Ana Karenina
6. agosto 2010
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en el mundo; y el no hallar una contestación concreta le atormentaba hasta tal punto que pensaba en el
suicidio. Pero, a pesar de ello, continuaba firme en su camino.
XI
El día en que Sergio Ivanovich llegó a Pokrovskoe había sido uno de los días más llenos de emociones
para Levin.
Era la temporada activa de los trabajos del campo, la que exige del campesino un esfuerzo mayor, un
espíritu de sacrificio desconocido en otras profesiones; esfuerzo que rendiría más si los mismos que lo
realizan tuvieran conciencia de ello y lo supieran valorar, si no se repitiese anualmente y sus resultados no
fueran tan simples.
Segar y recoger el centeno y la avena, apilarlos en las eras, trillar y separar los granos para semilla y
hacer la sementera en otoño, todo esto parece sencillo, corriente y hacedero; pero, para hacerlo en las tres o
cuatro semanas que concede la Naturaleza, es necesario que todos, empezando por los más viejos y hasta
los chiquillos, toda la gente labriega, trabaje sin parar un momento, tres veces más que de ordinario,
alimentándose con kwas con cebolla y pan moreno, aprovechando para el trabajo las noches y no
durmiendo sino tres o cuatro horas al día. Y esto se hace cada año en toda Rusia.
Habiendo pasado la mayor parte de su vida en su propiedad y en relaciones estrechas con el pueblo,
Levin sentía siempre en esta temporada el contagio de aquella animación general.
Al amanecer, en los carros de transporte, iba a las primeras labores del centeno o a los campos de avena.
Volvía a su casa cuando calculaba que su mujer y su cuñada estarían levantándose; tomaba con ellas su
desayuno de café y se dirigía a pie a la granja, donde estarían trabajando con la nueva trilladora para
preparar las semillas.
Y durante todo este día, hablando con el encargado y los campesinos, charlando, en su casa, con su
mujer, con Dolly, con los hijos de ésta o con su suegro, Levin pensaba, además, relacionándolo todo con
esta cuestión, en las preguntas que le inquietaban: «¿Qué soy yo? ¿Dónde estoy? ¿Para qué estoy aquí?»
En pie, sintiendo la agradable frescura del hórreo cubierto de olorosas ramas de avellano o apoyado
contra las vigas de álamo recién cortado que sostenían el techo de paja, Levin, miraba a través de las
puertas abiertas, ante las cuales danzaba el polvo, seco y acre, de la trilladora, o contemplaba la hierba de la
era bañada por el ardiente sol, y la paja fresca, recién sacada del almiar, o seguía el vuelo de las golondrinas
de pecho blanco y cabecitas abigarradas que se refugiaban chillando bajo el alero y se detenían agitando las
alas sobre el ancho portal abierto; y, mientras, continuaba con sus extraños pensamientos.
«¿Para qué se hace todo esto? ¿Por qué estoy aquí, obligándoles a trabajar? ¿Por qué todos se matan
trabajando y queriendo mostrarme su celo? ¿Por qué trabaja tanto esa vieja Matriona, mi antigua
conocida?» (Levin la había curado, cuando, en un incendio, le había caído encima una viga), se dijo,
mirando a una mujer delgada que, apoyando firmemente su pies, quemados por el sol, contra el suelo duro
y desigual, removía con su rastrillo las mieses.
« En algún tiempo», pensó Levin, « esta mujer fue hermosa, pero, si no hoy, mañana, o dentro de diez
años, cualquier día, acabará de todos modos bajo tierra y no quedará nada de ella. Como tampoco quedará
nada de esa muchacha presumida, de vestido rojo, que con movimientos hábiles y delicados separa la
espiga de la paja. También a ésa la enterrarán, y muy pronto harán los mismo con esa pobre bestia», pensó,
mirando a un caballo que, con el vientre hinchado y respirando con dificultad, arrastraba un pesado carro. «
Y a Feódor, que echa ahora el trigo a la trilladora, con su barbita llena de paja y su camisa rota, también le
enterrarán. Y, sin embargo, él deshace las gavillas y da las órdenes, grita a las mujeres, arregla la correa del
volante. Y, no sólo a ellos los enterrarán, sino que a mí, también. Nada ni nadie de lo que hay aquí
permanecerá. ¿Para qué, pues, todo?»
Así pensaba Levin y al mismo tiempo miraba al reloj, calculando cuánto se podía trillar en una hora, para
señalar la faena que debían realizar durante el día.
« Pronto hará una hora que han empezado el trabajo y no han hecho más que comenzar la tercera pila»,
pensó. Y se acercó a Feódor, y, levantando la voz para dominar el ruido de la trilladora, le ordenó que
pusiera menos trigo en la máquina.
–Echas demasiado Feódor. ¿Ves? La máquina se para. Échalo más igual…
Feódor, ennegrecido por el polvo que se le pegaba al rostro cubierto de sudor, replicó algo que no pudo
oírse por el ruido de la máquina. Pero pareció no haber comprendido lo que el dueño le decía. Éste se
acercó a la trilladora, apartó a Feódor y se puso él en su lugar.
Después de trabajar así hasta casi la hora de ir a comer, Levin saltó del hórreo en unión del echador y al
lado de un montón de amarillento centeno preparado ya para trillarlo y separar la semilla, se puso a discutir
con él.
El echador era de aquel lugar donde Levin, hacía ya tiempo, había cedido la tierra según el principio
cooperativo. Ahora estas tierras las llevaba el guarda en arriendo. Levin habló de ellas con Feódor y le
preguntó si no las arrendería el año próximo Platon, un campesino rico del mismo lugar.
–La tierra es muy cara, Constantino Dmitrievich. A Platon no le resultaría –contestó Feódor, sacando de
debajo de la camisa sudada las espigas que se le habían introducido allí.
–¿Y cómo es que Kirilov saca provecho?
–A Mitiuja –así llamaba Feódor, despectivamente, al guarda–, a Mitiuja le es muy fácil sacar provecho:
va apretando y sacará lo suyo. Éste no tiene compasión de alma cristiana, mientras que el tío Fokanich –así
llamaba al viejo Platon– no quita el pellejo a nadie. Aquí dará en préstamo y en otra parte perdonará una
deuda. Así resulta que recibe todo lo que le pertenece. Es un buen hombre.
–¿Y por qué perdona tanto a los demás?
–Porque las personas no son todas iguales. Hay hombres que sólo viven para sí mismos, como, por
ejemplo, Mitiuja. Ese se preocupa sólo de su barriga. Fokanich, en cambio, es un viejo muy recto: vive para
su alma y no se olvida de Dios.
–¿Qué quieres decir «no se olvida de Dios»? ¿Y qué es eso de que «vive para su alma»? –preguntó Levin
con extrañeza.
–Ya se sabe: lo justo es lo que Dios manda. Hay gente muy distinta: unos que lo hacen y otros que no.
Usted, por ejemplo, no trata mal a la gente.
–Sí, sí. Adiós –se despidió Levin sofocado por la emoción.
Y, volviendo al hórreo, tomó su bastón y se dirigió a su casa.
Al oír que Fokanich «vivía para su alma, siendo justo, como Dios manda», pensamientos vagos, pero
fecundos, habían acudido en tropel a su mente, dirigidos todos a un único fin, cegándole el entendimiento.
XII
Levin iba por el camino andando a grandes pasos, atento, no tanto a sus pensamientos, que todavía no
había logrado ordenar, cuanto a aquel estado de ánimo que hasta entonces no había experimentado.
Las palabras del campesino Feódor produjeron en su alma el efecto de una chispa eléctrica que en un
momento fundió y transformó un enjambre de pensamientos hasta entonces vagos y desordenados que no
habían dejado de atormentarle. Hasta en el momento en que hablaba del arriendo de las tierras, habían
estado preocupándole.
Sentía brotar en su alma algo nuevo y, sin saber todavía lo que era, experimentaba con ello una gran
alegría.
«Hay que vivir, no para nuestras propias necesidades, sino para Dios. Pero, ¿para qué Dios? ¿Es posible
decir una cosa más privada de sentido común? Feódor ha dicho que hay que vivir, no sólo para nuestras
propias necesidades, esto es, para lo que comprendemos, lo que nos atrae y deseamos, sino para algo
incomprensible, para ese Dios al cual nadie puede comprender ni definir… ¿Qué es esto? ¿Acaso no habré
comprendido las palabras sin sentido de Feódor? Y si no he comprendido lo que decía, ¿he dudado por
ventura de que fuese justo? ¿Lo he encontrado necio, impreciso y vago?
»No; lo he comprendido por completo, tal como él lo comprende. Lo he comprendido tan bien y tan
claramente como lo que mejor pueda comprender en la vida, y jamás en mi existencia he dudado de ello ni
puedo dudar. Y, no sólo yo, sino todos lo comprenden perfectamente; no dudan de ello y todos están de
acuerdo en aceptarlo.
»¡Y yo que buscaba, deplorando no ver un milagro! Un milagro material me habría convencido. ¡Y, no
obstante, el único
milagro posible, el que existe siempre y nos rodea por todas partes, no lo observaba, no lo veía!
»Feódor dice que el guarda Kirilov vive sólo para su vientre. Eso es claro y comprensible. Todos
nosotros, como seres racionales, no podemos vivir de otro modo sino para el vientre. Y de pronto Feódor
dice que no se debe vivir para el vientre y que se debe vivir para la verdad y para Dios, y yo, con una sola
palabra, le comprendo.
»Y yo, y millones de seres que vivieron siglos antes y viven ahora, sabios, labriegos y pobres de espíritu
–los sabios que han escrito sobre esto, lo dicen en forma incomprensible– coinciden en lo mismo: en cuál
es el fin de la vida y qué es el bien. Sólo tengo, común con todos los hombres, un conocimiento firme y
claro que no puede ser explicado por la razón, que está fuera de la razón y no tiene causas ni puede tener
consecuencias.
»Si el bien tiene una causa, ya no es bien, y si tiene consecuencias (recompensa) tampoco lo es. De modo
que el bien está fuera del encadenamiento de causas y efectos.
»Y conozco el bien y lo conocemos todos.
»¿Puede haber milagro mayor?
»¿Es posible que yo haya encontrado la solución de todo? ¿Es posible que hayan terminado todos mis
sufrimientos?», pensaba Levin, avanzando por el camino polvoriento, sin sentir ni calor ni cansancio y
experimentando la impresión de que cesaba para él un largo padecer.
Aquella impresión despertaba en su espíritu una paz tan honda que apenas osaba creer en ella. La
emoción le ahogaba, le flaqueaban las rodillas y le faltaban las fuerzas para seguir andando. Salió del
camino, se internó en el bosque y se sentó a la sobra de los olmos, sobre la hierba no segada aún. Se quitó
el sombrero que cubría su cabeza empapada de sudor y, apoyándose en un brazo, se tendió en la jugosa y
blanda hierba del bosque.
«Es preciso reflexionar y comprender», pensaba, con los ojos fijos en la hierba que se erguía ante él,
mientras seguía con la mirada los movimientos de un insecto verde que trepaba por un tallo de centinodia y
se detenía retenido por una hoja de borraja. « Pero, ¿qué he descubierto?», se preguntó, apartando la hoja
de borraja para que no obstaculizara al insecto y acercando otra hierba para que el animalillo pasara por
ella. «¿Por qué esta alegría? ¿Qué he descubierto en resumen?
»Nada. Sólo me he enterado de lo que ya sabía. He comprendido la calidad de la fuerza que me dio la
vida en el pasado y me la da ahora también. Me libré del engaño, conocí a mi señor…
»Antes yo decía que mi cuerpo, como el cuerpo de esta planta y de ese insecto –a la sazón el insecto, sin
querer escalar la hierba, había abierto las alas y volaba a otro lugarseguía las transformaciones de la materia
según las leyes físicas, químicas y fisiológicas. Y que en todos nosotros, como en los álamos, las nubes y
las nebulosas se produce una evolución. ¿Evolución de qué? ¿En qué? Una evolución infinita, una lucha…
¿Cómo es posible una dirección y una lucha en el infinito? Y yo me extrañaba de que, a pesar de mi
constante tensión mental en tal dirección, no se me aclaraba el sentido de la vida, el sentido de mis deseos,
de mis aspiraciones… Pero ahora declaro que conozco el sentido de mi vida; vivir para Dios, para el alma…
Y este sentido, a pesar de su claridad, es misterioso y milagroso. Éste es también el sentido de cuanto
existe. Y el orgullo… –se tendió de bruces y comenzó a atar entre sí los tallos de hierba procurando no
romperlos–. No sólo existe el orgullo de la inteligencia, sino la estupidez de la inteligencia. Pero lo peor es
la malicia… eso, la malicia del espíritu, la truhanería del espíritu», se repitió.
Y en seguida recorrió todo el camino de sus ideas durante aquellos dos años, cuyo principio fue un
pensamiento claro y evidente sobre la muerte al ver a su hermano querido enfermo sin esperanzas de
curación.
En aquellos días había comprendido claramente que para él y para todos no existía nada en adelante sino
sufrimiento, muerte, olvido eterno; pero a la vez había reconocido que así era imposible vivir, que
precisaba explicarse su vida de otro modo que como una ironía diabólica, o, de lo contrario, pegarse un tiro.
Él no hizo ni lo uno ni lo otro, sino que continuó viviendo, sintiendo y pensando, a incluso en aquella
época se casó, y experimentó muchas alegrías y fue feliz entonces que no pensaba para nada en el sentido
de la vida.
¿Qué significaba, pues, aquello? Que vivía bien y pensaba mal.
Vivía, sin comprenderlo, a base de las verdades espirituales que mamara con leche de su madre, pero
pensaba, no sólo no reconociendo tales verdades, sino apartándose de ellas deliberadamente.
Y ahora veía claramente que sólo podía vivir merced a las creencias en que fuera educado.
«¿Qué habría sido de mí y cómo habría vivido de no tener esas creencias si no supiese que hay que vivir
para Dios y no sólo para mis necesidades?
» Hubiese robado, matado, mentido. Nada de lo que constituyen las mayores alegrías de mi vida habría
existido para mí.»
Y aun con los máximos esfuerzos mentales no podía imaginar el ser bestial que hubiese sido de no saber
para qué vivía.
« Buscaba contestación a mi pregunta. El pensamiento no podía contestarla, porque el pensamiento no
puede medirse con la magnitud de la interrogación. La respuesta me la dio la misma vida con el
conocimiento de lo que es el bien y lo que es el mal.
» Y ese saber no me ha sido proporcionado por nada; me ha sido dado a la vez que a los demás, puesto
que no pude encontrarlo en ninguna parte.
»¿Dónde lo he recogido? ¿He llegado por el razonamiento a la conclusión de que hay que amar al
prójimo y no causarle daño? Me lo dijeron en mi infancia y lo creí, feliz al confirmarme los demás lo que
yo sentía en mi alma. ¿Y quién me lo descubrió? No lo descubrió la razón. La razón ha descubierto la lucha
por la vida y la necesidad de aplastar a cuantos me estorban la satisfacción de mis necesidades.
»Tal es la deducción de la razón. La razón no ha descubierto que se amase al prójimo, porque eso no es
razonable.»
XIII
Levin recordó una escena que había presenciado poco antes entre Dolly y sus hijos.
Los niños, habiendo quedado solos, comenzaron a cocer frambuesas a la llama de unas bujías y a echar la
leche por la boca como un surtidon Dolly, al sorprenderlos, comenzó a explicarles, en presencia de Levin,
el mucho trabajo que a las personas mayores les costaba preparar aquello que destruían, y que tal trabajo se
hacía por ellos; que si rompían las tazas, no tendrían donde tomar el té, y si arrojaban la leche al suelo, se
quedarían sin comer y morirían de hambre.
A Levin le sorprendió la tranquila incredulidad con que los niños parecían escuchar las palabras de su
madre. Sólo se sentían descontentos de ver interrumpido su interesante juego, De lo que su madre les decía
no creían una palabra. Y no lo creían porque no podían comprender el conjunto de todo aquello de que
gozaban, y les era imposible, por tanto, imaginar que estaban destruyendo lo que necesitaba para vivir.
«Todo esto está bien», pensaban; «pero, ¿acaso lo que nos dan tiene tanto valor? Siempre es lo mismo,
hoy como ayer, y como mañana, y nosotros no tenemos que pensar en ello. Pero ahora hemos querido
inventar algo nuevo, personal. Y así hemos metido las frambuesas en las tazas y las hemos cocido a la
llama de la vela, y nos hemos llenado la boca de leche y la hemos lanzado como un surtidor. Esto es
divertido y nuevo.
»¿Y acaso no hacemos nosotros lo mismo? ¿No lo he hecho yo buscando mediante la razón la
significación de las fuerzas de la Naturaleza y el sentido de la vida humana?», continuaba pensando Levin.
«¿No hacen lo mismo todas las teorías filosóficas, llevándonos mediante el razonamiento, de un modo
extraño a la vida humana, a la revelación de verdades que el hombre sabe ya desde mucho tiempo y sin las
cuales no podría vivir? ¿No se ve claramente en el desarrollo de la teoría de cada filósofo que él sabe de
antemano, como el labriego Feódor y no más claramente, el verdadero sentido de la vida, y que tiende sólo
a demostrar por caminos equívocos verdades universalmente reconocidas?
»Que se deja a los niños solos, para que ellos mismos adquieran lo que les hace falta, construyan las
tazas, ordeñen la leche, etc. ¿Realizarían travesuras? Se morirían de hambre. Que se nos deje a nosotros,
entregados a nuestras pasiones y pensamientos, sin la idea del Dios único y creador. ¿Qué haríamos, sin
tener noción del bien y el mal, sin explicamos el mal moral?
»¡Probemos sin esas ideas a construir algo! Lo destruiríamos todo, porque nuestras almas están saciadas.
¡Somos niños, nada más que niños!
»¿De dónde procede ese alegre conocimiento que tengo y me es común con el aldeano, y que me produce
la paz del espíritu? ¿De dónde lo he sacado?
»Yo, educado como cristiano en la idea de Dios, habiendo llenado mi vida con los bienes espirituales que
me dio el cristianismo, pletórico y rebosante de esos bienes, yo, como esos niños, destruyo, es decir, quiero
destruir lo que me sustenta. Pero en las horas graves de mi vida, como los niños al sentir hambre y frío,
acudo a Él y, no menos que los niños a quienes la madre riñe por sus travesuras infantiles, siento que el exceso
a que me llevaron irás anhelos de niño no han sido castigados. Y lo que sé, no lo sé por la razón, sino
que ha sido concedido directamente a mi alma, lo siento por mi corazón, por mi fe en lo que dice la Iglesia.
»¿La Iglesia? ¡La Iglesia!», repitió Levin.
Cambió de postura y, apoyándose en el codo, miró a lo lejos, más allá del rebaño que, en la otra orilla,
bajaba hacia el río.
«¿Puedo creer en cuanto profesa la Iglesia?», se dijo, buscando, para probarse, cuanto pudiera destruir la
tranquilidad de espíritu de que gozaba en aquel momento.
Y comenzó a meditar en las doctrinas de la Iglesia que más extrañas le parecían y más le turbaban.
« ¿La creación? ¿Cómo explicaba yo la existencia? ¿Por la existencia misma? ¡Con nada! ¿Y el diablo y
el pecado? ¿Cómo explicar el mal? ¿Y el Redentor? No sé nada, absolutamente nada, ni puedo saberlo.
Nada excepto lo que se me ha comunicado a la vez que a los demás.»
Y ahora encontraba que no existía doctrina eclesiástica alguna que destruyera lo esencial: la fe en Dios y
en el bien como único destino del hombre.
Cada una de las creencias de la Iglesia podía ser explicada por la creencia en el servicio de la verdad en
vez del servicio de las necesidades. Y no sólo cada dogma no la destruía, sino que estaba hecho para
cumplir el milagro fundamental que constantemente se presenta en la tierra y que consiste en que es posible
a todos los hombres y a cada uno, a millones de personas diferentes, sabios y necios, niños y ancianos,
reyes y mendigos, a todos, a Lvov, a Kitty y a los demás, comprender sin dudas la misma cosa y crear la
vida del alma sin la cual no vale la pena vivir y que es lo único que apreciamos.
Levin, tumbado ahora de espaldas, miraba el cielo alto sin nubes.
«¿Acaso no sé que eso es el espacio infinito y no una bóveda? Pero por más esfuerzos que haga, por más
que aguce la mirada, no puedo dejar de ver este espacio como una bóveda y como algo limitado, y, a pesar
de mis conocimientos sobre el espacio infinito, tengo indudable razón cuando veo una bóveda azul y sólida;
y más aún que cuando me esfuerzo para ver más allá.»
Levin había ya dejado de pensar. Ahora tenía sólo el oído atento a las voces misteriosas que resonaban en
su alma con un eco de alegría y de entusiasmo.
«¿Acaso será esto la fe?», se dijo, no osando creer en su felicidad. « ¡Gracias, Dios mío! », murmuró,
ahogando los sollozos que le subían a la garganta y secándose con ambas manos las lágrimas que llenaban
sus ojos.
XIV
Levin miraba frente a sí y veía el rebaño de ovejas que pastaba guardado por el mastín y el pastor. Luego
vio su tílburi tirado por « Voronoy» y cómo el cochero, al llegar al rebaño, hablaba algo con el pastor. Poco
después, oía cerca de él el ruido de las ruedas y los resoplidos del caballo.
Estaba, sin embargo, tan absorto en sus pensamientos, que ni siquiera se le ocurrió que el coche se dirigía
hacia él. Unicamente lo advirtió cuando el cochero, hallándose ya a su lado, le habló:
–Me manda la señora. Han llegado su hermano y otro señor.
Levin se sentó en el cochecito y tomó las riendas.
Estaba aún como acabado de despertar de un sueño y durante mucho rato apenas se dio cuenta de lo que
hacía ni de dónde estaba. Miraba a su caballo, al que sujetaba por las riendas, cubiertos de espuma las patas
y el cuello; miraba al cochero Iván, sentado a su lado; recordaba que le esperaba su hermano; pensaba que
su mujer estaría inquieta por su larga ausencia y procuraba adivinar quién era aquel señor que había llegado
con su hermano. Y el hermano, y su mujer, y el desconocido se le presentaban ahora en su imaginación de
modo distinto a como los veía antes; le parecía que ahora sus relaciones con todos habrían de ser muy
diferentes.
«Ahora no habría entre mi hermano y yo la separación que ha habido siempre entre nosotros; ahora no
disputaremos ya nunca. Nunca más tendré riñas con Kitty. Con el huésped que ha llegado, quienquiera que
sea, estaré amable, seré bueno; lo mismo que con los criados y con Iván. Con todos seré un hombre
distinto.»
Reteniendo con las riendas tensas al caballo, que resoplaba impaciente, como pidiendo que le dejaran
correr en libertad Levin miraba a Iván, sentado a su lado, el cual sin tener nada que hacer con las manos las
ocupaba en sujetarse la camisa, que se le levantaba a hinchaba con el viento.
Levin buscaba pretexto para entablar conversación con él. Quiso decirle que había apretado demasiado la
barriguera. Pensó en seguida que esto le parecería un reproche y quería tener una conversación amable;
pero ningún otro tema sobre el cual conversar le acudía a la imaginación.
–Señor, haga el favor de guiar a la derecha. Allí hay un tronco –le dijo Iván, con ademán de coger las
riendas.
–Te ruego que no toques las riendas y no me des lecciones –contestó Levin ásperamente.
La intervención del cochero le irritó como de costumbre. Y en seguida pensó, con tristeza, que estaba
equivocado al creer que su estado de ánimo podía cambiar fácilmente.
A un cuarto de versta de la casa, Levin vio a Gricha y a Tania que corrían a su encuentro.
–Tío Kostia, allí vienen mamá y el abuelito, y Sergio Ivanovich y un señor –decían los niños subiendo al
coche.
–¿Y quién es ese señor?
–Un hombre muy terrible que no cesa de mover los brazos. Así –dijo Tania, levantándose del asiento a
imitando el gesto habitual de Katavasov.
–¿Es viejo o joven? –preguntó Levin, al cual el ademán de Tania le recordaba a alguien, pero sin poder
precisar a quién.
«¡Ah», se dijo, «al menos que no sea una persona desagradable!».
Sólo al dar vuelta al camino y ver a los que iban a su encuentro, Levin recordó a Katavasov, con su
sombrero de paja, moviendo los brazos como había indicado Tania.
A Katavasov le gustaba mucho hablar de filosofía, aunque la comprendía mal, como un especialista de
ciencias naturales que era que nunca estudiaba filosofía. Durante su estancia en Moscú, Levin había
discutido mucho con él sobre estas cuestiones. Lo primero que recordó Levin al verle fueron aquellas
discusiones en las que aquél ponía siempre un gran empeño en quedar vencedor.
«No, no voy a discutir, ni a exponer a la ligera mis pensamientos por nada del mundo», se dijo aún.
Saltando del ribulri y, tras saludar a su hermano y a Katavasov, Levin preguntó por Kitty.
–Se llevó a Mitia a Kolok –así se llamaba el bosque que había cerca de la casa–. Ha querido arreglarle
allí porque en la casa hace demasiado calor –explicó Dolly.
Levin aconsejaba a su mujer que no llevase el niño al bosque, porque lo consideraba peligroso, por lo
cual esta noticia le desagradó.
–Siempre anda llevando al pequeño de un lugar a otro –dijo el viejo Príncipe–. Le he aconsejado que le
llevase a la nevera.
–Kitty pensaba ir luego al colmenar, suponiendo que estarías allí. Podríamos ir hacia allá –dijo Dolly.
–¿Y qué estabas haciendo tú? –preguntó Sergio Ivanovich a su hermano, al quedarse atrás con él.
–Nada de particular. Me ocupo, como siempre, de los asuntos de la propiedad –contestó Levin–. ¿Y por
cuánto tiempo has venido? –preguntó, a su vez, a Sergio Ivanovich–. Te esperaba hace ya días.
–Por un par de semanas –contestó Sergio–. Tengo mucho que hacer en Moscú.
En esto, los ojos de los dos se encontraron, y no obstante su deseo de estar afectuoso con Sergio y amable
y sencillo con el Príncipe, Levin sintió que le irritaba mirar a su hermano y bajó la vista sin saber qué decir.
Buscando temas de conversación que fueran agradables a Sergio Ivanovich, aparte de la guerra servia y
la cuestión eslava, a las cuales había aludido de manera velada al hablar de sus ocupaciones en Moscú, se
puso a hablarle de la obra que había publicado últimamente.
–¿Y las críticas de tu libro? –le preguntó–. ¿Qué tal te tratan?
Sergio Ivanovich sonrió comprendiendo que no era espontánea la pregunta.
–Nadie se ocupa de él y yo menos que nadie –contestó con displicencia. Y, cambiando de conversación,
se dirigió a Dolly:
–Daria Alejandrovna, mire… Va a llover–dijo, indicando con su paraguas unas nubes blancas que corrían
sobre las copas de los álamos.
Y bastaron estas palabras para que aquella frialdad que quería evitar Levin en sus relaciones con su
hermano se estableciera entre los dos.
Levin se acercó a Katavasov.
–¡Qué acertado ha estado usted decidiéndose a venir!
–Ya hace tiempo que quería haberlo hecho. Ahora podremos discutir con más calma… ¿Ha leído usted a
Spencer?
–No lo he terminado –dijo Levin–. De todos modos, ahora no lo necesito.
–¡Cómo! Es interesante… ¿Por qué no lo necesita?
–Quiero decir que la solución de las cuestiones que me interesan en la actualidad no la encontraría en él
ni en sus semejantes. Ahora…
Levin iba a decir que le interesaban otras cuestiones más que los temas filosóficos, pero observó la
expresión tranquila y alegre que tenía el rostro de Katavasov y, acordándose de sus propósitos, no quiso
destruir su buen humor contrariándole con sus nuevas ideas.
–De todos modos, ya hablaremos después –añadió, condescendiente–. Si vamos al colmenar, es por aquí,
por este sendero ––dijo, dirigiéndose a los demás.
Al llegar, por el camino estrecho, a una explanada rodeada de brillantes flores de «Juan–María» y donde
crecían también espesos arbustos de verde oscuro chenusitza, Levin hizo sentar a sus acompañantes en los
bancos y troncos instalados allí para los visitantes del colmenar a la sombra fresca y agradable de unos
álamos tiernos, y él se dirigió al colmenar para traer pan, pepinos y miel fresca.
Con gran cuidado y atento al zumbido de las abejas que cruzaban el aire ininterrumpidamente, llegó por
un sendero hasta el colmenar.
Al entrar, una abeja se lanzó hacia él zumbando y se le enredó en la barba. Se deshizo de ella y pasó al
patio, cogió una redecilla que estaba colgada en una pared, se la puso, se metió las manos en los bolsillos
del pantalón y siguió hacia las colmenas.
En filas regulares, atadas a estaquitas, estaban las colmenas viejas, cada una con su historia, que él
conocía; a lo largo de la cerca que rodeaba el colmenar se veían las nuevas instaladas aquel año.
A la entrada de las colmenas revoloteaban nubes de abejas y de zánganos, mientras las obreras volaban
hacia el bosque atraídas por los tilos en flor y regresaban cargadas del dulce néctar. Y todo el enjambre,
obreras diligentes, zánganos ociosos, guardianas despiertas dispuestas a lanzarse sobre cualquier extraño al
colmenar que tratara de acercarse allí, dejaban oír las notas más diversas en el aire encalmado que se
confundían en un continuo y bronco zumbido.
En la otra parte de la cerca, el encargado del colmenar cepillaba una tabla.
El viejo campesino no vio a Levin y éste no le llamó.
Estaba contento de quedarse solo para recobrar la tranquilidad de su ánimo, que ya se había alterado en
aquel corto contacto con la realidad.
Recordó, con pesar, que se había enfadado contra Iván, que había demostrado frialdad a su hermano y
hablado con ligereza a Katavasov.
« ¿Es posible que todo aquello haya sido cosa de momento y que pase todo sin dejar huella?», se dijo.
Y en aquel mismo instante sintió con alegría que algo nuevo a importante acaecía en su alma. Sólo por
unos instantes la realidad había hecho desaparecer, como cubriéndola por un negro velo, aquella calma
espiritual hallada por él y que ahora recobraba de nuevo, porque sólo había permanecido oculta en el
interior de su alma.
Así como las abejas que volaban alrededor suyo y amenazaban picarle le distraían, le hacían perder la
tranquilidad material, obligándole a encogerse, a resguardarse, del "sino modo las preocupaciones que le
habían asaltado a partir del momento en que montara en el tílburi con el cochero, habían privado de
tranquilidad a su alma; pero esto había durado tan sólo mientras estuvo entre Iván, el Príncipe, Katavasov y
Sergio Ivanovich. Lo mismo que, a pesar de las abejas, conservaba su fuerza física, así sentía de nuevo
dentro de él la fuerza espiritual que había recibido.
XV
–¿Sabes a quién ha encontrado tu hermano en el tren, Kostia? –preguntó Dolly, después de repartir a los
niños pepinos y miel–. A Vronsky. Va a Servia.
–Y lleva un escuadrón a sus expensas –añadió Katavasov.
–Es una cosa digna de él –dijo Levin–. Pero, ¿es que todavía marchan voluntarios? –preguntó, mirando a
su hermano.
Sergio Ivanovich, ocupado en sacar del trozo de panal que tenía en su plato una abeja viva, pegada a la
miel, con la punta de un cuchillo, no le contestó.
-¡Cómo no! ¡Si viera usted los que había ayer en la estación! -repuso Katavasov mordiendo ruidosamente
su pepino.
-Pero, ¿cómo es eso? Explíquemelo, Sergio Ivanovich. ¿A qué van esos voluntarios y contra quién han de
guerrear? -preguntó el viejo Príncipe, continuando una conversación iniciada, al parecer, en ausencia de
Levin.
-Contra los turcos -contestó Kosnichev, sonriente y tranquilo.
Había logrado librar a la abeja aún viva y ennegrecida de miel que agitaba las pequeñas patas, y con
cuidado la pasó de la punta del cuchillo sobre una hoja de olmo.
-¿Y quién ha declarado la guerra a los turcos? ¿Iván Ivanovich Ragozov, la condesa Lidia Ivanovna y la
señora Stal?
-Nadie ha declarado la guerra; pero la gente se compadece de sus hermanos de raza y quiere ayudarles
-dijo Sergio Ivanovich.
-El Principe no dice que no se les ayude -intervino Levin-, defendiendo a su suegro-. Se refiere a la
guerra. El Príncipe sostiene que los particulares no pueden intervenir en la guerra sin autorización del
Gobierno.
-Mira, Kostia. Una abeja volando. ¡Nos va a picar! -exclamó Dolly defendiéndose del insecto.
-No es una abeja, sino una avispa -aclaró Levin.
-Veamos, explíquenos su teoría -dijo Katavasov, sonriente, a Levin, a %n de provocar una discusión-.
¿Por qué los particulares no han de poder it a la guerra?
-Mi contestación es la siguiente: la guerra es una cosa tan brutal, feroz y terrible, que no digo ya un
cristiano, sino ningún hombre puede tomar sobre sí personalmente la responsabilidad de empezarla. Sólo el
Gobierno puede ocuparse de eso y ser por necesidad arrastrado a la guerra. Además, según la costumbre y
el sentido común, cuando se trata de asuntos de gobierno, y sobre todo de guerras, todos los ciudadanos
deben abdicar de su voluntad personal..
Sergio Ivanovich y Katavasov hablaron a la vez, exponiendo sus objeciones, que ya tenían preparadas.
-Hay casos en que el Gobierno no cumple la voluntad de los ciudadanos, y entonces el pueblo declara
espontáneamente su voluntad –dijo Katavasov.
Pero Kosnichev no parecía apoyar el criterio de Katavasov. Frunció las cejas y dijo:
-No debe usted plantear así la cuestión. Aquí no hay declaración de guerra, sino la expresión de un
sentimiento humanitario, cristiano. Están matando a nuestros hermanos, a gente de nuestra raza y fe. Y no
ya a nuestros hermanos y correligionarios, sino simplemente a mujeres, ancianos y niños. El sentimiento
grita y los rusos corren a ayudar a terminar con esos horrores. Figúrate que vas por la calle y ves unos
borrachos golpeando a una mujer o a un niño. No creo que to detuvieras a preguntar si se ha declarado la
guerra a ese hombre o no, sino que to lanzarías en defensa del ofendido.
-Pero no mataría al otro -atajó Levin.
-Sí le matarías.
-No lo sé. De ver un caso así, me entregaría al sentimiento del momento. No puedo decirlo de antemano.
Pero semejante sentimiento no existe ni puede existir respecto a la opresión de los eslavos.
-Quizá no exista para ti, pero existe para los demás -contestó, frunciendo el entrecejo involuntariamente,
Segio Ivanovich-. Aún viven en el pueblo las leyendas de los buenos cristianos que gimen bajo el yugo del
«infiel agareno». El pueblo ha oído hablar de los sufrimientos de sus hermanos y ha levantado la voz.
-Puede ser -dijo Levin evasivamente-. Pero no to veo. Yo pertenezco al pueblo y no siento eso.
-Tampoco yo -añadió el Príncipe-. He vivido en el extranjero, he leído la prensa y confieso que ni
siquiera antes, cuando los horrores búlgaros, entendí la causa de que los rusos, de repente, comenzaran a
amar a sus hermanos eslavos mientras yo no sentía por ellos amor alguno. Me entristecí mucho, pensando
ser un monstruo o atribuyéndolo a la influencia de Carlsbad… Pero al llegar aquí me tranquilicé viendo que
hay mucha gente que sólo se preocupa de Rusia y no de sus hermanos eslavos. También Constantino
Dmitrievich piensa así ––dijo señalándole.
–En este caso, las opiniones personales no significan nada –respondió Kosnichev–; las opiniones
personales no tienen ningún valor ante la voluntad de toda Rusia expresada con unanimidad.
–Perdone, pero no lo veo. El pueblo es ajeno a todo eso –repuso el Príncipe.
–No papá. Acuérdate del domingo en la iglesia –dijo Dolly, que escuchaba la conversación–. Dame la
servilleta, haz el favor ––dijo al anciano, que contemplaba, sonriendo, a los niños–. Es imposible que
todos…
–¿Qué pasó el domingo en la iglesia? –preguntó el Príncipe–. Al cura le ordenaron leer y leyó. Los
campesinos no comprendieron nada. Suspiraban como cuando oyen un sermón. Luego se les dijo que se iba
a hacer una colecta en pro de una buena obra de la Iglesia y cada uno sacó un cópec, sin saber ellos mismos
para qué.
–El pueblo no puede ignorarlo. El pueblo tiene siempre conciencia de su destino y en momentos como
los de ahora ve las cosas con claridad –declaró Sergio Ivanovich categóricamente, mirando al viejo
encargado del colmenar, como interrogándole.
El viejo, arrogante, de negra barba canosa y espesos cabellos de plata, permanecía inmóvil sosteniendo el
pote de miel y mirando dulcemente a los señores desde la elevación de su estatura sin entender ni querer
entender lo que trataban, según se evidenciaba en todo su aspecto.
–Sí, señor –afirmó el viejo, moviendo la cabeza, como contestando a las palabras de Sergio Ivanovich.
–Pregúntenle y verán que no sabe ni entiende nada de eso –dijo Levin. Y añadió, dirigiéndose al viejo–:
¿Has oído hablar de la guerra, Mijailich? ¿No oíste lo que decían en la iglesia? ¿Qué te parece? ¿Piensas
que debemos hacer la guerra en defensa de los cristianos?
–¿Por qué hemos de pensar en eso? Alejandro Nicolaevich, el Emperador, piensa por nosotros en este
asunto y pensará por nosotros en todos los demás que se presenten…Él sabe mejor… ¿Traigo más pan?
¿Hay que dar más a los chiquillos? –se dirigió a Daria Alejandrovna, indicando a Gricha que terminaba su
corteza de pan.
–No necesito preguntar –dijo Sergio Ivanovich–. Vemos centenares y millares de hombres que lo dejan
todo para ayudar a esa obra justa. Llegan de todas las partes de Rusia y expresan claramente su
pensamiento y su deseo. Traen sus pobres groches y van por sí mismos a la guerra y dicen rectamente por
qué lo hacen. ¿Qué significa esto?
–Eso significa, a mi juicio ––dijo Levin que comenzaba a irritarse otra vez–, que en un pueblo de ochenta
millones se encuentran, no ya centenares, sino decenas de miles de hombres que han perdido su posición
social, gente atrevida, pronta a todo, que siempre está dispuesta a enrolarse en las bandas de Pugachev o
cualquier otra de su especie, y que lo mismo va a Servia que a la China…
–Te digo que no se trata de centenares ni de gente perdida, sino que son los mejores representantes del
pueblo ––dijo Sergio Ivanovich con tanta irritación como si estuvieran defendiendo sus últimos bienes–. ¿Y
los dineros recogidos? ¡Aquí sí que el pueblo expresa directa y claramente su voluntad!
–Esa palabra «pueblo» es tan indefinida… –dijo Levin–. Sólo los escribientes de las comarcas, los
maestros y el uno por mil de los campesinos y obreros saben de qué se trata. Y el resto de los ochenta
millones de rusos, como Mijailich, no sólo no expresan su voluntad, sino que no tienen ni idea siquiera de
sobre qué cuestión deben expresarla. ¿Qué derecho tenemos, pues, a decir que se expresa la voluntad del
pueblo?
XVI
Experto en dialéctica, Sergio Ivanovich, sin replicar a la última objeción de Levin, llevó la conversación
a otro punto de vista.
–Si quieres averiguar –dijo– por un medio aritmético el espíritu del pueblo, es claro que será muy difícil
que llegues a conocerlo. En nuestro país no está aún implantado el sufragio, y no puede ser introducido,
porque no expresaría la voluntad popular; pero para saber cuál es ésta existen otros caminos: se percibe en
el ambiente, se siente en el corazón. Ya no hablo de aquellas corrientes bajo el agua que se mueven en el
mar muerto del pueblo y que son claras para toda persona que no tenga prevención, miras particulares en el
estricto sentido de la palabra. Todos los partidos del mundo intelectual, antes enemigos irreconciliables,
ahora se han fundido en una sola idea, las discordias se han terminado. Toda la prensa dice lo mismo; todos
han sentido una fuerza titánica que les empuja en la misma dirección.
–Sí, lo dicen todos los periódicos –repuso el Príncipe–. Esto es verdad. Pero de tal modo dicen todos lo
mismo, que semejan las ranas en el pantano antes de la tempestad. Hacen tanto ruido, que no se oye ningún
otro…
–Si son ranas o no lo son, no lo discuto. Yo no edito periódicos y no quiro defenderlos. Pero sí he de
señalar la unidad de opiniones en el mundo intelectual –digo Sergio Ivanovich, dirigiéndose a su hermano.
Levin iba a contestar, pero el viejo Príncipe se le adelantó.
–En cuanto a esa unidad de opiniones se puede decir otra cosa –dijo–. Tengo un yemo –Esteban
Arkadievich, ustedes ya le conocen–. Ahora se le nombra miembro de no sé qué comisión y algo más que
ahora no recuerdo. En este puesto no hay nada que hacer, pero Dolly –esto no es un secreto– percibirá un
sueldo de ocho mil rublos. Vayan ustedes a preguntarle si ese cargo tiene alguna utilidad; él les demostrará
que no hay otro más necesario. Y no es un hombre embustero; pero le es imposible no creer en la utilidad
de los ocho mil rublos.
–Sí, es verdad, Stiva me ha pedido que diga a Daria Alejandrovna que obtuvo el puesto ––dijo Sergio
Ivanovich, con visible desagrado, producido por las palabras del Príncipe.
–Pues así es también la unanimidad en las opiniones de los periódicos. Me han explicado que cuando hay
guerra, duplican la tirada. Entonces, ¿cómo pueden dejar de considerar trascendentales la suerte del pueblo,
la situación de los eslavos, etcétera, etcétera, etcétera?
–Confieso que no tengo demasiada afición a los periódicos, pero hablar así me parece injusto –, dijo
Sergio Ivanovich.
–Yo les pondría una sola condición –continuó el Príncipe. Alfonso Karr lo dijo muy bien antes de la
guerra con Prusia: « ¿Usted piensa que la guerra es necesaria? Muy bien. Quien predica la guerra, que vaya
en una legión especial, delante de todos en los ataques, en los asaltos».
–¡Estarían muy bien los redactores de los periódicos en esa posición!,–comentó Katavasov, riéndose a
carcajadas porque se imaginaba a los periodistas conocidos suyos en aquella legión escogida.
–Como que huirían al primer disparo, no servirían más que de estorbo –dijo Dolly.
–Si trataran de huir –completó el Príncipe– se les colocarían detrás las ametralladoras o los cosacos con
látigos.
–Eso es una broma, y una broma de dudoso gusto, perdonadme que os lo diga, Príncipe –dijo Sergio
Ivanovich con acritud.
–No veo que sea una broma… –empezó Levin. Pero Sergio Ivanovich le interrumpió:
–Cada miembro de la sociedad está llamado a cumplir la obra que le coresponde y los intelectuales
cumplen la suya orientando a la opinión pública, y la unánime y completa expresión de la opinión pública
es lo que honra a la prensa y al mismo tiempo es un hecho que ha de llenamos de alegría. Hace veinte años
habríamos callado; pero ahora se oye la voz del pueblo ruso, que está pronto a levantarse como un hombre
y a sacrificarse por sus hermanos oprimidos. Es un gran paso y una patente demostración de la fuerza de…
–Pero es que no se trata de sacrificarse, sino también de matar turcos –insinuó tímidamente Levin–. El
pueblo está presto a sacrificarse por su alma, pero no a matar –añadió con firmeza, relacionando esta
conversación con los pensamientos que le preocupaban.
–¿Cómo por su alma? Explíqueme esto. Comprenda que para un especialista en ciencias naturales esta
expresión ofrece algunas dificultades ––dijo Katavasov con sonrisa irónica.
–Ya sabe usted muy bien lo que quiero decir.
–Pues le juro que no tengo ni la más mínima idea –contestó con risa sonora Katavasov.
–«No traigo la paz, sino la espada», dijo Cristo –replicó por su parte, Sergio Ivanovich, citando, como
cosa clara, aquella parte del Evangelio que más confundía a Levin.
–Eso es… Sí, señor ––dijo el viejo criado Mijailich, contestando a la mirada que casualmente le había
dirigido Sergio.
Levin se ruborizó de enojo, no porque se sintiera vencido, sino porque no había podido contenerse y
evitar la discusión.
«No, no debo discutir con ellos», pensó. « Ellos están protegidos por una coraza impenetrable, y yo estoy
desnudo. Habría debido callarme.»
Comprendía que le era imposible persuadir a su hermano y a Katavasov, y aún menos veía la posibilidad
de estar de acuerdo con ellos. Lo que ellos predicaban era aquel orgullo de espíritu que casi le había hecho
perecer a él. No podía estar conforme con que ellos, tomando en consideración lo que decían los
charlatanes voluntarios que venían de las capitales, dijeran que éstos, junto con los periódicos, expresaban
la voluntad y el pensamiento populares, pensamiento y voluntad que se basaban en la venganza y en la
muerte. No podía estar conforme con esto porque no veía la expresión de tales pensamientos en el pueblo,
entre el cual vivía, ni tampoco encontraba estos pensamientos en sí mismo (y no podía considerarse de otro
modo sino como uno más entre los miembros que constituían el pueblo ruso) y, sobre todo, porque, junto
con el pueblo, no podía comprender en qué consiste el bien general; pero sí creía firmemente que alcanzar
este bien general era posible solamente cumpliendo severamente la ley del Bien. Y por ello, no podía
desear la guerra ni hablar en su favor. Levin veía su opinión junto a la de Mijailich y el verdadero pueblo,
cuyo pensamiento había quedado plasmado en la leyenda de la llamada a los Varegos: « Venid sobre
nosotros y gobernadnos. En cambio os prometemos obediencia. Todo el trabajo, todas las humillaciones,
todos los sacrificios, los tomamos sobre nosotros; vosotros juzgad y decidid».
Y ahora, según Sergio Ivanovich, el pueblo renunciaba a este derecho comprado a un precio tan elevado.
Levin habría querido decir también que si la opinión pública es un juez impecable, ¿por qué la revolución
no era igualmente tan legal como el movimiento en pro de los eslavos?
Pero todo esto no eran más que pensamientos que no podían decidir nada. Una sola cosa se veía palpable:
que la discusión sobre este punto irritaba a Sergio Ivanovich y que era mejor, por lo tanto, no discutin
Y Levin calló y atrajo la atención de sus huéspedes hacia las oscuras nubes que habían acabado de cubrir
amenazadoramente todo el cielo. Y comprendiendo que la lluvia no iba a tardar, se dirigieron todos a la
casa.
XVII
El Príncipe y Sergio Ivanovich subieron al cochecillo, mientras que los otros, apresurando el paso,
emprendían a pie el regreso hacia la casa.
Pero las nubes, unas claras, otras oscuras, se acercaban con acelerada rapidez, y deberían correr mucho
más si querían llegar a casa antes de que descargarse la lluvia.
Las nubes delanteras, bajas y negras como humo de hollín, avanzaban por el cielo con enorme velocidad.
Ahora sólo distaban de la casa unos doscientos pasos, pero el viento se había levantado ya y el aguacero
podía sobrevenir de un momento a otro.
Los niños, entre asustados y alegres, corrían delante chillando. Dolly, luchando con las faldas que se le
enredaban a las piernas, ya no andaba, sino que corría, sin quitar la vista de sus hijos.
Los hombres avanzaban a grandes pasos, sujetándose los sombreros. Cerca ya de la escalera de la
entrada, una gruesa gota golpeó y se rompió en el canalón de metal. Niños y mayores, charlando
jovialmente, se guarecieron bajo techado.
–¿Dónde está Catalina Alejandrovna? –preguntó Levin al ama de llaves, que salió a su encuentro en el
recibidor con pañuelos y mantas de viaje.
–Creíamos que estaba con usted.
–¿Y Mitia?
–En el bosque, en Kolok. El aya debe de estar con él.
Levin, cogiendo las mantas, se precipitó al bosque.
Entre tanto, en aquel breve espacio de tiempo, las nubes habían cubierto de tal modo el sol que había
oscurecido como en un eclipse. El viento soplaba con violencia como con un propósito tenaz, rechazaba a
Levin, arrancaba las hojas y flores de los tilos, desnudaba las ramas de los blancos abedules y lo inclinaba
todo en la misma dirección: acacias; arbustos, flores, hierbas y las copas de los árboles.
Las muchachas que trabajaban en el jardín corrían, gritando, hacia el pabellón de la servidumbre. La
blanca cortina del aguacero cubrió el bosque lejano y la mitad del campo más próximo acercándose
rápidamente a Kolok. Se distinguía en el aire la humedad de la lluvia, quebrándose en múltiples y
minúsculas gotas.
Inclinando la cabeza hacia adelante y luchando con el viento que amenazaba arrebatarle las mantas,
Levin se acercaba al bosque a la carrera.
Ya distinguía algo que blanqueaba tras un roble, cuando de pronto todo se inflamó, ardió la tierra entera,
y pareció que el cielo se abría encima de él.
Al abrir los ojos, momentáneamente cegados, Levin, a través del espeso velo de lluvia que ahora le
separaba de Kolok, vio inmediatamente, y con horror, la copa del conocido roble del centro del bosque que
parecía haber cambiado extrañamente de posición.
«¿Es posible que le haya alcanzado?», pudo pensar Levin aun antes de que la copa del árbol, con
movimiento más acelerado cada vez, desapareciera tras los otros árboles, produciendo un violento ruido al
desplomarse su gran mole sobre los demás.
El brillo del relámpago, el fragor del trueno y la impresión de frío que sintió repentinamente se unieron
contribuyendo a producirle una sensación de horror.
–¡Oh, Dios mío, Dios mío! Haz que no haya caído el roble sobre epos –pronunció.
Y aunque pensó en seguida en la inutilidad del ruego de que no cayera sobre ellos el árbol que ya había
caído, él repitió su súplica, comprendiendo que no le cabía hacer nada mejor que elevar aquella plegaria sin
sentido.
Al llegar al sitio donde ellos solían estar, Levin no halló a nadie.
Estaban en otro lugar del bosque, bajo un viejo tilo, y le llamaban. Dos figuras vestidas de oscuro –antes
vestían de claro– se inclinaban hacia el suelo.
Eran Kitty y el aya. La lluvia ahora cesó casi del todo. Comenzaba a aclarar cuando Levin corrió hacia
ellas. El aya tenía seco el borde del vestido, pero el de Kitty estaba todo mojado y se le pegaba al cuerpo.
Aunque no llovía, continuaban en la misma postura que durante la tempestad: inclinadas sobre el cochecito,
sosteniendo la sombrilla verde.
–¡Están vivos! ¡Gracias a Dios! –exclamó Levin, corriendo sobre el suelo mojado con sus zapatos llenos
de agua.
Kitty, con el rostro mojado y enrojecido, se volvía hacia él, sonriendo tímidamente bajo el sombrero, que
había cambiado de forma.
–¿No te da vergüenza? ¡No comprendo que seas tan imprudente!
–Te juro que no tuve la culpa. En el momento en que nos disponíamos a regresar, tuvimos que mudar al
pequeño. Cuando terminamos, la tempestad ya… –se disculpó Kitty.
Mitia estaba sano y salvo, bien seco y dormido.
–¡Loado sea Dios! No sé lo que me digo…
Recogieron los pañales mojados, el aya sacó al niño del cochecillo y le llevó en brazos. Levin caminaba
junto a su mujer reprochándose la irritación con que le hablara y, a escondidas del aya, apretaba su brazo
contra el propio.
XVIII
Durante todo el día, mientras se desarrollaban las más diversas conversaciones, en las que intervenía
como si sólo participara en ellas lo externo de su inteligencia, Levin, no obstante al desengaño del cambio
que debía pesar sobre él, sentía incesantemente, con placer, la plenitud de su corazón.
Después de la lluvia la excesiva humedad impedía salir de paseo. Además, las nubes de tormenta no
desaparecían del horizonte y pasaban unas veces por un sitio, otras por otro, ennegrecido el cielo,
acompañadas a intervalos por el fragor de los truenos. El resto del día lo pasaron, pues, todos en la casa.
No se discutió más, y después de la comida se encontraban todos de excelente humor.
Katavasov, al principio, hizo reír mucho a las señoras con sus bromas originales, que siempre gustaban
cuando se le empezaba a conocer; pero luego, interpelado por Kosnichev, suspendió sus interesantísimas
observaciones sobre la diferencia de vida, caracteres y hasta de fisonomías entre los machos y hembras de
las moscas caseras.
Sergio Ivanovich, también de buen humor, explicó a petición de su hermano, durante el té, su punto de
vista sobre el porvenir de la cuestión de Oriente, de modo tan sencillo y agradable que todos le escucharon
con placer.
Kitty fue la única que no pudo atenderle hasta el final, porque la llamaron para bañar a Mitia.
Algunos momentos después, llamaron también a Levin al cuarto del niño.
Dejando el té, y, lamentando interrumpir una charla interesante, se inquieto a la vez al ver que le
llamaban, ya que sólo lo hacían en ocasiones importantes, Levin se dirigió a la alcoba de Mitia.
A pesar de lo interesante del plan –que Levin no oyera hasta el fin– expuesto por Sergio Ivanovich
respecto a que los cuarenta millones de eslavos liberados debían, en unión de Rusia, abrir una nueva era en
la historia del mundo; a pesar de su inquietud a interés por el hecho de que le llamaran, en cuanto se
encontró solo, al salir del salón recordó sus pensamientos de por la mañana.
Y todo aquello de la importancia del elemento eslavo en la historia universal le pareció tan insignificante
en comparación con lo que sucedía en su alma que por el momento lo olvidó todo y se sumió en el mismo
estado de espíritu en que estuviera durante la mañana.
Ahora no recordaba el proceso de sus ideas, como lo hacía antes, ni tampoco lo necesitaba. Se hundía en
seguida en el sentimiento que le guiaba, en relación con estas ideas, y hallaba que aquel sentimiento era
más fuerte y definido en su alma que antes.
Ya no le sucedía ahora como anteriormente, cuando en los momentos en que encontraba un consuelo
imaginario, le era forzoso restablecer todo el proceso de sus ideas para hallar el sentimiento. Al contrario, a
la sazón, la sensación de alegría y serenidad era más viva que antes, y el pensamiento no alcanzaba hasta la
altura del sentimiento.
Levin, caminando por la terraza y mirando las estrellas que aparecían en el cielo ya oscurecido, recordó
de repente y se dijo: «Sí, mirando al cielo, pensaba que la bóveda que veo no es una ilusión; pero no llevé
mis pensamientos hasta el final, algo no quedó bien meditado. Pero, sea como sea, no puede haber
objeción. Hay que reflexionar sobre ello y entonces todo quedará claro …».
Y al penetrar en la alcoba del niño, se acordó de lo que se había ocultado a sí mismo. Y era que si la
principal demostración de la Divinidad consistía en su revelación de lo que es el bien, en ese caso, ¿por qué
la revelación se limita sólo a la Iglesia cristiana? ¿Qué relación tienen con esta revelación las doctrinas budistas
y mahometanas que también profesan y hacen el bien?
Parecíale encontrar ya la contestación a tal pregunta cuando, antes de contestarse, entró en el cuarto del
niño.
Kitty, con los brazos remangados, se inclinaba sobre la bañera donde estaba el pequeño jugando con el
agua, y al oír los pasos de su marido volvió el rostro hacia él y le llamó con una sonrisa.
Sostenía con una mano la cabeza del niño, que estaba tendido de espalda en el agua, agitando los
piececillos, y con la otra, contrayéndola rítmicamente, Kitty oprimía la esponja contra el cuerpo regordete
del pequeño.
–¡Mírale, mírale! –dijo cuando su esposo se acercó a ella–. Agafia Mijailovna tiene razón: ya nos
conoce…
Era evidente que, desde aquel día, Mitia reconocía a todos los que le rodeaban.
En cuanto Levin se acercó a la bañera le hicieron asistir a un experimento que tuvo un éxito completo.
La cocinera, llamada expresamente, se inclinó hacia el niño, quien frunció las cejas y movió la cabeza
negativamente. Luego se inclinó Kitty y el niño sonrió con júbilo, apoyó las manitas en la esponja y
produjo con los labios un extraño sonido de contento.
No sólo la madre y el aya, sino hasta el mismo Levin, se entusiasmaron.
Con una mano sacaron al niño de la bañera, le vertieron más agua por encima, le envolvieron en la
sábana, le secaron y después, cuando comenzó a emitir su prolongado grito habitual, se lo entregaron a su
madre.
–Me alegro mucho de que empieces a quererle –dijo Kitty a su marido después de que con el niño al
pecho, se sentó en su lugar acostumbrado–. Estoy muy contenta. Ya empezaba a disgustarme. Decías que
no experimentabas nada hacia él…
–¿He dicho que no sentía nada? Sólo decía que me había decepcionado.
–¿Te había decepcionado el niño, quizá?
–No él, sino yo con respecto a mi sentimiento por él. Esperaba más. Esperaba una especie de sorpresa, de
sentimiento nuevo y agradable que florecería en mi alma. Y de pronto, en lugar de eso, sentí repugnancia,
compasión…
Kitty le escuchaba atentamente, teniendo al niño entre ambos y ajustándose a los finos dedos las sortijas
que se quitara para bañar a Mitia.
–Y lo principal es que sentía mucho más temor y compasión por él que placer. Hoy, después del
momento de temor que pasé durante la tormenta, comprendí cuánto le quiero.
Kitty mostraba una radiante sonrisa.
–¿Te asustaste mucho? –preguntó–. Yo también. Pero ahora que todo ha pasado tengo más miedo aún…
Iré a ver el roble. ¡Qué simpático es Katavasov! Todo el día se ha mostrado muy amable. ¡Y tú eres tan
bueno con tu hermano, y te portas tan bien con él cuando quieres! Anda, ve con ellos. Aquí, después del
baño, hace siempre demasiado calor…
XIX
Al salir del cuarto del niño y quedarse solo, Levin recordó otra vez aquel pensamiento en el cual había
algo que no estaba claro.
En vez de ir al salón, desde el cual llegaban las voces de los demás, se detuvo en la terraza y apoyándose
en la balaustrada contempló el cielo.
Había anochecido por completo. Al sur, hacia donde miraba, no se veían nubes. Al lado opuesto se
extendía el nublado y allí brillaban los relámpagos y se oían lejanos truenos.
Levin escuchaba el lento caer de las gotas de agua desde los tilos en el jardín, contemplaba el conocido
triángulo de estrellas que tanto conocía, y la difusa Vía Láctea, que cruzaba a aquel triángulo por el centro.
Cada vez que brillaba un relámpago, no sólo la Vía Láctea sino las brillantes estrellas desaparecían, pero
cuando el relámpago cesaba, las estrellas, como lanzadas por una mano certera, reaparecían en el mismo
sitio.
«¿Y qué es lo que me hace todavía dudar?» , preguntó Levin, presintiendo que, aunque la ignoraba aún,
la solución de sus dudas estaba ya preparada en su alma.
«Sí, la única, evidente a indudable manifestación de la Divinidad son las leyes del bien, expuestas al
mundo por la revelación, y las cuales siento en mí y a cuyo reconocimiento no me incorporo, sino que estoy
unido forzosamente con una comunidad de creyentes que se llama Iglesia. Pero los hebreos, los
mahometanos, confucianos y budistas, ¿qué son? Y aquella era la pregunta que resultaba peligrosa. ¿Es
posible que centenares de millones de seres humanos estén privados del mayor bien de la vida, sin el que la
vida misma no tiene sentido?»
Permaneció pensativo; pero en seguida se corrigió.
«¿Qué pregunto? Pregunto sobre la relación con la Divinidad de diversas doctrinas religiosas de la
Humanidad toda. Pregunto sobre la manifestación general de Dios a todo el mundo, incluso a las nebulosas
del firmamento… ¿Qué hago? A mí, personalmente, a mi corazón, se me abre un conocimiento indudable,
incomprensible para la razón, y he aquí que me obstino en explicar con razones y palabras ese conocimiento.
»¿Acaso no sé que las estrellas no se mueven?», se preguntó, mirando el brillante astro que había
cambiado de posición sobre las altas ramas del álamo.
« Sin embargo, mirando el movimiento de las estrellas no puedo apreciar el de rotación de la Tierra y por
tanto acierto al decir que las estrellas se mueven.
»¿Habrían los astrónomos podido comprender y calcular algo sólo teniendo en cuenta los diversos y
complicados movimientos de la Tierra? Todas sus extraordinarias conclusiones de los cuerpos celestes se
basan sólo en el movimiento aparente de los astros en torno a la Tierra inmóvil, en ese movimiento que
contemplo ahora y que, tal como es para mí, fue para millones de hombres durante siglos, y ha sido y será
siempre igual, y por eso puede ser comprobado directamente.
»Y así como habrían sido superfluas y discutibles las conclusiones de los astrónomos no basadas en la
observación del cielo visible, en relación con un meridiano y un horizonte, igualmente superfluas y
discutibles habrían sido mis conclusiones de no bastarse en la comprensión del bien, que ha sido, es y será
igual para todos, y que me es revelado por el cristianismo, y en el cual puede siempre confiar mi espíritu.
No tengo, pues, derecho a resolver la cuestión de las relaciones de otras doctrinas con la Divinidad.»
–Pero, ¿estás todavía aquí? –preguntó de repente la voz de Kitty, que se dirigía al salón por aquel mismo
camino–. ¿Estás disgustado por algo? –agregó, mirando su rostro a la luz de las estrellas.
Mas no habría podido distinguirlo a no ser por el fulgor de un relámpago que ocultó en aquel momento la
claridad de las estrellas a iluminó la faz de su marido. A aquel resplandor fugaz, Kitty lo examinó y, al
verlo jubiloso y sereno, floreció en sus labios una sonrisa.
«Ella me comprende» , pensó Levin. « Ella sabe en lo que estoy pensando. ¿Se lo digo o no? Sí, voy a
decírselo.»
Pero en el momento en que iba a empezar a hablar, Kitty habló también.
–Oye, Kostia, ¿quieres hacerme un favor? Ve a la habitación del rincón a ver si la han arreglado bien
para Sergio Ivanovich. A mí me da cierta vergüenza… ¿Le habrán puesto el lavabo nuevo?
–Bien; voy a ver –dijo Levin, incorporándose y besándola.
«No, no debo hablarle» , pensó, cuando Kitty pasó delante de él. « Se trata de un misterio que sólo yo
debo conocer y que no puede explicarse con palabras.
» Este nuevo sentimiento no me ha modificado, no me ha deslumbrado ni me ha hecho feliz como
esperaba; como en el amor paternal no ha habido sorpresa ni arrebatamiento… No sé si esto es fe o no es fe.
No sé lo que es. Pero sí sé que este sentimiento, de un modo imperceptible, ha penetrado en mi alma con el
sufrimiento y ha arraigado en ella firmemente.
»Me sentiré irritado como antes contra Iván, el cochero, seguiré discutiendo lo mismo, expresaré
inadecuadamente mis pensamientos, continuará levantándose un muro entre el santuario de mi alma y los
demás, incluso entre mi espíritu y el de mi mujen Seguiré culpándola de mis sobresaltos para luego
arrepentirme de ello; mi razón no comprenderá por qué rezo y sin embargo seguiré rezando… Todo como
antes…
» Pero a partir de hoy mi vida, toda mi vida, independientemente de lo que pueda pasar, no será ya
irrazonable, no carecerá de sentido como hasta ahora, sino que en todos y en cada uno de sus momentos
poseerá el sentido indudable del bien, que yo soy dueño de infundir en ella.»
FIN
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