El General

25. septiembre 2014

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-por Vicente Carballo

Cuando el hombre hizo su entrada, lo primero que noté fue su sorprendente parecido con el general Stonewall Jackson, aguerrido héroe de la guerra civil Americana, y brazo derecho de Robert E. Lee, General en Jefe de aquella epopeya, Jackson de imponente figura, medía más de seis pies, una barba grisácea le cubría la mitad del pecho, era de finos ademanes según las costumbres de la aristocracia sureña, y un hecho que me llevó a admirarlo al toparme con él en las páginas de la historia, fue su fe en los desginos de la providencia. 

Cuéntase, que antes de entrar en combate hacia arrodillar sus soldados y pedir anticipado perdón por la sangre pronta a derramar, comportamiento que a mi ver se aviene con la descripción de plutarco de lo que a de ser un gran capitan.  Pero temo que mi emocionada admiración por el general me lleve más lejos de lo que quisiera ya que mi propósito consiste en ocuparme de un hecho en referencia a este carácter que hizo su entrada fortuita al lugar donde me tomaba un café matutino. 

Decía que el individuo en question tomó su lugar en la fila de personas que esperaban ser servidos.  Fue entonces cuando reparé en su aspecto que denotaba, tratarse de un vagabundo, vestía una chaqueta sucia en extremo y raída, una gorra descolorida, y un par de sandalias abatidas por el rigor de las largas caminatas.  Al descubrir su increíble parecido con el General Jackson, senti una inmediata admiracion por el.  Me levanté de la mesa, y me paré tras el con el proposito de invitarlo a un desayuno, pues deduje por su pobre indumentaria que no me declinaria la invitación.  Lego por fin al mostrador y comenzó a sacar unas monedas y a preguntar a la muchacha de la caja registradora cuanto le era posible comprar con su exiguo capital.  Fue entonces que le asegure a la cajera que le diera lo que pidiera que yo pagaría el importe, y el General volteo la cabeza y con palabras casi inaudibles me dio las gracias. 

Tomó su bandeja y se alejó como quien escapa a lo más recóndito del lugar; se sentó dando la espalda a todos y comía como a hurtadillas como si el haber aceptado la invitación lo pusiera ahora como niño castigado expuesto a todos su precaria situación.  Allí permaneció un largo rato, aun después de haber consumido los alimentos; desde lejos observe su reposada continencia.  Me hubiera gustado sentarme junto a él y haberle hecho algunas preguntas pero temí importunare o que pensara que mi largueza tuviera como propósito someterlo por algún extraño morbo a una interrogación, algo que parecía rehuir.  Por la ventana observe que habia dejado recostado a la pared el macuto, que al igual que su dueño, daba muestras inequívocas de los embates de aquella vida vagabundil.

El individuo después de alrededor de una hora, se levantó y se dispuso a partir.  Vino extrañamente hasta donde estabo yo sentado, y sacando de su chaqueta una diminuta libreta me pidio mi nombre y mi direccion.  No le pregunte si existía alguna razón para su pequeña demanda, ante la dificultad de poder consignar la información debido al temblor de sus manos, que denunciaron sus pasadas o presentes incursiones por los dominios del alcohol, tome la pluma y con la letra más pequeña y clara dado lo del cuaderno, satisfice su petición.  Me estrechó la mano, y ya a punto de partir le puse un billete de cinco dolares, lo vi levantar sus matules y alejare Dios sabe hacia donde.  Aqui podria terminar este encuentro fortuito.  El tiempo que pulveriza todo a los pocos días, cubrió como cubre la tormenta de arena en el desierto cualquier vestigio de este suceso y todo continuó con la regularidad de la vida ordinaria. 

Entre el fárrago de facturas y anuncios publicitarios que se reciben diariamente me sorprendió una carta de corte personal.  Antes de abrirla la examine detenidamente.  Resultaba muy raro e intrigante una correspondencia en que el remitente estampara en forma manuscrita en el sobre procedencia de la misiva, sobre todo en un tiempo en que esa forma comunicativa es virtualmente obsoleta por existir otros métodos más expeditos y convencionales. 

Al fin pudo más la curiosidad que estas consideraciones y abrí el sobre.  La escueta esquela se componía de seis renglones irregulares y torcidos dando la impresion de que el autor no se preocupo en lo absoluto de las formas, sino del asunto a tratar.  Textualmente se leia:

Querido Vicente.  Te conocí hace muchos anos en un McDonald de esa ciudad.  Si esta misiva llega a ti, por favor llamame al numero de telefono que te adjunto.  Gracias, William.

Ni tardo ni perezoso tome el telefono y marque el numero en la misiva.  Me contesto una mujer, pedi hablar con William, y cuando este estuvo en línea comenzó un rápido interrogatorio de mi parte, pues sospechaba que podía tratarse de uno de tantos esquemas publicitarios en los que tratan de timar a los inatentos.  El me escuchó con respetuosa discreción y cuando le dejé hablar me relató el suceso de nuestro encuentro con lujos de detalles tales que recordé el incidente aunque en su momento no parece tener relevancia alguna.  Ahora el por uno de esos avatares del destino se habia convertido en un millonario y entre otras cosas quería ver a quienes en aquellos tiempos aciagos le habían tendido una mano fraternal, y gracias a los apuntes de su libretita habia conservado mi nombre y direccion.  Ahora en un tono afectuoso me pedia que formara parte de un escueto grupo de personas que al igual que yo según él formaban parte de los que a lo largo de sus andanzas le habían socorrido y él quería congregar en su nuevo emporio.  Me afirmo que de aceptar su ofrecimiento para lo cual insistió con afectuosa vehemencia, el enviaria los recursos necesarios para tal empresa.  Ante tan noble ofrecimiento no puse resistencia así que quedó acordado que en una semana me presentaría en Palm Springs, que era el lugar donde se encontraba “El General”. 

Y dicho y hecho.  Tres dias despues deposito en mi cuenta bancaria dos mil dolares y recibi confirmacion de vuelo y la hora, amaz de que él habia comprado el boleto.  Todo parecia indicar que “El General” no habia escatimado esfuerzos ni dinero en el proposito de congregar a su alrededor a un grupo de personas a las que esperaba mostrar en forma muy especial su gratitud.  Fui en la fecha y la hora convenida al aeropuerto, después de los pasos de rigor me vi, levantando el vuelo hacia la incógnita, me movía más que nada volver a encontrar con aquel carácter que en un principio podía haber considerado a la ligera conceptuando como a otros tantos, personas de conflictos mentales que hacían a los caminos por rehuir el rigor de la vida en sociedad, que obliga a conformar ciertas reglas. 

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LA ESCLAVITUD DE LA VOLUNTAD

26. agosto 2014

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LA ESCLAVITUD DE LA

VOLUNTAD

Martín Lutero (1483-1546)

“Lo que enseñan las Escrituras”

Las Escrituras son como varios ejércitos opuestos a la idea de que el hombre tiene un “libre albedrío” para escoger y recibir salvación. Pero bastará que incluya a dos generales en la batalla: Pablo y Juan, con algunas de sus fuerzas.

ARGUMENTO 1: LA CULPABILIDAD UNIVERSAL DE LA HUMANIDAD PRUEBA QUE ELLIBRE ALBEDRÍO ES FALSO.

Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá. Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. (Rom. 1:17-19)

En Romanos 1:18, Pablo enseña que todos los hombres sin excepción merecen ser castigados por Dios: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. Si todos los hombres tienen “libre albedrío” pero todos sin excepción se encuentran bajo la ira de Dios, la conclusión es que el “libre albedrío” los lleva en una sola dirección: “impiedad e injusticia” (o sea: maldad). Entonces, ¿cómo les está ayudando el poder del “libre albedrío” a hacer lo bueno? Si existe el “libre albedrío”, parece que no puede ayudar a los hombres a ser salvos porque los sigue dejando bajo la ira de Dios.

Pero algunos me acusan de no seguir a Pablo tan exactamente como debiera. Afirman que las palabras de Pablo “contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad” no significan que todos sin excepción son culpables ante Dios. Argumentan que el texto deja la posibilidad de que algunos no “detienen con injusticia la verdad”, o sea que reprimen la verdad con su maldad. Pero Pablo está usando una forma de palabras hebreas que no deja ninguna duda de que él se está refiriendo a la maldad de todos los hombres.

Además, fíjese lo que Pablo escribió justo antes de eso. En el versículo 16, Pablo declara que el evangelio es “poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”. Esto tiene que significar que aparte del poder de Dios en el evangelio, nadie tiene fuerza por sí mismo de volverse a Dios. Pablo sigue diciendo que esto se aplica tanto a los judíos como a los griegos. Los judíos conocían en minucioso detalle las leyes de Dios, pero esto nos los salvaba de la ira de Dios. Los griegos disfrutaban maravillosos beneficios culturales, pero éstos no los acercaban más a Dios. Había judíos y griegos que se esforzaban por justificarse delante de Dios. Pero a pesar de todas sus ventajas y su “libre albedrío”, fracasaban totalmente. Pablo no vacila en condenarlos a todos.

Ahora fíjese que en el versículo 17 Pablo dice que “la justicia de Dios” es revelada. Entonces Dios demuestra su justicia a los hombres. Pero Dios no es imprudente. Si los hombres no necesitaran la ayuda de Dios, no perdería su tiempo dándosela. Cada vez que alguien se convierte, es porque Dios ha venido a ellos y vencido su ignorancia por medio de mostrarles el evangelio. Sin esto, nunca podrían salvarse por sus propios medios. Nadie, en toda la historia de la humanidad, ha razonado por sus propios medios la realidad de la ira de Dios tal como la enseña las Escrituras. A nadie jamás se le había ocurrido la posibilidad de obtener paz con Dios a través de la vida y obra de un Salvador único, el Dios-hombre, Jesucristo. De hecho, los judíos rechazaron a Cristo a pesar de todas las enseñanzas de sus profetas. Parece que la misma entereza que algunos judíos y gentiles lograban les impedía buscar a Dios a la manera de él: porque estaban decididos a hacer las cosas a su manera. ¡Así es que entre más se esfuerza el “libre albedrío”, más empeoran las cosas!

No existe un tercer grupo de personas que se posicione en alguna parte entre creyentes y no creyentes: un grupo capaz de salvarse a sí mismo. Judíos y gentiles constituyen la totalidad de la humanidad, y están bajo la ira de Dios. Nadie cuenta con la habilidad de volverse a Dios. Él tiene que primero mostrarse a ellos. ¡Si fuera posible descubrir la verdad por medio del “libre albedrío”, seguramente un judío en alguna parte lo hubiera hecho! Los razonamientos más elevados de los gentiles y los esfuerzos más poderosos de los mejores judíos no los acercó en lo más mínimo a la fe en Cristo (Rom. 1:21; 2:23, 28-29). Eran pecadores condenados junto con todos los demás. Si todos los hombres tienen un “libre albedrío” y todos los hombres son culpables y condenados, entonces este supuesto “libre albedrío” es impotente para acercarlos a Cristo por la fe. Así que, después de todo, su albedrío no es gratis.

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La dama de la silla de rueda

24. agosto 2014

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-por Vicente Carballo

Ella se aferra a la silla de ruedas con la maestría que le confieren más de veinticinco años de confinamiento sobre este armatoste desvencijado, pero que su dueña hace moverse con destreza por entre los innumerables obstáculos que inundan el piso, ni una queja ni un ademán de hastío reflejan sobre su rostro el profundo abatimiento de una vida que transcurre lenta y oscura como un río de fango.

Pamela es uno de esos seres que uno desearía nunca haber conocido, porque una vez de haber traspasado los umbrales de aquella vida mustia, que realiza esfuerzos extraordinarios por convencer de que todo está o estará bien, pero entre todas sus desgracias ninguna mayor ni más constante que la presencia de su marido quién la culpa de todas sus desventuras, pues según confidencias suyas, poco tiempo después de casarse, ella quedó paralítica debido a un accidente automovilístico y por los últimos veinticinco años él ha tenido que cuidarla como a una niña sin obtener los beneficios de un matrimonio normal, parece ser que esta larga frustración lo ha convertido en un ser amargado y resentido contra la infeliz mujer, tanto que está constantemente en acecho de que algún visitante pueda tener una palabra amable sobre ella- que no está exenta de simpatía- y en su conversación demuestra un trasfondo de cultura poco común, había leído algunos libros bien leídos, que yo quise creer que formaban parte de la formación de un carácter estoico y fino intelecto.  Recuerdo una vez un incidente que demuestra el celo del esposo no celo masculino obviamente pero uno más venenoso y degradante, en una de mis visitas, note colgada en la pared lo que parecía una flauta en su estuche, le pregunte a Pamela, si era ella la que tocaba el instrumento me respondió afirmativamente, pero note algo así como un leve retraimiento, en su respuesta y preferí desviar la conversación por otro rumbo, pero siempre con la incertidumbre del porqué, aunque ya tenía yo ciertas inferencias de que el esposo a más de saberla atrapada sobre la silla, también la prefería reducida a la nulidad total.

El esposo me está dando su versión de su vida.  La presencia de ella, interrumpe el rosario de lamentaciones de él, la mujer en un tono humilde nos pregunta si deseamos un café, él como para deshacerse de ella, asiente afirmativamente y esto me da oportunidad de presenciar con cuanta desenvoltura, se mueve hasta la cocina, sorteando todo obstáculo, mueve los enseres de la estufa y procede a poner sobre la hornilla agua con el perol y queda esperando hasta que el líquido entra en ebullición, toma dos tazas y pone una cucharadita de café instantáneo y otra de azúcar y en una bandeja que pone sobre sus piernas llega hasta nosotros con la infusión y nos pregunta después de que hemos dado un sorbo, si está bien de dulce, yo le doy efusivamente las gracias y el marido la mira con la frialdad habitual.  Descubrí que el marido, si ella trata de tomar parte en alguna conversación con algún visitante -que son pocos-, como un tábano furioso le ataja toda palabra y finalmente le asigna alguna tarea para despacharla.

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¿Por qué si la salvación es por gracia yo debo observar la ley?

18. febrero 2014

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Hola amigos,

Yo soy un joven que por casualidad entré a este blog. Entré a “preguntas en nuestro buzón” y me gustó la forma como Ustedes explican las cosas, así que me he sentido animado a hacer una pregunta. No he querido hacerla en mi iglesia porque pienso que es un tema que todos debemos entender y me da vergüenza porque yo no lo entiendo. Les felicito por este lugar tan especial que tienen y les agradezco que me contesten.

Mi pregunta:

¿Por qué si la salvación es por gracia yo debo observar la ley?

Hola Joven,

Gracias por visitar el Rincón de Amistad y escribirnos con esa pregunta tan importante. Tu pregunta presupone que hay que observar la ley aunque la salvación sea por gracia. La ambigüedad con que se expresa la relación de la ley y la gracia respecto de la salvación en esas palabras, puede ser la causa de tanta confusión en las iglesias cristianas. No es que lo hayas expresado mal ni bien, es que el lenguaje no puede expresar algo tan maravilloso en pocas palabras. Vamos a dedicar el espacio que sea necesario para responder a tu pregunta, y esperamos que después de habernos leído y comparado lo expuesto con la Biblia, se aclaren tus dudas. Primeramente vamos a ver en breve dos sistemas, para ver si responden a tu pregunta. Luego presentaremos una tercera opción –que aquí exponemos como el sistema de doctrina que más abunda-. Finalmente, viendo que estos tres sistemas no le son fieles a la Palabra de Dios, desarrollaremos una exposición que tiene sus raíces en lo que la Palabra de Dios nos dice de la santidad y justicia de Dios, Su misericordia y cómo se relaciona Dios con el hombre a lo largo de la historia. Así entenderemos mejor lo que significa ser salvo. Salvos por la ley, por la gracia sin la ley o por ambas, o si hay aún otra manera de entenderlo. Esta otra manera de entenderlo es a lo que nos acogemos nosotros. El abismo de separación que hay entre el hombre más pecador y Dios, y su incapacidad de conocer la ley de Dios que ha puesto en su conciencia, ¿le hace a este hombre libre de esa ley? ¿Si hubiera un hombre, aunque fuera uno solo, capaz de cumplir la ley a la perfección, amando a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo, sería ese hombre merecedor, no solamente de la vida eterna, sino de tomar para sí a aquellos que no han podido ni podrán cumplirla, dándoles vida eterna, a la inversa de lo que hizo el primer representante de la humanidad, Adam, dándoles la muerte? Las respuestas a esas preguntas y otras se harán más fáciles de contestar a medida que avancemos en este estudio.

El antinomismo (contra la ley) enseña que la fe en Jesucristo es la única condición para la salvación, y por tanto, eres libre en Jesús para hacer todo cuanto se te antoje. La ley, que no nos justifica, se desprecia y rechaza. Tienes licencia para pecar, porque ya el pecado no te condena, por el hecho de creer en Jesús. Obviamente tú no crees eso, porque la pregunta que has hecho, como ya hemos dicho, presupone que sí hay que guardar la ley. El antinomismo es una doctrina herética, por cuanto no se ajusta a la Palabra de Dios. 1Jn. 2:3-6 (Haz clic sobre la referencia y se abrirá un cuadrito que te permitirá leer los versículos) es un solo ejemplo entre tantos.

El legalismo es la otra cara de la moneda del antinomismo. No se ha desarrollado una doctrina cristiana llamada legalismo, pero se entiende por legalismo aquellas doctrinas, prácticas y enseñanzas que ponen tanto énfasis en las obras y la ley, que pareciera ser que el hombre es justificado ante Dios por medio de las obras y su obediencia a las leyes de Dios, a diferencia de lo que nos enseña la Palabra de Dios. (Rom. 5:1) Esta doctrina es tan herética y perjudicial como la anterior.

Una mezcla de estos dos sistemas. La solución a estas contradicciones no está en ver cuál de los dos escogemos, porque los dos son contrarios a la Biblia. Tampoco está en buscar un término medio. Nos atrevemos a decir que es ahí donde radica el mayor de los problemas entre las iglesias hoy día, en intentar hallar el centro de convergencia entre los dos sistemas. Nos referimos aquí a un número muy elevado de iglesias cuyas doctrinas intentan amalgamar la ley con la gracia, sin distinciones, solo separando las leyes ceremoniales del decálogo y aquello que nos mandó hacer el Maestro. Estos sistemas nos llevan a la siguiente conclusión: Sí somos salvos por gracia, pero hay que obedecer los diez mandamientos y la regla de oro de Jesús para agradar a Dios, porque solamente agradando a Dios lograremos la salvación de nuestras almas. Sin embargo, no hay nada más ajeno a la Biblia que este concepto errado. Esa es, lamentablemente, la enseñanza de tantos hoy día, y creemos que es la causa de tu confusión, joven. Por eso, a continuación nos proponemos hacer una exposición breve, pero sin obviar los detalles más importantes de la naturaleza de la ley y la gracia y su relación con la salvación.

A diferencia de lo que hemos mencionado arriba, nuestra exposición mostrará, por las Escrituras (sola Scriptura), que la salvación es solamente por gracia (sola gratia), que solamente somos justificados por la fe en Jesucristo (sola fide), y que como consecuencia de esa justificación por la fe, nuestro nuevo nacimiento en unión al cuerpo de Cristo, nos impele a vivir una vida de santidad gradual, y esa vida de santidad es la que nos hace conocer la ley de Dios y obedecerle como hijos y siervos fieles a Él. Todo esto sin invertir el orden de las cosas. Entendiéndolo así sabremos que nuestra obediencia a la ley jamás será la causa de nuestra salvación, y que creyéndonos que sí lo es representa una afrenta al mismo Dios, así como despreciar la ley de Dios es igualmente una afrenta a Dios.

¿Qué es la salvación? Ser salvo… Ese es un término tan difundido como decir: “La luz del día”. Pero, ¿qué es la luz? Un niño de un año sabe lo que es la luz, y un niño de doce años sabe lo que es salvación. Pero, ¿realmente lo saben? Si yo te pidiera, joven, que me expliques la naturaleza de la luz, ¿podrías hacerlo? Isaac Newton, un genio, se desvelaba noches enteras intentando responder esa pregunta acerca de la luz, la pregunta que para nosotros puede ser tonta y a la que no le damos mucha importancia. Algo parecido nos suele suceder con las cosas espirituales. La luz, para algunos, es un hecho, existe y ya, punto. No hay más que hablar. La salvación, para algunos cristianos, es eso, salvación es Dios ofreciéndonos vida eterna con Él en el cielo y punto. Pero para entender la salvación, hay que saber de qué o de quién nos estamos salvando, porque salvación implica que hay algún peligro del que tenemos que librarnos. Ese peligro no es uno ‘de qué’, sino uno ‘de quién’. Y ese ‘quién’, dirán algunos, es Satanás. Pero estarán horriblemente equivocados. La Biblia nos enseña que Satanás no tiene ni el poder ni la autoridad para llevarse consigo al que él quiera al infierno. (Cf. Mt. 28:18, Mt. 10:28). Luego somos salvos de la ira de Dios (Ap. 16:1). Y esto es sumamente importante que lo entendamos, porque si la salvación la entendiéramos como librándonos de las garras de Satanás, la justicia de Dios sería un concepto nebuloso, por el hecho de vivir huyéndole a Satanás, y no entender la grandeza de la ley de Jehová.

¡La ley de Dios! ¿Cómo puede haber personas que con sus bocas confiesan a Jesucristo y sienten desprecio por la ley de Dios? La justicia de Dios es implacable y su ley perfecta. La ley de Dios es un espejo sobre el que vemos reflejada nuestra naturaleza porque es esa ley la que nos habla de Su majestad. “Pues que yo soy Jehová vuestro Dios, vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo…” (Lv. 11:44). Jamás podremos reconocer nuestra necesidad de ser salvos si antes no contemplamos la santidad y la justicia de Dios, y esa santidad y justicia la vemos en Su ley. A veces pasamos por alto -y muy a pesar nuestro-, el hecho de que, en el contexto de la historia, la ley precede a la gracia. Lo que antecede a la creación pertenece a la eternidad, y la eternidad no tiene orden cronológico, por eso hemos dicho que la ley precede a la gracia en el contexto histórico. Si bien los planes del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, antes de la creación incluyeron la ley y la gracia respecto de Su creación, en lo que toca a la humanidad, en Adam, antes de la caída, no había necesidad de una gracia salvífica. Lo que hace Dios con Adam es un convenio legal, un pacto de obras. Vamos a examinar ese pacto de obras.

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LA BUSQUEDA DE DIOS

3. enero 2014

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-por A. W. Tozer

Introducción

He aquí un estudio magistral de la vida interior, escrito por un corazón sediento de Dios, ansioso de alcanzar por lo menos los linderos de sus caminos, y conocer lo profundo de su amor por los pecadores y las alturas de su majestad. ¡Y todo esto escrito por un atareado pastor de la ciudad de Chicago!

¿Quién puede imaginar a David escribiendo el salmo veintitrés en una ruidosa oficina comercial, o a un místi­co de la edad media hallando inspiración en el segundo piso de una casa de vecindario en una atestada ciudad moderna?

Donde se cruzan las sendas de la vida

y hay gritos de razas y de clanes

en antros de vicio y de miseria

donde las sombras están llenas de terrores

y se ocultan la lujuria y la avidez.

Como lo dice el doctor Frank Masón North en su inmortal poema, lo expresa también el señor Tozer en este libro:

Por encima de ruidos y egoísmos

Hijo del hombre, oímos tu voz.

Mi conocimiento del autor de este libro se reduce a unas cuantas visitas que hice a su iglesia, donde com­partí con él preciosos momentos de compañerismo. Allí descubrí a todo un autodidacta, un lector apasionado con una estupenda biblioteca de obras clásicas y devocionales, un hombre que pasaba las noches en su búsque­da de Dios. Su libro es el resultado de mucha meditación y mucha oración. No es una colección de sermones. Nada tiene que ver con el pulpito o las bancas de la iglesia. Se dirige a las almas sedientas de Dios. Todos sus capítulos podrían resumirse en el clamor de Moisés, "¡Muéstrame tu gloria!” o en la exclamación de Pablo, "¡Oh, profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!” Esta es teología del corazón, no de la cabeza.

Hay en él profundidad de visión, sobriedad de estilo, y una universalidad refrescante. El autor hace pocas citas, pero está familiarizado con los santos y místicos de todos los siglos -Agustín, Nicolás de Cusa, Tomás de Kempis, von Hugel, Finney, Wesley, y muchos más. Sus diez capítulos llegan hasta el alma, y las oraciones que hay al final de cada uno son para la cámara secreta, no para el pulpito. Mientras los leía he sentido realmen­te la presencia de Dios.

He aquí un libro para cada pastor, misionero o cris­tiano devoto. Trata de las cosas profundas de Dios y las riquezas de su gracia. Sobre todo, lleva el sello de la sinceridad y la humildad.

Samuel M. Zwemer

Nueva York

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Vida por Su muerte – John Owen

16. octubre 2013

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Vida por su muerte [john owen) from Cristiano chileno

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Milagro de Navidad

12. diciembre 2011

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Vicente Carballo


MILAGRO DE NAVIDAD

A lo largo de mi vida, que ha sido una vida de búsqueda, de confirmación, nada me ha resultado más útil para el crecimiento y fortaleza de mi fe que los testimonios que aquellos a los que Dios ha querido mostrar su gracia y misericordia, en situaciones en las cuales no ha quedado margen para atribuir el milagro al concurso de lo fortuito, sino que el hecho o los hechos han ocurrido dentro de los estrechos parámetros donde sólo tiene cabida la intervención divina. Soy del parecer de que el Creador interviene con más frecuencia, en los asuntos del hombre, que lo que somos capaces de advertir pues, en su suprema sabiduría, Él conoce los resultados e implicaciones aun de los más pequeños actos o decisiones del ser humano y, en su infinito amor, está presto a socorrernos sin violentar contra nuestra voluntad, el libre albedrío que, en mi opinión, constituye una de sus más elevadas gracias. Como un gesto de gratitud al Padre, cito aquí un acontecimiento que desafía, en el desenlace, toda posibilidad de racionalizarlo fuera del ámbito de lo providencial.

==== Milagro de Navidad =====

Vivía yo por entonces cerca de la ciudad de Corpus Cristi, en Texas; y al final de cada año hacíamos planes para viajar al Paso, donde vivían los padres y otros familiares de mi esposa, y pasar la Navidad junto a ellos. Entre esos planes, el más importante era, sin duda alguna, el de ahorrar suficiente dinero para pasar una semana sin resultar una carga para sus familiares, que vivían en condiciones precarias.

El veintidós de diciembre, salimos jubilosos con nuestros cuatro hijos a la muy esperada excursión. Los niños cantando y algunas veces riñendo. Nos deteníamos con frecuencia a contemplar paisajes y otros puntos de atracciones. ¡Qué momentos de suprema felicidad! Ver a nuestros hijos felices cuando están pequeños y aún son nuestros. Así las cosas, pasamos San Antonio y atravesamos la región casi desértica de los cactus y los chaparrales, que al menos para mí tienen su atractivo. Me seducen esas plantas que son capaces de sobrevivir y florecer en esos arenales reverberantes, y los animales e insectos adaptados a esas inhóspitas condiciones. Pero debo ceñirme al asunto para el que he requerido la atención de mis pacientes lectores.

Continuando el recorrido sobre las dos de la tarde y diez millas de Fort Stockton, no recuerdo si el viejo Cadillac del año ’56 que manejaba tenía roto el medidor de la gasolina o si por ir, como de costumbre, muy abstraído, se detuvo el armatoste por falta del preciado líquido, haciéndome acreedor de las reconvenciones de la madre de mis hijos. Aunque es de suponer que, en estos casos, cuando se nos detiene un vehículo súbitamente, la impresión que se recibe no puede ser más desagradable, sobre todo si esto ocurre en un lugar despoblado y no se tienen nociones de mecánica, de lo que se deduce que quedarse sin combustible sea el menor de los males. Salgo del vehículo e inspecciono superficialmente el motor, tratando de advertir alguna irregularidad, pero todo parece normal. Entonces tomo un recipiente que, afortunadamente traigo en el maletero y comienzo a pedir ayuda blandiendo la lata para declarar mi problema. Con tanta buena suerte que en breve se detiene un hombre y se ofrece a llevarme al siguiente pueblo. Una vez allí, el buen samaritano se ofrece a regresarme, lo que trato de declinar por no agraviarle, pero su ofrecimiento era sincero e insiste y accedo. Una vez junto a los míos, le expreso mi gratitud; él me dice que irá delante de mí –por si acaso-. Entramos al pueblo y voy derecho a la estación a rellenar el tanque. Cuál no sería nuestra sorpresa, al descubrir que, a la hora de pagar, había extraviado la cartera y, con ella, los recursos para continuar el viaje, amén de los documentos migratorios y licencia de manejar. Fue tal mi desesperación, que busqué hasta en el motor, porque todos sabemos que en estas instancias se pesquisa hasta en los puntos más inverosímiles. Despojé a Martha de una pequeña dote que le había dado al partir para uso personal, y con eso pagamos el combustible. Decidimos regresar al lugar donde se nos quedó el carro, y buscar allí, palmo a palmo, la imprescindible billetera. Invertimos no menos de una hora, peinando los hierbajos en un espacio mayor que lo lógico, sin ningún resultado, determinando volver a la ciudad y continuar contra toda esperanza la búsqueda. Noté que durante el momento de desesperación que permanecí en la estación, uno de los empleados nos miraba y sonreía, y en estas condiciones deduje que el individuo tenía algo que ver con mi desgracia, así que lo enfrenté con el mejor tono, dadas las circunstancias.

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Amarilis

4. octubre 2011

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Amarilis

La niña del vestido azul

Vicente Carballo

Como un cetáceo muerto, el viejo barco yace sujeto por gruesos cabos a los pilotes del atracadero. En el silencio de la noche lo contemplo. Al menor oleaje, las amarras sacude, como si quisiera deshacerse de sus ataduras. Por los últimos tres años, este ha sido mi domicilio, como parte de su dotación. He recorrido distantes partes del planeta. Lo he visto con ímpetu embestir las gigantescas olas del Pacífico o con apacible serenidad; en días de bonanza, surcar con la gracia de un delfín la extensión de las aguas.

Estoy indisolublemente ligado a él, y cuando mis compañeros en sus conversaciones lo menoscaban llamándolo “tortugón”, “bola de herrumbre” y otros términos igualmente despectivos, me les encaro y lo defiendo como si denigraran a un amigo. Ellos sonríen y he llegado a pensar que lo hacen de adrede, sólo para mortificarme. Sí, lo admito, quizás soy demasiado sentimental, pero después de tres largos años, de innumerables experiencias, de haberme llevado como a Jonás en su vientre a gran multitud de países de exóticas costumbres; de haber contemplado desde cubierta la imponente majestad de los Andes, y el hipnótico esplendor de los hielos polares; de haber hecho contacto en el otro extremo del planeta con seres con los que se han establecido vínculos amistosos perdurables, justificarán que me niegue a verle sólo como una estructura compuesta de planchas de acero sostenidas por remaches.

Ahora estamos a punto de zarpar. El contramaestre ha dado el anuncio, en forma tácita, con su letra menuda apenas legible. Dos líneas sobre la pequeña pizarrita conspicuamente colgada al final de la escala que da acceso al navío: “Zarpamos mañana, 6:00am. Destino: San Lorenzo, Ecuador”. La tripulación ha leído el itinerario, y se trata de un lugar desconocido. Los más diestros consultan los mapas y constatan, con desagrado, que San Lorenzo no es más que una aldea geográficamente insignificante, a la que se llega a través de un caudaloso río que le da su nombre.

Allí iríamos a llenar la bodega del “Tessala”, que es el nombre de nuestra embarcación, de maderas preciosas. En realidad será una operación tediosa, pues tendremos que permanecer fondeados donde el río pierde su configuración, convirtiéndose en una profunda y ancha laguna, ya que, dado el tamaño del barco, no hay calado ni embarcadero cerca del pueblito. En barcazas han de acarrear los pesados troncos hasta nosotros, y esta tarea se calcula que podría demorar hasta un mes. Todo esto lo sabemos gracias a Alejo, el contramaestre. Pero sólo dos días después de haber salido del puerto, suponemos que no quiso darnos esta información, porque temía –con razón- que los rigores de esta expedición pudieran causar muchas deserciones por parte de la marinería, pues obviamente no se trataba de una de esas metrópolis bien conocidas por la tripulación, donde proliferan los cabarets, casas de juegos y burdeles, a los que eran tan asiduos a mayoría de mis compañeros. Para incentivar a la tripulación, prometieron un bono o gratificación, y esto fue tomado con reticencia por algunos que anticiparon que la condescendencia de la empresa más bien corroboraba las sospechas de que el viaje resultaría extremadamente riguroso. Aun así, la mayoría permaneció en sus puestos. El día siguiente se soltaron las amarras, y salimos por la bahía de Miami hacia lo desconocido, dejando atrás la civilización y el confort.

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El marabú

20. junio 2011

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-por Vicente Carballo

El viejo Ruperto se echó un salivazo en las palmas de las manos, se las frotó casi instintivamente y agarrando el mango del tridente, lo clavó con ímpetu junto al tronco de un marabú una y otra vez, con el único propósito de eliminarlo definitivamente.  Esta operación debía repetirla a lo largo de dos años, hasta convertir estas casi dos caballerías de tierra infectada de esta planta que, como una plaga que cuando tomaba posesión de un terreno, entretejía por el subsuelo una apretada urdimbre de raíces que, a su vez, se convertían retoñando en nuevas plantas, convirtiendo las tierras virtualmente en campos inútiles para el cultivo.

Pero Ruperto se había propuesto a toda costa erradicar hasta el último vestigio de la plaga, aunque para ello debía llegar a medidas extremas, teniendo en cuenta que sus instrumentos de trabajo consistían en tridentes, picos, machetes y, más que nada, su férrea voluntad.  A sus casi setenta años, había aprendido, con el contacto directo y constante con la adversidad, que este nuevo reto no caía dentro del círculo de lo imposible, si se tenía en cuenta que algunos de sus hijos vivían en los contornos en condiciones deplorables, rodeados de hijos pequeños que carecían de lo imprescindible.  Aquella tierra de nadie, que era como se llamaban a los campos en los que se posesionaba la nefasta planta, implicando con esto que la mayoría consideraba casi imposible deshacerse del flagelo verde.  Pero Don Ruperto, como le llamaban algunos con respeto, no era de ese parecer. Cuando el día clareaba, se ajustaba las polainas para protegerse de las agudas espinas que caracterizan al marabú.  Y después de afilar los machetes y azadones, acompañado de algunos de sus hijos, llegaban a lo que algunos de sus hijos llamaban ‘la locura de Ruperto’.

Día tras día el tridente y el azadón iban abriendo una brecha; lenta, pues no  bastaba con sacar a golpes de tridente el tronco de profundas raíces.  Era necesario echar al fuego hasta los fragmentos más pequeños, pues, cualquier vestigio que quedara bajo tierra, al primer aguacero retoñaría, convirtiéndose en breve en una nueva amenaza.  Así, día tras día los rústicos implementos de trabajo iban socavando el exuberante reino de la espina.  Y gradualmente iba en aumento la admiración que los vecinos de la comarca sentían por aquel hombre, cuya voluntad parecía estar forjada del mismo acero de sus azadas y tridentes.  Durante el día, el calor sofocante les obligaba a ponerse paños mojados sobre la frente, y para contrarrestar esta dificultad, idearon que sería más provechoso trabajar durante la noche, provistos de unos mechones de kerosén.  Colgando de varillas, en forma de trípode, recibían suficiente luz como para continuar la agobiante faena.

Algunos transeúntes detenían sus cabalgaduras para contemplar aquella escena fantasmagórica sin poder entender qué era lo que estaba ocurriendo.  Al final del primer año ya habían limpiado tres cuartos de caballería, y decidieron que debían aprovechar el advenimiento de la primavera y comenzar a sembrar.  Coa en mano, fueron depositando los granos equidistantemente, y con golpes del costado del zapato, iban cubriéndolos, al tiempo que se encomendaban a la Providencia para que se consumara el milagro del aguacero oportuno.  Y así fue, porque aquel era un hombre de fe.  Así que una semana después, mientras repechado en un taburete ajustando las clavijas a su guitarra, densos nubarrones resbalaron por la amplitud del cielo, y como cuerdas de plata, cantó el viejo la canción de la lluvia y de la vida.  Los ojos del anciano se humedecieron de gratitud, y llamando a gritos a su esposa, le decía una y otra vez:

-Ves mujer, ¡Dios me ha escuchado!

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El laberinto de las coincidencias

15. junio 2011

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-por Vicente Carballo

Hace unos días llegó a mi casa un amigo que tiene ínfulas de filósofo, y tuve la mala fortuna de que hiciera su aparición, cuando me disponía a cumplir con uno de los reglamentos del Manual del Vagabundo, que establece que para mantener en vigencia la membresía de la orden, es menester comer sardinas al menos tres veces a la semana. Y sépase que esto es un asunto de conciencia, pues no existe forma de hacer cumplir esta ordenanza por parte de la confraternidad.

Les contaba que llega este individuo cuando tengo el recipiente ovalado sobre la mesa y corto una cebolla en ruedas –único aderezo permitido por la orden-; estoy a punto de vaciar el contenido en la sartén, cuando el visitante me interrumpe con premura, como si advirtiera que estoy a punto de cometer un sacrilegio.

-¡Espera!… ¡Espera! –me dice. Me ordena casi a tomar asiento. Obedezco presa de la curiosidad, pues no logro imaginar qué es esto tan importante que quiere decirme. Entonces, adoptando un aire reflexivo, comienza con una pregunta:

-¿Te has imaginado que el acto que vas a consumar está precedido por una casi infinita multitud de coincidencias inextricables?

Quedo como en suspenso, esperando que simplifique el concepto. Él prosigue con estudiada parsimonia:

-Sí, así es en efecto. Esos pescaditos apretujados en el recipiente metálico, nadaban a su albedrío en la amplitud del océano. De hecho, es casi inverosímil ver cómo se mueven los cardúmenes, con una pasmosa simultaneidad, sin que podamos advertir cómo se dirigen estas fantásticas coreografías. He oído decir que estos desplazamientos crean un efecto hipnótico que desorienta a sus perseguidores. Me es difícil creerlo por resultar demasiado sofisticado. Pero bueno, el hecho es que dentro de aquella incalculable multitud, estas que estabas a punto de devorar, se movían con absoluta libertad; podían haber tomado un rumbo u otro sin que nadie se los impidiera, pero ese día, coincidentemente, entre otras cientos de miles, se hallaban dentro de los parámetros del chinchorro del navío. Ahí da comienzo una larga sucesión de hechos que se sumarán a la increíble cadena de acontecimientos, que hacen posible que hoy estén sobre tu mesa. Una vez atrapadas tus veintidós sardinas, irán a parar a la bodega del barco a engrosar el cargamento de quizás millones de sus congéneres. Llevadas a la planta procesadora donde se integrarán a la pesca total de algunos días, cuyas proporciones son inimaginables.

En este instante, el aprendiz de filósofo toma el recipiente con cuidado para no untar las yemas de sus dedos de la sustancia entomatada, y después de leer la procedencia del producto, el cual resulta venir de Noruega, continúa su disertación y observa que todo este fenómeno ocurre en el extremo opuesto del planeta. Hecha esta salvedad, prosigue:

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