Ana Karenina
6. agosto 2010
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adelantó la mano a Levin, que se la estrechó efusivamente.
–Estoy muy contento de encontrarle de nuevo –dijo Vronsky–. Aquel día, el de las elecciones, estuve
buscándole, pero me dijeron que ya se había marchado usted.
–Sí, me marché aquel mismo día –contestó Levin–. Ahora mismo hablábamos de su caballo –siguió–. Le
felicito.
–Usted también tiene caballos, ¿no?
–No. Mi padre sí tenía, yo no. Pero me acuerdo y entiendo de ellos.
–¿Dónde has comido? –preguntó Esteban Arkadievich a Vronsky.
–Estamos en la segunda mesa. Detrás de las columnas.
–Le han festejado –––dijo el coronel–. Ganó el segundo premio del Emperador. Si tuviese yo tanta suerte
con las cartas como él con los caballos… Pero, estoy perdiendo un tiempo precioso. Voy a la «sala infernal»
–añadió. Y se alejó de la mesa.
–Es Jachvin –––contestó Vronsky a Turovzin, que le había preguntado quién era aquel jefe militar. Y se
sentó al lado de ellos, en la silla que había vacante.
Habiendo bebido la copa de champaña que le ofrecieron, Vronsky pidió otra botella.
Ya fuera por la impresión que le produjo el Círculo, ya por el vino que había bebido, Levin se sentía
feliz. Entabló con Vronsky una animada conversación sobre caballos y se sintió aún más feliz al comprobar
que no experimentaba animosidad alguna contra él. Hasta le dijo, entre otras cosas, que su mujer le había
dicho que le había encontrado en la casa de la princesa María Borisoyna.
–¡Ah! La princesa María Borisovna… ¡Es un encanto! –comentó Esteban Arkadievich. Y contó una
anécdota referente a ella que hizo reír a todos.
Con tanta gana, tan francamente rió Vronsky, que Levin se sintió completamente reconciliado con él.
–¿Qué? ¿Hemos terminado? –preguntó Esteban Arkadievich–. Vamos, pues –añadió sonriente.
VIII
Al dejar la mesa, Levin se dirigió, con Gagin, a la sala de billares. Sentíase extraordinariamente ligero.
En el salón grande encontró a su padre político.
–¿Qué? ¿Cómo encuentras nuestro templo de la ociosidad? –le preguntó el Príncipe tomándole del
brazo–. Vamos. Echaremos un vistazo… daremos una vuelta y visitaremos el local…
–Sí, también yo tenía esa intención. Me parece muy interesante.
–Sí, para ti es interesante. Ahora, yo ya tengo otros intereses… Cuando miras a aquellos viejecitos, seguro
que piensas que han nacido así, «machacados» –––dijo el Príncipe mostrándole un miembro del Círculo
con el labio inferior colgando y que al andar apenas movía los pies, calzados con zapatos flexibles.
–¿Qué quiere decir «machacado»?
–Es un apodo que damos en el Círculo, ¿sabes? Cuando en las Pascuas se juega con huevos, si éstos
chocan fuertemente, quedan machacados. Así somos nosotros: a fuerza de frecuentar el Círculo nos vamos
«machacando». ¿Conoces al príncipe Chechensky? A ti esto te hace reír, pero a mí no, porque, mirándoles
pienso que muy pronto seré también uno de epos –añadió. Y Levin comprendió por el rostro de su suegro
que éste quería contarle alguna anécdota divertida.
–No, no le conozco.
–¿Cómo? ¿No conoces al famoso príncipe Chechensky? Bien, es igual… Es un hombre que siempre juega
al billar. Hace tres años no estaba todavía entre los « machacados» y lanzaba bravatas, y llamaba «
machacados» a los demás. Pero un día llegó al Círculo y a nuestro portero, ¿sabes?, Vasili, ese grueso, que
gusta tanto de decir palabras chistosas; pues bien: el príncipe Chechensky, se acerca a él y le pregunta:
«¿Qué, Vasili, quién hay en el Círculo? ¿Han llegado ya algunos de los "machacados"? Y nuestro hombre
le contesta: "Usted es el tercero"». ¿Qué te parece?
De este modo, hablando, y saludando a los amigos y conocidos que encontraban a su paso, Levin, junto
con el Príncipe recorrió todas las salas: la grande, donde ya estaban puestas las mesas, y se habían
organizado diversas partidas con los jugadores de siempre; la sala de los divanes, donde se jugaba al
ajedrez y donde estaba Sergio Ivanovich, hablando con un desconocido; la sala de los billares, en cuyo
recodo había un diván, en el cual, con alegre compañía y bebiendo champaña, estaba Gagin. Echaron,
también, una ojeada a la « sala infernal», donde rodeando una mesa, sentados o de pie, se hallaban muchos
socios, entre ellos Jachvin, haciendo «apuestas» en el juego de azar o entretenidos mirando el juego.
Procurando no hacer ruido, entraron en la obscura biblioteca, donde, cerca de las lámparas con pantalla,
estaban sentados un señor joven, con el rostro sofocado y leyendo periódico tras periódico, y un general
calvo que parecía muy interesado por lo que estaba leyendo.
Estuvieron también en la sala que el Príncipe llama «de los sabios». En ella había tres señores que
discutían animadamente las últimas noticias de política.
–Príncipe, haga el favor de venir. Todo está ya dispuesto –le dijo en aquel momento uno de sus
compañeros de diversiones. Y el Príncipe se marchó con su tertulio.
Levin se sentó y se puso a recordar todas las conversaciones que había tenido durante la mañana; pero se
sintió aburrido; y, levantándose precipitadamente, salió en busca de Oblonsky y Turovzin pensando que
con ellos hallaría al menos distracción.
Turovzin estaba sentado en un diván en la sala de los billares, teniendo cerca de él, en una mesita, un
cubilete con un brebaje.
Esteban Arkadievich y Vronsky hablaban de algo cerca de la puerta, en un rincón de la sala.
–No es que ella se aburra, pero esta posición tan indefinida… –oyó Levin al pasar.
Quiso alejarse, pero Esteban Arkadievich le llamó.
–¡Levin! –le gritó, con los ojos humedecidos, como solía tenerlos siempre que bebía mucho o estaba
emocionado. Esta vez la causa era, sin embargo, otra.
–Levin, no te marches ––dijo y apretó a éste fuertemente el brazo bajo su codo para impedirle que se
marchara.
–Es mi amigo más sincero y mejor –dijo luego a Vronsky–. Tú también me eres muy querido. Y deseo
que os hagáis buenos amigos, porque los dos sois excelentes personas.
–¿Por qué no? Sólo nos falta besamos –dijo Vronsky con bondadosa y burlona sonrisa, dando a Levin la
mano, que él estrechó afectuoso, fuertemente, mientras decía:
–Me alegro, me alegro mucho.
–¡Mozo! Trae una botella de champaña ––ordenó Esteban Arkadievich al criado.
–Yo también me alegro mucho –dijo Vronsky.
Pero, a pesar de los deseos de Esteban Arkadievich y de ellos dos mismos, de entablar conversación, no
encontraron de qué hablar y aparecían mustios y aburridos.
–¿Sabes? Levin no conoce a Ana ––dijo Esteban Arkadievich a Vronsky–. Y yo quiero llevarle a tu casa
para presentarles y que se conozcan.
–¿Es posible? ––dijo Vronsky–. Ana se sentirá muy contenta… Yo iría con vosotros, también, a casa,
pero me preocupa Jachvin. Me quedaré aquí hasta que termine su juego.
–¿Y qué, va mal?
–Está perdiendo, como siempre, y soy el único que puede contenerle.
– ¿Qué? ¿Jugamos una partida? –propuso Esteban Arkadievich–. Levin, ¿quieres jugar? Coloca los bolos
––ordenó al marcador.
–Ya hace rato que están preparados –contestó éste que, en efecto, había ya dispuesto los bolos en
triángulo y se entretenía en rodar la roja.
–Bien; vamos a jugar.
Después de la partida, Vronsky y Levin se sentaron a la mesa, al lado de Gagin, y Levin, aceptando la
propuesta de Esteban Arkadievich, se puso a jugar a las cartas apuntando a los ases.
Vronsky estaba sentado al lado de la mesa, rodeado de conocidos que sin cesar venían a hablarle o iba, de
cuando en cuando, a la «sala infernal» para ver cómo marchaba en su juego Jachvin.
Levin, después de la fatiga cerebral que había sentido por la mañana, experimentaba ahora una sensación
agradable de descanso. El hecho de no sentir ya animosidad alguna contra Vronsky, le hacía sentirse
dichoso, y una impresión de tranquilidad y de placer invadía continuamente su espíritu.
Terminada la partida, Esteban Arkadievich le tomó por el brazo.
–¿Vamos a ver a Ana? Ahora mismo, ¿no? Ella estará en casa. Hace tiempo que le prometí llevarte. ¿A
dónde vas esta noche?
–A decir verdad, a ninguna parte. He prometido a Sviajsky ir a la Asociación de Agricultores. Pero es
igual. Podemos ir a ver a Ana.
–¡Estupendo! Vamos. Entérate de si ha llegado mi coche –encargó Esteban Arkadievich al criado.
Levin se acercó a la mesa, pagó la apuesta perdida a los ases ––cuarenta rublos–; pagó, de una manera
particularmente misteriosa, el gasto que había hecho en el Club, que el criado viejecito que había en la
puerta conocía, y moviendo mucho los brazos, a través de diversas salas, se dirigió hacia la puerta.
IX
–¡El coche de Oblonsky! –gritó, con voz de bajo profundo, el portero.
El carruaje se adelantó hasta la entrada del Círculo y Levin y Esteban Arkadievich subieron a él y se
dirigieron a la casa de Ana.
Solamente algunos momentos más –en tanto que el coche salía del zaguán– le duró a Levin la sensación
de bienestar que había experimentado en el Círculo. Apenas el carruaje salió a la calle y sintió las sacudidas
que daba rodando sobre un pavimento desigual, y oyó los gritos de un cochero de alquiler con el que se
cruzaron, y percibió, a la luz tenue de los faroles la muestra roja de un café y tienda de comestibles, aquella
sensación placentera se le desvaneció.
Reflexionó ahora sobre los hechos de aquel día y se preguntó si hacía bien yendo a la casa de Ana. ¿Qué
iba a decir de esto Kitty?
Pero Esteban Arkadievich no le dejó que se preocupara, y, como si hubiese adivinado sus pensamientos,
le dijo:
–No sabes lo que me alegra que vayas a ver a Ana. ¿Sabes? Dolly hacía tiempo que lo deseaba. Lvov
estuvo ya en su casa y ahora la visita de vez en cuando. Aunque es mi hermana, puedo decir que es una
mujer inteligente,y agradable, muy interesante. Su situación, sin embargo, es muy penosa, sobre todo
ahora…
–¿Y por qué lo es sobre todo ahora?
–Porque llevamos unas negociaciones con su marido para tramitar el divorcio. Él está conforme, pero hay
complicaciones a causa del hijo. Y el asunto, que debió quedar terminado en poco tiempo, dura ya más de
tres meses. En cuanto se ultime el divorcio, Ana se casará con Vronsky. ¡Qué tonta es esta antigua
costumbre de andar a vueltas con los cánticos! «Regocíjate, Isaías.» Nadie cree ya en el divorcio, Ana vive
en Moscú. Aquí todos les conocen a él y a ella. Y no sale a ninguna parte, ni ve a parientes ni amigas,
excepto Lvov y Dolly, porque, ¿comprendes?, estas cosas estorban la felicidad de la gente. Entonces,
casada ya con Vronsky, la posición de Ana será tan regular como la tuya y la mía.
–¿Y a qué se deben esas complicaciones? –preguntó Levin.
–¡Ah! Es una historia larga y aburrida. Todo está tan poco claro, indefinido… Lo cierto es que,
esperando, Ana no quiere que la traten sólo por compasión. Hasta esa idiota de la princesa Bárbara se ha
marchado de la casa considerando inconveniente permanecer con ella. Otra mujer, en su situación, no habría
podido encontrar recursos morales para vivir… Y ya verás cómo ha arreglado ella su vida con
tranquilidad y dignamente. A la izquierda, por la calle pequeña, enfrente de la iglesia –ordenó Esteban
Arkadievich sacando la cabeza por la ventanilla.
–¡Oh, qué calor tengo! –dijo a continuación. Y, no obstante el frío (doce grados bajo cero), echó atrás su
pelliza, que llevaba ya bastante desabrochada.
–Pero Ana tiene, según creo, una hija –dijo Levin–. Esto debe también de ocuparla mucho.
–¿Imaginas que toda mujer ha de ser una hembra, une couveuse –replicó Esteban Arkadievich––– que ha
de pasarse el día al lado de sus hijos? No. Ana cría y educa a su hija, y, a mi parecer, de una manera
excelente, pero no es ésta su ocupación principal. En primer lugar, Ana escribe. Ya veo que sonríes
irónicamente, pero no tienes motivo. Escribe un libro para niños. No habla a nadie de esto, pero a mí me lo
ha leído y yo le he dado a leer el manuscrito a Vorkuev. ¿Sabes a quién me refiero? El editor ese que me
parece que escribe también. Es un hombre que entiende de estas cosas y me ha dicho que la obra es
interesante. No pienses, por esto, que Ana es una escritora. Nada de eso. Antes que nada es una mujer de
gran corazón… Ya la verás… Ahora tiene recogidos en su casa una niña inglesa y una familia entera, de los
cuales se ocupa ella personalmente.
–¿Se dedica, pues, a la filantropía?
–Ya quieres ver en ello algo malo, ¿no? No es una cosa al estilo de los «filantrópicos», sino hecha de
todo corazón y bien. Ellos tenían, o mejor dicho, Vronsky tenía un entrenador inglés, un hombre muy
entendido en su especialidad pero un borracho, delirium tremens. Llegó a tal extremo de embrutecimiento,
que abandonó a su familia, dejándola en la miseria. Ana se enteró, se interesó por ellos y ha terminado por
encargarse de todos.
No sólo les ayuda con dinero, sino que ella misma enseña a los chicos el ruso para que puedan ingresar
en el colegio, y a la niña la recogió en su casa… Ya la verás.
El coche entró en el patio de la casa de Ana, y Esteban Arkadievich llamó con un fuerte campanillazo.
A la entrada de la casa había un trineo.
Sin preguntar al hombre que les abrió la puerta si estaba en casa o no Ana, Oblonsky entró en el primer
vestíbulo. Levin le seguía, dudando aún si hacía bien en ir allí.
Al mirarse en el espejo, vio que estaba muy sofocado. Pero seguro de que no estaba ebrio, siguió a
Esteban Arkadievich, que subió por la escalera alfombrada.
Una vez en el piso superior, Oblonsky preguntó al criado, que le saludó como a persona de la casa, que
quién estaba de visita con Ana Arkadievna y aquél le contestó que era el señor Vorkuev.
–¿Dónde están?
–En el despacho.
Tras atravesar el pequeño comedor, de paredes de madera oscura, Esteban Arkadievich y Levin entraron
en una pieza débilmente iluminada por una lámpara cuya pantalla amortiguaba casi por completo la luz.
Otra lámpara con reflector estaba fijada en la pared a iluminaba un retrato de mujer, pintado al óleo y de
tamaño natural, que llamó en seguida la atención de Levin.
Era el retrato de Ana Arkadievna hecho en Italia por el pintor Mijailov.
Oblonsky continuó hacia donde estaba su hermana y la voz de hombre que se oía se calló.
Entre tanto Levin continuaba junto al cuadro, fascinado, sin poder apartar los ojos de él. Estaba admirado
y conmovido hasta el punto de olvidar dónde se hallaba y de no oír a los que estaban hablando cerca de él.
Lo que tenía ante sí no le parecía un cuadro, sino una mujer viva, deliciosa, con preciosos cabellos negros
rizados; bellos hombros y brazos descubiertos; ligera y encantadora sonrisa en sus labios finos, rojos y
sombreados por ligero vello; una mujer en fin que parecía mirarle dulce y dominadora, con ojos
ensoñadores que le conturbaban. ¿Era posible que aquella hermosa criatura existiera en realidad?
De repente, oyó tras de sí la voz de aquella misma mujer cuya efigie estaba contemplando.
–Me alegra mucho su visita –le dijó Ana Arkadievna saliendo a su encuentro.
Y Levin vio, a la media luz del gabinete, la misma imagen del retrato con vestido de color azul oscuro
alternado con otros colores.
Su actitud y sus ademanes eran distintos a los que tenía en el retrato, pero sí la misma expresión en el
rostro y la misma belleza que tan bien había sabido captar el pintor.
En la realidad estaba menos brillante que en el retrato, pero, en cambio, había en ella algo nuevo y
atrayente que faltaba en aquél: una alegre y dulce animación.
X
Ana Arkadievna no ocultó a Levin la alegría que experimentaba al verle.
Y en la forma con que ella le dio la mano, en cómo le presentó a Vorkuev y le mostró la niña –muy
bonita, de cabellos rojizos– que estaba sentada allí, haciendo labor, llamándola «su pequeña y querida
protegida», en todo esto, Levin reconoció los modales que tanto le admiraban de una mujer de gran mundo,
siempre tranquila y natural.
–Me alegra mucho su visita –repitió. Y en sus labios estas palabras, tan sencillas, adquirieron para él una
significación particular.
–Ya le conocía a usted hace tiempo –siguió Ana, dirigiéndose a Levin–y le quiero por su amistad con
Stiva y por su mujer de usted. La traté muy poco tiempo, pero me dejó la impresión de una hermosa flor,
precisamente de una flor. ¡Y pronto será madre!
Ana hablaba con soltura, sin precipitarse, mirando ya a Levin, ya a su hermano. Levin comprendió que
producía en ella una excelente impresión, se sintió desembarazado y feliz y le habló con naturalidad,
agradablemente. Le parecía conocerla desde la infancia.
–Ivan Petrovich y yo nos hemos quedado aquí en el despacho de Vronsky para poder fumar –dijo Ana a
Esteban Arkadievich, que le preguntó si les estaba permitido fumar. Y, mirando a Levin y sin preguntarle si
fumaba o no, cogió una lujosa pitillera y le alargó un cigarrillo.
–¿Cómo te encuentras hoy? –le preguntó su hermano.
–Nada… Nervios… Como siempre.
–¿No es verdad que este retrato es una obra maestra? –preguntó Esteban Arkadievich a Levin, viéndole
contemplar el cuadro.
–No he visto en mi vida un retrato mejor –contestó Levin.
–Se parece mucho, ¿verdad? –dijo Vorkuev.
Levin comparó el retrato con el original.
El rostro de Ana, en el momento en que Levin la miró, resplandeció con una claridad particular; y éste, al
cruzar su mirada con la de ella, se sonrojó.
Para ocultar su emoción, quiso preguntar a Ana si hacía mucho tiempo que no había visto a Daria
Alejandrovna, pero precisamente en aquel instante ella le dijo:
–Ahora mismo hablábamos con Ivan Petrovich de los últimos cuadros de Vaschenkov. ¿Usted los ha
visto?
–Sí, los he visto –contestó Levin.
–¡Oh! Perdón, le he interrumpido… Usted quería decir..
Levin hizo la pregunta que había pensado respecto a Daria Alejandrovna.
Ana contestó que hacía poco tiempo que Daria Alejandrovna le había visitado.
–Por cierto que cuando estuvo aquí, parecía muy disgustada de lo que le pasaba a Gricha en el colegio.
Al parecer, el maestro de latín era poco justo con el muchacho –añadió.
Levin volvió a la conversación sobre los cuadros de Vaschenkov.
–Sí, he visto los cuadros y no me gustaron –dijo.
Ya no hablaba ahora torturándose continuamente, como lo había hecho aquella mañana. Cada palabra de
Ana adquiría para él una significación particular. Y. si agradable le era hablarle, escucharla le era más
agradable todavía.
Ana conversaba con naturalidad y desenvoltura, sin dar importancia alguna a lo que decía, y dándola en
cambio grande a lo que decía su interlocutor.
Hablaron de las directrices que seguía el arte; de la nueva ilustración de la Biblia hecha por un pintor
francés. Vorkuev criticaba a este pintor por su crudo realismo. Levin le objetó que aquel realismo era una
reacción natural y beneficiosa contra el convencionalismo, que los franceses habían llevado en el arte hasta
un extremo al que no había llegado ninguna nación. Y añadió que los pintores franceses, en el hecho de no
mentir, veían ya poesía.
Nunca una idea espiritual expuesta por él había procurado a Levin tanto placer como ésta.
Ana, comprendiéndole, se sintió animada, le aprobó, y, sonriendo, dijo:
–Río, como se ríe cuando se ve un retrato muy parecido. Lo que usted ha dicho ahora caracteriza
completamente el actual arte francés –la pintura y hasta la literatura: Zola, Daudet–. Tal vez haya sido
siempre así: Se empieza por realizar sus conceptions por medio de figuras convencionales, imaginarias;
pero, luego, todas las combinaisons artificiales, todas las figuras imaginarias, acaban por fatigar, y entonces
se empiezan a concebir figuras más justas y naturales.
–Esto es verdad ––dijo Vorkuev.
–Entonces, ¿ustedes estuvieron en el Círculo? –preguntó Ana a su hermano.
«Sí, sí, he aquí una mujer», pensaba Levin, olvidándose de todo y mirando absorto el rostro bello y
animado de Ana, el cual en aquel momento, a inopinadamente, cambió de expresión.
Levin no oyó lo que Ana decía en voz baja a su hermano, al oído, pero el cambio que se había
manifestado en su rostro le impresionó. Aquel rostro antes tan hermoso en su tranquilidad, expresó de
pronto una curiosidad extraña y después ira y orgullo. Pero eso duró sólo un instante. Ana frunció las cejas
como recordando algo desagradable,
–Pues, al fin y al cabo, eso no le interesa a nadie –comentó para sí. Y, dirigiéndose a la inglesa, dijo:
–Please order the tea in the drawing–room.
La niña se levantó y salió de la habitación.
–¿Qué tal ha hecho sus exámenes? –preguntó Esteban Arkadievich, señalando a la pequeña.
–Muy bien. Es una niña inteligente y tiene muy buen carácter ––contestó Ana.
–Acabarás queriéndola más que a tu propia hija.
–Se ve bien que eso lo dice un hombre. En el amor no hay más y menos… A mi hija la quiero con un
amor y a ésta con otro diferente.
–Y yo digo a Ana Arkadievna –intervinó Vorkuev– que si ella hubiera puesto una centésima parte de la
energía que emplea para esta inglesa en la obra común de educación de los niños rusos, habría hecho una
obra grande y útil.
–Diga usted lo que quiera, yo no puedo hacer eso. El conde Alexey Kirilovich me animaba mucho a ello
–y al pronunciar estas palabras, Ana miró tímidamente y como interrogándole a Levin, que le contestó con
una mirada afirmativa y respetuosa–. El Conde, como digo, me animaba a ocuparme de la escuela del
pueblo y he ido varias veces allí… Son muy simpáticos, sí; pero no pude interesarme por ellos. Usted dice:
«energía». La energía se basa en el amor y no es posible adquirir amor a la fuerza; no se puede ordenar que
se ame. A esta niña le tomé cariño sin saber yo misma porqué.
Ana miró de nuevo a Levin. Y su sonrisa y su mirada le dijeron claramente que hablaba sólo para él, que
tenía en mucho su opinión, y que sabía de antemano que se comprendían.
–La entiendo muy bien –dijo Levin–. En la escuela y en otras instituciones semejantes no es posible
poner el corazón y pienso que, precisamente por esta razón, todas las instituciones filantrópicas dan tan
malos resultados.
Ana sonrió.
–Sí, sí –afirmó después–. Por mi parte, nunca lo pude hacer. Je n’ai pas le coeur assez large como para
querer a un asilo entero de niños, incluyendo los malos. Cela ne m’a jamais réussi! ¡Y, no obstante, hay
tantas mujeres que se han creado con esto una position sociale! Y ahora, precisamente ahora, cuando tan
necesaria me sería una ocupación cualquiera, es cuando puedo menos ––dijo con expresión melancólica y
confiada, dirigiéndose a su hermano, pero hablando en realidad para Levin.
De pronto frunció las cejas y cambió de conversación.
Levin comprendió por aquel gesto que Ana estaba descontenta de sí misma, pesarosa de haber hablado de
sí.
–¿Y usted qué hace? –dijo dirigiéndose ahora directamente a Levin–. Pasa usted por ser un mal
ciudadano, pero yo he tomado siempre su defensa…
–¿Y cómo me defendía usted?
–Según los ataques… Bueno, ¿quieren ustedes tomar el té?
Ana se levantó y cogió un libro encuadernado en tafilete.
–Démelo usted, Ana Arkadievna –dijo Vorkuev indicando el libro–. Es merecedor de…
–¡Oh, no! No está bien terminado…
–Ya le he hablado a Levin de él –dijo Esteban Arkadievich a su hermana.
–No debiste hacerlo. Mis escritos son por el estilo de aquellas cestitas de madera que me vendía Lisa
Markalova, hechas por los presos. A fuerza de paciencia, aquellos desgraciados hacían milagros –dijo,
dirigiéndose también ahora a Levin.
Y éste descubrió un rasgo nuevo en aquella mujer que tanta admiración había ya despertado en él.
Además de ser inteligente, espiritual y hermosa, tenía una sinceridad admirable que le llevaba a no
disimular en nada todo lo que de penoso tenía su situación.
Dicho aquello, Ana suspiró y, de repente, su rostro adquirió una expresión seria y triste, y quedó inmóvil,
como petrificada.
Con ese aspecto parecía aún más bella que antes; pero esta expresión era nueva, estaba fuera de aquel
círculo de expresiones que irradiaban alegría y producían felicidad y que el pintor había sabido reproducir
tan bien en el retrato.
Levin miró una vez más al cuadro, mientras Ana tomaba por el brazo a su hermano, y un sentimiento de
ternura y de compasión, que le sorprendieron a él mismo, se despertó en su alma por aquella mujer.
Ana pidió a Levin y Vorkuev que pasaran al salón y ella se quedó en la habitación a solas con su
hermano para hablar secretamente con él.
«Hablarán ahora del divorcio, de Vronsky, de lo que hace éste en el Círculo, de mí…» , pensó Levin. Y le
preocupaba tanto lo que pudieran estar hablando los dos hermanos, que no atendía a lo que Vorkuev le
decía en aquel momento de las cualidades de la novela para niños escrita por Ana.
Durante el té continuó la conversación, agradable y llena de interés.
No sólo no hubo un momento de silencio, sino que, al contrario, se desenvolvía tan rápida y
agradablemente como si hubiera de faltarles tiempo para decir todo lo que querían exponer.
Y todo lo que decía Ana a Levin le parecía interesante, a incluso los relatos o comentarios de Vorkuev y
Esteban Arkadievich adquirían para él una profunda significación por el interés que ponía en ellos y las
atinadas observaciones que hacía.
Mientras seguía la interesante conversación, Levin se extasiaba continuamente ante la belleza, la
inteligencia y la cultura y a la vez la sencillez y sinceridad de Ana.
Él escuchaba o hablaba, pero incluso entonces pensaba constantemente en ella, en su vida interior, y no
apartaba de Ana sus ojos, queriendo, por sus gestos y su mirada, adivinar sus sentimientos. Y él, que antes
la juzgaba con severidad, ahora la justificaba y, al mismo tiempo, la compadecía; y la idea de que Vronsky
no llegara a comprenderla completamente le oprimía el alma.
Habían dado ya las diez de la noche cuando Esteban Arkadievich se levantó para marcharse. (Vorkuev se
había marchado ya.) A Levin le había pasado el tiempo tan agradablemente, que le pareció que acababan de
llegar y se levantó pesaroso.
–Adiós –dijo Ana, reteniendo la mano de Levin y mirándole a los ojos con una mirada que le conturbó–.
Me siento muy dichosa de que la glace soit rompue.
Mas, seguidamente, ella retiró su mano y frunció el ceño.
–Dígale a su esposa –encargó a Levin– que la quiero como siempre. Y que si ella no puede perdonarme,
le deseo que no me perdone nunca. Para perdonar es preciso padecer lo que yo he padecido. Y de esto
deseo de corazón que la libre Dios.
–Sí, se lo diré… se lo diré… repuso Levin sonrojándose.
XI
«¡Qué mujer tan extraordinaria, tan simpática y digna de compasión!», pensaba Levin mientras salía,
acompañado de Esteban Arkadievich, al aire frío de la calle.
–¿Qué te ha parecido? ¿No te lo dije yo? –preguntó Oblonsky, observando que su cuñado estaba
completamente entregado al recuerdo de Ana.
–Sí –contestó Levin pensativo–. Es una mujer extraordinaria. No sólo es inteligente sino, también, de una
admirable cordialidad. La compadezco con toda el alma.
–Ahora, si Dios quiere, todo se arreglará. Y puesto que ves lo que te ha pasado en este caso, en adelante
no formes juicios prematuros sobre la gente –añadió Esteban Arkadievich en tanto que abría la puerta de su
carruaje.
–Y adiós –se despidió–, que vamos por caminos diferentes.
Levin se dirigió a su casa, en la que entró sin dejar de pensar en Ana, en la conversación tan sencilla que
con ella había tenido, en todos los cambios que había observado en su fisonomía, en su situación, que
despertaba en él una piedad profunda.
Al entrar en su casa, Kusmá le comunicó que Katerina Alejandrovna se encontraba bien, que hacía pocos
momentos que se habían marchado de allí las hermanas, y le entregó dos cartas. Una era de su encargado,
Sokolov, el cual le decía que no había vendido el trigo porque ofrecían tan sólo cinco rublos y medio y que
no tenía de dónde sacar más dinero; la otra carta era de su hermana reprochándole el que su asunto no estuviera
aún terminado.
Levin, con el ánimo alegre, resolvió en seguida, con extraordinaria facilidad, la cuestión del trigo, que en
otra ocasión le habría dado mucho que pensar.
«Pues bien: si no dan más, lo venderemos a cinco rublos y medio.»
En cuanto a las quejas de su hermana no despertaron en él más que este pensamiento:
«Es extraordinario lo ocupado que tenemos aquí todo el tiempo».
Se sentía culpable ante su hermana por no haber hecho aún lo que ésta le había pedido, pero encontró
fácil disculpa.
«Es verdad que hoy no he ido tampoco al Juzgado», se acusaba. «Pero es que hoy», se disculpaba luego,
« no he tenido, realmente, tiempo de hacerlo».
Y, después de haber decidido ocuparse de aquel asunto al día siguiente, se dirigió a las habitaciones que
ocupaba su esposa.
Mientras se dirigía hacia allí, repasaba mentalmente todo lo que había hecho durante el día; las
conversaciones que había escuchado y aquellas en las que había tomado parte. En todas ellas –se
confesaba– habían tratado de cuestiones por las cuales no se habría interesado en otra ocasión, sobre todo
estando solo, en el pueblo, pero ahora, aquí, le habían resultado interesantes. Tan sólo en dos ocasiones
encontraba haber hecho algo que no le satisfacía plenamente: una era su símil del sollo en los comentarios
respecto a la pena impuesta a un extranjero; la otra era «algo no bien definido» que había en aquella dulce
compasión o tierno afecto que se había despertado en él hacia Ana.
Levin encontró a su mujer triste y aburrida.
La comida entre las tres hermanas había resultado animada, pero se habían cansado de esperarle, y la
animación fue decayendo hasta no saber qué decirse. Luego las hermanas se marcharon, y Kitty quedó sola
con sus pensamientos, preocupada por la tardanza de su marido.
–¿Y tú qué has hecho durante todo el día? –le preguntó Kitty, mirándole a los ojos, en los que advertía
cierto brillo sospechoso. No obstante, y a fin de no contenerle en su efusión, disimuló y escuchó con dulce
sonrisa de aprobación la referentecia de lo que había hecho aquella noche.
–En el Círculo me encontré con Vronsky –explicó Levin–, y me alegré de verle. Todo sucedió de la
manera mas natural. ¿Lo comprendes, verdad? La tirantez que había entre nosotros ha dejado ya de existir.
Era una situación absurda que tenía que terminar. No vayas a creer por esto que intente ahora buscar su
sociedad –y mientras decía estas palabras Levin se puso rojo, pensando que «por no buscar su sociedad»
había ido a visitar a Ana a la salida del Círculo.
–¡Y decimos que el pueblo bebe! –exclamó después–. No sé quién bebe más, si el pueblo o nuestra
clase… El pueblo bebe en los días de fiesta, pero nosotros…
Kitty oía extrañada las incoherencias de su marido. ¿A qué venía aquello de si el pueblo bebía o si los
aristócratas bebían? ¿Qué les importaba a ellos? A ella, lo que le interesaba ahora era averiguar por qué
causa se había él sonrojado, cosa que había observado muy bien.
–¿Y luego dónde estuviste?
–Esteban Arkadievich me pidió con gran interés que visitara a su hermana.
Y al decir esto se sonrojó de nuevo y sintió que las dudas sobre si habría hecho bien o mal visitando a
Ana se le desvanecían para dejar paso al convencimiento de que había obrado de una manera
inconveniente.
Los ojos de Kitty relampaguearon, pero se contuvo, disimuló su emoción y exclamó sencillamente:
–¡Ah!
–Espero que no te enfades porque haya ido allí. Me lo pidió, como te digo, Esteban Arkadievich, y Dolly
también lo deseaba –continuó Levin.
–¡Oh, no! –dijo ella con una mirada que nada bueno predecía.
–Es una mujer muy simpática, digna de compasión –dijo Levin tratando de convencer a Kitty–. Me dio
para ti un encargo conmovedor. –Y le repitió las palabras que le había dicho para su esposa.
–Sí, sí, está claro. Es una mujer digna de compasión –dijo Kitty con voz indiferente. Y, en seguida, le
preguntó–: ¿De quién has recibido carta?
Levin explicó la correspondencia que había recibido, y sosegado por el tono tranquilo de su esposa, se
marchó al gabinete para cambiarse de traje.
Al volver, encontró a su mujer en la misma butaca, en la misma actitud en que la había dejado. Cuando
Levin se le acercó, ella le miró con tristeza y rompió a sollozar.
–¿Qué es eso? ¿Qué te pasa? –preguntó él, que ya había adivinado lo que «le pasaba».
–Te has enamorado de esa mala mujer –decía Kitty entre sollozos–. Te ha hechizado… Lo he visto en tus
ojos… Sí, sí… ¿Qué puede resultar de eso? Has ido al Círculo… Has bebido… Has bebido… Has jugado a las
cartas… Y luego has ido… ¡Adónde has ido!… ¡No, vámonos de aquí…! ¡Esto no puede durar! ¡Yo me voy
mañana mismo!
Durante un largo rato Levin trató inútilmente de calmarla.
No lo consiguió sino prometiéndole no visitar más a Ana, cuya perniciosa influencia junto con el vino
que había bebido, habían perturbado su razón. Lo que más sinceramente reconoció fue, sin embargo, que el
vivir tanto tiempo en Moscú, dedicado sólo a conversar, a fumar en exceso, a comer abundamentemente y a
beber más abundantemente aún, habían acabado por hacer de él un estúpido. Y con igual sinceridad le
prometió que nada de aquello volvería a suceder.
Así hablaron hasta altas horas de la noche. Cuando se acostaron, ya completamente reconciliados, eran
las tres.
XII
Cuando Esteban Arkadievich y Levin se hubieron marchado, Ana se puso a pasear a lo largo de la
habitación.
Aunque inconscientemente (como lo hacía todo en los últimos tiempos), Ana había hecho durante toda la
noche cuanto le había sido posible para enamorar a Levin. Sabía que había logrado su propósito tanto como
era posible en una noche y tratándose de un hombre casado y honesto enamorado de su mujer.
También él le había gustado y, a pesar de la gran diferencia que existía entre Vronsky y Levin, su tacto
de mujer le había permitido descubrir en ambos aquel rasgo común gracias al cual Kitty había podido
sentirse atraída por los dos. Y, no obstante, apenas se hubo despedido, Ana dejó de pensar en él para pensar
en Vronsky de nuevo.
Un solo pensamiento la perseguía de una manera obsesiva: «Si tal efecto causo en un hombre casado», se
decía, «y enamorado de su mujer, ¿por qué sólo él se muestra tan frío conmigo? Yo sé que Alexey me
ama», siguió pensando» . «Pero ahora hay algo nuevo que nos separa. ¿Por qué no ha estado aquí en toda la
noche? Encargó a Stiva que me dijera que no podía dejar a Jachvin en su juego… ¿Es que es un niño ese
Jachvin? Supongamos que sea así, puesto que él nunca miente. Sin embargo, dentro de esta verdad hay
alguna otra cosa. Aprovecha todas las ocasiones para mostrarme que tiene otras obligaciones que le
impiden estar más conmigo. Sé que es así y estoy conforme… Mas, ¿por qué ese afán de decírmelo?
¿Quiere hacerme comprender que su amor hacia mí no debe coartar su libertad? Pues bien: no necesito esas
demostraciones; lo que preciso que me demuestre es su cariño. Debía comprender todo lo penosa que es mi
vida aquí, en Moscú. ¿Es que esto es vivir? No, no vivo; paso el tiempo esperando este desenlace que
nunca acaba de llegar. ¡Otra vez estoy sin contestación! Stiva dice que no puede ir a casa de Alexey
Alejandrovich, y yo no puedo escribir de nuevo. No puedo hacer nada, no puedo emprender nada para salir
de esta situación. Tan sólo puedo procurarme pequeños entretenimientos –la familia inglesa, leer, escribir–
para ir mal pasando el tiempo, pues todo esto no es sino un engaño, como la morfina. Vronsky debía tener
compasión de mí», terminó. Y lágrimas de piedad por su propia suerte le inundaron los ojos.
Oyó el nervioso campanillazo de Vronsky, y, precipitadamente, se secó las lágrimas, se sentó en una
butaca al lado de la lámpara, abrió un libro y fingió leer para que él creyese que estaba tranquila. Creía
conveniente mostrar algún descontento porque él no había vuelto a la hora prometida, pero no extremar el
enfado, y, sobre todo, no despertar en él compasión. Ella se compadecía a sí misma, pero no quería en
manera alguna compasión de él; de él sólo quería amor. No quería tampoco luchar, pero,
involuntariamente, se colocaba en plan de combate.
–¿No te has aburrido? –le preguntó él, acercándose a Ana, animado y alegre–. ¡Qué pasión más terrible
es el juego! –comentó luego.
–No, no me he aburrido –contestó Ana–. Ya hace tiempo que aprendí a no aburrirme en estas largas
esperas. Además, han estado aquí Stiva y Levin.
–Sí, me dijeron que venían a visitarte. ¿Te ha gustado Levin? –preguntó Vronsky, sentándose al lado de
Ana.
–Mucho. Hace poco que se han marchado. ¿Qué ha hecho Jachvin?
–Al principio ganó diecisiete mil rublos. Le llamé para que abandonara el juego. Casi se decidió, pero,
luego volvió a jugar, y ahora está perdiendo.
–Entonces, ¿a qué te quedaste tú allí? –dijo Ana, levantando sus ojos hacia él.
Su mirada se cruzó con la de Vronsky, que en aquel momento era fría y agresiva.
–Has dicho a Stiva –siguió– que te quedabas allí para evitar que Jachvin jugara demasiado, y resulta que
esto no era verdad, que fue sólo un pretexto, puesto que ahora le has dejado en el juego y perdiendo por
añadidura.
Y sus palabras, su entonación, sus ademanes, todo en ella reflejaban deseos de discusión, de lucha…
Vronsky contestó fríamente y con firmeza:
–Primero, no le he pedido a Stiva que te dijera nada. Segundo, nunca digo lo que no es verdad. Y tercero
y principal: he tenido ganas de quedarme en el círculo y me quedé.
–Y después de un breve silencio añadió–: Ana, ¿a qué vienen estas recriminaciones? –Y se inclinó hacia
ella y extendió, abierta, su mano derecha esperando que ella pondría entre aquélla las suyas.
Ana se sintió conmovida y dichosa ante aquel gesto de ternura; pero una fuerza extraña y maligna –un
sentimiento de lucha– la impelía a no dejarse dominar.
No correspondió, pues, a aquel gesto de su amado, sino que le dijo con más irritación:
–Naturalmente: has querido quedarte allí y te has quedado. Haces todo lo que quieres. Está bien. Pero,
¿para qué me lo dices? ¿Para qué? –dijo más enardecida cada vez–. ¿Acaso te discute alguien tus derechos?
Si quieres tener razón, quédate con ella.
La mano de Vronsky se cerró con enojo, su cuerpo se enderezó y en su rostro se pintó una expresión más
decidida aún y tenaz.
–Para ti es una cuestión de tozudez –dijo Ana de repente, al encontrar una palabra que definiera
justamente los pensamientos y el sentir de Vronsky, un calificativo para aquella expresión de su rostro que
tanto la irritaba–. Para ti se trata sólo de salir vencedor en esta lucha conmigo, mientras que para mí…
La invadió una inmensa compasión por sí misma, y, casi llorando, continuó:
–¡Si supieras lo que representa esto para mí! ¡Si pudieras comprender lo que significa para mí tu
hostilidad, esta hostilidad, que ahora, en este instante, siento tan cruelmente! ¡Me encuentro al borde de una
gran desgracia y siento miedo de mí misma!
Ana volvió la cabeza para ocultar sus sollozos.
–Pero, ¿a qué te refieres? –pregúntó Vronsky, horrorizado de sus pensamientos. Y, asustado ante la
desesperación que ella manifestaba, se le acercó de nuevo, le tomó la mano acariciándosela, a inclinándose,
se la besó. Luego le dijo cariñosamente, esforzándose en convencerla:
–¿De qué te quejas? ¿Acaso busco diversiones fuera de casa? ¿Es que no huyo del trato con otras
mujeres?
–¡No faltaría más! –exclamó Ana.
–Pues dime: ¿qué debo hacer para que estés contenta? Estoy pronto a hacer todo lo que me digas con tal
de que seas feliz –decía Vronsky– ¡Qué no haría yo, Ana, para librarte de todas tus penas!
–No es nada… no es nada… –dijo ella, sintiéndose dichosa de nuevo–. Ni yo misma sé lo que quiero…
Acaso la soledad… Los nervios… Pero no hablemos más de esto –y cambió la conversación procurando
disimular la victoria conseguida–. ¿Cómo han ido las carreras? No me has contado nada todavía.
Vronsky pidió la cena y se puso a contar las incidencias de las carreras de caballos, pero por su tono y
por sus miradas, que se hacían a cada momento más fríos, Ana comprendió que, a pesar de su precaución,
Vronsky no le perdonaba la derrota sufrida, que reaparecía en él aquel sentimiento de tozudez contra el cual
venía luchando. Parecía incluso que estaba más frío y duro que antes, como arrepentido de haberse dejado
dominar por ella.
Ana recordó las palabras que le habían proporcionado el triunfo sobre él («estoy al borde de una gran
desgracia, y siento miedo de mí misma»), mas comprendió que este recurso era peligroso, quizá
contraproducente, y desistió de emplearlo otra vez.
Ana percibía claramente en ambos, a la par de su amor, otro sentimiento antagónico formado por recelos
y dudas en ella y ansias de libertad y voluntad de dominio por parte de él; y desesperó de poder dominar en
ella aquel sentimiento, y sabía que tampoco él lo podría dominar.
XIII
No hay situación a la que el hombre no se acostumbre, especialmente si todos los que le rodean la
soportan como él.
Tres meses antes, Levin no se hubiera creído capaz de dormir tranquilo en las condiciones en que estaba
viviendo ahora (sin fin definido, desordenadamente, con gastos superiores a sus recursos econónimos,
emborrachándose como lo había hecho aquella noche en el Círculo, y, sobre todo, sosteniendo relaciones
amistosas con el hombre del cual, en algún tiempo, había estado enamorada su mujer). Le habría quitado el
sueño, también, pensar que había visitado a una mujer a la que se consideraba como una mujer perdida,
sentirse cautivado por ella, y se lo habría quitado, sobre todo, el pesar de haber disgustado a su querida
Kitty.
No, Levin antes no habría dormido tranquilo con el peso de todo aquello sobre la conciencia, pero esta
noche, ya fuera por el cansancio del ajetreo que había tenido durante todo el día, ya por no haber dormido
la noche anterior o por los efectos del vino, se durmió en un sueño profundo.
A las cinco de la mañana, el ruido de una puerta que se abría le despertó. Se incorporó de un salto y miró
alrededor.
Kitty había abandonado la cama. Pero en el gabinete contiguo se veía luz y sintió los pasos de ella, que se
movía por aquella estancia.
–¿Qué hay Kitty? –le preguntó, alarmado–. ¿Qué haces?
–No pasa nada –contestó Kitty entrando en el cuarto con la luz encendida–. Me sentí algo indispuesta –
explicó sonriente y con acento cariñoso.
–¿Qué, ya empieza eso? ¿Hay que ir a buscar a la comadrona? –preguntó él. Y comenzó a vestirse
apresuradamente.
–No, no –contestó Kitty sonriendo. Y le detuvo y le obligó a acostarse de nuevo.
–No es nada –explicó–. Sentí un pequeño malestar. Pero ya ha pasado.
Y Kitty apagó la luz y se metió otra vez en la cama, quedando quieta y tranquila.
A Levin le resultaba sospechosa aquella tranquilidad en la respiración, pareciéndole que Kitty hacía
esfuerzos por no aparecer agitada, y más que nada consideraba extraña la expresión dulce y animada con
que ella, al volver a la habitación, le había dicho « no es nada», sin duda –pensaba élpara tranquilizarle.
Pero Levin tenía tanto sueño que, apenas hubo acabado de hablar, se quedó dormido en seguida.
Solamente después se acordó del acento tranquilo de Kitty y comprendió lo que había pasado en el alma
de su mujer durante aquellos momentos en que ella, inmóvil pero con el alma llena de inquietudes, de
dudas, de temores, de alegrías y de sufrimientos físicos, esperaba el hecho más transcendental de su vida.
A las siete sintió la mano de Kitty sobre su hombro y le oyó decir algo, aunque no la entendió, porque
hablaba en voz baja, con un débil murmullo, dudando entre la necesidad de despertarle y la lástima de
estropearle el tranquilo sueño de que estaba gozando.
–Kostia, no te asustes –le dijo, al fin–, pero me parece que habrá que mandar a buscar a Elisabeta
Petrovna.
La luz estaba otra vez encendida y Kitty, sentada en la cama, tenía en sus manos la labor en que estaba
trabajando aquellos días (una prenda para el niño que esperaba).
–Por favor, no te asustes. Yo no tengo miedo alguno –dijo ella al ver la cara de espanto de Levin. Y
cariñosamente le apretó la mano contra su pecho y luego se la llevó a los labios.
Levin se incorporó precipitadamente, se tiró de la cama, se puso la bata y se quedó sentado en el lecho,
sin saber lo que hacía, sin apartar los ojos de su esposa.
Sabía lo que tenía que hacer, tenía que ocuparse en seguida de todo lo preciso para aquel trance, pero no
se movía, no podía apartar la mirada de aquel rostro querido que tantas veces había contemplado. Ahora
descubría en él una expresión nueva, mezcla de ansiedad y de alegría. ¡Cuán miserable se consideraba al
recordar el disgusto que aquella misma noche le había ocasionado al verla ahora ante sí tal como estaba en
aquel instante! El rostro de Kitty le parecía más bello que nunca, encendido y rodeado de los rubios
cabellos que se escapaban de su cofia de noche, radiante de alegría y de resolución.
Nunca aquel alma cándida y transparente se le había aparecido ante los ojos con tanta claridad, toda
entera y sin velo alguno, y Levin se sentía ante ella maravillado y sorprendido.
Kitty le miraba sonriendo.
De pronto, sus cejas temblaron, levantó la cabeza y, acercándose rápidamente a su esposo, lo cogió por la
mano, le atrajo hacia sí, le abrazó fuertemente y le besó, sofocándole con su aliento. Debía de sentir fuertes
dolores, y le abrazaba como buscando un lenitivo, y a Levin le pareció, como siempre, que él era el
culpable de aquel dolor.
Sin embargo, la mirada de Kitty, en la que había una gran dulzura, le decía que ella, no sólo no le
reprochaba, sino que le amaba más por aquellos mismos sufrimientos.
«Pues si no soy yo el culpable, ¿quién es?», se dijo involuntariamente Levin, como buscando al culpable
con ánimo de darle su castigo.
Pero en seguida se dio cuenta de que allí no había culpable a quien castigar.
Kitty sufría, se quejaba, mas se sentía orgullosa de sus sufrimientos, que la colmaban de alegría, y hacían
que los deseara.
Levin presentía que en el alma de ella nacía y se desarrollaba algo cuya grandeza y sublimidad escapaba
a su comprensión.
–Yo haré avisar a mamá mientras corres en busca de El¡sabeta Petrovna… ¡Kostia!… No, no es nada, ya
ha pasado.
Se apartó de Levin para llegar al timbre y oprimió el botón.
–Ahora ya puedes ¡rte. Pacha vendrá en seguida. Ya estoy bien –terminó.
Y Levin vio, con sorpresa, que Kitty tomaba su labor y se ponía a trabajar tranquilamente.
En el instante en que él salía por una de las puertas de la habitación, entraba la criada de servicio por la
otra. Se paró y oyó cómo Kitty daba órdenes precisas a la muchacha y, junto con ésta, empezaba a mover la
cama.
Levin se vistió y, mientras enganchaban los caballos, porque a aquella hora no había coches de alquiler,
subió corriendo al dormitorio. Entró en la habitación de puntillas (como llevado por alas le pareció). Dos
sirvientas iban de un lado a otro de la habitación atareadas, trasladando cosas y arreglándolas, mientras
Kitty se paseaba dando órdenes y sin dejar de hacer labor a la vez.
–Ahora voy a casa del médico. Han ido ya a buscar a Elisabeta Petrovna. De todos modos, pasaré yo por
allí. ¿Necesitas algo más? –le preguntó.
Kitty le miró sin contestar, y, frunciendo las cejas a causa del intenso dolor que experimentaba, le
despidió con un ademán.
–¡Sí, sí… ve …!
Cuando atravesaba el comedor, oyó un débil gemido que salía del dormitorio, y de nuevo se restableció
el silencio. Se detuvo, y, durante un largo rato, no pudo comprender lo que sucedía.
«Sí, es ella», se dijo al fin. Y, llevándose las manos a la cabeza, corrió escaleras abajo.
« ¡Señor, Dios mío, perdóname y ayúdanos! » , imploró.
Y el hombre sin fe repetió varias veces la misma imploración, y le brotaba de lo más profundo del alma.
En momentos como aquel, de incertidumbre y angustia, Levin olvidaba todas sus dudas respecto a la
existencia de Dios y, considerándose impotente, recorría al Todopoderoso implorándole que le ayudase. Su
escepticismo había desaparecido al punto de su alma, como el polvo barrido por el vendaval. Él no se sentía
con fuerzas para afrontar debidamente aquel trance, ¿y a quién podría recurrir mejor que a Aquel en cuyas
manos creía ahora entregada a la que era todo su amor, su alma y aun su propia vida?
El caballo no estaba todavía enganchado y Levin, con la gran ansiedad y tensión nerviosa que le
dominaba, no quiso esperar y comenzó a caminar a pie, encargando a Kusmá que le alcanzase con el
carruaje.
En la esquina encontró un trineo de alquiler del servicio de noche que se acercaba veloz. Sentada en él
iba Elisabeta Petrovna, con una capa de terciopelo y la cabeza cubierta con un pañuelo de lana.
–¡Loado sea Dios! ––dijo Levin con alegría al reconocer el rostro, pequeño y rosado de la comadrona,
cuya expresión era entonces severa y hasta preocupada. Salió al encuentro del trineo y sin hacerle parar, le
fue siguiendo a pie sin dejar de correr.
–¿Sólo dos horas dice usted? ¿Sólo dos? –preguntó ella–. A Pedro Dmitrievich le encontrará en su casa,
pero no hace falta que le dé prisa. ¡Ah!, oiga: entre en una farmacia y compre opio.
–¿Cree usted que todo irá bien? ¡Dios mío, perdóname y ayúdanos! –exclamó Levin.
En aquel momento su trineo salía del portal de su casa. De un salto se colocó al lado de Kusmá y ordenó
a éste que le llevara a casa de Pedro Dmitrievich lo más rápidamente posible.
XIV
El médico no estaba levantado aún.
El criado, ocupado en limpiar los cristales de sus lámparas de petróleo y sin dejar su trabajo, dijo a Levin
que «el señor había ido a dormir tarde y le había ordenado que no le despertara. Ahora», añadió, «que creo
que se levanta pronto». Absorto en su trabajo, apenas le había mirado, y aquella atención hacia las lámparas
y su indiferencia ante las palabras de Levin, al primer momento indignaron a éste. Pero reflexionó en
seguida y comprendió que nadie sabía lo que ocurría en su interior ni estaba obligado a compartir sus
sentimientos, y se dijo que, por esta razón, debía obrar con tranquilidad y firmeza para romper el hielo de la
indiferencia de los otros y alcanzar el fin que perseguía.
«No debo precipitarme ni omitir nada, tal debe ser mi regla de conducta», se dijo, satisfecho de sentir
toda su atención todos sus fuerzas físicas absorbidas por la tarea que se había impuesto.
Puesto que el médico no estaba levantado todavía, Levin cambió su plan. Así, decidió ordenar a Kusmá
que fuera, con una carta suya, a buscar a otro médico. Él iría a la farmacia para adquirir el opio y si, a su
regreso, Pedro Dmitrievich no estaba aún levantado, trataría de conseguir del criado como fuera, de grado o
por fuerza, que despertara a su señor y le diese su recado.
En la farmacia el mancebo ponía en unas obleas cierta medicina que esperaba un cochero, y lo hacía con
la misma atención con que el criado de Pedro Dmitrievich limpiaba las lámparas; y, con igual indiferencia
que el criado, dijo a Levin que no podía atenderle en aquel momento, que esperase.
Procurando no irritarse ni precipitarse, Levin explicó al farmacéutico para qué necesitaba el opio, le hizo
ver que se trataba de un caso de urgencia y le rogó que le despachara cuanto antes. El mancebo consultó en
alemán a alguien que se encontraba detrás de un biombo, y, habiendo recibido el consentimiento de aquella
persona, tomó sin prisas un frasco, vertió una pequeña cantidad de su contenido en otro frasco pequeño, le
puso una etiqueta, lo cerró con precinto y, no obstante las indicaciones y apremios de Levin, se dispuso a
envolverlo en un papel.
Levin, intranquilo, nervioso, no pudo soportar ya más aquella dilación, arrebató el frasco de las manos
del mancebo y salió de la farmacia corriendo, derribando sillas, y cerrando violentamente las grandes
puertas con cristales.
Pedro Dmitrievich no estaba aún levantado y el criado se ocupaba en colocar un tapiz, y también esta vez
se negó a despertar a su señor.
Sin precipitarse, Levin sacó de su cartera un billete de diez rublos, se lo dio al criado, y pronunciando las
palabras lentamente, pero sin perder tiempo, le explicó que su señor (¡qué grande a importante le parecía a
Levin ahora aquel Pedro Dmitrievich, a quien tan insignificante había visto siempre!) el propio Pedro
Dmitrievich, le había prometido ir a la hora que fuese y que seguramente no se enfadaría porque le despertaran
en aquel momento.
El criado consintió en ello y se dirigió a las habitaciones de arriba, indicando a Levin que pasara a la sala
de espera.
A través de la puerta, éste oyó cómo el doctor se levantaba, iba de un lado a otro, se lavaba y decía algo.
Pasaron unos tres minutos, que a él le parecieron más de una hora, y no pudiendo esperar más, se levantó
y dijo, con acento suplicante, desde la puerta de la sala:
–¡Pedro Dinitrievich! ¡Pedro Dmitrievich! ¡Por Dios! Perdóneme y recíbame como esté. Han pasado más
de dos horas…
–En seguida… en seguida ––contestó la voz del doctor.
Levin adivinó, sorprendido, que el doctor sonreía, y se sintió algo aliviado de su angustia.
Sin embargo, insistió:
–Permítame un momento.
Pasaron otros diez minutos mientras el médico se ponía las botas y el traje y se peinaba.
–¡Pedro Dmitrievich! –comenzó a hablar de nuevo Levin, con voz lastimera. Pero, en aquel momento, el
médico vestido ya y peinado, penetró en la sala.
«Esta gente no tienen conciencia», se dijo para sí, «mientras los otros se mueren, ellos se están
peinando».
–¡Buenos días! –le saludó el doctor, dándole la mano, y como queriendo burlarse de él con su calma–. No
se apresure usted.
Luego, con gran traquilidad, le preguntó:
–Bueno, ¿qué ha pasado hasta ahora?
Procurando no omitir detalle alguno a interrumpiéndose constantemente para rogarle que fuera con él a
asistir a Kitty cuanto antes, inmediatamente si era posible, Levin contó al doctor todo lo que había ocurrido
hasta el momento en que había salido de casa.
–No se apresure usted, hombre, no se apresure –le dijo el doctor con calma–. Ustedes no entienden de
esas cosas… A pesar de que seguramente no habrá necesidad de mí, he prometido ir a iré… Pero no hay
ningún motivo para apresurarse… Siéntese usted, hágame el favor. ¿Quiere café?
Levin le dirigió una mirada, mezcla de asombro a ira, pensando si aquel hombre estaría chanceándose de
él.
El doctor lo comprendió y dijo sonriendo:
–Ya sé… Ya sé lo que son estos casos, puesto que he asistido a muchos y yo mismo tengo hijos.
Nosotros, los maridos, somos en estos momentos la gente más torpe Ïlor. El marido de una de mis clientes,
habitualmente, . el parto de su esposa, corre a refugiarse en la cuadra.
–¿Qué cree usted que ocurrirá, Pedro Dmitrievich? ¿Cree que todo saldrá bien?
–Todo indica un feliz desenlace.
–¿Así que va usted a venir en seguida? –preguntó, mirando con ira al criado, que traía al doctor el café.
–Dentro de una hora.
–¡No, por Dios! –suplicó Levin.
El médico empezó a tomar su café, mientras él callaba, intranquilo y angustiado.
–A los turcos les zurran de lo lindo. ¿No ha leído usted los telegramas de ayer? –dijo Pedro Dmitrievich
mientras mojaba, con gran calma, el panecillo en el café y se lo iba comiendo poco a poco.
–No, no puedo más –exclamó Levin, levantándose de un salto–. ¿Así que vendrá usted dentro de un
cuarto de hora? –volvió a preguntar.
–De una media hora.
–¿Palabra de honor?
Levin llegó a su casa al mismo tiempo que la Princesa, y los dos se acercaron a la puerta del dormitorio.
La Princesa tenía lágrimas en los ojos y sus manos temblaban. Al verle, le abrazó y se puso a llorar.
–¿Cómo va eso, querida Elisabeta Petrovna? –preguntó la Princesa a la comadrona, que salía en aquel
momento de la habitación de Kitty con el rostro radiante aunque preocupada.
–Todo va bien –dijo la comadrona–. Pero persuádanla –añadió– a que se esté en la cama. Así sentirá
menos los dolores.
Cuando Levin, al despertar aquella mañana, comprendió que había llegado el momento del
alumbramiento, resuelto a sostener el valor de su esposa, se había prometido no pensar en nada, ocultar sus
emociones y, sobre todo, su intranquilidad y su incertidumbre durante las cinco horas que, según los
entendidos, debía durar la prueba, y mantener el ánimo sereno para consolarla y animarla con su presencia.
Pero, cuando al volver de la casa del médico vio que Kitty continuaba sufriendo, empezó a suspirar y a
levantar los ojos al cielo, a temer que no podría resistirlo y se pondría a llorar o tendría que huir, y con
mirada suplicante repitió con insistencia sus invocaciones a Dios:
«¡Señor, perdóname y ayúdanos!»
Pasó una hora de horrible tortura para él, pasó otra y otra, hasta las cinco que le habían indicado que
duraría el parto, y al cabo de las cuales esperaba el final de su tribulación, pero después de aquel tiempo el
estado de Kitty seguía igual.
Se sentía desesperado. Sufría horriblemente no viendo término a los dolores de su esposa. A menudo
pensaba, contando las palpitaciones, que su corazón iba a estallar, y sentía agotarse su paciencia.
Y pasaban minutos tras minutos, horas y más horas sin que se aclarara aquella situación.
Todas sus condiciones habituales de vida, comidas, sueño, aseo, distracciones –de las cuales Levin creía
que no podría prescindir, habían desaparecido, no existían para él. Perdió la noción del tiempo. Aquellos
momentos en que Kitty le llamaba a su lado y con sus manos sudorosas apretaba las suyas con gran ansia,
con fuerza extraordinaria, y se las abandonaba después, con expresión de agotamiento, le parecían horas; o
bien el tiempo se le pasaba sin sentirlo. Levin se sorprendió cuando Elisabeta Petrovna encendió la luz y en
un reloj que había tras de un biombo, vio que eran las cinco de la tarde. Si le hubieran dicho que eran las
diez de la mañana, igualmente se habría sorprendido.
Advertía tan poco el paso del tiempo como lo que en él ocurría. Veía el rostro de Kitty, ya excitado, ya
sorprendido, o sonriente, o con gesto de dolor. Veía también a la Princesa, encendida, angustiada, sin
voluntad, con el rostro enmarcado de bucles blancos, cubierto de lágrimas que devoraba mordiéndose los
labios. Veía a Dolly y al doctor, que fumaba gruesos cigarros, y a Elisaveta Petrovna, con el rostro firme,
decidido y tranquilizador; y al viejo Príncipe, que se paseaba por la sala con el ceño fruncido. Pero Levin
no se daba cuenta de que cuando cada uno de ellos entraba en la habitación, cambiaba de sitio o postura, o
se marchaba. La Princesa tan pronto estaba en la habitación junto al doctor, como en el gabinete, donde
habían puesto la mesa. Y en el sitio que ocupaba la Princesa veía, después, a Dolly, sin que se diese cuenta
para nada de sus entradas y salidas. Si le hacían algún encargo lo ejecutaba inconscientemente.
Recordaba que le habían enviado a alguna parte y no podía precisar para qué, ni cuándo, ni adónde había
ido. También, en otro momento, le habían mandado llevar una mesa y un diván a la habitación. Lo había
hecho deprisa, y sólo después se dio cuenta de que los había llevado para pasar él la noche.
Le habían mandado al gabinete a preguntar algo al doctor, y éste, después de haberle contestado, se puso
a hablar del desorden que reinaba en el Ayuntamiento.
Le habían mandado también al dormitorio para llevar a la Princesa la Santa Imagen de la casulla de plata
dorada, y Levin, en unión de la vieja camarera de la Princesa, subió al sagrario para sacar la imagen y
rompió la lamparilla. La vieja camarera le consoló de aquel accidente y le dio ánimo respecto al estado de
Kitty. Levin llevó la Santa Imagen y la colocó con gran cuidado a la cabecera de su mujer, detrás de los
almohadones. Pero, dónde, cómo y por qué había hecho todo aquello no lo recordaba. Tampoco
comprendía por qué la Princesa le cogía la mano, le miraba con compasión y le pedía que se calmase; por
qué Dolly le pedía que comiera; ni por qué el médico le miraba tan serio y con tanta compasión y le hacía
beber unas gotas.
Sabía y sentía que estaba en la misma situación, en igual estado de inconsciencia que hacía casi un año
en la fonda de aquella capital de provincia, cerca del lecho de muerte de su hermano Nicolás. Entonces se
trataba de una muerte y ahora de una vida. Pero igual que antes el dolor, la alegría abría ahora en la vida
habitual de Levin un claro en el cual advertía algo superior que no acababa de comprender pero que le elevaba
el alma a una altura a que no llegara nunca y adonde su razón no alcanzara.
«¡Señor, perdóname y ayúdanos!», repetía sin cesar, con la naturalidad y la fe con que lo había hecho en
su infancia y durante su juventud, aquellos períodos de su vida tan lejanos que parecían definitivamente
olvidados, pero que hábían dejado en su alma un sedimento que ahora le subía a los labios.
Durante aquellas horas interminables, Levin conoció alternativamente dos diferentes estados de ánimo:
uno, cuando alejado de Kitty estaba con el doctor, que fumaba uno tras otro gruesos cigarros, apagándolos
en el borde del cenicero, lleno ya de ceniza, o bien cuando estaba con Dolly o con el Príncipe y hablaban de
política, de la enfermedad de María Petrovna o sobre otro tema cualquiera, en animada conversación. En
estos momentos, Levin olvidaba por completo lo que le estaba –ocurriendo a su esposa y sentía firme su
ánimo y despierto su pensamiento. El otro estado de espíritu por que pasaba era cuando estaba en presencia
de Kitty, cerca de su cabecera, y se sentía otro ser completamente distinto: sentía como si su corazón fuera
a romperse y rezaba sin cesar. Cada vez que en un momento de olvido oía de nuevo un grito que le llegaba
del dormitorio, Levin caía en el mismo error: al oírlo, daba un salto y corría allí, con intención de
disculparse; luego, por el camino, se acordaba de que no era el causante de aquellos sufrimientos, y sentía
deseos de defender y de ayudar a su mujer. Al mirarla veía, sin embargo, que le era imposible ayudarla, se
horrorizaba y clamaba una vez más: «¡Señor, perdóname y ayúdanos!».
Cuanto más tiempo pasaba, tanto más doloroso sentía Levin el contraste de aquellos dos sentimientos;
más tranquilo se sentía fuera de su presencia, hasta el punto de olvidarse de todo; y más vivo era su
sentimiento de impotencia cuanto más hondos eran los sufrimientos de su mujer. Pero, a pesar de todo,
cuando oía su voz, corría al lado de ella a ayudarla.
A veces, cuando le llamaba, sentía ira y deseos de increparla, pero, al ver el rostro de Kitty sumiso y
sonriente y oyendo sus palabras: «¡Cómo te atormento, Kostia! Perdóname», Levin quería volverse contra
Dios; y al recordar a Dios, en seguida le imploraba que le perdonara y les ayudase.
XV
Levin no sabía si era tarde o temprano. Las velas estaban ya casi consumidas. Dolly, que salía entonces
del gabinete, rogó al doctor que descansara.
Levin, sentado cerca del doctor, escuchaba una anécdota que éste le refería de un charlatán magnetizador,
y miraba a la vez y con aire abstraído la ceniza que se iba formando en su cigarro.
Era un período de tranquilidad y Levin se había olvidado por completo del parto. Ahora escuchaba las
palabras del doctor y las comprendía plenamente.
De súbito se oyó un grito estremecedor. El grito era tan terrible que Levin ni siquiera pudo levantarse,
como otras veces –de un salto– y correr a la alcoba, sino que se quedó sentado, inmóvil, con la respiración
cortada, mirando al doctor aterrada a interrogativa.
Pedro Dmitrievich, ladeando la cabeza, escuchó. Luego sonrió a hizo un gesto de satisfacción.
Todo lo que ocurría era tan extraordinario que ya nada podía sorprender a Levin.
«Sin duda debe de ser así», se dijo. Y continuó sentado.
Pero, poco después, no pudiendo, a pesar de todo, explicarse aquel grito, se levantó y, de puntillas, entró
en el dormitorio, pasó por detrás de Elisabeta Petrovna y la Princesa y se colocó en su sitio de siempre, a la
cabecera de la cama.
No se oía ya ningún grito, pero comprendió que allí, por más que nada advirtiese ni comprendiese nada,
había sucedido algo extraordinario. El rostro de Elisabeta Petrovna estaba severo y pálido; sus mandíbulas
temblaban ligeramente y sus ojos estaban fijos en Kitty. El rostro congestionado, atormentado, de su mujer,
cubierto de sudor y con un mechón de cabellos pegados a la frente, se había vuelto hacia él, buscaba la
mirada de su esposo, y con sus manos, levantadas por encima de la cama, le pedía su mano.
–No te marches… No te marches… Yo no temo, no temo… –dijo rápidamente, tomando entre las suyas
sudorosas las manos frías de su marido y acercándoselas a la cara–. Mamá… Toma mis pendiente que me
están estorbando… Tú no temas… ¿Será pronto, Elisabeta Petrovna?
Hablaba precipitadamente y con voz entrecortada. Quería sonreír, pero de pronto su rostro se alteró
horriblemente y de su garganta brotó un quejido horrible, fuerte, agudo y prolongado.
–¡No! Es terrible… Voy a morir… Voy a morir… Vete, vete –dijo a Levin.
Y de su garganta brotó de nuevo el mismo grito estremecedor.
Levin se cogió la cabeza con las manos y salió corriendo de la habitación.
–No es nada, no es nada, todo va bien ––oyó decir a Dolly detrás de él. Pero, a pesar de lo que le decían,
él pensaba que todo estaba perdido.
Se quedó en la habitación contigua, apoyando su cabeza en el quicio de la puerta. Seguía oyendo aquel
grito nunca escuchado, semejante a un espantoso aullido, y sabiendo que la que gritaba de aquel modo era
su Kitty.
Ya hacía tiempo que, ante tanto dolor, había renegado de su deseo de tener un hijo. Ahora le odiaba y no
pedía a Dios sino que salvase la vida de ella; lo única que deseaba era que cesaran sus sufrimientos.
–¿Qué es esto, Dios mío? Doctor, ¿qué es esto? –decía Levin cogiendo de la mano al doctor, que entraba
en aquel momento, en la habitación.
–Se está terminando ––dijo el doctor. Y tenía un rostro tan serio cuando dijo estas palabras, que Levin
entendió que aquel «se está terminando» significaba que Kitty estaba muriéndose.
Fuera de sí, corrió al dormitorio, donde lo primero que vio fue el rostro de Elisabeta Petrovna, más
fruncido y severo que el del médico. Kitty, su querida Kitty, no estaba ya allí. En su lugar había una
criatura atormentada, con el rostro descompuesto y terrible, de cuya boca brotaban sin cesar estremecedores
gritos, y a la que era imposible reconocer.
Levin apoyó su cara contra la madera de la cama y le parecía que su corazón iba a estallar.
Los horribles lamentos sonaron sin interrupción durante algún tiempo, cada vez más estremecedores.
Pero de pronto, y como habiendo llegado ya su último límite, se dejaron de oír.
Levin no quería dar crédito a sus oídos, pero la duda no era ya posible: los lamentos habían cesado y sólo
se oía un suave ruido de ropas removidas y respiraciones fatigadas y, por último, la voz de Kitty, su viva y
suave voz, llena de inefable felicidad que decía: «i Se terminó!».
El levantó la cabeza con temor.
Con los brazos caídos, desmayados, sobre la colcha extraordinariamente hermosa y dulce, ella le miraba
en silencio, iniciando una sonrisa que no llegaba a terminar.
Y de repente, de aquel mundo misterioso y terrible, tan lejos de la vida ordinaria, en el que había vivido
aquellas últimas veintidós horas, Levin se sintió transportado a su mundo habitual, a su mundo de antes, y
que ahora encontraba iluminado por una luz de felicidad tan radiante que no la pudo soportar. Lágrimas de
alegría le inundaron los ojos, y los sollozos le brotaron con tanta intensidad que sacudieron todo su cuerpo
y durante largo rato le impidieron pronunciar palabra.
Arrodillado ante la cama, ponía sus labios sobre las manos de su mujer y las besaba frenéticamente,
mientras ella respondía a estas caricias con un movimiento débil de sus dedos exangües.
En tanto, a los pies de la cama, entre las manos hábiles de Elisabeta Petrovna, se agitaba cual la luz
vacilante de una pequeña lámpara la débil llama de aquel ser que un segundo antes no existía, pero que
muy pronto haría valer sus derechos a la vida y engendraría a su vez a otros semejantes.
–¡Vive! ¡Vive! ¡Y es un niño! ¡No se apure! – oyó Levin a Elisabeta Petrovna, que con una mano
golpeaba ligeramente la espalda del niño.
–Mamá, ¿es verdad? –preguntó con voz débil Kitty.
Le contestaron sólo los sollozos de la Princesa.
Y en el silencio, como respuesta indudable a la pregunta de la madre, se oyó una voz, bien distinta de las
que hablaban, en tono bajo, en la habitación contigua. Era el vagido del que acababa de nacer.
Si un momento antes le hubieran dicho a Levin que Kitty había muerto y él también, que estaban juntos
los dos en la gloria y tenían hijos que eran ángeles, y que Dios estaba allí mismo, con ellos, él no habría
mostrado ninguna extrañeza. Pero, ahora, vuelto al mundo de lo real, hacía esfuerzos en su pensamiento
para no dudar de que ella estaba viva y sana y comprender que aquel ser que chillaba tan desesperadamente
era un hijo suyo. Sí: Kitty estaba viva, y sus sufrimientos habían terminado, y él era infinitamente feliz.
Todo esto lo comprendía con claridad. Pero, ¿y el niño? ¿Qué era el niño? ¿De dónde y para qué venía?
Levin no pudo asimilar este pensamiento en mucho tiempo. Le parecía que aquel ser sobraba.
XVI
A las nueve de la noche, el viejo príncipe, Sergio Ivanovich y Esteban Arkadievich estaban sentados con
Levin y, habiendo hablado ya respecto a la joven madre, trataban ahora de otras cuestiones relativas al
caso.
Levin les escuchaba sin prestarles atención alguna. Mientras hablaban, él recordaba los temores y
sufrimientos que había experimentado hasta la mañana de aquel día. Recordaba su estado de la víspera,
antes de que pasara nada de todo aquello, y le parecía que desde entonces habían transcurrido cien años.
Se sentía en una altura inaccesible de la cual quería descender para no ofender, con su falta de atención, a
aquellos que estaban hablándole. Pero mientras seguía aquella conversación relativa a la nueva situación de
su familia, Levin no dejaba de pensar en su mujer, en el estado de su salud; y pensaba también en su hijo,
de cuya existencia, aunque procurando convencerse, dudaba todavía.
Aquel mundo femenino, al que ya desde su boda consideraba con otra significación, bajo el aspecto de
futuras esposas, ahora lo veía a una altura tal, formado por madres, que ni siquiera podía llegar a él en su
imaginación.
Estaba escuchando cómo hablaban de la comida que habían tenido el día anterior en el Círculo y, entre
tanto, pensaba: «¿Qué hará ahora Kitty? ¿Estará durmiendo? ¿Cómo se sentirá? ¿Qué estará pensando?
¿Chillará aún el pequeño Dimitri?»
Y, cortando inopinadamente la conversación, se levantó y salió de la estancia.
–Mándame aviso de si puedo verla –le encargó el Príncipe.
–Bien, ahora –contestó Levin sin detenerse y se dirigió apresuradamente a la habitación de su mujer.
Kitty no dormía. Hablaba con su madre, en voz baja, referente al próximo bautizo del niño. En tanto,
descansaba, arreglados su rostro y su cuerpo; peinada de nuevo, con una cofia azul celeste cubriéndole la
cabeza, los brazos sobre la colcha y recostada dulcemente en la almohada.
Al ver a Levin, que se quedó en la puerta mirándola, le indicó con los ojos que se acercara. Su mirada,
siempre tan clara, hacíase más clara todavía a medida que él se aproximaba. En su rostro se advertía aquel
cambio de terrenal a ultraterreno, aquella expresión de serenidad que se observa en los rostros de los
muertos, con la diferencia de que en éstos es de despedida y en el de Kitty era de alegre salutación, de bienvenida.
La emoción que había experimentado durante el parto, volvió a apoderarse de él. Kitty le tomó su mano y
le preguntó si había dormido.
Levin, vencido por la emoción, no pudo contestar, y avergonzado de su debilidad, volvió el rostro.
–Pues yo he dormido un buen rato ––dijo ella– y he olvidado todo lo que he sufrido, y ahora, Kostia, me
siento tan bien otra vez…
Le miraba y, de repente, llegaron hasta ella los gritos del niño, y la expresión de su rostro cambió.
–Démelo, Elisabeta Petrovna, démelo. Quiero que Kostia lo vea.
–Bien, que el papá lo vea –dijo Elisabeta Petrovna, levantando y acercando una forma extraña, colorada,
que se movía–––. Pero esperen un momento; antes tenemos que arreglarle.
Y Elisabeta Petrovna puso aquella forma movible y colorada –el niño– sobre la cama, le desenvolvió, le
echó polvos en sus carnecitas, separando, cuidadosamente con un dedo, sus junturas, sus arruguitas, y le
vistió de nuevo.
Mirando a aquel minúsculo y lamentable ser, Levin hacía vanos esfuerzos en su alma para encontrar en
ella algún sentimiento paternal. Sentía sólo repugnancia. Pero cuando dejaron desnudo al niño y vio sus
brazos, tan delgaditos, tan diminutos, los pies de color azafranado, hasta en los dedos mayores, que eran
muy distintos de otros dedos; y al ver, también, que la comadrona apretaba aquellos brazos que querían
abrirse y los cerraba como si tuvieran muelles blandos, y cómo le movía para envolverle en las vestiduras
de hilo, Levin sintió tanta lástima de aquel ser y tanto temor de que Elisaveta Petrovna le hiciera daño, que
retuvo las manos de la comadrona.
Elisabeta Petrovna no.
–No tema, hombre, no tema –le dijo.
Cuando el niño estuvo arreglado y convertido en una especie de crisálida, Elisabeta Petrovna le hizo
girar, presentándole por todos sus lados, como si estuviera orgullosa de él y de su labor, y apartándose para
que Levin pudiera verle en toda su belleza.
Kitty, que no separaba un momento los ojos del recién nacido, exclamó de nuevo:
–Démelo, démelo –y hasta quiso levantarse para coger a su hijo.
–¿Qué hace usted, Catalina Alejandrovna? No debe usted hacer estos movimientos. Espere, que se lo
daré. Ahora, en cuanto acabe de verle su papaíto… Qué buen mozo, ¿eh?
Y Elisabeta Petrovna levantó en una de sus manos (la otra, con sólo los dedos, sostenía la débil nuca para
evitar cualquier movimiento peligroso) a aquella extraña figura, rojiza y movible. Tenía el rostro oculto por
los bordes de los pañales, pero se le veían las naricillas, los ojos, cerrados y algo torcidos, y los labios que
hacían ademán de chupar.
–¡Es una criatura magnífica! –volvió a ensalzar Elisabeta Petrovna.
Levin suspiró con pesar. Aquella criatura magnífica le despertaba solamente un sentimiento de
repugnancia y compasión. Cuando Elisabeta Petrovna lo acercó al pecho de la madre, y auxilió a ésta en su
inexperiencia, Levin no quiso mirar.
De repente, una risa nerviosa de Kitty, provocada por la impresión que le causaba el niño tomando el
pecho, hizo volverle la cabeza.
–Ya basta, basta ya ––decía Elisabeta Petroyna; pero Kitty dejó mamar al niño hasta que quedó dormido
en sus brazos.
–Mírale ahora –dijo la madre, volviendo el niño de forma que Levin pudiera verle el rostro.
El niño arrugó aún más su carita de viejecillo y estornudó.
Levin, conteniendo con dificultad las lágrimas de enternecimiento que acudían a sus ojos, besó a su
mujer y salió de la habitación.
Los sentimientos que le inspiraba aquel pequeño ser eran completamente distintos de lo que él esperaba.
No se sentía alegre, y mucho menos feliz. Por el contrario, experimentaba un miedo nuevo y atormentador.
Miedo a que Kitty pudiera verse de nuevo en el trance de tener que pasar por los sufrimientos que había
pasado. Miedo al nuevo rincón vulnerable que habría a partir de ahora en su vida, en el temor de que
aquella criatura hubiese de sufrir. Y este sentimiento era tan fuerte en él que no le dejó percibir la extraña
sensación de alegría irracionable mezclada con un orgullo que había experimentado oyendo estornudar al
niño.
XVII
Los asuntos de Esteban Arkadievich marchaban de mal en peor.
Dos terceras partes del dinero que debía percibir por la venta de su bosque estaban ya gastadas y, con un
descuento del diez por ciento, Oblonsky tomó por adelantado casi todo lo que le faltaba cobrar de la parte
restante. El comerciante que había comprado el bosque no le daba más dinero, principalmente porque, por
primera vez en su vida, Daria Alejandrovna, haciendo valer sus derechos a aquellos bienes, se había negado
a firmar en el contrato haber recibido dinero a cuenta de aquella tercera parte del bosque. Todo el sueldo de
Esteban Arkadievich se había ido en los gastos de la casa y en pagar pequeñas deudas que él tenía siempre.
Los Oblonsky habían quedado, pues, sin un céntimo y sin tener dónde encontrar dinero.
«Esto es desagradable y fastidioso y no debe continuar así», pensaba Esteban Arkadievich. Y pensaba
también que la causa de aquella situación tan difícil era el escaso sueldo que percibía. El puesto que
ocupaba resultaba muy bien remunerado hacía cinco años, pero, con el encarecimiento de la vida, su sueldo
no llegaba para nada. Petrov, director de un banco, percibía doce mil rubios; a Sventisky, como miembro de
una sociedad, le daban diecisiete mil; Mitin, fundador de un banco, cobraba cincuenta mil. «Se ve que estoy
dormido y me han olvidado», pensaba Esteban Arkadievich.
Entonces decidió escuchar, observar, orientarse hacia otros cargos más remuneradores. Al final del
invierno había puesto ya la mirada en uno muy bien retribuido y comenzó las gestiones para obtenerlo.
Inició las primeras desde Moscú, por mediación de sus tíos, tías y amigos; y luego, cuando el asunto estuvo
ya madurado, se trasladó a San Petersburgo para darle fin.
Existían puestos de todas las categorías, desde mil hasta cincuenta mil rubios de sueldo anual. El que
quería Esteban Arkadievich era el de miembro de la Comisión de las Agencias Reunidas de Balances de
Crédito Mutuo y de los Ferrocarriles del Sur. Este puesto, como todos los de esta índole, exigía unos
conocimientos y una actividad tales como difícilmente podían hallarse en un hombre solo. Como este
hombre no se encontraba, procuraban al menos encontrar para ellos un hombre «honrado» .
Esteban Arkadievich, no sólo era un hombre honrado, sino un honradísimo hombre, con la especial
significación que tiene esta palabra en Moscú cuando dicen « honradísimo hombre de acción», «
honradísimo escritor», «honradísima institución» «honradísima dirección de ideas», lo que significaba que
la institución o el hombre, no sólo son probos, sino también, si llegare el caso, capaces de oponerse al
propio Gobierno. En Moscú, Esteban Arkadievich frecuentaba la sociedad donde esta palabra estaba en
boga, y era considerado como un «honradísimo ciudadano» . Por esta razón, más que por otra, tenía más
derecho que otros a ocupar aquel cargo.
El cargo, que producía de seis a diez mil rublos anuales, y que Oblonsky podía ocuparlo sin dejar su
puesto oficial en el Ministerio, dependía de dos ministerios, de una señora y de dos judíos. Todas estas
personas estaban preparadas ya en su favor, pero, no obstante, necesitaba verlas en San Petersburgo.
Además, Esteban Arkadievich había prometido a su hermana obtener una respuesta definitiva de su marido
con respecto al divorcio. Dolly le dio cincuenta rublos, y con este dinero, Oblonsky se marchó a San
Petersburgo.
Sentado en el gabinete de Karenin, Esteban Arkadievich escuchaba la lectura que éste le hacía de su
memoria relativa al mal estado de las finanzas rusas, y esperaba el momento en que Alexey Alejandrovich
terminara de leer y comentar para tratar con él de los asuntos que allí le llevaban: el divorcio y la obtención
del cargo a que aspiraba.
–Sí, todo esto es muy justo –dijo Oblonsky, cuando su cuñado, quitándose los pince-nez, sin los cuales
ahora no podía leer, le miró interrogativamente después de haber terminado la lectura–. Pero de todos
modos el principio esencial de nuestros tiempos es la libertad.
–Sí, mas yo establezco otro principio que abraza, también, el de libertad –dijo Alexey Alexandrovich,
recalcando las palabras « que abraza» . Y se puso de nuevo los pince–nez, y, después de haber hojeado el
manuscrito, escrito con buena Tetra, de anchos y claros caracteres, leyó otra vez lo referente a aquel
principio a que aludía.
–Si no acepto el sistema de protecciones, no es para favorecer a los particulares –explicó–, sino para que
las clases superiores a inferiores, en el mismo grado, encuentren un medio mejor de vida –decía Karenin
mirando a Oblonsky por encima de los pince-nez–. Pero «ellos» no lo comprenden, no lo quieren
comprender. «Ellos» están muy ocupados en otras cosas: unos en sus intereses personales; otros en tratar de
deslumbrar con sus frases huecas… Esteban Arkadievich sabía que cuando Karenin se ponía a hablar de lo
que estaban pensando o haciendo «ellos» (aquellos mismos que no querían aceptar sus proyectos y, según
decía, eran la causa de todo el mal que padecía Rusia), significaba que la conversación tocaba a su fin. Por
este motivo, con mucho gusto renegó del principio de libertad y se mostró de acuerdo con Alexey
Alejandrovich, el cual, al fin, quedó callado, hojeando su manuscrito.
–¡Ah! A propósito –dijo Esteban Arkadievich entonces, aprovechando aquel estado de ánimo de su
cuñado–, quería pedirte que, cuando tengas ocasión de ver a Pomoszky, le digas que tengo un gran interés
en ser designado para el puesto que van a instituir de miembro de la Comisión de las Agencias Reunidas de
Balances de Crédito Mutuo y de los Ferrocarriles del Sur. (Esteban Arkadievich estaba tan encariñado con
este puesto, que pronunciaba ya su título rápidamente y sin equivocarse.)
Alexey Alejandrovich le preguntó en qué consistía la labor de aquella Comisión y quedó pensativo,
reflexionando si en la actividad de ella había algo contrario a sus proyectos. Pero como la actividad de la
nueva institución era muy complicada y los proyectos de Karenin alcanzaban un amplio campo, no pudo de
momento decidir y, quitándose otra vez los pincenez, dijo:
–Indudablemente, podré decirle algo a Pomozsky, pero, ¿para qué quieres ocupar este puesto,
precisamente?
–Se trata de un buen sueldo. Creo que hasta nueve mil rublos, y mis medios…
–¡Nueve mil rublos! –exclamó Alexey Alejandrovich, y frunció el entrecejo.
La importancia de este sueldo le recordó que la futura actividad de Esteban Arkadievich en aquel cargo
tal vez fuera contraria a la principal idea de sus proyectos, que era la economía.
–Considero, y así lo he expuesto en mi memoria, que en nuestros tiempos esos sueldos exorbitantes no
son más que una prueba de la falsa assiette económica de nuestra administración.
–Pero, ¿cómo quieres que sea? –refutó Esteban Arkadievich–. Si el director de un banco gana diez mil
rublos de sueldo, y un ingeniero gana veinte mil, es porque el trabajo lo vale. Esto tienes que reconocerlo.
–Yo considero que el sueldo es el pago por una mercancía y debe regularse por la ley de la oferta y la
demanda. Y cuando veo, por ejemplo, que de la Escuela Superior de Ingenieros salen dos alumnos
igualmente instruidos y capaces y uno logra un sueldo de cuarenta mil rublos y el otro ha de conformarse
con dos mil; cuando veo que ponen como directores de bancos, con un sueldo enorme, a juristas que no
poseen noción alguna de aquella especialidad, entonces concluyo que esos nombramientos no están
regulados por la ley de la oferta y la demanda, sino hechos por favoritismo y con parcialidad. Y esto es un
abuso intolerable que tiene una influencia desastrosa en los servicios del Estado. Considero…
Esteban Arkadievich se apresuró a interrumpir a su cuñado.
–Debes tener en cuenta –dijo– que se trata de una institución nueva, indudablemente útil, al frente de la
cual se necesitan sobre todo hombres «honrados» –terminó, recalcando las palabras «hombres honrados».
Pero la significación moscovita de «hombre honrado» era incomprensible para Alexey Alejandrovich.
–La honradez es una cualidad negativa –sentenció.
–De todos modos –insistió Oblonsky– me harás un gran favor hablándole de mí a Pomoszky. Así trabaré
conversación con él más fácilmente.
–Lo haré con gusto, pero me parece que este asunto depende de Bolgarinov ––dijo Alexey
Alejandrovich.
–Bolgarinov está completamente de acuerdo –afirmó Oblonsky.
Y se sonrojó al decirlo, porque aquella mañana, precisamente, había hecho una visita a aquel hebreo y la
tal visita le había dejado un recuerdo bastante desagradable. Esteban Arkadievich estaba plenamente
convencido de que la causa a la que quería dedicarse era nueva, útil y honrada. Pero aquella mañana,
cuando Bolgarinov, de manera evidentemente deliberada, le había hecho esperar dos horas en la antesala de
su despacho junto con otros visitantes, Oblonsky se sintió desconcertado y molesto, tanto por el hecho de
que a él, al príncipe Oblonsky, descendiente de Riurick, le hubiese tocado esperar dos horas en la antesala
de un judío, como por no haber seguido por primera vez en su vida el ejemplo de sus antepasados de servir
al Gobierno, entrando en una nueva esfera de actividad. No obstante, durante aquellas dos horas de espera,
paseando animado por la sala o atusándose las patillas, o entablando conversación con otros solicitantes,
Esteban Arkadievich había imaginado un ingenioso calembour a propósito de aquella espera en la casa de
un judío. Esteban Arkadievich ocultaba a los demás a incluso a sí mismo el sentimiento que experimentaba.
No obstante, no sabía bien si su malestar procedía del temor de que no le resultase bien el calembour o de
alguna otra causa. Cuando, por fin, Bolgarinov le recibió, lo hizo con extrema amabilidad, visiblemente
satisfecho de poder humillarle y no dejándole ninguna esperanza sobre el éxito de su gestión.
Esteban Arkadievich se apresuró a olvidar aquel incidente. Sólo ahora, al recordarlo, se había ruborizado.
XVIII
–Tengo que hablarte también de otro asunto –dijo Esteban Arkadievich después de un silencio–. Ya lo
debes adivinar… de Ana.
Cuando Oblonsky pronunció el nombre de su hermana, el rostro de Alexey Alejandrovich mudó
completamente de color y, en vez de con la animación que expresaba, se cubrió con una máscara de fatiga y
de inmovilidad.
–Concretamente, ¿qué queréis de mí? –preguntó Karenin, volviéndose en su butaca, cerrando sus pince–
nez y mirando a su interlocutor.
–Una decisión, sea la que sea, Alexey Alejandrovich. Me dirijo a ti no como… como… –«Como a un
marido ofendido» iba a decir Esteban Arkadievich, pero temió herir la susceptibilidad de su cuñado, y
sustituyó estas palabras por « como a un hombre de Estado», y, al fin, no pareciéndole bien tampoco ésta,
dijo:
–Me dirigio a ti como a un hombre, un hombre bueno y un sincero cristiano. Debes tener compasión de
ella.
–¿Y en qué? –preguntó en voz baja Karenin.
–Sí, debes tener compasión de ella. Si la hubieses visto como yo, que he pasado un invierno con ella, el
alma se te llenaría de piedad. Su situación es verdaderamente terrible… Sí, terrible… –insistió.
–Creía –contestó Karenin, con voz más segura, casi chillona– que Ana Arkadievna había conseguido lo
que quería y se buscó ella misma…
–¡Alexey Alejandrovich, por favor! Dejemos las recriminaciones. Lo hecho hecho está y sabes muy bien
que lo que ella desea y espera es el divorcio.
–Yo suponía que Ana Arkadievna renunciaba al divorcio en el caso de quedarme yo con el chico. El
silencio equivaldría, pues, a una respuesta, y ya daba este asunto por terminado –––dijo casi gritando
Karenin.
–Por favor, no te acalores –repuso Esteban Arkadievich, dando unas palmaditas afectuosas en las rodillas
de su cuñado–. El asunto no está terminado. Si me lo, permites, haré una recapitulación de él: Cuando os
separasteis, te portaste con tanta grandeza de alma, dándole la libertad, el divorcio, todo …. que Ana se
sintió conmovida por tu generosidad… Sí, conmovida; no lo dudes. Se sintió así hasta el punto de que en los
primeros momentos, viéndose culpable ante ti, no pudo pensar y no pensó en detalles, y fue cuando
renunció a todo. Pero la realidad, el tiempo, le han mostrado que su situación es dolorosa, insoportable.
–La situación de Ana Arkadievna no puede interesarme ––contestó Karenin levantando la vista y
fijándola, fría y severa, en Esteban Arkadievich.
–Permíteme que no lo crea –replicó suavemente Oblonsky–. Su situación –continuó– es agobiadora para
ella y no ofrece ventaja alguna a nadie. Me dirás que se la ha merecido… Ana lo reconoce, y precisamente
por eso no te lo pide directamente; no se atreve a hacerlo. Pero yo, todos sus parientes, todos los que la
queremos, te lo rogamos. ¿Por qué atormentarla tanto? ¿Qué ganas con eso?
–Perdóname, pero me parece que me pones en el lugar del acusado –interrumpió Alexey Alejandrovich.
–No, no, nada de esto –dijo Esteban Arkadievich dándole palmaditas cariñosas en la mano, como si
estuviera seguro de que con este rasgo de afecto ablandaría a su cuñado–. Yo sólo lo digo: su posición es
penosa. Tú puedes aliviarla sin perder nada por tu parte. Yo arreglaré las cosas de tal modo que no te darás
cuenta de nada. Pero, ¡si lo habías prometido
–La promesa fue hecha antes y yo pensaba que la cuestión del hijo lo arreglaría todo. Además, esperaba
que Ana Arkadievna tendría la suficiente grandeza de alma… –dijo Alexey Alejandrovich con gran
dificultad, con voz temblorosa y poniéndose intensamente pálido.
–Ella lo confía todo a tu magnanimidad –insistió Esteban Arkadievich–. Sólo pide, ruega, suplica, una
cosa: que la saquen de la situación insoportable en que se encuentra. Ahora ya no pide que le devuelvas su
hijo. Alexey Alejandrovich, tú eres un hombre bueno. Ponte por un momento en su lugar. El divorcio es
para ella cuestión de vida o muerte. Si no lo hubieras prometido antes, ella se habría conformado con la
situación en que está y habría ajustado a ella su vida, viviendo en el campo. Pero tú lo prometiste, ella lo ha
escrito y se ha trasladado a Moscú, donde cada encuentro con un antiguo amigo o conocido es para ella
como un puñal en el pecho. Y lleva seis meses así, esperando cada día tu decisión, como un condenado a
muerte que tuviera durante meses y meses la cuerda arrollada al cuello, prometiéndole ya la muerte, ya el
indulto. Ten compasión de ella y yo me encargo de arreglarlo todo de modo que no tengas perjuicios, ni
sufrimientos, ni molestias. Vos scrupules…
–No hables de esto, no hables de esto –le interrumpió con gesto de asco Alexey Alejandrcvich–. Lo que
ocurre es que acaso prometí lo que no podía prometer.
–¿Así lo niegas, pues, a cumplirlo?
–Nunca he rehusado cumplir mis compromisos en todo lo que me es posible, pero necesito tiempo para
reflexionar, para ver si lo que he prometido está dentro de lo posible.
–No, Alexey Alejandrovich –dijo Oblonsky, levantándose airadamente–. No quiero creerlo… Ana es todo
lo desgraciada que puede ser una mujer y tú no puedes rehusarle lo que te pide y le prometiste. En tal
caso…
–Se trata de saber si podía o no prometerlo… Vous professez d’étre un libre penseur… Pero yo, como un
hombre que tiene fe, no puedo, en una cuestión tan transcendental, obrar contra la ley cristiana.
–Pero en las sociedades cristianas, entre nosotros, a lo que sé, el divorcio está permitido –repuso Esteban
Arkadievich–. El divorcio está permitido por nuestra Iglesia. Y vemos…
–Está permitido, pero no en este aspecto…
–Alexey Alejandrovich, no lo reconozco –dijo Oblonsky con dureza. Y, tras un pequeño silencio durante
el cual reflexionó sobre la situación que creaba la negativa de Karenin–: ¿No eras tú quien lo perdonó todo
–siguió en tono persuasivo– (y nosotros te lo supimos apreciar y agradecer) y el que, movido por un
sentimiento cristiano, estaba pronto a todos los sacrificios? ¿No eras tú el que dijiste: «Cuando te pidan la
camisa, da el caftán»? Y ahora…
–Ahora te ruego que no hables más de esto. Terminemos nuestra conversación –contestó Alexey
Alejandrovich levantándose de repente, muy pálido, temblándole la mandiíbula inferior y con voz
lastimera.
–¡Ah! Bien. Te ruego que me perdones si te he causado dolor ––dijo Esteban Arkadievich con sonrisa
equívoca y alargándole la mano–. Por mi parte, no he hecho más que cumplir fielmente lo que se me había
encargado.
Alexey Alejandrovich le dio la mano, quedó pensativo unos momentos y le dijo:
–Debo reflexionar y buscar consejo. Pasado mañana haré saber mi respuesta definitiva.
XIX
Esteban Arkadievich iba a marcharse ya cuando entró Korney y anunció:
–Sergio Alexievich.
–¿Quién es este Sergio Alexievich? –preguntó Esteban Arkadievich a Karenin, pero en seguida recordó y
dijo:
–¡Ah! Sí, mi sobrino Serguey. Pensé que se trataba de algún jefe de un departamento ministerial…
«Ana me ha pedido que le vea», pensó también Oblonsky y recordó la expresión del rostro de su
hermana, tímida y lastimera, cuando le había dicho, despidiéndose de él: «Haz por verle de cualquier modo.
Entérate detalladamente de dónde está, quién está a su lado y, si esto fuera posible… ¿Verdad que es posible,
Stiva, obtener el divorcio y tener a mi hijo conmigo?».
Esteban Arkadievich veía ahora que no podía ni siquiera pensar en tal cosa; de todos modos, se alegró de
ver al menos a su sobrino y poder así dar noticias directas a su hermana.
Alexey Alejandrovich hizo presente a su cuñado que a Sergio no le decían nunca nada de su madre y le
rogó que él se abstuviera asimismo de hablarle de ella.
–Sergio ha estado muy enfermo –explicó– después del último encuentro con su madre, que nosotros no
habíamos previsto, y a consecuencia, precisamente, de la impresión que recibió. Hasta hemos temido por su
vida. Una cura bien llevada y baños de mar han repuesto su salud. Ahora, por consejo del médico, le he
internado en un colegio. Efectivamente, el trato con los compañeros le ha producido una reacción beneficiosa
y está completamente sano y estudia muy bien.
–¡Pero, si está hecho un hombre! Realmente ya no es Serguey sino un completo Sergio Alexievich ––
comentó Esteban Arkadievich sonriendo y mirando extasiado al hermoso muchacho, ancho de espaldas,
vestido con marinera azul y pantalón largo, de palabra fácil y ademanes desenvueltos en que encontraba
convertido al pequeño Serguey.
El niño saludó a su tío como a un desconocido; pero, al reconocerle, se sonrojó y, como si se sintiese
ofendido a irritado por algo, le volvió la espalda con precipitación.
Luego se acercó a su padre y le presentó su cuaderno con las notas obtenidas en la escuela.
–Esto ya está bien. Sigue así –comentó su padre.
–Está ahora más delgado y ha crecido mucho. Ha dejado de ser un niño y es un mocetón. Así me gusta –
dijo Esteban Arkadievich–. ¿Me recuerdas? –preguntó al niño.
Sergio miró a su padre rápidamente, como consultándole lo que debía hacen
–Le recuerdo, mon oncle –contestó mirándole. Y de nuevo bajó la vista.
Esteban Arkadievich atrajó hacia sí al niño y le cogió la mano.
–¿Qué, cómo van las cosas? –le dijo con acento cariñoso, pero cohibido, sin saber bien lo que decía,
aunque deseando hablar con él y que le hablase.
Ruborizándose y sin contestar, el niño tiró suavemente de la mano que le había cogido su tío y, apenas
logró soltarse, se separó de él, miró interrogativamente a su padre, pidiéndole permiso para retirarse y, al
contestarle con un gesto afirmativo, salió de la habitación apresuradamente, como un pájaro al que dejasen
en libertad.
Había pasado un año desde que Sergio Alexievich viera a su madre por última vez, y desde entonces
nunca había vuelto a oír a hablar de ella. Este año le habían internado en un colegio, donde conoció y cobró
afecto a otros niños también internados allí. Los pensamientos y recuerdos de su madre, que después de su
entrevista con ella le hicieron enfermar, ahora habían dejado de inquietarle, y, si a veces volvían a su
mente, los rechazaba considerándolos vergonzosos, propios de niñas pero no de niño. Sabía que entre sus
padres se había producido una discordia que les había separado y que él debía estar con su padre. Y
procuraba acostumbrarse a esta idea.
Ver a su tío, tan parecido a su madre, le fue desagradable, por despertar en él aquellos recuerdos que
consideraba vergonzosos. Y aún le fue más desagradable la visita por algunas palabras que oyó cuando
esperaba a la puerta del despacho y que, por la expresión de los rostros de su padre y su tío, adivinó que se
referían a su madre. Y, para no inculpar al padre, puesto que con él vivía y de él dependía y,
principalmente, por no entregarse al sentimiento que él consideraba denigrante, Sergio procuró no mirar a
Esteban Arkadievich y no pensar en lo que éste le recordaba.
Al salir del gabinete, Esteban Arkadievich encontró a Sergio en la escalera y le llamó, y le preguntó,
mostrándole gran interés y afecto, cómo pasaba el tiempo en la escuela y en las clases, qué hacía luego y
otros detalles de su vida.
Sergio, ausente su padre, contestó muy comunicativo, más hablador.
–Ahora jugamos al ferrocarril –explicó–. Vea usted, es así: dos chicos se sientan en un banco figurando
ser viajeros; otro, se coloca de pie delante del banco, de espaldas a éste; los tres se enlazan con las manos y
los cinturones (todo esto estápermitido) y, abiertas antes las puertas, corren por todas las salas. ¡Es muy
difícil ser el conductor!
–¿El conductor es el que está de pie, delante del banco?
–Sí. Y hay que ser muy atrevido y listo. Es muy difícil. Sobre todo cuando el tren se para de golpe, o cae
alguno…
–Sí, eso no será tan fácil ––comentó Esteban Arkadievich, mirando con tristeza aquellos ojos animados
que tanto se parecían a los de la madre; ojos que ya no eran infantiles, que no reflejaban ya completamente
inocencia.
Y aunque Oblonsky había prometido a Karenin no hablar a Sergio de su madre, no pudo contenerse y
súbitamente le preguntó:
–¿Te acuerdas de tu madre?
–No, no me acuerdo –dijo Sergio rápidamente, y, poniéndose intensamente rojo, bajó la vista y quedó
inmóvil y pensativo. Esteban Arkadievich no pudo obtener de él ni una palabra más. El preceptor ruso le
encontró media hora más tarde en la misma postura, sin haber salido de la escalera, y no pudo comprender
qué le ocurría: si estaba disgustado o si lloraba.
–¿Es que se hizo daño cuando se cayó? –inquirió el preceptor–. Ya decía yo –comentó a renglón seguido
que este juego es muy peligroso. Habrá que decírselo al director para que no lo permita.
–Si me hubiera hecho daño –contestó secamente Sergio– nadie me lo habría notado. Téngalo por seguro.
–¿Qué le ha sucedido, pues?
–Déjeme… Qué si me acuerdo, que si no me acuerdo. ¿Qué tiene que ver él con esto? ¿Por qué debo
acordarme? Déjenme en paz –terminó dirigiéndose, no a su instructor, sino a otras personas ausentes a
quienes veía todavía en su pensamiento.
XX
Como siempre que iba a la capital, Esteban Arkadievich no pasaba su tiempo inútilmente en San
Petersburgo.
Además de hacer las gestiones que allí le llevaban –ahora el divorcio de Ana, su colocación– se dedicaba
a lo que él llamaba « refrescarse».
Moscú, a pesar de sus cafés chantants y demás diversiones, y de los ómnibus, siempre le había parecido a
Oblonsky monótono y triste como un agua muerta, sobre todo cuando estaba con él su familia, y la vida de
allí había llegado a veces a pesarle en el espíritu como una losa de plomo de la que necesitaba «
refrescarse» .
Viviendo mucho tiempo en Moscú, sin ausentarse, Oblonsky llegaba a sentirse inquieto de su mal humor,
de su mujer con sus continuos reproches, de su salud y de la educación de sus hijos, de los pequeños
intereses, de sus servicios, y hasta de las deudas, pues hasta las deudas llegaban a intranquilizarle.
Pero le bastaba llegar a San Petersburgo y vivir el ambiente de aquella ciudad « donde la gente vivía, no
vegetaba simplemente» (otra frase de Oblonsky), para que todo su malestar se fundiese en el nuevo
ambiente como la cera al fuego.
¿Su mujer? Oblonsky había hablado precisamente aquel día con el príncipe Chechensky, quien tenía
esposa a hijos –hijos ya mayorcitos, unos hombrecitos, pajes ya–; y al lado de ésta tenía otra familia ¡legal,
en la cual había también hijos. Aunque todos los de familia legítima eran buenos, el príncipe Chechensky
se sentía mucho más feliz con los de la otra. Y hasta a veces llevaba al mayor de los hijos legítimos a esta
otra casa, considerando –así se lo aseguraba a Oblonskyque esto era muy útil y provechoso para aquél.
«¿Qué habrían dicho de esto en Moscú?», pensaba Oblonsky.
¿Los hijos? En San Petersburgo los hijos no estorbaban la vida de los padres. Los hijos se educaban en
los colegios y allí no existía aquella costumbre, tan de moda en Moscú (por ejemplo, el príncipe Lvov), de
tener a los hijos con todo lujo y los padres conformarse con no disfrutar de nada, con no tener nada más que
el trabajo y las preocupaciones que da la familia.
Allí, en San Petersburgo, entendían que el hombre necesitaba vivir libremente, y para sí n–ismo, sin
obligaciones que entorpeciesen sus caprichos o sus necesidades.
¿El servicio, el trabajo? Tampoco allí eran cosa penosa, agobiante moral y físicamente, para
desesperarse, como sucedía en Moscú. En San Petersburgo, había mucho campo abierto, buen porvenir
para el trabajo, fuese de la clase que fuese. Un encuentro, una ayuda prestada, una palabra bien dicha, saber
representar bien comedias o decir versos, o chistes… Cualquier cosa de éstas, y, de repente, un hombre se
encontraba en un puesto elevado, como por ejemplo, Brianzov, al cual Esteban Arkadievich había
encontrado el día antes convertido en una de las figuras más importantes. «Un servicio así, sí que es
interesante», pensaba Esteban Arkadievich.
Sin embargo, lo que ejercía una influencia más tranquilizadora en el ánimo de Esteban Arkadievich era el
punto de vista que se tenía en San Petersburgo referente a las cuestiones pecuniarias. Bartniansky, que
gastaba por lo menos cincuenta mil rublos al año, según el tren que llevaba, le había dicho a este propósito
cosas extraordinarias.
El día anterior, antes de la comida, se habían encontrado, y Esteban Arkadievich dijo a Bartniansky:
–Según me han dicho estás en buenas relaciones con Mordvinsky. ¡Si es así podrías prestarme un gran
servicio hablándole en favor mío! Hay un puesto que desearía ocupar: miembro de la Comisión…
–Es igual que no me lo digas –le interrumpió Bartniansky– no lo recordaría ni haría nada de lo que me
pides. ¿Por qué te metes en esos asuntos ferroviarios con judíos? Es un asco…
Esteban Arkadievich no quiso rebatirle esta impresión, explicarle que se trataba de un asunto serio: tenía
la seguridad de que Bartniansky no le había entendido.
–Necesito dinero… Hay que vivir –le dijo simplemente.
–¿Pero no vives?
–Vivo, pero tengo deudas.
–¿Qué me dices? ¿Muchas? –preguntó Bartniansky, mirando a su amigo con compasión.
–Muchas… Unos veinte mil rublos.
Bartniansky dejó escapar una alegre y sonora carcajada.
–¡Oh, hombre feliz! –dijo–. Yo tengo deudas por millón y medio de rublos; no poseo nada… Y, como
ves, aun voy viviendo.
Y Esteban Arkadievich pudo comprobar con los hechos la verdad de aquella afirmación.
–Givajov –siguió explicando Bartniansky– tenía trescientos mil rublos de deudas y ni un cópec en
dinero… ¡y vivía! ¡Y de qué manera! Al conde Krivzov hacía ya tiempo que le consideraban perdido
económicamente y, sin embargo, sostenía dos mujeres. Petrovsky había gastado cinco millones que no eran
suyos y continuaba viviendo como siempre, le confiaban, incluso, alguna administración, y, como director,
percibía veinte mil rublos de sueldo.
Por otra parte, San Petersburgo producía en Esteban Arkadievich una acción terapéutica que le era muy
agradable: le hacía sentirse más joven. En Moscú, Oblonsky veía que tenía canas, debía reposar después de
cada comida, andaba encorvado, subía las escaleras paso a paso y respirando con gran dificultad, no
encontraba aliciente en compañía de las mujeres jóvenes y bellas, no bailaba en las veladas… En cambio, en
San Petersburgo, aquel agotamiento físico y espiritual desaparecía y se sentía como si le hubiesen quitado
diez años de encima. En San Petersburgo experimentaba lo mismo que el sexagenario príncipe Pedro
Oblonsky, el cual, habiendo regresado del extranjero hacía poco tiempo, le explicaba:
–Aquí no sabemos vivir. He pasado el verano en Baden, pues bien: allí me sentía completamente como
un hombre joven. Veía a una mujer jovencita y… ¿sabes?… los pensamientos… Comes, bebes y hay fuerza,
animación. He vuelto a Rusia. Tuve que ver a mi mujer… y, además…, en el pueblo… No lo creerás, pero
sólo en dos semanas de vivir allí me volví abandonado, apático: me puse bata y no volví a vestirme ya para
las comidas. ¿Las jovencitas …? Nada, ni hablar de ellas… Me volví un viejo de la cabeza a los pies. No
hacía más que pensar en la salvación de mi alma. Me marché a París y allí me repuse inmediatamente.
Esteban Arkadievich sentía y pensaba lo mismo que Pedro Oblonsky. En Moscú se abandonaba de tal
modo, que, de vivir allí mucho tiempo, «Dios me libre de eso», se decía, acabaría por no pensar más que en
la salvación de su alma, mientras que en San Petersburgo se sentía un hombre fuerte y audaz, dispuesto a
todo.
Entre la princesa Betsy Tverskaya y Esteban Arkadievich existían antiguas y muy extrañas relaciones.
Esteban Arkadievich le hacía la corte en broma a la Princesa y, también en tono de chanza, le decía las
cosas más indecentes, seguro de que esto era lo que más le gustaba.
Al día siguiente de su conversación con Karenin, Esteban Arkadievich fue a visitar a Betsy Tverskaya.
Se sentía tan joven y tan decidido, en aquel escarceo de frases atrevidas y de bromas picantes llegó tan
lejos, que ya no veía manera de volverse atrás como quería, ya que Betsy Tverskaya no sólo no le gustaba,
sino que hasta despertaba en él repugnancia. La situación a que sin darse cuenta había llegado era
mantenida por la Princesa, a la que Oblonsky gustaba extraordinariamente, y que le incitaba por aquel
camino en el curso de la conversación. La Princesa Miagkaya, llegada inesperadamente, que interrumpió su
íntimo coloquio, le salvó de la situación.
–¡Ah, usted aquí! ––dijo la princesa Miágkaya al ver a Esteban Arkadievich–. ¿Y cómo va su pobre
hermana? No me mire usted así con esa extrañeza. Aunque todos se echaron como lobos sobre su
reputación y su honra, incluso aquellos que son mil veces peores, yo encuentro que Ana hizo muy bien. No
puedo perdonar al conde Vronsky que no me la presentara cuando estuvo en San Petersburgo. Habría ido
con ella a todas partes. Transmítala mis cariñosos recuerdos. ¿Y qué? ¿Qué hace? Hábleme de ella.
–Su situación es muy difícil. Ella… –––empezó a decir Esteban Arkadievich, creyendo que,
efectivamente, la princesa Miágkaya se interesaba por la situación de Ana.
Pero, según su costumbre, la Princesa le interrumpió para no dejar de hablar.
–Ana ha hecho lo que todas, excepto yo. Ahora, que otras lo hacen y lo ocultan; y ella no ha querido
engañar a nadie, en lo que ha hecho muy bien. Y aún hizo mejor separándose de su marido, de ese estúpido
Alexey Alejandrovich. Perdóneme si le desagrada este juicio. Todos dicen que Karenin es muy inteligente,
pero yo he sostenido siempre que es un tonto. Sólo ahora, cuando se ha hecho amigo de Lidia Ivanovna y
de Landau, reconocen todos que es un estúpido. A mí me gusta no estar nunca de acuerdo con la gente,
pero esta vez no puedo.
–Pues, ya que le conoce usted bien haga el favor de explicarme qué significa esto –dijo Esteban
Arkadievich a la princesa Miágkaya–. Ayer estuve a visitar a Karenin para hablarle del asunto de mi
hermana y le pedí una contestación clara y definitiva; no me la dio, sino que me dijo que ya la pensaría y
me la enviaría a mi residencia; y esta mañana, en vez de la respuesta prometida, me ha mandado una
invitación para la velada que celebrarán hoy en la casa de la condesa Lidia Ivanovna.
–¡Ah! Pues eso es –explicó, hablando con gran animación, la princesa Miágkaya– que van a consultar
sobre ese asunto a Landau, y le preguntarán, seguramente, qué decisión debe tomar.
–¿Y por qué van a consultar a Landau? ¿Quién es ese Landau?
–¡Cómo! ¿Usted no conoce a Jules Landau? Le fameux Jules Landau, le clairvoyant? También éste es un
idiota, pero de él depende la suerte de su hermana de usted. Eso pasa cuando se vive en provincias: no se
enteran ustedes de nada. ¿Sabe usted? Landau era un commis en un almacén de París. Un día fue a
consultar a un doctor. Se durmió en la sala de espera y, en sueños, empezó a dar consejos a todos los
enfermos que le consultaban. Los consejos eran verdaderamente extraordinarios, y se afirmó que con ellos
logró muchas curas. La mujer de Julio Meledinsky tenía a su marido muy enfermo; oyó hablar del caso
Landau a hizo que éste le examinara y diagnosticara su enfermedad. Dicen que Landau ha curado a
Meledinsky. Por mi parte, no creo que Julio Meledinsky haya ganado nada con las curas del francés,
porque lo veo tan débil y flaco como siempre; pero los Meledinsky se entusiasmaron con Landau hasta el
punto de traerle con ellos a Rusia. Aquí muchos recurren a él en cuanto se sienten enfermos y dicen que
está logrando curas maravillosas. Una de éstas la ha conseguido con la condesa Bezzubova. Y ella se ha
sentido tan reconocida, que ha prohijado a Landau.
–¡Cómo! ¿Le ha prohijado?
–Como lo oye usted. Ahora ya no es Landau sino el conde Bezzubov. La cuestión es que Lidia ––que sin
duda no tiene la cabeza en su sitio– le quiere mucho y no hace nada, no decide nada, sin consultar con él.
Y, por lo visto, Karenin, que ha intimado igualmente con el francés, tampoco decide nada sin saber su
opinión. Así que la suerte de su hermana (creo que está bien explicado) se halla en manos de este Landau,
llamado, de otro modo, conde Bezzubov.
XXI
Después de la espléndida comida con que Bartniansky le obsequió en su casa, con café y cigarros y coñac
en gran cantidad, Esteban Arkadievich, ya con algún retraso sobre la hora que le habían fijado, se dirigió
desde allí a casa de la condesa Lidia.
–¿Quién está con la Condesa –preguntó al portero–. ¿Está el francés? –insinuó campechanamente, al ver
en el perchero el abrigo de Alexey Alejandrovich, que conocía muy bien, y un sencillo sobretodo lleno de
broches que le era desconocido.
–Están Alexey Alejandrovich Karenin y el conde Bezzubov –contestó, muy serio, el portero.
«La princesa Miágkaya tenía razón», pensó Esteban Arkadievich mientras subía la escalera. « ¡Es en
verdad una mujer extraña! Sin embargo, ahora me convendría cautivarla. Tiene una gran influencia y, si
dijera una palabra en favor mío a Pomorsky, podría dar por solucionado mi asunto.»
Todavía habían llegado pocos invitados, pero en el saloncito, con lindas cortinillas de labores
afiligranadas, todas las lámparas estaban encendidas.
Bajo una de las lámparas, sentados cerca de una mesa redonda, estaban la Condesa y Alexey
Alejandrovich, hablando algo en voz baja. Un hombre más bien bajo, seco y con las piernas torcidas, con
formas de mujer y el rostro muy pálido pero hermoso, ojos grandes y brillantes y cabellos largos, que le caían
sobre el cuello de la levita, estaba en un rincón de la habitación, al otro extremo, mirando la pared
cubierta de retratos.
Habiendo saludado a la dueña de la casa y a Alexey Alejandrovich, Esteban Arkadievich miró
involuntariamente una vez más a aquel hombre desconocido para él y cuyo aspecto le parecía
extraordinario.
–Monsieur Landau –dijo la Condesa, dirigiéndose a aquel hombre, con una suavidad y una precaución
que sorprendieron a Oblonsky.
Landau se acercó al grupo y la Condesa les presentó.
El francés estrechó la mano que le alargaba Oblonsky con su mano derecha, rápida y sudorosa, y en
seguida se alejó y se puso a mirar de nuevo los retratos.
–Me complace mucho verle, y especialmente en el día de hoy ––dijo la Condesa a Esteban Arkadievich,
indicándole un asiento al lado de Karenin.
–Le he presentado como Landau –añadió en voz baja y mirando inmediatamente a Alexey– pero en
realidad es el conde Bezzubov, como usted sabrá seguramente, aunque él rechaza este título.
–Sí, lo he oído –contestó Esteban Arkadievich–. Y dicen –añadió, con ánimo de congraciarse con la
Condesaque ha curado completamente a la condesa Bezzubova.
–Hoy ha venido a verme. Da lástima verla –dijo la Condesa, dirigiéndose a Alexey Alejandrovich–. Esta
separación será terrible para ella. Es en verdad un duro golpe.
–Pero, decididamente, ¿se va? –preguntó Alexey Alejandrovich.
–Sí, se va a París. Ayer oyó una voz –contestó la condesa Lidia Ivanovna, mirando a Esteban
Arkadievich.
–¡Ah!… Una voz… –repitió Oblonsky pensando que tenía que obrar con la mayor prudencia posible en
este ambiente en el que observaba y presentía cosas muy particulares cuyo secreto él no poseía.
Se produjo un momento de silencio, después del cual Lidia Ivanovna, como empezando a hablar del
objeto más importante de la conversación, dijo a Oblonsky con fina sonrisa:
–Hace tiempo que le conozco y estoy muy contenta de tratarle personalmente. Les amis de mes amis sont
mes amis. Pero, para ser amigo, hay que compenetrarse con el estado de alma y temo que usted no lo hace
con respecto al alma de Alexey Alejandrovich. Ya comprenderá usted a qué me refiero –dijo a Esteban
Arkadievich levantando hacia él sus hermosos ojos.
–En realidad, Condesa, no conozco bien la posición de Alexey Alejandrovich –dijo Oblonsky, no
comprendiendo bien qué era lo que quería decirle y firme en su propósito de congraciarse con ella,
procurando llevar aquella conversación, inexplicable aún para él, a términos generales.
–¡Oh! No me refiero a cambios exteriores –dijo severamente la Condesa, siguiendo al mismo tiempo, con
mirada enamorada, a Alexey Alejandrovich, que se había levantado y se acercaba a Landau–. Su corazón es
lo que ha cambiado porque se ha dado a otro corazón. Y temo que usted no haya meditado bastante sobre
esta maravillosa transformación obrada en él.
–Quiero decir que… claro… así… en general… no conozco, no puedo comprender esta transformación.
Éramos amigos de siempre, de toda la vida y ahora… –dijo Esteban Arkadievich, correspondiendo con otra
mirada suave a la de la Condesa y mientras meditaba en cuál de los dos ministerios tendría más influencia
para pedirle la recomendación con más probabilidades de eficacia.
–La transformación sufrida no puede mitigar en él el sentimiento de amor al prójimo. Al contrario: lo
hace más elevado, lo purifica. Pero… temo que usted no me comprenda. ¿Quiere tomar té? –dijo la
Condesa, indicando con la mirada al criado que traía el té en una bandeja.
–Sí, francamente, no lo comprendo del todo, Condesa… Claro… su desgracia…
–Sí… su desgracia… Su desgracia, que le ha dado una mayor felicidad, ya que su corazón se ha renovado
y se ha llenado de Él, al que nunca había comprendido ni amado –dijo la Condesa poniendo los ojos en
Alexey Alejandrovich con mirada acariciadora.
«Creo que podré pedirle que diga algo en los dos ministerios», pensó mientras tanto Oblonsky. A
continuación contestó:
–¡Oh! Seguramente. Pero, a mi parecer, estas transformaciones son tan íntimas que nadie, ni aun las
personas más allegadas, osan hablar de ellas.
–Al contrario –replicó Lidia Ivanovna; hemos de hablar de ellas, y ayudamos los unos a los otros.
–Indudablemente –aprobó Oblonsky con sonrisa aduladora; pero –añadió– hay diferencias en el modo de
apreciar las cosas… Y además…
–En lo que se refiere a la verdad sagrada, no puede haber diferencias –dijo con energía y severidad la
Condesa.
–¡Oh, sí!… Claro… Pero… –y Oblonsky, confuso, quedó callado.
Comprendía que se trataba de religión, pero no se consideraba preparado para tratar de este tema y temía
herir los sentimientos de la Condesa, a la que no renunciaba a utilizar para sus fines referentes al asunto de
su empleo.
–Me parece que ahora se dormirá –murmuró Alexey Alejandrovich, acercándose a Lidia Ivanovna.
Esteban Arkadievich volvió la cabeza hacia donde estaba Landau y vio a éste sentado cerca de la
ventana, apoyados sus codos en los brazos del sillón y con la cabeza inclinada sobre el pecho.
Al observar que todas las miradas se dirigían a él, el francés levantó la cabeza y sonrió, con sonrisa
ingenua y pueril.
–No le presten atención –recomendó Lidia Ivanovna. Y, con mucho cuidado, suavemente, acercó una
silla para Alexey Alejandrovich–. He observado… –dijo luego, volviendo a la conversación interrumpida.
Pero en aquel momentó entró un criado con una carta, que entregó a la Condesa, con lo cual la
conversación quedó cortada de nuevo.
Lidia Ivanovna la leyó rápidamente y tras pedir perdón a Esteban Arkadievich y Alexey Alejandrovich,
escribió con extraordinaria rapidez unas líneas de contestación, la entregó a un criado, volvió a su puesto
cerca de la mesa y continuó la conversación que tenían empezada.
–He observado –dijo– que los habitantes de Moscú, sobre todo los hombres, son la gente más indiferente
en materia de religión.
–¡Oh, no, Condesa! Me parece que los moscovitas tienen fama de ser muy fumes –se defendió Esteban
Arkadievich.
–Sí, pero por lo que puedo comprender, usted, por desgracia, pertenece a los indiferentes –dijo Karenin
con sonrisa fatigada.
–¿Cómo es posible ser indiferentes? –repuso en tono de recriminación Lidia Ivanovna.
–En ese aspecto –añadió Esteban Arkadievich, con su sonrisa más dulce– no soy indiferente, sino que he
adoptado una actitud de espera. Pienso que para mí no ha llegado aún el momento.
–Alexey Alejandrovich y Lidia Ivanovna cambiaron miradas expresivas.
–No podemos saber nunca en estas cuestiones si ha llegado o no el momento para nosotros –dijo Alexey
Alejandrovich muy serio–. No debemos pensar si estamos preparados o no: la gracia divina no se rige por
consideraciones humanas. A veces no desciende sobre los que laboran ya y, en cambio, se fija en los no
iniciados, como sobre Saúl.
–No. Parece que no se duerme aún –dijo Lidia Ivanovna, que seguía con la vista los movimientos del
francés. Éste, en aquel momento, se levantó y se acercó a ellos.
–¿Me permiten escucharles? –preguntó.
. –¡Oh, sí! No habíamos querido incomodarle –contestó Lidia Ivanovna, mirándole con dulzura–––.
Siéntese usted con nosotros.
–No hay que cerrar los ojos para no perder la luz –sentenció Alexey Alejandrovich.
–¡Ah! ¡Si supiese usted, tan sólo, qué felicidad experimentamos sintiendo su continua presencia en
nuestra alma! –dijo la condesa Lidia Ivanovna sonriendo beatíficamente.
–Pero el hombre puede sentirse incapaz de remontarse a esa altura –contestó Esteban Arkadievich, a
sabiendas de que mentía, pero no atreviéndose a exponer su modo de pensar –tan libre– delante de una
persona que sentía y opinaba lo contrario y que con una sola palabra en su favor podía procurarle el puesto
anhelado.
–¿Es que quiere usted decir que el pecado no nos lo permite? –le interrogó Lidia lvanovna–. Seria una
opinion falsa. Para los que creen que no hay pecado: sus pecados les son perdonados. Pardon –volvió a
suplicar al entrar el criado con otra carta. La leyó y contestó verbalmente diciendo: «Mañana, en casa de la
Gran Duquesa, dígaselo así». Luego continuó la conversación–: Para el que cree, el pecado no existe.
–Pero la fe sin obras es fe muerta –objetó Esteban Arkadievich, recordando este texto del catecismo y
defendiendo ya su independencia, si bien con fina sonrisa aduladora para la Condesa.
–He aquí el famoso pasaje de la epístola de Santiago –dijo Alexey Alejandrovich.
Y, añadió, dirigiéndose a Lidia Ivanovna con tono de reproche, al parecer por haber vuelto sobre aquel
aspecto de la cuestión cuando ya lo habían tratado ellos más de una vez:
–¡Cuánto mal ha producido la falsa interpretación de este pasaje! Nada repugna tanto a la fe como esta
interpretación. Decir « no hago buenas obras significa que no tengo fe». Y así no está escrito en ninguna
parte, sino que se ha dicho precisamente lo contrario.
–¡Trabajar para Dios, con esfuerzo continuo, con ayunos, para salvar su alma! –dijo la condesa Lidia
Ivanovna, con desprecio y repugnancia–. Ésa es la concepción salvaje de nuestros monjes… siendo así que
eso no está dicho en ninguna parte. Es mucho más sencillo y fácil –añadió, mirando a Oblonsky con la
misma sonrisa reconfortante con la cual, en la Corte, animaba a las jóvenes damas de honor cuando las veía
cohibidas por el nuevo ambiente.
–Estamos salvados por Cristo, que sufrió por nosotros. Estamos salvados por nuestra fe –dijo Alexey
Alejandrovich apoyando también con su mirada las palabras de Lidia Ivanovna.
–Vous comprennez l’anglais? –le preguntó la Condesa. Y, habiendo recibido una contestación afirmativa,
se levantó y se puso a buscar algo en un pequeño estante–librería que había en la misma habitación.
Luego vino con un libro y presentándoselo a Alexey Alejandrovich, le dijo:
–¿Quiere usted leer Safe and Happy o Under the wing?
Y sentándose de nuevo, abrió el libro diciendo:
–Es muy corto. Aquí está descrito el camino por el cual se llega a la fe y se adquiere una felicidad
ultraterrena. El hombre que tiene fe no puede ser desgraciado aunque esté solo. Ya lo verá usted.
Lidia Ivanovna iba a empezar a leer cuando entró otro criado.
–¿Es la Borosdina? –preguntó la Condesa–. Dígale que mañana a las dos.
Durante unos momentos Lidia Ivanovna quedó pensativa, mirando frente a sí con sus hermosos ojos, con
una mirada distraída, desmayada sobre su pierna derecha la mano en que sostenía el libro, reteniendo con
un dedo la página que iba a leer.
Luego, tras un suspiro, continuó la conversación.
–Sí ––dijo–. Así obra la verdadera fe. ¿Conoce usted el caso de Mary Sanina? Había perdido su hijo
único y estaba desesperada. ¿Y qué sucedió? Pues que encontró a este amigo (y señalaba al libro) y ahora
agradece a Dios la muerte de su niño. Ésta es la felicidad que nos da la fe.
–¡Oh, sí!… Ciertamente… –dijo Esteban Arkadievich pensando con gran contento que iban a leer y que
así tendría tiempo de darse cuenta exacta de la situación.
«Creo» , pensó, « que será mejor no pedir nada hoy. Lo que tengo que procurar es marcharme de aquí
antes de enredar más las cosas».
–Esto va a aburrirle, ya que usted no sabe inglés. Pero es corto –dijo la Condesa dirigiéndose a Landau.
–¡Oh! Lo comprenderé –contestó éste con dulce sonrisa. Y cerró suavemente los ojos.
Alexey Alejandrovich y Lidia Ivanovna intercambiaron nllradas significativas y comenzó la lectura.
XXII
Esteban Arkadievich se sentía disgustado y perplejo ante aquellas conversaciones, tan nuevas para él.
Después de la monotonía de la vida moscovita, la de San Petersburgo ofrecía tal complejidad que le
mantenía en un estado de continua excitación. Esta complejidad, en las esferas conocidas y próximas a él,
la comprendía y hasta incluso la deseaba. En cambio, hallarla en este ambiente desconocido, tan ajeno a él,
le aturdía, le desconcertaba.
Escuchaba a la condesa Lidia Ivanovna y sintiendo sobre sí la mirada de los ojos –ingenuos o llenos de
malicia, no lo sabía bien– del francés Landau, Esteban Arkadievich empezó a experimentar una particular
pesadez de cabeza.
Los pensamientos más diversos pasaban por su cerebro: «Mary Sanina se alegra de que se haya muerto
su hijo». « ¡Qué bien me iría ahora poder fumar un cigarrillo! » « Para salvarse basta con la fe. Los monjes
no entienden nada de eso; solamente la condesa Lidia Ivanovna lo sabe.» « ¿Y por qué siento esta pesadez
de cabeza? ¿Es a causa del coñac o de todas estas extravagancias?» «De todos modos, parece que hasta
ahora no he hecho nada inconveniente.» «Pero hoy no puedo pedirle nada.» « He oído decir que obligan a
rezar. Acaso vaya a obligarme a hacerlo. Pero sería demasiado estúpido.» «Y qué galimatías está leyendo?»
«Pero pronuncia muy bien.» «Landau es un Bezzubov.» «¿Y por qué Landau es un Bezzubov?»
De repente, Esteban Arkadievich sintió que sus mandíbulas empezaban a abrirse para bostezar. Hizo
como que se atusaba las patillas para, con la mano, disimular el bostezo y se recobró.
Luego sintió que estaba durmiéndose y pensó que iba a roncar.
Volvió en sí al oír la voz de la condesa Lidia Ivanovna que decía:
–Se ha dormido.
Se enderezó rápidamente, asustado, como un culpable cogido en falta. Pero, en seguida se tranquilizó, y
comprendió que aquellas palabras de la Condesa no se referían a él sino a Landau.
El francés, en efecto, estaba dormido o fingía dormir.
Esteban Arkadievich pensó que en aquel mundo extraordinario si él se hubiera dormido habría ofendido a
todos, mientras que, por el contrario, el sueño de Landau les alegraba extraordinariamente, sobre todo a la
condesa Lidia Ivanovna.
La Condesa ponía un gran cuidado en no producir el menor ruido, recogíase incluso la falda de su vestido
de seda, y estaba tan conmovida que, al dirigirse a Karenin, no le nombró como siempre Alexey
Alejandrovich, sino que dijo:
–Mon ami, donnez-lui la main.
Al criado, que entraba de nuevo, le impuso silencio con un Psss de sus labios fruncidos, y le ordenó en
voz muy baja:
–Diga que no recibo.
El francés dormía –o fingía dormir, como se ha dichocon la cabeza apoyada en el respaldo del sillón; y
con una de sus manos, sudorosa, enrojecida (la otra reposaba sobre sus rodillas) hacía unos ligeros
movimientos como si procurara coger algo al vuelo.
Alexey Alejandrovich se levantó. Lo hizo con gran cuidado, pero tropezó con la mesa, dio un traspiés,
fue a parar cerca del francés y puso su mano sobre la diestra de éste.
Esteban Arkadievich se levantó también y se restregó y abrió desmesuradamente los ojos para
despabilarse más y cerciorarse de que no estaba durmiendo y soñando. Miró con gran extrañeza a todos y
viendo que todo aquello era realidad y no un sueño, sintió que perdía la cabeza.
–Que la personne qui est arrivée la dernière, celle qui demande, qu’elle sorte. Qu’elle sorte! –dijo el
francés sin abrir los ojos
–Vous m’excuserez, mais vous voyez… –dijo la Condesa a Esteban Arkadievich– mais vous voyez…
Revenez vers dix heures, encore mieux demain!
–Qu’elle sorte! –gritó impaciente el francés.
–C’est moi, n’est-ce pas? –preguntó Esteban Arkadievich. Y, habiendo recibido una respuesta afirmativa,
olvidando lo que quería pedir a Lidia Ivanovna y que iba a hablar a Karenin de la cuestión del divorcio,
renunciando a todo lo que allí le llevara, con el deseo de salir cuanto antes, Esteban Arkadievich abandonó
la habitación rápidamente, andando de puntillas, y desde el portal dio un salto hasta la calle. Luego, durante
un buen rato, habló y bromeó con el cochero de alquiler que le llevaba, queriendo recobrarse de las
impresiones recibidas en casa de la condesa Lidia Ivanovna, del malestar que le habían producido las
escenas allí presenciadas.
En el Teatro Francés, adonde llegó cuando representaban el último acto, y luego en el Restaurante
Tártaro, bebiendo champaña en abundancia, en el ambiente habitual suyo, Esteban Arkadievich pareció
respirar mejor.
Sin embargo, durante toda la noche no consiguió apartar de sí el malestar de aquella visita.
Al volver a casa de Pedro Oblonsky, donde se alojaba durante sus estancias en San Petersburgo, Esteban
Arkadievich encontró una carta de Betsy, que le decía que sentía vivos deseos de terminar la conversación
que habían empezado, para lo cual le pedía que fuese a verla al día siguiente.
Apenas había terminado de leer aquella insinuante misiva, que le produjo una impresión desagradable,
cuando abajo, èn los pisos inferiores, oyó un ruido como de hombres que llevasen un pesado fardo.
Salió a la escalera y vio que se trataba del «rejuvenecido» Pedro Oblonsky, conducido en brazos, tan
ebrio que no podía subir la escalera.
Al ver a su sobrino, Pedro Oblonsky pidió a los que le llevaban que le pusieran en pie y, apoyándose en
Esteban Arkadievich, entró con él en su habitación. Una vez allí se puso a contarle cómo había pasado la
noche, quedando poco después dormido en la misma butaca donde se había sentado.
Esteban Arkadievich se sentía abatido, lo que le sucedía muy pocas veces y no pudo dormir en mucho
tiempo. Todo lo que recordaba le daba asco; y más que nada, recordaba como algo muy vergonzoso la
noche pasada en la casa de la condesa Lidia lvanovna.
Al día siguiente recibió la respuesta de Alexey Alejandrovich con respecto al divorcio. Era una negativa
rotunda, terminante.
Esteban Arkadievich comprendió que esta decisión había sido inspirada por las palabras que durante su
sueño –real o fingido– había pronunciado el francés.
XXIII
Para emprender algo en la vida de familia es preciso que exista entre los esposos un completo acuerdo,
una situación de mutua compenetración basada en el amor: o bien, un divorcio absoluto, una separación
total.
Cuando las relaciones entre los esposos son indefinidas y no se desenvuelven en ninguna de aquellas
situaciones, nada puede ser llevado entre ellos a feliz término.
Muchos matrimonios pasan años enteros así, en lugares desagradables a incómodos, y en una no menos
desagradable e incómoda situación, sólo por no tomar una decisión cualquiera.
Vronsky y Ana se encontraban en este caso. Tanto para el uno como para la otra, la vida en Moscú, en
aquella época de polvo y calor, cuando el sol no brillaba ya como en primavera, los árboles de los
boulevards estaban cubiertos de hojas y las hojas llenas de polvo, se les hacía insoportable. No obstante, no
acababan de marcharse, como tenían decidido hacía tiempo, a su finca de Vosdvijenskoe, sino que
continuaban viviendo en Moscú. Y cada día se sentían más aburridos y desesperados, porque hacía tiempo
que no se ponían de acuerdo.
La animadversión que les separaba parecía no tener una causa externa, y todas las tentativas para
explicarse, en vez de mejorar su situación parecían agravarla todavía más. Era una especie de irritación
interior que para ella tenía su origen en el enfriamiento del amor de Vronsky, y para él, en el pesar de
haberse puesto, por ella, en una situación penosa y difícil que Ana, en lugar de hacerla llevadera, la hacía
aún más desagradable.
Así, hasta los intentos de una explicación entre los dos que lo aclarase todo a hiciera desaparecer aquel
estado de recelos e irritación latente, acababa siempre en fuertes disputas.
Para Ana todo lo de Vronsky –sus costumbres, sus pensamientos, sus deseos, todo su modo de ser físico
y moral– estaban dirigidos al amor; y este amor lo ambicionaba sólo para ella. Ahora, sintiendo enfriarse en
Vronsky su pasión, no podía dejar de pensar que acaso una parte de aquel amor lo consagraba a otra a otras
mujeres, y los celos la devoraban.
No teniendo motivos de celos, los inventaba. Al más leve indicio los pasaba de un objeto a otro: ya tenía
celos de aquellas mujeres despreciables con las cuales, gracias a sus relaciones de soltero, podía entrar
fácilmente en contacto; ya lo sentía de las mujeres de la alta sociedad con las que pudiera encontrarse, o
bien de una mujer imaginaria con la cual había de casarse después de romper con ella. Este último pensamiento
era el que con más frecuencia la atormentaba, porque en un momento de confianza, de confesiones
mutuas, de confidencias, Vronsky, imprudentemente, le había dicho que su madre le comprendía tan poco
que se había permitido aconsejarle que se casara con la princesa Sorokina.
Los celos, pues, la llenaban de indignación, la tenían constantemente irritada contra Vronsky y la
llevaban a buscar sin cesar motivos en que alimentar sus sentimientos desesperados.
Para ella, Vronsky era el único culpable de sus sufrimientos, cualquiera que fuera su causa. La demora en
la respuesta de Karenin respecto al divorcio, debida a la indecisión de su marido, la soledad, el
aburrimiento y los desaires que le proporcionaba la vida en Moscú. Todo, absolutamente todo, era culpa de
él.
«Si él me quisiera», se decía, «habría comprendido lo agobiante que es mi situación y habría hecho todo
lo posible por sacarme de ella».
También Vronsky era culpable de que vivieran en Moscú y no en la hacienda, pues esto se debía,
pensaba Ana, a que él no podía vivir en el pueblo, apartado de sus relaciones de ciudad como ella quería.
Y también Vronsky era el culpable de que se viese separada para siempre de su hijo.
Anochecía.
Sola, esperando que regresara Vronsky de una comida que daba un amigo para celebrar su despedida de
soltero, Ana paseaba a lo largo del gabinete de Alexey, en el cual le gustaba estar para ver todos sus objetos
y porque era la habitación de la casa donde repercutía menos el ruido de los carruajes rodando por el
empedrado, y mientras paseaba, iba pensando en todos los detalles de la última discusión tenida con su
amado.
Tras recordar todas las palabras ofensivas cruzadas entre ambos durante la disputa, Ana pensó en las que
la habían provocado.
No podía comprender que la disputa se hubiera producido por una causa tan fútil a inofensiva.
Efectivamente, la causa visible fue que Vronsky censuró los colegios femeninos de la Escuela Media,
diciendo que no tenían ninguna utilidad. Ana defendió aquellas instituciones y Vronsky insistió mostrando
poca estima por la instrucción femenina en general, incluso hacia Hanna, la niña inglesa a quien ella
protegía y de la cual dijo, despectivamente, que «ni necesitaba siquiera saber física». Esto irritó a Ana, que
vio también en las palabras de él un menosprecio hacia sus conocimientos y buscó una frase con qué molestar
a Vronsky, vengándose con ella del dolor que le causaba, y así le dijo:
–No esperaba yo que comprendiese usted mis sentimientos como parece que ha de comprenderlos el
hombre que ama; pero me creía al menos con derecho a esperar más de su delicadeza.
Vronsky se sintió, en efecto, irritado por sus palabras, y le replicó de una manera desagradable.
Ana no recordaba lo que ella le había entonces contestado, pero él sin más causa que el deseo de herirla,
le dijo:
–Confieso que su apego a esa niña, que tiene recogida, me es desagradable, porque no me parece natural.
La crueldad con que Vronsky atacaba aquel pequeño mundo que ella se había constituido para mejor
soportar su aislamiento del otro, de la sociedad, la injusticia con que la inculpaba de falta de naturalidad en
lo que hacía, la hicieron estallar.
–Es en verdad una pena que sólo los sentimientos groseros y materiales sean comprensibles para usted y
sólo éstos sean naturales. –Y salió airadamente de la habitación.
Cuando el día anterior por la noche Vronsky fue a verla, ninguno de los dos hizo alusión a la disputa que
habían tenido, pero ambos sentían aún en sus espíritus un fuerte resquemor.
Hoy Vronsky había estado fuera de casa todo el día, y a Ana, en su soledad, le pesaba tanto el haber
discutido con él que deseaba olvidarlo todo, perdonarlo, reconciliarse con su amado justificándole y
hacerse ella responsable de todo.
«Sólo yo tengo la culpa de todo», se decía. «Estoy irascible, tontamente celosa. Sí, se lo diré así, y
haremos las paces, olvidaremos todas nuestras disputas, nuestros recelos, y marcharemos al campo, y allí
estaré más tranquila y más acompañada. Hasta puede que él me quiera más y yo recobre la felicidad.»
De repente, recordó aquello que la había exasperado más en la disputa –el decirle que fingía, que lo que
hacía carecía de naturalidad–, y comprendió que se lo había dicho sólo para herirla.
«Yo sé lo que él quiso decirme: que no es natural que, no queriendo a mi propia hija, quiera a una niña
ajena. ¿Qué sabe él del amor a los hijos? ¿Qué sabe él de mi amor a Sergio, al que he sacrificado por él?
Pero este deseo suyo de mortificarme, de hacerme mal… No; él ama a otra mujer, no cabe duda, no puede
ser de otro modo.»
Y al advertir que, a pesar de sus deseos de calmarse y restablecer sus relaciones con Vronsky, volvía a
sus celos y su irritación, Ana se horrorizó de sí misma.
«¿Acaso será imposible? ¿No podré con la idea de reconocerme culpable a mí misma? El es justo y
honrado y me ama», reflexionaba luego, « y yo le amo también. En estos días obtendré el divorcio y se
normalizará nuestra situación, ¿qué más quiero? Debo estar tranquila, confiada. Echaré la culpa de esta
discordia sobre mí. Sí, ahora, cuando venga, le diré que estuve injusta, aunque realmente no lo estuve; y
haremos las paces y nos marcharemos de aquí».
Y, para no pensar más en lo sucedido y no volver a irritarse, Ana hizo que le llevaran los baúles y se
entretuvo en colocar en ellos lo que habían de llevar al campo.
A las diez de la noche llegó Vronsky.
XXIV
–¿Qué, te has divertido? –preguntó Ana, con expresión tímida y dócil, saliendo al encuentro de Vronsky.
–Como siempre –repuso él.
Por el tono y la actitud de Ana comprendió Vronsky inmediatamente que se hallaba en uno de sus
mejores momentos y, aunque ya estaba acostumbrado a los cambios en el carácter de su amada, se alegró,
porque también él se sentía particularmente contento y de excelente humor.
–¿Qué veo? –comentó con voz y ademanes alegres, señalando con satisfacción los baúles, que estaban
preparados, Eso sí que está bien.
–Sí, tenemos que marcharnos de aquí –explicó Ana–. He salido a dar un paseo y he gozado tanto, que he
sentido deseos de volver al campo. ¿No tienes tú aquí nada que te retenga?
–Sólo deseo eso, irnos al pueblo. Vengo en seguida y hablaremos. Ahora voy.á cambiarme de ropa.
Ordena que me sirvan el té.
Y Vronsky pasó a su gabinete.
Al quedarse sola, Ana volvió su pensamiento a la conversación que acababa de tener con Vronsky y se
dijo que había algo humillante en aquellas palabras: «Eso sí que está bien». «Así hablan a un niño cuando
renuncia a sus caprichos», pensaba. Y era aún más humillante por el contraste entre el tono de ella, tímido y
contrito, y el tono seguro de él.
Y Ana advirtió que en su ánimo se levantaba de nuevo un sentimiento de ira contra Vronsky, pero hizo
un esfuerzo sobre sí misma y, cuando volvió él, le acogió con la misma sonrisa de antes.
Cuando Vronsky se sentó, Ana, a su lado, le contó, repitiendo en cierto modo las palabras que había
preparado, cómo había pasado el día y sus planes para el viaje.
–¿Sabes? He tenido como una inspiración –decía–. ¿Por qué hemos de esperar aquí el divorcio? ¿No da
igual esperarlo en el campo? Yo no puedo estar aquí. He perdido la paciencia y no quiero ni oír hablar del
divorcio. He decidido que esto no tenga influencia en mi vida. ¿Estás conforme?
–¡Oh, sí! –dijo, Vronsky mirando, con alguna inquietud, el rostro conmovido de Ana.
–Y vosotros, ¿qué habéis hecho? ¿Quién más estuvo? –preguntó después de un momento de silencio.
Vronsky nombró a los invitados, y contó que la fiesta había resultado excelente y la reunión animada.
Hubo un concurso de barcas a remo.
–Todo resultó muy agradable –añadió–, pero en Moscú las cosas no pueden pasar sin ridicule. Se
presentó una señora –la profesora de natación de la reina de Suecia– y quiso mostramos su arte.
–¡Cómo! ¿Ha nadado ante vosotros? –preguntó Ana Arkadievna frunciendo el ceño.
–Con un horrible costume de natation. Figúrate una mujer fea y vieja con las carnes enrojecidas. Bueno,
¿y cuándo nos marchamos?
–¡Qué fantasía más loca! ¿Y qué? ¿Había algo de particular en su manera de nadar? –preguntó Ana, sin
contestar a la pregunta de éste y con una sombra de preocupación en el semblante.
–Absolutamente nada de particular, ¿no te digo? Era una cosa completamente estúpida. Entonces,
¿cuándo piensas que nos marchemos de aquí?
Ana Arkadievna sacudió su cabeza como queriendo alejar un pensamiento desagradable.
–¿Cuándo? –dijo, Cuanto antes mejor. Para marcharnos mañana no tenemos tiempo, pero podemos
marchar pasado mañana.
–Espera. Pasado mañana es domingo y debo ir a casa de maman –dijo Vronsky confuso, porque en
cuanto nombró a su madre sintió fija sobre él la mirada de Ana, en la que se reflejaba una sospecha.
La confusión de Vronsky reforzó la desconfianza de ella, que se ruborizó y se separó de él.
Ahora Ana no pensaba en la profesora de la reina sueca; pensaba sólo en la princesa Sorokina, que vivía
en un pueblo cerca de Moscú, al lado de la condesa Vronskaya.
–Puedes ir mañana –dijo ella.
–No. El dinero y los poderes, que son el objeto de mi visita, no es posible obtenerlos mañana.
–Siendo así, es mejor que lo dejemos.
–¿Y por qué?
–Más tarde no quiero partir. Me marcho el lunes o nunca.
–¿Y por qué? –preguntó extrañado Vronsky–. Eso no tiene sentido.
–Para ti no tiene sentido porque no te preocupas de mí –dijo ella en tono agresivo–. No quieres
comprender cómo sufro. La única que me entretenía aquí era Hanna, y tú me has acusado con respecto a
ella de hipocresía. Ayer me dijiste que no quiero a mi hija, que finjo querer a esa inglesa y que esto no es
natural… Me gustaría saber qué vida puede ser natural para mí.
Ana se dio cuenta de lo que decía y se horrorizó de haber cambiado su decisión de estar tranquila, en paz
con su amado. Pero a pesar de ello, sentía que ya no podía volverse atrás sin desmerecer a incluso perder su
propia estimación, y sentía, además, que no podía resignarse a aquella injusticia que Vronsky había
cometido con ella.
–Nunca he dicho eso –trató de convencerla él–. Dije sólo que no aprobaba ese cariño improvisado.
–¿Por qué tú que tanto te envaneces de tu rectitud, no dices la verdad?
–Nunca me envanezco de mi rectitud, pero jamás digo lo que no es verdad –contestó él en voz baja y
conteniendo la cólera que empezaba a sentir. Siento mucho que no respetes…
–El respeto ha sido inventado para disimular la ausencia del amor. Si no me quieres ya, mejor y más
noble es que me lo digas.
–¡Esto se hace insoportable! –exclamó Vronsky levantándose airado de la silla. Y, de pie ante Ana, le
dijo lentamente:
–¿Por qué pones a prueba mi paciencia? –y en un tono que quería significar que podía decir muchas
cosas más, pero que se contenía, añadió–: Mi paciencia tiene un límite.
–¿Qué quiere usted decir con eso? –preguntó Ana en tono de reto, aunque horrorizada por la expresión
del rostro de él, sobre todo de sus ojos, que la miraban amenazadores, con dureza.
–Quiero decir… –empezó Vronsky. Y tras unos momentos de duda, acabó:
–Debo preguntarle qué quiere usted de mí.
–¿Qué puedo querer sino que usted no me abandone, como piensa hacer? –dijo Ana, comprendiendo todo
lo que él no le había terminado de decir–. Pero no es eso, no, lo que quiero; eso es ya una cosa secundaria:
quiero su amor, y usted no me ama. Es decir, que todo ha terminado.
Ana se dirigió a la puerta.
–Espera… Espera –la llamó Vronsky.
Y sin desarrugar el pliegue sombrío de sus cejas, pero cogiéndola cariñosamente de las manos, le dijo:
–¿Quieres decirme qué te sucede? He dicho que hay que aplazar la salida de aquí por tres días y, por
contestación a esto, tan sencillo y claro, me has dicho que miento, que soy un hombre sin honor.
–Sí, y lo repito: el hombre que me echa en cara que lo ha sacrificado todo por mí es peor que un hombre
sin honor: es un hombre sin corazón –dijo Ana recordando las palabras que pronunciara él en la discusión
que habían tenido antes.
–¡Decididamente, es imposible –exclamó Vronsky soltando con desaliento las manos de Ana.
«Me odia, esto está claro», se dijo ella. Y sin decir ni una palabra más ni volver la cabeza, y con pasos
vacilantes, salió de la habitación.
«Ama a otra mujer. Esto es evidente», se decía entrando en su cuarto. «Quiero amor y no lo encuentro.
Es decir, que ya no hay nada entre nosotros y debemos acabar de una vez. ¿Pero, cómo?», se preguntó,
sentándose en una butaca ante el espejo.
A continuación se puso a pensar a dónde iría una vez que se separara de Vronsky. « ¿A casa de la tía que
me educó? ¿A la de Dolly? ¿O, sencillamente, me iré sola al extranjero?» Pensó después en lo que estaría
haciendo él en aquel momento, solo en su gabinete: en si aquella discusión había sido decisiva o si aún
sería posible la paz entre ellos; en qué murmurarían de ella sus conocidos de San Petersburgo; en cómo la
miraría Alexey Alejandrovich.
Muchos otros pensamientos con respecto a lo que podía ocurrir si rompía sus relaciones con Vronsky
pasaban por su mente; pero Ana no se entregaba por completo a ellos. En su espíritu palpitaba una idea que,
aunque imprecisa, era la que más le interesaba. Al recordar a Alexey Alejandrovich se acordó de las
palabras que le había dicho en su enfermedad, después de haber dado a luz: «¿Por qué no habré muerto?».
Y ahora el recuerdo de estas palabras despertó en su alma el sentimiento que habían despertado entonces. «
¡Sí, morir!», se dijo. Y la idea llenó su espíritu de una manera fija, imperiosa, obsesionante.
«La vergüenza y la deshonra de Alexey Alejandrovich, y de Sergio, y mi terrible vergüenza, todo
quedaría salvado con mi muerte. Y, al verme muerta, y por su causa, él se arrepentiría, me compadecería,
me amaría y, no pudiendo ya remediarlo, se desesperaría y sufriría.» Una sonrisa de compasión por sí
misma le dilató los labios y, mientras, sentada en una butaca, quitándose y poniéndose las sortijas de la
mano izquierda, la vista fija ante ella, iba imaginando los sufrimientos de Vronsky ante su muerte.
Un rumor de pasos –los pasos de él– que se acercaban, la distrajeron de estos pensamientos.
Ana ni le miró, simulando que estaba ocupada en arreglarse sus sortijas.
Vronsky se acercó a ella y, tomándole con suavidad una mano, le dijo en voz baja y dulcemente:
–Ana, vámonos pasado mañana si quieres. Estoy conforme con todo.
Ella siguió callada.
–¿Qué dices a esto, Ana? –preguntó él.
–Ya lo sabes –contestó ella rápida y enérgicamente, y sin fuerzas luego para contener su emoción se puso
a llorar.
–Déjame, déjame –decía entre sollozos–. Me marcho mañana… Haré más… ¿Quién soy yo? Una
perdida… Una piedra colgada de tu cuello… No quiero hacerte sufrir, no quiero… Te dejaré libre… ¡No me
quieres! ¡Amas a otra!
Vronsky le rogó que se tranquilizase; le aseguró que no tenía ningún motivo para estar celosa, que jamás
había dejado de amarla y que la amaba más que nunca.
–Ana, ¿por qué te martirizas y me mortificas de este modo? –le decía besándole las manos con ternura.
En su rostro había ahora suavidad, y Ana, en la voz de él y en sus ojos, creyó adivinar el llanto.
Y, pasando de golpe de los celos más insensatos a una ternura exaltada y llena de pasión, cubrió de
arrebatados besos la cabeza, el cuello, las manos de su amado…
XXV
La reconciliación era completa. Ana, desde por la mañana, se puso a hacer los preparativos para la salida
de Moscú. Aunque todavía no habían decidido si se marcharían el lunes o el martes, porque ambos se
cedían el uno al otro la decisión, se ocupaba activamente en los preparativos de la partida.
Estaba en su habitación, ante el baúl abierto, metiendo en él las cosas que iba a llevar, cuando Vronsky
habiéndose vestido antes de la hora acostumbrada, entró a verla.
–Ahora voy a ver a maman. Ella me mandará el dinero por medio de Egor. Y mañana podremos irnos.
A pesar de la buena disposición de ánimo en que se encontraba, Ana creyó advertir algo sospechoso en la
forma en que Vronsky acababa de hablar de su viaje a la casa veraniega de su madre.
–No, mañana, no –contestó–. Ni yo misma tendría tiempo de arreglar mis cosas.
Y quedó pensativa.
«Esto quiere decir», pensaba, «que era posible arreglar los asuntos como decía yo y él porfió que no».
–Ve al comedor ––dijo a Vronsky–, que yo iré allí ahora mismo. Sólo dejaré fuera estas cosas que
necesito– y entregó varias prendas a Anuchka, que ya tenía en sus brazos otras ropas.
Vronsky estaba comiendo un filete cuando Ana entró en el comedor.
–No puedes imaginar cuánto me aburren estas habitaciones –dijo a Vronsky, sentándose a su lado para
tomar su café–. No hay nada tan horrible como estas chambres garnies. No tienen expresión; les falta el
alma. Este reloj, estas cortinas y, lo principal, estos papeles pintados de las paredes, todo esto ha sido una
pesadilla para mí. Pienso en Vosdvijenskoe como en la tierra prometida. No mandes todavía allí los
caballos.
–No, los enviarán cuando nos hayamos marchado de aquí. ¿Tú quieres ir a alguna parte?
–Quería ir a casa de Wilson. Tengo que llevarle mis trajes. Entonces, ¿decididamente nos marchamos
mañana? –preguntó con voz alegre.
De pronto su rostro se tomó sombrío. El ayuda de cámara de Vronsky le trajo a éste para que lo firmara
el recibo de un telegrama que acababa de llegar de San Petersburgo. No esperaba Vronsky nada de
particular en aquel telegrama, pero, como deseando ocultar algo a Ana, dijo al criado que tenía que
extender el recibo en el gabinete y se dirigió allí con precipitación.
Al volver, dijo a Ana:
–Mañana, sin falta, estará todo terminado.
–¿De quién es el telegrama? –preguntó Ana sin prestar atención a aquellas palabras.
–De Stiva ––contestó Vronsky de mal grado.
–¿Y por qué no me lo has enseñado? ¿Qué secreto puede haber entre Stiva y yo?
Vronsky llamó a su ayuda de cámara y le ordenó que trajera el telegrama.
–No quería mostrártelo porque no dice nada de particular. Stiva tiene debilidad por el telégrafo. No sé a
qué viene telegrafiar cuando no hay nada decisivo.
–¿Se trata del divorcio?
–Sí, pero dice que no ha podido obtener nada, que para estos días le ha prometido una respuesta decisiva.
Míralo, léelo.
Ana cogió el despacho con manos temblorosas y leyó lo que Vronsky le había dicho. El telegrama
terminaba así: «Hay pocas esperanzas, pero haré lo posible y lo imposible».
–Ayer te dije que me es indiferente que se lleve a cabo o no el divorcio –dijo Ana ruborizándose, No
había necesidad ninguna de ocultarme esas dificultades que señala Stiva. «Así puede ocultar y seguramente
oculta su correspondencia con las otras mujeres», pensó también.
–Jachvin quería venir hoy por la mañana –dijo Vronsky–. Parece ser que ganó a Peszov todo lo que éste
tenía y hasta más de lo que puede pagar. Cerca de sesenta mil rublos.
–¡No es eso! –interrumpió ella, irritada porque Vronsky cambiara de conversación. «¿Era que pensaba
que la disgustaba no obtener el divorcio, no poder retenerle casándose con él», pensó–. ¿Por qué has creído
–le dijo, con irritaciónque esa noticia me iba a doler hasta el punto de que era conveniente ocultármela? Te
he dicho que no quiero ni pensar en el divorcio y me gustaría que tú te interesaras en esa cuestión tan poco
como yo…
–Me intereso porque me gusta la claridad –contestó Vronsky.
–La claridad en nuestra unión no consiste en la forma externa, sino en el amor ––dijo Ana aún más
irritada, no por las palabras de Vronsky, sino por la fría tranquilidad con que hablaba él–. ¿Por qué deseas
mi divorcio? –insistió.
«¡Dios mío! Otra vez el amor», pensó Vronsky frunciendo el ceño.
–Ya lo sabes… Por ti y por los niños –contestó.
–No tendremos más niños.
–Pues lo siento mucho.
–Lo necesitas por los niños. Eso es: en mí no piensas –dijo Ana, que no había oído completa la frase «por
ti y por los niños».
La probabilidad de tener más hijos era cuestión que habían discutido los dos hacía tiempo y que a ella la
irritaba. El deseo de Vronsky de tener hijos lo consideraba Ana como una prueba de indiferencia hacia su
belleza, que, como era natural, desaparecería o aminoraría con un nuevo embarazo y alumbramiento.
–He dicho que por ti también –aclaró Vronsky–. Y más que por nada, por ti –añadió frunciendo el ceño
como si sufriera algún dolor– porque estoy seguro de que la mayor parte de tu malestar proviene de tu
situación indefinida.
«Ahora ha dejado de fingir y se ve claramente el odio frío que siente por mí», pensó Ana sin atender las
palabras de él pero viendo con horror en sus ojos a un juez frío y cruel que la condenaba.
–Siento mucho que no entiendas o no quieras entender –dijo Vronsky deseando aclarar aún más su idea–.
El carácter «indefinido» de la situación consiste en esto: tú crees que yo soy libre…
–En lo que respecta a esto puedes estar completamente tranquilo –contestó Ana. Y, dejando de prestarle
atención, se puso a tomar su café.
Cogió la taza con la mano, la levantó, separando el dedo meñique, la acercó a la boca y bebió
paladeando. Después de tomar así unos sorbos, miró a Vronsky y en la expresión de su rostro le pareció
adivinar que a él le eran desagradables su mano, su gesto y el ruido que producía con los labios al sorber el
café.
–A mí me es completamente indiferente lo que piense tu madre y cómo quiera casarte –dijo Ana,
poniendo otra vez la taza sobre la mesa, temblándole la mano.
–No hablábamos de esto –cortó Vronsky.
–Pues es de eso precisamente de lo que tenemos que hablar. Y cree que a mí, una mujer sin corazón, sea
vieja o no, sea tu madre o la madre de otro cualquiera, no me interesa, no quiero conocerla.
–Ana, te suplico que respetes a mi madre –le rogó Vronsky.
–La mujer que no adivina dónde están la felicidad y el honor de su hijo no tiene corazón –insistió ella.
–Repito mi ruego de que no faltes al respeto a mi madre, a la que quiero y respeto –volvió a decir
Vronsky, levantando la voz y mirándola con severidad.
Ana sostuvo la mirada de él sin contestar. Recordó en aquel momento con todo detalle la escena de la
reconciliación del día antes y las caricias que él le había prodigado y pensó: «¡Cuántas mujeres habrán
conocido las mismas caricias! ¡Cuántas acaso las conocen aún!».
–Tú no amas a tu madre. Eso es una frase hueca, palabras y nada más –le dijo, mirándole con odio.
–¡Ah! ¿Lo crees así? Pues hay que…
–Hay que terminar y estoy decidida a ello –interrumpió ella. Y se dispuso a salir del comedor.
En aquel momento entró Jachvin.
Ana se detuvo y saludó al que llegaba.
«¿Por qué cuando se sentía con el alma combatida por una tempestad, cuando se disponía a dar un paso
decisivo en su vida, a llevar a cabo una determinación que podía tener las más terribles consecuencias para
ella, por qué en aquel preciso instante se veía obligada a fingir ante un extraño que, no obstante, tarde o
temprano lo conocería todo?» Estas preguntas pasaron rápidas por su mente; y en seguida, ahogando su
íntimo dolor, se sentó y se puso a hablar tranquilamente con el que acababa de llegar.
–¿Qué, como va su asunto? ¿Ha cobrado usted su crédito?
–Parece que va por buen camino, aunque creo que no podré recibirlo todo. No obstante, el miércoles he
de marchar de aquí. Y ustedes, ¿cuándo se marchan? –preguntó a su vez Jachvin. Y, mirando a Vronsky,
que tenía el ceño fruncido, adivinó que entre ellos se había producido una disputa.
–Creo que nos iremos pasado mañana –dijo Vronsky.
–Pues me parece recordar que hace ya tiempo que querían ustedes marcharse –comentó Jachvin.
–Ahora ya está completamente decidido –dijo Ana, mirando a los ojos de Vronsky fijamente y de modo
que comprendiera que no había ni la más remota posibilidad de reconciliación entre ellos. Y tranquilamente
siguió hablando con Jachvin.
–¿Es posible –le dijo– que usted no tenga compasión de ese pobre Peszov?
–Jamás me he preguntado en estos casos, Ana Arkadievna, si he de tener o no compasión. Todo lo que
poseo lo tengo aquí –y Jachvin señalaba al bolsillo izquierdo de su chaleco–. Ahora soy un hombre rico,
pero hoy iré al Círculo y quizá salga de allí convertido en un mendigo. Y considero que el que se pone a
jugar en contra de mí quiere dejarme hasta sin camisa, como yo a él; y así luchamos. Esto es lo que nos da
emoción, lo que constituye la salsa del juego.
–Y si estuviese usted casado, ¿qué diría su mujer?
Jachvin rió.
–Por eso no me he casado –dijo en tono de broma– y jamás he tenido intención de hacerlo.
–¿Y Helsingfors? –dijo Vronsky entrando en la conversación y mirando a Ana, que sonreía. Pero, al
encontrarse sus miradas, el rostro de ella adoptó de repente una expresión severa y fría con lo que parecía
querer decir que las cosas estaban igual.
–¿Es posible que no se haya usted enamorado nunca? –preguntó Ana a Jachvin.
–¡Oh, Dios mío! ¡Cuántas veces! Pero, compréndalo: ¿puede uno ponerse a jugar a las cartas pensando
levantarse de la mesa cuando llegue el momento del rendez-vous? Yo puedo ocuparme del amor, pero a
condición de no hacer esperar al juego… Así obro en esta cuestión.
–No le pregunto por un entretenimiento cualquiera, sino por un amor verdadero, por..
Ana iba a decir «Helsingfors», pero no quiso repetir aquella palabra que había dicho ya Alexey.
Entonces llegó Voitov, para tratar la compra de un semental, y Ana se levantó y salió de la habitación.
Antes de salir de casa, Vronsky entró en la habitación de su amada. Ella quiso simular que estaba
buscando algo encima de la mesilla, pero, avergonzada de fingir, le miró resueltamente con una mirada fría
y le preguntó en francés:
–¿Qué quiere usted?
–Recoger los documentos de «Hambette», pues lo he vendido ––explicó él con un tono que más que las
palabras parecía decirle «no tengo tiempo para explicaciones y, además, éstas serían inútiles».
«No tengo culpa alguna», pensaba Vronsky. « Si quiere mortificarse ella mi sma, tant pis pour elle.
Mas, al salir de la habitación, le pareció que Ana le había dicho algo y su corazón se estremeció de
piedad por ella; retrocedió y le preguntó afectuosamente:
–¿Qué dices, Ana?
–Nada –contestó ella fría y tranquila.
«Si no dices nada, tant pis», se dijo él, indiferente de nuevo. Y dio media vuelta y salió de la habitación.
Al cerrar la puerta, vio en el espejo la imagen de Ana. Tenía el rostro pálido, los ojos llorosos, y le
temblaban el cuerpo y las manos.
Vronsky quiso volver de nuevo para decirle algo que la librara de aquella tribulación que al parecer sufría
pero dudó un momento, pensó que no le recibiría bien, y continuó hacia la calle.
Todo este día lo pasó Vronsky fuera de su casa.
Cuando volvió, ya bien entrada la noche, la doncella le dijo que Ana Arkadievna tenía una fuerte jaqueca
y rogaba que no la molestaran.
XXVI
Nunca había sucedido que Ana y Vronsky pasaran un día entero enemistados, y el que ahora hubiera
sucedido era para Ana claro indicio de que el amor de Vronsky hacia ella había desaparecido, o se había
entibiado al menos. « ¿Cómo, si no, habría sido posible que él la mirara de aquella manera tan fría que le
había dirigido al entrar en la habitación a recoger la documentación del caballo?; ¿cómo habría podido ver
que su corazón se rompía a pedazos y seguir adelante, tranquilo a indiferente? No es que esté frío; es que
me odia porque ama a otra mujer. Esto está claro», pensaba Ana.
Y, recordando las duras palabras de Vronsky y pensando en otras que él no le había dicho, pero que ella
presumía que quería decirle, se sentía todavía más hundida en la desesperación.
« No le retengo», le hacía decir ella. «Usted puede ir a donde quiera… Probablemente usted no quiere
divorciarse de su marido para volver a vivir con él. Vuelva usted. Si necesita dinero… ¡Cuántos rublos
necesita usted?»
Las palabras más duras y crueles, los gestos del hombre más brutal imaginábalos Ana en su amado
dirigidos a ella, y con estos pensamientos crecía su ira contra él y se decía que no le perdonaría jamás.
Luego pensó: «¿Y no fue ayer mismo cuando me juró amor como un hombre honrado y sincero? ¿No me
dijo varias veces que estaba desesperada sin motivo?».
Todo aquel día, excepto las horas que invirtió en ir al establecimiento de Wilson, lo pasó Ana
atormentada por la duda de si todo habría terminado, o si quedarían aún esperanzas de reconciliación; de si
se marcharía en seguida o iría a verle.
Estuvo esperándole todo el día, y por la noche, cuando al retirarse a su habitación había dado orden de
que le dijeran que tenía una fuerte jaqueca, pensaba:
«Si a pesar de todo entra a verme es que me ama; si hace lo contrario, y respeta o finge acatar mi
indicación, es que no siente el menor interés por mí, que ni siquiera le importa que esté yo enferma, es
decir, que todo ha terminado entre nosotros. Y en este caso», siguió pensando, «decidiré lo que debo
hacer».
Al sentir la llegada de Vronsky, puso toda su atención en lo que él hacía. Oyó la llegada del coche, la
llamada a la puerta de la calle, sus pasos, su conversación con la camarera y cómo se retiraba a sus
habitaciones. Entonces pensó:
«Se ha conformado con lo que le han dicho; no ha querido averiguar más, no ha querido ni siquiera
verme. Esto signifca que todo ha terminado.»
Y cómo único recurso para resucitar el cariño en su corazón y castigarle con el remordimiento, para
vencer, en suma, en aquella lucha, se le presentó de nuevo, clara y obsesionante, la idea de la muerte.
Ahora le daba ya todo igual: no le importaba ir o no a Vosdvijenskoe; ni conseguir o no el divorcio. Nada
necesitaba. Sólo quería una cosa: castigarle.
Cuando preparó su habitual dosis de opio y pensó que podía morir con sólo beberse todo el frasco, le
pareció tan fácil y sencillo que volvió a pensar, con gran complacencia, en cómo sufriría, se arrepentiría y,
aunque ya tarde, amaría su recuerdo.
Se metió en la cama, apagó todas las luces, excepto una, cuya llama se estaba extinguiendo ya, y quedó
inmóvil, estirada, con los ojos abiertos, mirando hacia el techo esculpido en el cual la sombra de la pantalla
había fijado extrañas figuras. Su pensamiento representaba entonces a Vronsky ante su cuerpo inerte,
cuando ella hubiese desaparecido ya completamente, cuando no quedase más que su recuerdo. «¿Cómo
pude», se diría él, «decirle palabras tan crueles como las que le dije? ¿Cómo pude salir de la habitación sin
dirigirle una palabra, viéndola tan afligida? Pero ahora ya no está aquí», dirá, «ahora se ha ido para siempre
…».
De repente, la sombra que hacía la pantalla se movió, se extendió a todo el techo; nuevas sombras
brotaron de otros puntos de la habitación al encuentro de aquélla. Pero por un momento se desvanecieron,
se juntaron de nuevo con gran rapidez, se movieron tumultuosamente, se entremezclaron hasta fundirse. Y
todo se sumió en la oscuridad.
«Es la muerte», pensó Ana.
Y se sintió sobrecogida por un horror tal que, con los ojos espantados, muy abiertos, y su cuerpo en
fuerte tensión nerviosa, estuvo mucho tiempo sin poderse mover. Al fin, con gran esfuerzo, su mano
temblorosa pudo coger las cerillas que tenía encima de la mesilla y encender otra luz que reemplazara a la
que se había consumido produciendo aquellas sombras y figuras extrañas que tanto terror habían infundido
en su espíritu.
Y ensanchando su pecho suspiró hondamente como si se librara de un gran peso; se sintió libre de la
horrible visión que oprimía su pecho y murmuró:
«No, no… Vivir… ¡Quiero vivir! Le amo y él también me ama. Hemos discutido, pero esto pasará».
Y la alegría de volver a la vida cuando se creía ya entre las garras de la muerte, inundó sus ojos de
lágrimas, que se deslizaron suavemente por sus mejillas, pálidas aún. Luego, para huir de su soledad, para
ahuyentar de su alma los restos de aquel terror pasado, se dirigió al gabinete de Vronsky.
Estaba durmiendo con un sueño profundo.
Ella se le acercó, le iluminó con la vela el rostro, que estaba sereno, tranquilo, y le contempló con
arrobamiento. Ahora, en aquella actitud, a Ana le gustaba más; sintió con mayor intensidad su amor y,
conmovida, no pudo contener las lágrimas. Luego pensó que si le despertaba en aquel momento la miraría
con su mirada fría, seguro de ser justo, y que antes de hablarle de su amor, ella habría tenido que mostrarse
severa con él como él se mostraba con ella. Regresó, sin despertarle, a su habitación y, después de una
segunda dosis de opio, cuando amanecía ya, se durmió con un sueño pesado pero intranquilo, ya que no
dejaba de sentir palpitaciones en su corazón y en las venas, en las sienes, en las manos, y continuaba con
sus pensamientos.
Por la mañana tuvo una horrible pesadilla que la había atormentado ya otra vez antes de sus relaciones
con Vronsky. Un viejecillo con la barba mal peinada, inclinado sobre el lecho, manipulaba los hierros de la
cama repitiendo unas palabras sin sentido. Y Ana, como siempre que tenía esta pesadilla (y en esto
consistía precisamente todo el horror) sentía que el viejecillo no le prestaba atención, y continuaba
manipulando los hierros de la cama.
Ana se despertó con un fuerte dolor de cabeza; inundada toda de sudor.
Cuando se levantó, recordó, muy vagamente, todo lo que la había ocurrido durante el día anterior.
«Hubo una discusión, lo que había habido tantas veces… Dije que tenía jaqueca y él no entró en mi
habitación… Mañana nos vamos de aquí. Tengo que verle y prepararme para el viaje», se dijo.
Al enterarse de que Vronsky estaba en el despacho, se dirigió allí. Cuando cruzaba el salón, oyó que a la
entrada de la casa se paraba un carruaje. Miró por la ventana y vio un coche lujoso, a una de cuyas
ventanillas se asomaba una joven con sombrero color lila, ordenando algo al lacayo, quien llamó a la puerta
y entró en la casa. Después de una pequeña conversación en el piso de abajo, alguien pasó a las
habitaciones superiores y en el salón de al lado resonaron los pasos de Vronsky. Éste, con andar rápido,
bajó la escalera. Ana se acercó de nuevo a la ventana y algo separada de ésta, procurando que no la vieran,
observó otra vez lo que pasaba en la calle con las viajeras del coche. Ahora, Vronsky, sin sombrero, bajaba
la escalinata; se acercó al carruaje. La joven del sombrero lila le entregó un paquete. Él le dijo unas
palabras sonriendo. El coche se alejó y Vronsky subió la escalera corriendo.
Ana sintió que la bruma que cubría su cerebro se desvanecía de repente. Los sentimientos del día interior,
aumentados con un nuevo dolor, oprimían su corazón enfermo. Ahora no comprendía cómo había podido
rebajarse hasta el punto de quedarse un día más en su casa. «No estaré con él un día más», se dijo.
Y entró en el gabinete de Vronsky para comunicarle su decisión de marcharse de la casa y separarse de él
inmediatamente.
–Era la Sorokina, con su hija, que me han traído dinero y los documentos de mamá. Ayer no pude
recibirles. ¿Y tu jaqueca? ¿Estás mejor? –le dijo él sin querer advertir la expresión sombría y trágica de su
rostro.
Ana le miraba fijamente, de pie en medio de la habitación. Él la miró a su vez, frunciendo el ceño un
momento, y continuó leyendo la carta que acababa de recibir. Ella dio media vuelta y, lentamente, se
dirigió a la salida de la habitación. Vronsky pensó un momento en llamarla y hacerla volver, pero la dejó
llegar hasta la puerta sin decirle nada, sin que se oyera en la habitación más que el ruido de los pasos de
Ana y el de las hojas de la carta, que él iba volviendo.
–¡Ah! A propósito ––dijo Vronsky cuando ella llegaba ya a la puerta–. Decididamente nos vamos
mañana, ¿no?
–Se irá usted, yo no –contestó Ana, volviéndose ligeramente.
–Ana, así es imposible vivir –exclamó Vronsky.
–Se irá usted, yo no –repitió.
–¡Esto está haciéndose de nuevo insoportable!
–Usted se arrepentirá de esto –añadió ella y salió.
Asustado por el tono de desesperación con que había pronunciado estas palabras, Vronsky se levantó de
un salto y corrió tras ella, pero a los pocos pasos, pensándolo mejor, se detuvo, reflexionó unos momentos,
y volvió a la silla que ocupaba, se sentó y con los dientes apretados y la vista fija en el suelo quedó sumido
en hondas reflexiones.
«Lo he probado todo», se dijo; «no me queda sino un recurso: dejarla hacer». Y se preparó para ir a la
ciudad y a la casa veraniega de su madre, de quien le era preciso obtener la firma de unos documentos
referentes a su herencia.
Ana oyó el ruido de sus pasos en el gabinete y luego a través del comedon Cerca del salón, Vronsky se
paró, pero no se dirigió a la habitación de Ana como ella esperaba, sino que dio a un criado orden de
entregar el caballo a Voitov cuando éste fuese a buscarlo. Luego oyó cómo se adelantaba el coche hasta la
entrada de la casa; sintió abrirse la puerta de ésta y le vio salir. De repente, se volvió, dijo algo a uno de los
criados, quien corrió a la habitación de su dueño, cogió los guantes que Alexey se había dejado olvidados y
volvió a bajar las escaleras corriendo para entregarlos a su señor. Ana se acercó a la ventana y vio que
Vronsky, sin mirar al criado, cogió los guantes, luego tocó con la mano derecha la espalda del cochero, le
dijo algo y, sin volver la vista a la casa, subió al coche, y se acomodó en él en su postura habitual: con las
piernas cruzadas. El coche partió seguidamente y a poco desaparecía tras la esquina.
XXVII
«¡Se marchó! ¡Todo ha terminado!» , se dijo Ana.
Estaba en pie cerca de la ventana. Sus pensamientos, la oscuridad en que estaba la habitación por haberse
apagado la luz y el recuerdo de la terrible pesadilla que había tenido, llenaron su alma de terror.
«No, esto no puede ser», exclamó y, cruzando apresuradamente la habitación, oprimió el timbre con
insistencia.
Sentía ahora tanto miedo de estar sola que, sin esperar la llegada del criado, se dirigió al encuentro de
éste.
–Entérese a dónde ha ido el Conde –le dijo.
El criado contestó que el Conde se dirigía a las cuadras
–El señor Conde –añadió– dijo, también, que el coche volvería en seguida por si la señora quería salir.
–Bien. Espere. Voy a escribir una carta, y la hará llevar por Mijailo a las cuadras inmediatamente.
Ana se sentó y escribió en un papel de cartas:
Tengo yo la culpa… Vuelve a casa… Tenemos que hablar… Por Dios, ven… Siento miedo…
Cerró la carta y se la entregó al criado. Luego, en su temor de quedarse sola, salió tras éste y entró en el
cuarto de la niña.
«¿Qué es esto? Éste no es mi Sergio. ¿Dónde están sus ojos azules, sus caricias, su tímida y dulce
sonrisa?» Éste fue su primer pensamiento al ver a la niña, gordita, colorada, con ojos negros y cabellos
rizados, en vez de a Sergio, a quien ella, perturbada y confundida, pensaba encontrar en aquella habitación.
La niña, sentada cerca de la mesa, se entretenía en golpearla, insistentemente, con un corcho que había
sacado de una garrafa. Al entrar su madre, volvió la cabeza y puso en ella sus ojos negros y pequeños con
una mirada sin expresión.
La inglesa preguntó a Ana por su salud y ella contestó que se encontraba bien ya, añadiendo que al día
siguiente se irían al campo. Luego se sentó junto a la niña y se puso a jugar con ella, moviendo el tapón de
la garrafa. Mas, la risa clara y sonora de la niña y el movimiento que hizo con sus cejas le recordaron tan
vivamente a Vronsky, que, conteniendo sus sollozos, se levantó bruscamente y salió de la habitación.
«¿Es posible que todo haya terminado? No, no es posible» , pensaba. «Él volverá. ¿Pero cómo podrá
explicarme la animación, la sonrisa expresiva que tenía mientras hablaba con Sorokina? Escucharé, a pesar
de todo, lo que me diga, le creeré. Si no le creo, sólo me queda un camino. ¡Y esto no lo quiero!»
Ana miró el reloj. Habían pasado doce minutos desde que mandara el recado a Vronsky. «Un poco más.
Nada más que diez minutos. ¿Y si no vuelve? No, no es posible… No está bien que me vea con los ojos
así… Comprenderá que he llorado… Voy a lavarme… Sí… sí. ¿Estoy ya peinada o no» , se preguntó de
repente. Y no recordándolo, se tocó la cabeza. « Sí; estoy peinada… Pero, ¿cuándo me he peinado?… No me
acuerdo» , dudando aún, se miró una vez más al espejo. «¿Qué es esto?» , se dijo al ver en el espejo su
rostro alterado, y los ojos con un brillo extraño, que la miraban con expresión de espanto. «¿Soy yo esa
mujer?»
Volvió a mirarse en el espejo para ver toda su figura y creyó sentir que, como en otras ocasiones
semejantes, Vronsky se le acercaba por detrás y la acariciaba y besaba frenéticamente su espalda, su nuca…
Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, como si Vronsky estuviera realmente allí, prodigádola besos y
caricias, a inconscientemente se llevó sus manos a la boca y las besó con frenesí.
«¿Qué es esto», dijo luego. « ¿Será que me he vuelto loca?»
Y corrió hacia el dormitorio donde Anuchka arreglaba algunas cosas.
–Anuchka –llamó.
Y no dijo más: se detuvo ante la doncella mirándola fijamente y sin recordar lo que iba a decirle.
–Quería usted ir a ver a Daria Alejandrovna –dijo Anuchka, como ayudándole a recordar que era esto lo
que quería decirle.
–¿A Daria Alejandrovna?… Sí… iré… –respondió Ana distraídamente, mientras calculaba.
«Quince minutos en ir allí, quince para volver. Ya estará regresando… Ahora en seguida llegará.»
Sacó su reloj y lo miró para ver qué hora era.
«¿Y cómo pudo marcharse dejándome así? ¿Cómo puede vivir sin haberse reconciliado conmigo?» Se
acercó a la ventana y se puso a mirar a la calle, esperando ver volver al criado o que llegara Vronsky.
«Quizá me haya equivocado en mis cálculos», pensó al ver que ni el criado ni él aparecían. Y en el
momento en que se dirigía al salón para comprobar en el reloj de péndulo si el suyo iba bien, se oyó el
ruido de un carruaje que se paraba ante la puerta.
Ana se asomó ávidamente a la ventana y vio el coche de Vronsky. Su corazón palpitó con más fuerza y
aceleró sus latidos. Pero ni Vronsky ni nadie subía la escalera. En el piso de abajo se oían voces, mas la de
él no se oía.
El criado que había llevado la carta y que era quien acababa de llegar con el coche, se adelantó hacia ella.
Ana le preguntó por su encargo.
–No hemos encontrado al señor Conde… Ya se había marchado a la estación del ferrocarril de Nijni.
–¿Cómo? ¿Que se había marchado? –preguntó Ana, con acento de consternación.
El criado, colorado y alegre como siempre, le confirmó lo que le había dicho y le devolvió la carta.
«¡Ah!, sí; es verdad. No la ha recibido» , se dijo. Reflexionó un instante y ordenó:
–Vaya con esta carta a la finca de la condesa Vronskaya. Está cerca de Moscú. Y tráigame en seguida la
respuesta.
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