El Conde de Montecristo
6. agosto 2010
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Alejandro Dumas
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El Conde de Montecristo
PRIMERA PARTE
EL CASTILLO DE IF
Capítulo primero
Marsella. La llegada
El 24 de febrero de 1815, el vigía de Nuestra Señora de la Guarda dio la señal de que se hallaba a la
vista el bergantín El Faraón procedente de Esmirna, Trieste y Nápoles. Como suele hacerse en tales
casos, salió inmediatamente en su busca un práctico, que pasó por delante del castillo de If y subió a
bordo del buque entre la isla de Rión y el cabo Mongión. En un instante, y también como de costumbre,
se llenó de curiosos la plataforma del castillo de San Juan, porque en Marsella se daba gran importancia a
la llegada de un buque y sobre todo si le sucedía lo que al Faraón, cuyo casco había salido de los
astilleros de la antigua Focia y pertenecía a un naviero de la ciudad.
Mientras tanto, el buque seguía avanzando; habiendo pasado felizmente el estrecho producido por
alguna erupción volcánica entre las islas de Calasapeigne y de Jaros, dobló la punta de Pomegue hendiendo
las olas bajo sus tres gavias, su gran foque y la mesana. Lo hacía con tanta lentitud y tan penosos
movimientos, que los curiosos, que por instinto presienten la desgracia, preguntábanse unos a otros qué
accidente podía haber sobrevenido al buque. Los más peritos en navegación reconocieron al punto que, de
haber sucedido alguna desgracia, no debía de haber sido al buque, puesto que, aun cuando con mucha
lentitud, seguía éste avanzando con todas las condiciones de los buques bien gobernados.
En su puesto estaba preparada el ancla, sueltos los cabos del bauprés, y al lado del piloto, que se
disponía a hacer que El Faraón enfilase la estrecha boca del puerto de Marsella, hallábase un joven de
fisonomía inteligente que, con mirada muy viva, observaba cada uno de los movimientos del buque y
repetía las órdenes del piloto.
Entre los espectadores que se hallaban reunidos en la explanada de San Juan, había uno que parecía
más inquieto que los demás y que, no pudiendo contenerse y esperar a que el buque fondeara, saltó a un
bote y ordenó que le llevasen al Faraón, al que alcanzó frente al muelle de la Reserva.
Viendo acercarse al bote y al que lo ocupaba, el marino abandonó su puesto al lado del piloto y se
apoyó, sombrero en mano, en el filarete del buque. Era un joven de unos dieciocho a veinte años, de
elevada estatura, cuerpo bien proporcionado, hermoso cabello y ojos negros, observándose en toda su
persona ese aire de calma y de resolución peculiares a los hombres avezados a luchar con los peligros
desde su infancia.
-¡Ah! ¡Sois vos Edmundo! ¿Qué es lo que ha sucedido? -preguntó el del bote- ¿Qué significan esas
caras tan tristes que tienen todos los de la tripulación?
-Una gran desgracia, para mí al menos, señor Morrel -respondió Edmundo-. Al llegar a la altura de
Civita-Vecchia, falleció el valiente capitán Leclerc…
-¿Y el cargamento? -preguntó con ansia el naviero.
-Intacto, sin novedad. El capitán Leclerc…
-¿Qué le ha sucedido? ¾preguntó el naviero, ya más tranquilo¾. ¿Qué le ocurrió a ese valiente capitán?
-Murió.
-¿Cayó al mar?
-No, señor; murió de una calentura cerebral, en medio de horribles padecimientos.
Volviéndose luego hacia la tripulación:
-¡Hola! ¾dijo¾ Cada uno a su puesto, vamos a anclar.
La tripulación obedeció, lanzándose inmediatamente los ocho o diez marineros que la componían unos
a las escotas, otros a las drizas y otros a cargar velas.
Edmundo observó con una mirada indiferente el principio de la maniobra, y viendo a punto de
ejecutarse sus órdenes, volvióse hacia su interlocutor.
-Pero ¿cómo sucedió esa desgracia? -continuó el naviero.
-¡Oh, Dios mío!, de un modo inesperado. Después de una larga plática con el comandante del puerto, el
capitán Leclerc salió de Nápoles bastante agitado, y no habían transcurrido veinticuatro horas cuando le
acometió la fiebre… y a los tres días había fallecido. Le hicimos los funerales de ordenanza, y reposa
decorosamente envuelto en una hamaca, con una bala del treinta y seis a los pies y otra a la cabeza, a la
altura de la isla de Giglio. La cruz de la Legión de Honor y la espada las conservamos y las traemos a su
viuda.
-Es muy triste, ciertamente ¾prosiguió el joven con melancólica sonrisa¾ haber hecho la guerra a los
ingleses por espacio de diez años, y morir después en su cama como otro cualquiera.
-¿Y qué vamos a hacerle, señor Edmundo? ¾replicó el naviero, cada vez más tranquilo¾; somos
mortales, y es necesario que los viejos cedan su puesto a los jóvenes; a no ser así no habría ascensos, y
puesto que me aseguráis que el cargamento…
-Se halla en buen estado, señor Morrel. Os aconsejo, pues, que no lo cedáis ni aun con veinticinco mil
francos de ganancia.
Acto seguido, y viendo que habían pasado ya la torre Redonda, gritó Edmundo:
-Largad las velas de las escotas, el foque y las de mesana.
La orden se ejecutó casi con la misma exactitud que en un buque de guerra.
-Amainad y cargad por todas partes.
A esta última orden se plegaron todas las velas, y el barco avanzó de un modo casi imperceptible.
-Si queréis subir ahora, señor Morrel ¾dijo Dantés dándose cuenta de la impaciencia del armador¾, aquí
viene vuestro encargado, el señor Danglars, que sale de su camarote, y que os informará de todos los
detalles que deseéis. Por lo que a mí respecta, he de vigilar las maniobras hasta que quede El Faraón
anclado y de luto.
No dejó el naviero que le repitieran la invitación, y asiéndose a un cable que le arrojó Dantés, subió por
la escala del costado del buque con una ligereza que honrara a un marinero, mientras que Dantés,
volviendo a su puesto, cedió el que ocupaba últimamente a aquel que había anunciado con el nombre de
Danglars, y que saliendo de su camarote se dirigía adonde estaba el naviero.
El recién llegado era un hombre de veinticinco a veintiséis años, de semblante algo sombrío, humilde
con los superiores, insolente con los inferiores; de modo que con esto y con su calidad de sobrecargo,
siempre tan mal visto, le aborrecía toda la tripulación, tanto como quería a Dantés.
-¡Y bien!, señor Morrel -dijo Danglars-, ya sabéis la desgracia, ¿no es cierto?
-Sí, sí, ¡pobre capitán Leclerc! Era muy bueno y valeroso.
-Y buen marino sobre todo, encanecido entre el cielo y el agua, como debe ser el hombre encargado de
los intereses de una casa tan respetable como la de Morrel a hijos -respondió Danglars.
-Sin embargo ¾repuso el naviero mirando a Dantés, que fondeaba en este instante¾, me parece que no se
necesita ser marino viejo, como decís, para ser ducho en el oficio. Y si no, ahí tenéis a nuestro amigo
Edmundo, que de tal modo conoce el suyo, que no ha de menester lecciones de nadie.
-¡Oh!, sí -dijo Danglars dirigiéndole una aviesa mirada en la que se reflejaba un odio reconcentrado-;
parece que este joven todo lo sabe. Apenas murió el capitán, se apoderó del mando del buque sin
consultar a nadie, y aún nos hizo perder día y medio en la isla de Elba en vez de proseguir rumbo a
Marsella.
-Al tomar el mando del buque -repuso el naviero- cumplió con su deber; en cuanto a perder día y medio
en la isla de Elba, obró mal, si es que no tuvo que reparar alguna avería.
-Señor Morrel, el bergantín se hallaba en excelente estado y aquella demora fue puro capricho, deseos
de bajar a tierra, no lo dudéis.
-Dantés -dijo el naviero encarándose con el joven-, venid acá.
-Disculpadme, señor Morrel -dijo Dantés-, voy en seguida.
Y en seguida ordenó a la tripulación: «Fondo»; a inmediatamente cayó el anda al agua, haciendo rodar
la cadena con gran estrépito. Dantés permaneció en su puesto, a pesar de la presencia del piloto, hasta que
esta última maniobra hubo concluido.
-¡Bajad el gallardete hasta la mitad del mastelero! -gritó en seguida-. ¡Iza el pabellón, cruza las vergas!
-¿Lo veis? -observó Danglars-, ya se cree capitán.
-Y de hecho lo es -contestó el naviero.
-Sí, pero sin vuestro consentimiento ni el de vuestro asociado, señor Morrel.
-¡Diantre! ¿Y por qué no le hemos de dejar con ese cargo? -repuso Morrel-. Es joven, ya lo sé, pero me
parece que le sobra experiencia para ejercerlo…
Una nube ensombreció la frente de Danglars.
-Disculpadme, señor Morrel -dijo Dantés acercándose-, y puesto que ya hemos fondeado, aquí me
tenéis a vuestras órdenes. Me llamasteis, ¿no es verdad?
Danglars hizo ademán de retirarse.
-Quería preguntaros por qué os habéis detenido en la isla de Elba.
-Lo ignoro, señor Morrel: fue para cumplir las últimas órdenes del capitán Leclerc, que me entregó, al
morir, un paquete para el mariscal Bertrand.
-¿Pudisteis verlo, Edmundo?
-¿A quién?
-Al mariscal.
-Sí.
Morrel miró en derredor, y llevando a Dantés aparte:
-¿Cómo está el emperador? -le preguntó con interés.
-Según he podido juzgar por mí mismo, muy bien.
-¡Cómo! ¿También habéis visto al emperador?…
-Sí, señor; entró en casa del mariscal cuando yo estaba en ella… -¿Y le hablasteis?
-Al contrario, él me habló a mí -repuso Dantés sonriéndole.
-¿Y qué fue lo que os dijo?
-Hízome mil preguntas acerca del buque, de la época de su salida de Marsella, el rumbo que había
seguido y del cargamento que traía. Creo que a haber venido en lastre, y a ser yo su dueño, su intención
fuera el comprármelo; pero le dije que no era más que un simple segundo, y que el buque pertenecía a la
casa Morrel a hijos. « ¡Ah -dijo entonces-, la conozco. Los Morrel han sido siempre navieros, y uno de
ellos servía en el mismo regimiento que yo, cuando estábamos de guarnición en Valence.»
-¡Es verdad! -exclamó el naviero, loco de contento-. Ese era Policarpo Morrel, mi tío, que es ahora
capitán. Dantés, si decís a mi tío que el emperador se ha acordado de él, le veréis llorar como un niño.
¡Pobre viejo! Vamos, vamos -añadió el naviero dando cariñosas palmadas en el hombro del joven-; habéis
hecho bien en seguir las instrucciones del capitán Leclerc deteniéndoos en la isla de Elba, a pesar de que
podría comprometeros el que se supiese que habéis entregado un pliego al mariscal y hablado con el
emperador.
-¿Y por qué había de comprometerme? -dijo Dantés-. Puedo asegurar que no sabía de qué se trataba; y
en cuanto al emperador, no me hizo preguntas de las que hubiera hecho a otro cualquiera. Pero con
vuestro permiso -continuó Dantés-: vienen los aduaneros, os dejo…
-Sí, sí, querido Dantés, cumplid vuestro deber.
El joven se alejó, mientras iba aproximándose Danglars.
-Vamos -preguntó éste-, ¿os explicó el motivo por el cual se detuvo en Porto-Ferrajo?
-Sí, señor Danglars.
-Vaya, tanto mejor -respondió éste-, porque no me gusta tener un compañero que no cumple con su
deber.
-Dantés ya ha cumplido con el suyo -respondió el naviero-, y no hay por qué reprenderle. Cumplió una
orden del capitán Leclerc.
-A propósito del capitán Leclerc: ¿os ha entregado una carta de su parte?
-¿Quién?
-Dantés.
-¿A mí?, no. ¿Le dio alguna carta para mí?
-Suponía que además del pliego le hubiese confiado también el capitán una carta.
-Pero ¿de qué pliego habláis, Danglars?
-Del que Dantés ha dejado al pasar en Porto-Ferrajo.
-Cómo, ¿sabéis que Dantés llevaba un pliego para dejarlo en Porto-Ferrajo. .. ?
Danglars se sonrojó.
-Pasaba casualmente por delante de la puerta del capitán, estaba entreabierta, y le vi entregar a Dantés
un paquete y una carta.
-Nada me dijo aún -contestó el naviero-, pero si trae esa carta, él me la dará.
Danglars reflexionó un instante.
-En ese caso, señor Morrel, os suplico que nada digáis de esto a Dantés; me habré equivocado.
En esto volvió el joven y Danglars se alejó.
-Querido Dantés, ¿estáis ya libre? -le preguntó el naviero.
-Sí, señor.
-La operación no ha sido larga, vamos.
-No, he dado a los aduaneros la factura de nuestras mercancías, y los papeles de mar a un oficial del
puerto que vino con el práctico.
-¿Conque nada tenéis que hacer aquí?
Dantés cruzó una ojeada en torno.
-No, todo está en orden.
-Podréis venir a comer con nosotros, ¿verdad?
-Dispensadme, señor Morrel, dispensadme, os lo ruego, porque antes quiero ver a mi padre. Sin
embargo, no os quedo menos reconocido por el honor que me hacéis.
-Es muy justo, Dantés, es muy justo; ya sé que sois un buen hijo.
-¿Sabéis cómo está mi padre? -preguntó Dantés con interés.
-Creo que bien, querido Edmundo, aunque no le he visto.
-Continuará encerrado en su mísero cuartucho.
-Eso demuestra al menos que nada le ha hecho falta durante vuestra ausencia.
Dantés se sonrió.
-Mi padre es demasiado orgulloso, señor Morrel, y aunque hubiera carecido de lo más necesario, dudo
que pidiera nada a nadie, excepto a Dios.
-Bien, entonces después de esa primera visita cuento con vos.
-Os repito mis excusas, señor Morrel; pero después de esa primera visita quiero hacer otra no menos
interesante a mi corazón.
-¡Ah!, es verdad, Dantés, me olvidaba de que en el barrio de los Catalanes hay una persona que debe
esperaros con tanta impaciencia como vuestro padre, la hermosa Mercedes.
Dantés se sonrojó intensamente.
-Ya, ya -repuso el naviero-; por eso no me asombra que haya ido tres veces a pedir información acerca
de la vuelta de El Faraón. ¡Cáspita! Edmundo, en verdad que sois hombre que entiende del asunto. Tenéis
una querida muy guapa.
-No es querida, señor Morrel -dijo con gravedad el marino-; es mi novia.
-Es lo mismo -contestó el naviero, riéndose.
-Para nosotros no, señor Morrel.
-Vamos, vamos, mi querido Edmundo -replicó el señor Morrel-, no quiero deteneros por más tiempo.
Habéis desempeñado harto bien mis negocios para que yo os impida que os ocupéis de los vuestros.
¿Necesitáis dinero?
-No, señor; conservo todos mis sueldos de viaje.
-Sois un muchacho muy ahorrativo, Edmundo.
-Y añadid que tengo un padre pobre, señor Morrel.
-Sí, ya sé que sois buen hijo. Id a ver a vuestro padre.
El joven dijo, saludando:
-Con vuestro permiso.
-Pero ¿no tenéis nada que decirme?
-No, señor.
-El capitán Lederc, ¿no os dio al morir una carta para mí?
-¡Oh!, no; le hubiera sido imposible escribirla; pero esto me recuerda que tendré que pediros licencia
por unos días.
-¿Para casaros?
-Primeramente, para eso, y luego para ir a París.
-Bueno, bueno, por el tiempo que queráis, Dantés. La operación de descargar el buque nos ocupará seis
semanas lo menos, de manera que no podrá darse a la vela otra vez hasta dentro de tres meses. Para esa
época sí necesito que estéis de vuelta, porque El Faraón -continuó el naviero tocando en el hombro al
joven marino- no podría volver a partir sin su capitán.
-¡Sin su capitán! -exclamó Dantés con los ojos radiantes de alegría-. Pensad lo que decís, señor Morrel,
porque esas palabras hacen nacer las ilusiones más queridas de mi corazón. ¿Pensáis nombrarme capitán
de El Faraón?
-Si sólo dependiera de mí, os daría la mano, mi querido Dantés, diciéndoos… «es cosa hecha»; pero
tengo un socio, y ya sabéis el refrán italiano: Chi a compagno a padrone. Sin embargo, mucho es que de
dos votos tengáis ya uno; en cuanto al otro confiad en mí, que yo haré lo posible por que lo obtengáis
también.
-¡Oh, señor Morrel! -exclamó el joven con los ojos inundados en lágrimas y estrechando la mano del
naviero-; señor Morrel, os doy gracias en nombre de mi padre y de Mercedes.
-Basta, basta -dijo Morrel-. Siempre hay Dios en el cielo para la gente honrada; id a verlos y volved
después a mi encuentro.
-¿No queréis que os conduzca a tierra?
-No, gracias: tengo aún que arreglar mis cuentas con Danglars. ¿Os llevasteis bien con él durante el
viaje?
-Según el sentido que deis a esa pregunta. Como camarada, no, porque creo que no me desea bien,
desde el día en que a consecuencia de cierta disputa le propuse que nos detuviésemos los dos solos diez
minutos en la isla de Montecristo, proposición que no aceptó. Como agente de vuestros negocios, nada
tengo que decir y quedaréis satisfecho.
-Si llegáis a ser capitán de El Faraón, ¿os llevaréis bien con Danglars?
-Capitán o segundo, señor Morrel -respondió Dantés-, guardaré siempre las mayores consideraciones a
aquellos que posean la confianza de mis principales.
-Vamos, vamos, Dantés, veo que sois cabalmente un excelente muchacho. No quiero deteneros más,
porque noto que estáis ardiendo de impaciencia.
-¿Me permitís… , entonces?
-Sí, ya podéis iros.
-¿Podré usar la lancha que os trajo?
-¡No faltaba más!
-Hasta la vista, señor Morrel, y gracias por todo.
-Que Dios os guíe.
-Hasta la vista, señor Morrel.
-Hasta la vista, mi querido Edmundo.
El joven saltó a la lancha, y sentándose en la popa dio orden de abordar a la Cannebière. Dos marineros
iban al remo, y la lancha se deslizó con toda la rapidez que es posible en medio de los mil buques que
obstruyen la especie de callejón formado por dos filas de barcos desde la entrada del puerto al muelle de
Orleáns.
El naviero le siguió con la mirada, sonriéndose hasta que le vio saltar a los escalones del muelle y
confundirse entre la multitud, que desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche llena la famosa
calle de la Cannebière, de la que tan orgullosos se sienten los modernos focenses, que dicen con la
mayor seriedad: «Si París tuviese la Cannebière, sería una Marsella en pequeño.»
Al volverse el naviero, vio detrás de sí a Danglars, que aparentemente esperaba sus órdenes; pero que
en realidad vigilaba al joven marino. Sin embargo, esas dos miradas dirigidas al mismo hombre eran muy
diferentes.
Capítulo segundo
El padre y el hijo
Y dejando que Danglars diera rienda suelta a su odio inventando alguna calumnia contra su camarada,
sigamos a Dantés, que después de haber recorrido la Cannebière en toda su longitud, se dirigió a la calle
de Noailles, entró en una casita situada al lado izquierdo de las alamedas de Meillán, subió de prisa los
cuatro tramos de una escalera oscurísima, y comprimiendo con una mano los latidos de su corazón se
detuvo delante de una puerta entreabierta que dejaba ver hasta el fondo de aquella estancia; allí era donde
vivía el padre de Dantés.
La noticia de la arribada de El Faraón no había llegado aún hasta el anciano, que encaramado en una
silla, se ocupaba en clavar estacas con mano temblorosa para unas capuchinas y enredaderas que trepaban
hasta la ventana.
De pronto sintió que le abrazaban por la espalda, y oyó una voz que exclamaba:
-¡Padre! …, ¡padre mío!
El anciano, dando un grito, volvió la cabeza; pero al ver a su hijo se dejó caer en sus brazos pálido y
tembloroso.
-¿Qué tienes, padre? -exclamó el joven lleno de inquietud-. ¿Te encuentras mal?
-No, no, querido Edmundo, hijo mío, hijo de mi alma, no; pero no lo esperaba, y la alegría… la alegría
de verte así…, tan de repente… ¡Dios mío!, me parece que voy a morir…
-Cálmate, padre: yo soy, no lo dudes; entré sin prepararte, porque dicen que la alegría no mata. Ea,
sonríe, y no me mires con esos ojos tan asustados. Ya me tienes de vuelta y vamos a ser felices.
-¡Ah!, ¿conque es verdad? -replicó el anciano-: ¿conque vamos a ser muy felices? ¿Conque no me
dejarás otra vez? Cuéntamelo todo.
-Dios me perdone -dijo el joven-, si me alegro de una desgracia que ha llenado de luto a una familia,
pues el mismo Dios sabe que nunca anhelé esta clase de felicidad; pero sucedió, y confieso que no lo
lamento. El capitán Leclerc ha muerto, y es probable que, con la protección del señor Morrel, ocupe yo su
plaza… ¡Capitán a los veinte años, con cien luises de sueldo y una parte en las ganancias! ¿No es mucho
más de lo que podía esperar yo, un pobre marinero?
-Sí, hijo mío, sí -dijo el anciano-, ¡eso es una gran felicidad!
-Así pues, quiero, padre, que del primer dinero que gane alquiles una casa con jardín, para que puedas
plantar tus propias enredaderas y tus capuchinas…, pero ¿qué tienes, padre? parece que lo encuentras mal.
-No, no, hijo mío, no es nada.
Las fuerzas faltaron al anciano, que cayó hacia atrás.
-Vamos, vamos -dijo el joven-, un vaso de vino lo reanimará. ¿Dónde lo tienes?
-No, gracias, no tengo necesidad de nada -dijo el anciano procurando detener a su hijo.
-Sí, padre, sí, es necesario; dime dónde está.
Y abrió dos o tres armarios.
-No te molestes -dijo el anciano-, no hay vino en casa.
-¡Cómo! ¿No tienes vino? -exclamó Dantés palideciendo a su vez y mirando alternativamente las
mejillas flacas y descarnadas del viejo-. ¿Y por qué no tienes? ¿Por ventura lo ha hecho falta dinero,
padre mío?
-Nada me ha hecho falta, pues ya lo veo -dijo el anciano.
-No obstante -replicó Dantés limpiándose el sudor que corría por su frente-, yo le dejé doscientos
francos… hace tres meses, al partir.
-Sí, sí, Edmundo, es verdad. Pero olvidaste cierta deudilla que tenías con nuestro vecino Caderousse;
me lo recordó, diciéndome que si no se la pagaba iría a casa del señor Morrel… y yo, temiendo que esto lo
perjudicase, ¿qué debía hacer? Le pagué.
-Pero eran ciento cuarenta francos los que yo debía a Caderousse… -exclamó Dantés-. ¿Se los pagaste
de los doscientos que yo lo dejé?
El anciano hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.
-De modo que has vivido tres meses con sesenta francos… -murmuró el joven.
-Ya sabes que con poco me basta -dijo su padre.
-¡Ah, Dios mío, Dios mío! ¡Perdonadme! -exclamó Edmundo arrodillándose ante aquel buen anciano.
-¿Qué haces?
-Me desgarraste el corazón.
-¡Bah!, puesto que ya estás aquí -dijo el anciano sonriendo-, todo lo olvido.
-Sí, aquí estoy -dijo el joven-, soy rico de porvenir y rico un tanto de dinero. Toma, toma, padre, y
envía al instante por cualquier cosa.
Y vació sobre la mesa sus bolsillos, que contenían una docena de monedas de oro, cinco o seis escudos
de cinco francos cada uno y varias monedas pequeñas.
El viejo Dantés se quedó asombrado.
-¿Para quién es esto? -preguntole.
-Para mí, para ti, para nosotros. Toma, compra provisiones, sé feliz; mañana, Dios dirá.
-Despacio, despacito -dijo sonriendo el anciano-; con lo permiso gastaré, pero con moderación, pues
creerían al verme comprar muchas cosas que me he visto obligado a esperar tu vuelta para tener dinero.
-Puedes hacer lo que quieras. Pero, ante todo, toma una criada, padre mío. No quiero que lo quedes
solo. Traigo café de contrabando y buen tabaco en un cofrecito; mañana estará aquí. Pero, silencio, que
viene gente.
-Será Caderousse, que sabiendo tu llegada vendrá a felicitarte.
-Bueno, siempre labios que dicen lo que el corazón no siente -murmuró Edmundo-; pero no importa, al
fin es un vecino y nos ha hecho un favor.
En efecto, cuando Edmundo decía esta frase en voz baja, se vio asomar en la puerta de la escalera la
cabeza negra y barbuda de Caderousse. Era un hombre de veinticinco a veintiséis años, y llevaba en la
mano un trozo de paño, que en su calidad de sastre se disponía a convertir en forro de un traje.
-¡Hola, bien venido, Edmundo! -dijo con un acento marsellés de los más pronunciados, y con una
sonrisa que descubría unos dientes blanquísimos.
-Tan bueno como de costumbre, vecino Caderousse, y siempre dispuesto a serviros en lo que os plazca
-respondió Dantés disimulando su frialdad con aquella oferta servicial.
-Gracias, gracias; afortunadamente yo no necesito de nada, sino que por el contrario, los demás son los
que necesitan algunas veces de mí (Dantés hizo un movimiento). No digo esto por ti, muchacho: te he
prestado dinero, pero me lo has devuelto, eso es cosa corriente entre buenos vecinos, y estamos en paz.
-Nunca se está en paz con los que nos hacen un favor -dijo Dantés-, porque aunque se pague el dinero,
se debe la gratitud.
-¿A qué hablar de eso? Lo pasado, pasado; hablemos de tu feliz llegada, muchacho. Iba hacia el puerto
a comprar paño, cuando me encontré con el amigo Danglars. « ¿Tú en Marsella? », le dije. « ¿No lo ves?
», me respondió. « ¡Pues yo lo creía en Esmirna! » «¡Toma! , si ahora he vuelto de allá.» « ¿Y sabes
dónde está Edmundo?» « En casa de su padre, sin duda», respondió Danglars. Entonces vine presuroso
-continuó Caderousse-, para estrechar la mano a un amigo.
-¡Qué bueno es este Caderousse! -dijo el anciano-. ¡Cuánto nos ama!
-Ciertamente que os amo y os estimo, porque sois muy honrados, y esta clase de hombres no abunda…
Pero a lo que veo vienes rico, muchacho -añadió el sastre reparando en el montón de oro y plata que
Dantés había dejado sobre la mesa.
El joven observó el rayo de codicia que iluminaba los ojos de su vecino.
-¡Bah! -dijo con sencillez-, ese dinero no es mío. Manifesté a mi padre temor de que hubiera necesitado
algo durante mi ausencia, y para tranquilizarme vació su bolsa aquí. Vamos, padre -siguió diciendo
Dantés-, guarda ese dinero, si es que a su vez no lo necesita el vecino Caderousse, en cuyo caso lo tiene a
su disposición.
-No, muchacho -dijo Caderousse-, nada necesito, que a Dios gracias el oficio alimenta al hombre.
Guarda tu dinero, y Dios te dé mucho más; eso no impide que yo deje de agradecértelo como si me
hubiera aprovechado de él.
-Yo lo ofrezco de buena voluntad -dijo Dantés.
-No lo dudo. A otra cosa. ¿Conque eres ya el favorito de Morrel? ¡Picaruelo!
-El señor Morrel ha sido siempre muy bondadoso conmigo -respondió Dantés.
-En ese caso, has hecho muy mal en rehusar su invitación.
-¡Cómo! ¿Rehusar su invitación? -exclamó el viejo Dantés-. ¿Te ha convidado a comer?
-Sí, padre mío -replicó Edmundo sonriéndose al ver la sorpresa de su padre.
-¿Y por qué has rehusado, hijo? -preguntó el anciano.
-Para abrazaros antes, padre mío -respondió el joven-; ¡tenía tantas ganas de veros!
-Pero no debiste contrariar a ese buen señor Morrel -replicó Caderousse-, que el que desea ser capitán,
no debe desairar a su naviero.
-Ya le expliqué la causa de mi negativa -replicó Dantés-, y espero que lo haya comprendido.
-Para calzarse la capitanía hay que lisonjear un tanto a los patrones.
-Espero ser capitán sin necesidad de eso -respondió Dantés.
-Tanto mejor para ti y tus antiguos conocidos, sobre todo para alguien que vive allá abajo, detrás de la
Ciudadela de San Nicolás.
-¿Mercedes? -dijo el anciano.
-Sí, padre mío -replicó Dantés-; y con vuestro permiso, pues ya que os he visto, y sé que estáis bien y
que tendréis todo lo que os haga falta, si no os incomodáis, iré a hacer una visita a los Catalanes.
-Ve, hijo mío, ve -dijo el viejo Dantés-, ¡Dios te bendiga en tu mujer, como me ha bendecido en mi
hijo!
-¡Su mujer! -dijo Caderousse-; si aún no lo es, padre Dantés; si aún no lo es, según creo.
-No; pero según todas las probabilidades -respondió Edmundo, no tardará mucho en serlo.
-No importa, no importa -dijo Caderousse-, has hecho bien en apresurarte a venir, muchacho.
-¿Por qué? -preguntole.
-Porque Mercedes es una buena moza, y a las buenas mozas nunca les faltan pretendientes, a ésa sobre
todo. La persiguen a docenas.
-¿De veras? -dijo Edmundo con una sonrisa que revelaba inquietud, aunque leve.
-¡Oh! ¡Sí! -replicó Caderousse-, y se le presentan también buenos partidos, pero no temas, como vas a
ser capitán, no hay miedo de que lo dé calabazas.
-Eso quiere decir -replicó Dantés, con sonrisa que disfrazaba mal su inquietud-, que si no fuese
capitán…
-Hem… -balbució Caderousse.
-Vamos, vamos -dijo el joven-, yo tengo mejor opinión que vos de las mujeres en general, y de
Mercedes en particular, y estoy convencido de que, capitán o no, siempre me será fiel.
-Tanto mejor -dijo el sastre-, siempre es bueno tener fe, cuando uno va a casarse; ¡pero no importa!,
créeme, muchacho, no pierdas tiempo en irle a anunciar lo llegada y en participarle tus esperanzas.
-Allá voy -dijo Edmundo, y abrazó a su padre, saludó a Caderousse y salió.
Al poco rato, Caderousse se despidió del viejo Dantés, bajó a su vez la escalera y fue a reunirse con
Danglars, que le estaba esperando al extremo de la calle de Senac.
-Conque -dijo Danglars-, ¿le has visto?
-Acabo de separarme de él -contestó Caderousse.
-¿Y te ha hablado de sus esperanzas de ser capitán?
-Ya lo da por seguro.
-¡Paciencia! -dijo Danglars-; va muy de prisa, según creo.
-¡Diantre!, no parece sino que le haya dado palabra formal el señor Morrel.
-¿Estará muy contento?
-Está más que contento, está insolente. Ya me ha ofrecido sus servicios, como si fuese un gran señor, y
dinero como si fuese un capitalista.
-Por supuesto que habrás rehusado, ¿no?
-Sí, aunque bastantes motivos tenía para aceptar, puesto que yo fui el que le prestó el primer dinero que
tuvo en su vida; pero ahora el señor Dantés no necesitará de nadie, pues va a ser capitán.
-Pero aún no lo es -observó Danglars.
-Mejor que no lo fuese -dijo Caderousse-, porque entonces, ¿quién lo toleraba?
-De nosotros depende -dijo Danglars- que no llegue a serlo, y hasta que sea menos de lo que es.
-¿Qué dices?
-Yo me entiendo. ¿Y sigue amándole la catalana?
-Con frenesí; ahora estará en su casa. Pero, o mucho me engaño, o algún disgusto le va a dar ella.
-Explícate.
-¿Para qué?
-Es mucho más importante de lo que tú lo imaginas.
-Tú no le quieres bien, ¿es verdad?
-No me gustan los orgullosos.
-Entonces dime todo lo que sepas de la catalana.
-Nada sé de positivo; pero he visto cosas que me hacen creer, como lo dije, que esperaba al futuro
capitán algún disgusto por los alrededores de las Vieilles-Infirmeries.
-¿Qué has visto? Vamos, di.
-Observé que siempre que Mercedes viene por la ciudad, la acompaña un joven catalán, de ojos negros,
de piel tostada, moreno, muy ardiente, y a quien llama primo.
-¡Ah! ¿De veras? Y ¿te parece que ese primo le haga la corte?
-A lo menos lo supongo. ¿Qué otra cosa puede haber entre un muchacho de veintiún años y una joven
de diecisiete?
-¿Y Dantés ha ido a los Catalanes?
-Ha salido de su casa antes que yo.
-Si fuésemos por el mismo lado, nos detendríamos en la Reserva, en casa del compadre Pánfilo, y
bebiendo un vaso de vino, sabríamos algunas noticias…
-¿Y quién nos las dará?
-Estaremos al acecho, y cuando pase Dantés adivinaremos en la expresión de su rostro lo que haya
pasado.
-Vamos allá -dijo Caderousse-, pero ¿pagas tú?
-Pues claro -respondió Danglars.
Los dos se encaminaron apresuradamente hacia el lugar indicado, donde pidieron una botella y dos
vasos. El compadre Pánfilo acababa, según dijo, de ver pasar a Dantés diez minutos antes. Seguros de que
se hallaba en los Catalanes, se sentaron bajo el follaje naciente de los plátanos y sicómoros, en cuyas
ramas una alegre bandada de pajarillos saludaba con sus gorjeos los primeros días de la primavera.
Capítulo tercero
Los catalanes
A cien pasos del lugar en que los dos amigos, con los ojos fijos en el horizonte y el oído atento,
paladeaban el vino de Lamalgue, detrás de un promontorio desnudo y agostado por el sol y por el viento
nordeste, se encontraba el modesto barrio de los Catalanes.
Una colonia misteriosa abandonó en cierto tiempo España, yendo a establecerse en la lengua de tierra
en que permanece aún. Nadie supo de dónde venía, y hasta hablaba un dialecto desconocido. Uno de sus
jefes, el único que se hacía entender un poco en lengua provenzal, pidió a la municipalidad de Marsella
que les concediese aquel árido promontorio, en el coal, a fuer de marinos antiguos, acababan de dejar sus
barcos. Su petición les fue aceptada, y tres meses después aquellos gitanos del mar habían edificado un
pueblecito en torno a sus quince o veinte barcas.
Construido en el día de hoy de una manera extraña y pintoresca, medio árabe, medio española, es el
mismo que se ve hoy habitado por los descendientes de aquellos hombres que hasta conservan el idioma
de sus padres. Tres o cuatro siglos han pasado, y aún permanecen fieles al promontorio en que se dejaron
caer como una bandada de aves marinas. No sólo no se mezclan con la población de Marsella, sino que se
casan entre sí, conservando los hábitos y costumbres de la madre patria, del mismo modo que su idioma.
Es preciso que nuestros lectores nos sigan a través de la única calle de este pueblecito, y entren con
nosotros en una de aquellas casas, a cuyo exterior ha dado el sol el bello colorido de las hojas secas,
común a todos los edificios del país, y cuyo interior pule una capa de cal, esa tinta blanca, único adorno
de las posadas españolas.
Una bella joven de pelo negro como el ébano y ojos dulcísimos como los de la gacela, estaba de pie,
apoyada en una silla, oprimiendo entre sus dedos afilados una inocente rosa cuyas hojas arrancaba, y los
pedazos se veían ya esparcidos por el suelo. Sus brazos desnudos hasta el codo, brazos árabes, pero que
parecían modelados por los de la Venus de Arlés, temblaban con impaciencia febril, y golpeaba de tal
modo la tierra con su diminuto pie, que se entreveían las formas puras de su pierna, ceñida por una media
de algodón encarnado a cuadros azules.
A tres pasos de ella, sentado en una silla, balanceándose a compás y apoyando su codo en un mueble
antiguo, hallábase un mocetón de veinte a veintidós años que la miraba con un aire en que se traslucía
inquietud y despecho: sus miradas parecían interrogadoras; pero la mirada firme y fija de la joven le
dominaba enteramente.
-Vamos, Mercedes -decía el joven-, las pascuas se acercan, es el tiempo mejor para casarse. ¿No lo
crees?
-Ya lo dije cien veces lo que pensaba, Fernando, y en poco lo estimas, pues aún sigues preguntándome.
-Repítemelo, te lo suplico, repítemelo por centésima vez para que yo pueda creerlo. Dime que
desprecias mi amor, el amor que aprobaba lo madre. Haz que comprenda que te burlas de mi felicidad;
que mi vida o mi muerte no son nada para ti… ¡Ah, Dios mío, Dios mío!, haber soñado diez años con la
dicha de ser tu esposo, y perder esta esperanza, la única de mi vida.
-No soy yo por cierto quien ha alimentado en ti esa esperanza con mis coqueterías, Fernando
-respondió Mercedes-. Siempre lo he dicho: «Te amo como hermano; pero no exijas de mí otra cosa,
porque mi corazón pertenece a otro. ¿No lo he dicho siempre esto?
-Sí, ya lo sé, Mercedes -respondió Fernando-; hasta el horrible atractivo de la franqueza tienes
conmigo. Pero ¿olvidas que es ley sagrada entre los nuestros el casarse catalanes con catalanes?
-Te equivocas, Fernando, no es una ley, sino una costumbre; y, créeme, no debes de invocar esta
costumbre en lo favor. Has entrado en quintas. La libertad de que gozas la debes únicamente a la
tolerancia. De un momento a otro pueden reclamarte tus banderas, y una vez seas soldado, ¿qué harías de
mí, pobre huérfana, sin otra fortuna que una mísera cabaña casi arruinada y unas malas redes, herencia
única de mis padres? Hace un año que murió mi madre, y desde entonces, bien lo sabes, vivo casi a
expensas de la caridad pública. Tal vez me dices que lo soy útil, para partir conmigo tu pesca, y yo la
acepto, Fernando, porque eres hijo del hermano de mi padre, porque nos hemos criado juntos, y porque
además sé que lo disgustarías si la rehusase. Pero sé muy bien que ese pescado que yo vendo, y ese dinero
que me dan por él, y con el cual compro el estambre que luego hilo, no es más que una limosna, y como
tal la recibo.
-¿Y eso qué importa, Mercedes? Pobre y sola como vives, me convienes más que la hija del naviero
más rico de Marsella. Yo quiero una mujer honrada y hacendosa, y ninguna como tú posee esas
cualidades.
-Fernando -respondió Mercedes con un movimiento de cabeza-, no puede responder de ser siempre
honrada y hacendosa, la que ama a otro hombre que no sea su marido. Confórmate con mi amistad,
porque te repito que esto es todo lo que yo puedo prometerte. Yo no ofrezco sino lo que estoy segura de
poder dar.
-Sí, sí, ya lo comprendo -dijo Fernando-; soportas con resignación tu miseria, pero te asusta la mía.
Pero, oye, Mercedes, si me amas probaré fortuna y llegaré a ser rico. Puedo dejar el oficio de pescador;
puedo entrar de dependiente en alguna casa de comercio, y llegar a ser comerciante.
-Tú no puedes hacer nada de eso, Fernando. Eres soldado, y si permaneces en los Catalanes todavía es
porque no hay guerra; sigue con lo oficio de pescador, no hagas castillos en el aire, y confórmate con mi
amistad, pues no puedo dar otra cosa.
-Pues bien, tienes razón, Mercedes, me haré marinero, dejaré el trabajo de nuestros padres que tú tanto
desprecias, y me pondré un sombrero de suela, una camisa rayada y una chaqueta azul con anclas en los
botones. ¿No es así como hay que vestirse para agradarte?
-¿Qué quieres decir con eso? No lo comprendo…
-Quiero decir que no serías tan cruel conmigo, si no esperaras a uno que usa el traje consabido. Pero
quizás él no te es fiel, y aunque lo fuera, el mar no lo habrá sido con él.
-¡Fernando! -exclamó Mercedes-, ¡te creía bueno, pero me engañaba! Eso es prueba de mal corazón. Sí,
no te lo oculto, espero y amo a ese que dices, y si no volviese, en lugar de acusarle de inconstancia,
creería que ha muerto adorándome.
Fernando hizo un gesto de rabia.
-Adivino tus pensamientos, Fernando, querrás vengar en él los desdenes míos… querrás desafiarle…
Pero ¿qué conseguirás con esto? Perder mi amistad si eres vencido, ganar mi odio si vencedor. Créeme,
Fernando: no es batirse con un hombre el medio de agradar a la mujer que le ama. Convencido de que te
es imposible tenerme por esposa, no, Fernando, no lo harás, lo contentarás con que sea tu amiga y tu
hermana. Por otra parte -añadió con los ojos preñados de lágrimas-, tú lo has dicho hace poco, el mar es
pérfido: espera, Fernando, espera. Han pasado cuatro meses desde que partió… ¡cuatro meses, y durante
ellos he contado tantas tempestades!…
Permaneció Fernando impasible sin cuidarse de enjugar las lágrimas que resbalaban por las mejillas de
Mercedes, aunque a decir verdad, por cada una de aquellas lágrimas hubiera dado mil gotas de su
sangre…, pero aquellas lágrimas las derramaba por otro. Púsose en pie, dio una vuelta por la cabaña,
volvió, detúvose delante de Mercedes, y con una mirada sombría y los puños crispados exclamó:
-Mercedes, te lo repito, responde, ¿estás resuelta?
-¡Amo a Edmundo Dantés -dijo fríamente Mercedes-, y ningún otro que Edmundo será mi esposo!
-¿Y le amarás siempre?
-Hasta la muerte.
Fernando bajó la cabeza desalentado; exhaló un suspiro que más bien parecía un gemido, y levantando
de repente la cabeza y rechinando los dientes de cólera exclamó:
-Pero, ¿y si hubiese muerto?
-Si hubiese muerto… ¡Entonces yo también me moriría!
-¿Y si lo olvidase?
-¡Mercedes! -gritó una voz jovial y sonora desde fuera-. ¡Mercedes!
-¡Ah! -exclamó la joven sonrojándose de alegría y de amor-; bien ves que no me ha olvidado, pues ya
ha llegado.
Y lanzándose a la puerta la abrió exclamando:
-¡Aquí, Edmundo, aquí estoy!
Fernando, lívido y furioso, retrocedió como un caminante al ver una serpiente, cayendo anonadado
sobre una silla, mientras que Edmundo y Mercedes se abrazaban. El ardiente sol de Marsella penetrando a
través de la puerta, los inundaba de sus dorados reflejos. Nada veían en torno suyo: una inmensa felicidad
los separaba del mundo y solamente pronunciaban palabras entrecortadas que revelaban la alegría de su
corazón.
De pronto Edmundo vislumbró la cara sombría de Fernando, que se dibujaba en la sombra, pálida y
amenazadora, y quizá, sin que él mismo comprendiese la razón, el joven catalán tenía apoyada la mano
sobre el cuchillo que llevaba en la cintura.
-¡Ah! -dijo Edmundo frunciendo las cejas a su vez-; no había reparado en que somos tres.
Volviéndose en seguida a Mercedes:
-¿Quién es ese hombre? -le preguntó.
-Un hombre que será de aquí en adelante lo mejor amigo, Dantés, porque lo es mío, es mi primo, mi
hermano Fernando, es decir, el hombre a quien después de ti amo más en la tierra.
-Está bien -respondió Edmundo.
Y sin soltar a Mercedes, cuyas manos estrechaba con la izquierda, presentó con un movimiento
cordialísimo la diestra al catalán. Pero lejos de responder Fernando a este ademán amistoso, permaneció
mudo a inmóvil como una estatua. Entonces dirigió Edmundo miradas interrogadoras a Mercedes, que
estaba temblando, y al sombrío y amenazador catalán alternativamente. Estas miradas le revelaron todo el
misterio, y la cólera se apoderó de su corazón.
-Al darme tanta prisa en venir a vuestra casa, no creía encontrar en ella un enemigo.
-¡Un enemigo! -exclamó Mercedes dirigiendo una mirada de odio a su primo-; ¿un enemigo en mi
casa? A ser cierto, yo lo cogería del brazo y me iría a Marsella, abandonando esta casa para no volver a
pisar sus umbrales.
La mirada de Fernando centelleó.
-Y si te sucediese alguna desgracia, Edmundo mío -continuó con aquella calma implacable que daba a
conocer a Fernando cuán bien leía en su siniestra mente-, si te aconteciese alguna desgracia, treparía al
cabo del Morgión para arrojarme de cabeza contra las rocas.
Fernando se puso lívido.
-Pero te engañas, Edmundo -prosiguió Mercedes-. Aquí no hay enemigo alguno, sino mi primo
Fernando, que va a darte la mano como a su más íntimo amigo.
Y la joven fijó, al decir estas palabras, su imperiosa mirada en el catalán, quien, como fascinado por
ella, se acercó lentamente a Edmundo y le tendió la mano.
Su odio desaparecía ante el ascendiente de Mercedes. Pero apenas hubo tocado la mano de Edmundo,
conoció que había ya hecho todo lo que podía hacer, y se lanzó fuera de la casa.
-¡Oh! -exclamaba corriendo como un insensato, y mesándose los cabellos-. ¡Oh! ¿Quién me librará de
ese hombre? ¡Desgraciado de mí!
-¡Eh!, catalán, ¡eh! ¡Fernando! ¿Adónde vas? -dijo una voz.
El joven se detuvo para mirar en torno y vio a Caderousse sentado con Danglars bajo el emparrado.
-¡Eh! -le dijo Caderousse-. ¿Por qué no te acercas? ¿Tanta prisa tienes que no te queda tiempo para dar
los buenos días a tus amigos?
-Especialmente cuando tienen delante una botella casi llena -añadió Danglars.
Fernando miró a los dos hombres como atontado y sin responderles.
-Afligido parece -dijo Danglars tocando a Caderousse con la rodilla-. ¿Nos habremos engañado, y se
saldrá Dantés con su tema contra todas nuestras previsiones?
-¡Diantre! Es preciso averiguar esto -contestó Caderousse; y volviéndose hacia el joven le gritó-:
Catalán, ¿te decides?
Fernando enjugóse el sudor que corría por su frente, y entró a paso lento bajo el emparrado, cuya
sombra puso un tanto de calma en sus sentidos, y la frescura, vigor en sus cansados miembros.
-Buenos días: me habéis llamado, ¿verdad? -dijo desplomándose sobre uno de los bancos que rodeaban
la mesa.
-Corrías como loco, y temí que te arrojases al mar -respondió Caderousse riendo-. ¡Qué demonio! A los
amigos no solamente se les debe ofrecer un vaso de vino, sino también impedirles que se beban tres o
cuatro vasos de agua.
Fernando exhaló un suspiro que pareció un sollozo, y hundió la cabeza entre las manos.
-¡Hum! ¿Quieres que te hable con franqueza, Fernando? -dijo Caderousse, entablando la conversación
con esa brutalidad grosera de la gente del pueblo, que con la curiosidad olvidan toda clase de diplomacia-,
pues tienes todo el aire de un amante desdeñado.
Y acompañó esta broma con una estrepitosa carcajada.
-¡Bah! -replicó Danglars-; un muchacho como éste no ha nacido para ser desgraciado en amores: tú te
burlas, Caderousse.
-No-replicó éste-, fíjate, ¡qué suspiros!… Vamos, vamos, Fernando, levanta la cabeza y respóndenos.
No está bien que calles a las preguntas de quien se interesa por tu salud.
-Estoy bien -murmuró Fernando apretando los puños, aunque sin levantar la cabeza.
-¡Ah!, ya lo ves, Danglars -repuso Caderousse guiñando el ojo a su amigo-. Lo que pasa es esto: que
Fernando, catalán valiente, como todos los catalanes, y uno de los mejores pescadores de Marsella, está
enamorado de una linda muchacha llamada Mercedes; pero desgraciadamente, a lo que creo, la muchacha
ama por su parte al segundo de El Faraón; y como El Faraón ha entrado hoy mismo en el puerto… ¿Me
comprendes?
-Que me muera, si lo entiendo -respondió Danglars:
-El pobre Fernando habrá recibido el pasaporte.
-¡Y bien! ¿Qué más? -dijo Fernando levantando la cabeza y mirando a Caderousse como aquel que
busca en quién descargar su cólera-. Mercedes no depende de nadie, ¿no es así? ¿No puede amar a quien
se le antoje?
–¡Ah!, ¡si lo tomas de ese modo –lijo Caderousse-, eso es otra cosa! Yo te tenía por catalán. Me han
dicho que los catalanes no son hombres para dejarse vencer por un rival, y también me han asegurado que
Fernando, sobre todo, es temible en la venganza.
-Un enamorado nunca es temible -repuso Fernando sonriendo.
-¡Pobre muchacho! -replicó Danglars fingiendo compadecer al joven-. ¿Qué quieres? No esperaba, sin
duda, que volviese Dantés tan pronto. Quizá le creería muerto, quizás infiel, ¡quién sabe! Esas cosas son
tanto más sensibles cuanto que nos están sucediendo a cada paso.
-Seguramente que no dices más que la verdad -respondió Caderousse, que bebía al compás que
hablaba, y a quien el espumoso vino de Lamalgue comenzaba a hacer efecto-. Fernando no es el único
que siente la llegada de Dantés, ¿no es así, Danglars?
-Sí, y casi puedo asegurarte que eso le ha de traer alguna desgracia.
-Pero no importa -añadió Caderousse llenando un vaso de vino para el joven, y haciendo lo mismo por
duodécima vez con el suyo-; no importa, mientras tanto se casa con Mercedes, con la bella Mercedes… se
sale con la suya.
Durante este coloquio, Danglars observaba con mirada escudriñadora al joven. Las palabras de
Caderousse caían como plomo derretido sobre su corazón.
-¿Y cuándo es la boda? -preguntó.
-¡Oh!, todavía no ha sido fijada -murmuró Fernando.
-No, pero lo será -dijo Caderousse-; lo será tan cierto como que Dantés será capitán de El Faraón: ¿no
opinas tú lo mismo, Danglars?
Danglars se estremeció al oír esta salida inesperada, volviéndose a Caderousse, en cuya fisonomía
estudió a su vez si el golpe estaba premeditado; pero sólo leyó la envidia en aquel rostro casi trastornado
por la borrachera.
-¡Ea! -dijo llenando los vasos-. ¡Bebamos a la salud del capitán Edmundo Dantés, marido de la bella
catalana!
Caderousse llevó el vaso a sus labios con mano temblorosa, y lo apuró de un sorbo. Fernando tomó el
suyo y lo arrojó con furia al suelo.
-¡Vaya! -exclamó Caderousse-. ¿Qué es lo que veo allá abajo en dirección a los Catalanes? Mira,
Fernando, tú tienes mejores ojos que yo: me parece que empiezo a ver demasiado, y bien sabes que el
vino engaña mucho… Diríase que se trata de dos amantes que van agarrados de la mano… ¡Dios me
perdone! ¡No presumen que les estamos viendo, y mira cómo se abrazan!
Danglars no dejaba de observar a Fernando, cuyo rostro se contraía horriblemente.
-¡Calle! ¿Los conocéis, señor Fernando? -dijo.
-Sí -respondió éste con voz sorda-. ¡Son Edmundo y Mercedes!
-¡Digo! -exclamó Caderousse-. ¡Y yo no los conocía! ¡Dantés! ¡Muchacha! Venid aquí, y decidnos
cuándo es la boda, porque el testarudo de Fernando no nos lo quiere decir.
-¿Quieres callarte? –dijo Danglars, fingiendo detener a Caderousse, que tenaz como todos los que han
bebido mucho se disponía a interrumpirles-. Haz por tenerte en pie, y deja tranquilos a los enamorados.
Mira, mira a Fernando, y toma ejemplo de él.
Acaso éste, incitado por Danglars, como el toro por los toreros, iba al fin a arrojarse sobre su rival, pues
ya de pie tomaba una actitud siniestra, cuando Mercedes, risueña y gozosa, levantó su linda cabeza y
clavó en Fernando su brillante mirada. Entonces el catalán se acordó de que le había prometido morir si
Edmundo moría, y volvió a caer desesperado sobre su asiento.
Danglars miró sucesivamente a los dos hombres, el uno embrutecido por la embriaguez y el otro
dominado por los celos.
-¡Oh! Ningún partido sacaré de estos dos hombres -murmuró-, y casi tengo miedo de estar en su
compañía. Este bellaco se embriaga de vino, cuando sólo debía embriagarse de odio; el otro es un imbécil
que le acaban de quitar la novia en sus mismas narices, y se contenta solamente con llorar y quejarse
como un chiquillo. Sin embargo, tiene la mirada torva como los españoles, los sicilianos y los calabreses
que saben vengarse muy bien; tiene unos puños capaces de estrujar la cabeza de un buey tan pronto como
la cuchilla del carnicero… Decididamente el destino le favorece; se casará con Mercedes, será capitán y se
burlará de nosotros como no… (una sonrisa siniestra apareció en los labios de Danglars), como no tercie
yo en el asunto.
-¡Hola! -seguía llamando Caderousse a medio levantar de su asiento-. ¡Hola!, Edmundo, ¿no ves a los
amigos, o lo has vuelto ya tan orgulloso que no quieres siquiera dirigirles la palabra?
-No, mi querido Caderousse -respondió Dantés-; no soy orgulloso, sino feliz, y la felicidad ciega
algunas veces más que el orgullo.
-Enhorabuena, ya eso es decir algo -replicó Caderousse-. ¡Buenos días, señora Dantés!
Mercedes saludó gravemente.
-Todavía no es ése mi apellido -dijo-, y en mi país es de mal agüero algunas veces el llamar a las
muchachas con el nombre de su prometido antes que se casen. Llamadme Mercedes.
-Es menester perdonar a este buen vecino -añadió Dantés-. Falta tan poco tiempo…
-¿Conque, es decir, que la boda se efectuará pronto, señor Dantés? -dijo Danglars saludando a los dos
jóvenes.
-Lo más pronto que se pueda, señor Danglars: nos toman hoy los dichos en casa de mi padre, y mañana
o pasado mañana a más tardar será la comida de boda, aquí, en La Reserva; los amigos asistirán a ella; lo
que quiere decir que estáis invitados desde ahora, señor Danglars, y tú también, Caderousse.
-¿Y Fernando? -dijo Caderousse sonriendo con malicia-; ¿Fernando lo está también?
-El hermano de mi mujer lo es también mío -respondió Edmundo-, y con muchísima pena le veríamos
lejos de nosotros en semejante momento.
Fernando abrió la boca para contestar; pero la voz se apagó en sus labios y no pudo articular una sola
palabra.
-¡Hoy los dichos, mañana o pasado la boda!… ¡Diablo!, mucha prisa os dais, capitán.
-Danglars -repuso Edmundo sonriendo-, dígo lo que Mercedes decía hace poco a Caderousse: no me
deis ese título que aún no poseo, que podría ser de mal agüero para mí.
-Dispensadme -respondió Danglars-. Decía, pues, que os dais demasiada prisa. ¡Qué diablo!, tiempo
sobra: El Faraón no se volverá a dar a la mar hasta dentro de tres meses.
-Siempre tiene uno prisa por ser feliz, señor Danglars; porque quien ha sufrido mucho, apenas puede
creer en la dicha. Pero no es sólo el egoísmo el que me hace obrar de esta manera; tengo que ir a París.
-¡Ah! ¿A París? ¿Y es la primera vez que vais allí, Dantés?
-Sí.
-Algún negocio, ¿no es así?
-No mío; es una comisión de nuestro pobre capitán Leclerc. Ya comprenderéis que esto es sagrado. Sin
embargo, tranquilizaos, no gastaré más tiempo que el de ida y vuelta.
-Sí, sí, ya entiendo -dijo Danglars. Y después añadió en voz sumamente baja-: A París… Sin duda, para
llevar alguna carta que el capitán le ha entregado. ¡Ah!, ¡diantre! Esa carta me acaba de sugerir una idea…
una excelente idea. ¡Ah! ¡Dantés!, amigo mío, aún no tienes el número 1 en el registro de El Faraón. -Y
volviéndose en seguida hacia Edmundo, que se alejaba:- ¡Buen viaje! -le gritó.
-Gracias -respondió Edmundo volviendo la cabeza, y acompañando este movimiento con cierto ademán
amistoso. Y los dos enamorados prosiguieron su camino, tranquilos y alborozados como dos ángeles que
se elevan al cielo.
Capítulo cuarto
Complot
Danglars siguió con la mirada a Edmundo y a Mercedes hasta que desaparecieron por uno de los
ángulos del puerto de San Nicolás; y volviéndose en seguida vislumbró a Fernando que se arrojaba otra
vez sobre su silla, pálido y desesperado, mientras que Caderousse entonaba una canción.
-¡Ay, señor mío -dijo Danglars a Fernando-, creo que esa boda no le sienta bien a todo el mundo!
-A mí me tiene desesperado -respondió Fernando.
-¿Amáis, pues, a Mercedes?
-La adoro.
-¿Hace mucho tiempo?
-Desde que nos conocimos.
-¿Y estáis ahí arrancándoos los cabellos en lugar de buscar remedio a vuestros pesares? ¡Qué diablo!,
no creí que obrase de esa manera la gente de vuestro país.
-¿Y qué queréis que haga? -preguntó Fernando.
-¿Qué sé yo? ¿Acaso tengo yo algo que ver con…? Paréceme que no soy yo, sino vos, el que está
enamorado de Mercedes. «Buscad -dice el Evangelio-, y encontraréis.»
-Yo había encontrado ya.
-¿Cómo?
-Quería asesinar al hombre, pero la mujer me ha dicho que si llegara a suceder tal cosa a su futuro, ella
se mataría después.
-¡Bah!, ¡bah!, esas cosas se dicen, pero no se hacen.
-Vos no conocéis a Mercedes, amigo mío, es mujer que dice y hace.
« ¡Imbécil! -murmuró para sí Danglars-. ¿Qué me importa que ella muera o no, con tal que Dantés no
sea capitán? »
-Y antes que muera Mercedes moriría yo -replicó Fernando con un acento que expresaba resolución
irrevocable.
-¡Eso sí que es amor! -gritó Caderousse con una voz dominada cada vez más por la embriaguez-. Eso sí
que es amor, o yo no lo entiendo.
-Veamos -dijo Danglars-; me parecéis un buen muchacho, y lléveme el diablo si no me dan ganas de
sacaros de penas; pero…
-Sí, sí -dijo Caderousse-, veamos.
-Mira -replicó Danglars-, ya lo falta poco para emborracharte, de modo que acábate de beber la botella
y lo estarás completamente. Bebe, y no lo metas en lo que nosotros hacemos. Porque para tomar parte en
esta conversación es indispensable estar en su sano juicio.
-¡Yo borracho -exclamó Caderousse-, yo! Si todavía me atrevería a beber cuatro de tus botellas, que por
cierto son como frascos de agua de colonia… -Y añadiendo el dicho al hecho, gritó:- ¡Tío Pánfilo, más
vino! -Caderousse empezó a golpear fuertemente la mesa con su vaso.
-¿Decíais?… -replicó Fernando, esperando anheloso la continuación de la frase interrumpida.
-¿Qué decía? Ya no me acuerdo. Ese borracho me ha hecho perder el hilo de mis ideas.
-¡Borracho!, eso me gusta; ¡ay de los que no gustan del vino!, tienen algún mal pensamiento, y temen
que el vino se lo haga revelar.
Y Caderousse se puso a cantar los últimos versos de una canción muy en boga por aquel entonces.
Los que beben agua sola
son hombres de mala ley,
y prueba es de ello… el diluvio de Noé.
-Conque decíais -replicó Fernando-, que quisierais sacarme de penas; pero añadíais…
-Sí, añadía que para sacaros de penas, basta con que Dantés no se case, y me parece que la boda puede
impedirse sin que Dantés muera.
-¡Oh!, sólo la muerte puede separarlos -dijo Fernando.
-Raciocináis como un pobre hombre, amigo mío -exclamó CaderOusse-; aquí tenéis a Danglars, pícaro
redomado, que os probará en un santiamén que no sabéis una palabra. Pruébalo, Danglars, yo he
respondido de ti, dile que no es necesario que Dantés muera. Por otro lado, muy triste sería que muriese
Dantés; es un buen muchacho; le quiero mucho, mucho; ¡a tu salud, Dantés! ¡A tu salud!
Fernando se levantó dando muestras de impaciencia.
-Dejadle -dijo Danglars deteniendo al joven-. ¿Quién le hace caso? Además, no va tan desencaminado:
la ausencia separa a las personas casi mejor que la muerte. Suponed ahora que entre Edmundo y
Mercedes se levantan de pronto los muros de una cárcel; estarán tan separados como si los dividiese la
losa de una tumba.
-Sí, pero saldrá de la cárcel -dijo Caderousse, que con la sombra de juicio que aún le quedaba se
mezclaba en la conversación-; y cuando uno sale de la cárcel y se llama Edmundo Dantés, se venga.
-¿Qué importa? -murmuró Fernando.
-Además -replicó Caderousse-, ¿por qué han de prender a Dantés si él no ha robado ni matado a
nadie?…
-Cállate -dijo Danglars.
-No quiero -contestó Caderousse-; lo que yo quiero que me digan es por qué habían de prender a
Dantés; yo quiero mucho a Dantés; ¡a tu salud, Dantés, a tu salud!
Y se bebió otro vaso de vino.
Danglars observó en los ojos extraviados del sastre el progreso de la borrachera, y volviéndose hacia
Fernando, le dijo:
-¿Comprendéis ya que no habría necesidad de matarle?
-Desde luego que no, si pudiéramos lograr que lo prendiesen. Pero ¿por qué medio…?
-Como lo buscáramos bien -dijo Danglars-, ya se encontraría. Pero ¿en qué lío voy a meterme? ¿Acaso
tengo yo algo que ver…?
-Yo no sé si esto os interesa -dijo Fernando cogiéndole por el brazo-; pero lo que sí sé es que tenéis
algún motivo de odio particular contra Dantés, porque el que odia no se engaña en los sentimientos de los
demás.
-¡Yo motivos de odio contra Dantés!, ninguno, ¡palabra de honor! Os vi desgraciado, y vuestra
desgracia me conmovió; esto es todo. Pero desde el momento en que creéis que obro con miras interesadas,
adiós, mi querido amigo, salid como podáis de ese atolladero.
Y Danglars hizo ademán de irse.
-No -dijo Fernando deteniéndole-, quedaos. Poco me importa que odiéis o no a Dantés; pero yo sí le
odio; lo confieso francamente. Decidme un medio y lo ejecuto al instante…, como no sea matarle, porque
Mercedes ha dicho que se daría muerte si matasen a Dantés.
Caderousse levantó la cabeza que había dejado caer sobre la mesa, y mirando a Fernando y a Danglars
estúpidamente:
-¡Matar a Dantés…! -dijo- ¿Quién habla de matar a Dantés?
¡No quiero que le maten… !, es mi amigo… esta mañana me ofreció su dinero…, del mismo modo que
yo partí en otro tiempo el mío con él… ¡No quiero que maten a Dantés… ! , no… , no…
-Y ¿quién habla de matarle, imbécil? -replicó Danglars-. Sólo se trata de una simple broma. Bebe a su
salud -añadió llenándole un vaso-, y déjanos en paz.
-Sí, sí, a la salud de Dantés -dijo Caderousse apurando el contenido de su vaso-; a su salud… a su
salud… a su…
-Pero ¿el medio…?, ¿el medio? -murmuró Fernando.
-¿No lo habéis hallado aún?
-No, vos os encargasteis de eso.
-Es cierto -repuso Danglars-, los franceses tienen sobre los españoles la ventaja de que los españoles
piensan y los franceses improvisan.
-Improvisad, pues -dijo Fernando con impaciencia.
-Muchacho -dijo Danglars-, trae recado de escribir.
-¡Recado de escribir! -murmuró Fernando.
-Puesto que soy editor responsable, ¿de qué instrumentos me he de servir sino de pluma, tinta y papel?
-¿Traes eso? -exclamó Fernando a su vez.
-En esa mesa hay recado de escribir -respondió el mozo señalando una inmediata.
-Tráelo.
El mozo lo cogió y lo colocó encima de la mesa de los bebedores.
-¡Cuando pienso -observó Caderousse, dejando caer su mano sobre el papel- que con esos medios se
puede matar a un hombre con mayor seguridad que en un camino a puñaladas! Siempre tuve más miedo a
una pluma y a un tintero, que a una espada o a una pistola.
-Ese tunante no está tan borracho como parece -dijo Danglars-. Echadle más vino, Fernando.
Fernando llenó el vaso de Caderousse, observándole atentamente, hasta que le vio, casi vencido por ese
nuevo exceso, colocar, o más bien, soltar su vaso sobre la mesa.
-Conque… -murmuró el catalán, conociendo que ya no podía estorbarle Caderousse, pues la poca razón
que conservaba iba a desaparecer con aquel último vaso de vino.
-Pues, señor, decía -prosiguió Danglars-, que si después de un viaje como el que acaba de hacer Dantés
tocando a Nápoles y en la isla de Elba, le denunciase alguien al procurador del rey como agente
bonapartista…
-Yo le denunciaré -dijo vivamente el joven.
-Sí, pero os harán firmar vuestra declaración, os carearán con el reo, y aunque yo os dé pruebas para
sostener la acusación, eso es poco; Dantés no puede permanecer preso eternamente; un día a otro tendrá
que salir, y en el día en que salga, ¡desdichado de vos!
-¡Oh! Sólo deseo una cosa -dijo Fernando-, y es que me venga a buscar.
-Sí, pero Mercedes os aborrecerá si tocáis el pelo de la ropa a su adorado Edmundo.
-Es verdad -repuso Fernando.
-Nada, si nos decidimos, lo mejor es coger esta pluma simplemente, y escribir una denuncia con la
mano izquierda para que no sea conocida la letra -contestó Danglars; y esto diciendo, escribió con la
mano izquierda y con una letra que en nada se parecía a la suya acostumbrada, los siguientes renglones,
que Fernando leyó a media voz:
Un amigo del trono y de la religión previene al señor procurador del rey que un tal Edmundo Dantés,
segundo de El Faraón, que llegó esta mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en
Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una misiva para el usurpador, y de éste otra carta para la junta
bonapartista de París.
Fácilmente se tendrá la prueba de su crimen, prendiéndole, porque la carta se hallará sobre su
persona, o en casa de su padre, o en su camarote, a bordo de El Faraón.
-Está bien -añadió Danglars-. De este modo vuestra venganza tendría sentido común, y de lo contrario
podría recaer sobre vos mismo, ¿entendéis? Ya no queda sino cerrar la carta, escribir el sobre -y Danglars
hizo como decía-: Al señor procurador del rey, y asunto concluido.
-Sí, asunto concluido -exclamó Caderousse, quien con los últimos resplandores de su inteligencia había
escuchado la lectura, y comprendiendo por instinto todas las desgracias que podría causar tal denuncia; sí,
negocio concluido; pero sería una infamia.
Y alargó el brazo para coger la carta.
-Por supuesto -dijo Danglars, apartándole la mano-, lo que digo no es más que una broma; y soy el
primero que sentiría mucho que le sucediese algo a Dantés, a ese bueno de Dantés. Vamos, ¡no faltaba
más…! -y cogiendo la carta, la estrujó entre los dedos, y la tiró a un rincón.
-¡Muy bien! -exclamó Caderousse-. Dantés es mi amigo, y no quiero que le hagan ningún daño.
-¿Quién diablos piensa en hacerle daño? A lo menos no seremos ni Fernando ni yo -dijo Danglars
levantándose y mirando al joven, cuyos ojos estaban clavados en el papel delator tirado en el suelo.
-En tal caso -replicó Caderousse-, que nos den más vino, quiero beber a la salud de Edmundo y de la
bella Mercedes.
-Bastante has bebido, ¡borracho! -dijo Danglars-; y como sigas bebiendo lo verás obligado a dormir
aquí, porque seguramente no podrás tenerte en pie.
-¡Yo! -balbuceó Caderousse levantándose con la arrogancia del borracho-; ¡yo no poder tenerme!
¿Apuestas algo a que me atrevo a subir al campanario de las Accoules derechito, sin dar traspiés?
-Está bien -dijo Danglars-, hago la apuesta; pero la dejaremos para mañana. Ya es tiempo de que nos
vayamos; dame el brazo.
-Vamos allá -dijo Caderousse-; mas para andar no necesito de lo brazo. ¿Vienes, Fernando? ¿Vuelves a
Marsella con nosotros?
-No -respondió Fernando-; me vuelvo a los Catalanes.
-Haces mal; ven con nosotros a Marsella.
-Nada tengo que hacer en Marsella, y no quiero ir.
-Bueno, bueno, no quieres, ¿eh? Pues haz lo que lo parezca: libertad para todos en todo. Ven, Danglars,
y dejémosle que vuelva a los Catalanes, si así lo quiere.
Danglars aprovechó este instante de docilidad de Caderousse para llevarle hacia Marsella; pero para
dejar a Fernando más a sus anchas, en vez de irse por el muelle de la Rive-Neuve, echó por la puerta de
Saint-Victor. Caderousse le seguía tambaleándose, cogido de su brazo. Apenas anduvieron unos veinte
pasos, Danglars volvió la cabeza tan a tiempo, que pudo ver al joven abalanzarse al papel, que guardó en
su bolsillo, dirigiéndose en seguida hacia Pillon.
-¡Calla! ¿Qué está haciendo? -dijo Caderousse-. Nos ha dicho que iba a los Catalanes, y se dirige a la
ciudad. ¡Oye, Fernando, vas descaminado, oye!
-Tú eres el que no ves bien -dijo Danglars-. ¡Si sigue derecho el camino de las Vieilles Infirmeries.. . !
-Es cierto -respondió Caderousse-; pero hubiera jurado que iba por la derecha. Decididamente el vino
es un traidor, que hace ver visiones.
-Vamos, vamos -murmuró Danglars-, que la cosa marcha, y sólo cabe dejarla marchar.
Capítulo quinto
El banquete de boda
Amaneció un día magnífico: el tiempo estaba hermosísimo; el sol, puro y brillante, y sus primeros
rayos, de un rojo purpúreo, doraban las espumas de las olas.
La comida había sido preparada en el primer piso de La Reserva, cuyo emparrado ya conocemos. Se
componía aquél de un gran salón iluminado por cinco o seis ventanas; encima de cada una se veía escrito
el nombre de una de las mejores ciudades de Francia. Todas estas ventanas caían a un balcón de madera:
de madera era también todo el edificio.
Si bien la comida estaba anunciada para las doce, desde las once de la mañana llenaban el balcón
multitud de curiosos impacientes. Eran éstos los marineros privilegiados de El Faraón y algunos soldados
amigos de Dantés. Todos se habían puesto de gala para honrar a los novios. Entre los convidados
circulaba cierto murmullo ocasionado porque los consignatarios de El Faraón habían de honrar con su
presencia la comida de boda del segundo. Era tan grande este honor, que nadie se atrevía a creerlo, hasta
que Danglars, que llegaba con Caderousse, confirmó la noticia, porque aquella mañana había visto al
señor Morrel, y le dijo que asistiría a la comida de La Reserva.
Efectivamente, un instante después Morrel entró en la sala y fue saludado por los marineros con un
unánime viva y con aplausos. La presencia del naviero les confirmaba las voces que corrían de que
Dantés iba a ser su capitán; y como todos aquellos valientes marineros le querían tanto, le daban gracias,
porque pocas veces la elección de un jefe está en armonía con los deseos de los subordinados. No bien
entró Morrel, cuando eligieron a Danglars y a Caderousse para que saliesen al encuentro de los novios, y
les previniesen de la llegada del personaje que había producido tan viva sensación, para que se
apresuraran a venir pronto. Danglars y Caderousse se marcharon en seguida pero a los cien pasos vieron
que la comitiva se acercaba.
Esta se componía de cuatro jóvenes amigas de Mercedes, catalanas también, que acompañaban a la
novia, a quien daba el brazo Edmundo. junto a la futura caminaba el padre de Dantés, y detrás de ellos
venía Fernando con su siniestra sonrisa. Ni Mercedes ni Edmundo se dieron cuenta de esa sonrisa: los
pobres muchachos eran tan felices que sólo pensaban en sí mismos, y no tenían ojos más que para aquel
hermoso cielo que los bendecía.
Danglars y Caderousse cumplieron con su misión de embajadores, y dando después un fuerte apretón
de manos a Edmundo, Danglars se fue a colocar al lado de Fernando, y Caderousse al del padre de
Dantés, objeto de la atención general. El anciano vestía una casaca de tafetán, con grandes botones de
acero tallados. Cubrían sus delgadas, aunque vigorosas piernas, unas medias de algodón que a la legua
olían a contrabando inglés. De su sombrero apuntado pendían con pintoresca profusión cintas blancas y
azules; se apoyaba en fin, en un nudoso bastón de madera, encorvado por el puño como el pedum antiguo.
Parecía uno de esos figurones que adornaban en 1796 los jardines de Luxemburgo y de las Tullerías.
junto a él habíase colocado, como ya hemos dicho, Caderousse, a quien la esperanza de una buena
comida acabó de reconciliar con los Dantés; Caderousse conservaba un vago recuerdo de lo que había
sucedido el día anterior, como cuando al despertar por la mañana nos representa la imaginación el sueño
que hemos tenido por la noche.
Al acercarse Danglars a Fernando, dirigió una mirada penetrante al amante desdeñado. Este, que
caminaba detrás de los novios, completamente olvidado de Mercedes, que con ese egoísmo sublime del
amor sólo pensaba en Edmundo; Fernando, repetimos, pálido y sombrío, de vez en cuando dirigía una
mirada a Marsella, y entonces un temblor convulsivo se apoderaba de sus miembros. Parecía como si
esperase, o más bien previese algún acontecimiento.
Dantés vestía con elegante sencillez, como perteneciente a la marina mercante; su traje participaba del
uniforme militar y del traje civil; y con él y con la alegría y gentileza de la novia, parecía más alegre y
más bonita.
Mercedes estaba tan hermosa como una griega de Chipre o de Ceos, de ojos de ébano y labios de coral.
Su andar gracioso y desenvuelto parecía de andaluza o de arlesiana. Una joven cortesana quizás hubiera
procurado disimular su alegría; pero Mercedes miraba a todos sonriéndose, como si con aquella sonrisa y
aquellas miradas les dijese: «Puesto que sois mis amigos, alegraos como yo, porque soy muy dichosa. »
Tan pronto como fueron divisados los novios desde La Reserva, salió el señor Morrel a su encuentro,
seguido de los marineros y de los soldados, a los cuales renovó la promesa de que Dantés sucedería al
capitán Leclerc. Al verle Edmundo dejó el brazo de su novia, y tomó el del naviero que con la joven
dieron la señal subiendo los primeros la escalera de madera que conducía a la sala del banquete.
-Padre mío –dijo Mercedes deteniéndose junto a la mesa-, vos a mi derecha, os lo ruego. A mi
izquierda pondré al que me ha servido de hermano -añadió con una dulzura que penetró como la punta de
un puñal hasta lo más profundo del corazón de Fernando. Sus labios palidecieron, y bajo el matiz de su
rostro fue fácil distinguir cómo se retiraba poco a poco la sangre para agolparse al corazón.
Dantés había hecho entretanto lo mismo con Morrel, colocándole a su derecha, y con Danglars, que
colocó a su izquierda, haciendo en seguida señas con la mano a todos para que se colocaran a su gusto.
Ya corrían de mano en mano por toda la mesa los salchichones de Arlés, las brillantes langostas, las
sabrosas ostras del Norte, los exquisitos mariscos envueltos en su áspera concha, como la castaña en su
erizo, y las almejas que las gentes meridionales prefieren a las anchoas; en fin, toda esa multitud de
entremeses delicados que arrojan las olas a la arenosa playa, y los pescadores designan con el nombre
genérico de frutos de mar.
-¡Qué silencio! -dijo el anciano saboreando un vaso de vino amarillo como el topacio, que el tío Pánfilo
acababa de traer a Mercedes-. ¿Quién diría que hay aquí treinta personas que sólo desean hablar?
-¡Bah!, un marido no siempre está alegre -dijo Caderousse.
-El caso es -dijo Dantés-, que soy en este momento demasiado feliz para estar alegre.
-Tenéis razón, vecino; la alegría causa a veces una sensación extraña, que oprime el corazón casi tanto
como el dolor.
Danglars observaba a Edmundo, cuyo espíritu impresionable absorbía y devolvía toda emoción.
-Qué -le dijo-, ¿teméis algo? Me parece que todo marcha según vuestros deseos.
-Justamente es eso lo que me espanta -respondió Dantés-, paréceme que el hombre no ha nacido para
ser feliz con tanta facilidad. La dicha es como esos palacios de las islas encantadas, cuyas puertas guardan
formidables dragones; preciso es combatir para conquistar, y yo, a la verdad, no sé que haya merecido la
dicha de ser marido de Mercedes.
-¡Marido! ¡Marido! -dijo Caderousse riendo-; aún no, mi capitán. Haz de marido un poco, y ya verás la
que se arma.
Mercedes se ruborizó.
Fernando estaba muy agitado en su silla, estremeciéndose al menor ruido, y limpiándose las gruesas
gotas de sudor que corrían por su frente como las primeras gotas de una lluvia de tormenta.
-A fe mía, vecino Caderousse -dijo Dantés-, que no vale la pena que me desmintáis por tan poca cosa.
Mercedes no es aún mi mujer, tenéis razón -y sacó su reloj-; pero dentro de hora y media lo será.
Los presentes profirieron un grito de sorpresa, excepto el padre de Dantés, cuya sonrisa dejaba ver una
fila de dientes bien conservados. Mercedes sonrióse sin ruborizarse, y Fernando apretó convulsivamente
el mango de su cuchillo.
-¡Dentro de hora y medía! -dijo Danglars, palideciendo también-, ¿cómo es eso?
-Sí, amigos míos -respondió Dantés-; gracias al señor Morrel, al hombre a quien debo más en el mundo
después de mi padre, todos los obstáculos se han allanado; hemos obtenido dispensa de las amonestaciones,
y a las dos y media el alcalde de Marsella nos espera en el Ayuntamiento. Por lo tanto, como
acaba de dar la una y cuarto, creo no haberme engañado mucho al decir que dentro de una hora y treinta
minutos, Mercedes se llamará la señora Dantés.
Fernando cerró los ojos; una nube de fuego le abrasaba los párpados; apoyóse sobre la mesa, y a pesar
de todos sus esfuerzos no pudo contener un sordo gemido, que se perdió en el rumor causado por las risas
y por las felicitaciones de la concurrencia.
-A eso le llamo yo ser activo -dijo el padre de Dantés-. Ayer llegó y hoy se casa…, nadie gana a los
marinos en actividad.
-Pero ¿y las formalidades? -preguntó tímidamente Danglars- ¿el contrato… ?
-El contrato -le interrumpió Dantés riendo-, el contrato está ya hecho. Mercedes no tiene nada, yo
tampoco; nos casamos en iguales condiciones; conque ya se os alcanzará que ni se habrá tardado en escribir
el contrato, ni costará mucho dinero.
Esta broma excitó una nueva explosión de alegría y de enhorabuenas.
-Conque, es decir, que ésta es la comida de bodas -dijo Danglars.
-No -repuso Dantés-, no la perderéis por eso, podéis estar tranquilos. Mañana parto para París: cuatro
días de ida, cuatro de vuelta y uno para desempeñar puntualmente la misión de que estoy encargado; el
primero de marzo estoy ya aquí; el verdadero banquete de bodas se aplaza para el 2 de marzo.
La promesa de un nuevo banquete aumentó la alegría hasta tal punto, que el padre de Dantés, que al
principio de la comida se quejaba del silencio, hacía ahora vanos esfuerzos para expresar sus deseos de
que Dios hiciera felices a los esposos.
Dantés adivinó el pensamiento de su padre, y se lo pagó con una sonrisa llena de amor. Mercedes
entretanto miraba 1a hora en el reloj de la sala, haciendo picarescamente cierta señal a Edmundo. Reinaba
en la mesa esa alegría ruidosa y esa libertad individual que siempre se toman las personas de clase
inferior al fin de la comida. Los que no estaban contentos en sus sitios, se habían levantado para ocupar
otros nuevos.
Todos empezaban ya a hablar en confusión, y nadie respondía a su interlocutor, sino a sus propios
pensamientos.
La palidez de Fernando se comunicaba por minutos a Danglars. Aquél, sobre todo, parecía presa de mil
tormentos horribles. Había sido de los primeros en levantarse y se paseaba por la sala, procurando apartar
su oído de la algazara, de las canciones y del choque de los vasos.
Acercóse a él Caderousse en el momento en que Danglars, de quien parecía huir, acababa de reunírsele
en un ángulo de la sala.
-En verdad -dijo Caderousse, a quien la amabilidad de Dantés, y sobre todo el vino del tío Pánfilo,
habían hecho olvidar enteramente el odio que inspiró la repentina felicidad de Edmundo-; en verdad que
Dantés es un guapo mozo, y cuando le veo sentado junto a su novia, digo para mí, que hubiera sido una
lástima jugarle la mala pasada que intentabais ayer.
-Pero ya has visto -respondió Danglars- que aquello no pasó de una conversación. Ese pobre Fernando
estaba ayer tan fuera de sí, que me causó lástima al principio; pero, desde que decidió asistir a la boda de
su rival, no hay ya temor alguno.
Caderousse miró entonces a Fernando, que estaba lívido.
-El sacrificio es tanto mayor -prosiguió Danglars- cuanto que la muchacha es de perlas. ¡Diantre!,
miren si es dichoso mi futuro capitán. Quisiera llamarme Dantés, no más que por doce horas.
-¿Vámonos? -dijo en este punto con dulce voz Mercedes-; acaban de dar las dos, a las dos y cuarto nos
esperan.
-Sí, sí -contestó Dantés levantándose inmediatamente.
-Vamos -repitieron a coro todos los convidados.
Fernando estaba sentado en el antepecho de la ventana, y Danglars, que no le perdía de vista un
momento, le vio observar a Dantés con inquieta mirada, levantarse como por un movimiento convulsivo,
y volver a desplomarse en el sitio donde se hallaba antes.
Oyóse en aquel momento un ruido sordo, como de pasos recios, voces confusas y armas, ahogando las
exclamaciones de los convidados a imponiendo a toda la asamblea el silencio del estupor. El ruido se oyó
más cerca: en la puerta resonaron tres golpes…; cada cual miraba a su alrededor con asombro.
-¡En nombre de la ley! -gritó una voz sonora.
La puerta se abrió al punto, dando paso a un comisario con su faja y a cuatro soldados y un cabo. Con
esto, a la inquietud sucedió el terror.
-¿Qué se ofrece? -preguntó Morrel avanzando hacia el comisario, a quien conocía-;sin duda venís
equivocado.
-Si ha sido así, señor Morrel -respondió el comisario-, creed que pronto se deshará la equivocación.
Entretanto, y por muy sensible que me sea, debo cumplir con la orden que tengo. ¿Quién de vosotros,
señores, se llama Edmundo Dantés?
Las miradas de todos se volvieron hacia el joven, que muy conmovido, aunque conservando toda su
dignidad, dio un paso hacia delante y respondió:
-Yo soy, caballero, ¿qué me queréis?
-Edmundo Dantés -repuso el comisario-, en nombre de la ley, daos preso.
-¡Preso yo! -dijo Edmundo, cuyo rostro se cubrió de una leve palidez-. ¡Preso yo!, pero ¿por qué?
-Lo ignoro, caballero. Ya lo sabréis en el primer interrogatorio a que seréis sometido.
El señor Morrel comprendió que nada podía intentarse: un comisario con su faja no es ya un hombre, es
la estatua de la ley, fría, sorda, muda. El viejo, por el contrario, se precipitó hacia el comisario: hay ciertas
cosas que nunca podrá comprender el corazón de un padre o de una madre. Rogó, suplicó; pero ruegos y
lágrimas fueron inútiles. Sin embargo, su desesperación era tan grande, que el comisario al fin se
conmovió.
-Tranquilizaos, caballero -le dijo-, quizá se habrá olvidado vuestro hijo de algunos de los requisitos que
exigen la aduana o la sanidad. Yo así lo creo. Cuando se hayan tomado los informes que se desean, le
pondrán en libertad.
-¿Qué significa esto? -preguntó Caderousse frunciendo el entrecejo y mirando a Danglars, que
aparentaba sorpresa.
-¿Qué sé yo? -respondió Danglars-; como tú, veo y estoy perplejo, sin comprender nada de todo ello.
Caderousse buscó con los ojos a Fernando, pero éste había desaparecido.
Toda la escena de la víspera se le representó entonces con todos sus pormenores. Aquella catástrofe
acababa de arrancar el velo que la embriaguez había echado entre su entendimiento y su memoria.
-¡Oh! -dijo con voz ronca-, ¿quién sabe si esto será el resultado de la broma de que hablabais ayer,
Danglars? En ese caso, desgraciado de vos, porque es muy triste broma por cierto.
-Ya viste que rompí aquel papel -balbució Danglars.
-No lo rompiste; lo arrugaste y lo arrojaste a un rincón.
-¡Calla! Tú estabas borracho.
-¿Qué es de Fernando?
-¡Qué sé yo! Habrá tenido que hacer. Pero en vez de ocuparte de él, consolemos a esos pobres afligidos.
Efectivamente, durante la conversación, Dantés había dado la mano sonriendo a sus amigos, y después
de abrazar a Mercedes, se había entregado al comisario, diciendo:
-Tranquilizaos, pronto se reparará el error, y probablemente no llegaré a entrar en la cárcel.
-¡Oh!, seguramente -dijo Danglars, que, como ya hemos dicho, se acercaba en este momento al grupo
principal.
Dantés bajó la escalera precedido del comisario de policía y rodeado de soldados. Un coche los
esperaba a la puerta, y subió a él, seguido de los soldados y del comisario. La portezuela se cerró, y el
carruaje tomó el camino de Marsella.
-¡Adiós, Dantés! ¡Adiós, Edmundo! -exclamó Mercedes desde el balcón, adonde salió desesperada.
El preso escuchó este último grito, salido del corazón doliente de su novia como un sollozo, y
asomando la cabeza por la ventanilla del coche, le contestó:
-¡Hasta la vista, Mercedes!
Y en esto desapareció por uno de los ángulos del fuerte de San Nicolás.
-Esperadme aquí -dijo el naviero-; voy a tomar el primer carruaje que encuentre: corro a Marsella, y os
traeré noticias suyas.
-Sí, sí, id -exclamaron todos a un tiempo-; id, y volved pronto.
A esta segunda marcha siguió un momento de terrible estupor en todos los que se quedaban. El anciano
y Mercedes permanecieron algún tiempo sumidos en el más profundo abatimiento; pero al fin se
encontraron sus ojos, y reconociéndose por dos víctimas heridas del mismo golpe, se arrojaron en brazos
uno de otro.
En todo este tiempo, Fernando, de vuelta a la sala, bebió un vaso de agua y fue a sentarse en una silla.
La casualidad hizo que Mercedes, al desasirse del anciano, cayese sobre una silla próxima a aquélla
donde él se hallaba, por lo que Fernando, por un movimiento instintivo, retiró hacia atrás la suya.
-Ha sido él -dijo Caderousse a Danglars, que no perdía de vista al catalán.
-Creo que no -respondió Danglars-; es demasiado tonto. En todo caso, suya es la responsabilidad.
-Y del que se lo aconsejó -repuso Caderousse.
-¡Ah! Si fuese uno responsable de todo lo que inadvertidamente dice…
-Sí, cuando lo que se dice inadvertidamente trae desgracias como ésta.
Mientras tanto, los grupos comentaban de mil maneras el arresto de Dantés.
-Y vos, Danglars -dijo una voz-, ¿qué pensáis de este acontecimiento?
-Yo -respondió Danglars- creo que traería algo de contrabando en El Faraón...
-Pero si así fuera, vos lo sabríais, Danglars; ¿no sois vos el responsable?
-Sí, pero no lo soy sino de lo que viene en factura. Lo que sé es que traemos algunas piezas de algodón,
tomadas en Alejandría en casa de Pastret, y en Esmirna en casa de Pascal: no me preguntéis más.
-¡Oh!, ahora recuerdo -murmuró el pobre anciano al oír esto-, ahora recuerdo… Ayer me dijo que traía
una caja de café y otra de tabaco.
-Ya lo veis -dijo Danglars-, eso será sin duda; durante nuestra ausencia, los aduaneros habrán registrado
El Faraón y lo habrán descubierto. .
Casi insensible hasta el momento, Mercedes dio al fin rienda suelta a su dolor.
-¡Vamos, vamos, no hay que perder la esperanza! -dijo el padre de Dantés, sin saber siquiera lo que
decía.
-¡Esperanza! -repitió Danglars.
-¡Esperanza! -murmuró Fernando; pero esta palabra le ahogaba; sus labios se agitaron sin articular
ningún sonido.
-¡Señores! -gritó uno de los invitados que se había quedado en una de las ventanas-; señores, un
carruaje… ¡Ah! ¡Es el señor Morrel! ¡Valor! Sin duda trae buenas noticias.
Mercedes y el anciano saliéronle al encuentro, y reuniéronse con él en la puerta: el señor Morrel estaba
sumamente pálido.
-¿Qué hay? -exclamaron todos a un tiempo.
-¡Ay!, amigos míos -respondió Morrel moviendo la cabeza-, la cosa es más grave de lo que nosotros
suponíamos…
-Señor -exclamó Mercedes-, ¡es inocente!
-Lo creo -respondió Morrel-; pero le acusan…
-¿De qué? -preguntó el viejo Dantés.
-De agente bonapartista.
Aquellos de nuestros lectores que hayan vivido en la época de esta historia recordarán cuán terrible era
en aquel tiempo tal acusación. Mercedes exhaló un grito, y el anciano se dejó caer en una silla.
-¡Oh! -murmuró Caderousse-, me habéis engañado, Danglars, y al fin hicisteis lo de ayer. Pero no
quiero dejar morir a ese anciano y a esa joven, y voy a contárselo todo.
-¡Calla, infeliz! -exclamó Danglars agarrando la mano de Caderousse-, ¡calla!, o no respondo de ti.
¿Quién lo dice que Dantés no es culpable? El buque tocó en la isla de Elba; él desembarcó, permaneciendo
todo el día en Porto-Ferrajo. Si le han hallado con alguna carta que le comprometa, los que le
defiendan, pasarán por cómplices suyos.
Con el rápido instinto del egoísmo, Caderousse comprendió lo atinado de la observación, miró a
Danglars con admiración, y retrocedió dos pasos.
-Esperemos, pues -murmuró.
-Sí, esperemos -dijo Danglars-; si es inocente, le pondrán en libertad; si es culpable, no vale la pena
comprometerse por un conspirador.
-Vámonos, no puedo permanecer aquí por más tiempo.
-Sí, ven -dijo Danglars, satisfecho al alejarse acompañado-; ven, y dejemos que salgan como puedan de
ese atolladero.
Tan pronto como partieron, Fernando, que había vuelto a ser el apoyo de la joven, cogió a Mercedes de
la mano y la condujo a los Catalanes. Los amigos de Dantés condujeron a su vez a la alameda de Meillán
al anciano casi desmayado.
En seguida se esparció por la ciudad el rumor de que Dantés acababa de ser preso por agente
bonapartista.
-¿Quién lo hubiera creído, mi querido Danglars? -dijo el señor Morrel reuniéndose a éste y a
Caderousse, en el camino de Marsella, adonde se dirigía apresuradamente para adquirir algunas noticias
directas de Edmundo por el sustituto del procurador del rey, señor de Villefort, con quien tenía algunas
relaciones-. ¿Lo hubierais vos creído?
-¡Diantre! -exclamó Danglars-, ya os dije que Dantés hizo escala en la isla de Elba sin motivo alguno,
lo cual me pareció sospechoso.
-Pero ¿comunicasteis vuestras sospechas a alguien más que a mí?
-Líbreme Dios de ello, señor Morrel -dijo en voz baja Danglars-; bien sabéis que por culpa de vuestro
tío, el señor Policarpo Morrel, que ha servido en sus ejércitos, y que no oculta sus opiniones, sospechan
que lamentáis la caída de Napoleón, y mucho me disgustaría el causar algún perjuicio a Edmundo o a vos.
Hay ciertas cosas que un subordinado debe decir a su principal, y ocultar cuidadosamente a los demás.
-¡Bien! Danglars, ¡bien! -contestó el naviero-, sois un hombre honrado. Hice bien al pensar en vos para
cuando ese pobre Dantés hubiese llegado a ser capitán del Faraón.
-Pues ¿cómo…?
-Sí, ya había preguntado a Dantés qué pensaba de vos y si tenía alguna repugnancia en que os quedarais
en vuestro puesto, pues, yo no sé por qué, me pareció notar que os tratabais con alguna frialdad.
-¿Y qué os respondió?
-Que creía efectivamente que, por una causa que no me dijo, le guardabais cierto rencor; pero que todo
el que poseía la confianza del consignatario, poseía la suya también.
-¡Hipócrita! -murmuró Danglars.
-¡Pobrecillo! -dijo Caderousse-,era un muchacho excelente.
-Sí, pero entretanto -indicó el señor Morrel-, tenemos al Faraón sin capitán.
-¡Oh! -dijo Danglars-, bien podemos esperar, puesto que no partimos hasta dentro de tres meses, que
para entonces ya estará libre Dantés.
-Sí, pero mientras tanto…
-¡Mientras tanto…, aquí me tenéis, señor Morrel! -dijo Danglars-. Bien sabéis que conozco el manejo de
un buque tan bien como el mejor capitán. Esto no os obligará a nada, pues cuando Dantés salga de la
prisión volverá a su puesto, yo al mío, y pax Christi.
-Gracias, Danglars, así se concilia todo, en efecto. Tomad, pues, el mando, os autorizo a ello, y
presenciad el desembarque. Los asuntos no deben entorpecerse porque suceda una desgracia a alguno de
la tripulación.
-Sí, señor, confiad en mí. ¿Y podré ver al pobre Edmundo?
-Pronto os lo diré, Danglars. Voy a hablar al señor de Villefort, y a influir con él en favor del preso.
Bien sé que es un realista furioso; pero, aunque realista y procurador del rey, también es hombre, y no le
creo de muy mal corazón.
-No -repuso Danglars-; pero me han dicho que es ambicioso, y entonces…
-En fin -repuso Morrel suspirando-, allá veremos. Id a bordo, que yo voy en seguida.
Y se separó de los dos amigos para tomar el camino del Palacio de Justicia.
-Ya ves el sesgo que va tomando el asunto -dijo Danglars a Caderousse-; ¿piensas todavía en defender
a Dantés?
-No a fe; pero, sin embargo, terrible cosa es que tenga tales consecuencias una broma.
-¿Y quién ha tenido la culpa? No seremos ni tú ni yo, ciertamente; en todo caso, la culpa es de
Fernando. Bien viste que yo, por mi parte, tiré el papel a un rincón; y hasta creo haberlo roto.
-No, no -dijo Caderousse-; en cuanto a eso estoy seguro, lo vi en un rincón, doblado y arrugado; ojalá
estuviese aún allí.
-¿Qué quieres? Si Fernando lo cogió lo habrá copiado o hecho copiar, y aun sabe Dios si se tomaría esa
molestia. Ahora que caigo en ello, ¡Dios mío!, quizás envió mi propia carta. Afortunadamente yo
desfiguré mucho la letra.
-Pero ¿sabías tú que Dantés conspiraba?
-¿Qué había de saber? Aquello fue una broma, como ya lo dije. Pero me parece que, al igual que los
arlequines, dije la verdad al bromear.
-Lo mismo da -replicó Caderousse-. Yo, sin embargo, daría cualquier cosa por que no ocurriera lo que
ha ocurrido, o por lo menos por no haberme metido en nada: ya verás como por esto nos sucede también a
nosotros alguna desgracia, Danglars.
-En todo caso, la desgracia caerá sobre el verdadero culpable, y el verdadero culpable es Fernando y no
nosotros. ¿Qué desgracia quieres que nos sobrevenga? Vivamos tranquilos, que ya pasará la tempestad.
-¡Amén! -dijo Caderousse, haciendo una señal de despedida a Danglars y dirigiéndose a la alameda de
Meillan, moviendo la cabeza y hablando consigo mismo, como aquellas personas que están muy
preocupadas con sus pensamientos.
-¡Magnífico! -murmuró Danglars-, las cosas toman el giro que yo esperaba. De momento ya soy
capitán, y si ese imbécil de Caderousse se calla, capitán para siempre… Sólo me atormenta el pensar que
si la justicia diera libertad a Dantés… ¡Oh…!, no -añadió, sonriendo con satisfacción-, la justicia es la
justicia, y en ella confío.
Y dicho esto saltó a una barca y dio orden al barquero para que le condujera a bordo del Faraón,
adonde, como ya recordará el lector, le había citado el señor Morrel.
Capítulo sexto
El sustituto del procurador del rey
En la calle de Grand-Cours, lindando con la fuente de las Medusas, en una de esas antiguas casas de
arquitectura aristocrática, edificadas por Puget, se celebraba también en el mismo día y en la misma hora
un banquete de bodas, con la diferencia de que en lugar de ser los personajes y anfitriones gente del
pueblo, marineros y soldados, pertenecían a la más alta sociedad de Marsella.
Tratábase de antiguos magistrados que habían dimitido sus empleos en tiempo del usurpador, antiguos
oficiales desertores de sus filas para pasarse a las del ejército de Condé, y jóvenes de ilustre alcurnia,
todavía poco elevados a pesar de lo que habían sufrido ya por el odio hacia aquel a quien cinco años de
destierro debían convertir en un mártir, y quince de restauración en un dios.
Se hallaban sentados a la mesa, y la conversación chispeaba a impulsos de todas las pasiones de la
época, pasiones tanto más terrible y encarnizadas en el Mediodía de Francia, cuanto que al cabo de quinientos
años, los odios religiosos venían a añadirse a los odios políticos.
El emperador rey de la isla de Elba, que después de haber sido soberano en una parte del mundo,
reinaba sobre una población de cinco a seis mil almas, y después de haber oído gritar ¡Viva Napoleón! por
ciento veinte millones de vasallos, en diez lenguas diferentes, era tratado allí como un hombre perdido sin
remedio para Francia y para el trono. Los magistrados anatematizaban sus errores políticos; los militares
murmuraban de Moscú y de Leipzig; las mujeres, de su divorcio de Josefina; y no parecía sino que aquel
mundo alegre y triunfante, no por la caída del hombre, sino por la derrota del príncipe, creyese que la vida
comenzaba de nuevo para él, que despertaba de un sueño penoso.
Un anciano condecorado con la cruz de San Luis se levantó brindando por la salud del rey Luis XVIII.
Era el marqués de SaintMeran. Con este brindis, que recordaba a la vez al desterrado de Hartwell y al rey
pacificador de Francia, se aumentó el barullo, los vasos chocaron unos con otros, las mujeres se quitaron
las flores de la cabeza y las esparcieron sobre el mantel; momento fue éste en verdad de entusiasmo casi
poético.
-Ya confesarían de plano si estuviesen aquí -dijo la marquesa de Saint-Meran, mujer de mirada dura,
labios delgados y continente aristocrático, mujer aún a la moda, a pesar de sus cincuenta años- ya
confesarían de plano todos esos revolucionarios que nos han secuestrado, a quienes dejamos a nuestra vez
conspirar tranquilamente en nuestros castillos antiguos comprados por un pedazo de pan en tiempo del
Terror; ya confesarían que el verdadero desinterés estaba de nuestra parte, puesto que nosotros nos
uníamos a la agonizante monarquía, mientras ellos, por el contrario, saludaban al sol que nacía, y
labraban sus fortunas, mientras que nosotros perdíamos la nuestra; confesarían que nuestro soberano era
verdaderamente Luis, el muy amado, mientras que su usurpador no fue nunca más que Napoleón el
maldito. ¿No es verdad, Villefort?
-¿Qué decís…, señora marquesa…? -respondió aquel a quien se dirigía esta pregunta-. Perdonadme, no
atendía a la conversación.
-Dejad a esos jóvenes, marquesa -replicó el viejo que había brindado-. Van a casarse, y naturalmente
tendrán que hablar de otra cosa que no de política.
-Dispensadme, mamá -dijo una preciosa joven de cabellos rubios y ojos azules-. Os devuelvo al señor
de Villefort, al que entretuve un instante. Señor de Villefort, mamá os preguntaba…
-Estoy pronto a responder a la señora marquesa, si se digna repetir su pregunta que antes no oí.
-Estáis dispensada, Renata -dijo la marquesa con una sonrisa de ternura que rara vez brillaba en su
rostro áspero y seco-; sin embargo, el corazón de la mujer es de tal naturaleza que aunque árido y endurecido
por las exigencias sociales, siempre guarda un rincón fértil y amable, el que Dios ha consagrado
al amor de madre.
-Estáis perdonada… Ahora oíd, Villefort: dije que los bonapartistas no tenían ni nuestra convicción, ni
nuestro entusiasmo, ni nuestro desinterés.
-¡Oh, señora! Por lo menos tienen algo que reemplace a eso: el fanatismo. Napoleón es el Mahoma de
Occidente; es para todos esos hombres vulgares, aunque ambiciosos como nunca los hubo, no sólo un
legislador, sino un tipo, el tipo de la igualdad.
-¡De la igualdad! -exclamó la marquesa-. ¡Napoleón, tipo de la igualdad! Y entonces, ¿qué es el señor
de Robespierre? Creo que le quitáis de su lugar para colocar en él al corso; bastábale con su usurpación.
-No, señora -repuso Villefort-, dejo a cada cual en su puesto: a Robespierre en la plaza de Luis XV
sobre el cadalso; a Napoleón, en la plaza de Vendôme sobre su columna; con la diferencia de que el uno
ha creado la igualdad que abate; el otro, la igualdad que eleva; el uno ha puesto a los reyes al nivel de la
guillotina; el otro ha elevado al pueblo al nivel del trono. Pero eso no impide -añadió Villefort riendo- que
los dos sean unos infames revolucionarios, y que el 9 de Termidor y el 4 de abril de 1814 sean dos días
felices para Francia, y dignos de ser igualmente celebrados por los amigos del orden y de la monarquía;
pero esto explica también cómo, aunque caído para no levantarse jamás, Napoleón ha conservado sus
adeptos. ¿Qué queréis, marquesa? Cromwell, que no fue ni la mitad de lo que Napoleón, tuvo también los
suyos.
-¿Sabéis, Víllefort, que lo que estáis diciendo presenta un matiz algo revolucionario? Pero os perdono:
le es imposible a un hijo de un girondino no conservar cierto apego al terror.
Villefort, sonrojándose, repuso:
-Es cierto que mi padre era girondino, señora, es verdad; pero mi padre no votó la muerte del rey;
estuvo proscrito por ese mismo terror que os proscribía, y poco le faltó para perder la cabeza en el mismo
cadalso en que la perdió vuestro padre.
-Sí -dijo la marquesa, sin alterarse por este horrible recuerdo-; con la diferencia que hubieran alcanzado
un mismo fin por diferentes medios, como lo demuestra el que toda mi familia haya permanecido siempre
unida a los príncipes desterrados, mientras que vuestro padre ha tenido a bien unirse al nuevo gobierno, y
tras haber sido girondino el ciudadano Noirtier, el conde Noirtier se haya hecho senador.
-¡Mamá! ¡Mamá! -balbució Renata-. Bien sabéis que hemos convenido en no renovar tristes recuerdos.
-Señora -respondió Villefort-, uno mis ruegos con los de la señorita de Saint-Meran para que olvidéis lo
pasado. ¿A qué echarnos unos a otros en cara cosas que el mismo Dios no puede impedir? Porque Dios
puede cambiar el porvenir, mas no el pasado. Lo que nosotros, los hombres, podemos solamente es
cubrirlo con un velo. ¡Pues bien!, yo me he separado no solamente de la opinión, sino del nombre de mi
padre. Mi padre ha sido o es aún bonapartista, y se llama Noirtier; yo soy realista y me llamo de Villefort.
Dejad que en el caduco tronco se seque un resto de savia revolucionaria, y no miréis, señora sino al retoño
que se separa de este mismo tronco, sin poder, y acaso diga… sin querer separarse enteramente.
-¡Muy bien, Villefort! -dijo el marqués-, ¡muy bien! ¡Buena respuesta! Yo suplico continuamente a la
marquesa que olvide lo pasado, sin poder conseguirlo: veremos si vos sois más afortunado.
-Sí, está bien -respondió la marquesa-; olvidemos lo pasado; no deseo otra cosa; mas, por lo menos, que
Villefort sea inflexible en adelante. No os olvidéis de que hemos respondido de vos a S. M.; que S. M. ha
tenido a bien olvidarlo todo, de la misma manera que yo lo hago accediendo a vuestra súplica. Pero si
cayese en vuestras manos un conspirador, cuenta con lo que hacéis, porque habéis de daros cuenta de que
se os vigila muy particularmente, por pertenecer a una familia que puede estar relacionada con los
conspiradores.
-¡Ay, señora! -dijo Villefort-; mi profesión, y sobre todo los tiempos en que vivimos me obligan a ser
muy severo. Pues bien, lo seré. He tenido que sostener algunas acusaciones políticas, y estoy ya como
quien dice probado. Por desgracia, todavía no hemos concluido.
-Pues ¿cómo? -dijo la marquesa.
-Tengo temores casi ciertos. Napoleón en la isla de Elba no está muy lejos de Francia; su presencia casi
a vista de nuestras costas sostiene la esperanza de sus partidarios. Marsella está llena de oficiales sin
colocación, que disputan todos los días con los realistas, de lo cual resultan duelos entre personas de clase
elevada, asesinatos entre el vulgo.
-A propósito -dijo el conde de Salvieux, antiguo amigo del señor de Saint-Meran y chambelán del
conde de Artois-; ¿ignoráis que la Santa Alianza desaloja a Napoleón de donde está?
-Sí, cuando salimos de París no se hablaba de otra cosa -respondió el señor de Saint-Meran-. ¿Y adónde
le envían?
-A Santa Elena.
-¿A Santa Elena? ¿Y eso qué es? -preguntó la marquesa.
-Una isla situada a dos mil leguas de aquí, más allá del Ecuador -respondió el conde.
-Gran locura era en verdad, como dice Villefort, dejar a semejante hombre entre Córcega, donde ha
nacido, entre Nápoles, donde aún reina su cuñado, y enfrente de Italia, de la que iba a formar un reino
para su hijo.
-Por desgracia -dijo Villefort-, los tratados de 1814 impiden que se toque ni aun el pelo de la ropa de
Napoleón.
-Pues se faltará a esos tratados -repuso el señor de Salvieux ¿Tuvo él tantos escrúpulos en fusilar al
desgraciado duque le Enghien?
-Sí -añadió la marquesa-, está convenido. La Santa Alianza libra a Europa de Napoleón, y Villefort
libra a Marsella de sus partidarios. O el rey reina o no reina. Si reina, su gobierno debe ser fuerte y sus
agentes inflexibles; único medio de impedir el mal.
-Desgraciadamente, señora -dijo Villefort sonriendo-, un sustituto del procurador del rey acude siempre
cuando el mal está hecho.
-Entonces su deber es repararlo.
-También pudiera yo deciros, señora, que a él no le toca repararlo, aunque sí vengarlo.
-¡Oh, señor de Villefort! -dijo una hermosa joven, hija del conde de Salvieux y amiga de la señorita de
Saint-Meran-; procurad que se vea alguna causa de ésas mientras residimos en Marsella. Nunca he
asistido a un tribunal, y me han dicho que es cosa curiosa.
-¡Oh!, sí, muy curiosa en efecto, señorita -respondió el sustituto-, porque en lugar de una tragedia
fingida, lo que allí se representa es un verdadero drama; en lugar de los dolores aparentes, son dolores
reales. El hombre que se presenta allí, en lugar de volver, cuando se corre el telón, a entrar tranquilamente
en su casa, a cenar con su familia, a acostarse y conciliar pronto el sueño para volver a sus tareas al día
siguiente, entra en una prisión donde le espera tal vez el verdugo. Bien veis que para las personas
nerviosas que desean emociones fuertes no hay otro espectáculo mejor que ése. Descuidad, señorita, si se
presentase la ocasión, ya os avisaré.
-¡Nos hace temblar…, y se ríe! -dijo Renata palideciendo.
-¿Qué queréis? -replicó Villefort-; esto es como si dijéramos… un desafío… Por mi parte he pedido ya
cinco o seis veces la pena de muerte contra acusados por delitos políticos… ¿Quién sabe cuántos puñales
se afilan a esta hora o están ya afilados contra mí?
-¡Oh, Dios mío! -dijo Renata cada vez más espantada-; ¿habláis en serio, señor de Villefort?
-Lo más serio posible -replicó el joven magistrado sonriéndose-. Y con los procesos que desea esta
señorita para satisfacer su curiosidad, y yo también deseo para satisfacer mi ambición, la situación no
hará sino agravarse. ¿Pensáis que esos veteranos de Napoleón que no vacilaban en acometer ciegamente
al enemigo, en quemar cartuchos o en cargar a la bayoneta, vacilarán en matar a un hombre que tienen por
enemigo personal, cuando no vacilaron en matar a un ruso, a un austriaco o a un húngaro a quien nunca
habían visto? Además, todo es necesario, porque a no ser así no cumpliríamos con nuestro deber. Yo
mismo, cuando veo brillar de rabia los ojos de un acusado, me animo, me exalto; entonces ya no es un
proceso, es un combate; lucho con él, y el combate acaba, como todos los combates, en una victoria o en
una derrota. A esto se le llama acusar; ésos son los resultados de la elocuencia. Un acusado que se
sonriera después de mi réplica me haría creer que hablé mal, que lo que dije era pálido, flojo, insuficiente.
Figuraos, en cambio, qué sensación de orgullo experimentará un procurador del rey cuando, convencido
de la culpabilidad del acusado, le ve inclinarse bajo el peso de las pruebas y bajo los rayos de su
elocuencia… La cabeza que se inclina caerá inevitablemente.
Renata profirió una exclamación.
-Eso es saber hablar -dijo uno de los invitados.
-Ese es el hombre que necesitamos en estos tiempos -añadió otro.
-Cuando estuvisteis inspiradísimo, querido Villefort -indicó un tercero- fue cuando… esa última
causa…, ¿no recordáis?, la de aquel hombre que asesinó a su padre. En realidad, primero lo matasteis vos
que el verdugo.
-¡Oh…!, para los parricidas no debe haber perdón -dijo Renata-; para esos crímenes no hay suplicio
bastante grande; mas para los desgraciados reos políticos…
-¡Para los reos políticos, mucho menos aún, Renata -exclamó la marquesa-, porque el rey es el padre de
la nación, y querer destronar o matar al rey, es querer matar al padre de treinta y dos millones de almas!
-También admito eso, señor Villefort -repuso Renata-, si me prometéis ser indulgente con aquellos que
os recomiende yo.
-Descuidad -dijo Villefort con una sonrisa muy tierna-, sentenciaremos juntos.
-Hija mía-dijo la marquesa-, atended vos a vuestras fruslerías caseras y dejad a vuestro futuro esposo
cumplir con su deber. Hoy las armas han cedido su puesto a la toga, como dice cierta frase latina.. .
-Cedant arma togae -añadió Villefort inclinándose.
-No me atrevía a hablar en latín -prosiguió la marquesa.
-Me parece que estaría más contenta si fueseis médico -replicó Renata-. El ángel exterminador, aunque
ángel, me asusta mucho.
-¡Qué buena sois! -murmuró Villefort con una mirada amorosa.
-Hija mía -añadió el marqués-, el señor Villefort será médico moral y político de este departamento. El
cargo no puede ser más honroso.
-Y así hará olvidar el que ejerció su padre -añadió la incorregible marquesa.
-Señora -repuso Villefort con triste sonrisa-, ya he tenido el honor de deciros que mi padre abjuró los
errores de su vida pasada; que se ha hecho partidario acérrimo de la religión y del orden, realista, y acaso
mejor realista que yo, pues lo es por arrepentimiento, y yo lo soy por pasión.
Dicha esta frase, para juzgar Villefort del efecto que producía, miró alternativamente a todos lados,
como hubiera mirado en la audiencia a su auditorio tras una frase por el estilo.
-Exactamente, querido Villefort -repuso el conde de Salvieux-, eso mismo decía yo anteayer en las
Tullerías al ministro que se admiraba de este enlace singular entre el hijo de un girondino y la hija de un
oficial del ejército de Condé: mis razones le convencieron. Luis XVIII profesa también el sistema de
fusión, y como nos estuviese escuchando sin nosotros saberlo, salió de repente y dijo: «Villefort (reparad
que no pronunció el apellido Noirtier, sino que recalcó el de Villefort), Villefort hará fortuna. Además de
pertenecer en cuerpo y alma a mi partido, tiene experiencia y talento. Pláceme que el marqués y la
marquesa de Saint-Meran le concedan la mano de su hija, y yo mismo se lo aconsejaría de no habérmelo
ellos consultado y pedido mi autorización.»
-¿Eso dijo el rey? -exclamó Villefort lleno de gozo.
-Textualmente, y si el marqués es franco os lo confirmará. Una escena semejante le ocurrió con S. M.
cuando le habló de esta boda hace seis meses.
-Es verdad -añadió el marqués.
-¡Todo en el mundo lo deberé a ese gran monarca! ¿Qué no haría yo por su servicio?
-Así me gusta -añadió la marquesa-. Vengan ahora conspiradores y ya verán…
-Yo, madre mía -dijo al punto Renata-, ruego a Dios que no os escuche, y que solamente depare al
señor de Villefort rateros y asesinos. Así dormiré tranquila.
-Es como si para un médico deseara calenturas, jaquecas, sarampiones, enfermedades, en fin, de nonada
-repuso Villefort sonriendo-. Si deseáis que ascienda pronto a procurador del rey, pedid por el contrario
esos males agudos cuya curación honra.
En aquel momento, como si hubiese la casualidad esperado el deseo de Villefort para satisfacérselo, un
criado entró a decirle algunas palabras al oído. Inmediatamente se levantó de la mesa el sustituto,
excusándose, y regresó poco después lleno de alegría.
Renata le contemplaba amorosa, porque en aquel momento Villefort, con sus ojos azules, su pálida tez
y sus patillas negras, estaba, en verdad, apuesto y elegante. La joven parecía pendiente de sus labios,
como en espera de que explicase aquella momentánea desaparición.
-A propósito, señorita -dijo al fin Villefort-, ¿no queríais tener por marido un médico? Pues sabed que
tengo siquiera con los discípulos de Esculapio (frase a la usanza de 1815) una semejanza, y es que jamás
puedo disponer de mi persona, y que hasta de vuestro lado me arrancan en el mismo banquete de bodas.
-¿Y para qué? -le preguntó la joven un tanto inquieta.
-¡Ay! Para un enfermo, que si no me engaño está in extremis. La enfermedad es tan grave que quizá
termine en el cadalso.
-¡Dios mío! -exclamó Renata palideciendo.
-¿De veras? -dijeron a coro todos los presentes.
-Según parece, se acaba de descubrir un complot bonapartista.
-¿Será posible? -exclamó la marquesa.
-He aquí lo que dice la delación -y leyó Villefort en voz alta-: «Un amigo del trono y de la religión
previene al señor procurador del rey que un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, que llegó esta
mañana de Esmirna, después de haber tocado en Nápoles y en Porto-Ferrajo, ha recibido de Murat una
carta para el usurpador, y de éste otra carta para la junta bonapartista de París.
»Fácilmente se tendrá la prueba de su delito, prendiéndole, porque la carta se hallará en su persona, o
en casa de su padre, o en su camarote, a bordo de El Faraón.»
-Pero esta carta -dijo Renata-, además de ser un anónimo, no se dirige a vos, sino al procurador del rey.
-Sí, pero con la ausencia del procurador, el secretario que abre sus cartas abrió ésta, mandóme buscar, y
como no me encontrasen, dispuso inmediatamente el arresto del culpable.
-¿De modo que está preso el culpable? -preguntó la marquesa.
-Decid mejor el acusado -repuso Renata.
-Sí, señora, y conforme a lo que hace unos instantes tuve el honor de deciros, si damos con la carta
consabida, el enfermo no tiene cura.
-¿Y dónde está ese desdichado? -le preguntó Renata.
-En mi casa.
-Pues corred, amigo mío -dijo el marqués-. No descuidéis por nuestra causa el servicio de S. M.
-¡Oh, Villefort! -balbució Renata juntando las manos-. ¡Indulgencia! Hoy es el día de nuestra boda.
Villefort dio una vuelta a la mesa, y apoyándose en el respaldo de la silla de la joven, le dijo:
-Por no disgustaros, haré cuanto me sea posible, querida Renata; pero si no mienten las señas, si es
cierta la acusación, me veré obligado a cortar esa mala hierba bonapartista.
Estremecióse Renata al oír la palabra cortar, porque la hierba en cuestión tenía una cabeza sobre los
hombros.
-¡Bah! -dijo la marquesa-, no os preocupéis por esa niña, Villefort; ya se irá acostumbrando.
Diciendo esto, presentó al sustituto una mano descarnada, que él besó, aunque con los ojos clavados en
Renata, como si le dijese:
“Vuestra mano es la que beso…, o la que quisiera besar ahora”.
-¡Mal agüero! -murmuró Renata.
-¿Qué bobadas son ésas? -le contestó su madre-. ¿Qué tiene que ver la salud del Estado con vuestro
sentimentalismo ni con vuestras manías?
-¡Oh, madre mía! -murmuró Renata.
-Disculpad a esa mala realista, señora marquesa -dijo Villefort-. Yo, en cambio, os prometo cumplir
mis obligaciones de sustituto de procurador del rey a conciencia, es decir, con atroz severidad.
Pero al decir estas palabras, las miradas que a hurtadillas dirigía a su novia decíanle a ésta:
-«Tranquilizaos, Renata: por vuestro amor seré indulgente.»
Renata pagóle estas miradas con una tan dulce sonrisa, que Villefort salió de la estancia lleno de
alborozo.
Capítulo séptimo
El interrogatorio
Apenas hubo salido del comedor, despojóse el sustituto de su risueña máscara, tomando el aspecto
grave de quien va a decidir la vida o la muerte de un hombre. Sin embargo, aunque obligado a mudar su
fisonomía, cosa que alcanzó el sustituto a fuerza de trabajo y tal vez ensayándose al espejo como los
cómicos, en esta ocasión le fue doblemente difícil fruncir las cejas y dar a sus facciones la gravedad
oportuna.
Puesto que, dejando a un lado el recuerdo de las opiniones políticas de su padre, que podían en lo
futuro impedirle su fortuna, Gerardo de Villefort era completamente feliz en aquel momento. Rico de
suyo, además de gozar a los veintinueve años de una posición brillante en la magistratura, iba a casarse
con una joven hermosa, a quien amaba, si no con ciega pasión, por lo menos razonablemente, como puede
amar un sustituto del procurador del rey. Además de su belleza, notable sin duda alguna, la señorita de
Saint-Meran, su futura esposa, pertenecía a una de las familias más importantes por aquel entonces, y con
la influencia de su padre, que por ser hija única Renata pasaría al yerno enteramente, llevaba en dote
cincuenta mil escudos, que con las esperanzas -palabra horrible inventada por los que hacen del
matrimonio un juego de cubiletes- podía aumentarse un día hasta medio millón con una herencia. Todos
estos elementos reunidos componían, pues, para Villefort, una suma increíble de felicidad, de tal manera
que le faltaba poco para escupir al sol.
El comisario de policía le esperaba a la puerta. La vista de este hombre hízole caer de su cielo a nuestro
mundo material. Reformó su semblante de la manera que hemos dicho, y acercándose al oficial de
justicia:
-Ya me tenéis aquí -le dijo- He leído vuestra carta: hicisteis bien al prender a ese hombre. Referidme
ahora cuanto sepáis de él y de su conspiración.
-De la conspiración, señor, no sabemos nada todavía. En un legajo sellado tenéis sobre vuestro bufete
cuantos papeles le hemos encontrado. Del preso tan sólo podré deciros que, según reza la carta que habéis
visto, es un tal Edmundo Dantés, segundo de El Faraón, bergantín propio de la casa Morrel, que hace el
comercio de algodón con Alejandría y Esmirna.
-Antes de pertenecer a la marina mercante, ¿había servido quizás en la de guerra?
-No, señor. ¡Si es muy joven!
-¿Qué edad tiene?
-Diecinueve o veinte años, a lo sumo.
En este momento llegaba Villefort con el comisario a la parte de la calle Grande en que desemboca la
de los Consejos. Un hombre que estaba como esperándole, salió a su encuentro. Era el señor Morrel.
-¡Ah!, señor de Villefort -exclamó el buen hombre al ver al sustituto-. ¡Gracias a Dios que os
encuentro! Sabed que acaba de cometerse la más escandalosa, la más terrible arbitrariedad. Acaban de
prender al segundo de mi Faraón, al joven Edmundo Dantés.
-Ya lo sé, caballero -respondió Villefort-; y ahora voy a tomarle declaración.
-¡Oh, caballero! -prosiguió el naviero, llevado de su amistad hacia el joven-, vos no conocéis al
acusado, yo sí, yo le conozco. Es el hombre más honrado y digno, y aún diré más entendido en su oficio
que haya en toda la marina mercante. ¡Oh, señor de Villefort! ¡Os lo recomiendo encarecidamente!
Como ya habrán comprendido los lectores, pertenecía Villefort al partido noble de la ciudad, y Morrel
al plebeyo: con lo que el primero era ultrarrealista, y al segundo se le tildaba de bonapartista.
Miró Villefort desdeñosamente a Morrel, y le dijo con frialdad:
-Debéis comprender, caballero, que puede un hombre ser amable en su vida privada, honrado en sus
relaciones comerciales, y ser, sin embargo, un gran culpable en política. Lo comprendéis así, ¿no es
verdad?
Y recalcó el magistrado estas últimas palabras, como queriéndolas aplicar al armador, mientras con su
mirada escrutadora penetraba al fondo del corazón de aquel hombre, que se atrevía a interceder por otro,
necesitando él mismo de indulgencia. Morrel se sonrojó, porque en punto a cosas políticas no tenía muy
limpia la conciencia, y porque no se le apartaba de la memoria lo que Edmundo le había dicho de su
entrevista con el gran mariscal, y de las palabras del emperador. Sin embargo, añadió con el interés más
vivo:
-Suplícoos, señor de Villefort, que justo como debéis de serlo, y bondadoso como sois, nos devolváis
pronto al pobre Dantés.
Este nos devolváis resonó revolucionariamente en los oídos del sustituto.
-¡Vaya! ¡Vaya! -murmuró para su capote-: nos devolváis... ¿Si estará afiliado este Dantés en alguna
sociedad secreta? Cuando su protector usa sencillamente de la fórmula colectiva… Creo que el comisario
dice que le prendió en una taberna en medio de mucha gente… Esto merece la pena de pensarlo
seriamente.
Luego añadió en voz alta:
-Podéis, caballero, estar tranquilo, que no en vano apeláis a mi justicia si el preso es inocente; pero si es
culpable, me veré obligado a cumplir con mi obligación, pues en las circunstancias difíciles y azarosas en
que nos hallamos, sería la impunidad muy mal ejemplo.
Y habiendo llegado Villefort a la puerta de su casa, inmediata al Palacio de Justicia, entró en ella
majestuosamente, después de saludar con mucha ceremonia al desdichado naviero, que se quedó como
petrificado.
Estaba llena la antecámara de gendarmes y agentes de policía, y entre ellos el preso, de pie, inmóvil y
tranquilo, aunque todos le miraban con expresión rencorosa.
Atravesó Villefort la antecámara mirando a Dantés de reojo, y después de recibir un legajo de manos de
un agente, desapareció diciendo:
-Que conduzcan aquí al preso.
Por rápida que fuese, aquella mirada bastó a Villefort para formarse una idea del hombre a quien iba a
interrogar. En aquella frente despejada y ancha había adivinado la inteligencia, el valor en aquellos ojos
fijos y aquel fruncido entrecejo, y la franqueza en aquellos labios gruesos y entreabiertos, que dejaban ver
sus dientes, blancos como el marfil.
La primera impresión había sido favorable a Dantés; pero como Villefort había oído asegurar muchas
veces como máxima de profunda política, que es bueno desconfiar de nuestro primer impulso, aplicó a la
ocasión la máxima, sin tener en cuenta la diferencia que va del impulso a la impresión.
Por lo tanto, ahogó los sanos instintos que se despertaban en su corazón, compuso al espejo su
fisonomía como para caso tan grave, y sombrío y amenazador sentóse delante de su bufete.
Un instante después entró Edmundo, que estaba muy pálido, aunque tranquilo y sonriendo. Saludó a su
juez con cortés desembarazo, y se puso a buscar con los ojos una silla, como si estuviese en casa de su
armador.
Entonces sus ojos tropezaron con la mirada impasible de Villefort, con aquella impasible mirada propia
de los hombres de mundo, sin transparencia. Y esto hizo que el pobre joven reconociese cuál era su
verdadera situación.
-¿Quién sois, y cómo os llamáis? -le preguntó Villefort hojeando las notas que recibiera del agente al
entrar, notas que en una hora habían alcanzado más que mediano volumen: tanto obra la corrupción de los
espías en esto de prisiones.
-Me llamo Edmundo Dantés -respondió el joven con voz sonora y tranquila-; soy segundo de El
Faraón, buque perteneciente a los señores Morrel e hijos.
-¿Vuestra edad?
-Diecinueve años -respondió Dantés.
-¿Qué hacíais cuando os prendieron?
-Hallábame en la comida de mi boda, señor -repuso el joven con voz literalmente conmovida, por el
contraste que hacía aquel recuerdo con su situación, y el sombrío rostro del sustituto, con la hermosa
figura de Mercedes.
-¡Comida de boda! -repitió Villefort, estremeciéndose a pesar suyo.
-Sí, señor; voy a casarme pronto con una mujer a quien amo hace tres años.
A pesar de su ordinario estoicismo, conmovió a Villefort esta coincidencia, que junto con la voz
melancólica de Dantés, despertaba en el fondo de su alma una dulce simpatía. El también, como aquel
joven, se casaba; él también era dichoso, y fueron a turbar su dicha para que él turbara a su vez la de
aquel joven.
«Esta homogeneidad filosófica -pensó interiormente- sorprenderá mucho a los convidados, cuando yo
vuelva a casa de Saint-Meran.»
En seguida, mientras Dantés esperaba que siguiese el interrogatorio, se puso a componer en su
imaginación el discurso que debía de pronunciar, lleno de antítesis sorprendentes, y de esas frases
pretenciosas que tal vez son tenidas por la verdadera elocuencia.
Terminada en su mente la elocuente perorata, sonrió Villefort seguro de su éxito, y encarándose con
Dantés:
-Proseguid -le dijo.
-¿Qué queréis que diga?
-Todo aquello que pueda ilustrar a la justicia.
-Dígame la justicia en qué quiere que la ilustre, y obedeceré de todo en todo: aunque le prevengo
-añadió con una sonrisa- que cuanto puedo decir es de poca monta.
-¿Habéis servido bajo el mando del usurpador?
-Su caída estorbó que me viese incorporado a la marina de guerra.
-Dicen que vuestras opiniones políticas son exageradas -prosiguió Villefort, que aunque nada sabía de
esto, quiso darlo por seguro, porque le sirviera de añagaza.
-¡Yo opiniones políticas, señor! ¡Ah!, casi me da vergüenza el decirlo, pero nunca he tenido opinión.
Con mis diecinueve años escasos, como ya os dije, ni sé nada, ni estoy destinado a otra cosa que a la
plaza que mis navieros quieran otorgarme. Así, pues, todas mis opiniones, no digo políticas, sino
privadas, se resumen en tres sentimientos: el cariño de mi padre, el respeto al señor Morrel y el amor de
Mercedes. Es cuanto puedo decir a la justicia. Supongo que no le debe de importar mucho.
A medida que Dantés hablaba, Villefort estudiaba aquel rostro tan franco y dulce a la vez, y recordaba
las palabras de Renata, que sin conocerle intercedió por aquel preso. Ayudado del conocimiento que ya
tenía de los crímenes y de los criminales, hallaba en cada frase de Dantés una prueba de su inocencia.
Aquel joven, o mejor dicho, aquel muchacho sencillo, natural, elocuente, con esa elocuencia del corazón
que jamás encuentra el que la busca, henchido de afectos para todos, porque era dichoso, cosa que trueca
en buenos a los hombres malos, contagiaba en su dulce afabilidad hasta a su mismo juez. A pesar de lo
severo que se le mostraba Villefort, ni en sus miradas, ni en su voz, ni en sus acciones, tenía Edmundo
para él más que bondad y dulzura.
-¡Cáspita! -exclamó para sí Villefort-. ¡Qué joven tan interesante! No me costará mucho trabajo
cumplir el primer deseo de Renata…, lo que me valdrá además un buen apretón de manos de todo el
mundo.
De tal modo serenó esta esperanza el ceño de Villefort, que cuando volvió a ocuparse de Dantés, el
joven, que había observado atentamente las mudanzas de su rostro, le sonreía también como su pensamiento.
-¿Tenéis enemigos? -le preguntó Villefort.
-¡Enemigos yo! -repuso Dantés-. Afortunadamente valgo poco para tenerlos. Aunque mi carácter es tal
vez demasiado vivo, procuro siempre refrenarlo con mis subordinados. Diez o doce marineros tengo a mis
órdenes. Que se les pregunte y os responderán que me aprecian y me respetan, no diré como a un padre,
que soy muy joven para eso, sino como a un hermano mayor.
-Si no enemigos, podéis tener rivales. Vais a ser capitán a los diecinueve años, lo que para los vuestros
es una posición elevada: ibais a casaros con una mujer que os quiere, felicidad rarísima en la tierra. Estos
favores del destino os pueden acaso granjear envidias.
-Sí, tenéis razón. Es muy posible, cuando vos lo decís: vos, que debéis conocer el mundo mejor que yo;
pero si estos rivales fuesen amigos míos, os declaro que no deseo conocerlos por no verme obligado a
aborrecerlos.
-Os equivocáis, Dantés. Importa mucho conocer el terreno que pisamos, y de mí sé decir que me
parecéis tan bueno, que por vos me separaré de las ordinarias fórmulas de la justicia, ayudándoos a descubrir
quién sea el que os denuncia. Aquí tenéis la carta que me han dirigido. ¿Reconocéis la letra?
Y sacando la denuncia de su bolsillo la presentó Villefort a Dantés. Al leerla éste pasó como una
sombra por sus ojos, y respondió:
-No conozco la letra, porque está de propósito disfrazada, aunque correcta y firme. De seguro la trazó
mano habilísima. ¡Cuán feliz soy -añadió, mirando a Villefort con gratitud-, cuán feliz soy en haber dado
con un hombre como vos, pues reconozco en efecto que el que ha escrito ese papel es un verdadero
enemigo!
Y en la fulminante mirada con que acompañó el joven estas frases, pudo comprender Villefort cuánta
energía se ocultaba bajo aquella apariencia de dulzura.
-Seamos francos -dijo el sustituto-, habladme no como preso al juez, sino como hombre en una posición
falsa a otro que se interesa por él. ¿Qué hay de verdad en esto de la acusación anónima?
Y Villefort arrojó con disgusto sobre su bufete la carta que Dantés acababa de devolverle.
-Todo y nada, señor: voy a deciros la pura verdad, por mi honor de marino, por el amor de Mercedes y
por la vida de mi padre.
-Hablad -dijo en voz alta Villefort.
Luego añadió para sí:
«Si Renata me viese, creo que quedaría contenta de mí, y no me llamaría ya corta-cabezas.»
-Oíd, señor. Al salir de Nápoles, el capitán Leclerc se sintió atacado de calentura cerebral. Como no
había médico a bordo, y el capitán se negaba a que desembarcásemos en cualquier punto de la costa,
porque tenía prisa en llegar a la isla de Elba, su enfermedad subió de punto hasta que a los tres días,
sintiéndose acabar, me llamó y me dijo:
«-Querido Dantés, juradme por vuestro honor que haréis lo que os voy a encargar ahora. De ello
dependen los mayores intereses.
»-Lo juro, capitán-le respondí.
»-Pues oíd. Como después de que yo muera os pertenece el mando del Faraón, en calidad de segundo,
lo tomaréis, y haciendo rumbo a la isla de Elba desembarcaréis en Porto-Ferrajo, preguntaréis por el gran
mariscal y le entregaréis esta carta. Acaso entonces os darán otra con una comisión, que me estaba
reservada a mí. La cumpliréis y todo el honor será vuestro.
»-Así lo haré, mi capitán; pero supongo que no será tan fácil como pensáis el llegar hasta el gran
mariscal.
»-Esta sortija os abrirá todas las puertas, y allanará todas las dificultades -respondió Leclerc.
»Y me entregó la sortija. Ya era tiempo, porque dos horas después deliraba, y a la mañana siguiente
había ya muerto.
-¿Qué hicisteis entonces?
-Lo que debía, señor, lo que otro cualquiera en mi lugar hubiera hecho. Siempre son sagrados los
deseos de un moribundo, y entre los marinos, órdenes. Hice, pues, rumbo a la isla de Elba, adonde llegué
a la mañana siguiente, desembarcando yo solo, después de mandar que nadie se moviese. Conforme había
previsto se me presentaron algunas dificultades para ver al gran mariscal, pero todas las allanó la sortija.
Tras rogarme que le refiriera los detalles de la muerte de Leclerc, como el pobre capitán había
sospechado, me entregó una carta encargándome que la llevara en persona a París. Prometíselo
resueltamente porque así cumplía también la última voluntad de mi capitán.
»Lo demás ya lo sabéis. Desembarqué en Marsella, arreglé todos los asuntos de aduana y sanidad, y
corrí por último a ver a mi novia, que he encontrado más bella y más encantadora que nunca. Gracias al
señor Morrel todas las diligencias eclesiásticas se apresuraron, de modo que cuando me prendieron asistía
como dije a la comida de boda. Una hora después pensaba casarme y partir mañana a París, cuando esta
maldita denuncia que parece despreciáis tanto como yo…
-Sí, sí -murmuró Villefort-, todo lo creo, y a ser culpable lo sois de imprudencia, aunque imprudencia
legítima, pues vuestro capitán os la impuso. Por consiguiente, dadme esa carta de la isla de Elba, y con
palabra de presentaros así que os llame, podéis volver al lado de vuestros amigos.
-¿Conque, es decir, que ya estoy libre, señor? -exclamó Dantés lleno de júbilo.
-Sí, pero dadme primero esa carta.
-Debe de estar en vuestro poder, porque en ese paquete reconozco algunos papeles de los que me
cogieron.
-Aguardad -dijo el sustituto a Dantés, que ya cogía su sombrero y sus guantes-; ¿a quién iba dirigida?
-Al señor Noirtier, calle de Coq-Heron, París.
Un rayo que hiriera a Villefort no le trastornara más que este imprevisto golpe. Dejóse caer sobre su
asiento, del que se había separado un si es no es para asir el legajo, y ojeándolo precipitadamente,
entresacó la carta fatal, contemplándola con terror indescriptible.
-¡Al señor Noirtier, calle de Coq-Heron, número 13! -murmuró palideciendo cada vez más.
-Sí, señor -respondió Dantés-. ¿Le conocéis?
-No -respondió el sustituto vivamente-. Un fiel servidor del rey no conoce a los conspiradores.
-¿Es una conspiración? -le preguntó Edmundo, que después de haberse creído libre empezaba de nuevo
a asustarse-. De todos modos, os lo repito, señor, ignoraba el contenido de esa carta.
. -Sí -repuso Villefort con voz sorda-, pero no ignorabais el nombre de la persona a quien va dirigida.
-Era preciso que lo supiese para poder entregársela a él mismo.
-¿Y no se la habéis enseñado a nadie? -dijo Villefort leyendo y demudándose al mismo tiempo.
-A nadie; os lo juro por mi honor.
-¿Ignora todo el mundo que sois portador de una carta de la isla de Elba para el señor Noirtier?
-Todo el mundo, señor…, salvo la persona que me la entregó.
-Eso ya es mucho…, muchísimo-murmuró Villefort.
Su frente fruncíase cada vez más, a medida que proseguía la lectura de la carta: sus labios blancos, sus
manos temblorosas, sus ojos sanguinolentos, hacían cruzar por el cerebro de Dantés las más dolorosas
fantasías.
Terminada la lectura, el sustituto dejó caer la cabeza entre las manos, permaneciendo un instante como
fuera de sí.
-¡Dios mío! ¿Qué ocurre de nuevo? -preguntó tímidamente Dantés.
Villefort no respondió, y al cabo de un rato volvió a levantar su rostro descompuesto para releer la
misiva.
-¿Decís que no sabéis el contenido de esta carta? -volvió a preguntar a Edmundo.
-Os juro por mi honor -respondió Dantés-, que lo ignoraba, pero, ¡Dios mío!, ¿qué tenéis? ¿Estáis
malo? ¿Queréis que llame?
-No, señor -dijo el sustituto levantándose vivamente-; no abráis la boca, no digáis una palabra. Yo soy
quien manda aquí, no vos.
-Era, señor, no más que por ayudaros -dijo Dantés un tanto herido en su amor propio.
-De nada necesito; fue un mareo pasajero. Ocupaos de vos: dejadme a mí. Responded.
Dantés esperó el interrogatorio que auguraba este mandato; pero vanamente. Volvió el sustituto a caer
en el sillón, y pasándose por la frente su mano fría se puso a leer la carta por tercera vez.
-¡Oh! ¡Si sabe lo que contiene esta carta, si sabe que Noirtier es padre de Villefort, estoy perdido,
perdido para siempre!
Y de vez en cuando miraba de reojo a Dantés, como si quisiese penetrar ese velo impenetrable que
cubre en el corazón los secretos que no suben a los labios.
-¡Oh! No vacilemos -exclamó de repente.
-Pero en nombre del cielo -exclamó el desdichado joven-, si dudáis de mí, si sospecháis de mi
honradez, interrogadme, que estoy dispuesto a contestaros.
Hizo Villefort un violento esfuerzo sobre sí mismo, y con un acento que en vano procuraba fuese firme:
-Caballero -le dijo-, resultan contra vos los más graves cargos. No está ya en mi poder, como creía
antes, el poneros en libertad ahora mismo. Antes de paso tan grave, debo consultar al juez de instrucción.
Mientras tanto, ya habéis visto de qué manera os traté…
-¡Oh!, sí, señor -exclamó Dantés-, y os lo agradezco en el alma que habéis sido para mí más un amigo
que un juez.
-Pues, amigo, voy a teneros preso algún tiempo todavía, lo menos que pueda. El principal cargo que
existe contra vos es esta carta, y ahora veréis…
Villefort se acercó a la chimenea, y arrojó la carta al fuego, sin apartarse de allí hasta verla convertida
en cenizas.
-Mirad…, ya no existe.
-¡Oh, señor! -exclamó Dantés-; no sois la justicia: sois la Providencia.
-Escuchadme -prosiguió Villefort-: con lo que acabo de hacer me parece que confiaréis en mí, ¿no es
verdad?
-¡Oh, señor! Mandad y seréis obedecido.
No -dijo Villefort, aproximándose al joven-; no son órdenes lo que quiero daros, sino consejos.
-Pues bien, los miraré como si fueran órdenes.
-Hasta la noche os tendré aquí en el palacio de justicia: si otra persona viniese a interrogaros, decidle
todo lo que me habéis dicho, excepto lo de la carta.
-Os lo prometo, señor.
Era como si el juez rogase y el preso concediese.
-Ya comprendéis -añadió mirando las cenizas que aún conservaban la forma de papel, y revoloteaban
en torno a la llama-; ya comprendéis que destruida esta carta y guardando el secreto por vos y por mí,
nadie os la volverá a presentar. Negad, pues, si os hablan de ella, negadlo todo, y os habréis salvado.
-Os lo prometo, señor -dijo Dantés.
-¡Bien! ¡Bien! -añadió Villefort llevando la mano al cordón de la campanilla; pero se detuvo al ir a
cogerlo.
-¿No teníais más carta que ésa? -le preguntó.
-No, señor, era la única.
-Juradlo.
-Lo juro -dijo Dantés extendiendo la mano.
Villefort llamó, y apareció un comisario de policía.
Acercóse Villefort al comisario para decirle al oído ciertas palabras, a las que respondió aquél con una
leve inclinación de cabeza.
-Seguidle -dijo Villefort a Dantés.
Hizo el joven una genuflexión, y con una postrera mirada de gratitud salió de la estancia.
Apenas se cerró tras él la puerta, cuando faltaron las fuerzas al sustituto, y cayendo en un sillón casi
desvanecido, murmuró:
-¡Oh, Dios mío! ¡De qué sirven la vida y la fortuna! Si hubiese estado en Marsella el procurador del
rey, si hubieran llamado al juez de instrucción en lugar mío, segura era mi ruina. Y todo por ese papel,
¡por ese papel maldito! ¡Ah, padre mío, padre mío! ¿Habéis de ser siempre un obstáculo para mi felicidad
en este mundo? ¿He de luchar yo siempre con vuestra vida pasada?
De repente, brilló en toda su fisonomía un fulgor extraordinario: dibujóse en sus labios contraídos aún
una sonrisa; sus ojos vagos parecían como si se fijasen con un solo pensamiento.
-Eso es, sí… -dijo-. Esa carta, que debía perderme, labrará acaso mi fortuna. Ea, Villefort, manos a la
obra.
Y asegurándose de que el reo no estaba ya en la antecámara, salió a su vez el sustituto del procurador
del rey, y se encaminó apresuradamente hacia la casa de su prometida.
Capitulo octavo
El castillo de If
Al atravesar la antecámara, el comisario de policía hizo una seña a dos gendarmes, que en seguida se
colocaron a la derecha y a la izquierda de Dantés. Abrióse una puerta que conducía desde la habitación
del procurador del rey al tribunal de Justicia, y echaron por uno de esos pasadizos sombríos que hacen
temblar a los que por ellos pasan, aunque no tengan por qué temblar.
Así como el despacho de Villefort comunicaba con el tribunal de Justicia, éste comunicaba con la
cárcel, edificio sombrío pegado al palacio. Por todas sus ventanas y balcones se ve el famoso campanario
de los Acoules, que se eleva enfrente.
Tras haber andado un sinnúmero de corredores, vio Dantés abrirse una puerta con un candado de hierro,
como en respuesta a tres golpes que dio el comisario con un martillo de hierro, y que sonaron lúgubremente
en el corazón del preso. Recelaba éste en entrar; pero los dos gendarmes le empujaron
ligeramente, y la puerta volvió a cerrarse. Ya respiraba otro aire, pesado y mefítico: ya estaba en los
calabozos.
Se le condujo a uno, aunque decente, bien guardado de barrotes y cerrojos; pero su aspecto no era para
infundir serios temores. Por otra parte, las palabras del sustituto del procurador del rey, que habían
parecido tan sinceras a Dantés, resonaban en sus oídos todavía como una promesa de esperanza.
Eran las cuatro cuando Dantés entró en su prisión, de manera que la noche llegó muy pronto. Corría,
como hemos dicho, el primero de marzo.
Falto de empleo el sentido de la vista, se le aumentó grandemente el del oído. Creyendo que venían a
ponerle en libertad al rumor más leve, se levantaba al punto encaminándose a la puerta; pero bien pronto
el rumor se perdía en otra dirección, y el preso volvía a caer desesperado sobre su banquillo.
A las diez de la noche, en fin, cuando iba ya perdiendo toda esperanza le pareció que un nuevo ruido se
acercaba en efecto a su prisión. Y así fue. Oyéronse en el corredor unos pasos, que junto a su puerta
cesaron; giró una llave, rechinaron los cerrojos, la pesada puerta de encina se abrió, inundando de luz
deslumbradora la estancia.
Al resplandor veía Edmundo brillar los sables y las alabardas de cuatro gendarmes.
Había dado ya un paso hacia la puerta; pero se detuvo al ver aquel inusitado aparato militar.
-¿Venís a buscarme? -inquirió.
-Sí -respondió uno de los gendarmes.
-¿De parte del sustituto del procurador del rey?
-Eso es lo que creo.
-Estoy pronto a seguiros -lijo entonces Dantés.
Persuadido de que le buscaban de parte de Villefort, no tenía ningún recelo. Adelantóse, pues, con
rostro tranquilo y paso firme, y se colocó él mismo en medio de su escolta.
En la puerta de la calle esperaba un coche. Junto al cochero estaba sentado un guardia municipal.
-¿Es para mí ese carruaje? -preguntó Dantés.
-Para vos -respondió un gendarme-, subid.
Quiso Dantés hacer algunas observaciones; pero la portezuela se abrió, sintiéndose empujado para que
subiese, y como no tenía ni posibilidad ni intención de resistirse, hallóse al punto en el fondo del carruaje,
sentado entre dos gendarmes. Ocuparon los otros dos el asiento de la delantera, y el pesado vehículo se
puso en marcha, causando un ruido sordo y siniestro.
El preso dirigió sus ojos a las ventanillas, pero todas tenían rejas: no había hecho sino mudar de prisión;
solamente que ésta se movía, transportándole a un sitio de él ignorado. A través de los barrotes, tan
espesos que apenas cabía la mano entre ellos, reconoció Dantés que pasaban por la calle de la Tesorería, y
que bajaban al muelle por la calle de San Lorenzo y la de Taramis.
Luego, a través de la reja del coche, vio brillar las luces de la Consigna.
El carruaje se paró, apeóse el municipal y se acercó al cuerpo de guardia, de donde salió al punto una
docena de soldados que se pusieron en fila, viendo Dantés relucir sus fusiles al resplandor de los
reverberos del muelle.
-¿Se desplegará para mí ese aparato de fuerza militar? -murmuró para sus adentros.
Al abrir el municipal la portezuela, que estaba cerrada con llave, respondió a la pregunta de Dantés sin
pronunciar una sola palabra, porque pudo ver entonces entre las dos filas de soldados un como camino
preparado para él desde el carruaje al puerto.
Los dos gendarmes que ocupaban el asiento delantero bajaron los primeros, haciéndole a su vez
apearse, en lo que le imitaron luego los dos que llevaba al lado. Dirigiéronse hacia una lancha que un
aduanero de la marina sujetaba a la orilla con una cadena, mientras los soldados contemplaban al preso
con aire de estúpida curiosidad. Inmediatamente encontróse instalado en la popa, siempre entre los cuatro
gendarmes, y el municipal a la proa. Una violenta sacudida separó el barco de la orilla, y cuatro remeros
vigorosos lo enderezaron hacia el Pillón. A un grito de los remeros bajó la cadena que cierra el puente, y
se encontró Edmundo en lo que se llama el freón, es decir, fuera del puerto.
Al salir al aire libre el primer impulso del preso fue de alborozo, porque el aire significa libertad. Así,
pues, respiró a sus anchas esa brisa ligera que lleva en sus alas los dulcísimos a incomprensibles misterios
de la noche y del mar. Pronto, sin embargo, exhaló un suspiro, porque pasaba por delante de aquella
Reserva donde tan feliz había sido aquella misma mañana, antes de su prisión. Para mayor dolor, a través
de las luminosas rendijas de dos ventanas, los alegres rumores de un baile llegaban a sus oídos.
Dantés, con las manos puestas en actitud de orar, levantó los ojos al cielo.
El bote proseguía su camino, y pasada ya la Téte-de-More, hallábase enfrente de la columna del Faro,
donde dobló. Esta maniobra era incomprensible para Dantés.
-Pero ¿adónde me lleváis? -preguntó a uno de los gendarmes.
-Ahora lo sabréis.
-Pero…
-Nos está prohibido dar ninguna explicación.
Tenía Dantés mucho de soldado, y calló por parecerle cosa absurda el preguntar a hombres a quienes
estaba prohibido responder, y entonces las más bizarras fantasías cruzaron por su imaginación. Como en
tal barco era humanamente imposible hacer una larga travesía, y como no se veía ningún otro buque
anclado por aquellos alrededores, se imaginó que le iban a desembarcar en algún punto lejano de la costa,
diciéndole que estaba libre. Todo contribuía a reforzar con buenos agüeros esta imaginación. Ni estaba
atado, ni intentaron siquiera ponerle grillos. Luego, el sustituto, que tan bien le tratara, ¿no le había dicho
que con tal de que nunca pronunciase aquel nombre fatal de Noirtier nada le sucedería? Ante sus mismos
ojos, ¿no había quemado Villefort aquella carta peligrosa, única prueba que había contra él?
Decidióse, pues, a esperar mudo y pensativo. Sus ojos, acostumbrados a las tinieblas como los de todo
marino, devoraban la oscuridad y el espacio.
Habían dejado a la derecha la isla de Ratonmeau con su faro, y bordeando la costa llegaban a la sazón a
la altura de los Catalanes. Aquí fueron dobles y devoradoras las miradas del preso; porque estaba cerca de
Mercedes, y a cada instante creía ver dibujarse entre las tinieblas de la orilla la forma indecisa y vaga de
una mujer.
¿Cómo el corazón no decía a Mercedes que pasaba su amado a trescientos pasos de ella?
Una luz solamente brillaba en los Catalanes. Al buscar Dantés la posición de esta luz, llegó a
comprender que alumbraba a su novia: Mercedes era, a no dudar, la única que velaba en la colonia. Con
un solo grito que él diera podía oírle y reconocerle.
Un falso amor propio le detuvo, sin embargo. ¿Qué dirían los gendarmes oyéndole gritar como un
demente?
Silencioso y con los ojos clavados en la luz quedó, mientras el barco proseguía su camino, sin pensar ni
en el barco ni en el camino, sino sólo en Mercedes.
Un accidente topográfico hizo que la luz se perdiese de vista. Volvióse Dantés al punto, y conoció que
la embarcación entraba en alta mar.
A pesar de la repugnancia que experimentaba Dantés en dirigir nuevas preguntas al gendarme,
acercándose a él, y tomándole una mano:
-Camarada -le dijo-, suplícoos por vuestra conciencia y a fuer de soldado que tengáis piedad de mí y
me respondáis. Yo soy el capitán Edmundo Dantés, francés bueno y leal, aunque acusado de no sé qué
traición. ¿Adónde me lleváis? Decídmelo, que os doy mi palabra de marino de resignarme a mi suerte.
El gendarme se rascó la oreja mirando a su camarada, que hizo un ademán como si dijese:
-A la altura en que nos hallamos creo que ya no hay peligro.
Y volviéndose el primero a Edmundo:
-¡Siendo marino y marsellés preguntáis adónde vamos! -le dijo.
-Sí, puesto que lo ignoro, palabra de honor.
-¿No sospecháis nada?
-No lo sospecho.
-Es imposible.
-Os lo juro por lo más sagrado. Contestadme en nombre del cielo.
-Pero la consigna…
-La consigna no os prohíbe decirme lo que yo sabré dentro de diez minutos, o tal vez antes. Con
decírmelo me ahorráis siglos de incertidumbre. Os lo pregunto como si fueseis mi amigo. Mirad: ni puedo
ni quiero moverme ni huir. ¿Adónde vamos?
-Si no estáis ciego, como hayáis salido alguna vez por mar de Marsella, podréis adivinarlo.
-Pues no acierto.
-Mirad a vuestro alrededor.
Púsose Dantés de pie, y mirando hacia donde el barco parecía dirigirse, distinguió en la oscuridad, a
cien toesas, la negra y descarnada roca en que campea como una esfinge el sombrío castillo de If.
Esta mole informe, esta prisión terrorífica que provee a Marsella de consejas y tradiciones lúgubres,
como Dantés no pensaba en ella, le hizo al distinguirla aquel efecto que el cadalso hace al que va a morir.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡El castillo de If! ¿Qué vamos a hacer allí?
El gendarme se sonrió.
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