Me Maravilla Su Gracia
30. noviembre 2009
¿Quién es el que dice que no ve milagros? Pues que venga y vea, porque la historia se repite: “¡Lázaro, ven fuera!” Y el que había sido muerto vivió…” Y el buen Pastor una vez más dejó a las noventa y nueve y fue en busca de la oveja perdida “Y el que había sido perdido fue hallado”. ¡Cuánto me Maravilla Su Gracia!
Mi corazón rebosa de gratitud y se maravilla ante la gracia salvadora de Dios. Una gracia que no solamente alcanza a los que se arrepienten, sino que conquista el corazón del hombre para que se arrepienta. Una gracia poderosa para dar un nuevo corazón y llenarlo de fe.
Me maravilla Su gracia, cuando hace que el hombre que odia la santidad, llegue a amarla al grado de renunciar hasta a las cosas que para él eran de suma importancia.
Me maravilla esa gracia redentora que transforma el corazón arrancando de él las cosas que deshonran y ofenden a un a Dios infinitamente santo. Esa gracia poderosa que constriñe al más duro corazón, a que se incline humillado ante Él.
Esa gracia que planta la semilla de la vida en el alma muerta y la hace crecer y la fortalece para que pueda deshacerse de todas las ligaduras del pecado, perfeccionándola para Su gloria, y reconciliándola con Él.
Esa obra maravillosa de la gracia de Dios la vimos una vez más entre nosotros, perdonando, restaurando, dando vida y consolando. Estoy agradecida de Dios y mi alma le glorifica por esa maravillosa gracia que se derramó sobre sus hijos levantándolos allá en Houston. Entre ellos Daniel Martínez, a quien el Espíritu Santo llenó con este precioso mensaje:
“Tierra fértil, de preciosos y deleitosos frutos fuiste. ¿Por qué tuviste que tornarte en tierra reseca y estéril? Disfrutabas de mi lluvia y de mi fresco rocío. Hoy traigo a ti la lluvia temprana y tardía. Como Naamán, has oído el consejo y te has sumergido en el río de mi Espíritu para recibir el nuevo nacimiento que necesitabas con ansias.
Como recién nacido aliméntate de la leche espiritual y serás apto para entrar en el reino de mi Padre. Ese cambio que otros han notado en ti es la demanda de mi espíritu Solo así podrás escuchar la bienvenida que recibirán los justos. Bien, buen siervo y fiel, entra en el gozo de tu Señor. Amen”
“¿Qué Pagaré a Jehová…?”
25. noviembre 2009
Así dijo el Salmista, rebosando gratitud y acciones de gracias, en el Salmo 116. “¿Qué pagaré a Jehová por todos sus beneficios para conmigo?. Te ofreceré sacrificio de alabanza, e invocaré Tu Nombre…”. Y mencionaba las cosas por las cuales estaba agradecido: “Porque ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído…
…Tú has librado mi alma de la muerte, mis ojos de lágrimas y mis pies de resbalar…”.
Otro año ha pasado con bendiciones y luchas; hemos tenido inquietudes, tribulaciones; también gozos y penas. Nuestro corazón está saturado de diversas experiencias, y así nos encontramos al celebrar la fiesta anual del Día de Acción de Gracias.
Algunos rebosan gratitud, llenos de contentamiento; otros reflejan una sombra de gran dolor, por la pérdida de algún ser amado o de la salud. No a todos se nos ha ofrecido la copa rebosante de la salud, el bienestar y la dulce paz. Hay quienes están recluidos en el lecho del dolor; otros acosados por el terrible espectro del hambre y la pobreza. Y muchos soportan el asalto feroz del enemigo de las almas que quiere quitarles el gozo de la salvación.
A esos que sufren quiero recordarles que, aunque todo nos falte, Él nos ha salvado de la condenación eterna. Nos ha dado Su santa Palabra. Nos dio su único Hijo y Su Santo Espíritu, y pelea por nosotros como poderoso gigante. Tenemos siempre razones sobradas para la acción de gracias. “Tú que me has hecho ver muchas angustias y males, ¡volverás a darme vida!” -dijo un gran hombre cuando estaba en lo más profundo del dolor y el abatimiento, porque tenía fe.
¿Con qué pagaremos a Jehová? Si eres de los que han recibido mucho de los bienes y de las misericordias de Dios, comparte generosamente con los menos afortunados. Llena el aire de un dulce incienso de acción de gracias con tus ofrendas y con acciones de amor, para que de esa manera hermosa le digas a tu Dios: “¡Estoy agradecido!”. Únete al Salmista: “A Jehová pagaré ahora mis votos delante de todo su pueblo, en los atrios de la casa de Jehová en medio de ti, Jerusalén, ¡Aleluya!”
¡Con Él, todo es tan fácil y tan Dulce!
24. noviembre 2009
Cuando hemos podido disfrutar de experiencias espirituales así como la que describió nuestra amiguita Grisel. Cuando hemos llegado a ese estado en que sentimos que si extendemos la mano tocamos el rostro de Jesús. Cuando le hemos sentido tan cerca que pensamos que si abrimos los ojos, vemos Su amado rostro; y sentimos que Su presencia nos envuelve de una manera tan maravillosa que no queremos que se rompa ese momento… Esa experiencia es incomparable y hace que nos olvidemos de nosotros mismos y de toda la miseria de esta vida terrenal, y no deseamos nada más que estar con El. Entonces sentimos un gran amor hacia los demás y queremos que sientan lo mismo y puedan alcanzar ese clima celestial…
Cuenta una parábola que hubo una santa que después de haber andado mucho, y ya en el linde del cielo, vio a un anciano luminoso. Y el anciano le preguntó:
-¿Qué buscas, mujer?
-Alivio para el dolor de mis hermanos, ayuda para que alcancen la felicidad.
-Ellos debieran venir, no tú, a buscarlo.
-Los pobrecitos no pueden.
-Y tú ¿cómo pudiste? ¿Quién te enseñó el camino y te dio fuerzas para llegar hasta aquí? ¿Quién te hizo olvidar tus amarguras y pedir por tus hermanos?
-¡Fue Dios misericordioso! -Repuso ella sonriente- Con Él ¡todo es tan fácil y tan dulce!
-Anda mujer, diles eso, sonríe como ahora ¡y sentirán pequeños sus pesares y al alcance de la mano su esperanza!
Tengo una muy querida amiga que canta este hermoso himno y siempre que la escucho tengo que, glorificando a Dios, unirme al canto llena de gratitud porque sé que “Con El, todo es tan fácil y tan Dulce…!
¡Oh, Tu Fidelidad!
19. noviembre 2009
La Higuera
9. noviembre 2009
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste…
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
-Poema de Juana de Ibarburou