muerto,
necesita no sólo el sacerdote que la bendiga, sino también un vengador. Enviad a buscar el sacerdote, el
vengador seré yo.
-¿Qué queréis decir, caballero? -murmuró Villefort, temblando ante esta nueva inspiración del delirio
de Morrel.
-Quiero decir -prosiguió Maximiliano- que hay dos hombres en vos, señor. El padre ha llorado
bastante; que el procurador del rey empiece a cumplir su deber.
Los ojos de Noirtier se animaron y d’Avrigny se acercó.
-Señor -prosiguió el joven, recorriendo de una mirada los sentimientos que se retrataban en los
semblantes de todos-, sé lo que digo, y sabéis tan bien como yo lo que quiero decir. ¡Valentina ha muerto
asesinada!
Villefort bajó la cabeza. D’Avrigny avanzó un paso. Noirtier hizo sí con los ojos.
-Ahora bien -dijo Morrel-, en nuestros días, una criatura aunque no fuese joven, bella, adorable, como
era Valentina, no desaparece violentamente del mundo sin que se pida cuenta de su desaparición.
¡Vamos!, señor procurador del rey -añadió Morrel con una vehemencia que cada vez iba en aumento-, ¡no
haya piedad! Os denuncio el crimen. Buscad al asesino.
Y sus ojos implacables interrogaban a Villefort, quien a su vez solicitaba con sus miradas tan pronto a
d’Avrigny como a Noirtier, pero en lugar de hallar socorro en las miradas de su padre o del doctor,
Villefort encontró en ellos la misma inflexibilidad que en Maximiliano.
-Sí -expresó el anciano con los ojos.
-Cierto-dijo el doctor.
-Caballero -repuso Villefort, procurando luchar aún contra aquella triple voluntad y hasta contra su
propia emoción-, os engañáis. No se cometen crímenes en mi casa. La fatalidad me persigue. Dios me
prueba, ¡es horroroso pensarlo! , pero no se asesina a nadie.
Los ojos de Noirtier relampaguearon. D’Avrigny abrió la boca para hablar, pero Morrel, extendiendo el
brazo, hizo señal de que callasen todos.
-Y yo afirmo que aquí se asesina -gritó Morrel, cuya voz bajó sin perder nada de su vibración
acostumbrada-. Os digo: ¡ved aquí la cuarta víctima en cuatro meses! Afirmo que intentaron hace cuatro
días envenenar a Valentina, y que no lo consiguieron, gracias a las precauciones que tomó el señor
Noirtier.
»Afirmo que esta vez han doblado la dosis o cambiado el veneno, y han conseguido su objeto. Añadiré
en fin, que sabéis esto tan bien como yo, pues el señor os ha prevenido como médico y como amigo.
-¡Oh!, deliráis, caballero -dijo Villefort, procurando evadirse del círculo en que se encontraba
encerrado.
-¡Que estoy delirando! -gritó Morrel-. Apelo al señor d’Avrigny. Preguntadle si se acuerda de las
palabras que pronunció en vuestro jardín la noche de la muerte de la señora de Saint-Merán, cuando los
dos, creyéndoos solos, os ocupabais de ella, y en la que esa fatalidad de quien habláis, y Dios, a quien
acusáis injustamente, no tuvieron más parte que haber criado al asesino de Valentina.
Villeford y d’Avrigny se miraron.
-Sí, sí -dijo Morrel-. Recordadlo, porque aquellas palabras que creíais pronunciadas en el silencio de la
soledad, cayeron en mis oídos. Ciertamente, al ver aquella noche la culpable condescendencia del señor
de Villefort para con los suyos, debía haberlo puesto todo en conocimiento de la autoridad, y no sería
cómplice como lo soy en este momento de lo muerte, Valentina, ¡mi Valentina querida! Pero el cómplice
será el vengador, porque esta cuarta muerte es in fraganti, visible a los ojos de todos, y si lo padre lo
abandona, ¡oh, mi Valentina!, lo juro, yo perseguiré a lo asesino.
Y esta vez, como si la naturaleza se apiadase de aquel vigoroso organismo próximo a destrozarse por su
excesiva fuerza, las últimas palabras de Morrel expiraron en sus labios, mil suspiros lanzó su pecho, y sus
lágrimas, tanto tiempo rebeldes, corrieron en abundancia. Cayó de nuevo, llorando amargamente cerca del
lecho de Valentina.
Entonces tomó la palabra d’Avrigny.
-Y yo también -dijo con voz fuerte-, yo también me uno al señor Morrel para pedir justicia contra el
crimen, porque mi corazón se levanta contra mí, a la sola idea de que mi cobarde complacencia ha
alentado al asesino.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! -murmuró Villefort aterrado.
Morrel levantó la cabeza, leyendo en los ojos del anciano que lanzaban chispas.
-Mirad, mirad -dijo-, el señor Noirtier quiere decirnos algo. -Sí -hizo Noirtier con una expresión tanto
más terrible, cuanto que todas las facultades de aquel pobre anciano impotente se concentraban en su
mirada.
-¿Conocéis al asesino? -dijo Morrel.
-Sí.
-¿Y vais a guiarnos? -dijo-; escuchemos, señor d’Avrigny, escuchemos.
Noirtier miró a Morrel con una melancólica sonrisa, una de aquellas que tantas veces habían hecho feliz
a Valentina, y fijó con esto sus ojos.
Después, mirando fijamente a su interlocutor, señaló hacia la puerta.
-¿Queréis que salga? -dijo dolorosamente Morrel.
-Sí -hizo Noirtier.
-No me mandéis eso, ¡tened piedad de mí!
Los ojos del anciano permanecieron fijos en la puerta.
-¿Podré volver, al menos? -preguntó Morrel.
-Sí.
-¿Debo irme solo?
-No.
-¿Quién ha de venir conmigo, el procurador del rey?
-No.
-¿El doctor?
-Sí.
-¿Queréis quedaros a solas con el señor de Villefort?
-Sí.
-¿Podrá entenderos?
-Sí.
-¡Oh! -dijo Villefort casi contento, porque la conversación iba a tener lugar solamente entre los dos-,
estad tranquilo, comprendo muy bien a mi padre.
Y al hablar con esta expresión de alegría, sus dientes daban unos contra otros.
D’Avrigny tomó del brazo a Morrel y salieron juntos.
Un silencio más profundo que el de la muerte reinaba entonces en aquella casa. Al cabo de un cuarto de
hora se oyeron pasos, y Villefort apareció a la puerta del salón donde se encontraban Maximiliano y
d’Avrigny, absorto éste, sofocado aquél.
-Venid -les dijo.
Y les llevó junto al sillón de Noirtier.
Morrel miró atentamente a Villefort.
La cara del procurador del rey estaba lívida. Varias manchas azules se veían en su frente. Tenía en la
mano una pluma, que torcida en mil sentidos diferentes, chillaba al hacerse pedazos.
-Señores -dijo con voz ahogada al médico y a Morrel-, señores, ¿me dais vuestra palabra de honor de
que este secreto permanecerá sepultado entre nosotros?
Los dos hicieron un movimiento.
-Os lo suplico… -continuó Villefort.
-Pero… -dijo Morrel-, el culpable…, el matador…, el asesino…
=Tranquilizaos, caballero, se hará justicia -dijo Villefort-, mi padre me ha revelado el nombre del
culpable, mi padre tiene sed de venganza como vos, y sin embargo, mi padre os conjura también a que
guardéis el secreto del crimen. ¿No es cierto, padre?
-Sí -hizo Noirtier.
Morrel dejó escapar un movimiento de horror y de incredulidad.
-¡Oh! -dijo Villefort, deteniendo a Maximiliano por el brazo-, si mi padre, hombre inflexible como
conocéis, os lo pide, es porque sabe que Valentina será terriblemente vengada. ¿Es verdad, padre?
-Sí -dijo Noirtier.
Villefort prosiguió:
-El me conoce, y le he dado mi palabra. ¡Tranquilizaos, señores, sólo tres días! ¡Os pido tres días!, es
menos de lo que pediría la justicia, y la venganza que tome de la muerte de mi hija hará temblar hasta lo
íntimo del corazón al más indiferente de los hombres. ¿No es verdad, padre mío?
Al decir estas palabras rechinaba los dientes, y sacudió con fuerza la muerta mano del anciano.
-¿Cumplirá todas sus promesas el señor de Villefort? -preguntó Morrel, mientras d’Avrigny le
interrogaba con su mirada.
-Sí -dijo Noirtier con una mirada de siniestra alegría.
-¿Juráis, pues, caballeros -dijo Villefort juntando las manos de d’Avrígny y de Morrel-, juráis apiadaros
del honor de mi casa, y que me dejaréis el cuidado de vengarlo?
D’Avrigny se volvió, y pronunció un sí muy débil; pero Morrél arrancó sus manos de las del
magistrado, se precipitó hacia la cama, imprimió un beso en los helados labios de Valentina y huyó con el
profundo gemido de un alma consumida por la desesperación.
Hemos dicho que todos los criados habían desaparecido. El señor de Villefort se vio obligado a rogar a
d’Avrigny que se encargase de las numerosas y delicadas comisiones que acarrea la muerte en nuestras
grandes poblaciones, sobre todo cuando acompañan a la muerte circunstancias tan sospechosas.
Era terrible ver aquel dolor sin movimiento de Noirtier, aquella desesperación sin gestos y aquellas
lágrimas sin voz.
Villefort entró en su despacho. D’Avrigny fue a buscar al médico de la ciudad, que desempeñaba las
funciones de inspector de muertos, y a quien con bastante razón llaman el médico de los muertos.
Noirtier no quiso apartarse de su nieta.
A la media hora, d’Avrigny volvió con su compañero. Habían cerrado la puerta de la calle, y como el
portero había desaparecido con los demás criados, Villefort fue a abrir, pero se detuvo después en la
escalera. Le faltaba valor para entrar en el cuarto mortuorio.
Los dos doctores llegaron solos hasta Valentina.
Noirtier permanecía junto a la cama, inmóvil como la muerte, pálido y mudo como ella.
El médico de los muertos se acercó con la indiferencia del hombre que pasa la mitad de su vida con los
cadáveres, levantó la sábana que cubría a la joven y le entreabrió los labios.
-¡Oh! -dijo d’Avrigny suspirando-, ¡pobre joven!, está bien muerta.
-Sí -dijo lacónicamente el médico, dejando caer las sábanas.
Noirtier respiró intensamente, se volvió d’Avrigny y vio que los ojos del anciano estaban encendidos y
fijos en la cama. El buen doctor comprendió que Noirtier quería ver a su nieta. Acercóle a la cama, y
mientras el otro médico mojaba en agua clorurada los dedos que habían tocado los labios de la joven
muerta, descubrió aquel tranquilo y pálido rostro que parecía el de un ángel dormido.
Una lágrima que se asomó a los ojos del anciano fueron las gracias que recibió el doctor.
El médico extendió el acta en la misma habitación de Valentina, y cumplida aquella formalidad se
retiró acompañado de d’Avrigny.
Villefort los oyó bajar, asomóse a la puerta de su despacho, dio las gracias al médico en pocas palabras,
y dirigiéndose a d’Avrigny le dijo:
-¿Y ahora, el sacerdote?
-¿Conocéis a algún eclesiástico a quien queráis encargar con preferencia que vele cerca de Valentina?
-preguntó el doctor.
-No -dijo Villefort-, id al más próximo.
-El más próximo -dijo el doctor- es un buen abate italiano que ha venido a vivir a la casa inmediata a la
vuestra. ¿Queréis que le avise al pasar?
-D’Avrigny -dijo Villefort-, os ruego que acompañéis a este caballero. Aquí tenéis la llave para que
podáis entrar y salir. Traeréis al sacerdote, y os encargaréis de instalarlo en el cuarto de mi pobre hija.
-¿Deseáis hablarle, amigo mío?
-Deseo estar solo. Me disculparéis, ¿verdad? Un sacerdote debe comprender todos los dolores, hasta el
de un padre.
Y Villefort dio una llave a d’Avrigny, saludó al otro médico y entró en su despacho, poniéndose en
seguida a trabajar.
Para ciertos organismos, el trabajo es el remedio de todos los males. Al bajar a la calle vieron un
hombre con sotana que estaba a la puerta de la casa inmediata.
-Ved al eclesiástico de que os he hablado -dijo el médico de los muertos a d’Avrigny.
Este se acercó al sacerdote.
-Caballero -le dijo-, ¿estáis dispuesto a hacer un gran favor a un desgraciado padre que acaba de perder
a su hija, al señor procurador del rey, Villefort?
-¡Ah! -respondió el eclesiástico con un acento italiano sumamente marcado-, sí; lo sé, la muerte está en
esa casa.
-Entonces no tengo necesidad de deciros qué clase de favor se espera de vos.
-Iba a ofrecerme, caballero; nuestra misión es ir al encuentro de nuestros deberes.
-Es una joven.
-Sí, lo sé; lo he oído decir a los criados que huían de la casa. Llamábase Valentina, y ya he rogado a
Dios por ella.
-Gracias, gracias -respondió d’Avrigny-, y puesto que habéis empezado a ejercer vuestro santo
ministerio, dignaos continuarlo. Venid a sentaros junto a la difunta, y toda una familia sumida en el dolor
os estará agradecida.
-Voy en seguida, caballero, y me atrevo a decir que jamás votos más fervientes subieron al trono del
Altísimo.
D’Avrigny tomó por la mano al abate, y sin encontrar a Villefort, que permanecía encerrado en su
despacho, le condujo hasta el cuarto de Valentina, de la que los sepultureros no debían encargarse hasta la
noche siguiente. Al penetrar en el despacho, la mirada de Noirtier se encontró con la del abate, y sin duda
creyó leer algo de particular en ella, porque no se separó de él. D’Avrigny le recomendó no solamente la
muerta, sino también el vivo. El sacerdote ofreció rogar por la una y cuidar al otro. Se comprometió
solemnemente a hacerlo, y sin duda para que no le estorbasen en el momento en que d’Avrigny salió,
corrió el cerrojo de la puerta por la que se marchó el doctor, y el de la que daba a la habitación de la
señora de Villefort.
Capítulo once
La firma de Danglars
La mañana siguiente presentóse triste y nebulosa. Durante la nothe los sepultureros habían cumplido su
fúnebre oficio. Habían cosido el cuerpo de la joven en el sudario que envuelve a los que dejaron de
existir, dándoles lo que se llama la igualdad ante la muerte. Aquel sudario no era otra cosa más que una
pieza de batista que la joven había comprado quince días antes.
Al comenzar la noche, hombres llamados al efecto, llevaron a Noirtier del cuarto de Valentina al suyo,
y contra lo que era de esperar, el anciano no opuso resistencia al alejarlo del cadáver de su nieta querida.
El abate Busoni, que había velado hasta el amanecer, se retiró sin llamar a nadie. A las ocho de la
mañana regresó el médico, y encontró a Villefort que pasaba al cuarto de Noirtier, y le acompañó para
saber cómo había pasado la noche el anciano. Halláronle en el gran sillón que le servía de cama,
durmiendo con un sueño tranquilo y casi sonriendo. Detuviéronse los dos admirados.
-Mirad -dijo d’Avrigny a Villefort, que observaba a su padre dormido-, mirad cómo la naturaleza sabe
calmar los más agudos dolores, y ciertamente nadie podía afirmar que el señor Noirtier no amaba a su
nieta, y sin embargo duerme.
-Tenéis razón -respondió Villefort con sorpresa-, duerme, y es muy extraño, porque la menor
contrariedad le hace pasar en vela noches enteras.
-El dolor le ha rendido -replicó d’Avrigny. Y ambos volvieron pensativos al despacho del magistrado.
-Ved, doctor, yo no he dormido -dijo Villefort mostrando a d’Avrigny su lecho intacto-. El dolor no me
rinde a mí. Hace dos noches que no me he acostado, pero en cambio mirad mi mesa. He escrito, ¡Dios
mío!, durante dos días y dos noches…, ¡he anotado esa causa, he preparado el acta de acusación del
asesino Benedetto… ! ¡Oh!, trabajo, trabajo, mi pasión, mi alegría, mi furor, tú sí, ¡me haces sobrellevar
todas las penas!
Y apretó la mano del doctor convulsivamente.
-¿Tenéis necesidad de mí? -le preguntó éste.
-No; solamente os ruego que volváis a las once, a mediodía es cuando… se la llevarán… ¡Dios mío! ¡Mi
pobre hija! ¡Mi pobre hija!
Y el procurador del rey, volviendo por un instante a ser humano, levantó los ojos al cielo y dio un
suspiro.
-¿Estaréis en el salón de recepción?
-No; tengo un primo que se encarga de ese triste honor; yo trabajaré, doctor; cuando trabajo, todo
desaparece.
En efecto, antes que el doctor llegase a la puerta, el procurador del rey se había puesto a trabajar.
Al salir, d’Avrigny encontró a aquel pariente del que le había hablado Villefort, personaje tan
insignificante en esta historia como en su familia. Uno de aquellos seres destinados desde su nacimiento a
representar el papel de útiles en el mundo.
Había sido puntual. Iba vestido de negro, y llevaba un lazo de crespón en el brazo. Pasó a la casa de su
primo, habiendo estudiado primero la fisonomía que debía tener mientras fuese necesario, bien resuelto a
dejarla en seguida.
A las once se oyó en el patio de entrada el ruido del coche fúnebre. La calle del arrabal Saint-Honoré se
llenó de gente, ávida de las alegrías y de los duelos de los ricos, de aquella gente que corre con igual prisa
a un entierro suntuoso que al matrimonio de una duquesa.
Poco a poco fue llenándose la casa mortuoria, y llegaron al principio parte de nuestros antiguos
conocidos, es decir, Debray, Chateau-Renaud, Beauchamp. Después todas las notabilidades de la curia, de
la literatura y del ejército, porque el señor de Villefort ocupaba, menos aún por su posición social que por
su mérito personal, uno de los primeros puestos en el mundo parisiense.
El primo habíase apostado a la puerta del salón, y hacía entrar a todo el mundo, y era un gran alivio
para los invitados ver allí una figura indiferente que no exigía de ellos una fisonomía engañosa o falsas
lágrimas, como hubiese sucedido siendo un padre, un hermano o un esposo.
Los que se conocían se llamaban con la vista y formaban en grupos. Uno de éstos se componía de
Debray, Chateau-Renaud y Beauchamp.
-¡Pobre joven! -dijo Debray, pagando como cada cual su tributo a aquel doloroso suceso-, ¡pobre
joven!, ¡tan bella y tan rica! ¿Habríais pensado en esto, Chateau-Renaud, cuando nos vimos…? ¿Cuánto
hará? ¿Tres semanas o un mes a lo sumo, para firmar el contrato, que no se firmó?
-Yo no -dijo Chateau-Renaud.
-¿La conocíais?
-Había hablado una o dos veces con ella en el baile de la señora de Morcef. Me pareció encantadora,
aunque de carácter un poco melancólico. ¿Y su madrastra, dónde está? ¿Lo sabéis?
-Ha ido a pasar el día con la mujer de ese digno caballero que nos atiende.
-¿Quién es ése?
-¿Quién?
-El caballero que nos recibe, ¿es un diputado?
-No -dijo Beauchamp-; estoy condenado a ver a nuestros honorables todos los días, y esta facha me es
enteramente desconocida.
-¿Habéis comentado esta muerte en vuestro periódico?
-El artículo no es mío, pero se ha hablado, y dudo mucho que sea agradable al señor de Villefort. Se
dice, según creo, que si hubiesen ocurrido cuatro muertes sucesivas en cualquiera otra parte que en casa
del procurador del rey, ciertamente hubiera llamado algo la atención de este magistrado.
-Además -dijo Chateau-Renaud-, el doctor d’Avrigny, que es el médico de mi madre, dice que su dolor
es inmenso. ¿Pero a quién buscáis, Debray?
-Busco a Montecristo -respondió el joven.
-Le he encontrado en el boulevard, viniendo yo hacia aquí. Creo que estará de viaje, porque iba a casa
de su banquero -dijo Beauchamp.
-¿A casa de su banquero? ¿Su banquero no es Danglars? -preguntó Chateau-Renaud a Debray.
-Creo que sí -respondió el secretario íntimo con alguna turbación-. Pero el conde de Montecristo no es
sólo el que falta aquí. Tampoco veo a Morrel.
-¡Morrel! ¿Acaso la conocía? -preguntó Chateau-Renaud.
-Había sido presentado a la señora de Villefort solamente.
-No importa, hubiera debido venir -dijo Debray-. ¿De qué hablaré esta noche? Este entierro es la noticia
del día. ¡Pero chitón!, dejadnos, he ahí el ministro de justicia y de Cultos, va a creerse obligado a hacer su
discurso al lagrimoso y triste primo.
Y los tres jóvenes aproximáronse a la puerta para oír el discurso del ministro de justicia y de Cultos.
Beauchamp había dicho la verdad. Al venir él al entierro había encontrado a Montecristo que se dirigía
a casa de Danglars, calle de la Chaussée d’Antin.
Desde su ventana el banquero vio el carruaje del conde que entraba en el patio, y le salió al encuentro
con una fisonomía triste, pero afable.
-Y bien, conde -le dijo alargándole la mano-, ¿venís a condoleros conmigo? En verdad que la desgracia
está en mi casa a tal punto, que cuando entrasteis me preguntaba a mí mismo si no habría yo deseado mal
a esos pobres Morcef, lo que hubiera justificado el proverbio: Al que desea mal a otro, a ése le sucede.
Era un poco orgulloso para un hombre salido de la nada como yo, pero jamás le deseé mal alguno, y
después de todo, todo lo debía a su trabajo, lo mismo que yo, pero todos tenemos nuestros defectos. ¡Ah!,
conde, las personas de nuestra generación… Pero no, vos no sois de la nuestra; sois joven aún… Las
personas de mi tiempo no son felices este año; testigo de ello es nuestro puritano procurador del rey, el
señor de Villefort, que acaba de perder a su hija. Recapitulemos: Villefort perdiendo toda su familia de un
modo extraño. Morcef, deshonrado y muerto; yo, cubierto de ridículo por la iniquidad de Benedetto, y
después…
-¿Después, qué? -preguntó el conde.
-¡Cómo! ¿No lo sabéis todavía?
-¿Alguna nueva desgracia?
-Mi hija…
-¿La señorita Danglars?
-Eugenia nos abandona.
-¡Oh!, Dios mío, ¿qué decís?
-La verdad, mi querido conde. ¡Cuán dichoso sois vos, que no tenéis mujer ni hijos!
-¿Lo creéis?
-¡Ah! ¡Dios mío!
-Y decíais que la señorita Danglars…
-No ha podido soportar la afrenta que nos ha hecho ese misera. ble, y me ha pedido permiso para viajar.
-¿Y se marchó?
-La otra noche.
-¿Con la señora Danglars?
-No, con una parienta… Pero no por eso dejamos de perder a mi querida Eugenia, porque yo que
conozco su carácter, dudo que quiera regresar a Francia.
-¡Qué queréis, mi querido barón! Disgustos de familia que serían fatales para otro cualquier pobre
diablo, cuya fortuna fuese solamente su hija, pero soportables para un millonario. Por más que sobre esto
digan los filósofos, los hombres prácticos les demostrarán en cuanto a eso que no tienen razón. El dinero
consuela de muchas cosas, y vos debéis consolaros más pronto que otro cualquiera si admitís la virtud de
este bálsamo soberano, vos, el rey de la hacienda, el punto de intersección de todos los poderes.
Danglars lanzó una mirada oblicua al conde para ver si se burlaba o hablaba en serio.
-Sí -dijo-, es cierto que si la fortuna consuela, debo consolarme, porque soy rico.
-Tan rico, mi querido barón, que vuestra fortuna es semejante a las Pirámides. Quisieran demolerlas,
pero no se atreven; si se atreviesen, no podrían.
Danglars se sonrió de aquella confiada honradez del conde.
-Eso me hace recordar que cuando entrasteis estaba haciendo cinco bonos, tenía ya firmados dos, ¿me
permitís que concluya los otros tres?
-Concluid, mi querido barón, concluid.
Hubo un instante de silencio, durante el cual sólo se oyó la pluma del banquero, y mientras tanto
Montecristo miraba las doradas molduras del techo.
-¿Son bonos de España, de Haití o de Nápoles? -dijo el conde.
-No -respondió Danglars sonriendo-; son bonos al portador sobre el Banco de Francia. Mirad, señor
conde, vos que sois el emperador de la hacienda, como yo soy el rey, ¿habéis visto pedazos de papel de
este tamaño y que valga cada uno un millón?
Montecristo tomó en la mano, como para sopesarlos, los cinco pedazos de papel que le presentaba
orgullosamente el banquero, y leyó:
El señor regente del Banco de Francia hará pagar a mi orden y sobre los fondos por mí depositados, la
cantidad de un millón de francos, valor en cuenta.
Barón Danglars.
-Uno, dos, tres, cuatro, cinco -dijo Montecristo-, ¡cinco millones! ¡Demonio! ¡Y cómo vais, señor
Creso!
-Ved de qué modo hago yo mis negocios -dijo Danglars.
-Es maravilloso, y sobre todo si, como no dudo, esa suma se gaga al contado.
-Se pagará -dijo Danglars.
-Es algo magnífico tener semejante crédito. En verdad, sólo en Francia sé ven estas cosas, cinrn
miserables pedazos de papel valer cinco millones, es preciso verlo para creerlo.
-¿Dudáis?
-No.
-Es que decís eso con un acento… Haced una cosa, daos el placer de acompañar a mi dependiente al
Banco, y le veréis salir con bonos sobre el tesoro por igual cantidad.
-No -dijo Montecristo doblando los cinco billetes-, el asunto es demasiado curioso, y quiero hacer yo
mismo la experiencia. Mi crédito en vuestra casa era de seis millones. He tornado novecientos mil
francos. Tomo vuestros cinco billetes, que creo pagables solamente con la vista de vuestra firma, y he
aquí un recibo general de seis millones que regulariza vuestra cuenta. Lo había preparado de antemano,
porque es preciso deciros que tengo hoy gran necesidad de dinero.
Y con una mano metió los billetes en su bolsillo y con la otra alargó su recibo al banquero.
Un rayo que hubiese caído a los pies de Danglars no le hubiera causado mayor espanto.
-¡Qué! -balbució-, señor conde, ¿tomáis ese dinero? Pero dispensad, es dinero que debo a los hospicios,
y he ofrecido pagarlo hoy por la mañana.
-¡Ah! -dijo Montecristo-, no importa. No tengo empeño precisamente en que me paguéis con esos
billetes, dadme otros valores. Solamente por curiosidad tomé éstos, para poder decir en el mundo que sin
aviso alguno, sin pedirme cinco minutos de tiempo, la casa Danglars me había pagado cinco millones al
contado. ¡Habría algo notable! Pero tomad vuestros valores, dadme otros.
Y presentó los cinco billetes a Danglars, que, lívido, alargó el brazo para recogerlos, como el buitre
alarga la garra por entre los hierros de la jaula para detener la carne que le quitan. De repente mudó de
modo de pensar, hizo un esfuerzo violento y se contuvo.
En seguida la sonrisa dibujóse poco a poco en sus labios.
-Después de todo -dijo-, vuestro recibo es dinero.
-¡Oh!, Dios mío. ¡Sí!, y si estuvieseis en Roma, la casa de Thomson y French no os pondría la menor
dificultad en pagaros con un recibo mío.
-Perdonad, señor conde, perdonad.
-¿Puedo, pues, guardar este dinero?
-Sí, guardadlo -dijo Danglars enjugando el sudor de su frente.
-Bien; pero reflexionad. Si os arrepentís, todavía estáis a tiempo.
-No -dijo Danglars-; guardad mis firmas, pero, como sabéis, nadie es tan amigo de formalidades como
el hombre de negocios. Destinaba esa suma a los hospicios, y hubiera creído robarles no dándoles
precisamente ésa. ¡Como si un escudo no valiese tanto como otro! ¡Dispensadme!
Y empezó a reír estrepitosamente.
-Ya estáis dispensado -respondió amablemente el conde de Montecristo.
Y colocó los billetes en su cartera.
-Pero -dijo Danglars-, tenemos aún una cantidad de cien mil francos.
-¡Oh!, bagatelas -dijo Montecristo-. El corretaje debe ascender poco más o menos a esa suma.
Guardadla y estamos en paz.
-Conde-dijo Danglars-, ¿habláis en serio?
-Jamás me chanceo con los banqueros -dijo el conde con una seriedad que rayaba en impertinencia.
Y se dirigió a la puerta en el momento en que el ayuda de cámara anunciaba:
-El señor de Boville, receptor general de hospitales.
-¡Por vida mía! -dijo Montecristo-, parece que llegué a tiempo para gozar de vuestras firmas. Se las
disputan.
Danglars palideció otra vez y dióse prisa a separarse de Montecristo .
El conde saludó muy cortésmente al señor de Boville, que aguardaba en el salón y fue introducido
inmediatamente en el despacho del banquero.
El rostro grave del conde se iluminó con una rápida sonrisa al ver la cartera que tenía en la mano el
receptor de hospitales.
Encontró en la puerta su carruaje y se hizo conducir inmediatamente al banco.
Danglars, entretanto, reprimiendo su emoción, salió al encuentro del receptor general.
No es necesario decir que le recibió con la sonrisa en los labios y un semblante el más halagüeño.
-Buenos días -dijo-, mi querido acreedor, porque creo que tal es el que ahora se presenta.
-Habéis adivinado, señor barón -dijo el señor de Boville-, los hospitales acuden a veros en mi persona.
Las viudas y los huérfanos vienen por mis manos a pediros una limosna de cinco millones.
-¡Y dicen que los huérfanos son dignos de lástima! -respondió Danglars, prolongando la broma-,
¡pobres niños!
-Pues heme aquí en su nombre -dijo Boville-. ¿Recibisteis mi carta de ayer?
-Sí.
-Pues aquí tenéis mi recibo.
-Mi querido Boville -dijo el banquero-, vuestras viudas y vuestros huérfanos tendrán, si queréis, la
bondad de aguardar veinticuatro horas, porque el señor de Montecristo, que habéis visto salir de aquí
ahora…, ¿le habéis visto?
-Sí, ¿y qué?
-El señor de Montecristo se lleva sus cinco millones.
-¿Cómo es eso?
-Es que el conde tenía un crédito ilimitado sobre mí. Crédito abierto por la casa de Thomson y French,
de Roma. Ha venido a pedirme cinco millones de un golpe, y le he dado un bono sobre el banco, donde
tengo depositados mis fondos, y comprenderéis que temo, retirando de las manos del regente diez
millones en el mismo día, que le pareciese una cosa extraordinaria. En dos días -añadió Danglars
sonriéndose- no digo lo contrario.
-Vamos, pues -exclamó el señor de Boville con el tono de la más perfecta incredulidad-, ¡cinco
millones a aquel caballero que acaba de salir ahora y que me saludó sin conocerme!
-Tal vez os conoce sin que vos le conozcáis. El conde de Montecristo conoce a todo el mundo.
-¡Cinco millones!
-Ved aquí su recibo. Haced como santo Tomás: ved y tocad.
El señor de Boville tomó el papel que le presentaba Danglars, y leyó:
Recibidos del señor barón Danglars cinco millones cien mil francos, de que se reembolsará a su
voluntad sobre la casa de Thomson y French de Roma.
-¡Luego es cierto! -exclamó.
-¿Conocéis la casa Thomson y French de Roma?
-Sí -dijo el señor de Boville-, hice una vez un negocio de doscientos mil francos en ella, pero no la
había vuelto a oír nombrar.
-Es una de las mejores casas de Europa -dijo Danglars, poniendo sobre su mesa el recibo que acababa
de tomar de manos del señor Boville.
-¿Y tenía nada menos que un crédito de cinco millones sobre vos? ¿Pues sabéis que es un nabab el tal
conde de Montecristo?
-No sé lo que es, pero tiene tres créditos ilimitados, uno sobre mí, otro sobre Rothschild y otro sobre
Laffitte, y como veis me ha dado la preferencia, dejándome cien mil francos por el corretaje.
El señor de Boville dio todas las muestras de una gran admiración.
-Será preciso que vaya a visitarle y que obtenga alguna piadosa fundación para nosotros.
-¡Oh!, es como si la tuvieseis. Solamente sus limosnas ascienden a más de veinte mil francos todos los
meses.
-Es magnífico. Además le citaré el ejemplo de la señora de Morcef y su hijo.
-¿Qué ejemplo?
-Han dado toda su fortuna a los hospicios.
-¿Qué fortuna?
-La suya, la del difunto general Morcef.
-¿Y con qué razón?
-Porque dicen que no quieren bienes adquiridos tan miserablemente.
-¿Y de qué van a vivir?
-La madre se ha retirado a una provincia, y el hijo ha entrado en el servicio.
-¡Toma!, ¡toma! -dijo Danglars-, eso sí que son escrúpulos.
-Ayer hice registrar el acta de donación.
-¿Y cuánto poseían?
-No mucho, un millón doscientos o trescientos mil francos. Pero volvamos a nuestros millones.
-Con mucho gusto -dijo el banquero con la mayor naturalidad-. ¿Ese dinero os urge mucho?
-Sí, el arqueo se efectúa mañana.
-Mañana, ¿y por qué no me lo dijisteis antes? ¿Y a qué hora es ese arquco?
-Alas dos.
-Enviad a las doce -dijo Danglars con amable sonrisa.
El señor de Boville apenas respondía. Decía que sí con la cabeza y daba vueltas a la cartera.
-Pero, ahora que recuerdo, haced más.
-¿Qué queréis que haga?
-El recibo del señor de Montecristo es dinero contante. Pasadle a Rothschild o Laffitte y os lo tomarán
al instante.
-¡Cómo! ¿Pagadero en Roma?
-Desde luego, os costará sólo un descuento de cinco o seis mil francos a lo sumo.
El receptor dio un salto atrás.
-¡Porvida mía! Prefiero esperar a mañana. ¿Cómo vais a…?
-He creído por un momento, perdonadme -dijo el banquero con una imprudencia sin igual-, he creído
que tendríais algún pequeño déficit que llenar.
-¡Ah! -dijo Boville.
-Escuchad. No sería la primera vez que tal cosa ocurriera, y en ese caso se hace un sacrificio.
-Gracias a Dios, no.
-Entonces, hasta mañana, ¿no es verdad, mi querido receptor?
-Sí; hasta mañana, pero sin falta.
-¡Qué! ¿Os burláis? Enviad a mediodía, y el banco estará ya avisado.
-Vendré yo mismo.
-Mejor aún, porque eso me proporcionará el placer de volver a veros.
Y se estrecharon la mano.
-A propósito. ¿No habéis ido al entierro de esa pobre señorita de Villefort, que en este momento tiene
lugar?
-No —dijo el banquero-, pesa sobre mí el ridículo del suceso de Benedetto, y no salgo.
-¡Bah!, no tenéis razón. ¿Qué culpa tenéis de ello?
-Amigo mío, cuando se lleva un nombre sin tacha como el mío, se es muy susceptible.
-Todo el mundo os compadece, creedlo, y más aún, a la señorita, vuestra hija.
-¡Pobre Eugenia! -dijo el banquero, dando un profundo suspiro-. ¿Sabéis que ingresa en un convento?
-No.
-Pues desgraciadamente es así. Al día siguiente se decidió a partir con una amiga suya, religiosa ya, y
va a buscar un convento severo en Italia o España.
-¡Oh! Es terrible.
Y el séñor de Boville se retiró al hacer esta exclamación, cumplimentando al barón.
Mas apenas hubo salido, cuando Danglars, con un gesto enérgico, que comprenderán solamente los que
hayan visto a Frederik representar el Robert Hacaire, exclamó:
- ¡Imbécil!
Y guardando el recibo del conde en su cartera, añadió:
-Ven a mediodía, que yo estaré ya lejos.
Encerróse, vació todos los cajones de su caja, reunió unos cincuenta mil francos en billetes de banco,
quemó diferentes papeles, puso otros a la vista, y escribió una carta que cerró y cuyo sobre dirigió:
A la señora baronesa de Danglars.
-Esta noche -murmuró- yo mismo la colocaré en su tocador.
Sacando en seguida un pasaporte de otro cajón, dijo:
-Bueno, aún puede servir dos meses.
Capítulo doce
El cementerio del Padre Lachaise
E1 señor de Boville había encontrado en efecto el fúnebre cortejo que conducía a Valentina a la
mansión de los muertos.
El tiempo estaba sombrío y nebuloso, un viento cálido aún, pero mortal para las hojas ya secas, las
arrancaba, arrojándolas sobre la muchedumbre que ocupaba el boulevard, dejando desnudas las ramas.
El señor de Villefort, parisiense genuino, consideraba el cementerio del Padre Lachaise como el único
digno de recibir los restos mortales de una familia de París. Los demás le parecían cementerios rurales,
indignos de recibir los restos mortales de una familia parisiense.
Había comprado cierta porción de terreno, en el que erigió un magnífico monumento que se llenó en
poco tiempo con los miembros de la primera familia. Leíase en el frontispicio del mausoleo: “Familias
Saint-Merán y Villefort”. Porque tal fue el último voto de la pobre Renata, madre de Valentina.
Hacia el cementerio del Padre Lachaise, pues, se encaminaba el pomposo entierro que salió del arrabal
Saint-Honoré, atravesó todo París por el arrabal del Temple, pasó en seguida al boulevard exterior, y de
allí al cementerio. Más de cincuenta coches de particulares seguían a otros veinte de duelo, y más de
quinientas personas componían el acompañamiento.
Eran todos jóvenes, para quienes la muerte de Valentina representaba una gran desgracia, y que a pesar
dei vapor glacial del siglo y el prosaísmo de la época, sentían vivamente la pérdida de aquella hermosa,
casta y adorable joven, muerta en la primavera de su vida.
Al salir de París vieron llegar un carruaje tirado por cuatro fogosos caballos que pasó a la cola. Era el
coche de Montecristo, que se apeó y fue a mezclarse con los demás que seguían el coche fúnebre.
Chateau-Renaud y Beauchamp que le vieron llegar se acercaron a él inmediatamente.
El conde miraba con atención a todas partes. Buscaba con mucho interés a alguien. Finalmente, no
pudo aguantar más.
-¿Dónde está Morrel? -preguntó-. ¿Alguien lo sabe?
-Ya nos hemos hecho esa pregunta en la casa mortuoria -contestó Chateau-Renaud-, porque nadie le ha
visto.
El conde calló, pero continuó observando a su alrededor. Llegaron por fin al cementerio; la penetrante
mirada de Montecristo registró de un golpe el bosque de sauces llorones y pinos que rodean las rumbas, y
perdió toda inquietud. Una sombra atravesó los árboles, y el conde reconoció al que buscaba.
Todos saben a lo que se reduce un entierro en aquel magnífico palacio de la muerte. Un silencio
profundo, el ruido de tal cual rama que se desgaja de los árboles, el triste canto de los sacerdotes y algún
suspiro que se escapa de entre un bosquecillo de flores que cubren una rumba, junto a la cual se ve una
mujer arrodillada y con las manos juntas. La sombra que había visto Montecristo cruzó rápidamente por
detrás del sepulcro de Abelardo y Eloísa, y fue a colocarse junto a los caballos del coche fúnebre,
llegando así hasta el sitio destinado para la sepultura. Montecristo no perdía de vista aquella sombra en la
que los demás apenas habían reparado. Dos veces se separó Montecristo del acompañamiento para observar
si las manos de aquel hombre buscaban algún arma oculta bajo su ropa.
Cuando el acompañamiento se detuvo, viose que aquella sombra era Morrel, que con su levita
abotonada hasta arriba, la frente lívida, los pómulos salientes y el sombrero estropeado por sus manos
convulsas, se había arrimado a un árbol colocado en un alto desde donde dominaba el mausoleo, de modo
que no le estorbaban ver hasta la más pequeña ceremonia del fúnebre suceso que iba a consumarse.
Todo sucedió como de costumbre. Algunos hombres, y como siempre los menos impresionados,
pronunciaron discursos. Los unos compadeciendo aquella muerte prematura, los otros extendiéndose
sobre el dolor de su padre, y los hubo tan ingeniosos que incluso averiguaron que aquella infortunada
joven había solicitado del señor de Villefort en varias ocasiones un poco de misericordia para los
culpables, sobre cuya cabeza estaba suspendida la espada de la justicia. Apuraron las metáforas y
períodos sentimentales, comentando de mil maneras a Malherbe y Dupérier.
El conde nada escuchaba, nada veía, o por mejor decir, solamente veía a Morrel, cuya tranquilidad a
inmovilidad formaban un espectáculo espantoso para el que podía leer lo que sucedía en el fondo del
corazón del joven.
-Mirad -dijo Beauchamp a Debray-, mirad a Morrel. ¿Por qué se habrá metido allí?
Y se lo hicieron observar a Chateau-Renaud.
-¡Qué pálido está! -dijo aquél, estremeciéndose.
-Tendrá frío -replicó Debray.
-No; yo creo que está conmovido. Es un joven muy impresionable.
-¡Bah!, apenas conocía a Valentina, según vos mismo habéis dicho.
-Es cierto. No obstante, recuerdo que en el baile de la señora de Morcef bailó tres o cuatro veces con
ella. Vos lo sabéis, conde. Aquel baile en el que tanto efecto causasteis.
-No lo sé -respondió Montecristo, sin saber a lo que respondía, pues sólo le ocupaba Morrel, a quien
observaba atentamente y cuyas mejillas se colorearon como les sucede a los que comprimen y retienen la
respiración.
-Los discursos han terminado. Adiós, señores -dijo bruscamente el conde.
Y dio la señal de marcha, desapareciendo sin que se supiese por dónde había ido. Terminado todo, los
asistentes tomaron el camino de París.
Sólo Chateau-Renaud buscó un instante a Morrel, pero mientras había seguido al conde con la vista,
Maximiliano había dejado su sitio, y no encontrándolo, se unió a Beauchamp y Debray. El conde habíase
ocultado detrás de un mausoleo y espiaba hasta el menor movimiento de Morrel, que poco a poco se había
acercado a la tumba, abandonada primero por los curiosos, después por los operarios.
Morrel miró alrededor lenta y vagamente, y aprovechando el momento en que su vista se dirigía a la
parte opuesta, el conde se acercó a unos diez pasos sin que lo notara.
El joven se arrodilló.
El conde, alargando el cuello, con la vista fija y dilatada, y dispuesto a lanzarse a la primera señal,
continuaba acercándose a Morrel.
Este inclinó su frente hasta tocar la fría losa, y cogiéndola con ambas manos, exclamó:
-¡Oh! ¡Valentina!
Aquellas dos palabras destrozaron el corazón del conde, dio un paso más y tocando a Morrel en el
hombro, le dijo:
-Os buscaba, mi querido amigo.
El conde esperaba un escándalo, reconvenciones, quejas, en fin, cuanto debía presumirse, y se engañó.
Morrel se volvió hacia él, y tranquilo en apariencia, le dijo:
-Ya veis que estaba rezando.
La mirada penetrante del conde examinó al joven de pies a cabeza, y concluida aquella observación
quedó más tranquilo.
-¿Queréis que os conduzca a París en el carruaje?
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